No lo soñé
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“No lo soñé, sé que fue real” 1 Como una jornada más, a lo largo de los años que llevo prestando servicios en el Edificio de Formación del Profesorado, me disponía a incorporarme a mi puesto de trabajo. Desde enero las instalaciones cuentan con un nuevo inquilino, una escultura donada a la Facultad. Sin embargo, ésta no iba a ser una jornada habitual, ya que al pasar junto a los jardines donde está ubicada la escultura, mi visión periférica percibió un movimiento en el encerado que la cubría hasta su inauguración. Era algo extraño, pues aquel día no había viento, así que me giré y presté más atención. Efectivamente, mi sentido no me había engañado, la tela volvió a moverse pero en esta ocasión dejando al descubierto la escultura, que ante mis ojos comenzó a desperezarse y que de pronto fijó su mirada en mí. A todas estas me encontraba absolutamente petrificado, a diferencia de la escultura, cuyos movimientos denotaban que había cobrado vida, qué contrasentido. De repente me hizo un gesto para que me acercara. No sé como vencí mi recelo inicial, pero mis pies me llevaron sobre el césped a escasos metros de donde se hallaba lo que yo seguía creyendo una escultura. ---Hola, –-dijo de pronto ésta---. No podía dar crédito, una estatua se estaba moviendo y me estaba hablando. No sé como pude sostenerme, pero el temor de mi expresión debió de ser tal que a continuación la escultura añadió: --–Por favor, no te asustes, sólo quiero hablar contigo. ---Pero, tengo que incorporarme a mi trabajo –-repliqué yo, haciendo ademán de volver sobre mis pasos. Ahora que lo pienso, que excusa más peregrina alegué, pero fue lo primero que se me ocurrió para escapar de aquella locura—. --Por favor, no te quitaré mucho tiempo –dijo la estatua—, pero necesito tu ayuda. --Pero ¿en qué puedo ayudarte? –pregunté con asombro--. --Necesito saber quién soy, ¿qué hago aquí? –añadió la escultura—. Era tal la paz y el sosiego que me trasmitía aquel ser que, haciendo acopio de valor, conseguí refrenar mi impulso de huir y finalmente me aproximé nuevamente, quedando esta vez a escasos centímetros, de tal forma que pude observar que mi interlocutora poseía los rasgos idealizados de una mujer recostada sobre el césped.
“No lo soñé, sé que fue real” 2 “No entiendo nada”, pensé mientras miraba a mi alrededor. Heme aquí, parado en medio del jardín y hablando con una estatua. Aun así, era tal el magnetismo que transmitía aquel ser que me senté junto a ella. --- ¿De verdad no sabes quién eres? ---pregunté con manifiesto estupor---. ---No -–me respondió---. No sé quién soy, ni qué hago aquí en medio de este jardín. Percibí tal sinceridad en sus palabras que me apresté a aliviar su inquietud. ---Te llamas “Orto” -–le dije—. Eres una escultura hecha en mármol travertino, elaborada por Agustín Bautista Sosa y te encuentras en los jardines de la Facultad de Formación del Profesorado. ---“Orto” -–repitió--- . ¿Qué significa? No tenía toda la información, pero le referí que su nombre era una abreviatura de “Ortografía” y que el artista había querido donarla en agradecimiento a la enseñanza pública, representada en la Facultad, que le había permitido poder estudiar, a pesar de pertenecer a una de las familias del bando perdedor al terminar la Guerra Civil Española. Mis palabras parecieron agradarle, pues su semblante se relajó. Durante unos minutos su mirada recorrió el edificio que tenía a mis espaldas, recreándose en cada uno de los detalles. Por favor, descríbeme el interior del edificio -–demandó mi pétrea interlocutora---. ---Bueno –-pasé a relatarle---, el edificio está compuesto de una planta baja y cuatro en superficie. En la planta baja se encuentran el gimnasio, la delegación de alumnos y el archivo. En la planta cero se localizan varias aulas, los despachos del equipo decanal, la administración, la conserjería y el servicio de reprografía. Ya en la primera planta podemos observar las aulas de informática (de docencia y de libre acceso) y el salón de actos. La segunda planta está reservada a aulas y a laboratorios y finalmente en la tercera planta se hallan las aulas taller y los despachos de los profesores. Incluso la azotea es utilizada, pues en ella se encuentra ubicada una estación pluviométrica. ---Y el edificio, ¿siempre ha tenido este aspecto? ---quiso saber “Orto”---.
“No lo soñé, sé que fue real” 3 Le expliqué que había sufrido diferentes reformas. Su distribución interior actual databa de aproximadamente unos diez años. Añadí que en lo que hoy eran los jardines donde nos encontrábamos, en su tiempo se situaron diferentes barracones en los que se impartía clase. Además se estaba pendiente de inaugurar las dos últimas reformas, que consistían en la mejora de la accesibilidad para personas discapacitadas, mediante las obras realizadas en la entrada del edificio y con la construcción de un nuevo ascensor que permitiría el acceso más cómodo a todas las plantas. ---Vaya, qué interesante, pero ¿qué se hace en esta Facultad?, ---indagó mi curiosa interlocutora---. Le conté que la Facultad de Formación del Profesorado formaba parte de una institución de enseñanza superior, la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, donde se preparaban los maestros, que tendrían como misión la enseñanza en los niveles de infantil y primaria de futuras generaciones. Además también se impartían otros estudios como el Grado en Educación Social, o dos postgrados relacionados con la intervención y mediación familiar y con la enseñanza en centros de educación secundaria obligatoria, formación profesional y enseñanza de idiomas. ---Entonces, si te he entendido bien, aquí se preparan los estudiantes para una misión importante para la sociedad –-comentó “Orto”---. ---Así es –-afirmé---. Para mí, la profesión de “maestro”, aunque con la reforma de “Bolonia” debería decir “Graduado en Educación Infantil o “en Educación Primaria”, es una de las profesiones más importantes y maravillosas a la que una persona puede dedicarse. Tendrás en tus manos a los que, siendo niños, algún día serán adultos, y tu responsabilidad será formarlos primero como personas y luego en las diferentes materias de las que versa el Saber, entre ellas la ortografía que supone “el conjunto de reglas y convenciones que rigen el sistema de escritura establecido para una lengua”. ¿Sabes, “Orto”? -–dije convencido---. La profesión de maestro es algo similar a lo que hace un escultor al trabajar sobre un bloque de piedra, pero en este caso está modelando a una persona… “Orto” guardó silencio y pareció reflexionar sobre mis palabras. Su expresión denotaba un gran interés cuando volvió a plantearme otra de sus preguntas. ---¿Y son muchos los estudiantes que acuden a prepararse a esta Facultad? -–quiso saber mi interlocutora---.
“No lo soñé, sé que fue real” 4 Le indiqué que actualmente estábamos hablando de aproximadamente unos dos mil alumnos, pero que por estas instalaciones habían pasado miles de docentes que habían contribuido con su trabajo a la formación de muchas generaciones, no en vano la Facultad de Formación del Profesorado había celebrado recientemente su 150 aniversario. ---Imagina –comenté--- la cantidad de chicos y chicas que con sus ilusiones, problemas, proyectos, han paseado por estos jardines donde ahora nos encontramos… ---Pero sus historias se han perdido si ya no están aquí, es una lástima no poder conocerlos y saber cómo eran y cómo han evolucionado ---manifestó con tristeza “Orto”---. ---Te equivocas, querida “Orto” -–la tranquilicé---. Ellos permanecen aquí, entre estos muros. Por un lado tenemos el “Salto del Negro”, que es como conocemos coloquialmente al archivo dónde figuran sus historiales académicos, pero sobre todo tienes que tener en cuenta que cada nuevo alumno que acude a esta Facultad, lo hace porque tuvo previamente a un docente que le inculcó la belleza de esta profesión… Por eso, todos esos docentes que se han formado aquí siguen estando presentes en las diferentes aulas, con los egresados que curso tras curso concluyen sus estudios. Mi pétrea amiga, pues ya a estas alturas así la sentía, respondió a mis últimas palabras con una bella sonrisa. Pero su curiosidad no estaba aún satisfecha. ---Y tu trabajo, ¿está relacionado con la docencia? ---quiso conocer---. ---No, ---respondí---. Pertenezco a la que se denomina el PAS, Personal de Administración y Servicios. Suena muy rimbombante ---añadí---, pero en la práctica mi trabajo consiste en la apertura y tramitación de los expedientes de los alumnos desde que entran en la Facultad hasta que terminan o abandonan sus estudios y en la gestión administrativa de todos los temas relacionados con el funcionamiento del edificio. ---Vaya, eso quiere decir que en tu trabajo tratas directamente con los estudiantes --- manifestó “Orto”---. Noté cierta envidia en el tono de sus últimas palabras.
“No lo soñé, sé que fue real” 5 ---Así es ---afirmé con cierto orgullo--- tengo la enorme suerte de trabajar personalmente con ellos, de conocerlos, de observar su evolución desde la inseguridad que manifiestan en sus primeros años hasta ver el aplomo que van ganando con el tiempo de estancia en la Facultad. Incluso muchos de ellos acuden ya como maestros en ejercicio, para realizar diferentes trámites relacionados con su vida académica. Sí, tengo el privilegio de formar parte de este universo que es la Facultad de Formación del Profesorado. ---Por tu trabajo, conocerás muchas anécdotas. ¿Querrás contarme alguna? ---Son múltiples ---respondí--- porque son muy variados los temas que atendemos, pero voy a relatarte un asunto que se me viene a la memoria en estos momentos… Ocurrió hace algunos años, se presentó en nuestra ventanilla un señor que se identificó como el hijo de un antiguo estudiante de esta Facultad. No había conocido a su padre, pues éste había fallecido en la cruenta Guerra Civil Española. Había ido reconstruyendo la información que tenía por medio de su familia y sabía que su padre, siendo alumno de la Facultad, había tenido que abandonar sus estudios al ser llamado a filas. Gracias a la Ley de Memoria Histórica, aprobada por el Parlamento español, quería tener acceso a los datos de su progenitor. Cuando al cabo de unos días le entregamos una certificación en la que constaba el historial académico de su padre, nunca podré olvidar la cara de satisfacción de aquel hombre, llevaba el documento como un tesoro entre sus manos, puesto que había recuperado parte de su pasado… “Orto” me observó con admiración y a continuación añadió: ---Creo que voy a ser muy feliz aquí. Yo también voy a formar parte de esta Facultad, y desde este bello jardín contemplaré cada día el ir y venir de los estudiantes que año tras año paseen a mí alrededor. Gracias por responder a mis preguntas y únicamente me resta hacerte una última petición… Quiero que hagas partícipe al resto de componentes de esta gran familia que “Orto” está aquí y ha venido para quedarse… En respuesta a aquella demanda tenía que escribir este relato que reproduce los hechos, tal y como los recuerdo, tal y como los viví, o quizás soñé… No obstante querido lector cuando pasees al lado de “Orto” observa con atención, quizás tengas la misma suerte que yo…