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Celebrando la independencia. Una resignificación en Chile y Argentina (1810-1910)

Álvarez Sepúlveda, Humberto; Martínez Llamas, David

Abstract

El artículo analiza el proceso de conmemoración y resignificación de la independencia en Chile y Argentina, desde 1810 hasta 1910. Primero, examina el significado del ideal de independencia para las clases dirigentes y los sectores populares; luego, aborda la relevancia de la difusión de los símbolos patrios en la construcción del discurso nacional; finalmente, plantea una reflexión del Centenario Nacional como un hito de resignificación nacional de los cien años de vida republicana del Estado chileno y argentino.

Full text

  127  CELEBRANDO LA INDEPENDENCIA. UNA RESIGNIFICACIÓN EN CHILE Y ARGENTINA (1810-1910) CELEBRATING THE INDEPENDENCE. A RESIGNIFICANCE IN CHILE AND ARGENTINA (1810-1910) Humberto Álvarez Sepúlveda Máster de Historia Contemporánea y Mundo Actual, Universitat de Barcelona  David Martínez Llamas Máster de Historia Contemporánea y Mundo Actual, Universitat de Barcelona  Resumen: El artículo analiza el proceso de conmemoración y resignificación de la independencia en Chile y Argentina, desde 1810 hasta 1910. Primero, examina el significado del ideal de independencia para las clases dirigentes y los sectores populares; luego, aborda la relevancia de la difusión de los símbolos patrios en la construcción del discurso nacional; finalmente, plantea una reflexión del Centenario Nacional como un hito de resignificación nacional de los cien años de vida republicana del Estado chileno y argentino. Palabras Clave: Independencia - Chile - Argentina - conmemoración - construcción nacional Abstract: The article analyzes the process of commemoration and resignificance of independence in Chile and Argentina, from 1810 to 1910. First, examines the significance of the ideal of independence for the ruling classes and popular sectors; then, addresses the relevance of the diffusion of the national symbols in the construction of the national discourse; finally, raises a reflection of the National Centennial as a milestone national resignificance of hundred years of republican life of the chilean and argentine State. Keywords: Independence - Chile - Argentina - commemoration - national construction Recibido: 25/02/2014 Evaluado: 11/03/2014   128  Introducción En este artículo enfocamos los cambios mentales, políticos y sociales que se desencadenaron en América Latina tras los procesos de emancipación de las metrópolis europeas, centrándonos en los casos de conmemoración y resignificación de la independencia de los nuevos Estados Nacionales de Chile y Argentina entre 1810 y 1910. Esta es una temática compleja que no se puede entender sin analizar las especificidades de la construcción del concepto de Nación que tuvo lugar en la América hispana. En su conocida obra sobre el nacionalismo, el profesor Benedict Anderson sostiene que los factores que explican el desarrollo del sentimiento nacional en Europa no estaban presentes en el Nuevo Continente. 1 La dinámica que se gestó entre las colonias y la metrópoli a partir del siglo XVII configuró un marco de confrontación en las élites y articuló las bases de unos nuevos vientos de cambio. El decaído monopolio comercial español debido al contrabando, la invasión napoleónica en España, el posterior “secuestro” de Fernando VII a la ciudad de Bayona (Francia) y la postura recelosa de los criollos americanos como ciudadanos de segunda categoría frente a la alcurnia de la casta española, fueron los antecedentes que introdujeron los primeros pilares para movilizar el ideal de independencia y la construcción de una nación en la sociedad iberoamericana. 2 Este nuevo proyecto nacional queda bien ejemplificado en los casos de Chile y Argentina, ya que ambos se erigieron a partir de la oposición acérrima de dos concepciones políticas propias y no por la proliferación de diferencias culturales como ocurrió en Europa. Es decir, las disputas que se originaron entre la metrópoli y las colonias no tuvieron como protagonistas a grupos con características étnicas, lingüísticas o religiosas diferenciadas, sino a dos colectivos diferenciados por la concepción particular sobre un proyecto político y de su relación con la idea de soberanía. 3 Corría el año de 1810 y el inicio de un camino paralelo, pero con un mismo destino se apoderaba de ambos países. La formación de la Primera Junta Nacional de Gobierno, el 25 de mayo en Argentina y del 18 de septiembre en Chile, fue la primera muestra de autonomía de estas colonias, en relación a la metrópolis. Por otra parte, las fechas conmemorativas de estas Juntas, en cada una de estas repúblicas, se convirtieron, posteriormente, en los días elegidos para celebrar la Independencia Nacional. Analizaremos como estas conmemoraciones y la posterior resignificación  1 Benedict O'Gorman Anderson, Imagined Communities. London/New York: Editorial Verso, 1991, p. 59. 2 William Maltby, Auge y caída del imperio español. Madrid: Editorial Marcial Pons, 2011, pp. 167-248. 3 José Portillo Valdés, Crisis atlántica: autonomía e independencia en la crisis de la monarquía hispana. Madrid: Marcial Pons, 2006, pp. 190-209.   129  de los ideales de la independencia se fueron plasmando y traduciendo en estas sociedades por medio de dos imaginarios diferenciados, la élite dirigente y el “bajo pueblo”, los cuales se hicieron evidentes en la efeméride del Centenario Nacional de Chile y Argentina en 1910. Este proceso estuvo muy ligado a la necesidad de homogenizar la heterogénea población del territorio, tanto la base latinoamericana como la inmigrada, y a la difusión “educativa” y “patriótica” de los símbolos nacionales que se extendió durante los primeros cien años de vida republicana. Revisaremos brevemente también el papel conmemorativo de España en esta celebración, en el cual se combinaron tanto elementos regeneracionistas del nacionalismo hispano como elementos económicos. Sobre esta base, el artículo aborda los siguientes temas: en primer lugar, el ideal de la independencia, como realidad o sueño; en segundo lugar, los símbolos patrios en su calidad de cimientos del discurso nacional; en tercer lugar, la celebración del centenario abordando la resignificación nacional del mismo. Las conclusiones cierran esta reflexión sobre la propia producción historiográfica actual en Chile y Argentina acerca de la celebración. 1.- El ideal de la independencia: ¿realidad o sueño? Uno de los postulados más representativos de la historiografía oficial nos convoca a considerar la progresiva construcción del Estado nacional en América, tras la independencia de la metrópolis, como una realidad tangible que se ha ido transmitiendo generacionalmente como un legado de libertad y patriotismo que se celebra cada 25 de mayo en Argentina y cada 18 de septiembre en Chile. Sin embargo, la verdad es que ese credo conmemorativo, que ha sido concebido como una construcción histórica, queda muy distante de esta visión tan reduccionista. En vísperas de la emancipación, la mayoría de las poblaciones latinoamericanas se identificaban como súbditas del rey. La Junta Central de Sevilla, por ejemplo, el 22 de enero de 1809 reconoció que los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial o integrante de la monarquía española. En ambos países analizados en este artículo, aún no se tenía la noción de ser chileno o rioplatense (posteriormente, argentino), ya que en el proceso independentista influyeron más los sentimientos de ser americano o de pertenecer a una provincia/localidad determinada y   130  diferenciada. 4 Por tanto, no podemos hablar de una suplantación del “estado colonial” por otro “nacional”. 5 En las Provincias Unidas del Río de la Plata, el proceso de “argentinidad” se inició después de las batallas de Caseros (1852) y Pavón (1861) cuando finalmente se logró consolidar la construcción del Estado Nacional argentino. Pero esta definición política tardía no romperá con las decisiones adoptadas en la Asamblea General Constituyente de 1813, que, entre otras medidas, decretó la creación de los símbolos patrios (himno, sello y bandera) de las Provincias Unidas, base de la futura Argentina, y estableció la celebración del Día de la Independencia el 25 de Mayo. En el caso de Chile, según el historiador Sergio Grez, fue en las guerras contra los bandos realistas en donde se inició el sentimiento patriota. 6 El progreso de esta conciencia nacional estaba estrechamente aparejado al ascenso de la construcción del Estado, desde el 18 de septiembre de 1810 con el primer gobierno autónomo y la Declaración de Independencia de 1818, hasta el Centenario de la República en 1910. 7 A partir de 1837, durante el gobierno conservador de José Prieto, el 18 de septiembre se constituyó como la fecha oficial de celebración del Estado y de la “chilenidad”, quedando inscrita en la memoria de los habitantes del país como símbolo patriótico y de identidad nacional. 8 También es importante destacar que el proyecto nacional se erigió desde una progresiva acentuación del centralismo político y económico de las capitales de los antiguos Virreinatos y Gobernaciones. En Chile, destacaba la capitanía de la ciudad de Santiago sobre las demás provincias. A juicio de Alberto Edwards, “fuera de Santiago no existía, durante el primer siglo republicano, otros centros capaces de equilibrar el poder y la influencia de la alta clase santiaguina”. 9 Aunque existieron claros intentos de descentralización y alzamientos por el predominio de Santiago, estos fueron infructíferos durante el proceso de construcción del Estado chileno. Es importante señalar que entre estos intentos se destacan principalmente los alzamientos  4 Juan Carlos Chiaramonte, Nación y Estado en Iberoamérica. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2004, pp. 64-66. 5 Oscar Oszlak, La formación del estado argentino. Buenos Aires: Editorial Belgrano, 1985, p. 17. 6 Sergio Grez Toso, “Bicentenario en Chile. La celebración de una laboriosa construcción política”, Historia y Comunicación Social de la Universidad Complutense de Madrid, n° 16 (Madrid, 2011), p. 70. 7 Véase Mario Valdés Urrutia, “La deserción en el ejército patriota durante la guerra de independencia de Chile: 1813- 1818. Notas para su comprensión”, Revista Chilena de Historia y Geografía, nº 164 (Santiago, 1998), pp. 103-126; Leonardo León Solis, “Reclutas forzados y desertores de la patria: el bajo pueblo chilena en la guerra de la independencia, 1810-1814”, Historia, nº 35 (Santiago, 2002), pp. 31-63; Sergio Grez Toso, De la “regeneración del pueblo” a la huelga general. Génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890). Santiago: RIL Editores, 2007, pp. 189-209. 8 Paulina Peralta, ¡Chile tiene fiesta! El origen del 18 de septiembre (1810-1837). Santiago: Lom Ediciones, 2007, p. 65. 9 Alberto Edwards Vives, Organización Política de Chile. Santiago: Editorial del Pacifico, 1972, p. 57.   131  militares de Concepción y Coquimbo. Los levantamientos más importantes fueron los protagonizados por Ramón Freire (1822), José de la Cruz (1851) y José Miguel Carrera Fontecilla (1851). La hegemonía centralista también fue un factor de disputa en las Provincias Unidas. Si analizamos su historia, la acérrima capitalización focalizada en Buenos Aires fue un continuo escollo para la definición de un Estado propiamente argentino y provocó múltiples guerras con el resto de provincias que proponían un modelo más federal. 10 En Chile y Argentina, el credo independista, desde su fundación como “comunidad imaginada”, se comenzó a identificar con un sistema político oligárquico profundamente excluyente de clases y de etnias (indígenas). Esta nueva élite dirigente intentará utilizar el legado de los próceres independentistas para implantar su modelo “nacional” hasta las capas inferiores mediante diferentes mecanismos estatales como el servicio militar obligatorio, la difusión propagandística de los símbolos patrios, tanto en escuelas como en otros ámbitos de la vida cotidiana, y la acción moralizadora y “patriótica” de la Iglesia Católica, 11 aunque esta se encontró con el intento opositor de algunos gobiernos argentinos y chilenos de reducir su poder, ya que no respondía al control o pensamiento ideológico del Estado moderno. En Argentina, el proceso de construcción nacional que se realizó fuertemente a partir de 1880, a través del sistema de educación y los medios de comunicación, tuvo la clara finalidad de unificar la heterogénea sociedad predominante. 12 A diferencia de otros Estados sudamericanos, no sólo tuvo que lidiar con la homogenización de una población proveniente de las provincias interiores y los sustratos indígenas, si no que a ella se le sumaron ingentes comunidades procedentes de un fuerte y constante flujo migratorio atraído por las oportunidades que otorgaba un extenso territorio despoblado y que sirvieron de base para la futura “población” del desierto de la Pampa, en detrimento de las poblaciones nativas, y la definitiva consolidación de las fronteras argentinas con la vertebración de los Territorios Nacionales. Por esta razón, las élites vincularon rápidamente el sentimiento nacional a los espacios públicos como sistema de control de este melting pot argentino, ya que muchos de los inmigrantes  10 Oscar Oszlak, La formación del estado argentino. Buenos Aires: Editorial Planeta, 2007, pp. 44-95. 11 Sergio Grez Toso, “Bicentenario en Chile…, n° 16, p. 71. 12 Lilia Ana Bertoni, “Construir la nacionalidad: héroes, estatuas y fiestas patrias, 1887-1891”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. E. Ravignani”, n° 5 (Buenos Aires, 1992), p. 81.   132  (italianos, españoles, entre otros) eran vistos como indeseables, perjudiciales y desestabilizadores. 13 Por tanto, hay que considerar que el ideal de independencia y nación no solo se gestó y consolidó del rechazo criollo hacia la tradición colonial española, sino también desde rivalidades con los inmigrantes o con los propios vecinos, como fue el caso de Chile. Las consecuencias derivadas del dominio ejercido por el Virreinato del Perú en el comercio exterior del Chile colonial, los efectos del enfrentamiento contra la confederación Perú-Boliviana y la Guerra del Pacífico generaron altos niveles de discriminación contra los inmigrantes peruanos y bolivianos durante el siglo XIX y XX. Así, podemos evidenciar que el ideal de independencia sirvió como cimiento para la construcción de otro ideal, el de nación. En Chile y Argentina, se utilizaron ambos arquetipos del “ser no nacional” para iniciar una campaña de dominio y homogeneización de la población que, en gran medida, ha permanecido hasta nuestros días. A partir de la progresiva domesticación popular, la emancipación de la metrópolis para el nuevo poder político se transformó en una realidad evidente porque fue el primer paso para iniciar la verdadera construcción de un proyecto nacional que obedeciera a sus intereses de hegemonía política, económica y social, pero que también respondiera a los principios de libertad e igualdad de castas desde la visión ilustrada. Fue un concepto de nación que se materializó con asombro y rapidez en el Estado chileno. El gobierno dictatorial de Bernardo O’Higgins, los breves siete años de desorganización institucional y la consolidación temprana del Estado nacional con el proyecto portaliano, que se comenzó a erigir con la República Conservadora en 1831 y la Constitución de 1833 -a sólo veinte años de iniciada la guerra de independenciason ejemplos claros del ideal político con que se forjó de manera tangible la creación del Chile independiente. El modelo portaliano hace alusión al pensamiento pragmático de Diego Portales, quien ocupó el cargo de Ministro en varias carteras del gobierno de José Joaquín Prieto (1831-1841). En su actuación e ideario político, se pudo observar que el gran valor de Portales es haber reinstaurado en Chile el principio de autoridad perdido después de la abdicación de O’Higgins. Su accionar fue muy personalista y avasallador incluso con el Presidente de la República, pero su meta de un “Gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes” 14 otorgó “estabilidad y  13 Arnd Schneider, “Inmigrantes europeos y de otros orígenes”. En Mónica Quijada, Carmen Bernand y Arnd Schneider, Homogeneidad y Nación con un estudio de caso: Argentina, siglos XIX y XX. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC, 2000, pp. 141-179. 14 “Carta de Diego Portales a José Manuel Cea, Santiago, marzo de 1822”, Biblioteca Nacional de Chile, MC0001801, fols. 1-2.   133  crecimiento” a Chile, hasta los últimos lustros del siglo XIX, cuando la guerra civil de 1891 terminó con la autoridad del Presidente e instauró el pseudo-parlamentarismo. El credo independista también adquiere forma para la élite a través de la rápida consolidación territorial del Estado chileno, tras la ocupación de Magallanes (1843-1849), la invasión de la Araucanía (1860-1883) y la anexión de Tarapacá y Antofagasta después que Chile logró derrotar a Bolivia y Perú en la Guerra del Pacífico (1879-1883). En Argentina, este proceso fue más lento y complejo y no fue hasta las iniciativas de la llamada Generación del 37 (Sarmiento, Alberdi, entre otros), 15 intelectuales y políticos liberales y románticos, que querían concluir por la vía social, económica e intelectual el modelo de independencia política iniciado en 1810, el cual, según ellos, se rompió con las luchas civiles y la dictadura de Rosas. 16 Será en esta época cuando se geste la consolidación de un modelo definitivo en Argentina y se determine realmente quién es argentino, gentilicio vinculado a la Constitución de 1853. En cuanto a los límites irrevocables del país fue necesario que, durante el último cuarto del siglo XIX, a las provincias argentinas se incorporaran los llamados Territorios Nacionales (La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego, Chaco, Formosa y Misiones). Sólo entonces se pudo hablar de la Argentina territorial en un ámbito completo, lo que permitió iniciar un fuerte proceso de nacionalización, 17 y culminar con la unificación definitiva del Estado argentino. Sin embargo, el “ideario idealista” de la independencia no tuvo la misma acogida en el “bajo pueblo”. Como bien lo señala Portillo, para las masas populares el ideal emancipador sólo fue un sueño, ya que no significó un quiebre del orden social heredado de la colonia. 18 La promesa del proyecto “patriótico” de las clases dirigentes no tenía una mayor transcendencia para las masas, ya que no implicaba ningún quiebre en su historia colectiva. El historiador británico John Lynch al referirse a la postura de los sectores populares frente al movimiento de emancipación política ha sostenido con convicción que como estos “no tenían nada que ganar en la nación, carecían de sentido de nacionalidad”. 19  15 , Mayo de 1810: entre la historia y la ficción discursiva. Buenos Aires: Editorial Biblos, 1999, pp. 29-31. 16 Ignacio Irazuzta Di Chiara, Argentina: una construcción ritual. Bilbao: Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco, 2001, p. 65. 17 Cielo Zaidenwerg, La “argentinización” de los Territorios Nacionales a través de la educación formal e informal. Estudio de caso Río Negro (1908-1930). Barcelona: TDX-Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, 2013, pp. 100-104. 18 Portillo Valdés, op. cit., pp. 190-209. 19 John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas 1810-1826. Barcelona: Editorial Ariel, 1926, p. 149.   134  En Chile, los historiadores Julio Pinto y Verónica Valdivia en una investigación acerca de la construcción social de la nación entre 1810 y 1840, concluyeron que durante las guerras de la independencia “el bajo pueblo no se demostró particularmente entusiasta frente a un proyecto que no le ofrecía beneficios muy tangibles, y sí en cambio sacrificios más que evidentes”. 20 Sin embargo, estas capas fueron igualmente incorporadas al proceso de construcción criollista a través de una efectiva política de domesticación nacional que consolidó un apego tardío y heterogéneo en cada una de las zonas de Chile y Argentina. Para el imaginario de la población, la independencia quedó vinculada a un evento principalmente conmemorativo y de festividad con un contenido opuesto al ideal de “triunfo” libertador marcado por parte de la élite. En la medida que se consolidaron los pilares ideológicos del nuevo Estado nacional, con sus diferentes ritmos en cada territorio, se forjó una creciente articulación entre la conmemoración popular y la oficial en la celebración de la efeméride independentista. De esta forma, las masas fueron integradas paulatina y “artificialmente” a la comunidad nacional. Sin embargo, durante el primer siglo de vida republicana, el “bajo pueblo” continuó privilegiando la forma de festividad popular, mediante una celebración anual basada en las extensas jornadas de juerga en chinganas y ramadas, donde las familias solían deleitarse con bailes, comidas y juegos típicos. 21 En el Estado chileno y argentino estos eventos populares se resignificarón de forma gradual para incorporarlos al modelo de celebración oficial, rompiendo con el abandono y desamparo institucional de las masas durante el proceso post-independencia. 22 2.- Los símbolos patrios, los cimientos del discurso nacional Como hemos visto, los procesos de emancipación iniciaron un nuevo periodo en Argentina y Chile y significaron, al menos a nivel formal, una ruptura en su historia como antiguos dominios del imperio español. Esto provocó la pronta necesidad de construir un ideario y simbolismo identitario que pudiera servir como diferenciación tanto del modelo colonial como de los nuevos Estados vecinos. Es importante destacar que la mayoría de símbolos nacionales se gestan sin saber todavía qué forma tendrá esa nación o qué territorios formarán parte. En Chile, desde el gobierno de Bernardo O’Higgins se comenzó a configurar el sentimiento nacionalista como un elemento cohesionador de la nueva nación. La bandera de Chile adoptada el  20 Julio Pinto Vallejos y Verónica Valdivia Ortiz, ¿Chilenos todos? La construcción social de la nación (1810-1840). Santiago: Lom Ediciones, 2009, pp. 120-144. 21 Paulina Peralta, op. cit., p. 10 y Lilia Bertoni, op. cit., p. 80. 22 Lilia Ana Bertoni, op. cit., p. 79.   135  18 de octubre de 1817 fue el primer instrumento de difusión, luego de dos intentos anteriores: la bandera de la Patria Vieja (1812-1814) y la bandera de la Transición (1817). Los colores de este emblema son simbólicos y característicos de la idiosincrasia política decimonónica. El azul representa el puro cielo chileno y el Océano Pacífico, el blanco las cumbres nevadas de la Cordillera de los Andes y el rojo la sangre vertida por los “héroes” nacionales de la Independencia. La estrella simboliza los tres poderes del Estado chileno que velan por la integridad de la patria. Y para enaltecer aún más su culto, se decreta posteriormente que la bandera debía ser portada en lo alto de una pértiga o asta. En palabras de Cirlot, esta medida define su exaltación imperiosa y la inmortaliza como signo de victoria y de autoafirmación”. 23 La composición del himno (1819) y el escudo chileno, confeccionado bajo el período presidencial de José Joaquín Prieto en 1834, reforzaron el sentido de enaltecimiento del orgullo nacional que transmitía la bandera. En el caso argentino, el pabellón nacional se vincula a la figura del “prócer” Manuel Belgrano quien convierte la escarapela distintiva de los ejércitos revolucionarios en una bandera, que se proclamó como emblema patrio en 1812. La Asamblea General Constituyente de 1813 unificó los símbolos patrios restantes: el Día Nacional (25 de Mayo), el sello de la Nación (con claras vinculaciones con la Revolución Francesa), y el único símbolo plenamente civil, el Himno Nacional. Tanto en la bandera como en el sello destaca el llamado Sol de Mayo, referencia al dios incaico Inti. Esta insignia inicialmente pretendió establecer un puente entre las tradiciones americanas y el nuevo modelo independiente. 24 Es conveniente destacar la importancia del himno nacional como dispositivo propagandístico debido a su particular uso instrumental. Generados tras la independencia, esta “composición musical emblemática de una colectividad, que identifica y une entre sí a quienes la interpretan”, 25 tiene como objetivo exaltar el sentimiento nacional mediante la generación de un sentido de comunidad. El Himno de Chile fue compuesto en 1819 por el poeta argentino Bernardo de Vera y Pintado, y modificado en 1847 por el poeta chileno Eusebio Lillo, con correcciones de Andrés Bello; la música pertenece al español Ramón Carnicer. En Argentina, fue Vicente López y Planes quien lo escribió en 1812; un año más tarde es compuesto por Blas Parera (que en 1812 redactó la obra de teatro El 25 de Mayo) como Marcha patriótica, hasta 1847, que se denominará como Himno  23 Juan Cirlot Laporta, Diccionario de símbolos tradicionales. Barcelona: Editorial Luis Miracle, 1958, p. 105. 24 Guillermo Palombo y Valentín Espinosa, Documentos para la historia de la bandera argentina. Buenos Aires: Instituto de Estudios Iberoamericanos, 2001, pp. 133-136. 25 Academia Española, Diccionario de la lengua española, Vigésima primera edición. Madrid: Real Academia Española, 1992, p. 183.   142  Como hemos visto, la idealización, e instrumentalización, de los símbolos de la Independencia se fueron instaurando en Chile y Argentina por medio de la política clasista de la élite criolla “heredera” de los primeros independentistas. En ambos países, tras las consolidaciones respectivas a nivel político y territorial, los ojos se pusieron en la celebración del Centenario Nacional. Esta fue la ocasión predilecta para que la élite exhibiera ante el resto del mundo los éxitos obtenidos gracias a la sagacidad de su política. Sin embargo, como veremos, surgieron voces discordantes que cuestionaban este discurso oficial. Buenos Aires comenzaba el siglo como la ciudad más grande de Latinoamérica y la octava del mundo. Este crecimiento se debía al modelo agroexportador de la oligarquía terrateniente, tanto de las provincias como ciudades porteñas. Esta forma de comercio exterior fue iniciada en 1880 con la presidencia de Julio Argentino Roca, quien fue el encargado de finalizar unos años antes la ocupación del territorio del desierto (y el aniquilamiento de gran parte de los indios que en ella vivían) y que poco a poco había impulsado el proceso de consolidación de la nación argentina, que tenía como punto culminante el año 1910. 45 Este crecimiento económico, fomentado por un pensamiento liberal, se equilibró con un comportamiento muy conservador, basado en el fraude electoral y la coacción, a nivel político. A la llegada del Centenario, esta oligarquía estuvo interesada, incluso más que el propio gobierno, en mostrar los beneficios del modelo que estaba convirtiendo al país en el “granero del mundo” y a profundizar en la uniformidad nacional. 46 Así se decidió celebrar una Exposición Internacional del Centenario, desde mayo a septiembre del 1910, que estuvo financiada en gran parte por la Sociedad Rural Argentina y la Unión Industrial Argentina, dos asociaciones vinculadas al poder oligárquico. Chile, por su parte, con el arribo del nuevo siglo y en aras a la celebración del Centenario, del 12 al 30 de septiembre, exhibió la existencia de dos mundos polarizados que respondían a la dicotomía élite/pueblo. La victoria de las fuerzas congresistas en la guerra civil de 1891 permitió a las familias más influyentes del país distribuirse el poder en el Parlamento, lo que dio inicio a la época del Régimen Parlamentario (1891-1925). 47 Esta forma de gobierno generó una serie de cambios, tales como el desplazamiento de la población rural, la polarización de las clases sociales y el debilitamiento del Poder Ejecutivo a favor de las figuras partidistas. También hay que destacar que este sistema excluyente se vio favorecido con el auge del salitre. Tras el triunfo chileno en la  45 Lilia Ana Bertoni, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX. Buenos Aires: Fondo de la Cultura Económica, 2001, p. 191. 46 Oscar Teran, Positivismo y Nación en Argentina. Buenos Aires: Editorial Punto Sur, 1980, p. 18. 47 Manuel Rivas Vicuña, Historia política y parlamentaria de Chile. Santiago: Editorial Nascimiento, 1964, pp. 180-189.   143  Guerra del Pacifico y la anexión de Tarapacá y Antofagasta, zonas ricas en salitre, Chile se convirtió en el país más rico de Sudamérica. Así, la élite concentró el poder político y económico bajo “un juego político de intereses enfrentados”. 48 En los discursos oficiales relativos a esta festividad también se percibe claramente la vinculación con la élite liberal, que domina y controla tanto la actividad agrícola como la industrial. En este contexto, tanto en Buenos Aires como en Santiago, se generó un crecimiento urbano importante, el cual provocó una fuerte migración demográfica hacia la capital (y de una gran inmigración europea, básicamente italiana, hacia Argentina), ampliando los límites de la ciudad y la proliferación de conventillos, espacios de marginalidad y de miseria. La urbe capitalina se construye como el punto neurálgico de modelos culturales y de reflexión política y social, mientras que en su periferia se ubican las grandes masas inmigradas que son el motor productivo que las sostienen. 49 Esto se traduce en un contraste entre “adentro” y “afuera” respecto al núcleo de construcción simbólica de la identidad y resignificación del ideario nacional, que no reconoce los modos culturales que aporta el espacio del interior en estos imaginarios. Por contraste, la modernidad es sostenida como modelo de la capital y se constituye en un espacio asociado al progreso y el crecimiento, principal objetivo a difundir en las celebraciones del Centenario. En ellas se intenta implementar una nueva cultura en las masas mediante actividades de gran participación popular, desde la cual se pretende integrar al pueblo en la festividad y, con ello, en los avances de la vida moderna. Pese a esto, el “bajo pueblo” no tenía ningún motivo para festejar el Centenario Nacional, aunque de igual forma organizaron una serie de celebraciones populares para conmemorar con un sentido propio el cumpleaños de Chile y Argentina. En contraste a lo que sucedía con la oligarquía, los sectores populares padecían bajo la llamada “cuestión social”, 50 producto de la enorme inmigración, la migración campo-ciudad y las miserables condiciones materiales y morales en las que vivían algunos grupos en la periferia capitalina. Así, Santiago de Chile y Buenos Aires experimentaron un proceso de “lavado de cara” que les permitió mostrar, sin remordimientos, el progreso del país centenario. Se llevaron a cabo mejoras en  48 Soledad Reyes del Villar, El Centenario en Chile (1910): relato de una fiesta. Santiago: Editorial Globo, 2007, p. 24. 49 Benjamín Vicuña Mackenna, La transformación de Santiago. Santiago: Imprenta de la Librería del Mercurio, 1872, pp. 24-25. 50 Véase a Gonzalo Vial Correa, Historia de Chile (1891-1973). Santiago: Editorial Santillana del Pacífico, 1981, vol. I, tomo II, pp. 495-551 y 745-782; Juan Suriano (comp.), La cuestión social en Argentina (1870-1943). Buenos Aires: Editorial La Colmena, 2000.   144  los servicios públicos y se construyeron grandes edificaciones con estilos basados en la riqueza, lujo y ostentación de gran influencia europea, particularmente francesa que rompieron con el tradicional estilo colonial de la ciudad, posiblemente en un acto involuntario de nueva independencia. A la construcción del Teatro Colón, el Palacio de Tribunales o el Congreso en Buenos Aires, y la Estación Mapocho, el Museo de Bellas Artes o el Palacio de Tribunales en Santiago, se les unieron nuevos monumentos vinculados a los próceres, al proceso de Independencia y sus símbolos, esto como un claro intento por continuar con la tradición que se venía imponiendo desde hace años. En Argentina, abundaron también los monumentos obsequiados por las diversas colectividades presentes en el país a causa de las grandes emigraciones residentes, fomentadas y protegidas legalmente por la Constitución de 1853, y que dieron pie al escritor y filósofo Miguel de Unamuno para hablar de “argentinidad”. Asimismo, en Chile también fueron inaugurados diversos monumentos conmemorativos, muchos de ellos correspondientes a donaciones de las colonias extranjeras residentes en el país. En los actos centenarios de ambos países asistieron diversas delegaciones extranjeras, tanto de países latinoamericanos como del resto del mundo: miembros de la familia real del Imperio del Japón y representaciones de Uruguay, Italia, Alemania, Paraguay, Francia, Rusia y Holanda, entre otros. Todos ellos fueron hospedados en las casas de las clases altas, quienes no sólo les brindaron alojamiento sino también ofrecieron lujosos banquetes, dada la alta alcurnia de los visitantes. 51 Esto fue clave para que el presidente Pedro Montt de Chile y José Figueroa Alcorta de Argentina pudieran hacer un intercambio de cortesanos e invitados ilustres. Aunque parezca irónico, una de las visitas más aclamadas por las élites porteñas durante la celebración del ideario de la Independencia fue la de la Infanta Isabel de Borbón y Borbón, tía del rey Alfonso XIII de España. Es interesante entender que, desde finales del siglo XIX, las relaciones con la antigua metrópoli se fueron estrechando, sobre todo en el círculo intelectual y económico. En esta línea, destacaron la labor de la Revista Unión Iberoamericana (1885), 52 una de las primeras publicaciones dedicadas a fomentar el “americanismo asociativo”, 53 la apertura de la Casa Amèrica Catalunya en abril de 1911, y el liderazgo directivo de Federico Rahola en la Revista Comercial Iberoamericana  51 Programa oficial de nuestro Centenario: con ampliación del popular elaborado por la Ilustre Municipalidad, Santiago de Chile, 18 de septiembre de 1910, Biblioteca Nacional de Chile, MC0001464, fols. 4-9. 52 Juan Carlos Pereira Castañares, “España e Iberoamérica”: un siglo de relaciones (1836-1936), Mélanges de la Casa de Velázquez, Vol. 28, Nº 3, 1992, pp. 97-127 53 Isidro Sepúlveda Muñoz, Comunidad Cultural e Hispano-Americanismo, 1885-1936. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1994, p. 163.   145  Mercurio, que impulsó una majestuosa colección bibliográfica para celebrar formalmente las independencias americanas. 54 Así no es de extrañar que las celebraciones centenarias de la independencia se vivieran con intensidad en las dos orillas, a las cuales se les unió otro centenario: el de las Cortes de Cádiz. Para unos era una oportunidad de establecer nuevos puentes económicos y políticos, pero para otros, paradójicamente, esta celebración fue recibida como la ocasión oportuna para unir a la “raza” 55 y que regeneró un gran nacionalismo hispano, tocado por el desastre del 98, en la península y entre las poblaciones españolas que residían en los diferentes países latinoamericanos. Las reflexiones surgidas se ampararon en el mito de la latinidad y durante las celebraciones se puso en evidencia el intento de manifestar la grandeza de la raza latina frente a la anglosajona. Sevilla fue un ejemplo emblemático de esta resignificación. En esta ciudad, el Centenario de la Independencia también tuvo otro significado especial, ya que conmemoró la función asumida por la Junta Suprema Central (1808-1810) durante la invasión napoleónica. Esta forma de gobierno autónomo y provisorio fue un modelo “inspirador” de las primeras juntas que surgieron en América Latina y que de alguna manera implicó un intento por olvidar divergencias erradicando la “leyenda negra” que sobre España pesaba en América y el reconocimiento “oficial” de la Independencia, ante la cual, el hispano-americanismo dio una nueva interpretación, ofreciendo un nuevo enfoque histórico sobre un proceso que entendía como resultado de una evolución interna de los pueblos de América, una transformación inevitable que, en ningún caso, suponía una ruptura sino su continuidad. Esta nueva resignificación hispanista sobre el proyecto de emancipación americana fue clave para determinar la buena acogida que tuvieron los miembros de la familia real española en Chile y Argentina, ya que fueron recibidos con los máximos honores por parte de la élite que les enseñó los nuevos aires de “progreso y modernidad” de sus respectivos países. Sin embargo, lo que podía parecer un verdadero proceso de crecimiento continuado, estabilidad y bienestar, con una sociedad cohesionada y armónica, pronto demostró ser tan solo una apariencia. Para el Chile de 1910, fue sorprendente la sucesión de cuatro presidentes en menos de cinco meses (Pedro Montt Montt, Elías Fernández Albano, Emiliano Figueroa y Ramón Barros Luco) y que ejemplificaban claramente como el cargo de Presidente de la República, base del teórico y exitoso sistema político nacional de antes de 1891, tenía un poder bastante limitado. Por el contrario, este movimiento político se  54 Gabriela Dalla-Corte Caballero, Cultura y negocios: el americanismo catalán de la Revista Comercial Ibero- Americana Mercurio (Barcelona, 1901-1938), KM 13.774 Edicions de Casa Amèrica Catalunya, Barcelona, 2012. 55 Javier Moreno Luzón, “Reconquistar América para regenerar España. Nacionalismo español y Centenario de las Independencias en 1910-1911”, Historia Mexicana, Revista del Colegio de México, n° 1 (México, 2010), pp. 561-640.   146  entendió -o se publicitó asíbajo la mirada extranjera como un caso de “madurez cívica” del pueblo chileno que no interrumpieron en ningún momento los preparativos para los festejos de septiembre ante los cambios presidenciales. Además, tiempo antes del Centenario, pero sobre todo durante el mismo, ciertos personajes del espectro socioeconómico de la intelectualidad, como Enrique Mac Iver y Julio Valdés, denunciaron la situación política y social existente, con el propósito de “revisar la trayectoria del país y analizar la situación presente”. 56 Acusaban a la clase dirigente chilena de la “crisis nacional”, donde la decadencia y relajación moral mantenían el país estancado. 57 Este debate social y político definiría el escenario intelectual de la primera mitad del siglo XX. Luis Emilio Recabarren, en una conferencia dictada en Rengo, sentenció: “Creemos necesario decir al pueblo el verdadero significado de esa fecha (Independencia nacional), que desde nuestro punto de vista, tiene solamente sentido para la burguesía, siendo que son ellos los que se levantaron contra la corona de España y son ellos los que conquistaron esta patria para aprovechar todas las ventajas que les dio la Independencia [...] La fecha gloriosa de la emancipación del pueblo todavía no ha sonado, las clases populares viven aún en la esclavitud, encadenadas al orden económico por el salario y al orden político por el fraude [...] Un pueblo que vive así, sometido a los caprichos de una sociedad injusta, inmoral y organizada de manera criminal, ¿cómo puede celebrar el 18 de septiembre? Imposible. El pueblo debe negar su participación en las fiestas donde los verdugos y los tiranos celebran la independencia de la clase burguesa que no es ninguna independencia del pueblo, ni como individuo ni como colectividad”. 58 Para Argentina, o mejor dicho, para “el granero del mundo”, las celebraciones del Centenario se realizaron bajo un Estado de Sitio decretado por el Presidente José Figueroa Alcorta. Días antes de las suntuosas celebraciones centenarias, los obreros anarquistas declararon una huelga general que fue duramente reprimida. 59 Esta violencia estatal no sólo provino de una oposición del gobierno conservador a estas expresiones políticas determinadas, sino también porque existía el temor latente de que se resquebrajara el ánimo optimista que se quería mostrar con las celebraciones patrias. Así mismo, estaba en el trasfondo la problemática de la implantación del simbolismo nacional sobre la inmigración. Estos movimientos anarquistas tuvieron una fuerte base de herencia italiana, producto  56 Reyes del Villar, op. cit., p. 25. 57 Véase a Enrique Mac Iver, Discurso sobre la crisis moral de la República. Santiago: Imprenta Moderna, 1900; Julio Valdés Cange, Sinceridad, Chile Íntimo en 1910. Santiago: Imprenta Universitaria, 1910; Luis Recabarren Serrano, "Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana”, Conferencia dictada en Rengo el 3 de Septiembre de 1910. En Julio César Jobet, Jorge Barría, Luis Vitale, Obras escogidas de Luis Emilio Recabarren. Santiago: Editorial Recabarren, 1965. 58 Luis Recabarren Serrano, op. cit., pp. 74-88. 59 Tulio Halperín Donghi, “Una ciudad entra en el siglo XX”. En Margarita Gutman y Thomas Reese (eds.), Buenos Aires 1910. El imaginario para una gran capital. Buenos Aires: Editorial Eudeba, 1999. p. 59.   147  de la fuerte inmigración que hubo desde este país hacia Argentina. Varios dirigentes remarcaron su oposición a esta comunidad por no ser permeables a la implantación de la mentalidad oficial y por tanto, a su no asimilación al modelo desde arriba. Así se verificó que la imagen argentina de prosperidad y solidez institucional que querían mostrar al mundo era falsa, una fachada como analizaba el intelectual Manuel Galves: “¡La superficialidad! He aquí la condición más arraigada entre los argentinos del presente. La superficialidad es la síntesis de nuestras cualidades execrables. [...] Ella nos ha convertido en el pueblo más vanidoso de la Tierra [...] Aquí somos como ciertos propietarios que ponen todo el lujo de su casa en la fachada mientras el cuarto de baño carece de esenciales comodidades. La vida nacional está envenenada de exhibicionismo. Sólo admiramos lo exterior, lo que brilla, lo que deslumbra”. 60 Pero pronto ese sistema político se vio totalmente arruinado. Ese mismo año, el 12 de octubre, Roque Sáez Peña subió a la Jefatura del Estado e inició un proceso revolucionario para la Argentina que se plasmó en el 1912 con la ley de sufragio universal (masculino), obligatorio y secreto. Este hecho puso fin a la democracia restrictiva de la República Conservadora; inició la posibilidad de la participación de todo el abanico de la sociedad en la política del país; y por último, impulsó el verdadero despegue del primer partido nacional de masas, la Unión Cívica Radical que se había abstenido de participar en las anteriores elecciones por los casos de fraude y corrupción. De esta forma, comprobamos que, con claras diferencias propias de su evolución histórica, tanto Argentina como Chile se encontraron en la celebración centenaria de la Independencia con la ambivalencia de ser sociedades que aparentemente mostraban un éxito rotundo en sus procesos de consolidación nacional y de crecimiento social, pero que en el fondo sólo eran una clara muestra del discurso oficial de las élites económicas y sociales que, como ya vimos anteriormente, se habían apropiado del simbolismo independentista, base de la construcción nacional, y que volvía a intentar imponerlo desde arriba con esta fachada optimista durante el Centenario. Reflexiones finales Como hemos visto, los modelos de independencia de las antiguas colonias españolas fueron rápidamente adoptados por las élites criollas como procesos propios. Esto ayudó a que la posterior  60 Manuel Gálvez, El diario de Gabriel Quiroga. Buenos Aires: Editorial Taurus, 2001, p.142.   148  construcción de un Estado nacional estuviera imbuida por dos principios conductores. Por una parte, tuvo la intención expresa de vincularse con el proceso independentista, ya que este fue el generador de las bases morales e históricas de la “comunidad” nacional. Y por otra, en consecuente con el principio anterior, se basó en la apropiación de estos símbolos pasados como herramienta totalmente funcional a los deseos de una élite, que se fue perfilando como la portadora dominante de la construcción de lo que, hoy en día, podemos llamar Chile y Argentina. Es indudable que este proceso no se pudo llevar a cabo sin una efectiva domesticación nacional, mediante la difusión “pedagógica” de todos los símbolos nacionales, que tuvo como objetivo la generación de un sentimiento de pertenencia a una comunidad y la homogeneización de las diversas culturas y etnias que formaban parte de estos territorios, y que sobre todo en el caso argentino se vio agravada por una fuerte y virulenta inmigración. Un claro exponente de esta significación de los símbolos, fueron las celebraciones anuales de todos los elementos unitarios, pero muy en especial de las Fiestas Patrias que se organizaron en ambas repúblicas. Finalmente, debemos destacar que la conmemoración del Centenario Nacional, en ambos países, se convirtió en un momento crucial para mostrar los “triunfos” nacionales al interior y al exterior del Estado, pero también para evaluar el éxito o fracaso del proyecto independista, y su “resignificación criollista”, iniciado hace cien años. En el otro extremo, en el viejo continente, el Centenario fue una buena oportunidad para los movimientos regeneracionistas de la antigua metrópolis en un intento por revitalizar el nacionalismo hispano y crear nuevos puentes de contacto con los países latinoamericanos, y en especial, con Argentina y Chile. Con este análisis contextual, también hemos podido abordar la forma en que los sectores populares, pese al contexto de “grandeza” nacional vinculado al éxito económico de las élites terratenientes y comerciales, coexistieron dentro de un proceso de readaptación a un nuevo modelo de preeminencia urbana y centralista que los que llevó a vivir y reivindicar estas festividades de una forma más alejada del discurso oficial trasplantado por las élites, y que serán la base de nuevas demandas populares en la búsqueda de un modelo de país propio, más cercano a su situación. Lo que no se puede negar es que, aunque se confrontaron dos formas de valorar la Patria del Centenario, el proceso de creación nacional y de vinculación con los símbolos de la Independencia consiguieron llegar a todas partes, y lograron generar un modelo de nacionalidad en Chile y Argentina, que llega hasta nuestros días.