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Los retos de la educación intercultural. Una nueva conciencia hacia la diversidad cultural

Sánchez Lissen, Encarnación

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1 LOS RETOS DE LA EDUCACIÓN INTERCULTURAL. UNA NUEVA CONCIENCIA HACIA LA DIVERSIDAD CULTURAL Encarnación Sánchez Lissen Dpto. Teoría e Historia de la Educación y Pedagogía Social Universidad de Sevilla Actualmente, uno de los grandes desafíos de la escuela es la educación intercultural. Se trata de un proceso formativo que permite, sobre todo, la convivencia y comunicación entre los miembros de distintas culturas. Ciertamente, si la relación entre sociedad y escuela es tan estrecha, una vez más parece claro que la interculturalidad, y en general, el valor de la diversidad debe tener un lugar destacado en la escuela de hoy, dado que también se trata de un hecho significativo en la sociedad actual. Ya se mencionó en el Informe de la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI para la UNESCO, o Informe Delors, publicado en la década de los noventa, que uno de los Pilares de la Educación era el “aprender a convivir, aprender a vivir juntos”. En aquel momento, fue una llamada de atención a la realidad que se estaba viviendo en los centros educativos en base a la convivencia de estudiantes de diferentes culturas, a la diversidad de ideales y en general de personas, que conformaban dichas instituciones; una realidad que se manifiesta, aún más si cabe, en estos momentos. Sin embargo, el diverso no sólo viene de fuera de nuestro país, de nuestra comunidad y tan siquiera de nuestra provincia. En muchos casos, a ese al que se le considera distinto, sólo es de un barrio “más allá” del mío, sigue siendo de mi ciudad, aunque no viva en las mismas condiciones que yo. Realmente, a veces, no hace falta que las escuelas se llenen de alumnos marroquíes o ecuatorianos para hablar de diversidad cultural, tan sólo hace falta que la escuela tenga presencia de gitanos en sus aulas. Decididamente, a los gitanos se les ha catalogado, tradicionalmente, como un colectivo distinto y de entrada, algunos de sus derechos se han puesto en entredicho. Circunstancias como éstas, hacen tremendamente difícil llegar a eliminar muchos de los calificativos y de la consideración social que tiene este colectivo. Sin embargo, también en este grupo, las diferencias deben ser un motivo de enriquecimiento y no de exclusión como suele ser lo habitual. 2 De la misma forma que anteriormente hablábamos de la relación que existe entre sociedad y educación, también podemos hacerlo ahora al referirnos a la cultura, a los cambios culturales, y se puede apreciar que existe entre ellos una fuerte correspondencia. En este sentido se expresa el profesor Neira al señalar que “cuanto ocurra en la cultura, repercutirá directa o indirectamente, en los procesos educativos, en todos sus ámbitos en las situaciones por las que atraviesa y en el sentido que a la educación se asigne” (Neira, 1999) Evidentemente, aún más debemos tener en cuenta este aspecto cuando sabemos que la cultura no puede entenderse al margen de un proceso en continuo movimiento, en continuo cambio, donde sus propios agentes participan del mismo. Pues bien, esta reflexión pretende ser para la que lo subscribe y también para sus lectores, un espacio útil de invitación al conocimiento, a la concienciación, a la reflexión y al diálogo. DIMENSIONES DE UNA CONCIENCIA CULTURAL. Es fácil admitir que en estos primeros años del siglo XXI estamos viviendo intensos momentos, en lo que a cambios sociales se refiere. Caminamos hacia la multiplicidad de cosmovisiones y de culturas, aunque a la vez, con la impronta de ir avanzando hacia “la unidad en la pluralidad”. Pues bien, desde este enfoque podemos entender mejor este complejo mundo de la diversidad cultural. Ciertamente, nos encontramos dentro de una perspectiva culturalista, que tiene como referente, un modelo concreto de ser humano y de vida humana. Al reflexionar sobre la diversidad cultural, nos parece conveniente sugerir el desarrollo de una Conciencia en este sentido. Junto a ella, podemos potenciar un pensamiento más abierto, más sano, y que logre impregnar todos y cada uno de nuestros actos y comportamientos. Precisamente, la autora Christensen (1995), define el desarrollo de la Conciencia Intercultural como “un proceso por el que un individuo está capacitado para interactuar con alguien perteneciente a una cultura, raza o etnia diferente con autenticidad, respeto, franqueza y aceptación”. 3 Para mejorar este proceso, existen algunos mecanismos básicos como: la educación de los afectos y la educación para la convivencia. Estos dos modelos que, últimamente, hemos descuidado en las escuelas, en las familias, e incluso yo diría que también en la universidad son, sin embargo, totalmente necesarios para que nuestra relación con todos, también con los “supuestamente” distintos, sea mejor. Por tanto, y una vez más, la educación y la familia son el proceso y el agente más necesario e influyente para impregnar las conciencias de todos los ciudadanos. Reparemos en ello. Desde la educación, ya que se trata de un proceso que permite el desarrollo integral del sujeto y por tanto, contribuye al desarrollo de una actitud de apertura hacia sí mismo y hacia los demás. En este sentido, cualquier proceso educativo debe tener la suficiente capacidad de acomodación e internalización del mismo, para que el proceso de concienciación al que nos referimos, sea una realidad. Por otra parte, la familia, que como todos sabemos es un agente fundamental para este proceso y debe representar un modelo a seguir. De hecho, del comportamiento de los padres y madres se puede obtener, o no, un aprendizaje responsable que encierre un estilo de vida marcado por la apertura, el diálogo y, en general, un modelo que se defina por el entendimiento entre unos y otros. Sin embargo, no siempre el modelo escolar es una continuación del modelo familiar. Es más, a veces, cuando lo que se predica y la forma que unos y otros tienen de comportarse son opuestas, crea en sus destinatarios un sentimiento encontrado y una disociación que “vuelve loco” a los niños y jóvenes. En estos casos, parece absolutamente necesario trabajar desde la colaboración familia – escuela, compartiendo en el fondo y en la forma el mismo discurso, los mismos hechos. En aquellos casos en los que se distancien, el profesor tiene un papel mediador, asesorando a ambas partes. Para ello, se pueden plantear programas de desarrollo de la ciudadanía intercultural a través de Escuelas de Padres, o bien para los estudiantes, otros programas de refuerzo de habilidades sociales a través de tutorías individualizadas y grupales. Esta visión no es nada localista, sino que traspasa las fronteras y lo hace con una visión favorable del nuevo modelo globalizador que actualmente dirige nuestros actos, nuestros pensamientos y más aún, la política social y económica del mundo. En cualquier caso, el respeto a los demás, y de manera especial, el respeto a las minorías es, hoy por hoy, una realidad compartida y uno de los primeros empeños en la escena internacional. 4 En la Conferencia Mundial sobre Cultura, Democracia y Desarrollo celebrada en Praga en los años 90, se manifestó que caminábamos hacia el ecumenismo de las culturas. Un ecumenismo que quiere representar, no tanto, la mezcla de culturas, sino el sentido y la importancia que genera un entendimiento y una convivencia de todas ellas dentro de un orden democrático y en un marco de cultura de paz. Pensando en esta convivencia de culturas, en el caso de nuestro país, el pueblo gitano ha ocupado un lugar preferente en relación con la atención en la diversidad. Se trata de una comunidad injustamente machacada por los perjuicios y los estereotipos con los que tradicionalmente se les ha relacionado y se les ha juzgado. Ciertamente, los estereotipos degeneran en una simplificación de la realidad social y a la vez, en el desarrollo de un pensamiento dicotómico (Díaz Aguado, 2003) que tiende a crear mentalmente dos categorías: los buenos y los malos, los blancos y los negros, los guapos y los feos, los altos y los bajos, los payos y los gitanos, es decir, los que pertenecen a mi grupo y los que no. Que duda cabe que se trata de un error que cometemos, por seguir usando estos términos con demasiada ligereza. Parece necesario, ante ello, consolidar una “cultura de la convivencia” que genere un cambio profundo de las actitudes individuales. En estos términos se expresa D. Ricardo Díez Hochleitner, al contemplar la convivencia democrática como una estrategia esencial para establecer un modelo de conciencia global que se sustente con la solidaridad de los ciudadanos. Una realidad con la que pueden enriquecerse no sólo los miembros de una sociedad, también, los de una comunidad educativa concreta. Ante una circunstancia adversa o en momentos en los que no se actúa bajo la regularidad que recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos, podemos encontrar en este Documento, el referente más explícito que enmarque nuestra vida diaria. Indudablemente, esta Carta no admite dudas, ya que su principio fundamental son los valores universales; valores que tanto en la teoría como en la práctica desean dignificar a la persona. Pues bien, dado el lugar que ocupa la cultura, podemos convenir que los valores junto a la educación, son el único camino recomendable para lograr una concienciación hacia este tema. 5 ¿HACIA UN CURRICULUM INTERCULTURAL? Realmente, y tal como hemos comentado anteriormente, no tiene sentido dividir a las personas en dos grupos o en dos categorías con el único objetivo de hacerlas diferentes. El objetivo, sin embargo, está en lograr la igualdad de oportunidades, teniendo como referente para ello, la universalidad de los valores humanos. En este sentido, se ha publicado en el mes de febrero un Informe de Amnistía Internacional que revela que, en materia de educación en Derechos Humanos, aún en nuestro país, no se ha cumplido con las recomendaciones de las Naciones Unidas. Concretamente, en una de las conclusiones de la investigación, los profesionales de la enseñanza señalan la necesidad de formar y aumentar el número de asignaturas y actividades vinculadas a los Derechos Humanos y, en especial, tratar de forma significativamente temas como el racismo. Como podemos apreciar, el curriculum y los contenidos estipulados merecen una atención especial. Si nos fijamos en este concepto, podemos atisbar la realidad que le envuelve. Para Grundy, 1994, “el curriculum no es un concepto sino una construcción cultural, esto es, no se trata de un concepto abstracto que tenga algún tipo de existencia fuera y previamente a la experiencia humana. Más bien es un modo de organizar una serie de prácticas educativas” Por ello, el curriculum más que implantarlo se construye y se hace desde la riqueza del grupo y de todos y cada uno de sus miembros. Esto no implica que haya que dejar el proceso de aprendizaje a la improvisación, pero sí supone que hay que contar con todos. Básicamente, el curriculum es una guía del aprendizaje, una secuencia bien estructurada que organiza y dirige dicho proceso de aprendizaje. Es aquí donde comprobamos su complejidad y multifuncionalidad y, al mismo tiempo, la importancia que tiene atender explícitamente desde él, la diversidad cultural. Verdaderamente, como señala el profesor Gimeno, 1988 “en el curriculum se entrecruzan todos los temas que tienen alguna importancia para comprender el funcionamiento de la realidad escolar a nivel de prácticas de enseñanza, a nivel de aula, de centro y de sistema escolar, porque es a través del mismo como se expresa la escuela en su función socializadora”. 6 A la vista de la naturaleza curricular nos podemos preguntar el valor que tienen determinados contenidos conceptuales para el proceso de enseñanza. Es cierto que para algunos, se debería plantear un curriculum diferenciado, un “curriculum a la carta”, en el que se recojan y se manifiesten todas las inquietudes exhortadas por sus más inmediatos seguidores. Otros, sin embargo, apuestan por un modelo de curriculum universal que aprecie la diversidad del alumnado con el que se convive en las aulas. Pues bien, si por naturaleza el curriculum es un instrumento abierto y flexible, desde este punto de vista, no tendría sentido plantear uno para cada estudiante, sino apostar por un curriculum integrador que asuma las diferencias. Desde esta filosofía, estamos dejando una puerta abierta a la diversidad, a la atención al niño y niña de otras culturas. Esta reflexión puede contestar buena parte de las siguientes preguntas: ¿qué contenidos se deben aprender y cuál debería ser su extensión? ¿son contenidos que impiden la presencia de otros aprendizajes? Para contestar con más precisión, nos parece necesario pensar en un colectivo concreto, por ejemplo los gitanos, y reconocer desde esta realidad, el espacio que se les deja a esta cultura en el curriculum. Realmente, si del propio concepto de curriculum se desprende que éste tiene un carácter integrador, aún más en este caso convenimos en señalar que esta circunstancia debe manifestarse en toda su extensión. En todo ello deben prevalecer dos valores fundamentales como son: el respeto y la comprensión dialógica. El respeto, porque supone la aceptación del otro aún sin compartir todo el conjunto de intereses o ideales que aquél tiene; con ello, se trata de mostrar un talante abierto e integrador. Pues bien, para que este respeto sea más puro y más efectivo, debe manifestarse a partir de una comprensión dialógica, lo que supone aceptar enriqueciéndose del otro, de sus características, y comprendiendo el sentido de su diferencia a través de un diálogo. Al final, siempre se concluirá con la aceptación de algunas diferencias y, en general, con la aceptación del otro. Esta circunstancia de convivencia intercultural, además de beneficiar a todos y cada uno de los miembros de una sociedad, va a suponer, como señala el profesor Sarramona (2002), “una garantía de estabilidad política y de desarrollo de democracia interna”. Ya lo decíamos al principio, existe una estrecha relación entre lo que ocurre en la sociedad y en la escuela, y de hecho, esta expresión reconoce también, que el propio lenguaje tan característico hoy de nuestra sociedad, como es el que utilizamos para referirnos a los 7 procesos democráticos tiene un valor indiscutible en los procesos sociales que emergen en el ámbito educativo. La convivencia intercultural exige un modelo democrático en el comportamiento de cada uno de sus miembros y también del funcionamiento institucional, en general. De esta manera, se trata una vez más, de apostar por los valores, por compartirlos y por lograr la uniformidad de actitudes que esta circunstancia merece. Ciertamente, no parece muy acertado hablar de uniformidad en un proceso de diversidad y, sin embargo, entiendo que debe ser la opción más válida en el ámbito axiológico. De esta forma podemos deducir la dimensión social que contienen los valores y comprobar que se trata de unos ideales y principios que comparten un grupo de personas. Pues bien, el proceso educativo no lo podríamos entender de otra forma que no fuera desde una educación centrada en valores humanos y valores culturales. LA FORMACIÓN DEL DOCENTE EN NUEVAS ESTRATEGIAS PARA LA DIVERSIDAD A la vista de todos estos datos, creo que no es necesario, ni incluso conveniente, proponer un curriculum para cada circunstancia, para cada grupo humano. En realidad, éste debe tener la suficiente idoneidad para adaptarse, pero sobre todo, lo que me parece más importante, es reconocer el lugar que ocupa el docente en este proceso. Básicamente es él, junto al resto de la institución escolar los encargados de armonizar los procesos de aprendizaje. Asimismo, documentos como el Proyecto Educativo de Centro o el Proyecto Curricular, deben ser dos herramientas fundamentales que vehiculen todo este proceso. Como no podía ser de otra manera, encontramos en el profesorado al colectivo ideal para cubrir las necesidades que en materia multicultural se presente en las escuelas. En muchos casos, este colectivo y también su propia labor está cargada de indiferencia, desconocimiento, e incluso miedo. Son tres circunstancias que restan eficacia al buen hacer de estos profesionales. Asimismo, las tres pueden incidir en el pensamiento del docente, y por tanto, en su forma de actuar, aunque también las tres se pueden mejorar desde la educación. 8 Precisamente, una de las reflexiones que manifiesta la profesora de la Universidad de Almería, Encarnación Soriano, es que a juicio de algunos profesores, “el miedo a lo desconocido” es una de las bases del conflicto que se vive en los centros educativos, en materia de integración sociocultural. Como podemos comprobar, se les exige al docente que se forme en estrategias para cubrir con éxito las circunstancias que se les presenten. Por tanto, yo apostaría primero por una formación teórica y después, por otra práctica, que contribuya a mejorar la realidad más significativa de cada momento. Posiblemente, no nos vale la una sin la otra. Pues bien, estrategias centradas en la clarificación de valores y aquellas otras vinculadas al desarrollo y potenciación de habilidades sociales, podrían ser dos líneas de formación, tanto para los propios docentes, como para aplicarlas entre los estudiantes. Además, el profesor tiene que ser siempre para sus alumnos, un modelo positivo en quién fijarse y a quién imitar en este ámbito, por lo que su actitud hacia la diversidad tiene que ser muy clara, transparente, y su comportamiento en este sentido, no puede dejar lugar a dudas. Debe ejercer constantemente, en una manifestación evidente de los valores “del otro”, de los valores de las distintas culturas. Dos valores: diálogo y respeto, deben ser una constante en su manera de pensar y de actuar. En todo ello, la formación inicial del profesorado y el curriculum de estos estudios, deberían tener más presente, la diversidad cultural que se vive en determinados ámbitos educativos, a fin de materializarlos en estudios concretos. A MODO DE CONCLUSIÓN Dado que se trata de un tema amplio, dinámico e incluso aún lleno de interrogantes, estimo la necesidad de señalar, al final de esta reflexión, algunos puntos que considero muy relevantes para seguir apostando por el desarrollo de una conciencia en este sentido. A la vista de las distintas definiciones aportadas y de los comentarios realizados, se concluye que también la interacción de varias culturas es una riqueza social, y que aún se potencia más, si cabe, desde una participación respetuosa y responsable de cada uno de los ciudadanos. Este reconocimiento debe manifestarse desde dos frentes; uno, la acción individual y el otro, la acción colectiva. Ciertamente, al impregnar nuestra conciencia con este aprecio y respeto a las diversas culturas, parece indispensable que surja del interior y se manifieste al exterior. 9 En otro orden de cosas, cabe señalar que tanto el ámbito familiar como el escolar juegan un papel fundamental en el desarrollo de este proceso de concienciación a favor de la diversidad cultural. Para ello, la mejor forma de potenciarlo es a través de un modelo de cultura de la convivencia, desde donde se favorezca una interacción dialógica que permita la coexistencia y aprendizaje entre aquellos que manifiesten distintos modos de vida o ideales y estilos socioculturales diversos. Todo ello es posible desde el respeto y la aceptación práctica de los valores de todas las culturas. Esta circunstancia se puede esgrimir desde cada uno de los miembros de una familia, los cuales refuerzan esta tendencia; o bien desde la escuela, a través de un modelo de curriculum flexible que contribuya a fortalecer la propia identidad cultural y la aceptación de otros. En cada caso, consiste en educar actitudes positivas hacia las diferencias culturales. BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA Christensen, C.P. (1995): Cross-cultural awareness: A development process in a multicultural and multiracial society. En Multiculturalism Interculturalism, 16 (1); pp. 4-8. Díaz Aguaado, Mª J. (2003): Educación intercultural y aprendizaje cooperativo. Madrid, Pirámide. Gimeno, J. (1988): El curriculum: una reflexión sobre la práctica. Madrid, Morata. Grundy, S. (1994): Producto o praxis del curriculum. Madrid, Morata. Martínez – Otero, V. (2003): Teoría y práctica de la educación. Madrid, CCS. Neira, T. (1999): La cultura contra la escuela. Barcelona, Ariel. Sarramona, J. (2002): Desafíos a la escuela del siglo XXI. Barcelona, Octaedro. Soriano Ayala, E. (coord..) (2001): Identidad cultural y ciudadanía intercultural. Madrid, La Muralla.