Forma Urbis Hispalensis. El urbanismo de la ciudad romana de Hispalis a través los testimonios arqueológicos
Full text
Facultad de Geog rafía e H istoria
Departame nto de Prehistoria y Arqueolog ía
Tesis Doctor al
Forma Urbis Hispal ensis
El urbani smo de la ciudad r omana de
Hispalis a tra vés los testi monios
arqueol ógicos
VOLU MEN I
TEXT OS
Doctoran do: Dirigida po r:
Daniel Gon zález Acuña Fernand o Am ores Carredano
Sevil la, 200 7
A m i familia
1
ÍNDICE GENERAL
VOLUMEN 1
Í ndice General
Capítulo 1: Introduc ción
Capítulo 2: P aleotopogr afía de la c i udad de Hispalis
Capítulo 3: La ciudad turdetana
Capítulo 4: Los sistemas defe ns ivos
Capítulo 5: El vi ario y la trama ur bana
Capítulo 6: Los espa cios públicos
Capítulo 7: Los edific ios religiosos
Capítulo 8: Los espa cios de hábitat
Capítulo 9: La actividad portuaria
Capítulo 10: Los enc l aves artesa nales y del comerc i o
Capítulo 11: Los espa cios lúdicos
Capítulo 12: La s áreas nec ropoli tanas
Capítulo 13: Balance de la me todología empleada y conclusiones de índole urbanística
Anexo 14: Fuentes literarias e historiog rafía a ntigua ref eridas al urbanismo de Hispalis
Anexo 15: Análisis petrológ ico de las muestras procedentes de los restos de la calle
Mármoles
Bibliogra fía
VOLUMEN 2
Í ndice de Fig uras
Figur as
2
L áminas del catálogo de mate riales
VOLUMEN 3
Í ndice de planos de la intervenc ión arqueológic a de la Enca rnación
Planimetría
Í ndice de estratigr afías
L ist ados de perfiles estratigrá ficos de l a intervención arqueológ i ca de la Enca rnación
(VI -VI I Fases)
Estratigra fías y perfiles
VOLUMEN 4
Fichas del c atálogo de intervenciones
Fichas del c atálogo e pigráf i co
Fichas del c atálogo de UUEE ocupaciona les. Estudio de materiales
I nventario de materiales de las V- VII campaña s de excavación en la Enc arnación
3
1. INTRODUCCIÓN. UNA DECLARACIÓN DE INTENCIONES
L a reconstrucc i ón de la ordenación urbana de Colonia Iulia Romula Hispalis
constituy e un reto fundamental de l a investigación arque ol ógica de la ciudad de Sevilla
pues, a pesa r de conta r c on una larg a tradición de estudios al respecto
1
, se encuentra
actualmente en un e stado embrionario.
El pasado romano de la ciudad y su formalización urbanística han sido objeto de
disertación desde época s muy tempranas, espec i almente a partir de la Edad Moderna,
gene rándose una serie de propuestas de identificación de hechos arquitectónicos
principales y de la ordenación urbanística antigua basada en una lectura mitificada de
las fuentes li terarias y de los escasos vestigios antiguos conservados (fig . I .1, I .2 y I.3
2
).
Esta intencionalidad apologé tica fue parcialmente superada con el advenimiento de los
primeros trabajos de cariz científico desarr ollados desde fines del s. XIX por autores
como Guichot (1875) y Gestoso (1984 [1889] ). Sin embargo, no es hasta mediados del
s. XX cuando la cuestión del urbanismo de Hispalis es abordada bajo un esquema más
moderno. L as reflexiones consignada s por Thouvenot (1940, fig . I .4) inaug uran la
panoplia de trabajos de investigación que, con desigual fortuna, plantean sus propuestas
de lí neas maestras de la ordenación urbana hispalense. Aquellos, concentrados en la
segunda mitad del s. XX, ampliaron e l marc o cronológico de interés a barca ndo la
géne s is de la urba ni zación del enclave . Los e studios de Collantes de Terá n (1977),
Blanco (1989), Campos (1989 y 1993) y Corzo (1997) han constituido hasta la
actualidad el corpus i nterpretativo de refe rencia de las argumenta ciones de índole
urbanística, en l as cuales han i do insertándose l os sucesivos descubrimientos realizados
(fig. I .5, I .7, I .9, I.10- I .18)
3
.
1
Par a una síntesis de las diversas informaciones co ntenidas en los testim onios literario s d esde épo ca
antigua y de las reconstrucciones propuestas desde la Ed ad M oder na véase nuestro tra baj o ( González
Acuñ a 20 05) y , para u n m ayor desarr ollo, el anexo 14 del p resente estudio, ded icado a las fuentes
documentales.
2
Se pre sentan aquí las p lasm a ciones gráficas d e los d iscursos literarios p ublicado s desd e el s. XVI pues
nun ca fueron presentados en su versión planimétrica. Éstos son reco pilad os en el an e xo de fuen tes
literarias.
3
Las p rop uestas co ntenidas en la historio grafía romulens e serán tr atadas de forma analítica en los
capítulos temáticos corr espondientes. D esecham o s, po r tanto, la inclusión en este tra baj o de un capítulo
dedica do a la historia d e las investigaciones, usual en la literatura d e índole ac adémica, pero que resulta
aquí un tanto redundante.
4
Como t endremos ocasión de analiz ar, todos ellos adolecen de un excesivo
componente especulativo en sus propuestas debido, en la m ay or parte de los casos, a la
escasez de datos empíricos sobr e los cuale s fundamentar sus hipót esis
4
. De f orma
gene ral, dos de estas síntesis d e may or calado, las propuestas por C ollantes de Terán y
Campos, abordaron el problema del urbanismo a t ravés del análisis de los escasos datos
conocidos, hacie ndo especial hinca pi é en los r esultados obtenidos en int ervenciones
arqueológ i cas preeminentes en el contexto general de la ciudad dirigidas por ellos
mismos
5
.
Actualmente, por el contrario, el corpus de datos refer ente al período romano de
la ciudad ha aumentado significativamente. La s más de trescientas ex cavaciones
arqueológ i cas re alizadas en los últimos años bastarían p ara sugerir un ava n ce en el
conocimiento del urbanismo hispalense, sobre todo si tenemos en cuenta que entre ellas
se hallan grande s intervenciones arqueológ icas, vinculadas a obras públi cas, que han
exhumado las may ores superficies de ciudad romana descubiertas en toda la hist oria de
las investigaciones (fig. I. 19, vé anse las fichas del r egistro de int ervencione s). Sin
embarg o, como veremos a lo largo de este t rabajo, la m era revisión de l as conclusiones
obtenidas indi ca que esta situación no ha suscitado unos resultados tan satisfactorios
como pudieran imag i narse a priori .
L as causas de este déficit son múl tiples y complejas. Desde el punt o de vis ta del
reg i stro arqueológ ico, los contextos de época romana excavados en las actividades
preventivas o de urgencia ordinarias son, por regla gene ral, escasos en cuanto a la
superficie documentada
6
así como parcos en lo que concierne a su análisis
7
. Se observa
de forma genera l izada una asunción acrítica de las hipótesis de reconstrucción urbana
tradicionales, excesivamente l ocalistas, i nsegura s y planteadas inicialmente como
4
A este re specto, véanse las rec ientes síntesis valor ativas de Beltrán, González Acuña y Ordó ñez ( 200 5)
y González Acuña (20 05) .
5
E stas so n las efectuadas en la calle Orfila y en la Cuesta del Rosario p or parte d e Collantes de T erán
(fig. I. 6 y I.8 ), así co mo la dirigida p or Campos en la calle Argote de Mo lina.
6
Deb ido a la usual pro fun didad a la q ue se encuentran así como, en abundantes ocasiones, a la incidencia
del freático que dificulta su registro y la rigidez en la aplicació n de las normas patrimoniales.
7
Circunstancia motivada por car encias formativas claras, tanto m e todo lógicas c omo arq ueográficas en
relación al per íodo r omano, de lo s excavadores y organism os culturales así como po r la ausencia d e
control y diseño de estra tegias e specíficas po r parte de las administraciones tutelares, d esbor dada s po r la s
inercias pr oced im entales y la escasa implicación p ersonal d e sus agentes. Una evaluación del po tencial
inform ativo d e estas intervenciones a partir del grado de completitud se su r egistro fue llevada a cabo por
nosotros, con r esultados d esalentadores evidentes, en Amores y otr os (1 99 9) y Am o res, González Acuña
y Pér ez Quesada (20 02) .
5
herramientas de interpretac ión, las cuale s han g enerado un proce so cre ciente de
“acumulación de errores concatenados” de compleja so lución. Asim ismo, el desarrollo
de unas intervenciones arqueológ icas de í ndole puramente admini strativa, deficitarias e n
numerosas ocasiones de un tratamiento adecuado del registro estratigráfico, gráfico y de
los materiales arqueológicos exhumados, hace necesa rio el establecimiento de una
estrateg ia g lobal que permita digerir esta documentación dentro d e los estándares de
calidad científica convencionalmente a dmitidos.
De esta manera, el presente estudio pretende establecer una estructura de
conocimiento sólida basada en nuevas premisas conceptuales y metodológicas. Frente a
un modelo de análisis tradicional, basado en un a ex cesiva compartimentación del
conocimiento unido a un escaso análisis comparativo y la ausenc ia de precisión
cronológic a, nuestro modelo propugna una vi sión interre lacionada del si stema de
variables
8
que configur aron l a realidad urbana hispalense. Para ello, se han puesto en
marcha una serie de líneas de investig ación destinadas a configur ar un modelo de
conocimiento integra do r y flexible. Éstas abarcan:
- el análisis y normalización de los datos urbanísticos reg i strados en las
intervenciones ar queológica s llevadas a ca bo;
- la obtención de cronología s precisas para estos contex tos mediante la revisión de
los vestigios artefa ctuales rec uperados;
- la determinación de tipolo gías arquitectónicas a través del análisis de los
materiales empleados;
- y , por últim o, el estudio de las implicaciones urbanísticas de la evolución
socioeconómica de la ciudad, especialmente referido al impacto de la actividad
portuaria.
En definitiva, nuestra propuesta considera como ob jetivo primordial la
estructurac ión del conocimiento, esto es, el planteamiento de un m odelo de análisis
alternativo que posibilite el planteamiento de hipótesis sol ventes y la incorporación de
nuevos datos dentro de su esquema inter pretativo.
8
Formales, fun cionales, eco nómi cas, etc.
12
ingenua s ideas derivadas de los postulados de Wi nckelmann y Gibbon acerca del
destino de los pueblos.
Muy al contrario, c reemos que las interpretac iones históricas deben
fundamentarse en bases só lidas derivadas de la investigación científica, primando el
análisis estratigr áfico como soporte fundamental para l a cualificación de los datos. La
ausencia de contex to arqueológ ico dificulta la lectura espacial de los vesti gios, debilita
las adscripciones cronológicas asociadas y , sobre todo, pone en tela de juicio l a
verosimilitud de la s propuestas derivadas. Bajo tales pr emisas, hemos procura do la
coordinación de las disti ntas vertientes del análisis (estratigrá fico, planimétrico,
topográf i co, ceramológico), desechando a pri ori las in formaciones que no presentan un
oportuno sustento estratigráfico, pues s u inclusión debili taría la solvencia científica de
las propuestas efe ctuadas.
Estos planteamientos han primado en la organización de la estructura de los
capítulos de este trabajo. Éstos abordan de forma temática los di stintos aspec tos del
sistema que conforma el ámbito urbano hispalense. De hecho, nuestro máx imo interés
se ha centrado en d efinir, en l a medida de l o posi ble, el t razado y la ordenación
funcional de los diferentes sectores que conformaron esta realidad urbana. Por ell o, cada
uno de estos capítulos presentan una división interna que aglutina una sección
concernie nte a l a descripción de los datos empíricos y otra dedicada a su interpretación.
En este sentido, entendemos que la exp licitación del reg istro estratigrá fico en su
práctica tot alidad constituy e la base de l a definición científica de nuestra discipl ina,
permitiendo la verificación de l os datos y la valoración de la bondad de l as
interpretacione s propuestas.
Relacionado con e ste hec ho, resulta evidente la nece sidad de contar con un
oportuno aparato gráfico que sustente tanto al soporte descriptivo como al relato
interpretativo. De esta m anera, y en orden a facilitar l a lectura de esta enorme masa de
datos, se presenta ésta ordenada en dos escalones de consulta: de forma primordial se
ofrece en versión im presa la tot alidad de las planim etrías y perfiles estratigrá ficos
mencionados, así como una selección de fotografía s de especial relevancia; y , en un
13
segundo plano, se adjunta el repertorio fotográ fico gene ral en versión digital
29
destinado
a avalar las lecturas estra tigráf icas planteadas.
En cuanto al aparato interpretativo, hemos intentado efectua r una lectura de los
datos hispalense s de n tro de su contex to hist órico y espacial, comparándolos con las
informaciones conocidas procedente s de ot ros enclaves, superando de e s ta forma e l
localismo preponderante e n l os estudios anteriores.
1. 2. Agradecim i entos
Difícil resulta resumir en unas pocas líneas mi gratitud a las personas e
instituciones que han hecho posible la consecución de la empresa que hoy ve la luz . Se
amontonan l os pensamientos y recuerdos de forma anárquica, por lo cual, este ensay o
de agradec imiento deber ser contemplado con indulgencia por aquellos a quienes
involuntariamente omita o no resalte lo suficiente.
Debo comenzar otorgando el mérito que se merec e a l a Dra. Le ón Alonso pues
tuvo la valentía de acoger me durante varios años en su Seminario de Arqueología de la
Universidad Pablo de Olavide. Allí surgió, bajo s us auspicios, el ge rmen del presente
estudio en forma de encarg o de actualización del conocimiento del urbanismo romano
de la ciudad de Sevilla. Difícil tarea para una persona que, hasta ese momento, había
encaminado sus investigaciones por ot ros lejanos derroteros. De esos años queda un
profundo poso que ha marcado mi acercamiento al pasado romano. Allí aprendí el valor
del trabajo serio, científico, así como a advertir l a potencialidad de los fondos
museísticos como receptáculos de i nformación, alejada de su común concepción como
meros depósitos de material. P or la o portunidad y la formación debo mos trarle eterna
gra t itud. Agradec i miento que hago ex tensible a mis antiguos compañeros del
Seminario. También debo mostrar mi gratitud, de forma muy especial, a los colegas del
Área de Hist oria del Arte, los Dres. Quil es, Aranda y Oll ero, por s u constante estímulo
y sincera a mistad.
29
CD-ROM con archivos en formato pdf Acrob at Reader .
14
De vuelta a mi casa, la Universidad de S evilla, el Dr. Amores Carredano asumió
el reto de ll evar a buen término el camino iniciado. Bajo su tutela definimos la
verdader a enverg adura del problema, dimensionando un estándar de ex igencia que, a
raíz de su altura y dificultad, ha servido de estí mulo para aquellos que hemos llevado a
cabo la d esapac ible tar ea de conduc irlo a tér m ino. Su profundo conocimiento de la
realidad arqueológica sevill ana, su compromiso con la Historia de la ciudad, así como
su confianza en mis posibilidades de éxit o han ofrec ido un resultado con un alcance
fuera de mis iniciales expectativas, pues su genio, e ing enio, han determinado de manera
fundamental tanto su forma como el planteamiento del método. Ello ha supuesto para
mí la superación de alguno de los tradicionales ax iomas relativos a la gé n esis y
ordenación int erna de este t ipo de análisis, lo cual demuestra su compromis o con el
trabajo y conmigo mism o. De la misma forma, he de agra decerle la confianza
depositada en mí en relación a los t rabajos de co-dirección de las ex cavacione s
arqueológ i cas realizadas en el Mercado de la Encarnación (V-VI I Fases) que él mismo
me encomendó. Ést os supusieron un verdade ro aprendizaje so bre la necesidad y
complejidad de una correc ta si stematización del reg istro arqueológ ico urbano, aspecto
fundamental en e l desarrollo del pre s ente estudi o. I gualmente, he de agr adece rle la
paciencia y dili genc i a en el seguimiento de este trabajo, así como sus múlt iples
indicaciones y reflexiones, de extraordinaria importancia en el desarrollo de alguno de
los argumentos ana l izados.
Sin duda, como y a ha sido puesto de m anifiesto, la unión de esfuerzos con los
miembros del equipo de estudio de materiales arqueológicos, que ha posibili tado la
revisión de la cronología de los contex tos hi spalenses, constituy e un acierto y parte
sustancial del éxito de este trabajo. Este rendimiento conjunto, unido a los particulare s
desarrollos de sus pesquisas, constituy en, a mi juicio, una importantís ima herencia para
investigaciones futuras. Así, l os Dres. García Ferná ndez, Garc ía Vargas y Ordóñez así
como el L cdo. Vázquez Paz han demostrado una ext raordinaria capacidad de trabajo,
coordinación y gener o sidad. Además de l a ocasión de haber podido compartir parte de
sus amplios y expertos conocimientos, debo agrade cerles su apoy o y amistad
incondicionales. Creo que el interés de la formación de un equipo de investi gac i ón
supera la mera búsqueda de resultados por cuanto, desde la lealtad y sin ceridad, amplía
los horizontes m entales de cada uno d e sus miembros, pos ibilitando la articulación de
soluciones complejas a desafíos de la investigación que, sin este bagaje, se muestran
15
harto inaccesibles. En este sentido, debo también congratularme por el apoy o y ánimo
recibido de forma i ntensiva por el resto de los miembros del Departamento de
Prehistoria y Arqueolog ía de la Universidad de Sevilla
Dentro del apartado refe rido a las ay udas procedentes d e distintas ins tituciones
debo c om enzar r ecordando a la Consejería de Educac i ón y Ciencia de la J unta de
Andalucía que, allá por el año 2001, tuvo a bi en concede rme una beca de formación de
personal docente e i nvestigador, la cual ha permitido buena parte del desarrollo de este
estudio. A reng lón seg uido, debo hacer especial hincapié a las facilidades
proporcionadas por el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla y su persona l.
Concretamente, hemos de agra decer a su antiguo director, D. Fernando Fernández, y a
su sucesora, Dña. Concepción Sanmartín, los medios y disposi ciones que habilitaron
para la correcta ejecución de nuestra t area de revisión de materiales. Asimismo, tenemos
que destacar el a mable y diligente trato dispensado por l os conservadores D. Dieg o
Oliva y Dña. Carmen Mar tín en nuestro periplo por los fondos del Museo.
Otro importante apartado de nuestro trabajo consisti ó en la consulta de los
expedientes administrativos custodiados en el archivo de la Delegación Provincial de
Cultura de la J unta de Andalucía en Sevilla. Allí fuimos atendidos con gran presteza, a
pesar de la i nadecua ción de este espacio para el desarrollo de tareas de investigación,
por parte de los distintos archiveros que se fueron s ucediendo a lo largo de los años. De
igual forma, la creciente complejidad de la tarea, derivada de la multipl icidad de
intervenciones y del tratamiento administrativo ordinario, fue solventada en lo posible
gra cias a la colaboración de D. J osé Manuel Ro drígue z Hidalgo, arqueólogo de esta
institución. A él debemos reconoce r su pacie ncia y total disponibil idad en favor del
progr eso del presente e s tudio.
También de forma gener al, debemos agra decer las ay udas prestadas por parte del
colectivo de profesionales de la Arqueología que desarrollan su labor en la ciudad de
Sevilla. Especialmente queremos reseñar e l apoy o ofrecido por D. Á lvaro Jiménez
Sancho pues, aparte de habernos facilitado enormemente el acceso a documentación
concreta de intervenciones de enorme importancia, ha consti tuido u n acicate continuo
en la realización de nuestra t area tanto de forma personal como mediante la
orga n ización de interesantísimas jornadas científicas en el s eno del Aula Hernán Ruiz .
16
Responsabilidad ésta compartida con el Dr. Jim énez Martín, cuy a confianza en nuestras
posibilidades de éxito fue motor de nuestro ánimo en los momentos de may or dificultad.
No sería justo finalizar este compendio de ag radecimientos a instituciones sin
hacer mención a nue s tra gra titud a l a Soprintendenza per i Be ni Cul turali di Ostia ,
especialmente a l a antigua soprintendente Drssa. Gallina Z evi y a Dña. Alberta
Vallocchia, por el profesional trato otorgado dura nt e nuestra estancia de estudio en
dicha ciudad.
Finalmente, debo mostrar unidos mi agradec i miento y admiración hacia mi
familia y mi pareja. Ellos, más que nadie, han sufrido los rigores que im pone una tarea
de e s te tipo. Debo, sin duda, disculpa rme por aque l los momentos en l os cuales la
intensidad del t rabajo ha supuesto una di stracción sobre la necesaria dedicación a mis
seres más allegados pues mi juventud no siempre ha sabido d imensionar correc tamente
los t iempos y esfuerzos que merec en. En cualquier caso, ellos han sido la fuente d e mi
vitalidad y es j usto que ahora les rinda hom enaje. Ex tensivo hago este reconocimiento a
mis amistades y , en gene ral, a tod os cuantos confiaron en mí para el desarrollo de esta
tarea.
No me gustaría concluir esta declar ación de intenciones sin añadir que, a pesar
de las ay udas recibidas, todas las omisiones y defectos de este trabajo deben i mputarse
exclusivamente a mi persona y de ninguna forma a c uantos han colabora do e n su
redacc i ón.
17
2. PALEOTOPOGRA FÍA DE LA CIUDAD D E HISPA LIS
30
2. 1. Paleotopografía y estudios de urban ismo rom ano
Toda reconstrucción del urbanismo de cualquier época debe contar con una base
sólida sobre la que apoy ar dicha interpretac i ón, esto es, el conocimiento de l as trazas
básicas de la paleotopog rafía sobre la cual se asienta la ocupación humana. L a
importancia de t al aproxi mación ha sido puesta de relieve de forma usual en los estudios
de urbanismo antiguo como variable definitoria de l a plasmación formal de distintos
elementos del conjunto físico-cultural que conocemos como ciudad. Así, se han
establecido en la literatura científica una serie de ax iomas al respecto, basados en la
observación directa de estos fenómenos adaptativos, que podrían resumirse básicamente
en los siguientes
31
:
- L a adaptación de l os sistemas defensivos urbanos (murallas, bastiones, puertas)
a la topog rafía en busca de posiciones de ventaja con r especto a un posible
enemigo.
- L a adaptación de los viarios, tanto internos como externos a la ciudad, a
recorr idos condicionados por las pendientes de la topog rafía de base.
- L a ubicación de determinadas actividades en lugare s de fácil acceso o
emplazamientos específicos para el desarrollo de las labores que éstas entrañan
(por ejemplo, las actividades propia s del tráfico portuario) .
- En definitiva, la adecuac i ón de los trazados urbanos a los elementos oro-
hidrográ ficos presentes en su emplazamiento.
Cuestión bien di stinta es la forma en que los estudiosos del urbanismo antiguo
han llevado a cabo tales aprox imaciones. De forma general, podemos establecer que la
30
H emos d e agra decer pro fun damente la revisión d e este capítulo llevad a a cabo por el Dr. Bor ja
Barr era, en la que gen erosamente s e incluy en co rreccio nes concep tuales y term inológicas, así c omo
valiosísim as enseñanzas sobre el tema.
31
Una b uena mu e stra de ello son los testimonios recogidos por Som mella (198 8) pro cede ntes de
distintos análisis realizado s para su síntesi sobr e el urba nism o romano en Italia.
18
bibliografía consigna varios modos de acercamiento a la paleotopogr afía de los
asentamientos urbanos de époc a romana.
En primer luga r, debemos comenzar cit ando aquellos estudios que no reflejan
reconstrucc i ón t opográ fica alguna en sus análisis. En este grupo incluimos los trabajos
más tradicionales, cuy o interés máximo es el definir la forma urbana en tanto que trama
arquitectónica. Ni que decir tiene q ue tal visi ón del hecho urbano, aparte de presentar
una porción s esga da del proceso urbano carente de relación con el m edio en el cual se
asienta, sólo es viable en aquellos l ugar es en los cuales la entidad y conservación de los
restos permitan inferir con garantías su ordenación individual y de conjunto. Esto último
sucede en contados casos. El ejemplo paradigmático ofrecido por la misma ciudad de
Roma supone un hito fundamental por cuanto ha servido de modelo de estudio, de corte
eminentemente monumental, contando con la particularidad de gener ar en sí mism o un
interés por la orog rafía original, mitificada y f osiliz ada a su vez en la c iudad actual
32
.
En un segundo escalón, se encontrar ían los análisis que parten de la topogra fía
actual como referente perpetuado de la corre spondiente formaliz ación topográfica
antigua. En ocasiones, l a premisa de partida de tales acerca m ientos consiste en la
pretendida huella dejada por hitos urbanísticos de gr an porte (murallas, g randes
edificios) en forma de volúm enes topográficos actuales (elevaciones o depresiones en el
terreno). Ejemplos de este tipo de análisis “reg resivo” abundan en la literatura
científica
33
. Este grupo de trabajos asumen una relación directa entre ambos horizontes
topográf i cos. A veces esto es así, coincidiendo con ciudades en las cuales su desarrollo
urbano ha cumpl ido dos premisas fundamentales: bien conservar fosil izado en su tejido
urbano actual parte del parcela rio antiguo; o bien haber estado sometida a un
estancamiento o abandono en la actividad ocupacional que hubiera permitido una rápida
colmatación de los ni veles de hábitat antiguos. En cualquier caso, q ue duda cabe que las
aproximaciones alcanzadas a tra vés de este método g ozan de un enorme gra do de
incertidumbre, si las premisas anteriormente expuestas no se cumplen o no se
encuentra n debidamente verific adas.
32
Véanse a este r especto los cap ítulos de síntesis consignados en Gros y To relli (1 98 8)
33
Num e rosísimos son los trab aj os que pr esentan análisis de este tip o. Vo lvem o s a citar la síntesis d e
Somm ella ( 198 8) como re copilació n de estudios de d iversos autores referido s a la P enínsula italiana. Par a
Hispania co ntam o s con el mag nífico eje m p lo de la reconstrucción topográfica llevada a cabo del sector
19
En un tercer lugar, hallaríamos aquellos estudios que emplean como base
topográf i ca una pretendidamente antigua planimetría g enerada en un tiempo
cronológic o relativamente cercano. Nos referimos a planos de Época Moderna o incluso
más recientes. En ellos se rastrean accide ntes topográf icos “significativos” o curvas de
nivel que s upuestamente se a cerca rían más a las corre spondientes a época romana.
Débiles son, en ocasiones, tales identificaciones pues ge neralmente no pueden ser
verificada s o carecen de base sólida. S e trataría en suma de una especie de
“presentismo”, tal como hemos detallado arriba, matizado por una relativa separación
temporal entre investigador y fue nt e. Sin embargo, aún may or s uele ser la di stancia
entre la fue nte y el objeto de estudio, en este ca s o el momento romano
34
.
En un cuar to ni vel contaríamos con un grupo de estudi os que pretenden
acer carse a la definición de la paleotopograf ía original del terreno a partir del análisis de
la topografía actual apoy ado en su representación digital. Este tipo d e aproximaciones,
surgidas a la estela de las líneas de investigación del territorio propug nados por la
Arqueología del Paisaje , se encuentran basadas en la gene ración de modelados digitales
del terreno a pa rtir de los datos altimétricos obtenidos de intervenciones
arqueológ i cas
35
. Se trata, en palabras de D’Andrea y Niccolucci (2001: 205), de “... la
base per ricostruire una relazione (non puramente g eometrica) tra un territorio e le
diverse componenti culturali che in questo spazio vivono e si mouvono”.
Sin embargo, la aplicación mecánica de los procedimientos de confección de
modelados digitales del terreno (en adelante M DT) ha suscitado una int eresante línea de
reflexión en torno al alcance, limitaciones y fórmulas de correcc i ón de los resultados
obtenidos. L a clave de esta problemática ha sido planteada por D’Andrea y Niccolucci
(2001: 205-206) al reseñar el hecho de que la creación de un MDT es, en realidad, la
aplicación de un modelo mate mático, por lo que el estudioso de las implicaciones
forense de Sagunto (Aranegui y otro s 1 987 ) mediante restitución foto gramétrica. P ara el caso hispalense,
preferimos detallar todas las hipó tesis vertidas de forma agrupada más adelante.
34
Como ej emplo hispano po demos c itar, po r p recoz e incierto (a j uicio de sus pro pios autores), el caso
hispalense ( Ay untam iento de Sevilla 19 96) y el ej emplo cordo bés (Ventura 19 97: 48 ; recientement e
recalcad o en Murillo 200 4).
35
Un ejemplo magníf ico de estas ap roximaciones la tenem os en el caso de la ciudad d e Cum a (Colo si y
otros 200 2; D’A gostino y D’Andrea 2 002 ; y en una pr esentación m ás deta llada en Colosi, D’A ndrea y
Gabrielli 2 00 2). Par a Hispan ia , véase Fiz (20 01) .
20
culturales de la actividad humana en un enclave reconstruido debe conocer la forma en
que estas rec on strucciones son g enerada s
36
.
Habría que añadir una dificultad m ás a la gener ación de un MDT en refe rencia a
la verosimi litud del resultado obt enido. Se observa en los ejemplos aludidos una falsa
autonomía de los datos arqueológicos frente a los procesos naturales, esto es
geomorf ol ógicos, que operan en estos enclaves. L a may or parte de ellos ocupan lugares
elevados, no demasiado influenciados por una intensa morfodinámica, por ejemplo las
asociadas al sistema morfoge néti co fluvial. S in embarg o, la gene ración de MDT debe
adecua rse a una dobl e lógica de verificación. Por un lado, la constatac i ón de una
verosimilitud basada en el desarrollo de la actividad antrópica, la cual debe v elar por la
viabilidad ocupa cional de l modelo obtenido
37
. Por otro, y no menos importante en
ocasiones, la viabilidad del modelo con respec t o a los proce s os morfoge néticos del
lugar.
L a sugerente línea abierta por esta metodología de análisis de la paleotopograf ía
de los enclaves urbanos antiguos no ha tenido, no obstante, pl asmación en estudios que
reconstruy an verdadera mente el paisaje antiguo. De hecho, l os ejemplos aquí
presentados, como el de Cuma, toman como altimetría de referencia d atos obtenidos de
la topograf ía actual (Col osi, D’Andrea y Gabrielli 2002: 124
38
), convirtiéndose en un
sucesor “tec ni ficado” de la línea de conocimiento más tradicional
39
.
2. 2. Las aproximaciones efectuadas al solar hisp alense
L as reconstruccione s llevadas a cabo de la paleotopograf ía hispalense se
enmarca n dentro de las tendencias arriba enunciadas, si bien sus formulaciones
muestran la combinación de algunas de ellas. Por otra parte, una de las gra ndes
36
Otra r eflexión sintética en Hagem an y Bennett (200 0).
37
Esto es la co ntrastación d el m o delo co n lo s hallazgos arqueoló gicos a p artir de la lógica urbana, p or
ejemplo, la im posibilid ad d e oc upación de pendientes excesivam ente pro nun ciadas.
38
En este aca so de un relieve fotogramétrico.
39
De hecho, estos m ism o s autor es ( D’ Andrea 200 5: 258 , nota 6) afirman q ue un modelo virtual basado
en la oro grafía actual no es siempre útil a la hora de reconstruir la pa leotop ografía del lug ar, siendo
necesario evaluar a priori la evolución del esp acio analizad o a lo largo del tiempo.
21
peculiaridades del caso sevill ano, admiti da por todas las propuestas efectuadas, es la
profunda interac ción entre los cauce s fluviales ( Baetis y Tag arete), sus llanuras de
inundación y el desarr ollo de la ocupación urbana .
El primer acercamiento parcial llevado a cabo fue el debido a Collantes de Terán
(1977: 34 y 36). Su re construcción m orfotopográ fica del promon torio ini cial ocupado
por la población turdetana se basaba en u n análisis “pre sentista” de la topografía ,
combinado con las noticias transmitidas por Caro, acerca del cauce secundario del río
Baetis . Así, este enclave elevado estaría definido por l a cota actual 15 m snm, surgida a
partir de los t estimonios de i nundaciones reg istradas entre los ss. XV a XI X como altura
“seg u ra” ante las avenidas del río (fig. I . 5). La posterior expansión de la ciudad en
época romana se efectuaba pues desde esta posición hasta alcanzar por el Oeste el límite
definido por el “río”.
En los mismos términos se exponían estas propuestas en los t rabajos de Blanco
y , de forma más deslabazada, en los de Campos. Añadía este último autor las
refer encias a accidentes t opográ ficos obs ervados en el plano elaborado por orden de
Pablo de Olavide en el s. XVII I , asociándolos a la posi ble ubicación del anfiteatro de l a
ciudad (Campos 1986: 160).
Nuevas propuestas corrier o n a carg o de Corzo , a partir de la constatación de
diversas cotas de p rofundidad del nivel freático de la ciudad (Corz o 1997) (fig. I. 17) y
de las cota s de pavimento romano registra das hasta el mom ento ( fig. I . 18). Buena
cuenta de los problemas metodol ógicos detecta dos en ambos acerca mientos son
enunciados más adela nte
40
por lo que no vamos a reincidir e n ellos.
De las hipótesis emit idas l lamamos l a atención sob re varios aspectos que
consideramos t rascende ntales. Estos son: su carácter estático, sus deficientes bases de
conocimiento y su autonomía con respecto al desarrollo del ámbito fluvial que ocupa l a
ciudad.
40
V éase el c apítulo re ferido a los sistem as defensivos. En resum en, se distinguen varia s deficiencias
relativas a la irregularidad d e los dato s empleado s, la e scasa d efinición del método d e interpolac ión d e los
datos y el extraño traz ado de las curvas d e nivel resultante.
28
Un análisis ajust ado de la evolución urbanística de un enclave debe m ostrar la
interrelación entre los fenómenos oro-hidrográ ficos y los procesos de dis eño urbano y
arquitectónico. Est e cometido sól o es posible s i se cuenta con una información
cartog ráfica adecuada, esto es, una planimetría que m uestre la configura ción de terreno
en las diversas fa ses evolutivas del asentamientos analizado.
2. 4. Paleotopografía de Hispalis
L a necesidad de contar con una representac ión planimétrica exhausti va del
terreno sobre el cual se asentó la ciudad de Hispali s , y de su evolución en el tiempo, en
orden a establecer las oportunas relaciones entre ocupación urbana y medio físico, nos
condujo a la r ealiz ación de una aproximación pa leotopográf i ca mediante modelados
digitales del terreno que combinaran la información geomorf ol ógica arriba descrita con
la documentación registrada en las intervenciones arqueológicas l levadas a cabo en l a
ciudad de Sevilla.
Supone esto un paso adelante con respecto a los acercamientos l levados a cabo
al conocimiento de la paleotopografía antigua de los enclave s urbanos. Pretendemos
combinar así los modernos métodos de representac i ón grá fica con l os datos derivados
directamente de las intervenciones arqueológ icas efectuadas de un modo no aplicado
hasta el momento.
2. 4. 1. Bases met odológicas.
L a representac i ón grá fica de una superficie continua del terreno, en formato
digital (Modelado Digital del Terreno) , deriva de una matriz de puntos conocidos. Es
decir, las superficies se obtienen mediante un proce di miento matemático-estadístico
denominado interpolación que reconstruy e l a cota de los puntos desconocidos a partir
de las coor denadas altimétricas ofrecidas por los puntos conocidos (D’Andre a y
29
Nicolucci 20 01: 206). El re sultado final es una imagen de trama cuy os puntos
integra ntes tienen adscritos valores de altura proce dentes de este aná l isis matemático.
Antes se han comentado someramente algunas de las dificultades metodológicas
de este tipo de reconstrucciones. Una de l as cuestiones más complejas y que may or
literatura ha ge nerado al respecto es l a determinación del m ejor método de int erpolación
destinado a reconstruir las superficie s desconocidas del t erreno. No se tra t a de una
cuestión de importancia m enor por cuanto se han publicado trabajos que estiman
variaciones de hasta el 50 % causa das por el uso de alg oritm os distintos
48
A t ítulo de síntesis básica, hemos de afirmar que los métodos de interpolación
empleados usualmente son los conocidos como TI N, IDW o K riging . El TIN
( Triangular Irregular Network ) pertenece al grupo de los procedimientos que respetan
los valore s a l timétricos de los puntos conocidos. Mediante su empl eo, el terreno es
represe ntado como una composición de facetas triangulare s, planas o curvas, unidas por
sus vértices (D’Andrea y Nicolucci 2001: 206). Por su parte, el I DW ( Inverse Distance
W eighting ) t iene como caracte rística fundamental el pertenece r al grupo de métodos
cuy as superfic ies resultantes no tienen porqué pasa r necesariamente por los puntos
conocidos, obteniendo superficies más ondul adas y menos aristadas. Asimismo, el
método Krigi ng basa su algoritmo en considerar que la cota de altura de cada punto del
terreno s e encuentra compuesta de una t endencia constante, aleatoria pero relacionada
espacialmente
49
.
No existe un método que supere a los demás en cuanto a la bondad de sus
resultados independientemente de la aplicación, de los datos disponibl es y del grado de
aproximación deseado. L a elección del método idóneo para nuestro propósito depende
de varios parámetros: fundamentalmente, l a regular idad de la red de los punt os
conocidos y las caracter ísticas morfológicas del terreno a representar. Así, mi entras que
el método Kri ging requiere una red regular de puntos para obtener buenos resultados, el
48
Vé ase al respec to la síntesis integrada en D’An drea y Nicolucci (2 001 ); en este trab ajo se de tallan las
publicacio nes más re levantes en referencia al em pleo d e los distintos p roce dimien tos de interpo lación, sus
erro res, espe cificidades y m ec anism os d e co rrecció n.
49
Pa ra un eje m plo prá ctico del uso d e e ste método aplica do a l estudio de paisajes ar queoló gicos véase
nuestro trabaj o González Acuña (200 1).
30
TI N responde m ejor ante t errenos accidentados o ante aplicaciones cuy a elevada
fidelidad en la re producción de cr estas y picos es determinante
50
.
Dados estos condicionantes metodol ógicos previos procedimos al análisis de l a
documentación con la cual contábamos en orden a diseñar tanto la captación de datos
como el método de MDT a re alizar.
El objetivo de estos MDTs es recrear la superficie del terreno en la cual se hubo
desarrollado la actividad urbana en distint as fases de su desarr ollo. P or lo tanto, las
cotas que serían sus ceptibles de pertenecer a nuestras redes de puntos conocidos debían
corresponde r al nivel de su elo de l a ciudad en cada período. De esta forma, en función
del t ipo de hallaz gos registrados en cada intervención se seleccionó un punto para cada
fase cronológica detectada que corresponder í a, según el caso y en orden de prelación, a
lo contemplado en el siguiente e squ ema:
- Documentación de estructuras: selección de la cota superior del pavimento
principal.
- Documentación de de pósitos: selección de la cota superior de l depósito
51
- Documentación de secuencias geomorfológ i cas
52
: s elección de la cota inferior
de la muestra.
Asimismo, la documentación de contextos arque ológicos de amplia superficie,
especialmente en fechas recientes, ha posibi litado l a inclusión de cotas auxili ares en e s ta
red de puntos. Su función consite en definir de forma más precisa esos espacios de la
ciudad. Esta disti nción respecto a las excavaciones de pequeño formato se fundamenta
en el hecho de que la dispersión espacial de punt os puede añadir alg unas matiz aciones
en la tendencia altimétrica constatada, cuestión que no sucede en pequeños contextos
cuy os puntos altimétricos se encuentran muy próximos.
Una vez recogida la información en el catálog o de intervenciones se hicieron
patentes una serie de cuestiones relativas a la calidad de la información topográ fica
contenidas en informes y memorias de intervención:
50
Como es el caso d e los a nálisis de visibilidad.
51
Entendiendo que la cota de suelo d el m o m ento d e for m ación del d epó sito co rresp ondería a la
superficie del mism o.
31
- Se observa una proliferac i ón de bases cartogr áficas de referenc ia diversas
(Gere ncia de Urbanismo, Catastro, Nivel del Mar, etc.), no ex plicitándose en
ocasiones cuál e s el origen de la altimetría de la excavac ión.
- Se c o nstatan di ferenc i as q ue oscilan entre los 40 y 50 cm de altura para un
mismo punto en las diversas cartogr afías de base aludidas.
- Algunas intervenciones sólo consignan ac ot aciones re lativas bajo el nivel de
rasante del solar o el punto 0.
Ante esta circunstancia y la necesidad intrínseca del modelo matemático de que
todas las cotas s e encuentren referidas a una misma base cartográ fica, en orden a ofrecer
resultados sin distorsiones excesivas, procedimos a l a revisión y correcc i ón en su caso
de todas las cotas susceptibles de integrar la red de puntos de los MDTs. Para ello,
asumimos como nuestra cartograf ía de base el levantamiento planimétrico de la
Gerenc ia Mu nicipal de Urbanismo de los años 1984-1985. Ést e fue digitalizado en s u
vertiente parcelaria y altimétrica por nuestro anterior grupo de investi gac i ón
53
,
gene rando para el presente trabajo un M DT de la superficie actual de la ciudad (fig. I I.
3). De esta forma, se ha establecido un tratamiento diferenc i ado de las cotas recogidas
en la documentación a rqueológic a
54
en función de:
- Si ofrecían las cotas referidas al Nivel del Mar. En este caso se comprobó la
coincidencia de la cota 0, o la de rasante del sol ar
55
, con la contenida en el
mismo punto por nuestro MDT actual. En caso de coincidir ambas, se admit ían
las cotas absolutas (snm) contenidas en el documento. En caso de no coincidir
56
,
se convertían las cotas del documento a acotaciones relativas (negativas bajo
rasante o cota 0) y se restaban de la cota absoluta obtenida de nuestro MDT
actual, consignándose los resultados en la red de puntos de los períodos
contemplados.
- Si se ofrecían l as cotas en acotación relativa (valores nega t ivos bajo rasante o
cota 0), éstos era n sustraídos de la cota absoluta de nue stro MDT en ese punto.
52
Derivada s de sonde os geotécnicos o mecánicos de mues tras inalterada s.
53
T ar eas llevadas a cab o por el grupo d e investigación SIGPA R ( Sistem as de Información Geo gráfica y
Patrimonio Arqueológico ) de la Universidad d e Sevilla.
54
Éstas apa recen en lo s planos corr espondientes e n forma d e p unto, desglosándose su descrip ción en la s
tablas finales d e este cap ítulo. A modo d e resumen, indicamos que para los ss. III -I a.C. contamos con 1 1
cotas; 44 registros pa ra la 2 ª mitad del s. I a . C. – 1 ª mitad del s. I d.C.; 61 par a la 2ª mitad d el s. I – 1ª
m itad de l s. II; 65 p ara la 2ª mitad del s. II; 5 2 p ara el s. III y 58 para los ss. IV y V d. C.
55
Depe ndiendo d e la q ue fuese presentada po r el e xcavador.
56
P or tr atarse de bases car tográficas distintas.
32
Es fácil deducir que a partir de nuestra ex periencia consideremos que es más útil
ofrece r acotación relativa en la documentación arqueológica pues ésta es susceptible de
ser ref erencia da fácilmente a cualquier sistema altimétrico.
Por último, la irreg ular dispersión espac i al de los puntos que habr ían de ser
interpolados hizo que nos decantáramos por el método de interpolación TI N. Asimism o,
ha favorecido la adopción d e ese método el hecho de que éste mantenga los valores de
los puntos introducidos, frente a otros modelos que l os atenúan en favor de una
tendencia g eneral
57
.
2. 4. 2. Resultados y comprobación geom orfológica
En primer lug ar, hemos de precisar unas pautas de lectura básicas de la
planimetría genera da. Por un lado, se han destacado en un tono rojizo, tanto en el rang o
de valores de altitud del MDT como en las curvas de nivel, aquellas zonas que por su
altura se encontraban inmediatas a l a influencia de los diversos cauce s fluvi ales que
bordearon la ciudad. De esta manera , hemos abandonado l a idea de representar l os
cursos f l uviales pues actualmente es imposible reconstruir sus re corridos e n ambas
57
Esto s T IN fueron generado s co n la ap licación Tin Bu ilder incluida en el software Arc/Info v. 7.1. 2. Los
parámetros empleados en la interpolació n fueron los siguientes :
- Cobertura puntos de co tas:
o Surface type: Mass.
o W eed T o lerance: #.
o Densify interval: 2 00.
- Cobertura de b arrer a:
o Z value: -9999.
o Surface type: Hardclip .
o Densify interval: 2 00.
Sólo para el M DT actual se incluy ó una b arrer a interna coincidiendo con el traza do actual d el río , c on lo s
siguien te s parámetros:
- Cobertura de r ío:
o Z value: -9999.
o Surface type: Harder ase.
Par a evitar interpolac iones excesivas, y ficticias, éstas se han limitado a las ár eas donde se co nstatan cotas
ciertas para el per íodo a modelar, mediante cober turas de bar rera. Así sólo se pro cede a interpolar dentro
del p olígono d e bar rera, pues el valor dad o ( -9999 ) es el consignado po r el software para no introducir
valor alguno. Po steriormente se o btuvieron las curvas de nivel mediante la extensión Spa tial A nalyst del
pro gram a ArcView v. 3 .2, con una equidistancia entre curvas de nivel establecida a 1 metro.
33
márge nes, especialmente si tenemos en cuenta la formaliz ación de canale s t renzados y
meandros que caracterizan a estos períodos. De esta manera , se indica en tramado az ul
las zonas de m áxima influencia aluvial d etectada s, estos es, aquellos márge nes de altura
situados entre l a línea de estiaje y la orilla alta (siendo usualm ente predominantes los
primeros), según los valores consignados para cada época por los análisis
geomorf ol ógicos. Debemos reseñar igualmente que los datos con los que contamos no
permiten configurar una imagen bien definida de la zona de la llanura aluvial del arroy o
Tag arete
58
, por lo cual esta área, que presenta u n may or marge n de inseguridad en su
delimitación, debe ser entendida como una mera hipótesis de partida.
L as planimetrías obtenidas abarca n los períodos comprendidos entre los ss. II I a.
C. y V d. C., detallándose a continuación los aspectos más relevantes de cada uno de
ellos y su adecuac ión al conocimiento geomorf ológico ac tual.
L a figura I I .4 (y tabla I I. 1) corresponde al arco cronológico comprendido entre
el s. II I y el I a. C , es decir al final de la ciudad turdetana e inicios de la domin ación
romana. L o primero que d estaca es la escasez de punto s detectados para esta cronología
(véase t abla I I . 1)
59
. Como podemos observar, se detecta n dos puntos influenciados
directamente p or la actividad fluvial. De un lado, el 26 presenta vestigios propios de un
fondo de canal fluvial, mientras que el núm ero 4 observa depósitos propios de llanura
de inundación
60
. Por lo demás el MDT responde a lo reseñado por la Dra. Barral acerca
de la ex tensión hacia el Sur de la t erraza T13 del Guadalquivir, sobre las cotas 10 a 11
m.s.n.m., y los depósitos de llanura de i nundación que suponen la base de la ocupación
para este momento.
L a figura I I.5 (y tabla II . 2) abarcaría todo el s . I a. C. hasta l a 1ª m itad del s. I d.
C. El número de enclaves excavados e s netamente super ior, extendiéndose por una
superficie que oscila entre la cota 12 msnm y la 3 msnm. En este plano se dibuja
claramente el altoz ano centra l , qu e y a aparecía parcialmente en el anterior. En su
extremo noroc cidental se aprecia claramente la incidencia de los expedientes de
58
En la ba nda orie ntal de la ciuda d.
59
Reco rde m os que hem o s o ptado por generar MDT sólo d e aquellas zo nas en las cuales contamos con
puntos conocid os.
60
Par a una descrip ción detallad a d e los resultados d e lo s análisis geomorfológicos véanse las fichas del
catálogo c orre spondiente a Ge omorfología.
34
elevación artificial y homogeneización de cota del nivel de suelo documentados en la
Plaza de la P escader ía
61
(García García 2007), los cuales genera ron un perfil escarpado
hacia el sector oeste de la ciudad. Sin duda otra de las cuestiones i nteresantes consiste
en la plasmación de la in cidencia de l a dinámi ca aluvial en ambos l aterales del espacio
ocupado por la ciudad. De un lado, el paulatino alejamiento hacia el Oeste del
Guadalquivir y de otro el imp acto de l a dinámica aluvi al meandrinosa del cauce del
arroy o Tagare te en la vertiente Est e de l a ciudad. Como puede observarse en la tabla
anexa, el límit e oriental del río Guadalquivir puede establecerse en base a los hall azgos
producidos en toda su margen izquierda, destacando los puntos situados en la Calle
Joaquín Cos ta (orilla), entorno de l a Catedral (orilla y z ona de influencia) y la Avenida
de Roma (embarc adero)
62
.
L a figura I I.6 (y tabla II . 3) se refiere a la 2ª mit ad del s. I hasta l a 1ª m itad del s.
I I d. C. Se observan en él interesantes transformac i ones en las zonas de influencia
fluvial. En lo que concierne al río Guadalquivir, observamos la pronunciada
transformación detectada en la zona de la Catedral, cuestión que trataremos
extensamente en el capítulo refe rido a la actividad portuaria. P or otro lado, se constata
un nuevo ámbit o de i nteracc ión de la dinámica fluvial del arroy o Tag arete, el cua l
protagoniza episodios de desbordamiento e inundación, como el definido en la
intervención de la Calle Ga llos y Butrón.
Por su parte, la figura I I.7 (y tabla I I. 4) m uestra la evolución desarrollada en l a
segunda m itad del s. II d. C. La información más relevante apunta hacia una nivelación
de la cota de superficie en el área comprendida entre la zona m ás elevada del
promontorio y la calle Argote de Molina. Este período coincide con una nueva bajada
del nivel del mar, cuy o inicio se enc uentra situado alrede dor del año 130 d. C.
63
.
L a figura II .8 (y tabla I I. 5) detalla la superficie del terreno durante el s. I II d. C .
En él observamos la consolidación de la elevación ce ntral, y a constatada en el plano
anterior, de la z ona del Salvador – Argote de Mol ina, cuy a definición es marcada por la
curva d e nivel de 10 m.s.n.m alcanzando su cota superior en la Cuesta del R osario con
61
Véase el c apítulo de dicado a lo s espacios a rtesanales.
62
Véase el c apítulo referid o a los ámbitos por tuarios.
63
Rodr íguez y otro s (199 6).
35
13 m.s.n.m. Por su parte, el extremo S E del espacio analizado no cuenta con puntos
adscritos a este período por lo que no es posible su comparación con momentos
anteriores.
Por últim o, la figura I I .9 (y tabla 6) m uestra l a situación de este enclave durante
los ss. I V y V d. C. El aspecto más sobresaliente consis te en la determinac ión de la
incidencia de la fase de reactivac ión fluvi al detectada desde la Geomorfología sobre los
espacios ocupados ha s ta el m omento. Así se constatan fenómenos de inundación y
desbordamiento constante del cauce del río Guadalquivir en todo su orill a iz quierda.
Destaca especialmente el sector NO del ámbito analizado de la ciudad, situado a cota
inferior, pues su formac i ón deriva directamente del desplazamiento del canal hacia el
Oeste de la llanura aluvial. El ex tremo s ur tanto de la zona de la actual Catedral como el
espacio ocupado por necrópolis, en la actual Avenida de Roma, es afectado por las
crec idas del río que inundan antigua s zonas ocupadas. En definitiva, se modela un
nuevo marco topográfico influenciado determinantemente por la dinámica fluvial hasta
bien entrada la E dad Media.
L as reconstrucciones paleotopogr áficas obtenidas suponen un nuevo punto de
partida para entender la dinámica ocupacional de la ciudad de Hispalis . Se ha pasado de
una vis ión estática, apoy ada en las fuentes documentales y en algunos hallazgos sin
sistematizar, a otra mucho más dinámica. Ésta, apoy ada en un análisis geomorfológ ico
completo así como en los datos contenidos en los contex tos arqueológicos registrados,
plantea un estado de la cue s tión que, a pesar de no encontrarse resuelto de forma
definitiva, anula antiguas propuestas y posibil ita la formulación, y reinterpretación en su
caso, de fe nómenos arqueológ icos sobre una base má s segura .
36
TA BL A II. 1. COTA S CORRESPONDIENTES A LOS SS. III – I A . C.
CODIGO
DIRECCIÓN
COT A (M .S.N.M .)
TIPO DE HA LLA Z GO
4
CONDE DE IBARRA 18
-0,400000
Llanura de inundació n
26
ACERA DE LEVA NTE DE LA CATEDRAL
3,330000
Canal o l aguna
108
AIRE 12
12,250000
Hábitat
127
FABIOLA, 8
10,150000
Depósito
2003
RELATOR, 46-A Y S AN BASILIO, 24-25
6,310000
Depósito
2012
CUESTA DEL ROSARIO ES QUINA GALINDOS
12,240000
Hábitat
2026
ABADE S, 41-43 CORTE 15 A
10,990000
Hábitat
2029
ABADE S, 41-43 CORTE 18 A
8,550000
Hábitat
2045
ALCÁZAR (SONDEO PA TIO DE BANDE RAS)
6,400000
Llanura de inundació n
2081
ARGOT E DE MOLINA, 7
9,290000
Edificio Púb lico
2091
MUÑOZ Y P ABÓN, 8 (2ª FASE)
10,750000
Hábitat
37
TA BL A II. 2. COTA S CORRESPONDIENTES A LOS SS. I A . C. – 1 ª M IT A D I D. C.
CODIGO
DIRECCIÓN
COT A (M .S.N.M .)
TIPO DE HA LLA Z GO
4
CONDE DE IBARRA 18
3,080000
Llanura de inundació n
26
ACERA DE LEVA NTE DE LA CATEDRAL
3,330000
Canal o l aguna
32
IMPERIA L, 41-45
6,060000
Vidriería
43
PLAZA V IRG EN DE LOS REY ES
5,960000
Hábitat
48
SAN BE RN ARDO-3 (PERI)
2,720000
Canaliz ación
54
VÍRGENES, 9 , 17 Y 19 - T ROMPEROS Y CONDE DE IBARRA , 5
7,170000
Hábitat
74
PABE LLÓ N DE OFICINAS DE L A CATEDRAL
-3,770000
Canal o l aguna
99
IMPERIA L 37
6,060000
Viario
108
AIRE 12
11,800000
Hábitat
120
CONDE DE IBARRA ,15-17 Y LIRIO, 12, 1 4 Y 16
6,750000
Hábitat
125
ENLADRILLA DA, 19-21
7,090000
Derrum be/ruina
127
FABIOLA, 8
10,650000
Depósito
131
LANZA, 11
6,160000
Vidriería y tal ler de hueso
138
SAN LUIS , 37 (ANTIGUO NOVICIADO DE SA N LUIS)
6,470000
Derrum be/ruina
168
PLAZA DE SAN LE ANDRO, 8 D
7,260000
Espacio públ ico
181
MERCADO DE LA ENCARNACIË N (SONDEO)
3,200000
Hábitat
2003
RELATOR, 46-A Y S AN BASILIO, 24-25
5,900000
Vertedero
2024
SAN LUIS , 37 (ANTIGUO NOVICIADO DE SA N LUIS)
6,320000
Acequia
2025
GUZMÁN EL BUENO, 6-8
12,040000
Hábitat
2026
ABADE S, 41-43 CORTE 15 A
11,190000
Hábitat
2029
ABADE S, 41-43 CORTE 18 A
8,920000
Hábitat
2045
ALCÁZAR (SONDEO PA TIO DE BANDE RAS)
6,410000
Hábitat
2048
ALCAZAR (SONDEO PUE RTA DE LA ALCOBA)
4,750000
Vertero
2066
CONVENTO DE SANTA MARÍA DE LOS REY ES
6,000000
Vertedero
2068
SAN LUIS , 29
5,240000
Espacio públ ico
2075
PATIO DE BANDERAS
9,510000
Almacén
2076
ALCÁZAR (SONDEO SE -VI)
7,000000
Vertedero
2081
ARGOT E DE MOLINA, 7
9,490000
Canaliz ación
2089
AUGUSTO PLASENCIA, 10 -12
10,440000
Viario
2091
MUÑOZ Y P ABÓN, 8 (2ª FASE)
11,180000
Hábitat
2094
FRANCOS, 41
5,620000
Espacio Públ ico
2111
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIËN)
3,890000
Factoría de salaz ones
5001
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIËN) CA
4,020000
Factoría de salaz ones
44
5014
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,030000
Hábitat
5015
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,070000
Hábitat
5016
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,070000
Hábitat
5017
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,170000
Hábitat
5018
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,050000
Hábitat
5019
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
5,280000
Hábitat
5020
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
5,320000
Viario
5021
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,680000
Hábitat
5028
CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA
5,390000
Muell e
5029
CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA
5,290000
Muell e
5030
AVENIDA DE ROMA
4,120000
Viario
5031
AVENIDA DE ROMA
4,670000
Viario
5032
AVENIDA DE ROMA
5,570000
Viario
5033
AVENIDA DE ROMA
4,270000
Viario
5034
AVENIDA DE ROMA
3,840000
Viario
5035
JOAQUÍN COST A
2,000000
Orilla de río
5036
SONDEO CAT-G 1
6,500000
Ocupación proxim idades (escom bros) /episod
ios de
inundació n
5035
CALLE S AN FERNANDO
4.570000
Viario
2132
ARRAY ÁN ESQUINA SAN L UIS
6.500000
Viario
45
TA BL A II. 6. COTA S CORRESPONDIENTES A LOS SS. IV – V D. C.
CODIGO
DIRECCIÓN
COT A (M .S.N.M .)
TIPO DE HA LLA Z GO
4
CONDE DE IBARRA 18
5,190000
Llanura de inundació n
26
ACERA DE LEVA NTE DE LA CATEDRAL
4,970000
Llanura de inundació n
32
IMPERIA L, 41-45
6,400000
Hábitat
39
SAN LUIS 73-75
5,110000
Ruina/A bandono
43
PLAZA V IRG EN DE LOS REY ES
7,540000
inundació n/vertedero
73
PATIO DE MONT ERÍA DEL A LCÁZAR
7,300000
Hábitat
91
MATAHACAS 9-11
6,700000
Vertedero
95
PERAL, 18-20 Y FAUST INO ÁLVAREZ, 21
3,320000
Canal
103
SAN LUIS 95 Y MALPARTIDA 10-12
6,360000
Hábitat
108
AIRE, 12
13,680000
Hábitat
119
CONDE DE IBARRA 14-16
7,060000
Hábitat
125
ENLADRILLA DA, 19-21
7,090000
Derrum be/ruina
138
SAN LUIS , 37 (ANTIGUO NOVICIADO DE SA N LUIS)
6,470000
Derrum be/ruina
168
PLAZA DE SAN LE ANDRO, 8 D
7,260000
Espacio p·bli c o
2003
RELATOR, 46-A Y S AN BASILIO, 24-25
5,900000
Vertedero
2012
CUESTA DEL ROSARIO ES QUINA A CALLE GALINDOS
13,960000
Ter m a
2026
ABADE S, 41-43 CORTE 15 A
11,710000
Depósito/expoli o
2027
PALACI O ARZOBISPAL (ES T ANCIA 10)
10,430000
Abandon o/expolio
2045
ALCÁZAR (SONDEO PA TIO DE BANDE RAS)
6,410000
Hábitat
2054
RELATOR, 92
7,020000
Hábitat
2065
PARRAS , 18-20
6,070000
Llanura de inundació n/ocupación puntu al
2066
CONVENTO DE SANTA MARÍA DE LOS REY ES
6,000000
Vertedero
2068
SAN LUIS , 29
5,750000
Necrópolis
2075
PATIO DE BANDERAS
9,780000
Com plejo eclesial
2081
ARGOT E DE MOLINA, 7
10,080000
Espacio p·bli c o
2086
IMAGEN (FEDERACIÓN DE CA J AS DE A HORRO DE ANDALUCÍA)
4,920000
Hábitat
2089
AUGUSTO PLASENCIA, 10 -12
10,440000
Viario
2091
MUÑOZ Y P ABÓN, 8 (2ª FASE)
11,180000
Hábitat
2092
GALLOS, 23 Y BUT RÓN, 25
5,880000
Necrópolis
2093
MATEOS GAGO, 25-27
12,120000
Hábitat
2094
FRANCOS, 41
5,620000
Espacio Públ ico
2099
SAN LUIS , 67
7,190000
Necrópolis
5005
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,620000
Hábitat
46
5006
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,590000
Hábitat
5007
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,760000
Hábitat
5008
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,690000
Hábitat
5009
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,690000
Hábitat
5010
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,910000
Hábitat
5011
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,780000
Hábitat
5012
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,880000
Hábitat
5013
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,800000
Hábitat
5014
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,030000
Hábitat
5015
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,070000
Hábitat
5016
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,070000
Hábitat
5017
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,170000
Hábitat
5018
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,050000
Hábitat
5019
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
5,280000
Hábitat
5020
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
5,320000
Viario
5021
MERCADO DE LA ENCARNACIÓN (V FAS E DE INTERVENCIÓN) CA
4,680000
Hábitat
5028
CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA
5,390000
Muell e
5029
CINE IMPE RIAL (NOTICIAS) CA
5,290000
Muell e
5030
AVENIDA DE ROMA
4,120000
Viario
5031
AVENIDA DE ROMA
4,670000
Viario
5032
AVENIDA DE ROMA
5,570000
Viario
5033
AVENIDA DE ROMA
4,270000
Viario
5034
AVENIDA DE ROMA
3,840000
Viario
5035
CALLE S AN FERNANDO
4.720000
Viario
2132
ARRAY ÁN ESQUINA SAN L UIS
6.500000
Viario
47
3. LA CIUDAD TURDETANA
El período turdetano constituy e, en l a actualidad, el primer mom ento de
ocupación urbana constatado fe hacientemente del solar hispalense
64
. En el pr esente
capítulo se presentan los esc asos testim onios r egistrados de esta ordenación,
incardinados dentro de la dinámica evolutiva de los asentamientos prerromanos
constatada en el Bajo Guadalquivir
65
. Bajo este epígraf e nos ceñiremos a los testimonios
concernie ntes desde las primeras evidencias de ocupación urbana hasta fines del s. II I a.
C., momento en el cual la ciudad de Spal entró a formar parte de la órbita de
dominación romana. C laro está que esto no supuso una ruptura rápida n i radical de la
orga n ización urbana del enclave . Ant es bi en, la continuidad formal y o rgá ni ca d e la
ciudad debió ser l a pauta mantenida hasta l a fundación de la colonia en tiempos de
César o Augusto, aunque su conversión en ciuitas stipendiaria tras la batalla de Ilipa
(206 a. C .) y el establecimiento del conuentus ciuium r omanorum en s u interior
(Ordóñez 1998: 19-32) debieron tener un reflejo tanto en la trama urbana como en la
adopción de nuevas f órmulas arquitectónicas.
3. 1. Trazos del urbanis mo de la antigua Spal
64
Queremos agrad ecer al Dr. García Fernández la r evisión cr ítica de e ste c apítulo así c omo sus valiosas
indicaciones bib liográficas y conceptuales.
65
Una explicación del insuficiente estado d e conocimien to del p eríod o turdetano frente a la etap a
orientalizante se encuentra en Ruiz Mata (19 98: 154 -155 ) y , r ecientemen te, en Gar cía Fe rnández (20 03) .
Lo c ierto es q ue el análisis efectuado d el fenómen o d e urba nización de la z ona muest ra evide ntes
diferencias en las interpretacio nes ofrecidas, no só lo en cuanto a la de finición mism a de su origen sino e n
lo que c oncierne al c oncepto de “lo urb ano” en ép oca pro tohistórica, en fun ció n d e la ac eptació n de un
m odelo interp retativo trad icional derivado d e la id ea de po lis griega ( Bendala y otro s 198 6: 12 1) o de un
esquem a de d esarro llo po lítico-social y espacial prop io (Ruiz Mata, Niveau de Villedar y y Vallej o ( 199 8:
66) . A este resp ecto, la cuestión versa acerca de una génesis e xógena del fenómen o urbano en el Sur
peninsular, d e la a dmisión de un desarrollo pro pio o d e una rápid a ado pción d e modelos externos d ebido a
un estadio protourb ano ya desar rollad o (Escace na 1 98 2: 52, recientemen te m o dificado por Escacena
200 4; par a una síntesis de la p rob lemática d e las “form as p roto urbanas” en el B aj o G uadalquivir d esde la
Edad del B ronce, véase Escacena 2 000 : 13 1-137 ), tendencia é sta may oritar ia en la investigación actual.
Estas interpretacio nes se relacionan d irectamente c on los m o delos de exp lotación y “politización de l
territor io así co m o con los vínculos establecid os con los colonizad ores orientales. A este respecto , véanse
González, Plácido y Alvar (1 996 : 14 5-146 ) en r eferencia a la explotac ión d e m ano d e obra nativa en
campos de cultivo y a la c apacid ad de co nsum o de los do min antes; par a la c ontinuidad étnica entre
tartesios y turdetanos consúltense Ruiz Mata (199 8: 1 55) y recientem ente Ga rcía Fernández (20 03) .
48
3. 1. 1. Los vestigios u rbanos del Bronce Final y Pe ríod o Orientalizante. Revisión
crítica
L os testimonios rela tivos al Bronce Final y Período Orientalizante se
circunscribe n a unos escasos depósitos continentes de material cerámico y a restos de
una edificac i ón datada a mediados de l s. VI II a. C. (fig . II I . 1, tabla I I I. 1).
TABLA III. 1
CODIGO
DIRECCIÓN TIPO DE
HALLAZ GO CRONOLO GÍA
127 FABIOLA , 8 Depósito VIII a. C. - VII a. C.
147 SAN ISIDORO 21-23 Hábitat 2/2 VI II a . C.
201 2 CUESTA DEL ROSARIO ESQUINA A CA LLE
GAL INDOS Depósito VIII – VII a. C.
204 3 PATI O DE B ANDERAS, 16 Depósito VIII a. C. - VII a. C.
204 4 AL CÁZA R (SONDEO C/ J OAQUÍN ROMERO
MURUBE) Depósito VIII a. C. - VII a. C.
L os depósitos documentados constatan la apa rición de rellenos que incluían
materiales de esta época, sin conexión con ninguna unidad constructiva. Estos s on los
casos de la excavación de la Cuesta del Ro sario (Collantes de Terán 1977, revisados
cronológic amente por Escacena 1983: 56), Calle Fabiola (Escudero, L orenzo y Vera
1987), Patio de Banderas 16 y del Alcázar – sondeo de la C/ J oaquín Ro mero Murube –
(Tabales 1999)
66
.
Por su parte, los niveles excavados correspondientes a la edificación datada en la
segunda mitad del s . VII I a. C. o a principios del s. VI I a. C. en la C alle San I s idoro,
fueron interpretados por sus excavadores como restos de una vi vienda (Campos, Vera y
Moreno 1988: 21). De ésta sólo se habrían documentado algunas piedras de sus m uros,
el pavimento y un hogar, insertos en e l nivel 24 de la intervención (Fig . I I I . 2 y
Estratigra fía nº 1). A pesar de ello, plantearon la posi bilidad de que se tratase de un
edificio de planta recta ngular por influenc i a de los coloni zadores fenicios (Campos,
Vera y More no 1 988: 21) , siguiendo las corr ientes interpretativas al uso
67
.
66
Véase d escripció n completa en las cor respondie ntes fichas del c atálogo.
67
P ara una síntesis del influjo d e los modelos ar quitectónicos cuad rangulares orientales, sobr e una
supuesta trad ición circular indígena, en los asentam ientos o rientalizantes p eninsulares véase Ruiz Mata,
49
Ciertamente, en esta interpretación pesó igualmente la identificación del
topónimo anterior a l a presencia romana, reconoc ido como Spal
68
, parece que de claro
origen semítico ( Dí az 1982: 20, Blanco 1989:106, L ipinski 1984: 81-132, Ordóñez
1998: 74-76). Además teniendo en cuenta que el término Spal podría relacionar se con
acepc iones como “tierra ba ja”, “la de a bajo”, “isla llana ” o s imilar, varios autores
(I zquierdo y Escacena 1998; O rdóñez 1998:75-76 y Amores y Escacena 2003) han
suger ido su relación con un enclave fenicio próximo en altura, el santuario a Ast arté del
Carambolo, que asimila este asentamiento con el patrón fenicio atestiguado e n l as costas
de Andalucía Or iental.
A pesar de ello, no ex isten actualmente bases sólidas que permitan definir el
cará cter y mucho menos la ex tensión del asentamiento de época orientalizante pues
nada sabemos de los eleme ntos urbanos que lo definieron entre el s. VI I I y el V a . C .
3. 1. 2. Elementos urbanos de la Spal turd etana
A continuación detallamos aquellos elementos de la forma urbana de la ciudad
turdetana (ss. V-I I I a. C .) documentados hasta el momento. Para ell o, recurrimos a un
esquema derivado de l os estudios del fenómeno urbano para este período, cara cterizado
por una transformación en la dinámica de ex plotación del t erritorio y el surgimiento de
un sistema de ciudades-e stado
69
.
3. 1. 2. 1. Sistemas defensivos
Niveau d e Villedar y y Vallej o (1 998 : 66 -67). U na c rítica a esta simplificación for m al del análisis étnico
se encuentra en Escacena (2 000 : 13 1-137 ).
68
Recientem ente ha sido p rop uesto como topó nim o original el tér m ino Hispal ( Corre a 20 00) .
69
P ara un análisis del cam b io económ ico com p orta do por la sustitución de las bases económicas
apoyadas en el comercio d el metal po r la explotació n de los re cursos agrario s y p esqueros a p artir del s.
VI a. C. véase Escacena ( 199 3) y Ruiz Mata, Niveau de Villedar y y Vallejo (1 99 8: 6 9 y 7 1-72). E n este
50
No contamos con información directa de las fortificaciones de época turdetana
que debieron rodear el oppidum . L os m odelos urbanos conocidos permiten suponer la
existencia de unos elementos defensivos de los cuales no tenemos ningún testimonio
conservado
70
. Tan sólo la refer encia l iteraria cesariana de época de las Guerra s Civiles
71
plantea l a exis tencia de un recio amurallamiento en el s. I a. C., heredado y sin duda
transformado a lo largo de s u vigencia como observamos en ejemplos tan claros como
el C astillo de Doña Blanca. La s noticias referidas a hallazgos de supuestos lienz os de
fábrica ciclópea o de filiación cartag inesa
72
contenidas en estudios de fines del s . XIX
no han tenido ocasión de ser sometidas al re frendo del análisis científico actual.
Sin embargo, como veremos en capítulos sucesivos, el desarrollo urbano a
inicios de la época republica na debió mantener este elemento, o su trazado, hasta su
absorción posterior al extenderse la ocupación fuer a del antiguo recinto.
3. 1. 2. 2. Viviendas
L a fra gmentarie dad de l re gistro que impone el de s arrollo de la Arqueolog ía
urbana sólo ha permitido documenta r he chos a rquitectónicos muy parcia les de este
período. L a profundidad de los restos, su si tuación bajo el fre ático, así como los
fenómenos de expolio y sup erposición de estructuras propias de esta ciudad
obstaculizan el hallazgo y registro de amplias superficies. L as m ay or parte de l as veces
son documentados muros, a veces algunos débiles pavimentos, a lo más una esquina de
alguna construcción, por lo que cualquier intento de análisis funcional de estos
contexto ha de situarse e l influjo de l modelo urb ano helenístico, vinculado p or algunos autor es al d omin io
cartaginés (Benda la y otros 19 86: 1 24 ).
70
Desde los ss. VI II-VII a. C. se constatan ej emplos de m urallas rea lizadas con pie dras poco tra baj adas y
trabad as co n argamasa o colo cada s “a hueso”, co nform ad as p or dos lienzos p aralelo s co n relleno interno
o ca sam a tas, y e n ocasiones c on revestimien to externo de tapial, foso y antemuro (Ruiz Mata, Niveau d e
Villedary y Vallejo 19 98: 7 2-74 y E scacena 20 02) . Casos para digm áticos lo c onstituy en el Castillo de
Doña B lanca y T ej ad a la Vieja (Fer nández Jura do 198 7). En lo s ss. VI – V a. C. se co nsolida el modelo
de casam a tas y el uso de técnicas d e raigam b re oriental q ue incluyen la presencia d e torr es
cuadrangulares. A medida q ue no s a cercamos a l s. I II a. C. obser vam o s la p roliferació n de aspecto s más
cuidados, como sillares b ien tallados al e xterior o el empleo de la técnica d el op us a fricanu m . Ej emplos
de esta e volución se obser van en el Castillo de Do ña Blanca, Niebla ( Belén y Escace na 1 993 : 147) ,
Carmona (Jimén e z 19 89) y Carteia (Roldán y Bendala 1 996 ).
71
Véase el e lenco de fuent es literarias y el capítulo siguien te .
72
Véanse los testimonios de Guichot (1 875 ) y Gestoso (1 984 ) en el a nexo de fuentes.
51
contextos resulta genera l mente tarea ardua y poco exit osa. Sólo en los l ugar es en los
cuales se han conservado rasgos de alguna actividad productiva concreta, por ejemplo la
presencia de hornos, es posibl e post ular un uso específico más allá de una g enérica
definición como hábitat
73
. De esta manera, recog emos aquí l os testimonios
documentados d e espacios c ons truidos de época turdetana (entre los s. V-I II a. C.)
engloba dos bajo una ge nérica funcionalidad residencial si bien, en la m ay oría de los
casos, los restos no permiten definirla con c l aridad (fig . II I . 3).
3. 1. 2. 2. 1. Desglose de localizaciones
Tabla III .2 . Localizaciones de hábi tats protohistóricos
Nº FICHA
DIRECCIÓN
CRONOLO GÍA PROPUESTA
35
MÁRMOL ES , 9
I bérico
108
AI RE 12
2/2 I II a. C.
147
SAN I SIDORO 21-23
2/2 V – 1/2 I II a. C.
2012
CUESTA DEL ROS ARI O ESQUIN A
GAL I NDOS
I I I a. C.
2026
ABADES, 41-43 CORTE 15 A
I I I a. C.
2081
ARGOTE DE MOL I NA, 7
I V a. C. - I II a. C.
2090
MUÑOZ Y PABÓN, 8 (1ª FASE)
I V a. C.- I II a. C.
2112
PAL ACIO ARZ OBI SP AL , S ECTORES
ARCHI VOS Y TRIB UNAL. SONDEO I
I V - I II a. C.
2113
PAL ACIO ARZ OBI SP AL , S ECTORES
ARCHI VOS Y TRIB UNAL. SONDEO I I
I V - I II a. C.
73
Estas mi sm a s d ificultades han sido halladas en otr os lugares, lo cual no ha impedido que se po stule la
articulación de la trama urbana turde tana m ediante manzanas d e edificacio nes, calles y z onas ab iertas o
plazas ( Ruiz Mata 1 998 : 18 6). Se han ide ntificado generalm ente viviendas, de planta cuadrangul ar,
conformadas po r m uros d e tapial ap oyados en zócalo s d e pie dra sin cimentación (Ruiz Mata, Niveau de
Villedary y Vallej o 199 8: 74) . Eje m p los de este tip o de construcciones los hallamos en el Castillo de
Doña Blanca, en T ej ada la V ieja ( Fernández 19 87 ), T oscanos ( Niemey er 1 985 : 113 ), Alhonoz (Lópe z
198 1: 131 ). En escasas ocasiones los mu r os se ejecutan exclusiv amen te de adob e, coincid iendo c on
m uros medianeros. La techum b re de estas edificaciones d ebió ser plana y construida con material vegetal.
Su sustentación se encontraba b asada e n lo s m uros de la edificación y un sistema de vigas y po stes que,
en ocasiones, prolo ngarían la cubierta hacia el exterior del espac io m urado, form aliz ando peq ueños
sopor tales como ocurre e n T ej ad a la Viej a (Fernández 198 7) y en Alhonoz (Lóp ez 19 81) . Con respecto a
la distribución interna de estas viviendas po demos observar, como regla general, la existencia de varias
estancias de pequeño tamaño separad as por mu r os de ad ob e, constatándose e jemplos articulado s en torno
a una estancia centra l, identificada co m o patio en ocasiones, y zaguanes o espacios abierto s interiore s.
Sus pavim entos so n frecuentem ente de arcilla r oj iza sob re una cap a de cal, do cum e ntándose también
otros de conchas, pe queños guijarro s y lajas d e pied ra. O tras edificaciones han sido interp retada s como
edificios de cará cter artesanal, fundam e ntalm ente vinculados al alm acenaje d e p rod uctos, tanto
pro cedentes del comercio como de a ctividades d e pr oducció n, siendo su planta r ectangular (Ruiz Mata,
Niveau de Villeda ry y Vallej o 199 8: 7 6).
52
3. 1. 2. 2. 1. 1. Márm o les, 9
L a intervención arqueológ ica desarrollada en la Calle Mármoles nº 9 (Escuder o
y Vera 1 988) registró una serie de estratos
74
datados en época turdetana (“ibérica” según
los autores) seg ún l a secuenc i a siguiente:
- Estrato 7: este estrato (cotas:-4,54 / - 4,75 m) y el anterior (el 6, cotas: -4,43
hasta - 4,54 m) corresponden a l os depósitos asociados a un muro de piedras
alcorizas. S e afirma que en el ángulo NO del corte se localiz aron restos de
fueg o y un muro de piedras alcorífera s que recorre la cuadrícula de Norte a
Sur
75
. L a cronología ofr ecida para estos estratos es “ibérica”.
L a ausencia de planimetría y perfiles publicados de esta i ntervención h a sido
subsanada por nosotros a partir del análisis de la secuencia reg ist rada y de los materiales
arqueológ i cos adscritos a ella (Estratigrafía nº 2). P or su parte, la revisión de la
cronología efectuada por nuestro equipo redefine, como veremos, los horizontes
constructivos de esta localización
76
.
De esta m anera, el nivel más antiguo es el número 7, que hemos venido
fechando a finales del siglo I V, aunque también podría adentrarse en la primera mitad
del I II a. C.
77
. Por su parte, el nivel 6, asociado también al m uro de piedras alcorizas,
74
Así c onsta en el Anuario Arqueológico de Andalucía. Po sterior m ente, en la re visión e fectuada de los
m ateriales depositado s en el Museo Arqueoló gico Provincial ob servam o s cóm o los m a teriales no se
encontraban a grupados por estrato s sino po r niveles arb itrario s. La secuencia fue reco nstruida a par tir de
las co tas d e los estra tos, consignadas en el Anuario y co incidentes co n las etiquetas c ontenidas en las
caja s de material. De esta manera, pudier on ser asociad os los d istintos niveles que integraban los estrato s
referido s.
75
No ap arece en la planimetría de la intervención.
76
Los resultados de esta revisión han sido ya publicad os en Garc ía Fer nández y González Acuña ( 200 7).
Detallamos aquí de forma somera algunos de los elementos empleados co mo indicad ores cr onológicos
por Garc ía Fernández. A par tir de ahora, las r eferencias cr onológicas der ivadas del análisis de estos
contextos son tomadas de este trabaj o.
77
Esta c ronolo gía ha sido ob tenida a partir d e un bor de de ánfora tipo “T iñosa” ( T -8.1.1 .2 de Ramón) si
bien p odr ía adentrarse en la p rimera mitad d el III a.C. (nº inv.: 1902 ). E sta últim a fecha vendría indicad a
por la apa rición de los restos d e un ánfora grec oitálica y algunos recipie ntes d e cerámica común c uy a
pro ducción se inicia o se generaliza e n el siglo III a.C. Es el caso de un fragm e nto de plato
corr espondiente a la Form a II-A de Escacena (nº inv.: 190? ), con paralelo s en el nivel 6 de Cerro
Macareno (P ellicer y otr os 1 983 : fig. 27) y en la Fase V d e Montemolín (Garc ía Vargas y o tros 19 89:
222 , fig. 1) ; o una urna globular (nº inv.: 193 7), pr obab lemen te e volución de las antiguas urnas Cruz del
Negro y clasificada po r Escacena dentro d e la Forma IX -A ( 198 7: 39 8 ss.), cuya crono logía r aras veces es
anterior al siglo III a.C. Menos interés presentan otras formas más co mu nes y con cro nologías más
53
presenta si cabe una may or alteración, y a que encontramos un frag mento de cazuela
realizada a m ano junto con dos cuencos de paredes finas, una pátera de vajilla
campaniense y dos frag mentos atípi cos correspondientes posi blemente a un ánfora del
tipo L RA I II , fechada en t orno al siglo V d. C.. A pesar de ello, a nuestro entender, su
cronología podría situarse, en la parte no alterada, también en torno al siglo I II a. C . y
más probablemente en s u s egunda mi tad, y a que apenas presenta diferencias
significativas con e l nivel anterior.
78
.
3. 1. 2. 2. 1. 2. Aire, 12
Escasa es la información conocida de sus hallazgos (Fernández 1988 y
Ferná ndez y otros 1989). La descripción de los resultados de la intervención consigna el
descubrimiento de un muro de gra ndes p iedras y adobe. Sobre él se documentó un nivel
de incendio y nuevo muro de adobe
79
(fig. II I . 4). L a cronología presentada para lo s
hallazgos es de 2ª mitad del s. I I I a . C.
amplias, c omo un b ord e d e urna b itroncocó nica de cuello corto , muy similar al hallado en el nivel 13 de
Cerro Macar eno (P ellicer y otro s 19 83 : fig. 4 2, 13 75) , dos cuencos-lucerna de la variante no c arenada, o
varios fragm e ntos de cuencos simples co n deco ració n pintada. P or su parte , lo s cuencos ad scribib les a las
variantes I-C y I-E (Lám. 3: 1 916 y 19 32) mu estr an una duració n m ás restringida que se aba rca a lo s
siglos IV o III, como p uede despre nderse de los paralelos hallados en el nivel 9 de Cerro Macareno
(Pe llicer y otro s 19 83: fig. 33) y en el estrato XXVII I d e Vico (B andera y Ferrer 2 002 : fig. 18) . El r esto
de los materiales catalogab les –entre los q ue encontramos de sde un soporte tipo “carr ete” o un fragmen to
atípico de cer ámica gris o rientalizante, hasta resto s ánforas de é poca tardo antigua– p ueden co nsiderarse
intrusiones derivadas d e la alter ación d el dep ósito p or las mencionadas zanjas de expo lio. Par a un
desglose completo ac údase a la co rresp ondiente ficha del ca tálogo de materiales.
78
De hecho, ap arece un b ord e de lebrillo decor ado p erteneciente al mism o re cipiente que el fragm ento
registrado en el nivel 7 (nº inv.: 18 21) , lo q ue r esulta hasta cier to punto p revisible si tenem os en cuenta
que esta excavació n se realizó po r niveles arb itrario s separand o en o casiones materiales de un mism o
estrato. Se documentó asimism o un bor de d e ánfora asimilable a la Forma D d e P ellicer (nº inv.: 184 0),
incluida re cientem e nte po r Niveau de Villed ary dentro d e la varitante 4, q ue p od emos fechar a pa rtir de
m ediado s de l siglo II I a. C. (Niveau d e Villed ary 20 02: 23 8). El r eper torio co mú n a torno sigue siendo
m onótono y se d istingu e po r una de corac ión sencilla de líneas r oj as o por la ausencia d e de corac ión.
Destacan po r su núm ero los c uencos sim p les, con p astas mu y d epurada s y un pr edo m inio de la cocció n
oxidante, que se ha c onvertido en una co nstante a partir de este mom e nto. En general, se o bservan
sim ilitudes con lo s conj untos recuper ados de lo s e stratos XX y XXII d e Vico (B andera y Ferr er 200 2: fig.
13 y 15), fechados entre m ed iado s del siglo I V y mediado s del I II a. C. Po r su par te, d os cuencos de la
variante I-C de Escac ena (nº inv.: 1 827 y 18 37) p resentan concomitancias con lo s ej emplares de la For m a
IIb documentados en los últim o s niveles de Mo ntem o lín (Fase V), anteriores al final de la I I Guerra
Púnica (Gar cía Vargas y otro s 19 89: 223 -224, fig. 1). Esta cronolo gía viene confirmada, además, po r un
fragm ento atíp ico de cer ámica de “Kuass”, cuya pr oducció n se generaliza pre cisam ente en el siglo III a. C.
(Niveau de Villed ary 2000 : 18 8-189 ).
79
No r epresentad o en planta.
60
El análisis de su contenido nos im pulsa a emplazarlo cronológicamente entre el
primer y seg und o cuarto del s. I I I a. C.
94
.
Fase denominada "fase estratigrá fica 6. Vivienda turdetana II. Siglo III a. C."
95
Se trata de un mom ento constructivo que ha dejado pocas huell as. En esencia,
consta de varios depósitos de desechos domésticos, algunos desti nados a la subida de
cotas de uso (UE 419), y un muro (UE 418). Éste contaba con una fábrica de guijarros y
mampostería caliza carea da
96
, unidos con barro y ceniza (cotas: i nferior 10,55 y s uperior
10,76 mnsm). Su apare jo er a irr egular, conservándose sól o una hilada de 42 c m de
anchura. En el perfil se advertía un alzado de adobe que conservaba solamente 10 cm de
alto.
En lo que s e refiere a la c ronología de esta fase constructiva, hemos podido
constatar que el depósi to de nivelación UE 419 ofrece unos materiales encuadr ables a
mediados del s. I II a. C .
97
. Además, el depósito que lo amortizaba (UE 417) también
contenía materiale s fechables e n esa misma centuria
98
.
un b ord e d e c uenco co rrespo ndiente a la variante I-C de Escace na, c uy a cr onología no contrad ice la fecha
pro puesta para este nivel de o cupación (nº inv.: 427 -13).
94
Am bo s depó sitos pro por cionan un co njunto bastante coher ente d e form a s q ue co nviven entre la
segun da m itad d el siglo IV a. C. y la p rimera mitad del III, lo que nos pe rmite fechar la amortizació n de la
Estructura I I a finales d el primero o durante el segundo cuar to de esta centuria. Destacan las á nforas d e
pro ducción gadita na, entre las q ue id entificam os un b ord e del T ipo 8 .1. 1.2 d e Ram ó n ( 199 5: 22 2), similar
al e jemplar do cum entad o en e l nivel 7 de Má rmoles, y otro bor de cor respo ndiente a l T ip o 8. 2.2 .1 ( Ram ó n
199 5: 225 -226) , cuy a p rod ucción se generaliza, como sab emos, en e l siglo III a. C. ( nº inv.: 422-52 y 53 )
La mism a cronolo gía p resentan d os m ortero s (nº inv.: 42 2-9 y 423-33) , que encontram o s p resente en
Cerro Macar eno de sde el nivel 11 (P ellicer y otros 19 83: fig. 1 1), y do s o llas de co cina ( nº inv.: 4 23-1 y
6), c on para lelos en el estrato XX de V ico (B andera y Fer rer 2 00 2: fig. 1 3), ambos d e la segunda m itad
del siglo IV a.C. P or lo q ue r especta a la cerá m ica común , so bresale un fragmento de urna con baq uetón y
deco ración p intada b ícroma (nº inv.: 42 3-35) , así c omo un c uenco-lucerna de la variante no car enada (nº
inv.: 4 23-24 ), q ue form an p arte del reper torio habitual d e lo s siglos I V y II I a.C. P or otra par te,
encontramos un b ord e car enado de tendencia vertical (nº inv.: 423 -23), muy frecuente en los contextos
tardo púnicos d e la b ahía d e Cád iz (Niveau de Villed ary y Ruiz Mata 20 00: fig. 6, 4 ). El resto de lo s
cuencos, urnas y lebrillos man tie nen, sin e m b argo, p erfiles mu y comu nes, a e xcepción de algunos
cuencos –cor respo ndientes b ásicamen te a las For m a s I-C y I -I de Escace na– que po dría m o s fechar entre
los siglos I V y III a.C. Esto s r ecipientes se c aracteriz an p or una tende ncia generalizad a a la sim p lificación
de la dec oració n, que llega a desap arecer e n la may or p arte de los casos, así como po r una mejora d e las
pastas, con co cciones oxidantes y engobe s c laros y homogéneos, a las q ue difícilmen te po demos atrib uir
una cronología anterio r al siglo I V a.C.
95
T ambién denom inad a “fase constructiva 4. Vivienda II. Siglo III a. C.” e n Jiménez (2002 : 13 4-135 ).
96
Con pied ras de 10 x 1 5 cm.
97
Do cum entam o s un mortero de p erfil evolucio nado (nº inv.: 41 9-3) co n pa ralelos claro s e n la última fase
de Mo ntem o lín ( García V argas y otro s 198 9: fig. 3) y en el nivel 6 d e Cerro Macar eno (P ellicer y o tros
198 3: fig. 27 , 1 82 4), lo que per mit e atribuirle una cro nología de mediados del siglo II I a.C. Apar ece, de l
61
Fase denominada "Fase estratigráfica 7. Vivienda turdetana III. Segunda mitad del s.
III a. C. ( ant erior a II Guerra Púnica) " .
Adscritos a este mom ento se r egistra ron do s muros (UUEE 381 y 405) (fig.
I I I.8). El 381 consta de una hilada de mampost ería caliza
99
, arenisca y b arro. Su aparejo
era i rreg ular, contando con unas dimensiones de 54 cm de ancho y 1,54 m de largo.
Traba con el muro 4 05 en forma de T y tiene una orientación SO-NE. Parece que hacia
el Sur podía existi r un vano
100
.
Por su parte, el muro UE 405 es de mampostería caliza
101
y guijarros m edianos,
lajas de pizarra y barro. Su aparejo es irregula r y sus di mensiones abarcaban los 35 cm
de anchura y 1,42 m de l ongitud, manteniendo una orientación NO-SE. S e interpretó
como testero del edificio t urdetano. El pavim ento que se l e asocia es l a UE 382
compuesto por una capa de arcilla "tostada" , ceniza y carbonc illa de 6 cm de espesor.
L a fecha p ropuesta para esta ocupación es de segunda mitad del siglo II I a. C.
(antes de la I I Guerra P única), aunque el hall azgo de un borde de cerámica campaniense
A en el interior del pavimento podría rebajar esta cronología a las primeras décadas del
siglo I I a. C.. El resto del material es poco elocuente y está compuesto básicamente por
m ism o modo, un leb rillo de grande s dimensiones pro visto d e asas y un c uenco co rresp ondiente a la
Forma I-C de Escacena, q ue pod emos fechar entre los siglos IV y II a.C.
98
Es pro bab le que algunos d e los materiales insertos en esta estructura (UE 41 8) pro cedan d el mism o
depó sito, y a que ambos conforman conjuntos muy heterogéneos en los que se entremezclan r estos de
otras ép ocas (c erámica a mano, cerámica gris orientalizante, ánforas, etc .) c on especie s pro pias d el siglo
III, como puede ser un fragm ento a típico d e cer ámica de “Kuass”, que nos sirve de términ o post quem .
Destacan for m as q ue se generalizan a par tir de mediados o finales d el siglo IV, como los vasos par a beb er
(nº inv .: 41 8-7 y 417 -1), las ollas de c ocina de factura tosca (nº inv.: 41 8-25 y 25 ) – pare cidas a la s
documentadas e n e l estrato XX d e Vico (Bande ra y Fer rer 2 002 : fig. 13 )– o las urnas globulare s con asas
acanaladas (nº inv.: 417 -18) (For ma IX-A de Escacena) , que encontramos presentes desde el nivel 1 0 de
Cerro Macare no (P ellicer y otro s 19 83: fig. 35, 16 09 ). Lo mis m o se puede decir d e un b ord e de ánfora de
la Forma B-C de P ellicer (nº inv.: 418-19 ), con paralelo s en Cerro Maca reno desde finales del siglo I V
a.C. (Pe llicer 197 8: fig. 4, 1576 ). Entre los cuencos, q ue pueden agrupar se en su conjunto d entro de la
Forma I-B de Escac ena, hemos identificado un ej emplar con el bo rde biselado al interior y al exterior (nº
inv.: 417 -38), lo q ue constituy e un rasgo c aracter ístico del siglo I II, como ha p odid o obser varse, sobre
todo , en lo s últim o s niveles de Montemolín ( García Vargas y o tros 198 9: 2 24 ) y Vico (Bande ra y Ferrer
200 2: fig . 1 3). El resto d e las for m as co mu nes (leb rillos, urnas glob ulares y b itronco cónicas, cuencos) son
m enos elo cuentes, aunque se sigue obser vando una tendencia generalizada a la reducció n de la d ecor ación
y una mejora en las téc nicas d e fabricación, con pastas cada vez más depurad as y una cocción
pred omin antem e nte, que car acteriza a las pro ducciones d el siglo III a.C.
99
Pied ras d e 20 x 20 c m , 17 x 13 cm.
100
Po r co ntinu idad del p avim ento.
101
Pied ras d e 15 x 10 c m .
62
frag mentos atípicos cerámica común o con decora ción pintada. L as úni cas formas
identificables son un borde de lebrillo de perfil evolucionado, parecido a otro
procedente del ni vel 4 de Cerro Macare no (Pelli cer y otros 1983: fig. 23, 1994 ), y un
plato turdetano muy común, con el labio ancho terminado en pestaña. Por su parte, la
amortización de este contexto es documentada en e l depósito UE 380, datado por
nosotros en la 1ª mitad del s. I I a. C.
102
3. 1. 2. 2. 1. 6. Argote de Molina, 7
En e s ta inter vención arqueológ i ca se documentaron restos de varias
edificacione s de época turdetana (Campos 1986: 22) (Estratig rafía nº 5). L a m ás antigua
se fechó en los finales del s. V a. C. (nivel 31) y consistí a en un muro detectado en el
testigo sur del corte 2 (fig. II I .9). Su orientación era Este-Oeste y se encontraba
construido con piedras y cantos rodados gra n tamaño, conservándose un alzado con una
altura de 30 cm. L a no detección de nivel alguno de pavimento dio pie a su excavador a
suponer que el i nterior de l a edificac i ón se halló hacia el S ur, embutido bajo el testigo
del sondeo (Campos 1986: 22).
En un m omento más tardío se erigió otra edificación, incluida en los ni veles 28-
26, construida a base de piedras de diversos tamaños. El grosor del muro detectado era
de 40 cm, hallándose a su alrededor restos de adobes, de 30 x 35 cm y 40 x 44 cm. En
su cara norte se encontró un pavimento de arcilla roja apisonada, con varias c apas
(debido a reparac i ones o reconstrucción de la vivienda) (Campos 1986: 22). La datación
ofrecida es de fines del s. I V a. C. (Campos 1986: 22) (fig. I II .10
103
). Posteriormente, se
debió reconstruir esta vivienda, que pervivió hasta mediados del s. I I I a. C., pues fue
detectado un niv el de incendio (nivel 25A) que se vinculó al momento o a la causa de su
destrucción.
102
D estaca un vaso de perfil en S sin deco ració n, un fragmento atípico d e urna co n baquetón, un p lato
común de pequeño tamañ o y un cuenco de bo rdes entrantes, asimilable a la Forma I-H d e Escacena, con
una dec oració n p oco hab itual a ba se d e puntos a lo largo del b ord e. Encontramos también un bo rde de
ánfora Pe llicer D ( variante 2 d e Niveau de Villed ary) y un fragm ento atíp ico d e campaniense A .
63
Según se desprende de los ajuares publi cados por el propio C ampos (1986: fig.
78 y 79), así como de otros materiales inéditos estudiados por nosotros y procedentes
presuntamente del nivel 26
104
, podemos asignar a la amortización de este muro una
cronología que abarc aría el últ imo t ercio del siglo I I I, ll ega nd o a los primeros años del
I I a. C.
105
.
3. 1. 2. 2. 1. 7. Muñoz y Pabón, 8 (1ª y 2ª Fases de intervención)
Escasísima es la información derivada de la intervención arqueológ i ca en Calle
Muñoz y Pabón, 8. En la doc um entación emitida de las dos fases de intervención
llevadas a cabo (Mejías 2001 y 2002) se describen una serie de estructuras de
103
Los d os salientes situados al SO de l mu ro corresp onderían, creemos, a acúmu los de adobe s
derr um b ados si b ien la publicac ión no explicita d el tod o su cor respo ndencia.
104
Las siglas d e esto s materiales, de positad os en el M useo Arqueoló gico P ro vincial de Sevilla,
corr esponder ían a l intervalo num ér ico ad scrito al nivel 26 en la publicació n de esta intervención, si b ien
no apar ecen m encionados en la mism a. Lo mism o sucede con algunos materiales pro cedentes de otro s
niveles de esta mis ma intervención y d e la excavación re alizada años d espués en la Calle San Isidoro , 21-
23 ( Cam pos y otros 1 988 ).
105
E ntre lo s materiales inéditos sobr esalen dos bo rde s de ánforas per tenecientes a la Forma D de P ellicer
(nº inv.: 4 552 y 4 492 ): uno indiferenciado, marcado úni cament e por un engrosamien to al interior que le
confiere el característico pe rfil alm endra do y que po dríamos asim ilar a la variante 8 de Niveau de
Villedary (20 02: 2 39) , co n p aralelo s en el niv el 6-5 de Cerro Macareno, de finales d el sig lo III a.C.
(Pe llicer 19 78 : fig. 7); y un segundo b ord e, engrosado al exterio r y separ ado d el cuerpo por un e scalón
pro nun ciado , que Niveau d e V illedary incluy e d entro de la variante 1 (20 02 : 2 37) . Este último pr esenta
analogías co n un ejemplar casi completo d ocument ado en el po blado de Las Cumbres (P uerto de Santa
María, Cádiz) y fechado en la segunda mitad del siglo I II a. C. (Ruiz Mata y Pé rez 199 5: fig. 30; Ruiz
Mata y Niveau d e Villed ary 1 999 : fig. 4). Encontramos también un bo rde de ánfora gre coitálica, que
pod ríamos fechar a lo lar go del siglo II I a.C. Sin embargo es un fragmento de ánfora gaditana e l q ue nos
apor ta una cro nología m ás p recisa (nº inv.: 45 50) . Se trata de un ejemplar per teneciente al T ipo 9.1 .1.1 de
Ram ó n (199 5: 2 26-22 7), c uy a p rod ucción se extiende desde el últim o tercio del siglo III hasta finales del
II, c onviviendo con las primeras Dre ssel 1 importadas del sur d e Italia. La cerámica gro sera pro cedente
este nivel se ajusta b astante bien a la cr onología pr opuesta po r nosotro s: un mortero de bo rde engrosad o y
apéndice interio r muy desarr ollado (nº inv.: 4 51 1); d os ollas de cocina (nº inv.: 4483 y 45 32 ), similares a
las d ocumen ta das en el nivel 5 de Cerro M acareno (P ellicer y o tros 19 83: 2 4); a sí c omo un bor de d e
factura tosca y p erfil triangular ( Cam pos 198 6: fig. 7 9), co n una leve aca naladura en la p arte superior que
la asemeja a lo s recip ientes de co cina amortizados en lo s poz os tard opúnicos d e la necrópo lis d e Cádiz
(Niveau de Villedar y 2 001 -2002 : 2 83). Los materiales publica dos po r Campos co ntribuy e n a co m pletar el
elenco de formas caracter ístico del tránsito al siglo II a.C. Sólo d os bor des de ánforas corr espondientes a
la Forma B-C de Pellicer desentonan ligera m e nte con esta c ronolo gía (Campos 198 6: fig. 79 , 4 483 y
449 4), ya que se trata d e variantes frecuentes en lo s co ntextos de finales d el siglo IV a . C. (Pe llicer 1 97 8:
fig. 6 ). Lo mism o se pued e d ecir de un fragmento de cerámica ática de b arniz negro (nº inv.:44 96) , q ue el
autor fecha a finales del siglo I V a.C. P or lo d emás, la cerám ica a torno comú n y pintada: vasos
caliciformes ( Cam pos 19 86: fig. 7 8, 4 484 y 4 49 5), urnas bitro ncocónicas (nº inv.: 456 3), urnas globulares
de cuello cilíndrico (4 476 , 449 1 y 44 79) y lebr illos de bord e evolucionado (4 516 ), pre senta claras
analogías con los conj untos exhum a dos en los estra tos 4 y 3 de Paj ar de Artillo (Luzón 19 73) , lo s niveles
6 y 5 de M acareno (P ellicer y otro s 19 83: figs. 25-27) y el estrato XXVIII de Vico (B andera y Ferr er
200 2: fig. 17) , fechados a finales del siglo III e inicios del II a. C.
64
cronología imprecisa, pues ni se detallan los materiales que han sido empleados como
bases cronológica s de las dataciones, ni se numeran l os depósitos asociados a ellas (sólo
se les asig na numerac ión a las UUEE c o nstructivas) y se observa cómo en ambos
informes se presentan visiones parciales de estos conjuntos, omiti endo referenc i as entre
los hallazgos de los dos mom entos. Asi mismo, no se presentan secuenc ias temporales
de UUEE, ni relaciones estratigrá ficas ni matrices, por lo que todo análisis de los datos
contenidos en estos trabajos es altamente limit ado
106
. De igual forma, no concuerda la
descripción de los muros con la representación pl animétrica pues en el i nforme de la 1ª
fase se detallan unos m uros y en l a planimetría de la s egunda fase aparece n otros (fig.
I I I.11). De esta forma, con las limitaciones descritas, l os resultados obt enidos
consistieron en la detecc i ón de estructuras dos fa s es consecutivas.
Fase 1:
Se documentan tres muros, uno de adobe y dos de mampost ería. El de adobe
tenía 1,8 m de larg o, presentando un enlucido de arcilla blanca en ambas caras q ue
continúa como pavimento en su cara oeste. S u anchura era de 0,52 m. L os otros dos
muros son de mampostería de piedras media nas trabadas c on mortero de barr o.
Fase 2:
Aparec e un muro de mampost ería, si milar a los anteriores, con una longitud de
1,14 m y un grosor de 0,54 m.
L a cronolog ía que se ofrec e para estos hallazgos es del siglo IV al I I I a.C. Este
extremo no ha po dido ser verificado por nuestra revisión, y a que las cajas de material
depositadas en el Museo Arqueológico Provincial contienen bolsas refer idas a uni dades
estratigr áficas que no coinciden con las indicadas en los informes, las cuales,
recorde m os, se ceñían exclusivamente a unidades c ons tructivas. Ent endemos, por lo
tanto, que el contenido de estas cajas debe pertenece r a uni dades deposicionales que no
106
La p resentación exclusiva d e planimetrías d e fases no nos p arece suficiente po r cuanto requiere la
aceptació n d e las d eterminaciones c ronoló gicas ofrecidas para lo s horizontes co nstructivos d etectad os.
Las c arencias d el r egistro o bservad as no rep resentan el mejor aval para la solvencia científica del eq uipo
de intervención.
65
aparec en en l a documentación entrega da, de modo que resulta imposible su vi nculación
estratigr áfica.
3. 1. 2. 2. 1. 8. Palacio Arz obispal , sectore s archivos y tribunal . Sondeo I
En esta intervención s e documentó un muro de piedras alcor izas trabada s con
barro (UE 72) de 62 cm de anchura y 1,98 m de recorrido documentado (fig. I II . 12 y
Estratigra fía nº 7). S e trataría de un zócalo de piedras, sin cimentación, sobre el cual se
elevaría un muro de adobe. S e le asocian dos fases de ocupación (Mora y Romo 2003).
L a más reciente se encuentra definida por el nivel de pavimento UE 111
107
que limita en
su cara superior al depósito UE 77. Este depósit o correspondería a su vez a la
amortización del nivel original del suelo de la edificación UE 112, de sim ilar factura
que UE 111 pero con n ódulos de cal, guijarros y fragmentos de galbos cerámicos
108
. Se
afirma que este muro se “cimenta” sobre la estructura UE 163
109
a la cual se le asocia el
nivel de pavimentación UE 113
110
.
En la planimetría del conjunt o de hall azgos de los sondeos I , I I y I V aparece n
numerados erróneamente el sondeo I y el II pues la numerac i ón corre cta es justo al
contrario: el sondeo I al Sur y el I I al Norte
111
.
L a cronología ofrecida para estos hallazgos se circunscribe a los s s. I V-I II a. C.,
si bien aún no ha podido ser verifica da por nuestro equipo.
3. 1. 2. 2. 1. 9. Palacio Arz obispal , sectore s archivos y tribunal . Sondeo II
107
Sólo repr esenta a la línea de suelo.
108
Restos a los cuales se le s asignó la UE 75 .
109
No ap arece descrita ni repre sentada en la pla nim etría .
110
Éste sí ap arece , aunque, p or su d isposición, podríamos llegar a pensar que la UE 16 3 es el tramo
inferior d el m uro UE 7 2, rep resentado p or una leve desviación en el d ibujo , tratándo se por tanto de dos
zócalo s distintos y su p erpuestos p arcialmente.
66
L a secuencia documentada en este sondeo presenta algunas dificultades de
lectura de rivadas de desaf ortunadas interpreta ciones constructivas y de err ores en la
represe ntación gr áfica de la misma.
Se detectan dos fases constructivas en este sondeo refe rentes a época t urdetana
(Mora y Romo 200 3) (Estratigra fía nº 8). P or un lado, la más reciente (fig. I I I . 13)
consistente en dos muros UUEE 114 y 83
112
de piedra y guijarros trabados con barro
113
.
Sus or i entaciones son Norte -Sur para el muro 114 y Este-Oeste para el 83. No e s
posible precisar el ni vel de uso de estas estructuras por cuanto las asig naciones
efec tuadas en el informe son equívocas y corresponden a una fase posterior. La supuesta
continuidad de vida en común de las UUEE 114 y 82
114
es igualmente inexacta por
diferenc ia de cota, inexistencia de conexión estratigr áfica, e tc.
115
.
L os ex cavadores fechan esta fase en el siglo I I I a.C. a partir de los materiales
contenidos en el depósito UE 81. Sin embargo, ex aminados los perfiles, la relación de
colmatación del muro UE 114 por el citado depósito parece evidente, consti tuy endo un
posible vertido de anulación y nivelación del terreno para dot ar d e un nivel de u so a una
nueva edificación (UE 66)
116
. A su vez, el depósito UE 80 amortiz aría el nivel de uso de
la edificación a la que pertenecía el muro UE 66. Por nuestra parte, la revisión de los
materiales contenidos en el depósito UE 81 arrojan, a nuestro juicio, una datación del s.
I I I a. C.
117
, mi entras que el relleno UE 80 muestra una cronología a inicios d el s. I I a.
C.
118
.
111
Adem ás hay reseñar que la o rientación d e los planos d e lo s sondeos es err ónea p ues el No rte ap unta
realmente hacia el Oeste como se infiere del texto d el informe.
112
El cual ap arece repr esentado co mo un dep ósito en el p erfil norte.
113
Véase el ap artado co rrespo ndiente a los espacio s re sidenciales d e época r epublicana par a la d iscusión
sobre la no inclusión en esta fase del muro UE 82 y el pavim ento UE 9 4, co mo afirm an sus excavadores.
114
Muro aso ciado a la UE 11 4 en el informe de excavación.
115
Véase la ficha co rrespo ndiente.
116
De ser a sí, la estructura UE 114 constituiría un cim ie nto y zócalo de la edificació n, encontrándose su
nivel de uso hacia la línea marcada c omo UE 95 . P or su pa rte, el muro UE 6 6 ap rovecharía el anterior
zócalo (UE 1 14 ) como cimiento, corre spondiéndo le un nivel de uso coincidente co n la línea definida
como UE 94 .
117
En él encontramos do s cuencos d e bord e b iselado, que apar ecen asocia dos a d os cuencos-lucerna de la
variante no c arenada y a o tros c uencos más co mu nes c on de coració n pintada. Esta cronología viene
apoyada también p or la presencia de una o lla de coc ina y un bo rde de ánfora asimilable a la Forma B-C
de Pellice r, con parale los e n el nivel 9 de Cerro M acareno ( Pellicer 197 8: fig. 4, 1 640 ), d e principio s del
siglo III.
118
E l hallazgo de un bo rde de ánfora d el tipo Ram ó n T -9.1 .1.1 . pe rmite fechar este estrato a finales d el
siglo II I o más pro bab lemen te a inicios de l I I a.C. P or lo de m ás, pudimos identificar do s cuencos de b ord e
biselado sim ilar es a los do cum e ntados en la UE 8 1, vario s cuencos de b ord e sim ple o engrosad o
(Escacena I -B y I-D) y o tros fragmentos de urnas y lebrillo s con una amplia perduració n cronoló gica.
67
En una fase de ocupación más antigua se desarrollaría un alzado de adobe (UE
92
119
), que recorrer ía el sondeo en dirección Norte-Sur
120
, gozando de una anchura de
58 cm (fig. I I I . 14). Hacia el Este se le asocia un nivel de pavimento de guijarros (UE
90) trabados sobre lecho de arcilla roja y arc i lla roja y ceniza, mientras que hacia el
oeste se le vincula una le chada de a rcilla roja adaptada al muro (UE 107) .
Esta última fase es datada en torno al s. I V a. C. por los materiales ofrecidos por
el depósit o UE 91, si bi en su cronología es difícil de determinar, y a que encontramos
abundante cerámica de época orientalizante mezclada con tipos propios de los siglos V
y I V a. C .
121
. En cualquier caso, se trata de una relación de coetaneidad equívoca pues la
relación entre el m uro y este depósito no está clar a, siendo más probable que lo colmate.
3. 1. 2. 3. Espacios d e culto
No ha sido localizado en el sol ar hispalense ningún espac io ni estructura que
pueda ser adscrita a parte de un complejo de culto de época turdetana
122
. S in embargo,
recientes i nvestigac iones están po niendo de relieve l a especial relación exis tente entre
Spal y el santuario descubierto en el alto de El Carambolo (Camas, Sevilla) (Escacena y
Belén 1997 y Escacena 2002). No hay que descar tar por lo tanto l a posibilidad de que
éste consti tuy era una refere ncia religiosa de la comunidad protohistórica hi spalense. Sin
embarg o, el abandono de este enclave antes del período turdetano nos deja sumidos en
un vacío de informac ión para la última etapa de la ciudad prerr om ana.
119
Representado en los p erfiles como UE 97 .
120
A pesar d e que la indica ción de los ej es card inales se encuentra m al orientada en la planimetría.
121
Se tr ata de un b orde d e ánfora fenicia “de saco” o Vuillem o t R-1, tre s b ord es d e plato s de b arniz ro jo y
varios fragm e ntos de cerá m ica hecha a man o de superficies alisadas. Algo posterio r parece un asa tubular
gem inada , per teneciente pro bab lem ente a una urna “Cruz d el Negro ” evolucionada. Junto a estos r estos
apare cieron d os bo rdes de ánfora M añá-Pascual A4: una c orre spondiente al T ip o T-11 .2.1 .4 de Ramón,
que p odr íamos fechar a finales d el siglo V o d urante e l IV, y o tra m á s tardía ( T -12.1. 1.1 .), c uy a
pro ducción se de sarrolla a par tir de m ediad os del siglo IV a.C.
122
E scasos son lo s testimonios co nocidos de e spacios de culto p rerro man os en el Suroe ste peninsular. Los
testim o nios d escubiertos co rresp onden fundam entalmente a ép oca o rientalizante. Su tipolo gía edificatoria
es variab le y sim ilar en múltiples ocasiones a los edificios interp retado s como viviendas. Sus
caracter ísticas definitorias c onsisten e n la p resencia de deter min ad os elementos cultuales, en especial
altares como los documen tados en Coria del Río (Escacena 2 000 ) y en El Carambolo (Fernández y
68
3. 1. 2. 4. Espacios artesanales
Tampoco se han reg istrado testi monios de actividades productivas de esta
época
123
, a excepción del pequeño hornillo de fundición localiz ado en la int ervención de
la Calle Abades, 41-43 (cata 15A), el cual ha sido puesto en relación a una actividad
puramente doméstica.
3. 1. 3. Sín tesis del estado de conocimiento de la ordenación urban a de la Spal
turdetana
Escaso es nuestro conocimiento de la trama urbana de Spal . El análisis temático
arriba ex puesto sólo permite i ntuir ciertos rasgos cara cterísticos de l as edificaciones,
como su técnica edil icia basada en zócalos de piedra, con escasa o nula cimentación,
que sostienen alzados de adobe y dotados de pavimentaciones a base de tongadas de cal
y arcilla roja. En cuanto a la planta de las mismas sólo es posible constatar una
ortogonalidad manifiesta en sus trazados. Vagas informaciones que refrendan los
testimonios publ icados de otros encla ves.
El conocimiento del trazado y función de edificacione s y espacios cívicos, esto
es la ordenación urbana de la ciudad, prácticamente se nos escapa . Hemos podido
Rodríguez 2005 ), así como la acum ulació n de ob je tos e xcepcionales (Ruiz Mata, Niveau d e Villeda ry y
Vallejo 19 98: 76) .
123
De sde el s. VIII a. C. hasta el s. V I a. C. se constata la p resencia de espacios d edica dos a la explotació n
m etalúrgica. A partir d e e se mom e nto, fruto a los cambios socioe conómicos prod ucidos en la T urdetania,
aum enta y se generaliza n las actividades y esp acios destinados a la elabora ción d e pr oductos
agropec uarios. En este sentido destacan las factorías d e salazones de pescad o, situadas frecuentem ente
fuera d e los núcleos urbanos en em plazamientos de sumin istro fácil ( Ruiz Mata, Niveau de Villedary y
Vallejo 19 98: 7 6-79) . Espac ios destinados al p roc esam iento del ace ite han sid o do cum e ntados p ara fines
del s. I V y to do el s. II I a. C. en Cerr o Nar anja (J erez de la Fr ontera) y del vino en el Castillo de Doña
Blanca y en el p oblad o de Las Cum bres. P or su pa rte, los alfares d ocumen ta dos hasta el mom ento se
engloban e n el arco cronoló gico que va desde e l s. VI a. C. (La Campiña de Mar molejo) al s. III a. C.
(T orr e Alta, Sa n Fer nando). De l s. IV contamos c on la importantísim o s hallazgos del Cer ro Macare no
(Fernández y otro s 1 979 ) y e l P aj ar de Artillo ( Luzón 197 3). Sin em bargo, no es posible ubicar tale s
69
reconstruir con cierta verosimilitud cuál sería el relieve sobre el que se asentaron las
construcciones turdetanas y , sobre él hemos situado aquellas que han s ido
documentadas hasta la a ctualidad (fig. I I I. 15) .
L a image n nos muestra un promontorio alargado que, a pesar de lo que se ha
defendido hasta el m omento, no constriñe la ocupación turdetana de l a zona puesto que
las estructuras documentadas recientemente en el P alacio Arzobispal avanzan hasta l a
cota 6 msnm, a orillas del río.
L a i ndefinición funcional que deriva de la fra gmentar iedad de los restos
hallados, así como la ti pología anodina de las uni dades arquitectónicas estudiadas hasta
el momento, no permiten postular una articulación del espacio urbano. Más aún cuando
éste se encuentra indefinido en su extensión ante la ausencia actual de testimonios de
sistemas de amurallamiento.
L a orientación de los restos exhumados se encuentra basada grosso modo en una
adecua ción a los ejes cardinales, especialmente en la franja occidental de la ocupación
detectada. Tan sólo en ocasiones, y fundamentalmente en la z ona oriental más elevada,
se observa una desviación con respecto a los mism os, aparentemente derivada de ajustes
al relieve topog ráfico.
En lo que se refiere a la evolución temporal de estos contextos, hemos de afirmar
que la may oría de las intervenciones que h an alcanzado contextos anteriores a la
conquista romana lo han hec ho a tra vés de pe queños sondeos excavados mediante
niveles arbitrarios (tabla I I I .3). Este sist ema de registro muestra, en el caso hispalense,
escasa validez a l a hora fechar momentos de ocupación pues, de forma generalizada, se
mezclan los depósitos derivados de la construcción con los procedentes del proceso de
abandono y amortiz ación de las difere ntes estructuras. El resultado es que e n estas
excavaciones sól o es posi ble determinar las fases de abandono y –en contadas ocasiones
y de forma muy limitada– los momentos previos a la ocupac ión. A las limi taciones
cronológic as habría que añadir tambi én la escasa información que se obtiene s obre el
uso de estos espacios, y a que en la may or parte de las ocasiones no se documentan
descubrimientos dentro del entramado urb ano de sus resp ectivos asentam iento dad a la fragm entan edad
de la información obtenida .
76
4. 2. Sistemas defensivos en Hispal is
4. 2. 1. S obre el recinto amurallado de época republicana. Propuestas tradicional es
y testim on ios
Hasta el momento ha n sido for m uladas dos r econstruccione s pa ra el circuito
defensivo de época republicana. C ampos, en su propuesta, empl ea como indicadores de
la extensión de la ciudad republicana tanto las excavac iones arqueológ icas que han
detectados o no niveles
132
de esta época como hallazgos casuales, aunque él mism o
reconoce que “no existe referencia clara de que alguno pueda tratarse de restos de época
republicana” . Asimismo, utiliz a el parcelario actual como definidor del trazado murario,
si bien la l ectura detenida del rec orrido propuesto parece i ntentar combinar esta
información con la topografía actual (Campos 1989: 251-254). Est e t razado p ues
discurriría, a juicio de este autor, desde la Calle Galindos si guiendo l a cota 14 msnm
hacia el Sur hasta el Palacio Arzobispal, allí torcería hacia el Este hasta l as
inmediaciones de la Parroquia de Santa Cruz a partir de donde ascendería de nuevo por
la calle Vírge nes (cota 13-14), gira ndo de nuevo hacia el Oeste, hasta la Cuesta del
Rosario (fig. I . 12). Se afirma que el sector occidental del t razado discurriría por una
cota superior a la 14 msnm al tratarse del sector más combatido por l as inundaciones del
Tag arete y el brazo secundario del Guadalquivir. Por t anto, se plantea una implantación
de forma campamental, apar entemente contradictoria a l a supuesta buena acogida
dispensada p or la población i ndígena a la “ocupación” romana (Campos 1989: 246), si
bien se intenta dulcificar su impacto mediante la postergac i ón de la fecha de la
misma
133
.
Por su parte, C orzo (1997: 200-201) desarrolla un original método consistente en
vincular directamente la cota de aparición de la capa freática subterránea con el
mantenimiento soterra do de los distintos lienzos de muralla. Así se establecen tres
132
T éngase en cuenta que en las fechas d e r edacc ión de este trabaj o aún no se había e xtendido el uso d el
m étodo Harr is de re gistro estratigráfico.
77
grupos de cotas de hallaz go del freático para el centro his tórico de la ciudad: superiores
a los 8 msnm, entre 7 y 6 msnm y alrededor de los 4 msnm. De esta forma, el área de
localización del manto freático p or encima de los 8 msnm s ería la correspondiente al
recinto de época cesariana , mientras que el área ocupada por el freático por encima de
los 4 msnm correspondería al re cinto de época imper ial (fig. I . 17).
Sin embargo este m étodo adolece de dos dificultades básicas de aplicación. L a
primera de ellas es una cuestión de concepto pues, para q ue éste pudi era ser válido,
necesar i amente impli caría que los distintos lienzos murarios deberían conservar s e
completos o con la suficiente integridad como para servir de barrera física de
contención de las aguas. Est e hecho es más que i mprobable puesto que, en primer lugar,
las m urallas de la ciudad sufrieron un importante proceso de expolio de material
constructivo
134
derivándose de ello una desigual conservación d e sus recorridos
correspondientes, y , en segundo l ugar , toda m uralla tiene sist emas de acceso (puertas)
que comportarían lugares de evacua ción del freático en ambas direcciones. La segunda
dificultad que presenta este análisis es su deficiente plasmación técnica. No se
consignan l os diversos valores de cota obt enidos en l as i ntervenciones arqueológica s , ni
siquiera se indica la oportuna corrección o regularización de los mismos
135
, ni se
explicita cuál ha sido el sistema de interpolación de puntos que ha permitido la
elaborac ión de ese plano de curvas de nivel, el cual, por o tra parte, coincide demasiado
certer amente con las propuestas ofrecidas hasta el momento para el recinto imperial y
formaliza extrañas adaptacione s ang ulosas en su extremo suroccidental, ajenas a l a
lógica que impone el trazado de curvas de n ivel.
Aparte de la lógica derivada de la casuística genera l, la ex istencia de un fuerte
recinto fortificado a mediados del s. I a. C. es recog ida en las fuentes literarias
133
Pa ra una mu e stra de la evolución formal del pe nsam iento d e Campos a este r especto véase la figura
I.11 .
134
Ej emplo evide nte de esto lo veremos más a delante en el expo lio constatado en el caso d el lienzo d e
m uralla detecta do e n la Encarnación.
135
Puesto q ue en las distintas intervenciones estos datos se consignan de forma diversa (baj o rasante,
sobre el nivel del mar) y sobre distintas bases ca rtográficas, las c uales, p ara el m ismo punto, ar roj an
valores diferentes hasta en 40 cm.
78
cesaria nas, en concreto en el Bello Hispaniensi
136
. L a narrac ión corresponde al
momento en el cual César, tra s tomar Córdoba, se dirige a Hispalis (45 a. C.).
Caesar Hispalim cum co ntendisset, legati d eprec atum venerunt. Ita cum ad oppidum esset
ventum , Caniniu m cum pr aesidio legatum intromittit: ipse castra a d op pid um p onit. Er at bene magna
m anus intra Pompeianarum partium, quae praesid ium r eceptum indign a retur clam quendam Philonem,
illum qui Pompeianarum par tium fuisset d efensor acerr im us – is tota Lusitania notissim us er at -: hic c lam
praesid ia Lu sitaniam pr ofisciscitur et Caecilium N igrum , ho m inem b arb arum , ad Lenniu m convenit, qui
bene m agnam m anum Lu sitanor um haberet. Rev ersus Hispalim in opp idum denuo noctu pe r mu r um
recipitur: p raesidium, vig iles iugulan t, por tas pra ecludunt, de integro p ugnare coeper unt.
Dum haec geruntu r, legati Carteie nses renuntiaverun t q uod Po mpeium in p otestatem haber ent.
Quod ante Caesari portas pr aeclusissent, illo beneficio suum malefi cium existim abant se lucri facere.
Lus itani Hispali pugnare nullo tempore desistebant. Quod Caesar cum animadverteret, si op pidum cap ere
contenderet, timui t ne homin e s pe rditi incenderent e t moenia d elerent; ita co nsilio habito noctu patitur
Lus itanos eruptio nem facere; id quod consu lto non existimabant fieri. Ita erum pendo navis, quae ad
Baetim flum en fuissen t, incendun t. No stri dum incendio detinentur, illi p rofugiunt et a b eq uitibus
conciduntur. Quo facto o ppid o r ecipera to Astam iter facere c oepit;
137
Como el tex to refiere , l a ciudad estaba rodeada de sóli das fortificacione s. Unas
defensas de bastante e nt idad que hicieron dudar a Césa r sobre la intensidad de su
ofensiva en orden a conservar s u i ntegrida d, pu es de lo contrario hubiera podido
136
Si bien la autoría d e César es discutida, planteándose ac tualm ente q ue su re dacció n c orre sponde a uno
de lo s combatientes de su e jér cito debid o a su apar ente c onocimiento dir ecto de los hechos militares
narrado s (Wa y 199 7:3 05) .
137
“On Caesar’s m arching to Hispalis envoys came to him to entreat his par don. So w hen he reached the
tow n, he sent in Caninius as his de puty , acco mpanied by garr ison force, w hile he hims e lf pitched camp
near the tow n. Now inside the town there w a s a good large gro up o f suppo rters of Po mpeius, w ho thought
it scandalous that a garrison should have been admitted unbeknow n to a certain Philo- the man w ho had
been the most ardent champion o f the Pompeian faction, and w as very w ell-kn own figure throughout
Lus itania. T his man now set out for Lusi tania wi thout the know led ge of o ur garr ison troo ps, and at
Lenn ium met Caecilius Niger, a foreigner, w ho had a good lar ge force of Lusitan ians. Returning to
Hispalis , he p enetrated the fortifications by nigh t and thus gained re-admis sion to the to w n; wh ereupon
they massacred the garr ison and sentries, bar red the gates, and renewed hostilities.
In the co urse o f these proc eedings envoys fro m Car teia d uly rep orted that they had P ompeius in their
hands. T hey thought they stood to gain b y this good dee d, which m ight o ffs et their p revious offence in
having barred their gates to Caesar. At Hispa lis the Lus itanians kept up the figh t wit hout a mom ent’s
pause; and when Caesar o bserved their stubbo rnness he w as afraid that, if he m ad e strenuous efforts to
capture the tow n, these desperad oes mi ght fire the to w n and destro y the walls. So after hold ing
consultations he a llow ed the Lus itanians to make a sally b y night – a course w hich the latter never
supposed was deliverate p olicy. Accord ingly , they m ad e a sally, and in the proc ess fired some ships
w hich were alongside the river Baetis. While our men were occupie d with the fire, the Lus itanians took to
fligh t and w ere cut down by our cavalry . T his led to th e recovery of th e town; w hereupo n Caesar
79
reedifica rlas tras la toma de la ciudad. Este pasaje se encuentra avalado por un tex to de
Casio Dión en el que se narr an los mismos hechos
138
.
Sin embargo, en la actualidad no contamos con ni ngún dato arqueológico directo
que pe rmi ta de finir su formulación arquitectónica, diseño o extensión. Excepciones
podrían parecer en un principio l os restos descritos po r Guichot y Gestoso en el s. XI X
en l a confluencia de la Puerta de Jerez. Documenta Guichot (1875: 88) que, hasta 1848,
existi ó un trozo de muro formado por grandes “piedras labradas en poli edros regulares”
que servía de cimi entos a las casas construidas sobre el Tagare te, a la izqu ierda de la
Puerta de J erez. Éste, en su época, s e encontraba tapado con la bóveda que cubría el
citado arroy o, pre cisando este autor que el citado muro se e ncontraba a la derecha,
entrando po r la Puerta de J erez. Por su parte, Gestoso (1984: 8-9) asume la idea de
Tubino (1886: 2-4) de que el l ienzo de muralla que va desde l a P uerta del L eón hasta el
Palacio de J usticia en el Alcázar era un resto de una primi tiva acrópolis. A su modo de
ver, pare cía mejor “ser obra de i mperfectos constructores tal vez cartaginese s” . Cita
este autor en relación a una supuesta muralla ciclópea el testimoni o anterior de Guichot
y rec oge a su vez la noticia del hallazgo de un lienzo de muralla tardío en la calle
Cerrajer ía. Sin embargo, estos vestig ios no han vuelto a ser r egistrados, siendo su
descripción demasiado som era como para afirmar su pertenencia a un recinto
amurallado y , menos aún, postular una c ronología.
En estas circunstancias, el pl anteamiento de la cuestión debe centrarse, a nu estro
juicio, en la incardinación de este recinto fortificado dentro de la dinámica evolutiva de
la ciudad coordinándolo con e l desarrollo de las re stantes área s funcionales
139
.
4. 2. 2. Sobre el recinto amurallado de época imperial. Propuestas tradicionales y
testim on ios
pro ceeded to march to Asta, from which towns hip env oys came to him to surrender it.” (Caes. Bello
Hispanie nsi, 35 -36). Hemos m anej ado la edic ión de W ay (1997 ) en Loeb .
138
Cass. Dio. Hist. Roma na. XLIII, 39, 2-3.
139
T emática que desarro llamos m ás ad elante.
80
L a definición de la cerca altoim perial hispalense ha suscitado diversas
disquisiciones desde fines de la Edad Media por la escasez de datos directos. Así, su
errónea e i nteresada
140
i dentificación con el recinto amurallado de época islámica, y a
presente en la Crónica de Juan II de 1434, supondrá un hito de conocimiento que se
mantendrá hasta l os primeros decenios del s. XX (González Acuña 2005)
141
. De igual
forma, noticias recogida s por cronistas antiguos acerca de hallazgos de posibles lienz os
de muralla dispersos por la ciudad han sido empleadas por diversos autores para definir
su trazado en puntos concretos, si bien constituí an en la may oría de los casos
informaciones dudosas o contra dictorias, siendo a vece s empleadas sin rigor
142
.
Con estas bases, y algunas otras de may or bondad relativa debido a su hallazgo
más reciente
143
, han sido formuladas varias propuestas de reconstrucción del
amurallamiento altoimperial hispalense.
De esta manera , Thouvenot (1940: 384-385), autor del primer análisis científico
contemporáneo sobre el urbanismo hispalense, opina que la muralla conservada hasta
sus días
144
“ no tiene nada de romana”, entendiendo que la ciudad anti gua no de bió
abarca r tamaña superficie. P ropone por el contrario un recor rido para el lienzo romano
que partiría desde los alrededore s de la Torre del Oro, dejando extra muros l os jardines
del Palacio de San Telmo
145
, pasando por el Alcá zar
146
, los alrededores de las iglesias de
Santa C ruz, Santa María la Blanca y San Ba rtol omé por las callejuelas paralelas a la
Avenida Menéndez y Pelay o, hasta la puerta del Osario (fig . I . 4). Se afirma igualmente
que la cer ca debió eng lobar a la iglesia de S an J uan de la Palma, pues defiende que
Rodrigo Caro desc ubrió en sus alrededor es ve stigios de unas termas, a unq ue é st os
140
Véase el a nexo de fuentes literarias.
141
Véase el a nexo de fuentes para la recop ilación de estas op iniones, en especial las d e Pe raza, Caro y
Guichot.
142
Como c aso parad igm á tico tenem os e l r elato d e Espinosa y Cárz el (Ortiz d e Zúñig a 198 8: T omo II p p.
11-15 ) referido a las ob ras de erecc ión del Templo del Salvador en el cual se refiere a los restos
encontrado s como edificacio nes y d el cual se ha r ealizado lectura parcial a pa rtir de un símil del autor
(“otro cim iento ... a m odo de las murallas de argam asa Romana”) par a d efender el trazad o de la cerca
im p erial (Collantes d e T erá n 19 77, B lanco 19 89 y Campos 1 993 ). Véase el texto co m p leto en el anexo de
fuen tes literarias.
143
Véase más adelante.
144
Esto es, la islámi ca.
145
Basándo se en el hallazgo d e tum bas en este enclave re cogido por Gestoso.
146
Ide a ap oyada por la c omu nicación de J. d e M. Carriazo a cerca del d escubrimiento de trazas de la
m uralla islámica en este secto r la cual d ebió rec ubrir, como e n Córdob a, a la romana, así co mo la noticia
oral transm itid a p or Bonsor concer niente en el d escubrimient o d e vestigios de la muralla ro m ana en el
Alcázar durante unos trab ajo s efectuados a finales del s. XIX (T houvenot 19 40: 384 , nota 2 ).
81
debieron referirse probablemente a unos b años de época islámica
147
. Del trazado norte y
oeste dice que no s e conocen, d udando de las opiniones que extendían los límit es de la
ciudad hasta l as Puertas de Goles y de la Macarena. Para ello se basa en comunicacione s
personales del conservador de Museo M. J . L afita acerca del cauce antiguo del río y la
edificación del bar rio de S anta C lara sobre aluviones del mismo, postulando que el
extremo oriental de la Alameda de Hércules y la Calle Amor de Dios debieron constituir
el límite occidental de la ciudad. La planta de la ciudad adquiriría, según este autor, la
forma de cuadrilátero alargado
148
, concentr ando la m ay or parte de los hallazgos
monumentales en la zona comprendida entre la sede de la antigua Universidad
149
y l a
Catedral, delimit ado por una cerca de núcleo de probable opus caementicium forrado
por paramentos de quadratum
150
.
Sin duda Col lantes de Terán fue el gran compilador de las not icias refer entes a
los hallazgos de m urallas de época romana, exponiendo s u propuesta de recorr ido de la
misma así como l a posible ubicación de sus puertas (Col lantes de Terán 1977: 72-79 y
fig. 6) (fig. I . 7
151
). S u propuesta estaba basada en la recopilación de not icias de
antiguos hallaz gos, la constatación de la presencia de pequeños tramos de muralla, la
observación de ciertos desniveles topográficos en l a ciudad actual y la ext ensión de los
lugare s de lo calización de restos urbanos romanos documentados hasta el momento.
Así, consigna ba los hallazgos en el s. XVI I I de restos constructivos identificados
entonces como parte del amurallamiento romano de l a ciudad en la iglesia de Santa
Catalina y en la Colegiata del Salvador
152
. I gualmente, describió el descubrimiento en
los años centrale s del s. XX de otros tres tramos de la supuesta muralla, uno en la Pl aza
de Vill asís - calle Orfila; ot ro en la calle Martín Villa, en paralelo al anterior y a una
distancia de alrededor de 80 metros; y un tercero en la misma C alle Orfila, continuación
147
Esta m ism a confus ión se pro duce en Caro, a continuación, con los “Baños d e la Reina Mor a” (Caro
199 8: fol. 27). En el caso de los baños del sector de San Juan de la P alma, es p osible que éstos
corr espondan a lo s ubicados en la ca lle Aposentadore s, vinculados p or Guerrero Lovillo (19 74: 96 y nota
24) con la erec ción en las inm ediacio nes del pa lacio abb adí conocid o como a l-Muka rram , aún en uso en
el s. XVI.
148
La reco nstrucción de esta cer ca no p arece configurar tal traza.
149
Actual Facultad de B ellas Artes.
150
Como testim oniab an algunos descubrimien to s efectuados, sin may or concrec ión.
151
Repr oducimos aquí la planim etría derivad a d e la d escripc ión liter aria efectuada por el autor d el te xto
pues éste recoge en la public ación un plano más evolucionado , fruto d e los traba jo s d e Ant onio Blanco , al
cual cita en nota (Co llantes de T erán 1 977 : 72 nota 22 ).
152
A este re specto deb emos r ecor dar que el descubrimiento llevado a ca bo en la iglesia colegial de El
Salvador no fue interpretad o com o m uralla por el narrado r de la n oticia, sino como un edificio de
fun c ionalidad ignota (véase el ap artado cor respo ndiente del anexo d e fuentes).
82
con una longitud de 20 metros del prim ero a jui cio del autor pero de menor grosor.
Ambos, pues, presentaban caracte rísticas métricas y constructivas diferentes. L a adición
de estos testimonios posibili taban la presentación del t razado completo de la muralla de
la ciudad.
Al respecto de la ubicación de las puertas, Col lantes de Terán empleó como
indicador la presencia de necrópolis
153
, entendidas éstas como extra muros y asociadas a
vías de comunicación (Col lantes de Terán 1977: 76-79) (Fig . I . 7). De esta forma,
defendió la presencia de una puerta del recinto en la zona sur, entre l a orilla del
Guadalquivir y el río Tagare te por el hallazgo de tumbas en los s. XVI I y XVI I I en el
entorno del P alacio de San Telmo y en l a construcción de l a Fábrica de Tabacos, la cual
daría acceso a la calzada hacia Gades . Otra se encontrar í a situada hacia Oriente, en
relación a la necrópolis de San Berna rdo, en las inmediaciones de l a postrera Puerta de
la C arne. También hacia Oriente abriría otra puerta que conectaría con la calzada hacia
Córdoba. Hacia el Oeste s ituaba otro acceso relacionado con una supuesta necrópolis
testimoniada por hallazgos epigráficos entre las calles C una y S an Vicente. Por último,
ubicaba otra de las puertas hacia la iglesia de Santa Catalina, de donde partía la calzada
hacia el Nor te.
L a fa lta de ha llazgos de la antigua cerca muraria es consigna da también por
Blanco (1989: 126-128
154
), a pesar de lo cual plantea un recorrido hipotético basado en
datos topográficos e históricos (fig. I. 10). Así, en el flanco o riental la muralla habría
seguido el m ismo recorrido que la po sterior muralla islámica hasta l a Puerta de
Carmona, como parecía indicar una observación no detallada ex puesta por Corz o. En el
ángulo noreste de la m uralla, que tornaba hacia el Oeste en ese punt o, se situaba l a
llegada del acueducto de los Caños de Carmona, el cual entroncaba directamente con el
decumanus maximus , fosiliz ado en la actual C alle Águilas. De allí, la cerca contin uaría
hacia el muro detectado hasta Santa Catalina, lugar en el cual, a j uicio de Blanco, se
ubicaría una puerta de la ciudad. Esta identificación se encontraría basada en l a
toponimia del viario actual pues desde este punto hacia el Sur se desarrolla la Calle
153
Definidas en algunos casos a raíz del de scubrimien to de epígrafes funerarios. Sob re la validez de este
m étodo véase el cap ítulo referido a lo s espacios d e necró polis.
154
Sólo se rec ogen los hallazgos del lienzo de m uro hallado en la Calle Or fila/Plaza de Villasís y otr o
descubrimiento a ntigu o (de 1721) en la iglesia de San ta Catalina al cu a l se r efiere co n anterior idad
Collantes de T erá n y que es interpr etado como mu r alla.
83
Alhóndiga, trascrita del árabe como “de la posada”, “nombre muy apto para señalar la
vecindad de una puerta de la ciudad”, y que pudo fosilizar, a su juicio, parte del trazado
del cardo maximo . De ahí, siguiendo la propuesta de Col lantes, se hacía discurrir la
muralla hasta San J uan de la Palma y San Martín (Blanco 1989: 128). El flanco
occidental sigue lo consigna do por Collantes por entre las Calles Amor de Dios y
Cervantes hacia la z ona de la C atedral, a través de las Calles Orfila, C una y Plaza del
Salvador
155
.
Por s u parte, Campos (1993: 188-194) presenta una hipótesis de restitución del
trazado de la muralla (fig. I . 14) que reproduce en su recorrido básico aquel que viene
descrito desde la obra de Collantes de Terán, reformado en parte p or Blanco, y que sufre
aquí algunas transformaciones mínimas. El análisis se basa, como en el ca so de la
muralla republicana, en un estudio de la t opogra fía y el parcelario actual si bien se
emplean como novedad l as fuentes islámicas para definir aún más su t razado. S e
defiende así que las murallas existentes en época islámica, desde el s. VI I I hasta inicios
del s. XI I, coinciden con las de época romana. C omenzando por el sector occidental, se
afirma que la m uralla tendría su extremo norte bajo la torre de l a iglesia de S an Martín
puesto que Montoto (1981: 109) recoge la noticia de que ésta se alzaba sob re antiguos
muros cuy o espesor era de 2,7 m, adscribiéndoles C ampos la cronología romana sin
esgr imir razón alguna . A partir de ese punto el tray ecto sería el usualmente propuesto, si
bien se indica qu e los fuer tes quiebros prese nt es en la fachada oriental de la Calle
Cervantes debían corresponderse con el t razado de la muralla que en este lugar actuaría
como muro de contención de las avenidas del río. Más adelante se situaba el l ienzo de
muro hallado en la Calle Orfila, lindero con una puerta testimoniada en época islámica y
que conectaría con el camino que conduc iría hacia el Oeste. Con respecto a l muro
hallado en la Calle Martín Villa, Campos descarta que se t ratase de una ampliación del
recinto amurallado y aboga por que se tratase de un avance de la muralla hacia el Oeste.
En este sentido, tanto las débiles razones planteadas en contra de la expansión de la
cerc a en época tardía como la anómala posición de la p uerta con respecto al presunto
viario e xterno de fendido no parecen resultar cuestiones baladíes. Da do el resultado
nega t ivo obtenido en l as vigilancias de las obras de repavimentación de la Calle Cuna
(Campos y Moreno 1988 ) en l a búsqueda de vestigios de la m uralla, el autor postul a que
155
N ótese c ómo la línea trazada en el p lano no sigue rea lm ente el re corr ido del lienzo d e m uralla
localizad o p or Collantes d e T erán en la Calle O rfila.
84
ésta se desarrollara en las traseras de las parcelas de las Calles Azofaifo, Almirante
Torralva, Moreno L ópez hasta l lega r al cruce entre Franc isco de Bruna y Manuel
Cortina, donde se ubicaría una puerta situada en el extremo occidental del cardo
máximo . L a situación de esta puerta es apoy a da en el hallazgo de un documento,
procedente del Archivo de la Comi sión de Monumentos, en el que se narra la aparición
de unos muros de sill ares de gran espesor correspondientes al “dado del espigón” de una
puerta, datado en su m omento en el s . II I y que coincidía en ubi cación con una puerta
del recinto islámico, cerca na al Salvador. Hacia el Sur, se emplean varias noticias de
hallazgos consignadas en la obra de C ollantes de Terán y en la prensa local en las Call es
Álvarez Quintero, Hernando Colón y Francos como indicadores de z ona int ramuros. Por
lo tanto, la m uralla debía atravesar por algún lugar in definido la P laza de S an Fra ncisco
hasta alcanzar el lienzo descubierto por Carriazo en la Avenida de la Constitución
156
. En
las cercanías de l a Catedral las fuentes i slámicas situaban otra puerta, puesta en
relación, con reservas, con una puerta de acce so de la zona portuaria al hipotético foro
de la s cor poraciones. El giro del recinto hacia el Sureste no se encuentra definido
claramente , m as se indica que los restos identificados como enterra m ientos y posterior
baptisterio localizados en el P atio de Banderas debieron encontrarse extramuros. P ara el
recorr ido del sector oriental de la muralla se emplean como indicadores tanto el
parcela rio actual como los resultados, negativos en la may oría de las ocasiones, de las
intervenciones arqueológicas rea l izadas. Así, se presenta un trazado que iría desde la
Calle Santo Tomás hacia J iménez de Enciso, siguiendo la línea marcada por los muros
del Alcázar, hasta alcanzar el ensanche frente al Palacio de Altamira. Desde este punto
hasta las inmediaciones de la iglesia de San Esteban se plantea un recorrido a través de
los adarves de Dos Hermanas, San Bartolomé y Garci Pérez. En este sector oriental se
ubicarían tres puerta s. L a más meridional es asumida de la propuesta de Alfonso
Jim énez (1981: 15), identifica da en la actual Plaza de la Alianza. L as otras dos se
emplazarían en las mism as ubicaciones que sus sucesora s i slámicas pero alg o más al
interior de la ciudad, una en la confluencia entre l as Calles Santa María la Blanca y
Jim énez de Enciso y otra en el actual emplazamiento de la iglesia de S an Esteban
157
.
Aboga C ampos por un giro en este punto hacia el hallazgo consigna do en Santa
Catalina por la dis posición del parcelario actual, l a diferenc i a de cotas del freático y
156
Véase más adelante.
157
Entendida ésta como hereder a de una m ezq uita que ocupa ría un espacio libre.
85
entidad de restos constructivos en int ervenciones próx imas
158
. De esta manera, la
muralla a t ravesar ía las manzanas delimitadas por las Calles Santiago, San Esteba n,
I mperial y Carrión M ejías. S e mantiene así la ubicación de una puerta en el ex tremo del
trazado norte del cardo m áximo, en relación con la vía a Emerita . El recorrido que
cerra ría el recinto se situaría entre las Calles Gerona, Dueñas, S an J uan de la Palma y
Viriato.
En últim o lugar, la propuesta de Corz o (1997) y a ha sido comentada arriba, tanto
en sus bases metodológicas como en s u adecuación a la lógica derivada de l a probable
conservac ión de los restos murarios.
En todas estas formulaciones, l os vestigios m urarios conocidos han recibido
como datación ge nérica el epíteto de altoimperial. Sin embarg o, todo s, ex cepto el
recienteme nte descubierto en la P laza de la Encarnac i ón, carecen de contextos
arqueológ i cos que permitan vincularlos siquiera con el momento romano (tabla I V.1 y
fig. I V. 1).
Tabla IV. 1 . Loca lizacio nes de estructura s identifica das como lienzos de mu ralla altoimperial
Código Dirección
2082 Avenida de la Constitución (Puerta de Jerez)
2084 Calle Orfila
2085 Calle Martín Villa
2111 Plaza de la Encarnac i ón
4. 2. 2. 1. El lienzo d e m u ralla de la Avenida d e la Constitución
Juan de Mata C arriazo (1974-1975) describe el hallazgo de un posible t ramo de
la muralla de la ciudad en las obras efec t uadas en la Avenida de la Const itución. Se
afirma que éste apareció delante de la puerta principal de “Zahar a” correspondiendo al
estrang ul amiento de la calle San Greg orio, lugar en el cual si túa el autor una puerta de
158
En concr eto, se r efiere a las intervenciones llevadas a cabo en las Calles Lanza nº 1 0 y Santiago nº 50 .
92
republicana, articulándose en diversas áreas: aquella ocupada por el asentamiento
original turdetano, receptora de parte de la nueva población foránea; otra empl azada a l o
larg o del marg en iz quierdo del río, en crecimiento continuo y dedicada
may oritariamente al establecimiento de actividades comerciales/arte sanales vi nculadas
con el puerto; y una terce ra zona ocupada por edificios de carácter mon umental, germen
de los espacios públicos de l a ciudad romana, en el encuentro entre ambas
181
(fig. IV .
7).
En este context o, la presencia de un amurallamiento de época republicana es un
hecho atestiguado por las fuentes l iterarias. S in embargo, a nuestro juicio, la ext ensión
de la ocupa ción fuera los límites del enclave indíge na no debió suponer de forma
automática la construcción de un nuevo perímetro amurallado. De hecho, como ocurre
en ot ros enclave s próx imos, el carácter comerc i al-artesa nal de esta urbaniz ación
periurbana constituy e una prolongación del espa cio urbano regido por dinámicas
diversas
182
. De ahí que en el ex tremo norte de esta nueva área hagan acto de aparición
los primeros vestigios de enterramientos tardorre p ublicanos, pon iendo de manifiesto,
igualmente, el límite máxim o del probable perímetro amurallado. No tenemos
elementos de jui cio que apunten hacia su diferenc i ación con respecto al circuito trazado
por la cerca de época turdetana. De hecho, l as reducidas dim ensiones del asentamiento,
las constantes t opográ ficas dominantes de su articulac i ón urbana
183
así como su
evolución aparentemente sectorizada podrían apuntar hacia la coincidencia, al menos
grosso modo , en e l recorr ido de estas fortificaciones
184
. Éstas debieron rodear a la
may or parte del asentamiento indígena/re publicano, adecuá ndos e a la topografía, siendo
probablemente c o nservadas en su may or parte ha sta su remodelac i ón en époc a m ás
avanzada
185
.
Su definición e sp acial podría apuntar s e con base en a lgunos indi cios. D e un
lado, la verosímil presencia de un área de necrópolis septentrional, desde la actual P laza
181
Véase el d esarro llo d e estas áreas funcionales en los op ortunos cap ítulos.
182
Par a un desarro llo co mpleto de esto s argum entos véanse los ca pítulos anterior m ente referido s.
183
Véanse los cap ítulos dedic ados a la ciudad turdetana y el referido a la tr am a urbana.
184
Sin que po damos descartar fenóm enos de reutilizació n, desm o nte parcial o transformación en el
desarro llo d e estos circuitos d e mu r allas. Actualm ente no co ntam o s con inform ación dire cta en ningú n
sentido.
185
Véase más adelante.
93
de la Pescadería hacia el Norte
186
, m uestra un claro lím ite en su z ona norte. Asimismo,
la ubicación del primer sector “monumental” de la ciudad en la parte central del antiguo
asentamiento, a m edio camino entre el antiguo enclave y la zona de contacto con la
nueva área de ex pansión, debió situarse dentro del per ímetro amura llado, l o cual nos
permite establecer un umbral por l a parte occidental del promont orio. En los restantes
márge nes, oriental y meridional, la situación es incierta. A pesar de ello, la ausencia de
testimonios constructivos no artesanales fuera del área más elevada del promontorio nos
inclina a ajustar su desar rollo adaptándolo a la topog rafía, esto es, bor deándolo.
Durante la 1ª mitad del s. I d. C. el proceso de ex pansión de l a ocupación
experimentó un avance s in prece d entes hasta el momento, articulándose mediante el
establecimiento de una trama urba na perfe ctamente org aniz ada
187
. L as nuevas zonas
urbanizadas desarrollaron funciones relacionadas con el comercio y l as producciones
artesana les, constituy endo el culmen de las tendencias c entrífuga s y a testimoniadas
desde época tardorrepublicana (fig. I V. 8). A pesar de ello, hemos de destacar aquí el
cará cter aditivo de estos expedientes, de na t uraleza oportunis ta y fuga z vitalidad en
ocasiones
188
, los cuales formalizaron d e forma progresiva un nuevo paisaje periurbano
perfec t amente organizado. Prueba de ello es el progr esivo alejamiento de l as áreas de
necrópolis del antiguo núcleo urbano. De esta manera, la definición funcional de estos
espacios junt o con los testimonios escasos con lo s que contamos
189
parecen indicar que,
entre al menos fines del s. I a.C. y m ediados del s. I d. C., estas nuevas áre as se
desarrollaron fuera de los límites del recinto amurallado. L a ausencia de testi monios
conocidos de lienzos de murallas intermedios así como l a amplia constatación de la
existencia de sectores periurbanos en otras ciudades nos lleva a mantener que, durante
este período, l a ciudad contó con una may or superficie ocupada f uera del antig uo
perímetro cer cado, actuando en parte de esta forma como “ ciudad abierta”
190
.
De admiti r esta hipótesis, la duda recae s obre el destino de la antigua m uralla.
Evidentemente no contamos con indi cios claros al respecto. No obstante, es posible
186
Véase el c apítulo referid o a los espacio s necrop olitanos.
187
P ara un desglose completo d e los d istintos sectores d e esta expansión véase el capítulo re ferido a la
trama urbana.
188
Cuestiones que son detallada s en sucesivos capítulos.
189
Concretamente la datació n de l lienzo de m uralla loca lizado en la Encarnación, datado hacia mediados-
2ª mitad del s. I d. C.
190
Véanse algunos paralelo s en la introducció n del pr esente capítulo.
94
intuir el mantenimi ento, al menos parcial, de su recorrido a t ravés de su relación con la
construcción de la s iguiente cerc a, esta vez sí, documentada en la Encarnación
191
, y con
algunos fragmentos de vi arios reg i strados
192
. En este últ imo aspecto, a pesar de que sus
cronología s sean algo post eriores o dudosas
193
, estos viarios articulan tanto el recorr ido
de la nueva ex pansión como la posible demarcación del l ímite norte de la cerc a
194
y la
presencia de una posibl e puerta en su ex tremo meridional. En este punto, la amplitud de
la vía localizada en la calle Mateos Gago
195
, en p rogr esivo descenso hacia el interior de
la ciudad
196
, podría estar indicando la presencia de un acceso del recinto amurallado
197
,
perpetuado en la reforma posterior del amurallamiento de la ciudad. Esta ví a parece
igualmente dirigirse hacia el ex tenso sector de n ecrópolis l ocalizado en la actual
Avenida de Carlos V/Prado de San Seba stián.
Como hemos podi do comprobar anter iormente, el frag mento de lienzo
adscribible a muralla do cumentado en la Encarna ción debió ser construido a partir de
mediados del s. I d. C . (fig. I V.9). Esto supone la ampliación del espacio amurallado
hasta el confín de la z ona de expansión. Su anómala disposición en este punto, sin
vínculo aparente con la ortog onali dad establecida por los viarios y edificac iones
colindantes, debió responder a un a nece sidad de diseño cuy a causa se nos esca pa,
descartá ndose como motivo la adaptación topográfica al tratarse de una zona llana y si n
cambios orográ ficos reseñables
198
. Desde este punto, hacia el Sur, el nuevo perímetro
amurallado seguiría un trazado probablemente marcado por l a orientación de la trama de
este sector, según los ejes cardinales, y por el discurrir de los ejes principales del viario.
De este modo, éste mantendría un recorrido más o menos paralelo a l a vía Este-Oeste
documentada en la Encarnac i ón hasta alcanzar la confluencia de viarios previsible en las
cerc anías de la ac tual I glesia de Santa Catalina
199
.
191
Cuestión que trataremos más adelante.
192
Especia lm ente los d ocumen ta dos en la calle Augusto P lasencia, o tros en el rec orrid o entre Mateos
Gago-calle Abades y, en m e nor medida, lo s agrupados e n torno a la actual iglesia de Santa Catalina.
193
Véase el c apítulo de dicado al viario .
194
En el pun to de contacto con el área s obr eelevada, situada al NO del promontorio, ocupada por
edificaciones de índole ar tesanal. Véase el c apítulo referid o a los espacio s pro ductivos.
195
Cercana a lo s 11 m .
196
En la calle Abades, la mism a vía, mostraba una anchu r a de 3,5 m.
197
Acercándose a la pr opuesta efectuada p or Jiménez (198 1), aunque m ás a l Norte.
198
Véase a este re specto la configu r ación or togonal do cum entad a para la trama circundante, según los
ejes c ardinales, en el capítulo d edicad o al a nálisis de la trama urbana.
199
No p ode m os de scartar en este p unto la ide ntificación como parte d e la muralla llevada a cabo
tradicio nalm ente de l resto documentado de a ntigu o e n el b asam ento d e esta iglesia, si bien, dada la
95
Por este costado, hacia el Sur, la topografía se va haciendo más abrupta hasta
alcanzar el promontorio, distinguiéndose e n su parte externa frag m entos de viarios
interpretados por nosotros como extraurbanos debido a sus características morfológicas
y evolución posterior
200
. Estos coincidirían con el viario procedente de la calle Augusto
Plasencia en alg ún punto próximo en el ex tremo norte de la actual calle Vírgenes. A
partir de este punto, el trazado retomaría el recorrido propuesto por la cerca anterior,
quizás reformándola o reconstruy éndola. En este s ector, debió adecuar s e a la topografía,
a la incidencia estacional del cauce fluvial del Tagarete y al espacio disponible entre la
zona forense y el hipot ético emplazamiento del teatro de la ciudad
201
. Su flanco
meridional pudo respetar, como se ha dicho, la definición del recinto anterior,
documentándose la formalización de aquellos vi arios que conectaban con el int erior de
la ciudad.
Por su parte, el flanco occidental de este amurallamiento presenta la may ores
incógnitas. L a aparente coincidencia en l os materiales edilicios de una parte del lienz o
documentado en la calle Orfila y el de la Encarnac ión podría sugerir l a pertenenc ia al
mismo ex pediente constructivo
202
. Esta hipótesis es p otenciada por el trazado que
presenta la calle Este-Oeste documentada en la Encarnación, l a cual conduciría
directamente hacia ese punto de la calle Orfila. Quizás podría sit uarse aquí un a puerta
que relacionase este sector intramuros con el barrio portuario que se desarrollaría a l o
larg o de l a orilla del río. Precisamente esta área portuaria parec e prese ntar fac hada
abierta al río
203
, por lo que el t razado de la m uralla debió si tuarse separado de su l ímite
occidental en una línea di fícil de precisar
204
.
En cuanto a su extremo suroccidental, alberg amos dudas acerca de su recorrido.
En principio, descartamos la pertenenc i a al sistema defensivo urbano de los gr andes
escasez d e lo conocid o, esta circ unstan cia es insegura, p udiendo esta estructura formar par te de otro tip o
de ed ificación.
200
No s referimos a las calles d ocumentadas en la P laza de San Leandro. P ara un o por tuno de talle acúdase
al capítulo r eferido al viario.
201
Véanse los cap ítulos referido s a estas temáticas.
202
Descartando el tram o de “opus caementi cium ” que se dirigía a la calle Daoiz , quizás p arte de una
reforma posterio r.
203
Véase el c apítulo referid o a los ámbitos por tuarios.
204
Si bien la s actuaciones llevada s a ca bo por Campos, Mo reno y Am o res (1 98 5) en la ca lle Cuna no
ofreciero n pistas a l respecto, su p roximidad parece inferirse de algunas noticias antig uas com o la
consignada por Gestoso ( 198 4: 9 ) sob re el hallazgo efectuado en la c alle Cerraj ería.
96
muros localizados en el extremo meridional de la calle Placentines. Éstos, c on un
cimiento de 2 m de g rosor y alzado de ladrillos, parecen responder con may or
verosimilitud a un complejo de diverso orden vinculado a la ac tividad portuaria
205
.
Además, en su recor rido hacia el Norte, t oparían con otra gra n edificación localizada en
el t ercio medio de la calle Francos y un frag m ento de viario
206
. P or ello, pensamos que
esta parte del tray ecto debió si tuarse más hacia el Oeste. Asimismo, nada hace suponer
que este recinto se extendiera más allá de la actual Plaza de los Rey es pues los
testimonios l ocalizados más al Sur responden claramente a contex tos comerciales-
artesana les sometidos a las mis mas dinámicas ocupacionales documentadas para la zona
periurbana me ridional
207
.
En el intervalo definido entre el s . I I y la primera 1ª m itad del s. V el recinto
amurallado podría conservar la configur ación anterior, como parec e desprenderse del
mantenimiento y reforzamiento de los i ndicadores descritos, e sp ecialmente aquellos
refer i dos a l a ubicación de l as áreas de necrópolis (fig. IV.9, I V.10 y I V.11). De hecho,
como se verá más adelante, a partir de la 2ª mitad del s. I I se observa una concentración
de la ocupación en la zona amurallada y espacios próx imos, en contraste con algunos
episodios domésticos periurbanos anteriores
208
.
De l a misma manera, como y a se ha dicho, la vigencia de este recinto urbano
parece ex tenderse al menos hasta el s. VI d. C. en el solar de la Encarna ción
209
. No
podemos afirmar con certeza este extremo en el resto de la ciudad dada la falta de
información así como la presencia de restos de di fícil adscripción, caso del muro del
Patio de Banderas, que nos inducen a considerar la ex istencia de una evolución sectorial
de la cerca. Así, parece que la orga nización urbana se modifica a partir de la 2ª m itad s.
V, constatándose transformaciones hacia una ordenación policéntrica del espacio
urbano. De esta forma, es lógico pensar en su adecuación sectorial a los nuevos usos,
flujos de comunicación o circ unstancias de conser vación
210
.
205
Véase el c apítulo co rrespo ndiente.
206
T estim o nios reco gidos en los ca pítulos ded icado s a los espa cios po rtuarios y al viario r espectivamen te.
207
Véanse los capítulo d edicad os a lo s espacios po rtuarios y artesanales. Descartamos po r e llo a p riori la
pertenencia a la cerca romana del lienzo d ocumen tado por Carriazo en la P uerta de Jer ez.
208
Véase el c apítulo referid o a los espacio s residenciales.
209
Pues el exp olio masivo de sus elemen tos constitutivos puede da tarse hacia lo s ss. X-XI.
210
Vé ase en el cap ítulo siguiente la o rientación del lienzo de mu r alla detec tado en el Alcázar y su relación
con la or denación d e la tra m a urbana tar doantigua.
97
5. EL VIARIO Y LA TRAMA URBANA
5. 1. Una introducción nec esaria. Ref lexiones en torno al viario como elemento
vertebrador del te rritorio y del espacio urbano.
Es admitido comúnmente que la ocupación del territorio en época romana es el
resultado de un diálogo entre tres componentes básicos: caminos, parcelarios y hábitat
(Chevalier 1997: 101). Esta premisa inicial ha conducido a numerosos investigadores
hacia la búsqueda de los vestigios de esta implantación romana en los espacios rurales y
urbanos actuales. En este empeño se han desarr ollado variadas l íneas de i nvestigac ión,
entre las que destaca el a nálisis de los textos de los ag rim ensores como fuente de
información definitoria de la ordenación territorial romana, y de sus pos ibles
testimonios mensurables en el presente, así como de sus im plicaciones en el desarrollo
de l os enclaves urbanos. De esta forma, éstos han sido entendidos como demostraciones
directas de la e x ist encia de un sistema de parcelac ión asumido, c on más o menos
matices, como universal
211
.
El hecho de que la estructura del viario si rvió de esqueleto de apoy o a la
delimitación de propiedades y un idades admin istrativas (Chevalier 1997: 99) ha
sustentado toda una serie de trabajos en los cuales se define la ordenación d el territorio
a través de la impl antación del sist ema de comunicaciones t errestre s , constituy endo éste
el entramado definidor de los l ímites catastrale s del parcela rio
212
. Diversos autores han
opinado sobre l a forma en la cual se relac i onaron esta ordenación del espacio rústico y
la trama urbana, estableciéndose dos tendencias básicas de análisis dependiendo d e la
211
Las inform ac iones re lativas al sistem a d e o rde nación d el ter ritor io antiguo se encuentran r epartid as en
varios tratado s y o bras que rec opilan d ocumen ta ción de lo s ss. I y V d. C. Destacan para nuestro pro pósito
las obr as de Fro ntinu s , Hygin us 1, H yginu s 2 y el Lib er Colonia rium (ed itadas p or Campbell 2 000 , co n
discusión sobre esto s autores, cro nología e ide ntificación). Om itim o s conscientem ente los datos ofrecido s
por otro de lo s tr atadistas co m únmen te citado s, Agen niu s Urb icus , d ado que repr oduce p recisamente lo s
contenidos d e autore s anteriores. As im ism o , su ob ra atr ibuida Co mmentu m De Agroru m Qualitate , d e
relativo interés p ara nuestro pro pósito, es actualmen te considerad a como anónim a, siendo da tada entre
m ediado s del s. V e inicios d el s. V I d . C ( Cam p bell 200 0: xxxi-xx xii). Pa ra un análisis intensivo de lo s
textos gromáticos véase Castillo (199 6).
212
Innum e rables son lo s tr abaj os que aplic an tal esq uem a, derivado direc tam ente de las fuentes
gromáticas, al estudio de te rritor ios co ncretos. Sólo r ecord aremos algunos que r ecopila n eje m plos al
respecto como Chouquer (19 92 ) y otros que te orizan a e ste respecto , co m o Lópe z (19 94 ).
98
influencia otorgada a la ordenación del territorio como base de l a im plantación urbana.
Para algunos la relación entre ciudad y territorio se establecía en la fundación de la
colonia y la correspondiente limitatio (Zac caria 1995: 269 y C hevalier 1997: 101-102).
De esta for ma, apoy ándose en e l contenido de los tratados g romáticos, kardines y
decumani adoptaban un significado urbano sólo en cuanto que representan la
continuación urbana de l as divisiones agraria s; si tuación que variaba en el caso de
ciudades y a existentes, som etidas a un proceso de adaptación. Desde esta perspectiva, la
ratio pulcherrima , esto es, la estructura ideal que presentaba el máx imo de racionalidad
para la ordenación del territorio establecida por la gromáticos, contemplaba la
ordenación conjunta de l territorio y el espacio urba no de modo que e l kardo y e l
decumanus del territorio centuriado debían tener su origen en el centro de la ciudad, y
así atravesa r sus cuatro puertas, prolongándose a través del territorio (Zacc aria 1995:
270-271)
213
.
Por el contrario, otros han postulado la i ndependencia entre el trazado i nterno de
las ciudades y l a definición de la viabil idad territorial. Asis tiríamos así a la
individualiz ación del fenómeno urbano como un elemento con desarrollo propio, cuy os
modelos def i nitorios se articulan a partir de lógic as eminentemente urbanas, si bien
insertas en un marco te rritorial más amplio (Castagnoli 1971, Ba lil 1972: 39-42).
Planteamientos más flexibles permiten suponer que, si bien no ex isten rupturas
netas entre la ordenación de los via rios intra-extraurbanos (Zacc aria 1995: 239), el
proceso debió depe nder de la r elación de supre macía entre el enc l ave urbano y el
territorio y de la voluntad política por su planificación, como sugieren los mis mos
textos gromáticos m ediante la const atación de fenómenos adaptativos
214
. Todo ello sin
213
Si bien en algunos estudios se indica q ue el espacio forense central, co n toda su panop lia d e
edificaciones de rep resentación po lítica, q uedaría excluido de este tipo d e orde nación (Zaccar ia 199 5:
271 ).
214
Éstas, junto a for m ulaciones estándares ideales, son consignadas por Fro ntino ( De Agroru m Qu alitate ,
2; 8-11) en relació n a las distintos tipo s d e tierras, su re parto y asignación en función de la costum bre en
su forma d e e xplotación, así co m o la de finición d e lo s diver sos tipo s de limites ; también este mism o autor
( De Con troversiis , 8; 32 -33 y 10; 1-3) re coge las ad aptacio nes hetero doxas llevadas a ca bo en el tr azado
de los ejes principales del territor io, los decuma ni , en función d e su may or utilidad en e l rep arto del
territor io y no d e su or ientación Este-Oeste, considerad a la m ás satisfactoria ( De Controve rsiis 10 ; 1 6-
28) . De la mism a manera, Hy ginu s 1 ( De Limitibus , 76 ) reco ge la variabilid ad d e la anchura de los
limites , depe ndiente de las leyes y de la voluntad d e las autoridad es co m petentes. Abundando en estos
aspectos, Hyg inus 2 ( Con stitutio Limitum , 14 2 y 144) constata fórmulas d e adaptación de la nu e va
im p lantación territo rial a lo s parce larios, elemen tos urba nos anterior es y a la morfología d el ter reno. Por
últim o, el Liber Colo niarum (164 ) refrenda esta diversidad de orientacio nes m ediante la cita d e vario s
99
menoscabo de procesos ulteriores de expansión urbana que supusieron la asimilación de
antiguos espac i os rústicos dentro del ámbito urbano.
L a principal conclusión que podemos ex traer de la información contenida en
estos tratados gromáticos es que el sis tema de ordenac ión del t erritorio empleado en
época romana persigue fundamentalmente la ecuanimidad en el reparto de las tierras
asignada s entre los diversos t enedores. Todos los mecanismos ex puestos van
encaminados hacia ese objeti vo valiéndose de preceptos racionales basados en la
ortogonalidad y , en lo posibl e, en l a simetría. De tal forma, l a enunciación de modelos
teóricos de sistematiz ación del territorio es acompañada, en el may oría de los casos, de
testimonios de adaptaciones a los condicionantes impuestos por el propio terr eno. De
hecho, observamos que l as pautas universales, de índol e cosmológica, presentadas para
la orientación de los ejes principales del territorio ofrecen pocos visos de responder
satisfactoriamente a demandas concretas sin una adaptación previa. Conscientes de ello,
los diversos tratadistas amoldan su propuesta genera l inicial a la presencia de entidades
urbanas pre vias.
En cualquier caso, el sistema de reparto gene ral del espacio, entendido como
modelo flexibl e, es útil como esquema de acerc amiento al complejo desarrollo de las
área s tanto extraurbanas como intraurbanas. De esta manera, podemos diseccionar los
distintos eleme ntos que configuran este paisaje y verificar su conveniencia dentro del
análisis del esquema de implantación urbana. Como elementos clave de esta estructura,
los limites que definen los espacios asignados, en contraposición de aquellos que no son
objeto de reparto, consti tuy en un entramado básico con una doble funcionalidad. De un
lado, la delimitación de los lotes de terreno. De otro, la articulación de l os fluj os de
comunicación dentro del te rritorio. L a especificidad de las vías intraurbanas, como
veremos, no permite establecer un claro paralelo entre limites / viae urbanas y
extraurbanas. Por otro lado, l a cue stión de sus denominaciones y anc huras, dada la
variabilidad de factores que influy en sobre ellas
215
, deben ser objeto de una profunda
reflexión dentro de la ordena ción completa del territorio y planteada en función de
análisis propuestos en clave d e ge stión recursos territoriales (puesta en explotación de
territor ios de c iudades italianas en los cuales los kard ines se orientaro n Este-Oeste y los decuma ni Norte-
Sur.
100
los terrenos, reparto de racional de parce l as, fluj os de comunicación, condicionantes
impuestos por l a geomorfología del territorio y adaptac iones resultantes, etc.). Sobre
todo teniendo en cuenta que contamos con muy poca información ace rca de aquellas
partes de los territorios que queda ban fuera de los procesos de a s ignac ión.
Sin embargo, las claves que, a este respecto, nos ofrec en los text os plantean
líneas de interpretación d e índ ole espacial y funcional que posibi litan el establecimiento
de determinadas relaciones entre relevancia y anchuras de los limites y flujos de
circulación. De esta manera, los decumani se const ituy en como ejes vertebradores del
territorio, tanto a nivel topográfico, como punto s de partida de la ordenación t erritorial,
como a nivel de tráfic o circulatorio
216
.
Por últim o, el hecho de que se constate de forma normal la adaptación de la
ordenación (orientación y posición central) del terr itorio rústico a implantaciones
urbanas preexistentes, cosa lógica por otra parte, permite defender cierta autonomía,
cuando no l a totalidad, de la trama urbana int erna frente a l a im plantación catastral del
territorio
217
. Como veremos más adelante, excepción hecha de fundaciones ex novo y de
crec imientos ext ramuros sobre terreno originalmente rústico, l a ordenación in terna de la
trama urbana responde a fenómenos específicos que, conceptualmente, manifiestan una
lógica pr opia.
5. 1. 1. Vías urbanas . Calificación l egal, tipos y estructura
El vi ario urbano, entendido éste como el correspondiente al espacio interno y
periurbano de la ciudad, mantuvo unas características esenciales que los diferenciaron
notoriamente del pertenec i ente a la red viaria g eneral. De forma usual, tales aspectos
han sido omitidos en la reflexión arqueológ i ca, adoptándose arbitrariame nte
calificac iones l eg ales y denominaciones referidas a un diseño i deal del viario de
implantación rústica, con evidentes efec tos causados por esta confusión. Por ello,
215
Las co nsign adas por lo s tr atadistas son fundam e ntalm ente la adap tación al terr eno y la voluntad de la
autoridad competente.
216
Cuestión y a destacad a po r Zaccaria (19 95: 273 ).
101
siquiera brevemente, planteamos una pequeña introducción a algunos conce ptos, a
nuestro juicio, fundamentales.
De forma g eneral, se puede n car acterizar las vías como p úblicas y privada s
según la propiedad del suelo y según el uso que se pretenda garantizar. En este sentido,
los nombres y las calificaciones indican también la forma de reconocimiento del
derecho de paso (Zac caria 1995: 232
218
). Sin embarg o, el viario urbano destaca de
forma esencial por el hecho de ser ex clusivamente público (Za ccaria 1995: 260). De t al
forma, En las ley es y las fuentes gromáticas se alude a las “vías privadas” entendiendo
que se trata de vías agr arias. Para la ciudad no se consig na tal diferenc ia.
Asimismo, la v ía urbana asume una pluralidad de funciones que la extraurbana
no ti ene. De esta manera , aquella permite el tránsito a la vez que delimita y une
mediante la cre ación de subdivisiones de la comunidad ciudadana (Zacca ria 1995: 233).
L os términos empleados por las fuentes en refere n cia al viario urbano han sido
objeto de dis cusión por di versos especialistas. Frente al uso de la terminolo gía
gromática
219
, autores como Castagnoli (1971: 33-35) o L uzón (1982: 83) adoptan la
terminología vitrubiana que define la estructura urbana como una malla de angiporti y
de plateae . Así, se especifica que un angiportus constituiría una calle estrecha, s in
salida o cortada al tráfico; en def initiva una calle a la cua l no abren las entra das
principales de las casas. P or s u parte, con el término platea se hacía refere ncia a la calle
ordinaria hacia la cual se sit uarían las entradas principales de las casas
220
. Dentro de este
esquema gene ral, las plazas se situarían de forma secundar i a dentro de esta malla.
Frente a esta clasificación, Zacc aria (1995: 264-265) defiende como t erminología m ás
217
Extremo y a puesto d e mani fiesto por Ariño y Gurt (1 994 : 34 -36).
218
En la nota 6 cita ab undantes fu entes literarias y legales al respecto .
219
Generalizad o en la literatura arq ueológica. Para un re perto rio de eje m plos itálicos véanse Castagnoli
(19 71) y So m m ella (1 98 8). La definición de decu man i y k ardines en lo s estudios hispanos e s una nor ma
m uy extendida. A m o do de eje m p los, constatamos c ómo en la ciuda d de Mérid a, su tra zado interno es
reconstruido con base en una red or togonal de vías que, par tiendo d el decumanus y kardo maximus ,
configu ran areae (manzanas) de similares car acterísticas y d imen sio nes (Mateos 1 99 5: 23 4 y Mateos
200 4: 31 ). De la mis m a m anera, son denominados ka rdines los escasos vestigios d e viario descubier tos en
Ta rragona (M acias 20 00 : 93 -97). Pa ra Murillo (2 004 : 43 -44), la tr ama d e Colo nia Patricia se ar ticulaba
m ediante una o rde nación orto gonal d el viario “prác ticamen te card inal” cuy o e je principal Nor te-Sur lo
constituiría el kardo maximu s , el cual conectab a la puertas sep tentrional y meridional, mien tr as que el
decu manu s ma ximus parec ía no ser tan e vidente, indicándose la hipó tesis de que la c iudad no co ntara
desde su fundación con p uertas situadas en sus extrem o s.
108
En la Tesis de Lice nciatura de A. Pérez (2002) se define planimétricamente la supuesta
calzada norte, delimitándose también la cloac a hallada.
En la z ona oriental aparecer ía
233
, a juicio de estos autores, una formación
pavimentada circ ular o plaza cuy o diámetro es difícil de calcular (fig. V. 3). Esta
interpretación se sustenta en la di sposición d el enlosado puesto que no se halló ningún
límite de esta pavim entación. Sobre ella, se aprecian “al marg en de la alineación de
sillares en ángulo recto, señales diversas de cimentaciones a base de piedras irregulare s
pero fuertemente cohesionadas, ex ponentes claros de un mo mento cronológico anterior
al refe rido” (Pérez y Tabales 1992)
234
.
En la planimetría dedicada a la época romana, aparecen junto a esta
pavimentación semicircular ot ros pavimentos de los cuales no se in dica nada. Si n
embarg o, en su Tesis de Licenc i atura, A. Pérez adscribe la pavimentación hallada al sur
de aquella de t endencia semicircular a una calle con di recc ión SE-NO, que lindaría con
la supuesta plaza circular .
L a cronología ofrecida para estas estructuras es poco precisa igualmente pues se
indica que abarc aría desde el altoimperio hasta época tardorromana (Pérez y Tabales
1992 y Pérez 2002).
Creemos que los restos documentados permiten, con ciertas reservas, defender la
presencia de un eje del viario con dirección NE-SO en la z ona occidental del solar. P or
el contrario, l a hipotéti ca plaza situada en el extremo suroriental presenta s erias
dificultades de identificación. La definición de su planta, basada exclusivamente en el
diseño de los elementos constitutivos de l a pavimentación, así como su anómala
disposición entre dos ejes del viario
235
resulta insegura . En primer lugar , l a
identificación de este espacio como un ámbito abierto, cuando no de un espacio del
viario, es s ólo just ificable a nivel de hi pótesis, pues los restos no son nada
esclare cedores y bien podría tra t arse del interior de un edificio. Asumiendo que a sí
233
Es de suponer que se tr ata de los co rtes 1 A, B y C.
234
Ciertamente se trata de un pár rafo co nfu so : ¿cimentaciones anteriores sobr e ella? .
235
Con las lógicas dudas que entraña la identificación d el viario situado hacia el Sur d e la m ism a po r la
escasez de los dato s a por tados, d ado q ue no se cita si se llegó a d ocument ar alguna infraestructura inf erior
como cloaca o su mis ma cimen tación.
109
fuere, la vi nculación directa entre planta y diseño del pavimento es equívoca. Conocidos
son ejemplos en los cua les ambos elementos no mantienen una relación directa,
tratándose usualmente de de cisi ones de índole funcional
236
.
5. 2. 1. 2. 3. Abades, 41-43. Cata 26 A
Esta int ervención arqueológ i ca documentó un tramo de viario con orientac i ón
NE-SO fechado a fines del s. I d. C . (J iménez 2001) (fig. V. 4). Su superficie estaba
conformada por losas de piedra caliza de forma irregula r con t endencia cuadrangular .
De igual forma, se detectó la presencia de una piedra alcoriza interpretada como límite
de la calzada en su lateral sur. Por su parte, en la losa de may or tamaño se observó la
huella del rodamiento de las rue das de los carr os.
Según comunicación verbal del director de las excavaciones (A. J iménez), en el
posterior rebaje mecánico del patio de la parcela, situado hacia el no rte del
emplazamiento de l a vía, apareció el ex tremo opuesto de l a calzada, dando como
resultado un a anchura de 3,5 m en e ste tramo. Ba jo esta pavimentación no fueron
detectados re stos de infraestructura alguna .
5. 2. 1. 2. 4. Augusto Plasencia, 10-12
En este solar se documentó, en una primera intervención (Pérez, Melo y P érez
2001), un área pavimentada con losas de ca liza
237
que se extendía en dirección Este-
Oeste a l o largo de 1,53 m (UE 02/53) y con una anchura de unos 2,7 m, ocupando
desde el sondeo 2 al 3 (f ig. V. 5).
236
Por ej emplo, e n la ciudad de T img ad, fundada a inicios d el s. II d. C., el diseño del enlosado de
algunas vías se disp one en sentido ob licuo a su recor rido pa ra evitar el d esgaste pro ducido po r el tráfico
rod ado. En otra s ocasiones, el diseño interno d e la p avim entació n de una plaza se dispo ne de forma
aleatoria , sin r elación dir ecta con los límites d e este espacio , como en la p laza en la cual se inserta el
tem plo de épo ca severiana e n la c iudad de Dje m ila, en la cual se dispo nen espacio s p avim e ntados de
tendencia semicircular ( MacDo nald 198 6: 9 -10). P ara una peq ueña síntesis sobr e espacio s p úblicos no
forenses y su form a lización arq uitectónica véase el ca pítulo referid o a lo s espacio s públicos.
110
L os datos aportados en el informe se ciñen a su descripción s omera y a una serie
de detalles acerca de algunos procesos de desmantelamiento detectados. Su datación s e
engloba de forma genérica entre l os ss. I y IV d. C.
238
. Asim ismo, se afirma que parte de
las losas habrían sido retirada s para llevar a cabo la construcción de una atarjea. Se
documentaron igualmente dos desagües con dirección Norte-Sur
239
(UUEE 05/147 y
05/143), una canalización de evacua ción hacia la cloaca de la vía y un registro de forma
prismática y base cuadrada, r ealizada con ladrillos
240
(UE 02/65).
En el informe del posterior control arqueológico del movimiento de ti erras
(Arena s 2003) se afirma la documentación de una anchura m áxima de la calle de 7,2 m.
y un largo de 22,1 m. Se plantea que dada su anchura se tratase del kardo m áximo
241
.
En este segundo informe no aparec e mención alguna a unidades estratigráf icas, siendo
las refer encias de ti po genér i co (ej. “capa de tierra rojiz a, capa de lascas y virutas de
sillares”, etc.).
Bajo la ca lzada se detectó una cloaca formada por una base de dos hileras de
tégulas, de 58 x 24 x 7,5 cm, y bóveda de l adrillos
242
, rebajados en sus bordes para darle
la forma abovedada. L as dimensiones de l a cloaca eran 53 cm de altura, 1,12 m de
anchura, una lon gitud documentada de 11,6 m y una luz de 1,2 m. A u nos 8 m de su
inicio se observó una desviación e n su dirección hacia el noreste.
L a comparación de ambas planimetrías ofrece unos desfases entre las estructuras
documentadas en ambas campañas de casi 2 m. De hecho, la planimetría eva cuada a r aíz
del movimiento de tierras muestra los siguientes e rrores:
- Planta del solar no coincidente ni con la intervención anterior n i con la
planimetría de la Ger encia de Ur banism o.
237
Conocidas lo calmente com o “de T arifa o “piedra j ab aluna”.
238
No ha si do posible verificar tal ext remo, ni precisarlo, puesto que no consta que los materiales
obtenido s en este intervención hay a n sido de positado s aún en el Museo Arqueológico Pr ovincial.
239
De tégula y ladrillo.
240
Con un m ó dulo de 30-31 x 21 x 6-7 cm
241
D esde un punto de vista tr adicio nal esta d enomin ación sería incorrecta, dada su orientación NO-SE,
pues constituiría un decumanus , no un k ardo . Sin embargo, observad a la aleatorie dad en el uso de los
términ o s y nuestro desco nocimien to de l eje principa l ord enador del te rritor io no le otorgamos m ayor
validez.
242
Con un m ó dulo de 29 x 20 x 6 cm.
111
- Norte mal orientado (mar ca el Noreste).
- Acumulación d e error es métricos en la zona sur del solar (donde antes
estaba la fachada de la manz ana sur (Pérez, Melo y Pérez 2001) ahora se
encuentra la cloaca de l a calle. La fachada aparece desplazada 2 m hacia
el Sur).
- Aparec en estructura s antes inexistentes.
- I nterpretación de la edificación de l a manzana sur como casa de atrio
poco verosími l (por dimensiones de los restos, tipología edilicia,
cronología , etc).
- Ausencia de de l imitación g ráfica de la calle (en la primera campaña
medía 2,6 m de ancho
243
y ahora se a firma que mide 7,2 m).
Todos estos datos nos llevan a poner en serias dudas la desc ripción de los
hallazgos efectuados, por lo cual entendemos que, en rigor, sólo es posible afirmar la
presencia de un tramo de viario de anchura incierta flanqueado al S ur por un edificio
porticado de importante tamaño y dotado de un sistema de saneamiento mediante cloaca
de fábric a de ladrillo.
L a reciente excavación del castellum aquae his palense (Garc í a García 2007),
verosímilmente limí trofe al Norte con este vía, permite definir en may or medida s u
trazado. De hecho, la m odulación efectuada del edificio completo situaría su fac hada
meridional en esta calle (fig. VI.10). Desde ella se producirían los sucesivos vertidos de
amortización que colmatarían esta estructura, tal como se infiere de l a disposición de
estos depósitos, formando un talud con su punto más alto coincidente con la zona de
este viario.
5. 2. 1. 2. 5. Avenida de Roma y Calle Ge neral Sanjurjo
L a presente intervención constit uy e, tras la efectuada en la Pl aza d e la
Encarna ción, la may or toma de contacto con la ordenación urbana romana de la ciudad.
243
Dato obtenido de la planimetría, distancia entre fachadas frontera s de las ed ificaciones, puesto q ue en
el texto no se c ita.
112
A pesar de esta responsabilidad, l a ejecución m aterial de las indagac iones arqueológica s
efec tuadas pone claramente de manifiesto el m odo en que la exhu mación de centenar es
de metros cuadrados de superficie d e la ciudad antigua puede ser inútil sin un equipo
capaz de asumir el re t o de ge stionar adecua damente este cúmulo de informa ción.
De este mo do, hemos constatado que la Memoria científica de la intervención
(Camiña y Gamarra 2004) presenta numerosos defectos en su r egistro:
- Ausencia de planta s completas de fase.
- Ausencia de r elación entre pla nta de la excavación y parcelar io actual.
- Ausencia de reg i stro estratigr áfico, ni relaciones entre unidades (sólo las
unidades m urarias están numerada s en l a planimetría; sólo se produce
una excepción en la desc ripción de la prepa ración de las c alzadas).
- Ausencia de perfiles estratigráficos. Sólo se presentan algunos alz ados de
muros.
- I nadecuación de l as escalas pl animétricas, pues imposibi litan la lectura
de los planos.
- L as cotas consignadas en la planimetría no aparecen precedidas por el
signo neg ativo, s i bien se afirma qu e la acotac i ón se efectúa de forma
relativa b ajo rasante, l o cual gener a errores de interpretación i ncluso en
el mismo equipo de intervención.
- Ausencia de criterios de datación (ausencia de estudio de materiales,
ausencia de empleo de indicador cr onológico alg uno).
- Ausencia de r eportaje fotog ráfico de detalle.
- Equivocaciones evidentes en la adscripción de estructuras a fases
cronológic as.
- Etc.
Ante este panorama, cualquier i ntento de rentabilizar la información consignada
plantea enormes di ficultades, poniendo en tela de jui cio las i nterpretac iones presentada s
por los excavadores.
Así pues, se afirma l a existencia de una primera fase de ocupación de l a zona,
datada a fines del s. I a. C., documentada a partir de los restos de una cloaca (UE 45) de
50 m de l ongitud y 1,04 m de anchura que recorría en dirección NE-SO por l as áreas I y
113
I I , vertiendo al arr oy o Tag arete. S in embarg o las cotas consigna das en la planimetría
indican que el desnivel se si túa en direc ción contraria
244
, como era de esper ar;
desag uando no en el Taga rete sino en dirección al Guadalquivir. En este sentido, hemos
de poner en duda la antigüedad de tal infraestructura puesto qu e su relación estructural
con los tramos de calzadas de una segunda fase de ocupación del lugar ofrece dudas al
respecto.
L o cierto es que, aparentemente, s e documenta u n primer momento de
urbanización de la zona, datado por l os excavadores a fines del s. I a. C., que fija y a la
ordenación del parcela rio, establec iendo asim ismo la viabil idad de la z ona. En un
segundo momento, datado en la 2ª mitad del s . I d. C.
245
, se reforman t anto las
edificacione s como el espacio vi ario mediante la instalación de una red de saneamientos
y enlosado de reve s timiento viario.
Respecto a l as calzadas documentadas (fig. V. 6), la calzada UE 195, la más
septentrional, discurre por las áreas I, I I y I II , en dirección NO-SE, uniéndose con la
otra calzada en la zona NE del espacio ex cavado. Esta primera calzada presenta una
anchura máx ima conservada de 2,3 m . L a ot ra calzada (UE 881) d iscurre por el área I II
en direcc ión N-S con una ligera i nclinación NE-SO
246
, siendo su anchura máxima
conservada de 4,9 m. Esta calle presentaba su fre nte oriental porticado pues se
conservaba n en el perfil la columnas de ladrillo del pórtico. Este ex tremo no figura en la
documentación presentada por los ex cavadore s pero fue observado por nosotros en l as
visitas realizadas a la intervención. L a presencia de este pórtico resulta sumamente
interesante, máx ime cuando, aparentemente , esta calzada conduciría directamente a la
ciudad.
Asimismo, esta última vía ofrece las m ay ores posibi lidades de datación correc t a
pues se han documentado l os di versos depósitos de prepara ción empleados
247
, si b ien no
244
Con do s m etros d e diferencia d e co ta entre ambos extremos.
245
Véase nuestra re visión de los co ntextos o cupacionales, en especial lo s indica dor es cerámicos
rescatado s de la ca m a del p avim ento de mosaico de una d e las estancias. P ara una m ayor pre cisión, véase
el capítulo r eferido a los esp acios re ligiosos.
246
Aunque e n el inform e se afirma que su direcció n es NO-SE, lo cual entra e n grave conflicto co n la
planim etría p resentada.
247
B ajo 881 s e halla una capa de tier ra arcillo sa (UE 882 ), ba jo ésta otra con cascotes cerá m icos,
fragm entos d e ladr illos y p equeños cantos de río (UE 9 45) , la siguiente está constituída p or argamasa y
fragm entos d e ladr illos (UE 988 ) y, por últim o, otra capa de fragmentos cerám icos (UE 989 ).
114
se presentan los materiales asociados. Asimism o, se observa en el reportaje fotográfico
que a la calle 88 1 se le uniría otra, no in dicada por los ex cavadore s , casi en su ex tremo
meridional. Ambas calzadas (UUEE 195 y 881) contaban con sus sistemas de
evacua ción de ag uas
248
.
5. 2. 1. 2. 6. Mercado de la Encarnación (V-VII Fase s de intervención)
L as recientes intervenciones arqueológ icas llevadas a cabo en el Mercado de la
Encarna ción han dado como resultado el hallazgo de tres t ramos de viario de época
altoimperial (Amores y Gonz ález 2004, 2006 y 2007). El h echo de haber diseccionado
con m etodología arqueológica ca. 2000 m
2
de superficie, hasta agotar el sustrato
arqueológ i co, ha permitido documentar un amplio proceso constructivo y de
transformación que sufrieron tanto las vías mismas como l as infraestructuras contenidas
y las parcelas aledañas. De esta forma, han podi do diferenciar se v arias fases
cronológic as coincidentes con los gr andes m omentos de urbaniz ación, evolución
espacial y funcional de esta zona de la ciudad.
Debido a l a cantidad y complejidad d e los procesos antrópicos operados en este
enclave a lo largo de su desarrollo histórico, el registro arqueológ ico ha deparado una
enorme masa de datos que resultaría, a nuestro entender, escasamente inteligible en u na
síntesis histórica que no detallar a oportunamente aspectos conc retos de las distintas
secuencia s estratigr áficas exhumadas. Somos conscientes de que esta particularización
puede, a su vez, devenir en una farrag osa d escripción de hechos, lo cual hemos
intentado evitar mediante una ordenac i ón sis temática del tex to así como con la
proliferac ión de planos, i mágene s , perfiles y tablas que sinteticen los elementos más
relevantes del discurso. De esta forma, al c om ienzo de cada epígraf e se detalla una
información sintética de lo s hallazgos, junto con una tabla de desglose de los hec hos
más relevante s de cada fase exhumados en los dist intos sondeos realizados, para a
continuación describir pormenor izadamente la secuenc i a arquitectónica establecida.
248
En el caso de la c alzada UE 195 , se d ice que su sistem a de canalizació n d esaguaría e n la cloaca
antigua, siendo m ás lógico pe nsar, en vista d e su tipología y d iseño, que p ertenecen a un mism o
m omento.
115
5. 2. 1. 2. 6. 1. Calle occidental
Fase I ( primer a mitad del s. I d. C.)
L os orígenes de la ocupación de este sector se sitúan en la primera mitad del
siglo I , correspondiendo con la implantación de una trama urbana bien definida (fig. V.
7 y plano Encarnación nº 1). En ella destaca l a localización de diversas industrias y
espacios de almacenamiento, junto a otras edificaciones de disti nto uso, detectables por
manifestaciones edilicias específicas. En el cuadrante suroeste, esta trama está p resente
en la disposi ción de una vía de orientación Norte-Sur, a cuy os lados se ext ienden dos
manzanas que albe rga n dife rentes construcc i ones. L a ubicac ión en este l ugar de l os
encepa dos (sondeos) PC08 y PC09 ha permitido la documentación de parte de la calle,
con sus dos líneas de fachada, y de dos crujías pertenecientes al edificio que se
desarrolla en su m arg en oriental. Dada la amplitud de los sondeos, y la multiplicidad de
relaciones entre los tramos del viario y las disti ntas edificaciones, hemos optado por
desglosar los restos detectados en ca da sondeo por separado (fig . V. 8 y tabla V. 2).
TABLA V. 2. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle occi dental. Fa se I
Sondeo PC08 PC09
Anchura (m ) 2, 74 2,75
Infrae structuras
de saneamiento Atarjeas domé sticas
laterale s Atarjea domé st ica lateral
Revestim ie nto ? 1 º ¿L osas? UE 15513
2º Ladrillo s UE 155 11
Portica da No No
Marg ines No No
De esta forma, en el s ondeo PC 08
249
se ha podido observar cómo el proceso
constructivo se inicia sobre una superficie precedente que se muestra baldía, sin
evidencias de uso conocidas, y so bre la que se ex tienden los depósitos pertenecientes a
la llanura aluvial (2,80 msnm; 2,66 en el sondeo PC09 ). Un episodio de estabilización
morfosedimentaria del r í o en t orno a esta época favorec erá la ocupación antrópica,
como y a s e ha podi do ver en el capítulo referente a l a reconstrucción paleotopográfica .
El lugar escog ido, sin embargo, debió considerarse deprimido en su topografía, por lo
116
que se procedió a la elevación del terreno como labor asociada al desarrollo de los
expedientes fundacionales de las p rimeras ocupaciones edilicias. L as ca usas que
motivaron tal acción pudieron ser m últiples, destacando quizás la prox imidad del cauce
fluvial y la usual im plantación elevada de los viarios con respecto a las construcciones
colindantes.
En relación a estas operaciones fueron documentados algunos niveles de uso,
que se identifica n con las supe rficies de obra (UE 13321, 13327 , 13354) de sde l as
cuales se planifican los primeros cimientos. Éstos, en una parte de su desarrollo, se
construy en en alz ado completo al aire, sin fosa asociada. No obs tante, la base de estas
fábrica s, compuestas por estructuras corridas de mampuestos calizos de pequeño
tamaño, presentan a veces más anchura que el resto del cimi ento, excavando en tal caso
los depósitos aluviales parcialmente. L a cobertura y posterior elevación del terre no por
encima de las rasantes de obra (entre 2,85 msnm y 3,11 msnm), una vez proy ectados y
desarrollados los cimientos, se produce mediante el vertido de t ongada s de limos más o
menos compactados, con escasa o nula presencia de materiales constructivos (UE
13325, 13331, 13350, 13351; cota superior: 3,90 msnm). L a s ituación descrita se
reg i stra tanto en el s ector de la calle como al interior de las construcciones anexas,
variando la tex tura y características físicas de los vertidos empleados entre una u otra
edificación, lo que indica la particularidad de c ada obra.
L a calle presenta una orientación gene ral Norte-Sur, con una leve desviación
hacia el Este. Tal alineación sirve de refer ente cardinal a la organización ortogonal de
las construcciones ady acentes. L a anchura m áxima de paso es de 2,74 m, el equivalente
aproximado a 9 pies en el sistema métrico romano. Se encuentra delimitada por l as
unidades constructivas UUEE 13162 y 13174, que repre s entan las líneas de fachada
occidental y oriental respectivamente.
L a ejecuc i ón funcional de l a calle se ini cia hacia la primera mitad del siglo I ,
justamente con la construcción de lo s cimientos de l os muros de fachada, elevándose a
continuación el terreno hasta las cotas de uso o circulación de la vía. Algunos de los
procesos documentados, sobre todo en relación a las obras de canalización de las aguas
249
Coincidente con el extremo septentrional del viario detecta do.
117
residuales y los posibles niveles de pavimentación, se podrían prolongar
cronológic amente hasta entra da la segunda mitad del siglo I .
Fachada occidental
Presenta una fábrica que, en su concepto, responde a la traza del opus
africanum
250
, compuesto por pilares de sillería de roca alcoriza y paños intermedios de
mampostería incrustados en tongadas de mortero (UE 13162, fig. V. 9). L os sillares, de
aparienc ia ex terna almohadillada, m uestran unas dimensiones de 1,12 m. de longitud
por 0,54 m. de anchura y 0,58 m. de altura m edia. L os paños de m ampostería entre
sillares disponen de una longitud de 1,16 m. L os mampuestos empleados en ellos
proceden exclusivamente de materiales calizos. Este aparejo forma p arte
fundamentalmente del alz ado de la fachada y , al mismo tiempo, del tramo su perior del
cimiento al quedar algo sot errada bajo los primeros niveles de uso de la calle. L a
diferenc iación del alzado se reg is traría como míni mo desde 4,28 msnm (pudiendo ser
inferior), correspondiéndose t al cota con la altura a la que se dispone el vano de acceso
a la vivienda occidental (UE 13299), cuy a cronología s e sitúa entre la primera y
segunda mitad del siglo I (fig. V. 10).
L a estruc tura anterior descansa sobre un cimiento corrido, compuesto por
sucesivas hi ladas de mampuestos caliz os trabados con barro (UE 13355), que
constituy en la base y m itad i nferior de la cimentación de l a facha d a (fig . V. 11).
Esporádicamente se incluy e en esta obra algún bloque de pizarr a y fragmentos de
ladrillos. La s tres primeras hiladas de la cimentación la conforman cantos rodados y
elementos más menudos de piedra caliza. Sobre estas hiladas se dispone una porción de
mampostería irregular mostrando di versos tamaños. L a transición entre esta obra y l a
fábrica de sillares y cajones de mampostería UE 1316 2, se formaliza en algunos t ramos
mediante la disposición de una verdug ada de ladrillos que regulariza las superficies de
contacto entre a m bas.
L os mater iales cerá m icos asociados a la base de la cimentación arrojan una
cronología de entre finales del siglo I a. C. y el año 40 d. C (UE 13355). L a cota a la que
250
Testimonios de otr a variante loca l de esta técnica edilicia han sido descubier tos en Singilia Bar ba
(Serrano y otros 19 91:2 73-27 5 y nota 32) , en este caso los sillares fueron colo cado s en vertical.
124
El si guiente nivel de us o adscrito a esta fase es el suelo UE 15511 (fig. V. 28 y
perfil 19 PC09), con un as cotas superiores que oscilan entre 4,05 y 4,10 msnm, y una
cronología que se inicia a m ediados del s. I . Este pavimento presenta una cama de
prepara ción, de 10-15 cm de potencia, de g ravilla mezclada con ar ena y g rava de
tamaño, sobre el que asienta un firme compuesto por ladrillos a la palma. Todos los
pavimentos comentados están secciona dos por la z anja de construcción (UE 15520) de
la primera fa s e de la cloac a central, encuadra da en la 2ª mit ad del s. I (fase I I ).
En lo que concierne a las i nfraestruc turas hi dráulicas, en el sondeo PC09 sólo se
ha documentado la ata rjea UE 15454.
Fase II (2ª m itad del si glo I)
El hito más importante documentado l o representa la i mplantación de un sistema
de canalización de aguas residuales que s ustituy e a las soluciones anteriores
relacionada s con las atarjeas dom ésticas y otras obras de infraestructura preexist entes
(fig. V. 30 y plano Encarnación nº 2 y 3). El nuevo complejo de desag üe, detectado en
ambos sondeos, se compone de una cloaca (UE 13279), que discurre bajo la zona
central de la vía, vertiendo en ella l as di stintas conducciones procedentes de los
edificios ubicados a ambos lados de la c alle (fig . V. 31).
TABLA V. 3. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle occi dental. Fa se II
Sondeo PC08 PC09
Anchura (m ) 2, 74 2,75
Infrae structuras
de saneamiento Cloaca central (UE 132 79 = UUEE 15 487 /15 492 /15 489 )
con conexión a at arjeas procedentes de edificaciones colinda ntes
Revestim ie nto ? Ladrillo s y l a jas d e pizarra
ocasionales (UE 15509 )
Portica da No No
Marg ines No No
Se plantean ciertas di ficultades a la hora de determinar el método empleado en la
construcción de la cloaca, y a que no s e ha detectado con claridad una fosa asociada a la
misma; si bien queda constatada la necesaria excavación y destrucción de la estratigrafía
precede nt e, en c u anto que irrumpe en el tra z ado de las a tarjeas asociadas a la fase
anterior (UE 13329, 13278). Asimism o, en el encepado PC09, se advierte la ex istencia
125
parcial de una z anja longitudinal (UE 15520), que se asocia a la construcción de esta
obra de infra estructura, confirmando la remoción de de pós itos adscritos a la fase I .
L a fecha de puesta en servicio de la cloaca se define dentro de un período
cronológic o que queda restringido entre los l ímites aportados por la secuencia
estratigr áfica a la que cortaría, cuy o r elleno más m oderno correspondería al úl timo
cuarto del s. I o posterior (UE 13263), y una reforma o ampliación de su fábrica que se
sucede en e l primer tercio del sig l o I I (UE 13237; fig. V. 32 y perfil 13 PC08).
L a estructura física d e la cloaca responde en el sondeo PC 08 a una obra de
ladrillos, de similares características a la de una atarjea, salvo en su may or anchura. S e
desconoce la altura original de la fábrica y la cubierta, que fueron sustitui das por la
reforma de la cloaca en el siglo II . La di ferenc i ación entre ambas fases no siempre es
clara, dado que la obra en su conjunto resulta muy irreg ular. En algunos tramos este
colector central habría sido reconstruido casi completamente desde su base, mientras
que en otros casos, habrían perdurado parte de s us paredes hasta una altura m áxima de 4
hiladas de ladrillos. Dichas paredes están compuestas p or ladrillos
260
a soga y trabados
con barro y cal. De forma excepcional se emplean algunos fragmentos de t égulas
reutilizadas. El s uelo está formado igualmente por l adrillos
261
, en lo s que la soga se
dispone perpendicular m ente al eje de la cloaca. En el encepado PC08 la cloaca es
documentada a l o largo de un trazado de 9,96 m, buz ando progre sivamente hacia el S ur,
donde es registrada a una cota de 3,69 msnm (encepado PC0 9); mientras en el ext remo
opuesto se dis pone a 3,8 msnm
262
. A medida que avanza en su recorrido hacia el Norte
se produce un estrechamiento del canal de conducción, alcanzando una anchura míni ma
en el perfil septentriona l de 26 cm. y m áxima de 33 cm. en el límite sur del sondeo.
Parece pues que el cambio en el sistema de evacuación de residuos no responde
sólo a una mejora de las infraestructuras sino a una transformación en el conjunto del
sistema relacionable, probablemente, con la construcción en la z ona s eptentrional del
solar (sondeos PC06 y PC 05) de nuevas edificaciones en esta fase. Éstas supusieron el
260
Mód ulo: 29, 5 x 16 x 6,5 cm.
261
Con 29, 5 x 22 x 6 cm de módulo.
262
La super ficie interna del c anal pre senta una pendiente d ébil, cambiante e n peq ueños tramos. Po r ello ,
su deter min ac ión se ha efectuado mediante la co mparación d e sus cota s en los extremos registrados (p erfil
13 P C08 y perfil 20 P C09) .
126
cierre hacia el Norte del antiguo eje vial, suscitando l a necesidad de intercambiar el
sentido de la evacua ción para incardinarla dentr o del sistema gene ral de la ciudad.
En su tramo septentrional, se advierte la huella de al menos dos acometidas o
conexiones procedentes de la manz ana oriental y occidental. L a situada más al sur se
corresponde con la reutilización de la atarjea UUEE 13269=13278, que y a ex istía
previamente. Con la construcción de la cloaca, dicha atarjea es anulada en su mitad este
(UE 13278), siendo reaprovechado en cambio el tramo que discurre desde el vano UE
13299 hasta el trazado de la cloaca. La acome tida se realiza trabando los l adrillos en
vertical de l a fábrica de la atarjea 13269 con la pare d oeste de la cloaca. Este hecho
indica asimismo l a perdurac i ón en su funcionamiento del vano de la fachada occidental
(UE 13299). P osteriormente esta conexi ón será suprim ida, cegándose l a acometida con
un fragmento de tégula. De igual manera, el int erior de la atarjea será rellenado con una
mezcla de arg amasa, arena, c al y fragmentos cerá m icos (UE 13268; fig. V. 33) .
Hacia el Norte, y en este caso sobre la pared este de la cloaca, se registra una
conexión con la atarjea UE 13258. Ésta se encuentra adosada a un recre cido de ladrillos
(UE 13292) de la fachada oriental, sin sol ución de continuidad al otro lado de l a mism a,
siendo interpretada como l a recog ida de un bajante exterior (fig. V. 34). Presenta una
longitud m áxima de 1,14 m. S us par edes se construy en c on fr agme ntos de ladrillos
trabados con barro, m ientras que para el suelo se emplean tégulas y para la cubierta
ladrillos completos. El suelo muestra un buz amiento apreciable, desde s u inicio junt o a
la línea de fachada hasta su encuentro con la cloaca, donde se documenta a una cota de
4,20 msnm (fig. V. 35).
L a atarjea anterior corta un nivel de uso de la calle (UE 13253), fechado en el
último cuarto del s. I o a partir de éste
263
. L a cota superior de la cubierta de la atarjea ,
hacia 4,57 msnm, se muestra incompatible con las posibl es superficies de tránsito de la
calle para esta fase, requiriendo en todo caso un nivel de uso superior y u na may or
altura para las paredes de la cloaca. No obstante, la atarjea UE 13258 se incluy e sobre
un depósito del siglo I (UE 13248), estando cubierta por un relleno cuy a cronología se
sitúa en entre l os años finales del s. I y el 1º cuarto del s. I I (UE 13247). En lo que se
263
Aunque ambos par ecen estar a su vez seccionad os por la fosa excavada d urante la re forma poster ior de
la cloaca en el siglo II.
127
refiere a la conexi ón con la cloaca, se documenta cómo el suelo de la atarjea, formado
por tégulas, descansa físicamente sobre la pared de la cloaca de la segunda mitad del
siglo I, si bien, a conti nuación, s e l e superponen varias hiladas de ladrillos
pertenec ientes a l a reforma d e la cloaca, si n que podamos advertir, dada la irregular idad
de la obra, si éstas constit uy en una fábrica continua que desde un primer momento anula
a la atarjea o bien conforman un ceg amiento posterior a la fase de reforma. De igual
manera, en este lug ar la fosa de la segunda fase de la cloa ca (UE 13254) es más
estrecha , por l o que desconocemos si la interrupción de las paredes de la atarjea s e debe
a dicho elemento interfacial, o se encuentra alterada por una operación posterior de otra
índole.
Hacia la cota de 4,35 msnm se do cumenta una superficie de uso, que s e
identifica con un posible prepara do o cama de pavimento de la calle. Se trata de una
sucesión d e capas de gravilla con arena y restos de carbón (UE 13249, 13250), s eguida s
de tongadas de arg amasa y cal (UE 13252, 13253) que conjuntamente alcanzan un
espesor aproximado de 9 cm, buz ando levemente hacia el centro de la calle. La
cronología de los depósitos sellados por di chos niveles e incluso de frag mentos de terra
sigillata incluidos en la cama de cal, se adscriben a l a segunda mitad del s iglo I (UE
13258, 13260). Los rellenos que l o amortizan se datan bi en en el siglo I (UE 13248), o
en el primer cuarto del siglo I I (UE 13246). Como se ha indicado, la inclusió n de la
atarjea 13258 en esta fase supondría l a existencia de un nuevo nivel de us o o t ránsito de
la calle, por encima del anterior y en torno a 4,60 m snm, dentro de una cronolog ía
comprendida entre estas mism as fechas. En correspondencia con estas evidencias, en el
encepa do P C09, se localiz a un nivel de pavimentación de la segunda mitad del si glo I
hacia la c ot a de 4,30 msnm, seg ui do de una sec u encia de depósitos, que han sido
fechados también e n el siglo I , y cuy o t echo se sitúa a 4,72 msnm
En el sondeo P C09 donde se detecta este mism o proceso de construcción de la
cloaca central. Su instalación reemplaza, como y a hemos vist o, a las soluciones
particulares de saneamiento documentadas para la fase anterior. L os restos de la cloaca
corresponde n a su base (UE 15487, fig. V.26 y perfil 20 PC09), construida con tégulas
en horiz ontal y dispuestas a tizón, y a los dos muretes latera les de ladr illos a sog a
(UUEE 15492 al Oeste, fig. V.36 y V.37; y 15489 al Este, fig. V. 38). Éstos formalizan
128
un conducto int erior de 40 x 40 cm, de cuy a cobertura no quedan huellas dada la
reforma que s e opera sobr e esta infrae s tructura en la f ase posterior.
Su procedimiento de construcción ha podido ser registrado en este so ndeo,
iniciándose con la aper tura de una z anja longitudinal a lo larg o de toda la calle (UE
15520) que conllevó la retirada de todas l as tierras y restos de pavimentos anteriores
hasta un a cota media de 3,40 m. (perfil 19 PC09, fig. V. 28). Dicha operación se
desarrolló con una m ay or incidencia sobre los depósit os y pavimentos de la z ona
oriental del viario como se observa con claridad en el perfil 20 PC09 (fig. V.26) .
L a repavimentación asociada a la construcción de esta cloaca correspondería a la
UE 15509 (fig. V. 39, perfil 19 PC09), que alcanza una cota de 4,30 m. aprox. en su
superficie. Este pavimento presenta una acabado i rreg ular a base de ladrillos a la palma
y dispos ición aleatoria , mezclados de forma ocasional con grandes l ajas de caliza, y
asentándose sobre el preparado, rico en gravilla y nódulos de cal, UE 15 510. El
conjunto de vertidos
264
que amortiza a este pavimento, con una potencia total de unos
45 cm., fue conformándose t ambién en esta fase, siendo previos a una pos terior
repavimentación de la c alle asociada a la c o nstrucción de una segunda fase de esta
cloaca dur ante el primer cua rto del s. II (fase I I Ia ).
Fases IIIa-IIIb (fines del s. I – p rime r cuarto del siglo II)
En este período, se construy e una nueva superficie de tránsito, concretada en una
pavimentación de ladrillos, documentada parcialmente en el encepado PC09 (UE
15402) (plano Encarnac ión nº 4 y 5). En el encepado PC08 no se conservan restos de
este revestimiento, pero sí de parte de su encac hado o capa qu e le sirve de preparado
(UE 13177=13244; cota: 4,87 msnm). Éste responde a un firme compacto de 6 cm. de
espesor, formado por una única tongada de arg amasa de tonalidad amarillenta, qu e
aglutina fragmentos de ladrillos muy pi cados, restos de mortero, elementos cerámicos,
264
Unidade s 155 08 , 15 50 7, 1 55 06, 1 550 5, 1 550 3, 1 550 2 y 15 501 ; de las cuales s ó lo ha aportad o
cronolo gía el dep ósito 1 550 8: 2 ª mitad del s. I.
129
carbón y algunos guijarros de pequeño calibre
265
. Bajo esta obra se dispone asimismo
un relleno apisonado de composición limo-arenosa y colora ción rojiza, con un grosor
máximo de 5 cm. (UE 13247
266
), que sell a distint os depósit os cuy a cronología se s itúa
en la seg unda mitad del siglo I y en el primer tercio del sig lo I I (UE 13246,
13248=13251).
Bajo el pavimento de la calle se detecta una operac ión de reforma de la cloaca,
que supone la reconstrucción de la m ay or parte de sus paredes, recibiendo una cubierta
abovedada de ladrillos. L as nuevas obras se inician desde una rasa nte situada a 4,43
msnm o a partir de ésta, pues a partir de aquí se registra la excavación de la zanja UE
13254, asociada al recr ecido de la fábrica de la cloaca (UE 13237; fig. V. 40 y V. 41).
Tal zanja presenta una potencia de 40 cm, t eniendo una anchura máx ima de 99 cm. Sus
paredes son rectas en la may or parte de su trazado, siendo rellenada por un depósito
cuy o contenido cerámico se data e n el siglo I I (UE 13255).
TABLA V. 4. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle occi dental. Fa ses IIIa-IIb
Sondeo PC08 PC09
Anchura (m ) 2, 74 2,75
Infrae structuras
de saneamiento Cloaca central refor mada c on cub ierta abovedada
con conexiones a nuevas atarj eas procedentes de e difica ciones
colindant es
Revestim ie nto L a drillo a la palma (UE 154 02)
Portica da No No
Marg ines No No
L a reforma de la cloaca implica el recrecido o reconstrucc ión de parte de la
fábrica anter ior, cuy as pare d es son ahora ensanchadas al emplearse un módulo de
ladrillos de 29,5 x 21 x 6,5 cm dispuestos pref erentemente a soga, frente a los
anteriormente empl eados de menor m ódulo, en el que la anchura del tiz ón, equivalente
al grosor de la pared d e la cloaca , no sobrepasaba los 16 cm. L os ladrillos util izados
fueron trabados con barro y cal, si bien en algunos tramos se hace uso también del
mortero de cal. L a altura del ca nal i nterno es ahora de al menos 63 cm, siendo s u
anchura la mism a que l a de la fase anterior, e strechándose prog resivamente en su
recorr ido hacia el norte (entre 20 y 33 cm). La anchura ex terior del conjunto de la nueva
fábrica es de 79 cm, presentando las paredes una cota superior de 4,64 msnm (perfil
265
Los elemen tos cerá m ic os que incluye son datados entre el últim o tercio del s. I y el 1º cuarto del s. I I.
266
Contenía m ateriales d atables entre la 2ª mitad del s. I y el 1º cuarto del s. I I.
130
sur). En algunos sectores las paredes de la cloaca del siglo I so n completamente
sustituidas desde el nivel del suelo.
En l a pared occidental de la nueva cloaca son documentadas dos aberturas
correspondientes a sendas acometidas, indicadas por la interrupción de la fábrica en un
caso o por el cambio de orientación de los ladrillos en otro. Sin embargo no han sido
detectadas las conducciones relacionada s con ellas, por lo que o bien éstas no se han
conservado, o bien f ueron inicialmente proy ectadas pero sin lleg ar a materializarse.
Sobre los límites de la vía, en el muro d e la fachada occidental, se produce a lo
larg o de esta fase el ceg ami ento del vano UE 13299, que es sustituido por un nuevo
acce so s ituado m ás hacia el S ur. El ceg ami ento del antiguo vano se logra m ediante un
parchea do inicial de ladrillos (UE 13297). P osteriormente se le superpone un recrecido,
también en ladrillo (UE 13302), cuy o alz ado int erno está trabado con una fábrica que
compartimenta la crujía de facha da del edificio ubicado en esta manzana (fig. V. 42 y
perfil 17 PC08).
El encacha do o preparado del pavimento de ladrillos UE 13177=13244 es
amortizado en el sondeo PC08 por rellenos del siglo IV- V (UE 13178, 13192, 13245),
no documentándose otras superf i cies de uso hasta entonce s .
Por su parte, en el sondeo PC09 se documenta mejor conservada esta reforma
gene ral de la calle. La s modificaciones realizadas en la cloaca se traducen en la
ampliación de su capacidad con el recre cido sobre sus anti guos m uretes de otros nuevos
(UUEE 15491 el oriental y 15490 el occidental) y la ejecución de una nueva cubierta
abovedada
267
(fig. V. 38, V.43 y perfil 20 PC09). El aparejo utiliz ado es el mism o que
en la fase anterior
268
. Esta im portante reforma va a dobl ar prácticamente la capacidad de
la cloaca, que pasa a tener una altura interior desde su base hasta el paramento in terno
de la cubierta de unos 70-75 cm, con el mismo ancho interno de la fase a nt erior, unos 40
cm. A diferencia de la primera cloaca central, en esta operación de reforma no se abrió
267
Pr esenta una co ta superio r en su p unto más meridional d ocumen tado de 4,4 3 m., mientras que en e l
m ás septentrional es d e 4,4 7 m, distando ambos puntos 2,90 m.
268
Si bien ahora cambia el módulo de lo s ladrillo s, pasando de 3 0 x 1 5 a 3 0 x 22 cm.
131
en ex tensión hasta la crujía oeste, sino que fue realizada mediante una zanja
269
, de 1,20-
1,30 m aproxi madamente, centrada respecto al eje marcado por el propio recorrido de la
cloaca ( fig. V.44; per files 18 PC09 y 19 P C09).
También en este punto, estas reformas llevan asociadas la colocación de varias
atarjeas. L a primera de ellas, UE 15484 (fig. V. 45), procede del interior de la manz ana
este, trabando perfectamente con el murete oriental de la cloaca (UE 15491), lo cual
revela una pl anificación común. L a segunda atarjea documentada, UE 15488 (fig. V.46
y V.47), l a ponemos en relación con un bajante que iría adosado a l a fachada este,
concreta mente a su reforma en aparejo de ladrillos (UE 15305), apoy ando directamente
en la pilastra sur que marcaría el vano de acceso a la casa durante l a fase I (fig. V. 48).
Un dato importante que hay que añadir respecto a di cho bajante, es su aparición y a
anulado y en desuso
270
. El hecho de que no se detecte ninguna reforma sobre el t ramo
del pavimento de ladrillos UE 15402, que se encuentra sobre el recorrido del citado
bajante, nos hace pensar que quizás exi stiera un pavimento previo, aunque no se
hallaron ind icios al respecto. Po r úl timo, fue documentada una tercera atarjea
procedente del tramo septentrional de l a crujía de fac hada oeste que presenta la misma
edilicia qu e la atarjea 15484
271
. En el ex tremo donde encastra con la crujía presenta una
cota superior en su cubierta de 4,76 m, y en su base de 4,34 m ; mientras que en el punto
donde t raba con la segunda fase de la cloaca, presenta una superior de 4,44 m (fig.
V.44).
Como y a ha sid o indi cado, esta ampli ación de la cloaca central llevó aparejada
una nueva pavimentación de la calle (UE 15402) construida en aparejo de ladrillos a l a
palma en hiladas a soga y tiz ón (fig. V.49). En su diseño se detectó una cenefa de
ladrillos a soga en el tramo longitudinal que se adosa a la fachada oriental (fig. V.50),
no reg istrándose su correla to en la occidental debido al destrozo producido por el
expolio del m uro de facha da. Mientras que las cotas de su límit e oriental o scilan entre
4,87 m de m áxima y 4,77 m de mí nima, las correspondientes a su l ímite occidental
varían entre 4,83 y 4,74 m; y las de la z ona central entre 4,81 y 4,73 m
272
. De estas
269
Zanja d e construcción 15 52 2. No nos ha llegado m ateriales p ara la d atación d e su relleno, 1 55 23.
270
T al como indica la a usencia de su cubierta y el desmonte parcial d e sus m ure tes laterales.
271
B ase d e ladr illos (3 0 x 22 x 6 cm) a tizó n, mu r etes laterales con ladrillo s (30 x 15 x 6 cm) a soga y
cubierta a la ca pu ccina .
272
El tramo que se sitúa sob re la a tarj ea 15 488 pr esenta un ligero hun dimient o.
132
oscilaciones se infie re un lig ero basculamiento ha cia el áre a central, bien planteado
desde su construcción para facilitar el flujo de las agua s d e ll uvia, o p or efecto del
tránsito. A este respecto, debemos destaca r el im portante grado de desga s te que
presentan los ladrillos en l a zona central del viario, donde su grosor se ha visto rebajado
desde l os 6 cm originales hasta 1 cm de espesor. El relleno que cubre a l a segunda fase
constructiva de la cloaca (UE 15482) y que sirve de cama de prepara ción de este
pavimento aportó una cronolog ía de fines del s. I – 1º cuarto del s. I I.
5. 2. 1. 2. 6. 2. Calle oriental
Fases I – II (1ª m itad d el s. I – 2ª mitad del s. I)
En el extremo opuesto del área central de la excavación, se han documentado
una serie de estructuras, rea provechada s en parte por posteriores unidades
domésticas
273
. Se trata de una edificación, construida me diante pilares de ladrillo y
tramos i ntermedios de frag mentos de tegulae, configura da por varios ámbitos
diferenc iados, haciendo fac hada a una calle que discurr iría en direcc i ón Norte-Sur.
Por su parte, la calle localiz ada se encue ntra delimit ada por los muros UUEE
1253-1244 al Oeste y UE 1273 al Este (Fig. V. 30; Pl ano Encarnación nº 1 y 2). Esta
posible v ía conserva parte de su pavimento de lastras de pi edra de diverso tipo
274
(UE
1247) y de la cloaca (UUEE 1271, 1272 y 1280)
275
, la cual discurriría por el latera l
oeste de la calle (fig. V. 51 y V. 52). L as dimensiones del frag mento de calle, incluida l a
zona de l a cloaca, abarcan una anchura de 2,16 m por una longitud máx ima
documentada de 2,95 m.
TABLA V. 5. Desglo se de hal lazg os po r sondeos. Calle ori ental. Fa ses I-II
Sondeo Ár ea cent ral
Anchura (m ) 2, 16
Infrae structuras
de saneamiento Atarjea later a l
Revestim ie nto Piedras calizas y are n iscas de mediano tama ño
273
Véase el c apítulo referid o a los espacio s de háb itat.
274
Calizas y areniscas.
275
Con pare des de ladrillo y base de tégulas.
133
Portica da No
Marg ines No
Su identificación como viario se muestra especialmente dificultada por la intensa
acción de ex polio de materiales constructivos que ha sufrido esta z ona. Desde un punto
de vist a formal, nos i nclina a favor de esta tipificación la exi stencia de una
pavimentación de l astras, simil ar a la detectada en la calle reg i strada en la zona norte de l
solar
276
, y la presencia de un si stema de infraestructura de desag üe bajo la misma. Se
trataría de una vía cieg a puesto que tanto ésta como la atarjea conec tarían con el patio
de una unidad doméstica
277
, siguiendo sim ilar modelo de acceso, directo al patio de
estas edificaciones, y a documentado en la calle occidental
278
. En cualquier caso, estas
relaciones estructurales no han podido ser comprobadas efec tivamente puesto que esta
zona no ha sido excavada por debajo del nivel de e s tos pavimentos.
Otra hipót esis posible sería i dentificar este e spacio empedrado c omo ár ea de
trabajo o de servicio, asociado al paso de animales y a la alberca situada en su lateral
oriental, extremo que se nos antoja complejo dadas su escasa anchur a y su directa
relación con e l acceso a la unidad doméstica septentrional.
5. 2. 1. 2. 6. 3. Calle septentrional
En una reciente intervención arqueológica (Amores y González 2007), fue
descubierta la principal vía que recorre el sector excavado (Fig . V. 30; Planos
Encarna ción nº 2-5). Se trata de una calle con dirección Este-Oeste de anc hura
aproximada de 4,4 m en la zona occidental y los 4,70/ 5 m en el ex tremo oriental
279
. El
hallazgo de este viario, y de l as edificaciones que lo definen, ha permitido establecer la
secuencia relativa de urba nización de esta área del sol ar.
276
Véase más adelante.
277
De hecho, la cloaca evacua d irectamente de l interior d e esta co nstrucción. P udo tratarse de su
configu ración o riginal o bien d e una reforma posterio r, aunque estos extremos no han sido co mprobado s.
278
Véase el c apítulo referid o a los espacio s residenciales.
279
Estas medidas so n e stim ativas puesto q ue no co incidiero n ambas fachada s en ningun o de los sondeos
efectuados, p or lo que se ha combinado la información obte nida en su excavación con los dato s r ecogido s
en la s sucesivas vigilancias d e movim ientos de tier ra e fectuados. En cualquier caso , la localizac ión de la
cloaca central, situada a pro xim ad amen te a una distancia d e 2 m con respec to a c ada fachada y con una
anchura de ca. 70 cm , per mit e definir una anchura m e dia d e 4,7 m para este viario .
140
estructuras quedan cubiertas por ladrillos
296
dispuestos en pl ano y a tiz ón
297
. L a base de
nuestra atarjea es de piezas de cerámica sim ilares a las que documentamos en la
conducción UE 14566 y sus cotas superiores son: 3,19 msnm a la altura del perfil
meridional del corte y 2,98 msnm en su extremo m ás septentrional donde es cortada por
al interfacie d e reforma de la cloaca UE 14589. La s di mensiones totales de esta
estructura son l as siguientes: 1,06 m. de longitud, 0,40 m. de alt ura en sección
transversal y 0,55 m. de anchura máxima. El hueco interior es de 0,16 m. de alt o po r
0,17 m. de ancho, siempre en sección transversal. Queda cubierta por la UE 14557 y se
ve afectada parcialmente por la UE 14592 de instalación de la estructura UE 14562 y
por l a UE 14589 de reforma de la cloaca . Es colm atada por la UE 14586, depósito
fechado e nt re los ss. I V y V d. C.
L a unidad i nterfac ial dentro de la cual se inserta nuestra atarjea es l a UE 14585.
Como en el caso anterior, la estructura se ajusta a la zanja sin dejar espacios
intermedios, por lo que sus d imensiones son prácticamente l as mismas. También afecta
a las UUEE 14558, 14570 y 14573. De l a mism a manera podemos aplicarle el m ismo
proceso constructivo vis to antes, pues guarda las mism as relaciones físicas y
estratigr áficas con respecto a las unidades deposicionales y constructivas
inmediatamente aledaña s
298
.
Primer pavimento de la calle
Construida la cloaca, se procedió al sellado de s u cubierta y preparación del piso
supray acente que albergaría el primer pavimento d e la nueva calle (fig. V. 61). En este
sondeo no hemos documentado rastro alguno de este pavimento original, al contrario
que en el corte contiguo “Po zo Bombeo NO-E” en el que se reg istró una unidad
constructiva de pavim ento de losas de caliza de módulo irregula r (UE 16639) con una
cota superior de 4,12 msnm , adosado a l a línea de fachada norte y ligerame nte buz ado
hacia el sur. L a unidad deposicional sobre la que descansa (UE 16643) presenta una
cota superior de 3,90 m. y unas características físicas simil ares a otro depósito que
296
Con un m ó dulo 29 x 21 x 5 cm.
297
No se co nserva en su totalid ad p or hallarse afectad a, al igual que el murete o riental, po r la interfacie
UE 14 593 de instalación de la e structura suprayacente UE 145 62) .
298
Esto es, zanj a de fundación UE 1 45 87 - rellenos UU EE 1 455 8 y 14 570 - co nstrucción de cloaca y
cubierta - zanj a UE 1 458 4 d e atarj ea - Atarjea UE 145 82.
141
pudimos documentar en nuestro corte, esto es, la UE 14557
299
. Est a unidad posee una
cota superior de 3,8 5 msnm en el perfil meridional y una tendencia descendente hacia el
norte, es decir, hacia el centro de la calle (perfiles 14, 15 y 16). Esta mi sma
circunstancia se podía observar en l as UUEE 16639 y 16643 del corte vecino.
Volviendo a esta unidad, sus dimensiones son de 2,55 x 1,20 m al sur de la cloaca. La
UE 14557 aparece cubriendo todas las unidades constructivas que hemos descrito hasta
el momento y que pertenec en a esta primer a fase a rqueológica.
Sondeo Pozo de bom beo NO-E
Primera cloaca
Por su parte, en este son deo, se documenta igualmente la construcción de la
cloaca central UE 16635, una infraestructura fabricada con una base de tegulae , paredes
de ladrillos a tiz ón
300
y cubierta con bóveda de cañón con l adrillos a rosca. De ésta sólo
se c o nserva el a rranque (f ig. V.62). Éste está constituido por ladrillos a soga (dos
hiladas) ligeramente inclinados hacia el interior de la cloaca cuy a cota superior es de
3,14 – 3,08 m. Desgracia damente han concur rido dos fac tores negativos a la hora de
documentar la cloaca . El primero engloba lo s sucesivos d esmontes producidos en época
romana para repara r y remodelarla, por l o que los vestigios de su config uración original
son escasos
301
. El segundo es debido a razones técnicas pues, antes de llega r a
documentar la base de la cloaca, el nivel del agua fil trada apenas nos permitió observar
la construcción original. Esta circunstancia se ha producido en todos los puntos donde
se ha explorado dicha infrae st ructura.
Primer pavimento de la calle
Asociado a l a primera cloaca documentamos un pavimento (UE 16639) de l osas
de caliza de g ran tamaño, en torno a 0,50 m, que ensamblan entre sí s in disposición
clara. Sól o ha sido registra do al norte de la cloaca (fig. V.63 y V.64). S u cota s uperior
299
Da table en la 2ª mitad de l s. I , si bien co ntenía algun o s materiales intrusit os del s. III , algo q ue no es de
extrañar dadas las dificultades d e registro de las distintas fosas asociadas a reformas de a tarj eas
documentadas.
300
T an sólo ap arecen un par de hilad as de lad rillos a soga en la cara norte.
142
de uso para este momento es de 4,01 msnm. Este pavimento lleva una di recc ión E-O y
su límite septentrional nos indica la localización del muro de fachada norte
302
.
Por el contrario, en el encepado escaler a muro peatonal 2, situado un poco m ás
al Norte del anterior, se documentan una s erie de rellenos deposicionales continuos (p.
e. UE 15702) (perfiles 19 y 20), sin asociación a estructura alguna, que pueden ponerse
en relac ión con la incipiente urbanización de esta pa rte de la ciudad
303
.
Sondeo Pilar A lineación A
En el sondeo P ilar Alineación A
304
, se advierte cómo la ocupación urbana de
este espacio se inicia en la 2ª mi tad del s. I d. C. En este sentido, hemos documentado
dos procesos sucesivos, ambos encuadrados en la segunda mitad de l a citada centuria,
relacionados con la primera actividad edilicia detectada en este se ctor. Ésta queda
definida por una sucesión de vertidos que, por orden deposicional, conforman la
siguiente sec uencia:
- El primer relleno que hemos documentado se caracteriza por su alto
contenido en carbones (UE 12594), expediente no excavado, que presenta
una cota m edia de t echo de 2,90 msnm
305
. Este depósito, por las cotas
refer i das y por analogía con la estratigrafía documentada en el sondeo
aledaño, Poz o de bombeo N-NO
306
, se desarrolla como el primer vertido que
cubre al techo de la llanura aluvial, que presenta ba en el reseñado sondeo
una cota superior que o scilaba entre 2,90- 3,10 msnm.
- El siguiente nivel lo constituy e un encachado de ripio de ánfora y de ladrillo,
UE 12593, estando dispuestas sus piezas de forma aleatoria sin abarcar la
totalidad de la s uperficie del relleno al que cubre, UE 12594 (fig. V.65). El
encac hado presenta una cota superior media de 2,93 msnm. El expediente
301
La co ta de afección de la fosa d e la últim a reforma de la cloa ca es 2,89 m de forma q ue se ar rasa
práctica m ente con tod as las reformas interm ed ias y gran parte de la cloac a original.
302
Es po sible rela cionar este p avim e nto con la UE 16 748 del so ndeo “Casa de la Noria 2”.
303
Véase ar riba.
304
Emplazado a l este del sondeo P ozo de bombeo NO -E.
305
Cota inferior máxim a a lcanzada en el corte.
306
Véase ar riba.
143
anterior que da cubierto por el relleno grisáceo UE 1259 2, que no a portó
materiales, con una c ot a media de tec ho de 3,13 msnm (fig. V.66).
- Sobre este relleno se desarrolla un vertido, UE 12590, con un alto porcentaje
en su contenido de nódulos de cal de tamaños variables, con una cota
superior m edia de 3,20 msnm, y con una cronología de 2ª mitad del s. I d.C.
(fig. V .67).
Este último relleno cierra la secuencia documentada para estas primeras
evidencias, cuy a potencia estratigráf ica total oscila en to rno a los 30 cm. Del citado
proceso podemos inferir l as siguientes conclusiones. En primer lugar , nos encontramos
ante las primeras evidencias de ocupación de este entorno, dato que viene a corrobora r
la dirección del proceso urbanizador, de S ur a Norte. En este sentido, l os restos que
formalizan esta secuencia podrían interpretarse como la adecuac i ón de l a ll anura aluvial
de forma previa a l a urbanización del sector, o, al menos, a la formaliz ación de la calle.
En este sentido, estos vertidos actuarían como suelos de trabajo asociados a las
actividades edilicias, corrigiendo de este modo l as posibles irregularidade s topográfic as
de la llanura a luvial, así como la naturaleza inestable de la misma. A simismo, no
debemos olvi dar la presencia de un elemento tan pot ente en l as inmediaciones como es
la posi ble m uralla documentada a escasos metros de este sondeo. Si bien este elemento
no pudo datarse de forma precisa en s u momento
307
, en esta fase de intervención
arqueológ i ca se infiere que su existencia es previa a la construcción de la manzana
septentrional
308
que configura el frente norte de l a calle documentada. S i admiti mos que
su construcción se inserta dentro de la dinámica urbanizadora que estamos observando,
es posi ble que algunos de los depósitos que aquí se reseña n sean coetáneos o estén
directamente relacionados con su construcción, formaliz ando sus suelos de obra y restos
derivados del traba jo constructivo.
Primera cloaca
Este proceso está vinculado a la formalización del primer firme de la vía, así
como a l a implantación de las i nfraestruc turas hidráulicas destinadas a la evacua ción de
las agua s residuales. L a secuencia se inicia con la fosa de construcción de l a cloaca,
307
Am or es y González (20 06).
308
La cual adosa a la muralla.
144
zanja UE 12588, que comparte desarrollo lineal y orientación E-O con la calle. Se trata
de una fosa en la cual se encaja la infraestructura, por l o que care cemos de rellenos
asociados a su colmatación. Una vez ex cavada la zanja se acometió la construcción del
primer momento edilicio d e la cloaca, formalizado por los si guientes elementos
constructivos: base UE 12597 y muretes de cierre UUEE 12598 y 12599 (fig. V.68). L a
documentación del apar ejo de la base de la cloaca (UE 12597) presentó una serie de
dificultades debido a la aparición del freático durante la excavac i ón de estos expedientes
profundos. También hay que d estacar el importante g rado de fragmentación que
mostraban las tégulas. No obstante, parecían presentar un aparejo a soga, descansando
los muretes parcialmente sobre l os laterales de las m ismas. En su tramo m ás oriental
presentaba una cota de 2,42 m , mientras que el más occidental, de 2,40 m, por lo que
podemos inferir una l iger a inclinación en el tramo estudiado hacia el Oeste
309
. Referente
a los muretes de cierre, el sur (UE 12599) conserva b a un alzado de nueve hi ladas
apareja das en ladrillos
310
dispuestos a tiz ón, trabadas con un mortero de cal y arena d e
buena calidad, presentando di cho murete un acabado de buena factura. P resenta unas
cotas de coronamiento que oscilan entre 3,01 msnm, en su extremo más oriental, y 2,96
msnm en el más occidental. El murete de cierre norte (U E 12598) está la brado en
ladrillos
311
disp uestos a soga conservando ocho hiladas, cuy o mortero y factura final s on
coincidentes con las del murete anterior. Presenta unas cotas finales que oscilan entre
2,95 m en su ext remo sur y 2,90 m en el norte. Ambos muros formalizan un conducto
interior cuy a anchura oscila entre 0,42 -0,45 m, y con un alzado medio de 0,55 m hasta
el arranque de la bóveda que cubriría a la cloaca, cuy a anchura total oscilaría entre 0,90-
0,95 m. En este sentido, sobre el coronamiento de los muretes UUEE 12598 (fig. V. 69)
y 1259 9 (fig. V.70), hemos registrado evidencias
312
de lo que hemos i dentificado como
el arranque, la primera hi lada
313
, de la bóveda de cañón
314
q ue cubriría y cerrar í a a la
cloaca.
309
Como y a fue comprobado en los sonde os anterior es.
310
Mód ulo 0,3 0/0, 28 x 0 ,22 /0,21 x 0,0 5/0, 06 m.
311
Mód ulo idéntico a l del muro anterior.
312
P or su escasa entidad se d ecidió no individualizar la estratigráficamente, quedando integrada en la UE
del murete sobre la que de scansa.
313
Ladrillos d ispuestos a soga de módulo 0,3 0 x 0,1 2 x 0 ,05 m .
314
E n el P ozo de bo mbeo N-NO, también se ha identificado e l arranq ue de d icha bóved a, co nservando
varias hiladas de la mis m a.
145
Entendemos q ue todas las actividades rela cionadas con la construcción de la
cloaca, fueron acometidas desde la cota de nivel de uso marcada por el vertido rico en
nódulos de cal UE 12590, cuy a cota media era de 3,20 msnm.
Atarjea de evacuac ión de residuos
Perteneciente a esta fase hemos documentado la atarjea UE 12591
315
, orientada
N-S, que entroncaba con la cloaca por su murete sur, UE 12599 (fig. V. 70). Queda
formalizada por una base de tégulas a sog a, sobre las que montan los muretes
construidos en ladrillos a soga, conservando cuatro h iladas en alzado. S u cubierta estaba
bastante alterada por remociones post eriores
316
, que tampoco nos permitieron aclarar
completamente su relación física con l a cloaca. S us muretes determinaban un conducto
interior de 0,20 m de ancho por 0,30 m de altura mínima, presentando una anchura total
de 0,65 m. En lo refere nte a las cotas, la base reg i straba una cota de 3,00 m, mientras
que la cota máxima de la estructura es de 3,30 m.
Primer pavimento de la calle
Una vez finalizada la erec ción de la cloaca se procedió a su cubrimiento con el
vertido de los si guientes rellenos, que enumera remos por orden de deposición: UE
12589, rico en car bones; UE 12587, nivel de arcillas rojizas; UE 12578, nivel de
nódulos de cal de tamaño variable; UE 12579, nivel de arcillas pardas enriquecidas con
nódulos de cal
317
; y ce rrando la secuencia, un nivel de matriz arcillosa con un alto
contenido en gravilla, UE 12570, que no aportó m ateriales (fig . V.71 y V.72). Esta
secuencia se desarrolla entre 3,20 y 3,50 msnm , localizándose en el área situada al norte
del murete de la cloaca UE 12598, si bien, aunque no podemos confirmarlo habida
cuenta de la afección de las reformas post eriores, debió cubrir por completo a la cloaca
una vez finalizada la construcción de la misma.
Esta secuencia de de pó sitos debió de funcionar como preparac i ón del primer
pavimento que solaría l a calle, presentando gra n similit ud con los preparados
315
Documentada en el perfil sur del corte.
316
No o bstante, pa rece q ue estaba cubie rta co n ladrillos a tizón.
317
T odo s ellos co ntenían m ateriale s fechables en la 2ª mitad del s. I d .C.
146
documentados en el sondeo PC09. No obst ante, no se ha conser vado en el sector
excavado ningún expediente que podamos asociar físicamente al pavimento, por lo que
interpretamos que las piezas que lo conformarían hubieron de ser reutilizadas como
material de acarreo. Por el contrario, restos de esta primera pavimentación con losas de
piedra han sido documentados en e l sondeo Pozo de bombeo NO-E (UE 16639)
318
.
Por l o tanto, podemos concluir que en realidad, y aunque desde un pu nto de vista
analítico lo hay amos subdividido en dos partes, ambos mom entos son desarrollados en
un proceso unit ario encaminado a la urbanización del área objeto de estudi o. Otro dato
de interés, qu e podemos inferir del análisis de las cronologías proporcionadas por la
UUEE de ambos procesos, es que todas coinciden en el arco cronológico comprendido
entre el 60-80 d.C., es decir, finales de época J ulio-Cl audia y t oda la época Flavia, por
lo que podemos e ncuadrar esta primera actividad edilicia del entorno en di cho arco
temporal.
Sondeo Casa de la Noria 2
Primer pavimento de la calle y e dificación colindante
En este sondeo, donde y a detectábamos la presencia de débiles restos
adscribibles a una cronología un po co anterior, se erigen en este momento dos pi lares
que avanzan sobre el antiguo espacio abierto y delimitan un vano
319
. S e trata de dos
pilares (UUEE 16731 y 16725) rectang ul ares de ladrillos que traban con mortero de cal;
miden 0,90 y 1,20 m de largo respectivamente, y se encuentran arrasados hasta el nivel
de cimentación (fig. V.73). No hay restos de revestimientos exteriores y la cara i nterna
de los muros tampoco ha podido ser documentada, sa lvo en el caso de UE 16725.
A su vez se renueva el revestimiento del viario con el pavimento de la calle UE
16748 (fig. V.74). Es un pavimento de piedras de caliz a de tamaño medio alineadas E-
O, muy ex poliado. Se detecta pues que la cota de uso ha subi do ligeramente estando en
torno a 4,08 msnm.
318
Véase ar riba.
319
De 3, 60 m apro xim a damente de anchura.
147
Esta nueva formalización del viario y de la línea de fachada parece coincidir con
la impl antación definitiva de esta z ona de la calle. En este sentido, es necesa rio destacar,
con l as opo rtunas reservas d ado l o fragme ntario del registro, que la construcción de este
porticado puede perpetuar en líneas generales la anti gua alineación de las fachadas de la
manzana sur, extendiéndola hacia la nueva configuración del espac i o viario.
En un segundo momento, se introduce una ali neación de ladrillos E- O (UE
16726) que adosa a l os pilares UUEE 16723 y 16725, constituy éndose en un posi ble
umbral (fig. V.75, V.76 y V.77 y perfil 21). Debemos suponer que, para este momento,
el pavimento de piedras UE 16748 adosaría a este umbral. Asimi smo, se detecta un
recre cido del pi lar de l adrillos UE 16731 (UE 16723). Este nuevo muro de ladrillos se
conserva en alz ado bastante bien. Tampoco t iene restos de revestimiento exterior y se
desconoce su c ara interna o sur.
Sondeo Ram pa cam iones 1
Edificación colindante
En este espacio se ha detectado la formalización de la fachada de la manz ana
meridional. Ésta estaría constituida por un porticado con tres pi lares alineados en
dirección E-O, con unas dimensiones idénticas y más o menos equidi stantes entre sí. Se
trata de l as UUEE 16514, 16541 y 16 582 (fig. V.78). El pilar UE 16514 no ha si do
excavado por lo que l a conexi ón con los otros dos es más incierta; además aparece
como un elemento ex ento, mientras que a los pilares UUEE 1 6541 y 16582 se les adosa
el muro UE 16521, por su cara sur (fig. V.79). Destacamos el hecho de que la zapata del
muro UE 16502, de época posterior, monta directamente sobre estos pilares, y su p eso
ha hecho que éstos basculen hacia el Norte, debido a asientos en el terreno, siendo más
débil la zona de la cloaca. L a determinación de la relación entre estos pilares y el muro
UE 16521 (= 16537) es compleja dada la ubicación de los restos. En cualquier caso, las
conexiones estratigráf icas parece n indicar la coetaneidad entre los pilares y este muro.
De esta forma, se articularía una fachada con pilastras que, dadas las amplias
dimensiones de la edificac ión, no resultaría extraña en su rela ción con el viario.
148
L os pilar es son estructuras construidas de ladrillos de si milar formato, y que
traban con el mi smo tipo de mortero. Documentamos una luz entre ellos de u nos 4,4 m.
Esta medida es may or a la constatada entre los pilares UUEE 16731 y 16725,
documentados en el encepado “Casa de la Noria 2” para esta mism a fase
320
. Sus cotas
superiores e inferiores son 4,67 y 4,39 m snm respectivamente. Est e hecho avalaría la
existencia de un frente de edificaciones porticado en al menos parte de esta manzana
meridional.
Primera cloaca
Contemporáneo a estos elementos funcionaría la antigua cloaca UE 165 60 (fig.
V.80) de l a que s e conserva n las paredes y la base (UUEE 1656 1 y 16562), pero no la
cubierta (perfil 24). Ésta repite el mis mo esquema que ha sido documentado en el resto
de los sondeos. L as úl timas hiladas de ladrillos de las paredes de esta fase t ienen un
ligero buzamiento hacia el interior de la cloaca, dibujando l o que parece ser el arranque
de un arco de medio punto (cota superior 3,61 – 3,57 m). Esta hipótesis concuerda con
la cloaca exhumada en la calle occidental
321
, cuy a factura original t enía una cubierta de
ladrillos a rosca formando una b óveda, y ha quedado pl enamente validada al
encontrarse la mism a factura en el resto de los cortes. La anchura interior de la cloaca es
de 55 cm.
Primer pavimento de la calle
L a superficie de la calle se configura con la unidad UE 16567, pavimento de
piedras de t amaño medio y grande, de buena factura (fig. V.81). Si bien no contamos
con materiales que fechen a este suelo, lo cierto es que esta pavim entación s ólo puede
relacionar se con el muro de fachada UE 16521, pues los post eriores la amortiz an. Su
cota superior es 4,45 msnm, superficie de uso para e ste momento.
Sondeo Ram pa de Cam iones 2
320
Véase ar riba.
321
Si bien no c orre sponde a la mism a cro nología.
149
En un punto intermedio del recor rido exhum ado de este viario, e l niv el m ás
antiguo documentado es el depósito UE 13593, caracterizado por una matriz limo sa,
negr u zca, con la presencia puntual de restos de carbón y algún material constructivo.
Con una cota superior de 3,57 m snm, se trata de un n ivel no excavado, habiendo sido
documentado exclusivamente en el perfil sur de la cloaca, tras el desmon te parcial de
ésta. Éste es interpre tado como su nivel implantación.
Primera cloaca
Esta fase inicial de la cloaca queda definida por un muro (UE 13572) con un
aparejo muy reg ul ar, principalmente de ladrillos a tiz ón, en el que se ha podido observar
los restos de un arranque de bóveda (fig. V.82). L a ubicación de este tramo de la cloaca
central, a 2 m de l a línea de fachada meridional, coincide con la dis tancia y a detectada
en el tramo del sondeo Rampa Camiones 1
322
, siendo idéntica a l a existente con la
fachada de la manzana septentrional
323
. De esta manera, dada la anchura de la cloaca
(ca. 70 cm), que da definida la anchura de e s te tramo del viario en ca . 4,7 m.
Asociado a este momento se documenta un pavimento al int erior de la cloaca
(UE 13564, cota superior 2,58 ms nm), del que no se pueden especificar las
cara cterísticas debido a la rápida aparición de agua en el interior de la estructura. Tras el
desmonte del frente sur de la cloaca se pudo detectar en el perfil restos de un pavimento
de losas (UE 13592, cota de uso 3,64 m snm) posibl emente asociado a esta p rimera fase
de la cloaca .
Un segundo m omento aparece definido por el muro UE 13579, caracter izado por
una fábrica m uy compacta de sogas y tizones (cota superior 3,82 msnm) (fig . V.83).
Durante la fase de excavación este muro só lo se localizó en un pequeño t ramo de la cara
norte en el ex tremo este. Sin embargo la ampliación por medios mecánicos ha permitido
observar e sta fábrica e n ambos frentes de la cloaca ( p erfil 24).
322
UE 1 656 0.
323
Detectad a en una posterio r vigilancia arqueoló gica de movim ientos d e tierr a.
252
De igual forma, o bservamos cómo es precisamente en esta zona do nde se operan
en el s. I d. C. modificaciones sus tanciales en la configurac i ón funcional de l os
espacios, como puede testimoniar la amortización de un probable hábitat residenc i al,
articulado en torno a un patio porticado
561
, en la calle Muñoz y P abón nº 8 (Mejías
2002) en favor de una construcción cuy a funcionalidad no puede ser precisada pero que,
en principio, no parec e responder a una tipo logía doméstica ( fig. VI . 6).
Ante estos datos, la interpretac ión m ás verosímil es que la llegada de la
población itálica a fines del s. II a. C ., portadora de las nuevas formas arquitectónicas
entre las que se incluy e el ámbito forense, comportara la im plantación urbana de los
nuevos contin ge ntes de forma sectorial, al modo en que ha sido testimoniado en otras
ciudades de la Bética
562
. De esta forma, mientras la ocupación doméstica pudo r epartirse
entre el a ntiguo núc l eo ur bano
563
y las nuevas zonas ocupadas en su perife ria, los
ámbitos mercantiles, artesanale s y vinculados a la actividad portuaria debieron
desarrollarse en el área externa del antiguo oppidum en dirección al río, en un proceso
que culminaría en centurias sig uientes. Asimismo, los ámbitos de representa ción y
articulación social de la comunidad itálica fueron m odelando el espacio int ermedio
entre a mbos sectores, el a nt iguo, eminentemente doméstico, y el nuevo, de carác ter
comercial; de ahí la concentración de restos de edificacione s singulares en el entorno de
las calles Argote de Moli na/Mármoles. En cualquier caso, la im plantación de este
espacio público debió realizarse de forma progresiva, a la luz de los datos conocidos,
definiéndose de forma plena en un momento más avanzado. De hecho, actualmente no
es posible establecer u na formalización concre t a para estos espacios cívicos. L os
escasos vestig ios exhum ados, muy alterados por ac tuaciones posteriores, no permiten
siquiera presentar una hi pótesis solvente de adscripción funcional. En esto abunda el
hecho de que no hay a apare cido resto alguno de la panoplia de elementos que han sido
empleados en otros enclaves para la caracter ización de este tipo de ámbitos
564
. Esto nos
560
La cual coor dina m e jo r con la o rientación mostrada por los cerc anos hallazgos de la c alle Muñoz y
Pab ón nº 8.
561
Vé ase el capítulo ded icado a los esp acios do mést icos par a su descrip ción y la discusión acerc a de su
cronolo gía.
562
Caso de Itálica (Am o res y Rodr íguez Hid algo 1986 ), de Carteia (Benda la 2005 : 22-23) o Carmo
(Beltr án 200 1).
563
Como parece n indicar los resultados de las intervenciones llevada a cab o en la calle Abades nº 41 y
Muñoz y Pabón nº 8. Véase el ca pítulo referid o a los espacio s de hábita t.
564
Restos o elementos pertenecientes a p órtico s, santuarios, ep ígrafes, etc.
253
hace que du demos acerca de su exi stencia hasta momentos posteriores. Sólo podemos
afirmar sin g énero de duda que la comunidad itálica tuvo un papel esencia l en la
construcción de estos edificios s ingulare s, inferencia que se deriva de la ruptura formal
(materiales y edilicia) constatada entre estas edificaciones y las de tradición turdetana,
así como del carácter y o rige n de los materiales insertos en su fábrica, Éstos, dado su
tipología común, no parece n ser fruto de in tercambios comerciale s con población
indígena y sí de un uso corriente por par te de los nuevos habitantes de la ciudad.
Su pertenencia directa a un espacio forense es incierta dado lo fragmentario d el
reg i stro. En cualquier caso, esta imagen urbana coincidiría con la interpretación no
literal de la cita cesaria na por cuanto la remodelación urbana en curso habría supu esto
hasta el mom ento una redefinición util itaria de los espacios y no una implantación
rápida ex novo de equipamientos públicos
565
. Ést os verosímil mente debieron adaptarse
al urbanismo preexistente, formaliz ándose un espacio forense, caso de ex istir
claramente definido, de reducidas dimensiones, hasta la crea ción de la colonia cesariana
y su posterior desarrollo, posiblemente en é poca aug ustea o julio -claudia.
6. 2. 1. 2. Época imperial
6. 2. 1. 2. 1. Las propu estas tradicionales. Revisión crítica
L a tradición hist oriográ fica contrapone al hipotéti co foro de época republicana ,
un nue vo e s pacio cívico, datado en é poca altoim perial, en la zona situada entre las
Plazas de la Alfalfa y del Salvador (Blanc o 1989, Campos 1993). Como y a hemos
afirmado en otro lugar
566
, esta identificación se basó en tres arg umentos: su situación en
el cruce hipotético del cardo maximus y decumanus maximus ; la prese ncia en sus
inmediaciones de las termas de la C uesta del Rosario, i nterpretada s como unas termas
565
Véase a este re specto la r eflexión a cerca d e los diverso s ritmos de m odificación d e las formas urba nas
de las ciudades rep ublicanas de la Bética, junto con sus motivaciones y tardía ap licación, en B endala
(20 05) .
566
Beltrá n, González y Ordó ñez (20 05: 73).
254
forenses; y , finalmente, la concentración de epígrafe s de cará cter públ ico en la cerca na
iglesia de El Salvador ( fig. I . 10).
De esta mane ra, e n el punto int ermedio entre los ejes principales del viario
situaba Blanco (1989: 131-133) el foro de la ciudad, en el actual emplazamiento de la
Plaza de la Alfalfa. Así, la pl aza actual, ampli ada hasta recobrar sus dimensiones del s.
XVI I I, constit uiría el espacio ex pedito del foro de la colonia, con unas termas en un
lateral y su basílica en su extremo occidental.
Posteriormente, Campos defendió esta misma configuración, datando su
construcción hacia el cambio de era en la zona actual de la Plaza del Salvador-Alfalfa
(fig. I . 14 “A” y fig. I . 15). Co mo i ndicadores de su localización presentó su fosilización
en la trama actual y la identificación de algunos de s us elementos, tales como sus
termas, la concentración de hallazgos monumentales y la densidad de epigr afía
honorífica y monumental (Campos 1993: 199), ideas y a expresadas por Blanco. Su
relación con respecto a los ejes principales del viario, de evidente l ateralidad, se
apoy aba en la paulatina desaparición de la función comercial no oficial dentro de estos
ámbitos a favor de su dedicac i ón al culto imperial. Asim ismo, se argumentaba la
conservac ión en el parcelario de los elementos que lo componían. De esta forma, al
Oeste se situaría la basílica, convertida posteriormente en mezquita y luego en t emplo
cristiano; al Este de la misma se encontrar ía la plaza, en la cual habría permane cido
fosilizada en el parcelario una hilera de tabernae en su lado septentrional; por últim o,
hacia el Este se e ncontraría ubicado el templo (fig. I .15).
Varios son l os aspectos que inhabili tan actualmente esta propuesta. Partiendo del
análisis de sus bases, y a raíz de lo que hemos podido observar en el ca pítulo anterior, es
posible concluir que la ordenación parcelaria antigua no presenta un reflejo tan evidente
en l a trama urbana actual de esta z ona de la ciudad. Asimismo, la definición del trazado
de l os supuestos viarios principales, de exis tir éstos, no es avalada actualmente por dato
arqueológ i co alg un o
567
. I gualmente, la c on sideración de las termas d etectada s en l a
Cuesta del Rosario como termas forenses es actualmente, a nuestro juicio, inj ustificable
y care nte de rig or
568
.
567
Véase el c apítulo referid o al viario y la trama urbana.
568
Véase el c apítulo referid o a los espacio s termales.
255
El empleo de los datos epigráficos como indicadores to pográ ficos, como vimos,
fue iniciado por Collantes de Terán (1977) y continuado por autores posteriores. Sin
embarg o, la importancia otorgada a estos documentos contrasta con la nula verificación
de la calidad de la información topogr áfica que proporcionan.
Un s omero análisis permite tomar conciencia de este hecho. En la ciudad de
Sevilla han sido hallados hasta l a fecha 157 epígrafe s datados entre finales del s. I a. C .
y el s. V d. C. (fig. VI. 7)
569
. De e llos, tan sólo 2 han sido encontra dos in situ
570
(constituy endo el 1,27 % del total), m ientras que el resto (en número de 155; el restante
98,73 %) presentan bien una ubicación desconocida en el momento de su
descubrimiento o análisis (47), bien habían si do reutiliz ados (24), se encontraban
desplazados de su emplazamiento original (5) o pertenec en a alguna colección particular
(14) (fig. VI . 8). De l a mi sma manera, en l as numerosas intervenciones arqueológicas
llevadas a cabo hasta la actualidad se ha podido constatar el hecho de que no ex iste una
relación di recta entre la presenc ia de epíg rafes desplazados y el carácter de los
contextos exhumados, tanto en ese m ismo pu nto como en las proximi dades.
Paradigmá tico a este respec to puede ser la intervención arqueológ ica realizada en la
Encarna ción donde han sido recupera dos cinco epígrafes funerarios reutili zados o
desplazados, que se datan entre los ss. I I y IV, m omento en el que esta área se
encontraba ocupada por varias manzanas residenciales. Sin duda los procesos de e xpoli o
y reutilización de edificaciones y materiales han constit uido un im portante elemento que
usualmente ha si do sosl ay ado en el análisis de la documentación epigrá fica. L a
información context ual de su hallaz go establece que, de forma general en Sevill a, no
existe una conexión directa entre l a aparición de epígra fes y sus emplazamientos
originales. Diversas son l as motivaciones de ese cambio de lu ga r, tema en el que sólo
incidiremos en lo tocante al arg umento que aquí tratamos.
L a lectura llevada a cabo de la concentración de los e pígraf es honoríficos y
monumentales permitió a los autores antes citados esbozar s u propuesta de localización
de este centro cívico y de otro, de carácter diverso, situado en la z ona meridional de la
569
Véanse las referencias en el c atálogo co rresp ondiente.
570
Núm e ros d el catálogo: 151 y 157.
256
ciudad
571
. Si una duda razonable acerca de l a ubicación original de estos elementos
surge de la misma enumeración de l as circunstancias de su hallaz go, la visión de sus
área s de conce ntración permiten plantea r otras alterna tivas (fig. VI . 9)
572
. Como se
puede obs ervar en el plano, aparte de algunos elementos dispersos de forma individ ual
por la ciudad, estos epígra fes se concentra n de forma may oritaria en d os puntos: los
alrededore s de la iglesia colegial del Divino Salvador y en la actual Catedral. Asimismo,
reg i stramos otras dos pequeñas concentraciones, en los aledaños de las i glesias de S anta
María la Blanca y S anta Cruz y en l a z ona próx ima a la calle Mármoles. De hecho, las
dos concentraciones principales, en la Catedral y la iglesia del Salvador, corresponde n
en su may oría a epígrafes encastrados en las fábric as de ambos edificios relig iosos, no
constando gene ralmente las circunstancias de su hallazgo. Parece evidente que éstas
suponen más un acopio de material que resultados de descubrimientos fortuitos
producidos en estos lugare s, máxime si se tienen en cuenta l os di versos usos y
desarrollos históricos constatados en ambos emplazamientos a lo largo de su dilatada
historia. S in entrar a valorar los hallazgos arqueológicos realizados en ambos enclaves,
cuestión que aborda remos más adelante , resulta sospechosa la asociación que se
advierte entre estas concentraciones y los dos edificios de culto más importantes de la
ciudad medieval y mod erna. D e esta manera , observamos cómo en la historiogra fía
hispalense, a partir de finales de la Edad Media y sobre to do en la Época Moderna, se
reproduce una visión i dealizada del pasado romano, trasunto de una voluntad panegírica
del presente del m omento
573
. C orriente dentro de l a cual se incardina la “recuperac ión”
del esplendor de l as formas antiguas a imagen de este pasado idealizado
574
. En este
contexto, la búsqueda di recta d el contacto con los vestigios de lo antiguo, en una suerte
de “memoria m artirial”, pudo suscitar la recopilación de los restos claramente
vinculables a época romana y su acopio c om o emblemas en los centros de may or
relevanc ia
575
.
571
Véase más adelante.
572
Se han elimi nado de este p lano aquellos epígrafes que pertenece n a coleccio nes particulares p uesto que
su ubicación carec e d e relevancia topo gráfica. Este pla no se ha ob tenido mediante el cálculo de d ensidad
llevado a cabo mediante el software Arcview 3 .2 a partir de la d ispersión d e puntos de lo calización co n
los siguientes parámetros: radius search = 2 00 m y den sity type = kernel.
573
Par a una síntesis al respecto véase González Acuña (200 5) y el anexo de fuentes literarias.
574
Véanse en el ele nco d e textos sobre Hispalis las ob ras baj omedievales y, esp ecialmente, las de la Eda d
Mode rna: Luis de Per aza, Flo rián de Oc ampo, Espinosa d e los Mo nteros y Rodrigo Caro .
575
Véase a e ste respecto el co mpendio de ca sos sim ilar es reco gidos po r De Lachenal (1995 ).
257
El hecho de que estos epígrafe s honoríficos y monum entales, y por ello quiz ás
más valorados, aparezcan concentrados en la Catedral y co-catedra l de la ciudad no
resulta un hecho fortuito y espontáneo. Creemos que debe relacionarse con este
contexto de just ificación de una definición “imperial” de la ciudad, sobre todo en la
Modernidad, abarcando tal movimiento diversos aspectos de la vida social, política y
cultural del momento. Este acopio i ntencional de epígrafe s invalid a en buena medida el
valor de la información topográ fica de e s tas piezas pues no sól o desconocemos su
origen, o luga r de hallazgo, si no también el ritmo de apar ición y rec o lección d e las
mismas. De la mi sma manera, hemos de citar un segundo elemento a tener en cuenta.
Éste, y a anotado anteriormente de forma superficial, se refiere a la diferenciac ión de l a
“calidad” de estos epígra fes en orden a su reutiliz ación en contex tos sacros. Así
observamos cómo en los principales templos de la ciudad se ubicaron ejemplares que
destacaba n por su carácter monumental. Sin embargo, en templos de inferior
categ oría
576
f ueron colocados, e n sus facha das g eneralmente, epígr afes funerarios de
menor porte. P odríamos pensar en una búsqueda selectiva o en una eficaz política de
donaciones, cuestiones que, independientemente de su validez, suponen la puesta en
duda de la ubicac i ón originaria de estos conjuntos.
Por su parte, los hallazgos arqueológicos realizados en ambos emplazamientos
hasta e l momento no avala n las hipótesis de ubicación de e s pacios fore nses en su
entorno. En el caso del Salvador/Plaza de la Alfalfa, las i ntervenciones arqueológ i cas
llevadas a cabo no han detectado restos adscribibles a un espacio cívico de este tipo. De
hecho, recientemente se ha localiz ado casi en el punto medio del lugar propuesto los
restos imponentes del castellum aquae de l a ciudad (García García 2 007), inhabilit ando
de esta forma l as formulaciones propuestas para este espacio
577
(fig. VI. 10). L as
restantes actuaciones arqueológ icas efec tuadas no han dado resultados esclarec edores al
respecto.
6. 2. 1. 2. 1. 1. El foro de las corporaciones. Una propu esta fal lida de interpretación
objetual
576
Caso de la iglesia de San Ild efonso y otras parr oquias. Vé ase el catálo go epigráfico.
577
Especialmente por Cam p os (1 993 ).
258
L a exist encia de una concentración de epígraf es hon oríficos dedicados a
personajes vinculados directamente a la actividad comercial y portuaria, conocidos de
antiguo
578
, en los alrededore s de la actual Catedral, y su supuesta asociación contextual
con las cercanas termas de l a c/ Abades, sirvió a Blanco (1989: 134) para defende r la
existencia en Hispalis de una plaza sim ilar al denominado “Foro de l as Corporaciones”
de la ciudad de Osti a . Esta genial respuesta a un problema arqueológic o, en vigenc i a
desde su pl anteamiento
579
, no está ex enta de problemas cuando se efectúa su análisis.
Tres tipos de arg umentos p onen en crisis su ace p tación actual.
En prim er lugar, l as débiles bases que la su stentaron en origen, esto es la
evidencia e pigráf i ca. Como arriba se ha indicado, las piezas aparecen
descontextualizadas, insertas en la fábrica de la actual Catedral y sin q ue se conozca
realmente su origen. Más allá de esta circunstancia, y a relevante, debemos hacer
hincapié en un detalle de suma importancia, esto es, su no sim ilitud con l os ejemplos
ostienses, bases de la propuesta como espacio forense. De hecho, la ausencia en el tenor
de estos epígra fes del permiso muni cipal para su colocación en un espacio públ ico los
diferenc ia de forma trascendental de los supuestos paralelos de Ostia
580
. Asimism o, esta
ausencia, el cará cter de conjunto de éstos , así como la inclusión del término stati o en
alguno de ellos
581
, permite defender como l ugar de colocación original la s ede o s edes
de collegia profesionales vinculados a la actividad portuaria y comercial. En cualquier
caso, siempre dentro de un ámbito privado y no ocupando luga res públicos
582
.
En s egundo lugar, es necesario t ener en cuenta la relación estructural ex istente
entre el denominado “foro de l as corporaciones” ostiense y el t eatro del que forma parte.
Como y a ha sido indicado
583
, desde su construcción en época augustea l a c. d . Piazzale
delle Corporazione formaliz a su porti cus post scaenam , manteniendo una estrecha y
578
Véase el a nexo de fuentes literarias, espe cialmen te aquellas Ép oca M oder na.
579
Esta hipó tesis ha sido asum ida por todo s lo s autores que han tratad o e l tema d el urba nism o de la
ciudad. Vé ase a este resp ecto B endala y Begueruela ( 198 0), Campos (19 93) , Co rzo (19 97) y una reciente
valoración cr ítica en Be ltrán, González Acuñ a y Ordóñez (2 005 ).
580
Pues éstos co ntienen todos esta fór m ula de p ermiso.
581
Véase Chic y otros (2 001 ).
582
Véase el c apítulo referid o a la actividad por tuaria.
583
Battistelli y Greco ( 200 2, c on biblio grafía).
259
evidente relación ut ilitaria durante las sucesivas etapas de su exi stencia. De h echo, n o
han sido descubiertos en Hispali s restos arqueológicos qu e respondan a este modelo
urbanístico en e l área señalada. Por el contra rio, la única intervenc ión ar queológica
efec tuada en el enclave propuesto que alcanzó n iveles altoimp eriales
584
testi monia la
presencia de edificaciones y no de un espacio público abierto desde ini cios del s. I d. C.,
sustituidas por ot ras a fines del s . II – inicios del s. I II (Romo 1994)
585
. Asimismo, como
y a se ha indi cado arriba, la ocupación de esta z ona de la ciudad fue acompañando el
progr esivo movim iento del río en dirección a Occidente, si bi en esta área siguió
sometida a su influencia
586
.
Por últim o, el carácter singular del espacio os tiense responde a una situación y
voluntades m uy concretas. El foro de las corporacione s de Ostia ha sido i nterpretado
como un agre gado de consulados o “firmas” i nternacionale s vinculadas a la actividad
marítima y comercial (Meigg s 1973: 287)
587
. S u ubicación en el porti cus post scaenam
del teatro pudo muy bien ser una suerte de oportunismo en la elección de su
emplazamiento, constituy endo en sí un espac i o con una conce pción autónoma. Est e
hecho avalaría su independencia formal con respecto al teatro, cuestión problemática y
quizás sospechada a raíz de la reforma global del conjunto efectua da a fines del s. I I d.
C.
588
. A este respecto, P avolini (2002: 327) destaca el hecho de que, desde inicios del s.
I I I d.C., la may or parte de las actuaciones constructivas públi cas detectadas en Ostia se
circunscribe n a reformas y restaura ciones de edificaciones preexistentes. Esta situ ación
es puesta en relación, entre otras cuestiones
589
, con la progresiva p érdida de importancia
de Ostia dentro de l sistema económico romano en favor de Portus (Pavolini 2002:
584
En concreto en la P laza Vir gen de los Reyes, lim itando al Este d e la Cated ral (Ro m o 19 94 ).
585
La adscripció n a este conj unto for ense del tr amo de vía descubier to e n la c alle Ma teos Ga go esquina a
calle Ángeles (Rod ríguez de Guzmán 1 991 ) c arece de base a lgun a, d ada su configuración y le janía, como
y a hemos vis to en el cap ítulo referid o al viario y la tram a urbana.
586
P rueba de ello son lo s fenómenos de encharcamientos p eriód icos e inundaciones document ados
(Bar ral 2 004 ).
587
Par a un m ayor desglose de la pro blemática véase Meiggs (197 3: 28 3-288 ).
588
B attistelli y Gr eco (20 02 : 4 18 -419), aunque se co nstata que el espa cio o cupado po r la p orticus p ost
scaena m sólo es r epavimentada, conservando su edilicia anterior. P ara P ohl (19 78) , esta r eforma general
debe ser d atada en é poca ad rianea, si b ien mantiene que la for m a lización como “espacio cor por ativo”, es
posiblemente posterio r.
589
En menor medida co n las dificultades y transform aciones que se operan e n la or ganización estatal
romana, con direc tas im plicacio nes sobre e l evergetism o desar rollad o en Ostia .
260
350)
590
. En suma, se trataría de un “ámbito de representac i ón” emplazado en la ciudad
que controlaba el sistema de i mportaciones destinadas al abastecimiento de la
metrópoli
591
. De tal forma, la naturaleza misma de sus objetivos determinó su ubicación
“a las puertas de R oma”. Por el contrario, el puerto de Hispalis desempeña una función
complementaria dentro del sistema del tráfico de merc ancías romano. El portus
hispalensis fue un enclave centralizador y exportador de productos hacia la m etrópoli.
Por tanto, un espacio de representación como el ostiense ni era requerido ni tenía razón
de existir aquí
592
.
De esta manera, en nuestra opini ón, lo que comenzó como una solución
puramente arqueológica a un problema arqueológico
593
ha genera do en sí mismo un
problema histórico.
6. 2. 1. 2. 1. 2. La refectio del supuesto f oro republicano. Los már moles.
Un terce r espacio forense, de menor importancia para la may or parte de los
autores, ha sido defendido en l a historiografía hasta el m omento. Se trataría del área que
rodearía al denominado templo de la calle Mármoles.
L a presencia en el corazón de la ciudad de estos imponentes restos, compuestos
por t res columnas con fustes de granito con sus re s pectivas basas marmóreas
594
, ha
suscitado admi ración y aguzado la imaginac ión de eruditos e investigadores desde
épocas pretéritas
595
(fig. VI . 11). Desde el punto de vista científico, el análisis de estas
590
¿Es posible que la cesión del porticus post scaena m como espacio de repr esentación a nú c leos
influ yentes de c omerciantes extranjero s pudier a co nstituir un intento d e d inam iza ción eco nómica d e un
sistem a e n proc eso de estancam iento?
591
Pavolini (2 002 : 32 6). E n r eferencia a la inserció n de O stia en el sistem a metropolitano r omano véase
Mar ( 200 2: 16 1-163 ).
592
Ob viam o s p or irre levante el hecho d e que no e xista ningún complejo sim ilar en el resto d el Imperio;
acaso el espacio forense detec tado en Caesaraug usta , discutido p or Jiménez Salvador (1 988 : 24 ). El
desconocimiento de otr o pa ralelo no es un motivo desestimatorio p er se , pudiendo ser el resultado de l
azar o del d esconocimiento.
593
La presencia d e estos ep ígrafes.
594
Y do s más traslada das a la actual Alam ed a de Hércules en Épo ca Mo derna.
595
Véase el a nexo referido a las fuentes literarias.
261
tres columnas
596
ha d epara do la articulación de dos interpretacione s sobre el conjunto
arquitectónico al que debieron pertenece r
597
, identificándolo bien como un templo, bien
como un pórtico de una plaza de ca rácter forense.
En un rápido recorrido por estas propuestas, encontramos que desde el s. XI se
han asociado estas columnas a la presencia de un templo de época roma na
598
. Con
posterioridad, tras un paréntesis dominado por una visión mít ica del origen de estas
columnas como testimonios del paso de Hércules por la ciudad
599
, hallamos las primeras
adscripciones de éstas a un templo, dedicado i gualmente al semidios tebano
600
. En el s.
XI X las opini ones se diversifican pues, mientras para Gui chot (1875: 58) l as tres
columnas exist entes en la calle Mármoles pertenecían a un templo de época romana
cuy a fachada mi raba a levante, Gestoso concluy e que, ante la d isparidad de número de
columnas y medidas consignadas en las fuentes
601
, es plausible pensar que estos
vestigios pertenec i eran, al menos, a tres edificaciones diferente s; una en la calle
Vírge nes, otra en la Parroquia de S an Nicolás y otra en la calle Aire (Gestoso 1984: 25-
26). Por su parte, él se inclina por su per t enencia a un antiguo foro ( Gestoso 1984:22).
L a historiografía contemporánea se decantó en un principio por una
identificación cultual de estos restos (Thouvenot 1940: 424), con la salvedad y a
apuntada de C ollantes de Terán. Desde el análisis monumental, Blanco identificó las
columnas de la Calle Mármoles como restos de un templo próstilo de tiempos de
Adriano o Antonino Pío dadas las cara cterísticas estilísticas y formales de los elementos
que lo componían (Blanco 1989: 135-137). Según este autor cabría la posibil idad de que
en su frente se abriera una pequeña plaza, quizás el foro antiguo de l a ciudad, relegado a
un papel secundar i o con el tiempo. Campos (1993: 201), siguiendo la idea lanz ada por
596
Unidas a las o tras do s conservadas en la Alam eda de Hé rcules pro cedentes d e este mism o lugar.
597
Una tercer a, nun ca m ás seguida p or otr os inv estigadores, fue la pro puesta por Collantes de Terán
(19 77) , el cual ide ntificó estos restos co m o p arte d e una posible curia, sin ofrecer más dato s al respe cto.
598
La primera cita q ue id entifica estas c olum nas como parte de un templo la encontramos en la o bra d e
Ab ū `Ubayd al-Bakr ī (Valencia 19 86: 29 2-293 ), siendo rep rod ucida en la 2ª mitad d el s. XV po r Ibn Al-
Munim Al-Hiy ar ī (Lévi-Provençal 19 38: 2 4-27) . Véase e l anexo de fuen tes literarias.
599
Corriente iniciada en la H istoria de reb us Hispan iae siue historia goth ica del ar zob ispo de T o ledo
Jiménez d e Rada (Fernández 19 87: 1 6). Espe cialmen te r elevante, p or ser el primero en re ferencia a estas
column as, e s el testim o nio co nsign ado en la Pr im e ra Crónica Genera l de España (Menéndez 19 55 : 8, 9 y
10) . Ya en el s. XVI , esta visión es consagrada po r Pe raza (P érez 1 997 : 105 ) y Florián de Ocampo (1 578 :
Libro I, cap. XIII I, fol. 26). P ara un may o r detalle de las motivaciones de estos relato s, véase González
Acuñ a (20 05) . P ara la consulta de los textos, acúdase al a nexo de fuentes literarias.
600
Interp retación formu lad a en el s. X VII por Espinosa de lo s Mo nteros (19 86: Libro I, ca p. IX, fol. 23 -
24) y puesta en duda por Caro (19 98: fol. 9).
268
filiación islámi ca
633
. Ante esta situación, el análisis objetivo de l os materiales indicaría
que nos encontramos ante un pavimento tardío
634
que mantuvo su uso hasta alcanzar la
época islámica, si bien la evidente presencia de fosas de ex polio, que alcanzan niveles
turdetanos por debajo de éste, nos impide pronunciarnos con firmeza sobre este extremo
habida cuenta de q ue estos expedientes de expolio no fueron reg i strados.
En cualquier caso, resulta remarcable la probable asociación entre los niveles de
uso de este pavimento y el inferido por nosotros para el complejo de las columnas.
Todas las informaciones indirectas con las que contamos actualmente i ndican una
construcción de ambos contextos en época avanzada. De esta m anera, el salto
cronológic o que se observa entre el estrato 6 de la excavación de Már moles nº 9,
claramente correspondiente a una amortización de los contextos turdetanos anteriores
producida en la 2ª mi tad del s. I I I a. C.
635
, y el estrato 5, con materiales de esta mism a
fecha y ot ros de cronología m ás avanzada, pudo responder a un rebaje de nivelación que
eliminó partes de la secuencia anterior en orden a la impl antación de este pavimento
tardío
636
.
En l o que se refiere a l a ubicación de este porticado con respecto al resto del
complejo arquitectónico, aún a pesar de la escasez de la información exi stente, podemos
hacer algunas inferencias. En primer lugar, el número de columnas que lo compusieron,
aunque es variable seg ún l os autores, debió ser reducido. Seis es la cantidad en l a que
coinciden la may or parte de los testimonios . Nos ex traña que, de haber sido su número
superior, hubieran desapare cido sin dejar ningún rastro tanto físico, dadas s us
dimensiones y m aterial, como cita documental alguna . S i esta inferencia es correcta,
inhabilitaría la defensa de su pertenencia al pórtico de una plaza pues su formalización
es inviable con tan escasos componentes; habiendo sido desestimada i gualmente su
pertenenc ia a un templo dadas las heterogene idad formal de sus elementos, ausencia de
podium , etc.
633
E n concre to una ja rra de cuello cilíndrico (M AR 1 14 1 609 ) y o tra piez a con dec oració n p intada y
vidriada (MAR 114 163 5).
634
Datable hacia el los ss. V-VI d. C.
635
Véase la ficha co rrespo ndiente.
636
Rebaj e y repavimen ta ción ya defendidas por Rodr íguez Temiño (19 91: 1 72) .
269
Aparenteme nte, tras estas argume ntaciones, la relación de este complejo con un
espacio forense altoimperial quedaría puesta en duda. Descartada las anteriores
hipótesis, parec e evidente que t an reducido número de soportes verticales sólo pudieron
servir para la sustentación de un frente porticado, y nunca de una nave interior a menos
que sólo contara con uno de sus lado columnado, ext remo que descartamos a pri ori por
ser excesivamente heterodox o. De este hecho deriva su posi ble emplazamiento en la
fachada principal de una edificación, lugar natural para tan imponentes elementos. Si a
esto sumamos la presencia de un número par de columnas y la posible identificación de
un vano a partir de l a basa ática, podríamos defender un ubicación simétrica de las otras
tres columnas hacia el otro lado de la actual calle Mármoles, la cual habría fosi lizado
este recorrido (fig. VI. 17
637
). Asim ismo, la presencia atestiguada por Gestoso de otra
columna de mármol rosado podría indica rnos la presencia de un orden superior.
A partir de aquí los datos son e scasos y de rivan de las circunstancias arriba
descritas. Sin embarg o, podemos efe ctuar una serie de reflexiones sobre el contexto de
la zona y sus posibles impl icaciones sobre la de fini ción de este espa cio.
En primer lugar , la datación de este complejo, a falta de ser confirmada con un
may or gra do de certidumbre, parece indicar un momento t ardío, a partir del s. VI d. C .
L as bases para esta propuesta cronológica vendrían determinadas por una serie de
indicadores q ue desglosamos de may or a menor releva ncia si bien resulta bien p atente
que se trata de indi cios m uy débiles, por lo que la propuesta sól o debe tomarse como
una primera hipótesis. L os materiales ex humados bajo y en la cama de preparación del
pavimento de losas descubierta en Mármoles 9 muestran un salto cronológico
importante con respecto a los depósitos i nferiores (700 años). A nuestro modo de v er,
este hecho podría ser debido a un arrasamiento de las construcciones anteriores a la
implantación de e s te pavim ento y , por e n de, del edificio del que formaba parte. L a
coincidencia de la cota superficial de este pavimento y del probable nivel de uso del
edificio de las columnas no puede pasar desapercibido, máx ime cuando l a dis tancia que
los separa ronda los 30 m, y dado el hecho de que el pórtico fue construido en fecha
también avanzada con mater i ales reutilizados, como y a se ha podido comprobar.
637
Hemos establecid o una d istancia entre ejes de las column as linder as co n el vano de apro xim a damente
el do ble d e la distancia entre eje s atestiguada entre las do s column a s septentrionales.
270
Asimismo, observamos cómo en otros contextos cercanos se detecta un
fenómeno de transformación en la fison omía urbana entre fines del s. V e inicios del s.
VI . Nos referimos a dos fenómenos claros; de un lado, a la amortización de parte de los
edificios d ocumentados en la intervención arqueológica de Argote de Molina 7; de otro,
a la conce ntración en la zona de ente rramientos.
L a secuencia obtenida en Argote de Molina n º 7 ofrece datos de especial
importancia para la definición del desarrollo urbanístico de esta zona. Ya se ha i ndicado
anteriormente cómo su excavador vi nculó los contex tos exhumados con la presencia de
un antiguo foro republicano y con la renovación del mismo en época altoimperial. A
este respe cto, nuestro estudio de esta estratigraf í a reve la un uso continuado de este
espacio intermedio entre dos edificac i ones desde inicios del s. I a. C . hasta finales del s.
I a. C./inicios del s. I d. C. (niveles 20-15), m omento en el que advertimos un cambio en
la config uración de este espacio. Arriba apuntamos que la nivelación d e albero
detectada en los niveles 13-14, datable en la segunda m itad del s. I d. C .
638
, realmente
sólo parece amortizar al edificio NO (estratig rafía nº 6), i nhabilitando de esta manera la
propuesta de Campos acerc a de una hipotéti ca ampliación del antiguo foro republicano
(fig. VI . 18). De hecho, el edificio anulado se encuentra situado justo en el lado
contrario del teórico emplazamiento del foro propuesto. La naturaleza de esta ni velación
de albero es poco esclarecedora en sí mis ma pero quiz ás podamos encontrarle un may or
sentido más adelante. Sobre ella, sin solución de continuidad, encontra m os unos
vertidos (nivel 12) que han sido datados por nosotros a inicios del s. VI
639
. Sobre éste, y
y a anulando completamente a la construcción NO, se suceden varios vertidos y un
muro, englobados en el nivel 9, que fueron fechados por Campos (1986: 17) avanzado
el s. V d. C. aunque éste reconoce que los materiales que se le asocian eran
may orit ariamente i slámicos. A nu estro entender, esta datación es harto improbable
puesto que los niveles in feriore s contienen materiales más tardíos. En resumen,
podemos observar cómo, en efecto, parte del compl ejo original republicano es
parcialmente amortiz ado en la seg unda del s. I d. C. mediante la colocación de un
638
Los escasos materiales co ntenidos en el nivel 1 4 par ecen avalar esta cronolo gía. E stos son un pivote de
ánfora Dressel 20 (nº inventario: 2 091 ), un galbo de p ared es finas del tipo Mayet XXXVII (nº inventario:
209 7) y un fragm ento d e base de cer ámica d e barniz negro p osiblemente residual (nº inventario: 2085 ).
Par a un desglose completo acúda se al catálo go.
639
Mientras que Campos (198 6: 1 7) o frece una cronología d e segunda mitad del s. I V. Una datac ión más
tardía e s o btenida d e los materiales exhum ado s, en concreto , un b ord e y ar ranque d e asa de ánfora de la
271
prepara do de albero. Quizás el retranqueo qu e presenta el últ imo sillar con respecto a
los inferiores (estratigr afia nº 6, perfil sur) pueda ser puesto en relación con una
remodelación de esta edificac i ón aunque el alcance de tal operación nos es desconocido.
Sí parece claro, si n embargo, que el salto cronológico existente entre esta reforma de del
s. I y los depósitos inmediatamente superiores del s. VI sólo es interpre table como
testimonio de remociones de tierras y , quizás estructuras, pertene cientes a momentos
altoimperiales. Es evidente que, de no haber sido alterada la secuencia, habría quedado
algún vestigio del período intermedio pues no se constata la presenc i a de estructuras
que, permaneciendo en us o, hubieran conllevado la li mpieza y adecenta miento
constantes de esta super ficie de albe ro
640
.
L a mism a tónica observamos en l a intervención rec i entemente ejecutada en el
número 11 de esta misma calle, la cual ha registrado una anulación completa de las
edificacione s altoimperiales y la implantación de una densa á rea de necrópolis.
Esta concentración de enterra mientos, y a puesta de manifiesto por Amores
(2005
641
), concierne también a l os enterramientos de i nhumación hallados en las
intervenciones arqueológicas realizadas en C/ Alemanes e/Argote de Molina (2
individuos), C / Segovias nº 7 (6 individuos) y la anteriormente citada C / Arg ot e de
Molina nº 11 (10 individuos ) (fig . VI . 19)
642
. De ellos , los dos primeros conjuntos han
sido datados claramente en el s. VI d. C., mientras q ue el último, en curso de estudio,
arroja una cronología tardoantigua sin m ay ores precisiones por el momento
643
.
I gualmente, hemos de citar las not icias recogida s por Campos (1989) sobre la aparición
fortuita de enterramientos en la calle Álvarez Quintero, a nuestro juicio, vi nculable con
estos momentos
644
. En este senti do, la ubicación de estos enterramientos en este espacio
intramuros con una cronología del s. VI debe ponerse en relación el carácter de la z ona
tanto en el momento de su implantación como en el de su pasado más inmediato.
forma Ke ay XXI II y varios fragm entos de TSC D (formas Hayes 91 A-B y Atlante XLVIII, 11 -16; Hayes
87B , Hayes 73, 6 1 y 59) . Pa ra un desglose co m pleto véase el catálogo de materiales.
640
Cuestión que carece de vero sim ilitud a nuestro juicio .
641
Aun q ue sin disponer aún de estos da tos recientes.
642
Par a el método d e a nálisis d e c oncentración e nterramientos véase el cap ítulo r eferido a lo s espac ios d e
necrópo lis.
643
Véase la p rob lemática de esta intervención en el cap ítulo ded icado a las áre as necrop olitanas.
644
Y no co n la etapa republica na como postula el autor . P ara más detalles, véase el ca pítulo referid o a la s
necrópo lis.
272
A falta de otras informaciones de may or amplitud, la definición del tipo de
edificación al pudiera corresponder el compl ejo de la calle M ármoles requier e ser puesta
en rela ción con el c ont exto socio-político de l momento, así como con el desarrollo
arquitectónico y urbano de la época. Un complejo de esta magnitud y carac terísticas
formales, relacionado con un ámbito de necrópolis e inserto en un marco de
reordena ción urbana, podría responder satis factoriamente a la construcción de una gran
edificación religiosa cristiana. Esta hipótesis, a parte de l as informaciones de los
contextos cercanos, se basa en tres tipos de aproxi maciones. De un lado, en el context o
de planificación urbana en el que emerge n este tipo de construcciones y sus
implicaciones con las edificaciones pag anas anteriores; de otro, en el análisis de la
materialidad de lo s restos conservados; y , por últ imo, el contexto so ciopolítico de la
ciudad en estas fe chas
645
.
Bien conoc ido es el hecho de que mucha s de las iglesias tardoantig uas, e n
especial en los ss. V-VI , su rgie ron bien de la “conversión” de antiguos templos
646
, bien
mediante su construcción ex novo, bi en insertando elementos procedentes de complejos
religiosos paganos, interpretándose estos fenómenos como t estimonios simbólicos del
espíritu de la Ecclesia triumphans (Karivieri 2002: 78
647
). Mi entras que en el s. I V la
voluntad estatal era el mantenimiento de los santuarios paganos urbanos como parte
importante del ce ntro de las c iudades, Constancio proclamó un edicto en el que se
ordenaba el cierre de estos t emplos
648
y , en 408, se permitía el empleo de estos recintos
con otros usos
649
. En este sentido, diversos autore s han planteado el hecho de que el
mantenimiento y conversión de t emplos paganos se concentró en el s. I V y , sobre todo
en la misma Roma, ciudad donde las familias aristocráticas velaban por el
mantenimiento de los cultos estatales (Karivieri 2002: 80 ). De esta m anera, se defiende
que el reuso g eneral de edificios de culto antiguos como ig l esias f u e una prá ctica
cronológic amente t ardía y , gener almente, circunscrita a edificios en ruinas o destruidos,
por l o que en estos casos no predominó un claro significado antipagano. Si n embargo, a
pesar de que l a may oría de l as conversiones no comportaron grandes destrucciones, las
fuentes antiguas insi sten en numerosos casos de impactantes ritos de exorcismo previos
645
Éste últim o tema será desar rollad o en el ca pítulo referid o a los edificios d e culto cr istianos.
646
Vaes (19 84-19 86: 310 -313) estima que el po rcentaje de e stas iglesias r ondó el 3 0-50 % del to tal d e las
erigidas en épo ca tar doantigua y altom ed ieval.
647
Con abundante bib liografía al resp ecto.
648
Cod. Th eod . XVI, 10, 4.
273
al establecimiento de los nuevos recintos cristianos consist entes, en ocasiones, en l a
destrucción e incendio de las antiguas edificac i ones y del ajuar asociado
650
. En
cualquier caso, ha sido puesto d e manifiesto que gener alm ente el reuso de edificaciones
preexistentes fue bastante limitado, debido a las nuevas necesidades funcionales y
monumentales, lo cual supuso l a transformación radical no s ólo del emplazamiento
eleg ido sino de su área urba na circundante (Gurt y otros 1996: 35
651
).
Volviendo a los elementos con los que contamos en la calle Mármoles,
observamos cómo l a reutili zación de piezas procedentes de antiguas edificaciones
religiosas ha qu edado y a demostrada
652
. De la misma manera, a pesar de l o escaso de
los restos, podemos efec t uar un análisis métrico comparativo con otros complejo
religiosos tardoantiguos. Así, observamos cómo la distancia entre ejes de las tres
columnas, si bien difieren entre s í, se sitúan entre l os 4,1 y los 3,6 m (12,8 y 11,2 pies
respectivamente
653
), esto es, dentro de la horquilla usual para esta di stancia
documentada en las iglesias tardoantiguas de Rom a (Ba rresi y otros 2002: 840).
Asimismo, detectamos que la altura del fuste, 8,68 m (20,8 pies), e s anor malmente
gra nd e, tan sólo acercándose a las testi moniadas en grande s basíl icas como San P edro
del Vaticano
654
, San P ablo f. l. m .
655
, S anta Maria Maggiore
656
, o S an Pietro in
Vincoli
657
; si bien esta circunstancia depende del formato de l os m ateriales empl eados,
no encontrá ndose estandar i zada. Podría defe nderse en el caso hispalense que la
disponibilidad de mate rial f ue la que determinó la morfología de este porticado
658
.
Teniendo en cuenta que es posible que los restos de la calle Mármoles correspondan a
una fachada , el int erior del recinto pudo contener soportes verticales de menor o diverso
649
Cod. Th eod . XVI, 10, 9.
650
Caso pa radigmático lo co nstituy e el r elato de E usebio acer ca de la conversión del templo de Afrodita,
para la cual Constantino dio o rden d e desp ejar tod a la zo na donde se insertaba y además destr uir e l
santuario hasta los cim ientos, co ntam inado s por los demonios d e Afrodita (Euseb. Vita Con stantini II I,
26-29 ). Par a un a reflexión en torno a la dem o nización de los te m plos paganos y del fenóm e no de la
conversión a templos cristianos, e spacialmente e n el área o riental d el Imperio, véase T rombley (199 5: 99 -
123 y 181-186) . En cualquier caso, este p aro xism o destructivo se cebó m ayormente e n los antiguos
m itreos, enten dida esta religión o riental c omo de espe cial p eligrosidad p ara el Cristianism o (Kar avieri
200 2: 81 -84).
651
Autores que apuntan que esta forma de actuació n no fue exclus iva de las fundaciones cristianas.
652
Pa ra el c oncepto y alcance de la reutilización de m a teriales antigu os durante la Antigü e dad T ard ía
véanse Vizcaíno (20 02 ) y Martínez T ejer a (2 006 ).
653
Expresad os en pies d e 0, 32 cm par a per m itir la co m parac ión con el r eperto rio empleado.
654
20 pies en la nave latera l; 23 ½ en la exedra.
655
25 pies en la nave latera l.
656
22 ½ pies.
657
20 pies en la nave y en el arco tr iunf al.
658
No se o lvide la d iversidad tip ológica d e los e lemen to s empleados.
274
formato
659
, lo cual avalaría las noticias referentes a hall azgos de fustes de columnas
hacia el NE
660
, z ona que podría ocupar el interior de este edificio. L a formalización de
esta fac hada responde a un modelo de frente portica do que, bien en la modalidad
polífora o dotado de un único vano central
661
, tiene un desarrollo común en esta época.
De esta manera, ejemplos de fachadas poliforadas los tenemos en las basíl icas de S s.
Giovanni y Paolo, San Vital e o S an Clemente en Roma (Bartolozzi C asti 2002: 965-
966
662
) (fig VI . 20, a). Lo mismo ocurre en la iglesia de Santa C ruz de Rusafa en Siria
(Ulbert 1986) (fig. VI . 20, b); la i glesia de S an Lázaro en Betania (Ovadiah 1970) (fig.
VI . 20, c); y en Mesmiy é (Si ria), si bien en este úl timo caso, aparte de reutilizar una
antigua edificación pública del s. II , observamos cómo la fachada interior del pórti co se
presenta apilastrada (L assus 1947) (fig. VI . 20, d). Ta m bién encontramos ejemplos
africa nos de pórticos en iglesias de los ss. V y VI . Destacan por su simili tud con nuestra
propuesta, al menos en concepto, la basílica severiana de Lepc i s Magna (fig. VI . 20 , e),
la cual reaprovecha el antiguo edificio basili cal y presenta un frente porti cado continuo
con tres vanos a la nave lateral muy distanciados entre sí (Duval 1973: 279-281); y la
basílica I V de Sbeitla (fig . VI . 20, f) cuy o pórtico, con ejes entre columnas diversos,
procede de un edificio anterior (D uval 1971: 325-389). Asimismo, otro ejemplo de
fachada po rticada con un único vano lo encontramos en la basílica de Aquileia (Menis
2002: 1295), aunque más antigua (fig. VI . 20, g). Descartamos la hipótesis de la
presencia de un cuadripórtico, común también en esta época, debido a la escasez de
elementos portantes y a reseñada.
Asimismo, la presencia de áreas de enterra mientos intramuros en época
tardoantigua , considerada por Garc í a Moreno (1977-1978:317) como una de las
diferenc ias esenciales con respecto al mundo funerario clásico
663
, es un hecho
claramente vinculable a dos fenómenos en ocasiones concurrentes. De un lado, la
gene raliz ación del enterramiento ad sanctos que, bi en en su forma directa por
659
Reco rdemos igualmen te la noticia del hallazgo e fectuado po r Gestoso del fuste r osado juntos a una de
las b asas d e e stas columnas, la multiplicidad de columnas citadas en las fuentes de époc a moderna y más
recientement e po r Rod ríguez Te m iño (19 91) .
660
Sin duda d esplazada s de su contexto o riginal.
661
El ar rasamient o al que fue sometido el muro p aralelo a las column as impide prec isar esta
circunstancia.
662
Con abundante bib liografía.
663
Si bien los espacio s necro politanos extramu r os m antienen hasta cierto m o men to su vig or como
espacios necro politanos p or excelencia, nucleado s progresivamen te en torno a tem plo s m ar tiriales o
suburbiales (Cantino y L ambert 199 8: 10 3 y Fuentes 1999: 45) .
275
proximi dad a l a tumba de un personaje célebre bi en por proximidad a sus reliquias, se
vincula a la existencia de importantes centros cultuales en el interior de las ciudades
(Picard 1987, Gurt y otros 1996: 35 y Cantino y L ambert 1998: 107). En Hispania , caso
paradig m ático lo constituy e el área funera ria localizada sobre el foro de la colonia de la
ciudad de Valentia , asociada a la basíl ica del mártir san Vicente, identificada como sede
episcopal (Ribera y Roselló 2000 y Gurt 2003). De otro lado, quiz ás de forma más
evidente, es constatada la asocia ción de espacios necropolitanos a la im plantación de
complejos episcopales especialmente a partir de finales del s. V d. C. (Gurt y otros
1996: 33), en concreto vi nculados con el edificio catedralicio. L a presencia de grupos
episcopales, con cementerios asociados, ha sido reg istrada en el interior de numerosas
ciudades, sobre todo a partir de l os ss. V-VI . De esta forma, se testi monia una
importante concentra ción de enterra m ientos en el pórtico de la basíli ca post-teodoriana
de Aquil eia, en las proximidades de los complejos episcopales de Brescia y Verona
(Cantino y L ambert 1998: 98, 100 y 102
664
) y en el atrio de la iglesia episcopal de Ostia
(Baue r y Heinz elmann 2001: 281); t ambién en His pania s e registran los casos d el área
de necrópolis asociada a la catedral de Barcelona (Balil 1956 y Bonnet y Beltrán de
Heredia 2001), Cast ulo (Blázquez y Urruela 1976) y probablemente en Asti gi (Ordóñez
y Gar cía-Dils
665
2006)
666
. En definitiva, podemos concluir que a partir del s. V se
observa la tendencia de la concentración los enterr amientos en torno a las ig l esias,
hecho que supuso, siguiendo a Galinié y Zador a (1995), la entrada de los m uertos en las
ciudades.
Actualmente, en orden a clar i ficar la ubica ción urbana de este conjunto, es
posible afirmar que la may oría de los complejos episcopales se insertan dentro de la
zona intramuraria de forma genera l a partir del s. V (Picard 1989: 7
667
, Gurt y ot ros
1996: 30-31; Guy on 2006: 95 y P érez Rodríguez-Arag ón 2007: 23)
668
. De hecho, l a
discusión sobre su ubi cación debe partir de su correc ta definición como entidad única
664
Aun q ue con d udas por su preco cidad en el ej emplo de Aquileia.
665
Aun q ue estos autores no c itan esta p osibilid ad, es muy verosímil q ue lo s restos d etectad os vecinos al
temeno s de l templo forense, c ompuestos por vestigios muy arr asados d e una iglesia y gran núm er o de
tum b as, per tenezcan a par te de la sede e piscop al astigitana.
666
Otros importantes grupo s episcopales sin áreas de enterramien to s asociadas, po r el m o men to , lo
constituirían los casos de Ginebra (fig. VI. 21 , a) , Aix-en Pro vence (fig. VI. 2 1, b ) o Fréj us entre otro s
(Guy on 20 06) .
667
En referencia a la zona d e la B orgoña.
668
Aun que par a Gar cía Mor eno (1 977 -1978 : 31 6-317 ) la variabilidad de ubicació n do cum e ntada en los
edificios de c ulto respo ndería a las d ificultades para dispo ner d e espa cios libr es en lugares cé ntricos que
permitieran tanto la edificació n como la poster ior ampliación de estos recintos.
276
compuesta de diversa s edific aciones reunidas en un mis mo lugar
669
. Respecto a su
centralidad con relación a la trama urbana, las más de l as veces referidas al antiguo
centro monumental romano, parec e ex istir una suerte de grada ción en el emplazamiento
de estos complejos, partiendo de l a apropiación d e parcelas privadas, posteriormente
edificios públicos y finalmente espacios públicos
670
.
Toda esta información contextual y los escasos datos con los contamos permiten
esbozar la hi pótesis de que el área que engloba los restos de l a calle Mármoles y sus
alrededore s fue sometida a una pr ofunda r emodelación en el s. VI d. C . motivada
probablemente por la implantación de un gra n complejo eclesiástico identificable, dadas
las cara cterísticas del paisaje generado, como un grupo episcopal de gran porte. Aunque
desarrollare m os con may or ampli tud el contex to de l a época en el capítulo referido a los
edificios religiosos, baste d ecir que la His palis del s. V fue una importante cabecer a de
territorio, sede metropolitana
671
y capital de la Bética, escenario de fuertes tensiones
entre facciones rivales a derezadas por los inter eses p olíticos de vándalos, suevos y
visigodos, los cuales no dudar on en emplear el argumento relig i oso como apoy o e
instrumento en sus respectivas estrate gias de pode r
672
.
De esta manera, nada ext raña la presencia de un complejo religioso de la
magnitud en la que apuntan los restos
673
. Tampoco debe sorprender su ubicación pues
muy verosímilmente debe corresponder con parte del área ocupada por el foro de la
colonia
674
. La discontinuidad cronológ ica observada en las secuencias analizadas y el
arrasa miento de las estructuras altoimperiales detectado
675
no puede ser explicado si no
por una acción concreta de rebaje del terreno y reedificac i ón urbana, posterior a un
669
Y a Picard (19 89: 6-8) puso el a cento en esta cuestión al d esligar el e stablecimiento de una sede
episcop al d e la c onstrucción d e una catedr al d esde ese m ismo m omento. De la m ism a manera, Guyon
(20 06: 92) hace referencia al términ o “grupo ep iscopal” como una fórmu la d e conveniencia empleada
para definir la mu ltiplicidad de e dificaciones sacada s a la luz po r las excavacio nes arqueoló gicas.
670
Es lo q ue se ha venido a entender co mo la p rogresiva conq uista d e lo s espacio s urbanos por pa rte d e
los e lem entos p rop ios d e la topo grafía cr istiana, frente a erró neas identificaciones extraurbanas de
complejos episco pales (Guyon 200 6: 90 y 94 ). En cualquier c aso, da das las exiguas d im e nsiones medias
de las ciudade s en la Antig üed ad, cualquier e m p lazamiento se encontraría situado e n las pro xim id ades de l
antiguo centro cívico.
671
Cuyo ob ispo Zenón desarro lló la lab or d e vicario apostólico en Hispan ia de sde 42 8, luego co ntinu ada
por otro s sucesores en el car go (Ub ric 20 04 : 120 ).
672
Par a un m ayor desarro llo, véase e l capítulo r eferido a los ed ificios religiosos.
673
Que entronca pe rfectamen te con la edilicia cristiana m o num ental q ue cara cteriza este perío do,
fun d amentalm ente a pa rtir d el s. VI e n la Península Ibéric a (Gurt 2 003 : 12 7 y 142) .
674
Como verem o s más adelante.
277
proceso de abandono y expolio de m aterial constructivo de este espacio forense cuy a
datación no estamos en condiciones de precisar actualmente. L a bondad de los
materiales de las fábrica s antiguas, probablemente reutilizados en parte en la erección
del nuevo complejo
676
, y su entidad fueron presa fácil de l a dinámica actividad de
expolio constatada en la ciudad.
6. 2. 1. 2. 2. Hipótesis d e evolución de los espacios forenses altoimperiales de
Hispalis
Analizando los escasos t estimonios hi spalenses a la luz de esta información de
contexto, parece claro que es necesa ria un reformulación de nuestro conocimiento
acer ca de los ámbitos públicos y su evolución en el tiempo desde nuevos pará metros.
L as bases para nuestra propuesta serán, de un lado, el análisis de la t rama urbana
detectada desde un punto de vist a urbanístico y funcional; de otro, l os parcos indicios
con los que contamos, entre l os que inclui mos también los argumentos negativos como
mecanismo de desestimación de propuestas inviables
677
; y , por último, l os procesos de
amortización de este espacio acaecidos t ras su abandono como centro cívico de primer
orden.
Parece verosímil pensar que el germen de los espacios públ icos a inicios del
imperio debió situarse en las inmediaciones del antiguo “núcleo singular” descrito en
apartados anteriores, en la z ona de Argote de Molina/Mármoles. Ya concluíamos que la
crec iente presenc ia de población itálica no debió comportar la formalización de un
espacio forense “clásico” hasta fines de la época t ardorre publicana o inicios del imperio.
L os indicios que apuntan hacia su localización son casi inex istentes, fruto entre otras
cuestiones de la profunda transformación urbanística acae cida posteriormente en este
mismo área que y a hemos comentado. L a consolidación de la ocupac ión urbana
675
Especialmente en los puntos en lo s que se han d etectad o enterram ientos, m e nos alter ados por
encontrarse ausentes de ed ificaciones de e ste m omento.
676
Como parece derivarse d e sus caracter ísticas estilísticas y m étricas.
677
E sto es la s p resencias de estructuras o edificaciones no fore nses c omo inform ac iones positivas en la
delimitación de su emplazam iento.
284
285
7. LOS E SPACIOS RELIGIOSOS
7. 1. Introducción. Lu gares, tem plos , santuarios y capil las
L a práctica de la religiosidad romana comportaba en un sentido amplio dos
ámbitos claramente diferenciados: la denominada religiosidad públ ica y la privada. El
alcance de tales compartimentaciones parte originariamente de la definición ofrec ida
por Festus
694
la cual, desde un punto de vista formal, distinguía esta faceta pública o
privada en función de si la relación s e establecía entre la divinidad y el conjunto de la
comunidad o una frac ción de la mi sma
695
. S in embarg o, estas esferas se enc ontraban
entrelazadas, constatándose actuaciones pr ivadas de par t iculares en e l ámbito de la
religiosidad pública y la tutela de aspectos concretos de la religiosidad privada por parte
del Estado
696
.
L a plasmación en la f o rma urbana de las prácticas religiosas públicas queda
definida a través del establecimiento de una serie de lugares conocidos como loca sacra
(Castillo 1996: 189-198). Esta denominación aba rcaba de for ma ge neral a aquellos
lugare s consagr ados públicamente a l os di oses por el pueblo romano, convirti éndose a
partir de ese momento en inalienables. En estos espacios eran construidos, también de
forma g eneral, templos y capillas dedicados a una o var ias divinidades.
A nue stros efe ctos, conviene realizar una primera di stinción pue s si bien l a
consag ración pública de un espacio con permiso del Senado o del emperador le confería
un status asimil able a lo públ ico como solum sacrum
697
, no ocurría lo m ismo si la
dedicación era efectuada por un particular manteniéndose como s olum privatum ; pues
sólo l os loca publica podí an convertirse en loca sacra (Bakker 1994: 2-3)
698
. De esta
694
Festus. De Sign ification e Verbo rum 2 45.
695
Bien fuese un a fam ilia, una agrupació n r estringida, profesional o confesional, o bien un individuo
concreto .
696
P ara un análisis general de la religiosida d romana véase Wissova (1 902 ), Ge iger (19 20) , Orr ( 198 2) y
Bakker (1 994 ).
697
La categoría rea l a la q ue pe rtenecían er a la de res diuin i iu ris ; por lo tanto realmente só lo p ertenecían
a la divinidad aunque de hecho la tutela de estos á m bitos recaía sobr e el Estad o o la ciudad (Castillo
1996: 189 y 195).
698
Con las implicaciones de or den legal que e llo conllevaba.
286
manera, sig ui endo la distinción amplia propuesta por este mismo autor, podr íamos
categ oriz ar estos ámbito s a través de su gr adación entre complejos públi cos,
gestionados por el Estado o la comuni dad cívica, y espac ios privados, t utelados por
grupos o pe rsonas c oncretas, y a fuese n asoc iaciones profesionales, comunidades de
crey entes y , de forma g eneral, particulare s en su esfera más íntima.
Para nuestro entorno cerc ano, lo s estudios refer entes al urbanismo romano han
centrado su atención principalmente en l os ámbitos religiosos públ icos de la comunidad
ciudadana y su evolución en el tiempo. Est o es, en las fórmulas de romanización a
través de la detección de los primeros santuarios de t ipología itálica o supuestas
adaptaciones indígenas
699
; su transformación debida a las nuevas concepc iones polít ico-
religiosas a partir de época augustea
700
; así como el desarrollo del cult o i mperial, con
sus formalizaciones rituales en época julio-claudia/flavia
701
, y el papel de l as capitales
provinciales en su organización
702
. De la mis ma manera, la bibliografía científica re coge
la existencia de santuarios encuadrables dentro de la relig ios idad privada
703
,
699
En este apa rtado encontramos el denominado cap itolio de Itálica ( Bendala 1 975 ), cuya discusión y a ha
sido referid a en el cap ítulo anterior; el templo republicano de la ciuda d r omana d e Ampurias (Mar y Ruiz
de Arbulo 199 3: 21 8-228 ); el capitolio de Pollen tia (Mar y Roca 199 8: 1 07-18 ); o tro detectad o e n
Sagunt o (Aranegui y otro s 1 987 : 74-76 ); el templo d e Azaila (Cabré 1 94 0-194 1 y Beltrán 19 86 y 19 90) ; y
el supuesto templo de Con trebia Belaisca (Beltr án 198 6 y 199 0, p uesto en duda p or Mierse 1 999 ).
700
P ara una visión general d e la creació n d e la ideolo gía imperial con Aug usto véase Zanker ( 199 2), Gr os
(19 76 y 1 996 ) p ara su formalización arquitectónica y la cuestión d el aed es a ugu sti/tribuna l ; asim ismo,
para sus implicaciones so bre el urbanismo hispano, véase P fanner (1 990 ). En lo que concierne a estudio s
puntuales, po demos citar los c asos de las reformas augus te as del for o, d el templo y la inclusión d e una
basílica con ae des augu sti /tribunal e n Am purias ( Mar y Ruiz d e Arbulo 19 93: 294 -303) ; el a edes
aug usti/tribuna l de la basílica de Tarraco (Mar y Ruiz d e Arbulo 1987 y 1 99 0); e l templo absidiad o y
basílica co n a edes a ugu sti/tribunal de Clunia (M ar y Ruiz de Arbulo 1 98 7: 4 1, de P alo l 19 87: 154 -155,
aunque con dudas so bre la identificación del a edes ); la construcción d el foro de Bilb ilis (Martín B ueno
199 0), si b ien M ierse (1 999 : 57) pro pone la posibilida d de una crono logía tiber iana par a el santuario; la
construcción d el foro colonial emeritense y d el denomin ado tem p lo d e Diana (T rillmich 19 90, 199 6 y
Mateos y Palma 2004 ).
701
Testimonios a este respec to lo ofrecen los tem p los de Diana de Mérida (T rillmich 1990) y s us
estanques laterales ( Mateos y P alma 2 004 : 42 ); e l templo de Ba rcino (B alil 196 4: 93-95 ); la reforma del
foro y templo d e Conimb riga (Alarçao y Étienne 197 7: 30 -33); e l templo de É vora, d otado de un estanque
perimetral (Hauschild 19 94 ); la implantación d el foro y área sacra d e B aelo Claud ia ( Sillières 19 95: 87 -
96) ; lo s templetes del foro de Ampurias (Aquilué y otros 1 984 ); la r eforma del foro de Co nimbriga
(Alarçao y Étienne 1 977 : 88-110 ); el foro y templo d e Mir obr iga (Mierse 1999 : 22 0-225 ; con cr ítica
sobre su ad scripció n al culto a A sklepios ); asimis mo, contamos con el denominado “tem plo de te rrazas”
de la ciudad de Munigua (Sc hattner 2 003 ); y recientemen te el foro y tem plo con estanques laterales d e
Astigi (Sáez y otros 20 04) .
702
Pa ra una formulación completa d el desarro llo del culto imperial en las pro vincias occid entales véase
Fishw ick (20 02 -2005 ). Ya se ha citado en el capítulo anterior la d iscusión sobr e e l p apel de las capitales
pro vinciales, la for m alización de los espacio s destinados al c ulto im perial e n estas ciudade s y la diatrib a
sobre su denomin ac ión. De igual forma, remitim os a este c apítulo para la bibliografía concerniente a
santuarios excepcionales co m o el Tra ianeu m italicense.
703
En el sentido a rriba expuesto.
287
consag rados a di vinidades de difusión más restringida
704
, como puede ser el caso de las
divinidades orientales
705
, encontrá ndose más desdibujada la car acterización de la
religiosidad per sonal
706
.
7. 2. Hispalis
7. 2. 1. Época republ icana
Ante la ausencia de testimo nios arqueológicos, tradicionalmente la identificación
de edificios de culto públicos de época republicana se ha basado, en el caso hispalense,
en la adopción de un criterio de continuidad de uso de los espacios en épocas
posteriores, aderezado por el peso de la tradición localista de miti ficación del pasado
707
.
Nos referimos a l a identificación de un su puesto s antuario republicano bajo l os restos
monumentales de la calle Mármoles. La concepción sacralizada de este espacio arranca,
de una parte, por la identificación de estas columnas con un templo de época romana
desde el s. XI
708
; de otra, por la asociación de éstas a la figura de Hércules. De esta
manera, a pa rti r de fines del s. X I I I , en concreto en la P rimera Crónica Genera l de
España, aparece la relación de causalidad entre el semidios y las columnas
709
; ex tremo
aumentado en el s. XVI por Luis de P eraza con la denomi nada “cueva de San Nicolás”,
704
P or ej emplo el santuario suburbano de La Encarnación de Caravaca, cuya d edicació n e s d esconocid a
(Br otons y Ram allo 1 99 4: 74 -75).
705
Desde la p ublicación del tra baj o de Gar cía y Bellido (19 67) so bre las religiones orientales en Hispan ia
se han pro ducido num ero sos hallazgos y reformulaciones teóricas y metodológicas sobre el tema
(especialmente crítico: Alvar 199 3, con a bundante bib liografía). Como testim o nios ar queoló gicos cita m o s
a e ste respecto los Sera peion y Asklep eion d e Am p urias (Sanm artí y otr os 19 90; c ronolo gía d iscutida po r
Mierse 199 9: 22 -23 y cr ítica a e stas identificaciones y nueva p rop uesta en Ruiz de Arbulo 1 994 y 19 95) ;
el Iseum de Ba elo Cla udia (Sillières 1 995 :96-10 2 ) ; el Iseu m de Itálica (Corzo 199 1); el sacellum ded icado
a la diosa A targatis (Ramallo y Ruiz Va lderas 1994 ); los santuarios consagrado s a Dea Cae lestis
detectad os en T o rrep ared ones (Fernández Castro y Cunliff e 2002) y Elche (Po veda 199 5); También
contamos co n los e spacios de c ulto ded icado s a Nemesis y Caelestis en el anfiteatro de Itálica (B eltrán y
Rodríguez Hidalgo 20 04) y a Mitra en la denominada “casa de l Mitra” en Cabr a (J im énez Salvador y
Martín-Bueno 199 2), aunque estos m ismos autor es dudan d e la p resencia de un auténtico santu a rio y
Alv ar (1 99 3: 31 8, nota 16) pr opo ne la pre sencia de un espacio de c ulto exclusivam ente privad o.
706
A este respecto véanse los traba jo s generales referido s anteriormente y la síntesis de la situación de lo s
estudios tocantes a la religiosidad privada ofrecid a po r Ba kker (199 4: 7 -8, con ab undante bibliogra fía de
referencia).
707
A este respecto véase González Acuñ a (20 05) .
708
Véase el d esglose completo d e esta lectura e n el capítulo anterio r.
709
Menéndez P idal ( 195 5: 8 , 9 y 10) . P ara las c itas completas, véase el elenco de fuentes literarias.
288
oscuros só tanos emplazados bajo l a citada Parroquia
710
. Sin embargo, no será hasta el s.
XVI I cuando esta vinculación desemboque en una m ezcla panegírica que identifique
estos restos y otros di spersos aledaños con un templo dedicado a Hérc ules
711
. La
producción científica contemporánea retomó esta línea de argumentación mítica como
trasunto de una realidad más t ardía de época republicana, bien claramente perpetuada en
un posterior edificio altoimperial de culto al que pertenecerían l as columnas
conservada s (Blanco 1989: 137 y C ampos 1989: 256), bi en como configuración inicial
republicana de un espacio porticado ( Rodríguez Temiño 1991: 168-172).
A la luz de la discusión ofrecida en el capítulo anterior, la desestimación de la
existencia de un templo altoim perial en este enclave y la ausencia de datos que i ndiquen
la presencia de un edificio cultual de época republicana bajo este edificio
712
invalidarían
esta propuesta de continu idad de uso. De hecho, no ha sido exhumado elemento alguno
que caracterice a un edificio de esta índole, ni in situ ni reutili zado en construcciones
posteriores. Tampoco se han detectado hasta el mom ento vestigios constructivos que
presenten una f ormalización que se asemeje a l a planta de este tipo de re cinto s.
Nuestro planteamiento de un ámbito singular en el desarrollo de la ciudad de
época republicana, en el área circ undante a Argote de Mol ina/Mármoles, que no
presentó cara cterísticas formales propias de los centros cívicos romanos hasta fechas
posteriores, postula la posibil idad de que, de existir un santuario a l a m anera romana en
época tardorrepublicana
713
, éste podría encontrarse ubicado en esta área singular si bien
su formalización no debió comportar unas dim ensiones excesivamente amplias. Otra
opción, no descartable ni ex cluy ente, im plicaría que ult eriores reformas de esta zona
supusieran la amortización, exp olio y desmonte de esta edificación lo que expli caría la
ausencia total de re st os con estas cara cterísticas.
7. 2. 2. Época imperial
710
Libro I I, cap . II I-IV (P érez 199 7:10 6-10 7).
711
Espinosa d e los Mo nteros (1 986 : Libro I, cap . IX , fol. 23 -24). Po steriormente m a ntenido po r Caro.
712
T al como se advier te d e los esca sos r esultados d e la e xcavación de la calle Már moles, 9 (véase el
capítulo anterio r).
289
7. 2. 2. 1. Templos públi cos
Aparte de fugac es afirmaciones acerca de la existencia de un supuesto capitolio
romano propuestas en los ss. XVI -XVI I con base en lecturas probablemente erróneas de
epígra fes antiguos
714
, la his toriogra fía más reciente ha defendido el emplazamiento de
dos templos p rincipales relacionados con sendos espacios forenses
715
: el propuesto para
la z ona de la Pl aza de la Alfalfa/Parroquia del Salvador y el defendido para el área de
Arg ote de Molina/Mármoles (fig . I .15 y I.16) .
Del prim ero de estos ámbit os, el hipo tético templo del incierto foro situado en el
área de la Alfalfa, podemos afirmar que, como y a detallamos en el capítulo anterior, no
existe ningún argumento a favor de su ex istencia. En este caso concre to, los indi cios
apuntados para la defensa del espacio forense no conce rnían en ningún caso a su
equipamiento cultual, esto es, el t emplo fue dis puesto en el extremo oriental de la
supuesta plaza en c on traposición a la hi potética basílica frontera. Al difuminarse la
presencia de este foro cívico, la defensa de la existencia de este templo simplemente
desapare ce.
Con respecto al conocido como templo de l a calle M ármoles, creemos
innecesario incidir en aspectos y a comentados antes
716
. L a diversidad formal de sus
elementos consti tuy entes, los materiales arqueológicos asociados a los contextos
próximos así como su corre spondencia a una edificac i ón de tipología ajena a los
parámetros cultuales clásicos, nos incli nan a desestimar su pertenenc ia a un templ o de
época altoi mperial. No obstante, los elementos constit utivos de su fábrica responderían
a jui cio del Prof. Márquez (2003) a métricas caracte rísticas de edificios públicos de
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Momento en el que co mi enza a co nfig urarse este esp acio singu la r en la ciudad (véase el c apítulo
anterior) .
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Nos referimos a los testimonios apo rtad os po r Espinosa d e los M onteros (19 86: Libro I, c ap. IX, fol.
22) y Caro (1 998 : fol. 2 1 vuelta) correspo ndientes a la lectura del ep ígrafe CIL II 11 94, así como la
identificación ofrecido por este últim o par a do s arco s situados e n las inm ediacio nes de la Girald a (véase
el elenco de fuentes literar ias para las citas completas). La co rrec ción co m o lec tura err ónea d e e ste
epígrafe fue ya d efendida po r Bla nco (19 89: 1 37 ) y los r estos descrito s por Caro p arecen formar parte d e
una puerta de la cerca interna de ép oca alm ohade ( T abales y otros 2 002 ).
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La configu ración más completa fue ofrecida po r (Campos 19 93: 218 -219) .
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Véase el c apítulo referid o a los espacio s público s.
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