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La necrológica como género periodístico

López Hidalgo, Antonio

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Sostiene el autor que apenas se ha escrito de la necrológica como género periodístico, pese a su auge. Los libros de estilo le dedican poco espacio, al igual que los manuales sobre los géneros. Escribe sobre los antecedentes históricos de la necrológica periodística y su definición como artículo. Posteriormente abunda sobre las características y formas de redactar este «fúnebre género», también denominado obituario por algunos diarios. A veces este género apenas es sino un apunte biográfico. Sin embargo, las necrológicas están de moda. Ocupan espacios destacados en los medios y adoptan nuevas formas para un público que demanda este tipo de información. Pereira, el personaje creado por Antonio Tabucchi, es un periodista con un sentido un tanto fúnebre de la cultura, que prefiere la lite ratura del pasado, escribir elegías de los escritores desaparecidos, incluso escribir necrológicas anticipadas de escritores aún vivos. Este afán de previsión le lleva a Pereira a contratar a un colaborador para sacar adelante estas exclusivas de muertes prematuras. Monteiro Rossi, pese a haber escrito su tesis doctoral sobre la muerte, es un hombre comprometido con la sociedad y con la vida. La primera necrológica que escribe Rossi trata de la muerte de García Lorca. Pereira no parece muy satisfecho del resultado final, pues entiende que en los periódicos se escriben cosas que se corresponden a la verdad o se asemejan a la verdad y, por tanto, de un escritor no se debe decir cómo ha muerto, en qué circunstancias o por qué, sino que se debe decir simplemente que ha muerto, después hablar de su obra «escribiendo una necrológica, claro está, pero en el fondo se debe escribir una crítica, un retrato del hombre y de su obra». Pereira concluye: «...lo que usted ha escrito es perfectamente inutilizable, la muerte de García La necrológica como género periodístico Dr. Antonio López Hidalgo Profesor de Redacción Periodística. Universidad de Sevilla 90 La necrológica como género periodístico Lorca sigue siendo un misterio, ¿y si las cosas no hubieran sucedido así?»1. Apenas se ha escrito de la necrológica como género periodístico, circunstancia ésta que hace más difícil el camino a la hora de acotar su perfil. Los libros de estilo de los distintos diarios apenas le dedican espacio y los manuales sobre géneros periodísticos si acaso unas líneas. Tampoco este afán por recordar y escribir de los muertos, o por escribir para recordarlos, para inmortalizarlos en unos párrafos, en unos apuntes o en un bosquejo del pasado irreconciliable, tampoco estas semblanzas intimistas que todos los días leemos en los periódicos son producto de nuestros días, tampoco este género periodístico es tan nuevo como alcanzamos a sospechar. Con los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías esta vocación por el recuerdo optó por nuevas formas para adaptarse a los nuevos medios de comunicación. Para reconocer sus antecedentes apenas hay que asomarse a la historia. Antes de hacerlo, bien vale traer a estas páginas una anécdota de Jorge Luis Borges, un escritor inmortal que escribió una atípica variante de la necrológica: la autonecrológica. Siendo así, posiblemente algún periodista pudo pensar, cuando Borges murió, que aquella era una noticia recurrente, una necrológica repetida que se movía por la bobina de los teletipos con vida propia. Lluís Bassets, cuando escribió la necrológica real del escritor argentino fallecido, recordó el incidente: «Un escritor llamó ayer a una agencia. Ya se sabe, gente de gran fantasía. ‘Borges ha muerto’. ¿Pero no había muerto ya? El mismo había profetizado su muerte, analizado sus obras póstumas y escrito necrológicas de sí mismo. Pero ayer algún usurpador -¿sería el propio Borges?- insistía: ‘Borges ha muerto’. Pues qué bien. Esta vez lo creyeron todos. Nadie se hubiera atrevido anteriormente, en alguna de las otras muertes»2. Borges ya había advertido en su obra ‘Los conjurados’ que «la muerte es más inverosímil que la vida». El escritor argentino había escrito en multitud de ocasiones sobre la inmortalidad y en muchas más había anunciado su deseo de morir. «Anoche -dijo en Sevilla en septiembre de 1984- soñé que me había muerto. No puede imaginar el disgusto que me llevé al despertar y darme 1TABUCCHI, Antonio: Sostiene Pereira, Editorial Anagrama, Barcelona, 1996, pp. 32. 2BASSETS, Lluís: ‘Ebullición y destrucción de los mundos’, en Necrológicas. Veinte años de muertos ilustres, Bitzoc, Palma de Mallorca, 1997, p. 77. 91Dr. Antonio López Hidalgo cuenta de que estaba vivo». Meses antes se consideró un Borges póstumo que predijo su muerte para el 23 de agosto de 19833. Antecedentes La necrológica periodística encuentra en la plegaria ceremonial uno de sus claros antecedentes. En las páginas de los periódicos o en los púlpitos de un templo, esta necrológica «anuncia un tránsito y proclama una transformación». Pero hay que remontarse también a los cantos fúnebres de la antigüedad para comprender la intuición poética que sólo lo sagrado podía inspirar. Las gestas y las escenas grandiosas que de nuestra historia evocaron los poetas «no son abusos ceremoniales de lo sentimental o desvaríos litúrgicos», ha escrito Basilio Baltasar4. Ahí han quedado, cruzando las esquinas del tiempo, las oraciones fúnebres y las elegías. No sólo en la palabra hablada o escrita queda el recuerdo del personaje que se ha ido para siempre. También queda en la piedra labrada. El epitafio quizás nazca con pretensiones de inmortalidad. Breve y preciso sobrevive a las inclemencias del tiempo y de la historia. El hombre también utilizó el arte y la arquitectura para el recuerdo de los muertos. Ahí están la pirámide y las cripta, el dolmen y el menhir, el panteón también. También utilizó la música para doblegar al olvido. La petenera, en el cante jondo. Pero también el réquiem y el miserere, las canciones de ánimas y las plañideras. Más vulnerable y efímera que el epitafio, la esquela ha venido a ocupar un lugar destacado en la prensa diaria, una sección de anuncios que goza del favor del lector y que, más allá de su función de hermanar la vida pasada con la futura, viene a cumplir una tarea informativa que no siempre la noticia es capaz de acoger entre sus páginas de información general. Postergadas a las últimas páginas de los periódicos, no por ello escapan a la atención del lector que las busca diariamente para descifrar el rostro perdido de la misma manera que busca en el número agraciado de la lotería otro diseño de vida que tantas veces ha soñado. Las esquelas, no obstante, son avisos sobre muertos anónimos, aunque también las haya de muertos ilustres, pero a estos últimos les está encomendado otro espacio en el periódico que nunca ocupará el muerto sin nombre conocido. El muerto ilustre pasará al panteón de 3LOPEZ HIDALGO, Antonio: La exactitud de la nostalgia, Ediciones A. Ubago, SL, Granada, 1990, pp. 81 y 82. 4BALTASAR, Basilio: ‘La muerte y sus vínculos’ en Necrológicas. Veinte años de muertos ilustres’, Bitzoc, Palma de Mallorca, 1997, pp. 6 y 7. 92 La necrológica como género periodístico la literatura a través de la necrológica, un género periodístico inspirado, al igual que la elegía poética, en la defunción. Basilio Baltasar ha escrito sobre las necrológicas de los últimos veinte años que parecieron en su día crónicas de urgencia, pero que hoy revelan todo lo que en ellas se esconde de conocimiento y solemnidad, al mismo tiempo que «delatan en parte las deficiencias de nuestros rituales, no se sabe qué hacer con la muerte ni cómo relacionarse con ella, pero configuran el espacio que ha hecho posible el nuevo diálogo cultural con los muertos. Entre su impenetrable mutismo y el elocuente eco de su vida recién extinguida»5. Definiciones de la necrológica Julio Casares define necrología como noticia o biografía de una persona con ocasión de su muerte y también lista o noticia de muertos6. José Fernández Beaumont escribe que la necrológica es la noticia que se refiere al fallecimiento de una persona, puede ser más o menos larga y se sitúa en las páginas de información general o en las de servicios7. Antonio López de Zuazo, al referirse a la necrológica en su ‘Diccionario del Periodismo’, la define en los mismos términos expuestos anteriormente, es decir, noticia que informa sobre una persona fallecida. No obstante, diferencia claramente la necrológica del artículo necrológico, y define a éste como «artículo dedicado a enaltecer la fama o las virtudes de un personaje que acaba de fallecer o de quien se conmemora el aniversario. Suele firmarlo un colaborador ilustre»8. Angel S. Harguindey ha escrito que la necrológica -aunque habría que decir el artículo necrológicoes, con toda probabilidad, uno de los géneros literarios y periodísticos más contradictorios e intensos. Contradictorio, dice, por cuanto el homenaje a quien ha muerto, que es a fin de cuentas el fin último, parte del conocimiento, la amistad o la admiración de quien «ya no podrá comprobar el acierto y la autenticidad de lo dicho». A su vez intenso, porque suele hacerse «cuando la muerte del amigo o maestro acaba de ser anunciada, es decir, se escribe al calor de la conmoción, en el momento en 5Id., pp. 5 y 6. 6CASARES, Julio: Diccionario ideológico de la lengua española, Editorial Gustavo Gili, SA, Barcelona, 1973, p. 581. 7FERNANDEZ BEAUMONT, José: El lenguaje del periodismo moderno. Los libros de estilo en la prensa, Sociedad General Española de Librería, SA, Madrid, 1987, p. 236. 8LOPEZ DE ZUAZO, Antonio: Diccionario del Periodismo, Ediciones Pirámide, SA, Madrid, 1978, p. 136. 93Dr. Antonio López Hidalgo el que los sentimientos y recuerdos predominan sobre la razón». No obstante, Harguindey observa que precisamente esta característica es la que confiere a la necrológica «un inapreciable valor testimonial, no sólo de quien la motiva, sino, sobre todo, de quien la escribe»9. Harguindey advierte que el artículo necrológico, según quien lo escriba, puede ser un ejercicio de egolatría insoportable, ya que, bajo la coartada de recordar al muerto ilustre, el articulista sólo habla de él mismo. Otros textos, en cambio, consiguen descubrir nuevos aspectos que permiten comprender mejor al personaje, o bien desvelan situaciones o anécdotas desconocidas10. Características de la necrológica Los libros de estilo apenas se han detenido a definir y explorar este género. ‘El Mundo’, por el contrario, sí dedica un capítulo al obituario, que califica de «fúnebre género», pues según este libro de estilo merece tratamiento aparte porque se diferencia de todas las demás informaciones y al mismo tiempo debe mantener un mismo estilo en cualquier lugar del periódico donde aparezca. Para ‘El Mundo’, una de las principales características del obituario es que debe estar bien escrito, pero sin olvidar que ante todo no deja de ser una información periodística, que además está entre las más leídas del periódico, razón por la que debe cuidarse con esmero11. En ‘El Mundo’, el obituario es «una descripción valorativa y analítica de la vida y la obra de una persona», si bien advierte que no es una pieza literaria. Este género debe contener una serie de datos imprescindibles: - El nombre, la edad, la profesión (o circunstancia que motiva el interés por esta persona) y la localidad en que residía el fallecido; - El lugar, el día (y la hora, si es posible) y la causa de la muerte: esto último puede en ciertos casos (algunas enfermedades) estar sujeto a la solicitud de discreción por parte de la familia, aunque la norma general debe ser la de incluir esa causa, ya que el periodista está al servicio del público lector en general; - El anuncio, si se conoce, del lugar, la fecha y la hora de entierro o cremación y de honras fúnebres. 9HARGUINDEY, Angel S.: ‘El estilo y la muerte’, en El País, suplemento Babelia, Madrid, 26 de abril de 1997, p. 14. 10 Id., p. 14. 11 El Mundo. Libro de estilo, coordinado por Víctor Serra, Ediciones Temas de Hy, SA, Madrid, 1996, p. 26. 94 La necrológica como género periodístico Este libro de estilo se detiene también en la estructura de este género periodístico. Se abre, señala, a modo de entrada, con una primera valoración de la vida y la obra del personaje fallecido y continúa con un relato cronológico de las facetas más significativas de esa vida y esa obra. Añade que los datos imprescindibles antes señalados pueden repetirse entre el cuerpo del texto y la ficha resumen final a pie de texto que extracta sólo lo fundamental de ellos. Así se refleja, por ejemplo, en la necrológica que anuncia la muerte de Joshua Hassan. La ficha final, escrita a pie de texto, en un cuerpo de letra menor, señala que Sir Joshua Hassan, ex ministro principal de Gibraltar, nacido en 1915, falleció ayer en el Peñón a los 81 años. El texto del artículo comienza recordando también el fallecimiento de Hassan para después detenerse en su biografía y hacer una valoración de su trayectoria política: «Sir Joshua Hassan, ex ministro principal de Gibraltar, falleció ayer en el hospital de San Bernardo, en el Peñón. Había ingresado el lunes con un fuerte dolor de espalda, entró en coma profunda y no despertó. En el parte médico se atribuye su muerte a causas naturales. Tenía 81 años»12. No obstante, este diario no siempre cumple estas reglas. A veces, la necrológica nada más es una semblanza del personaje fallecido, en cuyo texto no rezan las circunstancias de la muerte, sino solamente en la nota a final de texto. Es el caso de Nikolay Yegoroz. El texto escrito con motivo de su muerte por Francisco Herranz no cumple estos requisitos. La nota, sin embargo, recoge que Nikolai Yegórov, ex viceprimer ministro de Rusia nacido en 1952, falleció el pasado viernes en Moscú a consecuencia de un cáncer. El texto, que recogemos íntegramente, se ajusta perfectamente a las características del perfil o semblanza, que en este caso también es una crítica a una trayectoria política: «La fulgurante carrera política de Nicolai Yegórov es digna de ser recordada. Director en 1993 de un ‘koljoz’, una granja colectiva soviética, un año después había amasado un poder formidable: viceprimer ministro, ministro de Nacionalidades y representante de Yeltsin en Chechenia. Desde esta posición ventajosa, en diciembre de 1994, encabezó el sector más duro del Kremlin, partidario de acabar a cañonazo limpio con la rebelión liderada por el difunto caudillo Dzojar Dudáyev. Con su oposición al proceso de paz, Yegórov encarnó a la perfección el papel de ‘bestia negra’ 12 SAHAGÚN, Felipe: ‘El mejor amigo de Londres en Gibraltar’, en El Mundo, Madrid, 2 de julio de 1997, p. 4. 95Dr. Antonio López Hidalgo de los chechenos. Su sueño era convertirse en el virrey de Grozni, la capital de Chechenia. Para muchos fue el responsable civil de la masacre ocurrida en esta república del norte del Cáucaso. Precisamente fueron los independentistas quienes cavaron su tumba política. En el verano de 1995, después de la toma de rehenes de la ciudad de Budiónnovsk por guerrilleros chechenos, que terminó con decenas de civiles muertos, Yeltsin lo abandonó a su suerte, como ha hecho con otros ‘boyardos’. Transcurridos unos meses, el Kremlin le recuperó dándole el puesto de jefe de la Administración presidencial, una especie de Gobierno paralelo. El ‘halcón’ estaba ya entonces enfermo -había estado en el dique seco en enero de 1995 por una pulmonía que era un cáncer de pulmón, la probable causa de su muerte- y no supo encaminar la difícil campaña electoral de Boris Nikolayevich. El ‘zar’ le mandó al exilio político. De ahí pasó al ostracismo. En octubre de 1996 Yegórov engrosaba ya la lista de ‘proscritos’ cuando dudaba en público de la capacidad de Yeltsin para gobernar. Nadie -a excepción de las familias de los muertos en la guerra chechenaparecía acordarse ahora de este orondo personaje que, sin importarle el coste de vidas humanas, luchó con saña por el control de los recursos naturales de la Federación Rusa»13. El obituario, epígrafe que da título a esta sección, ubicado en las páginas de Opinión, aparece siempre ilustrado con una pequeña fotografía que muestra el rostro del personaje fallecido. El título de la necrológica contiene dos elementos. En primer lugar, el nombre propio de quien vamos a reseñar (Sir Joshua Hassan). En segundo lugar, una frase que defina la personalidad del difunto (‘el mejor amigo de Londres en Gibraltar’). Según el libro de estilo de ‘El Mundo’, en el obituario, el periodista ejerce sus dotes de recopilación y síntesis de datos exactamente igual que en cualquier otro género. No obstante, y a ser posible, el redactor debe añadir a estos datos documentales testimonios personales. En otros casos, se puede recurrir al especialista para que éste ofrezca su testimonio valorativo e incluirlo de manera destacada en un texto elaborado por un redactor. Este libro de estilo concluye que el obituario bien hecho será «el que resulte particu- 13 HERRANZ, Francisco: ‘El ‘hacón’ que quiso ser el virrey de Grozni’, en El Mundo, Madrid, 28 de abril de 1997, p. 6. 96 La necrológica como género periodístico larmente vivo y humano, refrescando o incluso devolviendo literariamente a la vida la figura de una persona que puede o no ser conocida del gran público. Por ello es un género que exige particular talento y que soporta muy mal la rutina»14. Andrés Trapiello escribe que no hay nada más hermoso que la vida de un hombre, contada con sencillez o con complejidad, pero sobre todo contada con respeto, con amor y comprensión por la historia que cuenta. Se refiere a la necrológica. Este escritor cuenta que hace unos años la sección de Necrológicas de ‘El País’ atravesó un buen momento. Dice que cada día aparecían tres o cuatro notas, sin firmar, pero que detrás de ellas se adivinaba el alma de un novelista, de alguien que ponía en claro esas vidas, muchas veces oscuras: «En general, eran notas cortas, veinte, treinta, cuarenta líneas de una columna. Solían corresponder a gentes notables o que lo habían sido hacía mucho, gente que había brillado en su tiempo, pero que se había apagado; en fin, esa clase de hombres y mujeres que creíamos muertos desde hacía mucho tiempo»15. Más adelante, Trapiello menciona a ese tipo de personajes de novela que nacían a nuestros ojos justo cuando cesaban en esta vida, porque nunca antes habíamos oído hablar de ellos y que la necrológica nos devolvía intactos con el impacto de la noticia que consigue sobornar al lector. Y afirma: «Eran vidas también, en su mayoría, de otras partes, de países lejanos, a veces de países extraños o que habían dejado de existir, como Siam, de épocas remotas, un violinista del imperio austro-húngaro, el rajá que se gastó toda su fortuna con una suripanta, la penúltima amante de Mussolini, el inventor que moría pobre mientras veía enriquecidos a los usurpadores de su talento, o el penúltimo propietario del diamante ‘Excelsior’16. Trapiello confiesa que estas notas a veces eran tan breves que uno habría querido conocer mucho más de esas vidas fascinantes. Todavía hoy, ‘El País’ muestra estas notas necrológicas tampoco demasiado extensas. En la sección caben a lo sumo tres o cuatro notas, ubicada en la página de ‘Agenda’, junto a las secciones ‘Gente’ y ‘Vida social’. Como señala Trapiello, algunas aparecen sin firma, pero otras van firmadas por el propio diario o alguna agencia, incluso son de autor conocido. Estas necrológicas están ordenadas 14 El Mundo. Libro de Estilo: Op. cit., pp. 26 y 27. 15 TRAPIELLO, Andrés: ‘Vidas’, en El País, Madrid, 26 de agosto de 1996, p. 9. 16 Id., p. 9. 97Dr. Antonio López Hidalgo de manera decreciente, es decir de mayor a menor importancia. Para destacar al primer personaje desaparecido, el cuerpo del título de la primera necrológica es de mayor tamaño que los posteriores. Generalmente, el encabezamiento debe contener dos elementos: el nombre del fallecido y la profesión o el cargo. En estas notas, además del perfil biográfico, el periodista debe hacer constar la causa de la enfermedad o causa de la muerte, la edad del fallecido así como la fecha y lugar de nacimiento, aunque en muchas ocasiones se puede omitir alguno de estos datos, por desconocimiento o por falta de espacio. En ocasiones, están ilustradas con fotografías. Tan breves a veces, más que una semblanza, la necrológica apenas es un apunte biográfico, pero de cualquier manera deja constancia del personaje desaparecido. Este es el caso de la necrológica titulada ‘Jack Owens, pionero del ‘blues’’, que aparecía firmada con las siglas AFP: «El pionero estadounidense del ‘blues’ Jack Owens ha muerto recientemente, a la edad de 91 años, en Bentonia (Misisipí), su ciudad natal, según informa la revista mensual especializada ‘Mojo’ en su último número. Nacido en 1905, Owens no grabó su primer disco hasta 1966. Compañero de otro pionero del ‘blues’, su compatriota Skip James, Owens desarrolló un original toque de guitarra con tres dedos. Tres de sus discos están considerados por los especialistas como de los más representativos del estilo ‘blues’ del Misisipí: ‘It must have been the devil’ (1971), ‘Bentonia country blues’ (1979) y ’50 yeras Mississipi blues in Bentonia’ (1991). En el documental para televisión realizado recientemente por el periodista americano Robert Palmer se evocaba la figura de Owens»17. En otras ocasiones, la necrológica consta de dos partes. La primera es una entradilla cuyo fin es meramente informativo: dar a conocer el fallecimiento de un personaje conocido, la fecha y las causas, incluso algún dato biográfico o alguna referencia personal. La segunda parte es una semblanza o perfil del desaparecido firmado por algún amigo o conocido. En este supuesto, también el título puede sufrir algunas variantes. Así se puede comprobar con la necrológica titulada ‘En memoria de Ana Pena Mariño’. La entradilla de esta nota, firmada por ‘El País’, decía así: 17 AFP: ‘Jack Owens, pionero del ‘blues’’, en El País, Madrid, 29 de abril de 1997, p. 43. 104 La necrológica como género periodístico tragedia. Paco dejó todo para dirigir la compañía de revistas; luego, ella dejó el teatro y los dos se fueron a vivir a París. Al exilio sexual. No fácil: eran dos temperamentos duros. A Paco le hirió de muerte. Cuando se separaron definitivamente, él fue a Estados Unidos -donde había conseguido su mayor fama- y volvió a España para morir prematuramente. Ella siguió en el teatro: pero ya mal. Se volvió a Buenos Aires. De cuando en cuando volvía: recibía un calor popular, pero tenía que dejarlo. Recuerdo de ella dos imágenes: poniendo el jazmín en la solapa a Lucientes, en la reposición de ‘Las Leandras’ (censurada), cuando se conocieron; y en París, diciéndome: «Me ha dicho una vidente que seré presidenta de la República Española. Cuando elijan a Paco presidente, claro»: vi que por el bar del hotelito modesto pasaba la sombra de Eva Duarte». Las necrológicas están de moda. Es cierto. Ocupan espacios destacados en los medios. En realidad, siempre estuvieron ahí. Pero hoy adoptan nuevas formas para un público más amplio, para un público que demanda este tipo de información. Juan Carlos Gumucio ha escrito, refiriéndose al impacto informativo con motivo de la muerte de Diana de Gales, que en pocas ocasiones como en ésta se produjo un fenómeno de interés mundial por un suceso como la muerte de una princesa. Esta respuesta popular, advierte, ha sentado un precedente que influirá en el tratamiento audiovisual y textual ante casos de similar significación como «bodas y entierros de personajes de cierta o mucha relevancia social se han convertido ya en programas y libros con vocación de números uno en cualquier lista al uso»21. Pese al auge de este género, Rosa montero se muestra contraria a él, porque suelen estar atiborradas de sentimentalismo y de ditirambos hagiográficos, y porque reconoce que no sabe encontrar «ese tono justo que te permite hablar con dignidad del tema». Pero le incomoda sobre todo afirmar que la necrológica está escrita directamente con el corazón, cuando ésta está tan trabahada o más que cualquier artículo: «Qué incomodidad moral, ir buscando y rebuscando el adjetivo exacto, la bonita frase con la que luego conseguirás que el lector se conmueva y te admire (es tan fácil impresionar 21 GUMUCIO, Juan Carlos: ‘Desde el arte de comerse unos a otros a las necrológicas’, en Babelia, suplemento cultural de El País, Madrid, 8 de noviembre de 1997, p. 18. 105Dr. Antonio López Hidalgo al lector en las necrologías), mientras tu pobre muerto aún no se ha enfriado. Es como ser un buitre literario»22. Esta periodista se pregunta: «¿Qué mejor homenaje puede hacerse a la persona fallecida que mencionarla, y rodear su nombre con las frases más exactas y más bellas que seas capaz de imaginar?». Pero al mismo tiempo reconoce que, por esta misma razón, las necrologías son todas mentirosas, traicioneras, porque no se mencionan las partes negativas del fallecido, de manera que se no pasan de ser meros textos laudatorios23. Quizás por esa razón, textos como los de Haro Tecglen den a este género periodístico un matiz de autenticidad, de documento personal también, pero mirado con el ojo crítico del periodista que sabe que remueve sus propios recuerdos, su propia vida también, pero que también escribe, de alguna manera, páginas irrenunciables de nuestra historia. 22 MONTERO, Rosa: ‘Las necrologías detestables’, en El País Semanal, Madrid, domingo 8 de noviembre de 1997, p. 14. 23 Id., p. 14.