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Discurso de contestación a D. Rafael Valencia Rodríguez

Manzano Martos, Rafael

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Señores Académicos: Hacía mucho tiempo que deseaba ver incorporado a nuestro instituto al más importante arabista, tanto por historiador como por filólogo y estudioso de la literatura islámica, con que cuenta la Universidad Hispalense, el profesor Rafael Valencia, que nacido en Berlanga, en ese alfoz espiritual sevillano que es la Baja Extremadura, recaló para siempre en esta orilla eterna del Gran Río. Su elección, como nos ha recordado, ha venido a coincidir con el segundo centenario, en 2009, del nacimiento en nuestra ciudad de Don Pascual de Gayangos, padre del arabismo español, en el que se concatenan sucesivamente las figuras gloriosas de sus discípulos, Don Francisco Codera y Zaidín, Don Julián Ribera, y Don Miguel Asín Palacios que, en su Escatología musulmana en la Divina Comedia, nos legó la obra cumbre y más polémica de aquella escuela, que en ella supo construir un monumento sin rival de la Ciencia Española. Don Miguel tuvo dos grandes discípulos que he tenido la suerte de compartir como maestros, Don Emilio García Gómez, y su sobrino y prohijado Jaime Oliver Asín. Don Emilio fue gloria de esta casa donde con ocasión de su recepción como Académico de Honor, nos ilustró con un discurso, desgraciadamente inédito, y lamentablemente perdido, en el que nos tradujo a verso castellano, en endecasílabos sin mediScuRSo de conteStaciÓn a D. RAFAEL VALENCIA RODRÍGUEZ Por RAFAEL MANZANO MARTOS noscabo científico de su traslado, algunos poemas del “Divan” de al-Mutamid, aun en contra de sus más viejas convicciones, cuando llamaba “elegantes pastiches literarios” a las traducciones versificadas de Don Juan Valera. El otro, su sobrino Jaime Oliver Asín, fue para mí un maestro irrepetible, en aquel conventículo de arabistas, como los llamaba García Gómez, de la Costanilla de San Vicente de Madrid. En aquella Escuela de Estudios Árabes, los modestos despachos, que contenían en sus anaqueles de roble las bibliotecas de Codera y de Ribera, se asomaban a un patio romántico y decadente. La muerte inesperada, en trágico accidente, de mi maestro Don Leopoldo Torres Balbás, con el que frecuentaba la casa, me dejó triste y desconcertado. Pero Jaime Oliver, que era director, en los días en que el “visir poeta” García Gómez representaba a España ante la “Sublime Puerta”, me acogió con singular cariño, y me confió, la elaboración de los inmediatos números de la “Crónica Arqueológica de la España Musulmana”, entretejiéndolos con textos aún inéditos del maestro a más de aportaciones personales y de otros colaboradores. Los sábados por la tarde a partir de las seis, era la gran tertulia sobre los temas de investigación más candentes. Jaime Oliver fue mi gran maestro en Toponímia y Geografía Histórica. Vivía en un piso superior de la misma casa, que albergaba la gran biblioteca de su tío, don Miguel Asín, y su mesa de billar, centro de ordenación y clasificación de la misma. Desgraciadamente su obra colosal, que continúa su hija, permanece aun inédita. Todavía después de mi traslado a Sevilla, pude gozar de su compañía en algún congreso en países árabes, especialmente en el Symposium de Testour en Túnez en el que ambos fuimos los participantes españoles junto al inolvidable embajador Alfonso de la Serna. La secretaria de la Escuela lo era Soledad Gibert, que ostentaba el hermosísimo nombre de Soledad por devoción de su padre, ingeniero de ferrocarriles llegado a nuestras tierras, hacia nuestra Dolorosa de San Lorenzo. Era, como decía Don Emilio, la “encantadora señorita” que todo lo llenaba con su presencia, y que deseábamos todos emparejar con Fernando de la Granja, el joven y brillante discípulo de García Gómez que trabajaba en su tesis sobre un recetario de cocina arábigo-español. Pero pronto RAFAEL MANZANO MARTOS64 aparecería por la Escuela un nuevo becario, Joaquín Vallvé, que acabaría casándose con ella. Ambos, tras brillantes oposiciones, fueron profesores en Barcelona de nuestro nuevo académico, que tuvo la singular fortuna de pertenecer a un curso de siete alumnos en el que fueron desertando uno a uno, hasta quedar como alumno único de Soledad en su clase de Literatura Árabe. Yo tuve suerte parecida, porque solía acompañarla a pie hasta su casa de Atocha, próxima a la mía, y pude vivir de cerca su entrañable amistad y sabiduría y estudiar con ella la mezquitilla de Velefique en Almería, patria del gran maestro y polígrafo árabe Abu-l-Barakat al-Balafiqi, maestro de Ibn Játima de Almería, objeto de su tesis. El cuadro de aquel lugar irrepetible, lo completaba Don Elías Terés Sádaba, navarro enamorado del flamenco, al que acompañé en varios viajes al Jerez de mi juventud, que en aquellos días era santuario del cante jondo, y donde el arabista se transfiguraba. Solo me queda evocar la figura modesta del viejo conserje, Pepe, cuyo apellido no recuerdo, pero que era natural de Beteta, y que es la única persona que en mi juventud me trataba de usted, me ayudaba a ponerme el abrigo, y me decía con voz tenue al hacerlo: “Don Rafael, hágame Vd. buen ambiente…”. Luego, las obligaciones contraídas en el estudio de Fernando Chueca, que conciliaba con mis estudios de arquitectura, me obligaron a abandonar aquel mágico lugar que, sin embargo, marcó mi vida y, si nunca llegué a ser arabista, ha sido grande mi devoción por los estudios islámicos, he trabajado en la historia de su arquitectura, y he contribuido a conformar una brillante sección de arqueología islámica en la Escuela de Estudios Árabes de Granada, tal vez con el deseo de invalidar aquella frase de Don Emilio, que gustaba decir que “ya se había terminado en este país la Escuela de traductores de Toledo”, con el sentido de que quien quisiera dedicarse al estudio del Islam, debiera empezar por aprender árabe y utilizar en directo sus fuentes. Y yo pienso que, dada la profunda especialización filológica que ello supone, hoy, en el mundo global que vivimos, tenemos mucho que esperar de la colaboración entre los arqueólogos e historiadores con los filólogos y traductores. Por eso estamos aquí acompañando en este día solemne a nuestro nuevo académico, máximo estudioso del Islam entre nodiScuRSo de conteStaciÓn 65 sotros, y que viene a cubrir un vacío en esta Academia que tiene entre sus fines la profundización en el dominio y conocimiento de nuestra lengua, y en la que creo deberíamos contar siempre al menos con un helenista, un latinista, y un arabista, que puedan siempre explicarnos las raíces y fundamentos del riquísimo vocabulario de nuestra lengua. Rafael Valencia, es profesor de la Universidad Hispalense desde 1985, donde imparte cursos sobre Historia de Al-Andalus, Historia del Islam y Literatura Andalusí. Viajero de vocación, inició en ella sus estudios, primero de Ingeniería, y luego de Letras y, tras un breve paso por la Complutense, se licenció en 1976 en Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, en cuyas aulas se especializó en Lengua y Literatura árabes, como ya hemos visto con la profesora Soledad Gibert y su esposo Joaquín Vallvé, y con la profesora Eugenia Gálvez, discípula de García Gómez. No ha querido omitir el magisterio de Juan Vernet, patriarca de los estudios sobre la Ciencia en el Islam Español, discípulo a su vez de José Maria Millás Vallicrosa, iniciador del arabismo en Barcelona, también numismático, y al que alcancé a conocer en tertulia con mi maestro Torres Balbás en la biblioteca del Instituto de Valencia de Don Juan. A finales de 1977, nuestro nuevo académico se trasladó a Bagdad en cuya universidad fue profesor hasta 1980. En aquellos años dirigió el Instituto Hispano-Árabe de Cultura de la capital Iraquí, hoy integrado en el Instituto Cervantes, y fue agregado cultural de nuestra embajada. Precisamente en aquellos días trabajaba yo por aquellas tierras, con Fernando Chueca en el proyecto de un Gran Hotel, de raíces andalusíes, en Mosul, proyecto que se frustró por la guerra entre Irán e Irak, que a nuestro recipiendario le tocó vivir en directo. Aquí le vemos iniciándose en algo que parece que es una constante en el moderno arabismo, en la Diplomacia, misión fundamentalísima en el equilibrio del mundo actual. Quizá si los servicios de Información de los Estados Unidos hubiesen dispuesto de buenos arabistas, se hubieran conocidos a tiempo los proyectados atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, y tal vez se hubiesen evitado las Guerras con Irak. Creo que en estos momentos, para el equilibrio entre los bloques, es básico el profundo conocimiento del espíri- RAFAEL MANZANO MARTOS66 tu del Islam, tanto en lo que coincide, como en lo que lo separa de Occidente. En 1986 obtuvo el Doctorado en la Universidad Complutense con una tesis sobre el “medio físico y humano de la Sevilla” árabe, y el de investigación “Ciudad de Sevilla” del mismo año por un trabajo sobre el urbanismo islámico de la ciudad. Años después, coordinaba los temas hispanomusulmanes de nuestra historia tanto en la “Gran Enciclopedia de Andalucía” (Málaga 2004) como en la “Enciclopedia General de Sevilla” (Málaga 2009). Cuenta con más de un centenar de publicaciones sobre la Sevilla árabe, historia de al-Andalus, Relaciones Euro- Árabes, Islam de Fronteras, Islam actual de la Península Ibérica y Golfo Pérsico. Entre las publicaciones sobre la Sevilla árabe destacan „La cora de Sevilla en el Tarsí al-ajbar de Ahmad b. Umar al- Udri”, Andalucía Islámica. Textos y Estudios, Granada, IV-V (1986); que recoge parte de su trabajo de memoria de Licenciatura; Sevilla musulmana hasta la caída del Califato: contribución a su estudio, Madrid 1988, la publicación de su tesis doctoral, obra muy citada en la bibliografía posterior que se ha ocupado del tema; “El urbanismo de la Sevilla árabe”, en Premios de Investigación Ciudad de Sevilla, Sevilla 1988; “Islamic Seville, its Political, Social and Cultural History”, en The Legacy of Muslim Spain, Leiden 1992 y 1994;” La arquitectura de la Sevilla almohade”, en la edición de mi discípulo Alfonso Jiménez: Arquitectura andalusí en Andalucía. Documentos para el siglo XXI, Sevilla 1995; “La mujer y el espacio público de las ciudades andalusíes”, en Mª Isabel Calero y Rosa Francia (eds.): Saber y vivir: mujer, Antigüedad y Medievo, Málaga 1996; “El espacio público de la Sevilla árabe: la ciudad como escenario”, Stylistica 5 (1997-98); “La Sevilla almohade: el espacio humano”, en M. González (Ed): Sevilla 1248 Actas del Congreso Internacional Conmemorativo del 750 Aniversario de la Conquista de la Ciudad de Sevilla por Fernando III, Rey de Castilla y León, Madrid 2000; “Los Banu-z-Zubaydi de Sevilla”, Anaquel de Estudios Árabes 12 (2001); “La formación de al-Andalus”, Encuentro nº 392 (Diciembre 2004); “La pervivencia de Isidoro de Sevilla en al-Andalus”, en San Isidoro. Doctor Hispaniae, Sevilla 2002, diScuRSo de conteStaciÓn 67 donde analiza la huella que la Hispalis o Spali tardorromana deja en la ciudad árabe, siguiendo una idea, repetida en toda su obra, de que la cultura de al-Andalus, en todas sus formas, es heredera de la tradición oriental y de la de la Bética visigoda, y que, a partir del siglo XIII, proyecta su luz sobre la ciudad al incorporarse a la Corona de Castilla. Formó parte del Comisariado de las actividades que conmemoraron el Centenario del gran historiador de origen sevillano, Ibn Jaldún, en el 2006. Entre ellas coordinó un volumen sobre Sevilla en el siglo XIV, en el que se traza la imagen de la capital que albergó la corte de Pedro I de Castilla. Al mismo autor, Ibn Jaldún, una de las referencias continuas de Rafael Valencia al ocuparse de la cultura de al-Andalus, dedicó una antología de la famosa Muqaddima o “introducción a la historia” (Biblioteca de la Cultura Andaluza nº 44), Sevilla 1985. Lo mismo que se ha ocupado de los textos acerca de Sevilla y los autores que vivieron en la Alta Edad Media, desde las crónicas, a los poetas que poblaron el siglo XI. No puede negar el magisterio de Soledad Gibert, en la apreciación de la literatura andalusí. A ella ha dedicado incluso una antología de la Poesía erótica andalusí, Sevilla 1990, dentro de la colección editada por la Editorial El Carro de la Nieve. Acabamos de oír su poético discurso sobre el “aire de Sevilla”, y los refranes con que sus gentes, apostillaban una vieja sabiduría popular. Ya hemos oído el protagonismo que Emilio García Gómez, nuestro último “visir poeta”, daba al “aire de Sevilla”, y que fue común a todos los poetas que vivieron Sevilla en su generación, desde Joaquín Romero Murube, pasando por Cernuda y por foráneos como Federico García Lorca. En esto coincidieron todos con la lírica islámica de la Ciudad, en esa sutil complacencia por esa densa humedad atmosférica de nuestra tierra, que sostiene, -núcleos de condensación, dicen los científicos,- los gránulos de polen, trasminando su aroma. En estos días después de tan largo y angustiado invierno los sevillanos nos sumimos en la vivencia profunda del azahar de esos naranjos que los agricultores árabes trajeron de la lejana China. Y en esa honda delectación surge la poesía. A veces también, en la lejanía, en la nostalgia del rocío de Sevilla o de su Aljarafe. Es el llanto RAFAEL MANZANO MARTOS68 de al-Mutamid desde Agmat, anhelando a la patria perdida, o a los hijos muertos. “Oh nubes, mis ojos son más grandes que vosotras, porque lloran la tristeza, vosotras no”. O evocando aquellos palacios sevillanos con sus qubbas y jardines: “Llora al Mubarak en recuerdo de Ibn Abbad Llora en recuerdo de sus gacelas y leones Llora Tarayya-¡que no se oscurezcan tus estrellas!. Con el rocío de la tarde y de la mañana. Llora al Wahid, llora al Zahí, con su cúpula”. Respecto a los refranes, los de Ibn Hixam al-Lajmi, el gran recopilador, en su Libro sobre el habla popular, nos da cuenta, entre otros, del dolor de la tan habitual traición académica: “Le enseñé a disparar el arco cada día, y, cuando aprendió, me disparó”. Rafael Valencia ha sido maestro también en la ciencia, para mí querida, de la toponímia. Siempre me ha gustado recordar en mis clases que el nombre de Sevilla, a pesar de que no conserve ni una sola letra coincidente con su primitivo topónimo prerromano, Hispalis, ha mantenido a lo largo de la historia la voz primitiva, alterada, no por sustitución, sino por pura evolución filológica. Es frecuente leer en las historias de Sevilla que los árabes llamaron a la antigua Hispalis, Yxbilia. Sin embargo el nuevo nombre es una directa derivación del antiguo. Si cambiamos la p, por su labial más próxima del alfabeto islámico, la b, sustituimos la fonética de la a por la i, en virtud de la “imela”, y le añadimos el sufijo femenino “iyya”, la palabra queda mutada en Isbiliyya, y por contracción Yxbilia. Las dos primeras operaciones son cambios fonéticos elementales, pero la adición del sufijo final es un aporte oriental que ha estudiado en profundidad nuestro recipiendario en su artículo “La pervivencia de la diScuRSo de conteStaciÓn 69 ta marbuta por construcción en idafa en la toponimia medieval sevillana de origen árabe “(Philología Hispalenses 1987) y que feminiza el nombre de las ciudades más añoradas e importantes. ¿Cabe mayor poética que la de desear y llamar a la ciudad como a una amante?. “Sevilla es una desposada, el Aljarafe su corona, su ceñidor río, su novio Ibn Abbad” (al-Mutamid). El Ysbiliyya islámico daría por transposición de sus dos primeras letras el Sivillia o Sevilla cristiano tardomedieval, y hasta el “Sevilliya” que decían los flamencos. Junto a la gran capital andalusí del imperio almohade que fue Sevilla en el siglo XII, surgió una ciudadela, un hisn, fuertemente defendido, Qalat Yabir. Se preguntaba Don Miguel de Asín en su “Contribución a la toponímia árabe de España” , sobre el significado del nombre Yabir o Chabir. ¿Nombre propio?. Pero en cualquier diccionario podemos leer, sin mas, el significado de la palabra, Yabir , la harina de la flor del trigo. El pan. El pan candeal de la harina fina. El pan se fabricaba allí en el único punto inmediato a la ciudad situado sobre el curso medio-alto de un río, dotado de energía hidráulica suficiente para mover molinos, batanes y otras industrias básicas como la del papel, y tener agua con presión suficiente para llegar a la capital a través de la reconstrucción almohade del viejo acueducto romano. Aquella impresionante ciudadela guardaba nada menos que el pan y el agua de Sevilla, y su nombre árabe sigue vivo, el mismo, ahora en pura traducción castellana “Alcalá del Pan Candeal, Alcalá de los Panaderos”. Señores académicos. Os agradezco personalísimamente que me hayáis honrado al encomendarme contestar el brillante discurso de ingreso del nuevo académico. Creo que en lo que va dicho he manifestado indirectamente que le llamamos para compartir con él, en cordial amistad, el fecundo diálogo que queda aquí insinuado. Y tu, querido Rafael, sé bienvenido a esta casa que, estoy seguro, se enriquecerá por muchos años con tu presencia, tu amistad y tus nuevas aportaciones al arabismo español. Muchas gracias. RAFAEL MANZANO MARTOS70