113 Resumen: Las fuentes literarias han estado (y siguen estando) muy presentes en los distintos diccionarios. Incluso se ha recurrido a citas para contextualizar los vocablos. Desde una perspectiva estrictamente normativa se percibe la necesidad de legitimar las palabras seleccionadas, mientras que desde un punto descriptivo los textos únicamente testifican su uso. La publicación del Diccionario de Autoridades de la RAE constituye un buen ejemplo de la fusión de la lexicografía con la literatura. Por otro lado, la aparición, a finales del siglo XX, del Diccionario de Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, un repertorio de nueva planta y de carácter sincrónico, constituye un avance importante para la lexicografía española. Frente al empleo de ejemplos inventados, se recuperan las citas, en este caso no solamente literarias, pues los textos periodísticos poseen una importancia innegable. Pero al margen de la función de las documentaciones literarias en los diccionarios, hay que destacar que los diccionarios y sus autores han servido de fuente de inspiración para la elaboración de poemas, novelas y obras dramáticas. En este artículo se analizan algunos de estos textos en los que se muestra la fascinación por los repertorios lexicógrafos y por el enorme esfuerzo que realizan sus redactores. Palabras-clave: Lexicografía, diccionarios, fuentes literarias. Abstract: Literary sources have been (and still are) very present in the different dictionaries. Even quotations have even been used to contextualize the words. From a strictly normative perspective, the need to legitimize the words selections is perceived, while from a descriptive point of view, the texts only testify to their use. The publication of the Diccionario de Autoridades (RAE) is a good example of the fusion of lexicography with literature. On the other hand, the appearance, at the end of the 20th century, of the Diccionario del español actual by Manuel Seco, Olimpia Andrés and Gabino Ramos, a new repertoire of a synchronic nature, constitutes an important advance for Spanish lexicography. In contrast to the use of examples invented by lexicographers, the quotes are recovered, in this case not only literary, since the journalistic texts have an undeniable importance. But aside from the function of literary documentation in dictionaries, it is also undeniable that these works, as well as their authors, have served as a source of inspiration for the elaboration of poems, novels and dramatic works. This article analyzes some of these texts in which the fascination with lexicographic repertoires and the enormous effort made by their editors is shown. Keywords: Lexicography, dictionaries, literay sources. 1. IntroduccIón Es evidente que los repertorios lexicográficos y los textos literarios son elementos configuradores de lo que entendemos por norma prescriptiva. Para que un dIccIonarIo y lIteratura Dictionary anD literature Juan Manuel García Platero Universidad de Sevilla
[email protected] ISSN: 1139/81 Núm. XXV-2 · 2022, págs. 113-130 HESPERIA ANUARIO DE FILOLOGÍA HISPÁNICA Cómo citar este artículo: García Platero, J.M. (2022). Diccionario y Literatura Hesperia. Anuario de Filología Hispánica, XXV-2, 113-130 Recibido: 30/07/2022, Aceptado: 07/11/2022 © Juan Manuel García Platero Este trabajo está sujeto a una licencia de Reconocimiento 4.0 Internacional de Creative Commons (CC BY 4.0) H
114 Juan Manuel García Platero Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) sistema alcance el estatuto de lengua se acude a la gramática y al diccionario como criterios para una adecuada codificación, pero la fuente literaria es una evidencia. Lo escrito se presenta como elemento que se enfrenta al desvanecimiento rápido del lenguaje, pues inicialmente se conserva lo que se considera importante por el único medio posible, y el uso literario se ha conformado durante mucho tiempo como línea divisoria entre lo que se considera “normativo” y lo que se aleja de la corrección lingüística. Por esa razón, la tantas veces señalada mescolanza conceptual con lo “ejemplar” ha dominado buena parte de las consideraciones canónicas. De hecho, en la microestructura de las catalogaciones la marca literario ha estado presente en la praxis lexicográfica, aunque su utilización no ha estado exenta de problemas, debido la ambigüedad que plantea el término (Ruiz Martínez 2021). En ese sentido, se produce, en no pocas ocasiones, una identificación con la escritura en general, al margen de que nos encontremos o no con textos que formen parte de lo que podríamos denominar “arte de la expresión verbal”1 Por supuesto, existen otras fuentes lingüísticas y metalingüísticas que se tienen en cuenta en la elaboración de diccionarios, pero, tanto desde la perspectiva diacrónica como sincrónica, en las distintas compilaciones están muy presentes los corpus literarios e incluso no se ha desdeñado el uso de citas de autores representativos. Del mismo modo, los medios de comunicación han ido adquiriendo mayor relevancia como fuente documental, sobre todo a partir de la aparición de catalogaciones de voces consideradas “neológicas”, así como en los repertorios que ahondan en la tendencia descriptiva. En todo caso, resulta evidente que, se contextualicen o no las diferentes acepciones de un lema, la influencia de la literatura en los diccionarios ha sido y sigue siendo incuestionable. 2. las cItas lIterarIas El uso de ejemplos resulta especialmente útil para los usuarios de los repertorios lexicográficos. Sabemos que sus funciones son múltiples, pues no solo ayudan a la descodificación de la paráfrasis definitoria, sino que también incorporan infor- 1 Igualmente, Prieto García-Seco (2014, p. 51), en relación con las voces introducidas en el Nuevo diccionario de la lengua castellana de Vicente Salvá (1846), “caprichosas y jocosas” (verdaderos hápax), comprobó que proceden, en su mayor parte, de obras del Siglo de Oro. Todo esto manifiesta una preferencia por los empleos literarios, al margen de su representatividad discursiva.
115 Diccionario y literatura Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) mación gramatical y colocacional2. Además, desvelan aspectos culturales que, en no pocas ocasiones, poseen relevancia para quien consulta estas obras. Puede argumentarse que el ejemplo inventado, el más habitual, es un uso irreal que no palía el carácter deshabitado que de por sí posee el vocablo del que se informa. De ahí que los textos, especialmente los literarios, por la tradición secular, puedan naturalizar, en mayor o menor medida, la unidad léxica. Es cier- to que resulta difícil que un fragmento nacido de la imaginación de un escritor, por tanto, no creado para la constatación de uso de una voz, pueda cubrir las exigencias, antes indicadas, de un ejemplo en el ámbito lexicográfico. Además, si se pretende reflejar usos empleos discursivos, los textos literarios no son más que aproximaciones miméticas pasadas por el filtro de un autor determinado. A todo ello hay que añadir la dificultad de contar con una base de datos suficientemente representativa, lo que alargaría el proceso de elaboración del diccionario. De todas formas, hay que reiterar que, al margen de la contextualización de los vocablos, el corpus literario va estar siempre presente. Pese a lo dicho, dado que diccionarios han recurrido al criterio de autoridad literaria, desde sus inicios no escasearon las citas. Es cierto que Nebrija deviene en sí mismo en autoridad, pues el en su moderna parquedad microestructural prescinde del enciclopedismo medieval y sienta las bases de los repertorios bilingües posteriores del español con otras lenguas modernas. Pero no ocurre así en otras catalogaciones del español con el latín ni en los diccionarios monolingües ulteriores, caracterizados por la profusa inclusión de ejemplos literarios. De todas formas, la fusión entre la literatura y la lexicografía se consolida, como es consabido, con el llamado Diccionario de autoridades (1726-1739), en el que se exalta el patrimonio cultural hispánico, a la vez que se legitima el empleo de los vocablos (Ruhstaller 2001), aunque el corpus vaya más allá de las fuentes estrictamente literarias (Álvarez de Miranda 2005), cuya estela continuó el nunca suficientemente valorado Terreros (1786-1793). Pese a que en 1780 la Academia publicó un tomo reducido que excluyó las citas, lo que, finalmente, aseguró la 2 No hay que olvidar que las coapariciones de las piezas léxicas no suelen encontrar acomodo en un lugar fijo de del primer enunciado microestructural (frente a lo que ocurre con las otras esferas fraseológicas), por lo que lo que pueden y deben visualizarse en la contextualización de la voz lematizada.
116 Juan Manuel García Platero Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) continuidad de sus repertorios hasta nuestros días, la autoridad literaria siguió presente. Y no solamente con el manejo de las fuentes para sus fines lexicográficos, pues precisamente en ese año la institución patrocinó una edición del Quijote, siguiendo las normas ortográficas y gramaticales vigentes, lo que incide en la identificación entre la lengua española y la de Cervantes (Egido 2021, p. 99). De todas formas, la eliminación de las citas conllevó que los diccionarios no académicos decimonónicos, que en todo momento tenían en cuenta, para la exaltación o la crítica, las directrices institucionales, no se caracterizaran por la inclusión de textos que refrendaran la pieza léxica lematizada, por más que la importancia del canon literario fuera, cabe subrayarlo una vez más, una realidad. De hecho, en ese siglo nacen los diccionarios enciclopédicos, ya explícitos3, y, debido a la evolución de la redacción particular a la colectiva, muchos de ellos estaban elaborados, según rezaba en los títulos, “por un conjunto de literatos”. Al margen de autorías, pese a que las citas fueran inexistentes, hubo algunas excepciones, como el Diccionario enciclopédico de la lengua castellana (1895) de Zerolo, Toro e Isaza, en el que se confiere una importante autoridad a la documentación literaria y del que se publicó una versión extractada que prescindió de la información enciclopédica y contextual (Alvar Ezquerra 2018). Tampoco hay olvidar el monumental Diccionario enciclopédico hispano-americano (1887-1898) de la editorial Montaner y Simón, en cuya elaboración colaboró un número importante de intelectuales (Prieto García-Seco 2010), entre los que figuraba Aniceto de Pagés, quien se ocupó precisamente de la búsqueda de fuentes literarias. Este mismo autor en la centuria siguiente publicó el Gran diccionario de la lengua castellana, autorizado con ejemplos de buenos escritores antiguos y modernos (1902-1932), también con citas (García Cornejo 2006), aunque solo pudo ocuparse de parte de la obra y fue continuada por José Pérez Hervás, un lexicógrafo tan destacable como olvidado (Silva Villar 2015). Pero conviene reivindicar, por su especial interés, una catalogación anterior que también incluye fragmentos de obras literarias: el Gran Diccionario de la lengua española de Adolfo de Castro (1852). Se trata de un repertorio incompleto (llegó hasta la letra C, en concreto hasta la palabra costra) 3 De forma implícita estaba presente en el Diccionario nacional (1846-1847) de Ramón Joaquín Domínguez, paradigma de la exaltación romántica y de la consiguiente subjetividad definicional, al que Manuel Seco le dedicó dos trabajos (1983, 1985).
117 Diccionario y literatura Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) que sigue la estela de Samuel Johnson en el ámbito anglosajón, con fuentes y citas de carácter literario y lexicográfico (Jacinto García 2008, 2010). Y lógicamente, hay que destacar también la importancia dada a las citas en el Diccionario de construcción y régimen de Cuervo (1886-1893), pues parte de fuentes literarias desde el siglo XIII al XIX. De hecho, una de las críticas del colombiano a la Academia viene dada por la eliminación de los ejemplos (Seco 1987a). Por otro lado, los repertorios dialectales se han valido de testimonios escritos literarios, pese a que Autoridades excluyó la necesidad de documentar los regionalismos para su sanción lexicográfica (Ahumada Lara 2007). De todas formas, la literatura folclórica frente a la literatura de autoridad se marca como uno de los criterios que demuestran las situaciones diglósicas, por lo que la lexicografía dialectal ha llegado a incorporar fuentes consideradas menos prestigiosas. Además, conviene recordar la antes señalada mímesis de la oralidad, especialmente constatable en este tipo de obras, de ahí que confundan las variantes sintópicas con las que se incluyen en el continuo sinstrático-sinfásico. La publicación en 1999 del Diccionario del español actual, de Manuel Seco, junto con Olimpia Andrés y Gabino Ramos, supone una vuelta a los contextos literarios para documentar las acepciones, si bien se tiene muy en cuenta la importancia de las fuentes mediáticas, que hasta el momento se habían utilizado en las catalogaciones de voces no sancionadas académicamente. La perspectiva de esta obra de nueva planta, que conoció una segunda edición en 2011, es de carácter sincrónico (se obvian las documentaciones anteriores a la primera mitad del siglo XX), lo que implica una renovación con respecto a las compilaciones generales que incluyen citas. Al defenderse, en el prólogo, que las fuentes documentales son “espejo de la lengua”, se acude, además de a los indicados textos provenientes de los medios de comunicación4, a las manifestaciones literarias que se perciben “más sociales”. Se trata de la narrativa y el teatro, es decir, las fuentes textuales que trascienden los empleos creativos propios del discurso poético. Del mismo modo, se argumenta que la ausencia de documentación oral se deriva de 4 Se ha indicado, que el excesivo empleo de las fuentes periodísticas en los repertorios actuales puede dar lugar que se cataloguen piezas léxicas de escaso empleo al margen de los contextos mediáticos, por lo que se llega a considerar “normal” lo específico de una modalidad lingüística (Hernández Hernández 2002-2004).
118 Juan Manuel García Platero Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) la indicada consideración sincrónica de la obra, ya que sería difícil constreñir a un periodo delimitado los “elementos del habla”. En otras palabras, cuando unas piezas léxicas se integran en el sistema suelen incorporarse a la escritura. Se trata, en definitiva, de una obra fundamental que, pese a contener un gran número de contextos mediáticos, incorpora también abundantes citas literarias. Se ha visto la importancia de los textos literarios en los repertorios lexicográficos, pero la intención de este trabajo es también visualizar la presencia del diccionario y, cómo no, de sus redactores en la ficción. De hecho, algunos han considerado que estas obras constituyen en sí mismas un género literario, desde el momento en que un conjunto de catálogos comparte unos rasgos comunes a lo largo de la historia (García Ibáñez 2004-2005). Incluso Borges, en el prefacio que escribió en 1985 para el Diccionario enciclopédico Grijalbo, editado un año después, señalaba que “el diccionario y la enciclopedia son el más deleitable de los géneros literarios” 3. Palabras que connotan y referentes ImagInarIos Muchos literatos han mostrado su fascinación por los diccionarios, aunque no encuentren necesariamente en ellos los valores connotativos de las palabas que tanto anhelan. Es imprescindible, en ese sentido, aludir a un texto ya clásico de García Márquez5. De nuevo hay que recurrir a un prólogo, en este caso el del CLAVE. Diccionario de uso del español actual (1997), muchas veces citado e incluso estudiado (Cabello Pino 2020). Decía el narrador colombiano que nunca vio el diccionario “como un libro de estudio, gordo y sabio, sino como un juguete para toda la vida” y aludía a la poesía del Diccionario de Autoridades, cuando definía el amarillo con un candor lírico: “Color que imita el del oro cuando es subido, y a la flor de la retama cuando es bajo y amortiguado”. Pero esta paráfrasis definitoria ostensiva no encontraba parangón, a su juicio, con la que propuso en su día Covarrubias (1611): “Entre las colores se tiene por la mas infelice, por ser la de la muerte y de la larga y peligrosa enfermedad, y la color de los enamorados”. El novelista, en su defensa de los repertorios “rupestres”, que llegan a atrapar el valor subjetivo de las palabras y expresan colores e incluso sabores, reivindica al 5 El interés de García Márquez por el léxico y, más en concreto, por los diccionarios se ha puesto de manifiesto en varios de sus escritos (Cabello Pino 2018-2019).
119 Diccionario y literatura Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) lexicógrafo conquense, que, pese a introducir su impronta, no desdeñó en absoluto las autoridades literarias (Seco 1987b). Sin embargo, la obra recibió no poco desdén, hasta que la Academia terminó por darle presencia lexicográfica (Seco, 1987-1988). Podemos encontrar en muchos diccionarios artículos lexicográficos plagados de imaginación, que harían feliz a cualquier escritor. Íñigo-Madrigal (2003) publicó un Bestiario académico en el que se recogen “especies zoológicas, existentes o ficticias” incluidas en diccionarios publicados desde el siglo XVII hasta la edición académica de 2001. En esta particular antología de lexicografía literaria o de literatura lexicográfica, “de carácter meramente eutrapélico”, está presente, lógicamente, Covarrubias (1601), pero también Francisco del Rosal (1601-1611), Terreros (1786-1793) o Ramón Joaquín Domínguez (1846-1847), entre otros. Sorprende que Terreros, el gran diccionarista que supo conjugar el dominio de la técnica lexicográfica con el conocimiento científico, lejos de tentaciones diletantes, nos ilusione afirmando que el unicornio fue un ente palpable (“No obstante que muchos ponen en duda, y aun niegan absolutamente este animal; es cosa averiguada que le mató en Manila de un escopetazo Don Juan Francisco Irisarri, Gobernador de una de aquellas Islas”). Así mismo, se cita un artículo de Núñez de Taboada (1825), fiel representante de la lexicografía decimonónica no académica, que define al camaleón con un candor literario supremo: “Especie de lagarto de varios colores, según donde se cría y las agitaciones que padece”. Lo dicho anteriormente sobre la connotación de las palabras no lleva al volumen colectivo Lo uno y lo diverso (2021), publicado por el Instituto Cervantes. Teniendo como precedente el sorpresivo turista español de Rosenblat, que no entiende las variedades de su propio idioma, se incluyen diferentes trabajos no exentos de interés. Entre ellos destaca el del novelista nicaragüense Sergio Ramírez sobre la palabra cabanga (lo sentido por quien ya no está en nuestra vida, un amor perdido, la ciudad de nuestros primeros años, que produce nostalgia), similar al hüzün turco, vocablo descrito por Orhan Pamuk en Estambul. Ciudad y recuerdos (2006), un libro lleno de olores y sabores, como los diccionarios rupestres a los que nos referíamos, donde la connotación es tan personal que se escapa
120 Juan Manuel García Platero Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) de los límites estrictos fijados por la lexicografía. Es algo similar a lo que ocurre con Natalia Ginzburg en su Léxico familiar (1963). Antes de narrar los terribles aconteceres que sucederían con el auge del fascismo, en las primeras páginas se centra, como se señala en el título, en el vocabulario propio de su familia, judía y antifascista, que vivía en Turín. Recuerda cómo su padre llamaba impertinente a todo el que hacía una acción que no le gustaba, aunque fuera simple travesura. Había una suerte de idioma secreto entre padres y hermanos, con palabras que connotan, por lo que estarán siempre presentes en lo más íntimo de la memoria. Obviamente se trata de unidades léxicas difícilmente catalogables en un repertorio general. 4. las Palabras cobran vIda En la literatura a menudo los vocablos cobran vida. La prosopopeya aparece en un texto absolutamente peculiar. Se trata del cuento La conjuración de las palabras de Pérez Galdós, publicado en el diario La nación en 1868. En esta suerte de viaje parnasiano, la sátira política se percibe en una alegoría metalingüística. La acción comienza cuando las palabras, convenientemente armadas, salen del gran Diccionario de la Lengua Castellana, un enorme edificio. Los sustantivos afirman que la “osadía” de los escritores, que tanto los ha irritado, merece un castigo. Todos los vocablos quieren hablar, pero no se llega a un acuerdo. Incluso se producen situaciones violentas y los heridos acaban en el hospital de sangre, es decir, en la Fe de erratas del Diccionario. Al final, la Gramática decide enviar al Diccionario una embajada de géneros, números y casos, con el fin de subsanar, de forma pacífica, los problemas de la lengua castellana. El mismo recurso prosopopéyico está también presente en una obra teatral dedicada a la enseñanza del español como lengua extranjera: Doña Gramática, escrita por Pedro Salinas, el crítico literario Joaquín Casalduero y el poeta posmodernista Enrique Díez-Canedo, entre otros. Solo se representó una vez, en 1942, para los estudiantes de la Escuela Española de Verano de Middlebury, en Verrmont (EUU), donde los tres autores exiliados impartían clases, y no vio la luz hasta que Emilio Quintana la editó en 1996, tras encontrarla entre los papeles de Salinas en la Residencia de Estudiantes. En el texto se cuenta el dilema de Cláusula, que se debate entre el amor de Indicativo y Subjetivo. Pero hay más
121 Diccionario y literatura Hesperia. Anuario de Filología Hispánica XXV-2 (2022) personajes6: Doña Gramática, Excepciones, Modisma, Ser y Estar, Por y Para, y, por supuesto, Diccionario, que sale a escena “pomposo y lento, y se coloca en un grupo abarcando con los brazos a varias palabras”. Juan José Millás es el autor de los universos paralelos y del asombro ante la realidad. El mundo de las palabras y su catalogación está también presente en su obra. Se puede observar en sus columnas periodísticas. En un una de ellas, titulada “Palabras” (1992), se narra un recorrido laberíntico por el diccionario y la enciclopedia. José Antonio Pascual (1998) publicó en su día un atinado artículo en el que comenta el texto de Millás y descubre sus fuentes: el repertorio de María Moliner, la catalogación onomasiológica de Casares y la “enciclopedia favorita” del escritor, el Espasa. Seis años después, en la novela El orden alfabético (1998) el padre del niño narrador le dice que el día menos pensado, si persistía en no leer, los libros saldrían volando de casa, como pájaros, y todo el mundo se quedaría sin palabras. En la cama imaginaba un mundo sin vocablos y presuponía que comenzarían a perderse alfabéticamente. De esta manera, si de la letra A únicamente quedaba de asesino en adelante, ya no existirían las abejas, ni los abogados, ni las abreviaturas, ni los aceros, ni los acicates, ni los ancianos. Y también desaparecerían el alumbrado y las algas; incluso Argentina y América. Todo ello provocaría una catástrofe natural de la que se sentía culpable. Un año después de la publicación de esta narración vio la luz la novela juvenil La tienda de las palabras de Jesús Marchamalo. En uno de los capítulos se habla de un sueño extraño en el que las letras desaparecen y con el tiempo dejan de pronunciarse. Ya los niños no las aprenden en los colegios y los adultos terminan olvidando el nombre de las cosas. 5. Palabras y dIccIonarIos Inventados Partiendo del formato de un repertorio lexicográfico, los escritores pueden crear falsas obras de consulta. Este es el caso de una de las más singulares: La literatura nazi en América de Roberto Bolaño (1996). Se trata de una antología enciclopédica 6 Curiosamente, no aparecen los pronombres, tan queridos por Salinas. Para el poeta representaban la esencia del amor, frente a todo lo superfluo. En su emocionante La voz a ti debida (1933) expresaba que no quería habitar en islas, ni en palacios, ni en torres, pues su máxima alegría era “vivir en los pronombres”.
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