Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 El monstruo: filosofía e historia, o por qué José Ortega y Gasset no leyó nunca a Edward Gibbon The monster: philosophy and history, or why José Ortega y Gasset never read Edward Gibbon Antonio Lastra1 La torre del Virrey. Instituto de Estudios Culturales Avanzados (España) ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4470-4494 Recibido: 14-07-2022 Aceptado: 21-07-2022 Resumen Solo con el mayor de los escrúpulos podría señalarse una extraña omisión en el planteamiento del problema central de la relación de la filosofía con la historia, una omisión que se reflejaría en ‘History as a System’ (Historia como sistema) del filósofo español José Ortega y Gasset, un texto que se había publicado antes en alemán con el título ‘Die Lage der Wissenschaft und die historische Vernunft’ (El lugar de la ciencia y la razón histórica’) y que, al publicarse por primera 1 (
[email protected]). Antonio Lastra (Valencia, España, 1967) es doctor en Filosofía, profesor de Filosofía en el IES Camp de Túria (Liria, Valencia) e investigador externo del Instituto Franklin de Investigación en Pensamiento Norteamericano de la Universidad de Alcalá. Dirige La torre del Virrey. Instituto de Estudios Culturales Avanzados. Sus campos de trabajo preferentes son la ecología de la cultura, la traducción como lingua franca, la escritura constitucional americana, el problema teológico-político, la literatura inglesa y los estudios sobre cine. Su último libro es Estudios nobles (UCO Press/Editorial Universidad de Córdoba, 2020). En la actualidad prepara la edición y traducción de Una antología del espíritu de George Santayana. Entre sus últimos destacamos: edición y traducción del francés: Edward Gibbon, Ensayo sobre el estudio de la literatura, Ediciones del subsuelo, Barcelona, 2022; edición y traducción del inglés: Edward Gibbon, Memorias de mi vida, Cátedra, Madrid, 2022; edición y traducción del inglés: Walter Savage Landor, Pericles y Aspasia, en colaboración con José María Jiménez Caballero, Ápeiron Ediciones, Madrid, 2022 y “Las redenciones de Jacob Taubes” (Elettra Stimilli, Jacob Taubes), Claves de razón práctica 281 (marzo-abril de 2022), pp. 146-149, entre otros.
710 Antonio Lastra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 vez en la versión original, en 1941, formaría un libro junto con otro capítulo –evidentemente inacabado– dedicado al Imperio romano. En la relación de la historia como sistema con el Imperio romano, de dos “totalizaciones” –el término de Ortega en España invertebrada para referirse a la agencia romana en la historia– o dos aspiraciones a la totalidad de la vida civilizada, la omisión de Edward Gibbon resulta aún más extraña. Palabras-clave: Gibbon, Ortega y Gasset, filosofía, historia. Abstract Only with the greatest of scruples could a strange omission be pointed out in the approach to the central problem of the relationship between philosophy and history, an omission that would be reflected in ‘History as a System’ by the Spanish philosopher José Ortega and Gasset, a text that had previously been published in German under the title ‘Die Lage der Wissenschaft und die historische Vernunft’ (The place of science and historical reason) and which, when first published in the original version, in 1941, it would form a book together with another chapter –evidently unfinished– dedicated to the Roman Empire. In the relation of history as a system to the Roman Empire, of two “totalizations” –Ortega’s term in España invertebrada to refer to Roman agency in history– or two aspirations to the totality of civilized life, the omission of Edward Gibbon is even stranger. Keywords: Gibbon, Ortega y Gasset, philosophy, history. Si les philosophes ne sont pas toujours historiens, il seroit du moins à souhaiter que les historiens fussent philosophes. Edward Gibbon Essai sur l’étude de la littérature (1761), LII El gran historiador Dilthey decía que el filósofo de la historia es un monstruo mitad filósofo y mitad historiador. No hay tal filosofía de la historia. José ortEGa y GassEt Sobre una nueva interpretación de la historia universal (1948), I En 1936, bajo la dirección de Raymond Klibansky y Herbert James Paton, dos eruditos de procedencia e intereses vitales y académicos muy distintos a los que unía la lealtad al platonismo, la oxoniense Clarendon Press publicó Philosophy & History (Filosofía e historia), un grueso volumen de homenaje al
711 El monstruo: filosofía e historia, o por qué José Ortega y Gasset no leyó nunca a Edward Gibbon Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 entonces distinguido profesor Ernst Cassirer, heredero y último representante de la gran filosofía idealista alemana, que había pasado en la Universidad de Oxford los dos años anteriores –los primeros de su exilio tras la llegada al poder del nacionalsocialismo en Alemania en 1933 y la imposibilidad de seguir ocupando la cátedra de Hamburgo por su condición de judío–, antes de trasladarse a la de Gotemburgo en Suecia y encontrar definitivamente asilo en la de Yale, en los Estados Unidos. El exilio de Cassirer, y lo que suponía para la alta cultura europea, más que la ocasión de su sexagésimo aniversario, eran, sin duda, los verdaderos motivos existenciales de la Festschrift. El lema del libro (cuya autoría no identificaban los editores, aunque formaba parte del repertorio intelectual desde los Stromata de Clemente de Alejandría) era el fragmento 910 de Eurípides –perteneciente a una tragedia perdida sobre el mito de Antíope–, que ensalzaba la felicidad de quien hubiera aprendido de la ἱστορία (historia), un término reacio a la traducción que no se había consolidado del todo como “historia” y que significaba a la sazón el conocimiento adquirido por medio de una investigación, así como la narración misma o el testimonio de esa investigación2. Quien haya aprendido de la ἱστορία –decía el fragmento– no causará dolor a sus (con)ciudadanos ni practicará la injusticia, pues buscará (o contemplará con sus propios ojos: καθοράω) el orden que no envejece de la naturaleza inmortal (ἀθανάτου καθορῶν φύσεως / κόσμον ἀγήρων), así como de dónde proviene y cómo se ha constituido ese orden; quien haya aprendido de la ἱστορία, sobre todo, evitará los actos vergonzosos (αἰσχρῶν ἕργων). Las investigaciones de Cassirer lo hacían acreedor a esa felicidad, que los acontecimientos “históricos” no podían empañar del todo. En el sentido del fragmento de Eurípides, ἱστορία podría entenderse casi como φιλοσοφία (filosofía, otra transliteración de un término no traducido y tal vez intraducible) o como un modo de vida eminentemente contemplativo. En su carrera posterior, Klibansky rastrearía la continuidad platónica de esa vida contemplativa o teorética3. 2 El término aparecía en la primera línea del contemporáneo de Eurípides, Herodoto (Ἡροδότου Ἁλικαρνησσέος ἱστορίης ἀπόδεξις ἥδε), pero no en la de Tucídides. En contra de la costumbre generalizada hasta nuestros días de interpolar el término, Thomas Hobbes tradujo literalmente Θουκυδίδης Ἀθηναῖος ξυνέγραψε τὸν πόλεμον τῶν Πελοποννησίων καὶ Ἀθηναίων por “Thucydides, an Athenian, wrote the war of the Peloponnesians and the Athenians” en lugar de por “Tucídides ateniense escribió la historia de la guerra de los peloponesios y los atenienses”. Véase el inicio de Polibio (1.1.1-6), el historiador “romano” más importante según José Ortega y Gasset, y el inicio fragmentario de Dión Casio, el primer historiador mencionado en La historia de la declinación y caída del imperio romano de Edward Gibbon (en adelante, Declinación y caída). Salustio escribe ya unas Historiae. 3 Sobre la intraducibilidad del término φιλοσοφία, véase Rémi Brague, En medio de la Edad Media. Filosofías medievales en la cristiandad, el judaísmo y el islam, trad. A. Lastra y V. Páramo, Encuentro, Madrid, 2013. Ortega proporcionará una variación de la intraducibilidad de φιλοσοφία como “in-tradición” en el Prólogo a la Historia de la filosofía de Émile Bréhier, un texto muy cercano en el tiempo a Del Imperio romano, al que luego volveremos (véase la secuencia de ambos textos en Obras completas, vol. VI, FOM/Taurus, Madrid, 2017, pp. 83-132, 135-171; en adelante, OC,
712 Antonio Lastra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 En el prefacio, Klibansky y Paton mencionaban el “problema central” del volumen: la relación entre la filosofía y la historia –cuyo sentido habría ido separándose irremediablemente desde la antigüedad–, una relación a la que Cassirer había dedicado su vida hasta el punto de transformarla en una “doctrina de la civilización”. “Civilización” era, de hecho, uno de los conceptos de uso más frecuente en el volumen y podría deducirse de la intención de los editores, y de la obra de Cassirer, que la vitalidad o la decadencia de una civilización dependieran de establecer una relación adecuada, e incluso una reconciliación, entre la filosofía y la historia. Que estudiosos de países y tradiciones muy distintos se hubieran unido al homenaje forjaba de por sí, según los editores, un “vínculo espiritual duradero”. Cuando, casi treinta años después –el plazo orteguiano de una generación que conocería la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra–, ya fallecido Cassirer y muchos de los scholars que habían participado en el volumen (en el exilio como él o incluso de manera violenta alguno de ellos), se publicó una segunda edición, Klibansky y Paton advirtieron que sus opiniones se habían modificado en gran medida y que, sin embargo, el volumen se reimprimía “en su forma original sin cambio alguno”. Esa forma representaba “el pensamiento de un periodo en el que los temas tratados se estudiaban de una manera menos amplia que hoy”. Ni de Johann Huizinga, ni de Étienne Gilson, ni de Giovanni Gentile (ejecutado por la resistencia italiana en 1944 por su adhesión al fascismo) o de Émile Bréhier (del que se reproducía un pasaje de su Histoire de la philosophie), ni mucho menos de Erwin Panofsky y Fritz Saxl (con quienes un año después de la segunda edición, en 1964, Klibansky publicaría el monumental Saturn and Melancholy [Saturno y la melancolía], en el que habían estado trabajando desde los años veinte a instancias de Cassirer y Aby Warburg), por mencionar solo a quienes tal vez hayan resistido mejor la amenaza del olvido, podría decirse que hubieran estudiado la relación de la filosofía y la historia (o sus variaciones como historia de la filosofía y filosofía de la historia) o la propia civilización de una manera poco amplia, como tampoco era el caso de Cassirer, cuya Philosophie der symbolischen Formen (Filosofía de las formas simbólicas) –la única obra citada por los editores– tenía un carácter inequívocamente enciclopédico. “Menos amplia” podía significar paradójicamente un repliegue en la erudición ante la especialización de los campos de conocimiento y la democratización del acceso a la cultura. Solo con el mayor de los escrúpulos podría señalarse entonces una extraña omisión en el planteamiento del problema central de la relación de la filosofía con la historia, una omisión que se reflejaría en la obra de otro de los volumen y número de página). Véase Raymond Klibansky, The Continuity of the Platonic Tradition during the Middle Ages (1939), The Warburg Institute, Londres, 1981.
713 El monstruo: filosofía e historia, o por qué José Ortega y Gasset no leyó nunca a Edward Gibbon Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 participantes cuya contribución al volumen aspiraba a no dejar nada fuera de su consideración: ‘History as a System’ (Historia como sistema) del filósofo español José Ortega y Gasset, un texto que se había publicado un año antes en alemán con el título ‘Die Lage der Wissenschaft und die historische Vernunft’ (El lugar de la ciencia y la razón histórica’) y que, al publicarse por primera vez en la versión original, en 1941, formaría un libro junto con otro capítulo –evidentemente inacabado– dedicado al Imperio romano. En la relación de la historia como sistema (“el sistema de las experiencias humanas, que forman una cadena inexorable y única”, como decía Ortega) con el Imperio romano, de dos “totalizaciones” –el término de Ortega en España invertebrada para referirse a la agencia romana en la historia– o dos aspiraciones a la totalidad de la vida civilizada, la omisión de Edward Gibbon resulta aún más extraña4. En el caso de Cassirer, la omisión de Gibbon venía de antes. En 1932 había publicado el que sería su último libro en Alemania: Die Philosophie der Aufklärung (La filosofía de la Ilustración). El volumen, que muy pronto adquiriría un valor simbólico de lectura, que no tenía en su origen, como resistencia de la lumière frente al obscurantisme, formaba parte de una serie dedicada a las “ciencias filosóficas”, de marcado sesgo neokantiano, dirigida por Fritz Medicus (que, exiliado luego en Suiza, participaría también en la Festschrift de 1936 con una contribución sobre la objetividad del conocimiento histórico que cuestionaba sutilmente el lema clásico de la ἱστορία), e incluía un capítulo sobre “la conquista del mundo histórico” relativamente más breve que el capítulo dedicado a “los problemas fundamentales de la estética”. En la configuración de las “ciencias del espíritu”, la estética estaba llamada a compensar las dificultades de la filosofía de la historia en la misma medida en que la filosofía de la historia estaba llamada a compensar el fracaso de todos los ensayos filosóficos en teodicea5. En el prefacio, Cassirer advertía, sin embargo, que había tratado 4 Philosophy & History. Essays presented to Ernst Cassirer, ed. de R. Klibansky y H. J. Paton, The Clarendon Press, Oxford, 1936 (Harper Torchbooks, Nueva York, 19632, p. 315 para la cita de Ortega, que cito por la versión en español: Historia como sistema y Del imperio romano [OC 6.74-5; “totalización” en España invertebrada, OC 3.439-40]). Véase Tragicorum Graecorum Fragmenta, vol. 5, Euripides. Pars Prior, ed. de R. Kannicht, Vandenhoeck & Ruprecht, Gotinga, 2005, pp. 917-18. Sería interesante establecer en qué medida la edición de Philosophy & History constituía un programa de estudio paralelo a la composición de Saturno y la melancolía. Véase R. Klibansky, E. Panofsky y F. Saxl, Saturn and Melancholy. Studies in the History of Natural Philosophy, Religion, and Art (1964), nueva edición a cargo de P. Despoix y G. Leorux, McGill- Queen’s University Press, Montreal & Kinston, 2019 (Saturno y la melancolía, trad. de M. L. Balseiro, Alianza, Madrid, 2018). La Biblioteca del Instituto Warburg –en cuyo traslado de Hamburgo a Londres Saxl desempeñó un papel determinante– formaba el marco conceptual de Philosophy & History. 5 Sigo el planteamiento de Odo Marquard, Schwierigkeiten mit der Geschichtsphilosophie, Suhrkamp, Frankfurt a. M., 19822 (Dificultades con la filosofía de la historia, trad. de E. Ocaña, Pre- Textos, Valencia, 2007). Marquard fue el discípulo más destacado de Joachim Ritter (a quien estaba dedicado el libro), que se había formado en el Instituto Warburg con Cassirer.
714 Antonio Lastra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 de exponer “la acción dramática” del pensamiento ilustrado. A diferencia de la Festschrift, en la monografía sobre la Ilustración, cuyo título era susceptible de ser interpretado como una reducción del significado de la filosofía al acotarla a un momento histórico determinado (o al entender la Ilustración como un momento histórico determinado en el sentido del kantiano “Zeitalter der Aufklärung”), se mencionaba –una sola vez– a Gibbon en una enumeración genérica de historiadores ilustrados, todos los cuales, en opinión de Cassirer, habrían escrito bajo la influencia del logro filosófico (“philosophischer Leistung”) alcanzado por Voltaire en su Essai sur les moeurs et l’esprit des nations (Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones), publicado en 1756 y al que, en 1769, se había unido como discurso preliminar el célebre ensayo –e hito nominal– de 1765 La philosophie de l’histoire (La filosofía de la historia): “Si Voltaire influye en Francia sobre Turgot y Condorcet, en Inglaterra lo hace sobre Hume, Gibbon y Robertson”6. En la única ocasión en toda su obra en la que Ortega menciona a Gibbon –irónicamente, tratándose del autor de la Declinación y caída, en una nota a pie de página–, lo hace de la mano de la monografía de Cassirer. Tras aludir, como el filósofo de Hamburgo, al Essai sur les moeurs de Voltaire, Ortega escribe: “Para que el cuadro fuese completo, sería menester añadir la aportación de los ingleses –Gibbon, Hume” y, donde Cassirer había dicho que “Hume es una prueba inmediata de cuán estrecha ha llegado a ser la unión personal entre historia y filosofía”, Ortega añadía: “Hume, sobre todo, reclama un estudio muy atento”7. Cómo se unen en una misma persona filosofía e historia tal vez no constituya un problema de la filosofía de la Ilustración, sino de la filosofía en sí misma, ni de la filosofía de la historia, sino de la historia en sí misma. El joven filósofo que había sido Hume se había convertido en historiador sin dejar de ser escéptico respecto a la naturaleza humana. La acción dramática de su pensamiento estaba a la vista de sus lectores. Pero tanto Cassirer como Ortega daban la impresión de no haber leído con atención a los autores que mencionaban; desde luego de no haber leído en modo alguno la Declinación y caída de Gibbon. En cualquier caso, Paton, que en 1968 escribió un razonado libro sobre The Claim of Scotland (La reivindicación de Escocia), podría haber alegado que Hume, al menos (al igual que Robertson), era escocés, no inglés, e incluso que, en un momento dramático de su vida, Gibbon confesaría que 6 Ernst Cassirer, Die Philosophie der Aufklärung, J. C. B. Mohr (Paul Siebeck), Tubinga, 1932, p. 268 (Filosofía de la Ilustración, trad. de E. Ímaz, FCE, Madrid, 1993). 7 ‘Guillermo Dilthey y la idea de la vida’, OC 6.235, n.5. Dilthey había sido el mentor de Cassirer.
715 El monstruo: filosofía e historia, o por qué José Ortega y Gasset no leyó nunca a Edward Gibbon Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 había dejado de ser inglés8. Hume, sin duda, merece un estudio atento9 y su brevísima Autobiography –la autobiografía que suele publicarse como encabezamiento de su History of England (Historia de Inglaterra) en lugar de encabezar sus escritos filosóficos– es el documento que prueba literalmente la unión personal de filosofía e historia a la que se refería Cassirer; pero era un testimonio inimitable y de una felicidad peculiar, como Gibbon comprobaría al esbozar sus propias Memorias. En su descargo, Cassirer podría haber recordado que Hume escribió una Historia de Inglaterra, no de Escocia, y que convenció a Gibbon de que abandonara el francés y pasara a escribir en inglés o que, en sus Memorias, Gibbon incluiría la carta que, poco antes de morir, le envió Hume tras haber leído atentamente el primer volumen de la Declinación y caída para manifestarle, con toda la admiración de la que era capaz, su sorpresa por que fuera obra de “un inglés”10. Todo esto es más o menos anecdótico o circunstancial, como la ambigüedad del fragmento de Eurípides advertía al vincular como una hipótesis la felicidad con el aprendizaje de la ἱστορία y la capacidad para contar o dar testimonio de lo que se aprende. Sin embargo, la omisión de Gibbon (y la mención de Cassirer y Ortega es, en realidad, una omisión del deber de la auténtica lectura y un defecto del conocimiento original, de la ἱστορία en su acepción genuina), va más allá de lo personal. “Es raro –observaría Gibbon en una nota al pie de la Declinación y caída– que el anticuario [i. e. el historiador] y el filósofo se fundan felizmente”11. 8 H. J. Paton, The Claim of Scotland, Routledge, Londres, 2021, p. 121: “En el siglo XVIII, David Hume y William Robertson fueron considerados los fundadores de la historia moderna junto con Edward Gibbon”. (Paton añadía que, desde entonces, los historiadores escoceses no habían cumplido esa promesa inicial.) Véase Edward Gibbon, Memorias de mi vida, ed. de A. Lastra, Cátedra, Madrid, 2022, p. 128: “Un error y, a los ojos de mis compatriotas, un error serio e irreparable, se derivaba del éxito de mi educación suiza: había dejado de ser inglés. En el flexible periodo de la juventud, desde la edad de dieciséis años hasta los veintiuno, mis opiniones, hábitos y sentimientos se forjaron en un molde extranjero; el tenue y distante recuerdo de Inglaterra había quedado casi obliterado; mi lengua natal se había vuelto menos familiar y habría aceptado alegremente la oferta de una fortuna moderadamente independiente en los términos de un exilio perpetuo”. Sobre la relación de la historiografía con la Ilustración y el papel de Escocia, así como la dimensión de la influencia de Voltaire, véase J. G. A. Pocock, Barbarism and Religion, vol. 2: Narratives of Civil Government, Cambridge University Press, 1999. 9 Véanse, por ejemplo, Laurence L. Bongie, David Hume. Prophet of the Counter-revolution, Liberty Fund, Indianápolis, 2000, y James A. Harris, Hume. An Intellectual Portrait, Cambridge University Press, 2015. 10 Edward Gibbon, Memorias de mi vida, pp.244 y 298. Gibbon observa (en la última página citada) que nunca había “presumido de aceptar un lugar en el triunvirato de historiadores británicos”, en referencia a Hume, Robertson y Adam Smith, a los que podría añadirse –Gibbon no lo hace– a otro escocés, Adam Ferguson. 11 The History of the Decline and Fall of the Roman Empire [1776-1788], ed. de D. Womersley, Allen Lane, The Penguin Press, Londres, 1994, 3 vols., cap. iX, vol. 1, p. 251, n. 86 (“... the antiquarian and the philosopher”). En adelante, DF, capítulo, volumen y número de página.
716 Antonio Lastra Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 En 1936, Ortega emprendería también el camino del exilio y sus escritos sobre Roma y el Imperio romano, que se dispersan y solapan sobre lo que había escrito antes y escribiría durante los últimos diecinueve años de su vida, añadirían a su idea de la historia, y a su propia filosofía, una azarosa falta de integridad: la de no poder llevar a cabo una obra al respecto12. La publicación incompleta de Del Imperio romano no es una excepción en la ecdótica orteguiana. “Existe una historia –decía Ortega– que es paradigma de todas las demás por su materia y por el grado de madurez a que ha llegado su investigación, la historia de Roma.” En este enunciado, “historia” ya se había consolidado como algo distinto a una “investigación” testimonial u ocular, pero la historia de Roma era –como historia y como historiografía– tan importante que un eco de la ἱστορία original había de devolver las verae voces a quien la investigara. Ortega advertiría en muchas ocasiones, sin embargo, que la “historia ejemplar de Roma terminaba donde Mommsen” la había dejado: “en Julio César” –por quien Ortega sentía una admiración inversamente proporcional a la distancia que lo separaba del cesarismo–, y añadía que “lo que viene después, el Imperio, [sigue] siendo poco más que una leyenda”. En lo que podríamos considerar su investigación más exotérica como filósofo de la historia, la exposición y examen de A Study of History (Estudio de la historia) de Arnold Toynbee –una serie de lecciones impartida en 1948 ante el misceláneo público que se congregaba en el Instituto de Humanidades que había fundado a su intermitente vuelta del exilio–, Ortega ampliaría lo dicho en 1941: Tengo la impresión de que la historia del Imperio romano está por contar y la realidad que él fue no ha sido nunca entendida. Mommsen, uno de los pocos genios que ha habido en la ciencia histórica (y al que por mi parte dedico un fervoroso culto), detuvo, como es sabido, su Historia Romana al llegar a él. Se cuenta que en un viaje perdió el manuscrito donde lo trataba, pero sabemos perfectamente que su contenido no podía ser acertado. Mommsen, que entendió de modo magistral la Roma republicana, no vio ya claramente la figura de César y, no por casualidad sino por las condiciones del tiempo en el que vivió, padecía completa ceguera para la nueva y extraña fisonomía histórica que el Imperio romano significa. Por eso ni siquiera en el plano que era su fuerte más fuerte, en el estudio del derecho y de las instituciones, acertó a interpretar la figura estatal de 12 En un fragmento póstumo, Ortega equiparó el exilio (o “emigración”) con el silencio y llegó a afirmar que la libertad de expresión no había existido realmente “en ningún país del mundo” (el énfasis es del propio Ortega). Una de sus imágenes más impactantes coincide casi literalmente con el famoso final del capítulo III de la Declinación y caída de Gibbon. “El Planeta entero – escribe Ortega– se ha convertido en gigantesca ratonera, en sideral prisión” (‘Llevo doce años de silencio’, OC 9.703). “Pero el imperio de los romanos –escribe Gibbon– llenaba el mundo y, cuando ese imperio cayó en las manos de una sola persona, el mundo se convirtió en una prisión segura y lóbrega para sus enemigos” (DF iii, 1.107). En el mismo texto, Ortega explica que, entre 1936 y 1945 [los “doce” años de silencio], “han acontecido en el Planeta [sic] las cosas más graves que han acontecido desde hace catorce siglos”, i. e. desde la caída del Imperio romano de Occidente a finales del siglo V.
717 El monstruo: filosofía e historia, o por qué José Ortega y Gasset no leyó nunca a Edward Gibbon Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 25, nº 51. Tercer cuatrimestre de 2022. Pp. 709-722. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i51.34 aquel cuerpo político, como nuevos documentos y análisis posteriores han demostrado después13. El “fervoroso culto” a Theodor Mommsen podría explicar en parte la omisión orteguiana de Gibbon: si el Imperio era poco más que una leyenda y su historia estaba por contar, la Declinación y caída –la obra de historia más importante del siglo XVIII, por encima de las historias de Hume y Robertson, y en muchos aspectos la “historia” del Imperio romano por antonomasia– parecía haberse borrado o haber quedado obliterada, pues esa era precisamente la historia que contaba. No podríamos decir, sin embargo, que Mommsen no la leyera. De hecho, que la leyera con mucha atención fue probablemente la razón de que no escribiera él mismo su propia historia del Imperio, a pesar de que, durante el medio siglo que siguió a la primera edición de su Römische Geschichte (Historia de Roma, 1854-1885) hasta su muerte en 1902 dictara numerosas lecciones sobre el Imperio y recolectara mucha más información al respecto de la que Gibbon había podido manejar, al margen de que Mommsen tuviera a su disposición toda la höhere Philologie de la universidad alemana del siglo XIX (de la que la filología era la piedra angular) y Gibbon hubiera trabajado –como Warburg– de una manera casi exclusiva en su biblioteca personal. G. W. Bowersock lo ilustró en su momento diciendo que “Mommsen debía saber que era un erudito mejor que Gibbon, pero temía que Gibbon fuera mejor historiador”. Que Bowersock no dijera que Mommsen temiera que Gibbon fuera “mejor escritor” –elogiar el estilo de Gibbon suele ser un modo de relegarlo como historiador y la Historia de Roma le valdría a Mommsen el premio Nobel de Literatura– es crucial aquí: Gibbon, que no habría presumido de aceptar un lugar entre los historiadores británicos, se sabía un erudito, y probablemente un historiador, mejor que el philosophe Voltaire, a quien siempre reprocharía su superficialidad, pero no un escritor mejor, aunque el estilo de Gibbon –a pesar de los epítetos de marmóreo, augusto, pomposo, etc., que se repiten continuamente– sea realmente el adecuado a su tema y brote, precisamente, de la recreación de la lengua inglesa en contacto con la materia de su obra. Gibbon parece haber traducido el lenguaje de la historia del Imperio romano al inglés. (También de Ortega se ha dicho que era demasiado buen escritor para ser un buen filósofo.) Bowersock recuerda que, cuando Francis Henry Pelham, profesor de Historia Antigua en Oxford (y que infructuosamente trató también de escribir una historia del Imperio romano) invitó a Mommsen a la celebración del primer centenario de la muerte de Gibbon, el gran historiador alemán respondió –en una célebre carta redactada en inglés– para rechazar el ofrecimiento de asistir a los actos o escribir en su lugar un tributo público. La 13 Historia como sistema y Del Imperio romano, OC 6.85, y Sobre una nueva interpretación de la historia universal. Exposición y examen de la obra de Arnold Toynbee A Study of History, OC 9.1247.