Las mujeres, del género a la diferencia
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Las mujeres, del género a la diferencia Consuelo Flecha García Universidad de Sevilla Para muchas personas y grupos ha empezado ya a quedar muy lejos una cultura de la identidad que consideraba al hombre como única referencia y a la mujer como una copia menos perfecta de ese modelo presentado como universal. Lo cual no significa que no siga manteniéndose la urgencia de aportar nuevas formas para explicar los cambios que esperan a quienes todavía permanecen ajenos y desinteresados hacia un planteamiento que consideran no afecta a sus propias vidas; medios más eficaces para romper las concepciones que todavía se defienden respecto de la identidad y del género, y también elementos que muestren su construcción social e histórica desvelando las bases ideológicas, políticas y económicas en las que identidad y género se asientan, y no en las biológicas, como se ha hecho y se sigue haciendo creer. Porque vemos cómo con una periodicidad sospechosa, los medios de comunicación difunden avances de las ciencias biomédicas que confirman diferencias biológicas de las que se desprenden disposiciones, asociaciones y percepciones distintas de acuerdo con el sexo, sin entrar en una explicación más detenida de las causas que pueden estar en el origen de lo observado. Los hombres no han dejado de construir la sociedad, la cultura, las ciencias, la tecnología, las religiones, las ideologías aunque estén variando las mediaciones y los procedimientos que utilizan como fru- to de una estrategia que ha convertido en políticamente correcto visibilizar perspectivas más amplias. Pero los resultados de ese modo de hacer y sus consecuencias en nada han dejado de contribuir al afianzamiento de una ideología marcada por el sexismo, es decir, por un sistema de creencias y de valores, de estereotipos y de actitudes, aceptadas sin lugar a discusión, que acaban dirigiendo nuestros actos, provocando nuestros sentimientos y generando reacciones que creemos
74 autónomas aunque no lo sean. Creencias que además especifican derechos y deberes en razón del sexo, y que llevan a defender una imagen del mundo construida sobre una rígida jerarquía y sobre una adjudicación de roles que determinan la experiencia vital de quienes no pueden sino ajustarse a ellos. ¿Dónde está el origen de esta situación? ¿Cómo y cuándo llegaron a cristalizar unos modos de entender el mundo y a quienes lo habitan tan evidentemente asimétricos? ¿Qué ausencias, qué silencios fueron necesarios o desde qué lógica se construyó? Interrogantes que han permitido entrar en el proceso de «desconstrucción» de un pensamiento que siendo parcial había sido impuesto como el único válido. SEXO Y GENERO Lo que estas dos palabras, sexo y género, significan y, más especialmente, la interacción que se ha establecido entre ellas, ha permitido en estas últimas décadas del siglo XX desbrozar el camino hacia un primer análisis de un tema que mueve muchas voluntades. No es difícil ponerse de acuerdo en que el sexo es una característica biológica que divide a las personas en dos grupos: el de los hombres y el de las mujeres, y menos todavía en que niñas y niños van adquiriendo, a medida que crecen, una identidad sexual en función de las peculiaridades biológicas que su cuerpo posee. Y relacionada con ella se ha ido generalizando cada vez más la utilización en muchos de los temas que tienen que ver con las mujeres —menos todavía en los que afectan a los hombres—, o con las relaciones que se establecen entre ambos, la palabra género. Porque niños y niñas, al mismo tiempo que la identidad sexual corporal, van asumiendo una identidad de género de acuerdo con pautas sociales que se les van transmitiendo desde el momento de su nacimiento. En las ciencias sociales, y más especialmente en la psicología y en la antropología, se había apuntado ya hace más de un siglo al hecho de que las conductas de hombres y de mujeres eran una construcción social y que no tenían que ver necesariamente con su realidad bioló-
75 gica (1), pero hasta hace aproximadamente tres décadas no se empezaron a aislar con mayor rigor lo que eran conductas sociales de lo que eran manifestaciones derivadas de la naturaleza biológica de cada persona. Es en los años setenta cuando se acertó a acuñar el concepto de género que ha permitido explicar que hay comportamientos de hombres y comportamientos de mujeres que han sido construidos socialmente y a los que no hemos de ver como determinados ni condicionados por el sexo al que la persona pertenece (2); un concepto que ha contribuido al desvelamiento de ese conjunto de disposiciones por el que una sociedad vehicula la sexualidad biológica a través de determinados comportamientos sociales Las expresiones roles sexuales o papeles sociales pueden ayudar a entender mejor lo que con el género se quiere significar; es decir, el hecho de que hay actividades que se han unido a lo femenino o a lo masculino, pero que en realidad pueden ser desempeñadas indistintamente por hombres o por mujeres. Funciones, papeles, tareas, que la sociedad a lo largo del tiempo ha distribuido en razón del sexo, y que hoy se intenta no seguir manteniendo ni reproduciendo inevitablemente. Pero lo mismo se ha hecho con las actitudes, con los valores, con los afectos, con los espacios, con los símbolos, con las expectativas de comportamiento social, con muchos objetos, todo lo cual se convino que lo fueran bien femeninos o bien masculinos, criterio desde el que habían de distribuirse. Aunque en la vida cotidiana sexo y género se presentan como prácticamente inseparables, hay que reservar el concepto de sexo para la descripción de esas diferencias estrictamente biológicas que, por sí mismas, no implican capacidades ni determinan actitudes o comportamientos, ni tienen otras consecuencias que puedan justificar los estereotipos que a ellas van unidos; por ejemplo, el que históricamente se hayan presentado modelos de socialización que en las niñas han fomentado la dependencia y la sumisión y que en los niños han exigido el control de la emotividad y de la capacidad de cuidar de las cosas y (1) John STUART MlLL planteó ya de este modo la cuestión en su obra La esclavitud femenina, prólogo de Emilia Pardo Bazán, Madrid, Imprenta de la Cía. de Impresores y Libreros, 1892, 295 págs. (2) Cfr. RIVERA GARRETAS, María Milagros: Nombrar al mundo en femenino, Barcelona, Icaria, 1994, pág. 157.
76 de las personas, si no era a través de la mediación materna; que han asignado a las mujeres tareas invisibles socialmente, mientras que las de los hombres lo eran públicas y relevantes; que a ellas las ha definido como intuitivas, amables y cariñosas, y a ellos como fuertes, agresivos y valientes. Requerimientos que podemos pensar que no son ajenos a ciertas dificultades, que hoy se han hecho más visibles, en unas relaciones entre hombres y mujeres que difícilmente pueden sustraerse a una cultura y a unas instituciones sociales pensadas a la medida del varón y de sus intereses. Para todo ese conjunto de aptitudes, de comportamientos, de cualidades y de normas que cada cultura, cada sociedad, atribuye a cada uno de los sexos limitando las posibilidades individuales de desarrollo, es para lo que se ha reservado el término género. Características que se imponen diferenciadamente a cada individuo y que determinan expectativas de conducta social conformadas a lo largo de la historia de las relaciones personales y de las interacciones sociales. Lo que ha llevado no sólo a reducir la realidad a dos géneros, el masculino y el femenino, sino a que encima uno de ellos sea considerado más valioso y goce de mayor prestigio, con lo que tal valoración puede suponer para quienes sufren esos procesos de socialización; pues además de tener que procesar información de forma dicotomizada, los niños encuentran una mayor facilidad para identificarse con un modelo que se presenta como superior, al mismo tiempo que para las niñas la falta de valoración pública de lo que han de integrar en su propia personalidad, se puede convertir demasiadas veces en fuente de contradicciones (3). Los símbolos del género y los estereotipos sexuales aparecen continuamente ante las niñas y los niños desde que tienen capacidad de interacción; y aprenden a través de ellos que el cómo tienen que pensar, qué deben hacer y qué sentimientos pueden exteriorizar varían en función del sexo al que pertenezcan. El clima social en el que crecen les presenta ideales distintos de acuerdo con su condición biológica: el ideal masculino, que exalta la individualidad y el protagonismo, la fuerza y el prestigio, y el ideal femenino, que lleva a las niñas primero y a las mujeres después a la obediencia y a la dependencia, al deseo de (3) Cfr. ACKER, Sandra: Género y educación, Madrid, Narcea, 1995, págs. 115-116.
77 agradar y a la obligación de ceder. Niños y niñas observan activa e inteligentemente el entorno donde encuentran esas referencias que convierten en objetivos personales a la hora de orientarse en la búsqueda de la propia identidad (4). Y aunque puede parecemos que las cosas ya no son igual —¡estaría bueno!—, está al alcance de cualquiera observar que el ámbito familiar y el de la escuela, los cuentos y las películas infantiles, la televisión y la calle, siguen contribuyendo a que se aprendan los papeles que son los más adecuados o los que no pueden faltar en la propia identidad sexual; unos mecanismos muy eficaces para dejar claros los límites y los contenidos de las identidades de género. Todo ello es una construcción cultural que el discurso patriarcal ilustrado justificó como algo «natural», como una «exigencia de la naturaleza», como lo que se «deriva de la biología», y que fue transmitido muy eficazmente, al menos desde entonces, como parte irrenunciable del ser mujeres o del ser hombres; un pensamiento que sigue socializando también a las personas adultas a lo largo de toda la vida, modelando muchos de sus comportamientos y de sus expectativas personales. La desigualdad social entre los sexos tiene su base en factores culturales, históricos, no en la naturaleza; en una categoría convencional, en una construcción social, en algo que ni es inmutable ni es una verdad absoluta, por lo que debe ser modificado de acuerdo con la decisión de cada persona. Simone DE BEAUVOIR acuñó en 1949, en su obra El segundo sexo, una célebre frase que hicieron suya en los años sesenta numerosos movimientos feministas; una afirmación que entonces pareció a muchos y a muchas no ajustada a la realidad, pero que ahora entendemos muy bien la mayor parte de las mujeres; era la siguiente: «no se nace siendo mujer, se llega a serlo» (5). Una experiencia y una convicción que Luce Irigaray sentiría veinte años más tarde al decir que «nosotras todavía no hemos nacido mujeres» (6). Relativizar el carácter esencialista de que venía rodeado el concepto de mujer era un primer paso imprescindible para salir del círculo ce- (4) FREIXAS FARRE, Ana, y W.AA.: La coeducación, un compromiso social, Sevilla, Instituto Andaluz de la Mujer, Consejería de Educación, 1993, pág. 32. (5) De BEAUVOIR, Simone: El segundo sexo, Buenos Aires, Ed. Siglo XX, 1987, 2.° tomo, pág. 13. (6) IRIGARAY, Luce: Sexes etparentés, París, Edit. Munit, 1987, pág. 78.
78 rrado, así como, al mismo tiempo, lo era alertar a quienes tuvieran la capacidad de escucharlo sobre la decisiva importancia que adquiría no aceptar cualquier indicador del camino que los otros propusieran. Ser mujer o ser hombre, podemos decir hoy con mayor audiencia, que es más el resultado de una voluntad que la consecuencia de un destino, aunque las jóvenes se encuentren todavía en demasiados casos con un plus de dificultad para desarrollar una identidad satisfactoria, por el freno que los estereotipos sobre la feminidad ponen en sus procesos de socialización. Estereotipos que no han dejado de actuar tanto a nivel de creencias y de mentalidad general, como de actitudes y de oferta de recursos, que asignan criterios de valor, y que determinan la ocupación de lugares asimétricos en todos los espacios de los que hombres y mujeres participan. No haber reconocido, por ejemplo, la interdependencia de lo privado —reservado a las mujeres— y de lo público —espacio de los hombres—, ha llevado a que en la inmensa mayoría de las sociedades se haya desarrollado un dominio masculino, un poder social de los hombres sobre las mujeres desencadenado por la asignación, en función del género, de conductas, de ámbitos y de actividades que en ellas sólo generaban costumbres y en ellos normas, aunque las condiciones ambientales de todo tipo dieran forma e intensidad a las situaciones de protagonismo vividas. El análisis de género está permitiendo a mujeres y a hombres deshacerse de un entramado cultural densísimo tejido en torno a ellos y que circulaba con la etiqueta de «natural»; es decir, que era inculcado como parte inalienable del ser sexuado. Y aunque no se consigue una nueva manera de pensar creando simplemente un nuevo concepto, el de género ha ayudado, al menos, como modelo de interpretación de las relaciones sociales y de su historia, al reconocimiento y a la aceptación de estereotipos falsos asignados a los sexos, a una mayor conciencia sobre las trampas para el pensamiento que han provocado, y siguen provocando, conductas injustas de unas personas hacia otras. PLURALIDAD DE GÉNEROS La construcción social de las diferencias es explicada por teorías como el determinismo biológico, el constructivismo y la interacción
79 entre biología y cultura. Y los resultados de numerosas investigaciones en estos campos han puesto de manifiesto la diversidad de contenidos de lo femenino y de lo masculino que están presentes en distintas culturas y épocas; han señalado que las actividades asignadas a cada sexo diferían mucho entre sociedades que se han conocido en fases diferentes de desarrollo, e incluso en una misma sociedad a través del tiempo; datos que ayudan a poder afirmar que eso que llamamos género varía de una sociedad a otra (7), que las diferencias de género se deben más que a características biológicas a factores culturales, lo que hace posible que pueda haber más de dos géneros. Como consecuencia del estudio que múltiples ciencias han realizado sobre temas en los que estaba implicado el modo de ser y de comportarse personas individuales o grupos sociales, los dos conceptos —sexo y género— han podido quedar desligados desde el punto de vista científico, aunque todavía se les siga considerando como concurrentes (8). Ha permitido afirmar con mayor legitimidad que lo que se suele entender por hombre y por mujer son, por encima de un conjunto de datos anatómicos, construcciones sociales y culturales con una apoyatura biológica que, en muchas de sus afirmaciones, es ambigua e inestable. Que las posibilidades de modelos de referencia y de identificación son innumerables. Haberse encontrado con los límites de esa ambición de neutralidad y de objetividad de la que la ciencia presumía ha dejado abierto el camino para que podamos distinguir qué características y qué diferencias implica el sexo, a las que hemos de seguir dándoles el espacio que les corresponde, y qué condicionamientos y qué servidumbres nos impone el género a mujeres y a hombres; qué diferencias son realmente innatas, las aporta la naturaleza, y cuáles provienen del proceso de socialización en el que cada persona ha crecido y del que sigue participando. Unos datos que son básicos si se quiere evitar un control diferencial, en lo que este término puede encerrar de des- (7) Las investigaciones de Margaret MEAD, por ejemplo, constituyeron una importante contribución, que la autora publicó con el título Sex and Temperament in Three Primitive Societies, New York, New American Library, 1935 (Sexo y Temperamento), traducción de Inés Malinow, Barcelona, Altaya, 1994, 268 págs. (8) Junto a los de la antropóloga Margaret Mead, hoy contamos con acercamientos a este tema desde la psicología, la historia, la biología, la filosofía, la sociología, la medicina y desde muchas otras ciencias.
80 igualdad, del acceso a los recursos que la vida ofrece, así como para poder brindar posibilidades más plurales al desarrollo de cada personalidad. Las características, las conductas, las imágenes normalmente asociadas con las mujeres, encierran siempre una particularidad cultural, histórica o etnográfica; no son instintivas, no están en los genes sexuales, son variables en el tiempo y son variables en el espacio; en una palabra, se aprenden. Abrirse a otras referencias menos mediatizadas por la cultura dominante dará lugar a muchos modos diferentes de ser mujer, lo que sucederá también, si entran en esta dinámica, entre los hombres. El concepto de género se creó para mostrar estos factores culturales que uniformaban, pero que igualmente pueden diversificar, y el de sistema de género (9) para sacar a la luz cómo se organizaban las sociedades para crear, para mantener y para reproducir esas características y esos comportamientos a los que no ajustarse implicaba sanción social. Como en otras áreas de investigación psicosocial, se separó la biología de la cultura y adquirió visibilidad propia lo que hasta entonces había permanecido oculto bajo el concepto de esencialidad. Se abría así el camino al pluralismo de referencias y de posibles combinaciones entre ellas. Por otra parte, la utilización del concepto género por parte de las teóricas feministas ayudó al reconocimiento de la legitimidad académica de los Estudios de la Mujer, pues se percibía como una formulación más cercana y objetiva y con mayores posibilidades de seriedad y de rigor. Y el de sistema de género ayudó a entender que esos estudios de las mujeres no podían quedar reducidos al sexo, como sinónimo de sexualidad y de reproducción biológica, sino que tenían que abarcar todos aquellos ámbitos desde los que la sociedad y las relaciones que en ella se producen pueden ser conocidas. Acercamientos que han provocado una mayor visibilidad de la pluralidad de formas con que hoy las mujeres están presentes en ellas. (9) Expresión utilizada en 1975 por la antropóloga norteamericana Gayle Rubin en un trabajo titulado: «The Traffic in Women: Notes on the "Political Economy of Sex"», que publicó en REITER, Rayna (ed.): Toward an Anthropobgy of Women, Nueva York, Monthly Review Press, 1975, págs. 157-210.
81 La introducción en los últimos años de esta perspectiva en diferentes campos de investigación ha pretendido responder a tres intereses fundamentales: Primero, a la búsqueda de un modo que permita romper con las representaciones tradicionales procedentes del esencialismo o del biologicismo, de las relaciones que se establecen entre hombres y mujeres. Segundo, a la necesidad de conocer mejor cómo se producen las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Tercero, a la pertinencia de ajustar la teoría feminista a ciertos cánones de la legitimidad académica, a lo que parece ha contribuido la sustitución del término mujer por el de género. Y entre los resultados hay uno cada vez más evidente, el que dice que hablar de género femenino representa una abreviación del pensamiento si no indicamos las mujeres concretas que a él pertenecen (10). Hay muchas mujeres, hay muchas personas, puede haber muchos géneros. LAS RAICES DE LA BIPOLARIDAD Ese enfoque bipolar y asimétrico hunde sus raíces en el pensamiento que ha generado la cultura occidental, en la cual cada generación se encargó de adecuar los argumentos justificadores a las cambiantes circunstancias sociales. Aristóteles, en el siglo IV a. de C, definió en su obra La Política que la relación del marido con su mujer era de carácter aristocrático: es decir, tenía que mandar porque al ser hombre era mejor. Una afirmación con la que este filósofo no sólo marcó las diferencias entre hombre y mujer, y las definió como de carácter desigual, sino que también las jerarquizó, aun reconociendo que el carácter básico de la relación entre ellos debía estar marcado por el hecho de darse entre seres libres e iguales (11). Argumento de valor —el hombre es superior— que se ha aceptado y se ha transmitido a través de los siglos con tanta eficacia histórica que ha permanecido hasta nuestros días; (10) Cfr. ZAMBONI, Chiara: «Lo inaudito», en DlOTIMA: Traer al mundo el mundo, Barcelona, Icaria, 1996, pág. 33. (11) Cfr. MORENO SARDA, Amparo: La otra «política» de Aristóteles, Barcelona, Icaria, págs. 66-70.
88 su fuerza la necesidad de la diferencia (15). Para ello habrá que desarticular el arraigo de las filosofías occidentales tradicionales que han construido sistemática y repetidamente el mundo en términos jerárquicos, de universales masculinos y de especificidades femeninas. Necesitamos modos alternativos de pensar y de actuar que no inviertan simplemente las viejas jerarquías, pero tampoco que las confirmen, lo que indudablemente no podrá hacerse ignorando las prácticas sociales y políticas que contribuyen tan eficazmente a mantenerlas sin fisuras. Hoy estamos asistiendo al cambio de los presupuestos y de los condicionamientos sociofilosóficos sobre los que se sustenta el conocimiento, así como la aceptación de la impotencia del pensamiento para alcanzar una verdad con independencia de quien la haya formulado. La importancia del punto de vista de quien observa en la definición del objeto está cada vez más asentada en una cultura que ha perdido la confianza ingenua en las ideologías y, en parte, en la ciencia, por lo que se han empezado a privilegiar otros elementos que puedan dar mejor cuenta de la realidad, como la cultura, la experiencia individual, el grupo étnico o la clase social a la que se pertenece, etc. En este marco, la voz de la cultura de las mujeres se está dejando oír con el objetivo de poner en evidencia la diferencia sexual, precisamente en un momento en el que está en crisis cualquier inten- to de elevación del yo a la universalidad, que acaba creando siempre falsos absolutos. Como sucedió con el pensamiento acerca de la mujer que, no obstante su pretendida neutralidad, vemos cómo durante siglos ha manifestado, unlversalizado y absolutizado el punto de vista dominante, en este caso el masculino, revestido del correspondiente prestigio científico y moral que lo convertía en referencia obligatoria para todas las mujeres (16). La luz que arroja la experiencia vivida está llevando hoy a ese pensar desde la diferencia que supone como punto de partida salir de un tipo de epistemología y de cultura pensada y elaborada desde la ausencia de lo femenino —en la que no hay que gastar ninguna energía, ni siquiera para confrontarla— y entrar en otra que nombre a las (15) Cfr. GlLLlGAN, Carol: In a Different Voice, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1982. (16) Cfr. Di NlCOLA, Giulia Paola: Reciprocidad hombre/mujer. Igualdad y diferencia, Madrid, Narcea, 1991, págs. 94-97.
89 mujeres, que reconozca sus experiencias, sus deseos, sus logros, su vida. Nombrar a las mujeres concretas se está convirtiendo en una práctica necesaria, imprescindible. Por eso hay que dar cuerpo, por ejemplo, a una presencia femenina que hoy es una realidad en casi todos los ámbitos, como recurso significativo de visibilidad y de referencia, porque no dejamos de observar que a pesar de que los hombres son algo menos del cincuenta por ciento de la población total —siempre que barajamos grandes números de individuos— su frecuencia de aparición en el sistema de representaciones es mucho mayor que la de las mujeres. Esta repetición de sujetos de un mismo sexo, individualmente o en grupo, provoca no sólo que ellos se encuentran en la práctica con muchas más ocasiones de ser representados y expresados como científicos, como ejecutivos, como deportistas, etc., lo cual es ya indicador de la división sexual de funciones, sino que se acompaña frecuentemente con una puesta en escena devaluada de las actividades que se reservan a las mujeres, hasta el punto de no merecer más representaciones que las estrictamente necesarias para reforzar su decisión de realizarlas, además callando. Pero aún nos encontramos aquí con otra consecuencia: el individuo que se expresa más veces, que es representado más veces, acaba invadiendo hegemónicamente el campo de la conciencia colectiva, con el resultado de encarnarse en ella como el único o el normal —en el sentido de normativo—, dejando en este caso para las otras el papel de auxiliar de, de complemento de o, como máximo, de imitadora de. O sea, con un vacío de identidad propia, con una no-represen- tación, con un silencio de sí mismas, porque el sujeto más representado no sólo tiene más ocasiones de volver a serlo, sino que además es el que está en los lugares donde se decide cuáles son esas ocasiones de aparecer representados y de poder tomar la palabra, aumentando con ese poder de decisión su «índice de frecuencia de representación». Acogiendo la diferencia como recurso nos atreveremos a leer con categorías nuevas la vivencia femenina cotidiana; la elaboración de la experiencia de las mujeres y la interpretación del significado de su propio cuerpo, contribuirán a que la población femenina pueda reconocerse como portadora de significados humanos no necesariamente referidos a los hombres y manifestar la diferencia que su ser sexuado en femenino le aporta.
90 Puede ayudar en este itinerario la mayor sensibilidad y apertura del mundo contemporáneo a la valoración de las dimensiones femeninas, en otros momentos rechazadas por ingenuas y hoy redescubiertas y hasta buscadas por la sabiduría que encierran. Sin la luz que cada vez más arroja esta situación de echar en falta lo femenino en el mundo que nos ha sido transmitido, el presente podría resultar engañosamente aceptable para quienes se habían situado en un nivel de satisfacción respecto de las relaciones hombre/mujer en la sociedad occidental. Se ha convertido en más importante ser capaz de hablar desde las mujeres que de las mujeres y, sobre todo, es prioritario dejar hablar a las mujeres para que sean ellas las que digan quiénes son y qué quieren, después de una tan larga historia en la que han sido habladas por otros. TODAVÍA LA EDUCACIÓN Los cambios experimentados en la situación de las mujeres, cuando nos referimos a las occidentales, blancas y de clase media, en los diferentes niveles educativos en los que son mayoría en las aulas y entre el profesorado, obtienen mejores rendimientos académicos y han diversificado sus opciones de estudios, no ha contribuido a superar, como podía esperarse, todas las condiciones que dificultan su derecho a ser y a existir como mujeres, porque siguen sin poderse reconocer en los contenidos, en las referencias y hasta en los valores que en las aulas se les presentan. Los procesos de enseñanza-aprendizaje están demostrando mucha lentitud a la hora de tener en cuenta las nuevas perspectivas desde las que la educación de las chicas tiene que plantearse; las implicaciones que el principio de la diferencia sexual ha de tener en la educación es más urgente por el incremento que ha experimentado el número de mujeres en las instituciones de enseñanza, en las que nuevos mecanismos de desplazamiento de motivaciones y de significados pueden seguir perpetuando los filtros con los que la población femenina ha de seleccionar las decisiones y las posibilidades ante las que se encuentra. No es difícil comprobar que la experiencia del acceso a un horizonte educativo y cultural más amplio, así como de las condiciones
91 en que éste se ha producido, ha tenido una doble repercusión; mientras que por una parte ha producido en muchas mujeres la necesidad de establecer unas nuevas formas de relación social entre los sexos que están contribuyendo a modificar tanto la condición femenina como la masculina, por otra la escuela ha permitido socializar a toda la población, con una enorme eficacia durante décadas, en unos principios que pueden suponen reproducir las desigualdades. Y sobre todo, las referencias ideales para unas y para otros, cargadas de valores específicos y jerarquizados, no ofrecen ni una verdadera imagen de las mujeres, ni una verdadera imagen de los hombres. Hoy que estamos asistiendo a un debate que señala que el análisis de género no consigue deshacerse del orden socio-simbólico patriarcal, que no lo cuestiona radicalmente, y que hay que actuar desde estrategias alternativas, hemos de caminar en todas las direcciones posibles para cualificar los procesos en los que participemos y muy especialmente en la de conceder el valor que le corresponde a la existencia femenina. La realidad neutra patriarcal en la que ahora educamos tiene que ir dejando hueco para una educación en la diferencia que haga espacio a una formación de los dos sexos (17). Hay que alterar prácticas y creencias, de ahí el énfasis que se está dando en las Universidades y en los Centros de Investigación al desarrollo de los estudios de las mujeres, a los cursos que sobre esta temática se van introduciendo en las diferentes carreras, a la formación del profesorado y a tantas otras iniciativas puestas en marcha que, además de cuestionar el proceso de construcción del conocimiento y la exclusión de las mujeres como sujeto y objeto del mismo, irán contribuyendo a una progresiva transformación de la condición femenina (18). La dificultad no está tanto en formular nuevas ideas como en deshacerse de las antiguas. Es por tanto imprescindible, a pesar de los (17) Cfr. PlUSSI, Anna María: «Estrellas, planetas, galaxias, infinito», en DlOTIMA: traer al mundo..., op. cit., págs. 147-158, y COBETA, María; JARAMILLO, Concha, y MAÑERU, Ana: «Coeducación hoy. El estado de la cuestión», en Cuadernos de Pedagogía, núm. 245, marzo de 1996, págs. 48-55. (18) BALLARIN DOMINGO, Pilar: «Los estudios de las mujeres en las Universidades españolas», en RuiZ BERRIO, Julio: Educación y marginación social. Homenaje a Concepción Arenal en su centenario, Madrid, Universidad Complutense, Dirección General de la Mujer, 1994, págs. 97-105.
92 evidentes pasos dados por las mujeres, no dejar de tener en cuenta los obstáculos que ponen límites a que la libertad femenina pueda circular con referentes de los que ellas y otras mujeres puedan ser protagonistas en los diferentes espacios del saber y de la autoridad, ya que las instituciones educativas y otras instancias siguen actuando, aunque no siempre sea de forma intencionada, como un lugar de reproducción de los sistemas construidos desde el patriarcado.