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Sánchez Mejías, Ignacio : La amargura del triunfo (Novela). Edición e Introducción de Andrés Amorós, Córdoba, Berenice [Reseña]

Cortines Torres, Jacobo

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Revista de Estudios Taurinos N.º 27, Sevilla, 2010, págs. 225-229 Fig. n.º 48.- Sánchez Mejías, Ignacio (2009): La amargura del triunfo (Novela). Edición e Introducción de Andrés Amorós, Córdoba, Berenice. ¡Si la necesidad de superar unas carencias, afectivas, económicas y sociales, con el consiguiente desafío hacia el entorno, la asunción de un destino, y la búsqueda de una recompensa en el matrimonio, a través de una mujer de clase superior, condicionan la trayectoria de la figura del torero en numerosas narraciones novelescas, según el esquema codificado por Alberto González Troyano en su sólido estudio El torero como héroe literario (Madrid, Espasa-Calpe, 1988), el protagonista de La amargura del triunfo, novela hasta ahora inédita de Ignacio Jacobo Cortines 226 Sánchez Mejías, responde a las características del arquetipo. En efecto, José Antonio Moreno, conocido taurinamente como El Niño de Albento, es de extracción humilde, hijo del casero de un cortijo andaluz, y huérfano de madre. Esas carencias iniciales intentará repararlas gracias a sus muchas cualidades, «joven, fuerte, habilidoso, artista y, sobre todo, valiente» (pág. 3), que le ofrecen la posibilidad de convertirse en torero de primera fila. Como otros héroes literarios, José Antonio ha de enfrentarse no sólo al toro, a la muerte, de la que hablaba «como si fuera una mujer hermosa que presidiera la Fiesta» (pág. 6), sino también con un rival, el hijo de su protectora la Marquesa de Garosa, el señorito Manolo, presentado como un antihéroe envidioso y cobarde. La mujer, como no podía ser menos, es un acicate fundamental en la narración. En un principio parecía que la figura de Marujilla, la de las perlas negras, que da título al capítulo II, era la que iba a desempeñar esa función, pero como le advierte el viejo y experimentado Espeleta, su fiel mozo de espada, que teme que ese amor sea un factor paralizante de las facultades artísticas del diestro, esa no era más que una buscona que se timaba con todos los toreros. Aotra, a una hermosa y atractiva aristócrata, María Rosa Moreno, la Marilinda del capítulo III, prudente y discreta, estaba reservada la misión de encarnar el gran amor del triunfante torero, pero a su vez el ser la fuente de su amargura, a pesar del enamoramiento mutuo, pues la diferencia social, la férrea oposición del padre de la joven y los ruegos maternales de la Marquesa que le niega el derecho a amar a una mujer que no sea de su clase, se alzan entre ellos como una barrera infranqueable, «como una muralla, entre mi meta y yo» (pág. 71), según le confesaba a Espeleta al final de la novela, en el capítulo IX, “El viaje a México”, cuando en el muelle de Sevilla, a bordo del Celandia, emprende la aventura americana al son de la marcha triunfal de Tannhäuser. No sabemos en qué acabaría esa aventura, ni si finalmente el protagonista, guiado por una férrea voluntad de superación, Recensiones de libros 227 obtendría la recompensa ansiada, porque la novela termina ahí, de una manera brusca, sin concluir nada. Esto hace pensar que lo que conocemos al día de hoy, sólo setenta páginas, de La amargura del triunfo sea únicamente su comienzo, y que por razones que ignoramos, posiblemente sus múltiples actividades, el autor interrumpió la narración. De este parecer es el editor, el profesor y buen aficionado taurino Andrés Amorós, cuya labor ha ido mucho más allá de lo que normalmente se entiende por sacar a la luz un manuscrito, pues ha sido una tarea de auténtica reconstrucción frente a unos materiales fragmentarios y desordenados, una meritísima faena ante un ciempiés, que es como el estudioso denomina al manuscrito manejado. En la interesante “Introducción”, con el mismo número de páginas que la novela, Amorós, experto en la figura de Sánchez Mejías, traza la semblanza del polifacético personaje; ofrece una sucinta cronología, muy útil para recordar los datos más relevantes de su biografía; informa sobre la redacción de la novela y la lectura pública de los tres primeros capítulos que realizó Ignacio en el Ateneo de Valladolid durante la feria de 1925; describe el manuscrito: cuartillas y folios, escritos a tinta y a lápiz, llenos de tachaduras y correcciones; especifica en qué ha consistido su labor como editor: trascripción, corrección de ortografía y sintaxis, cotejo con la versión mecanografiada, organización del material por capítulos, etc.; para finalmente pasar al análisis de la novela con el estudio de los personajes, los lugares (Sevilla, Madrid y los viajes), y la enumeración de algunos temas, como el costumbrismo de las faenas camperas, el lenguaje popular andaluz, la crítica al señoritismo, la compleja psicología del matador, la falsedad de parte de los admiradores, o la venalidad de cierta prensa taurina. Un excelente estudio introductorio, donde se subraya la significación de esta novela en el contexto de la vida y la obra de Ignacio Sánchez Mejías. Para quien, como el inquieto torero, había practicado la crónica periodística y había ejercido de autocrítico taurino, la Jacobo Cortines 228 incursión en el terreno novelístico era un paso perfectamente previsible. Sánchez Mejías consideraba que buena parte de las novelas de la torería estaban escritas desde fuera, y él quería hacerlo desde dentro, desde el interior de la psicología de un torero, con verdadero conocimiento de causa. Desde esta perspectiva, construye el protagonista de su narración a partir de vivencias personales, aunque no creo que haya que exagerar el elemento autobiográfico, pues si hay puntos de concomitancia entre el personaje de ficción y el autor, como son las ilusiones, las amarguras, y la voluntad de ser como motor de la visión de la vida, también existen grandes distancias, sin ir más lejos los orígenes tan distintos de uno y otro: gañán en la ficción, e hijo de una familia burguesa en la realidad. Al mismo tiempo, El Niño de Albento deja entrever rasgos del ídolo del escritor, los de su cuñado y maestro Joselito el Gallo, sobre todo en el episodio del tentadero de machos en el campo del capítulo III. Pero mucho más próximo a la posible realidad histórica resulta el otro gran personaje de la novela, Espeleta, inspirado en el propio mozo de espadas de Ignacio, el gaditano César Conde, que en la narración se convierte en la voz de la conciencia del joven diestro, en su contrapunto de realismo desengañado y de sabiduría popular práctica frente a los impulsos y sueños incontrolados de su pupilo. Otros personajes secundarios como los críticos Onarres y Don Criterio aparecen con sus nombres reales, sin necesidad, por parte del autor, de disfrazarlos. La novela nace, pues, desde dentro de unas psicologías y un ambiente muy del mundo del toro que nos la hacen creíble. Está escrita con claridad y sencillez, con una buena dosificación de diálogos, descripciones y relato, pero también nos resulta bastante convencional ideológica y literariamente. Demasiado planos los personajes y tópicas las relaciones entre ellos. Tal vez Sánchez Mejías se dio cuenta de las limitaciones de ese primer intento narrativo, y llamado por otras aventuras, renunció a des- Recensiones de libros 229 arrollarlo en profundidad. Talento literario tenía de sobra, y muy pronto lo demostró con el estreno, en 1928, de la sorprendente Sinrazón, el “Juguete trágico” que se erigía como el primer psicodrama español, y a los pocos meses su nueva comedia Zaya, donde aparecía de nuevo el personaje de Espeleta, ahora como el baúl de los recuerdos del matador retirado. Nuevos ensayos dramáticos contribuirían a acrecentar el prestigio, ya grande, de Sánchez Mejías entre sus partidarios literarios: la mayoría de los poetas de la Generación del 27. Su vuelta a los ruedos en julio de 1934 y su muerte el 13 de agosto, tras la trágica cogida de Manzanares, lo convirtieron en el héroe que inmortalizaría Lorca en el Llanto. Desde entonces la fama de Ignacio el bien nacido se ha ido extendiendo por el mundo, pero no para quedarse en el héroe literario de la genial elegía lorquiana, sino para darse a conocer también como personaje excepcional, como un hombre de carne y hueso que realizó la faena de inaugurar una nueva etapa en las relaciones entre la Tauromaquia y la Literatura. Bienvenida, pues, esta rescatada y reconstruida novela en el 75 aniversario de su muerte. La amargura del triunfo, cuyo título tanto nos evoca como réplica consciente o inconsciente a El divino fracaso de su paisano Cansinos Assens, no hace más que confirmar lo dicho. Jacobo Cortines Fundación de Estudios Taurinos