La tauromaquia ¿es un deporte? [Reseña de] Mitchell, Timothy: Blood Sport. A Social History of Spanish Bullfighting, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1991.
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V TRADUCCIONES
Revista de Estudios Taurinos N° 1, Sevilla, 1994, págs. 233-250 LA TAUROMAQUIA ¿ES UN DEPORTE? Mitchell, Timothy: Blood Sport. A Social History of Spanish Bullfighting, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1991. Dominique Fournier Fundación de Estudios Taurinos No es raro que intelectuales llevados, a estudiar la Tauromaquia, por el azar o la moda, se persuadan muy pronto de haber descubierto, con ella, lo que se dice un "mirlo blanco". A partir de ese momento, para ellos, ya nada será igual puesto que van a tener la oportunidad de abrir, en ese yermo barbecho, el primer y más precioso surco de reflexión. Timothy Mitchell ha escrito, sin dudar un instante, un libro sobre la historia social de las corridas de toros españolas porque en todo momento ha considerado que lo más conveniente era abordar el fenómeno inscribiéndolo en su contexto socio-histórico y no limitarse a estudiar algunas acciones o prácticas aisladas aunque estuvieran, las unas, relacionadas con las otras. Así pues, a partir de Timothy Mitchell van a coexistir, sobre la corrida, las explicaciones obscuras, desconexas y desordenadas, de un lado, y naturalmente, de otro, la suya ¿Saldrá de los chiqueros de la magia de este autor de cultura anglosajona, con su interpretación tan personal, la corrida empequeñecida o agigantada? Veámoslo. El progreso decisivo que representa, a juicio del propio autor, su obra en el contexto de las reflexiones sobre la Tauromaquia tendrá que asombrar a más de uno como le sorprendió a él mismo, según nos lo reconoce con toda humildad. En efecto, una aproximación cien-
234 Dominique Fourni er tífica análoga a la suya hace tiempo que debía de haberse impuesto a la sagacidad de tantos intelectuales como se han interesado en el fenómeno social que conlleva la lidia de toros bravos. Claro está que Blood Sport se dirige, ante todo, a un público anglosajón que, como es lógico, no conocía la literatura taurómaca que ha visto la luz en los últimos decenios. Ahora, este pintoresco y , sin duda, marginal lector, atraído por el fulgor del tabú que siempre, desde su propio universo cultural, se ha cernido sobre las actividades ligadas a la Tauromaquia, encontrará, a lo largo de páginas ciertamente bien escritas, el desarrollo de un tema muy a propósito para permitirle brillar en cualquier tertulia liberal que se tilde de mantener ciertas exigencias intelectuales. En efecto, la obra de Mitchell, retiene su atención por más de un aspecto encantador: su brillante exposición, la clara inteligencia de sus propósitos, el estudio atento de una bibliografía perfectamente elegida, reflexiones históricas de gran enjundia, etc. permitiéndose incluso, para adornar sus conclusiones, la colocación de algún par de banderillas, polémico, espera mientras parece que se levantan de entusiasmo unos lectores, convertidos en observadores de ocasión, que creen que la corrida termina con este tercio ejecutado, ciertamente a toro pasado pero, eso sí, con todo el decoro imaginable. Seamos serios; Blood Sport no es un libro menor. A mi juicio es, sin duda, una excelente compilación que falla en algunos aspectos. Por ejemplo, no corresponde su contenido a lo que anuncia que será su continente: vehicula muy pocas ideas personales y, menos todavía, originales salvo en un aspecto que vale la pena señalar: las ideas sobre la Tauromaquia que hasta ahora habían sido expuestas por los autores que le precedían han sido reunidas y seleccionadas formando un
235 Bihliograj(a y recensiones de libros conjunto que refleja mucho mas la moda intelectual de nuestra época que el resultado de una reflexión objetiva. El libro aborda el objeto de su estudio -como, por otra parte, es lo habitual en la investigación anglosajonacon un análisis bibliográfico de las distintas teorías relativas a las corridas de toros: desde aquellas ligadas, muy particularmente, a una explicación de índole sacrificial a las que se reclaman, sencilla y puramente, del esteticismo pasando por las que enfocan la cuestión desde el registro de la Sociología o la Psicología, sin olvidar, por supuesto, tanto la visión de los aficionados como el sistema de representaciones propio de los críticos. Sin embargo, todas serán presentadas en algunas líneas, tan sabiamente dosificadas como sutilmente expuestas, que tenderán, cada una, a transformarse, a favor de la pluma hábil y experimentada del autor, en caricaturas de sí mismas. Presentadas así las cosas resultaría que nadie habría soñado nunca en concebir la Tauromaquia (y no sólo la corrida) en un todo particularmente complejo, en un ejemplo perfecto de lo que los científicos sociales entienden por un "hecho social total", concepto tan utilizado como valorado por los etnólogos y sociólogos de la escuela francesa. Esto le permite olvidar, por ejemplo, las reflexiones de Ortega y Gasset o difuminar la importancia de una obra (aunque, claro está, ampliamente utilizada) tan innovadora como fue Sevilla y la Fiesta de Toros de García-Baquero, Romero de Solís y Vázquez Parladé. Transitando los párrafos de Blood Sport se podría llegar a pensar, por ejemplo, que algunos escritores y ciertos investigadores contemporáneos siguen persuadidos de que los pueblos ibéricos tomaron, de súbito y ex nihilo, la original determinación de dedicar fiestas de toros a las vírgenes patronas de la localidades o de las
236 Dominique Fournier comarcas. Queda uno maravillado cuando constata que T. Mitchell consagra una parte importante del primer capítulo a demostrar cómo el elemento taurino ocupa un lugar privilegiado en el programa de muchas fiestas españolas, recalcando el contenido profundamente identificador que proyecta, sobre la sociedad, la organización espectacular del enfrentamiento agonístico del hombre y el toro. Así pues, en el esbozo de catálogo de fiestas (presentado en su libro, voluntariamente, con el aspecto de un programa turístico) encuentra un objeto de investigación de gran fecundidad ya que le va a permitir afrontar, en buenas condiciones, el análisis de las distintas relaciones que el individuo establece con la colectividad así como la imbricación de la identidad regional en la nacional. Y ésta es, a juicio de Mitchell, la razón por la cual no debemos asombrarnos de que hayan sido tan pocos los etnólogos que en un momento de su trayectoria de investigadores se hayan dedicado a esta tarea en la que, sin embargo, destacan los trabajos de Pedro Romero de Solís sobre Andalucía de los que, el autor, recuerda , efectivamente, su importancia e interés. La obra de Timothy Mitchell mas que contrastada por un serio trabajo de campo -aunque sólo fuera éste el resultado de haber asistido, con cierta asiduidad, a los tendidos (¡únicamente describe, con cuidado y detenimiento, una charlotada!)- parece estar más atraída por una vocación histórica que antropológica. Pero ¿nos ofrece Mitchell -un estudioso que, en principio, llegó a España con la idea de investigar los rastros de la violencia ritual en los documentos antiguos- un auténtico trabajo de historiador? Si nos atenemos a lo que son sus propios propositos y aceptando su forma de plantearlos habrá que responder que sí, pero no nos queda más remedio que negarlo en el caso de que el lector
237 Bibliografía y recensiones de libros buscase un libro riguroso donde las afirmaciones originales estuvieran apoyadas en documentos de archivo que fueran, cuanto menos, poco conocidos, así como en obras de difícil acceso cuya relectura hubiera sido, por él, puesta al servicio de la verificación de sus presupuestos. Mas ¿si no es así qué importa? En resumidas cuentas, dado que la corrida se beneficia, en la práctica, de una seria implantación por el país y; culturalmente, se nutre de un inmenso abanico de fuentes, como era de esperar, se halla inscrita en la historia de la nación, en la filosofía de un pueblo y, claro está, en el alma de los espectadores. Ahora bien, sí podemos, más o menos, aceptar la mirada que dirige el investigador norteamericano a la cultura española, tomada en su conjunto, notable cuando destaca la importancia de la adhesión individual al mito colectivo y sólida cuando reconoce la función decisiva que juega la fiesta (pág. 46), sin embargo, la debemos considerar deficiente cuando observamos que, conceptos antropológicos esenciales, no son utilizados en el estudio de los sentimientos que se atribuyen a los individuos pertenecientes al universo de los toros: por ejemplo, la noción de gracia. Es lástima, pues una metafísica innata del comportamiento, como la gracia, es capaz, por sí sola, de explicar esa peculiar conducta social que une a l os individuos que comulgan con una misma afición, independientemente de cualquiera que sea sus distintas extracciones sociales. Y, va más allá pues sólo una sutil apreciación del complejo significado de la gracia permite comprender, mucho, acerca de la coherencia que dirige el curso de la vida; permite soportarla tratándola desde la ironía, puesto que la fiesta, entre otras cosas, está ahí para mostrar que la ilusión de la realidad soñada conduce a la conciencia de su eventual evasión, de su posible emancipación. Abenamar , el
238 Dominique Fournier autor de una célebre Filosofía de la Tauromaquia, insistía, con especial énfasis, en que en el asunto de los toros es muy importante el aspecto de la "diversión", tan importante como que es necesaria hasta para la expresión del carácter de un pueblo, como el español, "valeroso y amigo de la gloria" pero, a la vez, avisaba que, con ello, dicho pueblo, lamentablemente, «no trataba de vivir las ideas de solidaridad y dependencia que deben mantenerlo, para ser verdaderamente civilizado, en la obediencia y la moderación» (Abenamar, 1950: 126). Véase, una vez mas, repuesto el sempiterno y cruel espíritu del panem et circenses que, a decir verdad, nunca se ausentó del todo de la lidia de toros, aunque sólo fuera porque el aficionado ha deseado, a lo largo del tiempo, ardientemente ese momento, porque lo siente como una necesidad, porque lo sufre con la expresión de una cultura de la que deviene uno de sus principales actores; porque la gracia que lo distingue le permite llegar a comprender que este espectáculo, tributario de una norma establecida con firmeza, vehiculado de la misma manera que un mito -teatro de luces y sombraspermanece, sin embargo, como una fiesta que a veces, se expresa con una explosión de júbilo. Cierto, es bien difícil describir, con exactitud, las relaciones que el Estado mantiene con la corrida pero aún más en el caso de que se suponga que éstas han sido constantes en el tiempo. Timothy Mitchell reconoce, con franqueza, que en esta materia, sus intuiciones se las debe a Ortega y Gasset precisamente en el pasaje de La Caza y los Toros donde asegura que es imposible comprender la historia de España, a partir de 1650, sin elaborar, rigurosa y simultáneamente, la historia de las corridas de toros la cual «revela algunos de los secretos
239 Bibliografía y recensiones de libros más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos» (1962:141). En lo que respecta a la construcción del espectáculo de la tauromaquia que como se sabe, coincidió con una época en la que el reconocimiento oficial del toreo a pie coincidía con un momento delicuescente de la justa nobiliaria a caballo, constituye un momento de la fiesta al que Mitchell reserva algunas de sus más seductoras reflexiones fundándose, parcialmente, en los trabajos de Alvarez Miranda (1962) y Cossío pero omitiendo citar un importante artículo de P. Romero de Solís aparecido en la revista Separata (1978: 63). Pero Mitchell parece olvidar desde hace algunos años que, a esta parte, no se ignora que la estructuración de la corrida moderna corresponde, a la vez, tanto «a la restauración de lo olvidado como al retorno de lo prohibido» (Romero de Solís, 1978: 67); esto es, que supone una transformación relativa de la función de la aristocracia española así como la emergencia de una burguesía urbana; a la voluntad borbónica de imponer su propio sistema de valores -incluso en las técnicas de monta ecuestre (Villalón, 1956); a una urbanización de fenómenos esencialmente rurales al paso de una dimensión profundamente sacrificial y simbólica a una expresión espectacular de técnicas de matarife inventadas en los macelos de las grandes ciudades- (Toro Buiza, 1947). T. Mitchell, por su parte, subrayará el aspecto reaccionario de un espectáculo en el que la arquitectura y su desarrollo se ven influidos por el movimiento social denominado "majismo" cuya surgimiento coincide con la voluntad popular de frenar, de contrarrestar, las críticas ideológicas producidas por la cultura cortesana francesa vehiculadas por una gran parte de las élites españolas del todavía balbuceante siglo XVIII.
240 Dominique Fournier El majismo contra las luces: he aquí propuesto, de forma apasionante y magistral, el problema de la recreación del arte tauromáquico evidentemente inspirado en sólidas tradiciones populares. Desarrollada la Tauromaquia con el apoyo de las clases tradicionalmente dominadas, marc'ada por un conjunto de comportamientos y rasgos característicos de un mundo, muchas veces intérlope, que incluía capas enteras de diferentes estratos sociales alrededor de una cultura étnica y de un sistema de valores estéticos y morales comunes, la corrida a pie contribuirá, sin embargo, a la paradójica perpetuación de la institución social del casticismo. La Tauromaquia se afirma, así, oponiéndose a las pretensiones de las Luces, centralizadas y modernizantes pero, en definitiva, demasiado futiles desde el momento mismo en que tuvieron que confrontarse, en España, con una concepción ancestral y viril de la Vida. Mitchell manifiesta cierta dificultad a la hora de admitir que una sociedad escoja ejemplificar una tal concepción por medio del montaje de un espectáculo que da a conocer que la realización perfecta de ciertas técnicas de producción (o de comportamiento) deben acompañarse de un imperioso deseo de expresión artística. Aleatoria, en su esencia, la Vida arrastra al hombre a ser dominado por una lógica que lo lleva a transformar, el curso de su propia vida, en una obra de arte (y, en ese caso, ¿qué importa que la Vida sea fútil y perecedera?), o le obligue a aceptar que otros hombres, héroes ejemplares, la puedan transformar en una realidad peligrosa, lúdica· y ritual, la cual, de no ser así, permanecería vinculada a lo que entendemos por una norma abstracta. Para la corriente racionalista, habría que vincular esta posición a la época de la Barbarie, es decir, a aquella en que, retomando la feliz expresión de Leiris, los hombres podían imaginarse, al menos por un
247 Bibliografía y recensiones de libros una vez por todas con una patética sencillez, es decir, la muerte de un toro bravo ejecutada según los canones en vigor. El arte del toreo consiste, a veces, en algo parecido a los juegos fundados en el ilinx (Cazeneuve, 1967: 728), es decir, en la búsqueda de un riesgo hasta alcanzar el vértigo, «en la fuerza de un deseo profundamente metafísico de escaparse de sí mismo» de la «necesidad que, a veces, se hace presente en los hombres de emancipar su conciencia de la atención a la vida». Pero la noción de álea, de una particular fuerza atractiva en lo que podría ser una corrida-espectáculo, no concuerda con la definición de corrida (y no, claro está, en el conjunto de la organización de los "toros") y este punto es, entendemos, suficiente como para excluirla de la taxonomía de los juegos. La separación de cualquier investigación con respecto a su objeto de investigación puede tener un cierto valor heurístico en las Ciencias del Hombre en general, pero la Etnología ha mostrado, en particular, el interés determinante de la observación participante a la hora de plantearse cualquier análisis serio de un fenómeno social. No abrigamos la menor duda de que si T. Mitchell hubiera aceptado entrar un poco más profundamente en el conocimiento empírico del mundo taurino hubiera ofrecido una versión distinta de la historia de la Tauromaquia: en efecto, un conocimiento algo más contrastado le hubiera impedido confundir en uno solo dos toreros de distintas épocas y con expresiones artísticas tan diferentes como Pepe Luis Vargas y Pepe Luis Vázquez (pág. 93); un conocimiento, más detenido o cuidadoso de los detalles le hubiera, asimismo, impedido afirmar que el toro y la vid constituyen la base de inmensas riquezas en Andalucía (pág. 126). Si es cierto que la ganadería de toros bravos,
248 Domi nique Fournier en algunas ocasiones, ha sido la vitrina de ciertas opulencias no es menos verdadero que no ha contribuido, para nada, a crearlas, sal vo en el caso que consideremos que la ocupación de grandes extensiones de tierra, después de la Desamortización, desde el punto de vista económico, es tan importante como su puesta en cultivo. Es verdad, sin embargo que el imaginario popular transforma en necesidad política y cultural la posesión de vastas extensiones de tierras, incluso improductivas -que obligaban, muchas veces, a los propietarios a mantener técnicas (casi ideológicas) en la explotación, casi marginal, de ganadería extensiva-, si querían estar calificados para ocupar determinados puestos importantes del poder político regional. A pesar de los puntos vulnerables que padece la obra de Timothy Mitchell no deja, por supuesto, de tener su interés, aunque sólo fuera por su fidelidad a la retórica de exposición anglosajona, que le ha permitido redactar una síntesis bastante amplia, ambic~osa llegaríamos incluso a reconocer, de todo lo más destacado que se ha escrito de Tauromaquia hasta la actualidad. El libro, claro está, no podrá sino alegrar a un público antitaurino. Verá, seguramente, con deleite como la corrida es rebajada al nivel de un deporte vulgar tanto más cuantó que ese lector probablemente le comparará, quizás inconscientemente, con la formidable organización y el renombre actual de deportes tan mediáticos como el foot-ball europeo y el baseball norteamericano, verdaderos ejemplos de la modernidad, expresión en tanto a uno como a otro, de una cultura democrática y progresista en la que cualquier intento de fraude está, por definición, excluido ya que tales tentativas son, en todo caso, consustanciales a las pausas mediterráneas.
249 Bibliografía y recensfones de libros El mundo taurino, por su parte y paradójicamente, encontrará en esta obra, radicalmente polémica, bajo la apariencia de una objetividad de buena ley, la confirmación de su voluntad de independencia, la vinculación a un universo que no desea separar, ni distinguir, lo sagrado de lo profano. Blood Sport, en efecto, destaca la fuerza de una cultura que ha sabido preservar juegos tan fundamentales para la inserción del hombre en la Sociedad como rituales capaces de proyectar esta sociedad en el ·mundo de la Naturaleza. En cuanto a los otros ... se sentirán reconfortados en la idea que la razón siempre debe dominar entre quienes conceden a la noción de Progreso un lugar fundamental: se sentirán reforzados en la desconfianza del culto arcaico a la emoción, en la sospecha a la excitación de los sentimientos primarios sobre todo cuando éstos se expresan a través de fiestas gozosas que en la medida en que son social y culturalmente, tanto más, son consideradas "impías".
250 Dominique Foumier BIBLIOGRAFIA i\ benamar, 1950: Filosofía del toreo, Madrid. Caillois, R., 1958: "Jeux des adultes. Définitions" en Jeux et Sports, Paris, Encyclopédie de la Plé1ade, Gallimard, págs. 150-180. Cazeneuve, J., 1967: "Jeux de vertige et de peur" en Jeux et Sports, ibidem, págs. 683-730. García-Baquero González, A., 1994; Romero de Solís, P. y Vázquez Parladé, l.: Sevilla y la Fiesta de Toros, Ayuntamiento de Sevilla. González Alcantud, J. A., 1993: Tractatus ludorum. Una antropología del juego, Barcelona, Anthropos. Graña, C.: "The bullfight and Spanish national decadence" en Society, vol. 24, nº 5, págs. 33-37. Leiris, M., 1981: Miroir de la Tauromachie, S. l., Fata Morgana. Romero de Solís, P.: "Aeques agonistes. El rapto del toro" en Separata, nº 1, 1978, págs. 63-70. Toro Buiza, L., 1947: Sevilla en la historia del toreo y la Exposición de 1945, Ayuntamiento de Sevilla. Villalón, F., 1956: Taurofilia racial, Madrid, Aramo.