La hipótesis revolucionaria. Nacionalismo vasco y la crítica a la modernidad
Abstract
El presente trabajo trata de aportar una reflexión sobre los orígenes y evoluciones del nacionalismo vasco en atención a su rechazo a la modernidad, comprendiendo reflexivamente este rechazo en relación a las críticas a la modernidad realizadas por la primera generación de la Escuela de Frankfurt (especialmente por los autores Max Horkheimer y Theodor Adorno) y considerando la posibilidad, y en virtud de lo anterior, de replantear la reactancia del nacionalismo vasco no en un sentido reaccionario, sino con un significado revolucionario. Se analizará el primer nacionalismo vasco fundado por Sabino Arana en el siglo XIX y el surgido a partir de la organización ETA, la izquierda abertzale, durante los años 60.
Full text
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad1 The Revolutionary Hypothesis. Basque Nationalism and the Critique of Modernity Adrián Almeida Díez2 Universidad del País Vasco (España) Recibido: 29-12-18 Aprobado: 17-11-19 Resumen El presente trabajo trata de aportar una reflexión sobre los orígenes y evoluciones del nacionalismo vasco en atención a su rechazo a la modernidad, comprendiendo reflexivamente este rechazo en relación a las críticas a la modernidad realizadas por la primera generación de la Escuela de Frankfurt (especialmente por los autores Max Horkheimer y Theodor Adorno) y considerando la posibilidad, y en virtud de lo anterior, de replantear la reactancia del nacionalismo vasco no en un sentido reaccionario, sino con un significado revolucionario. Se analizará el primer nacionalismo vasco fundado por Sabino Arana en el siglo XIX y el surgido a partir de la organización ETA, la izquierda abertzale, durante los años 60. Palabras-clave: modernidad, nacionalismo vasco, Escuela de Frankfurt, ETA. 1 Este texto se ha financiado a través del programa para la Formación del Profesorado Universitario (Referencia: FPU17/00816) y se enmarca dentro del grupo de investigación HAR2015-64920-P 2 ([email protected]) Investigador predoctoral por la Universidad del País Vasco/ Euskal Herriko Unibertsitatea, en el grupo de investigación El Nacionalismo Vasco en Perspectiva Comparada. Se graduó en Humanidades con mención en Historia en la Universidad Deusto con Premio Fin de Carrera por esta titulación. Realizó además el Máster en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid y llevó a cabo prácticas de archivo en el Archivo del Nacionalismo Vasco en Bilbao. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-2552-9766.
120 Adrián Almeida Díez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 Abstract This article wants to offer a new reflexion about the origins and the historical evolution of the Basque Nationalism. According to the critical perspectives to modernity which the first generation of the Frankfurt School made (specially, the philosophers Max Horkheimer and Theodor Adorno), we are going to analyze the reactance of the Basque Nationalism to modernity considering this as a core of a revolutionary significance. It is going to be examined the first Basque Nationalism created by Sabino Arana in 19th Century, and the new Basque Nationalism ideology emerged in sixties after the creation of the group ETA, commonly named: patriotic left. Key-words: Modernity, Basque Nationalism, Frankfurt School, ETA. Introducción A la luz de las críticas a la modernidad que hicieran los filósofos de la Escuela de Frankfurt, este artículo tiene como objetivo replantear los orígenes y desarrollos del nacionalismo vasco como reacciones de freno –en expresión benjaminianaante la aceleración moderna. En tal sentido, busca reflexionar sobre el rechazo a la modernidad del nacionalismo vasco, entendiendo a este último, y en su propia evolución histórica, como engendrador de un sustrato revolucionario antisistémico. Desde la Escuela referida, y más concretamente desde la óptica de dos de sus grandes nombres y fundadores, Max Horkheimer y Theodor Adorno (sin olvidar la importancia de Walter Benjamin), la Ilustración, en su afán por desencantar el mundo, acabó por elevar un tipo de razón que, lejos de lograr la emancipación del hombre, lo habría condenado a él mismo. El triunfo de la razón habría sido en realidad la glorificación de una razón instrumental traducida en su evolución histórica no sólo en el dominio sobre la cosas, sino en la cosificación de la propia subjetividad. El triunfo de la razón instrumental condenaría sistemáticamente todas aquellas prácticas sociales que no pudieran deducirse desde la lógica de la practicidad. Las expresiones culturales comunitarias tradicionales, en la fundamentación político-económica del Estado nación moderno, serían así desprovistas de sentido y conceptualizadas como arcaicas o irracionales (Jaúregui 1998: 22-23). Desde este punto de vista, por tanto, la reactancia a la extensificación de la razón instrumental, como fundamentación del alcance de la modernidad, queda netamente resignificada: desde la perspectiva reaccionaria o barbárica pasaría a considerarse una fundamentación para la hipótesis revolucionaria.
121 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 El rechazo de lo que no cabe en la nueva y moderna sociedad histórica simplificada, se convierte en el núcleo de una “fuerza que rebasa, la fuerza que contradice toda identificación, la fuerza que desborda” y capacita la formulación de un nosotros irreductible (Holloway S.f). El nacimiento del nacionalismo vasco puede considerarse así como un rechazo. Una respuesta, romántica, “a ese tremendo e incontrolable impacto social de los nuevos tiempos” (Luengo Texeidor 2009: 144). Pero, ¿qué cabría decir del nuevo nacionalismo surgido a partir de ETA? No son pocos los autores que han tratado de ver en este nuevo nacionalismo, y en relación al rechazo a la modernidad, una vuelta al sabinismo amoldado a los tiempos (Gaizka Fernández o José Luis de la Granja) o una confluencia de los milenarismos nacionalista y comunistas, que lejos de contentarse en ser una fase provisional de negación de la sociedad, aspirarían a afirmarse institucionalmente y, con ello, a convertirse en un proyecto totalitario (Aranzadi 1981:119). Lo que en este trabajo se plantea, entroncando en parte con la segunda de las posturas, es que a través de ETA se conceptualiza la apertura hacia nueva subjetividad revolucionaria denominada Pueblo Trabajador Vasco, que se fundamenta en una dialéctica de la no-identidad doble territorializada en el País Vasco bajo la dictadura de Franco; enclave donde se produce un rechazo a la totalidad como totalidad antagónica o un rechazo al “aplastamiento de lo no idéntico por la identidad” (Nahuel Martín 2016: 187210). En otro sentido, ETA recogería conceptualmente el Gran Rechazo –por emplear la categoría marcusianaa la integración total de la diferencia buscada por el franquismo; la difuminación de la diferencia clasista y su potencial confrontación, y el propio reduccionismo de la diferencia cultural del Estado (Lefebvre,1972). Tal nucleización del Gran Rechazo por ETA, transformaría al originario nacionalismo vasco en una hipótesis revolucionaria que, lejos de pretender el retraimiento romántico de la historia, plantearía una dialéctica a la integración sistémica de la modernidad. La Dialéctica de la Ilustración (DI) La DI es una obra capital para entender el alcance la crítica filosófica de la escuela de Frankfurt a las vicisitudes de las sociedades avanzadas. Como señaló Albrecht Wellmer, la DI trata de hacer confluir dos tradiciones filosóficas dispares. Por un lado, aquella que desde Schopenhauer pasando por Nietzsche llega hasta Klages. Por otra, aquella que derivando de Hegel, parando en Marx y Weber, llega hasta Lukács (Wellmer 1993: 15-18). Desde estos puntos de vista, la DI se constituye como un alegato crítico contra el establecimiento a partir del triunfo de la Ilustración de un modelo de razón instrumental.
122 Adrián Almeida Díez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 La Ilustración se había propuesto en origen la necesidad de explicar el mundo desde un punto de vista racional frente a proyecciones explicativas de carácter mítico. El predominio de la razón haría emancipar al hombre de las cadenas del mito y de la religión, poniéndolo en las vías del tren del progreso. Con la Ilustración “el hombre se reconoce a sí mismo en los dioses, que pasan a ser vistos como productos febriles de su imaginación temerosa, y el temor a lo divino como pesadilla de la que esa Ilustración, como ciencia verdadera, nos libra” (Hernández Pacheco 1996: 70). En recogimiento de la tesis de Weber en torno a la modernidad y asumiendo la teoría de la reificación lukasiana, Horkheimer y Adorno considerarán que, pese a la originaria pretensión emancipadora, la Ilustración ha dado como resultado la extensión de una razón instrumental cuya función no es la liberación mediante el conocimiento, sino el dominio de la naturaleza (Ibidem:71). La prevalencia de ese tipo de Logos y su expansión alcanzaría, ya en su propio origen, al sujeto. En tal medida, se produce un intento por dominar al sujeto y reprimir su propia naturaleza, convirtiendo a éste en una cosa. Se formula así el principio de cosificación del sujeto expresado en este evocador texto: “con la cosificación del espíritu fueron hechizadas las mismas relaciones entre los hombres (…). El animismo había vivificado la cosa; el individualismo tardío cosifica las almas”(Horkheimer y Adorno 2016:43). Así pues, “el en sí-mismo, que tras la metódica eliminación de todo vestigio natural como mitológico no debía ya ser cuerpo ni sangre ni alma, ni tan siquiera yo natural, constituyó, sublimado en sujeto trascendental o lógico, el punto de referencia de la razón, de la instancia legisladora del obrar. Quien confía en la vida directamente, sin relación racional con la autoconservación, vuelve, según el juicio tanto de la ilustración como del protestantismo, a la prehistoria” (Ibidem:44). La reificación del sujeto consiste, por tanto “en la transformación de las propiedades, relaciones y acciones humanas en propiedades, relaciones y acciones de cosas” (Cortina 2008:81). El hombre, en la pretensión de dominar la naturaleza, acaba por dominar su propia naturaleza; a sí mismo, condenando como irracional todos aquellos impulsos o pensamientos míticos. La vida queda reducida a las exigencias de la autoconservación, en la cual la razón actúa como instrumento meramente funcionalista. Este es el tipo de razón –como se indica en la DI-que guiará a Ulises en su viaje; “el héroe griego, que utiliza su astucia solo para beneficio personal (…) en lugar de emanciparse de las arbitrariedades de las deidades griegas, sólo hace uso de su capacidad intelectual para someter a mujeres, naturaleza y pueblos primitivos”(Zelik 2017:48).
123 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 La Ilustración se concibe así no como progreso, sino como el inicio del dominio y la barbarie. La historia que se derivaría del triunfo de la Ilustración y de la asunción del poder burgués se describe como una evolución que no podría denominarse emancipadora, sino de retraimiento general del sujeto. El fascismo consecuentemente es interpretado en la DI como secuencia lógica del pecado originario de la Ilustración y no como disrupción. En este sentido, el fascismo se concibe como una renuncia explícita a los ideales existentes en la Ilustración una vez la burguesía se hubo implantado como clase dominante. Bajo el fascismo se mantendría el orden de la modernidad capitalista como extensión tajante de la razón instrumental, al tiempo que los ideales y excedentes utópicos de la Ilustración, se convertían en un despojo que sólo podía beneficiar, en su llamada a la libertad, a la revolución contra el dominio. Y de esta forma, “todos los vínculos tradicionales cayeron (…) bajo el veredicto que los presentaba como meros tabúes, incluidos aquellos que eran necesarios para la existencia del propio orden burgués. El instrumento con el que la burguesía había llegado al poder: liberación de fuerzas, libertad general, autodeterminación, en suma, Ilustración, se volvió contra la burguesía tan pronto como ésta, convertida en sistema de dominio, se vio obligada a ejercer la represión” (Horkheimer y Adorno 2016: 105). La Ilustración, que habría pasado por un período liberal antes de la llegada al poder de la burguesía, se encarnaba ahora tan sólo “como terror arcaico en la forma racionalizada del fascismo”, lo cual significaba que sus ideales racionalistas quedaban en exclusiva fijados en el funcionamiento de un modelo económico que recordaba permanente quiénes resultaban los herederos triunfantes de todo el proceso (Ibidem:99). La Ilustración, lejos del sapere aude kantiano que invitaba al hombre a pensar y a fijar sus contenidos morales en el imperativo categórico, se revelaba como el inicio de un proceso en el que el fin de la autoconservación sustituía enteramente el pensamiento. El fascismo, “en contra del imperativo categórico y en tanto más profunda concordancia con la razón pura, trata a los hombre como cosas, como centros de modos de comportamiento. Contra el océano de la violencia abierta que ha irrumpido realmente en Europa, los amos habían querido proteger al mundo burgués sólo mientras la concentración económica no estuviera suficientemente avanzada (…) el orden totalitario pone al pensamiento calculador en posesión de todos sus derechos y se atiene a la ciencia en cuanto tal. Su canon es su propia capacidad productiva” (Ibidem:98). Así, con el fascismo, se llegaría a un punto culminante de un ciclo histórico iniciado en la Ilustración, que proponiéndose el domino del hombre de la
124 Adrián Almeida Díez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 propia naturaleza, se resuelve como “la historia del dominio del hombre por el hombre” (Horkheimer 2010). El domino de la naturaleza del sujeto, la presión que sobre ella ejerce la razón instrumental es, por otra parte, aprovechada por el fascismo para articular a las masas en torno a una presunta liberación de la naturaleza. Anti-modernidad y primer nacionalismo vasco A la luz de esta interpretación de Horkheimer y Adorno, se puede observar el nacimiento del nacionalismo vasco desde una perspectiva que ve a éste como un fenómeno social, que si bien se ha catalogado generalmente de reaccionario, podría ser articulador en sus entrañas de una fuerza revolucionaria contra las nuevas relaciones sociales derivadas de la modernidad. Su fuerza residirá así en ser una proyección de orden social alternativa a la evolución histórica impuesta desde el poder del Estado y, por tanto en concebirse, ya en sus inicios, como un movimiento social anti-sistema (Mees 1991:21). Como un rechazo a la aplicación práctica del reduccionismo abstractivo de la realidad social y, por tanto, como desvelamiento “de la no-identidad, de lo que no cabe” (Holloway S.f). Los orígenes del nacionalismo vasco se derivan de la abolición de los fueros vascos en 1876. Con aquel acto, las provincias vascas cambiaron radicalmente su relación con un Estado español que avanzaba progresivamente hacia la uniformidad en un sentido político3. La inmediata consecuencia de este hecho, y como resultado de la pérdida de la segunda de las guerras carlistas frente al liberalismo alfonsino, es la intrusión de un modelo de Concierto Económico que permite la rápida progresión de un capitalismo industrial fundamentalmente en el entorno de Bizkaia y el Gran Bilbao. Los levantamientos carlistas son tradicionalmente caracterizados como reacciones al sentido liberalizante emanado desde las instancias del poder del Estado. Un sentido liberalizante que tempranamente es visto, en este territorio, como disruptivo de los parámetros existenciales devenidos de un orden que configura un marco específico de relaciones políticas y económicas. A decir de Alfonso Pérez Agote, “las guerras carlistas se pueden ver como un conflicto entre el progresismo liberal y las tendencias conservadoras, entre modernidad y tradición, entre ciudad y campo. Pero todo esto (…) proviene de la localización del conflicto y también de que el propio conflicto se plantea como un conflicto por la localidad: tendencia unitaria española, contra tendencia localista. Las 3 A principios del siglo XIX, y a decir de Xosé M. Núñez-Seixas, “España no era un Estado plurinacional, pero sí una comunidad política imperial y pluriétnica” (Núñez-Seixas 2018).
125 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 condiciones económicas y sociales del campesino vasco eran específicas, y lo que se representaba como progreso y reforma social en otros lugares, no se representaba así en el País Vasco” (Pérez Agote 2008:84). La derrota en esta última guerra y la sucesiva abolición foral constataron así el nacimiento del mundo moderno sobre el territorio vasco peninsular y de forma paralela la destrucción del entramado institucional que daba garantía de continuidad a una forma particular de vida en estos territorios (Solozabal 1975: 205)4. De forma concreta, se inicia la emergencia de una nueva clase burguesa que se impone, liberada al fin de las trabas institucionales que consagraban a los jauntxos como clase dominante pre-capitalista, su dinamismo en la explotación de las riquezas del territorio (Corcuera 1980:59). Surge en paralelo, en estos territorios, un sentimiento de defensa que llega incluso a ciertos sectores liberales del país que habiéndose encontrado luchando frente al carlismo, por lo que el carlismo representaba de ultraconservador, se topaban de golpe con la destrucción de una ley que particularizaba el regir interno de la sociedad y la específica unión del territorio con el conjunto del Estado. Entre 1808 y 1868, estos liberales vascos, que constituían un grupo francamente minoritario, habían sido proclives a conservar los rasgos tradicionales asociados al territorio, introduciendo si acaso adaptaciones propias al período (Rubio, 1996: 383). La progresiva captación y patrimonialización de la defensa del orden foral por parte de los carlistas y su proyecto político, finalmente “acabó haciendo mella en la conciencia liberal” (Molina 2005:145). Tras la última intentona carlista, desde las instancias estatales se produjo, como señalaba Corcuera, “la identificación entre vascos y carlistas (…): la derrota carlista habría de suponer el fin del privilegio de no dar al Estado ni soldados, ni dinero. El fin del sistema foral de las provincias vascas...” (Corcuera 1980:82). La guerra carlista indujo, en paralelo, a proyectar, desde estos entornos estatales, un tipo de exaltación patriótica española que enmarcaba el fin de los fueros como acto consustancial para la regeneración de la nación. Los vascos, adalides fundamentales del poder carlista, se representaban como gentes barbáricas, eran los portadores de una enfermedad política llamada carlismo, la cual se incubaba en el Fuero (Castells 2009: 109; Molina 2005: 149-151). Históricamente, la defensa de la foralidad, captada por el carlismo a partir de 1868 (Elorza 1978: 14), marca así el primer punto de una concepción anti-moderna que habría de desembocar en el nacionalismo aranista. A este 4 Para la sociedad campesina y artesana, ha señalado Fernando Molina, “los fueros representaban (…) un conjunto de ventajas tangibles y concretas de naturaleza económica, fiscal y militar”. Eran la ley del caserío frente a la moderna ley de la ciudad. Para las clases dirigentes, los fueros “significaban un imaginario romántico y ruralista de identidad que legitimaba una situación de privilegio político y económico” (Molina 2005: 137-138). Los fueros resultaban, compatiblemente con lo anterior, “un canal de transmisión tanto de una identidad nacional, la española, como, a la vez, de otra étnoregional, la vasca” (Castells 2007:117).
126 Adrián Almeida Díez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 respecto, Javier Fernández Sebastián señaló que el fuerismo (y el propio carlismo) representó una contestación esencialmente contra el primero de los dos puntales establecidos por Max Weber como núcleos de la modernidad; estos puntales eran la formación de un aparato estatal burocrático y la empresa capitalista. Así pues, esta primera oleada de resistencia se enmarcaría como lucha frente al sentido centralizador institucional y uniformización del Estado. Una pretensión, la de la uniformización institucional, que se inició con y contra la invasión napoleónica de los territorios de la monarquía española (Fernández Sebastián 1993:36). El fuerismo habría de interpretarse así como una reacción romántica al intento moderno construcción de la nación política española. El fuerismo, antes de la abolición foral definitiva de 1876, se había encarnado a través de autores como el músico Jesús María Iparraguirre o el político Novia Salcedo, el cual y en su obra de 1851, Defesa histórica, legislativa y económica del Señorío de Vizcaya y provincias de Álava y Guipúzcoa, señalaba en un sentido burkeano (Fernández Sebastián 1990: 61-88): “Para llevar adelante entonces el mal ideado proyecto [de la revolución moderna], se hace preciso remover cuantos obstáculos lo embarazan, desfigurar la historia en que se funda el principio, progresos y derechos de los pueblos, desquiciar la legislación más reconocida, atropellar las costumbres, condenar sin exámenes los más anticuados usos…” (Novia Salcedo 1851:11). De forma paralela, y tras la ley abolitoria de 1876, hacen confluencia con la defensa pro fueros diversas corrientes literarias que destacan por fijar una imagen rural y romántica del territorio (Elorza 1977: 355-376). Entre estos autores influyentes podrían destacarse Antonio Trueba o Fermín Caballero (dentro de la literatura ruralista) y Joseph Agustín Chaho (dentro del romanticismo). La defensa de la tradición foral vendrá igualmente atravesada por posturas integristas a través de las cuales se fundamenta un axioma recogido por Arana; en la medida en que el liberalismo es antirreligioso, éste es antivasco, pues la ley foral es el puntal de un orden de tradición cuya existencia es sustentada en la misticidad religiosa (dentro de estas corrientes religiosas podría destacarse a Arístides de Artiñano). La emanación de un orden burocrático, racional y desencantador (dominador de la naturaleza), serían confabulaciones que, atacando la base de la legitimidad del orden establecido (la tradición), buscarían, desde fuera (sin ser una evolución oriunda en ese sentido modernizante ni un pacto con las fuerzas liberales) y a través de las armas, disolver el propio orden indígena. El hecho de que la construcción de la nación española fuera sustentada en el adalid de un liberalismo “débil y territorialmente fraccionado”, el cual impondría su modelo de Estado no sobre ciertos elementos de participación y conversión ciudadana, sino sobre una imposición aplastante (Mees 1996: 6783), haría caracterizar consecuentemente la muerte de la tradición, y entre parte
127 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 de la sociedad vasca, no como un reverso de la emergencia, positiva, de ciertos elementos progresistas y liberadores asociados a la propia imposición ilustrada, sino como la muerte de la libertad originaria misma. La contemporaneidad como igualdad entre los hombres, como democracia, se concebía como un retroceso, como imposición de una perspectiva que era ya recogida en la tradición (Jauréguiberry 2007:23). Así pues, en parte de la nueva hornada de fueristas, muchos de ellos claramente liberales, destaca una imagen idealizada del país, pero sobre todo un sentimiento de pérdida del carácter propio que jurídica e identitariamente definía al País de los Vascos. Unido a este sentimiento, comienza a germinar una demanda por la defensa de la cultura propia que en el desarrollo de la modernidad española tenía visos de desaparecer. Solozabal destacó que el sentido de rechazo antimoderno vasco no guarda sólo una relación directa con “la quiebra del régimen foral”. Ésta sólo fue una respuesta más de rechazo al “proceso de modernización español”, el cual amenazaba con llevarse por delante los rasgos culturales propios como el euskera o el folklore tradicional (Solozabal 1975:308). A este respecto conviene añadir, siguiendo el punto de vista de Ernest Gellner, que la emergencia del capitalismo industrial supone también la formación de un proletariado que, inmigrado de sus núcleos culturales originarios, trata en el territorio de llegada de fundamentar en el idioma un foco para su cohesión comunitaria (Smith 2000:67). En el ámbito vasco, este fenómeno tuvo lugar cuando amplias masas de inmigrantes se instalaron en los entornos ampliamente industrializados, provocando la alarma entre los oriundos. La defensa de la cultura propia, que puede comprenderse, como recogió Ludger Mees del historiador Miroslav Hroch, como la primera fase para la formación de un movimiento nacional (Mees 1991:20), se inicia en estos momentos desde los núcleos de la intelligentsia foralista. Se fundan así agrupaciones como la Sociedad Euskara en Navarra o la Sociedad Euskal Herria en Bilbao. Las élites industriales vascas en ciernes, por su parte, trasplantarían rápidamente su lealtad de la defensa de la tradición foral a un sistema de Concierto Económico y a unas Diputaciones (en sustitución de las Juntas) que les resultaban del todo más ventajosas para su definitiva prosperidad como rectores de la vida pública (a nivel político y económico) (Díez Medrano 1999:87). El liberalismo defensor de los fueros, su intelligentsia, encarnada de manera más prominente por la figura del foralista intransigente, Fidel de Sagarminaga –fundador de la Sociedad Euskal Herria y del partido político Unión Vasco Navarrase vaciaba de sus posibles patrocinios capitalistas (con la destacada excepción del naviero Ramón de la Sota), los cuales fijaron mayoritariamente sus proyecciones políticas para el territorio en los partidos de ámbito estatal.
134 Adrián Almeida Díez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 en nuestra patria trabajan y crean sus hogares, formada por los trabajadores que han venido a convivir con nosotros”10. El arranque del nuevo pensamiento abertzale que comenzará a desarrollar ETA viene en parte marcado por el trabajo teórico de Federico Krutwig. No obstante, la tendencia a la hermandad con la problemática social y, por ende, a la pretensión de inclusión de la inmigración viene afectada por la realidad de las huelgas obreras de principios de los años 60. En el comienzo de la obra fundamental de Krutwig, Vasconia (1962), al referirse al sentido de la propiedad en el vasco, el autor señala: “la abolición de los Fueros vizcaínos trajo al Señorío la legislación española de minas, que concede la explotación de los yacimientos a quien los denuncia. De esta forma pasó a manos privadas la propiedad de las comunas vascas que fueron expoliadas de sus derechos por el ocupante español” (Krutwig 2006:75). Así pues, el pasado es desvelado como un progreso no fructificado frente a un racionalismo económico, impuesto por una ley extraña que impone un trascurrir que evoca a la esclavitud (Ibidem:78-79). Las leyes foráneas así “no han de servir más que para justificar la expoliación material del pueblo oprimido” (Ibidem:72). Para Krutwig la Revolución Francesa, y el proceso histórico modernizante que abrió consigo, es un duro golpe asestado a la sociedad vasca, “ya que ésta no significaba ningún progreso social en nuestra patria (…) No es de extrañar que, contra toda lógica aparente, la introducción de las ideas revolucionarias, que desde el punto de vista ideológico, significaban un progreso para los estados antiguos, en distinto fondo histórico como el del País Vasco, significasen la destrucción del sentimiento democrático y comunista del pueblo vasco (…). La Revolución Francesa no trajo ningún progreso a la tierra euskalduna” (Ibidem:82). Sin embargo, el autor acepta esta circunstancia, asegurando que: “no nos podemos oponer el al devenir histórico, aunque sí tenemos que ajustarnos a él con nuestra idiosincrasia nacional. No hay pues por qué considerar que la industrialización de Vizcaya fue un mal. Ha servido para que nuestra patria no se transforme en un desierto. Lo que no podemos tolerar es aquello contra lo que protestaba ya el fundador del nacionalismo vasco: ‘todos sabemos que hoy el pobre es inhumanamente explotado y tratado como bestia por industriales y comerciantes, mineros y propietarios’ ” (Ibidem:81). 10 “Zutik 12”, 1963. Documentos Y: nº2, Hordago, n. 352-353.
135 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 El modo de producción capitalista se convierte así en la verdadera circunstancia perniciosa de la modernidad, y su combate, en una posibilidad para retraer la imposición de ésta. En virtud de lo anterior, el rechazo a la Ilustración no lleva a Krutwig a sostener el mismo odio del fundador del nacionalismo a las consecuencias derivadas del desarrollo de ésta, la inmigración. Y así, advierte: “El racismo político del nacionalismo vasco se fundaba en la ignorancia del propio concepto de ‘qué es raza’. Mezclaban este concepto antropológico con un concepto lingüístico (…). Partiendo de este nacionalismo racista, se opusieron sus partidarios a la entrada de elementos extraños creyendo que éstos iban a desvirtuar al pueblo vasco (…) Al no tener otra barrera que la asimilación rechazada y la conservación de un cierto número de apellidos, se empecinaron en ésta, en lugar de realizar una Dinámica positiva que asimilase a los inmigrantes” (Ibidem:108-109). La nacionalización del inmigrante, propuesta por Krutwig, pasaría porque éste respete y aprenda la cultura del indígena y se adhiera a la lucha frente aquellos que han derogado la libertad subjetiva derivada de la particularidad del territorio. En Vasconia, la instancia estatal no es observada en exclusiva como irradiadora de una modernidad vacua cuya aplicación levanta consecuencias indeseables para la comunidad vasca, sino que se caracteriza con una ocupación que somete represivamente al conjunto de los habitantes que habitan un espacio físico concreto. Del desquite de la ocupación se superpone la fundamentación de la soberanía propia; el retorno a la posibilidad de aplicar el remanente utópico liquidado. De ahí la prospección de Euskadi como colonia que hace Krutwig y el compromiso con la estrategia de guerra revolucionaria. Y de ahí también que se levante, teóricamente al menos, la “barrera previamente infranqueable que separaba a los nacionalistas de los inmigrantes. En adelante, la represión franquista se encargará del resto” (Jauréguiberry 1983:179). En herencia de estas tesis, se presenta, justo antes de la Cuarta Asamblea de ETA, el documento “La Insurrección en Euskadi”. Como explica Francisco Letamendia: “ETA está recreando en este período los signos de identidad de una nueva comunidad socio-política en la familia del nacionalismo vasco; y los significantes de estos signos los encuentra al alcance de su mano a principios de los años 60 en los textos de los clásicos (…) de las guerras de liberación anticolonial del Tercer Mundo” (Letamendia 1994:288). ETA, sin embargo, no necesita imaginarse en una realidad colonial, porque para ésta la modernidad expresada en la brutalidad de la dictadura evidenciaría la culminación histórica del aplastamiento del mundo moderno sobre el territorio vasco; la terminación del proceso de sometimiento al proceso civilizador en la configuración del Estado moderno. (Fanon 2004, Dussel, 1994). En otro
136 Adrián Almeida Díez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 sentido, ETA imagina una realidad colonial porque bajo la dictadura –tal y como ocurría en el proceso de colonización–, la experiencia comunitaria dada telúricamente en una parte del Estado, es arrasada violentamente en favor de la objetualización e instrumentalización de los sujetos que en dicho territorio habitan, a fin de capacitar la terminación de la modernización del propio Estado. ETA percibe que la dictadura, el sufrimiento que provoca, está facultando el proceso de composición de una nueva subjetividad que vendría marcada por el rechazo histórico a dos formulaciones del dominio dadas en el País Vasco y brutalizadas bajo el franquismo: el rechazo a la asimilación étnico-cultural y el rechazo a la explotación capitalista. Ambos rechazos se sostenían en ser contradicciones dentro y para el sistema de la dictadura. La cultura vasca y su defensa como vínculo diferencial, y el trabajador no subsumido a la categoría abstractiva de productor bajo la impronta nacional-sindicalista, se revelaban, así, como el nosotros subjetivo que no era reducible a la identidad ideal del concepto (Altamira 2006:266; Holloway S.f ; Hernández Pacheco 1996:89). La asimilación del inmigrante aducida por Krutwig (aculturización) quedaba suplantada así por la dinámica social antirrepresiva asociada al territorio. La composición de esta nueva subjetividad fijaba un nosotros “al que cualquier habitante vasco, fuera cual fuera su origen social o étnico podía engancharse sin ninguna otra determinación que su voluntad y su subjetividad. Voluntad y subjetividad que deben buscarse (…) sobre todo, en este espacio público clandestino, cada vez más amplio que se encontraba gestándose en torno a una nueva oposición al franquismo” (Jauréguiberry 1983:247). Y así, y como señaló Adorno: “el principio radical de identidad perpetúa el antagonismo mediante la represión de lo antagónico por parte de la razón que domina la naturaleza. Aquello que no tolera nada que no se iguale a él mismo se convierte en lo contrario de la reconciliación, que erróneamente cree constituir. El acto de violencia de la equiparación reproduce la contradicción que él erradica” (Adorno 2017:462). ETA pues no hace más que recoger teóricamente este rechazo doble, esa notredad telúrica particularizada, cuando plantea en la V Asamblea que su lucha es contra las “enajenaciones” –culturales, económicas y sociales– consecuentes del imperialismo español y francés que afectan al conjunto del Pueblo Trabajador Vasco11. Advierte a su vez que “en Euskal Herria la clase dominante [étnicamente vasca] ha utilizado el poder de los Estados español y francés para la defensa de sus intereses capitalistas y de ahí que sea objetivamente extranjera y opresora del Pueblo Vasco”12. La asunción de la 11 “Ideología oficial de Y”, 1967. Documentos Y: nº7, Hordago, n. 98-99. 12 Ibídem.
137 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 categoría de Pueblo Trabajador Vasco (PTV) no hacía más que conceptualizar teóricamente la formación de la nueva subjetividad que, incluyendo ab origene a los inmigrantes13, señalaba para ETA el sujeto proyectivo de la conciencia nacional a partir de la cual retornar a la comunidad arrollada por la modernidad. En otro sentido, la subjetividad, formada en torno al rechazo a la represión, será el cimiento sobre el que construir un sujeto revolucionario (el PTV) a partir de la adopción de la conciencia nacional, lo cual significaba, a ojos de ETA, la lucha por la independencia (que liberaría esa nueva composición de lo vasco, como vasco y como explotado). Si el sufrimiento, su rechazo, la no-identidad, fijan un vínculo experiencial colectivo, sólo la vehiculación a través de la adquisición de la conciencia nacional capacitaría, en puridad, y para ETA, el salto revolucionario y la emancipación. En opinión de Francisco G. Aguirrezabala: “la definición del Pueblo Vasco como sujeto revolucionario por ser expresión de un antagonismo histórico con los Estado de España y Francia, abre la posibilidad de utilizar dicho antagonismo para hacer prender la chispa que acelere la confrontación con el estado de cosas vigente y con las cosas de los estados vigentes y emergentes (…), transformando el conflicto vasco en un foco revolucionario para transformar la sociedad…” (Garmendia Aguirrezabala 2000:44). La demanda por la supervivencia de la tradición comunitaria –arrasada por las mismas fuerzas que oprimen al trabajadorse definiría en lo sucesivo como una reivindicación emancipadora, reconstituyendo dicha tradición en el presente y como lugar desde donde extraer significantes para la motivación de 13 Gaizka Fernández y Raul López han señalado a este respecto que “desde el nacionalismo vasco radical los discursos sobre la inmigración han hecho hincapié en los requisitos que habían de cumplir los inmigrantes para conseguir o no carta de vascos. Ello se solventó considerando que los vascos integrados eran los que se habían hecho nacionalistas”. A mi juicio esta es una idea errónea, pues la nueva vinculación experiencial de la represión compone un nuevo sentido de lo vasco que es tan sólo recogida teóricamente por ETA cuando habla de Pueblo Trabajador Vasco. La integración no se realiza, en la propia lógica etarra, por la adopción de ninguna conciencia nacional, sino por la composición práctica de la subjetividad en la realidad social. En el proceso del rechazo anti-represivo, el inmigrante se sensibiliza de la persecución de lo vasco. El nacionalista percibe que la persecución de toda experiencia colectiva cultural, de todo aquello que la modernidad le ha hecho único defensor, es provocada por las mismas fuerzas que posibilitan la explotación capitalista. Los autores afirman que “la barrera del nacionalismo radical frente a los inmigrantes ya no era racial (…) sino ideológica”. Pero, tal barrera ideológica –extranjerizanteera una barrera no puesta exactamente a los inmigrantes en cuanto a tal, sino a los miembros de esa subjetividad, inmigrantes o no, –y también, y sobre todo, a la gran burguesía vasca-, que no eran apercibidos por la conciencia nacional que ETA deseaba plantear como vehiculación del rechazo a la dictadura y al sistema capitalista. Si como dicen, acertadamente, “el nacionalismo radical actualizó las formas de exclusión racistas de Sabino Arana para emplear, esta vez un criterio ideológico de adscripción étnica”, pervive en su planteamiento de discriminación a la inmigración una antinomia irresoluble, ya que si se aplica un criterio ideológico como vehículo de adscripción étnica esto comprometería su misma aplicabilidad al sentido diferencial con respecto a la inmigración; dicho de otra forma, también habría trabajadores vascos culturalmente (oriundos), que realmente, y siguiendo este criterio, no serían vascos porque no son nacionalistas. (Fernández y López 2010:193-217; Fernández y López 2018).
138 Adrián Almeida Díez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 la lucha del sujeto revolucionario. La cultura vasca, el euskera especialmente, se constituye en la imagen dialéctica benjaminiana, en el remanente utópico liquidado, de una comunidad arcaica sin clases (Benjamin, 2004:39). Diría Tomás Goikoetxea: “En Euskadi, a la cultura latino-cristiana, se junta el imperialismo ideológico de la cultura de masas industrial; uniformadoras ambas, que ponen en peligro de desaparición, pura y simple a la cultura tradicional. Una lucha socialista nacional es definitivamente un combate por el renacimiento nacional (…) En el pueblo vasco (…) debe operarse una auténtica revolución cultural y sensible, de real transformación personal y colectiva, lejos del folklorismo y del culturalismo abstracto. Una transformación y reencuentro de su identidad nacional síntesis de lo tradicional y moderno, que le ayuden a combatir los elementos alienantes y represivos de la ideología cristiana o de la unidimensionalidad e individualismo industrial de masas” (Goikoetxea 1976:48). Conclusión A lo largo del presente escrito se ha tratado de observar no ya sólo una mimética proyección antimoderna entre las dos fases del nacionalismo referido (el iniciático y el reformado durante el franquismo), sino una profunda evolución del contenido de esta proyección, que a la postre redundó –desde el originario rechazo a la inmigraciónen un proyecto potencialmente revolucionario a partir de la nueva composición subjetiva que incluía al conjunto de trabajadores habitantes en los territorios vascos. La conceptualización del Pueblo Trabajador Vasco realizada por ETA, recogía, así, la unificación de dos notredades sufrientes particularizadas en el territorio vasco bajo la dictadura. Si el primer nacionalismo vasco se levanta como reacción a la eliminación práctica de la experiencia comunitaria, como rechazo a la reducción de la diversidad concomitante al sentido de modernización de la estructura del Estado y el desarrollo voraz de la industrialización, el nuevo nacionalismo vasco, la izquierda abertzale, surge como rechazo ante la totalización abstractiva realizada bajo el franquismo. Dicho de otra forma, surge de la misma eventualidad histórica que el primer nacionalismo, pero explora un acercamiento hacia la clase obrera, negada como tal en el reduccionismo social y teórico del franquismo. Este paso es fundamental pues revoca sustancialmente las primigenias formulaciones racistas, pero más importante aún: elimina la retórica del retraimiento histórico y la proyección eidética de lo vasco del nacionalismo primigenio. Esto no significa que no hubiera –y haya– una mitificación desbordante de la historia vasca previa a la intrusión de la modernidad en el Estado, pero el rechazo ya no se traduciría como lucha contra
139 La Hipótesis Revolucionaria. Nacionalismo Vasco y la Crítica a la Modernidad Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 119-142. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.06 la pérdida del pretendido sentido del ser vasco –solución heideggeriana del primer nacionalismo y de la primera ETA–, sino como confrontación desde el todo aquello que no cabe; una lucha desde lo negativo en la realidad afirmada, configurándose así en una potencialidad revolucionaria. Referencias bibliográficas: Adorno 2005: T.Adorno, Dialéctica Negativa (Madrid, 2005). Adorno 2017: T.Adorno, Ontología y Dialéctica. Lecciones sobre la filosofía de Heidegger (Buenos Aires,2017). Altamira 2006: C.Altamira, Los marxismos de fin de siglo (Buenos Aires, 2006). Arana 1999: S.Arana, Antología de Sabino Arana (Donostia,1999). Aranzadi 1981:J.Aranzadi, Milenarismo vasco. Edad de oro, etnia y nativismo (Madrid,1981). Aróstegui 1998: J.Aróstegui, “El Estado español contemporáneo: centralismo, inarticulación y nacionalismo”. Historia Contemporánea, Nº. 17, n.31-57. Benjamin 2004: W.Benjamin, Libro de los pasajes (Madrid, 2004). Beramendi 2001: J.Beramendi “Regionalismos y nacionalismos en España”. En M. Ortiz, D.Ruiz y I.Sánchez, Movimientos sociales y Estado en la España Contemporánea (Cuenca, 2001), n. 265-296. Berardi 2016: F.Berardi, Almas al trabajo (Madrid, 2016). Box 2013: Z.Box, “El nacionalismo durante el franquismo”. En: A. Morales Moya, J.P. Fusi y A. De Blas Guerrero, (Dir.), Historia de la nación y del nacionalismo español (Barcelona, 2013), n.903-920. Castells 2009: L.Castells, “El nuevo marco administrativo y la autonomía (1876-1923)”. En: L. Castells y A. Cajal, (Eds), La autonomía vasca en la España contemporánea (1808-2008) (Madrid, 2009), n. 107-157. Castells 2007: L.Castells, “Liberales, fueros e identidades en el País Vasco (1850-1919). En: L.Castells, A.Cajal y F.Molina (Eds.), El País Vasco y España: Identidades, Nacionalismos y Estado (siglos XIX y XX) (Bilbao, 2007), n.115-161. Corcuera 1980: J.Corcuera, Orígenes, ideología y organización del nacionalismo vasco (1876-1904) (Madrid, 1980). Cortina 2008: A.Cortina, La escuela de Fráncfort: crítica y utopía (Madrid, 2008). Díez Medrano 1999: J. Díez Medrano, Naciones divididas. Clase, política y nacionalismo en el País Vasco y Cataluña (Madrid 1999). Dusell 1994: E.Dusell, 1492. El encubrimiento del otro (La Paz, 1994). Elorza 1978: A.Elorza, Ideologías del nacionalismo vasco (Zarautz, 1978).
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