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Forma Urbis Hispalensis. El urbanismo de la ciudad romana de Hispalis a través los testimonios arqueológicos

González Acuña, Daniel

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Facultad de Geog rafía e H istoria Departame nto de Prehistoria y Arqueolog ía Tesis Doctor al Forma Urbis Hispal ensis El urbani smo de la ciudad r omana de Hispalis a tra vés los testi monios arqueol ógicos VOLU MEN I TEXT OS Doctoran do: Dirigida po r: Daniel Gon zález Acuña Fernand o Am ores Carredano Sevil la, 200 7 A m i familia 1 ÍNDICE GENERAL VOLUMEN 1 Í ndice General Capítulo 1: Introduc ción Capítulo 2: P aleotopogr afía de la c i udad de Hispalis Capítulo 3: La ciudad turdetana Capítulo 4: Los sistemas defe ns ivos Capítulo 5: El vi ario y la trama ur bana Capítulo 6: Los espa cios públicos Capítulo 7: Los edific ios religiosos Capítulo 8: Los espa cios de hábitat Capítulo 9: La actividad portuaria Capítulo 10: Los enc l aves artesa nales y del comerc i o Capítulo 11: Los espa cios lúdicos Capítulo 12: La s áreas nec ropoli tanas Capítulo 13: Balance de la me todología empleada y conclusiones de índole urbanística Anexo 14: Fuentes literarias e historiog rafía a ntigua ref eridas al urbanismo de Hispalis Anexo 15: Análisis petrológ ico de las muestras procedentes de los restos de la calle Mármoles Bibliogra fía VOLUMEN 2 Í ndice de Fig uras Figur as 2 L áminas del catálogo de mate riales VOLUMEN 3 Í ndice de planos de la intervenc ión arqueológic a de la Enca rnación Planimetría Í ndice de estratigr afías L ist ados de perfiles estratigrá ficos de l a intervención arqueológ i ca de la Enca rnación (VI -VI I Fases) Estratigra fías y perfiles VOLUMEN 4 Fichas del c atálogo de intervenciones Fichas del c atálogo e pigráf i co Fichas del c atálogo de UUEE ocupaciona les. Estudio de materiales I nventario de materiales de las V- VII campaña s de excavación en la Enc arnación 3 1. INTRODUCCIÓN. UNA DECLARACIÓN DE INTENCIONES L a reconstrucc i ón de la ordenación urbana de Colonia Iulia Romula Hispalis constituy e un reto fundamental de l a investigación arque ol ógica de la ciudad de Sevilla pues, a pesa r de conta r c on una larg a tradición de estudios al respecto 1 , se encuentra actualmente en un e stado embrionario. El pasado romano de la ciudad y su formalización urbanística han sido objeto de disertación desde época s muy tempranas, espec i almente a partir de la Edad Moderna, gene rándose una serie de propuestas de identificación de hechos arquitectónicos principales y de la ordenación urbanística antigua basada en una lectura mitificada de las fuentes li terarias y de los escasos vestigios antiguos conservados (fig . I .1, I .2 y I.3 2 ). Esta intencionalidad apologé tica fue parcialmente superada con el advenimiento de los primeros trabajos de cariz científico desarr ollados desde fines del s. XIX por autores como Guichot (1875) y Gestoso (1984 [1889] ). Sin embargo, no es hasta mediados del s. XX cuando la cuestión del urbanismo de Hispalis es abordada bajo un esquema más moderno. L as reflexiones consignada s por Thouvenot (1940, fig . I .4) inaug uran la panoplia de trabajos de investigación que, con desigual fortuna, plantean sus propuestas de lí neas maestras de la ordenación urbana hispalense. Aquellos, concentrados en la segunda mitad del s. XX, ampliaron e l marc o cronológico de interés a barca ndo la géne s is de la urba ni zación del enclave . Los e studios de Collantes de Terá n (1977), Blanco (1989), Campos (1989 y 1993) y Corzo (1997) han constituido hasta la actualidad el corpus i nterpretativo de refe rencia de las argumenta ciones de índole urbanística, en l as cuales han i do insertándose l os sucesivos descubrimientos realizados (fig. I .5, I .7, I .9, I.10- I .18) 3 . 1 Par a una síntesis de las diversas informaciones co ntenidas en los testim onios literario s d esde épo ca antigua y de las reconstrucciones propuestas desde la Ed ad M oder na véase nuestro tra baj o ( González Acuñ a 20 05) y , para u n m ayor desarr ollo, el anexo 14 del p resente estudio, ded icado a las fuentes documentales. 2 Se pre sentan aquí las p lasm a ciones gráficas d e los d iscursos literarios p ublicado s desd e el s. XVI pues nun ca fueron presentados en su versión planimétrica. Éstos son reco pilad os en el an e xo de fuen tes literarias. 3 Las p rop uestas co ntenidas en la historio grafía romulens e serán tr atadas de forma analítica en los capítulos temáticos corr espondientes. D esecham o s, po r tanto, la inclusión en este tra baj o de un capítulo dedica do a la historia d e las investigaciones, usual en la literatura d e índole ac adémica, pero que resulta aquí un tanto redundante. 4 Como t endremos ocasión de analiz ar, todos ellos adolecen de un excesivo componente especulativo en sus propuestas debido, en la m ay or parte de los casos, a la escasez de datos empíricos sobr e los cuale s fundamentar sus hipót esis 4 . De f orma gene ral, dos de estas síntesis d e may or calado, las propuestas por C ollantes de Terán y Campos, abordaron el problema del urbanismo a t ravés del análisis de los escasos datos conocidos, hacie ndo especial hinca pi é en los r esultados obtenidos en int ervenciones arqueológ i cas preeminentes en el contexto general de la ciudad dirigidas por ellos mismos 5 . Actualmente, por el contrario, el corpus de datos refer ente al período romano de la ciudad ha aumentado significativamente. La s más de trescientas ex cavaciones arqueológ i cas re alizadas en los últimos años bastarían p ara sugerir un ava n ce en el conocimiento del urbanismo hispalense, sobre todo si tenemos en cuenta que entre ellas se hallan grande s intervenciones arqueológ icas, vinculadas a obras públi cas, que han exhumado las may ores superficies de ciudad romana descubiertas en toda la hist oria de las investigaciones (fig. I. 19, vé anse las fichas del r egistro de int ervencione s). Sin embarg o, como veremos a lo largo de este t rabajo, la m era revisión de l as conclusiones obtenidas indi ca que esta situación no ha suscitado unos resultados tan satisfactorios como pudieran imag i narse a priori . L as causas de este déficit son múl tiples y complejas. Desde el punt o de vis ta del reg i stro arqueológ ico, los contextos de época romana excavados en las actividades preventivas o de urgencia ordinarias son, por regla gene ral, escasos en cuanto a la superficie documentada 6 así como parcos en lo que concierne a su análisis 7 . Se observa de forma genera l izada una asunción acrítica de las hipótesis de reconstrucción urbana tradicionales, excesivamente l ocalistas, i nsegura s y planteadas inicialmente como 4 A este re specto, véanse las rec ientes síntesis valor ativas de Beltrán, González Acuña y Ordó ñez ( 200 5) y González Acuña (20 05) . 5 E stas so n las efectuadas en la calle Orfila y en la Cuesta del Rosario p or parte d e Collantes de T erán (fig. I. 6 y I.8 ), así co mo la dirigida p or Campos en la calle Argote de Mo lina. 6 Deb ido a la usual pro fun didad a la q ue se encuentran así como, en abundantes ocasiones, a la incidencia del freático que dificulta su registro y la rigidez en la aplicació n de las normas patrimoniales. 7 Circunstancia motivada por car encias formativas claras, tanto m e todo lógicas c omo arq ueográficas en relación al per íodo r omano, de lo s excavadores y organism os culturales así como po r la ausencia d e control y diseño de estra tegias e specíficas po r parte de las administraciones tutelares, d esbor dada s po r la s inercias pr oced im entales y la escasa implicación p ersonal d e sus agentes. Una evaluación del po tencial inform ativo d e estas intervenciones a partir del grado de completitud se su r egistro fue llevada a cabo por nosotros, con r esultados d esalentadores evidentes, en Amores y otr os (1 99 9) y Am o res, González Acuña y Pér ez Quesada (20 02) . 5 herramientas de interpretac ión, las cuale s han g enerado un proce so cre ciente de “acumulación de errores concatenados” de compleja so lución. Asim ismo, el desarrollo de unas intervenciones arqueológ icas de í ndole puramente admini strativa, deficitarias e n numerosas ocasiones de un tratamiento adecuado del registro estratigráfico, gráfico y de los materiales arqueológicos exhumados, hace necesa rio el establecimiento de una estrateg ia g lobal que permita digerir esta documentación dentro d e los estándares de calidad científica convencionalmente a dmitidos. De esta manera, el presente estudio pretende establecer una estructura de conocimiento sólida basada en nuevas premisas conceptuales y metodológicas. Frente a un modelo de análisis tradicional, basado en un a ex cesiva compartimentación del conocimiento unido a un escaso análisis comparativo y la ausenc ia de precisión cronológic a, nuestro modelo propugna una vi sión interre lacionada del si stema de variables 8 que configur aron l a realidad urbana hispalense. Para ello, se han puesto en marcha una serie de líneas de investig ación destinadas a configur ar un modelo de conocimiento integra do r y flexible. Éstas abarcan: - el análisis y normalización de los datos urbanísticos reg i strados en las intervenciones ar queológica s llevadas a ca bo; - la obtención de cronología s precisas para estos contex tos mediante la revisión de los vestigios artefa ctuales rec uperados; - la determinación de tipolo gías arquitectónicas a través del análisis de los materiales empleados; - y , por últim o, el estudio de las implicaciones urbanísticas de la evolución socioeconómica de la ciudad, especialmente referido al impacto de la actividad portuaria. En definitiva, nuestra propuesta considera como ob jetivo primordial la estructurac ión del conocimiento, esto es, el planteamiento de un m odelo de análisis alternativo que posibilite el planteamiento de hipótesis sol ventes y la incorporación de nuevos datos dentro de su esquema inter pretativo. 8 Formales, fun cionales, eco nómi cas, etc. 12 ingenua s ideas derivadas de los postulados de Wi nckelmann y Gibbon acerca del destino de los pueblos. Muy al contrario, c reemos que las interpretac iones históricas deben fundamentarse en bases só lidas derivadas de la investigación científica, primando el análisis estratigr áfico como soporte fundamental para l a cualificación de los datos. La ausencia de contex to arqueológ ico dificulta la lectura espacial de los vesti gios, debilita las adscripciones cronológicas asociadas y , sobre todo, pone en tela de juicio l a verosimilitud de la s propuestas derivadas. Bajo tales pr emisas, hemos procura do la coordinación de las disti ntas vertientes del análisis (estratigrá fico, planimétrico, topográf i co, ceramológico), desechando a pri ori las in formaciones que no presentan un oportuno sustento estratigráfico, pues s u inclusión debili taría la solvencia científica de las propuestas efe ctuadas. Estos planteamientos han primado en la organización de la estructura de los capítulos de este trabajo. Éstos abordan de forma temática los di stintos aspec tos del sistema que conforma el ámbito urbano hispalense. De hecho, nuestro máx imo interés se ha centrado en d efinir, en l a medida de l o posi ble, el t razado y la ordenación funcional de los diferentes sectores que conformaron esta realidad urbana. Por ell o, cada uno de estos capítulos presentan una división interna que aglutina una sección concernie nte a l a descripción de los datos empíricos y otra dedicada a su interpretación. En este sentido, entendemos que la exp licitación del reg istro estratigrá fico en su práctica tot alidad constituy e la base de l a definición científica de nuestra discipl ina, permitiendo la verificación de l os datos y la valoración de la bondad de l as interpretacione s propuestas. Relacionado con e ste hec ho, resulta evidente la nece sidad de contar con un oportuno aparato gráfico que sustente tanto al soporte descriptivo como al relato interpretativo. De esta m anera, y en orden a facilitar l a lectura de esta enorme masa de datos, se presenta ésta ordenada en dos escalones de consulta: de forma primordial se ofrece en versión im presa la tot alidad de las planim etrías y perfiles estratigrá ficos mencionados, así como una selección de fotografía s de especial relevancia; y , en un 13 segundo plano, se adjunta el repertorio fotográ fico gene ral en versión digital 29 destinado a avalar las lecturas estra tigráf icas planteadas. En cuanto al aparato interpretativo, hemos intentado efectua r una lectura de los datos hispalense s de n tro de su contex to hist órico y espacial, comparándolos con las informaciones conocidas procedente s de ot ros enclaves, superando de e s ta forma e l localismo preponderante e n l os estudios anteriores. 1. 2. Agradecim i entos Difícil resulta resumir en unas pocas líneas mi gratitud a las personas e instituciones que han hecho posible la consecución de la empresa que hoy ve la luz . Se amontonan l os pensamientos y recuerdos de forma anárquica, por lo cual, este ensay o de agradec imiento deber ser contemplado con indulgencia por aquellos a quienes involuntariamente omita o no resalte lo suficiente. Debo comenzar otorgando el mérito que se merec e a l a Dra. Le ón Alonso pues tuvo la valentía de acoger me durante varios años en su Seminario de Arqueología de la Universidad Pablo de Olavide. Allí surgió, bajo s us auspicios, el ge rmen del presente estudio en forma de encarg o de actualización del conocimiento del urbanismo romano de la ciudad de Sevilla. Difícil tarea para una persona que, hasta ese momento, había encaminado sus investigaciones por ot ros lejanos derroteros. De esos años queda un profundo poso que ha marcado mi acercamiento al pasado romano. Allí aprendí el valor del trabajo serio, científico, así como a advertir l a potencialidad de los fondos museísticos como receptáculos de i nformación, alejada de su común concepción como meros depósitos de material. P or la o portunidad y la formación debo mos trarle eterna gra t itud. Agradec i miento que hago ex tensible a mis antiguos compañeros del Seminario. También debo mostrar mi gratitud, de forma muy especial, a los colegas del Área de Hist oria del Arte, los Dres. Quil es, Aranda y Oll ero, por s u constante estímulo y sincera a mistad. 29 CD-ROM con archivos en formato pdf Acrob at Reader . 14 De vuelta a mi casa, la Universidad de S evilla, el Dr. Amores Carredano asumió el reto de ll evar a buen término el camino iniciado. Bajo su tutela definimos la verdader a enverg adura del problema, dimensionando un estándar de ex igencia que, a raíz de su altura y dificultad, ha servido de estí mulo para aquellos que hemos llevado a cabo la d esapac ible tar ea de conduc irlo a tér m ino. Su profundo conocimiento de la realidad arqueológica sevill ana, su compromiso con la Historia de la ciudad, así como su confianza en mis posibilidades de éxit o han ofrec ido un resultado con un alcance fuera de mis iniciales expectativas, pues su genio, e ing enio, han determinado de manera fundamental tanto su forma como el planteamiento del método. Ello ha supuesto para mí la superación de alguno de los tradicionales ax iomas relativos a la gé n esis y ordenación int erna de este t ipo de análisis, lo cual demuestra su compromis o con el trabajo y conmigo mism o. De la misma forma, he de agra decerle la confianza depositada en mí en relación a los t rabajos de co-dirección de las ex cavacione s arqueológ i cas realizadas en el Mercado de la Encarnación (V-VI I Fases) que él mismo me encomendó. Ést os supusieron un verdade ro aprendizaje so bre la necesidad y complejidad de una correc ta si stematización del reg istro arqueológ ico urbano, aspecto fundamental en e l desarrollo del pre s ente estudi o. I gualmente, he de agr adece rle la paciencia y dili genc i a en el seguimiento de este trabajo, así como sus múlt iples indicaciones y reflexiones, de extraordinaria importancia en el desarrollo de alguno de los argumentos ana l izados. Sin duda, como y a ha sido puesto de m anifiesto, la unión de esfuerzos con los miembros del equipo de estudio de materiales arqueológicos, que ha posibili tado la revisión de la cronología de los contex tos hi spalenses, constituy e un acierto y parte sustancial del éxito de este trabajo. Este rendimiento conjunto, unido a los particulare s desarrollos de sus pesquisas, constituy en, a mi juicio, una importantís ima herencia para investigaciones futuras. Así, l os Dres. García Ferná ndez, Garc ía Vargas y Ordóñez así como el L cdo. Vázquez Paz han demostrado una ext raordinaria capacidad de trabajo, coordinación y gener o sidad. Además de l a ocasión de haber podido compartir parte de sus amplios y expertos conocimientos, debo agrade cerles su apoy o y amistad incondicionales. Creo que el interés de la formación de un equipo de investi gac i ón supera la mera búsqueda de resultados por cuanto, desde la lealtad y sin ceridad, amplía los horizontes m entales de cada uno d e sus miembros, pos ibilitando la articulación de soluciones complejas a desafíos de la investigación que, sin este bagaje, se muestran 15 harto inaccesibles. En este sentido, debo también congratularme por el apoy o y ánimo recibido de forma i ntensiva por el resto de los miembros del Departamento de Prehistoria y Arqueolog ía de la Universidad de Sevilla Dentro del apartado refe rido a las ay udas procedentes d e distintas ins tituciones debo c om enzar r ecordando a la Consejería de Educac i ón y Ciencia de la J unta de Andalucía que, allá por el año 2001, tuvo a bi en concede rme una beca de formación de personal docente e i nvestigador, la cual ha permitido buena parte del desarrollo de este estudio. A reng lón seg uido, debo hacer especial hincapié a las facilidades proporcionadas por el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla y su persona l. Concretamente, hemos de agra decer a su antiguo director, D. Fernando Fernández, y a su sucesora, Dña. Concepción Sanmartín, los medios y disposi ciones que habilitaron para la correcta ejecución de nuestra t area de revisión de materiales. Asimismo, tenemos que destacar el a mable y diligente trato dispensado por l os conservadores D. Dieg o Oliva y Dña. Carmen Mar tín en nuestro periplo por los fondos del Museo. Otro importante apartado de nuestro trabajo consisti ó en la consulta de los expedientes administrativos custodiados en el archivo de la Delegación Provincial de Cultura de la J unta de Andalucía en Sevilla. Allí fuimos atendidos con gran presteza, a pesar de la i nadecua ción de este espacio para el desarrollo de tareas de investigación, por parte de los distintos archiveros que se fueron s ucediendo a lo largo de los años. De igual forma, la creciente complejidad de la tarea, derivada de la multipl icidad de intervenciones y del tratamiento administrativo ordinario, fue solventada en lo posible gra cias a la colaboración de D. J osé Manuel Ro drígue z Hidalgo, arqueólogo de esta institución. A él debemos reconoce r su pacie ncia y total disponibil idad en favor del progr eso del presente e s tudio. También de forma gener al, debemos agra decer las ay udas prestadas por parte del colectivo de profesionales de la Arqueología que desarrollan su labor en la ciudad de Sevilla. Especialmente queremos reseñar e l apoy o ofrecido por D. Á lvaro Jiménez Sancho pues, aparte de habernos facilitado enormemente el acceso a documentación concreta de intervenciones de enorme importancia, ha consti tuido u n acicate continuo en la realización de nuestra t area tanto de forma personal como mediante la orga n ización de interesantísimas jornadas científicas en el s eno del Aula Hernán Ruiz . 16 Responsabilidad ésta compartida con el Dr. Jim énez Martín, cuy a confianza en nuestras posibilidades de éxito fue motor de nuestro ánimo en los momentos de may or dificultad. No sería justo finalizar este compendio de ag radecimientos a instituciones sin hacer mención a nue s tra gra titud a l a Soprintendenza per i Be ni Cul turali di Ostia , especialmente a l a antigua soprintendente Drssa. Gallina Z evi y a Dña. Alberta Vallocchia, por el profesional trato otorgado dura nt e nuestra estancia de estudio en dicha ciudad. Finalmente, debo mostrar unidos mi agradec i miento y admiración hacia mi familia y mi pareja. Ellos, más que nadie, han sufrido los rigores que im pone una tarea de e s te tipo. Debo, sin duda, disculpa rme por aque l los momentos en l os cuales la intensidad del t rabajo ha supuesto una di stracción sobre la necesaria dedicación a mis seres más allegados pues mi juventud no siempre ha sabido d imensionar correc tamente los t iempos y esfuerzos que merec en. En cualquier caso, ellos han sido la fuente d e mi vitalidad y es j usto que ahora les rinda hom enaje. Ex tensivo hago este reconocimiento a mis amistades y , en gene ral, a tod os cuantos confiaron en mí para el desarrollo de esta tarea. No me gustaría concluir esta declar ación de intenciones sin añadir que, a pesar de las ay udas recibidas, todas las omisiones y defectos de este trabajo deben i mputarse exclusivamente a mi persona y de ninguna forma a c uantos han colabora do e n su redacc i ón. 17 2. PALEOTOPOGRA FÍA DE LA CIUDAD D E HISPA LIS 30 2. 1. Paleotopografía y estudios de urban ismo rom ano Toda reconstrucción del urbanismo de cualquier época debe contar con una base sólida sobre la que apoy ar dicha interpretac i ón, esto es, el conocimiento de l as trazas básicas de la paleotopog rafía sobre la cual se asienta la ocupación humana. L a importancia de t al aproxi mación ha sido puesta de relieve de forma usual en los estudios de urbanismo antiguo como variable definitoria de l a plasmación formal de distintos elementos del conjunto físico-cultural que conocemos como ciudad. Así, se han establecido en la literatura científica una serie de ax iomas al respecto, basados en la observación directa de estos fenómenos adaptativos, que podrían resumirse básicamente en los siguientes 31 : - L a adaptación de l os sistemas defensivos urbanos (murallas, bastiones, puertas) a la topog rafía en busca de posiciones de ventaja con r especto a un posible enemigo. - L a adaptación de los viarios, tanto internos como externos a la ciudad, a recorr idos condicionados por las pendientes de la topog rafía de base. - L a ubicación de determinadas actividades en lugare s de fácil acceso o emplazamientos específicos para el desarrollo de las labores que éstas entrañan (por ejemplo, las actividades propia s del tráfico portuario) . - En definitiva, la adecuac i ón de los trazados urbanos a los elementos oro- hidrográ ficos presentes en su emplazamiento. Cuestión bien di stinta es la forma en que los estudiosos del urbanismo antiguo han llevado a cabo tales aprox imaciones. De forma general, podemos establecer que la 30 H emos d e agra decer pro fun damente la revisión d e este capítulo llevad a a cabo por el Dr. Bor ja Barr era, en la que gen erosamente s e incluy en co rreccio nes concep tuales y term inológicas, así c omo valiosísim as enseñanzas sobre el tema. 31 Una b uena mu e stra de ello son los testimonios recogidos por Som mella (198 8) pro cede ntes de distintos análisis realizado s para su síntesi sobr e el urba nism o romano en Italia. 18 bibliografía consigna varios modos de acercamiento a la paleotopogr afía de los asentamientos urbanos de époc a romana. En primer luga r, debemos comenzar cit ando aquellos estudios que no reflejan reconstrucc i ón t opográ fica alguna en sus análisis. En este grupo incluimos los trabajos más tradicionales, cuy o interés máximo es el definir la forma urbana en tanto que trama arquitectónica. Ni que decir tiene q ue tal visi ón del hecho urbano, aparte de presentar una porción s esga da del proceso urbano carente de relación con el m edio en el cual se asienta, sólo es viable en aquellos l ugar es en los cuales la entidad y conservación de los restos permitan inferir con garantías su ordenación individual y de conjunto. Esto último sucede en contados casos. El ejemplo paradigmático ofrecido por la misma ciudad de Roma supone un hito fundamental por cuanto ha servido de modelo de estudio, de corte eminentemente monumental, contando con la particularidad de gener ar en sí mism o un interés por la orog rafía original, mitificada y f osiliz ada a su vez en la c iudad actual 32 . En un segundo escalón, se encontrar ían los análisis que parten de la topogra fía actual como referente perpetuado de la corre spondiente formaliz ación topográfica antigua. En ocasiones, l a premisa de partida de tales acerca m ientos consiste en la pretendida huella dejada por hitos urbanísticos de gr an porte (murallas, g randes edificios) en forma de volúm enes topográficos actuales (elevaciones o depresiones en el terreno). Ejemplos de este tipo de análisis “reg resivo” abundan en la literatura científica 33 . Este grupo de trabajos asumen una relación directa entre ambos horizontes topográf i cos. A veces esto es así, coincidiendo con ciudades en las cuales su desarrollo urbano ha cumpl ido dos premisas fundamentales: bien conservar fosil izado en su tejido urbano actual parte del parcela rio antiguo; o bien haber estado sometida a un estancamiento o abandono en la actividad ocupacional que hubiera permitido una rápida colmatación de los ni veles de hábitat antiguos. En cualquier caso, q ue duda cabe que las aproximaciones alcanzadas a tra vés de este método g ozan de un enorme gra do de incertidumbre, si las premisas anteriormente expuestas no se cumplen o no se encuentra n debidamente verific adas. 32 Véanse a este r especto los cap ítulos de síntesis consignados en Gros y To relli (1 98 8) 33 Num e rosísimos son los trab aj os que pr esentan análisis de este tip o. Vo lvem o s a citar la síntesis d e Somm ella ( 198 8) como re copilació n de estudios de d iversos autores referido s a la P enínsula italiana. Par a Hispania co ntam o s con el mag nífico eje m p lo de la reconstrucción topográfica llevada a cabo del sector 19 En un tercer lugar, hallaríamos aquellos estudios que emplean como base topográf i ca una pretendidamente antigua planimetría g enerada en un tiempo cronológic o relativamente cercano. Nos referimos a planos de Época Moderna o incluso más recientes. En ellos se rastrean accide ntes topográf icos “significativos” o curvas de nivel que s upuestamente se a cerca rían más a las corre spondientes a época romana. Débiles son, en ocasiones, tales identificaciones pues ge neralmente no pueden ser verificada s o carecen de base sólida. S e trataría en suma de una especie de “presentismo”, tal como hemos detallado arriba, matizado por una relativa separación temporal entre investigador y fue nt e. Sin embargo, aún may or s uele ser la di stancia entre la fue nte y el objeto de estudio, en este ca s o el momento romano 34 . En un cuar to ni vel contaríamos con un grupo de estudi os que pretenden acer carse a la definición de la paleotopograf ía original del terreno a partir del análisis de la topografía actual apoy ado en su representación digital. Este tipo d e aproximaciones, surgidas a la estela de las líneas de investigación del territorio propug nados por la Arqueología del Paisaje , se encuentran basadas en la gene ración de modelados digitales del terreno a pa rtir de los datos altimétricos obtenidos de intervenciones arqueológ i cas 35 . Se trata, en palabras de D’Andrea y Niccolucci (2001: 205), de “... la base per ricostruire una relazione (non puramente g eometrica) tra un territorio e le diverse componenti culturali che in questo spazio vivono e si mouvono”. Sin embargo, la aplicación mecánica de los procedimientos de confección de modelados digitales del terreno (en adelante M DT) ha suscitado una int eresante línea de reflexión en torno al alcance, limitaciones y fórmulas de correcc i ón de los resultados obtenidos. L a clave de esta problemática ha sido planteada por D’Andrea y Niccolucci (2001: 205-206) al reseñar el hecho de que la creación de un MDT es, en realidad, la aplicación de un modelo mate mático, por lo que el estudioso de las implicaciones forense de Sagunto (Aranegui y otro s 1 987 ) mediante restitución foto gramétrica. P ara el caso hispalense, preferimos detallar todas las hipó tesis vertidas de forma agrupada más adelante. 34 Como ej emplo hispano po demos c itar, po r p recoz e incierto (a j uicio de sus pro pios autores), el caso hispalense ( Ay untam iento de Sevilla 19 96) y el ej emplo cordo bés (Ventura 19 97: 48 ; recientement e recalcad o en Murillo 200 4). 35 Un ejemplo magníf ico de estas ap roximaciones la tenem os en el caso de la ciudad d e Cum a (Colo si y otros 200 2; D’A gostino y D’Andrea 2 002 ; y en una pr esentación m ás deta llada en Colosi, D’A ndrea y Gabrielli 2 00 2). Par a Hispan ia , véase Fiz (20 01) . 20 culturales de la actividad humana en un enclave reconstruido debe conocer la forma en que estas rec on strucciones son g enerada s 36 . Habría que añadir una dificultad m ás a la gener ación de un MDT en refe rencia a la verosimi litud del resultado obt enido. Se observa en los ejemplos aludidos una falsa autonomía de los datos arqueológicos frente a los procesos naturales, esto es geomorf ol ógicos, que operan en estos enclaves. L a may or parte de ellos ocupan lugares elevados, no demasiado influenciados por una intensa morfodinámica, por ejemplo las asociadas al sistema morfoge néti co fluvial. S in embarg o, la gene ración de MDT debe adecua rse a una dobl e lógica de verificación. Por un lado, la constatac i ón de una verosimilitud basada en el desarrollo de la actividad antrópica, la cual debe v elar por la viabilidad ocupa cional de l modelo obtenido 37 . Por otro, y no menos importante en ocasiones, la viabilidad del modelo con respec t o a los proce s os morfoge néticos del lugar. L a sugerente línea abierta por esta metodología de análisis de la paleotopograf ía de los enclaves urbanos antiguos no ha tenido, no obstante, pl asmación en estudios que reconstruy an verdadera mente el paisaje antiguo. De hecho, l os ejemplos aquí presentados, como el de Cuma, toman como altimetría de referencia d atos obtenidos de la topograf ía actual (Col osi, D’Andrea y Gabrielli 2002: 124 38 ), convirtiéndose en un sucesor “tec ni ficado” de la línea de conocimiento más tradicional 39 . 2. 2. Las aproximaciones efectuadas al solar hisp alense L as reconstruccione s llevadas a cabo de la paleotopograf ía hispalense se enmarca n dentro de las tendencias arriba enunciadas, si bien sus formulaciones muestran la combinación de algunas de ellas. Por otra parte, una de las gra ndes 36 Otra r eflexión sintética en Hagem an y Bennett (200 0). 37 Esto es la co ntrastación d el m o delo co n lo s hallazgos arqueoló gicos a p artir de la lógica urbana, p or ejemplo, la im posibilid ad d e oc upación de pendientes excesivam ente pro nun ciadas. 38 En este aca so de un relieve fotogramétrico. 39 De hecho, estos m ism o s autor es ( D’ Andrea 200 5: 258 , nota 6) afirman q ue un modelo virtual basado en la oro grafía actual no es siempre útil a la hora de reconstruir la pa leotop ografía del lug ar, siendo necesario evaluar a priori la evolución del esp acio analizad o a lo largo del tiempo. 21 peculiaridades del caso sevill ano, admiti da por todas las propuestas efectuadas, es la profunda interac ción entre los cauce s fluviales ( Baetis y Tag arete), sus llanuras de inundación y el desarr ollo de la ocupación urbana . El primer acercamiento parcial llevado a cabo fue el debido a Collantes de Terán (1977: 34 y 36). Su re construcción m orfotopográ fica del promon torio ini cial ocupado por la población turdetana se basaba en u n análisis “pre sentista” de la topografía , combinado con las noticias transmitidas por Caro, acerca del cauce secundario del río Baetis . Así, este enclave elevado estaría definido por l a cota actual 15 m snm, surgida a partir de los t estimonios de i nundaciones reg istradas entre los ss. XV a XI X como altura “seg u ra” ante las avenidas del río (fig. I . 5). La posterior expansión de la ciudad en época romana se efectuaba pues desde esta posición hasta alcanzar por el Oeste el límite definido por el “río”. En los mismos términos se exponían estas propuestas en los t rabajos de Blanco y , de forma más deslabazada, en los de Campos. Añadía este último autor las refer encias a accidentes t opográ ficos obs ervados en el plano elaborado por orden de Pablo de Olavide en el s. XVII I , asociándolos a la posi ble ubicación del anfiteatro de l a ciudad (Campos 1986: 160). Nuevas propuestas corrier o n a carg o de Corzo , a partir de la constatación de diversas cotas de p rofundidad del nivel freático de la ciudad (Corz o 1997) (fig. I. 17) y de las cota s de pavimento romano registra das hasta el mom ento ( fig. I . 18). Buena cuenta de los problemas metodol ógicos detecta dos en ambos acerca mientos son enunciados más adela nte 40 por lo que no vamos a reincidir e n ellos. De las hipótesis emit idas l lamamos l a atención sob re varios aspectos que consideramos t rascende ntales. Estos son: su carácter estático, sus deficientes bases de conocimiento y su autonomía con respecto al desarrollo del ámbito fluvial que ocupa l a ciudad. 40 V éase el c apítulo re ferido a los sistem as defensivos. En resum en, se distinguen varia s deficiencias relativas a la irregularidad d e los dato s empleado s, la e scasa d efinición del método d e interpolac ión d e los datos y el extraño traz ado de las curvas d e nivel resultante. 28 Un análisis ajust ado de la evolución urbanística de un enclave debe m ostrar la interrelación entre los fenómenos oro-hidrográ ficos y los procesos de dis eño urbano y arquitectónico. Est e cometido sól o es posible s i se cuenta con una información cartog ráfica adecuada, esto es, una planimetría que m uestre la configura ción de terreno en las diversas fa ses evolutivas del asentamientos analizado. 2. 4. Paleotopografía de Hispalis L a necesidad de contar con una representac ión planimétrica exhausti va del terreno sobre el cual se asentó la ciudad de Hispali s , y de su evolución en el tiempo, en orden a establecer las oportunas relaciones entre ocupación urbana y medio físico, nos condujo a la r ealiz ación de una aproximación pa leotopográf i ca mediante modelados digitales del terreno que combinaran la información geomorf ol ógica arriba descrita con la documentación registrada en las intervenciones arqueológicas l levadas a cabo en l a ciudad de Sevilla. Supone esto un paso adelante con respecto a los acercamientos l levados a cabo al conocimiento de la paleotopografía antigua de los enclave s urbanos. Pretendemos combinar así los modernos métodos de representac i ón grá fica con l os datos derivados directamente de las intervenciones arqueológ icas efectuadas de un modo no aplicado hasta el momento. 2. 4. 1. Bases met odológicas. L a representac i ón grá fica de una superficie continua del terreno, en formato digital (Modelado Digital del Terreno) , deriva de una matriz de puntos conocidos. Es decir, las superficies se obtienen mediante un proce di miento matemático-estadístico denominado interpolación que reconstruy e l a cota de los puntos desconocidos a partir de las coor denadas altimétricas ofrecidas por los puntos conocidos (D’Andre a y 29 Nicolucci 20 01: 206). El re sultado final es una imagen de trama cuy os puntos integra ntes tienen adscritos valores de altura proce dentes de este aná l isis matemático. Antes se han comentado someramente algunas de las dificultades metodológicas de este tipo de reconstrucciones. Una de l as cuestiones más complejas y que may or literatura ha ge nerado al respecto es l a determinación del m ejor método de int erpolación destinado a reconstruir las superficie s desconocidas del t erreno. No se tra t a de una cuestión de importancia m enor por cuanto se han publicado trabajos que estiman variaciones de hasta el 50 % causa das por el uso de alg oritm os distintos 48 A t ítulo de síntesis básica, hemos de afirmar que los métodos de interpolación empleados usualmente son los conocidos como TI N, IDW o K riging . El TIN ( Triangular Irregular Network ) pertenece al grupo de los procedimientos que respetan los valore s a l timétricos de los puntos conocidos. Mediante su empl eo, el terreno es represe ntado como una composición de facetas triangulare s, planas o curvas, unidas por sus vértices (D’Andrea y Nicolucci 2001: 206). Por su parte, el I DW ( Inverse Distance W eighting ) t iene como caracte rística fundamental el pertenece r al grupo de métodos cuy as superfic ies resultantes no tienen porqué pasa r necesariamente por los puntos conocidos, obteniendo superficies más ondul adas y menos aristadas. Asimismo, el método Krigi ng basa su algoritmo en considerar que la cota de altura de cada punto del terreno s e encuentra compuesta de una t endencia constante, aleatoria pero relacionada espacialmente 49 . No existe un método que supere a los demás en cuanto a la bondad de sus resultados independientemente de la aplicación, de los datos disponibl es y del grado de aproximación deseado. L a elección del método idóneo para nuestro propósito depende de varios parámetros: fundamentalmente, l a regular idad de la red de los punt os conocidos y las caracter ísticas morfológicas del terreno a representar. Así, mi entras que el método Kri ging requiere una red regular de puntos para obtener buenos resultados, el 48 Vé ase al respec to la síntesis integrada en D’An drea y Nicolucci (2 001 ); en este trab ajo se de tallan las publicacio nes más re levantes en referencia al em pleo d e los distintos p roce dimien tos de interpo lación, sus erro res, espe cificidades y m ec anism os d e co rrecció n. 49 Pa ra un eje m plo prá ctico del uso d e e ste método aplica do a l estudio de paisajes ar queoló gicos véase nuestro trabaj o González Acuña (200 1). 30 TI N responde m ejor ante t errenos accidentados o ante aplicaciones cuy a elevada fidelidad en la re producción de cr estas y picos es determinante 50 . Dados estos condicionantes metodol ógicos previos procedimos al análisis de l a documentación con la cual contábamos en orden a diseñar tanto la captación de datos como el método de MDT a re alizar. El objetivo de estos MDTs es recrear la superficie del terreno en la cual se hubo desarrollado la actividad urbana en distint as fases de su desarr ollo. P or lo tanto, las cotas que serían sus ceptibles de pertenecer a nuestras redes de puntos conocidos debían corresponde r al nivel de su elo de l a ciudad en cada período. De esta forma, en función del t ipo de hallaz gos registrados en cada intervención se seleccionó un punto para cada fase cronológica detectada que corresponder í a, según el caso y en orden de prelación, a lo contemplado en el siguiente e squ ema: - Documentación de estructuras: selección de la cota superior del pavimento principal. - Documentación de de pósitos: selección de la cota superior de l depósito 51 - Documentación de secuencias geomorfológ i cas 52 : s elección de la cota inferior de la muestra. Asimismo, la documentación de contextos arque ológicos de amplia superficie, especialmente en fechas recientes, ha posibi litado l a inclusión de cotas auxili ares en e s ta red de puntos. Su función consite en definir de forma más precisa esos espacios de la ciudad. Esta disti nción respecto a las excavaciones de pequeño formato se fundamenta en el hecho de que la dispersión espacial de punt os puede añadir alg unas matiz aciones en la tendencia altimétrica constatada, cuestión que no sucede en pequeños contextos cuy os puntos altimétricos se encuentran muy próximos. Una vez recogida la información en el catálog o de intervenciones se hicieron patentes una serie de cuestiones relativas a la calidad de la información topográ fica contenidas en informes y memorias de intervención: 50 Como es el caso d e los a nálisis de visibilidad. 51 Entendiendo que la cota de suelo d el m o m ento d e for m ación del d epó sito co rresp ondería a la superficie del mism o. 31 - Se observa una proliferac i ón de bases cartogr áficas de referenc ia diversas (Gere ncia de Urbanismo, Catastro, Nivel del Mar, etc.), no ex plicitándose en ocasiones cuál e s el origen de la altimetría de la excavac ión. - Se c o nstatan di ferenc i as q ue oscilan entre los 40 y 50 cm de altura para un mismo punto en las diversas cartogr afías de base aludidas. - Algunas intervenciones sólo consignan ac ot aciones re lativas bajo el nivel de rasante del solar o el punto 0. Ante esta circunstancia y la necesidad intrínseca del modelo matemático de que todas las cotas s e encuentren referidas a una misma base cartográ fica, en orden a ofrecer resultados sin distorsiones excesivas, procedimos a l a revisión y correcc i ón en su caso de todas las cotas susceptibles de integrar la red de puntos de los MDTs. Para ello, asumimos como nuestra cartograf ía de base el levantamiento planimétrico de la Gerenc ia Mu nicipal de Urbanismo de los años 1984-1985. Ést e fue digitalizado en s u vertiente parcelaria y altimétrica por nuestro anterior grupo de investi gac i ón 53 , gene rando para el presente trabajo un M DT de la superficie actual de la ciudad (fig. I I. 3). De esta forma, se ha establecido un tratamiento diferenc i ado de las cotas recogidas en la documentación a rqueológic a 54 en función de: - Si ofrecían las cotas referidas al Nivel del Mar. En este caso se comprobó la coincidencia de la cota 0, o la de rasante del sol ar 55 , con la contenida en el mismo punto por nuestro MDT actual. En caso de coincidir ambas, se admit ían las cotas absolutas (snm) contenidas en el documento. En caso de no coincidir 56 , se convertían las cotas del documento a acotaciones relativas (negativas bajo rasante o cota 0) y se restaban de la cota absoluta obtenida de nuestro MDT actual, consignándose los resultados en la red de puntos de los períodos contemplados. - Si se ofrecían l as cotas en acotación relativa (valores nega t ivos bajo rasante o cota 0), éstos era n sustraídos de la cota absoluta de nue stro MDT en ese punto. 52 Derivada s de sonde os geotécnicos o mecánicos de mues tras inalterada s. 53 T ar eas llevadas a cab o por el grupo d e investigación SIGPA R ( Sistem as de Información Geo gráfica y Patrimonio Arqueológico ) de la Universidad d e Sevilla. 54 Éstas apa recen en lo s planos corr espondientes e n forma d e p unto, desglosándose su descrip ción en la s tablas finales d e este cap ítulo. A modo d e resumen, indicamos que para los ss. III -I a.C. contamos con 1 1 cotas; 44 registros pa ra la 2 ª mitad del s. I a . C. – 1 ª mitad del s. I d.C.; 61 par a la 2ª mitad d el s. I – 1ª m itad de l s. II; 65 p ara la 2ª mitad del s. II; 5 2 p ara el s. III y 58 para los ss. IV y V d. C. 55 Depe ndiendo d e la q ue fuese presentada po r el e xcavador. 56 P or tr atarse de bases car tográficas distintas. 32 Es fácil deducir que a partir de nuestra ex periencia consideremos que es más útil ofrece r acotación relativa en la documentación arqueológica pues ésta es susceptible de ser ref erencia da fácilmente a cualquier sistema altimétrico. Por último, la irreg ular dispersión espac i al de los puntos que habr ían de ser interpolados hizo que nos decantáramos por el método de interpolación TI N. Asimism o, ha favorecido la adopción d e ese método el hecho de que éste mantenga los valores de los puntos introducidos, frente a otros modelos que l os atenúan en favor de una tendencia g eneral 57 . 2. 4. 2. Resultados y comprobación geom orfológica En primer lug ar, hemos de precisar unas pautas de lectura básicas de la planimetría genera da. Por un lado, se han destacado en un tono rojizo, tanto en el rang o de valores de altitud del MDT como en las curvas de nivel, aquellas zonas que por su altura se encontraban inmediatas a l a influencia de los diversos cauce s fluvi ales que bordearon la ciudad. De esta manera , hemos abandonado l a idea de representar l os cursos f l uviales pues actualmente es imposible reconstruir sus re corridos e n ambas 57 Esto s T IN fueron generado s co n la ap licación Tin Bu ilder incluida en el software Arc/Info v. 7.1. 2. Los parámetros empleados en la interpolació n fueron los siguientes : - Cobertura puntos de co tas: o Surface type: Mass. o W eed T o lerance: #. o Densify interval: 2 00. - Cobertura de b arrer a: o Z value: -9999. o Surface type: Hardclip . o Densify interval: 2 00. Sólo para el M DT actual se incluy ó una b arrer a interna coincidiendo con el traza do actual d el río , c on lo s siguien te s parámetros: - Cobertura de r ío: o Z value: -9999. o Surface type: Harder ase. Par a evitar interpolac iones excesivas, y ficticias, éstas se han limitado a las ár eas donde se co nstatan cotas ciertas para el per íodo a modelar, mediante cober turas de bar rera. Así sólo se pro cede a interpolar dentro del p olígono d e bar rera, pues el valor dad o ( -9999 ) es el consignado po r el software para no introducir valor alguno. Po steriormente se o btuvieron las curvas de nivel mediante la extensión Spa tial A nalyst del pro gram a ArcView v. 3 .2, con una equidistancia entre curvas de nivel establecida a 1 metro. 33 márge nes, especialmente si tenemos en cuenta la formaliz ación de canale s t renzados y meandros que caracterizan a estos períodos. De esta manera , se indica en tramado az ul las zonas de m áxima influencia aluvial d etectada s, estos es, aquellos márge nes de altura situados entre l a línea de estiaje y la orilla alta (siendo usualm ente predominantes los primeros), según los valores consignados para cada época por los análisis geomorf ol ógicos. Debemos reseñar igualmente que los datos con los que contamos no permiten configurar una imagen bien definida de la zona de la llanura aluvial del arroy o Tag arete 58 , por lo cual esta área, que presenta u n may or marge n de inseguridad en su delimitación, debe ser entendida como una mera hipótesis de partida. L as planimetrías obtenidas abarca n los períodos comprendidos entre los ss. II I a. C. y V d. C., detallándose a continuación los aspectos más relevantes de cada uno de ellos y su adecuac ión al conocimiento geomorf ológico ac tual. L a figura I I .4 (y tabla I I. 1) corresponde al arco cronológico comprendido entre el s. II I y el I a. C , es decir al final de la ciudad turdetana e inicios de la domin ación romana. L o primero que d estaca es la escasez de punto s detectados para esta cronología (véase t abla I I . 1) 59 . Como podemos observar, se detecta n dos puntos influenciados directamente p or la actividad fluvial. De un lado, el 26 presenta vestigios propios de un fondo de canal fluvial, mientras que el núm ero 4 observa depósitos propios de llanura de inundación 60 . Por lo demás el MDT responde a lo reseñado por la Dra. Barral acerca de la ex tensión hacia el Sur de la t erraza T13 del Guadalquivir, sobre las cotas 10 a 11 m.s.n.m., y los depósitos de llanura de i nundación que suponen la base de la ocupación para este momento. L a figura I I.5 (y tabla II . 2) abarcaría todo el s . I a. C. hasta l a 1ª m itad del s. I d. C. El número de enclaves excavados e s netamente super ior, extendiéndose por una superficie que oscila entre la cota 12 msnm y la 3 msnm. En este plano se dibuja claramente el altoz ano centra l , qu e y a aparecía parcialmente en el anterior. En su extremo noroc cidental se aprecia claramente la incidencia de los expedientes de 58 En la ba nda orie ntal de la ciuda d. 59 Reco rde m os que hem o s o ptado por generar MDT sólo d e aquellas zo nas en las cuales contamos con puntos conocid os. 60 Par a una descrip ción detallad a d e los resultados d e lo s análisis geomorfológicos véanse las fichas del catálogo c orre spondiente a Ge omorfología. 34 elevación artificial y homogeneización de cota del nivel de suelo documentados en la Plaza de la P escader ía 61 (García García 2007), los cuales genera ron un perfil escarpado hacia el sector oeste de la ciudad. Sin duda otra de las cuestiones i nteresantes consiste en la plasmación de la in cidencia de l a dinámi ca aluvial en ambos l aterales del espacio ocupado por la ciudad. De un lado, el paulatino alejamiento hacia el Oeste del Guadalquivir y de otro el imp acto de l a dinámica aluvi al meandrinosa del cauce del arroy o Tagare te en la vertiente Est e de l a ciudad. Como puede observarse en la tabla anexa, el límit e oriental del río Guadalquivir puede establecerse en base a los hall azgos producidos en toda su margen izquierda, destacando los puntos situados en la Calle Joaquín Cos ta (orilla), entorno de l a Catedral (orilla y z ona de influencia) y la Avenida de Roma (embarc adero) 62 . L a figura I I.6 (y tabla II . 3) se refiere a la 2ª mit ad del s. I hasta l a 1ª m itad del s. I I d. C. Se observan en él interesantes transformac i ones en las zonas de influencia fluvial. En lo que concierne al río Guadalquivir, observamos la pronunciada transformación detectada en la zona de la Catedral, cuestión que trataremos extensamente en el capítulo refe rido a la actividad portuaria. P or otro lado, se constata un nuevo ámbit o de i nteracc ión de la dinámica fluvial del arroy o Tag arete, el cua l protagoniza episodios de desbordamiento e inundación, como el definido en la intervención de la Calle Ga llos y Butrón. Por su parte, la figura I I.7 (y tabla I I. 4) m uestra la evolución desarrollada en l a segunda m itad del s. II d. C. La información más relevante apunta hacia una nivelación de la cota de superficie en el área comprendida entre la zona m ás elevada del promontorio y la calle Argote de Molina. Este período coincide con una nueva bajada del nivel del mar, cuy o inicio se enc uentra situado alrede dor del año 130 d. C. 63 . L a figura II .8 (y tabla I I. 5) detalla la superficie del terreno durante el s. I II d. C . En él observamos la consolidación de la elevación ce ntral, y a constatada en el plano anterior, de la z ona del Salvador – Argote de Mol ina, cuy a definición es marcada por la curva d e nivel de 10 m.s.n.m alcanzando su cota superior en la Cuesta del R osario con 61 Véase el c apítulo de dicado a lo s espacios a rtesanales. 62 Véase el c apítulo referid o a los ámbitos por tuarios. 63 Rodr íguez y otro s (199 6). 35 13 m.s.n.m. Por su parte, el extremo S E del espacio analizado no cuenta con puntos adscritos a este período por lo que no es posible su comparación con momentos anteriores. Por últim o, la figura I I .9 (y tabla 6) m uestra l a situación de este enclave durante los ss. I V y V d. C. El aspecto más sobresaliente consis te en la determinac ión de la incidencia de la fase de reactivac ión fluvi al detectada desde la Geomorfología sobre los espacios ocupados ha s ta el m omento. Así se constatan fenómenos de inundación y desbordamiento constante del cauce del río Guadalquivir en todo su orill a iz quierda. Destaca especialmente el sector NO del ámbito analizado de la ciudad, situado a cota inferior, pues su formac i ón deriva directamente del desplazamiento del canal hacia el Oeste de la llanura aluvial. El ex tremo s ur tanto de la zona de la actual Catedral como el espacio ocupado por necrópolis, en la actual Avenida de Roma, es afectado por las crec idas del río que inundan antigua s zonas ocupadas. En definitiva, se modela un nuevo marco topográfico influenciado determinantemente por la dinámica fluvial hasta bien entrada la E dad Media. L as reconstrucciones paleotopogr áficas obtenidas suponen un nuevo punto de partida para entender la dinámica ocupacional de la ciudad de Hispalis . Se ha pasado de una vis ión estática, apoy ada en las fuentes documentales y en algunos hallazgos sin sistematizar, a otra mucho más dinámica. Ésta, apoy ada en un análisis geomorfológ ico completo así como en los datos contenidos en los contex tos arqueológicos registrados, plantea un estado de la cue s tión que, a pesar de no encontrarse resuelto de forma definitiva, anula antiguas propuestas y posibil ita la formulación, y reinterpretación en su caso, de fe nómenos arqueológ icos sobre una base má s segura . 36 TA BL A II. 1. COTA S CORRESPONDIENTES A LOS SS. III – I A . C. CODIGO DIRECCIÓN COT A (M .S.N.M .) TIPO DE HA LLA Z GO 4 CONDE DE IBARRA 18 -0,400000 Llanura de inundació n 26 ACERA DE LEVA NTE DE LA CATEDRAL 3,330000 Canal o l aguna 108 AIRE 12 12,250000 Hábitat 127 FABIOLA, 8 10,150000 Depósito 2003 RELATOR, 46-A Y S AN BASILIO, 24-25 6,310000 Depósito 2012 CUESTA DEL ROSARIO ES QUINA GALINDOS 12,240000 Hábitat 2026 ABADE S, 41-43 CORTE 15 A 10,990000 Hábitat 2029 ABADE S, 41-43 CORTE 18 A 8,550000 Hábitat 2045 ALCÁZAR (SONDEO PA TIO DE BANDE RAS) 6,400000 Llanura de inundació n 2081 ARGOT E DE MOLINA, 7 9,290000 Edificio Púb lico 2091 MUÑOZ Y P ABÓN, 8 (2ª FASE) 10,750000 Hábitat 37 TA BL A II. 2. COTA S CORRESPONDIENTES A LOS SS. I A . C. – 1 ª M IT A D I D. C. CODIGO DIRECCIÓN COT A (M .S.N.M .) TIPO DE HA LLA Z GO 4 CONDE DE IBARRA 18 3,080000 Llanura de inundació n 26 ACERA DE LEVA NTE DE LA CATEDRAL 3,330000 Canal o l aguna 32 IMPERIA L, 41-45 6,060000 Vidriería 43 PLAZA V IRG EN DE LOS REY ES 5,960000 Hábitat 48 SAN BE RN ARDO-3 (PERI) 2,720000 Canaliz ación 54 VÍRGENES, 9 , 17 Y 19 - T ROMPEROS Y CONDE DE IBARRA , 5 7,170000 Hábitat 74 PABE LLÓ N DE OFICINAS DE L A CATEDRAL -3,770000 Canal o l aguna 99 IMPERIA L 37 6,060000 Viario 108 AIRE 12 11,800000 Hábitat 120 CONDE DE IBARRA ,15-17 Y LIRIO, 12, 1 4 Y 16 6,750000 Hábitat 125 ENLADRILLA DA, 19-21 7,090000 Derrum be/ruina 127 FABIOLA, 8 10,650000 Depósito 131 LANZA, 11 6,160000 Vidriería y tal ler de hueso 138 SAN LUIS , 37 (ANTIGUO NOVICIADO DE SA N LUIS) 6,470000 Derrum be/ruina 168 PLAZA DE SAN LE ANDRO, 8 D 7,260000 Espacio públ ico 181 MERCADO DE LA ENCARNACIË N (SONDEO) 3,200000 Hábitat 2003 RELATOR, 46-A Y S AN BASILIO, 24-25 5,900000 Vertedero 2024 SAN LUIS , 37 (ANTIGUO NOVICIADO DE SA N LUIS) 6,320000 Acequia 2025 GUZMÁN EL BUENO, 6-8 12,040000 Hábitat 2026 ABADE S, 41-43 CORTE 15 A 11,190000 Hábitat 2029 ABADE S, 41-43 CORTE 18 A 8,920000 Hábitat 2045 ALCÁZAR (SONDEO PA TIO DE BANDE RAS) 6,410000 Hábitat 2048 ALCAZAR (SONDEO PUE RTA DE LA ALCOBA) 4,750000 Vertero 2066 CONVENTO DE SANTA MARÍA DE LOS REY ES 6,000000 Vertedero 2068 SAN LUIS , 29 5,240000 Espacio públ ico 2075 PATIO DE BANDERAS 9,510000 Almacén 2076 ALCÁZAR (SONDEO SE -VI) 7,000000 Vertedero 2081 ARGOT E DE MOLINA, 7 9,490000 Canaliz ación 2089 AUGUSTO PLASENCIA, 10 -12 10,440000 Viario 2091 MUÑOZ Y P ABÓN, 8 (2ª FASE) 11,180000 Hábitat 2094 FRANCOS, 41 5,620000 Espacio Públ ico 2111 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIËN) 3,890000 Factoría de salaz ones 5001 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIËN) CA 4,020000 Factoría de salaz ones 44 5014 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,030000 Hábitat 5015 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,070000 Hábitat 5016 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,070000 Hábitat 5017 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,170000 Hábitat 5018 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,050000 Hábitat 5019 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 5,280000 Hábitat 5020 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 5,320000 Viario 5021 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,680000 Hábitat 5028 CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA 5,390000 Muell e 5029 CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA 5,290000 Muell e 5030 AVENIDA DE ROMA 4,120000 Viario 5031 AVENIDA DE ROMA 4,670000 Viario 5032 AVENIDA DE ROMA 5,570000 Viario 5033 AVENIDA DE ROMA 4,270000 Viario 5034 AVENIDA DE ROMA 3,840000 Viario 5035 JOAQUÍN COST A 2,000000 Orilla de río 5036 SONDEO CAT-G 1 6,500000 Ocupación proxim idades (escom bros) /episod ios de inundació n 5035 CALLE S AN FERNANDO 4.570000 Viario 2132 ARRAY ÁN ESQUINA SAN L UIS 6.500000 Viario 45 TA BL A II. 6. COTA S CORRESPONDIENTES A LOS SS. IV – V D. C. CODIGO DIRECCIÓN COT A (M .S.N.M .) TIPO DE HA LLA Z GO 4 CONDE DE IBARRA 18 5,190000 Llanura de inundació n 26 ACERA DE LEVA NTE DE LA CATEDRAL 4,970000 Llanura de inundació n 32 IMPERIA L, 41-45 6,400000 Hábitat 39 SAN LUIS 73-75 5,110000 Ruina/A bandono 43 PLAZA V IRG EN DE LOS REY ES 7,540000 inundació n/vertedero 73 PATIO DE MONT ERÍA DEL A LCÁZAR 7,300000 Hábitat 91 MATAHACAS 9-11 6,700000 Vertedero 95 PERAL, 18-20 Y FAUST INO ÁLVAREZ, 21 3,320000 Canal 103 SAN LUIS 95 Y MALPARTIDA 10-12 6,360000 Hábitat 108 AIRE, 12 13,680000 Hábitat 119 CONDE DE IBARRA 14-16 7,060000 Hábitat 125 ENLADRILLA DA, 19-21 7,090000 Derrum be/ruina 138 SAN LUIS , 37 (ANTIGUO NOVICIADO DE SA N LUIS) 6,470000 Derrum be/ruina 168 PLAZA DE SAN LE ANDRO, 8 D 7,260000 Espacio p·bli c o 2003 RELATOR, 46-A Y S AN BASILIO, 24-25 5,900000 Vertedero 2012 CUESTA DEL ROSARIO ES QUINA A CALLE GALINDOS 13,960000 Ter m a 2026 ABADE S, 41-43 CORTE 15 A 11,710000 Depósito/expoli o 2027 PALACI O ARZOBISPAL (ES T ANCIA 10) 10,430000 Abandon o/expolio 2045 ALCÁZAR (SONDEO PA TIO DE BANDE RAS) 6,410000 Hábitat 2054 RELATOR, 92 7,020000 Hábitat 2065 PARRAS , 18-20 6,070000 Llanura de inundació n/ocupación puntu al 2066 CONVENTO DE SANTA MARÍA DE LOS REY ES 6,000000 Vertedero 2068 SAN LUIS , 29 5,750000 Necrópolis 2075 PATIO DE BANDERAS 9,780000 Com plejo eclesial 2081 ARGOT E DE MOLINA, 7 10,080000 Espacio p·bli c o 2086 IMAGEN (FEDERACIÓN DE CA J AS DE A HORRO DE ANDALUCÍA) 4,920000 Hábitat 2089 AUGUSTO PLASENCIA, 10 -12 10,440000 Viario 2091 MUÑOZ Y P ABÓN, 8 (2ª FASE) 11,180000 Hábitat 2092 GALLOS, 23 Y BUT RÓN, 25 5,880000 Necrópolis 2093 MATEOS GAGO, 25-27 12,120000 Hábitat 2094 FRANCOS, 41 5,620000 Espacio Públ ico 2099 SAN LUIS , 67 7,190000 Necrópolis 5005 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,620000 Hábitat 46 5006 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,590000 Hábitat 5007 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,760000 Hábitat 5008 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,690000 Hábitat 5009 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,690000 Hábitat 5010 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,910000 Hábitat 5011 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,780000 Hábitat 5012 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,880000 Hábitat 5013 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,800000 Hábitat 5014 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,030000 Hábitat 5015 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,070000 Hábitat 5016 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,070000 Hábitat 5017 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,170000 Hábitat 5018 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,050000 Hábitat 5019 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 5,280000 Hábitat 5020 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 5,320000 Viario 5021 MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA 4,680000 Hábitat 5028 CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA 5,390000 Muell e 5029 CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA 5,290000 Muell e 5030 AVENIDA DE ROMA 4,120000 Viario 5031 AVENIDA DE ROMA 4,670000 Viario 5032 AVENIDA DE ROMA 5,570000 Viario 5033 AVENIDA DE ROMA 4,270000 Viario 5034 AVENIDA DE ROMA 3,840000 Viario 5035 CALLE S AN FERNANDO 4.720000 Viario 2132 ARRAY ÁN ESQUINA SAN L UIS 6.500000 Viario 47 3. LA CIUDAD TURDETANA El período turdetano constituy e, en l a actualidad, el primer mom ento de ocupación urbana constatado fe hacientemente del solar hispalense 64 . En el pr esente capítulo se presentan los esc asos testim onios r egistrados de esta ordenación, incardinados dentro de la dinámica evolutiva de los asentamientos prerromanos constatada en el Bajo Guadalquivir 65 . Bajo este epígraf e nos ceñiremos a los testimonios concernie ntes desde las primeras evidencias de ocupación urbana hasta fines del s. II I a. C., momento en el cual la ciudad de Spal entró a formar parte de la órbita de dominación romana. C laro está que esto no supuso una ruptura rápida n i radical de la orga n ización urbana del enclave . Ant es bi en, la continuidad formal y o rgá ni ca d e la ciudad debió ser l a pauta mantenida hasta l a fundación de la colonia en tiempos de César o Augusto, aunque su conversión en ciuitas stipendiaria tras la batalla de Ilipa (206 a. C .) y el establecimiento del conuentus ciuium r omanorum en s u interior (Ordóñez 1998: 19-32) debieron tener un reflejo tanto en la trama urbana como en la adopción de nuevas f órmulas arquitectónicas. 3. 1. Trazos del urbanis mo de la antigua Spal 64 Queremos agrad ecer al Dr. García Fernández la r evisión cr ítica de e ste c apítulo así c omo sus valiosas indicaciones bib liográficas y conceptuales. 65 Una explicación del insuficiente estado d e conocimien to del p eríod o turdetano frente a la etap a orientalizante se encuentra en Ruiz Mata (19 98: 154 -155 ) y , r ecientemen te, en Gar cía Fe rnández (20 03) . Lo c ierto es q ue el análisis efectuado d el fenómen o d e urba nización de la z ona muest ra evide ntes diferencias en las interpretacio nes ofrecidas, no só lo en cuanto a la de finición mism a de su origen sino e n lo que c oncierne al c oncepto de “lo urb ano” en ép oca pro tohistórica, en fun ció n d e la ac eptació n de un m odelo interp retativo trad icional derivado d e la id ea de po lis griega ( Bendala y otro s 198 6: 12 1) o de un esquem a de d esarro llo po lítico-social y espacial prop io (Ruiz Mata, Niveau de Villedar y y Vallej o ( 199 8: 66) . A este resp ecto, la cuestión versa acerca de una génesis e xógena del fenómen o urbano en el Sur peninsular, d e la a dmisión de un desarrollo pro pio o d e una rápid a ado pción d e modelos externos d ebido a un estadio protourb ano ya desar rollad o (Escace na 1 98 2: 52, recientemen te m o dificado por Escacena 200 4; par a una síntesis de la p rob lemática d e las “form as p roto urbanas” en el B aj o G uadalquivir d esde la Edad del B ronce, véase Escacena 2 000 : 13 1-137 ), tendencia é sta may oritar ia en la investigación actual. Estas interpretacio nes se relacionan d irectamente c on los m o delos de exp lotación y “politización de l territor io así co m o con los vínculos establecid os con los colonizad ores orientales. A este respecto , véanse González, Plácido y Alvar (1 996 : 14 5-146 ) en r eferencia a la explotac ión d e m ano d e obra nativa en campos de cultivo y a la c apacid ad de co nsum o de los do min antes; par a la c ontinuidad étnica entre tartesios y turdetanos consúltense Ruiz Mata (199 8: 1 55) y recientem ente Ga rcía Fernández (20 03) . 48 3. 1. 1. Los vestigios u rbanos del Bronce Final y Pe ríod o Orientalizante. Revisión crítica L os testimonios rela tivos al Bronce Final y Período Orientalizante se circunscribe n a unos escasos depósitos continentes de material cerámico y a restos de una edificac i ón datada a mediados de l s. VI II a. C. (fig . II I . 1, tabla I I I. 1). TABLA III. 1 CODIGO DIRECCIÓN TIPO DE HALLAZ GO CRONOLO GÍA 127 FABIOLA , 8 Depósito VIII a. C. - VII a. C. 147 SAN ISIDORO 21-23 Hábitat 2/2 VI II a . C. 201 2 CUESTA DEL ROSARIO ESQUINA A CA LLE GAL INDOS Depósito VIII – VII a. C. 204 3 PATI O DE B ANDERAS, 16 Depósito VIII a. C. - VII a. C. 204 4 AL CÁZA R (SONDEO C/ J OAQUÍN ROMERO MURUBE) Depósito VIII a. C. - VII a. C. L os depósitos documentados constatan la apa rición de rellenos que incluían materiales de esta época, sin conexión con ninguna unidad constructiva. Estos s on los casos de la excavación de la Cuesta del Ro sario (Collantes de Terán 1977, revisados cronológic amente por Escacena 1983: 56), Calle Fabiola (Escudero, L orenzo y Vera 1987), Patio de Banderas 16 y del Alcázar – sondeo de la C/ J oaquín Ro mero Murube – (Tabales 1999) 66 . Por su parte, los niveles excavados correspondientes a la edificación datada en la segunda mitad del s . VII I a. C. o a principios del s. VI I a. C. en la C alle San I s idoro, fueron interpretados por sus excavadores como restos de una vi vienda (Campos, Vera y Moreno 1988: 21). De ésta sólo se habrían documentado algunas piedras de sus m uros, el pavimento y un hogar, insertos en e l nivel 24 de la intervención (Fig . I I I . 2 y Estratigra fía nº 1). A pesar de ello, plantearon la posi bilidad de que se tratase de un edificio de planta recta ngular por influenc i a de los coloni zadores fenicios (Campos, Vera y More no 1 988: 21) , siguiendo las corr ientes interpretativas al uso 67 . 66 Véase d escripció n completa en las cor respondie ntes fichas del c atálogo. 67 P ara una síntesis del influjo d e los modelos ar quitectónicos cuad rangulares orientales, sobr e una supuesta trad ición circular indígena, en los asentam ientos o rientalizantes p eninsulares véase Ruiz Mata, 49 Ciertamente, en esta interpretación pesó igualmente la identificación del topónimo anterior a l a presencia romana, reconoc ido como Spal 68 , parece que de claro origen semítico ( Dí az 1982: 20, Blanco 1989:106, L ipinski 1984: 81-132, Ordóñez 1998: 74-76). Además teniendo en cuenta que el término Spal podría relacionar se con acepc iones como “tierra ba ja”, “la de a bajo”, “isla llana ” o s imilar, varios autores (I zquierdo y Escacena 1998; O rdóñez 1998:75-76 y Amores y Escacena 2003) han suger ido su relación con un enclave fenicio próximo en altura, el santuario a Ast arté del Carambolo, que asimila este asentamiento con el patrón fenicio atestiguado e n l as costas de Andalucía Or iental. A pesar de ello, no ex isten actualmente bases sólidas que permitan definir el cará cter y mucho menos la ex tensión del asentamiento de época orientalizante pues nada sabemos de los eleme ntos urbanos que lo definieron entre el s. VI I I y el V a . C . 3. 1. 2. Elementos urbanos de la Spal turd etana A continuación detallamos aquellos elementos de la forma urbana de la ciudad turdetana (ss. V-I I I a. C .) documentados hasta el momento. Para ell o, recurrimos a un esquema derivado de l os estudios del fenómeno urbano para este período, cara cterizado por una transformación en la dinámica de ex plotación del t erritorio y el surgimiento de un sistema de ciudades-e stado 69 . 3. 1. 2. 1. Sistemas defensivos Niveau d e Villedar y y Vallej o (1 998 : 66 -67). U na c rítica a esta simplificación for m al del análisis étnico se encuentra en Escacena (2 000 : 13 1-137 ). 68 Recientem ente ha sido p rop uesto como topó nim o original el tér m ino Hispal ( Corre a 20 00) . 69 P ara un análisis del cam b io económ ico com p orta do por la sustitución de las bases económicas apoyadas en el comercio d el metal po r la explotació n de los re cursos agrario s y p esqueros a p artir del s. VI a. C. véase Escacena ( 199 3) y Ruiz Mata, Niveau de Villedar y y Vallejo (1 99 8: 6 9 y 7 1-72). E n este 50 No contamos con información directa de las fortificaciones de época turdetana que debieron rodear el oppidum . L os m odelos urbanos conocidos permiten suponer la existencia de unos elementos defensivos de los cuales no tenemos ningún testimonio conservado 70 . Tan sólo la refer encia l iteraria cesariana de época de las Guerra s Civiles 71 plantea l a exis tencia de un recio amurallamiento en el s. I a. C., heredado y sin duda transformado a lo largo de s u vigencia como observamos en ejemplos tan claros como el C astillo de Doña Blanca. La s noticias referidas a hallazgos de supuestos lienz os de fábrica ciclópea o de filiación cartag inesa 72 contenidas en estudios de fines del s . XIX no han tenido ocasión de ser sometidas al re frendo del análisis científico actual. Sin embargo, como veremos en capítulos sucesivos, el desarrollo urbano a inicios de la época republica na debió mantener este elemento, o su trazado, hasta su absorción posterior al extenderse la ocupación fuer a del antiguo recinto. 3. 1. 2. 2. Viviendas L a fra gmentarie dad de l re gistro que impone el de s arrollo de la Arqueolog ía urbana sólo ha permitido documenta r he chos a rquitectónicos muy parcia les de este período. L a profundidad de los restos, su si tuación bajo el fre ático, así como los fenómenos de expolio y sup erposición de estructuras propias de esta ciudad obstaculizan el hallazgo y registro de amplias superficies. L as m ay or parte de l as veces son documentados muros, a veces algunos débiles pavimentos, a lo más una esquina de alguna construcción, por lo que cualquier intento de análisis funcional de estos contexto ha de situarse e l influjo de l modelo urb ano helenístico, vinculado p or algunos autor es al d omin io cartaginés (Benda la y otros 19 86: 1 24 ). 70 Desde los ss. VI II-VII a. C. se constatan ej emplos de m urallas rea lizadas con pie dras poco tra baj adas y trabad as co n argamasa o colo cada s “a hueso”, co nform ad as p or dos lienzos p aralelo s co n relleno interno o ca sam a tas, y e n ocasiones c on revestimien to externo de tapial, foso y antemuro (Ruiz Mata, Niveau d e Villedary y Vallejo 19 98: 7 2-74 y E scacena 20 02) . Casos para digm áticos lo c onstituy en el Castillo de Doña B lanca y T ej ad a la Vieja (Fer nández Jura do 198 7). En lo s ss. VI – V a. C. se co nsolida el modelo de casam a tas y el uso de técnicas d e raigam b re oriental q ue incluyen la presencia d e torr es cuadrangulares. A medida q ue no s a cercamos a l s. I II a. C. obser vam o s la p roliferació n de aspecto s más cuidados, como sillares b ien tallados al e xterior o el empleo de la técnica d el op us a fricanu m . Ej emplos de esta e volución se obser van en el Castillo de Do ña Blanca, Niebla ( Belén y Escace na 1 993 : 147) , Carmona (Jimén e z 19 89) y Carteia (Roldán y Bendala 1 996 ). 71 Véase el e lenco de fuent es literarias y el capítulo siguien te . 72 Véanse los testimonios de Guichot (1 875 ) y Gestoso (1 984 ) en el a nexo de fuentes. 51 contextos resulta genera l mente tarea ardua y poco exit osa. Sólo en los l ugar es en los cuales se han conservado rasgos de alguna actividad productiva concreta, por ejemplo la presencia de hornos, es posibl e post ular un uso específico más allá de una g enérica definición como hábitat 73 . De esta manera, recog emos aquí l os testimonios documentados d e espacios c ons truidos de época turdetana (entre los s. V-I II a. C.) engloba dos bajo una ge nérica funcionalidad residencial si bien, en la m ay oría de los casos, los restos no permiten definirla con c l aridad (fig . II I . 3). 3. 1. 2. 2. 1. Desglose de localizaciones Tabla III .2 . Localizaciones de hábi tats protohistóricos Nº FICHA DIRECCIÓN CRONOLO GÍA PROPUESTA 35 MÁRMOL ES , 9 I bérico 108 AI RE 12 2/2 I II a. C. 147 SAN I SIDORO 21-23 2/2 V – 1/2 I II a. C. 2012 CUESTA DEL ROS ARI O ESQUIN A GAL I NDOS I I I a. C. 2026 ABADES, 41-43 CORTE 15 A I I I a. C. 2081 ARGOTE DE MOL I NA, 7 I V a. C. - I II a. C. 2090 MUÑOZ Y PABÓN, 8 (1ª FASE) I V a. C.- I II a. C. 2112 PAL ACIO ARZ OBI SP AL , S ECTORES ARCHI VOS Y TRIB UNAL. SONDEO I I V - I II a. C. 2113 PAL ACIO ARZ OBI SP AL , S ECTORES ARCHI VOS Y TRIB UNAL. SONDEO I I I V - I II a. C. 73 Estas mi sm a s d ificultades han sido halladas en otr os lugares, lo cual no ha impedido que se po stule la articulación de la trama urbana turde tana m ediante manzanas d e edificacio nes, calles y z onas ab iertas o plazas ( Ruiz Mata 1 998 : 18 6). Se han ide ntificado generalm ente viviendas, de planta cuadrangul ar, conformadas po r m uros d e tapial ap oyados en zócalo s d e pie dra sin cimentación (Ruiz Mata, Niveau de Villedary y Vallej o 199 8: 74) . Eje m p los de este tip o de construcciones los hallamos en el Castillo de Doña Blanca, en T ej ada la V ieja ( Fernández 19 87 ), T oscanos ( Niemey er 1 985 : 113 ), Alhonoz (Lópe z 198 1: 131 ). En escasas ocasiones los mu r os se ejecutan exclusiv amen te de adob e, coincid iendo c on m uros medianeros. La techum b re de estas edificaciones d ebió ser plana y construida con material vegetal. Su sustentación se encontraba b asada e n lo s m uros de la edificación y un sistema de vigas y po stes que, en ocasiones, prolo ngarían la cubierta hacia el exterior del espac io m urado, form aliz ando peq ueños sopor tales como ocurre e n T ej ad a la Viej a (Fernández 198 7) y en Alhonoz (Lóp ez 19 81) . Con respecto a la distribución interna de estas viviendas po demos observar, como regla general, la existencia de varias estancias de pequeño tamaño separad as por mu r os de ad ob e, constatándose e jemplos articulado s en torno a una estancia centra l, identificada co m o patio en ocasiones, y zaguanes o espacios abierto s interiore s. Sus pavim entos so n frecuentem ente de arcilla r oj iza sob re una cap a de cal, do cum e ntándose también otros de conchas, pe queños guijarro s y lajas d e pied ra. O tras edificaciones han sido interp retada s como edificios de cará cter artesanal, fundam e ntalm ente vinculados al alm acenaje d e p rod uctos, tanto pro cedentes del comercio como de a ctividades d e pr oducció n, siendo su planta r ectangular (Ruiz Mata, Niveau de Villeda ry y Vallej o 199 8: 7 6). 52 3. 1. 2. 2. 1. 1. Márm o les, 9 L a intervención arqueológ ica desarrollada en la Calle Mármoles nº 9 (Escuder o y Vera 1 988) registró una serie de estratos 74 datados en época turdetana (“ibérica” según los autores) seg ún l a secuenc i a siguiente: - Estrato 7: este estrato (cotas:-4,54 / - 4,75 m) y el anterior (el 6, cotas: -4,43 hasta - 4,54 m) corresponden a l os depósitos asociados a un muro de piedras alcorizas. S e afirma que en el ángulo NO del corte se localiz aron restos de fueg o y un muro de piedras alcorífera s que recorre la cuadrícula de Norte a Sur 75 . L a cronología ofr ecida para estos estratos es “ibérica”. L a ausencia de planimetría y perfiles publicados de esta i ntervención h a sido subsanada por nosotros a partir del análisis de la secuencia reg ist rada y de los materiales arqueológ i cos adscritos a ella (Estratigrafía nº 2). P or su parte, la revisión de la cronología efectuada por nuestro equipo redefine, como veremos, los horizontes constructivos de esta localización 76 . De esta m anera, el nivel más antiguo es el número 7, que hemos venido fechando a finales del siglo I V, aunque también podría adentrarse en la primera mitad del I II a. C. 77 . Por su parte, el nivel 6, asociado también al m uro de piedras alcorizas, 74 Así c onsta en el Anuario Arqueológico de Andalucía. Po sterior m ente, en la re visión e fectuada de los m ateriales depositado s en el Museo Arqueoló gico Provincial ob servam o s cóm o los m a teriales no se encontraban a grupados por estrato s sino po r niveles arb itrario s. La secuencia fue reco nstruida a par tir de las co tas d e los estra tos, consignadas en el Anuario y co incidentes co n las etiquetas c ontenidas en las caja s de material. De esta manera, pudier on ser asociad os los d istintos niveles que integraban los estrato s referido s. 75 No ap arece en la planimetría de la intervención. 76 Los resultados de esta revisión han sido ya publicad os en Garc ía Fer nández y González Acuña ( 200 7). Detallamos aquí de forma somera algunos de los elementos empleados co mo indicad ores cr onológicos por Garc ía Fernández. A par tir de ahora, las r eferencias cr onológicas der ivadas del análisis de estos contextos son tomadas de este trabaj o. 77 Esta c ronolo gía ha sido ob tenida a partir d e un bor de de ánfora tipo “T iñosa” ( T -8.1.1 .2 de Ramón) si bien p odr ía adentrarse en la p rimera mitad d el III a.C. (nº inv.: 1902 ). E sta últim a fecha vendría indicad a por la apa rición de los restos d e un ánfora grec oitálica y algunos recipie ntes d e cerámica común c uy a pro ducción se inicia o se generaliza e n el siglo III a.C. Es el caso de un fragm e nto de plato corr espondiente a la Form a II-A de Escacena (nº inv.: 190? ), con paralelo s en el nivel 6 de Cerro Macareno (P ellicer y otr os 1 983 : fig. 27) y en la Fase V d e Montemolín (Garc ía Vargas y o tros 19 89: 222 , fig. 1) ; o una urna globular (nº inv.: 193 7), pr obab lemen te e volución de las antiguas urnas Cruz del Negro y clasificada po r Escacena dentro d e la Forma IX -A ( 198 7: 39 8 ss.), cuya crono logía r aras veces es anterior al siglo III a.C. Menos interés presentan otras formas más co mu nes y con cro nologías más 53 presenta si cabe una may or alteración, y a que encontramos un frag mento de cazuela realizada a m ano junto con dos cuencos de paredes finas, una pátera de vajilla campaniense y dos frag mentos atípi cos correspondientes posi blemente a un ánfora del tipo L RA I II , fechada en t orno al siglo V d. C.. A pesar de ello, a nuestro entender, su cronología podría situarse, en la parte no alterada, también en torno al siglo I II a. C . y más probablemente en s u s egunda mi tad, y a que apenas presenta diferencias significativas con e l nivel anterior. 78 . 3. 1. 2. 2. 1. 2. Aire, 12 Escasa es la información conocida de sus hallazgos (Fernández 1988 y Ferná ndez y otros 1989). La descripción de los resultados de la intervención consigna el descubrimiento de un muro de gra ndes p iedras y adobe. Sobre él se documentó un nivel de incendio y nuevo muro de adobe 79 (fig. II I . 4). L a cronología presentada para lo s hallazgos es de 2ª mitad del s. I I I a . C. amplias, c omo un b ord e d e urna b itroncocó nica de cuello corto , muy similar al hallado en el nivel 13 de Cerro Macar eno (P ellicer y otro s 19 83 : fig. 4 2, 13 75) , dos cuencos-lucerna de la variante no c arenada, o varios fragm e ntos de cuencos simples co n deco ració n pintada. P or su parte , lo s cuencos ad scribib les a las variantes I-C y I-E (Lám. 3: 1 916 y 19 32) mu estr an una duració n m ás restringida que se aba rca a lo s siglos IV o III, como p uede despre nderse de los paralelos hallados en el nivel 9 de Cerro Macareno (Pe llicer y otro s 19 83: fig. 33) y en el estrato XXVII I d e Vico (B andera y Ferrer 2 002 : fig. 18) . El r esto de los materiales catalogab les –entre los q ue encontramos de sde un soporte tipo “carr ete” o un fragmen to atípico de cer ámica gris o rientalizante, hasta resto s ánforas de é poca tardo antigua– p ueden co nsiderarse intrusiones derivadas d e la alter ación d el dep ósito p or las mencionadas zanjas de expo lio. Par a un desglose completo ac údase a la co rresp ondiente ficha del ca tálogo de materiales. 78 De hecho, ap arece un b ord e de lebrillo decor ado p erteneciente al mism o re cipiente que el fragm ento registrado en el nivel 7 (nº inv.: 18 21) , lo q ue r esulta hasta cier to punto p revisible si tenem os en cuenta que esta excavació n se realizó po r niveles arb itrario s separand o en o casiones materiales de un mism o estrato. Se documentó asimism o un bor de d e ánfora asimilable a la Forma D d e P ellicer (nº inv.: 184 0), incluida re cientem e nte po r Niveau de Villed ary dentro d e la varitante 4, q ue p od emos fechar a pa rtir de m ediado s de l siglo II I a. C. (Niveau d e Villed ary 20 02: 23 8). El r eper torio co mú n a torno sigue siendo m onótono y se d istingu e po r una de corac ión sencilla de líneas r oj as o por la ausencia d e de corac ión. Destacan po r su núm ero los c uencos sim p les, con p astas mu y d epurada s y un pr edo m inio de la cocció n oxidante, que se ha c onvertido en una co nstante a partir de este mom e nto. En general, se o bservan sim ilitudes con lo s conj untos recuper ados de lo s e stratos XX y XXII d e Vico (B andera y Ferr er 200 2: fig. 13 y 15), fechados entre m ed iado s del siglo I V y mediado s del I II a. C. Po r su par te, d os cuencos de la variante I-C de Escac ena (nº inv.: 1 827 y 18 37) p resentan concomitancias con lo s ej emplares de la For m a IIb documentados en los últim o s niveles de Mo ntem o lín (Fase V), anteriores al final de la I I Guerra Púnica (Gar cía Vargas y otro s 19 89: 223 -224, fig. 1). Esta cronolo gía viene confirmada, además, po r un fragm ento atíp ico de cer ámica de “Kuass”, cuya pr oducció n se generaliza pre cisam ente en el siglo III a. C. (Niveau de Villed ary 2000 : 18 8-189 ). 79 No r epresentad o en planta. 60 El análisis de su contenido nos im pulsa a emplazarlo cronológicamente entre el primer y seg und o cuarto del s. I I I a. C. 94 . Fase denominada "fase estratigrá fica 6. Vivienda turdetana II. Siglo III a. C." 95 Se trata de un mom ento constructivo que ha dejado pocas huell as. En esencia, consta de varios depósitos de desechos domésticos, algunos desti nados a la subida de cotas de uso (UE 419), y un muro (UE 418). Éste contaba con una fábrica de guijarros y mampostería caliza carea da 96 , unidos con barro y ceniza (cotas: i nferior 10,55 y s uperior 10,76 mnsm). Su apare jo er a irr egular, conservándose sól o una hilada de 42 c m de anchura. En el perfil se advertía un alzado de adobe que conservaba solamente 10 cm de alto. En lo que s e refiere a la c ronología de esta fase constructiva, hemos podido constatar que el depósi to de nivelación UE 419 ofrece unos materiales encuadr ables a mediados del s. I II a. C . 97 . Además, el depósito que lo amortizaba (UE 417) también contenía materiale s fechables e n esa misma centuria 98 . un b ord e d e c uenco co rrespo ndiente a la variante I-C de Escace na, c uy a cr onología no contrad ice la fecha pro puesta para este nivel de o cupación (nº inv.: 427 -13). 94 Am bo s depó sitos pro por cionan un co njunto bastante coher ente d e form a s q ue co nviven entre la segun da m itad d el siglo IV a. C. y la p rimera mitad del III, lo que nos pe rmite fechar la amortizació n de la Estructura I I a finales d el primero o durante el segundo cuar to de esta centuria. Destacan las á nforas d e pro ducción gadita na, entre las q ue id entificam os un b ord e del T ipo 8 .1. 1.2 d e Ram ó n ( 199 5: 22 2), similar al e jemplar do cum entad o en e l nivel 7 de Má rmoles, y otro bor de cor respo ndiente a l T ip o 8. 2.2 .1 ( Ram ó n 199 5: 225 -226) , cuy a p rod ucción se generaliza, como sab emos, en e l siglo III a. C. ( nº inv.: 422-52 y 53 ) La mism a cronolo gía p resentan d os m ortero s (nº inv.: 42 2-9 y 423-33) , que encontram o s p resente en Cerro Macar eno de sde el nivel 11 (P ellicer y otros 19 83: fig. 1 1), y do s o llas de co cina ( nº inv.: 4 23-1 y 6), c on para lelos en el estrato XX de V ico (B andera y Fer rer 2 00 2: fig. 1 3), ambos d e la segunda m itad del siglo IV a.C. P or lo q ue r especta a la cerá m ica común , so bresale un fragmento de urna con baq uetón y deco ración p intada b ícroma (nº inv.: 42 3-35) , así c omo un c uenco-lucerna de la variante no car enada (nº inv.: 4 23-24 ), q ue form an p arte del reper torio habitual d e lo s siglos I V y II I a.C. P or otra par te, encontramos un b ord e car enado de tendencia vertical (nº inv.: 423 -23), muy frecuente en los contextos tardo púnicos d e la b ahía d e Cád iz (Niveau de Villed ary y Ruiz Mata 20 00: fig. 6, 4 ). El resto de lo s cuencos, urnas y lebrillos man tie nen, sin e m b argo, p erfiles mu y comu nes, a e xcepción de algunos cuencos –cor respo ndientes b ásicamen te a las For m a s I-C y I -I de Escace na– que po dría m o s fechar entre los siglos I V y III a.C. Esto s r ecipientes se c aracteriz an p or una tende ncia generalizad a a la sim p lificación de la dec oració n, que llega a desap arecer e n la may or p arte de los casos, así como po r una mejora d e las pastas, con co cciones oxidantes y engobe s c laros y homogéneos, a las q ue difícilmen te po demos atrib uir una cronología anterio r al siglo I V a.C. 95 T ambién denom inad a “fase constructiva 4. Vivienda II. Siglo III a. C.” e n Jiménez (2002 : 13 4-135 ). 96 Con pied ras de 10 x 1 5 cm. 97 Do cum entam o s un mortero de p erfil evolucio nado (nº inv.: 41 9-3) co n pa ralelos claro s e n la última fase de Mo ntem o lín ( García V argas y otro s 198 9: fig. 3) y en el nivel 6 d e Cerro Macar eno (P ellicer y o tros 198 3: fig. 27 , 1 82 4), lo que per mit e atribuirle una cro nología de mediados del siglo II I a.C. Apar ece, de l 61 Fase denominada "Fase estratigráfica 7. Vivienda turdetana III. Segunda mitad del s. III a. C. ( ant erior a II Guerra Púnica) " . Adscritos a este mom ento se r egistra ron do s muros (UUEE 381 y 405) (fig. I I I.8). El 381 consta de una hilada de mampost ería caliza 99 , arenisca y b arro. Su aparejo era i rreg ular, contando con unas dimensiones de 54 cm de ancho y 1,54 m de largo. Traba con el muro 4 05 en forma de T y tiene una orientación SO-NE. Parece que hacia el Sur podía existi r un vano 100 . Por su parte, el muro UE 405 es de mampostería caliza 101 y guijarros m edianos, lajas de pizarra y barro. Su aparejo es irregula r y sus di mensiones abarcaban los 35 cm de anchura y 1,42 m de l ongitud, manteniendo una orientación NO-SE. S e interpretó como testero del edificio t urdetano. El pavim ento que se l e asocia es l a UE 382 compuesto por una capa de arcilla "tostada" , ceniza y carbonc illa de 6 cm de espesor. L a fecha p ropuesta para esta ocupación es de segunda mitad del siglo II I a. C. (antes de la I I Guerra P única), aunque el hall azgo de un borde de cerámica campaniense A en el interior del pavimento podría rebajar esta cronología a las primeras décadas del siglo I I a. C.. El resto del material es poco elocuente y está compuesto básicamente por m ism o modo, un leb rillo de grande s dimensiones pro visto d e asas y un c uenco co rresp ondiente a la Forma I-C de Escacena, q ue pod emos fechar entre los siglos IV y II a.C. 98 Es pro bab le que algunos d e los materiales insertos en esta estructura (UE 41 8) pro cedan d el mism o depó sito, y a que ambos conforman conjuntos muy heterogéneos en los que se entremezclan r estos de otras ép ocas (c erámica a mano, cerámica gris orientalizante, ánforas, etc .) c on especie s pro pias d el siglo III, como puede ser un fragm ento a típico d e cer ámica de “Kuass”, que nos sirve de términ o post quem . Destacan for m as q ue se generalizan a par tir de mediados o finales d el siglo IV, como los vasos par a beb er (nº inv .: 41 8-7 y 417 -1), las ollas de c ocina de factura tosca (nº inv.: 41 8-25 y 25 ) – pare cidas a la s documentadas e n e l estrato XX d e Vico (Bande ra y Fer rer 2 002 : fig. 13 )– o las urnas globulare s con asas acanaladas (nº inv.: 417 -18) (For ma IX-A de Escacena) , que encontramos presentes desde el nivel 1 0 de Cerro Macare no (P ellicer y otro s 19 83: fig. 35, 16 09 ). Lo mis m o se puede decir d e un b ord e de ánfora de la Forma B-C de P ellicer (nº inv.: 418-19 ), con paralelo s en Cerro Maca reno desde finales del siglo I V a.C. (Pe llicer 197 8: fig. 4, 1576 ). Entre los cuencos, q ue pueden agrupar se en su conjunto d entro de la Forma I-B de Escac ena, hemos identificado un ej emplar con el bo rde biselado al interior y al exterior (nº inv.: 417 -38), lo q ue constituy e un rasgo c aracter ístico del siglo I II, como ha p odid o obser varse, sobre todo , en lo s últim o s niveles de Montemolín ( García Vargas y o tros 198 9: 2 24 ) y Vico (Bande ra y Ferrer 200 2: fig . 1 3). El resto d e las for m as co mu nes (leb rillos, urnas glob ulares y b itronco cónicas, cuencos) son m enos elo cuentes, aunque se sigue obser vando una tendencia generalizada a la reducció n de la d ecor ación y una mejora en las téc nicas d e fabricación, con pastas cada vez más depurad as y una cocción pred omin antem e nte, que car acteriza a las pro ducciones d el siglo III a.C. 99 Pied ras d e 20 x 20 c m , 17 x 13 cm. 100 Po r co ntinu idad del p avim ento. 101 Pied ras d e 15 x 10 c m . 62 frag mentos atípicos cerámica común o con decora ción pintada. L as úni cas formas identificables son un borde de lebrillo de perfil evolucionado, parecido a otro procedente del ni vel 4 de Cerro Macare no (Pelli cer y otros 1983: fig. 23, 1994 ), y un plato turdetano muy común, con el labio ancho terminado en pestaña. Por su parte, la amortización de este contexto es documentada en e l depósito UE 380, datado por nosotros en la 1ª mitad del s. I I a. C. 102 3. 1. 2. 2. 1. 6. Argote de Molina, 7 En e s ta inter vención arqueológ i ca se documentaron restos de varias edificacione s de época turdetana (Campos 1986: 22) (Estratig rafía nº 5). L a m ás antigua se fechó en los finales del s. V a. C. (nivel 31) y consistí a en un muro detectado en el testigo sur del corte 2 (fig. II I .9). Su orientación era Este-Oeste y se encontraba construido con piedras y cantos rodados gra n tamaño, conservándose un alzado con una altura de 30 cm. L a no detección de nivel alguno de pavimento dio pie a su excavador a suponer que el i nterior de l a edificac i ón se halló hacia el S ur, embutido bajo el testigo del sondeo (Campos 1986: 22). En un m omento más tardío se erigió otra edificación, incluida en los ni veles 28- 26, construida a base de piedras de diversos tamaños. El grosor del muro detectado era de 40 cm, hallándose a su alrededor restos de adobes, de 30 x 35 cm y 40 x 44 cm. En su cara norte se encontró un pavimento de arcilla roja apisonada, con varias c apas (debido a reparac i ones o reconstrucción de la vivienda) (Campos 1986: 22). La datación ofrecida es de fines del s. I V a. C. (Campos 1986: 22) (fig. I II .10 103 ). Posteriormente, se debió reconstruir esta vivienda, que pervivió hasta mediados del s. I I I a. C., pues fue detectado un niv el de incendio (nivel 25A) que se vinculó al momento o a la causa de su destrucción. 102 D estaca un vaso de perfil en S sin deco ració n, un fragmento atípico d e urna co n baquetón, un p lato común de pequeño tamañ o y un cuenco de bo rdes entrantes, asimilable a la Forma I-H d e Escacena, con una dec oració n p oco hab itual a ba se d e puntos a lo largo del b ord e. Encontramos también un bo rde de ánfora Pe llicer D ( variante 2 d e Niveau de Villed ary) y un fragm ento atíp ico d e campaniense A . 63 Según se desprende de los ajuares publi cados por el propio C ampos (1986: fig. 78 y 79), así como de otros materiales inéditos estudiados por nosotros y procedentes presuntamente del nivel 26 104 , podemos asignar a la amortización de este muro una cronología que abarc aría el últ imo t ercio del siglo I I I, ll ega nd o a los primeros años del I I a. C. 105 . 3. 1. 2. 2. 1. 7. Muñoz y Pabón, 8 (1ª y 2ª Fases de intervención) Escasísima es la información derivada de la intervención arqueológ i ca en Calle Muñoz y Pabón, 8. En la doc um entación emitida de las dos fases de intervención llevadas a cabo (Mejías 2001 y 2002) se describen una serie de estructuras de 103 Los d os salientes situados al SO de l mu ro corresp onderían, creemos, a acúmu los de adobe s derr um b ados si b ien la publicac ión no explicita d el tod o su cor respo ndencia. 104 Las siglas d e esto s materiales, de positad os en el M useo Arqueoló gico P ro vincial de Sevilla, corr esponder ían a l intervalo num ér ico ad scrito al nivel 26 en la publicació n de esta intervención, si b ien no apar ecen m encionados en la mism a. Lo mism o sucede con algunos materiales pro cedentes de otro s niveles de esta mis ma intervención y d e la excavación re alizada años d espués en la Calle San Isidoro , 21- 23 ( Cam pos y otros 1 988 ). 105 E ntre lo s materiales inéditos sobr esalen dos bo rde s de ánforas per tenecientes a la Forma D de P ellicer (nº inv.: 4 552 y 4 492 ): uno indiferenciado, marcado úni cament e por un engrosamien to al interior que le confiere el característico pe rfil alm endra do y que po dríamos asim ilar a la variante 8 de Niveau de Villedary (20 02: 2 39) , co n p aralelo s en el niv el 6-5 de Cerro Macareno, de finales d el sig lo III a.C. (Pe llicer 19 78 : fig. 7); y un segundo b ord e, engrosado al exterio r y separ ado d el cuerpo por un e scalón pro nun ciado , que Niveau d e V illedary incluy e d entro de la variante 1 (20 02 : 2 37) . Este último pr esenta analogías co n un ejemplar casi completo d ocument ado en el po blado de Las Cumbres (P uerto de Santa María, Cádiz) y fechado en la segunda mitad del siglo I II a. C. (Ruiz Mata y Pé rez 199 5: fig. 30; Ruiz Mata y Niveau d e Villed ary 1 999 : fig. 4). Encontramos también un bo rde de ánfora gre coitálica, que pod ríamos fechar a lo lar go del siglo II I a.C. Sin embargo es un fragmento de ánfora gaditana e l q ue nos apor ta una cro nología m ás p recisa (nº inv.: 45 50) . Se trata de un ejemplar per teneciente al T ipo 9.1 .1.1 de Ram ó n (199 5: 2 26-22 7), c uy a p rod ucción se extiende desde el últim o tercio del siglo III hasta finales del II, c onviviendo con las primeras Dre ssel 1 importadas del sur d e Italia. La cerámica gro sera pro cedente este nivel se ajusta b astante bien a la cr onología pr opuesta po r nosotro s: un mortero de bo rde engrosad o y apéndice interio r muy desarr ollado (nº inv.: 4 51 1); d os ollas de cocina (nº inv.: 4483 y 45 32 ), similares a las d ocumen ta das en el nivel 5 de Cerro M acareno (P ellicer y o tros 19 83: 2 4); a sí c omo un bor de d e factura tosca y p erfil triangular ( Cam pos 198 6: fig. 7 9), co n una leve aca naladura en la p arte superior que la asemeja a lo s recip ientes de co cina amortizados en lo s poz os tard opúnicos d e la necrópo lis d e Cádiz (Niveau de Villedar y 2 001 -2002 : 2 83). Los materiales publica dos po r Campos co ntribuy e n a co m pletar el elenco de formas caracter ístico del tránsito al siglo II a.C. Sólo d os bor des de ánforas corr espondientes a la Forma B-C de Pellicer desentonan ligera m e nte con esta c ronolo gía (Campos 198 6: fig. 79 , 4 483 y 449 4), ya que se trata d e variantes frecuentes en lo s co ntextos de finales d el siglo IV a . C. (Pe llicer 1 97 8: fig. 6 ). Lo mism o se pued e d ecir de un fragmento de cerámica ática de b arniz negro (nº inv.:44 96) , q ue el autor fecha a finales del siglo I V a.C. P or lo d emás, la cerám ica a torno comú n y pintada: vasos caliciformes ( Cam pos 19 86: fig. 7 8, 4 484 y 4 49 5), urnas bitro ncocónicas (nº inv.: 456 3), urnas globulares de cuello cilíndrico (4 476 , 449 1 y 44 79) y lebr illos de bord e evolucionado (4 516 ), pre senta claras analogías con los conj untos exhum a dos en los estra tos 4 y 3 de Paj ar de Artillo (Luzón 19 73) , lo s niveles 6 y 5 de M acareno (P ellicer y otro s 19 83: figs. 25-27) y el estrato XXVIII de Vico (B andera y Ferr er 200 2: fig. 17) , fechados a finales del siglo III e inicios del II a. C. 64 cronología imprecisa, pues ni se detallan los materiales que han sido empleados como bases cronológica s de las dataciones, ni se numeran l os depósitos asociados a ellas (sólo se les asig na numerac ión a las UUEE c o nstructivas) y se observa cómo en ambos informes se presentan visiones parciales de estos conjuntos, omiti endo referenc i as entre los hallazgos de los dos mom entos. Asi mismo, no se presentan secuenc ias temporales de UUEE, ni relaciones estratigrá ficas ni matrices, por lo que todo análisis de los datos contenidos en estos trabajos es altamente limit ado 106 . De igual forma, no concuerda la descripción de los muros con la representación pl animétrica pues en el i nforme de la 1ª fase se detallan unos m uros y en l a planimetría de la s egunda fase aparece n otros (fig. I I I.11). De esta forma, con las limitaciones descritas, l os resultados obt enidos consistieron en la detecc i ón de estructuras dos fa s es consecutivas. Fase 1: Se documentan tres muros, uno de adobe y dos de mampost ería. El de adobe tenía 1,8 m de larg o, presentando un enlucido de arcilla blanca en ambas caras q ue continúa como pavimento en su cara oeste. S u anchura era de 0,52 m. L os otros dos muros son de mampostería de piedras media nas trabadas c on mortero de barr o. Fase 2: Aparec e un muro de mampost ería, si milar a los anteriores, con una longitud de 1,14 m y un grosor de 0,54 m. L a cronolog ía que se ofrec e para estos hallazgos es del siglo IV al I I I a.C. Este extremo no ha po dido ser verificado por nuestra revisión, y a que las cajas de material depositadas en el Museo Arqueológico Provincial contienen bolsas refer idas a uni dades estratigr áficas que no coinciden con las indicadas en los informes, las cuales, recorde m os, se ceñían exclusivamente a unidades c ons tructivas. Ent endemos, por lo tanto, que el contenido de estas cajas debe pertenece r a uni dades deposicionales que no 106 La p resentación exclusiva d e planimetrías d e fases no nos p arece suficiente po r cuanto requiere la aceptació n d e las d eterminaciones c ronoló gicas ofrecidas para lo s horizontes co nstructivos d etectad os. Las c arencias d el r egistro o bservad as no rep resentan el mejor aval para la solvencia científica del eq uipo de intervención. 65 aparec en en l a documentación entrega da, de modo que resulta imposible su vi nculación estratigr áfica. 3. 1. 2. 2. 1. 8. Palacio Arz obispal , sectore s archivos y tribunal . Sondeo I En esta intervención s e documentó un muro de piedras alcor izas trabada s con barro (UE 72) de 62 cm de anchura y 1,98 m de recorrido documentado (fig. I II . 12 y Estratigra fía nº 7). S e trataría de un zócalo de piedras, sin cimentación, sobre el cual se elevaría un muro de adobe. S e le asocian dos fases de ocupación (Mora y Romo 2003). L a más reciente se encuentra definida por el nivel de pavimento UE 111 107 que limita en su cara superior al depósito UE 77. Este depósit o correspondería a su vez a la amortización del nivel original del suelo de la edificación UE 112, de sim ilar factura que UE 111 pero con n ódulos de cal, guijarros y fragmentos de galbos cerámicos 108 . Se afirma que este muro se “cimenta” sobre la estructura UE 163 109 a la cual se le asocia el nivel de pavimentación UE 113 110 . En la planimetría del conjunt o de hall azgos de los sondeos I , I I y I V aparece n numerados erróneamente el sondeo I y el II pues la numerac i ón corre cta es justo al contrario: el sondeo I al Sur y el I I al Norte 111 . L a cronología ofrecida para estos hallazgos se circunscribe a los s s. I V-I II a. C., si bien aún no ha podido ser verifica da por nuestro equipo. 3. 1. 2. 2. 1. 9. Palacio Arz obispal , sectore s archivos y tribunal . Sondeo II 107 Sólo repr esenta a la línea de suelo. 108 Restos a los cuales se le s asignó la UE 75 . 109 No ap arece descrita ni repre sentada en la pla nim etría . 110 Éste sí ap arece , aunque, p or su d isposición, podríamos llegar a pensar que la UE 16 3 es el tramo inferior d el m uro UE 7 2, rep resentado p or una leve desviación en el d ibujo , tratándo se por tanto de dos zócalo s distintos y su p erpuestos p arcialmente. 66 L a secuencia documentada en este sondeo presenta algunas dificultades de lectura de rivadas de desaf ortunadas interpreta ciones constructivas y de err ores en la represe ntación gr áfica de la misma. Se detectan dos fases constructivas en este sondeo refe rentes a época t urdetana (Mora y Romo 200 3) (Estratigra fía nº 8). P or un lado, la más reciente (fig. I I I . 13) consistente en dos muros UUEE 114 y 83 112 de piedra y guijarros trabados con barro 113 . Sus or i entaciones son Norte -Sur para el muro 114 y Este-Oeste para el 83. No e s posible precisar el ni vel de uso de estas estructuras por cuanto las asig naciones efec tuadas en el informe son equívocas y corresponden a una fase posterior. La supuesta continuidad de vida en común de las UUEE 114 y 82 114 es igualmente inexacta por diferenc ia de cota, inexistencia de conexión estratigr áfica, e tc. 115 . L os ex cavadores fechan esta fase en el siglo I I I a.C. a partir de los materiales contenidos en el depósito UE 81. Sin embargo, ex aminados los perfiles, la relación de colmatación del muro UE 114 por el citado depósito parece evidente, consti tuy endo un posible vertido de anulación y nivelación del terreno para dot ar d e un nivel de u so a una nueva edificación (UE 66) 116 . A su vez, el depósito UE 80 amortiz aría el nivel de uso de la edificación a la que pertenecía el muro UE 66. Por nuestra parte, la revisión de los materiales contenidos en el depósito UE 81 arrojan, a nuestro juicio, una datación del s. I I I a. C. 117 , mi entras que el relleno UE 80 muestra una cronología a inicios d el s. I I a. C. 118 . 111 Adem ás hay reseñar que la o rientación d e los planos d e lo s sondeos es err ónea p ues el No rte ap unta realmente hacia el Oeste como se infiere del texto d el informe. 112 El cual ap arece repr esentado co mo un dep ósito en el p erfil norte. 113 Véase el ap artado co rrespo ndiente a los espacio s re sidenciales d e época r epublicana par a la d iscusión sobre la no inclusión en esta fase del muro UE 82 y el pavim ento UE 9 4, co mo afirm an sus excavadores. 114 Muro aso ciado a la UE 11 4 en el informe de excavación. 115 Véase la ficha co rrespo ndiente. 116 De ser a sí, la estructura UE 114 constituiría un cim ie nto y zócalo de la edificació n, encontrándose su nivel de uso hacia la línea marcada c omo UE 95 . P or su pa rte, el muro UE 6 6 ap rovecharía el anterior zócalo (UE 1 14 ) como cimiento, corre spondiéndo le un nivel de uso coincidente co n la línea definida como UE 94 . 117 En él encontramos do s cuencos d e bord e b iselado, que apar ecen asocia dos a d os cuencos-lucerna de la variante no c arenada y a o tros c uencos más co mu nes c on de coració n pintada. Esta cronología viene apoyada también p or la presencia de una o lla de coc ina y un bo rde de ánfora asimilable a la Forma B-C de Pellice r, con parale los e n el nivel 9 de Cerro M acareno ( Pellicer 197 8: fig. 4, 1 640 ), d e principio s del siglo III. 118 E l hallazgo de un bo rde de ánfora d el tipo Ram ó n T -9.1 .1.1 . pe rmite fechar este estrato a finales d el siglo II I o más pro bab lemen te a inicios de l I I a.C. P or lo de m ás, pudimos identificar do s cuencos de b ord e biselado sim ilar es a los do cum e ntados en la UE 8 1, vario s cuencos de b ord e sim ple o engrosad o (Escacena I -B y I-D) y o tros fragmentos de urnas y lebrillo s con una amplia perduració n cronoló gica. 67 En una fase de ocupación más antigua se desarrollaría un alzado de adobe (UE 92 119 ), que recorrer ía el sondeo en dirección Norte-Sur 120 , gozando de una anchura de 58 cm (fig. I I I . 14). Hacia el Este se le asocia un nivel de pavimento de guijarros (UE 90) trabados sobre lecho de arcilla roja y arc i lla roja y ceniza, mientras que hacia el oeste se le vincula una le chada de a rcilla roja adaptada al muro (UE 107) . Esta última fase es datada en torno al s. I V a. C. por los materiales ofrecidos por el depósit o UE 91, si bi en su cronología es difícil de determinar, y a que encontramos abundante cerámica de época orientalizante mezclada con tipos propios de los siglos V y I V a. C . 121 . En cualquier caso, se trata de una relación de coetaneidad equívoca pues la relación entre el m uro y este depósito no está clar a, siendo más probable que lo colmate. 3. 1. 2. 3. Espacios d e culto No ha sido localizado en el sol ar hispalense ningún espac io ni estructura que pueda ser adscrita a parte de un complejo de culto de época turdetana 122 . S in embargo, recientes i nvestigac iones están po niendo de relieve l a especial relación exis tente entre Spal y el santuario descubierto en el alto de El Carambolo (Camas, Sevilla) (Escacena y Belén 1997 y Escacena 2002). No hay que descar tar por lo tanto l a posibilidad de que éste consti tuy era una refere ncia religiosa de la comunidad protohistórica hi spalense. Sin embarg o, el abandono de este enclave antes del período turdetano nos deja sumidos en un vacío de informac ión para la última etapa de la ciudad prerr om ana. 119 Representado en los p erfiles como UE 97 . 120 A pesar d e que la indica ción de los ej es card inales se encuentra m al orientada en la planimetría. 121 Se tr ata de un b orde d e ánfora fenicia “de saco” o Vuillem o t R-1, tre s b ord es d e plato s de b arniz ro jo y varios fragm e ntos de cerá m ica hecha a man o de superficies alisadas. Algo posterio r parece un asa tubular gem inada , per teneciente pro bab lem ente a una urna “Cruz d el Negro ” evolucionada. Junto a estos r estos apare cieron d os bo rdes de ánfora M añá-Pascual A4: una c orre spondiente al T ip o T-11 .2.1 .4 de Ramón, que p odr íamos fechar a finales d el siglo V o d urante e l IV, y o tra m á s tardía ( T -12.1. 1.1 .), c uy a pro ducción se de sarrolla a par tir de m ediad os del siglo IV a.C. 122 E scasos son lo s testimonios co nocidos de e spacios de culto p rerro man os en el Suroe ste peninsular. Los testim o nios d escubiertos co rresp onden fundam entalmente a ép oca o rientalizante. Su tipolo gía edificatoria es variab le y sim ilar en múltiples ocasiones a los edificios interp retado s como viviendas. Sus caracter ísticas definitorias c onsisten e n la p resencia de deter min ad os elementos cultuales, en especial altares como los documen tados en Coria del Río (Escacena 2 000 ) y en El Carambolo (Fernández y 68 3. 1. 2. 4. Espacios artesanales Tampoco se han reg istrado testi monios de actividades productivas de esta época 123 , a excepción del pequeño hornillo de fundición localiz ado en la int ervención de la Calle Abades, 41-43 (cata 15A), el cual ha sido puesto en relación a una actividad puramente doméstica. 3. 1. 3. Sín tesis del estado de conocimiento de la ordenación urban a de la Spal turdetana Escaso es nuestro conocimiento de la trama urbana de Spal . El análisis temático arriba ex puesto sólo permite i ntuir ciertos rasgos cara cterísticos de l as edificaciones, como su técnica edil icia basada en zócalos de piedra, con escasa o nula cimentación, que sostienen alzados de adobe y dotados de pavimentaciones a base de tongadas de cal y arcilla roja. En cuanto a la planta de las mismas sólo es posible constatar una ortogonalidad manifiesta en sus trazados. Vagas informaciones que refrendan los testimonios publ icados de otros encla ves. El conocimiento del trazado y función de edificacione s y espacios cívicos, esto es la ordenación urbana de la ciudad, prácticamente se nos escapa . Hemos podido Rodríguez 2005 ), así como la acum ulació n de ob je tos e xcepcionales (Ruiz Mata, Niveau d e Villeda ry y Vallejo 19 98: 76) . 123 De sde el s. VIII a. C. hasta el s. V I a. C. se constata la p resencia de espacios d edica dos a la explotació n m etalúrgica. A partir d e e se mom e nto, fruto a los cambios socioe conómicos prod ucidos en la T urdetania, aum enta y se generaliza n las actividades y esp acios destinados a la elabora ción d e pr oductos agropec uarios. En este sentido destacan las factorías d e salazones de pescad o, situadas frecuentem ente fuera d e los núcleos urbanos en em plazamientos de sumin istro fácil ( Ruiz Mata, Niveau de Villedary y Vallejo 19 98: 7 6-79) . Espac ios destinados al p roc esam iento del ace ite han sid o do cum e ntados p ara fines del s. I V y to do el s. II I a. C. en Cerr o Nar anja (J erez de la Fr ontera) y del vino en el Castillo de Doña Blanca y en el p oblad o de Las Cum bres. P or su pa rte, los alfares d ocumen ta dos hasta el mom ento se engloban e n el arco cronoló gico que va desde e l s. VI a. C. (La Campiña de Mar molejo) al s. III a. C. (T orr e Alta, Sa n Fer nando). De l s. IV contamos c on la importantísim o s hallazgos del Cer ro Macare no (Fernández y otro s 1 979 ) y e l P aj ar de Artillo ( Luzón 197 3). Sin em bargo, no es posible ubicar tale s 69 reconstruir con cierta verosimilitud cuál sería el relieve sobre el que se asentaron las construcciones turdetanas y , sobre él hemos situado aquellas que han s ido documentadas hasta la a ctualidad (fig. I I I. 15) . L a image n nos muestra un promontorio alargado que, a pesar de lo que se ha defendido hasta el m omento, no constriñe la ocupación turdetana de l a zona puesto que las estructuras documentadas recientemente en el P alacio Arzobispal avanzan hasta l a cota 6 msnm, a orillas del río. L a i ndefinición funcional que deriva de la fra gmentar iedad de los restos hallados, así como la ti pología anodina de las uni dades arquitectónicas estudiadas hasta el momento, no permiten postular una articulación del espacio urbano. Más aún cuando éste se encuentra indefinido en su extensión ante la ausencia actual de testimonios de sistemas de amurallamiento. L a orientación de los restos exhumados se encuentra basada grosso modo en una adecua ción a los ejes cardinales, especialmente en la franja occidental de la ocupación detectada. Tan sólo en ocasiones, y fundamentalmente en la z ona oriental más elevada, se observa una desviación con respecto a los mism os, aparentemente derivada de ajustes al relieve topog ráfico. En lo que se refiere a la evolución temporal de estos contextos, hemos de afirmar que la may oría de las intervenciones que h an alcanzado contextos anteriores a la conquista romana lo han hec ho a tra vés de pe queños sondeos excavados mediante niveles arbitrarios (tabla I I I .3). Este sist ema de registro muestra, en el caso hispalense, escasa validez a l a hora fechar momentos de ocupación pues, de forma generalizada, se mezclan los depósitos derivados de la construcción con los procedentes del proceso de abandono y amortiz ación de las difere ntes estructuras. El resultado es que e n estas excavaciones sól o es posi ble determinar las fases de abandono y –en contadas ocasiones y de forma muy limitada– los momentos previos a la ocupac ión. A las limi taciones cronológic as habría que añadir tambi én la escasa información que se obtiene s obre el uso de estos espacios, y a que en la may or parte de las ocasiones no se documentan descubrimientos dentro del entramado urb ano de sus resp ectivos asentam iento dad a la fragm entan edad de la información obtenida . 76 4. 2. Sistemas defensivos en Hispal is 4. 2. 1. S obre el recinto amurallado de época republicana. Propuestas tradicional es y testim on ios Hasta el momento ha n sido for m uladas dos r econstruccione s pa ra el circuito defensivo de época republicana. C ampos, en su propuesta, empl ea como indicadores de la extensión de la ciudad republicana tanto las excavac iones arqueológ icas que han detectados o no niveles 132 de esta época como hallazgos casuales, aunque él mism o reconoce que “no existe referencia clara de que alguno pueda tratarse de restos de época republicana” . Asimismo, utiliz a el parcelario actual como definidor del trazado murario, si bien la l ectura detenida del rec orrido propuesto parece i ntentar combinar esta información con la topografía actual (Campos 1989: 251-254). Est e t razado p ues discurriría, a juicio de este autor, desde la Calle Galindos si guiendo l a cota 14 msnm hacia el Sur hasta el Palacio Arzobispal, allí torcería hacia el Este hasta l as inmediaciones de la Parroquia de Santa Cruz a partir de donde ascendería de nuevo por la calle Vírge nes (cota 13-14), gira ndo de nuevo hacia el Oeste, hasta la Cuesta del Rosario (fig. I . 12). Se afirma que el sector occidental del t razado discurriría por una cota superior a la 14 msnm al tratarse del sector más combatido por l as inundaciones del Tag arete y el brazo secundario del Guadalquivir. Por t anto, se plantea una implantación de forma campamental, apar entemente contradictoria a l a supuesta buena acogida dispensada p or la población i ndígena a la “ocupación” romana (Campos 1989: 246), si bien se intenta dulcificar su impacto mediante la postergac i ón de la fecha de la misma 133 . Por su parte, C orzo (1997: 200-201) desarrolla un original método consistente en vincular directamente la cota de aparición de la capa freática subterránea con el mantenimiento soterra do de los distintos lienzos de muralla. Así se establecen tres 132 T éngase en cuenta que en las fechas d e r edacc ión de este trabaj o aún no se había e xtendido el uso d el m étodo Harr is de re gistro estratigráfico. 77 grupos de cotas de hallaz go del freático para el centro his tórico de la ciudad: superiores a los 8 msnm, entre 7 y 6 msnm y alrededor de los 4 msnm. De esta forma, el área de localización del manto freático p or encima de los 8 msnm s ería la correspondiente al recinto de época cesariana , mientras que el área ocupada por el freático por encima de los 4 msnm correspondería al re cinto de época imper ial (fig. I . 17). Sin embargo este m étodo adolece de dos dificultades básicas de aplicación. L a primera de ellas es una cuestión de concepto pues, para q ue éste pudi era ser válido, necesar i amente impli caría que los distintos lienzos murarios deberían conservar s e completos o con la suficiente integridad como para servir de barrera física de contención de las aguas. Est e hecho es más que i mprobable puesto que, en primer lugar, las m urallas de la ciudad sufrieron un importante proceso de expolio de material constructivo 134 derivándose de ello una desigual conservación d e sus recorridos correspondientes, y , en segundo l ugar , toda m uralla tiene sist emas de acceso (puertas) que comportarían lugares de evacua ción del freático en ambas direcciones. La segunda dificultad que presenta este análisis es su deficiente plasmación técnica. No se consignan l os diversos valores de cota obt enidos en l as i ntervenciones arqueológica s , ni siquiera se indica la oportuna corrección o regularización de los mismos 135 , ni se explicita cuál ha sido el sistema de interpolación de puntos que ha permitido la elaborac ión de ese plano de curvas de nivel, el cual, por o tra parte, coincide demasiado certer amente con las propuestas ofrecidas hasta el momento para el recinto imperial y formaliza extrañas adaptacione s ang ulosas en su extremo suroccidental, ajenas a l a lógica que impone el trazado de curvas de n ivel. Aparte de la lógica derivada de la casuística genera l, la ex istencia de un fuerte recinto fortificado a mediados del s. I a. C. es recog ida en las fuentes literarias 133 Pa ra una mu e stra de la evolución formal del pe nsam iento d e Campos a este r especto véase la figura I.11 . 134 Ej emplo evide nte de esto lo veremos más a delante en el expo lio constatado en el caso d el lienzo d e m uralla detecta do e n la Encarnación. 135 Puesto q ue en las distintas intervenciones estos datos se consignan de forma diversa (baj o rasante, sobre el nivel del mar) y sobre distintas bases ca rtográficas, las c uales, p ara el m ismo punto, ar roj an valores diferentes hasta en 40 cm. 78 cesaria nas, en concreto en el Bello Hispaniensi 136 . L a narrac ión corresponde al momento en el cual César, tra s tomar Córdoba, se dirige a Hispalis (45 a. C.). Caesar Hispalim cum co ntendisset, legati d eprec atum venerunt. Ita cum ad oppidum esset ventum , Caniniu m cum pr aesidio legatum intromittit: ipse castra a d op pid um p onit. Er at bene magna m anus intra Pompeianarum partium, quae praesid ium r eceptum indign a retur clam quendam Philonem, illum qui Pompeianarum par tium fuisset d efensor acerr im us – is tota Lusitania notissim us er at -: hic c lam praesid ia Lu sitaniam pr ofisciscitur et Caecilium N igrum , ho m inem b arb arum , ad Lenniu m convenit, qui bene m agnam m anum Lu sitanor um haberet. Rev ersus Hispalim in opp idum denuo noctu pe r mu r um recipitur: p raesidium, vig iles iugulan t, por tas pra ecludunt, de integro p ugnare coeper unt. Dum haec geruntu r, legati Carteie nses renuntiaverun t q uod Po mpeium in p otestatem haber ent. Quod ante Caesari portas pr aeclusissent, illo beneficio suum malefi cium existim abant se lucri facere. Lus itani Hispali pugnare nullo tempore desistebant. Quod Caesar cum animadverteret, si op pidum cap ere contenderet, timui t ne homin e s pe rditi incenderent e t moenia d elerent; ita co nsilio habito noctu patitur Lus itanos eruptio nem facere; id quod consu lto non existimabant fieri. Ita erum pendo navis, quae ad Baetim flum en fuissen t, incendun t. No stri dum incendio detinentur, illi p rofugiunt et a b eq uitibus conciduntur. Quo facto o ppid o r ecipera to Astam iter facere c oepit; 137 Como el tex to refiere , l a ciudad estaba rodeada de sóli das fortificacione s. Unas defensas de bastante e nt idad que hicieron dudar a Césa r sobre la intensidad de su ofensiva en orden a conservar s u i ntegrida d, pu es de lo contrario hubiera podido 136 Si bien la autoría d e César es discutida, planteándose ac tualm ente q ue su re dacció n c orre sponde a uno de lo s combatientes de su e jér cito debid o a su apar ente c onocimiento dir ecto de los hechos militares narrado s (Wa y 199 7:3 05) . 137 “On Caesar’s m arching to Hispalis envoys came to him to entreat his par don. So w hen he reached the tow n, he sent in Caninius as his de puty , acco mpanied by garr ison force, w hile he hims e lf pitched camp near the tow n. Now inside the town there w a s a good large gro up o f suppo rters of Po mpeius, w ho thought it scandalous that a garrison should have been admitted unbeknow n to a certain Philo- the man w ho had been the most ardent champion o f the Pompeian faction, and w as very w ell-kn own figure throughout Lus itania. T his man now set out for Lusi tania wi thout the know led ge of o ur garr ison troo ps, and at Lenn ium met Caecilius Niger, a foreigner, w ho had a good lar ge force of Lusitan ians. Returning to Hispalis , he p enetrated the fortifications by nigh t and thus gained re-admis sion to the to w n; wh ereupon they massacred the garr ison and sentries, bar red the gates, and renewed hostilities. In the co urse o f these proc eedings envoys fro m Car teia d uly rep orted that they had P ompeius in their hands. T hey thought they stood to gain b y this good dee d, which m ight o ffs et their p revious offence in having barred their gates to Caesar. At Hispa lis the Lus itanians kept up the figh t wit hout a mom ent’s pause; and when Caesar o bserved their stubbo rnness he w as afraid that, if he m ad e strenuous efforts to capture the tow n, these desperad oes mi ght fire the to w n and destro y the walls. So after hold ing consultations he a llow ed the Lus itanians to make a sally b y night – a course w hich the latter never supposed was deliverate p olicy. Accord ingly , they m ad e a sally, and in the proc ess fired some ships w hich were alongside the river Baetis. While our men were occupie d with the fire, the Lus itanians took to fligh t and w ere cut down by our cavalry . T his led to th e recovery of th e town; w hereupo n Caesar 79 reedifica rlas tras la toma de la ciudad. Este pasaje se encuentra avalado por un tex to de Casio Dión en el que se narr an los mismos hechos 138 . Sin embargo, en la actualidad no contamos con ni ngún dato arqueológico directo que pe rmi ta de finir su formulación arquitectónica, diseño o extensión. Excepciones podrían parecer en un principio l os restos descritos po r Guichot y Gestoso en el s. XI X en l a confluencia de la Puerta de Jerez. Documenta Guichot (1875: 88) que, hasta 1848, existi ó un trozo de muro formado por grandes “piedras labradas en poli edros regulares” que servía de cimi entos a las casas construidas sobre el Tagare te, a la izqu ierda de la Puerta de J erez. Éste, en su época, s e encontraba tapado con la bóveda que cubría el citado arroy o, pre cisando este autor que el citado muro se e ncontraba a la derecha, entrando po r la Puerta de J erez. Por su parte, Gestoso (1984: 8-9) asume la idea de Tubino (1886: 2-4) de que el l ienzo de muralla que va desde l a P uerta del L eón hasta el Palacio de J usticia en el Alcázar era un resto de una primi tiva acrópolis. A su modo de ver, pare cía mejor “ser obra de i mperfectos constructores tal vez cartaginese s” . Cita este autor en relación a una supuesta muralla ciclópea el testimoni o anterior de Guichot y rec oge a su vez la noticia del hallazgo de un lienzo de muralla tardío en la calle Cerrajer ía. Sin embargo, estos vestig ios no han vuelto a ser r egistrados, siendo su descripción demasiado som era como para afirmar su pertenencia a un recinto amurallado y , menos aún, postular una c ronología. En estas circunstancias, el pl anteamiento de la cuestión debe centrarse, a nu estro juicio, en la incardinación de este recinto fortificado dentro de la dinámica evolutiva de la ciudad coordinándolo con e l desarrollo de las re stantes área s funcionales 139 . 4. 2. 2. Sobre el recinto amurallado de época imperial. Propuestas tradicionales y testim on ios pro ceeded to march to Asta, from which towns hip env oys came to him to surrender it.” (Caes. Bello Hispanie nsi, 35 -36). Hemos m anej ado la edic ión de W ay (1997 ) en Loeb . 138 Cass. Dio. Hist. Roma na. XLIII, 39, 2-3. 139 T emática que desarro llamos m ás ad elante. 80 L a definición de la cerca altoim perial hispalense ha suscitado diversas disquisiciones desde fines de la Edad Media por la escasez de datos directos. Así, su errónea e i nteresada 140 i dentificación con el recinto amurallado de época islámica, y a presente en la Crónica de Juan II de 1434, supondrá un hito de conocimiento que se mantendrá hasta l os primeros decenios del s. XX (González Acuña 2005) 141 . De igual forma, noticias recogida s por cronistas antiguos acerca de hallazgos de posibles lienz os de muralla dispersos por la ciudad han sido empleadas por diversos autores para definir su trazado en puntos concretos, si bien constituí an en la may oría de los casos informaciones dudosas o contra dictorias, siendo a vece s empleadas sin rigor 142 . Con estas bases, y algunas otras de may or bondad relativa debido a su hallazgo más reciente 143 , han sido formuladas varias propuestas de reconstrucción del amurallamiento altoimperial hispalense. De esta manera , Thouvenot (1940: 384-385), autor del primer análisis científico contemporáneo sobre el urbanismo hispalense, opina que la muralla conservada hasta sus días 144 “ no tiene nada de romana”, entendiendo que la ciudad anti gua no de bió abarca r tamaña superficie. P ropone por el contrario un recor rido para el lienzo romano que partiría desde los alrededore s de la Torre del Oro, dejando extra muros l os jardines del Palacio de San Telmo 145 , pasando por el Alcá zar 146 , los alrededores de las iglesias de Santa C ruz, Santa María la Blanca y San Ba rtol omé por las callejuelas paralelas a la Avenida Menéndez y Pelay o, hasta la puerta del Osario (fig . I . 4). Se afirma igualmente que la cer ca debió eng lobar a la iglesia de S an J uan de la Palma, pues defiende que Rodrigo Caro desc ubrió en sus alrededor es ve stigios de unas termas, a unq ue é st os 140 Véase el a nexo de fuentes literarias. 141 Véase el a nexo de fuentes para la recop ilación de estas op iniones, en especial las d e Pe raza, Caro y Guichot. 142 Como c aso parad igm á tico tenem os e l r elato d e Espinosa y Cárz el (Ortiz d e Zúñig a 198 8: T omo II p p. 11-15 ) referido a las ob ras de erecc ión del Templo del Salvador en el cual se refiere a los restos encontrado s como edificacio nes y d el cual se ha r ealizado lectura parcial a pa rtir de un símil del autor (“otro cim iento ... a m odo de las murallas de argam asa Romana”) par a d efender el trazad o de la cerca im p erial (Collantes d e T erá n 19 77, B lanco 19 89 y Campos 1 993 ). Véase el texto co m p leto en el anexo de fuen tes literarias. 143 Véase más adelante. 144 Esto es, la islámi ca. 145 Basándo se en el hallazgo d e tum bas en este enclave re cogido por Gestoso. 146 Ide a ap oyada por la c omu nicación de J. d e M. Carriazo a cerca del d escubrimiento de trazas de la m uralla islámica en este secto r la cual d ebió rec ubrir, como e n Córdob a, a la romana, así co mo la noticia oral transm itid a p or Bonsor concer niente en el d escubrimient o d e vestigios de la muralla ro m ana en el Alcázar durante unos trab ajo s efectuados a finales del s. XIX (T houvenot 19 40: 384 , nota 2 ). 81 debieron referirse probablemente a unos b años de época islámica 147 . Del trazado norte y oeste dice que no s e conocen, d udando de las opiniones que extendían los límit es de la ciudad hasta l as Puertas de Goles y de la Macarena. Para ello se basa en comunicacione s personales del conservador de Museo M. J . L afita acerca del cauce antiguo del río y la edificación del bar rio de S anta C lara sobre aluviones del mismo, postulando que el extremo oriental de la Alameda de Hércules y la Calle Amor de Dios debieron constituir el límite occidental de la ciudad. La planta de la ciudad adquiriría, según este autor, la forma de cuadrilátero alargado 148 , concentr ando la m ay or parte de los hallazgos monumentales en la zona comprendida entre la sede de la antigua Universidad 149 y l a Catedral, delimit ado por una cerca de núcleo de probable opus caementicium forrado por paramentos de quadratum 150 . Sin duda Col lantes de Terán fue el gran compilador de las not icias refer entes a los hallazgos de m urallas de época romana, exponiendo s u propuesta de recorr ido de la misma así como l a posible ubicación de sus puertas (Col lantes de Terán 1977: 72-79 y fig. 6) (fig. I . 7 151 ). S u propuesta estaba basada en la recopilación de not icias de antiguos hallaz gos, la constatación de la presencia de pequeños tramos de muralla, la observación de ciertos desniveles topográficos en l a ciudad actual y la ext ensión de los lugare s de lo calización de restos urbanos romanos documentados hasta el momento. Así, consigna ba los hallazgos en el s. XVI I I de restos constructivos identificados entonces como parte del amurallamiento romano de l a ciudad en la iglesia de Santa Catalina y en la Colegiata del Salvador 152 . I gualmente, describió el descubrimiento en los años centrale s del s. XX de otros tres tramos de la supuesta muralla, uno en la Pl aza de Vill asís - calle Orfila; ot ro en la calle Martín Villa, en paralelo al anterior y a una distancia de alrededor de 80 metros; y un tercero en la misma C alle Orfila, continuación 147 Esta m ism a confus ión se pro duce en Caro, a continuación, con los “Baños d e la Reina Mor a” (Caro 199 8: fol. 27). En el caso de los baños del sector de San Juan de la P alma, es p osible que éstos corr espondan a lo s ubicados en la ca lle Aposentadore s, vinculados p or Guerrero Lovillo (19 74: 96 y nota 24) con la erec ción en las inm ediacio nes del pa lacio abb adí conocid o como a l-Muka rram , aún en uso en el s. XVI. 148 La reco nstrucción de esta cer ca no p arece configurar tal traza. 149 Actual Facultad de B ellas Artes. 150 Como testim oniab an algunos descubrimien to s efectuados, sin may or concrec ión. 151 Repr oducimos aquí la planim etría derivad a d e la d escripc ión liter aria efectuada por el autor d el te xto pues éste recoge en la public ación un plano más evolucionado , fruto d e los traba jo s d e Ant onio Blanco , al cual cita en nota (Co llantes de T erán 1 977 : 72 nota 22 ). 152 A este re specto deb emos r ecor dar que el descubrimiento llevado a ca bo en la iglesia colegial de El Salvador no fue interpretad o com o m uralla por el narrado r de la n oticia, sino como un edificio de fun c ionalidad ignota (véase el ap artado cor respo ndiente del anexo d e fuentes). 82 con una longitud de 20 metros del prim ero a jui cio del autor pero de menor grosor. Ambos, pues, presentaban caracte rísticas métricas y constructivas diferentes. L a adición de estos testimonios posibili taban la presentación del t razado completo de la muralla de la ciudad. Al respecto de la ubicación de las puertas, Col lantes de Terán empleó como indicador la presencia de necrópolis 153 , entendidas éstas como extra muros y asociadas a vías de comunicación (Col lantes de Terán 1977: 76-79) (Fig . I . 7). De esta forma, defendió la presencia de una puerta del recinto en la zona sur, entre l a orilla del Guadalquivir y el río Tagare te por el hallazgo de tumbas en los s. XVI I y XVI I I en el entorno del P alacio de San Telmo y en l a construcción de l a Fábrica de Tabacos, la cual daría acceso a la calzada hacia Gades . Otra se encontrar í a situada hacia Oriente, en relación a la necrópolis de San Berna rdo, en las inmediaciones de l a postrera Puerta de la C arne. También hacia Oriente abriría otra puerta que conectaría con la calzada hacia Córdoba. Hacia el Oeste s ituaba otro acceso relacionado con una supuesta necrópolis testimoniada por hallazgos epigráficos entre las calles C una y S an Vicente. Por último, ubicaba otra de las puertas hacia la iglesia de Santa Catalina, de donde partía la calzada hacia el Nor te. L a fa lta de ha llazgos de la antigua cerca muraria es consigna da también por Blanco (1989: 126-128 154 ), a pesar de lo cual plantea un recorrido hipotético basado en datos topográficos e históricos (fig. I. 10). Así, en el flanco o riental la muralla habría seguido el m ismo recorrido que la po sterior muralla islámica hasta l a Puerta de Carmona, como parecía indicar una observación no detallada ex puesta por Corz o. En el ángulo noreste de la m uralla, que tornaba hacia el Oeste en ese punt o, se situaba l a llegada del acueducto de los Caños de Carmona, el cual entroncaba directamente con el decumanus maximus , fosiliz ado en la actual C alle Águilas. De allí, la cerca contin uaría hacia el muro detectado hasta Santa Catalina, lugar en el cual, a j uicio de Blanco, se ubicaría una puerta de la ciudad. Esta identificación se encontraría basada en l a toponimia del viario actual pues desde este punto hacia el Sur se desarrolla la Calle 153 Definidas en algunos casos a raíz del de scubrimien to de epígrafes funerarios. Sob re la validez de este m étodo véase el cap ítulo referido a lo s espacios d e necró polis. 154 Sólo se rec ogen los hallazgos del lienzo de m uro hallado en la Calle Or fila/Plaza de Villasís y otr o descubrimiento a ntigu o (de 1721) en la iglesia de San ta Catalina al cu a l se r efiere co n anterior idad Collantes de T erá n y que es interpr etado como mu r alla. 83 Alhóndiga, trascrita del árabe como “de la posada”, “nombre muy apto para señalar la vecindad de una puerta de la ciudad”, y que pudo fosilizar, a su juicio, parte del trazado del cardo maximo . De ahí, siguiendo la propuesta de Col lantes, se hacía discurrir la muralla hasta San J uan de la Palma y San Martín (Blanco 1989: 128). El flanco occidental sigue lo consigna do por Collantes por entre las Calles Amor de Dios y Cervantes hacia la z ona de la C atedral, a través de las Calles Orfila, C una y Plaza del Salvador 155 . Por s u parte, Campos (1993: 188-194) presenta una hipótesis de restitución del trazado de la muralla (fig. I . 14) que reproduce en su recorrido básico aquel que viene descrito desde la obra de Collantes de Terán, reformado en parte p or Blanco, y que sufre aquí algunas transformaciones mínimas. El análisis se basa, como en el ca so de la muralla republicana, en un estudio de la t opogra fía y el parcelario actual si bien se emplean como novedad l as fuentes islámicas para definir aún más su t razado. S e defiende así que las murallas existentes en época islámica, desde el s. VI I I hasta inicios del s. XI I, coinciden con las de época romana. C omenzando por el sector occidental, se afirma que la m uralla tendría su extremo norte bajo la torre de l a iglesia de S an Martín puesto que Montoto (1981: 109) recoge la noticia de que ésta se alzaba sob re antiguos muros cuy o espesor era de 2,7 m, adscribiéndoles C ampos la cronología romana sin esgr imir razón alguna . A partir de ese punto el tray ecto sería el usualmente propuesto, si bien se indica qu e los fuer tes quiebros prese nt es en la fachada oriental de la Calle Cervantes debían corresponderse con el t razado de la muralla que en este lugar actuaría como muro de contención de las avenidas del río. Más adelante se situaba el l ienzo de muro hallado en la Calle Orfila, lindero con una puerta testimoniada en época islámica y que conectaría con el camino que conduc iría hacia el Oeste. Con respecto a l muro hallado en la Calle Martín Villa, Campos descarta que se t ratase de una ampliación del recinto amurallado y aboga por que se tratase de un avance de la muralla hacia el Oeste. En este sentido, tanto las débiles razones planteadas en contra de la expansión de la cerc a en época tardía como la anómala posición de la p uerta con respecto al presunto viario e xterno de fendido no parecen resultar cuestiones baladíes. Da do el resultado nega t ivo obtenido en l as vigilancias de las obras de repavimentación de la Calle Cuna (Campos y Moreno 1988 ) en l a búsqueda de vestigios de la m uralla, el autor postul a que 155 N ótese c ómo la línea trazada en el p lano no sigue rea lm ente el re corr ido del lienzo d e m uralla localizad o p or Collantes d e T erán en la Calle O rfila. 84 ésta se desarrollara en las traseras de las parcelas de las Calles Azofaifo, Almirante Torralva, Moreno L ópez hasta l lega r al cruce entre Franc isco de Bruna y Manuel Cortina, donde se ubicaría una puerta situada en el extremo occidental del cardo máximo . L a situación de esta puerta es apoy a da en el hallazgo de un documento, procedente del Archivo de la Comi sión de Monumentos, en el que se narra la aparición de unos muros de sill ares de gran espesor correspondientes al “dado del espigón” de una puerta, datado en su m omento en el s . II I y que coincidía en ubi cación con una puerta del recinto islámico, cerca na al Salvador. Hacia el Sur, se emplean varias noticias de hallazgos consignadas en la obra de C ollantes de Terán y en la prensa local en las Call es Álvarez Quintero, Hernando Colón y Francos como indicadores de z ona int ramuros. Por lo tanto, la m uralla debía atravesar por algún lugar in definido la P laza de S an Fra ncisco hasta alcanzar el lienzo descubierto por Carriazo en la Avenida de la Constitución 156 . En las cercanías de l a Catedral las fuentes i slámicas situaban otra puerta, puesta en relación, con reservas, con una puerta de acce so de la zona portuaria al hipotético foro de la s cor poraciones. El giro del recinto hacia el Sureste no se encuentra definido claramente , m as se indica que los restos identificados como enterra m ientos y posterior baptisterio localizados en el P atio de Banderas debieron encontrarse extramuros. P ara el recorr ido del sector oriental de la muralla se emplean como indicadores tanto el parcela rio actual como los resultados, negativos en la may oría de las ocasiones, de las intervenciones arqueológicas rea l izadas. Así, se presenta un trazado que iría desde la Calle Santo Tomás hacia J iménez de Enciso, siguiendo la línea marcada por los muros del Alcázar, hasta alcanzar el ensanche frente al Palacio de Altamira. Desde este punto hasta las inmediaciones de la iglesia de San Esteban se plantea un recorrido a través de los adarves de Dos Hermanas, San Bartolomé y Garci Pérez. En este sector oriental se ubicarían tres puerta s. L a más meridional es asumida de la propuesta de Alfonso Jim énez (1981: 15), identifica da en la actual Plaza de la Alianza. L as otras dos se emplazarían en las mism as ubicaciones que sus sucesora s i slámicas pero alg o más al interior de la ciudad, una en la confluencia entre l as Calles Santa María la Blanca y Jim énez de Enciso y otra en el actual emplazamiento de la iglesia de S an Esteban 157 . Aboga C ampos por un giro en este punto hacia el hallazgo consigna do en Santa Catalina por la dis posición del parcelario actual, l a diferenc i a de cotas del freático y 156 Véase más adelante. 157 Entendida ésta como hereder a de una m ezq uita que ocupa ría un espacio libre. 85 entidad de restos constructivos en int ervenciones próx imas 158 . De esta manera, la muralla a t ravesar ía las manzanas delimitadas por las Calles Santiago, San Esteba n, I mperial y Carrión M ejías. S e mantiene así la ubicación de una puerta en el ex tremo del trazado norte del cardo m áximo, en relación con la vía a Emerita . El recorrido que cerra ría el recinto se situaría entre las Calles Gerona, Dueñas, S an J uan de la Palma y Viriato. En últim o lugar, la propuesta de Corz o (1997) y a ha sido comentada arriba, tanto en sus bases metodológicas como en s u adecuación a la lógica derivada de l a probable conservac ión de los restos murarios. En todas estas formulaciones, l os vestigios m urarios conocidos han recibido como datación ge nérica el epíteto de altoimperial. Sin embarg o, todo s, ex cepto el recienteme nte descubierto en la P laza de la Encarnac i ón, carecen de contextos arqueológ i cos que permitan vincularlos siquiera con el momento romano (tabla I V.1 y fig. I V. 1). Tabla IV. 1 . Loca lizacio nes de estructura s identifica das como lienzos de mu ralla altoimperial Código Dirección 2082 Avenida de la Constitución (Puerta de Jerez) 2084 Calle Orfila 2085 Calle Martín Villa 2111 Plaza de la Encarnac i ón 4. 2. 2. 1. El lienzo d e m u ralla de la Avenida d e la Constitución Juan de Mata C arriazo (1974-1975) describe el hallazgo de un posible t ramo de la muralla de la ciudad en las obras efec t uadas en la Avenida de la Const itución. Se afirma que éste apareció delante de la puerta principal de “Zahar a” correspondiendo al estrang ul amiento de la calle San Greg orio, lugar en el cual si túa el autor una puerta de 158 En concr eto, se r efiere a las intervenciones llevadas a cabo en las Calles Lanza nº 1 0 y Santiago nº 50 . 92 republicana, articulándose en diversas áreas: aquella ocupada por el asentamiento original turdetano, receptora de parte de la nueva población foránea; otra empl azada a l o larg o del marg en iz quierdo del río, en crecimiento continuo y dedicada may oritariamente al establecimiento de actividades comerciales/arte sanales vi nculadas con el puerto; y una terce ra zona ocupada por edificios de carácter mon umental, germen de los espacios públicos de l a ciudad romana, en el encuentro entre ambas 181 (fig. IV . 7). En este context o, la presencia de un amurallamiento de época republicana es un hecho atestiguado por las fuentes l iterarias. S in embargo, a nuestro juicio, la ext ensión de la ocupa ción fuera los límites del enclave indíge na no debió suponer de forma automática la construcción de un nuevo perímetro amurallado. De hecho, como ocurre en ot ros enclave s próx imos, el carácter comerc i al-artesa nal de esta urbaniz ación periurbana constituy e una prolongación del espa cio urbano regido por dinámicas diversas 182 . De ahí que en el ex tremo norte de esta nueva área hagan acto de aparición los primeros vestigios de enterramientos tardorre p ublicanos, pon iendo de manifiesto, igualmente, el límite máxim o del probable perímetro amurallado. No tenemos elementos de jui cio que apunten hacia su diferenc i ación con respecto al circuito trazado por la cerca de época turdetana. De hecho, l as reducidas dim ensiones del asentamiento, las constantes t opográ ficas dominantes de su articulac i ón urbana 183 así como su evolución aparentemente sectorizada podrían apuntar hacia la coincidencia, al menos grosso modo , en e l recorr ido de estas fortificaciones 184 . Éstas debieron rodear a la may or parte del asentamiento indígena/re publicano, adecuá ndos e a la topografía, siendo probablemente c o nservadas en su may or parte ha sta su remodelac i ón en époc a m ás avanzada 185 . Su definición e sp acial podría apuntar s e con base en a lgunos indi cios. D e un lado, la verosímil presencia de un área de necrópolis septentrional, desde la actual P laza 181 Véase el d esarro llo d e estas áreas funcionales en los op ortunos cap ítulos. 182 Par a un desarro llo co mpleto de esto s argum entos véanse los ca pítulos anterior m ente referido s. 183 Véanse los cap ítulos dedic ados a la ciudad turdetana y el referido a la tr am a urbana. 184 Sin que po damos descartar fenóm enos de reutilizació n, desm o nte parcial o transformación en el desarro llo d e estos circuitos d e mu r allas. Actualm ente no co ntam o s con inform ación dire cta en ningú n sentido. 185 Véase más adelante. 93 de la Pescadería hacia el Norte 186 , m uestra un claro lím ite en su z ona norte. Asimismo, la ubicación del primer sector “monumental” de la ciudad en la parte central del antiguo asentamiento, a m edio camino entre el antiguo enclave y la zona de contacto con la nueva área de ex pansión, debió situarse dentro del per ímetro amura llado, l o cual nos permite establecer un umbral por l a parte occidental del promont orio. En los restantes márge nes, oriental y meridional, la situación es incierta. A pesar de ello, la ausencia de testimonios constructivos no artesanales fuera del área más elevada del promontorio nos inclina a ajustar su desar rollo adaptándolo a la topog rafía, esto es, bor deándolo. Durante la 1ª mitad del s. I d. C. el proceso de ex pansión de l a ocupación experimentó un avance s in prece d entes hasta el momento, articulándose mediante el establecimiento de una trama urba na perfe ctamente org aniz ada 187 . L as nuevas zonas urbanizadas desarrollaron funciones relacionadas con el comercio y l as producciones artesana les, constituy endo el culmen de las tendencias c entrífuga s y a testimoniadas desde época tardorrepublicana (fig. I V. 8). A pesar de ello, hemos de destacar aquí el cará cter aditivo de estos expedientes, de na t uraleza oportunis ta y fuga z vitalidad en ocasiones 188 , los cuales formalizaron d e forma progresiva un nuevo paisaje periurbano perfec t amente organizado. Prueba de ello es el progr esivo alejamiento de l as áreas de necrópolis del antiguo núcleo urbano. De esta manera, la definición funcional de estos espacios junt o con los testimonios escasos con lo s que contamos 189 parecen indicar que, entre al menos fines del s. I a.C. y m ediados del s. I d. C., estas nuevas áre as se desarrollaron fuera de los límites del recinto amurallado. L a ausencia de testi monios conocidos de lienzos de murallas intermedios así como l a amplia constatación de la existencia de sectores periurbanos en otras ciudades nos lleva a mantener que, durante este período, l a ciudad contó con una may or superficie ocupada f uera del antig uo perímetro cer cado, actuando en parte de esta forma como “ ciudad abierta” 190 . De admiti r esta hipótesis, la duda recae s obre el destino de la antigua m uralla. Evidentemente no contamos con indi cios claros al respecto. No obstante, es posible 186 Véase el c apítulo referid o a los espacio s necrop olitanos. 187 P ara un desglose completo d e los d istintos sectores d e esta expansión véase el capítulo re ferido a la trama urbana. 188 Cuestiones que son detallada s en sucesivos capítulos. 189 Concretamente la datació n de l lienzo de m uralla loca lizado en la Encarnación, datado hacia mediados- 2ª mitad del s. I d. C. 190 Véanse algunos paralelo s en la introducció n del pr esente capítulo. 94 intuir el mantenimi ento, al menos parcial, de su recorrido a t ravés de su relación con la construcción de la s iguiente cerc a, esta vez sí, documentada en la Encarnación 191 , y con algunos fragmentos de vi arios reg i strados 192 . En este últ imo aspecto, a pesar de que sus cronología s sean algo post eriores o dudosas 193 , estos viarios articulan tanto el recorr ido de la nueva ex pansión como la posible demarcación del l ímite norte de la cerc a 194 y la presencia de una posibl e puerta en su ex tremo meridional. En este punto, la amplitud de la vía localizada en la calle Mateos Gago 195 , en p rogr esivo descenso hacia el interior de la ciudad 196 , podría estar indicando la presencia de un acceso del recinto amurallado 197 , perpetuado en la reforma posterior del amurallamiento de la ciudad. Esta ví a parece igualmente dirigirse hacia el ex tenso sector de n ecrópolis l ocalizado en la actual Avenida de Carlos V/Prado de San Seba stián. Como hemos podi do comprobar anter iormente, el frag mento de lienzo adscribible a muralla do cumentado en la Encarna ción debió ser construido a partir de mediados del s. I d. C . (fig. I V.9). Esto supone la ampliación del espacio amurallado hasta el confín de la z ona de expansión. Su anómala disposición en este punto, sin vínculo aparente con la ortog onali dad establecida por los viarios y edificac iones colindantes, debió responder a un a nece sidad de diseño cuy a causa se nos esca pa, descartá ndose como motivo la adaptación topográfica al tratarse de una zona llana y si n cambios orográ ficos reseñables 198 . Desde este punto, hacia el Sur, el nuevo perímetro amurallado seguiría un trazado probablemente marcado por l a orientación de la trama de este sector, según los ejes cardinales, y por el discurrir de los ejes principales del viario. De este modo, éste mantendría un recorrido más o menos paralelo a l a vía Este-Oeste documentada en la Encarnac i ón hasta alcanzar la confluencia de viarios previsible en las cerc anías de la ac tual I glesia de Santa Catalina 199 . 191 Cuestión que trataremos más adelante. 192 Especia lm ente los d ocumen ta dos en la calle Augusto P lasencia, o tros en el rec orrid o entre Mateos Gago-calle Abades y, en m e nor medida, lo s agrupados e n torno a la actual iglesia de Santa Catalina. 193 Véase el c apítulo de dicado al viario . 194 En el pun to de contacto con el área s obr eelevada, situada al NO del promontorio, ocupada por edificaciones de índole ar tesanal. Véase el c apítulo referid o a los espacio s pro ductivos. 195 Cercana a lo s 11 m . 196 En la calle Abades, la mism a vía, mostraba una anchu r a de 3,5 m. 197 Acercándose a la pr opuesta efectuada p or Jiménez (198 1), aunque m ás a l Norte. 198 Véase a este re specto la configu r ación or togonal do cum entad a para la trama circundante, según los ejes c ardinales, en el capítulo d edicad o al a nálisis de la trama urbana. 199 No p ode m os de scartar en este p unto la ide ntificación como parte d e la muralla llevada a cabo tradicio nalm ente de l resto documentado de a ntigu o e n el b asam ento d e esta iglesia, si bien, dada la 95 Por este costado, hacia el Sur, la topografía se va haciendo más abrupta hasta alcanzar el promontorio, distinguiéndose e n su parte externa frag m entos de viarios interpretados por nosotros como extraurbanos debido a sus características morfológicas y evolución posterior 200 . Estos coincidirían con el viario procedente de la calle Augusto Plasencia en alg ún punto próximo en el ex tremo norte de la actual calle Vírgenes. A partir de este punto, el trazado retomaría el recorrido propuesto por la cerca anterior, quizás reformándola o reconstruy éndola. En este s ector, debió adecuar s e a la topografía, a la incidencia estacional del cauce fluvial del Tagarete y al espacio disponible entre la zona forense y el hipot ético emplazamiento del teatro de la ciudad 201 . Su flanco meridional pudo respetar, como se ha dicho, la definición del recinto anterior, documentándose la formalización de aquellos vi arios que conectaban con el int erior de la ciudad. Por su parte, el flanco occidental de este amurallamiento presenta la may ores incógnitas. L a aparente coincidencia en l os materiales edilicios de una parte del lienz o documentado en la calle Orfila y el de la Encarnac ión podría sugerir l a pertenenc ia al mismo ex pediente constructivo 202 . Esta hipótesis es p otenciada por el trazado que presenta la calle Este-Oeste documentada en la Encarnación, l a cual conduciría directamente hacia ese punto de la calle Orfila. Quizás podría sit uarse aquí un a puerta que relacionase este sector intramuros con el barrio portuario que se desarrollaría a l o larg o de l a orilla del río. Precisamente esta área portuaria parec e prese ntar fac hada abierta al río 203 , por lo que el t razado de la m uralla debió si tuarse separado de su l ímite occidental en una línea di fícil de precisar 204 . En cuanto a su extremo suroccidental, alberg amos dudas acerca de su recorrido. En principio, descartamos la pertenenc i a al sistema defensivo urbano de los gr andes escasez d e lo conocid o, esta circ unstan cia es insegura, p udiendo esta estructura formar par te de otro tip o de ed ificación. 200 No s referimos a las calles d ocumentadas en la P laza de San Leandro. P ara un o por tuno de talle acúdase al capítulo r eferido al viario. 201 Véanse los cap ítulos referido s a estas temáticas. 202 Descartando el tram o de “opus caementi cium ” que se dirigía a la calle Daoiz , quizás p arte de una reforma posterio r. 203 Véase el c apítulo referid o a los ámbitos por tuarios. 204 Si bien la s actuaciones llevada s a ca bo por Campos, Mo reno y Am o res (1 98 5) en la ca lle Cuna no ofreciero n pistas a l respecto, su p roximidad parece inferirse de algunas noticias antig uas com o la consignada por Gestoso ( 198 4: 9 ) sob re el hallazgo efectuado en la c alle Cerraj ería. 96 muros localizados en el extremo meridional de la calle Placentines. Éstos, c on un cimiento de 2 m de g rosor y alzado de ladrillos, parecen responder con may or verosimilitud a un complejo de diverso orden vinculado a la ac tividad portuaria 205 . Además, en su recor rido hacia el Norte, t oparían con otra gra n edificación localizada en el t ercio medio de la calle Francos y un frag m ento de viario 206 . P or ello, pensamos que esta parte del tray ecto debió si tuarse más hacia el Oeste. Asimismo, nada hace suponer que este recinto se extendiera más allá de la actual Plaza de los Rey es pues los testimonios l ocalizados más al Sur responden claramente a contex tos comerciales- artesana les sometidos a las mis mas dinámicas ocupacionales documentadas para la zona periurbana me ridional 207 . En el intervalo definido entre el s . I I y la primera 1ª m itad del s. V el recinto amurallado podría conservar la configur ación anterior, como parec e desprenderse del mantenimiento y reforzamiento de los i ndicadores descritos, e sp ecialmente aquellos refer i dos a l a ubicación de l as áreas de necrópolis (fig. IV.9, I V.10 y I V.11). De hecho, como se verá más adelante, a partir de la 2ª mitad del s. I I se observa una concentración de la ocupación en la zona amurallada y espacios próx imos, en contraste con algunos episodios domésticos periurbanos anteriores 208 . De l a misma manera, como y a se ha dicho, la vigencia de este recinto urbano parece ex tenderse al menos hasta el s. VI d. C. en el solar de la Encarna ción 209 . No podemos afirmar con certeza este extremo en el resto de la ciudad dada la falta de información así como la presencia de restos de di fícil adscripción, caso del muro del Patio de Banderas, que nos inducen a considerar la ex istencia de una evolución sectorial de la cerca. Así, parece que la orga nización urbana se modifica a partir de la 2ª m itad s. V, constatándose transformaciones hacia una ordenación policéntrica del espacio urbano. De esta forma, es lógico pensar en su adecuación sectorial a los nuevos usos, flujos de comunicación o circ unstancias de conser vación 210 . 205 Véase el c apítulo co rrespo ndiente. 206 T estim o nios reco gidos en los ca pítulos ded icado s a los espa cios po rtuarios y al viario r espectivamen te. 207 Véanse los capítulo d edicad os a lo s espacios po rtuarios y artesanales. Descartamos po r e llo a p riori la pertenencia a la cerca romana del lienzo d ocumen tado por Carriazo en la P uerta de Jer ez. 208 Véase el c apítulo referid o a los espacio s residenciales. 209 Pues el exp olio masivo de sus elemen tos constitutivos puede da tarse hacia lo s ss. X-XI. 210 Vé ase en el cap ítulo siguiente la o rientación del lienzo de mu r alla detec tado en el Alcázar y su relación con la or denación d e la tra m a urbana tar doantigua. 97 5. EL VIARIO Y LA TRAMA URBANA 5. 1. Una introducción nec esaria. Ref lexiones en torno al viario como elemento vertebrador del te rritorio y del espacio urbano. Es admitido comúnmente que la ocupación del territorio en época romana es el resultado de un diálogo entre tres componentes básicos: caminos, parcelarios y hábitat (Chevalier 1997: 101). Esta premisa inicial ha conducido a numerosos investigadores hacia la búsqueda de los vestigios de esta implantación romana en los espacios rurales y urbanos actuales. En este empeño se han desarr ollado variadas l íneas de i nvestigac ión, entre las que destaca el a nálisis de los textos de los ag rim ensores como fuente de información definitoria de la ordenación territorial romana, y de sus pos ibles testimonios mensurables en el presente, así como de sus im plicaciones en el desarrollo de l os enclaves urbanos. De esta forma, éstos han sido entendidos como demostraciones directas de la e x ist encia de un sistema de parcelac ión asumido, c on más o menos matices, como universal 211 . El hecho de que la estructura del viario si rvió de esqueleto de apoy o a la delimitación de propiedades y un idades admin istrativas (Chevalier 1997: 99) ha sustentado toda una serie de trabajos en los cuales se define la ordenación d el territorio a través de la impl antación del sist ema de comunicaciones t errestre s , constituy endo éste el entramado definidor de los l ímites catastrale s del parcela rio 212 . Diversos autores han opinado sobre l a forma en la cual se relac i onaron esta ordenación del espacio rústico y la trama urbana, estableciéndose dos tendencias básicas de análisis dependiendo d e la 211 Las inform ac iones re lativas al sistem a d e o rde nación d el ter ritor io antiguo se encuentran r epartid as en varios tratado s y o bras que rec opilan d ocumen ta ción de lo s ss. I y V d. C. Destacan para nuestro pro pósito las obr as de Fro ntinu s , Hygin us 1, H yginu s 2 y el Lib er Colonia rium (ed itadas p or Campbell 2 000 , co n discusión sobre esto s autores, cro nología e ide ntificación). Om itim o s conscientem ente los datos ofrecido s por otro de lo s tr atadistas co m únmen te citado s, Agen niu s Urb icus , d ado que repr oduce p recisamente lo s contenidos d e autore s anteriores. As im ism o , su ob ra atr ibuida Co mmentu m De Agroru m Qualitate , d e relativo interés p ara nuestro pro pósito, es actualmen te considerad a como anónim a, siendo da tada entre m ediado s del s. V e inicios d el s. V I d . C ( Cam p bell 200 0: xxxi-xx xii). Pa ra un análisis intensivo de lo s textos gromáticos véase Castillo (199 6). 212 Innum e rables son lo s tr abaj os que aplic an tal esq uem a, derivado direc tam ente de las fuentes gromáticas, al estudio de te rritor ios co ncretos. Sólo r ecord aremos algunos que r ecopila n eje m plos al respecto como Chouquer (19 92 ) y otros que te orizan a e ste respecto , co m o Lópe z (19 94 ). 98 influencia otorgada a la ordenación del territorio como base de l a im plantación urbana. Para algunos la relación entre ciudad y territorio se establecía en la fundación de la colonia y la correspondiente limitatio (Zac caria 1995: 269 y C hevalier 1997: 101-102). De esta for ma, apoy ándose en e l contenido de los tratados g romáticos, kardines y decumani adoptaban un significado urbano sólo en cuanto que representan la continuación urbana de l as divisiones agraria s; si tuación que variaba en el caso de ciudades y a existentes, som etidas a un proceso de adaptación. Desde esta perspectiva, la ratio pulcherrima , esto es, la estructura ideal que presentaba el máx imo de racionalidad para la ordenación del territorio establecida por la gromáticos, contemplaba la ordenación conjunta de l territorio y el espacio urba no de modo que e l kardo y e l decumanus del territorio centuriado debían tener su origen en el centro de la ciudad, y así atravesa r sus cuatro puertas, prolongándose a través del territorio (Zacc aria 1995: 270-271) 213 . Por el contrario, otros han postulado la i ndependencia entre el trazado i nterno de las ciudades y l a definición de la viabil idad territorial. Asis tiríamos así a la individualiz ación del fenómeno urbano como un elemento con desarrollo propio, cuy os modelos def i nitorios se articulan a partir de lógic as eminentemente urbanas, si bien insertas en un marco te rritorial más amplio (Castagnoli 1971, Ba lil 1972: 39-42). Planteamientos más flexibles permiten suponer que, si bien no ex isten rupturas netas entre la ordenación de los via rios intra-extraurbanos (Zacc aria 1995: 239), el proceso debió depe nder de la r elación de supre macía entre el enc l ave urbano y el territorio y de la voluntad política por su planificación, como sugieren los mis mos textos gromáticos m ediante la const atación de fenómenos adaptativos 214 . Todo ello sin 213 Si bien en algunos estudios se indica q ue el espacio forense central, co n toda su panop lia d e edificaciones de rep resentación po lítica, q uedaría excluido de este tipo d e orde nación (Zaccar ia 199 5: 271 ). 214 Éstas, junto a for m ulaciones estándares ideales, son consignadas por Fro ntino ( De Agroru m Qu alitate , 2; 8-11) en relació n a las distintos tipo s d e tierras, su re parto y asignación en función de la costum bre en su forma d e e xplotación, así co m o la de finición d e lo s diver sos tipo s de limites ; también este mism o autor ( De Con troversiis , 8; 32 -33 y 10; 1-3) re coge las ad aptacio nes hetero doxas llevadas a ca bo en el tr azado de los ejes principales del territor io, los decuma ni , en función d e su may or utilidad en e l rep arto del territor io y no d e su or ientación Este-Oeste, considerad a la m ás satisfactoria ( De Controve rsiis 10 ; 1 6- 28) . De la mism a manera, Hy ginu s 1 ( De Limitibus , 76 ) reco ge la variabilid ad d e la anchura de los limites , depe ndiente de las leyes y de la voluntad d e las autoridad es co m petentes. Abundando en estos aspectos, Hyg inus 2 ( Con stitutio Limitum , 14 2 y 144) constata fórmulas d e adaptación de la nu e va im p lantación territo rial a lo s parce larios, elemen tos urba nos anterior es y a la morfología d el ter reno. Por últim o, el Liber Colo niarum (164 ) refrenda esta diversidad de orientacio nes m ediante la cita d e vario s 99 menoscabo de procesos ulteriores de expansión urbana que supusieron la asimilación de antiguos espac i os rústicos dentro del ámbito urbano. L a principal conclusión que podemos ex traer de la información contenida en estos tratados gromáticos es que el sis tema de ordenac ión del t erritorio empleado en época romana persigue fundamentalmente la ecuanimidad en el reparto de las tierras asignada s entre los diversos t enedores. Todos los mecanismos ex puestos van encaminados hacia ese objeti vo valiéndose de preceptos racionales basados en la ortogonalidad y , en lo posibl e, en l a simetría. De tal forma, l a enunciación de modelos teóricos de sistematiz ación del territorio es acompañada, en el may oría de los casos, de testimonios de adaptaciones a los condicionantes impuestos por el propio terr eno. De hecho, observamos que l as pautas universales, de índol e cosmológica, presentadas para la orientación de los ejes principales del territorio ofrecen pocos visos de responder satisfactoriamente a demandas concretas sin una adaptación previa. Conscientes de ello, los diversos tratadistas amoldan su propuesta genera l inicial a la presencia de entidades urbanas pre vias. En cualquier caso, el sistema de reparto gene ral del espacio, entendido como modelo flexibl e, es útil como esquema de acerc amiento al complejo desarrollo de las área s tanto extraurbanas como intraurbanas. De esta manera, podemos diseccionar los distintos eleme ntos que configuran este paisaje y verificar su conveniencia dentro del análisis del esquema de implantación urbana. Como elementos clave de esta estructura, los limites que definen los espacios asignados, en contraposición de aquellos que no son objeto de reparto, consti tuy en un entramado básico con una doble funcionalidad. De un lado, la delimitación de los lotes de terreno. De otro, la articulación de l os fluj os de comunicación dentro del te rritorio. L a especificidad de las vías intraurbanas, como veremos, no permite establecer un claro paralelo entre limites / viae urbanas y extraurbanas. Por otro lado, l a cue stión de sus denominaciones y anc huras, dada la variabilidad de factores que influy en sobre ellas 215 , deben ser objeto de una profunda reflexión dentro de la ordena ción completa del territorio y planteada en función de análisis propuestos en clave d e ge stión recursos territoriales (puesta en explotación de territor ios de c iudades italianas en los cuales los kard ines se orientaro n Este-Oeste y los decuma ni Norte- Sur. 100 los terrenos, reparto de racional de parce l as, fluj os de comunicación, condicionantes impuestos por l a geomorfología del territorio y adaptac iones resultantes, etc.). Sobre todo teniendo en cuenta que contamos con muy poca información ace rca de aquellas partes de los territorios que queda ban fuera de los procesos de a s ignac ión. Sin embargo, las claves que, a este respecto, nos ofrec en los text os plantean líneas de interpretación d e índ ole espacial y funcional que posibi litan el establecimiento de determinadas relaciones entre relevancia y anchuras de los limites y flujos de circulación. De esta manera, los decumani se const ituy en como ejes vertebradores del territorio, tanto a nivel topográfico, como punto s de partida de la ordenación t erritorial, como a nivel de tráfic o circulatorio 216 . Por últim o, el hecho de que se constate de forma normal la adaptación de la ordenación (orientación y posición central) del terr itorio rústico a implantaciones urbanas preexistentes, cosa lógica por otra parte, permite defender cierta autonomía, cuando no l a totalidad, de la trama urbana int erna frente a l a im plantación catastral del territorio 217 . Como veremos más adelante, excepción hecha de fundaciones ex novo y de crec imientos ext ramuros sobre terreno originalmente rústico, l a ordenación in terna de la trama urbana responde a fenómenos específicos que, conceptualmente, manifiestan una lógica pr opia. 5. 1. 1. Vías urbanas . Calificación l egal, tipos y estructura El vi ario urbano, entendido éste como el correspondiente al espacio interno y periurbano de la ciudad, mantuvo unas características esenciales que los diferenciaron notoriamente del pertenec i ente a la red viaria g eneral. De forma usual, tales aspectos han sido omitidos en la reflexión arqueológ i ca, adoptándose arbitrariame nte calificac iones l eg ales y denominaciones referidas a un diseño i deal del viario de implantación rústica, con evidentes efec tos causados por esta confusión. Por ello, 215 Las co nsign adas por lo s tr atadistas son fundam e ntalm ente la adap tación al terr eno y la voluntad de la autoridad competente. 216 Cuestión y a destacad a po r Zaccaria (19 95: 273 ). 101 siquiera brevemente, planteamos una pequeña introducción a algunos conce ptos, a nuestro juicio, fundamentales. De forma g eneral, se puede n car acterizar las vías como p úblicas y privada s según la propiedad del suelo y según el uso que se pretenda garantizar. En este sentido, los nombres y las calificaciones indican también la forma de reconocimiento del derecho de paso (Zac caria 1995: 232 218 ). Sin embarg o, el viario urbano destaca de forma esencial por el hecho de ser ex clusivamente público (Za ccaria 1995: 260). De t al forma, En las ley es y las fuentes gromáticas se alude a las “vías privadas” entendiendo que se trata de vías agr arias. Para la ciudad no se consig na tal diferenc ia. Asimismo, la v ía urbana asume una pluralidad de funciones que la extraurbana no ti ene. De esta manera , aquella permite el tránsito a la vez que delimita y une mediante la cre ación de subdivisiones de la comunidad ciudadana (Zacca ria 1995: 233). L os términos empleados por las fuentes en refere n cia al viario urbano han sido objeto de dis cusión por di versos especialistas. Frente al uso de la terminolo gía gromática 219 , autores como Castagnoli (1971: 33-35) o L uzón (1982: 83) adoptan la terminología vitrubiana que define la estructura urbana como una malla de angiporti y de plateae . Así, se especifica que un angiportus constituiría una calle estrecha, s in salida o cortada al tráfico; en def initiva una calle a la cua l no abren las entra das principales de las casas. P or s u parte, con el término platea se hacía refere ncia a la calle ordinaria hacia la cual se sit uarían las entradas principales de las casas 220 . Dentro de este esquema gene ral, las plazas se situarían de forma secundar i a dentro de esta malla. Frente a esta clasificación, Zacc aria (1995: 264-265) defiende como t erminología m ás 217 Extremo y a puesto d e mani fiesto por Ariño y Gurt (1 994 : 34 -36). 218 En la nota 6 cita ab undantes fu entes literarias y legales al respecto . 219 Generalizad o en la literatura arq ueológica. Para un re perto rio de eje m plos itálicos véanse Castagnoli (19 71) y So m m ella (1 98 8). La definición de decu man i y k ardines en lo s estudios hispanos e s una nor ma m uy extendida. A m o do de eje m p los, constatamos c ómo en la ciuda d de Mérid a, su tra zado interno es reconstruido con base en una red or togonal de vías que, par tiendo d el decumanus y kardo maximus , configu ran areae (manzanas) de similares car acterísticas y d imen sio nes (Mateos 1 99 5: 23 4 y Mateos 200 4: 31 ). De la mis m a m anera, son denominados ka rdines los escasos vestigios d e viario descubier tos en Ta rragona (M acias 20 00 : 93 -97). Pa ra Murillo (2 004 : 43 -44), la tr ama d e Colo nia Patricia se ar ticulaba m ediante una o rde nación orto gonal d el viario “prác ticamen te card inal” cuy o e je principal Nor te-Sur lo constituiría el kardo maximu s , el cual conectab a la puertas sep tentrional y meridional, mien tr as que el decu manu s ma ximus parec ía no ser tan e vidente, indicándose la hipó tesis de que la c iudad no co ntara desde su fundación con p uertas situadas en sus extrem o s. 108 En la Tesis de Lice nciatura de A. Pérez (2002) se define planimétricamente la supuesta calzada norte, delimitándose también la cloac a hallada. En la z ona oriental aparecer ía 233 , a juicio de estos autores, una formación pavimentada circ ular o plaza cuy o diámetro es difícil de calcular (fig. V. 3). Esta interpretación se sustenta en la di sposición d el enlosado puesto que no se halló ningún límite de esta pavim entación. Sobre ella, se aprecian “al marg en de la alineación de sillares en ángulo recto, señales diversas de cimentaciones a base de piedras irregulare s pero fuertemente cohesionadas, ex ponentes claros de un mo mento cronológico anterior al refe rido” (Pérez y Tabales 1992) 234 . En la planimetría dedicada a la época romana, aparecen junto a esta pavimentación semicircular ot ros pavimentos de los cuales no se in dica nada. Si n embarg o, en su Tesis de Licenc i atura, A. Pérez adscribe la pavimentación hallada al sur de aquella de t endencia semicircular a una calle con di recc ión SE-NO, que lindaría con la supuesta plaza circular . L a cronología ofrecida para estas estructuras es poco precisa igualmente pues se indica que abarc aría desde el altoimperio hasta época tardorromana (Pérez y Tabales 1992 y Pérez 2002). Creemos que los restos documentados permiten, con ciertas reservas, defender la presencia de un eje del viario con dirección NE-SO en la z ona occidental del solar. P or el contrario, l a hipotéti ca plaza situada en el extremo suroriental presenta s erias dificultades de identificación. La definición de su planta, basada exclusivamente en el diseño de los elementos constitutivos de l a pavimentación, así como su anómala disposición entre dos ejes del viario 235 resulta insegura . En primer lugar , l a identificación de este espacio como un ámbito abierto, cuando no de un espacio del viario, es s ólo just ificable a nivel de hi pótesis, pues los restos no son nada esclare cedores y bien podría tra t arse del interior de un edificio. Asumiendo que a sí 233 Es de suponer que se tr ata de los co rtes 1 A, B y C. 234 Ciertamente se trata de un pár rafo co nfu so : ¿cimentaciones anteriores sobr e ella? . 235 Con las lógicas dudas que entraña la identificación d el viario situado hacia el Sur d e la m ism a po r la escasez de los dato s a por tados, d ado q ue no se cita si se llegó a d ocument ar alguna infraestructura inf erior como cloaca o su mis ma cimen tación. 109 fuere, la vi nculación directa entre planta y diseño del pavimento es equívoca. Conocidos son ejemplos en los cua les ambos elementos no mantienen una relación directa, tratándose usualmente de de cisi ones de índole funcional 236 . 5. 2. 1. 2. 3. Abades, 41-43. Cata 26 A Esta int ervención arqueológ i ca documentó un tramo de viario con orientac i ón NE-SO fechado a fines del s. I d. C . (J iménez 2001) (fig. V. 4). Su superficie estaba conformada por losas de piedra caliza de forma irregula r con t endencia cuadrangular . De igual forma, se detectó la presencia de una piedra alcoriza interpretada como límite de la calzada en su lateral sur. Por su parte, en la losa de may or tamaño se observó la huella del rodamiento de las rue das de los carr os. Según comunicación verbal del director de las excavaciones (A. J iménez), en el posterior rebaje mecánico del patio de la parcela, situado hacia el no rte del emplazamiento de l a vía, apareció el ex tremo opuesto de l a calzada, dando como resultado un a anchura de 3,5 m en e ste tramo. Ba jo esta pavimentación no fueron detectados re stos de infraestructura alguna . 5. 2. 1. 2. 4. Augusto Plasencia, 10-12 En este solar se documentó, en una primera intervención (Pérez, Melo y P érez 2001), un área pavimentada con losas de ca liza 237 que se extendía en dirección Este- Oeste a l o largo de 1,53 m (UE 02/53) y con una anchura de unos 2,7 m, ocupando desde el sondeo 2 al 3 (f ig. V. 5). 236 Por ej emplo, e n la ciudad de T img ad, fundada a inicios d el s. II d. C., el diseño del enlosado de algunas vías se disp one en sentido ob licuo a su recor rido pa ra evitar el d esgaste pro ducido po r el tráfico rod ado. En otra s ocasiones, el diseño interno d e la p avim entació n de una plaza se dispo ne de forma aleatoria , sin r elación dir ecta con los límites d e este espacio , como en la p laza en la cual se inserta el tem plo de épo ca severiana e n la c iudad de Dje m ila, en la cual se dispo nen espacio s p avim e ntados de tendencia semicircular ( MacDo nald 198 6: 9 -10). P ara una peq ueña síntesis sobr e espacio s p úblicos no forenses y su form a lización arq uitectónica véase el ca pítulo referid o a lo s espacio s públicos. 110 L os datos aportados en el informe se ciñen a su descripción s omera y a una serie de detalles acerca de algunos procesos de desmantelamiento detectados. Su datación s e engloba de forma genérica entre l os ss. I y IV d. C. 238 . Asim ismo, se afirma que parte de las losas habrían sido retirada s para llevar a cabo la construcción de una atarjea. Se documentaron igualmente dos desagües con dirección Norte-Sur 239 (UUEE 05/147 y 05/143), una canalización de evacua ción hacia la cloaca de la vía y un registro de forma prismática y base cuadrada, r ealizada con ladrillos 240 (UE 02/65). En el informe del posterior control arqueológico del movimiento de ti erras (Arena s 2003) se afirma la documentación de una anchura m áxima de la calle de 7,2 m. y un largo de 22,1 m. Se plantea que dada su anchura se tratase del kardo m áximo 241 . En este segundo informe no aparec e mención alguna a unidades estratigráf icas, siendo las refer encias de ti po genér i co (ej. “capa de tierra rojiz a, capa de lascas y virutas de sillares”, etc.). Bajo la ca lzada se detectó una cloaca formada por una base de dos hileras de tégulas, de 58 x 24 x 7,5 cm, y bóveda de l adrillos 242 , rebajados en sus bordes para darle la forma abovedada. L as dimensiones de l a cloaca eran 53 cm de altura, 1,12 m de anchura, una lon gitud documentada de 11,6 m y una luz de 1,2 m. A u nos 8 m de su inicio se observó una desviación e n su dirección hacia el noreste. L a comparación de ambas planimetrías ofrece unos desfases entre las estructuras documentadas en ambas campañas de casi 2 m. De hecho, la planimetría eva cuada a r aíz del movimiento de tierras muestra los siguientes e rrores: - Planta del solar no coincidente ni con la intervención anterior n i con la planimetría de la Ger encia de Ur banism o. 237 Conocidas lo calmente com o “de T arifa o “piedra j ab aluna”. 238 No ha si do posible verificar tal ext remo, ni precisarlo, puesto que no consta que los materiales obtenido s en este intervención hay a n sido de positado s aún en el Museo Arqueológico Pr ovincial. 239 De tégula y ladrillo. 240 Con un m ó dulo de 30-31 x 21 x 6-7 cm 241 D esde un punto de vista tr adicio nal esta d enomin ación sería incorrecta, dada su orientación NO-SE, pues constituiría un decumanus , no un k ardo . Sin embargo, observad a la aleatorie dad en el uso de los términ o s y nuestro desco nocimien to de l eje principa l ord enador del te rritor io no le otorgamos m ayor validez. 242 Con un m ó dulo de 29 x 20 x 6 cm. 111 - Norte mal orientado (mar ca el Noreste). - Acumulación d e error es métricos en la zona sur del solar (donde antes estaba la fachada de la manz ana sur (Pérez, Melo y Pérez 2001) ahora se encuentra la cloaca de l a calle. La fachada aparece desplazada 2 m hacia el Sur). - Aparec en estructura s antes inexistentes. - I nterpretación de la edificación de l a manzana sur como casa de atrio poco verosími l (por dimensiones de los restos, tipología edilicia, cronología , etc). - Ausencia de de l imitación g ráfica de la calle (en la primera campaña medía 2,6 m de ancho 243 y ahora se a firma que mide 7,2 m). Todos estos datos nos llevan a poner en serias dudas la desc ripción de los hallazgos efectuados, por lo cual entendemos que, en rigor, sólo es posible afirmar la presencia de un tramo de viario de anchura incierta flanqueado al S ur por un edificio porticado de importante tamaño y dotado de un sistema de saneamiento mediante cloaca de fábric a de ladrillo. L a reciente excavación del castellum aquae his palense (Garc í a García 2007), verosímilmente limí trofe al Norte con este vía, permite definir en may or medida s u trazado. De hecho, la m odulación efectuada del edificio completo situaría su fac hada meridional en esta calle (fig. VI.10). Desde ella se producirían los sucesivos vertidos de amortización que colmatarían esta estructura, tal como se infiere de l a disposición de estos depósitos, formando un talud con su punto más alto coincidente con la zona de este viario. 5. 2. 1. 2. 5. Avenida de Roma y Calle Ge neral Sanjurjo L a presente intervención constit uy e, tras la efectuada en la Pl aza d e la Encarna ción, la may or toma de contacto con la ordenación urbana romana de la ciudad. 243 Dato obtenido de la planimetría, distancia entre fachadas frontera s de las ed ificaciones, puesto q ue en el texto no se c ita. 112 A pesar de esta responsabilidad, l a ejecución m aterial de las indagac iones arqueológica s efec tuadas pone claramente de manifiesto el m odo en que la exhu mación de centenar es de metros cuadrados de superficie d e la ciudad antigua puede ser inútil sin un equipo capaz de asumir el re t o de ge stionar adecua damente este cúmulo de informa ción. De este mo do, hemos constatado que la Memoria científica de la intervención (Camiña y Gamarra 2004) presenta numerosos defectos en su r egistro: - Ausencia de planta s completas de fase. - Ausencia de r elación entre pla nta de la excavación y parcelar io actual. - Ausencia de reg i stro estratigr áfico, ni relaciones entre unidades (sólo las unidades m urarias están numerada s en l a planimetría; sólo se produce una excepción en la desc ripción de la prepa ración de las c alzadas). - Ausencia de perfiles estratigráficos. Sólo se presentan algunos alz ados de muros. - I nadecuación de l as escalas pl animétricas, pues imposibi litan la lectura de los planos. - L as cotas consignadas en la planimetría no aparecen precedidas por el signo neg ativo, s i bien se afirma qu e la acotac i ón se efectúa de forma relativa b ajo rasante, l o cual gener a errores de interpretación i ncluso en el mismo equipo de intervención. - Ausencia de criterios de datación (ausencia de estudio de materiales, ausencia de empleo de indicador cr onológico alg uno). - Ausencia de r eportaje fotog ráfico de detalle. - Equivocaciones evidentes en la adscripción de estructuras a fases cronológic as. - Etc. Ante este panorama, cualquier i ntento de rentabilizar la información consignada plantea enormes di ficultades, poniendo en tela de jui cio las i nterpretac iones presentada s por los excavadores. Así pues, se afirma l a existencia de una primera fase de ocupación de l a zona, datada a fines del s. I a. C., documentada a partir de los restos de una cloaca (UE 45) de 50 m de l ongitud y 1,04 m de anchura que recorría en dirección NE-SO por l as áreas I y 113 I I , vertiendo al arr oy o Tag arete. S in embarg o las cotas consigna das en la planimetría indican que el desnivel se si túa en direc ción contraria 244 , como era de esper ar; desag uando no en el Taga rete sino en dirección al Guadalquivir. En este sentido, hemos de poner en duda la antigüedad de tal infraestructura puesto qu e su relación estructural con los tramos de calzadas de una segunda fase de ocupación del lugar ofrece dudas al respecto. L o cierto es que, aparentemente, s e documenta u n primer momento de urbanización de la zona, datado por l os excavadores a fines del s. I a. C., que fija y a la ordenación del parcela rio, establec iendo asim ismo la viabil idad de la z ona. En un segundo momento, datado en la 2ª mitad del s . I d. C. 245 , se reforman t anto las edificacione s como el espacio vi ario mediante la instalación de una red de saneamientos y enlosado de reve s timiento viario. Respecto a l as calzadas documentadas (fig. V. 6), la calzada UE 195, la más septentrional, discurre por las áreas I, I I y I II , en dirección NO-SE, uniéndose con la otra calzada en la zona NE del espacio ex cavado. Esta primera calzada presenta una anchura máx ima conservada de 2,3 m . L a ot ra calzada (UE 881) d iscurre por el área I II en direcc ión N-S con una ligera i nclinación NE-SO 246 , siendo su anchura máxima conservada de 4,9 m. Esta calle presentaba su fre nte oriental porticado pues se conservaba n en el perfil la columnas de ladrillo del pórtico. Este ex tremo no figura en la documentación presentada por los ex cavadore s pero fue observado por nosotros en l as visitas realizadas a la intervención. L a presencia de este pórtico resulta sumamente interesante, máx ime cuando, aparentemente , esta calzada conduciría directamente a la ciudad. Asimismo, esta última vía ofrece las m ay ores posibi lidades de datación correc t a pues se han documentado l os di versos depósitos de prepara ción empleados 247 , si b ien no 244 Con do s m etros d e diferencia d e co ta entre ambos extremos. 245 Véase nuestra re visión de los co ntextos o cupacionales, en especial lo s indica dor es cerámicos rescatado s de la ca m a del p avim ento de mosaico de una d e las estancias. P ara una m ayor pre cisión, véase el capítulo r eferido a los esp acios re ligiosos. 246 Aunque e n el inform e se afirma que su direcció n es NO-SE, lo cual entra e n grave conflicto co n la planim etría p resentada. 247 B ajo 881 s e halla una capa de tier ra arcillo sa (UE 882 ), ba jo ésta otra con cascotes cerá m icos, fragm entos d e ladr illos y p equeños cantos de río (UE 9 45) , la siguiente está constituída p or argamasa y fragm entos d e ladr illos (UE 988 ) y, por últim o, otra capa de fragmentos cerám icos (UE 989 ). 114 se presentan los materiales asociados. Asimism o, se observa en el reportaje fotográfico que a la calle 88 1 se le uniría otra, no in dicada por los ex cavadore s , casi en su ex tremo meridional. Ambas calzadas (UUEE 195 y 881) contaban con sus sistemas de evacua ción de ag uas 248 . 5. 2. 1. 2. 6. Mercado de la Encarnación (V-VII Fase s de intervención) L as recientes intervenciones arqueológ icas llevadas a cabo en el Mercado de la Encarna ción han dado como resultado el hallazgo de tres t ramos de viario de época altoimperial (Amores y Gonz ález 2004, 2006 y 2007). El h echo de haber diseccionado con m etodología arqueológica ca. 2000 m 2 de superficie, hasta agotar el sustrato arqueológ i co, ha permitido documentar un amplio proceso constructivo y de transformación que sufrieron tanto las vías mismas como l as infraestructuras contenidas y las parcelas aledañas. De esta forma, han podi do diferenciar se v arias fases cronológic as coincidentes con los gr andes m omentos de urbaniz ación, evolución espacial y funcional de esta zona de la ciudad. Debido a l a cantidad y complejidad d e los procesos antrópicos operados en este enclave a lo largo de su desarrollo histórico, el registro arqueológ ico ha deparado una enorme masa de datos que resultaría, a nuestro entender, escasamente inteligible en u na síntesis histórica que no detallar a oportunamente aspectos conc retos de las distintas secuencia s estratigr áficas exhumadas. Somos conscientes de que esta particularización puede, a su vez, devenir en una farrag osa d escripción de hechos, lo cual hemos intentado evitar mediante una ordenac i ón sis temática del tex to así como con la proliferac ión de planos, i mágene s , perfiles y tablas que sinteticen los elementos más relevantes del discurso. De esta forma, al c om ienzo de cada epígraf e se detalla una información sintética de lo s hallazgos, junto con una tabla de desglose de los hec hos más relevante s de cada fase exhumados en los dist intos sondeos realizados, para a continuación describir pormenor izadamente la secuenc i a arquitectónica establecida. 248 En el caso de la c alzada UE 195 , se d ice que su sistem a de canalizació n d esaguaría e n la cloaca antigua, siendo m ás lógico pe nsar, en vista d e su tipología y d iseño, que p ertenecen a un mism o m omento. 115 5. 2. 1. 2. 6. 1. Calle occidental Fase I ( primer a mitad del s. I d. C.) L os orígenes de la ocupación de este sector se sitúan en la primera mitad del siglo I , correspondiendo con la implantación de una trama urbana bien definida (fig. V. 7 y plano Encarnación nº 1). En ella destaca l a localización de diversas industrias y espacios de almacenamiento, junto a otras edificaciones de disti nto uso, detectables por manifestaciones edilicias específicas. En el cuadrante suroeste, esta trama está p resente en la disposi ción de una vía de orientación Norte-Sur, a cuy os lados se ext ienden dos manzanas que albe rga n dife rentes construcc i ones. L a ubicac ión en este l ugar de l os encepa dos (sondeos) PC08 y PC09 ha permitido la documentación de parte de la calle, con sus dos líneas de fachada, y de dos crujías pertenecientes al edificio que se desarrolla en su m arg en oriental. Dada la amplitud de los sondeos, y la multiplicidad de relaciones entre los tramos del viario y las disti ntas edificaciones, hemos optado por desglosar los restos detectados en ca da sondeo por separado (fig . V. 8 y tabla V. 2). TABLA V. 2. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle occi dental. Fa se I Sondeo PC08 PC09 Anchura (m ) 2, 74 2,75 Infrae structuras de saneamiento Atarjeas domé sticas laterale s Atarjea domé st ica lateral Revestim ie nto ? 1 º ¿L osas? UE 15513 2º Ladrillo s UE 155 11 Portica da No No Marg ines No No De esta forma, en el s ondeo PC 08 249 se ha podido observar cómo el proceso constructivo se inicia sobre una superficie precedente que se muestra baldía, sin evidencias de uso conocidas, y so bre la que se ex tienden los depósitos pertenecientes a la llanura aluvial (2,80 msnm; 2,66 en el sondeo PC09 ). Un episodio de estabilización morfosedimentaria del r í o en t orno a esta época favorec erá la ocupación antrópica, como y a s e ha podi do ver en el capítulo referente a l a reconstrucción paleotopográfica . El lugar escog ido, sin embargo, debió considerarse deprimido en su topografía, por lo 116 que se procedió a la elevación del terreno como labor asociada al desarrollo de los expedientes fundacionales de las p rimeras ocupaciones edilicias. L as ca usas que motivaron tal acción pudieron ser m últiples, destacando quizás la prox imidad del cauce fluvial y la usual im plantación elevada de los viarios con respecto a las construcciones colindantes. En relación a estas operaciones fueron documentados algunos niveles de uso, que se identifica n con las supe rficies de obra (UE 13321, 13327 , 13354) de sde l as cuales se planifican los primeros cimientos. Éstos, en una parte de su desarrollo, se construy en en alz ado completo al aire, sin fosa asociada. No obs tante, la base de estas fábrica s, compuestas por estructuras corridas de mampuestos calizos de pequeño tamaño, presentan a veces más anchura que el resto del cimi ento, excavando en tal caso los depósitos aluviales parcialmente. L a cobertura y posterior elevación del terre no por encima de las rasantes de obra (entre 2,85 msnm y 3,11 msnm), una vez proy ectados y desarrollados los cimientos, se produce mediante el vertido de t ongada s de limos más o menos compactados, con escasa o nula presencia de materiales constructivos (UE 13325, 13331, 13350, 13351; cota superior: 3,90 msnm). L a s ituación descrita se reg i stra tanto en el s ector de la calle como al interior de las construcciones anexas, variando la tex tura y características físicas de los vertidos empleados entre una u otra edificación, lo que indica la particularidad de c ada obra. L a calle presenta una orientación gene ral Norte-Sur, con una leve desviación hacia el Este. Tal alineación sirve de refer ente cardinal a la organización ortogonal de las construcciones ady acentes. L a anchura m áxima de paso es de 2,74 m, el equivalente aproximado a 9 pies en el sistema métrico romano. Se encuentra delimitada por l as unidades constructivas UUEE 13162 y 13174, que repre s entan las líneas de fachada occidental y oriental respectivamente. L a ejecuc i ón funcional de l a calle se ini cia hacia la primera mitad del siglo I , justamente con la construcción de lo s cimientos de l os muros de fachada, elevándose a continuación el terreno hasta las cotas de uso o circulación de la vía. Algunos de los procesos documentados, sobre todo en relación a las obras de canalización de las aguas 249 Coincidente con el extremo septentrional del viario detecta do. 117 residuales y los posibles niveles de pavimentación, se podrían prolongar cronológic amente hasta entra da la segunda mitad del siglo I . Fachada occidental Presenta una fábrica que, en su concepto, responde a la traza del opus africanum 250 , compuesto por pilares de sillería de roca alcoriza y paños intermedios de mampostería incrustados en tongadas de mortero (UE 13162, fig. V. 9). L os sillares, de aparienc ia ex terna almohadillada, m uestran unas dimensiones de 1,12 m. de longitud por 0,54 m. de anchura y 0,58 m. de altura m edia. L os paños de m ampostería entre sillares disponen de una longitud de 1,16 m. L os mampuestos empleados en ellos proceden exclusivamente de materiales calizos. Este aparejo forma p arte fundamentalmente del alz ado de la fachada y , al mismo tiempo, del tramo su perior del cimiento al quedar algo sot errada bajo los primeros niveles de uso de la calle. L a diferenc iación del alzado se reg is traría como míni mo desde 4,28 msnm (pudiendo ser inferior), correspondiéndose t al cota con la altura a la que se dispone el vano de acceso a la vivienda occidental (UE 13299), cuy a cronología s e sitúa entre la primera y segunda mitad del siglo I (fig. V. 10). L a estruc tura anterior descansa sobre un cimiento corrido, compuesto por sucesivas hi ladas de mampuestos caliz os trabados con barro (UE 13355), que constituy en la base y m itad i nferior de la cimentación de l a facha d a (fig . V. 11). Esporádicamente se incluy e en esta obra algún bloque de pizarr a y fragmentos de ladrillos. La s tres primeras hiladas de la cimentación la conforman cantos rodados y elementos más menudos de piedra caliza. Sobre estas hiladas se dispone una porción de mampostería irregular mostrando di versos tamaños. L a transición entre esta obra y l a fábrica de sillares y cajones de mampostería UE 1316 2, se formaliza en algunos t ramos mediante la disposición de una verdug ada de ladrillos que regulariza las superficies de contacto entre a m bas. L os mater iales cerá m icos asociados a la base de la cimentación arrojan una cronología de entre finales del siglo I a. C. y el año 40 d. C (UE 13355). L a cota a la que 250 Testimonios de otr a variante loca l de esta técnica edilicia han sido descubier tos en Singilia Bar ba (Serrano y otros 19 91:2 73-27 5 y nota 32) , en este caso los sillares fueron colo cado s en vertical. 124 El si guiente nivel de us o adscrito a esta fase es el suelo UE 15511 (fig. V. 28 y perfil 19 PC09), con un as cotas superiores que oscilan entre 4,05 y 4,10 msnm, y una cronología que se inicia a m ediados del s. I . Este pavimento presenta una cama de prepara ción, de 10-15 cm de potencia, de g ravilla mezclada con ar ena y g rava de tamaño, sobre el que asienta un firme compuesto por ladrillos a la palma. Todos los pavimentos comentados están secciona dos por la z anja de construcción (UE 15520) de la primera fa s e de la cloac a central, encuadra da en la 2ª mit ad del s. I (fase I I ). En lo que concierne a las i nfraestruc turas hi dráulicas, en el sondeo PC09 sólo se ha documentado la ata rjea UE 15454. Fase II (2ª m itad del si glo I) El hito más importante documentado l o representa la i mplantación de un sistema de canalización de aguas residuales que s ustituy e a las soluciones anteriores relacionada s con las atarjeas dom ésticas y otras obras de infraestructura preexist entes (fig. V. 30 y plano Encarnación nº 2 y 3). El nuevo complejo de desag üe, detectado en ambos sondeos, se compone de una cloaca (UE 13279), que discurre bajo la zona central de la vía, vertiendo en ella l as di stintas conducciones procedentes de los edificios ubicados a ambos lados de la c alle (fig . V. 31). TABLA V. 3. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle occi dental. Fa se II Sondeo PC08 PC09 Anchura (m ) 2, 74 2,75 Infrae structuras de saneamiento Cloaca central (UE 132 79 = UUEE 15 487 /15 492 /15 489 ) con conexión a at arjeas procedentes de edificaciones colinda ntes Revestim ie nto ? Ladrillo s y l a jas d e pizarra ocasionales (UE 15509 ) Portica da No No Marg ines No No Se plantean ciertas di ficultades a la hora de determinar el método empleado en la construcción de la cloaca, y a que no s e ha detectado con claridad una fosa asociada a la misma; si bien queda constatada la necesaria excavación y destrucción de la estratigrafía precede nt e, en c u anto que irrumpe en el tra z ado de las a tarjeas asociadas a la fase anterior (UE 13329, 13278). Asimism o, en el encepado PC09, se advierte la ex istencia 125 parcial de una z anja longitudinal (UE 15520), que se asocia a la construcción de esta obra de infra estructura, confirmando la remoción de de pós itos adscritos a la fase I . L a fecha de puesta en servicio de la cloaca se define dentro de un período cronológic o que queda restringido entre los l ímites aportados por la secuencia estratigr áfica a la que cortaría, cuy o r elleno más m oderno correspondería al úl timo cuarto del s. I o posterior (UE 13263), y una reforma o ampliación de su fábrica que se sucede en e l primer tercio del sig l o I I (UE 13237; fig. V. 32 y perfil 13 PC08). L a estructura física d e la cloaca responde en el sondeo PC 08 a una obra de ladrillos, de similares características a la de una atarjea, salvo en su may or anchura. S e desconoce la altura original de la fábrica y la cubierta, que fueron sustitui das por la reforma de la cloaca en el siglo II . La di ferenc i ación entre ambas fases no siempre es clara, dado que la obra en su conjunto resulta muy irreg ular. En algunos tramos este colector central habría sido reconstruido casi completamente desde su base, mientras que en otros casos, habrían perdurado parte de s us paredes hasta una altura m áxima de 4 hiladas de ladrillos. Dichas paredes están compuestas p or ladrillos 260 a soga y trabados con barro y cal. De forma excepcional se emplean algunos fragmentos de t égulas reutilizadas. El s uelo está formado igualmente por l adrillos 261 , en lo s que la soga se dispone perpendicular m ente al eje de la cloaca. En el encepado PC08 la cloaca es documentada a l o largo de un trazado de 9,96 m, buz ando progre sivamente hacia el S ur, donde es registrada a una cota de 3,69 msnm (encepado PC0 9); mientras en el ext remo opuesto se dis pone a 3,8 msnm 262 . A medida que avanza en su recorrido hacia el Norte se produce un estrechamiento del canal de conducción, alcanzando una anchura míni ma en el perfil septentriona l de 26 cm. y m áxima de 33 cm. en el límite sur del sondeo. Parece pues que el cambio en el sistema de evacuación de residuos no responde sólo a una mejora de las infraestructuras sino a una transformación en el conjunto del sistema relacionable, probablemente, con la construcción en la z ona s eptentrional del solar (sondeos PC06 y PC 05) de nuevas edificaciones en esta fase. Éstas supusieron el 260 Mód ulo: 29, 5 x 16 x 6,5 cm. 261 Con 29, 5 x 22 x 6 cm de módulo. 262 La super ficie interna del c anal pre senta una pendiente d ébil, cambiante e n peq ueños tramos. Po r ello , su deter min ac ión se ha efectuado mediante la co mparación d e sus cota s en los extremos registrados (p erfil 13 P C08 y perfil 20 P C09) . 126 cierre hacia el Norte del antiguo eje vial, suscitando l a necesidad de intercambiar el sentido de la evacua ción para incardinarla dentr o del sistema gene ral de la ciudad. En su tramo septentrional, se advierte la huella de al menos dos acometidas o conexiones procedentes de la manz ana oriental y occidental. L a situada más al sur se corresponde con la reutilización de la atarjea UUEE 13269=13278, que y a ex istía previamente. Con la construcción de la cloaca, dicha atarjea es anulada en su mitad este (UE 13278), siendo reaprovechado en cambio el tramo que discurre desde el vano UE 13299 hasta el trazado de la cloaca. La acome tida se realiza trabando los l adrillos en vertical de l a fábrica de la atarjea 13269 con la pare d oeste de la cloaca. Este hecho indica asimismo l a perdurac i ón en su funcionamiento del vano de la fachada occidental (UE 13299). P osteriormente esta conexi ón será suprim ida, cegándose l a acometida con un fragmento de tégula. De igual manera, el int erior de la atarjea será rellenado con una mezcla de arg amasa, arena, c al y fragmentos cerá m icos (UE 13268; fig. V. 33) . Hacia el Norte, y en este caso sobre la pared este de la cloaca, se registra una conexión con la atarjea UE 13258. Ésta se encuentra adosada a un recre cido de ladrillos (UE 13292) de la fachada oriental, sin sol ución de continuidad al otro lado de l a mism a, siendo interpretada como l a recog ida de un bajante exterior (fig. V. 34). Presenta una longitud m áxima de 1,14 m. S us par edes se construy en c on fr agme ntos de ladrillos trabados con barro, m ientras que para el suelo se emplean tégulas y para la cubierta ladrillos completos. El suelo muestra un buz amiento apreciable, desde s u inicio junt o a la línea de fachada hasta su encuentro con la cloaca, donde se documenta a una cota de 4,20 msnm (fig. V. 35). L a atarjea anterior corta un nivel de uso de la calle (UE 13253), fechado en el último cuarto del s. I o a partir de éste 263 . L a cota superior de la cubierta de la atarjea , hacia 4,57 msnm, se muestra incompatible con las posibl es superficies de tránsito de la calle para esta fase, requiriendo en todo caso un nivel de uso superior y u na may or altura para las paredes de la cloaca. No obstante, la atarjea UE 13258 se incluy e sobre un depósito del siglo I (UE 13248), estando cubierta por un relleno cuy a cronología se sitúa en entre l os años finales del s. I y el 1º cuarto del s. I I (UE 13247). En lo que se 263 Aunque ambos par ecen estar a su vez seccionad os por la fosa excavada d urante la re forma poster ior de la cloaca en el siglo II. 127 refiere a la conexi ón con la cloaca, se documenta cómo el suelo de la atarjea, formado por tégulas, descansa físicamente sobre la pared de la cloaca de la segunda mitad del siglo I, si bien, a conti nuación, s e l e superponen varias hiladas de ladrillos pertenec ientes a l a reforma d e la cloaca, si n que podamos advertir, dada la irregular idad de la obra, si éstas constit uy en una fábrica continua que desde un primer momento anula a la atarjea o bien conforman un ceg amiento posterior a la fase de reforma. De igual manera, en este lug ar la fosa de la segunda fase de la cloa ca (UE 13254) es más estrecha , por l o que desconocemos si la interrupción de las paredes de la atarjea s e debe a dicho elemento interfacial, o se encuentra alterada por una operación posterior de otra índole. Hacia la cota de 4,35 msnm se do cumenta una superficie de uso, que s e identifica con un posible prepara do o cama de pavimento de la calle. Se trata de una sucesión d e capas de gravilla con arena y restos de carbón (UE 13249, 13250), s eguida s de tongadas de arg amasa y cal (UE 13252, 13253) que conjuntamente alcanzan un espesor aproximado de 9 cm, buz ando levemente hacia el centro de la calle. La cronología de los depósitos sellados por di chos niveles e incluso de frag mentos de terra sigillata incluidos en la cama de cal, se adscriben a l a segunda mitad del s iglo I (UE 13258, 13260). Los rellenos que l o amortizan se datan bi en en el siglo I (UE 13248), o en el primer cuarto del siglo I I (UE 13246). Como se ha indicado, la inclusió n de la atarjea 13258 en esta fase supondría l a existencia de un nuevo nivel de us o o t ránsito de la calle, por encima del anterior y en torno a 4,60 m snm, dentro de una cronolog ía comprendida entre estas mism as fechas. En correspondencia con estas evidencias, en el encepa do P C09, se localiz a un nivel de pavimentación de la segunda mitad del si glo I hacia la c ot a de 4,30 msnm, seg ui do de una sec u encia de depósitos, que han sido fechados también e n el siglo I , y cuy o t echo se sitúa a 4,72 msnm En el sondeo P C09 donde se detecta este mism o proceso de construcción de la cloaca central. Su instalación reemplaza, como y a hemos vist o, a las soluciones particulares de saneamiento documentadas para la fase anterior. L os restos de la cloaca corresponde n a su base (UE 15487, fig. V.26 y perfil 20 PC09), construida con tégulas en horiz ontal y dispuestas a tizón, y a los dos muretes latera les de ladr illos a sog a (UUEE 15492 al Oeste, fig. V.36 y V.37; y 15489 al Este, fig. V. 38). Éstos formalizan 128 un conducto int erior de 40 x 40 cm, de cuy a cobertura no quedan huellas dada la reforma que s e opera sobr e esta infrae s tructura en la f ase posterior. Su procedimiento de construcción ha podido ser registrado en este so ndeo, iniciándose con la aper tura de una z anja longitudinal a lo larg o de toda la calle (UE 15520) que conllevó la retirada de todas l as tierras y restos de pavimentos anteriores hasta un a cota media de 3,40 m. (perfil 19 PC09, fig. V. 28). Dicha operación se desarrolló con una m ay or incidencia sobre los depósit os y pavimentos de la z ona oriental del viario como se observa con claridad en el perfil 20 PC09 (fig. V.26) . L a repavimentación asociada a la construcción de esta cloaca correspondería a la UE 15509 (fig. V. 39, perfil 19 PC09), que alcanza una cota de 4,30 m. aprox. en su superficie. Este pavimento presenta una acabado i rreg ular a base de ladrillos a la palma y dispos ición aleatoria , mezclados de forma ocasional con grandes l ajas de caliza, y asentándose sobre el preparado, rico en gravilla y nódulos de cal, UE 15 510. El conjunto de vertidos 264 que amortiza a este pavimento, con una potencia total de unos 45 cm., fue conformándose t ambién en esta fase, siendo previos a una pos terior repavimentación de la c alle asociada a la c o nstrucción de una segunda fase de esta cloaca dur ante el primer cua rto del s. II (fase I I Ia ). Fases IIIa-IIIb (fines del s. I – p rime r cuarto del siglo II) En este período, se construy e una nueva superficie de tránsito, concretada en una pavimentación de ladrillos, documentada parcialmente en el encepado PC09 (UE 15402) (plano Encarnac ión nº 4 y 5). En el encepado PC08 no se conservan restos de este revestimiento, pero sí de parte de su encac hado o capa qu e le sirve de preparado (UE 13177=13244; cota: 4,87 msnm). Éste responde a un firme compacto de 6 cm. de espesor, formado por una única tongada de arg amasa de tonalidad amarillenta, qu e aglutina fragmentos de ladrillos muy pi cados, restos de mortero, elementos cerámicos, 264 Unidade s 155 08 , 15 50 7, 1 55 06, 1 550 5, 1 550 3, 1 550 2 y 15 501 ; de las cuales s ó lo ha aportad o cronolo gía el dep ósito 1 550 8: 2 ª mitad del s. I. 129 carbón y algunos guijarros de pequeño calibre 265 . Bajo esta obra se dispone asimismo un relleno apisonado de composición limo-arenosa y colora ción rojiza, con un grosor máximo de 5 cm. (UE 13247 266 ), que sell a distint os depósit os cuy a cronología se s itúa en la seg unda mitad del siglo I y en el primer tercio del sig lo I I (UE 13246, 13248=13251). Bajo el pavimento de la calle se detecta una operac ión de reforma de la cloaca, que supone la reconstrucción de la m ay or parte de sus paredes, recibiendo una cubierta abovedada de ladrillos. L as nuevas obras se inician desde una rasa nte situada a 4,43 msnm o a partir de ésta, pues a partir de aquí se registra la excavación de la zanja UE 13254, asociada al recr ecido de la fábrica de la cloaca (UE 13237; fig. V. 40 y V. 41). Tal zanja presenta una potencia de 40 cm, t eniendo una anchura máx ima de 99 cm. Sus paredes son rectas en la may or parte de su trazado, siendo rellenada por un depósito cuy o contenido cerámico se data e n el siglo I I (UE 13255). TABLA V. 4. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle occi dental. Fa ses IIIa-IIb Sondeo PC08 PC09 Anchura (m ) 2, 74 2,75 Infrae structuras de saneamiento Cloaca central refor mada c on cub ierta abovedada con conexiones a nuevas atarj eas procedentes de e difica ciones colindant es Revestim ie nto L a drillo a la palma (UE 154 02) Portica da No No Marg ines No No L a reforma de la cloaca implica el recrecido o reconstrucc ión de parte de la fábrica anter ior, cuy as pare d es son ahora ensanchadas al emplearse un módulo de ladrillos de 29,5 x 21 x 6,5 cm dispuestos pref erentemente a soga, frente a los anteriormente empl eados de menor m ódulo, en el que la anchura del tiz ón, equivalente al grosor de la pared d e la cloaca , no sobrepasaba los 16 cm. L os ladrillos util izados fueron trabados con barro y cal, si bien en algunos tramos se hace uso también del mortero de cal. L a altura del ca nal i nterno es ahora de al menos 63 cm, siendo s u anchura la mism a que l a de la fase anterior, e strechándose prog resivamente en su recorr ido hacia el norte (entre 20 y 33 cm). La anchura ex terior del conjunto de la nueva fábrica es de 79 cm, presentando las paredes una cota superior de 4,64 msnm (perfil 265 Los elemen tos cerá m ic os que incluye son datados entre el últim o tercio del s. I y el 1º cuarto del s. I I. 266 Contenía m ateriales d atables entre la 2ª mitad del s. I y el 1º cuarto del s. I I. 130 sur). En algunos sectores las paredes de la cloaca del siglo I so n completamente sustituidas desde el nivel del suelo. En l a pared occidental de la nueva cloaca son documentadas dos aberturas correspondientes a sendas acometidas, indicadas por la interrupción de la fábrica en un caso o por el cambio de orientación de los ladrillos en otro. Sin embargo no han sido detectadas las conducciones relacionada s con ellas, por lo que o bien éstas no se han conservado, o bien f ueron inicialmente proy ectadas pero sin lleg ar a materializarse. Sobre los límites de la vía, en el muro d e la fachada occidental, se produce a lo larg o de esta fase el ceg ami ento del vano UE 13299, que es sustituido por un nuevo acce so s ituado m ás hacia el S ur. El ceg ami ento del antiguo vano se logra m ediante un parchea do inicial de ladrillos (UE 13297). P osteriormente se le superpone un recrecido, también en ladrillo (UE 13302), cuy o alz ado int erno está trabado con una fábrica que compartimenta la crujía de facha da del edificio ubicado en esta manzana (fig. V. 42 y perfil 17 PC08). El encacha do o preparado del pavimento de ladrillos UE 13177=13244 es amortizado en el sondeo PC08 por rellenos del siglo IV- V (UE 13178, 13192, 13245), no documentándose otras superf i cies de uso hasta entonce s . Por su parte, en el sondeo PC09 se documenta mejor conservada esta reforma gene ral de la calle. La s modificaciones realizadas en la cloaca se traducen en la ampliación de su capacidad con el recre cido sobre sus anti guos m uretes de otros nuevos (UUEE 15491 el oriental y 15490 el occidental) y la ejecución de una nueva cubierta abovedada 267 (fig. V. 38, V.43 y perfil 20 PC09). El aparejo utiliz ado es el mism o que en la fase anterior 268 . Esta im portante reforma va a dobl ar prácticamente la capacidad de la cloaca, que pasa a tener una altura interior desde su base hasta el paramento in terno de la cubierta de unos 70-75 cm, con el mismo ancho interno de la fase a nt erior, unos 40 cm. A diferencia de la primera cloaca central, en esta operación de reforma no se abrió 267 Pr esenta una co ta superio r en su p unto más meridional d ocumen tado de 4,4 3 m., mientras que en e l m ás septentrional es d e 4,4 7 m, distando ambos puntos 2,90 m. 268 Si bien ahora cambia el módulo de lo s ladrillo s, pasando de 3 0 x 1 5 a 3 0 x 22 cm. 131 en ex tensión hasta la crujía oeste, sino que fue realizada mediante una zanja 269 , de 1,20- 1,30 m aproxi madamente, centrada respecto al eje marcado por el propio recorrido de la cloaca ( fig. V.44; per files 18 PC09 y 19 P C09). También en este punto, estas reformas llevan asociadas la colocación de varias atarjeas. L a primera de ellas, UE 15484 (fig. V. 45), procede del interior de la manz ana este, trabando perfectamente con el murete oriental de la cloaca (UE 15491), lo cual revela una pl anificación común. L a segunda atarjea documentada, UE 15488 (fig. V.46 y V.47), l a ponemos en relación con un bajante que iría adosado a l a fachada este, concreta mente a su reforma en aparejo de ladrillos (UE 15305), apoy ando directamente en la pilastra sur que marcaría el vano de acceso a la casa durante l a fase I (fig. V. 48). Un dato importante que hay que añadir respecto a di cho bajante, es su aparición y a anulado y en desuso 270 . El hecho de que no se detecte ninguna reforma sobre el t ramo del pavimento de ladrillos UE 15402, que se encuentra sobre el recorrido del citado bajante, nos hace pensar que quizás exi stiera un pavimento previo, aunque no se hallaron ind icios al respecto. Po r úl timo, fue documentada una tercera atarjea procedente del tramo septentrional de l a crujía de fac hada oeste que presenta la misma edilicia qu e la atarjea 15484 271 . En el ex tremo donde encastra con la crujía presenta una cota superior en su cubierta de 4,76 m, y en su base de 4,34 m ; mientras que en el punto donde t raba con la segunda fase de la cloaca, presenta una superior de 4,44 m (fig. V.44). Como y a ha sid o indi cado, esta ampli ación de la cloaca central llevó aparejada una nueva pavimentación de la calle (UE 15402) construida en aparejo de ladrillos a l a palma en hiladas a soga y tiz ón (fig. V.49). En su diseño se detectó una cenefa de ladrillos a soga en el tramo longitudinal que se adosa a la fachada oriental (fig. V.50), no reg istrándose su correla to en la occidental debido al destrozo producido por el expolio del m uro de facha da. Mientras que las cotas de su límit e oriental o scilan entre 4,87 m de m áxima y 4,77 m de mí nima, las correspondientes a su l ímite occidental varían entre 4,83 y 4,74 m; y las de la z ona central entre 4,81 y 4,73 m 272 . De estas 269 Zanja d e construcción 15 52 2. No nos ha llegado m ateriales p ara la d atación d e su relleno, 1 55 23. 270 T al como indica la a usencia de su cubierta y el desmonte parcial d e sus m ure tes laterales. 271 B ase d e ladr illos (3 0 x 22 x 6 cm) a tizó n, mu r etes laterales con ladrillo s (30 x 15 x 6 cm) a soga y cubierta a la ca pu ccina . 272 El tramo que se sitúa sob re la a tarj ea 15 488 pr esenta un ligero hun dimient o. 132 oscilaciones se infie re un lig ero basculamiento ha cia el áre a central, bien planteado desde su construcción para facilitar el flujo de las agua s d e ll uvia, o p or efecto del tránsito. A este respecto, debemos destaca r el im portante grado de desga s te que presentan los ladrillos en l a zona central del viario, donde su grosor se ha visto rebajado desde l os 6 cm originales hasta 1 cm de espesor. El relleno que cubre a l a segunda fase constructiva de la cloaca (UE 15482) y que sirve de cama de prepara ción de este pavimento aportó una cronolog ía de fines del s. I – 1º cuarto del s. I I. 5. 2. 1. 2. 6. 2. Calle oriental Fases I – II (1ª m itad d el s. I – 2ª mitad del s. I) En el extremo opuesto del área central de la excavación, se han documentado una serie de estructuras, rea provechada s en parte por posteriores unidades domésticas 273 . Se trata de una edificación, construida me diante pilares de ladrillo y tramos i ntermedios de frag mentos de tegulae, configura da por varios ámbitos diferenc iados, haciendo fac hada a una calle que discurr iría en direcc i ón Norte-Sur. Por su parte, la calle localiz ada se encue ntra delimit ada por los muros UUEE 1253-1244 al Oeste y UE 1273 al Este (Fig. V. 30; Pl ano Encarnación nº 1 y 2). Esta posible v ía conserva parte de su pavimento de lastras de pi edra de diverso tipo 274 (UE 1247) y de la cloaca (UUEE 1271, 1272 y 1280) 275 , la cual discurriría por el latera l oeste de la calle (fig. V. 51 y V. 52). L as dimensiones del frag mento de calle, incluida l a zona de l a cloaca, abarcan una anchura de 2,16 m por una longitud máx ima documentada de 2,95 m. TABLA V. 5. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle ori ental. Fa ses I-II Sondeo Ár ea cent ral Anchura (m ) 2, 16 Infrae structuras de saneamiento Atarjea later a l Revestim ie nto Piedras calizas y are n iscas de mediano tama ño 273 Véase el c apítulo referid o a los espacio s de háb itat. 274 Calizas y areniscas. 275 Con pare des de ladrillo y base de tégulas. 133 Portica da No Marg ines No Su identificación como viario se muestra especialmente dificultada por la intensa acción de ex polio de materiales constructivos que ha sufrido esta z ona. Desde un punto de vist a formal, nos i nclina a favor de esta tipificación la exi stencia de una pavimentación de l astras, simil ar a la detectada en la calle reg i strada en la zona norte de l solar 276 , y la presencia de un si stema de infraestructura de desag üe bajo la misma. Se trataría de una vía cieg a puesto que tanto ésta como la atarjea conec tarían con el patio de una unidad doméstica 277 , siguiendo sim ilar modelo de acceso, directo al patio de estas edificaciones, y a documentado en la calle occidental 278 . En cualquier caso, estas relaciones estructurales no han podido ser comprobadas efec tivamente puesto que esta zona no ha sido excavada por debajo del nivel de e s tos pavimentos. Otra hipót esis posible sería i dentificar este e spacio empedrado c omo ár ea de trabajo o de servicio, asociado al paso de animales y a la alberca situada en su lateral oriental, extremo que se nos antoja complejo dadas su escasa anchur a y su directa relación con e l acceso a la unidad doméstica septentrional. 5. 2. 1. 2. 6. 3. Calle septentrional En una reciente intervención arqueológica (Amores y González 2007), fue descubierta la principal vía que recorre el sector excavado (Fig . V. 30; Planos Encarna ción nº 2-5). Se trata de una calle con dirección Este-Oeste de anc hura aproximada de 4,4 m en la zona occidental y los 4,70/ 5 m en el ex tremo oriental 279 . El hallazgo de este viario, y de l as edificaciones que lo definen, ha permitido establecer la secuencia relativa de urba nización de esta área del sol ar. 276 Véase más adelante. 277 De hecho, la cloaca evacua d irectamente de l interior d e esta co nstrucción. P udo tratarse de su configu ración o riginal o bien d e una reforma posterio r, aunque estos extremos no han sido co mprobado s. 278 Véase el c apítulo referid o a los espacio s residenciales. 279 Estas medidas so n e stim ativas puesto q ue no co incidiero n ambas fachada s en ningun o de los sondeos efectuados, p or lo que se ha combinado la información obte nida en su excavación con los dato s r ecogido s en la s sucesivas vigilancias d e movim ientos de tier ra e fectuados. En cualquier caso , la localizac ión de la cloaca central, situada a pro xim ad amen te a una distancia d e 2 m con respec to a c ada fachada y con una anchura de ca. 70 cm , per mit e definir una anchura m e dia d e 4,7 m para este viario . 140 estructuras quedan cubiertas por ladrillos 296 dispuestos en pl ano y a tiz ón 297 . L a base de nuestra atarjea es de piezas de cerámica sim ilares a las que documentamos en la conducción UE 14566 y sus cotas superiores son: 3,19 msnm a la altura del perfil meridional del corte y 2,98 msnm en su extremo m ás septentrional donde es cortada por al interfacie d e reforma de la cloaca UE 14589. La s di mensiones totales de esta estructura son l as siguientes: 1,06 m. de longitud, 0,40 m. de alt ura en sección transversal y 0,55 m. de anchura máxima. El hueco interior es de 0,16 m. de alt o po r 0,17 m. de ancho, siempre en sección transversal. Queda cubierta por la UE 14557 y se ve afectada parcialmente por la UE 14592 de instalación de la estructura UE 14562 y por l a UE 14589 de reforma de la cloaca . Es colm atada por la UE 14586, depósito fechado e nt re los ss. I V y V d. C. L a unidad i nterfac ial dentro de la cual se inserta nuestra atarjea es l a UE 14585. Como en el caso anterior, la estructura se ajusta a la zanja sin dejar espacios intermedios, por lo que sus d imensiones son prácticamente l as mismas. También afecta a las UUEE 14558, 14570 y 14573. De l a mism a manera podemos aplicarle el m ismo proceso constructivo vis to antes, pues guarda las mism as relaciones físicas y estratigr áficas con respecto a las unidades deposicionales y constructivas inmediatamente aledaña s 298 . Primer pavimento de la calle Construida la cloaca, se procedió al sellado de s u cubierta y preparación del piso supray acente que albergaría el primer pavimento d e la nueva calle (fig. V. 61). En este sondeo no hemos documentado rastro alguno de este pavimento original, al contrario que en el corte contiguo “Po zo Bombeo NO-E” en el que se reg istró una unidad constructiva de pavim ento de losas de caliza de módulo irregula r (UE 16639) con una cota superior de 4,12 msnm , adosado a l a línea de fachada norte y ligerame nte buz ado hacia el sur. L a unidad deposicional sobre la que descansa (UE 16643) presenta una cota superior de 3,90 m. y unas características físicas simil ares a otro depósito que 296 Con un m ó dulo 29 x 21 x 5 cm. 297 No se co nserva en su totalid ad p or hallarse afectad a, al igual que el murete o riental, po r la interfacie UE 14 593 de instalación de la e structura suprayacente UE 145 62) . 298 Esto es, zanj a de fundación UE 1 45 87 - rellenos UU EE 1 455 8 y 14 570 - co nstrucción de cloaca y cubierta - zanj a UE 1 458 4 d e atarj ea - Atarjea UE 145 82. 141 pudimos documentar en nuestro corte, esto es, la UE 14557 299 . Est a unidad posee una cota superior de 3,8 5 msnm en el perfil meridional y una tendencia descendente hacia el norte, es decir, hacia el centro de la calle (perfiles 14, 15 y 16). Esta mi sma circunstancia se podía observar en l as UUEE 16639 y 16643 del corte vecino. Volviendo a esta unidad, sus dimensiones son de 2,55 x 1,20 m al sur de la cloaca. La UE 14557 aparece cubriendo todas las unidades constructivas que hemos descrito hasta el momento y que pertenec en a esta primer a fase a rqueológica. Sondeo Pozo de bom beo NO-E Primera cloaca Por su parte, en este son deo, se documenta igualmente la construcción de la cloaca central UE 16635, una infraestructura fabricada con una base de tegulae , paredes de ladrillos a tiz ón 300 y cubierta con bóveda de cañón con l adrillos a rosca. De ésta sólo se c o nserva el a rranque (f ig. V.62). Éste está constituido por ladrillos a soga (dos hiladas) ligeramente inclinados hacia el interior de la cloaca cuy a cota superior es de 3,14 – 3,08 m. Desgracia damente han concur rido dos fac tores negativos a la hora de documentar la cloaca . El primero engloba lo s sucesivos d esmontes producidos en época romana para repara r y remodelarla, por l o que los vestigios de su config uración original son escasos 301 . El segundo es debido a razones técnicas pues, antes de llega r a documentar la base de la cloaca, el nivel del agua fil trada apenas nos permitió observar la construcción original. Esta circunstancia se ha producido en todos los puntos donde se ha explorado dicha infrae st ructura. Primer pavimento de la calle Asociado a l a primera cloaca documentamos un pavimento (UE 16639) de l osas de caliza de g ran tamaño, en torno a 0,50 m, que ensamblan entre sí s in disposición clara. Sól o ha sido registra do al norte de la cloaca (fig. V.63 y V.64). S u cota s uperior 299 Da table en la 2ª mitad de l s. I , si bien co ntenía algun o s materiales intrusit os del s. III , algo q ue no es de extrañar dadas las dificultades d e registro de las distintas fosas asociadas a reformas de a tarj eas documentadas. 300 T an sólo ap arecen un par de hilad as de lad rillos a soga en la cara norte. 142 de uso para este momento es de 4,01 msnm. Este pavimento lleva una di recc ión E-O y su límite septentrional nos indica la localización del muro de fachada norte 302 . Por el contrario, en el encepado escaler a muro peatonal 2, situado un poco m ás al Norte del anterior, se documentan una s erie de rellenos deposicionales continuos (p. e. UE 15702) (perfiles 19 y 20), sin asociación a estructura alguna, que pueden ponerse en relac ión con la incipiente urbanización de esta pa rte de la ciudad 303 . Sondeo Pilar A lineación A En el sondeo P ilar Alineación A 304 , se advierte cómo la ocupación urbana de este espacio se inicia en la 2ª mi tad del s. I d. C. En este sentido, hemos documentado dos procesos sucesivos, ambos encuadrados en la segunda mitad de l a citada centuria, relacionados con la primera actividad edilicia detectada en este se ctor. Ésta queda definida por una sucesión de vertidos que, por orden deposicional, conforman la siguiente sec uencia: - El primer relleno que hemos documentado se caracteriza por su alto contenido en carbones (UE 12594), expediente no excavado, que presenta una cota m edia de t echo de 2,90 msnm 305 . Este depósito, por las cotas refer i das y por analogía con la estratigrafía documentada en el sondeo aledaño, Poz o de bombeo N-NO 306 , se desarrolla como el primer vertido que cubre al techo de la llanura aluvial, que presenta ba en el reseñado sondeo una cota superior que o scilaba entre 2,90- 3,10 msnm. - El siguiente nivel lo constituy e un encachado de ripio de ánfora y de ladrillo, UE 12593, estando dispuestas sus piezas de forma aleatoria sin abarcar la totalidad de la s uperficie del relleno al que cubre, UE 12594 (fig. V.65). El encac hado presenta una cota superior media de 2,93 msnm. El expediente 301 La co ta de afección de la fosa d e la últim a reforma de la cloa ca es 2,89 m de forma q ue se ar rasa práctica m ente con tod as las reformas interm ed ias y gran parte de la cloac a original. 302 Es po sible rela cionar este p avim e nto con la UE 16 748 del so ndeo “Casa de la Noria 2”. 303 Véase ar riba. 304 Emplazado a l este del sondeo P ozo de bombeo NO -E. 305 Cota inferior máxim a a lcanzada en el corte. 306 Véase ar riba. 143 anterior que da cubierto por el relleno grisáceo UE 1259 2, que no a portó materiales, con una c ot a media de tec ho de 3,13 msnm (fig. V.66). - Sobre este relleno se desarrolla un vertido, UE 12590, con un alto porcentaje en su contenido de nódulos de cal de tamaños variables, con una cota superior m edia de 3,20 msnm, y con una cronología de 2ª mitad del s. I d.C. (fig. V .67). Este último relleno cierra la secuencia documentada para estas primeras evidencias, cuy a potencia estratigráf ica total oscila en to rno a los 30 cm. Del citado proceso podemos inferir l as siguientes conclusiones. En primer lugar , nos encontramos ante las primeras evidencias de ocupación de este entorno, dato que viene a corrobora r la dirección del proceso urbanizador, de S ur a Norte. En este sentido, l os restos que formalizan esta secuencia podrían interpretarse como la adecuac i ón de l a ll anura aluvial de forma previa a l a urbanización del sector, o, al menos, a la formaliz ación de la calle. En este sentido, estos vertidos actuarían como suelos de trabajo asociados a las actividades edilicias, corrigiendo de este modo l as posibles irregularidade s topográfic as de la llanura a luvial, así como la naturaleza inestable de la misma. A simismo, no debemos olvi dar la presencia de un elemento tan pot ente en l as inmediaciones como es la posi ble m uralla documentada a escasos metros de este sondeo. Si bien este elemento no pudo datarse de forma precisa en s u momento 307 , en esta fase de intervención arqueológ i ca se infiere que su existencia es previa a la construcción de la manzana septentrional 308 que configura el frente norte de l a calle documentada. S i admiti mos que su construcción se inserta dentro de la dinámica urbanizadora que estamos observando, es posi ble que algunos de los depósitos que aquí se reseña n sean coetáneos o estén directamente relacionados con su construcción, formaliz ando sus suelos de obra y restos derivados del traba jo constructivo. Primera cloaca Este proceso está vinculado a la formalización del primer firme de la vía, así como a l a implantación de las i nfraestruc turas hidráulicas destinadas a la evacua ción de las agua s residuales. L a secuencia se inicia con la fosa de construcción de l a cloaca, 307 Am or es y González (20 06). 308 La cual adosa a la muralla. 144 zanja UE 12588, que comparte desarrollo lineal y orientación E-O con la calle. Se trata de una fosa en la cual se encaja la infraestructura, por l o que care cemos de rellenos asociados a su colmatación. Una vez ex cavada la zanja se acometió la construcción del primer momento edilicio d e la cloaca, formalizado por los si guientes elementos constructivos: base UE 12597 y muretes de cierre UUEE 12598 y 12599 (fig. V.68). L a documentación del apar ejo de la base de la cloaca (UE 12597) presentó una serie de dificultades debido a la aparición del freático durante la excavac i ón de estos expedientes profundos. También hay que d estacar el importante g rado de fragmentación que mostraban las tégulas. No obstante, parecían presentar un aparejo a soga, descansando los muretes parcialmente sobre l os laterales de las m ismas. En su tramo m ás oriental presentaba una cota de 2,42 m , mientras que el más occidental, de 2,40 m, por lo que podemos inferir una l iger a inclinación en el tramo estudiado hacia el Oeste 309 . Referente a los muretes de cierre, el sur (UE 12599) conserva b a un alzado de nueve hi ladas apareja das en ladrillos 310 dispuestos a tiz ón, trabadas con un mortero de cal y arena d e buena calidad, presentando di cho murete un acabado de buena factura. P resenta unas cotas de coronamiento que oscilan entre 3,01 msnm, en su extremo más oriental, y 2,96 msnm en el más occidental. El murete de cierre norte (U E 12598) está la brado en ladrillos 311 disp uestos a soga conservando ocho hiladas, cuy o mortero y factura final s on coincidentes con las del murete anterior. Presenta unas cotas finales que oscilan entre 2,95 m en su ext remo sur y 2,90 m en el norte. Ambos muros formalizan un conducto interior cuy a anchura oscila entre 0,42 -0,45 m, y con un alzado medio de 0,55 m hasta el arranque de la bóveda que cubriría a la cloaca, cuy a anchura total oscilaría entre 0,90- 0,95 m. En este sentido, sobre el coronamiento de los muretes UUEE 12598 (fig. V. 69) y 1259 9 (fig. V.70), hemos registrado evidencias 312 de lo que hemos i dentificado como el arranque, la primera hi lada 313 , de la bóveda de cañón 314 q ue cubriría y cerrar í a a la cloaca. 309 Como y a fue comprobado en los sonde os anterior es. 310 Mód ulo 0,3 0/0, 28 x 0 ,22 /0,21 x 0,0 5/0, 06 m. 311 Mód ulo idéntico a l del muro anterior. 312 P or su escasa entidad se d ecidió no individualizar la estratigráficamente, quedando integrada en la UE del murete sobre la que de scansa. 313 Ladrillos d ispuestos a soga de módulo 0,3 0 x 0,1 2 x 0 ,05 m . 314 E n el P ozo de bo mbeo N-NO, también se ha identificado e l arranq ue de d icha bóved a, co nservando varias hiladas de la mis m a. 145 Entendemos q ue todas las actividades rela cionadas con la construcción de la cloaca, fueron acometidas desde la cota de nivel de uso marcada por el vertido rico en nódulos de cal UE 12590, cuy a cota media era de 3,20 msnm. Atarjea de evacuac ión de residuos Perteneciente a esta fase hemos documentado la atarjea UE 12591 315 , orientada N-S, que entroncaba con la cloaca por su murete sur, UE 12599 (fig. V. 70). Queda formalizada por una base de tégulas a sog a, sobre las que montan los muretes construidos en ladrillos a soga, conservando cuatro h iladas en alzado. S u cubierta estaba bastante alterada por remociones post eriores 316 , que tampoco nos permitieron aclarar completamente su relación física con l a cloaca. S us muretes determinaban un conducto interior de 0,20 m de ancho por 0,30 m de altura mínima, presentando una anchura total de 0,65 m. En lo refere nte a las cotas, la base reg i straba una cota de 3,00 m, mientras que la cota máxima de la estructura es de 3,30 m. Primer pavimento de la calle Una vez finalizada la erec ción de la cloaca se procedió a su cubrimiento con el vertido de los si guientes rellenos, que enumera remos por orden de deposición: UE 12589, rico en car bones; UE 12587, nivel de arcillas rojizas; UE 12578, nivel de nódulos de cal de tamaño variable; UE 12579, nivel de arcillas pardas enriquecidas con nódulos de cal 317 ; y ce rrando la secuencia, un nivel de matriz arcillosa con un alto contenido en gravilla, UE 12570, que no aportó m ateriales (fig . V.71 y V.72). Esta secuencia se desarrolla entre 3,20 y 3,50 msnm , localizándose en el área situada al norte del murete de la cloaca UE 12598, si bien, aunque no podemos confirmarlo habida cuenta de la afección de las reformas post eriores, debió cubrir por completo a la cloaca una vez finalizada la construcción de la misma. Esta secuencia de de pó sitos debió de funcionar como preparac i ón del primer pavimento que solaría l a calle, presentando gra n similit ud con los preparados 315 Documentada en el perfil sur del corte. 316 No o bstante, pa rece q ue estaba cubie rta co n ladrillos a tizón. 317 T odo s ellos co ntenían m ateriale s fechables en la 2ª mitad del s. I d .C. 146 documentados en el sondeo PC09. No obst ante, no se ha conser vado en el sector excavado ningún expediente que podamos asociar físicamente al pavimento, por lo que interpretamos que las piezas que lo conformarían hubieron de ser reutilizadas como material de acarreo. Por el contrario, restos de esta primera pavimentación con losas de piedra han sido documentados en e l sondeo Pozo de bombeo NO-E (UE 16639) 318 . Por l o tanto, podemos concluir que en realidad, y aunque desde un pu nto de vista analítico lo hay amos subdividido en dos partes, ambos mom entos son desarrollados en un proceso unit ario encaminado a la urbanización del área objeto de estudi o. Otro dato de interés, qu e podemos inferir del análisis de las cronologías proporcionadas por la UUEE de ambos procesos, es que todas coinciden en el arco cronológico comprendido entre el 60-80 d.C., es decir, finales de época J ulio-Cl audia y t oda la época Flavia, por lo que podemos e ncuadrar esta primera actividad edilicia del entorno en di cho arco temporal. Sondeo Casa de la Noria 2 Primer pavimento de la calle y e dificación colindante En este sondeo, donde y a detectábamos la presencia de débiles restos adscribibles a una cronología un po co anterior, se erigen en este momento dos pi lares que avanzan sobre el antiguo espacio abierto y delimitan un vano 319 . S e trata de dos pilares (UUEE 16731 y 16725) rectang ul ares de ladrillos que traban con mortero de cal; miden 0,90 y 1,20 m de largo respectivamente, y se encuentran arrasados hasta el nivel de cimentación (fig. V.73). No hay restos de revestimientos exteriores y la cara i nterna de los muros tampoco ha podido ser documentada, sa lvo en el caso de UE 16725. A su vez se renueva el revestimiento del viario con el pavimento de la calle UE 16748 (fig. V.74). Es un pavimento de piedras de caliz a de tamaño medio alineadas E- O, muy ex poliado. Se detecta pues que la cota de uso ha subi do ligeramente estando en torno a 4,08 msnm. 318 Véase ar riba. 319 De 3, 60 m apro xim a damente de anchura. 147 Esta nueva formalización del viario y de la línea de fachada parece coincidir con la impl antación definitiva de esta z ona de la calle. En este sentido, es necesa rio destacar, con l as opo rtunas reservas d ado l o fragme ntario del registro, que la construcción de este porticado puede perpetuar en líneas generales la anti gua alineación de las fachadas de la manzana sur, extendiéndola hacia la nueva configuración del espac i o viario. En un segundo momento, se introduce una ali neación de ladrillos E- O (UE 16726) que adosa a l os pilares UUEE 16723 y 16725, constituy éndose en un posi ble umbral (fig. V.75, V.76 y V.77 y perfil 21). Debemos suponer que, para este momento, el pavimento de piedras UE 16748 adosaría a este umbral. Asimi smo, se detecta un recre cido del pi lar de l adrillos UE 16731 (UE 16723). Este nuevo muro de ladrillos se conserva en alz ado bastante bien. Tampoco t iene restos de revestimiento exterior y se desconoce su c ara interna o sur. Sondeo Ram pa cam iones 1 Edificación colindante En este espacio se ha detectado la formalización de la fachada de la manz ana meridional. Ésta estaría constituida por un porticado con tres pi lares alineados en dirección E-O, con unas dimensiones idénticas y más o menos equidi stantes entre sí. Se trata de l as UUEE 16514, 16541 y 16 582 (fig. V.78). El pilar UE 16514 no ha si do excavado por lo que l a conexi ón con los otros dos es más incierta; además aparece como un elemento ex ento, mientras que a los pilares UUEE 1 6541 y 16582 se les adosa el muro UE 16521, por su cara sur (fig. V.79). Destacamos el hecho de que la zapata del muro UE 16502, de época posterior, monta directamente sobre estos pilares, y su p eso ha hecho que éstos basculen hacia el Norte, debido a asientos en el terreno, siendo más débil la zona de la cloaca. L a determinación de la relación entre estos pilares y el muro UE 16521 (= 16537) es compleja dada la ubicación de los restos. En cualquier caso, las conexiones estratigráf icas parece n indicar la coetaneidad entre los pilares y este muro. De esta forma, se articularía una fachada con pilastras que, dadas las amplias dimensiones de la edificac ión, no resultaría extraña en su rela ción con el viario. 148 L os pilar es son estructuras construidas de ladrillos de si milar formato, y que traban con el mi smo tipo de mortero. Documentamos una luz entre ellos de u nos 4,4 m. Esta medida es may or a la constatada entre los pilares UUEE 16731 y 16725, documentados en el encepado “Casa de la Noria 2” para esta mism a fase 320 . Sus cotas superiores e inferiores son 4,67 y 4,39 m snm respectivamente. Est e hecho avalaría la existencia de un frente de edificaciones porticado en al menos parte de esta manzana meridional. Primera cloaca Contemporáneo a estos elementos funcionaría la antigua cloaca UE 165 60 (fig. V.80) de l a que s e conserva n las paredes y la base (UUEE 1656 1 y 16562), pero no la cubierta (perfil 24). Ésta repite el mis mo esquema que ha sido documentado en el resto de los sondeos. L as úl timas hiladas de ladrillos de las paredes de esta fase t ienen un ligero buzamiento hacia el interior de la cloaca, dibujando l o que parece ser el arranque de un arco de medio punto (cota superior 3,61 – 3,57 m). Esta hipótesis concuerda con la cloaca exhumada en la calle occidental 321 , cuy a factura original t enía una cubierta de ladrillos a rosca formando una b óveda, y ha quedado pl enamente validada al encontrarse la mism a factura en el resto de los cortes. La anchura interior de la cloaca es de 55 cm. Primer pavimento de la calle L a superficie de la calle se configura con la unidad UE 16567, pavimento de piedras de t amaño medio y grande, de buena factura (fig. V.81). Si bien no contamos con materiales que fechen a este suelo, lo cierto es que esta pavim entación s ólo puede relacionar se con el muro de fachada UE 16521, pues los post eriores la amortiz an. Su cota superior es 4,45 msnm, superficie de uso para e ste momento. Sondeo Ram pa de Cam iones 2 320 Véase ar riba. 321 Si bien no c orre sponde a la mism a cro nología. 149 En un punto intermedio del recor rido exhum ado de este viario, e l niv el m ás antiguo documentado es el depósito UE 13593, caracterizado por una matriz limo sa, negr u zca, con la presencia puntual de restos de carbón y algún material constructivo. Con una cota superior de 3,57 m snm, se trata de un n ivel no excavado, habiendo sido documentado exclusivamente en el perfil sur de la cloaca, tras el desmon te parcial de ésta. Éste es interpre tado como su nivel implantación. Primera cloaca Esta fase inicial de la cloaca queda definida por un muro (UE 13572) con un aparejo muy reg ul ar, principalmente de ladrillos a tiz ón, en el que se ha podido observar los restos de un arranque de bóveda (fig. V.82). L a ubicación de este tramo de la cloaca central, a 2 m de l a línea de fachada meridional, coincide con la dis tancia y a detectada en el tramo del sondeo Rampa Camiones 1 322 , siendo idéntica a l a existente con la fachada de la manzana septentrional 323 . De esta manera, dada la anchura de la cloaca (ca. 70 cm), que da definida la anchura de e s te tramo del viario en ca . 4,7 m. Asociado a este momento se documenta un pavimento al int erior de la cloaca (UE 13564, cota superior 2,58 ms nm), del que no se pueden especificar las cara cterísticas debido a la rápida aparición de agua en el interior de la estructura. Tras el desmonte del frente sur de la cloaca se pudo detectar en el perfil restos de un pavimento de losas (UE 13592, cota de uso 3,64 m snm) posibl emente asociado a esta p rimera fase de la cloaca . Un segundo m omento aparece definido por el muro UE 13579, caracter izado por una fábrica m uy compacta de sogas y tizones (cota superior 3,82 msnm) (fig . V.83). Durante la fase de excavación este muro só lo se localizó en un pequeño t ramo de la cara norte en el ex tremo este. Sin embargo la ampliación por medios mecánicos ha permitido observar e sta fábrica e n ambos frentes de la cloaca ( p erfil 24). 322 UE 1 656 0. 323 Detectad a en una posterio r vigilancia arqueoló gica de movim ientos d e tierr a. 252 De igual forma, o bservamos cómo es precisamente en esta zona do nde se operan en el s. I d. C. modificaciones sus tanciales en la configurac i ón funcional de l os espacios, como puede testimoniar la amortización de un probable hábitat residenc i al, articulado en torno a un patio porticado 561 , en la calle Muñoz y P abón nº 8 (Mejías 2002) en favor de una construcción cuy a funcionalidad no puede ser precisada pero que, en principio, no parec e responder a una tipo logía doméstica ( fig. VI . 6). Ante estos datos, la interpretac ión m ás verosímil es que la llegada de la población itálica a fines del s. II a. C ., portadora de las nuevas formas arquitectónicas entre las que se incluy e el ámbito forense, comportara la im plantación urbana de los nuevos contin ge ntes de forma sectorial, al modo en que ha sido testimoniado en otras ciudades de la Bética 562 . De esta forma, mientras la ocupación doméstica pudo r epartirse entre el a ntiguo núc l eo ur bano 563 y las nuevas zonas ocupadas en su perife ria, los ámbitos mercantiles, artesanale s y vinculados a la actividad portuaria debieron desarrollarse en el área externa del antiguo oppidum en dirección al río, en un proceso que culminaría en centurias sig uientes. Asimismo, los ámbitos de representa ción y articulación social de la comunidad itálica fueron m odelando el espacio int ermedio entre a mbos sectores, el a nt iguo, eminentemente doméstico, y el nuevo, de carác ter comercial; de ahí la concentración de restos de edificacione s singulares en el entorno de las calles Argote de Moli na/Mármoles. En cualquier caso, la im plantación de este espacio público debió realizarse de forma progresiva, a la luz de los datos conocidos, definiéndose de forma plena en un momento más avanzado. De hecho, actualmente no es posible establecer u na formalización concre t a para estos espacios cívicos. L os escasos vestig ios exhum ados, muy alterados por ac tuaciones posteriores, no permiten siquiera presentar una hi pótesis solvente de adscripción funcional. En esto abunda el hecho de que no hay a apare cido resto alguno de la panoplia de elementos que han sido empleados en otros enclaves para la caracter ización de este tipo de ámbitos 564 . Esto nos 560 La cual coor dina m e jo r con la o rientación mostrada por los cerc anos hallazgos de la c alle Muñoz y Pab ón nº 8. 561 Vé ase el capítulo ded icado a los esp acios do mést icos par a su descrip ción y la discusión acerc a de su cronolo gía. 562 Caso de Itálica (Am o res y Rodr íguez Hid algo 1986 ), de Carteia (Benda la 2005 : 22-23) o Carmo (Beltr án 200 1). 563 Como parece n indicar los resultados de las intervenciones llevada a cab o en la calle Abades nº 41 y Muñoz y Pabón nº 8. Véase el ca pítulo referid o a los espacio s de hábita t. 564 Restos o elementos pertenecientes a p órtico s, santuarios, ep ígrafes, etc. 253 hace que du demos acerca de su exi stencia hasta momentos posteriores. Sólo podemos afirmar sin g énero de duda que la comunidad itálica tuvo un papel esencia l en la construcción de estos edificios s ingulare s, inferencia que se deriva de la ruptura formal (materiales y edilicia) constatada entre estas edificaciones y las de tradición turdetana, así como del carácter y o rige n de los materiales insertos en su fábrica, Éstos, dado su tipología común, no parece n ser fruto de in tercambios comerciale s con población indígena y sí de un uso corriente por par te de los nuevos habitantes de la ciudad. Su pertenencia directa a un espacio forense es incierta dado lo fragmentario d el reg i stro. En cualquier caso, esta imagen urbana coincidiría con la interpretación no literal de la cita cesaria na por cuanto la remodelación urbana en curso habría supu esto hasta el mom ento una redefinición util itaria de los espacios y no una implantación rápida ex novo de equipamientos públicos 565 . Ést os verosímil mente debieron adaptarse al urbanismo preexistente, formaliz ándose un espacio forense, caso de ex istir claramente definido, de reducidas dimensiones, hasta la crea ción de la colonia cesariana y su posterior desarrollo, posiblemente en é poca aug ustea o julio -claudia. 6. 2. 1. 2. Época imperial 6. 2. 1. 2. 1. Las propu estas tradicionales. Revisión crítica L a tradición hist oriográ fica contrapone al hipotéti co foro de época republicana , un nue vo e s pacio cívico, datado en é poca altoim perial, en la zona situada entre las Plazas de la Alfalfa y del Salvador (Blanc o 1989, Campos 1993). Como y a hemos afirmado en otro lugar 566 , esta identificación se basó en tres arg umentos: su situación en el cruce hipotético del cardo maximus y decumanus maximus ; la prese ncia en sus inmediaciones de las termas de la C uesta del Rosario, i nterpretada s como unas termas 565 Véase a este re specto la r eflexión a cerca d e los diverso s ritmos de m odificación d e las formas urba nas de las ciudades rep ublicanas de la Bética, junto con sus motivaciones y tardía ap licación, en B endala (20 05) . 566 Beltrá n, González y Ordó ñez (20 05: 73). 254 forenses; y , finalmente, la concentración de epígrafe s de cará cter públ ico en la cerca na iglesia de El Salvador ( fig. I . 10). De esta mane ra, e n el punto int ermedio entre los ejes principales del viario situaba Blanco (1989: 131-133) el foro de la ciudad, en el actual emplazamiento de la Plaza de la Alfalfa. Así, la pl aza actual, ampli ada hasta recobrar sus dimensiones del s. XVI I I, constit uiría el espacio ex pedito del foro de la colonia, con unas termas en un lateral y su basílica en su extremo occidental. Posteriormente, Campos defendió esta misma configuración, datando su construcción hacia el cambio de era en la zona actual de la Plaza del Salvador-Alfalfa (fig. I . 14 “A” y fig. I . 15). Co mo i ndicadores de su localización presentó su fosilización en la trama actual y la identificación de algunos de s us elementos, tales como sus termas, la concentración de hallazgos monumentales y la densidad de epigr afía honorífica y monumental (Campos 1993: 199), ideas y a expresadas por Blanco. Su relación con respecto a los ejes principales del viario, de evidente l ateralidad, se apoy aba en la paulatina desaparición de la función comercial no oficial dentro de estos ámbitos a favor de su dedicac i ón al culto imperial. Asim ismo, se argumentaba la conservac ión en el parcelario de los elementos que lo componían. De esta forma, al Oeste se situaría la basílica, convertida posteriormente en mezquita y luego en t emplo cristiano; al Este de la misma se encontrar ía la plaza, en la cual habría permane cido fosilizada en el parcelario una hilera de tabernae en su lado septentrional; por últim o, hacia el Este se e ncontraría ubicado el templo (fig. I .15). Varios son l os aspectos que inhabili tan actualmente esta propuesta. Partiendo del análisis de sus bases, y a raíz de lo que hemos podido observar en el ca pítulo anterior, es posible concluir que la ordenación parcelaria antigua no presenta un reflejo tan evidente en l a trama urbana actual de esta z ona de la ciudad. Asimismo, la definición del trazado de l os supuestos viarios principales, de exis tir éstos, no es avalada actualmente por dato arqueológ i co alg un o 567 . I gualmente, la c on sideración de las termas d etectada s en l a Cuesta del Rosario como termas forenses es actualmente, a nuestro juicio, inj ustificable y care nte de rig or 568 . 567 Véase el c apítulo referid o al viario y la trama urbana. 568 Véase el c apítulo referid o a los espacio s termales. 255 El empleo de los datos epigráficos como indicadores to pográ ficos, como vimos, fue iniciado por Collantes de Terán (1977) y continuado por autores posteriores. Sin embarg o, la importancia otorgada a estos documentos contrasta con la nula verificación de la calidad de la información topogr áfica que proporcionan. Un s omero análisis permite tomar conciencia de este hecho. En la ciudad de Sevilla han sido hallados hasta l a fecha 157 epígrafe s datados entre finales del s. I a. C . y el s. V d. C. (fig. VI. 7) 569 . De e llos, tan sólo 2 han sido encontra dos in situ 570 (constituy endo el 1,27 % del total), m ientras que el resto (en número de 155; el restante 98,73 %) presentan bien una ubicación desconocida en el momento de su descubrimiento o análisis (47), bien habían si do reutiliz ados (24), se encontraban desplazados de su emplazamiento original (5) o pertenec en a alguna colección particular (14) (fig. VI . 8). De l a mi sma manera, en l as numerosas intervenciones arqueológicas llevadas a cabo hasta la actualidad se ha podido constatar el hecho de que no ex iste una relación di recta entre la presenc ia de epíg rafes desplazados y el carácter de los contextos exhumados, tanto en ese m ismo pu nto como en las proximi dades. Paradigmá tico a este respec to puede ser la intervención arqueológ ica realizada en la Encarna ción donde han sido recupera dos cinco epígrafes funerarios reutili zados o desplazados, que se datan entre los ss. I I y IV, m omento en el que esta área se encontraba ocupada por varias manzanas residenciales. Sin duda los procesos de e xpoli o y reutilización de edificaciones y materiales han constit uido un im portante elemento que usualmente ha si do sosl ay ado en el análisis de la documentación epigrá fica. L a información context ual de su hallaz go establece que, de forma general en Sevill a, no existe una conexión directa entre l a aparición de epígra fes y sus emplazamientos originales. Diversas son l as motivaciones de ese cambio de lu ga r, tema en el que sólo incidiremos en lo tocante al arg umento que aquí tratamos. L a lectura llevada a cabo de la concentración de los e pígraf es honoríficos y monumentales permitió a los autores antes citados esbozar s u propuesta de localización de este centro cívico y de otro, de carácter diverso, situado en la z ona meridional de la 569 Véanse las referencias en el c atálogo co rresp ondiente. 570 Núm e ros d el catálogo: 151 y 157. 256 ciudad 571 . Si una duda razonable acerca de l a ubicación original de estos elementos surge de la misma enumeración de l as circunstancias de su hallaz go, la visión de sus área s de conce ntración permiten plantea r otras alterna tivas (fig. VI . 9) 572 . Como se puede obs ervar en el plano, aparte de algunos elementos dispersos de forma individ ual por la ciudad, estos epígra fes se concentra n de forma may oritaria en d os puntos: los alrededore s de la iglesia colegial del Divino Salvador y en la actual Catedral. Asimismo, reg i stramos otras dos pequeñas concentraciones, en los aledaños de las i glesias de S anta María la Blanca y S anta Cruz y en l a z ona próx ima a la calle Mármoles. De hecho, las dos concentraciones principales, en la Catedral y la iglesia del Salvador, corresponde n en su may oría a epígrafes encastrados en las fábric as de ambos edificios relig iosos, no constando gene ralmente las circunstancias de su hallazgo. Parece evidente que éstas suponen más un acopio de material que resultados de descubrimientos fortuitos producidos en estos lugare s, máxime si se tienen en cuenta l os di versos usos y desarrollos históricos constatados en ambos emplazamientos a lo largo de su dilatada historia. S in entrar a valorar los hallazgos arqueológicos realizados en ambos enclaves, cuestión que aborda remos más adelante , resulta sospechosa la asociación que se advierte entre estas concentraciones y los dos edificios de culto más importantes de la ciudad medieval y mod erna. D e esta manera , observamos cómo en la historiogra fía hispalense, a partir de finales de la Edad Media y sobre to do en la Época Moderna, se reproduce una visión i dealizada del pasado romano, trasunto de una voluntad panegírica del presente del m omento 573 . C orriente dentro de l a cual se incardina la “recuperac ión” del esplendor de l as formas antiguas a imagen de este pasado idealizado 574 . En este contexto, la búsqueda di recta d el contacto con los vestigios de lo antiguo, en una suerte de “memoria m artirial”, pudo suscitar la recopilación de los restos claramente vinculables a época romana y su acopio c om o emblemas en los centros de may or relevanc ia 575 . 571 Véase más adelante. 572 Se han elimi nado de este p lano aquellos epígrafes que pertenece n a coleccio nes particulares p uesto que su ubicación carec e d e relevancia topo gráfica. Este pla no se ha ob tenido mediante el cálculo de d ensidad llevado a cabo mediante el software Arcview 3 .2 a partir de la d ispersión d e puntos de lo calización co n los siguientes parámetros: radius search = 2 00 m y den sity type = kernel. 573 Par a una síntesis al respecto véase González Acuña (200 5) y el anexo de fuentes literarias. 574 Véanse en el ele nco d e textos sobre Hispalis las ob ras baj omedievales y, esp ecialmente, las de la Eda d Mode rna: Luis de Per aza, Flo rián de Oc ampo, Espinosa d e los Mo nteros y Rodrigo Caro . 575 Véase a e ste respecto el co mpendio de ca sos sim ilar es reco gidos po r De Lachenal (1995 ). 257 El hecho de que estos epígrafe s honoríficos y monum entales, y por ello quiz ás más valorados, aparezcan concentrados en la Catedral y co-catedra l de la ciudad no resulta un hecho fortuito y espontáneo. Creemos que debe relacionarse con este contexto de just ificación de una definición “imperial” de la ciudad, sobre todo en la Modernidad, abarcando tal movimiento diversos aspectos de la vida social, política y cultural del momento. Este acopio i ntencional de epígrafe s invalid a en buena medida el valor de la información topográ fica de e s tas piezas pues no sól o desconocemos su origen, o luga r de hallazgo, si no también el ritmo de apar ición y rec o lección d e las mismas. De la mi sma manera, hemos de citar un segundo elemento a tener en cuenta. Éste, y a anotado anteriormente de forma superficial, se refiere a la diferenciac ión de l a “calidad” de estos epígra fes en orden a su reutiliz ación en contex tos sacros. Así observamos cómo en los principales templos de la ciudad se ubicaron ejemplares que destacaba n por su carácter monumental. Sin embargo, en templos de inferior categ oría 576 f ueron colocados, e n sus facha das g eneralmente, epígr afes funerarios de menor porte. P odríamos pensar en una búsqueda selectiva o en una eficaz política de donaciones, cuestiones que, independientemente de su validez, suponen la puesta en duda de la ubicac i ón originaria de estos conjuntos. Por su parte, los hallazgos arqueológicos realizados en ambos emplazamientos hasta e l momento no avala n las hipótesis de ubicación de e s pacios fore nses en su entorno. En el caso del Salvador/Plaza de la Alfalfa, las i ntervenciones arqueológ i cas llevadas a cabo no han detectado restos adscribibles a un espacio cívico de este tipo. De hecho, recientemente se ha localiz ado casi en el punto medio del lugar propuesto los restos imponentes del castellum aquae de l a ciudad (García García 2 007), inhabilit ando de esta forma l as formulaciones propuestas para este espacio 577 (fig. VI. 10). L as restantes actuaciones arqueológ icas efec tuadas no han dado resultados esclarec edores al respecto. 6. 2. 1. 2. 1. 1. El foro de las corporaciones. Una propu esta fal lida de interpretación objetual 576 Caso de la iglesia de San Ild efonso y otras parr oquias. Vé ase el catálo go epigráfico. 577 Especialmente por Cam p os (1 993 ). 258 L a exist encia de una concentración de epígraf es hon oríficos dedicados a personajes vinculados directamente a la actividad comercial y portuaria, conocidos de antiguo 578 , en los alrededore s de la actual Catedral, y su supuesta asociación contextual con las cercanas termas de l a c/ Abades, sirvió a Blanco (1989: 134) para defende r la existencia en Hispalis de una plaza sim ilar al denominado “Foro de l as Corporaciones” de la ciudad de Osti a . Esta genial respuesta a un problema arqueológic o, en vigenc i a desde su pl anteamiento 579 , no está ex enta de problemas cuando se efectúa su análisis. Tres tipos de arg umentos p onen en crisis su ace p tación actual. En prim er lugar, l as débiles bases que la su stentaron en origen, esto es la evidencia e pigráf i ca. Como arriba se ha indicado, las piezas aparecen descontextualizadas, insertas en la fábrica de la actual Catedral y sin q ue se conozca realmente su origen. Más allá de esta circunstancia, y a relevante, debemos hacer hincapié en un detalle de suma importancia, esto es, su no sim ilitud con l os ejemplos ostienses, bases de la propuesta como espacio forense. De hecho, la ausencia en el tenor de estos epígra fes del permiso muni cipal para su colocación en un espacio públ ico los diferenc ia de forma trascendental de los supuestos paralelos de Ostia 580 . Asimism o, esta ausencia, el cará cter de conjunto de éstos , así como la inclusión del término stati o en alguno de ellos 581 , permite defender como l ugar de colocación original la s ede o s edes de collegia profesionales vinculados a la actividad portuaria y comercial. En cualquier caso, siempre dentro de un ámbito privado y no ocupando luga res públicos 582 . En s egundo lugar, es necesario t ener en cuenta la relación estructural ex istente entre el denominado “foro de l as corporaciones” ostiense y el t eatro del que forma parte. Como y a ha sido indicado 583 , desde su construcción en época augustea l a c. d . Piazzale delle Corporazione formaliz a su porti cus post scaenam , manteniendo una estrecha y 578 Véase el a nexo de fuentes literarias, espe cialmen te aquellas Ép oca M oder na. 579 Esta hipó tesis ha sido asum ida por todo s lo s autores que han tratad o e l tema d el urba nism o de la ciudad. Vé ase a este resp ecto B endala y Begueruela ( 198 0), Campos (19 93) , Co rzo (19 97) y una reciente valoración cr ítica en Be ltrán, González Acuñ a y Ordóñez (2 005 ). 580 Pues éstos co ntienen todos esta fór m ula de p ermiso. 581 Véase Chic y otros (2 001 ). 582 Véase el c apítulo referid o a la actividad por tuaria. 583 Battistelli y Greco ( 200 2, c on biblio grafía). 259 evidente relación ut ilitaria durante las sucesivas etapas de su exi stencia. De h echo, n o han sido descubiertos en Hispali s restos arqueológicos qu e respondan a este modelo urbanístico en e l área señalada. Por el contra rio, la única intervenc ión ar queológica efec tuada en el enclave propuesto que alcanzó n iveles altoimp eriales 584 testi monia la presencia de edificaciones y no de un espacio público abierto desde ini cios del s. I d. C., sustituidas por ot ras a fines del s . II – inicios del s. I II (Romo 1994) 585 . Asimismo, como y a se ha indi cado arriba, la ocupación de esta z ona de la ciudad fue acompañando el progr esivo movim iento del río en dirección a Occidente, si bi en esta área siguió sometida a su influencia 586 . Por últim o, el carácter singular del espacio os tiense responde a una situación y voluntades m uy concretas. El foro de las corporacione s de Ostia ha sido i nterpretado como un agre gado de consulados o “firmas” i nternacionale s vinculadas a la actividad marítima y comercial (Meigg s 1973: 287) 587 . S u ubicación en el porti cus post scaenam del teatro pudo muy bien ser una suerte de oportunismo en la elección de su emplazamiento, constituy endo en sí un espac i o con una conce pción autónoma. Est e hecho avalaría su independencia formal con respecto al teatro, cuestión problemática y quizás sospechada a raíz de la reforma global del conjunto efectua da a fines del s. I I d. C. 588 . A este respecto, P avolini (2002: 327) destaca el hecho de que, desde inicios del s. I I I d.C., la may or parte de las actuaciones constructivas públi cas detectadas en Ostia se circunscribe n a reformas y restaura ciones de edificaciones preexistentes. Esta situ ación es puesta en relación, entre otras cuestiones 589 , con la progresiva p érdida de importancia de Ostia dentro de l sistema económico romano en favor de Portus (Pavolini 2002: 584 En concreto en la P laza Vir gen de los Reyes, lim itando al Este d e la Cated ral (Ro m o 19 94 ). 585 La adscripció n a este conj unto for ense del tr amo de vía descubier to e n la c alle Ma teos Ga go esquina a calle Ángeles (Rod ríguez de Guzmán 1 991 ) c arece de base a lgun a, d ada su configuración y le janía, como y a hemos vis to en el cap ítulo referid o al viario y la tram a urbana. 586 P rueba de ello son lo s fenómenos de encharcamientos p eriód icos e inundaciones document ados (Bar ral 2 004 ). 587 Par a un m ayor desglose de la pro blemática véase Meiggs (197 3: 28 3-288 ). 588 B attistelli y Gr eco (20 02 : 4 18 -419), aunque se co nstata que el espa cio o cupado po r la p orticus p ost scaena m sólo es r epavimentada, conservando su edilicia anterior. P ara P ohl (19 78) , esta r eforma general debe ser d atada en é poca ad rianea, si b ien mantiene que la for m a lización como “espacio cor por ativo”, es posiblemente posterio r. 589 En menor medida co n las dificultades y transform aciones que se operan e n la or ganización estatal romana, con direc tas im plicacio nes sobre e l evergetism o desar rollad o en Ostia . 260 350) 590 . En suma, se trataría de un “ámbito de representac i ón” emplazado en la ciudad que controlaba el sistema de i mportaciones destinadas al abastecimiento de la metrópoli 591 . De tal forma, la naturaleza misma de sus objetivos determinó su ubicación “a las puertas de R oma”. Por el contrario, el puerto de Hispalis desempeña una función complementaria dentro del sistema del tráfico de merc ancías romano. El portus hispalensis fue un enclave centralizador y exportador de productos hacia la m etrópoli. Por tanto, un espacio de representación como el ostiense ni era requerido ni tenía razón de existir aquí 592 . De esta manera, en nuestra opini ón, lo que comenzó como una solución puramente arqueológica a un problema arqueológico 593 ha genera do en sí mismo un problema histórico. 6. 2. 1. 2. 1. 2. La refectio del supuesto f oro republicano. Los már moles. Un terce r espacio forense, de menor importancia para la may or parte de los autores, ha sido defendido en l a historiografía hasta el m omento. Se trataría del área que rodearía al denominado templo de la calle Mármoles. L a presencia en el corazón de la ciudad de estos imponentes restos, compuestos por t res columnas con fustes de granito con sus re s pectivas basas marmóreas 594 , ha suscitado admi ración y aguzado la imaginac ión de eruditos e investigadores desde épocas pretéritas 595 (fig. VI . 11). Desde el punto de vista científico, el análisis de estas 590 ¿Es posible que la cesión del porticus post scaena m como espacio de repr esentación a nú c leos influ yentes de c omerciantes extranjero s pudier a co nstituir un intento d e d inam iza ción eco nómica d e un sistem a e n proc eso de estancam iento? 591 Pavolini (2 002 : 32 6). E n r eferencia a la inserció n de O stia en el sistem a metropolitano r omano véase Mar ( 200 2: 16 1-163 ). 592 Ob viam o s p or irre levante el hecho d e que no e xista ningún complejo sim ilar en el resto d el Imperio; acaso el espacio forense detec tado en Caesaraug usta , discutido p or Jiménez Salvador (1 988 : 24 ). El desconocimiento de otr o pa ralelo no es un motivo desestimatorio p er se , pudiendo ser el resultado de l azar o del d esconocimiento. 593 La presencia d e estos ep ígrafes. 594 Y do s más traslada das a la actual Alam ed a de Hércules en Épo ca Mo derna. 595 Véase el a nexo referido a las fuentes literarias. 261 tres columnas 596 ha d epara do la articulación de dos interpretacione s sobre el conjunto arquitectónico al que debieron pertenece r 597 , identificándolo bien como un templo, bien como un pórtico de una plaza de ca rácter forense. En un rápido recorrido por estas propuestas, encontramos que desde el s. XI se han asociado estas columnas a la presencia de un templo de época roma na 598 . Con posterioridad, tras un paréntesis dominado por una visión mít ica del origen de estas columnas como testimonios del paso de Hércules por la ciudad 599 , hallamos las primeras adscripciones de éstas a un templo, dedicado i gualmente al semidios tebano 600 . En el s. XI X las opini ones se diversifican pues, mientras para Gui chot (1875: 58) l as tres columnas exist entes en la calle Mármoles pertenecían a un templo de época romana cuy a fachada mi raba a levante, Gestoso concluy e que, ante la d isparidad de número de columnas y medidas consignadas en las fuentes 601 , es plausible pensar que estos vestigios pertenec i eran, al menos, a tres edificaciones diferente s; una en la calle Vírge nes, otra en la Parroquia de S an Nicolás y otra en la calle Aire (Gestoso 1984: 25- 26). Por su parte, él se inclina por su per t enencia a un antiguo foro ( Gestoso 1984:22). L a historiografía contemporánea se decantó en un principio por una identificación cultual de estos restos (Thouvenot 1940: 424), con la salvedad y a apuntada de C ollantes de Terán. Desde el análisis monumental, Blanco identificó las columnas de la Calle Mármoles como restos de un templo próstilo de tiempos de Adriano o Antonino Pío dadas las cara cterísticas estilísticas y formales de los elementos que lo componían (Blanco 1989: 135-137). Según este autor cabría la posibil idad de que en su frente se abriera una pequeña plaza, quizás el foro antiguo de l a ciudad, relegado a un papel secundar i o con el tiempo. Campos (1993: 201), siguiendo la idea lanz ada por 596 Unidas a las o tras do s conservadas en la Alam eda de Hé rcules pro cedentes d e este mism o lugar. 597 Una tercer a, nun ca m ás seguida p or otr os inv estigadores, fue la pro puesta por Collantes de Terán (19 77) , el cual ide ntificó estos restos co m o p arte d e una posible curia, sin ofrecer más dato s al respe cto. 598 La primera cita q ue id entifica estas c olum nas como parte de un templo la encontramos en la o bra d e Ab ū `Ubayd al-Bakr ī (Valencia 19 86: 29 2-293 ), siendo rep rod ucida en la 2ª mitad d el s. XV po r Ibn Al- Munim Al-Hiy ar ī (Lévi-Provençal 19 38: 2 4-27) . Véase e l anexo de fuen tes literarias. 599 Corriente iniciada en la H istoria de reb us Hispan iae siue historia goth ica del ar zob ispo de T o ledo Jiménez d e Rada (Fernández 19 87: 1 6). Espe cialmen te r elevante, p or ser el primero en re ferencia a estas column as, e s el testim o nio co nsign ado en la Pr im e ra Crónica Genera l de España (Menéndez 19 55 : 8, 9 y 10) . Ya en el s. XVI , esta visión es consagrada po r Pe raza (P érez 1 997 : 105 ) y Florián de Ocampo (1 578 : Libro I, cap. XIII I, fol. 26). P ara un may o r detalle de las motivaciones de estos relato s, véase González Acuñ a (20 05) . P ara la consulta de los textos, acúdase al a nexo de fuentes literarias. 600 Interp retación formu lad a en el s. X VII por Espinosa de lo s Mo nteros (19 86: Libro I, ca p. IX, fol. 23 - 24) y puesta en duda por Caro (19 98: fol. 9). 268 filiación islámi ca 633 . Ante esta situación, el análisis objetivo de l os materiales indicaría que nos encontramos ante un pavimento tardío 634 que mantuvo su uso hasta alcanzar la época islámica, si bien la evidente presencia de fosas de ex polio, que alcanzan niveles turdetanos por debajo de éste, nos impide pronunciarnos con firmeza sobre este extremo habida cuenta de q ue estos expedientes de expolio no fueron reg i strados. En cualquier caso, resulta remarcable la probable asociación entre los niveles de uso de este pavimento y el inferido por nosotros para el complejo de las columnas. Todas las informaciones indirectas con las que contamos actualmente i ndican una construcción de ambos contextos en época avanzada. De esta m anera, el salto cronológic o que se observa entre el estrato 6 de la excavación de Már moles nº 9, claramente correspondiente a una amortización de los contextos turdetanos anteriores producida en la 2ª mi tad del s. I I I a. C. 635 , y el estrato 5, con materiales de esta mism a fecha y ot ros de cronología m ás avanzada, pudo responder a un rebaje de nivelación que eliminó partes de la secuencia anterior en orden a la impl antación de este pavimento tardío 636 . En l o que se refiere a l a ubicación de este porticado con respecto al resto del complejo arquitectónico, aún a pesar de la escasez de la información exi stente, podemos hacer algunas inferencias. En primer lugar, el número de columnas que lo compusieron, aunque es variable seg ún l os autores, debió ser reducido. Seis es la cantidad en l a que coinciden la may or parte de los testimonios . Nos ex traña que, de haber sido su número superior, hubieran desapare cido sin dejar ningún rastro tanto físico, dadas s us dimensiones y m aterial, como cita documental alguna . S i esta inferencia es correcta, inhabilitaría la defensa de su pertenencia al pórtico de una plaza pues su formalización es inviable con tan escasos componentes; habiendo sido desestimada i gualmente su pertenenc ia a un templo dadas las heterogene idad formal de sus elementos, ausencia de podium , etc. 633 E n concre to una ja rra de cuello cilíndrico (M AR 1 14 1 609 ) y o tra piez a con dec oració n p intada y vidriada (MAR 114 163 5). 634 Datable hacia el los ss. V-VI d. C. 635 Véase la ficha co rrespo ndiente. 636 Rebaj e y repavimen ta ción ya defendidas por Rodr íguez Temiño (19 91: 1 72) . 269 Aparenteme nte, tras estas argume ntaciones, la relación de este complejo con un espacio forense altoimperial quedaría puesta en duda. Descartada las anteriores hipótesis, parec e evidente que t an reducido número de soportes verticales sólo pudieron servir para la sustentación de un frente porticado, y nunca de una nave interior a menos que sólo contara con uno de sus lado columnado, ext remo que descartamos a pri ori por ser excesivamente heterodox o. De este hecho deriva su posi ble emplazamiento en la fachada principal de una edificación, lugar natural para tan imponentes elementos. Si a esto sumamos la presencia de un número par de columnas y la posible identificación de un vano a partir de l a basa ática, podríamos defender un ubicación simétrica de las otras tres columnas hacia el otro lado de la actual calle Mármoles, la cual habría fosi lizado este recorrido (fig. VI. 17 637 ). Asim ismo, la presencia atestiguada por Gestoso de otra columna de mármol rosado podría indica rnos la presencia de un orden superior. A partir de aquí los datos son e scasos y de rivan de las circunstancias arriba descritas. Sin embarg o, podemos efe ctuar una serie de reflexiones sobre el contexto de la zona y sus posibles impl icaciones sobre la de fini ción de este espa cio. En primer lugar , la datación de este complejo, a falta de ser confirmada con un may or gra do de certidumbre, parece indicar un momento t ardío, a partir del s. VI d. C . L as bases para esta propuesta cronológica vendrían determinadas por una serie de indicadores q ue desglosamos de may or a menor releva ncia si bien resulta bien p atente que se trata de indi cios m uy débiles, por lo que la propuesta sól o debe tomarse como una primera hipótesis. L os materiales ex humados bajo y en la cama de preparación del pavimento de losas descubierta en Mármoles 9 muestran un salto cronológico importante con respecto a los depósitos i nferiores (700 años). A nuestro modo de v er, este hecho podría ser debido a un arrasamiento de las construcciones anteriores a la implantación de e s te pavim ento y , por e n de, del edificio del que formaba parte. L a coincidencia de la cota superficial de este pavimento y del probable nivel de uso del edificio de las columnas no puede pasar desapercibido, máx ime cuando l a dis tancia que los separa ronda los 30 m, y dado el hecho de que el pórtico fue construido en fecha también avanzada con mater i ales reutilizados, como y a se ha podido comprobar. 637 Hemos establecid o una d istancia entre ejes de las column as linder as co n el vano de apro xim a damente el do ble d e la distancia entre eje s atestiguada entre las do s column a s septentrionales. 270 Asimismo, observamos cómo en otros contextos cercanos se detecta un fenómeno de transformación en la fison omía urbana entre fines del s. V e inicios del s. VI . Nos referimos a dos fenómenos claros; de un lado, a la amortización de parte de los edificios d ocumentados en la intervención arqueológica de Argote de Molina 7; de otro, a la conce ntración en la zona de ente rramientos. L a secuencia obtenida en Argote de Molina n º 7 ofrece datos de especial importancia para la definición del desarrollo urbanístico de esta zona. Ya se ha i ndicado anteriormente cómo su excavador vi nculó los contex tos exhumados con la presencia de un antiguo foro republicano y con la renovación del mismo en época altoimperial. A este respe cto, nuestro estudio de esta estratigraf í a reve la un uso continuado de este espacio intermedio entre dos edificac i ones desde inicios del s. I a. C . hasta finales del s. I a. C./inicios del s. I d. C. (niveles 20-15), m omento en el que advertimos un cambio en la config uración de este espacio. Arriba apuntamos que la nivelación d e albero detectada en los niveles 13-14, datable en la segunda m itad del s. I d. C . 638 , realmente sólo parece amortizar al edificio NO (estratig rafía nº 6), i nhabilitando de esta manera la propuesta de Campos acerc a de una hipotéti ca ampliación del antiguo foro republicano (fig. VI . 18). De hecho, el edificio anulado se encuentra situado justo en el lado contrario del teórico emplazamiento del foro propuesto. La naturaleza de esta ni velación de albero es poco esclarecedora en sí mis ma pero quiz ás podamos encontrarle un may or sentido más adelante. Sobre ella, sin solución de continuidad, encontra m os unos vertidos (nivel 12) que han sido datados por nosotros a inicios del s. VI 639 . Sobre éste, y y a anulando completamente a la construcción NO, se suceden varios vertidos y un muro, englobados en el nivel 9, que fueron fechados por Campos (1986: 17) avanzado el s. V d. C. aunque éste reconoce que los materiales que se le asocian eran may orit ariamente i slámicos. A nu estro entender, esta datación es harto improbable puesto que los niveles in feriore s contienen materiales más tardíos. En resumen, podemos observar cómo, en efecto, parte del compl ejo original republicano es parcialmente amortiz ado en la seg unda del s. I d. C. mediante la colocación de un 638 Los escasos materiales co ntenidos en el nivel 1 4 par ecen avalar esta cronolo gía. E stos son un pivote de ánfora Dressel 20 (nº inventario: 2 091 ), un galbo de p ared es finas del tipo Mayet XXXVII (nº inventario: 209 7) y un fragm ento d e base de cer ámica d e barniz negro p osiblemente residual (nº inventario: 2085 ). Par a un desglose completo acúda se al catálo go. 639 Mientras que Campos (198 6: 1 7) o frece una cronología d e segunda mitad del s. I V. Una datac ión más tardía e s o btenida d e los materiales exhum ado s, en concreto , un b ord e y ar ranque d e asa de ánfora de la 271 prepara do de albero. Quizás el retranqueo qu e presenta el últ imo sillar con respecto a los inferiores (estratigr afia nº 6, perfil sur) pueda ser puesto en relación con una remodelación de esta edificac i ón aunque el alcance de tal operación nos es desconocido. Sí parece claro, si n embargo, que el salto cronológico existente entre esta reforma de del s. I y los depósitos inmediatamente superiores del s. VI sólo es interpre table como testimonio de remociones de tierras y , quizás estructuras, pertene cientes a momentos altoimperiales. Es evidente que, de no haber sido alterada la secuencia, habría quedado algún vestigio del período intermedio pues no se constata la presenc i a de estructuras que, permaneciendo en us o, hubieran conllevado la li mpieza y adecenta miento constantes de esta super ficie de albe ro 640 . L a mism a tónica observamos en l a intervención rec i entemente ejecutada en el número 11 de esta misma calle, la cual ha registrado una anulación completa de las edificacione s altoimperiales y la implantación de una densa á rea de necrópolis. Esta concentración de enterra mientos, y a puesta de manifiesto por Amores (2005 641 ), concierne también a l os enterramientos de i nhumación hallados en las intervenciones arqueológicas realizadas en C/ Alemanes e/Argote de Molina (2 individuos), C / Segovias nº 7 (6 individuos) y la anteriormente citada C / Arg ot e de Molina nº 11 (10 individuos ) (fig . VI . 19) 642 . De ellos , los dos primeros conjuntos han sido datados claramente en el s. VI d. C., mientras q ue el último, en curso de estudio, arroja una cronología tardoantigua sin m ay ores precisiones por el momento 643 . I gualmente, hemos de citar las not icias recogida s por Campos (1989) sobre la aparición fortuita de enterramientos en la calle Álvarez Quintero, a nuestro juicio, vi nculable con estos momentos 644 . En este senti do, la ubicación de estos enterramientos en este espacio intramuros con una cronología del s. VI debe ponerse en relación el carácter de la z ona tanto en el momento de su implantación como en el de su pasado más inmediato. forma Ke ay XXI II y varios fragm entos de TSC D (formas Hayes 91 A-B y Atlante XLVIII, 11 -16; Hayes 87B , Hayes 73, 6 1 y 59) . Pa ra un desglose co m pleto véase el catálogo de materiales. 640 Cuestión que carece de vero sim ilitud a nuestro juicio . 641 Aun q ue sin disponer aún de estos da tos recientes. 642 Par a el método d e a nálisis d e c oncentración e nterramientos véase el cap ítulo r eferido a lo s espac ios d e necrópo lis. 643 Véase la p rob lemática de esta intervención en el cap ítulo ded icado a las áre as necrop olitanas. 644 Y no co n la etapa republica na como postula el autor . P ara más detalles, véase el ca pítulo referid o a la s necrópo lis. 272 A falta de otras informaciones de may or amplitud, la definición del tipo de edificación al pudiera corresponder el compl ejo de la calle M ármoles requier e ser puesta en rela ción con el c ont exto socio-político de l momento, así como con el desarrollo arquitectónico y urbano de la época. Un complejo de esta magnitud y carac terísticas formales, relacionado con un ámbito de necrópolis e inserto en un marco de reordena ción urbana, podría responder satis factoriamente a la construcción de una gran edificación religiosa cristiana. Esta hipótesis, a parte de l as informaciones de los contextos cercanos, se basa en tres tipos de aproxi maciones. De un lado, en el context o de planificación urbana en el que emerge n este tipo de construcciones y sus implicaciones con las edificaciones pag anas anteriores; de otro, en el análisis de la materialidad de lo s restos conservados; y , por últ imo, el contexto so ciopolítico de la ciudad en estas fe chas 645 . Bien conoc ido es el hecho de que mucha s de las iglesias tardoantig uas, e n especial en los ss. V-VI , su rgie ron bien de la “conversión” de antiguos templos 646 , bien mediante su construcción ex novo, bi en insertando elementos procedentes de complejos religiosos paganos, interpretándose estos fenómenos como t estimonios simbólicos del espíritu de la Ecclesia triumphans (Karivieri 2002: 78 647 ). Mi entras que en el s. I V la voluntad estatal era el mantenimiento de los santuarios paganos urbanos como parte importante del ce ntro de las c iudades, Constancio proclamó un edicto en el que se ordenaba el cierre de estos t emplos 648 y , en 408, se permitía el empleo de estos recintos con otros usos 649 . En este sentido, diversos autore s han planteado el hecho de que el mantenimiento y conversión de t emplos paganos se concentró en el s. I V y , sobre todo en la misma Roma, ciudad donde las familias aristocráticas velaban por el mantenimiento de los cultos estatales (Karivieri 2002: 80 ). De esta m anera, se defiende que el reuso g eneral de edificios de culto antiguos como ig l esias f u e una prá ctica cronológic amente t ardía y , gener almente, circunscrita a edificios en ruinas o destruidos, por l o que en estos casos no predominó un claro significado antipagano. Si n embargo, a pesar de que l a may oría de l as conversiones no comportaron grandes destrucciones, las fuentes antiguas insi sten en numerosos casos de impactantes ritos de exorcismo previos 645 Éste últim o tema será desar rollad o en el ca pítulo referid o a los edificios d e culto cr istianos. 646 Vaes (19 84-19 86: 310 -313) estima que el po rcentaje de e stas iglesias r ondó el 3 0-50 % del to tal d e las erigidas en épo ca tar doantigua y altom ed ieval. 647 Con abundante bib liografía al resp ecto. 648 Cod. Th eod . XVI, 10, 4. 273 al establecimiento de los nuevos recintos cristianos consist entes, en ocasiones, en l a destrucción e incendio de las antiguas edificac i ones y del ajuar asociado 650 . En cualquier caso, ha sido puesto d e manifiesto que gener alm ente el reuso de edificaciones preexistentes fue bastante limitado, debido a las nuevas necesidades funcionales y monumentales, lo cual supuso l a transformación radical no s ólo del emplazamiento eleg ido sino de su área urba na circundante (Gurt y otros 1996: 35 651 ). Volviendo a los elementos con los que contamos en la calle Mármoles, observamos cómo l a reutili zación de piezas procedentes de antiguas edificaciones religiosas ha qu edado y a demostrada 652 . De la misma manera, a pesar de l o escaso de los restos, podemos efec t uar un análisis métrico comparativo con otros complejo religiosos tardoantiguos. Así, observamos cómo la distancia entre ejes de las tres columnas, si bien difieren entre s í, se sitúan entre l os 4,1 y los 3,6 m (12,8 y 11,2 pies respectivamente 653 ), esto es, dentro de la horquilla usual para esta di stancia documentada en las iglesias tardoantiguas de Rom a (Ba rresi y otros 2002: 840). Asimismo, detectamos que la altura del fuste, 8,68 m (20,8 pies), e s anor malmente gra nd e, tan sólo acercándose a las testi moniadas en grande s basíl icas como San P edro del Vaticano 654 , San P ablo f. l. m . 655 , S anta Maria Maggiore 656 , o S an Pietro in Vincoli 657 ; si bien esta circunstancia depende del formato de l os m ateriales empl eados, no encontrá ndose estandar i zada. Podría defe nderse en el caso hispalense que la disponibilidad de mate rial f ue la que determinó la morfología de este porticado 658 . Teniendo en cuenta que es posible que los restos de la calle Mármoles correspondan a una fachada , el int erior del recinto pudo contener soportes verticales de menor o diverso 649 Cod. Th eod . XVI, 10, 9. 650 Caso pa radigmático lo co nstituy e el r elato de E usebio acer ca de la conversión del templo de Afrodita, para la cual Constantino dio o rden d e desp ejar tod a la zo na donde se insertaba y además destr uir e l santuario hasta los cim ientos, co ntam inado s por los demonios d e Afrodita (Euseb. Vita Con stantini II I, 26-29 ). Par a un a reflexión en torno a la dem o nización de los te m plos paganos y del fenóm e no de la conversión a templos cristianos, e spacialmente e n el área o riental d el Imperio, véase T rombley (199 5: 99 - 123 y 181-186) . En cualquier caso, este p aro xism o destructivo se cebó m ayormente e n los antiguos m itreos, enten dida esta religión o riental c omo de espe cial p eligrosidad p ara el Cristianism o (Kar avieri 200 2: 81 -84). 651 Autores que apuntan que esta forma de actuació n no fue exclus iva de las fundaciones cristianas. 652 Pa ra el c oncepto y alcance de la reutilización de m a teriales antigu os durante la Antigü e dad T ard ía véanse Vizcaíno (20 02 ) y Martínez T ejer a (2 006 ). 653 Expresad os en pies d e 0, 32 cm par a per m itir la co m parac ión con el r eperto rio empleado. 654 20 pies en la nave latera l; 23 ½ en la exedra. 655 25 pies en la nave latera l. 656 22 ½ pies. 657 20 pies en la nave y en el arco tr iunf al. 658 No se o lvide la d iversidad tip ológica d e los e lemen to s empleados. 274 formato 659 , lo cual avalaría las noticias referentes a hall azgos de fustes de columnas hacia el NE 660 , z ona que podría ocupar el interior de este edificio. L a formalización de esta fac hada responde a un modelo de frente portica do que, bien en la modalidad polífora o dotado de un único vano central 661 , tiene un desarrollo común en esta época. De esta manera, ejemplos de fachadas poliforadas los tenemos en las basíl icas de S s. Giovanni y Paolo, San Vital e o S an Clemente en Roma (Bartolozzi C asti 2002: 965- 966 662 ) (fig VI . 20, a). Lo mismo ocurre en la iglesia de Santa C ruz de Rusafa en Siria (Ulbert 1986) (fig. VI . 20, b); la i glesia de S an Lázaro en Betania (Ovadiah 1970) (fig. VI . 20, c); y en Mesmiy é (Si ria), si bien en este úl timo caso, aparte de reutilizar una antigua edificación pública del s. II , observamos cómo la fachada interior del pórti co se presenta apilastrada (L assus 1947) (fig. VI . 20, d). Ta m bién encontramos ejemplos africa nos de pórticos en iglesias de los ss. V y VI . Destacan por su simili tud con nuestra propuesta, al menos en concepto, la basílica severiana de Lepc i s Magna (fig. VI . 20 , e), la cual reaprovecha el antiguo edificio basili cal y presenta un frente porti cado continuo con tres vanos a la nave lateral muy distanciados entre sí (Duval 1973: 279-281); y la basílica I V de Sbeitla (fig . VI . 20, f) cuy o pórtico, con ejes entre columnas diversos, procede de un edificio anterior (D uval 1971: 325-389). Asimismo, otro ejemplo de fachada po rticada con un único vano lo encontramos en la basílica de Aquileia (Menis 2002: 1295), aunque más antigua (fig. VI . 20, g). Descartamos la hipótesis de la presencia de un cuadripórtico, común también en esta época, debido a la escasez de elementos portantes y a reseñada. Asimismo, la presencia de áreas de enterra mientos intramuros en época tardoantigua , considerada por Garc í a Moreno (1977-1978:317) como una de las diferenc ias esenciales con respecto al mundo funerario clásico 663 , es un hecho claramente vinculable a dos fenómenos en ocasiones concurrentes. De un lado, la gene raliz ación del enterramiento ad sanctos que, bi en en su forma directa por 659 Reco rdemos igualmen te la noticia del hallazgo e fectuado po r Gestoso del fuste r osado juntos a una de las b asas d e e stas columnas, la multiplicidad de columnas citadas en las fuentes de époc a moderna y más recientement e po r Rod ríguez Te m iño (19 91) . 660 Sin duda d esplazada s de su contexto o riginal. 661 El ar rasamient o al que fue sometido el muro p aralelo a las column as impide prec isar esta circunstancia. 662 Con abundante bib liografía. 663 Si bien los espacio s necro politanos extramu r os m antienen hasta cierto m o men to su vig or como espacios necro politanos p or excelencia, nucleado s progresivamen te en torno a tem plo s m ar tiriales o suburbiales (Cantino y L ambert 199 8: 10 3 y Fuentes 1999: 45) . 275 proximi dad a l a tumba de un personaje célebre bi en por proximidad a sus reliquias, se vincula a la existencia de importantes centros cultuales en el interior de las ciudades (Picard 1987, Gurt y otros 1996: 35 y Cantino y L ambert 1998: 107). En Hispania , caso paradig m ático lo constituy e el área funera ria localizada sobre el foro de la colonia de la ciudad de Valentia , asociada a la basíl ica del mártir san Vicente, identificada como sede episcopal (Ribera y Roselló 2000 y Gurt 2003). De otro lado, quiz ás de forma más evidente, es constatada la asocia ción de espacios necropolitanos a la im plantación de complejos episcopales especialmente a partir de finales del s. V d. C. (Gurt y otros 1996: 33), en concreto vi nculados con el edificio catedralicio. L a presencia de grupos episcopales, con cementerios asociados, ha sido reg istrada en el interior de numerosas ciudades, sobre todo a partir de l os ss. V-VI . De esta forma, se testi monia una importante concentra ción de enterra m ientos en el pórtico de la basíli ca post-teodoriana de Aquil eia, en las proximidades de los complejos episcopales de Brescia y Verona (Cantino y L ambert 1998: 98, 100 y 102 664 ) y en el atrio de la iglesia episcopal de Ostia (Baue r y Heinz elmann 2001: 281); t ambién en His pania s e registran los casos d el área de necrópolis asociada a la catedral de Barcelona (Balil 1956 y Bonnet y Beltrán de Heredia 2001), Cast ulo (Blázquez y Urruela 1976) y probablemente en Asti gi (Ordóñez y Gar cía-Dils 665 2006) 666 . En definitiva, podemos concluir que a partir del s. V se observa la tendencia de la concentración los enterr amientos en torno a las ig l esias, hecho que supuso, siguiendo a Galinié y Zador a (1995), la entrada de los m uertos en las ciudades. Actualmente, en orden a clar i ficar la ubica ción urbana de este conjunto, es posible afirmar que la may oría de los complejos episcopales se insertan dentro de la zona intramuraria de forma genera l a partir del s. V (Picard 1989: 7 667 , Gurt y ot ros 1996: 30-31; Guy on 2006: 95 y P érez Rodríguez-Arag ón 2007: 23) 668 . De hecho, l a discusión sobre su ubi cación debe partir de su correc ta definición como entidad única 664 Aun q ue con d udas por su preco cidad en el ej emplo de Aquileia. 665 Aun q ue estos autores no c itan esta p osibilid ad, es muy verosímil q ue lo s restos d etectad os vecinos al temeno s de l templo forense, c ompuestos por vestigios muy arr asados d e una iglesia y gran núm er o de tum b as, per tenezcan a par te de la sede e piscop al astigitana. 666 Otros importantes grupo s episcopales sin áreas de enterramien to s asociadas, po r el m o men to , lo constituirían los casos de Ginebra (fig. VI. 21 , a) , Aix-en Pro vence (fig. VI. 2 1, b ) o Fréj us entre otro s (Guy on 20 06) . 667 En referencia a la zona d e la B orgoña. 668 Aun que par a Gar cía Mor eno (1 977 -1978 : 31 6-317 ) la variabilidad de ubicació n do cum e ntada en los edificios de c ulto respo ndería a las d ificultades para dispo ner d e espa cios libr es en lugares cé ntricos que permitieran tanto la edificació n como la poster ior ampliación de estos recintos. 276 compuesta de diversa s edific aciones reunidas en un mis mo lugar 669 . Respecto a su centralidad con relación a la trama urbana, las más de l as veces referidas al antiguo centro monumental romano, parec e ex istir una suerte de grada ción en el emplazamiento de estos complejos, partiendo de l a apropiación d e parcelas privadas, posteriormente edificios públicos y finalmente espacios públicos 670 . Toda esta información contextual y los escasos datos con los contamos permiten esbozar la hi pótesis de que el área que engloba los restos de l a calle Mármoles y sus alrededore s fue sometida a una pr ofunda r emodelación en el s. VI d. C . motivada probablemente por la implantación de un gra n complejo eclesiástico identificable, dadas las cara cterísticas del paisaje generado, como un grupo episcopal de gran porte. Aunque desarrollare m os con may or ampli tud el contex to de l a época en el capítulo referido a los edificios religiosos, baste d ecir que la His palis del s. V fue una importante cabecer a de territorio, sede metropolitana 671 y capital de la Bética, escenario de fuertes tensiones entre facciones rivales a derezadas por los inter eses p olíticos de vándalos, suevos y visigodos, los cuales no dudar on en emplear el argumento relig i oso como apoy o e instrumento en sus respectivas estrate gias de pode r 672 . De esta manera, nada ext raña la presencia de un complejo religioso de la magnitud en la que apuntan los restos 673 . Tampoco debe sorprender su ubicación pues muy verosímilmente debe corresponder con parte del área ocupada por el foro de la colonia 674 . La discontinuidad cronológ ica observada en las secuencias analizadas y el arrasa miento de las estructuras altoimperiales detectado 675 no puede ser explicado si no por una acción concreta de rebaje del terreno y reedificac i ón urbana, posterior a un 669 Y a Picard (19 89: 6-8) puso el a cento en esta cuestión al d esligar el e stablecimiento de una sede episcop al d e la c onstrucción d e una catedr al d esde ese m ismo m omento. De la m ism a manera, Guyon (20 06: 92) hace referencia al términ o “grupo ep iscopal” como una fórmu la d e conveniencia empleada para definir la mu ltiplicidad de e dificaciones sacada s a la luz po r las excavacio nes arqueoló gicas. 670 Es lo q ue se ha venido a entender co mo la p rogresiva conq uista d e lo s espacio s urbanos por pa rte d e los e lem entos p rop ios d e la topo grafía cr istiana, frente a erró neas identificaciones extraurbanas de complejos episco pales (Guyon 200 6: 90 y 94 ). En cualquier c aso, da das las exiguas d im e nsiones medias de las ciudade s en la Antig üed ad, cualquier e m p lazamiento se encontraría situado e n las pro xim id ades de l antiguo centro cívico. 671 Cuyo ob ispo Zenón desarro lló la lab or d e vicario apostólico en Hispan ia de sde 42 8, luego co ntinu ada por otro s sucesores en el car go (Ub ric 20 04 : 120 ). 672 Par a un m ayor desarro llo, véase e l capítulo r eferido a los ed ificios religiosos. 673 Que entronca pe rfectamen te con la edilicia cristiana m o num ental q ue cara cteriza este perío do, fun d amentalm ente a pa rtir d el s. VI e n la Península Ibéric a (Gurt 2 003 : 12 7 y 142) . 674 Como verem o s más adelante. 277 proceso de abandono y expolio de m aterial constructivo de este espacio forense cuy a datación no estamos en condiciones de precisar actualmente. L a bondad de los materiales de las fábrica s antiguas, probablemente reutilizados en parte en la erección del nuevo complejo 676 , y su entidad fueron presa fácil de l a dinámica actividad de expolio constatada en la ciudad. 6. 2. 1. 2. 2. Hipótesis d e evolución de los espacios forenses altoimperiales de Hispalis Analizando los escasos t estimonios hi spalenses a la luz de esta información de contexto, parece claro que es necesa ria un reformulación de nuestro conocimiento acer ca de los ámbitos públicos y su evolución en el tiempo desde nuevos pará metros. L as bases para nuestra propuesta serán, de un lado, el análisis de la t rama urbana detectada desde un punto de vist a urbanístico y funcional; de otro, l os parcos indicios con los que contamos, entre l os que inclui mos también los argumentos negativos como mecanismo de desestimación de propuestas inviables 677 ; y , por último, l os procesos de amortización de este espacio acaecidos t ras su abandono como centro cívico de primer orden. Parece verosímil pensar que el germen de los espacios públ icos a inicios del imperio debió situarse en las inmediaciones del antiguo “núcleo singular” descrito en apartados anteriores, en la z ona de Argote de Molina/Mármoles. Ya concluíamos que la crec iente presenc ia de población itálica no debió comportar la formalización de un espacio forense “clásico” hasta fines de la época t ardorre publicana o inicios del imperio. L os indicios que apuntan hacia su localización son casi inex istentes, fruto entre otras cuestiones de la profunda transformación urbanística acae cida posteriormente en este mismo área que y a hemos comentado. L a consolidación de la ocupac ión urbana 675 Especialmente en los puntos en lo s que se han d etectad o enterram ientos, m e nos alter ados por encontrarse ausentes de ed ificaciones de e ste m omento. 676 Como parece derivarse d e sus caracter ísticas estilísticas y m étricas. 677 E sto es la s p resencias de estructuras o edificaciones no fore nses c omo inform ac iones positivas en la delimitación de su emplazam iento. 284 285 7. LOS E SPACIOS RELIGIOSOS 7. 1. Introducción. Lu gares, tem plos , santuarios y capil las L a práctica de la religiosidad romana comportaba en un sentido amplio dos ámbitos claramente diferenciados: la denominada religiosidad públ ica y la privada. El alcance de tales compartimentaciones parte originariamente de la definición ofrec ida por Festus 694 la cual, desde un punto de vista formal, distinguía esta faceta pública o privada en función de si la relación s e establecía entre la divinidad y el conjunto de la comunidad o una frac ción de la mi sma 695 . S in embarg o, estas esferas se enc ontraban entrelazadas, constatándose actuaciones pr ivadas de par t iculares en e l ámbito de la religiosidad pública y la tutela de aspectos concretos de la religiosidad privada por parte del Estado 696 . L a plasmación en la f o rma urbana de las prácticas religiosas públicas queda definida a través del establecimiento de una serie de lugares conocidos como loca sacra (Castillo 1996: 189-198). Esta denominación aba rcaba de for ma ge neral a aquellos lugare s consagr ados públicamente a l os di oses por el pueblo romano, convirti éndose a partir de ese momento en inalienables. En estos espacios eran construidos, también de forma g eneral, templos y capillas dedicados a una o var ias divinidades. A nue stros efe ctos, conviene realizar una primera di stinción pue s si bien l a consag ración pública de un espacio con permiso del Senado o del emperador le confería un status asimil able a lo públ ico como solum sacrum 697 , no ocurría lo m ismo si la dedicación era efectuada por un particular manteniéndose como s olum privatum ; pues sólo l os loca publica podí an convertirse en loca sacra (Bakker 1994: 2-3) 698 . De esta 694 Festus. De Sign ification e Verbo rum 2 45. 695 Bien fuese un a fam ilia, una agrupació n r estringida, profesional o confesional, o bien un individuo concreto . 696 P ara un análisis general de la religiosida d romana véase Wissova (1 902 ), Ge iger (19 20) , Orr ( 198 2) y Bakker (1 994 ). 697 La categoría rea l a la q ue pe rtenecían er a la de res diuin i iu ris ; por lo tanto realmente só lo p ertenecían a la divinidad aunque de hecho la tutela de estos á m bitos recaía sobr e el Estad o o la ciudad (Castillo 1996: 189 y 195). 698 Con las implicaciones de or den legal que e llo conllevaba. 286 manera, sig ui endo la distinción amplia propuesta por este mismo autor, podr íamos categ oriz ar estos ámbito s a través de su gr adación entre complejos públi cos, gestionados por el Estado o la comuni dad cívica, y espac ios privados, t utelados por grupos o pe rsonas c oncretas, y a fuese n asoc iaciones profesionales, comunidades de crey entes y , de forma g eneral, particulare s en su esfera más íntima. Para nuestro entorno cerc ano, lo s estudios refer entes al urbanismo romano han centrado su atención principalmente en l os ámbitos religiosos públ icos de la comunidad ciudadana y su evolución en el tiempo. Est o es, en las fórmulas de romanización a través de la detección de los primeros santuarios de t ipología itálica o supuestas adaptaciones indígenas 699 ; su transformación debida a las nuevas concepc iones polít ico- religiosas a partir de época augustea 700 ; así como el desarrollo del cult o i mperial, con sus formalizaciones rituales en época julio-claudia/flavia 701 , y el papel de l as capitales provinciales en su organización 702 . De la mis ma manera, la bibliografía científica re coge la existencia de santuarios encuadrables dentro de la relig ios idad privada 703 , 699 En este apa rtado encontramos el denominado cap itolio de Itálica ( Bendala 1 975 ), cuya discusión y a ha sido referid a en el cap ítulo anterior; el templo republicano de la ciuda d r omana d e Ampurias (Mar y Ruiz de Arbulo 199 3: 21 8-228 ); el capitolio de Pollen tia (Mar y Roca 199 8: 1 07-18 ); o tro detectad o e n Sagunt o (Aranegui y otro s 1 987 : 74-76 ); el templo d e Azaila (Cabré 1 94 0-194 1 y Beltrán 19 86 y 19 90) ; y el supuesto templo de Con trebia Belaisca (Beltr án 198 6 y 199 0, p uesto en duda p or Mierse 1 999 ). 700 P ara una visión general d e la creació n d e la ideolo gía imperial con Aug usto véase Zanker ( 199 2), Gr os (19 76 y 1 996 ) p ara su formalización arquitectónica y la cuestión d el aed es a ugu sti/tribuna l ; asim ismo, para sus implicaciones so bre el urbanismo hispano, véase P fanner (1 990 ). En lo que concierne a estudio s puntuales, po demos citar los c asos de las reformas augus te as del for o, d el templo y la inclusión d e una basílica con ae des augu sti /tribunal e n Am purias ( Mar y Ruiz d e Arbulo 19 93: 294 -303) ; el a edes aug usti/tribuna l de la basílica de Tarraco (Mar y Ruiz d e Arbulo 1987 y 1 99 0); e l templo absidiad o y basílica co n a edes a ugu sti/tribunal de Clunia (M ar y Ruiz de Arbulo 1 98 7: 4 1, de P alo l 19 87: 154 -155, aunque con dudas so bre la identificación del a edes ); la construcción d el foro de Bilb ilis (Martín B ueno 199 0), si b ien M ierse (1 999 : 57) pro pone la posibilida d de una crono logía tiber iana par a el santuario; la construcción d el foro colonial emeritense y d el denomin ado tem p lo d e Diana (T rillmich 19 90, 199 6 y Mateos y Palma 2004 ). 701 Testimonios a este respec to lo ofrecen los tem p los de Diana de Mérida (T rillmich 1990) y s us estanques laterales ( Mateos y P alma 2 004 : 42 ); e l templo de Ba rcino (B alil 196 4: 93-95 ); la reforma del foro y templo d e Conimb riga (Alarçao y Étienne 197 7: 30 -33); e l templo de É vora, d otado de un estanque perimetral (Hauschild 19 94 ); la implantación d el foro y área sacra d e B aelo Claud ia ( Sillières 19 95: 87 - 96) ; lo s templetes del foro de Ampurias (Aquilué y otros 1 984 ); la r eforma del foro de Co nimbriga (Alarçao y Étienne 1 977 : 88-110 ); el foro y templo d e Mir obr iga (Mierse 1999 : 22 0-225 ; con cr ítica sobre su ad scripció n al culto a A sklepios ); asimis mo, contamos con el denominado “tem plo de te rrazas” de la ciudad de Munigua (Sc hattner 2 003 ); y recientemen te el foro y tem plo con estanques laterales d e Astigi (Sáez y otros 20 04) . 702 Pa ra una formulación completa d el desarro llo del culto imperial en las pro vincias occid entales véase Fishw ick (20 02 -2005 ). Ya se ha citado en el capítulo anterior la d iscusión sobr e e l p apel de las capitales pro vinciales, la for m alización de los espacio s destinados al c ulto im perial e n estas ciudade s y la diatrib a sobre su denomin ac ión. De igual forma, remitim os a este c apítulo para la bibliografía concerniente a santuarios excepcionales co m o el Tra ianeu m italicense. 703 En el sentido a rriba expuesto. 287 consag rados a di vinidades de difusión más restringida 704 , como puede ser el caso de las divinidades orientales 705 , encontrá ndose más desdibujada la car acterización de la religiosidad per sonal 706 . 7. 2. Hispalis 7. 2. 1. Época republ icana Ante la ausencia de testimo nios arqueológicos, tradicionalmente la identificación de edificios de culto públicos de época republicana se ha basado, en el caso hispalense, en la adopción de un criterio de continuidad de uso de los espacios en épocas posteriores, aderezado por el peso de la tradición localista de miti ficación del pasado 707 . Nos referimos a l a identificación de un su puesto s antuario republicano bajo l os restos monumentales de la calle Mármoles. La concepción sacralizada de este espacio arranca, de una parte, por la identificación de estas columnas con un templo de época romana desde el s. XI 708 ; de otra, por la asociación de éstas a la figura de Hércules. De esta manera, a pa rti r de fines del s. X I I I , en concreto en la P rimera Crónica Genera l de España, aparece la relación de causalidad entre el semidios y las columnas 709 ; ex tremo aumentado en el s. XVI por Luis de P eraza con la denomi nada “cueva de San Nicolás”, 704 P or ej emplo el santuario suburbano de La Encarnación de Caravaca, cuya d edicació n e s d esconocid a (Br otons y Ram allo 1 99 4: 74 -75). 705 Desde la p ublicación del tra baj o de Gar cía y Bellido (19 67) so bre las religiones orientales en Hispan ia se han pro ducido num ero sos hallazgos y reformulaciones teóricas y metodológicas sobre el tema (especialmente crítico: Alvar 199 3, con a bundante bib liografía). Como testim o nios ar queoló gicos cita m o s a e ste respecto los Sera peion y Asklep eion d e Am p urias (Sanm artí y otr os 19 90; c ronolo gía d iscutida po r Mierse 199 9: 22 -23 y cr ítica a e stas identificaciones y nueva p rop uesta en Ruiz de Arbulo 1 994 y 19 95) ; el Iseum de Ba elo Cla udia (Sillières 1 995 :96-10 2 ) ; el Iseu m de Itálica (Corzo 199 1); el sacellum ded icado a la diosa A targatis (Ramallo y Ruiz Va lderas 1994 ); los santuarios consagrado s a Dea Cae lestis detectad os en T o rrep ared ones (Fernández Castro y Cunliff e 2002) y Elche (Po veda 199 5); También contamos co n los e spacios de c ulto ded icado s a Nemesis y Caelestis en el anfiteatro de Itálica (B eltrán y Rodríguez Hidalgo 20 04) y a Mitra en la denominada “casa de l Mitra” en Cabr a (J im énez Salvador y Martín-Bueno 199 2), aunque estos m ismos autor es dudan d e la p resencia de un auténtico santu a rio y Alv ar (1 99 3: 31 8, nota 16) pr opo ne la pre sencia de un espacio de c ulto exclusivam ente privad o. 706 A este respecto véanse los traba jo s generales referido s anteriormente y la síntesis de la situación de lo s estudios tocantes a la religiosidad privada ofrecid a po r Ba kker (199 4: 7 -8, con ab undante bibliogra fía de referencia). 707 A este respecto véase González Acuñ a (20 05) . 708 Véase el d esglose completo d e esta lectura e n el capítulo anterio r. 709 Menéndez P idal ( 195 5: 8 , 9 y 10) . P ara las c itas completas, véase el elenco de fuentes literarias. 288 oscuros só tanos emplazados bajo l a citada Parroquia 710 . Sin embargo, no será hasta el s. XVI I cuando esta vinculación desemboque en una m ezcla panegírica que identifique estos restos y otros di spersos aledaños con un templo dedicado a Hérc ules 711 . La producción científica contemporánea retomó esta línea de argumentación mítica como trasunto de una realidad más t ardía de época republicana, bien claramente perpetuada en un posterior edificio altoimperial de culto al que pertenecerían l as columnas conservada s (Blanco 1989: 137 y C ampos 1989: 256), bi en como configuración inicial republicana de un espacio porticado ( Rodríguez Temiño 1991: 168-172). A la luz de la discusión ofrecida en el capítulo anterior, la desestimación de la existencia de un templo altoim perial en este enclave y la ausencia de datos que i ndiquen la presencia de un edificio cultual de época republicana bajo este edificio 712 invalidarían esta propuesta de continu idad de uso. De hecho, no ha sido exhumado elemento alguno que caracterice a un edificio de esta índole, ni in situ ni reutili zado en construcciones posteriores. Tampoco se han detectado hasta el mom ento vestigios constructivos que presenten una f ormalización que se asemeje a l a planta de este tipo de re cinto s. Nuestro planteamiento de un ámbito singular en el desarrollo de la ciudad de época republicana, en el área circ undante a Argote de Mol ina/Mármoles, que no presentó cara cterísticas formales propias de los centros cívicos romanos hasta fechas posteriores, postula la posibil idad de que, de existir un santuario a l a m anera romana en época tardorrepublicana 713 , éste podría encontrarse ubicado en esta área singular si bien su formalización no debió comportar unas dim ensiones excesivamente amplias. Otra opción, no descartable ni ex cluy ente, im plicaría que ult eriores reformas de esta zona supusieran la amortización, exp olio y desmonte de esta edificación lo que expli caría la ausencia total de re st os con estas cara cterísticas. 7. 2. 2. Época imperial 710 Libro I I, cap . II I-IV (P érez 199 7:10 6-10 7). 711 Espinosa d e los Mo nteros (1 986 : Libro I, cap . IX , fol. 23 -24). Po steriormente m a ntenido po r Caro. 712 T al como se advier te d e los esca sos r esultados d e la e xcavación de la calle Már moles, 9 (véase el capítulo anterio r). 289 7. 2. 2. 1. Templos públi cos Aparte de fugac es afirmaciones acerca de la existencia de un supuesto capitolio romano propuestas en los ss. XVI -XVI I con base en lecturas probablemente erróneas de epígra fes antiguos 714 , la his toriogra fía más reciente ha defendido el emplazamiento de dos templos p rincipales relacionados con sendos espacios forenses 715 : el propuesto para la z ona de la Pl aza de la Alfalfa/Parroquia del Salvador y el defendido para el área de Arg ote de Molina/Mármoles (fig . I .15 y I.16) . Del prim ero de estos ámbit os, el hipo tético templo del incierto foro situado en el área de la Alfalfa, podemos afirmar que, como y a detallamos en el capítulo anterior, no existe ningún argumento a favor de su ex istencia. En este caso concre to, los indi cios apuntados para la defensa del espacio forense no conce rnían en ningún caso a su equipamiento cultual, esto es, el t emplo fue dis puesto en el extremo oriental de la supuesta plaza en c on traposición a la hi potética basílica frontera. Al difuminarse la presencia de este foro cívico, la defensa de la existencia de este templo simplemente desapare ce. Con respecto al conocido como templo de l a calle M ármoles, creemos innecesario incidir en aspectos y a comentados antes 716 . L a diversidad formal de sus elementos consti tuy entes, los materiales arqueológicos asociados a los contextos próximos así como su corre spondencia a una edificac i ón de tipología ajena a los parámetros cultuales clásicos, nos incli nan a desestimar su pertenenc ia a un templ o de época altoi mperial. No obstante, los elementos constit utivos de su fábrica responderían a jui cio del Prof. Márquez (2003) a métricas caracte rísticas de edificios públicos de 713 Momento en el que co mi enza a co nfig urarse este esp acio singu la r en la ciudad (véase el c apítulo anterior) . 714 Nos referimos a los testimonios apo rtad os po r Espinosa d e los M onteros (19 86: Libro I, c ap. IX, fol. 22) y Caro (1 998 : fol. 2 1 vuelta) correspo ndientes a la lectura del ep ígrafe CIL II 11 94, así como la identificación ofrecido por este últim o par a do s arco s situados e n las inm ediacio nes de la Girald a (véase el elenco de fuentes literar ias para las citas completas). La co rrec ción co m o lec tura err ónea d e e ste epígrafe fue ya d efendida po r Bla nco (19 89: 1 37 ) y los r estos descrito s por Caro p arecen formar parte d e una puerta de la cerca interna de ép oca alm ohade ( T abales y otros 2 002 ). 715 La configu ración más completa fue ofrecida po r (Campos 19 93: 218 -219) . 716 Véase el c apítulo referid o a los espacio s público s. [Document text truncated for crawler view.]