Teatro escogido de Fray Gabriel Tellez, conocido con el nombre de El maestro Tirso de Molina; Tomo XI
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TEATRO ESCOCIDO O B FRAY GABRIEL TELLEZ, CONOCIDO CON Fl. NOMBUK DE EL MAESTRO TIRSO DE MOLINA. TOMO XI. MADRID: EN la IMPRENTA DE YENES, CALLE DE SEGOVIA, Nlím. f>. 1841.
DEL ENEMIGO EL PRIMER CONSEJO, COMEDIA* PERSONAS. ALFONSO. ASCANIO. SERAJF1NA. FEDERICO. LUCRECIA. ARNESTO. PORTILLO. Ijii excena es en Milán. ACTO PRIMERO* Salón del palacio que ocupa el emperador. ESCENA I. Alfonso y ascanio, envainando las espadas. ALFONSO. Vuelve á ocultar el acero mientras que pasa esa gente; que en lugar menos patente concluir , Ascanio, quiero dificultades de amor, que en tu competencia estriban. ASCANIO. De ordinario los que privan hacen deidad el favor
4 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. que sus príncipes les dan: y en señal de su altivez; pasan la raya tal vez de la modestia.—Ya están en su lugar las espadas, V la inia, te prometo que (en fe del nuevo respeto que á privanzas bien logradas , en quien usa cuerdo de ellas , debe el vasallo de ley porque el gusto de su rey mira retratado en ellas), no salga , 1 aunque la provoques, segunda vez á ofenderte. Témplate, conde, y advierte que no porque el cielo toques del favor que el Cesar le hace, es bien que desalumbrado, con las alas de privado; si el sol ícaros deshace , te atrevas á quien te iguala, si no en' dicha, en calidad. ALFONSO. No niego yo la igualdad que por noble te señala, ni al verme favorecido, atribuyas intereses de venganzas, que corteses en mi privanza, han tenido hasta este punto encerrado en el alma mi rigor; que á valerme del favor con que el Cesar me lia premiado, con él te descompusiera, de Milán te desterrara, los estados te quitara , y su enojo te prendiera, sin necesitar agora desalios, permitidos generalmente á ofendidos ; pues tu discreción no ignora que el privar suele poner
5 ACTO I, ESCENA l. freno á quien se le atrevió, no con las armas cual yo , sino con las del poder. ASCANIO. Juntas, don Alfonso, en una esas dos cosas opuestas, agravios me manifiestas con dichas de la fortuna que con el Cesar alcanzas, y hacen tu esfuerzo mayor arrojos de tu valor, soberbias de tus privanzas; y como uno y otro abarca la ciega pasión que tienes , no miras que á reñir vienes con espada mas de marca. Pero supuesto que yo ya me dispuse á envainarla, sin que intente desnudarla contra tí , porque le dió autoridad quien te nombra esfera de su secreto , y que en tí al Cesar respeto, (que en efeto eres su sombra); declárame'la ocasión del enojo que te obliga á que conmigo desdiga tu hasta aquí cuerda opinión : satisfaré su recelo, guai’dando tu autoridad con lenguas de la amistad mejor que con las del duelo. ALFONSO. Si quien eres ignorara , Ascanio. ocasión tenia de juzgar á cobardía la lealtad que en tí es tan clara; inas no por ese respeto te procures evadir; que hemos los dos de reñir en sitio mas solo y quieto, hasta que uno quede muerto,
I 2 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. negué, y me llamo don Lope de Ilaro, linage ilustre cutre Martes españoles, no me conoció ninguno ; y.así en Milán publicóse mi muerte por la codicia de intereses sucesores, que causándola á mi madre, estados y posesiones dividieron avarientos, perdieron disipadores. Kra yo de Castellón V Castelgofredo conde, que feudatario al imperio , no pueden nuevos señores poseerle, si del Cesar confirmados con el nombre y investidura, primero por dueño no le conocen. A esta causa Serafina, que entre algunos pretensores es la mas propincua en sangre á mis estados, valióse de su acción delante el Cesar; y mediando intercesiones, le suplica que en mi herencia la ampare y posesione. Supo ser yo su privanza, y que solo por mi orden se gobernaba el imperio; y buscando protectores, sip conocerme me ruega que por su justicia torne, y no permita , yo muerto, que ambiciosos la despojen. Hálleme heredado en vida, rogado ofendido, y dióme la ocasión á manos llenas venganza en satisfacciones. Pero el amor siempre hidalgo, que crece mas con rigores, como Dios perdona injurias,
ACTO I, ESCENA I. como rey i*eparte clones, pudo mas que mis ofensas; y burlando opositores, del modo qne antes el alma, la rendí mis posesiones. Ya condesa, y yo por ella de favor y estados pobre, con don Alfonso cruel, y amorosa con don Lope, me escribió agradecimientos* • en cuyas cifras esconde deseos que satisfagan mis servicios acrédores. Correspondiónos la pluma, y quedóle ó sus renglones deudor, si no á sus palabras; porque aumentando favores y terciando medianeros, Federico al fin me escoge por su esposo, y ella alegre fiestas hace y lutos rompe. Bajó el Cesar á Milán, porque en ella se corone de la segunda diadema , hasta que en Roma le adorne con la tercera dorada el mayor de los pastores; saliéndole á recebir entre grandes y barones Serafina, que engañada , al punto que me conoce, alienta aborrecimientos y repudia obligaciones, por no cumplirme escrituras, con frívolas evasiones. Jura malograr sus años antes que esposo mé nombre el Cesar, que conociendo quien soy, junta admiraciones á apremios, con que la obligue, y su rigor no provoque; temores y ruegos mezcla ;
«4 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. mas ¿qué temor hay que importe contra un natural rebelde dispuesto á persecuciones? Aseanio , yo sé que en vos los ojos y el alma pone, después que desengañada mis servicios desconoce. Si de competencias libre, fueron causa sus rigores de voluntarios destierros; cuando á segundarlos torne, juzgad vos ¡cuál volverán llevando martirios dobles tormentos hasta aquí simples , y ya con celos disformes. ¿Vos premiado, yo ofendido, y que mis años malogre para mí Dafne cruel, para vos tierna Leucótoe ? No , Aseanio; ó muriendo yo libre vuestra dicha goce bellezas que no merezco, ó muerto vos, desahoguen celos un alma, que espera salir de estas confusiones mañana al amanecer, si acudís (que siendo noble, sí liareis), á Valdcarrayan, donde no haya quien estorbe 6 la venganza á mis celos, ó el triunfo á vuestros amores, (f^ase.) ESCUNA II. ASCANtO. Yo no tengo voluntad á Serafina, si bien conozco de su beldad , que cuantos sus ojos ven ,
ACTO I, ESCENA II. i 5 la rinden su libertad. Lucrecia es de mis desvelos ocupación peregrina: ¿qué importa que forme celos, y se los dé Serafina á Alfonso, cuando los cielos niegan la correspondencia , que por oculta aversión la aparta de su presencia ? Donde no hay inclinación , no puede haber competencia. No inclinándome 4 su dama, mal con él competir puedo; si ella muestra que me ama , y le aborrece, ¿en qué quedo culpado yo ? ¿á qué me llama al campo, ó sobre qué estriba este enojo mal fundado ? Mas la soberbia derriba la prudencia en el privado, y Alfonso muestra que priva. Cuando en el campo me aguarde , y hagan sus celos alarde de lo que en mí no es delito, aunque con él no compito, daré muestras de cobarde si al sitio y plazo no acudo; y en acudiendo, el favor del Cesar será su escudo; mas cumpla con mi valor la fama que ofender pudo, y castigue sinrazones la espada , que lengua fue contra ciegas objeciones, porque dé á las obras fe quien no oye satisfacciones. (Quedase d un lado del salón , viendo venir al emperador y á Serafina.)
DEL ENEMIGO EL CONSEJO. 16 KSC'ÜNA III. FEDERICO. SERAFINA.-ASCANIO. FEDERICO. Si el ser yo su intercesor no basta para obligaros, y podéis desempeñaros de mi gusto y de su amor, fuerza será, Serafina, «lar al derecho lugar, ron que Alfonso ha de tornar á su estado. SERAFINA. Ni él se inclina, gran señor , á pretender esposa que interesable no corresponda agradable á su amor, ni á mí el perder á Castellón. ¿Será justo que contra mi voluntad cautive la libertad, si con ella pierdo el gusto ? ¿Qué aprovechará el deciros que le amo, por no ofenderos, que grato intento teneros, que el sí le doy por serviros , si^n muestras de sus enojos, imposibles de sufrir , veis mil veces desmentir en mí á la lengua los ojos? Quede sin hacienda yo, y quede con libertad. FEDERICO. No os merece esa crueldad quien su estado en vida os dió. SERAFINA. Confiesa el entendimiento lo que rebelde resiste
l 7 ACTO I , ESCENA 11!. la voluntad, que consiste en el vario movimiento de los cielos , que disponen que al conde no quiera bien. Yo misma culpo el desden que mis dichas descomponen: mas son de tal calidad, .que llevándome tras sí, ni á él le puedo dar el sí, ni de vuestra magestad (perdone mi desvarío) cumplir el justo deseo. FEDERICO. Yo en las estrellas , no creo que contra el libre albedrío baya fuerza. SERAFINA.. Esa verdad ya es fé, que no es opinión; mas causando inclinación sin forzar la voluntad, me parece desatino digno de cualquier error cautivarme sin amor al dueño A quien no me inclino. Alfonso su estado cobi'c, y estime este desengaño; que en mí será mayor daño quedar cautiva que pobre; y crea, pues desobligo ron tan libre claridad asi á vuestra magestad, que no puedo mas conmigo. FEDERICO. Quedaos con Dios; pero advierta vuestro resuelto desden que á mis agravios también abrís, señora, la puerta; y que ya vuestro rigor no.solo al conde provoca, sino que en ofensas toca que hacéis al emperador. Tirso. Tomo XI. '1
8 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. Por el conde intercedí; mas si yo no os obligare, quien con vos se desposare, me dará pesar á mí. SERAFINA. Gran señor.... FEDERICO. ¿Aquí estáis vos, Ascanio ? ASCANIO. Siempre me empleo en que os siga mi deseo sirviéndoos. FEDERICO. Quedaos los dos; que pienso que así os obligo; mas no sé yo quien se inclina á amar mas á Serafina, que á ser, Ascanio, mi amigo. ( Vase.) ESCENA I\. SERAFINA. ASCANIO. ASCANIO. A mí viene enderezado este aviso. ¿Hay cosa igual? ¡Del conde tratado mal, del César amenazado , y yo libre de ofendellos ! Serafina, vive Dios, que be de perderme por vos. Yo adoro los ojos bellos de Lucrecia; Alfonso os ama; Federico le apadrina; mi voluntad no se inclina á abrasarme en vuestra llama; mi prenda, por vos celosa, rayos de enojo me envia; el conde me desafia; la presencia rigurosa
ACTO I, ESCENA IV. 19 del Augusto me amenaza ; vos perdéis á Castellón , si mudando de opinión , no dais en esto otra traza ; mirad lo que hemos de hacer, porque si vuestra presencia, estando sin competencia, en mí no pudo encender llamas que me den cuidado, ya vos veis lo que podrá en quien receloso está de un monarca y de un privado. SERAFINA. En el pecho generoso, Ascanio , la privación da apetito á la afección, porque en lo dificultoso se acredita lo invencible. Cuando yo 110 mereciera que desvelo vuestro fuera mi persuasión apacible, el opuesto poderoso os habia de obligar á vencer y porfiar, ó enamorado’ó temoso; que yo después que el Augusto me pone tasa en quereros, y con temores severos pretende forzar mi gusto, tanto mi altivez animo * sin volver un punto atras, que al paso que os quiero mas, mas al conde desestimo. Mirad vos con qué valor osareis desobligarme, cuando habíades de amarme por solo el competidor. Mas pues del campo os salís, podrán decir los que os ven, no que no me queréis bien, mas que de cobarde huís. {Fase.)
20 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. ESCENA V. ASCANIO. ¡Vive Dios que es caso recio que esto estribe ya ep porlia! El conde me desafía, y doy causa á mi desprecio cediéndole la ventaja; si voy, al César irrito; si ve que con él conspiro Lucrecia , el favor ataja conque mi dicha enriquece: pues ¿qué medio he de elegir? No amando, ¿he de competir? Sí, pues que se ensoberbece un privado presumido, de su dama desechado; saldré, si no enamorado, por lo menos ofendido; y volviendo por mi fama, me hallará competidor el conde de su valor, puesto que* no de su fama. {P'asc.) ESCENA VI. LUCRECIA. PORTILLO. LUCRECIA. En fin, ¿vos sois español, y servís al conde? PORTILLO. Fui español, porque nací sobre un pantuflo del sol, pues cuando las colchas alza
ACTO 1, ESCENA VI. con que le arropa la noche, el sol desde el mismo coche sacando un pie, se le calza. LUCRECIA. ¿Cómo ansí? portillo. Es el colodrillo de Castilla, que se llama la vieja, honrando su fama espárragos de Portillo. Su nombre me cupo á mí,, y de ella me desterró cierto hurgón que despachó un alma al limbo: salí á ver el mundo aleman con cargo de mochillero; fui dos años mosquetero; hizo el César capitán á don Alfonso Gonzaga; aficionóseme luego; y desbalijado al juego, como se tardó la paga, me halló la necesidad faltillo de ropa blanca: como la nobleza es franca, valí me de su amistad; y en fé que le satisfago, de cama-rada me dió medio nombre, porque yo, señora, la cama le hago. LUCRECIA. Según esoprivareis mucho con él. PORTILLO. No me ha dado nada, y liállome privado de todo; mas no penséis' que me hace poca amistad, pues me fia su secreto por continuo y por discreto. LUCRECIA. ¿Tiene mucha voluntad
28 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. ESCENA X. SERAFINA. ¿Por qué si eres niño, amor, en los efetos criatura, te ofendes con la blandura, te aumentas con el rigor? ¿ No es mejor, siendo Dios, que lo parezcas, que apetezcas finezas con que te obligues, que ingratitudes castigues, y lealtades agradezcas? Pero dirás que es delito huir tu jurisdicción; que lo que está en posesión, es fuga del apetito. Solicito á Ascanio, cuyos empleos por rodeos vencen mis riguridades , porque las dificultades multiplican los deseos. Muéstrome al conde cruel, porque me sirve; y pudiera ser cuando me aborreciera , que me muriera por él. Siendo fiel, su firme lealtad castigo; á mi enemigo quiero fácil y amo ciega; huyo, amor, de quien me ruega 7 y á quien me desprecia sigo.
ACTO I , ESCENA XI. 2 9 líSCJSNA XI. don Alfonso, de camino. — s erafina. ALFONSO. Para desocasionaros, Serafina, del aprieto en que cesares rigores á vos y á mí nos lian puesto, aunque de veros me prive, no hallo mejor remedio que ausentarme de Milán, si bien del alma me ausento. Mándame el emperador que segunda vez sea dueño de los estados que os di, y la libertad con ellos; á cjue no os ame me obliga ; corno si en tales preceptos tuviera jurisdicción quien la tiene en el imperio. Contra vos está indignado, porque á influencias del cielo correspondéis desdeñosa, mis dichas aborreciendo; yo no, Serafina mia, porque solamente en esto de conocer lo que soy, me puedo llamar discreto. Bien sé que no tengo partes, si bien presunciones tengo de amaros, para quererme bien; sé que‘merecimientos, hermosura, discreción, pudieran, á conoceros la fortuna que os envidia, señora del mundo haceros. Sois serafín, mas que en nombre , en prendas que reverencio;
3o DEL ENEMIGO EL CONSEJO. y solo otro serafín es digno de mereceros:" yo de pai'tcs desvalido, en pretensiones soberbio, desdichado en esperanzas, si dichoso en sus empleos, pudiera, pues os conozco, con faetones escarmientos * reprimir intentos vanos, que lian de quedar en intentos. Bien liareis en desdeñarme; y ¡ojalá como confieso cuan loco soy en amaros , fuera sabio en no ofenderos! Mas como á vos os obligan estrellas y astros opuestos á aborrecerme indignada, á mí me obligan los mesmos á adoraros presumido : no los culpo , antes les debo, venturoso en esta parte, la gloria del pretenderos. Que en Luci'ecia mi amor mude me manda el César mi dueño, d que me esponga á rigores de la privanza herederos. No niego méritos yo de su belleza; mas niego que á obediencias coronadas pueda amor vivir sujeto. Prendas hace en vuestro estado (que pues os le di, ya es vuestro) , sin ver que andando desnudo amor, nunca estriba en ellos. Para escusar, pues, peligros, que no por mí, por vos temo, notifico á mis pesares (¡ay Dios!) segundos destierros: descansareis, Serafina, no viéndome, y yo contento con saber que lo estáis vos, si no amado, satisfecho
* ACTO 1, ESCENA XI. en que os sirvo, entretendré amorosos pensamientos, que por contemplarlos ricos, pienso conservar eternos. Fernando reina en España, Granada llama estrangeros que contra el moro sitiado ganen valor, si no premios: negaré mi patria y nombre , v al César, que por vos dejo, forzará á daros mi estado la fama de que soy muerto, si antes que deje á Milán, á las manos y el acero de quien amais y me aguarda en el campo , no lo quedo. No volverá Italia á verme, condesa, viven los cielos , si no es que, del alma libre, la compasión traiga el cuerpo. Ella es vuestra, ya os la di ; á Castellón os entrego; en vida me sucedéis , y-en ella me desheredo: ¡ojalá que como os doy el pobre estado que tengo, en vuestras sienes honrara los tres lauros del imperio! Pero el vuestro Ascanio goce, {Enjúgase los ojos.) y perdonad, que los celos mis ojos afeminaron , y sin consulta salieron del alma lágrimas nobles; que celos y amor á un tiempo, imitación de nublados, vierten agua y llueven fuego. {Quiere irse.) SERAFINA. Esperad , conde , esperad; que no acredita su esfuerzo quien en los trances mayores
DEL ENEMIGO EL CONSEJO, teme el golpe y huye el riesgo. Amar sin correspondencia de sus damas; no es tan nuevo que en martirios del amor no halléis valientes ejemplos: merecer perseverando sin espei'anza de premio, 4a á la voluntad quilates, y corona el sufrimiento. Si Federico (que en vos restituye su gobierno, y por el favor /¡ue os hace, se humilla tercero vuestro), os vé ausentar por mi causa , ¿quién duda que á los primeros añada enojos segundos, quedando yo blanco de ellos? Yéndoos vos, peligro yo; y no solo no sucedo en vuestra herencia y estado, sino.que los propios pierdo. Ved jqué traza de buscar á mis quietudes remedio, si en vuestra ausencia peligran la fe vuestra y mi sosiego! Ausentaos si es que intentáis vengaros, pues lo merezco; pero desnudaos del nombre de amante firme y perfeto. ALFONSO. Eso no, que es imposible; pero ¿qué traza hallaremos que á vos enojos no os cause, si os quejáis de que me ausento? SERAFINA. Un modo imagino, cbnde , tan difícil como nuevo, que si vos le ejecutáis, os dará el lugar supremo de cuantos vasallos honran á amor, y en su golpe ciego con hazañas inauditas
ACTO I, ESCENA XI. 33 el non plus ultra pusieron. ALFONSO. No seré ya desdichado, si dándoos á vos contento en algo, puedo alabarme que si no alcanzo, merezco. Proponelde, pues, señora. SERAFINA. Propondréle, si bien temo que tiene de deslucir las finezas que habéis hecho, rehusándole por estraño. ALFONSO. Por agraviarme hasta en eso, dudáis de quien por serviros , es martirio de sí mesmo. Lo que os amo acreditad. SERAFINA. Ahora bien, no escuchéis cuérdo; que para lo que os propongo , loco, Alfonso, he menesteros.-^ Yo no os tengo voluntad , ni, aunque lo procuro , puedo hacer que el alma rebelde se allane al conocimiento; el César severo insiste en que paguéis los empeiios de Lucrecia y la sirváis amante por gusto ageno; desdeña mis pretensiones Ascanio, celoso de esto, (que nadie es cortés con damas, si tiene por otra celos) ; yo que le amaba remisa ; cuanto mas difícil veo mi ocupación amorosa, mas su imposible apetezcoc Si deseáis, pues, mi gusto, como afirmáis y lo creo, haciendo la costa vos, fácil salida hallaremos. Fingid que á Lucrecia atnais; Tirso. Tomo XT. 1
DEL ENEMIGO El, CONSEJO y obediente á los preceptos del César , haced ensayos de amor , si no verdaderos, que en vos no serán posibles, cautelosos á lo menos, que á Lucrecia persuadan , y al César dejen contento.- Obligad después á Ascanio con dádivas y con ruegos, ya animándole á privanzas, ya ofreciéndole gobiernos , á que su esposa me elija; que en él temores y apremios, no siendo cual vos constante, sabrán conseguir mi intento. El César entonces , grato al fiel reconocimiento con que ejecutáis su gusto, y apacible á vuestros ruegos, me admitirá á vuestro estado, con otros satisfaciendo vuestra lealtad y servicios, pues tieDe tantos en feudo; y yo allanando rendidas dificultades-que han hecho tan apetecible á Ascanio, si en mi dominio le veo, le vendré á menospreciar al paso que le pretendo; que siempre enfada adquirido lo que se envidiaba ageno. Olvidaréle, no hay duda , y á vos que con otro dueño en sus favores prohijado os contemplaré estrangero, viéndoos ya dificultoso, podrá ser (no os lo prometo), si amante os aborrecia , que os apetezca severo. Mió fuistcs siempre, conde; y las mugeres tenemos galas y amantes antiguos
35 acto i, escena XI. «le ordinario en poco precio. Barato me habéis costado, «Ion Alfonso ; encareceos, haceos mas estimar , desviad ojos, dadme celos : muger soy como las otras ; haced diligente en esto la prueba , y del enemigo , Alfonso, el primer consejo. (¡Tase.) escena XI. ¡ Qué de cosas encontradas banderizan, pensamientos, que entre desesperaciones esperanzas van tejiendo ! ir"°/ ne ausente? ¿que sirva á Lucrecia, y que ofredendo amistad á Ascanio y cargos, contra mi sea su tercero ? Desafíele celoso, i y mándanme ser á un tiempo su abogado y su fiscal ! ¡que terrible mandamiento! ero, en fin , lo prometí: palabras de amor perfeto en quien las ofrece noble,’ traen fuerza de juramento, «sentencia desesperada! Mas si bien la considero, a P e, aciones convida ron vislumbres de remedio. ¿ue es muger como las otras me avisa, y apeteciendo 1° difícil las demas, ° iac, l les es molesto. ¿Qué mucho que las imite ? Siempre me ha visto sujeto', m
36 DEL ENEMIGO EL CONSEJO, sin resistencia á rigores, á las leyes de su imperio; lo continuo causa enfado; lo esquisito da deseos; y lo que amor dificulta, hacen posible los celos. Que celos la dé me manda ; y quien me avisa con ellos, principios muestra de amor, mas piedad, rigores menos. Ya yo se que cautelosa me facilita con esto á persuadir á su amante que la corresponda tierno ; •pero también hemos visto que al contrario mas soberbio, queriendo acertar, le matan tal vez sus ardides mesmos. Démosla celos , amor ; voluntad encareceos; ojos mios, divertios; asistencia, acudid menos; pensamiento, obedezcamos á nuestro enemigo en esto desde hoy, y del enemigo , amor, el primer consejo. m
ACTO SEGUNDO. Salón del palacio. ESCENA I. ALFONSO. ASCANIO. ASCANIO. Si en fhi muerte ó en la tuya consiste el tener sosiego yo ó tú, ¿qué esperas? ALFONSO. Son fueg® los celos, la fuerza suya solo en la materia estriba que sus llamas manifiesta , y no es posible cuando esta le falta, que el fuego viva. Túvelos de tí ; ya estoy de suerte desengañado , que no ofendido , obligado, con esta espada te doy los brazos, si los estimas , y esta cédula con ellos que obligue á correspondellos , pues á mi instancia sublimas tu nobleza, abora mayor. El César , conmigo franco, provisiones me da en blanco, porque conozco mejor (según dice, y no se engaña) los méritos y sujetos de sus vasallos discretos; la magostad se acompaña
DEL ENEMIGO EL CONSEJO, y obligándome me ofendes?» ¿Que tercie no me ha pedido por él, solicitador de un amor, que no es amor, de un olvido sin olvido? Luego, fingiendo olvidar lo que mas estima y precia, me obliga á que hable á Lucrecia por él: ¡estraño obligar! Mas ¿qué he de hacer? Ya le di palabra de obedecerle; amigo fiel be de serle, pues ya se lo pi'ometí. A esto es bien que se sujete quien cohechos admitió, y ignorante como yo, lo que no sabe promete. No me está mal que dé celos á Lucrecia, que en el conde advertida cori*esponde mal á mis firmes desvelos. No la ama Alfonso, si bien disimula que la adora: si él finge que la enamora, finjamos acá también; y andando amor por estremos , nuestras palabras cumplamos, porque los dos pretendamos lo mismo que aborrecemos. ( Fase .)
ACTO II , ESCENA IV. 45 VMW«V%VVWW,VVWWV1 Sala en casa ile Serafina» ESCENA IV. SERAFINA. LUCRECIA. LUCRECIA. Contenta te visito en fe de que te debo hoy infinito.. ¡ Ay bella Serafina ! amor correspondido desatina de gusto, si agraviado locuras suele hacer desesperado. Si al conde Alfonso amaras, ¡qué de esperanzas verdes marchitaras! y porque le aborreces , ¡qué de favores en mi dicha creces! De verme agora acaba tan amoroso > que me deja esclava. Si tu amante primero, \ con límite le quise, ya le quiero , tan si él (no te espantes), •, ... que quinta esencia soy de los amantes. serafina. << Aplaudo tu ventura; no es perfeto el amor que no es locura , y tanto de él te toca, que en vez de enamorada vienes, loca. Mi primo el conde es cuerdo en la elección con que pesaros pier,do causados de porfias opuestas siempre á inclinaciones mías. Doite mil parabienes. LUCRECIA. No eres muger, si envidia no me tienes; que en nosotras da pena voluntad despedida en casa agena.
46 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. No la tengas tú de esto, ni celos formes, ni el pesar molesto de que Alfonso te olvide llamas recuerde que el desden despide; prosigue en desprecialle; que mientras en tu agrado puerta no halle, á mi fé agradecido, ni temo celos, ni me asombra olvido. SERAFINA. Cuando le sirva en eso, no haré mucho, si ves lo que profeso el darle pesadumbre, y que en mí es natural, si no es costumbre, aumentar sus enojos, porque su vista es fuga de mis ojos; puesto que la esperiencia que hizo mi desden en su paciencia, halla (y otros lo afirman), que sequedades el amor confirman, y al revés, los favores entibian gustos desmayando amores. LUCRECIA. Es verdad, si no.es necio el retiro, ni para en menosprecio, porque este en vez de daños, entre venganzas logra desengaños. Amor que se cultiva, imita al hortelano que derriba de las plantas que poda ramas supérlluas, no la cepa toda. Quien ve en el mayo bello pobVar el árbol arrogante el cuello, y de yemas paridas pulular sus criaturas presumidas, que llenas de arrogancia le chupan en pimpollos la sustancia; y quien ve al hortelano con riguroso acero y tosca roano cortar cogollos tiernos que se soñaban en el tronco eternos, juzgará, si no es sabio, que en vez «le beneficios , le hace agravio;
47 ACTO II, ESCENA IV. pero verá el prudente «pie en fe de conservar lo suficiente, lo que es supériluo arroja, y por vestirle mas, mas le despoja; pero de suerte puede podarle el labrador, que seco quede. Asi en el amor pasa, que presunciones hortelano tasa, y tal vez sus favores desdeñoso limita y corta llores; mas no ha de ser de modo, que por mucho cortar lo pierda todo. SERAFINA. ¡ Qué diestra en hortalizas , ejemplos estudiosa alegorizas! Como el conde me enfada, cortar, que no podar su amor, me agrada: deseo que se seque, y así no es mucho que instrumentos trueque, y en vez de podar ramas , derribe el tronco y amortigüe llamas. ¡Plegue ú Dios, ya que en flores su abril te alegra, que al coger no llores frutos que me apercibe; que aunque seco le juzgas, por mí vive, y encubriendo congojas, por darme el fruto á mí, te paga en hojas. I-UCRECIA. ¿Tan en poco me tienes, que con íavores yo, tú con desdenes, no sabré trasplantare de tu amor á tu olvido, y regalalle «le moilo que en desprecios rinda tributos á desdenes necios? Pues yo te certifico que si pobre en tu amor, y en mi fe rico, (porque vaya adelante en metáfora de árbol nuestro amante) tan ágrio le criabas con el desden que á su lealtad mostrabas: ya que á mi amor mudado, mi posesión le goza trasplantado,
48 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. de tu ágrio riguroso y mi favor tratable y amoroso, salga (tenlo por cierto) porque me envidies, tan sabroso ingerto, que agridulce , condesa, desabrida sin él juzgues tu mesa. ESCENA V. PORTH-tO.-— SERAFINA. LUCRECIA. PORTILLO. (A Lucrecia .) El conde, en vuestra casa esperándoos, instantes mide y tasa por siglos: id, señora; que amor, que es niño, sin el ama llora. Dalde el pecho al chiquillo, y entralde á ver por mí, que soy Portilló. LUCRECIA. Ya va echando raices el árbol, aunque mas le esterilices. Serafina j ten cuenta del modo que en mi empleo se acrecienta.- verás que en tu hermosura sabe poco tu amor de agricultura. {Vane Lucrecia, y hace que se va Portillo.) ESCENA VI. SERAFINA. PORTILLO. SERAFINA. Hola, no os vais, vos. ¿Oís? Hola. PORTILLO. ¿Soy yo el oleado?
ACTO I!, hSCENA VI. 4-Q SERAFINA. Escuchad. PORTILLO. Voy á un recado. SERAFINA. ¿Que os llamo yo no advertís? PORTILLO. Esperando ini amo está. SERAFINA. ¿Hay mayor descortesía? PORTILLO. Perdone vusiniría; que no somos de acá ya. Las que á los amos desprecian , á los mozos descaminan ; si aquí nos deseraíinari, sepa que allá nos lucrecian. Mandar puede á sus criados, no á los que no la servimos. (Quiere irse.) ' SERAFINA. Hola, oid. portillo. Convalecimos, si estábamos oleados. Menos bolas, mas respeto: que ya pasaron los dias que estábamos en Olías ; mi señor es ya discreto. Con desden desdenes paga, y premia amor con amor; vo sigo en esto su humor: soy Portillo y él Gonzaga. Coda presunción es necia; y como Portillo soy , cerrado á vusía estoy , y abierto para Lucrecia;— Perdone. SERAFINA. ¿ Pues sabéis vos que la quiere mucho? iRso. Tomo XI. 4
5o DEL ENEMIGO EL CONSEJO. PORTILLO. Mucho. Desde ayer acá le escucho cstrañas cosas, por Dios. SERAFINA. Pues ¿tanto priváis con él? « PORTILLO. Como en su servicio estoy , mozo de cámara soy, y medro por cuerdo y fiel. De cámara en camarada mudo el nombre, y privo ya , pues ya ve cuán cerca está la cámara de privada. Anoche le escuché á solas decir: «pues que Serafina olvidarme determina , escuscmos carambolas, y en Lucrecia gustos labren firmezas que amor destierra: donde una puerta se cierra, muchas dicen que se abren. Pagar quiero su afición, que es bella moza; y en fin, Serafina será fin de mi necia pretensión.» Llamóme, y dijo: «Portillo, ¿ qué te parece Lucrecia?» Respondíle; «moza es í'ecia; ayer la vi el colodrillo (que el mundo llama tozuelo), y vive Dios que me agrada del cogote á la papada : ablande este caramelo durezas serafininas, si bien la condesa es tal, que no has de hallar otra igual á sus partes peregrinas.» Airóse, y di jome: «¡cómo, picaro! ¿pues no es primero Lucrecia?» Asió el candelero, y asentómele en el lomo
ACTO II , ESCENA 'V!. como si fuera ventosa : apágasenos la vela ; volvíla á tomar, soplóla j y encendíla, que fue cosa que erizándole el cabello, me dijo: «¿pues tú la enciendes ? Y respondí: «¿luego entiendes que Portillo no es doncello?» Replicóme: «al mayordomo di que saque una librea que de las colores sea de Lucrecia.» Yo que el lomo llevaba medio entumido, luego le sentí aliviado; que en dolores de criado es gran recipe un vestido. Fuísclo á notificar, y cuando le volví á ver, «sola Lucrecia ha de ser, dijo , quien me ha de sanar.» Trayéndole un labrador un braco de mucho precio, dijo: «llámenle Lucrecio.» Envióle el emperador un papagayo, y á un page que le enseñase mandó á hablar; pero le advirtió que no luese otro el lenguage sino esta palabra sola en quien su venganza estriba: «Lucrecia, nuestra ama, viva; cola Serafina, cola.» Enójase con Tarquino, porque á Lucrecia obligó ó matarse , y hoy salió á ser de un niño padrino , y antes que le remójase en el agua santa el cura, ordenó que la criatura don Lucrecio se llamase. Colegid de aquesto vos el fin de vuestros desprecios,
DEL ENEMIGO EL CONSEJO, pues nos vuelven en Lucrecios de Serafmos; y A Dios. (Fase.) ESCUNA Vil. SERAFINA. El conde cumple fielmente cuanto mi amor le ordenó; mas no le quisiera yo tan puntual obediente, que pensamientos aliente en Lucrecia: cuando ensaya ya burlas, ya veras, vaya; pero que de su afición se ofenda mi estimación, no, amor; que es pasar de raya. Para quererle yo bien, tan incapaz el gusto hallo , que solo de imaginallo , vuelve á nacer mi desden ; pero que con él me den su dama y el criado necio pesadumbre, es caso recio. ¿ Una ciega y otro loco ? Ñi tanto, amor, ni tan poco: olvido sí, no desprecio. Coheche agenas caricias el conde, desembarace alma que en Lucrecia enlace, y venga á pedirme albricias; mas pretender que malicias pena entre celos me den, eso no: mírelo bien; que para perder el seso, soy muger, y.en dando en eso, á fé que le quiera bien.
ACTO II, ESCENA VIH. 53 ESCENA VIII. ARNESTO. — —SERAFIN A. AUN ESTO. El emperador, señora, por el conde importunado, os restituye en su estado; mas con condición que agora vais á palacio, y le deis de esposa á Ascanio la mano. SERAFINA. ¿ A quién ? ARNESTO. Con vos mas humane de lo que vos pretendéis, sabiendo que á Ascanio amais, A vuestro amor le ha dispuesto, con que no os será molesto el conde que desdeñáis. SARAFINA. Pues Ascanio ¿viene en eso’ ARNESTO. ITízole el emperador de Milán gobernador; pierde por Lucrecia el seso Alfonso; y ella que estima mas que vos cumplir el gusto del intercesor augusto, desdenes á Ascanio intima, y en el conde trasformada, desposorios apresura. SERAFINA. Débole yo mi ventura al César, si ejecutada esa traza, el conde deja de conquistar mi rigor. ARNESTO. Estad cierta que su amor
Go DEL ENEMIGO EL CONSEJO, lo que pudiera ofenderlos; y cuando el satisfacerlos me está bien, por desabrirlos me despeño en deservirlos, me mato en obedecerlos. ¿Qué be de hacer? ESCUNA XII. PORTILLO. - ALFONSO. PORTILLO. La tal condesa, que después que nos mudamos, como nos entarimamos, ¿ nos atisba menos tiesa, inc embilletó para tí : (Dale un papel.) en lo que escribe repara, y si acaso se azucara , que no comes dulces di. Alfonso. ¡ Papel agora ! Pues bien , ¿qué nos querrá la condesa? PORTILLO. Bobuna pregunta es esa: respuesta de ella te den letras de ese papelón; que pareces.... ALFONSO. Bueno está. PORTILLO. Al que cuando el reloj da, pregunta ¿las cuántas son? ALFONSO. (Lee.) Lucrecia mi. coadj'utora , en mi nombre sostituida , o' necia ó desvanecida , es mi menospreciadora ¡ ella y yo iremos agora
ACTO II, ESCENA XII. 0 á palacio , y importará , si pena mi agravio os da , que mientras que esté delante , os preciéis de muy mi amante ; que en esto la honra me va. Decidme muchas ternezas , y haced de ella poco caso; que injurias que por vos paso , se han de pagar con finezas : halle en vuestras asperezas desengaño manifiesto quien soberbia se me ha opuesto. No os digo mas. Conde , á Dios; que para cumplirlo vos , basta que yo guste de esto. PORTILLO. ¡Bueno! ¿Qué alcalde de corte nos pudiera mandar mas? Vive Dios que si la das gusto.... ¡Gentil pasaporte! ALFONSO. Déjame, Portillo, salte allá fuera. PORTILLO. Sálgase ella del mundo; que no liará mella en Milán, cuando nos falte. ALFONSO. Ea pues , no seas molesto. PORTILLO. Pues dejémosla los dos; que para que lo hagais vos, basta que yo guste de esto. (Éntrase.) ALFONSO. ¡Que esté tan apoderada esta tirana de mí , cielos, que me trate ansí? PORTILLO. (Asomándose al tapiz.) Es una desvergonzada.
DEE enemigo ee consejo. 62 ALFONSO. ¡Bárbaro! ¡viven los cielos! ¿Tú te atreves...? PORTILLO. Soy Portillo; no puedo, señor, sufrillo. ¿Sin amor pedirnos celos ? ¿gullorías en bisiesto? ALFONSO. Si no te vas , vive Dios.... PORTILLO. Que para enojaros vos, basta que yo guste de esto. {Vase.) ESCUNA XIII. ALFONSO. Ya ¿de qué sirve, tormentos, ini sufrir y padecer? ¿de qué importancia lian de ser sin premios merecimientos? ' ¿No ha de ser de Ascanio esposa ? ¿ no la aína el emperador? ¿no es ya imposible mi amor? mi muerte ¿no es ya forzosa? Pues «lar contento al.augusto, y á mis agravios venganza; donde murió la esperanza, mueran las leyes del gusto. Vive Dios, que he de pagar con desprecios su desden : fingiré que quiero bien á quien comienza A envidiar. Diréle á sus mismos ojos mil caricias, mil amores; que en cambio de disfavores, no es mucho feriarla enojos. Y si muriese ofendido , vengaréme de esta suerte;
ACTO 11, ESCENA XIV. 63 que quien muere «lando muerte, si no vence, no es vencido. (Pase.) ESCENA XIV. SERAFIN A. ASCAMO. SERAFINA. Tengo yo muchas razones, Ascanio, para ofenderme, cuando pensáis convencerme «le amantes obligaciones. Deseábaos yo mi amante, porque de mí presumía que para amarme tenia prendas de caudal bastante. Amátame por vuestro amigo 4 en fe «le que os ha obligado ; y no es bien que ejecutado, os desempeñéis conmigo. Ved cuan justamente dudo agraviada «le los dos , pues puede el conde con vos lo que mi amor nunca pudo. Desvelos del gusto tiernos encienden perfetas llamas ; vos dais á cambios las damas, trocándolas por gobiernos; y temo siendo esto ansí , que si mi amor no os desprecia lo que boy hacéis de Lucrecia, * haréis mañana de mí. Ese , Ascanio, es desvarío, i Bueno es , si os desalió el conde , que quede yo por premio del desafio , y que en tan grosero alarde hallando infame salida, deis la «lama por la vida, y os quiera yo por cobarde!
6-i DEL ENEMIGO EL CONSEJO. Andad , Ascanio, con Dios. ASCANIO. Diéraos yo satisfacciones, si convencieran razones la poca que he visto en vos. Creed que honrados respetos me han obligado confuso á lo mismo que rehusó , y que á declarar secretos que es bien que el alma los guarde, quedárades persuadida á que sois desvanecida, harto mas que yo cobarde. Una cosa sola os digo (y esta aquí para los dos): que á admitir mi oferta vos , me diérades mas castigo que el que entcn'deis que me dais cuando luirla de mí hacéis, porque vos no mereceis las prendas que en mí agraviáis. ( Fase.) ESCENA XV. ALFONSO. LUCRECIA.—SERAFINA. * ALFONSO. (Hablando con Lucrecia cerca de la puerta , sin reparar en Serafina.) No pudiera otra qué vos , señora, sacar del alma ^ memorias, que por antiguas conservé inmortalizadas. Como quien de las mazmorras el triste esclavo rescata, os debo mientras viviere reconocimiento y gracias: mi restauradora fuistes, si bien diré que me sacan de una prisión, por prenderme
ACTO II , ESCENA XVI. *>5 tí» otra no tan tirana , pero no menos estrecha. LUCRECIA. Alfonso , como palabras no corran en vos al uso, y en obras se satisfagan, yo quedaré tan contenta , que deberé á mis mudanzas reconocimientos justos , y de memorias contrarias sabrán hechizos de amor sacar olvidos que os hagan agradecido á mi fe, V os den de agravios venganzas. ALFONSO. Solo en vos mi amor empleo. ESCENA. XVI.' ARNESTO.-SERAFINA. LUCRECIA. ALFONSO. ARNESTO. ( ■ Hablando aparte con Alfonso.) Alfonso, el César me manda advertiros que allí oculto, lo que os ha ordenado aguarda. ALFONSO. Que lo cumplo responded. (Vase Arnesto.) ( A parte . ¡ Cielos! allí está mi ingrata ; satisfaced con desdenes las ofensas que me abrasan.) * SERAFINA. Conde, quien amó de veras, (A él aparte.) en las ocasiones árduas, olvidando ingratitudes, cumple leyes de su dama: mirad que estoy yo presente. ALFONSO. {Aparte. Agora es tiempo, venganzas, Tirso. Tomo XL 5
66 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. que castiguéis presunciones; pues con Ascanio se casa, y el emperador la adora , voluntad menospreciada, llegad y decilda oprobios: mataremos pues nos matan.) (A Serafina.) Verdugo de mis deseos , cuando los desdenes pasan á desengaños.... (Clava Ja vista en ella , y túrbase.) (Aparte. ¿ Qué importa que pasen , mientras repasan rayos de esa luz, divinos, pensamientos que restauran, y en viéndoos, rigores vuestros juzgan bienaventuranzas?) Digo.... ¡Ay cielos! ( Aparte . Que la adoro.) Digo que el César me manda....— Miento; que no tiene el César jurisdicción en las almas.— * Lucrecia, grata á mi amor....— ¿Mas qué importa que sea grata, si os adoro? Os aborrezco, (Muy turbado.) iba á decir.—La acompañan tantas prendas de hermosura.... No, señora, no son tantas como las que en vos me hechizan. (Aparte. ¡Ay contradicciones vanas!) Es tan bella.... No es tan bella como vos.... ESCENA XVII. Va saliendo Federico á espaldas de las dos , enfrente d* ALFONSO. ARNESTO.-DICHAS. ALFONSO. Y en fin, que salga ó no el César; que se enoje,
6 7 ACTO II, ESCENA XVUI. d se alegre, que deshaga en mí el disfavor su hechura.... Pero aquí, condesa amada , ¿qué tiene que ver el César? Mas aí tiene, pues os ama. Pero tenga ó no , yo os quiero desengañar. (Dirigiéndose á Federico que todavía está retirado , y que, d la primera palabra de Alfonso , le hace una señal amenazadora.) Ya se acaban de declarar, gran señor, mis agravios. (Aparte. ¡ Me amenaza! No hay por qué ; ya le obedezco.) Digo.... que os quiero ; privanzas , á Dios; que os quiero, en eíeto; os quiero mas que á mi alma. (Fase.) ESCENA XVIII. FEDERICO. SERAFINA. LUCRECIA. ARNESTO. FEDERICO. Prended aquel desleal , Arnesto; ponelde guardas. Prended también la condesa. SERAFINA. ¿ Pues yo , señor....? FEDERICO. Vos sois causa del desacato presente. Tengan por cárcel sus casas; que mi rigor hará cuerdos locos que mi gusto agravian. (Fase.)
68 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. ESCENA XIX. SERAFINA. LUCRECIA. ARNESTO. SERAFINA. Presa voy; mas vencedora. Lucrecia , poco se arraigan frutales en tierra agena, porque, en fin, es su madrastra: aprende otra agricultura. (Fase.) LUCRECIA. Corrida estoy ; confianzas, obligar amor con celos es criar silvestres plantas. L
ACTO TERCERO. ESCENA I. ASCAN10. FEDERICO. ASCANIO. Preso queda en Montflorel, de doce archcros guardado, sin permitir que un criado siquiera quede con «1. Solo una legua de aquí dista aquesta fortaleza. FEDERICO. ¿Y muestra el conde tristeza ? ASCANIO. Podréle afirmar que vi, á vuestra alteza , señales en su rostro de valor humilde, pues ni el temor, que con disfavores reales suele afeminar sugetos, descompuso su semblante, ni temerario arrogante atropellando respetos , destempló la autoridad que siempre en él conocimos. FEDERICO. ¿Qué dijo? ASCANIO. Solo le oimos decir : «de su magestad desgraciada hechura soy: pues de esto se satisfizo, ¿ qué importa si ayer me hizo, que á deshacerme vuelva hoy ?» Del mismo modo en su casa
7 f > DEL ENEMIGO EL CONSEJO, obedeció á su afición. FEDERICO. No, Ascanio; ya he comenzado á hacer csperiencias de o!, y le hallo, puesto que fiel, algo desacreditado. De ayer con publicidad preso, si hoy le libertase, no es mucho que murmurase Milán mi facilidad. Saber pretendo, en efeto, si á mis pruebas corresponde; que por lo que estimo al conde , le deseo muy perfeto. Codicioso de que en vos he hallado un perfeto amigo, mis esperiencias prosigo: veamos si sois los dos iguales en la lealtad, y hasta donde la ley llega de Alfonso. ASCANIO. For él os ruega su inocencia y mi amistad, segura de lo que os ama, pues es cosa conocida que dará el conde la vida por vos. REDE RICO. Sí, mas no la dama. ASCANIO. Es de otro predicamento eso, aunque si os importara, yo se que la desterrara por vos de su pensamiento. FEDERICO. Pues eso quiero probar. ASCANIO. ¿De qué modo, gran señor? FEDERICO. De su pertinaz amor tengo de esperimentar
ACTO III, ESCENA 1. la fineza, y juntamente los quilates de la fe con que me sirve; saldré , después que lo esperimentc, ó con un vasallo á prueba que nuestros siglos asombre, ó cierto de que no hay hombre que perseguido, se atreva á permanecer leal. ascanio. ¡Gusto estraño! FEDERICO. Y provechoso t si saliendo victorioso , confio de su caudal el peso de mi corona. En esto habéis de ayudarme. ASCANIO. Jlien‘podéis, señor, fiarme, pues vuestro favor me abona , lo qué mandáis. FEDERICO. El secreto es lo primero. ASCANIO. Y será eterno en mí. FEDERICO. No sabrá por vos, siendo tan discreto, el fin de esta pretensión el conde. ASCANIO. Aunque soy su amigo á ser fiel con vos me obligo. FEDERICO. Esa es noble obligación. Venid, pues, y os daré cuenta de cosas que han de admiraros. ASCANIO. Ya es delito el replicaros.
7 8 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. FEDERICO. Mi porfía , Ascanio, intenta que aborrezca á Serafina el conde, y le tenga amor ella. ASCANIO. Difícil., señor , es la empresa. FEDERICO. Así examina los ánimos mi csperiencia , de un desden siempre constante, y una voluntad amante , igual á su resistencia. ( Vanse .) Sala de un castillo á una,legua de Milán. ESCENA II. ALFONSO- ¿Tan grande fue mi esceso, tan pocos mis servicios, la indignación de Federico tanta, que aborrecido y preso, á vulgares juicios me csponga el César , que su corte espanta? ¡ O adversidad que santa, en tí los desengaños ojos abren al alma contra engaños que la prosperidad ciega y encanta! ¡qué loco desvaría quien de los hombres esperanzas fia! No tiene coyunturas el bruto corpulento que en cándido marfil libró su estima; y ansí en las espesuras
79 ACTO III, ESCENA II. para cobrar aliento, no cama, un tronco escoge á que se arrima; mas para que le oprima, el cazador le asierra; recuéstase sobre él, y dando en tierra, en lugar d,e aliviarle, le lastima. Nunca me derribara, si al árbol del favor no me arrimara. ¡ Ayer favorecido, hoy preso, hoy sin estado! ¡ayer causando envidia, hoy escarmiento! ¿Tan presto se ha ofendido? ¿tan cerca está, cuidado, la voluntad del aborrecimiento? IV^údase un elemento en otro fácilmente; región elementar llamó un prudente al príncipe: ¡qué bien lo es^>erimento! ¡O reales condiciones, leves por peregrinas impresiones! Mas sin razón me quejo, y con ella el augusto pretende castigar mi inadvertencia. Desprecié su consejo, opúseme á su gusto, solicité á quien ama en su presencia; quien hace competencia, no á un César, al amante menos noble, venganza alienta doble; yo mismo contra mí me doy sentencia, yo mismo , mi enemigo, pronuncio en mis disculpas mi castigo. ESCENA III. portillo, de carbonero. —Alfonso, portillo. ¡Diz que no le habia de ver!— ¡Señor de mi corazón!
8o DLL ENEMIGO EL CONSEJO. ALFONSO. ; Portillo! ¿qué es esto? PORTILLO. Son industrias que sabe hacer el amor con te pago las mercedes que te debo, muchas cosas hay de nuevo ; la privanza pisa en vago. Vedáronme el asistirte en la prisión envidiosos, que en tu daño poderosos, no cesan de perseguirte; mas yo que vivir no quiero sin tí (española lealtad), busqué en la necesidad ardides; y carbonero, no propietario , de anillo, tres rústicos soborné, y en su compañía entré cargado en este castillo de una sera de carbón: dejéla al primer zaguan, y de desvan en desvan en busca de tu prisión, topo con una azutea; suspiros abajo siento; dije: «aquí es el prendimiento,» encuenti'o una chimenea, subo encima, y atisbando, te escuché, aunque no te vi, querellas que no entendí; yo entonces desañudando dos lías para el efeto apercibidas, las ato al cañón, y en breve rato, como tuétano me meto * por la negra cerbatana, hecho un tizne volatin: nevaban copos de hollín, hasta que en la losa llana hago pie, y por los tapices
ACTO III , ESCÉNA III. 8l tentando , contigo he dado, donde haz cuenta que he bajado, señor, por unas narices. ALFONSO. ¡Ah Portillo! en esto paran prosperidades del suelo. PORTILLO. Ese tu Ascanio , recelo, según algunos reparan, que fue cuervo que criaste para sacarnos los ojos. Nunca el César tuvo enojos contigo, si lo notaste, hasta que le introdujiste en esta negra privanza. ALFONSO. No desdores la alabanza que en su amistad siempre viste. PORTILLO. No haré; mas cosa es sabida, si ejemplos he de alegar, que el que comienza á privar , juega á salga la partida. De tu prisión se ha encargado, gobierna la imperial casa, todo por su mano pasa , que te sirva me ha vedado; ya nos mira con capote, y á quien las manos le besa , habla una palabra, y esa al soslayo de un bigote. ALFONSO. ¿Qué dice Milán de mí ? PORTILLO. Lo que en tales novedades acostumbran necedades plebeyas: anoche oí tres ó cuatro que á una esquina sobre tu prisión echaban juicios , y me causaban á un tiempo risa y mohína. Uno dijo: «yo he sabido flRso. Tomo XI. 6
8a DEL ENEMIGO EL CONSEJO, de persona muy de allá cuan culpado el conde está, y que alzarse ha pretendido con Milán y Lombardía, matando al emperador; que como sin sucesor murió Filipo María su duque, y vuelve el derecho al imperio , por llamarse duque, quiso despeñarse.» — «No es eso, á lo que sospecho,» dijo otro: «yo me he informado que há un año que con el conde el turco se corresponde, y que esperanzas le ha dado de entregarle á toda Ungría.» ALFONSO. ¡Jesús! ¡qué temeridad! PORTILLO. «Que como de poca edad á su rey Ladislao cria el César en su poder, darle muerte es fácil cosa.» — «Esa fama es mentirosa,» dijo el tercero; «á mi ver, no es sino porque intentaba con su hermana la princesa casarse, y en esta empresa, robándola , imaginaba pasarse á Grecia con ella.» Dijo otro: «esa es gran locura.» — «Quien á mí me lo asegura,» respondió, «lo supo de ella.» — «No hay tal.—Sí hay tal.—Es mentira.- Quien miente , miente ; yo no.—» En esto desenvainó espadas el vino y ira, que uno y otro andaba igual; porque el vino y los aceros mientras se están en los cueros, en su vida hicieron mal; mas saliendo , es cosa llana
83 ACTO III, ESCENA IV. que luego ha de haber peleona, asomóse una fregona á este tiempo á la ventana; y andando todo confuso, la mano de un almirez tras un «agua va,» fue juez que en paz á todos los puso. ALFONSO. ¡Buena anda, honor, vuestra fama! ¡buena, cielos, mi opinión! ESCENA IV. ASCANIO. — ALFONSO. PORTILLO. ASCANIO. Conde, los que amigos son.... portillo, aparte. Escóndome tras la cama. ASCANIO. ¿Qué es esto? ¿Quién está aquí? portillo, aparte. Vióme : pardios, de esta vez hay gargarismos de nuez. ASCANIO. ¿ No respondéis ? PORTILLO. Señor, sí. ASCANIO- ¿ Quién sois vos ? PORTILLO. ¡Lo que vosea! Novicio soy carbonero. ASCANIO. ¿Quién ? PORTILLO. Descendiente primero soy de aquesa chimenea. Deseos de mi señor me descolgaron ahajo;
84 DEL ENEMIGO EL CONSEJO, vendo carbón á destajo; perdóneseme este error, que no ha podido ser menos; aunque mientras que lo trata, mas vale salto de mata, pardios, que ruego de buenos. {V Me.) ESCENA V. ALFONSO. ASCANIO. ASCANIO. Conde, ¿así el orden se guarnía del emperador? ALFONSO. ¿ En qué sus órdenes quebranté , si preso y con tanta guarda, el fiel reconocimiento de un criado aventuró su vida, y á verme entró, no con mi consentimiento? Amigo Ascanio, dejad que logre un criado mió lealtades, cuando las fio de vuestra noble amistad; que atrevimientos de amor no son dignos de castig®. Decid , ¿cómo está conmigo Federico mi señor ? Que lrayéndoo6 ó su lado, ya su enojo habrá tenido fin; y habiendo intercedido por mí, vos tan su privado, claro está que envía á sacarme de la prisión; claro está que el César os mandará á su presencia llevarme. ¡Qué buen apoyo dejé en mi adversidad con vos!
85 ACTO III , ESCENA V. ¿Calíais? Habladme, por Dios. ASCAISIO. Alfonso, solo os diré que paga mal la condesa finezas de vuestro amor por ella; el emperador (sabe Dios lo que me pesa decíroslo) está dispuesto....— Fáltame el ánimo, conde; mi turbación os responde; riesgo corréis manifiesto. Confiad de mí; que os precia de suerte mi voluntad, que si por vuestra amistad de servir dejé á Lucrecia , dejara agora el íavor del César , que por vos gozo, por impedir el destrozo que amenaza vuestro honor. No es la muerte el mayor mal para quien valor profesa; peor es que la condesa prueba que sois desleal con papeles y testigos. Lucrecia que fiel os ama, vuestra vida y vuestra íama, contra envidias y enemigos, defender de modo intenta , que alegando lo que os debo, por mandármelo, me atrevo á dar de mí mala cuenta. Pero, en fin, por ella y vos, mi dama ella, vos mi amigo , el orden que me dió, sigo, obligado de los dos. Confuso estáis: no me espanto; mas esta llave y papel os aconseje; que fiel, por no deteneros tanto, hallareis (si pagar sabe estremos vuestro valor), en este papel su amor ,
9 2 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. ALFONSO. Véngate, tirana, de quien siempre aborreciste, si hay sin injurias venganzas. Igualmente compitieron tu desden y mi constancia, mi amor y tu ingratitud, tu menosprecio y mis ansias: venció tu aborrecimiento, sin que obligaciones tantas torcer tus rigores puedan, con ser la muger mudanza. Ejemplo de amantes fui, ejemplo serás de ingratas; empeños de amor me debes, moneda de agravios pagas. Servíte siempre, adórete desde mi primera infancia; déjame alegar servicios; serán las últimas mandas, que en trágico testamento, deudora, heredera te bagan de mis estados y vida, ilustre con pruebas tantas. Niño te amé, y desde entonces tiranizándome el alma, te idolatro como á dueño: tratástela como á esclava; quitásteme la salud, sacásteme de mi patria, desheredásteme en vida; perdí por tí mi privanza, por tí desprecié á Lucrecia ; de mi prisión fuiste causa, y ocasionando mi muerte, la opinión que conservaba, también tu rigor destroza, porque despojado vaya de la lealtad y la hacienda, de la vida y de la fama. Si te adora Federico, si ya, emperatriz, te casas,
ACTO III , ESCENA IX para que de estas prisiones á gozar su laurel salgas, ¿por qué mi opinión lastimas? ¿por qué mi sangre maltratas, cuando traiciones me impones, cuando lealtades agravias? ¡Yo conspirador aleve contra el César! ¡yo al de Francia le entrego á Milán! ¡yo intento gozar afrentoso á Parma ! Si, como siempre te he sido aborrecible, te cansas de que viva en tu presencia, y piensas que la esperanza del imperio que apeteces, mis celos te desbaratan, quítame leal la vida, no el honor que despedazas. Para servirte hasta en esto, de las prisiones me sacan imperios de tu desden: mi muerte huyendo escusara, á no ver que la deseas, á no recelar mi infamia, á no obedecer tu gusto, á no dilatar mis ansias. Si el tálamo de tus bodas ha de ser este, haz, tirana, que el túmulo de mi muerte también sea; al César llama; pisa lealtades, cruel, y, mi cabeza á tus plantas, pon su diadema en la tuya, y verá el mundo en entrambas la firmeza en la desdicha, la crueldad en la constancia, y castigando inocencias, la ingratitud coronada. SERAFINA. ¿Qué es esto, conde? ¿qué es esto? Cuando el César me amenaza, deslcaltades me atribuyen,
94 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. testimonios me levantan, vuestro favor me defiende, y con segundas privanzas á Milán causáis asombros, á la envidia quebráis alas, ¿decís que os desautorizo, que por mí el César os mata, que destruyo vuestro honor, que á vuestra prisión doy causa ? Si son coronas augustas sentencias notificadas por Ascanio de la muerte que ya mi desdicha aguarda, bien decís, pues enemigos intentan con pruebas falsas desacreditar mi honor, y dar que decir á Italia. Ya sé lo que en esto os debo, ya sé que el César me manda casar con vos, ó morir: jojalá que no quedara mi opinión, después de muerta, á discreción de la fama del vulgo, que las mas veces deshonra , y ninguna alaba! ¿Querreisme vos por esposa, cuando yo, conde, os amara (que ni puedo, ni es razón forzar potencias hidalgas), con opinión de traidora, para que entibiando llamas la posesión del deseo, me déis cada vez en cara que fui desleal al César? No, Alfonso, la muerte acaba si no deshonras, la vida: muera yo dando venganza (i vuestra leal firmeza, y saldréis vos á la causa de mi crédito, si en muerte como en vida, el que es noble ama.
95 ACTO III, ESCENA XI. ALFONSO. ¿Que decís, señora mia? ¡Vos desleal! ESCENA X. ASCANIO.— ARRESTO. ALFONSO. SERAFINA. ASCANIO. Quien quebranta prisiones, no está inocente; que el huir, culpas señala. ¿Qué es esto, conde? ALFONSO. Morir delante de quien me agravia, en fe que A su ingratitud mi amor constante se iguala. ARRESTO. Condesa, el César me envia....— Escuchad lo que os encarg^ (Desviándose con ella á un lado.) aparte.—A que os notifique, ó salir en su desgracia desterrada de su imperio, ó desmintiendo probanzas que á vuestra opinión se oponen, dar á Alfonso fé y palabra de esposa. ESCENA XI. LUCRECIA.— DICHOS. LUCRECIA. ( Dtrig¡endo^b á Alfonso y hablando aparte con el á otro lado.) El emperador me envia á que os persuada,
9 G DEL ENEMIGO EL CONSEJO, conde, si desvanecer queréis testigos y cartas que vuestro valor desdoran, á que paguéis la constancia de mi amor, siendo mi esposo, pena de ser en Italia de desdichados ejemplo, dándoos muerte: interesada en vuestra vida, os suplico, si no por quien tanto os ama como yo, por vuestro honor, que obedezcáis lo que os manda. ALFONSO. Perdonad, Lucrecia hermosa; que quien tiene enagenada la libertad, ya no puede serviros, ni retirarla. ¿De qué servirá ofreceros un' cuerpo que está sin alma , ni una voluntad cautiva? De mi vida el César haga su gusto; que no sé yo que dándoos la mano, salga de mi lealtad ofendida la opinión limpia y sin mancha. Reconozco lo que os debo; pero en quien el caudal falta, cuando las obras no pueden, agradecimientos bastan. SERAFINA. Responded, Arnesto, al César que siendo acción voluntaria la que tálamos admite, y yo de sangre Gonzaga , no pago pechos por fuerza, ni en mí podrán amenazas lo que el tiempo no ha podido: que me doy por desterrada. ascanio. * Apercebíos, pues, Alfonso; que habéis de morir mañana.
97 ACTO III, ESCENA XI SERAFINA. ¡Cómo! ¿Quién ha de morir? ASCANIO. El conde Alfonso. serafina. ¡Qué estraña resolución! ¿Qué hizo el conde? ASCANIO. Servicios, que vos, ingrata, ni pagais, ni conocéis, siempre rebelde y tirana á la voluntad del César, que á persuadiros no basta ; probar ansí que con vos se conjura, y al de Francia vender á Milán pretende. SERAFINA. Pues si muere por mi causa, lo que ni mi inclinación, ni imperiales circunstancias pudieron conmigo, puedan de su amor las pruebas raras. Muera, si muere, mi esposo.— Dadme esa mano. ALFONSO. ¡ Qué gracias no debo dar á la muerte, pues mi le por ella alcanza lo que no merecí vivo! ¡ Ojalá resucitara para morir muchas veces, obligándoos otras tantas! (Danse las manos.) En mi muerte hallé mi dicha. LUCRECIA. Serafina, si desgracias de Alfonso escusar queréis, el César me dio palabra de volverle á su favor, siendo mi esposo: dad traza que lo sea , ó morirá. Tirso. Tomo XI. 7
98 DEL ENEMIGO EL CONSEJO. SERAFINA. ¿Cómo, si el Cesar me manda que por mi dueño le admita, quedando su fé obligada, como yo cumpla su gusto, á volverle á su privanza? LUCRECIA. Engañado os han, condesa. SERAFINA. Los Césares nunca engañan. ESCENA XII. FEDERICO.—SERAFINA. LUCRECIA. ALFONSO. ASCANIO. AIINESTO. • FEDERICO. Es verdad; pruebas han sido que para vuestra alabanza hizo el amor y el poder, dándoos á los dos la palma de constantes invencibles, y á iní el pi'emio de esta hazaña, pues lo que el conde no pudo con v,os, industrias acaban, que he puesto en ejecución, ufano de ver que enlazan opuestas inclinaciones coyundas de amor sagradas. En fin, conde, victorioso habéis salido, á mi instancia, del desden de la condesa. Duques sois los dos de Mantua, y de- Valencia del Pó conde Ascanio, si se casa con Lucrecia. ALFONSO. Ensalce el mundo blasones de tal monarca. FEDERICO. No hay quien vuestra lealtad culpe;
09 ACTO III, ESCENA XIII fingida ha sido esta traza, para conseguir el fin que en dichas muda desgracias. Vuestro padrino he de ser. ESCENA XIII. PORTILLO.—tOS MISMOS. * SERAFINA. Si al conde mi señor matan, muera á su lado Portillo, y honre lealtades de España. ALFONSO. La tuya premiare yo, digna de que de mi casa teiigas el gobierno todo. PORTILLO. Dame á besar treinta patas.— Pero ¿no hay degollamiento? ALFONSO. Antes el César levanta mi lealtad á nuevas dichas. PORTILLO. Viva mas que vivió el arc.1 de Noé. ALFONSO. El amante firme que inclinaciones contrasta, dando su estado y sufriendo, méritos como yo alcanza. Dar, sufrir y merecer son las partes necesarias que doblan inclinaciones: aprenda en mí quien bien ama.
EXAMEN DEL ENEMIGO EL PRIMER CONSEJO. Hemos llegado á la comedia mas limpia, mas decente y urbana de Tellez, y que seria la mejor de su teatro, si el arlo último correspondiese al primero, y los tres fue¬ sen mas cortos. La idea principal no pertenece esclusivamente á nuestro autor, porque no pasa de ser una modi-, ficacion de Los Milagros dtl Desprecio , de Lope; lo que sí pertenece á Tellez es el pensamiento, sumamente dra¬ mático y delicadísimo, de que la desdeñosa misma sea la que proponga al galan desfavorecido el medio que lia de servirle para triunfar de su aspereza, y que este lo adop¬ te, no por despique ni por cálculo, sino por obedien¬ cia, por hidalguía, por csccso de amor. El carácter de Alfonso, que es lo bueno que hay en esta obra, es el mas amable y tierno que pintó Gabriel Tellez: ni el don Iñigo de Palabras y Plumas, ni el don Guillen de Amor y Amistad, ni el don Juan de La Firmeza en la Hermosu¬ ra, tienen tantos rasgos de verdadero sentimiento, ni tan¬ tos trozos de espresion sencilla, decorosa y apasionada, distante á la par de la trivialidad burlesca y del énfasis impropio. La figura de Serafina es menos hermosa; pero hay en ella también felices inspiraciones: los pers#nages de Federico y Ascanio tienen bastante nobleza, lo cual no es común en los segundos galanes de Tellez. El plan es des¬ igualísimo: hay en los actos primeros algunos pasages por los que se podria creer quesehabia pensado con detención el enredo de la fábula, y á vuelta de esto se notan descuidos incomprensibles(1): el acto tercero está mal zurcido con los (I) Véanse en prueba de esto las escenas IV y Vil del primer acto, y se notará que en la una hace Ascanio creer que Lucrecia le ama, pues afirma que está celosa de él, y en la otra su esplica la dama con el emperador como si jamás hubiera ¡tensado en Ascanio.
EXAMEN. 10 dos anteriores, porque allí la acción varía de rumbo: no vemos ya un hombre, que dócil á las exigencias de su da¬ ma, se pone á pretender á otra, y despierta los celos de la misma que le dió el consejo, sino á un súbdito víctima de una esperiencia de su soberano; no vemos ya casi al amante sino al ministro. La prueba que hace Federico, puede parecer inútil, porque no se debe dudar que Alfon¬ so le sacrificará su amor, cuando este sacrificio ya lo ha hecho, pues ha rogado á Ascanio que ame á Serafina; sin embargo este defecto no es mas que aparente, y tras él hay escondida una gran belleza. Un amante como Al¬ fonso podia llegar hasta favorecer los amores de su dama con el hombre á quien ella preferia; pero de ninguna manera con aquel que no era de su agrado: él queria la felicidad del objeto de sus adoraciones, y Serafina que hu¬ biera podido ser feliz, esposa de Ascanio, no lo seria con Federico, porque nunca habia aspirado á sentarse bajo el sólio cesáreo. El defecto capital del acto tercero es que de¬ bía. ocuparle Serafina, cogida en sus propias redes, com¬ prometida á casarse con Ascanio que, desengañado por Lu¬ crecia, se prestase ya de buena gana á la boda solicitada por la condesa, la cual desde el punto que se viese amada de Ascanio, debia compararle con Alfonso, conocer la di¬ ferencia entre ambos, y hacer por fin justicia al primero. Serafina habia ya dicho : Pretender que malicias pena entre celos me den , eso no: mírelo bien; que para perder el seso , soy muger, y en dando en eso , á fé que le quiera bien. Y quien se ha espresado en esta forma, no tiene nece¬ sidad , para decidirse á premiar la constancia de un aman¬ te, de verle condenado á muerte por una traición increí¬ ble : la ufanía de Lucrecia persuadida de que el conde iba á ser suyo, hubiera sido mucho mas poderosa, y mas có¬ lica sobre todo. F.l lenguage es muy claro, muy correcto é igual ge¬ neralmente. La relación del primer acto se hace insopor¬ table por lo larga; pero está bien escrita, aunque hubiera
io8 AMAR POR ARTE MAYOR. del riesgo de estas sospechas, quise, conde, adelantarme. Consideraldo ahora bien, y si es justo que amistades se favorezcan por vos, (¡ue ofenden dos magestades. DON MEI.KNDO. Puesto que estimo en muchoios avisos, don Tollo, que os escucho , os juro que engaiiado puede venir el rey , mal informado que le desirvo en eso; porque ni de don Lope ni su esceso hasta agora lie sabido , ni tanto en su amistad he merecido. Con mas breve distancia que las Asturias, se divide Francia de Navarra y Pamplona que A semejantes fugas ocasiona. DON TELf.O. No logra la mentira máquinas maliciosas. DON MECEN DO. Dona Elvira sentirá justamente, que sin verla os volváis. El inocente desprecia disparates de la envidia; no temo sus combates. Venid á visitaba; que la verdad responde cuando calla. ( Vansc .)
Ai.TO I , ESCENA II °9 Rosque á una jornada de Oviedo. ESCUNA II. doña blanca , en tragc bizarro de camino, dona Sancha. ACOMPAÑAMIENTO. DOÑA BLANCA. ¿Cuánto dista de aquí Oviedo? DOÑA SANCHA. Ocho leguas peñascosas, si á la vista deleitosas, gigantes que ponen miedo á los pies para subillas, y al tiento para bajallas. DOÑA BLANCA. La costumbre de cursabas facilita el admitillas. Este valle es apacible, si mal acondicionado; á aquel monte que elevado se ensoberbece imposible, mientras da el calor licencia que sus faldas rodeemos, sus privilegios gocemos, huyendo la residencia del sol, que pesquisidor, todo lo asuela y abrasa: buscad sombras, mientras pasa , que os libren de su rigor, y avisad cuando os parezca que se templa su osadía, y la senectud del dia rayos mengüe y sombras crezca. (rase el acompañamiento.)
I i O AMAIl POR ARTE MAYOR. DONA SANCHA. Si el favor con que me ampara vuestra alteza se atreviera á esceder hoy de su esfera, no sé si la preguntara.... DOÑA BLANCA. ¿Qué, doña Sancha? DOÑA SANCHA. ¿ A qué efeto si al rey su hermano aguardamos , y en León nos alegramos de que á pesar del secreto que amor hasta aquí ha tenido (si es posible que en él le haya), viene el duque de Vizcaya de vuestra alteza escogido , y de nuestro rey llamado; digo , ¿á qué efeto se pone en camino, y no dispone el alma, que le ha entregado, á que en León le reciba ? que juzgará á disfavor los retiros de su amor, si ausente, el verle le priva. doña blanca. ¡Qué de cosas que has mentido entre las que has preguntado! Cuando el duque sea llamado, ¿sabes tú que es admitido? Bien pudo llamarle el rey mi hermano y señor, bien pudo un consentimiento mudo quejarse en mí de la ley que introdujo la costuinln’.e en las de mi calidad, •pues contra la libertad dan al alma pesadumbre; mas no sé si podré yo acabar, Sancha, conmigo admitirle , aunque me obligo á lo que el rey prometió. ¡Triste cosa que hayan dado
ACTO I, ESCENA III las coronas inhumanas en desterrar sus hermanas por sola razón de estado! Sancha , el duque viene, y yo, como sé que en las Asturias contra violencia y injurias la inocencia amparo halló, imploro su antigua ley, y busco (no sé si en vano) á Ordoiio aquí como hermano ; que en León le tiemblo rey.— Mas oye: en aquella mata al tronco de aquel aliso, que en ese ari'oyo Narciso envidias de sí retrata , un nido de ruiseñores amoroso se querella, fundando capilla en ella de naturales cantores. Orleos son de estas selvas; sus padres están con ellos: ¡ay si pudieses cogellos! DONA SANCHA. Yo voy. ( Fase .) ESCENA III. DOÑA BLANCA. ¡Ojalá no vuelvas!— ¡ Ay amigas soledades ! que al paso que mas incultas, desvanecéis por .ocultas rústicas severidades, libertades os da el escondido suelo, solo sujetas al cielo en el invierno y verano; sin favor del hortelano, gozáis ya el sol, ya la nieve;
I 12 AMAR POH ARTE MAYOR. no se atreve á ofenderos t&sca mano. ¡Qué ventura que solo el tiempo os destroce , cuando el sol solo os conoce; y en esta selva segura, lo que vuestra vida dura, libres siempre, nadie os goce! ¿Quién imitaros pudiera , (1) de agena jurisdicción, por mas grave , mas severa? No pechera vuestra amenidad al susto de la hoz en brazo robusto, por vuestra cuenta corréis; remozáis , si envejecéis, y á nadie favor pedís. Si os vestís, á vosotras os debeis hoja y flores; vuestro mismo amor os cria de vosotras monarquía , libres de agenos rigores. ¡Feliz Narciso en amores, que no admitió compañía! ¡ Feliz el fénix también que privilegia desvelos, y jubilado de celos, solo á sí se quiere bien! No el desden, no la sospecha inconstante teme ; de sí mismo amante , burla al tiempo y la fortuna. Siempre pira, siempre cuna, en nidos de aromas sammios, epitalamios solo á ¿í solo se canta, y amoroso (t) Se sobreentiende el libre de arriba.
ACTO I , ESCENA IV. I i 3 padre, hermano, dueño, esposo, para sí (como en sí reina), nacar y oro en plumas peina. ¿Qué mucho que en dicha tanta envidie á un ave una infanta , esta esclava, aquella reina? i; ser. ¡va iv. DON LOPE. BRRMUOO.— DoSa BLANCA. BERMUOO. (Hablando con su amo , sin reparar en doña Blanca.) O embarcarnos ó perdernos, porque Ordoño^en tu demanda, no á caza de gangas anda , sino á caza de cogernos. Es un Herodes Ordoño , y tú y yo como inocentes; si no escusas accidentes, ó nos vuelven en madroño, vive Dios.... DON LOPE. Calla , Bermudo. . BERMUDO. Que demos venganza cruel de tí y de doña Isabel ú los aprietos de un ñudo. ¿Qué tenemos que esperar? Gijon es fin de la tierra de Europa, y de Ingalaterra huele el puerto y besa el mar: una nave de Plemúa aguarda , las vergas altas; si su plaza de armas saltas, y calles de golfos rúa; trocando españolas cortes, sus soplones desmentimos ; y si aquí príncipes luimos, seremos allá milortcs. Tirso. Tomo XI. *
AMAR POR ARTE MAYOR ¡Ay Herminio ! si no hubiera en el mundo dona Elvira..,. BERMirnn. Cantáramos tararira, y echáramos el mal fuera. DON I.OPE. Siguiera yo tus consejos ; mas ¿cómo saldré de aquí, amándola mas que á mí ? BERMUDO. Huyen liebres y conejos del rey, con no perseguí líos; los lobos y osos también se esconden cuando le ven; hasta lagartos y grillos, temiendo que no los tope; y tú que al tuyo ofendiste cuando con é) competiste, y por matar á un don Lope diera á Ordoño cien hermanas , y Ordoiio, que adora en ella, treinta don Lopes por ella; ¡en bellezas asturianas embobado, de tu vida pródigo pretendes ser! DON LOPE. ¿Qué no acaba una muger? BF.RMÜDO. Y un mudable ¿qué no olvida? A dofia Isabel navarra adorabas de tal modo , que diste en tierra con todo, discreta, noble y bizarra; y cuando de su constancia ejemplos á Francia ha dado, ¡ dirás aquí enamorado que esos son pueblos en Fi'ancia! Lleve el diablo á dona Elvira, causa de tu amor bisono, si por ella el rey Ordoiio los medios genios nos tira.
ACTO I, ESCENA IV. n5 DONA BLANCA, aparte. ¡Que escucho! jVálgame Dios! Don Lope íñiguez es este; para que se manifieste, harto me han dicho los dos. El rey navarro le busca, y le persigue el leonés; amor es el interés que sus méritos ofusca. Conocerle deseaba; que me refieren mil cosas, en su abono, prodigiosas; la misma envidia le alaba. Desde aquí puedo escondida escuchar en lo que para esta aventura , que es rara. (Ocúltase.) DON LOPE. Débolc A Elvira la vida; con su hermano don Melendo facilitó el ampararntc; solo ella pudo ocultarme de riesgos que estoy temiendo: ¿ he de dejarla y partirme? BF.RMUD0. ¡No sino el alba que andaba entre las coles ! Acaba; que ya es necedad ser firme, ó i rásenos con el flete la hermana nave. DON LOPE. Ahora bien, quien de veras quiere bien, no es justo que se sujete á dos bellezas : Elvira mis potencias usurpó; ya Isabela se murió; su hermosura fue mentira que imitando la beldad de Elvira, vice-ejercia su amor mientras no la via: ya en esta amo la verdad
I (6 AMAR POR ARTE MAYOR, ile aquella mentira leve, y no es bien que en mis amores se estimen los borradores, ni que conmigo los lleve, cuando Elvira es el traslado que de aquel amor primero saqué limpio y verdadero, este vivo, aquel pintado. El retrato suyo arrojo, (Arroja lo que dice.) las memorias de Isabela destierro, porque recela mi amor que causen enojo á su nueva opositora; cintas, papeles, cabellos también; que estoy mal cabe ellos, cuando mi amor se mejora. BERMUDO. ¡Oh si también arrojaras un pedazo de bobuna que vinculó la fortuna entre las virtudes raras con que la fama le estima! ¿Habernos de irnos, ó no? DON LOPE. Siempre el amor despreció la suerte que no le anima. Partiréme; mas primero, si la vida aventurase, si á los dos reyes vengase, celoso uno, otro severo, be de hablar á quien adoro. BEKMUDO. Si en eso das, voy á ver como podre detener nuestra urca, puesto que el oro es remora : alió te espero. DON LOPE. Presto volveré á buscarte BEKMUDO. Si no llegan & embargarte el gargarismo, primero. ( J r anse los dos.)
ACTO I, ESCENA V. ESCENA V. oona blanca. Basta , que este es el opuesto que el rey don Sancho persigue. Por mas que gallardo obligue, temor su trato me ha puesto. ¡Enamorado tan presto de nueva prenda! ¡ofendida Isabela, cuya vida llora ausencias.desterrada! ¡ por firme en Francia olvidada, y Élvira aquí apetecida! ¡Qué mal pagados empeños ! Si los hombres cuando amantes, son ¡ cielos! tan inconstantes, ¿qué serán cuando sean dueños-? Hipérboles halagüeños, que al paso que encarecidos , os desvanecéis fallidos, escarmentad mis temores , pues los que hoy venden amores , mañana ferian olvidos. {Alza el retrato y lo demas.) Mal, retrato, os ha pagado vuestro mudable señor; pero solo estáis mejor que tan mal acompañado. Prendas , si os han desechado , no mi lástima á lo menos; para ejemplos seréis buenos de voluntades perjuras: venid, que hasta en las pinturas llorau Olimpas Vírenos. La obligación que atropella don Lope, á Isabela ingrato, siento de suerte , retrato, que tengo celos por ella.
* 2 4 amar poh arte mayor. DONA ELVIRA. No la hallo, hidalgo. ORDONO. ¿ No? Pues tengamos y tengamos. KSCCNA VI í. DON «TELENDO. DON TELLO. DON GARCÍA.-DONA ELVIRA. DON ORDONO. DON m EL EN DO. ¿Aquí decís que quedaba su alteza cazando? DON GARCIA. Aquí le deja inos. DON «TELENDO. (i Viendo á Orcloño.) Conseguí la ventura que esperaba. (Orcloño al ver á los que se le acercan , suelta la perdiz, y quedase dona Elvira con ella en la mano.) ¡Gran señor! ¡por nuestra sierra vuestra alteza, honrando valles! (Doña Elvira arroja la perdiz.) No envidien desde hoy sus calles las que vuestra corte encierra. Dadme esos invictos pies. , ORDONO. Conde don Meleijdo, alzad. DOÑA ELVIRA. ¡Jesús! ¿el rey? ORDONO. I.ttvaulad. DOÑA ELVIRA. Siempre fue poro cortés , gran sciior, la rustiqueza de una sierra en la distancia de la corte, y la ignorancia
I 25 ACTO 1 , ESCENA Vil atrevida: vuestra alteza mi poco conocimiento perdone. oroono. A estar yo ofendido de vos, que testigo he sido de que sagrados del viento no se atreven á amparar aves que en él abatís, el perdón que me pedís , pretendiera yo alcanzar de vos; que os temo inhumana, cuando os reverencio hermosa. DON NIELEN l>0. A lo menos de dichosa puede blasonar mi hermana, haciéndola vuestra alteza tanta merced y favor. ORDONO. ¿Vuestra hermana? ÍJON NIELEN DO. Sí, señor. DONA ELVIRA. Y esclava vuestra. ORDONO. Belleza tanta (puesto que se esconde, por no oprimir libertades, entre aquestas soledades), A estar yo advertido, conde , bien pudiera colegir que era generoso fruto de vuestra casa. DON MELENDO. Es tributo con que os pretende servir; y yo que en esto la heredo, lie juzgado, gran señor, á especie de disfavor que cuando volvéis de Oviedo, pasando por nuestra casa, de ilustrarla os desdeñéis;
1 26 AMAR POR ARTE MAYOR, que el sol y el rey, ya sabéis que da luz por donde pasa. ordoño. Alabado me han la quinta que aquí habéis mandado hacer. DON MELENDO. Una casa es de placer, no como la fama pinta; mas, en fin, para en montaña tan áspera, entretenida, y labrada á la medida del dueño que la acompaña ya enmendará cortedades con los favores que espera de vuestra alteza. ORDOÑO. Si esfera viene á ser de estas beldades, primero que entre en Lean, mas gusto en ella intereso que en todo mi reino. DON MELENDO. * Beso estos reales pies, blasón de la dicha que sublima quien tal merced considera: el bien que menos se espera, si viene, es de mas estima. Vos, gran señor, no esperado, y á hacernos merced venido, por nuestro, bien recebido, si cortamente hospedado, escasezas perdonad , y deseos admitid. ORDOÑO. Doña Elvira, despedid (Llegándose á hablar aparte, con ella.) al que , en vuestra voluntad huésped, honráis satisfecha; que no cabremos los dos, siendo, como decís vos, para mas que un alma, estrecha.
I2 7 ACTO I , ESCENA VIH. DOÑA ELVIRA. Aun no sé si en ella cabe quien su dueño intenta ser; mire ¡cómo ha de caber un rey! Que tengo con llave, señor, mi alma, dije yo. ORDOÑO. ¿Y abrirla un rey no podria? DOÑA ELVIRA. A no ser descortesía, os respondiera que no. (j Hace una gran reverencia al rey , separándose de el: Ordoño entonces se retira con don Melendo y los que le acompañaron.) ESCENA VIII. DON LOPE. — DONA ELVIRA. DON LOPE. Salgo á darte parabienes, doña Elvira.... Soy grosero; que 'hablar por diminutivos á quien tiene pensamientos coronados por amantes, es profanar el respeto de una alma ya entronizada , que ofrece á un rey aposento. (i Quítase el sombrero.) Salgo á dar á vuestra alteza parabienes del empleo en esta caza adquirido, hallado en este desierto. Goce mil años sus lances; que quien diestra lira al vuelo á una perdiz transformada en una águila, abatiendo blasones mageslüosos, gananciosa con tal trueco, ya dedicará al amor
I 2 8 AMAR POR ARTE MAYOR, arco y Hechas en su templo. Gran huésped la casa os honra, gran rey os consagra afectos, gran amante os solicita, gran príncipe os llama dueño. ¡Tanta dicha , y toda grande! ¡Pobre de quien por pequeño despedido y perdidoso, será desde hoy forastero donde ayer l'ue natural! De mi fortuna me quejo, no de vuestra alteza, no; que lo mas priva á lo menos. Entre esas matas oculto, por presumido, soberbio, llegué acecharos Diana, cuando Ordoño os halló Venus. ¡Qué cortés le recebistcs, sin conocerle! y ¡qué tierno dispuso ponderaciones con que cohecharos deseos! ¿No os pareció muy bizarro ? Pero ¿qué príncipe hay feo? ¿No es su discreción notable? Pero ¿cuándo un rey fue necio? No hay llaves que no falseen coronas; y según esto, poco importó el advertirle tenerle cerrado el pecho. Alojábame en él yo confiado y indiscreto; ballélc en mi compaiiía; es rey, túvele respeto ; despejóle la posada, porque en lugar tan estrecho, no saliendo el uno, ¿cómo un vasallo y rey cabremos? Por lo rico apetecible , admitido por lo nuevo, por el sitio ocasionado, por lo interesable bello , y ya en vuestro corazón
12 9 ACTO I, ESCENA VIH. huésped, fuera desacierto volverle la libertad que os pidió; yo os lo confieso. ¿ No os di]Í: «volvedme el alma que me usurpáis?» ¿ No os oyeron mis penas que respondistes: «no la hallo, caballero?» No la hallastes , por hallaros bien con ella; pues es cierto que si niego lo que usurpo, doy muestras que lo apetezco. Él , en efeto, esta noche es dos veces huésped vuestro: vos le aposentáis el alma, vuestra alegre quinta el cuerpo. Yo de entrambas despedido, va que á Navarra me vuelvo, por desocupar posadas, sacar las prendas intento que os deposité ignorante; que, en fin, peca de grosero quien aguarda que le digan que se vaya. Pensamientos y memorias tengo vuestras: ¡pobre de mí si las llevo! ¡Qué mala vida han de darme! Tomaldas, y destroquemos. Dadme mis sentidos vos, que ya como esclavos viejos os estorbaran el gusto; volvedme á dar mis deseos. ¿Qué va que no me decís: «no los hallo?» Ni yo pienso, cuando engañado os lo oyera, como Ordoño responderos: «pues tengamos y tengamos,» porque , en fin, el pago tengo que merecen confianzas en los mares y en los vientos. Hoy, en efeto, me parto: cuando os quedaren recuerdos «le servicios (que no harán), Tmso. Tomo XI. »
AMAII POR ARTE MAYOR. si apetecéis de aquel reino algo para vuestras bodas, escribidme. Mas ¡ qué necia soy! No me acordaba ya • que un rey era vuestro empleo. ¿Qué os puede faltar con él? {Hace, que se va , y vuelve.) Guárdeosle Dios. Mas no quiero irme sin pagar hospicios, que aunque despedido, os debo. Tengo agradecida el alma, y para sus desempeños, tributo ha echado en los ojos; {Enjúgaselos.) admitid el caudal de ellos; que aunque desestimareis lágrimas de poco precio, tal vez para derramarlas , hay agua que paga censos. {Hace que se va.) doña elVika. Don hopo íñiguez, don Lope , volved acá, deteneos; que combatir con ventajas, mas es temor que no estuerzo. Ya que argüís, aguardad respuesta, y ausentaos luego, mas para desagraviarme, que para satisfaceros. Yo soy doña Elvira Osorio....— {Quiere irse , y ella Jlecha el arco contra el.) Esperad, ó vive el ciclo, que descaminen agravios castigos ó atrevimientos.— Doña Elvira Osorio soy , y de la estirpe desciendo del infante don Pelayo , rey en Asturias primero. Alvar Pérez fue mi padre, y mi hermano es don Melando, cuyas hazañas bastaron á constituirles reino
ACTO I, ESCENA VIII. l3l en los llanos de León á príncipes , que en Oviedo, entre riscos parecian mas que reyes, bandoleros. Siendo , pues , mis ascendientes reyes, y sus herederos triunfadores de coronas, que africanos les rindieron , cuando Ordoño pretendiese lazos del tálamo honesto que á su silla me igualasen coronándome en su asiento , ¿qué quilates perderla, 6 yo, á su estado ascendiendo, que grados podré añadir á los ilustres que heredo ? ¿Tan grande me viene Ordoño ? ¿tan poco es lo que merezco? ¿tan humilde mi fortuna, tan dilatado su imperio , que culpándome ambiciosa , juzguéis que me desvanezco con ofertas magestades, que alteren mis pensamientos? Pues desengañaos , don Lope ; que para merecimientos de mi presunción altiva me viene el rey tan pequeño, que á su lado soy gigante, y que es tan alto mi vuelo, que me perderán de vista las águilas de un imperio. Reine Ordoño allá; que yo dentro de mí misma reino , tanto mas magestüosa , cuanto mayor considero la jurisdicción de un alma, cuyas potencias gobierno mejor que él aduladores, ya nobles, rt ya plebeyos. Si pensáis desvanecido que en ella, don Lope, os dieron
i33 amar por arte mayor. permisiones amorosas entrada («pie lo sospecho, según habíais confiado), cngafiaisos, ó & lo menos, cuando sucediera así, ya por fácil y indiscreto merecéis perder su hospicio; que aunque en maliciar los celos sean villanos, tal vez nobles se desmienten á sí meamos. Dos meses há que Ucgastcs á nuestra quinta , fingiendo romerías al sepulcro del apóstol patrón nuestro; generoso os rt:cibió mi hermano como á su deudo, si corto en agasajaros, cortés en entreteneros. Supimos, en fin , que el rey don Sancho Abarca, severo con vos, aunque vuestro primo, quiso en Navarra prenderos : Ordofio viene á buscaros, y menospreciando riesgos, mi hermano intenta , á mi instancia , ó aplacarle ó esconderos. De vos me compadecí; y aunque no amante , sospecho que hay entre la compasión y amor algún parentesco ; pues á lograr vos principios que en mi voluntad pudieron, si no admitiros del todo, casi amotinar desvelos, lo que Ordofio no ha alcanzado ni alcanzará (estad en esto), ni cuantos blasones reales combate á hermosuras dieron , quizá alcanzárades vos; porque influencias del cielo, frecuencias ocasionadas y padrinos pensamientos
1 3 3 ACTO I, ESCENA VIH. vencen tal Vez imposibles. Don Lope, los desacuerdos de vuestra templanza poca en un instante perdieron lo que en dos meses ganaron. Teniéndoos á vos en menos , en poco me habéis tenido ; en poco desde hoy os tengo: quien de mi í'e juzgó mal, digno es de mi menosprecio. Esto os llevad de camino; que agora que he satisfecho mi fama y vuestra malicia, podréis, si gustáis, volveros. DON LOPE. ¡Ojalá fuera posible volverme; que yo os prometo , si vueltas dicen mudanzas, que os las feriara á este tiempo! Partir sí, volverme no, será fuerza , aunque os prometo que me han convencido poco vuestros leves argumentos. No estimareis (¿quién lo duda?) coronas; que ya os las dieron la hermosura y el donaire, la sangre y entendimiento; pero no me negareis que quien ocasiona ruegos con palabras que eslabona , no se entretiene con ellos. Tanta pregunta y respuesta , si quiero bien , si no quiero , si hallo el alma, si no la hallo, si estáis loco, si sois cuerdo, partiéndole las razones, respondiendo á medios versos, ya apacible, ya enojada , risa y desdenes á un tiempo ; eso ¿que rústico ignora, que es despedir deteniendo , favorecer desdeñando,
1^0 AMAR POR ARTE) MAYOR de ese modo desde el dia que trayéndola á palacio, para obligarla despacio , de su hermana la conlia! Porque es la privanza tal con que doña Blanca la ama, que aunque vino á ser su dama, mas parece que es su igual. DON LOPE. j Ay Bermudo! ¿quién creyera que cuando la imaginé incspugnable en la fe de mi'amor, de vidrio fuera ? ¿Quién dudara de promesas con lágrimas rubricadas, de palabras no guardadas, en agua , en arena impresas, de desdenes á un rey hechos para asegurarme á mí? ¡Firme en Asturias , y aquí mudanza toda! BERMUDO. Cohechos reales hechizan , en prueba que en las ferias del amor, en fe que es revendedor, el que mas da , se las lleva.— ¿No te qnvia á visitar después que preso la lloras? DON LOPE. En la muger son las horas siglos: ¿quién se ha de acordar de un siglo? Ya estoy difunto en su memoria, no la hace de mí. RBRMUDO. El rcquiescant in pace y el prenderte vino junto. Verás cual te la pondré.
ACTO I , ESCUNA III. * 4 « ESCENA II. DON TELLO.-DON LOPE. BERMüDO. DON TELLO. Don Lope , el rey, por honraros, en persona viene á hablaros. BERMüDO. ¿ El rey ? ¡ Zape! escurromé. {Vansc don Tello y Bermudo.) ESCENA III. ordono.—don lope. ORDOÑO. Don Lope, mas ha podido en mi pecho la piedad, que las causas que he tenido de oprimir la libertad con que os juzgáis ofendido. Don Sancho Abarca me escribe muchas cosas contra vos, y á la guerra me apercibe si os suelto: somos los dos deudos cercanos ; no vive menos que eterno el enojo en los reyes; á su hermana me ofrece , bello despojo de hermosura , que tirana, pudiera á cualquiera arrojo obligarme, á no templar dona Blanc'a el interés de mi amor: muestra pesar de veros preso , después que halló en su pecho lugar la sangre con que os estima;
AMAR POR ARTE MAYOR, que, en efeto, es vuestra prima, y siente como es razón, que haya belleza en León que á daros muerte me anima. Dona Elvira Osorio es esta, de quien en Asturias fuistes huésped; no me manifiesta los agravios que la hicistes; mas contra vos me molesta. En efeto, por libraros , con el navarro es forzoso í-omper, y por conservaros la vida, no ser esposo de su hermana. A ponderaros vine lo que me debeis, porque cuando libre estéis, deudo, vasallo y amigo, de la suerte que os obligo , mercedes desempeñéis. Por mayordomo mayor, mi casa , Lope , os recibe. DON LOPE. ¡Qué bien un sabio, señor, ponderó cuan cerca vive la dicha del disfavor! De vuestra grandeza distes señal , cuando el ser os debo; que á Dios imitar quisistes, pues para hacerme de nuevo, de nuevo me deshicistes. Mas verificáis ansí, dejando ejemplos en mí de tan piadosa largueza , que el añadir no es grandeza; el hacer de nuevo, sí. Declaraos, pues, gran señor. ordono. Prenda en mi corte tenéis que os sacará de deudor. Baste esto , si pretendéis cumplir con vuestro acrédor. {Fase.)
ACTO I! , ESCENA IV. 43 ESCUNA IV. DON LOPE. ¡Ay cielos! Elvira ha sido la prenda del desempeño, que ayer me llamaba dueño, y hoy me destierra á su olvido, llame el rey favorecido, amor, porque mas me enciendas , mientras con celos me ofendas; que ya , atropellando leyes, interesables los reyes, si fian, es sobre prendas. Si la libertad me impide doña Elvira , si desea que Ordoño muerto me vea, ¿por qué agora me la pide? No es posible que me olvide, pues al rey le causo pena , pues si mis dichas enfrena; es por ver que Elvira es mia; que ninguno empresta ó fia caudal sobre prenda agena. Pues si á Elvira debo amor, justo es que le satisfaga; que amor con amor se paga, como rigor con rigor. De Ordoño quedo deudor; mucho valen sus favores; pero pues son anteriores los de Elvira, cobrad vos, amor , y bagamos los dos pleito esta vez de acredores. (Fase.)
AMAR pon ARTE MAYOR. *44 WVVWWVVWVrt Sala de palacio. ESCENA V. DONA ELVIRA , con verdugado y abanino como las damas de palacio, BERMUD0. DONA ELVIRA. Si entráis otra vez aquí, si mas don Lope os envia á que desacreditéis mi opinión.... BERMtTDO. Señora mia.... DONA ELVIRA. Yo os pondré.... BERMUDO. Cual digan dueñas, falta solo, pues usía dueña se vuelve de dama, que eternamente gruñizan. Gruñan cien varas de toca holandesa ó pichelingua j por cuya blanca gatera se asoma una cara mica; mas usiría, muchacha brillante, esplendora, armiña, candor , crepúsculo , amago , aroma , coturno , pira; usiría, que enjaulando el copete que entroniza solapa una ratonera, de tanto moño tarima, ¿ya en esa edad gruñizon? ¿Qué ha de hacer cuando sea tia? ¿qué cuando suegra ó madrastra j
ACTO II, ESCENA V. l45 si rapaza matroniza? ¿Ansí se olvidan , señora , finezas? ¿ansí se olvidan veinte años de parentesco , dos meses de hospedería , ocho semanas de mesa , de trato sesenta dias? ¿ansí dos mil y cien horas de aposento y ropa limpia? Esto de Ordoñas diademas la debe de hacer cosquillas , por saltar enchapinada á alteza de señoría. ¡Pobre de quien lo padece! DOÑA ELVIRA. Villano, todo malicias, necio, todo atrevimientos.... BERMUDO. Eche sinónimos, diga. DOÑA ELVIRA. ¿ Qué le debo yo á don Lope, cuando á Ordoño desobliga? ¿ Fui yo por dicha su dama ? BERMUDO. ¿Por dicha? por su desdicha. DOÑA ELVIRA. ¿ Debo á un deudo mas que á un rey ? ¿Qué empeños suyos me obligan? BERMUDO. Eso de empreños, señora, la comadre que lo diga; que yo sé poco de partos. DOÑA ELVIRA. {Llamando.) ¡ Hola ! quitalde la vida á este bárbaro, ó este necio. BERMUDO. ( A parte . Oliendo voy á paliza.) Voyme; pero sepan cuantos vieren que mi amo peligra y toca en desesperado, que es la causa doña Elvira. Tirso. Tomo XI. <<)
6 AMAR POR ARTE MAYOR. Por ella olvidó á Isabela, la muger mas resabida, mas discreta, mas hermosa , mas gcntil-hombra, mas rica, que una abadesa en las Huelgas, que una condesa en su villa, y una dama de teatros, que es mas que todas las dichas. Quien tal hace , que tal pague. (Quiere entrarse.) DONA EI.V1RA. (Aparte. Disimulaciones mias, en vano encubrís pasiones, cuando penas las publican.) Bermudo, escucha, detente; oye, aguarda, espera, mira. BERMUDO. Mire , escuche, espere, aguarde quien trae fieltro si graniza; que yo no tengo paciencia para esperar zancadillas % de una mudable, que lúe Elvira ayer, y boy Paulina. DONA ELVIRA. No soy, Bermudo, mudable; firmezas me califican, recelos me descomponen, riesgos me desacreditan. ■ ¿ F iarcme yo de tí? bermudo. Los taberneros me fian , los camaradas me emprestan, los hosteros me convidan. Yo soy lego y abonado. DONA ELVIRA. Deja burlas.—No ama el dia tanto al sol, alma del ciclo, tras una noche prolija, como yo á don Lope adoro. Celos, si no tiranías de Ordonó, le tienen preso: porque le quiero peligra ,
»4 7 ACTO II, ESCENA V. si ve que le correspondo; cuantos le temen, me avisan que el poder, si injusto, real, le intenta quitar la vida, por eso finjo desdenes , por esto desautorizan ingratitudes voltarias en lo esterior, la fe mia que dentro del alma adora memorias que me lastiman. Amaba Ordoño en Navarra; vióme en Asturias un dia, provoquéle desdeñosa, creció en sus celos su envidia. No sufre la magostad por la lisonja aplaudida inobediencias amantes; que es sol y fácil se eclipsa. Quiero engañarle amorosa, porque la infanta que olvida, por mas difícil , despierte llamas que el tiempo amortigua. Este es , Berrnudo, mi intento; esto quiero que le digas á mi bien, á tu señor: alienta esta industria, anima este ardid, desmiente celos ; asegúrale que estriba su libertad en mi engaño, en mis desdenes sus dichas; mas que no crea apariencias inconstantes á la vistq^, mientras que dentro del alma verdades no verifica. Que le aborrezco adorado, que le desdeño perdida , que le idolatro engañosa , que le persigo benigna , v que , en fe de mis afectos, cetros, sólios, monarquías, enojos, severidades, persecuciones, malicias,
48 AMAR POR ARTE MAYOR. serán lo que al sol las nieblas , lo que al fuego las espigas, la tempestad á los montes, á la verdad la mentira ; porque á pesar de combates, * siempre en amarle la misma , se preciará ser eterna de don Lope doña Elvira. {Fase.) ESCENA VI. BERMUDO. Almagríccntc paredes , rotulícente en esquinas los escribanos de yeso, que algunos llaman escribas. ¡Oh qué pisto que á don Lope le llevo! A pedirle albricias voy. ¡ Esta sí que es muger , protodama y arquininfa! {Fase.) ESCENA Vil. don a blanca y dona Sancha. Lá infanta trae en la ma¬ no un retrato pequeño de dama entero y otro en pedazos. DOÑA BT.ÁNCA. Del ingenio y el retrató , Sancha, necesito agiría. DOÑA SANCHA. Piadosa restauradora has sido de ese retrato. En tí medra la ventura que por don Lope perdió ; su mudanza le rasgó, ingrato con la pintura
*49 ACTO II , ESCENA Vil. <le su olvidada Isabela. Tu compasión acreditas, pues su copia resucitas ; mas no alcanzo la cautela con que el trage la has mudado. ¿Qué advertiste en sus fragmentos? DOÑA BLANCA;. Amor , todo pensamientos, en uno industrioso ha dado. ¡Feliz si salgo con él, y se luce lo que trazo! Junta, Sancha, este pedazo con estos. {Junta los pedazos del un retrato , y coléjanle con el en¬ tero.) DOÑA SANCHA. Volvió el pincel por su agravio. Sutilmente su belleza retrató. doña blanca. íbale llevando yo la mano , aunque estaba ausente, al pintor, cuando en su idea mis afectos le imprimía. DOÑA SANCHA. Si á compasión te movía rasgado , entero recrea. No vi igual similitud. Mas ¿por qué de. peregrina ? doña blanca. Sancha, porque descamina la fortuna mi quietud.. .. Si tú supieras la guerra de mi amor, pudiera ser... DOÑA SANCHA. No es difícil de saber el mal que tu pecho encierra. • ¡Ay, señora! Esa pintura la contagión te ha pegado de su amor menospreciado; porque tal vez el que cura, dando al enfermo salud,
25a EE CONDENADO POR DESCONFIADO. EN RICO. Diga Cherinos. PEDRISCO. ¡Qué ruin nombre tiene! ¡ Cherinos! Cosa poca. CHERINOS. Yo comienzo. No he muerto á ningún hombre; pero he dado mas de cien puñaladas. ENRICO. fue mortal? ¿Y ninguna CHERINOS. Amparóles la fortuna. De capas que lie quitado en esta vida y be vendido á un ropero , está ya rico. ENRICO. ¿Véndelas él ? CHERINOS. ¿ Pues no? ENRICO. ¿ No las conocen? CHERINOS. Por quitarse de aquestas ocasiones , las convierte en ropillas y calzones. ENRICO. • ¿Habéis hecho otra cosa? CHERINOS. No me acuerdo. PEDRISCO. ¿Mas que le absuelve ahora el ladronazo? CELIA. Y tú ¿qué has hecho, Enrico? ENRICO. Oigan voarcede». ESCALANTE. Nadie cuente mentiras. ENRICO. Yo soy hombre que en mi vida las dije. GALVAN. Tal se entiende.
a53 ACTO I, ESCENA XH. PEDRISCO. ¿No escucha , padre mió , estas razones? PAULO. Estoy mirando á ver si viene Enrico. ENRICO. Ilaya, pues, atención. CELIA. Nadie te impide. PEDRISCO. ¡Miren á qué sermón atención pide! ENRICO. Yo nací mal inclinado, como se vé en los efetos del discurso de mi vida que referiros pretendo. Con regalos me crié en Ñipóles; que y» pienso que conocéis á mi padre, que aunque no fue caballero ni de sangre generosa, era muy rico; y yo entiendo que es la mayor calidad el tener, en este tiempo. (Crióme al fin, como digo , entre regalos, haciendo travesuras cuando nino, locuras cuando mancebo. Hurtaba á mi viejo padre, arcas y cofres abriendo, los vestidos que tenia, las joyas y los dineros. Jugaba : y digo jugaba, para que sepáis con esto que de cuantos vicios hay, es el primer padre el juego, t^uede pobre y sin hacienda : y como ensenado A hacerlo , di en robar de casa en casa cosas de pequeño precio: iba A jugar y perdia; mis vicios iban creciendo. Uí luego en acompañarme .
Eí. CONDENADO POR DESCONFIADO, con otros del arte mesrao; escalamos siete casas, dimos la muerte á sus dueños; lo robado repartimos para dar caudal al juego. De cinco que éramos todos, solo los cuatro prendieron , y nadie me descubrió, aunque les dieron tormento. Pagaron en una plaza su delito, y yo con esto, de escarmentado, acogímc á hacer á solas mis hechos, íbame todas las noches solo, á la casa del juego, donde á su puerta aguardaba á que saliesen de adentro. Pedia con cortesía el barato, y cuando ellos iban á sacar que darme, sacaba yo el fuerte acero, que riguroso escondía en sus inocentes pechos, y por fuerza me llevaba, lo que ganando perdieron. Quitaba de noche capas; tenia diversos hierros para abrir cualquiera puerta, y hacerme capaz del dueño. Las mugeres estafaba; y no dándome el dinero, visitaba una navaja su rostro luego al momento. Aquestas cosas hacia el tiempo que fui mancebo; pero escuchadme y sabréis, siendo hombre, las que he hecho. A treinta desventurados yo solo, y aqueste acero que es de la muerte ministro, del mundo sacado habernos: los diez, muertos por mi gusto,
ACTO I, ESCENA XI!. 255 y los veinte me salieron, uno con otro, á doblon. Diréis que es pequeño precio: es verdad; mas voto á Dios, que en faltándome el dinero, que mate por un doblon á cuantos me están oyendo. Seis doncellas he forzado: ¡dichoso llamarme puedo, pues seis he podido hallar en este felice tiempo! De una principal casada me aficioné; y en secreto habiendo entrado en su casa á ejecutar mi deseo, dió voces, vino el marido: y yo enojado y resuelto , llegué con él á los brazos; y tanto en ellos le aprieto, que perdió tierra; y á penas en este punto le veo, cuando de un balcón le arrojo, y en el suelo cayó muerto. Dió voces la tal señora; y yo sacando el acero, ie metí cinco ó seis veces en el cristal de su pecho, donde puertas de rubíes en campos de cristal bellos le dieron salida al alma para que se fuese huyendo. Por hacer mal solamente, he jurado juramentos falsos, fingido quimeras, hecho máquinas y enredos; y un sacerdote que quiso reprenderme con buen celo, de un bofetón que le di, cayó en tierra medio muerto. Porque supe que encerrado en casa de un pobre viejo estaba un contrario mió,
256 EL CONDENADO POR DESCONFIADO, á la casa puse luego; y sin poder remediallo , todos se quemaron dentro , y hasta dos niños hermanos ceniza quedaron hechos. No digo jamás palabra sino es con un juramento, con un pese ó un porvida, porque sé que ofendo al ciclo. En mi vida misa oí, ni estando en peligros ciertos de morir, me he confesado, ni invocado á Dios eterno. No he dado limosna nunca, aunque tuviese dineros: antes persigo á los pobres, como habéis visto el ejemplo. No respeto á religiosos: , de sus iglesias y templos seis cálices he robado y diversos ornamentos que sus altares adornan. Ni á la justicia respeto. Mil veces me he resistido, y á sus ministros he muerto; tanto que para prenderme no tienen ya atrevimiento. Y finalmente, yo estoy preso por los ojos bellos de Celia, que está presente: todos la tienen respeto por mí que la adoro; y cuando sé que la sobran dineros, con lo que me da, aunque poco, mi viejo padre sustento, que ya le conoceréis por el nombre de Anareto. Cinco años há que tullido en una cama le tengo, y tengo piedad con él por estar pobre el buen viejo, y porque soy causa al fin
ACTO I, ESCENA XII. de ponelle en tal cstremo, por jugarle yo su hacienda el tiempo que fui mancebo. Todo es verdad lo que he dicho, voto á Dios, y que no miento. Juzgad ahora vosotros cuál merece mayor premio. PEDRISCO. Cierto, padre de mi vida, que son servicios tan buenos, que puede ir á pretender este á la corte. ESCALANTE. Confieso que tú el lauro has merecido. ROLDAN. Y yo confieso lo mesmo. CHKRINOS. Todos lo mesmo decimos. CELIA. El laurel darte pretendo. ENRICO. Vivas, Celia, muchos anos. CELIA. (Poniendo á Enrico una corona de laurel.) Toma, mi bien; y con esto , pues que la merienda aguarda, nos vamos. 6A*LVAN. Muy bien has hecho. CELIA. Digan todos: «viva Enrico.» TODOS. Viva el hijo de Anareto. ENRICO. Al punto todos nos vamos á holgamos y entretenernos. (Fanse Enrico y los que salieron ton el.) 357 Tirso. Tomo XI. 17
358 EL CONDENADO POR DESCONFIADO. ESCENA XIII. # PAULO. PEDRISCO. PAULO. Salid, lágrimas, salid, salid apriesa del pecho, no lo dejeis de vergüenza. ¡ Qué lastimoso suceso! PEDRISCO. ¿Qué tiene, padre? PAULO. ¡Ay hermano! penas y desdichas tengo. Este mal hombre que he visto, es Enrico. PEDRISCO. ¿Cómo es eso? PAULO. Las senas que me dió el ángel son suyas. PEDRISCO. ¿Es eso cierto? PAULO. Sí, hermano, porque me dijo que era hijo de Anareto, y aqueste también lo ha dicho. PEDRISCO. Pues aqueste ya está ardiendo en los infiernos. PAULO. ¡Ay triste! Eso solo es lo que temo. El ángel de Dios me dijo que si este se va al infierno, que al infierno tengo de ir, y al cielo, si este va al cielo. Pues al cielo, hermano mió, ¿cómo ha de ir este, si vemos
ACTO I, ESCENA XIII. tantas maldades en él, tantos robos manifiestos, crueldades y latrocinios, y tan viles pensamientos? PEDRISCO. En eso ¿quién pone duda? Tan cierto se irá al infierno como el despensero Judas. PAULO. ¡Gran Señor! ¡Señor eterno! ¿por qué me habéis castigado con castigo tan inmenso? Diez años y mas, señor, há que vivo en el desierto comiendo yerbas amargas, salobres aguas bebiendo, solo porque vos, Señor, juez piadoso, sabio, recto, perdonarais mis pecados. ¡Cuán diferente lo veo! Al infierno tengo de ir. ¡Ya me parece que siento que aquellas voraces llamas van abrasando mi cuerpo! j^Ay ! ¡qué rigor! PEDRISCO. Ten paciencia. PAULO. ¿Qué paciencia ó sufrimiento ha de tener el que sabe que se lia de ir á los infiernos? ¡Al infierno! centro obscuro, donde ha de ser el tormento eterno, y lia de durar lo que Dios durare. ¡Ah cielo! ¡Que nunca se ha de acabar! ¡que siempre lian de estar ardiendo las almas! ¡Siempre! ¡Ay de mí! PEDRISCO. (Aparte. Solo oirle me da miedo.) Padre, volvamos al monte.
a6o EL CONDENADO POR DESCONFIADO. PAULO. Que allá volvamos pretendo; pero no á hacer penitencia, porque ya no es de provecho. Dios me dijo que si aqueste se iba al cielo, me iria al cielo, y al profundo, si al profundo. Pues es ansí, seguir quiero su misma vida; perdone Dios aqueste atrevimiento: si su fin he de tener, tenga su vida y sus hechos; que no es bien que yo en el mundo esté penitencia haciendo, y que él viva en la ciudad con gustos y con contentos, y que á la muerte tengamos un fin. PEDRISCO. Es discreto acuerdo. Bien ha dicho, padre mío. PAULO. En el monte hay bandoleros : bandolero quiero ser, porque así igualar pretendo mi vida con la de Enrico, pues un mismo fin tendremos. Tan malo tengo de ser como él, y peor si puedo; que pues ya los dos estamos condenados al infierno, bien es que antes de ir allá, en el mundo nos venguemos. ¡Ah Señor I ¿quién tal pensara? pedrisco. Vamos, y déjate de eso, y de esos árboles altos los hábitos ahorquemos. Vístete galan. paulo. Si haré; y yo haré que tengan miedo
ACTO I, ESCENA XIII. á uu hombre, que siendo justo, se ha condenado al infierno. Rayo del mundo he de ser , PEDRISCO. ¿Qué se ha de hacer sin dineros? PAULO. Yo los quitaré al demonio , si fuere cierto el traerlos. PEDRISCO. Vamos pues. PAULO. Señor, perdona si injustamente me veng|¡, Tú me has condenado ya: tu palabra , es caso cierto que atrás no puede volver. Pues si es ansí, tener quiero en el mundo buena vida, pues tan triste fin espero. Los pasos pienso seguir de Enrico. PEDRISCO. Ya voy temiendo que he de ir contigo á las ancas, cuando vayas al infierno. 261
EL CONDENADO POR DESCONFIADO. EN RICO. ¿En eso reparas? Cúmplase tu voluntad. Mañana pienso casarme. (Aparte. Quiero darle aqueste gusto, aunque finja.) ANARETO. Será darme la salud. ENRICO. Hacer es justo lo que tú puedes mandarme. ANARETO. Moriré, Enrico, contento. ENRICO. Darte gusto en todo intento , porque veas de esta suerte que por solo obedecerte, me sujeto al casamiento. ANARETO. Pues, Enrico, como viejo te quiero dar un consejo. No busques muger hermosa , porque es cosa peligrosa ser en cárcel mal segura alcaide de una hermosura, donde es la afrenta forzosa. Está atento, Enrico. ENRICO. Di. ANARETO. Y nunca entienda de tí que fie su amor no te fias; que viendo que desconfías , todo lo ha de hacer ansí. Con tu mismo ser la iguala; ámala, sirve j regala; con celos no la des pena; que no hajr muger que sea buena, si ve que piensan que es mala. No declares tu pasión hasta llegar la ocasión ,
269 ACTO II, ESCENA IV. y luego.... (Duc'rmese.) enrico. Vencióle el sueño, que es de los sentidos dueño, al dar la mejor lición. Quiero la ropa Uegalle, y de esta suerte dejalle hasta que repose. (Arrópale.) ESCENA IV. GALVAN.-ENRICO. GALVAN. Ya todo prevenido está, y mira que por la calle viene Albano. ENRICO. ¿Quién? GALVAN. Albano, á quien la muerte lias de dar. ENRICO. ¿ Pues yo he de ser tan tirano? GALVAN. ¡ Cómo! ENRICO. ¿Yo le be de matar por un Ínteres liviano? GALVAN. ¿Ya tienes temor? ENRICO. Galvan, estos dos ojos que están con este sueño cubiertos, por temer que estén despiertos, aqueste temor me dan.
ajo EL CONDENADO POR DESCONFIADO. No me atrevo, aunque mi nombre tiene su altivo renombre en las memorias escrito, intentar tan gran delito dónde está durmiendo este hombre. GALVAN. ¿Quién es? ENRICO. Un hombre eminente, á quien temo solamente, y en esta vida respeto ; que para el hijo discreto es el padre muy valiente. Si conmigo le llevara siempre, nunca yo intentara los delitos que condeno, pues fuera su vista el freno que en la ocasión me tirara. Pero corre esa cortina; que el no verle, podrá ser (pues mi favor afemina) que rigor venga á tener, si ahora piedad me inclina. GALVAN. (Corre las cortinas de la alcoba.) Ya está corrida. ENRICO. Galvan, ahora que no le veo , ni sus ojos luz me dan, matemos, si es tu deseo, cuantos en el mundo están. GALVAN. Pues mira que viene Albano, y que de Laura al hermano que le des muerte conviene. ENRICO. Pues él á buscarla viene, dale por muerto. GALVAN. Eso es llano. {Vanse.)
ACTO I! , ESCENA V. 2 7 I Calle. ESCUNA V. albano, y un momento después enrico y galvan. ALBA NO. (Cruzando el teatro.) El sol á poniente va, como va mi edad también, y con cuidado estará mi esposa. (Fase.) e n meo. (Que se ha quedado inmóvil mirando á Allano , al litmde salir.) Brazo, deten. galvan. ¿Qué aguardas, Enrico, ya? ENRICO. Miro un hombre que es retrato y viva imagen de aquel á quien siempre de honrar trato: pues di, si aquí soy cruel, ¿no seré á mi padre ingrato? Hoy de mis manos tiranas por ser viejo, Albano, ganas la cortesía que esperas; que son piadosas terceras, aunque mudas, esas canas. Vete libre; que repara mi honor (que así se declara, aunque d mi opinión no cuadre) que pensara que á mi padre mataba , si te matara. Canas, las que os aborrecen, hoy á estimaros empiecen : (1) (1) Suplido.
37á EL CONDENADO POR DESCONFIADO, poco las ofenderán , pues tan seguras se van cuando enemigos se ofrecen. GALVAN. Vive Dios , que no te entiendo. Otro eres ya del que fuiste. EN RICO. Poco mi valor ofendo. GALVAN. Darle la muerte pudiste. ENRJCO. No es eso lo que pretendo. A nadie temí en mi vida; varios delitos lie hecho, he sido fiero homicida, y no hay maldad que en mi pecho no tenga siempre acogida; pero en llegando á mirar las canas que supe honrar porque en mi padre las vi, todo el furor reprimí, y las procuré estimar. Si yo supiera que Albano era de tan larga edad, nunca de Laura al hermano prometiera tal crueldad. CALVAN. Respeto fue necio y vano. El dinero que tedió, por fuerza habrás de volver, ya que Albano no murió. ENRICO. Podrá ser. GALVAN. ¿Qué es podrá ser? ENRICO. Podrá ser, si quiero yo. GALVAN. Él viene.
ACTO II, ESCENA VI. a 7 3 ESCENA VI. OCTAVIO.—ENRICO. GALVAN. OCTAVIO. A Albauo encontré vivo y sano como yo. ENRICO. Yo lo creo. i OCTAVIO. Y no pensé que la palabra que dió de matarle vuesasté, no se cumpliera tan bien como se cumplió la paga, listo ¿es ser hombre de bien? galvan, aparte . Este busca que le den un bofetón con la daga. ENRICO. No mato á hombres viejos yo; y si á voarcé le ofendió, yaya y mátele al momento; que yo quedo muy contento con la paga que me dió. OCTAVIO. El dinero ha de volverme. ENRICO. Váyase Voarcé con Dios. No quiera enojado verme; que ¡ juro á Dios....! {Sacan Jas espadas Octavio y E/trica, y se acuchillan .) GALVAN. Ya los dos rinen: el diablo no duerme. OCTAVIO. Mi dinero be de cobrar. ENRICO. Pues yo no lo pienso dar. Tirso. Tomo XI. 18
EL CONDENADO POR DESCONFIADO. 274 OCTAVIO. Eres un gallina. enrico. Mientes. (Le hiere.) OCTAVIO. Muerto soy. (Cae.) ENRICO. Mucho lo siientes. GALVAN. Hubiérase ido á acostar. ENRICO. A hombres como tú, arrogantes , doy la muerte yo, no á viejos, que con canas y consejos vencen ánimos gigantes. Y si quisieres probar lo que llego á sustentar, pide á Dios, si él lo permite, que otra vez te resucite , y te volveré á matar. ESCENA VII. EL GOBERNADOR. ESBIRROS. GENTE.—ENRICO. CALVAN. GOBERNADOR. (Antes de salir.) Prendedle, dadle muerte. GALVAN. Aquesto es ihalo. Mas de cién hombres vienen á prenderte con el gobernador. ENRICO. Vengan seiscientos. Si me prenden, Galvan, mi muerte es cierta; si me defiendo, puede hacer mi dicha que no me maten, y que yo me escape; y mas quiero morir con honra y fama.— ■
ACTO II, ESCERA VII. 276 Aquí está Enrico: ¿no llegáis, cobardes? G AI. VAN. Cercado te han por todas partes. ENRICO. Cerquen; que vive Dios, que tengo de arrojarme por entre todos. galvan. Yo tus pasos sigo. ENRICO. Pues haz cuenta que César va contigo. (Salen el gobernador y los que le acampanan : Enrico y Galvan los acometen.) GOBERNADOR. ¿Eres demonio? ENRICO. Soy un hombre solo que huye de morir. gobernador. Pues date preso, y yo te libraré. ENRICO. No pienso en eso. (Lidiando.) Ansí habéis de prenderme. galvan. Sois cobárdes. (Enrico sigue acosando á los ministros de justicia, el go¬ bernador se interpone , y Enrico le da una estocada. Los esbirros dejan paso á Enrico y d Galvan.) GOBERNADOR. (Cayendo en brazos de los suyos.) jAy de mí! muerto soy. UN ESBIRRO. ¡Glande desdicha ! ¡ mató al gobernador! OTRO. ¡Mala palabra! (Fansc todos.)
EL CONDENADO POR DESCONFIADO. : í">írmfo3 ,:ÍEgoíi otti :ojíi«i3 ¿íao iupA Campo inmediato al mar. ESCENA VIII. 70 q eoccq eaJ o Y ENRICO. GALVAN. •) r.V TC?'íJ 9»p r.!ít‘)lX3 SRÁ «OIJ c f ENRICO. Ya aunque la tierra sus entrañas abra, y en ella me sepulte, es imposible que me pueda escapar; tú, mar soberbio,, en tu centro me esconde: con la espada puesta en la boca, tengo de arrojarme. Tened misericordia de mi alma, Señor inmenso'; que áiihque soy tan malo, no dejo de teiiéP ‘conocimiento de vuestra santa fe. Pero ¿que hago ? ¡Al mar quiero arrojarme, cuando dejo triste, afligido un miserable viejo! Al padre de mi’ vida volver quiero, y llevarle conmigó; á ser Eneas del viejo Anquises. G ALVAR". ¿Dónde vas? Detente. una voz, dentro. Seguidme por aquí. GAI.VAN. Guarda tu vida. EN KIOO. Perdonad, padre inio de 'fnis ojos, el no poder llevaros en mis brazos , aunque en el alma bien sé yo qué ós : UeVo. Sígueme tú, Calvan. CALVAN. 7 Ya ^o te sigo. KN&tCO. Por tierra no podemos escaparnos.
°77 ACTO; II, ESCENA IX. GALVAN. Pues arrójome al mar. ENRICO. Su centro airado sea sepulcro mió. ¡Ay padre amado! ¡ cuánto siento el dejaros! GALVAN. Ven conmigo. ENRICO. Cobarde soy, Galvan, si no te sigo. ( Vanse .) ESCENA IX. , \ eí Vj y PAULO y PEDRISCO, de bandoleros. OTROS BANDOLEROS , tjliC traen presos á tres caminantes. BANDOLERO l.° Á tí solo, Paulo fuerte, pues que ya todos te damos palabra de obedecerte, que sentencies esperamos estos tres á vida ó muerte. PAULO. ¿Dejáronnos ya el dinero? PEDRISCO. Ni una blanca nos han dado. PAULO. Pues ¿qué aguardas, majadero? PEDRISCO. Habémosclo quitado. PAULO. ¿Que ellos no lo dieron? Quiero sentenciar á todos tres. PEDRISCO. Ya esperamos ver lo que es.
284- EL CONDENADO POR DESCONFIADO, que como clara vidriera, sin que la rompiese , entró. Y si os guiáis por ejemplos, decid: ¿ no fue pecador Pedro, y mereció después ser de las almas pastor? Mateo, su coronista, ¿no fue también su ofensor? Y luego ¿no fue su apóstol, y tan gran cargo le dió? ¿ No fue pecador Francisco? Luego ¿no le perdonó, y á modo de honrosa empresa en su cuerpo le imprimió aquellas llagas divinas que le dieron tanto honor, dignándole de tener tan escelente blasón? ¿La pública pecadora Palestina no llamó á Magdalena, y fue santa por su santa conversión? Mil ejemplos os dijera, á estar despacio, señor; mas mi ganado me aguarda , y há mucho que ausente estoy. PAULO. Tente, pastor, no le vayas. PASTOBC1LLO. No puedo tenerme, no ; que ando por aquestos valles recogiendo con amor una ovejuela perdida que del rebano se huyó; y esta corona que veis hacerme con tanto amor, es para ella , si parece , porque hacérmela mandó el mayoral , que la estima del modo que le costó. F.l que á Dios tiene ofendido, pídale perdón á Dios,
ACTO II, ESCENA XM. porque es señor tan piadoso, que A ninguno le negó. PAULO. Aguarda, pastor. PASTORCILLO. No puedo. PAULO. Por fuerza te tendré yo. PASTOUCILLO. Será detenerme á tni parar en su curso al sol. (Vúsele de entre las manos.) • f.v.—.ofctauflft ESCENA XII. ' dio $f) PAULO. Este pastor me ha avisado en su forma peregrina, no humana sino divina, que tengo á Dios enojado por haber desconfiado de su piedad (claro está); y con ejemplos me dá á entender piadosamente que el hombre que se arrepiente , perdón en Dios hallará. Pues si Enrico es pecador, ¿no puede también hallar perdón? Ya vengo á pensar que ha sido grande ini error. Mas ¿cómo dará el Señor perdón á quien tiene nombre ¡ay de mi! del mas mal hombre que en este inundo ha nacido? Pastor, que de mí has huido, no te espantes que me asombre. Si él tuviera algun intento de tal vez arrepentirse, lo que por engaño siento a85
286 EL CONDENADO POR DESCONFIADO, bien pudiera resistirse, y yo viviera contento. ¿Por que, pastor, queréis vos que halle su remedio medio (1) e n la clemencia de Dios? Alma, ya no hay mas remedio que el condenarnos los dos. >:• t.vjaul 70*1 .OJ J!5/ióT2#.‘s ESCENA XIII. *.ortosn «ii ¡ñu» sfc» PEDRISCO.—PAüLO. PEDRISCO. Escucha, Paulo, y sabrás, aunque de ello ageno estás y lo atribuyas á engano, el suceso mas estraño que tú habrás visto jamás. En esa verde ribera, de tantas fieras aprisco, donde el cristal reverbera, cuando el afligido risco su tremendo golpe espera; después de dejar colgados aquellos tres desdichados, estábamos Celio y yo, cuando una vOz que se oyó, nos dejó medio turbados. «Que me ahogo» dijo, y vimos cuando la vista tendimos, ■ >q (2) dos hombres nadar valientes n;- (3) (con la espada entre los dientes' (4) uno), y á sacarlos fuimos. Como en la mar hay tormenta, y está de sangre sedienta, para anegallos bramaba: ya en las estrellas los clava, (1) (2) (3) (4) Suplidos.
acto’ i r , escena xi i r !; 287 ya en su centro los asienta. En los cristales no helados las dos cabezas se vián de aquestos dos desdichados, y las olas parecían ser tablas de degollados. Llegaron al fín, mostrando el valor que significo; mas por no estarte cansando, has de saber que es Enrico el uno» 1 : PAütO. »*> «» , > Estóilo’ dudando. PEDRISCO. No lo dudesv pues yo llego á decirlo, y no estoy ciego. r PAütO. ¿Vístele tú? PEDRISCO. Vile yo. PAULO. ¿Qué hizo al salir? PEDRISCO. Echó •! un por vida y un reniego. Mira ¡qué gracias le daba ; á Dios que ansí le libraba! PAULO. (Parasí.) ¡Y dirá ahora el pastor que le ha de 1 dar ehSenoú perdón! El juicio me acaba. 1 Mas poco puedo perder, pues aquí le llego & ver, ' <"• ; en proballc la' intención. PEDRISCO. idr.IÍ Ya le trae tu escuadrón. : "'pkütO. ! Pues oye lo que* has de hacer. (Habla aparte con Calvan.)
a88 EL CONDENADO POn DESCONFIADO. f otiirjj na no uv ESCENA XIV. >’> ?c.i , : > ñliZjíi .'.oL ¿ ■ .olajupj; ol, usbíawf acia ?.¡A \ enrico y Galvan, mojados y las manos aladas , conduci¬ dos por BANDOLEROS.—'PAULO. PEDRISCO. josDcngía oup ioÍc/ h ENRICO. ¿Dónde me lleváis ansí? BANDOLERO i.° uííi F.l capitán está aquí [<g que la respuesta os dará, t PAlfLO. | (A Pedrisco.) , llaz esto. (Fase.) PEDRISCO. Todo se hará. r i bandolero l.° Pues, ¿vase el capítaij ^ PEDRISCO. Sí-— -j ¿Dónde iban vuesas iRercedcs, que en tan gran peligro dieron, como es caminar por agita ? ¿ No responden? ENRICQ. : Al infierno. pedrisco. Pues ¿quién le mete en cansarse, cuando hay diablos tan ligeros que le llevarán de balde? ; ENRICO. Por agradecerles menos. PEDRISCO. Habla voareé muy bien , y habla muy á lo .discreto, en no agradecer al diablo cosa que haga en su provecho. ¿ Cómo se llama voareé? enrico. I.lámoine el diablo.
ACTO IT, ESCENA XIV. PEDRISCO. Y por eso se quiso arrojar al mar, para remojar el fuego. ¿ De dónde es ? ENRICO. Si de cansado de reñir con agua y viento no arrojara al mar la espada, yo os respondiera bien presto á vuestras necias preguntas con los filos de su acero. PEDRISCO. Oye, hidalgo, no se atufe, ni nos eche tantos retos; que juro á Dios, si me enojo, que le barrene ese cuerpo mas de setecientas veces, sin las que á su nacimiento barrenó naturaleza. Y ha de advertir que está preso, y que si es valiente, yo soy valiente como un Héctor; y que si él ha hecho muertes, sepa que también yo he muerto muchas hambres y candiles, y muchas pulgas á tiento. Y si es ladrón, soy ladrón , • y soy el demonio mesmo, y ¡por vida....! BANDOLERO 1.° Bueno está. enrico, aparte. ¿ Esto sufro, y no me vengo? PEDRISCO. Ahora ha de quedar atado á un árbol. ENHtCO. No me defiendo. Haced de mí vuestro gusto. 289 Tirso. Tomo XI. 19
ago EL CONDENADO POR DESCONFIADO. PEDRISCO. {A Galoan.) Y él también. galvAn, aparte. De esta vez muero. PEDRISCO. (A Gatean.) Si son como vuestra cara, vos teneis bellacos hechos. Ea, llegaldos á atar; que el capitán gusta de ello. {A Enrico.) Llegad al árbol. ENRICO. ¡Que ansí me quiera tratar el cielo! (Atan á un árbol á Enrico y después á Galoan.) PEDRISCO. Llegad vos. CALVAN. Tened piedad. pedrisco. Vendarlos los ojos quiero con las ligas á los dos. galvan. (Aparte. ¿Vióse tan estrailo aprieto?) Mire vuesarcé que yo vivo de su oficio mesmo, y que soy ladrón también. PEDRISCO. Ahorrará con aquesto de trabajo á la justicia, y al verdugo de contento. BANDOLERO l.° Ya están vendados y atados. PEDRISCO. Las flechas y arcos tomemos , y dos docenas no mas clavemos en cada cuerpo. BANDOLERO. 1.® Varaos.
ACTO II, ESCENA XVI. PEDRISCO. (Bajo á los bandoleros.) Aquesto es fingido: nadie los ofenda. RANDOLERO 1.° {Bajo á Pedrisco.) Creo que el capitán los conoce. PEDRISCO. (Bajo ú los bandoleros.) Vamos, y ansí los dejemos. ( Vanse.) ESCENA XV. ENRICO y GALVAN, alados al árbol. GALVAN. Ya se van á asaetearnos. ENRICO. Pues no por aqueso pienso mostrar flaqueza ninguna. GALVAN. Ya me parece que siento una jara en estas tripas. ENRICO. Vengúese en mí el justo ciclo; que quisiera arrepentirme, y cuando quiero, no puedo. ESCENA XVI. paulo , de ermitaño , con cruz y rosario. —ENRtCO. GAlvAn. paulo , aparte. Con esta traza lie querido probar si este hombre se acuerda de Dios, & quien ha ofendido.
EL CONDENADO POR DESCONFIADO. ENRICO. ; Que un hombre la vida pierda, de nadie visto ni oido! GALVAN. Cada mosquito que pasa, me parece que es saeta. ENRICO. El corazón se me abrasa. ¡Que mi fuerza esté sujeta! ¡Ah fortuna, en todo escasa! PAULO. Alabado*sea el Señor. ENRICO. Sea por siempre alabado. PAULO. Sabed con vuestro valor llevar este golpe airado de fortuna. ENRICO. ¡Gran rigor! ¿Quién sois vos, que ansí me habíais? PAtJIO. Un monge, que este desierto donde la muerte esperáis, habita. ENRICO. ¡Bueno por cierto! Y ahora ¿qué nos mandáis? PAUTO. A los que al roble os ataron y á mataros se apartaron, supliqué con humildad que ya que con tal crueldad de daros muerte trataron, que me dejasen llegar á hablaros. ENRICO. ¿Y para qué? PAULO. Por si os querci» confesar, pues seguís de Dios la fe.
293 ACTO II , ESCENA XVI. EN RICO. Pues bien se puede tornar , padre, ó lo que es. PAULO. ¿Qué decís? ¿No sois cristiano? ENRICO. Sí soy. PAULO. No lo sois, pues no admitís el último bien que os doy. ¿ Por qué no lo recibís? EN1UC0. Porque no quiero. paulo. {Aparte. ¡Ay de mí! Esto misino presumí.) ¿No veis que os lian de matar ahora? EKR1C0. ¿Quiere callar, hermano, y dejarme aquí? Si esos señores ladrones me dieren muerte, aquí estoy. PAULO, aparte. ¡En qué grandes contusiones tengo el alma! EN RICO. Yo no doy á nadie satisfacciones. PAULO. A Dios ai. ENRICO. Si Dios ya sabe que soy tan gran pecador, ¿para qué? TAULO. ¡Delito grave! Para que su sacro amor de darle perdón acabe. ENIUCO. Padre, lo que nunca he liccho,
EL CONDENADO POR DESCONFIADO, en la ciudad olvidada se me queda; y aunque temo el rigor que me amenaza , si allá vuelvo, he de ir por ella, pereciendo en la demanda. Un soldado de los tuyos irá conmigo. PAULO. Pues vaya Pedrisco, que es animoso. pedrisco , aparte. Por Dios, que ya me espantaba que no encontrara conmigo. PAULO. Dalde la mejor espada á Enrico, y en esas yeguas que al ligero viento igualan, os pondréis allá en dos horas. GALVAN. {A Pedrisco.) Yo me quedo en la montaiia á hacer tu oficio. PEDRISCO. {A Galvan.) Yo voy donde paguen mis espaldas los delitos que tú has hecho. ENRICO. A Dios, amigo. PAULO. Ya hasta el nombre para abrazarte. ENRICO- Aunque malo, confianza tengo en Dios. PAULO. Yo no la tengo cuando son mis culpas tantas. Muy desconfiado soy. ENRICO. Aquesa desconfianza te tiene de condenar.
ACTO I!, ESCENA XVI!. PAULO. Ya lo estoy: no importa nada. ¡Ah Enrico! nunca nacieras. ENRICO. Es verdad; mas la esperanza que tengo en Dios, ha de hacer que haya piedad de mi causa. 3oi
ACTO TERCERO. Cárcel con rejas en el fondo por donde se ve una calle. ESCENA I. enrico. pedrisco. PEDRISCO. (í) ¡Buenos estamos los dos! ENRICO. ¿Qué diablos estás llorando? pedrisco. ¿Qué diablos lie de llorar? No puedo yo lamentar pecados que estoy pagando sin culpa? ENRICO. ¿Hay vida como esta? PEDRISCO. ¡Cuerpo de Dios con la vida! enrico. ¿Fáltate aquí la comida? ¿ No tienes la mesa puesta á todas horas? pedrisco. ¿Qué importa que la mesa llegue á ver, si no hay nada que comer? ENRICO. De necedades acorta. (1) Verso suelto.
3o3 ACTO III, ESCENA I. PEDRISCO. Alarga tú de comida. EN RICO. ¿No sufrirás como yo? pedrisco. Que pague aquel que pecó, es sentencia conocida; pero yo que no pequé, ¿por qué tengo de pagar? enrico. Pedrisco , ¿quieres callar? pedrisco. Enrico, yo callaré; pero la hambre al fin hará que hable el que muerto se vid, y que calle aquel que habló mas que un correo. enrico. ¡Que ya piensas que no has de salir de la cárcel! PEDRISCO. Error fue. Desde el dia que aquí entré ,• he llegado á presumir que hemos de salir los dos.... enrico. Pues ¿de qué estamos turbados? PEDRISCO. Para ser ajusticiados, si no lo remedia Dios. ENRICO. No hayas miedo. PEDRISCO. Bueno está; pero teme el corazón que hemos de danzar sin son, ENRICO. Mejor la suerte Jo hará.
3o4 EL CONDENADO POR DESCONFIADO. ESCENA II. CELIA y LIDORA, en la calle. ENRtCO. PEDRISCO. CELIA. (Deteniéndose frente á una ventana de la cárcel.) No quisiera que las dos, aunque á nadie tengo miedo, fuéramos juntas. LIDORA. Bien puedo, pues soy criada, ir con vos. ENRICO. Quedo, que Celia es aquesta. PEDRISCO. ¿Quién? ENRICO. Quien mas que á sí me adora. Mi remedio llega ahora. PEDRISCO. Bravamente me molesta la hambre. ENRICO. ¿Tienes acaso en que echar todo el dinero que ahora de Celia espero? pedrisco. Con toda la hambre que paso, rne he acordado, vive Dios, de un talego que aquí tengo. (Saca un talego.) ENRICO. Pequeño es. PEDRISCO. A pensar vengo que estamos locos los dos; tú en pedirle, en darle yo. ENRICO. ¡Celia hermosa de mi vida!
ACTO 111, ESCENA II. 3o5 CELIA, aparte. ¡ Ay de mí! yo soy perdida. {A Lidora.) Enrico es el que llamó. (Llegándose á la ventana.) Señor Enrico. PEDRISCO. ¿Señor? No es buena tanta crianza. ENRICO. Ya no tenia esperanza, Celia, de tan gran favor. CELIA. ¿En qué puedo yo serviros? 1 ¿Cómo estáis, Enrico? ENRICO. Bien, y ahora mejor, pues ven á costa de mil suspiros, mis ojos los tuyos graves. CELIA. Yo os quiero dar.... pedrisco. ¡Linda cosa! ¡ Oh ! ¡ qué muger tan hermosa! ¡qué palabras tan suaves! Alto, prevengo el talego. Pienso que no ha de caber..., ENRICO. Celia, quisiera saber qué me das. CELIA. (i) D a rete luego, (2) para que salgas de afan.../ ENRICO. (A Pedrisco.) (3) Ya lo ves. PEDRISCO. Tu dicha es llana. (1) (2) (3) Suplidos. Tirso. Tomo XI. 2U
3o6 EL CONDENADO POH DESCONFIADO. CELIA. Las nuevas de que mañana á ajusticiaros saldrán. PEDRISCO. El talego está ya lleno; otro es menester buscar. EN RICO. ¡Que aquesto llegue á escuchar! Celia, escucha. PEDRtSCO. ¡Aquesto es bueno! CELIA. Ya estoy, casada. ENRICO. ¡ Casada! ¡Vive Dios! PEDRISCO. Tente. ENRICO. ¿Qué aguardo? ¿Con quién, Celia? CELIA. Con Lisardo, y estoy muy bien empleada. ENRICO. Mataréle. CELIA. Dejaos de eso, y poneos bien con Dios: (1) que es lo que os importa á vo». LIDORA. Vamos, Celia. ENRICO. Pierdo el seso. Celia, mira. CELIA. Estoy de prisa. PEDRISCO. Por Dios, que estoy por reirme. (1) Suplido.
ACTO III, ESCENA III. CELIA. Ya sé que queréis decirme: que se os diga alguna misa. Yo lo haré; quedad con Dios. ENRICO. ¡Quién rompiera aquestas rejas! lidora. No escuches, Celia, mas quejas; vámonos de aquí las dos. ENRICO. ¡Que esto sufro! ¿Hay tal crueldad? PEDRISCO. ¡Lo que pesa este talego! CELIA. ¡ Qué braveza! ENRICO. Yo estoy ciego. ¿Hay 1 tan grande libertad? (Fanse Celia y Lidora.) ESCENA 111. ENRICO. PEDRISCO. PEDRISCO. Yo no entiendo la moneda que hay en aqueste talego, que vive Dios , que no pesa una paja. ENRICO. ¡Santos cielos! ¡Que aquestas afrentas sufra! ¿Cómo no rompo estos hierros? ¿cómo estas rejas no arranco? PEDRISCO. Detente. ENRICO. Déjame, necio. ¡ Vive Dios, que lie de rompellas y he de castigar mis celos! 3c>7
3o8 EL CONDENADO POR DESCONFIADO. PEDRISCO. Los porloros vienen. ENRICO. Vengan. ESCENA IV. .¿oii ecl iopc ob ¿•jiioaih'r DOS PORTEROS. PRESOS.-DICHOS. 5í>«í<bÓTo ¡i-i -OT^na olea aifO¡ PORTERO. 1.® ¿Ha perdid'o^acaso el seso el homicida ladrón? ENRICO. Moriré si no me vengo. De mi cadena haré espada. (Rompe la cadena que le sujetaba, y da ton ella tras el portero y los presos .) PEDRISCO. Que te detengas te ruego. portero l.° Asilde, matalde, muera. ENRICO. Hoy vereis, infames presos, de ios celos el poder en desesperados pechos. {El portero 1.® y los presos huyen. Enrico los persigue fuera del teatro.) PORTERO 2°. Un eslabón me alcanzó, y dió conmigo en el suelo. ENRICO. {Volviendo á la escena.) ¿Por qué, cobardes, huís? PEDRISCO. Un portero deja muerto. voces, dentro. A matarle. ENRICO. ¿Qué es matar-? A falta de noble acero, <
ACTO II, ESCENA V. 3o9 no es mala aquesta cadena con que mis agravios vengo. ¿Para qué de mí huís? PEDRISCO. Al alboroto y estruendo se ha levantado el alcaide. ESCENA V. EL ALCAIDE. CARCELEROS.-ENRICO. PEDRISCO. EL PORTERO 2. ALCAIDE. ¡Hola! teneos. ¿Qué es esto? (¿os carceleros se apoderan de Enrico.) PORTERO 2.° Ha muerto aquese ladrón á Fidelio. ALCAIDE. Vive el cielo, que á no saber que mañana dando público escarmiento lias de morir ahorcado, que hiciera en tu aleve pecho mil bocas con esta daga. ENRICO. ¡Que esto sufro, Dios eterno! ¡Que mal me traten ansí? Fuego por los ojos vierto. IVo pienses , alcayde infame, que te tengo algún respeto por el oficio que tienes, sino porque mas no puedo; que á poder, ¡ah ciclo airado! entre mis brazos soberbios te hiciera dos mil pedazos; y despedazado el cuerpo me le comiera á horados, y que no quedara, pienso, satisfecho de mi agravio.
3l6 EL CONDENADO POR DESCONFIADO. ALCAIDE. ¿Que dices? ENRICO. Mira, ignorante, qije eres opuesto muy flaco á mis brazos arrogantes; porque si no, yo te hiciera... ALCAIDE. Piada puede remediarse con arrogancias, Enrico: lo que aqui es mas importante es poneros bien con Dios. ENRICO. ¿Y vienes á predicarme con leerme la sentencia? Vive Dios, canalla infame, que he de dar fin con vosotros. ALCAIDE. El demonio que te aguarde. (Fase.) ■■ ESCENA X. ENRICO. Ya estoy sentenciado á muerte: ya mi vida miserable tiene de plazo dos horas. Voz que mi daño causaste, ¿no dijiste que mi vida si me quedaba en la cárcel seria cierta? ¡Triste suerte! Con razón debo culparle, pues en esta cárcel muero, cuando pudiera librarme.
ACTO III, ESCENA XI. 3 * 7 ESCENA XI. EL PORTERO 2.°-ENRICO. PORTERO 2.° Dos padres de San Francisco están para confesarte aguardando afuera. ENRICO. ¡Bueno! ¡ Por Dios que es gentil donaire! Digan que se vuelvan luego á su convento los frailes, si no es que quieran saber á lo que estos hierros saben. PORTERO 2.° Advierte que lias de morir. ENRICO. Moriré sin confesarme; que no ha de pagar ninguno las penas que yo pasare. portero 2.° ¿Qué mas hiciera un gentil? ENRICO. Esto que le he dicho, baste; que por Dios, si me amohinó, que ha de llevar las señales de la cadena en el cuerpo. portero 2.° JNo aguardo mas. (Tase.) ENRICO. Muy bien hace.
EL CONDENADO POR DESCONFIADO. ESCENA XII. enrico. ¿ Qué cuenta daré yo á Dios de mi vida, ya que el trance último llega de mí? ¿Yo tengo de confesarme? Parece que es necedad. ¿Quién podrá ahora acordarse de tantos pecados viejos? ¿Qué memoria habrá que baste á recorrer las ofensas que á Dios he hecho? Mas vale no tratar de aquestas cosas. Dios es piadoso y es grande: su misericordia alabo; con ella podré salvarme. ESCENA XIII. •h!” : ;:ii írüM’jlti 8CUI !>U PE DR.ISCO.-ÉN RICO. • ,<ni'>ib $d si oup otíj PEDRISCO. Advierte que has de morir, y que ya aquestos dos padres están de aguardar cansados. ENRICO. ¿Pues he dicho yo que aguarden? PEDRISCO. ¿No eres en Dios? enrico. Juro á Cristo, que pienso que he de enojarme, y que en los padres y en tí he de vengar mis pesares. Demonios, ¿qué me queréis?
3«9 ACTO III, ESCENA XIV. PEDRISCO. Antes pienso que son ángeles los que esto á decirte vienen. ENRICO. No acabes de amohinarme; que por Dios, que de una coz te eche fuera de la cárcel. pedrisco. Yo te agradezco el cuidado. ENR1CO. Vete fuera y no me canses. PE DR1SCO. Tú te vas, Enrico mió, al infierno como un padre. {Fase.) ESCENA XIV, ENRICO. Voz, que por mi mal oí en esa región del aire, ¿fuiste de algún enemigo que asi pretendió vengarse? ¿No dijiste que á mi vida la importaba de la cárcel no hacer ausencia? Pues di: ¿cómo quieren ya sacarme á ajusticiar? Falsa fuiste; pero yo también cobarde, pues que me pude salir y no dar venganza á nadie. Sombra triste, que piadosa la verdad me aconsejaste, vuelve otra vez, y verás cómo con pecho arrogante salgo á tu tremenda voz de tantas escuridades.— Gente suena; ya sin duda se acerca mi fin.
3ao EL CONDENADO POH DESCONFIADO. ESCENA XV. ANARBTO. EL PORTERO 2.°-—EN RICO. PORTERO 2. a Iíablalde, podrá ser que vuestras canas muevan tan duro diamante. ANA RETO. Enrico, querido hijo, puesto que en verte me aflijo de tantos hierros cargado, ver que pagues tu pecado me da sumo regocijo. ¡Venturoso del que acá, pagando sus culpas, va con firme arrepentimiento; que es pintado este tormento si se compara al de allá! La cama, Enrico, dejé, y arrimado á este bordon por quien me sustento en pie, vengo en aquesta ocasión. ENRICO. ¡Ay padre mió! ANA RETO. No sé, Enrico, si aquese nombre será razón que me cuadre, aunque mi rigor te asombre. ENRICO. Eso ¿es palabra de padre? ANAUETO. No es bien que padre me nombre un hijo que no eré en Dios. ENRICO» Padre raio, ¿eso decís? ANA RETO. No sois ya mi hijo vos,
ACTO III j ESCENA XV. pues que mi ley no seguís. Solos estamos los dos. ENRJOQí No os entiendo* ANAUETO. ¡Enrico, Enrico á reprenderos me aplico vuestro loco pensamiento, siendo la muerte instrumento que tan cierto os pronostico* Hoy os han de ajusticiar, ¡y no os queréis confesar! ¡Buena cristiandad, por Dios! Pues el mal es para vos, y para vos el pesar. Aqueso es tomar venganza de Dios que el poder alcanza del impírio cielo^eterno. Enrico, ved que liay infierno para tan larga esperanza. Es el quererte vengar de esa suerte, pelear con un monte ó una roca, pueá cuando el hrazo le tora, es para el hrazo el pesar. Es, con dañoso desvelo, escupir el hombre al cielo presumiendo darle enojos, pues que le cae en los ojos lo mismo que arroja al cielo. Hoy has de morir: advierte que ya está echada la suerte; confiesa á Dios tus pecados, y ansí siendo perdonados, será vida lo que es muerte. Si quieres mi hijo ser, lo que te digo has de barer. Si no, (de pesar me aflijo) ni te has de llamar mi hijo, ni yo le he de conocer. ENRICO. Bueno está, padre querido; Tirso. Tomo XI.
3aa EL CONDENADO POR DESCONFIADO, que mas el alma ha sentido (buen testigo de ello es Dios) el pesar que tenéis vos, que el mal que espero afligido. Confieso, padre, que erré; pero yo confesaré mis pecados, y después besaré á todos los pies, para mostraros mi fé. Basta que vos lo mandéis, padre mió de mi3 ojos. anareto. Pues ya mi hijo sereis. ENRICO. No os quisiera dar enojos. ANARETO. Vamos porque os confeséis. ENRICO. ¡Oh! ¡cuánto siento el dejaros! ANARETO. ¡Oh! ¡cuánto siento el perderos! ENRICO. ¡Ay ojos! espejos claros, antes hermosos luceros, pero ya de luz avaros. ANARETO. Vamos, hijo. ENRICO. A morir voy: todo el valor he perdido. ANARETO. Sin juicio y sin vida estoy. ENRICO. Aguardad, padre querido. ANARETO. ¡Qué desdichado que soy! ENRICO. Señor piadoso y eterno, que en vuestro alcázar pisáis cándidos montes de estrellas, mi petición escuchad. Yo he sido el hombre mas malo
3a3 ACTO III, ESCENA XV. que la luz llegó á alcanzar de este mundo, el que os ha hecho mas que arenas tiene el mar, ofensas; mas, Señor mió, mayor es vuestra piedad. Vos, por redimir el mundo por el pecado de Adan, en una cruz os pusisteis: pues merezca yo alcanzar una gota solamente de aquella sangre real. Vos, aurora de los cielos, vos, virgen bella, que estáis de paraninfos cercada, y siempre amparo os llamáis de todos los pecadores, yo lo soy, por mí rogad. Decilde que se le acuerde á su Sacra Magestad de cuando en aqueste mundo empezó á peregrinar. Acordalde los trabajos que pasó en él por salvar los que inocentes pagaron por agena voluntad. Decilde que yo quisiera, cuando comienzo á gozar entendimiento y razón, pasar mil muertes y mas, antes que haberle ofendido. ANARETO. Adentro priesa me dan. ENRICO. ¡Gran Señor! misericordia. jNo puedo deciros mas. ANARETO. ¡Que esto llegue A ver un padre! ENRICO. ( Para sí.) La enigma he entendido ya de la voz y de la sombra: la voz era angelical,
EL CONDENADO POR DESCONFIADO, y la somltra era el demonio. ANA RETO. Vamos, hijo. ENRICO. ¿Quién oirá esc nombre, que no haga de sus dos ojos un mar? No os apartéis, padre mió, hasta que hayan de espirar mis alientos. ANARETO. No hayas miedo. Dios te dé favor. ENRICO. Sí hará, que es mar de misericordia, aunque yo voy muerto ya. anaketo. Ten valor. ENRICO. En Dios confio. Vamos, padre, donde están los que han de quitarme el ser que vos me pudisteis dar. {Vtirise.) Selva. ESCUNA XVI. PAULO. Cansado de correr vengo por ese monte intrincado: atrás la gente he dejado que á agena costa mantengo. Al pie de este sauce verde quiero un poco descansar, por ver si acaso el pesar
ACTO II!, E.SCENA XVII. 3¡»5 de m! memoria se picnic. Tú, fuente, que murmurando vas, entre guijas corriendo, en tu fugitivo estruendo plantas y aves alegrando, dame algún contento ahora, infunde al alma alegría con esa corriente fria, y con esa voz sonora. Lisonjeros pajarillos, que no entendidos cantáis, y holgazanes gorgeais entre juncos y tomillos, dad con picos sonorosos y con acentos suaves gloria á mis pesares graves y sucesos lastimosos. En este verde tapete, gironado de cristal, quiero divertir mi mal, que mi triste fin promete. (Échase á dormir , y sale el Pastor cilio que se vió en el acto segundo , deshaciendo la corona de Jlores que an¬ tes tejía.) ESCENA XVII. EL CASTORCILLO.— PAULO. PASTOR. Selvas intrincadas, verdes alamedas, á quien de esperanzas adorna Amal tea; fuentes que corréis, murmurando apriesa , por menudas guijas, por blandas arenas; ya vuelvo otra vez á mirar la selva ,
332 EL CONDENADO POR DESCONFIADO. GALVAN. Mejor nos está el morir... Mas yo presumo que huir; que para eso tengo bríos. {Huye Gal van , y síguenle muchos villanos : Paulo se en¬ tra acuchillando á los demas. Vanse iodos.) PAULO, dentro. Con las flechas me acosáis, y con ventaja reñís: mas de doscientos venís para veinte que buscáis. juez, dentro. Por el monte va corriendo. {Baja Paulo por el monte rodando lleno de sangre.) PAULO. Ya no bastan pies ni manos; muerte me han dado villanos; de mi cobardía me ofendo. Volveré á darles la muerte... Pero no puedo.—¡Ay de mí! El cielo , á quien ofendí, se venga de aquesta suerte. ESCENA XXI. PEDRISCO.-PAULO. , PEDRISCO. {Sin ver A Paulo que está moribundo en el suelo.) Como en las culpas de Enrico no ine hallaron culpado, luego que públicamente los jueces le ajusticiaron , me echaron la puerta afuera, y vengo al monte.—¿Que aguardo? ¡Qué miro! La selva y monte anda todo alborotado: alli dos villanos corren, las espadas en las manos. Allí va herido I'inéo,
333 ACTO III , ESCENA XXI. y allí huyen Celio yFabio, y aquí ¡qué gran desventura! tendido está el fuerte Paulo. PAULO. ¿Volvéis, villanos, volvéis? La espada tengo en la mano: no estoy muerto, vivo estoy, aunque ya de aliento fallo. PEDRISCO. Pedrisco soy, Paulo mió. PAULO. Pedrisco, llega á mis brazos. PEDRISCO. ¿Cómo estás ansí ? PAULO. ¡ Ay de mí! muerte me han dado villanos. Pero ya que estoy muriendo, saber de tí, amigo, aguardo qué hay del suceso de iínrico. PEDRISCO. En la plaza le ahorcaron de Nápoles. PAULO. Pues ansí, ¿quién duda que condenado estará al infierno ya? PEDRISCO. Mira lo que dices, Paulo; que murió cristianamente, confesado y comulgado, y abrazado con un Cristo, en cuya vista enclavados los ojos, pidió perdón, y misericordia, dando tierno llanto á sus mejillas, y á los presentes espanto. Fuera de aqueso, en muriendo, resonó en los aires claros una música divina; y para mayod milagro y evidencia mas notoria,
334 EL CONDENADO POR DESCONFIADO. dos paraninfos alados se vieron patentemente, que llevaban entre ambos el alma de Enrico al cielo. PAULO. ¡A. Enrico, el hombre mas malo que crió naturaleza! pedrisco. ¿De aquesto te espantas, Paulo, cuando es tan piadoso Dios? FAULO. Pedrisco, eso ha sido engaño: otra alma fue la que vieron, no la de Enrico. PEDRISCO. Dios santo, reducilde vos. PAULO. Yo muero. PEDRtSCO. Mira que Enrico gozando está de Dios: pide á Dios perdón. PAULO. ¿Y cómo ha de darlo á un hombre que le lia ofendido como yo? PEDRISCO. ¿Qué estás dudando? ¿No perdonó á Enrico? PAULO. Dios es piadoso... PEDRISCO. Es muy claro. PAULO. Pero no con tales hombres. Ya muero, llega tus brazos. PEDRISCO. Procura tener su fin. PAULO. Esa palabra me ha dado
335 ACTO III, ESCENA XXII. Dios: si Enrico se salvó, también yo salvarme aguardo. ( Muere .) PEDRISCO. Lleno el cuerpo de lanzadas, quedó muerto el desdichado. Las suertes fueron trocadas. Enrico, con ser tan malo, se salvó, y este al infierno se fue por desconfiado. Cubriré el cuerpo infeliz, cortando á estos sauces ramos. (Lo hace.) Mas ¿qué gente es la que viene? ESCENA XXII. EL JUEZ. LOS VILLANOS. GALVAN, preSO. -PEDRISCO. PAULO, muerto y oculto. JUEZ. Si el capitán se ha escapado, poca diligencia ha sido. UN VILLANO. Yo lo vi caer rodando, pasado de mil saetas, de esos altivos peñascos. JUEZ. Un hombre cstáaqui: (1) prendedle. pedrisco, aparte. ¡Ay Pedrisco desdichado! Esta vez te dan carena. OTRO VILLANO. (Señalando á Golean.) Este es criado de Paulo, y cómplice en su delito. GALVAN- Tú mientes como villano; (1) Suplido.
336 EL CONDENADO POR DESCONFIADO, que solo lo fui de Enrico. PEDRISCO. Y yo.— Galvanito, hermano, (.Aparte á Galoan.) no me descubras aquí por amor de Dios. JUEZ. (A Galoan Si acaso me dices donde se esconde el capitán que buscamos, yo te daré libertad: habla. PEDRISCO. Buscarle es en vano cuando es muerto. JUEZ. ¿Cómo muerto? PEDRISCO. De varias flechas y dardos pasado le hallé, señor, con la muerte agonizando en aqueste mismo sitio. JUEZ. ¿Y dónde está? PEDRISCO. Entre estos ramos le metí. (Va á apartar los ramos, y aparece Paulo rodeado de llamas.) Mas ¡qué visión descubro de tanto espanto! PAULO. Si á Paulo buscando vais, bien podéis ya ver á Paulo, ceñido el cuerpo de fuego, y de culebras cercado. No doy la culpa á ninguno de los tormentos que paso, solo ú mí me doy la culpa, pues luí causa de mi daño.
33; ACTO III, ESCENA XXII. Pedí á Dios que me dijese el fin que tendría, en llegando de mi vida el postrer dia: ofendíle, caso es llano; y como la ofensa vió de las almas el contrario, incitóme con querer perseguirme con engaños. Forma de un ángel tomó, y engañóme; que á ser sabio, con su engaño me salvara; pero fui desconfiado de la gran piedad de Dios, que hoy á su juicio llegando, me dijo: «baja, maldito de mi padre, al centro airado de los obscuros abismos, á donde has de estar penando.» ¡Malditos mis padres sean mil veces, pues me engendraron! ¡y yo también sea maldito, pues que fui desconfiado! (Húndese, y sale fuego de la tierra.) JUEZ. Misterios son del Señor. GALVAN. ¡Pobre y desdichado Paulo* PEDRISCO. ¡Y venturoso de Enrico, que de Dios está gozando! JUEZ. Porque toméis escarmiento, no pretendo castigaros; libertad doy á los dos. PEDRISCO. Vivas infinitos años.— Hermano Galvan, pues ya de esta nos liemos librado, ¿ qué piensas hacer desde hoy ? GALVAN. Desde hoy pienso ser un santo. Tirso. Tomo XI. 22
338 EL CONDENADO POB DESCONFIADO. PEDRISCO. Mirando estoy con los ojos que no haréis muchos milagros. GAtVAN. Esperanza en Dios. PEDRISCO. Amigo, quien fuere desconfiado, mire el ejemplo presente. JUEZ. No mas: á Nápoles vamos á contar este suceso. PEDRISCO. Y porque es este tan árduo y difícil de creer, siendo verdadero el caso, vaya el que fuere curioso, (porque sin ser escribano, de fé de ello) á Belarmino; y si no, mas dilatado en la vida de los padres podrá fácilmente hallarlo. Y con aquesto da fin El Mayor Desconfiado , y pena y gloria trocadas .— El cielo os guarde mil anos.
EXAMEN »B EL CONDENADO POR DESCONFIADO, POR DON AGUSTIN DURAN. El objeto de la buena crítica no es solo juzgar las obras del arte y del ingenio bajo el aspecto de urí tipo absoluto convenido entre los profesores y maestros, sino también atender á las épocas y circunstancias en que se produjeron, considerándolas sometidas al influjo de la idea social, en¬ tonces predominante. Las creaciones del ingenio, en cual¬ quier tiempo que se realicen, nunca pueden emanciparse totalmente de la fe y la ciencia del pueblo, sopeña de que no serán mas comprendidas que si se produjesen en un idioma estraño. Para juzgar las producciones de la imagi¬ nación, no basta ya haber leido y estudiado las poéticas de Aristóteles, de Horacio y de Boiícau, porque la crítica filosófica no debe ceñirse solo á aplicar las que llamamos reglas del buen gusto, sino que ademas debe tener por base un profundo conocimiento de la historia física y moral de los pueblos, de sus mas íntimas costumbres, y de las ideas predominantes que en diversas épocas constituyeron su es¬ tado social, y que motivaron sus aciertos y sus errores. Rajo este aspecto, la crítica es producto de un nuevo sentido conquistado en nuestros tiempos; es la idea prefe¬ rente y necesaria, hija del análisis y de la discusión; es una garantía mas de la imparcialidad en los juicios; es la teo¬ ría realizada de la inteligencia libre, y no el sistema de reacción, ciego, orgulloso é intolerante que escomulgaba á Shakespeare y á Calderón porque no eran griegos ni franceses. Llena de datos históricos filosóficamente apre¬ ciados, y de erudición profunda sobre los sentimientos ín¬ timos de cada pueblo y de cada edad en sus diversas fases de civilización; colmada de la ciencia práctica adquirida en el estudio de las ideas populares , antes despreciadas por los sabios, ha penetrado el secreto de cada sociedad, y sabe
3^0 EL CONDENADO POR DESCONFIADO, usar de él para juzgar convenientemente las obras de la fantasía y del arte. Los grandes ingenios sometidos á este género de crítica no pueden considerarse puestos fuera de la ley bajo cuyos auspicios produjeron sus obras. Empapados de estas ideas, vamos á considerar un dra¬ ma simbólico , que aun mejor que la historia, revela el pensamiento moral, religioso y filosófico, y la idea predo¬ minante de nuestra sociedad en la época y circunstancias que se produjo. Difícil será trasladar los escépticos predicadores de un sistema, infecundo de inspiración y de entusiasmo, á un si¬ glo creyente y creador, aunque tal vez un tanto fanático y supersticioso por instinto ; dificilísimo hacerles percibir y comprender el grande pensamiento social que se realiza¬ ba y encarnaba en las producciones del ingenio inspirado por una fé firme y sincera. El fanatismo defensor del cri¬ men que hoy destruye los lazos de las sociedades, no pue¬ de fácilmente estudiar el principio que las crea, defiende y sostiene. Sin embargo, vamos á emprender nuestra ta¬ rea, desviando de ella, cuanto sea posible, los obstáculos que la embarazan. El análisis material, propio de las ciencias físicas , se ha aplicado erróneaiáente á la demostración del orden mo¬ ral de la especie humana, sin haberse considerado que el instrumento á propósito para unas cosas puede no ser apto para otras. Tanta fé necesita un ciego para creer que los otros ven, y concebir que baya objetos visibles, como el matemático para creer en un Dios indemostrable por el cálculo, ó en el principio moral que no cabe en la canti¬ dad; y no por eso el ciego aniquilará la luz que existe y no vé, ni el calculador al Dios que no puede medir. En vano el disector armado del escalpelo, busca en el cadáver de una hermosa la causa animadora que produce el amor: la hermosura y la vida han desaparecido, y entre sus ma¬ nos halla un esqueleto. En vano aislada la razón humana intenta penetrar los secretos misterios del órden moral. New ton por medio del cálculo conoció, si, las leyes mecᬠnicas del universo; pero solo la fé le hizo elevarse á las causas de su existencia, y al pensamiento de la creación. l*or la equivocada aplicacipn , como hemos dicho, de los instrumentos con que el hombre está dotado para in¬ vestigar verdades de diferente orden , y por confundir y
EXAMEN. 34.1 trocar los unos con los otros, es por lo que el error triun¬ fa, y la verdad se pierde en un laberinto de sofismas y de absurdos. A fuerza de buscarla por medios inadecuados, el hombre se desespera, niega su existencia, y aniquilando en sí todo principio de entusiasmo, acaba con el instinto de la fé y el brio de la imaginación, sin estinguir la nece¬ sidad que tiene de ellas. Cansado en fin de lucha tan des¬ igual, se abandona á un escepticismo yerto y sin vida, que le quita hasta el deseo de conocer la verdad, ya que no el odio y la envidia de cuantos en ella esperan. Bajo el auspicio de estas reflexiones, y desvaneciendo cuanto podamos la densa atmósfera de duda que nos cir¬ cuye é impide levantar el vuelo á las regiones del entu¬ siasmo creador, procuraremos examinar el drama que á principios del siglo XVII, y para un pueblo creyente, es¬ cribió el maestro Tirso de Molina con el título de El Conde* nado por desconfiado. Y lo juzgaremos, penetrados de las creencias, costumbres, y hasta de la ciencia teológica de aquel tiempo, á fin de que nuestro juicio y exámen sea conforme á las leyes de crítica que hemos espucsto. El Condenado por desconfiado es un drama eminente¬ mente religioso en el sentido de las creencias teológico-dog- máticas que el pueblo y los sabios de aquella época profe¬ saban, y profesa aun todo buen católico. Es una parábola evangélica creada para hacer inteligible al pueblo el dog¬ ma de la gracia, y es quizá un producto de reacción ne¬ cesaria contra la fatal y desconsoladora rigidez del protes¬ tantismo, y las doctrinas heterodoxas que le originaron. Adoptando el autor por argumento una tradición conser¬ vada en diversos Ejcmplarios, ha querido patentizar cómo y por qué Dios retira la gracia eficaz del hombre que de ella desconfía, y que intenta arrancarle sus secretos para convertir en certidumbre material la que solo debe tener¬ se por la fé. Al propio tiempo ha querido también probar cómo y por qué el pecador que confia en Dios, creyendo firmemente, puede arrepentido obtener misericordia. El ermitaño Paulo es el símbolo de la primera conse¬ cuencia del dogma , y el bandolero Enrico representa la segunda. Regalado Paulo con celestiales favores, hijo pre¬ dilecto de la Providencia, y quizá ensoberbecido, ni aun resiste á la primera prueba de tibieza con que Dios quiso cspcrimcntarlc y contener la soberbia que asomaba en su
348 EL CONDENADO POR DESCONFIADO. ¿no puede también hallar perdón? Ya vengo á pensar que ha sido grande mi error. Pero como la tentación prosigue, cuando la voluntad no persevera en resistirla, y cuando la razón humana no cede á la fé divina; el orgulloso Paulo que desconoce estas verdades, reincide bien pronto en su desconfianza, y sin combatir siquiera, se rinde á ella diciendo: ¿ Mas cómo dará el Señor perdón, á quien tiene nombre jay de mí! del mas mal hombre que en este mundo ha nacido? Pastor que de mí has huido, no te espantes que me asombre. Si él tuviera algún intento de tal vez arrepentirse, lo que por engaito siento bien pudiera resistirse, y yo viviera contento. ¿Por qué, pastor, queréis vos que halle su remedio medio en la clemencia de Dios? Alma, ya no hay mas remedio que el condenarnos los dos. Hé aqui como la razón ensoberbecida cstravia la vo¬ luntad é inutiliza los auxilios divinos , que inclinan , pero no fuerzan el uso del libre albedrío. Aprovéchase el demonio de la ocasión para armar á Paulo nuevos lazos. Enrico perseguido de la justicia á cau¬ sa de sus desafueros, se arroja al mar fugitivo, y como por milagro , rompiendo las embravecidas olas , arriba á las playas donde Paulo aterraba el mundo con escándalos con¬ tinuos. Cae aquel en sus manos, y mas que nunca obsti¬ nado y ciego en tentar la Providencia, se propone some¬ terle á la mas terrible y decisiva prueba que pudo imagi¬ nar. No bien, maldiciendo y blasfemando de Dios en vez de tributarle gracias, hubo Enrico tocado en la playa, cuando los bandoleros por orden de su gefe , le atan á un árbol, y vendándole los ojos, le anuncian el término fatal
EXAMEN. 34g (le su vida. Nada empero le aterra , búrlase de Dios , in¬ sulta á los hombres, y ríese de la muerte: no parece sino que la soberbia y orgullosa inteligencia del hombre quie¬ re luchar y vencer la del creador. Entonces Paulo se le presenta vestido de ermitaño, y le exhorta á la peni¬ tencia con tanto mas ahinco é interés, cuanto cree que la salvación de Enrico será prenda segura de la suya. ¡Vanos esfuerzos! el aire se lleva sus palabras, porque el bandole¬ ro se mofa de ellas , y pide que le acaben para llegar mas pronto al infierno. La obstinación de Enrico le salva la vida, pues el Desconfiado , temeroso de que muera impeni¬ tente y se condene, impide que los bandidos le asesinen. Hecha esta terrible prueba, afirmase Paulo mas y mas en el error , que era justo castigo de su temeridad impía. Cada vez mas convencido de hallarse condenado , cuenta su vida y la causa de sus penas al que considera como compañero en desdichas. ¿ Quién lo pensara ? El desal¬ mado Enrico, el blasfemo , el asesino, el que nunca hizo mas bien que respetar á su padre, el que con la muerte á los ojos despreció los auxilios de la religión; este mismo al fin , tan duro, tan obstinado, reprende á Paulo su con¬ ducta , le afea su desconfianza, y le afirma que aunque se considera tan perverso y criminal, siempre ha esperado salvarse: hé aqui el modo con que se esplica: (Púg. 298.) Yo soy el hombre mas malo, que naturaleza humana en el mundo ha producido; el que nunca habló palabra sin juramento; el que á tantos hombres dió muertes tiranas; el que nunca confesó sus culpas, aunque son tantas; el que nunca se acordó de Dios y su Madre santa; ni aun ahora lo hiciera, con ver puestas las espadas á mi valeroso pecho; mas siempre tengo esperanza en que tengo de salvarme, puesto que no va fundada mi esperanza en obras mias,
EL CONDENADO POR DESCONFIADO. sino en saber que se humana Dios con el pecador, y con su piedad se salva. no desmintiendo su carácter, continúa: Pero ya, Paulo, que has hecho ese desatino, traza de que alegres y contentos los dos en esta montana pasemos alegre vida, mientras la vida se acaba. Un fin ha de ser el nuestro: si fuere nuestra desgracia el carecer de la gloria que Dios al bueno señala, mal de muchos gozo es; pero yo tengo confianza en su piedad, porque siempre vence á su justicia sacra. Ambos bandoleros son , como se ha visto , detestables; pero ¡cuánta diferencia hay entre el que espera y el deses¬ perado! ¡Cómo el poeta, moralista y profundo observador de las pasiones , ha sabido caracterizarlos y distinguirlos, escudriñando el diverso origen de unos mismos actos! El uno es malo por aturdimiento, y por hábito de no ser bueno; pero si no busca , tampoco rehúsa la espiacion de sus crímenes por medio del arrepentí miento : al contrario el otro , que ejercitó la virtud, que fue regalado de Dios, se vuelve luego contra él, le insulta con despecho , y pre¬ tende traerle á juicio ante su miserable y ciego orgullo y su razón estraviada. Enrico no cierra los caminos á la gra¬ cia, antes con la esperanza los facilita , mientras Paulo la repele de sí siempre que los auxilios del cielo y los remor¬ dimientos llaman á su corazón. En el supuesto de que un mismo fin han de tener, con¬ ciertan pasar la vida juntos ambos bandoleros; pero acor¬ dándose Enrico de su anciano padre , determina volver á Nápoles para socorrerle y traerle consigo , á pesar de los riesgos de la empresa. Con efecto , al realizarla cae en po¬ der de la justicia, que le conduce á un calabozo, donde co¬ mete mas desafueros y delitos. Allí, unas veces desprecian¬ do los auxilios divinos, y otras resistiendo las ocasiones 35o Y luego,
EXAMEN. 351 fugarse que le ofrece el demonio, pasa su tiempo hasta que se ve notificado de muerte. Ni aun entonces se doblega al yugo de la religión: niégase á la penitencia, diciendo que si Dios es misericordioso y puede , le salve sin tantas ce¬ remonias, y sino que le condene; pues él por su parte no tiene memoria para acordarse y confesar tantos crímenes como ha cometido. . Acércase la hora del suplicio; ya todos desconfían de la salvación del reo, cuando una sola y única virtud que ejercitó en su vida , abre camino á los auxilios de la gra¬ cia. Lo que no alcanzaron de Enrico ni el temor de la muerte ni el horror del infierno, lo alcanzan en un ins¬ tante las lágrimas, los ruegos y las venerables canas de su anciano padre. Al verle y oirlc , su alma empedernida se enternece y regala; resígnase con la suerte que le espera, pide humilde perdón á Dios, y arrepentido y contrito, sufre muerte afrentosa para hallar eterna vida en la mo¬ rada celestial. Después de cumplido el decreto del cielo, salvándose el protagonista del drama que esperaba clemencia, ¿cuál será el fin del desesperado? ¿se salvará también? No, por¬ que voluntariamente se apartó del buen camino, y no quie¬ re tornar á él; no, porque á sabiendas luchó contra Dios en vez de luchar contra el pecado; no , porque fue ingra¬ to y desconocido á los favores del cieío ; no, porque arro¬ jó de sí todas las virtudes sin reservar ninguna; no , por¬ que tenaz é injustamente desconfiado, verá y no creerá la salvación de Enrico, ó creyéndola pensará que Dios está obligado á salvarle sin que penitente y arrepentido le im¬ plore ; y no en fm , porque fiado en el engaito del demo¬ nio , que él mismo provocó, olvidará la palabra de las Es¬ crituras que aseguran al hombre el premio ó el castigo se¬ gún sus obras. No se crea empero que la Providencia le abandone; su condenación lia de proceder del nial uso que haga de su albedrío. Sin embargo de tanta obstinación, la gracia pres¬ tará sus auxilios al infeliz Paulo hasta el último suspiro. Revelado le fue natural y milagrosamente el fin dichoso de Enrico, para que sabido, abriese su corazón al consue¬ lo. ¡Mas ay, que fue en vano! La desconfianza y el orgu¬ llo endurecieron la voluntad contra los avisos del cielo. Paulo en fin, herido en una refriega, muere impenitente.
35 a EL CONDENADO POIl DESCONFIADO. A nadie que conozca la doctrina, la fé y la idea pre¬ dominante del siglo en que Tirso escribió este drama , le sorprenderá su desenlace, ni estranará la impresión que debió producir en unos espectadores, que sabios ó igno¬ rantes, llevaban su alma dispuesta y preparada á recibir las impresiones de consuelo y de terror que el poeta, tan creyente como ellos, quiso inspirarles. Largo ha sido este análisis; mas no lo juzgarán tanto los que quieran apreciar con exactitud las obras de nues¬ tros antiguos dramáticos , y aplicar á su estudio la críti¬ ca filosófica , hija de nuestro siglo. En una época de es¬ cepticismo, en que se desconocen las causas y efectos de una fé viva y encendida, es preciso analizarlos y csplicarlos para que se entiendan , como se analiza y esplica la historia civil y religiosa de los pueblos antiguos , cuyas sociedades y costumbres se quieren conocer, y cuyos auto¬ res clásicos estudiar. Presentada y juzgada nuestra poesía popular y el tea¬ tro antiguo , que es parte esencial de ella, como objeto de estudio filosófico, y no como modelo de servil imitación, ha contribuido no poco á conservar en la moderna el ca¬ rácter nacional, y á separarla del exagerado y delirante sistema que mancha y oscurece con salvajes é inmorales creaciones las glorias literarias de la nación que en mejo¬ res tiempos produjo un Corneille, un Moliére y un Haci¬ ne. Hasta ahora, y en buen hora lo digamos, apenas ha penetrado en nuestra escena el asqueroso, repugnante y atroz mónstruo, hijo del desenfreno revolucionario que se pasca por toda Europa, y que no falta tampoco en nues¬ tras ciudades. Algunos de nuestros ilustres y jóvenes in¬ genios fueron deslumbrados por el romanticismo malo; pero después que estudiaron la poesía nacional, le aban¬ donaron; y siguiendo el camino trazado por la buena crí¬ tica, produjeron obras que honran la presente generación. Otros, escapándose por estrento contrario, creyeron que eramos ahora los misinos que fuimos trescientos anos hace, y que para agradar al público, bastaba violar de propósito todas las reglas del saber y del buen gusto, introducir variedad de metros y cambiar muchos telones. A estos también desengañará el buen uso de la crítica, demostrán¬ doles que por lo mismo que el actual siglo es menos cre¬ yente, necesita en el teatro mas verosimilitud material
examen. 353 que en el antiguo, y en fin, que como mas perito en la historia y las costumbres, no sufre anacronismos de ningu¬ na especie. ° En la actualidad, por ejemplo, no se toleraría un dra¬ ma teológico como el de Tirso, dividido en dos acciones casi diversas, y lleno de medios sobrenaturales y de escenas y situaciones desligadas. En el dia quien intentase renovar este asunto necesitarla poseer mucho conocimiento de la actual sociedad, mucho ingenio y mucho tino práctico de la escena: tendría que concebirlo de otro modo, y que bus¬ car en la razón medios supletorios á la falta de fe; tendría que inventar recursos de verosimilitud é interés dramático mas análogos á nuestra manera social , y á la idea predo¬ minante del siglo; y tendría en fin que hallar para España el Fausto que Goethe produjo para su pais. Acaso ya po¬ seeríamos esta obra maestra acomodada á nuestro carácter si el distinguido autor del Alfredo estudiara el teatro an¬ tiguo español, como es capaz de hacerlo cuando quiera. Siguiendo otros escelentes ingenios la senda que llevamos trazada , produjo ™ » o C drlo* c¡ Do!¡a u * Amantes de Teruel, Roemunda, Fernan¬ do el Emplazado, Bárbara Blomberg, D. Aleara, El Trovador (1), con otros muchos dramas históricos y no¬ velescos de diversos jóvenes apreciables por sus talentos donde se conserva el tipo característico nacional, y se percioc el estudio de nuestra antigua poesía popular, modi¬ ficada empero por el indujo que la moderna civilización ha introducido en las costumbres, creencias y necesidades sociales. lléstanos algo que decir sobre las bellezas de detalle contenidas en el drama de Tirso: bellezas que por hallarse en la naturaleza general, no dependen de los cambios de opiniones ni de ideas. Es admirable, por ejemplo, la espo¬ so ion con que el ermitaño Paulo abre la escena. (Pág. ‘22'¿ . (0 En al gunos de estos dramas quizá se ha sacrificado en demasía a circunstancias transitorias la verdad de los caracteres históricos y la idea de la época; ¿mas quién hay que se prometa en un espectᬠculo, esencialmente popular , hacerse comprender del público , sino a costa de tales concesiones y sacrificios? [Si Calderón / ni Shakes¬ peare, ni Hacine, ni Corncille, ni Voltaire, ni Eurípides, ni Sófocles ni aun Homero, retrataron sus héroes tales como fueron estos en la e| oca en que existieron , sino tales como podían concebirse y enten¬ derse por el pueblo y el siglo ante quienes se presentaban. 'íinso. Tomo XI. 23
354- EL CONDENADO POR DESCONFIADO, y siguientes.) De esta hermosísima égloga puede con razón decirse que exhala el perfume de las flores, el ambiente puro de eterna primavera, y la paz de las cabanas de los pri¬ meros patriarcas. Delicada y tierna es la escena donde el án¬ gel pastor se presenta en busca de la oveja perdida (P. 281.), y para quien, esperando reducirla al rebano, va tejiendo una guirnalda de flores. ¡Cuán bello contraste presenta con el diálogo en endechas, en que el ángel ya casi desanima¬ do, se aparece de nuevo á Paulo deshaciendo (Pág. 325.), pausadamente y pesaroso la misma corona que para él formó! Si en la primera brillan destellos de esperanza , en la segunda reina un indefinible sentimiento de terror y compasión que conmueve las almas mas duras é insensibles. Digna es también de notarse aquella en que Enrico asistiendo á su anciano padre le regala y consuela , abs¬ teniéndose de cometer un asesinato, porque habia de ejecu¬ tarlo en un hombre cuyas canas le recuerdan las de aquel á quien debe su existencia; Llenos de verdad son los lances de la cárcel, donde con vivos colores se rcti'ata lo que pasa allí con los foragidos. Mas sobre todo, es maravillosa la idea contenida en la escena donde el demonio olrece á Enrico su libertad , y este la rehúsa escuchando la voz del cielo que le detiene. En igual trance y situación, doscien¬ tos años después, pi’esentó Goethe á Margarita en su dra¬ ma de Ftiusio , tomando también su argumento de una tradición popular religiosa. En fin, en este drama, como en todos los del autor, son importantes y reparables las escenas donde retrata costumbres campestres, malicias aldeanas , desafueros de bandidos y rufianes, y torpezas deshonestas de las malas mugeres. En todas partes ostenta Tirso un profundo co¬ nocimiento de la naturaleza y de la moralidad de las accio¬ nes. Asi en esto, como en fuerza cómica, en aprensiones felices, en la pureza de lenguaje, en agudeza del diálogo y en riqueza y soltura de versificación no tiene rivales este poeta , y puede presentarse por modelo á cuantos quieran adquirir dotes tan apreciadles y necesarias para distin¬ guirse en el teatro y obtener merecidos aplausos. ¡Ojalá nuestros jóvenes ingenios imiten á Tirso en tan buenas y sobresalientes cualidades, y no en aquellos cstravíos pro¬ pios de su tiempo, que si entonces pasaban de incógnito, en el dia nadie pudiera tolerarlos!
355 ÍNDICE. — Página. Del enemigo el primer consejo , comedia . 3 Examen .100 Amar por arle mayor, comedia .103 Examen .216 El Condenado por desconfiado, comedia .223 Examen, por D. Agustín Duran .339
356 ERRATAS. Página. Línea. Dice. . Léase. 20 10 conspiro compito •75 14 ofendí la ofendella •80 7 con con que 83 2 peleona. peleona: 88 14 castigos castigos; 143 20 enfrena; enfrena, 195 1 VIII. VII. 264 29 blanco blando CORRECCION AL TESTO. 3 7 Milán. Milán y estro muros.