Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla (Diciembre de 1927)
Full text
Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 125-140 IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS Y LOS ACTOS DEL ATENEO DE SEVILLA (DICIEMBRE DE 1927) Rogelio Reyes Cano Fundación de Estudios Taurinos1 «Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura». on estos versos finales del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías Federico García Lorca resumía las dos grandes cualidades del héroe de su gran elegía: la “claridad”, es decir, la inteligencia, y el “valor”, la audacia –“tan rico de aventura”-. Ambas virtudes ilustran la profunda admiración que Lorca y en general los escritores de la Generación del 27, fascinados por la fuerte personalidad del torero, sintieron por quien cada tarde ponía, como dijo Jorge Manrique, su vida «al tablero», es decir, en riesgo, jugándose en cada lance «la suerte o la muerte». Como es sabido, Lorca comenzó a escribir este gran poema fúnebre al filo mismo de la cogida y muerte de Sánchez Mejías, un día de agosto de 1934, cuando el toro Granadino, de la ganadería de Ayala, segó su vida en la plaza manchega 1Es director del Departamento de Literatura de la Universidad de Sevilla y de la Real Academia Sevillana de Bellas Artes de Sevilla. Dentro del grupo canónico de los poetas del 27, la única voz disonante con respecto a la apreción de Sánchez Mejías corresponde al habitualmente disonante Luis Cernuda. En una carta dirigida a Gerardo Diego con fecha de 8 de octubre de 1931, escribe: «Está en Madrid la antigua amiga de Villalón. Me dice que todos los manuscritos del mismo pasaron a poder de ese individuo a quien llaman Sánchez Mejías; que le ha pedido repetidas veces que se los devuelva, siendo difícil el editarlos, para guardarlos ella misma. El tal tipo no le hace caso y por último dice que se los ha dado a Cossío». Al final de la carta, se refiere a Sánchez Mejías como “el toreador”. Este desprecio por la figura de Sánchez Mejías resulta previsible a poco que se tengan algunos datos básicos sobre el carácter del autor de La realidad y el deseo, y no parece motivado sino por ese desprecio universal que Cernuda ponía en práctica en cuanto disponía del pretexto más insignificante. Como decía al principio, la figura de Sánchez Mejías ha quedado vinculada a la trama global de la Generación del 27 por motivos en esencia anecdóticos, aunque no olvidemos que la historia viene a ser, a fin de cuentas, una suma más o menos coherente de anécdotas. Felipe Benítez Reyes 124
Como dijo Joaquín Romero Murube, la clave de la entusiasta vocación torera de Ignacio estaba en esa fortísima energía personal, canalizada hacía lo que en la Sevilla de aquel momento constituía el canon del heroísmo popular: ser torero. Ignacio «fue torero –escribe– porque en el instante sevillano en que él nació, la gloria romántica... estaba en la torería. Era lo heroico de entonces. Si Ignacio hubiera cumplido los veinte años ahora, hubiera sido cualquier cosa heroica y difícil desde luego, menos torero... Podía serlo todo: ingeniero, político, escritor... Ignacio lo era todo menos la gracia: era el esfuerzo y el coraje, la reflexión y la lucha». En efecto, más que la gracia –cualidad ausente de su forma de torear– los poetas del 27 admirarán en él el valor y la inteligencia, una formidable inteligencia natural –claridad de mente, fino raciocinio– metafóricamente asociada no a la tópica Andalucía de los gitanos sino a la Andalucía romana, a la antigua Bética. «Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza, donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia». Escribe Lorca en el Llanto. Lo mismo viene a decir Jorge Guillén: «Ignacio... nos interesaba mucho, y no sólo por su hombría de gran sevillano y aquel porte de quien se jugara muchas veces la vida: “la suerte o la muerte”. Aquellas calidades, a las que nosotros –pobres de nosotros– no estábamos acostumbrados, podrían haberse resuelto en una Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 127 de Manzanares. Pero el impresionante testimonio poético de Lorca no fue sino la culminación de las largas y estrechísimas relaciones que durante años se establecieron entre el torero y los poetas e intelectuales del 27, con los que llegó a tener una fraternal amistad que sin duda alguna, y una vez muerto el torero, contribuyó a acrecentar su figura quizá en una medida superior a sus auténticos méritos profesionales. La fama de Ignacio, gracias sobre todo al Llanto lorquiano, pero también a otros textos de Gerardo Diego, de Alberti, de Jorge Guillén..., ha traspasado las fronteras de España y se ha convertido en un verdadero mito universal. Protagonista del más grande poema elegíaco de la literatura española del siglo XX, gracias a éste su nombre es conocido por quienes aman pero también por quienes repudian la fiesta de los toros, con una proyección que no llegarán a tener nunca otras figuras del toreo mucho más importantes que él. El temprano origen de su dedicación a los toros hay que buscarlo en un rasgo de su personalidad que destacan todos los que le conocían: su afición al riesgo y a la aventura, la energía y el entusiasmo que desplegaba en cuantas actividades acometía. Que fueron muchas, pues, aparte de torero, Ignacio fue también agricultor, escritor, empresario teatral, jugador de polo, responsable de la Cruz Roja y hasta presidente del Real Betis, y en todas ellas brilló con un estilo peculiar. Era un temperamento activo y vitalista, un personaje curioso y abierto al mundo, castizo y cosmopolita al mismo tiempo –de ahí su sintonía con la modernidad de los poetas del 27–, incapaz de resignarse a vivir una vida tranquila en la placentera quietud de su cortijo de Pino Montano. Por eso se sintió atraído por la arriesgada aventura del toreo. Rogelio Reyes Cano 126
Como dijo Joaquín Romero Murube, la clave de la entusiasta vocación torera de Ignacio estaba en esa fortísima energía personal, canalizada hacía lo que en la Sevilla de aquel momento constituía el canon del heroísmo popular: ser torero. Ignacio «fue torero –escribe– porque en el instante sevillano en que él nació, la gloria romántica... estaba en la torería. Era lo heroico de entonces. Si Ignacio hubiera cumplido los veinte años ahora, hubiera sido cualquier cosa heroica y difícil desde luego, menos torero... Podía serlo todo: ingeniero, político, escritor... Ignacio lo era todo menos la gracia: era el esfuerzo y el coraje, la reflexión y la lucha». En efecto, más que la gracia –cualidad ausente de su forma de torear– los poetas del 27 admirarán en él el valor y la inteligencia, una formidable inteligencia natural –claridad de mente, fino raciocinio– metafóricamente asociada no a la tópica Andalucía de los gitanos sino a la Andalucía romana, a la antigua Bética. «Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza, donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia». Escribe Lorca en el Llanto. Lo mismo viene a decir Jorge Guillén: «Ignacio... nos interesaba mucho, y no sólo por su hombría de gran sevillano y aquel porte de quien se jugara muchas veces la vida: “la suerte o la muerte”. Aquellas calidades, a las que nosotros –pobres de nosotros– no estábamos acostumbrados, podrían haberse resuelto en una Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 127 de Manzanares. Pero el impresionante testimonio poético de Lorca no fue sino la culminación de las largas y estrechísimas relaciones que durante años se establecieron entre el torero y los poetas e intelectuales del 27, con los que llegó a tener una fraternal amistad que sin duda alguna, y una vez muerto el torero, contribuyó a acrecentar su figura quizá en una medida superior a sus auténticos méritos profesionales. La fama de Ignacio, gracias sobre todo al Llanto lorquiano, pero también a otros textos de Gerardo Diego, de Alberti, de Jorge Guillén..., ha traspasado las fronteras de España y se ha convertido en un verdadero mito universal. Protagonista del más grande poema elegíaco de la literatura española del siglo XX, gracias a éste su nombre es conocido por quienes aman pero también por quienes repudian la fiesta de los toros, con una proyección que no llegarán a tener nunca otras figuras del toreo mucho más importantes que él. El temprano origen de su dedicación a los toros hay que buscarlo en un rasgo de su personalidad que destacan todos los que le conocían: su afición al riesgo y a la aventura, la energía y el entusiasmo que desplegaba en cuantas actividades acometía. Que fueron muchas, pues, aparte de torero, Ignacio fue también agricultor, escritor, empresario teatral, jugador de polo, responsable de la Cruz Roja y hasta presidente del Real Betis, y en todas ellas brilló con un estilo peculiar. Era un temperamento activo y vitalista, un personaje curioso y abierto al mundo, castizo y cosmopolita al mismo tiempo –de ahí su sintonía con la modernidad de los poetas del 27–, incapaz de resignarse a vivir una vida tranquila en la placentera quietud de su cortijo de Pino Montano. Por eso se sintió atraído por la arriesgada aventura del toreo. Rogelio Reyes Cano 126
Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 129 Lám. n.º 18.– Ignacio practicaba un toreo de capa de gran altura y muy variado. En la imagen, un lance de su firma, que lo iniciaba levantando los brazos como si fuera a ejecutar el pase del delantal pero lo terminaba en media verónica (archivo familiar). gallardía pintoresca. Y no era así. Lo más sorprendente era que Ignacio discurría con una de las cabezas más claras de nuestro tiempo. En su mente no se embrollaban las ideas». Y Rafael Alberti, que tuvo con él mucho trato, lo retrata así: «¡Qué hombre más extraordinario e inteligente aquel torero! ¡Qué rara sensibilidad para la poesía, y sobre todo para la nuestra, que amó y animó con entusiasmo, ya amigo de todos!... Porque Ignacio, en lo físico y en todo, no era un andaluz de gitanería, sino ese otro, clásico, grave, perfilado y severo de la Sevilla de Trajano». Puede decirse, pues, que estos grandes poetas del 27, entonces todavía unos jóvenes casi desconocidos, comenzaron admirando al torero y terminaron admirando también al hombre a medida que Ignacio se fue interesando por el mundo de la literatura. Sus primeros contactos con los escritores de la Generación del 27 tuvieron lugar en Madrid, a través de José María de Cossío, amigo y en cierto modo maestro de todos ellos, gran aficionado a la fiesta de los toros y autor de un monumental estudio sobre ese tema, verdadero “clásico” de la bibliografía taurina. En la España de los años 20 las conexiones entre toreros e intelectuales se habían hecho cada vez más estrechas, superando las críticas de los escritores del 98, que desde una mentalidad regeneracionista veían todavía en el mundo de los toros un reflejo del atraso de nuestro país. Pero ya en 1912, con motivo del gran éxito de Juan Belmonte, entonces todavía novillero, algunos escritores y artistas como Ramón María del Valle Inclán, Ramón Pérez de Ayala e Ignacio de Zuloaga, decidieran ofrecerle al joven torero sevillano Rogelio Reyes Cano 128
Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 129 Lám. n.º 18.– Ignacio practicaba un toreo de capa de gran altura y muy variado. En la imagen, un lance de su firma, que lo iniciaba levantando los brazos como si fuera a ejecutar el pase del delantal pero lo terminaba en media verónica (archivo familiar). gallardía pintoresca. Y no era así. Lo más sorprendente era que Ignacio discurría con una de las cabezas más claras de nuestro tiempo. En su mente no se embrollaban las ideas». Y Rafael Alberti, que tuvo con él mucho trato, lo retrata así: «¡Qué hombre más extraordinario e inteligente aquel torero! ¡Qué rara sensibilidad para la poesía, y sobre todo para la nuestra, que amó y animó con entusiasmo, ya amigo de todos!... Porque Ignacio, en lo físico y en todo, no era un andaluz de gitanería, sino ese otro, clásico, grave, perfilado y severo de la Sevilla de Trajano». Puede decirse, pues, que estos grandes poetas del 27, entonces todavía unos jóvenes casi desconocidos, comenzaron admirando al torero y terminaron admirando también al hombre a medida que Ignacio se fue interesando por el mundo de la literatura. Sus primeros contactos con los escritores de la Generación del 27 tuvieron lugar en Madrid, a través de José María de Cossío, amigo y en cierto modo maestro de todos ellos, gran aficionado a la fiesta de los toros y autor de un monumental estudio sobre ese tema, verdadero “clásico” de la bibliografía taurina. En la España de los años 20 las conexiones entre toreros e intelectuales se habían hecho cada vez más estrechas, superando las críticas de los escritores del 98, que desde una mentalidad regeneracionista veían todavía en el mundo de los toros un reflejo del atraso de nuestro país. Pero ya en 1912, con motivo del gran éxito de Juan Belmonte, entonces todavía novillero, algunos escritores y artistas como Ramón María del Valle Inclán, Ramón Pérez de Ayala e Ignacio de Zuloaga, decidieran ofrecerle al joven torero sevillano Rogelio Reyes Cano 128
poeta granadino cultura, no en el sentido romántico de un popularismo creador, anónimo y difuso, de arte colectivo, sino en el más cabal de creación personal, tan bien entendida y practicada por los poetas del 27, que en eso, como en tantas otras cosas, habían aprendido la lección personalista de Juan Ramón Jiménez. Cuenta el propio Alberti que Manuel Torre, genial “cantaor” gitano, habló una noche en Sevilla de su propio cante «con seguridad y sabiduría semejantes a las que un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética». Y sin duda por eso reconocieron también en Ignacio una cualidad –la “inteligencia”– que dos poetas españolas anteriores (Bécquer y Juan Ramón Jiménez) habían considerado imprescindible para la creación lírica. Poeta y torero, torero y poeta, que tanto da, hermanados en una misma pulsión creadora. Así pues, ellos no veían en Ignacio sólo al personaje más o menos pintoresco y castizo, capaz de jugarse la vida cada tarde, sino al oficiante de una vieja liturgia y al artífice de un arriesgado ballet trenzado ante las astas de un toro. Se trata de un concepto trágico y existencial de la fiesta de los toros, que quedaba así incorporada al mundo del Arte y de la Cultura universales. Pedro Salinas dijo que los toros representan una verdadera «cultura de la muerte» propia de la sensibilidad española, y en la que la conciencia de la muerte «actúa como signo positivo, es estímulo, acicate al vivir y a la acción, y permite entender el sentido total y pleno de la vida». Y el mismo García Lorca, en una entrevista periodística que le hicieron en 1935, afirmó que «el toreo es probablemente la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación peda- Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 131 un banquete de homenaje. Se dice que Valle Inclán, fascinado por el arte de Belmonte, le dijo: «¡Juanito, hijo, para ser perfecto sólo te falta morir en el ruedo¡». A lo que Belmonte. siguiendo el juego de esa gran “boutade”, respondió de inmediato: «Se hará lo que se pueda, Don Ramón, se hará lo que se pueda!». Graciosa anécdota que revela hasta qué punto el mundo del toreo atraía a los hombres de pluma, entre ellos nada menos que a José Ortega y Gasset, quien dijo con toda razón que no era posible conocer nuestra historia como nación sin estudiar el fenómeno taurino: «Afirmo de la manera más taxativa que no puede comprender bien la historia de España desde 1650 hasta hoy quien no se haya construido con rigurosa construcción la historia de las corridas de toros... Historia que revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos». José María de Cossío presentó a Ignacio Sánchez Mejías a los entonces jóvenes poetas del 27 una noche en el hotel Palace de Madrid. Uno de estos poetas, Rafael Alberti, cuenta cómo se sintió impresionado por la prestancia de «un hombre -dice- que había lidiado y dado muerte a más de setecientos toros». Los poetas del 27 tenían un altísimo concepto del folklore, tanto del cante y baile flamenco como de los toros, dos expresiones populares a las que le reconocían verdadero valor. Si para Lorca el “cantaor” Manuel Torre podía ser el hombre con más cultura en la sangre que había conocido, el torero Sánchez Mejías era esa prodigiosa síntesis del «sal y de inteligencia» del famoso Llanto. Ambas manifestaciones –el cante de Torre y el toreo de Sánchez Mejías– eran para el Rogelio Reyes Cano 130
poeta granadino cultura, no en el sentido romántico de un popularismo creador, anónimo y difuso, de arte colectivo, sino en el más cabal de creación personal, tan bien entendida y practicada por los poetas del 27, que en eso, como en tantas otras cosas, habían aprendido la lección personalista de Juan Ramón Jiménez. Cuenta el propio Alberti que Manuel Torre, genial “cantaor” gitano, habló una noche en Sevilla de su propio cante «con seguridad y sabiduría semejantes a las que un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética». Y sin duda por eso reconocieron también en Ignacio una cualidad –la “inteligencia”– que dos poetas españolas anteriores (Bécquer y Juan Ramón Jiménez) habían considerado imprescindible para la creación lírica. Poeta y torero, torero y poeta, que tanto da, hermanados en una misma pulsión creadora. Así pues, ellos no veían en Ignacio sólo al personaje más o menos pintoresco y castizo, capaz de jugarse la vida cada tarde, sino al oficiante de una vieja liturgia y al artífice de un arriesgado ballet trenzado ante las astas de un toro. Se trata de un concepto trágico y existencial de la fiesta de los toros, que quedaba así incorporada al mundo del Arte y de la Cultura universales. Pedro Salinas dijo que los toros representan una verdadera «cultura de la muerte» propia de la sensibilidad española, y en la que la conciencia de la muerte «actúa como signo positivo, es estímulo, acicate al vivir y a la acción, y permite entender el sentido total y pleno de la vida». Y el mismo García Lorca, en una entrevista periodística que le hicieron en 1935, afirmó que «el toreo es probablemente la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación peda- Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 131 un banquete de homenaje. Se dice que Valle Inclán, fascinado por el arte de Belmonte, le dijo: «¡Juanito, hijo, para ser perfecto sólo te falta morir en el ruedo¡». A lo que Belmonte. siguiendo el juego de esa gran “boutade”, respondió de inmediato: «Se hará lo que se pueda, Don Ramón, se hará lo que se pueda!». Graciosa anécdota que revela hasta qué punto el mundo del toreo atraía a los hombres de pluma, entre ellos nada menos que a José Ortega y Gasset, quien dijo con toda razón que no era posible conocer nuestra historia como nación sin estudiar el fenómeno taurino: «Afirmo de la manera más taxativa que no puede comprender bien la historia de España desde 1650 hasta hoy quien no se haya construido con rigurosa construcción la historia de las corridas de toros... Historia que revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos». José María de Cossío presentó a Ignacio Sánchez Mejías a los entonces jóvenes poetas del 27 una noche en el hotel Palace de Madrid. Uno de estos poetas, Rafael Alberti, cuenta cómo se sintió impresionado por la prestancia de «un hombre -dice- que había lidiado y dado muerte a más de setecientos toros». Los poetas del 27 tenían un altísimo concepto del folklore, tanto del cante y baile flamenco como de los toros, dos expresiones populares a las que le reconocían verdadero valor. Si para Lorca el “cantaor” Manuel Torre podía ser el hombre con más cultura en la sangre que había conocido, el torero Sánchez Mejías era esa prodigiosa síntesis del «sal y de inteligencia» del famoso Llanto. Ambas manifestaciones –el cante de Torre y el toreo de Sánchez Mejías– eran para el Rogelio Reyes Cano 130
Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 133 Lám. n.º 19.– El toreo de capa de Sánchez Mejías se parecía al de su cuñado Joselito y si le imprimía menos suavidad que éste, le daba, sin embargo, una mayor emoción, una mayor emoción. En la fotografía remata con una espléndida «rebolera» (archivo familiar). gógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo; es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y sus mejores bilis. Es el único sitio adonde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza. ¿Qué sería de la primavera española, de nuestra sangre y de nuestra lengua, si dejaran de sonar los clarines dramáticos de la corrida?». Desde esa noche del Palace madrileño que rememora Alberti, la amistad de Ignacio con él, con Lorca, con Guillén, con Gerardo Diego y en general con todos los del 27, fue creciendo día a día. Por su parte, el torero, atraído por el mundo intelectual, se interesó en la obra de Góngora. Y cuando en diciembre de 1927 esos escritores fueron a Sevilla e hicieron lo que podemos llamar la primera aparición pública y oficial del grupo y la defensa de sus ideales estéticos, Ignacio se convirtió en su mejor anfitrión en la capital andaluza. En su cortijo de Pino Montano los agasajó generosamente y les ofreció una verdadera fiesta surrealista en la que no faltaron los disfraces morunos, las experiencias hipnóticas y el prodigioso cante flamenco de Manuel Torre, el Niño de Jerez, al que Lorca dedicó una parte de su Poema del cante jondo. Tampoco faltó aquella madrugada una inquietante visita al manicomio de Miraflores, cercano a la finca, pues el torero andaba ya muy obsesionado con el tema freudiano de los sueños y la locura, que luego convertiría en motivo de una de sus obras teatrales. Porque Ignacio, a pesar de no haber recibido en su juventud una formación académica importante, estaba ya decididamente contagiado de la Rogelio Reyes Cano 132
Ignacio Sánchez Mejías y los actos del Ateneo de Sevilla 133 Lám. n.º 19.– El toreo de capa de Sánchez Mejías se parecía al de su cuñado Joselito y si le imprimía menos suavidad que éste, le daba, sin embargo, una mayor emoción, una mayor emoción. En la fotografía remata con una espléndida «rebolera» (archivo familiar). gógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo; es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y sus mejores bilis. Es el único sitio adonde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza. ¿Qué sería de la primavera española, de nuestra sangre y de nuestra lengua, si dejaran de sonar los clarines dramáticos de la corrida?». Desde esa noche del Palace madrileño que rememora Alberti, la amistad de Ignacio con él, con Lorca, con Guillén, con Gerardo Diego y en general con todos los del 27, fue creciendo día a día. Por su parte, el torero, atraído por el mundo intelectual, se interesó en la obra de Góngora. Y cuando en diciembre de 1927 esos escritores fueron a Sevilla e hicieron lo que podemos llamar la primera aparición pública y oficial del grupo y la defensa de sus ideales estéticos, Ignacio se convirtió en su mejor anfitrión en la capital andaluza. En su cortijo de Pino Montano los agasajó generosamente y les ofreció una verdadera fiesta surrealista en la que no faltaron los disfraces morunos, las experiencias hipnóticas y el prodigioso cante flamenco de Manuel Torre, el Niño de Jerez, al que Lorca dedicó una parte de su Poema del cante jondo. Tampoco faltó aquella madrugada una inquietante visita al manicomio de Miraflores, cercano a la finca, pues el torero andaba ya muy obsesionado con el tema freudiano de los sueños y la locura, que luego convertiría en motivo de una de sus obras teatrales. Porque Ignacio, a pesar de no haber recibido en su juventud una formación académica importante, estaba ya decididamente contagiado de la Rogelio Reyes Cano 132