Cascadas, manantiales y goteos: Postfolio
Abstract
Una crítica ácida que el autor lanza a la colonización ideológica que lleva a cabo el cine americano y sus efectos de confusión y oscurantismo. En una sociedad que se torna espectacular, acrítica y apolítica, el cine, el periodismo, la televisión y la arquitectura cumplen con una función emancipatoria que sintetiza el esteticismo, la falsificación y la vulgaridad.
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POSTFOLIO CASCADAS, MANANTIALES Y GOTEOS Antonio Miranda Una crítica ácida que el autor lanza a la colonización ideológica que lleva a cabo el cine americano y sus efectos de confusión y oscurantismo. En una sociedad que se torna espectacular, acrítica y apolítica, el cine, el periodismo, la televisión y la arquitectura cumplen con una función emancipatoria que sintetiza el esteticismo, la falsificación y la vulgaridad. E 1 tipo en cuestión, un eterno universitario, además de cinéfilo despistado, era un crítico aficionado y un teórico diletante; pero había leído en serio a Baudelaire, a Pound y a Benjamín. Confundía las películas de Coppola, Scorssese y Cimino, simplemente por la común fonética italianizante de sus apellidos; pero había conseguido publicar una página memorable de extremada irritación tras haber ido a ver, estimulado por la crítica orgánica, La Bella y la Bestia de Disney. El Disney precongelado había sido un eficaz ideólogo, con enorme poder sobre los niños del Imperio, a lo largo de varias generaciones; un verdadero corruptor de menores, según palabras de algunos sabios con pocos modales; pero al menos sus obras tenían un cierto valor plástico (Donald, Tío Gilito, Gooffi, ... ) con sus colores planos radicales, su abstracta imperfección y su adecuada movilidad. Las producciones de los herederos y sucesores, postmodernos y rococós, con sus difuminados kitsch y con aquellas heroínas de uñas largas al gusto vulgar, eran doblemente ideológicas por cuanto más atractivas. El ternurismo cómplice de Disney, ya explícito en Bambi y Dumbo, no era mas que el lubricante lúbrico y conformista de la ideología del gendarme imperial que más tarde justificaría las acciones de todas las guerras de agresión de origen económico. En rigor, nuestro diletante, como los fabricantes de esos disneys de segunda congelación, parecía no saber nada sobre cine. Pero ello no le impedía opinar. Desdeñaba los valores plásticos y cinéticos ensimismados, el montaje de plano y contraplano, la puesta en escena espectacular, la ambientación mimética, el ritmo mareante de los clips y, cualquier vestigio retórico del arte cinematográfico. Lo politizaba todo y era incapaz de ver en el cine algo que no fuera cultura de combate, o sea, Kulturkampf Lo/ita era un magistral ensa- -XCIX - 99 ASTRAGALO, 09 (1998) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1998.i09.13 Profesor-arquitecto, Universidad Politécnica de Madrid.
yo sobre la frivolidad encarnada por Peter Sellers, de la misma manera que Pargo abordaba un estupendo estudio sobre la estupidez en la sociedad de consumo. «Adoraba» el cine de Arthur Penn. Más tarde escribió otra página lega pero igualmente interesante a la que tituló «Nueve horteradas y media». Allí denunciaba el mal menor, el error, la simple comercialidad de la historia del yuppy reaganiano, sus modales, su vida, su ambiente postmoderno -es decir antimoderno-- y toda la miseria irttelectual y estética que encerraba aquel film de título parecido al de su escrito. Se quedó sin escribir una ácida crónica sobre la bienintencionada obra de S tone: Nacido el 4 de Julio. No podía atacar una película que, a fin de cuentas, denunciaba el agresivo nacionalismo norteamericano nutrido por el individualismo, la inyección ideológica familiar y ambiental, o la falacia permanente de los gobernantes, más al servicio de El Poder que en el poder. Toda la obra se reducía a la periferia sicológica del asunto -conversión pacifista incluidarecorrida por un soldadito ingenuo y engañado, también, por los medios de comunicación. Pero había cierta verdad en todo aquello: la conversación con el enfermero negro que considera que la de Vietnam no es la guerra de los negros (por más que murieran en ella, en proporción, muchos más que blancos) o la certera pintura de la lucha estudiantil plena de cobardía, snobismo y fácil pacifismo. El conformismo acrítico estaba patente en el grito repetido: «¡uno, dos, tres, cuatro, esta guerra es un fracaso!». Obviamente, los universitarios estaban contra la guerra no por auténtico 100 pacifismo -sentimiento, casi siempre sospechoso de complicidadsino por oportunismo: si la guerra no hubiera sido un fracaso -el calvinismo no perdonatal vez no se hubieran amotinado. Se dieron cuenta demasiado tarde de que la enorme rentabilidad de la guerra para media docena de compatriotas, era, en cambio, muy baja para ellos. Aun así, hoy sabemos que la contabilidad final arrojó un buen saldo: por cada norteamericano muerto, cincuenta norvietnamitas muertos. El final de la película representaba la oportunidad perdida. El antiguo triunfador en béisbol, estudios y lucha libre, tras el fracaso militar, volvía a resplandecer bajo las cámaras, los focos y el éxito de público: «Voy a hablar ante el Congreso, voy a decir toda la verdad». Pero, ¡oh dolor!, en ese momento tan deseado aparece censurante y castrador el rótulo fatídico: FIN .... Ni una palabra de la VERDAD, esa verdad que nos revela que los malos, o sea, los gobernantes y militares no son sino los chicos de los recados de los verdaderos responsables, los poderes económicos y financieros, la gran máquina industrial de armamentos y sus dueños engominados y enjoyados, los consejos de administración de las grandes compañías del acero, el petróleo, el carbón y el caucho. Para ese Poder, el único poder, las guerras nunca son un fracaso. El pobre J. F. K., como el aprendiz de brujo, había puesto -gallito universitario-- en marcha toda la maquinaria letal que, una vez desatada, intentó volver a sujetar, a controlar, cuando ya era tarde y el negocio estaba en marcha. Las Mafias oficiales y las montaraces no lo permitirían y enviarían a otros chicos de recados con unas balas de pequeño calibre y gran poder de destrucción craneal. -C-
Aquel aficionado al cine lo politizaba todo y en la sensiblería de las bajas emociones de Hollywood sólo era capaz de ver sustancias ideológicas estupefacientes encubridoras y servidoras de un capitalismo feroz. Le obsesionaba el oscurantismo, tan español desde Góngora, Fernando VII o D'Ors, esa oposición sistemática a permitir que la mera instrucción -no ya el Iluminismo librepensador-que la simple educación llegara a las clases populares. Las ilusiones deportivas, la divulgación periodística, los folletines de T.V., la arquitectura figurativa y la simbólica, no eran más que simple oscurantismo disfrazado de arte. El error era un mal menor por detectable y corregible; pero la confusión era un mal mayor, embaucador y peligroso. Tras la síntesis «artística» se escondía todo género de ausencias analíticas: la no distinción del produc- to «Creativo» se traducía en mera confusión mental para las masas, tan útiles. El bodrio artístico, la mélange, el pastiche y la gran pretensión plástica, permitían ocultar la, tan comercial como culpable incapacidad del artista inyectada al insaciable consumidor. El cine, la literatura o la arquitectura postmodemistas, eran buena prueba de ello. En su mayor parte eran basura comercial y como tal, una vez hecho el daño pasaban al olvido merecido y confuso. Volvía a repetirse nuestro amigo, que el error era un mal menor y la confusión inducida era un mal mayor: el del oscurantismo destilado, insidioso, invisible de la falsificación formal. Tal fraude era y contenía, como sustancia plebeya, al MAL en estado puro, ese mal no exigido por la subsistencia y la supervivencia. No en vano el fascismo odia por igual a la belleza y a la verdadera aristocracia, hermanadas desde siempre en la razón crítica. El odio grupal más irracional nace y vive en ese inmenso fraude inductor de ignorancias y miedos. Es el mismo fraude que consi- 101 gue hacer pasar millones de mediocridades adocenadas -pero agradables y llamativaspor OBRAS MAESTRAS. No se trataba de un género aislado. En algún libro que decía recoger las cien mejores películas de la historia, había visto citadas, además de El manantial, La rodilla de Claire, Lawrence de Arabia, Lo que el viento se llevó, y 2001, una odisea en el espacio. Pero, en la supuesta antología no aparecían, por citar algunos ejemplos, ni Senderos de Gloria (Kubrick), ni M. El Vampiro de Dusseldoif(Lang), ni La noche del cazador (Laughton), ni Sólo ante el peligro (Zinneman), ni El apartamento (Wilder), ni Diario de una camarera (Buñuel), ni Last Picture Show (Bogdanovich). Algo suficiente como para confirmar la pérdida de toda fe en la crítica «democrática» obtenida como epítome de los más publicados, y mundialmente famosos, críticos profesionales y orgánicos o seudocríticos. Aun así, le pasaba con el cine americano como con el tabaco, la pastelería industrial y los coches ingleses. Su torpe gusto gastronómico se imponía sobre la evidencia, y le hacía incapaz de renunciar a aquello que, sabía con absoluta certeza, era mediocridad, baja calidad y peligro estúpido. Se había tragado sin pestañear aquella infamia de Jesucristo Superstar y en general las estúpidas comedias musicales, tan degradadas en casi su totalidad. Sabía que prácticamente todo el cine comercial en color estaba cargado de infantilismo deliberado: parecía pensado para que cada analfabeto perseverase en su carencia. Lo veía como a las religiones oficiales: algo que - CIASTRAGALO,09(1998)ISSN 1134-3672
suplía a la inquietante nada. Cuando alguien no puede pensar (o no debe) por sí mismo, más vale que el estatus paternalista le dé un sistema de creencias facilonas, por infecto que sea. Pero dudaba: ¿no sería preferible dejar tranquilo al buen salvaje que indoctrinarle, en semejantes cantidades, deyección mental y oligofrénica? Sus relaciones consumistas con Hollywood eran ciertamente paradójicas, tal vez masoquistas, ya que, además de todo aquello, sentía la más honda repugnancia por aquellas características típicas tanto de los mejores productos como de todos aquellos de relleno y clase B, C, D, E, F, que hasta se podría llegar al final del abecedario sin dejar nunca de decaer en la calidad. Enumeró algunas de tales características: -La patriotería omnipresente, a veces oculta, pero especialmente visible -barras y estrellas-al fondo de la imagen. -El paternalismo a la vez perdonavidas, pegajoso y despectivo hacia negro s, mejicanos etc. -La pasión y simpatía por lo cateto, lo ordinario y lo plebeyo, a lo Mae West, como podía notarse en los diálogos progresivamente más tabernarios y salaces desde hacía años. -La enorme superioridad de lo yanqui en sus héroes, sus pompas y sus obras, correlativa con la bajeza física y moral del camarero gordezuelo, feo y servil de reciente inmigración. 102 -El sentimentalismo lacrimógeno y la empalagosa cursilería de las historias de amor. -Los interiores bien suntuosos y espantosamente rococós, bien simplones de puro pop convertido en pleb. -El grasiento y sudoroso exhibicionismo de pechos y muslos por parte de los viriles héroes. -El machismo y belicismo infamante, tal vez, para Freud, relacionados con el punto anterior. -La fuerte inhibición sexual velada por la moderna falsa apariencia de liberalidad verbal. -El efectismo, la superficialidad y el facilismo propios del gusto vulgar, en toda aquella espectacularidad pueril y deslumbrante. -El optimismo socio-político insultante y pletórico de moralina insoslayable, rematada con un final feliz ideológico, o sea, encubridor de la realidad. Sabía, por letra de Camus,' que a causa de los errores nacionalistas y racistas de una Europa provinciana -instigados por nuestros autores de manuales de Historia, los cuales con una incomparab le bajeza de alma nos enseñan a admirar a los crueles conquistadores-se podía justificar el hecho de que pueblos niños, herederos de nuestras locuras, tengan que conducir hoy en día nuestra historia. Lo reconocía todo y mucho más, pero toda aquella abominación «le gustaba» quizá por haber leído en exceso los viejos, acomodaticios y llenos de lenidad, Cahiers de Cinéma. -en -
Ahora tenía bajo el portaobjetos del magnetoscopio una «Obra maestra» de King Vidor que también había «gustado» mucho, sobre todo por su profundidad -se trataba de un producto en blanco y negrosupersticiosa y superficial: El Manantial. Había asistido por casualidad, acompañando a unos compañeros bisoños, a una exhibición laudatoria del film, en el Aula Magna de la Facultad de Arquitectura en que cursaban, y le había sorprendido que se pudieran utilizar las aulas de la universidad para ese tipo de proyecciones cinematográficas cercanas, en su eticidad, al cine pornográfico alemán. Notó que los jóvenes e indefensos alumnos recibieron con recatada unción, el espectáculo triplemente ideológico, ya que además del propio contenido de clase única que la película destilaba, les había sido «proyectada>> -más que ofrecidapor sus propios profesores y futuros jueces, en una versión falsificada por el colorido superpuesto y espurio. Era pues el momento para obtener alguna oportunidad de separar y analizar alguna pequeña verdad sobre aquella inyección en vena inoculada en el tierno relativismo de sus jóvenes amigos. Si ya imposible como vacuna, al menos su labor podría servir como antibiótico para unos alumnos sin duda afectados. Tenía recuerdos vagos e inconexos de una vez anterior en que había visto, hacía algunos años, la película. Un tufo fuerte de testosterona con su consiguiente idealismo pueril de cowboy, acompañaba aquella obra fingidamente intelectual o ciertamente cultural, que se disolvía en escenas de amor sudorosas e irresueltas, en reprimidos abismos de pasión y en una casta virilidad de machismo, histeria y visceralidad. El protagonista, arquitecto con mayúsculas, no podía 103 ser un amanerado sino, por una vez, muy hombre, un verdadero taladrador del granito; muy íntegro en todas sus partes como podía verse en su trabajo excavador de la cantera faraónica. El antagonista era como debía ser: antitético y crítico de arquitectura; contradictorio frente al héroe, representaba a un tipejo despreciable: snob, arrogante, filocomunista, afectado, intelectual, decadente y, desde luego, mucho menos hombre. El tópico era la ley del film: el malo era malísimo, el bueno era buenísimo y la chica era guapísima. Ésta (Ella) a pesar de los supuestos estudios de «cultura general propios de la señorita culta>> era sabia, es decir distinguidora de gustos y sabores además de muy sensible. Pero eso no era todo: había sido capaz de hacer, dentro del periódico más amarillo y orgánico, una crítica libre o inorgánica de las Bellas Artes y -¿como no?- entre ellas de la Arquitectura como una más, si no la primera. El amor de una chica tan fina sólo podía ser platónico o fetichista hacia las estatuas -kitsch de escayola de bazarque representaban nada menos que a los dioses clásicos. En consecuencia llevaba una existencia sofisticada -snob en lo social y dandy en lo estéticocon un toque francés en su propio nombre de pila y una absurda personalidad que se sustanciaba en reacciones emocionales neuróticas, histéricas, pero muy «originales>>, es decir, tan pretenciosas y vulgares como los vestidos que exhibía. Todo en aquel bodrio cinematográfico que recordaba, era fantasioso e inverosímil, pero Ella cristalizaba la inverosimilitud más necia. - CIIIASTRAGALO,09(1998)ISSN 1134-3672
104 Encendió el video y tuvo la obra reducida a pequeño objeto controlable, sin la prepotencia omnímoda y avasalladora de la gran pantalla. Sus recuerdos, a pesar del paso del tiempo, le parecieron correctos, pero ahora notó desde el principio, un tufillo del panfleto ideológico para formar masas paranoicas, propio de la Guerra Fría: nacionalismo (necionalismo), individualismo (gregario, naturalmente), y liberalismo ultramontano (la codicia es inocente). Como todas las guerras postneolíticas de agresión exterior, la Guerra Fría tenía como fin primordial el encubrir las formas crueles de opresión y explotación económicas y políticas del interior. Por ello también asomaban, en ciertos alegatos solemnes, además de la misantropía más reaccionaria, algunos toques de clásica moral chovinista que no dejaban lugar a dudas: casi todos los seres humanos son corruptos, prostituidos e ignorantes dentro de la sociedad norteamericana; por ello, y en consecuencia, son infinitamente mas corruptos, prostituidos e ignorantes, los seres humanos de cualquier otra sociedad. De ahí a deducir -como en la película criptonazi Léoloque vivimos entre infrahombres prescindibles, no hay más que un paso. El servil y monárquico Hobbes volvía de nuevo: todos los hombres necesitan un tratamiento de mano dura ya que buscan el dinero y son mediocres ... todos, claro está, menos uno: el Rey, el Noble, el Hombre, el Héroe, el Arquitecto Puro, que es además una especie de supermán nietzschiano. El pretexto moral o costumbrista (que de ambas maneras puede decirse) era la arquitectura, y el texto -subtexto subyacente adecuado al subconsciente colectivo, es decir, al objeto a indoctrinar- era lo de menos. El trabajo sobre el inconsciente no requería mayor esfuerzo; sería tanto más fácil cuanto más irracional, y tanto más irracional cuanto más fácil. El esfuerzo debía aplicarse a la digestibilidad del barato discurso sobre Teoría Arquitectónica y al soporte «artístico» que esa cabal teoría debía contener. En principio y visto someramente, el mensaje era positivo, honesto y dentro del alcance de las masas ignaras. Así pues, había que mantener esa superficialidad a toda costa por medio de un par de cosas que, aunque obvias, debieran quedar muy claras: Si el edificio tenía frontón clásico era un edificio malo. Bastaba pues con que no tuviera frontón griego para que fuera noble y progresista. Nuestro diletante de la crítica quiso completar aquel mensaje con un decálogo inherente a la modernidad arquitectónica de Vidor, decálogo que por su laconismo simplista -no incompatible con la mayor confusiónse prestaría a las más torcidas interpretaciones por legítimo que hubiera sido su origen. A cambio, siempre podría servir como método para los famosos cursos «¡Hágase arquitecto en veinte días!», impartido en las universidades privadas, imprescindibles, por lo demás, para que los selfmade men pudieran hacer sus benéficas fundaciones. Las condiciones sociales y económicas de la arquitectura, como las del self made man -quedaba claro en la película-eran un dato cósmico pero sin mayor importancia, eran una realidad meteorológica muy variable y relativa, un pequeño y llevadero capricho divino, pero inamovible y sin culpables. Por ello el discurso eludiría en todo momento el espinoso asunto de la condicion humana, -CIV -
para enfangarse en las más baratas y digestibles metafísicas de la «naturaleza humana». El decálogo segregado y vertido, esta vez, por el manantial sería, pues, tanto más pregnante y doctrinal cuanto más abstracto: -La forma artística debe adaptarse a la función utilitaria, pero buscando la originalidad, tan difícil en esta sociedad materialista y sindical. -La gente tiende a masificarse y, dado que la experiencia viene determinada por la conciencia, el ser humano, de modo innato, inherente y genético, gusta de la vulgaridad, la trivialidad y la espectacularidad. -En esta sociedad, siempre hobbesiana, el genio, la belleza y la grandeza no tienen ninguna oportunidad: son aplastados por el resentimiento y la envidia propios de la naturaleza humana. - A novedosos materiales (pasividad y bajeza), novedosas formas (acción espiritual) para moldearlos y sublimarlos en aromas artísticos. -No hay edificios insignificantes por su tamaño, pero los más grandes arquitectos son los que hacen edificios muy costosos. Y esos genios, cuanto más ingeniosos, más respetables. -Las formas industriales son despreciables comparadas con la ternura manual, humilde y meritoria de aquellas otras, artesanales y propias del organicismo romántico. - El Poder lo detentan y ostentan merecidamente, desde siempre y para siempre jamás, los financieros del complejo militar-industrial y los grandes periódicos. -El Estado debe ser cada día menor, como desean esos chicos tan modernos, simpáticos y anarquistas, pero deberá estar al servicio del verdadero Poder como pensamos los liberales. -La vida es una continua fluctuación de ideas, estilos y modas de los que unos suben y otros bajan, movidos por las cotizaciones de bolsa. Todo ello viene a llenar de sentido nuestra vida. -La arquitectura no tiene calidad porque l os arquitectos son unos oportunistas en exceso tecnificados o mecánicos, y por e ll o indignos de su divina profesión liberal y artística. En la película se utilizaba, con el mayor cinismo, este improvisado decálogo para hacer un simulacro de crítica hacia el sistema de dominación exigido por el Gran Dinero. Cualquiera desprevenido pensaría que se trataba de un discurso, como poco, socialdemócrata. Pero, obviamente no era así. El enmascaramiento, escamoteo y olvido de la estructura económica y del antagonismo entre clases con rentas desmesuradamente distintas, a lo largo de la cinta, resultaba, más que patente, obsceno. Aquel decálogo o catecismo de ideología arquitectónica filofascista, se utilizaba a lo largo de la película como arma en manos de un os valores propios de una derecha jefersoniana, ayer conservadora y hoy reaccionaria. - CV - 105 ASTRAGALO,09(1998)ISSN 1134-3672
106 A pesar de sus fáciles músicas e iluminaciones (innecesariamente dramáticas y suntuosas), su enfatismo ostentoso y ordinario, y su tono permanentemente heroico «lucharé por ti aunque pierda todo lo que poseo», la película le pareció ingeniosa en sus astutos diálogos y técnicamente buena. En comparación con la baja calidad general de la producción al uso, la película debía ser, cuando menos, aceptable como cine . .. quizá buena, y cuanto mejor, técnicamente hablando, más peligrosa, más fácilmente ocultadora de sus miserias y, en resumen: más falsa. Tal vez la médula de la película, o al menos de su guión, era el individualismo asocial como base benéfica del sistema o estatus de subordinación económica. En un contexto internacional de inútil y costosa Guerra Fría contra los bolcheviques -a sabiendas de que desde el año 1945 no quedaba ni uno sólo vivosiempre podría argumentarse que el peligroso comunismo, aunque dormido o narcotizado, seguiría estando vivo mientras una sola persona luchase por él. A lo largo de la sesión se sufría un continuo machaqueo de meninges con el más preciado y ridículo de los mitos norteamericanos: el selfmade man. Ese sueño yanqui (tan campechano) seguía siendo para nuestro eterno universitario, la pesadilla de los países pobres (tan campesinos). La película era un canto latente y fijo, un ditirambo de ese individuo tallado a sí mismo, depredador nato y sin escrúpulos, al que la sociedad calvinista le perdona sus pillajes por el simple hecho de haber llegado a ser poderoso, es decir, multimillonario.' Nuestro amigo se repetía, una y otra vez, que el colectivismo debía por entonces estar dando buenos resultados económicos en la URSS. No se entendía si no fuese así, la desaforada presión ideológica del film. No había una sola nota dialéctica en medio de tamaño dogmatismo; ni siquiera entre el individuo y la sociedad. Todo en el discurso era excluyente y de facilismo binario, maniqueo, y ultraliberal hasta alcanzar el criptofascismo: la vida es competición darwiniana; la cooperación y la colaboración no tienen sentido práctico y, a veces, son tan peligrosas como en el ejemplo, allí mostrado, de «firmonismo» entre el arquitecto genial y el mediocre. Por todo ello, el arquitecto protagonista, debía ser heróico, autodidacto, sin orígenes y cimarrón. Había sido expulsado de la Universidad «por no someterse a nada ni a nadie»: ni al dictado del dogma y el cliché clasicista del reviva! palladiano, ni al refrito pintoresco y figurativo, ya que ninguno de los dos admitía la originalidad del genio ... como si ambas seudoarquitecturas no tuvieran la misma estructura irracional, y sirvieran, por lo tanto, al mismo amo. Así pues, frente a la siempre retrógada academia el individualismo ultraliberal más paranoico y falocrático expone su ideario demencial como bandera parda de Progreso: -«Todas las ideas nacen de un hombre particular.» -«Es solamente asunto mío.» (2 veces) -«No doy ni pido ayuda.» - CVI-
-«Sé valerme por mí mismo.» -«Yo me rijo por mis propios patrones.» -«No quiero estar unido a nada.» -«No quiero depender de nadie.» -«Es un magnate que empezó como minero.» -«Eres la imagen del hombre que he admirado siempre.» -«Los que me aceptan son los que mueven el mundo.» -«No se disculpe por su pasado.» -«El único arquitecto genial que he conocido.» -«No acepto la generosidad de nadie.» -«Tienes que ser la clase de hombre que se espera.» -«No importa lo que piense la gente.» -«Mi recompensa es mi trabajo hecho a mi manera.» 107 -«Mis ideas son mías y llevan mis condiciones.» -«El YO no puede ser sacrificado y el YO está en el hombre.» -«No hay cerebro colectivo.» -«Mis ideas son propiedad mía.» -«Yo lo diseñé, yo lo hice posible, ... yo lo destruí.» -«Nadie tiene derecho (sin pagar, naturalmente) a usar un minuto de mi tiempo.» -«Pensar en los débiles es secundario ante el trabajo propio.» -«Salió de los suburbios para formar un Imperio.» -«Soy millonario, esto es mío, aquí me siento seguro.» -«Salí de este barrio que hoy me pertenece en su totalidad.» -«En él construiré el edificio más alto del mundo.» -«Ser honrado es extremadamente cruel.» - CVIIASTRAGALO,09(1998)ISSN 1134-3672