Ilustración e independencia en Nueva España: la construcción de la identidad
Abstract
Programa de doctorado: Estudios Económicos, Sociales y Culturales en el Atlántico
Full text
1
UNIVERSIDAD DE LAS PALM AS DE GRAN CANAR IA
DEPARTAME NTO DE CIENCIAS HISTÓ RICAS
TESIS DOC TORAL
ILUS TRACIÓN E INDE PENDENC IA EN NUEVA ESPAÑ A. LA CONS TRUCCIÓN DE LA
IDENTIDA D.
JERÓNIMO LÓ PEZ SOLDEVIL LA
Las Palmas de Gran Canaria, Abril de 200 9
2
Titulo de la Tesis:
ILUS TRACIÓN E INDEPENDENC IA EN NUEVA ESPAÑA. LA CONS TRUCCI ÓN DE LA
IDENTIDA D.
3
UNIVERSIDAD DE LAS PALM AS DE GRAN CANAR IA
Doctorado en Ciencias Histór icas
DEPARTAME NTO DE CIENCIAS HISTÓ RICAS
Programa de Estudios Económicos, Sociales y Cul turales en el Atlánti co.
TÍTULO DE LA TESIS:
ILUS TRACIÓN E INDEPENDENCIA EN NUEVA ESPAÑA. LA CON STRUCCI ÓN DE LA
IDENTIDA D.
Tesis Doctoral Prese ntada por Don Jerónimo López Soldevilla.
Dirigida por el Profesor Doctor Juan Manuel Santana Pérez.
El Director. El Doctorando.
Las Palmas de Gran Canaria en Abril de 2009
4
AGRADEC IMIENT OS:
A mi madre sin la cual hubiera sido imposible todo.
A mi esposa.
A mi hermana y mis sobrinos.
A mi abuela J uana.
A mi c uñado Gerva en quien he podido encont rar sentido de familia.
A mi padre al que le hubiera gu stado en vida estar presente para ver la culminación de su
esfuerzo en su hijo.
A todos ellos porque los amo.
A mi director de tesis Juan Manuel Santana Perez, profesor durante la carrera que me
enseñó a pensar en la clave historia y que en el doct orado me enseñó a ser mejor pers ona.
A mi alma mater la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, mi universidad a la que le
debo mi ser profesional y académic o.
5
ÍNDICE.
AGRADECIMIENTOS ………………………………………….. ………………….…. 4
INT RODUCC IÓN ………………………………………….…………………………..… 11
1. PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA ……………….……………..…… 24
2. MARCO TEÓRICO …………………………… ……………………….…………... 28
2.1. Estado de la cuestión ……………………………………………………………..… 36
3. HIPÓTESIS ………………………………………………………........ ..............… 44
4. CAPITULADO Y CUERPO DE LA TESIS …………………………..…. 50
Capí tulo I: SOBRE LA SITUACIÓN ECONÓMICA
DE MÉXICO EN LA ÉPOCA VIRREINAL
Y ALGUNAS COMPARACIONES CON E L
PERIODO DE LA REPÚBLICA …………………..………………….... 50
1.1 In troducción al capítulo I … ……………………….…………..…………………..… 50
1.2 La situación, e l territorio, sociedad y economía …………………….…………… 52
Capí tulo II : ESPAÑOLES, CRIOLLO S E IGLE SIA,
PODER Y DIVERSID AD:
LA SOCIEDAD VIRREINAL N OVOHISPA NA
EN PROCESO DE CAMBIO ……..………...…………………………… 85
2.1 Intro ducción al capítulo II ………….…………………………………………….…. 85
2.2 Los españoles ………………………………………… ………………………………… 85
2.3 Los c riollos ……………………………………………………………………………... 86
2.4 La igle sia ………………………………………………………………………………. 104
6
Capítulo III: IMAGINARIOS S OBRE LA IDEA DE INDEPE NDECIA …….… 110
3.1 Introducción al capítulo III ………………………………………………………… 110
3.2 La diversidad de la diferencia en las ideas del grupo criollo:
Al encuentro de sí mismo …….……………………..……………………….…… 111
3.3 La diversidad de la diferencia en las ideas de las asociaciones
francmasónicas: Al enc uentro de sí mismas ………….…………………….… 120
3.4. La iglesia: dos visiones , un control …………………………………………….… 129
3.5. El uso de la imagen del indio para las visiones de América fuera del indio:
La imagen de America en los españoles a través del indio ………………..… 136
3.6. La imagen de America en los grupos insurgentes
a través de l indio ……………………………………………………………….…… 145
Capí tulo IV: EL ORIGEN CAUSAL DE LOS IMAGINARIOS:
LA PRAGMÁTICA SANCIÓN Y LA EXPULSIÓN
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN NUEVA ESPAÑA ……………….…. 15 3
4.1 Introducción al capítul o IV …………………………………………………………. 153
4.2 La pragmát ica sanción ……………………………………………………………… 154
4.3 La exp ulsión de lo s jesuitas …………………………… ………………………..…. 163
Capí tulo V: EL MUNDO DE LAS IDEAS:
PAISAJES MENTALES Y CENTROS EDUCATIVOS ……………... 168
5.1 Introducción al capítulo V …….…………………….…………….……………..… 168
5.2 La introducción de las ide as ……………………………………. …………….…… 169
5.3 Los Centros ……………………………………………………………………….…… 174
5.4 Las nuevas ideas en V alladolid …………………………………………………….. 182
7
Capí tulo VI : INDEPEND ENCIA POLÍTICA, REVOLU CIÓNES EN LA
REVOLUC IÓN Y JUSTIFICACIÓN DE UN ANÁL ISIS BASADO
EN ASPECTOS TERMINOLÓGICOS ……………………..……….… 190
6.1 Introducción al capitul o VI ……………………………………………………. …… 190
6.2 De los movimi entos, tendencias e inclinaciones …………………………..…… 191
6.3 De la s variac iones de los movimie ntos, tende ncia s e inclin acione s ……….… 200
6.4 La conclusión del acontecer de los movimientos,
tendencias e inclinaciones ……………………………………….……………...…… 202
6.5 Del porqué el análisis de dos textos especializados ………………………..…… 208
6.6 Objetivos del análisis ………………………………………………………… …...… 213
6.7 Una pr opuesta de clasif icació n de los tér minos contenidos
en textos especializados ………………………………………………………….…… 214
6.8 A la defensa del término y su mult iaplicabilidad …………………………….... 215
6.9 Las bases de multiaplicabilidad ………………………………………………….… 217
Capítulo VII: ANALISIS TERMINO LÓGICO DEL CATE CISMO DEL
ESTADO SEGÚN LOS PRINCIPIOS DE LA RELIGIÓN
EN RELACIÓN AL GRU PO SOCIAL CONCERNIENTE A
LA REACCIÓN COLONIALIST A FRENTE AL CATECISMO
DE LA INDEPENDENCIA MEXICANA CONCERNIENTE
SECTOR POPULAR REVOLUCIONARIO DE CORTE
LIBERAL MODERADO:
HACIA UNA INTE RPRETACIÓN PROF UNDA …………………..…… 218
7.1 Introducción al capítulo VII …………………………… ……………………………. 218
7.2 La figura de los catecismos ………………………….………………………………. 220
7.3 Análisis del Catecismo del Estado según los p rincipios de la religión:
Por Joaquín Lorenzo Villanueva …………………… ………………………….. … 224
7.3.1 El estilo ………………………………………………………………………… 224
8
7.3.2 Los cone ctores en general ……………………………………………….… 224
7.3.3 Los conectores de causa …………………………………………………… 226
7.3.4 Los conectores de tipo comparativo ……………………………… .……. 229
7.3.5 Los conectores de condición …………………………… ………………... 234
7.3.6 Los conec tores de ne gaci ón …………………………………………….... 235
7.3.7 Los adjetivos calificativos ……………………………………………….... 237
7.3.8 Los verbos …………………………………………………………….….…. 240
7.3.9 Conclusiones generales sobre el cate cismo
del estado según los prin cipios de la re ligión
de Joaquín Lorenzo Villanueva ……………………..………………..… 244
7.4 Cat ecismo pol ítico de la federación mexic ana ….……………………………… 246
7.4.1 Estilo ……………………………………………………………………….... 247
7.4.2 Los con ectores en general ……………………..………………………… 247
7.4.3 Los conectores de causa ……………………………………..… ………... 248
7.4.4 Los conectores comparativos ……………………………………. .……. 249
7.4.5 Los cone ctores de condición ……………………………… …………….. 252
7.4.6 Los con ectores de negación ……………………………………………… 253
7.4.7 Los adjetivos calificativos ……………………………………………..… 255
7.5 Comparativo entre el cat ecismo del es tado según los principios
de la religión y el catecis mo de l a independencia mexicana ………….…... 261
7.5.1. Comparativo de conectores toman do como base aquellos
que no se repiten para ambos …………………… …………………….. 261
7.5.2 Dios − religión frente a gobierno − circunstancia ……………………... 262
7.5.3 (Fin − Dios) frente a (republicano − gobierno) ……………………..... 264
9
7.5.4 Comparativo de los conectores de comparación más
repetidos del catec ismo regio frente a l os del cateci smo
de la independencia ……………………………… …………… ………… 265
7.5.5 Comparativo de los conectores de negación más
repetidos del catecismo regio frente a los del
catecis mo de la ind ependencia ………………………………………… 266
7.5.6 Comparativo de los conceptos generales más
repetidos del cat ecismo regio fren te a los del
catecis mo de la in dependen cia ………………………………………… 267
7.5.7 La interpretaci ón general del comparativ o …………………………... 272
Capítulo VIII : JUSTIFICACIÓN DE UN ANÁLISIS TERM INOLÓGICO
BASADO EN MICH EL FOUCA ULT …………………………..……… 279
8.1 Justificación ………………………………………………………………………… 279
Capí tulo IX: ANALISIS FRASEOLÓGICO COMPARATIVO ENTRE
LOS TEXTOS SENTIMIENTOS DE LA NACIÓN Y E L
PLAN DE IGUALA …………………………………………………... 283
9.1 Introducción los contextos de los textos ……………….………………… ……. 283
9.2 Análisis fraseológico ……………………………………………………….……… 287
Capít ulo X: LA CO NSTRU CCIÓN DE LOS NA CIONAL ISMOS …………..… 459
10.1 Introducción al c apítulo X ………………………………………………………. 459
10.2 El marco con ceptual de partida ………………………………………..……… 461
10.3 El Racismo: fase superior de la discrimi nación socio-étnica
bajo el nacion alismo ………………............... .................. .................... 465
10
Capítu lo XI: DESDE LA IDEA MONÁRQUICA A LA IDEA IMP ERIAL ….. 477
11.1 Introducción al capítulo XI …………………………………………………….. 477
11.2 La monarquía en cuanto monarquía ……………………………..…………… 478
11.3 La Monarquía en cuanto que consti tucional …………………………..……. 491
11.4 Del imaginario monárquico a la solución imp erial ………………………... 499
Capít ulo XII: LAS CONSTRUCCIONES : El HÉROE, LA FIESTA,
EL INDIO Y LAS TEORÍAS SUSTENTANTES …………………… 506
12.1 Introducción a l capítulo XII ………………………………………………….… 506
12.2 La construcción del héroe: la construcción de sí ………………………..…. 507
12.3 La construcción de la fiesta …………………………………………………..… 52 3
12.4 La construcción de la figura del ind io en el discurs o
insurgente del cr iollismo ……………………………………………………..… 533
12.5 De la construcción de l héroe y su fiesta a la teoría sustentante ………….. 539
5. CONCLUSIONES ……………………………………………………….…… 542
6. ANEXOS …………………………………… …………………………… ….…… 54 6
7. BIBLIOGRAFÍA ……………………………………………………………… 560
11
INTRODUCCIÓN.
La interpretación general del proceso de la independ encia que se presenta, en este trabajo
de investigación, intenta corregir una visión, —casi con carácter de axiomátic a—, que sitúa
su comienzo en mayo de 1808, suponiendo que el hecho que llevó a la élite criolla a
comenzar el movimiento emancipador fue la ocupación francesa de España ocurrido en esa
misma fecha, y situando a s u vez, la culminación en septiembre de 1821, cuando en ese
período Agustín de Iturbide pa ctó alianzas co n casi todas las facciones —incluyendo al
gobierno virreinal—, y de esta suerte se consum ó la independenc ia el 27 de septiembre de
ese mismo año. Insistiendo con ello en arrebatar, bajo la confusión de volcar solo sobre las
condiciones externas, y por lo tanto ajenas, de est os hitos, acaecidas en España, la
explicación universal —usada ésta, a m odo de signo igual colocado al final de una compleja
ecuación matemática, que d a como resultado f inal e inapelable q ue esos fuero n
efectivamente, factores desencadenantes, convertidos así, en determinaciones unívocas de
una lucha por la independencia que ocurre, se vive, se padece, se concibe, en las tierras
lejanas del ot ro lado del océano— .
Con esta confusión se elude el rico y comple jo proceso de la s determinaciones internas
novohispanas que llegaron a la conclusión, de que debía emprenderse la lucha p or la
independencia por diversas vías y medio s —l o cual adelanta la fecha hito de carácter
coyuntural, para insertarla en una estructura de proceso complejo de larga duración, esto es,
entra en la historia como una evolución cuya génesis por profunda y duradera, provoca s e
deba de ret rasar de manera paralela la fecha de consumación qu e como parte también
integrante del conjunto, tiende a extenderse en las múltiples consecuencias que de ello se
derivan, y que además, no eluden ni por un extremo, ni por el otro, la constante ratificación y
consolidación del objetivo de consumar la i ndependencia.—al prot agonista de la historia, ser
difuso, histórico, conceptual y por tanto humano— .
La tesis planteada por Lucas Alamán desde mediados del siglo XIX en su Historia de Méjico ,
en la que argumenta que la revolución que estalló en 1810 Con el Grito de Dolores sólo
había producido la muerte de miles de persona s además de la desolación del reino más
floreciente de la mona rquía española, tenie ndo en este sentido en cuenta que: “El alto c lero
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se caracter izó por una fidelidad absoluta a la corona, y el baj o, por asumir un primer papel en
la creación de los contenidos políti cos revolucionarios…Las élites urbanas tradicionalistas y
conservadoras, perdida su capac idad económica por la ruina de la guerra ha dejado caer
sobre sus bienes y medio s de v i da, aunadas come rcialmente por la presencia de mercaderes
extranjeros que traen grandes capitales de maniobra para operar en el mundo de las
transacciones con un cierto margen de tranquilidad y éxito” 1
Como imagen, y ante estos he chos, efectivamente, se ejercería una influencia tan profunda,
que en la historiografía contemporánea que se ocupa del tema, pareciera casi inútil el volver
a estudiar aquel movimiento que se extendió a gran parte de la Nueva España, y que
además fue encabezado por decenas de c u ras, militares, abogado s, hacendados y
rancheros entre los años 1810 y 1820.
Con el temor añadido de ser objetos de la acusación de ejercer como "historiadores
tradicionales" s i no se entraba de lleno a estas formas y a enraizadas, sin embargo la
emancipación de ello, bajo la intención de evadir este tem a, a pesar de poder ser delatados
de levantar un panteón basado en la “edad dorada”, provocó que se cayera
sistemáticamente en ello, así es posible leer historias de la historia, narrativas, en forma de
novelas, donde la visceralidad, la s ubjetividad, el propio criterio y la filosofía política pers onal
o grupal ejercen de m arco sobre el que la his toria derrama sus páginas, no es otra cosa más,
que la manifestación de la lucha encarnizada en tre conservadores y liberales que marcaría
todo el XIX, gran parte del XX y que aún en la act ualidad es detectable, no solo en los textos,
sino también en las aulas.
La propuesta que parte del tít ulo de esta tesis — De las ideas de independencia en la nueva
España a la dependencia de las ideas en el nuevo México— surge de la necesidad de hacer
un uso racional de los modelos de estudio, abortando la visión modernista de un modelo
como representación de la reali dad.
1 Suárez Ferná ndez Luis Hi toria g ene ral de Espa n a y Ame rica 5 Lo s Tr ast a mara y la unidad Espan ola
(1369 - 1517) . Madr id: Ed . Rialp , 1981 .
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La diversidad, m ultiplicidad, pluralidad y complejidad en lo que a un universo de inf initas
posibilidades, y en cuanto a r ealidad existente int erconectada por múltiples factores —c ada
uno de ellos, abordable y estudiable—, abre perspectivas para diversos análisis , con un
abanico de posibilidad es, donde los estudios no han de converger en iguales o semejantes
resultados, como la consecuencia ideal esper ada, trascendiendo de ello la ruptura de las
barreras epistemológica s, en este sentido al af rontar cómo la imagen construida de l poder en
el pensamiento, ha influido en el ideología de la ideas de la independencia, y desde ella en
una reproducción de las formas conocidas —que son las propias del sistema colonial
imperante—, de una manera mucho m ás importante de lo que hast a ahora “las barreras
epistemológicas” han permitido ver, y cuál h a sido la interpretación Mexicano-occidentalizada
del otro, e n cuanto a las relaciones surgidas del poder y su camaleónica mutación en lo
mismo, es como se ha intentado interpretar, sin producir con ello nuevas rupturas
epistemológicas, al comenzar por la cuna del pensamiento de las ideas insurgentes.
Oobstáculo epistemológico, es todo aquello que, en el espíritu o la razón humana, impide la
construcción racional del objeto; opiniones, prejuicios, meras percepciones sensibles del
objeto, el juzgar por las apariencias, o lo inmediato y no reflexivo. 2 Lo real no es propiamente
lo que aparece, sino más bien lo que siem pre deberíamos haber pensado que es. Es por ello
que desde, la introducción se explicita que al gen erar este trabajo de investigación se part e
de la intención hacer posibl e las “ru pturas epistemológicas”
Así, no debe de ser el conocimiento barrera par a c onocer, desde esta posición se queda de
por sí, en una oposición tajant e hacia la unicidad y la unidireccionalidad como respuesta
única correcta, tomada como contestación a los por qué de los procesos en los que se haya
inmersa la interrogación a la pregunta de la c ual, como pre-lógica, ya se sabe la respuesta:
comienzo en mayo de 1808, c ulminación en septiembre de 1821.
Se trata de superar las recetas explicativas co ntundentes que plasmadas en lo
bidimensional del papel bajo la unidireccionalidad de la idea que se pretende repres entar,
convierte al documento en el universo, se trata más bien, de salir del “com o si”
2 Vease Bachelard G ., La formación del espí ritu científico. Contribuciones a un psicoaná lisis de l
conocimi ento objetivo, Buenos Aires, Si glo XXI edit ores, 1972, s egunda edición.
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Desde esta perspectiva, la revolución no ya de de 1810, sino el complejo proces o de
independencia de un territ orio habitado por seres humanos, debe ser abordado a la luz de
multi-interpretaciones y de los hallazgos documentales que pudieren estar en consonancia
con ellos, sin olvidar, desde luego, que dicho movimiento s e inserta en una crisis política, en
totu m re volu tum de aconteceres, bajo la lucha de la s fuerzas profundas que mueve el p oder
y su discurso, más amplia, y que abarcó a todo el mundo occidental c onocido, entre ellos el
amplio universo hispano. —en donde los temas de la soberanía, la representación y la
legitimidad constituyeron un c ontrariedad de carácter sustancial.
Se ha pretendido analiz ar, ahondar, de forma paralela, en lo que a todo e l largo proceso que
supone una emancipación de c arácter independentista, de r eivindicación del ser propio frente
al otro, y del que s e formaba pa rte en muchos sentidos, en lo que se creó — y no solo lo que
destruyó— como fruto de la insurrección armada, con sus ideas, instituciones y
elaboraciones rituales y simbólicas, por un lado, y por el otro, bajo la amplia perspectiva del
impacto que tuvo la quiebra de la monarquía, y con ello la irrupción y la aplicac ión que
emanaba del liberalismo gaditano, bajo diferentes escenarios, produciéndose bajo la
influencia de ambos argumentos, un nuevo es pacio, una nueva cultura político-ideológica,
que arraigó entre los variopintos sectores sociales de una aún mayor diversidad étnica que
convivía bajo un mismo espac io, no se hallaría una explicación satisfactoria a todo este
conjunto, si se les estudia fuera del contexto d e una guerra, que más allá de lo militar,
abarcaba todo el firmamento existencial, tanto terreno como espiritual de los que lo vivieron.
La presente tesis tiene como estructura en su capitulado destinado a la parte histórica la
siguiente:
Hay tres grandes bl oques que conforma el p resente trabajo de investigación.
El primero, que va desde el capítulo uno al siet e y trata sobre la génesis y cómo desde l as
ideas al actuar, existe todo un proceso de asimilación y toma de conciencia del hecho
independentista que cala de manera diferente en los de siguales estratos sociales con
heterogéneos intereses, capas sociales, que a su vez se verán reflej adas en los textos que
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hacia ellos van dirigidos, siend o el capitulo seis el que hace de nexo entre estas dos
cuestiones, pasándose de la descripción históric a hacia la necesidad de ejercer un análisis
terminológico de carácter comparativo —con la complejidad que ello conlleva— con el fin
primero de justificarlo por sí, pues no parece viable realizar un análisis t extual complejo, sin
considerar la fraseología, bajo la que se insertan términos que de por sí significan, y pa ra
desde ello, poder ana lizar las relaciones ex ist entes de estas unidades léxicas desde el punto
de vista de su constitución, o d el estudio del significado de los signos lingüísticos y de sus
combinaciones, teniendo en c uenta que nada es inocente en el t exto, y donde s e propone el
pasar de la mera extracción de información estrictamente con carácter recopilatorio, a la
recuperación inteligente de la información, mediante la detección de núcleos de cono cimiento
especializado en los textos, —Se trata en el fondo, de ofrecer un panorama al historiador-
investigador, mediante una herram ienta, que le permita ir má s allá del análisis de texto
aprendido en las aulas universitarias, donde la subjetividad y la capac idad de relación
memorística c on lo estudiado, den como resultado una interpretación más o menos valida en
virtud de su capacidad memorís tica en un mo mento dado— y en un segundo momento, dar
un salto cualitativo, tomado como bas e lo anterior para profundizar en un análisis historizante
a través de las relaciones terminológicas halladas .
El segundo bloque: ab arca los capítulos siete al ocho, y trata sobr e el análisis profundo que
de estos textos se formaliza, en cuanto que r epresentat ivos de cada sector de la sociedad
identificado anteriormente.
El tercer bloque: comprende de los capítulos nueve al doce, y trata de las construcciones
que del proceso de la independencia se deriv an, en cuanto la utilización del poder, de los
mecanismos que éste ofrece para reproducir form as, de manera que el aparentar que algo
cambia significa que no cambia nada.
En cuanto al trabajo de inves tigación en su conjunto y de forma más punt ual, el capítulo uno,
a modo introductorio, trata sobre la situaci ón econó mica de México en la época virreinal
donde se hacen algunas comparaciones con el periodo de la república, —periodo que queda
fuera del marc o de esta tesis pero que da una idea de la posterior evolución de los tema s
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que en ésta se tratan—, así se aborda la situación que se vivía en genera l, el territorio, la
sociedad y economía, en cuanto este funcionamiento se debía en gran medida, al hecho de
que el gobierno de Nueva España era aconsejado por su elite local.
A pesar de que La Nueva España, proveía dos te rc ios de los ingresos del imperio es pañol,
se vivía bien, la economía de Nueva España era f uerte, se muestran tablas, gráficos, y en lo
referente a población y territorio, en cuanto población, existía una compleja mezcolanza
racial, con diferencias s ocia les pero en convivencia, y baj o un mismo espacio.
Se tratan as pectos económicos como acuñación de moneda, ganadería, industria, minería y
se hace un breve comparativo ent re la época virreinal y la independiente asentada, con las
diferentes y vari adas sucesiones en el poder, se registran reglamentos posteriores a la
independencia que de alguna manera, venían romper con la estructura tradicional, medidas
que llevarían a un ocaso económico de larga du ración en su c aminar independiente por todo
el siglo XIX.
El problema por tanto para la independencia no podía ser el económico como eje rector
En el capítulo do s trata sobre los españoles, crio llos e iglesia, poder y diversidad , y mu estra
a la sociedad virreinal novohispana en proceso de cam bio, donde los españoles se muestr an
como un grupo heterogéneo y confuso, dentro de ese circulo, se incluían a liberales,
conservadores, realistas…
También se aborda el problema provocado por la designación de ciudadano por las cortes de
Cádiz, entrándose seguidamente con el grupo de los criollos, sus diferencias para con los
gachupines, además de las existentes ent re ellos, el como eran vistos por los españoles y la
creación del estereotipo, al que respondería con su autoafirmación.
La iglesia se trata desde la perspectiva de un acto r social con una gran importancia e
influencia en la vida novohispana, element o soberano de cultura, y con un patrimonio
soberbio, donde el acceso restringido a sus privilegios por parte de los criollos, será el reflejo
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también de lo que en otras instancias ocurre , siendo de ello, la interacción entre los
españoles y criollos dentro de la Iglesia competenc ia al igual que todo.
No todo era pues la convivencia tan tranquila como las cifras del primer capitulo pudieran
mostrar, el componente humano hace su aparición.
Es sobre esta variopinta población que las ideas van irrumpir, así el capítulo tres arranca con
los imaginarios sobre la idea de independencia , pero las ideas no todas son iguales, de
manera tal, que se aborda a la diversidad de la diferencia en las ideas del grupo criollo como
una forma de un encuent ro de sí mismo por parte de este grupo, donde, para los criollos de
la clase alta, la independencia va a signi ficar la única vía para apoderarse totalmente del
control económico y político de la Nueva España. Y Por su parte los criollos de corte
revolucionario van a ver en la independencia también la única form a de demoler la Colonia,
esta dicotomía, no era de carácter homogé neo, más al contrario, a su vez, producirí a mayor
multiplicidad en cuanto a cuál sería la idea, la filosofía el concepto bajo el cual definirse.
Frente al papel de la iglesia apuntado anter iormente, surgen las as ociaciones
francmasónicas que en la búsqueda de las doctrinas filosóficas que manifiesten su
pensamiento, también brotan las c ontriciones internas de este grupo entre lo mat erialista al
socaire del espíritu revolucionario de lucha c ontra el conservadurismo, amén de surgir como
consecuencia de las luchas por la supremacía ent r e ambas, el rito esco cés, frente el rit o de
York, representándose en ellos diferentes grupos sociales.
Estas contradicciones, dicotomías llegan de sde luego también al seno de la iglesia, con dos
visiones, para un solo control en el que clero secular y clero regular se enfrentarán
abiertamente.
Como elemento existente en la socieda d y en las ideas, e stán las poblaciones indígenas,
pero éstas lo hacen no a través suyo, sino a través del uso de la imagen del indio para las
visiones de América fuera del indio, empezando por la imagen de América en los españoles
a través de ellos.
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Ello tiene un es cenario tangibl e a través del est udio y comparación entre el dest ructor Diego
de Landa frente al defensor De las casas, en todo caso la domestica ción de la imagen, y la
alegoría de América cr eada desde Europa para y por los europeos es la que se exporta, s e
defiende y se toma como válida en la alta c ultura.
Frente a ello surge la imagen de América en los grupos insurgent es, que también por
imitación o por espíritu de contrariedad, se hace a través del indi o, así, las imágenes de
indígenas en alegorías republicanas son recurrent es como símbolo de la libertad o como
símbolo de América.
Evidentemente ello va ser fruto de una semilla primigenia, que no es otra más que el origen
causal de los imaginarios bajo el papel jugado por la pragmática sanción y la expulsión de la
compañía de Jesú s en Nueva España con la que i nicia el capítulo cuatro
Ello va a representar la evidencia irrefutabl e d e la impotencia militar de las monarquías
borbónicas tanto francesa como española, y a su vez se traducirá como el cambio en la
reciprocidad de las fuerzas coloniales , lo que sin duda vino a debilitar el poder y la influencia
de la clase más conservadora, poseedora de una tierra sin explotar, teniendo como valor la
mera posesión de la mism a y asentada perfectamente en los esquemas del antiguo régimen
Se trata el papel del visit ador general del reino de la Nueva España José Galvéz, todo un
personaje, con atribuci ones superiores a la autoridad del virrey.
La monarquía mientr as tanto recurriría a los recursos metropolitanos, forzando en exceso la
emisión de papel moneda e igualmente a los vales real es, y se endeudó, ello significaba el
colapso del viejo régimen fiscal, y por otro un ca mpo fértil que facilitó la intervención de los
postulados del sistema liberal.
Ante ello las clases dominantes tradicionales novohispanas se inclinarán por una resistencia
ante los cambios, y a ello, encima se une como se expone en el capitulo, la expulsión de los
jesuitas, Los jesuitas que por otra parte también se habían convertido en los educadores de
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las elites del imperio español y sus alumnos les guardaban adem ás de respeto y admiración,
pleitesía.
La Pragmática Sanción fue una forma más; quizás la más agresiva, de restringir los fueros
eclesiásticos.
Desde esta perspectiva los alumnos, los que tenían en sus cabezas las ideas jesuitas van a
ser los depositarios del mundo de las ideas y con ello de los paisajes mentales y centros
educativos con el que se abre el capít ulo cinco.
La filosofía moderna a través de sus formas y disposición, prolongan las actitudes filosóficas
dominantes en la modernidad, Desde la metrópoli com o trampolín, todas estas ideas
llegarían a América por var ios conductos: principalmente a través de los libros prohibidos,
muy leídos en los círculos intelectuales, en tre ellos los clericales, de Nueva España, La
masonería, al igual que en España, desde su establecim iento en 1785 se dedicó a afiliar a
muchas personas, inclusive algunos clérigos, y a divulga r las ideas liberales.
En cuanto los centros, en Nueva España la ens eñanza va a ser impartida por la Iglesia., de
esta manera, tanto las escuelas, los colegios, como los seminarios y l as universidades
estaban dirigidas por clérigos, quienes a su vez también formaban a sus cuerpos docentes.
Se hace en este capítulo, un repaso de los centros más importante, qué se enseñaba, y por
quien estaban regidos.
Al contar con varios centros y tener una gr an tradición académico cultural Las nuevas ideas
se trasmiten y se dan en V alladolid, centro intelectual de primer orden, es la
—cuna de la independencia p or algo— donde est udiarían, c onvivirían y conspirarían l os
protagonista e ideólogos del movimiento insurgente que se levantaría en rebeldía
posteriormente a part ir de 1808 .
20
Es entonces donde el capítulo seis se aborda a la indep endencia política , pero bajo el
epígrafe de revoluciones en la revolución. Donde se tratan los movimientos , tendencias e
inclinaciones. Donde se distinguen c uatro, el de la reacción colonialista, el de los
conservadores, el de los liberales moderados el popular revoluciona rio, cada uno con sus
bases sociales, aspiraciones, inclinaciones filosóficas e ideológicas que los define y
distingue, que empiezan a act uar bajo la plataform a de una ruptura del bl oque en el poder
que se hace manifiesta en México, de lo que se abocaría a variaciones de los movi mientos,
tendencias e inclinaciones a tr avés de sus operaciones, esto es, entre la un idad y diversidad
en los partidos independentistas estaría los fa ctores que se encuentran inmersos en la
dualidad del proceso bien, un revolución por la independencia, bien una independen cia sin
revolución, que da lugar a que el curso de los acontecimientos, sea determinado por una
doble confrontación nac ional y social.
Se produce en este capítulo se is a continuaci ón una justificación en lo que es el anál isis
terminológico respecta, donde se explicitan los objetivos del análisis, el marco teórico de
referencia, se plantea una propuesta de clasific ación de los términos contenidos en textos
especializados, y ello, en c uanto a su aplic abilidad al que hacer del hist oriador, asentando
sus bases, pues se pretende con ello poner las bases para el posterior estudios de los textos
a los que corresponderían las id eas implícitas de cada s ector social detec tado en términos
generales,
Se deriva así pues, del planteamiento que se expone, en el contiguo capítulo siete, — y que
en realidad funge como el escenario donde se v uelcan dos textos que se identifican con dos
de los grupos sociales como componentes de la diversidad social anteriorment e expuesta—,
el análisis del Catecismo del Estado según los principios de la religión de Joaquín Lorenzo
Villanueva, emparentado con el grupo per teneciente a la reacción colonialista frente al
Catecismo de la independencia mexicana, representativo del sector popular revolucionario de
corte liberal modera do, lo cual s e hace, ex poniendo en primer lugar, cual era el papel y
característica s de este form a literaria, —el catecismo— y procediendo mediante una
exploración de los textos, que permita por una parte, distinguir el discurso que de ellos
emana a través del análisis de los términos utilizados en los mismos, y por otra, las
relaciones existentes entre ambos, para de esta manera, poder s er relacionarlos,
21
comparados, bajo los mismos parámetr os, y bajo una fórm ula que conlleva la inserción en
tablas de los términos.
Ello permitirá una amplia gama de posibilidades de relacionar los términos bajo contex tos
concreto, tenien do como soporte una amplia bibl iografía, con el fin de ofrecer una explicación
profunda a cada uno de los térm inos a comparar, además de abrir una panorámica
encaminada a descubrir o vislumbrar un ma yor panorama del que el texto de por sí a través
de sus simples términos pudiera dar en s u mera lectura, para terminar c on La interpretación
general del comparativo .
Una vez planteado el ejercicio an terior, en el capí tulo ocho, se toma como justificación el
análisis terminológico basado en Michel Foucault, pues en su planteamient o se recoge la
idea de que un hombr e que es y se hace a través del lenguaje, es en la cultur a donde ese
hombre está inmers o y que está impregnada por signos que la a limentan y la determinan, y
por lo tanto cada una de las cosas qu e rodea al hombre y todo lo que existe dentro y fuera de
él tiene nombre y signific ado, así, desde una aproximación a la terminología es tablecida en
el análisis conceptual, se explica que se intent ará una interpretación basada principalmente
en la manera, las formas, en que las estructura s conceptuales son exteriorizadas, para desde
ahí, interpretar la representación dada como un as pecto de la estructura conceptual que se
genera desde el propio discurso.
Discurso que en el capitulo nueve —el más exte nso en contenido—, t rata sobre el análisis
fraseológico comparativo entre los textos sentimientos de la na ción frent e al plan de iguala, y
donde se retoman los ot ros do s sectores de la sociedad que se reflejaban en el capít ulo seis,
que son los correspondientes al del liberal i ndepe ndentista revolucionario, bajo el texto de
Morelos, y el conservador correspondiente al de Iturbide.
Ello se lleva a cabo mediante una introducción de los contextos bajo los qu e se insertan los
textos, para así, continuar c on un análisis fraseológico consistente en pres entar bajo un
formato gráfic o —que viene a representar el universo en el que se enclavan los voc ablos
sometidos a análisis—, las relaciones existentes entre los términos , bajo el format o de tablas
22
separadas artículo por artículo, hasta un t otal de los v eintitrés que conforman a cada uno —
se consideran comparables por tener iguales magnitudes—
El capitulo nueve retoma la p arte histórica, proyectando las consecuencias que devienen de l
proceso emancipador, tratando la construcción de los nacionalismos, y cóm o se pliega a l
valor exaltado de una sola clase social sobre otras, pretendiéndose desde dicha postura con
ello, asegurar y afirmar la identidad frente al otro en función de una artific ial elaboración y
como El Racismo se convierte, mut a, hacia una fase s uperior de la d iscriminación socio-
étnica bajo el nacionalismo.
Ello tiene un origen, el cual se encuentra en el capít ulo once, que trata el concepto del cómo
se transita desde la idea monárquica a la idea imperial —en tanto en c uanto la idea y el
poder de la monarquía están de muchas formas presentes en el imaginario insurgente—, y
desde donde se aspir ará a la apropiación para sí como forma de legitimid ad, y de as unción
de la representación de ese po der,
Así existe de manera paralela para ello, la misma significación, aún bajo la vestimenta de
Monarquía en cuanto que constitucional como al ternativa, —que no l o es, inserta en estos
parámetros de remplazo de la imagen—, siendo la culminación del proceso de rebeldía
insurgente bajo la forma de aspirar a una independenc ia la solución imperial, la que siempre
ha estado en muc has formas presente en el mis mo, y que bajo la denomin ación de "Imperio
Mexicano" con el que se terminó por designar a la nueva nación la que florece como la salida
natural.
El capitulo doce como c ulminación, trata de las construcciones del héroe, la f iesta, el indio y
las teorías sustentantes de todo ello, se abordan las significaciones bajo las cuales se
generan la construcción de los otros y como a través de ellos, se crea toda una mitología
que acompaña al proceso de independencia en M éxico, —incluyendo el componente
guadalupano—, a través de una amplia gama de actos cívicos populares que penetr arán en
el espacio social cotidiano y en el imaginario colectivo.
Se expone como se construyen los héroes, el papel de las fiestas como legitimación del
poder y reproducción de las form as coloniales, y en s intonía con el capitulo anterior del
imaginario imperial implíc ito, se aborda la aculturación a través de la educación, y aunque de
23
forma muy breve, la disc riminación de la mujer en este proceso, ello a su vez, da lugar a que
se demuestre la gran i gnorada que se da a lo i ndio, a lo autóctono, siendo manifestación
evidente de est e abandono cultural, político, económico y social, la reivindicación de “ los
rebeldes” neozapatistas chiapanecos.
Para finalizar este apartado se hace una referencia a la teoría sustentante de ello, en un
marco de ge neralidad bajo la modernidad de la que también bebe y reproduce México
24
1. PLANTEAMIENT O DEL PROBLEMA
La Independencia de las nuevas naciones en Iberoamérica se inscribe en
un proceso histórico de gran calado, profundo, y con una gran extensión espacio temporal
que supera su propia dimens ión continental, y que tiene que ver con el inmediato precedente
—no así el único—, del resquebrajamiento de una ponderación aceptada, negociada y
conveniente de carácter multisecular, oc asionada por la gran ruptura que de ello supuso, la
Independencia de los Estados Unidos de Amér ica sobre una gran potencia at aviada de
monarquía, —eso sí con parlamento y muy avanzada frente al continente—, Motivo por el
cual, ese avance en la otra gran Europa —la continental, sumida en pleno apo geo de un
absolutismo que aunque ilustrado, no dejaba de lado los vest igios de su tiranía y las
derivaciones del despotismo— no podía ser bien vi sto. A ello se unirán las secuelas de la
Revolución francesa, y el peligro de Napoleón, que no era otro, más que con cada conquista
no solo se hacía con t erritorio, sino que exportaba es a revolución que ha cia temblar los
pilares sobre los que el Antiguo régimen , cómodam ente se asentaba desde los tiem pos de
antaño.
Ideas, f ilosofías, conceptos de económicas políticas, políticas económicas, y ejercicio político
del poder, estaban todos en un mismo reloj de arena inver tido precipitándose alocada mente
mezcladas, hacia un escenario nuevo donde habrían de c onverger bajo nuevas formas.
Ambas revoluciones efectivamente afectarían las relaciones tanto de las
potencias entre sí en el campo de t anto de las relaciones exteriores como en el de las
interiores existentes, y por ello mism o, de los gobernantes para con sus gobernados o
súbditos —como así se les con sideraba—.
El ejemplo de La Revolución Hai tiana de 1789-1804 motivo de otro grano de arena bien
pesado que caía en ese reloj, lograría acabar c on el sistema esclavista, esto es, con toda
una forma de entender al ser humano coloni al como un alma descarriada a la que liberar
hacia la cultura y la razón a través de espiar sus culpas por medio del trabajo f orzado, claro
está, en virtud del beneficio en pro del engrandecimiento del imperio al que le debía su ser, y
25
permitiéndose con dicha revuelta, el acc eso del pueblo de una pequeña isla a la
independenc ia política.
Los mismos vientos de sedición, insurrección, disturbio, males que atacaban la es tabilidad,
las buenas costumbres y la paz , llegarían años más tarde a Es paña y con el lo a sus
posesiones.
A partir de 1808 —No por una tradición históric a, erudita, filosófica, de razonamiento y
confrontamiento de ideas, aunque esto en cierta medida y guardando las distancias, se diera
solo entre las é l ites, e n sus círcu lo s, a la hora d el té o del café— i ni ció e n la Pen ínsul a una
insurrección popular en c ontra de las tropas francesas invasoras , en medio de una crisis
política ocasionada po r las abdicac iones de la f amilia real en Bayona y de los intentos de las
juntas provinciales, la Junta Central y el Cons ejo de Regencia por reasum ir el ejercicio de la
soberanía.
La convocatoria a Cortes Generales y Extraord inarias emitida por dicha Junta Central, en las
que se dispuso la participación de diputados de España y América, fue sin duda una
disposición importante, pues venía a abri r las puertas hacia un proceso electoral sin
precedentes en todo el mundo hispánico.
Claro está que la representatividad, por territorio y por número de habitantes ante un
contexto de respeto a las m ayorías, suponía poner en manos de los americanos el sistema y
la condición de metrópoli frente a c olonia.
Fueron esas Cortes, reunidas inicialmente en la Is la de León, muy cerca de Cádiz, las que
con sus debates, decretos y Constitución promulgada, darían inicio a la revolución libe ral que
se oponía por ontología, estos des de su se r a las formas del Antiguo Régimen y las coronas
en las que en el se sustentaban
En Nueva España, los años de 1810 a 1821 constituyeron una época de guerra civi l que
dividió a las familias, el sistema de valores, los imaginarios y las creencias de gran parte de
la sociedad —Efectivamente se trata de cuestiones con mucho calado en una vida social y
26
personal— que se transformaron como conse cuencia de una monarquía sin rey, y de un
levantamiento armado que comenzaba a disputar al g obierno español su autoridad, y es ahí,
desde este punto, que arranca la problemática de la cual se parte, y a la que se enfrent a el
presente trabajo de in vestigación: el por qué todo se da, s e genera, se explica, se encierra,
en esa ínfima coyuntura representada bajo esas dos f echas, siendo que efec tivamente algo
tuvo que actuar de motor, de causa, coexistiendo en el lo, variadas y complejas situaciones
que tuvieron que ejercerse desde e l tiempo, y bajo diversas maneras, para que los seres
humanos de esa época no actuaran como autómatas en un momento determinado sin más,
bajo un escenario que asimismo es depositario de diversidad dentro de la diversidad como
tónica común de la Nueva Es paña.
Fue, al mismo tiempo, un período de reformulación de palabras y de redefinición de
conceptos tales como la nación, la soberanía, el ciudadano, el derecho, la libert ad, la
autonomía, la indepen dencia, el imperio…, conceptos que no fueron percibidos de la misma
manera por los diferentes se ctores socio-étnicos —por tradici ón encorsetados bajo la
representación de paisajes mentales en form a departamentos estanco—, españoles, criollos,
y en todo caso in dios.
Si se considera como protagonista de la historia al ser humano, surge la problemática de
nuevo del por qué esa estandarización —“mac donalización”: Mc. Español, Mc. Criollo, Mc.
Indio—. Cuando en cado uno de estos grupos y su s mezc olanzas, ex istía todo un complejo
sistema de pensamiento, de órde nes socia les, de intereses propios, etc.
Período de creación de nuevas instituciones políticas, de prácticas electivas y de
representación que fortalecieron notablement e lo s poderes locales y provin ciales; período de
invención y de adopción de nuevos elementos de identidad con símbolos, colores y
emblemas que rompí an en apariencia, —más no en fon do—, contra lo que se luchaba, pero
con el imaginario de anhelo de los poderes de la Monarquía y el imaginario implícito de
Imperio, y en los cuales aú n así, repintados, remozad os, retocados y lucientes, quedaban
rancias partes importantes como consecuencia de haber aprehendido en s us esquemas
mentales de representación de la realidad del mundo y de sí mismos el fruto de tres siglos de
convivencia común; período de proyectos de or ganización polític a para la nueva nación y de
27
consolidación del poder militar en detrimento de las a utoridades civiles y eclesiásticas, en
realidad reconvertidas en reproduc toras de unas formas que a su imagen y semejanza
velaban por el sostenimiento de sus privil egios y la manutención de su s miembros.
Periodo de supervivencia de imaginarios corporat ivos y de prácticas y representaciones de
tipo tradicional, de fies tas que sirvieron igualmente para just ificar y legitimar la existencia d e
una autoridad, fuese ésta realista o in surgent e, que sugiere como problemática de la
investigación en el sentido de plantease, si eran en verdad estas prácticas, un en cuentro
auténtico de carácter popular, o simplemente la representación del escaparate ofrecido por
la autoridad a la masa, pues debería de existir, de tenerse, una concepción en cuanto a s u
función, en lo concerniente a cómo van a generars e las diferencias entre las prácticas y
representaciones de tipo tradicional que se dan entre la fiesta m onárquica virreinal y la fiesta
cívica imperial de la independencia, y d onde además, el papel que desempeñaron las f ormas
externas usadas en los actos públicos q ue marcan el tránsito del poder de la corona
española a la élite novohispana i ndependentist a juega un papel importante.
Período, en fin, de una enorme difusión del manuscrito y de la c reación de nuevos espacios
de sociabilidad, generándose de ello, otra problemática, derivada, en donde la lectura
compartida de bandos, edictos, perió dicos y correspondencia, abre paso al nacimiento de la
opinión pública, nuevo actor de la política moderna, que de por sí, y en manos de
historiadores o contadores de historia, afines al poder de turno, toman como suyo el papel de
insurgente, matando con ello de nuevo al prot agonista de la historia, convirtiéndose esto
último, en una nebulosa que romper, para no c aer en manos de un subjetivismo amparado
en verdades absolutas abrigadas en el manto del ardor patrio, intocable, en el sentido de
poder en caso contrario herir abierta mente sensibilidades intocables.
28
2. MARCO TEÓRICO
Partiendo de la base que una s imple palabra, dicc ión, tono, de u na opinión propia, e xpresada
en un momento dado, bien podrí a ser capaz de generar nuevas opiniones en otros, las
cuales podrían perfec tamente irse sumando y retroalimentando hasta que el sistema
alcanzara un punto crítico, esto es, un punto dicotómico donde nace la creación de nuevos
escenarios, lo no previsto como fruto de la in teracción con el ambiente y este a la vez con
otros al romperse el orden y el dogmatismo axiomático de lo que debería s er, se tendría en
cierto modo una historia que no podrí a ser explicada mediante el sim ple estudio de la palabra
lanzada, pues ex iste un complejo dinamismo que hace im po sible predecir a partir de ella lo
que pudiera surgir como consecuencias a partir de ahí.
Algo similar ocurre con el proceso histórico cuando el investigador de mane ra pre-
lógicamente concebida, se asienta en un paradigma deter minado al abrigo del paraguas de
una serie de autores que en él intentan dar explic aciones insertos en un de por sí decretado
modo de entender la realidad.
“La teoría del caos sostiene que no hay líneas simp les en la naturaleza: cualquier lín ea, vista
desde una escala diferente, resulta ser una sucesión de formas, de irregularidades, cu rvas,
etc. El caos también sugiere que nada tiene justo una, o dos o tr es dimensiones, sino que s u
dimensión es tá en un valor intermedio entre ella s y las define así como dimensiones fractales
o no lineales, al igual que existen diversos tipos de orden, también exis ten diversos tipos de
caos” 3
Tradicionalmente se ha reducido la esencia del tiempo a la idea de cantidad, sin tener cuenta
sus cualidades, ignorando completamente su natur aleza interior. La Modernidad se asient a
sobre la rotunda novedad de la hist oria como valor supremo, “En el tiempo lineal de la
modernidad, solo se determina el punt o de partida; y es el movimiento imparable de es e
3 P . C i n e r . C a s t r o J . l . A d a r v e z M … … Lo Sagrado . Miradas Cont emporá neas. Effha. Argentina. 2008. p.
116.
29
punto el que end ereza la existencia descarg ada de afecto dent ro de un línea de tiemp o
histórico” 4
En el mundo postindustrial, el tiempo se ha convertido en algo mecánico, impersonal, externo
y desvinculado de la experienc ia interior humana, surge así la idea de progreso, en el s entido
de que la historia se desarrolla linealmente, con una meta, para Hegel, la historia conduce
hacia la libertad del hombre, los movimientos so ciales son acordes al precepto de evolución
a la libertad, La historia según sus propias palabras es el desenvolvimiento del espíritu
universal en el tiempo , de la idea en el tiempo.
Si esto es así, entonces se puede decir que la historia es racional, por lo que sería necesario
conocer sus principios para saber su desti no, desechando con ello un fac tor actuante,
integrante, que s e abre espacio com o actor en el escenario de la historia y por lo tant o de la
vida humana, que es el factor de la indeterminación como su caso contrario.
Efectivamente cada elemento integrante de un sistema —sociedad, para el ca so—, posee su
propia medida singular de la magnitud del proceso interior—individ ualidad en cuanto a su ser
cotidianeidad, anhelos, miedos, etc. — que se e stá desarrollando respecto al entorno
exterior, esta conexión con el entorno de sistemas — otras sociedades, pensamie ntos,
filosofías, ideas, sistemas organizacionales….— que tienen su propia medida tempora l
enriquece el tiempo y lo llena de multi-dimensiones.
.El historiador no de be de perder la perspect iva del tiempo que se haya inserto bajo la
inmediatez de la experiencia hum ana, r educiéndolo a números —siempre m anejables en
cuanto elección y en cuanto interpret ación— manipulables mediante una ecuación que ha
de dar un res ultado esperado.
4 Gid de ns, A., Jo setxo Beria in, y Cels o S a nchez Capdequi . Las consecuencias perversas de la
mo de rn idad m od ern ida d, con tinge nc ia y r ies go . Autores, Text os y Temas, 12. [Barcelona]: Anthropos ,
1996. p. 86
30
Se puede entender mejor est e principio si se pone como ejemplo “lo que serí a la medida de
la posición y velocidad de un electrón: para re alizar la medida (para poder "ver" de algún
modo el electrón) es necesario que un fotón de luz choque con el electrón, con lo cual está
modificando su posición y velo cidad”. 5
Esto es, por el mismo hecho de que al realizar la medida , el experimentador modifica los
datos de algún modo, introduciendo un error que es imposible d e reducir a cero, por muy
perfectos que sean nuestros instrumentos.
Con ello se estaría en la posición de Kant, quien admite que existen cat egorías o conceptos
que no provienen de la experiencia, pero a la vez sostiene que la aplicación de estos
conceptos a la realidad nunca podrá ir más allá de la experiencia sensible, Kant analiza el
conocimiento humano a través de juicios, que consisten en la unificación de múltiples
impresiones sensibles que pasivamente se han pe rcibido mediante los conceptos. En esta
unificación es que empleamos las categorías, carentes de contenido.
“A la ex istencia real se sobrepone una realidad ideal…La realidad se ordena y jerarquiza
según un sistema de valoraciones”. 6
Es una postura filosófica que afirma que las categorías o conceptos puros solamente tienen
validez cuando se aplican a los fenómenos, es decir, a aquello que se m uestra al ser
cognoscente en la intuición sensible y por lo tanto, en el espacio y en el tiempo.
“La representación de la realidad se sobrepone a la realidad, la suplanta o simula ser la
realidad. Lo real ya no es tanto lo que se puede reproduc ir, como lo reproducido” . 7
En esta línea, Según Focault, el poder es una pantalla del poder, esto es: se r epresenta a si
mismo, no es el título de la obr a, no son los actores, no es el público, es más bien el teatro
completo en un tiempo determinado en el que la obra está.
5 Lembrino Pe rez, Imelda Lu z, y Jose Sergi o P eralt a Alat rist e. Qui mica I . Interna tional Thom son, Me xico:
2006.p. 83.
6 Xir au Joaqui n. Obras comple tas escritos sobre educac io n y s obre el huma nismo hi spa ni co. Bi blioteca
de Aut o .P ue bl o s.P en s a do res Es p an . Mo de r, Anth ro pos, Ba rcelo na 19 99. p. 211
7 Tomado de Franco Ber ardi, 25 años desp u és: dem ocracia y tota litarism o me diático
31
Para Popper “La historia no fue escrita por Dios sino por los profesores de his toria”, así como
“la historia del poder polít ico no es sino la hi storia de la de lincuencia internacional y del
asesinato en masa incluyendo, sin embargo, algunas de las tentativas para suprimi rlo” 8
Como las categorías o conceptos puros son va cíos, es decir, no tienen contenido, no e xiste
según Kant una intuición intelectual, lo que en el ámbito filosófico implica que no s e conoce lo
que realmente son las cosas, o bien, c omo di ce Kant, no conocemos la "cosa en sí", el
"noumeno", por t anto, el idealismo t rascendental viene a es tar basado en una distinción que
es aplicable a toda realidad, todo objeto, y s egún Kant, pos ee una parte fenoménica —que
nos aparece a través de los sentidos, unificada por el entendimiento mediante las categorías
y los juicios— se puede conocer el fenóm eno no así el noumeno
No obstante hay que recordar que el principio de indeterminación es t ambién una limitación
sobre el tipo de experimentos realizables bajo las cienc ias sociales, la propia hist oria, y no se
refiere a la sensibilidad del instrumento de medida utilizado, —humano, creado, const ruido
“para”—, sino a las consecuen cias derivadas de la relación de inde terminac ión, pues este
principio demuestra un cambio drást ico en la forma de ver a la Naturaleza, la historia, ya que
al fundamentarse en un conocimiento exacto que se basa sólo en probabilidades—que las
hay— y en la imposibilidad Verdadera de superar un cierto nivel de error a un grado de
exactitud Científica.
La propuesta del marco teór ico, surge entonces de la necesidad de hacer un uso racional de
los modelos en estudio, abortan do la visión modernista de u n modelo como represent ación
de la realidad
Estas concepciones teóricas se engarzan en la presente tesis con la visión que en s u obra
los paradigmas historiográficos cont emporáneos presenta Juan Manuel Sant ana Pérez, y
que a continuación se muestra:
“El historiador —en palabras de Fontana— «se ve obligado a esc oger entre la multitud de
datos que conoce, o que podría llegara conocer , aquellos que le parecen relevantes, para
8 C i ta d o e n: L o r a C a m , J o s e F. W. Mit ol ogi as universales y latinoamericanas . Juan Gutemberg Edit ores
Impresores, Lima , Peru : 200 4. p.30. ; Unive rsi dad Ve ra cruza na. Homenaje a Gonzalo Agu irre Belt .
Inst itut o Indigeni sta Intera meri cano , Méxic o.1974.p .47.
32
construir una interpretación de los problemas o de los aspectos que considera
fundamentales. Pero este proces o de selección es peligroso, porque puede falsear la
realidad»” 9
Quien afirma que es solo bajo la aprehensión, y el señorío que de sí produce en el
historiador el tener c omo base, una teoría de la hist oria desde la que se permita una
clasificación coherente de l a significación de los hechos, son los medios pa ra evitar la tiranía
del convertirse en dueño de los datos, re conociendo en ello, sin embargo, que “ la te orí a tie ne
un límite: los hechos históricos, los cuales lim itan un posible «idealismo» y dan sentid o a la
tarea del historiador”. 10 Para desde ahí posicionarse compartiendo la visión de Pierre Vilar en
que el objeto de la his toria reside en la dinámica de las sociedades humanas.
“Así la tarea del historiador es la explicación de los cambios ac ecidos en las esferas
económicas, social y cultural, merced a las interacciones entre ellas…” 11
Lo cual puede ponerse en relación al amplio concepto que baj o esferas, muestra Regis
DeBray en cuanto que “… la mediología de Regis Debray… nos propone sus tres esferas, a
saber, la logoesfera, la grafoesf era y la videoesfera.” 12 Que en sus definiciones son
percibidas asi:
“Logoesfera: el medio tecnocultural marc ado por la invención de la esc ritura.
Grafoesfera: el período marcado por la imprenta.
Videoesfera: el período determinado por la imagen-sonido dominante.
Así tomando la grafoes fera, en tanto en cuanto se trate ya de valores medulares de la
sociedad o del significado de su historia, de l a legitimidad, legitimación o la injusticia
producida en el orden polític o, social, o del mundo natural, o de la realidad trascendente “A
9 Santana Pér ez Juan Manuel. Paradigmas hist oriográficos conemporáneos. Fundación Buría,
Bar qu ism eto – Vene zu ela. 2005. p. 14
10 Op . Cit. S antana Pérez Juan Manuel.p.14.
11 Op . Cit. S antana Pérez Juan Manuel.p.15.
12 Bo nilla Ve lez, Jorge Iva n, Jose M iguel Pe reira G. , y M irla Villad iego Pr ins. Entre mi edos y goces:
comunicacio n, vida pu blica y ciudadani as . Pontif icia U niversid ad Javer iana, Facultad de
Comunic acio n y Lenguaje, Departamento de Comunicac io n, Ca tedra UNESCO de Comunicacio n
Social, Bogota . 2006. p.229.
33
diferencia de las élites culturales del pasado s ean magos, sacerdotes o escribas, la acción de
los intelectuales se asocia con lo que Régi s Debray llama Grafoesfera —es decir, con el
dominio que tiene su existencia de la impr enta, los libros, la prensa”, 13 a lo cual se pueden
añadir las fuentes escri tas.
Se deambula bajo es ta compleja perspectiva, posiblemente en los tres registros que
documentara Lacan, el Real, el S imbóli co y el Im aginario.
“En la dimensión del ser se sitúa la tripar tición de lo simbólico, lo imaginario y lo real,
categorías elementales sin las cuales no podemos distinguir nada en nuestra experiencia”, 14
Esto es: entre el icono de su representación y el efecto sensible de su presencia.
Por tanto “La historia debería de ser una ciencia que ponga de relieve las distintas formas de
movimiento de la sociedad y ayude a desentrañar la s complicadas vías recorridas por la
humanidad en su desarrollo” 15
A este respecto mas adelante apunta Juan Manuel S antana, que ya en la obra de Lyotard se
plantea la imposibilidad de entender la historia como un desarrollo único, donde se sugiere
dejar de lado las metahistorias que han predominad o durante siglos, marcadas por la idea
de un desarrollo económico indefinido y por el ideal de la democracia burguesa 16
En cuanto a los dos capítulos en los que se entra de lleno al análisis terminológico, el marco
teórico basc ula partiendo de l a siguiente base: que el éxito en los estudios sobre imagen
institucional; esto es: en la imagen del conocimi ento institucional en lo relativo al imaginario o
bien sobre la configuración de la opinión públ ica acer ca del conocimiento, la epistemología
13 Alt ami rano , Ca rlos. Hi stor ia de los intelec tuales en Am e rica Lati na . Katz, Buenos Ai res.2008. p. 15
14 Avt onomova, N. S. Lacan con los filo sofos [coloquio]. Me xico: Si glo Vei ntiuno E ditor es, 199 7. p. 186 .
15 Op. Cit. Santana Pérez Juan Manuel. p.15.
16 Op . Cit. Santana Pérez Juan Manuel .p.163; quien cita como fuente: Jean Fran çois Lyotard. El
entusi asmo . C rí t ic a K ant ia na de la his to ri a , Ba rc el on a 198 7. P p .35 -5 0 .
34
de la historia, s e basa en que se puede afirmar que existe una conve rgencia entre la
producción y la i nterpretación del discurso epistemológico.
Por tanto el di scurso epistemológico se fabrica intencionalmente con el fin de producir un
efecto previamente vaticinado, es en parte pre-lógico, así: un e ventual destinatario de
discurso epistemológico —public itario, político, educativo, c ientífico—, lo va a interpretar
según los hábitos adquiridos, procedentes és tos de la educación y cultura que emana del
poder, cuya tendencia es a generar la actividad de producir su propio di scurso.
Desde esta perspectiva, en cuanto al discurso epistemológico, no interesa tanto lo que se
dice de él, sino el modo como se dice de él, ni importa tanto decir lo que se des ea escuchar
de él, sino decirlo del modo como se quiere escuchar él, que es el modo como él mismo lo
utiliza para ser entendido en sí y no fuera de él.
Sobre el particular y c omo referencia, ya ex isten tr abajos cercanos a esta línea como puede
ser el si stema MOP .
“La investigación llevada a cabo para desarrollar el sistema MOP de extracción automática
de informac ión metalingüística (iniciada por la Universidad Ponpeu Fabra..) pr esenta dos
aspectos destacados: Por un lado, constituye un estudio empírico (basado en extensos
corpora textuales) del uso y función del metalenguaje en la constit ución tanto del
conocimiento científico experto como de los lenguajes de especialidad…c on especial
atención al establecimiento, modificación y negociación de una t erminología común entre los
grupos de especialistas de c ada área, lo que Clark ha llamado Léxicos Comunitarios
(Comunal Lexicon). En este punto, s e propuso un modelo descriptivo de enunc iados
discursivos llamados Operaciones Metalingüíst ic as Explícit as que permitió formalizar y
analizar adecuadamente el car ácter dinámico de las estructuras conceptuales científicas y de
los sublenguajes técnico s que los vehiculan.”. 17
17 Op.Cit . Si mposio Iberoameri cano de Termi nologi a, M. Te resa Cabre , Rosa Es topa , y Carl es Tebe . La
terminologi a en el siglo XXI : contribuci o n a la cult ura de la paz, la dive rsidad y la sosten ibilidad : ac tas
del IX Si mposio I beroameri cano de T erminologi a RITMER04 . S e rie A ctivi tats , 17. Bar ce lona : Ins titu t
Universi tari d e Lingüístic a Ap licada, Un ivers itat Po mpeu Fabra, 2006. p. 432
35
Desde esta corriente de pensamiento, surgen también estudios sobre la descripción de
unidades léxicas verbales, sobre las operac iones metalingüísticas en el discurso científico, 18
también los hay para el caso de las no verbales, 19 de la diferenciación de términos de
formación sintagmática y de unidades fraseológicas, 20 o sobre la noción d e fraseología
especializada 21 entre otros.
18 Ver: Rodríguez Penagos Car los . Operaciones metalingüísticas explí citas en textos especializados.
Inst it ut Univ ersi t ari de Li ngüíst ica Apli cada , Uni v ersit at Pomp eu Fa bra . Barc el ona 19 99.
19 Ver: Marí a Eli sa Zorri quet a. Cien años de inves tigación se mántica, de M ichel Breal a la actual idad :
acta s del Congres o Int erna cional de Semá nti ca / coord. p or Jos é Manuel Oliv er F rade, Cri st óbal Jos é
Corrales Zumbado, María Laura Izquierdo Guzmán, Dolores García Padrón, Dolores Corbella Día z, José
Secundino Góm ez Soliño, Ma rcos Martínez He rnánde z, F rancisco J osé Co rtés Rodr íguez, Vo l. 2, 200 0,
pp.. 965-974 . Recoge los conteni dos presentados a: Congreso Internacional de Semántica (1. 1997.
La Laguna)
20 Ver: Cabré, M. T.; Lorent e, M.; Estopà, R. "Terminol ogía y fraseol ogía " . Acta s de l V S impo s io d e
Terminología I beroameric ana. Colegio de México, Ciudad de México 1996. p. 67-8 1. Y también en:
Loren te, M; Bev il acqua , C.R.; Est o pà, R. "El anál isi s de la fras eologí a especi ali zada medi ant e el ementos
de la lingüística actual" . Actas VI Simposi o de la Red Iberoamericana de T erminología . La Habana,
Cuba. noviembre de 1998 .
21 Ver Lorente, M. " Tipología verbal y textos especizali zados" . Léxico y Gramática. Actas del Congreso
Inter nacional de Lingüística . Lug o, 2000.
36
2.1. ESTADO DE LA CUESTIÓN.
El género más socorri do para explicar los procesos históricos en el primer tercio del siglo
XIX fue el cuadro estadístico, mism o que adoptó diversos formatos: exposiciones, noticias,
memorias, que tenían por objeto proporcionar información sobre el territorio, sus habitantes y
recursos naturales, y de los cuales alg unos se recogen en este trabajo de investigación.
Sus autores solían ser f uncionarios que se desempeñaron en el periodo colonial y
posteriormente en los gobiernos de los estados o departamentos del país, su importancia y
permanencia fue tal q ue se continuaron escr ibiendo y reeditando aún en la segunda mitad
del siglo como s e puede observar en gran parte de las numerosas citas de las que se nutre el
presente trabajo.
Dentro de este género s e inscribe el primer tomo de Méjico y sus revoluciones (1836) de
José María Luis Mora, —Varias veces citado—, quien dedicaría parte de s u obra a las
“noticias estadístic as” dándose con ello a la intención de h acer saber al ded illo, la e xtensión
de la República y sus riquezas naturales, el estado de la minería, industria y com ercio…
Mora, al igual que Humboldt —También varias veces citado—fijó como punto de partida el
orden natural que deriva de sus leyes y que éstas a su vez regulan el orden moral y social,
de manera tal, que la historia por ellos redactada cor responde a una forma filosófica implícita
de ver e interpretar el mundo.
De manera muy temprana se publicaron cuadros y ensayos históricos, sus autores son
ampliamente conocidos: además del Dr. Mora, Carlos María de Bustamante, Lorenzo de
Zavala y Lucas Alamán —todos ellos citados en la presente obra— Conviene señalar las
característica s generales de su escr itura, pues ellos iniciaron una nueva forma de escribir la
historia que dominó el siglo XIX.
Los autores eran políticos, per iodistas y tamb ién historiadores, pero funda mentalmente era n
“publicistas”. La suya era una historia eminentemente polít ica, de corte testimonial que s e
37
escribió para defender una c ausa, —la que ellos defendían— buscaron esclarecer su verdad
discutiendo los enfoques y los juicios de l os autores que l es precedieron.
Por ejemplo, Zavala e n su Ensayo históri co de la Revoluciones y Mora con su M éjico y su s
revoluciones —citados varias veces en este trabajo de investigación— buscaban rebatir los
juicios e inexactitudes que Bustamante presenta en su Cuadro histórico —del cual se trata,
se hace referencia y se cita—.
En la nueva escritura, que con el tiemp o se llamaría “historiografía liberal”, los autores
privilegiaron la documentación aún sobre su memoria, a pe sar de tratarse de t estigos y
connotados actores políticos; sus interlocutores en primera instancia no son mexicanos sino
que sus obras se dirigieron a “las nac iones ci vilizadas” y, en especial, al público europeo.
Escribieron también como una “vindicación”, el mejor ejemplo es el texto de Mora Revista
política de las divers as administraciones que la República Mexicana ha tenido desde 1837, 22
en la que h ace un alegato de los enfrentamientos entre “el partido del progreso” y “el part ido
del retroceso” durante la administración de Valentín Gómez Farías y en la que él participó
activamente.
Pronto se iniciaría una disputa por el m omento fundacional de la nueva nación. Zavala y
Mora al tratar de desm arcarse del pasado col onial señalan q ue el país se fundó con la
Independencia; en cambio, Alamán trat a de recuperar algunas de las in stituciones virreinales
y, con ellas, su pasado.
Los héroes fueron también materia de disputa, algunos liberales eligieron a Hidalgo, mientras
que los conservadores lo hi cieron por Iturbi de, quien plantearía según interpretaciones a
posteriori, un plan de paz para concluir la guerra y consumar la Independencia.
“El 16 de Septiembre de 1849, El Universal inició a l ataque contra la aceptada tradición
revolucionaria de México, asegurando qu e el Grito de Dolores de Miguel Hidalgo no deberí a
considerarse por más tiempo el día de la independ encia. En cambio el 27 de septiembre
22 Vease : Mora, Jose Mari a Lui s. Revist a poli t ica de las diversas adm i ni straci ones que la repu blica
Mexicana ha tenido has ta 1873. Edi to ri al "Guar ani a ", Me xi co: 1 95 1.
38
apareció un artículo titulado «El gran día de la nación», conmemorando la entrada en la
ciudad de México de Agustín It urbide en 1821. Los diarios liberales El Siglo y El Monitor s e
levantaron inmediatamente a la defensa de Hidalgo y del 16 de septiembre y se inició un fiero
debate” 23
En el caso de Mora su j uicio crítico sobre Hidalgo coincide, paradójicamente, con el de
Alamán.
“Francisco Bulnes se aproxima mucho a la posición de Alamán, pues aun que ... La
actitud hostil de Mora hacia Hidalgo, opuesta a sus ideas progresista.”. 24
“Para Zavala y para Mora — y era en esto en lo que diferían marcadamente de Lucas
Alamán — la Independencia misma había sido un gran acontecimiento.” 25
Las interpretaciones históricas maniqueas han pr esentado la historia mexicana del siglo X IX
como la irrec onciliable lucha entre los partidos li beral y conservador.
Efectivamente tal magnitud de partidismo sobre el proceso de indep endencia mexicano
merece cuanto menos una mirada desde la mu ltiplicidad de todos ellos, y más.
Entrado el siglo XX, la historiografía “ académico-erudita” de México, en la que t ambién se
significan otras disciplinas como, la antropología, la etnografí a, la medicina o la economía,
“La ética, la filosofía de la historia, la historia de la filosofía, la sociología, entre otras
disciplinas y campos de estudio fueron lo que hoy se identificaría c omo «sus líneas de
investigación.».” 26
23 Hale, Charles A., y Sergio Fernánd ez Bravo. El liberalismo mexicano en la época de Mora (1821-
1853) . Historia . Siglo Veintiuno, Me xico. 1999. p.20
24 Al´ per ovic h, M . S. Hist o ria d e la in d ep en de nc ia de M e xico, 1810 -182 4 . Editorial Gr ijalbo. Me xic o
19 6 7. p . 14 2.
25 Op. Cit. Hale, Charles A., y Sergio Fernández Bravo. p. 25.
26 Mat ute Ál v aro. P ensamient o hist oriográfi co mexicano del siglo XX: La desi ntegración del
posit ivi smo, 19 11-19 35. Uni versi dad Nacional Autónoma de Méxi co, Instit uto de Inv estigaciones
Históricas, México.1999. p.45.
39
se torna pues, en un campo impreciso y complejo, difícil de concretar por su s miscelá neos
niveles de división profesional y laboral que exis ten en el propio México, en el q ue el
académico está obligado a tener más de un trabajo p ara poder subsistir, en este sentid o una
“comunidad de cientistas sociales, los que se han visto fo rzados al pluriempleo..” 27 , así es
posible encontrar archivistas que hacen las vece s de hacedores de monografías, profesores
que hacen intentos de interpretaciones generales, invest igadores que s in recibir incentivo
alguno compaginan con s us profesiones en el ám bit o del mercado laboral, investigadores de
tiempo completo de diferent es áreas, aficionados y un sinfí n de sujetos en diferentes
circunstancias y en las que desde luego intervienen además de historiadores, “…en los
últimos años , han aparecido nuevos historiador es y ... que recogen en mucho el panorama
del pluriempleo” 28 —una inmensa minoría— sino, periodistas, ensayistas, escritores,
filósofos, politólogos….de dentro y fuera del país.
De modo tal, que los m ulti-planos discursivos e n los que s e ha desarrollado la historiografía
mexicana durante el siglo XX, la convierten en un ob jeto casi imperceptible frente a t odo un
trabajo y es fuerzo institucional de los académ icos, investigadores y es pecialistas dedicados
en cuerpo y alma a la labor, f enómeno, éste, no exclusivo de México, y que obedece al d e
una economía-política para el crecimiento desenfrenado y sin control en manos del sector
financiero, modernizante o mod ernizada, enfocada al mercado, lo cual ha supuesto en gran
medida que “…dentro de los itinerarios y los desarrollos de la historiografía mexicana del
siglo XX, significa sin duda adentrarse dentro de los territor ios de la rama específica de los
estudios históricos que se conoce hoy como la historia de la historiografía. Y es importante
señalar que la rama de la historia se ha cult ivado hasta hoy realmente «muy poc o» en
México. Son muy escasos los autores y los histori adores mexicanos actuales que se han
consagrado, seriamente y desde una pers pe ctiva crítica y creativa, a este campo de los
estudios historiográficos dentro de la historia. Porque incluso al gunos de los pocos que se
han atrevido a abordar est as temáticas, lo han hecho y lo hacen de una manera posit ivista,
muy purament e descriptiva y enunciativa, con lo cual en lugar de darnos verdaderos estudios
27 López Segrera, Franc isco. Am e rica Latin a y el Caribe en el s iglo XXI: perspe ctiva y prospectiva de la
globalizacio n . Am e rica Latina y el nuevo orden mundi al. Ca m ara de Dipu tado s, LIX Leg isla tura,
Me xico: 2004. p. 521.
28 Sosa, Ignacio, y Brian Francis Connaughton Han ley. Historio grafi a latinoamericana contempora nea .
Univ ers idad N aci onal Aut o noma de Me xi co, Centro Coordinador y Difusor de Estudios
Latin oameric anos, Di recci o n General de Asuntos del Personal Acade mico , Me xi co . 1 99 9 . p .17 9 .
40
de una seria historia de la historiografía, lo que hacen es darnos listas tediosas de autores y
de obras…en estas versiones d e la historia de la historiografía mexicana, que quizá sean
dominantes hoy en día, no se propone por ejemplo un a «periodización» de esa historiografía
en curso, ni tampoco se establecen «clasi f icaciones comprensivas» que nos expliquen qué
autores pertenecen a una determinada corriente, y si sus obras tienen o no determinadas
filiaciones internas y/o externas , o si representan proy ectos historiográficos que ha intent ado
aclimatarse en México en una determina da coyuntura intelectual. Mi tampoco se sitúa de
manera creativa y s istemá tica a estas obras y a estas corrientes de historiadores dentro de
los múltiples y complejos contextos en que ellas se desenvuelven, estableciendo los vínculos
sutiles de mediación que conectan a estos elementos.” 29
Pese a este marc o situacional ex puesto, bien es cierto, que a partir de los añ os sesentas, se
produce un incremento de c entros universitarios, manifestación por otra parte del
rompimiento del monopolio de la cultura en manos de una minoría pudiente y privilegiada, la
expansión en ellos de licenciaturas no sólo en cien cias sociales y humanas sino tambié n y
con ello de la historia, con las c onsigui entes generaciones de licenc iados, obligados en todo
caso en posgrado, a generar investigaciones bajo las form as de una serie de inst rumentos y
herramientas, tanto metodológicas como epistemológicas encaminadas hac ia la
aproximación cr ítica hacia las fuentes, dándos e con ello, la t oma de contacto con las
corrientes europeas, el caso de Francia y la esc uela de Annales, de Inglaterra con la Historia
Social, el mar xismo británico, o en el cas o, por la cerc anía de Estados Unidos, desde el cual,
como consecuencia de una muy cercana de Revolución Cubana, en periodo Guerra Fría,
con una Latinoamérica que po día girar a la izquierda, que res pondería con millonarias
fundaciones con el fin mudar el in terés a través de formar en sus centros a los mejores y
más brillan tes estudiantes pr ocedent es del sur dotándolos co n becas para desarrollar sus
trabajos, fuera en su generalidad de la c orriente crítica que paralelamente cruzaba esos
lares, va a producir se genere un proceso mult i-conceptual cuyos frut os se verán reflejados
en la historiografía mexicana de últim a generación, así en pocos años estas generaciones de
historiadores han dester rado desde distintas metodologí as la Historia Patria decimonónica al
29 Herna ndez Lo pez , Conrado. Tend enc ias y co rrie nt es de la his tor iogr af i a mexicana del siglo XX .
Zamora, M ichoaca n Colegio de Michoaca n, Mexico 2003. p.152.
41
tiempo que van construyendo des de esa misma formación intelec tual, toda una nueva
construcción interpretativa del periodo 1808-1821 y de su continuidad.
Tomando como ejemplo la histo ria regional o local en Méxi co, es posible ofrecer una
panorámica del estado de la cuestión en lo referente a una evolución c uanto menos,
clarificadora, y bajo la que el presente trabajo de investigación intenta insertarse en cuanto a
su evolución última
La historiografía mexicana ha bebido enriqueci éndose de las historias regionales y locales,
así durante los últimos treinta años han señalado un aumento importante en un intento
decidido por abordar procesos, fenómenos, ac ontecimientos y hechos que han tenido que
ver con los espacios microhistóri cos regi onales, guardados en el ol vido y resguardados en
archivos estatales y locales, así como en la memoria colectiva y la tradición oral. 30
La historia regional ha c ristianizado en una de las pr incipales cepas o tendencias de la
historiografía mexicana, La historia regional surgió, en un primer momento, en oposición a un
tipo de historia decimonónicas que encabalgan gr an parte del siglo XX y que glorificaban
héroes, cruzadas y sucesos con una fisonomía nac ional y hasta global, válidos para un
público ávido de escucharlas como continuación de las magi strales vividas en los centros
educativos, válida para todos los espacios locales y regionales y, de manera común,
impuestos por la exégesis "oficial" del poder del Estado.
30 Ver algunos balances que se han emprendi do de la histor iografía r egion al en Mé xico, como los de
David Bailey, "Revisionism and the Rece nt Historiography of the Mexican Re volution", en Hispanic
American Historical Review, vol. 58, núm. 1, 1978, p. 62-79; Thomas Benjam in, "The Leviathan on th e
Zócalo: Recent a Hist oriography of the Posrevolutionary Mex ican State", en Latin American Research
Review, 20: 3, September 1985, p. 195-217; Harry Bernstein, "Regionalism in the National History of
Mexico", en Acta Americana, (México, D. F.): núm. 2, octubre-diciembre 1944, p. 305- 314; Enr ique
Flores cano, El nuevo pas ado mexicano , 2a ed., Cal y Arena, México, 1992; Carlos Mar tínez Assad
(coor d. ), Balance y pe rspec tivas de los estu dios region ales en Mé xico, CIIH-U NA M, M. Po rrú a, Mé xico,
1990; Idem, "Historia re gional, un aporte a la nueva h istoriografía", en Horacio Crespo e t alii, El
his tori ador f rent e a la hi st oria,
co rr ien te s h is to rio gr á fic a s ac tuales , IIH-UNAM, México, 1992, (serie divulgación, 1), p. 121-129; y Eric
Van Young [ed.], Mexico's Region s, Compa rati ve Hist ory and D evel opment , San D iego, Cal., Center
for U.S.-Mexican St udies, University of Cal ifornia
San Diego, 1992, (U.S.-Mexi co Con temporary Perspectives, Ser ies , 4). Ver también Beatriz Rojas,
“Histori a regi onal”, en Gisel a von Wobeser (coord .), Cincuent a años de investig ación histórica en
México , Inst it uto de Inv esti gaci ones Hi st óricas ,
UNAM, Universi dad de Guanajuato, México. 199 8, p. 315 y s.s.
42
Las interpretaciones nacionales y por tanto ofic iales de la hist oria, se utilizaron para dar
cobertura a una "identidad de carácter naci onal, que generó el estado en c ada momento de
la historia, lo que conduciría a la negación o definición superficial de los procesos
experimentados desde la provincia. 31
El enfoque oficial de la “historia nacional”, demostró también una especie de central ismo
historiográfico, que por largos períodos de tiempo permanecería grabado en los cerebros de
los historiadores, en la impronta de las instituciones, en l os designios de la investigación y
sobre todo en las publicaciones a modo de instr umento propagandístico.
La negación de la divers idad, de la heterogeneidad de México y la gran pluralidad con que la
historia mexicana se había manifestado desde la óptica de los espacios provinciales, v inieron
a ser fecundo caldo de c ultivo para la marginación de los historiadores regionales y sus
investigaciones.
En los años setentas, los estudios de John Womack, 32 Héctor Aguilar C amín 33 , Carlos
Martínez Assad, 34 m arcan esa tendencia ha cia un rompimiento claro, de ahí el salto fue
dado hacia una especie de revisionismo que demandaba, aunqu e no de manera e xplícita,
que las relaciones centro-región representaban una mediación estructural que determinaba el
ritmo de la historia regional de manera significativa y absoluta, para ev olucionar hac ia el
análisis de la evolución de pluralidades y het erogeneidades sociales, tal y como la sociedad
31 Ver Enr iq ue Flores cano, "La in fluenci a del Estado en l a hist orio grafía mexi cana ", en Si empre ,
Suplement o la Cultura en Méxi co, (México, D.F.): núm. 759 , 31 de agosto de 1 976, p. IV-XI ; Idem, Pablo
Serrano Álvarez , "Por los rin cones de l a historia naci onal de Méxi co: la hi storia regi onal y su método" ,
en Carl os Barros y Carlos Agui rre Rojas (eds.), Hi storia a deba te, América Latina, Hist oria a Debate ,
Santiago de Compostel a, España, 1993, p. 241. ; Luis González, Pueblo en v ilo, micro historia de San
José de Gracia, El
Colegio de Méxic o, México,1968, prólogo; Idem, Nueva invita ción a la m icrohistor ia , FCE, SEP ,
México.1982, ( Colección Sepochentas, 11); José Lameiras, "El ritmo de la his toria y la región", en
Secuencia, núm. 25, enero-abril . México, D.F. 1993, p. 111-122; e Ignacio del Río, "De l a pertinencia del
enfoque regi onal en la investi gación históri ca sobre México", e n Hist óric as, núm. 27, Méxi co
D.F.diciembre de 1989, p. 37-48.
32 W omack John. Zapata y la rev olución mexi cana , 11 a ed. , S i gl o XX I , Mé xi c o, 1 98 0 , Cu ya pr i mer a
edición en inglés fue en 1967
33 Aguilar Ca mín Héctor. La frontera nómada: Sonora y la revoluci ón mexicana , 3a ed ., S i glo X X I ,
Mé xi c o, 1 9 8 1 .
34 Martínez Assad Carlos. El agrar ismo en Veracruz. La etapa ra dical (1928-1935), El C olegio de Méxi co,
Mé xi c o, 1 9 7 7 .
43
mexicana había sido a lo largo de la historia, desde la Colonia h asta el periodo
contemporáneo.
Ello que evidenciaría la importancia tanto cuantitativa como cualitativa de un tipo de hist oria
que tendía a romper con los cercos del c entralismo historiográfico yendo incluso m ás allá, en
cuanto a hacer notar bajo argumentaciones y complejas reflexiones las limitaciones que
brindaban los enfoques oficialistas y nacio nalistas, o aún teóricos, de la historiografía
mexicana del siglo XX 35
En los noventas las definiciones metódico-analíticas que el historiador emprende s obre su
universo de investigación, incluyen el concepto de identidad regional, como base
fundamental para entender las dinámicas y ámbitos regionales desde el punto de vista de
“lo social” 36
El conoci miento histórico en México se ha f ragmentado en un amplio univer so de realidades,
y es bajo este concepto , que en la historia, en el tiempo, en las relaciones humanas se da, y
que procede tam bién a la hora de af rontar el est ado de la cuestión, que se parte com o
elemento conceptual, para emprender el abordaje del trabajo de investigación presente, esto
es la muti-realidad interact uante bajo la diversidad como la reivindicación frente al
centralismo de verdades ab solutas
35 Pozas Horcasitas R icardo, "De la r evolución en las reg iones a las regiones en revolución", en La
revoluc ión en las reg ione s . Universid ad de Guadalajara, Guada lajara, Ja lisco. 1986,, T. II. p. 597-605.
36 Pabl o Serrano Álv arez, "Por los rincones de la hist or ia na c io na l de Mé x ico : la hi sto ria r eg io na l y s u
método", en
Carlos Barros y Carl os Aguirr e Rojas (eds.), p . 20 y s .s. Historia a debate, América L atina, His tor i a a
De bat e, S an t ia go de Com p ost el a , Es p añ a, 1 9 93 .
44
3. H IPÓ TESI S
Si la independencia de México tuvo lugar entre los años 1810-1820, entonces las ideas
antecedentes sobre la pluralidad social bajo la que se halla ba Nueva España incidirán de ta l
manera, que la harán posible, derivándose de dichas ideas, una transformación y
actuaciones en el seno de la insurgencia que dará lugar a la form ación del imperio Mexicano
como culminación bajo un esquema de reproducción de las formas conocidas, y del que se
desprenden la construcción de la figura de lo s padres de la patria en for ma de héroes bajo
una mitología f ruto también de una reproducción manipulada del im aginario indio.
Con la independencia de la Nueva E spaña, evidentemente, surge el problema del cómo
organizar la recién nacida nación, se trata en el fondo del problema de construir su
identidad.
El punto de partida al desarrollo de este probl ema, surge de la representación que desde la
modernidad se tiene de ello, y que s e actualiza desde los postulados de la madre patria, —
inserta en un concierto bajo la figura de im perio y en un ambiente rodeado de estados nación
de carácter europeo, quienes fueron los creadores del ente estado-nación a part ir de la paz
de westfalia— quien s e actualiza y se reproduce para digmáticamente en sus f ormas, como
un mundo distinto al de la tr adición representado por la vigencia del legado colonial qu e ella
misma generaría.
La oposición de esos dos mundos históricos provocaría un conflicto entre los part idarios de
uno, esto es los re alistas y conservadores, y del otro, los liberales moderados o
revolucionarios.
45
Es así de tal manera, que el problema de identidad d e la nueva nación quedaría durante el
proceso de insurgencia independentista, conc ebido como el de una disyuntiva entre seguir
siendo como ya se era por her encia del pasado colonial, o llegar a ser, por imitación, como
Europa —del cual España también formaba parte.
Tanto para conservadores como para liberales, en igual medida s e trataba, de un dilema
entre dos posibilidade s, a saber: entre el mo do de ser de la nación mexicana, como se era, o
el modo de ser que debería de ser, esto es, entre lo que se conocía como el ser, frente al
deber ser.
El origen del criollismo corre paralelo al progr eso de las soc iedades americanas desde e l
siglo XVII, los criollos componen la oligarquía económica sucesora de los conquistadores-
encomenderos
Ante la ausencia de una no bleza peninsular de abolengo, en los t erritorios americanos, esa
élite de conformación económica, acrecienta durant e el final del XVII y mediados del XVIII un
poder social e incluso político m ediante la compra de altos cargos de la administración a una
arruinada monarquía.
Al mismo tiempo surgen patriotismos regionales que brotan del amor a la tierra de origen,
con lo cual los sentimi entos se verán refo rzados en ciertos se ctores criollos que no pierden
de vista sus intereses económicos discordantes a los de la Monarquía, La élite social bajo
este panorama, se com pleta con los funci onarios r eales, fuertes hacendados y gachupines
ricos, esto es, españoles peninsulares instalados en el continente junto a miembros del alto
clero acomodados.
En principio ninguno de est os grupos pondrá en duda la autoridad r eal, pero en determinados
sectores criol los, se verán sobresaltados su s intereses económicos cua ndo a finales del
S.XVIII se implanten las reformas del abs olutismo ilustrado bajo el contexto de una sociedad
de castas que est á ahí. Y que d urante el siglo XV III es objeto de un generalizado crecimiento
de esa población indígena que se ve sobrepuesta los desastres biológicos de anteriores
periodos, que se consolida como base soci al de los territorios americanos, y que
46
paralelamente a la población negra se convierten en el estrato m ás bajo de una sociedad d e
castas que los relega socialmente y los explota económicamente.
Motines y tumultos urbanos, reacciones de tipo reivindicativo e incluso insurrecciones
indígenas s e va a producir con frecuencia en las Indias , que la historiogr afía tradicional
enaltece al grado de precedentes de l a Independencia, sin embargo, exist en pocas
conexiones con intenciones independentistas, siendo más fruto de la lucha interna de una
sociedad de castas fuertemente estratificada y que no permi te la participación social y
política de los olvidados .
Una monarquía sin rey, lo que conlleva vacio de poder aunado a que en 1810 se teme por la
victoria de los franceses en España, que es ta cerca de ser total, lo que produce caos.
La contienda civil se convierte en bélica y radicaliza las posturas extremistas de ambos
bandos. Las dos partes iniciaron un proceso de atracción del resto de los grupos sociales
que pasan de pasivo s a desarrollar un papel activo engrosando las difere ntes milicias pero
siempre con una posición subordinada que nunc a pr ovocará el peligro de una guerra de
razas.
La constitución de liderazgos, la aparición de li derazgos fuertes y cari smáticos que aglutinan
las dispersas autonomistas
El rey En vez de mediar se puso al frente del fidelismo y consideró a t odos los autonomistas
como rebeldes y traidores, la polít ica de repres ión hizo que la causa realista perdiera apoyo
social.
La inestabilidad peninsular entre liberales y abs olutistas se transmite a Ultramar y se
suceden los conflicto s internos en el ejército y genera enfrentam ientos entre mandos de
ambas ideologías mientras la crisis financiera del estado repercute en el escaso envío de
pertrechos militares.
La reacción de los independentistas tendrá serias consecuencias que inclinarán la balanza
hacia el bando in dependiente en toda Amér ica.
47
Se utilizaron distintas formas para registra r la memoria de la Independencia, y recuperar el
pasado. En ellas se dio una fusión entre romanticismo y liberalismo.
Así se puede decir de manera genérica que “La modernidad y la colonialidad pertenecen
entonces a una misma matriz genética, y son por ello mutuamente dependientes. No hay
modernidad sin colonialismo y no hay colonialismo sin modernidad porque Europa sólo se
hace “centro” del sistema- mundo en el momento que constituye sus colonias de ultramar
como periferias” 37
En cuanto a la reproducción de las formas en América, y en el caso concreto de México en
particular, se imita a Europa en cuanto a la autodefinición d e su identidad, creada.
La historia de Europa se hizo remontar a una Antigüedad griega cada vez más idealizada y
"libre" de cualquier influencia extranjera
En este sentido “La modernidad no es un fenó meno que pueda pred icarse de Europa
considerada como un sistema independiente, sino de una Europa como centro” 38
La imagen que se tiene de lo clásico queda en el terreno de un mito, en el que se encierra el
origen de una forma de pensamiento, de una identidad que engloba lo occidental como
diferenciado del resto y creado por occidente.
En terreno mítico, el Poder, el Estado, es el Padre; según una fórmula muy e xtendida que
intenta por otra parte taxonomizar de una manera tal, que se generen categorías —puesto
que “Padre” es un concepto categorizable, histórico, sociológico…. —.
En el año 1680 aparece la obra de Sir Robert Filmer, P atriarca o del poder natural de los
reyes . Un alegato a favor de la idea patriarcal del poder. La respuesta de Filmer al problema
de la obedienc ia política con siste en que “…el poder de los reyes e s absoluto y natural y se
37 Castro-Go mez, Santiago. La hybris del punto cero cienci a, raza e ilustracio n en la Nueva Granada
(1750-1816). Bog ota : Editoria l Pontificia U niversidad Javeriana, 2005. P.50 quien cita a (Dussel, 1999:148-
149).
38 Op. Cit .Castro-Go mez, Santiago. p.50. Quien cita a ( Dussel, 1999:148-149).
48
transmite patriarcalmente. 39 ” El Poder es el Padre, y procede de nuestr o primer Padre Adán,
que lo recibió de Dios Padre y lo transmitió por herencia a las diversas dinastías legítimas
que reinan en la t ierra.
En el proceso de la independencia este imaginar io de l poder real se presenta implíc ito en los
textos e intencionalidad en cuanto a la reproducción n o de la forma, sino del poder que desde
ella emana
Si se dice: E l Poder es la Madre no por e llo, debe de cambiar la situación, entre los aztecas
ella es Tonantzin, entre los griegos, la casta Diana y en Egipto es Isi s la madre divina a quien
ningún mortal ha levantado el ve lo. Dios Madre solo existirá en México como una creación d e
los padres de la patria para aglutinar bajo su manto a las masa s bajo la figura del
guadalupanismo, asesinando con ello a la otra madre Tona ntzin.
En cuanto a la metodología utilizada sustente de la hipót esis para proceder, en primer lugar
una mirada sucinta a los simples hechos, i nvi ta cuanto menos a buscar explicaciones más
allá de los esclarecimientos que se pudieran derivar de en un solo texto a m odo de manual
completo, siendo que al hacerlo se encuentra el investigador ante parciali dades —en su
mayoría sin inocencia—, es por ello que se concibió la necesidad de intentar abarcar la
mayor cantidad de doc umentación bibliográfic a, para tratar de po der comprender, y después
exponer, la magnitud ante la que se enfrenta el estudioso a la hora de atrapar el objeto
independencia de la Nueva España, su consecu c ión, y culminación, lo cual, pasa por la
necesidad de romper el “consenso hi storiográfic o” bajo el cual se insertan muchas de las
publicaciones al efecto.
Para el análisis de t exto, se considera qu e si se conoce cómo determinado sec tor de la
sociedad produce su discurso epistemológico , podrá saberse cómo comunicarse con él
(discurso), de modo que se interprete lo qu e se le pida, y no tal, c omo el emisor desea ser
interpretado con la in tención de volver a c rear otro disc urso propio sobre el discurso que
emane intencionalmente del primero.
39 Cit ado en: S a ez de Salassa, Josefa. La participacio n poli tic a. Buenos Aires Ediciones Ciudad
,A rge ntina, 1984. p. 149.
49
Efectivamente, el significado es una construcci ón procesada a posteriori cuya materia prima
es por otra parte lo ef ectivamente dicho en el disc urso epistemológico.
Así, lo que interesa es la dimensión referenc ial del discurso, es decir, el discurso
epistemológico, en cuanto hace referenc ia a una realidad extradiscursiva, a unos hechos o
acontecimientos a los cuales se refiere, y también en lo que respec ta a que, c omo discurso
tiene interés en sí mismo en cuanto acción discursiva: bien por ser producto de una
subjetividad que tien e una sociogénesis determi nada (en el c aso de la dimensión expr esiva),
o bien por t ener capacidad de produc ir o inducir c onductas y procesos acordes con él (en e l
caso de dimensión pragmática).
El análisis del di scurso que s e pretende en el corpus de materias presenta das a estudiar,
conlleva descubrir el discurso q ue como tal se impone a los acontecimientos ocurridos y que
hace mute en realidad de los fenómenos acont ecidos en la p retensión de llevar a tratar
dichos fenómenos como si fueran textos, a tr avés de los fenómenos lingüísticos y su
relaciones existentes en ese mismo t exto.
El método por tant o ha de trascenderr la concreta tarea del a nálisis del discurso dentro del
propio discurso, y se propone como un instrumento fundamental para la comprens ión de
cómo se producen los contenidos de la signifi cación en el ámbito de los fenómenos sociales.
50
4. CAPI TULADO Y CUERPO DE LA TESIS
CAPÍT ULO I. SOBRE LA SITUAC IÓN ECONÓ MICA DE MÉXICO EN L A ÉPOCA
VIRREINAL Y ALGUNA S COM PARACIONE S CON EL PE RIODO D E LA
REPÚBL ICA.
1.1 Introdu cción al capítulo I
Los antecedentes económicos y su posterior evolución en términos comparativos, que a
continuación se presentan de una manera general , vienen a representar un marco referencial
que permitirá justificar la relevanc ia del periodo de investigación elegido, amen de presentar
un marco en el que se van a ir fraguando rivalidades cuyos fines radican en los diferentes
intentos de control sobre la nuev a nación independiente.
La Nueva España suponía un espacio geográfico caracterizado por un gobierno con carácter
estable, y como consecuencia de esa estabilidad, se sustentaba con un perf il de idoneidad
para con sus funciones, con una econom ía rica y bien dist ribuida sobre la base de una
sociedad multirracial, la cual podía disponer para sí de una considerable movilidad social.
Sin embargo según muestran diferent es indic adores, a mediados del siglo XIX, cuando la
República Mexicana ya está consolida como ente independiente, no sólo ha bía perdido más
de la mitad de su territorio, sino que además vendría a sufrir los embate s de una acentuada
inestabilidad política, de una cruda depresión económ ica amen de pugn as tanto étnicas
como socia les.
51
En el presente capítulo se sondeará la decadencia de la nueva nación de México tomando
para ello como génesis la situación de estabilidad colonial precedente, cuyo des enlace dará
lugar al infortunio republicano.
En este aspecto, es fácilmente compr obable a través de numero sa bibliografía, que muchos
historiadores han considerado la época colonial com o un periodo atrasado, de tinte feudal y
aprovechado, siendo ello, fruto por una part e, de una c oncepción de progreso como un algo
continúo y sinónimo de mejora irreversible, cuy o resultado lógico, ha de ser el de la
prosperidad del presente frente al pasado, y por otr a, bajo los prejuicios que por di ferentes
circunstancias político histór icas, no aconsejaban otra cosa más que ensalzar una parte en
detrimento de otra.
Para romper estas barrera s epistemológicas se pretende comparar a la Nueva España de
1800 con el México de alrede dor de 1850, s i endo que las consecuencias de la época objeto
de investigación, son en gran parte los pilares sobre los que sustenta la situación a posteriori.
52
1.2 La situaci ón, el territo rio, sociedad y economía.
El virreinato de Nueva E spaña constituía la est ructura política más grande del hemisferio
occidental a fines del siglo XVIII. Su territorio circunscribía el México actual, Améri ca Central,
Cuba, Puerto Rico, Florida, las islas F ilipinas, las regiones costeras de Alaba ma y
Mississippi, todas las tierras al oeste de este río, así como también pretensiones en Canadá
occidental y Alaska. El núcleo del virreinato, sin embargo, lo form aba una región
aproximadamente del tamaño del México actual. Esta área era la parte más poblada y rica
del virreinato.
Ver anexo nº 1 en el que se muestra el mapa del territorio de Méxic o durante la época.
"Entre las colonias sujetas al dominio del rey de España, México
ocupa actualmente el primer lugar, tanto por sus riquezas territorial es como por lo favorable
de su posición para el comerc io con Europa y Asia. No hablamos aquí sino del valor político
del país, teniend o en cuent a su actual estado de civilización, que es muy super ior al que s e
observa en las demás posesiones españolas.” 40
Las instituciones de Nueva España satisfacían en gran medida la s necesidades locales, así,
una de las características más i mportantes del gobierno colonial la supuso su legitimidad,
que reposaba sobre la confian za que generaba en todas la s clases y razas.
40 De Humboldt Alejandro , Ens ayo Político sobre el Reino de la Nueva Espa ña , T omo I, México, 1941.
También se puede encont rar el mis mo t exto en: Orozco Farías Ro gelio. Fuen tes hist óri cas de l a
Independencia de México, 1808-1821. Editorial Jus, México. 1967 p.11
53
Los novo hispanos de la época colonial se valían generalmente de los procedimientos
legales y administrativos para obtener beneficios del gobi erno.
Aún los indios sostenían una suficiente confianza en el sistema legal como para buscar
justicia en las Cortes, donde frecuentemente gan aban sus casos ya que los tribunales
generalmente venían a reconocer la validez de las costu mbres y las leyes nativas.
Es de esta manera, que exis tía un acuerdo general en Nueva España, tal que h acía que el
gobierno real, tant o al nivel local como el imperial, sirviera al interés público.
“Don Vicente Riva Palacio dice que los vecinos españoles gozaban de extr aordinaria libertad,
excepto en materia religiosa… era Nueva Es paña país más libre que todos l os de Europa en
1778, excepto Inglaterra.” 41
Por otra parte el decr eto promulgado por el virrey Venegas en cinco de oct ubre de 1810, por
orden del Supremo Consejo de Regencia que así lo legisló el 20 de mayo del mismo año,
dice:
“… quiere y es su real voluntad que se libert e de tributo a todos los indios contr ibuyentes…
he tenido por conveniente declarar, como en ef ecto declaro, que la exención del tributo y
demás gracias concedidas en el mismo R eal De creto a los indios naturales de este reino
deben entenderse extensivas a las castas de mulatos, negros y demás…” 42
Que existiera tal consenso, no significaba que todas las disputas fueran resueltas en forma
pacífica, ya que la violencia irrumpía oc asionalmente.
41 Citado en Torres Quint ero Gregorio, México hacia el fin del virrei nato. Cos mo s, Méx ico, 1980. p 95
42 D e A r m e l l a d a P . C e s a r e o . La causa indígena americana en las cortes de Cádiz . Ediciones Cultura
Hispánica. Madrid. 1959 p.106 También puede encontrase el mismo texto entre muchos en Alamán
Lucas. Historia de Me jico desde los pri meros movi mient os que prepararon su independenci a en el an o
de 1808, hasta la e poca presente . Impr. de J. M. Lara. México. 1850; Del Cast illo Negr ete Emilio.
México en el siglo XIX, o s ea su historia desde 1800 hasta la e poche presente . Sierra, Me xico. 1877. E n
publi caci ón más rec iente en Rey Romay B enito . Economía y utopía mexi canas: Rumbo al frac aso y
cambio posible . Siglo XXI. México. 2000. p. 126 .
54
Este f uncionamiento se debía, en gran medi da, al hecho de que el g obierno de Nueva
España era acons ejado por su elite local; quienes por otra parte no deseaban que se
perturbara el orden establecido en función también, de sus propios intereses, lo que hacía
que los novo hispanos de la colonia solucionaran generalmente los problemas de su país en
forma moderada y prác tica.
La riqueza de la colonia vendría a contribuir en gran medida a la estabilidad gubernamental
y al dinamismo de la sociedad novo hispana.
La Nueva España, proveía dos ter cios de los ingresos del imperio español.
En 1799 éstos alcanzaban 20 millones de pesos, de los cuales 10 millones se gastaban en
la administración y la defensa local, cu atro millones subvencionaban otras áreas del
virreinato en América Central y del Norte, el Caribe y las Filipinas, y seis millones se remitían
a la Real Hacien da en Madrid. Los ingresos aumentaron en l a década siguiente promediando
24 millones de pesos al año. En 1806, cuando e xtraordinarias d emandas fueron impue stas a
las colonias de Es paña, Nueva España procur ó 39 mill ones de pesos, enviando 19 millones a
España para ayudar a financiar las guerr as en Europa. 43
La economía de Nueva España era fuerte, se encontraba bi en distribuida, y en su may or
parte funcionaba en forma independiente de la madre patria. Aunque los metales preciosos
representaban el 84% de todas las expo rtaciones, la colonia no llegó a ser una s imple
monoproductora, y ello se explica, en que a pesar de su carácter predominante y dinámico, la
minería sólo constituía un segmento menor de la economía colonial. En 1 800, la minería
contribuyó con 27.95 millones de pesos, o el 13% de la producción anual de México,
mientras que la industria manufacturera computó 55 m illones, o el 25%; la agricultura 138.63
millones, o el 62%. El extens o y variado mercado interno de México consumía el 86% de
toda la producción nacional como lo demuestra la tabla I
43 Colin M. MacLachlan y Jaime E. Rodríguez O The forg ing of the cosmic race: a re interpre tatio n of
Colonial. Berkeley, Mexic o 19 80.
55
Tabla 1
Consumo doméstico Exportaciones Total
Sector Cantidad % Cantidad % Cantidad 62.0%
Agricultura 133 782 625 70.5 4 844 685 15.1 138 627 310 25.0
Industria 54 744 047 29.0 257 264 0.8 55 001 311 13.0
Minería 924 259 0.5 27 026 741 84.1 27 951 000 13.0
Total 189 450 931 100.0 32 128 690 100.0 221 579 621 100.0
% de la economía 86% 14% 100%
FUENTE : Cálculos a partir de las cifras de José María Quirós, Memoria de Estatuto,
Veracruz, 1817. Los errores e n las cifras publicadas originalmente por Qui rós han sido
corregidas por Doris M. Ladd, en The Mexican nobility at Independence, Aust in, 1976, p. 26.
Las minas de plata, servían como motores del crecimiento económico, fomentando la
expansión de la agricultura, el comercio y la industr ia.
"Hay veces que se encuentran acumulados en Mé xi co veinticinco o treinta millones de pesos,
al mismo tiempo que las fábr icas y la explotación de las minas experiment a trastornos por la
falta de acero; de hierro y de mercurio.
En las casas de estancamiento exterior, se des pierta p or un momento la industr ia mexicana,
y entonces se empiez a a fabricar acero y a hacer uso de los minera les de hierro y de
mercurio que encierran las mont añas de América; y entonces es cuando la nación, ilust rada
56
acerca de sus propios intereses, conoce que la verdadera riqueza consiste en la abundancia
de los objetos de consumo, es to es, en la de las cosas, y no en las acumulaciones del signo
que las representa” 44
La Nueva España fue la abastecedora de p lata más importante del mundo a tr avés de todo
el periodo colonial. Durante los años 1780-1810, produjo un p romedio de veinticuatro
millones de pesos de plata al año. 45
El dato se puede contrastar por su similitud con este: “S e calcula que a fines del siglo XVIII
los productos mineros de México tenían un valor medio anual de 23, 000,000 de pesos.” 46 O
también con este refiriéndose a la economía entre 1800-18004 : ”Las minas de oro y plata
producían 23,000,000 de pesos…” 47
Otros datos sobre este particular recogidos por Humboldt son lo s siguien tes:
“Al finalizar el período virreinal había 500 "reales y realitos" de minas; las má s importantes
eran las de Guanajuato, C atorce, Zacatecas, Real del Monte, Bolaños, Sombrerete, Taxco,
Fresnillo, Ramos y Parral. Pero sin duda, la mejor mina de todas fue la de la Valenciana en
Guanajuato, cuya utilidad líquida fue de..... 3,000,000 L. T.; la producción e n metales , de
360,000 marcos; el mineral fundido y amalgamado, 270,000 quintales; los gasto s de pólvora,
400,000 L. T. , v el número de trabajadores, 37,200” 48
Aunque no hay cifras precisa s disponibles, se puede calcular la producción de la plata a
través de la acuñación, la c ual representaba má s del 95% de la ex plotación de este metal en
México como se puede apreciar en la tabla II
44 Alejan dro de Humboldt, Ensayo Politico sobre el Rei no de la Nueva España , resumen int egra l de
Florentino M. Torres, pág. 200, México, 1953.
45 Henry G. Wa rd, Mexico in 1827, 2a. ed., 2 v., Londre s, 1829, v. I, p. 383.
46 José R. Benítez, Historia Gráf ica de la Nueva España , Barc elona , 1929 .
47 Calvo, Carlos. Anales histórico s de la re volución de la Ame rica la tina, acompan ados de los
documentos en su apoyo. Desde el an o 1808 hasta el reconocimient o de la independencia de ese
exte nso con tine nte .: A. Du ran d; [etc. , etc. ], Par is 18 64 . p. 16.
48 Alamán Lucas, Historia de México , Tomo I , México, 188 3 . Op .ci t .
57
Tabla II
Acuñación de la plata en México: 1776-1825 .
Año Millones
de pesos Año Millones
de pesos
1796 a 24.4 1811 c, e 10.1
1797 a 24.1 1812 c, e 7.7
1798 a 23.0 1813 c, e 9.8
1799 a 21.1 1814 d, e 10.1
1800 a 17.9 1815 d, e 8.3
1801 a 16.0 1816 c, e 9.6
1802 a 18.0 1817 c, e 9.1
1803 a 22.5 1818 d, e 12.6
1804 a 26.1 1819 c 12.8
1805 a 25.8 1820 c 10.8
1806 a 23.4 1821 d, e 7.6
1807 a 20.7 1822 d 10.4
1808 a 20.5 1823 d 10.8
1809 a 24.7 1824 d 9.0
1810 b 18.0 1825 d 8.3
58
a Casa de moneda de México.
b Casas de moneda de México y Zacatecas.
c Casas de moneda de México, Zacatecas y Durango.
d Casas de moneda de México, Zacatecas, Durango y Guadalajara.
e Durante los año s de l a guerra, las casas de moneda de Guadalajara y
Durango no hicieron sus informes anuales. Enviaban, en cambio, cuentas
periódicas que fluctuaban entre 6 y 45 meses al go bierno. Puesto que es
imposible desagregar esos números, calculé promedios anuales, los que
multiplicados por 12, dan como resultado las cifras anuales . Aunque esta
aproximación presenta un margen de error, las cifras en l a tabla son
estimaciones válidas de acuñación de la plata durante ese periodo.
FUENTE : Calculado a partir de los informes anuales de las casas de m oneda de la ciudad d e
México, Guadalajara, Durango y Zacatecas, que son reproducidas por Henry G. Ward,
México in 1827, 2a. ed., 2 v., Londres, 1829, v. I, p. 386-391.
“Para poder presentar una demos tración lo más palpable y el ocuente posible, del gra n
quebranto que sufrió la minería con motivo de la guerra de independencia y del estado
verdaderamente lament able en que quedó al conc luir ésta, basta reproducir el sig uiente
cuadro de la acuñación verificada en la Casa de Moneda de México de 1810 a 1 823, y que
fue publicado en la Memoria de Hacienda de Don Antonio Medina, de 3 de Sept iembre de
1823.
59
FUENTE: Casasús, Joaquín Demetrio. Estudios monetarios. La cuestión de la plata en
México; el problema monetario, la depreciación de la plata y sus remedios, historia de los
impuestos sobre el oro y la plata . Tip. de la Oficina impresora del timbre, México 1896.p.340-
341
La minería requería inversiones en gran escala. El costo de la mano de obra, maquinaria y
abastecimientos necesario s para operaciones más grandes era e norme.
En la década de 178 0, por ejemplo, Antonio d e Obregón pidió un prés tamo a comerciantes
locales para volver a trabajar los viejos depósitos mineros del siglo XVI en Guanajuato.
Después de gastar más de dos millones de pes os para excavar algunos de los pozos
mineros más hondos en el mundo, sus minas pr odujeron plata valorada en 30. 9 millones de
60
pesos desde 1788 has ta 1809. Sólo en el año 1791 s us minas produjeron t anta plata como la
que producía t odo el virreinato del Perú. 49
Cuando se considera la magnitud de sumas invertidas en esta empresa, se debe re cordar
que en 1800 el ingreso per cápita de Inglaterra, la nación más desarrollada del mundo,
equivalía a 196 pesos al año. 50
Una breve comparación con los Estados Unidos destaca la naturaleza de la economía de
México en 1800. El ingreso per cápita de Nueva España era aproximadamente de 11 6 pesos
al año, comparado con 16 5 pesos de los Estados Unidos. 51
En 1800, Estados Unidos poseía una poblac ión de 6 millones de personas, mientras que los
habitantes de México llegaban cas i a los cuatro millones.
Otro dato signi ficativo sobre la población se ofrece en el periódico el despertador americano:
49 Roberto Moreno, Las instituciones de la industria minera novohispana , e n M iguel Le ón Po rtil la et al.,
La minerí a en México, México, 1978, p. 69-164.
50 Coatsworth John H. . “ Obstacles to ec onomic growth in ni neteenth-cent ury Mexico” , Ameri can
Historical Review, v. 83, n. 1, febrero 1978, p. 82.
51 Al respect o véase: Flores cano Enrique y Gil Isabel Descripci ones económicas generales de Nueva
España, 1784-1817. Institut o Naci onal de Antr opología e Hist oria, Seminari o de Histori a Económica .
México 233 Al margen de los equív ocos de cómputo leves que se encontraron en las cifras
inicialmente publicadas por Humboldt y Quirós, el mayor problema en el cálculo del PNB, en 1800,
consiste en est abl ecer el número exacto de la población de Nueva España. La m ayoría de los
investi gadores acepta generalmente la cifra de 6 millones de personas como l a cantidad de
habitantes de México hacia 1819. Los autores qu e han revisado el censo han dado sus propias
tasaciones; véans e, por ejemplo, a Vict oria Lerner, La poblac ión de la Nue va España , Hist oria
Mexicana , v. 28, n. 3, enero-marzo 1968, p. 327-346; Romeo Flores Caballero, La contrarrevolución en
la inde pend encia , México , 19 69, p. 15- 24, y Gon za lo A guirr e B eltr án , La poblac ión negra de México,
2a. ed., México, 1972, p. 230 y las páginas siguientes. Para comparar los ingresos per cápita de los
ingl eses, los mexican os y el de los est adouni dense s, se ha depend ido de las cifras provistas por
Co ats wo r th, qu ien tie ne la me jo r inf o rm ac ión s obr e lo s otros países y los periodos posteriores de la
Hist oria Mexicana, y que están en desacuerdo con lo arriba expuest o. Basándose en él en el uso de
la cantidad d e 1 950 dólares como base de comparac ión para los cálculos del ingreso per cápita. Sin
embargo, se mantuvieron las cantidades origina les del PNB en 1800 para permitir así una
comparación directa con los cálculos hechos por Qu irós y sus contemporáneos. Citado por Reinhard
Lieh r . América Lati na en la época de Si món Boli var : la formación de las economías n acionales y los
intereses económicos e uropeos, 1800-1850. . Colloquium Ve rlag, Berlín 1989.p. 16 y también citado en
Carmagnan Marcello i, Romano Ruggiero, Hern ández Chávez Alic ia . Para una historia de América.
Colegio de Méxi co, Fideicomiso Hi storia de las Américas: Fondo de C ultura Económica , Me xic o , D .F
199 9.p. 230
61
“Desde el año de mil setecientos setenta y quatro hasta el de mi ochocient os tres, creció la
población desde dos millones de alm as á cinco millones; las tierras abiertas y cultivadas
desde veinte á treinta y seis millones de acres; las milicias desde quatrocientos mil hombres
á novecientos mil; los marin eros desde quince mil á setenta y t res mil ; el producto de rentas
públicas desde seis millones de pesos á quar enta y dos millones; el valor de las
exportaciones desde seis mil lones á sesenta y tres; el buque de las embarcaciones desde
ciento noventa y ocho mil toneladas á mas de un millón.”. 52
Los principales centros urbanos de los Estados Unidos eran: Nueva York con 60 000
habitantes; Filadelfia con 41 000 habitantes, y Boston con 25 000, que no se comparaban
con las principales ciudades de la Nueva España para 1804.
“Cincinati tenía 400 habitantes en 18 00…San Luís de Missouri 1,650 en 1810 ”. 53
El censo de poblac ión que hizo Revillagigedo en 1794 dio c omo población total de la Nueva
España. 4. 483,569 habitantes. El cálcul o que hace Humboldt para 1804, "como más
probable", es de 5,837,000. 54 De ahí que se calcula como cifra aproximada para fines de la
colonia, la de seis millones.
Estados Unidos era e sencialmente rural, mientras que M éxico, aunque también rural, poseía
varias de las ciudades más grandes del continente.
“ La intendenc ia de Valladolid tenía, s egún el mismo Humboldt, 376,400 habitantes, en una
extensión de 3,446 leguas c uadradas, y la de Guanajuato, en sólo 911 leguas, 517,300
habitantes. La de San Luis Pot osí, que sólo en parte pertenecía al obispado de Michoacán,
tenía 27,821 leguas 55 y 334,900 habitantes. ” 56
52 Periódico “EL DESPERTADOR A MERICANO CORREO POLÍT ICO Y ECONÓMICO DE GUA DALAJARA ” N°
7 del 11 de enero de 1811. p.8 del peri ódico, 48 del total de la publicac ión.
53 Salvador Camacho Roldán .Notas de vi aje (Colombia y Estados Uni dos de Ame ri ca) .Bogot a, Banco
de la Repúbl ica, 19 73.p.3 80
54 A. de Humb oldt , op . cit ., lib ro I.
55 Expr esa do en Kiló metro s e qui vale a 15 5 03 8. 087 Km .
56 A. de Hu mbol dt , ob. ci t., l ibro I
62
FUENTE : Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Boletí n de la Sociedad Mexicana
de Geografía y Estadíst ica . Imprenta de Vic ente García Torres, México 1863 Tomo X,
p.238.
Después de la guerra de independencia en 1822, la población to tal de Michoacán 57 era de
365.080 habit antes que se distribuían en 3 ci udades, 3 villas, 265 puebl os, 83 parroquias , 68
vicarías, 333 haciendas, 1 365 ranchos, 110 estancias y 91 ayunt amientos. De ellos, 178 05 2
eran hombres y 187 028 eran mujeres. De es tas últimas, 19.757 habían perdido a sus
maridos durante el co nflicto armado. 58
Los datos sobre la ciudad espec ífica de Valla dolid, que desde l uego era mucho menor que la
capital, arrojan que en 1803 aquella, tenía una población de 18000 almas y a principios de la
revolución más de 20 000, "al año siguiente no llegaba a 3 000 con toda la tro pa de
guarnición; 59
Años después, la población experimentarí a un sensible aumento.
57 Abarca aproximadamente la m isma área que la intendencia de Va lladolid.
58 Martínez de Lejarza Juan José, A nálisis estadí sti co de la provinc ia de Michoacán en 182 2 ,
introducción y not as de Xavi er Tavera Alfaro, Morelia, Fímax Publi cistas, 1974 (Colección Estudios
Michoacanos, IV, Cuadro número 6). p.35
59 Op . C it . M ar t ín ez de Lej ar za Ju an Jos é,
63
El México colonial también se diferenciaba de los Estados Unidos en su composición racial y
en el alto grado de movilidad social que disfrutaban sus habitantes.
La mayor parte de la población de los Estados Unidos estaba constituida por europeos,
seguidos por negros e indios, los cuales fo rmaban minorías significat ivas. Siendo que los
blancos, sin embargo, dominaban la estructura política y económica del país, limitando la
movilidad social sólo a los miembros de su raz a.
En cambio, el censo de Méxic o de 1793 indicaba que había aproximadamente 8 000
europeos, es decir, personas nacidas en el Viej o Mundo; alrededor de 70 0 000 criollos , un
grupo considerado blanco, pero que en real idad incluía una mayoría de personas de
ancestros mezclados que reclamaban el est ado de blancos en virtud de su educación y
riqueza; cerca de 420 000 mestizos -individuos originados por la mezcla entre el indio y el
español-, pero que ta mbién incluían indígenas que habían adopta do la cultura europea y qu e
pasaban por mestizos; 360 000 mulatos; 6 000 negros y 2 300 000 indios. 60
De esta manera Méxic o, a diferencia de su vecino del norte, tenía una sociedad m ultirracial
integrada a tr avés del mestizaje.
“De la mezcla de las ra zas vinieron las castas. Teniendo en cuenta únicamente los
elementos enumerados , he aquí l as variaciones étnicas del nuevo medio.
1- Indios.
2- Españoles europeos.
3- Españoles americanos (los hijos de español y española nacidos en el país). Por otr o
nombre criollos.
4- Negros.
5- Mulatos, hijos de español y negra.
6- Zambos, hijos de indio y negra.” 61
Otros datos acerca del mestizaje:
60 [ Op .Ci t . G on z al o A gui r re B el t rá n , p. 23 0.
61 Op .C it .To rr e s Q ui nt er o Gr eg ori o p.1 1 .
64
1. De español e india, mes tizo.
2. De mestizo y española, castizo .
3. De castiza y español, español.
4. De española y negro, mulato.
5. De español y mulata, morisco.
6. De español y mor isca, albino.
7. De español y albina, t orna-atras.
8. De indio y torna-atras, lobo.
9. De lobo e india, zambayo.
10. De zambayo e india, cambujo.
11. De cambujo y mulata, albarazado.
12. De alba razado y m ulata, barcino.
13 . De b ar cino y m ul ata , coyo te.
14. De coyota e indio, chamizo.
15. De cha mizo y mesti za, coyote mesti zo.
16 . De co yote y me stizo , al lí te esta s . 62
Existe también en el mismo Museo un gran cuadr o con diez y seis compartimientos, en que
están otros tantos cuadriles semejantes a los anteriores, pero en que varía notablement e la
nomenclatura de las castas, pues es como sigue:
1. De español con india, mestizo.
2. De mestizo con española, castizo.
3. De castizo con esp añola, español.
4. De español con negra, mulato.
5. De mulato con española, morisco
6. De morisco con española, chino.
62 Datos tomados del Museo Naci onal de México, do nde se encuent ran diez y seis cuadros a colores
que muestr an, cada uno, el grado de mesti zaje de las di fe rentes castas. Figuran en cada cuadro el
pad r e, la ma d re y e l h ij o, y los tr a je s, ofic ios, he rr amie nt as , ha bi ta c io ne s y de má s p artic u la r ida d es d e
la fam ilia.
65
7. De chino con india, salta-atrás.
8. De s alta-atrás con mulata, lobo.
9. De lobo con china, gíbaro.
10. De gíbaro con mulata, albarazado.
11. De albarazado con negra, cambujo.
12. De cambuj o con india, zambayo.
13. De zambayo con loba, calpamulato.
14. De calpamulato co n cambuja, tente en el aire.
15. De tente en el aire con mulata, no te entien do.
16. De no te entiendo con india, toma-atrás.
Aún hay que agregar a estos cuadros, otro, ta mbién de origen mexicano, que e xiste en el
Museo de París y cuya nomenclatura di fiere también de los dos anteriores, el cual está
incompleto pues sólo contiene de la oc ho a la dieciséis mezclas, como sigue:
8. De indio con negra, nace lobo.
9. De lobo y negra nace chino.
10. De chino e india nace cambujo.
11. De cambu jo e india nace tente en el aire.
12. De tente en el aire y mulata nace albarazado.
13. De albarazado e i ndia nace barcino.
14. De barcino e ind ia nace calpamulato.
15. De indio y mesti za nace co yote.
16. Indios mecos no mbrados apaches. 63
La aparición a mediados del siglo XVIII de los cuadros de ca stas que comenzaron a
multiplicarse en las capi tales administrativas y religiosas del virreinato bajo la forma de
curiosidades americanas, como pinturas costumbristas que la gente de la corte virreinal
enviaba a sus iguales en España, supone una muestra iconográfica de la div ersidad
existente en la Nueva E spaña, así en una carta del doctor Andrés de Arce y M iranda
63 Rosenbl at Ángel. La poblac ión indígena y el me stizaje en América . Editor ial Nova. Buenos A ires
1954. p.184 y tambi én en Rosenblat Án gel. La pob lación in dígena de Ame rica, d esde 14 92 hast a la
actualid ad. Institu cio n c ultur al espa n ola, Buenos Aires 1945.
66
Fechada en 1746 le informa al erudito mexicano Juan José de Eguira y Eguren que fue
ocurrencia del pensamiento ingenios o del duqu e de Lineares —vi rrey de Nueva España
entre 1711 y 1716— “…dar a conocer al rey y a la corte de España las mezclas en unas
pinturas que hizo Juan Rodríguez Juárez… idea semejante se le había ocurrido al obispo de
auxiliar de P uebla, quien encargó al pintor Lui s Barruecos un lienzo dividido en dieciséis
tableros para remitir a España, y en cada uno va una mezcla con tres personajes, padre,
madre, e hijo que yo vi. 64 ”
Ver anexo número dos en el que se muestra cuadro de las castas de Nueva España, pintado
en 1777 por Ignacio María Barreda, así como los anexos del tres al s iete en los q ue se
muestran otros cuadro s de castas, a sí como detalles de los mi smos.
Sin embargo, bajo tanta diversida d, eran pues, factores económicos más que raciales los que
constituían las principales determinantes del sta tu s s o ci al d e M éx i co .
Mientras que los Novo hispanos de la coloni a consideraban el hecho de ser blancos como
una característica positiva, los archivos de Nueva España proveen numeros os ejemplos de
gente de color que ascendía en la escala social adquiriendo el status de elite a través del
dinero y asumiendo e l papel de blancos.
Más aún, en el siglo XVIII eran tantos los que pos tulaban al status de blanco, que, en
recompensa por una suma de dinero, su majestad concedió a sus súbditos americanos un
certificado de blancura ( la Cédula de Gracias al Sacar ). 65 Pero en Nueva España era mejor
ser rico que blanco; los mestizos y mulatos ricos a menudo empleaban inmigrantes blancos
pobres venidos de España como s irvientes. 66
64 González Galván Ma nuel. “Castas y Castidad del mexicano” en Historia le yendas y m ito s de
México: su expresión en el arte. Universidad N acional autónoma de México. México 1988. pp. 155- 176 .
Ver ta mbién: Ca str o Morales Efraí n “cuadros de castas” , Homenajea Erw in Walter Palm. Anales para
la Histor ia del Es tado, la Economí a y Socieda d en Am erica la tina, V ol 20 , Colon ia , V ien a. 198 3.
65 Sob r e la Cé lula GraciaS al Sacar ver: Revista de estudios políti cos, por Instituto de Estudios Poli ticos
(Spain); Centro de Estudios Po líticos y Constituc ionales. Institu to de Estudios Poli ticos Madrid 200 5. ISS N:
0048-7694 p.22 8-231.
66 [ Colin M. MacLachlan y Ja ime E. Rodríguez O., Th e fo rg ing o f th e co sm ic rac e: a rein terpr e ta tio n of
Colo nial Mexico, Berkeley, 1980, p. 196-228. Ob.Cit
67
La ganadería también era floreciente en ese tiempo y se dedicaba sobre todo a criar
animales que tenían el con sumo principal, que en 1791 (Cen so de Revill agigedo) eran: toros,
terneros, carneros , cerdos, cabr itos y conejos, gallinas, patos, pavos, pichones y perdices.
Agricultura y ganadería llegaron a tener en el siglo XV III un valor medio anual s uperior al de
la minería: 30.000.000 de pesos, según Alamán 67
“El comercio que durante los siglos anteriores había estado mucho más rest ringido, sobre
todo el exterior, a partir de 1765 se amplió, al ser habilitados al comercio hispanoamericano
siete puertos de España: Málaga, Cartagena, A licante, Barcelona, Coruña, Gijón y
Santander. En 1778 se abrieron cuatro más: Almería, Alfaques de Tortosa, Palma de
Mayorca v Santa Cruz de Tenerife. En la Nueva España también se permitieron nuevos
puertos: Campeche, La Paz, Baja California, San Blas y Sisal ”. 68
Mas adelante el autor refriéndose al mismo asunto comenta:
“Esto amplió el radio comercial que anteriormente estaba reducido a los puertos de Cádiz y
Sevilla, en la Península; Veracruz y Acapulco, en México; y Manila, en Filipinas. Además, a
partir de 1774 se permitió el comercio entre las posesiones españolas, con alg unas
restricciones; y desde 1778 se dio licencia para que se sac aran en México los artículos
europeos que venían para otros reinos de América” . 69
Así en f unción de los datos aportados podría cons iderarse a la Nueva España de finales del
siglo XVIII com o una sociedad rica y capitalista, cuya economía se caracterizaba por la
propiedad privada de los medios de producción, por empresarios interesados en las
utilidades, una fuerz a de trabajo libre y asalaria da y por el intercambio de capital, mano de
obra, bienes y servicios en un mercado libre.
67 Op.Cit. Lucas Alamán, Tomo I.
68 García Al caráz Agustín la cuna ideoló gica de la ind epend encia Filma x Pub licis tas, Méx ico 1971
p.18 quien cita como fuente a Bravo Ugarte José, Op.Cit. Historia de México, Tomo II, p. 168.
69 Op. Cit . García Alc aráz Agustín p.18-19 quien vuelve a tomar como cita como fuent e a Op.cit
Bravo Ugarte José. Tomo II , p. 168,
68
En el aspecto monetario, las acuñaciones he chas a nombre de Carlos IV se caracterizan por
su uniformidad, pues la efigie del rey, a diferencia de los que le antecedieron, no cambia en
todo su reinado. “Las leyes y tallas vigentes al final del reinado de Carlos III permanecieron
inalterables durante t odo el reinado de Carlos IV (1788-1808 ) y aún rigieron durant e el
período de Fernando VII hasta 1821…” 70
La acuñación de plata, como la del oro, siguió en todos los tipos del reinado anterior, aunque
merece menc ionarse la creación, por orden real , de un nuevo valor: el c uarto de real o
cuartilla de plata. 71
A pesar de la proclamación de José Bonaparte como Rey de España e Indias, ninguna de las
casas de moneda de América acuñó c on el nombre y efigie de aquel rey, que gob ernó de
1808 a 1813.
Con Fernando VII, la Casa de México c ontinuó acuñando de 1808 a 1821, y con las variables
consiguientes, monedas de plata y de oro de lo s tipos anteriores, introduciendo la nueva
denominación de medio esc udo de oro.
En lo que respecta a la moneda de la nueva nación m exicana, hasta los primeros meses de
1823 se acuñó c on la impronta de It urbide; pero en la primera quincena del mes de agosto de
ese año se cambia el diseño de las piezas, acatando el decreto del 1° de agosto de 1823,
que disponía un anver so común para las monedas de oro, plata y cobre.
Una moneda de cobre emitida por el gobie rno nacional, no fue autorizada por el Congreso
hasta el 28 de marzo de 1829 (independientemente de la emitida por los estados), La
cuartilla tenía un módulo de 33 milímetros y un peso de alrededor de 18 gramos; el octavo de
real medía 27 milímetros de diámetro y pesaba casi 7 gramos. M eses más tarde el gobierno
dispuso con fecha 28 d e agosto de 1829 la ac uñación de piezas de c obre con m ódulos y
pesos más reducidos. Esto, aunado a la gran cantidad de moneda f alsa que circulaba y a las
70 Plaza Prieto Juan. Estructura económica de Espan a en el si glo XVIII . Confederaci ón Española de
Caj as d e A hor ros, D.L. Madr id. 197 6. p.7 32
71 Una explic ación sobre el valor y nacimien to se encuentra en Al cocer Martínez Mari ano . Hi s t o ri a
económica de Me xico; notas monográficas . E ditor ial Ame rica, Me xico, 1952 p.377.
69
numerosas emisiones privadas que se hicieron , produjo pe ligrosos trastornos económicos
entre 1830 y 1840. 72
“...Con motivo de haberse establecido al R epública Federal. Las minas, que en un principio
fueron propiedad e la Corona y al hacerse la independencia fueron propiedad e la Nación,
llegaron a serlo a su vez, de los Estados, estos, adquirieron con la propiedad, el derecho de
legislar en la materia, lo qu e tenía que causar , y causó en efecto, graves tr astornos, pues no
se modificó, el espíritu de las antiguas Ordenanzas de Minería, que constituía ya un
anacronismo, y cada entidad federativa impuso gravámenes y gabelas a su antojo” 73
Ante ello resulta cuanto menos sorprendente el contrast e que surge entre la Nueva España y
el México republicano.
Las guerras de la Independenc ia y el caos que s iguió, vinieron a impactar de manera muy
directa arruinando la ec onomía de la nueva nac ión destruyendo de esta manera el soporte de
la legitimidad de sus instituciones. “..La fase de fragment ación política de caos económico y
administrativo, y de la interv ención extranjera que siguió a la independencia. ” 74
Entre 1821 y 1850, sólo un presidente, Guadalupe V ictoria (1824-1828), c ompletó su periodo
de gobierno. S u éxito se atribuye sobre t odo a dos grandes préstamos extranjeros
negociados en 1824 y 1825, los que dieron res paldo financiero a su administración.
Esta list a de los presidentes de México dur ant e la prim era década muestra los nombres y los
periodos de tiempo que est uvieron en su cargo:
1821-1823 Agustín de Iturbide.
1823-1824 Pedro Celestino Negrete.
1824-1829 Guadalupe Victoria.
72 http://www.plata.com. mx/plata/P lata/independiente.htm página oficia l de la A s o c i a c i ó n C í v i c a
Mexican a P ro Pl ata A .C .
73 Gurza , Jaime. Apunt es sobre la c uestión de la plat a en Méxi co. Impr. de S. Dor ador y hno, Durango,
México.1902. Cap. II.p.3
74 Sal gueiro Acosta Robert o; Rodri guez Guerra Ella. Antología de autores crí ticos de la histor ia de
México, 1824-1910 . Guajardo, Méx ico. 1979. p.188
70
1829 Vicente Guerrero.
1829 José María Bocanegra.
1829 Pedro Vélez.
1830-1832 Anastasio Bustamante.
Durante los siguientes ve inte años, la República se rigi ó bajo tres constituciones, veinte
gobiernos y más de cien gabinetes.
El miedo y la incertidumbre se hicieron f recuentes. Ex soldados se volvieron bandidos
plagando los caminos, obstruyendo el comercio y atemorizando a los pueblos pequeños.
Laura Solares abarca un estudio regional sobre el c aso del bandolerismo en Michoacán; uno
de los territorios más devastados por la guerra de Independencia y que dejó importantes
secuelas de insurrección. Para este caso, se abordan problemas relacionados con las vías
de comunicación, los medios de vida en la regió n, los crímenes más frecuentes, la
normatividad y los cas tigos.
A lo largo del texto, p lantea que la de lincuencia se encontr aba estrechamente vinculada c on
la miseria, se pude decir que existía una especie de fórmula matemática: bandido igual a
pobre o desamparado igual a delincuente. La autora escribió que los bandidos "obligados por
las circunstancias en que vivía n; pobreza, ignor ancia, inferioridad económica y social, s e
veían precisados a delinqu ir para busc ar la satisfacción de sus necesidades más
elementales". 75
Éstas y otras manifestaciones de disolución social contribuyeron a la inestabilidad de México.
La situación empeoró cuando el conflicto político degeneró en una guerra civil en 1834.
Grandes secciones del país fueron destrozadas cuan do federalistas y centralistas, liberales y
conservadores lucharon por el control p olítico.
75 Eduardo Flores Clai r, «Laura Solares Robl es, Bandidos somos y en el camino andamos, Band idaje,
caminos y administración de justicia en el siglo XIX. 1821-1855. El Caso de Michoacán , Mor elia
Michoacán, Instituto Michoacano de Cultura, Instituto de Investigac iones Dr. José María Lu is Mora,
dic. 1999, p. 54 5, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Nú me ro 2 - 20 02, mis en lig ne le 7 f évr ier 2 00 5,
référence du 7 septembre 2007, disponible sur : http://nuevomundo.revues.org/document377.html
71
La inestabilidad polític a del país hizo de México pre sa fácil para la agresión extranjera. La
república enfrentó las invasiones de España, en 1829; Francia, en 1838; Estados Unidos, en
1847, e Inglaterra, España y Francia, en 1861.
Durante estos años, las rentas públicas disminuyeron de 39 millo nes de pesos en 1806, una
de las cifras más altas, a 5.4 millones en 1823. En las últimas dos dé cadas del periodo
colonial las entradas del g obierno habían tenido un pro medio anual de 24 millones de pesos
comparadas a los 12.2 millones de la primera década de la república. El promedio de las
rentas públicas aumentaron entre 1834- 1844 a 23 millones de pes os al año, pero no fue sino
hasta la década de 1880 que las recaudaci ones sobrepasaron los últimos promedios
coloniales.
Tabla III
Rentas públicas del gobierno, 1823-1850
Año [1] Ingres o [2]
1823 5 409 722
1824 8 452 828
1825 [a] 9 720 771
1826 [b] 13 848 257
1827 14 192 132
1828 11 640 737
1829 12 815 009
1830 12 200 020
1831 17 256 882
1832 16 375 960
1834 19 798 464
72
1836 26 478 509
1837 18 477 979
1838 15 037 038
1839 27 518 577
1840 19 858 472
1841 21 273 477
1842 26 683 696
1843 29 323 423
1844 25 905 348
1849 [c] 23 460 820
1850 16 765 762
1 El año va de julio a junio, a m enos que sea señalado. P or
ejemplo, 1827 incluye ingresos para el periodo de julio de 1826 a
junio de 1827.
1 Ingreso neto en pesos:
a Enero-agosto de 18 25.
b Septiembre de 1825-junio de 1826.
c Enero de 1848-junio de 1849.
FUENTE: Estas cifras fueron ca lculadas a partir de la
información provista en los inform es del Ministerio de
Hacienda del periodo 1823-1850. Memoria, México,
Secretaría de Hac ienda, 1823-1850.
La disminución en los ingresos del gobierno reflejaba la depresión económica del periodo
posterior a la indepen dencia de M éxico. La minería pr ovee un ej emplo gráfic o de esta crisis.
La producción minera bajó de un promedio anual de 25 millones de pesos a f ines del period o
colonial, a la cifra más baja de 6. 5 millones de 1819, con un pro medio de 11 millones al año
73
en las cuatro décadas siguientes. Esta dramática caída se debió a la disminución de la
producción, no a la baja en el prec io de la plata. Entre 1801 y 1810, Nueva España extrajo
5.5 millones de kilogramos, mientras que en el per iodo 1821-1830 la producción de la plata
de México había bajado a 2.6 m illones de kilogramos. 76
Tabla IV
Producción de plata en México
Años Promedio quinquenal
en millones de pesos
1825-1829 9.2
1830-1834 11.3
1835-1839 11.5
1840-1844 12.4
1845-1849 15.6
FUENTE: Calculado a p artir de las cifras
provistas por A . Soetbeer,
Edelmetallproduktion un werthverh ä lnis
s
zwischen Gold und Silver, Gotha, 1874, p. 55;
Miguel Lerdo de Tejada, Comer cio exterior de
México desde la Con quista hasta hoy, 2a. ed.,
México, 1967.
La producción de plata no igualó los promedios de producción de fines d e la Colonia sino
hasta la década de 1880. Otros sectores experimentaron desajustes similares.
76 Gonzál ez Reyna Jenaro , Riqueza minera y yacimientos minerales de México, Monograf ías
Industriales del Banco de México, SA México, 1947, p. 109.
74
Las exportaciones baj aron de 20 millones de pesos en 1800 a 5 mill ones en 1825, y
promediaren 9.5 m illones durante las tres décadas siguientes. 77
Mientras México declinaba y se estancaba, los Est ados Unidos y Europa Occi dental
experimentaban un rápido aumento de la población y crecimiento económico.
En 1800 Nueva España, al igual que los Est ados Unidos, poseía una ec onomía dinámic a en
expansión, pero durante los cincuenta años si guientes, México quedó dramáticamente atrás.
Mientras que la República Mex icana alcanzó sólo 8 millones de habitantes, la de Estados
Unidos se expandió a 23 millo nes . El ingreso per cápita de México descendió de 11 6 pesos a
fines del periodo colonial, a 56 pesos el año 1845, mientras que el ingreso per cápita de los
Estados Unidos se había más que duplicado. De e sta manera los mexicanos que habían
ganado el 70% del ingreso per cápita de los Estados Unidos en 1800, vieron reducido el suyo
en 14% en 1845. Más significat ivo aún, la producción total de México que había iguala do el
51% del producto nacional bruto de los Estados Unidos en 1800, dec linó a sólo 8% en 1845 78
En contraste c on la economía capitalista, de merc ado y libre salario del siglo XV III, el México
de mediados del siglo XIX se caracte rizó por poseer una economía dual: un sector con
economía de mercado sigui ó existiendo, pero sólo comprendía algunas áreas como la ciudad
de México y las pocas grandes ciudades provincianas que prevalecieron; la mayoría del país,
sin embargo, se dedicaba a una econom ía, de autosubsistencia. 79 Irónicam ente México
poseía en 1850, el tipo de economí a y sociedad que muchos creen hoy, erróneamente, era la
característica del Méxi co colonial.
77 Herrera Canales Inés, El comercio exterior de México, 1821-1875 . El Colegio de México. México,
1977, p. 58-75.
78 . Coatsworth John H . Obst acles t o economic growth i n ni neteenth-cent ury Mexico, Amer ican
His tor ica l Re view. v. 83, n. 1, f ebr ero 19 78, p. 82 y s.
79 Charles H. H. Harris, A Mexican family empire: t he latifundio of the Sanchez-Navarro family, 1765-
1867. Austin, 1975; ] Donde se puede observar disminución en el comercio, por ejemplo, en las
reducidas activi dades de empresarios tales como los Sánchez Navarro Díaz Díaz Fernando , Caudil los y
caciques, El Col egi o de Mé xi co . Méx i co, 1 97 2. G onz ál ez Na v arr o Moi sés Anatomía del poder en
México.. El Col egio de México. México, 1983, Donde examina el papel de los patrones regionales.
75
Las guerras de Indep endencia dañaron severamente la agricultura, el comercio, la industria y
la minería, así como la compleja pero delicada infraest ructura de la nación. Las más serias
batallas ocurrieron en el centro d e México, la zona agrícola y minera más rica del país.
Los rebeldes quemaban hacie ndas, mataban gan ado, arruinaban el equipo minero y
paralizaban el comercio. Las fuerzas realistas se desquitaban empleando tácticas
contraterroristas, devastando regiones que habían capitulado o apoyado a los insurgentes.
El gobierno virreinal perdió control de la mayor part e del país, que cayó en manos de bandas
rebeldes o militares realistas que actuaban sin considerar las leyes o las necesidades de la
economía del país.
Alrededor de 1821, al obtener México su independencia, la nación se encontraba en un
estado de caos y la economía en ruinas. 80
Aunque es imposible calcular todo el impacto producido por las luchas de la Independencia,
J. M. Quirós provee los mejores cómputos sobre las pérdida s causadas por las luchas entre
1810 y 1816. Él, como otros, mantiene que la agricultura sufrió gran daño, pero como lo
demuestra, el golpe más s evero a la economía de México lo constituyó la pérdida de capital;
el dinero fue sacado del país o retirado de circulación.
Tabla V
Cálculos de los daños causados por las guerras de la Independencia
Pérdidas en la agricultura 70 000 000
Pérdidas en la minería 20 000 000
Pérdidas en la ind ustria 11 818 000
Pérdidas en el circulante (may ormente plata) 786 000 000
80 Fl ores Caball ero Romeo , La cont rarrev oluci ón en la indep endenci a, Col egio de Méxi co México ,
1969, p. 66-82. Por su parte Christon Archer sostiene, en The Roya list Army i n New Spain: ci vil-mi litary
rel ati ons hips, 1 810 - 18 21 , publicado en Jour nal of Latin American Studies, 13.1 May 1981. que grupos
armados controlaban la may or parte del país du rante las guerras de Independencia. En su opinión, el
gobierno nacional habí a perdido to do el control en l as provinci as.
76
FUENTE : Calculado a partir de las cifras dadas por José
María Quirós, M emoria de estatuto, Veracruz, 1817.
¿Por qué México no se recuperó pronto después de la Independencia? ¿Por qué se sumió
en cincuenta años de depresión económica y distur bios políticos? La respuesta, tiene que ver
con económica, las luchas políticas e ideológ ic as y las m entalidades de la épo ca, La
economía estaba en ruinas, com o resultado de las guerras de Independe ncia y,
especialmente, como resultado del caos po lítico de la época posindependentis ta. Pero
además, los mexicanos habían perdido la conf ianza en las instituciones de su país: o
exportaban su capital o lo ret iraban de circulación. Es to, unido al c olapso del sistema de
crédito de la nación, condujo a una escasez ma siva de inversiones, y, aun con préstamos e
inversiones extranjeras, el país n o pudo co m pensar la pérdida de capitales nacionales.
Observadores contem poráneos entregan recuentos gráficos de las condiciones del periodo
posterior a la Independencia.
En 1822, Joel Poinsett; artífice de injerencias en la política interior mexicana, primer agente
de los Estados Unidos en México, notó la destrucción de muc has haciendas y la gran pérdida
financiera que esto represent aba para los agricultores.
Poinsett describía San Felipe, Guanajuato, que hab ía sido un prós pero centro agrícola y
minero, como representando:
“Otro melancólico ejemplo de los horrores de la guerra civil. Escasamente una casa e staba
entera y excepto por alguna iglesia reconstruida recientemente, la c iudad parecía en ruinas.
Nos detuvimos en la plaza principal y pasamos a través de arcos construidos de pórfido
hacia el patio de un edificio que había sido magnífico; nada queda, excepto los pórticos y la
planta baja” . 81
El viajero inglés G. E. Lyon describía la situación que existía en el camino entre las antes
ricas ciudades mineras de San L uis Potosí y Zacate cas con las siguientes palabras:
81 Robe rts Poi nse tt Joe l . Notes on Mexico mad e in the autumn of 1822. : Accompanied by an historical
sketch of the Revolution, and tran slations of off icial reports on the present st ate of that count ry . : With a
map. . Philadelphia : H.C. Carey y I. Lea, Chesnu t Street., 1824. p. 178-17 9.
77
“La prosperidad de este lugar [u na hacienda] se atribuye a que el propietario t enía su gente
armada para defender su propiedad durante la devastadora guerra revolucionaria; y su
contraste con los ranchos que habíamos pasado en nuestra cabalgata del día era muy
impresionante. Allí vimos las casas sin techo y en rui nas ennegrecidas por el fuego y
cabalgamos sobre las tierras que todavía mostraban el leve trazo del arado pero los
rancheros que habían cultivado esta tierra habí an sido asesinados con sus familias du rante
la guerra” . 82
Todos los relatos de viajes que han sido publ icados informan acerca de devastac iones
similares. Quizá la gran región minera de la plata de Guanajuato demuest ra más verazment e
las condiciones cambiantes del México posterior a la guerra. Durante los años 1801 a 1809
sus minas producían plat a, la cual valía 47 millones de pesos, pero sólo rindieron 22 mil lones
en la década siguiente. 83
En 1820 la inundación de La Valenciana, 84 la mina de plata más grande del mundo, probó ser
una c atástrofe, como observó el ayuntamie nto:
“Valenciana, la incomparable Valenciana [... ] la única mina que ha c ontinuado mante niendo
por un tiempo a casi toda n uestra población, aun que con gran dificult ad, será parada del
todo.
Se cree que los remanent es de lo que ac ostumbraba a ser nuest ra numerosa población
dejarán ahora la ciudad para e migrar, y buscar su stento en alguna otra parte, porque aquí,
cuando las minas y las refinerías no funcio nan, no hay absolutamente nada que hacer. Las
primeras cosechas que pr omete la bondad de este año no ayuda rán a Guanajuato porque no
habrá nadie para comp rar, ni dinero con qué comprarlas” 85
Aun la gran metrópoli, la ciudad de México, parece haber perdido poblac ión. Muchos de los
que permanecieron allí sufr ieron desempleo o escasez de tr abajo. Los visitantes dejaron
82 George Franci s Lyon . J ou rn al o f a r e s i d e nc e a n d to ur in t h e Re p u b li c of M e x ic o in 18 2 6 , 2 v. L o nd o n ,
1828, v. I, p. 192-193.
83 Lucas Alamán, Historia de México, 5 v., México, 1942, v. II, p. 65-66.
84 Mina a la que ant eriormente se hizo refere ncia en cuanto a su magin itud en cifras.
85 Citado en Doris M. Ladd, The Mexican nobility at Independence, Austin, 1976, p. 147
78
vivos cuadros de estos pobres in felices, a quienes ellos llamaban léperos, debido a sus
inmundos andrajos. 86
La agricultura que empleaba a una abrumadora mayoría de mexicanos, no pudo escapar a
las dislocaciones que aco saron al sector indus trial. Informes del gobierno, recuentos de
viajes y correspondencia privada indican la calami tosa condición de la agricultura comercial.
Los pequeños propietarios son los que más pare cen haber sufrido. Muchos de ellos fue ron
arrojados de sus tierras, primero p or la guerra y luego por la violencia, el caos político y la
decadencia económica. Puesto que los pequeñ os propietarios formaban la base de la
agricultura mexicana, su situación tuvo repercusiones muy severas. 87
Los hacendados perdieron sus mercados de v enta cuando las minas sucumbieron y los
centros urbanos se redujeron.
Bastantes pueblos indígenas que producían antes para el mercado debieron tornar a una
agricultura de subsistencia. En el periodo colonial, un gran núm ero de comunidades
indígenas se especializaban en el cultivo del tr igo para los centros urbanos y mineros; otros
dedicaban sus esfuerzos a la cría de mulas para el transporte y el trabajo pesado en las
minas y fábricas,
En Michoacán muchas de las 333 hac iendas que existían en 1822 habían qu edado
despobladas, destruidos sus bordos y cana les de riego, saqueados sus ganados y graneros
y arrasadas o quemadas sus co sechas. 88
Todavía en 1829, y en los años siguientes, el estado de la actividad a grícola en Michoacán
sería reflejo de las condiciones de inest abilidad política y económica del momento.
86 Par a una exce lent e descri pci ón de lo s lépero s, véa se Joel R. Poi nsett , “ Notes on Mexico...”,
Fi lad e lf ia, 1824. Ob. Cit. Y a Ca ld er ón d e la Ba rc a Fan ny , L ife in Mexico; the le tters o f Fanny Calde ro n
de la Barc a, with ne w m a ter ial fro m th e au thor 's pr iva te jo ur na ls .. Garden Cit y, N.Y ., Doubl eday , 19 66.
p. 91-9 2.
87 Dori s M. Ladd , The Mexican nobility at Independence, Au stin, 1976, p. 39-140. Ob.Cit. Sobre
pequeños propietarios, véase a Brading Da vid, Hac iendas and ranchos in Mexican Bajio: León, 1700-
1860, Cambridge, Cambridge University Press, 1978.
88 Martínez de Lejarza Juan José, Análisis e stadí stico de la pr ovincia de Michoacán en 1822 ,
introducción y notas de Ob. Cit. Xavier T avera Alfaro, Morelia, , p. 32-196.
79
"La falta d e seguridad, el estado t riste de los caminos, en c ierto modo la falta de merc ado y,
sobre todo, la gran esca s ez de capitales, la desconfianza de los empresarios en cuanto al
estado político de la nación, la inmorali dad de nuestro pueblo, y la ignorancia de l os
verdaderos principios de la economía de la s empresas" , 89 eran fac tores, a decir del gobierno,
que mantenían postrada a la agricult ura, principal fuente de riqueza y de ocupación de los
habitantes.
Para el caso de Michoacán, el gobernador José Salgado emitió el reglamento del 15 de
febrero de 1828, en donde disponía el r epar to de los bienes pertenecientes a las
comunidades indígenas, persiguiéndose co n ello la creación de pequeños propietarios que
formarían una clase media rural que serviría de soporte a las acciones d e los federalistas,
quienes, a través de las elecciones presidenciales, tendían a afianzarse en el poder del
estado, de ahí que con bastante premura e n dicho reglamento se concediera un plazo de
sesenta días para efectuar el reparto.
En términos generales, los aspectos más importantes del reglamento fueron:
“Artículo 1. Todos los miembros mayores de 25 a ños de las comunidades indígenas, en
asamblea general, elegirán una comisión de cinc o indiv iduos que se encargarán de llevar a
cabo el repartimiento.
Artíc ulo 5. La comisión de acuerdo con el ayuntamiento hará una lista de las tierras que
posee el pueblo, incluyéndose las que tiene en arrendamiento.
Artíc ulo 6. Se excluyen del reparto los solares que ya tienen ocupados de manera individua l
(se refiere al fundo legal).
Artíc ulo 14. Las tierras vendidas, empeñadas, arrendadas, cedidas o enajenadas por la
comunidad sin autoridad superior, entrarán a l repartimiento.
89 Macedo Mariano , Memoria sobre el est ado que guarda l a admi ni st raci ón p úbli ca en Mi choa cán,
p r e s e n t a d a a l H . C o n g r e s o , p o r e l s e c r e t a r i o d e l D e s p a c h o [ . . . ] e n 7 d e a g o s t o d e 1 8 2 8 , M o r e l i a ,
Impr en t a de l Gobie rno, 18 28, p. 12.
80
Artíc ulo 15. Se repartirán las tierras litigiosas y en caso de que se resuelva en favor de la
parte contraria, se determinará c onforme a derecho.
Artíc ulo 16. Los terrenos se dividirán de acuer do con el número de f amilias existentes, per o
los terrenos no serán menores de una c uartilla de sembradura de maíz.
Artíc ulo 18. A cada familia se le dará la porción que cómodament e se pueda de las tierras
pastales (estas tierras eran las consideradas como ejidos).
Artíc ulo 22. Las familias que estén en posesión de algunas tierras se podrán quedar con ell as
en caso de ser igua l al haber que les co rresponda, pero si excediere devolve rán la parte
sobrante (se entiende como las tierras del repartimiento)”. 90
En 1800, estos pueblos criaban millones de mulas, pero hac ia 1850, el número habí a
descendido a tan sólo unos miles, con lo cual irreversiblemente el transporte, las
comunicaciones y la agricultura también se vieron afectados.
“Disfrutábase de gran abundancia; las grue sas sumas que cada semana se repartían en el
pueblo por pago de los trabajos de las minas y haciendas de beneficio, foment aban un
comercio activo, y los grandes consumos de mantenimientos para la gente, y pa sturas para
el gran número de caballos y mulas emplea das en las operaciones de minería, habían hecho
florecer la agricult ura en muchas leguas a la redonda” 91
Por tanto la c aída en la producción minera; que como ya s e observó anteriormente fue un
hecho, explica la baja en el núm ero de e quinos, con consecuencias r espectivas en otros
campos
La baja dem anda de productos agrícolas tuvo como result ado el abandono de g randes
extensiones de terr eno que antes habían sido cultivados. El sistema de irrigación decayó,
mientras que la ganadería agotó los suelos debido al exceso de pastoreo.
90 Coromina Amador, Re copilaci ón de Leyes, Decretos, Reglament os y Circulares expedidas en el
estado de Michoacán, Morelia, Gobierno del Estado de Michoacán, 1886, t. III, p. 29-39.
91 Del Castillo Negrete Em ilio . México en el siglo XI X, o sea su hist oria desde 1800 hasta l a e poche
presente. . Si erra , Me xico . 1877. p. 62
81
La ciudad de México y otros pocos centro s de gran población continuaron necesitando
productos agrícolas del campo, pero después de la Independenc ia restringieron las
importaciones desde regiones distantes; la producción local abastecía sus necesidades.
Muchas grandes haciendas s e declararon en banc arrota o f ueron abandonadas. Como en e l
caso de la minería, los mexicanos alentaron a los extranjeros para que hic ieran inversiones
en la agricultura.
A mediados del siglo XIX, los inversionistas europeos habían renunciado a sus posesiones
mexicanas, es solo hasta 1880 que la inversión extrajera toma un repunte , “Las inversiones
extrajeras tanto indirectas como directas, aumentan en forma es pectacular; la
norteamericana a partir de 1880 y las europeas una vez restablecidas las relaciones
diplomáticas con Francia e Inglaterra en esa misma época” 92 mientras tanto solo los
pequeños propietarios que lograron permanecer en sus tierras, disfrutarían de un cierto
grado de prosperidad.,
Debido a que España no había desarrollado instit uciones f inancieras modernas tales como
bancos y casas comerciales, los mexicanos de la Colonia contaron principalmente con dos
fuentes de crédito: préstamos particulares y la Iglesia.
Mientras que los préstamos personales de fam ili as ricas o empresarios fueron comunes a
través de todo el periodo colonial , la Iglesi a servía como el principal banquero de Nueva
España. Monast erios, conventos de m onjas, escuelas, orfanatos y hospitales recibían a
menudo dádivas, dotes y legados o herencias, que eran invertid os rápidamente para ganar
una entrada regular.
Generalmente las corporaciones religiosas prestaban estos fondos a propietarios que les
pagaban anualidades. Cada dióces is también tení a un juzgado de testamentos, capellanías y
obras pías que administraba las dotes confiadas por los fieles a este tribunal. (Una capellanía
era un beneficio para un capellán al que se le req uería que dijera misas por el alma del
92 Garci a de Leo n , Antonio Semo, En rique, y Moguel Julio. Historia de la cuestión agraria mex icana .
Siglo Veinti uno Editores, Me xico. 1988. p.180.
82
benefactor, y obras pías podían ser cualquier tipo de obras caritativas.) Los j uzgados
invertían es tas sumas principalmente en préstamos a terratenientes . Como sucedía en el
caso de crédito extendido por otras corporaciones eclesiásticas, el objetivo del juzgado era
ganar una utilid ad del cinc o al seis por ciento del capital, de ta l manera que el capellán o la
filantropía pudieran d isfrutar de un ingreso constante. Con el paso de los años, las
corporaciones religiosas invirtieron grandes sumas de dinero en la economía de Nueva
España. 93
Pequeños propietarios o aldeanos indígenas que no poseían garantías adecuadas o que no
estaban dispuestos a hipotecar sus tierras, a menudo acudían al repartimiento de comercio,
un sistema informal a través del cual las autoridades provinciales di stribuían semillas,
herramientas y otras necesidades agrícolas bajo el sistema de crédito. Estos magistrados a
menudo facilitaban la compra o venta de ganado, y comerciaban productos para grupos que
de otra manera no tení an salida para sus mercaderías. Las autoridades oficiales podían
proporcionar crédito porque establecían lazos comerciales con empresarios ricos. El sistema
de repartimiento ofrecía oportunidades de abuso pues to que los magistrados algunas veces
usaban su autoridad para forzar a las comunidad es indígenas y pequeños propietarios a
comprar artículos que no necesitaban, o a vender s us productos a precios más bajos que los
del mercado. A pesar de estas irregularidades ocasionales, el repartimiento de comercio
funcionaba razonablemente bien como un sistema d e crédito rural. 94
“El incremento del uso del depósito en el siglo XVIII, ha llevado a comparar los cuerpos de la
iglesia con instituciones bancarias…La iglesia fa cilitó capitales que solo unos pocos bancos
de plata o el banco de S an Carlos, desde su fundación en 1782 podía proporcionar”. 95
93 Un referente ampli amente citado en toda l a bibl i ografía referida l a Iglesia como banco es Michael
P. Coste loe , Church wealth in Mexico: A study of de Juzgado de C apellanías in de archibri ospic of
México, 1800-1856, London, Cambri dge, 1976.; La i glesia en la economía de de América l atina Sigl os
XVI al XIX Institut o Nacional de antroplo gía e Historia . México. 1986. (colecci ón bibli oteca INAH, serie
h i s t o r i a ) . a s í e s c i t a d o e n A u b e r t Roger La Iglesia en el mundo moderno ( 1848 al Vaticano II) .
Ediciones Cristiandad. Madri d.1977. Por otra parte igualmente m ulti citado, tambi én es de destacar,
Richard Lin dley, quien analiza la na turaleza d el crédito perso nal y su decade ncia en Kinship and
credit in the structure of Guadalajara's oligarchy, 1800-1830, Universidad de Texas, Austin, 1975.
94 Colin M. MacLachlan y Jaime E. Rodríguez O., The forg ing of the cosmic race: a reinterpreta tion of
Colo nial Mexi co, Berkeley, 1980, p. 262-299. Ob. Cit
95 Fl orescano, Enrique. Ori genes y de sarrollo de la burgue si a en Ame rica Latina , 1700-1955. E ditoria l
Nueva Imagen , Me xi co . 19 85 .P .39
83
Más adelante el mism o autor comenta: “E l banco eclesiástico es conserv ado y necesita
amplias garantías...” . 96
La estructura crediticia de México fue atacada aun a ntes de las guerras de Independencia.
Los reformadores españoles i lus trados del siglo XVIII criticaban lo que ellos consideraban ser
injusticias del repartimiento de comercio y del sistema de crédito de la Iglesia.
En la década de 1790 convenc ieron a la Corona para que aboliera el repartimiento de
comercio, argumentando que és te explotaba a las comunidades indígenas. Por lo tanto, en
1804, la estructura de crédito colonial sufrió un duro golpe cuando la Corona ordenó
confiscar los bienes de la Iglesia para proseguir la guerr a en Europa. Entre 1804 y 1 808 las
corporaciones eclesiástica s tuvieron que cerra r préstamos por un total de 44 m illones de
pesos, de los cuales 12 millones fueron remiti dos a España. Los ataques a la est ructura de
crédito de México debilitaron la economía y fomentaron el descontento que eventua lmente
culminó en el movi miento por la independencia. 97
Mientras las guerras de emancipación agravaban el ya debilitado sistema crediticio de
México, la consiguient e inestabilidad y el caos que le siguieron engendraron una severa
pérdida de conf ianza . Como resultado, los empresarios ricos se rehusaron a extender
créditos personales, prefiriendo en cambio conceder préstamos a corto plazo al gobierno con
intereses exorbitantes. Esta práctica contin uó hasta después de 1821, porque el gobierno
nacional no pudo obtener suficientes entradas a través de los impuestos. Los emp resarios, al
transformarse en agiotistas, justificaron sus acciones argumentando que otras inversiones
eran inseguras y que el alto interés que ellos pedían e ra razonable porque los gobiernos, que
a menudo no paga ban sus deudas, eran consid erados de mucho riesgo como para
concederles crédito. Las crisis financ ieras de la nueva nación empeo raron porque las
corporaciones religiosas empezaron a prest ar grandes sumas de dinero solamente a
individuos o grupos que eran pro clericales. Esta polít ica se justificaba, en su opinión, porque
los reformadores españoles habían expropiado los bienes de la Iglesia al final del periodo
96 Ob . C it Fl o re sc an o , En ri q ue . p .4 0.
97 Ob.Cit. Flores Caballero Rome o. p. 28-65 .A sunción Lavrin, The executi on of the Law of
Consolidación in New Spain , Hispanic Amer ican Historical Review, n. 52, febrero 1973, p. 27-49.
84
colonial y los gobiernos liberales republ icanos continuaron amenazando sus posesiones
después de la independencia.
Como resultado de estos a contecimientos, el sistema de crédito que había servido bien a
Nueva España durante cerca de 300 años, virtualment e cesó de funcionar después de la
independencia. El gobierno y los empresarios mexicanos tuvieron que rec urrir cada vez más
a fuentes de crédito extranjero. Los ingleses invirtieron grandes cantidades en Méx ico; sin
embargo esas sumas no pudieron satisfacer las necesidades del país.
85
CAPI TULO II
ESPAÑOLES, CRIOLLOS E IGL ESIA, PODER Y DIVERSIDAD:
LA SOCIE DAD VIRREI NAL NOVOHI SP ANA EN PROCESO DE CAMBIO
2.1. Introducción al capítu lo II
Del hecho de la diversidad social que se asentaba en la Nueva E spaña; ampliamente
contrastada por cuantiosa bibliografía, y en lo referente a l as diferentes castas en que estaba
dividida la población, fácilmente se evidencia que tenían especial importancia por su
influencia, los españoles; individuos na cidos en España, y poseedores de la mayor parte de
los puestos públicos, a los que seguían los crio llos: hijos de españoles nacidos en América y
que constituían en la época, una pujante clase media, los criol los que contaban con una
marcada conciencia de su madurez como par a di rigir la sociedad y ocupar todos los puesto s
públicos de importancia, y que luchaban medi ante diversos cauces con la fin alidad de
obtenerlos, junto a estos dos grupos , se situaba un amplio y heterogéneo complejo étnic o
como tercer sector que contaba con una amp lia gama de mest izajes y sin posibilidades de
acceder a espacios de poder alg uno.
En este capítulo se hará un repaso de todos ellos, y en lo que se podrá manifestar las
diversidades que dentro de sus propios senos cada uno de ellos albergaba como parte de
una sociedad en la que la complejidad es una t ónica, y como en el momento de ir al
encuentro, no solo de sí mismos sino del otro se generan diferentes escenarios teniendo
como telón de fondo el poder.
2.2. Los españoles
La sociedad que se conformaba entorno los nacidos en España, se forjaba como un círculo
de difícil acceso para los otros sectores, pues constituían sus integrantes en efecto, la cl ase
86
rectora tanto en lo civil como en lo eclesiás tico, y fruto de esa impermeabilidad, es que se
desprende que “El Gobierno, des confiando de los criollos, concede los empleos importantes
exclusivamente a los nacidos en España. El más miserable de éstos, sin educación y sin
cultivo intelectual, se cree superior a los criollos…. Los naturales de las islas Canarias, a
quienes generalmente se llama isleños, y que s on los capataces de las haciendas, se
consideran como europeos” 98
Los españoles europeos se co nfesaban inseparablemente unidos a la metrópoli por los
vínculos de la naturaleza, esto es, extr anjeros en México, y no aprobaban e n los mexicanos
como bueno lo que en ellos reconocían como natural; que el patriotismo se fundase en el
amor al país en que se ha nacido, así según Torres Quintero: “ Querían que los mexicanos
amasen a España mas que a México”. 99
Dentro de ese circulo, tamp oco era todo homogeneidad, Así “…los blancos pobres que no
pertenecían á familias ricas de que he hablado, viví an del comercio de transportes de unos á
otros puntos , de sus tiendas de licores que llamaban vinaterías, pequeños figones, y de
rentas de algunas de estas familias que perc ibían de sus beneficios e clesiásticos.” 100
Así, entre los españoles, también, los había tanto de carácter liberal como absolutista,
aunque bien es cierto que ni unos ni otros, estaban en ni ngún caso listos, para perder sus
posesiones en América, y no es taban en disp osición de dar dem asiadas concesiones, como
así lo exigían los americanos.
98 De H um bo ld t A lej and ro. E nsay o po lític o s ob re e l re ino de la Nu ev a E sp aña , Ed ic ió n vi rt ua l d e la
Biblioteca Virtual Antorcha. Cap VII. También Citado en López Gallo, Manuel. Economía y política en
la historia de México. El Caballito, México 2000. p. 50. y en: Calzadilla, Pedro Enrique. Por los caminos
de América en el S iglo de las Luces: la socie dad colo nial hispán ica del s iglo XVIII a trav és de los
viajeros europeos. Fondo Edito ria l Tr o pyk os, Caracas, Venezuela 2005.
99 Torres Qui ntero Gre gorio , Méxic o haci a el fin del vi rrei nat o. Cosmos, México , 1980. p.48
100 Zavala, Lorenzo de, y Toro Alfonso. Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta
1830 . Of ic ina im pre so ra d e h ac ien da , Dep . edi tor ial, Mé xic o 1 91 8. p. 31. Pr ime ra Ed ic ió n P or la
imprenta a cargo de Manue l N. de la V ega México 1845.
87
España, por otra parte, durante el periodo final del virreinato, también lidiaba por su
independencia —estaba invadida por el ejércit o napoleónico en 1808— la fortificación libera l
más importante s e asentaba en Cádiz . Y es en esas condiciones de estar violentada por una
potencia extrajera, que fueron inauguradas en es a c iudad, las Cortes el 24 de septiembre de
1810.
Lo que se buscaba en aquellas, en definitiva, era terminar con el Ancien Régime ,
desmantelar la estructura instituc ional del pasado y crear las bases de un Estado Moderno
que descansara sobre la doble platafor ma de la soberanía del pueblo y la igu aldad civil,
tanto es así, que se vino a establecer un decreto que sancionaba que: "Las cortes generales
y extraordinarias confirman y sa ncionan el inconcurso de que los dominios españoles en
ambos hemisferios for man una misma y una sola familia y que po r lo mismo los naturales
que sean originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos son iguales en derechos a
los de esta península" . 101
En esta línea, para el Congreso Const ituy ente de 1812 se es tablecería la igualdad de
representación, aunque más adelante, a r englón seguido, el mismo documento continúa
“Quedando a cargo de las Cortes tratar con oportunidad, y c on particular interés de todo
cuanto pueda contribuir a la felicidad de los de u ltramar, como también sobre el número y
forma que deba tener para los sucesivo la representación nacional en ambos h emisferios” 102
Siendo que la def inición de ciudadano era determinante, y que para pod er ejercer el vo to
como elector se dependía de los medios económicos de la persona, del empleo y de l as
tierras, quedaba con ello, por una parte, la gran mas a que componía los territorios
hispanoamericanos y en este ca so los de la pr opia metrópoli también, fuera de
representación, y por otra se su scitaba, que si seguía al pi e de la letra impresa lo que se
legislaba en cuanto situaciones para la repres entatividad, se diese el hecho d e que los
diputados americanos fueran mayoría en el Congr eso como así se desprende de la propia
Constitución de Cádiz:
101 Roca Roca, Eduardo. América en el ordenamiento j urídico de la C ortes de Ca diz . Ce ntr o E dito ria l
Universidad del Rosario, Sant afé de Bogotá 1999. p.156 También en Michael Costeloe, La r espuesta a
la independ encia. La España impe rial y las re voluciones hispanoamer icanas, 1810-1 840 . Fo n d o d e
Cultura Económica, México. 1989, p. 215.
102 O p .ci t . R oc a Ro c a, Ed u ar do . p .1 5 6 . Ta mbi én en Op .c i t . M i cha el Co st el oe , p . 21 5 .
88
“Capítulo II. Del nombramiento de diputados de Cortes”
Artíc ulo 34.- Para la elección de los diputados de Cortes se c elebrarán juntas electorales de
parroquia, de partido y de p rovincia.
“Capítulo III. De las J untas electorales de parroquia”
Artíc ulo 35.- Las Juntas electorales de parroquia se compondrán de todos los ciudadanos
avecindados y residentes en el territorio de l a parroquia respectiva, entre los que se
comprenden los eclesi ásticos se culares.
Artíc ulo 38.- En las juntas de parr oquia se nombrará por cada doscientos vecinos un elector
parroquial.
Artíc ulo 39.- Si el número de vecinos de l a parroquia excediese de trescientos, aunque no
llegue a cuatrocientos, se nombrarán dos electo r es; si excediese de quinientos, aunqu e no
llegue a seisc ientos, se nombrarán tr es, y así progresivamente.
Artíc ulo 40.- En las parroquias, cuyo número de vecinos no lleg ue a doscientos, con tal que
tengan ciento cincuenta, se nombrará ya un elector, y en aquellas en que no haya este
número se r eunirán los vecinos a los de otra inmediata para nombrar el elector o elec tores
que les correspondan.
Artíc ulo 41.- La junta parroquial elegirá a pluralidad de votos once compromis arios, para que
éstos nombren el elector parroquia”l.
El principio de igualdad que se preconizaba quedaba pues como le tra muerta.
Tanto el grupo de los es pañoles de la Nueva España como los nacidos en América tendían a
exigir el fin del monop olio comercial, pero es to era algo que l os liberales españoles tampoco
podían ofrecer. Era imposible atender a las dem andas mercantiles americanas sin afectar a
los comerciantes gaditanos.
Ello lo expresaba con toda claridad Martí nez de la Rosa en su Espíritu del Siglo:
89
“ Tal era el resis tir de las Cortes y el gobierno en Cádiz, ciudad que había adquirido los
mayores títulos a la gratitud de la nación por su lealtad y sacrificios, cuando vino a ser como
el postrer asilo de la in dependencia, pero que, si bien favorecía con el aura popular el t riunfo
de las ideas liberales en materia s políticas, adolecía del achaque diametralmente opues to,
cuando se trataba de las relaciones mercantiles c on las provincias de Ultramar, e stimado que
al sistema restrictivo, hasta entonces vigente, debía la riqueza y lustre que la presentaba a
los ojos de Europa c omo emporio del comercio y depositaria de los tesoros del Nuevo
Mundo.” 103
Alamán al referir la discusión sobre la libertad de comercio cita: “ Est a materia delicada por
sí, lo era mucho más para tratada en Cádiz , que siendo el puerto desde donde
principalmente se hacía el comercio exclusi v o con A mérica, la palabra sola de libertad de
tráfico ponía en alarma todos los intereses". 104
De manera tal que “Mientras la Inquisición de México condenaba en 1810 la doctrina de la
soberanía del pueblo como una heregía, las córtes españolas consagraban est e principio
como la base del nuevo sistema social…Las promesas de los españoles, hechas solament e
á los americ anos, de llamarlos á tomar part e del gobierno, á componer una parte integ rante
de la nación, á repres entarla en las córtes , á obtener iguales derechos , en suma, á ser
considerados como conciudadanos de s us antiguos opresores, dieron un vuelo extraordinario
á los espíritus, y abrieron un v asto campo á una laudable ambición ” 105
103 Martínez de la Rosa, Francisco. Espíritu del si glo . I mp ren ta de T. Jo r da n , Ma dr i d 1 83 5 . p .3 9 .
Reedit ado Así: Martínez de l a Rosa, Francisco, y C arlos Seco Serrano . Obras de.. . Biblioteca de autores
espan oles, 148 − 15 5. Atla s, M ad rid. 196 2. p. 23.
104 Alamán, Lucas. Historia de Me jico desde los primeros movimi entos que prepararon su
independenci a en el año de 1808, hast a la época present e . Im pr . de J . M. L ar a , M éxi co . 18 4 9 . P.3 2
105 Zavala, Lorenzo de, y Alfonso Toro. E nsayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta
1830 .O fic ina impre sor a de hac iend a, De p. edi tor ia l, Mé xico 1 918. p.4 0. P rim er a E dic ión Por la im pre nta
a cargo de Manuel N. de la V ega México 1845.
90
Con todo ello no sería posible entender al sector de los e spañoles sin tener en cuenta la
heterogeneidad y confusiones que se asentaban en su seno, fruto de las contradicciones que
ofrecían los diversos contextos en los que se movían los a contecimientos de la época.
Por otra parte, y también fruto de esas mi smas contradicciones, se puede observar, que la
idea política de América que defendían los peninsulares se sostenía teóricamente sobre la
base de una concepción reli giosa del Nuevo Mundo, la irrupción de las ideas implícitas en las
cortes de Cádiz suponía derribar este concept o, abrie ndo el camino hac ia la división de los
sentimientos y simbólicos convenidos, lo que su vez, contrariamente vino a suponer un
elemento favorec edor, en cuanto que aglutinador, del proceso de desarrollo de toma de
conciencia de clase del criollo, qui en va a tomar otras formas de pensamiento y valores
espirituales acordes a su s intereses.
Es pues cuanto m enos obvio, que desde estas si tuaciones de incompatibilidad, se gen eraran
una serie de rivalidades entre todos los actores sociales, tanto de manera interna co mo de
cara a la “otredad”, y que por otra parte suponían el clímax de una situación que se venía
gestando aunque soterrada, desde hacía tiempo y de la que varios de los contemporáneos
de antaño iban darse cuenta de ello, haciéndoselo saber a la autoridad real.
“ Es necesario que los e spañoles que nacen, se crían y estudian en estos reinos —asienta
Ahumada refiriéndose a España—, aunque respecto de V. M. no sean extraños, empero lo
son respecto a las Indias... La razón es, por que mientras están acá, ni son moradores de
aquellas regiones, ni tienen allá su domicili o, ni son ciudadanos porque este titulo se
adquiere, con el origen propio y paterno, o con la adopción, manumisión o allección; de todo
carecen, y no s iendo domiciliarios, ni ciudadanos, son peregrinos. “ 106
106 López Cámara, Francisco. La génes is de la conc iencia liberal e n M éxico . U niversi dad Nacional
Autónoma de México, Me xico19 88 . p.21 quien cita como fuent e Antonio de Ahumada
Representaci ón política y soci al a Felipe V. p. 25
91
“ Para el "criollo", "gachupín" significa lo español, esto es lo europeo…”, 107 significaba
también desprecio, 108 una mirada a lo ajeno, lo Europeo, que s e concentra en España,
simboliza una especie, de hombres, cosa s, usos , practicas y tradiciones diferentes a las
suyas.
El "gachupín" es en definitiva el extranj ero que nada tiene que hacer en América, a la que
sólo viene a explotar y a sacar el mejor provecho para lo s suyos. Es el "usurpador" de los
derechos que los "naturales" tienen legítimamente sobre su s bienes.
2.3. Los criollos
Refiriéndose a los criol los Humboldt cita “Estos prefieren que s e les llame americanos; y
desde la paz de Versalles, y en espec ial después de 1789, se les oye decir muchas veces
con orgullo: Yo no soy español: soy americano, palabras que descubren los síntomas de un
antiguo resentimiento”. 109
El Virrey Miguel Jos é de Azanza escribió el 30 de noviembre de 1799: "Aunque las
circunstancias de los sujetos que habían formado este proyecto, me debieron dar poco
cuidado, pues ni por s u crédito, ni por sus facultades, ni por su talento eran propios para una
empresa de es ta especie; pero como por una grande fatalidad, existe en esta América una
antigua visión y arraigada enemistad entre europeos y criol los, enemistad de producir las
más funest as revueltas, y que siempre debe ser temible por ellas al gobierno, tuve por
preciso mirar seriamente este asunto, y tomar activas providencias para cortar el mal antes
que adquiriese incremento” 110
107 Robelo, Cecilio A gustín. Diccionario de Aztequismos; o sea, Jardín de las ra íces aztecas, palabr as
del idioma Nahuat l, Azteca o Mexi cano, introduci d as al idioma castellano bajo diversas fo rmas.
Contribución al Diccionario nacional. E dic ione s Fu ente Cu ltu ral, Mé xico. 1940 p. 406.
108 Op.Cit. López Cámara, Francisco. p.126.
109 Op. Cit. Humboldt
110 Orozco Par ias Rogelio, Fuen tes H istóric as de la In depe nden cia de Mé xico, J us, México, 1967.
92
D. Manuel Abad y Queypo, gobernador de la mitra y después obispo electo de Michoacán,
informa a la Regen cia en mayo de 1810 lo siguiente: "La poblac ión se compone de
españoles europeos y español es americanos . Componen los dos décimos escasos de toda
la población. Son los que mandan y tienen casi la propiedad de estos dominios. Pero los
americanos quisieran mandar solos y ser propi etarios exclusi vos; de donde r esulta la envidia,
rivalidad y división que quedan indicadas ”. 111
De la misma m anera en el d ocumento anteriorment e citado también habla del odio hac ia los
españoles: "Los ocho décimos rest antes se componen de indios y castas. Esta gran masa de
habitantes no tiene apenas propiedad, ni en gran parte domicilio; s e hallan realmente e n un
estado abyecto y miserable, sin costumbres ni moral. Se aborrecen ent re sí, y envidian y
aborrecen a los españoles por su riqueza y dominio. Pero convienen en aquella prevención
general contra los españoles europeos por la razón sola de ser de otro país y pertenecer
inmediata y directamente a la nación dominante. ¿Qué debe result ar en una revoluci ón de
esta heterogeneidad de clases, de es ta oposición y contrariedad de intereses y pas iones?...”
Dice Luis González Obregón, en su obra México Viejo 112 :
“La división entre peninsulares y colones era ya grande (1808). Los rencores se
manifestaban de mil maneras. Desde antaño h abí an existido, pero entonc es se expresaban
con franqueza. Muchos repetían de memori a un pas quín antiguo que los desc ontentos
habían fijado en una de las esquinas del Real palacio y en las principales calles de la ciudad:
¡Pobre América! ¿Hasta cuándo
Se acabará tu desvelo?
111 Op. Cit. Orozco Parias Rogelio.
112 Gonzál ez Obregón Luis México viejo Noticias Históricas, Tradiciones, Leyendas y Costumbres. Patria ,
s .a . M éx i c o. 19 4 5. P .62 6 . D. Lu i s Go nz ál e z Ob r eg ó n Se di o a conocer con la publicación de algunos
artículos en semanarios y periódicos, como El Naci onal, en los cua l es narra ba hech os ane cdó ticos de
la ciudad de México, mismos que f ueron reunidos en el año de 1891 en su libro México Viejo.
93
Tus hijos midiendo el suelo
Y los ajenos mamand o. 113
En esta misma lí nea también se puede observar a través de manif estaciones escritas de
carácter popular en forma de poesías, el sentir de diferentes sectores.
“La primera, de la q ue se dice fueron autores los dueños de las tiendas Pairán; todos
españoles europeos, es ésta:
En la lengua portuguesa
al ojo le llaman cri,
y aquel que pronuncia así
aquesta lengua profesa.
En la nación holandesa
ollo le llaman al culo
y así con gran disimulo,
juntando el cri con el ollo
lo mismo es decir cri-ollo
que decir ojo de c ulo.
La Segunda que como cont estación apreció al instante, fue hecha por criollos, y decía:
Gachu en arábigo hablar
es en ca stellano mula;
pin la Guinea articula
113 Citado en: Torres Quintero Greg orio, Méxi co ha cia el fin del vi rrein ato. Edt Cosmos . Méxic o
1980.p. 60
94
y en su lengua dice dar;
de donde vengo a s acar
que este nombre gachupín
es un muladar sin fin,
donde el criollo siendo culo
bien puede sin disimulo
cagarse en cosa tan ruin” . 114
Según Abad y Queipo Los criollos gozaban de una pos ición de ventaja en la sociedad
colonial, ello es debido “…en gran part e a que en la ciudad de México, según el cens o del
conde de Revillagigedo, hay por cada 100 habitant es 49 españoles criollos, 2 españoles
europeos, 24 indios aztecas y otomíes, y 25 mestizos ”. 115
La Corona española, por m ediación del Cons ejo de Indias, y de algun as leyes que se
dictaron, defendió teóricamente al indígena americano, en colabo ración con la Iglesia, pero
nunca defendieron al criollo; conocedor de la idios incrasia americana y por ello enrique cido y
cada vez más fuerte en su terreno durante todo el período que duró la colonización es pañola,
pues primero se fue poc o a poco convirtiendo en hacendado, y después fue prácticamente el
único que se dedicó al comerc io, -este aspecto se debe poner en relación con cuál fue el
motor que suscitó las revoluciones burguesas durante esa misma época en E uropa-.
114 Op.c it. To rres Q uin tero p 6 0-6 1. Tam bié n és ta s décimas se pueden encontrar en la ant ología
Ómnibus de poesía mexicana -con presentación, compilación y notas de Gabriel Zaid, editada porr
Sig l o X XI -, que tie ne la cu al ida d d e re co pila r po r ig ua l ta n to la p oe sía acad ém ic a c om o la po pula r,
la indígena y la prehispán ica. Y en Lu is Reed To rres, “Antecedent es del periodi smo humorísti co”, en
María del Carmen Ruiz Castañeda et a. , El peri odismo en México. 450 años de historia, México,
Universidad Nacional Aut ónoma de México, Escuela Na cional de Estudios Profesi onales Acatlán, 1980,
p. 33-3 4.
115 Co lec c io n de document os para la hi stori a del comerci o exteri or de Me xico, El comerci o ext eri or y
la expuls ión de los e spañoles. 2. ser., 2. Banco Nacional de Comerci o Exteri or, Me xico 19 66 p. 26
95
Torres Quintero quien t oma como fuente al Consulado de M éxico, que por otra parte, s e
opuso a que los mexicanos estuviesen representados en las Cortes españolas, c ita donde se
dice de los criollos:
“Los españoles americanos se ocupan de arrui nar a la cas a paterna, de estudiar en la
juventud por la dirección de sus mayores, de co locarse en todos los destinos, oficios y rentas
del Estado, y de profesar las facultades y artes y d e consolarse en la ausencia de su s
riquezas con sueños y tr azas de la indepen dencia que ha de conducirlos a la dominación de
las Américas.
Destituidos de la economía y previsión, con mu cho ingenio, sin reflexión ni juicio, con más
pereza que habilidad, con más apego a la hipocre sía que a la relig ión, con extremado ardor
para todos los deleites, y s in freno que los d etenga, los blancos in dígenas juegan, ena moran,
beben y disipan en pocos días las herencias, dotes y adquisiciones que debían regalarles
toda su vida, para m aldecir luego a la fortuna, para envidiar a los guardosos, para irritarse de
la negación a sus pretensiones, y para suspirar tras un nuevo orden de cosa s que les haga
justicia. Durante estos clamores, la mitad de los españoles americanos se hunde y abisma en
el populacho donde agencia su sustento con agravio de la virtud, de las costumbres y del
reposo público, en cuya inst abili dad o inconstancia de bienes nunca tenemos en pie entre los
blancos más de quinientas mil personas de la esfera del ciudadano activo, y aun muy pocas
de ellas en la de verdadero ciudadano". 116
Continúa Torres quintero sobre los pensamientos atribuidos al consulado en México:
"Cinco millones de entes borrachos y negados am igos del robo, de la sangre y de la maldad,
susceptibles a todas las impresiones del odio, del lib ertinaje y de la holgura, arr astrados
maquinalmente por el fur or y la venganza, y sin idea del deber, de la vergüenza ni de la
religión. Cinco millones de bárbaros (los indios y castas), reunidos parcial y simultáneamente
sobre la superficie de Nueva España co n los aires y aparat os de pueblo sob erano , presididos
por jefes más pérfidos, aún más acalorados y astutos sobre la independencia, más
encarnizados sobre las pa siones, más enemigos de la Madre Patria, y asistidos, instigados y
116 Op. c it. To rr es Qu in ter o Gr eg or io. p.46 .
96
mandados por un millón de blancos perdidos, v iciosís imos, s uperficiales, artificiales, alejados
de la piedad cristiana y de las nociones políticas, morales y naturales del bien social: ¡qué
perspectiva tan cruel! ¡Qué pret ensión tan simulada e infernal! ¡Qué camino tan brev e, llano y
fácil para las in surrecciones! ¿Y es e sto lo que buscan los diputados criollos?"
La idea que t enían los españoles acerca de Los criollos en gran parte era la
responsable de que los mismos llamaran decididamente extranjer os a los españoles
europeos y clamaran por l os derechos de los nacidos en el país.
El arzobispo don Alonso Núñez de Haro y Peralta informó al rey Carlos III en estos
términos: "El espíritu de los americanos es sumiso y rendido, porque se hermana bien
con el abatimiento; per o si se eleva con facultades o empleos, están expuestos a los
mayores errores: por eso conviene mucho el tenerlos sujetos, aunque con empleos
medianos, porque ni la humanidad ni el corazón propone el que se vean desnudos de
favor; pero sí me enseña la exper iencia y conviene mucho, qu e tengan por delante a
nuestros europeos, que con espíritu muy n oble desean el bi en de la Patria y el sosiego
de nuestro amado Monarc a."
De esta información provino la representación que el Ayuntamiento criollo de Mé xico
hizo al rey en 1771. Los criollos, justam ente ofendidos, hicieron en esa pieza su
legítima defensa con abundanc ia y acopio de muy buenas razones:
"Iguales razones a las que se consideran en la provisión de piezas eclesiásticas, urgen
para que los empleo s seculare s de cualquiera clase se confieran a los naturales. De
ellas hablaremos en contrayendo estos general es principios a favor de los americano
debiendo por ahora quedar sentado que la provisión de los nat urales con exclusión de
los extraños, es una máxima apoyada por las leye s de todos los reino s, adoptada por
todas las naciones , dictada por sencillos principios , que forman la razón natur al e
impresa en los corazones y votos de los ho mbres. Es un derecho que, si no podemos
graduar de natural primario, es sin duda común de t odas las gentes y por eso de
sacratísima observancia."
97
Y este ot ro párrafo:
"Ocupado el europeo de las ideas del socorro y adelantami ento de su casa, distante
con todo el océano de por me dio, entrañado del pensamiento de volverse a s u patria,
es inevitable que ponga t odo su estudio en que le sirva el empleo para enriquecerse: es
preciso le falte mucha parte de espíritu, más de tiempo, para dedicarse a p ensar en
felicitar la provincia que gobierna: es c onsiguiente que le sean mucho más fuertes que
a otro las tentaciones de la codicia y que no deje pasar ocasión, que s e le present e, en
que por cualquier me dio (que el amor propio todos los pinta justos), proporc ione caudal
que poder llevar a su patria." . 117
Los primeros frailes francisc anos y dominicos que vinieron al Nueva España i nmediatamente
después de la conquista fueron los autores de la doctrina de que los blancos nacidos en
Nueva España eran inferiores a su s padres españoles, así entre mayor era el número de
órdenes religiosas que se asentaban en el nuevo territ orio, también lo eran la distancias que
pretendían poner ent re el c riollo y el español e uropeo, declarand o en forma generalizada que
no tan sólo los indios y mestizos, sino aún los criollos, no debían recibir las órdenes sagradas
por no ser perfectos para el sacerdocio.
Los agustinos, por ejemplo, acordaron no permit ir que tomase el hábito de s u orden ninguno
que no fuese criollo ni admitir tampoco en ella a los que viniesen de la península,
Como bien señala Jonathan Israel sobre los criollos:
“No esperaban que se les asignaran los cargos más altos, pues prácticamente ningún Virrey
ni Arzobispo del siglo XVII nació en la colonia, pero esto no les parecía mal. Aceptaban la
regla fundamental de los reales nombramientos; según la cual, por lo general nunca s e
nombraba a ningún alto representante de la Co rona para que desempeñara sus funciones en
una provincia con la que tuviese fuertes lazos personales. (...) lo que no solamente deseaban
sino también esperaban y exigían era participac ión mucho mayor en el reparto de empleo
117 La r e da ctó e l c r io ll o do n J o sé G on zá le z C a s tañ e da, y se im pr im ió en M ad r id e n 1 78 6.
98
burocráticos y eclesi ásticos. Se les asignaba cierto número de ellos, pero en pequeña
proporción, tan pequeña que mu chos la consideraban insultante” 118
Todo ello viene a sustentarse bajo la explicación de un rancio pensamiento que viene a
datar desde el principio de la conquist a, donde unos nuevos y lejanos territorios aparecen en
el mapa no solo geográfico sino también mental de los europeos, siendo en los imaginarios,
el campo donde se sembró una oscura leyenda sobre el Nuevo Mundo, y que fue creciendo
en el imaginario europeo. 119 “En la c reación del Nuevo Mundo n ada es m ás real que el
Dorado. Las primeras noticias del descubrimiento fuer on deformadas e irreales en muchas
maneras…. ” 120
Según el mito, los hombres de las Indias Occidentales poseían una naturaleza peculiar, no
sólo diferente a la de los europeos, sino particularmente inferior .
Esto es: el americano de por sí, padecía una de incapacidad " natural", que lo destinaba a
una instancia inferior a la es pecíficamente humana “nor mal”.
Se trataba de un extraño s er, mitad hombre y mitad bá rbaro, que habitaba e n el otro lado, y
que arrastraba una e xistencia salvaje y pagana, que in exorablemente le destinaba desde s u
origen al somet imiento y a la s ervidumbre, no era un ser del todo " racional" bajo la
perspectiva filosófica imperante aristotélica to mista; Siendo que la definición aristotélica de
hombre es definida como un animal racional, la supresión de la razón conlleva la animalid ad
como axioma implícito definitorio.
118 Israel, Jonathan I . La Repúbli ca holandesa y el mundo hispánico, 1606-166. traducci ón de Pedro
V illena. Nere a. M adr id, 199 7 p. 89-90
119 A l r e s p e c t o d e l a c r e a c i ó n d e a r q u e t i p o s sobre el nuev o mundo y sus gentes v er: Bucher ,
Bernadette, Rol ena Adorno, y Mer cedes López-Baralt . La Iconograf ía política del Nuevo Mundo . Rí o
Piedras, P.R. : Edit oria l de la Universidad d e Puerto Rico, 1990. p.77 y siguientes.
120 C o b o B o r d a , J . G . Fabulas y leye ndas de el Dorado . . Biblio te ca de l Nu evo Mu ndo 1492 -199 2, 4.:
Tu squets Ed itore s, Barce lona 198 7. P. 10
99
Y va a ser bajo este mism o procedimiento, que se va a generar el constructo que permit a
trasladar la le yenda negra que pesaba sobre el indio americano, para hacerla rec aer también
sobre el propio criollo, -descendiente directo y legítimo de los conquistadores-.
Se le va a tener de igual modo por inferior, inepto, abatido y poco racional, se le va a tachar
con los mi smos anatemas que se hacían con el aborigen.
Era por tanto, el criollo un ser indigno, incapaz, inhábil para toda empresa de significación,
esa era la imagen que se edificó con la finalidad de que se viera en él al arquetipo
americano.
Evidentemente el criollo en su fuero interno no se v eía así, y aún menos lo sentía como
cierto, se trataba de un estigma del que fácilmente pudo advertir como causa real, que el
hecho de lanzarle los mismos anatemas que al indio -además de otros nuevos- en cerraba
una finalidad concreta den tro de los propósitos y est rategi as de aquellos que estaban
interesados en fomentarlos, esto es: justificar, legitimar ante la opinión nacional e
internacional el monopolio que los peninsulares ex plotaban en un país que n o era el suy o.
Sin embargo para el criollo, la situación que priva en la colonia española debe ser
definitivamente ac larada.
“ …y la sensación consiguient e que han causado en los ánimos de los habitant es de Améric a
han despertado y excitado ideas y deseos, según la alternativa que ha habido de noticias, y
ya no hay quien no hable o d iscurra, bien o mal, de po lítica, siendo por desgracia los más , los
que sin talento, sin juicio y sin instrucción agitan y propagan las esp ecises perniciosas ….” 121
121 Manifiesto del Sr. V illaurutia, expresando cuá l es el mo tivo d e la in surrecc ión concluye ndo en n ueve
artícu los citad o en: Op. Cit. López Ca mara, Francisco. p.110. Qui en toma como fuent e a Hernández y
Dávalos Juan, Colección de documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de 1808 y
1821. Sandoval. México 1882. t . I, núm. 51, p.115. ta mbién puede v erse el t exto compl eto en Mier
Noriega y G uerra, Jos é Servando Teresa de, A ndre Saint-Lu, y Marie-Ce c ile Be nassy -Berling. Historia de
la revolución de Nueva España, antiguament e Anáhuac, o , Verdadero ori gen y causas de ell a con l a
relacio n de sus progresos hasta el presente año de 18 13 . Langues et langa ges, 2 0. Publ icat ion s de la
Sorbonne, Paris. 1990 . p.120 ss.
100
La emancipación mental del criollo, pues, se forjó a base de un desprendimiento laico, de
secularizaci ón, que est aba condenado en el pensamiento peninsular, y así, frente a la
negación del peninsular, el criollo tien e que reconquistarse respondiendo desde los
resultados de su propia experiencia material; es la practica, la experiencia la que va a
desbaratar la intriga imaginaria de los españoles, el criollo es a diferencia de lo que creen l os
europeos, una realid ad concreta, viva, act uante, asegurada p or su peso social, y esto le hace
poseedor de razón de derechos que los son naturales , la mejor justificación no es el orden
sobrenatural aristotélico tomista- en el que se ve condenado-, sino la naturaleza y sus ley es.
La liberación social criolla implica por t anto, también la segregación ideológica.
Es igualmente posible observar esta actitud desde el punto de vista de los propios criollos al
denunciar como son percibidos por el otro en publicaciones periodísticas afines a sus
ideales.
“El común de los Americanos no es capaz de conoce r á fondo todas las ventajas q ue les
acarrea la independencia, los Criollos inst ruidos en la Teología son muy pocos, por
consiguiente los que sepan lo que es heregía: hechemos pues mano de est e arbitrio, que
mientras que los Criollos doctos se ocupan en desengañar, al pueblo ignorante, la mayor
parte, asustada con el solo nombre de heregía, los abandonará luego a l punto, se unirá c on
nosotros, y tomará la espada en nues tro favor contra sus mismos padres, contra sus madres,
contra sus hermanos, contra sus p arientes, contra sus amigos, y contra todos sus
paisanos.”. 122
Si en todas las nacion es del mundo se est ablece como norma general que s u administración
pública sea llevada únicamente por su nacionales ¿por qué en América no sucede lo
mismo?, ¿qué sucede en el nuevo mundo que no se lleva es a práctica, siendo foráneos
quienes gozan de manera privativa de ellos?
Los criollos a pesar de su número eran, pues , completamente secundarios en la explotación
de las riquezas, ya que toda la producción (agrícola, minera e industrial) era manejada casi
122 Op. Cit Periódico “ EL DESPERTADOR AMERIC ANO C ORREO POLÍTICO Y ECONÓMICO DE
GUADALAJARA” N° 4 d el 0 4 d e e ne ro de 1811 p. 3 d el p er ió dic o 2 5 d el tot al d e la p ub lic ac ió n.
101
exclusivamente por los pocos españoles europeos que había en la colonia: y lo mismo
sucedía con el comercio.
“¿Quiénes son dueños de las minas mas ricas, de las Betas más abundantes y de mejor ley?
Los Gachupines. ¿Qu iénes poseen las h aciendas de campo mas est ensas, mas feraces,
mas abastecidas de toda clase de ganados? Los Cachupines. ¿Quiénes se casa con las
Americanas más hermosas, y me jor dotadas? ¿Q uiénes ocupan los primeros puestos de la
Magistratura, los Virreynatos, las Intend encias, las plazas regentes, y Oydores, las
dignidades mas eminentes, las rentas mas pingü es de nuestras iglesias? Los Gachupines. Si
una ú otra vez guiados des su maquiavelismo confían alguno de los altos puestos al patricio,
son solamente aquellos empleos que e xigen trabajo recio, escogen, Criollos viejos que
apenas pueden con la carga de la e dad, ó bien prefieren a los mas ineptos e ignorantes , para
insultar después con el oproborio de incap a cidad a la Nación entera ¿Qué manos son las
dueñas del comerc io…” 123
Pero los criollos no sólo van a fundar su derecho en el nacimient o en el país, sino en
los méritos, en esa realidad concreta, viva, actuante.
“Nobles americanos ¡Virtuosos Criollos! Celebrados de quantos os conocen á fondo p or
la dulzura de vuestro cará cter moral. Y por vue stra religiosidad acendrada, despertad al
ruido de las cadenas que arrastrais há de tr es siglos: abrid los ojos á vuestros
verdaderos intereses, no os acobarden los sa crificios y privaciones que forzosamente
acarrea toda revolución en su principio, volad al campo del honor …”. 124
En efecto, es un hecho innega ble que en general la cultura estaba de parte de los
criollos. Así lo reconocían los españoles del Consulado en doc umento anteriormente
mencionado, cuando decían que los criollos se ocupaban en la juventud en estudiar y
profesar las facultades y artes.
123 O p .ci t . Pe ri ódi c o “ E L DESPERT ADOR A MERICANO CORREO POLÍTICO Y ECONÓMICO DE
GUADALAJAR” N° 4 del 04 de enero de 1811 p. 6 del peri ódico 2 8 del total de la publicac ión.
124 O p .ci t . Pe ri ódi c o “ E L DESPERT ADOR A MERICANO CORREO POLÍTICO Y ECONÓMICO DE
GUADALAJARA” N° 1 del 20 de diciembre de 1810 p. 4 del pe riódico 4 del total de la publicación.
102
En este sentido los criollos se van a manifestar de sí mis mos “ Y dicen que siendo hijos
de españoles, no pueden estar en .situación inferior a ellos. Si en orden a esto se le
concede la generación e índole de los padres algún influ jo, siéndolo nuestros los
españoles europeos, es fuerza que por esta parte se nos concedan las mismas
calidades, genio e inclinación que a los nacidos en la Antigua Es paña.
Les duele con razón que se diga de ellos que tienen el espíritu abatido, como el de los
indios. Y hallan contradictorio que, a pesar de ello, se ab riguen recelos por su
elevación. Por "ser temible y de funestas consecuencias ." 125
Si algo van a tener e n común el s ector social de los criollos con e l de los españoles , es que
tampoco los criollos van a suponer un conjunt o homogéneo, tam bién en su seno van a existir
contrariedades y diferenc ias, así, mientras el pensamiento criollo colonial, es la lógica
trayectoria y reproducción de esquemas ment ales de la clase alta, representada en
intelectuales salidos de sus propias filas, y también de la parte "culta" de la clase media, la
insurgente, por otro lado es la manifestación de la corriente de las convicciones del sector
más revolucionario de la clase m edia en comunión de intereses con las capas bajas de la
sociedad novo hispana.
.-Dice el ayuntamiento de Querétaro- “ …es que de esta subversión de es pecies se valen los
ignorantes, los díscolos, los mal contentos y los traidores para sugerir al pueblo proyectos
desatinados, intentos perniciosos y divisiones perjudiciales que tal vez puedan causar la
trágica ruina que el enemig o mismo no sería capaz de conseguir ” 126
Esta contradicción puede apreciarse de manera clara en los propósitos específicos que van
a buscar ambas formas de entender su realidad con creta; en tanto que la clase alta criolla
demanda solo un cambio en el poder polí tico-económico, que desde luego le va a favorecer ,
“ En realidad la colonia española le dio poc a sati sfacción de vanidad a la clase alta criolla, la
125 Op. cit. Tor res Qu in ter o G re go r io, p. 54.
126 E x p o s i c i ó n e l A y u n t a m i e n t o d e Q u e r é t a r o p a ra que se cit e a los represent ant es de los
Ay unta m ien to s d e la N ue va E sp añ a a Ju n ta Ge ne ra l, sig uie nd o e l sis tem a u sad o en la m etr óp o li,
cit ado por Lo pez Ca mara, Francisco. La ge nesis de la conciencia liberal en Me xico. Uni ver si dad
Nacional Aut ónoma de Méxi co. Me xico1988. p.111. Quien toma como fuen te a Hernández y Dávalos
Juan, Colecci ón de documentos para l a Histori a de la Guerra de Independenci a de 1808 y 1821.
San doval . Méxi co 18 82. t. I, nú m. 23 4. p. 55 4 ss.
103
cual muy rara vez llegó a oc upar posiciones preponderantes ”, 127 los revolucionarios, por otra
parte van a tener como intención esencial la destrucción de todo aquello que para ello s va a
representar la Colonia . “Los in surrectos norteamericanos eran considerados herej es por los
criollos católicos y se les profesaba particular desconfianza…” 128
Así la clase alta clase criolla, va a ser en emiga de la clase peninsular alojada en América,
pero no así de la colonia, entendid a ésta, como un ente que estructura económ ica y
socialmente una situación de facto, ya que su presencia, como clase privilegiada depende
precisamente de la existencia de esta estructura; son enemig os del como se manejan los
resortes del estado, est o es: del régimen gubernamental que perm ite la constante
entronización del grupo rival, pero no del es tado que permite esos manejos del poder, y es
por ello que no van a tr atan de cambiar el régimen s ocial de la Colonia, ant es bien lo van a
defender como un algo qu e ellos han cimentado, solidific ado y fortalecido, y que, por tanto,
les pertenece. Son enemigos del coloniaje, pero no de la Colonia.
Los criollos revolucionarios, por su parte, lo que tratan de destruir es no sólo el sistema de
gobierno imperante en la Nueva España como colonia, sino ante todo el sistema económico-
social que se su stenta en ella, y un nivel de profundidad mayor, lo que van a com batir del
gobierno peninsular, es únicamente la represent ación que bajo éste se da del fundamento y
la garantía de la situación social existente. Así: el binomio “régimen político - estructura
social” que los e strangula, supone para los criollos i nsurgentes una y la misma cosa;
desintegrar a uno es aniqu ilar el otro; descomponer al coloniaje es destruir a la Colonia.
127 Uslar Pietr i, A rturo. Del hacer y d eshacer de Venezuela. Edit. Caracas. Caracas 1 962. p. 42.
128 Machad o R ibas L inco ln. Mov imientos revolu cionarios en las c olonias espa ñolas de A me rica. Editorial
Claridad, Buenos Aires 1940. p.163.
104
2.4.- La iglesia
La iglesia fue una institución íntimamente atada a la vida novohispana, es por ello que al
plantear la situación social dentro del seno de la iglesia, así como al pre sentarla como una
parte actuante más de la misma, supone también abordar el problem a de la interacción entre
los españoles y criollos en ambos ámbitos, y con ello la necesidad de revelar la competencia
que se va a producir entre el clero secular y el regular.
La iglesia era un actor social con una gran importancia e influencia en la vida social de la
Nueva España. Y durante toda la época colonial hizo s entir su imperio no solamente
religioso.
“El influjo del clero e ra sumamente poder oso, porque se ext endía desde la corte vireinal
hasta la humilde choza del indio. Los obispos, por medio de los curas y de los frailes,
ejercían una dominación universal.
La confesión y el púlpito, que elevan est a clase sobre todas las demás, lo s hacían considerar
como depositarios de los grandes secretos doméstico s, los encargados de la doctrina, y los
árbitros de la llave del c ielo. ¿Quién podía resistir á estos títulos de dominación universal?,
¿Qué hombre s e atrevería á hablar como igual c on el que sabia sus mas secretas flaquezas,
sus delitos, su s faltas, sus in trigas y su s inclinaciones?” 129
Una influencia que también se sustentaba en s u carácter de civilizador y soberano de
cultura; no hay método que sea neut ro ni, por lo tanto, inocente, independientemente de que
éste en ocasiones se llevara a cabo de forma inconscient e. En el campo de la misión
evangelizadora, siempre le subyace una visión de mundo, de Dios, de Iglesia y de ser
humano.
129 Zavala, Lorenzo de, y Alfonso Toro. E nsayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hast a
1830 . O fic in a im pre so ra de h ac ien da, Dep. edi tor ia l, Méx ico 19 18. p. 44. Pr imer a Ed ic ión Po r la
imprenta a cargo de Manue l N. de la Ve ga México 1845.
105
La influencia social de la iglesia se reflejab a igu almente en el ámbito económico de m anera
sustancial, y ell o es debido, a que La religi ón cristiana que llega al continente supone una
mezcolanza entre mercado y salvación.
Mundos completamente diferentes comienzan a trenzar lazos de interacción y de
intercambio, pero t ambién de subordinació n política, de explotación económica y de
dominación religiosa.
Los obispos eran actores importantes de la vida social, que debido a l gobierno de sus
diócesis, tenían gran transcendenc ia, algunos de ellos llegaron a tener también el mando
político al ser nombrados virreyes. Ejemplo de ello y por cercanía al periodo del que se
trata, hubo dos arzobispos-virreyes: Alonso Núñez de Haro y Peralta (Mayo-Agosto 1787) y
Francisco Li zana y Beaumont (1809-1810)
“En cuanto al clero en Nueva España hay sujetos que, sin poseer minas, juntan una rent a
anual de 200,000 pesos fuert es. La desigualdad de fort una es aún más notable en el clero,
parte del cual gime en la última miseria, al paso que algunos individuos de él tienen rentas
superiores a las de muchos soberanos de Alemania. El clero mex icano se compone de
10,000 pers onas, de las cuales casi la mi tad son f railes. Contando legos, donados y criados
de los conventos, el número asciende a 13 o 14,000 individuos, cantidad insignificante si se
compara con los más de 177,000 individuos que comprende el clero en Es paña. La renta
anual de ocho obispos mexicanos asciende a la s uma t otal de 539,000 pesos , de los cuales
130,000 corresponden al arzobispo de la capital. Lo que verdaderamente desconsuela es
que en su misma diócesis haya curas de pueblos indios que apenas tienen de 100 a 120
pesos al año. Los bienes raíces del clero mexicano no llegan a dos y medio o tres millones
de pesos; pero este mismo clero posee cuarenta y cuatro millones y medio de pesos fuertes
en capitales en hipot eca sobre propiedades” 130
En la misma tónica, pero en lo que respecta a las condiciones de una parte de la mano d e
obra dentro del sect or eclesiástico, y sobre la cuál se hacían pos ible estas cifras, el mismo
autor añade más adelante : “Los frailes misioneros de la América m eridional hacen de cuando
130 Humboldt ob cit. Para ent ender la enormi dad de es tas cifras el autor present a l os siguient es dat os:
En Ca rac as, los jefes de fa m ilia más r icos tie nen un o s 1 0 , 0 0 0 p e s o s d e r e n t a ; e n C u b a h a y q u i e n t i e n e
más de 30 a 35,000; en el Perú nad ie llega a una renta fija y se gura de 6,500.
106
en cuando incursiones nocturnas en los territo rios de in dios aún no convertidos y se
apoderan principalmente de niñ os, mujeres y anc ianos. Los prisioneros jóvenes re ciben el
nombre de poitos, y son, tratados como esclavos hasta la edad en que pueden ca sarse”.
Fervientes creyentes de los padrones de una cristiandad “eclesiástico-c éntrica”, los
evangelizadores, en general; en tanto f uncionarios del Imperio, usarán sistemáticamente el
método de la imposición por la fuerza – ‘la cruz y la espada’. – ello significa la atr ibución y
uso de soberanía, ent endida esta como “…la cualidad que dota a la entidad estatal de un
poder originario, no dependiente ni interna ni externamente de otra autoridad, confiriéndole
un derecho indisc utido de usar – si es necesario – la violencia.”. 131
Y Lo harán ap oyados en tres argumentos in apelables:
• El Primero sobre los indígenas: tal como sustentaba Juan Gínes de S epúlveda; quien
fue el principal argumentador en contra de las posturas de De Las Casas y otros
humanistas en su “tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios” 132 –
Mas tarde serán incluidos en e l mismo argumento los negros – “son seres
infrahumanos, verdaderos monstruos mora les cargados de t odos los vicios
imag ina bl es ”. 133
• El Segundo sobre el ejercicio de la “violenc ia redentora”: dado que hacen sacrificios
humanos (Imperio azteca), no c onocen el derecho natural y, por lo tanto, se justifica la
fuerza para que llegue n al estatuto de naturalez a humana. Se trata de pueblos que s e
encuadran en lo que clasificaba Aristóteles de ‘naturalmente esclavos’, la esclavitud es
un bien para ellos, pues a través de ella se los va a educar y civilizar, aceptaba
Sepúlveda “…que la conversión debía lograrse por la fuerza, porque era cosa más
131 Va llés J ose p M. Ci encia Pol ític a: una i ntrodu cción .. Ariel S.A. Barcelona 2002. p.161
132 D u r a n d A l c a ntara, Carlos, Miguel Sa mano, y Gerardo Go mez Gonz a lez. Hacia un a
fundamentación t eóri ca de l a costumbre jurídica i ndia. Soci ología rural . Universi dad Autónoma
Ch api n go, De pa rt am ent o de S oci ol og í a Ru ral . Ch api n go, Ed o. de M é xi co , 2 00 0. p .20 do nd e s e ci t a
como fuente a Trata do so bre l as just as c usa s de la guerra cont ra l os i ndios . Con advertencia d e
Marcelin o Menéndez y Pelayo y un estudio por Manuel García-Pelayo, Fondo de cult ura. Méxi co 1979
133 Ac os ta, Vla dim ir. E. E l contine nte prod igioso m itos e imaginari o med ieval en la Conqu ista
americana. Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblio teca, Caracas. 1992. p. 362
107
segura; creía que los indios eran bárbaros por nat uraleza y por tanto, destinados
también por naturaleza a ser esclavo s”. 134
• El Tercero sobre la religiosidad: esos pueblos adoran ídolos, su reli gión es diabólica
y, dado que la religión c atólica es la única verdadera , imponerla es salvarlos, pues el
error no tiene ningún derecho. 135
En cuanto la faceta concerniente a la forma de gestión d el patrimonio eclesiástico:
“ Por lo que toca á los bienes raíces que posee l a Iglesia, estos ó los admini stra por sí misma,
ó los tiene dados en arrendamientos á seculares.
Respecto de las fincas que administra la Ig lesia c ontribuye á la riqueza pública con las
erogaciones en avíos, compras de útiles y enseres, y pago de dependientes y operarios:
introduce además los productos agrícolas q ue percibe en la circulación comercial.
Con relación á las fincas que da en arrendamiento, como la Iglesia s e contenta con una rent a
moderadísima, que por lo común no llega al cinco por ciento del capital valor de la finca, los
arrendatarios pueden explotarlas sacando mayores ut ilidades…
3° Mientras que la Iglesia mex icana pudo disponer de grandes sumas, los mineros,
comerciantes y agricultores tenían en el erar io de la I glesia un banco permanente de avío
que mediante una pequeña retr ibución…les proporcionaba las sumas que necesitaban para
emprender ó fomentar sus giros o negociaciones.”. 136
Recuérdese que “ La iglesia facilitó capitales que solo u nos pocos bancos de plata o el banc o
de San Carlos, desde su fundación en 1782 podía proporcionar”. 137
134 Beu cho t, Mau ricio . La quer ella de la conquista u na polém ica del siglo XV I .. Siglo Veinti uno , Méxic o,
D.F. 1992. p.51.
135 Citado por O. Beozzo, Histoire de l’Évangéli sation. Ombres et lu mières , in L a f o i e e t l e T e m p s 5
(1992) 391-404, aquí p. 392.
136 La c ruz. Impr. d e J. M. Andr ade y F. Esc alan te , P ublic ac ión s er iada . Méx ico. 1855. p. 715
137 O p .ci t . Fl or es c an o, En ri que . p .39 .
108
Es pues, bajo este vasto inst rumento económic o, y poderoso agente social que van a confluir
las aspiraciones de los dos sectores más influyentes de la población en México a la hora de
querer acceder al mi smo, y es esto mismo, lo que marca la convenienc ia de situar est a
problemátic a en el contexto de la lucha iniciada a principios de la colonia y sostenida durante
los tres siglos de la dominación e spañola, entre españoles peninsulares y crioll os
americanos, por los mejores puestos en la administración tanto civil como eclesiástica.
A pesar de ser tan co mplicado para los criollos desde los primeros episodios de la conquista,
el acceso a l as instituciones eclesiásticas, con el tiempo se di o una efímera situación más
benévola, y "As í entre otros muchos nativos de Nueva España se registran en el clero, el Dr.
D. Alonso d e Cuevas Dávalos, o bispo de Oaxa ca y Arzobispo de México, nacido en la c apital
de la colonia de padre y madre mex icanos y que gobernó a la ig lesia metr opolitana de 1664 a
1666; D. Fr. Baltasar de Covarrubias, nacido en México, y qu e fue obispo de la Asunción en
el Río de la Plata en 1601, después de Cáceres, en Filipinas, y finalmente en Michoacán; D.
Fr. Antonio Monroy, nacido en Querétar o, obispo de Michoacán e n 1681, y después
arzobispo de Santiago de Galicia; D. García Felipe Nicolás de Lega zpi Altamirano y
Albornoz, nacido en México, era hijo de los condes de Santiago, fue alcalde mayor de
Puebla, obispo de Durango, de Michoacán y de Puebla: D. Alonso de la Mota y Escobar,
natural de México, fue electo obispo de Nicaragua, Panamá, y después de Guadalajara.
única de las tres mitras que aceptó; D. Juan García de Palacios, nacido en México, fue
abogado de la Real Audiencia, c omisario de la Inquisición, obispo de Cuba, y del Consejo del
Rey." 138
Pero en la segunda mitad del siglo XVI II aquella benevolencia c omenzó a disminuir. Y es
digno de llamar la at ención que a medida que los criollos aum entaban en sus estudios y
preparación, superando en muchos caso s a los europeos, se fueron acentuando las trabas
para su ascenso.
Los criollos, en cuyo seno efectivamente, se di eron distingu idos talentos, prelados, literatos,
historiadores, astrónomos, or adores, artistas, abogados, teólogos, latinistas… veían que se
138 Op.cit . Torres Qui ntero Gregorio . p.56. qui en cita como fuente : Op. Cit. Riv a Palacio Vicent e.
109
les escapaban paulatinamente las dignidades y em pleos; el español en muchos casos más
rudo y escaso de esa educación, se creía superior de por sí, a sus hijos nacidos en América.
En 1808 los obispados de Nueva España, con exc epción de uno dice Alemán, y casi todas
las canonjías, 139 y muchos de los curatos más pingues se hallaban en manos de los
españoles europeos.
“…propongan para ellos los arzobispos y obispos tres, los mas dignos y suficientes,
prefiriendo siempre a hijos de padre y madr e españoles nac idos en aquel las provincias á los
demás opositor es nacidos en e stos reynos.” 140
Llegó momento en que la discriminación era provocativamente abierta, así es el caso en qu e
“D°. Alonso Nuñez de Haro Natural de Cuenca en la Mancha, habiendo ascendido á
canónigo de Toledo…Obtuvo el de México, en tiempo que se buscaban enemigos de l os
Jesuitas. El lo fue de todos los criollos, á quienes excluyo en su palacio hasta del servicio de
cocina, y en 26 años de obispado, acompañado de su S ecre tario D°. Manuel de F lores,
(dignísimo inquis idor de México) declaro guerra abierta a todo Americano sabio,
desairándolos, desterrándolos y persiguiéndolos, como á follones y malandrines…En todo su
tiempo su palacio tuvo su cesiva mente ocupado de colonias Euro péas que mandaba llevar de
España con el título de s obrinos, pages y mayordomos, que á todo tr ance con mil
escándalos, intr igas y atropellamientos coloc aba con notoria injusticia de los criollos.”. 141
Todas estas actitudes e ideas vienen a encuadrar el problema de la interacción entre los
españoles y criollos dentro de la Iglesia desde, la competencia existente, así como de s u
inserción en la so ciedad colonial de ambas.
139 Prebenda por la que se pertenece al cabildo de iglesia catedral o colegi al.
140 Ley de in d.24, tit. 6. lib. 1.
141 Op .c i t. Mi er Nor i eg a y G uer ra , Jo se Servando Teresa de, Andre Saint-Lu, y Marie-Ce ci le Be nassy-
Ber ling. p.281- 28 2 .
110
CAPÍ TULO III
IMAGINAR IOS SOBR E LA IDEA DE IN DEPENDECIA
3.1 Introdu cción al c apítulo III
El presente c apítulo pretende clarificar la situación del im aginario de los sectores de la
población mexicana abordados en el anterior capí tulo, que prod ucto de las contradicciones
sociales insertas en el sistema colonial en su última etapa y de la c onmoción revolucionaria
que condujo la independencia del país, constituyeron la platafor ma ideológica propic ia para
la expansión de las ideas sobre la emanci pación, se trata pues, de abordar las ideas
primigenias de los procesos ideológicos a tr avés de los tres registros que documentar a
Lacan: el Real, el Simbólico y el I maginario, “En la dimensión del ser se sitúa la tripartic ión de
lo simbólico, lo ima ginario y lo real, ca tegorías elementales sin las cuales no podemos
distinguir nada en nuestra experiencia”, 142
Ideas primigenias que van a calar en la pobl ación creando desde definiciones de identidad a
contradicciones internas, produciendo a medida que lo hacen tom as de conciencia en un
contexto donde el liberalismo de las nuevas ideas frente a una idiosincrasia determinada
conviven paralelamente..
Fruto de estas contradicciones, se ofre ce el panorama que en el propio seno de la
francmasonería se genera en esa luc ha, encontronazo de las ideas.
Siendo el espacio de lo indio un objeto que se usará para sustentar, tanto argumentos en
favor de la dominación como de la emancipación.
142 Avt onomova, N. S. “ Lacan co n los filo sofos [coloquio] ”. Me xico: Siglo Veintiuno Edi tores, 1997. p.
186.
111
3.2- La diversidad de la dife rencia en las ideas del gr u po crioll o: al en cuen tro d e
sí mismo
La diversidad en cuanto a universo de posib ilidades y en cuanto a realidad exis tente
interconectada por múltiples f actores; cada uno de ellos, abordable y estudiable, abre par a el
análisis histórico un abanic o de posibilidades que queda de por sí en oposición a la unicidad
y la unidireccionalidad como respuesta única correcta
“De un modo gener al y sin entrar en odiosos distingos, los pueblos de América, por el
impulso de su formación histórica semejant e, son menos extranjeros entre sí que las
naciones del Viej o Mundo. Hay comunidad de bases cul turales, de religión y lengua” 143
Es pues en oposición a esta li nealidad, que desde la diversidad y en la complejida d, se
tratará de hallar un campo de explicación abierto que procure un entendim iento situacional
de amplio espectr o
Mientras la ideología criolla con carácter colonial, s upone la vía mental de la clase alta
significada en intelectuales salidos de sus propias filas y de la parte "cult a" de la clase media,
la insurgente va a suponer la expresión ideológica de la fracción más revolucionaria de la
clase media en correspondencia de intereses con los estratos bajos de la sociedad
novohispana.
De tal manera que, en función de las diferentes raíces sociales de las que se impregnan
estas dos tendencias criolla s , les van a ll eva r , por una parte, a la construcción de una
conciencia; como característica común, pero por otra parte, a una contradicción incompatible
entre ambas, ya que la conciencia va a ca racterizar la imagen perfecta en el mundo de las
ideas de la independencia política como el imaginario a seguir, y a la que ambos
movimientos van a llegar por distintas vías atendiendo a diferentes finales, teniendo, eso si,
como analogía en la diferencia, un convencimient o de que sólo por el rompimiento del
coloniaje se podrían realizar sus respectivos propósitos.
143 Reyes, Alfonso. Posicio n de Ame rica.. Coleccio n Cuadernos americanos, 2. CEESTEM, Me xico,
D.F.1982.p. 61 .
112
La independenc ia, y con ella también “América, se convierte en narrac ión para fundamentar
una ideología y una utopía como prácticas imaginativas.”. 144
Al respecto Lévi Strauss en su tratado sobre la i dentidad, dice que ésta e s una “…especie de
hogar virtual [al] que nos es indispensable referirnos para explicar determinada cantidad de
cosas, pero sin que tenga nunca existencia real ”. 145
Para los criollos de la clase alta, la independencia va a significar la ú nica vía para apoderarse
totalmente del control económico y político de la Nueva España.
“El grupo inmediato en la jerarquía soc ial era el de los criollos, formado por cerca de un
millón de individuos que representaban el 16 por ciento de la población total, y residían de
preferencia en las intendencias de México, G uadalajara, Guanajuato, Valladolid y Puebla.
Aproximadamente el 5 por ciento de ese millón de criol los gozaba de un rango social
semejante al de los españoles peninsulares, no solo porque eran tan blancos como éstos,
sino porque compartían sus aspiraciones sociales y mantenían estrechos vínculos
económicos, políticos y a veces hasta familiares con los miembros del grupo pe ninsular, lo
cual permitió la formación de una poderos a oligarquía criolla” 146
Por su parte, los criollos de corte revolucionario van a ver en la independencia también la
única forma de demoler la Colonia; consumar la independencia s upone al mismo tiempo
dinamitar los pilares del edificio colonial donde se cimientan las situaciones derivadas del
coloniaje español.
Al respecto, “Para el cambio de superestruc tura era indispensable elimi nar el poder
económico social y político” 147
144 Colo qu io L itera ri o de la Fe ria In ter na cion al d el L ibro de M onte rre y, Pol Po po vic Ka ri c, F idel C ha vez
Pe rez, and Pau lette Patout. Alfonso Reyes, perspectivas cr i ticas ensayos ine dito s .. Tec nol o gico de
Monterrey. Mont errey, Méxi co. 2004. p.198
145 Lévi- Strauss, Claude (1977): La identidad , Petrel . Barcelona. 1981. p.332. traducción de Le vi-S trau ss,
Claude, and Jean Marie Benois t. L'Iden tite se m inaire interdisciplina ire. Paris: Presses universitaires de
France, 1983.
146 Del gado de Cant u , Gl oria M. Historia de Me xic o lega do hi sto rico y pasado reciente. Me xico:
Pearson Educacio n, 2004 p.96
147 Op. Cit. O live Ne grete, Julio Ce sar.. p. 84
113
Sin embargo, esta concurrencia sobre la empresa de la Ind ependencia tiene un carácter de
figurada, siendo que en la forma externa de la idea de la Indep endencia es en la que van a
concurrir transitoriamente los objetivos de los dos movim ientos criollos; sin embargo en
cuanto a su sentido concreto, su esenc ia es completamente diferente y hasta antagónica en
ambos casos.
Esta dicotomía, no era de caráct er homogéneo, al contrario, a su vez, produciría mayor
multiplicidad en cuanto a factores actuantes, es de esta manera a modo de ejemplo como
Zabala refiriéndose a las facciones yorkina y escocesa, ambas de corte masónicas, comenta
al respecto:
“Trescientos mil criollos querían entrar a oc upar el lugar que tuvieron por trescientos años
setenta mil españoles, y la facc ión yorkina, que tenía esta tendencia en toda su extensión,
halagando las esperanzas y los deseos de la muchedumbre, era un torrente que no podía
resistir la facción escocesa, compuesta de los pocos españoles que habían quedado y de los
criollos que participaban de su s ri quezas y deseaban un gobierno menos popular.” 148
Lo que realmente está en juego detrás de la Independencia s on los intereses inmediatos de
cada clase criolla; interes es en los cuales no pueden coincidir, pues lo que para uno d e ellos
es la “ conditio sine qua non” de su posición social, esto es: la estructura col onial, supone,
ésta misma, para la otra, el principal obstá culo de su desarrollo ascendente, coincidiendo
entre ambas el medio para ello: la independencia, pero no el fin: la Colonia.
“Para los criollos ilustrados, la blancura era su capital cultural más valioso y preciado, pues
ella les garantizaba el acceso al conocimiento científico y literario de la época, a sí como la
distancia social frente al “otro colonial”…” 149
148 Zavala, Lorenzo de, and Alfonso Toro. Ensayo histo rico de las revolucione s de Me x ico de sd e 180 8
hasta 1830.. Oficina impresor a de hac ienda, Dep. editoria l, Mé xico. 191 8.p. 33
149 Castro-Go mez, Sant i ago . La hybris del punt o cero ciencia, raza e ilust ración en la Nueva Granada
(1750-1816). Editor ial Pontif icia U niversida d Javer iana, Bogo ta .2005. p. 15
114
Para los criollos de la clase alta, las ideas inmersas entre su s semejantes, los
revolucionarios, suponen en primer lugar, unos prof undos justificantes teóricos para definir su
propia realidad social autónoma, se tratan de el emento s, pues, de su conciencia de clase.
Y es por ello qu e van a funcionar también como principios que "legitimen" el repudio del
gobierno peninsular y, en consecuencia, la independencia política de la Nueva España. Se
trata de ideas destinadas a reconocer y garantiz ar el ascenso al poder de la alta clase
criolla; de ahí que se les conceda una validez universal.
Por otra parte, para la c lase media insurgente, esas mismas ideas, antes que justificantes
teóricos, antes que principios de validez universal, suponen incentivos de carácter popular
para la revolución, arm ada, se trataría de ideas m otoras cuy o fin e s el conmover a las masas
novohispanas.
Las ideas que en los cr iollos co lonialista s cumplen una función eminentemente teórica, en
los insurgentes operan como valores p rácticos generalizados.
En la clase alta criolla, se manejan las ideas como principios, como normas; en las clase s
medio-bajas, las utilizan como fuerzas motrices de la acción concreta. En los primeros son
expresiones de una auténtica conciencia de clase; en los segundos son como fogonazos
populares de una mentalidad revolucionaria.
Dándose con ello lugar, a que las ideas, que en el caso de las oligarquías, fueron
desplegadas con gran discreción, mesuradas en c ua nto prudencia, con el fin de medir sus
efectos, canalizadas dentro del orden imperante y aceptado, y ajustadas, por tanto, a la
tradición y a las instituciones vigentes, para el caso de las clases más populares, se van a
llevar hasta su últimos términos; su fin último de manera natural, que va a tender hacia una
radicalización de u n modo absoluto.
115
Las ideas d e los criollos privilegiados, aunque tenidas por válidas "universalmente", van a
tener en realidad un a lcance solamente limitado al cí rculo de intereses políticos de la clas e
social que las defiende.
“La ilustra ción no solo planteaba la superioridad de unos hombres s obre otros, sino tanbien
la superioridad de unas formas de conocimiento sobre otra. Por ello jugó como un aparato
de expropiación epistémica y de construcci ón de la hegemo nía cognitiva de los criollos en el
espacio social” 150
En los criollos medios, por el contrario, las mismas ideas no pueden circunscribirse a ese
radio limitado; se precisa para ellos radicalizarlas, aprehenderlas en su más amplio sentido,
porque es sólo de ese modo que pueden asegurarse el apoyo de las clases populares, y con
las que comparten el deseo de un cambio social.
Las ideas, los imaginarios, los conceptos, que habían sido hasta entonce s patrimonio
exclusivo de reducidos núcleos "cultos", so n absorbidas de pronto en esferas so ciales más
bajas y amplias, quienes la s van a adaptar a sus propias ne cesidades.
Esta generalización p opular de los “raciocinios” que antes eran privativos de una s ola clase
suponen otro aspecto más de la situación de modernidad social implicada en la crisis de la
sociedad colo nial.
“Otros crioll os se aplicaron al come rcio, la industria y las profesi ones liberales, fueron el
núcleo de la burguesía, engrosado por castas cuy os miembros ejercían actividades
manuales, los oficios y artesanías, el comerc io detallista y la agricultura a mediana y
pequeña esc ala.” . 151
Si la diferencia fundamental exist ente entre la ideología revolucionaria y el movimiento criollo
de la Colonia se pone de manifiesto a través de su distinto contenido significativo, donde
viene a hacerse de una manera aún más patente es en el repertorio de ideas exclusivo de
150 Op. Cit. Castro -Go me z , Sa n t i a g o . p .5 9 .
151 Olive Negr ete, Jul io Ce sar. Antropologi a mexicana. CONACULTA, INAH, Méxi co, D.F.2000. p.83
116
cada ideología, así, unos ll aman a los peninsulares "Españoles europeos"; y los otros l os
vapulean con el epít eto de connotac iones claramente denigrantes de "gachupines".
Mientras que los pudientes se designan a sí mismos como "españoles americanos", los del
llamado tercer estado han cortado toda liga con sus antepasados y se consideran "criollos".
En a clase alta criolla se rechaza al peninsul ar por "extranjero" y "advenedizo", en la clas e
media-baja se le tacha de "extraño", "c odicioso" y "despótico".
Los criollos altos reivindican la Colonia como obra exclusivamente suya y en ella
fundamentan sus derechos y pretensiones, un ej emplo de ello es apreciable en la clase
criolla que pertenecía a estamentos de gobierno o poder como es el caso d e los
ayun tamiento s.
“…Iturrigaray citó a una junta de autoridades compuesta de cerca de 180 pe rsonas, las que
ser reunieron en un salón de palac io, los días 9 y 31 de agosto y el 1º y 9 de septiembre de
1808.
El tema central fue el de la f ormac ión de la junta gener al propuesta por el
ayuntamiento y el de prest ar obediencia a la junta de Sevilla u otra de España, sostenido por
los oidores. Los criollos del Ayuntamiento mantuvieron su tesis argumentando la tradición
jurídica española, la historia de México y algunos princip ios de modernidad filosófi ca.” 152
Los revolucionarios, por el contrario, la repudian como obra ajena, como quiste exótico
enclavado en América, y rec laman para sí el fundamento que les otorga el legado histór ico
del pasado prehispánico.
“El concepto no se limitaba ya al hecho circunstancial del nacimiento, sino a un hecho de
cultura, de actitud y de conciencia; crio llo era el que se sentía americano y no europeo, el
que se identificaba como mexicano y no como novohispano. A partir de entonces los criollos
empezaron a albergar un sentimiento de pertinencia a la tierra natal y un af án por encontrar
152 García Di az, Tar sic io . Independe ncia internac ional. Universidad Nacional Autónoma de Me xi co ,
Me xico, D.F. 19 87. p .164. qui en cita como f uente: Genaro García. Doc umentos mexi canos , t . II , do c .
LI , p p .1 3 6- 1 40 .
117
en ésta los elementos nec esarios para sustituir a la patria de sus padres que les era negada,
por la patria nueva en la que estaban constr uyendo una vida nueva al margen de los
peninsulares.” 153
Y ello habría de desembocar de manera natural a un e stadio s uperior de desarr ollo en el qu e
“A finales del s iglo XVII, los criollos comenzaron con la apropiación t anto del pasado
prehispánico como de la situación que v ivió el i ndio durante la colonia, para diferenciarse de
los españoles europeos y atribuirse al mismo tiempo der echo sobre las tierras novohispanas
como cualquier otro aborigen ame ricano.” 154
Los criollos de la clase alta van a rechazar el parentesco con el indio que les pretende n
adjudicar los peninsulares, considerándose enajenados , "desfigurados" en es a unión que les
es impuesta desde fuera, as í defienden o niegan al a borigen, pero siempre considerándolo
sólo como una instancia de valoración que puede caer por refracción sobre el criollo,
cuidándose muy bien de no confundirse con él. Los insurgentes, en cambio, lejos de
impugnar sus relaciones c on el indio, las defi enden a capa y espada, pues para ellos el indi o
no es nada más un término de valoración positiva, sino ante todo el vínc ulo político de la
comunidad nacional.
El sincretismo de ambas posiciones s e puede apreciar en el discurso de Fray Serv ando
Teresa de Mier “Baste citar el sermón que dio en la Colegiata de Guadalup e el 12 de
diciembre de 1794. Dijo qu e la Guadalupana no era sino la Coatlicue se aprecia que lo hizo,
no sólo para refutar la porincipal justificación de los europeos para permanec er en el nuevo
continente como difusores de la verdadera fe, al demostrar que e ntre los indios ya existían
los principios del cristianismo, sino para resca tar el p asado prehispánico del oscurantismo y
convertirlo en parte de la identida d criolla; es decir, como americanos.” 155 .
153 Orozco L., Fernando . Histori a de Me xico de la e poca prehispa nica a nuestros di as. Pano ra ma,
Me xico D.F. 1992. p.390.
154 Chávez Cha vez , Jor ge. Lo s indio s en la f orm ac io n de la id entidad naci onal mexicana. Jua rez
Universidad Auto nom a de Ciud ad Ju a rez, Me xico 2003. p. 35.
155 Op. C it. Chá vez Cha vez, Jorge. p.36-37. qu i en cita n tambié n a V illoro, Luis lo s grandes momentos
del in digeni smo en Mexic o, Ed. De la Casa C hata, 9, CIESAS México, 1979, pp.138-139
118
Sólo por la reclamación de la Colonia como obra suya pueden los criollos acomodados hacer
legítima su independencia; es la Colonia misma la garantía de la l icitud de sus propó sitos
políticos, pues los "derechos" que reclaman tienen su origen en ella. Negarla, sería tanto
como quitarle a estos "derechos" su f undamento. Para los inconformes, el problema es a la
inversa: admitir la Colonia equivaldría a aceptar la situación precaria que ocupan en ella;
sería admitir un estado de c osas que no les es favorable ni a ello s ni a las capas más bajas
de la sociedad. Ningún cambio representaría la I ndependencia que sólo removiese a los
titulares del poder gubernamental. La Ind ependencia, pues, debe postulars e como una
empresa que implica la negación absolut a de la Colon ia. Se insulta al "gachupín", s e le
repudia, porque para el revolucio nario es la encarnación individual de todo lo que representa
la Colonia; se "reconoce" el pas ado prehispán ico como el auténtico pasado de América —no
la Nueva España— porque ese "reconocimiento" significa la destr ucción hi stórica de la
Colonia, su pérdida de significación en la historia am ericana; se reivindica al in dio como
vínculo de comunidad nacional, porque esta comunidad significa, entre otras cosas, la
negación de la estructura jerárquica y cort ante de la Colonia; se otorga un sentido religioso a
la revolución porque se supone a la Colonia corrompida y transida de impie dad; y, en fin, se
desconoce la autoridad de la Iglesia por que con su "traición" se ha revelado com o una
expresión más del sistema colonial impugnado.
Sin embargo, la actitud mental del criollo revolucionario ante la Colonia es aún puramente
negativa, de crítica; quiere destruir a ésta, pero no sabe todavía qué hará después de
convertirla en ruinas. Se ha lanzado a la des trucción sin haber previsto claramente de
antemano lo que construirá desp ués de terminada la tarea demoledora.
A pesar de que se advierta en algunos insurgentes, como Hidalgo y Rayón, el d eseo de
realizar ciertas medidas construct ivas; como las leyes sobre esclavi tud, comerc io, impuestos,
etc. no hay todavía, sin embargo, un ídearium político, un sistema claro para sustituir el orden
colonial.
“En el curso de las lucha liberadas contras los con servadores fueron d efiniendo su
plataforma ideológic a: apertura hacia el ex terior, con una economía de libre c ambio
importadora de bienes manufa cturados y expor tadora de mater ias primas; invers iones
119
extranjeras directas….fomento de la propiedad privada en el campo y en la industria;
educación del pueblo… ” 156
El propósito de destruir a la Colonia, vela e n el fondo, la idea de tr ansmutarla , cambi arla p or
otro "orden de cosas".
Seguramente, en una mentalidad que ha radicalizado sus convicciones revolucionarias, la
idea de "trans formación" no sea tan efectiva como la de "destrucción"; puede inc luso
tenérselas por conceptos distintos; en la "transformación", pretendida por la clase alta, queda
siempre algo de lo transformado, mientras que la "destrucción" pretendida por la clase
media-baja, implica la desaparic ión absolut a de lo destr ui do. Ambas perspec tivas desde el
horizonte histórico, suponen l a existencia de dos imaginarios con una estrecha vinculación
mental: la una supone a la otra. Se quiere destruir porque, en el fondo, se aspira a
transformar, a cambiar. Y, en última instancia, para transformar es menest er primero destruir.
Sin embargo, al pretender "destruir-transformar ” a la Colonia, la con- ciencia del criollo en
general y con ella la del hombre americano, acaba por transformarse ella misma.
Cuando el criollo lucha contra la Colonia, lucha también consigo mismo, con su propia
conciencia arraigada a su pesar, y como ta l, surcada por las mi smas contradicciones.
Destruir aquélla es a la vez destruir ésta, tal sería la "tragedia" del c riollo revolucionario: su
vida futura ha de gana rla a costa de su existencia anterior; su porvenir, a costa de s u pasado ;
su emancipación, su libertad, a costa de su historia. Transformándose en otro hombre; su
obra cismática incluye justamente su desintegrac ión, pero sólo para volve r a reintegrarse en
un nuevo sujeto his tórico: el hombre moderno liberal.
156 Op. Cit. Olive Negrete, Julio César. .p.84.
120
3.3. La diversidad de la diferencia en las ideas de las asociaciones
francmasóni cas: al en cuentro de sí mismas .
En la búsqueda de las doctrinas filosóficas que manifiestan el p ensamiento de las
asociaciones fracmasónicas se puede observar también una contraposición de visiones, de
posiciones, de maneras de ent ender el universo, una di cotomía irreconciliable.
Así, por una par te se encuentra a la filosofía materialista al socaire del espíritu revolucionario
de lucha contra el conservadurismo, entre cuyo s representantes se encuentran entre otros:
Collins Jhon Antony, destacado deísta que sostuvo fuert es polémicas contra varios autores a
los que acusó de no some ter a libre examen crítico las creencias re ligiosas recibidas
dogmáticamente, cr eencias que por otro lado pensaba, no tienen por qué escapar al li bre
examen a que hay que som eter todas las afirmaciones. Un libre examen que debe ser
conducido por la razón, la cual no pued e admitir engaños y fraudes. Collins se opus o
vigorosamente a argum entos según los cuales las ver dades reveladas son misterios
impenetrables a la razón
Juan Tolland: c uyos principios parten de que del cristianismo sólo pueden aceptarse sus
principios morales superiores, que el m ensaje evangélico está lleno de absurdos y
contradicciones, que lo natural y la razón son la base suficiente para la religiosidad, que Dios
puede asimilarse a las leyes naturales inmanentes, por lo cual, lo divino está objetivado en la
naturaleza resultando de todo ello que La relig ión ha de s er natural, racional y perfec ta desde
sus orígenes, con nada de falso s progresos y cambios.
David Hartley: que procuró el primer intento para explicar todo fenómeno de la mente grac ias
a la teoría de la asociación, de f e n s o r d e l asociacionismo, bajo una doctrina psicológica
inspirada en el empirismo.
121
Jose Priestley: Quien e n términos generales dudaría de la espiritualidad del alma
Así pues, va a suponer es ta filosofí a materi alista, cuyas doctrinas desde las pers pectivas
más conservadoras se van a considerar perjudiciales, no solamente para los intereses de la
nobleza , sino, también, para la burguesía capi t alista, que por otra parte ya controlaba el
poder público conjuntamente con la nobleza terrateniente aburgu esada, un fuerte m otivo por
el cual la francmasonería cons ervadora representada en Anderson 157 , va bu scar la
justificación de su existencia en la filosofí a idealista inglesa, entre cuyos principales
defensores se encuentran:
Richard Cumberland: quien buscó mostrar que e l principio de la m áxima felicidad es una ley
del Evangelio y una ley d e la natur aleza: "La ma s grande benevolencia posible de tod o
agente racional para con todo el resto constituye el estado mas feliz de todos y cada uno.
Consecuentemente el bien común será la ley s uprema". 158
S a m u e l C l ar k e : cu y o s sermones reunidos en “ De mostración de la existencia y de los
atributos de Dios”, tuvieron un enorm e éxito, siendo autor también de “ Apología del
cristianismo” (1705), e l co n ce pt o d e Sa m u e l Cl a r ke p as a p o r u n D io s que supuestamente
rellena los huecos de la física de Laplace.
J o r g e Be r k el ey : P a ra q u ie n lo sensible sólo existe a partir de la percepción de un sujeto
cognoscente, de tal modo que si no hay sujeto percipiente no hay sensible: esse est
percipii . De este modo, el m undo es un conjunto de seres percipientes que dependen de
la existencia de un ser percipiente: Dios, el autor de todas nuestras re presentaciones,
única actividad similar al conocimiento abstracto.
Ésta f ilosofía en contraste con la materialista, si venía a encajar c ompletamente con los
intereses de los conservadores.
157 Mini st ro in glés, hi st oria dor y aut or de la obra ti tul ada C osti tuti on of th e anci ent and b on fr aterni ty ,
impresa en 1723. Citado en Cassard, Andre s. Manual de la m asoneri a o sea el tejador de los ritos
antiguo escoce s france s y de adopcio n. Publicaci ones Mundial, Barcelona: 1900. p. 975. Má s tard e
Recib e una est ruct ura ción si st emát ica y de fi nida por parte del mismo Anderson en The Co ns titu tio ns of
the fr ee-masons
158 En encic loped ia cató lica: http: //ec.a cipren sa.co m/u/u tilitarismo. htm visitada en 2008.
122
De tal manera, que ambas corrientes filosóficas contrapuesta s, van a servir cada una de ellas
en su espacio conceptual construido, como platafor ma donde escudar los intereses
enfrentados de los grupos sociales que pugnaban no solo por obtener una situación de pode r
sobre el otro, sino por imponer un escen ario político-ideológico donde fuera posible su
realización.
Debido a ello, el grupo representado por Ander son promovería una beligerancia extrema
contra aquellas asociaciones francmasónicas primitivas que no se sometían a su control, de
manera tal, que fueron prohibidas oficialmente las reuniones de las logias contrarias a su
pensamiento y se avivarían las persecuciones, unas persecuciones que estaban
impregnadas de connotaciones y vínc ulos de fuerte tiente político en el fondo contra sus
directores, pasando con ello a la clandestinid ad las asociaciones francmasónicas que no
reconocían la autoridad suprema de la “Gran Logia” de Anderson.
“Además de la sospecha generalizada sobre las sociedades se cretas, había un temor ante
una sociedad secreta relacionada con la Inglaterra protestante y constitucional. En
Inglaterra, la pres encia de la nobleza era gar antía de la respetabilidad de los francmasones;
en Europa, el rey y sus funcionarios sabían que la noblez a a veces hacía revolu ciones contr a
los reyes, como habían hecho los nobles ingleses en 1688.” 159 .
Ello viene a evide nciar una embestida profunda contra el orden instituid o y estatus quo
establecido.
La complicidad de los grupos conservadores en las persecu ciones a la Francmasonería
revolucionaria contribuiría en gr an medida al declive de la Francmasonería progresista
inglesa provocando con ello el tras lado del c entro de su movimiento a Francia, don de est aba
en pleno desarrollo la lucha contra la nobleza bajo un carácter antirreligioso de los
francmasones primitivos franceses
159 Ri dley, Jasper . Los masones: la sociedad secreta m a s poderosa de la tierra.. Biografi a e historia. J.
Vergara, Buenos A ires 2000.p. 73
123
“El Rey y su gobierno no objetab an que los miembros de la nobleza asist ieran a reuniones de
logias masónicas y debatieran sobr e filosofía; hasta podría considerarse como algo positivo,
si los apartaba de hacer maldades y complotar contra la monarquía. Pero si los intelectuales
de clase media — abogados, periodistas, maestros de escuela y profesores universitarios— y
los sastres y otros artesanos formaban s ociedades secretas y se aliaban entre sí mediante
juramentos secretos, eso podría constituir una seria amenaza al gobierno y al régimen, en
especial si los francmasones seguían las enseñanzas de la Inglaterra constituci onal y
protestante.” 160
Ello supone, que el siglo XVII viniera a suponer una centuria de lucha entre los part idarios del
sistema imperante durante el ant iguo régimen; que ya no res pondía económicamente a las
necesidades del momento, y los defensores del nuevo sistema capitalista, que venían a
exigir transformaciones mediante reform as que permitieran las condi ciones adecuadas tanto
para su existencia como para generar espacios que habilitaran su desarrollo.
Bajo este debate, no exento de fuertes polémicas, que englobó los campos ideológico,
político y social, se enfrentaron, por un lado, los privilegiados, esto es, el clero romano y la
nobleza tradicional y, por otro lado, los int electuales progresistas, los hombres de trabajo, los
comerciantes y los ind ustriales.
Mientras que los privileg iados se esforzaban en conservar el “Ancien Regime ” bajo todas
sus categorías, lo s partidarios del movimiento libertador se oponían frontalmente a este
régimen y presionaban a los gobernant es a reformar las leyes que estorbaban a lo que
consideraban progreso.
La francmas onería revolucionaria tenía c omo pretensión impregnar intelectualmente el
movimiento progresista y libertador, y suscitar la revuelta, lo cual d esarrollaba de acuerdo
con un programa muy progresista y radical para la época, así como muy atractivo para los
descontentos con el régimen im perante.
160 Op . Cit. Ri dley , Jaspe r. p . 90.
124
Las circunstancias fueron determinando una prog resiva descomposición del Antiguo
Régimen y, por e l contrario, se fortalecie ron las p osiciones de los grupos sociales que
demandaban las nuevas condiciones políticas y ec onómicas para el régimen capitalista
naciente.
Así en los albores del siglo XVII se produjo en diferentes Estado s de Europa la separa ción de
la Iglesia y el Estado. Bajo estas condiciones se a fianzó definitivamente el movimient o
religioso conocido, generalmente, con el nombre de “p rotestante”.
Al lado de la tradicional e infalible I glesia católica romana se fundaron iglesias con c arácter
protestante de diferentes matices y denominaciones, reconociéndose con ello, los principios
que favorecían política y económicamente al régimen c apitalista.
También, aparecieron las escuelas laicas , que impartían las enseñanzas por métodos
diferentes y opuestos opuestos al método escolástico hasta el momento impuesto por parte
del clero romano.
De estas escuelas sald rían intelectuales con la ideología y los conocim ientos adecuados
para continuar c on los cambios acordes a la época.
La iniciativa privada para el de sarrollo del comercio y de la in dustria estaba garantiz ada
legalmente en los diferentes Estados Europeos.
Las libertades individuales se respetaban más ampliamente y se toleraba la lucha abierta
contra la esclavitud corporal humana, como el sistema inadecuado para las condiciones
económicas de la época.
Se fomentaba el sistema de trabajo a base de jornaleros libres, y para impulsar la
capacitación de los trabajadores, se reconocía y se protegía su asociación gremial, aislada
de la influencia política de las castas privilegiadas que buscaban su economía en el trabajo
de los esclavos.
125
Se introducían las reformas democrá ticas a las Constituciones de los Estado s, dando
participación a los nuevos grupos sociales en las discusiones y resoluciones relacionadas
con las leyes sobre los tributos est atales y sobre las erogaciones del fisco, limitando l os
privilegios exclusivos de las clases privilegiadas.
La exportación de los productos por la s vías marítimas permitía el crecimie nto de la
producción industrial, bajo estos intercambi os comerciales, también se dieron las
posibilidades para la transmisión de las nuevas ideas hacia el nuevo continente, donde la
clase privilegiada de esos territorios se convertían en los abastecedores de las materias
primas para las industrias, permitiendo co n ello, que s e aburguesaban económicamente y
presentaban menores obstáculos para el desarroll o del régimen capitalista y de las ideas que
lo sustentaban.
En lo que respecta a la llegada a Tierras mexi canas de la masonería, se cuentan con
diferentes versiones
Siendo virrey de Nueva España Bernardo de Galvéz en el periodo 1784-1786 se data que:
“En 1785 se realizó el primer proceso de la In quisición contra las actividades masónicas.
Luego se enjuició al peluquero Pedro Burdales, quien "s e jactaba de que el propio virrey era
secretamente francmasón. El cocinero del virrey, Juan Laussel , el cirujano Juan Durrey,
Vicente Lulié, Juan Domingo Dur oy y Juan Aroche, también resultaron ser agentes de la
masonería y fueron detenidos" . 161
Con ello también se puede decir que los orígenes de la masonería en México se remontan a
finales del s iglo XVIII, cuando llegaron a México un nutrido número de s úbditos franceses de
la corte del Virrey, algunos escapando de la represión europea contra los jacobinos. “Con la
llegada del virrey [Rev illagigedo] en 1789, llegaron varios masones franceses que c elebraron
161 Borrego E. S alvador. Ame rica peligra . Imp r es os Al d o, M e xico1966. p.85
126
el solsticio de verano en 1791 en la calle de San Fancisco en la ciudad de México, domicilio
de la relojería de Juan Es teban Laroche, apodado El Jorobado”. 162
Efectivamente muchos de ellos habían estado previam ente en Inglaterra, en c ontacto con las
logias británicas. La Inquisición detuvo a Juan Laussel, co cinero del Virrey, y por sus
confesiones se supo que en la relojería de Juan Estrada Laroche habí a conocido al Dr.
Durrey y a los peluqueros Lulie y Du Roy, ident ificándolos por las señas institui das por la
fraternidad, donde se llegó a celebrar el solsticio de verano de 1791
“Coincidiendo con el gobierno del virrey llegaron franceses que habían estado en Inglaterr a
en contacto con las logias. La Inquisición detuvo a Juan Laussel, al relojero Juan Estrada
Laroche, al doctor Durrey y a los peluqueros Lulié y DuRoy.”. 163
En cuanto a la primera log ia formal, sin embargo, se data que la fundó E nrique Muñiz en la
casa No.5 de la calle de las Ratas ( ahora Bolíva r núm.73), en la ciudad de México, domicilio
del regidor Manuel Luyando.
“…tuvo por domicilio la casa No. 5 de la Calle de las Ratas en la capital de Nuev a España. A
la existencia tal vez verídica, de tal logia, se apareja una leyenda que no de explotarse a
favor de inter eses que no son masónicos: la iniciación en ella del cura de la congregación de
los dolores…Que es ahora la número 73 de la séptima calle Bolivar en la ciudad de M éxico y
que fue establecida por don E nrique Muñiz, español de origen, de cuya llegada a Méxic o no
se tiene conocimiento. La casa mencionada era la habitación de d on Manuel Luyando,
Regidor del ayuntamiento… ” 164
En 1813, cuando las logias masónicas del rito escocé s comenzaron a entrar en La Nueva
España, con el prop ósito de introducir las ideas de la Constitución de Cádiz; evitando
disolverse como logias aún cuando Fernando VII derogó la citada constituci ón, optando ante
estas medidas regias por cambi ar sus métodos de trabajo, lo cual llevan a cabo mediante
una extensa divulgación de los libelos burlescos de Voltaire y Rousseau y folletos que
ridiculizaban a los sacerdotes y religiosos ; buscando así una estrategia destinada a m inar el
162 Dic cionar io Porrúa , p.1280.
163 .José Rogelio Álvarez.- Enciclopedia de México. SEP. México.- 1988. , p.5059
164 Zal ce y Rodri guez, Lui s J. Apuntes p ara la historia de la masoneria en Me xico (de mis l ecturas y mis
recuerdos). Talleres Ti pogra fi cos de la Penitenciar i a del Distrito Federal , Mexico : 19 50 . p . 6
127
respeto que el pueblo profesaba hacia estos est amentos, logrando al paso de los años
desencadenar verdaderas pers ecuciones contra la Iglesia Católica.
“ El partido escocés n ació en México en 1813 co mo consecuencia de la Constitución liberal
española de 1812. La mayorí a de sus miembros eran españoles y aristocráticos ” 165 .
"La ida de O’Donojú a México había dado g rande impulso a la f rancmasonería; las personas
que fueron con él des de España se incorporaron en las logias ya existentes y formaron otras
nuevas, todas bajo el rito E scocés. De estas últimas fue la de E l Sol, de la que dependía e l
periódico a que se dio el mis mo nombre, redactado por don Manuel Codor niú, médico que
fue con O’Donojú: su objeto era sostener el Plan de Iguala, propagando los principios
liberales establecidos en España, excluyendo al clero de toda intervención en la instrucción
de la juventud, que es la base de la guerra al catolicismo, y fomentar las escuelas
lancasterianas.”. 166
Es pues a través de la agrupación denominada "La Ideología", f undada por la
Francmasonería francesa, de la manera que entra a M éxico la Francmasonería Progresista
Universal, como órgano de acción que luchaba contra el c ontrol de la educación por el clero,
siendo los directores de esta agrupación los francmasones Pedro Cabanis y luego Antonio
de Destutt de Tracy.
Acorde a su pensamiento, la asociación “La ideologí a” vendría a preocupars e porque la
enseñanza liberal progresista armonizara con lo s principios proclamados por la Revolución
Francesa, así Destutt de Tracy sería creador de un método de enseñanza liberal q ue se
oponía al método de Condillac, un método de enseñanza que era el pr edilecto de los
conservadores; que venía a exagerar el pr esunto valor educativo de l a religión y de las
matemáticas limitando la más elevada enseñanza a la erudición y a las ciencias exactas
excluyendo las investigaciones filosóficas. La popularidad del método de Destutt se
extendería por las Américas
165 Mora, Jose Mari a Lui s . Obras sueltas de Jose Mari a Luis Mora, ciudadan o mexicano. Porru a, Me xico
1963. p.7
166 Op. Cit. Zalce y Rodri guez, Lui s J. p.50.
128
Junto al grupo de los masones con rito escocés, aparec ería otro grupo también masón bajo
el rito de York, los dos grupo s llegaron a ser una e specie de clubs o partidos políticos en
competencia uno con otro muy divididos entre sí sobre el problema Es pañol. Los Masones
del Rito Escocés defendían a los españoles peni nsulares residentes, viendo su causa como
una prueba de los derechos y garantías individuales; los Yorkinos por su parte, atac aron a
los españoles de una manera reminiscente a la de los Jacobinos, como una forma de vengar
a Hidalgo y a Morelos
Los Masones Escoceses no antagonizaban con los Español es que se habían quedado a
residir en México, mientras que muchos de los Yorkinos sospecharon que aquellos que se
quedaron, podrían todaví a desear dar de nuevo la bienvenida a un gobi erno Virreinal y
deseaban que todos los Españoles salieran del país.
Esto últ imo viene a evidenc iar que también entr e el grupo de los masones como gener alidad,
las particularidades se encontraban insertas bajo el juego dicotóm ico de las ideas, las c uales
venían a ser en realidad las protagonist as de los aconteceres de la época bajo estudio.
129
3.4. La iglesia: dos visiones, un control.
El modelo simbólico que d a sustentación teórica a la conquista es el de Cristiandad, un
modelo penetrado por la fe y por claros intereses económico s, sociales y pol íticos, que se
configura como un proyecto histórico ambiguo, esto es: la instauración de un ‘estado
misionero’, la figura del evangelizador como funcionario real y el conflicto entre
evangelización y política.
Dentro de la iglesia católica existen dos gra ndes divisiones entre s us ministros sa cerdotales:
Los regulares y los secula res
Estos dos grandes grupos, y en especial las órdenes mendicantes, fueron los principales
actores de la enseñanza y administración de la fe cristiana en el Nuevo Mundo durante la
dominación es pañola.
El origen de los mendicantes dentro de la Iglesia data del siglo XIII, la búsqueda del ideal
evangélico primitivo y la predicación a las masas urbanas como consecuencia del
renacimiento de las ciudades, conformaron el ideario de las dos primeras congregaciones;
las fundadas por san Francisco y santo Domi ngo. Ambas fueron conocidas por el papado
como parte de un programa de r eforma eclesiástica, pues “ en sus r eglas se e xigía que los
frailes mendigaran la caridad pública, divulgaran la palabra de Dios y vivieran entregados al
estudio y al ascetismo evangélico. A pa rtir de entonces otras comunidades carmeli tas,
agustinos y los mercedarios… ”. 167
167 Rubi al Garci a, A nto nio . Una monarqui a criolla la provinc ia agustina de Me xico en el sigl o XVII.
Regiones . Consejo Nacional para la Cult ura y las Artes, Direccio n General de Publicaciones, Me xico,
D.F.1990. p21.
Un estudi o de los orígenes de l os mendicantes puede verse en Jean Daniél ou, M, I. Marrou, M. D,
Knowles, Hermann, Tüchle, L. J., Rogi er, Raphaël Aubert Nueva historia de la igles ia. Ediciones
Cristiandad, Madrid. 1982. Cap V pp 345-356
130
“El establecimiento d e la Iglesia en M éxico correspondió en los primeros tiempos a las
órdenes mendicantes” , 168 por s er la vanguardia y durante un tiem po los únicos,
permitiéndoles cimentar s u presencia en extens as zonas de l a Nuev a España, Respaldados
como estaban por la “Omnímoda” 169 y en las prescripciones ulteriores de los papas, que les
concedían todos los derechos y facult ades de párrocos dándoles la consiguiente autoriz ación
para administrar los sacramentos 170
Cuando el Concilio de Trento, legisló sobre la organización parroquia l y reservó únicamente
a los párrocos se culares el derecho de administrar los sacramentos a los fieles, una nueva
bula de Pío V, y también en 1567 en la Bula: “Exponi nobis, concede A driano VI á los
Mendicantes, que vayan
á América, toda su autoridad in utr oque foro, según lo creyeren conveniente.” 171 .
Lo cual vino a confirmar las decisiones de sus predecesores y a “per mitirles continuar
administrando los sacramentos aún sin la aut orización del obispo ordinario” 172
Este or den de cosas llevó a ambas facciones del clero a un enfrentamiento que trascendió a
la institución eclesiástica y se imbricó e n la sociedad colonial.
El obispo como cabeza de diócesis, era nombrado por el rey y ratificado por el papa, tenía
directamente bajo su mandat o al clero secular, formalmente también e jercía autoridad sobre
las órdenes asentadas en el territorio bajo su juri sdicción, sólo que a través de la est ructura
del gobierno de la orden. Es decir, tenía un poder indirecto sobre ellos. Al momento de ser
electo obispo pasaba a ser el repres entante de los intereses de los clérigos y de la Corona,
esto lo enfrentaba a la estructur a jerárquica de los regulares, encabezada por el provin c ial y
168 Flores Mari ni, Carl os, Fidel de Jesu s Chauvet, A. Toussaint, and A nt onio Arriaga. Conve nto s de l s iglo
XVI. Arte s de M e xico, núm. 86/87. Mexico. 1966. p.11
169 Sobre l a Bula Omni moda se ofrece un amplio panorama en Garci a Villoslada, Ricardo, y V icente
Ca rcel Orti . Historia de l a iglesia en Espan a. B ibliote ca de Auto res Cr isti anos, Madr id. 1 979. p386 y s. s.
170 Sobre el estableci miento de la iglesi a en México ver: Mendieta, Ger o nimo de, Fran cisco de P .
Solano y Pe rez-L ila. Historia eclesia stica i ndi an a. Biblioteca de autores e span ole s, 26 0. A tlas, Ma drid .
1973.
171 Catholic Church. Coleccion de las bulas. Imp. por Jose Rosario Bravo, Morel ia, Mich oacán, Méxi co.
1880. p.957. Tambien en pub licado 1964 por Impr. de A. Vroman t
172 R i c ar d, Ro b er t . La con qui sta espirit ual de Me xico e nsayo sobr e el apos tola do y los m éto dos
misioneros de las oórdenes mendicant es en l a Nueva Es pan a de 1523-1524 a 1572. Seccio n de obras
de hist oria. Fondo de Cult ura Econo mica, Me xic o, D. F. 1986. p.365.
131
su definitorio. El obispo, aunque pertenec iera a un instituto regular, pasaba a representar
intereses con trarios a los de las órdenes reg ulares
“porque, en efecto, los obispos son los atalayas que están alerta contra todos los enemi gos
de la iglesia, sostienen y con justicia que el orden es piritual corre exclusivamente a cargo de
la Iglesia, bien así como el der echo de proveer los beneficios y el dominio directo en las
rentas eclesiásticas” 173
Es por ello, explica Ricard Robert, que confor me el clero secular con el obispo al frente fue
cimentando su presencia en la Nueva España in ició una lucha cada vez más abierta contra
los regulares por la administración de las doctrinas; los motivos y quejas iban y venían de
ambos bandos. 174
Refiriéndose precisamente a la sit uación del M éxico de la época “Anguis resume los obispo s
se querellaban de los regulares por admi nistrar los sacramentos sin su licencia, construir
suntuosos monasterios sin su parecer y a veces infringiendo su prohibición, ocupar las casas
en las que el prelado había puesto clérigos secula res, abrir procesos y dar sentencias, ca sar
y separar a su capricho, conceder dispensas aun en casos gravísimos, hacer y deshacer en
asuntos que ni los obispos pen sarían jamás de su i ncumbencia, así tal que se permitían
“decir a boca llena que ellos eran los ames, y sacar siempre a relucir su s privilegios
pontificios, a veces de modo provocativo” 175
Naturalmente que por el otro lado tenían también sus “argumentos”: los regulares se
quejaban de que los obispos no visitaban su diócesis; los acusaban de ignorar la lengua de
sus fieles y no conocer sus necesidades y miserias; de agobiar a los indios hac iendo que los
llevaran en litera por montes y valles; de difamar a los frailes, de intentar quitarles a los indi os
para darlos a los clérigos se culares; de rehusarse a conferir las órdenes a los reli giosos que
aspiraban al sacerdocio, y de estorbarles la administración de los sac ramentos.
173 Munguía de Jesús Clemente Manifiesto que el Li c. Clemente Mungui a, electo y confirmado obis po
d e M i c h o a c á n p o r N . S m o . P a d r e e l S e ñ o r P í o I X d i r i g e a l a n a c i ó n m e j i c a n a . Imprenta de Ignacio
Ar ang o. C alle d el vete ra no N° 6 Mo relia . 185 1 p. 154
174 R i ca rd, Ro be rt . La con quist a espiri tual de Me xico e nsa yo sobr e el a pos to lad o y los mé to dos
misioneros de las oórdenes mendi cantes en la Nueva Espan a de 1523-1524 a 1572. Seccio n de obras
de hist oria. Fondo de Cultura Econo mica , Me xico, D.F.1986. p.367-368.
175 Rodrí guez Rodri guez, I saci o.. Historia de la Pr ovinc ia Agu stiniana de l Sm o. N ombre de Jesu s de
Fili pinas. Manila: [s. n.], Man ila. 1988. p. 3.
132
Estas quejas responden a que er a precisamente el clero regular, “…á quie n entonces estaba
especialmente confiada la admin istración espiritual de las colonias, era el único refugio
donde los indígenas podían buscar simpat ías, consuelo y protección” 176
En este sentido, y por otra parte haciendo clara referencia a las disputas eclesiásti cas
existentes entre el clero secular y el regular, estas mismas, “…habían engendrado un
partidismo más vigoroso entre los indígenas que las disputas de encomenderos…la lealtad
indígena al encomendero fue un rasgo secundario de la rivalidad en las encomiendas,
porque los encomenderos, en efecto, expl otaban estratégicamente las pretensiones
indígenas. En las controversias eclesiásticas, la lealtad indígena era una cuestión inmediat a
y centra l.”. 177
De esta disputa si se concluye que tenía como fondo y como objetivo para el clero secular,
encabezado por sus obispos el empeño d e acabar con las órdenes religiosas masculinas,
con la vida monástica y en definitiva por lo que a la parte ideolo gico-filosofico respecta tirar
abajo la cultura relig iosa barroca, postridenti na, cuya consecuencia nefasta para los nuevos
tiempos, se traducía en que desde los postulados barrocos se podía ser capaz de lanzar un
puente ancho y firme entre l a fe de las élites y la del pueblo, y como élite eclesiástica esto no
podía ser aceptable, pues la manera de funcionar del sistem a imperante permitía al c lero
secular ejercer como una oli garquía señorial priv ilegiada donde el objeto en disputa, esto es,
el indio cosificado daba soporte al doble d iscurso.
Es este m i smo doble discurso el que permitirá que Los religiosos pudieran regalar esclavos
por igual a civiles y a otros religiosos como ellos, tal es el caso de Juan Caballero y Osio 178
que regaló varias esclavas sin importarle que alguna s de éstas fueran apenas unas niñas: “
Sepan los que la presente vieren como yo el bachil ler Juan Caballero y Osio, pre sbítero
vecino de esta ciudad de santiago de Querétaro […] del tr ibunal de Santo Of icio de la
Inquisición. Criador de ganados mayores y menores […] Digo que le tengo mucho amor y
176 Al ama n, Luc as. Diccion ario unive rsal de histori a y de geografi a Ape ndice. Colecc io n de arti culos
relativos a la Republica Mexicana por Jo se Mari a Andrade [y ot ros]. A ndrade y Escal ante.
Mexico.1856. p. 520
177 Gibso n, Cha rle s. Los aztecas bajo el dominio espan ol, 1519-1810. Siglo Vei nti uno, Me xico.1984.
p.113.
178 .Don J uan cabal lero y Osi o era benef actor de l a ciudad de Sant iago de Querét aro.
133
voluntad a doña Antonia Jordán del Vall e y…vecina de esta ciudad…otorgo que hago gracia
y donaría pura y perf ecta de una mulata bla nca que comúnmente llamada m orisca nombrada
Juana Escobedo nacida y criada en m i casa, hija de esclava mía […] que será de siete años
[de edad]”. 179
“Sepan los que la presente vieren c omo yo el Br. [bachiller] Don Juan Caballero y Osio
presbitero vecino de esta ciudad de S antiago de Querétaro y domiciliario del arzobispado de
México, criado de ga nados mayores y menores […] y c orte de los sant os tribunales de la
Inquisición y cruzada y perfecto perpetuo de la general congregación de Nuestra Señora de
Guadalupe de esta dicha ciudad, digo que por c uanto y o tengo mucho amor y voluntad a la
Madre Teresa de San Buena Ventura religiosa pr ofesa de velo negro en el convento de
Santa Clara de esta dicha ciudad por tanto y deseando manifes tarlo y por otras justas ca usas
que a ello me mueve dinas de remuneración en f orma que más da lugar… de mi propia libre
voluntad otorgo que hago gracia y donación pura mera perfecta irrevocable que el derecho
llama entre vivos y partes presentes a dicha religiosa de dos negras esclava s la una
nombrada Micaela que sera de heda d de veinte años […] 180
Como se puede constatar los defensores de los derechos de los i ndios, y que de hecho
hacían la lucha a nivel filosófico e intele ctual porque tenían la capacidad y educación para
ello, defendían por un lado al indio mientras que al mismo tiempo eran parte del mismo
sistema que oprimía a éstos. Así estaban a su favor pero siem pre y cuando no se at entara a
sus propios intereses como clase so cial, frente al otro sector regular que de igual forma
cosificaba en función de sus intereses.
Entonces, puede afirmarse, siguiendo a Jonathan Is rael, 181 que en la r elativa supremacía
que tuvieron los frailes durante los siglos XVI y XVII sobre los seculares, influyó su alianza
179 Cf. Archiv o Históri co del Edo. De Querétaro, Serie Pedr o Ballesteros [Caballero, 1698: 273].
180 Cf. Archiv o Históri co del Edo. De Querétaro, Serie Pedr o Ballesteros [Caballero, 1702: 464].
181 Israel, Jonathan I . La República holandesa y el mundo hispánico, 1606-1661. T raducción de Pedro
V illena. Nerea. Ma dr id, 1997 p. 58 . Ob. Cit
134
con los funcionarios virreinales, tal hecho p ues, al quedar emparentado estrechamente c on
la manifestación de una pugna d e intereses entre los criollos y el gobierno se va a revindicar
como un factor importante; quizá el principal, para el desarrollo de la c olonia en aque l
período.
Y de ello, en referencia al sector criollo, se pude cit ar que “Siendo e llos los mas instruidos
conocen mejor los derechos de los pueblos, sienten mas sus agravios, sino de que han sido
quitados tambien á los hijos del pays los empl eós Eclesiásticos, único refugio de honor y
provecho, de que no estuviesen enteramente excluidos… no quedaba otro asilo á la noblez a
criolla que la Iglesia secular ó regular, donde habían ac udido en tropel c on los estudios
correspondientes” 182
Para Brading esto era visto como carre ra o medio de vida, la Iglesia servía de refugio al
criollo indigente que de ot ra manera no podía satisfac er sus pretensiones sociales. Al mismo
tiempo, ofrecí a a los más brillantes a posibilidad de ascenso, de desarrollarse com o
predicadores, escritores, conferencista s, en la administ ración de bienes eclesiásticos, y en
las funciones propias del sacerdote. 183
Por otra parte es de destacar que el grupo indígena no tuvo acceso aun cuando los deseos
de la Corona plasmados en varias cédulas er an: “...que los indios sean admitidos en las
religiones, educados en los colegios, promov idos según su mérito y c apacidades a
dignidades y oficio s públicos, y atendidos en todo lo posible ”. 184
Deseo expresado en una Real Cédula de 12 de marzo de 1697 y vuelto a m anifestar
respectivamente en febrero de 1725 y septie mbre de 1766, precisamente por su falta de
cumplimiento.
182 Mi er Noriega y Gu erra , Jose Servando Te resa de, Andre Saint-Lu, y Marie-Ce cil e Be nassy-Berling.
Historia de la revoluc io n de N ueva Espan a, antiguamente Ana huac, o , Verdadero origen y causas de
ella con la relacio n de sus progresos hasta el presen te an o de 1813 . Langues et langages, 20.
Pub licat ion s de la So rbo nn e, Paris. 1990 . p.281
183 Bradin g, David A .Gobierno y e lite en Me xico colonial duran te el siglo XVIII . .Hi s to ri a me xi c an a.
México.1974 XXIII, 4. p.622.
184 Real Cédula del 12 de marzo de mil seiscientos no venta y si ete para que los i ndios sean admitidos
en las re li gio nes, 176 6, AH A Y, Cé du las, caja - 4, lib ro nú me ro 29
135
No obstante, si bien los indígenas no tuvieron acceso a los empleos, sí jugaron un papel
importante en la organización religiosa de la com unidad, ya que en el caso concreto de la
orden franciscana a modo de ejemplo, “desde el principio de la evangelización los
franciscanos habían tenido que confiar en as istentes nativos, para ayudarlos en la
predicación del evangelio y en los otros negocios espirituales de la parroquia recién creada”.
Para ello y refiriéndose al grupo indígena “ En cada parroquia de frailes habían establecido
una pequeña escuela tomando a los más jóvenes de las familias nobles y enseñándoles la
doctrina cristiana, la liturgia, lectura, escritura y de igual modo música” . 185
Incluso, en los poblados alejados de la cabecera de doctrina, los frailes a cargo, nombraban
y preparaban a un ayudante indígena, quien se responsabilizaba de la ens eñanza de los
principios de la doctrina cristiana a los demás miembros de su comunidad, lo cual suponía un
gran privilegio debido a la precaria s ituación social de este sector, en este orden de c osas,
Abad y Queypo en su repre sentación del 11 de diciembre de 1799 habla de la situación en
que se encuent ran éstos: "Las dos clases de indios y castas se hallan en el mayor
abatimiento y degradación. El color, la ignoranc ia y la miseria de los indios los colocan a
distancia infinita de un español. El favor de las leyes en esta parte les aprovecha poco y en
todas las demás les daña mucho” 186
Siendo pues estas las máximas prebendas a las que podían aspirar los indígenas, es un
hecho que la lucha por el control y el poder en las instituc iones eclesiásticas se va a centra r
entre criollos y europeos, con lo cual dentro de la iglesia se va a generar un abismo entre
ambos grupos que iba ahondándose cada día más.
185 Farriss Nancy. Ma ya so cie ty u nde r C olo ni al Ru le. Pr inc eto n Un iver st y pr es s. Pr ince ton . 198 4 p. 33 5
186 El Ob servador cat o lico . Me xic o: Ti pografi a de R . Ra f ae l , 1 84 8 . p .4 44 .
136
3.5. E l uso de la im age n del ind io para las visiones de Amér ica fuera de l indio:
La imagen de America en los españoles a través del indio.
La interpretación sobre el México a ntiguo se ha fundamentado en las ficciones y en los
relatos conocidos sólo de oídas. Los español es, al mirar las representaciones artístico-
metafóricas. (portulanos, esculturas, fresco s, pinturas, códices…) las interpretaron
automáticamente como prueba fehaciente de la existencia de sacrificios huma nos.
Juan Gines Sepúlveda utilizó tale s informes sobre los sacrificios humanos y canibalismo,
prácticas que él mismo nunca pudo observar, como fundamento de sus escritos racistas, con
los que intentó denegar l a condición humana de los ind ígenas y justificar su avasallamiento y
genocidio.
Los únicos testimonios concretos sobre quién, a quién, cuando, donde y cómo debieron de
haber sido sacrificados, provienen no del área cultural azteca, sino de la región maya en
Yucatán. Estos relatos están escritos en la s actas de los procesos inquisitoriales de los años
1561-1565, que fueron conocidos por el Padre Diego de Landa.
“…en la ciudad de Mérida , y á trece de Setiembr e de mil y quinientos y sesenta y un años,
se celebró el primero capí tulo provincial, presidiendo el R. padre. Fr. Francisco de la Torre,
custodio actual, y fué electo primero ministro provincial e R. padre Fr. Diego de Landa” 187
Éste eclesiático es considerado c omo el informante m ás importante en lo que res pecta a los
asuntos de la cultura maya, tambi én fue él quien permitió saquear las bibliotecas mayas y
algunos jeroglíficos.
Refiriéndose al padre Diego de Landa “ … pero cuando el venerable provincial presumía
habían puesto en olvido las idolatrías por el continuo cuidado suyo, y de los demás ministros;
descubrieron la guerra, que e l demonio les hacía. Idolatraban unos indios del pueblo M aní,
quebrantando la fé prometida en el santo bautismo, y aunque ellos cometían ocultament e
aquel pecado, permitió la majestad divina, que se manifestase... Había en el convento de
187 Hi stori a De Y ucat an/hi stor y of Y ucatan . L inkgu a Ed icio nes S . L., 2006. p. 44 8.
137
Maní un indio, llam ado Pedro Che, que er a portero. A este le d íó un domingo ga na de salir
por el pueblo á cazar conejos , de que en todos hay en abundancia. S alió por las calles, mas
de bosque, que de pueblo y los perrillos que con el indio eran llevados de el olor, entraron e n
una cueva, y sacaron arrastrando un venado pequeño, acabado de matar y arrancado el
corazon. El indio admirado, entró donde los perrillos salieron, y por el olor de saumerio de
copal (que es su incienso) l lego en lo interi or de cueva, donde est aban unos altares y mesas
muy pompuest as, con muchos ídolos que con las sangre del venado que aun es taba fresca,
habian rociado. Espant ado de esto, porque, salió de allí, y con c eleridad dio cuenta de lo que
había visto á su guardian, que era el padre Fr. Pedro de Siudad-Rodrigo, y este al prov incial,
que estaba en la ciudad de Mérida.
Sintiolo el celoso ministro, como culpa de hijos á quien habia regenerado en Cristo, cuyo
honor y culto ultrajaban, y fue personalmente á poner el remedio, que tan grave mal pe día.
Como era tan s abio en la lengua de estos naturales, prest o descubrió los que habían caído
en aquel pecado, y con la autoridad apost ólica que tenía, haciendo of icio de inquisidor,
procedió á información jurídica cont ra los idól atras apóstatas de la fé, y descubrió en ella
otras idolatrías de los indios orientales de esta tierra hácia los Cúpules, Cochuaxes de
Zotula, Canales, y otros. Halló, que habiendo muerto algunos pertinac es en su idolatría,
ignorándose, estaban sepultados en lugar sagr ado y mando desenterrar los cuerpos, y echó
sus huesos por los mo ntes. Substanciadas las informaciones, determinó hac er auto público,
como de inquisición en el pueblo de Maní… fueron leidas las sentencias, y castigados los
idólatras con el auxilio real, aun que algunos engañados del de monio impenitent es se habían
ahorcado, temiendo el c astigo, porque parece habian entre ellos, ya relapsos, y sus cuerpos
fueron echados á los montes. Con recelo de esta idolatría, hizo juntar todos los libros y
caracateres antiguos, que los indios tenían, y por quitarles toda ocasión y memoria de sus
antiguos ritos: cuantos pudieron hallar, se quemaron públicamente el dia del auto, y á las
vueltas con el los sus hi storias de antigüedades.”. 188
188 Lo pez de Cogolludo, Di ego, Ferdinand Anders , y Diego Lo pez de Cogolludo. Los tres siglos d e la
dominaci o n espa n ola en Yucat a n: o sea historia de esta provi ncia (desde la conquist a hasta la
independenc ia . Akadem. Druck- u. Verlagsanst, Gr az, Austria 1971. p. 410-411
138
En lo concerniente a testimonios sobre sa crificios hu manos, fueron, con todo, arrancados
por la fuerza y a través de interro gatorios estereotipados a los indígen as torturados.
“…así como se la causó de horror el espectáculo, á quines se conocía haberse
recientemente inmolado víctimas human as, y de lo cual pusieron á aquella isla el nombre de
Isla de los sacrifi cios.” 189
“¿Había de tolerar que siguier an aquellos abominables sacrificios, aquellos banquetes
horribles de carne humana, q ue los mejicanos ofrecían á sus dioses cuando tenían hambre, y
que los hombres devoraban á nombre de los di oses con bárbaro placer? Propúsose Cortés
abolir aquellos ritos inmundos, y hacer conoc er á aque llas gentes el culto suave y
humanitario del cristianismo.”. 190
Desde el descubrimiento y la conquista de América, la figura de la india como mujer había
aparecido en cuadros alegóricos de l arte europeo como la América personificada: la india
desnuda y salvaje, adornada con plum as, tal como la describieron los primeros
conquistadores, simbolizaba, en los siglos XVI y XVII, la inferioridad d el Nuevo Mundo y s u
subordinación a Europa, y en el siglo XVIII, con las frutas del país, reflejaba la importancia
colonial de América para
Europa. 191
“La modernidad y la c olonialidad pertenecen entonces a una misma matriz genética, y son
por ello mutuamente dependientes. No hay modernidad sin colonialismo y no hay
colonialismo sin modernidad porque Europa sólo se hace “centro” del sistema- mundo en el
momento que constituye sus colo nias de ultramar como periferias” 192
189 Lafuente, Modest o. Historia general de Espan a. Est ablecimi ento Ti pogra fi co de Mellado, Madrid
1850. p.8
190 O p. C i t.L af ue nt e , Mod e st o ..p .25 .
191 Los cat álogos de las siguientes exposici ones perm iten hacerse una idea de esta representaci ón en
la pi ntu ra y la s art es fi gurati vas europ eas : L’A mérique, vue pa r l’Europ e . Edición des Musées
Nacionaux. París, 1976; véase Mcclung Fleming, E. 1965 The American Image as Indian Princess, 1765
1783 , en Win t ert h ur P o rt ofol i o, II , p p . 6 5- 81 ., p p . 6 5- 81 .
192 Op. Cit. Castro -G o mez, Santiago. p.50 quien cita a (D ussel, 1999:148-149)
139
En el caso concreto del uso de la cartografía como medio, se puede explicar desde ella, la
perspectiva intrínseca en cuanto a las es trat egias utilizadas por la sociedad de la época para
definirse así misma el mundo y en el m undo.
Un vistazo sobre el proceso de representación, ref erido a la población o al territorio present e
en el momento histórico de su construcción, se puede obtener a través de los mapas, no
como representantes sólo de s imples hojas de papel con marcas, iconos, que determinan
coordenadas, nombres y lugares, más bien habría de vérselos co mo objetos materiales
cruzados por las inquietudes que forman part e de la sociedad que los construye.
Por su parte en lo referente al aspecto es tético convencional, los m apa s de América,
principalmente mapas portulanos creados durante el siglo XVI y XVII van a estar
construidos de acuerdo al pensamiento de su época, una época entre ciclos, esto es, el
salto a la modernidad conjugado con elementos del medioevo
Así la visión medieval se sustentará bajo seres míticos, enfoque religioso del mundo, la del
renacimiento, en que se toma la exaltación de la rememorac ión estética clásica, a lo que se
le puede añadir que la Modernidad se asienta sobre la rot unda novedad de la his toria como
valor supremo, “En el tiempo lineal de la modernidad, solo s e determina el punto de part ida; y
es el movimiento imparable de ese punto el que endereza la existencia descargada de afecto
dentro de un línea de tiempo histórico” 193 Y en un tercer lugar le acompañan a estas dos
visiones, algunos anhelos de carácter ilustrado, como bien pudiera s er el intento de mostrar
al mundo tal como es.
En su aspecto ideológico el ma pa va a repres entar el constante conflicto entre la intención
de describir: dibujar lo que se va conociendo; y la de reconocer : dibujar personajes y
geografías pertenecientes a lo ya conoc ido, esto es, la geografía anterior y los iconos
representativos de lo que sabe existe, y desde donde se in tentará explicar ¿Qué es
América?, no desde lo que es, sino desde lo que conozco que debería ser.
193 Gidde ns , A ., Jo setxo Be riai n, and Ce lso Sa nch ez Capd eq ui . Las consecuencias perversas de la
modernidad moderni dad, contingenci a y riesgo. Autor es, Te xtos y T emas, 12. Anth ropo s Bar ce lona.
1996. p. 86
140
El mapa, como un complejo entramado de símbolos que e ntregan ideas generales y
específicas de los lugares, va a estar sujeto a las nociones geográficas de su autor y la
sociedad a la cual pertenece.
Si esto se pone en relación a las palabras de Debr ay en que "Representar es hacer presente
lo ausente", siguiendo a Baca Olamendi qu ien usando como principio esta misma frase
comenta que se t rataría de “c olocar frente a los ojos o el espírit u de alguien ese objeto
concepto ausente por medio de una f igura, una imagen o un s igno. En política de lo que s e
trata es de representar el poder. ”. 194
Así Durante la Colonia el mapa se convertiría en uno más de los tantos mecanismos de
apropiación simbólica, a través de una objetiva ción que recurre a diversas estrategias para
hacer del indio americano una poses ión europea, contrario a ella, pero a su vez, sujeto a sus
modelos, que le permitieran amoldar a imagen y semejanza de sus p ropios imaginarios.
“Efectivamente, es erróneo querer ver en lo real la d eterminante d e la objetividad, c uando en
realidad sólo se puede aportar la prueba de una objetivación correcta. «La presencia de la
palabra real, como muy bien dice Campbell, significa siempre el peligro de confundir el
pensamiento.» S i se quiere conservar la clariv idencia hay que conseguir plantear el problema
sistemáticamente en términos de objetivación, más que en términos de objetividad.
Determinar un carácter objetivo no significa definir un absoluto, sino probar que se aplica
correctamente un mét odo .” 195 .
Para permitir traspasa r las imágenes mentales de lo s indios hacia el soporte de pap el, s e
generaba una domesticación de los hechos. Esta d o mesticación venia a hacer legít ima y
creíble la representación, pues sin ella los des tinatarios finales, esto es, únicamente los
europeos no podrían reconocer los antecedent es de las imágenes y éstas quedarían fuera
del ordenamiento y clasificación de las cosas. “… el lugar de reencuentro, el efecto de u n
194 Baca Olamend i, Laura. Le xico de la poli tica. Me xico, D.F.: Facultad La tinoamericana de Ciencias
Soci ales , Sede Acade mi ca de Me xico, 2000. p.643
195 Epi stemología Textos escogi dos por Dominiqu e Lecou rt,(texto de Gastón B achelard: l a
construcció n de l o real) Anagrama, Barcelona 1973, p. 38- 41.
141
esfuerzo de comprens ión, de mí colocándome e n su lugar, de ellos colocados por mi en mi
lugar” 196
Al domesticar la imagen se gen era un efecto de realidad con la cual e l lector de la imagen
cree que lo que está viendo es algo externo y objetivo al creador de ella. Por estar en u n
mapa, ya sea ornamental o científico, el efect o de realidad adquiere otra dimensión, pues la
domesticación se hace dentro de un ordenam iento y una estructura territor ial y espacial. La
realidad se legitima a ún más porque el in di o es ubicado en este contex to descriptivo: el
mapa. “Tales contenidos proyectados sobre el indi o am ericano, sirven para realizar diversas
funciones -identificación [...] est igmatización [... ]- es la misma percepción del Otro la que se
codifica en términos de los contenidos y fo rmas culturales del pasado [...] de Europa. La
diferencia real del Ot ro se reduce, de modo casi obligado, para poderla comprender y
controla, pero sin ser eliminada: la difer encia desc onocida asumir á las formas de aquella
sabida o prevista, de modo que el otro será obl igado a jugar el obsceno juego del espejo
europeo 197
Una de las primeras identificaciones que se cons truye del indio americano es la del salvaje,
se parte de a similar a este ser del Nuevo Mundo a los naturales y sin cultura d el propio
mundo europeo: el hombre del bosque, el ermitaño o el salvaje loco. Es un hombre que está
más cercano a su ser animal que a su ser cultural, vive como los animales y es indomable;
como la misma naturaleza e irracional; la razón pertenece sólo a los hombres cultos de cort e
Europeo moderno.
En este sentido se retoma el pensamiento de Lévi-Strauss, en el pensamiento salvaje “Lo
que intento definir como «pensamiento salvaje» no es atribuible con propiedad a nadie, ya se
trate de una porción o de un tipo de civilización. No tiene ningún car ácter predicati vo. Más
bien digamos que, con el nombre de pensamiento salvaje, designo el sistema de postulados
y de axiomas requeridos para fundar un código que permit e traducir, con el mínimo mal
rendimiento posible, a lo «ot ro» en lo «nuestr o», y recíprocament e, el conjunto de las
condiciones en las cual es comprendernos mejor; es claro que siempre con un residuo. En lo
196 Lévi-Strauss, Claude. Problemas del est ructurali smo , E diciones Universitarias de Córdoba, A rgentina
1967, p. 163-164.
197 Op.cit. Amodio, Emanuelle. Pág. 119
142
más íntimo el «pensamiento salvaje» sólo e s, según mi intención, el lugar de reenc uentro, el
efecto de un esfuerzo de comprensión, de m í colocándome en su lugar, de ellos c olocados
por mi en mi lugar. Las circunlocuciones apr opiadas para examinar su naturaleza se
referirían a las nociones de lugar geométrico, de c omún denominador, del mayor común
múltiplo, etc., excluyendo la idea de algo que pertenecería intrí nsecamente a una porción d e
la humanidad y que la definiría en el absoluto. Por más que en el fondo me siento - y con esto
termino- totalmente de acuerdo con Ricoeur, a exc epción de que el prin cipio de la diferencia
que él postula no me parece estar en los p ensamientos en sí mismos, sino en las variadas
situaciones en que el observador se encuentra frente a dichos pensamiento s. “ 198
Ver anexo número ocho, en el que se muestra el mapa de Ogilby donde es posible observar
esta ferocidad y salvajismo en las e scenas de ca za presentes en dicho mapa.
El salvaje, es el indio americano que acar rea aquellos componentes icónicos genéricos que
lo especifican de manera profunda com o tal.
Estos elementos se pueden observar en el anexo núm ero nueve, en el de talle del mapa de
Cabotto: Cuerpo desn udo —dibujado con un est ilo clásic o—, falda y tocado de plumas, arco
y flecha.
El salvaje será el indio genérico de América.
El hecho de la desnudez vino a suponer una de las c aracterísticas más representativas del
indio de América, así, en todos los mapas pr esentados en esta categoría icónica, la única
prenda de vestir es la falda de plumas y el to cado. Esta característica vino a produ cir en
occidente una serie de relaciones que hicieron de esa desnudez una representación de dos
ideas antagónicas.
198 Lévi-Str auss, Claude Pro blemas de l estruc turalism o, Edicion es Univers itar ias de Córdoba, Argentina
1967, p. 163-164.
143
Por un lado, la desnudez asociada a ause ncia de cultura de los indios hacía de éstos unos
seres inocentes , cercanos o dentro del tiempo de Adán y Eva, y por ende nobles, porque
como no tenían o conocían ropas y por lo tanto todavía no habí an cometido pecados, se les
suponían seres inocentes.
La imagen del s alvaje inocente puede observarse el anexo número diez en el mapa de
Ovalle, quien muestra a los indios en estado de relajo cotidiano.
Este mundo sin ley, sin ropas, ni propi edad privada le entrega material ideal al europeo par a
construir una imagen virgen y pura de América. Pero esta inocencia primordial pasa a
transformarse en incapacidad humana, estos seres incivilizados son niños a los cuales hay
que educar y moralizar 199
Por otro lado, bajo esa desnudez, a la que se une la ausencia de cultura por parte esto s
seres sin control, sin restricciones y, por tanto, perversos, insertos bajo un Nuevo Mundo,
aparentemente s in orden ni ley, lo desnudo de los indios va a quedar relacionado a s u
comportamiento sexual, también libre de no rmativas honestas, lo cual es percibido como una
oposición total a las reglas sociales europeas , así la perversió n no suponía solamente lo
sexual, sino un ni vel moral degenerado, y de ello, ba jo esta lógica se asume que “... La
perversión sexual va acompañada del canibal is mo porque ambos significan exceso de
placeres, la destemplanza y el apetito er a opuesta contra la moderación y la razón 200
“La representación de la realidad se sobrepone a la realidad, la suplanta o simula ser la
realidad. Lo real ya no es tanto lo que se puede reproducir, como lo reproducido” . 201
La diversidad de grup os étnicos y su difícil entendimie nto por par te de los europeos, hicieron
del indio un ser ambiguo, complicado para dibujar. Lo irrec onocible tomó la forma de lo
monstruoso. “Hay una ambigüedad entre categorías, lo cual es producto de la at ribución de
199 Am od i o , E ma n ue l l e. O p .ci t . P á g. 1 1 9
200 Mason, Peter. Deconstructing A merica, representa tions of the o ther. Editoria l Routle dge, London.
1990 P.55
201 Tomado de Franco Berardi, 25 años desp ués: de mocracia y to talitar ism o mediático
144
disformidad: monstruo es el lugar de la p luralidad y, por ende, d e las posibilidades. Casi una
naturaleza no ordenada donde es posible encontrar lo que se espera 202
“A la existencia real se sobrepone una realidad ide al…La realidad s e ordena y jerarquiza
según un sistema de valoraciones”. 20 3
En el anexo número once s e puede observar el mapa de Cornelius de Jode, una América
poblada de seres fantásticos y mitológicos, el indio monstrificado está acompañado de
venados, leones y otras especies autóctonas que hacen del paisaje un lugar más fantást ico
Esta antihumanidad que se desarrolló en tor no a la monstruosidad física po steriormente
también se proyectó como monstruosidad cul tural.
En el anexo número doce puede observarse a trav és de la Tabula Geográfica Regni Chili .
202 Am od i o , Em an ue ll e . O p.c it . Pá g.5 0 .
203 Xi rau Joaq ui n. Obras complet as escritos sobre educaci o n y sobre el humani smo hispa nico.
Biblioteca de Auto.Puebl os.Pensadores Espan . Mo der, A nthro pos, Barc elona 19 99. p.211
145
3.6 La i magen de Am eri c a en los grupos insurgentes a través del indio.
Durante la Independencia las imágenes de indígen as en alegorías republicanas son
recurrentes como símbolo de la libertad o como símbolo de América.
“El indio es un valor ideológico, un centro polar de justificación teórica, y un material
inapreciable de insurrección. Es e l pasado r edivivo que sueña con emancipar a América;
sobre él descansa el ser originario y prísti no de la nación amer icana. La emancipación de
América depende, así, de la emancipación del indio.” 204
Francois Xavier Guerra sostiene que existía una amplia a lfabetización de Nueva España, la
cual dio sentido a la imprenta, esa nueva arma de los partidarios de la inde pendencia. 205 La
audiencia de México decía que "los folletos sedicio sos e in c endiarios eran distribuidos hast a
en las casas más pob res y humi ldes". 206 Los autores de est os escritos eran intelectuales:
letrados, curas, estudiantes. Quizá los lectores eran también de est a misma clase 207
Bajo el proceso de independencia que daría lugar a la disociación de la Nueva España del
imperio español desde 1808, se va a gener ar un transcurso de f ormación hac ia el de Estado
soberano de México, en el que no solamente se conservaban la len gua, las tradiciones,
204 Torres Quintero Gregorio, Méxi co ha ci a el fi n del vir rein at o. Edt. Cosmos. Mé xico 1980.p.141.
205 Cel ia de l P a lac io M on tie l , “Esfera pública y prensa, Inicios d el per iodismo en Guadalajara (1809-
1835)” Est e trabajo forma part e de la tesis de doctorado en Histori a denominada La disputa por las
concienc ias . Lo s inicios de la pre nsa e n Gua dalajara 1809-1835, presentada en octubre de 19 97 en l a
UNAM .
206 François Xavier Guerra trata de probar el alto grado de alfabetización con "la guerra de
propagandas que librar on a partir de 1810 insurg entes y realistas", el deán del capítulo de México en
1811 se inq uieta por "la m ultitud d e pasqu ines, ce dulillas, cartas y otros arbitr ios par a infic ionar la
lea l tad y el p atr iotis m o d e lo s a me r ica no s, e spe cia lm e nte de los ind ios y rancheros" (Guerra 1992: 280).
Posteri orment e cit a escritos en es pañol y en náhuatl, publicadas ta nt o por los insurgentes como por el
virrey Venegas ( ldem).
207 De hecho, las listas de suscriptores tanto del Mentor de l a Nueva Galicia de 1813.publicado en
Guadalajara, como del J ornal Económ ico Mercantil de Veracruz de 1806, evidencian que los lect ores
de d ichos órg ano s de pre nsa, presentes e n d ive rsa s p ar tes de l p a is e in c lus o de l ex tra njer o,
pertenecían en su mayoría a la élit e: grandes terr atenient es, eclesi ásticos de alto rango , n obles,
aunque tam bién comer ciantes, maestros, militares, emplead os y curas de meno r categoría.
146
instituciones y conceptos jurídicos españoles, sino en el que adem ás, la antigua clase alta
criolla vendría a constit uir, en gran parte, la nueva clase dirigente en la vida política y
económica, dándose de manera paral ela una especial atención hacia la población autóctona
indígena tanto antes como en el transcurso del movimiento de independ encia así como en
los primeros años de su existencia.
Esta dedicación tuvo lugar ba jo la utilización premeditada y partidista, “cosificación”, de este
elemento poblacional en un dob le sentido; por una parte en el reclutamiento de la pob lación
indígena; principalmen te los criollos procuraron in ducir a los indios a reforz ar los contingentes
de tropas en los conflictos bélicos con España, y por otra, en que se recurrió a la historia
india antes, durant e y desde la conquista com o elem ento justificador por parte los actores del
movimiento separati sta.
Numerosas promesas y decretos, destinados a abol ir la discriminación y la esclavitud de los
indios, servían para motivar a los mismos a participar en las luchas por la libertad y para
hacerles creer que los criollos eran sus libertadores.
En referencia a estas disposiciones afectaban la abolición del tributo y del trabajo forzado,
mejora de la posición jurídica, paridad con los demás ciudad anos, acceso a la formación
escolar así como la re partición y distribución de la tierra o la restitución de las antiguas tierras
indias, respectivamente. 208
Fueron pocos los casos en los que de estas proposiciones surgiera una moviliza ción efectiv a
del conjunto indígen a; suponiendo una excepción a ello, el inicio del movimiento de
independencia en México bajo el mando de Hidalgo y Morelos 209
208 Lync h, John 19 76 Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. A riel, A rie l His t ori a, B ar celo na
Véanse los respectivos decretos de los d istintos países en el libro.
209 En cu an to a la re vo luc ión me xic ana en gen er al, véas e V illo r o, L uis La r evolución de
independenci a; ensayo de in terpretaci ón his tórica . Méxi c o: Un iv e rsi dad N aci on al Aut ón oma de
Mé xi c o. 1 9 53 .
En cuan to a literatura básica so bre H idalgo: Hamill Jr., Hugh M. “Early Psychologica l Warf are in the
Hidal go Revol t”, en The Hi spanic Ameri can Hi stori cal Rev iew , XLI , pp. 201 -235 . 1961 . y The H idalg o
Revolt . Prelude to Mexican Independence . Gaines ville: Unive rsity of Florida. 1966
147
Bajo un proceso de tran sformación súbito, como así lo sup one un movimiento de
independencia, el desempeñarse en el estudio de l pasado indio y de la conquista, más bien
sirvió de ejercicio para legitimar an te las masas formadas de los grandes grupos criollos la
disputa por la libertad; entendida como “liberaci ón de” y para impla ntar, al mismo t iempo, una
nueva creación, es to es, el constructo de una unidad, m ediante la propagación d e mitos
“nacionales” en el imaginario de aquellos sectores en los que se pretendía influir, más que
rescatar la dignidad del ser humano del indio como tal.
El afanoso interés ac tivista puesto en la época prehispánica, enfocado a describir el
encuentro entre indios y españoles, y el enfatizar la opresión que por más de tres siglos
padeciera la población autóctona, no provenía de ninguna manera, desde los propios indios,
más bien la dedicación al pasado i ndio supus o una pretensión criolla; de los españoles
americanos, es decir, de aquellos que si bien pertenecían, junto con los españoles europeos,
a una misma clase alta y blanca, se sentían políticamente perjudicados frente a éstos y que
por tal razón; t ambién incluidos los motivos económicos, trataban de deshacerse de una
“dominación extranjera” . Es por ello que cons ideraron importante el incluir en función de la
consecución de una mayor efic acia a sus reivindicaciones, la argumentación de la necesidad
de la independencia in dia.
Así, los co nceptos político-propagandísticos debían de transit ar como punto de partida des de
la misma denominación in dia, hacia un simbólico figurativo, el icono, usándose para ello
como medio, el rescate de la poesía y textos políticos autóctonos, así como también los
escritos por autores que antes de la independencia sólo se habí an expresado malévolament e
sobre los indios.
Por otro lado, en el hecho de que las instancias subordin adas al tipo de poder pretendido,
debían seguir los modelos europeos, permite re conocer, sin embargo, que no se pensaba en
restaurar los imperios Azteca, Mexica o Maya sino más bien y únicamente en resaltar una
identidad am ericana propia que se dist inguía de la española.
Sob r e M o re los: T IM MONS , W ilber t H. Morelos, Priest, Soldier, S tatesman of Mexico . El Paso, Texa s:
W estern College. 1963. y LEMOINE VILLA CAÑA, Ernesto Morelos. Su vida re volucionaria a través de sus
escritos y de otros t estimonios de la época . México1965: Universidad Nacional Autónoma de México .
148
Amen de los nombres indios, también libraba un papel importante la repre sentación gráfica
de lo indio, cuando todavía no se había conseguido la independencia definitiva y cuando
había que convencer a numerosos contempor á neos de la necesidad y del sentido del
movimiento independentista, los criollos utilizaron en algunos países una figura femenina
india en los emblemas de banderas, escudos estatales, cuadros políticos y monedas.
Desde siempre, las figuras feme ninas habí an servido de alegoría de los continentes.
Durante el movimiento de independencia, los mismos americanos utilizaron la figura de la
india y la convirtieron por su parte en el símbolo de la libertad, del venc imiento de la opresión
existente desde la conquista.
En el anexo número trece puede observarse una alegoría de América referente al caso y en
el número catorce la imagen de la india libertad.
También se puede apreciar la repres entaron en forma de una amazona americana, coronad a
con plumas y armada con cadenas rotas y un caimán vencido. 210
Como simbólico para caso específico de México, de la primera mitad del siglo XIX, se
reproduce una alegría, bajo la imagen de una bella mujer de rasgos clásicos y gesto altivo,
con faldellín de pl umas y túnica, cor onada por una diadema y un penac ho tricolor, que
sostiene en una mano un arco y en la otra un cuerno de la abun dancia, a sus pies se puede
observar una macana, el águila y el li enzo tricolor.
Ver anexo número quince.
Así como las adaptaciones escritas sobre la hist oria considerada “tradicional”; se dirigían al
reducido estrato de los criollos con el fin de hacerles ver cuán justificada era la lucha contra
los españoles y move rlos a defender o recuperar sus propios d erechos, la reproducción de
210 En Venezuela un escudo de 1810 mostraba una india; incluso l as monedas llevaban indias, una
moneda de Cartagena de 1 812 o una de Cundinamarca, 1814-1819.
149
imágenes, de lo india no en las m onedas o el escudo del país, tenía el propós ito manifiesto de
influir también sobre los estratos analfabetos de la población para fomentar la solidaridad y
crear un sentimiento de identidad en un ámbito más amplio
Sin embargo, el centro de la reclamación del pas ado histórico indio lo constituyó el reproche
de la conquista española.
Nutridos discursos y escritos políticos, pero ta mbién los textos constitucionales, trataban la
cuestión de la conquista c on fines propagandísticos.
En el anexo número dieciséis se puede obser var la litografía de la constitución del estado de
Cartagena de indias.
La conquista constituyó en realidad la evidenc ia pr incipal para la const rucción lógica a través
de ello, de las respectivas historias “nacionales”; historia que debía fundamentar una
continuidad de la lucha contra los españole s considerados enemigos y e xtranjeros, es decir,
contra los no americanos.
El punto de partida fue rechazar los títulos legales españoles, que habían sido implantados
por los conquistadores, los criollos para ello van a retomar la antaña dis cusión del siglo XVI
en torno a los títulos legales de la conquista y colonización españolas, que trataron de
manera particular la relación entre indi os y españoles. 211
El grupo criollo negaba la validez de los títulos legales con que los españoles habían
justificado su dominio en América, y rechazaban tanto la legalizac ión que el papa Alejandro
VI pretendía dar a la presencia española por medio de la “donación” del mandato m isional,
como el derecho del más fuerte deducido del descubrimiento y de la conquista
211 En cu anto a los títu los l ega les y a l a po lítica ind ia véa nse, entr e otro s, Ots Capd equ í , José M aría, El
Estado español en las Indias . Fondo de Cultura Económica. México 1946; Góngora , Mari o. El E stado en
el derecho indiano. Época de fundación 1492-1570 . Universitar i a, Sa n tiago de Chile. 1951., Manzan o
Manzano, Juan La adquis i ción de las I ndias por los Reyes Católicos y su incorporación a l os Reinos
cast ell anos, en Anuario de Hi storia del Derecho Es pañol , XXI, 1951 pp. 5-10 ; García Ga l l o, A l fonso La
bula de Alejandro VI y el ordenamiento ju rídico de la expansión portuguesa y castellana en África e
Ind ias , en Anuario de Hi storia del Derecho Español, 27-2 8, 19 57-19 58. pp. 461-82 9; Chau nu, Pierre .
L’Amérique et les Amériq ues . París: A. Colin, “Des tins du mond e, 8”; .Zava la, Silvio. La filosofía política
en la conquista de América . Fondo de Cultura Económica, México, 1977.
150
En el transcurso de esta nueva discusión, en oposición a la arrogancia de los españoles y
sus barbaries cometidas durante la conquista, que se r epresentaran antagónicamente, y de
manera positiva a modo de glorificación, los imperios y so ciedades indios con los que se
encontraron los españoles durante sus campañ as de conquista. E n tales descripciones, los
indios de la época aparecí an efectivamente co mo personas libres y razonables, que si bien
todavía no habían logrado el nivel civilizado y cultural de los europeos, ya se ha bían
organizado en comunidades o e stados complejos que fu ncionaban bien.
El propósito de un dis curso tal resulta evidente, que bajo la remem branza a las sociedades y
regímenes indios, cuyo desempeño como sociedad or ganizada fue exitoso, así como el de
los legítimos soberanos indios que en ella ejercían, se podían argumentar, por una p arte, la
ilegitimidad de la conquista española co mo una usurpación, como destrucción de una
civilización genuina y, por otra, la resistencia de los indios contra los españoles como
defensa de sus derechos legít imos hereditarios.
Si la conquista y colonización españolas s uponían una atroz invasión llevada a cabo sin
títulos legales suficientes para ello, que únic amente tenía como sustento el presunto derec ho
del más fuerte, o la opresión de pueblos pacífi cos y la usurpación il egítima; entonces por la
lógica de la razón, la formación de Es tados soberanos, independient es de España no podía
significar otra cosa que la recuperación de la libertad robada a causa de la ocupación y la
reivindicación de los antiguos derechos legitimadores de una legalidad rec uperada.
Con similares “argumentaciones históricas” los criollos d emandaron para sí mismos la
historia de los indios antes de la conquist a y a partir de ésta, a t ravés del indio, de la falta de
libertad y a la dominación de éstos, se podía también denunciar públicamente la opresión y la
falta de liber tad de toda A mérica, es pues de esta manera que los propagandistas criollos
trasladaron la domina ción extranjera, la opr esión y la exp lotación que s ufrieron los indios
desde la conquista ta mbién a sí mismos.
La identific ación con l a historia de los indios llegó con frecuencia hasta tal ex tremo que en
algunos textos y artículos periódisticos lo s criollo s mismos pare cían ser l os sometidos
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