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Debates en torno a la originalidad de Isidoro de Sevilla

Ruiz Fernández, Manuel

Abstract

En este texto tiene el objetivo de recopilar y presentar los posicionamientos y argumentos históricos más relevantes en torno al acerca de la originalidad de Isidoro de Sevilla y su obra, y, además, con ello, el de mantener vigente un tema, de gran relevancia histórica y filosófica, del que aún queda mucho que indagar y decir.

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‒ 233 ‒ CAPÍTULO 15 DEBATES EN TORNO A LA ORIGINALIDAD DE ISIDORO DE SEVILLA NOLO RUIZ Universidad de Sevilla Resumen: En este texto tiene el objetivo de recopilar y presentar los posicionamientos y argumentos históricos más relevantes en torno al acerca de la originalidad de Isidoro de Sevilla y su obra, y, además, con ello, el de mantener vigente un tema, de gran relevancia histórica y filosófica, del que aún queda mucho que indagar y decir. A lo largo de la historia, también de la filosofía, el santo polímata sevillano Isidoro de Sevilla ha sido acreedor de numerosos elogios y reconocimientos generalizados e históricamente aceptados en base a la relevante labor doxográfica, enciclopédica, llevada a cabo por él a lo largo de toda su vida intelectual, y recogida en una obra magna que se convirtió durante varios siglos después de su desaparición en referencia para el estudio de los saberes de la Antigüedad, siendo, con ello, además, impronta de una gran parte del medievo angloeuropeo: es conocida la ingente cantidad de fuentes distintas que utilizó Isidoro de Sevilla, muchas de las cuales aparecen en sus obras, contando tanto las directas como las indirectas, también numerosas. Sin embargo, no está tan claro que se pueda hablar de originalidad en una obra fundamentalmente recopiladora y divulgadora. Cierto es que muy probablemente el concepto moderno (romántico) de originalidad actual no tenga nada que ver con el usado, si es que tal era el caso, en la Hispania altomedieval de los siglos sexto y séptimo, ni sería siquiera un valor, o no al menos al modo en que lo es en las sociedades occidentales actuales. Así, Vega afirma: «El concepto de originalidad hoy día es muy distinto al concepto de siglos anteriores. Hoy podemos llamar un escritor original el que lleva unos rumbos completamente distintos a los de los demás. Este concepto realmente no puede aplicarse a los escritores antiguos» (Díaz y Díaz 1961, 510), sostiene; al tiempo que concluye: «Isidoro [de ‒ 234 ‒ Sevilla] no fue un hombre que escogió al azar las cosas, sino que se formó primero un concepto; al construir él elige, corrigiendo unas veces a unos, otras a otros, formando por decirlo así una cosa nueva, puesta al día. Tal obra no puede decirse de alguien que no tiene originalidad» (ibid.). Por otro lado, nos encontramos con el problema de cuánto de su pensamiento propio, si es que acaso lo tuvo o lo expresó en, o a través de, sus obras, se puede rastrear en textos de tanta carga compiladora, con tantas citas y referencias, y en las que prácticamente todo parece inspirado por, o tomado de autores anteriores. Al respecto, por tanto, del debate acerca de la originalidad isidoriana se puede indagar y dialogar, a la par, primero, en relación con las posibles aportaciones novedosas realizadas por el santo metropolitano hispalense a la filosofía, al conocimiento, en alguno de sus aspectos, y, segundo, al respecto de las ideas y consideraciones, creencias y opiniones propias isidorianas, que se observan en su obra. En todo caso, al margen del valor moderno que adquiere el concepto de originalidad, el debate al respecto de este tema lleva al estudio de la naturaleza de sus textos y fuentes, su método de trabajo, estilo y temperamento particular. Teniendo además en cuenta el enorme desconocimiento que se tiene en detalle del contexto histórico específico de Isidoro de Sevilla, la búsqueda de sus consideraciones particulares, al margen de la relevancia epistemológica o singularidad filosófica que estas puedan conllevar, permite seguir buscando rasgos distintivos de una figura relevancia capital tanto en su época en Hispania, especialmente en la Bética, y, en los siglos posteriores, proyectando su influencia de forma más o menos directa hacia toda Europa occidental y central, especialmente en lo que a cuestiones teológicas y filosóficas se refiere. Los estudios isidorianos llevan décadas (de)mostrando cómo se filtra en diferentes aspectos y detalles de su trabajo, caracteres distintivos y específicos del filósofo hispalense, lo que corrobora las tesis que afirman la (presencia de) originalidad en sus textos; lo que supone, a su vez, implicaciones importantes tanto a nivel filosófico como a nivel historiográfico. Existen gran cantidad de investigadores que se posicionan del lado de la defensa de la presencia de originalidad en los libros de Isidoro de ‒ 235 ‒ Sevilla, más allá de su trabajo recopilador. Aunque también existen autores como Leclerqc que se sitúan en el lugar diametralmente opuesto de negar, no ya la teórica o posible condición de original del filósofo hispalense y sus textos, sino incluso el valor epistemológico de toda su obra. Según este, pese a las alabanzas recibidas por el santo hispalense y su trabajo, especialmente por Etimologías, solo la mediocridad intelectual de la época y el lugar en que vive, más que sus méritos intelectuales, más que su teórica maestría en los principales campos del conocimiento como la filosofía (y, junto a ella, la ciencia, la historia, la teología, etc.), hace que destaque como supuesto gran intelectual, como erudito y verdadero hombre de conocimiento y ciencia, sin de ninguna forma serlo. Además, sostiene que citaba gran cantidad de fuentes y autores de la Antigüedad de los que no tenía un conocimiento relevante pero que eran desconocidos para sus coetáneos; lo elogios en todo caso, dice, responden más a una cuestión de propaganda política nacional que al verdadero valor epistemológico, pedagógico y divulgativo de la magna obra isidoriana, para el citado autor, larga no por su profundidad, sino, al contrario, como muestra de la superficialidad de la misma y los conocimientos de su autor. Igualmente, califica la literatura isidoriana, su estilo, de vulgar y defiende que Etimologías representa una obra de un trabajador incansable, pero sin talento alguno que demuestra los vagos, aunque numerosos, conocimientos de un autor que no puede ser tomado según Leclercq (1906, 310) más que como «un copista intrépido». Y sentencia: «Al leerlo, no se vislumbra que tuviera ideas propias; únicamente después de su muerte, durante la Edad Media, se le atribuyeron pensamientos que nunca había expresado» (ibid.). Resulta cuando menos lícito preguntarse si es posible que un autor como Isidoro de Sevilla, que acumuló tantos años de investigación, enseñanza y divulgación, aceptando la cuestionable tesis de la superficialidad de los conocimientos de quien estudió y trabajó sin descanso, no tuviera ideas propias. Resulta necesario, cuando menos, cuestionarse si es posible que quien cultivó profusamente la filosofía, la teología, la historia, la física, el derecho, y un largo, muy largo, etcétera, podría en algún caso no tener ideas propias. En la misma línea, sorprende un fragmento de la introducción de García Goldáraz (1960, 14) a la obra de Madoz Isidoro de Sevilla. Semblanza ‒ 236 ‒ de su personalidad literaria, donde aquel afirma que este había eliminado del borrador de este trabajo una frase en la que negaba la originalidad isidoriana. Así, dice: «La frase aludida es la siguiente: “Y eso fué [sic], el foco en que se reducían a unidad los rayos todos del saber antiguo, para desparramarse después por él jerarquizados en armónico sistema. Falta de originalidad, toda su obra tiene este carácter de comprehensión del pasado y de adaptación sistematizadora con miras al porvenir”»; y apostilla, al respecto de la misma, que no había «sido arbitrario este suavizar el juicio un tanto áspero de la personalidad literaria de san Isidoro, pues ya él mismo, cediendo a insinuaciones de sus compañeros de profesorado, había en sus últimos meses borrado con mano temblorosa ese párrafo, persuadido de la expresión menos feliz de su mismo pensamiento, que en otras partes de esta misma obra aparece» (ibid.). Se aprecia la vigencia del debate, y las dos posturas existentes a este respecto. Frente a quienes interpretan la labor de Isidoro de Sevilla como la de mero copista o transmisor, es posible observar una serie de caracteres y elementos particulares en la obra isidoriana que avalan el posicionamiento en favor de las tesis que afirman su originalidad y la de su autor: En estas cuestiones específicas, destacan: el argumento de la originalidad metodológica, señalada en al menos dos aspectos, a saber, el método etimológico (genealógico) y la arquitectonicidad isidoriana; el de la intervención directa, tanto en no pocas significaciones de ideas y conceptos tomados de la Antigüedad, de cuantos se hallan expresados en su obra, así como en los orígenes y significaciones etimológicas; y el de la cosmovisión integradora subyacente en su obra completa, tanto teórica, como práctica. Comenzando por el final, una gran cantidad -la mayoría, quizásde autoridades de primerísima línea en la vida y obra de Isidoro de Sevilla, tales como Montero, Robles, Ortega Muñoz, Fontaine, Díaz y Díaz, o Madoz, entre otros, han destacado una característica definitoria en los textos del filósofo hispalense: la integración. Una disposición o tendencia, posiblemente, inspirada en el consubstancialismo del símbolo niceno, y que se aprecia tanto en su obra teórica como en su acción práctica. En esta segunda destaca, efectivamente, su actividad al respecto ‒ 237 ‒ de la defensa teológica del consubstantialem Patri97 contra el arrianismo visigodo, y, junto con esta, la actividad política isidoriana, encaminada a la consecución de la integración de todos los pueblos y razas de Hispania en una unidad común. En lo que se refiere a sus textos, en Isidoro de Sevilla se aprecia la apuesta por la integración de filosofía (ciencia) y fe (religión)98, especialmente con la finalidad de luchar contra las supersticiones99 ‒«otra actitud intelectual original es la “convivencia pacífica” de los autores en su cultura; es la abolición total de la antigua antítesis entre una cultura bíblica y cristiana y una cultura pagana. Para Isidoro, hay una unidad en la cultura, y en particular, ya no existe una cultura pagana, sino una cultura profana. La obtiene de todos los antiguos, ya sean poetas y escoliastas paganos o autores venerables de la tradición cristiana», sostiene Díaz y Díaz (1961, 513-514)‒. Igualmente, se aprecia este rasgo isidoriano en la elección y uso particular de las múltiples fuentes usadas por el filósofo hispalense, así como en la integración de saberes y conocimientos de múltiples disciplinas, propia tanto de su obra completa, dado que escribe sobre filosofía, teología, historia, gramática, ciencias naturales, etc., como de una en particular, acaso la más importante por su repercusión histórica: Etimologías, obra enciclopédica compuesta de veinte libros en los que se intenta recopilar todo el saber acumulado por el ser humano durante la Antigüedad. También se puede contemplar este ideal integrador, implícito muchas veces mas pese a ello, protagonista, en su defensa de la necesidad de conjugar teoría y práctica. Y, además, se hace palpable esta cosmovisión integradora que articula toda la obra isidoriana en la integración conceptual y ontológica de los que pueden ser considerados como los tres temas principales de los libros del filósofo hispalense, a saber, ser humano, mundo y Dios, en tanto que en aquel se integran tanto su parentesco con la naturaleza, como con la divinidad: por la similitud con la primera es un 97 Según la doctrina del consubstantialem Patri adoptada en el I Concilio de Nicea, el Padre y el Hijo (Dios y Jesucristo) son una misma persona, esto es, que en Jesucristo se integran y aúnan, sin fundirse ni contaminarse una con la otra, tanto la naturaleza humana como la divina. Cfr. Ruiz 2023. 98 Díaz y Díaz 1961, 513-514. 99 Cfr. Isid., Etym., III, 71, 39-40; Díaz y Díaz 2004, 127. ‒ 238 ‒ microcosmos, por la semejanza con el segundo, es considerado imago Dei. Desde el punto de vista metodológico, destaca, en primer término, la propuesta de Fontaine según la cual lo más original (e influyente), filosóficamente hablando, de la obra de Isidoro de Sevilla es su método etimológico. En este sentido, pone en relación el proceder metodológico isidoriano con el concepto latino de origo (origen) 100 . Efectivamente, la entendida como obra principal del filósofo hispalense Etimologías, lleva por título Originum sive Etymologiarum. Según Fontaine, el método isidoriano consiste en ir a los orígenes de las cosas (palabras, hechos históricos, etc.), tal y como se vislumbra, además de en la citada obra, en los libros de Diferencias o Sinónimos, donde emplea el método genealógico en el estudio de conceptos, nociones y palabras, así como en textos en los que desarrolla su labor como historiador, tales como Chronicon, Historia de los godos, suevos y vándalos, o Vida de los hombres ilustres, e, igualmente, en trabajos de contenido religioso como las Regula Monachorum o Sentencias. El método de apelar al origen es usado, por tanto, de manera constante en su obra por Isidoro de Sevilla, que, según afirma Fontaine, supone la aportación original del filósofo sevillano y la más importante en este aspecto, especialmente teniendo en cuenta la influencia que ejerce su obra en el mundo angloeuropeo de, primeramente, los siglos séptimo y octavo, a través, en el mundo anglosajón, de Beda el Venerable y, en la Europa continental, específicamente en el llamado renacimiento carolingio, a través de Alcuinoo de York –discípulo este de aquel–, y, posteriormente, durante los siguientes, al menos, cinco siglos en la intelectualidad europea, fundamentalmente religiosa (monacal). En sentido similar, en un pequeño libro de fuerte carga ideológica, pero no falto de interés, titulado Bosquejo de una filosofía sevillana, Pemartín destaca la originalidad del proceder metodológico de Isidoro de Sevilla, en una línea diferente a la fontaineiana, también destacada por no pocos investigadores isidorianos. Según sostiene, la del hispalense, de quien destaca su carácter «total, completo, enciclopédico, 100 Cfr. Fontaine 1998. ‒ 239 ‒ universalista» (1944, 18), dado que la suya «no es la filosofía de un hombre, es la filosofía de un mundo y de una época» (ibid.). A diferencia de las denominadas por este autor como eidéticas y como intuicionales, señala que puede ser calificada la isidoriana como filosofía arquitectónica. Afirma que lo más original y relevante de la obra del filósofo hispalense estriba en la construcción específica que realiza con los elementos que toma del mundo antiguo. Es decir, pese a que Isidoro de Sevilla toma gran cantidad de temas, ideas, concepciones, fragmentos prácticamente enteros, etc., de una ingente cantidad de autores anteriores, en una enorme labor doxográfica y compiladora, lo relevante en lo que se refiere a su originalidad se halla en el ensamblaje específico y determinado que de estos materiales realiza el santo metropolitano sevillano. Se trata, por tanto, de qué toma de uno u otro autor y de cómo conjuga todos esos materiales bibliográficos, textos y citas que amplia y profusamente divulga en sus obras, construyendo con ello un relato específico y determinado, único, que no puede ser calificado en este sentido más que de original. Como decíamos, divide Pemartín la filosofía en tres tipos posibles: «Hay una filosofía luminosa, clara, en la que se perciben, a la vez, de un golpe, las partes y el todo, como en una hermosa pintura bien dispuesta. Es la filosofía que pudiera llamarse “eidética” –que, en griego, como sabéis, “eidos” significa, a la vez, idea y visión–, filosofía, pues, de visión, de conjunto armónico y geométrico: Platón, Descartes, Spinoza, si se quiere Kant…» (Pemartín 1944, 19); junto con esta, postula otro tipo de filosofía que «no se despliega en superficie, sino que diríase que busca incesantemente la profundidad, la tercera dimensión, el misterio de una intuición profunda que hace ahondar y tornar a la mente del filósofo, como el cincel del escultor torna y ahonda la curvatura, el inmóvil y eterno movimiento de todas las curvas de su escultura» (ibid.), filosofías estas calificadas como «“intuicionales”, que giran y se mueven alrededor de una intuición concreta en profundidad: Heráclito, Plotino, San Agustín, Schopenhauer, Bergson…» (ibid.); y por último, el tercer modo de filosofía es aquella «que tiene de común con las anteriores a la vez un despliegue pictorial de sistema, y también intuiciones profundas» (ibid.), pero cuya importancia fundamental «no proviene ni de una ni de otra cualidad; sino del ensamblaje, de la contextura y estructura interna del conjunto» (ibid.), ‒ 240 ‒ una filosofía, dice, «que tiene extensión bi-dimensional de plano y talla tridimensional de piedra: cuya ordenación y elementos recuerdan más que a ningún otro al arte arquitectónico» (ibid.). En este último grupo de filosofías, Pemartín incluye «las filosofías de Aristóteles, de Santo Tomás, de Leibniz, o de Hegel… Y esta última condición de filosofía arquitectónica, filosofía constructiva, descubrimos en San Isidoro» (ibid.). En análoga dirección, Vega defiende que las selecciones de los textos y fuentes que forman parte de la obra de Isidoro de Sevilla no pueden ser consideradas en modo alguno como azarosas, construyendo arquitectónicamente, su pensamiento original a través de las elecciones concretas y su particular y distintiva articulación, cuando dice: «Isidoro no fue un hombre que escogió al azar las cosas, sino que se formó primero un concepto; al construir él elige, corrigiendo unas veces a unos, otras a otros, formando por decirlo así una cosa nueva, puesta al día. Tal obra no puede decirse de alguien que no tiene originalidad» (Díaz 1961, 510). Lawson, a su vez, apunta: «Isidoro ante todo es un maestro que dice: “No soy yo quien dice esto, son los mayores los que lo dicen”, para recomendarlo a los que escuchan: así en el Prefacio al De officiis. Esta idea de auctoritas era la predominante en este tiempo, la misma de un canonista que hace una colección de cánones. La grandeza de Isidoro está esencialmente en lo que elige de entre sus fuentes, las materias que convienen al objeto de que trata» (Díaz 1961, 514-515). Lo que conecta, directamente, con otro de los argumentos en favor de la originalidad de la obra del polímata sevillano: las intervenciones directas de Isidoro de Sevilla a través de modificaciones específicas y en ningún caso azarosas de citas, ejemplos, etc., de las numerosas fuentes que utiliza. Afirma en este sentido Robles (1966, 237-238) que «siendo cierto que Isidoro de Sevilla copia, como cualquier autor de su misma época, no es menos cierto también que las más de las veces introduce en el texto copiado algún pequeño matiz que cambia totalmente la perspectiva; consistiendo en ello la originalidad isidoriana». Fontaine es también consciente de esto y lo señala cuando escribe: «[En Etimologías] Antes de abandonar las “siete artes seculares”, Isidoro toma prestadas breves conclusiones de Casiodoro; atribuye a los filósofos una vaga afirmación de estos últimos sobre el valor reconocido de las siete ‒ 241 ‒ disciplinas: “Han sido llevas a las estrellas...” escribió Casiodoro: “...por los filósofos”, añade Isidoro. Aquí podemos comprobar de primera mano la naturalidad con la que el autor de Orígenes [sic] utiliza la inserción falsa como una especie de figura de énfasis destinada a realzar el valor de una afirmación», (Fontaine 1983, 600). Otro ejemplo de esto puede observarse con claridad también en Etimologías cuando, en el capítulo vigesimoquinto del segundo libro, un epítome de Isagoge de Porfirio, donde el filósofo hispalense acepta y reproduce el ejemplo del pensador tirio en el que expresa la antigua teoría antropofilosófica del homo risv capax, esto es, el humano definido como único ser vivo, mortal o inmortal, irracional o racional, capaz de reír, concepción de tradición pitagórica a través de Aristóteles de la que Isidoro de Sevilla se hace eco, pero modificando la consideración porfiriana. Así, en un ejemplo similar al anterior, donde Porfirio dice que solo los humanos pueden reír, a diferencia de las bestias y de Dios, que no pueden, Isidoro de Sevilla escribe que solo los humanos pueden reír, a diferencia de bestias y, en este caso, de los ángeles, que no, introduciendo también en este caso una modificación más o menos sustancial. Son muchas las intervenciones de este tipo en las obras isidorianas que pueden ser consideradas con toda justicia como historiográficamente interesantes dado que en ellas se pueden apreciar trazas del pensamiento original de Isidoro de Sevilla. Esta misma tesis es defendida por Domínguez del Val cuando argumenta: «En orden a la originalidad, veo que en su doctrina eclesiológica, por ejemplo, aprovecha principalmente Agustín, Gregorio y Cipriano. La originalidad de S. Isidoro [sic] se nota en que, cuando utiliza estos textos que efectivamente son fuentes, él da en ciertos casos una modalidad especial, bien sea aplicándolos en otro sentido que lo toma el autor, bien sea añadiendo él algo propio y característico suyo». (Díaz y Díaz 1961, 517-518). Efectivamente, respecto al debate acerca de la originalidad de y en los textos y obras de Isidoro de Sevilla y, por ende, con ello, la búsqueda del pensamiento propio dentro de las mismas, se incide grandemente en el hecho insoslayable de la intervención isidoriana en las fuentes y autores citados de una manera o de otra: bien sea teniendo en cuenta las selecciones particulares del propio filósofo hispalense, que tal y como la hermenéutica contemporánea ha demostrado, en ningún caso pueden ser consideradas inocentes, que no es ni