La "búsqueda del sentido": reflexiones en torno a la historiografía de Al-Andalus
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Revista de Filología de la Universidad de La Laguna, nº 17, 1999, págs. 677-693 LA «BÚSQUEDA DEL SENTIDO»: REFLEXIONES EN TORNO A LA HISTORIOGRAFÍA SOBRE AL-ANDALUS FÁTIMA ROLDÁN CASTRO Universidad de Sevilla ALGUNOS PLANTEAMIENTOS INICIALES1 Los hombres somos a la vez buscadores y dadores de sentido porque sentimos lo que podríamos llamar horror absurdis, una vida sin sentido es un caos en el que no se adivina finalidad alguna, en el que no hay relaciones casuales entre los acontecimientos. En opinión de A. Huici2, tal ausencia de relaciones implicaría ausencia de relatos, de hechos encadenados y orientados a un fin. Y puesto que no sabemos vivir sin atribuir un sentido al universo es por lo que no podemos sustraernos a la fascinación del relato por excelencia, al mito. Y quizá, también, por lo que el relato tiene de explicativo es por lo que el discurso histórico nos interesa. La persuasión en su primera acepción es el acto de convencer a otros con razones sobre cualquier cuestión. Los sistemas de persuasión en materia política y, en segunda instancia, histórica, han sido objeto de la mayor sofisticación; a través de las imágenes se puede actuar directamente sobre los sentimientos y emociones de los hombres cosa que, como reconocen todos los publicistas en la actualidad, es mucho más eficiente que apelar a la razón misma3. En conexión con lo apuntado, no perdamos de vista que los mitos funcionan como articulación narrativa de una búsqueda de sentido, que el hombre hace uso de su dimensión interpretativa como única manera posible de comprender el mundo, de estar en él, que la propaganda política no ha dejado de afinar sus técnicas desde la antigüedad y estas técnicas de persuasión recorren espacios que van desde la intimidación a las más elaboradas construcciones verbales. En este sentido una de las actividades 62.pmd 11/03/2013, 11:12677
FÁTIMA ROLDÁN CASTRO 678 esenciales del hombre es la de producir discursos y relatos, perspectiva desde la que hemos de analizar la historia; en tanto que discurso intelectual su origen hay que buscarlo en los grupos de poder que, en su deseo de permanecer o perpetuarse en la cima de la sociedad, encargan a determinados individuos que cuenten sus hechos y hazañas. En el caso de historiadores con cierto ámbito de autonomía, hay que atender al factor subjetivo, al deseo de magnificar o minimizar determinados acontecimientos. Como complemento a estas ideas hay que aceptar que nada existe en el universo que reclame una lectura única sino que, siempre, tras el sentido directo late una significación indirecta, profunda. Así, la literatuta por su carácter de símbolo puede iluminar también la vida y la historia y señalar vías espirituales para acceder a la realidad puesto que, según Cassirer, tanto la historia como la poesía pueden ser órganos del conocimiento de nosotros mismos e instrumentos indispensables para construir nuestro universo humano. La imaginación aparece así como fundamento de la razón ya que es la que permite al hombre percibir y juzgar. Todo esto hay que ponerlo en conexión con nuestra preocupación por establecer valores sobre la historia escrita y por intentar responder a diversas cuestiones, entre otras: ¿es el relato histórico susceptible de ser analizado desde premisas cientifistas y considerado fiel reflejo de algo que ocurrió?, ¿constituye la historia un compendio de relatos dictados desde la ficción?, y desde dichos planteamientos, ¿es acertado otorgar etiquetas cualitativas a las fuentes árabes medievales sin atender, en cada caso, a sus particularidades? Es un hecho comprobado que las percepciones de la realidad y su descripción han variado a lo largo de los siglos según la época y la cultura desde las que se han llevado a cabo; la historia, por lo tanto, es un hecho semántico, de pensamiento y de sensibilidad4. Precisamente la diversidad de valores y las claves dominantes en la captación de lo real así como la forma de expresarlo, son algunas de las cuestiones que preocupan de manera especial a la historiografía de hoy. Como P. Veyne afirma, la «verdad» es la más variable de las medidas y la «imaginación constituyente» no designa una facultad de la psicología individual sino el hecho de que cada época piensa y actúa en el interior de cuadros arbitrarios e inertes 5 . 1. Presento aquí algunas partes de un trabajo emprendido hace tiempo, por el que me intereso continuamente mientras estudio las fuentes árabes que me sirven de referencia en las cuestiones más diversas; la extensión, en este caso, se limitará a las normas de publicación exigidas. 2. Estrategias de la persuasión. Mito y propaganda política, Sevilla, Alfar, 1996, 101. 3. Ibidem. 4. VEYNE, P. Cómo se escribe la historia. Foucault revoluciona la historia, Madrid, Alianza, 1984, 16. 5. ¿Creyeron los griegos en sus mitos? Ensayo sobre la imaginación constituyente, Buenos Aires, Barcelona, Granica, 1987, 192. 62.pmd 11/03/2013, 11:12678
LA «BÚSQUEDA DEL SENTIDO»: REFLEXIONES EN TORNO A LA HISTORIOGRAFÍA 679 Esta afirmación relativiza el concepto «historia» si la entendemos como plasmación de «lo que ha ocurrido». Hay que atender, por lo tanto, al proceso de captación y configuración de la «realidad» por el hombre y a la elaboración de lo que llamaríamos «relato histórico» así como a la del «relato de ficción», sus posibles confluencias y sus incompatibilidades. Desde estas consideraciones será más fácil abordar la perspectiva desde la que construye, interpreta o explica el historiador medieval en el mundo árabe, así como la postura que adopta el historiador de hoy frente a un discurso pretendidamente histórico. Para ello es necesario asomarse a las fuentes de información y, sin perder de vista sus peculiaridades culturales y sus características formales, analizar sus relatos para comprobar hasta qué punto se interrelaciona lo histórico y la ficción, y para sopesar los indicios de calidad de un tipo de fuentes con respecto a otras. Por lo tanto, será necesario atender al contenido de dichas taxonomías y reflexionar en sentido positivo sobre los valores intrínsecos del texto elegido en cada caso para destacar sus posibilidades y aquilatar sus aciertos. Durante mucho tiempo se creyó que el método histórico se basaba en asegurar buenas y veraces fuentes de información, cosa que es importante, pero que no agota el trabajo. Además ¿qué entendemos por «buenas y veraces»?, no hay que olvidar que el progreso en la crítica histórica se debe al de las concepciones sobre la historiografía así como a las técnicas de análisis textual, entre otras cosas. Y tampoco hemos de olvidar que el contenido de las fuentes no lo es todo, importa igualmente el «porqué» y el «cómo» de dicho contenido. Es decir, que aunque una fuente aporte datos distorsionados, éstos no hacen sino presentar problemas críticos de primera categoría. La intencionalidad de los errores y de las tergiversaciones, de la mentira en definitiva, es por sí misma fuente de veracidad histórica: ¿por qué miente el que miente? 6 , ¿por qué se fantasean los datos?, ¿hay una voluntad explícita en el historiador o cronista, o en la política gubernamental en la que éste se inscribe? Téngase en cuenta, además, que el control de la memoria y de los olvidos ha sido preocupación de las clases dominantes de todas las épocas. Los silencios, las hipérboles o las mentiras son reveladores de ciertos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva 7 . LA HISTORIA COMO NARRACIÓN (RELATO DE FICCIÓN Y RELATO HISTÓRICO) Es sabido que en sus orígenes la historia se contaba, es decir, se transmitía en forma de narración, primero en forma oral y posteriormente por escrito. Desde Heródoto consistía en una serie de relatos que recogían la secuencia temporal de 6. Véase al respecto: BLOCH, M. Introducción a la historia, Madrid, FCE, 1992, 73 ss y ARÓSTEGUI, J. La investigación histórica: teoría y método, Barcelona, Crítica, 1995, 351-2. 7. LE GOFF, J. El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, Barcelona, Buenos Aires, Paidós, 1982,134. 62.pmd 11/03/2013, 11:12679
FÁTIMA ROLDÁN CASTRO 680 situaciones y acontecimientos y sólo en nuestro siglo se ha debatido si puede presentarse en forma no narrativa. Desde su antiguo carácter literario, la moderna concepción de la historiografía ha tendido a una conversión del texto histórico, de forma que éste ha ido evolucionando en su tarea argumentativa. Esa evolución se dio especialmente a partir de la Ilustración. El siglo XIX añadió nuevas connotaciones basadas en el «documento». Éste se añadía al fundamento tradicional de la historia contada aunque manteniéndose la narración como vehículo esencial de transmisión. Pero en el segundo tercio del siglo XX es cuando empezó a ser combatida la idea de historia-narración y esto dio lugar a nuevos paradigmas historiográficos, desde la escuela de los Annales, pasando por las teorías marxistas a las perspectivas cuantitativas. Y ya en el último cuarto de siglo, las más influyentes teorías de la literatura que arrancan de las corrientes estructuralistas y postestructuralistas, y la filosofía del lenguaje de tradición analítica, han dirigido de nuevo su atención hacia el análisis del discurso historiográfico como pieza literaria en cuanto que discurso narrativo. Hay opiniones diversas a este respecto, desde sectores que defienden que el discurso narrativo es consustancial con la representación y explicación de lo histórico, P. Veyne o P. Ricoeur, por citar algunos ejemplos, hasta otros más tajantes que afirman que la narrativa es tan sólo una de las formas posibles de representación de la historia; hay quien la considera forma «débil» y en ningún modo la mejor8. Parece claro que los defensores de las formas narrativas argumentan que es precisamente este hecho el que distingue a la historia de otras ciencias humanas y sociales9, e insisten en que la historia no es una «ciencia» ya que el hombre, su protagonista esencial, es comprendido y no explicado. Algunos, como P. Veyne, más radical, afirman que la historia nada tiene que esperar de las ciencias10. A esto se suman las opiniones de que no es una disciplina lógica ni tiene una articulación natural, es anecdótica, y nos interesa porque relata, como la novela, y sólo se distingue de ella en que relata un acontecimiento que se presenta como cierto en sí, hecho que la exime de cautivar nuestra atención, es decir, que tiene bastante con ostentar el valor intrínseco de lo «verdadero», término sobre el que se volverá más adelante. Ahora bien, a lo dicho hay que añadir que la historia no puede limitarse a relatar, debe explicar. El relato debe organizarse en una trama comprensible, es decir, debe «asignar un hecho a su principio o una teoría a otra más general»11. La 8. ARÓSTEGUI, J. La investigación histórica, 255. 9. RICOEUR, P. Tiempo y Narración, I, Madrid, Ed. Cristiandad, 1987, 174 ss. 10. Cómo se escribe la historia, 10. 11. Idem, 68. 62.pmd 11/03/2013, 11:12680
LA «BÚSQUEDA DEL SENTIDO»: REFLEXIONES EN TORNO A LA HISTORIOGRAFÍA 681 historia incluye igualmente reflexiones pero dado que los hechos son contingentes, el futuro también lo es; ya que azar, libertad, causas y fines funcionan a un tiempo, no existen leyes concretas ni abstractas que se cumplan de manera indefectible. De ahí que los defensores de las perspectivas acientíficas de la historia afirmen que ésta no puede deducir ni prever. En cualquier caso, esta aseveración admitiría matizaciones y observaciones. En este sentido añade A. Danto que en todo acontecimiento histórico podemos distinguir su «exterior» y su «interior», en otras palabras, todo lo que en él es describible en términos de cuerpos, por una parte, y en términos de pensamiento, por otra12. Para Danto la historia es «una sola pieza», es decir, toda descripción interpreta ya que sin criterios de selección no hay historia. Por lo tanto la narración histórica no es un mero vehículo de transmisión de la información, es un procedimien- to de producción de significado, de manera que puede atribuírsele una función explicativa intrínseca. Hay que insistir en que el historiador no habla desde fuera ya que la historia es una disciplina subjetiva. Además el discurso narrativo no es un elemento neutro, conlleva gran variedad de interpretaciones. Dicho de otro modo, la narratividad no es atributo de los discursos sino del discurrir mismo; nuestra conciencia relaciona, establece nexos, medita y por lo tanto configura discursos13. La historia tradicional se ocupaba del estudio casi exclusivo de los acontecimientos que siempre se han considerado importantes como las batallas, los tratados o los protagonistas. A tenor de lo dicho anteriormente hay una historicidad de lo que podríamos llamar los «no acontecimientos», éstos llevan implícitas multitud de facetas dignas de reflexión. El hecho de que unas cuestiones sean más importantes que otras dependerá de los criterios utilizados por cada historiador y en ningún caso tienen carácter absoluto. Hay que dejar claro que la historia es subjetiva y que en definitiva no hace sino proyectar nuestros valores y dar respuesta a las preguntas que queramos hacerles. Pero esto no significa que todo sea equivalente; los hechos tienen una organización natural y no existen aisladamente ya que tienen sentido dentro de una «trama». Por lo tanto el texto histórico dependerá de la trama elegida, en él los datos tendrán más o mentos interés en función de esa trama ya que no es posible exponerlo todo ni existe un acontecimiento átomo. En consecuencia es esencial que busquemos en cada texto la mencionada trama, sus elementos primordiales y desde ahí los objetivos del historiador. Éste tiene interés en su pasado, en su presente, e incluso en el futuro, porque pertenece a un grupo social o nacional, a un grupo 12. DANTO, A. Historia y Narración, Barcelona, Paidós, 1985, 17-18. 13. VÁZQUEZ MEDEL, M.A. «Narratividad y transdiscursividad. A propósito de La escritura de Dios de J.L. Borges», Interlitteraria, 1 (1996)», 79. 62.pmd 11/03/2013, 11:12681
FÁTIMA ROLDÁN CASTRO 682 en el que se reconoce; es así como nació la historia, como manifestación de la conciencia que los pueblos tienen de sí mismos, como tradición14. Dado el tema que nos ocupa, habría que remontarse a la tradición preislámica de trasmisión oral y al proceso de plasmación por escrito de dicha tradición, hechos a los que se hará referencia más adelante. Este asunto, es de sobra conocido, ha dado lugar a debates y polémicas sobre la autenticidad de los documentos preislámicos. En cualquier caso lo que aquí interesa no es que sean históricos o legendarios, sino el fenómeno que implican una vez reconocido el Islam: la noción de una historia propia y la necesidad de aquilatar una tradición sólida. Lo mismo ocurrió en Grecia, allí la tradición mitológica se preservó como base de un pasado esencial15. En palabras de A. Huici, «la historia relaciona, ordena y confiere significado a una masa heterogénea y muchas veces confusa de hechos, o mejor dicho, de fenómenos, y el resultado será siempre un constructo verbal cuya referencialidad debemos poner seriamente en duda»16. Para P. Ricoeur la historia y la ficción se refieren a dos maneras diferentes de un mismo rasgo de nuestra existencia individual y social, rasgo llamado historicidad que consiste en el hecho fundamental de que «hacemos historia, estamos en la historia y somos seres históricos». Historia y ficción contribuyen, por lo tanto, a la descripción de nuestra condición teniendo en cuenta que la capacidad de percepción de lo «real» pasa indefectiblemente por el registro de nuestra configuración mental: desde ella se conceptualiza lo que cada uno entiende por «realidad» y desde esa actividad del intelecto el historiador actúa como intérprete y portavoz de lo acontecido. Como señala P. Veyne, «los historiadores relatan acontecimientos verdaderos cuyo actor es el hombre; la historia es una novela verdadera»17. Ahora bien, la existencia de dos discursos narrativos, la narración de ficción y la historiográfica, plantea inevitablemente ciertos problemas que habrían de ser atendidos y solucionados en la medida de lo posible en cada caso particular. Dichos problemas surgen, a pesar de lo que se acaba de argumentar, de la asimetría innegable entre sus respectivos modos referenciales, ya que sólo la historiografía puede reivindicar una referencia de origen empírico en la medida en que la intencionalidad histórica se centra en acontecimientos que han tenido lugar efectivamente. 14. VEYNE, P. ¿Creyeron los griegos en sus mitos?, 98. 15. Sobre este tema véase VEYNE, P. ¿Creyeron los griegos en sus mitos? Véase también WHITROW, G.J. El tiempo en la historia, Barcelona, Crítica, 1990 y RICOEUR, P. Tiempo y narración, II, Madrid, Ed. Cristiandad, 1987, 111-270. 16. Esto es precisamente lo que hizo el protagonista de Historia del cerco de Lisboa de SARAMAGO, J., hasta llegar a considerar la historia como una forma de ficción; véase A. Huici, «Historia y ficción en Historia del cerco de Lisboa de José Saramago», Stylistica 2/3 (1992-93), 24. 17. Cómo se escribe la historia, 10. 62.pmd 11/03/2013, 11:12682
LA «BÚSQUEDA DEL SENTIDO»: REFLEXIONES EN TORNO A LA HISTORIOGRAFÍA 683 EL CONTEXTO ARABOISLÁMICO Para enlazar lo dicho hasta el momento con las fuentes árabes medievales sobre al- Andalus, habrá que empezar por definir el concepto «historia» según se entiende en el contexto cultural del mundo árabe. Los dos términos técnicos que se utilizan para expresar la idea de historia en árabe son jabar (pl. ajba -r) y ta’ri -j. En lo que se refiere al primero de ellos, de acuerdo con su etimología viene a significar «información» en el sentido de anácdota, mientras que el segundo, cuyo origen etimológico parece ser semítico pero no árabe, es el utilizado al menos desde el siglo IX para expresar el concepto «historia». Ta’ri-j, «fecha» y «era», no existía en la literatura preislámica, ni en el Corán, tampoco aparece en ningún h .adi -t. Es significativo, como se dijo anteriormente, que este término se introdujera en la literatura árabe una vez instituida la era musulmana, es decir, cuando surgió en este contexto la conciencia del tiempo en el fluir de los acontecimientos como consecuencia de un hecho singular que estableció el punto de partida de una cultura. Entonces se manifestó la necesidad de contemplar el «antes» o el «después de». Dicha conciencia surgió, por lo tanto, en el siglo VII C./ I H., pero se estableció con propiedad en el segundo siglo de la hégira. Anteriormente los discursos relacionados con el discurrir de los hechos carecían de datación concreta, por lo tanto no eran históricos en el sentido que expresa el término ta’ri -j 18 . De ahí que ahondando en el contenido semántico de este último podamos advertir un deseo de constatación, de verificación, de aproximación a lo «verdadero» que no intuimos en el jabar. ¿Hasta qué punto podría encontrarse conexión entre este hecho y la noción de «historia» frente a «ficción»? M. Villegas, investigando a propósito de la narrativa árabe, establecía un paradigma de doce términos que remiten a formas de relato partiendo de la proximidad o lejanía de cada uno con respecto a la noción de «verdad» según los principios teóricos de los árabes 19 . Parafraseando al autor: «todo relato debe ser verdadero, es decir, debe fijar y dar cuenta de algún aspecto de la realidad (entendida como hechos que materialmente se han producido y como manifestación de la realidad superior)[...]». Afirma, igualmente, que la forma perfecta de relato sería, por lo tanto, el h .ad i - t profético seguido por el jabar y su posterior derivado ta’r i - j. En este sentido la inserción de hechos reales es lo más importante. Si se trata de un texto histórico no hay duda posible, si se trata de un texto de ficción, la inserción de los hechos en el curso de la historia establecería un modo de garantizar la verdad de la acción como parte de la historia, o sea, un nuevo modo de isna -d 20 . La diferencia 18. Véase ROSENTHAL, F. A History of Muslim Historiography, Leiden, Brill, 1968, 8-17, 271 ss. 19. «Narrativa árabe, otra interpretación», Sharq al-Andalus 5 (1988), 111-128. Aquí aparecen los siguientes términos (p. 112): Qis .s .a; Si -ra; H .adi -t; H .ika -ya; Samar; Jura -fa; Ustu -ra; Riwa -ya; Na -dira; Jabar; Matal; Maqa -ma. 20. Idem, 118. 62.pmd 11/03/2013, 11:12683
FÁTIMA ROLDÁN CASTRO 684 estriba, por lo tanto, en que la actividad narrativa se conciba como proceso de conocimiento o de seducción, o de ambos a un mismo tiempo. Esta conciencia de lo que ha sucedido en el pasado tuvo desde Tucídides las dos coordenadas espacio y tiempo. Pero tengamos en cuenta una vez más, como afirma P. Chalmeta «que el afán cronológico, la necesidad de la fecha, no fue universal ni se dio siempre con la misma minuciosidad. [...] Algunas civilizaciones lo reducen a dos: acabado e inacabado, así que [...] lo trascendental no es ya cuándo fue, sino si ha sido y, al límite, si fue digno de ser»21. La historia como género narrativo, como ta’ri -j , se redacta a base de documentos y en la mayoría de las ocasiones por profesionales de la historia. Las «historias» o ajba -r son atribuidas a distintos personajes, son palabras en constante evolución hasta que «un historiador mu’arrij, las clava sobre el papel con su pluma»22, hasta que se les da la pátina de lo histórico. Según se trate de ta’ri -j o de ajba -r se notificará o no el origen de la información. En el segundo caso se utilizará la terminología propia del h .adi -t que remite a la original transmisión oral con fórmulas como rawa -; ajbara-ni -; ajbara-na -, etc. En el momento en que se superponen fechas se inicia el proceso de ajba -r a ta’ri -j : «relatos orales más datos fechados reunidos por un ‘funcionario’, una reelaboración o nueva redacción y nace el género ta’ri -j tal como lo conocemos...»23. Y como es este último el que nos interesa, sus discursos estarán localizados en el tiempo y en el espacio y aparecerán avalados, en la mayoría de las ocasiones, por autores de reconocido prestigio. Cada autor será responsable de transmitir y mantener viva la conciencia, la unidad, el mito y la esencia. Los asuntos tratados tendrán la base referencial de una política ordenada y fechada y, en opinión de P. Chalmeta, con la posibilidadad de permitirnos la crítica de los datos por la pre-selección que supone la «despiadada criba ejercida por el gremio de los mu’arriju -n»24. Me remito al principio de esta exposición en el que se afirmaba que los hombres buscamos y queremos atribuir un sentido al universo, ya se trate de un universo particular o general, que no podemos sustraernos a la fascinación del relato ya que no es posible contemplar nuestro entorno desde la perspectiva exclusiva de la razón y que la única alternativa para suplir las deficiencias del racionalismo se encuentra en el símbolo y en el pensamiento mítico como generadores de lo que llamamos ficción. Volviendo a estas consideraciones cobran interés, por una parte, el afán de objetividad explicitado por casi todos los cronistas e historiadores y, por otra, la subjetividad explícita o solapada y, en íntima conexión con estos he- 21. «Una historia discontinua e intemporal (jabar)», Hispania 123 (1973), 23-76, en concreto 25. 22. Idem, 30. 23. Idem, 33. 24. Idem, 36. 62.pmd 11/03/2013, 11:12684
LA «BÚSQUEDA DEL SENTIDO»: REFLEXIONES EN TORNO A LA HISTORIOGRAFÍA 685 chos, las recetas de magnificación o destrucción utilizadas, los recursos estilísticos, los canales de difusión de códigos éticos, la ficción buscada o involuntaria. Es decir, algunos de los factores de los que podamos inferir, si fuera posible, hasta qué punto existe el supuestamente llamado «relato histórico» sin contaminaciones, y si éste existiera en alguna medida, si supera o es más valioso que el considerado de «ficción», porque ¿hasta qué punto esos elementos ficticios no nos informan?; por lo tanto ¿es lícito despreciar o infravalorar cierto tipo de documentación? Los textos son parte de lo que nos queda de los conflictos del pasado y por ello hay que interpretar lo ocurrido a través de la retórica de lo que se supone que ha ocurrido; sencillamente se trata de una versión tamizada por la interpretación subjetiva o la memoria. Aún así dichos textos no serán sino aproximaciones a lo que se supone debió suceder, versiones parciales, reflexiones, recreaciones, historias... Para comenzar, merece la pena comentar el caso de Ibn H .ayya -n25 quien en el Muqtabis V actúa con plena conciencia de historiador, en el sentido de que no se limita a ofrecer descripciones del pasado sino que pretende aprehender el significado de los hechos aportados por otros cronistas o historiadores. Además escribe sobre un pasado que le interesa, no puede abstraerse del contenido de los textos que incorpora en su obra, en todo caso la suya sería calificable como «crónica viva», atendiendo a la opinión de Croce para quien la crónica es una «historia muerta» carente del pulso vital que ha de mover la historia. Dicho de otro modo, Ibn H .ayya -n pretende hacer historia con objetividad en su composición sirviéndose de diferentes recursos pero sin dejar de «estar» presente en todos los casos. Es la norma que este autor utilice diversas fuentes de información y distintas versiones acerca de un mismo hecho; por citar algún ejemplo, ofrece las opiniones de al-Ra -zi - y de Ibn al-Faradi - para describir los escrúpulos morales de al-Na -s .ir, los cuales son completados con demostraciones de su fortaleza física. Pero su afán de ecuanimidad le hace describir a continuación los vicios de este califa y lo que es más, habla en primera persona implicándose y dejando claro que los acontecimientos se reescriben continuamente, de forma que se reevalúa su significación a la luz de nueva información, y que los historiadores pueden decir cosas que los testigos o los contemporáneos no podrían haber dicho justificadamente. A la hora de referir las campañas militares cita igualmente las fuentes de las que parte, deja claro su deseo de precisión transmitiendo documentos oficiales, cubriendo cuestiones de diversa índole, ya sean políticas, jurídicas o económicas, 25. La edición y traducción utilizadas con respecto al Muqtabis son las siguientes: IBN H .AYYA -N, Al-Muqtabas V, ed. P. Chalmeta, F. Corriente y M. Subh, IHAC, Madrid, 1979; trd. Ibn H .ayya -n, Crónica del califa c Abdarrahm a - n III an-N a - s .ir entre los años 912 y 942 (al-Muqtabis V), trd. Mª.J. Viguera y F. Corriente, Textos Medievales, Zaragoza 1981. Esta traducción es la utilizada en todas las citas reproducidas. 62.pmd 11/03/2013, 11:12685
FÁTIMA ROLDÁN CASTRO 692 humana son las más evidentes en el Rawd . al-Qirta -s; lo subjetivo complementa, el gusto por lo legendario no hace sino enriquecer la exposición, relajar la mirada: Partió para al-Andalus y llevó consigo grandes regalos, entre otros un ave parlante, que hablaba el árabe y el bereber, un animal de los que tienen almizcle, toros salvajes parecidos a caballos, animales extraños... Las referencias meteorológicas colaboran igualmente con estos objetivos: ...apareció en el cielo en la noche del jueves 23 de rayab del citado año /5 deoctubre de 991, una estrella que se veía a simple vista como una gran torre; salió del lado de Oriente, se ocultó, corriéndose entre el norte y el oeste, y despidió grandes chispas... Los sueños premonitorios, anuncios de victorias en las batallas, son recurso muy trillado en la literatura de todos los tiempos: ...mientras yo hacía oración, me cerró el sueño los ojos y ví cómo una puerta, que se abría en el cielo, y de la cual bajaba un caballero sobre un caballo blanco, muy hermoso y apuesto, con un estandarte verde desplegado en la mano que cubría el horizonte. Me saludó y le dije: ¿quién eres? soy —me respondió— un ángel del séptimo cielo, que he venido de parte del Señor de los mundos a anunciarte la victoria a ti, a los tuyos y a los guerreros que siguen tus banderas en la guerra santa, deseosos de conseguir las divinas recompensas. Queda comprobado, una vez más, que existe una alternativa de aproximación a la realidad que implica la renuncia a la pretensión documental, pero también ésta es un acto de sinceridad. Parafraseando a A. Huici, la ficción comparte la misma esencia verbal que el texto histórico, sin embargo el reconocimiento de esa esencia le permite aproximarse de un modo más auténtico a esa realidad que se nos escapa35. Se trata, por lo tanto, de reconocer el poder de la ficción. Entreverados en las páginas de esta obra, al igual que se vió en la obra de Ibn H .ayya -n, el autor traza los canales de difusión de diversos códigos éticos, cualquier excusa ofrece la posibilidad de hacerlo. Por ejemplo la fundación y descripción de Fez sirven de contexto para resaltar su condición piadosa: «nunca se ha dejado de hacer la oración del viernes en los barrios de Fez...». Los hombres más dignos de admiración solían responder al esquema: «...de los que practican la religión, la generosidad, la justicia, la peregrinación y la guerra santa» . Son frecuentes las exhortaciones en favor de la guerra santa: «...yo me voy al Sahara a hacer la guerra santa, para ver si consigo el martirio y la recompensa eterna...», o 35. «Historia y ficción», 29. 62.pmd 11/03/2013, 11:12692
LA «BÚSQUEDA DEL SENTIDO»: REFLEXIONES EN TORNO A LA HISTORIOGRAFÍA 693 «...el que de vosotros reciba el martirio, alcanzará el paraíso y el que sobreviva, obtedrá un premio y el botín». Las alabanzas más destacadas, también en este sentido, son las dedicadas a los benimerines, como es de esperar. A la vista de los hechos comentados cabe preguntarse ¿qué pretendió, en definitiva, Ibn Abi - Zarc al redactar esta obra?, tal vez sus proyectos iniciales fueron variando a medida que avanzaba la redacción de los «acontecimientos». Tal vez su idea esencial fuera redactar una obra sobre su ciudad, Fez, bajo las coordenadas de la dinastía benimerín en cuyo seno gubernamental vivía. Quizás fueran éstas las principales preocupaciones del autor, y quizá almorávides y almohades, esenciales en el pasado del territorio, protagonistas de importantísimos acontecimientos históricos en el Magreb y en al-Andalus, no pudieron ser obviados. Sea como fuera, este autor utilizó todos los registros narrativos posibles, desde el más puro y solemne, pasando por el estilo directo con diálogos, que, sin duda agiliza, hasta fórmulas efectictas, podríamos decir casi al estilo periodístico actual. Asume el papel de historiador, pero el resultado de su labor es en parte «sueño dirigido, como dicen los psicoanalistas, y todo lo que toca acabará cayendo en la esfera de la ficción»36, la diferencia estriba en que el novelista, «fantasioso y suspicaz, puede darnos su visión discrepante de los textos historiográficos sin merecer nuestra condena por ello»37. Como dice Adrián Huici, esa superioridad de la literatura, amparada en su potencial simbólico y universalizador es explicitada por Saramago en el mismo texto de la Historia del cerco de Lisboa38. Por qué no aceptar, entonces, que la ficción más elaborada puede iluminar a la historia, por qué no aceptar que la ficción también puede ser historia. Una mayor pormenorización en el análisis de esta obra sería esencial en el rescate de sus valores y darían como resultado probablemente una nueva consideración del Rawd . al-qirta -s. Se trata de abrir el objetivo y focalizar con una perspectiva más amplia. Tal vez sea oportuno ofrecer a la historia las mismas y variadas opciones que otorgamos a la vida ya que, en definitiva, nos interesamos por la historia porque somos seres en ella, porque le damos forma. 36. Idem, 27. 37. GARCÍA GUAL, C. «Novela histórica. Un pasado seductor», Babelia, Diario El País, 17 de agosto de 1996, 6. 38. «Historia y ficción», 29. 62.pmd 11/03/2013, 11:12693