Presencias de Sevilla en Lima
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PRESENCIAS DE SEVILLA EN LIMA* por GUILLERMO LOHMA.NN VlUENA Entre los pasajeros que en la mañana del sábado 11 de setiembre de 1943 - ¡hace casi medio siglo !- descendían del Andalucía Exprés, que por entonces rendía viaje en la hoy desaparecida Estación de la Plaza de Armas, llegaba un peruano. Encontradas .emociones se atropellaban en su espíritu. Ante todo, veía hecha realidad un su~ño largamente acariciado. A su memoria acudían viejas conversaciones con amigos que se le habían adelantado en el gozo del ambiente sevillano de Semana Santa y Feria. En sus adentros resonaban aires de la ópera «Carmen» y bullían compases de la Sevilla y la Triana de la suite «Iberia» de Albéniz y de la Sinfonía sev illana de Turina. Brumosamente evocaba pasajes de lejanas lecturas de «El embrujo de Sevilla» de Carlos Rey les .. También le picaba el ansia de verificar la fidelidad de la imagen de una Sev11la entrevista a través del teatro de los Quintero que se había forjado al escuchar en Lima una charla que sustentara quien jam ás pudo presentir que se ría dos años más tarde su suegro. ¡Ah! Traía también en cartera unas cuantas referencias a legajos del Archivo General de Indias. Total: aquello parecía dar sólo para una despreocupada visita turística, al- . gunas jornadas en la Casa Lonja, .acaso el propósito de regresar para la siguienté Seinana Santa o la Feria, y •nada más. ¡Qué lejos se encontraba aquél peregri.no de vislumbrar'qué ID que iban descubriendo sus ojos se ·convertiría en algo obsesivo en su afectividad; que ese Archivo lo iba a fascinar como un imán; que iba a unirse de por vida con quien llevaba un apellido de raigambre hispalense y que amigos * Discurso pronunciado el día 15 de marzo de 1991 en el ingreso de los Académ ic os de Honor Excrnos. Srs. Don Guillcnno Lohrnann y Don Javier Bcnjumea Puigcerver.
8 GUILLERMO LOHMANN VILLENA entrañables, algunos ya idos, otros -Dios sea loado-- aquí presentes, iban a abrumarle con su invariable cordialidad, lozana a despecho del paso del tiempo y de la lejanía geográfica! Pronto, no habían corrido unos meses, el forastero se vio favorecido por la Providencia con una gracia que le permitiría venir periódicamente a Sevilla a hurgar en el Archivo, y de paso, perderse una y otra vez por silenciosas callejas, deslumbrarse con las riquezas artísticas locales, ver bailar a los «seises» u oír a los campanilleros, extasiarse en los desfiles procesionales, en fin gozar de días inefables que guarda vivos en su memoria. Y así, año tras año... · Con el tiempo vinieron las di stinciones. Con el corazón en la mano puedo decir que las recibí con humildad, pero l as llevo con orgullo. Investigador de Honor de la Escuela de Estudios Hispano -Ame ricano s. Doctor Honoris Causa por la Universidad -el 28 de mayo conmemoraré bodas de plata- . Académico Correspondiente de esta Real Academia y de la de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Y la más preciada, por anidar en lo más hondo del alma: poder vestir la túnica de nazareno el Domingo de Ramos. Esta noche, el halago supremo, al promovérseme a Académico de Honor de esta Casa. Ya podréis figuraros cuán efusivo tendrá que ser mi reconocimiento por una designación tan enaltecedora. Creo, en verdad, que los méritos que pudiera aducir para juzgarme acreedor a investidura tan honro sa y de tal jerarquía académica se hallan en relación inversa con la magnitud de la preeminencia que se me confiere. A quienes firmaron la propuesta, cuyos nombres menciono gustosamente por respeto y por cortesía -nuestro Director actual y los Académicos Excelentísimos señores José Antonio Calderón Quijano, José Hemández Díaz, Juan Martínez Moreno, José de la Peña y Enrique de la Vega Viguera-, así como a los colegas que generosamente dispensaron su voto aprobatorio, gracias, muchas gracias. Quisiera que al rendirlas no viérais unas palabras de cumplido, sino la estricta confidencia de mi estado de ánimo, y que por las razones de mi predilección por Sevilla que he ido desgranando, jamás pecarán de insincerida d. *** Está a la vista que tengo contraída una deuda enorme con Sevilla. Pues bien. Con vuestra anuencia, intentaré comenzar a saldarla. En el atardecer de mi vida, he ju zgado que esta ceremonia era una oportu-
PRESENCIAS DE SEVILLA EN LIMA 9 nidad propicia para hacer pública confesión de sevillanismo, desde luego del de buena le y. En los Estatutos de nuestra Corporación se previene que las plazas de Académicos de Honor están re servadas a quienes hayan desplegado labor en pro de la cultura sevillana. En esta dimensión quisiera abordar nuevamente, con vuestra venia, un tema a sabiendas inagotable -Lima y Sevillaque ya acometiera en una sesión del curso 1939-1940 en esta misma Casa un insigne escritor peruano, José de la Ri va -Agüero. Lo haré ciertamente con mucha menos autoridad y sin el temblor lúico que rezumara aquella charla, pero en modesta compensación confío en aportar curiosidades más expresivas y noticias de primera mano. Como se conserva el gu ión de aquellas palabras, comenzaré haciéndolas también mias: «Aquí no puedo s ino pensar en Lima, que es también lo que menos ignoro; y cuando estoy de regreso en Lima, recuerdo de continuo a la madre Sevilla»1• Por su índole, no serán estas cuartillas un texto orgánico, sino algo así como un mosaico, un muestrario de reflejos o de re so nancia s hi spalenses en la Lima virreinal, sobre todo en la de los siglos XVI y XVII. Si hay algún tópico en el empa rejamiento de ciudades, por antonomasia surge el de Lima con Sevilla. La filiación se remonta a muy antigua data. Ya Cervan te s, en el Canto de Calíope de La Galatea (1585), al ponderar la campiña limeña señala: Este mismo famoso insigne valle un tiempo al Betis usurpar podía ... Con el correr de los tiempos, el trasunto debió de acentuarse. En 1631 el jesuita italiano Anello Oliva, al reseñar las excelencias de la capital del Virreinato peruano la proclama como « .. .ilustre ci udad y nueva Sevilla», y eso que en la comparación la situaba a la altura de Venecia en Italia, de Lisboa en Portugal y por supuesto de la propia Sevilla en España2 y Nueva Triana el barrio de San Lázaro. Ese inequívoco aire sevillano, ese ambiente traspuesto a tan remotas comarcas, procuraré corroborarlo con notas breves, espigando lo que parezca más característico, más representativo y más novedoso. Sírvame ello de excusa para pasar por alto aspectos tan trillados como la proyección en el Arte y en la Literatura. l. Ponúficia Universidad Católica del Pení. ln s ú1u1 0 Riva-Agüero. Homenaje o Riva·Agüero (Lima. 1955), «Lima y Sevilla (Borradores para una charla) », pág. 19. 2. Historia del Reino y Provincias del Perú ... (Lima, 1895). págs. 168-169.
10 GUILLERMO LOHMANN VILLENA Sería agraviar vu estra cultura hacer hincapié en el caudal de obras de arte que desde aquí se enviaron para engalanar iglesias y ,conventos de la Ciudad de los Reyes, y de las que por fortuna todavía nos enorgullecemos. De talleres sevillanos sa lieron las imágenes de Roque Balduque ante las que elevamos nuestras plegarias a la Virgen de la Evangelización en la Catedral y del Rosario en Santo Domingo; los lienzos de Francisco Pacheco que decoran los claustros de los dominicos; los azulejos del alfar trianero de Hemando de Valladares que recubren los zócalos de San Francisco, y de la prodigiosa gubia de Martínez Montañés nos llegaron varias piezas maestras, tales como el conjunto escultórico de San Juan Bautista, cuyo Crucificado a juicio de su propio autor compeúa con el Cristo de los Cálices. Un hijo suyo, Francisco, estuvo en Lima a mediados del siglo XVII, aunque no parece que hubiera seguido el ejemplo paterno. En cambio otros artífices sevillanos sí nos dejaron pruebas excelentes de su maestría, desde aquél Cristóbal de Ojeda, de mediados del siglo XVI, pasando por Martín Alonso de Mesa, que en 1613 talló 20 figuras para el monumento del Jueves Santo en la Catedral limeña, que según instrucciones del Cabildo eclesiástico que se las encargó, debía rivalizar con el imponente de la Catedral hispalense, ha sta el pintor José del Pozo, cuyos pinceles en el último tercio del XVIII no desmerecieron de la insigne tradición pictórica sevillana. Tampoco es posible dentro del angustioso marco de esta intervención hacerse cargo de la impronta sevillana en las Bellas Letras. Ya en los umbrales de la centuria décimoséptima nos salen al encuentro hasta cuatro nativos «del patrio Be.tis» que ahorran toda ponderación, con la singularidad de que dos de ellos era11 hijos de un impresor y de un librero, respectivamente. El primero fue Pedro de Montesdoca, el mismo que según todo indica facilitó a Cervantes la información sobre los poetas peruleros celebrados en el citado Canto de Calíope y que de regreso nuevamente al Perú llevó allá sus experiencias poéticas recogidas en las tertulias sevillanas y en particular de su amistad con Vicente Espinel. Su padre, tipógrafo desde 1553 ha 5ta 1570, se estrenó en el oficio imprimiendo precisamente la Crónica del P erú de Cieza de León. El segundo, Diego Mexía de Femangil, fue introductor de la poesía « to scana», y así como Rodrigo Caro cantó las ruinas de Itálica, este sevillano trashumante -anduvo por el Perú, por la Nueva España para terminar sus días en Potosí-cantó con estro clásico l as ruinas incaicas de Andamarca y la fugacidad de la Fortuna. El tercero fue Luis de
PRESENCIAS DE S EVILLA EN LIMA 11 Belmonte Bermúdez, que tras de ejercer en Lima el oficio de preceptor de niños, se enroló como cronista en la expedición de Fernández de Quirós a la Austrialia, en la que casi pierde la vida, y fue luego en su patria fecundo poeta lírico, épico y dramático. El cuarto nombre ha de pronunciarse con respeto, pues su obra es la más alta cumbre de la poes ía épica religiosa de la Literatura española: La Christiada, del dominico Fray Diego de Hojeda, escrita en Lima en el convento de la Recoleta y publicada aquí en 1611. Por cierto que en el poema no olvidó de celebrar enternecido el añorado suelo natal: ..... ciudad maravill os a y reina de ciudades admirables que Betis besa el pie y abra r, a el muro gimiendo al rico peso de oro puro (Lib. Octavo, oct. cxxxvi). En cambio, no oculta su desagrado por los aguijonazos de lo s mosquitos (XII, cxxxvi) y extraña la radiante atmósfera de su patria, tan distinta del entoldado cielo invernizo limeño: ... cuando amanece el sol nublado que da hermosa luz, pero luz triste ... (XI, cxxi). EL ASPECTO PRIMITIVO DE LA CIUDAD DE LOS REYES El jesuíta P. Bernabé Cobo, que alcanzó a conocerla expirando ya el sig lo XVI, nos transmite una imagen poco lisonjera de la exterioridad de las viviendas, «de fábrica humilde y baja»; apunta que «las casas son bajas y sencillas por temor a los temblores», y remata su impresión con esta frase: «Y con s er las casas des ta ciudad en lo interior tan capaces, alegres y lustrosas, tienen por defuera ruin apariencia, lo uno por s er las paredes de adobes, y las más por enlucir .. . » (Historia de la Fundación de Lima, 1, ix ). No debía por entonces de diferir en mucho la estampa de Sevilla, pues Alonso Morgado, en 1587, al dar cuenta del paulatino embelle-
12 GUILLERMO LOHMANN VlLLENA cimiento del casco urbano, recalca que «Todos los vezinos ... labran ya las casas a la calle [ ... ] Porque en tiempos passados todo el edificar era dentro del cuerpo de las casas, sin curar de lo exterior ... » (Historia de Sevilla) (Sevilla, 1587, p. 47 v.). Para no quedar a la zaga, los limeños se las ingeniaron para que en Ja ciudad hubiese también una Casa de Pilatos, desde luego no tan soberbia y majestuosa como la palaciega del marqués de Tarifa, pero con no inferiores ínfulas. Es ejemplar de mansión solariega de las más antiguas que se conservan - a la par de la casa de lo s Aliaga, en poder del mismo linaje desde 1535 -. De sde el siglo XVIII la portada ostenta el escudo de los marqueses de Valleumbroso. LA NOMENCLATURA DEL CALLEJERO El cotejo de los nombres de las añejas vías públicas de nuestras respectivas ciudades depara el hallazgo de pintorescas y reveladoras coincidencias, que en manera alguna pueden atribuirse a mero azar, y a la vez permite atisbar sorprendentes similitudes de la vida urbana que bien merecen un repaso al vuelo. Comenzaremos por la universalmente popularizada arteria de las Sierpes. ¡Ahí es nada! El 1 Q de julio de 1538 se suscribe en Lima el contrato de alquiler de una tienda en la calle que llevaba exactamente la misma denominación, salvo que lo era en singular (Harkness, documento núm. 365). Y como uno de los nombr es alternativos de ella -bien lo sabéis vosotrosfue el de los espaderos, también Lima tuvo y conserva la céntrica rua en la que antaño se alineaban las tiendas de los de ese oficio. Por de contado se duplican las dedicadas a los santos -San Andrés, San Francisco, San Pedro, Santa Ana, Santo Tomás, ... - ; acá y allá podemos pasear por una Alameda o por la plaza de Doña Elvira, que allá no pasa de calle, y transitar por las de los Mercaderes, las Cruces, Pescadería, los Bodegones, la Moneda, Pozo, Amargura o Espíritu Santo; la fauna repite Perros y Gallos; acaso tropezaríamos con el pedrejón y su agujero en la de la Peña horadada, y en vano indagaríamos por qué una se llama del Huevo y otra de la Faltriquera, a la que en Lima se Je agregó el terrorífico posesi vo del diablo.
PRESENCIAS DE SEVILLA EN LIMA 13 NUESTRAS CATEDRALES El 14 de mayo de 1541 Paulo III erigía a Lima en sede episco pal, integrándola en la Provincia metropolitana de Sevilla. El 11 de febrero de 1546 el mismo Pontífice la elevaba a la categoría de arquidióc es is, desligándola de la jurisdicción hispa len se. El primer obispo y luego arzobispo fue Fray Jerónimo de Loaysa, primo del Cardenal de Se villa Fray García de Loaysa, y hermano de hábito. El primer deán fue Juan Toscano, natural de Sevilla, y el prim er arcediano, Francisco León, era un clérigo de la misma oriundez. ¿Tiene así algo de sorprendente que la basílica limeña hubi era mirado como modelo en su traza y distribución originales nada me no s que a la sevillana, aunque en menor es y más modestas proporcione s, ya que las rentas no eran muy abundantes? Así fue. El arzobispo Loaysa y los prebendados del Cabildo, imitando a sus pares de Sevilla en el delirio de que las generaciones futuras les tuviesen por lo cos, encargaron al alarife Alonso Beltr án una mole de tales dimensiones y grandiosidad, que al ca bo de medio siglo, en 1596, se cayó en la cuenta de que aquello era irrealizable y quimérico. Desechados esos sueños, se acometió una obra menos ambiciosa, que culminó en 1625, sin que por ello se perdieran los rasgos atávicos. Así, quedó como principal una cap illa dedicada a Nuestra Se ñora de la Antigua, en la que se colacionaban los grados de los estudiantes sanmarquinos, y en cuyo altar se rendía culto a una imagen de la titular, copia auténtica de la sevillana, que el Cabildo catedralicio de aquí encargó en 1545 al Arcediano Juan de Federighis remitir a Lima, a fin de que el ví nculo que ligaba a ambas metropolitanas no se quebrantase. Y también allá el pintor Mateo Pérez de Alesio, el mismo a cuyos pinceles se debe la gigantesca imagen del corpulento mártir cananeo de la puerta del Príncipe, decoró los muros con frescos hoy perdidos. LA LITURGIA SEVILLANA EN LIMA3 Aunque es verdad que por Cédula del 9 de enero de 1540 la Corona había dispuesto genéricamente que en las Indias se observa se n l as normas litúrgicas en uso en Sevilla, sabemos de cierto la aplicación de 3. Cfr. Mo nt es Romero, «La liturgia hi spalense y su influjo en América», en Andalucía y América en el siglo XVI (Sevilla, 1983 ), U, p. l ·33.
14 GUILLERMO LOHMANN VILLENA esas regulaciones canónicas en Lima. Así, en el primer Concilio convocado por Loaysa, en 1551, al disponerse sobre la administración de los sacramentos, en razón de que el Ritual hispalense «de que hasta agora se ha usado es muy largo», se autorizó a los doctrineros de los pueblos de indios a utilizar el Manual Romano que ofrecía la ventaja de ser más conciso, «pero en las iglesias de pueblos de españoles, y con los hijos de los tales, solamente se use del sevillano y cerimonias dél» (Constituciones de los naturales, lQi!). Las distribuciones y cultos en la Catedral se tendrían «según el orden de la Iglesia de Sevilla por haber sido sufragánea a ella, y por haber muchos más clérigos por acá del dicho An;obispado que de otra parte ... ». Con todo, se facultó al mencionado Deán Toscano y al Sochantre Cristóbal de Molina para que del Breviario y Misal hispalenses « ... quiten y pongan las cosas que les paresciere conforme a la memoria que por esa Sacra Asamblea para ello les ha sido dada ... »; en el entre tanto, todos los sacerdotes de la arquidiócesis « ... recen y hagan el divino oficio según la forma y ordinario del dicho Breviario ... » (Constituciones de los españoles, 7ª). Finalmente, se recordaba que aunque en cualquier tiempo era obligatorio celar por la brillantez del culto divino, esa responsabilidad se tornaba aún más exigente en las Pascuas y fiestas de guardar, y por tanto «en esos días se digan las hora<; con los ministros y ornamentos y solemnidad del ordinario de Sevilla» (Id., 12ª ). ¿«SEISES» EN LIMA? ¿Existe por ventura algo más original de Sevilla que sus «seises»? ¿Imaginó alguna vez su cronista Simón de la Rosa que esas mismas cuadrillas de niños que aquí bailaban delante de la catarata de oro del retablo de Alejo y Jorge Femández, también lo harían en remotas latitudes y con igual denominación? ¿Esas alegres voces infantiles cantarían coplas sevillanas, o acaso ya tenían sabor criollo? Aunque no hemos realizado una rebusca exhaustiva, tenemos noti cia de que el Cabildo eclesiástico limeño se preocupó desde antiguo de «los niños cantorcicos». La noticia más remota data de 1579, en que se abonan 23 pesos al maestro Antonio González por el gasto de «botas y botines para los niños que danzaron» en la festividad del Corpus de ese año. Debió de acaecer algún eclipse en sus actuaciones, pues un dato de 1610 ad-
PRESENCIAS DE SEV ILLA EN LIMA 15 vierte que «agora se ponen de nue bo ». En 1614 participaron según tradición en el Corpus «los niños cantore s» que había adiestrado el maestro de capilla Estacio de la Serna , que no en balde se había educado en la hispalense, de la que fue organis ta . En 1617 intervienen en las fiestas concepcionistas que a renglón seguido nos ocuparán. En 1622 el Cabildo eclesiástico dispone que no sean menos de se is ni má s de ocho. En 1657, teniendo en cuenta «que son tan precisos en la Iglesia como en el Seminario», se le s concedió en este último un ambiente especial para sus prácticas, y asimismo quedaba prohibido valerse de ellos para recados personales. En 1716 se les impuso que estudiasen Gramática y residiesen den tro del Seminario. Para terminar, sabemos que todavía en 1789 se costeaba un «maestro de los se ises», Ventura Marín de Velasco, que a su ve z había sido «seise» en su niñez. SEVILLA Y LIMA EN COMUNION CONCEPCIONISTA El desborde mariano de Sevilla, cuya primera manifestación ocurrió el 8 de diciembre de 1615, aun antes de la expedición del De creto favorable al dogma de la Inmaculada Concepción, de Paulo V (21 de agosto de 1617), como era de espe rar tuvo en Lima su réplica no menos popular y fervorosa, ciertamente con explícitas alusiones a sus precedentes béticos. A la vista de las de sc ripciones de los actos que se imprimieron por entonces, podemos afirmar que la capital del Virreinato peruano ardió en fiestas ya desde fines de junio de 1617, sumida en un verdadero frenesí de devoción concepcionista. Gracias a la detallada información compuesta p or el entonces Bachill er sanmarquino Antonio de León Pinelo sabemos que tan pronto alcanzaron a Lima las noticias de las galas marianas realizadas en la Metrópoli, piadosos vecinos se apresuraron a improvisar altares en diversos puntos de la ciudad, mientras corros de niños repetían la mis ma redondilla que se había coreado en Sevilla y con la que Miguel del Cid pasó a la Fama y se ganó un lugar al pie del. monumento a la Concepción en la plaza del Triunfo: Todo el mundo en general A voces, Reina escog id a, Diga que sois concebida Sin pecado original.
22 GUILLERMO LOHMANN VILLENA lojero y herrero en la Ciudad de los Reyes, instituyó en su testamento una capellanía «en la hermita que se llama nuestra señora de la rrosina» -estoy hablando del nacimiento de la romería del Rocío-, o que en la capital del Virreinato del Perú amasaron su fortuna Jácome Tiberio y Tomás Mañara, abuelo y padre del Venerable Miguel Mañara, a quien la leyenda ha pretendido (y casi lo ha logrado) identificar con Don Juan Tenorio? ¿No constituye prueba plena de filial consustancialidad que las ordenanzas de los gremios copiasen «la borden que la \:ibdad de Sevilla tiene para su buen gobierno»; que esas corporaciones designaban sus autoridades «conforme a como se eligen e nombran en la \:iudad de Seuilla ... » y que en Ja procesión del Corpus desfilaban con arreglo a la «horden que suelen yr en España en Sevilla y por aquella mesma horden vayan ... »? Este revoltillo de curiosidades las ofrece de toda índole. Para muestra un botón: la primera fuente de la plaza mayor limeña, en la que comenzó a correr el agua el 21 de diciembre de 1578, estaba coronada por una estatua de poco menos de un metro de altura, calco de la veleta que remata la Giralda. ¿Se explica así que a un limeño, el novelesco Pablo de Olavide, al entrar por la Puerta del León al Alcázar, a estrenar el cargo de Asistente de Sevilla en septiembre de 1767, el pregón de un jazminero le devolviera el recuerdo de su Lima natal'!
