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La influencia de la publicidad en la tolerancia social hacia noticias sobre agresiones sexuales

Toro Gálvez, Patricia

Abstract

Los medios de comunicación son canales cuyo principal objetivo consiste en transmitir información de forma masiva a la sociedad y son capaces de modificar la opinión de los perceptores (Rodríguez, 2013). Uno de los medios más poderosos y con mayor capacidad de persuasión es la publicidad (Del Moral, 2000). La publicidad depende en gran medida de las imágenes que presenta ya que están diseñadas para organizar e influir en nuestros comportamientos, actitudes y valores (Kang, 1997). Uno de los tipos de publicidad más conocidos y criticados por su perjuicio social es la publicidad sexista. Este tipo de publicidad representa a las mujeres de forma degradante y contribuye al mantenimiento de estereotipos y falsas creencias sobre las mujeres así como de la violencia que se ejerce contra ellas. Desde el ámbito psicosocial y de la comunicación se sugiere analizar la influencia que ejercen los medios de comunicación en la sociedad, especialmente el relacionado con problemas de gran calado social. En este sentido, la violencia contra las mujeres, especialmente la violencia de tipo sexual, es un grave problema social en el que pueden influir numerosos factores y que requiere un análisis interdisciplinar para su estudio y erradicación. El objetivo principal de esta Tesis Doctoral consiste en analizar experimentalmente el impacto de la publicidad sobre la percepción social de noticias de violencia sexual hacia la mujer. Se estudia el impacto de la publicidad (impresa y televisiva) en las creencias y mitos relacionados con la violencia sexual, así como en las reacciones sociales y juicios de responsabilidad hacia víctimas y perpetradores de agresiones sexuales aparecidas en noticias de prensa. La muestra de participantes de los estudios empíricos que componen la Tesis está formada por jóvenes estudiantes universitarios de diferentes titulaciones de la Universidad de Sevilla que, tras ser expuestos a anuncios publicitarios sexistas (o neutros) leían noticias periodísticas y emitían sus juicios sobre la responsabilidad de la víctima y el agresor de situaciones de violencia sexual relatadas en las noticias periodísticas. Los resultados de los análisis estadísticos efectuados apoyan las principales hipótesis de esta Tesis Doctoral, poniendo de manifiesto que la exposición a publicidad sexista ejerce un papel importante tanto en el nivel de aceptación de mitos y falsas ideas sobre las agresiones sexuales como en los juicios y valoraciones de los jóvenes acerca de la responsabilidad de víctimas y perpetradores de casos de violencia sexual recogidos en noticias de prensa. Los resultados de esta Tesis Doctoral tienen aplicaciones teóricas y prácticas importantes, y contribuyen al conocimiento de los factores que influyen en las reacciones sociales negativas hacia las víctimas de agresión sexual, mostrando que la publicidad de tipo sexista es un potente factor que modifica y sesga la percepción social objetiva de casos de violencia sexual aparecidos en noticias periodísticas.

Full text

TESIS DOCTORAL LA INFLUENCIA DE LA PUBLICIDAD EN LA TOLERANCIA SOCIAL HACIA NOTICIAS SOBRE AGRESIONES SEXUALES Doctoranda: Patricia Toro Gálvez Directores: Dra. Mercedes Durán Segura Dr. Roberto Martínez Pecino Dra. Rosalba Mancinas Chávez Departamento de Periodismo II Programa de Doctorado “El Periodismo en el Contexto de la Sociedad” Universidad de Sevilla Dedicado a José Luis e Isabel, mis padres. Nunca podré olvidar todo lo que por mí habéis hecho. “Es indudablemente claro que las mujeres no se hallarán libres de violencia hasta que exista igualdad, y la igualdad no se conseguirá hasta que la violencia y la amenaza de la violencia desaparezcan de las vidas de las mujeres”. Panel Canadiense sobre Violencia Contra la Mujer (1993) “Existe una verdad universal aplicable a todos los países, culturas y comunidades: la violencia contra la mujer nunca debe ser aceptable, nunca debe ser perdonable y nunca debe ser tolerable”. Secretario General de las Naciones Unidas (Ban Ki-Moon, 2008) La violación ha sido considerada un crimen tan indescriptible y vergonzoso para las víctimas, que la mayoría de ellas permanecen calladas y no revelan el asalto para proteger su anonimato….. Así, las víctimas de violación cargan con estos recuerdos el resto de sus vidas. Por ello, no deberían llevar también la carga del silencio y la vergüenza por lo ocurrido. Raine (1998: 6) “Los placeres violentos tienen finales violentos” William Shakespeare Agradecimientos La vida es como un sueño y los sueños, sueños son. Cuando comencé a desarrollar mi Tesis Doctoral no sabía muy bien hasta dónde llegaría ni cuánto tiempo tardaría en finalizarla, lo único que tenía claro era que lo conseguiría. Desde pequeña mis padres me enseñaron que debemos luchar por aquello que queremos... Hoy en día esa frase guía el camino de mi vida. A pesar de la dificultad que conlleva desarrollar una Tesis Doctoral, de los muchos momentos de soledad en los que me he encontrado y de la angustia a lo largo de todo el proceso, hoy puedo decir que me siento orgullosa y enormemente afortunada de haber podido conseguir mi objetivo. Me gustaría expresar mi más sincero agradecimiento a todas aquellas personas que han contribuido a que mi sueño se haga realidad. A mis directores de Tesis, gracias por ayudarme a llevar este duro trabajo. Gracias Mercedes, por confiar en mí, por tus enseñanzas, por adentrarme en este nuevo mundo, por tu amabilidad, por brindarme gran parte de tu tiempo, por estar siempre disponible, por allanarme el camino, por apoyarme en todo e ilusionarme, por ayudar a levantarme cuando he caído. A Roberto, gracias por tus consejos, por enseñarme a trabajar en grupo, por atenderme en momentos difíciles, por calmar mis nervios, por hacerme partícipe de este gran equipo, por ser para mí un referente a seguir. Gracias Rosalba, por confiar en mí sin apenas conocerme, por tu amabilidad, por tu aceptación e impulso para realizar esta investigación, por tu sabiduría, por ofrecerme tu tiempo, por ser una excelente profesional. Gracias a mi tutor, Ramón, por su aceptación, por confiar en mí y en este proyecto. Gracias al Laboratorio de Estudios en Comunicación (LADECOM) por su generosidad. A mis padres, gracias por traerme al mundo, por ayudarme a crecer como persona, por vuestros consejos y sabiduría, por educarme, por enseñarme a elegir el camino correcto en la vida, por hacerme feliz, por confiar en mí, por estar siempre a mi lado, por ofrecerme todo vuestro apoyo en situaciones muy difíciles, por ayudarme a conseguir mis sueños. Por todo ello y mucho más, gracias. A Daniel, mi hermano, gracias por tu apoyo y admiración, por no dejarme nunca sola, por animarme en todo momento, por tu generosidad, por tu cariño, por hacerme sonreír, por hacerme feliz, por darme el privilegio de poder compartir la vida contigo. Gracias por haber nacido y ser mi hermano. A Andrés, mi pareja, gracias por estar a mi lado, por hacerme tan feliz, por tu paciencia, por tu dulzura, por tu apoyo durante todo este tiempo, por tus ánimos, por contener mi angustia, por secar cada lágrima que he derramado, por respaldarme y quererme. Gracias por aparecer en mi vida. A Rocío, mi prima, gracias por tus palabras de ánimo, por regalarme momentos de conversación, por depositar tu confianza en mí, por hacerme ver fácil lo difícil y posible lo imposible. A mis amigos y amigas que me han apoyado a lo largo de mi vida personal y mi carrera profesional: Ana Belén, Rosario, José Manuel, Rocío, Mª Ángeles… Gracias por ofrecerme momentos tan buenos a vuestro lado, por vuestro apoyo, por cada minuto de risas, por hacerme saber que puedo contar con vosotros incondicionalmente… Siempre recordaré con alegría cada momento que hemos vivido juntos. A Rosario Santana, compañera y amiga. Gracias por tu hospitalidad, por darme la oportunidad de conocerte, por aportarme tus conocimientos y sabiduría, por ofrecerme tu confianza, por estar a mi lado cuando más lo he necesitado, por aportar tu granito de arena y ayudarme a ser feliz. A Carmen, mi compañera de Doctorado, gracias por ser mi amiga a pesar del poco tiempo que hace que nos conocemos. Gracias por tu disponibilidad, por ser para mí una “maestra”. Gracias mil, pues juntas lo hemos conseguido. Gracias a todos los miembros de mi familia que me han contagiado su alegría e impulsado para seguir adelante. En general, gracias a todas aquellas personas que han aceptado participar voluntaria y desinteresadamente en esta investigación. Sin vuestra ayuda no podría haberlo conseguido. Un “sueño” hecho “realidad”… Í ÍN ND DI IC CE E D DE E F FI IG GU UR RA AS S Y Y T TA AB BL LA AS S Índice de figuras y tablas 19 Figuras Figura 1: Consumo diario de televisión por persona…………………………………..53 Figura 2: Percepción sobre probabilidad de encontrar anuncios sexistas en televisión ………………………………………………………………………………………….72 Figura 3: Denuncias por emisión de publicidad sexista……………………………….77 Figura 4: Víctimas de violencia de género por grupos de edad…………………..…...95 Figura 5: Denuncias por violencia de género en España……………………………...98 Figura 6: Víctimas de violencia de género por grupos de edad (año 2011)…………..99 Figura 7: Denuncias por violencia de género en Andalucía……………………..…...101 Figura 8: Experiencias de violencia sexual según el tiempo de victimización………114 Figura 9: Magnitud del problema de la violencia sexual…………………………….117 Figura 10: Distribución por sexo de la muestra (Estudio 1)……….………………...176 Figura 11: Edad de la muestra de estudiantes (Estudio 1)………….………………..176 Figura 12: Aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales en función de la exposición a la imagen publicitaria…………………………………….…………......185 Figura 13: Aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales en función de la variable género (Estudio 1)……………………..…………………………..………………….185 Figura 14: Atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia en función del tipo de imagen publicitaria……………………………….……………………….187 Figura 15: Atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia en función de la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales (Estudio 1)……….…………………………………………………………………………...…187 Figura 16: Atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia en función del nivel de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales (Estudio 1)………………………………....................................................................................189 Figura 17: Atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia en función del nivel de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales y del tipo de imagen publicitaria……..……………………………………………………………………...190 Figura 18: Distribución de participantes por sexo (Estudio 2)………………...……..203 Figura 19: Edad de la muestra de estudiantes (Estudio 2)……………………..…….203 Publicidad Sexista y Violencia Sexual 20 Figura 20: Nivel de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales en función de la variable género (Estudio 2)……………………………………………………….......210 Figura 21: Atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia en función del tipo de anuncios publicitarios………………………..…………………….……...213 Figura 22: Atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia en función de los niveles de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales (Estudio 2)…………………….………………………………………………………………...213 Figura 23: Atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia en función del nivel de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales y del tipo de anuncio publicitario…………………………………………………………………………….215 Figura 24: Atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia en función del tipo de anuncio publicitario…………………...………………….………….……218 Figura 25: Atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia en función de los niveles de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales (Estudio 2)………….…………………………………………………………………………...218 Índice de figuras y tablas 21 Tablas Tabla 1: Percepción del nivel de violencia en los medios……………………………..46 Tabla 2: Víctimas de violencia de género por Comunidad Autónoma………….……..96 Tabla 3: Número de mujeres víctimas de violencia de género…………….…………..97 Tabla 4: Víctimas mortales por violencia de género en España…………...…………100 Tabla 5: Víctimas mortales por violencia de género en Andalucía………………......101 Tabla 6: Denuncias por violencia de género en Andalucía en 2012……...…………..102 Tabla 7: Manifestaciones de violencia sexual………………………………………..107 Tabla 8: Número de denuncias por violación en Inglaterra y Gales……………….…121 Tabla 9: Número de denuncias por violación y agresión sexual……………………..123 Tabla 10: Distribución de participantes por sexo (Estudio 1)………………………...175 Tabla 11: Titulaciones de la muestra de participantes (Estudio 1)…………..……….177 Tabla 12: Distribución de la muestra según las variables titulación, edad y género (Estudio 1)…………………………………………………………………………….177 Tabla 13: Variables independientes y dependientes del estudio (Estudio 1)…………182 Tabla 14: Media y Desviación Típica de los niveles de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales en función de la exposición a la imagen publicitaria y del género de los participantes……….……...……….………………………….…………………...184 Tabla 15: ANOVA. Nivel de aceptación de mitos sobre agresión sexual (Estudio 1)……………..………………………………………………………..………………184 Tabla 16: Media y Desviación Típica de los niveles de atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia en función de la imagen publicitaria y el nivel de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales.…….……………………………..186 Tabla 17: ANOVA. Atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia (Estudio 1)…………………..…………………………………….….……………….187 Tabla 18: Media y Desviación Típica en la variable atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia en función de las variables imagen publicitaria y nivel de aceptación de mitos….…………………………………………………………..……188 Tabla 19: ANOVA. Atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia (Estudio 1)…………………………….……………………………….……………...189 Tabla 20: Distribución de participantes por sexo (Estudio 2)……………………..…202 Publicidad Sexista y Violencia Sexual 22 Tabla 21: Titulaciones de procedencia de la muestra de participantes (Estudio 2)………………………………………………………………………………………204 Tabla 22: Distribución de la muestra según titulación, edad y género (Estudio 2)…………………………………………………...………………………………….204 Tabla 23: Variables independientes y dependientes del estudio (Estudio 2)…………208 Tabla 24: Regresión jerárquica con la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales como variable dependiente..…………...……..………………...……………………..210 Tabla 25: Media y Desviación Típica de la variable aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales en función del género (Estudio 2)…….…………………………210 Tabla 26: Regresión jerárquica con los niveles de atribuciones de responsabilidad hacia la víctima aparecida en la noticia como variable dependiente…..…………………....212 Tabla 27: Media y Desviación Típica de los niveles de atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia en función del tipo de anuncio publicitario y de la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales….…….………………...………...213 Tabla 28: Media y Desviación Típica de los niveles de atribución de responsabilidad a la víctima aparecida en la noticia. Interacción entre el tipo de anuncio publicitario y el nivel de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales………….…………….....215 Tabla 29: Regresión jerárquica con los niveles de atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia como variable dependiente….……………………….217 Tabla 30: Media y Desviación Típica de los niveles de atribución de responsabilidad al agresor aparecido en la noticia en función del tipo de anuncio publicitario y del nivel de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales...……………………………........218 P PL LA AN NT TE EA AM MI IE EN NT TO O G GE EN NE ER RA AL L Publicidad Sexista y Violencia Sexual 32 3. Investigar la influencia de la publicidad sexista en las valoraciones sociales de noticias periodísticas de agresión sexual, atendiendo a la responsabilidad percibida en víctimas y perpetradores que aparecen en noticias sobre situaciones de agresión sexual. 4. Evaluar la influencia de la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales en las valoraciones sociales de noticias periodísticas de violencia sexual. 5. Estudiar el impacto del género de los participantes en las valoraciones sociales de noticias periodísticas sobre agresiones sexuales hacia la mujer. Hipótesis Las hipótesis de investigación enuncian la relación esperada entre las variables que componen una investigación experimental, mediante las que se presentan los resultados que el investigador intenta probar (McMillan y Schumacher, 2005). Atendiendo a los objetivos propuestos, planteamos las siguientes hipótesis de investigación: Hipótesis 1. Esperamos encontrar que la publicidad sexista influya en una mayor aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales hacia las mujeres. Esto es, aquellos y aquellas participantes expuestos a publicidad sexista informarán de niveles superiores de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales que aquellos expuestos a publicidad neutral. Hipótesis 2. En línea con la literatura previa, se espera encontrar que el género de los participantes influya en los niveles de aceptación de mitos y falsas creencias Planteamiento general 33 sobre las agresiones sexuales hacia las mujeres. Los hombres, en comparación con las mujeres, informarán de una mayor aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales (Grubb y Harrower, 2008; Vandiver y Dupalo, 2012). Hipótesis 3. La publicidad sexista influirá en los juicios de los perceptores sobre la responsabilidad de víctimas y perpetradores en situaciones de agresión sexual aparecidas en noticias de prensa. Esto es, los y las participantes expuestos a publicidad sexista, en comparación con aquellos expuestos a publicidad neutral, considerarán más responsable a la víctima por la agresión sufrida y exonerarán en mayor medida al perpetrador de la noticia de prensa. Hipótesis 4. La aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales influirá en las valoraciones de responsabilidad sobre víctimas y perpetradores en los casos de violencia sexual. Los y las participantes con altos niveles de aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales responsabilizarán en mayor medida a la víctima y exculparán en mayor medida al perpetrador de las noticias de prensa leídas que aquellos con bajos niveles de aceptación de tales mitos. Hipótesis 5. Esperamos encontrar que el género de los participantes influya en las valoraciones de responsabilidad de víctimas y agresores de las noticias de prensa de violencia sexual. En línea con la literatura los hombres, en comparación con las mujeres, responsabilizarán en mayor medida a la víctima y disculparán más al agresor de la noticia de prensa. Publicidad Sexista y Violencia Sexual 34 Delimitación del tema de estudio y metodología aplicada Esta Tesis Doctoral examina, desde una perspectiva psicosocial, la influencia de la publicidad en la percepción social de noticias periodísticas de violencia sexual hacia la mujer. En concreto, se analiza el impacto de la publicidad (impresa y televisiva) sobre la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales y sobre las reacciones sociales hacia víctimas y perpetradores de violencia sexual aparecidos en noticias periodísticas. En otras palabras, analizamos la influencia de la publicidad sobre las actitudes sociales que toleran y justifican la violencia sexual relatada en noticias de prensa. Para poder llevar a cabo nuestra investigación y analizar la influencia de la publicidad sobre las valoraciones y reacciones sociales hacia víctimas y perpetradores de noticias periodísticas de agresión sexual, fue necesario realizar dos estudios experimentales: el primero de ellos analiza la influencia de la publicidad impresa en la percepción social de noticias de violencia sexual hacia la mujer; mientras el segundo estudio explora la influencia de la publicidad sexista a través de anuncios dinámicos televisivos en la percepción social de noticias de violencia sexual hacia la mujer. Tras realizar una revisión de la literatura científica previa para definir e investigar aspectos relacionados con los medios de comunicación, la publicidad, la violencia hacia la mujer y la percepción social de la violencia sexual, con el propósito de analizar el impacto de la publicidad sexista a través de los medios de comunicación en las reacciones sociales hacia víctimas y perpetradores de agresión sexual nos adentramos en el estudio de investigaciones recientes sobre dicha temática, como por ejemplo, Suárez y Gadalla (2010) en publicidad impresa y Hayes, Lorenz y Bell (2013) en publicidad televisiva. De este modo, exploramos los antecedentes históricos, los Planteamiento general 35 objetivos planteados por los autores, la metodología empleada y los resultados obtenidos. Siguiendo esta línea de investigación desarrollamos nuestra propuesta de estudio recogiendo los datos en muestras de población universitaria. Para realizar este planteamiento, seleccionamos ejemplos de publicidad impresa y televisiva mostrada en diferentes medios de comunicación a la que los participantes serían expuestos. Asimismo, diseñamos un cuadernillo para recoger la información de cada participante donde se evaluaba, especialmente, la influencia de la exposición a publicidad sexista sobre la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales hacia las mujeres. Para ello, utilizamos la Escala de Aceptación de Mitos Modernos sobre las Agresiones Sexuales (AMMSA), elaborada inicialmente por Gerger, Kley, Bohner y Siebler (2007) y adaptada en español por Megías, Romero-Sánchez, Durán, Moya y Bohner (2011). Esta escala evalúa sutilmente la aceptación de mitos modernos sobre las agresiones sexuales que sufren las mujeres. Del mismo modo, nuestro interés se centraba en analizar la influencia de la publicidad sexista y de la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales sobre las valoraciones sociales de noticias de violencia sexual hacia la mujer. En virtud de esto presentamos una noticia periodística que informaba de una agresión sexual sufrida por una mujer joven y utilizamos la Escala de Atribuciones de Responsabilidad y Culpa en la Víctima y el Agresor (Cameron y Stritzke, 2003). Este instrumento evalúa el nivel de responsabilidad atribuido a la víctima y al perpetrador ante situaciones de violencia sexual. En esta Tesis Doctoral hemos realizado dos estudios de tipo cuantitativo, siendo las principales variables independientes la exposición a publicidad impresa y televisiva, la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales y el género de los participantes, Publicidad Sexista y Violencia Sexual 36 mientras como variables dependientes se tomaron las atribuciones de responsabilidad hacia víctima y agresor en noticias sobre agresiones sexuales. Los resultados de esta investigación tienen dos aplicaciones prácticas importantes. Una de ellas hace referencia al desarrollo e implementación de campañas de sensibilización sobre la violencia sexual a través de la publicidad. La segunda aplicación contribuye al conocimiento de los factores que inciden sobre las reacciones sociales negativas hacia las víctimas de agresión sexual, especialmente aparecidas en la prensa, con el propósito de erradicar las actitudes que toleran la violencia sexual ejercida contra las mujeres. No obstante, tenemos que mencionar algunas limitaciones encontradas durante la realización de nuestra investigación y a las que debemos atender a la hora de interpretar los resultados obtenidos. La primera sería el número de imágenes y anuncios publicitarios expuestos a los participantes, que nos hace proponer que futuras investigaciones empleen un mayor número de ellos. La segunda estaría relacionada con la dificultad para encontrar una muestra de participantes tan elevada y el ámbito al que se ciñe, ya que al tratarse de estudiantes universitarios nos obliga a ser cautos con la extrapolación de resultados a otro tipo de población. La tercera limitación hace referencia al grado de honestidad de los participantes al expresar sus reacciones sociales hacia víctimas y perpetradores de agresión sexual, pudiendo encontrarse influenciados por efectos de deseabilidad social. Por último, el hecho de haber completado la recogida de datos con información de tipo cualitativo habría enriquecido los resultados obtenidos. En conclusión, los hallazgos de esta Tesis Doctoral reflejan las negativas consecuencias de la exposición a publicidad sexista sobre las valoraciones sociales Planteamiento general 37 acerca de la atribución de responsabilidad a víctimas y perpetradores en noticias periodísticas de agresión sexual, y ponen de manifiesto que esta percepción social negativa incide en la justificación y tolerancia social hacia la violencia sexual que sufren las mujeres. En el desarrollo de esta investigación fueron fundamentales los conocimientos, seguimientos y consejos de mis Directores de Tesis Doctoral la Dra. Dña. Mercedes Durán Segura, el Dr. D. Roberto Martínez Pecino y la Dra. Dña. Rosalba Mancinas Chávez, sin los cuales no hubiese podido realizar esta Tesis Doctoral. C CA AP PÍ ÍT TU UL LO O 1 1 I IN NT TR RO OD DU UC CC CI IÓ ÓN N Publicidad Sexista y Violencia Sexual 48 1.2. Modelos explicativos sobre la influencia de los medios La investigación sobre la influencia de los medios de comunicación se ha nutrido de una amplia variedad de perspectivas teóricas como son, entre otras, la Teoría del Aprendizaje Social de Bandura, la Teoría de Cultivo de Gerbner, la Teoría del Modelo de Probabilidad de Elaboración de Petty y Cacioppo, la Teoría de Usos y Gratificaciones de Rubin, y en los últimos años, el Modelo de la Agenda Setting (Lopez-Escobar, Llamas, McCombs y Rey, 1998; McCombs y Shaw, 1972). Por su relevancia con el tema que estamos tratando a continuación desarrollaremos en mayor profundidad la aportación que se hace desde la Teoría del Aprendizaje Social de Bandura, la Teoría de Cultivo y la Agenda Setting. La Teoría del Aprendizaje Social de Bandura (1965) constituye un buen marco teórico para comprender cómo se produce el aprendizaje de la violencia que se presenta a través de la televisión. Según Bandura, cualquier conducta humana se aprende a través de la observación y del modelado, es decir, las personas aprendemos determinados comportamientos (entre ellos los violentos) observando a modelos que se comportan de una determinada forma (en este caso, violentamente) y las consecuencias de sus actos (Akers, 1977; Bandura, 1965, 1977, 1986). Así, la Teoría del Aprendizaje Social de Bandura propone que las nuevas respuestas son adquiridas a través del aprendizaje observacional y que la imitación desempeña un papel importante en la adquisición del comportamiento. Según esta teoría a través de la observación de las conductas de los demás y las consecuencias de sus respuestas, el observador puede aprender nuevos comportamientos o respuestas sin experimentar directamente el comportamiento y sin tener que experimentar las consecuencias, como el refuerzo directo por dicha conducta. Introducción 49 En este contexto una fuente influyente de aprendizaje social es el modelado simbólico proporcionado por los medios visuales. La investigación muestra que los niños y los adultos adquieren actitudes, respuestas emocionales y nuevos estilos de conducta a través de los medios de comunicación que desempeñan un papel importante en la conformación de la conducta y las actitudes sociales (Bandura, 1973; Liebert, Neale y Davidson, 1973). Así, la continua observación de la violencia en los medios de comunicación y su consiguiente aprendizaje, se relacionan con el desarrollo de creencias violentas que a su vez pueden influir en la interpretación personal que se hace de las situaciones sociales. Se sabe que los medios de comunicación están presentes de manera constante a lo largo de todo el ciclo vital de una persona, desde los primeros años de vida, aportando y difundiendo conocimientos de forma paralela a aquellos que son transmitidos a través de las escuela o en otras instituciones sociales (García, 2009). Desde hace décadas los humanos imitan a otros seres humanos desde edades muy tempranas, siendo la observación de los comportamientos de los demás una de las fuentes probables de las distintas habilidades motoras y sociales de los niños (Bandura, 1977; Meltzoff y Moore, 1977). Posteriormente, las interacciones sociales perfeccionan estos comportamientos adquiridos por observación durante la infancia y la adultez (Anderson et al., 2003) hasta el punto de llegar a influir en las propias creencias y actitudes relacionadas con los comportamientos observados (Guerra, Huesmann y Spindler, en prensa). Un ejemplo de creencias moldeadas por la observación de las representaciones que aparecen en los medios de comunicación son las creencias sociales acerca de la agresividad que “debe” caracterizar a los hombres y la pasividad que “debe” definir a las mujeres. Se trata de valores culturales que a través de la socialización tienen un gran Publicidad Sexista y Violencia Sexual 50 calado social, especialmente en los más pequeños. Tanto es así que el poder de los medios estimula a los niños a ser agresivos y sexualmente activos, mientras que a las niñas las enseña a resistir la actividad sexual y a ser dulces (García-Moreno, 1999). Así, de acuerdo con Basile (1999): “las actitudes sexuales, el comportamiento y las expectativas también se aprenden, y esta dicotomía entre el comportamiento del hombre y la mujer se reproduce a través de los medios de comunicación, en los libros, las películas y los programas de televisión que representan las relaciones románticas siguiendo un guión entre ambos sexos” (p. 1041). Otro importante enfoque que aporta luz sobre los efectos de los medios de comunicación en la aceptación de estereotipos de género es la Teoría de Cultivo (Gerbner, 1969; Gerbner y Gross, 1976; Gerbner, Gross, Morgan y Signorielli, 1994). Esta teoría analiza los efectos de los medios de comunicación afirmando que las personas tienden a incorporar los estereotipos que se presentan en los medios de comunicación en su propio concepto de la realidad, es decir, ajustan su concepto de la realidad para que coincida con los estereotipos retratados en los medios de comunicación y así “cultivan” su comportamiento. Aunque la Teoría de Cultivo se centra fundamentalmente en los efectos de la televisión, también ofrece puntos de partida prometedores para analizar los efectos de la publicidad impresa. Al igual que la televisión, las revistas o periódicos constituyen medios de comunicación publicitarios con un alto impacto sobre sus destinatarios. Los lectores se enfrentan a una gran cantidad de anuncios expuestos en las revistas, por lo que los estereotipos de género presentados en ellas pueden cambiar el concepto de realidad de los beneficiarios y contribuir en mayor medida a la fijación de roles de género rígidos. Introducción 51 En definitiva, esta teoría alerta de que el consumo excesivo de televisión conduce a percepciones distorsionadas sobre la realidad que puede producir comportamientos coherentes con dichas percepciones sociales. Por último, el Modelo de la Agenda Setting establece la capacidad de los medios para establecer temas de la agenda pública o lo que es lo mismo, cómo los medios a través de la agenda pública que establecen determinan sobre qué piensa la sociedad (Lopez-Escobar et al., 1998; McCombs y Shaw, 1972). Mediante la Agenda Setting los medios de comunicación establecen un orden para presentar noticias de interés y captar la atención del público. De este modo, la agenda que utilizan los medios influye en las prioridades y el modo de pensar de los espectadores (McCombs y Shaw, 1972). No obstante, el efecto que ejercen los medios de comunicación a través de la agenda no se limita a centrar la atención pública sobre un tema particular, ya que también influyen en el proceso de comunicación, comprensión y perspectiva sobre los temas de actualidad. Según este modelo, los efectos del establecimiento de la agenda por los medios de comunicación se pueden explicar a través de un rasgo psicológico básico como es nuestra necesidad de orientación. Las personas necesitamos comprender el entorno que nos rodea, por lo que cada vez que nos encontramos ante situaciones nuevas necesitamos explorar y captar mentalmente cada detalle. Si el tema que presentan los medios se percibe como irrelevante entonces la necesidad de orientación es baja. Las personas en esta situación prestan poca atención a las noticia de los medios y, a lo sumo, demuestran efectos débiles de establecimiento de agenda. En cambio, cuando el tema que presentan los medios se considera interesante y genera incertidumbre entonces la necesidad de orientación es alta. Estas personas suelen ser seguidores habituales de las noticias y demuestran fuertes efectos de establecimiento de agenda. Publicidad Sexista y Violencia Sexual 52 1.3. Estereotipos de género y medios de comunicación Al hacer referencia a la influencia de la televisión al reforzar determinados estereotipos, diferentes autores (Jennings, Geis y Brown, 1980; McGhee y Frueh, 1975) han alertado del impacto que ejerce sobre la adquisición de roles de género. En los países más desarrollados la televisión tiene mayor audiencia que cualquier otro medio (Gunter y Wober, 1982), ya que es vista por todo tipo de personas, independientemente de su raza, país de origen, clase social, género o edad, y suele verse con bastante frecuencia. Así la televisión influye en estas personas ya que ocupa gran parte de su tiempo y hace, por ejemplo, que disminuya el tiempo dedicado al ocio, al sueño, a las relaciones sociales o a la lectura (Domínguez, 2001). En España, durante el año 2003, la Asociación de Usuarios de la Comunicación de España informó que el grupo de edad comprendido entre los 4 y los 12 años pasaba diariamente un promedio de 2,5 horas viendo la televisión. De este estudio se desprende que la media general de visualización diaria de televisión fue de 3 horas y 55 minutos y, las amas de casa, por lo general son el público que más tiempo pasa viendo la televisión, con un promedio diario de 5 horas y 3 minutos. Los datos recogidos por el Barómetro Audiovisual de Andalucía (2012) concluyen que las personas encuestadas afirmaron dedicar diariamente una media de 3 horas y 31 minutos a ver la televisión (Figura 1). Introducción 53 Figura 1. Consumo diario de televisión por persona. Fuente: Elaboración propia a partir de datos facilitados por el Barómetro Audiovisual de Andalucía. Atendiendo a esta información podemos entender por qué la representación de estereotipos tradicionales de género de hombres y mujeres que a menudo aparecen en los medios de comunicación llega a ser tan importante (Döring y Pöschl, 2006). Esto se ha puesto de manifiesto a través de la televisión, la radio o la publicidad impresa en diferentes culturas (Bell y Milic, 2002; Craig, 1992; Furnham y Mak, 1999; Furnham y Thomson, 1999; Ganahl, Prinsen y Netzley, 2003; Lindner, 2004; Neto y Pinto, 1998). Además, estudios realizados en la década de los ´70 muestran que los anuncios de revistas (Genderton y Herberman, 1974, citado en Furnham y Bitar, 1993), los libros para niños (Weitzman, Eiffer, Hokada y Ross, 1972) y los programas de televisión infantiles (Sternglanz y Serbin, 1974), retratan formas estereotipadas en la conducta sexual de hombres y mujeres. Como consecuencia de ello, el concepto de estereotipos de género ha ido adquiriendo diferentes definiciones a lo largo del tiempo. Tanto es así, que en 1986 Berndt y Heller proponen que los estereotipos de género son creencias aceptadas comúnmente acerca de las actividades, los roles, los atributos físicos y los rasgos de 0,00% 5,00% 10,00% 15,00% 20,00% 25,00% 30,00% Ninguno 1 hora o menos Entre 1 y 2 horas Entre 2 y 3 Horas Entre 3 y 4 horas Más de 4 horas 0,30% 10,70% 27,70% 23,30% 15,20% 22,50% Porcentaje de consumo Horas de consumo televisivo Publicidad Sexista y Violencia Sexual 54 personalidad que diferencian a las mujeres y las niñas de los hombres y los niños. Más tarde, Carter, Branston y Allan (1998) refiriéndose específicamente a los estereotipos de género sobre la mujer los definen como “imágenes mentales estandarizadas que proporcionan juicios sexistas sobre las mujeres, de tal manera que su estado de subordinación en la sociedad patriarcal se refuerza simbólicamente” (p. 6). En otras palabras, los estereotipos sobre las mujeres se utilizan para mantenerlas en papeles subordinados (Len-Ríos, Rodgers, Thorson y Yoon, 2005). Posteriormente, en 2010 Bernard afirma que los estereotipos de género son un conjunto de ideas simples, previas e irracionales que se atribuyen a las personas en función de su adscripción sexual, prescribiendo características definitorias sobre su manera de ser (su identidad) y de comportarse (su rol social), de acuerdo a la prescripción de género, como mecanismo activador de la ideología patriarcal. Por ello, en el estudio de dicho concepto, los psicólogos han propuesto que los estereotipos de género empiezan a desarrollarse en la infancia a través de la experiencia directa, así como a través de los medios de comunicación, como por ejemplo la televisión, ya que ésta produce un efecto significativo al transmitir imágenes que pueden formar, cambiar y/o reforzar los estereotipos (Robinson, Callister, Magoffin y Moore, 2007). Desde la infancia, los distintos agentes socializadores como la familia, el sistema educativo, el uso del lenguaje y los medios de comunicación, asocian la masculinidad con aspectos públicos de la vida social y la feminidad con aspectos de la vida privada (Pastor, 1996, citado en Bosch, 2007). Los medios de comunicación representan a hombres y mujeres de forma visual y textual, proponiendo a los espectadores formas de interpretar el mundo a través de ideas sobre lo que se considera que es aceptable e importante y lo que no lo es (Redman y Introducción 55 Taylor, 2006). Según Carter y Steiner (2004), la representación de los estereotipos de género en los medios presenta una capacidad reconocida desde hace tiempo para mostrar lo que se considera “socialmente aceptable” en cuanto a la forma de ser o en la relación con los demás. Así, los significados desarrollados por los medios de comunicación se incrustan de tal forma en la sociedad que hacen que resulte difícil el hecho de que hombres y mujeres se resistan a ellos (Lyons, 2000). En opinión de García Calderón (1993): […] El mundo que se muestra (como síntesis) en los medios de comunicación para las mujeres, gira en torno a los sentimientos, al campo afectivo. Dentro de esta oferta de contenidos se manejan mitos, estereotipos y reducciones parciales de la realidad a partir de una sabiduría popular traducida en consejos de las revistas femeninas y en sugerencias e imperativos en la publicidad. Cabe preguntarse, hasta dónde el contenido es producto de la influencia de los medios de comunicación o de la fidelidad de una memoria cultural y de los valores socialmente aprendidos en otros ámbitos por las mujeres (pp. 383-384). Además, los estereotipos de género tradicionales empleados en los medios de comunicación apoyan la rigidez en los roles de género, lo cual restringe las opciones que opten por el desarrollo de hombres y mujeres (Döring y Pöschl, 2006). De este modo, las estructuras de roles de género tradicionales son jerárquicas, donde los hombres a menudo son representados en posiciones sociales altas y las mujeres desarrollando papeles más pasivos y humildes (Gallagher, 2004). Las imágenes de hombres y mujeres que se muestran a través de los medios son claramente diferentes (Fernández-Villanueva, 2009). Diversos estudios destacan que las Publicidad Sexista y Violencia Sexual 56 características presentadas de los hombres tienden a ser más complejas que las de las mujeres. Por lo general, las características del género femenino son más propensas a colocar a la mujer en el ámbito privado, mientras que al hombre tienden a mostrarlo en la esfera pública (Fernández-Villanueva, 2009). A partir de estos resultados de investigación, se piensa que los estereotipos de género representados y la violencia mediática pueden ejercer efectos en la población tanto a corto como a largo plazo. Los efectos a corto plazo pueden deberse al aprendizaje por observación y a la imitación previamente comentados en la Teoría del Aprendizaje Social, al arousal y a la excitación; mientras que los efectos a largo plazo pueden ser debidos tanto al aprendizaje por observación como a la automatización del procesamiento esquemático agresivo, a la desensibilización o a la habituación emocional (Anderson et al., 2003). Introducción 57 1.4. Sexualidad en los medios Desde el advenimiento de los medios de difusión en la década de 1920, por lo general, las normas para el tratamiento de cuestiones sexuales han sido más estrictas para la radio y la televisión que para los medios impresos, debido a que parece más fácil el hecho de que los padres puedan proteger a los niños a la hora de visualizar el contenido sexual mostrado en los medios impresos (Bryan y Oliver, 2009). Sin embargo, una de las críticas más duras que desde hace un tiempo viene recibiendo la programación televisiva es la referida al tratamiento de la sexualidad en dicho medio de comunicación (Hetsroni, 2007). Los políticos, los educadores, los expertos académicos e incluso las personas que trabajan en la industria televisiva a menudo coinciden en afirmar que la cantidad de contenido sexual expuesto en televisión ha ido incrementando de forma espectacular a lo largo de los años (Lichter, Lichter y Rothman, 1994; Parents Television Council, 2000; Roman, 2005). En definitiva, se piensa que se expone demasiado sexo en televisión (Ronan, 1996) y por tanto, debería hacerse algo al respecto (Lichter, 1999). En lo que se refiere al tratamiento específico de la violencia relacionada con la sexualidad, algunos medios de comunicación consideran que la violencia contra las mujeres se trata como un asunto menos importante que otras formas de violencia (Carll, 2003a). No obstante, la presencia de noticias de violencia sexual, como es el caso de la violación, es cada vez mayor, sobre todo en televisión (Kahlor y Morrison, 2007). Por ejemplo, una revisión literaria sobre el sexo en televisión concluyó que el número de referencias a noticias sobre violación en televisión había experimentado un importante incremento entre los años 1985 y 1994 (Greenberg y Hofschire, 2000). Publicidad Sexista y Violencia Sexual 64 En función de dichas expectativas, Hall (1997) sugiere que los miembros de una misma cultura deben compartir conjuntos de conceptos, imágenes e ideas que les permitan pensar y sentir sobre el mundo, interpretando éste de un modo más o menos similar. En este sentido, la publicidad tiene que ser construida y producida siguiendo la idea de “significados compartidos” como parte de ella. Para ello, se debe poner especial énfasis en las imágenes visuales como símbolos no verbales. Como agente socializador que es, la imaginería visual proporcionada por los medios de comunicación conlleva un fuerte impacto en nuestras actitudes, valores, creencias y comportamientos, ya que pueden contribuir a la formación de significados y asociaciones de bastante importancia. Las imágenes transmitidas por la publicidad se han vuelto tan sofisticadas y persuasivas que ahora organizan nuestras experiencias y conocimientos de forma significativa (Kang, 1997). Tanto es así, que a través de la exposición de imágenes los medios publicitarios impactan en la población imponiendo modas, normas de conducta y valores (Del Moral, 2000). La publicidad moderna depende de las imágenes, y las imágenes son símbolos que pueden transmitir significados de forma tan eficiente como pueden hacerlo otros símbolos verbales. Al igual que las palabras, las imágenes visuales también funcionan como símbolos que crean significados en varios niveles, los cuales tendrán que ser descodificados para poder ser entendidos. Las imágenes visuales en publicidad son especialmente importantes ya que, según Bovee y Arens (1986) “la mayoría de los lectores de publicidad (1) miran la ilustración, (2) observan lo que dice el titular, y (3) leen el cuerpo de la noticia, en ese orden” (p. 47). Las imágenes visuales, por lo tanto, tienen una gran responsabilidad en la decodificación del mensaje que conlleva el anuncio (Kang, 1997). Introducción 65 La importancia del impacto que la publicidad ejerce sobre la población también se debe a su capacidad para llegar a millones de personas a lo largo del día. Su transmisión puede realizarse a través de los diferentes medios de comunicación, como por ejemplo la televisión, la radio, las revistas o la prensa, hecho que se ha convertido en objeto de estudio para los investigadores interesados en los efectos del movimiento de la mujer en los medios. Por ejemplo, según la Agencia Carat de España en 2005, las conclusiones extraídas a raíz de los datos recogidos en marzo de 2004 indicaron que todas las cadenas de televisión españolas habían aumentado el tiempo dedicado a la publicidad, alcanzando actualmente el 20% de las emisiones totales de tiempo. De esta forma, la publicidad encuentra en la televisión el mejor medio para masificar el consumo de los productos que presenta (García, 2009), siendo especialmente relevante aquellos en los que aparecen representaciones estereotipadas de género. En este sentido, la encuesta realizada por el Barómetro Audiovisual de Andalucía en 2012 recoge que el 16,6% de los participantes indicaron que una de sus principales preocupaciones es la excesiva publicidad que se emite en televisión. Además, aporta datos acerca de que el 57,3% de los encuestados consideran que los productos que se anuncian no se corresponden con la realidad, reconociendo que en muchos casos la publicidad suele ser engañosa. La investigación sobre las representaciones de rol de género en la publicidad no es reciente, ya que ha ido evolucionando a partir de dos obras fundamentales: por un lado la de Goffman (1978), que argumentó a favor del poderoso impacto que tienen las imágenes creadas por la publicidad; y por otro lado, McArthur y Resko (1975), que llevaron a cabo estudios de análisis de contenido en esta línea de investigación. Basándose en el análisis de imágenes visuales de más de 400 anuncios impresos en EE.UU, Goffman (1978) puso de manifiesto que la publicidad retrata los roles de Publicidad Sexista y Violencia Sexual 66 género de una forma más estereotipada aún que el modo en que se muestran en la realidad. McArthur y Resko (1975) también llevaron a cabo un análisis de contenido de los anuncios de televisión en EE.UU y encontraron que hombres y mujeres se representan en publicidad de forma diferente, de acuerdo con los estereotipos de género tradicionales. La mayoría de las investigaciones sobre diferencias de género en los medios de comunicación se han centrado en el análisis de la publicidad (Matud, Rodríguez y Espinosa, 2011). Se han llevado a cabo estudios en varios países como Japón (Arima, 2003), Inglaterra (Furnham y Skae, 1997), Estados Unidos (Ganahl et al., 2003; Kaufman, 1999), Corea (Kim y Lowry, 2005), Portugal (Neto y Pinto, 1998), Malasia y Singapur (Tan, Ling y Theng, 2002), Turquía (Uray y Burnaz, 2003) y España (Valls- Fernández y Martínez-Vicente, 2007). En general, estos estudios muestran las diferencias existentes en la forma de representar a hombres y mujeres en la televisión comercial. La publicidad ha sido acusada de presentar imágenes estereotipadas de la mujer. Por ejemplo es habitual que se presenten estereotipos como que el lugar de una mujer está en el hogar, que las mujeres no toman decisiones ni hacen cosas importantes, que las mujeres dependen y necesitan de la protección de los hombres, y que los hombres consideran a las mujeres principalmente como objetos sexuales. Además, los anuncios han limitado sistemáticamente a las mujeres a estereotipos tradicionales en cuanto al rol de madres, a su presencia en el hogar, a la belleza, o en relación a roles de orientación sexual que no son representativos de la diversidad de mujeres (Kang, 1997). Por estos motivos, diferentes estudios se han ocupado de analizar si se han producido cambios en los estereotipos de género en la publicidad televisiva (Bartsch, Introducción 67 Burnett, Diller y Rankin-Williams, 2000; Bretl y Cantor, 1988; Ganahl et al., 2003; Lovdal, 1989; Rizor, 2003). Según Bernard (2012), los formatos publicitarios televisivos han ido modernizándose a lo largo del tiempo, sin embargo, el tratamiento que estos medios realizan en cuestiones de género sigue siendo desequilibrado, indicando de este modo que la desigualdad entre hombres y mujeres aún continúa presente en nuestros días. En general, los estudios concluyen que las mujeres han sido históricamente retratadas de una forma social y laboral estereotipada (DeYoung y Crane, 1992). Por ejemplo, estudios empíricos llevados a cabo en la década de 1970 llegaron a la conclusión de que las imágenes publicitarias mostraban a las mujeres de forma bastante estereotipada y en un ámbito privado como el hogar (Culley y Bennett, 1976; Dominick y Rauch, 1972; McArthur y Resko, 1975; O'Donnell y O'Donnell, 1978). Según Courtney y Lockeretz (1971), las mujeres han sido retratadas como amas de casa, dependientes de los hombres, como objetos sexuales o como personas que no toman decisiones importantes. No obstante, otras investigaciones indican que aunque ciertos estereotipos de rol de género persisten (Livingstone y Green, 1986; Rak y McMullen, 1987), las mujeres empiezan a retratarse también en una gama más amplia de roles sociales y ocupacionales (Bretl y Cantor, 1980, citado en Lanis y Covell, 1995; Ferrante, Haynes y Kingsley, 1988; Sullivan y O’Connor, 1988). Así, a lo largo del tiempo los investigadores han encontrado algunos cambios, aunque han sido relativamente pocos, relacionados con las imágenes de publicidad y roles de género (Allan y Coltrane, 1996; Browne, 1998; Pierracine y Schell, 1995; Snyder, 1997). En apoyo a esto, los resultados de Furnham y Mak (1999) que revisaron y compararon catorce estudios llevados a cabo en cinco continentes durante más de 25 años, encontraron un patrón que muestra Publicidad Sexista y Violencia Sexual 68 claramente la universalidad de los estereotipos de género en los anuncios de televisión. Los autores concluyeron que aunque algunos atributos se presentan de una forma más equilibrada, estas representaciones no han cambiado mucho. Otro aspecto relacionado con la representación de los estereotipos de género en la publicidad televisiva que ha abordado la investigación es el relacionado con las diferencias culturales y cómo estas pueden influir en la representación de estereotipos en mayor o menor medida (Browne, 1998; Fullerton y Kendric, 2000; Furnham, Babitzknow y Uguccioni, 2000a; Furnham y Mak, 1999; Gilly, 1988; Kim y Lowry, 2005; Milner y Higgs, 2004). En los últimos años encontramos un amplio cuerpo de investigación que pone de manifiesto la presencia continua de estereotipos de género en la publicidad televisiva de diferentes países: Australia (Browne, 1998; Mazzela, Durkin, Cerini y Buralli, 1992; Milner y Higgs, 2004), China (Cheng, 1997; Siu y Au, 1997), Francia y Dinamarca (Furnham et al., 2000a), Ghana (Milner, 2005), Gran Bretaña (Furnham y Bitar, 1993; Furnham y Farrager, 2001; Manstead y McCulloch, 1981), Hong Kong (Furnham y Chan, 2004; Furnham, Mak y Tanidjojo, 2000b), Indonesia (Furnham et al., 2000b), Italia (Furnham y Voli, 1989), Japón (Arima, 2003; Bresnahan, Inoue, Liu y Nishida, 2001; Milner y Collins, 2000), Kenya (Milner, 2005; Mwangi, 1996), Corea (Hovland, McMahan, Lee, Hwang y Kim, 2005; Kim y Lowry, 2005), Malasia (Bresnahan et al., 2001; Tan et al., 2002; Wee, Choong y Tambyah, 1995), México (Gilly, 1988), Nueva Zelanda (Furnham y Farrager, 2001), Portugal (Neto y Pinto, 1998), Rusia (Milner y Collins, 2000), Singapur (Siu y Au, 1997; Tan et al., 2002; Wee et al., 1995), Sudáfrica (Milner, 2005), Suecia (Milner y Collins, 2000), Turquía (Uray y Burnaz, 2003), y Zimbabwe (Furnham et al., 2001). Los estudios referenciados muestran que la presencia de estereotipos y el tratamiento diferenciado de hombres y mujeres no solo aparece en la publicidad Introducción 69 televisiva, sino que se encuentra también en la radio (Furnham y Thomson, 1999; Hurtz y Durkin, 1997; Monk-Turner, Kouts, Parris y Webb, 2007), revistas (Hovland et al., 2005; Malkin, Wornian y Chrisler, 1999; Mastin, Coe, Hamilton y Tarr, 2004; Plous y Neptuno, 1997), y en los periódicos tanto en los artículos escritos como en las fotografías (Archer, Iritani, Kimes y Barrios, 1983; DeLouth, Pirson, Hitchcock y Rienzi, 1995; Gough, 2007; Len-Ríos et al., 2005; Rodgers, Kenix y Thorson, 2007; Ross, 2007). Así por ejemplo, en lo que respecta a los anuncios publicitarios aparecidos en las revistas, Courtney y Lockeretz (1979, citado en Kang, 1997) examinaron específicamente las imágenes de las mujeres que aparecían en ellas y encontraron que: - Las mujeres rara vez aparecen trabajando fuera de casa. - No se representa a mujeres con alto nivel profesional o personal. - Las mujeres no se suelen representar saliendo solas de casa. - Las mujeres se presentan como dependientes de la protección de los hombres. - Aparecen como objetos sexuales o domésticos para los hombres. - Las mujeres se muestran, con mayor frecuencia, en anuncios de productos de limpieza, productos alimenticios, productos de belleza, medicamentos, ropa y electrodomésticos. - Los hombres se muestran con más frecuencia en anuncios de coches, viajes, bebidas, cigarrillos, bancos, productos industriales, medios de entretenimiento y empresas industriales. Numerosos estudios sobre las representaciones de rol de género en la publicidad han examinado la forma en que son retratadas las mujeres en los medios publicitarios de diferentes países como EEUU, Reino Unido, Australia, Dinamarca, Francia, Italia, Publicidad Sexista y Violencia Sexual 70 Hong Kong, Indonesia, México o Portugal (Furnham y Mak, 1999; Gilly, 1988) y en general han puesto de manifiesto que la imagen de la mujer que predomina en la publicidad es la de una persona débil, irracional, infantil, dependiente, subordinada, protectora de los niños y, sobre todo, inferior al hombre (Kang, 1997). Asimismo, se les muestra como personas muy emocionales, dependientes, siempre jóvenes, atractivas y dominadas por los hombres. En consecuencia, la actividad social de la mujer se vuelve casi invisible quedando relegada al ámbito doméstico (Fernández-Villanueva, 2009). Por el contrario, las características que suelen mostrar en los hombres reflejan una mayor madurez y profesionalidad. Tienden a mostrarlos como personas bien informadas, independientes, hombres poderosos, exitosos y duros (Busby, 1975; Cantor, 1980; Chiricos, Eschholz y Gertz, 1997; Coltrane y Messineo, 2000; Davis, 1990; Fejes, 1992; López Díez 2001, 2005). Así, en palabras de Rodríguez y Gómez (2000): “La publicidad se ha convertido para nosotras en un espejo distorsionado de un mundo poblado de mujeres delgadísimas, jóvenes y radiantes (…..) mujeres que nos venden como perfectas, modelos ideales que nos recuerdan cada día cómo tenemos que ser. La publicidad, como el espejo de la madrastra del cuento, nos refleja a las más hermosas, y se olvida que ese mundo al que pertenecen es tan lejano e irreal como el país de las hadas. Así, mujeres fuertes, sanas y guapas torturan su cuerpo sometiéndolo a regímenes desquiciados, sesiones brutales de gimnasio, tratamientos estéticos absurdos…. y sus cuerpos nunca se acercan a la imagen que quieren que el espejo les refleje” (pp. 48-50). Introducción 71 En España, por ejemplo, la publicidad televisiva continúa siendo un factor que favorece la formación de los estereotipos que sirven para justificar y aumentar la desigualdad de oportunidades entre los géneros (Valls-Fernández y Martínez-Vicente, 2007). Así, en los spots publicitarios pueden observarse algunas características que muestran la desigualdad e inferioridad de la mujer con respecto al hombre: por ejemplo, en cuanto al lenguaje publicitario, el tono empleado con la mujer suele ser de carácter coloquial, mientras a los hombres se les suele tratar de “usted”; por otro lado, también podemos destacar la voz en “off” que se utiliza como fondo, es decir, cuando de fondo debe aparecer la voz de un experto se emplea la voz masculina, mientras que la voz femenina se utiliza para “seducir” (Del Moral, 2000). Algunos investigadores sugirieron que durante las décadas de los ´50 y ´70 se produjo una tendencia general hacia una representación más moderna y real de la mujer en la publicidad (Belkaoui y Belkaoui, 1976; Lindner, 2004; Schneider y Schneider, 1979; Venkatesan y Losco, 1975), en la que las mujeres solían aparecer en menor medida en papeles tradicionales como amas de casa o madres, y más a menudo desempeñando otros roles más actuales (Lindner, 2004). Sin embargo, parece ser que en la década de los ´80 los estudios mostraron que la representación estereotipada de la mujer persistía (Soley y Reid, 1988), y esta tendencia se mantiene hasta nuestros días (Lindner, 2004). Así por ejemplo, si nos centramos en datos españoles, concretamente el informe publicado por el Barómetro Audiovisual de Andalucía en 2012 indica que un 66,7% de las personas encuestadas consideraba que es habitual encontrar anuncios publicitarios con estereotipos sexistas (Figura 2). Publicidad Sexista y Violencia Sexual 72 Figura 2. Percepción sobre probabilidad de encontrar anuncios sexistas en televisión. Fuente: Elaboración propia a partir de datos facilitados por el Barómetro Audiovisual de Andalucía. Actualmente, la opinión general de la población es que el sexismo y los estereotipos de género persisten en los medios publicitarios, aunque se lucha por conseguir que las representaciones de género en la publicidad sean cada vez más realistas (Bartsch et al., 2000; Coltrane y Messineo, 2000; Furnham y Skae, 1997; Ganahl et al., 2003; Hovland et al., 2005; Kim y Lowry, 2005; Schlenker, Caron y Haltem, 1998). Por su parte, Sullivan y O’Connor (1988) ya advertían de que se está produciendo un aumento en el uso sexual de la mujer en la publicidad. Así, desde el período de 1955 a 2002, se ha producido un incremento en la representación de las mujeres de forma sexualizada (Lindner, 2004). Unido a lo anterior, existe un alto grado de sexismo en las representaciones de las mujeres en las revistas y la televisión publicitaria, es decir, las mujeres tienden a ser retratadas de forma sexista y sexualmente degradante, sobre todo en lo que concerniente a los roles sexuales (Culley y Bennett, 1976; Peterson y Kerin, 1977; Venkatesan y Losco, 1975). Parece que existe bastante discriminación de género en la televisión publicitaria española y, en este sentido, Coltrane y Adams (1997) comentan: 51,7% 46,4% 28,7% 33,8% Año 2008 Año 2009 Año 2010 Año 2011 Introducción 73 “Los medios de comunicación constituyen el telón de fondo por el cual las personas en las sociedades industriales modernas construyen el significado de sus vidas en el trabajo y en la familia. Visto desde esta perspectiva, la vinculación en los medios de comunicación de los hombres con los puestos de trabajo y de las mujeres con el sexo o la familia conlleva potencialmente consecuencias sociales negativas” (p. 342). Los investigadores e investigadoras han analizado la representación de mujeres y hombres en la publicidad durante décadas (Browne, 1998; Courtney y Whipple, 1974). Así, se ha visto que la publicidad sexista refuerza estereotipos de género que, a pesar de que puedan considerarse actualmente desfasados, influyen en las personas. Además, la publicidad manipula e invisibiliza el rol femenino, haciendo que persistan estereotipos que afectan tanto a las mujeres como a la sociedad en general (Bernard, 2012). Según McLaughlin y Goulet (1999), las representaciones de roles de género implícitas en los medios publicitarios pueden operar como agentes de socialización en varios niveles. En primer lugar se emiten públicamente, por lo que pueden influir en la población. En segundo lugar, los personajes retratados en los anuncios parecen aceptar las posiciones adjudicadas y, por lo tanto, validan las funciones descritas. Finalmente, debido a los anuncios que representan los roles y las actitudes de hombres y mujeres en la sociedad, se definen expectativas sociales que servirán para educar a los espectadores en el momento de desempeñar comportamientos que se consideren aceptables o inaceptables. Mediante estos pasos, la publicidad se convierte en espejo y reflejo de la sociedad, mostrando una radiografía social capaz de reflejar pautas, roles y estereotipos. Publicidad Sexista y Violencia Sexual 80 actualidad concentra los esfuerzos tanto en el ámbito social y político como en el educativo para su prevención y eliminación. A lo largo de esta introducción teórica, hasta el momento se ha hecho referencia al papel de los medios de comunicación y la publicidad en la transmisión y perpetuación de estereotipos de género, y más concretamente de los relacionados con la sexualidad y la representación sexualmente degradante de las mujeres en la publicidad, así como a los posibles efectos negativos que se pueden derivar de ello, especialmente para las mujeres y a su posible conexión con la violencia de tipo sexual hacia la mujer. Por ello, en el siguiente apartado de esta Tesis doctoral se trata en profundidad el tema de la violencia hacia la mujer, centrándonos especialmente en la violencia de tipo sexual. Introducción 81 2. VIOLENCIA HACIA LA MUJER La violencia hacia la mujer no es un problema nuevo característico de las modernas sociedades. Es, por el contrario, una lacra social que ha existido desde siempre y que hunde sus raíces en un orden social ancestral, patriarcal y sexista que relega a las mujeres a ciudadanas de segunda categoría (Iglesias y Lameiras, 2009). Afortunadamente en la actualidad existe una mayor conciencia social sobre la existencia de este tipo de violencia que se dirige hacia la mujer, hasta el punto de ser considerada un grave problema de alcance mundial que, entre otros aspectos, es reflejo de la desigualdad y el desequilibrio entre géneros persistente en la sociedad de nuestros días. La violencia hacia la mujer proviene de las relaciones de poder desiguales entre hombres y mujeres (Alberdi y Matas, 2002). Algunos factores que reflejan esta desigualdad entre hombres y mujeres son, por ejemplo, la discriminación salarial, la discriminación en las pensiones recibidas por viudedad, las altas tasas de desempleo femenino, la limitada presencia de las mujeres en posiciones políticas, sociales y culturales, la responsabilidad económica, los problemas de conciliación, el trabajo personal, o la vida familiar, etc., todos ellos constituyen muestras evidentes de que el logro de la igualdad efectiva entre hombres y mujeres no se ha alcanzado todavía (Matud et al., 2011), pese al enorme esfuerzo social invertido. En este sentido, la Plataforma de Acción de la IV Conferencia de Naciones Unidas sobre la Mujer apuesta por “aumentar el grado de participación y acceso de las mujeres a los espacios de toma de decisiones, de debate y de exposición de ideas de los medios de comunicación” y, al mismo tiempo, plantea “fomentar una imagen de las mujeres equilibrada y sin estereotipos en los medios de comunicación” (Gámez, 2010). Publicidad Sexista y Violencia Sexual 82 Unido a lo anterior, la estructura socio-cultural posee una influencia considerable sobre la violencia contra las mujeres debido a la persistencia de un conjunto de creencias compartidas y valores relacionados con este tipo de violencia y con las relaciones entre hombres y mujeres (Bhanot y Senn, 2007). No obstante, según afirma Durán (2007) la visibilidad de la violencia hacia la mujer en la sociedad tiene que venir de un “cambio en la mirada”. Hay una forma de incertidumbre que no tiene que ver con los resultados sino con los principios, y a mi modo de ver afecta de lleno a las ciencias sociales. No se refiere a lo que vemos cuando observamos, sino a si miramos en la dirección adecuada, si sabemos ver (Durán, 2007). El Capítulo 2 de la presente Tesis Doctoral se dedica al abordaje de la violencia hacia las mujeres y sus principales manifestaciones, centrándonos especialmente en la violencia de tipo sexual, principal objetivo de investigación en esta Tesis, por ser una de las más graves y menos reconocidas socialmente. Introducción 83 2.1. Definición Aunque la violencia hacia la mujer ha existido siempre, es a partir de las dos últimas décadas cuando surge una preocupación internacional por su delimitación al considerarse un grave problema mundial. La primera definición de violencia contra la mujer acordada internacionalmente se introdujo en el año 1993, en la Declaración de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La Asamblea General de dicha Declaración define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia de género que resulte o pueda resultar en daño físico, sexual o psicológico a la mujer, incluidas las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, tanto si se produce en la vida pública como privada”. A raíz de ello, en 1995 la Organización de las Naciones Unidas define la violencia de género como “todo acto de violencia sexista que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psíquico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada”, siendo esta una de las definiciones más aceptadas entre los diversos autores y organizaciones (ONU, 1995). En la Declaración de Naciones Unidas hecha en Beijing en el encuentro de 1995, la violencia contra las mujeres se considera una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que han conducido a la dominación de la mujer por el hombre, a la discriminación contra la mujer y a la interposición de obstáculos contra su pleno desarrollo. En este sentido, la ONU en su IV Conferencia Mundial desarrollada durante dicho año, reconoce que la violencia contra las mujeres es un obstáculo para lograr los objetivos de igualdad, desarrollo y paz, por lo que viola y menoscaba el disfrute de los derechos humanos y las libertades fundamentales. Publicidad Sexista y Violencia Sexual 84 No obstante, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en la Resolución de 2005/41, define y refina el concepto de violencia de género entendiéndola como “todo acto de violencia sexista que tenga o pueda tener como resultado un daño a sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad tanto si se producen en la vida pública como en la privada y que abarca, sin limitarse a estos actos, la violencia doméstica, los delitos cometidos por cuestiones de honor, crímenes pasionales, la trata de mujeres y niñas, las prácticas tradicionales nocivas para la mujer y la niña incluida la mutilación genital femenina, el matrimonio precoz y forzado, el infanticidio de niñas, los actos de violencia y asesinatos relacionados con la dote, los ataques con ácido y la violencia relacionada con la explotación sexual comercial y con la explotación económica”. La violencia de género o violencia hacia la mujer engloba múltiples determinantes a nivel social, cultural, político, legal, económico, psicológico y comunicativo (Gámez, 2010). Así, podemos diferenciar una amplia variedad de manifestaciones de la violencia que sufren las mujeres. Sin embargo, todas ellas resaltan la idea de que la violencia no es el fin en sí mismo, sino que se trata de un instrumento de dominación y control social que se deriva de la desigualdad de poder (permanente o momentánea) entre hombres y mujeres (Alberdi y Matas, 2002). En este sentido, la violencia de género es aprendida, formando parte del proceso de socialización que se transmite de generación en generación (Gámez, 2010). Este tipo de violencia se ha ido forjando mediante la aceptación continuada de roles de género, actitudes y estereotipos sexistas rígidos que comenzaron en décadas pasadas y persisten actualmente en nuestra sociedad. Dichas actitudes justifican los actos violentos del hombre asociándolos a rasgos masculinos, de tal manera que muestran una relación de poder y dominio sobre la mujer (Lawson, Brossart y Shefferman, 2010; Reitzel-Jaffe y Introducción 85 Wolfe, 2001; Stith, Smith, Penn, Ward y Tritt, 2004). En esta relación, el poder que el hombre ejerce contra la mujer persigue dos objetivos fundamentales: el primero es opresivo, es decir, utiliza la violencia para alcanzar un fin; y el segundo es configurador, mediante el cual aparecen aspectos de asimetría y desigualdad. Así, en las relaciones asimétricas, el hombre ofrece protección a la mujer a cambio de su obediencia y sometimiento (Expósito, 2011). Por medio de este tipo de conductas, se busca someter, doblegar o subordinar al otro miembro de la relación, ocasionándole daño físico, psíquico y/o económico (Corsi, 1994). De este modo, en los últimos tiempos ha sido bastante frecuente la asociación de la masculinidad con el papel agresivo y de la feminidad con la victimización (Lamnek y Boatca, 2003). En consecuencia, la Organización de las Naciones Unidas aclara que la violencia contra las mujeres representa la discriminación existente por motivos de género, y que dicha discriminación es la que da lugar a este tipo de violencia contra la mujer. En este sentido, la Ley orgánica de Medidas de Protección Integral Contra la Violencia de Género, 1/2004, de 28 de Diciembre, introduce por primera vez el análisis del problema social en la perspectiva de género, añadiendo que el factor cultural puede ser considerado como una de las causas del fenómeno. Esta Ley pretende combatir las manifestaciones de discriminación, las situaciones de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, ejercidas éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de que quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aún sin convivencia. En la Exposición de Motivos de dicha Ley se indica que “la violencia de género es el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad” (Marugán, 2013). Publicidad Sexista y Violencia Sexual 86 2.2. Manifestaciones de la violencia hacia la mujer La violencia de género adquiere diferentes manifestaciones y expresiones que van desde las más hostiles y explícitas, hasta las más sutiles y veladas, aunque no por ello menos dañinas y perversas (Consejo de Europa, 2006). Estas pueden ser manifestaciones evidentes y fáciles de detectar, como por ejemplo las lesiones físicas y los agravios verbales, o manifestaciones complejas y ocultas, como en el caso del maltrato psicológico, el abuso financiero, el control económico y la violencia sexual (Instituto Andaluz de la Mujer, 2013). Siguiendo la definición aportada por la ONU (1995) sobre violencia de género, las principales manifestaciones de violencia que pueden sufrir las mujeres (Bosch y Ferrer, 2002) son las siguientes: Violencia Física. Constituye el tipo más visible y sobrerrepresentado de violencia hacia la mujer. Este tipo de violencia consiste en el uso y abuso de la fuerza contra el cuerpo de otra persona y puede manifestarse a través de diversas formas o grados. La violencia física engloba toda acción que, al realizarla voluntariamente, provoque o pueda provocar daño y lesiones físicas en las mujeres, empleando para ello el uso de la fuerza física o de objetos para agredirla, como por ejemplo, empujones, golpes, bofetadas, patadas, tirones de pelo, mordiscos, torturas o estrangulamientos que puedan provocar la muerte de la víctima. En este sentido, los medios que el agresor puede emplear para lesionar a la víctima pueden ser objetos contundentes como un cinturón o un palo, o bien armas blancas como navajas u objetos cortantes. Introducción 87 Tal y como se ha destacado, cuando una mujer sufre violencia física hay una percepción real del daño y la presencia de pruebas para refutarlo. La violencia física se convierte así en una agresión visible para la víctima y visibilizable para el entorno. Por tanto, este tipo de violencia es la forma más evidente de violencia machista y la más difícil de ocultar al dejar secuelas visibles, aunque en algunos casos pueden ser minimizadas y escondidas por la víctima. De este modo, para la determinación de la violencia física se suelen analizar la conducta lesiva, la intencionalidad, los efectos que ha generado la lesión y los medios empleados para agredir. Como contrapartida, la visibilidad de las agresiones físicas permite a la víctima tomar conciencia más fácilmente de la situación vivida y pedir ayuda (Alberdi y Matas, 2002). No obstante, aunque la violencia física es la más visible para el entorno de la víctima, este tipo de violencia no suele darse de forma aislada y tiende a ir acompañada de violencia psicológica, y en muchos casos, de violencia sexual (Iglesias y Lameiras, 2009). Violencia Psicológica. Es la más difícil de delimitar y, según Medina (1994, p. 153, citado en Iglesias y Lameiras, 2009), hace referencia a “algo más serio que un insulto”. Este tipo de violencia engloba todas aquellas acciones que provoquen o puedan provocar daño psicológico a la mujer, de tal modo que socava la autoestima de la víctima pudiendo acabar con su integración psicológica. Se puede definir como toda acción u omisión destinada a degradar o a controlar las acciones, comportamientos, decisiones y creencias de otras personas por medio de la intimidación, manipulación, amenaza directa o indirecta, humillación, aislamiento o cualquier otra conducta que implique un perjuicio en la salud psicológica o emocional, así como en la autodeterminación o desarrollo personal (Iglesias y Lameiras, 2009). Publicidad Sexista y Violencia Sexual 88 Para el desarrollo de la violencia psicológica el agresor puede emplear mecanismos de control y comunicación que atenten contra el bienestar de la víctima, contra su autoestima o su consideración, tanto pública como privada, ante otras personas. Ejemplos de estas conductas podrían ser el hecho de denigrarla, despreciar lo que hace, hacer que se sienta culpable, tratarla como si fuera una esclava, hacer comentarios desatentos sobre su físico, humillarla en público o en privado, crearle una mala reputación, obligarla a rendir cuentas sobre sus relaciones con otras personas, obligarla a romper sus amistades, prohibirle hablar con personas del otro sexo, mostrar celos de las amistades de ella, limitar su espacio vital o no respetarlo, bromas y chistes machistas o de contenido denigrante, infravaloración de sus aportaciones o ejecuciones, insultos públicos o privados, las amenazas y la intimidación, el chantaje emocional, las amenazas de suicidio si la pareja manifiesta su deseo de separarse, etc. La violencia psicológica o abuso emocional es algo que sucede de forma repetida y continuada a lo largo del tiempo. No se trata de un simple desprecio ocasional hecho por despecho o en el calor de una discusión, sino que consiste en un proceso sistemático al que se ve sometida la víctima una y otra vez durante un largo periodo de tiempo. A veces, los mensajes del agresor no se perciben como agresiones porque son demasiado sutiles, de modo que la víctima siente hostilidad y malestar pero no sabe realmente por qué hasta que lo piensa con más detalle y se da cuenta de lo que está pasando (Muñoz, 2006). Podemos diferenciar cuatro tipos de Violencia Psicológica: Violencia psicológica social. Consiste en aislar a la víctima de su entorno social a través del control de sus relaciones familiares y de amistad. Introducción 89 Violencia psicológica económica. Se entiende como desigualdad en el acceso a los recursos compartidos, como por ejemplo, negar el acceso al dinero, impedir el acceso a un puesto de trabajo o a la educación. Violencia psicológica estructural. Aquella que se encuentra relacionada con la económica, incluyendo también barreras invisibles e intangibles contra la realización de las acciones potenciales y de los derechos básicos de las personas. Al mismo tiempo, la violencia estructural se encuentra sustentada en la existencia de obstáculos firmemente arraigados que se reproducen diariamente en el tejido social, como por ejemplo, las relaciones de poder que generan y legitiman la desigualdad. Violencia psicológica espiritual es aquella que incluye conductas como las de obligar a la víctima a aceptar un sistema de creencias cultural o religioso determinado, o las que van dirigidas a erosionar o destruir las creencias de la víctima a través del ridículo o del castigo (Iglesias y Lameiras, 2009; Instituto de la Mujer, 2006). Violencia Sexual. Al igual que la violencia física, es un tipo de violencia visible para la víctima y para el entorno. La violencia sexual ejercida por los hombres contra las mujeres se apoya en la situación ventajosa que le otorga el patriarcado, buscando el sometimiento de la mujer a través de la utilización de su cuerpo (Alberdi y Matas, 2002). Este tipo de violencia incluye todas las formas de agresión que suponen la utilización del cuerpo de la mujer contra su propia voluntad, por lo que engloba los atentados contra la libertad sexual de la mujer obligándola a soportar o realizar actos sexuales. Según el Instituto de la Mujer (2006) la violencia sexual incluye aquellos actos o expresiones sexuales que se realizan sin el consentimiento de la mujer, atentando contra su integridad física o afectiva, como por ejemplo, chistes o bromas Publicidad Sexista y Violencia Sexual 96 Tabla 2. Víctimas de violencia de género por Comunidad Autónoma. Comunidad Autónoma Mujeres “técnicamente maltratadas” Mujeres autoidentificadas como maltratadas Andalucía 11,1% 4,1% Aragón 8,2% 3,6% Asturias 11,2% 4,0% Baleares 10,8% 4,2% Canarias 8,7% 3,8% Cantabria 8,3% 2,7% Castilla-La Mancha 11,5% 3,4% Castilla y León 10,2% 3,0% Cataluña 8,9% 4,0% Comunidad Valenciana 9,0% 3,4% Extremadura 9,6% 2,7% Galicia 8,5% 3,2% Madrid 9,4% 4,0% Murcia 10,9% 2,4% Navarra 8,1% 2,5% País Vasco 8,5% 3,1% La Rioja 7,3% 2,5% Ceuta y Melilla 9,1% 4,1% Fuente: Datos extraídos de la III Macroencuesta sobre violencia de género (Instituto de la Mujer, 2006). Otras estadísticas importantes que se recogen de la Macroencuesta de 2006 son las que revelan que, de las mujeres que se consideran víctimas de violencia de género durante el último año, el 90,6% indican que han sufrido violencia psicológica, el 17,6% violencia física, el 4,8% violencia económica, el 4,1% violencia estructural, el 2,1% violencia espiritual y el 1,6% violencia sexual. Otra macroencuesta sobre violencia de género en España es la llevada a cabo por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2011. Esta Macroencuesta se realiza de forma presencial, encuestando a las mujeres en su domicilio particular. Las mujeres entrevistadas son mayores de 18 años y residentes en España. Los resultados indican que, del total de mujeres entrevistadas, el 10,9% (2.154.706 mujeres) afirman haber sufrido violencia de género alguna vez en la vida. De ellas, el 3% (593.038 mujeres) Introducción 97 revelan haber experimentado violencia durante el último año, mientras el 7,9% (1.561.667 mujeres) informan haber sido víctimas alguna vez en la vida, pero no durante el año previo a la realización de la encuesta (Tabla 3). Tabla 3. Número de mujeres víctimas de violencia de género. Macroencuesta 2011 Extrapolación de datos Total de mujeres de 18 y más años según Padrón Municipal a 1 de Enero de 2010 100,0 19.767.943 Maltrato de género nunca 89,1 17.613.237 Maltrato de género alguna vez en la vida 10,9 2.154.706 Maltrato de género en el último año 3,0 593.038 Maltrato de género alguna vez en la vida pero no en el último año 7,9 1.561.667 Fuente: Tabla extraída del Informe realizado sobre la Macroencuesta en Violencia de Género 2011 (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, 2012). La Macroencuesta realizada en 2011 refleja, respecto a la llevada a cabo en 2006, un aumento importante en la proporción de mujeres que reportan haber sido víctimas de violencia de género alguna vez en la vida (10,9% y 6,3% respectivamente). Sin embargo, también se recoge un aumento en la proporción de mujeres que indican haber logrado salir de dicha situación de violencia (7,9% y 4,2% respectivamente). De las mujeres que afirmaban haber dejado de ser víctimas de violencia de género, mientras que en 2006 dos de cada tres mujeres informaban haber salido de esta situación, en 2011 la proporción de mujeres es de tres de cada cuatro. En la Macroencuesta de 2011, la media de edad de las mujeres que declaran haber sido víctimas alguna vez en la vida es de 45 años, la media de edad de las que Publicidad Sexista y Violencia Sexual 98 informan ser víctimas en la actualidad es de 43 años y la media de las que indican haber salido de dicha situación es de 46 años. No obstante, un dato importante que aporta esta Macroencuesta es el aumento en la proporción de mujeres universitarias que declaran haber sido víctimas de algún tipo de violencia de género. Con relación a los municipios de residencia de las mujeres que reportan sufrir violencia de género, las residentes en municipios pequeños son las que revelan en menor proporción ser víctimas de este tipo de violencia. Además, de las mujeres que se consideran afectadas por esta lacra social, el 24,7% afirman haber denunciado al agresor, mientras el 72,6% revela no haber tramitado denuncia en ninguna ocasión. En este sentido, el Informe Anual presentado por el Instituto Andaluz de la Mujer (2012), presenta la evolución en el número de denuncias por violencia de género en España (Figura 5). Figura 5. Denuncias por violencia de género en España. Fuente: Datos extraídos del Informe Anual sobre Violencia de Género en Andalucía (2012). Del mismo modo, el Instituto Nacional de Estadística aporta datos sobre el número de víctimas de violencia de género recogido en 2011, que abarca 32.242 mujeres, de las cuales el 50.8% tienen entre 25 y 39 años. Así, en función de la edad, los 43.313 50.090 57.527 59.758 62.170 126.293 142.125 135.540 134.105 134.002 128.543 0 20.000 40.000 60.000 80.000 100.000 120.000 140.000 160.000 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 2011 2012 Número de denuncias Año Introducción 99 porcentajes de mujeres víctimas de este tipo de violencia durante el año 2011 se pueden observar en la Figura 6. Figura 6. Víctimas de violencia de género por grupos de edad (Año 2011). Fuente: Figura extraída del Instituto Nacional de Estadística (INE, 2011). Recientemente, las cifras publicadas por el Instituto de la Mujer, actualizadas hasta el 31 de Agosto de 2014, indican que la media por año de mujeres muertas a mano de sus parejas o exparejas es de 60 muertes anuales (Tabla 4). 67,10% 230,00% 320,30% 314,80% 295,00% 276,10% 225,20% 153,90% 92,00% 51,40% 31,00% 24,10% 15,00% 6,40% 0,0% 50,0% 100,0% 150,0% 200,0% 250,0% 300,0% 350,0% Tasas por 100.000 mujeres de 14 y más años Rango de edad Publicidad Sexista y Violencia Sexual 100 Tabla 4. Víctimas mortales por violencia de género en España. Año Víctimas mortales por violencia de género en España 1999 54 2000 63 2001 50 2002 54 2003 71 2004 72 2005 57 2006 69 2007 71 2008 76 2009 56 2010 73 2011 61 2012 52 2013 54 2014 40 (31/08/2014) Fuente: Elaboración propia a partir de datos facilitados por el Instituto de la Mujer, procedentes de información del Ministerio del Interior. Del total de mujeres víctimas mortales por violencia de género en España en el año 2014, 30 mujeres eran de nacionalidad española y 10 mujeres de nacionalidad extranjera. El mayor número de muertes se produjo en mujeres cuya edad se encontraba en el rango de los 41 a los 50 años (13), seguido del rango de 31-40 años (10), de 51-64 años (8), de 75-84 años (4), de 21-30 años (3), de 65-74 años (1) y de más de 85 años (1). Asimismo, haciendo referencia a la distribución de víctimas por Comunidades Autónomas, el mayor número de muertes se registra en Andalucía (9); seguida de Cataluña (7); Galicia y Madrid (6 mujeres cada una); Valencia (4); Islas Baleares (3); Castilla y León (2); y finalmente, País Vasco, Canarias y Melilla (1 mujer por cada Comunidad). En la Comunidad Autónoma de Andalucía el Instituto Andaluz de la Mujer (2012) presenta el registro del número de víctimas mortales por violencia de género en Andalucía. Los datos se pueden consultar en la Tabla 5. Introducción 101 Tabla 5. Víctimas mortales por violencia de género en Andalucía. Año Víctimas mortales por violencia de género en Andalucía 1999 13 2000 10 2001 12 2002 10 2003 13 2004 19 2005 9 2006 21 2007 8 2008 9 2009 14 2010 17 2011 16 2012 8 Fuente: Elaboración propia a partir de datos presentados en el Informe Anual sobre Violencia de Género en Andalucía (2012). No obstante, a pesar del número de mujeres víctimas mortales por violencia de género en Andalucía, el Instituto Andaluz de la Mujer (2012) también registra y alerta sobre el número de denuncias presentadas cada año en dicha Comunidad (Figura 7). Figura 7. Denuncias por violencia de género en Andalucía. Fuente: Datos extraídos del Informe Anual sobre Violencia de Género en Andalucía (2012). 8.848 10.503 12.421 13.691 14.325 28.266 29.102 26.838 27.693 27.727 26.915 0 5.000 10.000 15.000 20.000 25.000 30.000 35.000 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 2011 2012 Número de denuncias Año Publicidad Sexista y Violencia Sexual 102 Atendiendo a estas cifras, la distribución por provincias andaluzas con relación al número de denuncias recogidas por violencia de género durante el año 2012 fue la recogida en la Tabla 6. Tabla 6. Denuncias por violencia de género en Andalucía en 2012. Provincias Denuncias por Violencia de Género Almería 2.123 Cádiz 3.803 Córdoba 1.174 Granada 3.447 Huelva 1.621 Jaén 1.461 Málaga 6.639 Sevilla 6.647 Fuente: Datos extraídos del Informe Anual sobre Violencia de Género en Andalucía (2012). El Instituto Andaluz de la Mujer, en su Guía de prevención y sensibilización contra la violencia sexual, alerta de que una de cada tres mujeres ha sufrido violencia, ha sido golpeada, forzada a mantener relaciones sexuales o maltratada de alguna otra manera en el transcurso de su vida (Instituto Andaluz de la Mujer, 2013). No obstante, de todos los tipos de violencia que pueden sufrir las mujeres, la violencia sexual se considera uno de los más importantes. Debido a su relevancia y por ser objeto de estudio de esta Tesis, en el siguiente apartado se analiza en profundidad el tema de la Violencia Sexual, analizando con detenimiento sus características, magnitud y factores vinculados a ella. Introducción 103 2.4. La violencia sexual 2.4.1. Definición La violencia sexual es considerada uno de los crímenes más violentos dirigidos contra las mujeres (Cavanaugh et al., 2011). Los actos de violencia sexual atentan gravemente contra los derechos y la libertad de las mujeres, convirtiéndose en una de las manifestaciones de violencia más humillantes (Díaz, 1996). Así, la OMS (2002), define la violencia sexual como “todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual, los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, o las acciones para comercializar o utilizar de cualquier otro modo la sexualidad de una persona mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo”. No obstante, la violencia sexual también puede tener lugar cuando una persona no es capaz de dar su consentimiento, bien por encontrarse en estado de ebriedad, por haber ingerido algún tipo de droga o por estar mentalmente incapacitada. En este sentido, según afirman algunos autores aproximadamente la mitad de las agresiones sexuales ocurren como consecuencia del consumo de alcohol por el agresor, por la víctima o por ambos (para revisión de esta literatura ver Abbey, Zawacky, Buck, Clinton y McAuslan, 2004; Seto y Barbaree, 1995; Testa, 2002). Debido a ello, la definición propuesta previamente por la OMS se considera bastante amplia, por lo que en estudios posteriores se pasa a exponer otra más concreta en la que la violencia sexual hace referencia a los actos donde se hace partícipe la fuerza o la amenaza de violencia física para conseguir el objetivo (OMS, 2012). Publicidad Sexista y Violencia Sexual 104 Así, un estudio multinacional (García-Moreno et al., 2005) realizado por dicha Organización con posterioridad define la violencia sexual como “aquellos actos a través de los cuales la mujer es forzada a mantener relaciones sexuales sin su consentimiento; aquellos que llevan a la mujer a mantener relaciones sexuales, a pesar de su negativa, por miedo a las reacciones de su pareja; o aquellos otros en los que la mujer es obligada a realizar algún acto sexual que sea considerado degradante o humillante para ella”. Dentro de la literatura científica sobre violencia sexual podemos encontrar una serie de actos considerados como “crímenes de violencia sexual”. Algunos de ellos serían la violación, la esclavitud sexual, el embarazo forzado, la esterilización forzada, otras formas de violencia sexual de gravedad similar y la persecución por motivos de género. De este modo, es considerado autor de dichos crímenes aquel que realiza actos sexuales contra una o más mujeres, o hace que éstas desempeñen actos sexuales mediante el uso de la fuerza o la coacción, como los causados por temor a la violencia, la intimidación, la detención, la opresión psicológica o el abuso de poder, o al valerse de la incapacidad de la persona para dar su consentimiento (Bosch, 2007). Según la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA, 2014) aunque la violencia sexual constituye un delito en todos los países miembros de la Unión Europea, existen diferencias en la definición, delimitación y tratamiento del problema en los distintos países. Por ejemplo, mientras algunos de ellos han criminalizado el acoso sexual, considerándolo un grave delito penal, otros países únicamente imponen al agresor sanciones administrativas penales. Los diferentes crímenes de violencia sexual, como por ejemplo la violación, se emplean como tácticas para atentar contra la dignidad de las mujeres y dañar su autoestima. No obstante, dichos crímenes también adquieren poder para aterrar a la Introducción 105 población, humillar a una comunidad o destruir un grupo étnico (Bosch, 2007). Así, mediante la violación se agrede física y sexualmente a la mujer, además de atacar a su dignidad por no poder disponer de su propio cuerpo, negándole de esta forma un derecho básico que debería tener cualquier persona (Marugán, 2013). Por ello, la violación es un delito con el que se pretende la humillación de la mujer, ya que esta no se realiza buscando el placer sexual. En este sentido, Brownmiller (1975) propone que la violación “es un crimen de poder, no de placer”, mediante el que se acusa a la víctima de propiciar la agresión y se le exige mostrar resistencia a la misma. Posteriormente, estos resultados fueron apoyados en 1977, cuando Groth, Burgess y Holmstrom llegaron a la conclusión de que, aunque la sexualidad era el método elegido para expresar el poder o la ira, el sexo no era la motivación dominante en la violación. Sin embargo, a pesar de décadas de investigación, todavía hay una tendencia a atribuir los impulsos sexuales como el factor motivador predominante en la violación (Feild, 1978; Ferguson, Duthie y Graf, 1987). Connell (1995) sugiere que la violencia sexual forma parte de lo que significa ser un verdadero hombre en la sociedad occidental. En este sentido, la sociedad entiende la violación como una consecuencia natural de los deseos sexuales incontrolables de los hombres y su inclinación natural hacia la violencia. 2.4.2. Características Los actos de violencia sexual generalmente tienen tres componentes. El primero de ellos se refiere al suceso realizado, es decir, a la naturaleza de las relaciones sexuales no deseadas a las que se vio obligada la víctima. El segundo describe la táctica empleada, es decir, si el agresor utilizó la fuerza física o la amenaza de la fuerza para mantener las Publicidad Sexista y Violencia Sexual 112 mujeres puede llegar a ser víctima de violencia sexual. Recientemente, el estudio desarrollado por Kilpatrick, Resnick, Rugiero, Consoscenti y McCauley (2007) analiza las tasas de prevalencia de violación dividiéndolas en dos grupos, concluyendo en sus resultados que la prevalencia de violación a mujeres en la población en general ronda en torno al 18%, mientras la prevalencia de violación a mujeres estudiantes universitarias alcanza alrededor del 11,5%. Con relación a ello, diversos estudios reportan que las mujeres jóvenes tienen una alta probabilidad de experimentar victimización sexual, siendo las más afectadas las que se encuentran entre la adolescencia y la juventud (Currier y Carlson, 2009). Atendiendo a las investigaciones realizadas por diversos autores en América, una encuesta desarrollada a nivel nacional en Estados Unidos por Koss, Gidycz y Wisniewski (1987) sobre asalto sexual y físico entre universitarios, recoge que el 54% de las mujeres universitarias afirmaron haber experimentado algún tipo de contacto sexual no deseado, el 27,5% reportaron haber sufrido coerción física en la experiencia sexual (fueron violadas o sufrieron un intento de violación), el 11,9% fue verbalmente forzada a mantener relaciones sexuales y a un 14,4% las intimidaron verbalmente para mantener otras formas de contacto sexual no deseado. Siguiendo esta línea, la investigación realizada por Woodruff (1996) en EE.UU. aporta que cada hora 16 mujeres se enfrentan a violadores y cada 6 minutos una mujer es violada. Otras investigaciones llevadas a cabo a mediados de la década de 1990 en Estados Unidos, como las realizadas por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y por el Instituto Nacional de Justicia de dicho Estado indican que, de las 8000 mujeres encuestadas, aproximadamente una de cada seis (17,6%) había sido víctima de violación o de intento de violación en algún momento de su vida (Tjaden y Thoennes, 2000). Años después, el análisis sobre la prevalencia de la violencia sexual en EE.UU. Introducción 113 realizado por Marx (2005) sugiere que el 20% de las mujeres serán víctimas de este tipo de violencia a lo largo de sus vidas. Las estadísticas de violación e intento de violación también se analizan en regiones de América Latina, donde la violencia sexual se encuentra muy presente. Por ejemplo, Heise, Ellsberg y Gottemoeller (1999) obtienen que el porcentaje de mujeres expuestas a estas situaciones alcanza el 22% en Guadalajara (México), el 23% en Lima (Perú) y el 25% en la provincia de Midlands (Zimbabwe). En Colombia, un estudio más reciente a nivel nacional encuentra que el 20% de las mujeres encuestadas había tenido alguna historia de violencia sexual (Vertamatti, de Abreu, Drezett, Valenti y Barbosa, 2013). En relación con continente oceánico, el estudio desempeñado por Gavey (1991) en Nueva Zelanda con estudiantes universitarios muestra que el 51,6% de las mujeres universitarias de su muestra informaron haber experimentado victimización sexual, indicando haber sido víctimas de intento de violación en un 11,2% de los casos y de violación en un 14,1%. Analizando las estadísticas de violencia sexual en África encontramos un estudio realizado en Etiopía con estudiantes universitarios, el cual obtiene que el 5% de las mujeres participantes afirmaron haber sido víctimas de alguna manifestación de este tipo de violencia (Mulugeta, Kassaye y Berhane, 1998). En Europa, según el informe publicado por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA, 2014), la proporción de mujeres que reportan haber sido violadas oscila entre el 4% y el 17% en los distintos países miembros de la Unión Europea. En este sentido, los datos de prevalencia recogidos por la encuesta realizada por la FRA (2012) indican que, hasta un año antes de la realización Publicidad Sexista y Violencia Sexual 114 de dicha encuesta, alrededor de 3,7 millones de mujeres de entre 18 y 74 años afirmaron haber sido víctimas de violencia sexual. Los resultados de la encuesta muestran que el 0,8% de las mujeres de edad comprendida entre los 18 y los 74 años fueron violadas durante el año previo a la realización de la encuesta, es decir, 1,5 millones de mujeres han sido víctimas de violación en la Unión Europea en un año. Además, en dicho informe se estima que alrededor del 11% de las mujeres han experimentado alguna forma de violencia sexual desde los 15 años de edad, ya sea por su pareja o por alguna otra persona, y que una de cada veinte mujeres (5%) ha sido violada a partir de dicha edad. En la Figura 8 se presentan visualmente los principales resultados de la encuesta realizada por la FRA (2012) sobre mujeres víctimas de violencia sexual en Europa. Figura 8. Experiencias de violencia sexual según el tiempo de victimización. Nota: Datos recogidos en una muestra de N = 42.002 participantes, a partir de los 15 años de edad y hasta el año previo a la realización de la encuesta. Fuente: Figura extraída del Informe Europeo sobre Violencia contra las Mujeres, 2014. Las cifras recogidas aportan que un 6% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido intento de violación y que la misma proporción de mujeres se ha visto obligada, en alguna ocasión, a participar en algún acto sexual en contra de su voluntad o ha dado su consentimiento por miedo a las represalias. Otro dato importante que aporta la FRA 9% 2% 89% Mujeres víctimas de violencia sexual hasta el año previo a la realización de la encuesta Mujeres víctimas de violencia sexual durante el año previo a la realización de la encuesta Introducción 115 es que de las mujeres que indican haber sido víctimas de violencia sexual, una de cada diez afirma que en el incidente estuvieron implicados varios agresores. Otros estudios como el desempeñado por Money (1993) en el Reino Unido, indican que el 23% de las mujeres encuestadas revelaron haber sido víctimas de intento de violación o violación consumada por parte de su pareja. Igualmente, en España, según los datos aportados por el Ministerio del Interior correspondientes al año 2007 (Instituto de la Mujer, 2009), de los 6845 delitos conocidos de abuso, acoso y agresión sexual, las comunidades con mayor número de casos fueron Andalucía (1395 casos), Madrid (1357 casos) y la Comunidad Valenciana (1028 casos). A raíz de los datos aportados, las investigaciones sitúan la prevalencia de la violencia sexual a mujeres en España entre el 10% y el 25%, coincidiendo en afirmar un aumento de las cifras (AMUVI, 2009). Siguiendo esta línea, el estudio realizado por Hernández y González (2009) con estudiantes universitarios españoles mostró que el 12,60% de las mujeres participantes habían sido víctimas de relaciones sexuales forzadas. Posteriormente, la investigación llevada a cabo por Romero-Sánchez y Megías (2010) con una muestra de estudiantes españoles sostuvo un aumento de las cifras, recogiendo que el 36% de las mujeres estudiantes encuestadas informó haber experimentado algún tipo de asalto sexual. En la Comunidad Autónoma de Andalucía, el Instituto Andaluz de la Mujer (IAM, 2013) afirma que el 13% de las mujeres víctimas de violencia sexual son agredidas por personas desconocidas, mientras en un 36% de los casos la agresión la protagoniza una persona conocida por la víctima. Según el IAM un elevado porcentaje de mujeres jóvenes son víctimas de este tipo de violencia, alcanzando el 35% de los Publicidad Sexista y Violencia Sexual 116 casos en mujeres de edad comprendida entre los 18 y los 27 años y el 14% de los casos en menores de 17 años. Tratamiento judicial de la violencia sexual Existen diferencias notables entre los distintos países con relación al enfoque legislativo en el tema de la violencia sexual. Por un lado, podemos encontrar países que cuentan con procedimientos jurídicos de gran alcance y leyes que incluyen una amplia definición de violación. Estos países sancionan a los agresores y ofrecen ayuda a las víctimas de violencia sexual. Por otro lado, podemos encontrar países que no incluyen en sus leyes ciertas manifestaciones de violencia sexual y no condenan a los agresores sexuales si cuentan únicamente con pruebas aportadas por la mujer. Además, en estos países se impide a las víctimas presentar el caso ante un tribunal, amenazándolas con castigarlas si denuncian un caso de violación sin pruebas suficientes (Jewkes, Sen y García-Moreno, 2002). Por ello, uno de los objetivos propuestos durante años por distintas organizaciones, como por ejemplo la OMS y la ONU, ha consistido en estimar la magnitud de la violencia sexual. Los datos estadísticos sobre violencia sexual de los que se disponen provienen generalmente de la policía, de los centros clínicos, de las organizaciones no gubernamentales y de las investigaciones que se realizan mediante encuestas. No obstante, estos datos manifiestan la complejidad de tratar judicialmente la violencia sexual, debido a la existencia de un elevado número de casos que no se denuncian. De este modo se observa la discrepancia existente entre los datos aportados por estas fuentes de información y la magnitud real del problema de la violencia sexual. Así, Krug et al. (2003) afirman que la violencia sexual es entendida por la OMS como Introducción 117 “un iceberg flotante, del cual sólo aparece visible el pico superior para las estadísticas oficiales” (Figura 9). Figura 9. Magnitud del problema de la violencia sexual. Agresión sexual seguida de muerte Violación denunciada a la policía Relaci. sexuales Violación revelada en las Relaciones no deseadas encuestas sexuales Violación por un extraño pero acepta- Violación no revelaforzadas en el das como resulda por vergüenmatrimonio o en do de ruegos insisza, culpa, una cita amorosa tentes, chantaje, etc. Explotación sexual por vulnerabilidad económica amenazas, etc. Fuente: Figura extraída del Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud (OMS, 2002). De estos resultados se concluye que estimar la magnitud de la violencia sexual con exactitud resulta una tarea compleja, ya que numerosos casos de este tipo de violencia no se denuncian, convirtiéndose en general en uno de los crímenes menos comunicados (Kelly et al., 2005; Temkin y Krahé, 2008). A ello contribuye el tratamiento que recibe la violencia sexual a través de las leyes sobre violación propuestas en los diferentes países. Por ejemplo, en el año 2008 el gobierno de Afganistán intentó promulgar una legislación que permitiría a los hombres forzar a sus esposas para mantener relaciones sexuales (Abawl, 2009, citado en Brown y Walklate, 2012). Del mismo modo, algunos países aún no incluyen los cargos por violación en sus Publicidad Sexista y Violencia Sexual 118 leyes, como India, Malasia, Tonga, Etiopía, Líbano, Guatemala y Uruguay si el perpetrador está casado con la víctima (Neuwirth, 2004, citado en Brown y Walklate, 2012). Cuestiones como estas provocan discrepancias en el número de denuncias registradas por casos de violación. A nivel internacional, los estudios realizados en diferentes países revelan que el número de denuncias por delitos de violación ha incrementado en las últimas décadas. En este sentido, la investigación científica social sugiere que la probabilidad de reportar los casos de violación a los organismos oficiales ha ido aumentando desde la década de 1970 (Lonsway y Archambault, 2012). Siguiendo esta línea de estudio, el proceso de investigación sobre este tema aporta datos relevantes. En EE.UU, por ejemplo, una encuesta realizada por el Statistics Canada (1993) sobre violencia contra la mujer encontró que sólo el 6% de los casos de violencia sexual informados en la encuesta habían sido comunicados a la policía. Así, según revela el Departamento de Justicia de los EE.UU (1997), aunque se estima que una mujer es violada aproximadamente cada dos minutos, sin embargo se denuncian menos de un tercio de las violaciones y las agresiones sexuales a la policía. Relacionado con ello, algunas investigaciones (Binder, 1981; Brickman y Briere, 1984; George, Winfield y Blazer, 1992; Golding, Siegel, Sorenson, Burnam y Stein, 1989; Koss, Dinero, Seibel y Cox, 1988; Russel, 1982; Ullman, 1996ª) concluyen que la mayoría de las mujeres que sufren violencia sexual no revelan el asalto a los organismos oficiales (sólo del 2% al 20% lo revelan a la policía, al hospital o a los centros de crisis de violación). Más bien, la mayoría de las víctimas que sobreviven a la violación recurren a amigos y familiares (del 59% al 91%) (George et al., 1992; Golding et al., 1989; Ullman, 1996a). Introducción 119 No obstante, los juicios abordados por delitos de violación no han aumentado de forma proporcional al número de denuncias expuestas en los últimos años, por lo que las tasas de condena por violencia sexual han ido decayendo con el paso del tiempo (Lovett y Kelly, 2009). En esta línea, el seguimiento realizado en Nueva Zelanda de 2004 a 2006, muestra que las tasas de condena a agresores por delitos sexuales fueron del 46%, en comparación con el 70% que alcanzaron las tasas de condena por otros delitos. Aún así, la cobertura mediática a menudo difunde “buenas noticias” sobre la capacidad del sistema de justicia penal para responder eficazmente a los casos de violación y asalto sexual (Lonsway y Archambault, 2012). Aspectos como los que acabamos de exponer provocan que muchas mujeres que son violadas no lleguen a identificarse a sí mismas como víctimas de violación, debido a las circunstancias que rodean al delito (Kahn, Mathie y Torgler, 1994; Koss, 1985). Cuando la mujer que sufre violencia sexual denuncia dicho acto, lo hace con la idea de hacer pagar al autor de los hechos la acción realizada y, al mismo tiempo, para ser atendida por el daño sufrido. Sin embargo, algunos estudios de prevalencia han demostrado que las víctimas de violación, en comparación con las víctimas de otros delitos de gravedad, suelen mantener su victimización oculta (Koss, 1992). Debido a ello, algunas investigaciones han intentado averiguar el motivo que lleva a las víctimas a actuar de dicha forma, encontrando que uno de los factores que hacen que las mujeres “guarden silencio” son las preocupaciones que originan las posibles represalias que pueda tomar el agresor (Hattem, 2000; Fisher, Cullen y Turner, 2000). Del mismo modo, otros factores que llevan a la no denuncia son las represalias sociales que ésta puede derivar, principalmente por dar a conocer su relación con lo acontecido, con el lugar de los hechos o con las personas con las que estaba cuando ocurrió. Además, la vergüenza, el sentido de culpa por el suceso de agresión, la falta de Publicidad Sexista y Violencia Sexual 120 apoyo de amigos y familiares, la complejidad del proceso, la falta de confianza en el sistema, el miedo al rechazo y la incredulidad por parte de los organismos oficiales son igualmente aspectos que influyen en la decisión de la víctima de no denunciar el delito (Contreras, Bott, Guedes y Dartnall, 2010; Greeson y Campbell, 2009), por lo que algunas razones que hacen que las mujeres no reconozcan haber sido violadas son los estereotipos sociales que rodean a la violencia sexual (Buddie y Miller, 2001). En Europa, las investigaciones realizadas en Inglaterra y Gales por Temkin y Krahé (2004), indican que las tasas de condena por violación (43%) eran realmente bajas en comparación con las condenas a los infractores por otros tipos de delitos violentos (71%). El Ministerio del Interior de dicha región aporta cifras sobre los casos de violación denunciados, las cuales muestran un declive continuo en la tasas de condena por este tipo de delitos, situándola en un mínimo del 5,6% (Kelly et al., 2005). Por ejemplo, durante el periodo de 2007 a 2008 la diferencia entre denuncias y sanciones es llamativa, ya que mientras el número de casos de violación reportados a la policía fue de 11.631 el número de sanciones judiciales propuestas para los agresores únicamente alcanzó 2.899 (Walker, Flatley, Kershaw y Moon, 2009). Además, a principios del siglo XX, una serie de estudios realizados en el Reino Unido indican que sólo alrededor del 5% de las violaciones son denunciadas finalmente a la policía (Bourke, 2007, citado en Brown y Walklate, 2012). Las estadísticas más recientes recogidas en Inglaterra y Gales sobre casos de violación comunicados a la policía se pueden consultar en la Tabla 8. Introducción 121 Tabla 8. Número de denuncias por violación en Inglaterra y Gales. Año 1997 1998/99 2000/01 2002/03 2004/05 2006/07 2008/09 Número de violaciones 6.281 7.132 7.929 11.445 12.869 12.624 12.165 Fuente: Elaboración propia a partir de datos presentados en el Manual sobre Violencia Sexual (Handbook on sexual violence - Brown y Walklate, 2012). Otros estudios realizados en Europa (Garrido, 2001; Willey, 2002, citados en Fariña, Arce y Buela-Casal, 2009) concluyen que las denuncias por casos de violación rondan en torno a un 45% de los casos reales. Recientemente, la encuesta publicada por la FRA (2014) aporta que una de cada cuatro mujeres víctimas de violencia sexual denuncia la agresión sufrida a los organismos oficiales. La literatura de investigación europea apoya la conclusión de que los escasos informes de denuncias por violación y asalto sexual de los que se disponen parecen deberse a la consideración del estereotipo reciente sobre “violación real”. Según Temkin y Krahé (2008), la mayoría de los asaltos sexuales no son considerados casos de “violación real”. En este sentido, dicho estereotipo implica “el ataque de una persona extraña a una víctima inocente desarrollado en un lugar al aire libre, mediante el uso o la amenaza de la fuerza por el agresor y la resistencia física activa de la víctima”. De este modo, los distintos organismos tienen en cuenta una serie de circunstancias que inciden en la veracidad de los casos de violación, como por ejemplo, el hecho de que víctima y agresor hubieran mantenido relaciones sexuales previas, hubieran ingerido alcohol o el hecho de que la víctima decidiera de forma voluntaria asistir a casa del agresor. Por ello, en el sistema de justicia penal aparecen bajas tasas de denuncias por delitos sexuales cuando la violación la realiza una persona conocida por la víctima. Además, si a esto le unimos el hecho de que los índices de condena Publicidad Sexista y Violencia Sexual 128 más relevantes. Con el objetivo de conseguir una mayor claridad expositiva, presentaremos estos factores o variables agrupados en cuatro grandes categorías: variables situaciones, variables relacionadas con la víctima, variables relacionadas con el agresor y las variables asociadas al perceptor. 3.1.1. Variables situacionales Por variables situacionales hacemos referencia a todos aquellos factores y características del contexto que se encuentran presentes en el momento que se produce la agresión sexual. Las variables situacionales influyen de forma considerable en la percepción de la violencia sexual y en la responsabilidad que atribuye el perceptor a la víctima y al agresor. Así, una de las variables de este tipo más estudiadas ha sido la relación entre la víctima y el perpetrador. De este modo, los juicios de atribución de responsabilidad que efectúa el perceptor varían en función de la relación que tengan ambos, es decir, que sean conocidos o desconocidos. La atribución de culpa a la víctima y la consiguiente subestimación puede llegar a constituir un problema considerable en los casos en los que la violación la realiza una persona conocida por la víctima (Koss, 1992; Wyatt, 1992), donde las atribuciones de responsabilidad a la víctima son significativamente superiores que cuando la agresión la perpetra un desconocido (Durán, Moya, Megías y Viki, 2010). Esta variable es especialmente relevante si tenemos en cuenta que, según ponen de manifiesto diversas investigaciones, los casos de violación por un conocido ocurren con más frecuencia que los sucesos de violación perpetrados por una persona extraña para la víctima (Koss, 1990; Koss et al., 1988; Russell, 1984). Los análisis referidos a la relación entre la víctima y el perpetrador realizados entre 1987 y 2002, revelan que la Introducción 129 mayor parte de las violaciones las cometen personas conocidas por las víctimas (33%), seguidas de aquellas que cometen personas desconocidas (28%), de las que realizan las parejas actuales o exparejas (19%), de las agresiones que llevan a cabo personas conocidas en el momento o en menos de 24 horas (11%) y, en último lugar, de las que cometen los miembros de la familia (10%) (Kelly et al., 2005). No obstante, una creencia común es que los violadores son a menudo personas desconocidas que atacan repentinamente a sus víctimas en un callejón oscuro (Ben- David y Schneider, 2005). Sin embargo, según una serie de encuestas y estadísticas llevadas a cabo, la mayoría de las violaciones no las provoca un extraño. Estas encuestas afirman que entre el 75% y el 90% de los agresores son personas conocidas por las víctimas (Cowan, 2000; Russell, 1984). Con relación a lo anterior, el hecho de que la víctima conozca a su agresor crea una situación más ambigua para los perceptores, por ejemplo, a la hora de realizar los juicios acerca de quién es el responsable del incidente sucedido (Browmiller, 1975). Algunos estudios como los de Krahé, Temkin y Bieneck (2007) y Miller, Markman, Amacker y Menaker (2010) afirman que los perceptores tienden a culpar más a la víctima y menos al perpetrador cuando la relación entre ambos es más estrecha. Varios investigadores (Estrich, 1987; Koss et al., 1988) han mostrado evidencia de que la violación por un conocido no es considerada como un caso de “violación real”, incluso por las propias víctimas. Así lo demuestra Koss (1985), que encontró que en comparación con las violaciones reconocidas, las violaciones no reconocidas incluyen un mayor nivel de conocimiento entre el violador y la víctima, siendo en ellas más probable una relación en la que el sexo se considera apropiado. Incluso, otros estudios realizados con estudiantes universitarios sugieren que el 9% de los hombres y el 5% de las mujeres creen que el hecho de que el hombre emplee la fuerza física para mantener Publicidad Sexista y Violencia Sexual 130 relaciones sexuales con su esposa no constituye un acto de violación; además, en la misma muestra se obtuvo que el 31% de los hombres y el 19% de las mujeres indicaron que el hecho de que el hombre mantenga relaciones sexuales con su esposa, sin su consentimiento, tampoco constituye un acto de violación (Kirkwood y Cecil, 2001). En función de estos datos, se observa cómo las atribuciones de responsabilidad a las víctimas son a menudo mayores cuando la violación la realiza un conocido, en comparación con la violación por un extraño (Bridges y McGrail, 1989). Otra de las variables situacionales más relevantes al analizar las atribuciones de culpabilidad en los casos de agresión sexual mostradas por la literatura es la resistencia mostrada por la víctima a la hora de mantener relaciones sexuales. Según algunos autores, las víctimas que no oponen resistencia o que intentan resistirse tras haber mantenido cierto grado de acercamiento al perpetrador son consideradas más culpables por la agresión sufrida (Trujano y Raich, 2000; Viki y Abrams, 2002). 3.1.2. Variables de la víctima El segundo conjunto de variables que vamos a presentar son las relacionadas con la víctima. Por variables relacionadas con la víctima nos referimos a todas aquellas variables de la mujer que influyen en el modo en que las personas evalúan las situaciones de violencia sexual, como por ejemplo el comportamiento de la víctima antes, durante y después de la agresión, pudiendo incidir en la percepción social sobre la violencia sexual y en la responsabilidad que se atribuye a la víctima en estos casos. En este sentido, por ejemplo, se ha observado cómo la conducta de la víctima previa al acto de violación influye en la percepción social y en el grado de responsabilidad que se le atribuye por el suceso ocurrido (Krahé, 1988). Algunos Introducción 131 autores sugieren que el comportamiento de la víctima constituye una característica clave para evaluar los casos de violación, ya que existe cierta desconfianza institucionalizada hacia las mujeres que sufren violencia sexual al apoyar el supuesto de que el comportamiento de la víctima provocó de alguna manera el ataque sufrido (Horvath y Brown, 2009). Otros aspectos relacionados con la víctima que se ha visto que ejercen un fuerte impacto en las reacciones negativas de la sociedad hacia las mismas son, por ejemplo, la respetabilidad de la víctima (Trujano y Raich, 2000), el atractivo físico (Vrij y Firmin, 2001), la provocación y la actividad sexual previa de la víctima (Amnistía Internacional, 2005). Esta organización aporta resultados importantes sobre dichas variables, mostrando que el 22% de las personas que participaron en un estudio manifestaron la creencia de que una mujer era parcial o totalmente responsable de la violación si había mantenido relaciones sexuales con distintas parejas. En cuanto al comportamiento provocativo de la mujer, algunos autores lo consideran uno de los aspectos más influyentes en la percepción social (Sheldon y Parent, 2002). Numerosos estudios (Workman y Freeburg, 1999) muestran apoyo a esta cuestión, poniendo de manifiesto que la interpretación del comportamiento de la víctima como sexualmente provocativo constituye una de las explicaciones que con mayor frecuencia respalda los juicios de culpabilidad hacia las víctimas. En esta línea, Johnson, Kuck y Schander (1997) encontraron en su investigación que el 27% de los hombres y el 10% de las mujeres universitarias entrevistadas sostenían que las mujeres suelen provocar actos de violación. La actividad sexual previa de la víctima ha sido ampliamente estudiada (Forbes, Jobe, White, Bloesch y Adams-Curtis, 2005). Los resultados de algunos estudios ponen Publicidad Sexista y Violencia Sexual 132 de manifiesto que entre el 1% y el 4% de las mujeres piensa que las mujeres desean en cierto modo ser violadas (Carmody y Washington, 2001), mientras que entre el 15% y el 16% de los hombres también se muestran de acuerdo con esta creencia (Edwards, Gidyz y Desai, 2010). La forma de vestir de la víctima también parece influir en los juicios sobre atribución de responsabilidad, por lo que a las mujeres que visten de forma seductora se les atribuye mayor culpabilidad por el suceso de violación (Whatley, 2005). Por ejemplo, Carmody y Washington (2001) concluyen que aproximadamente el 21% de las mujeres universitarias entrevistadas sostenían la creencia de que las mujeres van buscando problemas si usan ropa sexy o provocativa. Del mismo modo, estudios más recientes como el de Walklate (2008) ponen de manifiesto que el 26% de los participantes consideraba a la víctima parcial o totalmente responsable de la violación si vestía con ropa sexy o provocativa. Otros aspectos importantes en la percepción social de la violencia sexual son la resistencia mostrada por la víctima en el suceso (Cohn, Dupuis y Brown, 2009) y la ingesta de alcohol (Sims, Noel y Maisto, 2007). El alcohol está implicado en muchos casos de asalto sexual (Abbey et al., 2004), especialmente en situaciones de citas y relaciones casuales (Lovett y Horvath, 2009). Al mismo tiempo, el consumo de alcohol por parte de la víctima hace que tenga mayor probabilidad de sufrir agresión sexual debido a que su capacidad de procesamiento cognitivo para responder a la situación se deteriora. Además, en la mayoría de las situaciones provoca que las víctimas decidan no denunciar el asalto sufrido, ya que se sienten avergonzadas o culpables por encontrarse en estado de embriaguez cuando ocurrió el incidente (Fisher, Daigle y Cullen, 2008). En este sentido, la investigación realizada por Krahé y colaboradores demuestra que se culpa más a la víctima y se exonera más al perpetrador en las situaciones en las que la Introducción 133 mujer es incapaz de resistirse al asalto sexual debido a los efectos del consumo de alcohol, en comparación con aquellas situaciones en las que el perpetrador utiliza la fuerza física para vencer la resistencia de la víctima (Bieneck y Krahé, 2011; Krahé et al., 2007; Krahé, Temkin, Bieneck y Berger, 2008). Por último, variables como el nivel socioeconómico de la víctima, la edad, la raza y el hecho de haber sido víctima de violencia sexual previamente (Pazzani, 2007) también se relacionan con la mayor atribución de culpabilidad a la víctima a analizar el suceso de violación. También el consumo de drogas (Girard y Senn, 2008) provoca que la víctima pueda verse involucrada en situaciones de asalto. Girard y Senn (2008) entrevistaron a estudiantes universitarios para analizar sus juicios sobre atribución de responsabilidad en los casos de violencia sexual, encontrando que los participantes culpaban más a la víctima cuando, de forma voluntaria, había consumido algún tipo de droga. Con relación a las variables expuestas, el reciente estudio llevado a cabo por McMahon (2010) puso de manifiesto que aunque los participantes encuestados no eran propensos a culpar directamente a las mujeres víctimas de violación, el 53% de los estudiantes universitarios que participaron revelaba que las mujeres suelen exponerse a situaciones peligrosas y que sus acciones, en muchas ocasiones, precipitan el hecho de ser agredidas (por ejemplo, el tipo de vestuario, el consumo de alcohol o la realización de ciertas conductas de “coqueteo”). Todo esto constituye una evidencia más de la victimización secundaria a la que se ve sometida la víctima (George y Martínez, 2002). Las atribuciones de responsabilidad a las víctimas por la agresión sexual sufrida pueden causarles efectos perjudiciales en su autoestima y también en su reputación personal (Perilloux, Duntley y Publicidad Sexista y Violencia Sexual 134 Buss, 2012), además de promover sentimientos de culpa que pueden desembocar en depresión, miedo y problemas con el alcohol en aquellas mujeres que sobreviven al asalto (Ullman, Starzynski, Long, Mason y Long, 2008). Como consecuencia, estas situaciones pueden dar lugar a una mayor tasa de revictimización sexual (Miller, Markman y Handley, 2007). 3.1.3. Variables del agresor Este tipo de variables engloban todos aquellos factores y características del hombre que comete el acto de agresión y que influyen en la percepción social de la violencia sexual. A pesar de ser el estudio sobre dichas variables relativamente escaso, se ha demostrado que algunas características como el estatus social del agresor (Deilz y Byrncs, 1981), el atractivo físico (Vrij y Firmin, 2001), la vestimenta que llevaba en el momento de la agresión (Yarmey, 1985) y la raza (George y Martínez, 2002) influyen en la atribución de responsabilidad al perpetrador por sucesos de violencia sexual. La reputación del agresor también ha sido analizada por Cohn et al. (2009), obteniendo como resultado el hecho de que la sociedad suele atribuir menor grado de culpabilidad al agresor cuando este tiene una buena reputación. Otra variable que puede influir en las percepciones sociales es el tipo de táctica empleada por el perpetrador para cometer la agresión, como por ejemplo el uso de la fuerza física, la amenaza de violencia, la manipulación emocional o la intoxicación a la víctima con cualquier substancia, como drogas o alcohol (Adams-Curtis y Forbes, 2004; Shackel-ford y Goetez, 2004). El uso de alcohol por el perpetrador para desempeñar la agresión sexual es una variable importante y ampliamente estudiada. Además de considerar las creencias que tienen los perpetradores sobre los efectos que provoca el Introducción 135 alcohol en su propio comportamiento, también es necesario atender a las creencias que tienen sobre los efectos del alcohol en el comportamiento de las mujeres. De tal forma, muchos hombres consideran que el alcohol hace que las mujeres sean más sensibles a las invitaciones sexuales (para una revisión, Abbey, McAuslan, Ross y Zawacki, 1999), por lo que lo emplean como táctica y asumen que cualquier comportamiento amistoso de la mujer en esta situación es una señal de interés para mantener relaciones sexuales con ellos (Abbey, 2002). Igualmente, el agresor también puede emplear el consumo de drogas para obtener relaciones sexuales. Girard y Senn (2008) obtuvieron que los participantes atribuían mayor responsabilidad al agresor cuando había sido él quien obligó a la víctima a consumir este tipo de substancias. Dada la prevalencia y aceptación social en la sociedad occidental del consumo de alcohol y, en menor medida, del consumo de drogas durante las interacciones sociales, existe mayor probabilidad de que los hombres empleen dichas substancias contra las mujeres para obtener relaciones sexuales sin su consentimiento previo (Brown y Walklate, 2012). Otra variable recientemente asociada al perpetrador es la ideología sexista benévola. Según han mostrado estudios recientes llevados a cabo en nuestro país (véase Durán et al., 2010; Durán, Moya y Megías, 2011, 2014) cuando se aporta información acerca de la ideología sexista benévola del perpetrador de una agresión sexual, y éste es la pareja de la víctima, se distorsiona la percepción social de la agresión y las personas muestran reacciones más negativas hacia la víctima, tendiendo a considerar menos responsable al perpetrador por la agresión cometida. Publicidad Sexista y Violencia Sexual 136 3.1.4. Variables del perceptor Por variables del perceptor entendemos el conjunto de factores relacionados con la persona que emite un juicio sobre el incidente de agresión sexual, que influyen en la percepción social de la violencia sexual y en el grado de responsabilidad atribuido a víctima y perpetrador. Son muchas las variables estudiadas relacionadas con el perceptor. De todas ellas, una de las más ampliamente estudiadas es el género. Diversas investigaciones han encontrado la existencia de diferencias significativas entre hombres y mujeres en la percepción social de la violencia sexual y en la atribución de responsabilidad a víctima y agresor (para una revisión, véase Temkin y Krahé, 2008), encontrando que las mujeres suelen mostrar mayor compasión con la víctima y los hombres con el agresor (Brown y Testa, 2008; Grubb y Harrower, 2008). Según la Teoría del Equilibrio Cognitivo de Heider (1958), el efecto que adquiere el género en la atribución de responsabilidad puede explicarse teniendo en cuenta el hecho de que las personas tendemos a simpatizar con aquellos que son similares a nosotros y a culpar a los que son diferentes. En general, estos estudios ponen de manifiesto que los hombres tienden a justificar en mayor medida que las mujeres las actitudes violentas, son más propensos a culpar a la víctima por la agresión sufrida y menos propensos a interpretar una interacción sexual sin consentimiento como asalto sexual (Basow y Minieri, 2011; Grubb y Harrower, 2009). Otras variables importantes que también han sido estudiadas son las referidas a la raza del perceptor (Nagel, Matsuo, McIntyre y Morrison, 2005; Suárez y Gadalla, 2010), la religión (Sheldon y Parent, 2002), el nivel educativo (Nagel et al., 2005), el Introducción 137 estatus socioeconómico (Klein, Kennedy y Gorzalka, 2009; Süssenbach y Bohner, 2011) y la edad (Díaz-Aguado, Martínez y Martín, 2013). Respecto a la edad, algunos estudios demuestran que en ciertos momentos evolutivos es más probable que se acepten creencias erróneas relacionadas con los estereotipos de género, por lo que el cambio para la superación de las mismas es más costoso (Díaz-Aguado et al., 2013). De este modo, la edad se convierte en una variable de especial relevancia. No obstante, las variables que más investigación han generado relacionadas con el perceptor, son las de naturaleza ideológica, es decir, las que atienden a las diferencias individuales de los perceptores en cuanto a las actitudes que muestran hacia las víctimas, hacia los agresores y hacia el acto de violación en sí. Las normas culturales y los estereotipos existentes sobre las conductas de hombres y mujeres dan lugar a este tipo de variables, que influyen en gran medida en la percepción social de la violencia sexual, perpetúan la violencia y niegan la atención a las víctimas de violación (Lorente y Lorente, 1999). Una de las variables ideológicas relacionadas con el perceptor más ampliamente estudiadas es la ideología sexista. Por ideología sexista se entiende un conjunto de creencias sobre los roles de género, las características y comportamientos que se consideran apropiados para hombres y mujeres, y las creencias sobre las relaciones entre ambos (Glick y Fiske, 1996). Este tipo de ideología sostiene la diferencia de poder entre ambos géneros, manteniendo la subordinación y subyugación de la mujer respecto al hombre. Según Glick y Fiske, la ideología sexista sería ambivalente y en ella coexistirían dos componentes, uno de sexismo hostil y otro de sexismo benévolo. El componente de Publicidad Sexista y Violencia Sexual 144 ejemplo, en los bares. En este sentido, en el estudio de Parks y Scheidt (2000) los hombres participantes describieron varios factores que influyen en la percepción que tienen sobre las mujeres que se encuentran bebiendo en los bares. Los hombres piensan que este tipo de mujeres suele comportarse de forma provocativa como consecuencia del consumo de alcohol, por lo que las describen como mujeres sexualmente “fáciles de conseguir”. Según los hallazgos obtenidos, aspectos como éstos las hacen más vulnerables y aumentan sus probabilidades de sufrir agresiones sexuales. Como consecuencia aparecen reacciones sociales negativas y se atribuye mayor responsabilidad a estas mujeres por el asalto sufrido. Más recientemente, Lonsway y Fitzgerald (1994) proponen que “los mitos son actitudes y creencias generalmente falsas que persisten en el tiempo y que sirven para negar y justificar la agresión sexual masculina contra la mujer” (p. 134), promoviendo que las mujeres que han sido violadas sean falsamente percibidas como promiscuas, con mala reputación y provocativas (Burt, 1998; Lonsway y Fitzgerald, 1994). Sin embargo, la definición aportada por Lonsway y Fitzgerald no incluye contenidos específicos sobre los mitos y se apoya en dos conceptos muy esquivos, como son los criterios empleados para definir las actitudes como “falsas” y la idea de que este tipo de creencias se mantiene en la sociedad a lo largo del tiempo (Gerger et al., 2007). Para resolver estas cuestiones, Bohner (1998) propone que los mitos sobre violación no se definen como “creencias falsas” sino como “creencias incorrectas” acerca de una perspectiva ética, así como que su prevalencia en el tiempo debe ser considerada como “un problema empírico” en lugar de entenderla como “un elemento definitorio”. A raíz de ello, Bohner (1998) define los mitos sobre violación como “creencias descriptivas o prescriptivas sobre la violación (es decir, sobre sus causas, contexto, consecuencias, autores, víctimas y la interacción entre ellos) que sirven para Introducción 145 negar, minimizar o justificar la violencia sexual que los hombres ejercen contra las mujeres” (p. 14). La función que cumplen los mitos de violación es proporcionar a las personas una percepción falsa de la realidad de la violencia sexual (Jones, 2008, citado en Brown y Walklate, 2012). Siguiendo estas percepciones erróneas existentes en la sociedad, Watts y Zimmerman (2002) argumentaron que un hombre que viola a una mujer piensa que estas son sexualmente provocativas, justificando de este modo sus acciones e imponiéndolas como un castigo al seguir la transgresión de las normas establecidas en la sociedad sobre el comportamiento de las mujeres. De tal forma, Lee (2007) apoya el concepto de que los mitos sobre violación son creencias que persisten en la sociedad y sirven para negar o justificar la violencia sexual ejercida contra las mujeres, así como para mantener el “silencio” de las víctimas acerca del incidente de agresión. Las propias mujeres con frecuencia no cuestionan las normas aceptadas sobre el comportamiento femenino debido al temor de ser atacadas o violadas. En cierto modo, parece que el hecho de que las mujeres acepten los mitos sobre violencia sexual conlleva sentimientos de amenaza y vulnerabilidad ante un posible ataque sexual (Bohner, Eyssel, Pina, Siebler y Viki, 2009). Por lo tanto, la condición desigual de la mujer ayuda a crear su vulnerabilidad a la violencia, lo que a su vez alimenta la violencia perpetrada contra ellas. Ya en 1980, Burt analizó otro de los aspectos del sistema normativo cultural en la intervención de la intimidad sexual, el cual hace referencia a la responsabilidad del hombre para iniciar y tomar el papel dominante en las relaciones sexuales. La autora observó que algunas personas consideran que las mujeres disfrutan siendo dominadas sexualmente. De este modo, en la sociedad se aceptan y persisten declaraciones tales como “ser maltratada es sexualmente estimulante Publicidad Sexista y Violencia Sexual 146 para una mujer” y “a veces la única forma en que un hombre puede conseguir que una mujer se active sexualmente es mediante el uso de la fuerza”. A través de las actitudes mencionadas se culpa a la víctima, se le resta importancia a las consecuencias de la violación y al impacto psicológico y se llegan a justificar las acciones del agresor, resultando en una actitud de tolerancia hacia la violación, haciendo más complejo el proceso de recuperación de las víctimas y disminuyendo la probabilidad de que denuncien el delito (Campbell et al., 2001; Kubany et al., 1995). La comprensión de la influencia que ejercen los mitos de violación en las víctimas y en la sociedad en general es crucial para entender el bienestar y el proceso de recuperación de las mujeres que sufren violencia sexual (Moor, 2007). Así, como consecuencia de estas actitudes, las mujeres víctimas de violencia sexual que sobreviven al asalto tienden a buscar apoyo social especialmente en amigos y familiares, pudiendo aportar una gran ayuda para la recuperación de las víctimas si evitan las reacciones sociales negativas (Baker, Skolnik, Davis y Brickman, 1988; Davis, Brickman y Baker, 1991; Ullman, 1996b). Diversos estudios han examinado las actitudes presentadas hacia las víctimas de violación, como por ejemplo el de Brown y Testa (2008), aportando que la exposición a reacciones sociales negativas en casos de violación influye reduciendo la voluntad de otras personas de proporcionar apoyo a la víctima y en la atribución de culpa al perpetrador. Sin embargo, todos ellos han demostrado que aquellas personas en las que las víctimas pueden buscar apoyo y ayuda con frecuencia poseen también creencias y actitudes negativas. De tal modo, numerosas investigaciones han analizado la percepción social de la violación en diferentes países, como por ejemplo, Estados Unidos (Franiuk, Seefelt y Vandello, 2008; Vandiver y Dupalo, 2012), Inglaterra (Loughnan, Pina, Vasquez y Puvia, 2013), Alemania (Bieneck y Krahé, 2011; Eyssel y Introducción 147 Bohner, 2011; Süssenbach y Bohner, 2011), Australia (Newcombe, Van Den Eynde, Hafner y Jolly, 2008), Asia (Lee, Kim y Lim, 2010) y España (Megías et al., 2011). Evaluación de los mitos sobre las agresiones sexuales Para evaluar la aceptación de mitos de violación en la sociedad se han ido desarrollando diferentes instrumentos. A lo largo del tiempo se han empleado distintas escalas para medir los mitos, siendo las más importantes las de Feild (1978), Burt (1980), Costin (1985) y Payne et al. (1999). A pesar de la utilidad de estas escalas, el problema al que se enfrentan Gerger et al. (2007) al analizarlas es que las respuestas que los participantes dan en los ítems a menudo se encuentran sesgadas, mostrando puntuaciones bajas en el nivel de aceptación de mitos. Según los autores, este hecho puede deberse a la antigüedad de los ítems presentados, ya que en ocasiones pueden no ser entendidos como consecuencia del cambio en las creencias sociales. Además, la redacción de estos ítems resulta demasiado obvia hoy en día, pudiendo ser uno de los inconvenientes la vulnerabilidad a los efectos de deseabilidad social (Gerger et al., 2007). Actualmente estas escalas son consideradas “tradicionales” (Eyssel y Bohner, 2008), por lo que van surgiendo otras que engloban las nuevas creencias y valores sociales. Debido a ello, Gerger et al. (2007) deciden desarrollar una nueva escala que evalúe la “Aceptación de Mitos Modernos sobre las Agresiones Sexuales” (Acceptance of Modern Myths about Sexual Aggression - AMMSA). El propósito de los autores con el AMMSA fue desarrollar una medida más realista y precisa para evaluar las creencias sociales que provocan la tolerancia de la agresión sexual. A través de esta escala esperaban predecir la proclividad de violación y la atribución de culpa a la víctima de Publicidad Sexista y Violencia Sexual 148 forma similar a lo que han venido haciendo escalas tradicionales de aceptación de mitos de violación. No obstante, aunque el contenido de los mitos de violación ha ido cambiando, siendo notable la diferencia existente entre los ítems presentados en el AMMSA y los de otras escalas tradicionales, la mayoría de ellos tiende a culpar a la víctima, exonerar al agresor y menospreciar las situaciones de violencia sexual. En este sentido, en los primeros momentos de elaboración del AMMSA, los autores realizan una lluvia de ideas y proponen 60 ítems construidos en alemán. Sin embargo, tras realizar estudios preliminares y abordar una serie de cuestiones para evaluar con mayor eficacia los mitos modernos sobre las agresiones sexuales, la escala queda reducida a 30 ítems. En general, los ítems del AMMSA se agrupan en las siguientes categorías de contenido: a) la negociación del alcance del problema, b) el antagonismo hacia las demandas de las víctimas, c) la falta de apoyo a las políticas diseñadas para ayudar a paliar los efectos de la violencia sexual, d) las creencias de que la coerción masculina forma parte de las relaciones sexuales, y e) las creencias que exoneran a los autores masculinos culpando a las víctimas de las circunstancias. El AMMSA es una medida de autoinforme en la que los participantes deben indicar su grado de acuerdo o desacuerdo con cada afirmación en una escala tipo Likert, cuyo rango va desde 1 (totalmente en desacuerdo) hasta 7 (totalmente de acuerdo). Algunos ejemplos de ítems de esta escala son: “Es una necesidad biológica para los hombres liberar su presión sexual de vez en cuando”, “Si una mujer invita a un hombre a su casa a tomar café o después de una noche de fiesta, significa que quiere mantener relaciones sexuales”, “El alcohol a menudo es el culpable de que un hombre viole a una mujer”. Éste tipo de creencias, que actualmente se encuentran bastante aceptadas en la Introducción 149 sociedad contribuyen, entre otras cosas, al desarrollo de actitudes de tolerancia hacia la violencia sexual. Los estudios preliminares llevados a cabo en la elaboración del AMMSA muestran que las características psicométricas que presenta la escala aportan fiabilidad y validez. A través de su análisis con muestras diversas se obtuvieron puntuaciones que representan la consistencia interna de la escala con un alfa de Cronbach que oscila entre .90 y .95 (Gerger et al., 2007). Del mismo modo, los análisis demostraron altas correlaciones del AMMSA (entre .79 y .88) al compararla con las puntuaciones de otras escalas que miden la aceptación de mitos de violación (IRMA – Payne et al., 1999) y las creencias favorables a la violación (Burt, 1980). En resumen, la escala AMMSA proporciona una nueva medida fiable y válida para evaluar las nuevas creencias sociales acerca de la agresión sexual. A pesar de ser la versión original del AMMSA alemana, fue publicada en inglés por Gerger et al. (2007). A raíz de dicha versión, la escala se ha adaptado y validado cuidadosamente a otros idiomas y países, como por ejemplo España (Megías et al., 2011) y Colombia (Romero-Sánchez, Megías, Carretero-Dios y Rincón, 2013). Atendiendo a los análisis realizados con la escala AMMSA, uno de los más importantes es el llevado a cabo por Süssenbach y Bohner (2011). El objetivo del estudio consistió en evaluar la aceptación de mitos de violación en la sociedad y su relación con variables demográficas, creencias sociales intolerantes y variables de tipo ideológico. Para ello emplearon una versión reducida de la escala AMMSA formada por 9 ítems. Los principales hallazgos del estudio, recogidos a través de entrevistas telefónicas, demostraron que esta versión reducida de la escala presenta una consistencia interna satisfactoria (α = .79) y que constituye una medida fiable para Publicidad Sexista y Violencia Sexual 150 evaluar los mitos modernos sobre las agresiones sexuales. En los resultados del estudio, Süssenbach y Bohner no encontraron diferencias de género en la aceptación de mitos de violación. Sin embargo, mostraron la relación existente entre algunas creencias sociales intolerantes, como por ejemplo el sexismo, y la aceptación de mitos de violación. Eyssel y Bohner (2011) analizaron la relación entre la aceptación de mitos de violación y la atribución de culpabilidad en situaciones de agresión sexual, diseñando para ello dos estudios en los que participaron estudiantes universitarios alemanes. Para evaluar los mitos, los participantes leyeron una breve historia sobre un caso de violación y completaron la versión breve de la escala AMMSA (Gerger et al., 2007), compuesta por 16 ítems. Los resultados más importantes del estudio indican que los participantes con altos niveles de aceptación de mitos se mostraban menos propensos a culpar al agresor. Los estudios llevados a cabo para evaluar los mitos de violación en la sociedad muestran que entre el 25% y el 35% de las personas se muestran de acuerdo con estas creencias (Lonsway y Fitzgerald, 1994), encontrándose niveles de aceptación superiores en los hombres que en las mujeres (Hayes et al., 2013; Kings y Roberts, 2011; Suárez y Gadalla, 2010; Vandiver y Dupalo, 2012). Además, la aceptación de mitos de violación se relaciona positivamente con la percepción social distorsionada de la violencia sexual así como con evaluaciones estereotipadas sobre las agresiones sexuales y las personas implicadas (víctima y agresor). Estudios como el de Bieneck y Krahé (2011), demuestran que las personas con altos niveles de aceptación de estas creencias culpan más a las víctimas de violación por el suceso ocurrido que a las víctimas de otros delitos. Por ejemplo, la responsabilidad atribuida a la víctima rara vez se cuestionaba en delitos como el robo, Introducción 151 mientras que en el caso de las víctimas de agresión sexual casi siempre era cuestionada. Incluso este efecto se encuentra en profesionales cualificados como se pone de manifiesto en el estudio desarrollado por Sleath y Bull (2012) con una muestra de oficiales de policía, donde los agentes con mayores niveles de aceptación de mitos tendían a considerar a la víctima más responsable por la agresión sufrida. Por último, la aceptación de mitos también se relaciona con la probabilidad de perpetrar actos de agresión sexual por parte de los hombres (Desai, Edwards y Gidycz, 2008; Edwards, Turchik, Dardis, Reynolds y Gidycz, 2011; Suárez y Gadalla, 2010). En definitiva, dada la alta repercusión que puede llegar a alcanzar en la sociedad la aceptación de mitos sobre las agresiones sexuales, la investigación sugiere la necesidad de estudiar las variables que pueden contribuir a su desarrollo y mantenimiento (Ferguson y Kilburn, 2009; Olson, 2004; Savage, 2004; Savage y Yancey, 2008). Publicidad Sexista y Violencia Sexual 152 4. MEDIOS DE COMUNICACIÓN, PUBLICIDAD SEXISTA Y PERCEPCIÓN SOCIAL DE LA VIOLENCIA SEXUAL HACIA LA MUJER Las imágenes, relatos y noticias de violencia sexual y violación han estado presentes desde siempre tanto en la mitología Romana y Griega como en la literatura. La presencia de estos casos, más que ayudar a su eliminación como podría haber sido el objetivo, han servido para normalizar de alguna forma este tipo de violencia (Brownmiller, 1975). Podríamos decir que en la sociedad de nuestros días aun quedan vestigios de estas representaciones que ahora se transmiten, unas veces de forma más explícita y otras más sutiles, a través de la publicidad. En este sentido, investigadores como Olson (2004) sugieren la necesidad de estudiar el impacto que pueden causar estas imágenes presentes en la publicidad contenida en los medios de comunicación en las actitudes sociales que apoyan el comportamiento violento hacia la mujer, especialmente cuando se relatan noticias de agresiones sexuales hacia las mujeres en la prensa. Algunos estudios han puesto de manifiesto la influencia que tiene la exposición a contenidos sexualmente violentos en diferentes actitudes negativas hacia las mujeres (Brownmiller, 1975; Dill, Brown y Collins, 2008; Fountain, 2008; Kang, 1997; Ter Bogt, Engels, Bogers y Kloosterman, 2010; Yao, Mahood y Linz, 2010). Como acabamos de decir, en la actualidad las representaciones degradantes del género femenino, lejos de desaparecer continúan conquistando diferentes contextos y apareciendo a través de las nuevas tecnologías y medios de comunicación, como son las redes sociales, Internet, los videojuegos de última generación y la televisión, quienes además son transmisores y promotores de mitos y falsas creencias sobre la violencia Introducción 153 hacia la mujer (Edwards et al., 2011) y de guiones estructurales sobre lo que debería ser el comportamiento sexual de hombres y mujeres (McCormick, 2010b). Las escritoras feministas desde hace décadas alertan del peligro que puede suponer la violencia sexual expuesta en los medios de comunicación, tanto para la conformación de actitudes erróneas como de comportamientos violentos (Barry, 1979; Browmiller, 1975; Burt, 1980; Clark, 1980). Por ejemplo, Allen, Emmers, Gebhardt y Giery (1995) y Capella, Hill, Rapp y Kees (2010) pusieron de manifiesto la relación entre la exposición a material sexual violento en los medios de comunicación y la aceptación de mitos sobre la violación, así como la existente entre la visualización de dicho material sexualmente violento y el desarrollo de actitudes que apoyan la violencia contra las mujeres (Malamuth y Briere, 1986). En este sentido, los medios que exponen contenido sexual violento donde se representa a la mujer como responsable de su propia victimización y sexualmente excitada con el trato que recibe, pueden dar lugar a expectativas erróneas en los hombres acerca de la aceptación de la violencia sexual por parte de la mujer (Donnerstein, Linz y Penrod, 1987). Como apunta Capella et al. (2010), todo ello repercutiría en la aceptación social de la violencia contra las mujeres, algo que se va adquiriendo con el tiempo a través de la exposición a mensajes y contextos violentos. Un ejemplo de influencia de los medios en la aceptación de actitudes y mitos sobre las agresiones lo encontramos en los hallazgos de Kunkel et al. (2003) quienes encontraron que la presencia de mitos sobre la violación en la televisión facilitaba la aceptación de dichos mitos de violación. Los resultados de su estudio señalan que muchas de estas falsas creencias son apoyadas por los diálogos sobre delitos sexuales o temas relacionados con el sexo que aparecen en la televisión, las películas, los programas de ficción o las series dramáticas que se emiten. Los resultados de Kahlor y Publicidad Sexista y Violencia Sexual 256 Dill, K., Brown, B. y Collins, M. (2008). Effects of exposure to sex-stereotyped video game characters on tolerance of sexual harassment. Journal of Experimental Social Psychology, 44, 1402-1408. Domínguez, I. (2001). Impacto de la publicidad en el comportamiento del consumidor. Tesis, Facultad de Contaduría y Administración, Universidad de Veracruzana. 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