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Género y tercera edad en Canarias

Rodríguez Alemán, Rosalía,Rodríguez Alemán, Rosalía

Abstract

Programa de doctorado: Formación del Profesorado

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Fotografía de portada: “Empaquetadoras de plátanos” (entre 1925-1930). E. Fernando Baena. 3 Agradecimientos Esta Tesis Doctoral ha sido realizada gracias al apoyo de dos instituciones canarias: el Círculo de Empresarios de Gran Canaria, a través del Programa de Mecenazgo Innova de la Fundación Universitaria de Las Palmas y el Instituto Canario de la Mujer del Gobierno de Canarias. Con el apoyo económico, ambas hicieron posible la ejecución del trabajo de campo y la recogida de los datos, elementos indispensables para llevar adelante esta investigación. Quisiera mostrar mi profundo agradecimiento a la Dra. Marta Jiménez Jaén, Directora de esta tesis, por su inestimable dirección, contagioso entusiasmo e invaluable interés. Así mismo, quisiera hacer patente mi agradecimiento al Dr. José Juan Castro Sánchez, Co-director de esta tesis, por su valiosa dirección y apoyo. También quisiera mostrar mi agradecimiento a todas y cada una de las personas colaboradoras en este proyecto, desde las que se atrevieron solo con una sola encuesta hasta las que realizaron más de setenta encuentros y muchos más intentos inútiles. Seguro que la retribución por su trabajo la gastaron con relativa celeridad, pero la experiencia de compartir horas, esperanzas y desilusiones con las personas mayores les quedará para siempre como un capital cuyo valor rentabilizarán a lo largo de sus vidas. Igualmente quisiera agradecer a mi familia su cariño, apoyo y aliento constante. Un agradecimiento particular a Elvio, mi padre, cuya experiencia vital, especialmente en la recta final de su vida, me enseñó que todo es posible si se conserva la alegría de vivir. A Carmen, mi madre, de quien aprendí que no se puede desfallecer en la realización del trabajo bien hecho. Gracias a mi hermana Alex por su palabra de apoyo pronta y a mi hermana Mary Carmen por su pronta palabra capciosa, ambas imprescindibles. Y, gracias a todos aquellos familiares que, de una u otra manera, han alentado la dedicación a este proyecto. Gracias a Luis, compañero paciente del viaje por el camino del desarrollo teórico de la tesis y de los viajes por el Archipiélago para cerrar el trabajo de campo, cuyo aliento y colaboración han sido imprescindibles para llegar al final del camino. No quisiera dejar de dar las gracias a mis amigas y amigos, por sus palabras de ánimo, sus abrazos y sus desesperos que eran, realmente, los míos. Y, finalmente pero no por ello menos importante, quisiera expresar mi más amplio agradecimiento a todas aquellas personas mayores sexagenarias, septuagenarias, octogenarias o nonagenarias, mujeres y hombres que con su disposición e información han hecho realmente posible esta investigación. A todas y a todos, mi mayor reconocimiento y gratitud. 1.- DE BEAUVOIR, S. [1970] (1983). La vejez. Barcelona, Edhasa. p. 642. 2.- Citado en SALINAS RAMOS, F. (2000). “La perspectiva sociológica, histórica y de intervención”, en ADROHER BIOSCA, S. (coord.). Mayores y familia. Madrid, Instituto Universitario de la familia-Instituto de Migraciones y Servicios Sociales. p. 176. “Cuando se ha comprendido lo que es la condición de los viejos no es posible conformarse con reclamar una “política de la vejez” más generosa, un aumento de las pensiones, alojamientos sanos, ocios organizados. Todo el sistema es lo que está en juego y la reivindicación no puede ser sino radical: cambiar la vida”. Simone de Beauvoir1 “Una ancianidad satisfecha es símbolo de la cultura de un pueblo” Proverbio japonés2 7 Índice generAl capítulo 1. introducción. 1. Introducción. ............................................................................................................................... 25 1.1. Estructura de la investigación. .................................................................................................... 31 1.2. Características de la muestra....................................................................................................... 34 capítulo 2. consideraciones teóricas sobre el envejecimiento. 2.1. Introducción. La construcción social de la realidad. .................................................................. 39 2.2. La construcción social etaria....................................................................................................... 41 2.2.1. La Gerontología Social. ........................................................................................................... 48 2.2.2. a. Primera generación, las teorías adaptativas. ........................................................................ 48 2.2.2. b. Segunda generación, las teorías estructurales. .................................................................... 51 2.2.3. c. Tercera generación, la economía moral. .............................................................................. 53 2.3. La construcción social de género. ............................................................................................... 54 2.3.1. La teorización de género. Primera, segunda y tercera oleada. ................................................. 56 2.3.2. El género en el envejecimiento. ............................................................................................... 62 capítulo 3. el envejecimiento de la población. Marco normativo. 3.1. Introducción. El reto del envejecimiento de la población. ......................................................... 69 3.2. La población anciana mundial. Naciones Unidas. ...................................................................... 70 3.3. La población anciana europea. La Unión Europea. .................................................................... 83 3.4. La población anciana española. El Estado Español. .................................................................. 91 3.5. La población anciana canaria. La Comunidad Autónoma. ......................................................... 102 capítulo 4. las causas del envejecimiento de la población. 4.1. Introducción. Un nuevo ciclo demográfico................................................................................. 113 4.2. La mortalidad. ............................................................................................................................. 114 4.3. La natalidad y la fecundidad. ...................................................................................................... 117 4.4. Las migraciones. ......................................................................................................................... 121 4.5. El envejecimiento en el Estado Español. .................................................................................... 124 4.6. El envejecimiento en la Comunidad Canaria. ............................................................................. 128 capítulo 5. el orden de poder alzado sobre la edad y el sexo. 5.1. Introducción. Poder y sexo. ........................................................................................................ 135 5.2. El poder ante las edades. ............................................................................................................. 136 5.3. El sexo del poder. ........................................................................................................................ 139 5.4. La edad, el sexo y el poder. ......................................................................................................... 146 5.5. La violencia hacia las personas mayores. ................................................................................... 151 capítulo 6. el espacio público. 6.1. Introducción. La interrelación entre lo público y lo privado. ..................................................... 163 6.2. El contexto mundial de las generaciones de mayores................................................................. 164 6.3. La trayectoria biográfica española. ............................................................................................. 165 6.4. Particularidades del caso canario en la trayectoria biográfica. ................................................... 170 6.5. Lo público: el espacio de la producción y la política. ................................................................ 174 6.6. La educación formal en la construcción histórica de lo femenino y lo masculino. .................... 177 6.7. Femenino y masculino: el trabajo y el empleo. .......................................................................... 184 6.8. Economía, empleo y jubilación. ................................................................................................. 191 6.9. La vivencia de la jubilación. ....................................................................................................... 195 capítulo 7. el espacio privado. 7.1. Introducción. Lo privado sostiene lo público. ............................................................................ 209 7.2. La dominación sexo-género y la devaluación de lo femenino.................................................... 210 8 Género y Tercera Edad en Canarias 7.3. El trabajo doméstico y de cuidado. ............................................................................................. 212 7.4. Amor. .......................................................................................................................................... 220 7.5. Conyugalidad. ............................................................................................................................. 223 7.6. Maternidad y paternidad. ............................................................................................................ 229 7.7. Cuerpo, sexualidad y erotismo.................................................................................................... 233 7.8. Economía, trabajo y nido vacío. ................................................................................................. 240 capítulo 8.- entorno familiar y vital. 8.1. Introducción. La plasticidad de la institución familiar. .............................................................. 245 8.2. La funcionalidad y la forma de la familia. .................................................................................. 245 8.3. La red de apoyo primario: la pareja. ........................................................................................... 253 8.4. La descendencia y el intercambio generacional. ........................................................................ 257 8.5. La red amplia: amistad, vecindad y apoyo social. .................................................................... 264 8.6. La residencia. .............................................................................................................................. 266 capítulo 9. Situación económica. Ocio y consumo. 9.1. Introducción. La estrecha relación entre vejez y pobreza. .......................................................... 271 9.2. El Estado de Bienestar y la protección social. ............................................................................ 272 9.3. El gasto en protección social y las pensiones en Europa. ........................................................... 275 9.4. El gasto en protección social y las pensiones en el caso español. ............................................. 280 9.5. Ingresos, prestaciones, servicios y ayudas adicionales. .............................................................. 287 9.6. El consumo y el ahorro. .............................................................................................................. 294 9.7. Tiempo libre y ocio. .................................................................................................................... 298 capítulo 10. Salud. 10.1. Introducción. El proceso de salud-enfermedad......................................................................... 307 10.2. Percepción del estado de salud y morbilidad. ........................................................................... 308 10.3. Hábitos saludables de vida. ....................................................................................................... 318 10.4. Las capacidades y la dependencia. ........................................................................................... 325 10.5. La hospitalización y la mortalidad. ........................................................................................... 335 capítulo 11. imágenes de la vejez. 11.1. Introducción. La vejez en el espejo de la sociedad. .................................................................. 343 11.2. Vivencia e imágenes de la vejez. .............................................................................................. 343 11.3. La imagen de la vejez en los medios de comunicación. ........................................................... 347 11.4. Autopercepción. ........................................................................................................................ 351 11.5. Calidad de vida y satisfacción vital. ......................................................................................... 355 11.6 Los itinerarios de envejecimiento en Canarias. Componentes principales explicativos. .......... 367 12. conclusiones. .................................................................................................................................. 379 notas. ...................................................................................................................................................... 385 Bibliografía. ........................................................................................................................................... 397 Anexos. I. Cuestionario. ................................................................................................................................... 431 II. Maqueta muestral. ......................................................................................................................... 451 III. Resultados de la Encuesta “Género y Tercera Edad en Canarias”. .............................................. 461 9 Índice de tABlAS i explotación de la base muestral propia. distribución de frecuencias porcentuales. Tabla I. Tamaño muestral por isla. .......................................................................................................... 32 Tabla II. Selección aleatoria de municipios según tamaño del hábitat y tipología municipal. ............... 32 Tabla III. Características de la muestra por grupo de edad y sexo.......................................................... 35 Tabla IV. Situación laboral actual o previa a la jubilación. ..................................................................... 35 Tabla V. Participación electoral por sexo. ............................................................................................... 148 Tabla VI. Acuerdo o desacuerdo con la frase “si hay tensiones en una pareja debe ceder la mujer” por sexo. ............................................................................................................................................. 150 Tabla VII. Tipo de maltrato por perpetrador/a en el seno de la familia. ................................................. 154 Tabla VIII. Discriminación por ser mayor, por grupo de edad y sexo. ................................................... 158 Tabla IX. Maltrato institucional por sexo. .............................................................................................. 160 Tabla X. Actividad laboral por sexo. ...................................................................................................... 190 Tabla XI. Profesión que (las mujeres) habrían desempeñado. ................................................................ 190 Tabla XII. Edad de jubilación por sexo................................................................................................... 195 Tabla XIII. Significado de la jubilación por sexo. .................................................................................. 197 Tabla XIV. Autovaloración tras el retiro laboral por sexo. ..................................................................... 198 Tabla XV. Merma en la valoración de sí mismos/as tras el retiro por grupo de edad. ............................ 198 Tabla XVI. Actividad actual por sexo. .................................................................................................... 202 Tabla XVII. Es/fue la relación de pareja tal como imaginó antes de asumir el compromiso, por sexo. ................................................................................................................................................... 213 Tabla XVIII. Realiza o ha realizado trabajo doméstico por sexo. .......................................................... 214 Tabla XIX. Número de horas dedicadas al trabajo doméstico, de aquellas personas que lo realizan o lo han realizado, por sexo. ................................................................................................................. 214 Tabla XX. Número de horas dedicadas al trabajo doméstico según dedicación a él, por sexo. ............. 215 Tabla XXI. Ha contado con la pareja, en el pasado y en el presente, para realizar las tareas domésticas, por sexo. ................................................................................................................................... 215 Tabla XXII. Cuidado de los/as hijos/as pequeños como posible limitación en el desarrollo de proyectos personales. .............................................................................................................................. 226 Tabla XXIII. Satisfacción en la convivencia por sexo. ........................................................................... 228 Tabla XXIV. Qué prima en la felicidad de un matrimonio por sexo. ..................................................... 228 Tabla XXV. Mantienen relaciones sexuales en la actualidad, por sexo. ................................................. 238 Tabla XXVI. No mantiene relaciones sexuales en la actualidad por situación de pareja y sexo. ........... 238 Tabla XXVII. Satisfacción, en la actualidad, de las relaciones sexuales por sexo. ................................ 238 Tabla XXVIII. Satisfacción de las relaciones sexuales, en el pasado, por sexo. .................................... 239 Tabla XXIX. Cómo ha sido, de manera amplia, la vida sexual por sexo. .............................................. 239 Tabla XXX. Cuidado de los/as nietos/as por sexo. ................................................................................. 241 Tabla XXXI. Desarrolla más actividades recreativas o culturales que en el pasado, tras la marcha de sus hijos/as, por grupo de edad y sexo. .............................................................................................. 242 Tabla XXXII. Valoración de cambios en los roles sexuales por sexo. .................................................... 252 Tabla XXXIII. Vivienda en la que residen por sexo. .............................................................................. 253 Tabla XXXIV. Pareja estable (matrimonio o cohabitación) por sexo. .................................................... 254 Tabla XXXV. Satisfacción en la convivencia de pareja por sexo. .......................................................... 254 Tabla XXXVI. Grado de satisfacción con la convivencia en la relación principal (de pareja) por sexo.... 255 Tabla XXXVII. Considera fundamental compartir este período de la vida con un compañero/a, por sexo. ................................................................................................................................................... 255 Tabla XXXVIII. Si enviudara se casaría de nuevo por sexo. ................................................................. 255 Tabla XXXIX. Animales de compañía, por sexo. ................................................................................... 257 Tabla XL. Quién debe cuidar a las personas mayores dependientes, por sexo. ...................................... 260 Tabla XLI. Quién debe cuidarle cuando sea dependiente, por sexo. ...................................................... 260 10 Género y Tercera Edad en Canarias Tabla XLII. Frecuencia de visitas de las hijas por sexo. ......................................................................... 263 Tabla XLIII. Frecuencia de visitas de los hijos por sexo. ....................................................................... 263 Tabla XLIV. Frecuencia de llamada de las hijas por sexo. ..................................................................... 264 Tabla XLV. Frecuencia de llamada de los hijos por sexo........................................................................ 264 Tabla XLVI. Frecuencia de visitas de los/as vecinas/os por sexo. .......................................................... 266 Tabla XLVII. Residencia por sexo. ......................................................................................................... 267 Tabla XLVIII. Accesibilidad de la vivienda. ........................................................................................... 267 Tabla XLIX. Realiza personalmente las compras del hogar por sexo y grupo de edad.......................... 296 Tabla L. Personas con dependencia para Actividades Básicas e Instrumentales por sexo y realización de compras personalmente. ........................................................................................................ 296 Tabla LI. Lugar donde se realizan las compras por sexo. ....................................................................... 296 Tabla LII. Capacidad de ahorro, a lo largo de la vida y en la actualidad, por sexo. ............................... 297 Tabla LIII. Tenencia de tarjetas de crédito y compra en grandes superficies por sexo. .......................... 297 Tabla LIV. Ha dejado de adquirir bienes o servicios en los últimos 12 meses, por la subida de los precios, por sexo y grupo de edad...................................................................................................... 298 Tabla LV. Disposición de tiempo libre por sexo y grupo de edad. .......................................................... 300 Tabla LVI. Sensación de aburrirse por sexo y edad. .............................................................................. 300 Tabla LVII. Actividades en el tiempo de ocio por sexo. ........................................................................ 300 Tabla LVIII. Práctica de comer fuera de casa por sexo. .......................................................................... 301 Tabla LIX. Salir acompañado/a de su pareja. ......................................................................................... 301 Tabla LX. Horas promedio/día que se ve o escucha la televisión y radio por sexo. ............................... 300 Tabla LXI. Programa favorito de televisión y radio por sexo. ................................................................ 302 Tabla LXII. Actividades en el tiempo de ocio por sexo. ......................................................................... 302 Tabla LXIII. Frecuencia en la realización de ejercicio o deporte. ......................................................... 303 Tabla LXIV. Proyecto en mente para realizar a corto plazo. .................................................................. 303 Tabla LXV. Estado de salud por grupo de edad y por sexo. ................................................................... 309 Tabla LXVI. Problemas de salud agudos declarados por sexo. .............................................................. 310 Tabla LXVII. Prevalencia de problemas de salud agudos declarados por edad y sexo. ......................... 310 Tabla LXVIII. Problemas de salud crónicos, declarados como diagnosticados por sexo. ..................... 312 Tabla LXIX. Diez primeros problemas de salud diagnosticados declarados en mujeres, para todas las edades y por grupo de edad. ......................................................................................................... 313 Tabla LXX. Diez primeros problemas de salud diagnosticados declarados en hombres, para todas las edades y por grupo de edad. ......................................................................................................... 313 Tabla LXXI. Tratamiento médico por edad y sexo. ................................................................................ 314 Tabla LXXII. Coeficientes de correlación Phi y Gamma. ...................................................................... 315 Tabla LXXIII. Autopercepción del estado de salud por tratamiento médico por sexo. .......................... 316 Tabla LXXIV. Autopercepción del estado de salud por merma en su autoestima y sexo. ...................... 316 Tabla LXXV. Autopercepción del estado de salud por nivel de estudios y sexo. ................................... 317 Tabla LXXVI. Consumo de alcohol por sexo y edad. ............................................................................ 321 Tabla LXXVII. Consumo de tabaco por sexo y edad. ............................................................................ 321 Tabla LXXVIII. Frecuencia de dieta sana por sexo y edad. ................................................................... 323 Tabla LXXIX. Frecuencia de paseos, por sexo y edad. .......................................................................... 324 Tabla LXXX. Frecuencia con la que hace deporte por sexo y edad. ...................................................... 324 Tabla LXXXI. Inicio de actividades físico-deportivas después de los 65 años, por sexo y edad. .......... 325 Tabla LXXXII. Dependencia para la realización de Actividades de la Vida Diaria, Básicas y/o Instrumentales, por grupo de edad. ......................................................................................................... 327 Tabla LXXXIII. Personas que presentan algún grado de dependencia para la realización de las AVD-B y AVD-I. ................................................................................................................................ 329 Tabla LXXXIV. Personas de 65 y más años que no precisan ayuda para la realización de AVD-B y AVD-I. ............................................................................................................................................. 329 Tabla LXXXV. Valoración del trato recibido por personas dependientes respecto de su cuidador/a por sexo. .......................................................................................................................................................... 332 Tabla LXXXVI. Personas de 65 años y más con alguna discapacidad por tamaño del hogar y sexo. ... 332 11 Tabla LXXXVII. Cómo piensa que son percibidos los/as mayores por la sociedad canaria, por sexo. . 344 Tabla LXXXVIII. Significado de las canas y las arrugas por sexo......................................................... 347 Tabla LXXXIX. Cree que el envejecimiento lo llevan mejor los hombres o las mujeres, por sexo y grupo de edad. .................................................................................................................................... 347 Tabla XC. Identificación con las personas ancianas. .............................................................................. 353 Tabla XCI. Se siente orgulloso/a de ser mayor. ...................................................................................... 353 Tabla XCII. Cree que las personas mayores en la sociedad canaria están bien valoradas. ..................... 355 Tabla XCIII. Acuerdo o desacuerdo con la frase “las personas jóvenes no respetan a las personas mayores” por sexo. ............................................................................................................................ 356 Tabla XCIV. Confesión religiosa por sexo. ............................................................................................. 358 Tabla XCV. Colaboración o participación en asociaciones. ................................................................... 358 Tabla XCVI. Papel que desempeña en la asociación en la que participa por sexo. ................................ 359 Tabla XCVII. Prestaría algún servicio a la comunidad como voluntario/a, por sexo y grupo de edad. . 359 Tabla XCVIII. Valoración de los servicios que prestan los Servicios Sociales por isla y sexo. ............. 359 Tabla XCIX. Valoración de los servicios que prestan el Centro de Salud por isla y sexo. ..................... 360 Tabla C. Le parecen adecuados los servicios que presta la Administración municipal. ......................... 360 Tabla CI. Qué le produce o produciría, hoy por hoy, más satisfacción por sexo. ................................... 363 Tabla CII. Cuál es su principal preocupación por sexo........................................................................... 364 Tabla CIII. Suele usted tener frecuentemente intensas ganas de vivir por sexo y grupo de edad. ......... 364 Tabla CIV. Actitudes y sentimientos por sexo y grupo de edad de 65 a 74. ........................................... 365 Tabla CV. Actitudes y sentimientos por sexo y grupo de edad de 75 a 84. ............................................ 365 Tabla CVI. Actitudes y sentimientos por sexo y grupo de edad de 85 y más años. ................................ 365 Tabla CVII. Correlaciones actitudes y sentimientos por sexo (Índice Gamma). .................................... 366 Tabla CVIII. Sentimiento de felicidad por valoración de esta etapa, por grupo de edad y sexo. ........... 366 Tabla CIX. Centros iniciales de los conglomerados. .............................................................................. 367 Tabla CX. Historial de iteraciones(a). ..................................................................................................... 367 Tabla CXI. Itinerarios de envejecimiento. .............................................................................................. 367 Tabla CXII. Variables utilizadas en el Análisis Factorial. ....................................................................... 370 Tabla CXIII. Índice KMO y test de Bartlett............................................................................................ 371 Tabla CXIV. Coeficientes de Medidas de adecuación muestral. ............................................................. 371 Tabla CXV. Método de extracción: Análisis de Componentes principales. ............................................ 372 Tabla CXVI. Varianza total explicada por los 9 Componentes principales extraídos. ........................... 373 Tabla CXVII. Matriz de componentes principales no rotados. ............................................................... 374 Tabla CXVIII. Matriz de componentes rotados. ..................................................................................... 375 cApÍtulO 1 intrOducciÓn 21 Hasta la segunda mitad del siglo XX, las Ciencias Sociales abordaron los aspectos que atañen a la humanidad con una visión androcéntrica considerando a su mitad masculina como el referente válido para el conocimiento de una realidad que incluye a ambos sexos. De este modo, la Historia, relatada por varones, ha ocultado hasta fechas recientes la contribución de las mujeres a la supervivencia, la perpetuación del orden sociocultural y las transformaciones sociales. A propósito de este deliberado ocultamiento LERNER (1990: 21) mantiene que “las mujeres han hecho historia, aunque se les haya impedido conocer su Historia e interpretar tanto la suya propia como la de los hombres”. Así mismo, la Economía, centrada en las actividades productivas, ha invisibilizado el trabajo reproductivo, biológico y social, que se desarrolla en el ámbito privado. Por ello, frente a la consideración formulada por SAMPEDRO y CORTIÑA (1975: 75), que en el estudio de la estructura económica, definen como una unidad de significación “la economía de mercado, la propiedad privada y el liberalismo político”, DURÁN (1987: 140), jugando a dibujar paralelismos, considera una unidad de significación “el trabajo doméstico, la ideología patriarcal y el olvido de la función productiva de la familia en la literatura económica”. La Filosofía, pretendidamente universal y neutra, ha estado reservada al pensamiento masculino. En este caso, ha sido AMORÓS (1991: 27) quien ha puesto de manifiesto un sesgo androcéntrico que ha reservado al varón “la capacidad de elevarse a la autoconciencia”. La Antropología no estudia hasta los años setenta cómo la naturaleza y la experiencia de mujeres y hombres se moldean social y culturalmente (ATKINSON, 1982). Las Ciencias Naturales tampoco han sido ajenas a semejante tratamiento. La Medicina, por ejemplo, ha estudiado preferentemente los problemas de salud en poblaciones masculinas, sin considerar las especificidades del cuerpo de la mujer que no fueran las meramente reproductivas. NORTHRUP (1999: 40) afirma que “si nuestra cultura está totalmente regida por el padre, nuestra visión del cuerpo femenino e incluso nuestro sistema médico también siguen leyes de orientación masculina”. DUBY y PERROT (1991: 8) han señalado, en cambio, que la debilidad de informaciones concretas y circunstanciales sobre las mujeres contrasta con la sobreabundancia de imágenes y discursos que, desde la Antigüedad hasta nuestros días, apuntan a una profusión proporcional a su retiro efectivo. Juristas, médicos, filósofos, teólogos, pedagogos han expuesto su interpretación acerca de qué o cómo son las mujeres, qué deben hacer y cuáles son sus derechos y obligaciones. La Sociología no ha permanecido al margen del androcentrismo3. GARCÍA DE CORTÁZAR (1996: 13) señala que “las mujeres han sido ignoradas en los análisis sociales, con excepción de la Sociología de la familia, refugio que las ha acogido como actores inevitablemente relevantes”. Si bien es BOURDIEU (2005: 22) quien subraya que “la fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla. El orden social funciona como una inmensa maquinaria simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya: es la distribución sexual del trabajo”, en una distribución muy estricta de las actividades, de los espacio y de los tiempos. El orden social funciona como una inmensa maquinaria simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya: es la división sexual cApÍtulO 1 intrOducciÓn 22 Género y Tercera Edad en Canarias del trabajo, distribución muy estricta de las actividades asignadas a cada uno de los dos sexos”, de los espacios y de los tiempos. La lógica de una sociedad heredera del patriarcado ha impedido que la mujer ocupara, hasta las décadas ochenta y noventa, un lugar como sujeto en la ciencia y en la comunidad científica. Desde entonces, prácticamente todas las disciplinas científicas han sido revisadas para ampliar el foco e incluir la especificidad de la mujer y lo femenino. Como subraya BENERÍA (2003: 23) “el gran aumento de los estudios feministas en los últimos treinta años ha tenido un impacto indiscutible en las diversas disciplinas. Dicho impacto ha dado lugar a numerosas preguntas consideradas con frecuencia problemáticas, fuera de lugar, arriesgadas o molestas. Las definiciones tradicionales se han visto cuestionadas y se han extendido los límites del conocimiento, interpelando y trabajando los temas de género antes excluidos de las teorías aceptadas”. Los avances analíticos de la realidad sexual y las sucesivas conquistas laborales o políticas llevadas a cabo por las mujeres en las sociedades contemporáneas no han supuesto, sin embargo, el desplazamiento de la centralidad de los varones y lo masculino en la sociedad. Androcentrismo que se une, en la actualidad, a la centralidad de los jóvenes en la escena social. Desde finales del siglo XIX, tras la Revolución Industrial y el consiguiente crecimiento de las urbes, la juventud occidental, heredera del Romanticismo, creó el mito del joven iconoclasta y bohemio (NAVARRO, 2001). La Comuna de París en 1870 fue el punto de partida para la adopción de nuevas actitudes políticas y artísticas que culminaron en las vanguardias con jóvenes deseosos de cambiar su destino y el del mundo. La liberalización de las costumbres y las modas creó también una juventud inquieta y ociosa cuyo máximo exponente fue el de los felices años veinte en Europa y Estados Unidos, que tendría que aguardar a los años cincuenta para protagonizar una nueva revolución de la mano del cine y la música, particularmente del “rock and roll”. Del protagonismo de la juventud se hizo eco, a principios del siglo XX, ORTEGA Y GASSET (1984: 270), anticipando la actual sobreidentificación de la sociedad con ese período de la vida al afirmar que: “No hay duda que nuestro tiempo es tiempo de jóvenes. El péndulo de la historia, siempre inquieto, asciende ahora por el cuadrante de la mocedad. El nuevo estilo de vida ha comenzado no hace mucho, y ocurre que la generación próxima ya a los cuarenta años ha sido una de las más infortunadas que ha existido. Porque cuando era joven reinaban todavía en Europa los viejos, y ahora que ha entrado en la madurez encuentra que se ha transferido el imperio a la mocedad”. El sempiterno temor a la vejez, antesala de la muerte, impulsa ese imperio cedido a la mocedad, pero en la actualidad más que en ningún tiempo histórico precedente, reina tal imperio sobre la base del culto a la juventud. La estética que dictan los omnipotentes medios de comunicación, la publicidad o el cine es una prueba de la centralidad de los/as jóvenes que han desplazado a las personas mayores hacia los rincones del desdén. Desprecio que se maximiza en relación a las mujeres, para las que el paso del tiempo parece actuar como un enemigo más atroz. ARBER y GINN (1996: 21) arrojan luz sobre los motivos por los que la Sociología ha prestado escasa atención al envejecimiento, y consiguientemente, a la posible existencia de una vivencia diferencial, en este período de la vida, para los hombres y las mujeres, al asegurar que “hay cierto paralelismo entre el desinterés de la Sociología por el género hasta los años 70 y el que se muestra por el envejecimiento. Ambos nacen de la preocupación de la Sociología clásica por el trabajo asalariado, la formación y la lucha de clases a expensas del período de vida que queda fuera de los límites de la economía formal”. El envejecimiento de las sociedades en general, y particularmente el coste de su sostenimiento con cargo al gasto público, está cambiando el signo y estimulando cada vez más el interés por esta última fase de la vida (SEIDMANN, 1976; PRESTON, 1984; JOHNSON y FALKINGHAM, 1992; THÉRET, 1994; HERCE y PÉREZ DÍAZ, 1995; BLANES, ET AL, 1996; FERNÁNDEZ CORDÓN, 1996; ALVARADO PÉREZ, 1998; CASTELLS y BOSCH, 1998; MORAGAS ET AL, 1999; BOLDRIN ET AL, 1999; ADELANTADO ET AL, 2000; HERCE, 2001; ESPING-ANDERSEN, 2002; JIMENO, 2002). La ratio de dependencia que relaciona activos e inactivos es, a consecuencia de las bajas tasas de 23 Introducción fertilidad en los países del Norte, cada vez menor y la alternativa de la inmigración se presenta como solución poco atractiva, tanto por el elevado número de efectivos poblacionales que reclama -que según estimaciones de Naciones Unidas (2000) sería de unos 12 millones de personas para España desde inicios de siglo hasta 2050-, como por los variados e inevitables tintes opináticos que comporta. Es empero la relación ocupados/pensionistas la que más preocupación genera, puesto que la población desempleada e infanto-juvenil es potencialmente activa a corto, medio o largo plazo, mientras que la población mayor no sólo no lo será, sino que será dependiente por períodos cada vez más dilatados de tiempo a medida que se refuerce la tendencia al incremento de la esperanza de vida. El progresivo envejecimiento de la población, esto es, la revolución de la longevidad, junto a otra revolución silenciosa, la del acceso generalizado de las mujeres a los espacios reservados tradicionalmente a los hombres, se produjeron en el siglo XX con unos efectos apenas perceptibles entonces pero que pueden influir decisivamente en un cambio social que signifique el desplazamiento de los jóvenes del centro de la escena en el presente siglo. La prolongación de la esperanza de vida posibilita que cada vez más personas lleguen a edades avanzadas con potencialidades físicas e intelectuales de las que no se disponían en el pasado, lo que conducirá necesariamente a la creación de nuevos modelos de vida para las personas mayores, y particularmente para las mujeres que, debido a los intensos y vertiginosos cambios socioculturales experimentados en su condición y situación, en las últimas tres décadas, comienzan a conocer a estas edades nuevas posibilidades de autorrealización. Se parte, por ello, en esta investigación de la idea de que en la actualidad los estereotipos simplifican la percepción social y a menudo deforman la realidad, de modo que sus efectos, perversos para la ancianidad, operan igualmente en relación al sexo. MIRANDA (1989) expresa esta idea cuando dice que en nuestro entorno cultural la vejez se define como carencia, en tanto que ha desaparecido la capacidad de procrearse y la posibilidad de trabajar, roles centrales que la sociedad atribuye respectivamente a mujeres y a hombres. El “nido vacío” en el caso de las mujeres -aunque puede afectar a ambos sexosy la jubilación en el de los hombres parecen ser los momentos decisivos que vacían de sentido las vidas de estas personas. Dado que la atención prestada al envejecimiento de las mujeres ha sido escasa, consecuentemente la teorización del “nido vacío”, que aparece como una etapa del curso vital de familia, lo ha sido también (DUVALL, 1971; DEL CAMPO, 1981; SERRA DESFILIS ET AL, 1988); lo cual contrasta claramente con la profusa literatura sobre la jubilación (GOUDY, POWERS y KEITH, 1975; MORAGAS, 1989; GUILLEMARD, 1991; ROCARD, 1994; BERJANO y LLOPIS, 1996; PÈNE, 1997; ESTEVE SEGARRA, 1999; RIERA, 1999; AGULLÓ, 2001; PRIETO RODRÍGUEZ ET AL, 2001; BAZO ROYO, 2001; BOLDRIN, 2001; GARRIDO MEDINA, 2005). En la lógica de una sociedad productivista, para la que el consumismo se traduce en estatus, se entiende el abandono del trabajo como la modificación del curso cotidiano de la vida, la reestructuración del campo social y los contactos familiares, la modificación de la economía personal, el desplazamiento de los compromisos e intereses personales del mundo del trabajo al tiempo libre. Una lógica en la que a la mujer se le considera “eufemísticamente” inactiva. El nido vacío, sin embargo, podría ser entendido como la versión femenina de la jubilación, al menos para aquellas mujeres que no han tenido trabajo remunerado, puesto que han dedicado su vida a prestar sus servicios a los miembros de la familia y con la desaparición de éstos, por emancipación, también se pueden ver abocadas a la modificación del curso cotidiano de la vida. Las diferencias empero son evidentes pues no se percibe retribución dineraria en el ámbito de la reproducción, ni las tareas domésticas tienen una edad de retiro legal, por ejemplo. La extraordinaria revolución de la longevidad y la transformación social emprendida por las mujeres en el siglo pasado fueron fenómenos que no pasaron inadvertidos para las Ciencias Sociales a pesar de su atención preferente por los aspectos relacionados con el ámbito del trabajo y la productividad. Desde los años treinta, y particularmente desde los cincuenta, y en España ya bien entrada la década de los noventa, se ha asistido a un gran desarrollo de los estudios sobre el envejecimiento. La bibliografía es muy amplia y desde sus inicios se ha abordado esta materia desde los más diversos aspectos, que 24 Género y Tercera Edad en Canarias sin ánimo de acotar exhaustivamente, incluye desde la Medicina (ANDERSON y COWAN, 1955; WILLIANSON, 1964) hasta la Psicología (SCHAIE, ROSENTHAL y PERLMAN, 1953; WECHSLER, 1956; KENT, 1956; BIRREN y SCHAIE, 1991; LEHR, 1995), pasando por la Historia (MINOIS, 1987; SÁNCHEZ GRANJEL, 1991; ALBA, 1992), la Antropología (SAN ROMÁN, 1990; FERICGLA, 1992), la Demografía (DEL CAMPO, 1981; PÉREZ DÍAZ, 1996; WALLACE, 2000) o la Sociología (CUMMING y HENRY, 1961; HAVIGHURST, 1963; PAILLAT, 1971; GUILLEMARD, 1981; CASALS, 1982; BINSTOCK y GEORGE, 1990; BAZO ROYO, 1990), entre otras. Los “Estudios de las Mujeres”, nacidos en las universidades de Estados Unidos y Europa casi simultáneamente a finales de los sesenta, lo hicieron con la finalidad de evidenciar la “sexuación del saber” (BALLARÍN, 1994: 97). Inicialmente encontraron una fuerte resistencia pues, a la secular visión androcéntrica, se sumó la siempre presente preocupación por demostrar el estatuto de cientificidad, neutralidad y objetividad de las Ciencias Sociales para equipararse a las Naturales. Dar cabida a los estudios de mujeres parecía suponer aceptar la ideologización. Hubo que esperar a que fuera admitida como inevitable la intervención de factores sociales, psicológicos e ideológicos, no sólo en la formulación sino en la validación de hipótesis y teorías en todo tipo de Ciencias, para que los Estudios de las Mujeres, denominados también estudios feministas, de género o sobre las mujeres, fueran reconocidos e iniciaran un proceso de institucionalización. Un proceso que se inició en España con la transición democrática y discurrió paralelamente a la emergencia pública del feminismo. La repercusión inicial de tales estudios no fue la misma que en otros países, pero al igual que en ellos se asociaron “el espíritu crítico respecto a comportamientos sociales que se rechazan y el deseo de aunar lo político, lo personal y lo académico (ALBERDI y GARCÍA DE LEÓN, 1996: 408). En los inicios de la década de los ochenta prácticamente todas las disciplinas académicas habían sido revisadas con una mirada no androcéntrica (EVANS, 1998). De modo que, sin tratar de ser exhaustiva, se puede decir que se revisó desde la Medicina (TRYPUC, 1988; VERBRUGGE, 1985) a la Psicología (CHODOROW, 1978; ZIMERMAN y WEST, 1975), pasando por la Filosofía (AMORÓS, 1985; BENHABIB y CORNELL, 1990, VARCÁLCEL, 1991; BUTLER, 2001, FRASER, 2006), la Historia (LERNER, 1990; DUBY y PERROT, 1991; NASH, 1984), la Antropología (OTNER, 1974; LAMAS, 1986; JULIANO, 1998), la Economía (CARRASCO, 1991; BOSERUP, 1993; NELSON, 1996) o la Sociología (DURÁN, 1972; FALCÓN, 1969; ALBERDI, 1979), entre otras disciplinas. Este nuevo paradigma dispone de elementos teóricos y herramientas prácticas para analizar la construcción sexual de la realidad y las relaciones entre personas de distinto sexo con una nueva mirada que focaliza las relaciones de poder entre hombres y mujeres. A la teoría de género, basada en la identidad sexual o genérica se le ha reconocido, respecto de otras lecturas feministas, cierta voluntad reconciliadora, en tanto que trabajar la feminidad o la masculinidad permite identificar corsés impuestos culturalmente que limitan el desarrollo de las potencialidades de las mujeres y de los hombres haciendo más complejas las relaciones entre ambos sexos. Ciertamente la literatura sobre envejecimiento y la relativa a la perspectiva de género es profusa, pero lo habitual es que la edad y el sexo sean tratadas como “meras variables independientes y aditivas” (ARBER y GINN, 1996: 21). Esta investigación, precisamente pretende evitar añadir la edad a los Estudios de género o incorporar el sexo a los Estudios de envejecimiento. De hecho, MCMULLIN (1996) señala que género y edad no deben considerarse como sistemas independientes, pues las personas mayores no son sólo ancianas, sino hombres o mujeres. La comprensión sobre este particular mejora si se toma en consideración que, por ejemplo, la clase social se estructura mediante las relaciones de producción y distribución y su componente principal, el salario, está marcado por el sexo y la edad. En fin, edad y sexo son variables fundamentales en la organización social y reflejan los desequilibrios de poder existentes en la sociedad. El objetivo de esta investigación es caracterizar la vivencia de la vejez en la Comunidad Canaria, conocer el significado que marca el sexo de los individuos en la vivencia de este período del ciclo vital, situándolo en un contexto social global, y aventurar los posibles cambios que se operarán a futuro, en tanto que cada vez más ambos sexos poseen mejores niveles educativos y mejoran su carrera profesional, a la par que cada vez más mujeres van accediendo al mercado de trabajo y a la independencia económica. 25 Introducción Para la fundamentación de los diferentes capítulos se ha recurrido a la literatura especializada, a la legislación vigente, a la documentación oficial, a las estadísticas europeas, nacionales y regionales, y por ende a la explotación de datos secundarios, así como a la explotación de los datos de la propia base muestral. Se resume a continuación el contenido de los capítulos que articulan esta Tesis Doctoral de manera detallada. En este primero se describe, además de los contenidos, el diseño que guía la investigación empírica de esta Tesis. Una investigación de carácter cuantitativo, apoyada en una muestra de 1.046 individuos no institucionalizados, residentes en las siete islas canarias. El capítulo recoge además una descripción de la muestra, por sexo y edad, nivel de estudios, ocupación anterior, ingresos, estado civil y aspecto personal y de la vivienda. El segundo capítulo afronta el debate sobre la construcción social de la realidad evidenciando que, precisamente, las diferentes edades y sexos son categorías que han sido objeto en el tiempo de una gran flexibilidad en función de circunstancias o intereses concretos, de manera que a ellas se les han asignado distintas atribuciones o exigencias a lo largo de la historia y en diferentes culturas. Nacer hombre o mujer no es un dato biológico neutro, al igual que no lo es ser un menor, un adulto o una persona mayor, de modo que en el capítulo se desgranan los significados de ambas variables, su carga simbólica, al tiempo que se aborda la producción teórica sobre el envejecimiento, respecto de la que, en líneas generales, se podrían establecer tres etapas: la primera corresponde a las teorías adaptativas, centradas en el individuo (EINSENSTADT, 1956; BURGESS, 1960; CUMMING y HENRY, 1961, ANDERSON, 1972; ROSE, 1965; FENNELL, 1988; HARVIGHURST, 1961; BENGSTON y PETERSON, 1972; MADDOX y EISDORFER, 1962; GOUDY, POWERS y KEITH, 1975; ATCHLEY, 1971; GUBRIUM, 1973). El segundo grupo corresponde a las teorías estructurales, que desplazan el interés hacia la sociedad del trabajo (COWGILL y COLMES, 1974; KEITH, 1979; TOWSEND, 1957; WALTER, 1981; ESTES, 1986; GUILLEMARD, 1992). Por último, la tercera contiene los enfoques más recientes que intentan reconciliar ambas posturas y ponen el acento en el cambio y las oportunidades (LASLETT, 1989; RILEY, 1987; ARBER y EVANDROU, 1996; FEATHERSTONE y HEPWORTH, 1991). Finalmente, se consideran las posiciones teóricas que relacionan edad y género que, al igual que las anteriores, han tomado distintas direcciones. La primera dirección es aquella que incorpora sexo y edad a las teorías sociológicas de la corriente dominante (GEE y KIMBALL, 1987); la segunda agrega el sexo a las teorías sociológicas del envejecimiento (WALKER, 1980; DANNEFER, 1984; COOLÍ, 1988; MINKLER y COLE, 1991); y la tercera suma las relaciones de edad a la teoría feminista (BARRET, 1980; HARTMANN, 1981; HARTSOCK, 1983; JAGGAR, 1983; ACKER, 1988). El tercer capítulo se aproxima a la preocupación por el envejecimiento desde el plano mundial hasta el local. Naciones Unidas pasó a considerar objeto de atención la vejez universal en los años ochenta, década en la que celebró la I Asamblea Mundial sobre Envejecimiento. Las últimas recomendaciones de este organismo se plasmaron en el Plan de Acción Internacional emanado de la II Asamblea Mundial (2002). La Unión Europea tomó en consideración el envejecimiento con anterioridad, en los años setenta, momento en el que se comenzaron a articular políticas en favor de la seguridad económica, la participación en el entorno de vida habitual y la prevención de la pérdida de autonomía; si bien, desde el ámbito de política económica se ha venido insistiendo a los Estados miembros en la necesidad de poner a punto estrategias generales para responder al desafío económico que plantea el envejecimiento de la población. El marco normativo del Estado Español, inspirado en las recomendaciones de Naciones Unidas y armonizado con la política social y económica de la Unión Europea, afronta el reto institucional que plantea el Estado de las Autonomías, ya que de ello depende el acceso equitativo de los ciudadanos y ciudadanas a los servicios y a las prestaciones sociales, y en general a los derechos sociales. La Comunidad Autónoma Canaria tiene asumida, de manera exclusiva, las competencias en materia de servicios sociales, y por tanto es responsable de la calidad de vida de los mayores, y particularmente de las mujeres, puesto que ellas son las protagonistas del “envejecimiento del envejecimiento”. El cuarto capítulo aborda la cuestión del envejecimiento demográfico, que a diferencia del envejecimiento biológico, es una tendencia reversible. A inicios del siglo XXI, España se presenta como uno de los países con mayor Índice de Modernización 26 Género y Tercera Edad en Canarias Demográfica (REQUÉS VELASCO y COS GUERRA, 2002), puesto que, aunque el país se adentró tardíamente en el proceso de Transición Demográfica ha evolucionado rápidamente. Un repaso a la natalidad, la mortalidad o las migraciones permite calibrar los sucesos demográficos que dibujan las dimensiones de tal envejecimiento en el Estado Español y en la Comunidad Autónoma Canaria. El quinto capítulo abre el análisis a los siguientes, en los que se tratará de manera específica la organización social levantada sobre la división sexual del trabajo, pues en él se aborda el análisis de la relación entre la edad, el sexo-género y el poder. El poder, entendido como la capacidad de imponer la voluntad, es considerado un atributo característicamente masculino cuya existencia, desde la Antigüedad, se asienta sobre unas bases patriarcales que han articulado un sistema de dominación legitimado en las diferencias sexuales, cuya erosión ha precisado de la organización de las mujeres en las filas del feminismo de la primera ola, y particularmente, de la segunda, bajo el lema de “lo personal es político”. Un repaso a la historia permite además especular con las cotas de poder asignadas específicamente a varones y mujeres según su edad. Recuperar el papel desempeñado por los ancianos y las ancianas en la historia occidental permite comprender que su ínfima presencia en los espacios de toma de decisiones actualmente es la lógica herencia del pasado. Un repaso que evidencia igualmente que ciertos episodios de violencia, que en la sociedad contemporánea aparecen incluidos bajo el rótulo de violencia doméstica (BAKER, 1975; EASTMAN, 1984; STEARNS, 1986; BENNETT, 1993) son manifestaciones del edadismo o violencia estructural, entendida como un conjunto de tópicos, prejuicios, estereotipos, tabúes y mitos que persisten en el imaginario social (TAMAYO, 1995), que operan en contra de la vejez y que hace a las mujeres más vulnerables, al ser susceptibles de una doble discriminación, por ser mayores y por ser mujeres. El género, que se construye sobre el cuerpo sexuado facilita, en primer lugar una identidad, sobre la que se definen las relaciones intergenéricas e intragenéricas; pero ante todo, el género es la base sobre la que se levanta la organización social que se apoya en la división sexual del trabajo. La organización social genérica es el orden resultante de establecer el sexo como marca para asignar a cada quien las actividades, funciones, relaciones y poderes específicos que marcan el curso vital hasta su final, y precisamente estos aspectos, separados a efectos analíticos, se abordan en los subsiguientes capítulos, sexto y séptimo. El sexto capítulo está dedicado al espacio de lo público, el especio de la producción. Separado aquí de lo privado a efectos analíticos, se entiende que es su interdependencia la que hace posible la sociedad misma. La división sexual del trabajo ha establecido un nexo entre el espacio público y lo masculino, y el espacio privado y lo femenino, y los ha dotado de una carga simbólica que está presente en los procesos de construcción de las identidades desde el nacimiento hasta la muerte y marca, en buena medida, las elecciones que establecen las diferencias en el acceso a los recursos materiales, afectivos, de tiempo y de otra índole disponibles en la última etapa del ciclo vital. En este capítulo se aborda, por tanto, lo relativo a educación, empleo y jubilación. Mientras que el séptimo capítulo se reserva al espacio de lo privado, el espacio de la reproducción. Un espacio que se construye sobre los ejes del amor y la sexualidad, la pareja, la maternidad/paternidad, y que en contrapartida a la jubilación se presenta caracterizado por “el nido vacío”. Estos espacios dan sentido a su vez a los dos capítulos siguientes, los que tratan de los dos pilares de la vejez: la familia y el Estado. En el capítulo ocho se aborda la institución familiar teniendo en cuenta que este grupo era hasta hace unas décadas el principal proveedor de seguridad, o al menos, un seguro contra la soledad; sin embargo, las transformaciones experimentadas por el modelo tradicional de familia española evidencian una evolución de la estructura de los hogares que señala la reducción del número medio de personas por hogar y revela una importante presencia de hogares unipersonales constituidos por mayores. Ello no quita que aunque no se conviva bajo el mismo techo, los contactos y satisfacciones que la familia brinda coexistan con fluidas prácticas de intercambio generacional, en ambas direcciones. Junto a la familia, la red social más amplia incluye a las amistades y la vecindad. Elementos, en ocasiones indispensables, para garantizar la calidad de la autonomía residencial, aspecto con el que se cierra el capítulo El capítulo nueve atiende a la situación económica de las personas mayores. La independencia económica se debe, en buena parte, a la articulación de un 27 Introducción Estado de Bienestar que ha posibilitado exorcizar la secular relación entre vejez y pobreza. En el caso del Estado Español, las pensiones de jubilación y especialmente el desarrollo de las pensiones no contributivas de la Seguridad Social, han contribuido a aminorar el peso de la pobreza severa en la tercera edad. Dado que el sistema se apoya en el origen profesional y el carácter eminentemente contributivo, son los hombres los que perciben mayoritariamente prestaciones sustitutivas del trabajo, mientras que las mujeres se incluyen principalmente en las de muerte y supervivencia, por lo que no son titulares de tales derechos y figuran en los niveles más bajos de las prestaciones. La importancia numérica de los/as mayores, los cambios de hábitos de la población española y la elevación de la renta media de las pensiones para una importante proporción de este sector de la población hace de éste un mercado apetecible para el capital, por ello se alude a la capacidad de consumo de las personas mayores en general y, en particular, al uso que hacen del tiempo libre y el ocio. El capítulo diez aborda la salud, uno de los aspectos que más preocupa a la población en general y que se alza como una de las principales preocupaciones de las personas mayores en particular. Se aborda en este capítulo, atendiendo a la marca de género, la propia percepción de la salud, los hábitos de vida saludables -realización de ejercicio, consumo de tabaco, ingesta de alcohol y alimentación-, la morbilidad diagnosticada, los problemas de salud, la toma de medicación y, por último, la discapacidad y la dependencia. El envejecimiento activo implica la mejora de la calidad de vida a través del proceso de optimización de las oportunidades de participación y seguridad, pero sobre todo de salud, para lo cual es indispensable la contemplación de hábitos saludables a lo largo de todo el curso vital En el capítulo once se trabaja la idea de que el envejecimiento es, efectivamente, un proceso de deterioro, progresivo e irreversible, pero que reviste cierta complejidad en la medida que en su vivencia intervienen factores de orden psíquico y, también, sociocultural. La autopercepción está mediatizada por nuestra cultura y sociedad; y es que los seres humanos somos por y a través de la mirada del otro. En el caso de las personas mayores, la consideración de los/as otros/as tiene un peso específico mucho mayor. La imágenes de la vejez que parecen circular en el imaginario social relacionan vejez con el declive físico y mental, al que se asocia también la enfermedad, la soledad o la tristeza. Sin embargo, la tercera edad es también sinónimo de salud, compañía y optimismo. Precisamente, este capítulo se cierra con la propuesta de un modelo que muestra cuatro trayectorias en la forma de afrontar esta etapa decisiva del ciclo vital. 1.1. estructura de la investigación. La hipótesis de esta investigación parte del supuesto de que, dado que las mujeres son más longevas que los hombres, es factible que en esta etapa de la vida puedan acceder a una autorrealización postergada, puesto que habiendo realizado o no trabajo extradoméstico, ya no están sometidas a la satisfacción de las necesidades familiares que han monopolizado buena parte de sus vidas, lo que les permite vivir la vejez de manera más satisfactoria que sus coetáneos. Al objeto de conocer si existe una vivencia diferencial de la vejez por sexo, esto es, de dilucidar si las mujeres realizan una mejor adaptación a esta etapa del ciclo vital o si, en cambio, reúnen tales condiciones que su vivencia de la tercera o cuarta edad es más desventajosa que la de los hombres, se procedió a diseñar esta investigación. A la hipótesis fundamental que sostiene que las mujeres, aún contando con más factores adversos, afrontan este período de forma más positiva, se unen otras dos subhipótesis, a saber: a) la realidad de las personas mayores dista de la uniformidad, y b) las experiencias biográficas se asemejan en función del sexo. La muestra se ha extraído de un universo constituido por la población canaria de mayores de sesenta y cinco años, de ambos sexos, que en el Censo de Población y Viviendas de 2001 supone un total de 204.006 individuos, el 12% de la población total. La determinación del tamaño muestral se he realizado asumiendo un error de muestreo de 3% dentro de un nivel de confianza de 95,5%, una proporción para datos globales de 0,5 (situación más desfavorable de p=q=0,5) y una prevalencia de la característica a estudiar de 12%. Una vez fijado el tamaño de la muestra (n = 1.066), el diseño muestral se realizó en dos etapas. En primer lugar, se procedió a un muestreo en el que las distintas islas se equipararon a conglomerados sobre los que se hizo una asignación proporcional óptima en 28 Género y Tercera Edad en Canarias base a las variables sexo y edad, dado que el tamaño de la muestra extraída pretendía ser proporcional a la variabilidad del fenómeno estudiado (Tabla I). Por un lado, resulta que la composición por sexo de la población canaria anciana, medida a través de la sex ratio (Rm ó relación de masculinidad), es de 76,4%; de modo que las mujeres representan el 57% de la población anciana, y el 67% de las personas de 85 años y más. La descomposición por sexo de la tercera edad es imprescindible para realizar un análisis de la vejez con perspectiva de género. Por otro lado, respecto de la edad, resulta que las personas de entre 65 y 74 años representan en el Censo de Población y Viviendas de 2001 más de la mitad de este sector de población (62%), las que pertenecen al grupo de edad de entre 75 y 84 años el 29% y, finalmente, las personas de más de 85 años el 9%. La importancia de esta agrupación, como recuerda GIL CALVO (1992), radica en que es necesario segmentar a la tercera edad para obtener de ella la mayor información posible de su situación. tabla i. tamaño muestral por isla. Isla Población Raíz Porcentaje Lanzarote 7.535 87 9,26 Fuerteventura 3.829 62 6,60 Gran Canaria 85.203 292 31,06 Tenerife 88.714 298 31,70 La Palma 13.685 117 12,45 La Gomera 3.302 57 6,06 El Hierro 1.738 27 2,87 Total 204.006 940 100 A continuación, de manera aleatoria se procedió a la selección de los distintos municipios, en los que se tomaron las unidades de referencia según el tamaño de hábitat y la tipología municipal, esto es, metropolitano, urbano, residencial, turístico y rural, siguiendo la clasificación de la “Encuesta de Condiciones Sociales” (ISTAC, 2001) e incorporando a esta herramienta aquellos municipios que a su vez son capitales insulares (Tabla II). Los distritos y secciones en los que se efectuó la selección final (Anexo II), igualmente, fueron extraídos aleatoriamente en base al Nomenclator Canarias (ISTAC, 1996). En segundo lugar, se procedió al diseño de la distribución por cuotas de edad y sexo que se entregaría a los/las encuestadores/as, quienes eran libres de elegir a los sujetos siempre que las encuestas fueran domiciliarias. El muestreo no probabilístico basado en cuotas hace que, satisfechas las exigencias prefijadas, el/la entrevistador/a privilegie los casos más accesibles. Esta dificultad se trató de salvar estableciendo una ruta y determinando las viviendas en las que localizar a los sujetos, que sólo se habrían rechazado si no cumplían con las cuotas. Obviamente ciertos individuos más reservados o inaccesibles por falta de movilidad habrán quedado subrepresentados. Iniciado el trabajo de campo y ante las dificultades para acceder a los/as mayores, bien porque sus familiares dificultaron el acceso, bien porque éstos/as se mostraron desconfiados/as ante los/as extraños/as, se admitió que los últimos individuos en cada cuota fueran seleccionados en lugares públicos como plazas o parques y, en menor medida, en Centros de día Metropolitano Capital insular Urbano Residencial Turístico Rural Más de 200.000 Las Palmas de G.C. De 100.001 a 200.000 Santa Cruz de Tenerife De 50001 a 100.000 Telde De 25.001 a 50.000 Arrecife Arucas Santa Lucía Arona De 20001 a 25.000 Puerto del Rosario Icod de los Vinos Tacoronte Adeje De 10.001 a 20.000 Sta Cruz La Palma Llanos de Aridane Santa Brígida Teguise De 5.001 a 10.000 San Sebastián Vega de San Mateo San Miguel Antigua Arico De 2.001 a 5.000 Valverde Breña Baja Tinajo Valleseco Menos de 2.000 Alajeró Betancuria tabla ii. Selección aleatoria de municipios según tamaño del hábitat y tipología municipal. 29 Introducción u otros Clubes de mayores, con la finalidad de no sesgar la muestra encuestando a quienes previsiblemente gozan de una buena salud comunitaria. Las Residencias de la tercera edad no fueron incluidas en las rutas dado que la investigación sólo toma en cuenta a las personas no institucionalizadas. Finalmente, con una tasa de pérdida de 1,8%, se realizaron 1.046 encuestas, ante la imposibilidad de localizar a una veintena de personas: diez en la isla de La Palma, ocho en isla de La Gomera y dos en la isla de Lanzarote. Las encuestas se realizaron entre los meses de mayo de 2005 y marzo de 2007, tras la ejecución de un pre-test. Para la conclusión del trabajo de campo fue preciso la intervención de un total de 25 encuestadores/as en las siete islas, a los/as que se bonificó por la realización de encuestas, así como del apoyo de una empresa de investigación de mercados en la Isla de Tenerife, esfuerzo al que se sumó para la finalización de la recogida de datos en las Islas de El Hierro y Lanzarote el de la persona que firma esta investigación, que a su vez supervisó el trabajo de campo y revisó la totalidad de los cuestionarios debidamente cumplimentados. Todas las personas que intervinieron en la recogida de datos habían recibido entrenamiento formal antes de cumplimentar el cuestionario. Semejante proyecto precisó de financiación externa y dado el volumen de gasto previsto se decidió, al inicio, contar únicamente con la base muestral de Gran Canaria. Durante el año 2005, el Programa de Mecenazgo Innova otorgó una ayuda para el proyecto de investigación “Género y Tercera edad en Canarias”, por importe de 3.000 euros, patrocinada por el Circulo de Empresarios de Gran Canaria. Finalmente, se decidió completar con las seis islas restantes la maqueta muestral, tras solicitar una nueva financiación. La Resolución nº 226, de la Directora del Instituto Canario de la Mujer, de 5 de septiembre de 2006, concedió una subvención directa a la Fundación Universitaria de Las Palmas por importe de 7.744,38 euros para el proyecto de investigación “Canarias. Perspectiva de género en la vejez” que permitió completar el trabajo de campo. Las variables utilizadas en el diseño de la encuesta (Anexo I) se agrupan bajo distintos ítems: 1.- Empleo y trabajo: trabajo remunerado, trabajo no remunerado, trabajo doméstico. Jubilación y “nido vacío”. 2.- Salud física y mental: problemas de salud, enfermedades crónicas, salud comunitaria: participación. Sexualidad. 3.- Capacidad funcional (necesidad de ayuda y cuidados): AVD (desempeñar con independencia) las actividad de la vida diaria; AVD - B básicas (autocuidado); AVD - I instrumental (más complejas, adaptarse al medio ambiente); otras actividades “de continuidad”. Cuidado de la dependencia. 4. Familia y entorno vital. Pareja, hijos/as y nietos/as. Solidaridad intergeneracional 5. Maltrato familiar e institucional. 6. Ingresos y capacidad de ahorro. Consumo. 7. Tiempo libre y ocio 8. Autoimagen y percepción de la vejez. Satisfacción vital. La información obtenida es amplia y diversa, pues hay bloques temáticos que a su vez contienen diferentes aspectos, que junto a las variables descriptivas sociodemográficas de clasificación y control, tocan más de un centenar de cuestiones. El estudio pretende ofrecer al menos dos niveles de análisis cuantitativo, uno descriptivo y otro explicativo. Para su realización se ha utilizado el paquete estadístico SPSS 15.0 para Windows ® 1) Nivel descriptivo Una vez validada la información, tras verificar la cobertura de la muestra real sobre la teórica y el grado de fiabilidad de las respuestas, se ha procedido a una primera salida de resultados: • Tablas de frecuencias y porcentajes. • Cruces de variables de contenido o análisis con las variables de clasificación y control. En estos cruces se ha comprobado la significatividad de las diferencias encontradas (Prueba del Chi-cuadrado, Coeficiente de contingencia, Phi y V de Cramer, Lambda, Gamma). Con los citados datos se ha realizado la descripción de las siguientes cuestiones: Características de la población mayor. Participación laboral (sujeta o no a cotización) Participación doméstica Estado de salud Capacidad funcional Solidaridad intergeneracional 37 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento significación a las distintas edades del ciclo vital, particularmente aquellas de interés en esta investigación -la tercera y la cuarta edadcon la finalidad de hacer explícita su moldeabilidad. Finalmente, se destacan las líneas de estudio más relevantes sobre los aspectos sociales del envejecimiento, producción teórica en la que se distinguen tres generaciones. La primera corresponde a las teorías más individualistas, la segunda a las más estructurales y la tercera es la que intenta reconciliar ambas posturas. A continuación se expone cómo los sexos han sido dotados de significado en nuestro entorno cultural, ya que se entiende que es un aspecto clave para comprender tanto las experiencias vivenciales de los individuos, como la misma organización social en la que se encuentran inmersos. Un repaso a la teoría feminista permite hacer un balance de cómo se han analizado esos significados o la función que cumple la construcción sexual de la realidad. En esta área de trabajo es quizás donde más se evidencia que el complejo de significados subjetivos que rodea al sexo y a la edad se acaba convirtiendo en facticidad objetiva. En este sentido, BERGER Y LUCKMANN (2003: 11) apuntan que “bastará con definir la “realidad” como una cualidad propia de los fenómenos que reconocemos independientes de nuestra propia volición -no podemos “hacerlos desaparecer”- y definir el “conocimiento” como la certidumbre de que los fenómenos son reales y de que poseen características específicas”. Desvelar lo que socialmente queda establecido como realidad para las personas que ahora vivencian la vejez es una tarea más que interesante, pues para los/as que acceden en este siglo a la tercera y la cuarta edad prácticamente no existen modelos definidos. 2.2. la construcción social etaria Situarse en un período u otro del ciclo vital es una cuestión de gran significatividad y trascendencia para cada individuo. El ciclo vital, entendido como proceso, supone la sucesión de funciones y posiciones sociales con sus correspondientes dosis de autoridad y poder. A cada período de la vida se le asocia una serie de prescripciones e incluso proscripciones sociales -variables en función del sexoque guardan relación con las expectativas y mandatos sociales. La “normalidad” califica como raras a aquellas personas mayores que muestran intereses egoístas, inician nuevas relaciones o articulan proyectos creativos, por ejemplo. Las exigencias de normalidad, en un entorno sociocultural patriarcal, se extreman ante las mujeres mayores. De partida, cualquier cohorte tiene una característica común: la edad, y ella indica las vivencias comunes y sus consecuencias a niveles educativos, ocupacionales o familiares -aspectos sobre los que se abundará en el capítulo 6y aunque tiene un indudable valor simbólico, lo cierto es que la edad no tiene por qué determinar la vida de las personas, y es eso precisamente lo que hace apasionante aproximarse a este grupo poblacional. Los períodos en los que se suele subdividir el ciclo vital no son estáticos. Al contrario, todos ellos han sido objeto de una gran flexibilidad en función de circunstancias o intereses concretos, de manera que se les han asignado distintas atribuciones o exigencias a lo largo de la historia y en diferentes culturas. El caso más ilustrativo de esa elasticidad es, a buen seguro, el de la infancia que en la actualidad goza de una alta consideración, un trato diferencial y una especial atención respecto a sus necesidades materiales, emocionales y afectivas. Sin embargo, el menor ha carecido históricamente de reconocimiento y protección jurídica (DELVAL, 1994; JIMÉNEZ MORAGO, OLIVA DELGADO y SALDAÑA SAGE, 1996). Niños y niñas han sido considerados tradicionalmente propiedad de sus progenitores y han compartido los mismos espacios que las personas adultas, tanto en el trabajo como en el juego. Una consideración diferencial de esta etapa de la vida comenzó a darse en el siglo XVIII (DE MAUSE, 1974). “La industrialización, la formación de las clases medias y la aparición de las instituciones de educación formal” fueron los elementos que hicieron cuajar el concepto de niñez (DEL CAMPO, 1982: 28), si bien no sería hasta los años sesenta del siglo pasado cuando el maltrato a los/as menores fue considerado una práctica abominable. En paralelo con los procesos de transformación económicos, gradualmente, hijos e hijas han pasado de conformar un recurso productivo en las sociedades preindustriales a ser considerados, en la sociedad industrial, un recurso de consumo4 y luego de inversión5. FLAQUER (1998: 100) ha puesto de relieve la pérdida de valor instrumental de los hijos/as para los padres, pues en las sociedades tradicionales eran medios para conseguir, entre otros fines, la perpetuación del nombre, mano de obra barata o una vejez exenta de preocupaciones económicas, mientras que en la sociedad actual “los hijos constituyen en general un fin en sí mismos”, pues su utilidad económica ha dejado paso a una utilidad fundamentalmente afectiva. 38 Género y Tercera Edad en Canarias El caso de la juventud resulta acaso más ilustrativo, pues los valores asociados a ella se han considerado tradicionalmente “de pasaje”, de tránsito a la vida adulta; de hecho, se consideraba adolescencia “la etapa de la vida que se inicia con la pubertad -la madurez fisiológicay termina cuando se alcanza el status social de adulto” (CORBELLA ROIG y VALLS LLOBET, 1989: 5). En la actualidad, sin embargo, el final de la adolescencia se ha disuelto en el período de la juventud, y éste a su vez se ha desdibujado en virtud de la dilatación del período de formación, de las dificultades para una inserción no precaria en el mercado laboral y de los costos de la vivienda, y en fin en el proceso para acceder a la autonomía social y familiar. La flexibilidad en esta etapa llega a tal punto que el proceso de adquisición de la autonomía que da paso a la vida adulta se retrasa cada vez más, de manera que el concepto juventud, más que como un identificador de un grupo social, se ha convertido en “un descriptor de un proceso social: el proceso social de transición de la adolescencia a la vida adulta” (PLANAS, CASAL, BRULLET y MASJUAN, 1995: 10). La Organización Mundial de la Salud (OMS, 1986) ha fijado la adolescencia entre los diez y los diecinueve años, con un período de preadolescencia y otros de postadolescencia que llega hasta los veinticuatro. En el proceso de acotación, la juventud ha logrado alcanzar una especial valoración que -como se señaló anteriormentese manifiesta en el “culto al cuerpo” y trasciende más allá para llenar de rostros y cuerpos juveniles cualquier plano o escaparate de la sociedad de la imagen. La elasticidad que ha caracterizado al ciclo vital en la historia retoma actualmente importancia, pero esta vez por motivos novedosos y vinculados no sólo con la longevidad, sino con las condiciones en las que se vive la misma. La vejez, en términos legales y estadísticos, se inicia a los 65 años. Ésta es la edad en la que se fijó la condición para acceder a la pensión de jubilación en la Alemania de Bismark, pionera en la articulación de la Seguridad Social. Inicialmente el requisito se había situado en los 70 años, pero luego se rebajó y desde entonces, hace ya casi cien años, se ha mantenido esa edad. En España esa fue igualmente la edad que fijó el Retiro Obrero Obligatorio en 1919, y que concebía la vejez una “invalidez por edad” (MTAS, 1995). Tal edad legal no se apoya en criterios médicos o demográficos, pero etiqueta como mayores a todas las personas que la superan y crea respecto de ellas una representación social en la que súbitamente parecen desaparecer las biografías personales que les hacen tan diferentes entre sí como lo son la personas de cohortes más jóvenes. Es más, lo más probable es que las diferencias entre los individuos se incrementen a medida que pasan los años y no al contrario, cumplir tal o cual edad no implica la convergencia en creencias, actitudes, deseos y proyectos. “Dos personas de 80 años son mucho más distintas entre sí que otras (dos) de 10 o 40 por la simple razón de que aquellos han vivido más años y en situaciones más diversas” (RIERA, 2005: 106). Más allá de las disparidades que marcan las trayectorias vitales, fisiológicamente una persona de más de sesenta y cinco años no sólo es diferente de otra de su misma cohorte, sino que es lo es aún más de otra persona de la misma edad perteneciente a las generaciones precedentes. La idea de diferenciar a los viejos más jóvenes de otros más ancianos ha dado pie a creación de una nueva etapa en el ciclo vital: la cuarta edad, en la que se encuadran aquellas personas que han rebasado los ochenta años. Desde 1948, la cuestión de las “personas de edad” ha estado presente en el seno de las Naciones Unidas, de modo que mediante la resolución 213 (Doc A/C.3/213 Rev.1) se aprobó el “Proyecto de Declaración de los derechos de la vejez”. Sin embargo, no fue hasta 1977 cuando el envejecimiento se abordó de manera directa. El organismo multilateral ha establecido los sesenta años como la edad preceptiva para acceder a la categoría de “personas de edad”, si bien en los noventa admitió la conveniencia de definir un subgrupo dentro de este sector de población, el de la citada “cuarta edad” para las personas de ochenta años y más. La Unión Europea mantiene, sin embargo, los 65 años como el momento de acceso a la tercera edad a efectos estadísticos. Ahora bien, una nueva categoría, la de los supercentenarios, despunta en los foros de investigación del envejecimiento (GÓMEZ REDONDO, 2006). En la década de los noventa, aunque habría aflorado tímidamente en los setenta, aconteció en España un fenómeno sin precedentes históricos cual era el crecimiento del número de personas que superan los 100 años. En el Censo de Población y Viviendas (INE, 2001) figuran 4.218 personas de 100 o más años, el 0,01% de la población española, de las que un 78% son mujeres. Contrariamente a lo que sucedido con los valores asociados a la infancia o la juventud, los asociados 39 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento a la tercera o cuarta edad, parecen haber seguido un camino inverso pues se apoyan -como se apuntó en la introducción de este capítuloen una visión estereotipada que generalmente relaciona ancianidad con fealdad, enfermedad, soledad, abandono y tristeza, y casi inevitablemente cataloga a los individuos que pertenecen a estas categorías como grupos problema. La división del ciclo vital en períodos marcados por la edad se encontraba presente ya en la Grecia Antigua. MINOIS (1987: 83) apunta que PITÁGORAS fue uno de los primeros que elaboró una teoría de las etapas de la vida de modo que, siguiendo las estaciones, dividió “la vida en cuatro partes de veinte años cada una: la infancia - primavera (de cero a veinte años), la adolescencia - verano (de veinte a cuarenta años), la juventud - otoño (de cuarenta a sesenta años) y la vejez - invierno (de sesenta a ochenta años)”. En el mundo romano, las diversas etapas de la vida ya se encontraban perfectamente perfiladas, como señalan MEDEROS y PUENTE (1996: 9) “había en primer lugar la infantia (palabra cuya etimología latina -infans-) significa que todavía no habla, y que se atribuía, por tanto, a los dos primeros años de vida del niño; a continuación pueritia o adolescentia que, en una proporción que tal vez hoy no resulta excesiva, se prolongaba hasta los 28 años de edad; posteriormente la iuventus, que abarcaba desde los 28 hasta los 50 años; la virilitas (de 50 a 60 años), y por último, la senectus, etapa considerada, sin ningún umbral de término, a partir de los 60 años”. DEL CAMPO (1982: 27) recoge la clasificación de siete edades de Shakespeare, que difiere de las divisiones corrientes que establecen tres o cuatro, pues junto a la infancia, la edad escolar, la “sexta edad” y la decrepitud, coloca también los papeles de enamorado, soldado y juez, “que hace referencia metafóricamente a la dimensión que subyace al sistema de gradación de las edades en las diferentes sociedades, esto es, al tiempo social”. Dada la prolongación actual de la última etapa del ciclo vital, es posible establecer en ésta una subdivisión compleja como la que sugiere ARAGÓ (1985) quien distingue entre la “tercera edad” que abarca desde los 65 años, momento en que comienza la jubilación hasta la siguiente; la “ancianidad”, entre 70 y 75 años, caracterizada por las claras limitaciones físicas y cambios sustanciales en las relaciones familiares y sociales; la “última senectud”, desde los 80 años, momento en que se experimentan limitaciones de todo tipo; y “cuarta edad”, a partir de los 90 años, en la que aparece un mayor deterioro y se siente la proximidad de la muerte. El envejecimiento -como se señaló previamenteno es más que un fenómeno al que se somete todo organismo desde el momento de su nacimiento y que conlleva una pérdida progresiva de la capacidad de adaptación a las demandas del medio. En las sociedades humanas, sin embargo, este fenómeno se convierte en un complejo bio-psico-socio-cultural, que lleva asociadas elaboraciones mentales, sociales y culturales. Es por ello que la vejez no puede ser tratada como un fenómeno de una sola dimensión. Medicalizar el envejecimiento, por ejemplo, supondría atender únicamente a los aspectos fisiológicos del mismo y olvidar las construcciones psíquicas realizadas por los individuos a partir de la percepción de la realidad social, así como las posibles identidades socioculturales normadas en esa realidad. Aunque biológicamente el envejecimiento se concreta en una serie de transformaciones del organismo que modifican el estado de salud y limitan las capacidades físicas o psíquicas del individuo -transformación degenerativa o desgasteel paso del tiempo no sólo no sigue los mismos procesos en las personas, sino que ni siquiera los sigue en los órganos o tejidos de un mismo individuo. Hay personas mayores que precisan de ayuda para realizar ciertas actividades instrumentales como subir o bajar las escaleras o hacer tareas domésticas, e incluso otras que precisan ayuda en actividades básicas de la vida diaria como comer, asearse o ir al servicio, en cambio otras muchas no la precisan en absoluto. MISHARA y RIEDEL (1986) diferencian claramente dos tipos de edades. La cronológica en primer lugar, que deriva de la fecha de nacimiento y, en segundo la biológica, que responde a los procesos bioquímicos que experimenta el cuerpo. La cronológica podría actuar como un indicador para establecer la edad de un ser humano de manera objetiva. La biológica, a diferencia de ésta, hace referencia a los cambios físicos experimentados gradualmente en el organismo, que se inician en torno a los 30 ó 35 años, pero a los que no se suele prestar atención en tanto que no comprometan las actividades cotidianas. A estas dos edades, los autores suman aún un tercer y cuarto tipo: la psicológica y la social. La edad psicológica y emotiva guarda relación con otros dos cambios: los cognitivos, es decir, los que afectan tanto a la manera de pensar como a las capacidades, y los que conciernen a la afectividad y a la personalidad. A menudo, factores como la capacidad de resolver problemas o la de adaptarse a cambios y pérdidas son importantes predictores de 40 Género y Tercera Edad en Canarias un buen envejecimiento. Durante el proceso algunas otras capacidades, como la memoria o la velocidad de aprendizaje, pueden disminuir a consecuencia de la edad, pero a menudo el declive en el rendimiento cognitivo viene aparejado a factores que no están relacionados estrictamente con la edad como el desuso o la falta de práctica; la presencia de enfermedades; factores conductuales como el consumo de alcohol y/o medicamentos o a factores como la falta de motivación, las bajas expectativas, la falta de confianza, el aislamiento o la soledad. En la edad psicológica, generalmente los cambios no ocurren aisladamente, sino aparejados a experiencias complejas en el seno del medio social, como la jubilación o la muerte del cónyuge. Finalmente, la edad social guarda relación con los valores y las tradiciones socioculturales que determinan en gran medida la forma en que una sociedad dada considera a las personas mayores, de uno u otro sexo, y al proceso de envejecimiento. La fijación de una edad en la que se determine la entrada en la vejez o edad legal, como ya se ha puesto de manifiesto, es algo totalmente arbitrario y está en función de criterios demográficos, económicos, educativos o culturales. La célebre barrera de los sesenta o los sesenta y cinco años es aquella por la que hombres y mujeres, activos o no, pasan a ser categorizados como personas de la tercera edad, mayores, ancianos/as, senectos/as o viejos/as. Una edad legal en la que, independientemente de las capacidades, un individuo ha de retirarse del mercado de trabajo. Tal artificialidad, extendida en los países occidentales mientras en otros se es productivo/a hasta que se agotan las fuerzas, está en revisión –como ya se ha puntualizadopor cuestiones estrictamente económicas. Una artificialidad que se basa en una concepción productivista de nuestras sociedades que deja a las personas que expulsa del mercado al final de su vida laboral, así como a quienes no han accedido a él, como improductivas e incapaces. Precisamente es la relación con ese mercado el punto sobre el que gravitarán las diferencias entre la mayor parte de las -actuales y futurasmujeres mayores que han envejecido sin cotizar para causar una pensión propia y aquellas otras que, cada vez en mayores proporciones, saldrán del mercado laboral al finalizar su vida laboral, como lo hacen en la actualidad la práctica totalidad de los hombres. En todo caso, esta barrera legal apunta que, salvando el peso de lo biológico, muchas de las dolencias que puede aquejar este sector de población podrían tener una raíz psicológica o social, si el exceso de tiempo libre o la soledad se miran a través de semejante filtro. Pasar esa línea imaginaria, en la que supuestamente comienza el desgaste, puede acelerar el deterioro si uno/a se percibe como “un viejo/a más”, pues sea cual sea el concepto con que se categorice a la vejez, lo cierto es que suele despertar sentimientos de pesar por las pérdidas asociadas a la juventud entre los sujetos de todas las edades que a ella se refieren. La cotidianeidad muestra, sin embargo, como la superación de esa edad legal en perfectas condiciones físicas y mentales es cada vez más frecuente, por lo que se comienza a evidenciar una disociación entre la imagen de la vejez y los estados de decrepitud que parecen desplazarse más allá de los 80 años, hacia esa nueva categoría de cuarta edad. Los avances médico-sanitarios y una mejora espectacular de la calidad de vida, para unas cohortes que vivieron la crudeza de las guerras y posguerras del siglo XX, han permitido retrasar el incremento de la morbilidad y la dependencia invalidante, al menos, quince años. Esta circunstancia, unida a la movilidad que caracteriza las acotaciones de las edades, propician que se baraje, en distintos países europeos, la posibilidad de adelantar o retrasar esa barrera legal. La primera medida, esto es, la prejubilación, ha sido reprobada en la Unión Europea que prefiere el retraso de la edad de jubilación; en realidad ambas tendencias conviven en la práctica. En 2007, por ejemplo, las dos cámaras legislativas alemanas resolvieron la aprobación de la elevación, de forma progresiva, de la edad de jubilación de 65 a 67 años, en medio de declaraciones gubernamentales que alertaban sobre el envejecimiento del país y las bajas tasas de natalidad, mientras se registraban manifestaciones contrarias de los sindicatos alarmados por las tasas de desempleo y la dureza de algunos trabajos destinados a mayores (COMAS, 2007: 79). Unos acontecimientos que se sucedían mientras las empresas continuaban reduciendo plantillas mediante planes de jubilación anticipada. En Europa las autoridades, los sindicatos y las empresas dibujan dos escenarios muy diferentes respecto a qué se entiende por ser productivo más allá de la tercera edad. El escenario del retiro prematuro, frecuente en el pasado y vigente aún, comienza a difuminarse ante las recomendaciones de la Unión Europea para afrontar el envejecimiento de las sociedades y sus costos. La finalidad de la rebaja de la edad legal de retiro ha sido hasta ahora la de solventar los problemas 41 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento de desempleo, racionalizar los gastos de personal o posibilitar la adaptación/sustitución por nuevas tecnologías. Dado que la prejubilación no existe en el ordenamiento jurídico español se carece de datos oficiales al respecto, pero la Seguridad Social registró en 2007 un total de 96.040 jubilaciones anticipadas, un 2,3% menos que en 2006 (PASCUAL, 2008), siendo ésta la primera vez, desde 2003, que disminuyó el número de trabajadores que se jubila antes de cumplir los 65 años. Miles de personas que pasan a engrosar una nueva categoría del ciclo vital, la de los/as jóvenes-viejos/as. El otro escenario, con el telón de fondo de las preocupaciones en esta materia, se ha levantado sobre la medida contraria, la que contempla la prolongación de la vida laboral de las personas mayores de sesenta años y el retraso de su salida del mercado laboral, abriendo paso a una nueva categoría más: viejos/as jóvenes. El retraso de la salida de la vida laboral reducirá la necesidad de sostener un número creciente de personas que perciben pensiones por un creciente número de años. En España, la edad media de jubilación se sitúa actualmente en 63,6 años (Tabla 1), y es un poco más tardía para las mujeres. tabla 1. evolución de la edad media de entrada en la jubilación, 2006-2008 2006 2007 2008 Mujeres 63,86 63,90 63,92 Hombres 63,30 63,43 63,54 Total 63,47 63,57 63,66 Elaboración propia. Fuente: Gobierno de España (2008). Anexo VIII al Informe de Estrategia de Pensiones 2008-2010 El concepto de “envejecimiento activo” de Naciones Unidas (OMS, 2002: 12) se presenta frecuentemente como el ideal para hacer frente al envejecimiento de las personas y los pueblos. El concepto alude a “el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad para mejorar la calidad de vida de las personas de edad”, incluye expresamente la idea permanecer físicamente activo o participar en la mano de obra. Ahora bien, el disfrute por ambos sexos de un “envejecimiento activo” no está plenamente garantizado para las mujeres, en tanto que no habiendo equiparado sus tasas de actividad u ocupación con las del resto de la población, son susceptibles de no gozar, por ejemplo, de seguridad financiera en la vejez. La consideración del sexo como uno de los elementos transversales, junto a la cultura, para la comprensión del envejecimiento activo en las distintas sociedades trata de conjurar por parte del organismo multilateral las dificultades que implica dar contenido a ese concepto. El envejecimiento activo se presenta como una idea progresista, pero que requiere sortear la persistencia de la discriminación en el empleo, a causa del sexo, la edad o una combinación de ambas variables en el curso vital. En 2007, de los 52,5 millones de personas con edades comprendidas entre los 55 y los 64 años, en la UE-25, sólo el 22,2% se encontraban ocupadas, 1,6 estaban desempleadas y 28,5 inactivas económicamente, de modo que las tasas de actividad europea y española para las personas de 55 a 64 años son muy bajas, particularmente entre las mujeres (Tabla 2). Ello expone a estas personas a la discriminación y menor disponibilidad de recursos y oportunidades a la hora de disfrutar de la salud, la participación y la seguridad en la tercera edad. tabla 2. tasa de actividad de los/as mayores en europa, 2007 De 50 a 54 años De 55 a 64 años (%) (%) UE-25 72,3 42,3 UE-15 74,0 43,9 España 65,8 43 Elaboración propia. Fuente: Cinco días. (2007). Economía, enero 2007. La tendencia, en todo caso, señala que la consideración de “ser mayor” acabará desplazándose hacia lo alto del ciclo vital ante la necesidad de contrarrestar los costos del bienestar de un mayor número de pensionistas cada vez más longevos/as. En el “Consejo Europeo de Barcelona” (SN 100/02) no sólo se acordó que deberían reducirse los incentivos a la jubilación anticipada y hacerse esfuerzos por aumentar las oportunidades para que los/as trabajadores/as de mayor edad continuaran en el mercado laboral, si no que se concretó que para 2010 se debería elevar progresivamente, en torno a 5 años, la edad media en que se produzca el cese efectivo de la actividad. 42 Género y Tercera Edad en Canarias En Francia, desde 2003, se han registrado protestas ante la propuesta de alargamiento de la vida laboral de los 40 a los 42 años para percibir una pensión completa y en Austria, el país con el porcentaje de PIB más alto en el pago de pensiones (14,5% en 2003), contra la intención de retrasar la edad desde los 59 y los 57 años para hombres y mujeres, respectivamente, a los 65, y elevar de 40 a 45 años el tiempo de cotización para causar el derecho a una pensión completa (BBC, 2003). En ese año, Italia diseñó un Proyecto de ley que entró efectivamente en vigor en 2008, para retrasar la jubilación de los hombres de 57 a 65 años y la de las mujeres de 57 a 60 años, de igual modo que aumentó a 40 en lugar de 37 el número de años de cotización que permiten jubilarse (ABC, 2003). En el Estado Español, la flexibilidad se impuso con la “Ley 35/2002, de 12 de julio, de Medidas para el establecimiento de un sistema de jubilación gradual y flexible” (BOE 167, 13/07/2002), que modificó la regulación de la pensión de jubilación al objeto de que no impidiera una presencia social activa. Tres fueron los argumentos esgrimidos para introducir los criterios de gradualidad y flexibilidad: la repercusión en la autoestima del trabajador, los efectos positivos sobre el sistema de pensiones, y la posibilidad de brindar al conjunto de la sociedad el aprovechamiento de la experiencia y los conocimientos de los trabajadores de más edad. Las modificaciones legales han supuesto, en primer lugar, la reforma de la regulación de la jubilación parcial, de manera que es compatible el percibo de una pensión de jubilación y el desarrollo de actividades laborales. En segundo lugar, la exoneración del pago de cotizaciones sociales por contingencias comunes, salvo los casos de incapacidad temporal, correspondientes a los trabajadores de sesenta y cinco o más años, que acrediten treinta y cinco años efectivos de cotización, y decidan voluntariamente la continuación o la reiniciación de su actividad laboral. En tercer lugar, la introducción de previsiones que posibiliten que el porcentaje aplicable a la base reguladora de la pensión de jubilación pueda superar el 100 por 100, respecto de aquellos trabajadores que permanezcan en activo más allá de los sesenta y cinco años de edad y acrediten un mínimo de treinta y cinco años de cotización. Junto al objetivo de propiciar la permanencia en la actividad, la Ley recoge el propósito de reformular las condiciones de acceso a la jubilación anticipada, de manera que, por un lado se mantenga en su regulación actual el acceso a la jubilación a partir de los sesenta años, por aplicación de derecho transitorio, y por otro puedan acceder a la jubilación anticipada, a partir de los sesenta y uno, los trabajadores afiliados con posterioridad a 1 de enero de 1967, siempre que reúnan ciertos requisitos, como un período mínimo de cotización de treinta años, involuntariedad en el cese, inscripción como desempleado por un plazo de, al menos, seis meses o inclusión en el campo de aplicación de determinados regímenes del sistema de la Seguridad Social. En ambos supuestos se ha de proceder a la equiparación de los coeficientes reductores aplicables por razón del anticipo de la edad de jubilación. En el supuesto de extinción de contratos de trabajo derivados de un expediente de regulación de empleo, promovido por empresas que no se encuentren incursas en un procedimiento concursal, se acordó que deberá llevar aparejada la obligación de abonar las cuotas destinadas a financiar un convenio especial con la Tesorería General y hasta la edad de sesenta y cinco años, cuyo coste deberá ser soportado por empresarios/as y trabajadores/as. Por último, como un elemento más para el fomento del empleo y para desincentivar el acceso a la jubilación en edades anticipadas, la Ley recoge también un nuevo régimen de bonificaciones o reducciones graduales, que podrían llegar hasta el 100 por 100 de la aportación empresarial en la cotización por contingencias comunes. A consecuencia de ello, la Seguridad Social confirmó que en 2007 repuntó un 4,2% el número de nuevas altas de jubilación de trabajadores/as con 65 años y más, al igual que creció el número de cotizantes al sistema de mayores de 65 años que sigue trabajando una vez cumplida esa edad (PASCUAL, 2008). Los escenarios de futuro, ante esta nueva situación de jubilación a la carta, guardan relación con los cambios que se introduzcan en la concepción del trabajo y su valor, del par Estado-mercado, y de la cohesión social. En un futuro más o menos próximo acaso la vejez acabe por situarse en la cuarta edad. Los 80 es una edad a la que habitualmente acceden personas cuya valoración del estado de salud es buena, dado que son las personas más resistentes de sus cohortes, lo cual no excluye que sean proclives a padecer una o varias enfermedades tal vez de evolución progresiva, de tendencia a la cronicidad o con escasas posibilidades de curación. El paso del tiempo o la enfermedad puede colocar a estas personas, mayoritariamente mujeres, en una situación de cierta vulnerabilidad, si como resultado de una vida de 43 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento supuesta inactividad económica o desocupación laboral, poseen insuficientes recursos materiales o viven solas como resultado de su longevidad. Sea como fuere, lo cierto es que en la actualidad es posible disociar definitivamente el envejecimiento de la senescencia6. PALLARÉS CARRATALÁ (2003: 51) sostiene que “existe una regla (ya clásica) denominada de los tercios que intenta explicar la senescencia: un tercio de la decadencia se debería a la enfermedad, otro tercio al desuso y el otro tercio al deterioro orgánico primario”. Obviamente no es posible actuar sobre el envejecimiento, por más que se trate de combatir artificiosamente, porque el paso del tiempo es inexorable, pero es posible y deseable actuar sobre la senescencia a través de la adopción de estilos de vida saludables a lo largo del ciclo vital tales como la supresión de hábitos tóxicos, la realización de ejercicio físico y el seguimiento de una nutrición equilibrada. El cada vez más largo tránsito hacia la vejez supone, indudablemente, un esfuerzo adaptativo por las limitaciones que marca el cuerpo, por la necesidad de elaborar una concepción respecto de esta etapa de la vida y/o por la necesidad de valorar la que la sociedad otorga. Actividad, productividad, independencia, fortaleza o salud son factores sobrevalorados en la sociedad y que evidentemente se oponen a aquellos que se asocian a la tercera o cuarta edad: inactividad, improductividad, dependencia, fragilidad, y en algunos casos, decrepitud. ORTEGA Y GASSET (1984: 266) expresaba apesadumbrado que “en las generaciones anteriores la juventud vivía preocupada de la madurez. Admiraba a los mayores, recibía de ellos las normas -el arte, la ciencia, política, usos y régimen de vida-, esperaba su aprobación y temía su enojo. Sólo se entregaba a sí misma, a lo que es peculiar de tal edad, subrepticiamente y como al margen. Los jóvenes sentían su propia juventud como una trasgresión de lo que es debido. Objetivamente se manifestaba esto en el hecho de que la vida social no estaba organizada en vista de ellos […] El cambio acaecido en este punto es fantástico. Hoy la juventud parece dueña indiscutible de la situación, y todos sus movimientos van saturados de dominio. En su gesto transparece bien claramente que no se preocupa lo más mínimo de la otra edad. El joven actual habita hoy su juventud con tal resolución y denuedo, con tal abandono y seguridad, que parece existir sólo en ella. Le trae perfectamente sin cuidado lo que piense de ella la madurez; es más: ésta tiene a sus ojos un valor próximo a lo cómico. Se han mudado las tornas. Hoy el hombre y la mujer maduros viven casi azorados, con la vaga impresión de que casi no tienen derecho a existir. Advierten la invasión del mundo por la mocedad como tal y comienzan a hacer gestos serviles”. En la historia de la humanidad, despreciada o admirada, lo cierto es que la juventud fue siempre preferida a la vejez. MINOIS (1987: 395) afirma que “desde los comienzos de la historia, los viejos echan de menos su juventud y los jóvenes temen la llegada de la vejez. La vejez es para la cultura occidental un mal, una imperfección, una edad triste que prepara la llegada de la muerte. Incluso esta última es considerada a menudo con más simpatía que la decrepitud, ya que significa liberación”. La adoración a lo juvenil, sublimada en la sociedad contemporánea, se suma al desarrollo de las tecnologías y las comunicaciones, y en general, a las intensas transformaciones sociales acaecidas en las últimas décadas, para incidir en la pérdida de importancia que se presta a la experiencia acumulada, mientras se crean nuevos roles que tornan obsoletos los de las personas ancianas, de modo que, ante la aparición de los signos de envejecimiento muchas mujeres y, cada vez más muchos hombres, se ven abocadas/ os a seguir una vida más activa, más enérgica, más juvenil, en un intento por alejar temores, sortear las descalificaciones o el apartamiento. La proliferación de la literatura que invita a conocer cómo vivir una vejez feliz o de un emergente mercado que ve en este sector de la población un potencial consumidor respondería a esa necesidad de presentar como positiva esta etapa de la vida. Incluso la prensa, el cuarto poder (BURKE, 1774 citado en SCHLOSSER, 1997), periódicamente recurre a suplementos dedicados a la belleza, al cuerpo o a exorcizar el miedo a la edad, bajo títulos como “El imperio del cuerpo” o “El valor de la edad” (El País, 2006). Sin embargo, no debe perderse de vista que una ancianidad dedicada al desarrollo personal, al consumo, al ocio y a adoptar estilos de vida juveniles está más al alcance de quienes disponen de un buen nivel de renta o de buena salud. Se considere una carga o una fuente de negocio, la uniformidad es acaso el estereotipo que más negativamente afecta a la vejez. La consideración de la población anciana como un todo homogéneo, minimiza las particularidades y diferencias, en un momento de tránsito hacia una de las principales etapas del curso de la vida individual, la última, la antesala 44 Género y Tercera Edad en Canarias de la muerte. Etapa que necesariamente está condicionada por las circunstancias que afectaron la biografía personal, y que por tanto ha de suponer situaciones, atenciones y demandas diferenciadas. En este sentido, LEHR (1991) sostiene que la vejez se define socialmente y el envejecimiento es, sobre todo, un proceso individual; mientras FERNÁNDEZ BARRERA y PÉREZ SALANOVA (1994) precisan que la vejez, como proceso, depende y se define frente a las demás etapas de la vida, y que en el resultado intervienen combinados de forma diferente la herencia genética, el estado de salud, el estatus socioeconómico, las influencias sociales de la educación, la ocupación ejercida, las diferencias por cohorte y la personalidad. En esta investigación se pretende constatar además que la mayoría de las variables que se toman habitualmente en consideración están a su vez influidas por el sexo-género. 2.2.1. la gerontología Social El término Gerontología, que la Real Academia Española (2001: 1.134) define como la “ciencia que trata la vejez y los fenómenos que la caracterizan” fue acuñado, a principios del pasado siglo, por METCHNIKOFF (1903) al estudiar el envejecimiento celular desde la biología. Las reflexiones sobre la vejez, sin embargo, son tan antiguas como la Filosofía misma. En el pensamiento clásico ya se encuentra representada la visión positiva de la vejez defendida por PLATÓN (390-370 a.C.) y contrapuesta a la negativa encarnada por ARISTÓTELES (348-322 a.C.), para quien la vejez era en sí misma una enfermedad. Una contraposición de la que serían herederos HOMERO y CICERÓN, si bien la aristotélica fue la herencia que perduraría en el pensamiento europeo. Aunque la Edad Media marcó el inicio, en el siglo XVII se encuentran los antecedentes remotos de la Gerontología Social pues la obra de BACON (1623) vaticinaba que la vida se prolongaría en el momento en que las condiciones médico-higiénicas mejorasen. En el XIX, las reflexiones sobre la materia recibieron un impulso de la mano de QUETELET (1835), GALTON (1883) y HALL (1922). FERNÁNDEZ BALLESTEROS (2000: 33) considera que “la historia reciente de la Gerontología científica” se inaugura con COWDRY (1939) quien incorpora aspectos psicológicos y sociales al tratamiento de las condiciones médicas y físicas del envejecimiento. En el Estado Español, el I Congreso sobre Gerontología se celebró en 1950, pero no fue hasta las últimas décadas del siglo pasado cuando tuvo lugar el desarrollo de la Gerontología Social entendida como el estudio de los aspectos sociales del envejecimiento. Inicialmente, y debido a la centralidad del estudio de las condiciones patológicas de la vejez, se apreciaban tintes de negatividad hasta que fueron desplazados por el énfasis en los aspectos positivos. En líneas generales se establecen tres etapas en la generación de las teorías gerontológicas. La primera corresponde a las “teorías adaptativas” centradas en el individuo y en las relaciones de éste con la sociedad. La segunda generación se refiere a las “teorías estructurales” sobre la modernización, basadas fundamentalmente en la sociedad del trabajo. La tercera generación contiene los enfoques más recientes que intentan reconciliar ambas posturas, esto es las más individualistas con las estructurales, dando lugar a lo que se ha dado en llamar “economía moral”. 2.2.2. a. primera generación, las teorías adaptativas La primera generación, emergió en los años sesenta y setenta, en un momento de predominio del análisis funcionalista, de modo que la atención se centró en la capacidad de interacción del individuo con su medio social. La línea predominante concibió el envejecimiento como una forma de ruptura social y, consecuentemente, como una pérdida progresiva de funciones sociales. Es comprensible pues que EINSENSTADT (1956) caracterizara la ancianidad en las sociedades industriales como prisionera en un “rol vacío de roles” y BURGESS (1960) denunciara la falta de roles asignados socialmente a la ancianidad y la ambigüedad de los que se le reservan. Dos de las teorías más relevantes para la Sociología del envejecimiento se enmarcan en este paradigma y son, por un lado, las teorías de la desvinculación y algunas elaboraciones cercanas, como la teoría de la subcultura y la teoría del grupo minoritario y, por otro lado, las teorías de la actividad próximas a la teoría de la continuidad y la teoría del medio social. La “Teoría de la desvinculación”, una de las primeras teorías sociológicas sobre el envejecimiento, fue formulada por CUMMING y HENRY (1961). Sostiene que para que una sociedad se mantenga estable es necesario que las personas que en un futuro inmediato van a ser incapaces de realizar satisfac- 45 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento toriamente sus tareas sean reemplazadas por otras más jóvenes, de tal manera que dichas tareas sean desempeñadas con las mínimas interrupciones posibles. Esta estrategia se presenta como más necesaria en sociedades dinámicas en las que los jóvenes cuentan con una mayor cualificación o una formación más apropiada. Si bien, el retiro se estima adecuado para ambas partes, puesto que las personas que envejecen se ven liberadas de la tensión del trabajo mientras se dedican a otras actividades de su libre elección. Este análisis considera que el envejecimiento conlleva irremediablemente una merma de la interacción entre quien envejece y quienes se encuentran en su entorno social, pues el individuo deja poco a poco de mezclarse en la vida de la sociedad que a su vez le ofrece cada vez menos posibilidades de todo tipo. La muerte se convierte así en una experiencia menos traumática, asumida lentamente por la persona anciana, mientras la familia y las personas cercanas disponen de la posibilidad de buscar una sustitución para las funciones que no se van a desempeñar y de reorganizar posiciones, tareas y roles. En similares términos se expresa ANDERSON (1972) al aludir a la “Desaparición social de las personas ancianas” por la que sostiene que cuando las personas ancianas eran minoría podían ser asimiladas por la sociedad, pero que al incrementar su número y proporción quedan sin funcionalidad social, de modo que las personas mayores realizan un recorrido por el cual son expulsadas de la cultura, a través de aceptaciones conscientes o inconscientes, en un proceso inverso al enculturativo de la niñez. Ambas posiciones teóricas parecen obviar el intenso flujo de servicios que mantienen muy saludables las relaciones intergeneracionales -como se pone de manifiesto en el capítulo 7-. Próximas a las teorías de la desvinculación, por la consideración de las personas ancianas como un grupo sometido a la ruptura, se encuentran la de la subcultura y la del grupo minoritario. La “Teoría de la subcultura”, formulada por ROSE (1965), argumenta que las personas ancianas forman un grupo social distinto por sus características comunes y su aislamiento, de modo que la “subcultura de la edad” posee los rasgos de cualquier grupo aislado y proporciona un conjunto de normas que definen y dirigen la conducta. Desde este marco de análisis se cree que es más ventajoso estudiar a las personas ancianas en base a una estratificación por edad, en lugar de recurrir a una apoyada en la clase social. Desde este marco conceptual, se entiende que la existencia de organizaciones o asociaciones de personas de edad avanzada vendría en apoyo de esta propuesta. Desde esta óptica se minimizan las diferencias que marca el curso vital y se olvida que, en muchos casos, no se acude a este tipo de asociaciones o no tiene lugar tal desvinculación, de modo que muchas personas mayores optan por mantenerse en aquellas asociaciones a las que han pertenecido durante su vida. La “Teoría del grupo minoritario” de STREIB (1965), próxima pero distinta a la de la subcultura, establece que las personas mayores se ven forzadas a formar una minoría de personas discriminadas por compartir ciertas características biológicas relacionadas con la edad. El grupo minoritario de los viejos tiene asociados una serie de defectos que es preciso evitar, de modo que una persona que no aparenta la edad que tiene o actúa como si fuera joven merece una mejor consideración. Así, aplica los rasgos de los grupos minoritarios: falta de movilidad, pobreza, segregación, baja autoestima e impotencia a esa minoría discriminada. Las reacciones a esta segregación varían entre la pasividad total y el activismo político. Este punto es rebatido por los datos de esta investigación, pues en el capítulo 11 se aprecia como aunque la mayoría de las personas encuestadas no se siente vieja, tampoco tiene problema alguno en identificarse con las personas ancianas. Las teorías de la desvinculación han sido objeto de crítica en tanto que la vejez es considerada no sólo en los aspectos más problemáticos, sino en los más negativos. La vejez como sinónimo de improductividad y falta de compromiso se entiende como una carga. La pérdida de funciones que comporta la jubilación junto al deterioro de capacidades físicas y mentales, especialmente entre las mujeres que alcanzan edades más elevadas, se lee en términos de aislamiento. Y aunque en la década de los setenta y ochenta los argumentos respecto a los problemas de la dependencia y el envejecimiento se desplazaron desde el individuo a la estructura social, lo cierto es que esta concepción de la vejez choca con la existencia de los citados fluidos intercambios generacionales que alimentan las relaciones familiares prácticamente hasta la misma desaparición de los/as mayores y, desde luego, con la moderna concepción del envejecimiento activo. En todo caso, FENNELL, PHILLIPSON y EVERS (1988) han presentado argumentos favorables a la conservación de algunos aspectos de la teoría de la ruptura social, particularmente en lo referido al “anciano más anciano”, más cercano al final de sus días. BAZO ROYO (1990: 9) 46 Género y Tercera Edad en Canarias afirma que la crítica principal a la teoría es que resulta demasiado simplista, y “parece que si muchas personas abandonan sus roles y actividad es más debido a la falta de oportunidades y/o a los correlatos del incremento de la edad, como son el ir perdiendo la salud, los amigos/as o los ingresos”. La “Teoría de la actividad”, formulada originalmente por HARVIGHURST (1961), sostiene que un alto nivel de actividad mejora la satisfacción personal de las personas mayores. Dado que la identidad se construye, en gran medida, en base a las actividades y roles que se desempeñan, un mejor envejecimiento precisa de su mantenimiento tanto como sea posible, puesto que si se priva de ciertos roles, y los que restan no están claramente definidos, la confusión resultante puede conducir a un estado de anomia que tiende a interiorizarse, por lo que el individuo se torna inadaptado y alienado de la situación y de sí mismo. La vejez lograda, por el contrario, implica el descubrimiento de nuevos papeles o de nuevos medios -informalespara conservar los antiguos. La teoría destaca también la diversidad social que existe entre las personas ancianas. Los estudios realizados por BENGSTON y PETERSON (1972) parten de la existencia de una relación positiva entre la actividad social y la satisfacción en la vejez, y una relación inversa entre la satisfacción y la pérdida de roles, como los que comportan la viudez y la jubilación. Sus investigaciones, sin embargo, sólo permitieron concluir que la única actividad relacionada significativamente con la satisfacción era la relación social con los/as amigos/as. MADDOX y EISDORFER (1962), desde este enfoque, concibieron una clasificación basada en las categorías actividad y moral, de la que resultan cuatro combinaciones: actividad elevada / moral elevada; actividad elevada / moral baja; actividad débil / moral elevada y actividad débil / moral baja. A diferencia de lo que sostienen las teorías de la desvinculación o el retraimiento, los individuos del tipo “actividad débil / moral elevada” que han salido exitosos de su retraimiento existen, aunque son una pequeña parte de la muestra. MADDOX y EISDORFER señalan que aunque una moral elevada se encuentra asociada con la tasa de actividad, depende también de la situación económica y de las posibilidades que se le ofrecen al sujeto. GOUDY, POWERS y KEITH (1975) presentaron una propuesta relevante en lo relativo a las conclusiones, partiendo de una tipología similar a la anterior, referente al trabajo y a las actitudes ante la jubilación y con distintas categorías ocupacionales, obtuvieron en su muestra tanto una distribución similar para los cuatro tipos como diferencias poco significativas entre las ocupaciones. Un segundo estudio, al que incorporaron las variables valoración y edad, les valió para concluir que si bien los individuos de profesiones liberales se encuentran mejor adaptados, cada categoría comprendía un número significativo de personas bien y mal adaptadas. Estos aspectos ponen de manifiesto que las estadísticas pueden ocultar las diferencias individuales. En todo caso, la teoría obvia que muchos de los problemas que enfrentan las personas mayores tiene más que ver con el modo en que la sociedad está organizada, que con características personales, intereses o aspiraciones. Es fácil imaginar que al focalizar la atención en la jubilación han olvidado qué tipo de ajuste hacen las mujeres que han permanecido al margen del mercado laboral, pero no al margen de la actividad doméstica y/o familiar. La “Teoría de la continuidad”, formulada por ATCHLEY (1971), opuesta igualmente a la teoría de la desvinculación, focaliza todo el ciclo vital y los procesos de continuidad y cambio. Ciertamente en el proceso de envejecimiento el individuo experimenta una cierta discontinuidad, pero también es cierto que la adaptación y el estilo de vida están fuertemente influenciados por las actitudes, preferencias y hábitos adquiridos a lo largo del ciclo vital. La adaptación social a la vejez, la jubilación u otros acontecimientos están determinados esencialmente por el pasado, por la biografía del individuo. La conducta anterior es el mejor índice de predicción de los comportamientos en la vejez. En esta línea, COX (1984) propone el desarrollo de una investigación sociológica sobre los estilos de vida de quienes ocupan diferentes posiciones sociales. La ventaja de esta teoría es la de proponer una multiplicidad de sistemas de ajuste, en vez de uno sólo como las anteriores, aunque precisamente en esto radica su desventaja comparativa, en que presenta mayores dificultades para la verificación. La “Teoría del medio social”, elaborada por GUBRIUM (1973), sostiene que el comportamiento en la vejez depende de factores biológicos y sociales, y respecto de éstos señala que el medio en que se desenvuelve una persona mayor incluye el contexto social y su normatividad, así como los obstáculos de tipo material y las posibilidades disponibles. La teo- 53 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento llo que había permanecido recluido en el ámbito de lo privado al espacio de lo público para que el legislador enfrentara posibles situaciones de discriminación u opresión. La precursora de esta oleada, fue DE BEAUVOIR (1949) al asegurar que “no se nace mujer, se llega a serlo” (2001, II: 13), aunque correspondió a FRIEDAN (1963) poner de manifiesto cómo había sido impuesto un modelo tan eficiente que las mujeres debían sentirse realizadas como madre-esposas en él sin más posibilidades de desarrollo personal, mientras que aquellas que no eran felices no podían más que culpabilizarse a sí mismas; lo calificó como “el problema que no tiene nombre” (1974: 36). Aunque el impulso era liberal, lo cierto es que desde entonces, en la perspectiva feminista, el poder -aspecto que se desarrolla en el capítulo 5incluye los aspectos formales e institucionales, pero también la forma en que los individuos se perciben a sí mismos y perciben su capacidad de actuar en el mundo que les rodea. Capacidad de construirse como seres autónomos, de participar y negociar en todas las esferas, desde lo personal hasta lo estructural. En aquellos años, los setenta, el “Feminismo radical”, ante la persistencia de la desigualdad tras los logros de las feministas liberales en las áreas electorales, legislativas y laborales, rechazó la heteronormatividad considerada como una forma de dominación necesaria para mantener el patriarcado y defendió la lucha de las mujeres, al margen de los hombres, como el único camino para desarrollar plenamente la sexualidad femenina sin que mediaran relaciones de poder, de ahí que emprendieran una cruzada contra la prostitución y la pornografía (MILLET, 1969; FIRESTONE, 1976; DWORKIN, 1974; MACKINNON, 1987). Muy próxima a esta línea de pensamiento, que rechazaba la distribución del trabajo por sexo, el matrimonio, la maternidad o la familia, se encontraba la “Postura freudo-marxista” (FIRESTONE, 1970), que establecía un paralelismo entre las clases sociales y las clases sexuales, por lo que reclamaba una revuelta, la confiscación de sus cuerpos por parte de las mujeres para acceder al control de la reproducción y la ruptura con la maternidad para llegar al fin de los privilegios masculinos, lo cual pasaba inexorablemente por la abolición de la familia. Las diferencias político-ideológicas, en los años setenta y ochenta, tomaron forma en el debate igualdad-diferencia que trataba de dilucidar cuál era el nudo principal y la tarea más urgente para superar la discriminación de las mujeres en una sociedad a la vez capitalista y patriarcal. El “Feminismo de la igualdad” (EISENSTEIN, 1980; DELPHY, 1985; AMORÓS, 1985; VALCÁRCEL, 1991; YOUNG, 2000), heredero de la tradición liberal y de socialista, reclamaba para las mujeres los valores de la Ilustración: razón, igualdad, libertad y autonomía, a la vez que negaba la existencia de unos valores femeninos diferenciales que no sean los que tienen su origen en la opresión histórica. El “Feminismo de la diferencia” (IRIGARAY, 1974; SENDÓN DE LEÓN, 1981; MURARO, 1991; RIVERA, 1994) heredero del feminismo radical y de los planteamientos freudianos eligió, en cambio, como tema de reflexión la diferencia sexual, con la finalidad de responder a la pregunta: cómo ser sujeto en un mundo aparentemente universal y neutral, y realmente de representación masculina. Negando la igualdad en un modelo masculino que sienta sus bases en valores como la fuerza, la competitividad, la conquista o la destrucción, propone un nuevo orden simbólico, a la par que reclama para las mujeres derechos sustantivos. Más allá de estas propuestas, el “Feminismo postestructuralista” propone una doble estrategia que por un lado permita mantener la guardia en la deconstrucción de una modernidad que excluyó a las mujeres, y que por otro facilite la construcción de una identidad genérica que sitúe a las mujeres como interlocutoras y agentes sociales. La finalidad última es que el concepto silenciado de mujer pueda alcanzar un lugar en el mundo. Heredero del feminismo de la diferencia, el “Feminismo lesbiano” (WITTIG, 1964; RICH, 1979), poniendo el acento en el amor materno que permea toda la relación entre las féminas, sugiere que las mujeres son potencialmente lésbicas porque la primera relación que sostienen en este mundo acontece con otra mujer, la madre; sentimientos que deben ser transferidos a un varón debido al control que ejerce la sociedad sobre la maternidad. En la década de los ochenta y noventa, se suman nuevas propuestas como el “Ecofeminismo” (DALY, 1986) que equipara la apropiación por parte de los varones de la fertilidad de la tierra y de la fecundidad de la mujer, apropiación que se habría traducido en la sobreexplotación de la tierra y en la mercantilización de la sexualidad femenina. Estas últimas propuestas conformarán el denominado “Feminismo cultural”, que más allá de la emancipación del dominio masculino o de la liberación 54 Género y Tercera Edad en Canarias de las funciones concretas femeninas y maternales, apuesta en fin por la defensa de una contracultura femenina. Un modelo éste que se integra a su vez en un “Feminismo postmoderno o postcolonial” (SPIVAK, 1990; NICHOLSON, 1990) que reclama la deconstrucción de conceptos como sujeto, identidad o raza, e incluso género. Este nuevo feminismo propone la ruptura con el pensamiento occidental, masculino, moderno, falocéntrico y dominante e ir más allá de la igualdad legal -pretendidamente universalde la mujer blanca, occidental, heterosexual y de clase media, para incluir a las mujeres de los márgenes. Más que la igualdad legal, persigue desmantelar los mecanismos políticos que producen las diferencias étnicas, de clase, de género y de sexualidad. Las últimas tendencias, más diversas aún, incluyen al cyberfeminismo, el feminismo queer o el transexual. El “Cyberfeminismo” (HARAWAY, 1991; PLANT, 1997) asegura que, como mezcla de máquina y organismo, estamos en el tiempo de un nuevo sujeto inesencial que recoge el sueño de construcción de una subjetividad liberada de carga edípica, sueño en tanto que el cuerpo no sólo se resiste a desaparecer sino que con los avances de las tecnologías se hace más cuerpo. El “Feminismo queer” (BUTLER, 1990; PRECIADOS, 2000) ha ampliado la crítica a la noción esencializadora del sexo, extendiendo la hipótesis de la construcción social a la sexualidad misma, pues las normas que regulan el sexo trabajan de manera preformativa para construir la materialidad de los cuerpos. El “Feminismo transexual” (STONE, 1991) señala que la introducción del cuerpo en el espacio virtual genera significados imprevistos a través de la articulación de diferencias entre cuerpos y no cuerpos, espacios y no espacios, dado que las nuevas tecnologías del cuerpo no son agentes transparentes que eliminen la diferencia sexual, sino medios que promueven la producción u organización de cuerpos sexuados en el espacio. Estos nuevos feminismos, que miran con incredulidad el poder de crítica de los “otros” feminismos, encuentran a su vez ciertas resistencias en el feminismo de tradición liberal y en el socialista. A pesar de la fragmentación del pensamiento feminista en su búsqueda/deconstrucción de la identidad y subjetividad femenina, las demandas de igualdad del movimiento se han ido concretando gradualmente en medidas legislativas en Europa y Estados Unidos. Desde 1975, Naciones Unidas ha celebrado cuatro Conferencias Mundiales -México 1975, Copenhague 1980, Nairobi 1985, Beijing 1995con el objetivo de elaborar estrategias y planes para la mejora de la situación y condición de la mujer en todo el planeta. La cuestión de la igualdad ha alcanzado justa legitimidad en las agendas públicas locales, nacionales e internacionales, de modo que se habla de un nuevo tipo de “Feminismo institucional” (LOVENDUSKI, 1997). Sin embargo, los avances alcanzados en lo formal normativo que proclaman la igualdad en el plano de los derechos, no pueden confundirse con la existencia de la igualdad real. Ciertamente las mujeres han conquistado espacios en el mundo de la política, la educación y el empleo remunerado, así como derechos reproductivos y sexuales en determinadas regiones del planeta pero, tanto en los países del Norte como en los del Sur, persiste la discriminación, la opresión o la infravaloración. La crítica feminista en estas tres décadas ha removido también las bases de la construcción masculina, de modo que en las Ciencias Sociales se ha abierto un espacio para el estudio de las subjetividades e identidades del varón y de la génesis social de la masculinidad partiendo del cuestionamiento de la esencia de la virilidad. Los “Estudios de los Hombres” (SEIDLER, 1989; HEARN Y MORGAN, 1990; CAZÉS, 1994; CONNELL, 1995; WEEKS, 1996) florecieron en las universidades americanas en la década de los setenta, y entre las distintas posiciones teóricas que ha reunido acaso la más explorada sea la que estudia la masculinidad desde el género como una perspectiva relacional en lo individual y en lo social -estructuras simbólicas, culturales, económicas, políticas-. BOURDIEU (2005: 68) califica de “carga” ese “privilegio masculino (que) no deja de ser una trampa y encuentra su partida en la tensión y la contención permanentes, a veces llevadas al absurdo, que impone en cada hombre el deber de afirmar en cualquier circunstancia su virilidad”. Este hombre “realmente hombre” responde a un modelo de masculinidad hegemónica que se levanta sobre un orden por el que un tipo ideal de hombre blanco, rico, heterosexual, se ha situado en el centro y ha establecido en muchos aspectos de la vida, desde la sexualidad hasta lo político pasando por lo económico o lo religioso, relaciones de dominación y opresión sobre otros hombres y sobre todas las mujeres. El temor por la exclusión del mundo de los hombres fuertes, duros -respecto de su propio sufrimiento y del de los/as demásse levanta a su vez sobre el temor a lo femenino. 55 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento Los diferentes enfoques del feminismo -expuestos anteriormentecoinciden con los estudios de la masculinidad al señalar que la ideología que ha favorecido la opresión histórica de las mujeres es el patriarcado. LERNER (1990: 191) sitúa la aparición del patriarcado en la Antigua Babilonia al afirmar que la primera forma apareció en los Estados arcaicos en el tercer milenio a.C., de tal manera que “la familia patriarcal, institucionalizada totalmente por primera vez en las leyes de Hammurabi” habría favorecido el paso del dominio patriarcal desde la práctica privada a la ley pública. El patriarcado, por tanto, habría nacido en el momento en que se consolidó el dominio masculino sobre las mujeres y niños/as de la familia, y se hizo extensivo al resto de las mujeres de la sociedad. Posteriormente, las civilizaciones clásicas, de cuyo legado son las sociedades occidentales herederas, únicamente perfeccionaron el sistema otorgando al padre el poder legal y económico sobre todos los bienes de la casa, incluyendo como tales a las mujeres, hijos e hijas, sobre cuya vida podía decidir. SAU (1990: 239) afirma que “es una toma de poder histórica por parte de los hombres sobre las mujeres cuyo agente ocasional fue de orden biológico, si bien elevado éste a la categoría política y económica. Dicha forma de poder ha pasado forzosamente por el sometimiento de las mujeres a la maternidad, la represión de la sexualidad femenina, y la apropiación de la fuerza de trabajo total del grupo dominado, del cual su primer pero no único producto son los hijos”. LAGARDE (1996: 52) amplía el ámbito de la dominación al considerar que “el patriarcado es un orden de poder, un modo de dominación cuyo paradigma es el hombre […] y está basado en la supremacía de los hombres y lo masculino, sobre la infravaloración de las mujeres y lo femenino”. Sobre la base de carácter jerárquico que establece tal sistema, los géneros, diseñados de forma excluyente, han asociado a las personas nacidas con genitalidad de varón el poder y todos los atributos valorados socialmente, mientras a las mujeres históricamente se les ha reservado una pequeña parcela de poder, un poder subsidiario, que puede ser desarrollado sobre sus hijos/as cuando éstos son dependientes, y aún otro conocido como el poder de la seducción. Históricamente las mujeres han carecido de poder sobre sí mismas y han permanecido al margen de la participación en los espacios de toma de decisiones concernientes a la organización social hasta hace unas décadas. Ahora bien, como afirma JÓNASDÓTTIR (1993: 35) “el hecho de que la sociedad esté dominada por los hombres en todos los terrenos, no significa que las mujeres no tengan ninguna influencia; de lo que carecen es de autoridad como mujeres”. El género, al igual que otros elementos identitarios como la pertenencia a un grupo etario, la nacionalidad, la etnia o la clase, conforma la identidad de cada individuo y permite a éste integrarse/permanecer en la sociedad sin mayores conflictos, puesto que tal identidad se adquiere en el proceso de socialización. Desde el nacimiento y a lo largo de todo el ciclo vital, a través de los distintos agentes: familia, escuela, grupo de iguales, iglesias, medios de comunicación o grupos profesionales, se adquiere la normatividad de género, que varía lógicamente en función del sexo y también de la edad. El género proporciona una identidad, nos construye hombres y mujeres y, en base a ello, define las relaciones intergenéricas -entre personas de distinto géneroe intragenéricas -entre personas del mismo-. Ejemplo de este tipo de relaciones es el de la enemistad histórica entre las mujeres (LAGARDE, 1996) o la imposibilidad de crear una identidad colectiva y solidaria (BLAISE, 1996). Pero por sobre todo, el género está en la base de la organización social -económica y políticay fundamenta la división sexual del trabajo. LERNER (1990: 316) afirma que el sistema patriarcal sólo puede funcionar con la cooperación de las mujeres, y ésta viene avalada de varias maneras, a saber: “la inculcación de los géneros; la privación de la enseñanza; la prohibición a las mujeres de que conozcan su propia historia; la división entre ellas al definir la “respetabilidad” y la desviación” a partir de actividades sexuales; mediante la represión y la coerción total; por medio de la discriminación en el acceso a los recursos económicos y el poder político; y al compensar con privilegios de clase a las mujeres que se conforman”. Detrás de ello subyace la necesidad de regular la conducta sexual de la ciudadanía, y particularmente de su mitad femenina. Asunto que ha sido promotor de grandes medidas de control social en cualquier sociedad estatal. La identidad genérica es trasmitida generacionalmente de forma normativa, se adquiere en el proceso de socialización, y a edades tempranas está perfectamente conformada. Aún antes del nacimiento, y a pesar de las recientes transformaciones sociales, la marca corporal que imprime el sexo del futuro hijo o de la futura hija despierta en las familias expectativas diferenciadas. La identidad genérica es una de 56 Género y Tercera Edad en Canarias las primeras que se adopta en una etapa en la que se desarrollan los mecanismos básicos de aprendizaje y se adquiere la base de la personalidad, ya que desde muy temprano se adquiere conciencia de ser niño o niña. En torno a los dos o tres años, y desde luego a los cinco, ambos sexos tienen fijada su identidad (MONEY, 1982). Estereotipos sexistas, y en general formas discriminatorias de carácter cultural: gestos, ejemplos, imágenes… son asumidos por los menores que no cuentan con posibilidad de crítica o distanciamiento y que disponen como elemento fundamental de aprendizaje la imitación. Los estereotipos y los mismos roles de género, diferenciadores y discriminatorios, operan cuando dotan de sentido la propia experiencia de los/as menores o el mundo que les rodea y los adoptan como consustanciales al hecho de ser hombre o ser mujer. El primer agente de socialización es la familia, institución en la que acontece la adquisición e internalización de las normas básicas de funcionamiento en sociedad: ritmos vitales, lenguaje, creencias elementales (GUERRERO SERÓN, 1996). A pesar del tránsito desde un modelo monolítico y autoritario de familia a otro democrático y diverso, la familia continúa reproduciendo en su seno un esquema de relaciones jerárquicas en el que se emplean mensajes y exigencias explícitas para cada sexo en forma de mandatos sociales. En el caso de la niña la proximidad con una madre, que indudablemente continúa pasando un mayor número de horas junto a sus hijos/as, le proporciona una identidad inmediata. En nuestras sociedades, el esfuerzo es mucho mayor para masculinizar a los chicos que para feminizar a las chicas, puesto que cada una convive con un modelo de su propio sexo. El niño, en cambio, accede a su masculinidad por negación, teniendo que ser todo aquello que no es una mujer. “La primera obligación para un hombre es la de no ser mujer” (STOLLER, 1989: 311), máximo cuando lo asociado a la feminidad ha estado y continúa aún desvalorizado o precisamente lo está por ello. GONZÁLEZ DE CHÁVEZ (1993: 82) señala que “los hombres destierran lo femenino (la debilidad, la afectividad, etc.) que las mujeres encarnan para hacerles a ellos un doble servicio: narcicístico (ellos son superiores) e instrumental (ellos recuperan lo emocional a través de ellas)”. FRIDAY (1983: 191), al respecto de los aspectos competitivos también presentes en las relaciones, sostiene que “en lo chicos no se da la formación reactiva de las muchachas, nuestra negativa de una situación competitiva con la madre. A diferencia de nosotras, ellos no compiten con la madre. Esto significa que el muchacho puede seguirla teniendo como figura nutricia, en tanto que expresa sus sentimientos competitivos contra el dominante varón”. De esta manera, procesos tan importantes en edades tempranas como la asunción de la identidad sexual o genérica y la cimentación de la autoestima se construyen a partir de modelos limitadores para ambos sexos del desarrollo de capacidades e intereses. El segundo agente reseñado es la escuela, ámbito en el que se aprende a ser evaluado/a por parámetros impersonales, por lo que se hace y no por ser quien se es. En el mundo anglosajón en los setenta, y en el ámbito español en los noventa, se inicia el estudio de la separación de los sexos en las escuelas o la diferenciación, formal e informal, que con propósitos curriculares y disciplinares, se justificaba en las diferencias biológicas aún en aquellos años. Una orientación que no sólo determinaba el desempeño de roles diferenciados en la sociedad, si no reforzaba la orientación de los alumnos hacia la inserción en trabajos productivos y directivos y de las alumnas hacia lo doméstico y familiar. El desarrollo de estos estudios ha puesto de relieve que las identidades no son fijas e inamovibles (VOLMAN y TEN DAN, 1998; CONNELL, 1995; ALI, 2003), al contrario, se pueden transgredir porque somos sujetos activos en la construcción de nuestra identidad (JONES, 1997). Precisamente en las últimas décadas, la escuela ha sido testigo de la introducción de importantes cambios que apuntan hacia la igualdad de oportunidades en la educación. Ahora bien, siendo posible distinguir en la actualidad distintas feminidades y masculinidades, producto de identidades relacionales múltiples y diversas, la escuela tiene aún pendiente la introducción de los valores femeninos en la educación, puesto que el contenido de la “enseñanza es esencialmente masculino” (FERNÁNDEZ ENGUITA, 1995: 116). Los valores masculinos se han extendido al conjunto de la sociedad, de modo que las niñas son socializadas con un sesgo masculino en habilidades y destrezas, mientras persiste la secular infravaloración de los considerados femeninos, que en cierto modo se presentan como menos adecuados para ser incluidos y transmitidos por la escuela como agente que catapulta a una sociedad competitiva. Ello evidencia que el currículum es una construcción social, y que “para comprender la selección, orga- 57 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento nización y distribución del conocimiento educativo, hay que establecer su relación con los grupos que tienen el poder en la sociedad, que son los verdaderos agentes de contextualización del conocimiento educativo” (GUERRERO SERÓN, 1996: 127). La coeducación, predicada como vía para la igualdad, ha quedado relegada a pocos centros educativos, mientras la normatividad de género permanece en el “currículum oculto”7, y continúa marcando la preferencia en la elección de titulaciones universitarias feminizadas -aspectos considerados ampliamente en el capítulo 6-. Ciertamente las chicas han comenzando a optar por otro tipo profesiones, pero mantienen aún una presencia testimonial en las titulaciones técnicas; presencia muy parecida a la de los chicos en ciertas titulaciones feminizadas como educación infantil y primaria, enfermería o trabajo social. Ciertas investigaciones en materia de educación (DAVIES, 1989) reconocen el cambio y la fluidez, la inexistencia de unicidad y coherencia en el proceso de configuración de la identidad de género, pero también destacan los constreñimientos sociales que determinan los modelos de deseabilidad social para uno y otro sexo. La idea es que algunos discursos, hegemónicos, sobre la identidad de hombres y mujeres son más poderosos que otros porque están más disponibles y ante ellos, y la dualidad impuesta, cabe resistir o acomodarse. Esto último es lo más frecuente para mantener la coherencia del “self”. La persistencia de la desigualdad a pesar de la presencia y los buenos resultados obtenidos por las mujeres obliga a pensar en la educación como un proceso social que directa o indirectamente interviene en la construcción de diferencias y desigualdades entre los sexos, la cuestión educativa ha estado en el centro de las polémicas en torno al sexismo. Se parte del supuesto de que la articulación de las políticas de igualdad de oportunidades en la educación –propuestas por el feminismo liberal y aplicadas por la mayoría de gobiernos que incluyen el género en su agendaevidencian las limitaciones de las propuestas del ese feminismo, puestas de relieve por el feminismo estructuralista y postestructuralista -considerados en el capítulo 5-. En el centro del debate subyace la idea de la dificultad de remover la discriminación en una sociedad capitalista y patriarcal, y por tanto, la de que el sistema educativo se caracteriza por su función reproductora del orden social. Desde el feminismo socialista se sostiene que la escuela capitalista, no sólo no erradica, sino que mantiene y legitima los fundamentos de la división sexual del trabajo y la relación de dominación y explotación entre las clases, puesto que las mujeres constituyen una importante reserva de fuerza de trabajo y aseguran la gratuidad del trabajo doméstico, de modo que la escolarización y transmisión de unos contenidos con sesgo de género traslucen el que la escuela no crea la división sexual del trabajo, pero tampoco hace nada para evitarla. Esta versión no ha estado exenta de crítica, en tanto que el feminismo radical cuestiona el determinismo económico como marco explicativo y considera central la responsabilidad de los hombres en la aparición y sostenimiento de la subordinación, cuyo resultado es la existencia de dos culturas diferenciadas entre sí. En este contexto se problematiza el sexismo en la escuela y el monopolio en lo público de lo masculino, mientras se supone que igualdad sólo puede significar ser como los hombres, de modo que la meta propuesta es la abolición de la cultura opresiva. Las críticas hacia los postulados reproduccionistas señalan sus limitaciones al obviar la existencia de contradicciones y la construcción de identidades más allá de lo dictado por los mandatos de género. El pensamiento postestructuralista, influenciado por el pensamiento de FOUCAULT (1975) estima que en el ámbito educativo el saber no es puro, neutro o verdadero, sino que forma parte de regímenes de verdad, lo cual explicaría las diferencias entre las mismas mujeres, producto de las prácticas divisorias establecidas desde el saber. Obviamente, la no identificación de una instancia central y la equiparación entre diversas manifestaciones del poder han sido objeto de revisión. El pensamiento que parte de la reflexión de GRAMSCI (1926-37) aplicado a la escuela, concibe el aprendizaje como un proceso, que no estando al margen de las dinámicas y relaciones sociales, tiene una naturaleza activa atravesada por el conflicto, sin que ello presuponga que la mera existencia de proyectos contrahegemónicos garantice su éxito. Los procesos de producción cultural y resistencia abarcan, por tanto, la clase y el género y en su caso la etnia, en el contexto de la vida pública (escuela y trabajo, calle) y la privada (trabajo doméstico, familia, sexualidad, hogar), generando respuestas individuales y colectivas diferentes. Esta consideración del conocimiento, compleja y contradictoria, no ha estado exenta de crítica, pero no deja de facilitar una comprensión del sexismo. Una de las funciones sociales de la educación es la formación para la vida activa. Precisamente la 58 Género y Tercera Edad en Canarias igualdad que se presenta, al menos formalmente, en el ámbito educativo se quiebra explícitamente el mercado laboral. Éste refleja la persistencia de una organización social asentada sobre la división sexual del trabajo, antaño considerada natural, y la segregación por sexo -horizontal y verticalque se manifiesta en diferentes tasas de actividad y desempleo, y en cierta concentración ocupacional y de funciones. La división sexual del trabajo ha permitido que el hombre haya detentado largo tiempo el rol de proveedor de la familia, reservándosele a la mujer el de reproductora, de los otros en la vida cotidiana y de lo cotidiano para los otros, si bien la necesidad de la sobrevivencia en las sociedades preindustriales hicieron de las mujeres unos agentes productivos invisibles. GOODY (1988: 14) afirma que “es necesario comprender este fenómeno claramente: en la economía rural y preindustrial, las mujeres trabajaban y su trabajo no se limitaba a lo que entendemos por “labores domésticas”, sino que formaba parte del trabajo de la empresa familiar, fuese ésta agrícola o artesanal, en la cual los hijos también jugaban su papel. Incluso en las sociedades preindustriales, ciertas mujeres trabajaban fuera de su casa, bien sea en las fábricas bien como empleadas de hogar”. Aún en la sociedad contemporánea, invisibles son ciertas formas de trabajo femenino como la ayuda familiar, economía irregular o sumergida y, por supuesto, el trabajo doméstico. La artificialidad de la división del trabajo se manifiesta en la comparación transcultural, específica de cada cultura y época, al igual que en su flexibilidad y capacidad de adaptación a las condiciones cambiantes del hogar tales como las enfermedades, la ausencia de un miembro o las necesidades económicas, así como las cuestiones de orden estructural como la marcha de la economía o los efectos de la educación. Cualesquiera que hayan sido las tareas asignadas a las mujeres en una sociedad u otra, generalmente han estado infravaloradas socialmente, por su vinculación, directa o indirecta, con el ámbito de lo privado. ALMEIDA (1995: 135) afirma que “a medida que las mujeres se incorporan a determinados trabajos, a medida que las chicas estudian más y más hasta superar a los varones, se devalúan estudios y ocupaciones”. La normatividad de género continúa vigente hasta el final del ciclo vital, de modo que, en la vejez subsiste una distinta valoración social hacia lo masculino y lo femenino. Tal valoración se aparece como la lógica consecuencia de la etapa histórica que les tocó vivir y de las elecciones realizadas a lo largo del curso vital, pero aparece reforzada por una distinta apreciación del cuerpo envejecido, por las pérdidas asociadas al desplazamiento de las capacidades reproductivas y por la perpetuación de las desigualdades económicas en la jubilación, consecuencia de las desigualdades insertas en las estructuras sociales. El sexo y la edad influyen tanto en la vida laboral como en la jubilación. 2.3.2. el género en el envejecimiento El sexo y la edad son dos de los determinantes básicos en la asignación de la posición y los papeles asignados a los individuos en las estructuras de las distintas sociedades. Aunque se le haya prestado menor atención que al resto de las edades de la vida, el sentido social del envejecimiento está profundamente caracterizado por la marca que imprime el sexo. FOUCAULT (1980) consideró el cuerpo un espacio político privilegiado, pues cuerpo y sexualidad son un campo político definido, disciplinado para la producción y para la reproducción. Las diferencias, por tanto se empiezan a vivir desde el propio cuerpo. La sociedad sobrevalora a las personas jóvenes, delgadas, sanas y atractivas, de modo que las arrugas, las canas o la pérdida de la figura se identifican y catalogan como vejez o avejentamiento. CASALS (1982: 7) toma del imaginario colectivo una idea que apunta en esta dirección y que dice que “el viejo es un ser que ya no es de este mundo y que, por tanto, debe renunciar a las satisfacciones y placeres de la vida”. Las mujeres se sitúan en tal categoría de forma mucho más prematura puesto que el atractivo de los hombres maduros se asocia al éxito social. A la inversa, las mujeres maduras, consideradas principalmente como madres, “ya han agotado su utilidad social”, porque no pueden tener hijos/as (HYMAN, 1993: 68). En fin, el hombre maduro se presenta ante la sociedad con un atractivo sexual del que carece la mujer; pues ni siquiera la figura del “viejo verde” encuentra una réplica en el mundo femenino. FREIXAS FARRÉ (2007: 171) afirma en este sentido que “la sexualidad resulta un terreno profundamente hipotecado para las mujeres a medida que nos vamos haciendo mayores -es decir, invisibles y asexuales-, sea cual sea nuestra opción afectivo-sexual, aunque esto es así, de manera especial con nuestros congéneres masculinos, como si a ellos la cosa les funcionara de diez”. Las pioneras de la segunda ola del feminismo han envejecido, de modo que las preocupaciones sobre la conciliación entre el trabajo remunerado y el trabajo 59 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento impago o los derechos sexuales y reproductivos han dado paso a otras relacionadas con el “final de la función reproductiva” (BROWN Y LASKIN, 1993: 7), y especialmente con la preocupación de conocer el propio cuerpo y el estatus de la mujer mayor más allá de los dictados del imaginario patriarcal. Las variables utilidad y poder ponen en evidencia el peso que el período de vida fértil tiene sobre la vida de las mujeres, de modo que en su ciclo vital se dibujan, en lugar de las consabidas cuatro etapas, tres de manera más simple: desde el nacimiento a la pubertad, los años de la capacidad reproductiva, y los años posteriores a la menopausia. La ideología patriarcal ha depositado tal carga simbólica en la maternidad que la menopausia ha estado asociada a pérdidas que transcienden la única pérdida que acaece, que es la de poder reproducir, al punto de que es posible que algunas mujeres cursen una crisis de identidad, ya que una concepción social de una feminidad devaluada a partir de la menopausia puede ser interiorizada y somatizada. Algo que carece de fundamento, pues aunque se registren modificaciones en la vagina y el útero a consecuencia de la reducción de estrógeno tras el climaterio, “buena parte de los efectos de la menopausia sobre la sexualidad dependen de la actitud de la mujer” (MISHARA y RIEDEL, 1986: 143). Envejecer y parecer mayor adquieren entonces dos significados nítidamente diferenciables. A pesar de la participación laboral visible de muchas mujeres mayores en la economía formal y de la participación invisible de muchas otras en la informal, mediante trabajos menos valorados socialmente y peor remunerados, participación condicionada siempre por la vida familiar y sus exigencias, sucede que tal realidad se desdibuja. Los estereotipos relacionados con la producción y la reproducción sitúan a los varones como los trabajadores asalariados que mantuvieron, y tal vez conserven, relaciones sociales de su entorno laboral, y para los que la jubilación representa la disponibilidad de unos recursos económicos, más o menos suficientes, así como el advenimiento de un cierto vacío funcional. Mientras que las mujeres, en cambio, aparecen como las que han permanecido en el ámbito doméstico, en el que han mantenido relaciones familiares, y a lo largo de su ciclo vital han sido cuidadoras, llegando su vacío funcional independizados los hijos e hijas, sin que dispongan en este período de unos ingresos de generación propia. Por ello, frecuentemente, al hablar de envejecimiento y género se alude a los pares hombresjubilación y mujeres-“nido vacío” -aspectos que se tratarán ampliamente en los capítulos sexto y séptimo-. A ese vacío existencial se asocia, en ambos casos, la idea de la improductividad, e incluso de ser una carga. En cualquier caso, la retirada del mercado laboral no suele ir acompañada para las personas mayores de un cese total de actividades. Ambos sexos, y particularmente las mujeres, continúan prestando apoyo a la familia, de tal manera que prácticamente hasta que quedan discapacitadas o hasta su muerte permanecen desarrollando tareas en el ámbito de lo privado, por lo que habiendo estado o no ocupadas laboralmente, se puede decir que las mujeres no se jubilan nunca. JULIANO (2005: 18) afirma que “tendemos a echar una mirada desvalorizada sobre nuestra biografía porque nos faltan modelos alternativos, y esa falta hace que se interiorice como normal lo que realmente es una mirada sesgada desde el punto de vista masculino, que tiene muy poco que ver con lo que sería una lectura autónoma”. Y aunque la imagen de la mujer mayor está cambiando, lo cierto es que las mujeres han de hacer un mayor esfuerzo por vencer la discriminación por edad, ya que este período de la vida está sometido a la influencia de multitud de factores como la educación o los hábitos de vida y otros que influyen en la adaptabilidad a los cambios físicos o mentales, y en la adopción de actitudes más o menos vitalistas. Hombres y mujeres pueden verse expuestos a una vejez precaria, pero las mujeres aparecen como sujetos más vulnerables. En primer lugar, al unirse habitualmente a hombres mayores que ellas suelen ser cuidadoras de parejas dependientes o al ser más longevas puede que deban aprender a vivir con sus propias discapacidades. En segundo lugar, porque la viudez es femenina y la lejanía o ausencia de otros familiares puede exponer al aislamiento social o la soledad. Y en tercer lugar, por las limitaciones materiales a consecuencia de las estructuras sociales y las opciones adoptadas a lo largo del curso vital en relación a las expectativas sociales de género -aspectos que necesariamente se recogerán en las conclusiones-. La Gerontología Social prestó en sus inicios escasa atención a las relaciones entre el género y envejecimiento. En la actualidad, el sexo (hombre-mujer), y en menor medida el género (masculino-femenino), es incluido ineludiblemente en los estudios sobre esta materia debido al peso demográfico de las mu- 60 Género y Tercera Edad en Canarias jeres ancianas en las sociedades occidentales que hace que, en cierto modo, la vejez se considere una cuestión femenina. Ahora bien, en líneas generales, las relaciones entre envejecimiento y género no se han abordado de forma integral. La investigación en esta materia ha utilizado, mayoritariamente, el sexo como una variable más, como lo pueda ser el estado civil o el hábitat, sin considerar que el sexo-género, al igual que la edad o el nivel socioeconómico, son elementos de la organización social e informan de las relaciones de poder. GEE y KIMBALL (1987: 56) afirman que la resistencia a incorporar a las mujeres a las teorías de la corriente dominante de la Gerontología Social se debe a la resistencia a incorporarlas a la sociedad y consecuentemente a las investigaciones psicológicas y sociológicas, puesto que “los desequilibrios de poder configuran las construcciones teóricas; el lugar que ocupa un grupo en la estructura social influye en la cantidad de atención teórica que se le presta”. Sostienen igualmente que, dado que las mujeres ancianas tienden a ocupar una posición de categoría social inferior que los hombres de todas las edades y que las mujeres más jóvenes, sobre todo en términos económicos, se les presta menos atención teórica. La reciente incorporación de la variable sexo-género a la Gerontología Social ha seguido distintos caminos, pero en líneas generales se pueden diferenciar siguiendo a MCMULLIN (1996: 57) tres tendencias metodológicas. La primera añade las relaciones de género y las relaciones de edad a las teorías sociológicas de la corriente dominante; la segunda agrega el género a las teorías sociológicas del envejecimiento dando lugar a las denominadas “teorías del envejecimiento marcadas por el género”; y la tercera suma las relaciones de edad a la teoría feminista dando pie a la “teoría feminista del envejecimiento”. La primera línea es la de la “Teoría sociológica clásica” (PAILLAT, 1971; MCDANIEL, 1986; PINAZO y SÁNCHEZ, 2005). La variable edad se incorpora en este ámbito como tal, y con igual consideración que cualesquiera otras, con la finalidad de explicar la varianza. En estas orientaciones teóricas la centralidad recae sobre la vida laboral cuyo retiro no refleja, de manera adecuada, la situación de la totalidad de las mujeres mayores. Así mismo, una concepción tradicional de la familia desconsidera aspectos, tan relevantes en la vida de las mujeres, como los desequilibrios de poder o el trabajo doméstico. El referente adulto del mundo productivo y reproductivo tampoco se considera adecuado para las personas mayores, y la toma de tal referente se relaciona con aspectos problematizadores como la marcha de los/as hijos/as o la posible insatisfacción conyugal, mientras se pasan por alto cuestiones como las relaciones con los/as nietos/as o el resto de la familia extensa y las negociaciones en cuanto al tiempo de ocio. Algo similar sucedería con las diferencias de rentas entre los/as mayores si el referente es el trabajo adulto. La segunda línea es la de “las Teorías del envejecimiento”, relacionadas en el epígrafe 2.2.1 de esta investigación, que adicionan a la edad el género (WALKER, 1981; DANNEFER, 1984; COOLÍ, 1988; BAZO ROYO, 1990; MINKLER y COLE, 1991; FEATHERSTONE y HEPWORTH, 1991; PÉREZ ORTIZ, 2003). Estas teorías, y particularmente las del curso vital o de tercera generación sostienen que las condiciones socioeconómicas, esto es el bienestar económico y los recursos familiares, son diferentes entre mujeres y hombres. Esta línea, por ejemplo, entiende que es probable que dado que las mujeres tienen una historia laboral más irregular experimenten la pobreza por primera vez en la ancianidad o que sufran con mayor facilidad un desclasamiento; mientras que entre los hombres de estas edades es el divorcio el que suele tener mayor impacto. Reflexiones de este tipo tampoco han sido ajenas a las críticas al no estimar preciso una consideración especial al género, particularmente en los aspectos relativos a las relaciones de poder en la familia. Igualmente se supone que al tomar por referente al hombre, blanco, joven y de clase media se toma al hombre anciano como modelo para comparar a las mujeres. La última línea del “añadido” en la terminología de MCMULLIN, la tercera, es la que “agrega la edad a la teoría feminista” (BARRET, 1980; HARTMANN, 1981; HARTSOCK, 1983; JAGGAR, 1983; ACKER, 1988). Ésta apunta que las mujeres ancianas pueden estar sometidas a mayores desventajas al acumular dos factores de discriminación: ser mujeres y ser longevas, por lo que precisamente son más vulnerables ante los problemas de salud mental, pobreza o discriminación. Esta línea tampoco ha estado exenta de crítica, pues cabe que las relaciones de edad ocupen un lugar subsidiario respecto al género; por lo que se defiende que género y edad no se consideren sistemas independientes. La necesidad de una teoría global implica que las personas mayores no sean consideradas sólo ancianas, sino hombres y mujeres. 61 Consideraciones teóricas sobre el envejecimiento Una cuarta línea es la que iniciaron ARBER y GINN (1996) en el esfuerzo de trabajar desde un “enfoque integral” (PÉREZ DÍAZ, 2003). La propuesta pasa por establecer relaciones entre la Sociología del Género y la del Envejecimiento, dado que las autoras precisan necesario considerar tanto el ámbito de lo privado como el de lo público y la posible continuidad o el cambio de los roles, tanto para los hombres como para las mujeres, en ambos espacios, así como la significación de su presencia en uno u otro. Si bien es cierto que la plena comprensión del género y la edad precisa la combinación de las relaciones y roles con cambios sociales más globales. Desde esta perspectiva, exploran la vejez y comprueban que la vida sigue a caballo entre lo público y lo privado, pero de manera diferente para ambos sexos y dependiendo de la clase social y la etnia. Las autoras son conscientes, por ejemplo, de que ciertos cambios sociales y legislativos, como el aumento de los delitos y del temor a ser víctima de ellos o la falta de seguridad, tienen diferentes efectos sobre mujeres y hombres, en el sentido de que pueden reducir las posibilidades de las mujeres para vivir de forma plena y autónoma, pero también son optimistas al concluir que a pesar de que el escenario de futuro parezca un poco desolador, “las mujeres mayores tienen considerables recursos sociales, sobre todo con sus redes más amplias de amistades y sus relaciones emocionales más íntimas con los otros” (1996: 247). Estiman que tal vez las etapas anteriores de la vida hayan preparado mejor a las mujeres que a los hombres para afrontar muchas de las privaciones de la vejez, y al igual que hiciera DE BEAUVOIR (1970) que, en principio, el envejecimiento libera a las mujeres ancianas de las restricciones impuestas por su familia, los roles de género convencionales, así como de la representación que otros hicieran de ellas como objetos sexuales -algunas de estas afirmaciones, formuladas en el entorno sociocultural británico, se investigan en la presente investigación-. Al objeto de contrarrestar la crítica que las calificó de sobrefeministas, han dado continuidad a la línea de trabajo relativa al significado de los cambios de relaciones y roles en la vejez, pero desplazando el foco hacia los varones (ARBER y GINN, 2003). Esta última línea de trabajo es la que guía esta Tesis Doctoral al perseguir la comprensión de la influencia del género sobre la edad en Canarias, dicho en otros términos se trata de conocer el peso que la variable sexo posee sobre la distribución de los recursos, los beneficios y las oportunidades disponibles en la última etapa del ciclo vital, con la finalidad de esclarecer si es posible la inversión del orden de poder que ha regido las vidas de las personas mayores de ambos sexos, de modo que las mujeres finalmente puedan beneficiarse del mismo. cApÍtulO 3 el enVeJeciMientO de lA pOBlAciÓn MArcO nOrMAtiVO 71 El envejecimiento de la población. Marco normativo era más factible entre los países occidentales en los que se hacían evidentes los signos más visibles de los cambios demográficos. El I Plan de Acción Internacional, firmado por 126 gobiernos entre los que se encontraba España, proponía directrices amplias y principios generales sobre las maneras en que la comunidad internacional, los gobiernos, otras instituciones y la sociedad en su conjunto, podían hacer frente al progresivo envejecimiento de las sociedades y a las necesidades de las personas que envejecen. Las sesenta y dos recomendaciones se articularon en dos bloques fundamentales: uno concerniente a las metas y recomendaciones en materia de política y el otro relativo a las políticas de promoción y programas a nivel nacional e internacional. El primer bloque incluía aspectos relacionados con la salud y la nutrición; la protección a las personas de edad como consumidoras; la vivienda y medio ambiente; la familia; la asistencia social; la seguridad del ingreso y empleo; y la educación. El segundo recogía tanto la necesidad de recopilación y el análisis de datos, como la necesidad de formación y educación de personal competente. Consideradas directrices amplias y principios generales, se sugería que los enfoques y políticas concretas debían ser tomados en función de las tradiciones, los valores culturales y las prácticas de cada nación o comunidad étnica, al igual que se proponía que los programas debían adaptarse a las prioridades y posibilidades materiales de cada país y comunidad. Así, el “Plan Viena” parecía dar a entender que los temas relacionados con el envejecimiento iban a ocupar un lugar destacado en las agendas de desarrollo. La revisión realizada en su vigésimo aniversario con motivo de la celebración de la II Asamblea Mundial sobre Envejecimiento reveló, en cambio, que se registraron pocos y desiguales avances en la materia en función de los recursos disponibles y de las diversas prioridades. Entre los logros obtenidos destaca la disposición de mecanismos nacionales de coordinación bien establecidos en los países desarrollados; diferentes niveles de desarrollo de estos mecanismos en países en desarrollo o con economías de transición; así como la promulgación y puesta en práctica de leyes, normas, programas y proyectos a través de los citados mecanismos. También han destacado la mejora de los servicios de atención de la salud e institucionalización de programas de atención domiciliaria y fuera de las instituciones especializadas en países en desarrollo o economías en transición; el establecimiento de sistemas universales de atención a la salud, programas de asistencia estructurada y domiciliaria y capacitación de profesionales de la salud en aspectos geriátricos en países desarrollados; la facilitación de viviendas, especialmente para las personas sin hogar, y creación de residencias de larga estancia, junto a la mejora de los accesos y desplazamientos, proporcionando, por ejemplo, transporte público con descuento, en algunos países; la realización de cursos de postgrado en Gerontología e investigaciones sobre envejecimiento, incluida la publicación de informes en universidades de algunos países; la sensibilización respecto del envejecimiento, incorporando información en los programas educativos, solicitando colaboración a los medios de difusión y organizaciones no gubernamentales; la designación de un día nacional de las personas mayores y la celebración del Año Internacional de las Personas de Edad; sí como el establecimiento de regímenes de pensiones y planes de seguridad social, limitados o voluntarios, en determinadas naciones. En algunos países en desarrollo se han implantado regímenes de pensiones o se han reformado los existentes para atender necesidades, por ejemplo, mediante la indización de las prestaciones o la concesión de indemnizaciones globales; se han fomentado políticas de empleo para las personas de edad, que abarcan desde la capacitación en el lugar de trabajo hasta la asignación de puestos de trabajo, pasando por la reforma de las políticas de jubilación y la protección en casos de discriminación en el empleo por razones de edad; la adopción de normas relativas a las mujeres de edad que, entre otras cosas, hacen hincapié en la seguridad económica y la igualdad entre los géneros; y las contribuciones por parte de las ONGs en materia de promoción, creación de capacidad y asistencia para el desarrollo. Finalmente destaca la incorporación, por parte de las entidades del sistema de Naciones Unidas y las organizaciones intergubernamentales, de las cuestiones sobre envejecimiento en los principales documentos internacionales. Las críticas dirigidas hacia el Plan hacen referencia a lo insuficiente de los avances registrados. La situación se atribuye, según GORMAN (2001: 6), a lo que algunas personas sostienen que es un problema general de la ONU, a saber que “es buena para preparar convenciones idealistas, pero casi inservible para que se conviertan en realidad política”; tampoco escapa a la crítica de quienes “lo ven como un intento de universalizar conceptos y soluciones 72 Género y Tercera Edad en Canarias diseñados por el mundo occidental”. Ciertamente se ha impuesto la idea de que el Plan no reconoció suficientemente las diferentes realidades e impactos del envejecimiento en las distintas regiones del mundo, más teniendo en cuenta el hecho de que los países desarrollados se enriquecieron antes de envejecer y el resto envejece antes de que se de un incremento indispensable de la riqueza. La necesidad de revisar el Plan y tomar en cuenta estas consideraciones y la necesidad de establecer una estrategia a largo plazo para hacer frente al envejecimiento condujeron a la Segunda Asamblea Mundial y al “II Plan de Acción Internacional” (Madrid, 2002). Entre la celebración de una y otra Asamblea, y en señal del reconocimiento a la longevidad demográfica de la humanidad, fue declarado 1999 “Año Internacional de las Personas de Edad” (Documento A/50/114), bajo el lema “Hacia una sociedad para todas las edades”. La pretensión que guiaba la iniciativa era la de ofrecer un marco de referencia para un análisis exhaustivo de la situación de las personas mayores a la par que promocionar el ideal de una sociedad con cabida para todas las personas. Las dimensiones sobre las que se articuló ese marco de referencia eran cuatro: el desarrollo individual durante toda la vida; las relaciones multigeneracionales; la relación mutua entre el envejecimiento de la población y el desarrollo; y la situación de las personas de edad. En la “Resolución 50/114, de 16 de diciembre de 1991”, de la Asamblea General de Naciones Unidas se lee: “Podemos considerar que una sociedad para todos es una sociedad que ajusta sus estructuras y funcionamiento y sus políticas y planes a las necesidades y capacidades de todos, con lo que se aprovechan las posibilidades de todos, en beneficio de todos. Además, una sociedad para todas las edades permitiría a las generaciones efectuar inversiones recíprocas y compartir los frutos de esas inversiones, guiadas por los principios de reciprocidad y equidad”. Con anterioridad habían visto la luz los “Principios en favor de las personas de edad”, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas, de fecha 16 de diciembre de 1991 (Resolución 46/91). Los dieciocho principios giran en torno a cinco ejes: la independencia, la participación, la asistencia, la autorrealización y la dignidad. Su formulación pretendía orientar la acción encaminada a la satisfacción amplia de las necesidades de las personas mayores; pero en la práctica Naciones Unidas únicamente puede alentar a los gobiernos a que los introduzcan en sus programas nacionales cada vez que sea posible, lo que se traduce en un alto nivel de voluntariedad. Ello obstaculiza la satisfacción de ciertos principios que pretenden cubrir las necesidades de las personas mayores como, por ejemplo, el primero que dice: “Las personas de edad deberán tener acceso a alimentación, agua, vivienda, vestuario y atención de salud adecuados, mediante la provisión de ingresos, el apoyo de sus familias y de la comunidad y su propia autosuficiencia” o el cuarto: “Las personas de edad deberán tener acceso a programas educativos y de formación adecuados”. Entre los países menos adelantados del mundo (PNUD, 2007)11 ni tan siquiera las necesidades de la población potencialmente productiva están cubiertas en materia de la salud o educación, de manera que resulta difícil pensar que se generalicen sus beneficios a quienes están llegando al final de su vida productiva, por no nombrar las barreras culturales que impiden el acceso de las mujeres en igualdad al disfrute de derechos reconocidos universales como la educación o el empleo. Otros principios pretenden alentar el aprovechamiento de las potencialidades de estas personas así, por ejemplo, el segundo reza: “Las personas de edad deberán tener la oportunidad de trabajar o tener acceso a otras oportunidades de generar ingresos”. La idea de que las personas mayores podrán ser productivas trasluce una estrategia orientada a aminorar la carga para la población activa de las sociedades occidentales que supone el retiro de unas generaciones cada vez más nutridas, con buenas condiciones de salud y cada vez mejores pensiones. Una estrategia que es cuestionada porque parece incompatible con las actuales tasas de desempleo, y desde luego con la discriminación hacia los mayores de cuarenta y cinco años, especialmente mujeres, en el mercado laboral. Y sin embargo, aunque presentada como deseable es la que se dibuja en aquellos países en los que el Estado de Bienestar es residual o inexistente y donde las personas mayores han de ser productivas hasta el agotamiento de sus capacidades, e igualmente se aproxima a la realidad de las mujeres, que continúan activas entre la población inactiva de cualquier país bajo el genérico “amas de casa”. El sexto principio que dice: “Las personas de edad deberán poder residir en su propio domicilio por tanto tiempo como sea posible”, parece incidir en la racionalización del gasto público en tanto que propicia su reorientación desde la institución residencial hacia la tarea de cuidado domiciliario, algo que indudablemente impulsa la autonomía residencial, pero que inevitablemente precisa del apoyo de la comunidad y de la familia, concretamente de su 73 El envejecimiento de la población. Marco normativo mitad femenina. En fin, los principios expuestos, todos ellos pertenecientes al eje de la independencia, condicionan el desarrollo de los que aparecen bajo la etiqueta de autorrealización y dignidad, y parecen estar reservados para una pequeña proporción de personas mayores en unos pocos países del planeta. El logro de la participación en países democráticos ha sido menos complejo pues se han creado los mecanismos para la participación activa de las personas de edad en la formulación y aplicación de las políticas que les afectan mediante Consejos nacionales u órganos similares; pueden, y de hecho, forman asociaciones y federaciones de personas mayores y prestan servicios a la comunidad como voluntarios. Trascurridos dos decenios desde la reunión de Viena, se celebró en Madrid la “Segunda Asamblea sobre Envejecimiento” (Naciones Unidas, 2002). El espectacular crecimiento de la población y el acelerado ritmo del envejecimiento demográfico en los países en desarrollo y empobrecidos desplazó hacia el centro del debate público la reflexión sobre el envejecimiento en referencia a estos países. El “Plan de Acción Internacional sobre el envejecimiento 2002” (A/CONF.197/9), fue aprobado junto a la “Declaración Política”, en la II Asamblea Mundial sobre envejecimiento, bajo el lema “Una sociedad para todas las edades”, a la que asistieron representantes de unos 160 países. En la Declaración los gobiernos firmantes se comprometieron a llevar adelante las 117 recomendaciones del Plan, y concretamente a una mayor cooperación internacional en materia de envejecimiento, a fomentar la solidaridad de toda la sociedad con sus mayores y a luchar contra cualquier forma de discriminación que puedan sufrir. El Plan se diseñó con la finalidad de garantizar que en todas partes la población pueda envejecer con seguridad y dignidad, y que las personas mayores puedan continuar participando en sus respectivas sociedades como ciudadanos y ciudadanas con plenos derechos. Entonces salió nuevamente a la luz la necesidad de que el envejecimiento se incorporara a las políticas nacionales sociales y económicas como un aspecto central, tanto en los países desarrollados, como en el resto, desechando la idea de que la vejez sea una carga y reemplazándola por otra en la que se tome en cuenta que se puede sacar provecho de las capacidades de las persona mayores si aumentan sus posibilidades de participar en todos los ámbitos de la vida. En el empeño de ser una herramienta práctica, el Plan se articuló en dos grandes bloques: un primero denominado “Recomendaciones para la adopción de medidas” y un segundo “Líneas de aplicación y seguimiento”, este último incluye medidas para el plano nacional e internacional, la investigación y la supervisión, el examen y la actualización del Plan en el plano mundial. Las 117 recomendaciones a su vez, se articularon en tres bloques de prioridades. El primero bajo el título de “Las personas de edad y el desarrollo” incluye la participación activa en la sociedad y en el desarrollo; el empleo y envejecimiento de la fuerza de trabajo; el desarrollo rural, la migración y urbanización; el acceso al conocimiento, la educación y la capacitación; la solidaridad intergeneracional; la erradicación de la pobreza; la seguridad de los ingresos, la protección social/seguridad social y prevención de la pobreza; y las situaciones de emergencia. El segundo, bajo la denominación de “El fomento de la salud y el bienestar en la vejez”, recoge los aspectos relacionados con el fomento de la salud y bienestar durante toda la vida; el acceso universal y equitativo a los servicios de atención a la salud; las personas de edad y el VIH/SIDA; la capacitación de los proveedores de los servicios de salud y de los profesionales de salud; las necesidades relacionadas con la salud mental de las personas con edad; y las personas de edad con discapacidad. En el tercero y último, bajo el epígrafe “Creación de un entorno propicio y favorable”, se recogen los aspectos concernientes a la vivienda y las condiciones de vida; el abandono, el maltrato y la violencia, así como las imágenes del envejecimiento. En su nueva edición el Plan aparece más ajustado a las distintas realidades que recorren el planeta. Entre otras cosas, recoge la participación real de las personas mayores en la sociedad, considerada como fundamental, desde distintos puntos de vista. En primer término señala la contribución efectiva, a nivel social y económico, que con frecuencia realizan estas personas, tal como los cuidados prestados a miembros de la familia, el trabajo productivo de subsistencia, el mantenimiento de los hogares, la realización de actividades voluntarias en la comunidad o la contribución a la preparación de la fuerza de trabajo futura, así como en general, todo el trabajo no remunerado que realizan en todos los sectores las personas mayores de todas las edades y, en particular, las mujeres. Considera también que la participación en actividades sociales, económicas, culturales, deportivas, recreativas y de voluntariado contribuye a aumentar y mantener el bienestar 74 Género y Tercera Edad en Canarias personal; y destaca que las organizaciones de personas mayores constituyen un medio importante para facilitar dicha participación. En lo concerniente al empleo propone que se permita a las personas mayores seguir realizando tareas remuneradas, mientras lo deseen y puedan hacerlo productivamente, aunque reconoce que las dificultades para ello radican en el desempleo, el subempleo y la rigidez del mercado de trabajo. Se considera que en los países desarrollados la esperanza de vida supera a la edad de jubilación, mientras las bajas tasas de fecundidad pueden incidir en la disminución de la mano de obra, por ello el Plan propone la adopción de políticas para ampliar las posibilidades de empleo, como nuevas modalidades de trabajo basadas en la jubilación flexible, los entornos laborales adaptables y la rehabilitación profesional para personas mayores con discapacidades, de manera que puedan combinar el empleo remunerado con otras actividades. En los países en desarrollo y menos adelantados, generalmente, las personas ancianas siguen trabajando en la economía no estructurada, de manera que se llama la atención sobre la privación de los beneficios de unas condiciones de trabajo adecuadas, así como de la protección social de que disfrutarían en otro caso. Algunas otras consideraciones se refieren a que el empleo continuado de las personas mayores no debería reducir las oportunidades de los jóvenes, que supone una contribución constante y valiosa, y que es un beneficio utilizar la experiencia y conocimientos de los/as mayores para capacitar a los empleados más jóvenes y nuevos. De los migrantes de decenios anteriores se dice que su envejecimiento es atendido por algunos gobiernos, pero frecuentemente se enfrentan al hacinamiento, la pobreza, la pérdida de autonomía económica y la escasa atención material y social que prestan unos familiares que deben trabajar en países en desarrollo y menos adelantados. Se destaca también que la pobreza y los bajos ingresos durante los años productivos de las mujeres pueden ser a menudo causa de pobreza en la vejez, así como las mayores dificultades de las mujeres para generar pensiones y otros recursos para la jubilación. En lo referente a la pobreza se considera que aunque se ha prestado más atención a los objetivos y programas para erradicarla, las personas mayores suelen quedar excluidas de los mismos. Se entiende que allí donde es endémica, quienes sobreviven a una vida de pobreza suelen llegar a una vejez en la que es aún mayor. Resulta muy interesante que se explicite la parcialidad institucional de los sistemas de protección social, particularmente cuando se basan en una actividad laboral ininterrumpida, así como las desigualdades y disparidades entre los sexos en lo que se refiere al poder económico, la desigual distribución del trabajo no remunerado, la falta de apoyo tecnológico y financiero para las empresas de las mujeres, la desigualdad en el acceso al capital y su control, específicamente en lo referido a la tierra, a los créditos y a los mercados laborales, y por último, y no por ello menos importante, todas las prácticas tradicionales y consuetudinarias perjudiciales para las mujeres que dan como resultado la intensificación de la “feminización de la pobreza”12. La consideración de las especiales dificultades que, para afrontar el Plan, tienen los países en desarrollo y menos adelantados es específica, de manera que se estima que para la creación de un entorno propicio y favorable es preciso un marco de condiciones esenciales, tales como sistemas políticos participativos, transparentes y responsables, y el buen gobierno en los planos nacional e internacional; el reconocimiento de la naturaleza universal, indivisible, interdependiente e interrelacionada de todos los derechos humanos; el aumento de la asistencia externa a los países en desarrollo mediante la asistencia oficial para el desarrollo y el alivio de la deuda; el reconocimiento de la importante interacción entre las políticas ambientales, económica y sociales; un mejor acceso de los países en desarrollo y con economías de transición a los mercados de los países desarrollados; y la reducción de las consecuencias adversas de las perturbaciones financieras internacionales. El énfasis en el excesivo servicio de la deuda, que ha limitado la capacidad de promover el desarrollo social y proporcionar servicios básicos condujo a que, en la Declaración Política, de 12 de abril de 2002 que acompaña al II Plan, se apostara por la mejora de la cooperación internacional para complementar los esfuerzos nacionales encaminados a la aplicación del Plan. En la citada Declaración Política se explicita que la responsabilidad de aplicar el Plan, y especialmente de prestar servicios sociales básicos y la de facilitar el acceso a los mismos, recae fundamentalmente sobre los gobiernos, aunque se reconoce que es imprescindible trabajar junto a las autoridades locales, la sociedad civil, incluidas las organizaciones no gubernamentales, el sector privado, los voluntarios y sus organizaciones, las personas mayores y sus organizaciones y las que se dedican a ellas, así como con las familias 75 El envejecimiento de la población. Marco normativo y las comunidades. Especialmente respecto de estas últimas, y particularmente, respecto de las mujeres se reconoce su prestación de apoyo y cuidados no estructurados complementarios. Otras instituciones a las que implicar son las organizaciones profesionales, las empresas, los/as trabajadores/as y sus organizaciones, las cooperativas, las instituciones de investigación, universitarias y otras instituciones educativas y religiosas, así como a los medios de comunicación. Por último, se subraya la misión del sistema de Naciones Unidas, y en concreto de sus comisiones regionales, en la ayuda a los gobiernos, a petición de estos, para la aplicación y supervisión del Plan, teniendo en cuenta las diferencias entre los países y las regiones desde el punto de vista demográfico, social y económico. La formulación de este nuevo Plan incide en muchos aspectos formulados en el primero, e incorpora aspectos clave para las personas mayores, tales como la violencia, el abuso y el maltrato o el VIH/SIDA y señala que la pobreza de las personas mayores debe abordarse en el contexto de la “Meta de Desarrollo del Milenio” (A/RES/55/2) de reducir a la mitad la pobreza en el mundo para 2015. Indudablemente, el II Plan contiene las recomendaciones indispensables para hacer que realmente el envejecimiento se celebre como uno de los mayores logros de la humanidad, pero al igual que el anterior resulta ambicioso e idealista, especialmente si se toman en cuenta las regiones donde la pobreza no sólo es estructural, sino que incrementa tendencialmente, o los países en los que los factores culturales operan como obstáculos insalvables para la equiparación en el disfrute de derechos entre los sexos. El desafío radica en la implicación de los gobiernos, especialmente si se toma en cuenta que el Plan no compromete ni a los gobiernos ni a la comunidad internacional a destinar recursos adicionales para su ejecución. Durante la I Asamblea Mundial el impacto del sexo en el envejecimiento fue tomado en cuenta junto a otras posibles fuentes de discriminación como la etnia o la religión, e igualmente se consideró el peso demográfico de las mujeres y las posibles dificultades económicas que por su particular relación con el empleo, esto es, escasas o nulas perspectivas de tener un trabajo remunerado, les sitúa como las principales víctimas de la pobreza. En cambio, la II Asamblea destaca sin tibiezas las limitaciones que el sexo impone en el disfrute de la igualdad en la vejez. El artículo 5 de la Declaración Política (A/ CONF.1.97/9) de la II Asamblea Mundial explicita el compromiso de no escatimar esfuerzos para lograr la igualdad entre hombres y mujeres, y el artículo 8 reconoce que la perspectiva de género ha de tenerse en cuenta en todas las políticas y programas para atender las necesidades y experiencias tanto de las mujeres como de los hombres. A su vez, el apartado f) del Plan de Acción reafirma el compromiso de trabajar por la igualdad de los sexos entre las personas de edad. A su peso demográfico, se une el reconocimiento de su participación en el trabajo productivo de subsistencia, en el de cuidado a la familia y en tareas voluntarias comunitarias, entre otras; se refiere su discriminación en el mercado laboral, los bajos ingresos y su mayor presencia entre los pobres, particularmente en zonas rurales; se llama la atención ante su mayor vulnerabilidad frente a la violencia; y se destaca cómo la imagen que de ella se proyecta está salpicada de estereotipos negativos relacionados con la debilidad y la dependencia. Las particularidades de las mujeres en esta etapa del ciclo vital han sido objeto de atención por la Asamblea General desde 1983. En 1989 la Asamblea editó el documento “La mujer de edad” (A/ RES/44/76) en el que se explicita la agudización de los problemas sociales y económicos para las mujeres mayores al acumular la doble discriminación de sexo y edad. La Resolución 2002/ 56/126 sobre “La situación de la mujer de edad en la sociedad”, de la Asamblea General, ha reconocido que las mujeres de todas las edades, y en particular las mujeres mayores, continúan sufriendo a causa de la discriminación y la falta de oportunidades, y subraya que recae en los gobiernos la responsabilidad fundamental de crear un medio conducente al desarrollo económico y social de sus ciudadanos. La resolución destaca la necesidad de incorporar transversalmente la perspectiva de género en la formulación de políticas y en la planificación; la de eliminar la discriminación basada en el sexo y la edad; y la de asegurar iguales derechos y su pleno disfrute a las mujeres de todas las edades. La Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, del Consejo Económico y Social, ha sido la encargada de señalar el peso de las mujeres en la población de las personas de edad, las diferencias que las separan de los hombres en el disfrute de los derechos humanos o su contribución, paga e impaga, al desarrollo de las sociedades, entre otros aspectos que se recogen en diversos documentos. El documento “Género y envejecimiento: problemas, planteamientos y políticas” (E/CN.6/1999/3) desta- 76 Género y Tercera Edad en Canarias ca la relación entre edad, sexo y pobreza; aborda el tema de la salud y el cuidado; trata la imagen devaluada de la sociedad hacia la vejez que deforma la identidad de las mujeres de edad, y destaca el papel de la mujer mayor activa -que participa del trabajo informal, familiar, rural o de cuidadoen la economía mundial. La Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer recuerda y reitera frecuentemente que en la “Declaración y Plataforma de Acción de Beijing” (A/CONF.177/20) se alentó a los hombres a que participaran plenamente de todas las acciones encaminadas a garantizar la igualdad entre los géneros. En el Informe sobre el 48º período de sesiones (E/2004/27/ E/CN.6/2004/14) se recoge el apartado n) que se pretende que los gobiernos se den a la tarea de “alentar a los hombres, mediante la capacitación y la educación, a que participaran plenamente en los cuidados y el apoyo a otras personas, incluidas las personas de edad, con discapacidades y enfermas, en particular los niños y otros familiares a su cargo”. La implicación de la mitad masculina de la humanidad en la consecución de la igualdad, y particularmente, en la tarea de cuidado, resulta fundamental para iniciar la transformación que acabe con las dificultades que atraviesan las mujeres en su vida productiva y que se convierten en una rémora en el último período de su existencia, al haber limitado previamente sus posibilidades de acumular recursos o acceder a ellos. El Instituto Internacional de Envejecimiento (INIA)13 pretende tender puentes entre países más y menos desarrollados en la materia, sin embargo, es la Comisión de Desarrollo Social el órgano intergubernamental encargado del seguimiento y evaluación de la aplicación del Plan de Acción Internacional sobre Envejecimiento. En 2003 el documento “Modalidades de examen y evaluación del Plan de Acción Internacional de Madrid sobre Envejecimiento 2002” (E/CN.5/2003/7)14 reconoce que las cuestiones relacionadas con el envejecimiento y las personas de edad se tratan cada vez más desde el contexto de los grandes procesos mundiales, pero que realmente están lejos de haber alcanzado la importancia que requiere el Plan de Acción de Madrid. Las principales deficiencias se expusieron en el documento “Seguimiento de la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento” (A/59/164) de la Asamblea General de Naciones Unidas (2004), en el que evaluados los logros se reconoce la gran tarea que aún está pendiente. Entre los obstáculos, destaca la necesidad de trabajar para aplicar en el plano nacional la perspectiva de desarrollo en la política sobre el envejecimiento y la de sostener en la agenda internacional la prioridad del seguimiento de la Segunda Asamblea; si bien despunta otra cuestión obstaculizadora que es la existencia de imágenes e ideas estereotipadas en relación con la situación económica y social de las personas de edad que les dibuja como uno de los grupos más marginados, de personas vulnerables, dependientes para la obtención de recursos, y no productivas; así mismo otra cuestión relevante es que la carencia de datos fidedignos desglosados por edad y sexo, en la mayoría de los países en desarrollo, impide conocer la tasa de pobreza entre las personas de edad; además la falta de datos adecuados relativos a la salud y las necesidades de atención sanitaria de las personas de edad, su integración social, empleo y funciones como proveedoras y receptoras de apoyo familiar y comunitario sigue obstaculizando la formulación y aplicación de políticas y programas nacionales. Finalmente el documento reconoce la necesaria diferencia en la aplicación de la amplia gama de recomendaciones del Plan dada la diversidad de circunstancias de las personas de edad y las distintas maneras en las que el envejecimiento de la población afecta a las distintas sociedades, y sugiere la aplicación del método participativo de abajo hacia arriba a fin de recoger la información cualitativa que complete la cuantitativa disponible. En 2007, en el sexagésimo segundo período de sesiones de la Asamblea General, bajo el epígrafe “Desarrollo social: seguimiento del Año Internacional de las Personas de Edad: Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento” (A/62/131), se puso de manifiesto que desde la aprobación del Plan de Acción Internacional de Madrid, los Estados miembros han realizado progresos en el desarrollo de la capacidad sobre el envejecimiento en la dirección de crear una base jurídica y de mecanismos institucionales, programas de protección social y servicios de atención para hacer frente al envejecimiento demográfico. El documento sugiere que los Estados miembros que aún no lo hayan hecho, tal vez deseen considerar un enfoque gradual para desarrollar la capacidad o salvar las lagunas a fin de reforzar elementos concretos dentro de su capacidad nacional, que incluiría el establecimiento de prioridades nacionales, el fortalecimiento de los mecanismos institucionales, las investigaciones, la reunión de datos y el análisis, así como la formación del personal necesario en la esfera del envejecimiento. Sugiere que se haga fir- 77 El envejecimiento de la población. Marco normativo memente hincapié en la legislación y en el ulterior desarrollo de políticas y programas a fin de aplicar los objetivos nacionales, así como en la evaluación cuantitativa y cualitativa de la aplicación normativa. En todo caso se explicita que la aplicación del Plan de Madrid, especialmente en los países en desarrollo, depende de la creación de capacidad nacional para la ejecución de políticas en materia de envejecimiento. El documento destaca que las principales intervenciones normativas mencionadas por los Estados miembros en sus exposiciones ponían de manifiesto las prioridades señaladas en el Plan de Acción de Madrid: proporcionar un apoyo adecuado para la obtención de ingresos, la atención de la salud y la atención a largo plazo, el transporte y el empleo de las personas de edad; posibilitar su participación política, su integración en la sociedad y su contribución activa al desarrollo de sus comunidades; realizar una labor de preparación para las situaciones de emergencia y luchar contra los malos tratos que pueden afectar a las personas de edad; y capacitar a los encargados. El documento recoge también que la Comisión de Desarrollo Social, en su primer ciclo de examen y evaluación del Plan de Madrid en 2007, organizó un debate plenario y un debate en grupo sobre los progresos y problemas observados en la esfera del envejecimiento desde la aprobación del Plan. Los participantes destacaron que el envejecimiento tenía repercusiones en las sociedades e importantes consecuencias para el crecimiento económico, los sistemas de atención de la salud, las medidas de protección social, el mercado de trabajo, las familias y comunidades y la globalización, entre otras cosas. Entonces se destacó que, por ello, debían reforzarse los vínculos entre el Plan de Madrid y los principales objetivos de las políticas internacionales, como las estrategias de reducción de la pobreza, los Objetivos de desarrollo del Milenio, el Programa de trabajo decente15 y la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad. En la mesa redonda despuntaron tres esferas fundamentales. La primera es la de la seguridad financiera, ya en forma de pensiones no contributivas o de programas de protección social contributiva, que permita que las personas de edad puedan disponer de unos ingresos regulares para vivir. De ellas se dice que más que un costo, deberían considerarse una importante inversión en desarrollo capaz de reportar dividendos a las familias, las comunidades y la economía en general. La segunda es la de la promoción de la salud, que hace hincapié en la prevención y en la gestión eficaz de enfermedades crónicas, una adecuada capacitación de los profesionales de la salud en materia de medicina geriátrica, una ampliación de los servicios de atención domiciliaria y un apoyo a los familiares que se encargaban del cuidado de las personas de edad. Un envejecimiento saludable mejora la calidad de vida de la persona, y además genera menos costes a los sistemas de salud pública. Y la tercera esfera es la de la participación de las personas de edad y la potenciación del papel que desempeñan de forma que pudieran aportar opiniones a las políticas y los programas que les afectaban. Un concepto que ha cobrado especial protagonismo en estos años de reflexión y trabajo es el ya citado “envejecimiento activo”. El concepto fue la aportación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a la II Asamblea Mundial sobre Envejecimiento, y está relacionado directamente con los “Principios de las Naciones Unidas en favor de las personas de edad”. Se define como el “proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen” (KALACHE y KICKBUSCH, 1997: 4). Creado con la intención de superar la interpretación del “envejecimiento saludable”16, incluye otros factores que junto a la atención sanitaria afectan al modo de envejecer de los individuos y las poblaciones. El concepto, tratando de aunar vida saludable, productividad y calidad de vida, presupone que los individuos y grupos de personas ya envejecidas pueden desarrollar su potencial de bienestar físico, mental y social a lo largo de todo el ciclo vital y participar en la sociedad de acuerdo con sus necesidades, deseos y capacidades, mientras que ésta les proporciona protección, seguridad y cuidados adecuados cuando necesiten asistencia. Para la OMS, el envejecimiento activo precisa, desde el punto de vista individual, de la autonomía e independencia individual, y desde el punto de vista social, de la interdependencia, es decir, reciprocidad entre individuos, y de la solidaridad intergeneracional, esto es, reciprocidad entre generaciones, lo cual permite pasar “desde la planificación basada en las necesidades” a la “planificación basada en los derechos” lo que hace que se consideren irrenunciables tanto el reconocimiento de los Derechos Humanos de las personas mayores como los Principios de Naciones Unidas. 78 Género y Tercera Edad en Canarias El envejecimiento activo está relacionado, de forma ineludible, con las opciones de vida saludables a lo largo del ciclo vital. Las principales causas de morbilidad, discapacidad y mortalidad a medida que las personas envejecen están relacionadas con las enfermedades no transmisibles (ENT), incluidos los países en desarrollo y los menos adelantados en menor medida, ya que junto a las enfermedades infecciosas, la desnutrición y las enfermedades perinatales conviven enfermedades no transmisibles como las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y las enfermedades mentales, entre otras, que guardan relación con la adopción de nuevos estilos de vida y de trabajo. Estas enfermedades pueden prevenirse y retrasarse en muchos casos, si se adoptan desde edades tempranas hábitos de vida más saludables y se evitan factores de riesgo como la vida sedentaria, una dieta inadecuada o el tabaquismo, por ejemplo. La OMS sostiene que la adopción del enfoque del envejecimiento activo en las políticas y programas de desarrollo, y específicamente en las políticas educativas, sanitarias y de empleo, ofrece la posibilidad de afrontar muchos de los retos, tanto de las personas, como de las poblaciones que están envejeciendo, de modo que será posible incidir en la disminución de las muertes prematuras a edades productivas y en las discapacidades relacionadas con las enfermedades crónicas en la vejez. Por ello, es previsible que el término “activo” quede dotado de un significado que vaya más allá de las capacidades físicas, de modo que se incremente el número de personas que participen activamente de los ámbitos sociales, culturales, económicos, políticos, cívicos y espirituales, así como en la vida doméstica, familiar y comunitaria, y en general, aumentar el número de personas que disfruten de una calidad de vida positiva. La OMS señala también razones estrictamente económicas para la adopción del envejecimiento activo. Desde este punto de vista, las personas que se mantienen sanas a medida que envejecen no tienen impedimentos para continuar con su vida laboral, lo cual favorece el cambio en las políticas respecto a la jubilación precoz en los países industrializados, compensa el aumento del coste de las pensiones y de los esquemas de seguridad social basados en los ingresos, así como los costes relacionados con los gastos públicos de asistencia médica y social, puesto que es más rentable prevenir la salud que curarla. Además, si las personas mayores aumentan su participación en la fuerza laboral, mediante empleo a tiempo parcial o completo, aumentará también su contribución a la renta pública. En la década de los sesenta vio la luz un nuevo concepto, el de “esperanza de vida saludable”, cuyo uso se generalizó en los noventa. Obviamente la esperanza de vida es el indicador de salud por excelencia y sigue siendo una medida fundamental para el envejecimiento de una población, pero este otro concepto viene a dotar esa medida de mayor precisión ante una población que envejece, de modo que es utilizado por la OMS como sinónimo de esperanza de vida libre de discapacidad. Ante el envejecimiento progresivo de la población se trata de conocer si los años vividos serán, o en qué medida estarán, libres de discapacidad. En España, en los últimos años, se experimenta un incremento de años vividos en buena salud (Tabla 5). La esperanza de vida de los hombres de vivir libres de discapacidad es menor que la de las mujeres, pero dado que éstas tienen una mayor esperanza de vida son ellas precisamente las que viven más años con alguna discapacidad. tabla 5. esperanza de vida saludable al nacer, españa 1995-2003 EVLD Mujeres Hombres 1995 67,7 64,2 1996 68,4 65,1 1997 68,2 65,5 1998 68,2 65,2 1999 69,5 65,6 2000 69,3 66,5 2001 69,2 66,0 2002 69,9 66,6 2003 70,2 66,8 Elaboración propia. Fuente: Ministerio de Sanidad y Consumo. (2005). Esperanza de vida libre de incapacidad. Un indicador estructural. Desde el ámbito internacional se entiende que, aunque el envejecimiento parece un asunto que sólo compete a los/as mayores, precisa efectivamente de la implicación de toda la sociedad, especialmente en la tarea de favorecer el envejecimiento activo 79 El envejecimiento de la población. Marco normativo para las generaciones envejecidas y las que están por envejecer con la finalidad de mejorar la calidad de vida de sus protagonistas y de sus sociedades. La “Declaración Política de la II Asamblea Mundial sobre Envejecimiento”, en su artículo 13, establece la responsabilidad de los gobiernos a la hora de promover y prestar servicios sociales básicos y de facilitar el acceso a ellos, y añade que a tal fin se precisa trabajar con las autoridades locales, la sociedad civil, incluidas las organizaciones no gubernamentales, el sector privado, los voluntarios y las organizaciones de voluntarios, las personas de edad y las asociaciones de personas de edad y las que se dedican a ellas, así como con las familias y las comunidades. Entre las organizaciones de la sociedad civil que se han dado a esta tarea, acaso la más conocida sea Help Age Internacional, una organización con estatus consultivo en el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, que ha trabajado en diferentes líneas, una de las cuales ha tenido por objetivo a las personas mayores como cuidadoras de huérfanos, niños/as vulnerables y víctimas de la pandemia del VIH/SIDA. En el bienio 2006-2007, trabajó en un proyecto de supervisión de la participación ciudadana por el que las personas de edad recibieron formación y apoyo en algunos países para lograr que sus gobiernos intervinieran en la formulación de políticas sobre el envejecimiento y en la aplicación del Plan, haciendo especial hincapié en el reconocimiento de los derechos de las personas de edad a obtener ingresos y atención de la salud. Igualmente la Federación Internacional de la Vejez ha dedicado su labor a la promoción, reunión y difusión de información, tanto como al desarrollo de proyectos comunitarios, y ha elaborado proyectos internacionales, basados en la comunidad, para cada una de las orientaciones prioritarias del Plan de Acción, centrándose en determinar y describir la formulación de la política nacional, esbozar las prácticas más adecuadas en el plano comunitario y ayudar a las personas de edad, en ese plano, a evaluar las repercusiones de los distintos programas. Una tercera organización, el Centro Internacional de Longevidad, promueve la incorporación de las cuestiones relativas al envejecimiento mediante actividades educativas dirigidas a los medios de difusión, el público, los académicos y el funcionariado gubernamental. Por último, la Red Internacional para la Prevención de los Malos Tratos a los Ancianos trabaja para concienciar y dar a conocer el problema de los malos tratos a personas mayores; promover la educación y la capacitación en la identificación, el tratamiento y la prevención; llevar a cabo actividades de defensa de las personas de edad maltratadas y desatendidas; y fomentar la investigación de las causas, las consecuencias, la prevalencia, el tratamiento y la prevención de los malos tratos y el abandono. Esta Red se asoció a Help Age International y otras instituciones académicas en un proyecto mundial de investigación -dirigido y financiado por la OMScon el objetivo de elaborar un mecanismo fiable de detección de los malos tratos y estrategias para su prevención. El interés por el envejecimiento, que se manifestó en la vieja Europa en la década de los años cincuenta es, salvo en las regiones más castigadas del planeta, una preocupación mundial. Y si bien es verdad que desde los años ochenta se está produciendo en Occidente la “madurez de masas” (PÉREZ DÍAZ, 2002), es decir, la llegada de más de la mitad de una generación a los 60 o 65 años; lo cierto es que los mayores de hoy son diferentes a los de antes. La confusión entre los unos y los otros surge de una errónea atribución a la edad de aspectos que son propios de la generación. De hecho, LUQUE (2008: 133) ha señalado que a futuro los malos hábitos nutricionales conducentes a la obesidad pueden impactar en una “menor esperanza de vida”. En fin, el “envejecimiento activo” se propone para dar más vida a los años, en lugar de más años a la vida, y no esconde que tras su enunciado se encuentra una fórmula que, mediante la participación de los/ as mayores en todas las esferas de la vida incluida la económica, favorece la racionalización del gasto público frente al más que previsible aumento de la demanda de servicios en la vejez. En todo caso, antes de magnificar los costos se debe considerar que, tanto el envejecimiento demográfico como el aumento de la supervivencia, son resultados del desarrollo económico y social. Ambos fenómenos no pueden dejar de valorarse y se debe tratar de comprender su profunda significación social más allá de las cifras, puesto que semejantes logros no son más que el cumplimiento de un viejo sueño de la humanidad en el que se ha trabajado denodadamente. 3.3. la población anciana europea. la unión europea. La evolución hacia el envejecimiento resulta evidente en los países más ricos del mundo a cuya cabeza se encuentra un país asiático. Japón es el país 80 Género y Tercera Edad en Canarias con la población más envejecida, con una esperanza de vida que alcanza los 82.3 años (PNUD, 2007); le suceden Hong Kong, Islandia, Suiza y Australia; y tras ellos dos países de la Unión Europea: Suecia y España. Las últimas ampliaciones de la Unión Europea han incrementado la población europea en unos setenta y nueve millones hasta las 497.198.740 personas (EUROSTAT, 1 de enero de 2008). Debido a los altos niveles de fecundidad de los años setenta y ochenta estos Estados en la actualidad presentan una estructura de edad más joven que la vieja Europa de los quince. El efecto rejuvenecedor de la ampliación, en todo caso, será pequeño y temporal y no supondrá un impacto significativo en el proceso de envejecimiento. De hecho el Informe “La situación social de la Unión Europea, 2003” de la Comisión Europea (EUROSTAT/COMUNIDADES EUROPEAS, 2003) señalaba que la población de 65 años y más representaba entonces el 16% y la menor de quince años el 17%, mientras que en 2008 la proporción de mayores se mantiene (12,6%) pero la de menores cae hasta el 15,8. La aparición y persistencia de unos niveles de fecundidad extremadamente bajos incide en la rápida disminución de la proporción de niños/as en la población, de modo que para el año 2020 la proporción de personas mayores se acercará a los niveles de la Europa de los quince, hasta que en 2050 lleguen a la media europea. Eslovenia, junto a Italia y Austria alcanzarán una edad mediana de 54 años en 2020. El Informe “Tendencias demográficas en el mundo” elaborado en 2007 por la Comisión de Población y Desarrollo de Naciones Unidas (E/CN.9/2007/6) señala que la vieja Europa es la región del planeta con mayor proporción de personas mayores (21%), y lo seguirá siendo hasta 2050, momento en que se prevé que la proporción alcanzará el 35%. En ese año, será España el país con la población de más edad del mundo, con una edad mediana de 55 años. La Comisión apunta igualmente que Alemania, Grecia, Italia y Japón ya tienen por lo menos 15 personas de más de 60 años por cada niño/a y las proyecciones apuntan a que España e Italia tendrán en 2050 casi 4. En la Unión Europea, cerca del 17% de la población cuenta con 65 años o más, el 59% de estas personas son mujeres, aunque entre las que cuentan con más de 85 años representan el 71% (EUROSTAT, 2008). La Unión Europea está envejeciendo y la tasa de dependencia de las personas mayores, que en los últimos años ha crecido 2,7 puntos se sitúa actualmente en el 25,2 (Gráfica 3) y previsiblemente aumentará porque, aunque la fecundidad se ha incrementado ligeramente -en tanto que pasó de 1,45 hijos por mujer en 1999 a 1,47 en 2001-, todavía se encuentra muy por debajo del nivel de sustitución (2,1). La pirámide poblacional europea, que está tomando la forma de una columna, adoptará la forma de una pirámide invertida cuando las generaciones del baby-boom, las más numerosas de la historia, transiten hacia a la vejez. La esperanza de vida está aumentando y la mortalidad se concentra cada vez más en la vejez. El aumento más pronunciado se dará en el número de personas muy mayores, las de más de 80 años, que en los próximos 50 años incrementará casi un 50%. Gráfica 3. Tasa de dependencia UE-27, 19972007 21 22 23 24 25 26 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 Elaboración propia. Fuente: EUROSTAT. (2008). Old-age-dependency ratio, 19972007 De los 44 países del mundo que consideran que su natalidad es demasiado baja, 28 son europeos. En los últimos años, ninguno de los países miembros de la Unión Europea (Tabla 6) alcanza el nivel de reemplazo generacional. Los repuntes que comienzan a observarse en el Centro y Norte, e incluso en el Sur de la Unión Europea, no parecen que vayan a compensar, a corto y medio plazo, la disminución de la fecundidad. Tal recuperación aparece relacionada con la inmigración extraeuropea, que por sí sola no podrá, a corto o medio plazo, compensar los desequilibrios poblacionales o evitar las reformas económicas, y que previsiblemente terminará por adquirir las pautas demográficas del entorno. El “Libro Verde frente a los cambios demográficos, una nueva solidaridad entre generaciones” de la Comisión Europea (COM/2005/94) señala varios factores para explicar la persistencia de las bajas tasas de natalidad, entre los que destacan las dificultades de inserción profesional, la escasez y carestía de la vivienda, el retraso de la edad en la que se tiene el 87 El envejecimiento de la población. Marco normativo demostrado que los trabajadores de más edad no puedan participar plenamente en el crecimiento del empleo en los sectores en expansión; y que no hay pruebas empíricas que apunten que los trabajadores más jóvenes y los de más edad sean intercambiables. La Comisión propuso tres grandes prioridades, de manera que junto al aumento y fortalecimiento de las redes de conocimiento -investigación, educación y formacióny reforzamiento de la competitividad de la economía europea, apareció nuevamente el “envejecimiento activo” vinculado al mundo del empleo. Los dos objetivos complementarios fijados en esta materia habían sido tomados con anterioridad en el Consejo Europeo de Estocolmo (Boletín UE32001), en el que se acordó que la mitad de la población de la UE de edades comprendidas entre 55 y 64 años debía estar empleada para 2010, y en el Consejo Europeo de Barcelona (Boletín UE3-2002) que concluyó que para 2010 debería intentarse la elevación progresiva, en torno a 5 años, de la edad media efectiva en la que las personas cesan de trabajar. Estos dos objetivos se han convertido en parte integrante de la estrategia europea de empleo. La Comisión subrayó respecto del cumplimiento de los países con esos objetivos, que se podrían establecer tres grupos. El grupo I, próximo o por encima del objetivo de Estocolmo, está integrado por Suecia, Dinamarca, Reino Unido, Estonia, Irlanda, Chipre y Portugal. El III, un grupo intermedio, está compuesto por Alemania, la República Checa, Finlandia, Lituania, España, los Países Bajos, Grecia, Letonia, países que se aproximan a la media europea, 38,7%. Y el grupo II integrado por países como Eslovaquia, Eslovenia, Polonia, Bélgica, Hungría, Luxemburgo, Italia, Austria y Francia, en los que menos del 35% de las personas de más edad están ocupadas, lo cual es motivo de preocupación. Estos mismos países son los que presentan las tasas de empleo más bajas, si bien a pesar de las considerables diferencias en dichas tasas, la edad media de salida de hombres y mujeres arroja una diferencia insignificante. Los objetivos en materia de tasa de empleo hasta 2010 están explicitados en “un 70% en general, un 60% para las mujeres y un 50 % para los trabajadores de más edad”, aunque los obstáculos a remover están bien enraizados, buena parte de ellos radican en la segregación por sexo y edad del mercado de trabajo, pero tampoco es de despreciar el rechazo que suscita en buena parte de la ciudadanía europea23. En la actualidad son cuatro los tipos básicos de acción comunitaria que se adoptan en la Unión: a) la provisión de fondos para medidas de apoyo a los/ as mayores e intercambio de información e investigación; b) las Declaraciones de intenciones, no vinculantes, en forma de resoluciones y recomendaciones, como por ejemplo la Recomendación del Consejo 82/857 de 1982 sobre los principios de una política comunitaria sobre la edad de jubilación, programas de jubilación flexible; c) la Legislación, en forma de directivas o reglamentaciones, de carácter obligatorio para los gobiernos nacionales, como la Reglamentación del Consejo 1408/71 sobre la aplicación de los regímenes de seguridad social a los/as trabajadores/as y sus familias24; y c) los programas comunitarios de carácter socioeconómico, como el dirigido a las personas mayores en riesgo de exclusión social, TELEMATICS (Programa de Atenciones Telemáticas) o TIDE (Iniciativa Tecnológica para Personas con Discapacidad y Mayores). La Comisión estableció un “Grupo de Enlace” (26.10.1991, 91/544/EEC; OJ L 286) para promover el diálogo con las organizaciones representativas de las personas mayores en el ámbito europeo con la finalidad de reforzar la voz de los/as mayores. 3.4. la población anciana española. el estado español. El envejecimiento en el Estado Español -sobre el que se profundizará en el próximo capítuloes un acontecimiento relativamente reciente. La evolución de las pirámides poblacionales 1991-2001 muestra el descenso acusado de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida. En 1991 se apreciaba el inicio de la inversión de la pirámide, debido a una erosión por la base, que se mantiene en la pirámide de 2001 (Gráfica 4) y que se dibuja nítidamente en la proyección al año 2050 (Gráfica 5). En cambio, el grupo de edad de 65 y más años, representado por el 14,1% en 1991, había pasado a un 16,9% de la población total en 2001, una proporción que se mantiene en la actualidad en el 16,5% según los datos del Padrón (INE, 1 de enero de 2008). El “Informe Mujeres y hombres en España 2008” (INE/INSTITUTO DE LA MUJER, 2008) señala que en el período 20152050 la proyección para el grupo de 65 años y más duplica su participación en el conjunto de la población, pasando de representar el 18,5% a el 33,5%. Los fenómenos demográficos experimentados en otros países europeos se produjeron con retraso en 88 Género y Tercera Edad en Canarias Mujeres Mujeres Gráfica 4. Pirámide de la población española, 2001 Gráfica 5. Pirámide de la población española, proyección 2050. Hombres Hombres Fuente: U.S. Census Bureau, Internacional Data Base Fuente: U.S. Census Bureau, Internacional Data Base 89 El envejecimiento de la población. Marco normativo España debido a las circunstancias sociopolíticas vividas en la historia reciente del país -aspectos que se desarrollan en el capítulo 6-. De hecho, en los años cincuenta el número de personas mayores de sesenta y cinco años apenas representaba el 7%, y desde entonces la tendencia se ha mostrado imparable, pues el crecimiento medio anual de la población mayor viene siendo superior al del conjunto de la población. Las “tasas anuales acumulativas revelan que las personas mayores han aumentado el 2,5% desde 1970 y lo seguirán haciendo con incrementos anuales superiores al 1,2% hasta el 2050” (ABELLÁN GARCÍA, 2002: 29). Ahora bien, la población española no sólo está envejeciendo, pues se está produciendo un cambio en la misma estructura de edad entre los mayores (Tabla 9). En los últimos treinta años, mientras que los mayores jóvenes han crecido un 90%, las personas octogenarias lo han hecho un 195%. A comienzos de la década estas personas representaban el 3,8% de la población, en 2050 serán el 10% de la misma, esto es, uno de cada tres mayores (ABELLÁN GARCÍA, 2002: 32). Las proyecciones realizadas indican que el envejecimiento de población no dejará sentir sus efectos sobre el volumen de la población en edad de trabajar, en términos absolutos, hasta la tercera década del siglo, mientras que en 2021 se iniciará un descenso cada vez más pronunciado hasta 2050. tabla 9. evolución de la distribución porcentual de la población por grupos de edad y sexo, 20002007. 2000 2007 Ambos Varones Mujeres Ambos Varones Mujeres Sexos Sexos De 0 a 14 14,6 15,3 13,9 14,3 14,9 13,8 De 15 a 64 68,6 70,2 66,9 69,0 70,8 67,2 De 65 a 79 13,1 11,9 14,2 12,1 11,1 13,2 De 80 y más 3,8 3,8 5,0 4,5 3,2 5,8 Fuente: INE-INSTITUTO DE LA MUJER. (2008). Mujeres y hombres en España 2008. Efectivamente, el envejecimiento de la población fue un fenómeno que arribó tardíamente a España, pero que en un período relativamente corto de tiempo salvó las distancias que mantenía con otros países. Al empezar el siglo XX la población española tenía “una esperanza de vida al nacer inferior a los treinta y cinco años, la más baja de toda Europa” (CABRÉ I PLÁ y PÉREZ-DÍAZ, 1995: 37); actualmente, con 80,5 años España se sitúa en la sexta posición en las tablas de envejecimiento mundiales, mientras que en el entorno europeo ha cedido la primera posición a Islandia, para ocupar junto a Suecia la segunda (PNUD, 2007). El Informe de “Estrategia Nacional de España en relación con el futuro del sistema de pensiones” (MTAS, 2002) indica que el Índice de reemplazo de la población en edad de trabajar, en 2050, será de 138 trabajadores a punto de salir por cada 100 a punto de entrar. En línea con la preocupación europea, en España se ha formulado la propuesta de reforma para el sistema de pensiones y otras instituciones del bienestar social, si bien antes de la llegada de la recesión económica a finales de 2008 se había estimado que el sistema no se enfrentaría a un déficit presupuestario grave en materia de gastos en pensiones hasta 2015 (SANDELL, 2003). La Constitución Española, que declara al español un Estado social, democrático y de derecho en el Capítulo Tercero de su Título Primero, bajo el epígrafe “De los principios rectores de la política social y económica”, recoge dos preceptos fundamentales en el régimen jurídico regulador de la protección de los derechos de las personas mayores: los artículos 41 y 50. El artículo 50 señala expresamente que “los poderes públicos garantizarán mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad. Así mismo, y con independencia de las obligaciones familiares, promoverán su bienestar mediante un sistema de servicios sociales que atenderán a sus problemas específicos de salud, vivienda, cultura y ocio”. Por su parte el artículo 41 dice que “los poderes públicos mantendrán un régimen público de Seguridad Social para todos los ciudadanos, que garantice la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de desempleo. La asistencia y prestaciones complementarias serán libres”. Y respecto al reparto competencial entre el Estado y las Comunidades Autónomas, el artículo 149.3 considera como competencia exclusiva, asumible por las Comunidades Autónomas, la de la asistencia social. La “Ley Orgánica 9/1992, de 23 de diciembre, de transferencias de competencias a determinadas Comunidades Autónomas” (BOE 308, 24/12/1992) contempla en su exposición de motivos que en el ejercicio de sus competencias las interconexiones que se producen en diversas materias exigen una 90 Género y Tercera Edad en Canarias actuación conjunta o compartida. De este modo, en esta materia el Estado se reserva la legislación básica y el régimen económico, mientras que tanto el desarrollo normativo de esa legislación básica, como la gestión y ejecución de los servicios son competencia de las Comunidades Autónomas. Todas ellas han asumido competencias en materia de gestión y ejecución de servicios sociales y, aunque han promulgado leyes, son menos las que han dictado leyes específicas sobre la tercera edad. El último modelo de Seguridad Social se estableció a través del “Real Decreto Ley 36/1978, de 16 de noviembre, sobre gestión institucional de la Seguridad Social, la salud y el empleo” (BOE 276, 18/11/1978) con tres organismos básicos: el Instituto Nacional de la Seguridad Social, el Instituto Nacional de Salud y el Instituto Nacional de Servicios Sociales, que pasó a denominarse luego Instituto de Migraciones y Servicios Sociales, y a redenominarse mediante Real Decreto 1600/2004, de 2 de julio, Instituto de Mayores y Servicios Sociales25. Sin embargo, habría que esperar a 1991 para que la progresión de la proporción de personas mayores coadyuvara a la formulación del “I Plan Gerontológico Nacional, 1992-2000”. El Plan, que pretendía tener un carácter global e integrador, articuló la primera respuesta de la política social española dirigida a las personas mayores y contenía cinco áreas en concordancia con las cuales se fijaron los objetivos de asegurar y garantizar las pensiones, así como fijar la meta de la equiparación de las más bajas al salario mínimo interprofesional; ampliar la asistencia sanitaria; potenciar los servicios sociales para la integración en el entorno; procurar actividades culturales y de ocio; y fomentar del asociacionismo. El Plan recogía también un conjunto de medidas que pretendía garantizar el bienestar social y económico de las personas mayores. A la evaluación del Plan siguió la lectura de ciertas deficiencias como la inexistencia de una política integral de atención a la vejez, la necesidad de crear e incrementar los servicios sociales públicos y de calidad para una atención adecuada para las personas de edades avanzadas, la necesidad de una efectiva coordinación entre el personal sanitario y el de asistencia social para atender íntegramente a la persona dependiente y la falta de equiparación entre las Comunidades en materia de los apoyos institucionales que reciben las personas dependientes. Se ha señalado igualmente que las medidas de fomento de la acogida familiar, la iniciativa social mediante incentivos o desgravaciones fiscales y la iniciativa privada del sector y los seguros privados se podían entender como un intento deliberado de transferir la responsabilidad de los cuidados a la familia y al sector privado (RAMÓN, 2006). El traspaso competencial en materia de servicios sociales a las Comunidades Autónomas junto a la directrices emanadas de la II Asamblea Mundial sobre Envejecimiento, las recomendaciones de la OMS, del Foro Mundial de ONGs26 y otros instrumentos precisaron una reorientación de la política social en esta materia, de modo que la actualización del I Plan se materializó en el “Plan de Acción para las Personas Mayores 2003-2007” (IMSERSO, 2003). Los principios inspiradores del Plan eran los formulados por las Naciones Unidas, esto es, independencia, participación, asistencia, autorrealización y dignidad, junto a cooperación. El Plan nació con la finalidad última de garantizar la igualdad de oportunidades para toda la ciudadanía, en un marco de cooperación interadministrativa e interinstitucional. Para la consecución de los objetivos se incluyeron aspectos económicos, sociales, culturales y de salud que se articularon en 138 medidas, que a su vez se aglutinaron en cuatro áreas: igualdad de oportunidades, cooperación, formación especializada y, por último, información e investigación. Desde la primera área se pretende acabar con el mero asistencialismo y una concepción invalidante del ser mayor, a la par que se trata de equiparar el goce de los derechos para las personas de todas las edades, lo cual incluye tanto la promoción de la autonomía y la participación plena en la comunidad, en base a los principios del “envejecimiento activo”, como el avance en la protección a las personas mayores en situación de dependencia. Desde la segunda se apuesta por una cooperación que implique a las distintas administraciones a fin de que las competencias de las Comunidades Autónomas no entren en confrontación con la garantía de la igualdad de oportunidades para toda la ciudadanía, por lo que se fija un marco de referencia, un sistema estable de cooperación y comunicación mutua, que incluye también la colaboración entre el sector público y privado, especialmente con asociaciones y federaciones de personas mayores, ONGs, voluntariado y otro tipo de entidades y empresas prestadoras de servicios sociales, sin olvidar la cooperación internacional. Desde la tercera área de intervención, la formación se refiere a la necesidad de ampliar las oportunidades educacionales para los/as profesionales de la salud, los/as profesionales del sector de los servicios sociales y quienes prestan 91 El envejecimiento de la población. Marco normativo servicios en un contexto no estructurado. Y por fin, en la cuarta y última área, se propone informar a la sociedad en general, a las entidades públicas y privadas, así como impulsar la investigación a nivel nacional e internacional. Entre las medidas novedosas del Plan se incluyó el diseño de programas educativos dirigidos al fomento de las relaciones intergeneracionales y a superar los estereotipos negativos acerca de las personas mayores; la elaboración de un manual de estilo sobre el tratamiento de la vejez dirigido a los medios de comunicación; el fomento de la protección a las personas mayores mediante la localización de personas vulnerables por su situación de soledad o aislamiento, y la puesta en marcha de un programa a favor de la mujer mayor en coordinación con las Comunidades Autónomas y las Corporaciones locales. En España la protección social de las personas mayores se levanta sobre tres tipos de prestaciones públicas: económicas, sanitarias y de servicios sociales. Las económicas se materializan en forma de unas pensiones -sobre las que se abundará en el Capítulo 9que constituyen la principal fuente de ingresos para la mayoría de las personas mayores. El sistema español de pensiones se articula a través de dos subsistemas y, a su vez, el primero tiene dos niveles: el contributivo de la Seguridad Social financiado con las cotizaciones sociales que trabajadores/as y empresarios/as pagan mensualmente, y que sobre el que planea el debate sobre su viabilidad; y el denominado Sistema de Clases Pasivas, que afecta a los/as funcionarios/as. El segundo subsistema, no contributivo o asistencial, es financiado con los impuestos generales, beneficia a la población mayor de dieciséis años incapacitada para el trabajo, enfermos/as crónicos o quienes no hayan cubierto el período mínimo de cotización; está bajo el control de la Seguridad Social y es gestionado por las Comunidades Autónomas. El sistema de pensiones está influido por las medidas contenidas en la “Ley 24/1997, de 15 de julio, de consolidación y racionalización del Sistema de Seguridad Social” (BOE 169, 16/7/1997), en aplicación del Pacto de Toledo (1995)27. Si bien la preocupación por las nuevas formas y necesidades sociales, y las consecuentes en materia económica, han incidido en la modificación prácticamente continuada del sistema de pensiones desde que se firmara el Pacto. De hecho, se habían iniciado con la “Ley 26/1985 de Medidas Urgentes para la racionalización de la Estructura y la Acción protectora de la Seguridad Social” (BOE 183, 18/3/1986) que puso en marcha un proceso de ajuste financiero para contener el gasto a largo plazo, endureció los requisitos de acceso para causar una pensión contributiva, y sentó las bases ideológicas para favorecer los sistemas complementarios privados de pensiones. Las reformas, que actuarán hasta el año 2015, previsiblemente garantizarán el futuro del sistema, siempre que se trabaje sobre otros aspectos como el fomento del empleo, incluido el empleo de las personas mayores de sesenta años a través de medidas de jubilación gradual y flexible -algo realmente complicado de llevar a la práctica en un momento como el actual en el que el modelo económico español con base en el par construcción-turismo atraviesa serias dificultades-. Un aspecto regulado mediante la “Ley 35/2002, de 12 de julio, de medidas para el establecimiento de un sistema de jubilación gradual y flexible” (BOE 167, 13/7/2002), en la que, en base al “Acuerdo para la Mejora y el Desarrollo del Sistema de Protección Social”, suscrito el 9 de abril de 2001 por los agentes sociales28, se recogían medidas en relación a la flexibilidad de la edad de jubilación. En la justificación del desarrollo normativo se argumentó que a fin de dotar a la jubilación de los caracteres de gradualidad y progresividad se estimaba conveniente proceder a la modificación de la regulación de la pensión de jubilación, en el sentido de que la misma no viniera a impedir una presencia social activa, destacando a su vez que tal permanencia repercute en la propia autoestima del trabajador, tiene efectos positivos sobre el sistema de pensiones y, de modo más general, presenta indudables ventajas para el conjunto de la sociedad que, de esta forma, puede aprovechar la experiencia y los conocimientos de los trabajadores de más edad. Consecuentemente con el objetivo de lograr una mayor permanencia en la actividad, las modificaciones legales se concretaron en una serie de medidas29 entre las que se encuentra, en primer término, la reforma de la regulación de la jubilación parcial a fin de posibilitar la compatibilidad entre el percibo de una pensión de jubilación y el desarrollo de actividades laborales; en segundo lugar, la exoneración del pago de cotizaciones sociales por contingencias comunes, salvo en lo que se refiere a la incapacidad temporal; y en tercer lugar, la introducción de previsiones que posibiliten que el porcentaje aplicable a la base reguladora de la pensión de jubilación pueda superar el 100%. Junto al señalado objetivo de propiciar la permanencia, el citado Acuerdo recoge el 92 Género y Tercera Edad en Canarias propósito de reformular las condiciones de acceso a la jubilación anticipada30. Asimismo, se han adoptado acuerdos en materia de extinción de contratos de trabajo derivados de un expediente de regulación de empleo31 y, como una manifestación más del fomento del empleo y para incentivar el no acceso a la jubilación en edades anticipadas, se ha asumido también el establecimiento de un nuevo régimen de bonificaciones o reducciones graduales, que pueden llegar a alcanzar hasta el 100 por 100 de la aportación empresarial en la cotización a la Seguridad Social por contingencias comunes. El “Informe de Estrategia Nacional de España en relación con el futuro de las pensiones” (MTAS, 2005), dirigido al Comité de Protección Social de la Unión Europea en aplicación de la necesaria coordinación europea, expone tres grandes estrategias de actuación que no difieren sustancialmente de las expuestas en anteriores epígrafes, esto es, pensiones adecuadas; sostenibilidad financiera del sistema de pensiones; y modernización de los sistemas de pensiones en respuesta a las necesidades cambiantes de la economía, la sociedad y los individuos. La primera se refiere tanto a la evitación de la exclusión y a la participación activa en la vida pública y social de las personas mayores, incluyendo tanto el retraso de la edad de jubilación, como la posibilidad de proporcionar el acceso universal a títulos de pensión, públicos o privados. En lo relativo a la sostenibilidad financiera se apuesta por un amplio nivel de empleo con las medidas necesarias, incluida la de favorecer el de las personas mayores; las reformas precisas en el sistema con políticas fiscales que podrían incluir la reducción de la deuda; y la consolidación de los esquemas de pensiones públicas, privadas por capitalización o fórmulas mixtas. En lo referente a la tercera, la modernización, se propone que el sistema sea compatible con la flexibilidad y seguridad que requiere el mercado de trabajo; que la movilidad europea no penalice el nivel de las pensiones; la igualdad de trato entre hombres y mujeres; y la generación de la confianza de la ciudadanía lo cual implica promover el consenso de cara a las reformas. Aspecto que en España -al igual que en otros países europeosparece muy lejano, aunque fruto del alarmismo de la década de los noventa se haya ido aceptando la inevitabilidad de alguna forma de privatización. El último “Informe las personas mayores en España” (SANCHO CASTIELLO, 2006) exponía que la distribución de las pensiones en vigor por sexo y edad de los/as beneficiarios/as ponía de manifiesto que la mayoría de las pensiones son habitualmente abonadas a mayores, concretamente el 77,9% de las pensiones de todas las clases. De hecho, la edad media de todos los/as pensionistas del sistema era de 71 años y de 74 años para los/as pensionistas de viudedad y jubilación. Las pensiones contributivas más numerosas son, precisamente, las de jubilación (59%) y de viudedad (27%), seguidas de las de incapacidad permanente (10%) y las de supervivencia distintas de viudedad, esto es, orfandad y favor familiar (4%). Las primeras se perciben por razón de edad y las segundas se han convertido, de hecho, en un mecanismo de protección a la vejez, sobre todo femenina, en la medida en que constituyen la fuente principal de ingresos, si no la única, para un buen número de mujeres mayores. El Anexo VIII al Informe de Estrategia de Pensiones 2008-2010 (Informe Nacional de Estrategias para la Protección Social y la Inclusión en España 2008-2010, Gobierno de España, 2008)32 muestra que en 2008 habían más de ocho millones de pensiones contributivas en vigor (Tabla 10). El importe medio de la pensión era en 2008 de 720,27 € mensuales (Tabla 11), si bien los importes varían notablemente según el tipo de contingencia que da origen a su percepción. El importe medio de las pensiones de jubilación superaba claramente Incapacidad Jubilación Viudedad Orfandad Favor Familiar Total Permanente 2000 790.304 4.526.684 2.028.497 259.926 43.981 7.649.392 2004 828.095 4.634.658 2.153.557 263.883 40.502 7.920.695 2008 910.943 4.934.719 2.250.289 259.676 37.853 8.393.480 tabla 10. evolución del número de pensiones en vigor por clases 2000-2008 Elaboración propia. Fuente: GOBIERNO DE ESPAÑA (2008). Anexo VIII al Informe de Estrategia de Pensiones 2008-2010 93 El envejecimiento de la población. Marco normativo la media de todo el sistema con 815 € mensuales, seguido muy cerca de las prestaciones por incapacidad permanente (802,11 €), mientras que el importe de las pensiones de viudedad se situaba en 529,32 € mensuales. La distribución por regímenes señalaba que más de la mitad de las pensiones correspondían al régimen general; mientras que de los regímenes especiales tenían mayor número de pensionistas el agrario y el de trabajadores autónomos. Estos regímenes especiales, junto al de empleadas/os de hogar, registraban unos importes considerablemente más bajos que el resto. Los datos que ofrece el Anexo VIII al Informe de Estrategia de Pensiones 2008-2010 (Tabla 12) evidencian algo que ya se había evidenciado en el “Informe las personas mayores en España” (SANCHO CASTIELLO, 2006), a saber, la importancia que las pensiones de jubilación y viudedad tienen en cada sexo, de modo que, entre los varones de 65 o más años las pensiones de viudedad ocupaban un lugar marginal, mientras que más de la mitad de las pensiones abonadas a una mujer mayor eran de viudedad. Y lo que es más importante, que el reparto de las pensiones por clases, por sexo y edad de los/as pensionistas condicionaba la distribución de los importes que mostraba una pauta en forma de U invertida en relación con la edad y con la curva femenina notablemente por debajo de la masculina. Tomando el conjunto de las prestaciones, entre los hombres, sólo los menores de 50 años y los mayores de 85 percibían pensiones por debajo del valor medio del sistema. Sin embargo, entre las mujeres pensionistas ningún grupo de edad alcanzaba ese valor medio. Una parte de esas diferencias guardaba relación con la importancia de las pensiones de viudedad, que tienen importes más bajos, entre las mujeres. Sin embargo, algunas de esas diferencias se mantienen cuando se analiza la distribución de los importes de cada una de las clases por separado. En las pensiones de jubilación sólo las mujeres menores de 60 años percibían un importe equivalente al de la pensión media de esa clase, pero por encima de los 65 años las pensiones de jubilación femeninas no alcanzan ni siquiera la media del sistema. Entre los hombres, de nuevo, tener 85 o más años significaba percibir una pensión inferior a la media de jubilación y a la media del sistema. En las pensiones de viudedad, las mujeres con menos de 80 años superaban el importe medio de esa clase, pero ningún grupo de edad, ni entre los hombres ni entre las mujeres, rebasaba la media del sistema. Así pues, al hecho de que las mujeres estén cubiertas fundamentalmente con pensiones de viudedad y los hombres con pensiones de jubilación -lo que establece las diferencias entre los importes que perciben unas y otrosse suma el efecto de sexo por el que, aún dentro del mismo tipo de prestación, se manifiestan diferencias notables entre mujeres y hombres; y se adiciona además un efecto de edad, ya que incluso dentro del mismo tipo de prestación y para cada uno de los sexos, de forma separada, la edad reduce las cuantías percibidas (Tabla 12). La reducción de los importes medios en función de la edad podría estar asociado a que los sujetos causantes tuvieran retribuciones más bajas que los/as más jóvenes o a que el sistema español de pensiones haya alcanzado su madurez en fechas recientes, de manera que tales sujetos hayan visto sus derechos erosionados por la falta de garantías en años anteriores. Otros indicadores, como la distribución por tramos de cuantía (MTI, 2008), muestran que algo más de la mitad de todas las pensiones contributivas en vigor (52,89%) se situaron en 2008 entre los 350 y los 700 € mensuales y otro 4,6% se encontraba por debajo de los 350. La distribución estaba igualmente desequilibrada según el sexo, de modo que, entre las mujeres el 50,5% de las pensiones se encontraba entre los 350 y los 500 € y otro 6,3% por debajo de los 350 euros. En cambio, entre los hombres las proporciones eran bastante diferentes, pues la mitad Incapacidad Jubilación Viudedad Orfandad Favor Familiar Total Permanente 2000 433,25 539,18 333,16 200,54 249,16 471,79 2008 802,11 815,27 529,32 325,36 428,39 720,27 tabla 11. evolución de la pensión media por clase 2000-2008. Elaboración propia. Fuente: GOBIERNO DE ESPAÑA (2008). Anexo VIII al Informe de Estrategia de Pensiones 2008-2010 94 Género y Tercera Edad en Canarias de sus pensiones (52,79%) superaban los 700 euros mensuales. En las pensiones de viudedad, la concentración en los tramos inferiores de ingresos era más acusada. La nómina de diciembre de 2008 (IMSERSO, 2008) revelaba en lo relativo a las pensiones no contributivas, que más de la mitad (57%) correspondía a pensiones de jubilación, cuyos beneficiarios/as eran personas mayores; mientras que las de invalidez correspondían a menores de 65 años (Tabla 13). El importe establecido legalmente para las pensiones no contributivas (PNC) de jubilación e invalidez fue de 328,44 € mensuales, excepto para las PNC de invalidez con ayuda de tercera persona cuyo importe se fijó en 492,65 euros mensuales. Las características de los/as beneficiarios/as de estas pensiones no contributivas presentan un rasgo sobresaliente, la preeminencia de las mujeres (unas ocho de cada diez pensiones en vigor); más acusada a medida que aumentaba la edad. La distribución según el estado civil revelaba un importante predominio de personas solteras, especialmente entre los varones; un predominio que se correspondía con el tamaño de las unidades de convivencia, que en una tercera parte de los casos eran hogares unipersonales. El sistema español de pensiones se completa con los planes de pensiones privados. Conocer la cifra real o neta de partícipes no es posible, pues cualquier persona que participa en un plan de pensiones puede hacerlo en otro u otros y los datos oficiales no presentan cifras sobre la concurrencia. Ahora bien, la mayor parte de los planes constituidos eran planes de empleo, sin embargo, la mayoría de los partícipes realizaban aportaciones tan limitadas que cuando se produjera el hecho causante garantizarían también derechos limitados. Parece ser que la mayoría de PNC Jubilación PNC Invalidez Total PNCs Nº de pensiones 262.960 57,06 197.884 42,94 460.844 100,00 Importe 81.963.667,79 53,80 70.377.318,75 46,20 152.340.986,54 100,00 Nómina de diciembre de 2008 Fuente: IMSERSO (2008). Pensiones no contributivas de la Seguridad Social. Informe de seguimiento y evolución de la gestión. tabla 13. número de pnc e importe en euros, 2008 tabla 12. número y cuantía media de las pensiones en vigor de jubilación y viudedad, por sexo y grupo de edad, 2008 Jubilación Viudedad Hombres Mujeres Hombres Mujeres Grupo Número Pensión Número Pensión Grupo Número Pensión Número Pensión de edad media media de edad media media 4549 74 1.666,20 1 1.135,74 45-49 6.161 531,01 39.430 597,31 50-54 1.073 2.069,36 70 1.765,69 50-54 9.312 551,67 60.962 612,71 55-59 11.683 1.774,05 230 1.858,00 55-59 11.596 547,58 91664 608,26 60-64 244.243 1.286,27 88.192 776,94 60-64 13.167 517,50 144.700 612,31 65-69 733.494 1.061,81 369.750 627,81 65-69 12.395 453,79 183.042 586,22 70-74 776.332 944,91 381.203 573,66 70-74 17.618 402,21 298.816 561,94 75-79 689.462 889,02 350.381 554,34 75-79 23,168 375,43 402.548 540,65 80-84 443.786 818,02 278.400 517,29 80-84 24.352 350,23 402.042 513,30 85 más 288.358 730,63 277.987 464,89 85 más 29.463 314,00 436.287 459,80 Elaboración propia. Fuente: GOBIERNO DE ESPAÑA (2008). Anexo VIII al Informe de Estrategia de Pensiones 2008-2010 95 El envejecimiento de la población. Marco normativo las personas que suscriben los planes los consideran una fórmula de previsión bastante secundaria. En fin, en España el nivel de cobertura del sistema de pensiones resulta ser elevado, pero en lo relativo a las cuantías sitúa a muchas personas, especialmente mujeres, bajo el umbral de la pobreza. La última “Encuesta de Condiciones de vida” (INE, 2007) asegura que la tasa de pobreza para las personas de 65 años y más alcanza el 28,5%, concretamente de 26,1% para los hombres y de 30,2% para las mujeres, frente al 16,8% de las personas de entre 16 y 64 años. Por otra parte, la asistencia sanitaria pública y gratuita del sistema de la Seguridad Social cubre a la práctica totalidad de la población española, incluidas las personas mayores. Es una prestación universalizada que comprende igualmente dos niveles de protección: el contributivo, que protege al titular y sus beneficiarios/as, y el no contributivo, que protege a quien carece de recursos. A la conclusión del proceso de descentralización y de definición de un modelo estable de financiación como ejes prioritarios de acción durante el año 2002, sucedió al año siguiente el impulso dado a varios proyectos normativos con destacables repercusiones en el nuevo escenario del Sistema Nacional de Salud. La aprobación de la “Ley 16/2003, de 28 de mayo, de Cohesión y Calidad del Sistema Nacional de Salud” (BOE 128, 29/5/2003), en el nuevo contexto conformado por diecisiete servicios de salud autonómicos, vino a completar el marco ya establecido por la “Ley 14/1986 de 25 de abril, General de Sanidad” (BOE 102, 29/3/1986) -aún vigente, a excepción de algunos artículos derogados expresamente-, en orden a la adaptación de los elementos esenciales del Sistema Nacional de Salud a los profundos cambios experimentados desde entonces en la sociedad, la ciencia, la economía, la salud y los hábitos de vida. La finalidad primordial de la Ley es establecer el marco legal para el refuerzo de las acciones de coordinación y cooperación de las Administraciones Públicas sanitarias como medio para asegurar a los ciudadanos el derecho a la protección de la salud, con el objetivo de garantizar la equidad, la calidad y la participación social en el Sistema Nacional de Salud. La creación del Instituto de Información Sanitaria ha supuesto un impulso a la compilación y divulgación de la información existente a nivel estatal, así como a la cooperación con los Servicios de Salud autonómicos a la hora de garantizar una mayor difusión de los principales datos de interés sanitario. Otro paso en esta dirección ha sido la creación del Observatorio del Sistema Nacional de Salud dependiente de la Agencia de Calidad del Ministerio de Sanidad y Consumo, instrumentos también previstos en la Ley. La citada “Ley 16/2003, de 28 de mayo, de Cohesión y Calidad del Sistema Nacional de Salud” señala seis ámbitos en los que es precisa la colaboración entre el Estado y las Comunidades Autónomas: prestaciones del sistema, farmacia, profesionales, investigación, sistema de información y calidad, definiéndose en los mismos un núcleo común de actuación y unos instrumentos de ejecución. La ley contempla un nuevo enfoque de las políticas preventivas que, abandonando el objetivo nunca realizado de la Ley General de Sanidad de elaborar un Plan Integral de Salud de carácter general a partir de los Planes integrales de las Comunidades Autónomas, opta por una orientación más sectorial de las iniciativas en este ámbito. Así, se pretende que el eje sea el establecimiento de planes integrales de salud de carácter específico sobre las patologías más prevalentes, relevantes o de especial carga sociofamiliar, garantizando una atención sanitaria integral -prevención, diagnóstico, tratamiento y rehabilitación-. Los planes establecerían criterios sobre la forma de organizar servicios para atender las patologías en el Sistema Nacional de Salud basándose en tres pilares: estándares de servicio claros, prestación adecuada y evaluación de resultados. El Informe “La atención sociosanitaria en España: perspectiva gerontológica y otros aspectos conexos” (DEFENSOR DEL PUEBLO, 2000)33 puso de manifiesto que las limitaciones constatadas en el alcance de la Atención Primaria vienen dadas, fundamentalmente, por la escasez de tiempo del que disponen los/as profesionales sanitarios por cada usuario/a, la escasa formación geriátrica y gerontológica de esos/as profesionales y por la escasez de servicios geriátricos y psicogeriátricos que pudieran servir de referencia. El informe hace patente también la tendencia de intentar sobrecargar a la atención primaria con la pretensión de que asista a problemas de salud que desbordan sus posibilidades, que es precisamente lo que ocurre con la atención a las personas mayores. Un interés que suele proceder de los gestores sanitarios, puesto que la atención primaria resulta en algunos aspectos más económica a corto plazo que la especializada; pero la calidad debe ser también un aspecto a tener en cuenta. La Atención 96 Género y Tercera Edad en Canarias Primaria se encuentra orientada como primera línea de asistencia sanitaria, pero sus recursos se quedan insuficientes cuando se trata de enfrentarse a problemas complejos, como son los pacientes mayores que padecen pluripatología, con enfermedades interrelacionadas de presentación atípica y complicaciones graves, que requieren el manejo en niveles asistenciales especializados y una estrecha coordinación con los recursos sociales. No debe pretenderse que la atención primaria resuelva situaciones para las que no se encuentra equipada ni preparada y que excederían sus posibilidades de tiempo y de ámbito de actuación. Por otra parte, las personas mayores enfermas son actualmente los consumidores más frecuentes de Atención Especializada. En este ámbito se aprecian igualmente deficiencias formativas entre los/as profesionales, y en general una falta de orientación integral de la mayor parte de la medicina actual que “compartimentaliza” en exceso la asistencia de pacientes complejos, como lo son los/as ancianos/as o los/as enfermos/as terminales. Se aprecia también que la coordinación dentro del propio sistema sanitario está poco desarrollada y está circunscrita a la formación de algunos/as profesionales o al voluntarismo de otros/as. Así mismo, al igual que ocurre en la Atención Primaria, el control actual del proceso asistencial en Atención Especializada se dirige más hacia la cantidad y coste “de producción” que hacia la calidad de dicha producción. El Informe del Defensor del Pueblo sostiene también que en este ámbito además la edad se constituye aún en factor de discriminación en el acceso a determinados servicios sanitarios como urgencias hospitalarias, ingresos, acceso a la rehabilitación, indicación de determinadas intervenciones, y es que frecuentemente se puede plantear el problema ético de creer que un tratamiento tiene menos valor en las personas mayores que en las jóvenes. Finalmente el tercer pilar de la protección social, aunque el sistema de Servicios Sociales se iniciara con la llegada de la democracia, ha desarrollado tardíamente la disposición de Servicios Sociales Específicos para las personas ancianas y dependientes. La razón se encuentra en la tradicional provisión familiar y específicamente femenina del cuidado, dada la escasa tradición del voluntariado y la reciente oferta del mercado en España. Las Comunidades Autónomas, aunque con distinta nomenclatura han venido prestando desde los Servicios Sociales dos tipos de prestaciones: la técnica y la económica. La técnica a su vez diferencia, por un lado, los Servicios Sociales de Atención Primaria (de base, básicos, generales o comunitarios) destinados a toda la población, que se caracterizan por su proximidad al ciudadano/a y que ofrecen información y detección de necesidades sociales, entre los que destacan el Servicio Social de Ayuda a Domicilio y los Servicios de Atención Especializada (especializados o específicos); y por otro lado, una prestación técnica en centros de titularidad pública o privada, a los que se accede tras la derivación, valoración y diagnóstico de los primeros, entre los que se encuentran los Centros de Día, Centros residenciales de válidos, Centros residenciales asistidos y Residencias mixtas. La económica, menos generalizada, se apoya en prestaciones, periódicas o no, como la Ayuda de Emergencia Social. Hasta la creación de lo que se ha dado en llamar el cuarto pilar del Estado de Bienestar, esto es, de un Sistema Nacional de Dependencia que garantice los derechos de las personas dependientes -mayores pero también afectadas por deficiencias, enfermedades o trastornoscon el mismo rango que la sanidad, las pensiones o la educación, la cobertura en esta materia estaba integrada por cuatro tipos de servicios: a) la Red de servicios de atención a domicilio, incluyendo el servicio de teleasistencia; el de comidas a domicilio; el de prestación económica para adecuación de la vivienda y para familias cuidadoras; y el Servicio de ayuda a Domicilio (SAD); b) los servicios de atención diurna, conocidos como centros de día o clubes de mayores; c) los servicios de atención residencial, incluyendo la atención residencial y el servicio público de acogimiento familiar; y d) los sistemas alternativos de alojamiento, como viviendas públicas tuteladas, servicio público de acogimiento y otros servicios ofertados por Comunidades Autónomas o Entidades Locales. En la actualidad, el Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD) incluye servicios (teleasistencia, ayuda a domicilio, cuidados personales, centros de día y de noche, centros de atención residencial) y prestaciones económicas (vinculadas al servicio, para cuidados en el entorno familiar y de asistencia personal). La atención a la dependencia se propuso por primera vez en 2004 y el “Libro Blanco sobre la Dependencia. Atención a las personas en situación de dependencia en España” (MTAS, 2005), vio la luz con la pretensión de servir de base para la elaboración del proyecto de Ley. Finalmente, la “Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía 103 El envejecimiento de la población. Marco normativo trimestre de 2008 12.655 solicitudes, de las que un 17% pertenecían a la categoría de Grandes Dependientes (La Provincia, 2008). Un más año más tarde el IMSERSO, a 1 de febrero de 2009, había anotado 19,877 solicitudes (0,96% de la población). tabla 15. Índice de cobertura de atención sociosanitaria, 2005. Canarias España Residencias 2,39 3,19 Servicio de Atención Domiciliaria 1,88 2,07 Teleasistencia 0,22 0,94 Centros de Día 0,22 0,13 Índice de cobertura total 2005 6,43 9,43 Elaboración propia Fuente: CES (2007). Informe Anual. La citada “Ley 3/1996, de 11 de junio, de Participación de las Personas Mayores y de la Solidaridad entre las Generaciones” alude además a la cultura y el ocio y en tal sentido explicita (artículo 13) que deberá propiciarse el aprovechamiento de la riqueza cultural de los mayores, para potenciar su autovaloración y salvaguardar el patrimonio y las tradiciones culturales; las actividades programadas por los centros o instituciones destinadas a las personas mayores deben proyectarse desde una perspectiva cultural, de modo que constituyan un elemento que enriquezca y aporte bienestar a sus destinatarios y a cuantos se relacionen con ellos; la preparación y adaptación a la jubilación se efectuará mediante acciones formativas concebidas y llevadas a cabo con la colaboración de todas aquellas instituciones con competencia para ello; los programas de actividades de ocio y tiempo libre deben elaborarse teniendo en cuenta el entorno socio-cultural de los mayores y sus intereses y aspiraciones individuales y comunitarias, así como realizarse de modo que el protagonista de la actividad sea la persona mayor; se potenciará el ejercicio físico de los mayores, en coordinación con los centros de atención primaria de salud, que orientará a la persona mayor sobre el tipo adecuado de actividad física a realizar, promoviendo el uso de todas las instalaciones deportivas dependientes de las Administraciones Públicas, al objeto de garantizar su máxima rentabilidad social; y se promoverán cuantas actividades contribuyan a un uso creativo y activo del tiempo libre de los mayores. Las iniciativas que se han puesto en marcha por instituciones privadas -fundamentalmente Cajas de Ahorroy públicas incluyen talleres de manualidades, de aprendizaje, físico-deportivos y lúdicos. Sin embargo, es imposible alcanzar el logro de la mejora de la calidad de vida de los/as mayores canarios/as si persiste la pobreza moderada y severa, especialmente entre las mujeres mayores. Como se apuntó anteriormente, la última “Encuesta de Condiciones de Vida” (INE, 2007) asegura que la tasa de pobreza para las personas de 65 años y más alcanza el 28,5%, concretamente de 26,1% para los hombres y de 30,2% para las mujeres, frente al 16,8% de las personas de entre 16 y 64 años. En términos similares, la citada “Encuesta de Ingresos y Condiciones de Vida” (ISTAC, 2007) sitúa al 30% de las mujeres de 70 y más años bajo el umbral de la pobreza. Datos similares a los obtenidos en 2001 y 2004 (Tabla 16). Hombre De 0 a 59 De 60 a 69 De 70 y mas Mujer De 0 a 59 De 60 a 69 De 70 y mas Por encima del 798.032 692.557 60.040 45.434 762.749 647.259 59.115 56.375 umbral de la pobreza 100,00 86,78 7,5 5,7 100,00 84,9 7,7 7,4 Pobreza moderada 135.131 101.402 13.282 20.446 164.076 112.054 18.403 33.618 (de 456,73 a 228,38) 100,00 75,00 9,9 15,1% 100,00 68,3 11,2 20,5 Pobreza severa 29.316 23.815 2.967 2.533 30.306 23.455 3.116 3.735 (inferior a 228,38) 100,00 85,00 7,1 7,9% 100,00 77,4 10,3 12,3 Total 962.478 817.775 76.289 68.413 957.131 782.768 80.634 93.728 tabla 16. población bajo el umbral de la pobreza. pobreza moderada y severa 2004. Elaboración propia. ISTAC. (2004). Encuesta de Ingresos y Condiciones de vida de los hogares canarios. 104 Género y Tercera Edad en Canarias El “Consejo Canario de Mayores”53 pretende ser un instrumento de participación del movimiento asociativo de las personas mayores en las políticas de atención, inserción social y calidad de vida que les compete. En el desarrollo de la ley se ha regulado también la “Comisión Tutelar del Mayor Incapacitado” (Decreto 100/1998, de 26 de junio). Al objeto de satisfacer uno de los objetivos de la “Ley 3/1996, de 11 de junio, de Participación de las Personas Mayores y de la Solidaridad entre las Generaciones”, en 1998 el Gobierno puso en marcha un programa de participación, desde el cual y en colaboración con el Consejo Canario de Mayores, se celebró al siguiente año el “I Congreso Canario de Personas Mayores” bajo el lema “Canarias, una sociedad para todas las edades”, en concordancia con el “Año Internacional de las Personas de Edad” de Naciones Unidas. Desde entonces se celebra el Congreso con una periodicidad bianual. El primer Congreso se desarrolló en diversas mesas de trabajo: políticas de envejecimiento; atención sociosanitaria; familia; ocio y el tiempo libre; y voluntariado. Entre las conclusiones se puso de relieve la oportunidad que supone permanecer en el entorno habitual; la importancia de la familia como la institución adecuada para la prestación de cuidados, estableciendo que sólo si ésta se ve imposibilitada se debería complementar con un Servicio de Ayuda a domicilio, cuya cobertura se valoró como insuficiente, a la par que se proponían los Centros de Día como vía para compatibilizar las obligaciones del cuidador/a en materia laboral o de otro tipo con las de cuidado. En todo caso, se puso de manifiesto la necesidad de superar y resolver la situación de precariedad y alto déficit de plazas residenciales y de atención diurna sociosanitarias, al igual que la descoordinación entre las Consejerías del Gobierno y entre las Administraciones Públicas, que burocratizan y dificultan soluciones cotidianas. El segundo Congreso puso el acento en el asociacionismo, el tercero en la protección legal y efectiva ante las agresiones, el cuarto en aprender a envejecer y el quinto, celebrado en 2008, en la mejora de la calidad de vida. La Confederación de Federaciones y de Asociaciones de Mayores de Canarias tomó parte del Octavo Congreso Nacional de Organizaciones de Mayores, celebrado en 2007, para discutir el grado de cumplimiento del “Plan de Acción para el Envejecimiento en el país”. El texto legislativo canario, y el mismo abordaje del “envejecimiento activo” en los distintos Congresos canarios, se encontraban próximos a la versión amplia de este concepto al incluir las oportunidades de aprendizaje a lo largo de toda la vida, lo que se traduce en la oferta de oportunidades para aprender y adquirir habilidades, esto es, para seguir siendo personas creativas y aportar experiencia y conocimientos. En esta línea, se han articulado ciertas iniciativas públicas y privadas, de alcance limitado aún, como la Universidad para los/as Mayores54 o el acercamiento de éstos/as a las nuevas tecnologías; así como la posibilidad de tomar parte en actividades de voluntariado o la participación en movimientos políticos y sociales. El Informe “La atención sociosanitaria en España: perspectiva gerontológica y otros aspectos conexos” (DEFENSOR DEL PUEBLO, 2000: 95) sostiene que “es posible que exista cierta hipocresía social en lo que se refiere a la consideración que merecen todas las personas mayores. Intelectualmente estamos convencidos de su valor y de la necesidad de su integración y respondemos como si actuáramos de hecho de ese modo. Por el contrario, enfrentados en la práctica al problema, se toman decisiones de un modo mucho más emocional, con motivaciones lejanas al desarrollo intelectual previo”. El Informe destaca como los documentos, tanto oficiales como de otro tipo, destinados a ofrecer soluciones se repiten de modo sistemático dos términos: carga y cuidados, proyectando una imagen de la vejez como la etapa de la vida inmersa en la dependencia. Para que el envejecimiento no se entienda como un desastre o un problema de difícil solución, sino como uno de los grandes retos del siglo XXI, se ha de tener presente que los intereses sociales y económicos de las personas mayores, que pueden y deben ser definidos y defendidos por los/as propios/as interesados/as, presentan una problemática específica que requiere un tratamiento especial y distinto para la obtención de condiciones de vida dignas, algo que es perfectamente compatible con los intereses del resto de la población, pero que exige un cambio en las políticas, practicas y actitudes de todos los sectores de la sociedad. Sobre muchas de las cuestiones abordadas en este capítulo se abundará en los siguientes. Recapitulando sobre todo lo expuesto aquí, se hace preciso señalar cómo el crecimiento mundial de la población mayor, un triunfo a la par que un reto económico y social, ha llevado a la agenda de los gobiernos en los distintos ámbitos territoriales -internacional, europeo, nacional y regionalel envejecimiento demográfico y de las personas como una cuestión de futuro. La propuesta, y a su vez el desafío, es el logro del envejecimiento activo –salud, 105 El envejecimiento de la población. Marco normativo participación y seguridad-, en su doble vertiente de mejora de la calidad de vida -autonomía, independencia, esperanza de vida saludabley de contribución al desarrollo económico, la racionalización del gasto público y, al menos formalmente, al diseño de las políticas sociales, dado que ciertamente las personas mayores poseen recursos y ofrecen contribuciones valiosísimas a la sociedad -cuando menos en forma de intercambio intergeneracional-, que en ocasiones son ignoradas desde las instancias de poder. Sin embargo, aún permanece en un plano secundario la preocupación de las personas y de las familias por planificar la vejez y prepararse para ella, al igual que se aprecia la escasa disposición de las sociedades para reconocer la valía, diversidad y heterogeneidad de las personas mayores. Bien es cierto que más allá de los estereotipos -fealdad, enfermedad, dependencia, cargaes habitual que los valores morales universales trasciendan la cultura y permitan reconocer la dignidad de todas las personas, independientemente de su edad. El sexo se levanta, en todo caso, como un elemento privilegiado de análisis de la idoneidad de las diferentes políticas, programas y proyectos, puesto que su mera adopción impacta, positiva o negativamente, en el bienestar de mujeres y hombres. Políticas que han de tener en cuenta la secular discriminación que padecen las niñas, las jóvenes y las mujeres adultas en cualquier país del mundo, aunque en diverso grado, y que endurece las condiciones de acceso a los derechos sociales, económicos y políticos en la tercera edad. Una situación de desventaja que se agrava dado el tradicional papel de cuidadora y garante del bienestar familiar asociado a lo femenino y que incide en mayores índices de pobreza entre las mujeres. En todo caso, la mayoría de las personas que envejecen el ámbito de estudio de la investigación de esta Tesis Doctoral tienen asegurados ciertos niveles de salud y seguridad –variables en función del sexo-género, la edad o la clase socialque permiten una cierta implicación en diferentes esferas de participación, especialmente asociativa, y también reivindicativa, formativa o de recreo. La satisfacción de los desafíos que plantea el envejecimiento de las sociedades y las personas requerirá, sin embargo, de una planificación integral -especialmente en los ámbitos nacional, regional y localque posibilite el advenimiento efectivo de una sociedad para todas las edades. cApÍtulO 4 lAS cAuSAS del enVeJeciMientO de lA pOBlAciÓn 109 cApÍtulO 4 lAS cAuSAS del enVeJeciMientO de lA pOBlAciÓn 4.1. Introducción. Un nuevo ciclo demográfico El proceso de envejecimiento de la población es uno de los fenómenos sociales más relevantes de la sociedad contemporánea puesto que, por primera vez en la historia de la humanidad, las personas mayores han alcanzado un volumen y proporción desconocido con anterioridad. El envejecimiento de la población, que supone la transformación de la estructura de edad, es la lógica consecuencia de la prolongación de la vida media de los individuos. Como sostiene VALLÍN (1995: 45) “cada año, el crecimiento de la población depende de tres factores: su comportamiento fecundo (traducido en su ley de fecundidad), su situación sanitaria (traducida en su ley de mortalidad) y su distribución por edades (ilustrada en la pirámide de edades). Pero, en realidad, el tercer factor depende directamente de las leyes de la fecundidad y de la mortalidad de la población en el pasado”. El envejecimiento hunde sus raíces en el siglo XIX, momento en el que los países occidentales accedieron a un ciclo demográfico nuevo. Éste se caracteriza por la reducción de la mortalidad extraordinaria asociada a epidemias y hambrunas, seguida por la reducción de la mortalidad ordinaria, especialmente infantil, y por la caída de la tasa de natalidad. El envejecimiento de la sociedad por tanto, es el resultado de poner en relación el aumento del número de personas mayores con la reducción progresiva del número de jóvenes. El caso español presenta ciertas peculiaridades pues “a principios del siglo XX, España era uno de los países más retrasados de Europa, con unos niveles de mortalidad de entre los más elevados y sin apenas indicios de transición demográfica. Durante las últimas décadas del siglo XX estas diferencias ya no existían y el régimen demográfico existente en España figuraba entre los más avanzados del continente” (REHER, 2003: 35). REVENGA ARRANZ (1980) se ha hecho eco de la falta de acuerdo entre los estudiosos de la historia demográfica de este país en torno a la delimitación de las fases de la transición demográfica (DÍEZ NICOLÁS, 1971; NADAL, 1971; DEL CAMPO, 1972; DE MIGUEL, 1977). El descenso de la mortalidad se inició en el siglo XX, superada la mortalidad catastrófica, y continuó descendiendo paulatinamente, a excepción de los efectos devastadores de la gripe de 1918 y de la Guerra Civil. A resultas de la dinámica demográfica y la mejora de las condiciones sociales y de salud, el siglo pasado fue testigo de un aumento espectacular en la esperanza de vida que pasó de 33,9 y 35,7 años para hombres y mujeres en 1900 a 74,8 y 81,9, respectivamente, en 2001 (INE, 2004)55. La esperanza media de vida de los/as españoles/as superó en 2005 los 80 años (80,23) (INE, 2007). Esto significa que más de ochenta y cinco de cada cien españoles y españolas nacidos ahora cumplirá su 65 aniversario, algo que a principios de siglo conseguía un 26% de la población. El proceso de transición demográfica en Canarias, el más tardío del país, se inició en los años treinta y cuarenta del pasado siglo, al controlarse la mortalidad exógena de carácter infeccioso, y continuó en los setenta con el descenso de la natalidad y la fecundidad; entremedias tuvo lugar una fortísima explosión demográfica. El año en que se elaboró el último Censo de Población y Viviendas (2001), la Comunidad Canaria mostraba ciertas particularidades respeto del conjunto del Estado Español. A pesar de la tendencia a la baja de la tasa de crecimiento natural, presentaba un signo positivo que le situaba segunda, tras Murcia, en lo que a crecimiento vegetativo se refiere. La tasa de natalidad de la región era superada únicamente por Andalucía, las Islas Baleares, la Comunidad de Madrid, la Región de Murcia y las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla, mientras que la tasa de mortalidad era la más baja de todo el territorio, a excepción de la que le correspondía a las Islas Baleares, Ceuta y Melilla, debido en gran parte al hecho de tener una población mucho más joven que la del resto de España (Tabla 17). Canarias, junto a la Comunidad Valenciana, Ceuta y Melilla, lideraba el saldo migratorio interior, mientras que se situaba en octavo lugar en lo que respecta a inmigración extranjera. En 2006, 110 Género y Tercera Edad en Canarias y por motivos relacionados con el dinamismo natalista de la población inmigrante residente, el crecimiento vegetativo de la Comunidad Canaria la situaba en el sexto lugar, tras Andalucía, la Comunidad de Madrid, Cataluña, la Comunidad Valenciana y la Región de Murcia. En el otro extremo, Galicia, Castilla y León, el Principado de Asturias, Aragón y Cantabria arrojaban un saldo negativo. En este capítulo se abordan con detenimiento estos sucesos demográficos y se caracteriza el envejecimiento de la sociedad española en general, y de la canaria en particular. 4.2. la mortalidad. En el siglo XX, se ha experimentado “una modificación radical de la edad de la mortalidad” (CASELLI, MESLÉ y VALLÍN, 1999). En el Estado Español, al igual que en el resto de Europa, la transformación principal en lo referente a la mortalidad consistió en el paso de una alta tasa, caracterizada por la presencia de enfermedades infecciosas que afectaban a la población infantil, a otra baja, caracterizada por enfermedades degenerativas, que afectan fundamentalmente a la población anciana, pasando por una segunda en la que “las enfermedades infecciosas, en particular las digestivas y de las vías respiratorias, siguieron siendo la primera causa de fallecimiento, aunque aumentó rápidamente la importancia de las enfermedades del sistema circulatorio y ciertas dolencias degenerarivas” (REHER, 1997: 176). La mortalidad infantil, que se situaba a inicios del siglo pasado en torno al 175 por mil, descendió de manera vertiginosa en el transcurso del mismo para situarse en torno al 7 por mil en la década de los noventa. Una caída espectacular que da cuenta de las mejoras sociosanitarias introducidas en el país: adopción de los avances médicos, así como mejoras en las medidas de higiene, alimentación y vivienda. En la actualidad, la tasa nacional se encuentra por debajo de 4 por mil (Gráfica 7), aunque en la Comunidad Canaria la tasa es ligeramente superior. Matrimonios Nacimientos Defunciones Total Tasa Total Tasa Total Tasa España 206.254 5.12 403.859 10.03 358.856 8.91 Andalucía 42.424 5.82 81.082 11.12 59.998 8.23 Aragón 5.898 5.05 10.382 8.89 12.658 10.84 Asturias, Princip. 5.095 4.85 6.934 6.59 11.868 11.29 Balears, Illes 3.964 4.89 9.815 12.12 7.730 6.54 Canarias 6.570 3.78 18.446 10.62 12.083 6.96 Cantabria 2.899 5.47 4.236 8.00 5218 9.85 Castilla y León 12.037 4.88 17.559 7.12 24.758 10.04 Castilla Mancha 9.989 5.80 16.168 9.39 16.592 9.64 Cataluña 30.820 4.96 64.957 10.44 57.165 9.19 C. Valenciana 22.883 5.59 42.046 10.27 37.979 9.28 Extremadura 5.575 5.17 9.830 9.12 9.928 9.21 Galicia 11.814 4.33 19.394 7.12 28.265 10.37 Madrid, Com. de 25.006 4.79 59.923 11.48 39.244 7.52 Murcia, Región de 6.501 5.70 14.986 13.14 9.211 8.08 Navarra, C. Foral 2.672 4.94 5.696 10.53 4.827 8.93 País Vasco 9.941 4.81 17.782 8.60 18.034 8.72 Rioja, La 1.461 5.47 2.384 8.93 2.471 9.25 Ceuta 301 4.01 996 13.26 415 5.53 Melilla 404 6.06 1.243 18.65 412 6.18 tabla 17. Movimiento natural de la población española 2001. (P) Datos provisionales. 1 por 1000 habitantes. Fuente: INE. (2001). Censos de Población y Viviendas. 111 Las causas del envejecimiento de la población Gráfica 7.- Evolución de la Tasa de Mortalidad infantil, 1975-2007. 0 5 10 15 20 25 1975 1980 1985 1990 1995 2000 2006 2007 E. Español Canarias Elaboración propia. Fuente: INE. (Series desde 1975 a 2007). Indicadores demográficos básicos. La tasa de mortalidad global inició el siglo pasado al 26 por mil (REHER, 2003) para caer hasta el 8 por mil a finales del mismo. Los datos nacionales de 2007 (8,57‰) revelan la permanencia de la tasa en torno a ese 8 por mil (Gráfica 8). En este caso, la Comunidad Canaria registra una tasa considerablemente inferior, debido a la juventud más acusada de la población. Gráfica 8.- Evolución de la Tasa Bruta de Mortalidad, 1975-2007. 0 2 4 6 8 10 1975 1980 1985 1990 1995 2000 2006 2007 E. Español Canarias Elaboración propia. Fuente: INE. (Series desde 1975 a 2007). Indicadores demográficos básicos. A lo largo del siglo XX, la Comunidad Canaria se vio afectada por el impacto de las dos Guerras Mundiales sobre una economía basada en su papel de enclave estratégico en el tráfico marítimo mundial y en la exportación de ciertos productos agrícolas, como el plátano, el tomate y la papa temprana a Europa. En la primera contienda, las dificultades económicas se reflejaron en la caída de la natalidad y el aumento de la mortalidad. Los exiguos excedentes poblacionales -excesivos para la economía de la regiónhicieron reanudar la emigración iniciada el siglo anterior. La Guerra Civil, que dejó tras sí un importante saldo de bajas, tanto de desaparecidos/ as en las Islas, como de muertos en combate, frenó nuevamente el dinamismo poblacional y cuya finalización fue seguida de una crisis económica que aumentó la emigración hacia América fundamentalmente de manera clandestina. La segunda contienda mundial resultó menos perjudicial puesto que parte de la actividad comercial se había canalizado hacia la península, mientras que las dificultades económicas coincidían con la generalización de la Seguridad Social y el descenso de la mortalidad infantil, aspectos que, en todo caso, no frenaron un nuevo proceso migratorio. El modelo, en los años en los que se inicia la transición, responde a la implantación de un “capitalismo subdesarrollado” (MARTÍN, 1987: 1) con fuertes desigualdades y desequilibrios espaciales, que posteriormente añadió, a la secular tradición migratoria de ultramar, la que tenía lugar desde las áreas rurales hacia las zonas urbano-turísticas de las dos islas centrales, que ha llevado a gran parte de la población a ocuparse en la construcción y los servicios, un modelo económico que atraviesa actualmente unas dificultades motivadas por el impacto de la crisis económica. Si bien, a la definitiva inversión del flujo migratorio contribuyó el desarrollo propiciado entonces por el turismo, que unido a la mejora de las condiciones sociales y sanitarias, incidió en un descenso de la mortalidad, especialmente infantil. La prolongación de la vida media de los/as españoles/as en general, y de los/as canarios/as en particular, ha sido posible debido, en primer lugar, al logro de una menor incidencia de las enfermedades del aparato circulatorio, incluyendo las enfermedades cerebro-vasculares junto a la reducción de las muertes por enfermedades degenerativas, especialmente las cardiovasculares. La segunda es la menor incidencia de la bronquitis y la neumonía. Y la tercera, la reducción del peso tanto de la tuberculosis como del resto de enfermedades infecciosas. Los últimos datos que ofrece el INE, relativos a las “Defunciones según causa de muerte, 2007” (Tabla 18), revelan que las enfermedades cardiovasculares se mantuvieron como la principal causa de muerte -32,2% de las defunciones-. Las causas de muerte, que han permitido la prolongación de la vida media, son prácticamente las mismas para los dos sexos, pero no han operado con la misma magnitud, pues los factores que limitan el aumento de la esperanza de vida tienen menor in- 112 Género y Tercera Edad en Canarias España Canarias Todas las causas 7,66 8,06 Enfermedades infecciosas y parasitarias 0,16 0,19 Tumores 2,16 2,17 Enfermedades de la sangre y órganos hematopoyéticos y trast. inmunidad 0,03 0,02 Enfermedades endocrinas, nutricionales y metabólicas 0,24 0,71 Trastornos mentales y del comportamiento 0,23 0,22 Enfermedades del sistema nervioso y de los órganos de los sentidos 0,33 0,30 Enfermedades del sistema circulatorio 2,41 2,49 Enfermedades del sistema respiratorio 0,85 0,75 Enfermedades del sistema digestivo 0,39 0,34 Enfermedades de la piel y del tejido subcutáneo 0,02 0,04 Enfermedades del sistema osteomuscular y del tejido conjuntivo 0,06 0,06 Enfermedades del sistema genitourinario 0,19 0,18 Embarazo, parto y puerperio 0,00 .. Afecciones originadas en el período perinatal 0,02 0,02 Malformaciones congénitas, deformidades y anomalías cromosómicas 0,02 0,02 Síntomas, signos y hallazgos anormales, no clasificados 0,22 0,18 Causas externas de mortalidad 0,34 0,38 tabla 18.- tasa estandarizada de Mortalidad por causa de muerte, 2007. Tasa estandarizada (tantos por mil). Elaboración propia. Fuente: INE. (2007). Defunciones según causa de muerte. cidencia entre las mujeres. Ambos sexos comparten causas negativas que menguan su longevidad como los accidentes de tráfico, el tumor del aparato digestivo, las enfermedades endocrinas, metabólicas y de trastornos de la inmunidad y el infarto, pero las mujeres registran una significativa distancia en la intensidad negativa. Las causas más importantes que impiden el aumento del potencial de la vida media de los hombres y las mujeres tampoco son compartidas. Los datos ofrecidos por el INE en “Defunciones según causa de muerte 2007” apuntaban que las enfermedades cardiovasculares eran la primera causa de muerte, pero un desglose por sexo revela que lo es para las mujeres, mientras que para los hombres lo fueron los tumores. A su vez, dentro de las enfermedades cardiovasculares, las isquémicas del corazón fueron la primera causa de muerte entre los hombres, mientras que entre las mujeres lo fueron las enfermedades cerebrovasculares. Respecto de los tumores -la segunda causa de muerteel tumor del aparato respiratorio -cáncer de bronquios y pulmónrompió la tendencia creciente entre los hombres y entre las mujeres el tumor de mama siguió siendo el más significativo, aunque su número también volvió a descender. El tercer grupo de causas de muerte, el que corresponde a las enfermedades del sistema respiratorio, experimentó en ese año un ligero repunte. Otras causas de muerte frecuentes son la enfermedad de Alzheimer, las enfermedades hipertensivas y la insuficiencia renal. Superados los 60 años (Tabla 19) se registran las mayores tasas de mortalidad, especialmente en lo relativo a las enfermedades relacionadas con el sistema circulatorio, los tumores y el sistema respiratorio. La estricta separación entre las enfermedades sociales o de comportamiento -relacionadas con los factores de riesgo asociados a la masculinidad hegemónica56y las degenerativas -propias del envejecimiento biológicose difumina en la medida en que la exposición a ciertos factores de riesgo como el tabaquismo, el alcoholismo, una dieta inadecuada o el sedentarismo, que influyen decisivamente en las muertes degenerativas, han comenzado a ser asumidos por ambos sexos. Y precisamente por ello, es previsible que las causas de muerte diferenciales tengan en un futuro indeterminado una incidencia 113 Las causas del envejecimiento de la población Elaboración propia. Fuente: Centro Nacional de Epidemiología. (2001). Tasa estandarizada de Mortalidad en Canarias por sexo y edad media. Hombres Mujeres Edad Media Tasa Edad Media Tasa Enfermedades infecciosas y parasitarias 61,1 2,22 72,04 2,38 Tumores 68,51 28,70 69,99 24,97 Enfermedades sangre y órg. herat. y trast. inmunidad 69,5 0,21 75,84 0,52 Enfermedades endocrinas, nutricionales y metabólicas 72,13 4,17 77,57 5,68 Trastornos mentales y del comportamiento 76,01 1,91 85,65 2,90 Enfermedades del sistema nervioso y órganos sentidos 66,36 1,83 72,22 3,08 Enfermedades del sistema circulatorio 73,7 32,14 81,72 36,90 Enfermedades del sistema respiratorio 75,86 10,83 82,12 8,16 Enfermedades del sistema digestivo 67,27 5,77 76,31 4,52 Enfermedades piel y del tejido subcutáneo 80,69 0,40 85,42 0,57 Enfermedades sist. osteomusc. y del tejido conjuntivo 76,79 0,40 78,59 1,17 Enfermedades del sistema genitourinario 78,88 1,68 79,86 2,38 Embarazo, parto y puerperio 0 0,00 34,79 0,04 Afecciones originadas en período perinatal 0,08 0,62 1,68 0,62 Malformaciones congénitas, anomalías cromosómicas 16,2 0,53 26,76 1,01 Síntomas, signos y hallazgos anormales 56,32 2,91 72,18 2,42 Causas externas de mortalidad 45,62 5,68 56,74 2,68 tabla 19. tasa estandarizada de Mortalidad en canarias por sexo y edad media, 2001. cias históricas, políticas, sociales y económicas. La Guerra Civil española fue el acontecimiento de mayor impacto y supuso una importante caída de la tasa, combinada con una sobremortalidad masculina. Desde los inicios del siglo pasado la tasa descendió progresivamente desde el 26‰ (REHER, 2003) hasta el 21,6 en la década de los cuarenta, para mantenerse relativamente estable hasta 1965, momento en el que se registró el conocido “baby-boom” (explosión demográfica), que fue seguida de un descenso continuado de la natalidad (“baby-bust”) que llevó a España, junto a Italia, a situarse como el país de más baja fecundidad del mundo, poniendo en peligro la reposición generacional. Es el mantenimiento de una tasa de fecundidad que se sitúa por debajo del nivel de reemplazo generacional, el resultado más visible de la “segunda transición demográfica” (VAN DE KAA, 1987; LESTHAEGHE, 1991), que sobre la base de una relativa estabilidad a la baja de la natalidad y la mortalidad, se acompaña del incremento de la soltería, el retraso del matrimonio, la postergación del primer hijo/a, el aumento de las uniones de hecho, el incremento de los hijos/as nacidos fuera del matrimonio, de las rupturas matrimoniales y de similar a medida que las mujeres continúen adoptando estilos de vida tradicionalmente masculinos. tabla 20. relación entre el número de mujeres y número de hombres en españa por grupo de edad, 2008. Grupo de edad Número de mujeres/número de hombres De 0 a 14 0,94 De 15 a 24 0,95 De 25 a 64 0,98 De 65 a 79 1,22 De 80 y más años 1,86 Fuente: INE-INSTITUTO DE LA MUJER. (2008). Mujeres y hombres en España 2008. 4.3.- la natalidad y la fecundidad. La evolución de la tasa de natalidad es, por encima de la de mortalidad, la que mejor explica la distribución por edades de la sociedad española. En el transcurso del siglo pasado, la tasa de natalidad española experimentó ciertos altibajos según las circunstan- 114 Género y Tercera Edad en Canarias la diversificación de las estructuras familiares. Un proceso que ha venido asociado al desarrollo económico y a los cambios culturales y políticos experimentados en el Estado. Procesos intensificados en las últimas décadas e impulsados -como afirma ALBERDI (1999: 229)- por “la participación de las mujeres en la actividad económica (que) es el fenómeno que pone en relación el desarrollo económico con la estructura microfamiliar de decisión”. Gráfica 9. Evolución de la Tasa Bruta de Natalidad, 1975-2007. 0 5 10 15 20 25 1975 1980 1985 1990 1995 2000 2006 2007 E. Español Canarias Elaboración propia. Fuente: INE. (Series desde 1975 a 2007). Indicadores demográficos básicos. Al igual que en el resto del territorio español, la natalidad canaria experimentó el siglo pasado ciertos altibajos. Las peculiaridades del caso canario, sin embargo, apuntan que hasta mediados de los años sesenta, la natalidad superaba el 30 ‰, y a pesar de su descenso continuado y acentuado en el último cuarto del siglo pasado dicha tasa no dejó de ser superior a la media española hasta el año 2003. En este año, la tasa pasó a situarse bajo la media nacional, tendencia que se mantiene hasta la actualidad. MARTÍN (1987) afirma que aquella, en otro tiempo, alta tasa de natalidad y su tardío control -a mediados de la década de los sesentaguardaba relación con las estructuras económicas y sociales de un sistema precapitalista que mantenía unos bajos niveles de vida, de renta per cápita y de instrucción, lo que se combinaba con el predominio de estructuras ideológicas tradicionales. Las diferencias interprovinciales que apuntan las tasas (Tabla 21) señalan un menor natalismo en las islas occidentales, resultado de una mayor emigración transatlántica en el pasado, y de las migraciones hacia las zonas urbano-turísticas de otras islas desde los setenta. Precisamente en esta década se comienza a apreciar el inicio de un proceso de racionalidad de los nacimientos en el interior de la pareja. Demográficamente, la fecundidad es el estudio de los nacimientos desde el punto de vista de la concepción. LEGUINA (1992: 211) sostiene que, por ello, es producto de dos clases de factores: los que dependen de “la voluntad procreadora de la pareja” -fecundidad dirigiday los que influyen sobre la fecundidad, pero no dependen directamente de esa voluntad -fertilidad o fecundidad no dirigida-. Ésta a su vez depende de dos tipos de elementos: “factores fisiológicos que son causa de la esterilidad o no esterilidad y factores socioculturales: tabúes, costumbres matrimoniales, etcétera”. DELGADO (2003) en la explicación de la caída de la tasa de fecundidad, dice que algunos autores ponen más énfasis en los aspectos económicos, y otros aluden al acceso de la mujer a la educación y al empleo o el cambio en el sistema de valores como elementos subyacentes a las demás transformaciones, olvidando lo relativo a las directrices políticas. Por tanto, se pueden establecer tres grupos. En primer lugar, los relacionados con la separación entre sexualidad y procreación favorecida por la generalización de los métodos contraceptivos, la mayor supervivencia de los menores, el paso de la familia de unidad producción a unidad de consumo o la consideración de un hijo/a como inversión en un entorno de mejora del nivel de vida. En segundo lugar, los relacionados con el comportamiento de las generaciones de mujeres nacidas en la década de los cincuenta, que se implican de manera decisiva en el sistema educativo y en el mercado laboral, lo que se une al retraso de la edad de emancipación del núcleo familiar, la del matrimonio y la de la maternidad en las generaciones femeninas subsiguientes. Y en tercer lugar, los relacionados con el escaso desarrollo de las políti1975 1980 1985 1990 1995 2000 2005 Las Palmas 23,39 19,11 14.82 13.35 11.34 12.00 10.82 Sta. Cruz de Tenerife 21,21 17,74 13.23 11.69 10.33 10.18 10.00 tabla 21. tasa bruta de natalidad en las provincias canarias, 1975-2005. Elaboración propia. Fuente: INE. (Series desde 1975 a 2007). Indicadores demográficos básicos. 121 Las causas del envejecimiento de la población para las mujeres (INE, 1900-1940), había alcanzado en el último Censo de Población y Viviendas de 2001 los 75,25 y 82,16 años, respectivamente. En el año 2005 la esperanza de vida al nacimiento alcanzó para las mujeres los 83,48 años y para los varones 76,96 (INE, 2007). La proyección del INE, elaborada sobre este último Censo (2001), arroja para 2059 una esperanza de vida de 80,9 años para los hombres y 87,0 años para las mujeres en el escenario 1 –hipótesis alta de inmigración-. El escenario 2 -inmigración bajalos sitúa en 80,7 años y 86,1 respectivamente. Los incrementos de la esperanza de vida al nacer no son homogéneos en la población, pues mantienen pautas diferenciadas según grupos de edad y sexo. La diferencia entre los sexos que a comienzos del siglo pasado era de dos años se sitúa en la actualidad en 6,52 (INE, 2007). Estas disparidades ante la muerte se deben a una sobremortalidad masculina en los años centrales de la vida, de modo que, como se ha expuesto, las mujeres no sólo son mayoría entre las personas mayores sino que su proporción aumenta con la edad. Según los datos que se reflejan en la pirámide de la población española de 2001 (Gráfica 4), el porcentaje de mujeres en la base de la pirámide poblacional empieza siendo ligeramente inferior al 50%, a consecuencia de la pequeña mayor probabilidad de nacer hombre que mujer. Un efecto que queda compensado por la mayor mortalidad masculina hacia los 40 años, aunque entre los 20 y los 40 años el número de inmigrantes varones es algo superior. A partir de esta edad la proporción entre los sexos casi se equipara al 50%. A partir de los 45 años, sin embargo, la diferencia a favor de las mujeres va creciendo paulatinamente, debido a su mayor esperanza de vida hasta rozar el 70% en el grupo de 85 años o más. A consecuencia del incremento de años de vida, los indicadores que reflejaban la duración de la misma han sido mejorados incorporando junto a los cuantitativos, aspectos cualitativos, como la Esperanza de vida Libre de Discapacidad (EVLD). La “Encuesta sobre Discapacidades, Deficiencias y Estado de Salud 1999”, (INE, 1999) dio como resultado un 9% de discapacidad en la población española. La “Encuesta de Discapacidad, Autonomía Personal y Situaciones de Dependencia, EDAD” (INE, 2008) evidencia un crecimiento en números absolutos (320.000) de personas con discapacidad, sin embargo su crecimiento ha sido menor que el del total de la población, de manera que la tasa ha experimentado una reducción al situarse en 8,5%. La encuesta revela también que de los 3,8 millones de personas discapacitadas, 608.000 personas viven solas en su hogar. Por sexo, resulta que más de 2,30 millones de mujeres afirman tener una discapacidad frente a 1,5 millones de hombres. Por edades resulta que la discapacidad aparece, respecto de 1999, a edades más tardías (Tabla 29). El envejecimiento demográfico se hace patente a través del incremento del Índice de Envejecimiento58 que ha pasado de 13,8% en 1991 a 17% en 2001. El “envejecimiento del envejecimiento” revela que, de esa proporción, el 22.75% son personas de ochenta y más años. Un envejecimiento que tiene como contrapartida la pérdida de peso relativo de la población menor de quince años (Gráfica 10), el Índice de Juventud59 era en 2001 de 14,5. Gráfica 10. Evolución de la población por grupos de edad, 1991-2001. 0 10 20 30 40 50 60 70 80 De 14 y menos De 15 a 64 65 y más 2001 1991 Fuente: INE. (2001). La población en cifras. Censos. EDDS 1999 EDAD 2008 Nº de personas % sobre personas Nº de personas % sobre personas (en miles) con discapacidad (en miles) con discapacidad Total 3.528,2 100,0 3.847,9 100,0 0 a 5 años 49,6 1,4 60,4 1,6 6 a 64 años 1.06,0 39,9 1.560,0 40,5 65 a 79 años 1.320,5 37,4 1.201,7 31,2 80 y más años 752,1 21,3 1.025,8 26,7 tabla 29. personas con discapacidad por grupo de edad, 1999-2008 Fuente: INE. (2008). Encuesta de Discapacidad, Autonomía Personal y Situaciones de Dependencia. 122 Género y Tercera Edad en Canarias Las Proyecciones de la Población de España (Tabla 30), calculadas a partir del Censo de Población y Viviendas de 2001 apuntan a un 30,8% de personas de 65 años y un 11,1% de 80 y más en 2050. Las proyecciones que fueron llevadas a cabo sobre la población de 1991 han sido desbordadas por la realidad en lo que al tamaño de la población se refiere, pero las proporciones calculadas recientemente son muy similares a las apuntadas. Las Proyecciones llevadas a cabo por el INE (Tabla 31) mantienen una hipótesis en el escenario 1 -de inmigración altaque evidencian que en 2020, cuando las abultadas generaciones del “baby boom” superen la renombrada barrera, la tercera edad representará el 19,2% de la población, mientras que en 2060 será un 29.8%. Lo relevante, más que el número de personas que sortean esa barrera es el incremento del número de personas que permanecen con vida un mayor número de años; en 2060 las personas de más de 80 años son el 43,9% de los mayores. Años Total España 65 y más 65-79 80 y más Absoluto Absoluto % Absoluto % Absoluto % 1900 18.618.086 967.754 5,2 852.389 4,6 115.365 0,6 1910 19.995.686 1.105.569 5,5 972.954 4,9 132.615 0,7 1920 21.389.842 1.216.693 5,7 1.073.679 5,0 143.014 0,7 1930 23.677.794 1.440.739 6,1 1.263.626 5,3 177.113 0,7 1940 26.015.907 1.699.860 6,5 1.475.702 5,7 224.158 0,9 1950 27.976.755 2.022.523 7,2 1.750.045 6,3 272.478 1,0 1960 30.528.539 2.505.165 8,2 2.136.190 7,0 368.975 1,2 1970 34.040.989 3.290.800 9,7 2.767.061 8,1 523.739 1,5 1981 37.683.363 4.236.724 11,2 3.511.593 9,3 725.131 1,9 1991 38.872.268 5.370.252 13,8 4.222.384 10,9 1.147.868 3,0 2001 41.116.842 7.037.553 17,1 5.404.513 13,1 1.633.040 4,0 2005 44.108.530 7.332.267 16,6 5.429.048 12,3 1.903.219 4,3 2010 45.311.954 7.785.480 17,2 5.490.621 12,1 2.294.859 5,1 2020 48.664.658 9.345.955 19,2 6.338.532 13,0 3.007.423 6,2 2030 50.878.142 11.684.570 23,0 8.025.109 15,8 3.659.461 7,2 2040 52.540.936 14.569.813 27,7 9.886.602 18,8 4.683.211 8,9 2050 53.159.991 16.387.874 30,8 10.464.874 19,7 5.923.000 11,1 tabla 30. evolución de la población mayor de 65 años. españa, 1900-2050. Fuente: IMSERSO. (2006). Las personas mayores en España. Informe 2006. 2005 2007 2010 2020 2050 2060 Población Total 42.935.001 43.995.097 45.311.954 48.664.658 53.159.991 52.511.518 Población 65 y más 7.225.993 7.404.260 7.785.480 9.345.955 16.387.874 15.679.878 65 a 69 años 1.900.402 1.843.249 2.002.335 2.467.594 3.503.625 2.904.583 70 a 74 años 1.933.257 1.917.658 1.780.555 2.180.685 3.714.462 2.884.373 75 a 79 años 1.547.405 1.626.419 1.707.731 1.690.253 3.246.787 2.999.332 80 a 84 años 1.050.464 1.133.278 1.238.931 1.316.394 2.586.337 2.884.144 85 y más años 794.465 883.656 1.055.928 1.691.029 3.336.663 4.007.446 tabla 31. proyección de la población española a 2060. escenario 1. Elaboración propia. Fuente: INE. (2004). Proyecciones de población. Base Censo 2001 123 Las causas del envejecimiento de la población El envejecimiento dista de ser homogéneo en todo el territorio (Gráfica 11). Las diferencias se registran fundamentalmente entre regiones y entre las zonas rurales y urbanas. Cataluña, Andalucía y Madrid eran, y siguen siendo, las regiones con mayor número de personas de edad empadronadas en sus municipios. El Informe del IMSERSO “Las Personas Mayores en España, 2000” ponía de relieve que Castilla-León, Aragón, Asturias y Galicia encabezaban la lista de las Comunidades más envejecidas, con tasas de envejecimiento superiores al 20%. En el otro extremo, se encontraban Canarias, Andalucía y Murcia, con tasas inferiores al 15%. Unas divergencias que guardan relación con las diferentes historias demográficas de las regiones españolas. Las pirámides poblacionales que dibuja el INE agrupan por similitud a Navarra, País Vasco, La Rioja, Cantabria, Asturias, Galicia, Castilla León, Castilla La Mancha y Aragón, que se han caracterizado en los últimos años por una natalidad especialmente baja y una población más envejecida. Las Comunidades de Madrid, Cataluña y Valencia, a consecuencia de ser receptoras de mucha inmigración se encuentran en un punto intermedio. Extremadura ha experimentado un descenso suave de la natalidad, y junto a Ceuta y Melilla mantienen una alta natalidad relativa. Finalmente, Andalucía, Murcia, Baleares y Canarias presentan las tasas más altas de natalidad y un menor envejecimiento. Según el “Avance del Padrón Municipal 2008” (INE), los mayores aumentos de población en el año anterior se registraron en la Comunidad de Madrid, Cataluña y Comunidad Valenciana, aunque en términos relativos han tenido lugar en las Islas Baleares, Castilla La Mancha y Comunidad de Madrid. Por otro lado, Galicia, el Principado de Asturias y Extremadura experimentaron los menores aumentos relativos. Gráfica 11. Índice de Envejecimiento 2001. Fuente: INE. (2001). La población en cifras. El envejecimiento del interior peninsular comenzó con anterioridad al proceso general, con el éxodo rural de los jóvenes, coincidiendo con el “babyboom” y el desarrollismo de los años sesenta. La migración desde éstas hacia las zonas industrializadas y de servicios ha acelerado el envejecimiento de las zonas de interior y retardado el de las zonas más ricas y receptoras de población joven, pero los inmigrantes de entonces envejecen ahora en las ciudades. Según el Informe del IMSERSO “Las Personas Mayores en España. 2006” (SANCHO CASTIELLO, 2006) la relación de mayores respecto del total de la población en núcleos propiamente rurales -de menos de 2.000 habitanteses de uno de cada cuatro, y en los más pequeños -con poblaciones que oscilan entre los 500 y 100 habitanteses uno de cada tres. En los municipios de tamaño rural -entre 2.000 y 10.000 habitanteses algo menos que uno de cada tres, y en los urbanos –de más de 10.000los porcentajes rondan la media nacional. La mayor concentración de personas mayores se produce en áreas urbanas, esto es, el 71,7% de las personas mayores españolas, frente al 17,3% de los municipios intermedios y el 11% de los rurales. En los seis municipios más grandes de España -Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y Málagavivían 1.358.121 personas mayores, algo menos que el 1.449.542 que residía en los 6.904 municipios de menos de 5.000 habitantes. Es evidente que el peso que la población mayor de sesenta años ejerce, y ejercerá, sobre la estructura de la población no se puede equiparar al de los jóvenes, pues los primeros llevan consigo un mayor gasto social en pensiones, gastos sanitarios y de cuidado o servicios sociales, pero es igualmente cierto que el gasto que ocasionan los/as jóvenes está infravalorado, en tanto que únicamente se toma en consideración a los menores de 15 años, mientras la dependencia juvenil se puede prolongar hasta cerca de la treintena. En todo caso, en cuanto se relaciona la población dependiente con la población potencialmente activa, tanto desde posiciones optimistas como pesimistas, es inevitable que salga a colación el debate sobre la política fiscal o la sostenibilidad del sistema de bienestar y es que el Índice o Razón de Dependencia Económica ha venido aumentando paulatinamente en las últimas décadas, y se situaba en 2006 en 0,42 (Gráfica 12). 124 Género y Tercera Edad en Canarias Gráfica 12. Evolución de la Tasa de Dependencia de los adultos nativos mayores de 64 años por ocupado, 1988-2006. 0,36 0,38 0,4 0,42 0,44 0,46 0,48 1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004 2006 Fuente: LA CAIXA. (2007). Consumo y economía familiar. Al margen de este debate, a las generaciones de la posguerra la jubilación de los hombres y de un creciente número de mujeres, les resultará favorable por tratarse numéricamente de un grupo reducido justo cuando el número de cotizantes adultos en activo será el más alto de la historia a consecuencia del “baby-boom”, lo que permite una mejora de las pensiones y los servicios sociales de los que depende la calidad de vida que se disfruta en la vejez. Sin embargo, el envejecimiento de estas generaciones del “baby-boom” -cuyo nacimiento desbordó el sistema educativoprevisiblemente desbordará las pensiones de reparto público, la sanidad o los servicios sociales. Las medidas adoptadas en la Unión Europea -entre las que destaca la reducción del gasto social con recortes a la prestación por desempleo, así como el retraso de la edad de jubilación y el endurecimiento de las condiciones de acceso a la prestaciónante la necesidad de sostener una economía competitiva en un mundo globalizado, han tenido contestación social en distintos países de Europa, como Grecia, Portugal, Austria, Alemania, Italia o Francia, lo que revela que ésta más que una cuestión de magnitud económica se ha convertido en una institución social, por tanto, complejamente transformable ante unas generaciones cada más instruidas, que han desempeñado su actividad laboral en una sociedad meritocrática. 4.6.- el envejecimiento en la comunidad canaria. La Comunidad Canaria, caracterizada por su dinamismo demográfico, por primera vez superó el millón de habitantes de derecho en 1970. Desde entonces las islas han experimentado un crecimiento sostenido -que en las décadas de los ochenta y noventa expresaba el mayor ritmo de crecimiento del Estadoy que condujo en 2006 a la superación de los dos millones. Este dinamismo está vinculado a la expansión económica, iniciada en la década de los sesenta en torno al turismo, actividad que funciona como motor de desarrollo y foco de atracción para la inmigración, y que aún en 2002 suponía la llegada de más de 12.000.000 de personas al año. Una cifra que, tras pequeños altibajos, se ha situado en 9,4 millones de turistas en 2008 (MITC, 2009). La cifra oficial de población de Canarias -según el último Censo de población y Viviendas de 2.001, referencia de 1 de noviembre de ese añoera de 1.694.477 habitantes (Tabla 32), aunque entonces el Comité de Expertos sobre población e inmigración en Canarias sostenía que la cifra oficial de población procedente de la revisión del Padrón Municipal de ese año -de 1 de eneroestablecía 1.781.366 habitantes, mientras que en la misma fecha de 2002 era de 1.843.755, lo que ponía de relieve cómo en el período de un mismo año surgían tres cifras de población cuya discrepancia absoluta era de 149.278 habitantes. El Comité sostuvo entonces que un tercio de todos los supuestos “registros indebidos” del país se encontraban en Canarias, mientras el resto de las Comunidades Autónomas que acumulaban estos hipotéticos sesgos eran la Comunidad Valenciana, Cataluña, Andalucía e Islas Baleares, todas de máxima atracción inmigratoria, lo que apuntaba que estos habitantes empadronados, quizás no estaban interesados en censarse. En el período intercensal comprendido entre 1991 y 2001, la población canaria experimentó en líneas generales un incremento que se tradujo en una variación de 13,44 puntos porcentuales. Sin embargo, en dicho período destacan los cambios en la estructura de edad, que en algunos casos ofrece una variación negativa. El cambio más significativo fue el experimentado por las cohortes correspondientes a las edades más tempranas, con una considerable reducción de 5,8 puntos porcentuales, de modo que los/as menores de 14 años representaban en 1991 el 22,3% de la población total, mientras diez años más tarde representan el 16,5%. En cambio, las personas mayores de 65 años pasaron de representar el 9,5% del total al 12%. El incremento fue de 2,5 puntos porcentuales, pero su variación (43,64%) era la más significativa. En la proyección del Índice de Crecimiento por grupos de edad para el año 2011 (Gráfica 13) la citada tendencia se intensifica, de modo que los menores de 19 años presentan una reducción porcentual de 13,8 puntos, mientras los grupos de 125 Las causas del envejecimiento de la población más de 65 y 85 y más, crecen un 50,5 y un 87,7, respectivamente. La Tasa de Dependencia Económica de las personas mayores es en la Comunidad Canaria de 0,17, inferior a la nacional de 0,24% (INE, Padrón Municipal, 1 de enero de 2007) Gráfica 13. Índice de Crecimiento de la población proyectada, según grupos de edad. canarias, 1996-2011. Fuente: ISTAC. (1999). Proyecciones de población. Canarias 1996-2011. La revisión del Padrón Municipal (INE, 2008) arroja para Canarias una población de 2.075.968, si bien la distribución de la población varía ostensiblemente de una a otra isla. La distribución poblacional guarda relación con las superficies insulares, con ciertos fenómenos demográficos como una mayor natalidad en las islas orientales y una mayor incidencia de la emigración en las islas occidentales, y con la tendencia histórica a la concentración de habitantes en las islas capitalinas, y concretamente en los dos municipios capitalinos. “Macrocefalia” denomina BURRIEL DE ORUETA (1981) al fenómeno por el que Tenerife -que en la actualidad lidera el mayor saldo poblacionalconcentra el 43% de la población, y Gran Canaria el 40%, lo que a su vez se traduce en una alta densidad de población, 419 y 515 hab./Km2, respectivamente. Entre los Censos de Población y Viviendas de 1991 y 2001, la variación relativa de la provincia de Las Palmas fue de 15,59%, y la de la provincia de Santa Cruz de Tenerife fue de 11,16%. El resto de las islas, a excepción de ciertas oscilaciones en las occidentales, muestran un importante dinamismo geográfico, más acentuado en las orientales de Lanzarote y Fuerteventura, importantes focos de atracción para la inmigración debido, entre otras cosas, a la actividad turística de sol y playa. La población canaria, aunque es una de las más jóvenes del Estado, ha comenzado a experimentar los efectos del envejecimiento demográfico (Tabla 33). La prolongada caída de la natalidad, contrarrestada por la incorporación de inmigrantes y por el peso que aún representan los jóvenes de menos de 30 años, se ha combinado en el Archipiélago con una Islas Superf. (Km2) 1986 1991 1996 2001 2006 Canarias 7.447 1.455.991 1.493.784 1.606.549 1.694.477 1.995.833 Lanzarote 846 57.038 64.911 77.379 96.781 127.457 % 3,92 4,35 4,82 5,71 6,39 Fuerteventura 1.660 31.382 36.908 42.938 60.273 89.680 % 2,15 2,47 2,67 3,56 4,49 Gran Canaria 1.560 653.179 666.150 713.768 730.622 807.049 % 44,86 44,59 44,43 43,12 40,44 Tenerife 2.034 610.047 623.823 665.611 701.034 852.945 % 41,90 41,76 41,43 41,37 42,74 La Gomera 370 17.336 15.963 17.008 18.285 21.952 % 1,20 1,07 1,06 1,08 1,10 La Palma 708 79.815 78.867 81.507 78.800 86.062 % 5,48 5,28 5,07 4,65 4,31 El Hierro 269 7.194 7.162 8.338 8.682 10.688 % 0,49 0,48 0,52 0,51 0,53 tabla 32. población por islas, números absolutos y porcentajes. canarias, 1986-2006. Elaboración propia. Fuente: ISTAC. (1996). Anuario estadístico de Canarias. INE. (2001). Censos de Población y Viviendas. ISTAC. (2006). Revisión Padrón Municipal, 2006. 126 Género y Tercera Edad en Canarias considerable caída de la tasa bruta de mortalidad, lo que ha dado como resultado un importante aumento de la esperanza de vida, que se situó en 76,09 años para los hombres y 82,31 años para las mujeres en 2006. tabla 33. población de derecho por grandes grupos de edad. canarias, 1991-2001. % 1991 2001 Variación Variación Población total 1.493.784 1.694.477 200.693 13,44 De 0 a 14 años 333.551 279.525 - 54.026 -16,20 De 15 a 64 años 1.018.205 1.210.946 192.741 18,05 De 65 y más 142.028 204.006 61.978 43,64 Elaboración propia. Fuente: ISTAC. (1996). La población en cifras. Encuesta de población. INE. (2001). Censos de Población y Viviendas. La juventud en el Archipiélago presenta una proporción del 15,18%, mientras que las personas mayores de sesenta y cinco años representan el 12,66% (INE, 2008). Los individuos de entre 65 y 74 años representan poco más de la mitad de este sector de población (57%), los de entre 75 y 84 años son el 33%, y los de más de 85 años el 9,49% (Gráfica 14). La vejez es en Canarias mayoritariamente femenina, pues la longevidad de las mujeres es más frecuente y aumenta con la edad, de modo que representan el 55,7% de la población mayor, y el 66,6% de las personas de 85 años y más. Gráfica 14. Personas de más de sesenta y cinco años por grupos de edad y sexo. canarias 2008. 79.128 50.227 16.641 72.054 36.645 8.330 0 20.000 40.000 60.000 80.000 De 65 a 74 De 75 a 84 De 85 y más Hombre Mujer Elaboración propia. Fuente: INE. (2008). Revisión del Padrón Municipal. Al hablar de envejecimiento demográfico en Canarias es obligado señalar las diferencias entre las distintas islas. Geográficamente el envejecimiento crece de oriente a occidente (Tabla 34). Los índices más altos se registran en las islas de El Hierro (19,85%), La Gomera (18,25%) y La Palma (18,05%); moderados en las islas de Tenerife (13,17%) y Gran Canaria (12,28%); y los más bajos en Lanzarote (7,96%) y Fuerteventura (6,03%). El decremento del índice de juventud en las islas occidentales ha sido precedido de una mayor emigración trasatlántica primero, y después insular o regional desde la vertiente de barlovento de las islas de Tenerife, La Palma y La Gomera -ámbitos geográficos de escaso dinamismo económicocon dirección a municipios urbano-turísticos. Semejante éxodo rural y consecuente envejecimiento ha tenido lugar en el interior de las islas orientales, especialmente en Gran Canaria. Índice de juventud Índice de envejecimiento 1991 1996 2001 2007 1991 1996 2001 2007 Canarias 22,33 18,9 16,5 14,96 9,51 10,48 12,04 12,44 Lanzarote 24,36 20,37 18,1 16,76 7,3 7,67 7,79 7,96 Fuerteventura 26,71 22,75 18,78 16,45 6,55 6,64 6,35 6,03 Gran Canaria 22,47 19,19 16,96 15,59 8,84 9,85 11,66 12,28 Tenerife 22,15 18,55 15,84 14,14 9,76 10,87 12,65 13,17 La Gomera 18,51 15,52 14,06 12,37 15,65 16,46 18,06 18,25 La Palma 19,92 16,77 15,1 13,69 14,29 15,5 17,37 18,05 El Hierro 18,75 15,59 14,74 13,54 18,6 18,84 20,02 19,85 tabla 34. Índices de juventud y envejecimiento, 1991-2007. Fuente: ISTAC. (2008). Indicadores demográficos. [Document text truncated for crawler view.]