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Escrito en el agua de Justo Jorge Padrón

Trapero, Maximiano

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Texto leído por el autor en la presentación del libro de Justo Jorge Padrón Escrito en el agua (Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario, Colección San Borondón, 1996), en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria el 5 de junio de 1997. ESCRITO EN EL AGUA de Justo Jorge Padrón Maximiano Trapero Catedrático de Filología Española Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Dos aspectos debemos destacar, en principio, de este libro: las ilustraciones que tiene de Pepe Dámaso y su inclusión en la colección «San Borondón» del Museo Canario. Respecto al primero, como en tantos otros libros de la colección, se ha logrado una perfecta armonía entre texto e ilustración. La inteligencia de Pepe Dámaso ha sabido captar el espíritu de la poesía primera de Justo Jorge Padrón y la ha interpretado en esos dibujos azules, en que objetos, cuerpos, manos, libros, frutas, ojos, calaveras, se diluyen en el agua azul de un océano que todo lo abarca; cuerpos y objetos mojados de azul, que es el color del cosmos, no para desaparecer, sino para afirmar su existencia. Respecto al segundo, ¿qué hace un poeta tan consagrado y tan internacional como Justo Jorge Padrón en una colección que se ha caracterizado por ser -y que pretende serportavoz de los que todavía no tienen una voz pública reconocida o la tienen aún incipiente? Su inclusión en esta colección necesita de una explicación. El propio autor la da en las «Palabras Liminares»: cuando Escrito en el agua estaba a punto de publicarse en la primera época de «San Borondón», a finales de los años sesenta, la colección se clausuró y el original tuvo que esperar otra oportunidad. Pero le sucedieron pronto otros poemarios que tuvieron inmediata publicación, y el primerizo Escrito en el agua fue quedando relegado a la sombra de tantos otros libros de un autor que adquiría cada vez una voz más poderosa y una resonancia internacional. La oportunidad de publicarse en la renacida colección «San Borondón», se la ofreció el patrocinio de La Caja de Canarias, haciendo posible una publicación que los mermados presupuestos del Museo Canario no permitían. Por lo tanto, el libro Escrito en el agua se publica en la colección que mejor lo podía acoger, donde debió publicarse a su debido tiempo, hace ahora 27 años, y no forzando el espíritu de la colección, sino reafirmándolo y confirmándolo: la colección de poesía «San Borondón» del Museo Canario tiene por objetivo el de promocionar a los poetas noveles en los que se advierte calidad y talento. Si se repasara la relación de los autores que han publicado en esta colección, tanto los de la época antigua, como los que lo están haciendo en esta nueva época, se corroborará lo que digo. Valgan sólo unos pocos nombres: Lázaro Santana, Arturo Maccanti, Caballero Millares, Alberto Pizarro, Carlos Eduardo Pinto... ¿Y qué decir, en esto, de Justo Jorge Padrón? Aquel Escrito en el agua que debió publicarse hace 27 años llevaba en sus primerizos versos la promesa clara y contundente de un gran poeta; mejor quito el adjetivo y me quedo sólo con lo sustantivo: llevaba bien marcadas la vocación y la condición de un poeta, a secas. Justo Jorge es para mí el ejemplo más cercano que conozco del poeta que es poeta, sólo y enteramente poeta, esa condición vital que excluye cualquier otra consideración: la de quien se levanta y se acuesta siendo poeta y no hay otra musa en su día que la poesía. La condición de quien vive siempre al acecho, siempre a la espera, siempre enfrentado a un universo que se resiste a ser captado, a ser descrito en las dimensiones justas en las que los ojos del poeta lo ven; o mejor, en las dimensiones exactas en las que un lenguaje que existe con anterioridad al poeta, y que fue creado para asuntos muy distintos al objeto de la poesía, es el único instrumento, imperfecto y fugitivo, que el poeta tiene para crear su universo. Y en esa pugna por hacer perfecto -quiero decir acabadoun instrumento que se tiene como imperfecto, pasa la vida el poeta para dar testimonio de la vida, nada menos que de la vida, la suya propia y la de todos los hombres, ese misterio con el que caminamos los hombres tantas veces inconscientes. ¡Qué lejos está la poesía de Justo Jorge Padrón de ese falso patrón que algunos se han tomado por modelo en que la poesía es sólo impulso momentáneo, inspiración espontánea, que si viene, bien, y si no, allá ella! La poesía de Justo Jorge Padrón manifiesta una actitud totalmente contraria: la poesía es dolor, y búsqueda, y espera, y trabajo, y purgatorio, y soledad, y también excitación febril. Se lo he oído a él varias veces: Nunca escribí por azar, tomando la escritura como un juego lúdico de adivinaciones, ni menos ha sido una actividad para impresionar. Como un suicida, doy lo que tengo, mi vida entera, en cada poema. Lo dijo solemnemente, apasionadamente, en el discurso de acción de gracias por la concesión del Premio Canarias de Literatura, hace tan solo unos días, y lo tiene escrito en las «palabras liminares» de este libro que hoy presentamos. Hablar del primer libro escrito por un poeta, cuando a éste han sucedido --y se conocen todos ellos-- otros 14 libros, es fácil y difícil a la vez: fácil, porque a la vista tenemos, expandiéndose y confirmándose, las intuiciones del primer libro: decir que aquel libro primerizo ya encerraba las claves poéticas prometedoras que luego se harían explícitas y maduras en el resto de la obra, es jugar con ventaja, significa dejar hablar a la historia posterior para explicar lo que está antes de ella, es como adivinar el futuro cuando éste es ya pasado y es, además, conocido por el fingido adivino. Y es difícil hablar de este tipo de libros, porque difícil resulta desprenderse de las apreciaciones y de las valoraciones que el resto de la obra ha forjado sobre la conciencia lectora del crítico. ¿Basta un libro para dar cuenta del poeta que lo escribe? Puede que sí, en cuanto se refiere a las «cualidades» -no digo aquí calidadesde su poesía, pero lo normal es que no, que la voz múltiple y diversificada del poeta requiera de tantos registros como temas y «estilos» posea la voz de ese poeta. Ejemplos paradigmáticos hay de los primeros, de los de un solo libro: Guillén y su Cántico; San Juan y sus tres títulos, que no son sino tres capítulos de uno y mismísimo libro; incluso Juan Ruiz, autor de uno solo aunque diversísimo libro. Pero más ejemplos pueden ponerse de los segundos, de los que necesitan de varios títulos para dar cuenta de su registro poético, y más paradigmático es su ejemplo en la historia de la poesía: el polifacético Lope, el Quevedo de los contrarios, el Góngora de las Soledades y de las letrillas, el Machado filósofo y el de Campos de Castilla, el Lorca subrrealista y el del Romancero Gitano, y tantos y tantos otros. Justo Jorge Padrón es -está resultando serde los segundos: a los versos atormentados y terribles de Los círculos del infierno (1976) sirven de contrapunto los versos contemplativos y amenos de El abedul en llamas (1978); al retorcimiento temático del Resplandor del odio (1993) -el título desvela además la saña con que se escribe ese librohabía antecedido un canto conmovedor y profundo al amor en Sólo muere la mano que te escribe (1989); el registro esencialmente lírico que representa Manantial de las presencias (1994), se complementa con el espectáculo telúrico de dimensiones épicas que aparece en Los dones de la tierra (1984), etc. ¿Y qué posición toma el primerizo Escrito en el agua respecto al conjunto de la obra de Justo Jorge Padrón? Para explicarlo, tomo de nuevo la palabra del propio autor: «Escrito en el agua es el despertar a la vida y a la luz de la conciencia de aquel adolescente que fui, el nacer a la palabra y al amor. Son las primeras inquietudes y los dolores primeros, la fascinación por la naturaleza, sovre todo por el mar y los árboles...». Sí, es cierto: la fascinación por la naturaleza, el apego a lo telúrico, los límites que desde el mar hasta la cumbre encierra el cosmos todo en que se desarrolla el quehacer del hombre, el mundo de los sentidos, la pasión por la vida, el amor y la palabra que apuntan como temas predominantes en los poemas de Escrito en el agua se convierten en temas recurrentes en la poesía posterior de Justo Jorge Padrón. Pero además quiero ver en los versos de Escrito en el agua una característica formal de la poesía toda de Justo Jorge Padrón: el verso largo. Alguien lo ha identificado como alejandrino, del que sería ejemplo, precisamente, el primer verso del poema que da título al libro: Lo que escribo en el agua de inmediato se borra o de otro verso de ese mismo poema en que aparece el sintagma exacto del título del libro: Queda escrito en el agua tu solitario nombre Pero no se trata de contar sílabas. La poesía moderna no está hecha como aquella primitiva que Gonzalo, el buen fraile de Berceo, quería distinguir de la popular e irregular juglaresca por estar hecha «a sílabas contadas». Uno de los más novedosos y revolucionarios cambios de la poesía moderna consistió, como todo el mundo sabe, en liberarse de algunos de los elementos más tiránicos de la métrica, de algunos, no de todos, pues la poesía tiene mucho de convención, de metalenguaje, y éste sigue vigente en los movimientos de vanguardia, más firmes incluso que en la poesía rimada, aunque sean otros los valores «poéticos» -también verdaderamente poéticos y no menos que los antiguos-, como lo sean los recursos lingüísticos que caracterizan la poesía moderna. Los versos de Justo Jorge Padrón se han liberado, sí, de la rima, del verso regular, de la estrofa, pero no del ritmo que hace poética una construcción sintáctica; no del pensamiento que fluye armonioso o violento en la expresión, tallada a base de experimentación; no de la expresión poética. La llamada «expresión poética» no es uniforme, ni es en sí más poética por ser breve o larga, culta o popular, trate del amor personal o del amor cósmico, de un pensamiento sutil o de los hechos épicos de un pueblo. Lo «poético» se mide por patrones diferentes a la temática o a la forma de la expresión, pero no deja de ser verdad que éstos, la temática y la forma de la expresión, entre otros, han servido para clasificar los distintos modos de la poesía. Así, decimos que la poesía popular se ha basado en un metro corto mientras la culta -estamos generalizando, claro, y por tanto esquematizando-, la poesía culta, digo, ha preferido el verso largo; que los versos largos son más propios de un pensamiento que busca en la argumentación la esencia de su discurso, mientras que el verso breve es más propio para la intuición; que la literatura «culta» tiene su mundo referencial en la propia literatura, en un mundo leído, reinterpretado o simplemente inventado, que se hace universal justamente por la literatura; mientas que la poesía «popular» se basa en la propia vida local, en el conjunto de las experiencias de la vida cercana, de la sociedad a la que pertenece, aunque los temas sean históricos o literarios, pero teniendo siempre en su argumento una lección de vida, aplicable al código de la sociedad en que se transmite de generación en generación. Pues la poesía de Justo Jorge tiene en el verso largo su medida expresiva; en la «gran cultura», el ámbito en que se desarrolla su «cultura» poética; en la búsqueda de universales, el motor de su creación; en la fuerza de su lenguaje, su poder evocador; en una argumentación simbólica, la esencia de su poética; en la compleja sintaxis de sus versos, el dominio sobresaliente del idioma en que se expresa; en la originalidad de su expresión, su particularidad como poeta único, sin parecidos miméticos; en fin, en la combinación de un pensamiento poderoso y de una expresión arrebatada y selecta, el fruto de una dedicación por entero a la poesía. Esta dedicación, ¿puede llegar a confundir al poeta con su obra? ¿Trasluce una obra poética la vida y la historia del poeta? ¿Puede un lector de la poesía de Justo Jorge Padrón saber cómo es el hombre Justo Jorge? O al revés, ¿puede quien conozca a Justo imaginar que ése es el autor de un libro como Los círculos del infierno? ¿Cómo es Justo Jorge Padrón? Bien sé que esta consideración debe quedar al margen de la valoración de una obra literaria. Pero creo interesante traer aquí unas reflexiones del propio autor, especialmente reveladoras sobre esta cuestión que tratamos. «El poeta -ha dicho Justo Jorge Padrónes un ser normal. Lo único que le diferencia es su capacidad para interpretar verbalmente la realidad. Hay personas que sienten lo mismo, pero no tienen esa capacidad de expresión. La poesía es un fenómeno fundamentalmente expresivo y si uno tiene la intensidad verbal para expresar con fuego una idea y revestirla con una potencia metafórica notable y original, ése es un poeta». Esa es la cuestión: interpretar verbalmente la realidad; más aún: crear una nueva realidad por medio de la palabra. El mundo lo creó Dios por medio de la palabra: Dijo Dios «hágase la luz», y la luz se hizo; y dijo «sepárense la luz de las tinieblas», y se hicieron el día y la noche; y dijo «hágase el hombre», y nació el hombre en medio del Paraíso. Dios, el Verbo, la Palabra. Dios, el primero y el más grande poeta. Nadie más dotado que el poeta para la palabra, con ella es capaz de retratar el alma, llegar a profundidades a las que ni llegan ojos ni oídos, menos manos y pies; con la palabra crea el poeta esencialidades. ¡Esencialidades!, otra palabra clave de la poesía. No es mala definición decir que un poeta es un buscador de la esencialidad, en donde lo adjetivo perturba y distrae y ha de desdeñarse, por tanto. Si se estudia la obra de Justo Jorge Padrón desde el punto de vista lingüístico, se advertirá la escasez de adjetivación y la primacía del sustantivo y del verbo, elementos léxicos éstos de plenitud semántica. Y esa esencialidad léxica, que se plasma en el lenguaje de su poesía, se plasma también en otro punto de vista conceptual, en la ausencia de «exteriores». Si alguna vez su poesía pudiera filmarse, debería estar toda ella rodada en interiores. Todo es interior, íntimo, tuétano de esencias. Él lo confesaba en una entrevista reciente en el Diario de Las Palmas (28.10.96): «La poesía necesita un proceso de concentración doloroso. Necesito llegar a lo más hondo de mí. Es como una mina: la galería de arriba está agotada y sigo en la siguiente». Le preguntaba el periodista: «Además, cada verso es muy costoso». Y respondía Justo Jorge Padrón: «Mucho. Por su intensidad verbal, necesita un proceso de concentración y de ahondamiento en tu propio silencio y en tu propia soledad. Al cabo de cuatro o cinco días de excavar en ese silencio, consigo conectar con el misterio poético». El «misterio poético». ¿Qué es ese misterio poético, ese anhelo que han perseguido todos los que se han planteado seriamente la poesía? ¿Un chispazo, quizá, de luz interior, brevísimo, pero intensísimo, capaz de iluminar estadios nunca antes vistos ni intuidos? ¿Un estado de arrobamiento del alma, alcanzado a través del ascetismo, es decir, de la dedicación apasionada y de la ausencia, en el pleno gozo de la contemplación? No me refiero a esa contemplación místico-religiosa con que se ha definido la poesía de San Juan o de Fray Luis, sino a la contemplación de los puros secretos del alma, a ese momento de arrebato que todos hemos sentido alguna vez, aunque fuera tan momentáneo que resultara inaprehensible, y que los poetas buscan desesperadamente. ¿Perseguir el «misterio poético» no es perseguir un secreto imposible? Porque en ese estadio de búsqueda febril, a una breve intuición seguirá la larga pasión por describirla, a una leve experiencia contemplativa la larga y trabajosa dedicación ascética por lograr otra y otra, hasta poseer ese don propio de los dioses o de los hombres iluminados que algunos llaman «inspiración». Ya se sabe, muchos creadores no creen en la inspiración, pero por si acaso llega, la esperan trabajando, en disposición de aprovecharla. Porque la inspiración, en literatura, y sobre todo en poesía, no es sólo cuestión del pensamiento; una sutil idea, una aguda visión, pueden no ser nada, quedarse en nada, si no van vestidas de la palabra que las haga universales. ¡He aquí la característica de la poesía de Justo Jorge Padrón! ¿Por qué la poesía de Justo se traduce a tantos idiomas? ¿Por qué ha obtenido tantos reconocimientos en el exterior? ¿Qué tiene esa poesía, escrita en español, que interese tanto a los lectores y a los críticos extranjeros? Y al decir que un pensamiento necesita de la palabra universal, no me refiero a ese lengua universal que no existe, al significante que ata y limita al significado, sino a la expresión que pone alas, y no límites, al pensamiento que representa la ética de una época y de los más. Justo Jorge Padrón no es un poeta «local», ni siquiera nacional. Y al decir esto no me fijo ahora en los temas de su poesía, pues es evidente que no lo son; ni siquiera es un poeta temporal, de ahora sólo. Lo será, en todo caso, porque utilice unas formas poéticas, unos versos, una libertad métrica que se identifica con la modernidad. Porque la poesía de Justo Jorge tiende a lo universal, a ese ámbito que ni tiene tiempo ni espacio. Que interesa a quienes, siendo sus lectores aquí en Canarias, advertimos en él la voz preclara que revela las pasiones del hombre, del hombre de ahora, claro, pero también del hombre de cualquier parte enfrentado a esta cotidianidad en que vivimos. Su poesía -lo han dicho muchos críticoses una perfecta «cosmogonía» del hombre contemporáneo: «Yo soy el hombre, yo soy todos los hombres», proclama Justo Jorge Padrón en un verso que es grito y se erige como bandera en Los círculos del infierno. Por eso considero yo que Justo Jorge Padrón es un clásico, que su poesía pertenece a ese reducidísima nómina de autores que ganaron la categoría de clásicos en vida: los que no admiten discusión, los que merecen explicarse en clase, los que seguirán vivos después de muertos, porque seguirán enseñando e iluminando caminos.