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Pelayo : restaurador de la Monarquia Española : novela histórica

Rome, Madame de

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'.'V- P E L A y o, RESTAURABOE, BE LA MONARQUÍA ESJPAiíOtAí A¿<í¿ar¿ca' ESC.Bfl'TA EI\ FRANCES CON PR cfíit^teula 3b (J^. Se halla venal en la misma librería de San^, calle de las Carretas , y en Cádiz en la de Hortal y compañía ; é igucámente en las citadas librerías , la Pastora de Lammer- moor , ó la Desposada , Novela histórica^ en dos íomos en octavo. LA TRADUCTORA. J2jntre la multitud de- novelas que la afi- éion á la lectura ha puesto en mis manos^ Ptílayo, ó'd Restaarador de ia Monarquía . Española, ha sido una de las poquísimas qus me han causado un verdadero placer. El ti- tulo solo fue para mi una recomendación^ y aunque por si misma nú sea- una obra- ntaestraj no podrá borrársela del catálogo de las mejores que decoran las bibliotecas - escogidas ‘y y -lHadama de RomCy su autor Oy recibirá en todos tiempos los:, elogios que merecen su sana y religiosa mór.al, la deli-\ cadeza de sus pensamientos , y -Ja pureza de^ su lenguaje, teniendo doble interes y iríéri- to para una Española que, coma yo, ama á. su patria y á los heroes que la -han ennoble--- cido , viendo en ella las hazañas y las mir-.\ tildes de sus antepasados tratadas can la siempre inquieiados por aipielhs.' Tin siglo después los FisQgodos echaron de Galicia á los- Suevos. • Por los anos de S72 empezó á contar egira, faga ó retirada de Máhoma de Meca á Medina , este sectario elevó el valor de los trabes de tal modo, que los llevó de conquista en eonfaista hasta hacerse dueño de todo el país entre la India y eVocéana at- lántico-, y hácia el ano pn , después de ha^ berse apoderado del Africa, pasaron el e.- trecho de Gibraltar , y ganaron sobre, los Go- dos kt famosa batalla de Jerez en el de 714, la que pereció Rodrigo ó Rudésico, lüti- mo Rey de estos, habiendo durada el comba- te , ó mas bien la carnicería, ocho dios se-^ guidos. Los Moros continuaron sus conquis-, tas, pasarm los Pirineos, inundáron la Francia, y ocuparon por algún tiempo la. Septimaria y el 'Lan 'guedoc. Fn pip, Pelaya, Principe de la fa- milia de Rodrigo, recogió los restos del ' ^'órcHa de aquel desgraciada Monarca, y eoU los cimientos de una nueva monar^ia^ pudiendo llamarse su restaurador. Los Moros continuaron sus incursiones en Francia, y fueron derrotados por Carlos Martel-, en España siguieron sus conquistas, y establecieron reinos , en los que se sucedie- TQñ vdtiüs En 750 Alfonso I pndé el reino de León , y en 1030 recayó esta corona en F'ernando de Castilla , que se dice ser des- eendiente de Moros. Sancho de Navarra tu- vo los reinos de este nombre y de León , y él condado de Castilla. En 1035 se dividieron los estados de Sancho en reinos de Castilla, de Navarra y de Aragón ; su hijo mayor obtuvo la Navar- ra , y fue él vastago de una lar ga serie de Reyes, de los cuales el último Jue Juan de Albret, desposeído en 1^12 por Don Fer- nando F , el Católico, El segundo hijo de Don Sancho heredó los reinos de Castilla f Lean , y dió princU pió á una familia que se perpetuó hasta 1474 (xn) Én, la persona. d’e' Jioña Isabel.^ qüe llevó en dote estos estados^ cuando se casó con Don Femando F Don Raníiro , hijo natural de Sancho, empezó á formar él reino de Ara^ gon hasta Fernando F-, este Príncipe por su casamiento con Isabel de Castilla reunió di- ferentes estados cristianos , y tuvo bastante poder para arrojar enteramente Re España « los Moros. En 10S5 Alfonso de Castilla habia qui- tado a los Moros Toledo y Madrid-, en 1236 se fundó el reino de Granada, y en 149a se hizo la conquista de este reino por Fer— nandd' el Católico j en el mismo reinado de Fernando y su esposa Doña Isabel , d princi- pios del siglo XFI , se hizo la descubierta de la América por Hernán Cortés. En 1514 Doña Juana, llamada la Lo- ca, hija de los Reyes Católicos , casó con Felipe I , hijo del Emperador Maximilia- no I, y fue el primero de la casa de Aus- tria que reinó en España. En 1516 Carlos I de España , y F de (xni) Austria , les sucedió , y dejó áL'mórir los eí- lado& de Alemania á su hermano : Fernan- do I, y la corona de España á su hijo Fe-^ Upe J, cuyo hijo Felipe II le sucedió en 1555. A este sucedió .en 1598 su hijo Feli-r pe III ^ del que heredó después en el año de 1621 su hijo Felipe IF. En 1665 su hijo Cárlos //, no habiendo dejado hijos , hizo testamento en favor del Duque de Anjou , su sobrino^ que fue Feli- pe F de Borbon , y que dió principio á su dinastía en España ; pero habiendo abdica- do en su hijo Luis /, tuvo que volver, por muerte de este, á tomar las riendas del go- bierno, hasta que en 1746 le sucedió su hijo segundo Fernando FI, de quien heredó la corona , por no haber dejado hijos , su her- mano Cárlos IIT-, á este sucedió Don Cár- los IF en el año de 1788 hasta el de i 8 o 3 en que abdicó en favor de su heredero inme- diato Don Fernando FII, que reina actual- mente. Desde la invasión de los Godos en 411, d trono de España ha estado ocupado pt^ ellos solos cerca de ^do años ; por los Godos ó Españoles y Moros á un tiempo 800 ; por la casa de Austria 147 j y por la dinastía de Borbat desde 1^00, ' PELA Y o, BESTAXIRADOR DE LA MONARQUIA ESPAÑOLA. CAPITULO PRIMERO. Después que los moros destruyeron la monarquía de los Godos en España , y se hicieron dueños de una gran parte de ella, habiéndose apoderado de la ciudad de Can- gas , resistían hacia muchos meses contra los esfuerzos casi continuos de Pelayo. Los sur cesos de la guerra habian valanceado y de- jado indecisa la suerte de la ciudad , no siendo importante sino por la proximidad A TOMO I. con la proTÍncia de Astürias , de la que era como cabeza. Fatigado Pelayo de una resistencia tan terca , y no queriendo dejar á la' espalda unos enemigos tan temibles por su niímero, se disponía á dar un asalto general al dia si* guíente : medida que no habla querido a- doptar hasta entonces por ahorrar la san- gre de sus vasallos, j sobre todo la de sus queridos asturianos. Retirado en su tienda , y estando solo, buscaba un descanso que la tristeza de sus pensamientos le impedia gozar, cuando un ruido no lejano de élla le sacd de sus profundas reflexiones. Viendo que este se acercaba , se levantd para informarse por sí mismo , y vid un hombre que atropellando Á la multitud sin que nadie le pudiera de- tener, penetrd en la tienda, y cayó á sus pies pálido, cubierto de sangre, respirando apenas , y que no podiendo esplicarse sino por señas , presentaba la imágeu de la des- ( 3 ) gracia y la desesperación. Atónito y conmo» vido Pelayo, le mirtí atentamente, despnes de haberle hecho dar los prontos socorros que exigía su estado ; á beneGcio de ellos el desconocido moribundo reunid sus fuer- zas y exclamd : ¡O Señor mió! La Princesa Onnesinda.... un desmayo le corto la pala- bra. Apenas volvió de él , cuando sin que- rerse ocupar de sus heridas, desechó todoj los medios de conservar la vida. “El mensagero del infortunio, dijo, no debe recibir ningún consuelo : Señor , nues- tra ilustre Princesa está entre las manos del traidor Munnza cerca de aqni no he po- dido salvarla yo muero.” Las fuerzas le faltaron, y su cuerpo quedó yerto en los brazos de los que le sostenían. Penetrado Pelayo al mismo tiempo de dolor , de desesperación y de gratitud escla- mó : fr ¡ Eres tá fiel lasid ! ¡ Dios poderoso j I No me habréis protegido hasta hoy , sino para hacerme sentir todo el horror de una A 3 desgracia tan imprevista y tan fanesta? ” Sin embargo, como siempre era dueño de sus pasiones, pocos momentos de reflexión fueron suficientes para volverle la resigna^ cion ordinaria á los decretos de la Providenr cia, que tantas veces j tan visiblemente le había protegido. Después de algunos instantes necesarios para la combinación de su plan , hizo ve- nir á los gefes de la tropa , les ordend que el asalto se difiriese aun por algunos dias: es- cogió entre ellos un corto número que de- bia acompañarle : se armó apresuradamente, jr salió bien decidido á no volver al campo sin estar seguro de la suerte de una herma- na idolatrada. A pesar de la oscuridad de la noche y de los obstáculos que retardaban su mar- cha y la de la tropa que le acompañaba, Pelayo caminó con tanta celeridad , que al amanecer se encontró en una llanura que conducía á Gijon , que era en aquel momen- ( 5 ) to propiedad del bárbaro Mnnuza 7 su pla^: *a de armas. Pelayo se imaginó que su her- mana había sido conducida allí por su rap- tor , y de allí se propuso arrancarla. No po- diendo emplear la fuerza, se determinó á valerse de la astucia, por mas repugnante que este medio le pareciera á su lealtad;; pues en el caso en que se hallaba k) juzga- ba permitido, sin que el honor pudiera re- sentirse, combatiendo á su enemigo cou sus mismas armas. Antes de entrar en la llanu-. ra inmensa, poco iluminad» aun por él dia, halló una senda que conducía á un bosque bastante espeso: Pelayo quiso espe- rar en ella y aguardar la vuelta de algunos, emisarios que habla enviado á la descubier- ta. Pocos instantes después uno de ellos vol- vió, diciendo que como á unos cien pasos de allí parecía haber habido un combate, pues que el suelo estaba cubierto de armas hechas pedazos, de muertos y moribundos, y que según las apariencias ios devastado- (is) de la Reina Egilona, adonde llegad sin ha- ber esperimentado ningún contratiempo, y. ha hiendo sido recibida de ella con la mas' viva afección ; pero esta felicidad me durá bien poco :• el mensagero que te envié para decirte que no te entregaras de nuevo á las astucias de un traidor, volviésin haber po- dido verte, y ni aun haber tenido noticias positivas de tu existéncia ; y solo pudo ,sa-_ ber por un esclavo de Manuza que los mo- ros hacían grandes preparativos para caer sobre las Asturias. Yo conjeturé que tu per- sona era la línica causa que les obligaba, pues que, este pais no contenia nada que pu- diese atraer su codicia : y en poco tiempo vi realizar mis temores con la certidumbre de tu retirada á estas montanas, y la llama- da general que hicistes á todos los que no gemían aun bajo el yugo sarraceno. Perse- guida siempre por la idea de tus peligros, mi imaginación no me presentaba sino las imágenes mas terribles j el hierro , el fuego, j ( 73 ) y una continua carnicería estaban presentes á mi vista, siendo Munnza el conductor de la desolación y de la muerte j y no podiendo mi débil cerebro resistir i la idea de ser el pretesto de tantos males , perdí la razón por espacio de algunas semanas, habiéndola re- cobrado á fuerza del cuidado de la Reina y del nombre de victoria que oia repetir á cada instante. La vuelta de mi juicio me pur so en estado de saber las felices noticias que llegaban todos los dias. £1 fíel lasid fue el encargado de hacerme una relación tan in- teresante; restablecida, pero, exaltada aun, - me decidí á venir á juntarme contigo. Pros- ternada al pie del alfar que la Reina había hecho construir en la pieza mas retirada de su palacio , juré de vivir y morir para la amistad, y si tenia la desgracia de perder- te y la de sobrevivirte , consagrarme á Dios en un monasterio. “Egilona combatid débilmente una idea que no aprobaba. Ormesinda , me dijo , yo deseo y yo espero que no tendréis que cunt: plir esa promesa j pero aun en el caso que las ocasiones os obligasen , sería necesaria que vieseis antes si no os quedaban otros deberes mas sagrados que cumplir en esta tierra regada con la sangre de vuestros com-» patriotas. Yo no sé si será mas agradable á Dios servir á la humanidad afligida, qüe cumplir unos votos pronunciados en el en- tusiasmo de la alegría o en el esceso de la desgracia. En cuanto al valiente Pelayo, en medio de los peligros que le rodean, y en el de que acaba de escapar, prueba que la Providencia le protege , y que está escogido por ella para restaurar el imperio de los Go- dos, que una larga serie de infortunios y de yerros ha hecho perder. “El proyecto de ir en busca del victo- rioso Pelayo es muy loable, continuó Egilo- na , pero me parece imprudente : el país que teneis que atravesar está inundado de ene- migos que se creerán dichosos en encontrar (i5) una Ocasión de saciar su barbarie en la per- sona de la hermana de sn vencedor. ” Yo escuché á la Reina con atención y respeto j sus observaciones eran las mas jus- tas , pero mi corazón negado á la reflexión me obligd á persistir en mi determinación. ¡Ay de mí! me dijo Egilona: el triste estado en que estoy me quita el poder de oponerme á vuestro viage; la aparente liber- tad en que me han dejado no puede durar mucho , y tendré mas motivos que vos para alejarme de esta ciudad j sin embargo yo me quedo. La desgraciada me abrazd tiernamen- te , y la palpitación de su corazón me did á conocer su agitación ; nuestras lágrimas se mezclaron , y solo sus ocupaciones la obliga- ron á separarse de mí. Al dia siguiente Egilona vino á mi cuar- to y me dijo : quería haberos proporcionado una protección segura para el camino que vais á hacer, pero me falta el tiempo por la prontitud con que habéis decidido partir , y Ci6) separaros de ana parienta , de ana amiga... que no os verá mas.... Vuestro fiel lasid, una de mis mngeres mas seguras jr seis hom- bres de mi confianza, es todo lo que pnC' do ofreceros: aceptad estas pequeñas joyas^ restos de mi fortuna eclipsada; si sois bas- tante dichosa para ver á vuestro hermano, decidle.... un ruido que Ilegd hasta nosotras suspendid sus palabras, ün temblor bastan- te visible alteró su semblante , cerró cuida- dosamente la puerta, y sus ojos llenos de lágrimas , se fijaron en la tierra ; yo la hice mil preguntas, á las que no respondió : y la misma noche me puse en camino acomoaáa- da de las gentes que Egilona me habia dado. El camino fue largo y penoso, y mas aun por los rodeos que lasid nos obligaba á dar por evitar el encuentro de los enemi- gos. Yo estaba fatigada; y habiendo llegado á un sitio agradable, y no dudando de la proximidad de tu campamento , pues que lasid me habia mostrado las cabezas de las tiendas, resolví hacer alto; y habiendo qxr denado á la escolta se, retirase , poco después de haber tomado un alimento que el cuir dado de lasid me había proporcionado , ter niendo á mi lado á la dnica muger que ve- nia conmigo, me entregué al sueno mas tranquilo, ignorando el modo con que me dispértaria. El ruido de las armas , los gri- tos de los combatientes me despiertan sft.- bresaltada, mirando al rededor.de mí para desechar Jas que creia yo ilusiones del suer íio; pero, me cercioré .de la espantosa ver- dad, y reconocí el pel:^ro que me rodeaba. El suelo estaba sembrado de cadáveres y de heridos que pedían auxilio , sin que na- die viniera á dársele. La muger que me acompailaba había desaparecido ; viéndome sola tan cerca de la pelea, y sin fuerzas, el temor se apoderé de mí , y siéndome im- posible huir, esperé resignadamente mi suerte. Habiendo observado que la mayor parte de los combatientes estaban armados B TOMO I. á la morisca, me estremecía cada clíoqne que veia dar contra los que yo contaba co- mo mis defensores , conociendo por el trage eran cristianos; en fin, un guerrero se se- paro de la tropa, y vino á mi lado en la actitud de resistirse; pero bien presto ataca- da por todas partes, hubiera sucumbido, si algunos de los suyos no hubieran venido á su socorro. Entre los que de atacaban con mas en- carnizamiento pude reconocer al infame Munuza; el horror, que sa vista meinspirá me hizo dar un grito , mi voz redoblo' el furor de los combatientes, y. un instante después , por algunas palabras que dijo el desconocido, y que yo no pude entender, se retiraron á un lado , y volvieron á la pelea con mas vigor que antes. Hasta entonces habia podido soportar la triste y espantosa escena que se había presentado á mi vista; pero esta trastorno toda mi existencia, y no l>e vuelto á la vida sino por ti. Está es, querido hermano, ,1a relación de mi desagradable aventura : ¿ qué quieres que te diga? Desde aquel' momento , herida mi imaginación j>or los olgetos. 'desastrados de que he sido testigo no veo mas que des- gracias ; y la suerte de irii libertador me iur teresa infinito , al mismo tiempo que me . in- quieta.” _ ; ^ ft ¿ Y -por qué ocultas , dijo Pelayo abra- zando á su hermana,; ese sentimiento que té hace tanto honor ? : sea el que quiera el re.- sultado de ese singular combate , tu raptor no ha podido verificar su proyecto., y tú conservas tu libertad y tu honor. Querida Ormesinda , esperemos en la hondad celeste qne tn libertador goza de la vida 5 si- al contrario, el Dios de las batallas ha decidi- do otra cosa , y si nosotros no podemos dar á sus manos la señal de un agradecimién-tí» tan justamente merecido; elevémosle - ea nuestros corazones un monumento. de- gratis taJ, pidiendo al Ser eterno' que adinUafsai Bs alma generosa en lá morada de los rjns- tos.’^ »Pero Ormesinda, continnd Pelayo desr pnes de algunos instantes de silencio^ ¿no tienes nada que decirme de üsigia ?. ¿ Será posible que ia Reina no te haya hablado de ella , ni de nada que la concierna? ¿ .0 .tu si- lencio viene de no querer anunciarme algu- ma noticia dolorosa? Ormesinda, la tranqui- lidad de tu corazón no te deja conocer, los tormentos del mió: Jos que no' han amado son incapaces de conocer lo que un alma apa:- sionada siente. Ervigia es la esposa de esté ^corazón despedazado^ su padre Rodrigo me Ja concedió; Egilona, su madre, consintió, y sú voluntad decidió ; tii sabes que la ce- remonia que precedió al casamiento público fue hecha ante su difunto padre , y que si -se difirió la que debía asegurar mi dicha, fue llevado por la ilusión de que ella acom^ pauase la celebridad de la victoria.... que ja- mas debía coronar su frente: ¡infeliz Prhi- «pe; qü¿ caros has pagado los tiempos de tus faltas! «Peláyoi, replieá rOrmésinda ^ no crea? tener derecho á pensar que yo. haya, sido in- diferente ála suerte de mxa Princesa . con quien estoy unida por los dables j fazos dd parentesco, y. de la amistad. .¿iPodfé J<> íúyh dar jamas lahondad que’ me mostró ^ enags do Rodrigo rompiendo, lasr cadenas de; mt madre;, y . las núas» nos Uevd á su lado iy prometió ocuparse seriamente de mi destiaoT No,;Pdayo!; puedO' suponer; que la in- gratitud resida en. el «oi^on de su herma- na. Yq¡ m diré lo poco que la casualidad me ha. heclip>;saber por lasid , el cual no podrá añadir -nada según lo, que. nie. habéis d.ich.4 de éL. . ; ».yá té- he referido antes- qne- nuestro •viage le hacíamos lentameote , y los moti- vos que teníaums para ello;i evitando pasar por poblado : nuestras detenciones eran en fas cabañaa aisladas , en. donde no estábamos (28) que he podido conseguir, ha sido la prolón^ ¿ación de su vida por algunos dias ínas. Ahora la tierra (no la tierra sagrada) -cu- bre los restos de este impío ; ahora tam- bién.... ¡ idea consoladora para un padre!; el alma atroz de ese bárbaro sepultada eu el abismo infernal , espia sus crímenes coa las penas eternas que padece.” Las miradas que Pelayo y Ormesia-í da echaron sobre el viejo , indicaron el hor- ror que les inspiraba la frialdad , : con la cual se entregaba á la idea de una vengan- za horrible éinutil ; un ^sto de Pela jo. de- claró su pensamiento , y d^concertó al cau- sador dé él. ' . El motivo; que al^ais , le dijo Pelayo, atenúa en algún modo vuestra cruel acción,, tanto mas, cuanto sin duda ha sido ejecuta- da por un movimiento indeliberado; pero debeis saber que el odio que sobrevive al que lo causa es un sentimiento reprensibles y que asQCiándonae , por decirlo asi , á vües- _ ( 29 ) tro atentado, me habéis ofendido gravemen- te. Que retiren ese objeto funestQ, conti- nuó, y «jo® í® sepulten con el resto de su cuerpo. Ahora decid cuáles son los otros motivos que os han conducido aqui, y quién es la persona que os acompaña. Si esa muger ha tenido parte en vuestra acción, yo no quiero verla ; hacedla alejar. La res- puesta de esta fue levantarse el velo y echarse á los pies de Ormesinda, que reco- noció á Geisa , la camarera que Egilona le habia dado. El modo afectuoso con qne fue recibida, volvió el ánimo á su conductor, que habia estado confuso oyendo la repren- sión de Pelayo : y volviendo á tomar la pa- labra dijo asi. ,, Antes de cumplir con un mensaje in- teresante para el noble corazón de mi Prín- cipe , es necesario que yo debilíte mi culpa, de la cual no habia conocido ni la enormi- dad, ni los inconvenientes; y suplico que gu indulgencia se estienda á oirme.” ( 3 °) „ Nacido en el áspero seno dé las monr tanas de Asturias , he conservado las cos« tambres de mis padres. Mi familia se hon- ra de tener por raíz á uno de los héroes que despaes de haber sojuzgado á la orgullosa Italia , y de haber domado la soberbia ciu- dad de los Ce'sares, fundaron en España la monarquía de los Godos. Las vicisitudes de los tiempos, y aquella Providencia que des- truje ó conserva según su voluntad, ha aniquilado la prosperidad de mi casa. Hace mucho tiempo que privada de sus bienes y de sus honores, vino á fijarse en este asilo silvestre, en donde ha cultivado las rique- zas que la naturaleza concede á los que si- guen sus leyes. Yo mismo he trabajado con mis manos el campo sustentador que me ha dado la subsistencia , sin tener necesidad de ir á la Corte á mendigar favores que me hubieran hecho avergonzarme. Yo he visto varios Reyes que se han sucedido en el tro- no , en el que no han hecho mas qué seii- h (30 tarse , siendo como las tempestades , qne su duración no es grande, pero que no pasan jamas sin causar estragos. Mi casa , £ la que jamas tendré la vanidad de llamar castillo, «stá situada á la orilla de un rio ; ella es vasta y cémoda, y provista de todo lo que -puede ser agradable y útil , y las tierras que la pertenecen son suficientes para mantener á mi familia, compuesta de cuatro hijos que hacen mi mas dulce esperanza. La tran- quila seguridad habitaba en mi casa , de donde la hospitalidad no fue jamas alejada; -estraiíos á todo lo que pasaba, no supimos sino muy tarde la invasión de la España. Yo solo conocía la nación Mora ; asi yo era el que mas temia su aproximación. El peli- gro me despertó del sueño tranquilo de mi dicha. Entonces' conocí que tenia una pa- tria , cuya defensa aunque fuera imposible, era la obligación mas sagrada que tenia que cumplir. Pero era Carde. La batalla de Jerez se habia dado. ¿Qué quedaba que hacer? (30 bajar la cerviz, y comprar Iavida.de mis conciudadanos con la sumisión. Habiendo reunido á mis vecinos les propuse hacer un sacrificio voluntario y doblegar la ferocidad de los Sarracenos. Abramos los libros sagra- dos, les dije, y veremos que Dios irritado de los pecados de los israelitas los entregó i sus enemigos reduciéndolos á la esclavitud y á la ignominia ; los hebreos se sometieron esperando un libertador, y no se engaña- ron. El cielo se apiadará de nosotros j ade- mas un dia llegará que estemos libres y ven- gados. Mis palabras fueron eficaces , y des- pués de haber implorado la divina asisteiv cia, mis dos hijos mayores partieron para Córdoba , de donde no debian venir sino después de algún tiempo : sin embargo el mismo dia de su partida volvieron al techo paterno j su fisonomi'a estaba animada con una viva alegria. ¡Cómo! les dije al verlos: cuando la patria está espirando, cuando la vida y la seguridad individual están amena.- ( 33 ) eadas será posible que vosotros ? Padre mió , me respondió el mayor , no nos conde- neis antes de oirnos. La Providencia ha ve- rificado vuestras esperanzas. Un renuevo de la antigua dinastía de nuestros Reyes ha le- vantado la bandera, y detiene el ímpetu de nuestros enemigos; Pelayo es su nombre. Entonces, señor, me informé de vuestros generosos proyeetos , y que estabais , seguido de algunos guerreros, al otro lado de nues- tras montañas. ,, j Gracias sean dadas al Eterno , excla- mé yo, que ha mudado en cánticos de ale- gría los gemidos de los que no veian mas que la desolación ! ,, Hijos mios, les dije, mudad los ra- mos de oliva en' espadas cortadoras; que los presentes , preparados por la mano de la debilidad, se conviertan en alimento de los fuertes ; añadamos todo lo que deseamos li- brar de la rapacidad de dos vencedores ; vo- lad á poneros bajo los estandartes del ilus- G XOMO I. ( 34 ) tre Pelayo, y compadeced á vuestro padre, imposibilitado por la edad de seguir los im- pulsos de su corazón ; él no puede ayuda* ros sino con sus votos divididos entre voso- tros y la patria : ó por mejor decir , unidos los unos á los otros por una circünstancia tan urgente. „ Inmediatamente di cuenta á los ancia- nos habitantes del pais, y todos se apresu- raron á seguir mi ejemplo. Una juventud poco numerosa, pero brillante de salud, ardiendo de valor, ambiciosa de gloria, cu- yo nombre había sido ignorado de ella has- ta entonces, se alejó de sus apacibles ho- gares , y corrió á reunirse i vuestro ejér- cito. „La confianza que yo tenia en vos, sefior, me hizo volver á mi habitación , de donde había creído conveniente alejarme. Bien pronto el grito de victoria liego hasta mí. Yo la celebré con un entusiasmo que no dejó lugar á la solicitud paternal," cuan- ( 35 ) do vi traer d mis pies á mis dps hijos: el jjrimero había dejado de existir ; el segundo cubierto de heridas , testigos verídicos de su valor, parecia que no esperaba mas que mi bendición para exhalar el alma en el seno del Señor de los ejércitos. Es menester ser padre para formarse una idea de mi dolor. En aquel momento todo desapareció de mi vista menos mi desgracia. Deber, honor, pa- tria, todo lo olvidé, acusando á la Providen- cia de injusta , y solo una remota esperan- za de volver la salud á mi hijo pudo cal- mar mi desesperación , y hacer callar las murmuraciones impías que el infortunio me habia arrancado, y que abjuré en el tiempo de mi razón natural á mi edad. An- tes de permitir que se hiciesen los honores de la sepultura á mi difunto hijo, quise hacerle las últimas caricias, que fueron abrazarle, y jurar su venganza, inmolando sin piedad al primer sarraceno que cayese en mi poder. En seguida todos mis cuida- Gz ( 36 ) dos fneron por mi hijo Oldarico, el ánico que podía servir á su patria por la corta edad de sus otros dos hermanos. „Ya habian pas.ldo muchos dias después de la pérdida de mi hijo mayor , y una tar- de que estaba al lado de la cama de mi 01- darieo, que hacia esfuerzos para contarme los prodigios con que la fortuna coronaba vuestro valor, vinieron á pedirme recibiese en mi casa á un estrangero herido gravemen- te. El hablarme de heridos en aquel mo- mento era aumentar el interes que natural- mente me inspiraban los desgraciados. Yo salí para recibirle, cuando un desconocido me dijo : Señor, si yo hubiera podido con- servar mis fuerzas mas tiempo , no hubiera tomado la libertad que en estas circunstan- cias podrá seros gravosa; pero me ha sido imposible el transportar á mi amo hasta el campamento del Rey , en donde habría en- contrado los socorros que necesita, no po- diendo abandonarle para ir á buscarlos, de- ( 37 ) Jándole espuesto á las resultas de la generosa aceion que acaba de ejecutar.'’ „Esta casa, le respondí, sabe lo que es la calamidad , y asi no teneis que elo- giar al que Uamais vuestro amo para que yo haga lo que la humanidad me prescribe: no perdamos tiempo, pues que vos tamL>ieii estáis herido. Mis criados transportaron al desconocido á un cuarto cdmodo , en donde el cirujano que. cuidaba a mi hijo , les hizo la primera curación: digo les hizo, por- que el escudero estaba herido en la cabeza bastante gravemente ; pero sin embargo el facultativo me aseguró al reconocer las heri- das, á cuya operación me quise hallar pre- sente, que según su juicio la terminación sería favorable. „ Cuando mis huespedes hubieron en- trado en el estado de adormecimiento, que regularmente sigue á la primera curación de las heridas que no son mortales, despuec de haberlos dejado encargados á una persona de ( 44 ) de mi pueblo , su sangre cae sobre mi co-» razón. „Sí señor, replicd Sigerico con la li- bertad que le daba Pelayo; pero también la sangre que se ahorra aquí se derrama en otras partes del reino, y por do quiera que pasan los usurpadores, corre á raudales. Se- ñor , la España toda tiene los ojos fijos en vuestra persona , y sus miradas manifiestan sn confianza en la rapidez de vuestros triun- fos. ,, ¿ Y será menester comprarlos con la destrucción del género humano ? repuso Pe- layo. Imitando al pastor de la Escritura , he querido atraer á las orejas descarriadas al re- dil i mi trabajo no ha sido infructuoso. La llamada á mis fieles Vizcaínos no ha sido in- útil, y bien pronto podré presentar á mis enemigos una fuerza respetable. Entonces no podrán ejercer sus'acosíumbradas cruelda- des ea los cristianos de esta tierra. Acordaos de ia derrota de Carmena. ( 45 ) ,, Sigerico , es necesario qne me reem- placéis al lado del generoso libertador de Or- mesinda. La soledad de la casa en que ha- bita exige las majores precauciones ; al- ins- tante que el estado de sus heridas lo permi- tan, se le deberá transportar aquí j me load- Tertireis , y yo mismo iré' al frente de las tropas que deberán escoltarlo. Si pudiese ale- jarme por algunas horas solamente, conoce- Tia que Pelayo es sensible á los beneficios... En seguida, dando la mano al anciano hos- pitalario, le dio' gracias por el cuidado que prodigaba al desconocido, y dio orden de prepararle los presentes mas magníficos; ,, Señor , dijo el anciano inclinándose profundamente, en el estado actual, ámí es á. quien toca sacrificar lo que poseo ríe mas precioso , para facilitar d un Soberano los me- •dios de ar^ar un numero mas considerable de guerreros. Los tesoros acumulados por mis abuelos están en mi poder; maíiana es- tarán u-, vuestros pies. Dos hijos me quedan ( 46 ) -que aún son bien jovenes ; sin embargo^ asi que mi Oldarico este en estado de so- portar la coraza, vendrá á presentároslos: yo no temo confiarlos al que sacrifica sus laureles á la conservación de sus vasallos. Mi ejemplo será seguido de mis vecinos , y mas de cien jovenes robustos y llenos de ce- lo vendrán á ponerse bajo vuestras banderas. „ Bien , respondió Pelayo , vuestro hijo Oldarico los mandará, y el valiente Sigeri- co no se desdeñará de formarlos para el arte glorioso de la guerra. „ Sigerico y el anciano partieron al ins- tante. Apenas hubieron llegado á la casa del último., y que las tropas que hablan venido con ellos estuvieron colocadas en los pues- tos necesarios para evitar toda sorpresa, Si- gerico quiso cumplir co¿ el encargo de Pe- layo cerca del desconocido ; pero, no le. fue posible , no habiendo querido interrumpir el reposo de que gozaba en aquel instante, y solo pudo hablar al escudero, á quien dio ( 47 ) cuenta de las atenciones del Rey para con su amo , á lo que él respondió : ,, Pues que tengo el honor de. tratar con el ilustre Sig^erico, no temo que mi amo se ofenda por la falta de mi silencio en punto á su nacimiento. El Rey sabrá con placer que eh libertador de la Princesa es el noble Alfonso , hermano del desgra- ciado Ramiro, destinado por Rodrigo para esposo de Ormesindá; añadiendo , que here- dando el estado de su hermano, ha hereda- do también el amor á esta Princesa, y que la prudertcia exige que ella ignore ada quien es la persona qúe la ha libertado. ,, Yo me conformo con vuestras disposi- ciones , repuso Sigerico , y me ciño á par- tir con vos las fatigas que debe costaros el cuidado de vuestro amo. Vos mismo habéis participado de su gloria : vuestra sangre ha corrido por el interes de Ormesinclal Y yo reconozco en vos nn bravo guerrero que meréce toda consideración. Decid , os suplico. ( 48 ) solamente , ¿ por qué el Príncipe de Canta» bria ha tardado tanto en reunirse á Pelayo, y qué motivo le ha obligado á pasar por unos sitios inundados de enemigos sin una escolta conveniente ? Antes de todo decidme vuestro nombré; el título modesto de escu- dero me parece inferior á v'uestra persona. „ Eso es honrar demasiado al oscuro Fé- lix , respondió este : unido por obligación y por gusto al servicio del Príncipe Alfon- so , cualquier empleo á su lado , o que me hace serle dtil, es todo lo que llena mi am- bición. Al decir esto Félix, bajó los ojos y se puso encarnado : Sigerico le considera- ba con admiración. Su talla era mediana, y las vestiduras que llevaba no permitian hacer el exámen de sus formas. Las faccio- nes eran regulares,,, .los, ojos hermosísimos y brillantes todo el tiempo que habia habla- do de. su amo ; pero el modo de bajarlos anunciaba una estremada sensibilidad., Ihia cosa faltaba á aquel interesante rostro; bs feíígas, las heridas, ú otros accidentes, ha- bían alterado la frescura natural de su edad. Su color algo cetrino tiraba mas á cobriza, , y se echaba de ver en la voz una discordan- cia de sonidos, y una pronunciación desi- gual que contrastaban infi;4to Con la pure- za de su lenguage. Sigerico hizo todas estas observaciones ; pero ocupado de su comisión, volvid á.atar el hilo de la conversación. ,,Y bien, Félix, dijo, ¿será indiscre- ción sáber el por qué ha retardado tanto ta amo la reunión con Pelayo ? La respuesta es bien sencilla respondid : Alfonso ha recobrado la libertad hace pocas semanas. Prisionero de los moros, y sin saber que hacer para proporcionarse la cantidad eüoriíie para sa rescate que le pedían , hubiera acabado s_a vida probablemente, si por un aconteci- miento desconocido de él, y qué no espe- raba, no s6 hubiera salvado. Asi que se vid libre, su primera idea fue el ir é su es- tado^ reunir todas las tropas que le fuera D TOMO I, ( 5 °) posible, y presentárselas á Pelayo; pero ha- biéndose encendido la guerra en estas mon- tanas, no lo pude verificar. Solo casi, y des- conocido, se ha visto precisado á seguir las huellas de Pelayo , y ha peleado en esta jor- nada memorable que hará época en los si- glos venideros : habiendo sido herido , debe la vida á un paisano que le encontró tendido en’' tierra, le llevó á su casa, y le prodigó los cuidados de un padre. „¿Y qué hacia Félix en ese tiempo? preguntó Sigerico. Félix, respondió él, es- taba separado por los choques del combate, y no fue sino después de algunos dias, cuan- do conducido por su dichosa estrella encontró en casa del benéfico aldeano al único ol^eto que podia hacerle amar la vida. Pero, Se- ñor, dejadme continuar mi relación, que no será larga. „ Buscando por todas partes el destino de mi amo, encontré algunos Cántabros que me ayudaron en la empresa j y asi que en- toniramos el objeto de nuestra solicitud, preparé los bagages y determiné á mí amQ á ir á juntarse coil el Rey, y en él camino tuvimos la fortuna de encontrar á la Prince- sa. En el calor de la pelea el casco dé Mu-; nuza fue reconocido, y Alfonso le atacó sin- gularmente á pesar de su debilidad , que lé hubiera hecho sucumbir, si sus esfuerzos nd hubieran sido sobrenaturales ; al fin se aba- tió , y yo que estaba tendido en el suelo ba- ñado en mi sangre, temí que su victoria no la pagara con la vida. Haciendo un esfuer- zo me atajé la sangre de mis heridas qüé corria copiosamente, y le transporté á está Casa , en donde el aire melancólico y feroz del dueño me obligó á dallar quien era, de- cidido á ir á informar al Rey asi que mi amo pudiera pasar sin necesitar de mi asis- tencia ¿Y no sabíais quienes eran las seño- ras que habia salvado vuestro amo Yo no lo he sabido sino por la relación de la mnger que tino á refugiarse aquí , poco D 3 ( 52 ) después que nosotros , y no he querido de- círselo á mi amo por evitar la sensación que podía haberle causado , contraria sin duda á su restablecimiento. _ Me habéis dado á conocer que el Príncipe ama á Ormesinda... _-Con la pasión mas viva, respondió suspi- rando, sin este amor.... Pero, Señor, las es- plicaciones que deseáis las tendréis por mi amoj permitidme que me vuelva á mi pues to. Al decir esto Félix hizo una cortesía y salid. „Sigerico tuvo la visita del dueño de la casa que le presento sus dos hijos menores; él los recibid con benevolencia, y exigid que estuviesen en la casa paterna hasta el resta- blecimiento de Alfonso , é igualmente Oída- rico, cuya palidez anunciaba la necesidad de prolongar su convalecencia. „Un instante después se presentd Feíix para advertirle que su amo estaba despier- to y pronto á recibirle ; pero Sigerico no quiso entrar hasta que los cirujanos que ha- ( 53 ) lian venido con él le aseguraron que su vi- sita no podia causar el menor perjuicio al herido, „Una simpatía natural los unió el uno al otro,. Sigerico empezó una amistad por consideración á Pelayo , pero esta se convir- tió en placer, en necesidad. Estando seguro de que en nada podia dañar a su restableci-. miento , le hizo saber quien era la persona que había salvado , el gran servicio que ha- bía hecho á Pelayo , y el reconocimiento que Ormesinda tema á su libertador , con- servando la memoria del Príncipe Ramiro, y considerando á Alfonso como á su her- mam- Esta palabra de hermano hizo dar un suspiro, al herido, Sigerico tomó la mano, de Alfonso, y le dijo; eso es hacer m conoci- miento bajo buenos auspicios. Alfonso se, pu- so encarnado, y respondió: Ea amistad de Sigerico es el mejor auspicia para mí , y roe lisonjeo que seré bien acogido de mi So- berano , aunque no pueda presentarle mas (6o) que vemos ahora podrán hacer formar, un» idea , con la diferencia de que en el tiempo de la dominación de los GodoaJps Africanos, que conocemos por los Mojos , no habían hecho mas que tentativas indtilea para invadir nuestras posesiones; pero la ambición de los gefes, la inconstancia natural del pneblo que cree ganar cambiando , fueron suficien,' tes para despedazar la patria, y atraer su, mina. Los cortos intervalos de reposo pare- ciaa al sol de invierno, que no alegra la vista un momento, sino para hacer sentir mas la aspereza de la estación. Tales fueron los reinados de Chiada.svinta y de algunos otros monarcas, „Espai1a respird libremente bajo, k da- minaoion de Wamba , y parecía acordarse de su antiguo esplendor i pero apenas este Soberano habla tenido tiempo para ser lla- mado padre de su pueblo ternainó su car- rera, y sus nietos sumergieron de nuevo la monarquía eu toda especie de calamidades. (6í) Xa introducción del lujó hizo los mayortís progresos , y todas las clases se chocaron por satisfacer la nueva necesidad desconocida de sus padres. El comercio se convirtió' en trá- fico , los empleos , las dignidades se com- praban a precio de oto , y el oro no se ad- quiría sinO por medios poco dignos. La la- cha entre los ¡Godos y los Romanos (asi era como llamaban á los descendientes de los que formaron laS colonias que Roma triun- fante envió para repoblar España, casi de- sierta por las continuas guerras de que fue el teatro y la víctima) contribuyeron á multiplicar sus desgracias. ,, Bajo el reinado de Witiza la desmora- lización general puso el colmo á los males. Los prelados olvidaban los juramentos pro- nunciados al pie de los altares, y favore- cían con su Conducta escandalosa las disolu- ciones que me avergonzaría de repetir. ,, Dos Príncipes descendientes de la fa- milia de Chindasvinto eran los únicos que (60 poseian unas cualidades olvidadas de todo el resto de los usurpadores; pero mas débiles para reclamar con éxito la herencia de sus padres, y demasiado timoratos para com- prarla con los crímenes de las represalias, pasaban su vida practicando las virtudes, y ejerciendo la humanidad en los dominios que les habian asignado, ocupándose en sostener la pureza de las costumbres de sus vasallos , y en alejar de ellos el lujo escesi- vo , y la estremada miseria , germen fatal de la corrupción. „ A pesar de uña conducta tan ajustada no pudieron evitar las sospechas que se le- vantaron contra ellos ; y sin examinar sí eran o no justas , fueron siempre un motivo de proscripción. „ El hermano mayor ^ llamado Teodo- frido, fue arrestado en su mismo palacio, metido en una estrecha prisión , y privado de la vista. Su esposa Aurelia advertida á tiempo., se salvo con Rodrigo su hijo, y !cn seguida se refugid en la Mauritania Tín- gitania. Rodrigo no tenia mas que diezailos. La ternura maternal cegó á esta estimable princesa, y confió la educación de su hijo á los individuos de una nación interesada en corromper las costumbres , y borrar de su tierno corazón las impresiones que la re- ligión había hecho nacer con el cuidado de su buen padre. ,, La princesa Aurelia podria haber pro- porcionado á su hijo un asilo mas decente y menos peligroso j pero el riesgo era ur- gente: y el deseo de salvar la vida de un hijo querido la decidió sin consultar la con- ciencia , lisonjeándose de qüe ño separándose de él podria en todo tiempo formarle á sus maneras. Pero se engañó j compadezcámosla, y respetemos sü error. ,, Favila , hermano de Teodofrido , tuvo una suerte no menos desdichada que su hermano. Herido en la caza por los satéli- tes de Witiza fue arrastrado á un encierro ( 64 ) y privado igualmente de la vista; y si na perdití también la vida, ñie por el ascen- diente que Su virtuosa esposa habia conser- vado sobre el a'spero Witiza, y del que ella misma se admiraba. „ Apenas fue informada del infortu- nio de Favila, cuando corrió á presentar- le al Rey , contra la opinión de sus amigos que la aconsejaban siguiera el ejemplo de Aurelia. „ Introducida á la presencia del Rey se postra á sus pies ; y después que hubo ce^ sado el primer ímpetu de los sollozos que el dolor la arrancaba, presentó suS tabletas, en las que espresaba el deseo de participar la suerte de Favila : Witiza atónito acusó in- teriormente á sus agentes de haber dejado la vida á Favila; pero sin embargo no se atre- vió -á ordenar que se la quitasen. La peti- ción de Beniida no fue hecha en secreto, habiendo escogido el momento en que el Rey estaba rodeado de las gentes, de su corte. ( 65 ) Witiza temiá que el negar una petición tan justa no fuese la señal de una rebelión, y por otra parte nada entraba mas bien en sus ideas, que asegurarse de una vez de la persona de dos esposos unidos tan estrecha- mente; y después de haber consultado los ojos del intrigante Conde Julián , favorito sucesivo de muchos Reyes , concedió á Be- nilda.el favor que pedia, y fue conducida á la prisión de Favila., en donde ella le prodigó. los mayores cuidados, y cuando la deciaii que debia haber seguido el ejemplo de Aurelia , respondia : Aurelia es madre , sus -deberes son Siferentes de los mios ; ella de- be conservar la vida de su hijo, y .yo toda entera tengo la obligación de cuidar á mi -esposo ; solo deseo vivir y morir con él. No, amigos mios, Benilda no irá á ningún país estrangero á mendigar el pan de la caridad, ai los socorros que la política concede, y que retira , según los intereses que .agitan i los gabinetes. Benilda se esplicaba asi, y £ TOMO I. ( 66 ) fió saBía qne su seno encerraba un rennefa del digno Wamba. ,, Unas cuantas semanas vastaron para revelarla un secreto que en otras circuns* tancias hubiera hecho su gloria , y que ea aquel momento redoblaba sus angustias. Rr este estado resolvió no hablar de ello á su -esposo , temiendo que lá debilidad de su -salud no le permitiese soportar uná noticia -que debia escitarle necesariamente mil ^en* * sacíones diferentes. .Antes que lo abultado •debtalle descubriese á los que la custodiaban el estado en que se hallaba , tomó todas las precauciones qne podían evitar el conoci- mtiento. Prosternada sin cesar delante del Ser consolador de los mortales, le pedia el valor necesario , para soportar los males que au posición la acarrearían. La única muger qne la habian permitido tener para que la cuidase estaba puesta por el Conde Julián^ y las otras personas que la rodeaban no eran mas que unos Argos decididos á ejecutar to* ( 6 ?) das la» ordenes que' se -Ies (üerin. r - - „En esta situación ‘lá pobre BeniMa veia con temor aproximarse el término de dar al mundo un desgraciado heredero; dé los infoítunios de sus padres. Una noche qué estaba mas entregada' á^taa tristes réíkxror nes, ve abrir las’ puertas de la prisión ^ y que- eii gefe de sus guardas.se le pre^ntas este hombre había respetado hasta, eiitouces la soledad de esta Princesa, qpe se estreffiej ció' al verle. , - ¡í • ' j, Señora, no os ínquíeteas , la dijo,''ha* ¿iéadolá una profnitdái reverencia. Uejos de traerO^ninguna orden-desagradable , vengo á ofreceros los socorros qne ímerece-da’ virtad perségtíidá.^ Siendo; festigó ^d© vuestraff penas y de vuestra resignacion4Jno be podido- se* insensible. Mi oHigaciori es de guárdaros» yo la cumpliré exactamente; pero noilaiteo- gó de sacrificar la inoceotecriatnra que en^ tréiá bien pronto en ef eáiriino áspero -de la tída. Habiendo nacido vasallo de vuestro E a ( 68 ) esposo , he resuelto salvar á su hijo. £a Pro. Tidencia ha hecho que mi hermano Seor* dato, que jamas ha salido de su aldea, se halle aqui. Sigiberta ( este era el nombre de la Camarera que servia á Benilda) excitada por mí, ha tenido compasión de vuestro e&> tado que ella habia conocido como yo. üta muger está encargada de guardar el mas in- violable secreto ,'s¡n esceptuar á vuestro es- poso mismo que nada debe saber. Antes de determiná^me á favoreceros he querido co- noceros bien j lo he conseguido , jr he pro- metido á Dios salvar á vuestro hijo j ved aquí los medios de que me valdré sin que nadie se comprometa. „ Benilda miraba á aquel hombre, y so sabía si debía creerle ; pero la seguridad y bondad con que hablaba, la convencieroa de la sinceridad de sus palabras ; y no sin- tiéndose con fuerzas para responderle, la mostré un crucifijo que estaba en sü orato- rio , como certificándole que él pagaría uo m (69) áia beneficio tan estraordinario. „ ¡ Ah , señora ! la dijo aquel hombre com- pasivo , si no dependiera mas que de mi, bien pronto vuestras cadenas y las de vues- digno esposo estarían rotas. — Amigo V , le dijo Benilda , permitidme , y os ben- deciré toda mi vida , que mi esposo conozca k dicha de ser padre. ¿ Por qué me pedís lo que la prudencia debe negar ? la respon- dió afligido. Vos lo sabéis , señora ; el des- venturado Favila no tiene sobre si mismo el imperio que vos teñeis ; cualquiera pala- bra escapada en el delirio de la alegría po- drá perdemos á todos. Es menester que mi desgraciado señor no tenga idea de ser padre, que ignore que lo es ; pues sabed que sin el cuidado que yo he tenido de ocultar á los que me acompañan en el ^vicio ciertos mo- vimientos del ilustre preso ^ tal vez su suer- te será peor de lo que es ; no destruyáis los efectos de mi buena voluntad con una con- fianza que podrá empeorar vuestra situación. ( 76 ) de qaé su crfetura no fuese víctima; te* niendo motivo de temerlo todo , al ver la crueldad de sus opresores. Es de presumir que si Rodrigo no hubiera existido , tal vez no habrian esperado á que el sexa de la criatura de Favila les asegurase para haberla sacrificado á la tranquilidad de Witiza; pero el cielo que protegía á los dos esposos , difirió la ^cucion hasta sa- ber qué era lo que podían temer para efec- tuar su pérdida. En fin , Ormesinda nació, y Witiza la hizo llevar á su presencia. Un movimiento de compasión se despertó en el sima de aquel tirano al ver á la' inocente criatura , cuya debilidad exigía la campa- don : é hizo devolverla á su madre , á la que permitió criarla , dando las órdenes de dulcificar el trato y la cautividad de los ilustres presos. ( 77 ) CAPITULO VI. „La visita que Peláyo- se babia prdN puesto bacer al Príncipe de Cantabria se difirid por los preparativos continuos que se bacian para el asalto a lo que proporci o» nd mil ocasiones de eontinuar las converr saciones entre Alfonso y Sigerico, el cual en una de ellas volvid á tomar el bilq dé la historia, y dijo asi: „En todo este tiempo Pelayo babia crecido en cuerpo y en buenas cualidades un carácter dulce , una figura noble , una viveza agradable , y un corazón excelente, le bacian el ídolo de sus padres adoptivos, Silex (nombre verdadero del labrador que k babia educado ) se apresurd á abrir las tabletas, en las que no encontré otra cosa, sino que aquel jdven no era hijo «k su her- mano, y sí de una noble familia, cuyo ori- gen se descubrirla tarde d nunca , reco- mendándole el mayor sigiló , y que no des- atára las tabletas que seguían la primera hoja, sino en el caso que su pupilo llegase i grande, y tuviésé un intereS- •visible en averiguar su nacimiento. „ La sorpresa de Sílex ignald á sü des» contento ai ver ía desconfianza de su ino- •ribando hermano,, cuyo secreto, respeto sin embargo, igualmente que su última volun- tad, y determinó; no . hablar ni aun á su muger, por temor de no disminuir el afec- to que está ttnia al que ella creía sobrino. La oscuridad que reinaba en la esplicaeion del escrito, y la edad. corta derSeordato (asi era como llamaban á Pelay o) le deci- dían á esperar tranquilamente. La comodi- dad que proporcionó en la casa la lierén- íáá del hermano, de Siles , dió al joven Príncipe , igualmente' que á :su verdadero hijo, l®a medios de recibir una educación mas cuidadosa y mas instruida á pesar de la continuación de los trabajos campestres que rio había dejada nunca. Con todo, por no esponer el précioso deposito que le ha- bía confiado, nunca le alejaba de sí. La in- clinación de Crati]o ( es menester que se- páis quien es este hombre recomendable por sus cnalidadra, y. , qué ha sido tan fa- moso entre nosotros), al qué tenia par hermano-, ha hecho desarrollar en sa alma el germen de las virtudes- que- posee , y qiaw - hacen eí fundamento y el apoyo del .trotío de Felayo'i que llaman Séordato , hasta ia ^pOca feliz en que BeniMa encuentre un hijo tan digno de ella. ,,Seordato tenia ya diez y seis anos ,vy Cratila veinte; el primero sentía en su pe- cho un ardor y un deseo de gloria que le ha- cia desagradable la ocupación de la labran- za, é insípidos los placeres de su estado; la sola cosa que le agradaba era la caza; la azagaya, el arco , y la honda eran los tínicos instrumentos de Sus diver siones, persiguiendo á los animales dañinos, que de- vastaban los campos. ' (8o) ,,Un dia qne como de ordinario se pa- seaba por nn bosque , oyd los lamentos que sálian dé entre unos matorrales , y habiendo inquirido la causa , encontró á un hombre tendido al lado de un caballo muerto. Seortfato levantó al desconocido , y vio que ia cabeza y una pierna ataban muy maltratadas con muchas y profundas heri- das. El parage estaba bastante distante de poblado; pero sin embargo el joven se pro- puso socorrer á aquel miserable; inmediata- mente desgarra sus pañuelos , hace vendas, 'restaña la sangre que corría abundantemen- te, hace una especie de cama con ramas y -hojas que recoge , le lava con el agua de nn - arroyo que corría cerca de alli , le hacé, tra- gar algunas gotas del licor que sü madre adoptiva le daba cuando iba á caza , y cor- re , ó mas bien vuela á su casa , para con- ducir á los criados que debían transportar á eUa al herido. Tanto cuidado , tanta actisádad y (8i) destreza poco natural en uná edsid fan cer- cana de la infancia, le adquirieron la gra- titud de ^^cl d quien habia socorrido tan oportunamente ; y en el tiempo que exigid la curación de sus heridas, se formd entre ¿1 j Seordato una amistad íntima , sin em- bargode la diferencia de ed#d. El descono- cido creyó pagar una parte de los cuida- dos que tolffeba por él , enseñándole el ejer- cicio de las armas , y la equitación ; ocu- pación que desenvolvía mas y rnas én ca^ -rácter belicoso , y en la que hacia tantos progresos, que en poco tiempo escediá al maestro. ,, Cuando Seordato vid qüe su amigo- iba á separarse de él , manifestó el deseo que tenia de segairle , viendo qne España estaba tranquila , y que él iria á Francia á ganar nuevos laureles bajo las banderas de Carlos Martel, La vigilancia de Sílex des- compuso la ejecución de este proyecto por algún , tiempo j pero no pudo evitarle por lOMO I, P (82) •iempre. Algubas semanas despnes Seordato desaparecid. Todas las diligencias de Silez para encontrarle fueron vaaas^ y no du- dado qne habia tomado el camino de Francia, hizo partir á Cratilo con drden de traer á Seordato , y de usar de la fuerza , si no habia otro^edio. Cratilo partid* hionta* do en un buen caballo , con el bolsillo bas* tante provisto -de dinero , y lUno de gozo; y aunque Seordato tenia dos jornadas de ventaja, Cratilo le alcanzd en el momento , que iba á pasar la raya. No bien estuvo á su lado, cuando se arrojd á sus brazos, y después de haberle colmado de caricias , le conjurd volviese á la casa paterna, en don- de reinaba la desolación por su ausencia. Seordato se mostrd insensible á las prime- ras razones de su hermano , el cual le hi- zo presente la ctílera da su padre,. las lá- grimas de su madre , y lo espuesto que es- taba á atraerse la maldición que sigue á la desobediencia obstinada de los hijos. Al fin Seordato sin responder nada, se déjd coa- dncir á la primera aldea, pensando, no en escaparse de Cratilo , 'sino en convencer- le á que siguiera su ejemplo. „Lo primero que hizo Cratilo fue dis- poner que descansase su hermano , y entre tanto que dormia proporcionarse un caba- lleara él ; y habiendo seguido el consejo d^u huéspeda, Compré dos armaduras, para ir bien preparados 'á todos los aconte- cimientos que podían ocurrir en un cami- no largo. , , Guando las fuerzas de Seordato estu- vieron restablecidas, Cratilo le propuso ponerse en camino para su casa; pero 1» respuesta fue negativa. No , hermanó , le dijo : Seordato no entrará en el techo pa-^ temo, sin haberse señalado en las guerras contra los Sarracenos , que' ayudados del traidor Eudes, Soberano de Aquitania,- acaban de declarar la guerra á Carlos Bíat- teL ¡Ah! respondió Cratilo, qué mal n»» F 2 . ( 84 ) 6« pagado la hospitalidad el estrangero que ha: despertado en tu corazón esas ideas :tan poco convenientes á nuestra condición. No, ese estrangero no es culpable , dijo Seorda-. lo ; y si yo no he tomado antes esta deter- minación que hace tanto tiempo que me- ocupa sin cesar , ha sido porque- no tenía- la menor idea del cdmo deberla presentar- me. En cuanto á nuestra condición , no ft- Uo que sea un motivo para no hacer uso del ardor marcial que me devora después de tanto tiempo. Cuando nuestros antepasa^ dos han conquistado á España y destruido la Italia, ¿se ha preguntado á cada uno de los valientes que han contribuido cuál era su Bacimientq? No , seguramente. Querido Cratilo, cesa de oponerte con vanas razo- nes i mira esta armadura j es muy sencillaj ei casco no tiene penacho ; la rodela ao tiene divisa j pues bien, este adorno es pa-, ra* mí el mas precioso, y que no reempla-: «ara jamas otro ninguno. Con los ojos bri-. Bánáo iáé impaciencia i y coá un ^eseiuba- Mízo estraordinario, se viste la armadura, abraza á sü hermane , y se dispone á dejarlo. ^ . lío-, le dice Cratílo , si falto á la ober Ciencia de mi padre, la amistad me servirá :dé escttsa. Yo te sigo Seordato. Tá me has inspirado , si no el gusto po.t la profesioade la guerra , el deseo de cumplir contigo una .©bli^cion natural: y te abandonaré ja- , sea cual fuese .tü destino. Pero antes de pasar los montes parece regular reflmdo^ par, bien lo que debemos y- podemos hacer^ íabes que éi Jierido nos ha dicho que las ¿óveñes ..que^ quieran ganar fama ^ iban i señalarse en las j ustas y torneos que Witir aa da coa frecuencia; esto será para noso- tros una, escuela; vamos á Córdoba. — ¿A Córdoba? ¿y bajo, qué título? ¿'.qué equt- pago llevamos? K sos presentamos coíno simples escuderos, nadie querrá lidias, coa nosotros. Ademas , lo que yo busco, ino son j,iiegos, son combatea, qye me pongan ea ( 92 ) que :íe prodigo i movido de la amistad y de los títulos que. sabréis me unen á él,' - ; „ Ya. hacia cuatro anos que Éudes, Do. que de Aquitank, devastaba sin utilidad •un pais » cuyo • defensor le, hizo conocer mas de una vez su superioridad ; al fin avergonzado Eudes, vino á reunirse con í^los, que fue su apoyo ton el tiempo, y á juntar suS tropas, con las del héroe fran- cés. Este presenté la batalla al fáinoso Afe. derramen , que la. acepté sin titubear. Esk feataíla memorable duré dos dias, en los que. los Sarracenos fueron-destro^dos com- pletamente, quedando la Francia y la A- quuania libres dfef yugo que ellos hablan creído imponerlas. ; „La fortuna de los dos hermanos pare- ció deber fijarlos en Francia. Carlos Marte! les ofrecía honores y empleos, y la parte de. botín que les babia tocado , hubiera bastado para, mantenerlos con esplendor. Gíaíijo 5 que estaba incierto sobre el naci» (93) aliento de Seordato, temía un descobrimien- to mortificante, y deseaba que no volvie- ra á su patria, y tal vez hubiera verifica- do su deseo, sin las voces de una guerri intestina en España, ocasionada ^ot h$ pretensiones del jdven Rodrigo al trono de Witiza. „ Habiendo salido de España muy já- venes aán , habiendo vivido lejos de lí'cor- te , y tenido una educación oscnVa , nues- tros guerreros no sabian las mudanzas y los acontecimientos sobrevenidos en su patria, ai d% qué lado estaba la justicia. Witiza habia sido reconocido í como Soberano; éb reinaba cuando ellos salieron de España.- Esto bastó para_ que los dos jóvenes cre- yesen sus derechos bien establecidos , y se decidieron á ayudarle con todo su poder- y su fuerza ; y habiendo pedido la licencia ¿Carlos Martel, este se la concedió sabien-t do el motivo; y quiso al mismo tiempo ins- truirlos: á fondo de las noticias que la fama» ( 94 ) poblicaba acerca de todo lo' que agitaba á la España y el África. „ Después que los Godos , dijo Cárlos, sujuzgaron á España , y aun cuando sus gefes al^'uraron el arrianismo para unirse á la Iglesia Romana , el derecho hereditario del trono no estaba reconocido generalmenT te. El afecto que los pueblos conservaron á tal datal Soberano , d la ambición de algu» nas familias que pretendieron descender del famoso Alarico, llamaban al trono á uu hijo ó pariente , sin consideración al ge'nero de. parentesco ni á la primogenitqraf y se han visto muchas veces valientes guerreros elevarse á la dignidad Real. Bajo de este punto de vista debe considerarse á Witiza vuestro ultimo Monarca. Sin entrar en in-* iprmaciones de si son justas ó no las recon» venciones que hacen á su memoria , diré solamente que su muerte ha despertado la ambición de una multitud de- pretendientes, entre los cuales se hallan los hijos de Wi- ( 95 ) tiza, Eba y Sisebato, y el hijo de la Prin- cesa Aurelia, que su madre salvd en el Africa en el tiempo de la persecución de su esposo Teodofrido. Rodrigo protegido por el Conde Julián en perjuicio de los dos her- manos Eba y Sisebuto, ha ganado sobre ellos«y sobre los otros concurrentes. Rodri- go es Rey, pero rodeado de facciones y de turbulencias que suscitan los descendientes de Witiza: se dice que estos tienen un partido coiísiderable , y que habiendo he- cho lo que Rodrigo en el tiempo de su desgracia, se han ido á la Mauritania, y que las provincias enteras se sublevan en su favor. „Yo no sé si estas voces están funda- das sobre la verdad ; pero creo que si el Conde Julián es fiel á Rodrigo, el falso mo- narca tendrá muy poco que temer de soS' competidores actuales.’’ „La narración de Cárlos Martel que acabé aqui , inspiré en los' dos jévenes guer- (96) jetos el deséó^ de yol ver á España y coa fel proyecto de no descubrir ni su patria ni íu nacimiento partieron inmediatamente, w , . „ Antes de tocar el suelo pátrio , encona* traron á varios viageros que les informaron que las turbulencias de España estaban apaciguadas ; que Rodrigo se afirmaba» cada <lia mas én él trono j que habiendo hecho íalir de la prisión á la Princesa Benilda y :£a hija Ormesínda no estaban sin esperanza •de ver calmarse enteramente las disensiones «on el casamiento de esta última con el Príncipe Eba. Teodofrido no existía ya. Deí- fian que la corte del nuevo monarca era el centro de los placeres , y que los esírangeros eran perfectamente recibidos cuando mere- pian ser distinguidos. Contaban que Egilo- na acababa de llegar, y que vivia muy reti- rada , sin impedir por tanto á las damas de su servidumbre el asistir á las diversiones de la corte que eran muy. variadas por la mez- cla de los Godos y ios Moros. Estos discursos ( 9 ?) no interésabair masque á Séordató; Gratiío no suspiraba sino por el retiro y los comba- tes. Sin embargo acostumbrado á ceder sin decirlo á la voluntad de su hermano , con- sintid en acompañarle á Córdoba, contentán- dose con manifestarle solamente que des- pués de una ausencia y un silencio tan lar- go, parecía conveniente pensar en sus pa- dres: añadiendo á media voz; ¿Qué ventaja sacaremos de ver una Corte brillante en donde estaremos desconocidos , y en donde deberemos estarlo si no fuera asi? ¿qué pa- pel harían dos hijos de un labrador entre tantos guerreros orgullosos con su nombre y sus proezas? „ Estos hijos de labrador , respondió' Seordato , son caballeros también como los Otros. La generosidad de Carlos nos da los medios de presentarnos con tanto decoro co- mo otros muchos de la corte de Rodrigo. Esto es todo lo que necesitames._ Y si nues- tra magnificencia atrae la curiosidad, ¿qué G TOMO I. ( 98 ) respoaderemos ? ¿negaremos nuestros pa- dres y nuestra patria? „No , querido Cratilo, tan lejos estoy yo como tií de esa cobardía ; pero bien poT demos guardar nuestro, secreto. Los cuatro años que hemos pasado en Francia nos han familiarizado con el dialecto del pais y sus costumbres; se nos creerá franceses, y la po- ca afinidad que existe entre estas dos na- ciones nos pondrá fuera del caso de ser des- cubiertos. Yo no puedo menos de pensar que en la Corte me espera la fortuna y la gloria ; pero tus observaciones son tan jus- tas , que yo consiento eg.. prevenir tocíó lo que puede esponernos á una averiguación desagradable. ,,Ea seguida de esta conversación se decidió que despedirían á los criados ; que un esclavo Sarraceno que había tocado 4 Seordato en la repartición de la batalla con- tra Abdérranien , y cuya fidelidad estaba probada en varias ocasiones , sería enviad» (99) i la Sierra con uná^rta, y varios y ricos presentes ; y que á su suelta sería enA4aclo á Francia á nn amigo de Seordato que le re- tendría consigo hasta nueva orden. Convenidos en estas dispqiiicioneB , nO quisó' Seordato retard.ar por mas tiempo el descahrír enteramente todos sus pensamien- tos -á so querido Cratilo. Hermano mió ^ le dijo, jamas las manos que han manejado la espada, tocarán elkrada ni la podadera; yo' honro y respeto u-3’ arte que por sa uti- lidad ennoblece al qne. lo. profesa ; pero que es contrarió á .mi inclinación. Amo- y vene- ro á nuestros buenos ^padres , ellos s^KnclQs dueños de mis bienes ,' y si los acoeied- mientas imprevistos me obligasen Ai voitret bajo el techo paterno, isíenJ^ A 'su Jado, tratare de serles útil, participando sOs ino-» centes- placeres; pero te lo repito j la Corte de Rodrigo tiene grande atractivo para^mí; y el que tenia Francia en otro tiempo íio és nada en comparación ; ¿quidn sabe si esta Q a (lOO) paz de que tanto hablan durará mochot tiempo? Si la guerra sobreviene, como es natura), en ella podremos distinguimos. Los riesgos que se corren y la sangre que se vier^ otros -tantos grados para subir á la gloria. — Pero ¿y nuestros nombres? —lío serán mas coínunes^ en España que en Francia j lo que debemos hacer es ilus* trarlos. „ Determinados asi los dos guerreros, tomaron el camino de Tortosa , despidieron á los criados , é hicieron partir al fiel Hai> sam, que ejecutd perfectamente las tírdenes que; le habian dado. El anciano Siles y su bnenn esposa quedaron ato'nitos al ver la magnificencia de los regalos. Penetrados de reconocimiento hacia sus hijos , Hicieron mil preguntas al esclavo para saber el pueblo de su residencia, y cuales eran sus ocupa- ciones y sus proyectos. El astuta Harsam eludid sagazmente las preguntas ; volvió é Tortosa cargado de bendiciones de parte de (lOl) los padres par* sas h^s , con eécatgo par- tícnlar á Seordatp de ir á verlos asi que «is ocupaciones se lo, permitieran , porque tenían que hacerle’ ciertas espHcaciones que influirian sin duda en su suertCi .,No habiendo recibido carta de Süex, Seordato pensó que sería solamente para aUaerle á si lo que le decian, 7 se guardó de dar parte á Cratilp del recado particular que, le habia traida Harsam , el enal pocos dmi después fiie enviado con una comisión para el mediodía ifel'ranciá. t ,^Lnego-que seí vieron Mbres de los tes- tigos de su vida pasada » pusieron orden en todos sus negocios y. se encaminaron á Cór- doba, determinados á presentarse a Rodng» como dos caballeros franc^es á quiénes la ociosidad.*! la paz de su patria habia ins- pirado el deseo de visitar el delicioso pais & Espada. - , „ Su sorpresa fue extraordinaria cuando en, lugar de la paa do que toda el muBdp {io8) Eba continnaba en fingir adhesión á Sácat, j en nada se apartaba de sos con- sejos; pero hacia cnanto podía por alejar de sí á los dos; estrangeros, con el pretesto de darles el; mando de las tropas que aca- baban de levantarse. Sácat conocid bien la estratagema , pero no podía chocar negá». dose ni con Eba ni con los estraqgeros, y tal vez con el ejército entero^ abriéndolo los ojos sobre miras de sus- grfe® 5 pero Seordato los saed de la incettídnmbre icón solo el motivo de» Su modestia. . ; ?- í „ Sedor ; dijo este , éstrabgero domo soy en este país, vengo naas bien á estndiar ^ arte de tpanáar qne á ejercerle; y iolo obe- deciendo y ohservamlo podré' imitar los talentos guerreros . qne os distinguen á vos y al digno Sácac. Mi hermano ate ama de- masiado para separarse de iní ; el uno y eí otro esperaremos haber merecido vuestras bondades para admitirlas. Eba recibid su disculpa í y dio la batalla , en la qae los dos (109) bermanos hicieron prodigios,- sin alejarse d« Sácar, al que salvd una segunda vez núes- tío Seordato. El ejército Real vencid. Los seis mil Moros fueron derrotados y perse- guidos hasta sus bajeles , en donde se arro- jaron en el mayor desorden. Yá sabréis, continud Sigerico , el por que perdieron lí batalla los enemigos : las desavenencias en-» tre Ips gefes de los traidores y sus auxilia^ dores fueron el principal motivo. „ En la obstinada defensa de Sácar ro- deado de enenoigos mas particularmente que otro ninguno , nuestros héroes fueron herí» dos, y en el momento que llegado á la tienda Sácar , se apresuraba este á dar á sus defensores los socorros necesarios , Seordato debUitado por la falta ds sangre' que ha- bia corrido de las heridas, cayó sin cono- cimiento en los brazos de su hermano Cra- tilo. „ Sacar estaba inconsolable , y esclamó; ¿será posible que por conservar una vida (lio) casi apagada con los años, perezca tin hé- roe en la flor de su vida? La gloria de Es- paña va á acabar, si sus defensores sucum- ien á los golpes dé un acero impío. ,, La inquietud de Sacar se modero coq el informe de los cirujanos que asegura- ron que las heridas del uno y del otro no eran mortales, y que el principal remedio sería una perfecta tranquilidad. Sáq^r se encargo' él mismo de procqra'rsela , y dejé á Eba ir a Córdoba , y ensalzar sus proezas, contentándose con no desmentirlas , y dán- dole cuenta de todo lo ocurrido antes y des? pues de la batalla. ,, Satisfecho Rodrigo de aquella jornada, hizo licenciar las tropas , y por una precau- ción necesaria ordenó á Sacar se retirara á su gobierno para mantener el orden que su estancia en la Corte podía alterar , y contuviese á los que volvían á sus hogares, después de estar acostumbrados á la licen- cia militar j y le manifestó el deseo de co* (lll) Docer á las personas qne por dos yeces le habían salvado la vida. „ Sacar obedeció, y no quiso precipi- tar su marcha por no dejar espuesíos , ó separarse de sus dos amigos, como el lla- maba, á nuestros héroes. „ La capital de la provincia donde mandaba Sacar era Mérida. Algún tiempo después de su lleuda á élla , viendo que Seordato estaba perfectamente convalecido, le dijo ; Yo me lisonjeaba con la promesa del Rey de venir aqui j pero ya veo que los qne tienen Ínteres en retenerle en su Corte han doblado eL cerco de los placeres con que lo rodean , y que él no quiere , tí no puede^.salvar. Yo me dispongo á mar-» char inmediatamente para Toledo , y cuen- to que me acompauareis. El deseo que ten-^ go de cumplir ciertas obligaciones persona-? les hácia vos es esíremado. El cielo me ha rehusado! un hijo. Seordato , ¿ será ofenderos el proponeros que lo séais? Para esplicarme mas ámpliamente, necesito vuestra franque- za-; entonces señalará mi gratitud dei modo que convenga. No puedo ocultaros que he sondeado á vuestro hermano sobre vuestra patria y vuestro nacimiento. Su carácter franco me ha hecho esperar una respuesta capaz de fijar mis ideas.- Esta respuesta no ha sido la que yo esperaba. Cratilo se tur- bó, y dijo unas palabAs que no pude en- tender. ¿Qué debo pensar. de esto? ¿Os ame un lazo mas estrecho que el de la amistad ? Sin embargo , no se halla enfre vosotros dos mas semejanza que en el va- lor. Cratilo es mi hermano ciertamente, tespondió Seordato , que tenia preparada su respuesta ; y lo que él ha tenido^ por con- veniente callar, no será revelado por mí. Si para merecer vuestras bondades es menes- ter declarar quienes somos, desde ahora re- nunciamos á ellas , y nos contentaremos con haber merecido vuestra estimacionl „ Yo veo bien , repuso tristemente Sá- i jar, qae atribuís mi solicitad á una simplé curiosidad bastante indiscreta ; pero sé que Ja Francia ha sido destrozada por mil agi- taciones , 7 tal*Tez víctimas de laa circuns- tancias.... „ Deteneos , señor , interrn tupid Seorda ^ to vivamente: no Uevris tan adelante -un pensamiento que ños honraria sino fuera el fruto de una preocupación. Olvidad que yo, haya rehusado.... Yo voy.... Seordato callé» y sn silencio fue bastante largo para haber dado tiempo á Sácar de presumir que le ha- ^a mortificado lí ofendido. Esta conversa- ción habla pasado en el vasto jardin del Palacio de Mérida , y el jtíven guerrero se dirigid á una calle de naranjos , adonde to- mando respetuosamente la mano del gene- roso anciano , parecía que le convidaba á aeguirie. ;:r:T' „ Guando hubierOñ llegado á un sitio retirado, se' sentaron- en un banco de ces- . ped » yipOE un fl^OVimiento irresistible Seor- H lOílO I. (fM) dáto. ser -espreS© d© gst» manesra. „Vo 7 á d^cjararos 1©: que la íprtaBa mas Bisonjera , ni aan en .ej. esplendor, det tcuno ño me faabrian obligaífQ.á decir: Cra-i tilo obrarla como yo en las mismas cireuos-í í^eias', y no teiiio'cppeíeae mi cotídoicta. Os,! repito que (Cratilo es mi. hermano ; pero ño somos ,ni;franceses;ñí de noble estrapcion:; y aprovechándose dé ia ,®>rpresa-; dejíSáeari; d^:miaí .era la profesión de Sílex y ebjjKH do ñoñ qoé hafeiitt; dejado! él techo pateisml,- eL.étárodp qner habian goáádo ea.íFEanfciá: taafo ep la ifiorte como ea el ejercito, y en fiptiodft ei^nta Jes bahía sñaedido. Seordato bahj§cé¡'podido.haIjbr. masñdh sin set inr terrumpido, porque Sácar! estaba . sumer- gid© en nua admiraeioniJuesplicable. £oc JÍItitftoF.sobréponiéudpseLúrSí, mismo fedip:. ¿ Os acordáis que al principio de está. .OQ|te yersacion os_ ’ he 'prepuesto.; set ,.nai ..-bbo ? _ Sí , señor , y lo que . en ijtm cago, bühifeñk hépbo mi gloria , desd.e bc^i seráf-mi pesa- , (” 5 ') dumbré. _ Escuchadme Id que voj" á deci- ros, La áficioñ que yu profeso á Seordato, icios de apagarse con el conocimiento de lo que es, aumenta mi porisideracion y se forti- fica con la reflexión. Me había propuesto daros pbr esposa la única bi_p que el: cielo me ha concedido , dejando á mi Teodelinda un protector tal cual no lo hubiera encon- trado eñ la corte dé- Rodrigo..., Pues bien, mí plan no ha cambiado. Seordato honrado en la corté de Cárlos Martel , y mi defen- sor en España í sin otra mira que su genero- sidad , será* mi hijo si me asegura que su Gorazon está libre. ,, Lo está , señor , Je fespondiú- doblando una rodilla delante: de Sácar; mi voluntad -es la vuestra, pero es menester combatir' q- •tras dificultades,'»- Esplicaos , y que el escé- •so dé vuestra moderación no quiera 'enga^ fiar mis" esperanzas, ¿ Podrá él hijo de un -humilde y rústico labrador aliarse- con fa sangre del ilustre Sácar ? ¿ Podrá disimiilar H 2 Üasta tal punto é la que será sú espusá? «1 noble Sácar’se 'hamillará á fingir no sola- mente con su Soberano, sino con su propia hija? ¿¥ no temerá que algún dia caiga; el yelo que cubre un secreto que cuando se descubra será ruboroso ! para todos ? Estás son, señor, mis reflexiones, que las creo bastante justas. ^ Yo debo juzgarlas. Escu?- cbadme feordato: no doy mi hija á un ple- beyo obscuro; ofrezco uní alianza á un há- xoe qué junta, él valor guerrero á las virtudes -que; honran la Eúmanidad, y que^sn fratft' ca modestia lejos- de; ocultar su origen^ ha declarado hasta las mas .pequeñas acciones de su infancia. Si nb iiubiérais estado .lejos de vuestra patria y tan ocupado en tareas -penosas, sabríais que los Ghindasviníos;^ los Varabas y el mismo grande Alarico., -no po- dían presentar otro or%en mas. brillante que el vuestro. Ef tiempo que cubre con'un vA- .loíéspeso todas las estracciones , acordará- él mismo favor á la vuestra. Sí, los héroes que 89ja8gar6n:árEápaoaí (jue hoiíiillaron -el or- gullo: ^ los César^v, .y .de su soberbia eia-> dad ,.uo nacieron eü uiia cuna mas ilustre. El valor funda los imperios , la virtud los con- solida, y solos los vicioís.los destruyen. lío eretó-que qui§jo engallar á mi hija ni ar^. janearla una sumisioii servil. Yo os presen-. taré:el uno al otro, qadaré tiempo para co- noceros y apreciaros,^ si veo que: una. sim- patía agradable une vuestros corazones , .ha, cién'lolqs palpitar como lo hacia el ¡mió en mi juyentnd, Teodelinda sabrá solo nuestros proyectos ; mañana pm.tiremos para Toledo. Diciendo esto se retiró sin esperar respuesta, ,, i ,,:Cratilo los habia visto, sentarse , y su primer movimiento .fue. ir á juntarse con ellos; pero vieudo que hablaban do. uu modo bastante animado , lo tuvo por im- prudencia, y ‘se estuvo paseando, dándoles tiempo para acabar:!? conversadou^ pero observando que Sácar se iba solo , y que Seordato quedaba en una aptitud de m- (X24) giá. ¥d veo , dijo á su amigo , ^oé vóestoí itíquietud sé mañifiésta con las miradas que éohais á esa puerta j tranquilizaos^: Si^rico e§tá á mi lado;^ su esposa y mi hermaií están en lugar seguro Cerca de Sácarv' tas rocas escarpadas quceiáen las Asturias sou linas murallas que el enemigo no sé -atieye á- escalar ¡ OjaM que mi Ervi^a hubrerá es- cogido este retíro-i... _ Señor , ¿ será posülei dijo Cratilo , que la Princesa lio esté áquL? Sabiendo que vuestra ilustré hermana hat bia venido á reunirse coa'vos ,• yo creí que no hubiera venMb sola, y: peusába que una ausencia momentánea, <í los- 'temores de una pasión oviolenta os baciaa hablar. '.L-Una- separacfó» voluntaria me -afligiria; pero me siento con ánimo parasu^ibii^ todo lo qué' la- netcsidad hk- hubrése -im- puesto j mas no' es nii^uno -deicsés .moti'^ vos el que causa mi peda. Cretiio, yo piet-. do el juicio acunas veces , y necesito acor- darme de mis obligaciones para no perecer; dada míos momentos, semejantes de dé- Hrio me han impedido esplicarme con clár- ridad, y prevenir tus cuestiones. — Yo eo- aozco, Hfiox, que Tuesta imaginación exal- tada os fóriiia una desgracia que no existe. La Reina I^ilóna con quien estábamos por co antes de la catástrofe que ha privado á España de^su mas bello ornamento , pareda muy poco, inquieta acerca de Ervigia , y vop sabéis cuanto la amaba. _¿Quá queréis de- eir de la Reina Egilona ? Que no existe, señor. Es cierto , dijo entonces Rainfroy , y iu noble cabeza ha caido. en la plaza mis- ma en que Rodrigo, rodeado de sus lisonje- ros cortesanos, multiplicaba las fiestas de -todas especies. „ Veo , dijo Pelayo suspirando , que mi retirada en las montañas de Asturias me ha separado del mundo entero. Estoy arrepen- tido de haber anundado para hoy mi visi- l^ta al Príndpé de Cantabria, y hubiera pre- -fecidó pasar el dia oyendo lo que Cratilo, y (roó) vos teiíeís qne contar. La snerte de'k des* dichada Egilona me enternece tanto mas, cnanto yo era el objeto de sus bondades -aun en el tiempo en que un Velo álpeso en» cubría mi nacimiento. Al reunir los valien- tes guerreros que el acero dé los enemigos 'no había atín destruido , contaba librar de las vergonzosas cadenas á aquella aügüstá prisionera ; pero el Todopoderoso no lo ha permitido: es menester conformarse,' Parta-' mos , amigos , y en otro momeritó volvere- mos á hablar de esto. „ Él escudero Félix , qne habiá estado siempre presente, ovo el anuncio de la visi- , ta del Rey y de su hermana , y á no estar Alfonso y Sigerico tan distraídos con Ja con- versacion , nO hubieran dejádo de percibir da impresión que hizo en él esta noticia- -Cuando Sigerico salid del cuarto, Alfonso quiso vestirse de un modo conveniente pa- ra recibir al Rey, y llamó á su escuden^ .para que le ayudase : Félix trémulo y cc® (Í2f) VOZ mal íegoía, alegó lá io^tilidad y aun • ^ p.eligrp.óe sópatar íasrTE^fls que snietaí-, J)ap los i^bfizilee que aúprdefeian reitováMe lodos l^ídil^.- . „La conmoción que se o^advierte, dijo, al nombre solo de la princesa Ornaesinda, no! pnede menos de aumentarse .al verla. ¿Quién E^e si esta, conmoción : volverá, .á' abrir fes-betidasJ Este accidente que se puede; temer mucho, ía presentaría un es- pectáculo, que 05 pxÍTaria infafiblemente de su vísta. Qnedeps como estáis: la compos- tura es supér^ua ep esta Ocasión. Alfonso insistió. F 4 ix re^stió se negó á prestar so ayuda, y en el tiempo que duró esté debate, un rnidp general que sé oyó en la ea^ les anunció la, llegada del .Rey. . • . „ Félix <lijo Alfonso, tu obstinación ^ me. desagrada^; y s.i n.e;. tuviera considera.-, eion á te jesv.icios.que.mé. has-hecho, es-^ te mAnento* ísowa el, dé taifcestra. separación. Félix no respOudMiíyi Sé «copó en arreglar (t*8) d (marto, ^niendó y quitando alternativa* mente las sillas y las almohadas que servían | para recostarse su amo , y esta ocupación no cesd hasta que vio entrar al Rey y sa séquito. . CAPITULO X. „AI ver entrar al Rey, Alfonso soste- nido de Félix se levantó del sofá en que es- taba ; pero Pelayo adelantándose á él pron- tamente , le obligó á colocarse en la misma posición en qué estaba antes , diciéndole : No son mas que amigos los que vienen á de- volver lo que deben á su bienhechor , y I que no permitirán jamas* que ^ la etiqu.eta ! impida los movimientos del corazon. Quie- to, Príncipe: yo no deseo mas qub ver el dia en que pueda pagar vuestra generosidad. Totdhndo la mano de Ormesiada , que con- ducía Cratilo , continuó: Esta Princesa que H habéis librado de una nueva cautividad, y , sin duda también del mayor ültrage , ño ha querido esperar á veros curado enteramen- ( 129 ) te para juraros unaT amistad fraternal; reci- bidla', amado Alfoi^ , como si los nudos qne deben unirla al desgraciado Ramiro se hubieran realizado. „ Dichosamente para Alfonso , la efu- sión del afecto de Pelayo le dejd el tiempo" de sobreponerse , y aún de que Ormesiada, ocupada en darle las mas afectuosas gracias, no reparase en su conmoción; y las mal articuladas palabras que profirid pasaron por efecto de su debilidad. En fin , hacien- do un violento esfuerzo, manifestd el pla- cer que le causaba un honor tan inespera- do. Pelayo le presentd á Cratilo y Rainfroy: dos amigos , añadió , que con eAiempo lo serán vuestros también; para acelerar esta amistad entre vos y ellos , quiero que esteis presente á la relación qué deben hacerme de varios acontecimientos que yo ignoro; pero haliieodo contenido mi curiosidad has- ta este momento , la contendrá toda^ ha^ta que se me asegure de que ésta narración -nó 1 TOMO I, perjudicará • 6n nada á- vuestra salud. ,, Seiíor , respond^. Alfonso , el honor que me resulta es tan grande , que 1? satis* facción que ms causa apresurará mi resta* blecimiento, tanto, mas, cuanto que yo no siento sino la debilidad natural qüe oca* siona un largo sufrimiento : asi nada, puede alterar el placer que me prometo al escu- char una relación que tanto deseáis. Esta narración será dolorosa , dijo Pelayo , y es- tará en armonía con el sentimiento que me domina, y del que yo os informare en otro momento. Querido Rainfroy , continuo, satisfaced el deseo de este Príncipe , el de mi hermana j^l mió. No os olvidéis de infor- marme por qué acontecimiento estáis en este pais , cuando yo os creía tranquilo en vues- tros hogares, gozando, de la delicia- de amar y seramado^ creo, añadid mirando á Cra- tilo, que el defensor de Carmena me agra- decerá que yo le envie cerca de su querido, Sig*erico. No es menester que oiga todo lo • (Í30 maloique querrán decir de ál. Cratiló %e - in- clinó , 7 salió del cuarto. delación de R.ainfr(yf. „Las dalzuras de una dichosa unión* y la consideración de que yo gozaba en la Gaíla Narbonense, no hablan podido ha- cerme olvidar lo que debía al generoso Cra- tilo. Sin él hubiera estado privado de una esposa adorada : y aiín en los brazos de esta echaba de menos al amigo* al bienhechor qui me la habla conservado * y que no es- peraba ver mas. Clovisa participaba mi te- D*)r, y solo en un punto no estábamos con- formes. Yo no podía comprender pór que Seordato no se habia descubierto 4. mí so- bre el nombre de su patria * ni el motivo que le habia obligado- á dejar tan precipi- tadamente un pais, en donde era mfrado con tanta estimación. Esta reserva hería mi ^afecto , y yo" mismo me reprendía de haber- I 3 la snfrido tanto tiempo, sin esforzawae i destruirla. Clovisa , mas delicada que yo, aprobaba mi prudencia , y su dulzura tra- taba de calmar mi resentimiento, cuando Harsam se me presentó. Un grito de gozo se me escapó al verle , no creyéndole solo 5 pe- ro la respuesta que dió á mis preguntas me desengañaron. Sin embargo la confianza que Seordato me manifestaba, depositando en mi casa aquel hombre, me convenció de que no me habia olvidado enteramente. Ha^ bíais prometido, llamarle ,• y ordenado que estuviese en mi casa basta aquella diclfcsa ópocá-; esto me hacia esperar veros algún dia. Harsam fue recibido por mí como nfta prenda de la amistad qne me habíais ofre- cido , y asi DO quise hacerle la menor pre- gunta que pudiera embarazarle. Los ricos dones que presentó á mi Clovisa de vues- tra parte, me persuadieron que mi noble bienhechor era superior á todo lo que que- na parecer» « (* 33 ) „CIo'VÍsa acababa de darme la segunda prenda de su terneza: y este hijo querido se llaiaa Seordate , no podiendo hacer me- jores votos por el que desear que el cielo le concediese una parte de vuestras virtudes y calidades.... Vuestras miradas, señor, me dicen que debo suprimir lo que un cora- zón ardiendo de admiración quisiera espli- car. Yo os obedeceré. „Un negocio importante me llevó al lado de Carlos Martel. Toda la Corte de Francia resonaba con las turbulelfcias de España. Carlos me habló de ellas ; todo lo dicho, añadió, no es lo mas admirable} uno de los guerreros que la fortuna me en- vió para defender la Francia contra los enemigos de nuestra religión , acaba de ser reconocido por pariente muy cercano del Rey Rodrigo. Se dicen mib cosas es- traordinarias con este motivo, y yo trato de averiguarlas. Sí este g-uerrero es Seorda-* to, y tiene necesidad de nqjs tropas y de » (236) ona catástrofe deplorable. Si . el Príncipe Alfonso , quiere acceder á lós convenios sus- critos por su hermano; sL desea que la caima , y la resignación reemplacen nues- tro justo dolor , es menester que espere unos tiempos mas prósperos. Los cipreces no deben entretejer sus lúgubres ramages con las rosas nupciales , que se marchi- tarían con las lágrimas.” „ Alfonso suspiro , 7 no se atreviú á re- sistir á una resolución tan razonable; 7 por su parte tomú la de merecer por sus servicios 7 por su valor, la mano de la que tanto amaba.” FIS DEL TOMO PRIMERO. litll iÜ TRADUCIDA AX ESMNOU '’ec'ta.ó fbMo'iS. CON P PELAYO, RESTAURADOR DE LA MONARQUIA ESPAÑOLA, ITA ENXrRANCES ROME, X.O teuhx/ íe yS-sá’j 7 ( 8 ) cuerpo de ejército , del cual no podían dis- tinguir ni las armas ni el número: si se de- be juzgar por el ruido, dijo el soldado que dm el aviso, parece que es mucha la gente que viene. „E1 miedo aumenta los objetos, dijo Cratilo : este hombre debe quedarse aquí, para que no comunique á sus camaradas el que le posee. „ Amigos, dijo Pelayo , es menester |>re- pararnos á combatir hasta el postrer alien- to del último de nosotros. perecemos, que no sea sin haber adquirido la palma de la gloria. * „ Mientras que Pelá^o dio las drdenes, y que seii^aba el puesto que cada uno de- bía ocupar í Cratilo , st^uido de algunos escuadrones, fue á reconocer al enemigo, con las órdenes ; precisas de no empeñarse en ninguna acción ni aun cuando fuera ata- ‘ cado. Debemos , le dijó Pelayo , reunimos to- dos y presentar al enemigo una masade hom- I 1 ( 9 ) tres que le imponga : y que le haga» creer que podemos hacer una fuerte oposición. „No tua^ieronique esperar mucho tiem- po. Cratilo volvió acompañado de un an- ciano que l^iéndose inclinado profunda- mente delante del Rey , se esplicd asi . „Señor, la qobleza de Navarra me ha encargado anunciaros, que no queriendo reconocer mas largo tiempo por su Sobera- no á un liombre que ha elevado á tan alto honor, y que ha violado sus derechos, de- sea ponerse btíj'o ^.estra obediencia. Cinco guerreros conocidos por su valor, seguidos de los hombres de sus posesiones , están prontos á reconoceros por Rey y abriros las puertas,' lo que os pondrá en e'stado de defenderos contra la multitud innumerable de Moros que se arman contra vos. Yo.... Conocéis bien, dijo Pelayo interrum- júándote, la justicia de esa insurrección? ¿Conocen la poquedad de mis fuerzas los que os envían piéramos perecer bajo vuestras banderas, lo preferiríanios á sufrir el yugo que quie- ren imponernos. No ha sido la necesidad la que nos ha hecho escoger entro nuestros iguales uno .que nos protegie^l^ara asegu- rar la tranquilidad de los Navarros. ¿Y que ha hecho el nuevo Rey de Navarra para haber perdido el amor de sus vasallos ? Sa- bed que si la bondad de mi causa , y la ge- nerosidad de vuestro Soberano le hubieran llevado á ofrecerme . los socorros que me anunciáis, los admitiri^con, la mayor gra- titud; pero á cualquiera estremidad á que me vea reducido, rehusó positivamente la alianza y el homenage de un pueblo que no debd ofrecer ni 1» uno ni lo otro. An- ciano : Pelayo no protegerá jamas una rebe- lión que sus principios condenan , no es- tando seguro de la justicia que os asiste. Volveos á vuestro hogar, llevaos á los que os han acompañado , y decid á los que os envian, que los que defienden Espcma con (ix) tanta lealtad , no pueden conceder su con- fianza á los que faltan y hacen traición á sus juramentos. „ Señor, repuso el anciano, al venir á ofreceros nuestros brazo*!^ y nuestros cora- zones , esperábamos muy -bien encontrar la severidad de vuestra delicadeza; asi yo no pido sino el permiso de esplicarme libre- mente sobre los motivos de nuestra deliber ración. _ Hablad , replicd Pel^o. „La inundación de los Moros atraid^ sobre España por los yerros de Rodrigo , y los traidores que honraba con su configfnza, nos hizo tenqer la servidumbre general , y nos reunimos para evitarla. Mirando al re- - dedor de nosotros , buscarnos una persona que quisies» y pudiese protegernos. Igno- rando la existencia del descendiente de nuestros antiguos Reyes , resolvimos inves- tir con la dignidad suprenja á Juan Garcia, que acepto, jurando solemnemente velar sor bre nuestra seguridad, nuestra prosperidad, * ( 12 ) y nuestros intereses. Por nuestra parte le ofrecimos toda obediencia , y pusimos bajó* su guardia tutelar nuestras ciudades y núes- tros tesoros , y consentimos que nuestros hijos aprendiesen ^ arte de la guerra. „ Todo file bien por algún tiempo : pe- ro de repente Garcia , creyendo á los adu- ladores que le rodeaban , desdeño el titulo de Rey de Navarra , y adoptd el de Rey de Sobradisa.Ya sabéis, señor, que este si- tio inculto y apenas habitado, se podia lla- mar salvage. „ Sorprendidos con esta infracción del pacto convenido, consentido y jurado, he- mos hecho mil representaciones sumisas al . \ principio , y enérgicas en seguida. Las unas y las otras no nos han atraido mas que ame- nazas y vejaciones. Desde entonces nues- tros bienes , nuestra libertad , nuestras fa- milias, nuestra vida misma está á la dis- posición de una reunión de cortesanos que gozan impunemente de nuestras riquezas, # (n) se sonríen con nuestras lágrimas , y cuen- tan con placer los suspiros que nos arranca la desesperación y la pena. Se dice también que Garcia , después de haber empobrecido la Navarra, tiene el abominable proyecto de venderla á los Moros. Yo no me atrevo á afirmarlo; pero le cierto es que estas voces han causado una impresión en mis conciudadanos., que ha costado el ^ayor trabajo impedir que no cayesen sobre Pam- plona de una manera hostil. „ Habiendo sabido por entonces que Es- paña tenia un protector natural , que este héroe hacía prodigios contra los Moros , y que su justicia , como las cífcs cualidades que le adornan , le hacen tan digno de man. dar, he propuesto en la asamblea venir i ofrecerle nuestras vidas y naestras hacien- das. Seamos mil veces vasallos del Rey de las Asturias , y no lo seamos jamas del Rey de Sair adisa. • _ - .„Pelayo ifabia prestado, la mayor ateo- (m) cion á la relación del anciano. Los socorros que le ofrecía eran interesantes en aquel momento , y podrían aumentarse con el tiempo ; y quiso leer en los ojos de los que le rodeaban la opinión que tenían en el particular , lo que no fne difícil. Solo Cra- tilo se mantuvo impasible y como estran- gero á todo lo que se trataba. Pelayo guar- do silgnciO por algunos segundos , y al fía dijo asi : „ Navarro, haced que se acerquen Io$ principales gefes qué os acompañan , y de Jos cuales sois órgano. Yo quiero esplicar mis intenciones en su presencia. Cratilo acompañó aviejo , y un instante después -se presentaron los gefes llamados. Anciano, dijo Pelayo, y vosotros nobles señores Navarros: yo he pesado en la ba- lanza de la justicia y de la razón los ofre- cimientos que me hacéis , vuestros intereses ' y los míos ^ estos ^son débiles , yo los des- precio j en cuanto á vosotros , creo que os indicaré nn camino mas seguro que el de faltar á vuestra fe. Que vuestro Soberano no haya cumplido sus empeños , será posi- ble j pero tal vez el título d^Sobradisa que tanto os inquieta, habrá sido tomado por el interes mismo de vuestro pUeblo , cuyo gefe no habia podido declararse en las cir- cunstancias desgraciadas en ^ue se halla Es- paña , y que os ordenan imperiosamente vi- vir tranquilos entre vosotros. Habíais Se un ttatado con los Moros.... Es posible que no sea para ÍS seguridad del pais. Esta es mi Opinión 4 y asi no debeis admiraros qne no acepté el homenage que me ofrecéis.; Si mi carácter os hubiera sido tan conoeid® como mis neCesidíides , os habríais dispensado de dar un paso que podrá irritar á vuestro So- berano que os oprimirá mas fuertemente. Queriendo pues protegeros, os ofrezco mi mediación cerca de Garda. Volveos á Na- varra : Crátilp os aconapañará : él conoce á vuestro Reyj si sucediese que en reconocí- (i6) miento de la tranquilidad que deseo procu- raros, queíeis abrazar mi causa contra el común enemigo , entonces recibiré vuestros socorros con qjegría y gratitud. Gran Príncipe , esclamaron los Na- varros , qué dichosos son los que viven ba- jo las leyes de un Soberano tan justo y tan humano ! ^ Cratilo tenia ya las tírdenes de su amo, y se* preparaba á ejecutarlas, cuando un Navarro, saliendo del grupo de sus compa- triotas , se acercó respetuosamente al Rey de Asturias, diciéndole : „ Señor , mi Soberano ha conocido la in- tención de los. Grandes , y de una parte de su pueblo ; mas avisado que elfos . ha. pre-; visto vuestra respuesta , y me ha encarga- do secretamente dijese á -los descontentos (:pero solo en vuestra presencia.) tado lo que pueda reconciliarle con ellos. Los gefes de los Moros se:han aproximado á Sobradi- sa con ideas de hostilidad 5 mi Príncipe, cuyo patrimonio está en esta, provincia , lia temido ver profanar el sepulcro de sus an- tepasados , y ba procurado desvanecer la tempestad que se formaba contra sus esta- dos hereditarios ; sea que los Moros ignora- sen que Garcia era Rey de Navarra , ó que hayan fingido ignorarlo , el tratado no com- prende sino 4 SobradisaíLa Navar^ no es- tá incluida; á menos que la cláusula: -E» todas las tierras pertenecientes al mismo So-* berano, no sea esplícita. Este tratado hace muy poco que ha sido firmado. Esta es, añadió, la carta que me dio can la orden de ponerla en vuestras manos, cuando vues- tra decisión fuese conocida de los Navarros. La carta presentada á Pelayo estaba concfe- bida en estos términos. ,,Juan Garcia, Rey de Navarra y de So- bradisa.- . AI ilustre Pelayó. 0 ,„ Cuando leáis éstas lineas ya habréis hecho la aiecion mas generosa y la mas jus- TOMO II. - B ( 24 ) compañefas -únicas : y que esta presa sería inútil para los‘intereses-del Rey y los suyos. ,, En este intermedio los gritos de com- bate se vuelven en aclamaciones de victo- ria.^La derrota de los Moros es completa. Asturias queda libre por segunda vez. Pe- layo baja de su puesto , da las ordenes para poner en segurúlad lo que han tomado , y corre al frente de los suyos á juntarse con los que no duda son sus libertadores. Ape- nas le perciben , cuando las aclamaciones se redoblan. El valiente y temerario Cratilo deja á sus compañeros y se apresura á po- ner á los pies de ^elayo el estandarte de Mahoma, dél que se había apoderado al principio de la acción , y esto era lo que ba- hía causado tanto desorden en los enemigos, habiendo facilitado un suceso tan sobrena- tural. ^ . „ Cratilo informd á Pelayo , de como ins- truido de la venida de los enemigos, había ido al encuentro de los socorros que enviaba « ( 25 ) ü Rey de Navarra, que eran mas numerosos de los prometidos: que había vuelto^ con- tra los Moros, y tenido toda la felicidad posible. Yo no he querido , añadid, ocupar- me en hacer prisioneros que nos hubieran estorbado; ademas de que temo nos traigan el contagio que no tenemos. „Yo veo engodo eso la prudencia de mi hermano , respondió P|^ayo , y adopto tu opinión ; vamos á recibir ^nuestros alia- dos, á darles gracias, proveer á sus necesi- dades, curar sus heridos, y alabar á Dios que nos ha protegido tan abiertamente, ¡Al¿ j que no pueda yo echar ^ los enemigos bas- ta las costas de su Áfri^ ! ¿ Perc^anta glo- ria no es para mí ? Es bastante para el mi- serable Pelayo arrancarles alguáfe de las «provincias que han usurpado. ,, Despües de haber cumplido^con los deberes del recoBocimiento y de la huma- nidad , el Rey de Asturias deliberó sobre lo que debían' hacer de las cautivas , y del ri- (26) co botín que hacia parte de la presa. El te- mor de Cratilo, por mas exagerado que fue-; ra, no le permitió jdistribuirlo á los solda- dos ; y habiéndolos reunido igualmente que^ los gefes Navarros, le dijo los moti- vos que. le obligaban á dar las órdenes -de llevar á un terreno ancho los despojos de los yencidos, haciéndolo^ varios montones, y pegándoles fuego; tal es el sacrificio que exige la grucj^ncia , anadió felayo : yo os recompensaré , queridos compañeros , cuan- do pueda' ljac§¿rIo sin comprometer vuestra, j^da y vuestra salud. En cuanto á las mu- geres que habéis ^traído , yo las he devuel- to á sus ^os ; los^ue las acornpaiian hari tomado todas las precauciones contra el contagio# las dejarán á la otra parte de nues- tras fronteras, con la amenaza de pasarlas á. cuchiUi^ si dan un paso atras para volver á nuestras tierras. „A1 acabar de hablar Pelayo hizo una peóa , y las llamas empezaron á»devorar to-» ( 2 ?) do aquel ciímulo de despojos impuros. „En seguida se ocuparbn en hacer los honores fúnebres á los que habían muerto en el combate. Se abrieron unos profundos fosos , y se tomaron las mayores precaucio- nes con los prisioneros que no habían podi-^ do evitar hacer: entre estos últimos había muchos Godos , armados por fuerza , que pedían á Pelayq les admitiese i combatir por su patria. El Pc^cipe consintió*, señaló nn¿pampainentó particular , hasta que se aseguraran de que no estaban a:on- tagiados de las enfemiedades que hacían loa mayores estragos entre los Moros. ,, Todas estas ocupaciones y cuidados habían distraído al Rey de su profundo do- lor , al que. no resistia , sino á fuerza de vencerse á sí misnio. Cuando se acabaron las ocasiones de escitar su prudencia ó su generosidad, la memoria de Ervigia y de su muerte lamentable , se presentó tan vi- yamente á su imaginación , que le puso en (28) estado de no recibir ningún' consuelo. El de- seo de venganza era el único que contraba- lanceaba a! de reunirse con aquella desven- turada Priricesa. Cratilo y Sigerico proba- ron á ‘enganar su dolor , y le propusieron erigirla un panteón vacío , y rendir á sus manos los honores de que habian estado privados. Alfonso se admifo de que estos dos amigos qujsiesen perpetuar con un monu- mento- una pena que^podria ser muy- funes- ta para España , y ño tuvo repago en mani- festarlo. Príncipe , le dijo Cratilo , lo que Jiemos propuesto al Rey es el único reme- dio que puede operar en su alma : ademas de lo que nuestra Religión nos prescribe so- bre este punto , nosotros nos bailamos la ventaja de hacer comunicativa una pesa- dumbre concentrada hasta aquí, y cuyos efectos se manifestarán bien pronto. Señor, vos no habéis conocido á Ervigia ; vos igno- ráis que ademas de su clase , sus cualidades personales la hacían querer y respetar de (* 9 ) todos cuantos la conocían. Esta clase de pe- nas no se calman sino con el tiempo que ¡o cura todo. ¡ O Príncipe ! no quiera el cielo que probéis tales contratieiípos.’ „ Los consejos de Cratilo y Sigerico fue- ron seguidos, habiendo ido á las monta- fias, en donde celebraron las funerales con toda la solemnidad que permitían Jas cir- cunstancias. Ormesinda, la esposa de Sige- 'srieo y la amante de Cratilo , depositaron sobre el simulacro de Eryigia una parte de sus hermosos cabellos, que aumentaban la hermosura de la efigie , sirviendo como de ofrenda de la amistad. Este era un uso antiguo entre los Godos, y que se habí» perpetuado hasta entonces. Cratilo y Sigerico no se engañaron: Pelayonecobrd un» tranquilidad de que no había gozado desde la muerte de Ervigia. Todos los dias iba á llorarla sobre el &aa- soleo , y ofrecía él sacrificio de sus recuer- dos j las lágrimas que vertía dulcificaban su ( 3 °) amargura; y su melancolía-, ya calmada, no le impedia ociípárse con energía en todo lo que pedia interesar á tin estado rena- ¡ñ ciente de •sus i^ínás/’ CAPÍTULO III. „ El invierno de aquel ano fue tan ade- l^tado y tan riguroso , que Pelayo se vid obligado á permanecer en la inacción por jin espacio de tiempo considefatle. Orme- sinda recibia los homenages de Alfonso con afabilidad. La obligación que le tenia , las cualidades de que estaba dotado, y la vo- luntad de un hermano, á quien tanto ama- .ba, la hadan mirarse como la que un dia • debia ser la esposa del Príncipe de Cantabria Ski embargo conservaba una tranquilidad que por'lo regular no concuerda «n la pa- sión del amor. La memoria del esposo que - -Rodrigo la habia destinado , se presentaba ^ algunas veces á su imaginación , y miraba como una especie de infidelidad , contraer nuevos empeños con un hombre que solo debería mirar bajo un aspecto fraternal ; es menester añadir que después de la reunión de los guerreups en las montañas , había Concebido por Félix un afecto, del que le daba las mayores pruebas en todas ocasio- nes. ’Alfonso trataba á aquel jdven con bon- dad, permitiéndole una familiaridad, que algunas veces pasaba los límites que un amo prescribe á sus domésticos 3 pero como Or- mesinda estaba siempre tan pronta á hacer por él los mejores oficios que podía’, y esta predilección fuese conocida de Alfonso , cre- yó éste deber privarse de su escudero, ofre- ciéndoselo á ia Princesa. Félix quedó está- tico cuando lo supo 5 señora , dijo haciendo tín esfuerzo , y mirando á Ormesinda con los ojos arrasados de lágrimas , soy bien des- graciado en no poder acceder á la voluntad de mi señor , dedicándoos los servicios que colmarían sus deseos ; perp séame permitido el declarar aquí la promesa que he hecho ai ( 32 ) pie de los altares en presencia de Dios , que castiga a los perjuros. Huérfano desde mi nacimiento , un guerrero amigo de mi far milla se digno alargarme un^ mano benéfi- ca ; él me hizo educar , y me enseño desde muy niño el arte de los combates. Yo he perdido á ^ste hombre demasiado pronto por mi desdicha ; habiendo escapado de la mortandad que se siguió á la batalla^Se Je- rez, erraba á la ventura , sin socorro y sin proyecto, cuando el Príncipe de Cantabria me tomó bajo su protección , y me puso al servicio de su persona : sus procederes ge- nerosos hicieron una impresión en mi alma^ que.... no se borrará jamas. Vivir cerca de él , y pelear á su lado para defenderle es á lo que se ciñen mis esperanzas y mis votos. Yo conozco que me moriria si fuera preciso separarme de él.” „Las lágrimas que Félix habia retenido hasta entonceSj corrieron con tanta abun- dancia que la Princesa no pudo meaos de ( 33 ) admirarse y enternecerse. Auguraos, le di- jo, dándole la mano para que se levantára de la postura suplicante que habia tomado. Yo no .quiero violentaros ; un afecto como el vuestro en una edad tan corta, me inte- resa,y me causa envidia. Yo me pondré de acuerdo con vuestro amo; y si la suerte os separase, contad que os queda una amiga... Sí , una amiga. ¡ Ah ! excla'md Félix , si Al.* fonso se separara de mí , yo no tegia mas que morir. ’ . .j. ,; El Príncipe de Cantabria , que entré al misino tiempo , quedé atónito al ver las Señales de dolor- en la fisonomía de su es- cudero, que se retiré habiendo echado una mirada suplicante á la; Princesa, y ésta tu- vo pér.''justo empeñar al-.Príncipe á couser- vai^rá aquel jéven , contándole lo qué había pasado ^tre ellos. Alfonso , lisonjeado in- teriormente de la preferencia , sintió Un ge- zo particular, recibiendo una prueba tan cierta de la aflicción de Eélix. - t TOMO II, C ( 40 ) que verificarlo , y yo me encargo de hacerí- lo. Si García ha pagado el tributo á la na» turaleza que, aunque Rey, debe pagar, y que sus últimas disposiciones sean como di> ce este hombre , me obligo á traeros el ho- menage que los Navarros os rendirán por medio de una diputación ¡ pero es necesario que este mensajero venga conmigo , para que su celo o su superchería reciba el premio.- ,, A nadie si no á raí , esclamú el , perte- nece disponer de mi suerte : y antes que me vea en poder de...» la acción de este impostor fue la de pasarse el pecho coa una daga ; pero los que -éstabaii cerca de él se lo impidieron , lo que le puso furioso, exhalando su secreto en medio de las mas horribles imprecaciones. Esta declaración, aunque muy imperfecta, les diú á conocer que echado de los dominios de García , ha- hia/ vuelto á los Moros , y que de acuerdo -con ellos , había formado el plan de sacar iá Pelayo de la^montaúas, entregándole á (40 BUS enemigos, y que habiendo tenido vas-t tante astucia para apoderarse del anillo del Rey de Navarra , fundaba sobre él las es^ peranzas de su fortuna, „ Muchos de los que rodeaban á Pela* yo le aconsejaban ponerle en la torturaj pero se rehusó , ordenando solo que le guar* dasen con cuidado para entregarle al Rey de Navarra , al que resolvió enviar el ani- llo. El liberto de Tarif prometió hacer re- velaciones importantísimas si le indultaban; pero no podiendo ser creido el que habia empezado por engañar , fue remitido á Gar- da coetra la voluntad de Rainfroy , que hubiera querido vengar la sangre de Abd^ , lacis, vertiendo la de uno de sus verdugos. Para no volver á este incidente debe saber- se, que Garda se hubiera contentado con volvérsele á Tarif, á no temer que ohser* vase las entradas y salidas de las montanas, y que los Moros, aprovechándose de sus ob- servaciones , hiciesen una iovasiou en ellas; (40 asi es que tuvo por acertado borrarle de" la lista de los vivosf De este modo Tarif vid trastornados todos sus proyectos, por sola la casualidad de haberse, encontrado un amigo de Abddacis , sin el cual tal vez Pe- layo hubiera sido víctima de su franqueza y buena fe : cualidades tan generales entre los Españoles de aquel tiempo. CAPITULO IV. „ Este incidente que acabamos de re- ferir habia interrumpido y retardado la re- lación empezada por Pelayo , que la conti- nuó así , liiego que volvió á restablecerse la tranquilidad. „ La narración de Sacar habia elevado « mis ideas hasta un por venir glorioso para un hijo de un simple labrador. En Jn lle- gamos á Toledo, y fuimos presentados á Rodrigo , y recibidos por él , con las señales mas ciertas de consideración , prometiéndo- nos grandes recompensas para Cratüo y ( 43 ) para mí. El Rey nos recibid en el cuarto de la Reina que estaba rodeada de Señoras de la Corte, entre las cuales se distinguía Já familia de Sácar. Yo no he conocido mas que ^ la desgraciada Ervigia , que pudiera jribalizar con la que es hoy esposa de Sige- rico ; todos la conocéis , y esto os dará una idea de lo que era. Apenas mis ojos se fija- ron en la bella Teodelinda , mi orgullo y mi agradecimiento áfBácar llegaron á sú colmo, ,, Este buen padre me prégunttí mi opi- nión acerca de su hija. Vuestra bija , le res- pondí, es adorable, y merece ser Reina del universo, Seordato , me replicd Sacar , si .Teodelinda no fuera como es , me hubiera bien guardado' de destiná^eja. No hablemos de eso, „ Desde este mismo momento aquel hombre- respetable dio parte á su hija de sus intenciones. La dulce Teodelmda , no ^ hizo ninguna objeción , y se dignó recibir ( 44 ) mis o'bsequios. Si yo no hnbieía estado' tañ preocupado con nna fortuna ta» inesperada', hubiera podido conocer que la obediencia puramente pasiva dirigía la conducta de Teodelinda. Cratilo , menos preocupac^ que yo , lo advirtió, pero no quiso darme la mer ñor idea. „Las noticias que llegaron por aquel tiempo á la Corte , inquietaron al confiado y ligero Rodrigo. Bipartido de Eba'y Sisé- huto renació de sus cenizas , y se asegura- ba que los Moros se armaban poderosamen- te en favor del primero. Si Rodrigo hnbie^ se sido cruel, se hubiera deshecho de su ad- versario , a quien el amor retenia en la Cor- 'te, ciñendo sus deseos al himeneo con Ervi- gia , sobrina de^Ia Reina Egilona , y parien- ta del Rey que se la habia prometido , y que eludía cufnplir la promesa temiendo la ambición de Eba bajo diferentes pretestos. Ervigia y Ormesinda estaban fuera de la Corte, y Egilona contribuía mucho recelan- * ( 45 ) do qne ' éstas dos hermanas jovenes 'encén* dieran ;eL£sp£ritü combustible de su esposo, como había sucedido con la hija del Conde Julián ; afecto que la Reina temía no le lie- Tase á su EUÍBa, ‘ ^ ,, La . desesperación de .Éha redobld los temores tomaron todas las precaucior f »es para oponer una fuerte resistencia en caso de agresión. Rodrigo me confió , un mando importante i y Sáqgr me aseguró qué no me dejaría partir sin llevar él título dé su yerno. . ,, Esta declaración hecha .en páblico me dió libertad de ir á todas horas. á ver^ Teo^í ' delinda 5' de este modo eóneolidé la estima- ción que iiie inspiraban -.sus bellas cualida- des, f' esperab^ con impaciencia formas unos lazos apretados con la gratitud , ele- ¥ándome.^bre todas mis- esperanzas. - , „Una tardé que el calor mas que or-; dinario me había obligado eá salir á tomar el aire ,. bajó, á ‘los jaráiiiea.;íde.Sácar , ( 46 ) tados de los dé Palacio por nna calle’ de ti- los, Mis reflexiones me hicieron andar er- rante, enagenado con la dicha que me es- peraba, quejándome de mí mismo , por no ser mas sensible á ella , j temiendo que Teodelínda' se .acordase alguna vez de mi estraccion j el desprecio de una esposa ea para un hombre que sabe apreciarse una carga insoportable. Sin embargo , á pesar de r las órdenes reiteradas de Sácar, .yo había informado á su hija de mi nacimiento, prci- firiendo verme despedido antes , que humi- llado después. Teodelinda babia oido mi * declar^ion sin conmoción alguna , y siem- pre que se hablaba de ello me respondía, que pues su pádre me reputaba digno de su alianza, nada tenia que d|pir. ^ „Yo repasaba entre mí esta respuesta, viendo en ella un respe^ filial^perfecto, pero también una frialdad que me hacia temer el por venir. Estas ideas que no me atrevía á declarar á Cratilo , conociendo ( 47 ) so modo de pensar , me absorvieron de tal modo , que sin sal|sr adonde me dirigía^ me hallé en un plantío de naranjos muy espesos^ en donde un murmullo, como de personas que hablaban, me volvid en mí mismo , detuvo mis pasos , y alarmo mi atencione Ademas de la voz de la humana de Sigerieo f conocí la de Teodelinda , aun* que cortada eon mil suspiros. La curiosidad me llevó á,,ponerme á una distancia, ed la que sin ser visto, pudiese oír lo que trá* taban , no dudando que yo era el objeto de su conver^cion. ,, Un instante , amada Teodelinda , nn «do instante , dijo la humana de Sigerieo. Esta .corté deferencia es bieB debida al des- graciado que va á perderos para siempre^ — ¿De qué; nos servirá? revendió Tepde- linda líoraaclo aiBargaHiente.i ¿No podréis, mi querida amiga , ahorrarme la cruel pa^ labra de á- Dios ?_ Peto f cómo í repuso- la hermana de S^erico. ¿No haheis probado ( 48 ) él aBIandar á vuestro padre? Y el teismo, ¿cdmo ha pensado en (i6ros á un desconoci- do ? Este desconocido no lo es para mí , re- plicó Teodelinda. Si él hubiera cumplido las ordenes de mi padre , no hubiera tenido bastante ánimo para manifestar mi repug- nanci^; pero su noble declaración me ha impedidd. Yo obedezco. Puede ser que el érelo , movido de mi resignación , me dé. las fuerzas que necesito . para cumplir con las obligaciones que sC' me van á imponer. Ade^ mas, mi padre se ha esplicado vastante cla- ramente para hacerme saber^que en vano esperarla ser esposa de Sigerico ; y pues que mi corazón no debe contarse por nada en esté tratado , poco me importa que sea él á otro á quien yo sea sacrificadai -• „ Si lo sois , dije yo saliendo precipita- damente de entre las ramas que me cobrian, no será jamas al que está á vuestros pies. No, señora , ¡el desconocido Séordatb no os hara jamas, desgraciada. Si su -amistad 'OS es ( 49 ) agradable , ella se emplearí en sustraeros al yugo que se os quiere imponer. Hasta ahora he tenido por eseesiva la gratitud de Sacar ^ y si me he prestado á ella , ha sido ignorando que Tuestro corazón estuviese ocupado por otro objeto. Una feliz casualU dad náe ha desei^aiiado j yo pediré, yo ob- tendré de Sacar, una recompensa que me;es debida por el afortunado- destino qué me hizo serle útil en una ocasión ; su alma ge* nerosa no se negará á concedérmela; . ,, Mi súbita aparición , y mi discurso produjo eri aquellas amalales jóvenes una admiración infinita. Los ojos fijos en mí , y las manos entrelazadas' y elevadas al cieío', las dabá un aire angélico -é interesante. En fin la hermana de Sigerico fue ia primera que pudo hablar , diciéndome : ; ^ Dejad , hombre generoso , que nie ar- rodille delante de vos, para daros gracias» por la eonservacion de mi querido hermano sti acción fue tan rápida como sus palabras ; yo la levanté , y ella continuo : No sabéis , no TOMO ir. D CAPITULO V. ,, Los intereses generales hicieron callar £ los particulares. Sáear se tío obligado á vol- verse á Mérida, de donde era gobernador, y se hizo seguir de su farnilia. Cratilo j yo nos reunimos al ejército que acababan de formar para oponerse á los Moros. „ Rodrigo se había propuesto mandar el ejército , y había salido de Toledo con esta intención ; pero habiéndole disuadido el Com de Juliau , y llamándole los placeres de la corte, se volvid á encerrar en su serrallo, contentándose con pasar una revista. Rodri- go se desdeñó de recomendarme al general, que era el Príncipe Eba , y que con su vuel- ta inopinada sorprendió y desanimó á todos. Algunas intrigas habían producido una re- conciliación entre él y Rodrigo. Nombrado general en gefe del ejército Espaíiol, mostró un celo , una actividad por la patria , y una animosidad contra los Moros , que parecía ( 57 ) tener en sn mano el destino de la nación. Tanta exageración le hicieron sospechoso para con algunos guerreros que le conocían de antemano. Sin embargo en honor de la verdad es menester 'decir , que se porto' bien en la acción que fue sangrienta , y que lle- vamos la ventaja i los Moros , obligándolos á volver á embarcarse; Cratilo y yo tuvimos la ocasión de ayudar á Eba á desembarazar- se de un pelotón de enemigos que atentar ban á su persona. ,, Asi que hubo cesado el combate , qui- so conocer á las personas á quienes era deu- dor de la libertad y la vida. Cratilo y yo fuimos presentados. Yo no se que presenti- miento le agitaba en aquel momento : lo cierto es , que lejos de acogernos con be- nevolencia , afectd hablar con otros ofi- ciales , sin dignarse dirigirnos una sola pa- labra. ,,¿Qaé hacemos aqui? me dijo Cratilo; salgamos, y no combatamos jamas bajo el ( 58 ) mando de este Godo orgulloso y desagra- decido. ,, Vueltos pues á nuestra tienda de cam- pana , hallamos un nuevo y mayor motivo de descontento , que el mal recibimiento que acababan de hacernos, ,, AI rechazar á los enemigos de Eba, yo habia herido y hecho prisionero á un Moro, cuya riqueza en la armadura me le dio á co- nocer por persona de calidad. Le habia he- cho conducir a mi tienda , y dado la orden de prodigarle todos los cuidados imaginables, igualmente que las mayores atenciones; pe- ro ¡ cuál fue mi sorpresa no hallándole eq ella , y habiendo sabido que el General me le habia quitado! este acto de autoridad me ofendió infinito. Yo hice una reclama- pión , pero fue en vano. ,, La guerra se acabo con la huida de los enemigos; las tropas se licenciaron, y nosotros volvimos á Toledo , en donde se preparaban grandes fiestas: no para celebrar ( 59 ) las victorias de los guerreros, compradas con su sangre ; sino las que Eba se atribuía. „ Indignado Sacar de la conducta del General , quiso presentarnos él mismo á la corte. El instante que escogid fue el mismo que el altivo Eba había dedicado para pre- sentar á la Princesa Ervigia , mi prisionero que él llamaba suyo , al que hizo cargar de cadenas de plata, y seguirle á palacio. Ervigia y mi hermana estaban en la corte, y acompañaban á la Reina : una mirada que yo di á estas dos personas , me llevé ha- cia ellas con jin impulso irresistible. ,, Mientras que yo estaba ocupado en Considerarlás , olvidando el sitio donde me encontraba , y la presencia del Soberano, Eba se presento, y después de haber salu- dado á Rodrigo, se dirigió i Ervigia, á quien presenté el cautivo : Señora , la dijo , el de- seo de merecer vuestro corazón me ha da- do valor para vencer á los enemigos del nom- bre cristiano y de nuestra patria. El va^ (6o) líente Selim ba caído en mi poder., y le he destinado para que sea vuestro esclavo. Es- tos hierros , dijo el Moro , no serian humi- llantes si me los hubiera puesto el que me ha vencido. \o no se cuáles son vuestros usos; pero en mi pais no se dispone de la vi- <Ja d de la libertad de los cautivos , sino citando se les ha vencido. La gloria que quitaríamos á otro, sería una marcha que no se borraría jamas en nuestra reputación. Jley de los Godos, reunid vuestros guerre- ros ; yo atonoceré al que me ha vencido , y sufriré sin murmurar la ley que él quiera imponerme. „ Selim examiná á todos los oficiales que rodeaban al Rey , y a.ladid : el que me ha hecho prisionero no está aqui. Rey de Jos Godos , retracto mi demanda. ,, Rodrigo, que estaba ya informado por Sacar de la acción indigna de Eba , me hi- zo acercar; Selim me conocid al momento. Este es , dijo ; pero si ha desistido de sus (6i) derechos sobre mí, no dudo qne será de un modo correspondiente á la geiierosiilsd de sus primeros procederes. „La mirada de desprecio que Rodrigo echó sobre Eba , manifestó bastante su in- dignación. Yo creo, dijo' el Rey, penetrar las intenciones de Seordato , haciendo que os quiten los hierros que os oprimen : Selim, estáis libre. La agresión injusta de vuestros compatriotas no me impide conocer las bue- nas cualidades de los que merecen conside- ración. Yo me encargo de vuestro rescate. Podéis iros cuando queráis j pero desearía que gozaseis de las diversiones que se pre- paran. Seordato os acompañará. Vamos , di- jo, levantaos á dar gracias al eterno Dios de las batallas. „ Sería un ingrato, continuó Pelayo , si- no diera -á Cratilo el tributo que se debe. Su alegría fue excesiva y y tuvo que hacer un esfuerzo en obedecer al Rey que orde- nó le siguie'ramos al templo. Selim estuvo (62) también igualmente que nosotros en el ban- quete que se siguió , y cuando se acabó la fiesta recibí la orden del Rey de llevar á Selim á su gabinete. „ Valiente enemigo, le dijo el Rey, yo no quiero violentaros reteniéndoos con no- sotros j no pretendo tampoco imponeros nin- guna condición ; pero como mi buena for- tuna ha hecho que hayais encontrado un adversario digno de vos , y que no puedo lisonjearme de que se renueve esta dicha, os .aseguro que me sería sumamente agradable que vuestro valor se ejercitase contra otra Jiacion que contra la España. Este es un deseo que yo tengo, y al qué sois entera- jmente libre de condescender ó de rehusar. ,, Señor, rospondió Selim, nada de sa- grado hay que me haya empeñado en esta guerra ; el solo déseo de saciar una curiosi- dad , y de no vegetar sin gloria , me han he- cho dejar mi serrallo, y venir á visitar la Es- paña. Habiendo llegado á Mauritania , no he ( 63 ) podido ni qnerido rehusar la proposición del Califa de una tenencia que me lisonjeaba mucho. Mis primeros pasos , en la milicia, no han sido dichosos ; pero si no llevo á mi patria la palma de la victoria , á lo me- nos voy convencido de qne la Europa pro- duce hombres, cuyas virtudes merecerían haberlos hecho nacer entre los verdaderos creyentes- En cualquier tiempo tí circuns- tancia que me halle, joro por la cabeza sa- grada del profeta, de no tomar las armas contra los que os serán sumisos, y sobre todo contra mi generoso vencedor. ,, Selim se retírtí poco tiempo después , to- mtí el camino de su pais , y no le he vuelto á ver. Solamente cuando la lucha de los Moros contra los Españoles se ha empeñado , he re- cibido de una mano desconocida, unos pre- sentes que me han sido de la mayor uti- lidad , y que no me han dejado duda de que venian de su parte. „ Yo había sido presentado á las Prin- (^ 4 ) cesas Ormesinda j Ervigia ; las dos me ma- nifestaron una bondad sin límites , y ráe llenaban de satisfacciones. Ormesinda me in- teresaba por su viveza; pero Ervigia .j cuya amabilidad encantaba á todos los corazorres, cautivó bien pronto el mió ; sin tener adn ningún deseo formado, me condolia de la suerte que la esperaba ; el orgulloso Eba babia vuelto á presentarse en la corte asi que Selim se fue ^ y el indeciso Rodrigo no tuvo ánimo para romper un tratado , del cual nadie , si no el , desconocía el ínteres para Eba. „ Teodelinda y Sigerico estaban siempre en la Corte ; nuestra nmistad se aumentaba cada dia , y nnéstros intereses eran los mrs- •mos. Teodelinda y su cunada eran favoritars de la Princesa , y no perdían ocasión de air- mentar la estimación que mi fortuna lés ha- bla inspirado por mí. Estas dos amables mugeres se afligían de la inclinación qüe co- nocían me poseía por Ervigia , y trataban m, de distraerme des ella, llevándome hácla' otros objetos que' fuese posible alcanzar. Gratilo, informado por ellas, me compadé-. cía, babiáodose hecho indulgente después que su corazón' ardía por la hermana de Si- gerico. flo'p,, Rodrigo me honrd con un empleo considerable! pérO-eómo todo lo que me separaba dé Ervigia me eía insoportable, me desbice en favor de mi amigo Sigcricd,- y declaré que toda mi anibiciou se cifraba éh estar al lado 'de mi Soberano.; Es menes- ter convenir qué él amor nos háte-eometer mil estravagatteias. ¿ Qué espéranza podía eoncebií el desconocido Seórdafó-T^ Y cuám tos tormentos no se preparaba ;"quedáridosé á'Sér testigo de íós obsequios éiíágerad&s dé un rival Como Eba ? ' ' . - „ Todo un invierno ser pasé , enirénéiián- dñse cada dia mas y maí la herida de mi co- razón con el acogiim’ento bondadoso de Ef^ V^ia : irritándome ile tal modo la aproxima^ TOMO II. E ( 72 ) sin ruido , ya hace tiempo que hubiera re- nunciado á una Princesa que me aborre- ce.... tanto casi como yo aborrezco á SCor- dato. Pero hablemos de las medidas para.... Yo oigo mido , ¿si habremos sido oidos? ¿ si nos habrán hecho traición ? separémonos. „E] ruido que habia atemorizado á Eba, lo causo la llegada al bosque de la Reina y Jas Princesas que se paseaban á caballo , y cuya parte de comitiva pasaba adelante pa- ra facilitarlas el paso. „ Aunque jamas hubiera perdido volnn- tariamente la ocasión de ver á Ervigia, la impresión que me causo' lo que acababa de oir no me permitid presentarme á las Prin- cesas, y me retiré á Toledo inquieto y pensativo sobre el partido que tomaría en tales circunstancias , y como podría descu- brir el plan de Eba. Consultar á Cratilo era desterrarle de Espada : pues que ciegamen- te enamorado de la hermana de Sigerico, no hubiera dudado un instante en sacriScar su ( 73 ) amor por mi seguridad. Llamar á Eba á un singular combate, era desgraciarme , sin po- der tal vez justificar mi osadía. En fin la casualidad, ó mas bien la Providencia, me sacd de esta terrible incertidumbre. CAPITULO VI. „ Aquella misma noche recibí orden de presentarme en palacio al amanecer del dia siguiente , para acompañar á Rodrigo á una cacería, diversión á la que era muy aficio- nado. La Reina y las Princesas debian ir á reunirse con los cazadores á la entrada del soto , en donde hablan preparado unas tien- das de campaña. Un presentimiento , conce- bido sin duda por lo que habia oido la vís- pera , me hizo tomar la resolución de no separarme de Rodrigo por mas que el amor de Ervigia me detuviera cerca de ella. Cuan- do tola la comitiva estuvo junta, observe' que faltaba el Príncipe Eba, que habia partido aquella noche con una comisión se- ( 74 ) creta para Ceuta; y este yiage que natural- mente debía tranquilizarme, fue precisa- mente lo que anmentd mis temores. „ Partimos para la caza; Rodrigo, se- gún su costumbre, se adelanto á todos; su carrera fue tan ra'pida, y el caballo que montaba era tan vigoroso, que le perdí de vista en poquísimos segundos. Mi deseo de juntarme coa él me obligd á tomar algunos atajos difíciles de atravesar por lo fragoso de. aquella parte del bosque , y no tuve mas temedio que echar pie á tierra , atar fuerte- mente el caballo á un árbol , y seguir una estrechísima senda. Mi marcha era tan pre- cipitada cuanto podia permitirlo el terreno. Guiada por las cornetas y el ladrido de los perros , creí haber encontrado el verdadero camina, siguiendo uno, de dos que se pre- sentaban al fía de la estrecha senda que me babia conducido; pero me engañé. Cuanto mas andaba , mas lejano me parecía el rui- do de la caza ; y en fin me hallé entre un ( 75 ) octano de ramas y de árboles , sin saber adon- de debía dirigir mis pasos. Mi situación me desesperaba; el silencio que reinaba en aquel sitio agreste, y la idea siempre fija en Rodrigo, me decidieron á marchar á la Ten- tura. Al cabo de algunos minutos descubrí un claro de árboles, y no tardé mucho en oir un ruido como de armas que se choca- ban. Este ruido me detiene un instante ; pero de repente tomo carrera con la ligereza que me habían dado los ejercicios de mis prime- ros años ; llego á la especie de plaza que for- maba el claro de los árboles , y veo á Ro- drigo defendiéndose contra tres hombres, cuyo trage engañador anuciaba ser Moros. Precipitarme delante del Rey , cubrirle con mi cuerpo , parar los golpes que le dirigían, é insultar, llamando asesinos, á sus adver- sarios, fue obra de un momento. Ya sabéis que el uso de las armaduras completas para las grandes cacerías es general entre nosotros; asi es que yo me encontraba armado. El ( 76 ) movimiento que hizo uno de los asesínoí para darme nn golpe, me facilitd dirigirle una estocada por entre las correas de la co- raza , que le hizo caer. El partido hubiera sido igual entonces , si Rodrigo , fatigado de la larga resistencia que habia hecho an- tes de mi llegada , no hubiera caido en tier- ra. Muestras voces se mezclaron entonces; las de los contrarios eran de alegría : las mias eran de despecho. Puesto otra vez delante de Rodrigo , tuve la dicha de herir gravemen- te á uno de los combatientes , que se reti- rd ; pero el que quedaba en estado de defen- derse , atacaba vigorosamente. Yo no sé co- mo hubiera terminado esta lacha , sin la llegada de algunos cazadores que se hablan estraviado. Mi contrario echo á huir por el lado opuesto, y habiendo yo tocado la cor- neta, que cada uno de ellos llevaba consi- go , acudieron á tiempo que yo estaba ocu- pado en desatar las correas de la cota de malla y del casco del Rey , para darle k bcilidad de respirar. Llenos de espanto los cazadores , me ayudaron á desarmar á Rodri- gó, no pudie'ndolo hacer yo fácilmente por las heridas que tenia en las manos ; nuestra satisfeccion fue conipleta Tiendo que el des- mayo del Rey no provenia de ninguna he- rida, sino solo del aturdimiento de la caída y, de la falta de síis fuerzas, estenuadas con iel trabajo de una defensa tan laiga y tan vigorosa. Su desmayo no durd mucho: ei aire que le did libremente en el rostro le hizo. volver eñ sí. ¿Dónde está Seordato? foéilo primero que dijo asi que pudo ha- BlaE-iA'qui, Señor, respondí arrastrándome para llegar á él, no podiendo andar. Al ver la sangre que corría tan abundantemea- te de mis heridas, tuvo el mayor dolor , y olvidando la distancia que nos separaba, me prodigó las mas tiernas caricias , no es- cuchando á otra razón que á la de su re- conaci miento. - '¡yLos cazadores detorminaron -formar una camilla de ramas, y colocar én eHa á Rodrigo ; pero este , después de haberla de- jado hacer, ordend que me pusieran en ella cabriéademe él mismo. con su capa,.y ha-i ciéndome transportar á la tienda de campáis ha , én que estaban las Princesas. No tengo que deciros la admiración de aquellas Seño- ras , que hiendo el cuidado'tle Rodrigo. IpOf mí, no. podían atinar con la causa. Todocet mundo estuvo en las tiendas hasta que vi-j nieron los cirujanos que. bebían hacerme h, primera, cura , ségun las reglas del arte.^ihí „ Cuando volví en nal de la escesii^ debilidad que me habia SDbrecogido'.4,Saplii qué al Rey que hiciera reconocer el cuerpo del que habia quedado £n .eljcampo,.y que velara sobre su seguridad personal. Ya está eso hecho respondió Rodrigo j por él.sabré^ mos quien fes el que desea deshacerse de míj Seordato, doy gracias :á„Dios por haberme guardado la vida,' y por haberme dado á co- nocer el afecto que me téneis. Desde ahora ya ( 79 ) no debéis mirar en mí á un Rey , sino i uií amigo que os debe h vida , y que tiene po- der y voluntad de pagaros una deuda -.tan sagrada. Sin embargo no digáis á nadie ló que ha pasado entre nosotros ; pues empie- zo á persuadirme que la deslealtad y la péií- fidia me rodean. ,, El Rey deseaba que me trasladasen á Toledo ; pero los cirujanos declararon que no estaba en estado de moverme , y fue menester resolverse á dejarme -en el pave- llon. Los cuidados y asistencia que me piro-' digaron fueron iguales á los qué hubiera te- nido el Soberano mismo: una guardia nume- rosa me custodiaba; pero nada satisfacía rrif corazón , habiendo echado de ver que las Princesas habian partido , sin dáfme la me- nor prueba- de interes. Gratilo había trata-' do de ' cárarme por ihedio del despecho de- fina pasión que él preveía raiiy funesta para mí , y me callo el mensage de que estaba en- «argado-: sin pensar que si se hubiera encoir- (8o) Irado en mi higar, nada hubiera vastado á consolarle. j,Dos meses se pasaron antes que yo pudiera salir del pavelion. En fin volví á Toledo , en donde fui recibido con toda la bondad imaginable, tanto mas, cuanto ba* bie'ndose sabido lo ocurrido al Rey , esto no puso límites á las señales de su agradecí- | miento , que sobrepujd á todo lo que yo po- día esperar , habiendo tenido á bien presen- tarme él mismo á la Reina y á las Prin* cesas. ,, Aqui teneis á mi libertador , las dijoj ^ y lo que redobla mi gratitud es que siendo estrangero entre nosotros, ningún otro deber mas que el agradecimiento le obliga á una conducta tan generosa : mientras que na ingrato , colmado de beneficios , cercano í recibir un premio tan poco merecido, tra- taba de atentar á mi vida. Sí, Eba, á quien yo me proponía revestir con la púrpura real , del que yo quería hacer -un ;Compar-. (Si) fiéro que me ayudase á arrojar- á los- Moros de la monarquía; Eba es el alma de lá eonspiraciou tramada contra mí. - Ervigia, Tos k. -habéis conocido mejor que yo: Tues^ tra repugnaúcia-á-esíe himerieo que yo he alejado por complaceros ^ os ha -guiado di- ehosamente.- Pero -no penseimos- inas en estoi' reunios a mí para agradecer la: bondad dé, Seordato. Yo je elevaré tan alto-,i.que los.- que se -han creido; sus supetáotes se'tei^aát por dichosos de. mirarse, sus- igoaleá.- Seor-- dato , desdé; esté día sois gobernador- '^ne-;': rál--de -Andalucía, y Cratilo será: vuestro ICe^ute. ! = ^ , 1 , peideis: jü^ar de¡:mi sorpresa , -y; mi- :gozo j- a|i .eo que -todo lo que-^die.ha« cer en aquel momento- fue echarme-á los pies de^Rodrigos^ nttiéular algunas- frases -casi ininteligibl^c-cliaa^- ^rads qiie - di á ias Rincesas aieshiáfo -Ctítíocer’qtíéiSi mi elevaS ck>n les admiraba"^ era- -de su- ap-robaeionv Egilona me-felicitd»- Los cortesatos me róá F- TOMO ll. del Conde Julián, qne me ha hecho venir.- Este ambicioso no quiere declararse hasta que la perdida de Rodrigo; sea segura^ pa'- | ra efectuarla me ha escogido á iní. Pero sé j engaña ciertamente , sí cree que yo contri-f huiré á sus miras. Quiero que la coroha | que ha ceñido la cabeza de mi padre ador-. ! ne la mia, y el Conde mismo es el que yó ' he escogido para que me la ponga ; enemigo j de buena fe de la nación Mora , la be eom- Latído con lealtad. El premio que espera- ba me se ha escapado en el momento en que yo creía tenerle por mío. -Ervigia mé i •aseguraba esta corona que tanto deseo,- pero -la inclinación de Rodrigo por ese estrangero desconocido, retarda demasiado el cumpli- miento de su palabra y de mis deseos. La complexión robusta y vigorosa del Rey| á pesar de los excesos en que, Julián le ha su- mergido , le asegura una larga vida, y á mí la posesión lejana de un poder que tanto ambicionq hace mucho tiempo; y si Rotiri- ( 89 ) go abre los ojos sobre sus verdaderos inte- reses, yo no podré verificar mis miras. En- tonces , Almacis , Julián será perdido; nues- tros lazos , en los cuales no entra ningún sentimiento de amistad , quedaran rotos y yo envuelto en su ruina. El queria que yo escogiese -d día de mis' bodas con Ervigia (y que debia aproximarme al trono que él desea mas qúe yo) para hacer que reven- tara la mina de la conjuración, y que al pie del altar misnío adonde condujese á la Princesa , tomase por esposa su bijá : to- do estaba preparado para precipitar á Ro- drigo desde el trono á los calabozos , y ver^ le sufrir la misma suerte de su padre y de su tio. Yo me negé á este plan ; no por- que no viese en Rodrigo un usurpador'^e mi patrimonio, sino porque conociendo lo grave de la carga que me iba a imponer, no quise hacerme un esclavo coronado. Egi to produjo algunas altercaciones entre noso- tros , cuyo fin fue romper- formalmeftféi Quedé solo , y me creí bastante fuerte para hacerlo todo por mí mismo. Sin la llegada inesperada de Seordato , Rodrigo estaría muerto á estas horas , Julián preso., y yo coronado Rey de la antigua y heliciosa Es- pana. „ Engañado con esta esperanza todavía, me refugié á Africa , é interesé en mi favor á Taríf y al viejo Muza. Los rodeos del Conde Julián han fatigado su paciencia, y sus relaciones con él ño durarán sino lo que sea necesario para la verificación de sus planes , y la España debilitada caerá en su poder. El Conde lo conoce , y pot eso se ha reconciliado conmigo. Si nosotros reuni- mos nuestras tropas , y si yo soy bastante dichoso para deslumbrar á este viejo políti- co, yo subiré al trono que ocupó Witiza, y con el oro, yo; me desharé .de los que me han ayudado en esta ocasión , y aun tal vez.... Yo no sé lo que podréis haper, interrumpió Almacisj pero venir á. mete- (90 IOS entre las manos del Conde.. es una imprndencia que me hace temblar — Tran- quilízate , Almacis. Mañana , sí , mañana es el dia escogido para que sea el último que - alumbre á Rodrigo , al odioso Seordato , j puede ser que también al Conde Julián, que enredado en sus mismas redes, creo no me se escapará. Ven conmigo , la tempes- tad ha cesado \ vámonos de aqui , yo te es- plicare mejor lo que he resuelto. ,, Mientras pasaba esta conversación , yo estaba anonadado y como herido por un ra- yo. Sabía que al dia siguiente debia el Rey pasar una revista general, y no dudaba que el momento decidido para sü destrucción fuese aquel. Aun cuando hubiese bastante tiempo para darle aviso , no bastaba para ase- gurarse de los conspiradores , de los que yo no conocia sino á Eba y Almazis. Jja con- fianza del Monarca en el Conde Julián ha- bia sido removida, pero no destruida del to- do ; y su carácter indeciso me hacia temer ( 92 ) que no tomase- mas que medias medidas, que son siempre fatales en política. Crati- lo había ya partido para Andalucía. Sa- car y Sigerico eran los únicos á quienes yo pudiera confiarme. En efecto, inmedia- tamente me puse en camino para mi casa, y ¡ cuál fue mi satisfacción al encontrar en ella á mi querido Cratilo , á quien yo creía lejos de mí! Todos tres me escucharon tran- quilamente, y cuando hube acabado de hablar , Sacar me dijo : „Hijo mió. Dios que vela sobre esta nación , ha permitido que otros avisos igua- les á los vuestros hayan llegado á vuestro hermano. Tan activo en conservar á su So- berano y a ,su amado Seordato , como en rechazar a los Moros, ha vuelto aquí, para prevenir dos males de que estábamos ame- nazados. Yo le he introducido á ver á Ro- drigo, y le, ha presentado dos fieles Espar fióles' que han descubierto la trama odiosa. Eba ha . sido arrestado en el momento en ( 93 ) que se ¡atroducia furtivamente en el Palacio del Conde Julián. Este, fiel á sus horribles principios , ha declarado la parte que tiene en la conjuración, y ha apresurado de tal modo el suplicio del Príncipe , que este úl- timo no ha tenido tiempo de comprometer- lo. Mañana sabrán los Grandes y el pue- blo lo que deben saber. El Rey os ha lla- mado, y debemos estar en Palacm cuando él se levante. Yo espero qae manana será el dia. mas dichoso de mi vida. CAPITULO YII. „Antes que yo hubiera podido ser in- troducido en el -óiiarto: del Rey , ya'estaba estendida la noticia de la conspiración por .el Conde Julián. Los templos, dedicados al eterno humeaban coa- el incienso ofrecido por las manos de los- niños inocentes., amaes- . -trados.para esta funcioij. Los himnos sagra- dos resonaban en los aires ;-un inmenso gen- tío cabria las calles adornadas, coa gnstq, ( 94 ) y el Rey, la Reina y toda la corte se diri- gía á la metropolitana para dar gracias al árbitro de nuestros destinos. Las aclamacio- nes de la multitud eran estraordinarias , y Rodrigo quiso en aquella ocasión renovar un uso antiguo entre los Godos. „ Hí 4M) elevar un ¿«lio fuera de la puerí- ta de la iglesia , en donde él y la Rei- na se colocaron. Encima de la última grada del estrado se habia preparado un cuadra- do para el Conde Julián , y yo me estremo cia pensando que el principal autor de tan- tas desgracias padecidas en nuestra pa- tria , iba á recibir nn honor tan grande, anereciendo mas bien sabir á un patíbulo -hacía ya muchos anos. , ' ,, En el momento en que yo estaba mas ocupado con estas ideas , Sácar vino á dar- nos orden á Cratilo y á íní de colocarnos á los dos lados del cuadrado. Nuestras mira-' das recíprcwas le dieron á conocer nuestro pensamiento, y nos dijo l Una indisposición ( 95 ) verdadera ó fingida retiene en su palacio al hoíTlhVG ^ll6 tBTTltis ÜCOTflpQJlQV • „ Siguióse á esta sorpresa otra no. me- nos grande. La adorable Ervigia , la amable Ormesinda , y la respetable é interesante Benilda vinieron á ocupar tres sillones pues- tos en la primera grada del estrado. Todas las demas Señoras estaban en pie detras de la Reina » y, todos los hombres en dos filas á los dos lados del Rey. . :: „ Sacar que habia reemplazado al Con- de, hizo en alta voz uim sucinta relación de todo lo sucedido después de la venida de Rodrigo, sin omitir ninguna, circunstancia que pudiése.tnteresar al estado.; Este discur- so fue escuchado por el pueblo con un .silen- cio religioso» y que daba á la escena un ai- re augusto; ^ero cuando oyeron la trama de Eba, los gritos de la multitud anunciar ron su indignación. No parecía sino que los enemigos de la patria eátaban á las puertas» y que un movimiento espontáneo arrastra- ( 96 ) ba todas las voIuBtádes al socorro de la na- ción y de sus intereses. ^ ,, Caando los testimonios de benevolen- cia se calmaron , Sacar nos laosírtí al pue- blo, á Cratilo y á mí, como los- sucesores de ia' Familia real. Entonces todos" los ojos se ^ron en nosotros, y todas las; bocas noí bendigeron. Rodrigó nos hi¿o 'subir hasta y nos abrazo;; la Reina nos' did la mai no, que besamos respetüósamente; Las Prim cesas nos acordaron el mismo favor , y yo hubiera muerto dé -placer sin Cratilo, al sentir la mano de Ervigia, y apretarla con- tra mis labios.; _ ;v ceremonia se acabó. Rodrigó tonnf mi brazo para retirarse , diciéndome á des- pecho de muchos de los que nos oían. Es-í fe -apoyo es sólido : yo no temo que me falté en caso de necesidad. „ Tantos honores me tenían aturdido; petó la escena iba á mudarse; El Pey fne avisado de qu^ el Conde Julián; s^üido; d^ ( 97 ) una tr<y 3 a aumerosa,: había salido de la ci^j dad, y qu® creía, iba á embarcarse: s? anadia que llevaba un carro coa una caja que parecía contener un muerto , que debía ser el cuerpo de Eba., y que habían visto varios pelotones de Moros reunirse con ellos, ^1 Rey ordend que se fuera en su seguid miento, y se le trajese vivo ó muerto;, pe- lo era mas fácil dar que ejecutar semejante orden : y habiendo sido necesario tomar mil disposiciones caminando Julián a marí chas forzadas, pudo entrar .en Ceuta, ciur dad fortiñcada, y que le pertenecía. Esia noticia contrarió de tal modo a Rodrigo, que cayó en una profunda melancolía , de que nad,apodia sacarle. Es bien creíble, se- gún ios aeontecimientos , que este Princi- pe abrió los ojos sobre sus desarreglos pa- sados, conoció los riesgos á que le habían conducido , y sintió los remordimientos. „ Sacar estaba siempre con él ; pero Sá- car podia muy poco sobre un espíritu no G TOMO II. (io4) „Yo no voy al cuarto déla Reina , di- je, si no mé llevan muerto. Señor, téned |>iedad del qué honrasteis algún dia con el’ nombre de hijo. TJn oficioso engaño, ¿pue- de librar de la vergüenza , no de presentar á Seordato como el hijo de Sílex , un agri- cultor, sino como un ingrato , como un ser despreciable manchado con el borron de ha- ber negado á su padre ? Al decir esto me atroje á los pies de Sacar. Lo que exigis de mí, me es imposible, W respondid levan- tándome. üu juramento me ata. Es menes- ter que me acompáneis. Seordato, jamas se debe desconfiar de lá fortuna. ,,La desesperación mas violenta se apo- dero' de mí; pero reflexionando que sería eí ñltimo momento de humillación que los hombres podrían batirme sufrir, me resol- ví á soportarla como una justa y debida es- pracion de mi conducta dura é insensata. CAPITULO vm. t Cuando llegamos á Palacio y entramos én el cuarto de la Reina, una opresión de corazón me dejo' inmóvil i la puerta ; al -veí; á Egiiona, Benilda, Ormesinda y Ervigia^ y no sé lo <|ue hubiera sido, si Rodrigo^ a-iniendo á mí y tomándome por la mano; ño me hubiera dicho cariííosamenté: Prin- cipe Pelayo, abrazad á vuestra madre. Es- ta orden y las lágrimas que bailaban: las megillas de aquella respetable muger, me suscitaron mil ideas diferentes. -Permanecí ins móvil, incapaz de proferir una palabra, ni de levantar los ojos , y solo pude doblar lá. rodilla delante de la que llamaban madre, y esperar , con la cabeza inclinada sobre eb pecho ,, una esplicacion mas clara. „ Siles me sacó de este enagenamiento. Señor, me dijo entérnecido hasta verter lá- grimas, ¿ me perdonareis la manera grosera y poco conveniente con la cual me acerqué á vos? al veros rodeado d.e tapto esplendor | poco diferente del qne se os debe por vues- tro nacimiento ^ no he podido contener mi | alegría j el nombre de hijo se me ha esca- pado , amándoos con el afecto apasionado de padre ; lleno de vanidad de haberos pq- ; seido el primero en el mundo, he olvidado lo que había resuelto ejecutar. Sí, señor, | vuestro nacimiento iguala á vuestras haza- j iias j esta ilustre Princesa es vuestra ma- dre.... y yo vuestra hermana, dijo Orme- sinia , precipita'ndose en mis brazos. ,, Silex Gonto la historia de mi nacimien- to. Mi virtuosa madre me dicí parte de lo que confenian las cartas enviadas por nuesr tro protector á la sierra pocos momentos antes de ir á recibir el premio de su buena acción. No teniendo nada quq desear sobre < estas noticias Rodrigo, me recpnocití piibli- camente como su mas próximo pariente , y ' toda la Corte me felicitó. Todos .quisieron t (io7) saber mi historia, que fue necesario recU tar ; dichosamente Sácar tomo a'iu cargo la mitad de ella, haciendo tales elogios de mi,r que me avetgonearia de repetirlos- „ Rodrigo me dijo que no podía menos de pedirme perdón de haberme hecho pa- sar por tantas circunstancias diferentes ; pe- ro que deseando saber positivamente mi origen , mas por tener la libertad de acer- carme á sí, que por mera curiosidad , se ha- bía sobrepuesto á todo escrápulo. Ahora, continuo', que se ha levantado el velo que cubría la realidad , será justo que os pague tanto como os debo , de un modo conven «iente á vuestra clase. Ervigia será vuestra esposa. La estimación que os profesa me asegura de su consentimiento. Sentados los dos en mi trono ( que será muy posible no os aguarde por largo tiempo) atraeréis so- bre Espada unos dias mas dichosos , y la ligereza de mi conducta se borrará con el sucesor que dejo , y que be nombrado ya. (io8)- a. pesar de no ser viejo todavía. . ‘ ; 1 . ,, Rodrigo hubiera podido hablar maá tiempo sin que yo le interrumpiera^ no te- niendo voluntad ni fuerzas para . ello : Be- nilda se compadecid de mí, y me llevó á los pies de Ervigia, que ocultaba su'turba^ cion en los- brazos de Ormesinda , y la bue- na Reina Egilona , nos estrechó en los suyos; „ Rodrigo se iba á retirar para dejarnos en libertad de desahogar nuestro gozo en espresiones , cuando Sigerico pidió el per- miso de hablar. Decid lo que queréis , res- pondió el Rey; parece que el dia está de revelaciones. ; ,, Señor, continuó Sigerico, puesto que ya sabéis por Sacar la generosidad del Fría- ¿ipe Pelayo en mi favor, razón será que la pagúe del modo mejor que pueda j su co- razón en cualquier estado que se halle , no dejara de ser sensible á la amistad^ la de Cratilo , las buenas cualidades dé óste, y el anior qué tiene á mi hermana , me muéven ( 109 ) á pediros el permiso de anir estas dos pém rónas, cuyos sentimientos tienen tanta ana* logia. ,, Y bien , respondió Rodrigo;, si Pela- yo.... Señor, le interrumpí.yó echáHdomé.á lus pies ; mi dicha no sería, completa , si da de mi querido .Cratilo no la aconipafiara.oh ,, Que él sol de este .misino dia alumbré Jos dos himeneos, repuso.éliRey ; yo quie- ro que estas cuatro |)erspn^ se unan .al instante eoU: los lazos prescritos por nuestra religión. .• -'o j, Rodrigo dió sus órdenes ; el oratorio de la Reinó fue, el templo donde .6btUve:lá fe de la a,dorablé Ervigia ,;qqe. recibid mis juramentos. Luego que la augusta ceremos nia se termmó. Sacar y Sigetíco: me con ^ dujeron á uii. habitación , en donde pasé lá noche en ana especie de delirio. Al amane» cer me quedé dormido , y los .sueños mas lisonjeros y engañadores se ofrecieron a mi imaginación. Al levantarme hallé juntó » (no) mtá Sílex j Cratilo , que me hacían los hw- ñores debidos á; mi calidad ; nai amistad y mi gratitud se opusieron : los abracé con lá mayor efusión de ternura, y ordené á-Cra- lilo qúe me Ilamára hermano. ,, Supe entonces que Sácar había envía» do nn espreso para informarse de mi fami» üa. Silex me dijo;, qoe^despues de ciertas diligencias , hahia qaerido ir á palacio pará hablar al Rey-,' y le habia cosíado trn trab^» infinito poder llegar á la sala de la audiencia^ en donde me habia encontrado ; que de re» saltas de su petición y de la escena de que Rodrigo habia sido testigo, le introdujo ea su despacho- privado , en dónde- ha biéndolé entregado la correspondencia , se habia des» cnbierio toda mi historia , y qué el Rey hu» hiera querido isorprenlerme ^radablemen* te ^ envían Jomé á llamar; peroísu idean© hubiera tenido efecto, si Sacar se hu» biese retardado un cuarto de hora en venií á buscarme. • „ Eq tanto que en Toledo todo' era já» bilo , se recibid la noticia de que e! Conde Julián se armaba poderosamente ; fe! cuerpo dé observación que mandaba Gratiló , se confid á un aiítiguo general , y él fue ú. encerrarse en Carmona, ciudad importante^ y á la que intentaban los enemigos dirigirá sé. En esté tiempo yo estaba Btt' Vizcayíí éii dónde me iíacia reconocer por hijo dé Leodefrido y de Benilda , cuando fui 1!^ ínado desde la Corte por la triste ndtieia de la enfermedad de ini madre. Está tesijetablé señora raurid éa ñiis brazos bébdiciendó Í. Ormesinda, á Ehdgia y á iaf,* y ' ma'nífesi tatldo su'petía' dé’qaé'Rodti^'hubiése reí tardado la Tátificáción de mi tá’íamientoj bajo prfefeslds bien frívolos' para úna perso- na qíie en él ' último monlehtb de la existen- cia ve lás cósasdé nn modo" móy^diférentej y“süs instantes ''próstrerós fiiéron, cbnid babiáií sido tocfe sil vída,'i¡enos de dolo'r y '-Zozobras. ® •sepiilci'O dtfe 'pata elbi üíi (II2) asilo, y el tínico lugar de reposo. _ ^ „Call<í Pelajo por algunos ininjatos , y jus ojos se humedecieron al recordar las vir- tudes y las desgracias de su madre , digna de mejor suefte. Ormesinda exfaaltí su doj- lor con Jos sollozos mas amargos : todos los que se hallaban presente® tomaron parte en sus sentimientos, y guardaron un profun- do silencio. Al cabo de un rato Pelayo-eon'^ tinuo de esta manera. • j „ La pérdida de mi madre fue el p^n,-! dio de las desgracias sucesivas que detóan llover sobre mí. Mientras que daba á la na-- turaleza el tributo debido, vertiendo mis lágrimas diarw“icnt® sobre la tumba de una , madre conocida demasiado tarde, el Conde Julián proporcionaba, á los Moros un desem- barco , y les hacía fácil Ja, .posesión de va- rias plazas fuertes , en donde habla hechu- ras suyas. Munda y Álgeci ras recibieron á los enemigos , en donde enarbolaron el es- lardante de la. media luna¿ desde alli inun- (”3) daron la Betíea, y se juntaron con los nur merosos escuadrones que había dejado Ju- lián , no para defender la patria , sino |>ara. desteñirla. „ Rodrigo que había contado con este ejercito', quedó, aterrado con la noticia de su defección , y conoció al fin el mal en to- da su plenitud , asicomo la incertidumbre y la -debilidad de los méJios que le quedaron para defenderse. Rodrigo no vid sino el bor- de del ahisoao en. que iba 4 .<^er. Sacar , Si- gerico, Cratilo y yo fuimos los únicos, que pe^’manecimos 4 sn lado; toda la .multitud brillante que le rodeaba.,í.y que sembraba, á sus pies l >s placeres engañosos que cava-í lón su sepultura , habían desaparecido. ,, A, fuerza de desvelos, y por los sacri- ficios que arruinaron 4 los pocos amigos que le quejlaron , se pudieron reunir algu- 'nos miles de hombres que se pusieron >1 mando de un pariente de Ervigia , llamado Ataúlfo. Las órdenes que se le dieron fue- H TOMO II. se puso entonces á levantar la trampa á qne el anillo estaba agarrado , y i muy pocos esfuerzos presente! una escalera estrecha y recta. Al primer paso que dieron hacia aba- jo les detuvo un mido que salid de aquel abismo, y que llenó de espanto á los qne * acompañaban al Rey ; todos ellos querían j volver atras 5 pero no era fa'cil , habiendo j tenido tan poca precaución que la trampa se les cerró, y los dejó en el subterráneo. | En aquel caso era menester continuar va- lerosamente la marcha , bastante incómoda, por no haber podido conservar mas que una tea encendida por la escesiva humedad que exhalaba el sitio. Llevado Rodrigo por lo que oyó , lo que temia , y lo que esperaba, animo a sus gentes para qne se apresura- sen a llegar al termino de sus deseos, adon- t de llegó al fin. „ A la estremidad de la escalera había 1 una bóveda ancha y clara , que conducía á una sala alumbrada con una cantidad de ™e acompaíab.. á Raí"?» ««Wa»» * lied. por.l »i<»= .tocio que «.u.^. e„„, le. habU .ucedido co. el ru.d^» ,e,l... De .«pe"“ “ »!"* H Me que tepitid tres veces estas pa a t „Q„e.l5«« , c^teaerea se 3»* re/e t!<u paúu» U enterarán fu.ra d, U (erre. L.d, pctí-s » “”’,Apeuas calld la V», D comitiva de R„d.igose.e«rdprecipi«aau....e,too»- „a.do aMert. la ttampa, y ,ac uu aire mas P».«- ^ "«i» to"» ,„i.oaba»dcoarásu.u..,y<»«>“y”^ ae uua hacba eucendid. eu uu. de las M»- paca. ui descubrid una puerta eotreatarta, por dood. juagatoo qu. haMa sabdo la ve^ persuadido que .q»»'!» L»plritu .que dominaba eo aquel S.U., a empujcí suavemente , y entrcí en un cuat. to artesonado, en medio del cual había un pedestal con ana estatua colosal que pare- cía ser de bronce. ”^r«^Pecto de Rodrigo la estatuase levantó un poco, y did tres golpes en las tapias con una maza enorme , y que ninguna fuerza humana hubiera podido sostener. El estruendo que hizo en aquellas bóvedas fue espantoso , y Rodrigo espemndo ver mil es- otros o gigantes con quienes tendría que luchar, recogió todo su esfuerzo para estar pronto á cuanto sobreviniese; pero viendo que nada se presentaba, se dirigió á la es- -tatúa y le intimó que le indicase el objeto de s]#s diligencias. _¿Quó derecho tienes para hacerme esa petición? le respondió el coloso. _ Mi presencia en este sitio, le res- pondió el Rey .• ¿ hubiera yo penetrado hasta aqui sin una protección que te impone el deber de acceder á mi deseo? Yo soy Ro- drigo. _ Yo te conozco ; mira y lee , fe res- pondid. En este instante nna manó invisi- ble escribid con la velocidad del pensamien- to. ios tesoros confiados á mi custodia no serán jamas presa de un Principe, que des- conociendo las leyes divinas y humanas ha merecido la suerte que le espera. Rodrigo, tu presencia turba inútilmente mi reposo. „ El ruido que volvió á hacer la estatua con su maza, y lo que habia leido Rodri- go, le puso en tal estado que no pudo decir «1 co'mo salió' de la torre , y sin el socorro del liberto lo hubiera pasado muy mal. Al volver en sí se halló con su gente. Esta se hallaba durmiendo , y cada uno de ellos quedó atónito al dispertar , viendo el dia claro , y las herramientas y las armas de sus compañeros atadas en haces á nna encina. Todos tomaron en silencio el canai- no de palacio : Rodrigo distribuyó una can- tidad de dinero entre los que le habían se- guido, recomendándoles el mayor sigilo. En (I24) cuanto á eT, yo Je encontré al dia siguien- te tan abatido , que le creí atacado de una enfermedad mortal. Vivamente interesado por su salud , le suplique' me dijese el mo, tivo de su negra melancolía , y él me con- fié cuanto le babia sucedido la noche ante- rior, „La ilusión babia sido fuerte, dijo d Príncipe de Cantabria: no, no sé como crea.... Fo dejo á los que me oyen, dijo Pe- layo atajando ¿Alfonso, la libertad ente- la de reflexionar ó comentar este suceso; lo que puedo afirmar es que mi visita á nna hora tan intempestiva tenia por motivo el anunciarle la ruina súbita de la torre; según la hora en que Rodrigo y sus gentes salieron de élla , el ruido que hizo al un- dirse, parece que fue seguido inmediata- mente. Como quiera que sea , los habitan- tes de Toledo acudieron á bandadas á ver el sitio que ocupaba. Los escombros fueron exanuQados escrupulosamente , y nada se (I25) pudo encontrar que conviniese con lo que el vulgo decia, 7 en lupar de los tesoros que pretendían encontrar, solo hallaron una lámina de cobre con una inscripción en len- gua romana, que decia asi: La monarquía de los Godos se estableció por la matanza y destrucción de un gran puéblo. Justo será que acabe por los mismos medios: Los Moros, ceran. Esta predicción se ha cumplido. CAPITULO X. „ Yo estaba con el Rey cuando le pre. sentaron la lámina. Primo , me dijo , pu- diera adn esperar el restablecer mis nego- cios, pero nada me queda ya que hacer; el cielo se ha declarado. ¿Y qué puede un mortal contra él? „ Señor , le dije : no es menester hacer tal vez una injusticia al cielo , suponiéndo- le descnbridor de sus secretos. ¿Quién sabe si algún enemigo no ha querido atraeros á (126} esa fatal torre?... ¿Ddnde está el Hbérto que os ha conducido? No le he vuelto á verj me respondid. Pues bien, señor, ese hom^ hre es un traidor , vendido á los enemigos, y todo lo que habéis oido y visto es efecto de una ilusión d de un sueno que han te-» nido la sagacidad de presentaros. _ Yo no puedo creer eso : el espíritu es de'bil cuan», do la conciencia está turbada , dijo Rodrigo; „ Nuestras conversaciones por espacio de algún tiempo versaron sobre este acon- tecimiento , y negándose á todo consuelo, solo fíjd su idea en castigar la traición del Conde Julián , d espirar á sus manos para espiar recíprocamente sus culpas y ultrages. «Rodrigo salió de Toledo, recorrid las provincias que no habian caido aún en po- der de los Moros , fue á Palacios , en donde le esperaba el ejército que condujo él mis- mo entre Arcos y Jerez. „Es imposible pintaros la tristeza de nuestra despedida de las Princesas, como ( 127 ) ai la alegría de los soldados cuando supié- ron que Rodrigo iba á mandarlos. Los ene- migos estaban bien instruidos del ardor de las tropas españolas , y se hubieran retirado, iin la perñdia de Don Oppas , pariente del Rey y mió , que bajo la apariencia y él celo mas sincero , abusd de la confianza de sil Soberano, sacrified á sus intereses particu- lares lo que el cielo y la tierra tienen de mas venerable.... Este cobarde desertor de los altares , cuyas manos acababan de ben- decir las armas que debian vengar la liber- tad y la patria , y qné semejante á Aáron deberia haberse contentado con levantar los brazos al cielo para implorar al Dios de las batallas, de quien era ministro, armado con una espada destructora incitaba al estermi- nio , ensangrentando sus discursos hipdcri-- tas con la seducción del incauto é inocente vulgo , haciéndole abandonar la causa de la patria , y dejando solo al que podía haberlos salvado. En esta disposición se did una ip (128) talla que durrf siete dias , y que mas bieu pudo llamarse un asesinato general. En me- dio de esta carnicería , de la que escapamos no sé porque casualidad , Rodrigo me sacd de la pelea y me dijo : es menester ceder á la suerte y morir sin vengarse. No os obs- tinéis en luchar contra la voluntad del que lo dispone todo. En nombre de vuestra Er- vigía , y por su seguridad , partid á Cdrdo* ba, adonde están las Princesas, y salvadlas de la esclavitud. Conducidlas á las monta- ñas, y que se esten en éllas basta que el torrente devastador que inunda la patria haya pasado. Decid á Egílona que\entre los remordimientos que despedazan mi cora- zón, el esposo que no ha hecho justicia i sus virtudes , i pesar de haberlas conoci- do, la pide perdón, y la suplica conserve una vida tan preciosa, y que será meaos desdichada cuando yo haya perdido la mia en espiacion de lo que la he ofendido. Este desgraciado Rey se quité el guante y me ( 129 ) entrego el anillo real , y habiendo metido las espuelas* á su caballo , desapareció con la prontitud de un relámpago. Yo estaba desmontado , herido , é incapaz de seguirle; en este momento Aload, Cratilo y Sigerico se juntaron conmigo. Una vislumbre de es- peranza lucia en mi corazón. Mis fieles Viz- caínos se mantenían firmes ; mi deseo era el de esterminar á los que nos hablan aban- donado tan vilmente; pero este proyecto tan justo no se verifico sino en paite ; todo lo que pude hacer fue reunir los restos del ejército. Unos gritos de alegría que llega- ron hasta mí me hicieron pensar que habla ocurrido algún acontecimiento estraordina- rio , y envié á mi escudero para informar- me y cumplir las intenciones de Rodrigo, si no había cosa urgente que me detuviese allí. ,,^003 pude saber en el momento, y aun ignoré la suerte del Rey basta mi es- tancia, ó mas bien íni cautividad en Gijon, I TOMO n. t (136) vitad cuyos resultados podiáu ser funestos. uestras ideas estaban acordes menos en ua punto. Munuza pretendía que la destreza sería mas lítil que la fuerza. Príncipe , me dijo 5 yo bago marchar á la vez vuestro in-; teres particular y vuestra ambición. Esta carta (dijo presentándome una) os conda-f eirá á la estancia de vuestra amada. Doce hombres de mi confianza estarán á la pueiv ta, y tendrán preparado un palanquín de que los Moros se sirven para eonducir á su» mugeres de un sitio á otro; aquel asilo es sagrado:, y nadie se atreve á llegar: sin em- bargo. como todo se debe prevenir , será ne4 cesario que los dos os vistáis el dolman y la pelliza , y que cubráis la cabeza con el tur- bante. ( Esto os digusta. ) ¿ Ignoráis la ley de la necesidad ? Ademas. ¿ Es el vestido el que hace al hombre ? ,, Cuando esteis de vuelta , continud,' encontrareis en el camino unos alojamien- tos que si no magníficos , serán edmodos á ( 137 ) lo menos. Entretanto yo dispondré las co- sas de modo que siendo dueño de esta ciu- dad, podáis desafiar el esfuerzo de nuestros- enemigos. Entonces , señor, Solviendo á to- mar el nombre de Ardarico , y profesando pñblicamente la fe que no he adjurado si- no en apariencia, os ayudaré en todo cuaá.^ to queráis emprender. „ Ormesinda estaba presente á esta con- versación , y declaré que quería acompa- ñarme; pero Munuza pintó tan enérgica- mente los peligros y los inconvenientes, qn^ yo fui el primero en disuadir á mi hermana^ que tuvo que ceder á pesar de sus sdpli- éas y sus llantos, y quedó convencida á quedarse bajóla protección de Ardarico has- ta mi vuelta, ocupándose en pedir al Om- nipotente su divina protección. „Ocho dias después me; separé de esta hermana querida, y salí de Gijon, que yo miraba como el centro del nuevo estado que iba á formar; jcuántq me engañahai - „ Antes de informaros de mi impruden- te y desgraciado viage , crea deberlo verifi, car en lo perteneciente á mi hermana. Guan- do IWunuza me creyó bastante lejos para OP temer una vuelta súbita , cesó de violen- tarse. Sus respetos mudaron de forma , y tomó la de un hombre que i fuerza de ser- vicios se ha adquirido un reconocimiento sin límites del objeto amado. Munuza de- claró su pasión con todo el ímpetu de- la nación de que diabia adoptado el vestido, y no habiendo hallado en ella las disposi- ciones que la amabilidad natural de la Prin- cesa le hacía esperar , creyó que una orden inia de dar su mano á Ardarico , como el ünieo premio de sus servicios, sería lo que le hiciese obtener lo que deseaba , que era el afecto y la mano de Ormesinda. ,, El corazón de mi hermana estaba li- bre, pero Munuza no podía ni debía inte- resarla , y los medios de que se valió fueros justamente los que le dieron 4 conocer ; y Ormesinda tuvo por conveniente , para sal- darse de, cualquier atentado que el desprecio pudiera hacerle ejecutar, enredarle en sus mismas redes ; asi es que fingiendo enterne- cerse con sus súplicas , prometid no resistir i mis órdenes recibiéndolas de mi boca , y cuando hubiese abjurado su apostasía. „E1 amor hace cre'dulos, y Munuza, que tenia tantas falsedades á su disposición, se. condujo con Ormesinda como si mi vuel- ta debiera coronar sus deseos, y estas dos personas se engañaban recíprocamente , fin- giendo que se veiau y oian con complacen- cia , y haciendo sus planes de vida , que se formaban, se conabatian y se adoptaban sin intención de verificar ninguno de una parte ni de otra, „ Entre las mucres que servian á Or-^ mesinda ,'habia distinguido á una mora jó-' ven , cuya fisonomía triste interesaba. Aque- lla muchacha miraba á su ama como que:- tiendo leer en su pensamiento. Cada vez qué Munuzá salía del cuarto de su señora le seguía con la vísta y suspiraba como si' su corazón estuviera oprimido. Ormésinda,’ cuyo pensamiento estaba ocupado con el proyecta de escaparse de Gijon, resolvió conocer el motivo de la pesadumbre de la esclava para ver si podría serla útil , y su- po ganarse la confianza de Amida ( este era su nombre ) dé tal modo , que aquella ino- cente la descubrió sin rodeos su corazón, echándose á los pies de su ama , declarándo^ la su amor por Munuza , y lo que sufría con la idea de tener una rival preferida. ,, Si la inconstancia de mi patrón , dijo, hiciera la felicidád de una Princesa ^ yo su- friría resignadaménte y sin quejarme j pero señora.... Amida celosa é indiscreta declaró á Ormesinda los proyectos de 'Munuza , que ella llegú á indagar á fuerza de espionar dé cerca á su indiferente aiUante. Este ha- bía hecho un tratado con Tarif que de- bía efeetuar mi ruina ; yo estaba esperando (140 en Co'rdoba, en. donde se me tenia prepara- do un calabozo, 7 el, cadalso debía termt nar mis dias. Ormesinda , confundida entre las esclavas , sería entregada á Tarif des- pués de haber apagado los ardores violentos que le había inspirado hacía mucho tiempo. „Ormesinda tembld al oir tantas perfi- dias, y temiendo que fuese un nuevo lazo, desechd á la tímida Amida, creyéndola un agente de su amo ; aquella pobre criatura se justificd y acabé por proponer á mi her. mana una fuga precipitada de Gijon. „Yo no os acompañaré, la dijo. Una pasión mas poderosa que la razón me de- tiene; pero yo protegeré vuestra huida. Tengo un hermano muy jéven , y que mas dichoso que yo, no ha llevado los hierros de la esclavitud; él os prestará sus vestidos, y os acompañará hasta salir de las murallas.... después, que Ala y su amigo , el divino pro- feta , os acompañen y os guien á puerto de salvación. . .. í . _ (I42) „La situación en que mi hermana sé hallaba esclura toda reflexión , y admití la proposición de Amida. Munuza, á quien algún esceso de los que acostumbraba, d que Amida le hubiese dado alguna bebir da , cosa muy comuir entre ellos , le im- pidiese salir de su cuarto , no se acordo' en machos días ni aún de la presa que te- nia : lo que facilito la evasión de Ormesih- da , que vestida con las ropas del hermanó de la esclava , y puesta bajo su custodia , salid de Gijon , tomando el camino de Córdoba. CAPITULO XI. „ Mi llegada á Córdoba fue feliz , y la recepción que me hicieron los satélites de Munuza fue la mas propia para alucinar- me en mi confianza ; sin embargo la ve- rificación de sus promesas se retardaba , y mi desesperación llegaba á su colmo. Vien- do que ño -era posible . coatener mi impa- ciencia, acabaron por anunciarme que lá (M3) Princesa Ervigia había desaparecido , y qué se ignoraba el parage que había escogido para su morada. Es imposible esplicar el efecto que hizo en mí esta noticia , y ni adu tuve el consuelo de poder pedir cuen^ ta á Egilona del precioso depdsito que yo le dejé confiado. pesar de lo que Anaida había dicho, nadie atentó á mi libertad : solo me hacían pasar el tiempo dándome ó quitándome al- ternativamente la esperanza de encontrar á mi alorada Ervigia , y convencido de que solo y sin recurso me serla imposible ha- llarla, me resolví á volver á Gijon. Munuza me recibió tristemente , cosa que yo atribuí al mal suceso de mi viage. Soy mas des- graciado que vos , me dijo : Ormesinda está perdida para mí, y tal vez para vos. El amor que sus virtudes y aas gracias me han inspirado , ha sido un crimen para con ella á pesar del respeto que la he guardado. Yo DO soy de sangre real } familia , mis (144) hazañas , y mi riqueza me hacen digno de vuestra alianza. Ormesinda no se ha dig- nado de escuchar estas razones ; ha huido, llevando consigo un odio que nos será fur nesto á todos. Príncipe , yo me postro de -rodillas á vuestros pies : dignaos juntar al nombre de amigo el de hermano, unidos con la sangre y los intereses. _ ¿ Quién po- drá resistimos? „Mi sorpresa y mi respuesta hicieron mudar de -tono á Munuza , que de las sá* plicas paso á las amenazas , y acabó por decirme que me concedia ocho dias para reflexionar y calmar una efervescencia in^ tempestiva que me dejaría en estado de oirle. „ Apenas Munuza acabó de hablar, cuando una porción de sus gentes entraron y me arrastraron, no á un calabozo, sino á un sitio decente , y que no tenia nada de mal sano. Los alimentos que me ofrecieron eran los mismos que servian á mi opresor; pero una -puerta gruesa y bien cerrada me reparaba de nna guardia numerosa : á lo menos yo lo creía asi , por el ruido que se oia en la galería. Ya podéis pensar en qud estado debía estar ^ y este recuerdo me es tan triste , que no quiero detenerme en él. La agitación que tenia era tan violenta, que me arrojé en la cama sin desnudarme , y apenas empe- zaba á quedarme traspuesto , cuando una voz, que venia de la cabecera de la cama , me dijo dulcemente: Príncipe, la que ha sal- vado á vuestra hermana no puede sufrir que perezcáis por nna traición. Levantaos y se- guidme 5 no . hagais ruido , porque seremos perdidos : al decir esto una mano mé tomó la mia , y me hizo levantar casi á mi pesar., haciéndome pasar por una infinidad de pie- zas que no podía distinguir : me llevó ,por unos inmensos patios que la aurora empe- zaba á atlarar , á cuya luz vi que mi liber- tador era. una muger joven y, .bella; la gra- titud me hubiera hecho arrojarme á sus K TOMO II. ( 237 ) tiempos , á fuerza de los malos tratamien- tos que recibieron de las autoridades na- cionales que los gobernaban. Los Moros pa- saron al Africa , llevándose consigo las ri- quezas, que pudieron salvar, las artes .y las ciencias , y solo dejaron en España el inmen- so vacío de ellas, el gusto de la:, guerra y el de las letras ; es decir, el de la poesía ,'que .cujtivaron con tanto éxito poco después los inmortales Cervantes de Saavedra-^ Fray Luis de Granada y de León ,- Erciiia , So- lís, Garcilaso, Lope de Vega y otros . infini- tos , que harán la gloria de la literatura española , y ocuparán: un lugar distinguido en el Parnaso. . - . . . „ Los vicios de Rodrigo ,-y las virtudes de Pelayo deben servir de lección á los . So- beranos ; objeto de. .odio y execración de los siglos el primero presenta el cuadro, de la desolación y- la desgracia atraída -sobre sí, y Sobre su infeliz ^tádo ; queriéndole. cas- tigar de la venganza que el mismo: había excitado con su mala fe, dio lugar a.la des- (238) truccioo total de una nación que no tenia otro delito que el de haber sufrido sus- des- ordenes riéndose por ellos reducida, á la esclavitad , hecha presa de sus enemigos, que da inundaron como un torrente impe- tuoso, que devastaron sus posesiones, ro- baron sus tesoros , sacrificaron á sus guer-# reros , degollaron á los débiles ancianos, maltrataron á las mugeres y los niños , vio- laron las vírgenes , y en fin se condujeron como se conducen casi todos los ej'ércitos que poseen un pais por derecho de conquis- ta , aunque pertenezcan al imperio mas ci- vilizado, y mas ;humano de la tierra. „Si Rodrigo, como algunos quieren su- poner , no murió cuando el Guadalete lle- vó en sus ondas sus . .vestiduras é insignias reales, y que sobreviniendo á unas desgra- cias tan horrendas , fue testigo de las mise- rias deque era causa, ¡qué crueles é in- fructuosos remordimientos no debian agitar su alma ! Los acontecimientos de la torre ( obra del Conde Julián ) no debian ser na- ( 239 ) da en su comparación , y aquel poder tirá- nico qne tanto, deseaba, escapado de sus sanguinarias é indolentes manos , debiá de hacer su tormento , no hablándole emplea- do sino en la satisfacción de sus pasiones^ que ocasionaban su ruina , y llevando - al sepulcro la maldición y el odio que mere- cia de su siglo, y de la; posteridad. „PelayO:por el Contrario, lleno doiun celo ardiente por su nación, y los, que ha- blan puesto en el su conhanza, no aceptó el poder supremo sino para curar, las heri-!< das abiertas en el seno de una patria por quien se quería sacrificar j y lejos de atraer á ella sus enemigos , los destruyó , y supo con su sabia política hacer, no alianzas se- cretas que sostuvieran bajo pretestos espe- ciosos el despotismo , sino paces honoríficas, y tratados ventajosos á los pueblos de quie- nes se habla constituido padre y protector, alejando á los aduladores que no tienen fuer- za para resistir á la voluntad injusta de un So- berano 5 pero sí valor para arrastrarle al opro- (24o) bio : que muchas veces liacén de el el ins- trumento de sus intereses personales , y. que le alucinan con un falso celo por su gloria. En fin Pelayo dejo el ejemplo de conao de- be ser un buen Rey. ¡Quiera el cielo que este ej-mplo sea imitado , y que la España goce largo tiempo de la prosperidad que ea todas las épocas y en todas las regiones de la'tierra han gozado los imperios que han poseido el raro y precioso tesoro de un So- berano , que como Pelayo ha merecido el amor y las bendiciones de su pueblo. FIN. la fíiisma hhréria sé háHan las ohras siguiehfes i Ayenturas de Telémaco por Fenelon, traducidas por Reholieda ^ 2 tomos , 8. . • ; . i 3 Bailli de vera religione , 2 tomos, 8 2^ Síchat , tratado de las membranas en general y de di- versas membranas en particular , 8 x,> Broussais, principios de la medicina fisiológica , y exa- men de la anatomía patológica y algunas doctrinas nuevas traducido libremente al español por un médi- co de esta Corte, Tal vez no habrá un pueblo en Es- paña donde no baya llegado la noticia de la niediciná nsiolog.ca del Dr. Broussais , por cuya ratón parece verdaderamente necesaria la publicación de una obra que demuestra las bases y doctrinas del nuevo síste- Capmani , filosofía de la elocuencia ¡einñ ’l'a ímpVel sion de Londres , adicionada y corregida con esmero, un tomo 8 mayor. jg Lá misma , de bella impresión j 2 tornos , 8. * óí. Camino del cielo, 12 ••••.. -4^ Compendio histórico de la áelígion ¿or Piníóh.a tomVsi Materia médica por Blasco , 8. ‘ Compendio de la obra de Ju^gados miíitaV;; ó ¡e'aV^mj: larto completo de procesos > nueva edición , 8 . . . .3 Despertador Encanstico , cotí una lám. 12. % p^r^mirfrs"" sangradores- por ¿¿ p;eny/8 Delicias de la Religión ,8 ^acaso n;¿vVdeVo;i;k;r‘i;; acaso el mas completo de cuantos se han publicado por las fervorosísimas y devotas oraciones ale contie^ ” ’erdflT“° bermosa impresión y ca- cter de letra , ofrece Jas mayores ventajas por llevar consigo en un solo volumen todo lo necesario Uam encomendarse á Dios diariamente xables°indXr' '«'''edidasinriuihe. Sires Á" “h^ P?*; '**^""°* E«“OS é Pnios. Se. tos finí ^ Obispos ; adornado con 7 lámi- to^inas, 16 aro, papel vitela y encuadernado en tafi. pasta fiAa'. V ‘ ‘ ‘ ' ' ’ ’ EI^V ^ pasta común Ejerció,- ^ tomos, 8 menor. . *! *!’*'* ,2 y coJí diferentes oraciones para am¿s* i> es de la confesión y comunión, con un ejercí- CÍO' para la Santa Misa , reeopíla< 3 o de varios autoteSj nueva edición, ^ Idem . la docena en pasta bien encuadeinadós. - 04. Idem mas ccraunes 4 ® Idem papel 2 y raedlo rs. Ejemplos morales, ó las consecnencias dé labuena.y , mala educación en los varios destinos de la sociedad, 8. o Idem á la holandés» . . 6 . Granada , oración y meditación . 8. . , . 9 Historia del caballero Cávlos Gvandison, novela, 4 raos.j, 8 * 44 Jaén. Instrucción útilísima y fácil para confesar general y particularmente, y prepararse á recibir la sagrada comunión, con el retrato de su autor, 8 ..... . 10 Ee Roí, medicina curativa, tercera edición 8 ao Manejo mecánico de un regimiento de infantería por Torregrosa ,4 Sf Idem en rústica 20 rs. ííoches lúgubres de Cadalso , 16. 7 . Jiuevo Robinson , 2 lomos con láminas comunes , 8. . . 24 Ordinario de la Santa Misa en latín y castellano , con oraciones para la confesión y comunión; contiene también el ejercicio diario para el cristiano , el Trisa- gio dé la Santísima Trinidad y sus gozos, el TeD eum. en latín y castellano , y el Miserere con oraciones pa- ra asistir al santo Jubileo, con siete láminas^ buena impresión , t 6 9 Idem pista fina. • i 4 , Idem tafilete 25 Oficio y misas de la Seniana Santa y Semana de Pascua, en latín y castellano : nueva edición puesta en dos co- lumnas con 10 láminas finas. • *7 Idem en pasta y papel fino 26 Idem en tafilete. • - • 44 Recopilación ó sea instrucción manual de la táctica mi- litar de caballería, que contiene la instrucción del re- cluta y compañía , obligaciones dei cabo y sargento, y todas las leyes penales, con una lámina que represen- ta el caballo, ií Recopilación de penas militares con arreglo á ordenan- za V reales ó denos, que conti#*ne las obligaciones del soldado , cabo y sargento de .infantería , la. instrucción del recluta y comp*ñia , manual de guias y táctica de guerrilla r otros machos tratados, 8. Idem con laminas de guerrilla y figuras de mando con la espada. ^