Los muertos de internet: Las nuevas configuraciones del cuerpo y la corporalidad en los entornos digitales
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CAPÍTULO V LOS MUERTOS DE INTERNET: LAS NUEVAS CONFIGURACIONES DEL CUERPO Y LA CORPORALIDAD EN LOS ENTORNOS DIGITALES Romina Grisel Peralta Instituto Superior de Arte y Comunicación (Catamarca- Argentina) Instituto Rubinstein (Catamarca-Argentina) Palabras claves: corporalidadmuerte- ciberespaciointeracción- extitucionalcolectivo ¿Cómo se relacionan los adolescentes con la muerte? Esta fue la primera pregunta que me hice y que dio pie a este trabajo. En el año 2009, mis alumnos de la escuela secundaria perdieron un amigo tras un accidente de tránsito. Este hecho provocó que, ante la necesidad de canalizar su duelo, volcaran sucesivas y constantes intervenciones en el muro que el fallecido había creado en la red social Facebook. Al leer las intervenciones mi sorpresa fue que, aquellos alumnos que en la cotidianeidad se mostraban abstraídos, tímidos, opacados, poco comunicativos, en este espacio virtual volcaban innumerables muestras de afecto que hablaban de un cariño cercano y de un dolor profundo. Varios interrogantes surgieron a partir de este hecho: ¿por qué hacer el duelo en la red social? ¿el muro de Facebook no es una historia de “vida” de aquel que lo habilita? ¿sigue vivo el muerto mientras sus contactos lo “recuerden” a partir de intervenciones? Anticipo que no he logrado responder estas preguntas, pero a continuación intentaré explicar el camino de lecturas que realicé para poder echar un poco de luz a estos interrogantes. El historiador francés Philippe Ariès describe en su profusa obra literaria los cambios que históricamente han tenido las actitudes frente a la muerte de las sociedades occidentales cristianas. El autor establece diferentes momentos que se centrarán principalmente en explicar las distintas maneras de relacionarse con el moribundo y las disímiles maneras de entender la muerte y de enfrentarse a ella. Siguiendo su línea, en los albores del medioevo, con un incipiente cristianismo, la muerte consiste en la resignación familiar frente al destino colectivo de la especie humana. Ariès la denomina la “muerte domada”. Todos saben que van a morir y viven de acuerdo a este conocimiento. Es por ello que, ante la inminente llegada del desenlace, el moribundo presiente a la muerte y se entrega a ella. Entiende los designios o advertencias, ya sea traducidos en signos naturales o por premoniciones sobrenaturales o mágicas; - 67 -
de igual manera, tiene una convicción íntima de que su hora ha llegado. Por ello dispone sus últimos momentos para los actos que se le demandan: un lamento por la vida; una evocación, triste mas muy discreta, de los seres y las cosas amados; un compendio reducido a algunas imágenes. Es un momento del ritual carente de duración. Se muerte dentro de los hogares, en sus propios lechos y acompañados por numerosos asistentes que van desde familiares, hasta vecinos, compañeros y extraños también. Es importante recalcar que los niños tendrán conocimiento y plena participación de todos los momentos que rodean el desenlace final del agonizante. Todos rodean al moribundo, quien, tras un lamento de añoranza por la vida, les pedirá perdón. Luego vendrá su encuentro con Dios en quien encomendará su alma. Esta ceremonia de carácter público, al que asiste toda la sociedad, es organizada por el moribundo mismo, quien la preside y conoce el protocolo. Por otro lado, a pesar de esta suerte de familiaridad con la muerte, en este periodo histórico aún se temía la proximidad entre muertos y vivos. Es por ello que se honraban sus sepulturas, pero éstas estaban ubicadas alejadas de las ciudades. El miedo consistía en que los muertos volvieran para perturbar a los vivos, por eso, ambos mundos debían mantenerse alejados. A medida que avanza la Edad Media y la iglesia católica extiende su poder e influencia también cambiaran las formas de relacionarse con la muerte. A partir de ahora será la institución religiosa quien se encargue de la muerte y los muertos. Se sigue muriendo en las habitaciones, pero el ritual es diferente; ya no basta con ser cristiano para asegurarse la salvación, se deberá hacer un examen individual de los pecados. En esta suerte de Juicio Final, que también irá cambiando, la escena del moribundo en su lecho implica la revisión biográfica de las buenas y las malas acciones. Se podría decir que aquí da inicio la biografía y la historia individual de los muertos. Este hecho cobra una gran significancia, el hombre entiende su trayecto vital como propio y como articulado a una serie de acciones que, ante las diferentes coyunturas de la existencia, lo obligarán a la toma de decisiones. El momento biográfico es el momento último, en el que, a partir de un gran acto reflexivo que los mismos ideales eclesiásticos le demandan, el moribundo selecciona de todos aquellos actos, de todas aquellas vivencias, las que considere más relevantes, las que puedan generar un conocimiento sobre sí mismo, las que puedan dar cuenta de quién es él y qué es lo que ha hecho con la vida que se le ha dado. La biografía como relato sólo se logrará en este instante culmine, final; como conclusión de la historia personal a la que hay que volver atrás, revisarla, comprenderla, seleccionarla y de esa manera obtener un conocimiento sobre ella. - 68 -
En otra línea de temas, podría decirse que si bien en las sociedades occidentales, los cuerpos de los difuntos solían enterrarse en sus mismas propiedades, con el transcurrir de la Edad Media la Iglesia Católica fue marcando el curso y la administración del cuerpo muerto. Es por ello que la práctica constante de la antigüedad cristiana hasta el siglo XVIII fue la de enterrar a los muertos en las iglesias, devenidas en auténticas necrópolis. Se crearon así, alrededor de las Iglesias cementerios que empezaron a alojar a los cuerpos sin vida, exceptuándose a aquellos que pertenecían a alguna jerarquía eclesiástica o asociado a ella; estos cuerpos se mantendrán dentro del espacio físico de las Iglesias. Las nuevas prácticas ocasionarán una revolución respecto al sentido del espacio público: las iglesias nuclearán no solo las prácticas referidas a los ritos fúnebres, además, la proximidad del cementerio ampliará las acciones que los sujetos mantienen dentro de este contexto espacial: comercio, política, recreación. Los cementerios se convierten en verdaderos paseos públicos en los cuales se instalan carpas dedicadas a la venta de productos, espacios de debate político, o se lo experimenta como un paseo, una actividad recreativa. Esto tiene correlación en los ritos funerarios. Ya no hay miedo a los muertos, es por ello que ahora deben estar cercanos a los lugares sagrados para asegurarse la salvación. Las iglesias se convierten en los cementerios oficiales e institucionalizados que administrarán la muerte hasta el siglo XVIII y los cuerpos se enterrarán lo más cercano a los restos de mártires y santos. La historia personal también se materializará en este espacio. Las inscripciones funerarias empiezan a datar edad de los difuntos y sus relaciones familiares. Durante los siglos XIV y XV, el hombre empieza a tomar conciencia de su finitud, las epidemias acechan y el hombre se siente minúsculo ante tamaño espectáculo. La muerte se cuantifica por doquier, los cadáveres se apilan de a montones, se queman en fosas, inundan las calles hay una mayor percepción de los fenómenos más morbosos de la experimentación de la enfermedad y de la muerte. El hombre entonces cuestionará el esquema cristiano y el movimiento de secularización empieza a refutar las seguridades del Medioevo. La muerte fue reemplazada entonces por la mortalidad en general, es decir: “el sentimiento de la muerte, antaño concentrado en la realidad histórica de su hora, se diluía desde ese momento en la masa entera de la vida, y perdía de esa forma toda su intensidad”44. 44 Ariès, Phiippe, El hombre ante la muerte, Taurus, pag 350 - 69 -
Desplazamiento del cementerio Al promediar la Edad Media, fue tomando fuerza un nuevo concepto de individuo desprendido de los condicionamientos eclesiásticos. La modernidad trajo consigo una nueva forma de relación de los sujetos con la política, la economía, la religión, la sociedad y el conocimiento. El hombre se empieza a preocupar por cuestionamientos que tienen que ver con su existencia material, con el orden planificado desde lo racional. Así mismo, el principio de autoridad irá desplazándose desde la Iglesia hacia las incipientes formas que irá tomando el Estado. La razón jugó aquí un papel en el progreso de estas formas ya que irá generando formas burocráticas en la vida pública y en la administración. Ante una fuerte cohesión social generada por la Iglesia, el fuerte acento en el individualismo ocasionará la pérdida del sentido global de la comunidad vivida. A finales de la Edad Media la muerte no es ya defunción o paso, sino fin y descomposición. Llegado el siglo XIX la medicina afirmará que no existe la muerte en sí, sino una deformación de la vida, es decir, es no-vida. La muerte se convertirá en negatividad, no tendrá sentido fuera de la enfermedad caracterizada, denominada, catalogada de la que esa muerte es última etapa. Al respecto, Ariès afirma que “los médicos de finales del siglo XIX, que hablaban nuestro lenguaje de hoy, rechazaban como una superstición sin fundamento experimental, sin valor científico, la idea de que la muerte aparente haya representado un verdadero peligro. Pusieron en ello una pasión que nos sorprende; es que el debate sobre la muerte aparente ponía en cuestión la existencia del tiempo de la muerte como un verdadero estado mixto, no admitían que pudiera haber tal mezcla de vida y de muerte. O era lo uno o lo otro. La muerte no tenía más duración que el punto geométrico, densidad ni espesor. No era más que una palabrea equívoca del lenguaje natural, ha había que desterrar del lenguaje univoco de la ciencia para designar la detención de la máquina, simple negatividad”.45 Al no poder enunciarla, la muerte genera una angustia que en las sociedades posindustriales no puede ser expresada. Todo esto acompañado en siglo XX por el acento puesto en la duración de la vida y la manipulación del momento final. Ariés considera que el moribundo pasó de tener total dominio de su muerte a entregarle este proceso final a los hombres de la ciencia. Ya no se muere en las habitaciones, acompañado de los afectos, se muere en los hospitales y será la medicina la que estipule el momento final. Las familias han puesto en manos de los médicos la decisión y el tiempo en que se morirá. Muchas veces el diagnóstico es negado al moribundo, quien experimenta una suerte de infantilización al 45 Ariès, Phiippe, El hombre ante la muerte, Taurus, pag 448 - 70 -
no poder ser tratado como un adulto responsable y con capacidad de decisión. Por otro lado, el duelo se ha vuelto controlado, medido, silencioso, breve. La sociedad demanda una inmediata reinserción a los ritmos del mundo industrial, continuar con los proyectos, volver al trabajo, la muerte no puede doler demasiado, si lo hace, es considerada un desequilibrio emocional. Cuerpo En otro orden de cosas, lo que se pone en cuestión también es la idea de cuerpo y corporalidad. Ya Platón anunciaba la división entre cuerpo y alma quien interpretaba que los sentidos situados en el cuerpo dan resultados engañosos y no conducen a la verdad. Ésta estaba situada separada del cuerpo, en una entidad a la que denomina “alma”. Esta idea del cuerpo es asumida por el cristianismo que, institucionalizado en Europa, propaga un imaginario dual en el que el alma se transforma en lo perene y el cuerpo ocupa el lugar de la contingencia y lo perecedero. De allí que el cristianismo medieval haya considerado una separación de cuerpo y alma. El cuerpo pasa a ser mera “carne dada a los cerdos” (carna data vermiscadáver) y por oposición, el alma subsiste de modo autónomo en un cielo reservado para aquellos que no han dado crédito a las bajas pasiones del cuerpo o que no han cedido a las verdades que brindan los sentidos. Por otro lado, ya en el siglo XVII, Descartes refuerza este dualismo cuerpoalma, pero sobredimensionando las cuestiones cognitivas que siguen estando fuera del cuerpo. Para Descartes el cuerpo no es más que un soporte sensible, localizable y circunstancial. Se sitúa en un espacio geométrico tradicional y en una temporalidad cronológica, medible, cuantificable. Otra cuestión que debemos resaltar de la teoría cartesiana es que indirecta y remotamente se inaugura un programa moderno de subjetivación en el que el cuerpo será cuerpo sujetado, cuando las instituciones desde el Siglo XVIII se ocupen del control simbólico. Este control, lejos de verse como un mecanismo de poder, se lo ve como una actividad legítima ya que en definitiva el cuerpo no es esencial al hombre. Siguiendo los análisis de Foucault sobre la construcción del cuerpo desarrollados en La historia de la sexualidad entendemos bien que el cuerpo ha sido siempre conceptualizado y articulado según los diferentes discursos culturales, es decir, siempre fue construido desde lo simbólico. Si bien se define como “cosa de la naturaleza” es siempre transformado en un “signo de cultura”. Lo que permite tal transformación es precisamente ese carácter inerte, maleable, mecánico que sobre él proyectó la modernidad. No será entonces una instancia esencialista sino, una performance simbólica, discursiva. Inevitablemente, a este cuerpo intervenido le serán imputadas cier- - 71 -
tas concepciones de la muerte. Indicios de tales concepciones los encontramos en los diversos modos de simbolización, modos que varían según las épocas y las culturas, nos referimos a las instancias tanto materiales (ataúdes, epitafios, cementerios etc.) como no materiales (el luto, plegarias, rituales, etc.). En este sentido, Foucault asegurará también que los cuerpos están inmersos en relaciones sociales de poder que van a operar sobre los mismos, demarcándolo y domándolo. Ahora bien, la tecnociencia contemporánea se edificará sobre la base de un saber cuya pretensión radicará en la superación de los límites derivados del carácter material del cuerpo. Este saber observará lo orgánico como un obstáculo para redefinir las condiciones de existencia de las nuevas condiciones de posibilidad de lo humano. Desde la perspectiva de Sibilia “uno de esos límites corresponde al eje temporal de la existencia. Por eso, con el fin de romper esa barrera impuesta por la temporalidad humana, el arsenal tecnocientífico se puso al servicio de la reconfiguración de lo vivo, en lucha contra el envejecimiento y la muerte” 46 Por consiguiente, el saber emergente con la nueva ciencia, no solamente se erigirá como un nuevo sistema de control total sobre la vida sino, pretenderá superar las antiguas limitaciones biológicas “incluso la más fatal de todas ellas, la mortalidad”. De este modo, la oposición entre la vida y la muerte comenzará a ser redefinida con un impacto en diferentes ámbitos sociales, culturales y políticos. Si antes el término muerte se edificaba entorno a la oposición de la vida, este paradigma epistemológico se alejará de las concepciones dualistas de vida-muerte para situarse en términos probabilísticos. Es decir, fenómenos como la técnica del congelamiento de los cuerpos (criogenética) o el concepto de reversibilidad de pacientes terminales complejiza el ámbito y alcance del término muerte: “Así, abandonando el horizonte analógico para alinearse a una perspectiva digital, la muerte pasa a ser una cuestión de grado. El acto de fallecer perdió su sentido absoluto y su carácter sagrado, para someterse a la capacidad de restauración proporcionada por la tecnociencia”47 La probabilidad comienza a entenderse en términos de recuperación o conservación de la información como un eje capaz de demarcar las difusas fronteras entre la vida y la muerte. Tal mutación en el campo jurídico y médico generará un descrédito de la muerte a nivel sociocultural que irá minimizando los rituales públicos, el carácter esplendoroso de las ceremonias públicas. Por otra parte, con la tecnociencia contemporánea esta barrera comienza a ser desafiada a partir de la promesa de una superación de una 46 Sibilia, Paula (2006). El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. 1ª. Reimpresión. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Pagina 52 47 Sibilia, Paula (2006). El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. 1ª. Reimpresión. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Pagina 57 - 72 -
finitud natural, que limitaba al cuerpo humano a los confines de lo orgánico. Aquello que antes estaba reservado al poder de los dioses, como gestos determinantes de la extensión de la vida, en la actualidad se halla en manos de las biotecnologías que recurren al instrumental informático para intentar proporcionar la tan mentada inmortalidad. Las polémicas sobre el alcance de las categorías sobre la muerte comenzaron a ser redefinidas por la tecnociencia a propósito de la materialidad orgánica del cuerpo humano. Otro espacio de tensión es el ámbito espacial de la existencia del cuerpo humano vinculado al modo en que éste está siendo redefinido por los procesos de virtualización digital. Siguiendo la tesis de Sibilia, podría afirmarse que las subjetividades y los cuerpos contemporáneos están siendo afectados por las tecnologías de la virtualidad y la inmortalidad que redefinen los límites espaciotemporales de lo humano. Con el surgimiento de las nuevas plataformas digitales de comunicación, estas formas burguesas de narración también se resignificarán: si en las formas de la narrativa burguesa se precisaba rigurosamente de un fin a partir de una secuencia lineal articulada en un espacio tiempo definido, en la actualidad las narrativas del yo emergentes en el ciberespacio prescinden de estas estructuras y categorías. Siguiendo este planteo, en el ciberespacio los sujetos se encuentran con un conjunto de herramientas que les permiten editar los recuerdos y promover una memoria humana pensada bajo la lógica de la información. La memoria se vuelve dinámica y se construye a partir de acciones que permiten seccionarla, fragmentarla, editarla, copiarla y retocarla digitalmente con el fin de tejer redes personales de integración híbrida. De esta manera, la memoria pasa de ser un proceso individual y subjetivo para desplegarse en la complejidad de la interacción colectiva que propone el ciberespacio, es decir “aquí memoria es reciprocidad y comunicación, la resonancia del otro y su diferencia en cada singularidad articulada. Aquí la memoria es tensión y experiencia de red y organicidad, código de intercambiabilidad y sincronicidad” (Brea, 2007: 18) En la memoria-red encontramos un tiempo-ahora que articula el presente con la efímera actualidad. Es decir, los nuevos escenarios virtuales presentan una nueva temporalidad y deslocalizan el espacio proponiendo una suerte de tiempo-presente probabilístico e incompleto. Facebook En la era de la digitalización, las redes sociales se convirtieron en los medios de comunicación por excelencia modificando las distintas formas de interacción y las perspectivas ancladas en ejes espacios/temporales definidos. - 73 -
La red social por excelencia, pionera en estas transformaciones es Facebook. En este trabajo se tomará la perspectiva crítica que el filósofo chileno Vicente Serrano Marín elaboró en relación a cómo Facebook ofrece un entorno diferente y nuevo para entender las comunicaciones, a la vez que sigue reproduciendo relaciones de biopoder que incide en la afectividad y altera la vida de quien lo utiliza. Para describir la red social, Serrano Marín explica que se basa en el encuentro de dos elementos, por un lado, la tecnología, entendida como ese principio estructurador y organizador de las cosas y de las relaciones sociales; y por otro, la vida afectiva de los sujetos. Cuando habla de tecnología se refiere a la misma en el sentido de la maquinaria, es decir, como todo aquel artefacto o dispositivo que los hombres crean para aprovechar energía y realizar un trabajo. Explicado de esta manera, se podría decir que estas herramientas están servicio de quien las utiliza y que, con el avance y la complejización tecnológica, ese uso se aplicó para sostener relaciones de poder centradas en aspectos represivos (herramientas de guerra, tortura, capos de concentración, etc.) y que lograban modificar actitudes en base a infundir temor. Mientras avanza el siglo XX, aparecerán nuevas tecnologías vinculadas a la comunicación cuyo fin está puesto en la necesidad de modificar actitudes, pero ya no desde la represión si no de elementos basados en la persuasión afectiva. En ambos casos, las relaciones se estructuraban de la misma manera, aquel que detenta y controla la tecnología hace uso de la misma como vehículo o herramienta para someter o seducir a la masa con el fin de sostenerse en el poder. En este sentido, la máquina cumple un papel de intermediario en esta relación asimétrica de poder. Se pensaba entonces, que este sistema no solo determinaba las acciones y tendencias laborales y todo aquello que se relaciona con la vida pública de los sujetos, sino que, esta redefinía las acciones relativas a la vida privada de los sujetos, principalmente las relacionadas al ocio. En este sentido, se piensa en la red social Facebook como integrante de este gran aparato productivo mediático, entonces, ¿dónde radica su diferencia? ¿cuál es la novedad que presenta como dispositivo? Dirá el filósofo chileno que una de las características está dada en el cambio en el concepto de receptor. Esta red social convierte al destinatario no solo en productor sino en protagonista de la misma que necesitará relacionarse indefectiblemente en una suerte de horizontalidad, con otros usuarios que tendrán estas mismas condiciones de existencia en esta virtualidad. Este factor modifica sustancialmente las concepciones anteriores circunscriptas en la idea de Industrias Culturales que se administran mediante una verticalidad entre quienes producen y quienes receptan los mensajes. En este sentido se habla de una forma de producción que excede la vieja dinámica de la máquina capitalista ya que pareciera ocurrir por fuera del espacio fabril o industrial clásico. Las relaciones de producción no están mediadas por el salario, es - 74 -
decir, los usuarios, que son quienes producen la información lo hacen por fuera de la lógica capitalista sino en una suerte de fusión de la misma: productor/usuario, productor/consumidor. Esto no significa que Facebook no participe en el mercado del capital, por el contrario, lo hace mediante esta nueva expresión del capitalismo en la que generalmente, el usuario ignora esta posición de ser el productor de la información que sostiene el imperio del capital. Entonces, ¿que reciben los usuarios a cambio de esta producción de información? Dirá Marín Serrano que la novedad y la fuerza de esta relación está dada en la posibilidad que tienen los sujetos de ceder aquello que producen, pero en el mismo movimiento también conservarlo, condición que cualquier otro tipo de mercancía tradicional no podría cumplir, al respecto afirma que “en el caso del usuario de Facebook ese, a la vez que conserva, se desprende realmente de eso que por analogía consideramos su fuerza de trabajo y no solo del producto, porque en realidad uno y otro son la misma cosa. Esa cosa, ese objeto casi mágico, esa mercancía es la afectividad misma, la vida afectiva de los usuarios”48 Para entender esta idea de cómo en la red social los usuarios producen su afectividad ese necesario explicar su configuración entorno a la idea de “amistad”. Al acceder a la cuenta, el sitio constantemente apela al receptor a vincularse con otro: buscar, sugerir, añadir, enviar solicitud, compartir, todos términos asociados a la idea de amistad. Lo novedoso es que término viene a aglutinar en sí mismo todos los conceptos que distinguen tipos de interacciones diferentes, en este espacio, todas las relaciones estarán circunscriptas al concepto de amistad. Por otro lado, si se tiene en cuenta este universo simbólico podría decirse que, al abrir una “cuenta” en Facebook, es decir, al introducirnos en una red de relaciones de intercambio, lo que se inserta en esta cuenta son amigos. En este sentido, el término amistad cobra un “valor” desde la génesis de su constitución. Una suerte de cuenta corriente, en la que lo que de deposita es la afectividad misma, esos “amigos” que serán la base de todas las interacciones que esta cuenta posibilite. Lo que demanda la red para poder pertenecer no es poco, es un mínimo de identidad, no necesariamente real, que será la base de las interacciones. Facebook se convierte así en un gran “banco de intimidades” que se articulan y relacionan en la lógica que este sitio plantee. De ahí en más, será la capacidad del usuario de administrar estos “recursos afectivos” la que determina su permanencia en la red social. También otra característica estaría dada en la forma de presentar los afectos mediante la idea de “álbum”. Este concepto no es novedoso ya que anteriormente, los álbumes existían con una función primordial que era la de 48 Serrano Marín, Vicente. Fraudebook, Lo que la red social hace con nuestras vidas, Plaza y Valdéz, Madrid, 2016. Pag 23 - 75 -