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Propuesta para la clasificación de los materiales cerámicos de tradición aborigen de la isla de Gran Canaria (Islas Canarias)

Del Pino Curbelo, Miguel,Rodríguez Rodríguez, Amelia

Abstract

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PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA (ISLAS CANARIAS) PROPOSAL FOR THE CLASSIFICATION OF CERAMIC MATERIALS OF ABORIGINAL TRADITION IN THE ISLAND OF GRAN CANARIA (CANARY ISLANDS) MIGUEL DEL PINO CURBELO University of Sheffield [email protected] http://orcid.org/0000-0001-6649-0397 AMELIA RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ Universidad de Las Palmas de Gran Canaria [email protected] http://orcid.org/0000-0001-7112-2441 primera Resumen Se propone un sistema de clasificación para los recipientes cerámicos de tradición aborigen de la isla de Gran Canaria. Este sistema integra aspectos tecnológicos, formales y funcionales partiendo de conjuntos arqueológicos debidamente contextualizados. Se discuten los resultados haciendo referencia a las diferencias cronológicas, a la función y características de los yacimientos. Asimismo, se discuten los datos comparándolos con aquellos existentes en la bibliografía especializada. Los resultados apuntan a la coexistencia de diferentes grupos funcionales, consecuencia del desarrollo de cadenas operativas muy diferentes, mantenidas durante largos periodos de tiempo. A pesar de esta continuidad, se han observado variaciones diacrónicas y espaciales entre los conjuntos, especialmente en cuanto a su morfología y patrones decorativos, que podrían deberse a cambios en las relaciones sociales aborígenes, ocasionados por factores internos y externos, y a la cristalización de grupos identitarios diferenciados dentro la isla, al menos en momentos avanzados de la ocupación prehispánica. Palabras clave. Islas Canarias; Gran Canaria; cultura aborigen; cerámica; clasificación. Abstract This paper comprises a new proposal for the classification of the aboriginal ceramics from the island of Gran Canaria. This classification system integrates the technological, morphological and functional traits of archaeological vessels that have been properly contextualized. The results are discussed taking into account functional and chronological differences among the groups, as well as previously published data. As a consequence, a number of functional groups, related to different chaînes opératoires, were defined. Moreover, the groups also exhibited a spatial and chronological variability that seems to reflect the creation of identity borders within the population of the island. These limits became more evident during advanced moments of the indigenous occupation. Key words. Canary Islands; Gran Canaria; aboriginal culture; pottery; classification. LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. ISSN: 0213-2338 | ISSN-e: 1989-9904 DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 Como citar este artículo / How to cite this article: Del Pino Curbelo, M. y Rodríguez Rodríguez, A. (2017). Propuesta para la clasificación de los materiales cerámicos de tradición aborigen de la isla de Gran Canaria (Islas Canarias). Lucentum, XXXVI, 9-31. http://dx.doi.org/10.14198/ LVCENTVM2017.36.01 Recepción: 27-09-2016 Aceptación: 27-02-2017 Copyright: © 2017 Miguel del Pino Curbelo y Amelia Rodríguez Ródriguez. Esto es un documento open access distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons (CC BY-NC). Se permite la generación de obras derivadas siempre que no se haga uso comercial. Tampoco se puede utilizar la obra original con finalidades comerciales. MIGUEL DEL PINO CURBELO Y AMELIA RODRÍGUEZ RÓDRIGUEZ 10 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 INTRODUCCIÓN Marco espacial y cronológico De la primera población que habitó la isla de Gran Canaria tenemos datos fiables sobre su procedencia norteafricana, algo que parece común a todo el archipiélago (Fregel et al., 2009; Springer Bunk, 2001). Los canarios, que es el etnónimo con que se les designa, tenían una economía productora, con el cultivo de cereales y leguminosas, y la ganadería (de cabras, ovejas y cerdos) como base (Martín Rodríguez et al., 2003a; 2003b; Morales Mateos, 2010). También desarrollaron una intensa actividad recolectora de diversas especies vegetales y recursos marinos (Rodríguez Santana, 1996). Al asentarse, este grupo humano desarrolló la que posiblemente sea la cultura material más peculiar de todo el archipiélago, y cuyas diferencias con respecto a las del resto de las islas han sido puestas en relación tanto con el origen cultural de la población como a procesos de especialización laboral y jerarquización social que aún hoy son abierto objeto de discusión (v. Rodríguez Rodríguez et al., 2012). La cronología de la llegada de los aborígenes nos es aún desconocida. La datación más antigua de que disponemos tiene un margen de incertidumbre demasiado amplio, entre los siglos III y VII d.C. (GRO1191, v. Martín Rodríguez, 2000). Así pues, existen diversos problemas con respecto a la fiabilidad de las mediciones realizadas y el tipo de material datado que hacen difícil establecer un momento claro para el inicio del proceso colonizador (Del Pino Curbelo et al., 2016; Santana Cabrera et al., 2012; Velasco Vázquez, 2015). Lo cierto es que en la actualidad no podemos encontrar dataciones radiocarbónicas que ofrezcan garantías (mediciones fiables sobre materiales de vida corta) cuyo intervalo de fechas sea anterior al siglo VI d.C.1 El final de la sociedad aborigen, tal y como se había desarrollado hasta entonces, coincide con la derrota militar ante los castellanos en 1483, si bien este episodio representa la culminación de un periodo de contactos iniciado siglos antes, en los que muy posiblemente la presencia de navegantes, así como de colonos europeos ya asentados en otras islas, habría favorecido cambios en las comunidades indígenas (Martín de Guzmán, 1986). Esta sociedad es la que aparece retratada en las fuentes europeas de la época, prácticamente los únicos textos disponibles sobre el modo de vida aborigen, así como de su organización social y política (Baucells Mesa, 2004). 1. Las dataciones radiocarbónicas disponibles para yacimientos de filiación aborigen en la isla de Gran Canaria han sido recopiladas por el Cabildo de Gran Canaria y puestas a disposición pública en http://dataciones.grancanariapatrimonio. com/. Accedido: 25/07/2016. La situación de partida La loza de Gran Canaria es, posiblemente, uno de los elementos del registro arqueológico que mejor refleja el grado de singularidad de la cultura material indígena en el archipiélago. Como en el resto de las islas fue elaborada a mano, y posiblemente cocida en estructuras simples. Sin embargo, la morfología de los vasos, la consistencia de sus pastas, la presencia de decoración pintada y la frecuencia con la que sus superficies están bruñidas, han servido para diferenciarla tradicionalmente del resto de las producciones aborígenes. Por lo que respecta a su estudio, buena parte de los esfuerzos invertidos en esta labor se han centrado en dotar a los recipientes de un orden, considerándolos elementos genuinamente aborígenes (v. Navarro Mederos, 1999 y referencias incluidas allí). Las agrupaciones resultantes han sido empleadas para identificar diferentes grupos humanos (atendiendo a criterios raciales, étnicos o políticos, dependiendo de la época) y, adicionalmente, para definir posibles orígenes culturales y construir series que sirvieran de base para un sistema de datación relativa. Dadas las diferencias con respecto a las cerámicas del resto del archipiélago, también se ha escrito extensamente sobre la relación entre la calidad de la producción y fenómenos de jerarquización y especialización laboral, con especial énfasis en el control sobre la distribución de los productos y del conocimiento (González Antón, 1973; Jiménez Sánchez, 1958; Martín de Guzmán, 1984; Navarro Mederos, 1999; Onrubia Pintado, 2003; Velasco Vázquez y Alberto Barroso, 2005). Todo ello desde posicionamientos teóricos y mediante metodologías diversos, lo que ha llevado a interpretaciones divergentes (una revisión de estas aportaciones puede consultarse en Navarro Mederos, 1999; y Velasco Vázquez et al., 2002). Una de las primeras reservas que podría expresarse sobre parte de los trabajos de sistematización, quizás de los más influyentes, es que se realizaron sobre colecciones descontextualizadas, sin una cronología y, en muchos casos, incluso sin una procedencia clara. Se entiende que mediante esa práctica se ha asumido que la cerámica aborigen es un grupo evidente, y que puede ser identificada de manera intuitiva, a pesar de las tempranas dudas sobre el origen prehispánico de algunos de los materiales contemplados (Abercromby, 1914). Algo similar ocurre con otros trabajos donde no se especifican los conjuntos empleados como referencia en la construcción de los tipos, ya que aun cuando se parta de materiales unívocamente aborígenes los grupos resultantes no pueden articularse diacrónica o espacialmente. Por su parte, la caracterización de conjuntos debidamente contextualizados ha permitido plantear la existencia de diferencias diacrónicas en la cerámica elaborada a mano hallada en la isla que hacen que la asignación cultural no siempre sea un trabajo sencillo (Del Pino Curbelo et al., 2015; González Quintero et al., 2009b; Navarro Mederos, 1990). PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA 11 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 Las cuestiones planteadas han condicionado también la manera en que se ha abordado el estudio de los materiales. La búsqueda de paralelos que permitieran reconocer el origen cultural de la población aborigen, así como la concepción de la decoración y la morfología de los vasos como los rasgos donde mejor se podía apreciar la expresión de diferencias políticas o culturales, primaron el análisis, por así decirlo, estilístico, de los vasos, en el que la presencia de pulidos y composiciones decorativas complejas fue vista generalmente como un signo de calidad técnica. La distribución de formas y decoraciones también se empleó para analizar fenómenos de estandarización de la producción, así como para definir las redes de intercambio que pudieran ponerse en relación, o no, con centros de producción especializados, cuya existencia era más factible en Gran Canaria que en las otras islas atendiendo a su mejor ejecución. Una de las consecuencias de esta práctica, el énfasis puesto en las formas y las decoraciones, es la manera en que ha sido concebida y estudiada la tecnología cerámica. Así, las cuestiones relativas a cómo fueron elaborados los vasos, esto es, cómo una serie de materias primas fueron procesadas hasta obtener un producto acabado, han recibido mucha menos atención que las características finales de los productos en sí. Prácticamente un único modelo de proceso productivo, construido mediante el concurso de la información contenida en las fuentes europeas y la obtenida mediante la observación directa de los talleres tradicionales de la isla, aparece repetido en casi todas las obras publicadas, con pequeñas variaciones. En estos casos, la ausencia de indagaciones sistemáticas sobre el registro más allá de algunas nociones básicas, ha sido suplida por el empleo anacrónico de aquellos datos (por ejemplo, Del Arco Aguilar et al., 1992; González Antón, 1973; Jiménez González, 1990; Martín de Guzmán, 1984). Esto ha ofrecido una imagen bastante homogénea de esta tecnología, que la ha hecho menos atractiva, creemos, para las labores de asignación cultural. A pesar de lo anterior, y como ya hemos indicado, no es infrecuente que se presenten valoraciones abstractas sobre la calidad de los vasos, que de manera implícita pueden combinar aspectos como la granulometría y consistencia de las pastas, el tratamiento de las superficies, o incluso los patrones decorativos. En nuestra opinión este tipo de aproximaciones ha resultado muy útil para defender ciertos modelos de poblamiento y de cambio cultural, pero lo cierto es que informan poco sobre la tecnología aborigen, sobre todo sin un contexto claro de producción y de consumo. Precisamente, otra de las consecuencias que se pueden citar es el escaso énfasis hecho en el episodio del uso de los objetos. Aunque no faltan referencias a posibles grupos funcionales, sólo en raros casos este criterio ha sido central en la definición de tipos cerámicos (Navarro Mederos, 1999). Sospechamos que la tradición de estudiar colecciones sin un contexto claro tampoco ha evidenciado la necesidad de incluir los materiales cerámicos en explicaciones generales de los sitios arqueológicos, donde la funcionalidad de los espacios desempeña un papel relevante. En este sentido, si bien se da por sentado que la mayor parte de las cerámicas recuperadas en un yacimiento fueron objetos de uso diario, que debieron intervenir en actividades tan comunes como el almacenamiento, el procesado y el consumo de alimentos, la manera en que los recipientes intervinieron en estas actividades no ha sido abordada con detenimiento. En consecuencia, en este trabajo se propone un sistema de clasificación para los recipientes cerámicos de tradición prehispánica de la isla de Gran Canaria. Este sistema pretende ser eminentemente práctico, e integrar aspectos tecnológicos, formales y funcionales, partiendo de conjuntos arqueológicos bien contextualizados, y atendiendo al significado de los objetos cerámicos como bienes cotidianos (Adams y Adams, 2008; De Certeau, 1984; Hardbottle, 1982; Ortega Ortega, 1999). También se pretende discutir los resultados haciendo referencia a las diferencias cronológicas, a la función y características de los yacimientos. Asimismo, se contextualizan los resultados obtenidos mediante su discusión con los datos existentes en la bibliografía especializada. MATERIAL Y MÉTODOS Material Los materiales que se analizan en este recuento son en total 196 individuos de los que 166 suponen vasos de los que se pudo obtener el diámetro del borde como medida significativa, y en algunos casos también la capacidad, a partir de perfiles completos o reconstruibles, mientras el resto se corresponde con recipientes reconocidos e individualizados a partir de fragmentos y grupos de fragmentos anatómicos característicos (una descripción detallada de los conjuntos puede encontrarse en Del Pino Curbelo, 2014). Estas unidades proceden de cuatro contextos arqueológicos de adscripción prehispánica (Fig. 1), datados con fechas calibradas entre los siglos VI-VII d.C. y XV-XVI d.C. (Fig. 2). Atendiendo al número de vasos que pudieron ser identificados en cada caso, los yacimientos aportan un número desigual de recipientes al estudio, en concreto 93 contenedores proceden de La Cerera, otros 84 de Cueva Pintada, trece de El Tejar y seis de Dunas de Maspalomas. Estos espacios han sido objeto de análisis en diversos trabajos, por lo que aquí sólo incidiremos en algunos aspectos que creemos necesarios para la valoración de los resultados. La cueva natural que forma parte del yacimiento de La Cerera ha sido interpretada como un espacio multifuncional. En la organización del recinto tuvieron un papel fundamental diversas actividades domésticas, como el procesado de alimentos o la realización de MIGUEL DEL PINO CURBELO Y AMELIA RODRÍGUEZ RÓDRIGUEZ 12 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 labores artesanales. Su ocupación se ha estructurado en tres fases sucesivas. La más antigua de ellas, fase III, comenzaría entre los siglos VI y VII d.C. Posteriormente se produjeron las primeras labores de remodelación que dan inicio al segundo momento de ocupación, que se sitúa fundamentalmente en el siglo X d.C. La única datación disponible para la fase más reciente, fase I, procedente de uno de los niveles superiores del depósito, marca que el yacimiento debió ser abandonado en algún momento no muy posterior a los siglos XI-XII (González Quintero et al., 2009a; Rodríguez Rodríguez et al., 2012). En este trabajo se incluyen también los resultados del estudio del ajuar cerámico de algunas estructuras del poblado de Cueva Pintada, en Gáldar. El yacimiento cuenta con una destacada serie de dataciones, la mayoría radiocarbónicas, sobre carbón, madera y conchas Figura 1: Mapa de Gran Canaria. Localización de los yacimientos estudiados. 1. Cueva Pintada; 2. La Cerera; 3. El Tejar; 4. Dunas de Maspalomas (MDT, Instituto Geográfico Nacional). Yacimiento Ref. Muestra Cal DC Cal BP BP Radiocarb. Convencional Material Contexto La Cerera Beta-195948 250-290 y 320-540 1691-1415 1650 +/– 40 BP Carbón U.E. 42 Beta-195947 590-720 y 740-770 1352-1183 1370 +/– 40 BP Carbón U.E. 12 Beta – 317655 1020 –1050; 10801130 y 1130 –1150 957-796 980 +/– 30 BP Semilla carbonizada U.E. 2.1 Beta – 302328 898-920 y 944-1026 1050-1040 y 900-920 1050 +/– 30 Semilla carbonizada U.E 9 Beta – 302329 590-666 1350-1290 1410 +/– 30 Semilla carbonizada U.E. 4.2 Dunas de Maspalomas Beta – 359512 900 – 920 y 970 – 1020 1050 – 1030 Y 980 – 930 1050 +/– 30 Semilla carbonizada Nivel 1 Beta – 359513 720 – 740 y 770 – 890 1230 – 1210 Y 1180 – 1060 1200 +/– 30 BP Semilla carbonizada Nivel 1 El Tejar Beta-162119 1281-1400 669-550 640 +/– 40 Carbón U.E. 5 Beta-162118 1223-1400 727-551 690 +/– 60 Carbón U.E. 5 Cueva Pintada Beta – 321399 1450 –1640 500 –310 350 +/– 30 Tejido vegetal Estructura 12 LGQ-518 423-869 1525-1084 1400+/– 100 BP Carbón Corte 0 Gif-8870 646-841 1310-1088 1310+/– 50 BP Carbón Corte 0 Gif-8871 583-761 1371-1179 1370+/– 50 BP Carbón Corte 0 Gif-8872 600-712 1370-1186 1380+/– 40 BP Carbón Corte 0 Gif-8873 574-790 1389-1153 1360+/– 60 BP Carbón Corte 0 Gif-8874 774-988 1176-938 1140+/– 50 BP Carbón Corte 0 Gif-8875 536-805 1413-1096 1375+/– 70 BP Carbón Corte 0 Gif-8876 1051-1253 905-684 850+/– 40 BP Carbón Corte 0 Gif-8877 551-686 1406-1264 1410+/– 50 BP Madera Corte 0 Gif-8878 548-655 1399-1291 1440+/– 40 BP Carbón Corte 0 Gif-8879 469-932 1512-985 1340+/– 110 BP Madera Corte 0 Gif-8880 810-991 1169-937 1120+/– 40 BP Carbón Corte 0 Gif-9899 1311-1456 903-710 1260+/– 40 BP Concha Estructura 42 Gif-9897 1041-1248 1035-1225 880+/– 40 BP Madera Estructura 42 Gif-8889 1213-1379 1214-1320 y 1350-1391 720+/– 50 BP Carbón Estructura 44 Figura 2: Serie de dataciones radiocarbónicas obtenidas para los espacios en estudio. Referencias para La Cerera en González Quintero et al., 2009a; Rodríguez Rodríguez et al., 2012. Cueva Pintada en Martín de Guzmán et al., 1992; Fontugne et al., 1999; Del Pino Curbelo, 2014. Dunas de Maspalomas en Rodríguez Rodríguez et al., 2011. La calibración de las mediciones se realizó con el programa Oxcal 4.2. PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA 13 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 de molusco. También se han realizado mediciones por termoluminiscencia sobre material cerámico. Existen igualmente una serie de dataciones inéditas por AMS sobre tejido vegetal, fauna y semillas carbonizadas. Para este poblado se han definido dos periodos de ocupación diferentes. El primero de ellos ha sido datado entre los siglos VII y XI, representado en este trabajo por los niveles de abandono del denominado Corte 0 y la estructura 42, identificados ambos con espacios de cocina. El segundo momento de ocupación del poblado se desarrolló a partir del siglo XIII, siendo la datación más reciente para este segundo periodo del siglo XVI. Las estructuras comprendidas en este segundo lapso de tiempo, analizadas en este trabajo, se corresponden con espacios habitacionales (estructura 12 y 44), y una estructura de almacenamiento (estructura 25), con un diseño arquitectónico singular dentro del repertorio de construcciones del yacimiento (Del Pino Curbelo et al., 2015; Fontugne et al., 1999; García Bartual et al., 1995; Martín de Guzmán et al., 1994; 1996). El tercero de los contextos analizados es una estructura circular, UE5, que se integra en el poblado de El Tejar, interpretada como un espacio destinado a la preparación y consumo de productos cárnicos como parte de ritos de comensalía, según aparecen descritos en las fuentes etnohistóricas (Ascanio Padrón et al., 2004). Nuestros resultados también incluyen una unidad estratigráfica de reocupación, UE10, que pertenece a una construcción cercana, parcialmente colmatada en el momento en que era contemporánea al uso de la construcción circular. Este segundo espacio parece haberse empleado también para labores de cocción de alimentos (Gabinete de estudios patrimoniales Tibicena, 2001). Las dataciones radiocarbónicas obtenidas ubican el abandono de la estructura entre los siglos XIII y XIV. Por último, se integran los restos correspondientes a la intervención realizada en un sector del Paisaje Natural de Las Dunas de Maspalomas. Este espacio costero integra concentraciones de materiales aborígenes diseminadas por toda la zona que se ha conservado poco alterada. El lugar que se ha excavado se ha interpretado como resultado de una ocupación no permanente, relacionada con el aprovechamiento estacional de los recursos de la zona (Castellano Alonso, 2013). Los materiales arqueológicos aparecen, aquí, organizados en torno a los restos de una estructura de combustión carbonatada, sin que hayan podido asociarse a construcciones estables. Las dataciones obtenidas lo sitúan entre los siglos VII y XI d.C. (Del Pino Curbelo, 2014). Métodos: los atributos empleados en la clasificación de los grupos Para dar un sentido a los atributos observados, salvo aquellos relacionados con el uso, que atienden a períodos posteriores a la producción, estos han sido considerados como el resultado de un conjunto de acciones interconectadas entre sí, empleando el concepto de cadena operativa (Gosselain, 1998; Lemonnier, 1993). En consecuencia, en esta clasificación las propiedades estudiadas de los materiales son consideradas tanto como un atributo puntual, que representa su parte mesurable, como el resultado de un proceso prolongado en el tiempo, que representa parte de la historia individual del objeto (Ingold, 2007: 15). La clasificación morfológica se ha llevado a cabo mediante la asimilación del volumen de los recipientes a una serie de cuerpos de revolución (Shepard, 1980). Empleando este sistema, y considerando la orientación de los cuerpos, se llegaron a definir nueve categorías: esférica, troncocónica, troncocónica invertida, ovoide, ovoide invertido, elipsoide vertical, elipsoide horizontal, hiperboloide y cilíndrico-subcilíndrico. Para la caracterización morfológica completa de los vasos se emplearon además los llamados «puntos característicos» de inflexión y de esquina o carena y se definió el volumen principal de los recipientes, cuya forma se utiliza para establecer la variante morfológica a la que pertenece el artefacto en primera instancia (asimilable a la definición de ‘cuerpo’ en Eiroa et al., 1999). También se usó para clasificar el perfil de los recipientes entre simple –identificable con un único cuerpo de revolución–, con punto de inflexión –dos sólidos geométricos unidos por uno de estos puntos– y compuesto –con carena–. En cuanto al grado de restricción, se considerarán restringidas las piezas cuyo diámetro de borde sea menor al diámetro máximo, y no restringido en el resto de ocasiones. La estimación de los diámetros se hizo mediante el empleo de dianas y la determinación de radios a partir de las bisectrices de un arco de circunferencia, siempre desde la superficie exterior de la pieza. A diferencia de los diámetros, la estimación de las alturas no puede realizarse de manera indirecta si no se cuenta con formas completas. Es importante recordar que esta propuesta de clasificación se ha realizado con materiales provenientes de excavaciones arqueológicas bien documentadas, aunque con los consecuentes problemas tafonómicos, hallándose en muchas ocasiones incompletas. En estos casos sólo se ha efectuado una estimación de la altura en las piezas completas o cuyo perfil podía reconstruirse completamente. Por último, para las descripciones también se emplearon términos anatómicos, de uso común: base y fondo, cuerpo, cuello, boca, borde y labio (según Eiroa et al., 1999; Rice, 1987). El cálculo de la capacidad de los recipientes se realizó por medios informáticos en un número restringido de casos en los que se asumió que estaban completos o eran reconstruibles con ciertas garantías. Para ello se tomó el perfil de los vasos y se revolucionó empleando el programa Autocad 2013 (Autodesk, 2012). Posteriormente se obtuvo el volumen del sólido, considerando los vasos llenos hasta la línea del labio. MIGUEL DEL PINO CURBELO Y AMELIA RODRÍGUEZ RÓDRIGUEZ 14 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 Se clasificó el acabado de las superficies atendiendo a su regularidad y el brillo que presentan (Balfet et al., 1992), así como en la lectura de las huellas dejadas para su consecución (Rye, 1981). Siguiendo estas pautas se establecieron varias categorías (Fig. 3): – Pulido. Superficies generalmente regulares que presentan brillo homogéneo. – Pulido facetado. Acabado brillante en el que se observan los surcos producidos por el paso del instrumental. – Alisado. Superficies regularizadas, pero no brillantes. – Raspado. Superficies no brillantes en las que se observan improntas de la acción de un útil, posiblemente destinado al desbastado u homogenización somera de la superficie. – Irregular. Superficies sin brillo, en las que no se evidencian señales de actividad regularizadora que fueran más allá de los propios gestos que pudieran estar destinados a la conformación del vaso. En ocasiones el acabado de una superficie no pudo adscribirse a una única categoría. En estos casos se ha optado por emplear términos compuestos, como alisado-pulido, raspado-alisado, etc. El registro de las decoraciones se efectuó mediante la identificación de la técnica empleada (Caro, 2006: 89 y ss.). Se distingue así entre técnicas plásticas – incisión, impresión, acanaladura–, y la aplicación de pigmentos: baños en aplicaciones lisas, conocidos generalmente como almagrados, y pintura cuando se apreciaron motivos. La decoración pintada en la cerámica aborigen está constituida casi siempre por motivos geométricos, combinados entre sí de diferentes maneras. A cada una de estas combinaciones se la ha denominado composición decorativa, y entre estas se han diferenciado las simples –con un motivo– de las complejas –dos o más–. Por último, en el apartado metodológico, también se tuvieron en cuenta algunos aspectos funcionales, que serán discutidos con mayor profundidad posteriormente. De manera general, para abordar esta dimensión de las producciones alfareras nos basamos en la identificación de marcas funcionales, como la presencia y disposición de señales de exposición al fuego (Skibo, 1992). También resultó de interés adoptar una visión de conjunto con respecto a los atributos observados, con el fin de reconocer patrones que pudiesen ponerse en relación con determinados grupos funcionales, establecidos a partir de la analogía etnoarqueológica y la arqueología experimental (Henrickson y McDonald, 1983; Rice, 1987; Schiffer, 1990). Figura 3: Microfotografía de técnicas de tratamiento de superficie identificadas. Raspado (a y b); alisado (c); alisado-pulido (d); pulido facetado (e) sobre una superficie almagrada; y pulido (f) sobre una superficie pintada, motivo realizado en almagre. Ancho de campo 1,6 cm. PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA 15 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 RESULTADOS La clasificación resultante Se han definido dos grandes grupos denominados como Grupo I y Grupo II (Figs. 4 y 5), entre los que se perciben numerosas diferencias tecnológicas y morfológicas, que parecen responder a funcionalidades dispares: el Grupo I lo conforman recipientes que tuvieron como función principal la cocción de alimentos –con señales de exposición al fuego–, mientras el Grupo II está integrado por una variedad importante de vasos, relacionados con funciones más diversas. A su vez se establecieron subgrupos, identificados con una letra en minúscula (Ia, Ib; IIa, IIb…), para individualizar aspectos más concretos. Asimismo, se definieron las variantes morfológicas, referidas por la figura de revolución correspondiente, estableciendo diferencias internas atendiendo a diversos aspectos: capacidad, acabados, patrones decorativos, etc. Dada la fragmentación general de los conjuntos, no se pudieron tener en cuenta al completo los atributos contemplados en cada uno de los casos, sino que se intentó establecer agrupaciones a partir de las variables que se consideraron suficientemente significativas en cada caso. Grupo I El Grupo I está caracterizado por una asociación recurrente entre superficies con pulido facetado y raspado en el exterior, y pulido o alisado-pulido en el interior, además de por la presencia de marcas de exposición al fuego. Este pulido suele tener señaladas las facetas del instrumento con el que se lleva a cabo, a modo de pequeñas acanaladuras. Otro rasgo característico es la ausencia de composiciones decorativas complejas, ya que se limitan a bandas en torno al labio y baños de almagre. La definición de los subgrupos del Grupo I está muy relacionada con la de las variantes morfológicas. Atributos como la altura de los contenedores y el grado de restricción en la cerámica de cocina son fundamentales, ya que inciden en aspectos como el grado de evaporación y la manera en que el contenido queda expuesto al fuego (Rice, 1987). Se distingue entre recipientes bajos y abiertos (Ia), altos y restringidos (Ib) y de manera intermedia recipientes bajos y de tendencia restringida o ligeramente abierta (Ic). – Subgrupo Ia. Recipientes de formas simples, asimilables a casquetes esféricos o elipsoides horizontales, sin restricción en la forma, con diámetros que varían entre 19 cm y 46 cm (Fig. 6). Su capacidad, según se ha podido medir en dos de las piezas reconstruidas, se encuentra entre los 2,1 l y 2,8 l. No suelen presentar apéndices ni elementos decorativos. De hecho, su hallazgo en algunos de los yacimientos de la isla, descansando aún sobre estructuras de combustión, invita a pensar que se trata de recipientes que no eran desplazados frecuentemente de su espacio de uso (González Quintero et al., 2009a: 131 fig. 5). Si se aprecian almagrados, se localizan en el interior, cubriendo completamente la superficie. En raros casos presentan decoración, limitada a una banda de almagre en la zona del labio. – Subgrupo Ib. Recipientes restringidos cuyo perfil presenta un punto de inflexión (Fig. 6, b), siendo la parte inferior de tendencia esférica y la superior hiperboloide o cilíndrica. Los diámetros del borde que han podido ser calculados se sitúan entre los 16 cm y los 35 cm. La capacidad se ha podido medir en dos casos y, al igual que los bordes, varía fuertemente entre los 1,6 l y los 14,7 l. El acabado de su superficie exterior puede combinar raspado y pulido facetado y, cuando coexisten, las marcas de raspado se sitúan en la zona inferior del vaso –por debajo del diámetro máximo–. Asimismo, los motivos decorativos se limitan a alguna banda en torno al labio, identificándose en el resto de los casos baños de almagre, tanto en el exterior como en el interior. – Subgrupo Ic. Recipientes cuya forma principal es un elipsoide horizontal (Fig. 6, c y d), con bordes entre los 18 y 27 cm de diámetro. Su capacidad ha podido ser calculada en tres casos, entre 1,1 l y 7,4 l. Pueden presentarse como forma simple o con un punto de inflexión en la parte superior, asociados a un cuello con poco desarrollo. En general los apéndices que acompañan a estos recipientes suelen ser asas, dos opuestas simétricamente, aunque al menos un recipiente con cuello hiperboloide restringido de los identificados contaba también con un pitorro (Fig. 4, subgrupo Ic, 4). Los contenedores descritos en este primer grupo guardan importantes similitudes con los tipos descritos en trabajos anteriores (Navarro Mederos, 1999), identificados con tostadores (subgrupo Ia), destinados al torrefactado de cereales, y ollas (subgrupos Ib y Ic). Grupo II Entre estos recipientes, de morfología muy variada, existen sin embargo numerosas similitudes tecnológicas, como la abundancia de superficies pulidas y la presencia de motivos pintados –en especial composiciones complejas–. Destacan, además, otras diferencias con respecto al Grupo I, como la ausencia de señales de exposición al fuego y de raspados externos. Sí existen en cambio vasos con superficies irregulares, siempre en el interior –algo que no ha sido identificado aún en recipientes de cocina–. En relación a ello es necesario apuntar que las irregularidades son más comunes en las paredes internas de los vasos restringidos, escasamente visibles –y MIGUEL DEL PINO CURBELO Y AMELIA RODRÍGUEZ RÓDRIGUEZ 16 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 Figura 4: Resumen de la organización de los recipientes en grupos, subgrupos y variantes morfológicas. Estas últimas están numeradas para facilitar su referencia en el texto y en la Figura 5. Escala general al final de la figura, salvo para el ejemplar del subgrupo IIc. PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA 17 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 Grupo Subgrupo V. Morfológica Acabado externo Acabado interno Almagre/Pintura Diámetro (cm) Capacidad (cc) Individuos IIa Casquete esférico – elipsoide horizontal Raspado (91%) Raspado-pulido, Alisado y Alisadopulido (9%) Pulido (52%), Alisado-pulido (41%), Alisado (7%) Pintura exterior (5%), Almagre interior (17%), Sin almagre (78%) 19 – 46 2138 – 2809 34 Ib Esfera Pulido (19%) Alisado-pulido (63 %), Alisado-Pulido y raspado (13%), Alisado (6%) Pulido (25%), Alisado-pulido (56%), Alisado (19%) Pintura interior y almagre exterior (13%), Almagre interior y exterior (25%), Almagre interior (13%), Sin almagre (50%) 16 – 35 1556 – 14653 16 Ic Elipsoide horizontal Alisado-Pulido (40%), Alisado (20%), Pulido y raspado (40%) Pulido (20%), Alisado-pulido (40%), Alisado (40%) Pintura exterior y almagre interior (20%) Almagre interior (20%) Sin almagre (60%) 18 – 27 1093 – 7442 5 II IIa Esfera-elipsoide horizontal Pulido (75%), Alisado-pulido (25%) Pulido (82 %), Alisado-pulido (18 %) Almagre exterior e interior (58%), Almagre exterior (17 %), Sin almagre (25 %) 20 – 38 741 11 IIb Esfera 1 Pulido Pulido Pintura exterior 10 430 3 IIb Esfera 2 Pulido (67%), Alisado-pulido (33%) Pulido (50%), Alisado-pulido (50 %) (1 erosionado) Almagre exterior 77%, Sin almagre 33% 14 – 16 741 3 IIb Elipsoide horizontal 1 Pulido (83%), Alisado-pulido (17%) Pulido (67%), Alisado-pulido (33%) Pintado exterior e interior (17%), Pintado exterior y Almagre interior (17%), Pintura exterior (33%), Sin almagre (33%) 20 – 35 2182 – 10064 6 IIb Elipsoide horizontal 2 Pulido Pulido Pintura exterior e interior (33%) Pintura exterior y Almagre interior (33%) Sin almagre (33%) 11 – 29 339 3 IIb Elipsoide vertical 1 Pulido Alisado-pulido Pintura exterior e interior (50%), Pintura interior y almagre exterior (50%) 20 – 21 >1732 – >3729 2 MIGUEL DEL PINO CURBELO Y AMELIA RODRÍGUEZ RÓDRIGUEZ 24 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 es su capacidad, mucho más importante que en los demás casos, en torno a 61 l, lo que posiblemente sea una señal de su función como gran contenedor de almacenamiento. El acabado externo se corresponde con un alisado-pulido, y el interior con un alisado. La única decoración existente es una acanaladura horizontal dispuesta alrededor del arranque del cuello. DISCUSIÓN Este sistema de clasificación es parte de una labor de caracterización más extensa, que incluye también el análisis de las pastas cerámicas (Del Pino Curbelo, 2014; Del Pino Curbelo et al., 2012; 2015; 2016). Estos otros trabajos nos han permitido apuntar, por un lado, a patrones locales de producción y consumo de los recipientes, elaborándose los mismos tipos cerámicos con materias primas diferentes en cada lugar. Además, se han percibido diferencias en las cadenas operativas atendiendo a la función de los vasos. De los contextos analizados, La Cerera es la que ha aportado más información. En este yacimiento se ha podido observar cómo los recipientes con pulidos más irregulares, sin decoración y que exhibían, en ocasiones, señales de exposición al fuego (Grupo I y subgrupo IIa), se elaboraron generalmente con pastas con una granulometría mayor y en las que eran frecuentes los cristales planos y alargados de mica (biotita). Por el contrario, la cerámica decorada y con pulidos más cuidados (subgrupo IIb) se elaboró de manera preferente con pastas de menor granulometría, diferentes en su composición a las anteriores. Como se verá a continuación, entre los aspectos que pudieron haber guiado esta preferencia por ciertas materias primas frente a otras puede haber estado la intención de otorgar a determinados recipientes una mayor resistencia frente a episodios de estrés mecánico y térmico a los que serían sometidos de manera cotidiana. Interpretación de los grupos Los grupos aquí propuestos tienen un importante componente funcional. Si bien haremos énfasis en unas funciones y no en otras, entendemos que durante su vida útil un mismo objeto pudo conocer diversos fines, algo muy común cuando se trata de recipientes (Arthur, 2002; Herva y Nurmi, 2009; Joy, 2009). No obstante, las diferencias percibidas entre los grupos propuestos parecen suficientes para poder incidir en unos usos determinados, empleando categorías generales. El Grupo I ha sido relacionado con la cocción de alimentos, y su variabilidad morfológica puede considerarse baja, tanto espacial como diacrónicamente. Presenta un aspecto tosco, con pastas gruesas, superficies externas irregulares, que raramente se encuentran pintadas. Se trata de un grupo que está presente en todos los contextos analizados, algo que no es de extrañar, pues en todos ellos se han identificado indicios de procesado de alimentos. El Grupo II es mucho más heterogéneo que el anterior, y en consecuencia la interpretación funcional que se puede realizar de sus componentes también se diversifica. Por ello hemos diferenciado tres subgrupos también aquí. El subgrupo IIa guarda varias similitudes con las cerámicas de cocina: pulidos facetados, ausencia de pintura, poca variabilidad morfológica y el empleo de pastas gruesas (en La Cerera idénticas a las del Grupo I). Su representación es algo más restringida que la del Grupo I, aunque aparece en diferentes contextos independientemente de su cronología. Su análisis morfotécnico y funcional sugiere que podría tratarse de recipientes cuya función principal se orientaría a las preparaciones culinarias que no requiriesen de exposición al fuego (Henrickson y McDonald, 1983), ejemplos etnográficos más cercanos pueden encontrarse en la propia isla de Gran Canaria, es el caso de los lebrillos (Zamora Maldonado y Jiménez Medina, 2004), y en comunidades bereberes del Norte del continente africano (González Urquijo et al., 2001). El segundo de los subgrupos, el IIb, es el que incluye la mayoría de aquellos elementos que tradicionalmente han sido considerados característicos de la alfarería prehispánica de Gran Canaria: recipientes pulidos y pintados, que integran formas hiperboloides, troncocónicas y ovoides invertidas. Como se ha explicado, una característica relevante del subgrupo IIb es la profusión de piezas con composiciones decorativas complejas. Esto parece indicar que desempeñaban un papel relevante en la concepción y el uso de los vasos, primando su dimensión social (González Ruibal, 2005; Schiffer y Skibo, 1997). Si se atiende a su función, es muy posible que estos recipientes se destinaran a más de un uso: presentación y consumo de alimentos, transferencia de contenidos, transporte a cortas distancias y almacenamiento en pequeñas cantidades o durante corto tiempo (en principio por la limitación de sus capacidades, con un máximo de en torno a 13 l, no muy diferente de la obtenida para los vasos mayores del Grupo I), etc. En este sentido, no parece ilógico suponer que la abundancia de pulidos internos y externos tenga que ver también con que contuvieran sustancias líquidas o semilíquidas, además de estar relacionada con las labores de acarreo y manipulación continua en las que estarían envueltos. Este subgrupo está presente también en niveles que cubren toda la cronología estudiada aquí, aunque su proporción es mayor en aquellos con dataciones a partir del siglo XI d.C. A pesar de este cambio, al menos en el yacimiento de La Cerera, este tipo de cerámica decorada fue elaborada, en la mayor parte de los casos, e independientemente de su cronología, con unas materias primas diferentes al resto de los vasos. Esto nos ha llevado a pensar que, a pesar de su diversidad morfológica, el proceso de confección del conjunto del subgrupo IIb fue muy similar y que se diferenció, PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA 25 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 sobre todo, en el proceso de construcción de los recipientes y las decoraciones. Por su parte, el subgrupo IIc no está bien representado en los conjuntos analizados aquí, sólo contamos con un recipiente completo, el resto está identificado por partes anatómicas significativas, pero no ha podido reconstruirse todo el perfil. Por ello, las conclusiones que se puedan ofrecer son a todas luces parciales. Aun así, la importante diferencia que presenta en capacidad con respecto al resto de subgrupos es significativa. De cualquier modo, la morfología de este tipo de vasos parece ser limitada, aunque esta visión puede estar afectada también por las posibilidades de llegar a reconstruir recipientes de este tamaño, lo cierto es que los otros grandes contenedores que han llegado completos a nuestros días no muestran una variabilidad mucho mayor en la isla (representaciones de estos materiales pueden verse en González Antón, 1973; Martín de Guzmán, 1984). Los datos atendiendo a los espacios analizados Una representación general de la procedencia de los 196 individuos identificados para este puede encontrarse en la Figura 11. En este apartado nos centraremos en los aspectos más significativos de cada conjunto, teniendo en cuenta los objetivos planteados. La Cerera Debido a sus características, el yacimiento de La Cerera resulta especialmente útil para el análisis diacrónico de las producciones indígenas. La posibilidad de analizar una serie estratigráfica amplia, que además comprenda varios momentos de ocupación de un mismo espacio, contrasta con lo que generalmente puede observarse en las estructuras al aire libre de la isla, de las que se cuenta con un mayor número de ejemplos excavados, y donde las series estratigráficas suelen ser mucho más cortas y es poco frecuente que conserven niveles asociados a diferentes ocupaciones con un número significativo de evidencias analizables. Entre las tres fases definidas se observan importantes cambios: aumenta la cantidad de material según disminuye la antigüedad del registro, y este se vuelve más diverso. Si bien las condiciones en que se configuró el depósito (incluyendo las labores de reacondicionamiento y señales de reutilización del espacio, que incluirían actividades de limpieza) han debido afectar a las características de los conjuntos, las variaciones en los tipos sí podrían estar indicando cambios en la producción y el consumo de los recipientes. En este sentido, destacaría el hecho de que cada vez son más comunes los vasos decorados, que se asocian de manera continua a las mismas formas (aunque estas sean variadas), y dentro de ellos cabría destacar la importancia que llegan a adquirir los contenedores poco profundos y no restringidos (cilíndricos e hiperboloides), cuyas dimensiones en algunos casos podrían indicar un uso que excede del consumo individual de alimentos (Del Pino Curbelo et al., 2016). Ateniéndonos a la clasificación propuesta en este trabajo, se hace evidente que los niveles más antiguos de La Cerera contienen una mayor proporción de recipientes de cocina (Grupo I y subgrupo IIa), que disminuye con respecto a la cerámica decorada (subgrupo IIb) en las ocupaciones posteriores, las fases I y II, mientras los grandes recipientes de almacenamiento no aparecen representados en ningún momento (subgrupo IIc). Si ponemos estos datos en contexto, este aumento de la proporción de recipientes decorados también se ha observado en otras partes de la isla, en Figura 11: Procedencia de los individuos identificados por yacimiento (n=196). MIGUEL DEL PINO CURBELO Y AMELIA RODRÍGUEZ RÓDRIGUEZ 26 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 concreto en el yacimiento de Los Barros (Navarro Mederos, 1990). Si bien se trata del otro único ejemplo disponible por ahora, y no sabemos cuáles son los extremos cronológicos de ese otro depósito, esta coincidencia podría indicar ciertos cambios en la producción cerámica que reflejarían otros que se estén produciendo en las relaciones sociales aborígenes, y en especial en la manera en que se consumen, y posiblemente accede a, los alimentos. Los diferentes usos que debió recibir el espacio de La Cerera, por otra parte, reflejados en la reordenación del espacio en cada una de las fases de ocupación, debieron influir también en el tipo de cerámica conservado, en especial en la importancia de las actividades de cocina y el consumo de alimentos en la propia cavidad o en los espacios cercanos. Por el contrario, el almacenamiento no parece haber sido una función relevante en el recinto, o al menos es lo que se percibe desde el análisis de sus cerámicas. Cueva Pintada La interpretación del yacimiento de Cueva Pintada presenta una elevada complejidad. En su interior se han identificado unas 50 estructuras asociadas a actividades diversas, de las que en este trabajo se han analizado cinco. Durante las excavaciones, además, se ha reconocido la existencia de dos momentos de ocupación, que incluyen diferentes construcciones de tipología diversa. Los modelos de abandono de cada uno de los momentos de ocupación del poblado son muy diferentes. El final del primer periodo parece haber respondido a un episodio repentino, algo que puede documentarse de manera más clara en los recintos identificados como espacios de cocina, estudiados aquí, con niveles de incendio en los que parte del registro cerámico aparece completo, pero afectado por el fuego. Mientras que los espacios del segundo momento de ocupación ofrecen en general una cantidad de materiales mucho más escasa, como bien muestra en nuestro caso la estructura 25, con la excepción de la estructura 12 (Del Pino Curbelo et al., 2015). La alta variabilidad introducida por estos factores cronológicos, funcionales y de la configuración de los diversos contextos analizados, hace que nuestros casos de estudio representen una relación de episodios puntuales, que difícilmente pueden resultar suficientes para construir una narrativa general para el yacimiento, aun así, pueden aportar información para entender parte del funcionamiento interno del poblado. En primer lugar, son de resaltar las diferencias en el volumen de materia recuperado entre las estructuras, que puede ponerse en relación con la manera en que fueron usadas y abandonas. Se recuperó un número elevado de recipientes completos o casi completos en el Corte 0, la estructura 42 y la estructura 12; mientras la estructura 25 cuenta con un registro más reducido y una fragmentación mucho mayor, por lo que un escaso número de individuos pudo ser determinado. En este sentido, las características de los conjuntos representan bien los procesos de formación de los depósitos propuestos (Schiffer, 1989). Por otra parte, en los repertorios recuperados de las estructuras mejor conservadas puede verse una elevada variabilidad. La comparación entre algunos espacios contemporáneos y funcionalmente equiparables, como el Corte 0 y la estructura 42, permite percibir las diferentes maneras en que una misma función puede plasmarse en el registro arqueológico, variaciones que acaso puedan relacionarse con la posición de estos espacios, y en especial con la cercanía del Corte 0 al complejo central de cuevas, que parece ser el centro de la organización del poblado. Un análisis detallado de estos aspectos requeriría una publicación monográfica, sin embargo, creemos necesarias algunas puntualizaciones sobre aquellos aspectos que puedan resultar más llamativos a la vista de los resultados. Algunas de las formas que en este trabajo sólo se han documentado en Cueva Pintada, como los recipientes hiperboloides compuestos, posiblemente no sean exclusivas de esta zona. Con las reservas ya indicadas, sabemos que en la colección de El Museo Canario se encuentran otros ejemplares de esas características con otras procedencias (Martín de Guzmán, 1984). Otro tipo que se ha podido reconocer únicamente en Gáldar, un ejemplar de vaso troncocónico invertido con perforaciones en la base, y cuya singularidad ha sido objeto de extensa discusión en otro lugar (Del Pino Curbelo et al., 2015), podría estar en relación a los cambios introducidos por el proceso de colonización europeo. Para entender el papel de la cerámica en el funcionamiento interno del poblado nos parece más interesante, sin embargo, la localización de los grandes contenedores de almacenamiento (subgrupo IIc). Esto recipientes están ausentes en los contextos de cocina, tampoco parecen formar parte de los restos recuperados en la estructura 25, mientras sí que se encuentran en uno de los espacios domésticos (estructura 12). A falta de más datos, estos resultados sugerirían el funcionamiento complementario de espacios de procesado de alimento, de aparente uso común (como la estructura 25) y las estancias domésticas, como la estructura 12, donde los recipientes del subgrupo IIc indicarían actividades de almacenamiento. Además, se tendría que tener en cuenta el papel de los graneros que no se integran en esas estructuras domésticas, ubicados dentro de los poblados, aunque a veces en lugares de difícil acceso (Morales Mateos y Rodríguez Rodríguez, 2014; Rodríguez Rodríguez et al., 2012). La ausencia de grandes contenedores en los recintos de cocina del primer periodo de ocupación nos indicaría asimismo que la conservación de estos alimentos no debía realizarse en estos espacios. Los peligros PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA 27 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 derivados de la cercanía a varios fuegos, de los que el propio incendio de estas estructuras es un buen ejemplo, podría explicar esta situación. Por otra parte, al igual que ocurriría con la estructura 25, el reducido número de este tipo de recintos podría indicar que su acceso debía ser compartido por varias unidades familiares que no tenían por qué usufructuar también la titularidad de los bienes conservados. Aunque no contamos con información sobre los espacios domésticos contemporáneos, cabría preguntarse si los recintos de cocina del primer momento de ocupación podrían tener una relación similar con aquellos, un caso de estudio especialmente interesante si tenemos en cuenta los importantes cambios que acontecen entre uno y otro periodo (Onrubia Pintado, 2003). El Tejar En El Tejar no se aprecian importantes diferencias en el volumen de material recuperado de cada una de las unidades analizadas. De nuevo en este contexto se encuentran recipientes asociados a actividades de cocina (sobre todo Grupo I), abundando los vasos pequeños y decorados (subgrupo IIb). Vuelve a ser significativa aquí la ausencia de grandes contenedores de almacenamiento, como también lo es la escasez de recipientes bajos y abiertos, que podrían relacionarse con actividades de comensalía, como las que se han propuesto para el recinto circular. Si bien desconocemos cómo las peculiaridades funcionales de este espacio podrían afectar al registro cerámico, y cómo afectarían al proceso de formación del depósito; la cronología del espacio, al menos, sí podría explicar una pequeña parte del ajuar. La identificación de un recipiente ovoide invertido con cuello (ovoide invertido 2), que sólo se encuentra aquí, en la estructura 25 y, en cierto número, en la estructura 12 de Cueva Pintada, no parece casual, pues se trata en todos los casos de contextos de cronología tardía, a partir del siglo XIII. Esta recurrencia, junto a su ausencia en el contexto de La Cerera, cuya cronología precisamente parece finalizar en ese momento, nos lleva a proponer esta posibilidad. Algo que también habría que resaltar es la diferencia en los patrones decorativos de la cerámica de este yacimiento. Se aprecian algunas peculiaridades morfológicas que, debido a la cantidad de material recuperado, son difíciles de valorar. Aun así, existen recipientes muy similares que han sido recuperados en otros espacios (Martín de Guzmán, 1984). Por el contrario, un patrón que parece más recurrente, y que tal vez mereciera mayor atención, es la ausencia de composiciones decorativas complejas (puede verse en Fig. 8, h; Fig. 9, d; Fig. 10, e), que son muy comunes en los recipientes de tamaño pequeño y medio en los grandes asentamientos costeros. Aquí, en cambio, la cerámica aparece decorada mediante reservas de almagre o almagrados integrales. Dunas de Maspalomas La interpretación de Dunas de Maspalomas podría representar un problema similar al que se ha visto ya para el yacimiento de La Cerera, al menos para la fase más antigua. Se trata de un espacio donde la mayoría de los elementos identificados se corresponden con el Grupo I, que podrían responder a la necesidad de preparar alimentos de manera inmediata durante la estancia en una zona abierta, sobre la arena, lo que además puede relacionarse con la presencia de una unidad de combustión que estructura el espacio arqueológico. De nuevo se trata de niveles antiguos asociados a cerámica mayoritariamente sin decoración y de pastas y acabados toscos, pero no es menos cierto que esta relación entre contextos antiguos y cerámica tosca tiene que ver sobre todo con la función de los sitios que hemos podido analizar. Teniendo en cuenta la interpretación de este espacio como un asentamiento no permanente, que debía de revestir un carácter estacional, es de esperar que la mayor parte de los materiales hallados sean recipientes de cocina, junto a un número reducido de cerámicas destinadas al consumo de los alimentos (IIb). El corto número de ejemplares podría asociarse a un mayor uso de contenedores elaborados en materiales perecederos (piel o fibras vegetales), más fáciles de transportar. Sin embargo, las labores de cocina, especialmente para guisos o hervidos, sí demandarían unas características para las que el material cerámico sería más apto, atendiendo a cómo estas labores parecen llevarse a cabo también en el resto de poblados. Los análisis de la cerámica recuperada en un yacimiento del interior de la isla (Risco Chimirique en Tejeda) pueden servir de referente comparativo a nuestro estudio. El sitio ha sido interpretado como un asentamiento estival en varias cuevas naturales, vinculado al aprovechamiento de los pastos de la cumbre de Gran Canaria. Chimirique 1 se identificó un espacio doméstico, con dos estratos in situ caracterizados por la presencia de hogares planos y un registro arqueológico abundante. Chimirique 2 también fue un espacio doméstico, pero tras su abandono por causa de un derrumbe se destinó una zona (denominada 2b) a realizar tres inhumaciones. En el sector 2a se identificaron cuatro estratos in situ, articulados en torno a hogares planos. Las dataciones se realizaron sobre fibras vegetales y carbón (Martín Rodríguez, 2000). Por una parte, se fechó el nivel 3 de la zona 2a en el siglo VII d.C. El espacio sepulcral (Chimirique 2b) se depositó directamente sobre ese nivel 3 y arrojó una fecha menos precisa, entre los siglos XI-XIII. La cerámica del Grupo II que allí se documenta se caracteriza por la escasez de decoraciones geométricas (Martín Rodríguez et al., 2003b). Esta circunstancia nos lleva a preguntarnos si se podría relacionar con lo que hemos documentado en la fase III o II de La Cerera, de manera que vuelve a repetirse la circunstancia de que en los asentamientos más antiguos la decoración de MIGUEL DEL PINO CURBELO Y AMELIA RODRÍGUEZ RÓDRIGUEZ 28 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 los recipientes cerámicos recibe menos atención. Sin embargo, dada la situación del sitio, estas diferencias también pueden estar reflejando la cristalización de grupos identitariamente diferentes en la isla, al margen de las variaciones que puedan establecerse en la cronología o el funcionamiento de los contextos. CONCLUSIONES En este trabajo hemos intentado dar dimensión humana a unos artefactos que debieron formar parte de la vida diaria de los habitantes de la isla. Nos parecía que el énfasis puesto en cuestiones como el parentesco cultural, o la seriación cronológica, había propiciado que olvidáramos que la cerámica fue, ante todo, un material cotidiano. También hemos estimado que pueden ser interesantes nuevas preguntas que estructurasen la investigación, incidiendo sobre todo en cómo y dónde se cocinaban, consumían y almacenaban los alimentos. Todo ello sin desdeñar otras cuestiones como el origen o el grado de complejidad social alcanzado por los antiguos canarios y canarias. En este sentido, en esta sistematización hemos intentado agrupar y ampliar las observaciones realizadas previamente por otros autores (especialmente en González Quintero et al., 2009b; Martín Rodríguez et al., 2003b; Navarro Mederos, 1999; Velasco Vázquez y Alberto Barroso, 2005). Los resultados obtenidos indican la existencia de unas estrategias tecnológicas bien establecidas durante todo el periodo en estudio, que se repiten en diferentes partes de la isla. Puede decirse, por tanto, que los grupos morfofuncionales definidos presentan claras diferencias durante el proceso productivo y en general durante su ciclo vital: selección y procesado de materias primas, acabado de superficies, patrones decorativos, señales de uso… Lo que los hace reconocibles con cierto detalle a partir del registro fragmentado. En consecuencia, consideramos que estos grupos son significativos para entender cómo se organizaron los procesos de trabajo en el seno de las comunidades aborígenes, pero también cómo intervinieron en diversas actividades diarias relacionadas con el consumo. Esta persistencia indicaría, además, unos mecanismos de transmisión del conocimiento ciertamente conservadores. Aun así, dada la manera en que hemos construido estos grupos, y subgrupos, mucha de la variabilidad observada aún requiere ser explicada en términos espaciales y cronológicos. La falta de una nómina de yacimientos estudiados con los que poder comparar nuestros resultados hace actualmente difícil establecer cuáles de los fenómenos observados son significativos de un momento de la ocupación, un área geográfica o un contexto funcional. Sí que se pueden apuntar algunas posibles tendencias, como el aumento de los recipientes decorados en contextos datados a partir de los siglos X-XI d.C. Debemos destacar en especial la presencia de ciertas formas, como los amplios contenedores de tendencia cilíndrica, o las formas hiperboloides, y al menos un recipiente troncocónico invertido, que parecen relacionarse con diferentes fenómenos de cambio, motivados por factores internos y externos. Entre estos últimos cabe destacar la presencia europea, pues es indudable que su influencia debió de afectar a la evolución de las estructuras económicas y sociales indígenas antes de la materialización de la conquista, donde también es probable que los recipientes adquirieran otros significados funcionales o simbólicos. A pesar de lo dicho anteriormente, el aumento de recipientes pulidos y decorados no puede considerarse en sí un cambio tecnológico, como había podido parecer hasta ahora. Salvo casos puntuales, la cerámica con acabados más irregulares y pastas gruesas ha sido identificada casi siempre aquí con cerámica de cocina, y sus atributos más significativos se mantuvieron a lo largo de todo el periodo de estudio. Estas características posiblemente fueron elegidas para hacer frente al shock térmico y al estrés mecánico propio de su función (Schiffer et al., 1994). El análisis tecnológico ha aportado una nueva perspectiva sobre los cambios cerámicos que se habían intuido hasta ahora en las escasas series estratigráficas analizadas. Mucho más complicado resulta entender las diferencias espaciales identificadas, condicionadas a su vez por la función de los espacios, su cronología y las condiciones de formación de los depósitos. Las diferencias entre lugares cercanos y contemporáneos, como ocurre con Cueva Pintada y las dos últimas ocupaciones de La Cerera, pueden ser consideradas escasas, tanto en la tipología de los vasos como en los patrones decorativos. Algunas particularidades tímidamente apuntadas en estas páginas, como los patrones decorativos, y tal vez la morfología de algunos recipientes, en El Tejar podrían comenzar a indicar diferencias espaciales que aún hoy no entendemos. No resultaría descabellado pensar que una parte de la variabilidad observada responda a la construcción de grupos identitariamente diferentes dentro de la isla, bien familiares, bien políticos, que tendrían una plasmación en la distribución espacial de determinados atributos. En este sentido, los estudios realizados recientemente sobre las composiciones geométricas de las pintaderas, con los que la decoración cerámica comparte motivos, apuntan en esta dirección (Molina González, 2012; 2016). AGRADECIMIENTOS Miguel del Pino disfrutó de una ayuda predoctoral de la ACIISI (85% FEDER). La investigación se inserta en el proyecto Las relaciones sociales de producción en la isla de Gran Canaria en época preeuropea y colonial. Dos procesos de colonización y un mismo territorio HAR2013-41934-P del Ministerio de Economía y Competitividad, Gobierno de España. PROPUESTA PARA LA CLASIFICACIÓN DE LOS MATERIALES CERÁMICOS DE TRADICIÓN ABORIGEN DE LA ISLA DE GRAN CANARIA 29 LVCENTVM, XXXVI, 2017, 9-31. DOI: 10.14198/LVCENTVM2017.36.01 Las ilustraciones fueron llevadas a cabo en diferentes momentos por Yasmina Cáceres, Jorge de Juan, Patricia Prieto, María Dolores Camalich y los autores. Parte de los perfiles contenidos en la Figura 4 se elaboraron a partir de dibujos custodiados en el Archivo del Museo y Parque Arqueológico Cueva Pintada, Cabildo de Gran Canaria. Los autores agradecen al personal de la citada institución, así como al de El Museo Canario y a los equipos encargados de la excavación de los yacimientos su colaboración en el estudio de los materiales. REFERENCIAS Abercromby, J. (1914). The prehistoric Pottery of the Canary Islands and its Markers. 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