scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Dos visiones del "quijote" (Unamuno versus Cervantes)

Romero Luque, Manuel

Full text

DOS VISIONES DEL QUIJOTE (UNAMUNO VERSUS CERVANTES) Manuel Romero Luque Universidad de Sevilla De todos es sabido que El Quijote no sólo ha dado pie a infinidad de estudios filológicos, críticos o lingüísticos, e incluso a otros de las más diversas disciplinas (botánica, medicina o gastronomía), sino que ha servido también de base para la creación literaria. Así, escritores españoles y extranjeros de diversas épocas, y hasta nuestros días, han tenido en la genial obra cervantina una constante fuente de inspiración para el desarrollo de sus propios trabajos. Pero es, sin duda, en los primeros años del siglo XX cuando un grupo importante de escritores van a volver los ojos a la figura literaria de Alonso Quijano y su entorno: Rubén Darío, Azorín, Maeztu, Unamuno y Ortega y Gasset serán los principales en el ámbito hispánico1. Dos serán las razones fundamentales que potencien este hecho: el Desastre del 98 y el reconocimiento progresivo del valor simbólico que el hidalgo protagonista había venido alcanzando desde el romanticismo. Ambos factores van a unirse, aunque de diverso modo, en cada uno de los escritores nombrados. Por un lado, conviene recordar que el año 1898 no significa sólo la pérdida de las últimas colonias, el punto final de la larga sangría de vidas, esfuerzos y dineros que supuso la guerra de Cuba o el reconocimiento, con el Tratado de París, de la pérdida de toda influencia española; sino también, y esto será lo más grave, el absoluto desánimo que invade a los españoles y los paraliza. A unos, porque temían el desenlace y lamentaron no haber sido escuchados en sus protestas previas; a otros, porque despiertan de un letargo inducido por la tradición, y por muchos de los políticos del momento, para pasar a vivir en la más amarga pesadilla. Ante este panorama político y social, entra en liza el segundo de los factores: el valor simbólico del hidalgo manchego. Éste, progresivamente, había dejado de ser visto como un personaje disparatado, aunque lleno de buenas intenciones, que sólo provocaba la risa del lector, para convertirse en un arquetipo del héroe que lucha por su ideal y contra el que nada pueden las circunstancias por adversas que sean. Si España y los españoles necesitaban una catarsis que los sacara de su estado de postración extrema, la figura cervantina será la elegida para abanderar el proyecto que instigan con su pluma los escritores más arriba mencionados, entre otros. El modelo cuadra a la perfección con la visión de la historia que se ofrece ante los ojos de aquellos ciudadanos de principios del XX. Se pretende reforzar la idea de la capacidad impulsora de un país que, reconociendo su 1 Recuérdense, entre otros, la “Letanía a Nuestro Señor Don Quijote” o el “Soneto a Cervantes” de Rubén Darío, incluidos en sus Cantos de vida y esperanza (1905); La ruta de Don Quijote (1905) escrita por Azorín o sus innumerables artículos recopilados en dos tomos: Con Cervantes (1947) y Con permiso de los cervantistas (1948); de Ramiro de Maeztu, y precediendo a su Don Quijote, Don Juan y la Celestina (1926), no deben olvidarse sus artículos “El libro de los viejos”(1901), publicado en La Correspondencia de España, y “Ante las fiestas del Quijote” (1903) en Alma española; y, por último, dejando al margen por ahora la figura de Unamuno, las Meditaciones del Quijote (1914) de José Ortega y Gasset. I.S.S.N. 1132-0265 PHILOLOGIA HISPALENSIS 19 (2005) 143-158 144 Manuel Romero Luque historia, se atreva a labrarse un futuro al margen de las glorias pasadas. En consecuencia, se le quiere hacer saber que no debe importar la caída, si se tienen fuerzas para levantarse, y que, como El Caballero de la Triste Figura, tras los pasos desventurados hay que erguirse cuantas veces haga falta. Sólo deja huella la derrota cuando falta la fe. Tal vez, por este motivo, se prefirió al viejo y escuálido manchego frente a otros personajes de nuestra historia y nuestra literatura que también salieron entonces a la palestra, como, por ejemplo, El Cid; pues éste recibe un solo golpe, aunque todo lo duro que se quiera, en su dilatado discurrir aventurero2. De este modo, si el antes y el después del destierro para el soldado de Vivar son la gloria y el triunfo, en la vida del hidalgo de mediano pasar que nos pinta Cervantes hay muchas batallas y casi ninguna victoria que ofrecer y, sin embargo, mantiene, pese a esa implacable adversidad que le persigue, una constancia de ideales que apenas conoce el desaliento. Por ello, cuando se sitúan frente a él los demás personajes de la novela, sólo pueden mostrar, aun antes que la risa, su asombro por la perplejidad que les causa esa débil figura que no rehúsa ninguna ocasión para el combate. Este es, brevemente esbozado, el planteamiento general de la época para autores y lectores cuando, en 1905, sale a la luz la obra de don Miguel de Unamuno Vida de Don Quijote y Sancho. No obstante, una cuestión preliminar, referida a dicho año de publicación, debe ser tenida en cuenta, pues, de otro modo, podría pensarse que la obra de Unamuno estuvo motivada por la intención de conmemorar el tercer centenario del texto original de Cervantes, y nada más lejos de alguien tan enemigo de fastos y celebraciones oficiales. Él mismo acusó recibo de esta circunstancia, tal vez por haber llegado a sus oídos alguna imputación directa o velada de oportunismo literario, negando de forma inconcusa en las primeras palabras del prólogo a su segunda edición que ésta pudiera ser considerada una “obra de centenario”3. Más revelador puede ser, en este sentido, la simple revisión del índice de sus Obras completas donde se comprueba esa profunda preocupación que la obra de Cervantes y su principal protagonista alcanzan dentro de su extensa producción bibliográfica. En un periodo cronológico que abarca desde 1895 hasta 1932 pueden encontrarse más de una veintena de ensayos breves dedicados a estos motivos4; de tal manera que es esta continua insistencia por examinar los más íntimos recovecos de la obra cervantina, durante casi cuarenta años, el testimonio más incuestionable de la larga preocupación del rector salmantino, hasta el punto de convertirse en una obsesión personal que antecede y sobrepasa con creces la data conmemorativa5. 2 Cfr. Alberto Navarro, “El Cid y Don Quijote” en El Quijote español del siglo XVII, Madrid, Rialp, 1964, pp. 322-405. 3 Cfr. Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Alianza, 1987, p. 19. En adelante, las citas se harán siempre por esta edición, indicándose entre paréntesis la página correspondiente a la misma. Las referencias en nota, sin reproducción textual, aparecerán con las siglas VDQS, seguidas del número de página. 4 De ese amplio conjunto, citaremos algunos fundamentales: “¡Muera Don Quijote!” (1898), “El sepulcro de Don Quijote” (1906), “Don Quijote y Bolívar” (1907), “La traza cervantesca” (1917), “En un lugar de La Mancha…” (1932). Cfr. Miguel de Unamuno, Obras completas, introducción, bibliografía y notas de Manuel García Blanco, Madrid, Escelicer, 1966-1970, 8 vols. (Véase, especialmente, el tomo VII: Meditaciones y ensayos espirituales, pp. 1191- 1256). 5 Existen indicios del interés de don Miguel por escribir una obra como la publicada en 1905 desde el año 1899, si bien la redacción definitiva tiene lugar en dos fases: el verano de 1904, en el que desarrolla el plan general de la obra, y las vacaciones navideñas de dicho año, en las que amplía lo anterior, añadiendo numerosas citas y Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 145 Por otra parte, su autor se manifestó en múltiples ocasiones afirmando que la novela original no había sido entendida satisfactoriamente ni por la crítica, ni por el propio Cervantes; afirmación ésta que es, sin duda, sorprendente para quienes se enfrentan por primera vez con el ensayo unamuniano. Así, de un lado, su postura contra el cervantismo se inserta dentro de una línea más amplia, que aflora en muchos de sus escritos, contra una erudición estéril que convierte la obra literaria en monumento arqueológico, preocupada por la filiación historicista de aspectos nimios que distraen al amante de la literatura de la comprensión de la obra que es objeto de estudio y hace de la palabra viva letra muerta. De otro, el rector salmantino se opone tanto a aquéllos que deifican a Cervantes, como a los que se contentan con afirmar que el escritor alcalaíno no pasó de ser un ingenio lego, cuya obra apenas fue el fruto afortunado de un autor mediocre que acertó a plasmar unos personajes sin igual6. Unamuno, siguiendo esta última senda, da un paso más y coloca a Cervantes por debajo de sus criaturas, le achaca endeblez de ingenio, le atribuye el papel de mero copista del relato7, incapaz de comprender a sus protagonistas8 y, en el extremo, en una de sus logradas paradojas, hace de él un personaje de ficción9. En definitiva, a don Miguel de Unamuno no le preocupan ni Cervantes ni los cervantistas, a ninguno de ellos dedica su atención10. Su interés se centra sólo en los dos personajes principales; de este modo, su obra es, exclusivamente, un conjunto de comentarios personales sugeridos por una lectura atenta de la novela original. extendiéndose en el comentario de determinados pasajes, sobre todo con referencias a la realidad contemporánea. Para la génesis de la obra unamuniana y su publicación, véase Manuel García Blanco, “Introducción” al tomo III: Nuevos ensayos en Obras completas, cit., pp. 7-15. Sobre el autógrafo, conservado en la Casa Museo de Unamuno en Salamanca, véase Alberto Navarro, “Introducción” a Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Madrid, Cátedra, 1988, pp. 120-123. 6 Véase Alberto Navarro, “Introducción”, cit., pp. 17-68. 7 VDQS, p. 284. 8 Al comentar la aventura de los galeotes, apostilla Unamuno: “Mi fe en Don Quijote me enseña que tal fue su íntimo sentimiento, y si no nos lo revela Cervantes, es porque no estaba capacitado para penetrar en él. No por haber sido su evangelista hemos de suponer fuera quien más adentró en su espíritu. Baste que nos haya conservado el relato de su vida y hazañas” (p. 96). 9 VDQS, p. 284-285. 10 Don Miguel insistirá en esta idea en múltiples ocasiones. Así, en la conclusión a Del sentimiento trágico de la vida, titulada “Don Quijote en la tragicomedia europea contemporánea”, escribe refiriéndose a la obra que estudiamos: “Escribí aquel libro para repensar el Quijote contra cervantistas y eruditos, para hacer obra de vida de lo que era y sigue siendo para los más letra muerta. ¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que allí yo descubro, pusiéralo o no Cervantes, lo que yo allí pongo y sobrepongo y sotopongo, y lo que ponemos allí todos” (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, introducción de Pedro Cerezo-Galán, Barcelona, Óptima, 1997, p. 304). 146 Manuel Romero Luque Ahí radica la peculiaridad y el éxito del ensayo unamuniano. Bien pronto, los lectores supieron reconocer que no se trataba de una obra crítica sino de una texto literario que, partiendo, a su vez, de otra obra literaria, elevaba su vuelo con ritmo propio. La fuerte intertextualidad que se establece entre la Vida de Don Quijote y Sancho y El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha permite al lector ir trazando puentes entre ambas orillas, desde los cuales puede observar paisajes diferentes de un mismo lugar, aquél por el que discurre el río de la vida del enjuto caballero y su confidente. Al igual que Cervantes hiciera trescientos años antes, don Miguel nos va mostrando, ya en el siglo XX, nuevas facetas de estos dos personajes según su particular visión, según su teoría vivencial y literaria. Ese aliento vivificador que insufla de nuevo a los protagonistas los hace aparecer como criaturas coetáneas del lector. No son, pues, espectros arrancados de sus tumbas, — contra los que ya Cervantes intentó precaverse al final de su Segunda Parte—, son seres al natural que permiten la observación detallada de sus acciones y la introspección minuciosa a la que Unamuno los somete. El escritor bilbaíno es, por tanto, señor de su obra, como Cervantes lo fue de su novela. Estos aspectos quedaron recogidos en las palabras liminares a la segunda edición (1913): “Esta obra es de las mías la que hasta hoy11 ha alcanzado más favor del público que me lee […]. Y me complazco en creer que a esta mayor fortuna de esta entre mis otras obras habrá contribuido el que es una libre y personal exégesis del Quijote, en que el autor no pretende descubrir el sentido que Cervantes le diere, sino el que le da él, ni es tampoco un erudito estudio histórico. No creo deber repetir que me siento más quijotista que cervantista y que pretendo libertar al Quijote del mismo Cervantes, permitiéndome alguna vez hasta discrepar de la manera como Cervantes entendió y trató a sus dos héroes, sobre todo a Sancho. Sancho se le imponía a Cervantes, a pesar suyo. Es que creo que los personajes de ficción tienen dentro de la mente del autor que los finge una vida propia, con cierta autonomía, y obedecen a una íntima lógica de que no es del todo consciente ni dicho autor mismo” (p. 20). Obsérvese cómo Unamuno hace hincapié en la figura del escudero que, en su obra, no es un elemento complementario del hidalgo, sino su primer discípulo y, finalmente, el continuador de su espíritu. De modo que ambos protagonistas van a ser modelados por su autor con una misma idea básica, la de que la voluntad representa la manifestación suprema de la realidad y, bajo su dominio, se sitúan todos los demás aspectos de la personalidad del individuo: conocimiento, sentimientos y dirección en la vida. Unamuno, apoyándose en Schopenhauer, hará de este voluntarismo una de sus preocupaciones esenciales y lo llevará a su máximo desarrollo en Del sentimiento trágico de la vida12. Don Miguel, sin embargo, preferirá aplicar a esta teoría la denominación de quijotismo por ser el héroe cervantino quien mejor la encarna. Pero esta calificación, al contrario de cuando la emplean la mayor parte de los críticos, no es en don Miguel un marbete que se refiera a un simple estado de locura más o menos transitoria y contagiosa (recuérdese aquí, más allá del tan citado caso 11 El prólogo está fechado en enero de 1913 y, por entonces, don Miguel —a sus cuarenta y ocho años de edad— contaba ya con una dilatada bibliografía en la que, aparte sus numerosos artículos en prensa, destacan los siguientes trabajos: Paz en la guerra (1897), Amor y pedagogía (1902), En torno al casticismo (1902), Mi religión (1907), Poesías (1907), La esfinge (1909), Recuerdos de niñez y mocedad (1910), Rosario de sonetos líricos (1911), Contra esto y aquello (1912), Del sentimiento trágico de la vida (1911-1912, por entregas). 12 Esta obra, cuyo título completo reza Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, fue publicada en formato de libro en 1913, aunque apareció primero en doce entregas en la revista La España moderna, desde diciembre de 1911 hasta el mismo mes del siguiente año (así se ha hecho constar en la nota anterior). Cfr. Pedro Cerezo-Galán “Introducción” a Miguel de Unamuno, Del sentimiento…, cit., p. 9. Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 147 de Sancho, el de todos los personajes que en la venta llegan a las manos por la disputa sobre el baciyelmo o el de la dueña Doña Rodríguez cuando pide al caballero que solucione el entuerto que afecta a su hija). Por otra parte, Unamuno sabe entroncar esta defensa a ultranza de la voluntad con otra de sus más claras influencias la del existencialismo propugnado por Kierkegaard. Este controvertido filósofo y teólogo danés criticó el énfasis de Hegel en la razón y defendió el poder de los sentimientos en el individuo, a la vez que una aproximación subjetiva a los problemas de la vida. El individuo es capaz, según la teoría de Kierkegaard, de crear su propia naturaleza mediante la capacidad de elección de la que está dotado, una elección individual y no sometida, por tanto, a normas objetivas ni universales. El rector de Salamanca defiende a su lado que los problemas fundamentales de la existencia humana desafían una explicación puramente racional y objetiva; de manera que la mayor verdad es siempre de carácter subjetivo. “No es la inteligencia, sino la voluntad, la que nos hace el mundo, —dirá Unamuno— y al viejo aforismo escolático de nihil volitum quin praecognitum, nada se quiere antes de conocido, hay que corregirlo con un nihil cognitum, quin praevolitum, nada se conoce sin haberlo antes querido. […] Todo es verdad, en cuanto alimenta generosos anhelos y pare obras fecundas; todo es mentira mientras ahogue los impulsos nobles y aborte monstruos estériles. Por sus frutos conoceréis a los hombres y a las cosas. Toda creencia que lleve a obras de vida es creencia de verdad, y lo es de mentira la que lleva a obras de muerte. La vida es el criterio de verdad, y no la concordia lógica, que lo es sólo de la razón. Si mi fe me lleva a crear o a aumentar mi vida, ¿para qué queréis más prueba de mi fe? Cuando la matemáticas matan, son mentira las matemáticas” (pp. 115-116). Ese individuo preconizado que es capaz de eximirse de cualquier tipo de convencionalismo tiene que adoptar una posición fideísta extrema que lo instala en un sentimiento de angustia permanente por el temor a la nada. Así se comprende mejor el Quijote que nos presenta a lo largo de su ensayo don Miguel: un personaje que decide su posición en el mundo y que, frente a barberos, bachilleres, clérigos y familia, se atreve a pronunciar su rotundo “yo sé quién soy” en el capítulo V de la Primera Parte. Esta frase es, sin lugar a dudas, la piedra angular sobre la que se fundamenta la actitud del héroe en la obra cervantina13; y Unamuno, siempre atento a su labor profética de revelar a sus semejantes la comprensión del protagonista, le dedica una especial atención en su comentario: “Puede el héroe decir: “yo sé quién soy”, y en esto estriba su fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene por qué temer a nadie, sino a Dios, que le hizo ser quien es; y su desgracia, porque sólo él sabe, aquí en la tierra, quién es él, y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco” (p. 48). Pero no basta con decir esa frase y dejarla sonando en el aire como si de una pose más o menos afectada se tratara. Pronunciarla es una profesión de fe, de fe en Dios y de fe en el hombre; en el hombre que quiere de veras serlo. La verdadera naturaleza humana es, para Unamuno, fruto de la voluntad. No se nace hombre, más allá del aspecto aparencial, se hace uno hombre y este hacerse es siempre ir en pos de un desiderátum que lo liga a la idea de 13 Cfr. Manuel Romero Luque, “Libertad y locura en El Quijote”, en Esteban Torre (ed.): Medicina y Literatura V, Sevilla, Padilla Libros, 2006. 148 Manuel Romero Luque Dios. Las palabras de don Miguel son meridianas en este sentido, y las dirige directamente al lector, a ese lector que, cuando oye la tremenda declaración quijotesca, manifestación pura y desnuda del ser del personaje, se atreve a reírse de él y a calificarlo de arrogante, presuntuoso o loco: “Te equivocas tú, el que dice eso; Don Quijote discurría con la voluntad, y al decir “¡yo sé quién soy!”, no dijo sino “¡yo sé quién quiero ser!”. Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea de Dios, Conciencia del Universo: es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y el espacio” (p. 49). La risa que provocan en el espectador las aventuras del héroe es, para Unamuno, no sólo testimonio de la incomprensión que Don Quijote despierta en cuantos conocen sus hechos, sino manifestación palmaria de la ignorancia de éstos con respecto a su auténtico destino. El personaje cervantino se convierte en el alter ego del rector de Salamanca, sus ideales se igualan a los del hidalgo, la defensa de aquél en reivindicación de sus propios postulados filosóficos y vitales. Frente a las acusaciones que él mismo recibió de la sociedad de su época: ególatra, heterodoxo, rebelde..., el actuar del caballero le sirve de escudo y, de ahí, la reivindicación de sus palabras y de sus actuaciones a los largo de toda la obra. Podría decirse que, con la defensa de Don Quijote, Unamuno se protege a sí mismo de aquellos conciudadanos que, afectando no entenderle, lo acusan constantemente de paradójico. En definitiva, esa posición radical de autoafirmación del yo es algo que sólo pertenece a quien con ahínco lucha por su ser frente a toda adversidad: “Sólo el héroe puede decir “¡yo sé quién soy!”, porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben, y los demás hombres apenas saben ni quién son ellos mismos, porque no quieren de veras ser nada, ni menos saben quién es el héroe” (p. 50). Si Don Quijote cumple en el ensayo de Unamuno la función que se acaba de exponer, la figura de Sancho adquiere también connotaciones precisas, no reflejadas hasta entonces por ningún exégeta de la obra original. Ni siquiera el propio Cervantes, a juicio del escritor bilbaíno, supo acertar a descubrir la esencia del personaje fruto de su creación. No debe extrañar este presupuesto, repetidamente manifestado por Unamuno en diversos lugares, pues, en su personal visión creadora, “los personajes de ficción tienen dentro de la mente del autor que los finge una vida propia, con cierta autonomía, y obedecen a una íntima lógica de que no es del todo consciente ni dicho autor mismo” 14. Por ello, corrige a Cervantes cuando, en la misma presentación de Sancho, decía de él que tenía “muy poca sal en la mollera”, indicando que esa afirmación es gratuita y que, no sólo la desmiente su actuación en la novela, sino que aporta, además, un argumento de tipo ético, pues “en rigor no cabe hombría de bien, verdadera hombría de bien, —dirá Unamuno— no habiendo sal en la mollera, visto que en realidad ningún majadero es bueno” (p. 51). Sancho, conviene repetirlo, no es ningún tonto. Tiene, normalmente, buen juicio; a veces, y esto lo nota muy bien don Miguel, peca por exceso y, entonces, sí puede disentir de 14 Del prólogo a la segunda edición en 1913 (VDQS, p. 20). También en las palabras preliminares a la tercera edición (1930), volverá a insistir de nuevo: “[…] Don Quijote y Sancho son —no es sólo que lo fueron— tan independientes de la ficción poética de Cervantes como lo es de la mía aquel Augusto Pérez de mi novela Niebla” (p. 22). Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 149 su amo o enfrentarse abiertamente a él. Pero, en cualquier caso, aquel calificativo debe ser reservado a otros: los duques, por ejemplo. Estos antipáticos personajes gastan tanto tiempo y esfuerzo en fabricar burlas a los protagonistas que el propio narrador cervantino afirma que “tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los Duques a dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de los tontos” 15, pero el rector salmantino, mucho menos condescendiente aún, no se para en barras y corrige de nuevo, con cierta brusquedad, al autor primigenio: “Alto aquí, que ni a Don Quijote ni a Sancho puede llamárseles tontos y sí a los Duques, que lo eran, y de remate y capirote, y tontos, como todos los tontos suelen serlo, maliciosos y bellacos. No hay, en efecto, tonto bueno; el tonto, y más si es amigo de burlas, rumia el pasto amargo de la envidia” (p. 264)16. Sancho es, para el ensayista comentador, el complemento necesario del caballero; pero no tanto con la intención de dar cabida en la obra a un elemento que se le oponga con sus actuaciones, sino para construir un sujeto con el que pueda dialogar en voz alta, ofreciéndonos, de primera mano, sus pensamientos más íntimos o la justificación de su modo de proceder, sin necesidad de que el lector los conozca ya digeridos previamente por la figura del narrador omnisciente. Don Quijote se explica a sí mismo a través de sus parlamentos con Sancho y en Sancho escucha, antes que en ningún otro, la voz de toda la humanidad17. El lector avisado tal vez quiera recordar aquí que fue el deseo de medrar el que arrastró al labriego a salir de su patria, pero, incluso admitiéndolo, habría ya que reconocer en Sancho un asomo de idealismo. De lo contrario, cómo aspirar al gobierno de una ínsula. Por ello, Unamuno señala este rasgo desde el principio de su comentario: “De la parte de Sancho empecemos a admirar su fe, la fe que por el camino de creer sin haber visto le lleva a la inmortalidad de la fama, antes ni aun soñada por él siquiera y al esplendor de su vida” (p. 52). De este modo, si en Sancho hay codicia y sed de oro, no hay menos ansia de fama y de gloria, —como se pondrá de manifiesto cada vez más acusadamente en la segunda parte de la obra—, y será, finalmente, este anhelo de inmortalidad el que acabará uniendo a ambos personajes. Es fácil, pues, observar cómo Unamuno se centra por completo en lo que podríamos denominar el trasfondo vivencial de estas dos figuras. Así, si Cide Hamete Benengeli cuenta la historia de ellos, el rector salmantino la analiza desde el interior de los personajes. El primero refiere lo que hacen, el segundo sabe por qué lo hacen. El escritor arábigo se interesa por la verdad histórica, Unamuno por su intrahistoria. Siguiendo este camino, se acaba por llegar a otra de las tesis más interesantes y provocadoras de don Miguel: su afirmación de que Don Quijote y Sancho han tenido una 15 Cap. LXIX de la Segunda Parte. 16 Unamuno se atreve a ir más allá y a ofrecernos una razón de la actitud aviesa de estos innobles personajes ducales: “En el fondo no perdonaban los Duques a Don Quijote el renombre por este adquirido y aspiraban a unir su nombre al nombre inmortal del Caballero. Pero bien los castigó el sabio historiador pasando en silencio sus nombres, con lo cual no lograron su propósito. En “los Duques” a secas se quedarán, y como cifra y compendio de Duques sandios y malintencionados” (p. 264). 17 “Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz alta sin rebozo, para oírse a sí mismo y para oír el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fue su coro, la humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda” (pp. 51-52). 150 Manuel Romero Luque existencia real e histórica. Escojamos un solo pasaje bien definitorio al respecto, el comentario que hace a las palabras del cura cuando, en la venta, opone las mentiras que en los libros de caballerías se atribuyen a sus protagonistas frente a la historia verdadera de algunos guerreros famosos: “Vuestra merced debe saber por sus estudios lo de operari sequitur esse, el obrar se sigue al ser, y yo le añado que sólo existe lo que obra y existir es obrar, y si Don Quijote obra, en cuantos le conocen, obras de vida, es Don Quijote mucho más histórico y real que tantos hombres, puros nombres que andan por esas crónicas que vos, señor Licenciado, tenéis por verdaderas. Sólo existe lo que obra” (p. 118)18. Unamuno, en un rasgo muy propio del ensayo, llega a prometer a sus lectores escribir un nuevo libro dedicado expresamente a probar la existencia real de ambos personajes, en el que sacará a la palestra razones y autoridades que lo abonen; pero, en cualquier caso, no aceptar su proposición supondría negar también —añade con un claro deje de ironía— otras muchas cosas generalmente aceptadas por la sociedad de su tiempo, con lo cual, concluye, “vendríamos a zapar y a socavar el orden en que se asienta hoy nuestra sociedad, orden que, como es sabido, es hoy el criterio supremo de la verdad de toda doctrina” (p. 119). Ahora puede comprenderse mejor el significado que alcanza el título de la obra unamuniana, Vida de Don Quijote y Sancho. Un título, pues, que no es sólo un rótulo sino una auténtica declaración de intenciones. El sustantivo vida muestra aquí el significado de la primera de las acepciones que el diccionario de la Academia otorga al término, esto es, ‘fuerza o actividad interna sustancial, mediante la que obra el ser que la posee’. Al aplicar esta significación básica, que recoge los conceptos ampliamente repetidos por don Miguel en su ensayo (ser, obrar, fuerza motora íntima), don Miguel muestra, una vez más, su capacidad como maestro del lenguaje en su prurito de exactitud. Ha desestimado otras posibilidades desde el título primigenio que aparece al frente del borrador manuscrito que se conserva en su Casa Museo de Salamanca: Las vidas de Don Quijote y Sancho según Miguel de Cervantes Saavedra, explicadas y comentadas por Miguel de Unamuno19. El rector salmantino, como puede observarse, ha procedido por decantación. De ahí que donde se hacía constar un largo encabezamiento, más propio de un libro erudito, se eliminen, de un lado, la segunda parte del mencionado título provisorio y, de otro, se realce el valor generalizador en el sustantivo que sirve de eje a dicho título. Con respecto a lo primero, Unamuno siempre desdeñó la erudición, y más aún el cervantismo al uso, que hacía, en su opinión, de la genial producción cervantina un mero monumento. “La letra mata” solía decir y escribir con frecuencia el rector de Salamanca, porque a él no le interesaba más la literatura que la propia existencia del ser humano con su componente esencial de eternidad. Razón también por la cual se ponía furioso cuando alguien lo calificaba de “hombre de letras”, siguiendo el dictamen francés a la moda. 18 Valiéndose de una de sus geniales paradojas, continuará este planteamiento del siguiente tenor: “Ese investigar si un sujeto existió o no existió proviene de que nos empeñamos en cerrar los ojos al misterio del tiempo. Lo que fue y ya no es, no es más que lo que no es, pero será algún día; el pasado no existe más que el porvenir ni obra más que él sobre el presente. ¿Qué diríamos de un caminante empeñado en negar el camino que le resta por recorrer, y no teniendo por verdadero y cierto sino el recorrido ya? Y ¿quién os dice que los sujetos cuya existencia real negáis no han de existir un día, y, por tanto, existen ya en la eternidad, y hasta que no hay nada concebido, lo cual en la eternidad no sea real y efectivo?” (p. 118). 19 Véase la reproducción fotográfica que figura en la edición de Alberto Navarro, p. 132. Dos visiones del Quijote (Unamuno versus Cervantes) 151 Unamuno viene a subrayar con su atinada corrección que su interés se centra, frente a Cervantes, en la vida auténtica que desbordan aquellos personajes que, a su juicio, sobrepasaban ampliamente a su creador, quien nunca llegaría a conocerlos en su más íntima esencia, reduciendo el papel del alcalaíno al de mero historiador que deja noticia de unos hechos que ha conocido. Tampoco quiere que el término explicadas que aparece en el mencionado borrador se malinterprete por parte del lector y le atribuya a su creación personal un sentido académico próximo a su quehacer docente universitario, de manera que se confundiera su ensayo con un tratado al uso. Respecto de la segunda modificación sufrida hasta llegar al marbete definitivo del libro, la supresión del artículo y el paso del sustantivo a su forma definitiva en singular, obedece también a ese amor radical por los protagonistas de la obra cervantina y al carácter de existencia real que les atribuye. El sustantivo obtiene así su mayor grado de potencialidad, evitando cualquier delimitación del nombre, todo valor deíctico. El término vida marca la progresiva separación entre los acontecimientos que se narran en el original cervantino y el valor espiritual que dicho término alcanza en la producción unamuniana. Por otra parte, la misma singularización del vocablo parece unir más aún a Don Quijote y a Sancho en su discurrir existencial, no ya como si ambos fueran las dos caras de una misma moneda, sino, mejor incluso, como un auténtico tejido cuya trama y urdimbre son difíciles de distinguir a simple vista en el paño que sale del telar. Don Quijote y Sancho son, nadie lo duda, personajes distintos; no se trata de esos personajes geminados y planos de otro tipo de relatos que siempre van juntos, de manera que lo que uno dice o hace resulta fácilmente intercambiable con lo de su pareja. Cada uno mantiene su propia identidad, pero, y aquí radica la fuerza medular que los desarrolla, cada uno se nutre de la palabra y de las acciones del otro20. Sancho está tentado en ocasiones a abandonar a su amo y Don Quijote, por su parte, desea verse libre de su locuaz escudero; pero, cuando el primero se ve rechazado por el caballero, no puede sino llorar amargamente y pide ser perdonado y readmitido, y, cuando el segundo no tiene a mano a su escudero, lo lamenta profundamente hasta sentirse perdido. La fe de ambos se sostiene recíprocamente, porque Sancho es también representante de la fe, de la fe en su señor y de la fe que duda —única fe posible para Unamuno—. También en este aspecto cabe plantear una importante diferencia entre Cervantes y Unamuno. Don Quijote, al inicio de la novela original, es un personaje caracterizado por una fe diamantina que, sin embargo, conforme avanza la segunda parte, se irá debilitando y el protagonista estará obligado a hacer concesiones cada vez mayores al poder de los encantadores o al propio Sancho. Por el contrario, en la obra unamuniana, el hidalgo manchego se muestra cada vez más enfebrecido por su inmarcesible ideal. Incluso en su derrota caballeresca, le hará idear ese futuro Quijotiz con una proyección que está ausente en el texto cervantino y de la que participará, finalmente, el mismo Sancho, cuando estando aquél en su lecho de muerte ya no vea sino por los ojos de su señor. Por ello, el rector de Salamanca, más exaltado conforme se acerca el final de su ensayo, comentará acerca de esta proposición última: 20 Para Ricardo Gullón: “Situar a Sancho en el título de la novela (sic) implicaba ya una toma de posición autorial beneficiosa para el escudero y en nada reductora para el caballero. Según progresa el texto irá declarándose la correlación de los actantes, su complementariedad y el movimiento que siendo inverso, les acercará tan visiblemente a lo llamado por Unamuno quijotización se Sancho y sanchificación de Don Quijote” (“Introducción”, VDQS, p. VIII-IX).