Paradojas de la diferencia: la visión del otro magrebí frente a la herencia cultural árabe en la construcción identitaria de lo andaluz
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‒ 348 ‒ CAPÍTULO IX PARADOJAS DE LA DIFERENCIA: LA VISIÓN DEL OTRO MAGREBÍ FRENTE A LA HERENCIA CULTURAL ÁRABE EN LA CONSTRUCCIÓN IDENTITARIA DE LO ANDALUZ RAFAEL GONZÁLEZ GALIANA Universidad de Sevilla ALICIA GONZÁLEZ PABLOS Universidad de Sevilla 1. INTRODUCCIÓN Este estudio parte de un principio de investigación muy sencillo: al igual que en otras situaciones y otros ámbitos sociales, en los procesos de señalamiento e identificación intercultural hay una distancia enorme entre la realidad real -que podríamos señalar, simplificando, como “ontológica”- y la realidad representada. En nuestro caso, la realidad real sería la de las personas de ascendencia árabe y/o musulmana que habitan Andalucía, y la realidad representada el referente de esos árabes que habitaron Andalucía durante siglos y cuya memoria forja la identidad de todos los andaluces. Como consecuencia de esa distancia, se producen mecanismos de estereotipación sobre los que cabría recapacitar. En nuestro caso, dichos estereotipos conjugan una serie de prejuicios de los españoles -o más en concreto, de los andalucessobre los magrebíes que, de acuerdo a las habituales reglas de funcionamiento de esta clase de mecanismos, simplifican la realidad, no respetando ni distinguiendo a personas, situaciones, ideas, creencias, actos, etc. La mayoría de los trabajos sobre imagen e identidad se realizan a través de representaciones. Aquí se propone que nos centremos en las interpretaciones, en qué puede significar la forma en que el grupo maneja, acepta y adopta una forma de entender el otro, y que sobre esa
‒ 349 ‒ interpretación funde sus nociones identitarias. Porque el relato se hace por el intérprete tanto o más que por quien formalmente lo firma. Pero lo más interesante, en relación con nuestra investigación, es que esa realidad, ese constructo estereotípico sea una evidencia de una actividad sígnica relacionada con la identidad; y no solo la de aquellos representados (los magrebíes) sino curiosamente sobre la identidad propia del pueblo andaluz. Muchas de las señas de identidad cultural que representan a lo andaluz o a Andalucía misma reflejan un mismo imaginario: la herencia que los árabes dejaron en esta tierra (García-Sanjuán, 2023); el renombrado “legado andalusí” (IAPH, 2006) que a todos los que se sientan andaluces pertenece -y se sienten pertenecidos- y al que de algún modo se deben o incluso pueda decirse que deberían jurarse defender. De tal forma, en este espacio geográfico y cultural, como ocurre en tantos otros, se ha venido construyendo una noción del “nosotros” como pueblo, como entidad y grupo, basada en unos referentes que hunden sus raíces en lo más profundo de la Historia: nosotros somos mayormente herederos del legado de lo que hemos sido. Como decimos, esto es común a casi todos los grupos y prácticas culturales. En el caso andaluz, se observa una remisión a unos antepasados que, aunque de ascendencia difusa, son tomados como ejemplo de valía militar (con sus connotaciones de: valor, coraje, determinación, disciplina, etc.) así como también de irrefutable capacidad científica, arquitectónica, artesanal, literaria, culinaria, etc. Esos árabes que habitaron más o menos el mismo espacio que los actuales andaluces, con la singularidad diferencial de cuáles eran sus límites geográficos, políticos o económicos y por qué criterios se regían para establecer esas fronteras territoriales que no siempre coinciden con las de la Andalucía que conocemos, se han constituido con el tiempo en un referente indeleble de la identidad andaluza. En ese horizonte que se ha trazado, parece necesario observar los distintos planteamientos interpretativos con los que, que en Andalucía, se ha venido proyectando como sujeto de referencia ese “árabe identitario”, fundador de Al-Andalus (Martínez-Enamorado y Chaves-Guerrero, 2022). Frente a aquel árabe de antaño se encuentra una lectura reductora
‒ 350 ‒ –y seguramente prejuiciosadel actual musulmán que, sea cual sea el proceso migratorio que lo haya traído hasta aquí, habita en esta tierra. Antes de continuar, es preciso señalar que, junto al fenómeno que se está mencionando, se encuentra también su contraparte: desde hace unos años se observa una peligrosa tendencia que se está extendiendo por gran parte de las autonomías del territorio español a borrar todo rastro de la presencia musulmana en sus referencias historiográficas (García-Sanjuán, 2018). Y no solo de obras y estudios que corresponden a la libre expresión de quien quiera verse retratado por esos ominosos errores, sino –lo que es más preocupante- en libros de texto y manuales básicos de enseñanzas primarias y medias. Estos materiales están promovidos o amparados por instituciones públicas, ya que corresponden al periodo de formación obligatoria. 2. HACIA LA IDENTIDAD: FENÓMENO IDENTITARIO Y MEMORIA HISTÓRICA. La identidad andaluza tiene profundas raíces antropológicas que la entrelazan con su pasado árabe. Estas raíces se manifiestan en varios aspectos de la vida cultural, social y cotidiana de Andalucía, con manifestaciones en el arte, la lengua, la filosofía, la literatura, la gastronomía, la agricultura, el urbanismo, la ciencia, la música, etc., así como también en otros aspectos relacionados con la socialización cuyo efecto no siempre es fácil atribuir a un grupo tantos siglos ausente. Quizás porque, como se sabe, una parte significativa de aquellos árabes nunca abandonó este territorio. Es sabido también que, por ejemplo, durante el período de al-Andalus, existía una notable convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos. Este modelo de pluralismo y tolerancia ha dejado una huella tanto en la estructura social como en las relaciones comunitarias en Andalucía, fomentando una identidad basada en la diversidad y el respeto mutuo. De acuerdo a los principales planteamientos sociológicos y antropológicos (Geertz, 1973; Said, 1978; Smith, 1986; Nora, 1992) la veneración de civilizaciones antiguas permite a los grupos contemporáneos reconectar con sus raíces históricas y culturales. Este proceso fortalece el sentido de pertenencia y continuidad, proporcionando una narrativa
‒ 351 ‒ común que une a los miembros del grupo. Además, suele ocurrir que la grandeza y los logros de la civilización idolatrada se trasladan simbólicamente al grupo actual, elevando lo que podría denominarse la “autoestima colectiva”. Pero es que en situaciones de subalteridad de un grupo, la idolatría de una civilización anterior puede actuar como un acto de resistencia. Al enfatizar su propia herencia cultural y generar un referente consistente sobre el que establecer su memoria histórica los grupos pueden diferenciarse de las culturas dominantes y reafirmar una identidad que empiece a ser única, es decir, distintiva. Así, es como puede explicarse este proceso identitario que se produce en relación con otros pueblos o culturas que ahora mismo se distinguen del nuestro, en un fenómeno que se conoce como “reapropiación cultural”. Como hemos dicho, de entre las razones que justifican esa remisión a figuras del pasado, una de las que más nos seduce es la idea acerca de la necesidad que tienen los grupos de distinguirse ante lo que podría denominarse el fenómeno de la homogeneización cultural: en la era de la globalización, el recurso a lo propio, lo particular, lo legítimo -de algún modo, lo únicolo local es un camino para encontrar la singularidad de ese grupo. Algo que no es precisamente nuevo; en esto se han apoyado la mayoría de los líderes que inspiraron los movimientos nacionalistas. No olvidemos que la transmisión de valores y tradiciones siempre se ha tomado como un mecanismo de pertenencia social. A esto hay que añadirle el componente temporal que hace que se pierda la referencia y, a menudo, se tergiverse o idealicen los hechos y las personas; en los casos de remisión a unos antecedentes históricos –unos antepasados o los hechos que promovieron-, esa tergiversación suele ser de carácter positivo, manifestándose como algo romantizado y hasta cargado de un cierto exotismo. González Ferrín en su Historia general de al-Andalus (2006) refiere que la esencia de la identidad andalusí está indisolublemente unida al crisol de pueblos y culturas que poblaron este espacio en la época de al-Andalus. Y estamos de acuerdo con él en que al-Andalus como concepto es más “un componente” que un tiempo pasado (ob.cit). Porque es precisamente desde esa perspectiva como puede entenderse el complejo fenómeno identitario que estamos afrontando.
‒ 352 ‒ Por ello, al menos desde la efervescencia decimonónica de las vindicaciones nacionalistas, así como las réplicas regionalistas de aquel intenso movimiento sísmico que se produjeron –especialmente en Europaso- bre todo a finales del siglo XIX y principios del XX, las referencias a un grupo inicial sobre el que se funda la identidad de estos sucesores, ha sido una constante. Dicho grupo primigenio, a veces incluso con esas connotaciones indigenistas que garantizan el efecto de autenticidad, se presenta como mucho más legítimo porque goza de la “depuración” que siempre otorga la distancia temporal y/o, con más seguridad, por toda una serie de reminiscencias emocionales que lo acompañan. Curiosamente, como recuerda García-Sanjuán (2012), en España se ha pasado de la supresión de las referencias a al-Andalus en la mayoría de la historiografía hasta el siglo XVIII, supresión que se ha relacionado con una especie de “orgullo unificador” nacional por los heroicos éxitos de la hazaña que supuso la Reconquista, a la llamativa reiteración de ejemplos y referencias sobre la España musulmana que se empieza a producir a partir de mediados del siglo XIX. Con especial entusiasmo en Andalucía donde, todo hay que decirlo, entran en comunión en esa época el fervor arqueológico y arquitectónico que extienden viajeros y filántropos por toda Europa con la excelente conservación de los monumentos árabes. Únase a esto el hecho de que en los todos los movimientos de inspiración nacionalista, las narrativas históricas –nos referimos, claro está, a las hegemónicasayudaban con generosidad casi altruista a la construcción de identidades colectivas. De ahí es fácil desembocar en la explicitación del regionalismo andaluz, el único movimiento en nuestro país que reivindica expresamente su pasado andalusí como parte de su identidad (García-Sanjuán, 2023). Algo que, Blas Infante, el unánimemente reconocido como “padre” o ideólogo del andalucismo ya reclamaba, refiriéndose a la necesidad de recuperar el esplendor y la dignidad de la civilización árabe que había fundado Andalucía. “¿Y, si esto llega a ocurrir con los señoritos, qué no sucederá con los jornaleros, con los campesinos sin campos, que son los moriscos de hoy; con la casi totalidad de la población de Andalucía; con los andaluces auténticos privados de su tierra por el feudalismo conquistador? No queremos. No hemos podido llegar a ser europeos, a pesar del
‒ 353 ‒ bárbaro coloniaje. No queremos, no podemos ser sólo Europa; somos, Andalucía.” (Infante, 2017: 118) Como vemos en estas palabras, es muy posible que el largo periodo de abandono y marginación histórica en el que se encontraba Andalucía, que le habían llevado a ser una de las regiones más pobres –olvidadas, se decíade nuestro país, abonasen la semilla de este nacionalismo callado, idealista pero también insobornable que buscó, y sigue buscando, en sus “padres” árabes un modelo a seguir. De todas formas, no puede reducirse la fijación del pueblo andaluz en la herencia árabe a una construcción nacionalista en pos de una identidad. Que el legado árabe ha cimentado la identidad andaluza es algo que se aprecia en multitud de señales y referencias de toda índole. En Sevilla, por ejemplo, aún pueden contemplarse muestras de un estilo arquitectónico que proliferó a finales del siglo XIX y principios del XX, y que se conoce como “neomudéjar”; estilo que algunos califican como un merecido homenaje a aquellos que nos habitaron y a las construcciones que aún permanecen, mientras que otros califican de verdadero “pastiche” histórico. Parece claro, entonces que la forma en que se aprecia a esos magrebíes del pasado puede estar siendo una evidencia de la identidad que los andaluces, desde que se tomaron conciencia de grupo, quieren asumir y proyectar. Y hasta es posible que en la imagen de aquellos que ya no están y en la forma en que creemos que estuvieron estén reflejadas muchas de las frustraciones del presente que, como pueblo, no somos capaces de afrontar y gestionar. Porque ante la duda de qué somos o hasta si somos algo o tenemos algo en común, aparece el pasado para recordarnos que su remembranza es algo que puede unirnos, aunque solo sea porque, por el mero hecho de haber nacido en un lugar, parece que se nos inviste con la responsabilidad custodiar ese imponente –y a veces contradictorio por lo vasto, inconmensurable y polifacético que se presentalegado. Ahora bien, las referencias identitarias en Andalucía en relación con su pasado árabe siendo diversas, resultan a veces contradictorias. Porque se cruzan emociones que abarcan: el orgullo, la admiración, la idealización, la fascinación, la nostalgia, la contradicción interna, a veces la ignorancia, la resiliencia y la ensoñación. El enaltecimiento de todo lo
‒ 354 ‒ anterior, en especial de los actos y obras de nuestros antepasados, es un mecanismo identitario de cohesión muy común entre los grupos sociales. Son muchas las fórmulas de este recurso: recordar, resaltar, venerar o incluso idealizar a quien estuvo y se desarrolló culturalmente en el mismo espacio que ahora se habita es una práctica muy acostumbrada relacionada con la determinación de las señas de identidad del grupo. No hay nada que reprochar a esos árabes de los que habla la Historia, y de los que también ha pervivido una memoria ligada al registro oral en romances, leyendas y relatos de todo tipo. Sobre todo, porque es más que posible que el tiempo y los intereses hayan deformado la memoria de lo que fueron y lo que pudieron haber hecho. Parece que sabemos poco de ellos, y que nos cuesta distinguir lo real de lo deseado. Lo que sabemos de ellos es parcial (nunca contradictorio, ya que nunca hemos de ir contra nuestra conveniencia) e interesado; entre otras cosas porque “la huera recopilación de hechos que nos han enseñado en relación con al-Andalus se basa en paradigmas –esquemas, patrones– de viejo predicamento en el Mediterráneo” (González Ferrín, 2012: 109). Y porque, si Andalucía es ese “crisol de culturas” de la que tanto se ha escrito, parece sospechoso –aunque en realidad es reiterado en otros lugares y en otras culturasque fijemos toda nuestra seña identitaria en un solo pueblo, olvidándonos de fenicios, griegos, romanos, tartesios, visigodos, etc., por más que la presencia árabe fuera la que más tiempo estuvo asentada y la que dejó un legado más complejo y completo. En todo caso, es probable que en el mosaico de ideas y representaciones haya influido en lo que Javier Rosón (2010), con referencia al patrimonio inmaterial o el intangible, denomina “patrimonialización cultural” y que no es otra cosa que una forma “blanca” de apropiación cultural. Blanca, porque en relación con el legado histórico de todo un pueblo no hay quien pueda sentirse ofendido ni expropiado. Y en esos procesos de patrimonialización parece haber habido una cierta laxitud, por no decir que nos encontramos ante un caso más de “carta blanca” en relación con la memoria histórica.
‒ 355 ‒ 3. IDEALIZACIÓN DEL ÁRABE ANCESTRAL: MITOS Y TÓPICOS EN TORNO AL LEGADO ANDALUSÍ. Hemos de reconocer la incuestionable aportación de la cultura de al- Andalus en aquella época. Y no solo en el resto de la España no musulmana, sino en todo el continente, donde se demostraría una clara influencia -a través de la transmisión de conocimientos científicos y filosóficos- sobre movimientos culturales tan reconocidos como el Renacimiento europeo. No obstante, los mecanismos por los que se fija la identidad de un grupo no suelen provenir de la aplicación reflexiva de hechos contrastados. Más bien, como hemos dicho, tras esos fenómenos de exaltación identitaria nacionalista basado en el enaltecimiento de lo que los árabes fueron o hicieron en Andalucía, se cierne el peligro de presentar una imagen idealizada de aquellos ancestros en los que ahora se inspira el grupo (Puerta, 2018). Las civilizaciones ancestrales a menudo son idealizadas y mitificadas, creando una versión romantizada de su historia. Esta mitificación puede servir como una fuente de inspiración y aspiración, pero también puede distorsionar la realidad histórica y fomentar una visión selectiva del pasado. Hobsbawm y Ranger (2012) exponen cómo muchas tradiciones consideradas antiguas son inventadas o reinventadas para servir a propósitos contemporáneos. La idealización de civilizaciones ancestrales es parte de este proceso, creando una narrativa que une al grupo alrededor de un pasado que puede ser glorioso, pero que suele ser exagerado o mitificado. Este proceso de mitificación implica seleccionar aspectos positivos y gloriosos de la civilización ancestral mientras se descarta o minimiza cualquier señal negativa que pueda poner en evidencia el objeto mitificado. La cultura y los logros científicos de Al-Andalus son frecuentemente resaltados, a veces exagerando su impacto y simplificando su contexto histórico. En La joya del mundo (2003), M. Rosa Menocal reconoce la grandeza cultural de Al-Andalus pero también advierte contra una visión excesivamente romántica que no considera las complejidades y los matices históricos. Aunque Al-Andalus es a menudo idealizado como un ejemplo de coexistencia pacífica entre musulmanes, cristianos y
‒ 356 ‒ judíos, la realidad fue más compleja. Hubo períodos de tolerancia relativa, pero también momentos de conflicto y discriminación, como los habría de xenofobia. Como es lógico, la convivencia entre los distintos pueblos –y desde luego entre los propios árabesno siempre fue armónica: a lo largo de esos siglos hubo tensiones y conflictos de toda índole en Al-Andalus. Pero es que además, si antes hemos puesto en evidencia la elaboración de los materiales de referencia en relación con la Historia de los pueblos que habitaron en España, ahora tendríamos que pedir la misma cautela respecto a cómo se refleja en los manuales de Historia de los colegios de Andalucía el periodo de la Reconquista y la integración de Andalucía en el Reino de Castilla. Así pues, dejando aparte delicados matices ideológicos en relación con los próceres de la patria y el patrimonio identitario andaluz, hay que señalar que uno de los peligros de la exaltación del legado árabe en Andalucía es el de la romantización y exotización de ese pueblo, en quien parecen encarnarse los atributos de un mito, un modelo a seguir en todos sus destellos, en vez del reflejo natural de las costumbres, virtudes y defectos de una cultura que tuvo su momento de esplendor, como lo tuvo de miseria. Hay que reconocer que, por ejemplo, la imagen almibarada que proyecta Andalucía de los edificios del hondo pasado andalusí –la Alhambra, la Mezquita de Córdoba, la Giralda, el palacio de Medina Azahara, etc.- muchos de ellos como epítomes de belleza exótica y misteriosa, y un pasado esplendoroso, no ha ayudado a ese proceso de racionalización o simplificación que podría atemperar las fiebres identitarias. Por no hablar del episodio conocido como la expulsión de los moriscos, que siempre estuvo envuelto en la nebulosa del desconocimiento, envolviendo esos hechos de un halo de misterio y produciendo un extraño sentimiento de imposible nostalgia –ya que no se ha vivido y puede que no sea tal como creemos recordarlo- y de impotencia por la gloria del imperio que se perdió o que no se supo defender. Ya en Orientalismo (1978), E. Said nos advertía sobre el hecho de que Occidente ha construido una imagen romántica y exótica de Oriente - incluyendo a los árabes-, una imagen que es a la vez fascinante y reductora. Esta imagen se basa en estereotipos que presentan a los árabes
‒ 363 ‒ Morin, E., (2006), La identidad humana. El método V. La humanidad de la humanidad. Cátedra. Madrid, España Olmos Alcaraz, A. (2009), La población inmigrante extranjera y la construcción de la diferencia. Discursos de alteridad en el sistema educativo andaluz, Tesis Doctoral, Universidad de Granada. Prado Rodríguez, J. de (coord.), (2001) Diversidad cultural, identidad y ciudadanía, Sociedad de Estudios Transnacionales. Madrid, España. Puerta, J.M. (2018), La idealización de Al Andalus por los andalusíes. En González Alcantud, J. A (ed. lit.), Paradigma Alhambra. Variación del mito de Al Ándalus: Aportaciones a un debate germinal,. Editorial de la Universidad de Granada. Granada, España. Págs. 53-106. Rosón Lorente, J. (2010), Dimensiones de patrimonialización cultural: “intangibilidad” local vs. Transnacional. En Sphera. Revista de Ciencias Sociales y de la Comunicación. Murcia, España. Págs. 167-188. Rosón Lorente, J. (2001), Muslimofobia vs. muslimofilia: nuevas comunidades étnicas en el espacio multicultural del Albayzín, Granada. En Prado Rodríguez, J. de (coord.), Diversidad cultural, identidad y ciudadanía, Sociedad de Estudios Transnacionales. Madrid, España. Págs. 73-82.