Caminar en/conocer la multiplicidad temporal desde el marco de la razón poética
Abstract
Este artículo analiza las modalidades temporales estudiadas por la autora de la razón poética, María Zambrano. Ella distingue entre (1) la temporalidad del poeta o del delirante (intemporalidad), (2) la del filósofo (sucesividad) y (3) la del sabio que se construye (atemporalidad de la persona). Este saber permite que el sujeto sea consciente de una de las bases ontológicas de su vida y, por ende, que salte desde una vida detenida que le impide crecer a una basada en una progresión personal constante.
Full text
∆αι´µων. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012, 67-84 ISSN: 1130-0507 Caminar en/conocer la multiplicidad temporal desde el marco de la razón poética To Walk In / To Know Time Multiplicity Within The Framework Of Poetic Reason JOSÉ BARRIENTOS RASTROJO* Abstract: This article analyzes temporal forms studied by Poetical Reason author’s, María Zambrano. She distinguishes between (1) poet and delirious time («intemporalidad»), (2) philosopher’s time («sucesividad») and (2) wiser time («atemporalidad de la persona»). This knowledge lets subject to be aware of one of his life ontological groundings. Furthermore, this wisdom will help him to jump from a stopped life that prevents person goes beyond to a life based on a constant personal progression. Keywords: Time, duration, María Zambrano, Poet, Philosopher. Resumen: Este artículo analiza las modalidades temporales estudiadas por la autora de la razón poética, María Zambrano. Ella distingue entre (1) la temporalidad del poeta o del delirante (intemporalidad), (2) la del filósofo (sucesividad) y (3) la del sabio que se construye (atemporalidad de la persona). Este saber permite que el sujeto sea consciente de una de las bases ontológicas de su vida y, por ende, que salte desde una vida detenida que le impide crecer a una basada en una progresión personal constante. Palabras clave: Tiempo, duración, María Zambrano, poeta, filósofo. 1. El tiempo en la filosofía y en la reflexión zambraniana 1.1. Tiempo de/para la paz María Zambrano sentenciaba, desde la voz de la experiencia que concede una larga trayectoria vital, que «el tiempo no deja a nadie, vamos a decir, en paz»1. El tiempo emerge como uno de los temas nodales y clásicos de la filosofía. Pertenece a ese tipo de verdades de perogrullo orteguiano, a saber, son las más enjundiosas para el análisis racional y a la vez las que damos por más conocidas. De la misma forma que no reflexionamos sobre el oxígeno Fecha de recepción: 5 de noviembre de 2011. Fecha de aceptación: 11 de enero de 2012. * Profesor en la Universidad de Sevilla - Calle Ramón y Cajal, s/n – 41018 Sevilla (España). Email: barrientos@ us.es Líneas de investigación: (1) zambranismo, (2) sabiduría y saber de la experiencia y (3) filosofía aplicada. Últimas obras relevantes: Resolución de conflictos desde la filosofía aplicada y la mediación, Visión, 2011; «El rostro de la experiencia desde la marea zambraniana», Endoxa 25, Madrid, 2010, pp. 279-314 y «La fisiología del saber de la experiencia», Thematha 44, Sevilla, 2010, pp. 79-96. 1 M. Zambrano: Las palabras del regreso, Amaru ediciones, Salamanca, 1995, p. 67.
68 José Barrientos Rastrojo Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 hasta que sentimos una súbita asfixia, su perentoriedad es indiscutible para la existencia. En el caso del tiempo, su necesidad es metafísica, esto es, constituye un prolegómeno o estructura básica sobre la que se creará la experiencia humana pues sin el primero, la segunda es inviable. El tiempo, decíamos, no deja a nadie en paz, porque cuando abandona al sujeto, éste disuelve su entidad temporal y, por ende, pierde su fundamento para seguir existiendo como sujeto histórico o, simplificando, para seguir aconteciendo. Como veremos a continuación, el tiempo no sólo facilita el esqueleto de la vivencia sino que cada modalidad temporal produce un tipo de experiencias y, consecuentemente, una determinación identitaria específica. El descubrimiento del tiempo acaece en la madurez zambraniana, aunque jalona toda su obra desde entonces. Como justificación de este interés, se puede citar su obra Los sueños y el tiempo o bien al hecho de que, en 1975, preparase un libro titulado El tiempo de la vida humana, según explica a Agustín Andreu en las Cartas de la Pièce2. La vinculación entre los sueños y el tiempo nos pone en la pista sobre la orientación del discurso zambraniano sobre este particular3, pues en el sueño se inaugura una ontología distinta a la de la vigilia, puesto que sus vertebraciones temporales no coinciden Brevemente, hemos de indicar que el tiempo se moverá en dos direcciones formales, a saber, (1) intemporalidad o atemporalidad y (2) tiempo sucesivo, y tres sentidos. Además, se despliega una materialidad temporal decantada por el contenido singular de cada momento. En este sentido, se escancia en moldes separados el tiempo de la amistad, el de los estados amorosos o el del trabajo4. Estas consideraciones subrayan cómo no sólo vivimos en el tiempo sino que cada tiempo es el medio donde respiramos la realidad5. De la misma manera que las consecuencias de inhalar oxígeno no son las mismas que aspirar monóxido de carbono, o amoniaco, hay una enorme distancia entre inspirar en una atmósfera de sucesividad o hacerlo en una cristalizada 2 «Con el libro que estoy al acabar, me sucede también que mi mente va a «Notas de un Método», a «Aurora», a «El tiempo en la vida humana»» (M. Zambrano: Cartas de la Pièce (correspondencia con Agustín Andreu), Pretextos-Universidad Politécnica de Valencia, Valencia, 2002, p. 198). 3 Sobre la naturaleza temporal del sueño y la vigilia, se puede leer un estudio de Mª Ángeles Bermejo Salas en las Actas del II Congreso Internacional sobre la vida y obra de Zambrano (Cfr. M.A. Bermejo Salas: «La concepción del tiempo en María Zambrano», Actas del II Congreso Internacional sobre la vida y obra de María Zambrano, Fundación María Zambrano, Vélez-Málaga, 1998. Págs. 117-124). 4 Por cuestiones de espacio, nos quedaremos con la consideración formal del tiempo, dejando para un futuro trabajo la materialidad. En cualquier caso, Zambrano movilizó su predilección en torno a la formalidad. Respecto a la materialidad, el parágrafo más destacable se encuentra en Persona y democracia: «Existe análogamente la medida del tiempo en la cual encontramos la relación adecuada con el prójimo, en la vida personal, en la familiar, en la histórica. Pues en cada una de ellas vivimos en un tiempo diferente. La convivencia –ineludiblese verifica en un cierto modo o forma del tiempo. No es el mismo tiempo aquel en que convivimos familiarmente que aquel en que convivimos en la historia toda que nos afecta. Y no es el mismo tiempo donde se da el modo de convivencia que llamamos amistad, que el que llamamos amor, que el íntimo, intransferible, de nuestra soledad, donde, por momentos, estamos en comunicación con todos los tiempos, con todas las formas de convivencia» (M. Zambrano: Persona y democracia, Siruela, Madrid, 1996, p. 28). Recientemente, Giacomo Marramao completa estas aseveraciones desde una consideración psicológico-filosófica en su Kairos. Apología del tiempo oportuno: «el mismo lapso, por así decirlo, objetivo del tiempo, de tiempo medido con el calendario o el reloj, puede parecernos lleno o vacío según el número y la intensidad de los estímulos e incentivos que recibamos» (G. Marramao: Kairos. Apología del tiempo oportuno, Gedisa, Barcelona, 2008, p. 18). 5 Cfr. J.M. Beneyto: «La multiplicidad de los tiempos. María Zambrano en diálogo con Koselleck, Hans Blumenberg y Emmanuel Levinas» en J.M. Beneyto – J.A. González Fuentes (coords.): María Zambrano. La visión más transparente, Trotta, Madrid. 2004, pp. 477-503.
69 Caminar en/conocer la multiplicidad temporal desde el marco de la razón poética Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 en la detención temporal. Si ciertos gases conducen a una muerte biológica del organismo, la super-vivencia en ciertas modalidades temporales acarrea el fallecimiento espiritual, es decir, la alienación identitaria. María Zambrano invitaba a tratar los tiempos como un medio de salvación personal, por medio de su ontologización, es decir, tratar el tiempo es similar al trato personal con un ser. Esto no conformaba concesión alguna a la psicología sino a una metafísica relacional: «Si esa barrera es el tiempo, entonces no hay que saltarla; hay que hacer que se ensanche, que se empequeñezca, hay que tratar al tiempo como a un ser»6 En síntesis, tratar el tiempo exige saber de sus modalidades, pues con ello no conseguiremos que nos deje en paz, pero sí haremos las paces con él y con nosotros mismos. 1.2. La necesidad de la pregunta por el tiempo Ortega y Gasset explicaba la diferencia entre contar con y reparar, que signaban los contenidos a través de los que vivimos y aquellos en los que puntualmente reparábamos debido a ciertas circunstancias, respectivamente7. El tiempo pertenece a un tipo de categorías que se pliega a esta dicotomía. Vivir no exige la reflexión temporal; sin embargo, como hemos apuntado, una desatención hacia el mismo o una catástrofe en la vida nos obligan a poner los ojos en él8. El descubrimiento del tiempo no puede verificarse más que en un momento negativo dentro de la propia vida, en que hemos perdido algunas cosas que lo estaba llenando; el tiempo es la estancia de nuestra vida y por lo mismo está bajo ella, como fondo permanente de todo lo que vivimos; descubrir ese fondo tiene algo de caída que sólo tiene lugar en un especial estado de angustia, desengaño o vacío. Descubrir el tiempo es descubrir el engaño de la vida9. Esta conciencia del engaño de la vida procede de reparar en la alienación de aquel que no reflexiona sobre la brevedad de sus días. Si el tiempo no es capturado por la meditación de la vida personal, la existencia se vacía de sí misma. Más grave: esta introspección es sustituida por un argumento que desinstala al individuo de una de las bases de su ser, de su ser temporal. El vacío temporal es vacío de uno mismo, esto es, una modalidad temporal que determina una ontología personal. Concretando: como el tiempo no pertenece a la persona, el 6 M. Zambrano: Las palabras..., pp. 66-67. 7 «Hay dos formas de darse cuenta de algo, o lo que es igual, de existir algo para mí: una en que me doy cuenta de ese algo por separado, en que, digámoslo así, lo tomo ante mí de hombre a hombre, lo hago término preciso y acotado de mi darme cuenta; y otra forma en que el algo existe para mí sin que yo “repare” en él» (J. Ortega y Gasset: Unas lecciones de metafísica, en Obras completas 12, Alianza, Madrid, 1997, pp. 40-41) 8 El ejemplo orteguiano es el siguiente: «Antes, cuando atendía a determinadas palabras yo no “reparaba” en mí como no “reparaba” en el banco o sillón donde me siento y, sin embargo, mi yo y el banco existían para mí, estaban en algún modo ante mí. La prueba de ello es que si alguien hubiese movido el banco yo habría notado que algo en mi situación había cambiado, que algo no era lo mismo que en el instante anterior. Lo cual supone que de algún modo me constaba ya el banco y su posición, que yo en algún modo contaba con el banco. Cuando bajamos la escalera no tenemos conciencia propiamente tal de cada escalón, pero contamos con todos ellos; y en general, de la mayor parte de las cosas que existen para nosotros no tenemos conciencia, pero contamos con ellas» (J. Ortega y Gasset: Unas lecciones de metafísica…, p. 41. Las cursivas son del autor). 9 M. Zambrano: El pensamiento vivo de Séneca, Cátedra, Madrid, 1992, p. 40.
70 José Barrientos Rastrojo Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 sujeto acaba como instrumento del propio tiempo, a saber, consideraciones sobre el tiempo cotidiano que le impiden ver que existen otras modalidades temporales. De esta forma, la conciencia es incapaz de especular sobre la existencia de un tiempo propio fura del propio tiempo. Así, en lugar de utilizar el tiempo para la propia creación, para ser más persona, el tiempo hace acopio del individuo en una sucesividad de acciones que lo alienan de sí mismo. En esta crisis existencial de abandono del sí mismo, el individuo se engaña con mentiras de índole diversa: cognitiva, sensible, espiritual,…Ni que decir tiene que hay tiempo, pero está vacío debido a que no pertenece al sujeto. El tiempo personal, condición de posibilidad de una ontología que pertenezca a la persona, no vertebra las acciones, puesto que la introspección es el requisito para hacer del tiempo algo propio. Ahora bien, y valga la repetición, «cuando las acciones nos muestran su esencial vacuidad y los placeres su dispersión, descubrimos el tiempo»10. Dentro de este paisaje, nuestra pensadora recala en una idea senequista: disponer de tiempo es disponer-se (poseer el sí mismo). La primera carta de las Cartas a Lucilio comienza de modo claro: «Obra así, querido Lucilio: reivindica para ti la posesión de ti mismo, y el tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba, recupéralo y consérvalo»11. Capturar el tiempo demanda la consciencia de sus modalidades y, habitualmente, el individuo no advierte su polidricidad. Cegado por el hacer del tiempo sucesivo, el cronológico, el del segundero del reloj, la trascendencia no aparece como posibilidad. Así, se tapona la visión holística del mismo. La conciencia de la muerte, de la finitud temporal, es una sabia herramienta para escapar de esta miopía intelectual. Cuando se advierte la angustiosa realidad del acabamiento de los días, manan en caudal preguntas sobre el sentido de la existencia y sobre todo el fundamento de los días pasados, es decir, sobre la ontología temporal. Esta experiencia espolea los escritos de madurez de Zambrano: Que nuestra vida es tiempo, es cosa que se advierte en ciertos momentos de madurez, cuando por una parte nos va quedando ya poco, y por otra, hemos tocado con alguna extremidad de nuestra alma, algo intemporal. Heráclito, quien acentúa como nadie el pensamiento griego, la melancolía del perpetuo pasar de las cosas, su fugitiva condición, acentúa también su unidad, la unidad más allá de ellas, aunque esta unidad no sea ideal, sino que se dé en alguna manera: fuego12 Esta revelación aguijonea dos actitudes: (1) la desesperación o (2) el interés por capturarse como sujeto y por comprometerse con el argumento particular, del que cada cual es el único protagonista y agente. Esta estampa cuadra oportunamente con la intención de escribir El tiempo en la vida humana cuando contaba con setenta y un años13. El proyecto nunca se materializó en un libro, sino que transitó en escritos como Los sueños y el tiempo, Claros del Bosque, Notas de un método o De la aurora. Si la filosofía responde al acto de «descifrar 10 Ibidem, p. 41. 11 L.A. Séneca: Cartas a Lucilio, Gredos, Madrid, 2001, pp. 3-4. 12 M. Zambrano: El pensamiento vivo…, p. 40. 13 «Con el libro que estoy al acabar, me sucede también que mi mente va a «Notas de un Método», a «Aurora», a «El tiempo en la vida humana»» (M. Zambrano: Cartas de la Pièce…, p. 198).
71 Caminar en/conocer la multiplicidad temporal desde el marco de la razón poética Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 el sentir originario», se requiere una modalidad específica oportuna (la atemporalidad de la persona) y evitar aquellas que lo impidan. A ello, dedicamos lo que sigue. 2. Modalidades temporales 2.1. Introducción Aunque varias obras zambranianas analizan nuestro tema de investigación, destacamos dos textos que singularizan de modo maestro la triple división formal de los tiempos: El sueño creador14 y el Manuscrito 46215. Sus contenidos serán usados como guía en lo que sigue y serán completados con otros documentos que tematizan y amplían cada modalidad temporal. 2.2. Intemporalidad psíquica o atemporalidad del tiempo inicial I. El contra-tiempo Modalidad inherente al sueño, al delirio, al poeta sumido en la creación desbordada o al enamorado fosilizado en una pasión desbocada. Se caracteriza por una ausencia del paso del tiempo, que se yergue como óbice para la recreación personal. El pensamiento se origina en un sujeto que abre mundo de forma autónoma. La atemporalidad, o mejor intemporalidad, del sueño no se caracteriza por la ausencia de pensamiento sino por la desaparición del carácter activo (agente) del individuo en su producción. Se advierte una «falta de tiempo disponible para detenerse, extrañarse, interrogarse, pensar: tiempo para el pensamiento y la libertad»16. El sueño rinde un sujeto detenido, ex-trañado, interrogado por lo que ve, y que sufre como una marioneta a la que se le ha 14 «I. Atemporalidad de la psique inicial mostrada en los sueños. Falta de tiempo disponible para detenerse, extrañarse, interrogarse, pensar: tiempo para el pensamiento y la libertad. II. Tiempo establecido (ganado) por la conciencia: presente, pasado, porvenir. Tiempo mensurable. III. Estados de lucidez: aparición de una unidad de sentido en que el tiempo sin desaparecer ha sido trascendido por esta unidad en que el principio está ya informado por el fin. Este último, en cuanto creación y pensamiento, es intransferible como los sueños» (M. Zambrano: El sueño creador, Turner, Madrid, España, 1986, p. 27). Una segunda formulación la encontramos un poco más adelante: «Así pues, la tesis esencial es la de la multiplicidad de los tiempos vitales. Pueden ser los tres planos señalados o más: el de la psique, el de la conciencia y el de la persona. Corresponden a ellos tres movimientos: el de la psique es la ambigüedad. La ambigüedad es signo de falta de tiempo, necesidad de despliegue temporal, tensión sin movimiento. El de la conciencia es movimiento de captar y de disociar, de atar y desatar, de abrir y cerrar, movimientos de intención. El de la persona es espiral, integrador, abierto indefinidamente pues, sin descentrarse» (M. Zambrano: El sueño creador…, p. 28). 15 «En cada tiempo, la realidad se ofrece en manera adecuada, diferente en cada uno I. En la atemporalidad del sueño como imagen real que desea el tiempo. II. El tiempo sucesivo está como supuesto. De ahí, la «creencia» en irrealidad. La ambigüedad de la realidad en este tiempo (vigilia). Carácter doble: evasiva e irruptiva (…) III. En el tiempo de la persona la realidad es acción. Y en sus productos se recupera la calidad del sueño junto con la realidad inapresable del tiempo sucesivo. Pues en el tiempo sucesivo la realidad es huidiza y la perseguimos. Es irruptiva y la oímos o nos defendemos de ella y la confinamos» (M. Zambrano: Manuscrito 462, p. 15). 16 M. Zambrano: El sueño creador…, p. 27.
72 José Barrientos Rastrojo Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 secuestrado la volición. El cuerpo de este títere abúlico permanece pasivamente recostado en una cama y, ni siquiera, los movimientos del periodo REM le pertenecen17. El tiempo, entendido como entidad privativa, no acontece. Los hechos quedan mezclados en una realidad pesada y densa sin diferenciación, esto es, no se distingue con claridad el pasado, el presente y el futuro. Los saltos temporales son frecuentes y bloquean un argumento análogo al de la vigilia. Contemplamos un mundo sin poros tal y como lo explica El sueño creador: El mundo del sueño es el mundo de Parménides. La psique en él es como el uno de Parménides, «sin poros» (…) Por eso en sueños todo es posible y real. Y la flecha llega a su blanco antes de haber partido o no llega nunca. Y Aquiles jamás alcanza a la tortuga. Las «aporías» de Zenón de Elea, enderezadas a probar la imposibilidad del movimiento –de que el movimiento no pertenece al ser– tiene su realización en el sueño; el sueño no tiene, como el Uno de Parménides, poros. Por eso en su interior todo es imposible o es ya, todo es o no es, absolutamente18 La apertura fenomenológica del sueño se funda en un acontecer que no respeta los aprioris kantianos. Siendo estas últimas condiciones de posibilidad del pensamiento, habría de inferirse la imposibilidad del acto reflexivo. Bajo las garras de Morfeo, los entes son pero no acontecen, no suceden, no se modifican o transforman. El paso de un ser a otro no cabe en esta concepción; si bien, son factibles una primera y una última etapa (lo mudable y lo mudado), el progreso en entre esos dos puntos no se da. A modo de mónadas cerradas, la realidad intemporal del sueño solo ofrece entes diferentes. Así, durante el sueño se quiebra, por ejemplo, la causalidad: un suceso no remite de forma lógica a otro sino que puede haber una incongruencia que sólo el despierto descubre (porque empieza a pensar). El delirio patológico responde a los mismos resortes. El delirio deriva de una esperanza frustrada19 y repite imaginariamente lo no acontecido. Como la vida no proporcionó un tiempo para que se operase, la mente del delirante regresa una y otra vez a un constructor delirante que apacigua la angustia de la ilusión insatisfecha. Al igual que en el sueño, la cura del delirio es una cuestión de tiempo: el delirante «desea el tiempo»20. Demos un paso más allá. Esencialmente, el obstáculo del durmiente y del delirante patológico consiste en un contra-tiempo, es decir, alojarse en un tiempo que es contrario a su propia esencia. Hemos destacados en estas coyunturas la ausencia de tiempo, pero el contra-tiempo no se centra tanto en la ausencia de tiempo sucesivo como en la ausencia de una progresión personal, si se quiere, la lapidación de la posibilidad de crear el argumento de cada vida. Para crearlo, no sólo hay que entrar en el tiempo personal, sino crearlo. Si el 17 En palabras de Zambrano: «en sueños aparece la vida del hombre en la privación del tiempo, como una etapa intermedia entre el no ser –el no haber nacido– y la vida en la conciencia, en el fluir temporal. En esta situación intermedia no se tiene tiempo todavía. Todavía porque el sujeto que la padece, sólo moviéndose en el tiempo alcanza su realidad, sólo entonces se apropia de la realidad que le circunda en la forma típicamente humana dada por el disponer de sí mismo. Bajo el sueño, bajo el tiempo, el hombre no dispone de sí. Por eso padece su propia realidad» (M. Zambrano: Los sueños y el tiempo, Siruela, Madrid, 1998, p. 15). 18 M. Zambrano: El sueño creador…, p. 18. 19 Cfr. M. Zambrano: Manuscrito 12, p. 1. 20 M. Zambrano: Manuscrito 462, p. 15.
73 Caminar en/conocer la multiplicidad temporal desde el marco de la razón poética Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 tiempo viene dado sólo hay que pedir permiso a aquel que lo edificó para cruzar su puerta de entrada. Caso distinto es entrar en el tiempo propio: como uno mismo es su constructor, sólo se puede traspasar a medida que se va construyendo, tal y como el barón de Münchausen se sacaba de la ciénaga tirando de los propios cabellos. ¿Cómo alcanzar esta actividad recursiva? Vayamos por partes. 2.3. Intemporalidad del tiempo inicial. El salterio sagrado y los despotismos Primero, hay que colmar una acción auténtica, que hiere la detención de la intemporalidad y aquí retomamos la línea anterior: hay que dar un tiempo y un espacio oportuno a lo que no pudo ser, provocar que «pase algo y que el tiempo transcurra nuevamente»21. La pretensión es «retirarse a un tiempo propio»22. Si el delirante o el durmiente quieren construirse su vida, su argumento temporal, han de apartarse de lo otro, de la alter-acción que les impide ser uno mismo. La primera consecuencia es una soledad coincidente con un diálogo: el yo consigo mismo, es decir, una posición de auto(ego)-nomía. De hecho, ésta actividad forja el nacimiento de la persona: El hombre en estas formas primarias de civilización no tenía tiempo propio (…); no existía, pues eso que hemos llamado «tiempo de la soledad». Este tiempo de la soledad es el que corresponde al hombre que se sabe y se siente individuo. Y en todas las épocas de nuestra historia occidental, lo primero que ha hecho el individualista extremo, el que se ha querido retirar de la sociedad, o el que vive en ella en rebeldía, es disponer de su tiempo. El que se retira del mundo por uno u otro motivo, el rebelde ante la sociedad, que se retira de ella, se retira a un tiempo propio, suyo23 En el tiempo inicial, se permanece adherido al mundo. La diferenciación sujeto-objeto no es una realidad, la pregunta por la esencia o la posibilidad del conocimiento es absurda y el individuo manifiesta una sordera ontológica ante la misma. El tiempo inicial se corresponde con el tiempo divino, donde la realidad está oculta y se «manifiesta saltuarimente»24, es decir, el paso de los años es ocupado por eventos sagrados que se repiten anualmente y que permiten la entrada en la atemporalidad. Concretando: lo subrayable en la vida de aquellos que vivían en este medio no es que un individuo tenga 21 «Más que nunca, ahora, se hace necesario un adentramiento lúcido en la locura y el crimen como sueños prolongados de la primera especie, es decir, en que se padece la falta de tiempo. La solución sería conseguir que pase algo, que el tiempo transcurra nuevamente» (M. Zambrano: El sueño creador…, p. 28). Cursivas de la autora. Nótese cómo es necesaria la separación de la totalidad para la entrada en el escenario del tiempo y del yo: «para que en la vigilia suceda algo análogo, que el instante anterior se convierta en pasado separado, es preciso que un acontecimiento extraordinario se produzca y, en ese caso, no es lo vivido en esa parte del día lo que se convierte en pasado sino, a veces, toda una época y aun toda una vida (…). Durante la ocultación del sueño el presente ha huido, ya no está, ¿se ha hecho pasado? Estaba ahí, estábamos en él; y ya es irrecuperable la convivencia en esa forma, la coetaneidad del sujeto con la realidad se ha ido lejos (M. Zambrano: Los sueños y el tiempo…, p. 45). 22 O, como también indica nuestra autora, «hay que desentrañar el tiempo» (M. Zambrano: Los bienaventurados, Siruela, Madrid, 2004, p. 102). 23 M. Zambrano: Persona y democracia…, pp. 29-30. 24 M. Zambrano: «Apuntes sobre la acción de la filosofía», La Torre, números 15-16, Puerto Rico, 1956, p. 562.
74 José Barrientos Rastrojo Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 quince, cuarenta o sesenta años, lo que rutila en su existencia es su vivencia de la Pascua, de la Natividad, de la celebración del equinoccio o la llegada de las lluvias. Que éstas sucedan en un año u otro no es relevante. Por tanto, la única categoría temporal es la de la intemporalidad y no la sucesividad. Los saltos, que actúan como las mónadas leibnicianas, y no el transcurso entre uno y otro. Ítem más, esta concepción no mantiene que exista una repetición de cada salto o acontecer sino que cada vez que se llega al mismo es idéntico al anterior, es decir, nuevo y diferente. No es casual que este tiempo se haya vinculado con lo divino. Dios no vive un tiempo infinito sino que acontece en una realidad atemporal. Su localización temporal no es incierta sino eterna. Esto explica categorías como la escatología cristiana. En ella, aparece un Reino de Dios que «ya está aquí, pero todavía no». Al ser atemporal, cada instante entra en contacto con una parte de ese Reino (ya está aquí) en una insuficiencia temporal (todavía no) que se acallará el día en que ya no haya tiempo. Tal es el instante: un tiempo en que el tiempo se ha anulado, en que se ha anulado su transcurrir, su paso y que por tanto no podemos medir sino externamente y cuando ha transcurrido ya por su ausencia. El instante no podría aparecer si no fuera la manifestación de la divino; algo que borra la inmediatez, cualquiera que ésta sea, y hace surgir en su vacío otra realidad distinta en cualidad. Realidad distinta que cualitativamente y más tarde, en las religiones ya decantadas, será tenida como la realidad verdadera, será aceptada como lo más verdadero, cuando la idea de verdad funcione en la mente humana25 Como señala este texto de Zambrano, lo que queda es la materialidad, la cualidad, el acto in-temporal y, por ende, eterno. Fruto de esta consideración se muestra la naturaleza del verbo usado por los hebreos judaizantes antiguos, verbo que hace patente la temporalidad de la divinidad. Si en el tiempo bíblico resplandece la cualidad, los hechos, sobre la sucesividad, carece de sentido las formas verbales que la determinan, es decir, el pasado y el futuro. Tal es la situación real: aunque las traducciones bíblicas incluyen el pasado y el futuro, el hebreo se mueve exclusivamente por modos verbales de intensidad. La traducción literal del verbo KaTaL no da como resultado las formas temporales «maté», «mato», «mataré» sino las intensivas «hago daño hasta la muerte inadvertidamente», «mato», «asesino». En síntesis, siguiendo el espíritu de la intemporalidad inicial, las formas verbales hebreas manifiesta exclusivamente modos cualitativos. Circunstancia análoga son los despotismos. Toda dictadura intenta quebrar la sucesividad temporal para afianzarse en el presente como único instante válido. Con ello, se legitima el momento actual, instante de irrefrenable ideologización de aquel que subvierte el tiempo: el poderoso. Respirar dentro de este entorno se hace tan asfixiante como en el delirio. El delirante actúa bajo el yugo de una mentira que le protege frente a sus miedos; quien padece una dictadura sólo es capaz de asumirla o arriesgarse a ser eliminado por ella. Apréciese la concomitancia entre la descripción de estos instantes con los anteriores en el siguiente fragmento. 25 Ibídem.
75 Caminar en/conocer la multiplicidad temporal desde el marco de la razón poética Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 Los despotismos de la culturas anteriores a la occidental –de raíz no humanista– tendían a anular el tiempo, mas en esa forma que corresponde a lo que sucede en los sueños. Es un no saber andar en el tiempo, un no saber qué hacer con él, un padecerlo simplemente, si es que esta situación puede ser simple26 Durante la época de tiranía, no se hace circular el tiempo. Se invalida el pasado y el futuro, se clausuran las condiciones de posibilidad de la racionalidad y de la crítica y se reinterpreta y falsea lo sido. De hecho, cuando el dictador se disculpa saturando las bibliotecas con libros de historia, el contenido siempre es reflejo de la ideología del presente. El ejemplo histórico transparente de este paradigma ha sido cuando en la modernidad la racionalidad lógico-argumental excluyó otras formas de ver el mundo. El racionalismo ha realizado la abstracción del tiempo. La unidad perseguida y aun más que perseguida, supuesta, estaba más allá del tiempo, sustraída a él. Y aún más, una vez descubiertas, las verdades racionales aparecían como perennes. Había sido así desde siempre y serían siempre así. La razón se inscribe en el siempre, la razón a solas27 2.4. Tiempo sucesivo I: rompiendo el extasío Recapitulando: la aparición del tiempo depende de la creación del sujeto a través de la reflexión. En términos latos, Quede así ligada la aparición del la realidad, el estar en la realidad a la aparición del tiempo sucesivo, del tiempo de la conciencia, con su pasado, presente y porvenir inmediato y un futuro abierto como último horizonte que se aproxima28 Chantal Maillard muestra, a partir de las aseveraciones de nuestra autora, dos prototipos humanos que representan las formas de enfrentamiento temporal a la realidad: «para el filósofo un tiempo sucesivo, para el poeta un tiempo simultáneo»29. El poeta es el perplejo30, es decir, aquel que queda deslumbrado por la selvática frondosidad del referente de su poema sin que la información de lo que observa sea significativa o penetre en su vida, síntoma de que la perplejidad le impide pensar. La idea que subyace en la comprensión de esta figura es la platónica del en-thusiasmado, es decir, el poeta es aquel que abotagado por la grandeza de lo que le rodea no consigue captar más información. Así, Dios y/o la realidad condena el yo a la desaparición convirtiéndose en un mero instrumento, un espejo que refleja una 26 M. Zambrano: «El absolutismo y la estructura sacrificial de la sociedad», Cuadernos del congreso por la libertad de la cultura, nº 43, París, 1960, p. 64. 27 Ibídem. 28 M. Zambrano: Manuscrito 33, p. 1. 29 Ch. Maillard: La creación por la metáfora. Introducción a la razón-poética, Anthropos, Barcelona, 1992, p. 40. 30 «Perplejo indica más bien sobrado de conocimiento. En toda perplejidad hay deslumbramiento; se está ante un conocimiento que deslumbra y no penetra» (M. Zambrano: Hacia un saber sobre el alma, Alianza, Madrid, 2004, p. 95).
82 José Barrientos Rastrojo Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 Si bien no hay «residuo físico», por así decir, queda la transformación que se opera en el sujeto. La evidencia disparada por la sinfonía o por la puesta en contacto con intimidades intuidas como verdades esenciales desbocan un cambio profundo en la persona. Brevemente, señalamos que la evidencia consiste en un insight en que la persona se apercibe de un conocimiento que guarece un contenido vital amplio y relevante aunque su contenido conceptual sea mínimo. Por ejemplo, una evidencia surge en aquella madre primeriza que, tras el parto, abraza a su hijo y afirma con seriedad «ahora sé lo que significar ser madre». Probablemente, el conocimiento teórico y sistemático de la categoría «ser madre» era una posesión previa, pero padecer esa experiencia le trae un nuevo saber experiencial que Zambrano denomina evidencia. El tiempo oportuno de la evidencia es el tiempo de la persona, puesto que es el tiempo del nacimiento y crecimiento constante del sí mismo61. A través de las evidencias, se acrecientan los horizontes de los sujetos y se superan los obstáculos que detentan el delirante o el niño. Resumiendo la escisión atemporalidad/intemporalidad, diremos que ambas conciertan en que se operan fuera del tiempo y se diferencian por su capacidad de promoción y desarrollo del espíritu humano. En este sentido, distínganse la dualidad en los dos recorridos del amor tipificados por los dos briosos caballos del Fedro platónico. También puede intuirse en la categorización entre las religiones fundamentalistas donde el sujeto es fin para el dogma (intemporalidad) y aquellas en la que el dogma manifiesta su poder a medida que fomenta el ascenso de la persona (atemporalidad). Ni que decir tiene que la obra zambraniana no siempre deja claro el encuadramiento; léase el siguiente parágrafo y piense el lector sobre su ubicación atemporal o intemporal antes de continuar con nuestra exposición. En el umbral del mismo vacío que crea la belleza, el ser terrestre, corporal y existente, se rinde; rinde su pretensión de ser por separado y aun la de ser él, él mismo; entrega sus sentidos que se hacen uno con el alma. Un suceso al que se le ha llamado contemplación y olvido de todo cuidado62 El olvido de todo apunta a la intemporalidad, pero el anhelo por «ser él, él mismo» y por «hacerse uno con el alma» deja al descubierto la auténtica naturaleza atemporal del posicionamiento. Al fin y al cabo, el silencio que «puede engendrar un «tiempo y un espacio propios» es sintomático de la atemporalidad63. El peligro de esta confusión es que vitalmente el punto de partida secuestre al sujeto convirtiéndose al mismo tiempo en punto de llegada. Esto es lo que sucede en algunos delirios. Para muestra, un botón en que se particulariza el riesgo. Una de las cartas que María Luisa Bautista, viuda de Lezama Lima, escribe a María Zambrano incide en esta posible fatalidad: suspender el tiempo porque el tiempo sucesivo no se soporta y la consecución de la autenticidad en la atemporalidad requiere superar obstáculos que exigen un importante padecimiento. 61 «Un tiempo que brota sin figura ni aviso, que no mide movimiento alguno no parece que haya venido a eso (…). Un tiempo que no alberga ningún suceso, ni se le nota que vaya a ser sucesivo, ni tampoco a seguir ni a detenerse. Un tiempo solo, naciente en su pureza fragante como un ser que nunca se convertirá en objeto; divino (…). Algo inasible, soplo, respiro» (M. Zambrano: Claros del bosque…, p. 30). 62 M. Zambrano: Claros del bosque…, p. 53. 63 M. Zambrano: De la aurora, Tabla Rasa, Madrid, 2004, p. 43.
83 Caminar en/conocer la multiplicidad temporal desde el marco de la razón poética Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 Quería prolongar el eco de su última bella carta, y por eso he demorado en hacerle mi respuesta. Ante todo lo que nos es grato, acostumbramos, como los japoneses, a cerrar los ojos, a suspender el tiempo, para precisar la imagen gozosa. Si a sus recuerdos de su infancia en Málaga, se une los del primer día de su llegada a La Habana, donde tuve la alegría de conocerla, todos nos sentimos en buena dicha, en recuerdo disfrutado por adelantado, casi en su magia de adelantarse a la formación de ese recuerdo64 2. Conclusiones: entre atemporalidad e intemporalidad Ha de haber muchos caminos. Ha de haber varios para cada persona, pues que varios son los tiempos; y no me refiero solamente a las circunstancias, sino al modo de vivir el tiempo y al modo de sufrirlo65 Los albores de este trabajo aseveraban que aprender a caminar en el tiempo exige conocer el cromatismo de un instante. Insertarnos en uno o en otro no determina qué será el individuo sino algo más relevante: cómo será aquello que será. Así, la modalidad temporal no prefigura una profesión, la elección de una carrera o el tipo de indumentaria que vestiremos cada mañana; pero sí configura la forma en que tomaremos estas decisiones, a saber, el hecho de que hayamos decidido ser nosotros o dejarnos hacer y, por ende, determina si a lo largo de la vida hemos perdido el tiempo o, si queremos, nos hemos perdido (en) el tiempo disponible. Tanto Séneca como Zambrano lo advertían: «El tiempo se nos pierde por no saber usarlo, por dejarnos llevar por él, o bien olvidarnos de que existe y de que su existir es… pasar quedándose»66. Conocer el tiempo no es un ejercicio que finaliza en la comprensión sino que es el puerto de salida para una acción profunda con consecuencias decisivas en la vida. Pensar, filosofar si se quiere, forja el tiempo. Como indica Manuel Cruz, «a los presuntos detentadores del monopolio gnoseológico habría que decirles que hay un trabajo académico posible que no se identifica con una estéril erudición ni, muchísimo menos, con un alicorto utilitarismo»67. Marramao recuerda que hacer tiempo por medio de la filosofía implica quedar en una tensión esencial operante que denomina metaxy, esto es, «algo intermedio entre sabiduría e ignorancia (ti metaxý sophias kai amathias), entre mortal e inmortal (metaxý thnetoú kay athanatou), entre el humano no-saber y la sophía divina»68. En síntesis, y regresando a la ontología temporal zambraniana, se debe evitar toda salida sucesiva falaz, indicio de una ceguera en que el ser humano queda comprometido. Por el contrario, y como referimos en los primeros compases de este trabajo: 64 AA.VV.: José Lezama Lima-María Zambrano- María Luisa Bautista…, p. 122. Las cursivas son nuestras. 65 M. Zambrano: Las palabras del regreso…, p. 15. 66 M. Zambrano: Persona y democracia…, p. 152. 67 M. Cruz: La tarea del pensar, Tusquets, Barcelona, 2004, pág. 182. Añadiríamos con Zambrano que «pensar es algo que se hace «in articulo mortis» (M. Zambrano: «Apuntes sobre la acción de la filosofía»…, p. 560). 68 G. Marramao: Kairós..., pág. 78.
84 José Barrientos Rastrojo Daímon. Revista Internacional de Filosofía, nº 56, 2012 Si esa barrera es el tiempo, entonces no hay que saltarla; hay que hacer que se ensanche, que se empequeñezca, hay que tratar al tiempo como a un ser69 De ello, depende no sólo el argumento temporal de la vida, sino el sentido (a)temporal de la existencia, pues «la persona humana respira en el tiempo [sucesivo] y se alimenta de la verdad [atemporal]» 70 69 M. Zambrano: Las palabras del regreso…, pp. 66-67. 70 M. Zambrano: Persona y democracia…, p. 167.