Carne y mito: representaciones de la mujer desviada en el naturalismo radical y en el degeneracionismo
Abstract
Programa de doctorado: Literatura y Teoría de la Literatura
Full text
! DEPARTAMENTO DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA, CLÁSICA Y ÁRABE !! Programa de doctorado en Literatura y Teoría de la Literatura ! ! ! CARNE Y MITO: REPRESENTACIONES DE LA MUJER DESVIADA EN EL NATURALISMO RADICAL Y EN EL DEGENERACIONISMO ! ! ! Rubén Domínguez Quintana ! ! ! ! Mayo 2015 ! Las Palmas de Gran Canaria ! ! !
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! ! ! ! ! ! !! DEPARTAMENTO DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA, CLÁSICA Y ÁRABE ! Programa de doctorado en Literatura y Teoría de la Literatura ! ! TESIS DOCTORAL ! ! ! Carne y mito: representaciones de la mujer desviada en el Naturalismo radical y en el Degeneracionismo ! ! ! ! ! Rubén Domínguez Quintana Directora: Yolanda Arencibia Santana ! ! Las Palmas de Gran Canaria, mayo 2015 ! !
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! ! A mis padres, Adalberto y María Pilar que nunca me negaron un libro ni su amor ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! !
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! Agradecimientos ! Cualquier palabra de agradecimiento y elogio será injusta para con Yolanda Arencibia quien me ha dirigido y leído con cariño inestimable e infinita paciencia y me ha brindado su apoyo profesional y personal a la vez que ha sido un ejemplo de trabajo, de entusiasmo y de entrega constantes. Gracias a mis profesores, Joan Oleza, por asignarme La desheredada en su clase y cambiar el rumbo de mi licenciatura, a Pura Fernández que me acogió y me guió en mis primeros pasos en la investigación, a Akiko Tsuchiya por su profesionalidad, a Carmen Simón Palmer por su honestidad y su sabiduría y gracias a John W. Kronik, que antes de dejarnos tuvo tiempo para plantar una huella indeleble en mi espíritu crítico y para enseñarme el Madrid de Galdós. Debo palabras de apoyo y discusión literaria a otros colegas y compañeros como Paco Cuevas, Marta Blanco y Nani González durante largas jornadas en la Biblioteca Nacional. También a Miguel Ángel Perdomo e Israel Castro por sus palabras de aliento, a Paco Quevedo y Gregorio Rodríguez Herrera por su apoyo profesional y su reiterado interés en la marcha de mi trabajo, a Carmen Márquez y J.J. Bellón y Rosa Mª González Monllor por su consideración hacia mí, y a Vicente Marrero por orientarme cuando fui profesor primerizo en la facultad. La Cátedra Pérez Galdós y con ella el Vicerrectorado de Investigación, Desarrollo e Innovación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria me han brindado su amparo económico durante mi trabajo como investigador y como técnico de apoyo. Igualmente valioso ha sido el auspicio del Cabildo de Gran Canaria y en particular de la Casa-Museo Pérez Galdós que me ha dado cobijo profesional y cuyo personal al completo siempre ha respondido a mis peticiones, siendo testigos diarios de mi labor: Rosa María Quintana y Victoria Galván, directoras; Ana Isabel Mendoza, Ana Méndez, Miguel A. Vega y Frank González por su disposición y en especial, a mi compañera y amiga Raquel Peñate, quien no solo aguantó estoicamente mis frustraciones y quejas sino que releyó y escudriñó este trabajo repetidas veces.
Prolegómenos galdosiano; e igualmente, han quedado fuera otros títulos y autores del Naturalismo radical que guardan relación con la estética de Lopez Bago. El trabajo que hoy presento supone un capítulo concreto de un proyecto más amplio que, en un futuro cercano, me propongo continuar y ampliar con la lectura criminológica de los textos galdosianos y de otras novelas naturalistas que la investigación y la redacción de este trabajo han despertado. Con esta tesis espero, sin embargo, contribuir a un mayor conocimiento y a un mejor entendimiento de algunas creaciones literarias significativas del naturalismo español y, mediante ellas, de aquélla sociedad no tan lejana a la que tan hábilmente diseccionan. Ningún discurso analítico es cerrado y completo. Nuestro estudio se ha propuesto abordar una parcela concreta de un campo de posibilidades mucho más amplio, labor crítica en la que no estamos solos. Casi cerradas estas páginas y a través del Boletín 36. 2015 de la Asociación Internacional de Galdosistas, hemos tenido noticia de tres tesis doctorales recién leídas cuyo título parece guardar cierta relación con la investigación que ahora presentamos. Son: La representación de la mujer fatal en algunas obras de Benito Pérez Galdós y Giovanni Verga, leída por Simona Anna Barbagallo, en la UNED;"From Motherhood and Marriage to Symbolist Theater and Revolutionary Politics: French and Spanish Women's Theatre, 1890's to 1930's, leída por Eugenia Charoni, en la Universidad de Cincinati; y ‘Usted no es mujer’: el concepto del genero sexual en tres obras de Benito Perez Galdos, leída por Osanna Dallakyan en la Univerdad de Indiana, Pensilvania. Si, como espero, la lectura futura de estos textos supone una válida ampliación y variación del tema por aquí ! 16
Prolegómenos abordado y por tanto enriquecimiento para nuestro trabajo, nos sentiremos más que recompensados y, además, animados a proseguir el diálogo crítico. ! Precisiones metodológicas ! En la redacción de este trabajo hemos llevado a cabo algunas convenciones con el fin de evitar una lectura enojosa y de aportar coherencia a todo el texto. Las obras pertenecientes a la tetralogía de López Bago –La Prostituta, La Pálida, La Buscona y La Querida– serán citadas por su título y página correspondiente dejando constancia de la edición utilizada en la bibliografía. Las novelas de Pérez Galdós citadas corresponden a la edición moderna de las obras completas de Yolanda Arencibia y editadas en Las Palmas de Gran Canaria. Las referencias a estas obras serán por año de edición y página. En las citas textuales, hemos considerado oportuno mantener los usos ortográficos tal y como se muestran en las fuentes que citamos. Ello implicará el empleo de ortografía arcaica o incorrecta que no actualizamos ni marcamos con abreviaturas. Tampoco hemos procedido a actualizar los usos de puntuación. Asimismo, emplearemos las comillas inglesas simples para dar énfasis salvo en los casos en los que la fuente citada utilice cursiva o comillas dobles. En las distintas referencias bibliográficas, los autores serán citados por apellido, salvo en su primera aparición en que lo serán por nombre y apellidos. ! ! 17
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De la mujer y el mito al degeneracionismo De la mujer y el mito al degeneracionismo ! La cultura de los medios de comunicación de masas de nuestros días plantea numerosos desafíos a creadores, productores, lectores y consumidores. A lo largo del siglo XX tuvo lugar la gran eclosión en la que se fraguaron y expandieron los grandes grupos de comunicación que aglutinaban prensa, radio, televisión, productoras cinematográficas y editoriales académicas y literarias. Esa estructura informativa y cultural se vio alterada hacia el final del pasado siglo debido a la llegada de internet a los hogares con su efecto democratizador en el acceso a las diferentes fuentes de información – especialmente tras la implantación de la llamada web 2.0– revolucionando notablemente la forma de disfrutar, consumir, comparar y compartir información y cultura. Todo ello ha generado en el público una actitud más crítica y, según el caso, ya no resulta tan común que cualquier lector u oyente de las noticias de la mañana en su diario favorito o en la radio local lea de manera forzosa los éxitos literarios recomendados en los suplementos culturales de estos, obviamente publicadas por sus propias editoriales. Fenómeno análogo tiene lugar en el mercado de los éxitos cinematográficos o televisivos que sus productoras o distribuidoras audiovisuales lanzan al mercado. Pero entendámonos, los grandes grupos de comunicación y opinión siguen existiendo y cada vez más diversificados y polarizados si cabe. Sirvan como ejemplo en España los mastodónticos Prisa y Unidad Editorial con su respectiva red de medios y productos. Cada uno de estos grupos parte de su diario de noticias –impreso o digital– y llega hasta la oferta en formación !19
De la mujer y el mito al degeneracionismo periodística o sus propias tiendas en línea, pasando por las revistas de cultura y actualidad, las orientadas al público femenino o incluso las aplicaciones móviles, por citar algunos ejemplos a vuela pluma. Como contrapartida a estos gigantes de la información, la expansión de internet ha propiciado que cualquiera pueda producirla y que el arte y la cultura puedan ser exhibidos y compartidos –e incluso vendidos– fuera de los circuitos tradicionales establecidos para ello. Cada vez son más los autores que optan por escribir, autoeditar y vender sus obras en la red. El mismo fenómeno tiene lugar con fotógrafos, pintores, diseñadores de moda y un sinfín de creadores y profesionales liberales que bien en sus propias páginas electrónicas, bien agrupados en colectivos, venden sus creaciones de manera independiente. Existen también radios en línea autofinanciadas o sufragadas por sus oyentes, múltiples servicios para compartir vídeo y foto por todos conocidos y, por supuesto, la llamada blogosfera que, según varios autores , desde mediados de 3 los años noventa del pasado siglo ha contribuido a la pluralidad y la visibilidad de las opiniones más variopintas agrupadas por intereses o en respuesta a las corrientes dominantes. Inmersos en estas circunstancias comunicativas somos testigos de la constante transformación en los medios, los canales y los soportes de información y de creación –pocos habrían imaginado hace solo tres o cuatro lustros que la videocreación, o las Humanidades digitales se convertirían en disciplinas y campos de estudio–. Así, cobra inusitada relevancia el éxtasis comunicativo que experimentamos en la actualidad. Disfrutamos de una !20 Conviene visitar el proyecto editorial en línea de <www.blogherald.com> y la historia del 3 retirado J. Berger quien fue uno de los pioneros en añadir ''logs'' a una página permitiendo comentarla.
De la mujer y el mito al degeneracionismo multiplicidad de fuentes y de una rapidez en la difusión de la información que nos aleja de lo real y nos sumerge en una red mediatizada que convierte en mercancía todo objeto incluido en el proceso de comunicación ya sea la información en sí, sus destinatarios o los medios para acceder a ella. El ejemplo más claro y más sólidamente instaurado en nuestras sociedades del siglo veintiuno es la televisión con sus noticieros de veinticuatro horas, sus titulares simultáneos y su casi inmediata interconexión global. El espectador sabrá en cuestión de minutos lo que ocurre en Los Ángeles o Berlín mediante las mismas imágenes que contemplarán en esos mismos lugares de los hechos. He ahí el éxtasis comunicativo que nos ofrece lo mismo y al mismo tiempo en la televisión internacional y en la cadena local. Muy aguda resulta la crítica del medio televisivo que Jean Baudrillard abordara en La postmodernidad (1985) ya 4 que ilustra la manera en que, en los primeros años ochenta, la televisión comenzaba a ser un medio revolucionario capaz de eliminar los escenarios gracias a la simultaneidad en las noticias, que anulaba las particularidades y que contribuía, así, a la extinción del sujeto y de la realidad, siendo sustituidos por lo que el medio mostrara de ellos, llevando los interiores al exterior, lo privado a lo público y lo doméstico a lo social. Lejos de intentar desgranar en su totalidad aquella anticipadora teoría del pensador francés nos interesa ese comentado movimiento transversal de lo privado a lo público, provocando la obscenidad. Esta obscenidad carece de todo matiz moral pues es meramente «la proximidad absoluta de la cosa vista, el hundimiento de la mirada en la pantalla de la visión: hipervisión en primer !21 Publicado en 1983 bajo el título ''The Ecstasy of Communication'' en The Anti-Aesthetic: Essays 4 on Postmodern Culture. Ed. Foster, Hal. San Francisco Bay Press. Existe una edición española titulada La Posmodernidad. Barcelona: Kairos, 1998.
De la mujer y el mito al degeneracionismo plano, dimensión sin retroceso, promiscuidad total de la mirada con lo que se ve. Prostitución» (Baudrillard, 2000: 62). En estas palabras de Baudrillard hallamos algunas de las coordenadas que dirigirán el análisis de la producción decimonónica, tanto literaria como científica, que abordaremos en este trabajo. La obscenidad como maniobra literaria de mostración y espectáculo comercial, y la prostitución como fenómeno social inherente al estudio de la mujer serán de gran utilidad para fundamentar los pilares sobre los que se sustentan los discursos literario y médico-higiénico de los autores que estudiamos en nuestro análisis. La socialización de lo doméstico exhibe e iguala las alcobas y los deseos, hasta el momento silenciados, en un mercado literario en plena expansión como si de un noticiero global se tratase. Las pretensiones naturalistas de documentación de la realidad para contribuir a su mejora ponen de manifiesto algunas de las contradicciones más notorias de todo el siglo XIX, deformando y oscureciendo tanto esa pretendida realidad como al sujeto que habita sus páginas desafiando a narradores y lectores: la mujer. Los escritores del llamado Naturalismo radical que tratamos en este 5 trabajo como Eduardo López Bago y Enrique Sánchez Seña, cimientan su proyecto novelístico entre lo público y lo privado, insertando sus obras y personajes en el tránsito de esa zona gris que va de un estamento a otro y !22 De vital importancia es el estudio sobre el Naturalismo radical de Pura Fernández Eduardo 5 López Bago y el Naturalismo radical. Amsterdam: Rodopi, 1995, en cuyas páginas encontramos el análisis más preciso sobre esta vertiente del Naturalismo y su adaptación en las letras españolas que encabeza el propio López Bago y que, como veremos más adelante, bebe de los principios zolescos para llevarlos a su extremo estético e ideológico. Abunda, Fernández (1998), en el sincretismo zolesco de los naturalistas radicales que refleja «el espíritu de exaltación científica y racionalista de la época» pues «aceptan, sin paliativos, los principios teóricos de la escuela experimental […] principios que se conjugan con la herencia de las técnicas folletinescas» (752).
De la mujer y el mito al degeneracionismo explotando las innumerables posibilidades narrativas, comerciales y, en algún que otro caso, sociales, que ello les brinda; todo lo cual es llevado a las páginas novelescas apoyados sobre unos pilares básicos que la especialista Fernández enumera acertadamente y de entre los cuales destacamos la crítica del orden socio-moral imperante y el interés por la conducta fisiológica de los personajes, especialmente las patologías sexuales (1998: 752). El ejemplo más notable es el caso de Eduardo López Bago, cuya tetralogía encabezada por La Prostituta (1884), hace gala del afán por mostrar los escenarios de la vida privada en la esfera pública a través de una propuesta literaria que no es sólo estética sino que también posee un carácter espectacular y comercial intencionado. En un camino de ida y vuelta entre obras y sus protagonistas, la novela lupanaria de autores como López Bago o Sánchez Seña nos hace partícipes de cómo esta narrativa y las mujeres que la pueblan se convierten en un bien de consumo que no solo altera el mercado literario sino que también revoluciona a los lectores. Es fundamental no olvidar que la óptica del siglo XIX es eminentemente masculina: autores, narradores, lectores y compradores, consumen lo que Rita Felski sintetiza magistralmente en su obra The Gender of Modernity aduciendo que “Woman has been seen as an object exchanged between men in a capitalist economy, compelled to render herself as seductive as possible in order to attract the gaze of the male buyer” (1995: 64). El bien de consumo se convierte en espectáculo (64) transgrediendo los usos discursivos convencionales en busca de un éxito comercial y literario inusitado hasta el momento, y siendo forzado, así, a revestirse de otros discursos en boga con el fin de obtener mayor legitimidad y solidez. La literatura higienista, el discurso político ultra liberal, las ordenanzas municipales de las grandes ciudades y los !23
De la mujer y el mito al degeneracionismo temores del degeneracionismo finisecular acuden, pues, al rescate de estos narradores en su doble labor literaria y reformadora. La transgresión de la vida privada y el tránsito hasta su exhibición en la esfera pública mediante una propuesta novelística, deviene en la creación de personajes míticos que nacen y se desarrollan en unos proyectos narrativos concretos. Como si de iconos televisivos se tratase, estas figuras contribuyen a fijar un imaginario colectivo estrechamente ligado a sus circunstancias sociohistóricas y al sustrato discursivo sobre el que se asientan. Así Estrella, Rosita o Isidora –protagonistas de La prostituta, La Pálida y La Desheredada, respectivamente– son erigidas en mitos de la mujer desviada del fin de siglo. La pregunta que surge de inmediato es cómo podemos llegar a hablar de mito cuando nos referimos a personajes a menudo secundarios en la historia de la literatura y que, en la mayoría de los casos, ni siquiera llegaron a formar parte del canon literario. La respuesta es simple, ya que nuestro punto de partida dista mucho de los grandes mitos clásicos y encuentra cobijo en la creación del mito en la era moderna. El filósofo y semiólogo francés Roland Barthes elaboró una iluminadora actualización del mito en el siglo XX que pone de relieve muchos de los aspectos que encontraremos en las obras literarias de este estudio. El autor de Mitologías lleva a cabo una serie de breves críticas sobre algunos de los fenómenos más visitados en los medios de comunicación de masas, tales como la obsesión por la profundidad en la publicidad de productos para la piel, o el ritual del streaptease como maniobra que acaba desexualizando el cuerpo que se desviste (2012: 150); aquel por su obstinación en la asepsia más allá de lo visible, y este por su falta de naturalidad y por constituir una repetición de movimientos arquetípicos ya !24
De la mujer y el mito al degeneracionismo por todos conocidos. En su estudio crítico Barthes actualiza el mito no como un concepto o como una narración atemporal a la manera de la Grecia clásica, sino como una forma de comunicación y de significación que está estrechamente ligada a la historia y no a la naturaleza (199-200). Es decir, el mito surge de las condiciones que lo rodean y que coadyuvan a su creación haciendo posible que todo pueda convertirse en él. En palabras del propio Barthes «todos los materiales del mito, sean representativos o gráficos, presuponen una conciencia significante que puede razonar sobre ellos independientemente de su materia» (201). Estas premisas sirven de trampolín desde el que abordar la producción de los naturalistas radicales con sus personajes psicológicamente planos y a menudo conductualmente arquetípicos, pero que ocupan un lugar destacado –mítico– en el imaginario colectivo por ser elegidos y narrados de una manera determinada al nutrirse de los discursos legales y médicos que los rodean, y por desarrollarse en unas circunstancias históricas concretas. Encontramos signos inequívocos de la existencia de las condiciones y el público idóneos para esta literatura transgresora de espacios y temáticas en el terreno abonado por los numerosos títulos que abordan la historia de la mujer, aparecidos, mayoritariamente, durante la segunda mitad del siglo XIX. Ya sea con una visión histórica global o bien centrada en el plano sexual, estas voluminosas obras, a medio camino entre la descripción y la prescripción, ahondan en las diferencias entre la mujer y el hombre y revisan la figura femenina a lo largo y ancho de los distintos continentes y épocas sin dejar de lado las etnias y las religiones. En este ejercicio totalizador, muchos de estos títulos hacen gala de un acusado énfasis en la desviación de la conducta sexual !25
De la mujer y el mito al degeneracionismo de 1858 aunque se continuó editando en numerosas ocasiones dado su éxito . 11 También destacan los textos: Elementos de higiene privada (1846) y Elementos de higiene pública (1847), en los que Monlau trata temas cargados de relevancia para las protagonistas de algunas de nuestras novelas más destacadas y que, además, sirvió de apoyo y referencia en la elaboración de la ley promulgada el 28 de noviembre de 1855 del Servicio General de Sanidad, en la que se establecen las Juntas de Sanidad en cuyo capítulo XVIII, artículo 98, se recoge la futura creación de secciones especiales de higiene pública y que establece 12 que «las leyes higiénicas a que estarán sujetas todas las poblaciones del reino, serán objeto de un reglamento especial, que publicará el Gobierno a la mayor brevedad, oyendo antes al Consejo de Sanidad». Junto a Monlau, destacan otros muchos nombres, como Juan Giné i Partagás con su Curso elemental de higiene privada y pública (1871) quien a su vez prologara el hito que supuso la publicación del estudio realizado por su primo Prudencio Sereñana i Partagás, La prostitución en la cuidad de Barcelona (1882), que aborda en profundidad el fenómeno del comercio venal en esa ciudad y propone numerosas medidas paliativas y represivas al uso de la época, las cuales estudiaremos más adelante. Destaca también el pionero Federico Rubio y Galí algunas de cuyas reflexiones serán de apoyo para tratadistas como Benito Alcina y su Tratado de higiene privada y pública (1882). Como bien explican Marset Campos y Sáez Gómez, cobró un especial interés la !32 Monlau, además de numerosas reediciones de sus obras más conocidas, también publicó 11 manuales para la educación como Nociones de Higiene doméstica y gobierno de la casa para uso de las escuelas de primera enseñanza de niñas (1867) cuya primera edición data de 1860 o como las notas a la lección inaugural del curso de 1868 en la asignatura de ''Estudios superiores de higiene pública y epidemiología'' de 1868. <http://bib.us.es/derecho/servicios/commonLey_28_1855_ServicioGeneralDeSanidad.pdf> 12
De la mujer y el mito al degeneracionismo publicación de estudios y topografías médicas, especialmente en la época isabelina, con el fin de interpretar el desencadenamiento de muchas enfermedades (2003: 25) con especial interés en el contagio venéreo, el cual llegó a ser considerado una temida epidemia, como estudiamos en nuestro segundo capítulo. Por este y otros motivos proliferaron las compilaciones, las traducciones y las adaptaciones de tratados y enciclopedias médicas, en su mayoría francesas; como la traducción que realizó Mariano Vela del Tratado completo de higiene (1843) de Charles Londe que constituye una importante referencia en el campo de la higiene; o el estudio sobre El onanismo en la mujer 13 escrito por el doctor Thésée Pouillet y cuyo traductor, curiosamente, no figura en la edición española. La nómina es extensa; se añaden Ricardo Mayol , 14 Francisco Javier Santero o Antonio Rodríguez Guerra con obras sobre la 15 16 higiene y el cuidado de la familia que enriquecen, sin lugar a dudas, nuestra lectura. No obstante esta lista no estará completa sin Amancio Peratoner quien, junto a Pedro Felipe Monlau, constituye uno de los divulgadores más prolíficos y de mayor éxito durante toda la segunda mitad del siglo. Títulos como Los peligros del amor, de la lujuria y del libertinaje (1892), El mal de Venus: 17 estudio médico-popular sobre las enfermedades venéreas y sifilíticas (1881) y La mujer !33 Cuyo título completo es Estudio médico-filosófico sobre las formas, las causas, los síntomas, las 13 consecuencias y el tratamiento del onanismo en la mujer (placeres ilícitos). Madrid, 1883. ¿Quieres ser buen padre? ¿Quieres ser buena madre? Tratado popular de las nociones de filosofía, 14 fisiología, higiene, pedagogía y jurisprudencia necesarias a los padres y tutores para la sana procreación, educación y administración de los hijos y menores. Madrid, 1908. Elementos de higiene privada y pública. Madrid, 1885. 15 El conservador de la salud. Manual de hijiene [sic] pública y privada. Cádiz, 1846. 16 En la que refunde textos de su obra estractada de 1875 Historia del libertinaje, y además 17 incluye fragmentos de otros autores célebres como Ambroise Tardieu.
De la mujer y el mito al degeneracionismo en la alcoba: estudio higiénicofisiológico (1893), son solo algunos de los que este 18 tratadista y divulgador publicó en el último tercio del siglo XIX, con los que marcó en gran manera a muchos de sus colegas y que, como podremos estudiar, dejaron su impronta en la producción literaria y la imagen de la mujer plasmada en sus páginas. De este modo, todas estas obras, así como las lógicas referencias cruzadas que ellas mismas generan, se antojan indisociables del corpus literario propuesto en este trabajo ya que tanto los personajes literarios, como los narradores de las novelas analizadas, serán enfrentados a estos discursos médico-legales. Los títulos citados conforman la producción no literaria de una etapa que recoge, en plena Restauración, gran cantidad de los frutos sembrados en años previos de mayor progresismo y que, pese a lo que podamos pensar al analizar muchos de estos textos, resultó decisiva en la modernización de la estructura sanitaria española. Y resultó decisiva por cuatro razones que Marset y Sáez (2003: 27-28) destacan en su trabajo sobre medicina y sociedad en España. La primera es porque la asimilación en la medicina española del paradigma bacteriológico difundido principalmente por Méndez Álvaro, centra las causas de la enfermedad en su propio foco –microscópico– y no en explicaciones exclusivamente dependientes del medio, el contagio y el tradicional miedo al miasma. Tal convicción ayudó a dirimir algunas batallas existentes entre contagionistas y anticontagionistas y se vio respaldada por la instauración de laboratorios, hasta el momento inexistentes. La segunda razón es porque se adopta un modelo funcionarial dependiente del aparato del !34 Refundición de la obra del mismo título del médico francés Agustín Galopin con extractos, 18 también, de Jules Michelet, entre otros.
De la mujer y el mito al degeneracionismo Estado y no de las aportaciones privadas y la caridad . También tuvo su 19 importancia, en tercer lugar, el hecho de la implantación y la regularización de estadísticas vitales y, la cuarta y última razón de esta modernización se debe al inicio de una visión reformista en políticas sociales. Se trate de obras literarias o de textos médicos y legales, la mujer es el centro de las reflexiones morales y estéticas de una época en la que se busca acomodo al cada vez mayor protagonismo social femenino; en las calles, en el consumo familiar, como mano de obra barata en la producción industrial, y como piedra angular del sistema familiar liberal que, inmerso en tanto cambio social, incurre en numerosas contradicciones complicadas de justificar. Como acertadamente señala Bram Dijkstra en su erudito trabajo Ídolos de perversidad (1994), sobre la imagen –principalmente pictórica– de la mujer, el modelo femenino decimonónico al que se aspiraba y que imponía una esposa virtuosa, virgen y madre entregada, resultaba del todo inalcanzable ya que «Con toda la atención que los hombres del siglo XIX dedicaban a la virginal pureza de sus mujeres como garantía de su propio crédito espiritual […] en un mundo de cruda necesidad económica, […] debió convertirse con toda seguridad en una molestia» (19). La idea de Jules Michelet de que la mujer, desde la cuna, ya es madre y anhela la maternidad empezaba a ser cada vez más complicada de 20 mantener pese a los esfuerzos de las políticas educativas diseñadas para ello. Y, como consecuencia directa, el orden socio-moral en el que esta era ubicada bajo unas coordenadas determinadas, ya fuera madre, esposa, pía, joven !35 Se podría decir que hasta la creación de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad en 19 1847 y sus posteriores reformas de 1867 y 1875, en España prácticamente no se había mejorado mucho en esta materia desde el Antiguo Régimen. Según Dijkstra, 1994: 18. 20
De la mujer y el mito al degeneracionismo honesta o viuda intachable. Obviamente, en novelas como La Prostituta, La Querida o Las rameras de salón, la fémina está del todo fuera de cualquiera de esas ubicaciones ideales y predeterminadas para ella; sin embargo, también en títulos como La Desheredada, La de Bringas o Lo prohibido la figura femenina se sale de los límites del orden-socio moral establecido para ella, es decir, el hogar, la familia, el matrimonio y la iglesia. A tenor de estos ejemplos escogidos a vuela pluma no podemos, en este punto, hacer caso omiso de que la saga de los Rougon-Macquart comienza con la pequeña Miette deseando empuñar un fusil como si fuera un hombre. Presa de la indignación que le producen las acusaciones sobre los delitos cometidos por su padre y que son arrojados burlonamente sobre ella, se queja: «No importa –continuó la muchacha– quisiera ser hombre y poder así disparar con el fusil. Creo que me consolaría» . Esta pequeña fierecilla enamorada confiesa sus deseos «de ser 21 mala» (1965: 37-38); así la primera mujer retratada de toda aquella saga aparece ya cruzando los límites establecidos y deseando ocupar un lugar que no le corresponde. Pese a estudiar la manera en que la figura femenina es representada en los discursos literarios y no literarios y también el modo en que ello refleja la adecuación o no de esta al orden socio-moral imperante en la segunda mitad del siglo, no pretendemos llevar a cabo una historia de las mujeres o un estudio de género stricto sensu. Ahora bien, nuestro trabajo buscará el 'cómo' antes que el 'por qué' en la importancia que la mujer adquiere en la novela decimonónica en España en sus estéticas naturalistas y en sus discursos médico-higiénicos; pero ello no nos privará de emplear el género como !36 La fortuna de los Rougon, 1965: 38. 21
De la mujer y el mito al degeneracionismo categoría esclarecedora de análisis y útil en muchos casos. El género, como «elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos» (Scott, 2011: 44), servirá de lente de aumento para observar la creación y el tratamiento literarios de la mujer, al tiempo que nos ayudará en tanto que constituye una «forma primaria de poder» (44) que posee sus propios símbolos y mitos –nuevamente el mito como forma cultural– de los cuales derivan los conceptos normativos presentes en la producción no literaria que aquí abordamos. Scott añade a su definición de género las instituciones derivadas de esas relaciones sociales de género y por último la identidad (45); a las que nosotros, a su vez, adherimos ciertas prácticas sociales concretas, como la seducción. Esta es una práctica atribuida únicamente a la mujer que, bajo la óptica de género, podremos desentrañar en su doble vertiente: como maniobra social y como estrategia literaria, pues como bien aventura Jean Baudrillard «la seducción es siempre más singular y más sublime que el sexo y es a ella a la que atribuimos el máximo precio» (2005: 20). Nosotros hablaremos de las representaciones de la mujer desviada en tanto que se sale de los imperativos del orden socio-moral decimonónico, otorgando inusitada importancia a las prácticas sociales, pues en ellas radica la identidad; una identidad que, a su vez, debe ser ratificada por dichas prácticas: la indumentaria, las instituciones como el matrimonio, o los rituales como el cortejo son algunas de ellas, las cuales resultan más fácilmente identificables y verificables en sociedad puesto que es esta nueva dimensión, la social, la que se convierte en una cuestión de Estado en toda Europa a raíz de las desigualdades provocadas por la industrialización masiva. Por el contrario, en !37
De la mujer y el mito al degeneracionismo la esfera privada es donde esa identidad y las prácticas asociadas a ella son incontrolables, mucho más complicadas de reconocer y de rastrear. La vida íntima, la que discurre en el interior del hogar, en la alcoba, en el baño o en el gabinete, está al margen de la norma y a merced del deseo, lo cual la torna en potencialmente peligrosa por hallarse fuera del los mecanismos de control de los que la sociedad liberal decimonónica –especialmente durante la Restauración– se había dotado: la familia, la iglesia, la confesión, etc. La mujer desviada, aquella cuya conducta sexual se aparta de los modelos establecidos, se convierte en el campo de batalla al que la higiene pública y todo su aparato discursivo intentará aplicar su disciplina de Estado; una profilaxis escindida entre la moralidad individual celosamente vigilada y adoctrinada y la salud nacional, a la vez bien último colectivo y meta del progreso nacional. Se trata de un proceso paradójicamente inverso a la exhibición de los espacios privados en la literatura y la mostración de todo aquello que el estado trata de ocultar y que, a la postre, convierten a la mujer –especialmente la de conducta desviada de la norma en nuestro caso– en una categoría útil para la «construcción patriarcal de las relaciones de género» (Sánchez, 2008: 80) y 22 sobre la manera en que esas relaciones son llevadas a los discursos médicohigiénico y literario. Una vez fijados los conceptos de carne y mito, mediante los cuales podremos releer la creación y la representación de la mujer desviada en la producción literaria y médica, y descritas las maniobras empleadas en ellos con arreglo a la esfera de la vida privada y de la vida pública, la pregunta que !38 También Helena González Fernández en sus reflexiones sobre identidad femenina, aunque 22 circunscrito al ámbito geográfico de las letras gallegas, cuestiona coherentemente la manera de realizar «homogeneización de identidades emergentes» en Género y nación (2009: 64).
De la mujer y el mito al degeneracionismo guía nuestro trabajo debe centrarse justamente en ese tránsito hacia lo público. En el tercer capítulo tendremos ocasión de avistar el horizonte hacia el que apuntan las normativas y tratados médico-higiénicos atendiendo al rumbo que, consecuentemente, puede tomar la narrativa de nuestros autores: el degeneracionismo. Como es bien sabido, toda época cercana a ciertas alteraciones bruscas, como un cambio de siglo, adolece de sus propios miedos y fantasmas –no podemos olvidar el no tan lejano miedo al 'efecto 2000' que vaticinaba un caos informático global– y el cambio que tuvo lugar del siglo XIX al XX no es ninguna excepción. El miedo degeneracionista será una realidad presente en la sociedad finisecular decimonónica en busca de una explicación a sus constantes alteraciones, las cuales reflejará de manera muy acusada la novela naturalista, apoyada en los preceptos científicos que le interesan. El propio Benito Pérez Galdós en su discurso de ingreso a la Real Academia Española en 1897, La sociedad presente como materia novelable, cuando trata de aproximarse a la sociedad española del momento, expresa la inquietud propia de los tiempos de cambio ! Examinando las condiciones del medio social en que vivimos como generador de la obra literaria, lo primero que se advierte en la muchedumbre a que pertenecemos es la relajación de todo principio de unidad. Las grandes y potentes energías de cohesión social no son ya lo que fueron; ni es tan fácil prever qué fuerzas sustituirán a las perdidas en la dirección y gobierno de la familia humana. (2004: 108) ! !39
De la mujer y el mito al degeneracionismo Esta reflexión sobre el momento presente y el futuro acerca de lo que el novelista canario llama «la familia humana» destila una notoria incertidumbre. La sociedad concebida como familia humana es un concepto que, más allá del ideal universal de familia promulgado por la religión, entronca en su vertiente más social y urbana con las ideas del degeneracionismo. Esta teoría, cuyo primo lejano puede ser hallado en el Maltusianismo de finales del siglo XVIII , alcanzó una gran difusión y una 23 notable aceptación en toda Europa. La razón de ello está estrechamente ligada a la publicación de la obra de Bénédict Augustin Morel Tratado de las degeneraciones físicas, intelectuales y morales de la especie humana (y de las causas que producen estas variedades de enfermedades) en 1857 y su reedión en 24 numerosas ocasiones por todo el continente a lo largo del siglo, dada su destacada influencia. Basado en la metáfora del cuerpo individual y el cuerpo social, el degeneracionismo comienza a dar explicación a fenómenos médicos y sociales que hasta ese momento carecían de ella mediante un ejercicio de doble aproximación: fisiológica y médica por un lado, y moral por el otro. El gozne en el que encajarán ambas explicaciones no es otro que las ideas sobre la herencia natural promulgadas por Prosper Lucas –quien a su vez influiría de 25 manera decisiva en los estudios de Charles Darwin– las cuales ayudan a explicar «la heredabilidad no solo de rasgos físicos sino también psíquicos y !40 Es clásico el libro fundacional de esta teoría de T.R. Malthus Ensayo sobre el principio de la 23 población, Madrid: Establecimiento Literario y Tipográfico D. Lucas González y Cía, 1846. La traducción es nuestra. 24 Lucas, Prosper. Traité philosophique et physiologique de l !herédité Naturelle dans les états de santé 25 et de maladie du systéme nerveux, París: J. B. Bailliére. (1847-1850) 2 Vols.
De la mujer y el mito al degeneracionismo morales, así como la propia génesis de la enfermedad mental», como acertadamente apunta Rafael Huertas (1987: 31). Se implanta, de este modo, una etiología práctica y lo suficientemente amplia como para abarcar cualquier dolencia sin importar su índole y, además, queda expedito el camino para la identificación entre la ley natural y la ley social con miras a la redefinición de la normalidad. Es decir, aparece una nueva herramienta de análisis y de control sobre los sujetos y sus prácticas que con el fin de preservar la salud del cuerpo social –de la familia humana– está legitimada para penetrar en la vida privada, para observar y para sanar el cuerpo individual, física y moralmente. Así, las palabras de Pérez Galdós citadas más arriba adquieren nuevos matices si tenemos en cuenta el discurso degeneracionista, el miedo al empobrecimiento de la raza, la constante y omnipresente presencia de lo público en lo privado y viceversa, o los nuevos paradigmas de la normalidad que llegan blandiendo la autoridad científica en un mano y el interés social en la otra. Es el discurso de lo desviado, con la mujer en el centro de sus disquisiciones y de sus teorías, el mecanismo empleado para establecer el patrón de lo correcto e imponer ciertas formas de organización – eminentemente burguesas– en un afán de descripción de la cambiante realidad, presente tanto en el discurso literario y sus mitos como en los discursos no literarios y su carne. Ambos forman parte de un proyecto de construcción social que, al narrar esa sociedad como hacen nuestros novelistas, contribuye a ordenarla, a intentar controlarla. Todos ellos son relatos que, siguiendo las acertadas valoraciones de la profesora Jo Labanyi «it is also worth noting that what was described was not the 'normal' but that which was !41
De la mujer y el mito al degeneracionismo escapar el pesimismo social y el pavor malthusianista en las siguientes palabras: Vosotros hijos del XIX, no creéis en el pecado original, pero atribuís vuestros sufrimientos al sistema de explotación y a las injusticias de nuestras instituciones; […] el sufrimiento y la muerte son las condiciones de nuestra existencia; no podemos salir de ahí; si por cualquier milagro obtuvierais la felicidad que reclamáis, es decir, una vida poco ocupada, exenta de sufrimientos y llena de goces, ¿sabéis lo que sucedería? Os multiplicaríais de tal manera, que al cabo de una o dos generaciones el espacio y el pan os serían tan parsimoniosamente medidos como hoy; (1892: 189). Miedo a los cambios sociales vertiginosos, crecimiento de la población proletaria, ansiedad e hipocondría, herencia de la enfermedad, empobrecimiento de la raza, degeneracionismo en definitiva; todos ellos son mimbres de un entramado al que la novela decimonónica no es ajena. Además de los ejemplos ya comentados de Pérez Galdós, autores como Sánchez Seña y el propio López Bago también dejan entrever desde su novelística, más combativa que la del canario, la manera en que las ideas degeneracionistas permean sus obras. Todo ello cuaja en un determinismo fisiológico del que los personajes no pueden escapar. No se llega a la muerte de Naná por puro azar literario, antes bien, la espantosa muerte de la hija de Gervaise, que constituye una de las páginas más representativas de toda la novela naturalista y de la obra de Zola (2001: 566), está fuertemente ligada por el determinismo a la vida de esta, quien acaba sus días como alcohólica y buscona por las calles de París en La taberna (1998: 481-482). Del mismo modo, Gervaise es también hija de !48
De la mujer y el mito al degeneracionismo una mujer alcohólica en La fortuna de los Rougon y concebida en el fragor de 33 una borrachera (1965: 162). En todos los ejemplos citados y los que podremos desgranar en la tercera parte de este trabajo, hombres, mujeres, obreros o burgueses, están sujetos al biologicismo imperante de los discursos científicos, llegando, de manos de las ideas degeneracionistas, a posiciones más deterministas, siempre dictadas por unas leyes naturales de las que la novela intenta dar cuenta. El siguiente paso será averiguar los porqués y las maneras de todo ello en un enjambre de teorías que chocan con el libre albedrío, tan arraigado en la cultura católica española. Esto, como no podía ser de otro modo, entrará en abierto conflicto con los discursos criminológicos y alienistas llegados de Europa que convierten al alcohólico, al menesteroso, al loco y a la prostituta en enfermos y en amenazas contra el orden social. Por exceder los límites de este estudio no será posible abarcar la figura del delincuente y los discursos, siempre latentes, de la denominada nueva escuela o criminología positivista que abanderó Cesare Lombroso junto a Enrico Ferri y Rafael Garofalo cuyos 34 trabajos se desprenden de las ideas degeneracionistas. La existencia de nuevas corrientes de pensamiento científico y médicohigiénico, la crítica social, la moral, la criminología o las reformas penales y judiciales se suceden y sobreponen unas a otras en un siglo XIX trepidante en lo social y convulso en lo político en España; pero la producción novelística no será la única muestra de ello. Como bien postula la profesora Wada Ríos-Font !49 Publicada originalmente en 1871. 33 Cabe reseñar que el famoso tratadista y criminólogo italiano será el destinatario de la 34 dedicatoria y el prólogo de Fin de siglo (1893) de M. Nordau quien agradece a C. Lombroso sus trabajos y la inspiración para los suyos.
De la mujer y el mito al degeneracionismo en su brillante trabajo sobre la investigación literaria en los siglos XIX y XX, The Canon and the Archive (2004), «studying literature involves reconstructing, historically when necessary, the multiple variables forming part of the conditions of production and consumption of any given work» (27), dejando constancia de las condiciones ideales de reconstrucción histórica y documental que la literatura exige en su estudio. Dado que por razones obvias de extensión no es posible consignar y analizar todo el corpus documental – literario o no literario, canónico o no canónico– en una serie fluida y relacional (29) que rodea a las obras literarias propuestas, reproduciremos, finalmente, algunos documentos en un breve apéndice con el fin de ilustrar algunos de los títulos y autores en contacto con la creación literaria que aquí estudiamos. Servirán de apoyo visual a este trabajo: reglamentos urbanos, tratados de higiene pública y privada, conferencias, ensayos y publicaciones periódicas de corte científico entre las cuales destacamos, a vuela pluma, el Repertorio médico extranjero, El siglo médico o Revista de sanidad Militar. Este tipo de 35 publicaciones, que Elisa Martí-López deja de lado en su interesante análisis de las condiciones del mercado en la literatura periférica decimonónica , forman 36 un importante sustrato para la creación naturalista ya que para sus autores la novela es y debe ser una fuente de conocimiento. Asimismo tendrán cabida ilustraciones de la época, de artistas y medios conocidos, e incluso anuncios ! !50 Que se acabaría fusionando con la Gaceta médica y con el Boletín de medicina, cirugía y 35 farmacia. También absorbió a El genio médico, y fue continuada por la Semana médica española dando lugar al Boletín de cirugía, medicina y farmacia fundado en 1834, de la que Méndez Álvaro fue codirector y copropietario. En Borrowed Words (2002: 43) se ciñe a la traducción y la imitación como formas de 36 producción novelística en el mercado periférico español.
De la mujer y el mito al degeneracionismo editoriales que aportarán una nota siempre valiosa y singular de carácter extraliterario. ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! !51
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! ! !52
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo En la escena espontánea de la calle yo soy a la vez espectáculo y espectador, y a veces, también, actor ! La revolución urbana Henri Lefbvre ! ! ! ¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo ! La mujer del siglo XIX como sujeto social que revoluciona los discursos literarios y no literarios, la que hemos dado en llamar carne y que forja el mito en la novela del Naturalismo y del Naturalismo radical, no deja de ser una representación. Sin importar el texto de que se trate, siempre se eligen y se omiten detalles, se narra desde un punto de vista determinado por el fin último del propio discurso y, como si de una descripción se tratase, en la mayoría de las ocasiones podemos aplicar los seis principios que John W. Kronik magistralmente desgranó en su estudio sobre la descripción realista (1988) . Nos encontraremos, siempre, una creación mediada que apunta hacia 37 sí misma y que, además de atenerse a cierta ordenación narrativa, aglutina una realidad tanto material como discursiva que, lejos de oponerse entre ellas, se complementan. Ya sea de manera concisa y detallista o más difusa y general, nos enfrentamos a una literatura capaz de condensar numerosos discursos complementarios que reducen considerablemente la distancia entre emisor y receptor y por ende, entre lo público y lo privado. Si Baudrillard habla del éxtasis comunicativo de la televisión y sus noticieros globales y simultáneos, !53 Kronik, John W. "La danza de las basuras: La poética descripción y el arte realista." Insula: 37 Revista de Letras y Ciencias Humanas. Vol.43. Núm. 502, 1988, págs. 1-2.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo nosotros podremos hablar, análogamente –obviando, claro está, la brecha cronológica existente– de un éxtasis representativo que toma a la figura femenina como centro de su creación y su debate, y la torna en espectáculo. No existe una imagen de un espectáculo más reveladora en la novela decimonónica que la aparición del personaje Naná al principio de la novela homónima publicada por Émile Zola en 1880. Naná es presentada de una manera que todo aquel que haya recorrido sus páginas jamás olvida, pues el narrador, muy sagazmente, va revelando pequeños detalles sobre este anhelado personaje a medida que discurren las líneas de este capítulo inicial. En genial doble juego de metalectura, comenzamos a saber de la existencia de Naná porque en el vestíbulo del teatro «lucían violentamente grandes carteles amarillos, con el nombre de Naná en gruesas letras negras. Algunos señores, como atraídos al pasar, los leían;» (2001: 70); para luego escuchar de boca de los personajes nuevas especulaciones tales como: «Tengo que conocer a su Naná, antes de hablar de ella…» (71). La tensión y las expectativas narrativas van en aumento, pues se nos dice que Naná tiene algo diferente al resto de las actrices, que posee «otra cosa que lo suple todo» (72), mientras su nombre no para de aparecer ante los ojos del lector. El narrador zolesco maneja con maestría el tempo de la incógnita que la joven actriz va generando en los personajes al tiempo que bulle en la mente de los lectores Ante ellos […] se estrujaba una larga cola de gente de la que surgía una confusión de voces en la que resonaba el nombre de Naná con la armoniosa vivacidad de sus dos sílabas. Los hombres que se paraban delante de los carteles, lo deletreaban en voz alta; otros lo !54
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo pronunciaban, al pasar, con acento de interrogación, en tanto que las mujeres, inquietas y sonrientes, lo repetían suavemente, con aire de sorpresa. Nadie conocía a Naná. ¿De dónde se había caído? […] Este nombre, este diminutivo, cuya familiaridad sentaba bien en todos los labios, era como una caricia (75). ! El espectáculo teatral se desarrolla con la normalidad habitual, y así nos lo revela el narrador pasando de escena en escena, de cuadro en cuadro y de palco en palco, registrando tanto los movimientos sobre las tablas como los que tienen lugar entre los personajes del público en una nueva maniobra de inclusión del lector en la narración. Llegamos así al momento en que el verdadero espectáculo tiene lugar sobre el escenario. Naná aparece desnuda ante toda la audiencia Un estremecimiento recorrió la sala. Naná estaba desnuda; desnuda, sí, con una tranquila audacia, segura de la omnipotencia de su carne. Una sencilla gasa la envolvía; sus hombros redondos, su seno de amazona, cuyos sonrosados pezones se mantenían erguidos y rígidos como puntas de lanza, sus anchas caderas que se movían en voluptuoso balanceo, sus muslos de rubia gruesa, todo su cuerpo se adivinaba (100). ! Esta mujer, visible en toda su desnudez y mostrada sin pudor, es fragmentada por la voz narradora, pechos, muslos, senos, en un intento de aprehender la imagen de lo que no solo es transgresor sino perturbador. Naná, la mujer capaz de influir en destinos y fortunas del París del Segundo Imperio, !55
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo es presentada como un cuerpo, mera carne expuesta cuyo lector espectador queda subyugado ante su contemplación No hubo aplausos, nadie reía; los rostros de los hombres, serios, se estiraban hacia adelante, con la nariz afilada, la boca irritada, sin saliva. […] De repente, en la niña buena se erguía la mujer, alarmante, aportando el arrebato de locura de su sexo, descubriendo lo desconocido del deseo. Naná sonreía siempre, pero con una vaga sonrisa de devoradora de hombres (100). ! El precio de este espectáculo, de poder mirar la escena y contemplar la desnudez del cuerpo femenino, es pagado de inmediato pues «Naná se había ido enseñoreando del público, y en aquel momento todos los hombres sufrían su dominación» (102). Se trata de un poder especial otorgado por el mecanismo del deseo que ella prendía con cualquiera de sus gestos. El comienzo de esta obra de Émile Zola nos convierte en testigos y partícipes de una cierta economía de las posiciones entre el que mira y el que es mirado (Pendergast, 1995: 5). Pero lejos de tratarse de un acto de voyeurismo, nos hallamos inmersos en un triángulo de ópticas que no solo implica al narrador y al lector espectador sino a las miradas fijas en lo que podremos constatar más adelante como el espectáculo del cuerpo femenino, el cual llegará a ser una constante en la novela naturalista. La imagen de la mujer, narrada y –como veremos más adelante– retratada, responderá directamente a las motivaciones de la mirada masculina que Lou Charnon-Deutsch analiza minuciosa y certeramente y que engloban maniobras como la obtención de placer directo, la autoafirmación y la información sobre la diferencia, así como !56
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo la neutralización de la amenaza femenina a la sexualidad masculina (2010: 133) . 38 Como contrapunto a la exhibición impúdica y abierta de la archifamosa Naná, cabe traer a colación el caso opuesto a esta: el espectáculo de la mujer invisible , que fascinó al público de ambos sexos en ciudades y ferias de toda 39 Francia. Esta nueva maniobra de exhibición es, en realidad, todo lo contrario: se trata esencialmente de una ocultación. En ella el visitante, previo pago de una entrada, es introducido en una habitación completamente iluminada y sin muebles o decoración alguna, de cuyo techo pende una esfera de cristal visible desde todos los ángulos, y que tiene instaladas en sus cuatro esquinas unas trompetillas que permitían oír la voz y los suspiros de una mujer. Esta mujer 40 permanece oculta en todo momento y se desconoce por completo su ubicación. El hecho más sorprendente de todo el espectáculo es que la voz femenina es capaz de interactuar con el visitante, de comentar la apariencia de este y describir los objetos que porta; más aún, puede responder a sus preguntas con total coherencia. Lo realmente llamativo de 'la mujer invisible' es que muestra lo invisible (Matlock, 1996 b: 175) y provoca la admiración por lo oculto. El deseo se hace patente en la ausencia, o más exactamente, en la mera presencia de la voz, la verdadera y única experiencia que el visitante podía percibir. !57 La traducción es nuestra. Fictions of the Feminine in the Nineteenth-Century Spanish Press. 38 Pennsylvania University Press. Jann Matclock documenta y analiza este fenómeno con gran agudeza crítica en sus trabajos, 39 ambos de 1996, ''Reading Invisibility'' (a) y ''The Invisible Woman and Her Secrets Unveiled'' (b) que tratan con detenimiento estos y otros fenómenos culturales apoyados en las innovaciones técnicas de principios del siglo XIX. El número y disposición de las trompetillas podía variar según la atracción. 40
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo economía del capital se perpetúe. En la misma línea de Debord se sitúa el nobel de literatura Mario Vargas Llosa en sus reflexiones críticas compiladas bajo el título La civilización del espectáculo (2012). Partiendo de las ideas del francés, allí analiza el panorama cultural actual aunque critica las libertades que se toma Debord respecto a las tesis marxistas (25). Hasta este punto aparece todo en orden con Guy Debord. Pero nos interesa dar un paso más allá y centrarnos en el ámbito de la cultura en tanto «realidad autónoma, hecha de ideas, valores estéticos y éticos, y obras literarias que interactúan con el resto de la vida social» (25). Es aquí donde se encuentran las ilustradoras concomitancias entre Debord, Vargas Llosa y las novelas de López Bago en las que la vida es reemplazada por la representación, empobreciendo lo auténticamente humano. Este empobrecimiento conduce a la enajenación social resultante del fetichismo de la mercancía (23) en el que lo humano – continúa Vargas Llosa– es reemplazado por lo falso y lo material , entidades 44 que crean y que forman parte del espectáculo, es decir, de «la dictadura efectiva de la ilusión en la sociedad moderna» (Debord, 2003: 171). Solo unas líneas más adelante, Vargas Llosa se desmarca de las propuestas revolucionarias de Guy Debord y de su crítica orientada a acabar con el el sistema (Vargas Llosa, 2012: 26), pero el concepto básico de la fetichización del sujeto como operación del comercio, que toma del autor francés, será de gran interés, sin embargo, en nuestra lectura . 45 !64 Especialmente si atendemos a las tesis enunciadas por Marx en 1844 (Vargas Llosa, 2012: 23). 44 Dejamos totalmente al margen de este trabajo las recientes críticas que desde variados 45 estamentos han surgido a la obra crítica del nobel peruano como la que realiza José Martínez Rubio en El futuro era esto. Bruselas: Orbis Tertius, 2014 en la que coloca a Vargas Llosa entre los partidarios de la cultura del neoliberalismo (68).
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo La mercancía no es más que un correlato social y económico de los discursos literarios y no literarios del fenómeno de la prostitución tolerada, que llena las páginas de entretenimiento de un vasto público lector seducido que consume sin reparo las historias públicas de la vida privada. Así mismo descubrimos que las protagonistas de la tetralogía de López Bago pivotan entre la alcoba y los tribunales, y ello explicará la creación y la evolución mercantil de sendos productos: la mujer y su novela. Estrella, la Pálida y La Prostituta, productos aparentemente autónomos en el mercado de bienes están ligados, no obstante, a un sistema reglamentario que bien puede constituir un lugar más de enunciación o lectura de la industria sexual decimonónica, o bien un mecanismo de control y vigilancia de la misma industria. Huelga recordar que la novela La Prostituta, publicada por Eduardo López Bago en 1884, se convirtió en el máximo exponente del Naturalismo radical, una distinción merecida por la manera en que conjuga la creación literaria con los discursos más relevantes de la segunda mitad de siglo XIX en España, tales como el discurso jurídico, el discurso higienista sobre la prostitución y las teorías médicas en boga . Con la publicación de esta novela 46 –recordemos: título inicial de la tetralogía integrada por La pálida (1884), La buscona (1885) y La querida (1885)- López Bago no solo encabeza una propuesta novelística sino una transgresión estética y una estrategia comercial sin precedentes. El naturalista radical, mediante una estudiada apropiación del método de la novela experimental de Émile Zola cuyas opiniones suscribe !65 Suscribimos, una vez más, las palabras Pura Fernández cuando mantiene que se debe 46 recordar que estos autores «concilian en los casos clínicos novelescos las explicaciones somaticistas y psicologicistas –orgánicas y morales– a la hora de exponer la etiología de los desórdenes de la mente, a menudo sin rigor terminológico ni teórico, merced a las licencias que concede el arte» (1997: 235).
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo hasta el punto de afirmar que «Terminada La Prostituta, todo cuanto yo pudiera decir acerca de los propósitos que me han llevado a escribirla lo ha dicho ya el eminente novelista francés» (La Prostituta, 343 ), el escritor 47 arajovense se introduce en los temas de la vida privada revestido con la bata blanca del analista científico. Allí, mediante la pansexualización y la medicalización de los comportamientos humanos, saca a la luz los detalles más recónditos y vergonzosos de una sociedad que, además, se convierte en ávida lectora de un producto literario estratégicamente sembrado de motivos cercanos a la literatura popular . Todo ello granjeó a López Bago tanto el favor 48 de un público masivo como el rechazo visceral de numerosos estamentos de la sociedad decimonónica. Estrella, apodada la Pálida, protagoniza la primera entrega de la tetralogía que nos ocupa y, entre otras de sus muchas características, encarna al personaje de la joven abocada a la prostitución por su extrema pobreza, un tipo muy frecuente tanto en la literatura popular como en los tratados médicos y jurídicos en torno al comercio sexual. Estos personajes de la novela comercial y folletinesca suelen ser unidimensionales y extraídos de un corto inventario de modelos, tales como la joven virtuosa, la mujer víctima de la mala educación o la adúltera, cercanos a los creados por Manuel Fernández y !66 Dado que citaremos profusamente las obras integrantes de la tetralogía escrita por Eduardo 47 López Bago y para evitar una enojosa lectura, procederemos a hacerlo mediante su título y página quedando constancia en la bibliografía de las ediciones empleadas en este trabajo. Fernández apoya nuestra tesis al afirmar que los naturalistas radicales «se revisten de un 48 propósito sociológico y absorben, fundamentalmente, los temas extraídos de los ensayos de medicina e higiene; se nutren de los casos de patología social y de los problemas o derivaciones que producen en la comunidad, como la prostitución, el histerismo y la satiriasis» (1997: 231).
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo González o por el máximo representante de esta literatura de consumo, 49 Wenceslao Ayguals de Izco. Es con este último con quien el creador de Estrella comparte algunos recursos formales y ciertos motivos narrativos, al margen de que, sabedores del rédito comercial de este tipo de literatura accesible a todo tipo de público, ambos publicaron las continuaciones de sus obras iniciales . 50 Estrella es, por tanto, el sujeto sobre el que se escribe y se inscriben todos los discursos que La Prostituta airea, lo que Jann Matlock apunta como «women could be made readable» (1994: 9), es decir, tornar a la mujer en legible y, por ende, comprensible para un lector que lee la novela al tiempo que intenta explicar a la mujer real –la carne– que representa. La comercialización del cuerpo de Estrella proporciona una salida de la miseria al personaje; pero al mismo tiempo lo inserta en la red comercial multiforme y dinámica de una sociedad que vende y crece vendiéndose, pues no podemos olvidar la importancia que el comercio y la propiedad privada poseen dentro del orden burgués decimonónico. En este código comercial, la exhibición y la ocultación serán las maniobras clave para que el personaje de Estrella, forzado a crear una marca que la distinga como producto, obtenga un lugar único y de éxito en la cadena de bienes de consumo. Esta nueva cultura mercantil articula la cadena de bienes –materiales y simbólicos– y las relaciones existentes entre ellos, y también contribuye a la consolidación en esa sociedad de lo que Guy Debord llama 'del espectáculo'. No se trata de un simple conjunto de imágenes sino de «una relación social entre las personas !67 Del sevillano destaca, sin duda, Luisa o el Ángel de la Redención (1855) de la cual se llega a 49 decir que alcanzó los doscientos mil ejemplares (Andreu, 1982: 155). Ayguals de Izco secundó la inicial y archiconocida María o la hija de un jornalero (1845-1846) 50 con La marquesa de Bellaflor (1846-1847) y El palacio de los crímenes (1855).
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo mediatizadas por las imágenes» (2003: 38); y esa relación en el caso de 51 nuestra protagonista implica un sofisticado juego de exhibición y ocultación, de oferta y demanda y de seducción y deseo. Todas ellas son maniobras mediante las cuales la mujer desviada debe negociar un espacio en una sociedad que la regula y la evalúa, pues, como agudamente apunta Pura Fernández, «es en tanto produce una reacción en el otro y, al mismo tiempo, representa la propiedad, la monetarización de un orden burgués» (2008: 54). La joven Estrella, en su carrera por la supervivencia, precisa convertirse en un miembro a la vez válido y valioso de esa sociedad de las apariencias; y como reflejo de ella, debe garantizase las relaciones comerciales adecuadas y las miradas ajenas necesarias para ser considerada con valor mercantil, espectacular. Paralelamente, el hecho de sufrir el secuestro de la edición por parte del poder judicial que impedía su comercialización convierte a La Prostituta en uno de los mayores éxitos de ventas de la época. Esta ocultación, aunque involuntaria, le valdrá una postrera revalorización mercantil del todo inusitada: espectacular. Atenderemos pues, a ambos productos en el seno de la pujante sociedad capitalista del espectáculo. ! ! La Prostituta o la mercadotecnia de la seducción ! El narrador de La Prostituta ocupa un lugar tan fácilmente identificable como ambiguo, ya que, en muchas ocasiones, responde al modelo de la voz omnisciente que bebe de la literatura popular manteniendo una relación !68 Pensemos nuevamente no solo en los carteles anunciando a Naná, sino también en los 51 corrillos y la curiosidad que estos generaron entre el público del teatro de variedades de la obra de Émile Zola.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo apreciable con su lector y abandonando su punto de vista solo para ofrecerle un jugoso anzuelo narrativo, bien despertando su deseo, bien por medio de cierto lirismo sentimentaloide aún coleante del reciente Romanticismo. Todo ello explica la alternancia discursiva que facilita su localización a lo largo de la narración. Por un lado, encontramos la pretensión científica de la voz narrativa que se hace eco del discurso médico cuya personificación es la figura del doctor Pérez, quien llega a hacer una autopsia en vivo del marqués de Villaperdida (La Prostituta: 186-190). En su papel, el doctor afirma ser un mero portavoz de la ciencia: «es la ciencia la que se expresa por mi boca» (186) y, a modo de reconocimiento médico del cuerpo humano, empieza por la cabeza y el cuello, sigue con el tórax donde los pulmones, que «presentarán una hepatización » (186), aportan señales de enfermedad grave, hasta llegar al 52 abdomen y a la úlcera que el Marqués padece, la cual, simbólicamente, «se extenderá en muchas direcciones entre planos musculares» (186). El cuerpo se nos muestra ahora como objeto del saber; un cuerpo históricamente expulsado del conocimiento y apagado mediante el lenguaje, como constata Michel Foucault en su Historia de la sexualidad (2005), y que ahora resulta de infinito interés para las ciencias naturales que en pleno auge se apropian de su estudio. Ya se han traspasado ciertas barreras y, aunque no estemos plenamente de acuerdo con la crítica feminista llevada a cabo por Rivera Garretas, sí nos parece acertada la idea introductoria a su estudio según la cual la piel ya no es, necesariamente, una barrera que sustenta la dicotomía existente entre !69 La hepatización pulmonar se observa en la neumonía por la cual un tejido va tomando el 52 tono rojo pardusco del hígado aunque a medida que este proceso avanza se pueden observar, además de una fase roja, otra fase amarillenta y más raramente una fase de color gris. Diccionario de términos médicos, Real Academia Nacional de Medicina. Madrid: Editorial Panamericana, 2012. pág. 285.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo interior / exterior o propio / ajeno, fundamentos del orden patriarcal (1996: 12), ya que en el narrador de La Prostituta hallamos constantes reflejos de ello. Cabe resaltar que nos encontramos ante un narrador que se jacta de mostrar la verdad con mayúsculas, porque «el lenguaje científico siempre es puro, como es puro el alabastro, aunque represente desnuda la estatua» (186), pero que al mismo tiempo debe tamizar sus pretensiones cientifistas próximas al positivismo zolesco a través de las necesidades estéticas propias de una novela. Es decir, del otro lado, la voz narrativa se se ve obligada a tomar derroteros de índole artística que ayuden a embellecer su creación. Se plantea aquí la necesidad de ilustrar el debate de lo que sea o no artístico, no existente en apariencia, pero que tuvo repercusión en muchos y variados ámbitos. Muestra de ello son las palabras del ilustre médico y pionero cirujano Federico Rubio y Galí en una conferencia pronunciada entre 1877 y 1878, ''Relaciones entre la ciencia y el arte'' , que asienta sus argumentos sobre la idea de que «el 53 arte se propone realizar la belleza, la ciencia se propone averiguar la verdad [y] mientras la una procede por creación la otra opera por inquisiciones» (1878: 105). La separación natural establecida entre ciencia y arte resulta solo aparente pues, como si de un autor del método experimental de Zola se tratara, el célebre médico andaluz, cuando diserta sobre la literatura, profundiza del siguiente modo en sus argumentos, tras haber perorado sobre las artes plásticas Las artes literarias, procediendo por creaciones como toda arte, reemplazan al dibujo por la descriptiva, y sus !70 Conferencia recopilada junto a otras enunciadas por personalidades de la talla de Rafael Mª 53 de Labra, Manuel Pedregal Cañedo o Gumersindo de Azcárate y que se publicaron en un curioso volumen titulado Conferencias pronunciadas en el curso académico de 1877-78. Madrid: J. C. Conde y Compañía, 1878.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo descripciones más o menos abultadas o en relieve, adquieren fijeza plástica. Con este recurso y con las imágenes o figuras, procuran los oficios que la materia inerte proporciona a las otras artes. A veces describen y figuran con tanta propiedad, que producen la ilusión de como si se estuviera viendo la cosa o personage que dan a conocer (117). ! Esta capacidad de representación que los novelistas decimonónicos hacen entrar en juego en la novela realista y naturalista es también muy valorada por Rubio y Galí, ya que, según sus palabras, el arte asiste a la ciencia logrando sacarla de lo abstracto para representarla y hacerla comprnesible, «el arte nunca es falso; el arte puede ser imperfecto; pero falso jamás» (120). Pareciera que Rubio y Galí pronunciara estas afirmaciones por encargo del propio López Bago, quien suscribía a pies juntillas las ideas de Émile Zola sobre la hegemonía de lo imaginario en la novela histórica o en la romántica al tiempo que las contrapone al trabajo científico de creación ejecutado por la novela naturalista. Acerca de esta última, el francés se jacta de que el mérito del novelista «consiste en poner de pie criaturas vivas, que representan ante el lector la comedia humana con la mayor naturalidad posible. Todos los esfuerzos del escritor tienden a ocultar lo imaginario bajo lo real» (La Prostituta: 348). Con estas declaraciones se constata la pretensión realista de la creación de estos escritores, inclusive desde reputadas opiniones como la de Rubio y Galí. La pregunta que ahora surge debe aproximarse a las formas de representación y sus maniobras, ya que el texto lopezbaguiano oscila entre la !71
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo crudeza médica recién citada y cierta forma de pudor que consigue servir de espoleta al deseo y el morbo. A tenor de este debate resultan iluminadoras las palabras del estudioso Bram Dijkstra en su impagable estudio sobre la representación femenina en el arte del siglo XIX, Ídolos de perversidad; en ellas encontramos una curiosa aportación que defiende una suerte de trasvase sobre los modos de representación realista plástica y verbal en los siguientes términos La forma de representación visual realista resulta brutalmente directa […] Pero el lenguaje, por otra parte, es el reino del signo abstracto. Por esta razón nos place ocultar nuestra propia pobreza imaginativa tras él. El escritor –al apropiarse, al recrear con palabras un prejuicio cultural vivo, que ha visto su expresión más plena y simple en la pintura «realista»– puede utilizar con facilidad el lenguaje para oscurecer, para difuminar la silueta de la imagen y hacer que su significado parezca más profundo (1994: 149 - 150). ! Ese «oscurecer» del lenguaje que Dijsktra comenta resulta de vital importancia cuando se trata de sugerir en el texto lo que una obra plástica muestra a primera vista y en su totalidad. Es obvio que el carácter lineal del lenguaje –del que Roland Barthes también habla– impone un tempo y una forma de consumo de la representación que contribuyen a los fines narrativos del naturalismo radical y sus imágenes. Todas esas representaciones visuales en conjunto acaban formando un inventario del cual, de un modo u otro, el lector obtiene y relaciona esas imágenes, pues inevitablemente, la imagen visual ya codificada verbalmente con mayor sutileza será, a su vez, !72
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo retraducida por sus lectores menos sutiles y más conformistas en una galería mental de imágenes icónicas, una galería casi siempre formada según los lugares comunes culturales predominantes sobre la naturaleza humana y la verdad (159). ! Esta manera de oscurecer del lenguaje es una de las maniobras quizá de mayor éxito de la tetralogía de López Bago con las que intentará equilibrar tanto sus pretensiones cientifistas y médicas como las literarias y estéticas. La mostración literaria de áreas vedadas hasta ese momento a la esfera pública y consideradas 'de mal gusto', junto a la pretensión comercial de acercarse al gran público, exigen cierto nivel de esteticismo en la novela que, si bien no traiciona los principios y las reivindicaciones de La Prostituta, pone de manifiesto las tensiones narrativas que se dan a lo largo de toda la obra en la que la carne y el mito pugnan por definirse y ocupar sus lugares respectivos en el discurso. Si, como comenta Pura Fernández: «los tratados médicos atentos a la patología de la sexualidad cumplen también una función de ars erótica y de incentivo de la líbido del público lector» (1996: 74), podemos afirmar que una novela titulada La Prostituta no irá muy a la zaga en el empleo de esta doble maniobra de denuncia y exhibición de una de las caras más ocultas y vergonzantes de la sociedad madrileña de finales de siglo. En efecto, el trasvase de temas de la esfera privada a la pública que tiene lugar en la obra de López Bago puede ser interpretado, como lo hace Fernández, bajo los términos de que unas pretensiones divulgativas como las que ostenta La Prostituta disfrazan cierto interés morboso por temas como la prostitución o el !73
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo edificios deteriorados por un lado, y el cuerpo peligroso de la mujer por el otro, convirtiendo a este último en receptor de las tensiones entre el discurso de la higiene y las necesidades literarias impuestas por el deseo. En esta línea, la profesora Akiko Tsuchiya argumenta el valor regulador del cuerpo de la prostituta (2001: 262 - 263) que sirve de válvula de escape, dentro del comercio, a las pulsiones más básicas y secretas de la sociedad decimonónica. Existe, pues, una interdependencia fatal entre el objeto estético mercantilizado en el seno de esta sociedad del espectáculo y el individuo que observa y consume las imágenes que integran esa misma sociedad espectacular, basada en el monopolio de las apariencias (Debord, 2003: 41). Ya se trate de un bien cultural –novelas– o del comercio venal, ambos constituyen una relación de imágenes que, pese a denunciar el comercio como denigrante e incompatible con lo bello, conforman las dos caras de la misma moneda que unas veces cae del lado del discurso sobre la reglamentación prostibularia y otras sobre las pretensiones estéticas propias de una obra literaria. Tal realidad da lugar a una suerte de tautología que solamente cobra sentido como espectáculo comercial ya que sus medios son, a la postre, su fin (41). Todo ello explica que, pese a sus denuncias del degradante comercio de la belleza, la novela de López Bago pase a formar parte activa del código mercantil imperante, dictado por los poderes del Estado y consignado unas páginas más arriba. Paralelamente, asistimos al borroso trazado de la frontera entre el discurso reivindicativo del naturalismo radical, que pretende «mostrar a la máquina humana en movimiento» esgrimiendo la novela como arma 58 !80 Estas palabras fueron escritas por E. Zola en su artículo ''Sobre la novela'' publicado 58 originalmente en Le Voltaire el 27 de mayo de 1879 (Fernández, 2005: 357).
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo ideológica, y las perentorias necesidades del relato en busca de público, aunque ello conlleve malograr la labor de sacerdote laico que el narrador se autoimpone en su ideal de fomentar y cuidar la salud pública. El narrador que nos ha introducido en la novela siguiendo a un personaje anónimo –que podría ser cualquier lector– el mismo narrador que victimiza y demoniza a la mujer desviada y cuya voz se apropia de la autoridad médica, contribuye al espectáculo comercial, cerrando ahora la descripción fisiológica del marqués de Villaperdida con otra chirriante contradicción en su discurso. El reconocimiento médico, que comenzara por la cabeza, llega finalmente a los órganos sexuales donde «Los uréteres y la vejiga ofrecerán el tipo y carácter del estado sano. En la uretra no existirá ninguna alteración perceptible. Los testículos se hallarán completamente sanos» (La Prostituta: 188). Luce en este punto la más clara contradicción tanto del discurso médico como del narrativo, ya que el Marqués padece –a todas luces– de sífilis. Como bien hace notar Erika Sutherland, la aparente normalidad apreciada por el doctor Pérez en los órganos sexuales del moribundo y sifilítico marqués de Villaperdida enfrenta al lector con un reconocimiento médico poco ortodoxo: «The unexpected juxtaposition of a sexually transmitted disease with no apparent sexual detriment is one of the reader’s early clues that this will be no ordinary clinical portrait» (2003: 282). La interdependencia existente entre el objeto de consumo y el mercado obliga al narrador a ignorar lo que clínicamente sería obvio e innegable: el deterioro de los órganos sexuales de Villaperdida, pues este, lejos de fomentar el interés por detalles ocultos nunca antes mostrados al lector, provocaría el rechazo de lo mórbido, consecuencia del vicio y el libertinaje denunciados y que, no !81
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo obstante, sirven de reclamo. En su trabajo, Sutherland arguye que don José de las Lanzas y de las Medias Annatas, conde de Ríosucio y marqués de Villaperdida sufre de sífilis en su estado terciario –el más avanzado– por lo 59 que es imposible que no sufriera algún tipo de lesión en sus órganos reproductores , hecho totalmente lógico que la edad del personaje y su vida 60 teñida con tintes sensacionalistas corroboran. Es decir, el episodio en el que Villaperdida contagia a su joven esposa (La Prostituta: 288), por haber vivido una juventud disoluta y pendenciera y su edad avanzada en el momento de la narración, hacen pensar que el estado de esta dolencia infecciosa afecta ya al sistema nervioso central, a la actividad motora así como propician la aparición de otros signos ulcerosos y de olor claramente notables, propios del estadio más avanzado de esta enfermedad. Por ello, cuando Estrella abandona la !82 Al margen de las obvias connotaciones políticas y las alusiones al gobernador de Madrid 59 que Fernández argumenta (La Prostituta: 175 -176), nótese la ácida crítica al poder mediante la retahíla de títulos burdamente simbólicos como Ríosucio aludiendo al arroyo; peyorativa localización para las mujeres callejeras. Asimismo se atañe a los anacrónicos tributos pagados a la Corona «Por Reales Cédulas de 18 de agosto de 1631 y 10 de diciembre de 1632 se crean los impuestos de la Media Annata y de Lanzas, este último exclusivo para los títulos nobiliarios y aquel también para otros grupos. El impuesto de la Media anata o annata gravaba los nombramientos para empleos retribuidos o mercedes que se hacían. Se devengaba cuando el interesado entraba en posesión de la merced o empleo, y recibía ese nombre porque la deuda tributaria se fijaba en la mitad de lo que el empleo retribuido o la merced concedida rentase en un año. b) El pago del servicio de Lanzas, en cambio, se hacía todos los años. Su origen se encuentra en la obligación que antiguamente tenían los grandes señores, y entre ellos los poseedores de títulos, de servir al Rey con un determinado número de lanzas cada uno, en función de sus rentas, cuando eran requeridos para ello para las necesidades de la guerra.» <http://www.diputaciondelagrandeza.es/lanzas-y-media-annata> E. Sutherland describe en su trabajo las fases conocidas de esta enfermedad (281-282) y se 60 basa en Relman, David., Morton, Swartz y Weller, Peter. ''Syphilis and Nonvenereal Treponemotoses'' en Scientific American Medicine, vol. 7; New York, Scientific American: 1998. Aunque nos parece más ilustradora para nuestra lectura la distinción en fases que establece José Francos Rodríguez en 1884, año de publicación de La Prostituta en un estudio recopilatorio sobre la sífilis y su sintomatología titulado Patogenia de la sífilis: sus relaciones con algunas enfermedades crónicas. Memoria leída en la Academia Médico-Quirúgica. El que fuera médico, alcalde de Madrid y ministro, establece aquí una rudimentaria clasificación de las dolencias sifilíticas divididas en «chancro inicial, periodo secundario y periodo terciario con la de periodo de inflamación rápida y aguda y periodo de inflamación lenta» (46) que quizá, junto a otros estudios, no le fuera del todo ajeno a López Bago.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo habitación que ha compartido, irremediablemente, con el Marqués el narrador nos cuenta que «Las manos calenturientas la empujaron, y luego dejó de aspirar aquel olor infecto que no sabía a qué atribuir» (297). Al igual que el transeúnte anónimo del comienzo de la novela, el marqués de Villaperdida es utilizado por la voz narradora como elemento focalizador de la trama novelesca, probablemente, con plena consciencia del carácter extraordinario de un personaje como este. Por esta misma razón, esa voz niega, en el capítulo XI, que Villaperdida sea una creación idealista o poco verosímil, porque «la inverosimilitud no existe» (La Prostituta: 287) –enfatiza en un alarde de documentación de la realidad cruda y cercana– pues, según él, se trata de «un tipo nuevo, pero real y muy corriente» (287). Pero en Villaperdida también tienen lugar otras batallas, así como sobre el cuerpo de la mujer desviada se inscriben diversos discursos. El Marqués será la arena sobre la cual la ciencia y la religión se enfrentan por explicar y sanar las dolencias de este; nos dice el narrador: «Entre el médico y el sacerdote, entre el curador del cuerpo y el curador del alma del Marqués, existía siempre una odiosidad que se manifestaba a cada momento, con cualquier pretexto y en todas las conversaciones» (190). Esta batalla, reflejo de la que se libraba ideológicamente en la España de la Restauración, acaba por subyugar a la parte espiritual ya que en la vida enferma del aristócrata «Las mañanas no eran suyas, eran del médico. La cura del cuerpo esclavizaba el alma» (247); aunque no se queda aquí López Bago, cuya mano anticlerical adivinamos en la parodia que seguidamente tiene lugar en la narración. Ello es que, en el servicio de misa matinal de la casa y en ausencia del criado Uñalarga, no se dispone de nadie que sirva de ayuda en el oficio y, tras una breve duda, será el propio doctor !83
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo Pérez quien se ofrezca a hacerlo propiciando una escena no exenta de humor y que el narrador lopezbaguiano tilda de triunfo completo (247), pues el padre Manrique, a las cuatro palabras, estaba ya demudado, rojo de cólera. Pérez no contestaba acorde. Pérez, imperturbable, pronunciaba siempre la misma palabra: Amén. El cura no quiso interrumpir el oficio divino ya empezado. Tomó el partido de apuntar la respuesta al médico, pero este aparentaba no oírle. Amén, repetía sin cesar; y cuando terminó el santo sacrificio, ya en el cuartito de la sacristía: ––¡Sacrílego! –gritó–. ¿Por qué no ha dicho usted que no sabía ayudar a misa? ––Pero, señor cura, ¿no lo he hecho bien? A mí me parece que he estado inmejorable, correcto. ––¿Por qué decía usted amén? ––Para evitar disputas; pero está visto que entre nosotros las habrá siempre, aunque yo diga amén a todo (247-248). ! Queda así zanjada la lucha de contrarios –otra más– que La Prostituta atesora, tanto en su oscilante narrador, como en las paradojas que este relata desde el corazón de la ciudad, en el interior de las casas de lenocinio, hasta llegar a la intimidad de alta alcurnia. El objeto de deseo puede constituir una fuente de satisfacción, bien mediante su adquisición o bien a través de su figuración mental, aunque puede convertirse en un generador de frustración si resulta inalcanzable o frugal en su disfrute; pero fuere como fuere, el hecho es que «los apetitos aumentan al adoptar las creaciones simbólicas de la inteligencia» (Marina, !84
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo 2007: 58). No se trata pues, simplemente, de poseer, alcanzar o adquirir el producto –el bien de consumo– sino del papel que desempeñan las pulsiones y los valores. La consideración de la mercancía como símbolo del poder y no como mero objeto nos ayudará a entender la importancia de los avatares judiciales por los que La Prostituta tuvo que pasar y que, de un modo u otro, convirtieron a ese producto cultural en integrante exitoso del comercio, de la sociedad del espectáculo que integra. Pura Fernández, como la voz más reputada en el escritor arajovense, documenta sólida y profusamente en la edición que utilizamos de referencia en este estudio el proceso judicial al que se enfrentaron López Bago y su obra, hechos a los que también alude en el marco del Naturalismo radical en su trabajo de 1995; por ello remitimos a la investigadora madrileña si se precisase conocer detalles y pormenores de estos episodios. La Prostituta fue retirada de tiendas y de todo servicio de venta por orden del gobernador de Madrid tras la acusación de injuria y calumnia que los médicos de la Sección de Higiene encargados de la inspección de las prostitutas hicieron caer sobre López Bago; a cuya denuncia se sumó la correspondiente por parte de la Administración por escándalo público. Tras las pertinentes vistas y multas, el 12 de diciembre de 1884 el escritor obtuvo la libre absolución la cual fue ratificada por el Tribunal Supremo en junio de 1885 , anulando toda sanción y toda acusación anterior, pública y privada. A 61 tenor de la sentencia del máximo órgano judicial debemos destacar que este 62 !85 Fernández, 2005: 51. 61 Que, dada su fecha, también anula el proceso que se iniciara contra la publicación de La 62 pálida, título que continúa la historia Estrella.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo se basa, como afirma Pura Fernández, «en la peculiar naturaleza artística del libro, que ha de juzgarse de acuerdo con su 'especial índole y trascendencia'» (2005: 52), hecho que está directamente relacionado con la Ley de Imprenta del 26 de julio de 1883 que, en un movimiento claro hacia las libertades con respecto a la ley anterior , reconoce «que la libertad del 63 pensamiento, expresado por la palabra escrita, no debe depender de la libertad de los Gobiernos» (1908: 68). Así es claramente comprensible la consideración más laxa hacia las novelas de nuestro autor, plagadas de escenas comprometidas. Esa naturaleza especial que el Supremo detecta en la La Prostituta se apoya sobre consideraciones inherentes a esta nueva ley que tiene muy en cuenta que Para hacer este trabajo, verdaderamente delicado, no basta el examen de las frases que puedan servir de causa inmediata a la persecución; hay que fijarse en el discurso, en el artículo, en la obra entera, en su conjunto y en sus detalles, se han de apreciar sus formas y esencia, para que el Tribunal pueda formar criterio exacto de la naturaleza, alcance y motivos del asunto (70). ! El afán de realizar un análisis más profundo y global del mensaje impreso que tenga en cuenta la totalidad de las circunstancias que lo definen coadyuva a que la mayor responsabilidad recaiga, en definitiva, sobre el criterio funcionarial y su capacidad intelectual, como reza el párrafo siguiente: Las dificultades que, en algunos casos, puedan ofrecerse para distinguir cuándo procede el escrito dentro de la esfera de su derecho, y cuándo abusa de este al efecto de !86 La ley de 7 de enero de 1879 que contemplaba los llamados delitos de imprenta y sus penas 63 (Leyes políticas, 1908: 68).
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo ejercer la acción penal, serán vencidas por la ilustración de los funcionarios del Cuerpo fiscal con el estudio del artículo, suelto o noticia del que se trate, y la natural y sencilla aplicación de las prescripciones del Código penal en que se pueda hallarse comprendido el caso (69). ! La mayor laxitud en su aproximación así como la consideración de la índole especial de la obra de López Bago fiada, extraordinariamente, al criterio intelectual del cuerpo funcionarial y no al inmovilismo de la letra, propician, como se puede comprobar, la censura y la posterior autorización por parte del mismo sistema: ese mismo sistema que critica y que también regula los referentes del relato en un nuevo juego de esa sociedad del espectáculo, que pivota entre contrarios y que crea respuestas comerciales o legales a las necesidades generadas por la regulación que ella misma impone. El cuestionamiento moral y judicial sufridos por La Prostituta, con el consiguiente secuestro de su edición, reportaron a la novela una revalorización comercial que le aseguró un éxito de ventas sin precedentes, de entre unos quince mil y diecisiete mil ejemplares. Como bien calcula Fernández (1995: 127), en agosto de 1886 se publica una quinta edición de tres mil ejemplares y, dado que las primeras y segundas ediciones solían constar de unos cuatro mil ejemplares, podemos aventurar ventas muy elevadas. Estas cifras resultan aún más extraordinarias si tenemos en cuenta la simultánea publicación de La Pálida –segunda entrega de la tetralogía– y de la inminente llegada a las librerías de La Buscona y La Querida, tercera y cuarta entrega respectivamente, pudiendo alcanzarse un total de sesenta y dos mil ejemplares en un periodo inferior a dos años (127). No obstante estos escandalosos guarismos, la !87
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo relevancia del litigio que afrontó López Bago junto a su obra radica en que el cuestionamiento que el sistema –judicial, regulador e higienista– lleva a cabo sobre el valor de uso de La Prostituta hace que su valor de cambio incremente; ya sea este entendido en términos económicos o simbólicos. Es decir, finalmente, el producto La Prostituta es rentable y exitoso en la sociedad del espectáculo en la cual la relación entre sujetos está mediatizada, desde el deseo espoleado por su prohibición y su ocultación hasta la maniobra seductora que, a la postre, supone el secuestro de la edición de la novela. La mercancía del mito se torna fetiche hasta ocupar la totalidad de la vida social. «No es únicamente que se haga patente la relación con la mercancía, sino que ya no hay otra cosa más que esa relación» (Debord: 55), una relación que en este caso está plagada de constantes contradicciones discursivas. En resumen, La Prostituta se convierte en un producto comercial más en la sociedad de mercado merced a hechos tan contradictorios como mostrar y ocultar el meretricio en el seno de la ciudad, o al narrar la enfermedad en boca de un médico, silenciando las repercusiones sexuales y mórbidas de la patología relatada. Igualmente, las contradicciones discursivas que denotan el rechazo a la sociedad del mercado, a la vez que los dispositivos sanitarios y judiciales de esa misma sociedad la acaban legitimando como producto cultural, constituyen los factores que terminan de insertar la creación de López Bago en el sistema de comercio burgués. La novela que abre la tetralogía prostibularia de López Bago ocupará, por tanto, un lugar destacado en el sistema mercantil y espectacular que nutre al capitalismo de finales del siglo XIX. Al mismo tiempo, la negación del sistema regulador que revisa a la baja !88
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo su valor de uso por considerarla inmoral, le supone una tasación al alza de su valor de cambio. La Prostituta se convierte en un sistema de imágenes relacionadas entre sí, perfectamente integrado y autónomo en la realidad social y literaria española de la época; y contribuye, finalmente, al general desvanecimiento entre verdadero y falso, entre realidad y producto –carne y mito– de esa sociedad mercantil y espectacular cimentada en el comercio y las apariencias de la mercancía. ! ! La Pálida o el fetiche de la mercancía ! La analogía existente entre el objeto estético mercantilizado en la sociedad del espectáculo y el individuo que consume o contempla ese producto conforman una misma instancia en la que las distinciones se borran en favor de las relaciones. Objeto y consumidor son, por tanto, las dos caras de una misma moneda que en La Prostituta se condensan en el personaje de Estrella. La protagonista femenina de esta obra experimenta un desarrollo análogo al que tiene lugar en la novela en sí en tanto que bien cultural: Estrella es una mujer que comercia con su cuerpo, que está regulada y censurada por diferentes estamentos y que precisa encontrar, como lo halla La Prostituta, un espacio propio dentro de esa sociedad del espectáculo que es la España decimonónica. Aunque unas páginas más adelante tendremos la oportunidad de describir y analizar el fenómeno de la prostitución durante el siglo XIX con la profundidad y el detalle que precisa, conviene ahora ilustrar algunos de los !89
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo achaca un rechazo radical al orden y la economía (Corbin, 1990: 7), está, sin embargo, controlada desde el principio. Estrella es objeto de reclusión y control constantes; y en el proceso de búsqueda de una salida vital y de negociación comercial que lleva a cabo pone en circulación su único capital, su cuerpo, lo cual permite al personaje femenino aprovechar el orden económico y simbólico existente para subsistir. Por un lado, el meramente material, Estrella no rechaza o escapa a la estructura económica existente; antes bien, se vale de ella como mujer joven y bella, sin instrucción y carente de todo amparo masculino, que recurre a la explotación de su cuerpo en busca de rédito económico para subsistir. Del otro lado, el simbólico, esa estructura muestra la manera en que el deseo es canalizado en la tupida red de flujos que recorren la convulsa y –como hemos visto– contradictoria sociedad decimonónica. De uno y otro extremo se desprenden los elementos necesarios para que Estrella se introduzca en un sistema idóneo con el fin de comercializarse: el burdel, que además tiene su propia arquitectura y jerarquía. El lector de La Prostituta asiste a la secreta reunión entre Arístides el Chulo, quien ya destacaba como proxeneta al frente del prostíbulo de Mari Pepa, y el marqués de Villaperdida –cómo no– mediante un anónimo y en una iglesia . Al más puro 68 estilo folletinesco y con los tintes propios del anticlericalismo del escritor arajovense (159-160), en esta reunión se fragua el diseño de la red prostibularia más profusa y variada que podamos pensar. El propio Arístides, tras las dos horas de secreto encuentro con Villaperdida, expresa aún incrédulo el plan concebido por el enfermo parlamentario del siguiente modo: «–¡Vaya que es !96 No debemos olvidar que Isidora Rufete conoció, no por mero azar, a Botín en una iglesia en 68 La Desheredada (2007: 233-236).
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo un plan magnífico! Veinte casas de a tres pesetas, diez de a duro y otras diez de lujo! Y yo al frente de todo esto» (162). Esta red de cuarenta lupanares constituye una arquitectura social y comercial del sexo que resulta revolucionaria, puesto que, como si de una franquicia de modas del siglo XXI se tratase, ofrece diferentes productos y a diferentes precios bajo distintas marcas y clases –todas ellas mujeres desviadas– que están interconectados desde la base: Aun cuando el lupanar de Mari Pepa pertenecía, como ya sabemos, a la última de las tres categorías en que estaban divididos los cuarenta que estableció el Chulo en Madrid, era de todos ellos el mejor organizado, y también el más importante, ya que no por la calidad, por el número de prostitutas con el que contaba (166). Este sistema mercantil de cuerpos y prostíbulos es la metáfora perfecta de la organización de la prostitución reglamentada por las autoridades médicas y de policía. Distribuidos por la ciudad y diseñados para todos los públicos, son un archipiélago comercial diseñado para permanecer 69 invisible en el corazón de la ciudad, y en pleno funcionamiento al mismo tiempo. En este sistema mercantil de deseo e intercambio comercial, Estrella constituye un engranaje más, incorporado a la maquinaria que la torna en mero mecanismo de un orden preestablecido el cual, además, fiscaliza su !97 Alain Corbin (1987: 214) utiliza esta misma noción en su estudio sobre la prostitución 69 parisina bajo la prefectura de Magnin en el primer tercio del siglo XIX aunque se refiere a ello como medida de control de las prostitutas y nosotros, por el contrario, entendemos que la dispersión es una estrategia comercial. No en vano el propio narrador de La Prostituta describe la manera en que Arístides el Chulo regenta todos los burdeles a su cargo desde el de Mari Pepa donde el proxeneta «estableció su cuartel general de operaciones; tuvo en él, digámoslo así, la oficina central, convirtiendo en sucursales las treinta y nueve restantes» a la manera de las grandes cadenas comerciales.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo comercialización. Nos hallamos ante un lugar de organización social del deseo donde, según O’Neill, tienen lugar «relationships between whores, the state, the working-class communities and the regulation of the body […] and the fact that prostitution has always been 'work' that women can engage in to make a living» (2001: 128). Por tanto, la protagonista de López Bago ejercerá su función comercial y laboral dentro de la ley estructural del valor, en el seno de la ya innegable sociedad del espectáculo. El ingreso de Estrella en el burdel de Mari Pepa acarrea, sin embargo, ciertas consecuencias y requisitos que deben ser satisfechos en el seno de un prostíbulo, como parte integrante de un mecanismo global del comercio sexual en la sociedad que La Prostituta describe. El ingreso en el imperio sexual regido por Arístides no le otorga, de entrada, un lugar único e identificable dentro de ese sistema regulador y mercantil, pues solo en función de este cobrará entidad y autonomía propias. La respuesta a dichas necesidades tiene lugar a medida que la vida de Estrella en el burdel se va asentando y que el funcionamiento de esta industria del deseo va adaptando a esa mujer desviada como apta para su uso o su consumo. Si bien nuestra joven es un claro ejemplo del modelo unidimensional de la literatura folletinesca en numerosas ocasiones, a partir de este punto podremos comprobar cómo el narrador trabaja sobre el personaje de una manera inusitada bajo el influjo de las reflexiones de Émile Zola en 'La novela experimental', que declara que el objetivo moral en la fisiología y en la medicina es «hacerse amos de la vida para dirigirla» (2002: 64). El narrador de La Prostituta representa a Estrella bajo esta batuta, convencido de las palabras del gran novelista francés: «En esto reside la utilidad práctica y la elevada !98
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo moral de nuestras obras naturalistas que experimentan sobre el hombre, que desmontan y montan de nuevo, pieza por pieza, la máquina humana con el fin de hacerla funcionar bajo la influencia de los medios» (64-65). El montaje de Estrella se va fraguando pieza a pieza, episodio a episodio; y será ese proceso el que definitivamente le garantice una inserción mercantil exitosa, espectacular. Todo comenzará por la adopción del sobrenombre con el que sus propias compañeras del burdel bautizarán a la recién llegada Estrella: «– ¡Adiós! Esta tiene ya pensado el mote. –Sí que lo tengo. Se llamará la Pálida. – Pues, mira, no es malo eso de la Pálida. ¿A ti te gusta que te llamemos así? –Sí, señora; a mí me gusta todo» (206). De este modo, el característico tono de su piel pasa a denominar el todo en un ejercicio de sinécdoque que contribuye a 70 distinguir y singularizar el cuerpo de Estrella para su venidera comercialización. Ese proceso de montaje al que hemos aludido, continúa aportando datos sobre ella como su apellido, Sánchez, y su edad aproximada: «–Creo que tengo diecinueve años» (204). Más adelante se trata de alimentar su desnutrido cuerpo, sirviéndole caldo, jamón, miel y chucherías varias (205-206), y atendiendo a su única petición: «–Pan, quiero pan!» (205). Pero la verdadera optimización de la marca la Pálida llega con la imagen definitiva que la recién llegada adquiere de manos del ama del burdel. La anterior Estrella cubierta de «guiñapos que asustan a la gente» (205) es llevada, no sin misterio por parte del narrador, a terminar 'su montaje', su conversión en producto, a un piso de la calle Hortaleza de donde salió «completamente transformada, !99 Se repite esta explicación sobre el mote en la página 218 de la novela. 70
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo vestida de pies a cabeza» y hecha «un brazo de mar» como exclamaron sus compañeras, «–¡Mira la Pálida, que parece una duquesa!» (211), acaba por exclamar una de ellas. La adecuación del producto pasa, obviamente, por crear una imagen óptima y atrayente, dotando a Estrella de «lo mejor y lo de más lujo» según las instrucciones del verdadero diseñador del producto, Arístides, quien consideraba que: «Era preciso realzar, avalorar el brillante con la montura. La Pálida valía mucho por ser hermosa; valía doble por ir bien vestida» (211) . 71 El capital de Estrella, su belleza, su cuerpo, ya ha sido optimizado para convertirlo en un producto; su marca, la Pálida, también le ha sido impuesta como signo distintivo. Todos los requisitos que este primer nivel, el material, precisa han sido alcanzados satisfactoriamente para una inserción óptima en la red comercial del sexo en la que fue introducida solo unas páginas antes. Ahora bien, una lectura más profunda como la que proponemos, debe trascender este nivel puramente material y ocuparse de la dimensión simbólica para desenmascarar, una vez más, a ese narrador que oscila entre discursos enfrentados y que utiliza los recursos narrativos a su alcance para mostrar y ocultar, para juzgar y provocar deseo. La voz que describe e inscribe los discursos sobre Estrella debe poner en circulación la imagen ya optimizada de esta en tanto que producto, como si de una campaña publicitaria se tratase, pues la sociedad del espectáculo precisa crear la relación existente entre el bien !100 Afirmación parecida a esta le hace llegar Arístides al marqués de Villaperdida en la página 71 213.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo de consumo y su imagen; y La Prostituta cumplirá este último requisito con creces . 72 La primera maniobra en este sentido implica, nuevamente, un espectáculo de la carne. En él, el lector –como ocurriera con los espectadores del teatro de variedades en Naná– será testigo pasivo de un juego literario de seducción que el narrador ejecuta no sin cierto grado de sutileza. Asistiremos a la mostración mediada y segmentada del cuerpo de Estrella que, sin llegar a la total desnudez como en el caso de la francesa, constituye un singular ejercicio de exhibición de ese cuerpo convertido ya en producto. Obviamente el lector será el convidado de piedra de esta escena en la que Mari Pepa, relevando a Arístides en los tratos con el Marqués, conseguirá que sea la propia Estrella la que muestre, inocente y despreocupadamente, sus naturales galas en busca de la aprobación definitiva de la inversión realizada en ella. Por su parte, Villaperdida asistirá a la escena en directo mediante un ingenioso juego de voyeurismo desde una habitación contigua: «–¡Quiero ver a Estrella! –¡Cómo! ¿Qué quiere usté ver a la chiquilla? –Sin que ella me vea» (219). Nos encontraremos pues, situados en un sutil escenario de tres instancias: en la primera, Estrella muestra su cuerpo siguiendo las fingidas instrucciones de Mari Pepa; en la segunda, Villaperdida observa en secreto a la joven adquisición del burdel desde la habitación contigua; y por último y desde afuera, el lector asiste a la totalidad de la escena. Esta triple óptica pone en !101 Llegados aquí cabe recordar las reivindicativas y pioneras palabras de Edward Baker en pro 72 de un estudio serio y formal sobre la publicidad en el Hispanismo. La creación publicitaria es calificada por profesor de la Universidad de Florida como ''discurso-fetiche'' por excelencia, términos que no resultan nada ajenos a nuestra lectura de Estrella como producto. Véase ''El comercio y la novela en el Madrid del siglo XIX'' en Actas del I Coloquio Internacional «literatura y espacio urbano». Alicante: Fundación Cultural CAM, 1993.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo funcionamiento la mirada del deseo al mismo tiempo que, narrativamente, delega en los propios personajes la carga moral de una acción, otras veces denunciada por vergonzante y reprobable por el mismo narrador. Así, la andaluza finge interés por la reciente lozanía y el engorde de su nueva pupila: «–Te digo que sí. A ver, enséñame la pantorrilla. Sin resistencia, Estrella se levantó el vestido» (221), para luego demandarle que se libere del vestido alegando la necesidad de ciertos ajustes de costura: «–No, quítatelo aquí, que voy a ver si tiene arreglo. Estrella se lo quitó, y su hermoso busto mostró el levantado comienzo de los pechos, la graciosa curva de la espalda, los torneados brazos» (221). Este triple juego de perspectivas denota, esta vez sofisticadamente, un narrador consciente del peso moral y de las consecuencias de la mostración del cuerpo de la mujer, atribuyendo a un personaje, Mari Pepa, la argucia del 'inocente' desnudo de Estrella en aras de espolear el deseo y la necesidad de posesión de un cuerpo fragmentado y convertido en fetiche: la mercancía queda dispuesta como centro del espectáculo. El siguiente paso que un producto debe seguir es «la ocupación total de la vida social», según Guy Debord lo plantea (2003: 55). Es decir, en la sociedad del espectáculo de la cual Estrella ahora forma irremediablemente parte, no bastará la relación entre imágenes a tres bandas como la que acabamos de describir. Se trata, sobre todo, de que no exista nada más que esa relación, de que la mercancía ocupe todo lugar simbólico posible. Con el fin de lograr esa omnipresencia, se convierte en un imperativo proyectar la imagen de Estrella hasta saturar el espacio simbólico que la sociedad del espectáculo brinda a !102
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo todo bien de consumo. De manera semejante a la constelación de casas de lenocinio que Arístides y Villaperdida planificaban, la imagen de la nueva Estrella copará la mirada del lector mediante el único procedimiento capaz de aunar las exigencias del relato y las del deseo: la fetichización de la mercancía. Es Debord quien mejor explica este proceso del orden simbólico que opera sobre lo material mediante el cual «el mundo sensible es sustituido por una selección de imágenes que existen por encima de él, y que se aparecen al mismo tiempo como lo sensible por excelencia» (52). El plan de mercadotecnia diseñado por el proxeneta parece el más acertado, y el narrador nos lo deja claro pues «pensándolo bien, no se trataba de una mujer, sino de una empresa» (225). Este producto, la carne, debía forjar el mito y para ello es necesario ese reclamo «inmenso, colosal y al mismo tiempo especialísimo» (223) porque la propia naturaleza del producto lo exige. Es decir, «una mujer, o, mejor dicho, […] la carne de mujer no se anuncia por medio de prospectos, ni se puede poner a la venta lo mismo que la carne de vaca» (223). Ahora el lector, el mismo que seguía al anónimo transeúnte que abría la novela, es partícipe de los proyectos propagandísticos de Arístides y de la ilusión espectacular que este pretende crear: «Retratarla, retratarla ante todo; hacer tres clases de retratos, vestida, medio vestida y desnuda» (224), con el fin de hacer las delicias de jóvenes y mayores disolutos y entregados al vicio. La venta de estas imágenes constituye «una especulación de grandes ingresos» (224), y también la fetichización de Estrella hasta el grado más alto . Inundar los círculos del 73 !103 Son aconsejables los trabajos de Bernheimer, Evans y Ross en Seduction and Theory (1989) 73 editado por Diane Hunter en torno a las dinámicas de fetichización y deseo y las ópticas masculina y femenina en diferentes productos culturales.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo comercio sexual con retratos de Estrella y provocar la previsualización del producto, convertido en fetiche, representan el ejemplo paradigmático de la mercancía en el seno de esa sociedad del espectáculo cuyo núcleo es la relación de esas imágenes comerciales puesto que, como el narrador nos explica: «nadie vería a la Pálida; permanecería encerrada en el lupanar, mientras que circulaba de mano en mano su imagen, capaz de exaltar y sobrexcitar los sentidos del mas casto» (224), y del lector –añadiremos nosotros. El espectáculo se contempla, pues, a sí mismo, creando y recreando una realidad dentro del sistema prostibulario y regulador del Madrid de finales del siglo XIX. El tercer y último eslabón de este proceso de comercialización es mucho más sutil que los anteriores. En este punto nos hallamos ante un hecho que la crítica ha observado con mirada poco precisa y que gira en torno a la virginidad de la joven adquisición del burdel de Mari Pepa. Tanto Guereña (2003: 333) como Sutherland (2003: 285) consideran que Estrella ha sido «desflorada por el marqués» o ven a este como «el comprador de su virginidad», respectivamente, aunque este hecho sin duda representa algo más complejo que la simple y llana pérdida de la virginidad de la protagonista. Pero antes de proseguir con la lectura de la obra de López Bago conviene resaltar la importancia otorgada a la virginidad femenina en el entramado de creencias sexuales de la época. Para ello acudimos al especialista e historiador del cuerpo humano Alain Corbin que nos recuerda la equivalencia existente 74 entre virginidad y pureza y que, sorprendentemente, resulta ser lugar común !104 Pese a citar solo a Alain Corbin por razones prácticas, nos referimos a la Historia del cuerpo 74 que él mismo coordinó pero que cuenta también con el trabajo de Jean-Jacques Courtine y Georges Vigarello.
¡Que suba el telón! Comienza el espectáculo de religiosos, médicos e incluso autores de literatura erótica (2005: 68). La fragilidad de la pureza, la casi inefable integridad sexual femenina posee un valor superlativo que genera, como bien aclara Corbin: «una espera inquieta y fascinada, a menudo impaciente, de la metamorfosis, […] que puede llevar a todos los grandes cambios» (68). Esa espera es justo la que desempeñará un papel crucial en los planes mercantiles de Arístides el Chulo y que está directamente entroncada en la valía suprema y casi mística de la virginidad. Pese a estas valoraciones y a las consideraciones críticas mencionadas, hemos de hacer justicia al narrador de La Prostituta quien ya nos ha hecho saber que Estrella no es virgen desde que es introducida en el relato. Las condiciones de miseria material y humana de las que surge nuestra protagonista nos describen el jergón que esta compartía con sus progenitores (200) y en el que, al enfermar y afearse su madre por el maltrato físico recibido, «muchas noches tuvo que defenderse en una lucha terrible […] contra su mismo padre, que, ofuscado y bestializado por el alcohol del aguardiente, quería lo que era imposible. ¡Pero en estas luchas no ganó nada su fortaleza, y perdió su castidad!» (200-201). Si atendemos, pues, al texto con mayor atención que la prestada por los críticos mencionados, la virginidad de Estrella es ya un imposible para todo aquel que la desee, pese a que se convertirá en una de las piezas esenciales del engranaje comercial –espectacular– ensamblado en torno a la pureza de la joven. En esta misma dirección, si somos lectores perspicaces, observaremos el juego de equívocos que el narrador utiliza a su conveniencia solo una páginas más adelante al postular el valor de la joven que «valía mucho por ser hermosa; valía doble por ir bien vestida» (211) con unos trajes !105
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas que, sucintamente y haciendo honor a su buena casta periodística familiar, nos ofrece una interesante reflexión sobre la «extimidad» propiciada principalmente por el auge de las redes sociales. La constante exposición de la vida en internet, desde un café con amigos hasta las vacaciones familiares, pasando por eventos relacionados con el trabajo, han hecho que la barrera que López Bago hace aparecer tan difusa en su novela se nos antoje, todavía, una quimera. Apoyada en el trabajo de la antropóloga argentina Paula Sibilia , 77 Yanke alude a una intimidad que paradójicamente «tiene que exhibirse para poder realizarse y ser» porque «es importante que los demás vean lo que somos, y sobre todo que digan que les gusta para confirmar que uno existe». La existencia requiere pues, de cierta validación externa en la era de «la visibilidad y la conexión» que, en este punto entendemos que desacertadamente, la periodista vasca contrapone a una supuesta tendencia a la introspección existente en el siglo XIX. La existencia de pornófilos, exhibicionistas, dóminas, fetichistas de toda índole y tendencia sexual, o amas de casa que cada día muestran una instantánea distinta de su atuendo, su escote o su manicura en tuiter, no está tan alejada de muchos de los gestos y textos decimonónicos que aquí estudiamos. No se trata ya de sacar las imágenes de Estrella la Pálida a la calle, sino de hablar de un movimiento de transgresión transversal siempre presente en el devenir humano y, por ende, en la literatura. Pero abordar todas las !112 La intimidad como espectáculo, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008. Según cita 77 Yanke.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas implicaciones de la intimidad excede, sin lugar a dudas, a nuestro propósito y cae –obviamente– del lado de la antropología . 78 Con el fin de fijar un punto de anclaje que nos sirva para ilustrar, por un lado, que en el siglo XIX la intimidad se encuentra en crisis, y por el otro, que consecuentemente el recogimiento y la introspección citados no están tan presentes en las obras –literarias y no literarias– que abordamos, conviene releer My Secret Life. Esta obra no es una simple novela, o una confesión descubierta con carácter póstumo en la que hallar alguna escena privada contada con cierto arte o con menos pudor que el de costumbre. My secret life comprende once volúmenes de cuatrocientas páginas y de ella solo se realizó una edición privada en Amsterdam hacia 1890 de la cual, actualmente, se conservan tres . Desconocida por muchos en las letras españolas, My Secret 79 Life cuenta las memorias de un acaudalado inglés de la época victoriana que, escudado en el anonimato, relata minuciosamente todas sus experiencias sexuales desde la pubertad. Lo que comenzara como un simple diario tomó un cariz más serio y maduro, como el propio autor comenta: «Comencé a redactar mis memorias hacia los veinticinco años. Había ido escribiendo una especie de diario desde mi juventud y esto es lo que probablemente me incitó después a revelar mi vida interior y secreta» (1984: 19). Realizando en el texto algunas calas al azar, podemos saltar de los más naturales juegos de voyeurismo adolescente hasta las escenas más sórdidas e incluso violentas vividas por un !113 Resulta imprescindible la consulta de Historia de la vida privada. Madrid: Taurus, 2005. Ed. 78 Duby, Philippe Ariès y Georges. Conocemos que en los últimos años se han publicado distintas ediciones modernas de esta 79 obra, unas con estudios anexos como la de Antonio Escohotado y publicada por Tusquets (2006), otras parciales o extractadas aunque nosotros remitimos a la edición presente en la bibliografía de este trabajo.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas adulto profundamente obsesionado con el sexo y todo lo que a este rodea. El narrador es un hombre que cuenta en primera persona su vivencia y participación en los hechos pero que, a diferencia de las obras que aquí tratamos, también protagoniza el relato, dejando a la mujer en un segundo plano o incluso instrumentalizándola; desnudando y desnudándose ya que, como defiende en su prefacio: «Pudor y deleite no pueden coexistir, pues finalmente uno acabaría matando al otro» (20). La veracidad que el autor atribuye a los hechos narrados (23) deja bien a las claras un primitivo ejercicio de extimidad. Una muestra al azar lo deja bien claro, como el caso de la entradilla del capítulo VI En donde se describirá a Camila, así como circunstancia en que la conocí, entre ellas su desnudo, el diván, su lavado, su cara, su cuerpo y su coño. En donde el lector sabrá su manera de hacer el amor, su grado de concupiscencia y su oferta de acostarse gratuitamente. De como tras Camila vino otra francesa llamada Gabriela, de la que asimismo se describirá cada uno de sus encantos. A Gabriela la sucederá Ninette, con quien tendré mi dosis diaria de alocado placer. Y si el lector me sigue, entraremos en el apartamento situado encima de la verdulería, donde conocerá a Luisa la pelirroja. Y también a otros personajes de mi recuerdo, como la hija de mi amigo, y otras peripecias, como el culo pellizcado, una criada abrazada, un golpe sobre mi sable, una playa donde iré con Loo, una declaración de amor y una criada virtuosa (95). ! Con su irreverencia y su crudeza, este texto hace tambalear los cimientos mismos de las escenas reservadas a toda mirada ajena. Abre no solo !114
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas alcobas y camas sino la mente y sus deseos más salvajes, sembrando la semilla de la duda sobre la intimidad de cualquiera pues, como sagazmente afirma «No es más que el relato de una vida humana que tal vez se parece a la vida cotidiana de millares de personas, si pudiera obtenerse su confesión» (25). El deleite obtenido en sus experiencias lleva al narrador a cruzar todo límite conocido haciendo gala de un notable grado de erotolalia, es decir, hablar no solo de sexo sino de lo que se habla durante el sexo. La complacencia en cambiar de tono y de registro a la hora de narrar un encuentro físico-sexual es una muestra más de la transgresión de lo privado, de gritar lo que normalmente se susurra y de dejar atrás el voyeurismo y el ecouterismo que obviamente están más al alcance de las literaturas eróticas convencionales. No nos llevemos a engaño; esa esfera que hemos dado en llamar privada posee unos límites tan difusos como frágiles y por ello se ve constantemente amenazada por múltiples causas. La naturaleza de los hechos, los personajes involucrados en ellos o el momento histórico en el que acontecen pueden coadyuvar a convertir en asunto público lo que en un principio estaba reservado a tener lugar intramuros. El caso del narrador de My Secret Life constituye un ejercicio voluntariamente llevado a cabo por alguien que, no obstante, oculta su verdadera identidad. Pero los periódicos y semanarios llenan sus páginas con historias de personajes públicos que, bien airean su intimidad, bien son víctimas del amarillismo periodístico. Baste para ello recordar el famoso beso entre un futbolista y una periodista deportiva españoles y los ríos de tinta que generó por parte de los que vieron en él un !115
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas acto público de amor y los que lo censuraron por sexista . Es más reciente el 80 sonado escarceo amoroso del presidente de la República de Francia con una famosa actriz convirtiendo un asunto matrimonial en debate nacional, dadas las dudas que generó sobre la seguridad y la moralidad del político . Lo cierto 81 es que, desde los problemas matrimoniales de Isabel II con su primo Francisco de Asís hasta los actuales escándalos de Juan Carlos I que le atribuyen 82 numerosas amantes e incluso hijos ilegítimos , las crónicas históricas y 83 84 periodísticas demuestran a las claras el flujo constante de una esfera a otra. Estado y alcoba se confunden bajo la luz pública y dan nutrida cuenta de la crisis constante que la vida privada experimenta. ! ! Mujer, familia, estado. ! Novelada, modulada e instrumentalizada, la mujer es ahora el gozne sobre el que giran lo público y lo privado convirtiéndose en un catalizador de todos los valores simbólicos de una época. La Revolución Francesa había !116 Sirvan de muestra los titulares del diario El País tras el señalado momento reproduciendo las 80 palabras del deportista «Somos de la calle: gente normal» en julio de 2010 <http://elpais.com/ elpais/2010/07/12/actualidad/1278917329_850215.html> y la alusión al recato dos años más tarde tras otra destacada victoria «Abrazos en público, beso en la intimidad» <http:// elpais.com/elpais/2012/07/02/gente/1341224733_255220.html> El País ahondaba en la cuestionable seguridad del mandatario galo <http://elpais.com/ 81 elpais/2014/01/15/gente/1389810463_117408.html> y El Mundo recogía las reflexiones de Rafael Navarro-Valls en torno al cruce entre la vida política y la sentimental <http:// www.elmundo.es/opinion/2014/01/22/52e02dc6ca4741b37b8b457e.html> Fernández, 2008: 23. 82 Son incontables las fuentes, sobre todo digitales, que podemos hallar sobre este asunto pero 83 para evitar enojosas listas de enlaces citamos dos de una de las principales: <http:// www.elmundo.es/elmundo/2013/01/10/espana/1357819275.html> y <http:// www.elmundo.es/especiales/espana/el-rey/sombras.html> <http://www.elmundo.es/espana/2015/02/14/54de9a1d268e3e3b548b4575.html> 84
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas contribuido ya de manera muy destacada a la separación de las esferas pública y privada, otorgando un valor supremo a la familia como unidad básica del Estado y diferenciando papeles sexuales que derivan en una pareja de opuestos: el hombre político y la mujer doméstica (Michelle Perrot, 2005: 19). De este modo no es de extrañar que la ideología de la domesticidad, coadyuvada por la tradición y por el conservadurismo religioso, permee los textos dedicados a la mujer, los manuales de educación, las revistas de moda e incluso numerosos títulos médicos divulgativos . La mujer quedará, por tanto, 85 confinada al reino de lo privado, del hogar, de donde emana su relevancia como administradora y sobre todo por «la importancia conferida a la función social de la educación moral de los hijos» (Aldaraca, 1992: 43), aunque, como bien advierte Jacques Donzelot, «el maléfico circuito de la domesticidad lleva implacablemente de la indolencia de las señoritas a la insolencia de las prostitutas» (1998: 19). Es obvio que esta separación sexual de los espacios también deriva en una separación del trabajo y del deseo que, siguiendo el argumento de Raquel Osborne (1993: 82), se sustenta en esas mismas desigualdades sexuales y los modelos que de ellas se desprenden. No se trata ya exclusivamente de la oposición privado/público sino de enfrentar naturaleza y cultura, pasión y razón, o subjetividad y objetividad, es decir, una suerte de cosmovisión polarizada de la realidad que en última instancia llegará a las páginas !117 Existen pocas voces más reputadas que la de Bridget Aldaraca (1992) a la hora explicar los 85 contradictorios frutos de la ideología de la domesticidad en la novela decimonónica, a cuyo trabajo sobre Perez Galdós remitimos. Asimismo son de obligada consulta los numerosos y nunca suficientemente agradecidos trabajos bibliográficos sobre la prensa periódica del siglo XIX, en especial la femenina, realizados por Mª Carmen Simón Palmer de entre los cuales destacamos Escritoras españolas del siglo XIX: Manual bio-bibliográfico, que recoge una completa y detallada bibliografía destinada a mujeres en la España del siglo XIX y 'Puntos de encuentro de las mujeres en el Madrid del siglo XIX' en Revista de dialectología y tradiciones populares, 2001.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas novelescas. Nos confirma Perrot que «La idea de la mujer como algo especialmente concebido para lo privado (y no adecuado para lo público) era común a casi todos los círculos intelectuales de finales del siglo XIX» (2005: 49) que, apoyados en la obra de Pierre Roussel, representaban a la mujer como el reverso del hombre. Mientras este era considerado por su intelectualidad y su energía, la mujer es definida por su cuerpo y su sexualidad; binomio a menudo amalgamado y que supone un lugar de enunciación importante para nuestra lectura. Tal y como adelantábamos en nuestra introducción, podemos hallar numerosos reflejos de estas ideas, cuando no su copia directa, en obras españolas de muy variada índole y enfoque. Vicente Ortíz de la Puebla en su Historia universal de la mujer (1880) dedica un capítulo entero a ''La ignorancia de la mujer en todos [los] tiempos'' (69), pero pocas páginas antes defiende la educación para las féminas con un tono tan exhortatorio como instrumentalizador: Pues bien, digo yo, en nombre de la familia, en nombre de la salvación de la familia, en nombre de la maternidad, del matrimonio, del gobierno doméstico, es preciso reclamar para las niñas una sólida y formal educación. Definamos de una vez para todas esos títulos venerados de que se han hecho tantos instrumentos de sujeción, los títulos de esposa y madre. Nadie más que yo se inclina con respeto ante esas tareas domésticas, subalternas en apariencia, sublimes en realidad: puesto que se resumen en esta frase: Pensar en los demás. Pero ¿Comprenden tales tareas todos los deberes de la mujer? ¿Ser esposa y madre es únicamente aderezar una comida, mandar criados, velar por el bienestar general y la salud !118
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas de todos, que digo, es solamente amar, rezar y consolar? No, es todo esto, pero es más todavía: es guiar y criar y por consiguiente saber. Sin saber no hay madre completamente madre, ni hay esposa verdaderamente esposa (68). ! A la luz de estas palabras es inevitable rescatar personajes femeninos de Pérez Galdós, quien siempre mostró una acusada preocupación por la paupérrima formación de las jóvenes. La educación es un área a la que el autor canario otorga una gran importancia en la elaboración y el devenir de sus personajes de modo que en no pocas ocasiones, a la hora de introducirlos hará referencia a la formación recibida por ellos. Destaca, sobre todos, el caso de Isidora Rufete, protagonista de La Desheredada (1881) aunque ya en las novelas anteriores –las denominadas unánimemente por la crítica como 'de tesis'– podemos entrever la atención que Pérez Galdós presta a la educación femenina. Las novelas de tesis –por referirnos ahora solo a ellas– responden, desde su concepción, a un planteamiento ideológico que persigue mostrar los atrasos manifiestos de la sociedad española de su época haciendo uso de personajes y situaciones arquetípicos, las más de las veces. Este procedimiento creativo, como bien explica Joan Oleza, se convirtió en la fórmula novelesca que acabó por imponerse como más apta para expresar las necesidades estéticas del período, necesidades compuestas de realismo, exigencia de utilidad moral –y social– del arte, debate ideológico y toma de postura ante la transformación histórica de España (1998: 435). ! !119
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas Las necesidades a las que Oleza alude son primordialmente didácticas y Pérez Galdós se hace consignatario de ellas. A nadie escapan las afinidades ideológicas del autor canario con el proyecto regenerador que desde el liberalismo progresista se propugnaba en un afán manifiesto por hacer de España un país moderno a la par con Europa, abierto a la influencia de escuelas como la krausista y la tolerancia hacia la diversidad ideológica y religiosa. Alentado por el sentimiento de justicia y de igualdad social, la educación, pues, será uno de los caballos de batalla de su obra. Así, Pérez Galdós vuelve la mirada a la clase media «que no tiene aún existencia positiva» (2004: 109-110) convirtiéndola en la inspiradora y depositaria de las esperanzas de renovación. Rosalía –un texto redactado hacia 1872 según Alan Smith – Doña Perfecta (1876), Gloria (1877) y La familia de León Roch (1879), son 86 obras en las que la cuestión educativa está presente de un modo más o menos manifiesto aunque no se centran totalmente en ella, dejando a las cuestiones sociales o religiosas la mayor relevancia. La Desheredada (1881), por su parte, se ocupa de la educación bajo un prisma que no dista demasiado del sociológico y que contribuye a que esta inigualable obra actúe como bisagra entre las novelas de tesis y las llamadas 'novelas contemporáneas'. No es casual, por tanto, que La Desheredada esté dedicada a los maestros de escuela Saliendo a relucir aquí, sin saber cómo ni por qué, algunas dolencias sociales nacidas de la falta de nutrición y del poco uso que se viene haciendo de los beneficios reconstituyentes llamados Aritmética, Lógica, Moral y Sentido común, convendría dedicar estas páginas… ¿a quién? ¿Al infeliz paciente, a los curanderos y droguistas !120 Estimaciones que el investigador estadounidense llevó a cabo al descubrir esa novela en el 86 reverso de las cuartillas de ciertos Episodios Nacionales. Rosalía, Madrid: Cátedra, 1983.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas que, llamándose filósofos y políticos, le recetan uno y otro día?… No; las dedico a los que son o deben ser sus verdaderos médicos: a los maestros de escuela (2007: 21). ! El papel de médico social que el grancanario atribuye a los maestros con el fin de sanar las dolencias educativas de una España enferma de fantasía o de cerrazón –como son el caso de Isidora Rufete o María Egipcíaca en La Desheredada y La familia de León Roch respectivamente – es solo 87 el reflejo del estado de las políticas nacionales a este respecto. El espíritu didáctico que encamina y recorre estos títulos galdosianos son solo parte de un proyecto más amplio que nace del afán regeneracionista por reeducar al conjunto de la sociedad examinando todas las áreas de la vida, conectándolas. Esa conexión, no por mero azar, tiene lugar en un ámbito concreto: el doméstico. Es en el hogar donde educación, religión y habilidades sociales cobrarán singular valía; baste citar las tertulias celebradas en casa de Doña Perfecta o las charlas que, semanalmente, León Roch mantiene con conocidos y amigos de carrera en su propia casa. El hogar se convierte en la metáfora perfecta de un 'micro-estado', y la figura central de este espacio es la mujer, sobre la que recaen –como defendía anterioriormente Ortíz de la Puebla– roles diferentes: velar por el funcionamiento de la casa, cuidar del esposo y educar a los hijos. En el mismo sentido lo recalca, doce años más tarde, Amancio Peratoner: «La familia forma un todo homogéneo, una asociación que une a los miembros que difieren en edad, sexo, fuerzas y tendencias y los somete a una !121 No debemos olvidar que las novelas que siguen a La Desheredada, El Amigo Manso (1882) y El 87 doctor Centeno (1883) tienen como protagonistas a un clérigo maestro y a su alumno, huérfano y pícaro moderno en el Madrid de finales de siglo XIX y a un profesor «doctor en dos facultades y catedrático del instituto» (2007: 399). Y tampoco, el destacado lugar del maestro – y especialmente la maestra– reservado en las creaciones galdosianas del siglo XX.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas este panorama resulta desalentador dada su marcada tendencia a la 96 fluctuación y al arcaísmo educativos, con la añadidura del débil desarrollo de políticas educativas gubernamentales de garantía para la mujer, lo que deja espacio a programas como el ya citado de Claret que ve la luz solo siete años después que la Ley Moyano . 97 En primer lugar, no llama la atención la diferencia de educación por sexos sino la separación de clase que Claret defiende, pues «muy distinta ha de ser la educación que se ha de dar a una niña pobre [de] la que requiere una muy rica y notable» (1862: 28). Desde esta premisa, Claret diseña el siguiente programa curricular destinado a una niña de clase media, con la salvedad de que la instrucción de adorno se obtiene «si lo exige su posición social» (31).! !128 Son reseñables las palabras de Francisco Nacente ya hacia 1890 en su obra divulgativa El 96 bello sexo vindicado. Historia moral de las mujeres. Influencia de la mujer en el progreso y cultura de las naciones sus deberes, sus derecho en la sociedad y la familia. Educación y enseñanza que convendría para su misión, en la que argumenta: «No negaremos, pues, que la razón haga de las mujeres las criaturas secundarias en inteligencia y juicio; pero arrimamos que poseyendo tal facultad debiera cultivarse debidamente, empleando quizás otros medios que los usados para cultivar la razón del hombre» (1890: 95). Al margen de esta reforma y otras posteriores es posible hallar numerosos títulos a lo largo 97 de la centuria, y durante el primer cuarto del siglo XX, destinados de una u otra forma a aleccionar a las niñas en distintas disciplinas y comportamientos. Citamos a vuela pluma el celebérrimo título El amigo de las niñas escrito por Leopoldo Delgrás. Madrid: Hernando y Compañía, 1895 que enseña a través de fábulas y pequeñas anécdotas urbanas. Existen también obras ejemplares que recopilan vidas e historias de mujeres célebres adornadas con aplicaciones a la vida femenina del momento como el antiguo volumen de Las mujeres vindicadas de las calumnias de los hombres escrita por Juan Bautista Cubíe. Madrid: Imprenta Antonio Pérez de Soto, 1768 y el más reeditado hasta finales del siglo XIX Libro de las claras e virtuosas mugeres escrito por el Condestable de Castilla Álvaro de Luna, Valencia: Manuel Castillo, 1891. Asimismo debemos citar la archiconocida La escuela de instrucción primaria o colección de todas las materias que comprende la primera enseñanza conforme al plan vigente planificada y editada por Ricardo Díaz de Rueda. Valladolid: Cuesta y compañía, 1850 la cual abre su plan de estudios con 'Historia sagrada', 'Nociones fundamentales de religión' y 'Compendio de la moral'. Y por último, el curioso ejemplar de Resumen de urbanidad para las niñas realizado por Pilar Pascual de Sanjuán. Barcelona: Hijos de Paluzíe, 1920 que pretende ilustrar a los padres que desean tener hijas bien educadas y en la misma línea la obra, algo anterior, de Ricardo Mayol, ¿Quieres ser buen padre? ¿Quieres ser buena madre? Tratado popular de las Nociones de Filosofía, Fisiología, Higiene, Pedagogía y Jurisprudencia, 1908, Madrid: Bailly; obra que en su décimo capítulo describe a las niñas bajo la taxonomía siguiente: 1. La tímida y las descocada. 2La casquivana y la sabionda. 3La coqueta y la dejada. 4La atolondrada y la parada. 5La despreocupada y la escrupulosa. 6La insulsa y la empalagosa. 7La bobalicona y la maliciosa. 8La sentimental. 9La mimosilla. 10La erótica y la criticona.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas INSTRUCCIÓN PRIMARIA 1º Religión y Moral. Catecismo y Rezo. Virtudes de la Obediencia, Modestia y Paciencia. 2º Leer, Escribir y Aritmética. 3º Encaje, Calceta, Coser, Bordar, Costura. INSTRUCCIÓN SECUNDARIA 1º Religión y Moral. 2º Gramática y Retórica. 3º Geografía y Astronomía. 4º Historia Sagrada y Civil. 5º Bordar y Hacer flores. 6º Planchar, Crespar o Rizar. 7º Hacer cordones, cintas, blondas, galones. 8º Sombreros de paja , cajitas, bolsas, etc. ! ! INSTRUCCIÓN «DE ADORNO» 1º Dibujo y Pintura. 2º Música. 3º Lenguas! ! Estas cosas son las que debe aprender una mujer buena según nos describe el Espíritu Santo en el libro de los Proverbios, bajo el nombre de la mujer fuerte. Así lo practicaba María santísima, modelo de las buenas madres, en todos los estados de soltera, casada y viuda (31). ! Al margen de las dudas históricas que pueda suscitar el hecho de que en el antiguo Israel se elaboraran sombreros de paja, se cresparan tejidos o se hicieran bolsas, podemos comprobar como esta propuesta se ajusta a la perfección a los principios comentados de confinamiento en el hogar, de realización de tareas mecánicas y laboriosas alejadas de esfuerzos intelectuales y de la dedicación jerárquica de todas las energías sociales a otros miembros de la unidad familiar. A estas alturas no resulta llamativo que Pérez Galdós dedicara La Desheredada a los maestros de escuela en tanto que garantes de las esperanzas de una verdadera y eficaz educación de las mujeres y los hombres del futuro y sobre cuyos hombros debiera recaer tan importante tarea en las escuelas precisamente, y no en el seno del hogar tan viciado, manido y falto de rigor como puede deducirse de los breves ejemplos aquí citados. !129
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas ! Fisiografía femenina: ubicando a la mujer desviada A la luz de lo expuesto hasta el momento resulta imposible albergar dudas sobre la capital importancia que atesora la mujer en la organización 98 social burguesa de finales del siglo XIX. Madre, tutora, cuidadora y esposa en el seno del hogar, de cuya buena marcha depende el bienestar de la familia social, del Estado y en definitiva, de la calle. Será Felipe Monlau quien, además, amplíe esta idea, si bien con cierta pátina religiosa pues «A los ojos de la fisiología y de la higiene, el matrimonio es algo más que un contrato puramente civil, como pretenden algunos filósofos; es el ejercicio natural y legítimo de la afeccionividad y del instinto genésico, autorizado por la sociedad y santificado por la religión» (1858: 1-2). Es por ello que la mujer queda irremediablemente soldada a la idea de familia. Esta es, como afirma Jacques Donzelot (1998) «la mínima organización política posible» (51) entre cuyos componentes se hallan, indisociablemente, relaciones públicas y privadas. Nuevamente, la esfera privada se nos presenta como aquella en la que se gesta el bien y consecuentemente la mujer que reina en ella –pese a que su reinado conste en servir– constituirá el modelo perfecto de buena mujer. La pregunta que surge inmediatamente es inevitable: ¿Existe, pues, una mujer mala? Obviamente sí; aunque desbrozar los mil y un matices que caben dentro de un concepto tan amplio resultase una hercúlea tarea. Pura Fernández (2008) alude a La mujer adúltera (1864) del folletinista Pérez Escrich para ilustrar por qué dentro de los universos idílicos propuestos por el escritor, !130 Nótese que no es casual el término 'capital' dado el papel fundamental de la propiedad 98 privada en el sistema de valores liberal codificado en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (1879).
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas «el elemento disturbador […] la mujer infame, es precisamente el que concita la mayor atención del autor, y por ende, del público» (2008: 45). Esa mujer infame que tan certeramente Fernández extrae de la narrativa decimonónica no está lejos de esa figura mítica que proponemos en nuestra lectura, es decir, de la mujer desviada de los canales y espacios de conducta reservados para ella. No en vano «la adúltera y la prostituta, esto es, la mujer infame, se convierten en el personaje que permite mayores registros femeninos […] frente al monolítico 'ángel del hogar'» (45 - 46). Los incontables perfiles de la mujer desviada ofrecen mayor inventario a los narradores a la hora de novelar, a la vez que no solo transgreden el secreto de la vida íntima sino que vuelven invisible la hipotética y a la vez necesaria frontera entre la realidad y la ficción. Como muestra de ello valga una de las tan comunes incursiones del autor de este tipo de obras en el desarrollo del relato. En esta ocasión, Pérez Escrich se permite aclarar sus intenciones con las siguientes palabras: Magdalena, la protagonista de mi novela, no existe, tal vez no ha existido nunca más que en mi imaginación; inútil es que algunas mujeres cavilosas o dañadas se formen castillos en el aire creyendo que yo describo la historia de su vida privada. […] Si alguna se cree aludida en mi obra, yo estoy siempre dispuesto a pedirle perdón del daño que pueda haberle causado involuntariamente; pero tenga entendido, que al demostrarse ofendida, se declara culpable (1864: 404 - 405). ! ! Pese a la manifiesta y evidente correspondencia directa que podemos establecer entre buena mujer y mala mujer y esfera privada y pública, esta vinculación de valores morales a espacios físicos es más compleja !131
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas de lo que en un primer momento se podría pensar . En ella intervienen 99 factores socio-históricos muy variados además de una gran carga ideológica que, aunque mantenga una misma posición, se nutre en numerosas ocasiones de fuentes enfrentadas. Existen pocas voces más reputadas que la de Bridget Aldaraca a la hora de hablar sobre la ideología de la domesticidad en el el siglo XIX en España y clara muestra de ello es su estudio sobre este fenómeno en algunas de las obras de Pérez Galdós (1992) en cuyas páginas pone de manifiesto la profunda y viariopinta raigambre de las ideas que sostienen el paradigma del 'ángel del hogar' que arranca, según Aldaraca, con La perfecta casada de Fray Luis de León (21). El hecho relevante para nuestro trabajo reside en la naturaleza complementaria de la condición de que si la mujer buena está en el hogar, la mujer mala, la desviada, pertenecerá a lo público, a la calle, y su existencia y sus movimientos serán en todo momento el objeto de las miradas masculinas tanto en la narración literaria como en el análisis médico. Debemos aquí hacer hincapié en el sexo del que mira y del que lee, y aclarar brevemente que, pese a las modas políticas y perturbadoras del hecho lingüístico en pro de una falsa corrección , nos referimos –y sin que sirva de precedente– al lector 100 hombre aunque esa voz lingüística englobe, por lo general, a ambos sexos. Ello se debe a que es imperativo mirar con mayor agudeza la articulación de la !132 Francisco J. Vázquez reflexiona sobre los modos de etiquetado de la mujer desviada a lo 99 largo de la historia al repensar los problemas metodológicos que acarrea el estudio de la prostitución como fenómenos social y se posiciona al lado de las lecturas feministas que defienden la postura «que no trata de reformar a la prostituta, de sacarla de su condición 'caída', sino de cuestionar precisamente esa escisión todavía prevaleciente entre la 'mala mujer' y 'la mujer honesta'» (1998: 20). Sirvan de ejemplo la Guía para un uso del lenguaje no sexista en las relaciones labores y en el 100 ámbito sindical publicada por el sindicato Comisiones Obreras y el extinto Ministerio de Igualdad <http://www.ccoo-servicios.es/archivos/telenium/GuiaLenguajeNoSexista.pdf> y la elocuente y normativa respuesta que el académico de la lengua Ignacio Bosque publicó en la prensa como respuesta a estos movimientos con un informe bajo el título de Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer en El País de 4 de marzo de 2012 <http://cultura.elpais.com/cultura/ 2012/03/02/actualidad/1330717685_771121.html>.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas producción literaria y no literaria sobre unos ejes muy concretos: creadores, editores, impresores y lectores son, todos ellos, hombres. Tanto los estudios editoriales como las estadísticas de alfabetización de los que se dispone 101 demuestran que la alfabetización femenina no llega al cincuenta por ciento de la población sobre la década de los sesenta del siglo XIX. Asimismo, la tasa de escolarización y el acceso a la cultura ostentan cifras aún más bajas, por lo que se deduce que la mayoría de mujeres del momento solo accede a la lectura de forma colectiva en voz alta, y normalmente se centra en revistas femeninas, muchas veces editadas por hombres. Todo esto apunta en una sola dirección: la óptica de la novelística que abordamos es eminentemente única, la masculina. Leemos, miramos y conocemos a unos personajes femeninos imaginados y contados por hombres que, como hemos visto en páginas anteriores, tienen muy presente a su público lector. Es del todo necesario mirar a estas mujeres y a las historias que habitan sin la candidez que, desde el siglo XXI, nos aleja de aquellos a los que inicialmente estaba destinada para arrojar luz sobre las lógicas cuestiones que debemos enfrentar. ¿Acaso no es un esencialismo atribuir un sexo a la voz narradora sea esta más o menos identificable? ¿Qué aportaría esta distinción a la lectura de López Bago, Pérez Galdós, Alas Clarín o Sánchez Seña? Si bien responder de lleno a estas preguntas nos podría llevar a disquisiciones de orden antropológico y social algo farragosas, sí que es posible arrojar luz sobre la mirada unificadora gracias uno de los grandes críticos y pensadores del arte y la cultura, Walter Benjamin. El pensador judío, víctima de la persecución nazi, dejó inconclusa la que hubiera sido su obra magna, El libro de los pasajes (2005). Esta debe su título a los pasajes comerciales !133 Estadísticas históricas de España, 2005: 155. 101
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas de París que, con el paso del tiempo, dieran lugar al nacimiento de los grandes almacenes. Estos pasajes se generalizaron en la capital gala a partir de los años treinta y cuarenta del siglo XIX merced a la adopción del hierro en la arquitectura y la expansión del uso de las placas de vidrio en la construcción. El uso masivo de estos dos elementos tan básicos hizo posible techar y cerrar pasillos y callejones que se convertían, así, en galerías comerciales repletas de escaparates que servirán a Benjamin de punto de partida en su mirar y su deambular por la ciudad. Entre sus millares de apuntes, destacan aquellos sobre la mujer urbana que pasea mirando escaparates, ya que esta es una práctica totalmente novedosa que permite a la mujer andar sola, cómoda y más segura por la calle, mirando enseres y curioseando vitrinas: algo nunca visto hasta el momento. Así, Benjamin reflexiona sobre las consecuencias de semejante cambio social y ante su experiencia directa sus palabras resultan más que elocuentes: «el juego social del erotismo se centra en torno a la pregunta, ¿hasta dónde puede llegar hoy una mujer decente sin echarse a perder? Las alegrías del adulterio […] es un tema predilecto de los dramaturgos» (494). Al margen de las implicaciones de género que muchos puedan argüir frente a las palabras del pensador, Benjamin nos pone en la pista cultural de lo que, sin duda alguna, se ha convertido en un espectáculo urbano, pues, como bien recalca Corbin (1990), «the prostituye entended for the burgueois male had also become woman as spectacle. She paraded or exhibited herself […]» 205). Resulta, en cualquier caso, un espectáculo al cual se acude con esa mirada revestida de cierto poder que encontramos en La taberna (1877), en Naná (1880) o en El paraíso de las damas (1883) de Émile 102 !134 Imposible obviar esta novela del maestro naturalista francés cuyo argumento tiene lugar en 102 el seno de unos grandes almacenes parisinos.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas Zola, o también en Madame Bovary (1857) de Gustave Flaubert. Pero también es la mirada que nos presenta a Ana Ozores sometida entre Álvaro Mesía y Fermín de Pas –curiosamente ninguno de los dos es su marido– incluso mediante las voces de algunas mujeres: Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso: -Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete. -¡Cómetela…! gritó al oído de Álvaro Visita[ción] con voz que asomaba un poco de burla. Y añadió muy seria: -¡Cuidado con el Magistral que sabe mucha teología parda…! (1998: 416 - 417). ! Esta mirada es también la que nos va desvelando poco a poco el devenir de Isidora Rufete hasta que desaparece por las calles de Madrid: Salió, efectivamente, veloz, resuelta, con paso de suicida; y como este cae furioso, aturdido, demente en el abismo que le ha solicitado con atracción invencible, así cayó ella despeñada en el voraginoso laberinto de las calles. La presa fue devorada, y poco después en la superficie social todo estaba tranquilo (2007: 392 - 393). ! La desaparición de este personaje literario al final de La Desheredada , tal y como nos lo narra Pérez Galdós, es vista por la profesora 103 Tsuchiya como una pérdida de control del narrador sobre ella (1998: 205 - 206), de manera que la mirada masculina a la que anteriormente aludíamos con la ayuda de Benjamin, perdería todo su poder sobre la figura femenina. En nuestro análisis disentimos parcialmente de esta aproximación habida cuenta !135 No olvidemos que Isidora también se pierde entre una muchedumbre al final de la primera 103 parte de la obra.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas de las implicaciones sociales e incluso políticas que el narrador tiene presentes al situar a una mujer desviada entre la muchedumbre madrileña, protegida por el anonimato. No podemos olvidar que Isidora ha renegado ya de su nombre (2007: 390 - 391) y por ello asistimos al vaciado identitario de un personaje que opta por diluirse en la masa social, muy al contrario de Estrella, un personaje que reafirma su identidad y crea su propia marca. Así como la Pálida se prepara como producto en el seno del burdel de Mari Pepa, Isidora Rufete borrará su nombre igual que deben hacerlo muchas de las prostitutas a las que se las obliga a cambiar de identidad en un negocio que, en el caso de este personaje galdosiano, ejercerá de manera clandestina, es decir; al margen del control estatal. La mujer desviada constituye, pues, una doble amenaza: moral y sanitaria, y de ahí sus implicaciones socio-políticas. Conviene apuntalar aquí nuestra posición con la ayuda de las reflexiones del pensador Jacques Rancière quien en su libro Sobre políticas estéticas (2005) desliga la visión del arte siempre motivado por alguna razón política, aduciendo que el arte no es político por su mensaje en sí ni por los sentimientos que pueda transmitir o los conflictos sociales que represente (17), sino por la distancia que guarda con respecto a estas funciones; es decir, «por el tipo de tiempo y de espacio que establece, por la manera en que divide ese tiempo y puebla ese espacio» (17). La ubicación literaria de Isidora, por tanto, no puede responder a una pérdida involuntaria del control narrativo sobre ella sino que, como mito decimonónico, como mujer desviada del modelo estipulado para ella, responde a un proyecto narrativo superior, ulterior y consciente de las circunstancias de enunciación y de su público receptor. La política, en tanto que separación existente entre identidades (Rancière, 1998: 14) encuentra su !136
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas correlato en la policía, es decir, el conjunto de las fuerzas disciplinarias que, ya se trate de Estrella la Pálida o de Isidora Rufete, distribuyen jerárquicamente funciones y lugares en sus obras respectivas . 104 Los lugares y funciones destinados a las protagonistas de las obras que aquí abordamos vienen determinados por una moral burguesa que define a la mujer mediante la continua oposición de contrarios que se habilitan mútuamente: mujer buena/mujer mala, normal/anormal, lícita/ilícita, esposa / prostituta (Bell, 1994: 40). Estos factores trascienden la oposición masculino/femenino y constituyen la base de una combinatoria que, aderezada novelística y convenientemente, llevará a las páginas decimonónicas una plétora de personajes femeninos que incluye a la seducida, la extraviada, la buscona, la querida o la cocote , es decir, a una mujer infame 105 cuya vida y prácticas sexuales se han desviado del código de valores burgués. Sirva de ejemplo la manera en que Isidora Rufete se define a sí misma: «de cordera me he vuelto loba» (2007: 392), palabras con las que anuncia sus intenciones deshonestas en una magistral maniobra de narrador que pone en boca de la fracasada heredera de Aransis lo que un personaje de López Bago diría sin ambages: «¿Para qué te has metido a prostituta» (296), le preguntará Villaperdida a Estrella. Como se puede observar claramente, la prostituta, un sujeto marginal de la sociedad que por definición ocupa la periferia moral y urbana, pasa a ser el centro de las miradas literarias y no literarias: a unas por el juego narrativo !137 Apuntamos aquí el especial atractivo y la ubicación adecuada que Pérez Galdós supo dar a 104 muchas de sus mujeres desviadas –a gran distancia, claro está, de las de López Bago o Pérez Escrich–. Baste recordar a Genara de Barahona, Eufrasia Carrasco o Teresita Villaescusa, heroínas de las series 2ª, 3ª y 4ª de los Episodios Nacionales, respectivamente. Utilizaremos esta adaptación de la voz francesa cocotte, perfectamente asimilada en español 105 del momento (Fernández, 2008: 76).
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas respectivamente, despuntan los estudios generales: Vázquez García y Moreno Mengíbar. ''Políticas del burdel en la España contemporánea: de las propuestas ilustradas a la prostitución reglamentada''. Cuadernos de Ilustración y Romanticismo, 1, 1991: 55-77, y de los mismos autores Sexo y Razón. Una genealogía de la moral sexual en España (Siglos XVI-XX), Madrid: Akal, 1997; R. Mª. Capel.''La prostitución en España: notas para un estudio sociohistórico''. Mujer y sociedad en España (1700-1975), Madrid: Instituto de la mujer, 1986. págs. 265-298; Raphael Carrasco (dir.). La Prostitution en Espagne. De l’Epoque des Rois Catholiques à la II République. Paris: Annales Littéraires de l’Université de Besançon, Presses Univ. Franche-Comté, 1994.; Miguel Jiménez Monteserín. Sexo y bien común. Cuenca: Excmo. Ayuntamiento de Cuenca, Instituto Juan de Valdés, 1994. En definitiva, el lugar intermedio entre la vida privada y pública adjudicado a la mujer con arreglo a sus funciones domésticas y sus repercusiones públicas, provoca la distinción entre buena y mala –desviada– lo que dispara el interés narrativo, médico y sociológico sobre la figura femenina. No es de extrañar, pues, que se intente ubicar espacialmente a esa mujer como denotan los ejemplos citados, dadas la novedad y la movilidad, hasta ahora inusitadas, que estas féminas adquieren en la urbe. Ahora bien, no podemos simplemente describir y sintetizar estos hechos sin preguntarnos qué ocurre en el tránsito de una esfera a la otra y cómo se operan los cambios en la mujer que los textos decimonónicos toman como objeto de su discurso. ! ! !144
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas ! «Carne fresca» o el deseo institucionalizado ! Estrella la Pálida, la mujer que habíamos dejado transformada en producto revalorizado y confinado en el burdel, es finalmente entregada a su comprador, el marqués de Villaperdida, y las páginas finales del capítulo XI de su novela (292-297) recogen esa truculenta escena de modo muy peculiar. El narrador, ahora sí, valiéndose de una ingeniosa maniobra narrativa, elude los detalles que empleara en escenas anteriores y, haciendo gala de un pudor calculado, traslada la lectura desde el deseo al repudio. Con un simple recurso como vendar los ojos del personaje, el narrador de La Prostituta consigue que el lector de Estrella sea testigo y partícipe de su misma mirada, esa mirada sexualmente marcada y que ahora lo ubica del mismo lado que el libertino marqués de Villaperdida y Riosucio, mientras que la figura femenina experimenta lo que a todas luces constituye un rito de iniciación o de paso. Desde la habitación del burdel hasta las secretas dependencias anexas a este ocupadas por el Marqués, Estrella la Pálida efectúa un tránsito que la cambiará para siempre y que marcará el signo de la novela: «Dijéronle que se vendara los ojos, y sin preguntar por qué, sacó su propio pañuelo y se lo ofreció a Arístides con ademán tan sumiso, mirándole tan dulcemente, que el Chulo, sintió crecer su remordimiento» (294). La protagonista, presentada como víctima indefensa afirma: «Juro que no veo […] podrían venir a matarme impunemente» (294). Como consecuencia, seguirán a estas líneas el cruce del umbral , un tránsito cuyo retorno queda marcado por el cambio drástico de 113 !145 Nótese que ya desde el clásico estudio del etnógrafo Arnold van Gennep Los ritos de paso, 113 cruzar el umbral «significa agregarse a un mundo nuevo. Constituye también un acto importante en las ceremonias del matrimonio, de la adopción, de la ordenación y de los funerales» (2008: 37).
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas Estrella y por las palabras de Villaperdida que subrayan la marca comercial de la protagonista y anuncian el título de la continuación de su historia: «Yo te he comprado, ¿entiendes? Tú eres la Pálida, y ahora eres mía […] en ti es ridícula esta resistencia. ¿Para qué te has metido a prostituta?» (296). De una parte, la joven ha sido conducida a ciegas al gabinete secreto del Marqués donde finalmente «comprendió entonces lo que significaba aquello» (296), y de otra, el lector, que ha disfrutado las escenas del deseo explícito suscitado por la Pálida a lo largo de su lectura, asiste, ahora también a ciegas, a la consumación sexual de la venta ya acordadas. Sin embargo una vez Estrella penetra en la habitación secreta, solo podremos conocer las fugaces ideas con que ocupa su mente para distraerse de lo que le está ocurriendo, hasta que el propio Marqués ordena: «Vístete y vete» (297). Es decir, ya sea con una venda en los ojos o mediante la elisión narrativa de los hechos más escabrosos, somos testigos del tránsito definitivo y sin retorno de Estrella hacia «La prostitución, ¡que asco!» (299), término este último presente en el comienzo del capítulo siguiente (XII) y que representa la muerte simbólica de nuestra –hasta el momento– incauta protagonista. La prostituta ya no es solo un personaje, es un fenómeno que se adueña de las páginas venideras de la creación de López Bago. En adelante, ya se encuentre confinada en un burdel, segregada del resto de la ciudad o constreñida en modelos educativos o discursivos, buscará su último acomodo en el espacio moral a contracorriente del ordenamiento socio-cultural y sexual decimonónico. En este entrecruzamiento de valores antiguos y nuevos personajes cobra aún mayor importancia la producción seudo-sexológica de la que Guereña nos hablaba ateriormente. Nos interesa principalmente el !146
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas universo no literario dedicado a la prostitución que contribuye a generar, especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, un debate en torno al comercio sexual que tuvo lugar desde numerosos estamentos y con no pocas ópticas y propuestas. Pese a que la prostitución constituye un hecho común y es la profesión abierta a todas las mujeres (Scanlon, 1986: 104), no podemos esperar unidad total de opiniones en la confluencia de filósofos, historiadores, médicos, higienistas, letrados, moralistas como los citados Arbiol y Pomés , o 114 de divulgadores en general. Lo que sí es un hecho generalizado es que tanto con la Revolución de 1868 como con la posterior Restauración de la monarquía, el interés racionalizador de la sociedad española va en aumento, y el comercio venal se convierte en objetivo primordial de las ciencias sociales y las médicas que apoyan –cuando no legitiman– el código burgués de 115 valores. La diferencia ahora estriba en que la prostituta deja de ser considerada, como bien apunta Rivière (1994: 24), una simple pecadora que atenta contra el orden divino, hecho que no la exime –las más de las veces– de la exclusión o la estigmatización, pero que sí la tratará como una enferma psíquica aquejada de monomanía erótica o de locura moral, alejando, por fin, a la mujer desviada de los modelos religiosos y de la imagen del ángel caído. Todo ello no es óbice para que permanezcan tendencias y políticas !147 Et alii. Así como el brevemente aludido en el capítulo anterior, Ángel Pulido Fernández y 114 que en su obra de 1876 dedica, como es de esperar, un capítulo a la prostitución para «perseguirla en sus causas, evitar su propagación y reducirla al mínimum posible para que no dañe al decoro público, el bello ideal al cual deben aspirar todos los esfuerzos de los gobiernos y las honestas elucubraciones de los filósofos más optimistas» (117). No es exclusivo de esta centuria el interés de médicos y fisiólogos pues, como bien explica 115 Bolufer Peruga, ya a lo largo del siglo XVIII eran notables los esfuerzos de construcción de identidades sexuales diferenciadas y, a colación del énfasis sobre la mujer mantiene: «Médicos y profanos que escriben sobre higiene privada erigen a las mujeres en destinatarias principales de sus discursos, cifrando en el comportamiento dócil a sus recomendaciones […] el pilar del orden moral y social y de la prosperidad del Estado. (1997: 29).
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas condenatorias en la medida en que la prostituta atenta o amenaza los principios básicos del Estado liberal y su ideología burguesa, es decir, la propiedad, el trabajo y la productividad, la familia y, por encima de todo, el individuo. De este modo se pondrá en marcha una política estatal, no ya contra el pecado de la prostitución, sino contra los enemigos del sistema liberal de valores, identificados como portadores de enfermedades morales y fisiológicas que ponen en riesgo el orden y la seguridad de la anhelada sociedad moderna. Conviene en este punto recopilar la ilustradora contribución que el mismo año de publicación de La prostituta y La Pálida, 1884, desde el treinta de abril al quince de junio, llevó a cabo el boletín La España médica: medicina, cirugía, farmacia, terapéutica diosimétrica en su sección médico-social: 'La 116 prostitución ante la higiene'. De la pluma de Ramón García Belenguer, este cuadernillo aborda el comercio venal desde una óptica que condensa la censura de los moralistas con cierto halo de racionalismo, y todo ello aderezado con datos históricos y fuentes tan variopintas como cuestionables según el caso. No por ello deja de ser documento de un impagable testimonio de la preocupación general por la prostitución y sus consecuencias: la prostitución, una enfermedad «que aun cuando sea mengua decirlo, es tal su estensión, que no se ha encontrado el modo radical de combatirla; […] llaga tan crónica, como perniciosa» (74). La sección citada del fascículo quinquenal contribuye, además, a fijar la visión biologicista de orden moral que describe a !148 La España médica: medicina, cirugía, farmacia, terapéutica diosimétrica. Madrid : Celestino 116 Apaolaza 1884, fue una publicación periódica quincenal que cesó su corta pero elocuente vida editorial el 30 de septiembre de 1885.
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas la prostituta como ser predestinado al delito al tiempo que la culpabiliza moralmente de ello: Tienen las prostitutas su fisiología propia y peculiar que las distingue a priori: son, como luego veremos, las proveedoras de cárceles, manicomios y hospitales; su rostro lleno de arrugas que representan insomnios del placer y las sombras del remordimiento, es coloreado con materias diversas del Japón y la China y blanqueado con polvos de Venecia; y más tarde, foco de herpes y placas sifilíticas (97-98). ! Esta intencionada descripción contrasta, desde el primer momento, con la imagen de Estrella así como con la de Mari Pepa. Esta última, además, tras haber sido prostituta casi desde su infancia (La Prostituta: 136-137), después de haber elegido resuelta y abiertamente la vida de mujer desviada: «Yo no conozco más vida que esta, y me parece la mejor. No me sujeto a otra cosa por nada ni por nadie» (138), parece acumular todos los méritos para encajar en el enfermizo retrato ofrecido por Belenguer; sin embargo, aparece ante el lector con «cuarenta y cinco años, aunque nadie hubiese calculado en ella semejante edad al ver la aniñada expresión de su fisonomía y la pura firmeza de líneas que ondulaba en aquel cuerpo» (149). El prisma de la moralidad, pese a los impulsos científicos y racionalistas que cada vez son más comunes, sigue filtrando la mirada sobre la prostitución pues al analizar las causas del fenómeno, La España médica continúa: La etiología de la enfermedad que estudiamos, ofrece escollos sin numero y inconvenientes grandísimos, por cuanto debe tenerse presente, que hay que adquirirla por el dicho de las mismas mujeres, que no son sino los !149
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas pequeños microbios que la engendran, y estas por aminorar su crimen, achacan muchas veces a la necesidad, seducción, o miseria, lo que fue efecto de mercenarias conquistas o de voluptuosos coquetismo (99). ! Apoyados en la Historia y en la mezcla de hechos bíblicos y culturales de distintas épocas, se argumenta que es «La falta de moralidad […] la causa primordial de la prostitución» (99), aunque las intenciones expresadas con ánimo vivo desde las páginas de este boletín sean algo dispares a esta visión: Urge, por tanto, que con nuestro carácter de higienistas, arrebatemos el antifaz de la hipocresía, al estudio de las causas de la prostitución, bien escasas por cierto, haciéndolas pasar de antemano por el crisol de la severa crítica y analizándolas con el delicado escalpelo de la razón (99). ! Todo ello apunta hacia una postura abolicionista que persigue el fin de la reglamentación del comercio venal «educando a la mujer» (122) para que vea el alto puesto que la sociedad le tiene reservado (122); y porque un vicio no puede, según Belenger, reglamentarse; puesto que sería lo mismo que regular el robo o el suicidio y porque la estadística marca «de manera inequívoca que la prostitución aumenta con este sistema y la sífilis marcha en progresión creciente» (145) lo cual, no solo afecta al individuo sino que «vulnera los sagrados intereses de la familia, de la inocencia y de la salud» (147). El abolicionismo, pues, busca salvaguardar al individuo y a la institución familiar de lo que considera una aberración física y moral de sus !150
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas fundamentos, aunque, curiosamente, se nutrirá de distintos discursos en su cruzada contra la prostitución. Desde los preceptos católicos y el conocido apego al modelo mariano hasta las iniciativas extranjeras –primordialmente británicas– de orden civil o pertenecientes al protestantismo religioso, el abolicionismo bregará por consolidarse como alternativa entre las posibles soluciones a la problemática derivada de la prostitución que existían dentro de nuestras fronteras. La progresiva serie de los Contagious Diseases Acts promulgados en Inglaterra durante los años sesenta del siglo decimonono de la mano de la Oficina de la Moral, y por orden del ministro de la salud, constituye el germen del movimiento abolicionista o the Repeal Campaign, tal y como comenzó su andadura. Este movimiento de rechazo partía de tres principios que Bell recoge acertadamente: 1) La doble moral que castigaba solo a la mujer por un acto que implicaba también al hombre, 2) la injusta distinción de clases que perseguía a la prostituta callejera pero no a las de clase alta y 3) la interferencia del Estado (1994: 61) reforzando la organización asimétrica de los roles de género. Partiendo de la identificación entre orden público y salud pública, se comenzó a instaurar un servicio de vigilancia de las formas y las manifestaciones externas –principalmente– que buscaba armonizar los disturbios generados por la pobreza, por la población proletaria y militar, así como por el trabajo infantil y para controlar la mendicidad y la prostitución mediante la acción policial y la propaganda. Las actuaciones derivadas fueron llevadas sucesivamente a distintas zonas de Londres provocando un cisma entre extensionistas y opositores a la implantación progresiva de las medidas. Si bien ambos grupos eran conscientes de los serios problemas que suponían la !151
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas falta de agua corriente y de alcantarillado, el control de las epidemias más básicas, el hacinamiento, el cuidado de los menores o la persecución del infanticidio, y buscaban aliviar tamaños problemas sociales aunque la postura hacia la prostitución los dividió irremediablemente. La creación de la National Association for the Repeal of the Contagious Diseases Acts y de la Ladie’s National Association for the Repeal of the Contagious Diseases Acts –ya que las mujeres habían sido excluidas de la primera– provocó que entre 1869 y 1870 el movimiento abolicionista contara ya con órganos de representación y publicaciones, así como con una esfera de influencia muy notoria. Destaca sobre todas las voces, la de la feminista Judith Butler, quien fue la figura más conocida de dicho movimiento, pionero en la manifestación contra los Contagious Disease Acts en diciembre de 1869 argumentando, entre otras razones, que estos otorgaban todo el poder a la policía sobre las mujeres , y 117 haciendo constar a la vez su preocupación por las condiciones del sexo comercial y no solo por el mero hecho de la prostitución (Walkowitz, 1990: 225). Será precisamente el alcance internacional de Butler y de su feminismo anglosajón de raíz protestante el que llegue hasta España ya entrado el último cuarto del siglo XIX merced a la libertad religiosa otorgada por la constitución de 1869. Sin embargo, la Restauración y su religión oficial, es decir, la católica, no favorecieron las ideas abolicionistas que defendía una mujer casada con un pastor anglicano y secundada por otros ministros protestantes. Como bien hace notar Guereña (2003: 351-354), dentro de las personalidades comprometidas con la cruzada abolicionista, destaca casi en solitario la !152 Según Walkowitz, 1999: 93. La traducción es nuestra. 117
Desviadas: reguladas, clandestinas, contagiadas escritora y moralista Concepción Arenal, hasta el punto de considerar la fundación de una asociación contra la inmoralidad, pero parece que tuvo que renunciar por presiones ejercidas por 'personajes políticos muy influyentes' que le habrían obligado a 'comprender que no solo tal movimiento sería dificultado por el gobierno, sino que las obras caritativas actuales [de las que se ocupaba activamente Concepción Arenal] sufrirían ciertamente de las funestas consecuencias de tal intervención' (353). ! No obstante debemos tener en cuenta que en las filas prohibicionistas figuraron algunos nombres más entre los que sobresale Rafael María de Labra, quien fuera rector de la Institución Libre de Enseñanza y que en 1883 llegó a pronunciar una conferencia sobre la Federación abolicionista en el Fomento de las Artes (Castejón Bolea, 1991: 247). Junto a Labra militan Manuel Pizarro y Jiménez, cuyo Anuario de higiene pública (1862) resulta un 118 excelente ejemplo de la importancia creciente de esta disciplina; Antonio Prats y Bosch quien un año antes que Pizarro, publica su obra –dedicada a Monlau y avalada por este – La prostitución y la sífilis, en la que no solo se ajusta a las 119 ideas del autor de Higiene del matrimonio (1858) sino que deja clara su 120 postura abolicionista al afirmar que la administración debe actuar «1º Dictando medidas relativas a los infectados; y 2º Dictando medidas para hacer !153 Imposible obviar la sección A del capítulo IV dedicada por Pizarro a las funciones 118 reproductivas donde aborda temas como la masturbación, la sífilis, los estragos de la prostitución y se adhiere a las medidas de Monalu. Véase apéndice, apartado 4. 119 Obra de cabecera para muchos otros autores que parten de la división entre higiene física y 120 moral que el catalán establece (capítulo II 3a Ed. 127-128) y que corresponde análogamente a la organización familiar y los papeles que en ella desempeñarán hombre y mujer respectivamente.
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