El republicanismo en la prensa en las crisis ibéricas finiseculares : Portugal (1890) y España (1898)
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EL REPUBLICANISMO EN LA PRENSA EN LAS CRISIS IBERICAS FINISECULARES : PORTUGAL (1890) Y ESPAÑA (1898) José Tengarrinha Universidad de Lisboa Las crisis finiseculares de 1890 en Portugal y de 1898 en España han evidenciado como uno de sus trazos más salientes la importancia de la opinión publica, con un relieve excepcional, en la historia política de los países ibéricos. Eso es evidente. Pero es necesario, además, comprender como eso ha sido el punto alto de un proceso complejo que se desarrolló desde las revoluciones liberales y como ha evolucionado para formas nuevas en la relación de la opinión publica con la sociedad y el Estado. Desde esta perspectiva, subrayemos, ante todo, tres cuestiones teóricas y metodológicas que parecen pertinentes en el contexto del congreso. En primer lugar, discutir lo que es opinión publica, considerada no solo desde el punto de vista teórico como también en cada momento histórico. Por ejemplo, cuando se trata de la formación de bloques de opinión nacional o de espacios públicos en donde se forma libremente una opinión crítica. Y como ha evolucionado la relación con el Estado antes y después del viraje fundamental que fue el desarrollo autónomo de la opinión publica. Veamos después lo que es en cada momento histórico la base social de la opinión pública. Los primeros liberales del trienio la utilizaron demagógicamente como el tribunal verdadero y el reflejo de la Nación, se basando en los grupos exaltados urbanos. Pero no fueron más allá. No definieron opinión pública ni su base social. Son los campesinos? Son las capas inferiores de la sociedad rural? Serán incluso las capas bajas urbanas? Evidentemente no. Las primeras definiciones han sido hechas por los liberales de la segunda generación (sobretodo Almeida Garrett y Alexandre Herculano). Para ellos la opinión pública era identificada con la clase media, en otras palabras los poseyentes de bienes propios. El concepto perdurará a lo largo del siglo XIX y aun después. Por fin, cual el papel de la opinión pública como agente o factor histórico? Podremos decir que, excepto en algunos momentos del trienio liberal en estrecha unión con los periódicos liberales de izquierda, la opinión publica no tuvo influencia directa en el curso político hasta 1868 (levantamiento popular de enero). Incluso, por ejemplo, las grandes
2 campañas periodísticas de la década de 1840 contra la dictadura administrativa de Costa Cabral (el aliado del español Narvaez) crearon muy amplias e vigorosas corrientes de opinión pública en los principales centros urbanos, pero no han provocado la caída del gobierno. Tampoco tuvieron reflejos significativos en los resultados electorales. Con las revoluciones liberales las corrientes de la opinión publica se habían formado en la secuencia de la capacidad de estructuración y desarrollo de mecanismos internos de formulación y conceptualización conjugada con la generalización de instrumentos y medios de difusión que, superando los tradicionales círculos restrictos, permitieron hacer publica la opinión. El nuevo encuadramiento institucional ha permitido la difusión de opiniones que se afirman y permanecen porque encuentran audiencia estable en grupos sociales con alguna amplitud, esto es, con fuerza argumentativa para se imponer y mecanismos de difusión y capacidad de recepción suficientes para que el mensaje fuera ampliamente transmitido, recogido y conservado. Lo que, en otras palabras, muestra haber un grupo que de cualquier modo y con todas las limitaciones ya era capaz de formular puntos de vista para área social más amplia y que esa área no solo podía acoger eses puntos de vista como también les conferir dimensión de intervención. Así, el gran contraste con los finales del siglo XVIII es que la esfera publica que se va formando desde el trienio liberal comienza a desarrollar ya alguna mediatización entre el Estado y la sociedad. Pero muy floja. Porque tres condicionantes deberemos subrayar. 1. La inconsistencia de las instituciones del régimen constitucional y la insuficiente definición de los alineamientos políticos, además la carencia de instancias políticas y sociales de mediación no han permitido que el Estado desempeñase un papel regulador creando suficientes canales y medios de recepción y de respuesta adecuados a las aspiraciones sociales. 2. Por otra parte, la fragilidad o inexistencia de las instancias de mediación no permite que se constituyan espacios de opinión suficientemente amplios y consistentes en donde la relación con las instancias representativas formales se hagan sea como complemento sea como confronto, de cualquier modo buscando regular racionalmente la controversia social. 3. Así, no hay condiciones para una mediatización regular entre opinión publica y Estado. La opinión publica surge frecuentemente como un contra-poder. Es bien nítida la distinción entre los procesos de comunicación publica autónomos y los dominados por el Poder, provocando una relación ambivalente entre opinión publica y autoridad política. Es esta la situación, por lo menos en Portugal, hasta las vísperas de la crisis de 1890.
3 En efecto, en Portugal las organizaciones sociales que se forman en el tercero cuartel del siglo XIX, incluso las denominadas obreras, hasta 1872 tienen un carácter mutualista, integradas en el sistema, no de lucha reivindicativa y de ruptura social y política. Por otro lado, durante ese período, los partidos monárquicos (sea lo menos conservador sea lo más conservador) buscaban atraer las aspiraciones republicanas, más visibles desde la guerra civil de 1846-1847, aprovechando las incertidumbres y indefiniciones de la ala republicana moderada en alguna sintonía con las posiciones críticas de los partidos monárquicos cuando eran en oposición al gobierno. Esta es la transición para una nueva fase en la relación entre Opinión Pública – Prensa – Instituciones Políticas. Esta crisis, como otra cualquiera, necesita de lugares de opinión y los periódicos son los más importantes. Se descubre, entonces, más fuerte que nunca, que el campo de influencia de una idea o de un proyecto resulta, sobretodo, de su ligación al ciudadano y que hay una problemática política, social y cultural que sale de la esfera oficial. Pero las divisiones en el campo republicano, sobretodo entre moderados y radicales, y las disputas personales dentro de cada uno de éstos campos no permitían la formación de una ideología consistente, mucho menos de una estrategia de intervención política. Por consiguiente, se profundizaba la distancia entre prensa y dirigentes republicanos. Los periódicos con tendencias republicanas se confrontaban duramente con los dirigentes republicanos, acusándolos de tibieza, incoherencia, desorganización porque estaban preocupados apenas con las luchas electorales y parlamentares, limitados a la propaganda sin una perspectiva revolucionaria. Efectivamente, las corrientes republicanas no tenían entonces preocupación principal de intervención política activa, de movilización y organización de potenciales apoyos ni de se transformaren en organizaciones de masas. Las grandes emociones públicas pasarán a la margen del Partido Republicano, de sus dirigentes y de su orientación. Para comprender las causas y la dimensión de esta crisis hay que tener en cuenta un conjunto muy variado de factores. En primer lugar, las circunstancias críticas que se desarrollaron al final de la década de 1880, después de un corto ciclo de prosperidad y que culminaron al principio de la década siguiente, inestabilizando la sociedad portuguesa en muy variados planos. En Europa, las medidas aduaneras proteccionistas se reforzaban, sobretodo en los países periféricos, para los cuales la defensa delante de los países con industria más desarrollada se colocaba no en términos de una simples cuestión de ventaje coyuntural, pero para sobrevivir. Con esta situación se relacionan también los nacionalismos que emergen entonces en el continente, tomando formas y dinámicas variadas y
4 que en Portugal se hicieron sentir también muy fuertes. Estas ideas articuladas de “crisis” y de “defensa de nacionalidad” se propagaron en las capas medias urbanas y en las elites intelectuales, sobretodo desde finales del tercero cuartel de Ochocientos. Se relacionaban con una conciencia de “decadencia” evidenciada por la posición cada vez más marginal del país, frecuentemente referida en los círculos internacionales y tan duramente apostrofada por el primer ministro inglés el marqués de Salisbury cuando apuntara Portugal y España como países “moribundos”. Tenia a ver, también, con la crisis de valores de la sociedad tradicional que irremediablemente acababa, ante la fragilidad y indecisión de los valores que despuntaban y que con tanto dramatismo sería expresado por la Generación de Noventa. Tenia a ver, también, con la preocupante dimensión de la llamada “cuestión social”, expresada por conflictos obreros crecientes desde 1872. Tenia a ver, también, con la ola de pesimismo que creciera y se expresara por la llamada “epidemia de suicidios”, sobretodo en la elite intelectual. Se ve mejor, así, por qué razón era tan sensible la cuestión de la “dignidad nacional”, ante las menazas crecientes de las potencias europeas en África. A punto de los exploradores portugueses desde 1877 asumieren la dimensión mítica de los mayores héroes de la historia nacional. En otras palabras, las grandes emociones públicas, en un cuadro de crisis económica, social y moral, han sido desencadenadas por ese fenómeno nuevo, que afecta las capas burguesas urbanas, de la fuerte emergencia de los sentimientos nacionalistas exacerbados por los ataques a la soberanía portuguesa en África. Fue, primero, el desventajoso tratado de Lourenço Marques (hoy Maputo), que despertó en 1880 la conmemoración publica y muy participada del tricentenario de la muerte del poeta Camões, símbolo de la Patria. Fueron, dos años después, la conmemoración publica del centenario de la muerte del marqués de Pombal, como símbolo de la renovación de la monarquía, de la lucha contra la dependencia de Inglaterra y de la oposición a la iglesia tradicional. Fueron, desde 1886, las pretensiones británicas y alemanas en África tras la Conferencia de Berlín. Y fue, por fin, el Ultimatum inglés de 1890, contrariando la pretensión portuguesa de unir sus posesiones de África oriental y occidental. El Partido Republicano no era preparado para liderar los acontecimientos y eventualmente conducirlos según una perspectiva revolucionaria. Ha demostrado su radical incapacidad para orientar revolucionariamente la indignación de las masas. Al final de 1890 la indignación contra los líderes del Partido Republicano era casi tan grande como contra la monarquía que aceptara las exigencias británicas. En esta situación, la prensa republicana asume el primer papel político. Ante la falencia de los partidos, son los periódicos que impulsan, organizan y dirigen en gran parte la opinión pública. Es el resultado del
5 desarrollo autónomo de la opinión publica que hace que sea el papel informal de la prensa a tener la mayor importancia para el encuadramiento y movilización de esa opinión. Desempeña así influencia fundamental sea en la formación y expansión de la opinión pública crítica sea en su impulsión intervencionista. Queremos decir, en otras palabras, que delante de la inexistencia o la fragilidad de las organizaciones políticas son sobretodo los periódicos, como medios de “publicidad crítica”, que durante la crisis finisecular aseguran la mediatización entre el dominio de la comunicación y opiniones formales y el dominio de la comunicación y opiniones informales. Pero deberemos subrayar que este es también un caso significativo de como aquella que podríamos denominar “opinión pública crítica” pude ser en gran parte impulsada y incluso dominada por la “opinión generalizada y superficial”. La emoción se sobrepone en gran parte a la razón. En este contexto, el papel político de la calle asume la mayor importancia. Para comprenderlo es necesario tener en cuenta los antecedentes recientes. Fueron los obreros, excluidos del cuerpo electoral, quien entonces enfrentaron sistemáticamente, y no esporádicamente, en la calle el poder formalmente constituido por el voto. La contestación obrera hace de la calle un espacio habitual de protesta, que en general se acepta por exprimir y producir “opinión pública”, en confrontación no solo con el poder político como también, sobretodo, con el orden social. La ruptura consecuente crea una situación nueva pues es la propia naturaleza social del Estado que es puesta en causa, lo que torna imposible así la mediatización de este con un cuerpo de la sociedad. Es el nuevo papel político informal de la calle que es el catalizador de este escenario para las protestas publicas de la burguesía urbana en las movilizaciones de la década de 80 que culminaron en la crisis de 90. La amplitud y el vigor de la protesta publica tiene también relación, como dijimos, con el fenómeno del fortalecimiento de la conciencia de nación. Siendo la politización un proceso de integración nacional, se daba un paso importante en el sentido de disminuir el dominante apolitismo de la populación. Pero los factores estructurantes eran ahora diferentes del pasado. Entonces, durante las Invasiones Francesas, la Iglesia y el Trono fueron factores de agregación fundamentales: en el plano ideológico, la “guerra religiosa” que la Iglesia lidera contra los jacobinos y los impíos franceses; a su vez, en la figura del príncipe D. Juan, futuro rey, se concretizaba la identificación entre Estado y Nación. Pero al final del siglo XIX la cuestión se colocaba en otros términos. El desarrollo del Estado liberal provocara la creciente laicización de la sociedad y la debilitación del poder institucional de la Iglesia. A su vez, el rey había diminuido su valor simbólico y se presentaba ahora más como un primer magistrado que debía obediencia a los representantes de la Nación. Se había transferido el centro
6 de los sentimientos de dependencia y solidariedad de la orden personal, el rey, para la orden impersonal, la Patria. Lo que no fue posible en los primeros períodos constitucionales por insuficiente estructuración de la sociedad liberal, creando vacíos de representación de poder y autoridad – que justifican en parte el miguelismo en Portugal y el carlismo en España – se concretizaba ahora entorno a los conceptos solidarios de Pueblo – Nación – Estado – Patria, que pasan a ser la principal matriz de la conceptualización política generalizada. Se comprende, pues, que hayan sido eses valores, potenciados en la situación convulsionada del país, que eran en el centro de los inflamados mensajes de los periódicos, constituyendo así los principales dinamizadores ideológicos en la movilización de las capas medias urbanas. La considerable proyección popular de las referidas conmemoraciones centenarias tuvo esencialmente ese significado. En estas condiciones, el contenido político del proceso es evidente, pero muy limitado. Fuera de la influencia de los partidos, la gran emoción popular no ha sido conducida para la creación de una consistente alternativa a la monarquía. Solamente algunos periódicos, ante la evidente incapacidad de enfrentar el coloso británico, han sugerido proyectos de una confederación ibérica republicanizada, que tuviera fuerzas para se oponer al poder de la “pérfida Albion” y libertar Portugal del Trono traidor. Pero fueron proyectos débiles, sin fuerza argumentativa suficiente ni capacidad de larga influencia en los círculos políticos. Estos proyectos no pasan las fronteras de Portugal. En la opinión pública española, la crisis del Ultimatum de 1890 en Portugal no tiene especial repercusión. Pero si el pronunciamiento republicano de Oporto, en 31 de enero del año siguiente, en parte en la secuencia de aquél pero también sin la dirección del Partido Republicano. Las referencias destacadas que lo hacen los periódicos españoles presentan diversas orientaciones de acuerdo con el posicionamiento político de cada cual y siempre condicionados por la perspectiva de la coyuntura política interna, especialmente tensa en víspera de elecciones. Aunque a partir de posicionamientos ideológicos muy distintos, carlistas y republicanos coinciden en lo mismo deseo de la caída del régimen monárquico portugués. El carlismo consideraba que el pronunciamiento de Oporto fue la evidencia de las profundas contradicciones de la monarquía portuguesa, lo que sería extensible a la española; a su vez, los diversos grupos republicanos, también pensando más en la situación española que en la portuguesa, defienden haber sido un señal – aunque fracasado – del proceso irreversible del desmoronamiento del régimen monárquico. Solamente habría que esperar. Pero en la prensa republicana misma hay posiciones contradictorias, desde los que temían los reflejos en la orden publica en España (La Justicia, de izquierda) hasta los que lo consideraban un acto
7 patriótico de la renovación indispensable de la vida política, prueba del avance del republicanismo en los países Mediterráneos y condenaban la violenta represión de que fueron víctimas los revolucionarios. Para otros habría que encarar el pronunciamiento de Oporto como un señal preocupante del malestar profundo que tenía origen en las múltiplas insuficiencias del régimen que era necesario superar para garantizar su estabilidad y incluso su continuidad. Además había los periódicos más conservadores, defensores del gobierno español y de sus buenas relaciones con Lisboa, que condenaran furiosamente el pronunciamiento. Para estos la intentona no se podría haber producido en peor momento, la víspera electoral, cuando el resultado se prenunciaba una incógnita. Al contrario, los republicanos admitían que los acontecimientos de Oporto podrían influenciar positivamente los resultados electorales. Pero, por los datos disponibles es imposible concluir si tuvieron alguna influencia, lo más probable es que no tuvieron ninguna. La falta de perspectiva revolucionaria y de consistencia organizativa del Partido Republicano Portugués y al mismo tiempo la falta de unidad y convergencia ideológica y estratégica de los grupos republicanos españoles non han permitido un mínimo de cooperación en esta fase crítica de las monarquías ibéricas. Una vez más están de espaldas contra espaldas, con un mixto de recelo, desconocimiento y vacío. Situación no muy diferente se vive en Portugal cuando ocurrió el “Desastre” español de 1898. Pero hay que subrayar que las crisis no son idénticas ni cuanto a las características ni cuanto a los desenlaces. Para Portugal, al contrario de España, no ha significado su fin como potencia imperial pero si el inicio del tercero imperio. Aunque, sin duda, los dos fenómenos se insieren en una crisis profunda y irreversible del viejo sistema imperial aun protagonizado por Portugal y España pero no sustentable ante las nuevas dinámicas imperiales impulsadas por la Revolución Industrial. Se trataba – según la referida definición de Salisbury – del contraste entre las naciones moribundas (dying) y las vigorosas (living). Los diferentes procesos y resultados provocaran también incidencias ideológicas y políticas diversas en los dos países. En el caso portugués, apenas hicieron surgir algunas nuevas ideas sobre el desarrollo de los territorios africanos que no pasaron de meras intenciones y no contestaban la legitimidad y las ventajas del viejo imperio. En Portugal no hubo guerra con Inglaterra, todo se pasó en el campo diplomático, sin afectar a medio plazo la vieja alianza. La emoción ha sido muy fuerte, pero efímera, y la debilidad de la fracasada revuelta de 1891 muestra que no tuvo reflejos profundos en la contestación del régimen monárquico.
8 Al contrario, en el caso de España ha provocado la necesidad de repensar profundamente el pasado imperial y el futuro de la nación sin imperio. Una producción intelectual abundante y fuertemente crítica hizo surgir propuestas muy innovadoras sobre la necesidad de reestructuración del Estado, reformulaciones sobre el sistema político, reflexiones sobre el problema de la integridad de la nación (aquí se comienzan a notar las diferencias entre las distintas regiones, con destaque para el regionalismo catalán), al mismo tiempo que hay que enfrentar la turbulencia que se desencadena en ciertas capas sociales con prolongadas olas de choque en la opinión publica que convierte la derrota en verdadero “desastre”. Hay que subrayar que la derrota de 1898 culmina una guerra abierta con los Estados Unidos (en Cuba y Filipinas) que ha sido siempre acompañada dramáticamente por la opinión publica española. Pero hay que ver también el reverso de esta opinión publica sea en el caso español sea portugués. En el conflicto portugués tiene papel importante la prensa inglesa y su influencia en la respectiva opinión publica. Pero mucho más destacado fue, en el conflicto español, el papel de la opinión publica norteamericana, manipulada por su Prensa, lo que en los momentos críticos aparece con la mayor evidencia. El examen de los principales periódicos y de las crónicas permiten concluir que fue considerable el impacto en Portugal de la crisis española de 1898, aunque con variaciones de intensidad. Si los periódicos son de algún modo el reflejo de la opinión pública y la influencian, podremos decir que, ante el “Desastre”, las principales corrientes de la opinión politizada en Portugal no son uniformes. Es natural que hubiese sido así porque fue un proceso muy complejo desde el recomienzo del movimiento por la independencia cubana, el febrero 1895, pasando por la guerra hispano-americana hasta el tratado de Paris. A pesar de las medidas restrictivas sobre la prensa tras el pronunciamiento de 1891, la censura en Portugal no tuvo intervención en los noticiarios y comentarios sobre la crisis española. Desde el inicio, el renacimiento del movimiento de independencia en Cuba mereció alguna atención de la prensa. Las primeras noticias aparecen en los diarios el 1 de marzo de 1895, en general en la primera página. El periódico de orígenes republicanas O Século comienza la noticia, con énfasis, diciendo que se trata de “preparativos revolucionarios con la intención de proclamar la república en Cuba”, de acuerdo, alias, con los círculos políticos neoyorquinos. Durante ese mes de marzo los principales periódicos mantienen sus lectores informados con noticias diarias cortas y objetivas sobre las reacciones políticas en Madrid, los movimientos de guerrillas y las operaciones militares en la isla. En una segunda fase, desde comienzos de noviembre de 1897, la cuestión vuelve a las páginas de los periódicos, que se dan cuenta de la
9 dislocación que entonces se verifica del eje político de las decisiones. Es destacada la actitud de la Junta Revolucionaria de Nueva York que recusa cualquiera reforma política en Cuba que no tuviera en cuenta la independencia de la isla. Aumenta la atención sobre las declaraciones del Senado norteamericano y del presidente McKinley. A lo largo del mes de noviembre se dan cuenta de las reformas políticas para Cuba que se preparaban en Madrid. A partir de 8 diciembre recrudece el interés por la cuestión de Cuba con la publicación del aguardado mensaje del presidente McKinley al Senado norteamericano. Se daba cuenta, subliminalmente, que la aparente cordialidad de McKinley en la verdad ocultaba una menaza y un irreprimible deseo de intervenir, aunque se presentando como protector. La tercera fase, decisiva, se inicia con las noticias, el 17 febrero 1898, de la enorme explosión en el acorazado norteamericano “Maine” en la bahía de Habana. Es evidente la preocupación sobre las consecuencias diplomáticas de este incidente que las fuerzas belicistas norteamericanas aprovechaban, responsabilizando a España. Se da cuenta que los acontecimientos se precipitan acompañados de emoción cada vez mayor en Nueva York y Madrid, tras el fracaso de los esfuerzos de mediación. Es perceptible la tensa expectativa publica. Por eso, como refieren algunos periódicos, es casi con una sensación de alivio que se recibe la noticia de la eclosión de la guerra. Todos los periódicos publican con relieve las noticias del Ultimatum norteamericano a España y después del desarrollo del conflicto. En la prensa portuguesa, incluso el conservador O Ocidente hasta el republicano A Vanguarda, son generalizadas las declaraciones de solidariedad con España, sobretodo cuando sufre las derrotas navales. Es general, también, la condenación de la actitud de fuerza de los Estados Unidos y del delirante y festivo entusiasmo con que su pueblo la ha recibido, mostrando así “una triste idea de su educación democrática, de su ideal de justicia, del estado de su conciencia” (el conservador Diário de Notícias, 22 de abril de 1898). Y sigue diciendo que “otro, muy diverso, fue en los últimos tiempos el procedimiento de España y por eso un coro de simpatías la envuelve”. Este mismo periódico, por primera vez, no se limita a transcribir textualmente los telegramas y correspondencias relatando objetivamente los hechos pero durante varios días publica el tema con el mayor destaque en la primera pagina y incluso en el editorial. Asumiendo un entusiasmo rarísimo, aunque se reafirmando “espectador sereno y imparcial”, dice “no poder observar la lucha sin un gran estremecimiento del corazón” [...] “viendo quizá se jugar los destinos de un pueblo, pero ese pueblo, se caer vencido, morirá cantando las estrofas del ‘Romancero’”. Con respecto del periódico O Século, sus posiciones ante los acontecimientos son expresión de los equívocos y ambigüedades políticas