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La exaltación de la muerte en Nueva España: El túmulo funerario del minero José de la Borda en la iglesia de Santa Prisca de Taxco

Sánchez-Cortegana, José M.; Sánchez Morgado, Celia

Abstract

Desde la Baja Edad Media, la exaltación de la muerte ha sido uno de los grandes temas del arte occidental, cobrando especial trascendencia con la llegada del Barroco. Los grandes artistas de los siglos XVII y XVIII -pintores, escultores, grabadores, etc.- se aplicaron con empeño a su representación, mostrando crudamente el trágico fin de todos los hombres y proponiendo, al mismo tiempo, una profunda reflexión sobre la fugacidad de la vida y vanidad de las cosas terrenales.

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Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla Sevilla, 2022 Colección Catálogos Núm.: 1 COMITÉ EDITORIAL: Araceli López Serena (Directora de la Editorial Universidad de Sevilla) Elena Leal Abad (Subdirectora) Concepción Barrero Rodríguez Rafael Fernández Chacón María Gracia García Martín María del Pópulo Pablo-Romero Gil-Delgado Manuel Padilla Cruz Marta Palenque Sánchez María Eugenia Petit-Breuilh Sepúlveda José-Leonardo Ruiz Sánchez Antonio Tejedor Cabrera Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin permiso escrito de la Editorial Universidad de Sevilla. © Editorial Universidad de Sevilla 2022 C/ Porvenir, 27 - 41013 Sevilla. 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VALDÉS LEAL DESDE LA FACULTAD DE BELLAS ARTES DE SEVILLA Sala de la Virgen, Hospital de la Santa Caridad de Sevilla Del 14 de octubre al 9 de noviembre de 2022 ORGANIZA Facultad de Bellas Artes, Universidad de Sevilla PARTICIPA Hospital de la Santa Caridad de Sevilla COLABORAN Consejo Social de la Universidad de Sevilla Editorial de la Universidad de Sevilla COMISARIADO Daniel Bilbao Peña Enrique Valdivieso González María Arjonilla Álvarez Fernando Infante del Rosal COORDINACIÓN HOSPITAL DE LA SANTA CARIDAD DE SEVILLA Marisa Caballero-Infante DISEÑO EXPOSITIVO Coordinación María Arjonilla Álvarez Daniel Bilbao Peña Manuel Cid Medrano Fernando Infante del Rosal Montaje expositivo David Javier Caro Ayarza David Romero Montero Asistencia Rubén Reina Pérez Keiko Kawake Cristina Quintana Laforêt María González Arjonilla Haalimah Gasea Ruiz Restauración artística Mercedes González Fuentes Gráfica expositiva Fernando Infante Audiovisuales Enrique Leal Carmona Catering Rubén Reina Pérez Impresión de rotulación Trillo Comunicación Visual Control de sala José Manuel Moreno Sánchez ARTISTAS PARTICIPANTES 233 AAron José Antonio Aguilar Galea Alfredo Aguilar Gutiérrez Lucía Álvarez-Borrajo Carmen Andreu Lara María Arjonilla Álvarez Rocío Arregui Raquel Barrionuevo Pérez Miguel Ángel Bastante Recuerda Antonio Bautista Durán María del Mar Bernal Daniel Bilbao Peña Antonia Blanco Arroyo Diego Blázquez Pacheco Javier Bueno Vargas Enrique Caetano Manuel Caro Manuel Castro Cobos Manuel Cid Medrano Gema Climent Constantino Gañán Medina Fernando García-García José García Perera Haalimah Gasea Ruiz Juan José Gómez de la Torre Joaquín González González Mª Ángeles González Sánchez Miguel Gutiérrez Villarrubia Paul Edmund Herman Helena Hernández Acuaviva Patricia Hernández Rondán Natalia Herrera Pombero Susana Ibáñez Macías Fernando Infante del Rosal Miguel Ángel Jiménez Mateos Salvador Jiménez-Donaire Martínez Keiko Kawabe Laforêt (Cristina Quintana Laforêt) Paco Lara-Barranco Félix López de Silva Manuel Fernando Mancera Martínez Olegario Martín Sánchez Guillermo Martínez Salazar Manuel Mena Bravo José Luis Molina González Inés Molina Navea Manuel Moreno Espina Marina Mulero Áurea Muñoz del Amo José Naranjo Ferrari Laura Nogaledo Amalia Ortega Rodas Inmaculada Otero-Carrasco Bartolomé Palazón Cascales Juan Palomo Reina Inmaculada Peña Cáceres Rafael Pérez Cortés Fernando Javier Poyatos Jiménez Sergio Cruz Pozuelo Cabezón Guillermo Ramírez Torres Guille Rodríguez Carlos Rojas-Redondo Elisabet Roldán-Rojo David Romero Montero Julio Romero-Noguera MP&MP Rosado Celia S. 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Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla 8 “Pintar el riguroso trance de la muerte.” Miguel Mañara, Antiguas reglas de la Hermandad, cap. III, a. 2º “Son grandes modelos de enseñanza.” Mariano Fortuny (sobre las pinturas de Valdés Leal en el Hospital de la Caridad de Sevilla). Citado en José Gestoso, Biografía del pintor Sevillano Juan de Valdés Leal (Sevilla, 1917, p. 44). Postrimerías. Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla 150 En 1776, aquejado de diversas dolencias, se trasladó a Cuernavaca, lugar retirado “por juzgarse aquel temperamento más acomodado a su salud quebrantada.” Al poco tiempo, llegó desde España, para ayudarlo en sus negocios, su sobrino Alejandro Nicolás Pemartín10. Sin embargo, su estado fue empeorando progresivamente hasta finalmente fallecer dos años después, el 30 de mayo de 1778 (Fig. 1). La fama de don José, como aplicado e ingenioso minero, alcanzaron a la propia corte española, siendo descrito por Carlos III como “…el sujeto más inteligente que en este reino se conoce en minas y en la maquinaria para su excavación” (Paire, 2022). 2. LA CARIDAD EN GRADO HEROICO Si algo caracterizó a don José de la Borda fue el haber sido un hombre extraordinariamente generoso y humilde que, a lo largo de toda su vida, no dudó en compartir sus inmensas riquezas con sus paisanos. El padre José Antonio Ximénez y Frías, en la oración panegírica que le dedicó durante sus exequias en Santa Prisca de Taxco, recordaba esta virtud de don José con estas palabras: “Murió aquel varón cuya maternal conmiseración y caridad cristiana, lo hicieron padre de los huérfanos, asilo de las doncellas, consuelo de las viudas, alivio de los enfermos, abrigo de los desamparados, socorro de todos los necesitados, de todos los miserables, de todos los pobres” (Ximénez y Frías, 1779: 26). Ciertamente, a lo largo de su vida, aplicó una parte considerable de su hacienda a la prosperidad del Real de Minas de Taxco, lugar donde había reunido su fortuna y donde se estableció tras arribar a Nueva España, aliviando la vida material de sus convecinos y 10 Su expediente de información y licencia de pasajero a indias en Archivo General de Indias. Contratacion,5522, N.1, R.28. Fig. 1. Retrato ‘post mortem’ de don José de la Borda. Sala capitular de San Prisca de Taxco. Foto autores. 151 José Mª Sánchez-Cortegana y Celia S. Morgado La exaltación de la muerte en Nueva España: El túmulo funerario del minero José de la Borda en la iglesia de Santa Prisca de Taxco tratando de encauzar sus almas en “carrera de salvación”11. Muchas fueron las empresas en la región donde la aportación de don José de la Borda fue determinante: En primer lugar, financió importantes obras civiles. Así, por ejemplo, proveyó de agua a la villa de Taxco mediante la construcción, a su costa, de una cañería de más de 500 varas, que terminó con la escasez que anualmente se padecía durante los meses de marzo, abril y mayo, tanto para el consumo humano como para las explotaciones mineras; también abrió el camino entre Coatepec y Quitlapilco, en el paraje de Teitzatsica12, y arregló el de Acuitlapan a Acamixtla, pavimentando su calzada y evitando los muchos precipicios y peligros existentes en su trayecto; e igualmente, erigió un puente de cantería en el camino entre Taxco y Pilcaya, permitiendo el tráfico de personas y mercancías durante todo el año, poniendo fin con ello a las paradas estacionales por las fuertes crecidas del rio (Ximénez y Frías, 1779: 51-52). Además, como persona devota y extraordinariamente piadosa, en el convencimiento de la mediación divina en el éxito de sus empresas, no dudó en destinar otra considerable parte de los beneficios que obtuvo, en ayudar generosamente a la Iglesia y a los más necesitados. Recogen repetidamente distintos testimonios literarios contemporáneos que tuvo como lema personal: “Dios a darle a Borda y Borda a darle a Dios”13. Muy importante fueron sus aportaciones para la erección y mantenimiento de distintos templos de la región. Así, enriqueció el santuario de Nuestra Señora de Tlaltenango, proveyéndolo de un rico ajuar litúrgico, “vistiendo costosamente” la imagen de la Virgen y fabricando una hospedería para peregrinos. En la villa de Tehuilotepec, junto a su hermano Francisco, dotaron a su iglesia parroquial de San Antonio de Padua de un rico ajuar litúrgico. Finalmente, en la propia villa de Taxco arregló el convento franciscano de San Bernardino de Siena y las capillas de los barrios, “unas techadas de su cuenta, otras adornadas de su bolsa”, dotándolas de imágenes y sagrados ornamentos; pero, sin lugar a dudas, su gran empresa en esta población, aquella que le dio fama y gloria, fue la reconstrucción de la iglesia de Santa Prisca, para lo cual contó con el beneplácito y bendición del papa Benedicto XIV14 (Fig. 2). El nuevo monumental templo fue proyectado por el arquitecto Cayetano de Sigüenza. Comenzaron las obras en febrero de 1751, contando con la autorización del arzobispo de 11 Desde el siglo XIII, los franciscanos trataron de reconciliar la virtud de la pobreza con la acumulación de bienes a través de la práctica de la caridad, condición sine qua non para alcanzar la salvación. En los sermones fúnebres impresos en Nueva España durante el siglo XVIII suele advertirse, como los difuntos (por lo general nobles o burgueses “triunfadores”) aunque hubieran acumulado grandes caudales, ésto no era motivo de condenación (por práctica de usura) sino, al contrario, de alabanza, al repartirlos con “liberal mano” entre los más necesitados. 12 Archivo General de la Nación. Instituciones Coloniales. Gobierno Virreinal. General de Parte (051), Volumen 42. Año 1760. Fol. 296r/297v. 13 Quienes habían sido favorecidos por Dios se sentían obligados a mostrar su agradecimiento costeando capillas, templos o santuarios para uso espiritual de la comunidad a la que pertenecían. En esta línea de actuación, el primer conde de la Valenciana patrocinó la iglesia de San Cayetano de Guanajuato y el marqués de San Juan de Rayas, coterráneo del anterior, junto a su hermano José Joaquín, financiaron el templo de la Compañía de Jesús de esta misma ciudad. 14 El hecho fue mencionado y, naturalmente, exaltado por su singular de importancia, en el panegírico de su ceremonia fúnebre de 1778: “Me bastaría ver que el incomparable Benedicto XIV, en carta particular, no sólo lo saludó y dio su bendición, con particulares gracias y privilegios que extendió a su nobilísima descendencia, sino que le animó a que llevase adelante la fábrica de este gran templo” (Ximénez, 1779: 31); siendo posteriormente recogido por todos los historiadores que han abordado a este singular indiano. Postrimerías. Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla 152 México don Manuel Rubio y Salinas y del virrey don Juan Francisco de Güemes, conde de Revillagigedo; siendo consagrado en marzo de 175915. Además, don José quiso dotar al nuevo templo de todo su ajuar litúrgico: retablos, que fueron tallados por Isidoro Vicente, hijo adoptivo de Gerónimo de Balbás, y por su hermano Luis de Balbás; pinturas realizadas por Miguel Cabrera, pintor de cámara del arzobispo de México (Vargaslugo, 1999), y de innumerables enseres de plata necesarios para los oficios, muchos de ellos labrados en el taller del maestro de origen andaluz Manuel de Andrade16. En total gastó en esta empresa la extraordinaria cantidad de 1.051.572 pesos. Finalmente, también destacó por sus obras de caridad. Así, por ejemplo, con motivo de la gran escasez de víveres, especialmente de maíz, que padeció el Real de Taxco en el año de 1753, sus vecinos pudieron sobrevivir gracias a don José quien, no sólo mandó comprar todo el cereal necesario, sino que lo transportó a su costa, asumió las mermas, pagó los salarios a los corredores y, después de todo, lo vendió a un peso menos de lo que le había costado. También en Taxco revitalizó la cofradía del Santísimo Sacramento, corrió con los gastos de estudios de 5 niños pobres hasta que fueron ordenados sacerdotes y, comenta el autor de la oración fúnebre que, en una ocasión, entregó a su confesor 45.000 pesos para que los repartiera como limosnas entre los más necesitados. En Zacatecas, igualmente, ordenó la entrega de 100 pesos semanales al cura de su parroquia para repartirlo entre los menesterosos y dotó a 20 niñas con 2.000 pesos anuales para que pudieran estar recogidas en el colegio de la ciudad. Por último, en la villa de Cuernavaca compró una casa por 2.000 pesos para establecer en ella una escuela de primeras letras para niños pobres, pagando el sueldo del maestro y la manutención de los alumnos (Ximénez y Frías, 1779: 55). 15 Fue bendecido por don Manuel Antonio Rojo del Río, nuevo arzobispo de Manila, quien, gratamente deslumbrado, escribió a Madrid comentando del nuevo templo …arquitectura perfecta y hermosa, tan completa y rica en sus adornos; destacando, a continuación, sobre de su patrocinador su extraordinaria humildad …pues ni en una lápida, ni en una alhaja se encuentra vestigio de ser él el benefactor (Payre, 2015: 3ª Parte). 16 Previendo posibles reveses de la fortuna, se reservó la propiedad de estas joyas, entre las cuales figuraba una gran custodia procesional. Efectivamente, en 1772 mermados sus ingresos, con permiso del entonces arzobispo de México, don Alonso Núñez de Haro y Peralta, la vendió a la catedral metropolitana junto a un viso, un copón, un cáliz, seis blandones, tres frontales, cuatro hacheros y tres pedestales para cruces altas y ciriales; obteniendo, por todo, la suma de 110.000 pesos (Toussaint, 1931: 93). Fig. 2. Iglesia de Santa Prisca de Taxco, Estado de Guerrero (México). Foto autores. 153 José Mª Sánchez-Cortegana y Celia S. Morgado La exaltación de la muerte en Nueva España: El túmulo funerario del minero José de la Borda en la iglesia de Santa Prisca de Taxco 3. UNAS SUNTUOSAS EXEQUIAS Al día siguiente del fallecimiento de don José de la Borda, el 31 de mayo de 1778, don Francisco de Córdoba, notario del juzgado eclesiástico de Cuernavaca, remitió carta urgente al cabildo eclesiástico de Santa Prisca de Taxco, comunicándole el fatal desenlace. Conocido el hecho, don José Antonio Ximénez y Frías, cura más antiguo de la parroquia, ordenó de inmediato que doblasen las campanas de sus torres en señal de duelo, al mismo tiempo que convocó en su casa a las personas más notables de la villa, entre las que se encontraban su alcalde mayor don Vicente Joseph de los Covos Moxica, el juez eclesiástico interino don Felipe Alemán y los vicarios don Francisco Ocampo y don José Patiño, a fin de escribir a don Manuel Vicente de la Borda, hijo del fallecido, para pedirle, en nombre de todo el vecindario, se dignase traer el cuerpo de su padre a Taxco para darle cristiana sepultura. Tal pretensión, sin embargo, no tuvo efecto pues, cuando llegó la carta a Cuernavaca, ya estaba celebrándose el funeral en su parroquia y no se estimó conveniente suspenderlo17. Por otra parte, aquella misma tarde en Santa Prisca se inició un novenario de misas cantadas, con responso solemne, por el alma del difunto, presidido, de manera simbólica, por un catafalco cubierto con un paño negro y alumbrado con seis velas y cuatro blandones con sus hachas. No fueron las únicas conmemoraciones en la villa de Taxco. En el convento de San Bernardino de Siena, de la orden de San Francisco, y en todas las capillas de los barrios, doblaron las campanas al tiempo de las misas, al ángelus y en la oración de la noche; y el día 3 de junio, por las calles de la población, se celebró un “rosario de ánimas” en memoria del difunto, con gran concurrencia de vecinos portando luces18. También por esos días, habiéndose juntado los vecinos del Real con su alcalde mayor, resolvieron dedicar, en honor de su célebre paisano, un solemne sufragio de honras el día 17 de junio, determinando se erigiese para esta función “una nueva tumba”. Resuelto el asunto de común acuerdo y en plena preparación del evento, llegó a Taxco, procedente de México, don Antonio de Villanueva, diputado de la minería, quien, no contento con la sencillez del túmulo proyectado, propuso posponer el sufragio para el día 26 de agosto, dando con esto tiempo a que se fabricase uno de mayor envergadura y alarde. Finalmente, tras un nuevo retraso por los ritmos de trabajo en su construcción, el 3 de septiembre de 1778, se celebraron las esperadas exequias públicas, que fueron minuciosamente narradas y descritas por el citado don José Antonio Ximénez y Frías19 en el impreso titulado: El Fénix de los mineros ricos de América. Fúnebre parentación…, editado en México por Felipe de Zúñiga y Ontiveros en 1779 (Fig. 3). Las honras fúnebres, tal y como describe el citado impreso, fueron de la siguiente manera: El día 2 de septiembre, en las vísperas, a las 12 del mediodía, 3 de la tarde y oración 17 Comenta Elisa Vargaslugo que, en realidad, detras de esta contundente e inesperada negativa, pudo estar la voluntad del propio don José de la Borda que, en un último gesto de humildad, no quiso ser enterrado en el gran templo que él había levantado, con los honores, distinciones y/o privilegios que naturalmente hubiera conllevado (Vargaslugo, 1999: 93). 18 En Tehuilotepec, población donde don José tuvo casa, el mismo día 3 también se celebró en su parroquia de San Antonio de Padua otro solemne funeral con su vigilia, misa y responsos correspondientes, levantándose una tumba de cinco cuerpos en medio de la iglesia. 19 Bachiller de las facultades de Filosofía, Teología y Leyes; y doctor en Sagrados Cánones por la Real Universidad de México; abogado de la Real Audiencia y del Real Colegio de Abogados de México, cura más antiguo, juez eclesiástico y comisario del Santo oficio en Taxco. Postrimerías. Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla 154 de la noche, doblaron todas las campanas del Real, anunciando el solemne funeral del día siguiente. Para la ceremonia principal, la iglesia de Santa Prisca apareció lujosamente engalanada con colgaduras negras en sus pilastras, con un frontal de estreno, de terciopelo negro con su galón y fleco de oro, para la mesa de altar y presidida por un enorme túmulo funerario. La ocupación del templo se hizo conforme a unas estrictas normas de protocolo. En el presbiterio estuvieron los oficiantes: el doctor don José Antonio Ximénez, cura más antiguo de la parroquia; el reverendo padre Fray Gabriel Vidaña, guardián del convento de San Bernardino de Siena; el reverendo padre Fray Juan Guadalupe de León, exguardián del dicho convento; el bachiller Juan Diego Gutiérrez, juez eclesiástico de Cacalotenango y el bachiller don Miguel Ruiz de la Mota, teniente de cura del partido de Iguala y natural de Taxco; además de toda la comunidad franciscana del convento de San Bernardino que fue situada en una banca a un lado del altar. Ya en el crucero, en el lado izquierdo, también en una banca con respaldo enlutada, se colocaron las autoridades eclesiásticas (el clero, los dos diputados y los oficiales de la ilustre archicofradía del Santísimo Sacramento); mientras en el lado derecho, en otra banca similar, las autoridades civiles (el alcalde mayor, el alguacil mayor y el escribano); distribuyéndose el resto de fieles (un gran número de vecinos de ese Real y otros llegados de México) tanto a sus espaldas como por el resto de la nave del templo, ocupando “no solamente toda la iglesia, más también la capilla de los indios y mucha parte del cementerio.” A las nueve de la mañana se inició la vigilia de los difuntos que duró una hora, en la que se entonaron distintos himnos y salmodias por las voces de un coro traído de México junto al propio de la parroquia. A continuación, se inició la misa de réquiem que se prolongó durante tres cuartos de hora, a cuya finalización el preste, con sus ministros, subieron a la tarima del túmulo, donde se cantó un responso muy solemne. Fig. 3. Portada del impreso El Fénix de los mineros ricos de América. Fúnebre Parentación…, editado en México por Felipe de Zúñiga y Ontiveros en 1779. Foto autores. 155 José Mª Sánchez-Cortegana y Celia S. Morgado La exaltación de la muerte en Nueva España: El túmulo funerario del minero José de la Borda en la iglesia de Santa Prisca de Taxco Seguidamente, cuatro de los oficiantes, revestidos con capas pluviales negras, se dirigieron hacia el túmulo, tomando asiento en cuatro sillas dispuestas delante de la tarima, por el frente que mira hacia el altar mayor, para escuchar la oración panegírica, acompañando todo el proceso el toque de dobles por las campanas del templo. El doctor don José Antonio Ximénez pronunció entonces la disertación en la que, durante una hora, repasó las virtudes y hechos más notables de la biografía del finado, enfatizando su profunda religiosidad y temor de Dios y su extraordinaria caridad, que le impulsaron a repartir, una parte de su hacienda, entre los más necesitados. Acabada la oración, que “fue escuchada no sin algunas lágrimas”, volvieron a doblar las campanas y se cantaron cuatro responsos, dando la vuelta al túmulo, uno por cada una de sus caras, concluyendo el acto a las 12 de la mañana. 4. LA GRAN PIRA Como punto de referencia óptico de estas solemnes exequias, se levantó un notable túmulo funerario que quedó emplazado en el segundo tramo de la única nave del templo, frente al presbiterio, en el seudocrucero formado por la puerta lateral de entrada y la portada de la gran capilla de indios, bajo un pabellón de damasco amarillo que colgaba de la bóveda (Fig. 4). Su diseño y programa iconográfico corrieron a cargo del propio párroco don José Antonio Ximénez, contando con la ayuda de don Francisco Miguel Domínguez, quien también se ocupó de la dirección de los numerosos operarios locales que se encargaron de ejecutar el proyecto20. En su fabricación se tardó poco más de dos meses (entre el 27 de junio cuando don Antonio de Villanueva exigió una “máquina” más suntuosa y el 3 de septiembre en que se celebraron las honras fúnebres); siendo el proceso atentamente vigilado por el citado presbítero quien llegó a afirmar que “…para evitar defectos del pincel en las tarjas, las hice trabajar en mi casa y a mi vista” (Ximénez, 1779: s/n ). El túmulo consistió en una enorme estructura de madera de algo más de 13 varas de elevación, es decir, de casi 11 metros, formada por un zócalo, cuatro cuerpos ochavados superpuestos, de tamaño decrecientes en altura, y, como remate, una esbelta pirámide. 20 Amigo personal de don José de la Borda, debía ser una persona culta y de cierto nivel económico, pues ideó y regaló los retratos que, como galería de personajes ilustres, se colocaron en la sala capitular de la iglesia de Santa Prisca tras su inauguración. Fig. 4. Plano de Santa Prisca de Taxco con emplazamiento de la pira funeraria de don José de la Borda. Foto autores. Postrimerías. Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla 156 Toda su superficie estuvo pintada imitando mármoles polícromos, “salpicada en parte de vivas llamas, que la hacían parecer toda una hoguera” (Ximénez, 1779: 4). Como luminarias, se previó que estuviera alumbrado con tan sólo cuatro blandones en las esquinas del zócalo, más 16 “arbotantes” repartidos por sus 4 cuerpos superpuestos; número escasísimo en este tipo de escenografía. De hecho, la falta de luces se sustituyó ilusionistamente por las citadas llamas pintadas21. La decoración, por su parte, también fue muy sencilla, sin relieves, ni esculturas exentas, reduciéndose a ciertos paneles pintados en cada uno de los frentes de los cuatro cuerpos, enfatizándose así el valor arquitectónico de la máquina. Ciertamente, el túmulo no fue tan exuberante ni fastuoso como otros ejemplares de la 1ª mitad de la centuria; sobriedad que sería explicable tanto por el corto plazo que se tuvo para su ejecución, como por haberse respetado las últimas reales pragmáticas contra la ostentación y el lujo en estas estructuras efímeras. A estos dos motivos, habría que sumar también la progresiva implantación de los postulados academicistas, tendentes a una recuperación de lo clásico, con primacía de los volúmenes limpios sobre las exuberantes y profusas decoraciones barrocas. En efecto, en el túmulo de don José de la Borda se impuso lo arquitectónico sobre lo decorativo, con un diseño elegante y, a la vez, sobrio. Sí se mantuvo, en cambio, el significado alegórico característico de estas máquinas barrocas: la representación de los pasajes más notables de la vida del difunto, junto a las virtudes que “atesoró”; aunque, en la línea de sobriedad expresada, no se incluyeron elementos como la figura de la Fama proclamando su triunfo sobre la muerte, ni el retrato del difunto, ni sus armas, ni las prolíferas representaciones de elementos macabros (esqueletos, huesos, calaveras y/o ataúdes) tan frecuentes en las piras funerarias de los siglos XVII y principios del XVIII. Elisa Vargaslugo advirtió la correspondencia entre el programa iconográfico de la pira con los distintos pasajes de la oración fúnebre, señalando cómo el texto era mucho más erudito, cuidado y rico que su plasmación plástica, con pinturas un tanto simples y repetitivas, explicable porque don José Antonio Ximénez dispuso de tres meses para la elaboración del texto y sólo se contó con algo más de uno para la construcción de la pira (Vargaslugo, 1983: 57). La edición impresa del citado texto: El Fénix de los mineros ricos. Fúnebre parentación… de 1779, incluyó una estampa del túmulo, que nos permite conocerlo con gran pormenor de detalles22. El grabado, de tamaño algo mayor de la doble página, se insertó en el capítulo titulado “Descripción de la pira”, y debió realizarse a buril sobre una posible plancha de cobre. Mostraba el alzado del túmulo visto desde la puerta principal de entrada del templo, incluyendo, en el ángulo inferior izquierdo, una tarja orlada de rocalla con la siguiente ins- 21 A mediados del siglo XVIII, concretamente en 1744, la pira del marqués de la Villa del Villar tuvo 445 luces (Vargaslugo, 1983: 56). Tan drástica reducción sería sólo explicable por haber sido reglamentado por alguna real pragmática para frenar su abusivo uso. En este sentido, un número también muy reducido de hachas alumbraron el túmulo del Conde Regla, erigido en 1781, en la iglesia del colegio apostólico de Propaganda Fide de Pachuca (Véase Sánchez-Cortegana y Martínez, 2021). 22 Fue publicada, por primera vez, por Manuel Toussaint en 1931, en su libro Tasco: su historia, sus monumentos, pero sin hacer un estudio específico de la pira. Posteriormente, este fue abordado en 1983 por Elisa Vargaslugo en un artículo publicado en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, titulado “Dos piras funerarias barrocas”, aunque sin total exhaustividad. Más recientemente, en 2016, algunos de los que se creían sus elementos componente, fueron abordados por Benito Rodríguez Arbeteta, en el artículo “Notas sobre los catafalcos de la monarquía hispánica y su simbolismo, a la luz de sus ejemplos físicos (siglos XVII y XVIII). El conjunto pictórico de Taxco” en el Boletín de Monumentos Históricos. 157 José Mª Sánchez-Cortegana y Celia S. Morgado La exaltación de la muerte en Nueva España: El túmulo funerario del minero José de la Borda en la iglesia de Santa Prisca de Taxco Fig. 5. Grabado del túmulo de don José de la Borda levantado en 1778 en Santa Prisca de Taxco. Foto autores. Postrimerías. Valdés Leal desde la Facultad de Bellas Artes de Sevilla 158 cripción: a el noble, al singular, al raro, a el fenix de los mineros ricos de la américa, a el incomparable caballero don josé de la borda, erigió el real y minas de tasco, incontestable monumento de su gratitud, esta abrasada hoguera del amor debido a su gran beneficiencia, esta encendida pira en que desea hacer su memoria eterna e inmortal. septiembre 3 de 1778. Y debajo la escala de la representación en varas castellanas (Fig. 5). El programa simbólico de la pira consistió, como hemos señalado, en un conjunto de pinturas que giraron en torno a la vida de don José de la Borda y, en especial, a la virtud de la caridad que practicó, en palabras de don José Antonio Ximénez, en grado heroico, junto a numerosos poemas que insistían en las explicaciones de sus significados. El primer cuerpo estuvo dedicado al Fénix, “…ave única en el mundo que, después de vivir (según dicen) cerca de siete siglos, conociéndose ya débil y disminuida de fuerzas, compone un nido, tomando los leños de los árboles más olorosos y, entrándose en él, encendiendo el sol con sus rayos aquella luminaria, lo consume y muere entre las llamas, de cuyas cenizas nace un gusano que, creciendo, es otro Fénix, que sólo dicen haberse visto en Arabia”23. La “historia” de este prodigioso pájaro inmortal se desarrolló en cuatro paneles pictóricos emplazados en los frentes de cada una de las caras de este 1º cuerpo: • En el lado hacia la puerta principal del templo, se representó un Fénix posado en un árbol aromático de donde arrancaba astillas para fabricar su nido, el que se veía ya iniciado en un alto roquedo próximo. • En el lado frente al altar mayor, se veía al Fénix en su nido, abrasado por los rayos del sol, ya casi muerto. • En el lado hacia la capilla de indios aparecía, emergiendo de las cenizas del nido quemado, “el gusano del nuevo Fénix”. • Finalmente, en el lado hacia la puerta del costado de la iglesia, se representó un nuevo Fénix ya formado, “…aunque tierno, sirviéndole de cuna las mismas cenizas del nido.” La leyenda de esta singular criatura fue utilizada en el mundo cristiano (desde las primeras comunidades) como símbolo de la resurrección y, en esta pira, como alegoría de la inmortalidad de don José de la Borda, de su derecho a pervivir en la historia por sus virtudes y acciones, “resucitando” de sus cenizas al igual que el ave Fénix24. Junto a estas pinturas no se dispuso ninguna inscripción o poema pues, previéndose una gran concurrencia de personas a su alrededor antes, durante y después de los oficios, se haría muy dificultosa sus lecturas. Los dos cuerpos siguientes estuvieron dedicados a la caridad, la principal virtud de don José de la Borda. Los pasajes elegidos se representaron en el interior de grandes tarjas ovales de rocallas, con fuerte modelado para general la ilusión de ser marcos en relieve, acompañadas de poemas alusivos a sus temas. En concreto, en el segundo cuerpo, se representaron las siguientes ficciones: • En el lado hacia la puerta del hastial, aparecía un Fénix sobre su nido encendido 23 Ximénez, 1779: 1. El mito del ave Fénix proviene del Antiguo Egipto: se trata del pájaro Bennu que, al final de sus días, construía un nido con nardos, mirra, ramas de canela y astillas de roble y, después de entonar un bellísimo canto, era consumido por las llamas, para renacer tres días después lleno de fuerza y poder. Los griegos le dieron el nombre de Phoenicoperus (que significa alas rojas), apelativo con el que pasó al mundo romano. 24 La imagen del ave Fénix con esta simbología ya se empleó en el túmulo erigido en la catedral de Barcelona en 1701 a la muerte del monarca Carlos II coronando, como en nuestro caso, una estructura piramidal. 159 José Mª Sánchez-Cortegana y Celia S. Morgado La exaltación de la muerte en Nueva España: El túmulo funerario del minero José de la Borda en la iglesia de Santa Prisca de Taxco por el sol y, a su lado, don José de la Borda portando un triángulo de fuego con la inscripción: Deus charitas est (“Dios es caridad”); y en la boca de don José estas palabras dirigidas al Fénix: Iam sumus ergo pares (“Así que ahora somos iguales”). Se completaba esta representación con un soneto. • Por el lado hacia el altar mayor se pintó a don José de la Borda de rodillas sobre una hoguera, las manos juntas, mirando al cielo y en su boca: Scrutabor legem tuam e custodiam illam (“Examinaré tu ley y la guardaré”) y delante, sobre un bufete, la sagrada Biblia. También incluía otro soneto. • En la tercera tarja, hacia la puerta lateral del templo, se veía una alegoría de la Prosperidad, bajando de un cerro de oro y plata, en pos de don José de la Borda, diciendo: Velut umbra sequor (“Te sigo como una sombra”) y éste corriendo, con los brazos abiertos, hacia unos pobres que tenía delante. A continuación, una octava. • Finalmente, en la cuarta tarja, por el lado hacia la capilla de los indios, se representó a don José vestido con un ropaje blanco, en señal de pureza, entre barras y monedas de plata y oro, mirando al cielo y diciendo: Ego autem in te speravi (“Yo, sin embargo, esperaba en ti”) y, detrás de él, una alegoría del tiempo, en figura de un viejo con alas en los pies, diciendo: Semper honos, nomenque tuum, laudesque manebunt (“Tu honor, tu nombre y tu alabanza siempre permanecerán”). Después una octava. En el tercer cuerpo se representaron cuatro notables episodios de la vida de don José de la Borda, donde se evidenciaban las virtudes cristianas que atesoró: • La tarja hacia la puerta del hastial estuvo dividida en dos mitades: en una, se mostraba a don José alejándose de una ciudad, donde se veía un teatro y una plaza de toros entre un fuego oscuro que salía del infierno, mientras admirado, uno de los que lo veían huir, decía: Qui relicto pallio fugit (“Dejando la capa huyó”)25; y, en la otra, a don José con un libro, en cuya primera hoja se leía: Scripsit illa quidem ignatius, sed dictante María (“Ciertamente Ignacio lo escribió, pero al dictado de María”). A continuación, un epigrama. • Por el lado hacia la puerta lateral, se representó a don José rodeado de gran cantidad de provisiones, diciendo: Venite ad me, et ego dabo vobis (“Venid a mí y yo os daré”); y, a su vista, muchas personas, de todas las condiciones, acercándose, a quienes sus líderes decían: Ite ad Joseph (“Vamos hacia José”). Después, una décima. • En la tercera tarja, cuyo lugar no se especifica, se veía a don José entrando en un resplandeciente templo diciendo: Ecce nova facio omnia (“He aquí la nueva obra”) y la muerte detrás, arrojando el arco y las flechas, desesperada por no poder acabar con su vida. Al lado, una décima. • Finalmente, la cuarta tarja, cuya ubicación tampoco se concretó, mostraba a don José, entre muchos haces de trigo, dirigiéndose a ciertas personas allí congregadas con estas palabras: Ego sum Joseph, pro salute enim vestra misit me Deus (“Yo 25 Don José Antonio Ximénez, advirtió un curioso paralelismo entre don José de la Borda y José, el hijo del patriarca Jacob, cuya historia se narra en el Libro del Génesis (39, 1-23): el nombre, la humilde cuna de ambos, la edad de dieciséis años en que ambos salieron de su lugar de origen, su triunfo en tierras extrañas en donde obtuvieron riqueza, poder y el reconocimiento general, y la práctica de las virtudes de la pureza, castidad y caridad. La expresión “Dejando la capa huyó”, en boca de quienes le vieron salir de Taxco; hace referencia a como el casto José abandonó sus ropas al huir de las tretas de la mujer de Potifar (Vargaslugo, 1983: 59).