Full text
Departamento de Literatura Inglesa
y Norteamericana
TESIS DOCTORAL
REALIDAD PRO TÉSIC A
Y
POST MOD ERNIDAD:
EL C ASO DE GRAHAM SWIFT
Juan J esús Agu il ar Osu na
Director: Manuel Almagro Jiménez
Sevilla, enero de 2014
Programa :
Literatura Inglesa y Norteamericana
Corrientes I nnovadoras
A Inma, compañera de viaje, por su ánimo
y comprensión.
A Garoé y Aday, savia que nos mantiene
apegados a lo orgánico.
A mis padres y a mis hermanas, eslabone s
hacia el origen.
We are just an advanced breed of monkeys on
a minor planet of a very average star. But we can
understand the Universe. That makes us some-
thing very special.
I regard the brain as a computer which will
stop working when its components fail. There is
no heaven or afterlife for broken down computers;
that is a fairy story for people afraid of the dark.
S tephen h awking
I’ve been told there is very little time left, that
we must get all these things about time and place
straight. If we don’t, we will only have passed on
and have changed nothing. That is why we are
here, I think, to change things. It is why I came to
the desert.
[...]
There is something else here, too, even more
important: explanations will occur to you, seem-
ing to clarify; but they can be a kind of trick. You
will think you have hold of the idea when you only
have hold of its clothing.
B arry L opez , “Desert Notes”
introDUCCiÓn
C apítULo 1
g raham S wift , La reaLiDaD protéSiCa y La poStmoDerniDaD
1. Granta: Best of Young British Novelists (1983) y después 17
2. La realidad protésica y el sustituto de madera 23
3. Estructura del estudio 31
primera parte
La reaLiDaD y Lo protéSiCo
C apítULo 2
S oBre La reaLiDaD y SUS ConCeptUaLizaCioneS
1.“Reality changes” 49
2. Platón y Aristóteles: ¿el mundo de las ideas…
o el de la experiencia? 51
3. De la realidad religiosa de la Edad Media
al realismo burgués de la modernidad 53
4. La verdad epistemológica victoriana…
y su precariedad ontológica 60
5. El pensamiento estructuralista y el realismo
desnaturalizado del modernismo 64
6. El discurso racional de la modernidad ya no se sostiene:
Darwin, Nietzsche y Einstein 70
7. La caída de los metadiscursos tras la Segunda Guerra
Mundial: Lyotard, Derrida y Foucault 78
8. La muerte de la novela y la muerte del autor:
la literatura en una encrucijada 85
9. (Post)modernismo vs. neo-realismo 90
10. El postmodernismo intelectualizado y el giro ontológico 98
11. La (re)construcción social y cultural de la realidad 108
12. De la mímesis al simulacro: Baudrillard y lo hiperreal 123
13. Más allá del guión cultural:
el psicoanálisis, Lacan y lo Real 148
C apítULo 3
S oBre La ConCeptUaLizaCiÓn De Lo protéSiCo 163
1. La prótesis: de lo fenomenológico a lo tropológico 164
2. Mi prótesis vs. La prótesis:
del amputado como agente al tecnoanimismo 170
3. Entre la incorporación transparente y lo visible:
de la metonimia a la sinécdoque y viceversa 175
4. ¿Dónde residen los límites entre la prótesis,
el cuerpo y el yo? 184
SegUnDa parte
g raham Swift : La iDentiDaD protéSiCa
y La BúSqUeDa De Una eSenCia orgániCa intUiDa
C apítULo 4
D eL yo interior aL yo protéSiCo 195
C apítULo 5
“a nother Life … perhapS no one ’ S ”:
“t he r eCreation g roUnD ” y LaS viDaS De naDie 207
1. El modelo paterno como espejismo hiperreal 209
2. El parque de recreo como “no lugar” de permanencia 218
3. Rosemary y su mundo de sustitutos 223
4. Decrecer para recrearse: de homúnculo a per-sona 227
5. “Round and round…”:
el círculo vicioso de la segunda naturaleza 235
C apítULo 6
“i f yoU win , yoU LoSe ”:
L a iDentiDaD protéSiCa y lo R eal en T he S weeT S hop o wneR 239
1. Un mundo de símiles 241
2. La experiencia traumática de Irene
y la/su imagen en el espejo 244
3. La per-sona (re)programada 248
4. La tienda como prótesis: simulacros de existencia 252
5. Los periódicos y la cosificación de la muerte 257
6. Willy Chapman, tendero: de hombre a marioneta,
de organismo a máquina 260
7. Hacia la excorporación de la identidad protésica 268
8. Si ganas, pierdes: la línea de meta de lo Real 277
C apítULo 7
“t hiS BeLief in make - BeLief ”:
Ser y no Ser en e veR a fTeR , o eL origen De Lo ( in ) aUténtiCo 287
1. Reencarnarse en plástico 291
2. Ser o no ser Hamlet 295
3. El camino hacia la anterioridad:
los diarios de Matthew Pearce 300
4. Los puentes de la modernidad 306
5. El ojo (des)naturalizador del ictiosauro 311
6. En busca de la esencia individual 317
7. “Mind over matter”: la evolución hacia lo protésico 322
8. Ser y no ser: la identidad protésica
y la liminalidad de lo (in)auténtico 334
9. (Happily) ever after:
“when the made-up thing becomes the real thing” 345
C apítULo 8
i DentiDaD protéSiCa y ( poSt ) moDerniDaD 359
1. Del yo esencial al yo postmoderno 359
2. Los personajes de Graham Swift:
del yo de la modernidad al yo postmoderno y viceversa 365
3. The Sweet Shop Owner y Ever After :
tierra de (post)modernidad 396
ConCLUSiÓn
C apítULo 9
L a ConDiCiÓn ( poSt ) hUmana :
entre Lo orgániCo y La reaLiDaD protéSiCa 411
CoDa
C apítULo 10
S oBre DioSeS protéSiCoS y CíBorgS 427
1. Out of This World : Robert Beech, alias Mr Prosthesis 429
2. Tomorrow : Nick y Kate, hijos de un dios protésico 438
3. “The Watch”, o la (in)deseable (in)mortalidad del cíborg 443
4. Cuando la ciencia atraviesa los baluartes de la ficción... 476
B iBLiografía 503
a graDeCimientoS
Realidad protésica y postmodernidad
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a bunch of late-twentieth-century south Londoners?
(2006: 86).
Al evidente uso de As I Lay Dying como hipotexto hay que
añadir una no menos intencionada elección de The Waste
Land (1922) de T. S. Eliot y The Canterbury Tales de Chau-
cer como intertextos. Las conexiones establecidas con estas
obras, lejos de constituir un plagio pueril e innecesario en un
escritor con una trayectoria como la de Graham Swift, sirven
para que su novela entable un diálogo con la literatura que la
precede. De este modo, Last Orders se constituye como hi-
pertexto enriquecido a partir de unos cánones establecidos,
al tiempo que los cuestiona y reescribe desde una perspectiva
actual 6 . Por último, en 2001, y al igual que ocurriera con Wa-
terland , esta novela fue adaptada a la gran pantalla, en este
caso bajo la dirección de Fred Schepisi y con Michael Caine
como uno de los protagonistas.
6) En “Last or Latest? The Plagiarism Controversy Regarding Graham Swift’s
Last Orders ” (2007), Anastasia Logotheti ofrece una discusión inicial en torno a
las nociones de originalidad y de plagio, especialmente desde el contexto estable-
cido por la literatura postmoderna contemporánea. A continuación, expone de
manera detallada el caso concreto de Last Orders e incluye varias citas extraídas
de periódicos de la fecha, donde críticos literarios (Messud, 1996) y autores como
Salman Rushdie (1997), Julian Barnes o Kazuo Ishiguro (1997) defienden a Swift.
Todos coinciden en que, como autor, no se limita a ofrecer un pastiche de una obra
anterior, sino que retoma un clásico encuadrado en un canon previo y, a partir de
sus resonancias, escribe una novela con una indiscutible identidad propia.
Por su parte, en Understanding Graham Swift David Malcolm sostiene que
las insinuaciones de plagio vertidas sobre Last Orders por críticos como Valentine
Cunningham (1997) o Kate Flint (1998) no están justificadas. En desca rgo de Swift,
destaca el alto grado de intertextualidad manifestado por todas sus obras y explica
que entre las múltiples funciones de este recurso está:
to universalize and to dignify particular characters and their fates. What
happens in The Sweet-Shop Owner or Last Orders may be limited to
unglamorous parts of South London, but the lives of those within those
“narrow bounds” can be seen to echo the grand experience of classical
heroes and heroines, and the subjects of both British and U.S. canoni-
cal literature. (2003: 12)
El caso de Graham Swift
21 |
La siguiente novela de Swift, The Light of Day , se haría es-
perar siete años (2003) y Tomorrow fue publicada en 2007.
Esta última obtuvo una recepción bastante negativa por parte
de un sector de la crítica que se empeñó en augurar el declive
creador de un novelista que había sido declarado promesa de
las letras británicas veinticinco años atrás 7 . Las produccio-
nes más recientes de Graham Swift son Making an Elephant
(2009), obra de no ficción, parte autobiográfica, parte acerca
de su labor como escritor, y la novela Wish You Were Here
(2011).
A pesar de que el conjunto de la obra de Swift no es tan
extenso como el de otros novelistas que aparecieron con él
en Granta 7 –Martin Amis, Julian Barnes, Salman Rushdie
o Ian McEwan son ejemplos–, la cantidad de nueve novelas,
una colección de relatos y un volumen autobiográfico no es
nada desdeñable. Sin embargo, una rápida consulta a los es-
tudios dedicados a esta producción pone de manifiesto que
no existe una atención equitativa hacia sus obras, pues el én-
fasis casi exclusivo recae sobre Waterland 8 . El resto de sus
7) Cfr. Isabelle Roblin, “Graham Swift’s Tomorrow , or the Devious Art of
Procrastination”. Voices and Silence in the Contemporary Novel in English . Ed.
Vanessa Guignery. Newcastle upon Tyne: Cambridge Scholars Publishing (2009):
74-87; Adam Mars-Jones, “Tomorrow Never Knows”. The Observer , Sunday 8
April 2007 <http://www.theguardian.com/books/2007/apr/08/fiction.graham
swift>; Lionel Shriver, “Cat and Grouse Game”. The Daily Telegraph , 26 April
2007 <http://www.telegraph.co.uk/culture/books/3664721/Cat-and-grouse-
game.html>; Carol Birch, “A Lovely Trip to a Humdrum Destination”. The Inde-
pendent , 27 April 2007; John Crace, “The Digested Read: Tomorrow by Graham
Swift”. The Guardian , Tuesday 1 May 2007 <http://www.theguardian.com/
books/2007/may/01/grahamswift>.
8) Cfr. James Acheson, “ Historia and Guilt: Graham Swift’s Waterland ”. Cri-
tique , 47.1 (Fall 2005): 90-100; Juan Jesús Aguilar Osuna, “Graham Swift’s Wa-
terland : The Pessimistic End of History and the Optimistic Reclamation of (Hi)
story/-ies”. Revista Canaria de Estudios Ingleses , 38 (Abril, 1999): 183-194; Ta-
mas Benyei, “Narrative and Repetition in Waterland ”. British and American Stu-
dies , 1.1 (1996): 109-116; Eric Berlatsky, “‘The Swamps of Myth … and Empirical
Realidad protésica y postmodernidad
| 22
novelas, y en especial los relatos, reciben una atención obli-
cua y, en la mayoría de las ocasiones, de respaldo del análisis
de la que fuera declarada su obra maestra.
Uno de los cometidos del presente trabajo será el de equili-
brar esta descompensación en cuanto a la atención dedic ada
a las obras de Graham Swift. Para ello, estudiaré en profun -
didad su primera novela, The Sweet Shop Owner (1980),
y me detendré en Ever After (1992), parcialmente eclipsa-
da por la aclamación crítica de que siempre ha sido objeto
su antecesora, Waterland . Asimismo, abordaré Out of This
World (1988), Tomorrow (2007) y dos de sus relatos –los
grandes olvidados 9 –, el prácticamente desconocido “The Re-
Fishing Lines’: Historiography, Narrativity, and the ‘Here and Now’ in Graham
Swift’s Waterland ”. Journal of Narrative Theory , 36.2 (Summer 2006): 254-292;
Margrét Gunnarsdóttir Champion, “Cracked Voices: Identification and Ideology
in Graham Swift’s Waterland ”. Critique , 45.1 (Fall 2003): 34-42; Pamela Cooper,
“Imperial Topographies: The Spaces of History in Waterland ”. Modern Fiction
Studies , Vol. 42, No. 2 (1996): 371-396; Damon Marcel DeCoste, “Question and
Apocalypse: The Endlessness of Historia in Graham Swift’s Waterland ”. Contem-
porary Literature , 43.2 (2002): 377-399; François Gallix, “Au nom de l’anguille:
Waterland , de Graham Swift”. Etudes Anglaises , 45.1 (1992): 66-80; Robert K.
Irish, “‘Let Me Tell You’: About Desire and Narrativity in Graham Swift’s Water-
land ”. Modern Fiction Studies , 44.4 (1998): 917-934; George P. Landow, “His-
tory, His Story, and Stories in Graham Swift’s Waterland ”. Studies in the Literary
Imagination , 23.2 (Fall 1990): 197-211; Geoffrey Lord, “Mystery and History,
Discovery and Recovery in Thomas Pynchon’s The Crying of Lot 49 and Graham
Swift’s Waterland ”. Noephilologus 81 (1997): 145-163; Ronald H. McKinney, “The
Greening of Postmodernism: Graham Swift’s Waterland ”. New Literary History ,
28.4 (1997): 821-832; Katrina M. Powell, “Mary Metcalf’s Attempt at Reclamation:
Maternal Representation in Graham Swift’s Waterland ”. Women’s Studies , 32
(2003): 59-77; Richard Rankin Russell, “Embod[y]ments of History and Delayed
Confessions: Graham Swift’s Waterland as Trauma Fiction”. Papers on Language
& Literature , 45:2 (Spring 2009): 115-149; John Shad, “The End of the End of
History: Graham Swift’s Waterland ”. Modern Fiction Studies , 38.4 (Winter 1992):
911-925; Hanne Tange, “Regional Redemption: Graham Swift’s Waterland and the
End of History”. Orbis Litterarum , 59 (2004): 75-89.
9) Entre los escasos artículos dedicados en exclusiva a relatos de Swift encon-
tramos: Liliana Louvel, “‘Cliffedge’ de Graham Swift: l’ambiguïté comme straté-
gie narrative”, Caliban , No. XXIX (1992): 109-120; Juan Jesús Aguilar Osuna,
El caso de Graham Swift
23 |
creation Ground” (1976) y “The Watch” ( Learning to Swim,
1982). Esta concentración en las obras menores de Swift pro-
bará que toda su contribución literaria está estrechamente
conectada y que como autor se aproxima, desde perspectivas
variadas pero complementarias, a un mismo tema principal:
la relación tripartita entre (1) aquello que percibimos y expe-
rimentamos como real y auténtico, categorías que nos ayudan
a determinar nuestro sentido de la realidad; (2) el tránsito de
lo mimético a lo autogenerativo en la base constitutiva de los
modos de representación de que nos valemos para (re)crear
esa realidad; y (3) la siempre problemática interrelación que
el individuo inmerso en la postmodernidad mantiene episte-
mológica y ontológicamente con las dos primeras partes en
el obligado empeño de constituir su yo y su identidad como
sujeto.
2. L a realidad protésica y eL sustituto de
madera
Al comienzo de Culture and the Real , Catherine Belsey
afirma: “[o]ur postmodern tradition has made reality into an
issue” (2005: 3). Y es que resulta paradójico que, en nues-
tros tiempos de postmodernidad, cuando disponemos de
un mayor número de medios y recursos tecnológicos para
“The ‘Wooden Substitute’ in Graham Swift’s “The Son,” or the Further Step in the
De-familiarizing Transition from Modernism to Postmodernism”, Revista Ali-
cantina de Estudios Ingleses , 13 (2000): 7-20; Juan Jesús Aguilar Osuna, “‘They
Dreamt No Dreams’: Progress and Immortality in Jonathan and Graham Swift”,
AEDEAN: Proceedings of the 23 rd International Conference (León: Universidad
de León, 2003): CD-ROM; Catherine Belling, “Hypochondriac Hermeneutics:
Medicine and the Anxiety of Interpretation”, Literature and Medicine , 25.2 (Fall
2006): 376-401.
Realidad protésica y postmodernidad
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(re)presentar y, supuestamente, entender la realidad, más se
muestra esta como artificial, como simulada e (ir)real. Jamás
se ha puesto tan en tela de juicio la existencia de un referente
externo al propio sistema de representación lingüístico y so-
ciocultural que engendra y habilita el constructo de nuestra
realidad. Jamás se ha añorado tanto un referente que ancle
nuestras representaciones a entes fenomenológicos que no
dependan ni sean creados a través de unos sistemas que,
en última instancia, no yerran en revelarse como autorrefe-
renciales. “What, we now ask, is real, and what is culturally
induced illusion?”, se pregunta Belsey, y continúa: “Is there
a difference between the two? Or is reality itself a product of
our minds, either a subjective construct or the effect of cul-
ture?” (2005: 3).
En la primera parte del presente estudio articularé un
entramado teórico que me permitirá definir y dotar de conte -
nido a lo que he dado en llamar realidad protésica . A partir
de este andamiaje teórico-discursivo abordaré la crisis ex-
perimentada por el individuo contemporáneo en cuanto a la
cada vez más cuestionada presencia de lo auténtico y real en
todo aquello que nos rodea. Dicha crisis genera un conflicto
tanto epistemológico como ontológico que enfatiza el abismo
arreferencial subyacente en el constructo que entendemos y
vivimos como la realidad .
Esta elusividad de lo real está presente como foco prin-
cipal en las ocho páginas que ocupa ‘About the Eel’, la carta
de presentación de Graham Swift en Granta 7 aludida an-
teriormente. No debemos pasar por alto que, poco después,
esas mismas líneas aparecieron como capítulo central –exac-
tamente el número 26 de un total de 52– de la que muchos
aún consideran su obra culmen, Waterland . La posición
El caso de Graham Swift
25 |
privilegiada de este capítulo en una novela donde el orden
secuencial y cronológico ha sido alterado de manera delibe-
rada, unida a su elección para destacar a Swift como promesa
de las letras británicas, parece cerrar las puertas a la mera
coincidencia. Por el contrario, ambas circunstancias apun-
tan hacia esas páginas como representativas, por un lado, de
una técnica narrativa y de un estilo característicos de Swift,
donde una aparente sencillez deriva, examinada de cerca, ha-
cia una narración autorreflexiva más propia de una actitud
(post)modernista adoptada por un narrador de cuestionable
fiabilidad. Por otro lado, el contenido de ‘About the Eel’ tam -
bién parece destinado a arrojar luz, no sólo sobre la totalidad
de Waterland , sino sobre toda la obra anterior y posterior de
Graham Swift.
‘About the Eel’ es un inciso en el corazón de Waterland
para dar cuenta de los esfuerzos que el ser humano ha lle-
vado a cabo en sucesivas etapas de la historia con el fin de
determinar el misterioso origen y, en consecuencia, el méto-
do y punto de apareamiento de la anguila. En esta búsqueda
de la verdad original –y originaria– que reside tras una reali-
dad cotidiana, Tom Crick, el profesor de historia que hace las
veces de narrador en Waterland , esboza un recorrido desde
las teorías brindadas al respecto por Aristóteles y Plinio en
la época clásica, que continúa con las explicaciones alegóri-
cas favorecidas por el dominio eclesiástico de la Edad Media,
y que llega al empirismo científico de la modernidad pre- y
postdarwiniana y, finalmente, a la falta de certeza contempo -
ránea acerca del origen de la anguila. De este modo, a pesar
de quedar demostrada una falta de conocimiento definitivo,
a través de su narrador Swift nos ofrece una pluralidad de
ontologías, de mundos recreados a partir de especulaciones
Realidad protésica y postmodernidad
| 26
que llegaron a funcionar en cada momento concreto como
convicciones. No obstante, la propia superposición y alter-
nancia de las diferentes explicaciones las desnaturaliza y
expone como historias fabricadas por el hombre para relle-
nar el vacío epistemológico que supone el desconocimiento
del origen real de la anguila. Analizadas retrospectivamen-
te, dichas historias no son sino relatos mediatizados por las
influencias socioculturales vigentes en el momento histórico
que los gestó.
Solo tenemos que reemplazar ‘About the Eel’ por ‘About
reality’ 10 para interpretar la búsqueda del origen de la an-
guila como epítome de una de las mayores indagaciones
transhistóricas llevadas a cabo por el ser humano: aquella
que le proporcione un entendimiento de la realidad en que
vive, una realidad de la que forma parte y de la que no puede
prescindir en su propósito de alcanzar su integridad psico-
social como persona. El problema surge cuando el plano
ontológico que instituye esa realidad como tal se ve cuestio-
nado e incluso invalidado y la muestra como una (ir)realidad
que pierde su cualidad de estructura normalizadora necesa-
ria para la construcción de un yo completo y coherente, tal y
como apuntaba el modelo de sujeto cartesiano.
En la segunda parte de este estudio, a partir del análisis
detallado de varias obras de Swift, mostraré cómo en nuestro
momento contemporáneo la concepción de una realidad obje-
tiva, vinculable a través del análisis científico en un referente
en el mundo fenomenológico y, de este modo, transmisora de
10) En una entrevista conducida por Patrick McGrath, el propio Swift autoriza
esta y otras extensiones metafóricas de las indagaciones acerca del origen de la
anguila, cuando dice: “And it suddenly seemed to me that the life cycle, the natural
history of the eel, seemed to say so much about history generally and about our
attempts to discover the origin of things, and so on” ( Making an Elephant , 88).
El caso de Graham Swift
27 |
una verdad absoluta e irrefutable –concepción heredada del
discurso racional-positivista de la modernidad Ilustrada– se
muestra como una quimera. Veremos que los personajes de
Swift habitan realidades contingentes, transitorias y redefi -
nibles, constructos socioculturales y subjetivos que camuflan
una ilusoria capacidad de significar basada en última instan -
cia en la autorreferencialidad.
Tarde o temprano, estos personajes terminan por cobrar
conciencia del fundamento fabulado y artificial que susten -
ta la realidad en que viven. Tal falta de solidez los aleja de
cualquier esencialidad inmanente que pudiera ejercer de
cimiento incuestionable para articular sus subjetividades.
Tomando esta situación como punto de partida, analizaré
de qué manera algunos de estos personajes se ven obligados
a reconceptualizar los parámetros de lo que hasta entonces
habían entendido como la realidad y a reconocer que no es
más que un sustituto de madera de una realidad esencial
inalcanzable.
Swift introduce el concepto del sustituto de madera en su
relato “The Son” ( Learning to Swim , 1982), si bien explora
sus causas y consecuencias a lo largo de toda su obra 11 . Para
aproximarme a esta idea del sustituto y a cómo es empleada
para redefinir lo que entendemos por realidad atenderé, por
un lado, a nociones sociológicas y construccionistas, hasta
llegar en última instancia a los conceptos de simulacro e hi-
perrealidad establecidos por Jean Baudrillard. Por otro la do,
11) Como veremos en el análisis de Ever After , este término aparecerá reescrito
y reformulado como substitoots , tal y como lo pronuncia Sam Ellison, personaje
de origen estadounidense, fundador y propietario de Ellison Plastics (UK). El pro-
pósito último de esta empresa es, según Ellison, “the polymerization of the world”
( EA , 10) a través de la creación de réplicas o sustitutos de plástico de unos origi-
nales cuya producción resulta muy cara o bien requiere una materia prima que se
ha agotado.
Realidad protésica y postmodernidad
| 28
me apoyaré en teorías psicoanalíticas –yuxtap uestas p ero,
paradójicamente, complementarias a las sociológicas–, espe-
cialmente en las expresadas por Jacques Lacan con respecto
al Orden Simbólico y al de lo Real 12 . Ambas aproximaciones,
la sociológica y la psicoanalítica, mantendrán una relación
de retroalimentación con los principios postestructuralistas
y deconstruccionistas que informan el discurso de la post-
modernidad.
Finalmente, el énfasis en este sustituto de madera como si-
mulacro de un referente original cuya presencia se ve diferida
–en términos derridianos– hasta el eventual cuestionamien-
to de su existencia me conducirá a proponer el concepto de
realidad protésica. Con él definiré la interrelación entre el
individuo contemporáneo y el entorno fabricado e ilusorio
en el que ha de apoyarse para conformar su identidad como
sujeto, percibida, a su vez, como una identidad protésica .
Estas nociones de realidad e identidad protésica se sus-
tentarán en las bases de un discurso surgido a finales del
pasado siglo en torno a la prótesis, entendida en su sentido
exclusivamente material, pero también –y en particular–
interpretada a partir de sus extensiones tropológicas. Dicho
enfoque me ayudará a describir la reconceptualización del
término realidad que ha tenido lugar como consecuencia
del progresivo desmantelamiento de grandes metanarrativas
iniciado en el contexto histórico-cultural propiciado por la
modernidad postdarwiniana y que se ha visto especialmente
acentuado en tiempos de la postmodernidad. Con la inten-
ción de argumentar que, desde este frente aproximativo, los
12) Emplearé la mayúscula y la cursiva cada vez que haga referencia al con-
cepto de lo Real lacaniano, para así distinguirlo del adjetivo “real”, como opuesto
de aquello que es artificial o social y culturalmente construido.
El caso de Graham Swift
29 |
elementos de continuidad entre la modernidad y la postmo-
dernidad son tan numerosos o incluso más abundantes que
aquellos que apuntan a una discontinuidad, mi propuesta
consistirá en entender esta realidad protésica como una de
las constantes existenciales de una condición que en ocasio-
nes preferiré llamar (post)moderna.
Para adelantar los principios básicos de esta redefinición
del concepto de realidad , podemos remontarnos a la cla-
ra distinción entre las connotaciones positivas y negativas
derivadas del término real que el filósofo de la lengua J. L.
Austin propusiera a comienzos de la década de 1960. Para
Austin: “on the affirmative side [real] is frequently aligned
with such words as ‘proper’, ‘genuine’, ‘live’, ‘true’, ‘authen-
tic’ and ‘natural’, while its negatives may comprise ‘artificial’,
‘fake’, ‘false’, ‘bogus’, ‘makeshift’, ‘dummy’, ‘synthetic’, ‘toy’”
(1962b: 71). No obstante, como sostendré en lo sucesivo,
una de las consecuencias del advenimiento de lo que Jean
François Lyotard (1979) definiera como nuestra condición
postmoderna ha sido la relativización definitiva de estas ba -
rreras, que antes parecían firmes e insoslayables, entre lo
orgánico y lo artificial, el original y el sustituto, lo auténtico
y lo falso, la consciencia del individuo y el constructo socio-
cultural en que, sin más remedio, ha de existir como “the
organism-in-culture that speaking beings become” (Belsey,
2005: 6).
Cuando hablamos de una realidad protésica , los límites
que distinguían la realidad de su representación dejan de
ser operativos, con lo que nos queda la sospecha de que toda
referencialidad mimética ha cedido su lugar a un simulacro
autogenerado y contenido en sí mismo para convertirse en la
única (hiper)realidad a nuestro alcance. Esto obliga al indivi-
Realidad protésica y postmodernidad
| 36
para enfatizar “a reflexive awareness of supplementation”
(1995: 242).
La concentración del presente estudio se ubicará en esa
arena liminal, provisional y contingente donde tiene (o no)
lugar la incorporación de toda prótesis. Cuando extendemos
y aplicamos a otros ámbitos este discurso en torno al fácil
tránsito entre la incorporación y excorporación de toda pró -
tesis, nos embarcamos en un proceso desnaturalizador de
todo aquello que durante tanto tiempo hemos asumido como
humano y orgánico. Y es que en nuestros tiempos postindus -
triales, conducidos por la hipertecnología y la virtualidad,
no solo se han desdibujado los límites del cuerpo; también
nos hemos descubierto como constructos lingüísticos, so -
ciales y culturales. Esta consciencia protésica ha diferido lo
orgánico y esencial en nosotros al más puro estilo derridiano
hasta relegarlo a ese último reducto que Freud dio en lla -
mar el inconsciente y que está estrechamente relacionado
con el objeto inalcanzable del deseo que Lacan denomina la
Cosa (das Ding), recordatorio psíquico que marca el espacio
ocupado por lo Real antes de nuestra entrada en el orden
simbólico.
Mediante la conexión del discurso de lo protésico con
el de la realidad indagaré en cómo, a partir de la moderni-
dad postdarwiniana, el individuo occidental ha habitado de
manera cada vez más consciente dentro de los márgenes
de una existencia donde lo orgánico y lo protésico se han
interrelacionado, redefinido y confundido hasta conformar
una realidad protésica . Este entorno (ir)real es el territorio
simbólico donde el individuo contemporáneo ha de iden-
tificar y escoger los fundamentos psicosociales con los que
conformar su integridad subjetiva. Se adentra así en un modo
El caso de Graham Swift
37 |
existencial que, aunque definitorio e inseparable de nuestra
condición humana, no deja de estar en conflicto con una rea -
lidad orgánica –y por ello esencial– presentida.
Segunda parte: Graham Swift, la identidad protésica
y la búsqueda de una esencia orgánica intuida
Mi examen de la producción literaria de Swift no aspi-
ra a ser exhaustivo. Por motivos de espacio y por mantener
un equilibrio con la primera parte del trabajo, para este blo-
que he escogido tres obras –“The Recreation Ground”, The
Sweet-Shop Owner y Ever After –, cuyos narradores prin-
cipales comparten una problemática que los conduce a una
búsqueda común. Los tres se reconocen habitantes de un
entorno donde lo simbólico ha obliterado en su mayor parte
a lo orgánico, hecho que delata una compleja e inquietan-
te naturaleza construida, unida a una falta de autenticidad,
no solo en todo aquello que los rodea, sino en sus propias
subjetividades. Mi propósito será analizar la consciencia de
ser persona a través de una(s) identidad(es) protésica(s) que
experimentan estos protagonistas.
Para ello, como prolegómeno teórico, en el capítulo 4 es-
bozaré una breve trayectoria histórica de la consideración del
yo. Partiré de las propuestas cartesianas acerca de un sujeto
humanista, me detendré en la confrontación entre raciona-
lismo y romanticismo acontecida en el siglo XVIII y concluiré
con los principios sociológicos brotados durante el XIX y el
añadido psicoanalítico con que han compartido predomi-
nancia desde el XX.
El capítulo 5 estará dedicado al relato “The Recreation
Ground” (1976), primera obra publicada por Swift. En ella
Realidad protésica y postmodernidad
| 38
encontramos a un joven narrador tan carente de identidad
que nunca llegamos a conocer su nombre. De niño, este per-
sonaje anónimo se ve obligado a configurar su yo a partir de
un modelo paterno que desde un principio reconoce como
espejismo hiperreal, pues está basado exclusivamente en la
representación de roles que buscan la adquisición de diversas
apariencias como meras corazas performativas. El narrador
se resiste a conducir su subjetividad a través de una existen-
cia simbólica que –en contra de lo que Freud (1920) y Lacan
(1992) pudieran argumentar– no constituye para él una
fuente de placer, sino de dolor, de inautenticidad y, en defini -
tiva, de irrealidad. Movido, sin embargo, por un sentimiento
de incompletitud que lo empuja a forjarse una identidad,
procurará hallar mecanismos de decrecimiento personal, de
desformación de su yo temprano mediante su incursión en
lo que Marc Augé (1992) denominó “no lugares” o espacios
de anonimato, de desidentificación y, en consecuencia, de
liberación. La panacea ansiada será el retorno a un estadio
original de autenticidad previo a todo dolor y ajeno a cual-
quier entramado simbólico, a un yo orgánico y esencial desde
el que emprender la construcción de una nueva vida.
En el capítulo 6 estudiaré la primera novela de Swift, The
Sweet Shop Owner (1980), donde continúa su exploración
de la tensión establecida entre lo protésico y lo orgánico en
lo que concierne a la identidad de todo individuo. No obs-
tante, mientras que en su primer relato nos mostraba a un
narrador como niño y como joven incapaz de construir su yo
mediante la adopción de un blindaje performativo, ahora nos
presenta a Willy Chapman, anciano que vuelve la vista atrás
para revisitar toda una vida en la que ha habitado una iden-
tidad protésica que lo convirtió en el vendedor al que alude
El caso de Graham Swift
39 |
el título de la obra. Tras casarse con Irene Harrison, Willy
accedió a enfundarse esta identidad de manera voluntaria
para que su esposa pudiera circunnavegar y distanciarse de
vivencias traumáticas anteriores y venideras. El problema
radica en que este mismo recurso protector también instauró
un entorno de esterilidad emocional que no permitió a Willy
acceder a aquellas experiencias que aproximan la existencia
del ser humano a lo auténtico. La tienda de prensa y golosi-
nas se convirtió para él en un mundo de símiles plagado de
sustitutos y de réplicas que difirieron la presencia de cual -
quier original a lo largo de su vida. Los diferentes empleados
del comercio le proporcionaron una familia subrogada y la
tienda, en general, se tornó simulacro de un posible mundo
auténtico que siempre se mantuvo fuera de su alcance. Esta
maniobra de aplazamiento de lo genuino también ocasionó
que sentimientos como el amor conyugal o momentos como
el nacimiento de su hija Dorry se tradujeran en el cumpli-
miento de meros acuerdos contractuales.
Willy Chapman jamás experimentó una incorporación có-
moda y transparente de su prótesis identitaria, sentimiento
que lo llevó a intuir y añorar la presencia de otro yo inte-
rior más apegado a lo orgánico y desplazado por la misma
prótesis que vino a reemplazarlo y a relegarlo al estadio de
miembro fantasma. En The Sweet Shop Owner acompañare-
mos a Willy Chapman durante su último día de vida –cuando
ya hace más de un año que su esposa ha fallecido–, jornada
en la que procederá a reparar esta transferencia de valencias
entre lo exógeno y lo orgánico a partir de la excorporación de
su identidad protésica como tendero. De este modo inten-
tará reencontrarse con un Willy anterior a todo simulacro y
capaz de trascender y desligarse del guión performativo que
Realidad protésica y postmodernidad
| 40
ha determinado el curso de su vida. Esta búsqueda última irá
asociada de manera inevitable a un acercamiento y poten-
cial retorno a lo Real asimbólico, territorio donde existencia
e inexistencia se estrechan las manos.
El capítulo 7 está dedicado a Ever After (1992), obra que, a
pesar de estar distanciada de The Sweet Shop Owner por doce
años y tres novelas, podría interpretarse como su continua-
ción lógica, si adoptamos como nexo el hilo argumentativo
en torno a la identidad protésica que hemos establecido.
Ever After arranca con la curiosa condición post-mortal de
Bill Unwin, a la que ha accedido tras un fracasado intento de
suicidio. Bill se ha sobrepuesto a una inminente muerte gra-
cias a la reanimación que le practican a través de avanzados
medios tecnológicos, circunstancia que lo llevará a afirmar
que en esta su segunda vida se ha reencarnado en plástico. El
narrador con que nos encontramos en esta ocasión no ha so-
brepasado literalmente el umbral que habría de conducirle a
la cancelación de toda subjetividad, pero siente que ha logra-
do su propósito de escindirse de un yo anterior. Este hecho,
sin embargo, lejos de sumirlo en un estado de liberación, le
provocará la necesidad de definir su nueva existencia para así
reconstruir un nuevo yo.
A partir del escenario existencial planteado mediante la
reencarnación en plástico de este personaje 19 , Swift propo-
ne una aproximación muy distinta –en algunos aspectos
19) La paradoja que encierra la propia expresión que define la nueva condición
de Bill Unwin resulta especialmente reveladora si tenemos en cuenta el sentido
literal de la palabra reencarnarse –volver a encarnarse, a tomar forma corporal– y
cómo se ve flexibilizada su valencia orgánica hasta permitir que la regeneración
se materialice en plástico, en lugar de en carne. En este capítulo dedicado a Ever
After abundaré en la relevancia asignada al plástico –material directamente en-
troncado con la condición postmoderna– y a la recurrencia de sus extensiones tro-
pológicas a lo largo de la novela.
El caso de Graham Swift
41 |
incluso opuesta– al tratamiento de la identidad protésica
manifestado en las dos obras anteriores. Desde el comien-
zo de la novela, Bill Unwin reconoce la falta de autenticidad
inherente a su nueva naturaleza. Por este motivo su lucha, a
diferencia de la que libraron el protagonista anónimo de “The
Recreation Ground” y Willy Chapman, no irá encaminada a
deshacerse de toda prótesis identitaria para revertir a un yo
esencial. Sencillamente, esta segunda naturaleza concedida a
Bill por medios artificiales no es apta como ecosistema para
albergar un yo auténtico. Su propósito, en consecuencia, será
hallar mecanismos de conexión con su identidad anterior y
con su pasado, en especial el familiar, para dotar a ese nuevo
molde sintético en que se ha reencarnado, ahora vacío, de un
contenido identitario desde el que (re)componer su yo con la
mayor solidez posible.
En Ever After , Swift ofrece su consideración más com-
pleja, abarcadora y detallada de la existencia protésica
experimentada por el sujeto contemporáneo como habitante
consciente de una realidad sociocultural y tecnológicamente
construida. Aparte, como yuxtaposición epistémica y onto-
lógica a la perspectiva presente, también incluye, a modo de
pastiche victoriano, los cuadernos de Matthew Pearce (1819-
1869), tatarabuelo materno de Bill. Con ellos nos retrotrae al
enorme impacto ejercido por los avances de la modernidad
sobre la manera en que el sujeto de mediados del siglo XIX
acostumbraba a construir y a articular su identidad. A par-
tir de esta retrospección hacia la crisis espiritual, existencial
y, por ende, identitaria experimentada por Matthew Pearce,
Swift dejará claro que los andamiajes que habían sustentado
toda naturalización de lo artificial ya quedaron al descubierto
a partir de la modernidad postdarwiniana.
Realidad protésica y postmodernidad
| 42
El capítulo 8 propondrá algunas conclusiones acerca del
concepto de identidad protésica que he acuñado y a conti -
nuación ampliado y estudiado a partir de su manifestación
en varias obras de Graham Swift. Al hilo de la dialéctica
entre la modernidad y la postmodernidad entablada en el
capítulo previo, analizaré la evolución manifestada por los
personajes de Swift en cuanto a su manera de entender y
abordar la construcción de la identidad. Para ello establece -
ré dos bloques: por un lado, consideraré el tránsito descrito
por los personajes principales –el narrador de “The Recrea -
tion Ground”, Willy Chapman y Bill Unwin– hacia lo que la
sociología define como un yo postmoderno; por otro, argu -
mentaré que, a medida que se suceden las obras, la tendencia
del personaje secundario que representaba un nuevo indivi -
dualismo, marcado por la performatividad y centrado en la
autoreinvención, toma una deriva hacia la búsqueda de un
centro identitario estable que lo aleje de la discontinuidad y
fragmentación del yo, del preludio de la pérdida de sustan -
cialidad subjetiva.
A partir del punto de unión entre estas dos tendencias y
del hecho de que ninguno de los personajes analizados cele-
bra la indeterminación o pérdida de estabilidad subjetiva que
los sociólogos definen como principio de fluidez y dinamis -
mo inscrito en el yo postmoderno 20 , Swift perfila el contorno
de un sujeto contemporáneo (post)moderno. Mediante esta
confluencia, también propondré que la línea divisoria entre
un yo moderno y uno postmoderno que buena parte de la
20) Cfr. Kenneth J. Gergen, The Saturated Self: Dilemmas of Identity in
Contemporary Life. New York: Basic Books, 1991; Zigmunt Bauman, Life in
Fragments. Oxford: Blackwell Publishers Ltd., 1995, y Postmodernity and Its Dis-
contents. Cambridge: Polity Press, 1997; Anthony Elliott, and Charles Lemert, The
New Individualism: The Emotional Costs of Globalization. London: Routledge,
2005.
El caso de Graham Swift
43 |
crítica se esfuerza en delimitar resulta más porosa y menos
infranqueable a medida que la postmodernidad adquiere
madurez.
Conclusión y coda
El capítulo 9, “La condición (post)humana: entre lo orgá-
nico y la realidad protésica”, constituirá un tándem con la
subsiguiente coda. En él extraeré conclusiones acerca del
discurso vertebrador de este estudio en torno a una realidad
protésica, construida –en sentido material y sobre todo sim-
bólico– por el propio ser humano. El enfoque adoptado me
llevará a afirmar que la verdadera naturaleza humana, aque -
lla que nos distingue de otros organismos esclavizados por el
estímulo presente, parte de una simbiosis indisoluble entre
lo orgánico y lo protésico, originada cuando los primeros
homínidos aprendieron a instrumentalizar su entorno. Este
planteamiento interpreta la prótesis no como una extensión
corporal, sino que la reescribe como parte constitutiva del ser
humano como tal.
Desde el advenimiento de la modernidad y, en especial,
de los tiempos postindustriales y cibernéticos entretejidos
con la postmodernidad, nuestra condición protésica ha ad-
quirido, no obstante, tal complejidad que ha dado entrada al
discurso de lo posthumano 21 , estrechamente vinculado con
la definición antropológica del híbrido biotecnológico en que
21) Robert Pepperell, The Post-Human Condition: Conciousness Beyond the
Brain. Bristol: Intellect Books, 1995; Katherine N. Hayles, How We Became Post-
human: Virtual Bodies in Cybernetics, Literature and Informatics. Chicago: The
University of Chicago Press, 1999; Cart Wolfe, What Is Posthumanism? Minne-
sota: University of Minnesota Press, 2009.
Realidad protésica y postmodernidad
| 44
nos hemos convertido 22 . Ubicados en este escenario, cobra
especial sentido la inclusión de una coda titulada “Sobre
dioses protésicos y cíborgs”, a fin de explorar el universo
posthumano contemporáneo y las lecturas de los posibles
modos de subjetividad o existencia que podría albergar con
el paso del tiempo.
En el capítulo 10 –o “Coda”– recurriré de nuevo a tres
obras – Out of This World , Tomorrow y “The Watch”– donde
Graham Swift indaga en la condición de dios protésico a la
que el ser humano contemporáneo aspira. En cada una de
ellas encontramos personajes que se acomodan a la cate-
goría mestiza del cíborg a partir de su estrecha vinculación
con la biotecnología en un sentido material. El diseño e
incorporación de diversas prótesis con las que salvan limi-
taciones orgánicas y extienden capacidades físicas los ubican
–y a nosotros con ellos– en el umbral de una era trans- o
posthumana.
Hace siglos que nuestra simbiosis con la máquina y lo
sintético se manifiesta como (auto)control tecnológico de
nuestra evolución, a fin de erradicar aflicciones orgánicas
como el dolor, la enfermedad o el envejecimiento. En últi-
ma instancia, nuestra conversión en cíborgs responde a un
empeño atávico por combatir la caducidad que el paso del
tiempo impone sobre todo organismo, por alcanzar la inmor-
talidad, ya no solo como especie, sino, principalmente, como
individuo.
22) Donna Haraway, Simians, Cyborgs and Women: The Reinvention of Na-
ture. London: Routledge, 1991; Chris Hables Gray, ed., The Cyborg Handbook .
London: Routledge, 1995, y Cyborg Citizen: Politics in the Posthuman Age . Lon-
don: Routledge, 2001; Joanna Zylinska, ed., The Cyborg Experiment: The Exten-
sions of the Body in the Media Age. London: Continuum, 2002.
El caso de Graham Swift
45 |
A través de un análisis detallado de “The Watch” y de varias
películas encuadradas dentro del género de la ciencia ficción,
me adentraré en un marco de especulación racional desde el
que profundizar en la creciente dependencia del cuerpo con
respecto al añadido artificial característica de una existencia
posthumana que podría derivar en postbiológica. Tal y como
sugieren la neuroinformática, la neuroingeniería, la biología
sintética y otras disciplinas del presente, en un futuro quizá
no tan lejano, la prótesis podría prescindir por completo de
su anfitrión orgánico, que se vería sustituido por un habitácu -
lo artificial mucho menos susceptible al paso del tiempo. Tal
maniobra se perfila como la culminación de nuestro primiti -
vo afán por trascender la naturaleza mortal del ser humano,
bajo la coartada de que la ubicación de nuestras consciencias
en un sustrato corpóreo y perecedero podría suponer un ac-
cidente histórico que la evolución trata de solventar.
Los mecanismos para avanzar en esta progresión hacia
lo definitivamente post- o transhumano se sustentan en la
simulación o (hiper)realidad virtual, forma de relación con
un medio que prescinde de los acostumbrados anclajes espa-
ciotemporales. Este universo recreado a partir de impulsos
eléctricos cargados de información podría conformar el há-
bitat donde el ser posthumano –destilado en una consciencia
convertida, a su vez, en patrones incorpóreos de informa-
ción– disfrutara finalmente de su inmortalidad protésica.
Realidad protésica y postmodernidad
| 52
dos a no percibir la naturaleza verdadera de la realidad por
estar atrapados en la prisión de nuestros sentidos.
Las teorías propuestas por Platón se verían cuestionadas
en breve por Aristóteles (384-332 a. C.), su más brillante
alumno, en la Metafísica . Mientras que Platón había defendi-
do que las formas esenciales, abstractas y verdaderas existían
con anterioridad a nuestra percepción y eran independientes
de ella, Aristóteles argumentó que el proceso se desarrollaba
justo a la inversa: primero percibimos los objetos en el mun-
do natural y a continuación formamos abstracciones e ideas
en nuestras mentes a partir de dichas percepciones. Por tan-
to, el concepto de realidad propuesto por Aristóteles estaba
basado en primera instancia en la percepción y la experiencia
humanas, no en la abstracción de una razón pura tal y como
expresara Platón.
A pesar de la discrepancia de opiniones entre ambos fi -
lósofos griegos, tanto el uno como el otro asientan una
importante base argumental para las posteriores interpreta-
ciones del concepto de realidad. En cuanto al idealismo de
Platón expresado en su alegoría de la caverna, aunque esta-
blece limitaciones con respecto a las posibilidades perceptivas
del intelecto humano, cumple dos propósitos. Por una parte,
justifica la existencia de una realidad fenomenológica ajena
a la subjetividad humana, al tiempo que legitima la clara dis-
tinción entre dicha realidad y su apariencia percibida. Por
otra parte, la propuesta platónica favorece la referencialidad
entre los objetos originales y sus sombras, es decir, entre una
realidad esencial, absoluta y verdadera y la apariencia de esta
que nos es accesible. En conclusión, los límites entre esencia
y apariencia, entre realidad y ficción quedan bien definidos,
así como la correspondencia mimética o proyección espe-
El caso de Graham Swift
53 |
cular que une a la apariencia con su referente real, si bien
inalcanzable.
En cuanto a las teorías aristotélicas, que anteponen la ex-
periencia humana en grado de importancia y en correlación
temporal a la abstracción de conceptos e ideas, afianzarán los
cimientos del empirismo que propiciará los avances científi -
cos y el crecimiento intelectual característicos del humanismo
Ilustrado de la modernidad. A través de este espíritu empí-
rico y positivista, el hombre confiará como nunca antes en el
acceso a la verdad, al conocimiento objetivo de toda realidad
mediante el análisis basado en la práctica y la experiencia,
siempre apoyadas en la razón, la ciencia y la tecnología en
constante evolución que de esta última deriva.
3. d e La reaLidad reLigiosa de La e dad m edia
aL reaLismo burgués de La modernidad
El conocimiento y el alcance intelectual ofrecidos por las
civilizaciones griega y romana al mundo occidental se verán
oscurecidos hasta quedar semienterrados durante el período
de la Edad Media. En su ensayo “Beyond the Cave: Demys-
tifying the Ideology of Modernism” (1975), Fredric Jameson
propone esta transición como una de las etapas que se pueden
establecer si atendemos a las formas en que el ser humano ha
codificado la realidad desde sus orígenes hasta el presente.
Como punto de partida de este proceso codificador, Jame -
son se apoya en las teorías de Gilles Deleuze y Félix Guattari
(1972) para caracterizar la esquizofrenia como el flujo origi -
nario y primordial que subyace en toda existencia humana:
Realidad protésica y postmodernidad
| 54
schizophrenia is something like a flux which is then,
in the various social forms, ordered into some more
elaborate, but also … more repressive structure; to
put it in the terminology of Deleuze, we will say that
organized social life … codes this initial flux, organiz -
es it into ordered hierarchical meanings of one kind
or another, makes the hallucinatory landscape sud-
denly fall into meaningful perspectives. (Jameson:
178) 23
Tanto para Deleuze y Guattari como para Jameson, la his-
toria de la construcción de la subjetividad del individuo y de
su relación con la realidad del mundo que lo rodea parten
del encauzamiento de este flujo esquizofrénico y primordial
hacia una vida social. Dicha canalización se lleva a cabo me-
diante un proceso de codificación que atraviesa por cuatro
etapas: la salvaje , la del barbarismo , la civilizada o del capi-
talismo y la que vivimos en nuestros días .
La etapa salvaje sería aquella en que se codifica por pri -
mera vez el flujo esquizofrénico original. En este punto
asistimos a la producción de elementos codificados en un en -
torno de historias orales para dar sentido a un mundo mítico
y primitivo carente de sistematización. En el momento en que
este mundo descentralizado se ordena y ciertos significantes
se ven privilegiados frente a otros, alcanzamos la etapa del
barbarismo , donde el flujo codificado se ve sobrecodificado
y aparecen los centros, del mismo modo que el déspota surge
de entre los miembros de una tribu en la que no habían exis-
tido escalas (Jameson: 180).
23) Jameson también reconoce su deuda con Deleuze y Guattari en cuanto a la
terminología y conceptualización que emplea para referirse a las diferentes etapas
de codificación de la realidad.
El caso de Graham Swift
55 |
De especial relevancia para este estudio acerca de la con-
ceptualización de la realidad es la manera en que el paso de la
etapa salvaje al barbarismo implica un tránsito de la produc-
ción de elementos codificados a su representación . Mientras
que anteriormente contábamos con elementos dispersos,
desjerarquizados, ahora nos encontramos con un sistema de
signos que adquiere mayor complejidad, donde la codifica -
ción no tiene lugar de manera simple y natural como antes,
sino a través de cargas de significados alegóricos que propi -
ciarán la expansión, predominio y justificación de lo religioso
y sagrado como dominante cultural y como sistema monolíti-
co de estructuración de la realidad.
Cuando, tras el paso de los siglos, el hombre llega a una
etapa civilizada –que Jameson enlaza con la aparición del
capitalismo–, surgirá “an attempt to annul this barbaric
overcoding, this despotic and luxurious sign-system erect-
ed parasitically upon the basis of the older ‘natural’ codes”
(Jameson: 180). Si habíamos asistido a un proceso de codi-
ficación y de una posterior sobrecodificación de la realidad,
a partir del siglo XVIII y especialmente en el XIX, con la
llegada del positivismo Ilustrado, el predominio del pensa-
miento científico y la propuesta de las teorías evolucionistas
darwinianas, asistimos a una descodificación de los sistemas
de signos anteriores. Esta será una etapa liderada por una
burguesía en auge que plantea una secularización del sistema
heredado, con la consiguiente desmistificación del orden re -
ligioso, en pos de alcanzar una realidad científica y objetiva.
Una de las obligaciones de la burguesía para existir y ad-
quirir conciencia y reconocimiento de clase fue la de erradicar
los órdenes sociales de carácter noble y divino que la prece-
dían. La burguesía se hallaba en la necesidad de articular una
Realidad protésica y postmodernidad
| 56
identidad de grupo sustentada en una verdad científicamente
demostrable, racional y absoluta que adquiriese entidad de
Realidad única. Parejo a esta intención, surgirá el realismo
como mecanismo para mimetizar de manera fidedigna esa
realidad deslastrada de todo mito o sobrecodificación iluso -
ria, “a desacralized, postmagical, common-sense, everyday,
secular reality” (Jameson: 176).
Es cierto que los orígenes del realismo no se circunscriben
al advenimiento de la burguesía. En nuestra cultura occiden-
tal contamos con ejemplos de cómo el hombre ha indagado
desde muy temprano en los medios y las técnicas más apro-
piadas para representar de un modo realista aquello que
percibimos a través de los sentidos. En esta línea, Erich Auer-
bach propone en Mimesis: The Representation of Reality in
Western Literature (1946) que el realismo, entendido como
impulso por mimetizar la realidad, ha ido tomando cuerpo a
lo largo de los siglos mediante una proliferación de nuevas
técnicas literarias y la depuración de las ya existentes. Sirva
como otro ejemplo, en esta ocasión desde la perspectiva pic-
tórica, el propuesto por Catherine Belsey en las páginas que
dedica en Culture and the Real (2005: 86-99) a explorar los
esfuerzos del ser humano por recrear en el plano bidimensio-
nal de una tabla o un lienzo la tridimensionalidad percibida
por su visión estereoscópica. Este intento de atrapar el es-
pacio infinito en un recuadro obviamente delimitado obtuvo
su fruto en 1413, con la introducción de la perspectiva por
parte de Filippo Brunelleschi. La técnica se basa en el uso de
líneas imaginarias –o subyacentes e invisibles en la pintu-
ra final– que convergen en un punto concreto del horizonte
para ofrecer la ilusión de profundidad.
El caso de Graham Swift
57 |
Si bien queda claro que la búsqueda de realismo ha sido
una constante en el devenir artístico del hombre, también
es cierto que el desarrollo científico y tecnológico que tiene
lugar en el seno de la modernidad Ilustrada propiciarán la
conceptualización de una realidad objetiva, cuya tangibilidad
quedará legitimada mediante un análisis tan racional como
aséptico del mundo físico. En este escenario, el realismo en-
contrará terreno fértil para brotar como la manifestación
mimética de una verdad epistemológica, como un modo
privilegiado de conocer el mundo en que vivimos y, por con-
siguiente, de conocernos a nosotros mismos.
Dadas estas condiciones históricosociales, los parámetros
del arte realista quedarán definidos por contagio de este pro -
ceder racional y empírico, como deja claro Lilian R. Furst en
su introducción a Realism :
As an artistic movement realism is the product and
expression of the dominant mood of its time: a per-
vasive rationalist epistemology that turned its back
on the fantasies of Romanticism and was shaped in-
stead by the impact of the political and social changes
as well as the scientific and industrial advances of its
day. (1992: 1)
No es de extrañar que, como Furst apunta y visto el entor-
no en que germina como movimiento, el realismo aparezca
en relación oposicional con respecto al Romanticismo. De
hecho, Edmond Duranty, novelista y periodista francés del
siglo XIX, enumera “sincerity, modernity and prose, along
with truthfulness, as distinguishing features of realism, in
contrast to the idealisation, historical remoteness and verse
typical of Romanticism” (citado en Furst, 1992: 3). El rea-
Realidad protésica y postmodernidad
| 58
lismo surge, por tanto, como alejamiento de lo alegórico, lo
mítico y lo fantástico con la finalidad de dar cabida a una re -
presentación de lo inmediato, del aquí y ahora, de la realidad
cotidiana encarnada por las vidas de la gente común.
Si volvemos al punto de partida clásico de la conceptualiza-
ción de la realidad, podemos concluir que la inercia impresa
por el movimiento realista que surge en el siglo XVIII y que
llegará a su culmen durante el XIX se aleja del idealismo pro-
puesto por Platón y se aproxima a la puesta en valor de la
experiencia tal y como declarara Aristóteles. De este modo, la
realidad se hace palpable, común a nuestra existencia diaria
y, por tanto, susceptible de ser mimetizada por los medios de
representación de los que dispone el ser humano, entre los
que ocupa un lugar preeminente el propio lenguaje.
Cuando hablamos de realismo en las letras británicas, no
debemos pasar por alto a Ian Watt y su estudio seminal The
Rise of the Novel (1957), cuyo primer capítulo tiene por títu-
lo “Realism and the Novel Form” (9-34). Watt sugiere que,
en las islas británicas, el realismo como movimiento literario
comienza a gestarse a principios del siglo XVIII con la ex-
pansión y afianzamiento del género de la novela, un tipo de
literatura que afirma ser “an authentic account of the actual
experiences of individuals” (27). Para Watt, autores como
Daniel Defoe, Samuel Richardson y Henry Fielding muestran
a través de sus obras cómo “[m]odern realism … begins from
the position that truth can be discovered by the individual
through his senses” (12). La novela se convierte así en una
arena donde perfeccionar la búsqueda de una representación
fidedigna de la realidad experiencial. Dicha aproximación
epistemológica a la verdad se abordará mediante técnicas
narrativas que conlleven una introversión hacia los procesos
El caso de Graham Swift
59 |
mentales del individuo. Con el mismo propósito, también se
adoptarán recursos diegéticos que se irán distanciando de la
retórica característica de textos anteriores, en pos de transmi-
tir una verosimilitud y una autenticidad logradas mediante el
énfasis en la correspondencia unívoca entre la palabra como
signo y su referente en el mundo real de la experiencia.
En esta línea interpretativa y basándose en varios críticos
literarios que llevan a cabo una aproximación convenciona-
lista al concepto de realismo 24 , Andrzej Gąsiorek resume los
siguientes rasgos claves de dicho estilo en el plano de las le-
tras:
a view of language as a transparent tool through
which to view an external world; reliance on a re-
flectionist aesthetic; a concept of (relatively) stable
character; reliance on an universalizing metalan-
guage that establishes a ‘hierarchy of discourses’ and
produces the ‘social’ as the ‘natural’; closure. (1995:
8).
En términos británicos, las características a las que Gąsiorek
alude alcanzarán su máximo exponente en la novela escrita
durante la Era Victoriana. Las obras de autores como Jane
Austen, George Eliot, Charles Dickens o Anthony Trollope
muestran, a través de sus detalladas descripciones y de la
creciente atención a la psicología de los personajes y al entor-
no social en que viven, un esfuerzo por entablar un discurso
24) Gąsiorek alude a Stephen Heath ( The Nouveau Roman: A Study in the
Practice of Writing . London, Elek, 1972), Colin MacCabe ( James Joyce and the
Revolution of the Word. London: Macmillan, 1979) y Catherine Belsey ( Critical
Practice . London: Methuen, 1980). A su vez, Gąsiorek afirma que el análisis con -
vencionalista que estos críticos hacen del realismo aparece recogido en la obra de
Terry Lovell, Pictures of Reality: Aesthetics, Politics and Pleasure. London: Bri-
tish Film Institute, 1983.
Realidad protésica y postmodernidad
| 60
dominado por la verosimilitud y el fiel reflejo de la vida coti -
diana de su época.
4. L a verdad epistemoLógica victoriana ... y su
precariedad ontoLógica
La correspondencia referencial insinuada por la novela
realista victoriana entre, por un lado, una realidad objetiva y
externa y, por otro, su representación a partir de un lenguaje
que la refleja con transparencia dotará a unas convenciones
literarias de un halo de fiel reflejo de una verdad epistemológi -
ca. Como Lillian Furst sugiere: “realist fiction, by purporting
to offer a faithful account of the empirical world, attempts to
lend to the imaginary the guarantee of the real” (1992: 10).
Desde nuestra perspectiva contemporánea, el texto realista
no deja de ser “the naturalization of that reality articulated
by a society as the ‘Reality’ and its success is the degree to
which it remains unknown as a form” (Heath, 1972: 20). Por
tanto, si el estilo realista pretende preservar el entramado re-
ferencial ilusorio que lo une a una realidad empírica, una de
las principales prioridades del realismo como género será la
de encubrir su calidad de artificio. Previo cumplimiento de
esta premisa, uno de los constructos narrativos que desde el
entorno social victoriano más se esfuerza por legitimar y re-
afirmar una ideología unida a un patrón de valores morales,
así como a un orden social establecido, es el relato o la novela
de detectives, que para Brian McHale constituye “the episte-
mological genre par excellence ” (1987: 9)
El canon del detective victoriano lo encarnó, sin lugar a du-
das, Sherlock Holmes, a quien Christopher Clausen describe
El caso de Graham Swift
61 |
como “the guardian of a threatened society” (1984: 107). No
en vano, la trama esencial de cada una de las novelas y relatos
en que Holmes figura como protagonista parte de la deses -
tabilización del orden social, ético y/o moral instaurado y,
desde ese momento, se aspira a la reafirmación final de di -
cho sistema de valores que se ha visto amenazado. El método
empleado por Holmes para solucionar sus casos tiene un
fundamento eminentemente empírico, siempre apoyado en
el análisis científico y racional, a través del cual no yerra en
acceder a una verdad reestabilizadora que propicia el cierre
esperado al que hace referencia Gąsiorek cuando enumeraba
las características del texto realista.
La manera en que Clausen define a Holmes como guardián
de su sociedad hace especialmente significativa la reacción
mostrada por aquellos londinenses que, tras conocer la
muerte del detective en “The Final Problem” al precipitarse
junto a Moriarty por las cataratas suizas de Reichenbach, sa-
lieron a la calle con brazaletes negros en señal de duelo. Esta
anécdota no sólo equipara a un personaje de ficción con una
persona de carne y hueso por la que hay que guardar luto,
sino que iguala la sociedad que Doyle muestra en sus escritos
–un constructo narrativo– con la sociedad cotidiana en que
vivían los londinenses –una realidad experiencial–. Guiada
por este paralelismo, una sociedad basada en una dominan-
te positivista, científica y epistemológica no podía permitirse
el lujo de prescindir de un ente (real-imaginario) como Hol-
mes, a quien Watson describe en su despedida como “the
best and the wisest man whom I have ever known” (“The
Final Problem”, Doyle: I, 659), y que es capaz de enunciar,
y luego demostrar, afirmaciones del tipo: “all life is a great
chain, the nature of which is known whenever we are shown
Realidad protésica y postmodernidad
| 68
Saussure, cuyas teorías serán el germen del denominado giro
lingüístico o giro narrativo que, unido al subsiguiente giro
cultural , dejará vía libre en la segunda mitad del siglo XX
para la entrada del paradigma postmoderno.
En el caso de Shklovsky, una de sus principales contri-
buciones a las teorías del Formalismo Ruso fue su concepto
de ostranenie –traducido como extrañamiento o desfami-
liarización –, por medio del cual expresa su interpretación
de un texto literario como una colección de recursos forma-
les y estilísticos que los escritores tienen a su disposición
para presentar ideas comunes y cotidianas de una manera
desnaturalizada. Este procedimiento a través del cual se des-
familiariza lo aceptado como normal o natural no es para
Shklovsky un recurso exclusivo de su época contemporánea,
sino “a timeless aesthetic universal” (Hodgson, 1985: 197)
que, en mayor o menor medida, se halla presente en cual-
quier texto literario, siendo, de hecho, uno de los rasgos que
establecen su cualidad como tal (Holquist, 1985: 87). Desde
esta aproximación, Shklovsky sostiene la idea de que la nove-
la, como género antitradicional y en continua evolución, ha
mostrado desde sus principios una progresiva conciencia de
la artificiosidad que le sirve de andamiaje –tomemos como
ejemplos Don Quijote (1605; 1615) y Tristram Shandy (1759-
67)–, consideración que, como hemos podido apreciar, no
escapa a los propios escritores que se citan como iconos de la
literatura de corte más realista.
Serán los postulados estructuralistas que Ferdinand de
Saussure recogiera en su Curso de Lingüística General
(1916) los que definitivamente articulen el marco teórico
que explicará las limitaciones encontradas por los autores
mencionados en cuanto a los vínculos referenciales entre el
El caso de Graham Swift
69 |
lenguaje y la realidad que aparenta reflejar. Saussure definirá
el lenguaje como un sistema autónomo y cerrado ordenado
por una estructura sintáctica. También aclarará, en corro-
boración a lo antedicho por Nietzsche, que el lenguaje no
es un medio para comunicar significado, sino que el signi -
ficado constituye una función del lenguaje, es decir, que es
parte y producto de su propio sistema. Con esta advertencia,
quedará más que claro que si el lenguaje, nuestro principal
instrumento para describir la realidad, no mantiene corres-
pondencia referencial con una realidad externa a su sistema
de representación, tampoco podrán mantenerla otros modos
de representación.
Es cierto que la crítica marxista, encabezada por Georg
Lukács, seguirá apoyándose en teorías humanistas a través
de cuyo enfoque “the work of art is perceived as stemming
directly from a pre-existent order of reality”, de manera que
“literature reflects a social reality whose phenomena serve as
a model for the work of art” (Furst, 1992: 7). No obstante,
tras las afirmaciones de Nietzsche, Shklovsky y Saussure, el
carácter designativo y mimético de la realidad del que había
gozado el término realismo , sobre todo en la primera mitad
del siglo XIX, pierde consistencia de manera ostensible. Con
la diseminación de las teorías estructuralistas —y las lectu-
ras que de estas realizarán críticos postestructuralistas como
Jacques Lacan, Michel Foucault, Jacques Derrida y Roland
Barthes—, quedará de manifiesto que el realismo decimonó -
nico “is not a transparent way of describing the world but is
a rule-governed signifying system that determines how per-
ceptions of the world are structured” (Gąsiorek, 1995: 9).
El realismo se muestra, por tanto, como un estilo, como
un conjunto de convenciones cuya finalidad es la de asignar
Realidad protésica y postmodernidad
| 70
una coherencia textual al caos de la experiencia vivida. Desde
esta óptica, la aspiración designativa que proponía el texto
realista se revela como constitutiva de la realidad que ase-
gura reflejar. El texto realista queda así expuesto como una
herramienta articulada a través de un sistema gobernado no
por referencialidad con una realidad metadiscursiva, sino
por una red de codificaciones intertextuales que le asignan
su significación.
6. e L discurso racionaL de La modernidad ya no
se sostiene : d arwin , n ietzsche y e instein
Llegados a este punto, no debemos perder de vista el
momento histórico en que las novelas y relatos de Sherlock
Holmes –epítome del espíritu científico, racional y positivis -
ta que permea el canon sociocultural victoriano–, así como
las obras de Joseph Conrad, fueron escritos. La primera apa-
rición de Holmes y Watson tuvo lugar en A Study in Scarlet
(1887) y el último compendio de relatos, The Case Book of
Sherlock Holmes , completó su aparición serial en 1927. En
cuanto a la producción literaria de Conrad, comenzó con
Almayer’s Folly (1895) y terminó con la obra inconclusa y
publicada póstumamente Suspense: A Napoleonic Novel
(1925). La confluencia de ciertos hechos determinantes acae -
cidos durante el período en que Doyle y Conrad produjeron
su corpus literario resulta crucial para entender por qué los
fundamentos del realismo y, en consecuencia, de la relación
mimética entre una realidad objetiva y su representación,
empiezan a cuestionarse como mero artificio.
El caso de Graham Swift
71 |
Por una parte, tanto la sociedad victoriana como el mun-
do europeo y occidental en general fueron herederos directos
e inevitables de las teorías expuestas por el científico evolu -
cionista Charles Darwin en El origen de las especies (1859)
y del modo en que fulminaban cualquier residuo antropo-
céntrico procedente de un modo de pensar renacentista. No
sin suscitar grandes controversias, sobre todo entre pensa-
dores religiosos y teóricos creacionistas, las afirmaciones de
Darwin dejaban patente que el ser humano, lejos de erigirse
en centro de la Creación, no era más que un organismo bioló-
gico en constante evolución para luchar por su supervivencia
como especie. Darwin instaurará en el pensamiento occiden-
tal una conciencia de determinismo evolutivo que él mismo
denominó selección natural . Este proceso selectivo ya no se
regirá por designios divinos, sino por variaciones genéticas
azarosas y prolongadas en el tiempo que escapan al control
humano.
De la mano de Darwin, la civilización occidental asistirá a
una desacreditación de la fe, en favor de un positivismo alen -
tado por el poder de la razón y por el desarrollo científico y
tecnológico. Esta secularización de los sistemas de creencias
fue sintetizada por Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratus -
tra (1885) con su frase “ Gott ist tot ” (“Dios ha muerto”). Con
esta aseveración, Nietzsche manifiesta la extinción de la fuen -
te de un código moral y teleológico, anticipo de la inminente
caída de otras estructuras normalizadoras que habían definido
la extensión y los dominios de una realidad objetiva, al tiem -
po que determinaban líneas simbólicas para la formación de
la subjetividad del individuo. Ahora, la muerte de Dios hará
que se tambaleen estructuras tales como la familia, el mode -
lo patriarcal, los estratos de clase o la continuidad histórica.
Realidad protésica y postmodernidad
| 72
El cuestionamiento de estos patrones o modelos psicosocia -
les derivará en una crisis de la subjetividad que propiciará la
desorientación y fragmentación psíquica del sujeto embarca -
do en o afectado por el proyecto de la modernidad 26 .
Sumido en esta ideología postcristiana, el hombre oc-
cidental se verá obligado a confiar más que nunca en las
posibilidades de la ciencia y de la razón para alcanzar un co-
nocimiento objetivo y desmitificado del mundo real. En la
segunda mitad del siglo XIX, Occidente contará en su haber
con los grandes avances científicos y tecnológicos que po -
sibilitaron y, al mismo tiempo, derivaron de la Revolución
Industrial que había tenido su culmen entre 1780 y 1850.
No obstante, este mismo progreso conduciría a propuestas
científicas como la primera y la segunda Teoría de la Rela -
tividad (1905 y 1915, respectivamente) de Albert Einstein, o
la Relación de Indeterminación o Principio de Incertidum-
bre enunciado por Werner Heisenberg en 1927. Einstein nos
advirtió que la percepción del espacio y el tiempo depen-
de del estado de movimiento del observador, mientras que
Heisenberg demostró que la física clásica no puede ser em-
pleada más allá de ciertos límites. Con ambas aportaciones,
la ciencia moderna venía a confirmar el determinismo aza -
roso propuesto por Darwin como condicionante del devenir
humano.
Como complemento a este panorama científico, social y
cultural, Fredric Jameson trae a colación las implicaciones
que el desarrollo del capitalismo añade a esta fragmenta-
ción de las estructuras normalizadoras que habían servido
26) En el capítulo 7, prestaremos atención a Matthew Pearce, personaje que
aparece en Ever After , como claro exponente de esta crisis espiritual y existencial
experimentada por el individuo victoriano.
El caso de Graham Swift
73 |
de fundamento y justificación a la sociedad burguesa. Para
Jameson,
the secularization and systematization that cap-
italism brought about is both more brutal and
alienating, and more humane and liberating, than
the effects of any previous social system. Capitalism
destroys genuine human relationships, but also …
liberates humankind from village idiocy. (1975: 176)
La opinión dividida que Jameson plantea con respecto al
capitalismo puede extrapolarse sin dificultad a los avances
científicos descritos anteriormente, pues tanto capitalismo
como ciencia aíslan cada vez más al sujeto moderno y ato-
mizan su existencia, si bien, y a un mismo tiempo, lo liberan
como individuo. El sujeto se distancia así de la objetividad
grupal que había establecido y velado por los parámetros de
una realidad única y común, aunque, como consecuencia, se
ve abocado a los dominios de su propia subjetividad como
único recurso para redibujar –como agente y no como mero
espectador– el mundo que lo rodea.
La persona de principios del siglo XX se ve afectada, por
tanto, por una tendencia centrífuga hacia una alienación
motivada por la desintegración de anteriores patrones de-
terminantes de las relaciones humanas y, a la vez, por una
propensión centrípeta hacia su mundo interior propiciada
por la misma intención de liberarse de imposiciones socia-
les. Esto explica que el sujeto embarcado en este período
adopte una actitud ambivalente que determinará dos direc-
trices dentro de las indagaciones estéticas del modernismo
y de los intentos de aproximarse a la realidad a través de su
representación. Una postura será la de añorar la solidez exis-
Realidad protésica y postmodernidad
| 74
tencial que proporcionaba esa realidad objetiva, esa Verdad
Absoluta que se había apoyado en conceptos como Dios, la
Historia o la Razón y que se había visto retratada a través
de un lenguaje transparente amparado por las convenciones
propias del realismo. Sin embargo, ahora que todas las cer-
tezas anteriores quedan relativizadas, ahora que lo objetivo
cede el testigo a lo subjetivo, cabe entrever esta postura como
una lucha contracorriente, pues no solo se ven cuestionadas
las técnicas de representación realista, sino también la pro-
pia percepción que de esa realidad fenomenológica podamos
tener.
El horizonte del individuo de principios del siglo XX debió
de mostrarse cuando menos desalentador desde esta pers-
pectiva. Por una parte, después de las teorías estructuralistas
expuestas por Saussure, se genera una desconfianza en la
transparencia del lenguaje y en su credibilidad para mimeti-
zar una realidad objetiva que, como ha quedado demostrado,
percibimos de manera subjetiva. Por otra, y como conse-
cuencia directa de lo anterior y de los avances científicos y
tecnológicos, los cimientos referenciales y miméticos en que
se sustentaba el realismo como manifestación social, estética
y cultural se verán desapuntalados o, para usar la terminolo-
gía ofrecida por Shklovsky, desnaturalizados .
Hasta aquí el análisis de la desorientación y el aislamiento
sufridos por el individuo inmerso en la modernidad secula-
rizada postdarwiniana y afectado, además, por un conflicto
bélico a nivel mundial. Resta examinar el otro efecto liberador
al que Jameson aludía. Nos hallamos en un contexto donde
la correspondencia isomorfa entre signo y referente externo
ha quedado desmentida y, como consecuencia lógica, el rea-
lismo ya no se muestra como un sistema de representación
El caso de Graham Swift
75 |
apropiado para reflejar una realidad que, para complicar más
las cosas, esquiva nuestros intentos por conocerla. Ante este
cúmulo de sospechas hacia la accesibilidad, incluso hacia la
existencia de este referente real que albergaba un significado
trascendental, asistiremos a la gestación del paradigma esté-
tico denominado modernismo como clara manifestación de
la inversión jerárquica entre significado y significante. Ahora
será el significante el que adquiera prioridad y su puesta en
valor coincidirá en el ámbito de diferentes disciplinas artísti-
cas –o modos de representar la realidad– encuadradas en el
movimiento avant garde de la década de 1920. Para Charles
Jencks, estos años serán “The Heroic Period of Modernism”
(1986: 52) y darán cabida a nombres como James Joyce, T.S.
Eliot y Ezra Pound en la literatura; Stravinsky en la música;
Eisenstein en el cine; Brancusi en la escultura; Leger y Pi-
casso en la pintura; y Le Corbusier en la arquitectura. Todos
ellos compartirán un papel reformista en lo que Jencks defi -
ne como “the shaping of a new sensibility” (1986: 52).
Como hemos visto, Nietzsche –junto con Darwin– había
dejado vía libre para la diseminación de ideologías postcris-
tianas que habían zarandeado los anclajes psicosociales del
individuo moderno. No obstante, como extensión de lo ante-
rior y también en Así habló Zaratustra , Nietzsche alentó la
filosofía del superhombre, según la cual el ser humano, ante
la falta de dioses, se erige como creador, si bien para llegar a
serlo ha de romper vínculos con los valores del pasado: “He
who must be a creator in good and evil – verily, he must first
be a destroyer, and break values into pieces…. And whatever
will break our truths, let it break! ... Dead are all the Gods”
(Durant, 1981: 417). Esta parece ser la premisa que informa a
los artistas del avant garde en su alejamiento de los valores
Realidad protésica y postmodernidad
| 76
estéticos anteriores y en su concentración en el significan -
te ante un más que cuestionado vínculo referencial entre la
obra de arte y algo más allá de ella misma. Catherine Belsey
define este espíritu en el campo de la pintura en los siguien -
tes términos:
Modernism rejects perspective in particular … and
the realist values it represents in general, as illusions,
conjuring tricks designed to reassure the subject that
it possesses the truth about the objects of its know-
ledge. Modernism emphasizes the signifier, whether
in the spirit of ‘regret’ for the irrecoverable truth or
‘jubilation’ at its creative possibilities. (2005: 148)
Una ilustración clara de este intento de romper la ilusión
de una única verdad creada por la perspectiva realista la en-
contramos en el Cubismo surgido dentro del modernismo.
Esta técnica insiste en la relatividad teorizada por Einstein
con respecto a nuestra percepción de la realidad desde una
ubicación concreta. El arte cubista muestra un mismo objeto
desde diversas perspectivas a la vez y con ello introduce la
dimensión del tiempo en la pintura. De cualquier modo, esta
técnica no es exclusiva de las artes pictóricas, pues, por ejem-
plo, James Joyce también la pone en práctica en “Wandering
Rocks”, capítulo 10 de Ulysses (1922), donde nos ofrece
múltiples perspectivas de observadores que coinciden en un
mismo espacio y tiempo en el Dublín de 1904. Por medio de
este recurso cubista, y al igual que ocurre en las artes visuales,
el modo de mirar se hace más relevante y significativo para
el lector –u observador– que lo que se está viendo. Al mismo
tiempo, la yuxtaposición de ángulos delata que cada una de
las perspectivas mostradas es subjetiva y limitada, lo que hace
problemática la accesibilidad a una realidad externa, estable
El caso de Graham Swift
77 |
y ajena a nuestra percepción, así como cualquier intento de
conceptualizarla. La corroboración de las teorías propuestas
por el estructuralismo se hace cada vez más evidente, pues
nos vemos en la obligación de reconocer que todo significado
se genera a través del propio sistema que aspira a mimetizar
una determinada realidad, es decir, que todo significado es
inherente a los discursos que el ser humano construye para
explicar su experiencia vital.
Podemos concluir, por tanto, que desde las manifesta -
ciones estéticas del modernismo y bajo la influencia de los
escritos de Nietzsche y de las teorías formalistas y estructu -
ralistas de la primera parte del siglo XX se nos augura una
conceptualización problemática de la realidad que apunta
hacia los discursos propios de la postmodernidad. La con -
centración en el significante –más por obligación que por
elección– supondrá no sólo una refutación de las aspiraciones
mimético-referenciales del realismo decimonónico, sino que
convertirá lo que se había interpretado como una teoría del
reflejo en un constructo amparado en la (auto)reflexividad.
En pocas palabras, el Gran Relato diseñado a partir del
Proyecto Ilustrado de la modernidad, con su blindaje racio-
nal, objetivo y científico, ha perdido solidez y credibilidad.
Del mismo modo, la Realidad objetiva y constatable que le
servía de cimentación argumental empieza a mostrarse tan
solo como una de las realidades, como uno de los relatos que
alcanzamos a generar a través de sistemas de representación
creados por nosotros mismos.
Realidad protésica y postmodernidad
| 84
origina en sistemas de correspondencias intertextuales que
no trascienden más allá del discurso que los autoriza y legi-
tima. Esta capacidad del ser humano para edificar verdades
a través de sus constructos discursivos llevó a Michel Fou-
cault a afirmar en Power/Knowledge : “‘Truth’ is linked …
with systems of power which produce and sustain it” (1981:
133). Para Foucault, la verdad –y la realidad que a partir de
ella se concibe– depende de que alguien tenga el poder para
hacerla verdadera y una de las funciones de tal verdad es la
de ejercer de censor de otras posibles verdades –o realida-
des–. En consecuencia, el término verdad y otros similares
quedan desnaturalizados como mecanismos para imponer
interpretaciones –nunca libres, intencionadamente o no, de
ideologías– y para establecer una línea de separación que
evite un desorden subversivo que pudiera amenazar la hege-
monía de un régimen de poder. Foucault concluye diciendo:
“[t]ruth isn’t outside power” (1981: 131); a lo que Hans Kell-
ner apostilla: “‘truth’ and ‘reality’ are, of course, the primary
authoritarian weapons of our time” (1982: 301).
La autoridad existe, por tanto, dentro del propio discur-
so y no fuera de sus márgenes. De este modo, las presencias
encarnadas por términos como autor , Dios , ciencia , obje-
tividad o razón quedan invalidadas como garantes de una
verdad absoluta y se reducen a recursos discursivos cuya
presencia metafísica se ve desmentida. Mediante esta rela-
tivización de la verdad, nuestra apreciación de la realidad se
hará más poliédrica que nunca y la conciencia de su carác-
ter de constructo social y cultural dejará de estar semioculto
en un ángulo muerto para convertirse en la dominante que
defina las tendencias críticas acogidas por el paradigma post -
moderno.
El caso de Graham Swift
85 |
Los ideales del discurso de la modernidad, encaminados
hacia el progreso del ser humano a través de una razón y un
entramado científico amparados en una objetividad empíri -
ca, quedan severamente desapuntalados en la segunda mitad
del siglo XX. El giro lingüístico o narrativo que empezara
a gestarse en el período modernista y que eclosionó en una
posición mucho más extrema que desembocaría en el giro
cultural de los años 70 y 80 favoreció el advenimiento de
una postmodernidad marcada por lastres heredados y por
aspiraciones liberadoras. Este paradigma postmoderno, en
su manifestación multidisciplinar, fue duramente criticado
por unos sectores más conservadores y apoyado por otros
más innovadores. Una de las claves de este conflicto radica
en el énfasis eminentemente ontológico –“What is the mode
of existence of a text, and what is the mode of existence of
the world (or worlds) it projects?” (McHale, 1987: 10)– con
que desde aproximaciones postmodernas se rebaten las as-
piraciones realistas de calado epistemológico con respecto al
acceso a una verdad y, por ende, a una realidad objetivas.
8. L a muerte de La noveLa y La muerte deL
autor : La Literatura en una encrucijada
Si trasladamos a la arena literaria las diferencias entre
unas nacientes tendencias postmodernas y sus detractores
más conservadores, nos encontramos con un argumento que
dio mucho que hablar durante los años 60: el anuncio de
la muerte de la novela. Esta idea ya venía gestándose des-
de principios del siglo XX, cuando, por ejemplo, José Ortega
y Gasset destacaba en La deshumanización del arte e Ideas
Realidad protésica y postmodernidad
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sobre la novela (1925) que las nuevas vanguardias surgidas
después de la Primera Guerra Mundial promovían una litera-
tura elitista y concentrada en la pura materialidad artística,
previa eliminación del ingrediente humano. Gasset opinaba
que esta inclinación respondía al agotamiento de las formas
artísticas y literarias del pasado, en especial las del siglo XIX,
extenuación que propiciaba un tránsito de lo mimético a lo
meramente estético.
Casi medio siglo más tarde, el escritor norteamericano
John Barth, considerado uno de los padres del postmoder-
nismo en términos literarios, publicó en The Atlantic su
ensayo “The Literature of Exhaustion”, que suscitaría una
gran polémica. Barth comenzaba justificando su título y ar -
gumentando que con él quería aludir a “the used-upness of
certain forms or the felt exhaustion of certain possibilities [in
literature]” (1967: 64). No obstante, la crítica generalizaría su
afirmación de la manera que el propio Barth explica en su en -
sayo “The literature of Replenishment”: “a great many people
… mistook me to mean that literature, at least fiction, was
kaput ; that it has all been done already; that there is nothing
left for contemporary writers but to parody and travesty our
great predecessors in our exhausted medium—exactly what
some critics deplore as postmodernism” (1979: 205). A conti-
nuación, Barth intenta subsanar esta interpretación errónea
en los siguientes términos:
The simple burden of [“The Literature of Exhaus-
tion”] was that the forms and modes of art live
in human history and are therefore subject to
used-upness, at least in the minds of significant
numbers of artists in particular times and places; in
other words, that artistic conventions are liable to
El caso de Graham Swift
87 |
be retired, subverted, transcended, transformed, or
even deployed against themselves to generate new
and lively work. (1979: 205)
Independientemente de la polémica que el ensayo de
Barth suscitara entre sus contemporáneos, su opinión acerca
del agotamiento de las formas, sobre todo en relación a las
técnicas realistas que habían predominado en el siglo XIX,
es representativa de un sentimiento consensuado por mu-
chos otros escritores y artistas que empezaban a figurar bajo
el membrete de postmodernistas , etiqueta que, como Barth
advierte, no fue precisamente venerada por amplios sectores
de la crítica. Estos autores también estarán informados por
la conciencia subversiva y reivindicativa originada a nivel so-
ciocultural a partir de los años 60, así como por las teorías
postestructuralistas y las propuestas deconstruccionistas.
En este contexto, ejerciendo una síntesis de las dos últimas
posturas críticas mencionadas, Roland Barthes añadirá a la
muerte de la novela una nueva defunción: la del autor. En su
artículo “The Death of the Author”, explica: “writing is the
destruction of every voice, of every point of origin. Writing
is that neutral, composite, oblique space where our subject
slips away, the negative where all identity is lost, starting
with the very identity of the body writing” (1968: 142). Esta
erradicación de la figura del autor tiene mucho en común con
la pérdida del origen expresada por Derrida a través de su
concepto de la différance . De hecho, ambos críticos coinci-
den en un entendimiento de todo texto como “a field without
origin – or which, at least, has no other origin than language
itself, language that ceaselessly calls into question all origins”
(Barthes, 1968: 146).
Realidad protésica y postmodernidad
| 88
Para Barthes, la muerte del autor anuncia el nacimiento
del lector (1968: 148), tránsito que, como crítico, aprovecha
para exponer en S/Z (1970) su distinción entre texto legible
– readerly – y texto escribible – writerly –. Según Barthes, el
texto legible se caracteriza por presentar una línea tradicio-
nal en cuanto a su estilo y contenido. El significado de este
texto está predeterminado de tal manera que el lector se li-
mita a recibir una información que se acomoda a unos modos
de representación convencionales encaminados a reforzar
discursos dominantes y, por tanto, excluyentes. Por el contra-
rio, el texto escribible sería aquel que pone de manifiesto los
elementos de carácter constructivo que posibilitan su propio
entramado representacional y aquellos procesos de significa -
ción que subyacen en su articulación como texto. Esta puesta
en primer plano de la artificialidad del texto neutraliza la ex -
clusividad de un significado único y estable que tendría su
origen en el autor y abre las puertas a una multiplicidad de
interpretaciones y significados, de indicadores culturales e
ideológicos que el propio lector debe descodificar. De esta
manera, el lector adopta un papel activo y creativo que lo
convierte, en cierto modo, en escritor.
Barthes defiende que el texto escribible es el modo domi-
nante en la cultura originada en los años 60 y 70, marcada
por formas de representación que buscaban cuestionar y
confundir las barreras entre lo real y lo artificial, lo natural
y lo construido. De este modo, la definición que Barthes pro -
pone para el texto escribible se acomoda en gran medida a
los textos experimentales que, entrada la segunda parte del
siglo XX, empezaron a ser llamados postmodernistas y cuyas
características formales e implicaciones semánticas estarían
diametralmente confrontadas a la tendencia realista defen-
El caso de Graham Swift
89 |
dida y practicada por otro sector de escritores que seguía
abogando por el texto legible .
Lejos de haberse convertido en una disciplina agotada y
sin posibilidades, la literatura se encontrará en este período
en una encrucijada, postura argumentada por David Lod-
ge en “The Novelist at the Crossroads” (1971). Por un lado,
hallamos escritores que se decantan por continuar con la
experimentación formal y lingüística inaugurada por los au-
tores del modernismo, sin importarles que a causa de esta
celebración del significante sus textos pierdan una acostum -
brada y esperada conexión semántica con el mundo real . Por
otro lado, un número de escritores apostará por retroceder
hacia un estilo anterior al practicado por los modernistas,
un estilo que los aproxime a una lectura objetiva del mun-
do y que los ayude a afianzar aquellos centros que una vez
apuntalaron un discurso racional-empírico y de corte social
que ahora se ve desarticulado. En definitiva, estos últimos
propondrán una vuelta a unos parámetros que podríamos
denominar neo-realistas , con el fin de reclamar la presencia
de un contenido y un significado que doten a la obra literaria
de una implicación social y moral.
Ambas tendencias, la puramente experimental y aquella
que se propone restaurar un realismo pre-modernista, son
dos derivaciones lógicas de sendas actitudes coexistentes
en el seno de la modernidad. Como ya hemos comprobado,
esta ambivalencia se vio especialmente acentuada en las ma-
nifestaciones artísticas y literarias del modernismo. En ese
paradigma de comienzos del siglo XX se palpaba, por una
parte, la añoranza de los anclajes psicosociales recién in-
validados, al tiempo que se multiplicaban los intentos por
instaurar nuevos centros –aunque tuvieran un carácter
Realidad protésica y postmodernidad
| 90
meramente simbólico o mítico– que ordenaran un mundo
cada vez más fragmentado y desnaturalizado y, por ende, las
subjetividades que en él habitaban. Por otra parte, también
hemos visto que en este mismo contexto de desorientación
tuvo lugar una celebración de las formas como significantes
cuyos significados se habían diluido en sistemas lingüísticos
y en los discursos creados a partir de ellos.
A continuación nos detendremos en los años 60 para exa-
minar la encrucijada en que, según la crítica, se encontraba
la literatura y, en especial, la novela. Las diferencias entre,
por un lado, aquellos escritores que insisten en una vuelta a
un realismo mimético y, por otro, aquellos que cultivan un
estilo experimental y de acusado carácter autorreflexivo se
presentaron como insalvables. En aquel momento represen-
taron dos modos opuestos de aproximarse a la realidad del
mundo en que vivimos: un sector se había propuesto enten-
derla y darle una explicación; otro aseguraba que cualquier
representación de una realidad objetiva y metatextual no era,
en esencia, sino un juego de palabras, hecho que no dudaban
en ejemplificar a través de sus obras.
9. (p ost ) modernismo vs . neo - reaLismo
Según Douwe Fokkema, una de las principales caracte-
rísticas del postmodernismo como paradigma artístico y
estético sería “its transcending the traditional distinctions
between the arts as well as between art and reality” (1986:
1). El primer desafío al que Fokkema alude con respecto a los
límites previamente establecidos entre las artes fue el punto
de partida para que, a mediados de la década de 1960, críticos
El caso de Graham Swift
91 |
como Leslie Fiedler y Susan Sontag definieran el postmoder -
nismo en calidad de contracultura, opuesta al modernismo
precedente, más elitista. En esta línea, Fiedler interpreta
la novela postmoderna como “anti-artistic”, “anti-serious”
y “anti-Modernist”, al decantarse esta por una orientación
anti-intelectual que integrará subgéneros literarios como el
western , la ciencia ficción o la pornografía, con lo que que -
da anulada la distancia entre cultura de élite y cultura de
masas (1975: 365). Sontag comparte esta visión del postmo-
dernismo como movimiento transgresor cuando se refiere a
la “unitary sensibility” del arte postmoderno, pues “[it] ex-
tends its medium and means into the world of science and
technology, into the popular, and does away with old distinc-
tions” (Wasson, 1974: 1190).
Al tiempo que Sontag define el arte postmoderno como
erradicador de antiguas distinciones, también subraya la
resistencia de este estilo a proporcionar significado o a ser
interpretado. Como Hans Bertens explica, para Sontag:
Postmodernism is characterized by ‘a flight from in -
terpretation’…. Postmodern art may even become
‘non-art’ in order to resist interpretation, and it is
this avowed aversion that constitutes a definite
break with Modernist art that invited, if not begged
interpretation. Postmodern art simply is and must
be experienced, Modernist art refers to a meaning
hidden behind its surface, and must be understood .
Postmodern art presents itself as surface, Modernist
art claims depth behind that surface. (1986: 15)
Sontag destaca, por tanto, el desafío que el arte postmoderno
plantea a los sistemas de interpretación preestablecidos por
Realidad protésica y postmodernidad
| 92
el realismo y el modernismo, aunque, a mi parecer, articula
una distinción demasiado rigurosa en cuanto a la ruptura en-
tre lo que ella llama “the new art” y las premisas modernistas
que le preceden.
Es cierto que, como Fredric Jameson argumenta (1975:
179-80), en el seno del modernismo hallamos intentos de
recodificar aquel flujo original y primordial sobrecodificado
por la religiosidad medieval y posteriormente descodificado
por la actuación secularizadora llevada a cabo por el realismo
burgués. Estos intentos de recodificación característicos de
principios del siglo XX se harán patentes, por ejemplo, en la
reinvención de lo sagrado —téngase en cuenta la poesía de
T. S. Eliot— o en la vuelta a los mitos como estructuradores
simbólicos de la experiencia humana, tal y como prueba el
andamiaje Homérico que subyace en Ulysses de James Joy-
ce. Estas estrategias recodificadoras se muestran, en efecto,
como una resistencia a la pérdida, anunciada por el estructu-
ralismo, de una estabilidad referencial que sustente nuestra
experiencia cotidiana. Son recursos para invocar centros
epistemológicos –y, en última instancia, ontológicos– que
justifiquen la existencia y posible accesibilidad, si bien no
inmediata, de un origen objetivo que dé sentido a una sub-
jetividad cada vez más aislada y fragmentada. Desde esta
lectura recodificadora, resulta consecuente que Jameson se
refiera a las narrativas modernistas como estilizaciones sim -
bólicas de un texto realista imaginario (1975: 183).
Sin dejar de lado la manera en que los artistas y escritores
del modernismo recurren a la metáfora y el mito para orde-
nar un mundo objetivo a través de la subjetividad, tampoco
podemos pasar por alto que este arte modernista se define,
igualmente, por una creciente concentración, a veces exclu-
El caso de Graham Swift
93 |
siva, en el significante frente al significado que este pueda
denotar. A pesar de que Susan Sontag parece circunscribir
lo que denomina “a flight from interpretation” al arte post -
moderno, ya hemos visto que las tendencias avant garde
de la década de 1920 anticipan esta misma celebración de
la capacidad creadora del ser humano frente a la amenaza
de una incertidumbre referencial. Partiendo de esta aprecia-
ción, sería más conveniente aproximarse a esta faceta de ser
frente a entender , no como a una innovación aportada por
el paradigma postmoderno, sino como a una extensión lógi-
ca de las propuestas estructuralistas que informaron el arte
modernista y que desembocarían en las teorías postestruc-
turalistas que tan entroncadas irán con los discursos de la
postmodernidad. De este modo, más que constituirse como
una fractura limpia con respecto a las tendencias anteriores,
el postmodernismo lleva ciertos principios iniciados por el
modernismo hasta sus extremos. Queda establecida así una
interconexión entre ambas manifestaciones estéticas que
justifica la literatura vertida sobre el prefijo post- en torno
a la ambivalencia de su aportación semántica, bien en tér-
minos temporales de continuación o bien de sucesión, al
lexema común modernismo 32 . Prueba fehaciente de la con-
32) Hay un buen número de críticos que, al tiempo que reconocen y describen
las características idiosincráticas del postmodernismo, también coinciden en que,
como paradigma, supone la continuación de muchos rasgos mostrados por el mo-
dernismo. Se pueden tomar como ejemplos de estas aproximaciones el artículo de
Helmut Lethen, “Modernism Cut in Half: The Exclusion of the Avant-garde in the
Debate of Postmodernism” (1986), o “The Myth of the Postmodern Breakthrough”
(1973), de Gerald Graff. David Lodge también afirmó en The Modes of Modern
Writing :
There is … a certain kind of contemporary avant-garde art which is
said to be neither modernist nor antimodernist, but postmodernist; it
continues the modernist critique of traditional mimetic art, and shares
the modernist commitment to innovation, but pursues these aims by
methods of its own. It tries to go beyond modernism, or around it, and
Realidad protésica y postmodernidad
| 100
Turn: Essays in Postmodern Theory and Culture (1987).
Una de las aportaciones más interesantes ofrecidas desde
un inicio por Hassan fue la introducción del pensamiento
postestructuralista y deconstruccionista en su definición del
episteme postmoderno. De hecho, la mayoría de los rasgos
que asigna al postmodernismo están influenciados por una
concepción deconstruccionista del mundo, visto como un
lugar descentralizado y deslastrado de los constreñimien-
tos impuestos por las convicciones monolíticas fomentadas
por un discurso que Derrida denominó logocentrista . Para
apoyar esta teoría, Hassan propone su conocida tabla donde
confronta características diferenciadoras entre el modernis-
mo y el postmodernismo (1980b: 123; 1982: 267-68) 33 . En
33) La lista ofrecida por Hassan es la siguiente:
Modernism
Romanticism/Symbolism
Form (conjunctive, closed)
Purpose
Design
Hierarchy
Mastery/Logos
Art Object/Finished Work
Distance
Creation/Totalization
Synthesis
Presence
Centering
Genre/Boundary
Semantics
Paradigm
Hypotaxis
Metaphor
Selection
Root/Depth
Interpretation/Reading
Signified
Lisible (Readerly)
Narrative/Grande Histoire
Master Code
Postmodernism
Pataphysics/Dadaism
Antiform (disjunctive, open)
Play
Chance
Anarchy
Exhaustion/Silence
Process/Performance/Happening
Participation
Decreation/Deconstruction
Antithesis
Absence
Dispersal
Text/Intertext
Rhetoric
Syntagm
Parataxis
Metonymy
Combination
Rhizome/Surface
Against Interpretation/Misreading
Signifier
Scriptible (Writerly)
Anti-narrative/Petite Histoire
Idiolect
El caso de Graham Swift
101 |
dicha relación –paradójicamente binaria si se tiene en cuen-
ta el contexto teórico basado en la anarquía que se propone
definir 34 – Hassan emplea nociones tomadas de campos como
la retórica, la lingüística, la teoría literaria, la filosofía, la an -
tropología, el psicoanálisis, las ciencias políticas o la teología,
con lo que también deja claro el carácter inclusivo del post-
modernismo, al no reducirlo a un movimiento literario, sino
a un episteme cultural.
Como avanzaba, las dos tendencias principales que
Hassan distingue en el seno del postmodernismo son la in-
determinación y la inmanencia . Mediante el concepto de
indeterminación , alude a la actitud descentralizadora que
define al mundo postmoderno. Mientras que la postura mo -
dernista buscaba un amparo ante la fragilidad evidente de
los centros –si bien a través de formas idiosincráticas de
autoridad artística y epistemológica–, para Hassan el posi-
cionamiento postmoderno manifiesta una duda radical tanto
epistemológica como ontológica. Aquí adquiere relevancia
la idea de indeterminación , pues, cuando no existe una su-
perficie ontológica sólida sobre la que caminar, cuando no
Symptom
Type
Genital/Phallic
Paranoia
Origin/Cause
God the Father
Metaphysics
Determinancy
Transcendence
Desire
Mutant
Polymorphous/Androgynous
Schizophrenia
Difference-Differance/Trace
The Holy Ghost
Irony
Indeterminancy
Immanence
34) Con respecto a este detalle, el crítico Steven Connor apunta que en la tabla
de Hassan echa en falta el término binarismo , que se podría definir como “the
fixation upon strict and homogeneous contrasts” (1989: 112). Connor critica que
Hassan confíe en una lógica binaria para defender algo que, precisamente, se
opone a esa lógica: la idea de dispersión, desplazamiento y diferencia.
Realidad protésica y postmodernidad
| 102
hay un sistema intelectual o moral que pueda ser legitimado
sobre los demás ni tampoco un modo único ni excluyente de
percibir la realidad, no tiene cabida un discurso que pueda
imponer su superioridad. De este modo, los límites tradi-
cionales establecidos por la cultura occidental se fluidifican
y se confunden: “Religion and science, myth and technolo-
gy, intuition and reason, popular and high culture, female
and male archetypes … begin to modify and to inform one
another” (Hassan, 1980a: 110).
El término indeterminación –o indeterminaciones , como
Hassan sugiere– se constituye como un referente complejo
articulado a través de conceptos como la ambigüedad, la dis-
continuidad, la heterodoxia o el pluralismo. Todas estas ideas
responden a la voluntad de deshacer que Hassan reconoce
en el discurso postmodernista y que parte de inclinaciones
claramente deconstruccionistas, apoyadas en nociones como
“decreation, disintegration, deconstruction, decenterment,
displacement, difference, discontinuity, disjunction, disap-
pearance, decomposition … detotalization, delegitimation”
(1982: 269).
Frente a esta inercia descentralizadora encaminada hacia
la fragmentación, Hassan define el otro rasgo característico
del postmodernismo: la inmanencia . Nos advierte que no
emplea el término en su acepción religiosa, sino como “the
capacity of mind to generalize itself in symbols, intervene
more and more in nature, act upon itself through its own
abstractions, and so become, increasingly, im-mediately, its
own environment”. Para Hassan, esta capacidad de la men -
te humana deriva “from the emergence of human beings as
language animals, homo pictor or homo significans , gnostic
El caso de Graham Swift
103 |
creatures constituting themselves, and determinedly their
universe, by symbols of their own making” (1982: 270).
Por tanto, mientras que la tendencia hacia la indetermi-
nación se centra en un énfasis por deshacer todo aquello
que aspire a figurar como centro ontológico, la inmanencia
enfatiza la capacidad del ser humano para ( re)hacer una
realidad –o para llevar a cabo lo que McHale, vía Thomas
Pavel, llamará “a theoretical description of a universe” (1986:
75) 35 – a partir de un lenguaje que, sabemos, está postestruc-
turalmente desligado del mundo fenomenológico ajeno a
nuestros sistemas de representación. Desde esta óptica, el pa-
radigma postmoderno descrito por Hassan y, como veremos,
por McHale, revela aquello que llamamos realidad como un
constructo discursivo, cada vez más alejado de cualquier ca-
tegorización empírica que pueda legitimar su referencialidad
con un mundo extradiscursivo.
Al igual que Hassan, en Postmodernist Fiction (1987) 36
Brian McHale destaca el giro ontológico manifestado por
el postmodernismo con respecto a modelos culturales
anteriores. También aborda la definición del paradigma post -
modernista mediante su cotejo con el modernista, y lo
hace empleando el concepto de la dominante expresado
35) McHale adopta esta definición de ontología –“a theoretical description of
a universe”– propuesta por Thomas Pavel (1981: 234). McHale explica que la pa-
labra operativa en esta definición es el artículo indeterminado a y aclara que “the
difference between the universe and a universe is precisely what the Postmodern
critics mean when they talk about the undermining of ontology” (McHale, 1986:
75).
36) McHale presenta su teoría en el primer capítulo de Postmodernist Fiction ,
“From modernist to postmodernist fiction: change of dominant” (3-25), aunque
ya había publicado una versión anterior titulada “Change of Dominant from Mo-
dernist to Postmodernist Writing”, en Douwe Fokkema and Hans Bertens, eds.,
Approaching Postmodernism (Amsterdam: John Benjamins Publishing Com-
pany, 1986): 53-79.
Realidad protésica y postmodernidad
| 104
por Roman Jakobson, quien la definió como “the focusing
component of a work of art: it rules, determines, and trans-
forms the remaining components” (Matejka and Pomorska,
1971: 105) 37 . Huyendo de un encorsetamiento determinista
y monolítico –que no estaría en consonancia con las teorías
postmodernistas–, McHale reconoce que en un texto litera-
rio no hay una sola dominante. Por el contrario, el concepto
expresado por Jakobson supone una categoría estratégica y
flotante que puede oscilar según la pregunta que formulemos
al texto (1986: 55-6). Esta cualidad fluctuante es el rasgo más
valioso que dicho concepto ofrece para la tesis expuesta por
McHale a la hora de definir el cambio de dominante del mo -
dernismo al postmodernismo.
McHale construye su argumentación proponiendo que
la dominante de la escritura modernista es epistemológica,
mientras que el postmodernismo se origina a partir de cues-
tionamientos de carácter ontológico. De este modo, los textos
modernistas se articulan esencialmente en torno a cuestiones
que trasladan al primer plano preocupaciones con respecto
a la accesibilidad, circulación, fiabilidad y limitaciones del
conocimiento. En contraste, las aproximaciones postmoder-
nistas se muestran más interesadas por aspectos relativos a
la naturaleza del texto y a su relación con el mundo real. En
cuanto a la ontología de la realidad, el planteamiento postmo-
derno formularía preguntas como: “What is a world?; What
kinds of world are there, how are they constituted, and how
do they differ?”. Con respecto a la ontología del texto tendría-
mos: “What is the mode of existence of a text, and what is the
37) Esta cita aparece en McHale (1986), quien otorga la acuñación del con-
cepto de la dominante a Jurij Tynjanov, formalista ruso y colega de Jakobson, si
bien fue este último quien hiciera extensiva la aplicación de la idea en una confe-
rencia que tuvo lugar en 1935 (McHale, 1986: 55; McHale, 1987: 6).
El caso de Graham Swift
105 |
mode of existence of the world (worlds) it projects?” (1987:
10). No obstante, la consideración ontológica más relevante
para esta investigación acerca de la conceptualización post-
moderna de la realidad reside en la confrontación entre el
plano óntico de una realidad fenomenológica y el de la rea-
lidad constituida y proyectada por el texto. Situándose entre
estos dos frentes, McHale se pregunta: “What happens when
different kinds of worlds are placed in confrontation, or when
boundaries between worlds are violated?” (1987: 10).
Este último interrogante es clave a la hora de abordar uno
de los mayores rasgos definitorios de la condición postmo -
derna: la apelación a una conciencia desnaturalizadora que
revele la realidad en que vivimos como un constructo socio-
cultural. Según Linda Hutcheon, una de las preocupaciones
más relevantes del postmodernismo reside en la desfamilia-
rización de aspectos dominantes de nuestra forma de vida,
con el fin de destacar que aquellas entidades que siempre
habíamos experimentado como naturales no son más que
hechos culturales (1989: 2).
En A Poetics of Postmode rnism , Hutcheon explica que la
teoría postmoderna instala conceptos y discursos para luego
subvertirlos y así deconstruirlos desde su interior. Lo ejempli-
fica mediante el estudio de lo que denominó historiographic
metafiction , “those well-known and popular novels which
are both intensely self-reflexive and yet paradoxically also
lay claim to historical events and personages” (1988: 4-5) 38 .
38) Hutcheon describe Waterland de Graham Swift como una de las obras
paradigmáticas de lo que ella define como historiographic metafiction . También
pone como ejemplos, entre muchos otros, The French Lieutenant’s Woman , de
John Fowles, Midnight’s Children , de Salman Rushdie, Ragtime , de E. L. Docto-
row o G., de John Berger (1988: 5).
Por otra parte, en una panorámica de la evolución de la metaficción historio -
gráfica con algunos años más de perspectiva, Susana Onega también encuadra
Realidad protésica y postmodernidad
| 106
Coincidiendo con el carácter de “unitary sensibility” que
Susan Sontag asignaba al postmodernismo, Hutcheon añade
que este tipo de novela incorpora los dominios de la literatu-
ra, la historia y la teoría en una misma obra, de modo que “its
theoretical self-awareness of history and fiction as human
constructs (historio graphic meta fiction) is made the ground
of its rethinking and reworking of the forms and contents of
the past” (1988: 5).
Puede dar la impresión de que Hutcheon concentra su
análisis en el desmantelamiento de los procedimientos his-
toriográficos como constructos retóricos, al igual que se
ocupan de hacer historiadores y teóricos de la historiografía
como Hayden White (1973; 1978), Frank A. Ankersmit (1989;
1990; 2002) o Tony Bennett (1991). Todos ellos defienden
que no existe una historia de carácter natural, que no hay
una correspondencia entre historia y pasado fenomenológico
o real , sino que todo registro histórico es una textualización,
un constructo retórico donde conceptos como verdad y obje-
tividad quedan definidos, como propone Foucault (1981), por
aquellos que han tenido el poder para hacerlo. No obstante,
al partir de estas premisas postmodernas y (post)estructura-
listas, no solo la historia, sino la realidad se convierten en un
texto o constructo discursivo más, y esto permite que desde
la ficción se instalen, cuestionen y desarticulen las formas,
contenidos y contextos que generan esa realidad. Por esta ra-
zón, en la mímesis postmoderna de la realidad encontramos
Shuttlecock , de Graham Swift, dentro de este estilo de novela, al tiempo que ofrece
una larga lista donde incluye obras de John Fowles, Lawrence Durrell, William
Golding, A. S. Byatt, Rose Tremain, Julian Barnes, Jim Crace, Charles Palliser,
Jeannette Winterson, John Banville y Peter Ackroyd (Onega, 1995: 7-8). Unos
años más tarde, también publicaría una obra dedicada a Peter Ackroyd (Onega,
1999), donde vuelve a presentar la contribución de este autor como modelo de lo
que Linda Hutcheon definiera como metaficción historiográfica .
El caso de Graham Swift
107 |
una contaminación deliberada del acostumbrado artefacto
realista mediante alusiones abiertas y autorreflexivas a los
elementos retóricos y constructivos que intervienen en la
(re)creación de toda realidad. Es evidente que de este modo
se desafían presupuestos del realismo decimonónico como la
objetividad, la neutralidad, la impersonalidad y la transpa-
rencia en la representación (Hutcheon, 1988: 91-92).
Esta aproximación al concepto de realidad no implica, como
los sectores neo-realistas intentaron hacer ver, una simple
destrucción de los logros alcanzados por el progreso huma -
no en su avance racional-positivista durante la modernidad.
Por el contrario, se manifiesta como una técnica para cues -
tionar registros dominantes, sean cuales sean sus formatos,
desde sus propios cimientos estructurales, discursivos y re -
presentacionales. Este diálogo subversivo entablado con todo
posicionamiento excluyente y fundamentado en oposiciones
binarias que den como resultado una realidad inmutable abre
fisuras por donde se filtran lo marginal y lo marcado por un
carácter inclusivo, por una multiplicidad de perspectivas y, en
definitiva, por una heterogeneidad descentralizadora.
Por medio de cuestionamientos epistemológicos pero
principalmente ontológicos, la novela postmoderna pri-
mero instala y luego pone en tela de juicio los pilares que
sustentaban el espíritu positivista del humanismo liberal:
trascendencia, certeza, autoridad, unidad, universalización,
centro, teleología, cierre, jerarquía, homogeneidad y origen
(Hutcheon, 1988: 50, 57). De la fragilidad manifestada por
estos contrafuertes surge una aproximación postmoderna al
término verdad , que queda relegado a lo local, limitado, tem-
poral, provisional y contingente. No obstante, el hecho de que
desde el postmodernismo se refuten los sistemas jerarquiza-
Realidad protésica y postmodernidad
| 108
dos, totalizadores y cerrados no significa que no se tenga en
cuenta la necesidad que el ser humano siente de establecer
un orden dentro del caos de su experiencia vital. Esta urgen-
cia se reconoce, pero, al mismo tiempo, se deja entrever que
los órdenes que creamos, con sus sistemas de asignación de
significado y de representación de la realidad, no son entida -
des naturales, sino constructos humanos.
11. L a ( re ) construcción sociaL y cuLturaL de La
reaLidad
Como Hassan explica a través de su concepto de inma-
nencia , si hay algo que distingue al ser humano de otros
organismos vivos es su capacidad para abstraer su entorno
–y, por ende, a él mismo como ente inmerso en ese contex-
to– mediante la invención de símbolos. También vimos que
Fredric Jameson define esta cualidad humana a partir de
nuestra facultad para codificar un flujo esquizofrénico origi -
nal y primordial y someterlo a posteriores descodificaciones
y recodificaciones a lo largo de nuestra historia como especie.
Cuando teorías como las propuestas por Hassan y Jameson
se ven complementadas por aquellas expresadas a través de
las ciencias cognitivas en su aproximación transdisciplinar 39
a cómo la información es recibida, representada y transfor-
mada por la mente/cerebro, llegamos a la conclusión de que:
39) Las ciencias cognitivas llevan a cabo sus estudios de la mente/cerebro
desde un plano necesariamente transdisciplinar que reúne, entre otros campos,
la psicología cognitiva (Jean Piaget y Jerome Bruner), la psicolingüística (Noam
Chomsky), la psicobiología cognitiva (Kart Lashley y Donald Hebb), la neurocien-
cia (Humberto Maturana y Francisco Varela), la antropología cognitiva y la inteli-
gencia artificial (John McCarthy y Marvin Minsky).
El caso de Graham Swift
109 |
The brain/mind is not only a constellation of organs
but also a repository of language, myth, memories,
social norms, cultural values and beliefs, idealized
images of who we are and what we would like to be.
Evolution and human history speak through each
of us as we assemble each second’s reality, and the
ghosts of millions of others are with us in our most
private moments. (Anderson, 1990: 68).
El cerebro puede ser estudiado como parte exclusiva de
un individuo humano. En cambio, la mente no es un órga-
no de ese cerebro. Por el contrario, “[c]onsciousness and
mind”, explican los neurocientíficos Humberto Maturana
y Francisco Varela, “belong to the realm of social coupling.
That is the locus of their dynamics” (1987: 234). Con estas
afirmaciones, el ser humano se perfila, de una manera más
evidente que nunca, como lo que Catherine Belsey denomina
“an organism-in-culture”. Esta condición no solo nos capa-
cita para llevar a cabo la construcción social y cultural de la
realidad en que vivimos a diario, sino que nos aboca a ello
de manera irremediable, hasta el punto en que, como sugie-
ren los construccionistas más extremos, podría no haber otra
realidad más que la que han inventado para nosotros y cons-
tantemente reinventamos.
La construcción social de la realidad no es un concepto
ni una práctica improvisados en nuestra época contemporá-
nea. Esta cualidad inmanente nos ha acompañado desde que
hallamos la manera de (re)crear nuestro entorno y experien-
cia por medio del lenguaje en sus diversas manifestaciones
simbólicas. En las sociedades premodernas la construcción
social de la realidad tenía lugar de manera lenta e invisible,
propiciando que los universos simbólicos establecidos pare-
Realidad protésica y postmodernidad
| 116
Las teorías sociológicas que George Herbert Mead (1934)
introdujera en torno al primer cuarto del siglo XX ya enfatiza -
ron la ineludible condición social del ser humano. Mead acuñó
el término interaccionismo simbólico para explicar que hom -
bres y mujeres crean su propia imagen como sujeto mediante
la interacción con otros individuos, proceso que tiene lugar a
través del lenguaje como sistema estructurador de un mundo
de significados simbólicos. De este modo, para Mead el yo de
cada persona se convierte en un producto social, “the agency
through which individuals experience themselves in relation
to others, but also an object or fact dealt with by its individual
owner as he or she sees fit” (Elliott, 2008: 32). El énfasis por
parte de Mead en la agencia y poder de decisión del sujeto
en su formación y manifestación social resulta determinante.
Mead argumenta que las personas aprenden y practican es -
trategias sociales de interacción desde la infancia a través de
juegos que él denomina “taking the role of the other” (Elliott,
2008: 33), pero al mismo tiempo defiende que, valiéndose de
una autoconsciencia adquirida, todo sujeto es capaz de dife -
renciar entre el yo socializado –“ me ”– y el yo no socializado
–“ I ”–. Mead emplea esta distinción para justificar aquellos
rasgos que, una vez trascendido el entramado simbólico so -
cial, discriminan unos individuos de otros. Sin embargo, el
hecho de que el propio sujeto tenga consciencia de y agencia
sobre estos dos tipos de yo –especialmente sobre el yo so -
cializado – otorga al individuo la capacidad de manipular y
construir su identidad mediante los procesos de interacción
social en que se ve envuelto. A su vez, también subraya la con -
tingencia y ambivalencia de estos intercambios sociales.
Las teorías basadas en un interaccionismo social y simbó-
lico propuestas por Mead asientan las bases para un tránsito
El caso de Graham Swift
117 |
determinante en la conceptualización contemporánea del su-
jeto y en los procesos que construyen su identidad. Al igual
que les ocurriera a tantos discursos totalizadores, el concepto
de un yo esencial, continuo y metadiscursivo –heredero del
yo cartesiano en que se apoyara el proyecto de la modernidad
en su búsqueda racional de conocimiento– se ve cuestiona-
do y reemplazado por la noción de un yo performativo , tal y
como proponen los sociólogos Erving Goffman (1959; 1967)
y Robert E. Park (1950), o la filósofa feminista Judith Butler
(1993; 1996). Para estos últimos, cualquier individuo vive su
identidad de manera relacional y colectiva, y por ello nunca
está concluida ni pertenece a ese individuo como propiedad
inherente. La identidad de todo sujeto, por el contrario, está
sometida a una continua negociación colectiva que busca una
acomodación a las normas sociales y culturales.
Tanto Goffman como Park destacan que el origen etimo-
lógico de la palabra persona se corresponde con la máscara
portada por los actores del teatro clásico griego 46 . En su sen-
tido literal, per-sona era el artificio por ( per ) el cual la voz
del actor ( sona ) podía oírse (Doniger, 2005: 203). Goffman
y Park adoptan este punto de partida etimológico para legiti-
mar la metáfora basada en el teatro que sostiene sus teorías
del desempeño de roles sociales. Para Park, “[i]t is probably
no mere historical accident that the word person, in its first
meaning, is a mask. It is rather a recognition of the fact that
everyone is always and everywhere, more or less consciously,
playing a role… It is in these roles that we know each other; it
is in these roles that we know ourselves” (1950: 249).
46) El DRAE expone dicho origen etimológico en los siguientes términos: “Del
lat. persōna , máscara de actor, personaje teatral, este del etrusco phersu, y este del
gr. πρ ό σωπον”.
Realidad protésica y postmodernidad
| 118
La propuesta de estos sociólogos no sólo enfatiza la di-
mensión performativa inherente a la construcción del sujeto
social, sino que trae a colación, problematiza e incluso llega
a invalidar la distinción entre ser ( being ) y actuar ( acting ).
La dicotomía que articulaba un binomio constituido por ca-
tegorías bien diferenciadas, se torna en una hibridación que
equipara ser con actuar ( being as ‘acting’ ). Según Park, “our
conception of our role becomes second nature and an integral
part of our personality. We come into the world as individuals,
achieve character, and become persons” (1950: 250). De este
modo, los procesos de socialización adquiridos y puestos en
práctica a través de los roles sociales que desempeñamos no
estarían enmascarando nuestra verdadera persona, sino que
estarían posibilitando nuestra existencia como personas.
Desde esta perspectiva, el debate entre esencialistas y
construccionistas deja de tener sentido, pues los argumen-
tos en que se apoyan los primeros quedan invalidados. Para
los esencialistas existe una sustancia, una esencia humana
que precede a la existencia y que permite y justifica la distin -
ción entre naturaleza humana y la cultura que la envuelve.
De ser así, aún resultaría viable la aspiración a la unidad –a
través de la adquisición de conocimiento– del yo y el mun-
do que lo rodea, ambición reunificadora que determinaba la
interpretación del individuo postulada desde las dinámicas
racional-positivistas de la modernidad. En cambio, a través
de sus teorías sociales, Park, Goffman y Butler proponen que
no hay otra manera de ser más que actuando, lo que signi-
fica que es el ser humano quien, como actor social, crea el
significado y la esencia de su vida y de su propia identidad a
partir de su interacción con un mundo social y culturalmente
estructurado. La unidad entre el sujeto y el mundo se nos
El caso de Graham Swift
119 |
muestra desde esta óptica como una ilusión, entendimiento
que nos aleja de una posible esencialidad y nos ubica en una
existencia puramente performativa.
Es cierto que Goffman propone el concepto de role
distance para referirse a “the means whereby an individual
expresses a separation between role and self” (Elliott, 2008:
39), pero con esto no sugiere que tras esos roles se oculte
una identidad auténtica o verdadera , o que, abandonada su
representación, el actor social revierta a un yo esencial sub-
yacente. Un ejemplo de la puesta en práctica de esta idea de
role distance tendría lugar cuando vemos en televisión a un
político vestido con ropa informal y haciendo pausas en su
discurso, como si estuviese improvisando sus palabras con
naturalidad. El propósito de este alejamiento intencionado
de su acostumbrado rol es el de mostrar a los demás que no
es solo un político, sino una persona como otra cualquiera.
De este modo, se fomenta la ilusión de que nos está dejan-
do entrever su yo más auténtico. Sin embargo, solo estamos
ante otro tipo de representación desempeñada por una figura
pública, ante otro rol social. Por tanto, “[t]he performance of
role distance is exactly that – another performance” (Lawler,
2008: 109). Acogiéndonos al concepto de la différance acuña-
do por Derrida, podemos afirmar que la máscara no esconde
una identidad auténtica sino otra máscara.
Todo este entramado en torno a la interpretación del indi-
viduo como actor social se presta, por tanto, a críticas como
la manifestada por Anthony Elliott cuando afirma: “there is
something a little disturbing in [Goffman’s] social vision of
performance, in which everybody is cynically manipulating
appearance and staging inauthentic representations of the
self” (2008: 42). Con el fin de reforzar el papel manipulador
Realidad protésica y postmodernidad
| 120
del ser humano como ser social, Elliott (2008: 42-3) men-
ciona el ejemplo extremo de Leonard Zelig, personaje creado
por Woody Allen ( Zelig , 1983) y que posee la capacidad casi
sobrenatural de adaptarse al medio donde se desenvuelve,
hasta el punto en que carece de cualquier identidad más allá
de sus camaleónicas representaciones. El análisis psicoana-
lítico que dentro de la propia película se hace de Zelig deja
claro, sin embargo, el alto precio que hemos de pagar para
estar permanentemente embarcados en una cultura que se
guía por la apariencia, que nos obliga a desempeñar un papel
vinculado a una imagen con el fin de adquirir una identidad
reconocida como tal por los demás.
De esta última postura y en contraposición a la manipula-
ción cínica descrita por Elliott e, indirectamente, por Lawler
en cuanto al papel del sujeto como actor social, surge otra
lectura con una carga marcadamente determinista de las teo-
rías performativas propuestas por Goffman. Si aceptamos
que no hay persona tras la máscara, sino que la máscara es
la persona; si admitimos que no existe un yo que no se vea
afectado, mediatizado y, en última instancia, generado por
el mundo social en que se desenvuelve, las teorías performa-
tivas –y su obliteración de cualquier esencia subjetiva que
trascienda el guión sociocultural– nos abocan a un destino
existencial donde los deseos personales y las pulsiones inter-
nas carecen de aceptación y han de ser reprimidos mientras
no se acomoden a la simbología sociocultural vigente.
En su colección de ensayos Asylums (1961), Goffman ya
tuvo este hecho en cuenta al enunciar su noción de institución
total . Goffman cita los hospitales psiquiátricos o las prisio -
nes como ejemplos de este tipo de institución y los define
como “forcing houses for changing persons; each is a natural
El caso de Graham Swift
121 |
experiment on what can be done to the self” (1961: 12). Como
manifestación extrema de un determinismo social inque -
brantable, en estas instituciones totales asistimos no solo a la
alteración, sino también a la desposesión impuesta de un yo
que no se ciñe a las coordenadas socioculturales preestableci -
das. Cuando se ejerce esta regulación del conjunto de aspectos
que intervienen en la vida de un individuo trascendemos la
arena del yo performativo para empezar a hablar del yo (re)
programado . En este punto, Goffman afirma que la institu -
ción total conlleva la mortificación del yo, de tal manera que
“[h]ere one begins to learn about the limited extent to which a
conception of oneself can be sustained when the usual setting
of supports for it are suddenly removed” (1961: 148).
Desde el análisis de estas teorías sociológicas, podemos
concluir que los individuos se constituyen a sí mismos como
identidades o sujetos que interaccionan, de manera obligada
e inevitable, dentro de un mundo socioculturalmente cons-
truido. A través de sus demandas, este modo de existencia
desplaza y reprime aquellas pulsiones, deseos y necesidades
que amenacen con sobrepasar o cuestionar los límites esta-
blecidos. Como Goffman explica, “the person becomes a kind
of construct, built up not from inner psychic properties but
from moral rules that are impressed on him from without”.
Luego añade: “The general capacity to be bound by moral
rules may well belong to the individual, but the particular
set of rules which transforms him [ sic ] into a human being
derives from requirements established in the ritual organiza-
tion of social encounters” (1967: 45).
Por tanto, desde los postulados construccionistas, toda
la realidad que tenemos a nuestro alcance, comenzando por
aquella que articula nuestra identidad como sujeto, es un cons-
Realidad protésica y postmodernidad
| 122
tructo social y cultural. Desde el momento en que nacemos
entramos en los dominios preestablecidos de lo que Jacques
Lacan denominará el Orden Simbólico , orden que nos otorga
e impone nuestra condición de “organisms-in-culture”. Por
otra parte, esta condición cultural también nos aleja de cual-
quier esencialidad orgánica previa a la adquisición de dicho
orden simbólico. Toda realidad se revela así como un cons-
tructo donde términos como auténtico y original se vacían
de sus significados tradicionales.
Si adquirimos nuestra cualidad de sujeto o persona me -
diante la repetición de roles sociales y de los comportamientos
asociados a esos roles, estamos copiando un original que no
existe más que como constructo socialmente preconcebido.
De este modo, ser una persona es representar que se es una
persona. No contamos con una naturaleza esencial que defina
nuestra identidad, sino con una segunda naturaleza –como
apuntaba Park (1950: 250)– donde lo real deja de ser real para
hacerse convincente, creíble, y donde lo verdadero queda re -
legado a lo verosímil. En ausencia de una esencia original, nos
valemos de la apariencia y asistimos a la fusión de la persona
y de la máscara hasta ver cómo se convierten en una.
Comenzaba este apartado refiriéndome a las teorías cog -
nitivas y a cómo, desde su aproximación transdisciplinar, se
ocupan del estudio del cerebro y de la mente, en busca de
respuestas para una pregunta que ya nos plantearon Platón
y Aristóteles: ¿qué relación existe entre la realidad humana
–con toda su carga histórica, científica y de otros sistemas de
creencias– y lo que podríamos denominar la realidad objetiva
del cosmos? La respuesta que ofrecen los teóricos construc-
cionistas más extremos es tajante: ninguna. Para el filósofo
Nelson Goodman, por ejemplo, no existe un mundo objetivo,
El caso de Graham Swift
123 |
sino versiones de mundos, lo que le lleva a afirmar: “When I
say that worlds are made, I mean it literally” (1984: 42).
Nuestra consciencia contemporánea de habitar una rea-
lidad construida puede ser ciertamente liberadora. No
obstante, mientras que antes todo era real , ahora nos vemos
cada vez más incapaces de discernir dónde termina el sím-
bolo y dónde comienza esa realidad ajena a la intervención
humana, cuál es el mapa y cuál el territorio. Hemos llegado
a un punto en que nuestros entramados de sistemas simbó-
licos no solo se confunden con la realidad fenomenológica
que aspiran a explicar, sino que llegan a sustituirla. Hablar
de originales y de copias, de realidad y de representación se
hace más problemático que nunca cuando entramos en el te-
rreno de la hiperrealidad , donde la representación precede a
su original porque se generan modelos de algo que no tiene
origen ni realidad. En un mundo hiperreal queda erradica-
da toda presencia metafísica y, en consecuencia, cualquier
noción tradicional de mímesis se muestra obsoleta. Lo que
se despliega ante nosotros es una realidad constituida por lo
que Jean Baudrillard llama simulacros: “ The desert of the
real itself ” (1981b: 1).
12. d e La mímesis aL simuLacro : b audriLLard y
Lo hiperreaL
La aproximación a un concepto central en la poética de
Occidente como es el de mímesis debe partir, una vez más,
del mundo clásico. El término deriva de la voz griega μĩμος
( mimos ) y hace referencia al intérprete teatral que imitaba
a un animal o persona valiéndose de expresiones faciales,
Realidad protésica y postmodernidad
| 124
sonidos, movimientos y danzas. No obstante, en un prin-
cipio, para los griegos primitivos mímesis no significaba la
reproducción de una realidad externa, sino la manifestación
teatralizada de sentimientos y de experiencias internas me-
diante gestos, sonidos y palabras. Es al filósofo presocrático
Demócrito (460-370 a. C.) a quien se le atribuye el empleo
ampliado de mímesis para referirse a la imitación de la natu-
raleza que se hace a través del arte. Con esta nueva acepción
del término, Demócrito traslada el concepto de imitación al
mundo externo y establece los parámetros para la articula-
ción de las teorías de la representación de la realidad que
ocuparán a Platón y a Aristóteles.
Platón afianza el término mímesis como concepto crítico
en el libro X de La República donde –tras haber expuesto la
alegoría o mito de la caverna (libro VII)– manifiesta que el
poeta, al igual que el pintor, no es capaz más que de falsear
o de ofrecer una copia imperfecta de la apariencia externa
de las cosas. Ya vimos que para Platón la verdad absoluta
ubicada en el mundo de la ideas es inaccesible al intelecto
humano. Debido a esta limitación, el arte no logra trascender
una superficie constituida por apariencias para así acceder a
la realidad esencial que debería reproducir: aquella que resi-
de en el dominio metafísico de lo que él denomina las ideas .
En el contexto de su teoría de las formas, Platón presenta una
concepción negativa de toda manifestación mimética como
arte basado en la proyección de imágenes que no son más que
sombras o copias defectuosas de una realidad inalcanzable. Y
si esto es lo que ocurre en términos visuales, la representa-
ción verbal es para Platón aún más secundaria y derivativa,
una re-presentación todavía más alejada de la experiencia
verdadera: una copia de una copia de la realidad.
El caso de Graham Swift
125 |
Por su parte, en el libro IV de su Poética , Aristóteles ex-
plica que la tendencia a la imitación es un instinto humano
fundamental que se manifiesta a través del arte, ya sea poe -
sía, música, pintura o escultura. Sin embargo, a diferencia
de Platón, Aristóteles no definirá la mímesis como el falsea -
miento de una realidad sensible, sino como la presentación
de unos universales , que no serían entidades metafísicas
como las ideas platónicas, sino los modos característicos y
permanentes del pensamiento, los sentimientos y las accio-
nes humanas. La innovación de Aristóteles radica, por tanto,
en trasladar la intervención mimética realizada por el poe-
ta al mundo de la experiencia humana. Para Aristóteles, el
producto elaborado por el poeta no es una fantasía o copia
imperfecta de una realidad trascendental tal y como la ofrece
la mente limitada de un ser humano. Aristóteles se acoge a
la etimología de la palabra poeta ( poiētēs [ποιητ ή ς] : hace-
dor, creador, autor) para presentarlo como a un creador de
tramas capaz de estructurar acontecimientos de manera que
constituyan un todo orgánico representativo de las acciones
del hombre según las leyes de la probabilidad o de la necesi-
dad. La contribución principal de Aristóteles al concepto de
mímesis es, por consiguiente, el acercamiento de la idea de
imitación a la de creación , y el énfasis en el acceso por parte
del poeta a la realidad experiencial del ser humano.
El Renacimiento heredará estas dos concepciones filosófi -
cas de imitación o mímesis provenientes del mundo clásico:
por una parte, como recreación de una copia imperfecta de
la realidad sensorial; por otra, como representación de pa-
trones universales de comportamiento humano a través de
la acción. A estas dos aproximaciones se añadirá un concep-
to más retórico de mímesis, entendida como la imitación de
Realidad protésica y postmodernidad
| 132
estas circunstancias, el territorio no solo no precede al mapa,
sino que se ve generado por él.
En Simulations –aunque luego volverá a defenderlo en
America (1986)–, Baudrillard se acoge a los ejemplos de Dis-
neyland y del escándalo político que supuso Watergate para
destacar a los Estados Unidos como tierra de simulación y de
hiperrealidad 50 . Es fácil pensar en Disneyland en términos de
un simulacro de segundo orden donde encontramos castillos
y otros edificios que, a pesar de ser falsos o inventados, tie -
nen una extraordinaria apariencia de realidad. Esto sucede
porque, por una parte, se acomodan a nuestras concepciones
infantiles o románticas de lo que un castillo debería ser y,
por otra, en Disneyland la maquinaria que posibilita el ar-
tificio y la magia del entorno en general está tan oculta que
la distinción entre dónde termina lo real y dónde empieza
la representación se diluye. Hasta aquí estaríamos ante un
simulacro de segundo orden. No obstante, en su análisis de
este protomodelo de parque temático, Baudrillard da un
paso más allá y propone que Disneyland pertenece al tercer
orden de la simulación, lo que para él conlleva las siguientes
implicaciones:
Disneyland is there to conceal the fact that it is the
“real” country, all of “real” America, which is Disney-
land (just as prisons are there to conceal the fact that
it is the social in its entirety, in its banal omnipres-
ence, which is carceral). Disneyland is presented as
imaginary in order to make us believe that the rest is
real, when in fact all of Los Angeles and the America
50) En Travels in Hyperreality (1983), Umberto Eco también avanzó esta
misma visión de los Estados Unidos como modelo de una sociedad inmersa en la
hiperrealidad.
El caso de Graham Swift
133 |
surrounding it are no longer real, but of the order of
the hyperreal and of simulation. (1981a: 25)
Para Baudrillard, el parque temático encubre la condición
hiperreal de la cultura norteamericana, del mismo modo
que una prisión oculta el hecho de que estamos encarcela-
dos en los sistemas preestablecidos por nuestras sociedades.
Creemos en nuestra libertad porque los criminales están
encarcelados y creemos en la realidad del mundo externo a
Disneyland porque el parque temático es una perfecta fan-
tasía. Baudrillard, en cambio, defiende que, más que existir
diferencias, se dan similitudes estructurales entre la prisión
y la sociedad “libre”, entre Disneyland y la sociedad “real”
americana.
Según Diane Rubenstein (1989: 601), para el filósofo fran -
cés el problema no parte de la existencia de una oposición
binaria entre ficción y realidad y de la manera en que ambas
se puedan solapar. Lo que encuentra problemático es el ca-
rácter ficticio de la realidad. “It is no longer a question of a
false representation of reality”, apunta Baudrillard, “but of
concealing the fact that the real is no longer real” (1981a: 25).
De manera paradójica, Disneyland, a partir de su andamiaje
apoyado en la fantasía, sustenta un principio coherente de
realidad que, deconstruido, manifiesta una irrealidad paralela
a la de la sociedad externa al parque. Desde esta aproxima-
ción, Disneyland deja de ser una alegoría de Norteamérica y
se convierte, según Baudrillard, en “[t]he objective profile of
America”. “All its values are exalted here, in miniature and
comic strip form” (1981a: 24).
El filósofo francés nos advierte que, al hablar de hiperrea -
lidad, ya no cabe referirse a una representación verdadera
Realidad protésica y postmodernidad
| 134
o falsa de la realidad, pues, en nuestra era de la virtualidad,
tanto el concepto de simulación como su naturaleza (auto)
generativa desplazan por completo el episteme de la repre-
sentación. Hemos llegado a un punto en que, como Umberto
Eco explica, “the sign aims to be the thing, to abolish the
distinction of the reference, the mechanism of replacement”
(1983: 7). Cuando entramos en el terreno de la hiperrealidad
no hallamos reproducciones de un mundo preexistente, sino
“something that bypasses the logic of representation entirely,
substituting miniatures, scale replicas, and signs of the real
for the real itself” (Rubenstein, 1989: 598). En un entorno
ontológico definido por simulacros de tercer orden quedan
erradicadas las distinciones entre realidad y apariencia y
entramos en la lógica de lo que Rubenstein denomina “oper-
ational miniaturization”. Aquí, “[t]he real is produced via the
miniaturization of its model. Enlargement/reduction replac-
es the specularity of reflection” (1989: 184). De este modo, lo
real se genera mediante la miniaturización de su modelo, lo
que lleva a Baudrillard (1986: 29-30) a interpretar la lógica
de la sociedad americana como un holograma, reproducido y
reproducible en cualquier gasolinera, en cualquier vieja calle
del medio oeste americano, en cualquier BurgerKing, como si
todos estos lugares compartieran la inscripción de un código
genético cultural. Los argumentos de Baudrillard, por tanto,
nos llevan a la conclusión de que la realidad que percibimos
está construida a partir de modelos, de mapas que se auto-
cartografían para constituirse en territorios sin que medie
correspondencia alguna con el mundo real.
En la introducción a The Gulf War Did Not Take Place
(Baudrillard, 1991), Paul Patton menciona una anécdota
acaecida entre los medios de comunicación durante la Guerra
El caso de Graham Swift
135 |
del Golfo. Con ella ilustra la manera en que nuestra (hiper)
realidad contemporánea se genera a través de simulacros de
tercer orden. Patton cuenta cómo, en pleno conflicto bélico,
“the CNN cameras crossed live to a group of reporters as-
sembled somewhere in the Gulf, only to have them confess
that they were also sitting around watching CNN in order to
find out what was happening” (2). Con este ejemplo rayano
en la dinámica autorreplicante del mise-en-abyme 51 , Patton
demuestra que nuestra hiperrealidad contemporánea se ale-
ja cada vez más de lo real. Esta tendencia da como resultado
un mundo donde la imagen –especialmente aquella genera-
da por los medios de comunicación de masas– cobra entidad
de realidad. En el ejemplo de Patton, la fuente de una noticia
es otra noticia, lo cual no significa que se haya producido una
degradación de la información original como consecuencia
de la sucesión de noticias. Como Richard J. Lane explica,
“there is nothing to “degrade” because news isn’t being gen-
erated by some singular event. Rather, news is producing the
‘reality’ of the war, not only for the viewers, but also for those
involved” (2000: 95).
En el mundo de lo hiperreal, por tanto, no caben distincio-
nes entre la representación y lo que está siendo representado,
pues el signo se refiere a sí mismo y toda aspiración mimé -
tica es, desde un principio y como mucho, automimética .
En un mundo conducido por la reproducción tecnológica en
serie de simulacros de segundo orden aún es posible hablar
de originales y de copias, de lo verdadero y de su réplica, a
51) Stephen Melville (1986) describe la técnica del mise-en-abyme como una
duplicación interna originada en la heráldica nobiliaria y que consiste en “the
settling of a smaller version of a given shield at the center of that shield”. Para
Melville, este recurso supone “an infinite perspective on and reduplication of the
initial motif” (96).
Realidad protésica y postmodernidad
| 136
pesar de las dificultades que puedan existir para establecer
distinciones entre ambos. Por el contrario, cuando lo que asi-
milamos como la realidad se genera a partir de modelos sin
correspondencia con una entidad preexistente en el mundo
fenomenológico –algo que propicia simulacros de tercer or-
den–, nada es verdadero o falso; todo se valida o invalida en
términos de la lógica de la operatividad.
Según las teorías propuestas por Baudrillard, en nuestra
era postmoderna la virtualidad digital ha erradicado aquella
presencia metafísica que el ser humano presentía, la misma
que históricamente ha aspirado a entender y explicar a tra-
vés de aproximaciones epistemológicas. En “ The desert of
the real itself ”, el sujeto se ve cada vez más distanciado de un
contexto que antes llamábamos real , del mismo modo que el
signo se ha divorciado de cualquier objeto original y origina-
rio para autoerigirse en entidad hiperreal.
En “Exploring the Subject in Hyper-Reality”, Paul Roda-
way (1995) propone que, dada la posibilidad con que el ser
humano contemporáneo cuenta de adentrarse por completo
en un mundo cibernético cuya naturaleza parte de una rea-
lidad virtual, cabría empezar a hablar del “hyper-subject” o
“trans-subject”. Esta condición equipararía al sujeto con un
yo proteico en constante transición, siempre en proceso de
convertirse en algo diferente y más alejado que nunca del yo
constante y esencial, independientemente de su interacción
con el medio físico, descrito por Descartes.
Sin llegar al extremo de proponer un mundo ostensible -
mente virtual como es el cibernético, Kenneth J. Gergen
también argumenta que nuestra cultura postmoderna no
solo posibilita sino que además fomenta la construcción del
El caso de Graham Swift
137 |
sujeto como artefacto hiperreal (1991: 122). Como corrobo -
ración de esta opinión, podemos citar el análisis que Diane
Rubenstein (1989) realiza de los presidentes estadounidenses
del siglo XX para dejar patente que el mundo de la política
contemporánea –como epítome de evento teatralizado con el
fin de ser consumido por un público– nos muestra un dis -
tanciamiento progresivo de lo que podríamos entender como
una realidad objetiva y el consiguiente acercamiento a una
pseudorealidad o realidad representada. En términos estruc -
turalistas, Rubenstein afirma: “One could read the history of
twentieth-century American presidents as a gradual loosening
of the signifier from the signified” (1989: 588). Partiendo de
esta lectura, Franklin Delano Roosevelt encarnaría la mayor
congruencia entre significante y significado, pues su parálisis
física se correspondió literalmente con la parálisis económi -
ca sufrida por Norteamérica durante la Gran Depresión. Para
muchos, Roosevelt fue un remedio contra la política arbitraria
del signo ejemplificada por la crisis especulativa de la bolsa en
1929. Por este motivo podría representar un extremo de la
significación que Baudrillard denomina simulacro natural ,
donde la correspondencia referencial que conforma el signo
muestra una claridad absoluta.
En el extremo opuesto a Roosevelt, Rubenstein sitúa a
Ronald Reagan. Para ella, este ex presidente personifica el
ejemplo evolutivo de la teatralidad política en tiempos de la
postmodernidad. Lo define como “a hyperreal object” (1989:
583) 52 y emplea su figura como ilustración paradigmática
52) En su artículo, Rubenstein enumera diferentes análisis críticos de Reagan
como signo, así como y de la teatralidad/retórica de la presidencia norteameri-
cana en general: Michael Rogin, Ronald Reagan, The Movie: And Other Episodes
in Political Demonology. Berkeley: University of California Press, 1987; Gary
Wills, Reagan’s America. New York: Penguin, 1988; Jeffrey Tulis, The Rhetorical
Presidency (Princeton, NJ: Princeton UP, 1987); Lawrence Leamer, Make Believe:
Realidad protésica y postmodernidad
| 138
de la (con)fusión entre película e historia, entre ficción y
realidad, entre copia y original, que caracteriza a nuestra
sociedad actual. A este respecto, Michael Rogin añade que,
mientras que otras estrellas de cine solían recibir un nombre
artístico al comienzo de sus carreras en Hollywood, los jefes
cinematográficos de Ronald Reagan, tras considerar la reso -
nancia de su nombre verdadero, decidieron “devolvérselo”
como nombre artístico (1987: 11). Esta decisión que podría
haberse quedado en simple anécdota supone el comienzo de
la confusión entre personaje y persona real que acompañaría
a Reagan a lo largo de su mandato, ya que, “[f]or Ronald Rea-
gan, the real comes back as a double of a self that never was”
(Rubenstein, 1989: 583).
Reagan encarna, desde esta perspectiva, la paradóji-
ca naturaleza fictiva de lo (hiper)real y se convierte en un
modelo o réplica a pequeña escala de la cultura popular nor-
teamericana de su tiempo y de la desarrollada por el mundo
occidental contemporáneo en general. Como ente hiperreal,
al igual que Baudrillard proponía con respecto a Disneyland,
Reagan nos hace plantearnos la distinción y límites entre lo
completamente real y lo completamente falso, pues sustituye
un principio de realidad que hasta entonces había sido histó-
rico por uno cinematográfico. La historia que informa la vida
e imagen pública del ex presidente es una historia fílmica.
Esto se hizo evidente no solo durante su carrera como actor
en Hollywood, sino también a lo largo de su posterior época
presidencial, cuando acostumbraba a apoyar sus discursos y
argumentos con citas literales de palabras que otros actores
The Story of Nancy and Ronald Reagan. New York: Dell, 1983; Murray Edelman,
Constructing the Political Spectacle. Chicago: University of Chicago Press, 1988;
Roderick Hart, The Sound of Leadership: Presidential Communication in the
Modern Age. Chicago: University of Chicago Press, 1987.
El caso de Graham Swift
139 |
habían pronunciado en películas. Al ser referenciadas a tra-
vés de la adscripción a un actor y a un filme determinado,
las citas –y, al mismo tiempo, la propia locución de Reagan–
cobraban entidad pseudohistórica y, por tanto, pseudoreal, a
pesar de que solo habían partido de una ficción cinematográ -
fica y de los labios no tanto de un actor cuanto del personaje
que este encarnaba.
A estas evidencias se podría añadir la consideración de
constructo hiperreal que algunos críticos proponen del his-
torial bélico de Reagan durante la Segunda Guerra Mundial.
En Reagan’s America , Garry Wills explica: “Hollywood had
gone to war, and the war had come to Hollywood”. Esto supu-
so que Reagan –debido a su faceta de actor y a su intervención
en películas de corte propagandístico– se viera envuelto en
“a strange mixture of real and make-believe war” (1987: 198).
La experiencia bélica de Reagan, lejos de caracterizarse por
intervenciones reales, se basó principalmente en meticulosas
reconstrucciones fílmicas del conflicto, en simulacros o mo -
delos que, en muchas ocasiones, precedieron a actuaciones
y bombardeos reales. Para Rubenstein, esta retroalimenta-
ción entre guerra real y simulada que fundamenta el devenir
bélico del ex presidente puede ser la fuente de “his bizarre
anecdotal rendering of history, a sort of postmodern libidi-
nal historicism that cannot be judged on the basis of truth or
accuracy” (1989: 599).
Por tanto, cuando analizamos la figura de Reagan como
actor, como participante en un conflicto bélico mundial o
como presidente de los EE. UU., cualquier intento de reunir
su entidad como significante con un significado que haga las
veces de referente en el mundo real es sospechoso de condu-
cirnos hacia el terreno de la hiperrealidad. Reagan se erige
Realidad protésica y postmodernidad
| 140
así en ejemplo de sujeto hiperreal, condición a la que el indi-
viduo contemporáneo se ve abocado como consecuencia de
un modo de existencia donde “the hyperreal extends to the
very structure of human experience, locking perception into
a new terrain of seduction, hallucination and virtualization”
(Elliott, 2008: 150).
En un mundo de virtualidad tecnológica donde la imagen
y la información certifican y (re)construyen lo verdadero, el
principio de realidad se distancia de lo mimético y se susten-
ta en el simulacro. Dadas estas condiciones, lo real cede su
espacio a lo que simula ser real, la experiencia verdadera se
desvanece ante lo experiencial y –como Baudrillard (1986)
propone– lo holográfico. A través del cine y de las tecnologías
culturales de masas, disponemos de recuerdos y de experien-
cias que llegan incluso a configurar nuestra identidad sin
haber formado parte de nuestro contexto real vivido. Alison
Landsberg (2004) ha acuñado la expresión memoria protési-
ca para denominar el resultado de este mecanismo y propone
como ejemplos prácticos la transmisión de eventos históri-
cos a través del cine o mediante museos experienciales como
el Mueso Estadounidense Conmemorativo del Holocausto
en Washington D. C. o el Museo de Historia Afroamerica-
na de Detroit. Como Baudrillard anunciara, debido al avance
de las tecnologías de simulación de masas –cine, televisión,
Internet, etc.– la relación del individuo postmoderno con la
experiencia auténtica se ha visto tan mediatizada que se hace
imposible separar lo real de lo hiperreal. Como copartícipes
de esta (hiper)realidad, no solo Reagan, sino toda la sociedad
norteamericana y cualquier otra persona han estado presen-
tes, por ejemplo, en la liberación de los campos de exterminio
nazis porque han asistido al Museo del Holocausto o han vis-
El caso de Graham Swift
141 |
to imágenes en películas o documentales. En cualquiera de
estos contextos, el hecho de que las imágenes sean reales o
recreadas no es determinante para la asimilación de la expe-
riencia trasmitida, ni merma su capacidad para formar una
memoria que dicte la extensión de nuestro conocimiento y
nuestros posicionamientos éticos y morales.
Es justo reconocer que Baudrillard no mantiene una opi-
nión abiertamente optimista hacia la condición hiperreal con
que caracteriza a nuestro mundo contemporáneo. A través de
la lectura de sus textos se vislumbra cierta nostalgia por una
existencia no dominada por la hiperrealidad (Lane, 2000:
100), existencia que, según él, ya no volverá a darse, pues
hemos alcanzado un momento histórico en que “[w]e are no
longer in a logic of the passage from virtual to actual but in
a hyperrealist logic of the deterrance of the real by the virtu-
al” (1991: 27). Mediante la aserción del carácter irreversible
de esta transición de lo simbólico al simulacro, de lo real al
signo-en-sí-mismo, Baudrillard concluye que el ser humano
ha perdido todo anclaje en el mundo fenomenológico y que
esto supone que “ there is no end any longer, there will no
longer be any end , that history has become interminable”
(1992: 116). El filósofo francés estaba convencido de que, en
algún momento de los años 80, el ser humano se embarcó de
lleno en una existencia hiperreal que provocó que el curso de
la historia virase en dirección opuesta, interrumpiendo así
cualquier línea de progreso (1992: 10). Según esta argumen-
tación, nuestra historia habría girado sobre sí misma en un
intento de recuperar un pasado real para alinearse con él. No
obstante, lo único que logra el ser humano contemporáneo,
de manera recurrente e inevitable, es bordear, soslayar cual-
quier posible residuo de esencia real para descubrirse en una
Realidad protésica y postmodernidad
| 148
1 3 . m á s a L L á d e L g u i ó n c u L t u r a L : e L p s i c o a n á L i s i s ,
L acan y lo r eal
El mundo contemporáneo descrito por Jean Baudrillard
y Jacques Lacan coincide en muchos aspectos, sobre todo en
cómo el ser humano se aleja de lo orgánico, que se ve reem-
plazado por nuestros propios constructos, por aquello que
denominaremos entidades protésicas . No obstante, mien-
tras que Baudrillard anuncia la sustitución de la realidad
por una hiperrealidad que nos destraba y aleja de todo an-
claje metafísico, Lacan articula su concepto de lo Real , que
no rematerializa el mundo metafísico evaporado, pero sí nos
restituye de un modo de ser virtual a una existencia orgánica
intuida.
A través del empleo de las teorías psicoanalíticas y de su
noción de lo Real , Lacan ofrece una alternativa al construc-
cionismo extremo manifestado, entre otros, por Baudrillard.
Con ella nos ayuda a entender por qué el sujeto contempo-
ráneo, al igual que el que se vio embarcado en el proyecto
de la modernidad, nunca ha dejado de presentir la existen-
cia de un yo esencial y orgánico que precede a y subyace en
todo constructo cultural, si bien reducido a vestigios o retales
como los que quedaron del mapa-territorio de Borges.
Ya hemos detallado los fundamentos sociológicos esgrimi-
dos por George Herbert Mead (1934), Robert E. Park (1950),
Erving Goffman (1959; 1967) y, más recientemente, por Ju-
dith Butler (1993; 1996) para enfatizar que nuestra propia
noción de sujeto –así como la que nos forjamos de otros indi-
viduos– se basa tanto en el interaccionismo social como en la
puesta en escena de constructos socioculturales. En cambio,
El caso de Graham Swift
149 |
las teorías psicoanalíticas arrojan claras evidencias de que el
sujeto o persona y la identidad que lo acompaña no pueden
quedar reducidos a una mera representación. Es cierto que,
como nos muestra la sociología, el yo se constituye a través
del aprendizaje, adquisición y representación de roles socia-
les, pero la identidad de todo yo también se modela a partir
de deseos, de afectos y de fantasías que desestabilizan y cues-
tionan los límites y normas establecidos por las rutinas de
interacción social puestas en práctica a diario. De este modo,
todo individuo se ve dividido entre esa parte de la mente que
es consciente, racional y reflexiva y otras motivaciones in -
conscientes que permanecen reprimidas, pero que son tanto
o más determinantes que las conscientes a la hora de definir
la identidad de un sujeto y de condicionar sus interacciones
sociales con los demás.
Desde una perspectiva sociológica, Norbert Elías (1939)
expone y a continuación critica y desnaturaliza la idea común-
mente aceptada –al menos desde el Renacimiento– de que
existe un núcleo interno, una esencia subjetiva que propor-
ciona al individuo una identidad cohesionada que prevalece
ante cualquier fluctuación provocada por las variantes en in -
tercambios y en contextos sociales. Elías defiende que este
yo esencial no es una característica inherente al ser humano,
sino el resultado de lo que él llama “el proceso de civiliza-
ción” de Occidente. Para Elías, este proceso se origina en el
énfasis humanista en un creciente autocontrol, impuesto por
la demanda de acomodarse a costumbres sociales con el con-
siguiente rechazo a actuar según el dictado de los impulsos
del cuerpo y de los sentidos. En esta línea, argumenta: “What
is encapsulated are the restrained instictual and affective
impulses denied direct access to the motor apparatus. They
Realidad protésica y postmodernidad
| 150
appear in self-perception as what is hidden from all others,
and often as the true self, the core of individuality” (1939:
211). Con estas palabras, Elías desmiente la existencia de
una identidad esencial, verdadera y oculta al mundo social y
externo compartido con los demás. Por el contrario, reduce
esta idea a una ilusión provocada por yuxtaposición con el
imperativo social que nos obliga a dominar los estados e im-
pulsos internos.
A pesar de su obliteración de un yo anterior al construido
socialmente, queda claro que en sus reivindicaciones socio-
lógicas Elías recurre a un andamiaje psicoanalítico con el fin
de reconocer y explorar el lugar innegable que la fantasía,
la represión y el deseo ocupan en la formación de la subjeti-
vidad humana. Este es un ejemplo de cómo la sociología ha
de apoyarse en el psicoanálisis a la hora de interpretar aque-
llos elementos no conscientes, no racionales y puramente
emocionales que conforman, junto con otros condicionantes
sociales, cualquier identidad. Por tanto, Elías pone en en-
tredicho la existencia de ese yo interior y esencial, pero, al
mismo tiempo, apela a la noción de un inconsciente diná-
mico con la que Freud añadió una incuestionable dimensión
interna a la construcción y reconstrucción de la identidad del
sujeto y de la realidad que este experimenta.
En For and Against Psychoanalysis (1997), Stephen
Frosh comenta: “when Freud introduced the notion of a dy-
namic unconscious, he brought a demon into the modern
world which will not let anything alone, but which contin-
ually disrupts the things we take for granted and subverts
the things we take to be true” (242). Es cierto que, parejo
a los estudios científicos de finales del siglo XIX que aspi -
raban a convertir la personalidad y los procesos del cerebro
El caso de Graham Swift
151 |
en algo transparente 53 , Sigmund Freud introduce sus teorías
psicoanalíticas para hacer de la mente una entidad mucho
más compleja. No en vano, el psicoanálisis no surge como
una disciplina encaminada a ofrecer respuestas concluyentes
con respecto al funcionamiento de la mente y a sus posibles
desajustes en cuanto a su adaptación a los roles y normas
sociales. Por el contrario, el psicoanálisis nace como una te-
rapia para afrontar y dar explicación a la discontinuidad, ya
más que manifiesta, entre los modelos socioculturales que
han de constituir la integridad del sujeto –atendidos prin-
cipalmente por la parte consciente de la psique humana– y
esa otra parte que se resiste a ser abarcada y neutralizada o
domesticada por tales patrones: el inconsciente.
Desde comienzos del siglo XX, los conceptos psicoana-
líticos introducidos por Freud irán arraigando en nuestra
cultura, hasta el punto de colonizar nuestra noción de la
persona. Como prueba de ello y a pesar de las teorías antie-
sencialistas ofrecidas por Norbert Elías, resulta común que
cualquier individuo occidental contemporáneo piense que
su yo cuenta con una parte más profunda e inaccesible, un
segmento que escapa a nuestro control. Esta idea está en-
frentada a las creencias en un yo completamente autónomo y
racional al que aspiraba el sujeto Ilustrado de la modernidad.
El psicoanálisis, por tanto, acaba definitivamente con cual -
quier soberanía de la que el sujeto creyera poder disfrutar,
hecho que el propio Freud resumió al sentenciar: “ the ego is
not master in its own house ” (1917: 143, cursiva en original).
Para llegar a esta conclusión, se apoya en su descubrimiento
53) Piénsese, por ejemplo, en la frenología, pseudociencia que gozó de gran
popularidad durante el siglo XIX y que estudia la posibilidad de determinar el ca-
rácter y los rasgos de la personalidad, incluso las tendencias criminales, basándose
en la forma del cráneo, cabeza y facciones de un individuo.
Realidad protésica y postmodernidad
| 152
de que “mental processes are in themselves unconscious and
only reach the ego and come under its control through in-
complete and untrustworthy perceptions” (1917: 143).
En resumen, para Freud, las teorías formuladas desde
el psicoanálisis reabren la “herida narcisista” infligida a la
humanidad primero por Copérnico –con su teoría heliocén-
trica– y más tarde por Darwin –al equiparar al ser humano
con el resto de los seres vivos– (Lawler, 2008: 81). La heri-
da a la que Freud alude afecta claramente al modo en que el
ser humano cobra conciencia de su limitada percepción del
mundo y de la precariedad ontológica de todo lo que denota
el término realidad . Con sus teorías psicoanalíticas, Freud
introdujo en el entendimiento de la mente humana el mismo
grado de relatividad que Einstein implantara en el mundo de
la ciencia. Para el psicoanalista, el individuo no cuenta con
una identidad unitaria y estable, sino que la persona se ve
fragmentada en el yo –el sentido parcialmente consciente de
nuestra subjetividad–, el superyó –la conciencia social como
estructura censora– y el ello –la parte salvaje y asocial del
sujeto, llena de deseos no realizados e interesada exclusiva-
mente en el principio de placer– 54 . Esta división tripartita,
sin embargo, no delimita tres estadios independientes y li-
bres de conflicto, sino todo lo contrario: el yo se encuentra
siempre en tensión entre las demandas sociales del superyó
y las puramente instintivas procuradas por el ello .
Freud explica que la persona no nace con esta estructura
ternaria conformada en su personalidad. Al comienzo de la
54) Los términos originales utilizados por Freud en alemán fueron das Ich , das
Über-Ich y das Es , que se corresponden con el yo , el superyó y el ello , respectiva-
mente. En cuanto a su traducción al inglés, James Strachey optó por las formas la-
tinas ego , superego e id en su The Standard Edition of the Complete Psychological
Works of Sigmund Freud (1953-1974).
El caso de Graham Swift
153 |
vida, la existencia se caracteriza por el dominio absoluto del
ello . Se trata de una etapa que Freud denominó del “autoero-
ticismo”, pues la psique del neonato se encuentra contenida
en sí misma, “in a blissful world of oceanic pleasure, a world
of oneness, narcissism and onmipotence” (Elliott, 2008: 59).
El neonato se deja guiar exclusivamente por los impulsos del
ello porque no distingue entre yo y no yo . Es cuando el niño
empieza a transformarse en un ser social cuando comienzan
los procesos de represión que dan lugar a la formación del
yo y el superyó y a la consiguiente tensión entre consciente e
inconsciente.
En este momento del desarrollo psicológico del ser huma-
no es donde cobra especial relevancia la teoría de la represión
articulada por Freud, cimiento clave de toda la estructura
del psicoanálisis. Para Freud, “[t]he essence of repression
lies simply in turning something away, and keeping it at a
distance, from the conscious” (1915: 147). La represión, por
tanto, tiene lugar cuando los deseos se contienen y este fre-
no es un prerrequisito para cualquier tipo de organización
social. Cuando algo se reprime no quedan recuerdos cons-
cientes de ello, pero la obliteración nunca es completa, pues
para el ser humano el deseo de gratificación y de placer es
tan intenso como el de represión y de olvido. Como fruto de
esta tensión, los deseos, emociones e impulsos reprimidos
en el inconsciente afloran a través de varias vías: compor -
tamientos obsesivos, lo que Freud llamó deslices verbales ,
enfermedades psicosomáticas y, especialmente, los sueños.
Lo reprimido vuelve a manifestarse desde el inconsciente,
pero solo como síntomas que no se prestan a una interpreta-
ción transparente. Esto se debe a que el inconsciente genera
una simbología que no obedece a la lógica de la realidad
Realidad protésica y postmodernidad
| 154
externa, pues no está constreñido por una estructuración
temporal y admite la coexistencia de contradicciones.
Los mensajes enviados por el inconsciente delatan la con-
frontación continua entre el impulso hacia la consecución del
placer psíquico y la represión de este instinto a la que se ve
sometido el niño desde que empieza a convertirse en ser so-
cializado. Según las teorías psicoanalíticas, para que emerja
un sentido de identidad social, el niño debe distanciarse de
las fantasías autoeróticas que dominaban sus primeros me-
ses de vida. A partir de este momento, atraviesa la etapa de
lo que Freud llamó el complejo de Edipo, donde se hace evi-
dente que la interiorización y apropiación de la dimensión
simbólica de la cultura por parte del pequeño resulta siempre
conflictiva, pues exige la difícil restricción y frustración de
sus emociones.
Jacques Lacan retoma la teoría freudiana del complejo de
Edipo para articular su noción del Orden Simbólico, que, a su
vez, nos conducirá a su concepto de lo Real . El Orden Sim-
bólico es para Lacan la balanza donde compiten los pesos de
la variabilidad de la psique humana y de las regulaciones e
imposiciones ejercidas por el entramado cultural que habi-
tamos. Este Orden Simbólico está estrechamente conectado
con la condición lingüística del ser humano, a quien Lacan
define como “an animal at the mercy of language” (1977:
264). De hecho, Lacan establece una diferencia crucial en-
tre la experiencia pre-verbal del niño y su posterior incursión
en la estructura del lenguaje, coincidente con su paso por el
complejo de Edipo. Al adquirir el lenguaje, los deseos y las
fantasías narcisistas del niño se ven radicalmente alterados
para adaptarse a la simbología de las estructuras sociales. A
partir de entonces, el pequeño se verá ubicado en el mundo
El caso de Graham Swift
155 |
simbólico del lenguaje, de la cultura y de las normas y obli-
gaciones sociales.
Lacan, por tanto, asigna al lenguaje la capacidad para ins-
taurar el Orden Simbólico que sustenta nuestros constructos
sociales, un orden donde toda realidad social y cultural es
pura fantasía, pues no existe un sujeto cognoscente más allá
de aquel que ha aprendido lo que su lenguaje y su cultura
conocen (Lacan, 1998: 126). Nuestro conocimiento existe a
nivel del símbolo y no tenemos manera de demostrar que al-
guno de los sistemas de signos diseñados por el ser humano
–ya sea el lenguaje o cualquiera de sus subrogados simbóli-
cos, notaciones lógicas, ecuaciones matemáticas, etc.– logre
trazar un mapa exacto del mundo que nos rodea.
Desde un posicionamiento abiertamente (post)estructu-
ralista, Lacan llega a la siguiente conclusión: “One can only
think of language as a network, a net over the entirety of
things, over the totality of the real. It inscribes on the plane of
the real this other plane, which we here call the plane of the
symbolic” (1988: 262). Mientras que las teorías estrictamen-
te construccionistas se quedan en el plano de lo simbólico y
afirman que no hay realidad que vaya más allá de los cons -
tructos generados por el ser humano, Lacan teoriza un plano
subyacente y preexistente a esa realidad simbólica: el plano
de lo Real . A partir de la desnaturalización del lenguaje y de
la cultura como constructos simbólicos y del cuestionamien-
to de su ubicuidad, Lacan radica lo Real en ese territorio que
escapa al alcance de las redes del guión cultural diseñado
por el ser humano. Desde esta óptica, la realidad sería lo que
(creemos que) sabemos, la imagen del mundo que la cultu-
ra nos proporciona, mientras que lo Real es aquello que no
Realidad protésica y postmodernidad
| 156
conocemos porque trasciende a la cultura y tiene una exis-
tencia ajena a ella y a nuestros sistemas de representación.
Daniel Lea define el concepto lacaniano de lo Real en los
siguientes términos:
The Lacanian model of the symbolic order … posits
the Real as that which stands outside the domination
of the symbolic. For Lacan the Real is the nebulous
space of disorderly, uncontrollable areferentiality
into which the symbolic (in the form of language
construction and signification) makes cuts to wrestle
meaning from the meaningless. (2005: 9)
La existencia de lo Real como el otro de la cultura pone de
manifiesto que siempre hay un déficit en la red de significa -
dos instaurada por lo simbólico, una ausencia que se hace
notar y que convierte a lo Real en “the mystery of the speak-
ing body, the mystery of the unconscious” (Lacan, 1998: 131).
El residuo de la obliteración de lo Real por lo simbólico, del
yo orgánico e instintivo reprimido por el lenguaje, se mani-
fiesta a través del inconsciente. Esta ausencia o vacío intuido
es, por tanto, consecuencia directa de nuestra condición de
“organisms-in-culture” y nos obliga, como seres lingüísticos,
a reafirmar la necesaria ilusión del significante sobre lo Real
(Belsey, 2005: 155).
Lacan se apoya en los argumentos que Freud expresara en
Beyond the Pleasure Principle (1920) para explicar que el su-
jeto halla placer en el lado de lo simbólico, no en el de lo Real
(1992: 12). Si bien el Orden Simbólico priva al niño de la gra-
tificación que una vez encontró en lo Real , este mismo orden
es empleado por el ser humano para crear un “círculo mági-
co” (1992: 134) amparado en el significante y que nos alivia
El caso de Graham Swift
157 |
de las pulsiones o deseos de solventar esa pérdida irrecupe-
rable de lo Real . Lacan propone el ejemplo de la arquitectura
para ilustrar cómo el objeto creado ofrece cierta satisfacción
al constituir “something organized around emptiness” (1992:
135-6). Por consiguiente, Lacan entiende la cultura como el
esfuerzo humano por construir ficciones, satisfacciones ilu -
sorias que, a través de la reafirmación de un orden simbólico,
producen gratificación a un nivel imaginario: el significante
rodea una ausencia y de ese modo proporciona placer.
El “círculo mágico” referido por Lacan ejerce, no obstan-
te, una función paradójica: nos alivia de una pérdida gracias
a la imposición de un orden simbólico que, al mismo tiem-
po, subraya la carencia que encubre. El significante instaura
así una presencia que alude a una ausencia y el paradigma
más claro que tenemos para ejemplificarlo es la construcción
de monumentos funerarios, recurrente en cualquier cultura
desde los orígenes de nuestra especie.
La pérdida de lo Real es irrecuperable, pero la psique hu-
mana siente el deseo de aliviar esa ausencia, de acceder a ese
objeto inalcanzable del deseo que Lacan llama la Cosa ( das
Ding ) –y más tarde reelaborará como objet petit a –, “an ar-
chaic, maternal, forbidden and impossible object of desire”
(Belsey, 2005: 47). Para Lacan, “the Thing is that which in
the real suffers from this fundamental, initial relation, which
commits man … to the dominance of the signifier” (Lacan,
1992: 134). Lacan explica que lo Real existe, aunque es ex-
terno a la mente humana. Por el contrario, la Cosa sí habita
en nuestra mente, a pesar de que no existe más que como un
recordatorio psíquico que marca el espacio ocupado por lo
Real antes de nuestra entrada en el orden simbólico. La Cosa
es lo que inconscientemente deseamos en lo Real que hemos
Realidad protésica y postmodernidad
| 260
que cosifica el acto de la muerte al ubicarlo dentro de unas
coordenadas simbólicas que conectan y equiparan lo real y
lo recreado.
El puente final entre el impacto del encuentro con lo Real
y la necesidad de refugiarnos en lo simbólico lo tiende la
comparación de la escena que contemplamos con la que po-
dría estar teniendo lugar en una película: “The figures on the
pavement who had stopped to look moved on and the traffic
in the High Street seemed to resume a halted progress like a
film jerking back into life” (165). A través de este símil, es la
película, la representación de lo ocurrido, el significante, en
definitiva, y no el referente real el que (de)vuelve a la vida. La
muerte obliga a refugiarse en su opuesto, en nuestra capaci-
dad para seguir creando con el fin de evitar el contacto con
la nada asimbólica y con la impermeabilidad a la interpre-
tación manifestada por lo Real . De ahí que, una vez que los
fotogramas en que ha sido asimilado el impacto de la muerte
comienzan a moverse, “[i]n the shops they returned to busi-
ness, to sudden energetic talk, activity” (165).
6. w iLLy c hapman , tendero : de hombre
a marioneta , de organismo a máquina
Gracias a la posibilidad de generar órdenes simbólicos que
ofrece la tienda, a lo largo de la novela comprobamos que
la identidad protésica asumida por Willy le permite canali-
zar su subjetividad al acomodarla y modelarla dentro de los
márgenes preestablecidos por ese rol. De este modo, su yo
performativo le ayuda a compensar de manera simbólica la
ausencia de una identidad patriarcal auténtica, como esposo
El caso de Graham Swift
261 |
y padre, dentro de su familia. La tienda le autoriza a recrear
un entorno donde, a través de una red de dependencias y
conexiones que establecen esquemas de comportamiento y
suponen el desempeño de rutinas, se conforma una familia
subrogada en la que él ejerce de patriarca, Mrs Cooper —la
empleada de mayor edad— equivale a la madre y la joven
Sandra, así como los repartidores de periódicos, hacen las
veces de hijos. Por medio del ritual diario que estas interre-
laciones y la que le une a sus clientes articulan, Willy logra
apoyarse en una normalidad simulada que, al tiempo que
confiere coherencia y consistencia a su identidad protésica, le
ayuda a evitar o al menos posponer la amenaza de disolución
de su propia subjetividad.
A su vez, su posición como comerciante y el trato diario
con las personas que entran en la tienda en la ida o vuelta
de sus trabajos también convierten a Willy en aglutinante
de una comunidad contemporánea cada vez más atomizada.
Sin embargo, el mundo de genética simulada conformado
por la tienda, lejos de personalizar a esos “[g]rey-overcoated
city workers” (112), surte en ellos un efecto contrario de
des personalización literal. Lo que podría ser un trato indivi-
dualizado, a alguien con nombres y apellidos y con una vida
que se diferencia de la de todos los demás clientes, se reduce
a un intercambio mecánico de género por dinero. La repeti-
ción sistemática de esta situación pone de manifiesto que la
realidad construida entre las paredes de la tienda, en lugar de
favorecer cualquier individualidad, la neutraliza y la estanda-
riza para acomodarla a un patrón consumista. De este modo,
mediante un quiebro metonímico donde la parte o mercancía
específica absorbe al todo, los clientes dejan de ser personas
para convertirse en significantes cuyo único significado reside
Realidad protésica y postmodernidad
| 262
en su identificación con otro objeto-significante: “You could
remember faces by the things they bought. He was Gold Leaf;
he was Hi-Fi News ; she was Brazil Nut” (104). El individuo
queda así generalizado y pierde cualquier rasgo identitario
más allá del objeto de consumo al que está asociado 91 .
Los esquemas simbólicos albergados por la tienda se ven
de esta manera equiparados a un simulacro de existencia don-
de los objetos o constructos socioculturales –manifestados
principalmente a través de bienes de consumo– reemplazan
a lo orgánico. Si atendemos a los tres órdenes del simulacro
descritos por Baudrillard, los artículos que pueblan la tienda
serían, en un principio, simulacros de primer orden, copias
de plástico y otros modos de mimetizar la realidad perfec-
tamente discernibles de los originales a los que aluden. No
obstante, en el momento en que dichos objetos de consumo
reemplazan a la persona y sustituyen su identidad por los
patrones de significado prefabricados a los que ha decidido
acomodarse, la tienda pasa a albergar simulacros de segundo
orden, ya que el territorio-persona y el mapa-objeto que ha-
bría de cartografiarlo se han fundido en una misma entidad.
Este segundo paso posibilita un intercambio de valencias en-
tre lo orgánico y lo construido, mediante el cual los juguetes
de la tienda parecen cobrar vida (139), mientras que la perso-
na que trabaja tras el mostrador, absorbido por su identidad
91) Esta estandarización de lo particular o diferenciador es uno de los pilares
donde se apoyan los mensajes publicitarios. De ahí que los anuncios de televisión
nos inviten a convertirnos en una imagen genérica, en una abstracción idealizada
cuya articulación parte del consumo de determinado producto, del uso de una ropa
en concreto o de la consecución de unas medidas corporales ideales. De este modo,
seremos jóvenes y siempre estaremos alegres si bebemos Coca-Cola , es decir, la
chispa de la vida ; seremos tan varoniles como un vaquero del (viejo) oeste ameri-
cano si fumamos Marlboro ; o alcanzaremos la estilización y el atractivo físico de la
modelo publicitaria de turno si ingerimos cápsulas de Lipograsil o nos aplicamos
cierta crema adelgazante.
El caso de Graham Swift
263 |
protésica como dependiente, queda reducido a “some figure
in a pack of ‘Happy Families’” (204) 92 .
Esta (con)fusión entre el símbolo y su referente deja las
puertas abiertas al simulacro de tercer orden y al concepto
de hiperrealidad propuestos por Baudrillard. Como vimos,
para el filósofo y sociólogo francés, llegados a este tercer
orden, “[s]imulation is no longer that of a territory, a refer-
ential being, or a substance. It is the generation by models
of a real without origin or reality: a hyperreal. The territory
no longer precedes the map” (1981b: 1). Desde un principio,
la tienda se ha manifestado como un ecosistema generado
a partir de representaciones de la realidad exterior, ya sea
gracias a la realidad tipografiada ofrecida por los periódicos,
a través de la realidad abiertamente ficcionalizada de los có -
mics o cromos de guerra, o mediante las réplicas de personas
o animales que constituyen los juguetes. Esta consciencia
de artificialidad destaca, por oposición, el carácter real de lo
que se extiende más allá de las paredes y escaparates de la
tienda. Los márgenes que separan al simulacro de su original
parecen estar así bien delimitados, pero para que esto ocurra
dicho original debe preexistir a su representación. Sin em-
bargo, la familia subrogada que la tienda ofrece a Willy no
tiene como referente originario su vida familiar fuera de la
tienda, como tampoco existe un correlato primigenio para la
92) En este caso, el dependiente en cuestión es Vincent, antiguo dueño de la
tienda de Pond Street en la que Willy compraba golosinas y tebeos cuando era
niño. Ahora esa tienda ha pasado a ser el segundo comercio regentado por William
Chapman –“[n]ow his own name was over the door” (204)–, con lo que la conver-
sión de Vincent en la carta de un juego también se hace extensiva a Willy, sobre
todo si tenemos en cuenta que ambos son “fat [and] round-faced” (204).
Como veremos en breve, el hecho de que ambos propietarios se acomoden al
mismo significante pone de manifi esto la solidez y continuidad de este constructo,
mientras que la persona que le insufla vida aparece como un accesorio circunstan -
cial y reemplazable.
Realidad protésica y postmodernidad
| 264
identidad protésica como dependiente que posibilita su esta-
tus patriarcal. Cuando aquello que debería funcionar como
referente del signo o como modelo de la copia no existe se
sobrepasa toda lógica de representación y entramos en terre-
no hiperreal. El concepto de simulacro reemplaza entonces
al de representación, de manera que nos movemos en una
realidad autocartografiada, “substituting … signs of the real
for the real itself” (Rubenstein, 1989: 598).
En este entorno de simulación donde lo real y auténtico
está ausente porque nunca existió o porque es inalcanzable
quedan erradicadas las distinciones entre la realidad y su re-
presentación. La oposición binaria entre ficción-constructo y
realidad, y la manera en que ambas se puedan solapar, ceden
el testigo a la presencia de una realidad recreada o inventa-
da. Desde esta óptica, como Baudrillard explica, el discurso
de lo real y auténtico toma un nuevo rumbo, pues ya no cabe
hablar de una falsa representación de la realidad, sino de
ocultar el hecho de que lo real ya no es real. Esta dinámica de
camuflar –y al mismo tiempo subsanar– la ausencia de la ex -
periencia real es la que obligó a Willy Chapman a constituirse
en sujeto hiperreal, a buscar la coherencia y solidez simbólica
de su subjetividad a través de una identidad protésica que, a
la postre, se ha convertido en su único modo de existencia.
Willy adopta su identidad protésica de manera conscien-
te, si bien obligado por los requerimientos de su esposa y no
movido por el cinismo que Anthony Elliott (2008) detecta en
la figura del actor social descrita por las teorías sociológicas
de Robert E. Park y Erving Goffman, según las cuales todo
individuo construye su identidad social mediante la manipu-
lación de su imagen y la escenificación de representaciones
no auténticas de su yo. Es cierto que Willy logra estructurar
El caso de Graham Swift
265 |
un yo performativo que se articula y cobra significado gracias
a su interacción con el microcosmos social y culturalmente
estructurado que recrea la tienda. Sin embargo, al igual que le
ocurre al actor social definido por Park y Goffman, cualquier
unidad entre la subjetividad de Willy y el mundo que lo rodea
se revela en última instancia como una ilusión. Este entendi-
miento lo sitúa en una hábitat puramente performativo que
lo aleja de su (posible) yo esencial, así como de esa “creature
disappearing into the forest” (43) que debe de ocultarse bajo
la coraza de parálisis emocional que envuelve a Irene.
Erving Goffman propone el concepto de role distance
para referirse a “the means whereby an individual expresses
a separation between role and self” (Elliott, 2008: 39). Esta
teoría parte de la subyacencia de una identidad auténtica o
verdadera a la que el actor social puede revertir tras el aban-
dono de su representación. El caso de Willy, sin embargo,
es más complejo, pues la identidad protésica ha absorbido
y suplantado por completo a ese yo extraperformativo que
un día lo preexistió. Por este motivo, cuando duerme junto
a Irene, “he would pass long stretches of the night awake,
his body sprawled, wooden, like a toy in its box, his mind
adrift in the dark” (11). Una vez concluida su puesta en es-
cena diaria, Willy se convierte en una marioneta inerte, en
un ser cuya subjetividad, desnudada de la armadura que lo
sostiene, no tiene entidad de yo esencial, sino que se reduce
a una mente a la deriva.
Toda prótesis debe ser adaptada a las demandas del cuer-
po que ha de portarla. Sin embargo, a través de lo que Diane
M. Nelson (2001: 305) denomina “prosthetic relationality”,
la parte orgánica que acoge a la prótesis también se ve obli-
gada a cambiar en su articulación con el nuevo elemento que
Realidad protésica y postmodernidad
| 266
ha de incorporar. En el caso de Willy Chapman, su identidad
protésica ha desplazado al que debería ser su homólogo or-
gánico –su yo auténtico– a la posición ausente pero intuida
del otro , convirtiéndolo así en lo que en términos protésicos
denominaríamos un miembro fantasma. Con este inter-
cambio de posiciones, lo artificial y socialmente construido
se subjetiviza, mientras que lo orgánico tiende a cobrar ca-
lidad de objeto, a quedar reducido a esa base sobre la que
lo protésico se apoya para su funcionamiento. Al igual que
la identidad de los clientes de la tienda se ve reemplazada
por la carga semántica y socioculturalmente adscrita a cier-
tos objetos de consumo, la identidad protésica de Willy se
impone sobre cualquier otra manifestación de una subjetivi-
dad cohesionada y coherente que pudiese existir fuera de sus
dominios performativos. Esta transferencia referencial entre
lo orgánico y lo protésico, entre lo que debería ser auténtico
y lo adquirido, convierte a Willy en un autómata que ha per-
dido la capacidad para actuar motu proprio , de ahí que cada
mañana, cuando se dispone a partir hacia la tienda, lo haga
“as if [Irene]’d pressed a switch inside him: ‘Go on now’” (13).
En lo que se manifiesta como una inversión de la acos -
tumbrada relación entre la prótesis y el agente que la
porta, el patrón performativo de dependiente que configura
el yo de Willy es la constante que se autoarticula mediante
el mero apoyo de una sucesión de personas u organismos
que lo sostengan. La tienda que Willy regenta había sido
traspasada de otro propietario, de manera que el comercio
acoge una serie de adscripciones performativas donde cada
propietario-dependiente desplaza y oblitera la figura del
anterior, de ahí que los clientes “on their way to the station
spoke of ‘popping into Chapman’s’, and no one remembered
El caso de Graham Swift
267 |
the name of the previous owner” (112). Ante la sucesión de
personas que ocupan el puesto, lo único que permanece
como significante constante –a la postre autorreferencial– es
la identidad performativa como tendero. La transitoriedad
de la persona frente al carácter permanente de lo que debería
ser tan solo una prótesis identitaria propicia que lo orgáni-
co pierda su entidad como agente y que sufra un proceso de
reificación que, a su vez, le confiere una entidad mecánica.
Este proceso, que también entraña una evidente insensibili-
zación, se aprecia con claridad cuando Willy reconoce: “I felt
my face, over the counter, go hard like a shell. I thought, this
is what happens: you harden in your mould. I worked on like
a machine” (187).
El proceso de mecanización favorecido a través de esta asi-
milación de lo orgánico por lo protésico ha sido determinante
para Willy a la hora de luchar contra el vacío experiencial
en que ha vivido desde que se casara con Irene. La identi-
dad protésica como tendero y el mundo subrogado en que
le permite vivir contrarrestan la falta de solidez referencial
propiciada por la abstracción en su matrimonio de términos
como amor o pasión, que han sido traducidos a mera di-
visa de cambio. La rutina diaria impuesta por este trabajo
–“[g]etting up, getting ready, going off, seven days a week”
(11)– será también un recurso para circunnavegar el enfren-
tamiento con el “Here and Now” cuando llega –“[c]lomp,
clomp”– la muerte de Irene. Si lo que debería haber sido
una verdadera relación de amor compartida con su esposa
se había transmutado en la tienda, la plena dedicación a ese
mundo de ilusiones –“something which promised real goods,
real riches within, but was itself quite specious” (131)– segui-
rá siendo para Willy la manera de continuar con la recreación
Realidad protésica y postmodernidad
| 268
de un vínculo que (nunca) existió entre ellos, de reafirmar la
paradójica presencia de una ausencia, así como de evitar la
quiebra de su propia psique.
7. h acia La excorporación de La identidad
protésica
El detonante para que Willy se proponga abandonar todo
este entramado performativo en un esfuerzo por desenterrar
el yo esencial que subyace en él no serán los consejos del mé-
dico que estudia la evolución de sus problemas cardíacos.
Tampoco los constantes ánimos que recibe de su empleada
Mrs Cooper para que se jubile y disfrute de los réditos que
el trabajo diario desempeñado durante tantos años le ha
reportado. Willy sólo decidirá deshacerse de la máscara y
trascender toda representación después de recibir una carta
de su hija Dorry, texto cuya relevancia queda de manifiesto
al haber sido escogido para inaugurar la novela y porque Wi-
lly lo llevará durante el último día de su vida en un bolsillo
de su camisa, junto al pecho. En esa carta, a continuación
del formulaico “Dear Father”, Dorry, Dorothea –cuyo nom-
bre significa “God’s gift” (112), si bien, irónicamente, fue
“[Irene’s] side of the bargain” (10)–, escribe: “I have the
£15,000”, dinero que Willy le ha enviado y que ella acepta
diciendo: “I’m sure this is for the best and how Mother would
have wanted it” (9).
Desde que tuvo uso de razón, Dorry nunca fue ajena a la
parálisis afectiva sufrida e impuesta por su madre. Cuando
de niña y adolescente intentaba compartir con ella sus in-
quietudes, Irene se mostraba fría, indiferente, y Willy podía
El caso de Graham Swift
269 |
leer en el gesto de su esposa: “All this excitement, this non-
sense. I won’t have it. I won’t suffer it. You deal with her. And
she would look at him: she is yours , don’t forget; I gave her to
you” (17). Esta distancia impuesta por Irene fue la causante
de que Dorry no la quisiera y de que, vista la manera en que
su padre acataba el sistema de vida impuesto por su madre,
pensara que Willy “was her slave; she made a fool of [him]”
(103). En alguna ocasión, a su vuelta de la escuela Dorry al-
teró su recorrido para acercarse a la tienda de Briar Street.
“Why did you have to come into the shop? To disturb the
patterns?” (138), se preguntará Willy, “[t]o see me without
Irene? To see if I was any different without her?” (139). Sin
embargo, Dorry nunca halló lo que buscaba, nunca encontró
a un padre que no fuera satélite de la miseria emocional que
su madre había impuesto sobre él y sobre ella.
Después del irónico “this is … how Mother would have
wanted it” (9) que figura en la carta, es decir, de que todo
vínculo afectivo entre padre e hija, al igual que el que uniera
a Willy con Irene, también haya terminado convertido en una
transacción económica, Dorry sugiere que quizá no sea bue-
na idea que vuelvan a verse, si bien no niega que el encuentro
pueda tener lugar. La posibilidad de esta visita hará que el
viernes de junio de 1974 en que transcurre la novela sea el
día en que Willy tome la decisión de trascender la identidad
protésica en que ha habitado durante tantos años, a fin de
reencontrarse con un yo esencial, auténtico, ajeno a la insen-
sibilización automatizada que vació de contenido emocional
su relación con su esposa y con su hija. En definitiva, por una
parte, Willy quiere recuperar su capacidad para actuar libre-
mente fuera de las directrices performativas que le fueron
impuestas y que cancelaron cualquier otra posible existencia
Realidad protésica y postmodernidad
| 276
despierta la consciencia protésica de Willy por tratarse del
territorio donde el simulacro muestra de manera más abierta
su condición hiperreal. Es también el espacio más adecuado
para proceder al desmantelamiento de la ilusión recreada, de
ahí que este último día Willy escoja abandonar la tienda por
su parte trasera, en lugar de efectuar su acostumbrada salida
por la fachada principal. “He would leave by the rear door in
the stock room”. “Best to go by the back”, decide. “Actors slip
out by back-exits, leaving their roles on the stage” (214-215).
Las meditaciones de Willy denotan su esfuerzo por desem-
barazarse del simulacro identitario en el que se ha sustentado
durante la mayor parte de su vida. Esta excorporación queda
finalmente ratificada mediante el gesto de performatividad
(Searle, 1995: 34, 54-5) que entraña dar la vuelta a la placa
que indica “Closed” a las cinco y media de la tarde, en lu-
gar de, como de costumbre, a las siete. “There. It was done”
(212), concluye Willy, con lo que certifica la acción opuesta a
la colocación del cartel inaugural de la tienda décadas atrás.
Acto seguido imagina la reacción de sus clientes asiduos, que,
de regreso de sus trabajos, acostumbran a hacer sus compras
en su tienda antes de llegar a casa. Hoy, para sorpresa de to-
dos, la encontrarán cerrada. “They would rattle, annoyed, at
the door and rap on the glass; and peering in they would see
him, sitting in his usual place, still and unperturbed, like the
statue of someone who had once been a shop-keeper” (213).
El proceso de excorporación identitaria que empezara ese
mediodía ha culminado con la reversión de su prótesis a un
estado de objeto, de ese otro ajeno al organismo y vaciado
de cualquier entidad subjetiva más allá de aquella que ha-
bía adquirido de una manera meramente relacional. Una vez
privada de su base biológica, la identidad protésica revierte
El caso de Graham Swift
277 |
a un estado pasivo, inerte, similar al de un miembro artificial
que ha sido separado del cuerpo que lo portaba, le daba uso y,
con ello, lo dotaba de significado. Ante esta disfunción entre
prótesis y portador, y la consiguiente escisión de la simbiosis
lograda entre ambos, la conclusión es rotunda: “there was no
longer a sweet shop owner” (215).
8. s i ganas , pierdes : La Línea de meta de lo r eal
Una vez que su identidad protésica ha quedado revelada
como “the fraud, the deception: the costume discarded” (212),
una vez invalidada cualquier transferencia de agencia entre
prótesis y portador, la esperanza de Willy es poder embar-
carse en un proceso de regresión subjetiva que lo aproxime al
estado de un yo previo y ajeno a la representación, capaz de
experimentar “the real thing” (45) a través del ejercicio de la
propia voluntad. De ahí que, aún en la trastienda, mientras
se lava las manos y se peina justo antes de partir de manera
definitiva, “[h]e expected to see for a moment, in the mirror,
the face of a young man, unchanged, with a thirties stiff collar
and a waistcoat” (215) 94 . Con el deseo de hacer efectiva esta
regeneración, Willy regresa a su casa, pero allí no encuentra
un entorno más real, una versión auténtica del reflejo de fami -
lia simulado por la tienda que acaba de cerrar para siempre:
“He had been lifted clear, it seemed, of that frame of routine
that had been built around him, able to see it at last like some
visitor from outside. So that his feet led him to wander now,
with the immunity of a ghost, round this deserted monument
94) Una vez más, apreciamos la importancia de los espejos a lo largo de la no-
vela en cuanto al imago de calado psicosomático que ofrecen o, como en este caso,
podrían ofrecer a aquel que se observa en ellos.
Realidad protésica y postmodernidad
| 278
of a house” (219). Si bien ha logrado trascender una existen-
cia performativa (auto)impuesta, Willy no retorna ni a una
posible existencia real ni al yo esencial añorado. En cambio,
se descubre a sí mismo emplazado en esa condición liminal
de (in)existencia que define a un (miembro) fantasma. Desde
este nuevo punto de observación se ve obligado a reconocer
que aquello que debería funcionar como el referente original
del mundo recreado en la tienda, del sucedáneo de realidad
en que ha vivido, no es más que otro modo de representación
–“a monument”– de ese hogar familiar inalcanzable eleva-
do, una vez más, a un plano ideal. Lo auténtico y real sigue
mostrándose esquivo para Willy, siempre diferido por otra
extensión referencial que pospone cualquier contacto con el
original. De ahí que la casa se muestre como un compendio
de objetos asociados a recuerdos, “little mementos”, “little
tokens of the past” (219), que solo cobrarán vida a través de
la dotación de significado simbólico otorgada por el registro
subjetivo de la memoria. Ante esta ausencia de esencialidad
intrínseca en lo que encuentra a su alrededor, mientras vaga
por la casa Willy se preguntará qué sentido tiene contemplar
esos objetos, esos residuos estáticos de una vida que no exis-
te: “To summon life from those unmoving objects? To laugh
at their fraudulence?” (220).
Ahora entendemos por qué justo al girar el letrero de la
tienda a su posición de “Closed” (212), acto encaminado a
abandonar el artificio posibilitado por la tienda para acceder
a un nivel ontológico externo a su representación y, en con-
secuencia, dotado de mayor autenticidad, la vista que Willy
contempla a través del escaparate se describe en los siguien-
tes términos: “The noise of the homeward traffic … seemed
muted, and the cars and pedestrians passing by the window
El caso de Graham Swift
279 |
might have been moving in some vast sunbarred aquarium”
(212). Existe un paralelismo entre esta descripción del mundo
exterior, del que debería ser real en comparación con el simu-
lado de la tienda, y la de la casa de Willy cuando este pone los
pies en ella: “he seemed to enter a submerged, aqueous world
in which the past was embedded like sunken treasure” (217-
218). Si recurrimos al tercer orden del simulacro expresado
por Baudrillard y a su explicación de cómo “Disneyland is
there to conceal the fact that it is the ‘real’ country, all of ‘real’
America, which is Disneyland” (1981a: 25), comprenderemos
por qué el mundo exterior que envuelve a ese otro universo
performativo creado por Willy tampoco goza de una entidad
real. El hecho de que el mundo extraperformativo albergue
en su interior el cosmos inventado de la tienda lo convierte,
en apariencia, en referente externo y original de una copia.
No obstante, la similitud estructural entre ambas ontologías
hace que la percepción de la artificialidad del comercio pon -
ga también de manifiesto el carácter construido e ilusorio de
toda realidad.
En la carrera final emprendida por Willy, la línea de salida
se encuentra en el lado de lo simbólico y la de meta está mar -
cada por el dominio asimbólico de lo Real . Willy rehuye de
todo simulacro en busca de la experiencia auténtica que tan -
tas veces ha intuido a su alcance, pero que, como le ocurriera
a Tántalo, ha sido incapaz de tocar, coartado por el requeri -
miento de Irene, “[n]othing touches you, you touch nothing”,
cuyo eco, con leves modificaciones, ha resonado a lo largo de
toda la novela (44, 45, 46, 146, 175, 220). Lacan articuló el
concepto de la Cosa ( das Ding ) para describir ese recordato -
rio psíquico que marca el espacio ocupado por lo Real antes
de nuestra entrada en el orden simbólico. También explica
Realidad protésica y postmodernidad
| 280
que, mientras que lo Real es externo a la mente humana por -
que existe fuera de nosotros, la Cosa sí habita en nuestra
mente y es lo que inconscientemente añoramos en lo Real
que hemos perdido. Supone una pulsión que no puede ser
satisfecha y que siempre constituirá un deseo inalcanzable.
Por esta razón, la persecución por parte de Willy de aquella
“wild thing glimpsed in a forest” (42-43) y ahora de ese es -
tadio experiencial ajeno e inmune a todo orden simbólico se
muestran tan solo como una panacea cuyo poder catártico
no reside en el hallazgo final –imposible de culminar debido
a la inaccesibilidad del objeto de la búsqueda–, sino en el
impulso vital que confiere la propia búsqueda.
Al comienzo de la obra encontramos en casa de los
Chapman las figuras de porcelana de un pastor y una pas -
tora ataviados a la usanza del siglo XVIII “for ever on the
point of flying into each other’s arms” (10). En el regreso
final de Willy a su hogar –y clausura de un ciclo de un día
con que también concluye el de toda una vida–, las figuras,
obviamente, no han cambiado de posición, pero resulta sig-
nificativo que se vuelva a incidir en el inmovilismo que las
embarga y que eterniza la promesa de culminación de un
acto: “They still anticipated their embrace” (219-220). Si el
momento cristalizado por las figuras hubiese sido el abrazo
en sí, la anticipación, por diferencia oposicional, habría sido
la de su contrario: la separación. Sin embargo, los pequeños
pastores de porcelana jamás se abrazarán, por lo que entre
ellos siempre existirá el impulso hacia ese encuentro, evoca-
do por la promesa eterna de su consumación. El paralelismo
entre esta promesa de compleción y la que mantuvo a Willy
al lado de Irene acomodado en su identidad protésica no es
difícil de trazar. Del mismo modo, la evocación de regreso
El caso de Graham Swift
281 |
implícita en la ausencia de Dorry también ha servido de aci-
cate para que Willy emprenda finalmente la búsqueda de su
yo esencial.
Como Lacan advierte, el acceso a aquello que hemos per-
dido en lo Real y su eventual recuperación no son posibles
más allá del propio deseo de su cumplimiento. Por tanto,
cualquier aproximación a aguas de lo Real no supone tras-
cender de manera definitiva el andamiaje de significados
(pre)establecidos sobre el que transitamos, sino ratificar la
pérdida irreparable de lo Real orgánico provocada por la en-
trada irreversible en los dominios simbólicos de lo que Lacan
llamó el gran Otro , encarnado por el lenguaje y por toda la
arquitectura social y culturalmente erigida a través de él.
Por este motivo, cuando el joven Willy creía estar rozando
la experiencia real con sus victorias en las carreras, ya era
consciente de que “[t]he race is decided. It’s over as soon as
it starts. They think it’s a battle but it’s only a performance.
They think it’s action but it’s only a pattern” (197). La ilusión
que lo movía a seguir adelante, a querer vencer, cobraba for-
ma gracias a que “you forget it’s only a performance, and it’s
the moment that captures you” (197). De ahí que dejara ven-
taja momentánea a Jack Harrison, hermano de Irene y único
corredor capaz de arrebatarle la victoria. “[L]et him have his
moment. Let him think it’s the real thing” (197), pensaba Wi-
lly antes de emprender el sprint final que lo convertiría, una
vez más, en ganador de la modalidad de larga distancia.
En la carrera final que ha emprendido hacia lo Real Willy
también reconoce que su empeño por trascender la repre-
sentación solo lo ha llevado a constatar la imposibilidad de
acceder a un yo esencial sólido, original y auténtico extra-
muros de la identidad protésica que acaba de excorporar.
Realidad protésica y postmodernidad
| 282
Si la línea de meta de su última carrera –no solo en senti-
do metafórico, sino también real hasta el punto de haberla
emprendido para autoinfligirse el infarto de miocardio que
lo rondaba desde hacía tiempo– ha de ser su incursión en
lo Real asimbólico para revertir a lo meramente orgánico, el
único salvoconducto para acceder a ese estadio es su propia
muerte. Frente al “Not yet”/“Not now” recurrente a lo largo
de la novela y que todavía aparece cuatro líneas antes del cie-
rre de la misma como indicador de la manera en que Willy
dosifica sus esfuerzos y desarrolla su estrategia, las palabras
finales antes de que la última página quede en blanco son
las decisivas “[a]ll right. All right – now” (222). En paralelo
a la capacidad (o sensación) de ejercer su influencia sobre el
mundo objetivo a través de su propia voluntad que experi-
mentara de joven en las carreras, el “now” final de Willy es,
como Daniel Lea explica, “a final moment of self-determina -
tion”, “a dramatic assertion of his subjective being in the very
moment of its extinction” (2005: 35-36). El suicidio es para
Willy el acto extremo de manifestación de su voluntad, de re-
afirmación de su individualidad subjetiva en la búsqueda de
su yo auténtico ajeno a toda representación y principalmente
a la impuesta por su matrimonio. No obstante, esta recla-
mación drástica de lo orgánico frente a cualquier identidad
protésica lleva emparejada la disolución de toda subjetividad
mediante su reversión definitiva al estadio asimbólico y arre -
ferencial de lo Real.
Catherine Belsey sostiene que nuestra condición de seres
sociales y culturales, de “organisms-in-culture”, nos obliga a
existir, a un tiempo, como creadores de significado y como
sujetos-significantes. La reversión última a lo orgánico expe -
rimentada por Willy a través de su muerte ha aniquilado, sin
El caso de Graham Swift
283 |
embargo, a ese sujeto que habría de funcionar como referente
autentificador del significado, de manera que solo permane -
ce su significante. La excorporación de su identidad protésica
había convertido a Willy en “a ghost” (219), en “some shadow
of himself” (220), en la sombra indefinida, etérea, de una
identidad. Tras su muerte, su subjetividad quedará objetifi -
cada en “[a] stone statue that stares out and beyond, without
seeing” (10), “his effigy” (214) y, finalmente, “[his] memorial”
(221). La presencia exclusiva y por ello autorreferencial del
objeto-significante, confiere al sujeto-referente ausente la
condición de existencia diferida inherente a todo miembro
fantasma. Para Belsey, la muerte constituye la presencia de
una ausencia en el sistema simbólico (2005: 41), de ahí que
en cualquier sociedad existan rituales funerarios acompaña-
dos de la permanencia de un monumento conmemorativo
de mayor o menor fastuosidad. De este modo, creamos un
círculo de presencia simbólica alrededor de un vacío, para,
desde el plano del significante, contrarrestar la capacidad de
lo Real para reclamar al sujeto y aniquilar su subjetividad.
En ausencia del propio organismo y de cualquier identidad
esencial y original que pudiera llevar aparejada, es este sig-
nificante el que perdura como escultura, efigie o monumento
funerario tras la muerte de Willy.
“There would be a victory, but not his. [Dorry] would come:
he would be a cold statue. Can you capture the moment with-
out it capturing you?” (222), es la conclusión, con pregunta
retórica incluida, a la que llega Willy segundos antes de su
muerte. Como ocurriera en las carreras de su juventud, en la
promesa de autenticidad –de experimentar “[t]he real thing,
the thing itself” (59)– contenida en el instante de la victoria
también se oculta una derrota: la que nos obliga a reconocer
Realidad protésica y postmodernidad
| 284
que el momento real nos elude continuamente y que cuando
tenemos acceso a él no es a través de nuestra propia inter-
vención sobre el mundo objetivo, sino cuando nos vemos
sorprendidos por el golpe inesperado del “Here and Now” y
por su irreconciliabilidad, al menos de modo inmediato, con
cualquier orden simbólico o sistema de significación previo
que lo haga asimilable.
Willy Chapman concluirá que somos nosotros quienes nos
vemos atrapados por el momento y no al contrario. Debido a
ello, incluso en aquellas ocasiones en que sintió que rozaba
la experiencia real sus actos quedaron finalmente desnatura -
lizados como otra representación, si bien esta vez llevada a
cabo por “the man from the audience taking the stage” (27).
Esto explica el paradójico y agridulce “[i]f you win, you lose”
(197) con que culminaban las carreras en que Willy parti-
cipaba de joven, así como la carrera final hacia lo Real en
que le hemos acompañado durante su último día de vida. El
acercamiento final a lo orgánico ha supuesto ciertamente una
victoria, un momento de liberación, dada la exclusión de todo
entramado simbólico que ha supuesto, si bien la extinción fi -
nal de su yo ha instaurado a su vez un vacío que lo ha privado
de manera definitiva de cualquier tipo de experiencia, ya sea
auténtica o subrogada.
En ausencia de la base orgánica, lo que permanece, gra-
cias a su naturaleza artificial y construida, es la prótesis.
Irónicamente y como el propio Willy sospechaba, el triunfo
final no ha sido suyo, sino de la identidad protésica que le
había servido de coraza performativa durante tantos años. Al
igual que una armadura que se han ido enfundando sucesi-
vos caballeros caídos en la batalla, su identidad como “sweet
shop owner” es lo que perdura como eco, como significante
El caso de Graham Swift
285 |
capaz de reclamar a su referente diferido, ausente, siem-
pre a través de la instauración de un orden exclusivamente
simbólico. Al reparar en la elección de Swift para el título de
la obra, apreciamos que, ya desde un plano metanarrativo,
toda la existencia, toda la vida de su protagonista, así como
las experiencias intersubjetivas que la marcaron, nunca se
encontraron incorporadas dentro de su nombre –“William
Chapman” o, mejor aún, “Will-I-am”–, sino rodeadas y dota-
das de significado por el abrazo protésico de The Sweet Shop
Owner .
Realidad protésica y postmodernidad
| 292
lo Real no lo ha hecho revertir a un estado puramente or-
gánico, invirtiendo así el proceso reemplazante inherente a
lo protésico y relegando cualquier residuo subjetivo anexo a
lo somático a un remanente fantásmico. Por el contrario, y
sin pasar por alto las resonancias lacanianas, aún es capaz de
interpretar la imagen de individuo que el espejo le devuelve,
aún le resulta un ente subjetivo coherente, si bien su nuevo
estado de resurrección tecnológica no ha hecho sino subrayar
la escisión entre ese frágil composite de nuevo yo que expe-
rimenta ahora –aún por definir– y el yo previo a su intento
de suicidio.
Esta desconexión sufrida con respecto a su yo anterior no
ha supuesto, sin embargo, una reversión a un yo esencial y
más auténtico en lo que experimenta como su reencarna-
ción, y es aquí donde reside el interés de la propuesta inicial
de Swift en Ever After . En contra de lo que habían esperado
sus personajes anteriores, la reanimación tecnológica prac-
ticada a Bill Unwin y la consciencia protésica que con ello
adquiere de su existencia, tanto anterior como presente, lo
llevan a concluir: “in this new life I am turned to plastic. I am
born again in plastic”. De esta manera, cuando abandona el
hospital lo hace como “a fully reconditioned if fragile speci-
men” (12), como un organismo incapaz de desprenderse de
un aporte sintético, artificial, que ahora es parte constitutiva
de su ser porque es precisamente aquello que le ha permitido
volver a existir.
Desde el comienzo de la novela Bill Unwin reconoce la fal-
ta de autenticidad inherente a su nueva naturaleza. Por este
motivo su lucha existencial, a diferencia de la que libraron el
protagonista anónimo de “The Recreation Ground” y Willy
Chapman, no irá encaminada a desprenderse de toda próte-
El caso de Graham Swift
293 |
sis identitaria a fin de hallar un yo esencial. La razón evidente
es que esta segunda naturaleza sintética adquirida por Bill
no puede servir de ecosistema para albergar un yo auténtico.
Su propósito, por tanto, será hallar mecanismos de conexión
con su identidad anterior y con su pasado, especialmente el
familiar, para dotar a ese nuevo molde sintético en que se
ha reencarnado, ahora vacío –“I am wiped clean, a tabula
ras a (I could be any body)” (245), nos dice– de un contenido
identitario que le sirva para (re)componer su yo con la mayor
solidez posible.
El plástico y sus extensiones tropológicas serán algunos
de los motivos recurrentes empleados en Ever After . En la
genética de la industria del plástico está inscrita su condición
de sustituto de otros materiales originales, a veces incluso
naturales, y Swift emplea esta peculiaridad para proponer
un símil con el que arrojar luz sobre los procesos y recursos
encaminados a la creación de la identidad favorecidos por
la postmodernidad. La figura de Sam Ellison, padrastro de
Bill “and founding father of Ellison Plastics (UK)” (8), será
determinante en la generalización de nuestra sociedad con-
temporánea como territorio de réplicas y sustitutos. “[T]he
real stuff is running out, it’s used up, it’s blown away, or it
costs too much. You gotta have substitoots ”, defiende Sam
con su acento americano para justificar su propósito de lo -
grar “the polymerization of the world” (10).
Uno de los materiales más entroncados en la postmoder-
nidad es, sin duda, el plástico. Al contrario de lo que ocurre,
por ejemplo, con los minerales o los metales, el plástico no
existe como materia prima, sino que se procesa de manera
artificial a partir de la síntesis de diversos componentes. Por
otra parte, su condición moldeable permite su empleo para
Realidad protésica y postmodernidad
| 294
reproducir copias sintéticas exactas y a diferentes escalas
de unos originales con los que no coincide en composición,
pero sí en funcionalidad. Ante el agotamiento del objeto o
material genuino, o simplemente con la intención de procu-
rar el abaratamiento en la producción, el plástico actúa como
reemplazante. Sin embargo, en lo que podría interpretarse
como una reduplicación de su genética hiperreal, también
está diseñado para reparar la inexistencia de formas y obje-
tos, propiciando así la invalidación referencial del concepto
de autenticidad mediante la implantación de una existencia
originariamente simulada.
Alcanzado este estadio de hiperrealidad donde, en au-
sencia de cualquier otro referente, la producción en serie de
autoréplicas es lo único que nos resta, Bill se hace la siguiente
pregunta: “Is a plastic cup less real than a china one? Nylon
stockings less real than silk? More to the point, is plastic any
more fraudulent than a stage performance? Or a poem? (10).
Aquí reside el quid de la cuestión para el Bill renacido en
plástico: cuando lo real es solo un espejismo, en el momento
en que la experiencia original se hace inaccesible y carece de
significado más allá de su acomodación a modelos culturales
y discursivos, nuestra realidad queda modelada a partir de
interacciones con una ontología basada en sustitutos. Desde
esta perspectiva, no resulta casual que Bill entable un para-
lelismo entre la naturaleza sustitutoria del plástico y la que
caracteriza a una representación teatral o a un poema. Con
ello ejemplificará la manera en que el entorno propiciado por
una realidad abiertamente sintética condiciona los paráme-
tros dentro de los que ha de constituirse el yo y dejará claro
que la materia plástica base de la que el ser humano se vale
para (re)componer su subjetividad no es otra que el lenguaje,
El caso de Graham Swift
295 |
la palabra. Ahora más que nunca, Bill ha cobrado consciencia
de que la literatura en general, los mundos y personajes eri-
gidos a partir de la palabra, le sirvieron desde pequeño como
modelo para establecer las pautas de su yo. En consecuencia,
también reconoce que nunca, ni siquiera de niño, vivió se-
gún las coordenadas de un yo auténtico, sino a partir de la
acomodación de su experiencia material a patrones literarios
preconcebidos.
2. s er o no ser h amLet
Ya desde la niñez Bill tuvo conocimiento de los encuentros
amorosos que su madre, casada con el coronel Philip Unwin,
mantenía con Sam Ellison. Luego, tras la muerte por suicidio
de su padre –según Bill niño, al descubrir las infidelidades
cometidas por su esposa–, Sam hará gala de su afán por lle-
nar el mundo de sustitutos y se convertirá en su padrastro.
Con ello, la correspondencia entre la situación familiar de
Bill niño y la plantilla shakesperiana ofrecida por la tragedia
Hamlet que leyera en el colegio (7) queda claramente esta-
blecida 96 , así como la manera en que esta marcó el modelo
identitario asimilado por el pequeño: “I see him now”, dice
Bill cuando acude a sus recuerdos, “that former, unformed
self of mine. That spectral, prehistorical being. Hunched in
96) Las referencias y paralelismos intertextuales con la obra de Shakespeare
son abiertos y constantes desde el comienzo de Ever After . Sirvan como ejemplos:
“I have imagined myself … as Hamlet” (7) o “I am Hamlet the Dane” (160), y “[f]or
Claudius, read Sam Ellison” (8). También equipara a su esposa Ruth con Ophelia
(7) y la comparación de Sam con Claudio coloca al ausente Philip Unwin en la po-
sición de rey Hamlet y a Sylvia, marcada por el adulterio, en el lugar de Gertrude.
Para redondear el patrón, el hotel donde Bill y Ruth pasan su primera noche juntos
se llama Denmark Hotel.
Realidad protésica y postmodernidad
| 296
the aura of a reading lamp (but what has changed?) like a
creature suspended in amber. Like a creature still in embryo.
Neither in nor out of the world. […] He has Hamletesque
pretensions” (78). Su afición temprana por la literatura hará
que el pequeño Bill filtre su experiencia de niñez y juventud
a través de las tendencias de Hamlet hacia la venganza y el
suicidio –“shall I kill Claudius or shall I kill myself?” (8)–, si
bien reconoce su preferencia por la primera alternativa, des-
crita no como acto original, sino como el mero ceñimiento a
un patrón o tópico prediseñado: “It was the vengeance theme
that grabbed me from the start” (8).
El molde de yo dividido y con propósito de venganza ofre-
cido por la figura de Hamlet servirá, a modo de identidad
protésica, para dar forma al yo de Bill, así como para con-
ferir sentido y finalidad a sus interacciones con los demás 97 .
La incorporación de esta identidad, sin embargo –y como
ya le ocurriera a Willy Chapman–, no resulta transparente,
puesto que en ocasiones deja entrever atisbos de disfuncio-
97) Con el fin de resaltar la naturaleza simulada y, en última instancia, hiperreal
definitoria de la identidad protésica adoptada por Bill Unwin, conviene reseñar que
la calidad de referente último que pudiera ostentar la figura del príncipe Hamlet de
Shakespeare no se diluye solo en su condición de ente de ficción, sino también en
la manera en que su origen como personaje se ve diferido hacia otras invenciones
literarias previas. Ante la evidencia de que existió un Ur-Hamlet , cuyo registro de
representación quedó asentado en 1594 por el empresario teatral isabelino Phillip
Henslowe, existen opiniones de que se trataría de una primera versión escrita por
el propio Shakespeare (Bloom, 1998: xiii, 383), aunque también concurren teorías
que adjudican la autoría a Thomas Kyd (Jenkins, 1982: 83-84). Independiente-
mente de esta disyuntiva, sí es un hecho probado que en 1582 el autor francés
François de Belleforest narró la historia del príncipe danés Hamblet en sus His-
toires Tragiques y que, a su vez, su trama podría estar originada en la leyenda
contada a finales del siglo XII por el historiador medieval Saxo Grammaticus en su
Gesta Danorum . Si bien resulta imposible probar que Shakespeare leyera ninguna
de estas dos obras, es innegable que el modelo básico hamletiano ya contaba con
siglos de existencia, cada vez más diferida con respecto a un posible príncipe de
carne y hueso original e imposible de trazar.
El caso de Graham Swift
297 |
nalidad que evidencian su sustento en una base relacional
autoimpuesta. De ahí que, a pesar de haber pasado cuarenta
años de su vida considerando el modo de vengarse de Sam,
primero por la suplantación de su padre como amante de su
madre y luego como responsable indirecto de su suicidio, Bill
se vea obligado a confesar: “And the odd thing is I have al-
ways liked him. I have never been able to help liking him”
(8). Estas fisuras metonímicas delatan las limitaciones de los
modelos ficcionales asimilados por Bill. A pesar de ello, esta
insuficiencia para describir la totalidad de su realidad no im -
pidió que durante décadas los andamiajes identitarios que
sostenían su yo se mantuvieran en pie gracias a esa argama-
sa intertextual hamletiana, previo requisito de su validación
mediante una correspondencia experiencial que le otorgase
solidez. Esta dependencia explica que la muerte inesperada
de Sam seis semanas antes del comienzo de la novela privase
a Bill de “one of the main shaping factors, one of the plots of
[his] life” (8).
De cualquier manera, ese argumento, el motor que hacía
girar los engranajes de su identidad protésica como príncipe
atormentado en busca de venganza, había quedado invalida-
do de una forma mucho más dramática año y medio atrás,
cuando, justo después de la muerte de Sylvia, madre de Bill,
el propio Sam le confesó uno de los mayores secretos que ella
había guardado: el coronel Philip Unwin no era el padre bio-
lógico de Bill; su verdadero padre había sido un maquinista de
tren, muerto durante la Segunda Guerra Mundial. El impacto
inmediato sufrido por Bill tras esta noticia se tradujo en la di-
solución repentina del anclaje biológico que había autorizado
su identidad protésica durante tantos años. Sam había hecho
las veces de sustituto de Philip Unwin al convertirse en su
Realidad protésica y postmodernidad
| 298
padrastro, pero, de buenas a primeras, aquel a quien siempre
había tenido por su verdadero progenitor había dejado de ser
el referente original paterno para convertirse en otro simu-
lacro. “But even when he was alive, he was no more than the
ghost of my father” (206), concluye, viendo cómo el intertex-
to hamletiano se complica en una reduplicación mediante la
cual Philip Unwin no es un fantasma por su propia ausencia,
sino por su carácter reemplazante de otra ausencia anterior,
la del verdadero padre biológico de Bill. Esta manera de di-
ferir el referente original paterno hasta lo inalcanzable dota
de significado a las siguientes palabras de Bill que, de otro
modo, constituirían una paradoja carente de sentido: “You
see, I thought Sam killed my father. So to speak. But now I
know he didn’t. My father killed my father” (14).
Bill abría la novela anunciando una serie de pérdidas fa-
miliares recientes que a estas alturas se ha visto aumentada
por otras muertes del pasado. A las sucesivas ausencias en el
último año y medio, primero de su madre, luego de su esposa
Ruth y, en tercer lugar, de su padrastro Sam, se añade la siem-
pre presente muerte por suicidio de Philip Unwin, acaecida
cuando Bill era niño. Este eco de muerte, en otra vuelta de
tuerca, adquiere una doble dimensión, pues, si bien durante
años sirvió para marcar la pérdida del coronel Unwin como
padre biológico y, en consecuencia, para que Bill definiera y
adoptara unos patrones identitarios protésicos con el fin de
paliar la carencia paterna, ahora la muerte de Philip Unwin
también anuncia la irrecuperabilidad de uno de los verdade-
ros vínculos orgánicos que habrían de aportar un sentido de
continuidad histórica al yo de Bill. Esta sucesión de desco-
nexiones cortocircuitan los mecanismos que hasta entonces
habían conferido solidez subjetiva a su psique y lo abocan
El caso de Graham Swift
299 |
a una desorientación identitaria que le lleva a preguntarse:
“Who am I? Who am I? A nobody. An heirless nonentity.
What’s more — a bastard” (246). A la pérdida de anclajes con
el pasado también se une el hecho de que su matrimonio con
Ruth no le reportara descendencia. Esta situación empuja
a su yo hacia las arenas movedizas de la arreferencialidad,
privándolo de cualquier simbología psicofamiliar que lo ca-
pacite como significante. Sumido en esta deriva existencial,
el paso siguiente fue arrojarse a las fauces de la bestia que
rondaba a su alrededor, anticipar la cancelación definitiva
del yo a través de la muerte.
Como vimos, la reanimación que propició el retorno de
Bill a la vida supuso un reseteo de su yo –“[a] shock to the
system” (5)– que le concedió una segunda existencia de plás-
tico, como doble o simulacro de aquel otro yo previo a su
intento de suicidio. Inmerso de manera más consciente que
nunca en una desconexión simbólica y, por ende, identitaria,
privado de ascendencia y descendencia, Bill decide que ha de
hallar anclajes desde los que poder reconstruirse. El estadio
de posterioridad en que se encuentra al haber trascendido,
en cierto modo, los límites de la muerte no ha reparado el
cortocircuito identitario heredado de su yo anterior, de ahí
que opte por tomar la dirección opuesta en un intento de sol-
ventar su desorientación identitaria. “Maybe it’s anteriority
(if such a thing exists) I’m looking for. To know who I was”
(249), piensa, pero para eso ha de rastrear alguna conexión
que lo vincule al continuo histórico contenido en su pasado
familiar y aquí es donde juega un papel fundamental la figura
de su tatarabuelo, Matthew Pearce.
Realidad protésica y postmodernidad
| 300
3. e L camino hacia La anterioridad :
Los diarios de m atthew p earce
Uno de los rasgos que definieron a la madre de Bill en
vida fue su insistencia en obliterar cualquier relación con su
pasado. Como ejemplo de esta fijación materna, de niño Bill
asistió a una escena donde Sylvia incineraba fardos de pape-
les en el jardín de casa. Más tarde supo que se trataba de los
documentos y pruebas que el tío Rotty, tío abuelo de Bill por
línea materna, había recopilado a lo largo de toda una vida
en su afán por probar que su familia, los Rawlinson, descen-
dían por vía directa del poeta Sir Walter Raleigh. Esa tarde,
Sylvia –a quien su propio hijo describe como “a woman given
to severing herself from the past” (51)– quemó lo que podría
ser el rastro de sus orígenes biológicos mientras, indiferente,
cantaba: “Who is Syl-via? What is she-e…?” (37, 42) 98 . Pero
no toda la documentación existente corrió la misma suerte.
Muchos años más tarde, mientras revisaba dos maletas con
pertenencias de su madre recientemente fallecida, Bill halla
unos manuscritos y una carta que, por algún motivo, casual o
intencionado, habían sobrevivido a las llamas (37, 51). Eran
los cuadernos privados de Matthew Pearce, su tatarabuelo
materno, y la última carta que este había remitido a su esposa
Elizabeth justo antes de embarcarse en una travesía trasat-
lántica que debería haberle llevado hasta el Nuevo Mundo,
98) La línea corresponde al comienzo de un poema que aparece en Two Gen-
tlemen of Verona (acto iv, escena 2). La Sylvia de la obra de Shakespeare es una
doncella cuya belleza es admirada por todos los jóvenes del lugar. Mientras que
Swift podría estar destacando el atractivo físico y el éxito que la madre de Bill
Unwin tuvo con los hombres –algo de lo que ella misma era consciente–, Sylvia
Rawlinson también se está desligando de su identidad familiar mediante la cre-
mación de todos los documentos que la vinculan a sus antepasados. De ahí que la
pregunta “¿Quién es Sylvia?” acuda a su mente y adquiera un sentido literal.
El caso de Graham Swift
301 |
pero que, como consecuencia de un naufragio, lo condujo a
la muerte.
Estos cuadernos de su antepasado vienen al rescate de Bill
en más de un sentido. Dado el frágil estado en que se encon-
traba tras la muerte de su esposa Ruth, “who held [his] world
together” (125), Bill abandona el mundo de recuerdos del
apartamento que compartieron en Kensington y se recluye
en la vida académica y contemplativa de Cambridge, entor-
no de “dons” al que tiene acceso no por la brillantez de sus
títulos universitarios y sus publicaciones, sino gracias a los
términos poco definidos que lo declaran recipiente inaugural
de la “Ellison Fellowship”, financiada con parte de la fortuna
que su padrastro ha amasado con su imperio de(l) polietileno.
Aparte de en “a plastic heir” (9), esta circunstancia convier-
te a Bill en un impostor dentro del mundo académico (50),
hasta que la aparición de los cuadernos de Matthew Pearce
le abre un campo de investigación, un verdadero proyecto de
estudio sobre la crisis espiritual del individuo de mediados
del siglo XIX fundamentada en una documentación inédita
que será la envidia de su colega Michael Potter, especialista
en la materia. Pero los cuadernos de Pearce cuentan con otra
dimensión redentora que sitúa a Bill en la convicción de que
podría encontrar en la vida de sus antepasados el paradigma
desde el que reconstruir un yo más cercano a lo auténtico
(Holmes, 1998: 33). Los manuscritos se perfilan así como un
camino para embarcarse en esa búsqueda de sí mismo a tra-
vés de anclajes familiares que trasciendan la incertidumbre
de su paternidad –imposible de objetivar más allá de la con-
fesión realizada por su madre y reproducida a través de las
palabras de Sam– y que ubiquen su origen en el pasado, asig-
nando a su yo una dimensión histórica que le proporcione
Realidad protésica y postmodernidad
| 308
invitación que, como en ocasiones anteriores, declinó. “I
never lose hope of converts” (215), le responde Brunel, pala-
bras que dejan constancia tanto de la secularización a la que
empieza a verse sometido el intertexto religioso como de la
simbología implícita en su acto de exhalar humo por la boca.
A partir de ahora, la secuencia “[f]uel, fire, ash” (216) definirá
a los fumadores de un nuevo ritmo de vida y, al mismo tiem-
po, el modo en que esa visión renovada del mundo calcina
sistemas epistemológicos y, en breve, ontológicos anteriores.
El trazado y construcción de grandes puentes, como el
diseñado por Brunel sobre el Tamar antes de morir, es otro
elemento clave que profundiza en la simbología de la expan-
sión de las redes ferroviarias como epítome del progreso
traído por la modernidad. Construir un puente supone, li-
teralmente, salvar un vacío, posibilitando que aquel que lo
transita vaya de tierra firme a tierra firme. De este modo,
el abismo evitado por la intervención humana se convierte
en la excepción que ya no interfiere en el libre movimiento
de maquinarias y personas. El ejemplo más extremo de esta
anulación de vacíos lo encontramos cuando Brunel concluye
la plataforma de The Great Western Railway en Padding-
ton y, en lo que parece confirmar la aspiración connotada
por el propio nombre de la red ferroviaria –“an epic, insa-
tiable yearning. London, Bristol, Plymouth and— Why stop
at Land’s End?” (216)–, el tren se torna un barco de vapor,
también diseñado por Brunel e igualmente llamado Great
Western , con destino a Manhattan. El puente figurado que
resulta de esta tecnología amparada en el acero y el vapor se
extiende “[a]s if, stepping off the platform at Paddington, one
could be propelled, in one continuous movement and by the
same stupendous force of burning coal and hissing steam,
El caso de Graham Swift
309 |
from the old world do the new” (216). Una vez alcanzada la
costa norteamericana, los tentáculos de la red ferroviaria
continuarán una expansión que parece no poner límites a la
presencia humana y a su intervención sobre el medio físico.
El puente sobre el Tamar y la vía que lo surcaba, últimos
hitos constructivos de los que Brunel fue responsable, no
solo acortaron las distancias entre el Viejo y el Nuevo Mun-
do; también constataron que la dirección de ese progreso que
algunos interpretaban como el inexorable destino humano
se encaminaba hacia el oeste, hacia la tierra de las nuevas
posibilidades, “[t]he sunset way. The realms of gold” (216) 99 .
El puente se inauguró en mayo de 1859, sin la presencia del
propio Brunel, “[b]roken in health by overwork” (217), con-
sumido a cenizas por su conversión en chimenea abanderada
de la modernidad. No obstante, su ausencia no impidió que
la fiesta inaugural supusiera una celebración más amplia,
la del potencial tecnoepistemológico alcanzado por el géne-
ro humano y que nos situaba en el orden más privilegiado
de la Creación. Esta grandeza humana, que algunos, como
el Rector Hunt, interpretaron como un reto a Dios, se vería
cuestionada solo siete meses más tarde por lo que constitui-
ría un desafío aún mayor a la presencia divina. En octubre
de 1859, Charles Darwin hizo explotar “the bombshell which
tore apart Matthew’s life and horrified Victorian society”
(237). Brunel había muerto dos meses antes de la publica-
99) No podemos pasar por alto que ese progreso hacia el oeste en forma de
acero y vapor tendrá un camino de vuelta metamorfoseado en plástico. El padre
de Sam Ellison fue uno de los pioneros de la industria del plástico en América y su
hijo se afincará en Europa para sembrar “the seeds of his little empire—spreading
the bright new gospel of polymers[,] offering his New World marvels to depressed
and war-wrecked England” (67). De este modo, el plástico coloniza el Viejo Mundo
como símbolo de progreso, “the stuff that’s gonna mould the future” (19), un fu-
turo, sin embargo, donde la referencialidad del original se ha visto usurpada por
sus réplicas, por sus simulacros.
Realidad protésica y postmodernidad
| 310
ción de El origen de las especies , breve espacio de tiempo
que lo mantuvo a un lado del puente sin retorno que cruza-
rían sus contemporáneos. Tras documentarse sobre la vida y
obra de Brunel como complemento a su estudio de los cua-
dernos de Matthew Pearce, Bill Unwin concluye: “To build
a bridge! To span a void! And what voids, what voids there
were. [Brunel] would never know. Need never know. These
happy bridge-builders, these men of the solid world…. He
was safe. Safe in his sunset glory. Safe within the limits of an
old, safe world” (217). Las teorías darwinianas marcarían un
antes y un después, acabarían de un solo golpe con esa soli-
dez, relativizarían esa seguridad derivada de la fusión entre
el hombre, la tecnología y el conocimiento. Darwin introdujo
“a new picture of the universe” (237) según la cual la valencia
de excepcionalidad que marcaba el vacío sobre el que Brunel
construía sus puentes se ve transferida al puente en sí. A par-
tir de entonces, el puente no será más que una manifestación
puntual, excepcional, del afán del ser humano por extender
redes simbólicas, artificiales, ilusorias, sobre el gran abismo
que constituye lo desconocido. La seguridad ofrecida por el
puente erigido a partir de los que se revelarían como discur-
sos humanos ya no se traducirá en una conquista permanente
sobre lo Real , sino en un logro cuya contingencia se verá ob-
viada en muchas ocasiones a partir de ese momento 100 .
100) Esta transitoriedad de todo logro alcanzado será el motivo de que la
máquina de vapor que transita por ese puente tampoco goce de inmunidad ante
las azarosas demandas evolutivas que afectan a cualquier especie. Con el paso de
los años, The Great Western Railway también será “nationalized into extinction”
(215), presa de la acelerada obsolescencia inherente a la inercia hacia la compre-
sión del tiempo y del espacio de todo avance tecnológico.
El caso de Graham Swift
311 |
5. e L ojo ( des ) naturaLizador deL ictiosauro
La caída del metadiscurso creacionista, y con él de toda una
cosmovisión religiosa, tuvo su epicentro histórico en la publi-
cación del ensayo de Darwin, pero, obviamente, no ocurrió de
la noche a la mañana. Ya atendimos a las teorías esbozadas
por Fredric Jameson (1975) –que se apoyó, a su vez, en Giles
Deleuze y Félix Guattari (1972)– para explicar cómo la cons-
trucción de la subjetividad del individuo a lo largo de nuestra
historia como especie ha estado estrechamente vinculada a
los sucesivos modos que hemos diseñado para estructurar y
representar la realidad. Tanto para Jameson como para De-
leuze y Guattari, existe un flujo esquizofrénico originario y
primordial subyacente en toda existencia humana que se ha
visto sometido a sucesivos procesos de codificación, sobre -
codificación y descodificación a lo largo de la historia. En lo
que Jameson denominó nuestra etapa salvaje asistimos a la
producción de elementos codificados que generarían una vi -
sión mítica y primitiva del mundo exenta de sistematización.
La etapa del barbarismo surgió cuando ciertos significan -
tes ocuparon posiciones privilegiadas con respecto a otros
y el flujo inicialmente codificado se vio sobrecodificado, ya
no de forma natural, sino a través de significados alegóricos
que permitieron la instauración de una dominante cultural
religiosa como sistema monolítico de estructuración de la
realidad. Por último, sería a partir del advenimiento de la
burguesía en el siglo XVIII, pero sobre todo ya en el XIX,
con la expansión del positivismo Ilustrado y el predominio
del pensamiento científico, cuando asistiremos a la descodi -
ficación de los sistemas de signos anteriores. Esta tendencia
provocará una secularización en cuanto a la interpretación
Realidad protésica y postmodernidad
| 312
del mundo, encaminada a objetivar la realidad a partir de
fundamentos empíricos, no metafísicos o divinos.
A través de la experiencia narrativizada del joven Matthew
Pearce, tanto Bill como el lector asisten de primera mano a
este proceso de descodificación de una realidad imperante.
La base bíblica que fundamentaba la visión que Matthew te-
nía del mundo “had been indelibly intimated to him long ago
on his mother’s knee” (102). Estas creencias con las que ha-
bía sido amamantado le sirvieron, de manera inconsciente y
durante las primeras dos décadas de vida, como armazón psi-
codiscursivo para mantener su yo de una pieza, otorgándole la
misma solidez que él, desde su puesto como topógrafo, debía
procurar para las construcciones de los ingenieros. Los co-
nocimientos que Matthew había adquirido en la universidad
iban encaminados a dotarlo de los mecanismos para detectar
el terreno más firme y, entre las disciplinas que integraban
su formación, la geología era la que más le atraía por ser “the
science of solidity” (103). Dado este énfasis en discernir un
suelo seguro, no deja de ser significativo que entre el conte -
nido de su maleta de viaje, como añadido a sus materiales
de trabajo y a los cuadernos donde reflejaba las anotaciones
de sus estudios del terreno, figurase también la biblia de su
madre (102). La solidez, tanto interior como exterior, fueron,
sin duda, un rasgo definitorio de Matthew, al menos hasta
el día en que, en el transcurso de unas vacaciones en Lyme
Regis, descubrió “those intimate links between geology and
palaeontology … that mysterious paradox by which this study
of dead stones offered the clue to Life itself” (103).
En el verano de 1844, cuando Matthew contaba con vein -
ticinco años de edad, viajó hasta los acantilados de Dorset en
busca de fósiles. Durante esos días la casualidad lo guió hasta
El caso de Graham Swift
313 |
unas excavaciones cercanas donde se encontró cara a cara con
el cráneo de un ictiosauro, “a beast that must have lived …
unimaginably longer ago than even the most generous com -
putations from the Scripture allowed for the beginning of the
world” (111). Los restos de ese gigantesco animal prehistórico
atrapados en la roca, aún no museificados y con ello incor -
porados a una red cultural de significados, despertaron en
Matthew una repentina consciencia de abismo atemporal que
lo embarcó, como ser orgánico, en un “Here. Now. Then” (111)
donde la polisemia del último adverbio lo proyectó tanto hacia
el pasado como hacia el futuro. El impacto ontológico sufrido
por Matthew es comparable al choque cultural experimentado
por aquellos etnógrafos –un equivalente anterior podrían ser
los conquistadores– que descubrían civilizaciones aisladas y
con formas totalmente distintas de interpretar el mundo. En
lo que al ancestro de Bill respecta, pudo tomar dos caminos
divergentes cuando aún se hallaba en el momento inicial de
ese choque desestabilizador. Por una parte, pudo haber mira -
do hacia otro lado e ignorar la brecha que la lección de historia
natural que se desplegaba ante sus ojos amenazaba con abrir
en su visión del mundo informada por los dictámenes bíbli -
cos. De haber actuado así, quizá hubiera permanecido en el
lado del “lived happily ever after” (99), apoyado en la solidez
que le proporcionaba la codificación del mundo según un pa -
trón, en apariencia también natural, cuyo último referente lo
constituía una instancia divina. Sin embargo, su naturaleza
inquisitiva y lo que empezaba a mostrarse como una pérdi -
da de inocencia irreparable lo llevaron a elegir la otra senda:
“he chose to stare into the eye of the monster” (99), algo que
a partir de ese momento atenuará cada vez más el “happily”
que, como frase hecha, acompaña al “ever after”.
Realidad protésica y postmodernidad
| 314
Esta mirada al ojo del ictiosauro será determinante en la
descodificación y subsiguiente relectura de la realidad em -
prendidas por Matthew desde ese preciso instante que él
mismo llamará “the moment of my unbelief” (112). La pre-
sencia del gigantesco fósil de reptil cuestionará la legitimidad
de todo un entramado sociocultural que había servido de pla-
taforma para la conformación de su subjetividad, de ahí la
caída a un vacío interior que experimenta: “The long, toothed
jaw; the massive eye that stares through millions of years. He
is the creature; the creature is him. He feels something open
up inside him, so that he is vaster and emptier than he ever
imagined, and feels himself starting to fall, and fall, through
himself” (112). Ambos, Matthew y el ictiosauro, se convierten
en significantes paralelos que apuntan a un mismo referente,
a un concepto de criatura eminentemente orgánica que de-
vuelve a lo humano su consciencia animal. En este punto de
reversión a lo originario y primordial, lo simbólico se desva-
nece y queda de manifiesto la insignificancia de los órdenes
construidos por el hombre frente a unos procesos naturales
que en última instancia no están estructurados ni justifica -
dos por una figura divina, sino por lo que Matthew reconoce
como “a prodigious arbitrariness” (113).
La caída interior experimentada por Matthew no supone
únicamente la literalización de una crisis espiritual provoca-
da por un repentino escepticismo en relación a la validez de
los argumentos necesarios para mantener la solidez simbóli-
ca de unas creencias religiosas. La crisis sufrida por Matthew,
especialista hasta entonces en hallar suelo firme sobre el que
poder construir, se torna existencial al abismarse en la inson-
dabilidad de una eternidad animal que lo encadena a lo que
Darwin definirá años más tarde como una lucha evolutiva.
El caso de Graham Swift
315 |
El monstruo al que Matthew se enfrenta no es el ictiosauro
en sí, sino la ruptura ontológica que su hallazgo casual ha
supuesto, la desnaturalización de todo un mundo que creía
sólido, amparado en verdades absolutas, y cuya cimentación
muestra ahora su carácter construido, su genética narrativi-
zada que aspira a maquillar “the insoluble mathematics of
nature” (113). La caída de Matthew en un vasto vacío interior
representa un atisbo a los dominios de lo Real , a un modo
de existencia estrechamente vinculado a lo orgánico, a aque-
llo que preexiste y se mantiene latente bajo la instauración
de significados. A través de los ojos de la criatura milena -
ria, Matthew vislumbra la impermeabilidad simbólica de lo
Real . La consciencia de vacío arreferencial que esta dimen-
sión existencial despierta en él hace que, de repente, todo a
su alrededor, ese mundo que momentos antes había sido la
imagen y semejanza de un orden sobrehumano, carezca de
sentido: “Everything is lost and confused — sea, rocks, cliffs,
sand — in swamping greyness” (112).
Desde una perspectiva contemporánea y postmoderna,
la toma de conciencia sufrida por Matthew podría valorarse
como un momento de liberación con respecto a una meta-
narrativa totalizadora impuesta sobre la libre voluntad del
individuo. No obstante, para Matthew, dado el momento
histórico en que vive, se traduce en una gran desorientación
tanto espiritual como existencial, al verse obligado a reco-
nocer que la solidez del terreno, tanto epistemológico como
ontológico, que pisa es solo ilusoria. De súbito, Matthew se
ve como eslabón en un esquema natural del que “human-
kind, albeit leniently accommodated, is not excluded” (113)
y en cuyo proyecto y ejecución la influencia humana no pa -
rece tan determinante. Esta inclusión en un proceso global
Realidad protésica y postmodernidad
| 316
orgánico amenaza con anular su condición de agente y con
ello su individualidad, por lo que se ve obligado a reafirmar
su propia subjetividad como único recurso para interpretar
el mundo que lo rodea y así seguir dotándolo de significado.
Con este fin, Matthew decide retirar la mirada de ese vasto
vacío que se ha desplegado ante él y acogerse al sistema sim-
bólico basado en el acto de creer que hasta entonces había
proporcionado suelo firme a su yo y había dado sentido a su
experiencia. Sin embargo, en ese esfuerzo consciente por ne-
gar la evidencia, por ignorar un conocimiento ya adquirido
del que no se puede desprender, tendrá su origen la batalla
interior que a partir de ese día librará en silencio, a sabiendas
de que su propósito se fundamenta en “[a]n impossibility, a
contradiction: to pray for belief” (112). Ante la reflexividad
inherente a todo ejercicio de fe, donde confiamos en que la
realidad nos devuelva lo que uno mismo espera que ocurra,
el término creer corre el riesgo de compartir referencialidad
con fingir , de ahí que la solución al problema de Matthew,
“the only remedy he has[,] is to pretend. To pretend so hard
that one day, perhaps, he will forget he is pretending”. “No-
body will even know how he is not himself, how far he has
fallen through himself, except himself” (113). De este modo,
lo que llamó “[t]he moment of my unbelief” se torna “the
beginning of my make-belief” (112) y en esta dinámica de
aparentar(se), de hacer(se) creer, se refugiará durante años.
Matthew buscará la normalidad en el amor, en el matrimonio
con Elizabeth Hunt y en los tres hijos que este enlace les re-
portará. Hasta que, diez años después de haberse enfrentado
a la mirada del ictiosauro, recibe otro golpe del “Here and
Now” que desestabilizará su vida por completo: la muerte de
su tercer hijo, Félix –nombre cuyas connotaciones etimoló-
El caso de Graham Swift
317 |
gicas no pueden pasar desapercibidas–, cuando ni siquiera
contaba con dos años de edad.
6. e n busca de La esencia individuaL
Según los parámetros simbólicos que estructuran el siste-
ma de creencias judeocristiano al que había seguido aferrado,
en un principio Matthew interpreta la muerte de su hijo como
un castigo de Dios por la falta de autenticidad en su fe, “for
my false belief, the belief in my own pretence” (112-3). No
obstante, el sinsentido del fallecimiento de su hijo erradica
finalmente la consideración de cualquier orden o diseño me -
tafísico divino y lo lleva a concluir: “I am committed now … to
a random universe, the seeming capacity of which to present
to our eyes instances of omniscient purpose only deludes us”
(191-2). Matthew ya no puede continuar fingiendo que el uni -
verso se rige por la causalidad y linealidad que el discurso
bíblico y religioso propone. Por el contrario, reconoce abier-
tamente que, ante la ausencia de toda teleología, nuestras
vidas se ven condicionadas por un determinismo azaroso que
sirve de base a una naturaleza ilógica que para mantener a la
especie sacrifica al individuo (152).
Lo que en 1844 comenzara como una crisis espiritual se
tornará tormento existencial a partir de 1854. La muerte de
Felix acabará literalmente con la felicidad que Matthew había
intentado reconstruir a su alrededor y, privado del “happily”,
solo le queda el vacío inexplicable del “Here. Now. Then” que
conforma el inabarcable “ever after”. Entre las diversas ma-
nifestaciones de lo que él mismo denomina “[the] illogicality
of nature” Matthew cita cómo la tendencia de esta hacia la
Realidad protésica y postmodernidad
| 324
that, perhaps, will do just as well” (233) representó el hallaz-
go de la fórmula alquímica para transmutar metales viles en
el oro moderno que es el dinero. En esta línea sucesoria ha-
cia la abstracción de cualquier materia prima en moneda de
cambio, Bill otorga el último lugar a la revolución que supuso
la invención y uso del plástico. Este material sintético, del
que Sam Ellison habla como si fuera “some kind of proto-
plasm”, hace posible un mundo donde “[e]verything is an
exact replica of the real thing” (72). Ahora Bill es capaz de
apreciar con claridad meridiana que este es el entorno que
ha habitado siempre, un cosmos cuya naturaleza se ve (re)
creada por el ser humano, algo que se negó a creer cuando, de
pequeño, su madre le habló de “the William’s pear”. Con una
de esas peras en la mano, Sylvia le explicó que se trataba de
una variedad que no existía previamente en el medio natural
y que el hombre la había fabricado a través de la fertilización
transgénica. “But pears can’t be made !” (242), fue la respues-
ta de su hijo, incapaz de entender este posicionamiento del
hombre como orquestador de la evolución natural.
El momento contemporáneo en que se halla Bill Unwin
dista mucho de aquel en que vivió Matthew Pearce. Matthew
y sus coetáneos solo empezaban a intuir hasta dónde podía
llegar la dimensión artificial, protésica, de la realidad que ser -
vía de marco para albergar y explicar sus vidas. El mundo de
Bill, en cambio, tiene todas las cartas boca arriba y esta des-
naturalización extrema lo convierte en una réplica de plástico
de aquel original del que comenzamos a distanciarnos al co-
dificar el flujo esquizofrénico esencial descrito por Deleuze y
Guattari. La referencialidad de este mundo contemporáneo
ya no se aloja en un orden metafísico o extradiscursivo donde
pueda darse lo real, sino que se hace autorreflexiva y adquie -
El caso de Graham Swift
325 |
re significado al convertirse en réplica de otro significante.
Sirva como ejemplo la descripción que Bill hace de la corona-
ción de Isabel II en 1953:
A new queen rode in a fairy-tale coach to her corona-
tion; and some bright spark has named this age the
New Elizabethan Age, as if the mere name of a queen
imparted some historical magic and the world were
once more waiting to be discovered and explored.
(271)
El acontecimiento histórico presente se hace interpretable
a través de su ecuación con un momento histórico anterior,
con la otra época isabelina, la original de la que la contem-
poránea no es más que una repetición conceptual amparada
en la tenue justificación de la coincidencia del nombre de dos
monarcas. El carácter de simulacro del momento presente
queda reforzado desde el principio al ubicar a Isabel II en
un carruaje de cuento de hadas, único entorno mágico que
posibilitaría la confluencia de los dos períodos históricos y
autorizaría el hecho redundante de descubrir lo que ya está
descubierto.
El mundo percibido por Bill Unwin se asemeja a ese
entorno contemporáneo postindustrial descrito por Bau-
drillard donde toda realidad ha sido construida social,
cultural y tecnodigitalmente. En este mundo la maquinaria
representacional implicada en todo proceso mimético se ve
reemplazada por la aparición del simulacro y lo hiperreal, lo
que da lugar a un estadio postmimético donde lo auténtico
y original se convierten en referentes que siempre apuntan
a otros referentes, de modo que cualquier significado origi -
nario o trascendental queda continuamente diferido. Esta
Realidad protésica y postmodernidad
| 326
transición de lo representado al simulacro oblitera cualquier
vinculación con el mundo fenomenológico y nos emplaza en
una existencia hiperreal, situación que, según Baudrillard,
ha invertido la línea de progreso histórico, pues la historia ha
girado sobre sí misma en un intento de recuperar un pasado
real para alinearse con él (1992: 10). Esto justifica que Bill
experimente la coronación de Isabel II como simulacro del
esplendor de una época pasada donde se descubrían y explo-
raban lugares reales pertenecientes al medio físico.
La capacidad humana para instaurar ontologías que ar-
ticulen la propia (hiper)realidad constitutiva de nuestra
existencia propicia que el sujeto postmoderno se vea cada vez
más distanciado de un contexto que antes llamábamos real ,
del mismo modo en que el signo se ha visto divorciado de
cualquier objeto original y originario para hacerse autorre-
ferencial. Cuando nos movemos en terreno hiperreal quedan
invalidadas nociones como la representación verdadera o
falsa de la realidad, pues dicha realidad posee ahora una na-
turaleza autogenerativa. Esta condición hace posible que Bill
Unwin describa el edificio universitario donde se hospeda
como “a genuine piece of neo-Gothic pastiche, dating from
Tennyson’s own time” (252). De nuevo resuena la propuesta
de Baudrillard con respecto al giro que la historia ha realiza-
do sobre sí misma, pero en ese gesto la referencialidad de lo
real y original se ve recodificada en copia o simulacro de sí
misma.
En el instante en que lo que habría de ser un entorno natu-
ral y real se torna simulado, la lucha evolutiva del ser humano
ya no se reduce a su adaptación a las demandas del medio
natural, sino también, y principalmente, a las exigencias de
su simulacro y, con ello, a todo el entramado protésico que
El caso de Graham Swift
327 |
lo posibilita. El empleo de este recurso de supervivencia ya
se dio en la época victoriana, como manifiesta Bill al citar la
coincidencia en el año de publicación de El origen de las es-
pecies de Darwin e Idilios del Rey , obra poética donde Alfred
Tennyson retorna al ciclo de leyendas artúricas como para-
lelo neogótico de las manifestaciones arquitectónicas de su
época. “At one and the same time”, explica Bill, “these Vic-
torians had flung before them the spectre of their deviation
from monkeys and Tennyson’s misty and moated chivalric
nostalgia” (254). Esta yuxtaposición pone de manifiesto que,
ante la evidencia de su origen animal y del determinismo bio-
lógico al que por ello se ve sometido, el ser humano tiene más
necesidad que nunca de reafirmar el poder de unos órdenes
simbólicos cuyos cimientos referenciales se están viendo
amenazados. La respuesta de la sociedad victoriana a la heri-
da narcisista que supuso nuestra animalización como especie
natural consistió en aferrarse al diseño ya disponible de una
existencia anterior idealizada para, literalmente, crear fosos
defensivos ante el asedio de lo orgánico. El resultado de esta
mirada hacia otros tiempos donde aparentábamos caminar
por un terreno más noble y sólido es un pastiche genuino de
genética narrativizada: la réplica de un discurso previo que,
paradójicamente, se reencarna en original al verse acomo-
dado a las demandas de un presente que aspira a revalorizar
esos mismos códigos semiológicos.
El lenguaje, como síntesis de la tendencia evolutiva huma-
na hacia la creación de ontologías propias, se muestra como
recurso concebido para trascender nuestra condición orgá-
nica. “Poetry. That still other, verbal eternity. The so-called
divine spark” (247), exalta Bill para destacar cómo nuestra
capacidad, rayana en lo divino, para conceder una existencia
Realidad protésica y postmodernidad
| 328
narrativizada tanto a aquello que nos rodea como a lo que
nunca existió nos habilita para invocar una eternidad parale-
la que sustituya a la imposibilitada por nuestras limitaciones
biológicas. De este modo, la dimensión narrativa adquirida
por Matthew Pearce a través de sus manuscritos ha posibili-
tado que su descendiente acceda, siglo y medio después, no
solo a su vida sino también al mundo en que vivió. Este de-
safío humano a lo que de otro modo sería el determinismo
espaciotemporal de ese presente perpetuo en que viven otras
especies 101 se perfila como vía para sobrellevar la consciencia
de una inevitable extinción orgánica y poder trascender tal
ausencia por medio de nuestra conversión en significantes ,
de manera que entremos a formar parte de un orden simbóli-
co anejo al biológico. Matthew intuyó esta necesidad humana
de perpetuarnos más allá de lo orgánico y la tradujo en una
búsqueda de distinción frente a la amenaza de extinción .
Esto explica que en su momento de mayor quiebra psíquica
acometiera la escritura de sus cuadernos como recurso para
no precipitarse hacia la asubjetividad, pero también –a sa-
biendas de que algún día él mismo se vería reducido a un
fósil– como “[a] small plea, after all, for non-extinction. A
life, after all, beyond life” (221).
En lo que a Bill respecta, tras regresar de la muerte y
sentir que no es nadie, que su existencia es inauténtica, ex-
perimenta “a strange, concomitant yen, never felt before, to
101) En On Writing: A Memoir of the Craft (2000), el novelista norteameri-
cano Stephen King explica: “All the arts depend upon telepathy to some degree,
but I believe that writing offers the purest distillation” (103). Con estas palabras
describe el acto de la escritura y la posterior lectura de dicho escrito por otra per-
sona como un acontecimiento telepático que enlaza la mente de dos seres distantes
no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Si queremos llevar su propuesta
aún más lejos, la escritura también puede hacer que una persona entable un vín-
culo telepático consigo misma aunque existan décadas de por medio entre el mo-
mento de la escritura y el de la lectura.
El caso de Graham Swift
329 |
set pen to paper” (245). La necesidad de escribir ha surgido
como consecuencia de la condición artificial, sintética, de su
nuevo yo y del vacío identitario que le ha supuesto la desvin-
culación con su identidad anterior. Desde esta consciencia
del carácter transitorio, contingente e irreal del yo, el acto
de escribir(se) constituye un recurso de supervivencia, una
manera de asegurarse la existencia a través de una prótesis
narrativa, construida a partir de lo que Neil Scheurich de-
nomina “ the original self-enhancement ‘technology’” (2008:
1-2). Bill Unwin, por su parte, define todo legado humano re -
levante como la obra de “death-defiers”, como una búsqueda
de posteridad articulada a través de la capacidad exclusiva-
mente humana de superponer la mente a la materia. De este
modo, “[t]he struggle for existence” que libran otros organis-
mos se traduce para el género humano en “[t]he struggle for
remembrance ” (245).
Scheurich propone que desde muy temprano en la his-
toria evolutiva de la humanidad “human civilization has
increasingly been about substituting artificial selection of
characteristics and behaviors for selection of the raw, natural
kind” (2008: 3). A partir del momento en que los homínidos
adoptaron la verticalidad, también liberaron las manos para
manipular herramientas y, lo que es aún más determinante,
su aparato fonador y el cerebro se hicieron lo suficientemen -
te complejos para posibilitar el nacimiento del lenguaje y la
memoria. Desde entonces, la evolución humana se vio empa-
rejada a nuestra capacidad de exteriorización y al empleo de
lo protésico (Wills, 2006: 241). Esta tendencia se hará cla-
ve en nuestro devenir evolutivo, previo pago de habitar un
entorno cada vez menos natural y por ello más distanciado
de aquel que nos sirviera de contexto en nuestros primeros
Realidad protésica y postmodernidad
| 330
pasos como especie. De esta manera, los procesos de selec-
ción natural se tornaron en selección artificial. Esta evolución
protésica siempre estuvo tan entroncada en la condición hu-
mana que pronto pasó desapercibida, del mismo modo que
no reparamos en lo sanos que estamos hasta que contraemos
alguna enfermedad.
Mediante la retrospección a la crisis espiritual, existencial
y, por consiguiente, identitaria experimentada por Matthew
Pearce, Swift deja claro que los andamiajes que sustentaban
esta naturalización de lo artificial quedaron al descubierto
a partir de la modernidad postdarwiniana. Por otra parte,
también nos muestra la manera en que este proceso desna -
turalizador inicial culmina en tiempos contemporáneos de
la postmodernidad. Bill Unwin reconoce que la única on -
tología que le es accesible, aquella que, además, define la
realidad en que ha de desenvolverse, está generada a partir
de simulacros. En ocasiones, los originales de estas réplicas
son rastreables, como ocurre con el entorno neogótico de la
universidad en que se aloja. En otros casos, el referente se
muestra inalcanzable, como ejemplifica la identidad original
siempre esquiva de su padre biológico. Por último, gran par -
te de la realidad vivida por Bill se manifiesta como simulacro
de tercer orden, al no mantener correspondencia alguna con
lo que tenemos asimilado como mundo extradiscursivo y
fenomenológico. De este modo, lo percibido como copia es
a un tiempo original de sí mismo, como ocurre con la pera
William’s, variedad creada gracias a la manipulación trans -
génica y sin parangón previo en la naturaleza. Sin embargo,
tal fruta no deja de ser un ente orgánico, natural, hecho que
El caso de Graham Swift
331 |
conlleva la desestabilización de categorías hasta entonces
excluyentes 102 .
Podemos adoptar el caso de esta pera como paradig-
ma desde el que abordar la manera en que, en nuestra era
postindustrial, en lugar de manufacturar objetos hemos
llegado a recrear el propio proceso de la creación mediante
la simbiosis de las ciencias y la tecnología. Nuestro mundo
contemporáneo alberga así organismos cuya base biotecno-
lógica invalida distinciones hasta ahora bien diferenciadas,
como son lo natural y lo artificial, o lo auténtico y lo inautén -
tico. Donna J. Haraway aborda este debate en profundidad
en Modest_Witness@Second_Millenium. FemaleMan©_
Meets_OncoMouse™ , donde explica que la existencia de
categorías híbridas provoca el colapso de aquellas clasifica -
ciones que anteriormente habían sido incuestionables y deja
al descubierto los fundamentos ilusorios en que se habían
sustentado para establecer binarismos (1997: 68).
Esta conceptualización de lo híbrido es extrapolable a la
condición post-mortal –entre la vida y la muerte, entre ser y
102) En 1996, mismo año en que vio la luz Ever After , Walter Truett Anderson
publicó un libro titulado Evolution Isn’t What It Used to Be: The Augmented Ani-
mal and the Whole Wired World , donde explica: “we, and the world we live in, and
all life on it, are changing in fundamental and irreversible ways. People are busily
unravelling the human genetic code, and learning how to alter it, and altering the
genetic makeup of other species, and creating new kinds of living things”. A con-
tinuación apunta:
The convergence of technologies is a big part of this, but the really
profound event of our time is … that we are converging with our tech-
nologies. Our minds are augmented by computers and other devices,
and our bodies are augmented by a wide range of evolutionary inven-
tions, from vaccines to artificial organs—and they are truly parts of what
we are. Meanwhile the world is becoming a bionic planet—remodelled,
wired, and networked by information systems that monitor its health,
forecast its future, and govern its ecosystems. And the world is not sep-
arable from those information systems. (ix)
Realidad protésica y postmodernidad
| 332
no ser– manifestada por Bill Unwin. Él mismo se define como
“[a] fully life-like model fresh from the factory of the dead”
(233). La fábrica de la muerte, lugar donde debería acontecer
una extinción definitiva, produce en cambio simulacros de
seres vivos. De esta manera, a través de su “muerte”, Bill no
ha retornado a ese estadio asimbólico previo al dolor, a ese
limbo pre-existencial añorado por el narrador anónimo de
“The Recreation Ground”. Bill ha sido devuelto a la vida, pero
a una existencia posibilitada por la tecnociencia, hecho que
imbrica en el código genético de su nuevo yo de plástico un
desafío no solo a categorías como lo natural y lo artificial, lo
auténtico y lo inauténtico; también complica los confines de
lo orgánico y lo protésico, tanto como los que deberían deli-
mitar lo real y lo irreal.
Esta condición ambigua en que Bill se encuentra lo lleva a
preguntarse: “So what is real and what is not? And who am
I? Am I this, or am I that?” (100). Matthew Pearce también
llegó a formularse preguntas parecidas ante la consciencia
de haberse forjado una identidad impostada para afrontar la
crisis espiritual por la que atravesaba. Sin embargo, al final
de su vida batalló por deshacerse del sentimiento de existen-
cia irreal que este yo protésico le confería. Su descendiente,
en cambio, constituye un ejemplo paradigmático de la ten-
dencia hacia la indeterminación que Ihab Hassan reconoce
en el seno de la postmodernidad. Para Bill, esa fragilidad del
yo como pilar central de la persona intuida por su tatara-
buelo se ha convertido en una quiebra identitaria provocada
por la ausencia de certezas tanto epistemológicas como on-
tológicas. La solidez cartesiana de la que una vez gozara la
identidad cohesionada y coherente del individuo se ha dilui-
El caso de Graham Swift
333 |
do de tal modo que Bill lle ga a afirmar: “Life after Darwin: As
You Like It, or What You Will” (247).
Esta conclusión cuenta con dos lecturas. La primera ma-
nifiesta la desorientación y deriva identitaria sufridas por
el individuo a partir del impacto descentralizador ejercido
por la modernidad, que invalidó muchos de aquellos dis-
cursos en los que se apoyaba para articular su subjetividad.
No obstante, desde la perspectiva que le confiere siglo y
medio de distancia, Bill reconoce: “Species adapt . Yester-
day’s cataclysm is today’s absorbed fact” (237). Con dicha
afirmación propone una segunda lectura que da cabida a la
intervención humana en la construcción de su entorno y su
identidad mediante su capacidad inmanente. Esta es la otra
tendencia, pareja pero contraria a la indeterminación, que
Hassan observa como rasgo distintivo de la postmodernidad
y que define como “the capacity of mind to generalize itself
in symbols, intervene more and more in nature, act upon
itself through its own abstractions, and so become, increas-
ingly, im-mediately, its own environment” (1982: 270). Para
Hassan, esta capacidad de la mente humana para constituir
un universo propio a través de símbolos emana de nuestra
condición de animales lingüísticos – homo significans – y Bill
es consciente de que el producto que nos ofrece este modo
inevitable de existencia al que hemos evolucionado nos ubica
en un terreno liminal cuyo firme está compuesto por una (ir)
realidad.
“Why all this acting stuff? Why all this poetry stuff? Why
all this imagining it otherwise?” (127), se pregunta Bill. En
estas tres cuestiones están contenidos tres frentes estrecha-
mente interrelacionados –el performativo, el lingüístico y el
inmanente– desde los que Swift aborda en la práctica tota-
Realidad protésica y postmodernidad
| 340
la recuerda entre bastidores, envuelta en una gabardina, fu-
mando un cigarrillo y bostezando, Bill intenta convencerse
a sí mismo de que aquella era la Ruth auténtica: “It was her ,
it was her , you see, never those roles she dressed in” (83).
Sin embargo, la pátina de realidad extraperformativa pronto
se mostrará como otra ilusión, como una relación amorosa
experimentada y posteriormente reconstruida mediante su
acomodación al canon poético metafísico abanderado por el
poeta isabelino John Donne. Así, al reparar en que hubo un
tiempo en que su vida y la de Ruth aún no se habían cru-
zado, el inicio de su experiencia conjunta se convierte en el
comienzo del poema “The Good-morrow” de Donne: “I won-
der, by my troth, what thou and I did, till we lov’d…?” (83-4).
Acto seguido, el filtro poético cobra tintes románticos hasta
convertirlos en los amantes clásicos Dido y Eneas o contem-
poraneizarlos en Ginger y Fred (84), las estrellas de la gran
pantalla. Nuevamente, como en el caso de la coronación de
Isabel II, el presente se vive como simulacro de un pasado
que, a pesar de no ser más que una ficción literaria o cine -
matográfica, hace las veces de referente original y auténtico
capaz de otorgar significado.
Incluso “[i]n the days before [Ruth] was famous” el entor-
no experiencial que determina los comienzos de su relación
se torna “the greater fairy-tale” (84), donde Bill se distancia
del intertexto dramático hamletiano y se deja arrastrar por
la ligereza de la comedia y la fantasía. De este modo, aquella
primera noche en que sucumbió a los encantos performati-
vos de Ruth adquiere significado al ser interpretada como
“[a] midsummer night” (85). La realidad en que vivieron Bill
y Ruth se despliega una vez y otra como una hiperrealidad
que los adopta como significantes simbólicos en la medida
El caso de Graham Swift
341 |
en que se acomodan a los patrones marcados por persona-
jes literarios preexistentes. En este mundo de simulacros las
fronteras entre persona y personaje, entre identidad y papel
representado, se relativizan de tal manera que cuando, una
vez convertida en actriz mediática, los periodistas insistían
en conocer a la verdadera Ruth, Bill piensa: “everyone wants
to know about this other person, this elusive, hard-to-spot
character called ‘the real you’. The ‘real Ruth Vaughan’”
(128). El yo real pasa a ser, por tanto, uno de tantos perso-
najes o viceversa: cualquiera de los personajes representados
podría ser a su vez ese yo auténtico imposible de aislar entre
la multitud de espejismos que afirman ser Ruth.
Esta fluctuación y exceso de personalidades manifesta -
dos por la actriz, lejos de confluir en una subjetividad central
dispersan esa posible identidad hasta el punto en que “[s]he
used to say … that she never knew what she looked like, she
couldn’t have described her own face if she were asked” (128).
Bill, en cambio, sí encuentra una palabra clave para definir su
rostro líquido : “it was full of life ” (128). Independientemente
del carácter acumulativo de sus diferentes identidades proté -
sicas, Ruth logra insuflar vida a todas ellas por medio de su
capacidad para dotarlas de naturalidad. “But isn’t that what
actors seek—naturalness?” (128), se pregunta Bill, que luego
nos convierte a todos en actores al afirmar que los tomamos
como modelos de los que aprender a actuar (129). Por tan -
to, en el entorno (ir)real y simulado habitado por Bill y Ruth
asistimos a la conversión de lo natural en naturalidad , de lo
verdadero o auténtico en lo verosímil . Esta adaptación define
toda identidad como un híbrido psicosocial entre las catego -
rías de ser y actuar , que una vez parecieron estar claramente
delimitadas. A continuación nos centraremos en la muerte de
Realidad protésica y postmodernidad
| 342
Ruth como manifestación explícita de esta simbiosis entre lo
natural-orgánico y lo protésico endémica en lo humano.
Ruth tenía los días contados a consecuencia de un cáncer
de pulmón provocado por el consumo compulsivo de tabaco
mientras aprendía sus papeles, “[t]he side effect of a certain
way of life. Fuel, fire, ash” (126). Mediante esta alusión, Bill
entabla un paralelismo evidente entre los cigarrillos siempre
presentes en los ensayos de su esposa y aquellos puros que no
podían faltar entre los labios de I. K. Brunel mientras cubría
y salvaba vacíos orográficos con la construcción de sus puen -
tes. Las personalidades performativas asumidas por Ruth
también contribuyen a rellenar lo que de otro modo sería un
vacío identitario. Con ellas adquiere solidez subjetiva y, como
su marido reconoce, facilita a los demás modelos de cómo lo-
grarlo. Tanto Brunel como Ruth se verán consumidos por el
mismo “[f]uel, fire, ash” al que se aferran como modo de vida,
pero en ambos casos esta extinción, provocada, irónicamente,
por su búsqueda de solidez, será contrarrestada por una pro-
yección hacia la posteridad. Brunel quedará inmortalizado
como artífice e icono de los avances tecnológicos propiciados
por la modernidad, mientras que Ruth trascenderá la impo-
sibilidad de su continuidad material al reemplazarla por la
existencia atemporal que le confiere el último de sus papeles.
Cuando la actriz recibe la noticia de que los médicos
han estimado que le restan dos o tres meses de vida se ha-
lla representando el papel de Cleopatra. El conocimiento de
la inminencia de su muerte hace que su destino y el de la
reina de Egipto —que vio que su futuro quedaría reducido a
vivir como esclava— se fundan en un mismo acto de suicidio.
Ruth anticipa su muerte mediante la ingesta de barbitúricos
y Bill narra el hallazgo de su cuerpo sin vida en los siguien-
El caso de Graham Swift
343 |
tes términos: “Her body was lying on the sofa. Not ‘she’; her
body. The difference sinks in. There were the pills; the emp-
ty tumbler on the coffee table. Cliché props” (130). En un
primer momento, antes de la inevitable desesperación a la
que terminará enfrentándose, Bill percibe la situación en los
mismos términos dramáticos que habían guiado la vida de
su esposa hasta entonces. Mediante su acomodación a estos
parámetros teatrales, el cuerpo de Ruth, como ente exclu-
sivamente orgánico, se convierte en otro elemento más del
atrezo, en ausencia de su “she”, de esa subjetividad que lo
habitaba. El contexto de la muerte se equipara así al de una
representación o, dicho de otro modo, la muerte se iguala a
la representación de la muerte, hecho que mantiene a Bill
parcialmente distanciado del sufrimiento por el que ha de
atravesar.
El correlato intertextual que se establece entre el suici-
dio cometido por Ruth y el llevado a cabo por el personaje
dramático, significante de aquella reina egipcia que una vez
existió, dota a la muerte de la actriz de una dimensión híbri-
da entre realidad y ficción que será definida por la prensa
como “real-life drama” o “tragic death” (125). Con su suicidio,
Ruth precipita su extinción orgánica mediante el ejercicio de
lo que en principio podría interpretarse como la imposición
de la materia sobre la mente, de ahí que Bill enfatice que lo
que queda de ella es solo su cuerpo. No obstante, esta lectura
solo corresponde a una parte del híbrido al que ha dado pie,
aquella a la que aluden los términos “real-life” y “death”. Por
otro lado, su muerte también ha cobrado una extensión “dra-
mática” y “trágica” que la incorpora a un contexto simbólico
donde la mente y el recuerdo prevalecen sobre la materia y
garantizan con ello la posteridad a la que su cuerpo ya no
Realidad protésica y postmodernidad
| 344
podía aspirar. Como el propio Bill concluye, por medio de
su suicidio, Ruth ha procurado “a last bid for posthumous
limelight; a staged exit” (129) que la ubica en una posición
muy parecida a la de Willy Chapman cuando se autoinfligió
la muerte y dejó atrás, como monumento conmemorativo
de su existencia material, el halo de inscripción performati-
va posibilitado por la efigie de su identidad protésica. Ruth,
por su parte, ha logrado otorgar sentido y coherencia a un yo
confrontado con la inevitabilidad de su propia extinción al
trasladar su oscuro devenir vital al patrón dramático com-
prendido en el personaje shakesperiano de Cleopatra.
La muerte de la actriz, lejos de separar definitivamente un
yo esencial y orgánico de aquellas identidades que ha imper-
sonado a lo largo de su vida, ha ratificado que su única manera
de existir, de cuerpo presente y ausente, ha sido y será a través
de sus representaciones, a través de unas identidades pro-
tésicas que le permitieron evolucionar “[f]rom Girl Number
Three to the Queen of Egypt, from the Blue Moon Club to a
palace by the Nile” (125). Tal es la simbiosis de Ruth con esos
papeles que es a través de ellos como Bill marca el comienzo
y el inevitable final de su relación, de ahí que el primer beso
se lo diera “on a wet night in a taxi to Girl Number Three” y el
último, “at the break of dawn, to the Queen of Egypt” (132).
Bill atesora y perpetúa sus vivencias con su esposa mediante
su sublimación al orden simbólico de lo literario. Como prue-
ba y consecuencia de ello, la muerte de su reina de Egipto se
(con)funde con la acaecida en Antony and Cleopatra de Sha-
kespeare, de la que vemos brotar una línea pronunciada por
la doncella Charmian en el acto v, escena ii: “Now boast thee,
death, in thy possession lies a lass unparallel’d” (132). Solo
de este modo logra Bill asimilar la ausencia de su compañera,
El caso de Graham Swift
345 |
al aferrarse a esta extensión protésica que ella misma adoptó
como forma de vida y que sobrepasa la exclusión contenida
en el binomio “ser o no ser” para introducir la posibilidad
de una coexistencia inclusiva traducida en “ser y no ser”.
Esta misma simultaneidad es la que autoriza el entorno de
(ir)realidad reflejado en las contradicciones a las que Bill se
enfrenta y que, con ocasión de la muerte de Ruth, lo llevan
a afirmar: “It is the end of the world. It is not the end of the
world”; “Life goes on. It doesn’t go on” (131).
9. (h appiLy ) ever aFter : “ when the made - up
thing becomes the reaL thing ”
Al comienzo del último capítulo de Ever After Bill extrae
conclusiones y nos dice: “[Ruth] was enamoured of the stage,
and I was enamoured of poetry, and we were both enamoured
of each other. Too happy, too busy being happy, to worry
about the Bomb” (263). Tanto el teatro como la literatura en
general se muestran así como constructos que confirman la
opinión de Lacan de que el hombre encuentra placer en el
lado del Orden Simbólico, y si no placer en el sentido estricto,
sí una lógica narrativa en la que apoyarse para dar forma a su
subjetividad y para hacer frente al vacío referencial que en-
traña lo Real . Este Orden Simbólico se tambaleó con Darwin,
luego fue relativizado mediante dos guerras mundiales y, a
finales de la década de 1950, momento histórico al que Bill se
remonta, se vio en peligro con la amenaza de un desastre nu-
clear 104 . Desde los comienzos de la modernidad hasta nuestra
104) En concreto, Bill alude a las manifestaciones antinucleares de Alder-
manston. Estas protestas consistieron en marchas que cubrían los ochenta y tres
kilómetros que separan el Atomic Weapons Research Establishment, ubicado en
Realidad protésica y postmodernidad
| 346
época contemporánea hemos sido testigos de cómo los avan-
ces tecnocientíficos han dotado al hombre de una creciente
capacidad para atenuar la solidez de la tierra hasta privarla
definitivamente de aquella sustancialidad y firmeza que Ma -
tthew Pearce buscaba para tender las vías férreas y Brunel
para construir sus puentes. En el pasado, la intervención téc-
nica llevada a cabo por el ser humano quedaba circunscrita
dentro de los márgenes de lo natural. Ahora, sin embargo,
esta conciencia del límite natural se ha desdibujado hasta tal
extremo que la relación entre naturaleza y técnica se ha visto
invertida: lo natural se ha tornado prótesis o apéndice acceso-
rio de lo tecnológico (Marín-Casanova, 2011: 58-59, nota 17).
En este contexto de aligeramiento de lo natural, en un
mundo cuya solidez orgánica se ha visto rebasada por una
tecnología capaz de trascenderla e incluso de obliterarla, el
ser humano ocupa una posición ambivalente. Por una parte,
los avances científico-tecnológicos nos han llevado a sobre -
pasar ese límite material constituido por la naturaleza y han
transmutado nuestro entorno en “ depósito de infinita mani-
pulabilidad ” (Marín-Casanova, 2011: 58, nota 17). De este
modo, como Nietzsche vaticinara en Así habló Zaratustra ,
nos hemos convertido en superhombres, en tanto en cuanto
hemos llegado al punto en que no solo somos capaces de di-
señar nuestra realidad, sino que también lo somos de decidir
sobre la continuidad o no de la Tierra, de ese escenario sobre
el que nuestra especie ha escrito su historia y que hasta hace
un siglo conformaba el modelo de lo intrascendible. No obs-
tante, por otra parte, esta falta de permanencia y estabilidad
sufrida por nuestro entorno material se presta a otra lectura:
Adlermanston (Birkshire), de Londres. Estas manifestaciones tuvieron lugar du-
rante las décadas de 1950 y 1960.
El caso de Graham Swift
347 |
puesto que el ser humano participa de la misma condición
orgánica que la naturaleza que se diluye a su alrededor tam-
bién se ve expuesto a ese mismo debilitamiento en beneficio
de la ilimitación tecnológica, tendente a una virtualidad ex-
ponencial.
Esta consciencia del carácter efímero de lo orgánico, ejem-
plificada en este caso por la latencia de una amenaza nuclear,
hace que Bill defina la felicidad como “a rare and endan -
gered enough creature … worthy of special protection” (263).
Cuando Matthew Pearce se enfrentó al ojo de aquel ictiosau-
ro aún atrapado en la roca, experimentó una caída interior en
el “Here. Now. Then” (111) que conforma la inabarcabilidad
espaciotemporal definitoria del “ever after”. Este “ever after”,
sinónimo del abismo asimbólico de lo Real , siempre existe
como punto de partida de lo orgánico y como estadio al que
se ha de retornar. Se cartografía así un periplo que denota la
insignificancia de una vida individual. Para no abismarse en
este proceso natural, el ser humano se ve obligado a cons-
truir, reconstruir y preservar el “happily” que inscriba estelas
de significado sobre esa eternidad, estableciendo así unas
coordenadas simbólicas que puedan ser empleadas para sos-
tener nuestro mundo y nuestra identidad.
De este modo quedan confirmadas las palabras de Clifford
Geertz cuando afirma que el hombre es “an animal suspend -
ed in webs of significance he himself has spun” (1973: 5).
Como hemos visto, a través de estos entramados simbólicos
no solo creamos un modo de explicar lo que hemos dado en
llamar realidad ; también, y cada vez de manera más eviden-
te, construimos esa misma realidad como suelo pintado bajo
nuestros pies mientras colgamos suspendidos en un vacío
(Hayles, 1990: 269), el vacío de lo Real . Este Orden Simbó-
Realidad protésica y postmodernidad
| 348
lico está estrechamente relacionado con el sentimiento de
felicidad al que Bill alude, con ese “happily” que debemos ga-
rantizar para hacer el “ever after” habitable.
Al comenzar y al finalizar la novela, cuando leemos el
Ever After que figura en su cubierta, se nos insinúa el abismo
espaciotemporal que supone todo aquello no abarcado por
nuestras redes de significado. Inmediatamente solventamos
esta desubicación semántica y cronoespacial con el añadido
mental del “happily” que echamos en falta, completado de
manera semiinconsciente por un eco procedente de nuestra
infancia. Esta manera de complementar el “ever after” surte
dos efectos dispares, aunque coincidentes en su intención fi -
nal. Por un lado, el contenido connodenotativo aportado por
“happily” parece domesticar, humanizar y dotar de sentido
al “ever after”, creando así la ilusión de que somos capaces
de ponerle rienda. Por otro, también nos hace conscientes
de que el discurso en que nos apoyamos para componer este
espejismo es el mismo que empleamos para articular las ex-
tensiones más fantásticas e ilusorias de nuestro imaginario
simbólico: aquel del que brotan los cuentos de hadas, aquel
que marca nuestras primeras incursiones en el mundo socio-
culturalmente prediseñado que aportará a nuestra sustancia
animal el añadido protésico indispensable para que pueda
darse la condición humana.
Como avanza su título, el contenido de las páginas que
conforman el interior de la novela es una amalgama de “ever
after” en forma de muertes, de pérdida de anclajes espiritua-
les y familiares, acontecidas en un mundo donde lo original
y auténtico se vuelven inaccesibles más allá de sus sucesivos
aplazamientos por medio de simulacros. Del mismo modo,
también asistimos al empeño de unos personajes por crear
El caso de Graham Swift
349 |
defensas simbólicas con las que negociar la presencia y per-
manencia del “happily” dentro de este contexto orquestado
por “the schemeless scheme of things” (270-1). Para alcanzar
este fin, Bill recurre en última instancia al romanticismo má -
gico rastreado en aquella primera noche de 1957 que Ruth y
él pasaron juntos bajo identidades fingidas en un hotel. Bill
entiende que su relación con su esposa fue lo que dio sen-
tido a su vida –“She was life to me” (131)– y se remonta a
esos orígenes para reencontrarse con ella y consigo mismo.
Aquella primera noche, desnudos, “each one of them offers
the other … the complete and unabridged story of their lives
up to this point. His is a strangely dramatic tale (though he
doesn’t know the half of it yet), full of comedy and tragedy in
the romantic streets of Paris, and hers is a tale of the obscure
London suburbs” (275-6). Tanto la vida de él como la de ella
son cuentos con diferentes matices, narraciones de sus ex-
periencias vitales tejidas e interpretadas por ellos mismos.
Quizá no sean más que palabras; puede que solo una manera,
la que tienen a su alcance, de construir(se) una identidad y
compartirla con otros. Sin embargo, tras su ardua búsqueda
de autenticidad en un mundo que se ha vuelto (ir)real, Bill
finalmente declara: “And this, you see, is me. And this is me”
(275).
De este modo, Bill concluye que nuestro dique defensivo
contra las avenidas de lo Real posee una genética narrativa.
Esta existencia discursiva nos vincula a una identidad pro-
tésica mediante la cual nos acomodamos a esos protocolos
racionales y psicosociales que confieren orden y sentido, si
bien siempre contingentes, a nuestra vida. Si ejercemos otra
vuelta de tuerca y atendemos a los diferentes planos diegéti-
cos que conforman la obra, el Bill Unwin de ahora es aquel
Realidad protésica y postmodernidad
| 356
único recurso para construir una ontología que, aunque si-
mulada, le permita recomponer su subjetividad en torno a
aquel pilar que supuso su relación con Ruth.
En aquella primera noche que pasaron juntos, Bill halla el
material necesario para diseñar un entramado simbólico que
–por primera vez en la historia de su familia– se correspon-
de con la leyenda “ Amor vincit omnia ” grabada en el reloj
nupcial que heredó de su madre y, en última instancia, de
Matthew. Bill distingue en su reconstrucción idealizada de
aquel encuentro amoroso una senda desde la que encami-
narse a una nueva identidad, al equivalente de aquel Nuevo
Mundo añorado por su tatarabuelo. La transición identitaria
que le ofrece la vuelta a aquella noche queda insinuada en el
nombre del hotel en que se hospedaron y en el del lugar don-
de este se ubicaba. Ambos durmieron en el “Denmark Hotel”,
en clara alusión al patrón hamletiano que había dictado y se-
guiría dictando las coordenadas del yo anterior de Bill. Pero,
además, el hotel estaba emplazado en “Mayflower Road”.
Como ya hemos visto, en un mundo postmoderno donde la
historia viaja en sentido inverso en busca de la experiencia
original que valide lo que ahora no es más que un simulacro,
esta coincidencia nominal con aquel barco que condujera a
los primeros Peregrinos desde Inglaterra a las colonias ame-
ricanas confiere la suficiente carga (auto)referencial como
para que Bill exclame: “O Mayflower Road! O my America,
my new-found land!” (264). No es, por tanto, la regresión a
o reinvención de un yo auténtico procurada por su ancestro,
sino el espejismo de autenticidad simbólica con que Bill con-
cluye sus escritos lo que le permite afirmar “this is me” (275).
La puesta en práctica del “make-belief”, del “ser y no ser”
que Bill reconoce como su modo de existencia, requiere una
El caso de Graham Swift
357 |
inversión de valencias entre lo simbólico y lo orgánico, de
manera que pueda darse “[t]hat moment when performance
begins! That magic moment when the lights go down and
the curtain trembles; when the pretend thing, the made-
up thing becomes the real thing and the audience, in their
dark rows, turn to ghosts”. “That moment when things come
alive” (267). Para que esas cosas que son nuestros construc-
tos cobren vida, lo real y lo representado intercambian sus
valores mediante la instauración de un orden simbólico. De
este modo, en el proceso de incorporación de una identidad,
lo protésico se ve sometido a una dinámica animista que lo
confunde con lo biológico, mientras que lo orgánico queda
relegado al dominio de lo intuido, de aquello presentido
como miembro fantasma. En consecuencia, toda identidad
protésica entra no solo a formar parte de, sino a conformar
nuestra realidad , maniobra con la que logramos recubrir el
plano ontológico de lo Real hasta hacerlo indiscernible, hasta
convertirlo en una (ir)realidad fantásmica. Esta inversión de
polaridades entre lo orgánico y lo protésico nos permitió em-
barcar en la mayor paradoja humana: la de poder existir más
allá de nuestra propia existencia, algo que nuestra especie lo-
gró hace mucho tiempo, tan pronto como nos convertimos en
seres lingüísticos y con ello en organismos culturales.
359 |
C apítu lo 8
__________________________________________
I de ntidad pro tés ica
y (post)mo de rnidad
1. d eL yo esenciaL aL yo postmoderno
Comenzaba esta segunda parte del estudio indagando en
el origen de la idea que defiende la existencia de una esen -
cia subjetiva coherente, cohesionada e invariable inherente
a todo individuo. Vimos como Norbert Elías (1939) apunta
hacia el resurgir humanista del Renacimiento y especialmen-
te a la noción de sujeto cartesiano como primer antecedente
moderno, mientras que John O. Lyons (1978) ubica el epi-
centro en el creciente proceso de secularización ocasionado
por los avances tecnocientíficos de la modernidad a partir del
siglo XVIII. Esta última tendencia derivó, en principio, hacia
un individualismo en aumento, opuesto al discurso genera-
lizador y categorizante contenido en la herencia teocrática
proveniente de la Edad Media. Sin embargo, este mismo
impulso hacia un enfoque racional de toda subjetividad tam-
bién desembocó en una progresiva abstracción de la persona
hasta articular en el siglo XIX unas matemáticas del compor-
tamiento humano con el propósito de confinar al individuo
Realidad protésica y postmodernidad
| 360
dentro de los límites de una realidad empírico-sensorial
inmediata. Tal mecanización de la persona halló su contra-
punto en el movimiento Romántico, que reclamó el papel
determinante de una esencia interior individual, originada y
conducida a través de los instintos y los sentimientos. Esta
convicción abrió las puertas a la consideración de un dominio
ontológico –que, más tarde, Lacan llamaría de lo Real – go-
bernado por una realidad más allá de aquella exclusivamente
objetiva y objetivable que las aproximaciones epistemológi-
cas del empirismo Ilustrado aspiraban a cartografiar.
Los albores del siglo XX se vieron marcados por un legado
evolucionista postdarwiniano, por las teorías postcristia-
nas de Nietzsche, por el relativismo científico expuesto por
Einstein y Heisenberg, y por una guerra mundial. Todo ello
contribuyó a una relativización exponencial del carácter au-
téntico de cualquier percepción de una realidad objetiva. Las
propuestas estructuralistas iniciadas por Saussure con res-
pecto a la naturaleza arbitraria del lenguaje como sistema
de signos también contribuyeron a revelar toda aspiración
a mimetizar o representar una realidad fenomenológica
como un constructo discursivo y a la postre autorreferen-
cial. Este posicionamiento desfamiliarizador difirió el acceso
a toda esencialidad, no solo con respecto a aquella realidad
extradiscursiva que el yo creía experimentar, abarcar y com-
prender, sino en cuanto a la propia naturaleza de ese yo y,
por extensión, del ser humano.
En este punto, los estudios sociológicos y psicoanalíticos
cobraron especial relevancia como disciplinas interpretativas
de la subjetividad del individuo. La sociología se concentró
en la dimensión performativa del yo como sujeto social hasta
neutralizar la distinción entre ser y actuar . Desde esta lectura,
El caso de Graham Swift
361 |
el yo existe y se articula de manera representacional a través
de pautas preestablecidas que generan réplicas de compor-
tamiento, a la vez producto y origen de un interaccionismo
social y simbólico consensuado. Este será uno de los hilos con
que las aproximaciones postestructuralistas –estrechamente
conectadas con la postmodernidad– tejieron planteamientos
construccionistas que acabaron drenando de la subjetividad
humana cualquier vestigio de significado inherente y profun -
didad hasta reducirla a la exclusiva superficialidad de lo que
se ha dado en llamar el yo postmoderno .
Un buen número de sociólogos 105 defienden que en las
sociedades avanzadas occidentales estamos asistiendo a la
aparición de un nuevo individualismo centrado en la autoac-
tualización continua y la autoreinvención instantánea. Esta
opinión se hace eco de la descripción que Baudrillard pro-
pone de nuestro mundo contemporáneo como una cultura
globalizada de la imagen y de la superficialidad. Para mu -
chos, la sociedad postmoderna se limita a rendir culto a la
imagen con el fin de celebrar la apariencia, de manera que
el yo se convierte en un objeto de exhibición estética capaz
de proporcionar o negar una autogratificación inmediata. El
aumento constante de la velocidad en cualquier ámbito y la
invitación a una constante actualización inscritas en el código
genético de una sociedad postindustrial de consumo embar-
can al individuo en una lógica del cortoplacismo (Sennett,
2006) como política constructiva de la identidad. Los térmi-
nos empleados normalmente para definir este yo vaciado de
un significado intrínseco –y sobre todo de una solidez en co -
rrelación con un grado de permanencia o continuidad– son
fluidez , dinamismo, autocreación y cambio , pero también
105) Cfr. Gergen, 1991; Bauman, 1997; Elliott and Lemert, 2005.
Realidad protésica y postmodernidad
| 362
multiplicidad , dispersión , discontinuidad , fragmentación
y descomposición . Es cierto que estos conceptos, en espe-
cial los cuatro primeros, ofrecen connotaciones subversivas
y liberadoras cuando se plantean como respuesta a discur-
sos monolíticos y autoritarios impuestos por metanarrativas
totalizadoras. Sin embargo, cuando los cinco últimos – mul-
tiplicidad , dispersión , discontinuidad , fragmentación y
descomposición – se corresponden con la naturaleza del yo
que ha de definir la subjetividad individual, también quedan
abiertas las puertas a la inestabilidad psíquica y a la disolu-
ción del yo en las arenas movedizas de la esquizofrenia o la
multifrenia. Deleuze y Guattari (1972) no dudan en proponer
la personalidad esquizofrénica como réplica a la tiranía de
una estructura unitaria del yo, pero la falta de solidez, unidad
y continuidad, así como del sentido de profundidad del yo,
no cuentan necesariamente con una lectura liberadora: tam-
bién son causantes de graves disfuncionalidades psíquicas
que pueden derivar en traumas irreparables como los casos
detallados por James M. Glass en Shattered Selves: Multiple
Personality in a Postmodern World (1993).
En tiempos de la postmodernidad, los cimientos de toda
metanarrativa han perdido estabilidad y el yo como centro
único, totalizador e inamovible no podría haber corrido una
suerte distinta. Como J. M. Gubrium y J. A. Holstein sugie-
ren, “[i]n the context of the postmodern, the idea of the self
as a central presence dissolves and is replaced by a radical-
ization of what Derrida (1978) calls the ‘play of difference’,
whose objects are ontologically enlivened or deadened by
floating signifiers, eclipsing substantiality” (1994: 685).
Hans Bertens expresa una idea parecida en los siguientes
términos: “The radical indeterminacy of Postmodernism
El caso de Graham Swift
363 |
has entered the individual ego and has drastically affect-
ed its former (supposed) stability. Identity has become as
uncertain as everything else” (1986: 47). Tanto Gubrium y
Holstein como Bertens coinciden en que el advenimiento
de la postmodernidad ha favorecido la disolución o, al me-
nos, descomposición de la idea del yo como centro, si bien
ofrecen diferentes connotaciones con respecto a las conse-
cuencias: los primeros destacan una pérdida –o diferimiento
derridiano a través de una sucesión de significantes– de toda
sustancialidad, mientras que Bertens enfatiza la desestabili-
zación y la incertidumbre experimentadas por el individuo
de la postmodernidad.
Este entorno existencial es el habitado por los persona -
jes de las obras de Graham Swift que hemos analizado, pero
en ninguna de ellas hemos asistido a la celebración de esta
indeterminación o pérdida de estabilidad identitaria. Por el
contrario, hemos sido testigos del trauma por el que atra -
viesan unos narradores al reconocer la superficialidad y
una consiguiente falta de sustancialidad como marcado -
res definitorios de unas identidades que experimentan no
como esenciales o inherentes a su persona, sino como aña -
didos protésicos cuyo cometido es reparar una ausencia.
La consciencia de este hecho, lejos de suponer para ellos
esa experiencia liberadora que muchos asocian al yo fluido,
múltiple y, por tanto, discontinuo favorecido por la postmo -
dernidad, les ha obligado a embarcarse en la búsqueda de un
yo interior y esencial que confiera un sentimiento de solidez
y de autenticidad a unas subjetividades que amenazan con
diluirse en la insustancialidad.
En lo que resta de capítulo extraeré algunas conclusiones
acerca del concepto de identidad protésica que he acuñado
Realidad protésica y postmodernidad
| 364
y a continuación ampliado y estudiado a partir de su mani -
festación en varias obras de Graham Swift. La intención que
me mueve es doble: por una parte, volveré a destacar que la
consciencia de habitar una identidad protésica en lugar de un
yo esencial no es exclusiva de la tendencia hacia la indeter -
minación y la reflexividad inherentes a la postmodernidad.
Por otra parte –y como extensión de lo anterior–, también
reforzaré la opinión de que la línea de separación entre un
yo moderno y un yo postmoderno que una buena parte de
la crítica se esfuerza en delimitar resulta más porosa y me -
nos infranqueable a medida que la postmodernidad adquiere
madurez. Como ocurre con cualquier etapa histórica o movi -
miento cultural y artístico, las fronteras con sus antecesores
y sucesores no cuentan necesariamente con un fundamento
intrínseco y natural, sino que responden en la mayoría de
los casos al diseño de categorías estratégicas consensuadas.
Sus coordenadas se establecen a través de las dominantes 106
que destacan o se atenúan en cada momento concreto. Esto,
sin embargo, no quiere decir que otros rasgos que ejercieron
de dominante en una etapa anterior o que lo harán en una
posterior no se encuentren presentes y contribuyan a reequi -
librar y reformular los patrones nunca estáticos del periodo
actual.
106) Emplo el término en el sentido que le dieran Jurij Tynjanov y Roman
Jakobson –“the focusing component of a work of art: it rules, determines, and
transforms the remaining components” (McHale, 1986: 55-6)– y enfatizo su ca-
lidad de concepto flotante que oscila según la pregunta que le formulemos a un
texto.
El caso de Graham Swift
365 |
2. L os personajes de g raham s wiFt : deL yo de
La modernidad aL yo postmoderno y viceversa
En The Saturated Self: Dilem mas of Identity in Contem-
porary Life (1991), Kenneth J. Gergen cuenta la siguiente
anécdota ocurrida a una amiga:
On Saturday I went shopping with my teenage
daughter. I needed a dress for a party the next week.
I saw a very attractive dress, black, a daring cut, and
with silver sequins. I was very excited until I tried
it on. Dejectedly I had to tell my daughter that I
just couldn’t take it. It just wasn’t me. My daughter
responded with gentle mockery, “But Mom, that
isn’t the point. With that dress you would really be
somebody”. (139)
La diferencia de opiniones aquí reflejada marca para Gergen
el distanciamiento entre dos visiones o maneras distintas de
experimentar el yo y la identidad. La madre presiente una
incompatibilidad entre, por un lado, la apariencia que un de-
terminado atuendo puede proporcionarle y, por otro, cierto
sustrato o centro que marca unos ejes estables de su yo. Por
el contrario, la hija interpreta la prenda como recurso cons-
titutivo de la identidad, como una manera literal de llegar a
ser alguien. A partir de esta aproximación, Gergen afirma:
“The mother is a modernist; the daughter is entering the
world of postmodernism. In the postmodern world there is
no individual essence to which one remains true or commit-
ted. One’s identity is continuously emergent, re-formed, and
redirected as one moves through the sea of ever-changing re-
lationships” (139).
Realidad protésica y postmodernidad
| 372
una regresión hacia un estadio previo al dolor, algo que con-
lleva un claro distanciamiento de todo aquello que hemos
definido como identidad protésica, de todo aquello que in -
terpreta como un falso yo que no procede de una gestación
directamente entroncada en lo orgánico.
The Sweet Shop Owner : Frank y Helen Hancock,
o soy imagen, luego existo
El equivalente al padre del narrador de “The Recreation
Ground” que encontramos en The Sweet Shop Owner es
Frank Hancock, primer novio impuesto a Irene Harrison por
sus padres y, a la postre, también aquel que la violó y, por
tanto, desencadenó el trauma del que ella nunca logró recu-
perarse. La carga de ironía contenida en el nombre de pila
de este personaje se hace palpable cuando reparamos en el
halo de hipocresía que emana de él a lo largo de la novela,
alimentado principalmente a través de la manipulación de
su imagen. Somos testigos de esta dimensión intencionada-
mente performativa cuando, nada más finalizar la Segunda
Guerra Mundial, Hancock aparece en un baile donde tam-
bién se encuentran Willy e Irene. A pesar de haber sido un
soldado de infantería durante el conflicto, Hancock surge
“[s]tepping out of the shadows, in an Air Force uniform,
with a … darkish, slightly curled moustache, grown since the
war had started, to give the impression he was a pilot, not a
ground officer” (86). Posteriormente, cuando todo en Lon -
dres vuelve a una relativa normalidad y los comercios en High
Street, calle donde se encuentra la tienda de Willy Chapman,
empiezan a retomar su actividad anterior a la guerra, Han-
cock trabajará en la oficina inmobiliaria de Jones “scratching
[Document text truncated for crawler view.]