Exposicion dirigida á S. M. el Sr. D. Fernando VII desde Paris en 24 de enero de 1826 por el Excmo. Señor Don Burgos ... sobre los males que aquejaban á España en aquella época y medidas que debía adoptar el gobierno para remediarlas
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dirigida ÁS. M. - EL Sk. D. FERNANDO Vil, » DESDE PARIS EN 2^1-DE ENERO DE 'l 826, POR EL Caballero gran cruz de la real ydistinguida ORDEN de CARLOS III YDE LA AMERICANA DE ISABEL la CATÓLICA, SOBRE LOS MALES QUE AQUEJABAN ÁESPAÑA EN AQUELLA ÉPOCA, YMEDIDAS QUE DEBIA ADOPTAR EL GOBIERNO ‘ PARA REMEDIARLOS. fe Cádiz: Julio í/í 183-^. /XiX/X X/V/X/X LIBRERIA DE TEROS,CALLE DE S. FRANCISCO •NUM£i105I.
Con arregio álo que manifestamos en la introducción ,perseguiremos ante la ley ,álodo el que intente repetir la edición de esta obra, áno ser que, lo verificase su mismo autor, cuya propiedad yderechos no tratamos de violar. fimprenta de doña ana benitez, cargo de 3). d'.tÁ. d^afitojaj) calle Ancha^número "iSO. /
4! INTRODUCCION, -T-Ja memoria que ofrecemos al público es uno de los documentos mas importantes del periodo de los diez años últimos. Ni de las personas, que gozaban la gracia del gobierno, ni de los que él miraba con desconíianza óaversión hubo una que en todo aquel periodo ,ymucho menos en Enero de -1 826 ,en que la intolerancia estaba en su major fuerza, osase llamar la atención del Rey difunto sobre la urgencia de hacer reformas capitales en el sistema de la administración, yen los principios del gabinete. El riesgo que en aquella época se debia correr con tan sorprendente manifestación jla calidad de empleado, que tenia su autor; la patriótica franqueza con que proclamó ideas de justicia yde órden ,que estaban en oposición directa con las que prevalecían entonces; el conocimiento profundo, que manifestó tener de las necesidades del pais; todo dió ásu papel una gran celebridad, ycontribuyó ápromover el entusiasmo con que fué procurado ,buscado, leido ysancionado por el voto unálúiue de los amantes de la patria. Sin diligencias, yaun sin noticias, según se dijo entonces, tl^l i
,[«“I estrangera, ypor la emancipación de nuestras co-^ lonias. Barcelona ,esa segunda ciudad del comercio ,que multiplicando los productos de su in-í diistria fabril^ yaprovechando los de su industria agrícola ,equilibraba las ventajas que debia Cádiz ásu posición^ está en una situación casi semejante. El comercio de los demas puertos del Reino yace en una estancación completa ,de que nadie prevee el término, mientras una voluntad eficaz éilustrada no remueva los obstáculos qué los errores, ylas pasiones oponen ásu prosperidad. La situación de la industria no es mejor que la del comercio. La guerra de la independencia le atajó los vuelos: la guerra civil le cortó de nueyo las alasj la emancipación de la América, cerrando la única puerta por donde podian salir sus producciones, la condena áuna languidez abyecta, que acarreará en fin la consunción yla muerte ,si medidas sábias de parte del gobierno ,yesfuerzos patrióticos de parte de los capitalistas, no la salvan. Asombra ver hasta que punto nuestra ííación depende de las producciones mas fútiles de la industria exterior, ycuantos extrangeros están encargados de proveer álas exigencias de su lujO;» yde su comodidad* i
Pero jqué mucho, si necesita tamhíen para subsistir de las producciones de suelos estraños! No hace largo tiempo que hemos visto ,yno sé si aun dura hoy ,la importación de trigos extrangeros ,autorizada sin duda porque los del territorio español no bastaban ásus necesidades, óporque los gastos de conducion de las provincias internas álas marítimas recargaban de tal manera su precio ,que era menester que los habitantes de estas, consumiesen trigo de Odesa óde Taganrog, mientras los de las internas perecían de miseria entre sus llenas troges ysilos. La falta de caminos? la de canales ,la de riegos ,la de capitales ,la ignorancia general de las útiles teorías agrícolas, todo contribuye áque la agricultura del pais mejor situado de Europa sea la mas atrasada ymiserable de esta parte del mundo. Esas 450 leguas de costa, que desde el pie de la sierra de Ronda se estiende hasta las playas de los Alfaques, forma una zona magnífica ,en donde sin grandes esfuerzos se aclimatarían en pocos años todos los frutos de los trópicos. ,Hoy se cogen en aquella costa abandonada asi misma, de 25 á30.000 quintales de algodón ,el primero del mundo después del de Fernambucop igu4 ómayor coatidctd, de azúcar;
rliuTíi jplátanos jclilrimoyas ^yen breré se co« geráii algunos quintales de cale. Estas exóticas y privilegiadas producciones están sin embargo limitadas áim Corto territorio ^cuando la costa entera debía estar cubierta de ellas, ydel añil, y del cacao, yde ese insecto precioso, que reempla- !¿a con ventaja el múrice*de los antiguos, yque se mantiene de la substancia de los nopales, que la naturaleza lia sembrado con una prolusión fatigante en los cerros de donde se descubre la costa 'Septentrional del Africa. Señalando de paso estas mejoras, que transformarian en un vergel delicioso los valles bordados por el Mediterráneo ,desde Gibrallar álas bocas del Ebro, no invierto. Señor, el orden de las cuestiones, que arriba be establecido, ni anticipo los remedios que con arreglo ála división que be adoptado, reservo para la ultima parte de mi traliajo. Indicando lo que se podria bacer en aquella rica yabandonada costa, no me he propuesto tanto presentar un remedio^ como señalar un mal, pues lo es gravísimo que un territorio dilatado, donde se cultivan boy muchos de los frutos preciosos que crecen en los campos alumbrados por dos fuegos del ecuador, no este cubierto de todas
las producciones de <aquellos climas ptesentan-^ do asi al comercio extrangero el mismo aliciente qüe Je Ileya álas playas insalubres de la Habana d de Vera-Cruz. Estos males son sin duda graves, pero, Señor, hay otro que es tanto mayor, cuanto no todos le reputan mal. Este es el cáncer que de-* vora la Monarquía ,ysin cuya extirpación ningún poder humano basta, no digo árestablecer su esplendor, pero ni áprolongar su existencia. V. M. adivina sin esfuerzo, que hablo de la discordia. A mi, que miro como la primera necesidad el sofocarla, no me toca decir de que manera empezó á agitar sus teas entre nosotros ,ni como los errores ólas pasiones han alimentado el incendio violento, que ellas ocasionaron. Misionero de paz, sin la cual no hay prosperidad ni ventura, yo disculpo álos autores de las proscripciones sucesivas, que eii nuestros dias han afligido ydesolado la España jpero Como son la calamidad peculiar de esta época, no es posible al enumerar juestros males, dejar de insistir sobre ella. En ^808 era el pue, blo quien proscribía, yno siempre podía la auto TÍdad oponerse ásus decisiones tumultuosas. Mas tarde el gobierno central proscribía álos que obe-»
decían al hombre, que la fuerza de las armas ha-> bia sentado sobre vuestro trono. Mas tarde el que disponía de la fuerza de aquellas armas, proscribía átoda la España adicta ávuestro gobierno, en las personas de los diez mas ricos ymas ilustres españoles que habían emigrado áCádiz. Por el mismo tiempo se proscribía en Cádiz átodos los que egercian empleos en las cinco sextas partes de la península, ocupadas por los franceses. En en la época de la reconciliación universal, cuando todos los soberanos de Europa pactaban en París por un tratado solemne el olvido de lo pasado, la España no disfrutó de este beneficio, que obtenido ,habría evitado quizá la fatal reacción de ^820. V. M. sabe que en las luchas políticas no hay mas que un paso de la proscripción ála apoteosis ,ólo que es lo mismo ,de la cárcel al poder. Experimentando en si mismos la verdad de esta maxirna, los hombres de 4820, llevados en triunfo desde sus destierros hasta la capital del Reino, la olvidaron sin embargo ,yempezaron su nueva carrera, proscribiendo primero ásesenta ynueve de S|US colegas antiguos, ydespués ámuehos que en otros tiempos se distinguieron por una lealtad señalada á su Monarca. X/sn reaccipn ^ñe sigue siem-
pre álas prescripciones sobrevino, yla. restauración prometió dias masnserenos ála España. !;, jí i '!‘Pero^, Señor, proscripciones nuevas' vinieron áturbar este gozo ,yi. ádefraudar esta esperanza;? Simples bandos de policía privaron de las ventajas comunes adtodos vuestros vasallos^ lá ^muchos, individuos, yauniáclases .enteras que’ por aque-; lias medidas .fueron designadas a, la animadversión pública, ysugetas penas que solo los tribunales pueden imponer en los paises bien gobernados. XJna especie de entredicho fue fulminado contra milicianos, empleados, mijitares, frailes secularizados, ycontra líos que siguieron' á-los revolucionarios áSevilla yCádiz, ymas tarde contra los compradores .de bienes nacionales ,los miembros de diputaciones provinciales, 8cc. Las disposiciones rigorosas de que fueron obgeto los individuos comprendidos en todas estas clases ,forman nna verdadera proscripción, no ala verdad del género de las de Sila, que bacía fijar en las esquinas las listas de los que su furor condenaba ámuerte, ylas recompensas que prometía ásus verdugos; no del género de las de Mario, que á una mirada hacía derribar por sus satélites las cabezas que le desagradaban ,pero aunque mas sua-
16]' Ve sin duda ,la medicfa administrativa que impu-- so ámillares de personas la pena de destierro forzado /«fue una proscripción verdadera, que se ha agrabado después por la inhabilitación de hecho para servir empleos del Estado, jaun para desempeñar cargos de república, de que ha resultado a los escluidos menoscabo de derechos, mengua de reputación Jperjuicio de intereses.» Estas medidas^ Señor, lian enconado los ánimos de los españoles, exacerbado los resentimientos, ygeneralizado una desconfianza recíproca, cfue origen esclusivo de la miseria que nos abruma, es al mismo tiempo el obstáculo mas insuperable para toda mejora posible. Ellas han empujado ápaises extrangeros y aun enemigos, muchos ,capitales ,muchos brazos, muchas cabezas, que habrian sido ypueden aun ser útiles ásu patria; ellas han indispuesto contra nosotros los hombres ricos de todas las naciones ,que amigos necesarios de la paz ,son enemigos ardientes de las medidas que la turban; ellas nos han condenado ála animadversión de las gentes juiciosas éinstruidas ,que han visto con dolor perdidas para nosotros las lecciones de la historia ,y sofocados por el grito de las pasiones los documentos de la experiencis^ de todos los siglos,
f’’] . Nx son solos estos daños interiores los que tenemos que llorar. Esos, seis úocho mil proscriptos, refugiados en Inglaterra, Francia yla Bél-' gica, propagan necesariamente en estos paises un odio encarnizado contra el gobierno que les cierra las puertas de su patria. El instinto natural de la equidad obliga áingleses^, fx’anceses y.bel-, gas áprodigar la compasión yaun la benevolencia áindividuos que no ban sido juzgados, y. q*ie por esta sola circunstancia aparecen como nocentes. De estos prófugos bay bastantes que en la indigencia con que luchan, exhiben un nuevo título ála compasión de las almas generosas; )iay otros que precedidos de una reputación jusi ta óinjusta ,van por donde quiera excitando ,ya acuriosidad óla sorpresa, yya la admiración oel entusiasmo. Todos ellos abrigados en paises constitueionales, se muestran como las víctimas <le una tiranía, ala cual atribuyen el descrédito ylas inquietudes del gobierno de la España, y la miseria ylas convulsiones de sus pueblos. Ciertos de que aparecerán tanto mas estimables cuan- to mayor sea el desconcepto del gobierno que los proscribe, trabajan diariamente la opinión, comentan los actos de vuestra autoridad, glosan
esa constante penuria de vuestro tesoro, se fe- Kcitan de ver en poder de ios rebeldes de Méjico esa última fortaleza que poseíamos en su territorio, anuncian la emancipación próxima de Cuba yPuerto-Rico, ypredicen los triunfos, que los armamentos acordados en Panamá ,obtendrán mas tarde en las aguas que bañan nuestras costas. Refiriendo ,óexagerando ,óinventando nuestros errores ónuestras desgracias, se adulan con la deplorable esperanza de que ellas colmarán la medida de la exasperación pública, yocasionarán una reacción, ála cual solamente' esperan deber la vuelta ásus bogares. La política puede condenar, pero la naturaleza no condena estos sentimientos. No de todos se puede exigir aquella generosa abnegación de si mismo de que tan noble egemplo dio al mundo el vencedor de Salamina, rehusando pelear en las filas de los Persas contra su ingrata patria. Hay ydebe haber siempre mas Coriolanos que Temístocles. Se ba hablado mucho de la liga de los banqueros Europeos contra nuestro crédito ;pero en España no se conoce, óno se cree, el principal medio de resistencia conque ha contado esa liga, cuyo triunfo es hoy completo. Jamas muchos de
los principales Lanqueros de París, Londres, ó Francfort poseyeron una sola obligación de los empréstitos de las Cortes. No es pues el despecho ocasionado por el no reconocimiento de aquellas obligaciones lo que ha formado esa coalición contra nosotros, que compuesta en su origen de un numero respectivamente pequeño de personas ofendidas en sus intereses, no se ha hecho invencible sino por los auxilios, que le ha prestado el resentimiento de los proscritos. Ellos han compulsado los antecedentes de la Hacienda española, (^ )revelado la extensión inmensa de su deuda, yponderado la frecuencia de sus bancarrotas ,yla desproporción de sus recursos habituales con las necesidades del servicio corriente. Ellos han señalado los vicios, ylas anomalias de la legislación de su patria ,que (por egemplo) por la introducción de un libro de devoción impreso en español en Bayona y aun en Roma, condena áun sabio piadoso, pacífico, ybenemérito cá la pena de muerte yde confiscación ,conmutable en verdad en la de presi- ^españoles refugiados en Londres. (enodico que algunos de dichos refugiados pu^ filican en aquella capital.
xnediclas de esta especie, de qnc nuestra lilstorií^ administrativa presenta ácada página la vergonzosa renovación. Sin los errores ylas pasiones el remedio era fácil ;renunciando álas costosas atrocidades, que se comelian sobre los Flamencos jyá las no menos costosas intrigas ,que se empleaban contra el mejor Rey de Francia, las fuentes de la prosperidad liabi’ian corrido hasta inundarnos. Si los medios indicados en la consulta de A595 podian paliar el mal, que algunos años antes había denunciado la Cerda ,el funesto error de 4609 debia ocasionar nuevos ymas grandes embarazos. Diez años después de haber expulsado del Reino 900.000 familias, se acudió al Consejo, solicitando el remedio de este daño. Aquel tribunal extendió una consulta, que es bien conocida ,yso^ bre ella un Canónigo yconsultor del Santo Oficio hizo un importante yjuicioso comentario. Aunque incurriendo áveces en errores económicos y administrativos, el Consejo yNavarrete, pusieron tal vez el dedo en la llaga jpero los medios propuestos para curarla, sobre ser insuficientes, no se llevaron áegecucion ,como habia sucedido siempre antes ,yvolvio asuceder siempre después, yno porque de tiempo en tiempo no hayan le-
balitado la voz hombres vigorosos einstruidos, y señalado el precipicio ádonde corriamos áhundir^ nos, eindicado encamino que conducía ála prosperidad jsino por que intereses, pasiones óerrores lian impedido constan temenle oir los consejos desinteresados de la experiencia yde la razón. Treinta años hace que en nombre de una corporación Madi ileña se dirigió al Consejo un Código preciosísimo de leglas económicasjadministrativas, en que por una singidaridad de la época ,ypara honor eterno del redactoi ,no se advierte un solo error de hechos ni de principios, una sola exageración, una simple inexactitud. Pero ¿de qué sirvió que el ilustre Jovellanos levantase un monumento ála gloria de su país en su inmortal Informe de la Sociedad económica de Madrid en el expediente sobre ley agrarial Ningún uso, Señor, se ha hecho de lai Utilísimas advertencias contenidas en aquel libro de Uro, ni de las no menos útiles consignadas en los apre- .ciublcs escritos (le los Condes de Campomanes yde Gaarrus, que apenas son conocidos de nuestros li- .teratos. Los errores han Continuado creciendo ála nombra de las disensiones civiles yde la ignoran- ZlT í'" ««^asionado, ynosotros cogemos Pesgiacia los frutos amarguísimos,
2 Que los medios empleados hasta hoy no hastan ámejorar nuestra situación ,se infiere de que en efecto no se mejora ,antes bien se ha empeorado de algún tiempo áesta parte. Cuando la Providencia restableció áV.M. en la plenitud de sus derechos, aun poseíamos vastos territorios en América, yesperanzas fundadas de recuperar algunos, de los que se habian substraído ánuestra dominación. Era posible ,quiza fácil, reponer bajo la dependencia de la metrópoli la Nueva España, donde rebeldes sin gefes sin unión ,sin dinero y sin alianzas, no contaban con grandes probabilidades de resistencia ni de agrecion. Era posible, quizá fácil, obtener triunfos decisivos en el Perú, donde un egército realista continuaba sosteniendo el honor yla supremacía del nombre español. Mas tarde este egército ha capitulado: Méjico, Coatemála, Colombia, Perú, Chile yBuenos-Ayres han hecho empréstitos con que han provisto alas necesidades de su emancipación, ycalmado el descontento interior, que era nuestro mas poderoso medio de reconquista. La metrópoli entretanto ,mas apurada de dia en dia, cuenta entre sus enemigos hasta los uracanes, que dispersando la escuadra destinada áreforzar la guarnición del Castillo de
Vera-Cruz ,nos ha arrebatado la posesión de aqtiel punto importantísimo. Señor ,'el mal está hecho :alerunas de sus consecuencias son irreparables; pero aun es tiem** po de evitar otras ,yvuestros pueblos esperan de vuestra mano este insigne beneficio. Resolviendo la 3? cuestión que me he propuesto ,j^o voy áindicar los medios de mejorar nuestra situación. Estos no serán, Señor, específicos de charlatanes ó recetas de empíricos; sino medios sencillos, obvios, fáciles, sacados de la naturaleza de las cosas, conformes álos principios de la ciencia de la administración, casi desconocida entre nosotros, yen harmonía en fin con los usos consagrados por la experiencia de las naciones, que hacen hoy tan colosales progresos en la. carrera de la civilización. Por ahora me contentaré con señalar los de mas importancia yurgencia, yámedida que los sa lúdanles efectos producidos por su .adopción me hagan acreedor áelevar otra vez mis votos reverentes hasta las gradas de vuestro solio, yo iré desenvolviendo en memorin<! iii V, mieinoiias sucesivas la necesidad •y la conveniencia de otras medidas, capaces de cambiar en pocos años el aspecto de ese pais, y de restablecer completamente su decoro ysu pros- 5
peridad. Los medios que Iioj debo indicar son los siguientes: ''Amnistía plena yentera, sin excepción alguna, ócon pocas excepciones, yesas persona^ les ónominativas, por todos los actos consiguientes ála profesión de las diferentes opiniones políticas seguidas en España desde 4808, con fenecimiento de todo proceso pendiente por esta causa; yremisión de toda pena impuesta por los fenecidos, «Esta medida. Señor, encontrará impugnadores entre los hombres pusilánimes, que por la impunidad de algunos alborotadores, creerán compro** metida la seguridad de vuestro trono, yentre los hombres severos órigorosos, que juzgarán menoscabados por la impunidad de algunos delincuentes los derechos de la justicia. Pero la lealtad de los pusilánimes, yel celo de los rigorosos se tranquilizarán con consideraciones, que son demasiado obiVias para ser recusadas. No fueron los 400.000 franceses mandados por el Duque de Angulema, los que en 4823 acabaron con la Constitución de Cádiz fue solo la lealtad del pueblo español ,y su justa aversión áinstituciones, que en vez de ventajas le acarrearon gravámenes, éinquietudes ea vez de reposo. Estos sentimientos se manifes-
.,Pl] taron tan simultánea yunánimemente ,qiie no tu** •bo liberal que no reconociese desde entonces lo -Vano de sus ilusiones patrióticas, lo impracticable de sus teorías democráticas ,lo infructuoso ,en_ fin, de toda tentativa dirigida al restablecimiento de un régimen ,marcado con el sello de la desaproí bacion general. Si ápesar de este convencimien- to hostilizan abiertamente los proscriptos de afuera, -y los de adentro oponen ála marcha del gobierr no la resistencia oculta que pueden, es porque el .instinto de su conservación pone áunos yáotro* estado de agresión coiatra el gobierno, que cierra álos primeros las puertas de su patria ,yque privando alos otros de derechos comunes átodos los súbditos de un estado, los condena por ello áuna humillación permanente. Esta disposición es natural, ypor lo mismo necesaria, yV. M. conoce bastante álos hombres, para saber que nadie vuelve amor yrespeto en cambio de rigores yde daños. Por este mismo principio se deben esperar oficios de gratitud de aquellos áquienes se dispensen bienes ,ymucho mas si en los ánimos de los agí aciados se refuerza el .reconocimiento con la esperanza de mejorar de suerte, yde reconquis- tai el aprecio de sus conciudadanos*; Nadie ^e.obs-
[3,] _ tina en el mal cuando ve abiertos los caminos del bienj cesando la proscripción, los proscriptos de todas las opiniones sentirán brotar en su pecho el deseo de cooperar ála gloria de su patria, ycooperarán sin duda, sino los desaniman exclusiones humillantes. Mas aun suponiendo que asi no fuese, yque por una escepcion que estaña en contradicción manifiesta con los sentimientos habituales del corazón humano, los beneficios no hiciesen sino ingratos en vez de agradecidos , ¿ qué habría que temer de los amnistiados ,cuando diseminados en la península, observados por la autoridad, jlo que es mas por la opinión ,no tuviesen ni punto de contacto, ni medios de resistencia, ni pretestos siquiera para legitimarla? ¿No serán mas temibles cuando en los países estrangeros se venguen por acusa- 'clones ,muchas veces exageradas ycalumniosas ,de la proscripción bajo que gimen ?Señor, temer peligros de la amnistía es temblar delante de fantasmas. Los hombres cuya severidad se ofende de que se substraigan los delincuentes de las manos de la justicia ,replicarán quizá que la impunidad de tales ytales reyoliftcionarios podría alentar los esce- ‘sos, ydar ocasión mas tarde ánuevos trastor-
P3] tíos. S'éftor, nó ceda V. M. áeste, triste escrupulo. Ea primer lugar la justicia liaiiquedaclo satisfecha haciendo espirar en<iUQ cadahalso al gefe de la rebelión. En segundo lugar tres años de proscripción, yde desastres han castigado bien álos que participaron de los errores, óde los estravíos de los tres años anteriores ,yaun podria prolongarse la pena ádos ótres de los mas culpables. Por últiino la política autoriza ,yaun prescribe escepciónes álas regias comunes de la justicia, cuando* es muy considerable el número de los que lian cometido una falta óun crimen. Cuando el castigo es imposible, el perdón óel olvido es necesario, o^- Asi,' la historia presenta el perdón óel olvido, como el bálsamo masieficaz para curar las llagas de las guerras civiles jyaun entre las doctas alegorías de la fábula ,las sublimes ficciones del mayor ingenio de la antigüedad representan áJúpiter indicando t'á Minerva ‘el oA/do ,como el remedio umco de las disensiones que la vuelta de Ulises habia ocasionado en Ytaca. ¿Y quie'n no recuerda, Señor, el famoso egemplo de Pisistrato? Sú moderación después del triunfo desarmó basta la resistencia de Soion, de aquel hombre célebre,
.[34], que seguro delásceiidieiite que lo daban sobre sus compatriotas sus virtudes ysus beneficios, había excitado poco antes al pueblo alarmarse contra el usurpador. Pero el egemplo mas memorable, el que forma autoridad en esta materia, es el que dio Trasibulo triunfando de los 30 tiranos, que sostenidos por extrangeros, habían agitado sobre su patria el hacha de la proscripción. Trasibulo vencedor inventó ,para proclamar el olvido de lo pasado ,la palabra amnistía que mas tarde adoptó Cicerón, cuando después de la muerte de César propuso adoptar la política yfilantrópica idea espresada por ella. «Según que se hizo entonces «en Atenas ,dice el orador Romano ,omiiem 7?ze- 'ñinoriam discordiarum oblivióne sempiterna de-- )) Icndam censui.n iQué nombres. Señor, los de -Trasibulo yde Cicerón lYo no necesito reforzar estas autoridades :la hermosa ley de olvido de Aureliano; la intervención generosa de Carlos 5. en favor de los desterrados yemigrados de Florencia, después del restablecimiento de los Mediéis; el espectáculo dado por el mismo Emperador después dcl triunfo de sus armas en yillalar, ninguno de estos hechos probaria tanto como lo^ ajiíeríores. Pero hay otro, que es decisivo, yque
por tanto merece citarse. V. M. mismo, siendo Pi-mcipe de Asturias, aplaudió sin duda como el mundo entero ,uno de los primeros jmas célebres decretos del régimen consular de Francia, que permitió el libre regreso de cuantos voluntariamente liubiesen buido de la revolución, ó sido por ella lanzados del suelo francés, con devolución de sus bienes no vendidos, yhabilitación para obtener toda clase de destinos, que mujr luego obtuvieron basta en el palacio imperial. ¿Y quienes eran aquellos rehabilitados? Antignos nobles, quo expatiindoj los mas por aiTior ylealtad álos Borbones ,sirvieron por reconocimiento en Jas antecámaras de Bonapartej antiguos eclesiásticos, que habiendo preferido la emigración ála prestación de un juramento, que su conciencia repugnaba ,enseñaron después el catecismo que proclamaba la legitimidad del ungido del Papa ^tan cierto es que los beneficios acaban por legitimar la usurpación. Aquellos hombres ,designados antes bomo obgetos de la execración popular, como agoviados bajo. el peso de una opinión, que los condenaba, volvieron ásus bogares sin el menor obstáculo; tan cierto es que el poder basta árectificar, jaun ácontrariar abiertamente la opinión.
cuando estas pudiesen cubrirse con los medios ordinarios ,la medida que indico seria útilísima pues con los productos de las ventas podrian promoverse bienes de gran monta, que darian con muchas creces el tenue interes, que devengasen los capitales piocedentes de la enagenacion de aquellas lincas. Quiza habrá quien tema que en la estrechez general áque las desgracias últimas han condenado alos españoles ,no habra una masa de compradores, tal como se necesita para que sean considerables los recursos que produzca la enagenacion. Pero este recelo no retraerá ciertamente de la operación que indico, áncora preciosa en la tormenta que vamos corriendo. El olvido de las pasadas divergencias políticas ,yla fusión de todos los intereses restablecerán la coiiíianza, la cual ja desentierra los capitales que el miedo ba escondido, ya los crea nuevos por medio del impulso que dá al trabajo. No hay quien no haya notado el desaseo, la tristeza, la incomunicación, que reinan en los pueblos trabajados por los partidos, ódivididos entre los intereses de los magnates que quieren mandarlos. Al contrario en los pueblos en donde no hay estos bandos, se hacen paseos y.
fuentes, se limpian las calles, se reiineii las faiuilias ,jr la abundancia renace en el seno del pía- -cer yde la amistad. Hay ademas multitud de per- ‘sonas, qué nunca dedican sus capitales sino áaiu -mentar sus haciendas, yque solo se esfuerzan, y aun se empeñan, cuando se trata de adquirir fincas. En fin hay un aliciente poderoso para estas adquisiciones, en la rebaja del tercio que puede obtenerse, cuando no lo impida la concurrencia de lidiadores. Todo persuade pues áque estas ventas producirán lo que todas las que se han becllo rln fSLi Ofipeoiíi on diferentes ticmpOS. Tal vez se me replique que la anulación de las que se hicieron bajo la usurpación francesa desde 1808 á^8)3, ybajo la usurpación constitucional desde 4820 á4823, debe ser un obstáculo para las nuevas enagenaciones ,pues es aterrador el espectáculo de 430 mil familias, arruinadas de resultas de haber comprado bienes nacionales en una uotra de aquellas épocas. Este temor aparecerá también exagerado, cuando se recapacite que en la primera de estas los compradores no solo fue- .ron privados de los bienes qne adquirieron-, sino •que fueron condenados ámultas que consumaron •la ruina ele casi todos ellos ¿ysin embargo á
[44] die aterro después aquel egemplo ,yen los tres años de la revolución última se enagenaron fincas por valor de 4.200 millones. Parece que los Kom^ tres están sentenciados áno escarmentar en cabeza agena, pues frecuentemente los particulares, tan- to como los cuerpos yaun las naciones ,adoptan una conducta que muchas esperiencias Jian.manifestado ser funesta ,ycondenan principios que otras tantas esperiencias presentan como conduciendo infaliblemente al lionor yála prosperidad. •Si cien veces se vendieran fincas con alguna ventaja, cien veces se presentarían compradores jyesto sucederá tanto mas seguramente en el caso sobre .que discurro ,cuanto ninguno de los que durante diezaños compraron bienes de patronatos, capellanias yséptimas partes, ha sido turbado un so- -lo instante en su disfrute, ni ha concebido sobre .él la menor inquietud. Esta ventaja proviene de la legitimidad temporal que solicitó la medida, y del poder espiritual que la autorizó, como útil álos intereses del gobierno yno perjudicial álos -del clero. 3. ®Organización de la administración civil. Señor ,en vano se' fundirían todos los intereses, yventas de bienes considerables proporcio-
[45],. liarían cuantiosos ingresos temporales al erario >si desde luego no se dictasen disposiciones que le asegurasen para lo sucesivo ingresos constantes, proporcionados álas necesidades del servicio. Hubo un tiempo en que nuestra Hacienda pudo vivir ate-, nida álas eventualidades de contribuciones viciosas en su origen, vejatorias por su forma, éinsuficientes por sus productos, pues dueña la España de bastas posesiones en América yAsia, yalimentando un basto comercio con las producciones, privilegiadas de aquellos climas, contaba siempre con recursos que llenasen el déficit de las rentas^ de la Península. En tal situación la era permitido ser mas pródiga ytener menos orden ,que cuando privada de aquellas ventajas, no cuenta sino con los tributos de su territorio Europeo, empobrecido por las causas que be enumerado en esta exposi--' Clon. Asi ,hoy necesita absolutamente fundar, un sistema definitivo de Hacienda, en que se contrabalanceen álo menos las rentas ylos gastos, y en que poco ápoco se bayan obteniendo sobrantes destinados álimpiar los 'canales de la .prosperi-- dad. Para formar este sistema, es necesario .empezar por conocer la población del Reino ,la ex-- tensión de su riqueza territorial, ya urbana,. ya
.[46]' rústica, yla de su riqueza movible, ya fobríl ya comercial, pues sin el conocimiento de esto, que en lenguage de administración se llama matérla imponible ^no se puede calcular de que modo las Gontribuciones afectarán esta materia ,ybasta que punto paralizarán los esfuerzos del interes individual, que solo se afana en cuanto la mano del fisco no le arrebata lo necesario. Por falta de estos conocimientos pereció bajo el peso de la execración pública el sistema de contribuciones directas improvisado en Cádiz, yes-^ tablecido sobre bases arbitrarias, ypor lo tan- to injustas yodiosas. En 4817 cediendo al grito de los pueblos ,yforzado por la enormidad del dojicit jque de dia en dia se iba aumentando, vuestro Secretario del Despacho de Hacienda propuso áV. M. el restablecimiento del sistema directo ,que en breve volvió áexcitar justisimos clamores, por la odiosa desigualdad de la repartición, dimanada de la lalta de conocimiento de la base. Para el gobierno fundado por la revolución de 4820 fueron perdidos aquellos terribles ydecisivos exemplaresj ysin atender álas observaciones irresistibles, que hombres amantes de su patria no cesaban de publiear; se obstinó en el erroy éhizo subir e^ juu-
W7] chas partes á30 y^0 por ciento la contrihucioii sobre la propiedad territorial rústica, ya grabada con prestaciones de igual extencion. El desconten- to (jue estas vejaciones ocasionaban, habria acabado mas tarde ómas temprano con el régimen constitucional, aun cuando un ejército extrangero no hubiese sido encargado de destruirlo. Para imponer áun pueblo, por exemplo, una contribución extraordinaria de guerra exigible de los diez ódoce vecinos mas pudientes ,se reúne una junta de naturales, que con arreglo al conocimiento que tienen del caudal de cada uno de sus compatriotas, lijan la proporción en que la exacción debe hacerr se. Esta conducta es un homenage al principio de que ))no se pueden establecer contribuciones ,sin ))un conocimiento tan completo como sea dable^ ))de la consistencia, yde la extencion de la ma- )) teria imponible. »Este conocimiento no puede adquirirse sino por medio de una organización civil; yesta debe ser proporcionada entre nosotros ála inmensidad de recursos, que aun se pueden desenvolver en nuestro suelo, yconforme álos principios de la administración, que se podria definirla )) ciencia de lo útil yde lo dañoso ,»como el derecho se ha definido »la ciencia de lo justo yde lo injusto.?>
[48] ."V. M. sabe, Señor, que las leyes tienen por objeto todas las relaciones ,que existen entre los indi- "viduos ,que componen un estado ,yentre este y los que le forman. Estas relaciones se modifican según las diferentes necesidades de la sociedad, de que resultan tantas especies de leyes, como cosas liay sobre las cuales importe dictarlas. El hombre en sociedad tiene relaciones, necesarias con el estado, yestas se fijan por medio de leyes, que se llaman adrninistratwas las cuales no consideran en los súbditos sino sus relaciones con la sociedad, ^prescindiendo de las personas, ádiferencia de las que generalmente se llaman leyes^qiie consideran álos hombres ijidividualniente yen sus relaciones domésticas. La ley judicial no mira por exeinplo la propiedad, sino con respecto al individuo, que la posee óla reclama; la ley administrativa, sin pensar en este individuo ,no la considera sino como el embrión de las, mejoras sociales. De la diferencia, que existe entre el modo con que la justicia yla administración velan sobre los intereses públicos, resulta la que se nota en el carácter de las leyes judiciales yadministrativas; aquellas son ódeben ser terminantes yabsolutas; estas pueden ser hipotéticas ócondicionales; aquellas son
M9] . aplicables en todas las situaciones ,en todas las localidades ;estas sufren yaun exigen modificaciones en ciertos lugares ócircunstancias. En fin las de la justicia son inalterables ópermanentes, mientras que las de la administración yarían cada vez que se convinan de diferente manera los intereses en cuyo favor se dictaron. Estas diferencias notables marcan de un modo seguro los límites de la administración yde la justicia, yestablecen entre los estudios que exigen las profeciones de jurisconsulto yde administrador tanta diferencia ,como existe entre los que exigen las de diplomático y de comerciante.. INi es este el único obstáculo que se opone entre nosotros -i las mejoras que hace tiempo reclama nuestra situación. La ventaja principal de una buena organización civil,, consiste en lo que yo designe en otra parte con el nombre de omjiipre-' sencia .de la administración -es ^Aeew^la acció n protectora del gobierno, estendida áun mismo tiempo al tenue manantial que humedece .el muzgo que cubre las rocas peladas ;al arroyo copioso ,á cuyas márgenes perecen las mieses de sedj al cair daloso rio, cuyas orillas atraviesan lentamente asnos, abrumados bajo el pesó de seis arrobas, mié»'
tras podrían surcar rápidamente sus aguas barcos cargados con muchas toneladas^ al taller donde se inventa un medio nuevo de combinar fuerzas, de manera que se duplique la producción con la misma cantidad de trabajo jála choza del pobre, que se hunde porque reglamentos inesplicables ini^ piden cortar para reediíicarla el árbol, que la sombreaj álas entrañas de la tierra, donde las teorías metalúrgicas pueden descubrir cada dia nuevas riquezas, ya en las vetas abundantes de varios metales, ya en los medios mas fáciles yeconómicos de elaborarlos yal seno de los mares en íin, donde no sería imposible hallar en alguna de las especies de calamares que alimentan nuestras aguas, aquella substancia que daba su costoso color álos ricos mantos de Tiro. La omiiipresencia ,ósea la inmensidad de la administración, no puede deberse sino ála multiplicidad de sus agentes ,yála simultaneidad yla extensión de sus ocupaciones. Cada uno de ellos debe ver en el bien que promueva un título de gloria yde recompensa ,yen el bien que dege de hacer un título de oprobio yde animadversión. Los encargados de este servicio deben formar entre si una cadena, que acabando en eü último agente de policía municipal, empiece en
el gefe de la administración, el cual responsable de sus errores óde sus descuidos propios ,yhasta cierto punto de los errores ydescuidos de sus subalternos, no crea desempeñar sus importantes atribuciones despachando los negocios ,de que se le dé cuenta ,sino velando en que se remuevan áun tiempo millares de obstáculos, yse promueva con un solo impulso uniforme éilustrado una masa inmensa de prosperidad. Los que no conocen los prodigiosos recursos que para la realización de estos bienes ofrece la atinada aplicación de los principios administrativos álas necesidades de los pueblos, yla facilidad, que para promover el bien dá alos administradores la cooperación necesaria de los administrados ,creerán quizá exageradas las esperanzas que yo hago formas jpero se engañan, Señora bienes de la magnitud de los que indico se han promovido en pocos años en Francia, en los Países bajos, yparticularmente en Inglaterra ,donde en un periodo de menos de medio siglo ha recibido la po-) blacion un aumento de 70 por ciento, yhan crecido en proporción todos los recursos del país. Re-’ capacitando sobre la sencillez de los principios administrativos ,se recoaoce sin sorpresa, que es tan
[58] poner de acuerdo intereses, cuyo roce, imperceptible al principio ,puede acabar en un choque manifiesto ?Los agentes déla administración ,que encargados exclusivamente de esta honorífica vigilancia, no tienen que dividir su atención en objetos incompatibles jque instrumentos constantes de beneficios, deben promoverla por hábito; que liábiles por la naturaleza de sus estudios, desinteresados por las leyes de su profesión, descubran á primera vista los efectos de una combinación actual de intereses, yadivinen los resultados probables de toda otra combinación posible. Pero ¿de que serviría la masa inmensa de datos suministrados por los agentes de la administración ,sino se reuniesen en un punto, sino se clasificasen ydiscutiesen hábil yprontamente ,ysino se dictasen en su vista las medidas propias para generalizar el bien ydisminuir el mal? Y¿qué otro que el Ministerio de lo interior podría ser el centro de esta clase de operaciones? Sé que se harán contra esta indicación obgeciones de mas de una especie; pero, Señor, guiado por mi deseo ardiente del bien ,no temo presentar anticipadamente áV. M. los principales, que pueden reducirse á,1qs siguientes:
4? El establecimiento de un Ministerio de lo interior coarta ódestruye las facultades que dan nuestras leyes al Consejo Real en materia de gobierno ,óde administración. 2? Grava al erario con un aumento de gastos. 5? Es imitación de una institución del jíobicrno intruso, yrecuerdo de otra del gobierno revolucionario. Voy áexaminar succesivamente estas obgeciones. En cuanto ála primera ,dejo dicho ya lo suficiente para probar, que un cuerpo que se reúne solo áciertas horas yen ciertos dias, yáquien hábitos respetables han sometido al imperio de fórmulas lentas ,bien que útiles para los negocios judiciales ,no puede velar sobre necesidades que con mucha frecuencia exigen urgente remedio. Añadiré, que un cuerpo como el Consejo, está limitado por su constitución ádecidir los negocios de gobierno, de que por su complicación ósu importancia deba dársele cuenta, yque siendo estos respectivamente poquísimos, la generalidad de Jos intereses públicos queda abandonada ásí misma ,sin que haya quien los promueva óproteja ;que para el despacho de los negocios administrativos, que
ocupan en todos los píiises de Europa centenares de individuos llenos de instrucción, no tiene ci Consejo mas que un Escribano de gobierno, que no conoce por lo común otro mundo administrativo que la sala del tribunal, ni otros libros que los legajos de una escribania; que por su calidad de cuerpo colegiado ,ypor la falta de un código administrativo, no tiene el Consejo la menor responsabilidad por eJ daño que hace con una providencia poco acertada; ni por el bien que en razón de su constitución, ópor cualquiera otro motivo, deja de hacer; daños que deben experimentarse ámenudo, pues un cuerpo de letrados no puede discutir siempre con acierto intereses ,cuyo examen necesita conocimientos, que no suministra la jurisprudencia; que no existiendo entre nosotros sino poquísimas leyes administrativas ,ycontándose entre ellas algunas, que seria mejor que no existiesen, las decisiones deben fundarse óen el buen sentido, que no siempre inspira lo mejor, óen antecedentes que suelen extraviar en vez de conducir. Señor, yo no creo que ninguno de los dignos jurisconsultos que pronuncian en vuestro Consejo Real los oráculos soberanos de la justicia niegue la exactitud de estas .observaciones. Ellos lloran sin duda la nece-
isidad en que se íes pone frecuentemente de pronunciar sobre cosas de que no trata él derecho, yen las cuales para descargo dé su conciencia tienen que conformarse áveces com el dictamen de los subalternos, álos cuales puede haber engaña^ do ásu vez la enunciación íraudulenta de un Lecho, ía ocultación casual de alguna de sus circunstancias, ólas erróneas tradiciones de la escribania. El Consejo no reclamará ciertamente la pre* rogativa de continuar encargado de intereses sobré que no puede velar, ycuyo constante abandono justifica la necesidad de encomendarlos áquien. puccE j)ronioverIos. Si tal situacion-se prolongüse,^ los gérmenes de prosperidad que aun nos quedan^ se irian secando sucesivamente, yla España reducida ála miseria ,baria recordar con dolor sus antiguas épocas de abundancia ,como el triste imperio de Marruecos hace recordar la fertilidad de la anligiin Mauritania, como la debilidad tripolina trae, ála memoria el poder de Cartago, ycomo esá Cerdeña, pobre éinculta, desmiente la antigua espresion proveiEIal de Sardinice seretes feracis-. Se necesitan vastos conocimientos, actividad infatigable ycompetente número de auxiliares para cui"" dar de los propios, arbitrios ypósitos de los pue-^ 9
blosj de lus elecciones inuiiicipales ytodo lo re^ lativo al desempeño de estos oficios ;de los hospicios, hospitales, cárceles, estahleciinieiitos de sordo* iñudos, casas de misericordi«a yde reclusión, lazaretos, ytodo lo perteneciente al servicio de sanidad, caminos, canales, puentes, puertos, faros, minas., canteras, baldíos, realengos, mostrencos, roinpiínientos de terrenos incultos, desagües de lagunas, navegación interior jagricultura en todas sus rauiiíicaciones ,ganadería estante ytrashumante> industria en todo lo relativo ála mejora de ios métodos fabriles, yordenanza de gremios, universidades ydemas establecimientos de educación, cuer_ pos sabios yliterarios ,teatros ydemas fiestas y diversiones públicas, yen fin la formación de ta-- blas estadísticas ,qne deben contener todos los elementos de los cálculos económicos, militares ypolíticos. Tales son los encargos del Ministerio de lo Interior en los primeros países de Europa. ¿Basta ádesempeñarlo ningún cuerpo colegiado ,cualquiera que sea su composición? La respuesta no es dudosa. Separando pues de las atiibuciones del Consejo Real las que él no pudo desempeñar ,dispensa y. M. un beneficio iusigne ála Nación que rige?
..[«31 , removiendo el principal obstáculo de las mejoras que reclama^, jhace al mismo tiempo mas fácil asus consejeros el desempeño de sus funciones judiciales, ymas espedita la marcha de la justicia* Siempre que lo creyeron conveniente al bien estar de sus pueblos, hicieron otro tanto los augustos predecesores de V. M. ora creando ,ora suprimiendo consejos, juntas, úoficinas, ora ampliando óristringiendo sus atribuciones. Los beneficios que deben resultar de la erección de un ministerio de lo interior, no podrian pues, ser retardados por el temor de quitar al Consejo Real facultades que no le es posible desempeñar, yáque aquel cuerpo rennnciára sin duda espontáneamente, cuando conozca las intenciones de V. M. dirigidas ápromover la prosperidad yla ventura de sus vasallos. La segunda objeción no tiene mas fuerza que la primera. Sin duda la organización de la administración, tal como la entienden los hombres ver-» sados en la materia, costará mas de un miHon al año ;pero si fuera posible calcular los beneficios que una sola disposición administrativa puede producir, se liallaria que su precio solo resarciría con ventajas los gastos generales del establecimiéñ- to ,encargado de difundir por donde quiera iguá-
les bencificlos. Un Jiat de la admimstraclon ,ócuando mas lili ligero estímulo bastaría ,por exenipio, para convertir en prados pingüísimos los campos <jiie áderecha éizquierda del rio se extienden desde Tortüsa hasta el mar. Cuando se piensa solo en lo ([ue abarataría los alimentos en Valencia la cria d-e ganados yla siembra de granos áque se está brindando la parte orientad de aquel Reino, ycon qué poco trabajo se podrian llevar ácabo en Sun Garios los proyectos útilísimos que se babian formado al erigir aquella ciudad, se vé qpe solos los bienes, que la acción de una administración bien constituida puede promover en un pequeño rincón de la península, rctriJ)uyen con creces los gastos de toda la administración. Y¿qué seria si se calculasen ios que se pueden, piouioyer al mismo tiempo en todos los puntos del Reino ?Una administración ¿ictiva, informada de que hay en Europa muchos capitales destinados áempresas poco productivas, los atraerla áEspaña por el aliciente de un interés mayor, yacometería asi simultánea ósucesivamente. todas las grandes ypequeñas mejoras, que de tiempo inmemorial se proyectan, yque realizadas convertirían esa Península en un paraíso. Esto que seria imposible hoy,
[G5] «jei-á lacllísimo cuanclo V. M. Iiaja asegurado ásnS pueblos el beueíicio de un reposo deímifivo. Hay personas ,que aunque convencidas de ias evidencias de los hechos yde los principios que dejo sentados, resistirían sin embargo la erección de un Ministro de lo Interior, porque esta institución existió con este nombre durante el gobierno intruso, ycon otra denoniinacion bajo el régimen revolucionaiio. Los que asi pensasen depondrian luego tan pueril preocupación, recapacitando que hay una multitud de instituciones, aplicables tan- to álos gobiernos absolutos, como álos representativos, tanto alos legítimos ,como álos usurpadores. ¿No son las mismas en todos los pueblos las ideas elementales de justicia? ¿No las profesan todas las naciones, cualquiera que sea la forma de su gobierno? ¿Por qué pues cuando sabios laboriosos han fundado en la esperiencia y loí progresos de la civilización los axiomas de la ciencia del goJiierno, serian -estos menos respetados, óse generalizarían menos que los de la ciencia del derecho? Señor, las leyes son „liá- ,, hitos cuya conformidad con la razón ha reve- „lado la experiencia, yque ha hecho obligalotíos una forma legal.» Loque la experiencia’
íirt revelado como contorme ala razón es patií-. monio de todo gobierno ,ytanto vale resistir la. erección del Ministerio de lo Interior, por qnc existió bajo el gobierno intruso ybajo el revolucionario ,como condenar la refundición de nuestros códigos, yla formación de otros mas apropiados álas costumbres yálas necesidades de la época presente, por que bajo los dos citados gobiernos se procedió áeste urgente éimportante trabajo. La legitimidad se realza adoptando las ideas útiles ybenéficas, que liabia concebido la usurpación. Señor ,he indicado áV. JM. tres grandes medios de salvación ,el primero reconciliará los ánimos, fundirá los intereses, restablecerá la confianza, yasentará sobre esta base el reposo de vuestros pueblos. El segundo proveerá largamente durante algún tiempo álas necesidades de vuestro tesoro, sin gravamen de nadie, yfacilitando al contrario la circulación yla subdivisión de las propiedades. El tercero, difundiendo ygeneralizando la acción protectora de una administración ilustrada, promovej'á sin esfuerzos una masa de beneficios ,que en poco tiempo canir biarán el uspecto de ese pais, condenado por la
prolongación de los enconos ,atodos los horrores de ía miseria. Señor, la adopción de estos medios sencillos, honrosos, cristianos, restilnirá á vuestro trono el esplendor, ávuestros pueblos la abundancia, al nombre español su dignidad, y sus derechos áiiimuianidad yala justicia. Nada de cuanto propongo es capaz de olender a la piedad mas escrupulosa, ni de impietar al realismo mas puro. Tal vez vasallos leales de V. M. piensen poder con otros medios salvar la monarquía :yQ por mi parte no lo creo 5yno cumpliría con mi lealtad, sino rogase humildemente áV. M. que desconfíe de los paliativos. Sin duda serán útiles las reformas de ciertos empleos, la simpliücacion de la cuenta yrazón de cier(as oficinas, yotras medidas de esta especie jpero todas ellas no prodnoirán verosimilinente el ahorro de un millón ,yno es eso lo que necesitamos, cuando las obligaciones fijas del eraiio exceden en mas de cien millones ásus ingresos existimativos. Es irienesler, Señor, que estos igualen por de pronto, yexcedan en breve álos gastos jy esto no podrá suceder ,sino cuando se creen en ios grandes beneficios, que se promuevan, me-