Pelayo : restaurador de la Monarquia Española : novela histórica
Full text
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P E L A y o,
RESTAURABOE, BE LA MONARQUÍA ESJPAiíOtAí
A¿<í¿ar¿ca'
ESC.Bfl'TA EI\ FRANCES
CON PR
cfíit^teula 3b (J^.
Se halla venal en la misma librería de San^,
calle de las Carretas , y en Cádiz en la de
Hortal y compañía ; é igucámente en las
citadas librerías , la Pastora de Lammer-
moor , ó la Desposada , Novela histórica^
en dos íomos en octavo.
LA TRADUCTORA.
J2jntre la multitud de- novelas que la afi-
éion á la lectura ha puesto en mis manos^
Ptílayo, ó'd Restaarador de ia Monarquía .
Española, ha sido una de las poquísimas qus
me han causado un verdadero placer. El ti-
tulo solo fue para mi una recomendación^
y aunque por si misma nú sea- una obra-
ntaestraj no podrá borrársela del catálogo
de las mejores que decoran las bibliotecas -
escogidas ‘y y -lHadama de RomCy su autor Oy
recibirá en todos tiempos los:, elogios que
merecen su sana y religiosa mór.al, la deli-\
cadeza de sus pensamientos , y -Ja pureza de^
su lenguaje, teniendo doble interes y iríéri-
to para una Española que, coma yo, ama á.
su patria y á los heroes que la -han ennoble---
cido , viendo en ella las hazañas y las mir-.\
tildes de sus antepasados tratadas can la
siempre inquieiados por aipielhs.' Tin siglo
después los FisQgodos echaron de Galicia á
los- Suevos. •
Por los anos de S72 empezó á contar
egira, faga ó retirada de Máhoma de
Meca á Medina , este sectario elevó el valor
de los trabes de tal modo, que los llevó de
conquista en eonfaista hasta hacerse dueño
de todo el país entre la India y eVocéana at-
lántico-, y hácia el ano pn , después de ha^
berse apoderado del Africa, pasaron el e.-
trecho de Gibraltar , y ganaron sobre, los Go-
dos kt famosa batalla de Jerez en el de 714,
la que pereció Rodrigo ó Rudésico, lüti-
mo Rey de estos, habiendo durada el comba-
te , ó mas bien la carnicería, ocho dios se-^
guidos. Los Moros continuaron sus conquis-,
tas, pasarm los Pirineos, inundáron la
Francia, y ocuparon por algún tiempo la.
Septimaria y el 'Lan 'guedoc.
Fn pip, Pelaya, Principe de la fa-
milia de Rodrigo, recogió los restos del '
^'órcHa de aquel desgraciada Monarca, y
eoU los cimientos de una nueva monar^ia^
pudiendo llamarse su restaurador.
Los Moros continuaron sus incursiones
en Francia, y fueron derrotados por Carlos
Martel-, en España siguieron sus conquistas,
y establecieron reinos , en los que se sucedie-
TQñ vdtiüs
En 750 Alfonso I pndé el reino de
León , y en 1030 recayó esta corona en
F'ernando de Castilla , que se dice ser des-
eendiente de Moros. Sancho de Navarra tu-
vo los reinos de este nombre y de León , y
él condado de Castilla.
En 1035 se dividieron los estados de
Sancho en reinos de Castilla, de Navarra y
de Aragón ; su hijo mayor obtuvo la Navar-
ra , y fue él vastago de una lar ga serie de
Reyes, de los cuales el último Jue Juan de
Albret, desposeído en 1^12 por Don Fer-
nando F , el Católico,
El segundo hijo de Don Sancho heredó
los reinos de Castilla f Lean , y dió princU
pió á una familia que se perpetuó hasta 1474
(xn)
Én, la persona. d’e' Jioña Isabel.^ qüe llevó en
dote estos estados^ cuando se casó con Don
Femando F Don Raníiro , hijo natural de
Sancho, empezó á formar él reino de Ara^
gon hasta Fernando F-, este Príncipe por su
casamiento con Isabel de Castilla reunió di-
ferentes estados cristianos , y tuvo bastante
poder para arrojar enteramente Re España
« los Moros.
En 10S5 Alfonso de Castilla habia qui-
tado a los Moros Toledo y Madrid-, en 1236
se fundó el reino de Granada, y en 149a
se hizo la conquista de este reino por Fer—
nandd' el Católico j en el mismo reinado de
Fernando y su esposa Doña Isabel , d princi-
pios del siglo XFI , se hizo la descubierta
de la América por Hernán Cortés.
En 1514 Doña Juana, llamada la Lo-
ca, hija de los Reyes Católicos , casó con
Felipe I , hijo del Emperador Maximilia-
no I, y fue el primero de la casa de Aus-
tria que reinó en España.
En 1516 Carlos I de España , y F de
(xni)
Austria , les sucedió , y dejó áL'mórir los eí-
lado& de Alemania á su hermano : Fernan-
do I, y la corona de España á su hijo Fe-^
Upe J, cuyo hijo Felipe II le sucedió en
1555. A este sucedió .en 1598 su hijo Feli-r
pe III ^ del que heredó después en el año de
1621 su hijo Felipe IF.
En 1665 su hijo Cárlos //, no habiendo
dejado hijos , hizo testamento en favor del
Duque de Anjou , su sobrino^ que fue Feli-
pe F de Borbon , y que dió principio á su
dinastía en España ; pero habiendo abdica-
do en su hijo Luis /, tuvo que volver, por
muerte de este, á tomar las riendas del go-
bierno, hasta que en 1746 le sucedió su hijo
segundo Fernando FI, de quien heredó la
corona , por no haber dejado hijos , su her-
mano Cárlos IIT-, á este sucedió Don Cár-
los IF en el año de 1788 hasta el de i 8 o 3
en que abdicó en favor de su heredero inme-
diato Don Fernando FII, que reina actual-
mente.
Desde la invasión de los Godos en 411,
d trono de España ha estado ocupado pt^
ellos solos cerca de ^do años ; por los Godos
ó Españoles y Moros á un tiempo 800 ; por
la casa de Austria 147 j y por la dinastía
de Borbat desde 1^00, '
PELA Y o,
BESTAXIRADOR
DE LA MONARQUIA ESPAÑOLA.
CAPITULO PRIMERO.
Después que los moros destruyeron la
monarquía de los Godos en España , y se
hicieron dueños de una gran parte de ella,
habiéndose apoderado de la ciudad de Can-
gas , resistían hacia muchos meses contra los
esfuerzos casi continuos de Pelayo. Los sur
cesos de la guerra habian valanceado y de-
jado indecisa la suerte de la ciudad , no
siendo importante sino por la proximidad
A
TOMO I.
con la proTÍncia de Astürias , de la que era
como cabeza.
Fatigado Pelayo de una resistencia tan
terca , y no queriendo dejar á la' espalda
unos enemigos tan temibles por su niímero,
se disponía á dar un asalto general al dia si*
guíente : medida que no habla querido a-
doptar hasta entonces por ahorrar la san-
gre de sus vasallos, j sobre todo la de sus
queridos asturianos.
Retirado en su tienda , y estando solo,
buscaba un descanso que la tristeza de sus
pensamientos le impedia gozar, cuando
un ruido no lejano de élla le sacd de sus
profundas reflexiones. Viendo que este se
acercaba , se levantd para informarse por sí
mismo , y vid un hombre que atropellando
Á la multitud sin que nadie le pudiera de-
tener, penetrd en la tienda, y cayó á sus
pies pálido, cubierto de sangre, respirando
apenas , y que no podiendo esplicarse sino
por señas , presentaba la imágeu de la des-
( 3 )
gracia y la desesperación. Atónito y conmo»
vido Pelayo, le mirtí atentamente, despnes
de haberle hecho dar los prontos socorros
que exigía su estado ; á beneGcio de ellos
el desconocido moribundo reunid sus fuer-
zas y exclamd : ¡O Señor mió! La Princesa
Onnesinda.... un desmayo le corto la pala-
bra. Apenas volvió de él , cuando sin que-
rerse ocupar de sus heridas, desechó todoj
los medios de conservar la vida.
“El mensagero del infortunio, dijo, no
debe recibir ningún consuelo : Señor , nues-
tra ilustre Princesa está entre las manos del
traidor Munnza cerca de aqni no he po-
dido salvarla yo muero.” Las fuerzas le
faltaron, y su cuerpo quedó yerto en los
brazos de los que le sostenían.
Penetrado Pelayo al mismo tiempo de
dolor , de desesperación y de gratitud escla-
mó : fr ¡ Eres tá fiel lasid ! ¡ Dios poderoso j
I No me habréis protegido hasta hoy , sino
para hacerme sentir todo el horror de una
A 3
desgracia tan imprevista y tan fanesta? ”
Sin embargo, como siempre era dueño de
sus pasiones, pocos momentos de reflexión
fueron suficientes para volverle la resigna^
cion ordinaria á los decretos de la Providenr
cia, que tantas veces j tan visiblemente le
había protegido.
Después de algunos instantes necesarios
para la combinación de su plan , hizo ve-
nir á los gefes de la tropa , les ordend que el
asalto se difiriese aun por algunos dias: es-
cogió entre ellos un corto número que de-
bia acompañarle : se armó apresuradamente,
jr salió bien decidido á no volver al campo
sin estar seguro de la suerte de una herma-
na idolatrada.
A pesar de la oscuridad de la noche
y de los obstáculos que retardaban su mar-
cha y la de la tropa que le acompañaba,
Pelayo caminó con tanta celeridad , que al
amanecer se encontró en una llanura que
conducía á Gijon , que era en aquel momen-
( 5 )
to propiedad del bárbaro Mnnuza 7 su pla^:
*a de armas. Pelayo se imaginó que su her-
mana había sido conducida allí por su rap-
tor , y de allí se propuso arrancarla. No po-
diendo emplear la fuerza, se determinó á
valerse de la astucia, por mas repugnante
que este medio le pareciera á su lealtad;;
pues en el caso en que se hallaba k) juzga-
ba permitido, sin que el honor pudiera re-
sentirse, combatiendo á su enemigo cou sus
mismas armas. Antes de entrar en la llanu-.
ra inmensa, poco iluminad» aun por él
dia, halló una senda que conducía á un
bosque bastante espeso: Pelayo quiso espe-
rar en ella y aguardar la vuelta de algunos,
emisarios que habla enviado á la descubier-
ta. Pocos instantes después uno de ellos vol-
vió, diciendo que como á unos cien pasos
de allí parecía haber habido un combate,
pues que el suelo estaba cubierto de armas
hechas pedazos, de muertos y moribundos,
y que según las apariencias ios devastado-
(is)
de la Reina Egilona, adonde llegad sin ha-
ber esperimentado ningún contratiempo, y.
ha hiendo sido recibida de ella con la mas'
viva afección ; pero esta felicidad me durá
bien poco :• el mensagero que te envié para
decirte que no te entregaras de nuevo á las
astucias de un traidor, volviésin haber po-
dido verte, y ni aun haber tenido noticias
positivas de tu existéncia ; y solo pudo ,sa-_
ber por un esclavo de Manuza que los mo-
ros hacían grandes preparativos para caer
sobre las Asturias. Yo conjeturé que tu per-
sona era la línica causa que les obligaba,
pues que, este pais no contenia nada que pu-
diese atraer su codicia : y en poco tiempo
vi realizar mis temores con la certidumbre
de tu retirada á estas montanas, y la llama-
da general que hicistes á todos los que no
gemían aun bajo el yugo sarraceno. Perse-
guida siempre por la idea de tus peligros,
mi imaginación no me presentaba sino las
imágenes mas terribles j el hierro , el fuego,
j
( 73 )
y una continua carnicería estaban presentes
á mi vista, siendo Munnza el conductor de la
desolación y de la muerte j y no podiendo
mi débil cerebro resistir i la idea de ser el
pretesto de tantos males , perdí la razón por
espacio de algunas semanas, habiéndola re-
cobrado á fuerza del cuidado de la Reina
y del nombre de victoria que oia repetir á
cada instante. La vuelta de mi juicio me pur
so en estado de saber las felices noticias que
llegaban todos los dias. £1 fíel lasid fue el
encargado de hacerme una relación tan in-
teresante; restablecida, pero, exaltada aun, -
me decidí á venir á juntarme contigo. Pros-
ternada al pie del alfar que la Reina había
hecho construir en la pieza mas retirada de
su palacio , juré de vivir y morir para la
amistad, y si tenia la desgracia de perder-
te y la de sobrevivirte , consagrarme á Dios
en un monasterio.
“Egilona combatid débilmente una idea
que no aprobaba. Ormesinda , me dijo , yo
deseo y yo espero que no tendréis que cunt:
plir esa promesa j pero aun en el caso que
las ocasiones os obligasen , sería necesaria
que vieseis antes si no os quedaban otros
deberes mas sagrados que cumplir en esta
tierra regada con la sangre de vuestros com-»
patriotas. Yo no sé si será mas agradable á
Dios servir á la humanidad afligida, qüe
cumplir unos votos pronunciados en el en-
tusiasmo de la alegría o en el esceso de la
desgracia. En cuanto al valiente Pelayo, en
medio de los peligros que le rodean, y en el
de que acaba de escapar, prueba que la
Providencia le protege , y que está escogido
por ella para restaurar el imperio de los Go-
dos, que una larga serie de infortunios y de
yerros ha hecho perder.
“El proyecto de ir en busca del victo-
rioso Pelayo es muy loable, continuó Egilo-
na , pero me parece imprudente : el país que
teneis que atravesar está inundado de ene-
migos que se creerán dichosos en encontrar
(i5)
una Ocasión de saciar su barbarie en la per-
sona de la hermana de sn vencedor. ”
Yo escuché á la Reina con atención y
respeto j sus observaciones eran las mas jus-
tas , pero mi corazón negado á la reflexión
me obligd á persistir en mi determinación.
¡Ay de mí! me dijo Egilona: el triste
estado en que estoy me quita el poder de
oponerme á vuestro viage; la aparente liber-
tad en que me han dejado no puede durar
mucho , y tendré mas motivos que vos para
alejarme de esta ciudad j sin embargo yo me
quedo. La desgraciada me abrazd tiernamen-
te , y la palpitación de su corazón me did á
conocer su agitación ; nuestras lágrimas se
mezclaron , y solo sus ocupaciones la obliga-
ron á separarse de mí.
Al dia siguiente Egilona vino á mi cuar-
to y me dijo : quería haberos proporcionado
una protección segura para el camino que
vais á hacer, pero me falta el tiempo por la
prontitud con que habéis decidido partir , y
Ci6)
separaros de ana parienta , de ana amiga...
que no os verá mas.... Vuestro fiel lasid,
una de mis mngeres mas seguras jr seis hom-
bres de mi confianza, es todo lo que pnC'
do ofreceros: aceptad estas pequeñas joyas^
restos de mi fortuna eclipsada; si sois bas-
tante dichosa para ver á vuestro hermano,
decidle.... un ruido que Ilegd hasta nosotras
suspendid sus palabras, ün temblor bastan-
te visible alteró su semblante , cerró cuida-
dosamente la puerta, y sus ojos llenos de
lágrimas , se fijaron en la tierra ; yo la hice
mil preguntas, á las que no respondió : y la
misma noche me puse en camino acomoaáa-
da de las gentes que Egilona me habia dado.
El camino fue largo y penoso, y mas
aun por los rodeos que lasid nos obligaba
á dar por evitar el encuentro de los enemi-
gos. Yo estaba fatigada; y habiendo llegado
á un sitio agradable, y no dudando de la
proximidad de tu campamento , pues que
lasid me habia mostrado las cabezas de las
tiendas, resolví hacer alto; y habiendo qxr
denado á la escolta se, retirase , poco después
de haber tomado un alimento que el cuir
dado de lasid me había proporcionado , ter
niendo á mi lado á la dnica muger que ve-
nia conmigo, me entregué al sueno mas
tranquilo, ignorando el modo con que me
dispértaria. El ruido de las armas , los gri-
tos de los combatientes me despiertan sft.-
bresaltada, mirando al rededor.de mí para
desechar Jas que creia yo ilusiones del suer
íio; pero, me cercioré .de la espantosa ver-
dad, y reconocí el pel:^ro que me rodeaba.
El suelo estaba sembrado de cadáveres y
de heridos que pedían auxilio , sin que na-
die viniera á dársele. La muger que me
acompailaba había desaparecido ; viéndome
sola tan cerca de la pelea, y sin fuerzas,
el temor se apoderé de mí , y siéndome im-
posible huir, esperé resignadamente mi
suerte. Habiendo observado que la mayor
parte de los combatientes estaban armados
B
TOMO I.
á la morisca, me estremecía cada clíoqne
que veia dar contra los que yo contaba co-
mo mis defensores , conociendo por el trage
eran cristianos; en fin, un guerrero se se-
paro de la tropa, y vino á mi lado en la
actitud de resistirse; pero bien presto ataca-
da por todas partes, hubiera sucumbido, si
algunos de los suyos no hubieran venido á
su socorro.
Entre los que de atacaban con mas en-
carnizamiento pude reconocer al infame
Munuza; el horror, que sa vista meinspirá
me hizo dar un grito , mi voz redoblo' el
furor de los combatientes, y. un instante
después , por algunas palabras que dijo el
desconocido, y que yo no pude entender, se
retiraron á un lado , y volvieron á la pelea
con mas vigor que antes. Hasta entonces
habia podido soportar la triste y espantosa
escena que se había presentado á mi vista;
pero esta trastorno toda mi existencia, y no
l>e vuelto á la vida sino por ti.
Está es, querido hermano, ,1a relación
de mi desagradable aventura : ¿ qué quieres
que te diga? Desde aquel' momento , herida
mi imaginación j>or los olgetos. 'desastrados
de que he sido testigo no veo mas que des-
gracias ; y la suerte de irii libertador me iur
teresa infinito , al mismo tiempo que me . in-
quieta.” _ ; ^
ft ¿ Y -por qué ocultas , dijo Pelayo abra-
zando á su hermana,; ese sentimiento que té
hace tanto honor ? : sea el que quiera el re.-
sultado de ese singular combate , tu raptor
no ha podido verificar su proyecto., y tú
conservas tu libertad y tu honor. Querida
Ormesinda , esperemos en la hondad celeste
qne tn libertador goza de la vida 5 si- al
contrario, el Dios de las batallas ha decidi-
do otra cosa , y si nosotros no podemos dar
á sus manos la señal de un agradecimién-tí»
tan justamente merecido; elevémosle - ea
nuestros corazones un monumento. de- gratis
taJ, pidiendo al Ser eterno' que adinUafsai
Bs
alma generosa en lá morada de los rjns-
tos.’^
»Pero Ormesinda, continnd Pelayo desr
pnes de algunos instantes de silencio^ ¿no
tienes nada que decirme de üsigia ?. ¿ Será
posible que ia Reina no te haya hablado de
ella , ni de nada que la concierna? ¿ .0 .tu si-
lencio viene de no querer anunciarme algu-
ma noticia dolorosa? Ormesinda, la tranqui-
lidad de tu corazón no te deja conocer, los
tormentos del mió: Jos que no' han amado
son incapaces de conocer lo que un alma apa:-
sionada siente. Ervigia es la esposa de esté
^corazón despedazado^ su padre Rodrigo me
Ja concedió; Egilona, su madre, consintió,
y sú voluntad decidió ; tii sabes que la ce-
remonia que precedió al casamiento público
fue hecha ante su difunto padre , y que si
-se difirió la que debía asegurar mi dicha,
fue llevado por la ilusión de que ella acom^
pauase la celebridad de la victoria.... que ja-
mas debía coronar su frente: ¡infeliz Prhi-
«pe; qü¿ caros has pagado los tiempos de
tus faltas!
«Peláyoi, replieá rOrmésinda ^ no crea?
tener derecho á pensar que yo. haya, sido in-
diferente ála suerte de mxa Princesa . con
quien estoy unida por los dables j fazos dd
parentesco, y. de la amistad. .¿iPodfé J<> íúyh
dar jamas lahondad que’ me mostró ^ enags
do Rodrigo rompiendo, lasr cadenas de; mt
madre;, y . las núas» nos Uevd á su lado iy
prometió ocuparse seriamente de mi destiaoT
No,;Pdayo!; puedO' suponer; que la in-
gratitud resida en. el «oi^on de su herma-
na. Yq¡ m diré lo poco que la casualidad me
ha. heclip>;saber por lasid , el cual no podrá
añadir -nada según lo, que. nie. habéis d.ich.4
de éL. . ;
».yá té- he referido antes- qne- nuestro
•viage le hacíamos lentameote , y los moti-
vos que teníaums para ello;i evitando pasar
por poblado : nuestras detenciones eran en
fas cabañaa aisladas , en. donde no estábamos
(28)
que he podido conseguir, ha sido la prolón^
¿ación de su vida por algunos dias ínas.
Ahora la tierra (no la tierra sagrada) -cu-
bre los restos de este impío ; ahora tam-
bién.... ¡ idea consoladora para un padre!;
el alma atroz de ese bárbaro sepultada eu
el abismo infernal , espia sus crímenes coa
las penas eternas que padece.”
Las miradas que Pelayo y Ormesia-í
da echaron sobre el viejo , indicaron el hor-
ror que les inspiraba la frialdad , : con la
cual se entregaba á la idea de una vengan-
za horrible éinutil ; un ^sto de Pela jo. de-
claró su pensamiento , y d^concertó al cau-
sador dé él. ' .
El motivo; que al^ais , le dijo Pelayo,
atenúa en algún modo vuestra cruel acción,,
tanto mas, cuanto sin duda ha sido ejecuta-
da por un movimiento indeliberado; pero
debeis saber que el odio que sobrevive al
que lo causa es un sentimiento reprensibles
y que asQCiándonae , por decirlo asi , á vües- _
( 29 )
tro atentado, me habéis ofendido gravemen-
te. Que retiren ese objeto funestQ, conti-
nuó, y «jo® í® sepulten con el resto de su
cuerpo. Ahora decid cuáles son los otros
motivos que os han conducido aqui, y
quién es la persona que os acompaña. Si esa
muger ha tenido parte en vuestra acción,
yo no quiero verla ; hacedla alejar. La res-
puesta de esta fue levantarse el velo y
echarse á los pies de Ormesinda, que reco-
noció á Geisa , la camarera que Egilona le
habia dado. El modo afectuoso con qne fue
recibida, volvió el ánimo á su conductor,
que habia estado confuso oyendo la repren-
sión de Pelayo : y volviendo á tomar la pa-
labra dijo asi.
,, Antes de cumplir con un mensaje in-
teresante para el noble corazón de mi Prín-
cipe , es necesario que yo debilíte mi culpa,
de la cual no habia conocido ni la enormi-
dad, ni los inconvenientes; y suplico que
gu indulgencia se estienda á oirme.”
( 3 °)
„ Nacido en el áspero seno dé las monr
tanas de Asturias , he conservado las cos«
tambres de mis padres. Mi familia se hon-
ra de tener por raíz á uno de los héroes que
despaes de haber sojuzgado á la orgullosa
Italia , y de haber domado la soberbia ciu-
dad de los Ce'sares, fundaron en España la
monarquía de los Godos. Las vicisitudes de
los tiempos, y aquella Providencia que des-
truje ó conserva según su voluntad, ha
aniquilado la prosperidad de mi casa. Hace
mucho tiempo que privada de sus bienes y
de sus honores, vino á fijarse en este asilo
silvestre, en donde ha cultivado las rique-
zas que la naturaleza concede á los que si-
guen sus leyes. Yo mismo he trabajado con
mis manos el campo sustentador que me ha
dado la subsistencia , sin tener necesidad de
ir á la Corte á mendigar favores que me
hubieran hecho avergonzarme. Yo he visto
varios Reyes que se han sucedido en el tro-
no , en el que no han hecho mas qué seii-
h
(30
tarse , siendo como las tempestades , qne su
duración no es grande, pero que no pasan
jamas sin causar estragos. Mi casa , £ la que
jamas tendré la vanidad de llamar castillo,
«stá situada á la orilla de un rio ; ella es
vasta y cémoda, y provista de todo lo que
-puede ser agradable y útil , y las tierras que
la pertenecen son suficientes para mantener
á mi familia, compuesta de cuatro hijos
que hacen mi mas dulce esperanza. La tran-
quila seguridad habitaba en mi casa , de
donde la hospitalidad no fue jamas alejada;
-estraiíos á todo lo que pasaba, no supimos
sino muy tarde la invasión de la España.
Yo solo conocía la nación Mora ; asi yo era
el que mas temia su aproximación. El peli-
gro me despertó del sueño tranquilo de mi
dicha. Entonces' conocí que tenia una pa-
tria , cuya defensa aunque fuera imposible,
era la obligación mas sagrada que tenia que
cumplir. Pero era Carde. La batalla de Jerez
se habia dado. ¿Qué quedaba que hacer?
(30
bajar la cerviz, y comprar Iavida.de mis
conciudadanos con la sumisión. Habiendo
reunido á mis vecinos les propuse hacer un
sacrificio voluntario y doblegar la ferocidad
de los Sarracenos. Abramos los libros sagra-
dos, les dije, y veremos que Dios irritado
de los pecados de los israelitas los entregó i
sus enemigos reduciéndolos á la esclavitud y
á la ignominia ; los hebreos se sometieron
esperando un libertador, y no se engaña-
ron. El cielo se apiadará de nosotros j ade-
mas un dia llegará que estemos libres y ven-
gados. Mis palabras fueron eficaces , y des-
pués de haber implorado la divina asisteiv
cia, mis dos hijos mayores partieron para
Córdoba , de donde no debian venir sino
después de algún tiempo : sin embargo el
mismo dia de su partida volvieron al techo
paterno j su fisonomi'a estaba animada con
una viva alegria. ¡Cómo! les dije al verlos:
cuando la patria está espirando, cuando la
vida y la seguridad individual están amena.-
( 33 )
eadas será posible que vosotros ? Padre
mió , me respondió el mayor , no nos conde-
neis antes de oirnos. La Providencia ha ve-
rificado vuestras esperanzas. Un renuevo de
la antigua dinastía de nuestros Reyes ha le-
vantado la bandera, y detiene el ímpetu de
nuestros enemigos; Pelayo es su nombre.
Entonces, señor, me informé de vuestros
generosos proyeetos , y que estabais , seguido
de algunos guerreros, al otro lado de nues-
tras montañas.
,, j Gracias sean dadas al Eterno , excla-
mé yo, que ha mudado en cánticos de ale-
gría los gemidos de los que no veian mas
que la desolación
!
,, Hijos mios, les dije, mudad los ra-
mos de oliva en' espadas cortadoras; que
los presentes , preparados por la mano de la
debilidad, se conviertan en alimento de los
fuertes ; añadamos todo lo que deseamos li-
brar de la rapacidad de dos vencedores ; vo-
lad á poneros bajo los estandartes del ilus-
G
XOMO I.
( 34 )
tre Pelayo, y compadeced á vuestro padre,
imposibilitado por la edad de seguir los im-
pulsos de su corazón ; él no puede ayuda*
ros sino con sus votos divididos entre voso-
tros y la patria : ó por mejor decir , unidos
los unos á los otros por una circünstancia
tan urgente.
„ Inmediatamente di cuenta á los ancia-
nos habitantes del pais, y todos se apresu-
raron á seguir mi ejemplo. Una juventud
poco numerosa, pero brillante de salud,
ardiendo de valor, ambiciosa de gloria, cu-
yo nombre había sido ignorado de ella has-
ta entonces, se alejó de sus apacibles ho-
gares , y corrió á reunirse i vuestro ejér-
cito.
„La confianza que yo tenia en vos,
sefior, me hizo volver á mi habitación , de
donde había creído conveniente alejarme.
Bien pronto el grito de victoria liego hasta
mí. Yo la celebré con un entusiasmo que
no dejó lugar á la solicitud paternal," cuan-
( 35 )
do vi traer d mis pies á mis dps hijos: el
jjrimero había dejado de existir ; el segundo
cubierto de heridas , testigos verídicos de su
valor, parecia que no esperaba mas que mi
bendición para exhalar el alma en el seno
del Señor de los ejércitos. Es menester ser
padre para formarse una idea de mi dolor.
En aquel momento todo desapareció de mi
vista menos mi desgracia. Deber, honor, pa-
tria, todo lo olvidé, acusando á la Providen-
cia de injusta , y solo una remota esperan-
za de volver la salud á mi hijo pudo cal-
mar mi desesperación , y hacer callar las
murmuraciones impías que el infortunio
me habia arrancado, y que abjuré en el
tiempo de mi razón natural á mi edad. An-
tes de permitir que se hiciesen los honores
de la sepultura á mi difunto hijo, quise
hacerle las últimas caricias, que fueron
abrazarle, y jurar su venganza, inmolando
sin piedad al primer sarraceno que cayese
en mi poder. En seguida todos mis cuida-
Gz
( 36 )
dos fneron por mi hijo Oldarico, el ánico
que podía servir á su patria por la corta
edad de sus otros dos hermanos.
„Ya habian pas.ldo muchos dias después
de la pérdida de mi hijo mayor , y una tar-
de que estaba al lado de la cama de mi 01-
darieo, que hacia esfuerzos para contarme
los prodigios con que la fortuna coronaba
vuestro valor, vinieron á pedirme recibiese
en mi casa á un estrangero herido gravemen-
te. El hablarme de heridos en aquel mo-
mento era aumentar el interes que natural-
mente me inspiraban los desgraciados. Yo
salí para recibirle, cuando un desconocido
me dijo : Señor, si yo hubiera podido con-
servar mis fuerzas mas tiempo , no hubiera
tomado la libertad que en estas circunstan-
cias podrá seros gravosa; pero me ha sido
imposible el transportar á mi amo hasta el
campamento del Rey , en donde habría en-
contrado los socorros que necesita, no po-
diendo abandonarle para ir á buscarlos, de-
( 37 )
Jándole espuesto á las resultas de la generosa
aceion que acaba de ejecutar.'’
„Esta casa, le respondí, sabe lo que
es la calamidad , y asi no teneis que elo-
giar al que Uamais vuestro amo para que
yo haga lo que la humanidad me prescribe:
no perdamos tiempo, pues que vos tamL>ieii
estáis herido. Mis criados transportaron al
desconocido á un cuarto cdmodo , en donde
el cirujano que. cuidaba a mi hijo , les hizo
la primera curación: digo les hizo, por-
que el escudero estaba herido en la cabeza
bastante gravemente ; pero sin embargo el
facultativo me aseguró al reconocer las heri-
das, á cuya operación me quise hallar pre-
sente, que según su juicio la terminación
sería favorable.
„ Cuando mis huespedes hubieron en-
trado en el estado de adormecimiento, que
regularmente sigue á la primera curación de
las heridas que no son mortales, despuec de
haberlos dejado encargados á una persona de
( 44 )
de mi pueblo , su sangre cae sobre mi co-»
razón.
„Sí señor, replicd Sigerico con la li-
bertad que le daba Pelayo; pero también
la sangre que se ahorra aquí se derrama en
otras partes del reino, y por do quiera que
pasan los usurpadores, corre á raudales. Se-
ñor , la España toda tiene los ojos fijos en
vuestra persona , y sus miradas manifiestan
sn confianza en la rapidez de vuestros triun-
fos.
,, ¿ Y será menester comprarlos con la
destrucción del género humano ? repuso Pe-
layo. Imitando al pastor de la Escritura , he
querido atraer á las orejas descarriadas al re-
dil i mi trabajo no ha sido infructuoso. La
llamada á mis fieles Vizcaínos no ha sido in-
útil, y bien pronto podré presentar á mis
enemigos una fuerza respetable. Entonces no
podrán ejercer sus'acosíumbradas cruelda-
des ea los cristianos de esta tierra. Acordaos
de ia derrota de Carmena.
( 45 )
,, Sigerico , es necesario qne me reem-
placéis al lado del generoso libertador de Or-
mesinda. La soledad de la casa en que ha-
bita exige las majores precauciones ; al- ins-
tante que el estado de sus heridas lo permi-
tan, se le deberá transportar aquí j me load-
Tertireis , y yo mismo iré' al frente de las
tropas que deberán escoltarlo. Si pudiese ale-
jarme por algunas horas solamente, conoce-
Tia que Pelayo es sensible á los beneficios...
En seguida, dando la mano al anciano hos-
pitalario, le dio' gracias por el cuidado que
prodigaba al desconocido, y dio orden de
prepararle los presentes mas magníficos;
,, Señor , dijo el anciano inclinándose
profundamente, en el estado actual, ámí es
á. quien toca sacrificar lo que poseo ríe mas
precioso , para facilitar d un Soberano los me-
•dios de ar^ar un numero mas considerable
de guerreros. Los tesoros acumulados por
mis abuelos están en mi poder; maíiana es-
tarán u-, vuestros pies. Dos hijos me quedan
( 46 )
-que aún son bien jovenes ; sin embargo^
asi que mi Oldarico este en estado de so-
portar la coraza, vendrá á presentároslos:
yo no temo confiarlos al que sacrifica sus
laureles á la conservación de sus vasallos.
Mi ejemplo será seguido de mis vecinos , y
mas de cien jovenes robustos y llenos de ce-
lo vendrán á ponerse bajo vuestras banderas.
„ Bien , respondió Pelayo , vuestro hijo
Oldarico los mandará, y el valiente Sigeri-
co no se desdeñará de formarlos para el arte
glorioso de la guerra.
„ Sigerico y el anciano partieron al ins-
tante. Apenas hubieron llegado á la casa del
último., y que las tropas que hablan venido
con ellos estuvieron colocadas en los pues-
tos necesarios para evitar toda sorpresa, Si-
gerico quiso cumplir co¿ el encargo de Pe-
layo cerca del desconocido ; pero, no le. fue
posible , no habiendo querido interrumpir el
reposo de que gozaba en aquel instante, y
solo pudo hablar al escudero, á quien dio
( 47 )
cuenta de las atenciones del Rey para con
su amo , á lo que él respondió :
,, Pues que tengo el honor de. tratar
con el ilustre Sig^erico, no temo que mi
amo se ofenda por la falta de mi silencio
en punto á su nacimiento. El Rey sabrá
con placer que eh libertador de la Princesa
es el noble Alfonso , hermano del desgra-
ciado Ramiro, destinado por Rodrigo para
esposo de Ormesindá; añadiendo , que here-
dando el estado de su hermano, ha hereda-
do también el amor á esta Princesa, y
que la prudertcia exige que ella ignore ada
quien es la persona qúe la ha libertado.
,, Yo me conformo con vuestras disposi-
ciones , repuso Sigerico , y me ciño á par-
tir con vos las fatigas que debe costaros el
cuidado de vuestro amo. Vos mismo habéis
participado de su gloria : vuestra sangre ha
corrido por el interes de Ormesinclal Y yo
reconozco en vos nn bravo guerrero que
meréce toda consideración. Decid , os suplico.
( 48 )
solamente , ¿ por qué el Príncipe de Canta»
bria ha tardado tanto en reunirse á Pelayo,
y qué motivo le ha obligado á pasar por
unos sitios inundados de enemigos sin una
escolta conveniente ? Antes de todo decidme
vuestro nombré; el título modesto de escu-
dero me parece inferior á v'uestra persona.
„ Eso es honrar demasiado al oscuro Fé-
lix , respondió este : unido por obligación
y por gusto al servicio del Príncipe Alfon-
so , cualquier empleo á su lado , o que me
hace serle dtil, es todo lo que llena mi am-
bición. Al decir esto Félix, bajó los ojos
y se puso encarnado : Sigerico le considera-
ba con admiración. Su talla era mediana,
y las vestiduras que llevaba no permitian
hacer el exámen de sus formas. Las faccio-
nes eran regulares,,, .los, ojos hermosísimos
y brillantes todo el tiempo que habia habla-
do de. su amo ; pero el modo de bajarlos
anunciaba una estremada sensibilidad., Ihia
cosa faltaba á aquel interesante rostro; bs
feíígas, las heridas, ú otros accidentes, ha-
bían alterado la frescura natural de su edad.
Su color algo cetrino tiraba mas á cobriza, ,
y se echaba de ver en la voz una discordan-
cia de sonidos, y una pronunciación desi-
gual que contrastaban infi;4to Con la pure-
za de su lenguage. Sigerico hizo todas estas
observaciones ; pero ocupado de su comisión,
volvid á.atar el hilo de la conversación.
,,Y bien, Félix, dijo, ¿será indiscre-
ción sáber el por qué ha retardado tanto ta
amo la reunión con Pelayo ? La respuesta es
bien sencilla respondid : Alfonso ha recobrado
la libertad hace pocas semanas. Prisionero
de los moros, y sin saber que hacer para
proporcionarse la cantidad eüoriíie para sa
rescate que le pedían , hubiera acabado s_a
vida probablemente, si por un aconteci-
miento desconocido de él, y qué no espe-
raba, no s6 hubiera salvado. Asi que se
vid libre, su primera idea fue el ir é su es-
tado^ reunir todas las tropas que le fuera
D
TOMO I,
( 5 °)
posible, y presentárselas á Pelayo; pero ha-
biéndose encendido la guerra en estas mon-
tanas, no lo pude verificar. Solo casi, y des-
conocido, se ha visto precisado á seguir las
huellas de Pelayo , y ha peleado en esta jor-
nada memorable que hará época en los si-
glos venideros : habiendo sido herido , debe
la vida á un paisano que le encontró tendido
en’' tierra, le llevó á su casa, y le prodigó
los cuidados de un padre.
„¿Y qué hacia Félix en ese tiempo?
preguntó Sigerico. Félix, respondió él, es-
taba separado por los choques del combate,
y no fue sino después de algunos dias, cuan-
do conducido por su dichosa estrella encontró
en casa del benéfico aldeano al único ol^eto
que podia hacerle amar la vida. Pero, Se-
ñor, dejadme continuar mi relación, que
no será larga.
„ Buscando por todas partes el destino
de mi amo, encontré algunos Cántabros que
me ayudaron en la empresa j y asi que en-
toniramos el objeto de nuestra solicitud,
preparé los bagages y determiné á mí amQ
á ir á juntarse coil el Rey, y en él camino
tuvimos la fortuna de encontrar á la Prince-
sa. En el calor de la pelea el casco dé Mu-;
nuza fue reconocido, y Alfonso le atacó sin-
gularmente á pesar de su debilidad , que lé
hubiera hecho sucumbir, si sus esfuerzos nd
hubieran sido sobrenaturales ; al fin se aba-
tió , y yo que estaba tendido en el suelo ba-
ñado en mi sangre, temí que su victoria no
la pagara con la vida. Haciendo un esfuer-
zo me atajé la sangre de mis heridas qüé
corria copiosamente, y le transporté á está
Casa , en donde el aire melancólico y feroz
del dueño me obligó á dallar quien era, de-
cidido á ir á informar al Rey asi que mi
amo pudiera pasar sin necesitar de mi asis-
tencia ¿Y no sabíais quienes eran las seño-
ras que habia salvado vuestro amo Yo
no lo he sabido sino por la relación de la
mnger que tino á refugiarse aquí , poco
D 3
( 52 )
después que nosotros , y no he querido de-
círselo á mi amo por evitar la sensación que
podía haberle causado , contraria sin duda
á su restablecimiento. _ Me habéis dado á
conocer que el Príncipe ama á Ormesinda...
_-Con la pasión mas viva, respondió suspi-
rando, sin este amor.... Pero, Señor, las es-
plicaciones que deseáis las tendréis por mi
amoj permitidme que me vuelva á mi pues
to. Al decir esto Félix hizo una cortesía y
salid.
„Sigerico tuvo la visita del dueño de la
casa que le presento sus dos hijos menores;
él los recibid con benevolencia, y exigid que
estuviesen en la casa paterna hasta el resta-
blecimiento de Alfonso , é igualmente Oída-
rico, cuya palidez anunciaba la necesidad
de prolongar su convalecencia.
„Un instante después se presentd Feíix
para advertirle que su amo estaba despier-
to y pronto á recibirle ; pero Sigerico no
quiso entrar hasta que los cirujanos que ha-
( 53 )
lian venido con él le aseguraron que su vi-
sita no podia causar el menor perjuicio al
herido,
„Una simpatía natural los unió el uno
al otro,. Sigerico empezó una amistad por
consideración á Pelayo , pero esta se convir-
tió en placer, en necesidad. Estando seguro
de que en nada podia dañar a su restableci-.
miento , le hizo saber quien era la persona
que había salvado , el gran servicio que ha-
bía hecho á Pelayo , y el reconocimiento
que Ormesinda tema á su libertador , con-
servando la memoria del Príncipe Ramiro,
y considerando á Alfonso como á su her-
mam- Esta palabra de hermano hizo dar un
suspiro, al herido, Sigerico tomó la mano, de
Alfonso, y le dijo; eso es hacer m conoci-
miento bajo buenos auspicios. Alfonso se, pu-
so encarnado, y respondió: Ea amistad de
Sigerico es el mejor auspicia para mí , y
roe lisonjeo que seré bien acogido de mi So-
berano , aunque no pueda presentarle mas
(6o)
que vemos ahora podrán hacer formar, un»
idea , con la diferencia de que en el tiempo de
la dominación de los GodoaJps Africanos, que
conocemos por los Mojos , no habían hecho
mas que tentativas indtilea para invadir
nuestras posesiones; pero la ambición de los
gefes, la inconstancia natural del pneblo
que cree ganar cambiando , fueron suficien,'
tes para despedazar la patria, y atraer su,
mina. Los cortos intervalos de reposo pare-
ciaa al sol de invierno, que no alegra la
vista un momento, sino para hacer sentir
mas la aspereza de la estación. Tales fueron
los reinados de Chiada.svinta y de algunos
otros monarcas,
„Espai1a respird libremente bajo, k da-
minaoion de Wamba , y parecía acordarse
de su antiguo esplendor i pero apenas este
Soberano habla tenido tiempo para ser lla-
mado padre de su pueblo ternainó su car-
rera, y sus nietos sumergieron de nuevo la
monarquía eu toda especie de calamidades.
(6í)
Xa introducción del lujó hizo los mayortís
progresos , y todas las clases se chocaron por
satisfacer la nueva necesidad desconocida de
sus padres. El comercio se convirtió' en trá-
fico , los empleos , las dignidades se com-
praban a precio de oto , y el oro no se ad-
quiría sinO por medios poco dignos. La la-
cha entre los ¡Godos y los Romanos (asi era
como llamaban á los descendientes de los
que formaron laS colonias que Roma triun-
fante envió para repoblar España, casi de-
sierta por las continuas guerras de que fue
el teatro y la víctima) contribuyeron á
multiplicar sus desgracias.
,, Bajo el reinado de Witiza la desmora-
lización general puso el colmo á los males.
Los prelados olvidaban los juramentos pro-
nunciados al pie de los altares, y favore-
cían con su Conducta escandalosa las disolu-
ciones que me avergonzaría de repetir.
,, Dos Príncipes descendientes de la fa-
milia de Chindasvinto eran los únicos que
(60
poseian unas cualidades olvidadas de todo el
resto de los usurpadores; pero mas débiles
para reclamar con éxito la herencia de sus
padres, y demasiado timoratos para com-
prarla con los crímenes de las represalias,
pasaban su vida practicando las virtudes, y
ejerciendo la humanidad en los dominios
que les habian asignado, ocupándose en
sostener la pureza de las costumbres de sus
vasallos , y en alejar de ellos el lujo escesi-
vo , y la estremada miseria , germen fatal de
la corrupción.
„ A pesar de uña conducta tan ajustada
no pudieron evitar las sospechas que se le-
vantaron contra ellos ; y sin examinar sí
eran o no justas , fueron siempre un motivo
de proscripción.
„ El hermano mayor ^ llamado Teodo-
frido, fue arrestado en su mismo palacio,
metido en una estrecha prisión , y privado
de la vista. Su esposa Aurelia advertida
á tiempo., se salvo con Rodrigo su hijo, y
!cn seguida se refugid en la Mauritania Tín-
gitania. Rodrigo no tenia mas que diezailos.
La ternura maternal cegó á esta estimable
princesa, y confió la educación de su hijo
á los individuos de una nación interesada
en corromper las costumbres , y borrar de
su tierno corazón las impresiones que la re-
ligión había hecho nacer con el cuidado de
su buen padre.
,, La princesa Aurelia podria haber pro-
porcionado á su hijo un asilo mas decente
y menos peligroso j pero el riesgo era ur-
gente: y el deseo de salvar la vida de un
hijo querido la decidió sin consultar la con-
ciencia , lisonjeándose de qüe ño separándose
de él podria en todo tiempo formarle á sus
maneras. Pero se engañó j compadezcámosla,
y respetemos sü error.
,, Favila , hermano de Teodofrido , tuvo
una suerte no menos desdichada que su
hermano. Herido en la caza por los satéli-
tes de Witiza fue arrastrado á un encierro
( 64 )
y privado igualmente de la vista; y si na
perdití también la vida, ñie por el ascen-
diente que Su virtuosa esposa habia conser-
vado sobre el a'spero Witiza, y del que ella
misma se admiraba.
„ Apenas fue informada del infortu-
nio de Favila, cuando corrió á presentar-
le al Rey , contra la opinión de sus amigos
que la aconsejaban siguiera el ejemplo de
Aurelia.
„ Introducida á la presencia del Rey se
postra á sus pies ; y después que hubo ce^
sado el primer ímpetu de los sollozos que el
dolor la arrancaba, presentó suS tabletas, en
las que espresaba el deseo de participar la
suerte de Favila : Witiza atónito acusó in-
teriormente á sus agentes de haber dejado la
vida á Favila; pero sin embargo no se atre-
vió -á ordenar que se la quitasen. La peti-
ción de Beniida no fue hecha en secreto,
habiendo escogido el momento en que el Rey
estaba rodeado de las gentes, de su corte.
( 65 )
Witiza temiá que el negar una petición tan
justa no fuese la señal de una rebelión, y
por otra parte nada entraba mas bien en
sus ideas, que asegurarse de una vez de la
persona de dos esposos unidos tan estrecha-
mente; y después de haber consultado los
ojos del intrigante Conde Julián , favorito
sucesivo de muchos Reyes , concedió á Be-
nilda.el favor que pedia, y fue conducida
á la prisión de Favila., en donde ella le
prodigó. los mayores cuidados, y cuando la
deciaii que debia haber seguido el ejemplo
de Aurelia , respondia : Aurelia es madre , sus
-deberes son Siferentes de los mios ; ella de-
be conservar la vida de su hijo, y .yo toda
entera tengo la obligación de cuidar á mi
-esposo ; solo deseo vivir y morir con él. No,
amigos mios, Benilda no irá á ningún país
estrangero á mendigar el pan de la caridad,
ai los socorros que la política concede, y
que retira , según los intereses que .agitan i
los gabinetes. Benilda se esplicaba asi, y
£
TOMO I.
( 66 )
fió saBía qne su seno encerraba un rennefa
del digno Wamba.
,, Unas cuantas semanas vastaron para
revelarla un secreto que en otras circuns*
tancias hubiera hecho su gloria , y que ea
aquel momento redoblaba sus angustias. Rr
este estado resolvió no hablar de ello á su
-esposo , temiendo que lá debilidad de su
-salud no le permitiese soportar uná noticia
-que debia escitarle necesariamente mil ^en*
*
sacíones diferentes. .Antes que lo abultado
•debtalle descubriese á los que la custodiaban
el estado en que se hallaba , tomó todas las
precauciones qne podían evitar el conoci-
mtiento. Prosternada sin cesar delante del
Ser consolador de los mortales, le pedia el
valor necesario , para soportar los males que
au posición la acarrearían. La única muger
qne la habian permitido tener para que la
cuidase estaba puesta por el Conde Julián^
y las otras personas que la rodeaban no eran
mas que unos Argos decididos á ejecutar to*
( 6 ?)
das la» ordenes que' se -Ies (üerin. r - -
„En esta situación ‘lá pobre BeniMa
veia con temor aproximarse el término de
dar al mundo un desgraciado heredero; dé
los infoítunios de sus padres. Una noche qué
estaba mas entregada' á^taa tristes réíkxror
nes, ve abrir las’ puertas de la prisión ^ y
que- eii gefe de sus guardas.se le pre^ntas
este hombre había respetado hasta, eiitouces
la soledad de esta Princesa, qpe se estreffiej
ció' al verle. , - ¡í •
'
j, Señora, no os ínquíeteas , la dijo,''ha*
¿iéadolá una profnitdái reverencia. Uejos de
traerO^ninguna orden-desagradable , vengo á
ofreceros los socorros qne ímerece-da’ virtad
perségtíidá.^ Siendo; festigó ^d© vuestraff penas
y de vuestra resignacion4Jno be podido- se*
insensible. Mi oHigaciori es de guárdaros»
yo la cumpliré exactamente; pero noilaiteo-
gó de sacrificar la inoceotecriatnra que en^
tréiá bien pronto en ef eáiriino áspero -de la
tída. Habiendo nacido vasallo de vuestro
E a
( 68 )
esposo , he resuelto salvar á su hijo. £a Pro.
Tidencia ha hecho que mi hermano Seor*
dato, que jamas ha salido de su aldea, se
halle aqui. Sigiberta ( este era el nombre de
la Camarera que servia á Benilda) excitada
por mí, ha tenido compasión de vuestro e&>
tado que ella habia conocido como yo. üta
muger está encargada de guardar el mas in-
violable secreto ,'s¡n esceptuar á vuestro es-
poso mismo que nada debe saber. Antes de
determiná^me á favoreceros he querido co-
noceros bien j lo he conseguido , jr he pro-
metido á Dios salvar á vuestro hijo j ved
aquí los medios de que me valdré sin que
nadie se comprometa.
„ Benilda miraba á aquel hombre, y so
sabía si debía creerle ; pero la seguridad y
bondad con que hablaba, la convencieroa
de la sinceridad de sus palabras ; y no sin-
tiéndose con fuerzas para responderle, la
mostré un crucifijo que estaba en sü orato-
rio , como certificándole que él pagaría uo
m
(69)
áia beneficio tan estraordinario.
„ ¡ Ah , señora ! la dijo aquel hombre com-
pasivo , si no dependiera mas que de mi,
bien pronto vuestras cadenas y las de vues-
digno esposo estarían rotas. — Amigo
V , le dijo Benilda , permitidme , y os ben-
deciré toda mi vida , que mi esposo conozca
k dicha de ser padre. ¿ Por qué me pedís
lo que la prudencia debe negar ? la respon-
dió afligido. Vos lo sabéis , señora ; el des-
venturado Favila no tiene sobre si mismo
el imperio que vos teñeis ; cualquiera pala-
bra escapada en el delirio de la alegría po-
drá perdemos á todos. Es menester que mi
desgraciado señor no tenga idea de ser padre,
que ignore que lo es ; pues sabed que sin el
cuidado que yo he tenido de ocultar á los
que me acompañan en el ^vicio ciertos mo-
vimientos del ilustre preso ^ tal vez su suer-
te será peor de lo que es ; no destruyáis los
efectos de mi buena voluntad con una con-
fianza que podrá empeorar vuestra situación.
( 76 )
de qaé su crfetura no fuese víctima; te*
niendo motivo de temerlo todo , al ver la
crueldad de sus opresores. Es de presumir
que si Rodrigo no hubiera existido , tal
vez no habrian esperado á que el sexa
de la criatura de Favila les asegurase para
haberla sacrificado á la tranquilidad de
Witiza; pero el cielo que protegía á los
dos esposos , difirió la ^cucion hasta sa-
ber qué era lo que podían temer para efec-
tuar su pérdida. En fin , Ormesinda nació,
y Witiza la hizo llevar á su presencia. Un
movimiento de compasión se despertó en el
sima de aquel tirano al ver á la' inocente
criatura , cuya debilidad exigía la campa-
don : é hizo devolverla á su madre , á la
que permitió criarla , dando las órdenes de
dulcificar el trato y la cautividad de los
ilustres presos.
( 77 )
CAPITULO VI.
„La visita que Peláyo- se babia prdN
puesto bacer al Príncipe de Cantabria se
difirid por los preparativos continuos que
se bacian para el asalto a lo que proporci o»
nd mil ocasiones de eontinuar las converr
saciones entre Alfonso y Sigerico, el cual
en una de ellas volvid á tomar el bilq dé la
historia, y dijo asi:
„En todo este tiempo Pelayo babia
crecido en cuerpo y en buenas cualidades
un carácter dulce , una figura noble , una
viveza agradable , y un corazón excelente,
le bacian el ídolo de sus padres adoptivos,
Silex (nombre verdadero del labrador que
k babia educado ) se apresurd á abrir las
tabletas, en las que no encontré otra cosa,
sino que aquel jdven no era hijo «k su her-
mano, y sí de una noble familia, cuyo ori-
gen se descubrirla tarde d nunca , reco-
mendándole el mayor sigiló , y que no des-
atára las tabletas que seguían la primera
hoja, sino en el caso que su pupilo llegase
i grande, y tuviésé un intereS- •visible en
averiguar su nacimiento.
„ La sorpresa de Sílex ignald á sü des»
contento ai ver ía desconfianza de su ino-
•ribando hermano,, cuyo secreto, respeto sin
embargo, igualmente que su última volun-
tad, y determinó; no . hablar ni aun á su
muger, por temor de no disminuir el afec-
to que está ttnia al que ella creía sobrino.
La oscuridad que reinaba en la esplicaeion
del escrito, y la edad. corta derSeordato
(asi era como llamaban á Pelay o) le deci-
dían á esperar tranquilamente. La comodi-
dad que proporcionó en la casa la lierén-
íáá del hermano, de Siles , dió al joven
Príncipe , igualmente' que á :su verdadero
hijo, l®a medios de recibir una educación
mas cuidadosa y mas instruida á pesar de
la continuación de los trabajos campestres
que rio había dejada nunca. Con todo, por
no esponer el précioso deposito que le ha-
bía confiado, nunca le alejaba de sí. La in-
clinación de Crati]o ( es menester que se-
páis quien es este hombre recomendable
por sus cnalidadra, y. , qué ha sido tan fa-
moso entre nosotros), al qué tenia par
hermano-, ha hecho desarrollar en sa alma
el germen de las virtudes- que- posee , y qiaw
- hacen eí fundamento y el apoyo del .trotío
de Felayo'i que llaman Séordato , hasta ia
^pOca feliz en que BeniMa encuentre un
hijo tan digno de ella.
,,Seordato tenia ya diez y seis anos ,vy
Cratila veinte; el primero sentía en su pe-
cho un ardor y un deseo de gloria que le ha-
cia desagradable la ocupación de la labran-
za, é insípidos los placeres de su estado;
la sola cosa que le agradaba era la caza;
la azagaya, el arco , y la honda eran los
tínicos instrumentos de Sus diver siones,
persiguiendo á los animales dañinos, que de-
vastaban los campos.
'
(8o)
,,Un dia qne como de ordinario se pa-
seaba por nn bosque , oyd los lamentos que
sálian dé entre unos matorrales , y habiendo
inquirido la causa , encontró á un hombre
tendido al lado de un caballo muerto.
Seortfato levantó al desconocido , y vio
que ia cabeza y una pierna ataban muy
maltratadas con muchas y profundas heri-
das. El parage estaba bastante distante de
poblado; pero sin embargo el joven se pro-
puso socorrer á aquel miserable; inmediata-
mente desgarra sus pañuelos , hace vendas,
'restaña la sangre que corría abundantemen-
te, hace una especie de cama con ramas y
-hojas que recoge , le lava con el agua de nn
- arroyo que corría cerca de alli , le hacé, tra-
gar algunas gotas del licor que sü madre
adoptiva le daba cuando iba á caza , y cor-
re , ó mas bien vuela á su casa , para con-
ducir á los criados que debían transportar
á eUa al herido.
Tanto cuidado , tanta actisádad y
(8i)
destreza poco natural en uná edsid fan cer-
cana de la infancia, le adquirieron la gra-
titud de ^^cl d quien habia socorrido tan
oportunamente ; y en el tiempo que exigid
la curación de sus heridas, se formd entre
¿1 j Seordato una amistad íntima , sin em-
bargode la diferencia de ed#d. El descono-
cido creyó pagar una parte de los cuida-
dos que tolffeba por él , enseñándole el ejer-
cicio de las armas , y la equitación ; ocu-
pación que desenvolvía mas y rnas én ca^
-rácter belicoso , y en la que hacia tantos
progresos, que en poco tiempo escediá al
maestro.
,, Cuando Seordato vid qüe su amigo-
iba á separarse de él , manifestó el deseo
que tenia de segairle , viendo qne España
estaba tranquila , y que él iria á Francia á
ganar nuevos laureles bajo las banderas de
Carlos Martel, La vigilancia de Sílex des-
compuso la ejecución de este proyecto por
algún , tiempo j pero no pudo evitarle por
lOMO I, P
(82)
•iempre. Algubas semanas despnes Seordato
desaparecid. Todas las diligencias de Silez
para encontrarle fueron vaaas^ y no du-
dado qne habia tomado el camino de
Francia, hizo partir á Cratilo con drden de
traer á Seordato , y de usar de la fuerza , si
no habia otro^edio. Cratilo partid* hionta*
do en un buen caballo , con el bolsillo bas*
tante provisto -de dinero , y lUno de gozo;
y aunque Seordato tenia dos jornadas de
ventaja, Cratilo le alcanzd en el momento
, que iba á pasar la raya. No bien estuvo á
su lado, cuando se arrojd á sus brazos, y
después de haberle colmado de caricias , le
conjurd volviese á la casa paterna, en don-
de reinaba la desolación por su ausencia.
Seordato se mostrd insensible á las prime-
ras razones de su hermano , el cual le hi-
zo presente la ctílera da su padre,. las lá-
grimas de su madre , y lo espuesto que es-
taba á atraerse la maldición que sigue á la
desobediencia obstinada de los hijos. Al fin
Seordato sin responder nada, se déjd coa-
dncir á la primera aldea, pensando, no
en escaparse de Cratilo , 'sino en convencer-
le á que siguiera su ejemplo.
„Lo primero que hizo Cratilo fue dis-
poner que descansase su hermano , y entre
tanto que dormia proporcionarse un caba-
lleara él
;
y habiendo seguido el consejo
d^u huéspeda, Compré dos armaduras,
para ir bien preparados 'á todos los aconte-
cimientos que podían ocurrir en un cami-
no largo.
, , Guando las fuerzas de Seordato estu-
vieron restablecidas, Cratilo le propuso
ponerse en camino para su casa; pero 1»
respuesta fue negativa. No , hermanó , le
dijo : Seordato no entrará en el techo pa-^
temo, sin haberse señalado en las guerras
contra los Sarracenos , que' ayudados del
traidor Eudes, Soberano de Aquitania,-
acaban de declarar la guerra á Carlos Bíat-
teL ¡Ah! respondió Cratilo, qué mal n»»
F 2
. ( 84 )
6« pagado la hospitalidad el estrangero que
ha: despertado en tu corazón esas ideas :tan
poco convenientes á nuestra condición. No,
ese estrangero no es culpable , dijo Seorda-.
lo ; y si yo no he tomado antes esta deter-
minación que hace tanto tiempo que me-
ocupa sin cesar , ha sido porque- no tenía-
la menor idea del cdmo deberla presentar-
me. En cuanto á nuestra condición , no ft-
Uo que sea un motivo para no hacer uso
del ardor marcial que me devora después
de tanto tiempo. Cuando nuestros antepasa^
dos han conquistado á España y destruido la
Italia, ¿se ha preguntado á cada uno de los
valientes que han contribuido cuál era su
Bacimientq? No , seguramente. Querido
Cratilo, cesa de oponerte con vanas razo-
nes i mira esta armadura j es muy sencillaj
ei casco no tiene penacho ; la rodela ao
tiene divisa j pues bien, este adorno es pa-,
ra* mí el mas precioso, y que no reempla-:
«ara jamas otro ninguno. Con los ojos bri-.
Bánáo iáé impaciencia i y coá un ^eseiuba-
Mízo estraordinario, se viste la armadura,
abraza á sü hermane , y se dispone á dejarlo.
^ . lío-, le dice Cratílo , si falto á la ober
Ciencia de mi padre, la amistad me servirá
:dé escttsa. Yo te sigo Seordato. Tá me has
inspirado , si no el gusto po.t la profesioade
la guerra , el deseo de cumplir contigo una
.©bli^cion natural: y te abandonaré ja-
, sea cual fuese .tü destino. Pero antes
de pasar los montes parece regular reflmdo^
par, bien lo que debemos y- podemos hacer^
íabes que éi Jierido nos ha dicho que las
¿óveñes ..que^ quieran ganar fama ^ iban i
señalarse en las j ustas y torneos que Witir
aa da coa frecuencia; esto será para noso-
tros una, escuela; vamos á Córdoba. — ¿A
Córdoba? ¿y bajo, qué título? ¿'.qué equt-
pago llevamos? K sos presentamos coíno
simples escuderos, nadie querrá lidias, coa
nosotros. Ademas , lo que yo busco, ino son
j,iiegos, son combatea, qye me pongan ea
( 92 )
que :íe prodigo i movido de la amistad y de
los títulos que. sabréis me unen á él,'
- ; „ Ya. hacia cuatro anos que Éudes, Do.
que de Aquitank, devastaba sin utilidad
•un pais » cuyo • defensor le, hizo conocer
mas de una vez su superioridad ; al fin
avergonzado Eudes, vino á reunirse con
í^los, que fue su apoyo ton el tiempo, y
á juntar suS tropas, con las del héroe fran-
cés. Este presenté la batalla al fáinoso Afe.
derramen , que la. acepté sin titubear. Esk
feataíla memorable duré dos dias, en los
que. los Sarracenos fueron-destro^dos com-
pletamente, quedando la Francia y la A-
quuania libres dfef yugo que ellos hablan
creído imponerlas.
; „La fortuna de los dos hermanos pare-
ció deber fijarlos en Francia. Carlos Marte!
les ofrecía honores y empleos, y la parte
de. botín que les babia tocado , hubiera
bastado para, mantenerlos con esplendor.
Gíaíijo 5 que estaba incierto sobre el naci»
(93)
aliento de Seordato, temía un descobrimien-
to mortificante, y deseaba que no volvie-
ra á su patria, y tal vez hubiera verifica-
do su deseo, sin las voces de una guerri
intestina en España, ocasionada ^ot h$
pretensiones del jdven Rodrigo al trono de
Witiza.
„ Habiendo salido de España muy já-
venes aán , habiendo vivido lejos de lí'cor-
te , y tenido una educación oscnVa , nues-
tros guerreros no sabian las mudanzas y los
acontecimientos sobrevenidos en su patria,
ai d% qué lado estaba la justicia. Witiza
habia sido reconocido í como Soberano; éb
reinaba cuando ellos salieron de España.-
Esto bastó para_ que los dos jóvenes cre-
yesen sus derechos bien establecidos , y se
decidieron á ayudarle con todo su poder-
y su fuerza ; y habiendo pedido la licencia
¿Carlos Martel, este se la concedió sabien-t
do el motivo; y quiso al mismo tiempo ins-
truirlos: á fondo de las noticias que la fama»
( 94 )
poblicaba acerca de todo lo' que agitaba á
la España y el África.
„ Después que los Godos , dijo Cárlos,
sujuzgaron á España , y aun cuando sus
gefes al^'uraron el arrianismo para unirse á
la Iglesia Romana , el derecho hereditario
del trono no estaba reconocido generalmenT
te. El afecto que los pueblos conservaron á
tal datal Soberano , d la ambición de algu»
nas familias que pretendieron descender del
famoso Alarico, llamaban al trono á uu
hijo ó pariente , sin consideración al ge'nero
de. parentesco ni á la primogenitqraf y se
han visto muchas veces valientes guerreros
elevarse á la dignidad Real. Bajo de este
punto de vista debe considerarse á Witiza
vuestro ultimo Monarca. Sin entrar en in-*
iprmaciones de si son justas ó no las recon»
venciones que hacen á su memoria , diré
solamente que su muerte ha despertado la
ambición de una multitud de- pretendientes,
entre los cuales se hallan los hijos de Wi-
( 95 )
tiza, Eba y Sisebato, y el hijo de la Prin-
cesa Aurelia, que su madre salvd en el
Africa en el tiempo de la persecución de su
esposo Teodofrido. Rodrigo protegido por el
Conde Julián en perjuicio de los dos her-
manos Eba y Sisebuto, ha ganado sobre
ellos«y sobre los otros concurrentes. Rodri-
go es Rey, pero rodeado de facciones y de
turbulencias que suscitan los descendientes
de Witiza: se dice que estos tienen un
partido coiísiderable , y que habiendo he-
cho lo que Rodrigo en el tiempo de su
desgracia, se han ido á la Mauritania, y
que las provincias enteras se sublevan en
su favor.
„Yo no sé si estas voces están funda-
das sobre la verdad ; pero creo que si el
Conde Julián es fiel á Rodrigo, el falso mo-
narca tendrá muy poco que temer de soS'
competidores actuales.’’
„La narración de Cárlos Martel que
acabé aqui , inspiré en los' dos jévenes guer-
(96)
jetos el deséó^ de yol ver á España
y
coa
fel proyecto de no descubrir ni su patria ni
íu nacimiento partieron inmediatamente, w
, . „ Antes de tocar el suelo pátrio , encona*
traron á varios viageros que les informaron
que las turbulencias de España estaban
apaciguadas ; que Rodrigo se afirmaba» cada
<lia mas én él trono j que habiendo hecho
íalir de la prisión á la Princesa Benilda y
:£a hija Ormesínda no estaban sin esperanza
•de ver calmarse enteramente las disensiones
«on el casamiento de esta última con el
Príncipe Eba. Teodofrido no existía ya. Deí-
fian que la corte del nuevo monarca era el
centro de los placeres , y que los esírangeros
eran perfectamente recibidos cuando mere-
pian ser distinguidos. Contaban que Egilo-
na acababa de llegar, y que vivia muy reti-
rada , sin impedir por tanto á las damas de
su servidumbre el asistir á las diversiones de
la corte que eran muy. variadas por la mez-
cla de los Godos y ios Moros. Estos discursos
( 9 ?)
no interésabair masque á Séordató; Gratiío
no suspiraba sino por el retiro y los comba-
tes. Sin embargo acostumbrado á ceder sin
decirlo á la voluntad de su hermano , con-
sintid en acompañarle á Córdoba, contentán-
dose con manifestarle solamente que des-
pués de una ausencia y un silencio tan lar-
go, parecía conveniente pensar en sus pa-
dres: añadiendo á media voz; ¿Qué ventaja
sacaremos de ver una Corte brillante en
donde estaremos desconocidos , y en donde
deberemos estarlo si no fuera asi? ¿qué pa-
pel harían dos hijos de un labrador entre
tantos guerreros orgullosos con su nombre
y sus proezas?
„ Estos hijos de labrador , respondió'
Seordato , son caballeros también como los
Otros. La generosidad de Carlos nos da los
medios de presentarnos con tanto decoro co-
mo otros muchos de la corte de Rodrigo.
Esto es todo lo que necesitames._ Y si nues-
tra magnificencia atrae la curiosidad, ¿qué
G
TOMO I.
( 98 )
respoaderemos ? ¿negaremos nuestros pa-
dres y nuestra patria?
„No , querido Cratilo, tan lejos estoy
yo como tií de esa cobardía ; pero bien poT
demos guardar nuestro, secreto. Los cuatro
años que hemos pasado en Francia nos han
familiarizado con el dialecto del pais y sus
costumbres; se nos creerá franceses, y la po-
ca afinidad que existe entre estas dos na-
ciones nos pondrá fuera del caso de ser des-
cubiertos. Yo no puedo menos de pensar
que en la Corte me espera la fortuna y la
gloria ; pero tus observaciones son tan jus-
tas , que yo consiento eg.. prevenir tocíó lo
que puede esponernos á una averiguación
desagradable.
,,Ea seguida de esta conversación se
decidió que despedirían á los criados ; que
un esclavo Sarraceno que había tocado 4
Seordato en la repartición de la batalla con-
tra Abdérranien , y cuya fidelidad estaba
probada en varias ocasiones , sería enviad»
(99)
i la Sierra con uná^rta, y varios y ricos
presentes ; y que á su suelta sería enA4aclo
á Francia á nn amigo de Seordato que le re-
tendría consigo hasta nueva orden.
Convenidos en estas dispqiiicioneB , nO
quisó' Seordato retard.ar por mas tiempo el
descahrír enteramente todos sus pensamien-
tos -á so querido Cratilo. Hermano mió ^ le
dijo, jamas las manos que han manejado la
espada, tocarán elkrada ni la podadera; yo'
honro y respeto u-3’ arte que por sa uti-
lidad ennoblece al qne. lo. profesa ; pero que
es contrarió á .mi inclinación. Amo- y vene-
ro á nuestros buenos ^padres , ellos s^KnclQs
dueños de mis bienes ,' y si los acoeied-
mientas imprevistos me obligasen Ai voitret
bajo el techo paterno, isíenJ^ A 'su Jado,
tratare de serles útil, participando sOs ino-»
centes- placeres; pero te lo repito j la Corte
de Rodrigo tiene grande atractivo para^mí;
y el que tenia Francia en otro tiempo íio és
nada en comparación ; ¿quidn sabe si esta
Q a
(lOO)
paz de que tanto hablan durará mochot
tiempo? Si la guerra sobreviene, como es
natura), en ella podremos distinguimos.
Los riesgos que se corren y la sangre que
se vier^ otros -tantos grados para subir
á la gloria. — Pero ¿y nuestros nombres?
—lío serán mas coínunes^ en España que
en Francia j lo que debemos hacer es ilus*
trarlos.
„ Determinados asi los dos guerreros,
tomaron el camino de Tortosa , despidieron
á los criados , é hicieron partir al fiel Hai>
sam, que ejecutd perfectamente las tírdenes
que; le habian dado. El anciano Siles y su
bnenn esposa quedaron ato'nitos al ver la
magnificencia de los regalos. Penetrados de
reconocimiento hacia sus hijos , Hicieron mil
preguntas al esclavo para saber el pueblo
de su residencia, y cuales eran sus ocupa-
ciones y sus proyectos. El astuta Harsam
eludid sagazmente las preguntas ; volvió é
Tortosa cargado de bendiciones de parte de
(lOl)
los padres par* sas h^s , con eécatgo par-
tícnlar á Seordatp de ir á verlos asi que
«is ocupaciones se lo, permitieran , porque
tenían que hacerle’ ciertas espHcaciones
que influirian sin duda en su suertCi
.,No habiendo recibido carta de Süex,
Seordato pensó que sería solamente para
aUaerle á si lo que le decian, 7 se guardó
de dar parte á Cratilp del recado particular
que, le habia traida Harsam , el enal pocos
dmi después fiie enviado con una comisión
para el mediodía ifel'ranciá.
t ,^Lnego-que seí vieron Mbres de los tes-
tigos de su vida pasada » pusieron orden en
todos sus negocios y. se encaminaron á Cór-
doba, determinados á presentarse a Rodng»
como dos caballeros franc^es á quiénes la
ociosidad.*! la paz de su patria habia ins-
pirado el deseo de visitar el delicioso pais
& Espada.
- , „ Su sorpresa fue extraordinaria cuando
en, lugar de la paa do que toda el muBdp
{io8)
Eba continnaba en fingir adhesión
á Sácat, j en nada se apartaba de sos con-
sejos; pero hacia cnanto podía por alejar
de sí á los dos; estrangeros, con el pretesto
de darles el; mando de las tropas que aca-
baban de levantarse. Sácat conocid bien la
estratagema , pero no podía chocar negá».
dose ni con Eba ni con los estraqgeros, y
tal vez con el ejército entero^ abriéndolo
los ojos sobre miras de sus- grfe® 5 pero
Seordato los saed de la incettídnmbre icón
solo el motivo de» Su modestia. . ; ?-
í „ Sedor ; dijo este , éstrabgero domo soy
en este país, vengo naas bien á estndiar ^
arte de tpanáar qne á ejercerle; y iolo obe-
deciendo y ohservamlo podré' imitar los
talentos guerreros . qne os distinguen á vos
y al digno Sácac. Mi hermano ate ama de-
masiado para separarse de iní ; el uno y eí
otro esperaremos haber merecido vuestras
bondades para admitirlas. Eba recibid su
disculpa í y dio la batalla , en la qae los dos
(109)
bermanos hicieron prodigios,- sin alejarse d«
Sácar, al que salvd una segunda vez núes-
tío Seordato. El ejército Real vencid. Los
seis mil Moros fueron derrotados y perse-
guidos hasta sus bajeles , en donde se arro-
jaron en el mayor desorden. Yá sabréis,
continud Sigerico , el por que perdieron lí
batalla los enemigos : las desavenencias en-»
tre Ips gefes de los traidores y sus auxilia^
dores fueron el principal motivo.
„ En la obstinada defensa de Sácar ro-
deado de enenoigos mas particularmente que
otro ninguno , nuestros héroes fueron herí»
dos, y en el momento que llegado á la
tienda Sácar , se apresuraba este á dar á sus
defensores los socorros necesarios , Seordato
debUitado por la falta ds sangre' que ha-
bia corrido de las heridas, cayó sin cono-
cimiento en los brazos de su hermano Cra-
tilo.
„ Sacar estaba inconsolable , y esclamó;
¿será posible que por conservar una vida
(lio)
casi apagada con los años, perezca tin hé-
roe en la flor de su vida? La gloria de Es-
paña va á acabar, si sus defensores sucum-
ien á los golpes dé un acero impío.
,, La inquietud de Sacar se modero coq
el informe de los cirujanos que asegura-
ron que las heridas del uno y del otro no
eran mortales, y que el principal remedio
sería una perfecta tranquilidad. Sáq^r se
encargo' él mismo de procqra'rsela , y dejé á
Eba ir a Córdoba , y ensalzar sus proezas,
contentándose con no desmentirlas , y dán-
dole cuenta de todo lo ocurrido antes y des?
pues de la batalla.
,, Satisfecho Rodrigo de aquella jornada,
hizo licenciar las tropas , y por una precau-
ción necesaria ordenó á Sacar se retirara á
su gobierno para mantener el orden que
su estancia en la Corte podía alterar , y
contuviese á los que volvían á sus hogares,
después de estar acostumbrados á la licen-
cia militar j y le manifestó el deseo de co*
(lll)
Docer á las personas qne por dos yeces le
habían salvado la vida.
„ Sacar obedeció, y no quiso precipi-
tar su marcha por no dejar espuesíos , ó
separarse de sus dos amigos, como el lla-
maba, á nuestros héroes.
„ La capital de la provincia donde
mandaba Sacar era Mérida. Algún tiempo
después de su lleuda á élla , viendo que
Seordato estaba perfectamente convalecido,
le dijo ; Yo me lisonjeaba con la promesa
del Rey de venir aqui j pero ya veo que
los qne tienen Ínteres en retenerle en su
Corte han doblado eL cerco de los placeres
con que lo rodean , y que él no quiere , tí
no puede^.salvar. Yo me dispongo á mar-»
char inmediatamente para Toledo , y cuen-
to que me acompauareis. El deseo que ten-^
go de cumplir ciertas obligaciones persona-?
les hácia vos es esíremado. El cielo me ha
rehusado! un hijo. Seordato , ¿ será ofenderos
el proponeros que lo séais? Para esplicarme
mas ámpliamente, necesito vuestra franque-
za-; entonces señalará mi gratitud dei modo
que convenga. No puedo ocultaros que he
sondeado á vuestro hermano sobre vuestra
patria y vuestro nacimiento. Su carácter
franco me ha hecho esperar una respuesta
capaz de fijar mis ideas.- Esta respuesta no
ha sido la que yo esperaba. Cratilo se tur-
bó, y dijo unas palabAs que no pude en-
tender. ¿Qué debo pensar. de esto? ¿Os
ame un lazo mas estrecho que el de la
amistad ? Sin embargo , no se halla enfre
vosotros dos mas semejanza que en el va-
lor. Cratilo es mi hermano ciertamente,
tespondió Seordato , que tenia preparada su
respuesta ; y lo que él ha tenido^ por con-
veniente callar, no será revelado por mí. Si
para merecer vuestras bondades es menes-
ter declarar quienes somos, desde ahora re-
nunciamos á ellas , y nos contentaremos con
haber merecido vuestra estimacionl
„ Yo veo bien , repuso tristemente Sá- i
jar, qae atribuís mi solicitad á una simplé
curiosidad bastante indiscreta ; pero sé que
Ja Francia ha sido destrozada por mil agi-
taciones , 7 tal*Tez víctimas de laa circuns-
tancias....
„ Deteneos , señor , interrn tupid Seorda
^
to vivamente: no Uevris tan adelante -un
pensamiento que ños honraria sino fuera el
fruto de una preocupación. Olvidad que yo,
haya rehusado.... Yo voy.... Seordato callé»
y sn silencio fue bastante largo para haber
dado tiempo á Sácar de presumir que le ha-
^a mortificado lí ofendido. Esta conversa-
ción habla pasado en el vasto jardin del
Palacio de Mérida , y el jtíven guerrero se
dirigid á una calle de naranjos , adonde to-
mando respetuosamente la mano del gene-
roso anciano , parecía que le convidaba á
aeguirie. ;:r:T'
„ Guando hubierOñ llegado á un sitio
retirado, se' sentaron- en un banco de ces-
. ped » yipOE un fl^OVimiento irresistible Seor-
H
lOílO I.
(fM)
dáto. ser -espreS© d© gst» manesra.
„Vo 7 á d^cjararos 1©: que la íprtaBa
mas Bisonjera , ni aan en .ej. esplendor, det
tcuno ño me faabrian obligaífQ.á decir: Cra-i
tilo obrarla como yo en las mismas cireuos-í
í^eias', y no teiiio'cppeíeae mi cotídoicta.
Os,! repito que (Cratilo es mi. hermano ; pero
ño somos ,ni;franceses;ñí de noble estrapcion:;
y aprovechándose dé ia ,®>rpresa-; dejíSáeari;
d^:miaí .era la profesión de Sílex
y
ebjjKH
do ñoñ qoé hafeiitt; dejado! él techo pateisml,-
eL.étárodp qner habian goáádo ea.íFEanfciá:
taafo ep la ifiorte como ea el ejercito, y en
fiptiodft ei^nta Jes bahía sñaedido. Seordato
bahj§cé¡'podido.haIjbr. masñdh sin set inr
terrumpido, porque Sácar! estaba . sumer-
gid© en nua admiraeioniJuesplicable. £oc
JÍItitftoF.sobréponiéudpseLúrSí, mismo fedip:.
¿ Os acordáis que al principio de está. .OQ|te
yersacion os_ ’ he 'prepuesto.; set ,.nai ..-bbo ?
_ Sí , señor , y lo que . en ijtm cago, bühifeñk
hépbo mi gloria , desd.e bc^i seráf-mi pesa- ,
(” 5 ')
dumbré. _ Escuchadme Id que voj" á deci-
ros, La áficioñ que yu profeso á Seordato,
icios de apagarse con el conocimiento de lo
que es, aumenta mi porisideracion y se forti-
fica con la reflexión. Me había propuesto
daros pbr esposa la única bi_p que el: cielo
me ha concedido , dejando á mi Teodelinda
un protector tal cual no lo hubiera encon-
trado eñ la corte dé- Rodrigo..., Pues bien,
mí plan no ha cambiado. Seordato honrado
en la corté de Cárlos Martel , y mi defen-
sor en España í sin otra mira que su genero-
sidad , será* mi hijo si me asegura que su
Gorazon está libre.
,, Lo está , señor , Je fespondiú- doblando
una rodilla delante: de Sácar; mi voluntad
-es la vuestra, pero es menester combatir' q-
•tras dificultades,'»- Esplicaos , y que el escé-
•so dé vuestra moderación no quiera 'enga^
fiar mis" esperanzas, ¿ Podrá él hijo de un
-humilde y rústico labrador aliarse- con fa
sangre del ilustre Sácar ? ¿ Podrá disimiilar
H 2
Üasta tal punto é la que será sú espusá?
«1 noble Sácar’se 'hamillará á fingir no sola-
mente con su Soberano, sino con su propia
hija? ¿¥ no temerá que algún dia caiga; el
yelo que cubre un secreto que cuando se
descubra será ruboroso ! para todos ? Estás
son, señor, mis reflexiones, que las creo
bastante justas. ^ Yo debo juzgarlas. Escu?-
cbadme feordato: no doy mi hija á un ple-
beyo obscuro; ofrezco uní alianza á un há-
xoe qué junta, él valor guerrero á las virtudes
-que; honran la Eúmanidad, y que^sn fratft'
ca modestia lejos- de; ocultar su origen^ ha
declarado hasta las mas .pequeñas acciones
de su infancia. Si nb iiubiérais estado .lejos
de vuestra patria y tan ocupado en tareas
-penosas, sabríais que los Ghindasviníos;^ los
Varabas y el mismo grande Alarico., -no po-
dían presentar otro or%en mas. brillante que
el vuestro. Ef tiempo que cubre con'un vA-
.loíéspeso todas las estracciones , acordará- él
mismo favor á la vuestra. Sí, los héroes que
89ja8gar6n:árEápaoaí (jue hoiíiillaron -el or-
gullo: ^ los César^v, .y .de su soberbia eia->
dad ,.uo nacieron eü uiia cuna mas ilustre. El
valor funda los imperios , la virtud los con-
solida, y solos los vicioís.los destruyen. lío
eretó-que qui§jo engallar á mi hija ni ar^.
janearla una sumisioii servil. Yo os presen-.
taré:el uno al otro, qadaré tiempo para co-
noceros y apreciaros,^ si veo que: una. sim-
patía agradable une vuestros corazones , .ha,
cién'lolqs palpitar como lo hacia el ¡mió en
mi juyentnd, Teodelinda sabrá solo nuestros
proyectos ; mañana pm.tiremos para Toledo.
Diciendo esto se retiró sin esperar respuesta,
,, i ,,:Cratilo los habia visto, sentarse , y su
primer movimiento .fue. ir á juntarse con
ellos; pero vieudo que hablaban do. uu
modo bastante animado , lo tuvo por im-
prudencia, y ‘se estuvo paseando, dándoles
tiempo para acabar:!? conversadou^ pero
observando que Sácar se iba solo , y que
Seordato quedaba en una aptitud de m-
(X24)
giá. ¥d veo , dijo á su amigo , ^oé vóestoí
itíquietud sé mañifiésta con las miradas que
éohais á esa puerta j tranquilizaos^: Si^rico
e§tá á mi lado;^ su esposa y mi hermaií
están en lugar seguro Cerca de Sácarv' tas
rocas escarpadas quceiáen las Asturias sou
linas murallas que el enemigo no sé -atieye
á- escalar ¡ OjaM que mi Ervi^a hubrerá es-
cogido este retíro-i... _ Señor , ¿ será posülei
dijo Cratilo , que la Princesa lio esté áquL?
Sabiendo que vuestra ilustré hermana hat
bia venido á reunirse coa'vos ,• yo creí que
no hubiera venMb sola, y: peusába que
una ausencia momentánea, <í los- 'temores
de una pasión oviolenta os baciaa hablar.
'.L-Una- separacfó» voluntaria me -afligiria;
pero me siento con ánimo parasu^ibii^
todo lo qué' la- netcsidad hk- hubrése -im-
puesto j mas no' es nii^uno -deicsés .moti'^
vos el que causa mi peda. Cretiio, yo piet-.
do el juicio acunas veces , y necesito acor-
darme de mis obligaciones para no perecer;
dada míos momentos, semejantes de dé-
Hrio me han impedido esplicarme con clár-
ridad, y prevenir tus cuestiones. — Yo eo-
aozco, Hfiox, que Tuesta imaginación exal-
tada os fóriiia una desgracia que no existe.
La Reina I^ilóna con quien estábamos por
co antes de la catástrofe que ha privado á
España de^su mas bello ornamento , pareda
muy poco, inquieta acerca de Ervigia , y vop
sabéis cuanto la amaba. _¿Quá queréis de-
eir de la Reina Egilona ? Que no existe,
señor. Es cierto , dijo entonces Rainfroy , y
iu noble cabeza ha caido. en la plaza mis-
ma en que Rodrigo, rodeado de sus lisonje-
ros cortesanos, multiplicaba las fiestas de
-todas especies.
„ Veo , dijo Pelayo suspirando , que mi
retirada en las montañas de Asturias me ha
separado del mundo entero. Estoy arrepen-
tido de haber anundado para hoy mi visi-
l^ta al Príndpé de Cantabria, y hubiera pre-
-fecidó pasar el dia oyendo lo que Cratilo, y
(roó)
vos teiíeís qne contar. La snerte de'k des*
dichada Egilona me enternece tanto mas,
cnanto yo era el objeto de sus bondades
-aun en el tiempo en que un Velo álpeso en»
cubría mi nacimiento. Al reunir los valien-
tes guerreros que el acero dé los enemigos
'no había atín destruido , contaba librar de
las vergonzosas cadenas á aquella aügüstá
prisionera ; pero el Todopoderoso no lo ha
permitido: es menester conformarse,' Parta-'
mos , amigos , y en otro momeritó volvere-
mos á hablar de esto.
„ Él escudero Félix , qne habiá estado
siempre presente, ovo el anuncio de la visi-
, ta del Rey y de su hermana , y á no estar
Alfonso y Sigerico tan distraídos con Ja con-
versacion , nO hubieran dejádo de percibir
da impresión que hizo en él esta noticia-
-Cuando Sigerico salid del cuarto, Alfonso
quiso vestirse de un modo conveniente pa-
ra recibir al Rey, y llamó á su escuden^
.para que le ayudase : Félix trémulo y cc®
(Í2f)
VOZ mal íegoía, alegó lá io^tilidad y aun
• ^ p.eligrp.óe sópatar íasrTE^fls que snietaí-,
J)ap los i^bfizilee que aúprdefeian reitováMe
lodos l^ídil^.- .
„La conmoción que se o^advierte, dijo,
al nombre solo de la princesa Ornaesinda,
no! pnede menos de aumentarse .al verla.
¿Quién E^e si esta, conmoción : volverá, .á'
abrir fes-betidasJ Este accidente que se
puede; temer mucho, ía presentaría un es-
pectáculo, que 05 pxÍTaria infafiblemente de
su vísta. Qnedeps como estáis: la compos-
tura es supér^ua ep esta Ocasión. Alfonso
insistió. F 4 ix re^stió se negó á prestar
so ayuda, y en el tiempo que duró esté
debate, un rnidp general que sé oyó en la
ea^ les anunció la, llegada del .Rey. . •
. „ Félix <lijo Alfonso, tu obstinación
^ me. desagrada^; y s.i n.e;. tuviera considera.-,
eion á te jesv.icios.que.mé. has-hecho, es-^
te mAnento* ísowa el, dé taifcestra. separación.
Félix no respOudMiíyi Sé «copó en arreglar
(t*8)
d (marto, ^niendó y quitando alternativa*
mente las sillas y las almohadas que servían |
para recostarse su amo , y esta ocupación
no cesd hasta que vio entrar al Rey y sa
séquito. .
CAPITULO X.
„AI ver entrar al Rey, Alfonso soste-
nido de Félix se levantó del sofá en que es-
taba ; pero Pelayo adelantándose á él pron-
tamente , le obligó á colocarse en la misma
posición en qué estaba antes , diciéndole : No
son mas que amigos los que vienen á de-
volver lo que deben á su bienhechor , y I
que no permitirán jamas* que ^ la etiqu.eta !
impida los movimientos del corazon. Quie-
to, Príncipe: yo no deseo mas qub ver el
dia en que pueda pagar vuestra generosidad.
Totdhndo la mano de Ormesiada , que con-
ducía Cratilo , continuó: Esta Princesa que H
habéis librado de una nueva cautividad, y ,
sin duda también del mayor ültrage , ño ha
querido esperar á veros curado enteramen-
( 129 )
te para juraros unaT amistad fraternal; reci-
bidla', amado Alfoi^ , como si los nudos
qne deben unirla al desgraciado Ramiro se
hubieran realizado.
„ Dichosamente para Alfonso , la efu-
sión del afecto de Pelayo le dejd el tiempo"
de sobreponerse , y aún de que Ormesiada,
ocupada en darle las mas afectuosas gracias,
no reparase en su conmoción; y las mal
articuladas palabras que profirid pasaron
por efecto de su debilidad. En fin , hacien-
do un violento esfuerzo, manifestd el pla-
cer que le causaba un honor tan inespera-
do. Pelayo le presentd á Cratilo y Rainfroy:
dos amigos , añadió , que con eAiempo lo
serán vuestros también; para acelerar esta
amistad entre vos y ellos , quiero que esteis
presente á la relación qué deben hacerme
de varios acontecimientos que yo ignoro;
pero haliieodo contenido mi curiosidad has-
ta este momento , la contendrá toda^ ha^ta
que se me asegure de que ésta narración -nó
1
TOMO I,
perjudicará • 6n nada á- vuestra salud.
,, Seiíor , respond^. Alfonso , el honor
que me resulta es tan grande , que 1? satis*
facción que ms causa apresurará mi resta*
blecimiento, tanto, mas, cuanto que yo no
siento sino la debilidad natural qüe oca*
siona un largo sufrimiento : asi nada, puede
alterar el placer que me prometo al escu-
char una relación que tanto deseáis. Esta
narración será dolorosa , dijo Pelayo , y es-
tará en armonía con el sentimiento que
me domina, y del que yo os informare en
otro momento. Querido Rainfroy , continuo,
satisfaced el deseo de este Príncipe , el de mi
hermana j^l mió. No os olvidéis de infor-
marme por qué acontecimiento estáis en este
pais , cuando yo os creía tranquilo en vues-
tros hogares, gozando, de la delicia- de amar
y seramado^ creo, añadid mirando á Cra-
tilo, que el defensor de Carmena me agra-
decerá que yo le envie cerca de su querido,
Sig*erico. No es menester que oiga todo lo
• (Í30
maloique querrán decir de ál. Cratiló %e - in-
clinó , 7 salió del cuarto.
delación de R.ainfr(yf.
„Las dalzuras de una dichosa unión*
y la consideración de que yo gozaba en la
Gaíla Narbonense, no hablan podido ha-
cerme olvidar lo que debía al generoso Cra-
tilo. Sin él hubiera estado privado de una
esposa adorada : y aiín en los brazos de esta
echaba de menos al amigo* al bienhechor
qui me la habla conservado * y que no es-
peraba ver mas. Clovisa participaba mi te-
D*)r, y solo en un punto no estábamos con-
formes. Yo no podía comprender pór que
Seordato no se habia descubierto 4. mí so-
bre el nombre de su patria * ni el motivo
que le habia obligado- á dejar tan precipi-
tadamente un pais, en donde era mfrado
con tanta estimación. Esta reserva hería mi
^afecto , y yo" mismo me reprendía de haber-
I 3
la snfrido tanto tiempo, sin esforzawae i
destruirla. Clovisa , mas delicada que yo,
aprobaba mi prudencia , y su dulzura tra-
taba de calmar mi resentimiento, cuando
Harsam se me presentó. Un grito de gozo se
me escapó al verle , no creyéndole solo 5 pe-
ro la respuesta que dió á mis preguntas me
desengañaron. Sin embargo la confianza que
Seordato me manifestaba, depositando en
mi casa aquel hombre, me convenció de
que no me habia olvidado enteramente. Ha^
bíais prometido, llamarle ,• y ordenado que
estuviese en mi casa basta aquella diclfcsa
ópocá-; esto me hacia esperar veros algún
dia. Harsam fue recibido por mí como nfta
prenda de la amistad qne me habíais ofre-
cido , y asi DO quise hacerle la menor pre-
gunta que pudiera embarazarle. Los ricos
dones que presentó á mi Clovisa de vues-
tra parte, me persuadieron que mi noble
bienhechor era superior á todo lo que que-
na parecer» «
(* 33 )
„CIo'VÍsa acababa de darme la segunda
prenda de su terneza: y este hijo querido
se llaiaa Seordate , no podiendo hacer me-
jores votos por el que desear que el cielo le
concediese una parte de vuestras virtudes y
calidades.... Vuestras miradas, señor, me
dicen que debo suprimir lo que un cora-
zón ardiendo de admiración quisiera espli-
car. Yo os obedeceré.
„Un negocio importante me llevó al
lado de Carlos Martel. Toda la Corte de
Francia resonaba con las turbulelfcias de
España. Carlos me habló de ellas ; todo lo
dicho, añadió, no es lo mas admirable}
uno de los guerreros que la fortuna me en-
vió para defender la Francia contra los
enemigos de nuestra religión , acaba de
ser reconocido por pariente muy cercano
del Rey Rodrigo. Se dicen mib cosas es-
traordinarias con este motivo, y yo trato
de averiguarlas. Sí este g-uerrero es Seorda-*
to, y tiene necesidad de nqjs tropas y de
» (236)
ona catástrofe deplorable. Si . el Príncipe
Alfonso , quiere acceder á lós convenios sus-
critos por su hermano; sL desea que la
caima , y la resignación reemplacen nues-
tro justo dolor , es menester que espere
unos tiempos mas prósperos. Los cipreces
no deben entretejer sus lúgubres ramages
con las rosas nupciales , que se marchi-
tarían con las lágrimas.”
„ Alfonso suspiro , 7 no se atreviú á re-
sistir á una resolución tan razonable; 7
por su parte tomú la de merecer por sus
servicios 7 por su valor, la mano de la
que tanto amaba.”
FIS DEL TOMO PRIMERO.
litll
iÜ
TRADUCIDA AX ESMNOU
'’ec'ta.ó
fbMo'iS.
CON P
PELAYO,
RESTAURADOR DE LA MONARQUIA ESPAÑOLA,
ITA ENXrRANCES
ROME,
X.O teuhx/ íe
yS-sá’j
7
( 8 )
cuerpo de ejército , del cual no podían dis-
tinguir ni las armas ni el número: si se de-
be juzgar por el ruido, dijo el soldado que
dm el aviso, parece que es mucha la gente
que viene.
„E1 miedo aumenta los objetos, dijo
Cratilo : este hombre debe quedarse aquí,
para que no comunique á sus camaradas el
que le posee.
„ Amigos, dijo Pelayo , es menester |>re-
pararnos á combatir hasta el postrer alien-
to del último de nosotros. perecemos,
que no sea sin haber adquirido la palma
de la gloria. *
„ Mientras que Pelá^o dio las drdenes,
y que seii^aba el puesto que cada uno de-
bía ocupar í Cratilo , st^uido de algunos
escuadrones, fue á reconocer al enemigo,
con las órdenes ; precisas de no empeñarse
en ninguna acción ni aun cuando fuera ata- ‘
cado. Debemos , le dijó Pelayo , reunimos to-
dos y presentar al enemigo una masade hom-
I
1
( 9 )
tres que le imponga : y que le haga» creer
que podemos hacer una fuerte oposición.
„No tua^ieronique esperar mucho tiem-
po. Cratilo volvió acompañado de un an-
ciano que l^iéndose inclinado profunda-
mente delante del Rey , se esplicd asi
.
„Señor, la qobleza de Navarra me ha
encargado anunciaros, que no queriendo
reconocer mas largo tiempo por su Sobera-
no á un liombre que ha elevado á tan alto
honor, y que ha violado sus derechos, de-
sea ponerse btíj'o ^.estra obediencia. Cinco
guerreros conocidos por su valor, seguidos
de los hombres de sus posesiones , están
prontos á reconoceros por Rey y abriros
las puertas,' lo que os pondrá en e'stado de
defenderos contra la multitud innumerable
de Moros que se arman contra vos. Yo....
Conocéis bien, dijo Pelayo interrum-
júándote, la justicia de esa insurrección?
¿Conocen la poquedad de mis fuerzas los
que os envían
piéramos perecer bajo vuestras banderas,
lo preferiríanios á sufrir el yugo que quie-
ren imponernos. No ha sido la necesidad la
que nos ha hecho escoger entro nuestros
iguales uno .que nos protegie^l^ara asegu-
rar la tranquilidad de los Navarros. ¿Y
que ha hecho el nuevo Rey de Navarra para
haber perdido el amor de sus vasallos ? Sa-
bed que si la bondad de mi causa , y la ge-
nerosidad de vuestro Soberano le hubieran
llevado á ofrecerme . los socorros que me
anunciáis, los admitiri^con, la mayor gra-
titud; pero á cualquiera estremidad á que
me vea reducido, rehusó positivamente la
alianza y el homenage de un pueblo que
no debd ofrecer ni 1» uno ni lo otro. An-
ciano : Pelayo no protegerá jamas una rebe-
lión que sus principios condenan , no es-
tando seguro de la justicia que os asiste.
Volveos á vuestro hogar, llevaos á los que
os han acompañado , y decid á los que os
envian, que los que defienden Espcma con
(ix)
tanta lealtad , no pueden conceder su con-
fianza á los que faltan y hacen traición á
sus juramentos.
„ Señor, repuso el anciano, al venir á
ofreceros nuestros brazo*!^ y nuestros cora-
zones , esperábamos muy -bien encontrar la
severidad de vuestra delicadeza; asi yo no
pido sino el permiso de esplicarme libre-
mente sobre los motivos de nuestra deliber
ración. _ Hablad , replicd Pel^o.
„La inundación de los Moros atraid^
sobre España por los yerros de Rodrigo , y
los traidores que honraba con su configfnza,
nos hizo tenqer la servidumbre general , y
nos reunimos para evitarla. Mirando al re-
- dedor de nosotros , buscarnos una persona
que quisies» y pudiese protegernos. Igno-
rando la existencia del descendiente de
nuestros antiguos Reyes , resolvimos inves-
tir con la dignidad suprenja á Juan Garcia,
que acepto, jurando solemnemente velar sor
bre nuestra seguridad, nuestra prosperidad,
*
( 12 )
y nuestros intereses. Por nuestra parte le
ofrecimos toda obediencia , y pusimos bajó*
su guardia tutelar nuestras ciudades y núes-
tros tesoros , y consentimos que nuestros
hijos aprendiesen ^ arte de la guerra.
„ Todo file bien por algún tiempo : pe-
ro de repente Garcia , creyendo á los adu-
ladores que le rodeaban , desdeño el titulo
de Rey de Navarra , y adoptd el de Rey
de Sobradisa.Ya sabéis, señor, que este si-
tio inculto y apenas habitado, se podia lla-
mar salvage.
„ Sorprendidos con esta infracción del
pacto convenido, consentido y jurado, he-
mos hecho mil representaciones sumisas al
. \
principio , y enérgicas en seguida. Las unas
y las otras no nos han atraido mas que ame-
nazas y vejaciones. Desde entonces nues-
tros bienes , nuestra libertad , nuestras fa-
milias, nuestra vida misma está á la dis-
posición de una reunión de cortesanos que
gozan impunemente de nuestras riquezas,
#
(n)
se sonríen con nuestras lágrimas , y cuen-
tan con placer los suspiros que nos arranca
la desesperación y la pena. Se dice también
que Garcia , después de haber empobrecido
la Navarra, tiene el abominable proyecto
de venderla á los Moros. Yo no me atrevo
á afirmarlo; pero le cierto es que estas
voces han causado una impresión en mis
conciudadanos., que ha costado el ^ayor
trabajo impedir que no cayesen sobre Pam-
plona de una manera hostil.
„ Habiendo sabido por entonces que Es-
paña tenia un protector natural , que este
héroe hacía prodigios contra los Moros , y
que su justicia , como las cífcs cualidades
que le adornan , le hacen tan digno de man.
dar, he propuesto en la asamblea venir i
ofrecerle nuestras vidas y naestras hacien-
das. Seamos mil veces vasallos del Rey de
las Asturias , y no lo seamos jamas del Rey
de Sair adisa. • _
-
.„Pelayo ifabia prestado, la mayor ateo-
(m)
cion á la relación del anciano. Los socorros
que le ofrecía eran interesantes en aquel
momento , y podrían aumentarse con el
tiempo ; y quiso leer en los ojos de los que
le rodeaban la opinión que tenían en el
particular , lo que no fne difícil. Solo Cra-
tilo se mantuvo impasible y como estran-
gero á todo lo que se trataba. Pelayo guar-
do silgnciO por algunos segundos , y al fía
dijo asi
:
„ Navarro, haced que se acerquen Io$
principales gefes qué os acompañan , y de
Jos cuales sois órgano. Yo quiero esplicar
mis intenciones en su presencia. Cratilo
acompañó aviejo , y un instante después
-se presentaron los gefes llamados.
Anciano, dijo Pelayo, y vosotros nobles
señores Navarros: yo he pesado en la ba-
lanza de la justicia y de la razón los ofre-
cimientos que me hacéis , vuestros intereses
' y los míos ^ estos ^son débiles , yo los des-
precio j en cuanto á vosotros , creo que os
indicaré nn camino mas seguro que el de
faltar á vuestra fe. Que vuestro Soberano
no haya cumplido sus empeños , será posi-
ble j pero tal vez el título d^Sobradisa que
tanto os inquieta, habrá sido tomado por
el interes mismo de vuestro pUeblo , cuyo
gefe no habia podido declararse en las cir-
cunstancias desgraciadas en ^ue se halla Es-
paña , y que os ordenan imperiosamente vi-
vir tranquilos entre vosotros. Habíais Se un
ttatado con los Moros.... Es posible que no
sea para ÍS seguridad del pais. Esta es mi
Opinión 4 y asi no debeis admiraros qne no
acepté el homenage que me ofrecéis.; Si mi
carácter os hubiera sido tan conoeid® como
mis neCesidíides , os habríais dispensado de
dar un paso que podrá irritar á vuestro So-
berano que os oprimirá mas fuertemente.
Queriendo pues protegeros, os ofrezco mi
mediación cerca de Garda. Volveos á Na-
varra : Crátilp os aconapañará : él conoce á
vuestro Reyj si sucediese que en reconocí-
(i6)
miento de la tranquilidad que deseo procu-
raros, queíeis abrazar mi causa contra el
común enemigo , entonces recibiré vuestros
socorros con qjegría y gratitud.
Gran Príncipe , esclamaron los Na-
varros , qué dichosos son los que viven ba-
jo las leyes de un Soberano tan justo y tan
humano ! ^
Cratilo tenia ya las tírdenes de su amo,
y se* preparaba á ejecutarlas, cuando un
Navarro, saliendo del grupo de sus compa-
triotas , se acercó respetuosamente al Rey
de Asturias, diciéndole :
„ Señor , mi Soberano ha conocido la in-
tención de los. Grandes , y de una parte de
su pueblo ; mas avisado que elfos . ha. pre-;
visto vuestra respuesta , y me ha encarga-
do secretamente dijese á -los descontentos
(:pero solo en vuestra presencia.) tado lo
que pueda reconciliarle con ellos. Los gefes
de los Moros se:han aproximado á Sobradi-
sa con ideas de hostilidad 5 mi Príncipe,
cuyo patrimonio está en esta, provincia , lia
temido ver profanar el sepulcro de sus an-
tepasados , y ba procurado desvanecer la
tempestad que se formaba contra sus esta-
dos hereditarios ; sea que los Moros ignora-
sen que Garcia era Rey de Navarra , ó que
hayan fingido ignorarlo , el tratado no com-
prende sino 4 SobradisaíLa Navar^ no es-
tá incluida; á menos que la cláusula: -E»
todas las tierras pertenecientes al mismo So-*
berano, no sea esplícita. Este tratado hace
muy poco que ha sido firmado. Esta es,
añadió, la carta que me dio can la orden
de ponerla en vuestras manos, cuando vues-
tra decisión fuese conocida de los Navarros.
La carta presentada á Pelayo estaba concfe-
bida en estos términos.
,,Juan Garcia, Rey de Navarra y de So-
bradisa.- .
AI ilustre Pelayó.
0 ,„ Cuando leáis éstas lineas ya habréis
hecho la aiecion mas generosa y la mas jus-
TOMO II. - B
( 24 )
compañefas -únicas : y que esta presa sería
inútil para los‘intereses-del Rey y los suyos.
,, En este intermedio los gritos de com-
bate se vuelven en aclamaciones de victo-
ria.^La derrota de los Moros es completa.
Asturias queda libre por segunda vez. Pe-
layo baja de su puesto , da las ordenes para
poner en segurúlad lo que han tomado , y
corre al frente de los suyos á juntarse con
los que no duda son sus libertadores. Ape-
nas le perciben , cuando las aclamaciones se
redoblan. El valiente y temerario Cratilo
deja á sus compañeros y se apresura á po-
ner á los pies de ^elayo el estandarte de
Mahoma, dél que se había apoderado al
principio de la acción , y esto era lo que ba-
hía causado tanto desorden en los enemigos,
habiendo facilitado un suceso tan sobrena-
tural. ^ .
„ Cratilo informd á Pelayo , de como ins-
truido de la venida de los enemigos, había
ido al encuentro de los socorros que enviaba
«
( 25 )
ü Rey de Navarra, que eran mas numerosos
de los prometidos: que había vuelto^ con-
tra los Moros, y tenido toda la felicidad
posible. Yo no he querido , añadid, ocupar-
me en hacer prisioneros que nos hubieran
estorbado; ademas de que temo nos traigan
el contagio que no tenemos.
„Yo veo engodo eso la prudencia de
mi hermano , respondió P|^ayo , y adopto
tu opinión ; vamos á recibir ^nuestros alia-
dos, á darles gracias, proveer á sus necesi-
dades, curar sus heridos, y alabar á Dios
que nos ha protegido tan abiertamente, ¡Al¿
j que no pueda yo echar ^ los enemigos bas-
ta las costas de su Áfri^ ! ¿ Perc^anta glo-
ria no es para mí ? Es bastante para el mi-
serable Pelayo arrancarles alguáfe de las
«provincias que han usurpado.
,, Despües de haber cumplido^con los
deberes del recoBocimiento y de la huma-
nidad , el Rey de Asturias deliberó sobre lo
que debían' hacer de las cautivas , y del ri-
(26)
co botín que hacia parte de la presa. El te-
mor de Cratilo, por mas exagerado que fue-;
ra, no le permitió jdistribuirlo á los solda-
dos ; y habiéndolos reunido igualmente
que^ los gefes Navarros, le dijo los moti-
vos que. le obligaban á dar las órdenes -de
llevar á un terreno ancho los despojos de
los yencidos, haciéndolo^ varios montones,
y pegándoles fuego; tal es el sacrificio que
exige la grucj^ncia , anadió felayo : yo os
recompensaré , queridos compañeros , cuan-
do pueda' ljac§¿rIo sin comprometer vuestra,
j^da y vuestra salud. En cuanto á las mu-
geres que habéis ^traído , yo las he devuel-
to á sus ^os ; los^ue las acornpaiian hari
tomado todas las precauciones contra el
contagio# las dejarán á la otra parte de nues-
tras fronteras, con la amenaza de pasarlas á.
cuchiUi^ si dan un paso atras para volver
á nuestras tierras.
„A1 acabar de hablar Pelayo hizo una
peóa , y las llamas empezaron á»devorar to-»
( 2 ?)
do aquel ciímulo de despojos impuros.
„En seguida se ocuparbn en hacer los
honores fúnebres á los que habían muerto
en el combate. Se abrieron unos profundos
fosos , y se tomaron las mayores precaucio-
nes con los prisioneros que no habían podi-^
do evitar hacer: entre estos últimos había
muchos Godos , armados por fuerza , que
pedían á Pelayq les admitiese i combatir
por su patria. El Pc^cipe consintió*,
señaló nn¿pampainentó particular , hasta
que se aseguraran de que no estaban a:on-
tagiados de las enfemiedades que hacían loa
mayores estragos entre los Moros.
,, Todas estas ocupaciones y cuidados
habían distraído al Rey de su profundo do-
lor , al que. no resistia , sino á fuerza de
vencerse á sí misnio. Cuando se acabaron
las ocasiones de escitar su prudencia ó su
generosidad, la memoria de Ervigia y de
su muerte lamentable , se presentó tan vi-
yamente á su imaginación , que le puso en
(28)
estado de no recibir ningún' consuelo. El de-
seo de venganza era el único que contraba-
lanceaba a! de reunirse con aquella desven-
turada Priricesa. Cratilo y Sigerico proba-
ron á ‘enganar su dolor , y le propusieron
erigirla un panteón vacío , y rendir á sus
manos los honores de que habian estado
privados. Alfonso se admifo de que estos dos
amigos qujsiesen perpetuar con un monu-
mento- una pena que^podria ser muy- funes-
ta para España , y ño tuvo repago en mani-
festarlo. Príncipe , le dijo Cratilo , lo que
Jiemos propuesto al Rey es el único reme-
dio que puede operar en su alma : ademas
de lo que nuestra Religión nos prescribe so-
bre este punto , nosotros nos bailamos la
ventaja de hacer comunicativa una pesa-
dumbre concentrada hasta aquí, y cuyos
efectos se manifestarán bien pronto. Señor,
vos no habéis conocido á Ervigia ; vos igno-
ráis que ademas de su clase , sus cualidades
personales la hacían querer y respetar de
(* 9 )
todos cuantos la conocían. Esta clase de pe-
nas no se calman sino con el tiempo que ¡o
cura todo. ¡ O Príncipe ! no quiera el cielo
que probéis tales contratieiípos.’
„ Los consejos de Cratilo y Sigerico fue-
ron seguidos, habiendo ido á las monta-
fias, en donde celebraron las funerales con
toda la solemnidad que permitían Jas cir-
cunstancias. Ormesinda, la esposa de Sige-
'srieo y la amante de Cratilo , depositaron
sobre el simulacro de Eryigia una parte
de sus hermosos cabellos, que aumentaban
la hermosura de la efigie , sirviendo como
de ofrenda de la amistad. Este era un uso
antiguo entre los Godos, y que se habí»
perpetuado hasta entonces.
Cratilo y Sigerico no se engañaron:
Pelayonecobrd un» tranquilidad de que no
había gozado desde la muerte de Ervigia.
Todos los dias iba á llorarla sobre el &aa-
soleo , y ofrecía él sacrificio de sus recuer-
dos j las lágrimas que vertía dulcificaban su
( 3 °)
amargura; y su melancolía-, ya calmada, no
le impedia ociípárse con energía en todo
lo que pedia interesar á tin estado rena- ¡ñ
ciente de •sus i^ínás/’
CAPÍTULO III.
„ El invierno de aquel ano fue tan ade-
l^tado y tan riguroso , que Pelayo se vid
obligado á permanecer en la inacción por
jin espacio de tiempo considefatle. Orme-
sinda recibia los homenages de Alfonso con
afabilidad. La obligación que le tenia , las
cualidades de que estaba dotado, y la vo-
luntad de un hermano, á quien tanto ama-
.ba, la hadan mirarse como la que un dia
• debia ser la esposa del Príncipe de Cantabria
Ski embargo conservaba una tranquilidad
que por'lo regular no concuerda «n la pa-
sión del amor. La memoria del esposo que
- -Rodrigo la habia destinado , se presentaba ^
algunas veces á su imaginación , y miraba
como una especie de infidelidad , contraer
nuevos empeños con un hombre que solo
debería mirar bajo un aspecto fraternal ; es
menester añadir que después de la reunión
de los guerreups en las montañas , había
Concebido por Félix un afecto, del que le
daba las mayores pruebas en todas ocasio-
nes. ’Alfonso trataba á aquel jdven con bon-
dad, permitiéndole una familiaridad, que
algunas veces pasaba los límites que un amo
prescribe á sus domésticos 3 pero como Or-
mesinda estaba siempre tan pronta á hacer
por él los mejores oficios que podía’, y esta
predilección fuese conocida de Alfonso , cre-
yó éste deber privarse de su escudero, ofre-
ciéndoselo á ia Princesa. Félix quedó está-
tico cuando lo supo 5 señora , dijo haciendo
tín esfuerzo , y mirando á Ormesinda con
los ojos arrasados de lágrimas , soy bien des-
graciado en no poder acceder á la voluntad
de mi señor , dedicándoos los servicios que
colmarían sus deseos ; perp séame permitido
el declarar aquí la promesa que he hecho ai
( 32 )
pie de los altares en presencia de Dios , que
castiga a los perjuros. Huérfano desde mi
nacimiento , un guerrero amigo de mi far
milla se digno alargarme un^ mano benéfi-
ca ; él me hizo educar , y me enseño desde
muy niño el arte de los combates. Yo he
perdido á ^ste hombre demasiado pronto
por mi desdicha ; habiendo escapado de la
mortandad que se siguió á la batalla^Se Je-
rez, erraba á la ventura , sin socorro y sin
proyecto, cuando el Príncipe de Cantabria
me tomó bajo su protección , y me puso al
servicio de su persona : sus procederes ge-
nerosos hicieron una impresión en mi alma^
que.... no se borrará jamas. Vivir cerca de
él , y pelear á su lado para defenderle es á
lo que se ciñen mis esperanzas y mis votos.
Yo conozco que me moriria si fuera preciso
separarme de él.”
„Las lágrimas que Félix habia retenido
hasta entonceSj corrieron con tanta abun-
dancia que la Princesa no pudo meaos de
( 33 )
admirarse y enternecerse. Auguraos, le di-
jo, dándole la mano para que se levantára
de la postura suplicante que habia tomado.
Yo no .quiero violentaros ; un afecto como
el vuestro en una edad tan corta, me inte-
resa,y me causa envidia. Yo me pondré de
acuerdo con vuestro amo; y si la suerte os
separase, contad que os queda una amiga...
Sí , una amiga. ¡ Ah ! excla'md Félix , si Al.*
fonso se separara de mí , yo no tegia mas
que morir. ’
. .j.
,; El Príncipe de Cantabria , que entré
al misino tiempo , quedé atónito al ver las
Señales de dolor- en la fisonomía de su es-
cudero, que se retiré habiendo echado una
mirada suplicante á la; Princesa, y ésta tu-
vo pér.''justo empeñar al-.Príncipe á couser-
vai^rá aquel jéven , contándole lo qué había
pasado ^tre ellos. Alfonso , lisonjeado in-
teriormente de la preferencia , sintió Un ge-
zo particular, recibiendo una prueba tan
cierta de la aflicción de Eélix. - t
TOMO II, C
( 40 )
que verificarlo , y yo me encargo de hacerí-
lo. Si García ha pagado el tributo á la na»
turaleza que, aunque Rey, debe pagar, y
que sus últimas disposiciones sean como di>
ce este hombre , me obligo á traeros el ho-
menage que los Navarros os rendirán por
medio de una diputación ¡ pero es necesario
que este mensajero venga conmigo , para que
su celo o su superchería reciba el premio.-
,, A nadie si no á raí , esclamú el , perte-
nece disponer de mi suerte : y antes que
me vea en poder de...» la acción de este
impostor fue la de pasarse el pecho coa
una daga ; pero los que -éstabaii cerca de él
se lo impidieron , lo que le puso furioso,
exhalando su secreto en medio de las mas
horribles imprecaciones. Esta declaración,
aunque muy imperfecta, les diú á conocer
que echado de los dominios de García , ha-
hia/ vuelto á los Moros , y que de acuerdo
-con ellos , había formado el plan de sacar
iá Pelayo de la^montaúas, entregándole á
(40
BUS enemigos, y que habiendo tenido vas-t
tante astucia para apoderarse del anillo del
Rey de Navarra , fundaba sobre él las es^
peranzas de su fortuna,
„ Muchos de los que rodeaban á Pela*
yo le aconsejaban ponerle en la torturaj
pero se rehusó , ordenando solo que le guar*
dasen con cuidado para entregarle al Rey
de Navarra , al que resolvió enviar el ani-
llo. El liberto de Tarif prometió hacer re-
velaciones importantísimas si le indultaban;
pero no podiendo ser creido el que habia
empezado por engañar , fue remitido á Gar-
da coetra la voluntad de Rainfroy , que
hubiera querido vengar la sangre de Abd^
, lacis, vertiendo la de uno de sus verdugos.
Para no volver á este incidente debe saber-
se, que Garda se hubiera contentado con
volvérsele á Tarif, á no temer que ohser*
vase las entradas y salidas de las montanas,
y que los Moros, aprovechándose de sus ob-
servaciones , hiciesen una iovasiou en ellas;
(40
asi es que tuvo por acertado borrarle de" la
lista de los vivosf De este modo Tarif vid
trastornados todos sus proyectos, por sola
la casualidad de haberse, encontrado un
amigo de Abddacis , sin el cual tal vez Pe-
layo hubiera sido víctima de su franqueza
y buena fe : cualidades tan generales entre
los Españoles de aquel tiempo.
CAPITULO IV.
„ Este incidente que acabamos de re-
ferir habia interrumpido y retardado la re-
lación empezada por Pelayo , que la conti-
nuó así , liiego que volvió á restablecerse la
tranquilidad.
„ La narración de Sacar habia elevado «
mis ideas hasta un por venir glorioso para
un hijo de un simple labrador. En Jn lle-
gamos á Toledo, y fuimos presentados á
Rodrigo , y recibidos por él , con las señales
mas ciertas de consideración , prometiéndo-
nos grandes recompensas para Cratüo y
( 43 )
para mí. El Rey nos recibid en el cuarto
de la Reina que estaba rodeada de Señoras
de la Corte, entre las cuales se distinguía
Já familia de Sácar. Yo no he conocido mas
que ^ la desgraciada Ervigia , que pudiera
jribalizar con la que es hoy esposa de Sige-
rico ; todos la conocéis , y esto os dará una
idea de lo que era. Apenas mis ojos se fija-
ron en la bella Teodelinda , mi orgullo y
mi agradecimiento áfBácar llegaron á sú
colmo,
,, Este buen padre me prégunttí mi opi-
nión acerca de su hija. Vuestra bija , le res-
pondí, es adorable, y merece ser Reina del
universo, Seordato , me replicd Sacar , si
.Teodelinda no fuera como es , me hubiera
bien guardado' de destiná^eja. No hablemos
de eso,
„ Desde este mismo momento aquel
hombre- respetable dio parte á su hija de
sus intenciones. La dulce Teodelmda , no
^ hizo ninguna objeción , y se dignó recibir
( 44 )
mis o'bsequios. Si yo no hnbieía estado' tañ
preocupado con nna fortuna ta» inesperada',
hubiera podido conocer que la obediencia
puramente pasiva dirigía la conducta de
Teodelinda. Cratilo , menos preocupac^ que
yo , lo advirtió, pero no quiso darme la mer
ñor idea.
„Las noticias que llegaron por aquel
tiempo á la Corte , inquietaron al confiado
y ligero Rodrigo. Bipartido de Eba'y Sisé-
huto renació de sus cenizas , y se asegura-
ba que los Moros se armaban poderosamen-
te en favor del primero. Si Rodrigo hnbie^
se sido cruel, se hubiera deshecho de su ad-
versario , a quien el amor retenia en la Cor-
'te, ciñendo sus deseos al himeneo con Ervi-
gia , sobrina de^Ia Reina Egilona , y parien-
ta del Rey que se la habia prometido , y
que eludía cufnplir la promesa temiendo la
ambición de Eba bajo diferentes pretestos.
Ervigia y Ormesinda estaban fuera de la
Corte, y Egilona contribuía mucho recelan- *
( 45 )
do qne ' éstas dos hermanas jovenes 'encén*
dieran ;eL£sp£ritü combustible de su esposo,
como había sucedido con la hija del Conde
Julián ; afecto que la Reina temía no le lie-
Tase á su EUÍBa, ‘
^ ,, La . desesperación de .Éha redobld los
temores tomaron todas las precaucior f
»es para oponer una fuerte resistencia en
caso de agresión. Rodrigo me confió , un
mando importante i y Sáqgr me aseguró qué
no me dejaría partir sin llevar él título dé
su yerno. .
,, Esta declaración hecha .en páblico me
dió libertad de ir á todas horas. á ver^ Teo^í '
delinda 5' de este modo eóneolidé la estima-
ción que iiie inspiraban -.sus bellas cualida-
des, f' esperab^ con impaciencia formas
unos lazos apretados con la gratitud , ele-
¥ándome.^bre todas mis- esperanzas. - ,
„Una tardé que el calor mas que or-;
dinario me había obligado eá salir á tomar
el aire ,. bajó, á ‘los jaráiiiea.;íde.Sácar
,
( 46 )
tados de los dé Palacio por nna calle’ de ti-
los, Mis reflexiones me hicieron andar er-
rante, enagenado con la dicha que me es-
peraba, quejándome de mí mismo , por no
ser mas sensible á ella , j temiendo que
Teodelínda' se .acordase alguna vez de mi
estraccion j el desprecio de una esposa ea
para un hombre que sabe apreciarse una
carga insoportable. Sin embargo , á pesar de r
las órdenes reiteradas de Sácar, .yo había
informado á su hija de mi nacimiento, prci-
firiendo verme despedido antes , que humi-
llado después. Teodelinda babia oido mi
* declar^ion sin conmoción alguna , y siem-
pre que se hablaba de ello me respondía,
que pues su pádre me reputaba digno de su
alianza, nada tenia que d|pir. ^
„Yo repasaba entre mí esta respuesta,
viendo en ella un respe^ filial^perfecto,
pero también una frialdad que me hacia
temer el por venir. Estas ideas que no me
atrevía á declarar á Cratilo , conociendo
( 47 )
so modo de pensar , me absorvieron de tal
modo , que sin sal|sr adonde me dirigía^
me hallé en un plantío de naranjos muy
espesos^ en donde un murmullo, como de
personas que hablaban, me volvid en mí
mismo , detuvo mis pasos , y alarmo mi
atencione Ademas de la voz de la humana
de Sigerieo f conocí la de Teodelinda , aun*
que cortada eon mil suspiros. La curiosidad
me llevó á,,ponerme á una distancia, ed
la que sin ser visto, pudiese oír lo que trá*
taban , no dudando que yo era el objeto
de su conver^cion.
,, Un instante , amada Teodelinda , nn
«do instante , dijo la humana de Sigerieo.
Esta .corté deferencia es bieB debida al des-
graciado que va á perderos para siempre^
— ¿De qué; nos servirá? revendió Tepde-
linda líoraaclo aiBargaHiente.i ¿No podréis,
mi querida amiga , ahorrarme la cruel pa^
labra de á- Dios ?_ Peto f cómo í repuso- la
hermana de S^erico. ¿No haheis probado
( 48 )
él aBIandar á vuestro padre? Y el teismo,
¿cdmo ha pensado en (i6ros á un desconoci-
do ? Este desconocido no lo es para mí , re-
plicó Teodelinda. Si él hubiera cumplido
las ordenes de mi padre , no hubiera tenido
bastante ánimo para manifestar mi repug-
nanci^; pero su noble declaración me ha
impedidd. Yo obedezco. Puede ser que el
érelo , movido de mi resignación , me dé. las
fuerzas que necesito . para cumplir con las
obligaciones que sC' me van á imponer. Ade^
mas, mi padre se ha esplicado vastante cla-
ramente para hacerme saber^que en vano
esperarla ser esposa de Sigerico ; y pues que
mi corazón no debe contarse por nada en
esté tratado , poco me importa que sea él á
otro á quien yo sea sacrificadai
-• „ Si lo sois , dije yo saliendo precipita-
damente de entre las ramas que me cobrian,
no será jamas al que está á vuestros pies.
No, señora , ¡el desconocido Séordatb no os
hara jamas, desgraciada. Si su -amistad 'OS es
( 49 )
agradable , ella se emplearí en sustraeros
al yugo que se os quiere imponer. Hasta
ahora he tenido por eseesiva la gratitud de
Sacar ^ y si me he prestado á ella , ha sido
ignorando que Tuestro corazón estuviese
ocupado por otro objeto. Una feliz casualU
dad náe ha desei^aiiado j yo pediré, yo ob-
tendré de Sacar, una recompensa que me;es
debida por el afortunado- destino qué me
hizo serle útil en una ocasión ; su alma ge*
nerosa no se negará á concedérmela; .
,, Mi súbita aparición , y mi discurso
produjo eri aquellas amalales jóvenes una
admiración infinita. Los ojos fijos en mí , y
las manos entrelazadas' y elevadas al cieío',
las dabá un aire angélico -é interesante. En
fin la hermana de Sigerico fue ia primera
que pudo hablar , diciéndome : ;
^ Dejad , hombre generoso , que nie ar-
rodille delante de vos, para daros gracias» por
la eonservacion de mi querido hermano sti
acción fue tan rápida como sus palabras ; yo
la levanté , y ella continuo : No sabéis , no
TOMO ir. D
CAPITULO V.
,, Los intereses generales hicieron callar £
los particulares. Sáear se tío obligado á vol-
verse á Mérida, de donde era gobernador,
y se hizo seguir de su farnilia. Cratilo j yo
nos reunimos al ejército que acababan de
formar para oponerse á los Moros.
„ Rodrigo se había propuesto mandar el
ejército , y había salido de Toledo con esta
intención ; pero habiéndole disuadido el Com
de Juliau , y llamándole los placeres de la
corte, se volvid á encerrar en su serrallo,
contentándose con pasar una revista. Rodri-
go se desdeñó de recomendarme al general,
que era el Príncipe Eba , y que con su vuel-
ta inopinada sorprendió y desanimó á todos.
Algunas intrigas habían producido una re-
conciliación entre él y Rodrigo. Nombrado
general en gefe del ejército Espaíiol, mostró
un celo , una actividad por la patria , y una
animosidad contra los Moros , que parecía
( 57 )
tener en sn mano el destino de la nación.
Tanta exageración le hicieron sospechoso
para con algunos guerreros que le conocían
de antemano. Sin embargo en honor de la
verdad es menester 'decir , que se porto' bien
en la acción que fue sangrienta , y que lle-
vamos la ventaja i los Moros , obligándolos á
volver á embarcarse; Cratilo y yo tuvimos
la ocasión de ayudar á Eba á desembarazar-
se de un pelotón de enemigos que atentar
ban á su persona.
,, Asi que hubo cesado el combate , qui-
so conocer á las personas á quienes era deu-
dor de la libertad y la vida. Cratilo y yo
fuimos presentados. Yo no se que presenti-
miento le agitaba en aquel momento : lo
cierto es , que lejos de acogernos con be-
nevolencia , afectd hablar con otros ofi-
ciales , sin dignarse dirigirnos una sola pa-
labra.
,,¿Qaé hacemos aqui? me dijo Cratilo;
salgamos, y no combatamos jamas bajo el
( 58 )
mando de este Godo orgulloso y desagra-
decido.
,, Vueltos pues á nuestra tienda de cam-
pana , hallamos un nuevo y mayor motivo
de descontento , que el mal recibimiento
que acababan de hacernos,
,, AI rechazar á los enemigos de Eba, yo
habia herido y hecho prisionero á un Moro,
cuya riqueza en la armadura me le dio á co-
nocer por persona de calidad. Le habia he-
cho conducir a mi tienda , y dado la orden de
prodigarle todos los cuidados imaginables,
igualmente que las mayores atenciones; pe-
ro ¡ cuál fue mi sorpresa no hallándole eq
ella , y habiendo sabido que el General me
le habia quitado! este acto de autoridad
me ofendió infinito. Yo hice una reclama-
pión , pero fue en vano.
,, La guerra se acabo con la huida de
los enemigos; las tropas se licenciaron, y
nosotros volvimos á Toledo , en donde se
preparaban grandes fiestas: no para celebrar
( 59 )
las victorias de los guerreros, compradas con
su sangre ; sino las que Eba se atribuía.
„ Indignado Sacar de la conducta del
General , quiso presentarnos él mismo á la
corte. El instante que escogid fue el mismo
que el altivo Eba había dedicado para pre-
sentar á la Princesa Ervigia , mi prisionero
que él llamaba suyo , al que hizo cargar
de cadenas de plata, y seguirle á palacio.
Ervigia y mi hermana estaban en la corte,
y acompañaban á la Reina : una mirada
que yo di á estas dos personas , me llevé ha-
cia ellas con jin impulso irresistible.
,, Mientras que yo estaba ocupado en
Considerarlás , olvidando el sitio donde me
encontraba , y la presencia del Soberano,
Eba se presento, y después de haber salu-
dado á Rodrigo, se dirigió i Ervigia, á quien
presenté el cautivo : Señora , la dijo , el de-
seo de merecer vuestro corazón me ha da-
do valor para vencer á los enemigos del nom-
bre cristiano y de nuestra patria. El va^
(6o)
líente Selim ba caído en mi poder., y le he
destinado para que sea vuestro esclavo. Es-
tos hierros , dijo el Moro , no serian humi-
llantes si me los hubiera puesto el que me
ha vencido. \o no se cuáles son vuestros
usos; pero en mi pais no se dispone de la vi-
<Ja d de la libertad de los cautivos , sino
citando se les ha vencido. La gloria que
quitaríamos á otro, sería una marcha que
no se borraría jamas en nuestra reputación.
Jley de los Godos, reunid vuestros guerre-
ros ; yo atonoceré al que me ha vencido , y
sufriré sin murmurar la ley que él quiera
imponerme.
„ Selim examiná á todos los oficiales
que rodeaban al Rey , y a.ladid : el que me
ha hecho prisionero no está aqui. Rey de
Jos Godos , retracto mi demanda.
,, Rodrigo, que estaba ya informado por
Sacar de la acción indigna de Eba , me hi-
zo acercar; Selim me conocid al momento.
Este es , dijo ; pero si ha desistido de sus
(6i)
derechos sobre mí, no dudo qne será de
un modo correspondiente á la geiierosiilsd
de sus primeros procederes.
„La mirada de desprecio que Rodrigo
echó sobre Eba , manifestó bastante su in-
dignación. Yo creo, dijo' el Rey, penetrar
las intenciones de Seordato , haciendo que
os quiten los hierros que os oprimen : Selim,
estáis libre. La agresión injusta de vuestros
compatriotas no me impide conocer las bue-
nas cualidades de los que merecen conside-
ración. Yo me encargo de vuestro rescate.
Podéis iros cuando queráis j pero desearía
que gozaseis de las diversiones que se pre-
paran. Seordato os acompañará. Vamos , di-
jo, levantaos á dar gracias al eterno Dios
de las batallas.
„ Sería un ingrato, continuó Pelayo , si-
no diera -á Cratilo el tributo que se debe.
Su alegría fue excesiva y y tuvo que hacer
un esfuerzo en obedecer al Rey que orde-
nó le siguie'ramos al templo. Selim estuvo
(62)
también igualmente que nosotros en el ban-
quete que se siguió , y cuando se acabó
la fiesta recibí la orden del Rey de llevar á
Selim á su gabinete.
„ Valiente enemigo, le dijo el Rey, yo
no quiero violentaros reteniéndoos con no-
sotros j no pretendo tampoco imponeros nin-
guna condición ; pero como mi buena for-
tuna ha hecho que hayais encontrado un
adversario digno de vos , y que no puedo
lisonjearme de que se renueve esta dicha, os
.aseguro que me sería sumamente agradable
que vuestro valor se ejercitase contra otra
Jiacion que contra la España. Este es un
deseo que yo tengo, y al qué sois entera-
jmente libre de condescender ó de rehusar.
,, Señor, rospondió Selim, nada de sa-
grado hay que me haya empeñado en esta
guerra ; el solo déseo de saciar una curiosi-
dad , y de no vegetar sin gloria , me han he-
cho dejar mi serrallo, y venir á visitar la Es-
paña. Habiendo llegado á Mauritania , no he
( 63 )
podido ni qnerido rehusar la proposición del
Califa de una tenencia que me lisonjeaba
mucho. Mis primeros pasos , en la milicia,
no han sido dichosos ; pero si no llevo á
mi patria la palma de la victoria , á lo me-
nos voy convencido de qne la Europa pro-
duce hombres, cuyas virtudes merecerían
haberlos hecho nacer entre los verdaderos
creyentes- En cualquier tiempo tí circuns-
tancia que me halle, joro por la cabeza sa-
grada del profeta, de no tomar las armas
contra los que os serán sumisos, y sobre
todo contra mi generoso vencedor.
,, Selim se retírtí poco tiempo después , to-
mtí el camino de su pais , y no le he vuelto á
ver. Solamente cuando la lucha de los Moros
contra los Españoles se ha empeñado , he re-
cibido de una mano desconocida, unos pre-
sentes que me han sido de la mayor uti-
lidad , y que no me han dejado duda de
que venian de su parte.
„ Yo había sido presentado á las Prin-
(^ 4 )
cesas Ormesinda j Ervigia ; las dos me ma-
nifestaron una bondad sin límites , y ráe
llenaban de satisfacciones. Ormesinda me in-
teresaba por su viveza; pero Ervigia .j cuya
amabilidad encantaba á todos los corazorres,
cautivó bien pronto el mió ; sin tener adn
ningún deseo formado, me condolia de la
suerte que la esperaba ; el orgulloso Eba
babia vuelto á presentarse en la corte asi
que Selim se fue ^ y el indeciso Rodrigo no
tuvo ánimo para romper un tratado , del
cual nadie , si no el , desconocía el ínteres
para Eba.
„ Teodelinda y Sigerico estaban siempre
en la Corte ; nuestra nmistad se aumentaba
cada dia , y nnéstros intereses eran los mrs-
•mos. Teodelinda y su cunada eran favoritars
de la Princesa , y no perdían ocasión de air-
mentar la estimación que mi fortuna lés ha-
bla inspirado por mí. Estas dos amables
mugeres se afligían de la inclinación qüe co-
nocían me poseía por Ervigia , y trataban
m,
de distraerme des ella, llevándome hácla'
otros objetos que' fuese posible alcanzar.
Gratilo, informado por ellas, me compadé-.
cía, babiáodose hecho indulgente después
que su corazón' ardía por la hermana de Si-
gerico.
flo'p,, Rodrigo me honrd con un empleo
considerable! pérO-eómo todo lo que me
separaba dé Ervigia me eía insoportable,
me desbice en favor de mi amigo Sigcricd,-
y declaré que toda mi anibiciou se cifraba
éh estar al lado 'de mi Soberano.; Es menes-
ter convenir qué él amor nos háte-eometer
mil estravagatteias. ¿ Qué espéranza podía
eoncebií el desconocido Seórdafó-T^ Y cuám
tos tormentos no se preparaba ;"quedáridosé
á'Sér testigo de íós obsequios éiíágerad&s dé
un rival Como Eba ? ' ' .
- „ Todo un invierno ser pasé , enirénéiián-
dñse cada dia mas y maí la herida de mi co-
razón con el acogiim’ento bondadoso de Ef^
V^ia : irritándome ile tal modo la aproxima^
TOMO II. E
( 72 )
sin ruido , ya hace tiempo que hubiera re-
nunciado á una Princesa que me aborre-
ce.... tanto casi como yo aborrezco á SCor-
dato. Pero hablemos de las medidas para....
Yo oigo mido , ¿si habremos sido oidos?
¿ si nos habrán hecho traición ? separémonos.
„E] ruido que habia atemorizado á Eba,
lo causo la llegada al bosque de la Reina y
Jas Princesas que se paseaban á caballo , y
cuya parte de comitiva pasaba adelante pa-
ra facilitarlas el paso.
„ Aunque jamas hubiera perdido volnn-
tariamente la ocasión de ver á Ervigia, la
impresión que me causo' lo que acababa de
oir no me permitid presentarme á las Prin-
cesas, y me retiré á Toledo inquieto y
pensativo sobre el partido que tomaría en
tales circunstancias , y como podría descu-
brir el plan de Eba. Consultar á Cratilo era
desterrarle de Espada : pues que ciegamen-
te enamorado de la hermana de Sigerico, no
hubiera dudado un instante en sacriScar su
( 73 )
amor por mi seguridad. Llamar á Eba á un
singular combate, era desgraciarme , sin po-
der tal vez justificar mi osadía. En fin la
casualidad, ó mas bien la Providencia, me
sacd de esta terrible incertidumbre.
CAPITULO VI.
„ Aquella misma noche recibí orden de
presentarme en palacio al amanecer del dia
siguiente , para acompañar á Rodrigo á una
cacería, diversión á la que era muy aficio-
nado. La Reina y las Princesas debian ir á
reunirse con los cazadores á la entrada del
soto , en donde hablan preparado unas tien-
das de campaña. Un presentimiento , conce-
bido sin duda por lo que habia oido la vís-
pera , me hizo tomar la resolución de no
separarme de Rodrigo por mas que el amor
de Ervigia me detuviera cerca de ella. Cuan-
do tola la comitiva estuvo junta, observe'
que faltaba el Príncipe Eba, que habia
partido aquella noche con una comisión se-
( 74 )
creta para Ceuta; y este yiage que natural-
mente debía tranquilizarme, fue precisa-
mente lo que anmentd mis temores.
„ Partimos para la caza; Rodrigo, se-
gún su costumbre, se adelanto á todos; su
carrera fue tan ra'pida, y el caballo que
montaba era tan vigoroso, que le perdí de
vista en poquísimos segundos. Mi deseo de
juntarme coa él me obligd á tomar algunos
atajos difíciles de atravesar por lo fragoso
de. aquella parte del bosque , y no tuve mas
temedio que echar pie á tierra , atar fuerte-
mente el caballo á un árbol , y seguir una
estrechísima senda. Mi marcha era tan pre-
cipitada cuanto podia permitirlo el terreno.
Guiada por las cornetas y el ladrido de los
perros , creí haber encontrado el verdadero
camina, siguiendo uno, de dos que se pre-
sentaban al fía de la estrecha senda que me
babia conducido; pero me engañé. Cuanto
mas andaba , mas lejano me parecía el rui-
do de la caza ; y en fin me hallé entre un
( 75 )
octano de ramas y de árboles , sin saber adon-
de debía dirigir mis pasos. Mi situación me
desesperaba; el silencio que reinaba en
aquel sitio agreste, y la idea siempre fija en
Rodrigo, me decidieron á marchar á la Ten-
tura. Al cabo de algunos minutos descubrí
un claro de árboles, y no tardé mucho en
oir un ruido como de armas que se choca-
ban. Este ruido me detiene un instante ; pero
de repente tomo carrera con la ligereza que
me habían dado los ejercicios de mis prime-
ros años ; llego á la especie de plaza que for-
maba el claro de los árboles , y veo á Ro-
drigo defendiéndose contra tres hombres,
cuyo trage engañador anuciaba ser Moros.
Precipitarme delante del Rey , cubrirle con
mi cuerpo , parar los golpes que le dirigían,
é insultar, llamando asesinos, á sus adver-
sarios, fue obra de un momento. Ya sabéis
que el uso de las armaduras completas para
las grandes cacerías es general entre nosotros;
asi es que yo me encontraba armado. El
( 76 )
movimiento que hizo uno de los asesínoí
para darme nn golpe, me facilitd dirigirle
una estocada por entre las correas de la co-
raza , que le hizo caer. El partido hubiera
sido igual entonces , si Rodrigo , fatigado
de la larga resistencia que habia hecho an-
tes de mi llegada , no hubiera caido en tier-
ra. Muestras voces se mezclaron entonces;
las de los contrarios eran de alegría : las mias
eran de despecho. Puesto otra vez delante de
Rodrigo , tuve la dicha de herir gravemen-
te á uno de los combatientes , que se reti-
rd ; pero el que quedaba en estado de defen-
derse , atacaba vigorosamente. Yo no sé co-
mo hubiera terminado esta lacha , sin la
llegada de algunos cazadores que se hablan
estraviado. Mi contrario echo á huir por el
lado opuesto, y habiendo yo tocado la cor-
neta, que cada uno de ellos llevaba consi-
go , acudieron á tiempo que yo estaba ocu-
pado en desatar las correas de la cota de
malla y del casco del Rey , para darle k
bcilidad de respirar. Llenos de espanto los
cazadores , me ayudaron á desarmar á Rodri-
gó, no pudie'ndolo hacer yo fácilmente por
las heridas que tenia en las manos ; nuestra
satisfeccion fue conipleta Tiendo que el des-
mayo del Rey no provenia de ninguna he-
rida, sino solo del aturdimiento de la caída
y, de la falta de síis fuerzas, estenuadas
con iel trabajo de una defensa tan laiga y
tan vigorosa. Su desmayo no durd mucho:
ei aire que le did libremente en el rostro le
hizo. volver eñ sí. ¿Dónde está Seordato?
foéilo primero que dijo asi que pudo ha-
BlaE-iA'qui, Señor, respondí arrastrándome
para llegar á él, no podiendo andar. Al ver
la sangre que corría tan abundantemea-
te de mis heridas, tuvo el mayor dolor , y
olvidando la distancia que nos separaba,
me prodigó las mas tiernas caricias , no es-
cuchando á otra razón que á la de su re-
conaci miento.
- '¡yLos cazadores detorminaron -formar
una camilla de ramas, y colocar én eHa á
Rodrigo ; pero este , después de haberla de-
jado hacer, ordend que me pusieran en ella
cabriéademe él mismo. con su capa,.y ha-i
ciéndome transportar á la tienda de campáis
ha , én que estaban las Princesas. No tengo
que deciros la admiración de aquellas Seño-
ras , que hiendo el cuidado'tle Rodrigo. IpOf
mí, no. podían atinar con la causa. Todocet
mundo estuvo en las tiendas hasta que vi-j
nieron los cirujanos que. bebían hacerme h,
primera, cura , ségun las reglas del arte.^ihí
„ Cuando volví en nal de la escesii^
debilidad que me habia SDbrecogido'.4,Saplii
qué al Rey que hiciera reconocer el cuerpo
del que habia quedado £n .eljcampo,.y que
velara sobre su seguridad personal. Ya está
eso hecho respondió Rodrigo j por él.sabré^
mos quien fes el que desea deshacerse de míj
Seordato, doy gracias :á„Dios por haberme
guardado la vida,' y por haberme dado á co-
nocer el afecto que me téneis. Desde ahora ya
( 79 )
no debéis mirar en mí á un Rey , sino i uií
amigo que os debe h vida , y que tiene po-
der y voluntad de pagaros una deuda -.tan
sagrada. Sin embargo no digáis á nadie ló
que ha pasado entre nosotros ; pues empie-
zo á persuadirme que la deslealtad y la péií-
fidia me rodean.
,, El Rey deseaba que me trasladasen á
Toledo ; pero los cirujanos declararon que
no estaba en estado de moverme , y fue
menester resolverse á dejarme -en el pave-
llon. Los cuidados y asistencia que me piro-'
digaron fueron iguales á los qué hubiera te-
nido el Soberano mismo: una guardia nume-
rosa me custodiaba; pero nada satisfacía rrif
corazón , habiendo echado de ver que las
Princesas habian partido , sin dáfme la me-
nor prueba- de interes. Gratilo había trata-'
do de ' cárarme por ihedio del despecho de-
fina pasión que él preveía raiiy funesta para
mí , y me callo el mensage de que estaba en-
«argado-: sin pensar que si se hubiera encoir-
(8o)
Irado en mi higar, nada hubiera vastado
á consolarle.
j,Dos meses se pasaron antes que yo
pudiera salir del pavelion. En fin volví á
Toledo , en donde fui recibido con toda la
bondad imaginable, tanto mas, cuanto ba*
bie'ndose sabido lo ocurrido al Rey , esto no
puso límites á las señales de su agradecí- |
miento , que sobrepujd á todo lo que yo po-
día esperar , habiendo tenido á bien presen-
tarme él mismo á la Reina y á las Prin*
cesas.
,, Aqui teneis á mi libertador , las dijoj ^
y lo que redobla mi gratitud es que siendo
estrangero entre nosotros, ningún otro deber
mas que el agradecimiento le obliga á una
conducta tan generosa : mientras que na
ingrato , colmado de beneficios , cercano í
recibir un premio tan poco merecido, tra-
taba de atentar á mi vida. Sí, Eba, á quien
yo me proponía revestir con la púrpura
real , del que yo quería hacer -un ;Compar-.
(Si)
fiéro que me ayudase á arrojar- á los- Moros
de la monarquía; Eba es el alma de lá
eonspiraciou tramada contra mí. - Ervigia,
Tos k. -habéis conocido mejor que yo: Tues^
tra repugnaúcia-á-esíe himerieo que yo he
alejado por complaceros ^ os ha -guiado di-
ehosamente.- Pero -no penseimos- inas en estoi'
reunios a mí para agradecer la: bondad dé,
Seordato. Yo je elevaré tan alto-,i.que los.-
que se -han creido; sus supetáotes se'tei^aát
por dichosos de. mirarse, sus- igoaleá.- Seor--
dato , desdé; esté día sois gobernador- '^ne-;':
rál--de -Andalucía, y Cratilo será: vuestro
ICe^ute. ! = ^ , 1 ,
peideis: jü^ar de¡:mi sorpresa , -y;
mi- :gozo j- a|i .eo que -todo lo que-^die.ha«
cer en aquel momento- fue echarme-á los pies
de^Rodrigos^ nttiéular algunas- frases -casi
ininteligibl^c-cliaa^- ^rads qiie - di á ias
Rincesas aieshiáfo -Ctítíocer’qtíéiSi mi elevaS
ck>n les admiraba"^ era- -de su- ap-robaeionv
Egilona me-felicitd»- Los cortesatos me róá
F-
TOMO ll.
del Conde Julián, qne me ha hecho venir.-
Este ambicioso no quiere declararse hasta
que la perdida de Rodrigo; sea segura^ pa'- |
ra efectuarla me ha escogido á iní. Pero sé
j
engaña ciertamente , sí cree que yo contri-f
huiré á sus miras. Quiero que la coroha |
que ha ceñido la cabeza de mi padre ador-. !
ne la mia, y el Conde mismo es el que yó
'
he escogido para que me la ponga ; enemigo
j
de buena fe de la nación Mora , la be eom-
Latído con lealtad. El premio que espera-
ba me se ha escapado en el momento en
que yo creía tenerle por mío. -Ervigia mé i
•aseguraba esta corona que tanto deseo,- pero
-la inclinación de Rodrigo por ese estrangero
desconocido, retarda demasiado el cumpli-
miento de su palabra y de mis deseos. La
complexión robusta y vigorosa del Rey|
á pesar de los excesos en que, Julián le ha su-
mergido , le asegura una larga vida, y á mí
la posesión lejana de un poder que tanto
ambicionq hace mucho tiempo; y si Rotiri-
( 89 )
go abre los ojos sobre sus verdaderos inte-
reses, yo no podré verificar mis miras. En-
tonces , Almacis , Julián será perdido; nues-
tros lazos , en los cuales no entra ningún
sentimiento de amistad , quedaran rotos y
yo envuelto en su ruina. El queria que yo
escogiese -d día de mis' bodas con Ervigia
(y que debia aproximarme al trono que él
desea mas qúe yo) para hacer que reven-
tara la mina de la conjuración, y que al
pie del altar misnío adonde condujese á
la Princesa , tomase por esposa su bijá : to-
do estaba preparado para precipitar á Ro-
drigo desde el trono á los calabozos , y ver^
le sufrir la misma suerte de su padre y
de su tio. Yo me negé á este plan ; no por-
que no viese en Rodrigo un usurpador'^e
mi patrimonio, sino porque conociendo lo
grave de la carga que me iba a imponer,
no quise hacerme un esclavo coronado. Egi
to produjo algunas altercaciones entre noso-
tros , cuyo fin fue romper- formalmeftféi
Quedé solo , y me creí bastante fuerte para
hacerlo todo por mí mismo. Sin la llegada
inesperada de Seordato , Rodrigo estaría
muerto á estas horas , Julián preso., y yo
coronado Rey de la antigua y heliciosa Es-
pana.
„ Engañado con esta esperanza todavía,
me refugié á Africa , é interesé en mi favor
á Taríf y al viejo Muza. Los rodeos del
Conde Julián han fatigado su paciencia, y
sus relaciones con él ño durarán sino lo
que sea necesario para la verificación de
sus planes , y la España debilitada caerá en
su poder. El Conde lo conoce , y pot eso se
ha reconciliado conmigo. Si nosotros reuni-
mos nuestras tropas , y si yo soy bastante
dichoso para deslumbrar á este viejo políti-
co, yo subiré al trono que ocupó Witiza,
y con el oro, yo; me desharé .de los que
me han ayudado en esta ocasión , y aun
tal vez.... Yo no sé lo que podréis haper,
interrumpió Almacisj pero venir á. mete-
(90
IOS entre las manos del Conde.. es una
imprndencia que me hace temblar — Tran-
quilízate , Almacis. Mañana , sí , mañana es
el dia escogido para que sea el último que -
alumbre á Rodrigo , al odioso Seordato , j
puede ser que también al Conde Julián,
que enredado en sus mismas redes, creo no
me se escapará. Ven conmigo , la tempes-
tad ha cesado \ vámonos de aqui , yo te es-
plicare mejor lo que he resuelto.
,, Mientras pasaba esta conversación , yo
estaba anonadado y como herido por un ra-
yo. Sabía que al dia siguiente debia el Rey
pasar una revista general, y no dudaba que
el momento decidido para sü destrucción
fuese aquel. Aun cuando hubiese bastante
tiempo para darle aviso , no bastaba para ase-
gurarse de los conspiradores , de los que yo
no conocia sino á Eba y Almazis. Jja con-
fianza del Monarca en el Conde Julián ha-
bia sido removida, pero no destruida del to-
do ; y su carácter indeciso me hacia temer
( 92 )
que no tomase- mas que medias medidas,
que son siempre fatales en política. Crati-
lo había ya partido para Andalucía. Sa-
car y Sigerico eran los únicos á quienes
yo pudiera confiarme. En efecto, inmedia-
tamente me puse en camino para mi casa,
y ¡ cuál fue mi satisfacción al encontrar en
ella á mi querido Cratilo , á quien yo creía
lejos de mí! Todos tres me escucharon tran-
quilamente, y cuando hube acabado de
hablar , Sacar me dijo
:
„Hijo mió. Dios que vela sobre esta
nación , ha permitido que otros avisos igua-
les á los vuestros hayan llegado á vuestro
hermano. Tan activo en conservar á su So-
berano y a ,su amado Seordato , como en
rechazar a los Moros, ha vuelto aquí, para
prevenir dos males de que estábamos ame-
nazados. Yo le he introducido á ver á Ro-
drigo, y le, ha presentado dos fieles Espar
fióles' que han descubierto la trama odiosa.
Eba ha . sido arrestado en el momento en
( 93 )
que se ¡atroducia furtivamente en el Palacio
del Conde Julián. Este, fiel á sus horribles
principios , ha declarado la parte que tiene
en la conjuración, y ha apresurado de tal
modo el suplicio del Príncipe , que este úl-
timo no ha tenido tiempo de comprometer-
lo. Mañana sabrán los Grandes y el pue-
blo lo que deben saber. El Rey os ha lla-
mado, y debemos estar en Palacm cuando
él se levante. Yo espero qae manana será
el dia. mas dichoso de mi vida.
CAPITULO YII.
„Antes que yo hubiera podido ser in-
troducido en el -óiiarto: del Rey , ya'estaba
estendida la noticia de la conspiración por
.el Conde Julián. Los templos, dedicados al
eterno humeaban coa- el incienso ofrecido
por las manos de los- niños inocentes., amaes-
. -trados.para esta funcioij. Los himnos sagra-
dos resonaban en los aires ;-un inmenso gen-
tío cabria las calles adornadas, coa gnstq,
( 94 )
y el Rey, la Reina y toda la corte se diri-
gía á la metropolitana para dar gracias al
árbitro de nuestros destinos. Las aclamacio-
nes de la multitud eran estraordinarias , y
Rodrigo quiso en aquella ocasión renovar
un uso antiguo entre los Godos.
„ Hí 4M) elevar un ¿«lio fuera de la puerí-
ta de la iglesia , en donde él y la Rei-
na se colocaron. Encima de la última grada
del estrado se habia preparado un cuadra-
do para el Conde Julián , y yo me estremo
cia pensando que el principal autor de tan-
tas desgracias padecidas en nuestra pa-
tria , iba á recibir nn honor tan grande,
anereciendo mas bien sabir á un patíbulo
-hacía ya muchos anos. ,
' ,, En el momento en que yo estaba mas
ocupado con estas ideas , Sácar vino á dar-
nos orden á Cratilo y á íní de colocarnos á
los dos lados del cuadrado. Nuestras mira-'
das recíprcwas le dieron á conocer nuestro
pensamiento, y nos dijo l Una indisposición
( 95 )
verdadera ó fingida retiene en su palacio al
hoíTlhVG ^ll6 tBTTltis ÜCOTflpQJlQV •
„ Siguióse á esta sorpresa otra no. me-
nos grande. La adorable Ervigia , la amable
Ormesinda , y la respetable é interesante
Benilda vinieron á ocupar tres sillones pues-
tos en la primera grada del estrado. Todas
las demas Señoras estaban en pie detras de
la Reina » y, todos los hombres en dos filas
á los dos lados del Rey. . ::
„ Sacar que habia reemplazado al Con-
de, hizo en alta voz uim sucinta relación
de todo lo sucedido después de la venida de
Rodrigo, sin omitir ninguna, circunstancia
que pudiése.tnteresar al estado.; Este discur-
so fue escuchado por el pueblo con un .silen-
cio religioso» y que daba á la escena un ai-
re augusto; ^ero cuando oyeron la trama
de Eba, los gritos de la multitud anunciar
ron su indignación. No parecía sino que los
enemigos de la patria eátaban á las puertas»
y que un movimiento espontáneo arrastra-
( 96 )
ba todas las voIuBtádes al socorro de la na-
ción y de sus intereses.
^ ,, Caando los testimonios de benevolen-
cia se calmaron , Sacar nos laosírtí al pue-
blo, á Cratilo y á mí, como los- sucesores
de ia' Familia real. Entonces todos" los ojos
se ^ron en nosotros, y todas las; bocas noí
bendigeron. Rodrigó nos hi¿o 'subir hasta
y nos abrazo;; la Reina nos' did la mai
no, que besamos respetüósamente; Las Prim
cesas nos acordaron el mismo favor , y yo
hubiera muerto dé -placer sin Cratilo, al
sentir la mano de Ervigia, y apretarla con-
tra mis labios.; _
;v ceremonia se acabó. Rodrigó tonnf
mi brazo para retirarse , diciéndome á des-
pecho de muchos de los que nos oían. Es-í
fe -apoyo es sólido : yo no temo que me falté
en caso de necesidad.
„ Tantos honores me tenían aturdido;
petó la escena iba á mudarse; El Pey fne
avisado de qu^ el Conde Julián; s^üido; d^
( 97 )
una tr<y 3 a aumerosa,: había salido de la ci^j
dad, y qu® creía, iba á embarcarse: s?
anadia que llevaba un carro coa una caja
que parecía contener un muerto , que debía
ser el cuerpo de Eba., y que habían visto
varios pelotones de Moros reunirse con ellos,
^1 Rey ordend que se fuera en su seguid
miento, y se le trajese vivo ó muerto;, pe-
lo era mas fácil dar que ejecutar semejante
orden : y habiendo sido necesario tomar mil
disposiciones caminando Julián a marí
chas forzadas, pudo entrar .en Ceuta, ciur
dad fortiñcada, y que le pertenecía. Esia
noticia contrarió de tal modo a Rodrigo,
que cayó en una profunda melancolía , de
que nad,apodia sacarle. Es bien creíble, se-
gún ios aeontecimientos , que este Princi-
pe abrió los ojos sobre sus desarreglos pa-
sados, conoció los riesgos á que le habían
conducido , y sintió los remordimientos.
„ Sacar estaba siempre con él ; pero Sá-
car podia muy poco sobre un espíritu no
G
TOMO II.
(io4)
„Yo no voy al cuarto déla Reina , di-
je, si no mé llevan muerto. Señor, téned
|>iedad del qué honrasteis algún dia con el’
nombre de hijo. TJn oficioso engaño, ¿pue-
de librar de la vergüenza , no de presentar
á Seordato como el hijo de Sílex , un agri-
cultor, sino como un ingrato , como un ser
despreciable manchado con el borron de ha-
ber negado á su padre ? Al decir esto me
atroje á los pies de Sacar. Lo que exigis de
mí, me es imposible, W respondid levan-
tándome. üu juramento me ata. Es menes-
ter que me acompáneis. Seordato, jamas se
debe desconfiar de lá fortuna.
,,La desesperación mas violenta se apo-
dero' de mí; pero reflexionando que sería eí
ñltimo momento de humillación que los
hombres podrían batirme sufrir, me resol-
ví á soportarla como una justa y debida es-
pracion de mi conducta dura é insensata.
CAPITULO vm. t
Cuando llegamos á Palacio y entramos
én el cuarto de la Reina, una opresión de
corazón me dejo' inmóvil i la puerta ; al -veí;
á Egiiona, Benilda, Ormesinda y Ervigia^
y no sé lo <|ue hubiera sido, si Rodrigo^
a-iniendo á mí y tomándome por la mano;
ño me hubiera dicho cariííosamenté: Prin-
cipe Pelayo, abrazad á vuestra madre. Es-
ta orden y las lágrimas que bailaban: las
megillas de aquella respetable muger, me
suscitaron mil ideas diferentes. -Permanecí ins
móvil, incapaz de proferir una palabra, ni
de levantar los ojos , y solo pude doblar lá.
rodilla delante de la que llamaban madre,
y esperar , con la cabeza inclinada sobre eb
pecho ,, una esplicacion mas clara.
„ Siles me sacó de este enagenamiento.
Señor, me dijo entérnecido hasta verter lá-
grimas, ¿ me perdonareis la manera grosera
y poco conveniente con la cual me acerqué
á vos? al veros rodeado d.e tapto esplendor |
poco diferente del qne se os debe por vues-
tro nacimiento ^ no he podido contener mi |
alegría j el nombre de hijo se me ha esca-
pado , amándoos con el afecto apasionado
de padre ; lleno de vanidad de haberos pq- ;
seido el primero en el mundo, he olvidado
lo que había resuelto ejecutar. Sí, señor, |
vuestro nacimiento iguala á vuestras haza-
j
iias j esta ilustre Princesa es vuestra ma-
dre.... y yo vuestra hermana, dijo Orme-
sinia , precipita'ndose en mis brazos.
,, Silex Gonto la historia de mi nacimien-
to. Mi virtuosa madre me dicí parte de lo
que confenian las cartas enviadas por nuesr
tro protector á la sierra pocos momentos
antes de ir á recibir el premio de su buena
acción. No teniendo nada quq desear sobre <
estas noticias Rodrigo, me recpnocití piibli-
camente como su mas próximo pariente , y '
toda la Corte me felicitó. Todos .quisieron t
(io7)
saber mi historia, que fue necesario recU
tar ; dichosamente Sácar tomo a'iu cargo la
mitad de ella, haciendo tales elogios de mi,r
que me avetgonearia de repetirlos-
„ Rodrigo me dijo que no podía menos
de pedirme perdón de haberme hecho pa-
sar por tantas circunstancias diferentes ; pe-
ro que deseando saber positivamente mi
origen , mas por tener la libertad de acer-
carme á sí, que por mera curiosidad , se ha-
bía sobrepuesto á todo escrápulo. Ahora,
continuo', que se ha levantado el velo que
cubría la realidad , será justo que os pague
tanto como os debo , de un modo conven
«iente á vuestra clase. Ervigia será vuestra
esposa. La estimación que os profesa me
asegura de su consentimiento. Sentados los
dos en mi trono ( que será muy posible no
os aguarde por largo tiempo) atraeréis so-
bre Espada unos dias mas dichosos , y la
ligereza de mi conducta se borrará con el
sucesor que dejo , y que be nombrado ya.
(io8)-
a. pesar de no ser viejo todavía. . ‘ ;
1 . ,, Rodrigo hubiera podido hablar maá
tiempo sin que yo le interrumpiera^ no te-
niendo voluntad ni fuerzas para . ello : Be-
nilda se compadecid de mí, y me llevó á
los pies de Ervigia, que ocultaba su'turba^
cion en los- brazos de Ormesinda , y la bue-
na Reina Egilona , nos estrechó en los suyos;
„ Rodrigo se iba á retirar para dejarnos
en libertad de desahogar nuestro gozo en
espresiones , cuando Sigerico pidió el per-
miso de hablar. Decid lo que queréis , res-
pondió el Rey; parece que el dia está de
revelaciones. ;
,, Señor, continuó Sigerico, puesto que
ya sabéis por Sacar la generosidad del Fría-
¿ipe Pelayo en mi favor, razón será que la
pagúe del modo mejor que pueda j su co-
razón en cualquier estado que se halle , no
dejara de ser sensible á la amistad^ la de
Cratilo , las buenas cualidades dé óste, y el
anior qué tiene á mi hermana , me muéven
( 109 )
á pediros el permiso de anir estas dos pém
rónas, cuyos sentimientos tienen tanta ana*
logia.
,, Y bien , respondió Rodrigo;, si Pela-
yo.... Señor, le interrumpí.yó echáHdomé.á
lus pies ; mi dicha no sería, completa , si da
de mi querido .Cratilo no la aconipafiara.oh
,, Que él sol de este .misino dia alumbré
Jos dos himeneos, repuso.éliRey ; yo quie-
ro que estas cuatro |)erspn^ se unan .al
instante eoU: los lazos prescritos por nuestra
religión. .• -'o
j, Rodrigo dió sus órdenes ; el oratorio
de la Reinó fue, el templo donde .6btUve:lá
fe de la a,dorablé Ervigia ,;qqe. recibid mis
juramentos. Luego que la augusta ceremos
nia se termmó. Sacar y Sigetíco: me con
^
dujeron á uii. habitación , en donde pasé lá
noche en ana especie de delirio. Al amane»
cer me quedé dormido , y los .sueños mas
lisonjeros y engañadores se ofrecieron a mi
imaginación. Al levantarme hallé juntó »
(no)
mtá Sílex j Cratilo , que me hacían los hw-
ñores debidos á; mi calidad ; nai amistad y
mi gratitud se opusieron : los abracé con lá
mayor efusión de ternura, y ordené á-Cra-
lilo qúe me Ilamára hermano.
,, Supe entonces que Sácar había envía»
do nn espreso para informarse de mi fami»
üa. Silex me dijo;, qoe^despues de ciertas
diligencias , hahia qaerido ir á palacio pará
hablar al Rey-,' y le habia cosíado trn trab^»
infinito poder llegar á la sala de la audiencia^
en donde me habia encontrado ; que de re»
saltas de su petición y de la escena de que
Rodrigo habia sido testigo, le introdujo ea
su despacho- privado , en dónde- ha biéndolé
entregado la correspondencia , se habia des»
cnbierio toda mi historia , y qué el Rey hu»
hiera querido isorprenlerme ^radablemen*
te ^ envían Jomé á llamar; peroísu idean©
hubiera tenido efecto, si Sacar se hu»
biese retardado un cuarto de hora en venií
á buscarme. •
„ Eq tanto que en Toledo todo' era já»
bilo , se recibid la noticia de que e! Conde
Julián se armaba poderosamente ; fe! cuerpo
dé observación que mandaba Gratiló , se
confid á un aiítiguo general , y él fue ú.
encerrarse en Carmona, ciudad importante^
y á la que intentaban los enemigos dirigirá
sé. En esté tiempo yo estaba Btt' Vizcayíí
éii dónde me iíacia reconocer por hijo dé
Leodefrido y de Benilda , cuando fui 1!^
ínado desde la Corte por la triste ndtieia de
la enfermedad de ini madre. Está tesijetablé
señora raurid éa ñiis brazos bébdiciendó Í.
Ormesinda, á Ehdgia y á iaf,* y ' ma'nífesi
tatldo su'petía' dé’qaé'Rodti^'hubiése reí
tardado la Tátificáción de mi tá’íamientoj
bajo prfefeslds bien frívolos' para úna perso-
na qíie en él ' último monlehtb de la existen-
cia ve lás cósasdé nn modo" móy^diférentej
y“süs instantes ''próstrerós fiiéron, cbnid
babiáií sido tocfe sil vída,'i¡enos de dolo'r
y '-Zozobras. ® •sepiilci'O dtfe 'pata elbi üíi
(II2)
asilo, y el tínico lugar de reposo. _
^ „Call<í Pelajo por algunos ininjatos , y
jus ojos se humedecieron al recordar las vir-
tudes y las desgracias de su madre , digna
de mejor suefte. Ormesinda exfaaltí su doj-
lor con Jos sollozos mas amargos : todos los
que se hallaban presente® tomaron parte en
sus sentimientos, y guardaron un profun-
do silencio. Al cabo de un rato Pelayo-eon'^
tinuo de esta manera. • j
„ La pérdida de mi madre fue el p^n,-!
dio de las desgracias sucesivas que detóan
llover sobre mí. Mientras que daba á la na--
turaleza el tributo debido, vertiendo mis
lágrimas diarw“icnt® sobre la tumba de una ,
madre conocida demasiado tarde, el Conde
Julián proporcionaba, á los Moros un desem-
barco , y les hacía fácil Ja, .posesión de va-
rias plazas fuertes , en donde habla hechu-
ras suyas. Munda y Álgeci ras recibieron á
los enemigos , en donde enarbolaron el es-
lardante de la. media luna¿ desde alli inun-
(”3)
daron la Betíea, y se juntaron con los nur
merosos escuadrones que había dejado Ju-
lián , no para defender la patria , sino |>ara.
desteñirla.
„ Rodrigo que había contado con este
ejercito', quedó, aterrado con la noticia de
su defección , y conoció al fin el mal en to-
da su plenitud , asicomo la incertidumbre y
la -debilidad de los méJios que le quedaron
para defenderse. Rodrigo no vid sino el bor-
de del ahisoao en. que iba 4 .<^er. Sacar , Si-
gerico, Cratilo y yo fuimos los únicos, que
pe^’manecimos 4 sn lado; toda la .multitud
brillante que le rodeaba.,í.y que sembraba,
á sus pies l >s placeres engañosos que cava-í
lón su sepultura , habían desaparecido.
,, A, fuerza de desvelos, y por los sacri-
ficios que arruinaron 4 los pocos amigos
que le quejlaron , se pudieron reunir algu-
'nos miles de hombres que se pusieron >1
mando de un pariente de Ervigia , llamado
Ataúlfo. Las órdenes que se le dieron fue-
H
TOMO II.
se puso entonces á levantar la trampa á qne
el anillo estaba agarrado , y i muy pocos
esfuerzos presente! una escalera estrecha y
recta. Al primer paso que dieron hacia aba-
jo les detuvo un mido que salid de aquel
abismo, y que llenó de espanto á los qne *
acompañaban al Rey ; todos ellos querían j
volver atras 5 pero no era fa'cil , habiendo j
tenido tan poca precaución que la trampa
se les cerró, y los dejó en el subterráneo.
|
En aquel caso era menester continuar va-
lerosamente la marcha , bastante incómoda,
por no haber podido conservar mas que una
tea encendida por la escesiva humedad que
exhalaba el sitio. Llevado Rodrigo por lo
que oyó , lo que temia , y lo que esperaba,
animo a sus gentes para qne se apresura-
sen a llegar al termino de sus deseos, adon- t
de llegó al fin.
„ A la estremidad de la escalera había 1
una bóveda ancha y clara , que conducía
á una sala alumbrada con una cantidad de
™e acompaíab.. á Raí"?» ««Wa»» *
lied. por.l »i<»= .tocio que «.u.^.
e„„, le. habU .ucedido co. el ru.d^»
,e,l... De .«pe"“ “ »!"* H
Me que tepitid tres veces estas pa a t
„Q„e.l5««
, c^teaerea se 3»* re/e t!<u
paúu» U enterarán fu.ra d, U (erre.
L.d, pctí-s »
“”’,Apeuas calld la V», D comitiva de
R„d.igose.e«rdprecipi«aau....e,too»-
„a.do aMert. la ttampa, y
,ac uu aire mas P».«- ^ "«i» to"»
,„i.oaba»dcoarásu.u..,y<»«>“y”^
ae uua hacba eucendid. eu uu. de las M»-
paca. ui descubrid una puerta eotreatarta,
por dood. juagatoo qu. haMa sabdo la ve^
persuadido que .q»»'!»
L»plritu .que dominaba eo aquel S.U.,
a empujcí suavemente , y entrcí en un cuat.
to artesonado, en medio del cual había un
pedestal con ana estatua colosal que pare-
cía ser de bronce.
”^r«^Pecto de Rodrigo la estatuase
levantó un poco, y did tres golpes en las
tapias con una maza enorme , y que ninguna
fuerza humana hubiera podido sostener. El
estruendo que hizo en aquellas bóvedas fue
espantoso , y Rodrigo espemndo ver mil es-
otros o gigantes con quienes tendría que
luchar, recogió todo su esfuerzo para estar
pronto á cuanto sobreviniese; pero viendo
que nada se presentaba, se dirigió á la es-
-tatúa y le intimó que le indicase el objeto
de s]#s diligencias. _¿Quó derecho tienes
para hacerme esa petición? le respondió el
coloso. _ Mi presencia en este sitio, le res-
pondió el Rey .• ¿ hubiera yo penetrado hasta
aqui sin una protección que te impone el
deber de acceder á mi deseo? Yo soy Ro-
drigo. _ Yo te conozco ; mira y lee , fe res-
pondid. En este instante nna manó invisi-
ble escribid con la velocidad del pensamien-
to. ios tesoros confiados á mi custodia no
serán jamas presa de un Principe, que des-
conociendo las leyes divinas y humanas ha
merecido la suerte que le espera. Rodrigo,
tu presencia turba inútilmente mi reposo.
„ El ruido que volvió á hacer la estatua
con su maza, y lo que habia leido Rodri-
go, le puso en tal estado que no pudo decir
«1 co'mo salió' de la torre , y sin el socorro
del liberto lo hubiera pasado muy mal. Al
volver en sí se halló con su gente.
Esta se hallaba durmiendo , y cada uno
de ellos quedó atónito al dispertar , viendo
el dia claro , y las herramientas y las armas
de sus compañeros atadas en haces á nna
encina. Todos tomaron en silencio el canai-
no de palacio : Rodrigo distribuyó una can-
tidad de dinero entre los que le habían se-
guido, recomendándoles el mayor sigilo. En
(I24)
cuanto á eT, yo Je encontré al dia siguien-
te tan abatido , que le creí atacado de una
enfermedad mortal. Vivamente interesado
por su salud , le suplique' me dijese el mo,
tivo de su negra melancolía , y él me con-
fié cuanto le babia sucedido la noche ante-
rior,
„La ilusión babia sido fuerte, dijo d
Príncipe de Cantabria: no, no sé como
crea.... Fo dejo á los que me oyen, dijo Pe-
layo atajando ¿Alfonso, la libertad ente-
la de reflexionar ó comentar este suceso;
lo que puedo afirmar es que mi visita á
nna hora tan intempestiva tenia por motivo
el anunciarle la ruina súbita de la torre;
según la hora en que Rodrigo y sus gentes
salieron de élla , el ruido que hizo al un-
dirse, parece que fue seguido inmediata-
mente. Como quiera que sea , los habitan-
tes de Toledo acudieron á bandadas á ver
el sitio que ocupaba. Los escombros fueron
exanuQados escrupulosamente , y nada se
(I25)
pudo encontrar que conviniese con lo que
el vulgo decia, 7 en lupar de los tesoros
que pretendían encontrar, solo hallaron una
lámina de cobre con una inscripción en len-
gua romana, que decia asi: La monarquía
de los Godos se estableció por la matanza y
destrucción de un gran puéblo. Justo será que
acabe por los mismos medios: Los Moros,
ceran.
Esta predicción se ha cumplido.
CAPITULO X.
„ Yo estaba con el Rey cuando le pre.
sentaron la lámina. Primo , me dijo , pu-
diera adn esperar el restablecer mis nego-
cios, pero nada me queda ya que hacer; el
cielo se ha declarado. ¿Y qué puede un
mortal contra él?
„ Señor , le dije : no es menester hacer
tal vez una injusticia al cielo , suponiéndo-
le descnbridor de sus secretos. ¿Quién sabe
si algún enemigo no ha querido atraeros á
(126}
esa fatal torre?... ¿Ddnde está el Hbérto
que os ha conducido? No le he vuelto á verj
me respondid. Pues bien, señor, ese hom^
hre es un traidor , vendido á los enemigos,
y todo lo que habéis oido y visto es efecto
de una ilusión d de un sueno que han te-»
nido la sagacidad de presentaros. _ Yo no
puedo creer eso : el espíritu es de'bil cuan»,
do la conciencia está turbada , dijo Rodrigo;
„ Nuestras conversaciones por espacio
de algún tiempo versaron sobre este acon-
tecimiento , y negándose á todo consuelo,
solo fíjd su idea en castigar la traición del
Conde Julián , d espirar á sus manos para
espiar recíprocamente sus culpas y ultrages.
«Rodrigo salió de Toledo, recorrid las
provincias que no habian caido aún en po-
der de los Moros , fue á Palacios , en donde
le esperaba el ejército que condujo él mis-
mo entre Arcos y Jerez.
„Es imposible pintaros la tristeza de
nuestra despedida de las Princesas, como
( 127 )
ai la alegría de los soldados cuando supié-
ron que Rodrigo iba á mandarlos. Los ene-
migos estaban bien instruidos del ardor de
las tropas españolas , y se hubieran retirado,
iin la perñdia de Don Oppas , pariente del
Rey y mió , que bajo la apariencia y él celo
mas sincero , abusd de la confianza de sil
Soberano, sacrified á sus intereses particu-
lares lo que el cielo y la tierra tienen de
mas venerable.... Este cobarde desertor de
los altares , cuyas manos acababan de ben-
decir las armas que debian vengar la liber-
tad y la patria , y qné semejante á Aáron
deberia haberse contentado con levantar los
brazos al cielo para implorar al Dios de las
batallas, de quien era ministro, armado con
una espada destructora incitaba al estermi-
nio , ensangrentando sus discursos hipdcri--
tas con la seducción del incauto é inocente
vulgo , haciéndole abandonar la causa de la
patria , y dejando solo al que podía haberlos
salvado. En esta disposición se did una ip
(128)
talla que durrf siete dias , y que mas bieu
pudo llamarse un asesinato general. En me-
dio de esta carnicería , de la que escapamos
no sé porque casualidad , Rodrigo me sacd
de la pelea y me dijo : es menester ceder
á la suerte y morir sin vengarse. No os obs-
tinéis en luchar contra la voluntad del que
lo dispone todo. En nombre de vuestra Er-
vigía , y por su seguridad , partid á Cdrdo*
ba, adonde están las Princesas, y salvadlas
de la esclavitud. Conducidlas á las monta-
ñas, y que se esten en éllas basta que el
torrente devastador que inunda la patria
haya pasado. Decid á Egílona que\entre los
remordimientos que despedazan mi cora-
zón, el esposo que no ha hecho justicia i
sus virtudes , i pesar de haberlas conoci-
do, la pide perdón, y la suplica conserve
una vida tan preciosa, y que será meaos
desdichada cuando yo haya perdido la mia
en espiacion de lo que la he ofendido. Este
desgraciado Rey se quité el guante y me
( 129 )
entrego el anillo real , y habiendo metido
las espuelas* á su caballo , desapareció con
la prontitud de un relámpago. Yo estaba
desmontado , herido , é incapaz de seguirle;
en este momento Aload, Cratilo y Sigerico
se juntaron conmigo. Una vislumbre de es-
peranza lucia en mi corazón. Mis fieles Viz-
caínos se mantenían firmes ; mi deseo era
el de esterminar á los que nos hablan aban-
donado tan vilmente; pero este proyecto
tan justo no se verifico sino en paite ; todo
lo que pude hacer fue reunir los restos del
ejército. Unos gritos de alegría que llega-
ron hasta mí me hicieron pensar que habla
ocurrido algún acontecimiento estraordina-
rio , y envié á mi escudero para informar-
me y cumplir las intenciones de Rodrigo,
si no había cosa urgente que me detuviese
allí.
,,^003 pude saber en el momento, y
aun ignoré la suerte del Rey basta mi es-
tancia, ó mas bien íni cautividad en Gijon,
I
TOMO n. t
(136)
vitad cuyos resultados podiáu ser funestos.
uestras ideas estaban acordes menos en ua
punto. Munuza pretendía que la destreza
sería mas lítil que la fuerza. Príncipe , me
dijo 5 yo bago marchar á la vez vuestro in-;
teres particular y vuestra ambición. Esta
carta (dijo presentándome una) os conda-f
eirá á la estancia de vuestra amada. Doce
hombres de mi confianza estarán á la pueiv
ta, y tendrán preparado un palanquín de
que los Moros se sirven para eonducir á su»
mugeres de un sitio á otro; aquel asilo es
sagrado:, y nadie se atreve á llegar: sin em-
bargo. como todo se debe prevenir , será ne4
cesario que los dos os vistáis el dolman y la
pelliza , y que cubráis la cabeza con el tur-
bante. ( Esto os digusta. ) ¿ Ignoráis la ley
de la necesidad ? Ademas. ¿ Es el vestido
el que hace al hombre ?
,, Cuando esteis de vuelta , continud,'
encontrareis en el camino unos alojamien-
tos que si no magníficos , serán edmodos á
( 137 )
lo menos. Entretanto yo dispondré las co-
sas de modo que siendo dueño de esta ciu-
dad, podáis desafiar el esfuerzo de nuestros-
enemigos. Entonces , señor, Solviendo á to-
mar el nombre de Ardarico , y profesando
pñblicamente la fe que no he adjurado si-
no en apariencia, os ayudaré en todo cuaá.^
to queráis emprender.
„ Ormesinda estaba presente á esta con-
versación , y declaré que quería acompa-
ñarme; pero Munuza pintó tan enérgica-
mente los peligros y los inconvenientes, qn^
yo fui el primero en disuadir á mi hermana^
que tuvo que ceder á pesar de sus sdpli-
éas y sus llantos, y quedó convencida á
quedarse bajóla protección de Ardarico has-
ta mi vuelta, ocupándose en pedir al Om-
nipotente su divina protección.
„Ocho dias después me; separé de esta
hermana querida, y salí de Gijon, que yo
miraba como el centro del nuevo estado
que iba á formar; jcuántq me engañahai
- „ Antes de informaros de mi impruden-
te y desgraciado viage , crea deberlo verifi,
car en lo perteneciente á mi hermana. Guan-
do IWunuza me creyó bastante lejos para
OP temer una vuelta súbita , cesó de violen-
tarse. Sus respetos mudaron de forma , y
tomó la de un hombre que i fuerza de ser-
vicios se ha adquirido un reconocimiento
sin límites del objeto amado. Munuza de-
claró su pasión con todo el ímpetu de- la
nación de que diabia adoptado el vestido,
y no habiendo hallado en ella las disposi-
ciones que la amabilidad natural de la Prin-
cesa le hacía esperar , creyó que una orden
inia de dar su mano á Ardarico , como el
ünieo premio de sus servicios, sería lo que
le hiciese obtener lo que deseaba , que era
el afecto y la mano de Ormesinda.
,, El corazón de mi hermana estaba li-
bre, pero Munuza no podía ni debía inte-
resarla , y los medios de que se valió fueros
justamente los que le dieron 4 conocer ; y
Ormesinda tuvo por conveniente , para sal-
darse de, cualquier atentado que el desprecio
pudiera hacerle ejecutar, enredarle en sus
mismas redes ; asi es que fingiendo enterne-
cerse con sus súplicas , prometid no resistir
i mis órdenes recibiéndolas de mi boca , y
cuando hubiese abjurado su apostasía.
„E1 amor hace cre'dulos, y Munuza,
que tenia tantas falsedades á su disposición,
se. condujo con Ormesinda como si mi vuel-
ta debiera coronar sus deseos, y estas dos
personas se engañaban recíprocamente , fin-
giendo que se veiau y oian con complacen-
cia , y haciendo sus planes de vida , que se
formaban, se conabatian y se adoptaban
sin intención de verificar ninguno de una
parte ni de otra,
„ Entre las mucres que servian á Or-^
mesinda ,'habia distinguido á una mora jó-'
ven , cuya fisonomía triste interesaba. Aque-
lla muchacha miraba á su ama como que:-
tiendo leer en su pensamiento. Cada vez
qué Munuzá salía del cuarto de su señora
le seguía con la vísta y suspiraba como si'
su corazón estuviera oprimido. Ormésinda,’
cuyo pensamiento estaba ocupado con el
proyecta de escaparse de Gijon, resolvió
conocer el motivo de la pesadumbre de la
esclava para ver si podría serla útil , y su-
po ganarse la confianza de Amida ( este era
su nombre ) dé tal modo , que aquella ino-
cente la descubrió sin rodeos su corazón,
echándose á los pies de su ama , declarándo^
la su amor por Munuza , y lo que sufría
con la idea de tener una rival preferida.
,, Si la inconstancia de mi patrón , dijo,
hiciera la felicidád de una Princesa ^ yo su-
friría resignadaménte y sin quejarme j pero
señora.... Amida celosa é indiscreta declaró
á Ormesinda los proyectos de 'Munuza , que
ella llegú á indagar á fuerza de espionar dé
cerca á su indiferente aiUante. Este ha-
bía hecho un tratado con Tarif que de-
bía efeetuar mi ruina ; yo estaba esperando
(140
en Co'rdoba, en. donde se me tenia prepara-
do un calabozo, 7 el, cadalso debía termt
nar mis dias. Ormesinda , confundida entre
las esclavas , sería entregada á Tarif des-
pués de haber apagado los ardores violentos
que le había inspirado hacía mucho tiempo.
„Ormesinda tembld al oir tantas perfi-
dias, y temiendo que fuese un nuevo lazo,
desechd á la tímida Amida, creyéndola un
agente de su amo ; aquella pobre criatura
se justificd y acabé por proponer á mi her.
mana una fuga precipitada de Gijon.
„Yo no os acompañaré, la dijo. Una
pasión mas poderosa que la razón me de-
tiene; pero yo protegeré vuestra huida.
Tengo un hermano muy jéven , y que mas
dichoso que yo, no ha llevado los hierros de
la esclavitud; él os prestará sus vestidos, y
os acompañará hasta salir de las murallas....
después, que Ala y su amigo , el divino pro-
feta , os acompañen y os guien á puerto de
salvación. . .. í . _
(I42)
„La situación en que mi hermana sé
hallaba esclura toda reflexión , y admití la
proposición de Amida. Munuza, á quien
algún esceso de los que acostumbraba, d
que Amida le hubiese dado alguna bebir
da , cosa muy comuir entre ellos , le im-
pidiese salir de su cuarto , no se acordo'
en machos días ni aún de la presa que te-
nia : lo que facilito la evasión de Ormesih-
da , que vestida con las ropas del hermanó
de la esclava , y puesta bajo su custodia , salid
de Gijon , tomando el camino de Córdoba.
CAPITULO XI.
„ Mi llegada á Córdoba fue feliz , y la
recepción que me hicieron los satélites de
Munuza fue la mas propia para alucinar-
me en mi confianza ; sin embargo la ve-
rificación de sus promesas se retardaba , y
mi desesperación llegaba á su colmo. Vien-
do que ño -era posible . coatener mi impa-
ciencia, acabaron por anunciarme que lá
(M3)
Princesa Ervigia había desaparecido , y qué
se ignoraba el parage que había escogido
para su morada. Es imposible esplicar el
efecto que hizo en mí esta noticia , y ni
adu tuve el consuelo de poder pedir cuen^
ta á Egilona del precioso depdsito que yo
le dejé confiado.
pesar de lo que Anaida había dicho,
nadie atentó á mi libertad : solo me hacían
pasar el tiempo dándome ó quitándome al-
ternativamente la esperanza de encontrar á
mi alorada Ervigia , y convencido de que
solo y sin recurso me serla imposible ha-
llarla, me resolví á volver á Gijon. Munuza
me recibió tristemente , cosa que yo atribuí
al mal suceso de mi viage. Soy mas des-
graciado que vos , me dijo : Ormesinda está
perdida para mí, y tal vez para vos. El
amor que sus virtudes y aas gracias me han
inspirado , ha sido un crimen para con ella á
pesar del respeto que la he guardado. Yo
DO soy de sangre real } familia , mis
(144)
hazañas , y mi riqueza me hacen digno de
vuestra alianza. Ormesinda no se ha dig-
nado de escuchar estas razones ; ha huido,
llevando consigo un odio que nos será fur
nesto á todos. Príncipe , yo me postro de
-rodillas á vuestros pies : dignaos juntar al
nombre de amigo el de hermano, unidos
con la sangre y los intereses. _ ¿ Quién po-
drá resistimos?
„Mi sorpresa y mi respuesta hicieron
mudar de -tono á Munuza , que de las sá*
plicas paso á las amenazas , y acabó por
decirme que me concedia ocho dias para
reflexionar y calmar una efervescencia in^
tempestiva que me dejaría en estado de oirle.
„ Apenas Munuza acabó de hablar,
cuando una porción de sus gentes entraron
y me arrastraron, no á un calabozo, sino á
un sitio decente , y que no tenia nada de
mal sano. Los alimentos que me ofrecieron
eran los mismos que servian á mi opresor;
pero una -puerta gruesa y bien cerrada me
reparaba de nna guardia numerosa : á lo
menos yo lo creía asi , por el ruido que se
oia en la galería.
Ya podéis pensar en qud estado debía
estar ^ y este recuerdo me es tan triste , que
no quiero detenerme en él. La agitación que
tenia era tan violenta, que me arrojé en
la cama sin desnudarme , y apenas empe-
zaba á quedarme traspuesto , cuando una
voz, que venia de la cabecera de la cama , me
dijo dulcemente: Príncipe, la que ha sal-
vado á vuestra hermana no puede sufrir que
perezcáis por nna traición. Levantaos y se-
guidme 5 no . hagais ruido , porque seremos
perdidos : al decir esto una mano mé tomó
la mia , y me hizo levantar casi á mi pesar.,
haciéndome pasar por una infinidad de pie-
zas que no podía distinguir : me llevó ,por
unos inmensos patios que la aurora empe-
zaba á atlarar , á cuya luz vi que mi liber-
tador era. una muger joven y, .bella; la gra-
titud me hubiera hecho arrojarme á sus
K
TOMO II.
( 237 )
tiempos , á fuerza de los malos tratamien-
tos que recibieron de las autoridades na-
cionales que los gobernaban. Los Moros pa-
saron al Africa , llevándose consigo las ri-
quezas, que pudieron salvar, las artes .y las
ciencias , y solo dejaron en España el inmen-
so vacío de ellas, el gusto de la:, guerra y
el de las letras ; es decir, el de la poesía ,'que
.cujtivaron con tanto éxito poco después los
inmortales Cervantes de Saavedra-^ Fray
Luis de Granada y de León ,- Erciiia , So-
lís, Garcilaso, Lope de Vega y otros . infini-
tos , que harán la gloria de la literatura
española , y ocuparán: un lugar distinguido
en el Parnaso. . - . . .
„ Los vicios de Rodrigo ,-y las virtudes
de Pelayo deben servir de lección á los . So-
beranos ; objeto de. .odio y execración de
los siglos el primero presenta el cuadro, de
la desolación y- la desgracia atraída -sobre sí,
y Sobre su infeliz ^tádo ; queriéndole. cas-
tigar de la venganza que el mismo: había
excitado con su mala fe, dio lugar a.la des-
(238)
truccioo total de una nación que no tenia
otro delito que el de haber sufrido sus- des-
ordenes riéndose por ellos reducida, á la
esclavitad , hecha presa de sus enemigos,
que da inundaron como un torrente impe-
tuoso, que devastaron sus posesiones, ro-
baron sus tesoros , sacrificaron á sus guer-#
reros , degollaron á los débiles ancianos,
maltrataron á las mugeres y los niños , vio-
laron las vírgenes , y en fin se condujeron
como se conducen casi todos los ej'ércitos
que poseen un pais por derecho de conquis-
ta , aunque pertenezcan al imperio mas ci-
vilizado, y mas ;humano de la tierra.
„Si Rodrigo, como algunos quieren su-
poner , no murió cuando el Guadalete lle-
vó en sus ondas sus . .vestiduras é insignias
reales, y que sobreviniendo á unas desgra-
cias tan horrendas , fue testigo de las mise-
rias deque era causa, ¡qué crueles é in-
fructuosos remordimientos no debian agitar
su alma ! Los acontecimientos de la torre
( obra del Conde Julián ) no debian ser na-
( 239 )
da en su comparación , y aquel poder tirá-
nico qne tanto, deseaba, escapado de sus
sanguinarias é indolentes manos , debiá de
hacer su tormento , no hablándole emplea-
do sino en la satisfacción de sus pasiones^
que ocasionaban su ruina , y llevando - al
sepulcro la maldición y el odio que mere-
cia de su siglo, y de la; posteridad.
„PelayO:por el Contrario, lleno doiun
celo ardiente por su nación, y los, que ha-
blan puesto en el su conhanza, no aceptó
el poder supremo sino para curar, las heri-!<
das abiertas en el seno de una patria por
quien se quería sacrificar j y lejos de atraer
á ella sus enemigos , los destruyó , y supo
con su sabia política hacer, no alianzas se-
cretas que sostuvieran bajo pretestos espe-
ciosos el despotismo , sino paces honoríficas,
y tratados ventajosos á los pueblos de quie-
nes se habla constituido padre y protector,
alejando á los aduladores que no tienen fuer-
za para resistir á la voluntad injusta de un So-
berano 5 pero sí valor para arrastrarle al opro-
(24o)
bio : que muchas veces liacén de el el ins-
trumento de sus intereses personales , y. que
le alucinan con un falso celo por su gloria.
En fin Pelayo dejo el ejemplo de conao de-
be ser un buen Rey. ¡Quiera el cielo que
este ej-mplo sea imitado , y que la España
goce largo tiempo de la prosperidad que ea
todas las épocas y en todas las regiones de
la'tierra han gozado los imperios que han
poseido el raro y precioso tesoro de un So-
berano , que como Pelayo ha merecido el
amor y las bendiciones de su pueblo.
FIN.
la fíiisma hhréria sé háHan las ohras siguiehfes i
Ayenturas de Telémaco por Fenelon, traducidas por
Reholieda ^ 2 tomos , 8. . • ; . i 3
Bailli de vera religione , 2 tomos, 8 2^
Síchat , tratado de las membranas en general y de di-
versas membranas en particular , 8 x,>
Broussais, principios de la medicina fisiológica , y exa-
men de la anatomía patológica y algunas doctrinas
nuevas traducido libremente al español por un médi-
co de esta Corte, Tal vez no habrá un pueblo en Es-
paña donde no baya llegado la noticia de la niediciná
nsiolog.ca del Dr. Broussais , por cuya ratón parece
verdaderamente necesaria la publicación de una obra
que demuestra las bases y doctrinas del nuevo síste-
Capmani , filosofía de la elocuencia ¡einñ ’l'a ímpVel
sion de Londres , adicionada y corregida con esmero,
un tomo 8 mayor. jg
Lá misma , de bella impresión j 2 tornos , 8. * óí.
Camino del cielo, 12 ••••.. -4^
Compendio histórico de la áelígion ¿or Piníóh.a tomVsi
Materia médica por Blasco , 8.
‘
Compendio de la obra de Ju^gados miíitaV;; ó ¡e'aV^mj:
larto completo de procesos > nueva edición , 8 . . . .3
Despertador Encanstico , cotí una lám. 12. %
p^r^mirfrs"" sangradores- por ¿¿ p;eny/8
Delicias de la Religión ,8
^acaso n;¿vVdeVo;i;k;r‘i;;
acaso el mas completo de cuantos se han publicado
por las fervorosísimas y devotas oraciones ale contie^
” ’erdflT“° bermosa impresión y ca-
cter de letra , ofrece Jas mayores ventajas por llevar
consigo en un solo volumen todo lo necesario Uam
encomendarse á Dios diariamente
xables°indXr' '«'''edidasinriuihe.
Sires Á" “h^ P?*; '**^""°* E«“OS é Pnios. Se.
tos finí ^ Obispos ; adornado con 7 lámi-
to^inas, 16 aro, papel vitela y encuadernado en tafi.
pasta fiAa'. V ‘ ‘ ‘ ' ' ’ ’
EI^V ^ pasta común
Ejerció,-
^
tomos, 8 menor. . *! *!’*'* ,2
y coJí diferentes oraciones para am¿s*
i> es de la confesión y comunión, con un ejercí-
CÍO' para la Santa Misa , reeopíla< 3 o de varios autoteSj
nueva edición, ^
Idem . la docena en pasta bien encuadeinadós. - 04.
Idem mas ccraunes 4 ®
Idem papel 2 y raedlo rs.
Ejemplos morales, ó las consecnencias dé labuena.y ,
mala educación en los varios destinos de la sociedad, 8. o
Idem á la holandés» . . 6 .
Granada , oración y meditación . 8. . , . 9
Historia del caballero Cávlos Gvandison, novela, 4
raos.j, 8 * 44
Jaén. Instrucción útilísima y fácil para confesar general
y particularmente, y prepararse á recibir la sagrada
comunión, con el retrato de su autor, 8 ..... . 10
Ee Roí, medicina curativa, tercera edición 8 ao
Manejo mecánico de un regimiento de infantería por
Torregrosa ,4 Sf
Idem en rústica 20 rs.
ííoches lúgubres de Cadalso , 16. 7 .
Jiuevo Robinson , 2 lomos con láminas comunes , 8. . . 24
Ordinario de la Santa Misa en latín y castellano , con
oraciones para la confesión y comunión; contiene
también el ejercicio diario para el cristiano , el Trisa-
gio dé la Santísima Trinidad y sus gozos, el TeD eum.
en latín y castellano , y el Miserere con oraciones pa-
ra asistir al santo Jubileo, con siete láminas^ buena
impresión , t 6 9
Idem pista fina. • i 4 ,
Idem tafilete 25
Oficio y misas de la Seniana Santa y Semana de Pascua,
en latín y castellano : nueva edición puesta en dos co-
lumnas con 10 láminas finas. • *7
Idem en pasta y papel fino 26
Idem en tafilete. • - • 44
Recopilación ó sea instrucción manual de la táctica mi-
litar de caballería, que contiene la instrucción del re-
cluta y compañía , obligaciones dei cabo y sargento, y
todas las leyes penales, con una lámina que represen-
ta el caballo, ií
Recopilación de penas militares con arreglo á ordenan-
za V reales ó denos, que conti#*ne las obligaciones del
soldado , cabo y sargento de .infantería , la. instrucción
del recluta y comp*ñia , manual de guias y táctica de
guerrilla r otros machos tratados, 8.
Idem con laminas de guerrilla y figuras de mando con
la espada. ^