Reflexiones criticas sobre la necesidad de abolir los cementerios llamados provisionales, y establecerlos segun reglamento fisico, civil y eclesiastico : discurso pronunciado á la Real Soceiedad de Medicina y otras ciencias de Sevilla en la sesion del di
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5 REFLEXIONES CRITICAS SOBRE LA NECESIDAD DE ABOLIR LOS CEMENTERIOS LLAMADOS PROVISIONALES, Y ESTABLECERLOS SEGUN REGLAMENTO FISICO, CIVIL V ECLESIASTICO. DISCURSO pronunciado á la Real Sociedad de Medicina y otras ciencias de Sevilla en la sesión del dia 23 de Noviembre de 1820 POR. EL M. R . P. Mro. Fr. JOSÉ GOTEA\ del Orden del G, P. S. Agustín , Doctor en sagrada Teología por la Universidad literaria , é individuo de erudición de dicha Sociedad , &c. : u IMPRENTA DE CARO HERNANDEZ.
Nemo unquam carnem suam odio habet. Si cognoscant homines aliquid post mortem suam suis corporibus defuturum, quod in sua cujusque gente, vel patria poscit sollemnitas se¬ pulturas, contristantur ut homines, et quod ad eos post mor¬ tem non pertinet, ante mortem suis corporibus timent. Agustinus lib , de cura pro mortuis gerenda f cap. 7,
Los establecimientos que tienen íntima relación con la salud pública, con los sentimientos de la pie¬ dad cristiana, y con el honor y decoro de la Pa¬ tria son tan sagrados, que seria un crimen afren¬ toso mirarlos con indiferencia; asi como seria vano y temerario empeño sostener sin estrema necesidad lo que se opone á estos sagrados respetos. Sobre estas bases se afirman los imperios, y si se atrope¬ llan y confunden hasta los cimientos de la tierra se conmueven. A vista de estos principios no me ad¬ miro de ver la resistencia pertinaz, el odio impla¬ cable y horror con que algunas poblaciones miran sus cementerios: me admiraría sí, de que los mi¬ rasen con indiferencia, y de que fuesen insensatos é insensibles. Los pastores de la Iglesia, los magistrados y los sabios encargados de guiar la opinión pública, na¬ da parece que han omitido para ilustrar los pue¬ blos; mas á pesar de sus doctísimos discursos y efi¬ caces desvelos, está la opinión pública y el voto universal en un conflicto contra la autoridad, que
[ 4 ] reclama la observancia de ellos. Conflicto verdade¬ ramente desagradable, porque la autoridad que pug¬ na abiertamente con la opinión pública, tarde ó temprano perderá su fuerza. ¿Y de donde nace este horror con que los pueblos miran estos es¬ tablecimientos? Si bien se reflexiona, hallaremos la causa verdadera y fundada, sin recurrir á lá preocupación, ni á una piedad mal entendida, ni á la superstición, ni al fanatismo de religión, ni á la ignorancia, ni á la indocilidad, ni á otros mo¬ tivos con que una crítica severa trata de zaherir á la Iglesia y á sus Ministros. Seamos reflexivos, sinceros, veraces y justos. Los males subsisten, y los remedios son inútiles mientras no se pone la vis¬ ta en las causas que los motivan, (i) Los llamados cementerios erigidos sin los requi¬ sitos que prescriben las leyes eclesiásticas y civiles, son nocivos á la salud - pública , repugnantes á la piedad cristiana, é indecorosos á la Patria. ¿Qué mas se necesita para que sean el objeto de la abo¬ minación y desprecio? El aborrecimiento á tales enterramientos es un efecto preciso y necesario, y aun diré mas, útil y con¬ veniente, para no degradarnos, envilecernos, y des¬ mentir los nobles sentimientos que inspiran la ci- (i) Filangieri, tom. 2. cap.'14. pág. 180.
[ 5 ] vilizacion, la religión, la humanidad y el amor á npsotros mismos. Se contristan los hombres, diré con mi P. S. Agustín, si recelan que sus cadáveres han de carecer de las solemnidades de la sepultu¬ ra según estilo de una sociedad civilizada y cris¬ tiana: se aman, y ninguno desprecia su cuerpo, es¬ ta parte de su ser: se aman, y no es compatible con este amor la ignominia. Los cementerios pro¬ visionales los inventó la necesidad, y acaso los conserva la política y la autoridad los protege por justas causas, para obligar por este medio á eri¬ girlos conformes á los reglamentos que rigen en esta materia. Pero está visto y comprobado que estos medios no alcanzan, y que si no se toman con tiempo otros que sean mas oportunos, se harán in¬ civiles los hombres y las costumbres incultas. Los niños adquieren ideas equivocadas, estas se fomen¬ tan en la edad adulta, se fortifican en la vejez,- y prescriben estas costumbres autorizadas con el tiempo. La erección de los cementerios no es proyecto solamente civil, ni tampoco solo eclesiástico: per¬ tenece á ambas autoridades, y obrando de consu¬ no, sobran los medios para erigirlos, y el poder pa¬ ra remover los obstáculos. El mismo espíritu anima a Iglesia y a i Estado. Se engañan los que supo¬ nen cisma ni discordia. Aun tal vez será mayor el
[ 6 ] número de las cartas pastorales que los recomien¬ dan, que el de los escritos físicos que prueban su utilidad é importancia. Pero los llamados cemente¬ rios no son los que desea la Iglesia, cuando manda en el Pontifical Romano que se restituyan donde no los hubiere; ni son los que quiere el Estado. Somos cristianos, y la Religión se empeña en excitarnos ideas acerca del respeto y consideración que mere¬ cen los cadáveres de los fieles difuntos. Somos es¬ pañoles, pertenecemos á una Nación de grandes pensamientos y de sublimes ideas de religión, de honor y de piedad. Sin estas consideraciones no po¬ drán las autoridades mandar con acierto, ni ser obe¬ decidas con gusto. Quizá no habrá ciudad que haya repugnado mas estos enterramientos, ni resistido las órdenes de su Parlamento sobre este asunto que Paris; aquella corte que abunda de mas filósofos que de supersticiosos, y de mas talentos despreocupa¬ dos que fanáticos en puntos de religión. Cincuenta años, según las noticias y reflexiones del Duque de Villahermosa, contaba ya de resistencia entre el pueblo y las autoridades. Cuando Turin, corte de menores luces y filosofía, lo mismo fue intentarlo que ponerlo en egecucion. La razón de esta dispa¬ ridad está en los medios que se eligen. Turin levantó dos cementerios suntuosos, Cuyos grandiosos planes publicados pueden servir de ñor-
m ma á las ciudades más típulentas, y á su vista 'des¬ apareció la preocupación y fanatismo, (i) Es indis¬ pensable conocer la filosofía del corazón humano para corregirlo y ganar sus afectos. Mientras mas orgu¬ llosos y vanos los hombres, mas nobles y grandes genios, y pensamientos mas ilustrados, mayor re¬ pugnancia opondrán á ios cementerios indecentes, y erigidos sin los requisitos, ordenados en los regla¬ mentos. Toda innovación grande debe ser muy pre¬ parada y sabiamente prevenida para conquistar los ánimos bien hallados con sus antiguos usos y cos¬ tumbres, ¿qué será cuando se pretenda innovarlas por unos medios tan nocivos como deshonrosos? Medios, que la misma necesidad que obligó á la Patria para adoptarlos, tiene hoy para abolirlos. So¬ lo la necesidad, y no la autoridad ni la filosofía puede contar estos triunfos. Veinte años han transcurrido en Sevilla desde la erección de los cementerios provisionales, y pa¬ rece ya culpable el silencio: hallarse bien con el mal, y no cuidar del remedio, es hacerlo incura¬ ble. El miedo no es permitido sino en el imperio i a ^ éaSe * a le y del Rey de Cerdeña, el edicto del Se- a o el Piamonte y Saboya, y la Carta Pastoral del R. Arzo ispo de aquella ciudad , que se publicaron en los Mercu¬ rios de Febrero, Marzo y Abril del año de 1778.
[ 8 ] del despotismo; pero en el reino de la libertad, no hablar la verdad es un vano recelo. Se han apartado los muertos de los vivos, se ha privado á los hijos de las sepulturas de sus pa^ dres, y á los fieles del lugar santo en que yacían, por el recelo de que sus exhalaciones podían in¬ festar la población; ¿y estará mas segura con esos llamados cementerios, que son no menos nocivos á la salud pública, que perniciosos á la salubridad de la atmósfera que respiramos? Examinaremos esta cuestión, y bastará para resolverla la descripción sencilla, pero verdadera de esos corrales inmundos. Cuando asi hablo, no se piense que vengo á repro¬ bar las superiores providencias, que como dije an¬ tes, ha dictado la necesidad, y que la política y la autoridad por justas causas protege. Es mi ánimo despertar á la Patria descuidada y dormida sobre su propio daño, y sobre los peligros que la ame¬ nazan : es mi intento hacer resonar el eco de las voces con que se queja, y lamenta en secreto, pi¬ diendo su remedio con necesidad y con instancia, á fin de que se trate de remover los obstáculos que impiden la egecucion del sistema verdaderamente piadoso y patriótico de cementerios. Sí, señores, pi¬ de la Patria su remedio, porque poco ó nada ase¬ gura la salud pública con los cementerios provi¬ sionales.
[ 9 ] No depende la seguridad y sanidad de los pue¬ blos solamente, de que los cementerios esten fuera del poblado: también están las lagunas, pántanos y otros sitios menos inmundos que rodean los pueblos, y causan contagios y enfermedades pesti¬ lenciales. ¡Cuántos motivos hay para temer que di¬ chos cementerios ocasionen iguales males! Estos se erigieron, y después se restauraron en las circuns¬ tancias y apuros de verse la Patria consternada; y cuando urge y apremia la necesidad, las deli¬ beraciones no suelen ser las mas acertadas, sino las mas expeditas; pero es ya tiempo de reformarlas y remediar estos males. Alguno ha de levantar la voz: pues antes que un estraño venga de fuera y te insulte, amada Patria mia, oye la voz de un hijo que te ama, y que se interesa en tu honor y pública seguridad. Los efectos de la corrupción dentro y fuera de poblado son perniciosos, inficionan á el aire, y pueden exponer la Patria, á un evidente peligro; para evitarlo, se marcan los sitios y parages que se deben destinar á las sepulturas, y sirven los regla¬ mentos que deben practicarse. Poco ó nada conseguiuamos con echar los muertos al campo; si no se asegura por todos los medios posibles la vida, la salud y bien estar de los vivos. Con este motivo se mando retirarlos de la población, y seria tan 2
[ 1 6 ] la Iglesia y el Estado ordenan en sus reglamentos, no habrá ley respetada, ni autoridad atendida, ni vigilancia que no se intente eludir y corromper. Seria pues de desear que, con el mismo anhelo que se sostiene la observancia de esta causa, se remo¬ viesen los obstáculos que impiden la erección de los cementerios. ¡Dia feliz aquel, en que viéramos reunidas las autoridades civiles y eclesiásticas á este piadoso in¬ tento! ¡Dia venturoso cuando un alma, un espíritu, un mismo deseo é interes gener al animára á aquel congreso. Las mayores dificultades no son insupe¬ rables, sino porque se creen invencibles. Los pue¬ blos no pueden darse reglas, pero pueden reveren¬ temente pedirlas. Sin esta reunión seria muy difí¬ cil la egecucion del piadoso proyecto. Pretender re¬ ducir los cementerios á. la esfera de los estableci¬ mientos puramente civiles, será formar sobre los difuntos una especulación comercial, un negocio mercantil, de que se lamentan algunas ciudades que por desgracia han experimentado sus amargos efectos. Desengañémonos; por. las mismas pasiones que los hombres se unen en sociedad, se desunen. Vi¬ vimos en ella para sacar de esta un común auxi¬ lio con el menor dispendio posible: esta condición implícita llevan los establecimientos de necesidad pública. En razón inversa están los asentistas y
[ 1 7 ] contratantes: adquirir el mayor lucro con el menor capital posible. Caen los pueblos finalmente en este lazo, si no se reconcentran con tiempo sus autori¬ dades, sus corporaciones é ilustres habitantes. Esta unidad es la que presta recíprocos auxilios, recur¬ sos inagotables, facilita medios, allana montañas de dificultades, y obra prodigios. Por este medio logró Valencia fundar sus cementerios, y los ha elevado al alto grado de honor, piedad y perfección po¬ sible. Sobre este pedestal se levantan las obras pa¬ trióticas, para que no graviten con un peso desme¬ surado sobre los ciudadanos. Hay cabildos, parro¬ quias, conventos, hospitales, beateríos, corporacio¬ nes ilustres, hermandades, ricos, nobles, personas de piadosos sentimientos, de grandes empresas, de corazones magnánimos. Sobran los recursos para proyecto tan piadoso. Cuando el. interes es general, y uno el voto universal que á todos anima, solo falta el gran aríe de reunir los hombres para lograr las empre¬ sas. Persuadido á esta sabia máxima el Arzobispo de Tolosa, dirigía en su Pastoral á los Magistra- <* os la siguiente exhortación: » Vosotros, respéta¬ les Magistrados, encargados -de conservar el de¬ posito de las leyes, no Creáis que bajo el; pretexto e recoi dar aquí ] 0 q U e p rescr i b en los antiguos cánones, queremos exceder los límites de nuestra 3
[ 1 8 ] autoridad. Nadie está mas distante que nosotros de estas vanas pretensiones. Sabemos que pertenece en gran parte al orden civil la materia de sepulturas. No queremos en este asunto ordenar cosa alguna sin vuestro consentimiento; pero unid vuestra au¬ toridad con la nuestra, para que se ignore por el concierto de las dos potestades, á cual de ellas se obedece: y en tanto que nosotros hablamos en nom¬ bre de Dios, de quien somos Ministros, asegurad en nombre del Soberano la egecucion de lo que ordenamos, pues se trata á un mismo tiempo de la gloria del Señor y del mas precioso interes de los pueblos, que es su conservación.” Por falta de este concierto y armonía no se realizan muchos proyectos, ó realizados perecen. La naturaleza, la Religión, las leyes, la filosofía, y hasta el capricho, la vanidad y la ambición pre¬ tenderán concurrir con voto consultivo y decisivo á .el establecimiento de cementerios, y es necesa¬ rio atenderlos, porque no hay mundo sin pasiones, y no siendo posible el extinguirlas, solo compete á las autoridades ordenarlas. La Religión manda todo cuanto puede procur rar alivio á los difuntos; pero consiente todo cuanr to es expresión de un justo sentimiento. Todas las naciones han consagrado grandiosos monumentos para perpetuar la memoria de los que se hicieron
[ 1 9 ] acreedores al aprecio de sus semejantes. Dentro y fuera de la población exigen de justicia nuestros homenages, y los libros sagrados refieren las lúgu¬ bres canciones, las sepulturas de honor y aparato profano con que Israel celebraba las exéquias de los héroes beneméritos de la Religión y de la Pa¬ tria. No cuidar de la sepultura de los muertos, se¬ ria atropellar todas las leyes, (i) Cuantas veces se habrán disfrazado aquellos vi¬ cios con los hermosos trages de la piedad, para ob¬ tener un enterramiento distinguido en los templos. Se alegan pretextos simulados para lisongear á la vanidad y ambición, de la que no prescinde el amor propio ostentar hasta después de la muerte. El pueblo no es tan ignorante en esta materia, ni tan iluso como se le supone. Está bien desengañado é instruido, y solo resta adunar sus votos. No ne¬ cesita convencimientos, ni autoridades, ni racioci¬ nios el que está persuadido. No hay para que ci¬ tar las providencias de los gobiernos antiguos y modernos, los cánones de los Concilios, los decre¬ tos de la santa Sede, las opiniones de los Padres, ^ la práctica de las iglesias en orden á apartar e la población las sepulturas por los daños que causan las exhalaciones de los cadáveres. (i) S. Aug. Lib. i, de Civit. Del cap. 13.
[20 ] v En estas ideas todos convienen; pero jamas po¬ drán convenir en mirar á sus muertos con indi¬ ferencia y desprecio, ni en colocar sus cadáveres en un lugar indecente, (i) Aun diré mas. Aunque tuviéramos cementerios suntuosos, y que en ellos.se clasificaran con la mas escrupulosa consideración, decoro y justicia el mérito, la virtud, la dignidad y poder; si la puerta se abre á las exenciones y privilegios, para enterrar en los templos, perde¬ rían los dichos cementerios el aprecio y estima¬ ción de los hombres; y este cambio de opinión los haría odiosos, porque esta es la que dá vigor á la ley, fuerza á las autoridades, estabilidad á las co.s^- tumbres y firmeza al imperio. Es tan cierto, que el mismo abuso de sepultarse ^Los cadáveres dentro de las iglesias, no ha tenido otro principio que la demasiada extensión, que con-^ cedió la ley para enterrarse en los templos. De su contenido deduciremos las ilaciones forzosas que , comprueban esta verdad. En las Partidas título 13 de Sepulturas. Ley n. ( i-) Nosotros respetamos cuanto nos viene de las personal que fueron de nuestro cariño; 1^ sortija, el vestido del pa¬ dre son prendas preciosas para los hijos. ¿Cómo podríamos dejar de honrar los despojos mortales de las personas que per¬ demos , y no prolongar, digamos asi, con nuestros cuidados su existencia? S, Aug. Lib. 1. de Civit . Dei cap. 13. v
[-21 ] ■ »Que non se deben soterrar en la Eglesia si non á personas ciertas.” »Soterrar non deben ninguno en la Eglesia, s| non á personas ciertas, que son nombradas en esta ley, asi como á los Reyes, é las Reinas, é á sus fijos, é á los Obispos, é á los Priores, é á los Maes¬ tros, é los Comendadores, que son Perlados de las Ordenes é de las Eglesias conventuales, é á los ri¬ cos ornes, é á los omes honrados, que fiziesen egle¬ sias de nuevo, ó monasterios, ó escogiesen en ellas sepulturas, é á todo orne que fuese clérigo ó lego que lo mereciese por santidad de buena vida, ó de buenas obras. É si alguno otro soterrasen den¬ tro de la Eglesia, si non los que sobredichos son, en esta ley, débelos el Obispo mandar sacar ende, é también estos, como cualquier de los otros, que son nombrados en la ley ante de esta, que deben ser desoterrados de los cementerios, é deben los sa¬ car ende por mandado del Obispo, é non de otra manera.” Ninguno de los códigos posteriores de nuestra legislación civil ha provisto remedio á semejante facilidad, (i) Permítaseme discurrir sobre este asun- ’ ^ Ver emos el origen de la corruptela de que ( i ) Informe dado al Consejo por la Real Academia de la Historia en I0 de j unio de 1783.
[22 ] nos lamentamos. Por esta ley eran deshumados los cadáveres de ciertas personas, y sacados de los ce¬ menterios para llevarlos á los templos, y otros sa¬ cados de estos para los cementerios. ¿Qué opinión y rocomendacion podían tener? Estos eran por la ley de poco aprecio y estimación: eran lugares de humillación y abatimiento: eran la morada de los pobres, de los hombres obscuros, ó de los ricos y nobles que se habían descuidado en adquirir el go¬ ce y privilegio de tener sepulturas en los templos. Esta opinión fue un resultado necesario de aquella ley. ¿Pues á qué atribuir á la Iglesia ni á los Mi¬ nistros del culto una corruptela dimanada de la imperfección de la ley? (i) No es mi ánimo formar (i) Llamamos imperfección de la ley, no con respecto á las justas consideraciones debidas á la virtud, mérito y dig¬ nidad. La ley , que ordena los cementerios fuera de la po¬ blación, tiene por objeto la salud pública, y la naturaleza no ha concedido excepción alguna á los cadáveres privilegiados^ que sujetos á la corrupción , pueden ocasionar los mismos daños. Si remunerar el mérito es justicia, remunerarle con el peligro y riesgo de la conservación de la salud pública, que la misma ley supone, no será caridad bien ordenada. En los mismos cementerios puede la Patria privilegiar con ho¬ nor y distinciones á los que se hagan acreedores de su es¬ timación , como lo hizo la Iglesia de España por muchos •siglos.
[ 2 3 ] apologías, sino investigar la causa verdadera, y desvanecer juicios equivocados. De lo que se colige como legítima consecuencia, que el pueblo siem¬ pre ambicioso de honor, ha corrompido en esta materia á los ministros del culto, y no estos á los pueblos. Correrian los ricos con el bolso en la ma¬ no, y hasta el impio con una simulada piedad y devoción, para poner la mansión de sus cadáveres en una sepultura de honor, y evadir la humilla¬ ción, que la ley civil confirmaba con sus manda¬ tos y reglamentos. Siguiéndose de esta facilidad cor^ que se autorizaban los enterramientos en las igle¬ sias, que habia de cambiar la opinión y debilitar¬ se el vigor de una ley odiosa ai común de los hombres, que excluía. El pueblo como incapaz de formarse reglas, busca egemplos, y la multitud si¬ gue, conoce y obedece mejor que á las leyes á los egemplos de los que mandan, y de los que deben servirles de modelo. Los hombres en sociedad forman una cadena eslabonada , y la diferencia gradual camina por grados imperceptibles, y cada uno presume ser 1§Ual al que le sigue, y gracias si con esto se con- ^ nta * ‘^ U ( ^ bien conocía esta verdad la Sínodo de a adolid del año 1606, tít. 10. Const. i.I De es¬ ta facilidad, dice, de enterrarse dentro de las igle¬ sias, se ha ido introduciendo, que otros quieran
C24] lo mismo, y aunque no hayan fundado ni dota¬ do, ni tengan tantos derechos como los que los hicieron, quieren ser bienhechores, ayudando al re¬ paro, enterrándose dentro, y aun en ella quieren y señalan para su sepultura lugar mas adelante, y mas aventajado que otros. Esta notable variación, según Berganza en las antigüedades de España, (r) dio principio por empezar á que se enterrasen los cadáveres Reales dentro de los templos::: comen¬ zó el estilo por los Príncipes ungidos, y extendióse á la gente mas popular de la república, con po¬ co respeto al mucho decoro que se debe á los tem¬ plos y lugares sagrados. Nunca es bueno capitular con la ley; lá mas leve contravención causa tarde ó temprano su total abolición. (2) Desengañémonos, la ley recibe su fuerza de lá opinión, la opinión se forma de las costumbres au¬ torizadas, y estas se introducen con los egemplos de las personas primeras del pueblo. Esta ha sido siempre la causa general del decaimiento y vigor de las leyes, como de la estabilidad y ruina de los (1) Tom.. 2. lib. 6 . pág. 73. (2) La excepción mas legítima y mas ajustada á reglas ha servido de pretexto para la infracción. Carta pastoral de^ Illmo. Arzobispo de Tolosa D. Esteban Carlos de Lomenie de Briennf , sobre las sepulturas .
imperios* Los cementerios mas decorosos serán in<* subsistente^, sus reglamentos vanos , y la ley ta* eficaz luego que se abra la puerta á exenciones y privilegios. Si la Iglesia de España mantuvo por* el espacio de once siglos la práctica de los cemen¬ terios, fue porque ni la dignidad Real* ni la ca¬ lidad de fundador, patrono y especial bienhechor las consideraba como títulos suficientes para obte¬ ner el honor de las sepulturas dentro de los tem¬ plos* Estos títulos se introdugeroíí en ambos de* J'ecbos civil y eclesiástico por la permisión del im¬ perio, y de esta á su relajación medid poco tiüiíl* po. Poco impartía que los sabios profesores edil íúá luces de la física prueben la utilidad pública que resulta de los cementerios en despoblados} si el mayor número de los hombres numera primeras mente la suya individual. ¡Qué importa que las le¬ yes civiles y eclesiásticas prefijen los derechos'* si estos se restringen y amplían atemperándose; á tí¬ tulos. que no puede sufrir el amor propio, la va¬ nidad y la envidia! ¡Qué importa q re estos fcstáM blecimientos se recomienden con las costumbres an¬ cuas y modernas de las naciones estr unge-ras,» si 1 uo son, las del país, que pisa r ni los egemplos que observa* Leyes y eg em pj o s de sumisión alcanzan más que raciociniosdiscursos y escritos ilustradas. Por 4