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Contamos. Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia

Abstract

Este volumen contiene once historias narradas en primera persona por mujeres que han acudido a la Unidad de Igualdad de la Universidad de Sevilla al haber sufrido situaciones de violencia, acoso o discriminación. Se trata de valiosos testimonios reales que ponen de manifiesto una gran valentía ya que, a pesar del anonimato de muchas de las autoras, se han expuesto de nuevo al dolor del recuerdo de las vivencias padecidas. Aunque los relatos tienen suficiente fuerza por sí mismos, el volumen se enriquece con las aportaciones de alumnas de la Facultad de Bellas Artes, que han cedido sus fotografías para apoyar los testimonios y poder contribuir, a través de la fuerza de la unión de imagen y palabra, a transformar la discriminación en un camino hacia una universidad más igualitaria, justa y saludable.

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Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia en resiliencia Unidad para la Igualdad Vicerrectorado de Servicios Sociales, Campus Saludable, Igualdad y Cooperación Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia Unidad para la Igualdad Vicerrectorado de Servicios Sociales, Campus Saludable, Igualdad y Cooperación Sevilla, 2025 Colección Textos institucionales Núm.: 121 Comité editorial de la editorial Universidad de sevilla Araceli López Serena (Directora) Elena Leal Abad (Subdirectora) Concepción Barrero Rodríguez Rafael Fernández Chacón María Gracia García Martín María del Pópulo Pablo-Romero Gil-Delgado Manuel Padilla Cruz Marta Palenque María Eugenia Petit-Breuilh Sepúlveda Marina Ramos Serrano José-Leonardo Ruiz Sánchez Antonio Tejedor Cabrera Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin permiso escrito de la Editorial Universidad de Sevilla. © Editorial Universidad de Sevilla 2025 Porvenir, 27 - 41013 Sevilla Tfnos.: 954 487 447; 954 487 451 Correo electrónico: [email protected] Web: https://editorial.us.es © Rosa Casado Mejía y M.ª Teresa Padilla Carmona (coordinadoras) 2025 © De los relatos, sus autoras 2025 Fotografías: Carmen Belmonte, Carlota Díaz González, Ángela López González, Paula Palacios Jiménez, Ana Belén Vadillo Gil. Fotografías de portada, contraportada y página 6: Ana Belén Vadillo Gil, de la serie La geometría destructora de mi recuerdo desvanecido. Maquetación: Fernando Infante del Rosal Proyecto: Unidad para la Igualdad. Vicerrectorado de Servicios Sociales, Campus Saludable, Igualdad y Cooperación. Universidad de Sevilla. Colabora: Facultad de Bellas Artes. Universidad de Sevilla (Vicedecanato de Actividades Expositivas; Vicedecanato de Calidad y Estudiantes; la asignatura Fotografía del Grado en Bellas Artes con sus profesoras Mar García Ranedo y María Antonia Blanco Arroyo; Raquel Barrionuevo Pérez y Daniel Bilbao Peña). ISBN 978-84-472-2792-1 DOI https://dx.doi.org/10.12795/9788447227921 Índice Prólogo 9 Sara ¿Espacio de trabajo? con fotografías de Paula Palacios Jiménez 12 Laila Historia de una princesa con fotografías de Ana Belén Vadillo Gil 18 Hija de Laila Carta a mamá 23 Capella Nunca nadie más abusará de mí con fotografías de Carlota Díaz González 26 Marta Transformación Fotografías de Ángela López González 32 Virginia A veces parece que el mundo se para Fotografías de Paula Palacios Jiménez 36 Irene Las minucias Fotografías de Carlota Díaz González 40 Séfora En memoria de ellos Fotografías de Paula Palacios Jiménez 44 Daniela En busca de un futuro mejor Fotografías de Ángela López González 52 Dolores Estás un poco nerviosilla, ¿no? Fotografías de Carmen Belmonte 56 Marina Por ti, por todas Fotografías de Ángela López González 60 Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 8 9 Rosa Casado Mejía M.ª Teresa Padilla Carmona Ana M.ª López Jiménez Prólogo Aunque parezca que ya somos iguales, la igualdad real no se ha conseguido. Ser mujer es un factor de riesgo, nos hace susceptibles de ser acosadas, discriminadas, inferiorizadas, maltratadas. Si, además, el hecho de ser mujer se cruza con terceras circunstancias como provenir de otra cultura, tener distintas capacidades, orientación sexo-genérica o pertenecer a un grupo diferente, la vulnerabilidad se multiplica y se produce mayor discriminación y desigualdad. Las consecuencias: dolor, sufrimiento, desgarro, que son injustos e innecesarios. En nuestra universidad, la Universidad de Sevilla, hay un compromiso explícito de tolerancia cero ante cualquier tipo de violencia, discriminación o acoso1 y tenemos diversas herramientas y estrategias2 con las que vamos avanzando hacia este horizonte. 1 Normativa para la Prevención, Evaluación e Intervención en situaciones de Violencia, Discriminación y Acoso en la Universidad de Sevilla, aprobada en Consejo de Gobierno de 18 de diciembre de 2024. 2 III Plan de Igualdad (https://igualdad.us.es/wpblog/wp-content/uploads/2021/12/ III-Plan-de-Igualdad-US_2022-2024.pdf), Red de Referentes para la Convivencia y el Buentrato (https://igualdad.us.es/wpblog/debes-conocer/red-de-referentes-para-la-convivencia-y-el-buentrato/) , Red de Voluntariado para la Detección y Apoyo a las Víctimas de Violencia de Género en la US (https://igualdad. us.es/wpblog/actuaciones/red-voluntariado-vg/) Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 16 latar nuevamente lo sucedido y presentar documentación adicional. A pesar de estas dificultades, agradezco que la universidad tomara medidas. Aunque la situación inicialmente trascendió del ámbito laboral, derivando en la apertura de un proceso judicial, el cual supuso un desgaste emocional por lo que se prolongó desde el inicio del acoso, junto a un coste económico significativo, finalmente todo se resolvió de manera favorable. A día de hoy siempre expreso que he podido cerrar este capítulo con la certeza de haber actuado correctamente. Puedo decir que he superado esta experiencia, aprendido de ella y continúo desempeñándome profesionalmente en la universidad, comprometida con mi trabajo en un entorno más seguro, respetuoso y favorable para el desarrollo personal y laboral. Sara (pseudónimo) es profesora de la US 17 Sara Espacio de trabajo Pasé varios días muy complicados Pasé varios días muy complicados pasé varios días muy complicados Pasé varios días muy complicados pasé varios días muy complicados Pasé varios días muy Pasé varios días pasé Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 18 19 Laila Historia de una princesa Fotografías de Ana Belén Vadillo Gil Serie La geometría destructora de mi recuerdo desvanecido del siglo XXI que creía en los cuentos de hadas, en el amor eterno y, sobre todo, en la familia. Esta princesa vivía en una aldea y decidió que quería estudiar, formarse y ayudar a los demás, así que se fue a la ciudad para cursar estudios universitarios. Allí encontró a un príncipe que, prendado de su inocencia al conocerla, le dijo: ¿dónde has estado metida? ¡tú tienes que ser para mí! y poco a poco empezó a cercarla evitando cualquier comunicación con el exterior, eran solo ella y él. Al poco tiempo ella quiso dejarlo, se sentía asfixiada; pero el príncipe le dijo que, si lo dejaba, la mataría y luego se mataría él. Se casó con el príncipe. Y la princesa, que nunca antes había conocido varón, pensó que la vida en pareja era así, siempre sometida a la voluntad del príncipe, y vivió con él durante 27 años. En este tiempo la princesa se esforzaba por agradar al príncipe, quien cada vez le exigía más y más, hasta que empezó a sentirse mal de salud. El príncipe le decía a diario que ella solo vivía para ella y su profesión, que no le importaban sus hijos ni la familia, pero la princesa no entendía nada, ya que todo lo hacía por el bien familiar. Ella basaba su felicidad en sus hijos, quienes la adoraban, y en su trabajo, donde era reconocida; pero el hostigamiento se incrementaba cada día más y más, coincidiendo con importantes logros profesionales que la princesa iba consiguiendo con su trabajo y esfuerzo. Llegó a ser catedrática de universidad e incluso Historia de una princesa Esta es la historia de una princesa Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 20 fue premiada por su trabajo, pero ella se volcaba en hacer que el príncipe se sintiera realizado y le ayudaba en su trabajo para que él fuera feliz. El príncipe, más allá de reconocerla, le decía que era una mala madre, le quitaba cosas y le hacía creer que ella las perdía o estaba perdiendo la cabeza, le decía que estaba loca y la perseguía por la casa con insultos; pero sus hijos le decían que era el príncipe quien le había cambiado las cosas de lugar. Más tarde empezó a decirle que ya no era la de siempre, que estaba fea, que era una princesa enferma, que ya no servía para nada, y ella se ponía muy triste. A esto se sumaba que el príncipe se ponía agresivo con frecuencia, cada día pegaba golpes en los muebles, insultaba a sus hijos y a ella. Llegaba borracho a casa y nunca quería hacer nada en familia, de la que empezó a desentenderse emocional y económicamente, al mismo tiempo que 21 Laila Historia de una princesa hablaba mal de ella a todo el mundo y se hacía la víctima diciendo que él era quien se encargaba de todo en casa, cuando era al revés. La princesa estaba agotada. Ella estaba confundida con la actitud del príncipe, porque un día estaba agresivo, pero al otro estaba cariñoso con ella. Dejaba de hablarle y se iba a otra habitación y cuando ella se preocupaba por él y le daba cariño, él la despreciaba. El príncipe llegó a pegar a la princesa en presencia de sus hijos y también pegó a su hija. La princesa lloraba cada día, era infeliz, intentaba ayudar al príncipe, no entendía qué le pasaba y empezó a perder peso por la situación. Pidió ayuda a los padres del príncipe, pero nadie hizo nada, hasta que llegó el día en que no podía levantarse de la cama por la debilidad y su hija, abrazándola, le pidió que hiciera algo. PRINCESA Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 22 Fue al médico y, al realizarle pruebas de rigor y no encontrar nada alarmante, el médico le hizo una serie de preguntas y se activó un protocolo que la princesa no podía creer. Estaba siendo víctima de malos tratos psicológicos y físicos y todo lo vivido tenía nombre: refuerzo intermitente, luz de gas, parasitismo, ley de hielo, efecto bonsái, hombro frío, devaluación de la persona, campaña de difamación y victimización. La princesa, quien hasta ese momento no fue consciente de ello, aconsejada por los profesionales, le denunció y el príncipe salió del castillo. A partir de ese día vivió en paz y armonía junto a sus hijos, en un hogar lleno de amor y tranquilidad, aunque aún hoy día se lamenta por no haberse dado cuenta de lo que todos reconocieron al instante al contar su sufrimiento. Laila (pseudónimo), es profesora de la US 23 Palabras de la hija de Laila Carta a mamá Carta a mamá Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 24 25 Hija de Laila Carta a mamá Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 32 33 Marta Transformación Fotografías de Ángela López González Serie Sin título RESILIENCIA ACADÉMICA Ha pasado algo más de una década y, de vez en cuando, aún me asaltan recuerdos de aquellos dos años tan complicados. INCREDULIDAD Nunca imaginé que me sucedería a mí. Me sentí como la protagonista de una mala película. ¡Si nos conocíamos desde hacía seis años!, ¡si era la estudiante de su mejor amigo! MIEDO Durante casi dos horas, tuve que soportar sus tóxicas atenciones. Intentaba besarme a la fuerza, acorralándome contra la pared. Introducía sus frías manos por el cuello de mi camisa, tratando de palpar piel donde la vista no alcanzaba. «¡Déjame tocarte!», «¡yo follo como los leones!», aullaba. Finalmente, se marchó. Aquella noche, y muchas otras noches, no dormí. VALOR Al día siguiente, comuniqué lo sucedido a su empleador, mi amigo, mi profesor. Para mi sorpresa, me creyó al instante, pero no era su problema, no era su responsabilidad. No dispuesta a rendirme, llevé mi denuncia un peldaño más arriba. Fue entonces cuando encontré en mi superior, hasta Transformación Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 34 entonces casi un desconocido, lo que no encontré en mi amigo y tutor: comprensión, apoyo, información y la fortaleza para hacer lo moralmente correcto. DOLOR Se inició un largo proceso. Un comité entrevistó a las partes implicadas y a posibles testigos de otros incidentes en los que el agresor me piropeaba de forma grosera. La voz de mi mentor resonaba con indignación: «¿cómo se os ocurre convocarme?», «¡yo soy el investigador más importante de la Universidad de Sevilla!», graznaba al ser entrevistado. Conocí a muchas personas, todas bienintencionadas, todas queriendo ayudar, pero muchas sin la firmeza necesaria para llevar a cabo el trabajo que se les había encomendado. Al leer las transcripciones de las reuniones, descubrí, con tristeza, la debilidad de un par de supuestos camaradas, sus palabras vacilantes y evasivas, pero también vi brillar la integridad de la inmensa mayoría. RESISTENCIA Me encontraba en una situación vulnerable. No tenía una plaza indefinida y mi futuro dependía fuertemente de mi profesor, el protector de mi agresor, que me negaba apoyo económico, profesional y personal. Pero estaba decidida a no dejarme aplastar. Los siguientes cuatro años fueron un torbellino de actividad. Realicé estancias en Europa, trabajé con otras facultades de mi universidad y establecí colaboraciones con personas extraordinarias, que me enseñaron que hay mejores formas de proceder y de trabajar. Ellos han sido mis verdaderos maestros. VINDICACIÓN Inesperadamente, el desenlace fue favorable. El acosador perdió su trabajo, no por sus acciones hacia mí, sino por falta de humildad y exceso de narcisismo. La justicia llegó por un camino indirecto, pero llegó. TRANSFORMACIÓN Me siento afortunada, pues mi departamento, integrado por casi cincuenta profesores varones, se posicionó firmemente a mi favor, rechazando la violencia y el acoso. 35 Marta Transformación Esta traumática experiencia me permitió conocer a compañeros admirables, por aquel entonces anónimos, y descubrí que era más fuerte de lo que pensaba. Sin embargo, diez años de lucha me han dejado exhausta, sin deseos de continuar en el hostil mundo de la ciencia, donde cada logro parece venir acompañado de una nueva batalla. Actualmente, me dedico por completo a la docencia, un refugio donde me siento valorada y recompensada, donde el único ego con el que lidio es el mío y cada día es una oportunidad para crecer y ayudar a otros a hacerlo. Aunque las cicatrices del pasado permanecen, he encontrado un nuevo propósito y una paz que creí perdida para siempre. Marta (pseudónimo), es profesora de la US Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 36 37 Virginia A veces parece que el mundo se para Fotografías de Paula Palacios Jiménez Serie Descomposición Pregunto en mi clase de Coeducación, de sesenta alumnas y dos alumnos, quiénes alguna vez en su vida han tenido miedo debido a que se han sentido acosadas por chicos u hombres. Solo nueve chicas no levantan la mano. Algunas no dudan en compartir su experiencia: muchachos montados en un coche que las siguen durante más de una hora y les increpan; hombres que las buscan para exhibir sus genitales; chicos que, incluso dentro de un autobús, les sueltan frases violentas con alto contenido sexual y luego se bajan en su misma parada, por lo que ellas tienen que buscar refugio en algún portal próximo; llamadas al padre para que esté en la puerta esperándolas porque están notando que un hombre las sigue, y así sucesivamente. Miedo, siempre miedo en el regreso a casa. Búsqueda de recursos para defenderse de un posible ataque masculino: usar un determinado spray, ir hablando -o hacer como que hablaspor el móvil, etc. Me invade una tristeza profunda. Si a las chicas de mi generación, con la edad de mis alumnas, unos diecinueve o veinte años, nos lo hubieran preguntado, todas habríamos contestado lo mismo, e, incluso entonces, con mucha mayor incomprensión por parte de las leyes. Porque entonces tú tenías que naturalizar que los hombres iban a intentar darte un pellizco en el trasero en las bullas, soltarte todo tipo de frases de fuerte contenido sexual y que tú lo entendieras A veces parece que el mundo se para Octubre de 2024. Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 38 como un piropo, o escanearte de arriba a abajo en cualquier momento. Por supuesto, nuestro único recurso era intentar sortear los ataques, que se daban, por descontado. Han pasado más de 25 años y a veces parece que el mundo se para. Mis queridas alumnas siguen contándome cómo buscan defenderse, cómo sobre ellas –las posibles agredidas– parece recaer la responsabilidad de evitar el ataque. No se insiste ante el infinito en la necesidad de formar a los varones de otra manera, de transformar un tipo de socialización muchas veces nefasta y peligrosa, en la que salen perjudicadas las chicas, pero también, claro está, ellos en su pérdida absoluta de humanidad. Aún en el 2024, una chica me hablaba de que ella iba «vestida normal» cuando experimentó ese intento de agresión. «Normal», fijaos en la palabra, porque si hubiese ido un poco «provocativa» y 39 Virginia A veces parece que el mundo se para vuelvo a abrir comillas, parece que entonces tuvieras cierta responsabilidad en lo que te ocurriese. Yo ahora me ocupo de la formación, no solo proporcionando esas metafóricas gafas violetas, sino, ante todo, recursos y estrategias para que, desde la educación infantil, ese futuro profesorado que integra mi alumnado se comprometa en construir una nueva generación en la que tanto hombres como mujeres puedan ser auténticamente libres. Vivir con miedo nos destroza como personas. Es un orgullo poder contribuir, aunque sea con la pequeña aportación de mis clases, a crear un mundo más justo, más humano. Virginia Guichot Reina es profesora de la US Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 40 41 Irene Las minucias Fotografías de Carlota Díaz González Serie Dípticos: Collages Pero no es suficiente para sentirte confiada. Te invaden otras inseguridades que poco tienen que ver con lo que explicas en esa clase. ¿Habrán recordado que solo puedes dar clase en el aula adaptada? ¿Se habrán percatado de cambiar las pilas del micrófono que necesitas para hablar? ¿Habrán abierto las cerraduras de los cajones que no puedes abrir? Y, lo más importante, ¿habrán ventilado el aula lo suficiente para que puedas respirar sin dificultad? No te preocupes, son minucias que se resuelven rápido, y, aunque estés nerviosa porque es tu primera clase, esperas que el alumnado no sea consciente de tu desazón. Confía en ti. Has trabajado mucho. Has llegado hasta aquí. Pocas llegan. Y menos con tus circunstancias. Seguro que eres capaz de hacerlo. Te has repasado la nonagésima octava clase de tu vida mil veces. Todavía dudas de si eres suficiente para el puesto porque todavía estás angustiada cuando entras en el aula. No basta que el alumnado te haya apoyado en las encuestas, que te soliciten para sus TFG o que te hayas acreditado cuando no existe ninguna fórmula mágica para superar los fríos e intransigentes baremos de medición de tus aptitudes. Ya tienes experiencia, ¿por qué te siguen preocupando las minucias? Ya sabes que a veces tienes que interrumpir al profesor que está en el aula adaptada porque se han equivocado en la adjudicación. También has dado clase en aulas con tarimas a las que no podías acceder por ti misma. Las pilas, bien sabes que se van a acabar cuando lleves diez minutos hablando. Puedes Las minucias Te has repasado la primera clase de tu vida cien veces. Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 48 Con el paso de los años, aquella vivencia resonaría en su mente como la letra inmudable de la no discriminación. Jamás la olvidó. Ni nunca la compartió con nadie. Ese incidente racista de mirar a otros de forma excluyente la marcó de por vida. Creció y decidió estudiar Derecho en la facultad de Sevilla, un lugar donde también se sentía un poco fuera de lugar, como los ancianos en la iglesia. A lo largo de su carrera, se dio cuenta de que la otredad, el racismo y el clasismo, siempre acechaban a los más vulnerables, a los diferentes, a los más pobres. Esa incomodidad, esa sensación de no pertenecer al grupo, esa mirada de otredad supremacista y blanca, fue la que la empujó a ser activista por los derechos del Pueblo Gitano. Las injusticias fueron su motor de transformación. Ella, a veces se sentía en tierra de nadie, no tenía referentes. Rompía moldes y creaba nuevos moldes, sin mirar a nadie. Era difícil ser gitana y poder estudiar, en aquella época, solo estudiaba un 1% de la población gitana en España. Aquello suponía un ejercicio de equilibrio constante donde se sentía atacada por todos. Llegó a sufrir verdadera crisis de identidad, ni era lo suficiente gitana para la cultura gitana, porque las mujeres con 12 años ya dejaban la escuela, ni lo suficiente paya, ni pretendía serlo, como para que la mirasen de igual a igual. La sensación era como estar en tierra de nadie, un desarraigo intenso de todo su mundo. Miradas excluyentes adornaban todos los días de su vida en la época universitaria. No había día que pasara desapercibida por aquella antigua tabacalera, su identidad gitana llamaba la atención en contraposición al estilismo pijo y clasista de la Facultad de Derecho de Sevilla. Su apellido también fue un problema. Ella, a pesar de su inteligencia y la responsabilidad de llevar el peso de su casa (como hermana mayor que era), la crianza y cuidado de sus hermanos pequeños etc., no faltaba a clase nunca. De hecho, se había llevado a clase en más de una ocasión a su hermana pequeña estando enferma, para poder cuidarla con el permiso de su profesor y así evitaba faltar a ninguna clase. Sin embargo, no tenía el apoyo de todos los docentes. Hubo un profesor emérito que examinaba por tema. El profesor tenía en su despacho una foto con el Generalísimo, don Francisco Franco. Sobran todas las explicaciones. Este siempre le suspendía 49 Séfora En memoria de ellos en un tema, el 9. Una vez, tras haber realizado el examen 8 veces seguidas y haberle suspendido las 8 veces, decidió pedirle tutoría. Ella le dijo: «profesor, me sé de memoria el mencionado tema, ¿cuál es el problema? Le he transcrito literalmente todo el capítulo, en los 8 exámenes, no puede suspenderme sin causa justa. ¿Cuál es el problema?» El malnacido le contestó; «tu apellido, ¿eres Vargas, ¿verdad? Por tanto, eres gitana, ¿qué haces estudiando derecho? Vete a la esquina y monta un puesto de verdura, como el resto de gitanos, porque aquí no está tu lugar» A esa joven gitana, se le hizo un nudo en la garganta, pero no se calló, le dijo que lo denunciaría al Defensor del Alumno, al Secretario de la Universidad y a la Delegación de Alumnos si no la aprobaba de inmediato y que montaría un escándalo a nivel político si fuera necesario. El hombre enmudeció y ella salió con la cabeza bien alta, despavorida de aquel frío despacho. Pensó que sería imposible terminar la carrera con tantos prejuicios y discriminación, pensó que le harían la vida imposible, se le pasó por la cabeza huir y volver al calor de su grupo, de su gente, pero, en ese momento se acordó de aquellos ancianos gitanos, cuando al no encontrar su sitio, se fueron de la iglesia y pensaron que su lugar de escucha era el suelo, su lugar en la sociedad era hacerse de menos, porque ellos no tuvieron a nadie que les protegiera ni que les dijera, «siéntense aquí, por favor, están ustedes en su casa, la casa de Dios». Así que, A esa joven gitana, se le hizo un nudo en la garganta, pero no se calló Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 50 respiró profundo, rechinó los dientes y siguió luchando contra el antigitanismo del sistema educativo y en la administración. Consagró su vida a la lucha contra la discriminación racial. Decidió dejarse la piel para promover la justicia social, para allanar el camino para las otras niñas gitanas. Comprendió que su lucha no era solo por ella, sino por su comunidad, por su pueblo, por todos los que enfrentan prejuicios y discriminación a diario. La universidad, al igual que aquella iglesia, era un lugar de paso necesario, donde la inclusión a menudo brillaba por su ausencia igual que los derechos o el amor o la compasión. Así, la vida de aquella niña, marcada por un encuentro fugaz, se transformó en una historia de lucha y esperanza. Su compromiso con la justicia social se convirtió en un canto de resistencia, un homenaje a aquellos ancianos que, aunque se sintieron rechazados, dejaron una huella imborrable en su corazón. Soy Séfora Vargas. Esa niña hecha mujer soy yo: gitana, abogada, escritora y activista por los derechos del Pueblo Gitano, pertenezco a esa primera generación de mujeres gitanas que llegamos a alcanzar estudios universitarios. Tuve que enfrentar mil batallas y guerras ideológicas, sociales, morales, religiosas, culturales, pero jamás he permitido que nadie me quite mi lugar en la sociedad. Nunca había hecho pública esta historia real de mi vida, sigo emocionándome y aún me hace llorar pensar que no pude defender mejor a esos ancianos gitanos, a esos luchadores incansables, ni siquiera supe sus nombres. Sin embargo, hace apenas unos días, en un viaje por trabajo, en un souvenir de carretera, me encontré con una postal de ellos, estaban en la calle con su espectáculo musical y su preciosa perrita. Me dio un vuelco el corazón, me quedé sin respiración por unos instantes y la compré corriendo con las lágrimas en los ojos, recordando sus rostros y reviviendo cada instante de esos 20 minutos que permanecí sentada junto a ellos en el suelo. Aquella lección sin palabras que tan sólo duró 20 minutos, me forjó hasta el día de hoy. <<En memoria de ellos>> Séfora Vargas Martín es exalumna de la US 51 Séfora En memoria de ellos Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 52 53 Daniela En busca de un futuro mejor Fotografías de Ángela López González Serie Útero con muchas expectativas, con emociones y dudas, en mi llegada, acudí a la universidad para realizar los tramites de entrada y matricula, de lo cual no sabía mucho. Por esto, me acerqué a preguntar, pero al recibir una respuesta de una manera muy fría y tajante (desde mis ojos de extranjera), me puse de los nervios y estuve a punto de llorar. La persona que me atendió fue un poco dura al responderme, asumiendo que yo debía saber lo que había preguntado. Fue una situación que me impactó mucho al llegar, pero entendí que es una cultura totalmente diferente. Soy colombiana, de una zona costera, por lo que las personas suelen ser muy amables y cálidas. Llegué a Sevilla creyendo que las personas serían igual, pero me di cuenta de que en algunos casos no siempre lo seria. En mis clases conocí personas de todo tipo, muy inteligentes y comprometidos; otros, la verdad, no tanto. Asistían a sus clases por hacer presencia, algo que para mí era muy extraño. Un día llegó el momento más temido, formar grupos de trabajo para realizar actividades formativas a lo largo del cuatrimestre. En ello, me fui juntando con personas que necesitaban a alguien, porque no conocía a nadie: acaba de llegar y se me hacía un poco difícil integrarme en grupos que ya estaban establecidos. Me uní a un grupo de chicos, siendo la única chica. En el proceso de desarrollo, uno de los chicos hizo un comentario que me dejó fría… En busca de un futuro mejor Era una chica que llegaba a un mundo nuevo Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 54 Un chico muy español por su acento dice: «dejadle todo a ella, que es colombiana, que ella lo haga todo, si para eso vino, para trabajar por nosotros». Y yo, impactada por su comentario, me lo tomé en modo de broma, porque no podía creer que una persona pudiera llegar a tal nivel de xenofobia. Decidí pasar del comentario, pero fue algo que se repitió en diferentes ocasiones, hasta que uno de los chicos del grupo se levantó a defenderme y le pidió que parara, que eran comentarios muy fuertes que me hacían sentir mal. La verdad, se lo agradezco, porque no sabía cómo reaccionar. Es algo que dejó un sello en mi corazón, pero algo que intento olvidar para no creer que todos serán así, porque realmente hay muy buenas personas. Entre todas las clases a las que asistía, había una muy particular, que me gustaba mucho por tratar sobre un tema que me llamaba la atención, pero había algo que me impedía seguirla, era que la profesora de esta clase, tenía un acento muy marcado, por lo cual me costaba mucho entenderla. Las primeras tres o cuatro clases no entendía mucho de lo que decía y el hecho de que utilizara un micrófono para exponer la clase no me ayudaba a remediarlo. Cada día me acercaba más a la primera fila de sillas, buscando escuchar mejor su voz. Poco a poco, mi oído se fue acostumbrando, pero me quedaba aún comprender las diferentes palabras que emplean con significados muy contrarios o distintos a lo que estaba adaptada en mi país. Todo esto me ha llevado a valorar cada día las experiencias que estoy viviendo, un mundo completamente diferente que me abrió las puertas para tener una nueva vida. Me he topado con gente muy buena, que ha robado un pedacito de mi corazón. Estoy agradecida porque son más las buenas que las malas: he sido un puente para estudiantes extranjeros que se animan a dar este paso, les sirvo de guía y les instruyo conforme a lo que viví y las experiencias que tuve. Daniela (pseudónimo) es alumna de la US 55 Daniela En busca de un futuro mejor ? Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia 56 57 Dolores Estás un poco nerviosilla, ¿no? Fotografías de Carmen Belmonte Serie Pájaras Así entré en contacto con la directora de la Unidad para la Igualdad de la US. Me atendió rápidamente por teléfono y quedamos al día siguiente en la cafetería de mi centro, para que no me vieran con ella en mi mesa. Tenía miedo: miedo del hombre, miedo de los compañeros, miedo de los jefes… Le conté que un compañero, del que yo era su jefa, se metía continuamente conmigo, se escaqueaba continuamente, no hacía las tareas, y que el resto del equipo tenía que cargar con su trabajo. Pero, a pesar de que yo era su superior, no aceptaba mis indicaciones, me ridiculizaba, y pasaba. Una tarde, fui a buscarlo por las aulas, porque no aparecía y había que terminar de revisar para cerrar el edificio. Estaba en un aula, sentado, le pregunté que qué hacía allí y le dije que moviera el culo. Reconozco que mi tono no era el mejor, estaba harta y cabreada. Entonces, me dijo que qué me había creído, se levantó, me zamarreó y me dijo, con los ojos que parecía que se le iban a salir «¡Te voy a matar…!». Me escapé como pude y salí corriendo por el pasillo con un ataque de ansiedad. No dije nada, no podía… Terminé como pude, sin quedarme sola, y me fui a mi casa. Me harté de llorar esa noche. Al día siguiente, pedí cita urgente con un jefe para que lo trasladaran, pero no creyó la gravedad del asunto. «Estás un poco Está un poco nerviosilla, no? ? << Puedo hablar con usted?>> ? Contamos Voces que transforman vulnerabilidad en resiliencia en resiliencia Unidad para la Igualdad Vicerrectorado de Servicios Sociales, Campus Saludable, Igualdad y Cooperación