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Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone. Historia de un eclipse

Iwasaki Cauti, Fernando

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Alberto González Troyano ción mantiene también abierta la necesidad de una corte, pero esta vez ha cambiado el protagonista, el rey de los ruedos se ha quitado el traje de luces y ha escogido el papel modesto del que quiere aprender cómo va el mundo. 38 39 Revista de Estudios Taurinos N.º 51, Sevilla, 2022, págs. 39-59 IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS Y FELIPE SASSONE HISTORIA DE UN ECLIPSE Fernando Iwasaki* Por lo que a la profesión de torero se refiere, más vale el hijo pobre del lidiador sin fortuna, que sigue su huella, que los hijos del torero adinerado, enviados por su padre a Londres o Nueva York, de donde pudieran volver olvidados del rico y sonoro español en que gracias a Dios rompieron a hablar, a burlarse de la madre gitana y del padre flamenco, incapaces de ceñirse unos zahones, y sí de vestir los calzones blancos del futbolista, desdeñando la jaca andaluza y el airoso cordobés, para ir, jinetes del poney de polo, tocado con un capacete de corcho, el corcho de la sesera sin seso y llena de pedantería. Felipe Sassone, Casta de toreros (1934) a figura de Ignacio Sánchez Mejías siempre ha llamado mi atención1, pues no responde al estereotipo del matador andaluz proveniente de los márgenes sociales, urbanos y económicos. Por otro lado, tampoco fue un torero constreñido a la esfera taurina, sino que escribió novelas, estrenó obras teatrales, fue mecenas de poetas, impartió conferencias universitarias, presidió un club de fútbol e incursionó en el periodismo y la publicidad. Sin embargo, a medida que fui profundizando en su obra, lecturas, amistades y vocaciones, la dimensión de Ignacio Sánchez Mejías adquirió unas proporciones que merecen algo más que una crónica de aliño. Por * Universidad Loyola Andalucía. 1El primer latido de estas líneas fue una nota que escribí para El País Semanal: “Escritor, mecenas, matador y presidente del Betis” (Madrid, 21-04- 2019). L 40 Fernando Iwasaki 40 lo tanto, con idea de ir sentando las bases de un estudio más ambicioso, deseo recrearme en la amistad que el diestro entabló con el peruano Felipe Sassone (1884-1959), un escritor, dramaturgo y crítico taurino, que fue muy popular en España durante la primera mitad del siglo XX. Felipe Sassone también fue un personaje poliédrico desde la cuna, pues nació en Lima como hijo de napolitano y sevillana. Siendo niño cultivó la afición por la ópera, la escritura y los toros, llegando a colmar sus tres vocaciones en Europa, ya que fue tenor en Italia, debutó como novillero sin picadores en Barcelona y se consagró como dramaturgo, novelista, conferenciante, crítico taurino, actor de cine y locutor de radio en Madrid2. Desconocido en el Perú y olvidado en España, la figura de Sassone merecería un rescate en el que llevo empeñado desde hace años3, y es así que estas líneas me permiten establecer una conexión entre dos creadores polifacéticos, atraídos y distanciados por su indesmayable curiosidad4. Al parecer, la amistad personal entre Sassone y Sánchez Mejías nació en 1921, cuando el matador sevillano asistió a una conferencia del dramaturgo peruano en el teatro Colón de México. Sassone estaba mosqueado porque la prensa mexicana sólo le hablaba del Perú, sin prestarle atención a España. Por lo tanto, en un genuino gesto de provocador y aguafiestas de su propia fiesta, Sassone decidió comenzar su charla gritando “¡Viva España!”: «Yo había pensado en un recibimiento, si no del todo hostil, por lo menos frío, y salía dispuesto a defenderme, en busca de 2Felipe Sassone (1958). 3Ver Iwasaki (1995: 40-48); (1996: 119-139), y (2012: 401-410). 4Existen numerosos trabajos acerca de la amistad de Ignacio Sánchez Mejías con los poetas de la Generación del 27, como Lorca, Bergamín, Alberti o Romero Murube, pero no existen investigaciones que documenten su amistad con escritores hispanoamericanos, como el uruguayo Carlos Reyles. Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse lucha, y el no encontrarla me irritó. Sin agradecer el aplauso, sin saber en el fondo qué decir ni lo que decía, lancé en son de reto un grito estentóreo: – ¡Viva España! Al público debió de parecerle, como era natural, una incongruencia intempestiva, y quedó silencioso, pero inquieto y extraño. Insistí, insolentes la voz, el aire y el ademán: – ¡Viva España! ¿Nadie me contesta? –y como, en efecto, nadie me contestaba, me dispuse, fingiendo serenidad, pero ya fuera de mí, a explicar lo inexplicable de mi actitud–: Yo no tengo ni fama ni méritos para merecer esta ovación, y como supongo que ella va dirigida al escritor peruano, que tal soy, hispanoamericano y hermano vuestro –la ovación estalló de nuevo, y cuando cesó proseguí–, me creo en el deber de manifestar que, como escritor soy español, pues que en España me hice, y quiero que sepan todos a qué juego jugamos y con quién se gastan el dinero, porque me repugna medrar a la sombra de un americanismo que, en este caso, no cuenta, y por eso, por amor y gratitud a la Madre Patria, empiezo mi actuación con este saludo: ¡Viva España! Inmediatamente, un hombre joven y bien vestido, puesto en pie en un palco platea respondió: Sí, hombre, sí. ¡Viva España y… viva Méjico! Era el famoso torero sevillano Ignacio Sánchez Mejías que, sin traicionar sus sentimientos ni perder su dignidad, acudía, a la vez enérgico y conciliador, a hacerme el quite. Todos los espectadores del patio de butacas se volvieron a él aplaudiendo»5. A Sánchez Mejías –que había llegado a México buscándole las cosquillas a Rodolfo Gaona y a los partidarios del torero mexicano– debió impresionarle la valentía del dramaturgo, pues la cumplimentó brindándole el segundo toro de una corri- 41 5Sassone (1958:451). 40 Fernando Iwasaki 40 lo tanto, con idea de ir sentando las bases de un estudio más ambicioso, deseo recrearme en la amistad que el diestro entabló con el peruano Felipe Sassone (1884-1959), un escritor, dramaturgo y crítico taurino, que fue muy popular en España durante la primera mitad del siglo XX. Felipe Sassone también fue un personaje poliédrico desde la cuna, pues nació en Lima como hijo de napolitano y sevillana. Siendo niño cultivó la afición por la ópera, la escritura y los toros, llegando a colmar sus tres vocaciones en Europa, ya que fue tenor en Italia, debutó como novillero sin picadores en Barcelona y se consagró como dramaturgo, novelista, conferenciante, crítico taurino, actor de cine y locutor de radio en Madrid2. Desconocido en el Perú y olvidado en España, la figura de Sassone merecería un rescate en el que llevo empeñado desde hace años3, y es así que estas líneas me permiten establecer una conexión entre dos creadores polifacéticos, atraídos y distanciados por su indesmayable curiosidad4. Al parecer, la amistad personal entre Sassone y Sánchez Mejías nació en 1921, cuando el matador sevillano asistió a una conferencia del dramaturgo peruano en el teatro Colón de México. Sassone estaba mosqueado porque la prensa mexicana sólo le hablaba del Perú, sin prestarle atención a España. Por lo tanto, en un genuino gesto de provocador y aguafiestas de su propia fiesta, Sassone decidió comenzar su charla gritando “¡Viva España!”: «Yo había pensado en un recibimiento, si no del todo hostil, por lo menos frío, y salía dispuesto a defenderme, en busca de 2Felipe Sassone (1958). 3Ver Iwasaki (1995: 40-48); (1996: 119-139), y (2012: 401-410). 4Existen numerosos trabajos acerca de la amistad de Ignacio Sánchez Mejías con los poetas de la Generación del 27, como Lorca, Bergamín, Alberti o Romero Murube, pero no existen investigaciones que documenten su amistad con escritores hispanoamericanos, como el uruguayo Carlos Reyles. 41 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse lucha, y el no encontrarla me irritó. Sin agradecer el aplauso, sin saber en el fondo qué decir ni lo que decía, lancé en son de reto un grito estentóreo: – ¡Viva España! Al público debió de parecerle, como era natural, una incongruencia intempestiva, y quedó silencioso, pero inquieto y extraño. Insistí, insolentes la voz, el aire y el ademán: – ¡Viva España! ¿Nadie me contesta? –y como, en efecto, nadie me contestaba, me dispuse, fingiendo serenidad, pero ya fuera de mí, a explicar lo inexplicable de mi actitud–: Yo no tengo ni fama ni méritos para merecer esta ovación, y como supongo que ella va dirigida al escritor peruano, que tal soy, hispanoamericano y hermano vuestro –la ovación estalló de nuevo, y cuando cesó proseguí–, me creo en el deber de manifestar que, como escritor soy español, pues que en España me hice, y quiero que sepan todos a qué juego jugamos y con quién se gastan el dinero, porque me repugna medrar a la sombra de un americanismo que, en este caso, no cuenta, y por eso, por amor y gratitud a la Madre Patria, empiezo mi actuación con este saludo: ¡Viva España! Inmediatamente, un hombre joven y bien vestido, puesto en pie en un palco platea respondió: Sí, hombre, sí. ¡Viva España y… viva Méjico! Era el famoso torero sevillano Ignacio Sánchez Mejías que, sin traicionar sus sentimientos ni perder su dignidad, acudía, a la vez enérgico y conciliador, a hacerme el quite. Todos los espectadores del patio de butacas se volvieron a él aplaudiendo»5. A Sánchez Mejías –que había llegado a México buscándole las cosquillas a Rodolfo Gaona y a los partidarios del torero mexicano– debió impresionarle la valentía del dramaturgo, pues la cumplimentó brindándole el segundo toro de una corri- 41 5Sassone (1958:451). 41 42 Fernando Iwasaki da donde compartía cartel con Juan Belmonte y el matador local Juan Silveti Mañón. En sus memorias, Sassone recordó compungido cómo “nadie aplaudió el brindis”, pero se consoló evocando la entrañable amistad que lo unió desde aquel día con el matador sevillano, con quien compartió tardes de tertulia, festejos y capeas, por cafés, plazas y haciendas de México: «…me refugié todas las tardes en la casa del amigo que me había hecho el primer quite: he vuelto a nombrar a Ignacio Sánchez Mejías. A su lado, y en las plazas de toros, donde él competía con el mejicano Rodolfo Gaona, y medraba, y aun triunfaba no pocas veces a costa de su sangre –tres cornadas en una sola temporada–, se fue enardeciendo en mí un apasionamiento español que ya no razonaba […] La temporada teatral proseguía por inercia, y yo vivía como abstraído en el ejercicio hecho de disputas y entusiasmos de la afición taurina, que en el fondo cautivaba también el espíritu combativo y rebelde de Ignacio Sánchez Mejías. Tuvo éste un paréntesis de descanso y se fue al campo y me llevó con él a las haciendas de Atenco y Cuernavaca, donde pasamos un par de semanas acogidos a la hospitalidad, a la antigua española, de los propietarios que, además de algunas labores agrícolas, se dedicaban principalmente a la cría de reses bravas. Allí vivía feliz, alejado de la ciudad, y me pasaba las tardes toreando becerras con mi amigo, en un ambiente que era casi del todo español por imposición de la técnica y del lenguaje taurómaco, y fraternizando muy a gusto con los vaqueros y los trabajadores del campo»6. Aquel provocador «¡Viva España!» de Sassone, en el mero México post revolucionario, me trae a la memoria el famoso brin- 42 6Op. cit., pág. 455. No obstante, en Casta de toreros Felipe Sassone (1934: 45) fue más minucioso en sus recuerdos de aquellos días en el campo mexicano: «Allí, en Atenco, toreé algunas becerras. Ignacio me decía que lo hacía bien; pero muy despegado. Una tarde se desmandó una vaca brava y llegó hasta la vía del tren. No había forma de reintegrarla a los corrales, y yo cogí un capote y me la llevé, Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse 43 dis de Sánchez Mejías a la Virgen del Rocío —“la verdadera”— en la mera Feria del Pilar de Zaragoza, porque ambos —dramaturgo y matador— podían haber suscrito el telegrama del mozo de espadas Antonio Conde al crítico taurino Gregorio Corrochano: «Ya exponemos hasta en los brindis»7; pero lo importante es que en México trabaron una amistad que no sólo se fortaleció en los momentos agradables, sino a través de los percances taurinos que el propio Sánchez Mejías sufrió en diversas plazas mexicanas, como bien consignó Felipe Sassone en una crónica que escribió para ABC cuando el diestro regresó a los ruedos, pues ambos viajaron juntos en tren de Madrid hacia Alicante: «La tarde iba cayendo lentamente, y el tren parecía marchar hacia la cárdena sombra del crepúsculo, y un tramonto sentimental, hecho de añoranzas y de nostalgias, inundaba también de sombras mi conciencia, y así recordaba toda una época de aventuras por tierras de Méjico con el famoso torero, y las tardes en que él peleó como artista y español, y aquéllas en que yo mismo, a viva fuerza, le saqué ensangrentado de las plazas ante una multitud que rugía a la vez de entusiasmo y de rencor, de admiración y de odio. Iba yo pensando en la locura de mi amigo, que en la exacta madurez de su vida, con el reposo bien ganado, repleta la bolsa, dueño y señor de tierras, donde le esperaban el amor de la esposa y de los hijos, volvía a jugarse la existencia, vestido de seda y oro, como en una mascarada trágica»8. Como es de dominio público, Ignacio Sánchez Mejías se había retirado de los ruedos en 1922 y en 1924 decidió volver a torear en Alicante. Lo que no era tan conocido, es que su com- a una mano, cambiándome dos veces el trapo por la espalda, como me habían enseñado Cuatrodedos y Faíco. Mientras corría, con la vaca detrás, oí la voz de Ignacio que gritaba entusiasmado: ¡Bien, Felipe, bien! […] Por la noche, en la cena, aseguró Ignacio: Es lo más torero que se ha hecho aquí en toda la semana». 7Amorós (2009: LXI9). 8Sassone (1924). 42 Fernando Iwasaki da donde compartía cartel con Juan Belmonte y el matador local Juan Silveti Mañón. En sus memorias, Sassone recordó compungido cómo “nadie aplaudió el brindis”, pero se consoló evocando la entrañable amistad que lo unió desde aquel día con el matador sevillano, con quien compartió tardes de tertulia, festejos y capeas, por cafés, plazas y haciendas de México: «…me refugié todas las tardes en la casa del amigo que me había hecho el primer quite: he vuelto a nombrar a Ignacio Sánchez Mejías. A su lado, y en las plazas de toros, donde él competía con el mejicano Rodolfo Gaona, y medraba, y aun triunfaba no pocas veces a costa de su sangre –tres cornadas en una sola temporada–, se fue enardeciendo en mí un apasionamiento español que ya no razonaba […] La temporada teatral proseguía por inercia, y yo vivía como abstraído en el ejercicio hecho de disputas y entusiasmos de la afición taurina, que en el fondo cautivaba también el espíritu combativo y rebelde de Ignacio Sánchez Mejías. Tuvo éste un paréntesis de descanso y se fue al campo y me llevó con él a las haciendas de Atenco y Cuernavaca, donde pasamos un par de semanas acogidos a la hospitalidad, a la antigua española, de los propietarios que, además de algunas labores agrícolas, se dedicaban principalmente a la cría de reses bravas. Allí vivía feliz, alejado de la ciudad, y me pasaba las tardes toreando becerras con mi amigo, en un ambiente que era casi del todo español por imposición de la técnica y del lenguaje taurómaco, y fraternizando muy a gusto con los vaqueros y los trabajadores del campo»6. Aquel provocador «¡Viva España!» de Sassone, en el mero México post revolucionario, me trae a la memoria el famoso brin- 42 6Op. cit., pág. 455. No obstante, en Casta de toreros Felipe Sassone (1934: 45) fue más minucioso en sus recuerdos de aquellos días en el campo mexicano: «Allí, en Atenco, toreé algunas becerras. Ignacio me decía que lo hacía bien; pero muy despegado. Una tarde se desmandó una vaca brava y llegó hasta la vía del tren. No había forma de reintegrarla a los corrales, y yo cogí un capote y me la llevé, 43 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse 43 dis de Sánchez Mejías a la Virgen del Rocío —“la verdadera”— en la mera Feria del Pilar de Zaragoza, porque ambos —dramaturgo y matador— podían haber suscrito el telegrama del mozo de espadas Antonio Conde al crítico taurino Gregorio Corrochano: «Ya exponemos hasta en los brindis»7; pero lo importante es que en México trabaron una amistad que no sólo se fortaleció en los momentos agradables, sino a través de los percances taurinos que el propio Sánchez Mejías sufrió en diversas plazas mexicanas, como bien consignó Felipe Sassone en una crónica que escribió para ABC cuando el diestro regresó a los ruedos, pues ambos viajaron juntos en tren de Madrid hacia Alicante: «La tarde iba cayendo lentamente, y el tren parecía marchar hacia la cárdena sombra del crepúsculo, y un tramonto sentimental, hecho de añoranzas y de nostalgias, inundaba también de sombras mi conciencia, y así recordaba toda una época de aventuras por tierras de Méjico con el famoso torero, y las tardes en que él peleó como artista y español, y aquéllas en que yo mismo, a viva fuerza, le saqué ensangrentado de las plazas ante una multitud que rugía a la vez de entusiasmo y de rencor, de admiración y de odio. Iba yo pensando en la locura de mi amigo, que en la exacta madurez de su vida, con el reposo bien ganado, repleta la bolsa, dueño y señor de tierras, donde le esperaban el amor de la esposa y de los hijos, volvía a jugarse la existencia, vestido de seda y oro, como en una mascarada trágica»8. Como es de dominio público, Ignacio Sánchez Mejías se había retirado de los ruedos en 1922 y en 1924 decidió volver a torear en Alicante. Lo que no era tan conocido, es que su com- a una mano, cambiándome dos veces el trapo por la espalda, como me habían enseñado Cuatrodedos y Faíco. Mientras corría, con la vaca detrás, oí la voz de Ignacio que gritaba entusiasmado: ¡Bien, Felipe, bien! […] Por la noche, en la cena, aseguró Ignacio: Es lo más torero que se ha hecho aquí en toda la semana». 7Amorós (2009: LXI9). 8Sassone (1924). 43 44 Fernando Iwasaki 44 pañero de viaje, hotel y callejón había sido el escritor peruano, quien después de la corrida, quiso saber por el propio matador, si le compensaba seguir arriesgándose de una forma tan temeraria. Sánchez Mejías se había puesto el pijama de Sassone y le respondió así, mientras toreaba de salón con una de las toallas del baño: Ya de vuelta, cuando se hubo marchado el último visitante, di rienda suelta a mi disgusto y pregunté a mi amigo: – Bueno, ¿es que esto va a seguir? ¿Con tantos gastos? ¿Con tanta zozobra? ¿Tú crees que merece la pena? Se había puesto un pijama mío y se paseaba por la estancia simulando lances con la toalla: – Naturalmente que va a seguir. Yo no lo hago por el dinero, sino por afición, por inquietud, por necesidad de mi espíritu, y además, tú tienes la culpa; tú y D. Miguel de Unamuno. Y rompió a reír con su gran risa, con aquella risa saludable y campesina, que es como un contrasentido para su figura elegante de señorito bien. – ¿Don Miguel de Unamuno? —pregunté. – Sí, hombre, sí —me contestó Megía—. En tu despacho, sobre tu mesa de trabajo, junto a los diccionarios, al Quijote y a la Divina Comedia, hay diez libros en dos montones, cuatro encuadernados, que son la correspondencia de Flaubert, y que nunca he leído porque está en francés, y seis que son los ensayos de D. Miguel de Unamuno, y que hojeé una tarde mientras te esperaba. Tú te estabas afeitando y cantabas una romanza de ópera, una de esas absurdas romanzas de ópera que no hay quién las aguante, y yo no me enteraba bien de lo que leía, pero algo leí y se me quedó, y era, más o menos, esto. El hombre práctico es el que tiene sobra de codicia y falta de ambición, y yo quiero elogiar no la codicia, que guarda lo heredado o lo Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse robado, sino la ambición que aumenta lo adquirido o que se pierde soñando en aumentarlo. No seas avaro, dice el buen loco: no dejes que la codicia ahogue en ti a la ambición, y al adagio plebeyo y mezquino de “más vale pájaro en mano que ciento volando”, responde: “Mejor que estar en tierra con una sola presa, será que por el ansia de perseguir a cien pájaros que vuelan, nos broten también a nosotros un par de alas en el alma” […] El hombre no debe descansar nunca, porque descansar es anticiparse a la muerte, y toda la ciencia de la vida consiste en olvidarse del pasado, aprovechando sólo como lección, y en olvidarse de la muerte y en considerar cada día como una vida aislada y en preparar el alma como si debiera soportar por mucho tiempo la heroica, noble y sagrada obligación de vivir. Pero de vivir renovándose, haciendo cada noche examen de conciencia, muriendo para el mal de ese día, para nacer de nuevo al día siguiente, a la buena aurora de nuestra renovación. Sólo así, cuando llegue la última hora, porque ella suene en el reloj de nuestro corazón sin que nosotros hayamos tocado las manecillas, la muerte será como un bien, como una liberación; como la amada que acude a la cita, como el reposo bien ganado con el esfuerzo constante de nuestra vida. Y no basta ganarse la vida; hay que ganarse la muerte, que es el único descanso del hombre9. La cita es rica en reflexiones sobre las ideas de riesgo y muerte, codicia y ambición en Sánchez Mejías, aunque para efectos de documentar la amistad entre el torero y el dramaturgo, debería bastarnos con esa estrecha familiaridad que suponía compartir trenes, hoteles, despachos y pijamas. Sin embargo, las amistades de Sánchez Mejías eran diversas y abarcaban campos de lo más variados –desde la literatura hasta el cine, pasando por el teatro y el flamenco–, de modo que otro de sus grandes amigos, el escritor José María de Cossío, 45 9Op. cit. 44 Fernando Iwasaki 44 pañero de viaje, hotel y callejón había sido el escritor peruano, quien después de la corrida, quiso saber por el propio matador, si le compensaba seguir arriesgándose de una forma tan temeraria. Sánchez Mejías se había puesto el pijama de Sassone y le respondió así, mientras toreaba de salón con una de las toallas del baño: Ya de vuelta, cuando se hubo marchado el último visitante, di rienda suelta a mi disgusto y pregunté a mi amigo: – Bueno, ¿es que esto va a seguir? ¿Con tantos gastos? ¿Con tanta zozobra? ¿Tú crees que merece la pena? Se había puesto un pijama mío y se paseaba por la estancia simulando lances con la toalla: – Naturalmente que va a seguir. Yo no lo hago por el dinero, sino por afición, por inquietud, por necesidad de mi espíritu, y además, tú tienes la culpa; tú y D. Miguel de Unamuno. Y rompió a reír con su gran risa, con aquella risa saludable y campesina, que es como un contrasentido para su figura elegante de señorito bien. – ¿Don Miguel de Unamuno? —pregunté. – Sí, hombre, sí —me contestó Megía—. En tu despacho, sobre tu mesa de trabajo, junto a los diccionarios, al Quijote y a la Divina Comedia, hay diez libros en dos montones, cuatro encuadernados, que son la correspondencia de Flaubert, y que nunca he leído porque está en francés, y seis que son los ensayos de D. Miguel de Unamuno, y que hojeé una tarde mientras te esperaba. Tú te estabas afeitando y cantabas una romanza de ópera, una de esas absurdas romanzas de ópera que no hay quién las aguante, y yo no me enteraba bien de lo que leía, pero algo leí y se me quedó, y era, más o menos, esto. El hombre práctico es el que tiene sobra de codicia y falta de ambición, y yo quiero elogiar no la codicia, que guarda lo heredado o lo 45 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse robado, sino la ambición que aumenta lo adquirido o que se pierde soñando en aumentarlo. No seas avaro, dice el buen loco: no dejes que la codicia ahogue en ti a la ambición, y al adagio plebeyo y mezquino de “más vale pájaro en mano que ciento volando”, responde: “Mejor que estar en tierra con una sola presa, será que por el ansia de perseguir a cien pájaros que vuelan, nos broten también a nosotros un par de alas en el alma” […] El hombre no debe descansar nunca, porque descansar es anticiparse a la muerte, y toda la ciencia de la vida consiste en olvidarse del pasado, aprovechando sólo como lección, y en olvidarse de la muerte y en considerar cada día como una vida aislada y en preparar el alma como si debiera soportar por mucho tiempo la heroica, noble y sagrada obligación de vivir. Pero de vivir renovándose, haciendo cada noche examen de conciencia, muriendo para el mal de ese día, para nacer de nuevo al día siguiente, a la buena aurora de nuestra renovación. Sólo así, cuando llegue la última hora, porque ella suene en el reloj de nuestro corazón sin que nosotros hayamos tocado las manecillas, la muerte será como un bien, como una liberación; como la amada que acude a la cita, como el reposo bien ganado con el esfuerzo constante de nuestra vida. Y no basta ganarse la vida; hay que ganarse la muerte, que es el único descanso del hombre9. La cita es rica en reflexiones sobre las ideas de riesgo y muerte, codicia y ambición en Sánchez Mejías, aunque para efectos de documentar la amistad entre el torero y el dramaturgo, debería bastarnos con esa estrecha familiaridad que suponía compartir trenes, hoteles, despachos y pijamas. Sin embargo, las amistades de Sánchez Mejías eran diversas y abarcaban campos de lo más variados –desde la literatura hasta el cine, pasando por el teatro y el flamenco–, de modo que otro de sus grandes amigos, el escritor José María de Cossío, 45 9Op. cit. 45 46 Fernando Iwasaki 46 quiso presentarle a Rafael Alberti, pues Cossío se había implicado en la organización de un homenaje a Góngora, convencido por jóvenes poetas como Gerardo Diego y Rafael Alberti. Aquella reunión tuvo lugar en el Hotel Palace de Madrid, entre fines de 1926 y comienzos de 1927, y allí Alberti encandiló a Sánchez Mejías con sus endecasílabos taurinos, tal como el poeta gaditano anotó en sus memorias: «Recuerdo que Cossío, apasionado de mis versos, me pidió recitarlos inmediatamente, casi al mismo tiempo en que Ignacio me abrazaba y pedía a un mozo del hotel una buena botella de manzanilla. Yo andaba entonces enfrascado en mis tercetos. “Corridas de toros” y “El jinete de jaspe” eran los últimos. Comencé. Sánchez Mejías los escuchaba atento, abierta una sonrisa en su rostro viril: Caracolea el sol y entran los ríos, empapados de toros y pinares, embistiendo a las barcas y navíos. –¡Qué bruto! –comentó, interrumpiéndome, pero indicándome con la mano que siguiera. Concluido el recitado, le dije que aquella expresión, en boca de un hombre que había lidiado y dado muerte a más de setecientos toros, no sólo me parecía justa, sino que me llenaba de orgullo»10. Entre el torero que cavilaba unamuniano sobre la muerte –según Sassone– y el matador que prorrumpía «¡qué bruto!» en los recuerdos de Alberti, advierto un abismo de distancia, pero puedo imaginar el entusiasmo de Sánchez Mejías, disfrutando de la hojana y complicidad del joven Alberti –once años menor- y quizá barruntando la posibilidad de llevar a sus nuevos amigos a Sevilla, para conmemorar el séptimo aniversario de la muerte de Joselito El Gallo, su mentor, su amigo, su cuñado. 10 Alberti (1998: 266). Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse Aquel homenaje se celebró en mayo de 1927, y fue Ignacio Sánchez Mejías quien financió –pródigo– la organización. Tratándose de su maestro, Sánchez Mejías no reparaba en gastos, como lo había demostrado cuando encargó el monumen- to funerario de Joselito al escultor Mariano Benlliure. Felipe Sassone fue uno de los invitados al homenaje y cito su descripción de los actos, porque me parece la más personal, generosa y desinteresada de la bibliografía disponible: 47 «Llegué a Sevilla a honrar la memoria de Joselito el torero, en una velada necrológica, más bien fiesta dionisíaca, como los fúnebres banquetes latinos, metido en un haz de amigos apretados en torno de Ignacio Sánchez Mejías, en cuyo pecho ardía la memoria fraterna como una lámpara votiva. Un discurso claro, sencillo, sentido y veraz, como recuerdo, como admonición y como crítica, del presidente del “Club Joselito”, que organizaba la fiesta; una sabía y originalísima disertación de José María Fig. n.º 6.- Retrato de Felipe Sassone escritor y comediógrafo de origen peruano, hacia 1910. –EFE/esl–. 46 Fernando Iwasaki 46 quiso presentarle a Rafael Alberti, pues Cossío se había implicado en la organización de un homenaje a Góngora, convencido por jóvenes poetas como Gerardo Diego y Rafael Alberti. Aquella reunión tuvo lugar en el Hotel Palace de Madrid, entre fines de 1926 y comienzos de 1927, y allí Alberti encandiló a Sánchez Mejías con sus endecasílabos taurinos, tal como el poeta gaditano anotó en sus memorias: «Recuerdo que Cossío, apasionado de mis versos, me pidió recitarlos inmediatamente, casi al mismo tiempo en que Ignacio me abrazaba y pedía a un mozo del hotel una buena botella de manzanilla. Yo andaba entonces enfrascado en mis tercetos. “Corridas de toros” y “El jinete de jaspe” eran los últimos. Comencé. Sánchez Mejías los escuchaba atento, abierta una sonrisa en su rostro viril: Caracolea el sol y entran los ríos, empapados de toros y pinares, embistiendo a las barcas y navíos. –¡Qué bruto! –comentó, interrumpiéndome, pero indicándome con la mano que siguiera. Concluido el recitado, le dije que aquella expresión, en boca de un hombre que había lidiado y dado muerte a más de setecientos toros, no sólo me parecía justa, sino que me llenaba de orgullo»10. Entre el torero que cavilaba unamuniano sobre la muerte –según Sassone– y el matador que prorrumpía «¡qué bruto!» en los recuerdos de Alberti, advierto un abismo de distancia, pero puedo imaginar el entusiasmo de Sánchez Mejías, disfrutando de la hojana y complicidad del joven Alberti –once años menor- y quizá barruntando la posibilidad de llevar a sus nuevos amigos a Sevilla, para conmemorar el séptimo aniversario de la muerte de Joselito El Gallo, su mentor, su amigo, su cuñado. 10 Alberti (1998: 266). 47 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse Aquel homenaje se celebró en mayo de 1927, y fue Ignacio Sánchez Mejías quien financió –pródigo– la organización. Tratándose de su maestro, Sánchez Mejías no reparaba en gastos, como lo había demostrado cuando encargó el monumen- to funerario de Joselito al escultor Mariano Benlliure. Felipe Sassone fue uno de los invitados al homenaje y cito su descripción de los actos, porque me parece la más personal, generosa y desinteresada de la bibliografía disponible: 47 «Llegué a Sevilla a honrar la memoria de Joselito el torero, en una velada necrológica, más bien fiesta dionisíaca, como los fúnebres banquetes latinos, metido en un haz de amigos apretados en torno de Ignacio Sánchez Mejías, en cuyo pecho ardía la memoria fraterna como una lámpara votiva. Un discurso claro, sencillo, sentido y veraz, como recuerdo, como admonición y como crítica, del presidente del “Club Joselito”, que organizaba la fiesta; una sabía y originalísima disertación de José María Fig. n.º 6.- Retrato de Felipe Sassone escritor y comediógrafo de origen peruano, hacia 1910. –EFE/esl–. 47 54 Fernando Iwasaki 54 Belmonte, Ignacio Sánchez Mejías y Pastora Imperio […] Ya nadie se acuerda de que D. Luis Mazzantini parecía un viejo cardenal del renacimiento y seguía ejercitando el volapié con insuperable maestría. Y Frascuelo, el Negro, tenía cuarenta y nueve años cuando mató recibiendo a ley su último toro en la plaza de Madrid. Y Lagartijo se encerró con seis veraguas a los cincuenta y dos años de su edad. Llegaron los tiempos deportivos, y empezaron a llamar viejo a Rafael, el Gallo, cuando no había cumplido cuarenta años. En el fondo de todo deporte hay un sedimento de brutalidad, y no se concibe sino muy mozo, lleno de ímpetu y de irreflexión, al boxeador y al futbolista. El torero también se sintió un poco deportivo y se fue pronto»24. El 22 de julio de 1934, Felipe Sassone acudió a San Sebastián para ver torear a Sánchez Mejías y aquel encuentro supuso la reconciliación de los viejos amigos. No volvieron a verse, porque el torero fue cogido de muerte en Manzanares y Felipe Sassone tuvo que escribir su necrológica en ABC: «Le prometí a Ignacio Sánchez Mejía –de él sólo queda el nombre en el recuerdo– una crónica sobre su reaparición, ofrenda admirada y afectuosa al artista y al amigo, y ya no podrá leer esta, que no hubiera querido escribir nunca. Iba a ser la prensa renovada de una amistad de veinte años, que se rompió un día por celos: esos celos de amigo, sin codicia sensual, sin preocupaciones de honor, celos del corazón y no del cerebro, no de los sentidos, que son a veces más terribles que los celos del amor […] En el umbral de la puerta, al pie de la escalera, nos abrazamos estrechamente, mudos de emoción, y por la mañana fui al hotel. Aun no acababa de disipar su largo sueño, ese sueño tranquilo y profundo que sabía dormir las vísperas de corrida aquel gran domador de sí mismo. El paso vacilante, las piernas enfundadas en unas medias de goma, el rostro sin lavar, revuel- 24 Sassone (1934b). Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse tos los pocos cabellos que rodeaban su calva, adormilado, cansado y blando, dentro de una holgada bata gris, su aspecto me llenó de espanto. ¿Iba a torear ese hombre? Poco a poco, entre el acicalamiento de su tocado, fue surgiendo de nuevo la juventud pujante de su voluntad. Yo admiré entonces el milagro lírico de aquel fruto pesado de su madurez, que quería volver a ser flor… […] Más tarde, ya en el ruedo, la transformación fue completa […] Ignacio, ágil, esbelto, estilizado, brillante, tenía una belleza viva, ondulante y ardiente, de llama. El valor indomable de otros años, devolvíale a la fiesta su aire epopéyico. Se estiraba de nuevo aquel toreo heroico, hoy achicado y retorcido. Pero la sequedad brusca y violenta, adquiría nuevas virtudes de rítmica lentitud. Lo que en Ignacio fue siempre denuedo, porfía y lucha, se sumaba, sin perderse, atributos de belleza y de estilo. Siempre habíase acercado así: pero nunca había toreado así. Diríase que en siete años de apartamiento y reposo, había pensado su toreo, y había comprado un espejo para verse torear. ¡Ay, qué pronto el asta de un toro iba a hacer trizas el cristal de su arte! […] ¡Ha muerto, ha muerto! Y venía a renovar su arte, y a renovar la fiesta, y a renovar la vida, ¡¡Y a renovar nuestra amistad!! – y luego, dentro de mi corazón, lírico y pobre corazón, repleto de literatura, sentí graznar al cuervo de Poe. ¡Nevermore! ¡Nunca más! ¡Nunca más! Corrí a mi mesa a escribir el artículo necrológico. No pude. Me temblaba la mano, tenía como una gasa de niebla ante los ojos25. El 18 de agosto de 1934, Felipe Sassone escribió un bello responso laico, taurino, flamenco y literario en memoria de Ignacio Sánchez Mejías. Allí descubrimos que el mismo Joselito los había presentado en 1916, en la enfermería de la antigua plaza de Madrid, cuando Sánchez Mejías todavía era parte de su cuadrilla –«¿Banderillero, nada más, este hombre? –me pregun- 55 25 Sassone (1934c). 54 Fernando Iwasaki 54 Belmonte, Ignacio Sánchez Mejías y Pastora Imperio […] Ya nadie se acuerda de que D. Luis Mazzantini parecía un viejo cardenal del renacimiento y seguía ejercitando el volapié con insuperable maestría. Y Frascuelo, el Negro, tenía cuarenta y nueve años cuando mató recibiendo a ley su último toro en la plaza de Madrid. Y Lagartijo se encerró con seis veraguas a los cincuenta y dos años de su edad. Llegaron los tiempos deportivos, y empezaron a llamar viejo a Rafael, el Gallo, cuando no había cumplido cuarenta años. En el fondo de todo deporte hay un sedimento de brutalidad, y no se concibe sino muy mozo, lleno de ímpetu y de irreflexión, al boxeador y al futbolista. El torero también se sintió un poco deportivo y se fue pronto»24. El 22 de julio de 1934, Felipe Sassone acudió a San Sebastián para ver torear a Sánchez Mejías y aquel encuentro supuso la reconciliación de los viejos amigos. No volvieron a verse, porque el torero fue cogido de muerte en Manzanares y Felipe Sassone tuvo que escribir su necrológica en ABC: «Le prometí a Ignacio Sánchez Mejía –de él sólo queda el nombre en el recuerdo– una crónica sobre su reaparición, ofrenda admirada y afectuosa al artista y al amigo, y ya no podrá leer esta, que no hubiera querido escribir nunca. Iba a ser la prensa renovada de una amistad de veinte años, que se rompió un día por celos: esos celos de amigo, sin codicia sensual, sin preocupaciones de honor, celos del corazón y no del cerebro, no de los sentidos, que son a veces más terribles que los celos del amor […] En el umbral de la puerta, al pie de la escalera, nos abrazamos estrechamente, mudos de emoción, y por la mañana fui al hotel. Aun no acababa de disipar su largo sueño, ese sueño tranquilo y profundo que sabía dormir las vísperas de corrida aquel gran domador de sí mismo. El paso vacilante, las piernas enfundadas en unas medias de goma, el rostro sin lavar, revuel- 24 Sassone (1934b). 55 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse tos los pocos cabellos que rodeaban su calva, adormilado, cansado y blando, dentro de una holgada bata gris, su aspecto me llenó de espanto. ¿Iba a torear ese hombre? Poco a poco, entre el acicalamiento de su tocado, fue surgiendo de nuevo la juventud pujante de su voluntad. Yo admiré entonces el milagro lírico de aquel fruto pesado de su madurez, que quería volver a ser flor… […] Más tarde, ya en el ruedo, la transformación fue completa […] Ignacio, ágil, esbelto, estilizado, brillante, tenía una belleza viva, ondulante y ardiente, de llama. El valor indomable de otros años, devolvíale a la fiesta su aire epopéyico. Se estiraba de nuevo aquel toreo heroico, hoy achicado y retorcido. Pero la sequedad brusca y violenta, adquiría nuevas virtudes de rítmica lentitud. Lo que en Ignacio fue siempre denuedo, porfía y lucha, se sumaba, sin perderse, atributos de belleza y de estilo. Siempre habíase acercado así: pero nunca había toreado así. Diríase que en siete años de apartamiento y reposo, había pensado su toreo, y había comprado un espejo para verse torear. ¡Ay, qué pronto el asta de un toro iba a hacer trizas el cristal de su arte! […] ¡Ha muerto, ha muerto! Y venía a renovar su arte, y a renovar la fiesta, y a renovar la vida, ¡¡Y a renovar nuestra amistad!! – y luego, dentro de mi corazón, lírico y pobre corazón, repleto de literatura, sentí graznar al cuervo de Poe. ¡Nevermore! ¡Nunca más! ¡Nunca más! Corrí a mi mesa a escribir el artículo necrológico. No pude. Me temblaba la mano, tenía como una gasa de niebla ante los ojos25. El 18 de agosto de 1934, Felipe Sassone escribió un bello responso laico, taurino, flamenco y literario en memoria de Ignacio Sánchez Mejías. Allí descubrimos que el mismo Joselito los había presentado en 1916, en la enfermería de la antigua plaza de Madrid, cuando Sánchez Mejías todavía era parte de su cuadrilla –«¿Banderillero, nada más, este hombre? –me pregun- 55 25 Sassone (1934c). 55 56 Fernando Iwasaki té a mí mismo– ¿Era ese su destino?»26– y no sólo hizo un repaso de los días grandes de México, sino que desgranó diversas vivencias por Lima y Madrid, no necesariamente taurinas: «…en Madrid, mucho tiempo después, cenamos en el Palacio de Hielo, y armamos la gran bronca con una docena de Jockey’s extranjeros. Ellos sacaron a relucir sus revólveres, y Enrique López Alarcón, dos amigos peruanos, Ignacio y yo, la emprendimos a palos. ¡Ignacio era un ventilador! No le tenía miedo a nada; ni a los toros, ni a los hombres, ni al destino… Cuando llegué a mi tierra del Perú, llegó con mi padre a bordo, Ignacio Sánchez Mejía. Cuando me volví a España, vino con mi padre a despedirme al muelle. Unas lágrimas silenciosas se perdían entre las barbas de plata de mi viejo. Ignacio se abrazó a él tiernamente: ¡Se nos va el mocito! Después… Ignacio se retira. Ignacio vuelve. Se retira otra vez. Veladas necrológicas en memoria de Joselito. Grandes fiestas en Pino Montano. Literatura. Estrena dos comedias. Se hace futbolista animador. Engorda. ¡Gracias a Dios! Ya no le veré morir. Un eclipse en nuestra amistad. Esta se ilumina de nuevo cuando Ignacio vuelve al toreo por tercera vez, más ágil, más bravo aún, más artista que antes. Un breve sueño de gloria. Un despertar mío, penoso y angustiado, en un hotel de San Sebastián donde me llegó la noticia de su última cogida. Mi reloj se ha parado a las diez. Mi superstición asustada corre al teléfono. Me dicen desde Madrid, llorando: – El pobre ha muerto a las diez. ¡Una agonía horrible! Y desde entonces hasta hoy, dos voces en mi alma. Una quiere cantar: “No, no es cierto; no puede ser cierto; no ha muerto. Era tan bravo que tenía asustada a la muerte. No lo podía matar un toro. Había nacido para vencer siempre”. La otra voz es como 56 26 Sassone (1934d: 43). Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse un sonsonete lúgubre: “Ya no le verás nunca. ¡Nunca más! Se ha ido para siempre. ¡Para siempre!”»27. Aquel eclipse o paréntesis en la amistad de Sassone y Sánchez Mejías, coincidió con el retiro de los ruedos del diestro. Sin embargo, los amigos que se conocieron en una enfermería, renovaron aquel pacto de sangre cuando el matador regresó para torear por última vez. Felipe Sassone viajó de Madrid hasta San Sebastián para preguntarle a Ignacio Sánchez Mejías si quería que fuera a verlo torear. La respuesta del maestro hay que leerla despacio, como embarcando a un toro: «¡A mí me tiene sin cuidado que vayas o no! A quien debe importarle es a ti. ¡Hemos sido amigos veinte años, y me voy a jugar la vida otra vez!»28. Y Sánchez Mejías remató de pecho a Sassone. “La Vereda de los Carmelitas”, invierno de 2023 57 27 Op. cit., pág. 47. 28 Sassone (1934c). 56 Fernando Iwasaki té a mí mismo– ¿Era ese su destino?»26– y no sólo hizo un repaso de los días grandes de México, sino que desgranó diversas vivencias por Lima y Madrid, no necesariamente taurinas: «…en Madrid, mucho tiempo después, cenamos en el Palacio de Hielo, y armamos la gran bronca con una docena de Jockey’s extranjeros. Ellos sacaron a relucir sus revólveres, y Enrique López Alarcón, dos amigos peruanos, Ignacio y yo, la emprendimos a palos. ¡Ignacio era un ventilador! No le tenía miedo a nada; ni a los toros, ni a los hombres, ni al destino… Cuando llegué a mi tierra del Perú, llegó con mi padre a bordo, Ignacio Sánchez Mejía. Cuando me volví a España, vino con mi padre a despedirme al muelle. Unas lágrimas silenciosas se perdían entre las barbas de plata de mi viejo. Ignacio se abrazó a él tiernamente: ¡Se nos va el mocito! Después… Ignacio se retira. Ignacio vuelve. Se retira otra vez. Veladas necrológicas en memoria de Joselito. Grandes fiestas en Pino Montano. Literatura. Estrena dos comedias. Se hace futbolista animador. Engorda. ¡Gracias a Dios! Ya no le veré morir. Un eclipse en nuestra amistad. Esta se ilumina de nuevo cuando Ignacio vuelve al toreo por tercera vez, más ágil, más bravo aún, más artista que antes. Un breve sueño de gloria. Un despertar mío, penoso y angustiado, en un hotel de San Sebastián donde me llegó la noticia de su última cogida. Mi reloj se ha parado a las diez. Mi superstición asustada corre al teléfono. Me dicen desde Madrid, llorando: – El pobre ha muerto a las diez. ¡Una agonía horrible! Y desde entonces hasta hoy, dos voces en mi alma. Una quiere cantar: “No, no es cierto; no puede ser cierto; no ha muerto. Era tan bravo que tenía asustada a la muerte. No lo podía matar un toro. Había nacido para vencer siempre”. La otra voz es como 56 26 Sassone (1934d: 43). 57 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse un sonsonete lúgubre: “Ya no le verás nunca. ¡Nunca más! Se ha ido para siempre. ¡Para siempre!”»27. Aquel eclipse o paréntesis en la amistad de Sassone y Sánchez Mejías, coincidió con el retiro de los ruedos del diestro. Sin embargo, los amigos que se conocieron en una enfermería, renovaron aquel pacto de sangre cuando el matador regresó para torear por última vez. Felipe Sassone viajó de Madrid hasta San Sebastián para preguntarle a Ignacio Sánchez Mejías si quería que fuera a verlo torear. La respuesta del maestro hay que leerla despacio, como embarcando a un toro: «¡A mí me tiene sin cuidado que vayas o no! A quien debe importarle es a ti. ¡Hemos sido amigos veinte años, y me voy a jugar la vida otra vez!»28. Y Sánchez Mejías remató de pecho a Sassone. “La Vereda de los Carmelitas”, invierno de 2023 57 27 Op. cit., pág. 47. 28 Sassone (1934c). 57 58 Fernando Iwasaki BIBLIOGRAFÍA Alberti, Rafael (1998): La arboleda perdida, primero y segundo libros (1920-1931), Madrid, Alianza. Amorós, Andrés (2009): “Introducción”, en La amargura del triunfo. Una novela de Ignacio Sánchez Mejías, Madrid, Berenice. p. LXI. Cossío, José María de (1978): Los Toros. Tratado técnico e histórico, Madrid, Espasa Calpe, t. III. Iwasaki, Fernando (1966): “Los españoles apócrifos” en El descubrimiento de España, Oviedo, Nobel, págs. 119-139. _______ (1995): “Tres tristes extraños” en Hueso Húmero # 32 (Lima, 1995), págs. 40–48; _______ (2012): “Un peruano inverosímil, Felipe Sassone (Lima, 1884-Madrid, 1959)”, en Carmen de Mora y Alfonso García Morales [eds.]: Viajeros, diplomáticos y exiliados. Escritores hispanoamericanos en España (1914-1939) vol. III, P.I.E., Bruselas, Peter Lang, págs. 401-410. Sassone, Felipe (1924): “El hombre no descansa”, en ABC (Madrid, 15.07). _______ (1927): “El Sr. Sánchez Mejía, mi querido compañero”, en ABC (14.07). _______ (1928): “El torero dramático: ¿Pirandelismo Andaluz?”, en ABC (Madrid, 04.04) _______ (1930a): Por la tierra y por el mar, Madrid, Renacimiento. _______ (1930b): El teatro, espectáculo literario (Breve ensayo sobre el teatro antiguo y moderno), Madrid, CIAP. _______ (1931): Por el mundo de la farsa. Palabras de un farsante, Madrid, Renacimiento. _______ (1933): “Un milagro de arte español”, en ABC (Madrid, 23.06). 58 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse _______ (1934): Casta de toreros, Madrid, Pueyo pág. 45. _______ (1934b): “Por la vejez del artista”, en ABC (Madrid, 19.07). _______ (1934c): “Nevermore”, en ABC (Madrid, 18.08). _______ (1934d): “Ignacio Sánchez Mejía. Capítulo de recuerdos”, en Blanco y Negro (Madrid, 26.08), pág. 43. _______ (1958): La rueda de mi fortuna (Memorias), Madrid, Aguilar. Torres Nebrera, Gregorio (1997): “Alberti y el doble teatro de la República”, en Rilce nº 13, vol. 1, Pamplona, págs. 118- 170. 59 58 Fernando Iwasaki BIBLIOGRAFÍA Alberti, Rafael (1998): La arboleda perdida, primero y segundo libros (1920-1931), Madrid, Alianza. Amorós, Andrés (2009): “Introducción”, en La amargura del triunfo. Una novela de Ignacio Sánchez Mejías, Madrid, Berenice. p. LXI. Cossío, José María de (1978): Los Toros. Tratado técnico e histórico, Madrid, Espasa Calpe, t. III. Iwasaki, Fernando (1966): “Los españoles apócrifos” en El descubrimiento de España, Oviedo, Nobel, págs. 119-139. _______ (1995): “Tres tristes extraños” en Hueso Húmero # 32 (Lima, 1995), págs. 40–48; _______ (2012): “Un peruano inverosímil, Felipe Sassone (Lima, 1884-Madrid, 1959)”, en Carmen de Mora y Alfonso García Morales [eds.]: Viajeros, diplomáticos y exiliados. Escritores hispanoamericanos en España (1914-1939) vol. III, P.I.E., Bruselas, Peter Lang, págs. 401-410. Sassone, Felipe (1924): “El hombre no descansa”, en ABC (Madrid, 15.07). _______ (1927): “El Sr. Sánchez Mejía, mi querido compañero”, en ABC (14.07). _______ (1928): “El torero dramático: ¿Pirandelismo Andaluz?”, en ABC (Madrid, 04.04) _______ (1930a): Por la tierra y por el mar, Madrid, Renacimiento. _______ (1930b): El teatro, espectáculo literario (Breve ensayo sobre el teatro antiguo y moderno), Madrid, CIAP. _______ (1931): Por el mundo de la farsa. Palabras de un farsante, Madrid, Renacimiento. _______ (1933): “Un milagro de arte español”, en ABC (Madrid, 23.06). 58 59 Ignacio Sánchez Mejías y Felipe Sassone, historia de un eclipse _______ (1934): Casta de toreros, Madrid, Pueyo pág. 45. _______ (1934b): “Por la vejez del artista”, en ABC (Madrid, 19.07). _______ (1934c): “Nevermore”, en ABC (Madrid, 18.08). _______ (1934d): “Ignacio Sánchez Mejía. Capítulo de recuerdos”, en Blanco y Negro (Madrid, 26.08), pág. 43. _______ (1958): La rueda de mi fortuna (Memorias), Madrid, Aguilar. Torres Nebrera, Gregorio (1997): “Alberti y el doble teatro de la República”, en Rilce nº 13, vol. 1, Pamplona, págs. 118- 170. 59 59