Full text
UNIVERSIDAD DE SEVILLA
Departamen to de Litera tura Española
e Hispanoam ericana
Programa: Li teratur a y Estéti ca en la S ociedad
de la Informa ción
Tesis Doctoral
Literatura Española en Tánger .
Desde el siglo XIX hasta nuestr os días
Presentada por:
Rocío Rojas- Marcos Albert
Director: Miguel Nieto Nuño
Sevil la, 2017.
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ÍNDICE
1. Introducción ………………………………………………………………….....…. . 5
1.1- Justificación de los motivos de esta inve stigación ……………..…5 - 21
1.2- Hipótesis de trabajo y objetivos …………………………..……... ..22- 23
1.3- Estructura del contenido del trabajo ………………………….…...23 - 26
2. Tánger: su contexto …………………………………………………..…….. …....27
2.1- Contexto histórico ……………………………………………..… …… ..28
2.1.1Puntadas de historia ………………………………………. .2 8- 50
2.1.2 El Estatuto Internacional: La ciudad Es tado …….…….. .50- 59
2.1.3 La independencia: octubre de 19 56 ……………..………60 - 65
2.2- Contexto cultural ……………………………………………………. 65 - 66
2.2.1 La prensa como reflejo de una sociedad compleja …… .67- 85
2.2.2 Tánger la luz insólita …………………………… …..……85 -105
2.2.3 Emilio Sanz de Soto …………………………………… .105-115
2.2.4 La Librairie des Colonnes … ……………………………116 -120
2.2.5 Bowles y compañí a ……………………………………. .120- 139
3. Literatura marroquí en español: una lit eratura menor ………………… .1 41 -163
3.1- Literatura hispanomarroquí tangerina ……………………...... .. 164-165
3.1.1- Chou kri El-B akri ……………………………………… ..165- 170
3.1.2- Farid Othman -B entria Ramos ……………………….. .170-188
3.1.3- Sanae Chairi………………………………………… ... .188 -199
4. Tangerinos españoles ………………………………………………… …. .201- 209
4.1- Ángel Vázquez ………………………………………………… .. .2 09- 273
4.2- Ramón Buenaventura …………………… …………………… .. .273- 329
4.3- Otr os escritores ………………………………………………… .. ……330
4.3.1 Leopoldo Ceballos ……………………………………. ..330-333
4.3.2 Javier Roca V icente- Franqueira……………… .. ……..334 -335
2
4.3.3 Cloti Guzz o …… ………………………………… .. …….335 -338
4.3.4 Antonio Lozano …………………………………… ... …..338 -340
4.3.5 Luis Molinos …………………………………………. .. ...341 -342
5. Tánger en la literatura española ………………………………………… .343-344
5.1 Entre el siglo XIX y la primera mitad del sig lo XX …………… .. 344 - 358
5.2 Segunda mitad del siglo XX …………………………………. .. …359 - 370
5.3 Siglo XXI ………………………………………………………… .. .370- 391
5.4 Poesía …………………………………………………………… .. .392- 408
5.5 Juan Goytisolo …………………………………………………… .409-424
6. Conclusiones …………………………………………………………… .. …425 - 431
7. Bibliografía ……………………………………………………………..… .. .433-478
8. Anexos …………………………………………………………………………… . 479
Anexo 1 ………………………………………………………………....481 - 483
Anexo 2 …………………………………………………………………485 - 487
Anexo 3 ………………………………………………………………....489 - 495
Anexo 4 …………………………………………………………..……..497 - 499
Anexo 5 ……………………………………………………………………....501
Anexo 6 .………………………………………………………………… ......503
Anexo 7 ………………………………………………………………………505
Anexo 8 ……………………………………………………………………....507
Anexo 9 …………………………………………………………………...….509
Anexo 10 ……………………………………………………………………..511
Anexo 11 …………………………………………………………………..…513
Anexo 12 ……………………………………………………………………..515
Anexo 13 …………………………………………………………………..…517
Anexo 14 …………………………………………………………………..…519
Anexo 15 ……………………………………………………………..…521 - 523
3
Anexo 16 ……………………………………………………………………..525
Anexo 17 ………………………………………………………………..527 - 540
Anexo 18 …………………………………………………………..……541 - 543
Anexo 19 ………………………………………………………………..545 - 549
Anexo 20 …………………………………………………………….….551 - 562
Anexo 21 ……………………………………………………..……...…563 - 586
Anexo 22 ……………………………………………………………..…587 - 591
Anexo 23 ………………………………………………………………..593 - 596
Anexo 24 ………………………………………………………………..597 - 600
Anexo 25 ……………………………………………………………………..601
Anexo 26 …………………………………………………………………..…603
Anexo 27 …………………………………………………………..…………605
Anexo 28 ……………………………………………………………………..607
Anexo 29 …………………………………………………..………...…609 - 610
Anexo 30 ………………………………………………………………..……611
Anexo 31 ………………………………………………………….…….613 - 614
Anexo 32 ………………………………………………………………..615 - 617
Anexo 33 …………………………………………………………….….619 - 620
Anexo 34 …………………………………………………………..……621 - 624
Anexo 35 ……………………………………………………………………..625
Anexo 36 …………………………………………………………….….627 - 629
Anexo 37 ……………………………………………………………………..631
Anexo 38 …………………………………………………………….….633 - 636
Anexo 39 ……………………………………………………………………..637
Anexo 40 ………………………………………………………….…….639 - 640
Anexo 41 …………………………………………………………..……641 - 648
Anexo 42 …………………………………………………………….….649 - 662
4
Anexo 43 ……………………………………………………..…………663 - 666
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1. Introducción
Quien q uiera definir el lab erinto
lo tiene a quí sencillo.
Le ba sta pasear po r las callejas
en bu sca de perde rse
para ha llar
el único traye cto que co nduce
a las fu entes sagrad as del origen .
(Valverde, 2014: 27)
1.1 Justifi cación de los mo tivos de es ta investiga ción
Durante el sig lo X I X y sobre todo a lo largo del XX, la ciud ad de Tánger
llegó a ser u no de los centros cu lt urales más interesantes del moment o. La
producción artí stica que surgió de una sola ciudad es tan insólita que no s hace
plantearnos los motivos de dicha ef usión. Una de las primeras razones es
consecuencia directa del sistema político implantado -la intern acionalización de
la ciuda d-, Tánger se convirtió en u n enclave único de libertad. E l a mbiente de
relajación moral, ayudado p or un auge económico insólito, especialmente
durante las dos guerras mundiales, h iz o de la ciud ad d el Estrec ho una isla de
vida cultural, literaria y artística. La natural co nviv encia de l a población
tangerina, he t erogénea en su concepción y habi tuada al mestizaje contribu yó a
que los escritores españoles, nacidos tangerinos, pudiesen compar tir tertulias y
lecturas con escritores reconocidos internacionalmente como Paul y Jane
Bowles, Truman Capote o W i lliam Burroughs, en tre otros. E l momento cumbre
de esta relación llegarí a a f inales de la década de los 50 y e s pecialmente
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durante la d e los 60, cuando escritores de la Generación Beat, atraídos por la
figura de Bowles, reca laron por T áng er y establecieron con la ciud ad un a
relación confusa de atracciones y miedos que qued aría reflejada que sus
obras. Esta actitud sería en unos casos rebatida por e scritores como Juan
Goytisolo y en otros, despreciada por autores como Ramó n Buen aventura.
Marcado po r e sta característica específica, e l ob jeto de estudio del
trabajo será la literatura española en el contexto tangerino. Por un lad o, a qu ella
literatura escrita por españoles que se fue generando en un a mbiente
internacional y que por ello tuvo un desarrollo autónomo e independiente de la
literatura q ue en e sos m omento se estaba haciendo en España. Y por otro
lado, la literatura que de sde mediados de la se gunda década del siglo XX
empezaron a escribir aquellos m arroquí es q ue eligieron el esp añol como
lengua de expresión literaria. Si bien el may or n úmero de escritores marroqu íes
en e spañol serán de origen t etu aní , por lógica geopolítica, pues Tetuán f ue la
capital de Protectorado E spañol en Marruecos, e l amplísimo número de
población espa ñola de Tánger t ambién ha generado un nutrido grupo de
escritores que eligen el español como idioma. Esta literatura actualmente, tanto
por la cantidad de es critores como por la calidad de sus obras, ha tomado
cuerpo y ya p odemos clasif icarl a según lo que Deleu z e y Guatt ari llamaron
literatura menor (1978), e ntendida no com o la literatura q ue se ha ce en un
idioma menor, sino como la literatura hech a por un grupo reducido de ntro de un
idioma mayor. Así, la literatura hispanomarroquí se ajusta a su d efinición y
cumple, como veremos, las ca racterí sticas que le atribuyeron.
En el planteamiento del trabajo vamos a hacer extensible esta
clasificación de literatura meno r también a la rea liz ada por los escritores
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españoles tangerinos. Pues aunque fuesen de nacionalidad española, por el
hecho de se r tangerin os , a la hora de escribir sí tiene n que hacer u na elección
en cuanto al idioma. Su lengua materna es la española, pero su lengua literaria
bien podía habe r sido e l f rancés o el inglés. Po r lo tanto la elección d el español
es voluntaria. El español en Tánger su fre una desterritorialización respecto de
su lugar de origen , p ara rete rritori alizarse en las páginas de estos escritores
tangerinos. La singularidad y especi f icidad de esta lite ratura española, m arcada
por el contexto de T ánger como nexo , ha c e que podamos e s tablecer mayor
relación y ví nculo entre lo escrito por aquellos españoles tangerinos y los
marroquíes que escrib en en español, que entre los españoles tangerinos y sus
connacionales peninsulares. Tánger como punto de partida y esencia de l a
literatura q ue desde ella se genera se nos presenta como u n cataliz ador tan
fuerte que d esvincular su literatura de la esencia tangerina serí a
desnaturalizarla. Hacerla incomprensible.
Tánger p or su situación geográfica, jun to al estrecho d e Gi braltar, fu e un
enclave estratég ico e n el norte de África desde la Antigüedad, convirtiéndose
en e l centro del tráf ico mediterrá neo. No en vano f ue denominada la puerta de
África . A comienzos el siglo XX, su esta tus de ciud ad in ternacional la convirtió
en el punto d e encuentro de culturas . Y su p ermisiv idad fisc al, lo que hoy
denominaríamos paraíso f iscal, hizo que allí se instalasen tan to empresas y
bancos internacionales, como personas huida s: bien por las guerras que
estaban a rrasando Europa, bien siguiendo su instinto de aventura o bien en
busca de una necesaria se nsación de libertad que solo determinados lugares
del mundo tiene el p riv ilegio de poder conceder.
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Este personaje , creado por el novelista tangerino Ángel Vázquez , se
convierte desde e l m omento d e su aparición en la radiografía de la ciudad. El
modo de e x presarse Juanita desde su vida perra n o n os ofrece una fo togra fía,
ni fo siliz a la ciudad, si no que m antiene el movi miento so cial y urbano m ientras
la diseccio na. Vázquez rasca hasta lo más profundo del alma de la ciudad y lo
plasma sin tapujos, p ues al concluir la lectura de la novela sabemos que
Tánger es un a de s almada. Dice Juanita: “ ¡Qué vergüenza! ¡Daré que h ablar!
Sin comerlo ni beberlo, que es lo peor. Toda rasgada. Y es que de natural
nada. Podrida. Seda de mierda, podrid a ” (Vázquez, 2000: 148)
Y e n otra o casión : “ Mira, m ira en torno tuyo, mi reina. Desciende d e una
vez de ese maldito autobús y con templa el panorama. Demasiado ilum inad a,
esta ciudad siempre h a sido un car naval. Lo m alo e s q ue a ntes era un carnaval
al egre, y esto, esto es d e lo peor. Una imita ci ón ” (Vázq uez, 20 00: 345) . Tán ge r
es esencialmente literaria y va m uriendo en las páginas mientras lo ha c e
realmente, pue s tras la incorporación d e la ciudad al independiente reino de
Marruecos e n 1956, es evidente que el Tánger interna cional tal y como había
sido tiene que deja r de e x istir: Dice Jua nita: “ pasan por tu lado como si no
existieses… Claro, h emos pasado nosotros tan tas veces por el lad o de ellos
como si no existiesen, que e sto e s la revancha, Se cambian las tornas, m i vida ”
(Vázquez , 2 000: 345) . Hacie ndo referencia tam bi én a e s te asunto del cambio
de manos de la ciudad , el novelista tangerino Ramó n Buenaventura, a través
del protagonista de s u novela El año que viene en Tánge r , su alte r-e go literario,
León Aulaga, pone pa l abras al inevitable sentimiento de superioridad que todo
tangerino muestra:
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“ Tú y yo nos fuimos y Tá nger quedó en manos de
los bárbaros (…) Nosotros n o éramos españoles, ni f ranceses
ni marroquí es. Éramos tangerinos . Si a f inales de los añ os 50,
Tánger se hub iera convertido en provincia esp añola, nuestr a
repulsa a la situación habría sido la mism a, aunque en ta l c aso
los bárbaros habrían sido peninsu lares (…) Nos p asaba como
a los grieg os, solo teníamos b árbaros alrededor ”
(Buenaventura, 1998: 29 )
Este senti miento de superioridad e s el que explica la proyección de la
ciudad en el mu ndo. Tá nger se forjó una imagen de sí misma, la ú nic a
exportable. Pero con su incorporación al Reino d e Marruec os la s uficiencia se
transformó en lamento y el poderío d e la ciudad en miseri a: u n paraíso perdido .
Así lee mos de nuevo a Buenav entura: “ Tánger nos explica nuestro modo de
ser, no s exculpa de las dife rencias con nuestros con nacionales y sin embargo,
no sigue ahí p ara darnos su aval ” (1 998: 16) Jun to a esto, la melancolía se
convierte pa ra todos los tangerinos en una tram pa. Les sirv e d e escudo y tras
él son incapaces de acarrear con las resp onsabilidades de su futu ro. A nt e
cualquier a v atar a hí ya no está Tánger dándoles su aval , que decí a
Buenaventura
A la ciudad d e los m il adjet iv os inclu so podríamos c ambiarl e el n ombre ,
ahondando en el m ito, y llamarla Ba bel (Shoemake, 2013: 1 - 2) , la ciudad a l a
que Dios castigó por elevar su torre dema sia do cerca del cielo. Hoy, al pa sear
por el Bulevar Pa steu r en un día soleado, c on la b ahía al horiz onte , se puede
imaginar que una vez, h ace m ucho tiempo , T ánger también e s tuvo d emasiad o
cerca del cielo y pecó de lo mismo: de soberbia. Por lo tanto se hiz o acreedora
del mis mo c astigo, la d esconexión entre s us habitantes y de e stos con l a
ciudad.
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Este castigo empieza a tom a cuerpo en la ciudad a finales de la década
de los 60 hasta hace pocos años. T ánger pasó de rozar el cielo con la punta de
los ded os a estar hundida en el infierno. En un a última vuelta de tuerca se
confundió libe rt ad con libertin aje y anonimato con cana llerí a -por llamarlo de
algún modo -, desemb ocando en los durísimos a ños 80 y 90 de l siglo XX que se
vivieron en la ciud ad. A ños de abandono urbano y moral. L a suciedad se f ue
acumulando y quedó per f ectamente reflejada en libros, poemas, b iografías e
incluso canciones. Ejemplos emblemáticos so n los viajes que los Rolling
Stones hicieron desde finales de los 60 a Tánger p ara dejarse influenciar por la
música Gnawa -Tánger está más cerca que la India, y esta es la é poca de esos
viajes iniciát icos-, queda ndo reflejada la influencia en canciones como W e love
you, de 1967 . Ejemplos e n e s pañol los encontramos en la canción Hafa Cafe
de Lu is Eduardo Aute, de 1992. O e n el poema de Leopoldo María Panero :
“ Morir en un w áter de T áng er /con mi c uerpo besando el suelo /fin del p oema y
verdad de mi existencia / donde la mierda ha bló de Dios/ deshaciéndose/poco a
poco entre las m anos/en el acto de la lectura/y una pa lo ma/sobre cuerpos
nudos de árabes/caminando, bárbaros, sobr e la lluvia” ( 1990: 15).
Tánger es l a ciudad una y m il veces escrita, d escrita y reescrita. Con
cada ola de ex tranjeros que llegaba a sus costas se g eneraba una nue v a capa
sobre la ciudad y a ún ho y dando un paseo serí amos capaz de ir ide ntificando
esos posos: como la iglesia a nglicana , donde está e nterrado el p eriodista
W alter Harris y donde aún todos los no v iembres llegan flores en memoria de
los so ldados caídos, ente rra dos en e l jardín de la iglesia. O historias
emblemáticas ya en los ana l es de la h istori a no solo t angerina, sino de la
Historia con mayúsculas. El proyecto d e Gaudí para una catedral y E l Gran
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Teatro Cervantes son d os de e s os grandes mome ntos generador es del m it o
tangerino, d e una capacidad literaria incomp arable. Dos apu estas p or el futu r o
de la ciudad que simbolizan las ínfu las de grandez a de lo s sueños ta ngerinos.
El primero de ellos fu e el p roy ecto de u n gran complejo f ranciscano que
incluyese la catedral. El proyecto fue encargad o a Gaudí p or el Padre
Lerchundi, b ajo el auspicio e conómico de l Marqués de Comillas . A f in ales de
1891 el arquitecto catalán viajó a T ánger en compañ í a del Marqués pa ra
conocer person al mente el lugar s o bre el que proyectar un edif icio donde
albergar las ll amad as Misi ones Católicas del África, la Casa-Misión de los
Franciscanos en Tánger y la catedral . E ste proyecto, que nunca llegó a
realizarse, fo r ma parte hoy d e los recuerdos míticos de la ciudad del Estrecho.
Podemos con si derarlo parte de la Pequeña histo ria de Tánger , como lo
llamaría Albe rto E spaña (1954). Un proy ecto que y a so lo puede i m aginars e
contemplando La Sa grada Familia de Barcelona, pues el diseño fue el
precursor de lo que posteriormente construiría el genio catalán .
El otro momento fundamental pa r a comprender la idiosincrasia tangerina
fue la construcción del Gran Tea tro Cerva ntes. Inaugurado en 1 913, bajo el
auspicio y dine ro de Esperanza Ore llana, este teatro na ció con ínfulas
necesarias pa r a convertirse casi desde e l principio en un o de lo s referentes
fundamentales en el cir cuito int ernacional. Sería Esperanza Orellana la qu e
más interés tuvo en la construcción de este gran te atro (de hecho, al igual que
la calle del Dr. Cenarro, la calle que desemboca en el T ea tro desde la cuest a
de la playa a ún conserv a el nom bre de esta señ ora , incluso con los azulejos
sevillanos con que f ue bau tiz ada). Se construyó el edif icio m odernista más
importante de la ciudad, sien do además uno de los primeros exper imentos con
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hormigón armado e n el norte d e África . Esto h a favorecido q ue aún se
mantenga en pie a pesar del estado de abandono en que se encuentra.
El 2 de abril de 1911 se p uso la primera piedra, y el 12 de diciembre de
1913 se inauguró co n la celebració n de una gran b aile de máscaras, además
de una representación teatral a cargo d e la c ompa ñía De Güel y una recepció n
ofrecida p or los Peña Orellan a, a la que cuentan que acu di eron todos los altos
representantes diplomáticos de la ciudad, y de las zonas de protectorado tanto
francés como esp añol , los pa chás de Tánger y L arache, además de lo más
señalado de la sociedad tangeri na de l momento : p eriodistas com o Isaac
Laredo, que luego lo r ecogerí a en artículos de p rensa; el Padre Betanzos,
sucesor del Padre Lerchundi en el cargo de las misiones f rancis canas. A la
mañana siguiente todos los di arios aparecieron con las crónicas de la gran
in auguración, e incluso nomb r aron a Man uel Peña h om bre del siglo, poniendo
en evidencia el machismo imperante. Debemos en ten der la importancia d e E l
Gran Teatro Cervantes desde e l ángulo que lo hace Bravo Nieto cuando
escribe que “no p ode mos a islar el e di f icio y sus f ormas de las fu nciones que
desempeñó, queremos analizarlo como símbolo de la comunidad e spañola en
Tánger” (1991: 259 -262).
Una de las p rimeras compañías teatrales e n recalar po r la ciuda d fu e la
de María Guerrero. P ero El Teatro Cervante s, tras su inauguración , se
incorporó no solo al circuito español sin o al i nternacional. Además de todas las
compañías d e t eatro, ópe ra, zarz uela y m úsica esp añolas, irían p asando por
Tánger las más conocidas del elenco internacional. En este amb i ente, la
actuación que catapultó este teatro a los a nales d e la historia fue la del
grandísimo Caru so. “ La voz ” lle v aba años actu ando exclusivamente en e l
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Metropólitan de Nuev a York, pero durante la p rimav era de 1919 o rg anizó una
gira por los grandes teatro s europeos entre los que inclu y ó el Cervante s de
Tánger. L as no ticias de la prensa cuentan que tu v o que rea lizar varios b ises
debido a los interminables aplausos , mient as sob r e la ciudad caía una lluvia
torrencial. Como siempre, gracias a Juanita Narb oni tenemos la esce na más
literaria de todas:
“... po rq ue a quella tempestad no e ra normal... No te digo
más. Mamá fue la noche que actuó Caruso en e l Teatro
Cervantes. Lo que no iría a quella n oche al teatro: to da la
ciudad, supongo, ingleses, f ranceses, españoles, ita lianos y
judíos. Tánger en todo su e splendor, qué más vas a decir,
como si yo no lo supiera. Como cad a vez que caía u na de esas
tormentas, en las que Isabel encendía u na v ela a Sa nta
Bárbara, tú no hacías m ás que rep etir nos a toda la casa: “Está
lloviendo más que la noche que cantó Carus o” (2000: 372).
Para tratar el objeto d e e s tudio de e s te trab ajo, la literatura española
escrita en Tánger dedicaremos atención a la d iv isión que se establece en tr e los
escritores en español y a quellos que lo hicieron en otros idiomas,
especialmente en inglés, por la inf luencia tan im portante que ejerció su
literatura sobre e l resto de escritores tangerinos. A este grupo era al que el
ínclito tangerino Emilio Sanz d e Soto llamaba los ang losaxon . A p esar de que
esta literatura es la menos fiel a la rea lidad tangerina, la más imb uida de
experimentalismo, producida por una generación de n o rteamerican os buscando
alejarse de su p aís na tal, no se puede negar que fueron ellos los que mayor
proyección internacional, de s de un punto de vista lite rario, lograron pa ra la
ciudad. La gran m ayorí a v ino a Tán ger atraída por l a f igura de Paul Bo w les, p or
aquello que e s te iba contando de una ciudad permisiva y libertina . Huían de
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una s ociedad ma carthista pacata y o bsesionada p or la caz a d e brujas. Lo que
estos artistas b uscab an era un lugar donde poder inventarse unas vidas
originales e incluso provocadoras con las que d istinguirse de la corriente
imperante. Daba ig ual el de stino con ta l de en contrar una f orma original de
vivir. T ánger estaba d e moda, allí v ivía Bo wles y allí f ueron desembarcando.
Pero la rea lidad fu e que nunca con ocieron realmente la ciudad y mucho me nos
c om partieron su modo de vida. Bien al contrario, p roy ectaron sobre Tá nger el
mundo sensorial que traían de antemano asum ido. La búsqueda de la
experimentación a toda costa y a cua l quier precio f ue uno de los motores de la
mayoría de e stos escritores. Transformaron Tán ger en el paradigma del
escapismo exótico.
De entre todos ellos podemos salvar a Jane Bow les , figura clave,
aunque en gran m edida ninguneada , de la literatura nort eamericana
contemporánea. Cubierta po r la l arguísima som br a de su marido y po r e l hecho
evidente de que escri bió rea lmente poco (una novela, unos relatos y una o bra
de teatro) su f ig ura se fue apa gan do social mente, pero no así en Tánger. Em ili o
Sanz de Soto , tangerino necesario p ara co mprend er la ciudad, fue muy amigo
suyo y siempre defendió su f igura. Contaba que desde qu e llegó hab ía hech o
todo lo posible por a daptarse a la ciudad. Era simpática, generosa, imaginativa
y muy creativa, por lo que encajó pe r fec tamente con el grupo de escritores,
pintores y artista s en general , que había en T ánger. Frente a ella su marido,
quien pun t ualmente pudo a sistir a a lg ún e ncuentro con el grupo d e amigos -hay
fotos que así lo demuestran-, pe ro que en general se mantenía a islad o en su
burbuja particular, jugando a Pigmalión con jóvenes marroquíes a los que
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transformaba a su antojo en escritores o pintores a cambio de favores de o tr o
tipo.
Junto a e st o, en tre los escomb ros de un Tánger etéreo, golfo y divino,
existió otra ciud ad real, co n u na f uerte hu ella española. Una ciuda d que
gestionó con éxito la improvisación de su s días, que tomó co mo pudo e l relevo
nacionalista. T ánger nunca existió de u n modo monolítico, ha funcionado como
una po licro mía armónica. T odo ti ene cabida dentro, pe ro alguna s escenas se
parecen más a la realida d que otras, pues Tánger h a pa sado a la historia con
una imagen un tanto pervertida , misteriosa y co n un aur a secretista que bien
poco tiene que ver co n la reali dad. E x istió un T ánger real que se abría pas o a
diario por las calles de una ciudad riquísi ma , que regaló a muchos una vida
inimaginable desde la otra orilla del mar. D ice Buenav entura, q ue él se crio sin
tener ni la más remota idea de lo que podía significar la palabra censura y eso
ya es mucho decir para un español nacido en 1940.
En definitiva, Tán ger fue una ciudad única por su s características
políticas y geográficas que supo sacarle partido a la situación. La ci udad tenía y
tiene un carácter ta n fuerte y dominante que jugó con los designios. Aquél
diamante e n bruto o mal ta llado , como la d efinió Carlos II de Inglaterra al
recibirla como dote de casamiento en 1662 , se transformó en una ciudad
elegante y cosmopolita. La ciudad con la varita m ágica de la osadía como d irí a
Muhammad Choukri (2012: 106).
22
1.2 Hipóte sis de tra bajo y objetiv os
A lo largo de este trabajo de investigación haremos u n e s tudio de la
literatura escrita en español en la ciudad de T ánger. Debido a las
características específicas que, como hemos visto, la propia ciudad otorga a la
literatura que e n ella se ha generado, v amos a centrarnos en el e studio de
aquella escrita en español. Nuestro objetivo es llegar a demostra r que dicha
literatura f orma un conjunto único desde el punto de vista literario en cuanto a
su relación con la literatura española. Lo s manuales de literat ura española n o
aciertan a da rle sitio, no le han sabido encontrar un lugar en la estructura
establecida. Debe ser tratada com o un ente independiente, como una literatura
menor. Es d ecir, la literatura realizada por un red ucido grupo de escritores
dentro de un idioma m ayor. Esa es su característica común. Por tan to no es
una litera tura q ue dependa de la española má s que en la lengua . En ca da
escritor p odemos ver influencias concretas de o tros escritor es español es , como
sería el caso de Carmen Laforet en la ob ra de Ángel Vázquez ; la de la literatura
del siglo de oro en el Juan Goytisolo tangerino de Reivind icación del con de don
Julián (1985). E l pe s o de dicha literatura es directamente proporcional al odio
de Goytisolo hacia tierras españolas
Así pues, el grupo de escritores españoles na cidos e n T ánger, junto al
conjunto f ormado por los escritores marroquíes que eligen el español como
lengua literaria, dejando a un lado su lengua m atern a, serán nuestro o bjeto de
estudio. Nos acercaremos a sus o bras, esta blecere mos las características
esenciales de cada uno d e ellos e int entaremos traz ar un hilo conductor entr e
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todos e llos con el o bjetiv o de estab lecer un grupo, sin bien heterogéneo, unido,
en última instancia, por el hecho de escribir en español desde Tánger.
Por o tro lad o, estudiaremos t ambién a aquellos escritores españoles que
han escrito sobre la ciudad de Tánger. Esta ciudad ha suscitado un gran interés
en numerosos escritores a lo larg o de la histo ria. Nuestro trabajo se va a
centrar en aquellos más destacados que han dedicado alguna de sus obras a
la ciudad del Estrecho. Desde el siglo XIX y hasta el año 2016 la atracción
tangerina no ha disminuido e n n i ngún momento. La ciudad mantiene el interés
y si gue provocando página s y versos dedicado s a ella. Te mas típicame nte
tangerinos como la li bertad, la tran quilidad de e ncontrar u na n uev a vida, la
huida de una España pobre y cerrada, o el espionaje y la m ala vida , serán los
que con mayor amplitud se desa rrollen en estas ob ras . El estud i o de esto s
escritores y sus obras será otro de los objetiv os de este trabajo.
1.3 Estru ctura del c ontenido del trabajo
El trabajo que pr esentamos, como acab amos de v er, recoge en este
primer capítulo la justificación teórica de aquellos m otivos que han impulsado
esta investigación. Dentro del ámbito de estud i o de la literatura española,
circunscribir el objeto de estudio a la ciudad de T ánger hace imprescindible
conocer su idiosincrasia, de ahí la necesidad de una introducción g eneral que
nos ay ude a conocer los límites d e n uestro e studio. En el a partad o 1.2 hemos
establecido nuestra hipótesis de trabajo y los objet iv os que p retendemos
alcanzar a lo largo de estas páginas.
30
restos f enicios que hoy p ueden encontrarse po r la ciudad, pero d e especial
importancia y de u na belleza singular son los sepulcros qu e f orman l a
necrópolis fe nicia, tallad os en la roca, f rente al mar, en lo que hoy es e l b arrio
del Marchán, sobre el a cantilado que da al Atlántico, muy cerca del famoso
café Hafa (Cestino, 2004: 56-57 ).
El poder ca rt aginés en apogeo se apoderó de los territorios tangerinos
hacia el año 650 a.C . Poco después una dinastía de reyezuelos locales se hizo
con la ciudad antes de pe rderl a ba jo la apisonadora romana. Dichos reyes
establecieron la zona d e Tán ger como centro de un estado independiente del
resto de Mauritania. Se rí an: B oksar, Bogu d I, Bogud II y Bogud III (Ram írez
Ortiz, 2007: 44).
Como consecuencia lóg ica del avance romano, el cual fu e
apoderándose de todo el terr itorio no rt eafricano des pués de interminables
guerras, h acia el año 82 a.C. Sectorio Quinto – un general con grandes dotes
políticas y de organiz ación, además de gran con ocedor de Hispania - , con quist a
Tingis. Por la ev idente importancia estratégica de su pue rt o, el em perador
Claudio, quien gobernó del 4 1 d .C. a l 54, elevó Tingis al rango de co lonia, por
lo que su s moradores pasaron a ser ciud adanos romanos y, como
consecuencia, qued ar on exentos de p agar im puestos. Además, Claudio unió la
ciudadela de Tingis a la Hispania Bética desde un punto de vista ad ministrativo.
El tratamiento que desde época romana se le dio al territorio tang erino
permanecerá en el i maginario español posterior. S erá un dato muy importante
en este a s pecto e l cambio en la de no minación de la provincia. El emperador
Marco Silvio Oton, llamó a la provincia romana de Mauritania Tingitana co n el
31
nuevo nombre de Hispania Transfretan a , es decir, la España allende el mar.
Esta idea de se r T ánger una extensión española al otro lado del m ar seguirá
estando presente en el ima ginario peninsu lar durante la época del colonialismo,
pues España albergará siempre la e s peranza de controlar la ciud ad
internacional al considerarse con derecho h i stórico sobre ella (García Alon so:
1920). Este de s eo, esa sed de Imperio de la que ta nto hablaba la propa gan da
nacional esp añola
2
se verá realizado, a unque por un corto periodo de tiempo,
durante la II Guerra Mund ial, época en la que España se hizo con el control de
la ciuda d para, según la prop aganda oficialista, m antener su neu tralida d
(Alcaraz: 1999,134).
En tiempos de l emperador Adriano, Tingis fue la capital de la prov incia
de e sta E spañ a transfretana . Entre los años 11 7 y 1 38, Tánger era el principal
puerto de la zona y la salida al mar desde Mau ritani a. En esta época, a la
ciudad y su s alrededores tamb ién se los cono cí a co mo Julia Traducta . La
extensión de lo que ocupa ría la T ánger romana, comprend ía parte de lo que
hoy e s la z ona antigua a murallada de la ciud ad, donde a ún se sig uen
encontrando vestigios romanos cada vez que se levanta el suelo. Uno de los
hallazgos má s valiosos tu v o lugar en 19 35, en el Zoco de Af uera -o Zoco
Grande -, e n un te rre no qu e pertenecía a l banquero A z ancot: al rem over la
tierra, encontraron una e statua de mármol blanco de más de dos metros de
alto. Se dijo que era una Vesta, d iosa romana del hogar, del fuego, del arte de
la b uena mesa. En cualquier caso, esta di osa Vesta est uvo h asta el año 1958
2
Desde el primer reparto del territorio marroquí en la Conf erencia de Algecira s de 1 906, q ueda claro
que la ciud ad de Tánger no formará p arte del Protectorado español. Se especifica su inde pendencia y ya
entonces se le o torgan los 373 k m2 que formará su territor io cuand o andando el tiempo - 1923 - termine
por establecerse el Estatu to In ternacio nal. Véase: García Al onso: 1920; Rojas -Marco s: 2009, 54-57.
32
en la escalinata de recepción del hotel Minz ah. Desde e ntonce s se le ha
perdido la pista y no hay noticias de su paradero (Ramírez Ortiz, 2007 : 45).
Una misión cie ntífica francesa encontró restos de una necrópolis romana
con p inturas policromadas, así como otras muchas ruinas junto con objetos de
arte, m onedas, esculturas y pavimento s, entre o tros vestig ios arqueológicos , en
la duna que hoy es la Plaza de Francia, al f inal del Bulevar Pasteur. Esto s
restos, muchos de los cuales pueden verse hoy en el Muse o de la A lcaz aba,
son, con todo, escasos si tenemo s en cuenta que los romanos estuvieron en
Tánger durante cinco siglos, por lo que re sulta evidente que bajo la a ctual
ciudad se encontrarán los rest os de una ciudad importante y crucial en e l
comercio colonial romano. También debemos ten er en cuenta la utilización de
los elem entos romanos como ma t erial de acarreo para la construcción de
nuevas edificaciones.
Este sería e l caso del ma gní fico palacio que dom ina la Alcazaba
3
.
Probablemente su prime ra construcción data del pe riodo Romano, cuando
Tánger era la capital de la Provincia Tingitana. Se sabe que a mediados del
siglo X el califa Cord obés Abd al-Rahman III (912-961) mandó con struir u n
puesto de vigilancia sobre e l Estrec ho. Y a de esa época debe datar el empleo
de material romano, pues igualmente hicieron para con struir la Mezquita de
Córdoba, entre otros e di ficios emb l emáticos. Cuando siglos después y tras el
control británico sobre la ciudad, T ánger se inco rporó a los domini os del Sultán
Moulay Ism ail, quien designó como pachá a Alí Be n Abdellah, é l y
3
El Museo de la Alcaz aba, o Museé de la Ka sbah es de una gran belleza, tan to el edificio como el
contenido. Un paseo por sus s alas nos sirve para co mprender la historia de los a sentamiento s y los
diversos pueblo s que fueron poblando la ciudad. El museo ha sido reciente mente restaurado . Puede
verse la página w eb http ://www.fnm.ma/mu see- de - la -kas bah- de -tanger/
33
posteriormente su hijo realizaron tareas de reconstrucción de la ciudad,
rehabilitaron las m urallas, construyeron me z quitas, bastiones defensiv os y el
palacio d e la Alcazaba, conocido co mo Dar el Majz én , h acia 1736 . Todo parece
indicar que el a ctual palacio se levanta sobre las ruina s del Upper Castle ,
residencia de los gobernadores ingleses.
Sería en época roman a cuando Tingis llegó a u na de sus cimas
históricas como ciudad. Los rom anos supieron sacar p rov echo de su enorme
interés estratégico. La época de mayor esp lendor roman o de Tá nger dur ó
hasta el año 238 d. C. , pue s de la ciudad salían dos rutas com ercial es
fundamentales para la economía del imp erio que reaf ir maban aquella
aseveraci ón por la que se nombraba a Áf ric a el granero de Roma. Una de las
rutas hacia T amuda – Tetuán- y Volúb ilis, y la o tra por e l litoral a tlántico
pasando por Op pidu m Novum – Alcazarq uivir- hacia Julia Valen tia Banasa -
ciudad que está a ctualmente en ruina s -, ha sta Salé-Rabat. Por estas dos rutas
llegaban h asta Tán ger tod o tipo d e productos con destino a Hispania o Roma:
aceite de oliv a, aceitunas, dátiles, trigo, maderas, a nimales ex óticos vivos ,
incluso leones para los circos (Cestino, 2004: 77 - 78) .
Durante ese siglo tercero fue cuando la grandez a romana comenz ó a
apagarse. En el año 285, el emperador Cayo Valerio Diocleciano, obse sio nado
con enfrentarse a los cristianos, decidió ir poniendo soluciones mediante el
retranqueo de los límites del i mperio. L a z on a de la Mauritania T ing itana quedó
reducida a los alrededores de Tánger po r la im portancia de su pue rto. Esta
zona perteneció desde e ntonces a la Bética, hasta la caída definitiva de l
Imperio.
34
Los Vándalos, al ig ual q ue otros pueblos bárbaros del n orte de E uropa,
emplearon todas sus fuerzas en la conquist a de las colonias rom anas. En el
año 429 , el rey Genserico - inst alado e n Hispa nia-, pa s ó a África al frente de
50.000 hombres. En el año 4 38 ya e stablecía su reino en Carta go y desd e allí
empezó su expans ión ha sta lograr el con trol d e Roma en el año 455 d.C. Con
la caída de Roma, to do el territorio africano quedó bajo el control d e estos
vándalos. Su im perio iba d esde el final de la cordillera del Rif Occidental – es
decir, Tánger- ha s ta los monte s del Iss u r – en Túnez- (Cestino, 2004: 79 -80).
Desde el Imperio Romano de Oriente, intentando mantener las glorias
pasadas, los bizantinos enviaron a Mauritan ia, en e l año 534, al general
Belisario, en un esfuerz o por recuperar los territori os perdido s. B elisario llegó a
ser e l má s ilustre d e los militares bajo el imperio de Justiniano el Grande;
venció a los persas, a los vándalos y a los Ostrogod os. Los bizantinos
consiguieron su s objetivos y su stituyeron a los diversos pueblos vencidos en
cuantos territorios lograron arrebatarles: en e l norte de Marruecos, ocuparon
los pu ertos de Ceuta y T ánger. Con los bizantinos, e l cristi anismo hizo
importantes avances en el Magreb. Establecieron en Tán ge r un a sede
episcopal que se unía al ob ispado m ás importante de l Magreb, el de Hipo na –
Annaba, en la actual A rg elia -, d onde ejercía e n ese momento sus funciones
como o bispo quien andado el tiempo se rí a San Agustín. La tercera sede
episcopal fue la de Alcazarquivir (Cestino: 2004,82 - 83 ; Laredo, 193 5: 16- 18 ).
La dominación biz antin a d e las tierras n orteafricanas – i ncluyendo
Tánger- se prolon gó durante un largo periodo, aunque progresiv amente los
pueblos autóctonos f ueron h aciéndose con el poder, a f inales del siglo VII. En
esta época, también los visigodos int entaron la invasión de Mauritania, hasta
35
que Suintila -entre los año s 6 21 y 63 1 -, co nsiguió a poderarse de Ceu ta y
Tánger. Suintila saqueó Tánger y traslad ó entonces la capitalidad de la Esp aña
Transfretana a Ceuta. En el añ o 682, Ukba b . Na fi conquistó Tánger a los
visigodos, quienes habían logrado anteriormente arrebatársela a los bizantinos.
Tanto la ciudad de Tánger como Ceuta -desde la retirada de los bizantinos -
estaban si endo gobe r nadas por el cé lebre Don Julián d e las crónicas, señor de
Consuegra y Conde de Gomares (Laredo , 1 935: 20).
El debate sob r e la naturaleza de este Don Ju lián sigue y seguirá ab ierto,
pues hay teo rí as que aseguran que era nativ o norteafricano, v asallo de los
reyes visigodos de Hispania. Por otro lado , hay quien apunta que era un
bizantino q ue se ha bía aline ado con los visigodos, e incluso un traidor
perteneciente a la n oblez a. La s razones de lo que en historia consideran la
traición de Don Julián, p or haber ayudado a los árabes a cruzar el Estrecho,
entran cada v ez más en contradicciones, y parece q ue se rá difícil que a lgún día
sepamos con ce rteza lo que realmente ocurrió. Incluso si don Julián llegó a
existir. En cu alquier caso, su poder literario es irreemplazable en la conciencia
colectiva española. La Reivindicación
4
que Goytisolo hizo d e Don Jul ián lo
catapultó a los anales de la historia e s pañola. Su papel de antagoni sta nacional
es fundamental p ara la posterior recreación histórica de la conquista y
necesaria reconquista cristiana sin la que la h istoria nacional católica de e ste
país no tendría sentido (González Ferrí n, 201 6: 87, 157 -158.).
Así la s cosas, la historia o ficial cuenta que en el a ño 709 Don J ulián se
trasladó a Kairuán – Túnez- para pactar con el goberna dor Musa ben Nusayr el
4
Nos referimos a la obra de Juan Goy tisolo, Reivindicación del Conde don Julián , a la que dedicaremos
más adelante nue stra atención por la importan cia que tuvo en su momento, tan to para la ciudad de
Tánger, como para la visión esp añola de nu estra propia hi storia y su realidad. (Goytisolo: 1985)
36
paso de las fu erz as árabes y beréb eres a la Península Ibérica. Poco tiempo
después, en el año 710, tres mil beréberes al mando de Ta ri f, cruzarí a hasta
Tarifa, d onde levantaron la primera f orti f icac ión. En el año 711 Musa, situaría
de gobe rn ador de Tá ng er a T ariq; desde allí y al f rente de siete mil guerreros
árabes y norteafricanos se lanzaron a la invasión (Arie, 1983; Chejne , A .G.,
1980).
En el año 75 8 Mulay Idris ben A bd Allah h uyó de Meca tras el asesinato
de su p adre a manos abbasíes. Pertenecía – este primer idrisí- a la tribu de los
hasaníes, d escendientes de Hasan y por tanto nieto de Mahoma a través de
Fátima. Llegó a T áng er en el año 788, y gracias a las continuas disensiones
entre árabes y bereberes un año después sería n o mbrado califa. Desde Ceuta
y T ánger, logró co ntrolar una extensión inmensa d e territorio hasta T remecén,
en Argelia. El poder que logró a barcar tan repen tinamente a lertó a Bagdad .
Harun al-Rachid ordenó que lo envenenaran. En e l año 79 3 fue n om brado
califa Idris II, hijo del primer Id ris y de madre autóctona. Y en 828, con la
muerte de este Idris II, el reino fue dividido en dos. T ánger pa s ó a m anos de su
hijo Qa sim, aunque poco tiempo después su hermano Omar se lo arrebató . Las
luchas intestinas debilitaron el pod er político y ha sta siete monarcas idrisíes se
dividieron el territori o.
En esta inestabilidad mantenida y convulsa, la ciudad de Tánger fue
cambiando de manos hasta que, por temor a una e x pansión f atimí – el poder
imperial del Oriente africano - el califa cordo bés Abderramán III ocupó Tán ger
en el a ño 951 e incorporó la p laza al califato andalusí, creando una colonia en
el norte de Marruecos dependiente – así- de Córdoba. En el año 959 el fatimí al-
Muizz se apod eró de Marruecos , quedando como únicas posesiones
37
andalusíes las ciudades de T ánger y Ceuta. E l hijo y su cesor de Abd erramán
III, al -Hakam II, p erdió Tánger tras ser expulsada la guarnición om eya de l a
ciudad por los propios habitantes de la ciuda dela (L aredo, 1935: 21).
Y así discurrió Tánger ha sta rebasar el año mil. La ciudad se mantuvo en
relativa indep endencia hast a que en 1078 la fu erz a arrolladora de lo s
almorávides saharianos, lide rados por Yusuf ben T ashufín, se hizo con la
ciudad. Tánger volv ió a cambiar de manos hacia el año 1140, cuando las
tropas almohades se apoderaron de todas las tierras del Magreb. A f in ales d el
siglo XIII, la ciuda d de Tánger pudo mantenerse a l m argen del poder de los
últimos mo narcas almohades, custodiando su autonomía hasta que las tropas
meriníes – relevo dinástico de los a lmohades-, sitiaron Tán ger por mar y tier ra
durante tres meses y finalmente la ocupa ron en el año 1273.
Rozando ya e l siglo XIV es preciso detenerse en u n dato histórico que,
si b ien se alejan de las motivaciones políticas, será crucial para la p osterior
historia literaria de Tánger. En 1304 n ació en la ciudad el qu e sería el gran
viajero Ibn Batuta (Kilit o: 1992,9 - 11) , el p rimer tangerino que se aventuró a ir al
Extremo Orie nte. En s us viajes lo conocieron con el nomb re d e Shams al- Din –
el sol d e la fe -. Con solo 22 años salió a p i e de T ánger para peregrinar a Meca,
y visitar Medina y otros sa ntos lugares. Estuv o viajando durante 29 añ os. Llegó
hasta la India, donde ejerci ó las funcione s de juez para el sultán de Delhi . A los
dos a ños de servicio, ha biéndose ganado la confianza del sultán, fue enviado
como e mbajador a China. De regreso – f inalmente- a Marruecos, el su ltán de
Fez, maravillado por sus historias, le fa cilitó un secretario para que recogiese
por escrito sus relatos, sien do así co mo ha llegado a noso tros su f amosa
38
Rihla
5
, relato de viajes (Laredo, 1935:23 - 28) . Este contemporáneo de Marco
Polo, nos ofrece una ob ra crucial para comprender el mundo por el que paseó
gracias a la m ultitud de detalles que recoge, a su interés por los hombres, sus
costumbres, la religión, la vida social, económic a y po lí tica, pero sin pro fundas
pretensiones literarias ni f ilosóficas.
Las to rnas camb iaron a m ediados del siglo XV cua ndo Tánger pasó a
manos po rtugu esas. Si ya desd e 1415 los portugueses o cupaban Ceuta, fue en
1437 cuando Eduardo I ordenó el primer in tento de desembarco en la playa
tangerina; hubo de desistir, pero tomar Tánger se tornó de vital importancia
estratégica, por lo qu e a éste siguieron nu merosos intentos lusitanos p or
ganarla. En 1458 se inst alaron en A lc azarseguir, m ás cerca de Tán ger, par a,
de e st e modo, ir cercándola poco a poco. Fina l mente en 1471, tropas
portuguesas con 477 ba rcos y treinta mil soldados (C estino: 2 004,146), toman
Asila y T ánger, con la firme intenció n de c onvertir a esta última en la capital de
las posesiones portuguesa s en Marru ecos.
A partir de ese momento los portugueses consiguieron extenderse por el
resto del te rritorio: en 15 05 controlaron Agadir, en 1506 Mogador, Safi en 1508.
Lo primero que hicieron en Tánger – después de conv ertir la gran m ezq uita en la
catedra l del Espíri tu San to- fue emplea r a casi todos los ha bitantes de la ciudad
en amurallar el recinto y convertirlo en una plaza más segura. Una vez
terminada la mura lla ex pulsaron de su interior a todos lo s musulmanes y judíos.
En esta época, Tánger llegó a co ntar hasta di ecisiete iglesias y conventos.
5
La Rihla en su traducción al españ ol en 2005 se tituló: A tra vés del Islam . Traducción, Intro ducción y
notas de Serafín Fanjú l y Federico Arb ós.
39
Tánger estuvo b ajo c ontrol portugués dura nte ciento diez años, entr e
1471 y 15 81, cuando pe rdió la plaza ante F elipe II, quien se an exionó Portugal
haciendo valer su derech o al trono tras la mu erte del rey Don Sebastián en la
batalla de Alcazarquivir, en 1578. Felipe II co nsiguió e l control del reino
mediante duras represalias contra el clero y la noblez a lusitanos. P ero una vez
en su poder, permitió mantener la condición de reino ind epe ndiente , aunque
bajo el mando autoritario de España. Esta situación afectaba tanto a Po rtugal
como a sus colonias, por lo que T ánge r p asó a estar bajo dominac ión e spañola
(Laredo, 1935: 29 - 30; Cestino, 2004: 137 -13 9).
Los españoles, a su vez , se queda ron en Tán ger hasta 1643, añ o en que
Portugal rec uperó su independencia y con e lla todas sus antiguas colonias. Es
durante esta é poca de control español – entre 16 04 y 1612 - cuando llegan a
Marruecos los mo risc os expulsados de España, instalándose muchos de ellos
en Tánger. Esta masiva llegada de moriscos debemos entenderla como una de
las razones claves e n el desarrollo de Tánger. T odos los emigrados proce día n
de una sociedad andalusí asentada, subli me en su desarrollo cultu ral,
acostumbrados a habitar ciu dad es m uy desarrolladas desd e un punto de vista
urbanístico que s erá el que e x porten a T ánger y a otras ciud ades d e Marruecos
en las que se instalaron .
Durante este segundo dominio portugués se activó el comercio exterior
con la metrópoli y otras colon ias, pero nunca llegó a ser im portante debido a las
continuas p resiones d e los musulmanes, que acechaban por el sur. Motivo por
el que el rey Juan IV ordenó un nuevo amurallamiento y fortificación de la
ciudad. Uno de los mayores enemigos que encontraron los portugu eses para el
control de Tánger f ue un adalid beréber, Rog hi Ghailan, quien logró controlar
46
pasos hacia lo qu e terminaría siend o una zona internacional. Esto s
movimientos que e n pri ncipio se dieron sin premeditación, fueron claves en la
evolución histórica de la ciudad: su constitución como ciudad moderna
conllevaba e l carácter de internacionalización en q ue definitivamente d eriv ó.
Poco a poco el clima de semi -aislamiento e n q ue el sultán m antení a a la ciudad
hizo que se fuese gestando en ella una vida alternativ a , ajen a a su entorno.
Así, por ejemplo, a partir d e 1820, Tánger se con v irtió en lugar d e acogi da para
los liberales españoles perseguidos p or el gobierno de Fernando VII (Lópe z
García, 2 012:2). Además, llegaron también ref ugiados europeos huyendo de
aquellos paí ses q ue fo rmaban la ll amada Santa Alianza. La ciudad, sin
pretenderlo anunciaba ya la se nda de su futura historia de atípico e nclave
cosmopolita. (Cestino, 2004: 222 -2 23).
Durante el siglo XIX s erá cuando e mpiecen a ser evidentes las mejoras
que las div ersas n aciones fueron realizando e n los s ervici os tangerinos.
Muchos serán los aspectos en que las potencias extrajeras logren autonomía
respecto del pode r central del sultán. Debemos entenderlo casi como un modo
de alejarse de los problemas. El sultán desde su trono concede el p ermiso a
aquellos que lo soliciten para la construcción de h ospita les, escuelas (Lourido,
1986:3), para la creación de un sistema de lim pieza pública, fu ent es de a gu a
limpia, y un largo etcétera de asuntos directamente relacionados con l a vida
diaria de una ciudad en los que el sultán deja de int erv enir, así como d e invertir
presupuestos. Visto desde esa pe rs pectiva, se nos presenta como un buen
modo de evitar co mplicaciones, pe ro en definitiva no e s más que una legación
de f unciones que sol o bene ficia a las potencias implicadas p or lo s réditos
directos que recibe. En pal abras de Bravo Nieto, desde el punto de vist a
47
arquitectónico: “la vieja medina y su población árabe asi sten como
espectadores a una paulat ina trans fo r mación de la ciudad que crece tanto en
sus efectivos demográficos como en espacio” (1991:257)
Debemos te ner en cuenta que será la presencia española la que más
peso tenga d entro de estas iniciativas. Serían esp añoles la mayoría de los
extranjeros que van asen tándose en la ciudad. F ue el español la lengua más
extendida después d el dá riy a – árabe ma rro quí-, y era la peseta una de las
monedas que más valor tuvo a lo largo de la histo ria de Tán ger (Embarek,
1993:235-260). Surgen entonces, por ejemplo, los h ospitales. En 1888 abre el
primer hospital español a c argo d e l os Fra nciscanos. É ste fu ncionó como tal
hasta que en 1950 se inauguró e l Hosp i tal Español, d entro del co mplejo
español en la ciudad (Bravo Nieto, 1991:258) . Este hospital h oy sigue
funcionando como asilo y en él a ún v iven esos españoles tangerinos que nunca
supieron irse d e su ciudad . Otros ejemplos serían el Instituto P asteur
inaugurado e n 1913 o el Ospedale italiano de 1929, donde murió en 1999 Paul
Bowles (Ramírez Ortiz, 2007:117-131).
También lleg ó a hab er h asta cu atro estafetas de correos: la esp año la se
inauguró en 1860. La francesa en 1881, la británica en 1873. Sobre la fe cha de
apertura de la alemana no hay certeza, p ero sí se sabe que tuvo que cerrar s us
puertas al com i enzo de la Primera Guerra Mundial, p ues tanto Alemania como
Austria fueron expulsadas de la ciudad (Espa ña: 1 954,17-19).
En 1883 el Dr. Cenarro funda la Com isión de Hig iene y L impieza
(Ramírez Ortiz, 2 007: 117 -1 21), un se rv icio fundamental para la sa lubridad de
la ciudad. Pone en funcionamiento el sistema de recogida de basu ras, la
48
limpieza de las calles, abre mataderos para animales, evitando así que fu ese n
matados en p lena calle como hasta enton c es. A ctiv a un sistem a de
cuarentenas para aquellos barcos que atracaban en el puerto con sospecha o
evidencia de traer alguna enfermedad c ontagiosa. En def i nitiva, e l Dr. Cenarro
puso en fu ncionamient o un se rv icio necesario e i mprescindible par a la ciudad.
Y Tánger se lo ha sabido agradecer siempre, pue s la c alle que lleva su nombre
– bifurcación de la calle Italia – aún hoy lo ma ntien e como homenaje por sus
servici os (Espa ña, 1954:317; Assay ag, 2000: 565 -5 72).
Ese m ismo año de 1883, otro español, Emilio Rotondo, con la ayuda
económica del Marqués de Com illas inaugura el servicio telef ónico (Assa y ag,
2000:601-616). La empresa serí a comprada en 1924 por la sueca Ericsson, l o
que no de ja de ser interesante cu ando ha cí a solo unos meses que la ciud ad
estrenaba oficialmente el Estatuto Internaciona l. Suecia no contaba co n
presencia política en la ciudad pero no dej a pasar la oportunidad de estar al lí,
de un modo que tal vez entien de como más rentable.
Realmente interesante resulta el desarrollo de la prensa. Las
publicaciones periódicas e n varios idioma s fueron naciendo en la ciudad hasta
alcanzar un número muy elevado . De sde que en 1883 el gibraltareño Gregorio
Trinidad Abrines funda el p rimer periódico Al -Magrib al -Aksar , e l cua l se
publicaba en español. La proliferación d e cabeceras de pe riódicos y revistas
alcanzó un número e x agerado para una sola ciudad, por lo que tenemos que
pensar que esta ba movido po r interese s de carácter identitario , así como el
afán de perv ivencia de un determinado y prósp ero statu quo . El último número
de un p eriódico español ap a reció el 31 de octubre de 196 7. El ejemplar de ese
31 de octubre del Diario ESPAÑA – bajo la dirección de Eduardo Haro Tecglen -
49
vio la luz p ara clausurar una época m uy fructífera de la p rensa internacional
(Ramírez: 2007,151 -1 88)
8
.
Otra f echa clave pa ra la historia de la ciudad es 1906. La celebración de
la Conferencia de Algeciras, de la que sale repartido el reino de Marruecos
entre los P rotectorados d e Fra ncia y España, e s la primera ve z que d e u n
modo oficial se reconoce a T ánger como ciud ad independiente. Es fundamenta l
mantenerla así. Se establecen unos pri meros órganos de gobierno que no
tomarán cuerpo pero serv irán de mod el os posteri ores (Ass ayag, 20 00:649-
652) .
En 1912, El T ratado de Protectorado de l 30 de m arzo (Cordero Torres:
1962, 92) es tá fir mado exclusivamente por Fran cia y Marruecos. Se e xcluy e a
España de la f irma de est e acuerdo, a pe sar de que se cuenta con ella en el
reparto de l territorio marroquí. En su artículo 1 del acuerdo se señalaba q ue “ el
gobierno de la República se conce rtará con el g obierno español respecto de lo s
intereses que este gobierno tiene por su pos ición geográfica y sus posesiones
territoriales en la costa ma rroquí ” . Así, Españ a quedaba incluida au nque no
intervino en e l establecimiento de las bases del Protectorado
9
que con sistían ,
según ese m ismo artículo, en institu ir un nuevo régimen que im plic a ra reformas
administrativas, judiciales, escolares, económicas, f inancieras y m ilitare s que e l
gobierno f rancés juzg aba útil introducir en territorio marroquí. Ademá s se
indicaba que el régi men que iba a implantarse salv aguardaría la situación
8
El capítu lo dedicado po r Assayag a este asunto resulta in teresante, pues inc luye fotografías de a lgunos
de los periodista s más destac ados, y las cabecera s de los periódicos de más tirada de la época (2000:
575 -598).
9
Sobre la presen cia española en la s institucion es tangerinas se pre sentó en 1991, en la Un iversidad
Complutense de Mad rid la Te sis Do ctoral de María Fuenci sla Marín Castán , titulada Los problemas de la
participac ión española en la administración internac ional de Tánger (1923 -1945) .
50
religiosa, lo que implicab a entre otras cosas la organización de un Majzén –
gobierno- cherifiano reformado (Carrasco, 2013: 61).
En ese primer punto del acuerdo quedaba también clara la situación de
Tánger: “ la ciudad de Tánger guardará el carácte r especial que se le ha
reconocido, y e l cual será d eterminado po r un a organización municipal ” . Ese
carácter especial co nsistí a en oto rg arle 373 km 2 q ue incluían la ciudad y su
hinterland (Bouarfa, 2002:96 -103). Deb ido a motivos políticos y es pecialmente
a la Primera Guerra Mundial este convenio no entrará oficialmente en vigor
hasta diciembre de 1923.
Concluimos este capítulo dejando abierta la p uerta a la e tapa tang erina
de mayor éxito social y cultural. Aunque como hemos v isto Tá nger nunca
necesitó el aval oficial que certif icase su modo de vida, el hecho de que
finalmente en trase en v igor el Estatuto internacional, no v ino m ás que a
certificar una realidad inevitable. Le dio carta de identidad.
2.1.2 El Estatuto Internacional: La Ciuda d Estado
Tánger alcanzó s u cén it con la llegada d el Estatuto Intern acional
(Laredo, 1935:467- 5 36), el cual daba carta de identidad a una r ealidad que
venía tom ando forma de sde finales del sig lo XVIII. Por hacernos una idea del
estado d e áni mo d e la po blación ta ngeri na p o demos lee r la no ticia del
periodista Alberto Esp aña en la prensa del día sig uiente a la entrada e n vig or
del E statuto. Apareció en el Heraldo de Marruecos del 2 5 de jun i o de 1925 y
sus palabras dejan clara la po stura de los habitantes de la ciudad an te lo q ue
venía sien do una re alidad, pero que ahora definitivamente y tras varios intentos
tomaba cuerpo:
51
“ El esta tuto d e Tánger es un hecho , si no en su tota lidad ,
por lo menos como principio. El primer pa s o está da do, y sólo
falta que lleguemos al f inal de s u ap lica ción con toda la
amplitud y el alcance que determina el Convenio de París.
Desde ayer, Tánger vive bajo un rég imen n uev o, cuyos efectos
no se advierten toda v ía en la v ida loca l. Sin embargo, si la
ceremonia, celebrada ayer en la Mandubía, no es una f icción –
y na da hay, por el momento, que no s induz ca a creer que lo
sea-, e l Estatut o de Tánger h a entrado ya en plena vigencia, y
solo falta que sus derivaciones tengan la irradiación lóg ica y
oportuna en nuestro clima” (España: 1954, 401- 402)
10
El apare nte desinterés de los ha bitant es de la ciudad por el cambio de
situación p olítica es u na muestra irre futable de cómo los tangerinos y a estaba n
habituados a ese modo de vida independiente. A pesar del interés institucional
por darle trascendencia al asunto , como leemos en las expresivas palabras de
Alberto España, res ulta muy elocuente la indiferencia de l pueblo. El Estatuto
que f inalmente se aprobó venía a def i nir la situación jurídica, política y so cia l.
Quedó recogido en forma de Dahir f irmado por el S ultán. Aunque la versi ón de
1925 se inspiraba en las versiones a nteri ores de s de principios de siglo y
especialmente en la de 1923, no sería la última, pues hubo m odi ficaciones que
fu eron entrando en vigor en su cesiv os añ os, 1928, 1945, e inclu so 1952. Pe r o
en n inguno de estos casos se varió la esencia del espíritu que había inspirad o
el prime ro de los documentos aprobados: la unicidad e indivisibilidad del
Imperio Xerif iano, aunque para justificar el prote ctorado se especi f i caba que su
soberanía era delegada p ara protegerla. La neutralidad de Tánger era absoluta ,
y la libertad e igual dad económ ic a f undamental es . Sobre la neutralidad
10
Noticia completa a nexo nº 1
52
tangerina, punto crucial p ara la situ ación estraté gica de la ciudad, decía e l
artículo tercero del documento firmado por las po tencias:
“ La zona de T ánger queda col ocada bajo el régimen de
neutralidad permanente. Ningún acto de h ostilidad podrá, pues,
ser realizado p or la zona ni contra ella, ni dentro de su s límites
ni en la tierra, ni en el mar, ni en el aire.
No podrá crears e ni mantenerse en la z ona
establecimiento algun o militar, terrestre, naval o aeronáu tic o, ni
tampoco base de operaciones ni instalaciones susceptibles d e
ser u tiliz adas con f ine s bé licos. Queda pro hibido todo depósito
de municiones o de ma teri al de guerra . Cada uno de los
gobiernos con tratante s podrá agregar a sus c onsulados en
Tánger una Oficina encargada d e informarles sobre l a
observancia de las precedentes obligaciones d e carácter militar
(…)” . (Laredo: 1935, 468)
Lo que rea lmente cambió a partir de l a f echa de entrada en vigor del
Estatuto Internacional fu e que su modo de gestión, que ya se ca racteriz aba por
depender de las Leg acione s extrajeras, cristaliz ó e n la crea ció n de unas
estructuras de gobierno de las que hasta entonces carecía:
1-La Asamblea Legislativa. Era la inst itución encargada de promov er las leyes
que regían la ciud ad. Tenía am plias atribuciones en materia económica:
establecía los im puestos, dab a su ap ro bación a los presupuestos generales
anuales. Las reuniones de la a samblea eran me nsuales y d ebían realizarse
bajo la presidencia del Men dub – delegado d el Su ltán en la ciudad - pero las
resoluciones se aprobaban por mayoría simple sin que el Mendub tuviese
ningún tipo de poder d e decisión. Los miembros que formaban la asa mble a
eran elegidos por sus resp ectivos con s ulados y su númer o era pro porcional al
53
número de residentes inscritos en dichos consulados, ademá s de la
importancia que cada nación tenía en la ciudad. Lo qu e en d efinitiva se reducí a
a que España y Francia eran los d os países con mayor rep resentación en esta
institución.
2- E l Comité de Co ntrol. Por establece r un a comparación que aclare l a
naturaleza de este o rganismo, podemos c ompararla con la asamblea de nobles
venecianos. Un grupo de poder fo rmad o por fu erzas sociales. En e l caso
tangerino la aristocracia clásica que formaba estos grupos era sustituida por
personal d iplomático de los países implicados en la ciudad. Su p ri ncipal d eber
era velar para que los te xtos y leyes aprobadas por la Asamblea Legislativa
respetasen el Es tatuto Internacional, y sobre todo, hacer c umplir las no r mas de
igualdad económ ic a a tod os los firmantes de l a cta de internacionalización. Po r
lo general, sus funciones nunca fueron de gran trascendencia, pues los asuntos
tangerinos s olían f unciona r sin mu chos p roblemas, solo algunos puntuales,
aunque recurrentes, deriv ados de los anhelos de mayor p oder d e determinadas
personas o países. Su f unción era entonces mantener e l equilibro necesari o
para la continuidad de la situación.
3- El T ribunal mixto de just icia. Era, desde su o rig en, una institución con una
estructura mu y com pli cada, lo que dete r minó su funcionamiento . Estaba
formado por ca torce m agistrados de d i ferentes nacionalidades cada cual con
su formación propia. Cad a p ersona enjuiciada tenía derecho a solicitar
determinadas particularidades judiciales se g ún su país de orig en. Al igual que
en asuntos de casamientos, herencias, donaciones… Las p osi bilidades de
resolución dependiend o de cada legisl ación nacional convertían los p rocesos
en enquistados problemas lo c ales.
54
Además de esto s , anexo al texto del E statuto I nternacional se
desarrollaban una se rie de código s con los que regir e l fu ncionamiento de la
ciudad: el código de la cond ició n civil de los extranjeros en la zona; el código de
comercio; el código penal local; el código de procedimiento criminal, el c ódigo
de obligaciones y contratos. El código de procedim ie nto civil y e l código de
registros d e inm uebles. Por lo ta nto un conglomerado de l eyes y códigos que
en la práctica era realm ente complicado apli car.
Junto a todas esas instituciones se cr eó una gerencia q ue administrab a
de m odo directo la ciudad. El Estatuto establecía que el administrador debía
ser d e nacionalidad holandesa, belga o po rtuguesa. Su cargo a demás se rv ía
de lazo de un ió n entre la Asamblea y el Comité para hacer fa ctibles las
decisiones tom adas por esto s cuerpos: llevarlas a la práctica. Por ejemplo en lo
que afectaba a los se r vicios d e obras públicas tenía que v elar por e l interés de
la villa respecto al puerto y las carreteras, a sí como los trabajos de mejoras en
las infraestructuras básicas.
Otro de los serv icios puestos en marcha f ue la policía. La p olicí a de la
zona de Tán ger estaba nutrida por personal mixto reclutado e n la ciu dad,
aunque desde el Estatuto se establecía el reparto de los ca rg os nuevamente en
función d e la na cionali dad. Lo s oficiales y té cnicos debía n ser de nacionalidad
portuguesa, h olandesa, o belga, pero por encima, el co mandante debí a ser
siempre f rancés. Este último punto fue de los má s peleados por Esp aña e Itali a
y uno de los que más v ariaciones suf rió a lo largo del tiempo
11
.
11
Acerca de la co mpleja organiza ción tangerina p ueden verse: Assayag, 2000 : 467 -536, d onde están
recogidos todos lo s documentos oficial es del Estatuto d e Tánger que rigió e stos asuntos. Bouar fa, 2002:
163 -167 y 189 -192; Ramírez O rtiz, 2007: 67 - 79.
55
Vemos, pues, que se trata de una ciudad con una estructura p olítica y
social insólita. Este entramado puesto en f uncionamiento tuvo ef ecto e n todos
los ám bitos imaginables. Desd e el p unto de vista social se generó u na
población ta ngerina por encima de cualq uier n acionalidad de origen , d ic e
Juanita Narboni : “ Fascinados. Se qued aban fa scinados. ¿Qué entie nden ellos ?
Unas mujeres inglesas de pasaporte , andaluzas de sangre y pasadas por
Tánger, lo comprendo, de caerse muerta ” (Vázq uez: 2000, 221).
Y más ácido aún es Ramón Buenaventura c uando escribe lo siguiente:
“Nosotros no éramos esp añoles sino tangerinos; ser
tangerino co nsistía, sencillamente, en negarnos a que se nos
confundiera con los chicos e s pañoles que de vez e n cuando
veraneaban con la pandilla, tan a trasados, tan cutres, tan
inc ultos, tan bastos. “Los e s pañolitos”. Aquellos cuyos ojos se
abultaban ante la contemplación en bikini que lucían las
tangerinas. Aquellos q ue nos molestaban en el cine, gruñendo
como jalufos
12
e n cuanto alguna actriz sacaba las tetas, los que
se excedían en los guateques tratando de m agrear a nuestras
chicas. Los que no hablaban una palabra de francé s . Más
adelante, los que venían con boleros y pa sodobles, a nosotros,
maestros del rock and roll” (1999 , 144).
Así eran, por en cima de to do y sin m atices ta ngerinos. La ciudad ha ido
imprimiendo e n su s habitantes un carácter y una co nciencia urbana de una
peculiaridad y una soberbia únicas. To da esta esencia ta ngerina es la que se
fue plasmando en las obras literarias y pictóricas tangerinas.
Un paréntesis de la historia internacional de la ciudad que no podemos
pasar po r alto es el que se extiende entre el 14 d e junio de 1 940 (Bouarfa ,
12
Del árabe “cochino s”.
62
funcionarios extranjeros recibirían indemniz acione s por sus despidos. Se
recogía ta mbién el compromiso marroquí d e mantener los establecimientos
culturales y científicos e x istentes, aunque adaptándose a la nueva legislación
nacional y con la financiación de aquél país que lo venía haciendo.
Junto a estos acuerdos, co n carácter e x traordinario, el monarca
marroquí promulgó una Carta Real el 17 de a gost o de 1957 , conocida como
Carta de Fedala
16
. La intención ú nica del monarca era mantener los privil egios
económicos de la ciudad, e l mismo estatuto de libertad económica que había
venido dis frutando. La pretensión era que el f lujo de negocios y capitales se
mantuviese y p asase a ser una fuente d e ingreso nacional import ante. Pero la
fuerza tan gerina real radicaba en la libertad. E l relativo ano nimato del que se
podía disfrutar en la ciudad d e Estrecho era su mayor baza. El 17 de abril de
1960 reconociendo el e v idente f racaso, se anuló la Carta Real y T ánger pasó a
ser una ciudad más. De estos cambios, por supuesto también se la mentaba
Juanita:
“Nunca tuv e nada de que arrepentirme, porq ue mi vida ha
sido una vida en b lanco, clarita y cernida como la arena de esta
playa, fabricada grano a grano con el su frimiento (…) Lo otro, lo
de fuera, no e s más que una defensa. Miedo me da volver a
casa. Mi invención… la invención de mi misma es algo a sí
como si yo me viera a través de un e spejo: una tontona. Y por
dentro… ¡ Si supierais cómo soy por de ntr o! ¡ Y la importancia
que para mí tienen las pequeñas cosas y todo aquello que ha
quedado atrás! (Vázquez : 200 0, 2 43).
Como no podía ser de otro modo la ciudad f ue andando hacia su
marroquiniz ación . Por un lado e mpezó a recibir f lujos importantes de población
16
Promulgada desde la ciudad de Fedala, actual Muh ammadiya.
63
procedente del sur del país, que fu e lle nando la ciu dad de una población ajena
a su idiosin crasia hasta ese momento; y junto a esto, toda una nueva oleada de
extranjeros – sobre tod o norteamericanos - a tr aídos por los últi mos coletazos de
aparente libertad, con fund id a con libertinaje. Escribía Ram ón Buenaventura en
su última novela:
“(…) se aburrían en aquella medina cada vez más ajena,
tan a jena, que a veces se les anto j aba hostil ; un a ciudad que
iba mudando de leyenda c omo de piel las serpientes, que se
iba en tregando al anecdotario de los escritores visitantes, sus
manías sex uales, sus maneras libre y poderosas de vivir sus
papeles de niño s ricos autoexcluidos de l sistema, su
repercusión en el famoseo internacional ” ( Bu enav entura: 2013,
168).
Desde es te periodo d e su historia es de sde el que T ánger tiene qu e
cargar con la ma la fama a hombros. Si hasta entonces los miste ri os de Tánger
se trenzaban con la libertad, e l ano nimato y la facilidad de vida, a hora la ciu dad
empieza a exportar esa imagen de ciudad golfa y de pravada con la que a ún
hoy sigue lidiando. Será la época en la que aparezcan por Tánger los escritores
de la Generación Beat, atraídos po r Paul Bowles, quien ya e staba instalado en
la ciud ad desde la década de los 40. Lo s Rolling Stons, la millonaria Barbar a
Hutton o el poeta español Leopoldo María Panero, entre otros ciento s de
personajes que fueron creando el mito de un Tánger hasta ese momento
desconocido y alejado de la realidad cotidiana. No se puede negar la realidad
de su existencia, sino simplemente darle su justa medida dentro de la historia
de la ciudad. Y esa m edida se reduce a una presencia raquítica en la vida
cotidiana de T ánger, pero que debido a la im portancia int ernaci onal de los
individuos implicados tuvo una repercusió n mediática muy importante.
64
Junto a esto s ambientes encontraremos también un grupo d e e s pañoles,
tangerinos e spañoles , que f orman una p equeña comunidad intelectual
realmente vinculada con la vida y la sociedad ta ngerina. Se trata , po r ejemplo,
de los irrepetibles Emilio Sanz de Soto, Áng el Vázquez, la escritora Carmen
Laforet o a l periodista Eduardo Haro Tecglen, quienes fu eron llenando la vida
cultural de una ciud ad cosmopolita y a en decadencia, pero que intent a
mantener su aura.
A medio camino ent re los diversos grupos cita dos se sitúa Emilio Sa nz
de So to, quien se declaró to da su v ida adorador de Jane Bowles. La ciudad
invitaba a la confusión y a sí, de entre e ste maremágnum surgen personajes
realmente insólitos como p udo ser E duardo Haro Ibars, un escritor que bebió
de lleno e s os coleta z os tan gerinos d e la generación Beat entre la que se vio
creciendo. Y lo mismo ocurriría con el pintor José Hernández.
Estamos, por tanto, ante u n f inal a gónico, ante un a ciudad que lucha po r
mantener a flote sus barcas co mo puede, y que se verá ca y endo en la debacle
más absoluta conforme avancen las décadas. T ánger tuvo que sufrir la s
condiciones de vida más d uras durante las décadas de los o chenta y noventa,
hasta que de nuevo c ual ave Fé nix, con el comienzo del nu evo siglo inaugura
una nueva etap a. De to do este periodo no podemos olvidarnos qu e surgió e l
escritor marroquí más d ecisiv o para la nueva e tapa de la literatura nacional
contemporánea, Muhammad Chukri, quien ha p as ado de escritor m ald ito, el
Bukowski ma rroq uí, a e mblema del nuev o M arruecos, escr itor of ici al d el Tánger
que fue.
“Tánger está cambiando, amigo, lleva e l vestido adecuado para
cada día, como una lágrima en el ojo, u n instante en la
65
memoria desconocida o el a diós d efinit ivo a un tie mpo
inestable.
¿Estoy soñando, amigo?
¿Quién de n osotros conoc e Tán ger? ¿Hércules? ¿Churchill?
¿El príncipe Chakib Ar slan? ¿Mimún? ¿La mujer de azul? ¿Los
clientes d el Hafa o del Central? ¿No tiene cada uno su propio
Tánger, amigo? Pero la ciudad de nuestra imaginación siempre
es más bella que aquella d onde vivimos. Pregúntale al señor
Juan.
Pregunta a la señora Nuria. Si p regun tas a Mim ún, no va a
responderte”. (Tazy: 2010, 49)
2.2 Contex to cultur al
Tras las p áginas que acabamos de leer resu lta imprescindible establecer
de igual m odo un contexto cultural que nos explique las p eculiaridades que
luego v an a caracterizar la literatura ta ng erina a estudio. Es im portant e
establecer las líneas sobre las que discurriremos para p oder justif icar la
existencia d e una liter atura t angerina di ferenciada y con creta. La histori a de la
ciudad establece un contexto especí fico en el que surgirán escritores insólitos
tanto para e l país e n el que surgen, como para las literaturas del país de origen
de cad a escritor. En nuestro ca so nos centraremos en los españoles aunque es
imprescindible establecer las con exiones entre dichos escritores españoles y
sus coetáneos franceses o americanos.
Partiremos de la pregunta que se hacía Mohamed Az zedine Ta z y (20 10 ,
49) al f inal del fragmento qu e cierra el capítulo anterior: “ ¿No tiene cada uno su
66
propio Tán ger, am ig o? ” intentaremos desde eso s tá ngeres particulare s
establecer unas líneas d e conexión. En la ciu dad blanca de Pierre Loti (18 93:1-
4) cad a uno era su propia isla, p ero hasta en ese aislamiento se produjeron
influencias. Las co rrientes lite rarias supieron arraigar en l os escritores. El
ambiente peculiar de abigarra miento artístico marcado por la libertad imperante
y la intercon exión entre vecinos , dio como res ultado u na literatura co ncret a .
Nosotros vamos a centrar el objeto d e estudio en aquella escrita p or españoles,
y po r m arroquíes en español y podremos v er cóm o Tán ger es el e s cenario y la
protagonista de una l iteratura única e irrepetible, en tanto que el Tánger en e l
que surgió ya no se va a volv er a repetir.
Bien e s verdad, que en las ú ltimas d écadas de l siglo xx los escritores
marroquíes que o ptan por el españo l como lengua de e x presión artí stica e stán
logrando una producción literaria interesante, aunque e scasa. La idio sincrasia
tangerina aún tiene fuerza y estos escritores se siguen diferenciando de
aquellos que escriben en español desde T etuán o Casablanca. Tánger sigue
siendo un elemente diferenciador. Como ex plica Tahar ben Jelloun:
“Ciudad -en crucija da, lugar de intercambio y mestizaje,
Tánger está cambiando de identidad y de estatu to y se va
pareciendo a cualquier otra ciudad del Marruecos m oderno. Por
fortuna a lg unos artistas siguen sint iendo un loco amor por esta
ciudad (…) Aparentemente el amor es más f u erte que todo lo
demás y la gente sigue a cudiendo a to dos estos lugares a
pesar del viento y la decrepitud, a pe sar de l as contrariedades
de la vida d iaria y del e spectácul o de una ciud ad a la deriva”
(1997, 13).
67
2.2.1 La prensa como reflejo de una sociedad compleja
“Papá se encerrará en su despa c ho después d e haber
comprado el Tangier Ga zz ette, La Dépêche Marrocaine y
Presente, porq ue ya no se lleva La L interna, que era lo que a él
de verdad le gustaba d e la prensa español a. Mira po r dónde,
de pronto m e acuerdo del d uende de Zaragoz a con el su s tazo
que p asamos, que estuvimos todo el invierno sin en cender la
chimenea, no se f ueran a oír voces. Presente es el primero que
tira a la basura po rq ue los periódicos españoles nunca dicen
nada interesante. Del Tangier Gazzette solo leerá los
resultados del partido de p olo en e l Country Club y en el
Dépêche Marrocaine las novelas y leyendas de Elisa Chimenti”
(Vázquez : 2000 , 182).
Así no s acerca Juanita Narboni a la pren s a int ernacional tangerina. Con
tres p inceladas y un t orrente de información nos hacemos u na idea d e que en
Tánger, la prensa, al igual que otros asuntos, también era en distintos idiomas ,
sin ce nsura e independiente
17
. E so quiere de cir que los distintos países
asentados en la ciu dad podían publi car aquello que quis iesen, cada gobierno, o
cada editor independiente gestionaba libremente su propia p rensa. N o
encontraban en T áng er ninguna traba.
La primera referencia a la p re nsa publicada en el no rte de África
corresponde a l diario de guerra editado por Pedro Antonio de A lar cón, El Eco
de Tetuán (Alarcón : 1859; Ramírez Orti z : 2007 , 163) el cu al apa r eció en 1860
durante los meses que duró la guerra de Marruecos. Tras la firma de la Paz de
Uad-Ras (Boua r fa: 2002, 40 -50) el ejército español se retiró y volvió a la
17
La gran may oría de los periódicos qu e se publicaron en Tán ger pueden consultars e en las d istintas
bibliotecas de la ciu dad. En la Biblioteca Juan Goyti solo se encu entran casi todos los ej emplares de los
periódicos pub licados en espa ñol y muchos en fran cés. Así co mo en las bibliotecas de lo s demás centros
culturales. Es espe cialmente interesante la d e la Legación A mericana , pues cu enta con u n gran fondo en
inglés. También h ay numeroso s ejemplares de todos los p eriód icos en la B iblioteca Abdellah Guenn oun .
68
península, y co n él Pedro Antonio de Alarcón. A pa rtir de este primer int ento
fueron apareciendo algunas cabe c eras en Ceuta, Melilla y Orán
18
. La p rimera
cabecera p ublicada en Tánger data de 1 883. El 2 8 d e fe br ero de ese año,
Gregorio Trinidad Abrines p ublicó por primera vez e l seman ario en español Al -
Magrib al-Aqsa . Este gibraltareño se había instalado en Tánger en 1880
ll e va n do consigo la primera imprenta que se instaló e n la ciudad . Esta imprenta
le había sido e ncarg ada por Molina ri, hombre de ne gocios inglés asentado en
la ciudad cuyo paso a la histo ria n o vendrá ta nto por este motivo como por el
hecho de que sería el futuro bisabuelo por línea mate rn a del insigne ta ngerin o
Emilio Sanz de Soto (Ramírez Ortiz, 2007: 164 ) a quien dedicaremos algunas
páginas en su momento.
La f undación de este periódico e n Tán ger supuso u n motivo d e atracción
para aquellos periodistas necesitados de lib ertad. Ese sería el caso de José
Nogales, quien duran t e unos años form ó parte de la redacción d el periódico. La
primera constancia documental de la p resencia de José Nogales en Marruecos
está en e l Archivo de la Misión Católica de Tánger (Rodrí guez Castillo: 2001,
24) y de en tonces en adelante su vida es tá vinculada a Marruecos y en
especial a la ciudad de Tánger. Posteriormente, empezó a colab orar con el
periódico Fermín Salvochea, conocido anarquista emigrado de E spaña por sus
ideas. Desde T ánger empezó a publicar en Al -Magrib a l-Aqsa sus teorías
políticas.
18
En el añ o 2014 se presentó en la Universidad de Sevilla la T esis doctoral Pe riodismo y ofen siva militar
en la c olonización de Ma rr uecos: La prensa del Protec torado españ ol (1859 -1956), def endida por la
investigadora Lamiae E l Amran i. Presenta un detallado estudiod e la prensa española ade mñas de un
interesante cuad ro informativo con todas las imprentas y p eriódicos españ oles que aparecieron en
Marruecos durante e sos años (pp . 365-393).
69
En 1893 Gregorio Abr ines decidió unir su periódico con The Times o f
Morocco , p or lo que a partir de ese m omento dejó de publicarse en español
para empez ar a hacerlo e Inglés. The Times of Morocco , f ue un periódico
fundado e n 1884 p or Edward Meakin, n otab le escritor y p olemista inglés que
por m otiv os de salud ha bía elegido e l clima de T ánger para estab l ecer su
residencia. El principal interés d e Meakin con este periódico era la def ensa del
indígena, a su juicio falto de respeto y de protección (Laredo : 1935, 238 - 239).
En la edición del periódico contó con la ayuda de su hijo Budgett M eakin, quien
con el tiempo se conv ertiría e n un conocido historiador
19
. Durante su primer
año de edición, The Ti m es of Morocco sali ó de la i mprenta Ab rines, pero
finalmente Meakin tr ajo de Inglaterra la suy a prop ia . Debido a m otivos
personales -mala salud y e x ceso de trabajo - en 1 893 Meakin fu ndió su
periódico con Al -Magrib al-Aq sa de Abrines. Fina lmente a m edia dos de los
años 20 del siglo XX , Ab rines le vendió la propied ad de la imprenta y de l
periódico a un a empresa inglesa que ya se había he cho con otras dos
cabeceras menores y al agruparlas las empezó a publicar ba jo la cabecer a
Tangier Ga z ette and Morocco Mail , la cual a aparecía una vez a la semana
(Laredo: 1935, 236).
Le Reveil du Maroc fue un periódico fundado por Levy Cohen en 1884.
Este ilustre jud ío h abí a nacido en T áng er de padres ingleses, estu dió en
Inglaterra y tras residir mu chos años en Francia volvió a su ciudad natal p ara
ejercer como abogado. A demás ocupó la dirección del periódico y era e l
corresponsal en T ánger d e los p eriódicos londinenses The Jewish World y The
Jewish Chronicle . T ras su p rematura m uert e, Le Reve il du Maroc pasó a ser
19
Entre sus obras sobre temas m arroquíes destac an: (1899). The M oorish Empire , London, s.i.;
(1901). The lan d of the moors , London, s. i.; (1902). T he moors , Londo n, s.i.
70
propiedad del banquero Haim B enchi mol, quien lo co nvir tió durante vari os años
en órgano para la def ensa d e los intereses f ranceses, au nq ue también
emprendió campaña s contra la e sclavitud y el abuso d e poder utiliz ando las
páginas de su periód i co como escaparate de su trabajo. Entre los red actores
jefe desta ca el co nocido per iodista tangerino Abraham Pim ienta
20
. El p eriódico
desapareció tras la muerte de Haim Benchimol. La fa milia Benchi mol ha
pasado a la historia por ser la que pint ó Delacroix en su obra Boda judía en
Marruecos
21
.
El cuarto periódico que aparecido en Tánger f u e La Africana , fundado el
año 1885. E ra un s emanario satíri co e ditado por el gibraltareñ o Eduardo
Hauglin, en el que a parecí an caricaturas, juegos de palabras y b r omas sobr e
las noticias de actualidad.
El Eco Mauritano era u n bisemanario publicado en esp añol que apareció
por primera v ez en 18 86 bajo la dirección de los tangerinos Isaac Tole dano
22
e
Isaac La r edo, así como el gibraltareño A gus tín Lúgaro. Para esta pu blicación
importaron de Inglaterra u na nueva im prenta. Tras u nos a ños de dedicación al
periódico, Toledano y Lared o cedieron sus derechos a Lúgaro que se quedó
solo al frente de la dirección, pero continuaron colaborando como columnista s
20
Sobre Abraham Pimienta v éase el texto que le d edicó Isaac Laredo adjunto en el anexo 2.
21
Esta o bra fue pinta da en Tánger por Delacroix e ntre 1837 y 1838. Movido por l as corrientes
del Romanticism o que rec orrían Europa durante el siglo XIX y qu e h acían que es critores y
pintores necesitas en bus car en O riente la inspir ación. El or ientalism o miliunanochesc o
caracteri zaba e l arte de es a época y este cuadro es un f iel reflejo de ello. E n la actual idad se
encuentra en e l Museo del Lou vre, en París. Véase anexo 29.
22
Isaac T oledano bien m erece una bre ve sem blanza debido a l a importancia qu e tuvo en el
Tánger de f inales de l sigl o XIX . Nacido en 1864, e ra hijo del conocid o escrit or y profes or
hebreo, el Gran R abino R ebb y Mordeja y Ben gio, descendiente d irecto d el legis lador Re bbi
Daniel, coaut or de las Tec anot (ac uerdos) de C astilla y jef e espirit ual de los expulsados de
España en 1492. Aunq ue se dedicó al com ercio y a la banc a, siend o d urante cuarenta años
director del Banco Hassan de T etuán, su gra n afición fue el periodism o, actividad a la qu e se
dedicó desde los veinte años en publicaciones com o El Eco Mauri tano (Lare do: 1935, 257- 259)
71
para dicha publicación. Este periódico se p ublicó h asta 1930, si bien con
intermitencias.
En el últi mo lustro d el siglo XIX se f undó en la ciudad La Cr ónica ,
periódico en español de poca vida pe ro relati v a im portancia po r sus
implicaciones polí ticas. Comenzó siendo diario, pero pasó a ser bisemanal para
dejar de publicarse e n 1900. Se editaron cua renta y cinco n úmeros, e n l os que
el tema central era la def ensa d e la clase obrera. Uno de sus fundadores, q ue
ejerció de redactor durante muchos a ños, fue Isaac La r edo. Tras él, e l p uesto
de redactor lo desemp eñó Gabriel Lo rc a, seguido de Moses Mariache ,
tangerino de n aci miento formado en la Alianz a Israelita. La primera e tapa del
periódico terminó en 1900, sie ndo entonces su editor el joven Leopoldo Onetto,
quien moriría a los 29 años habiendo cosech ado grande s éxitos com o
periodista. En 1921 apareció un semanario con el m ismo nomb r e, qu e
pretendía heredar el espíritu del primitivo Crónica . En este periodo a parece
como directo r Francisco González Palacios, y como redactores Fran cisc o
Carreño Castillo, y Juan Delgado Onetto, qu ie nes lo f ueron hasta el f inal de l a
publicación en 1930. Pu ede establecerse una tercera época en L a Crónica
desde 1925, ba jo la dirección d e José Serón Lóp ez, quien p oco de spués f ue
invitado p or la auto rid ad competente a suspender la p ublicación y ma rcharse
de Tánger.
El Porven ir , fue f undado por Francisco Ruiz Ló pez gracias a unas
subvenciones que recibió d el gobierno español en e l año 1 899 para su
creación. Se p lanteó como u n órgano de propaganda del gobierno español y
así siguió p ublicándose hasta de 1938. Muy int eresantes y productivos f ueron
78
Otra publicación destacada sería Cosmóp olis , aparecido en 1946,
dedicaba sus p áginas a asuntos que co ncerniesen la vida de la ciudad del
Estrecho. Por ejemplo, f ue el se manari o e ncarg ado de hacer público el 4 de
febrero de 1 953, el deseo de los tangerinos de q ue la c alle donde vivía el
conocido p i ntor inglés A pperley pa sase a ll ama rs e con su nombre de ma ner a
oficial:
Apperley vive en Tánger desde hace veinte años por lo cual puede y
debe ser considerado como un perfecto tangerino. Su obra es prestigiosa para
la ciud ad. La call e donde viv e no existía cu ando él llegó. Puede decirs e que a
él se le debe porque él f ue el p rim ero a vivir a aquellos lugares. Dicha calle,
callejón mejor dicho p or sus dimensiones, llev a de hecho su no mbre otorgado
por los vecinos autom áticamente porq ue su casa es punto d e referencia para el
correo. Sin nom bre alguno de calle, los vecinos dan sus señas y así llegan las
cartas, valiéndose d el sistem a de indicar “enfrente de la casa de App erley ” o
bien “a la derecha de la casa de A pperle y”, a la izquierda de la casa de
Apperley, y así por el estilo
27
.
El Hera ldo d e Marruecos , se publicó en Tánger entre 19 25 y 19 32.
Defendía los intereses de España en África. Su fu ndador, Manuel Ortega
Pichardo l o d irig ió hasta 1932, a ño en que pasó a editarse de s de Larache.
Este p eriódico t enía imprenta propia y logró cifras d e ed ició n y venta s muy
importantes para la época . La tirada era de 8000 ejemplares y llegó a tener
ocho páginas. Pich ar do cofundó tamb ién el periódico El Med it erráneo de
Ceuta . Entre sus colaboradores má s destac ados estaba Alberto España, quien
27
Véase el blog del periodist a Domingo del Pino :
www.tanger yotrasutopias.c om /2009/08 /georg e- w-apperle y -tan ger-1933-11 960.htm l
79
fue redactor jefe durante un largo periodo, ejerciendo e n numerosas o casiones
el cargo de directo r d ebido a las larg as a usencias de Manuel P ichardo, pues
este último entre otras f unciones e ra el representante en España de lo s
Rothschild. La pá gina en f rancé s que había en la edición d el periódico corrió
durante v arios añ os a cargo de Rutilly , aunque é ste en 1930 f igura traba jand o
en L’ Echo de Tánger .
Mauritania , era una revista mensual ilustrada, editada en castellano por
los m isio neros franciscanos. Esta revista ho y podemos considerarla una de la s
fuentes más completas p ara conocer datos d e la vida tanto de Marruecos en
general como de Tán g er en particular, pues l os artículos dedicados a la ci udad
y su v ida son ingen tes . El f ranciscano Rey Vázquez f ue su director durante 29
años, desde su fundación en may o de 1928.
Pero sin duda, en toda esta larga lista de publicacione s aparecidas en
Tánger desde el sur gimiento de la prens a en la ciudad hasta el de finitivo
desenlace d e su situación interna cio nal , solo f alta citar el que fu e el periódico
más relevante en la evolución ideológica de la ciudad, el España. Este
periódico apareció p or p rimera vez el 12 de octu bre de 1938 y se estuvo
editando a diario h asta el 31 de octubre de 1967. La prime ra sede d e las
oficinas fue en el número 3 5 del Boulevar Pa steur, y los talleres en el Paseo del
Dr. Cen arro, nº 40. El p eriódico t uvo mucha aceptación y su crecim iento fue
muy rápido, po r lo que diez años después, en enero de 1949, inauguraron un
nuevo edificio de mayor tamañ o en la calle Cerv ante s. El primer director del
periódico fue Gregorio Corrochano Ortega.
80
Este intrépido periodista que hab ía sido corresponsal de guer ra en
Marruecos en 1921, se enco ntrab a en Guinea el 18 de julio de 1936; de a hí
partió para Tetuán dond e estaba su amigo Juan Beigbeder Atienz a , quien en
1938 fue nombrado Alto Comisario español en Marruecos – hasta su brev e
ascenso a Ministro de Asuntos exteriores entre el 12 de agosto d e 1939 y el 16
de octubre de 1940 , momento en que fue relev ado del ca rgo por Ramón
Serrano Suñer-. Beigbeder encargó a Corrochano la creación del periódico. La
Editora Marroquí S.A., prop iedad de Corrochano, sería la enca rgada de su
publicación. En 1957, Luis Zarraluqui compró a Corrochano la m ay or parte de
las accione s de Editora Marroquí y creó el renovado Diario España , así como la
nueva publicació n España Sem anal , cuy o director se rí a Samuel Cohen. El
España Semanal na ci ó con mu c ha f uerza y el ímpetu de las nuevas ideas ,
tenía redacciones en Tánger, Marbella y Madrid.
Juan E s telrich f ue director de l España tras Corrocha no a propuesta del
Conde de Godó quien también hab ía entrado en la administración del periódico
como accionista. Estelrich dejó la dirección ya a las alturas de 1957. Entre 1958
y 19 60 el director fue Manuel Cerezales Gonz ález, marido d e la nov elista
Carmen Laforet. Vivir en Tánger, aun qu e fu ese p or temporadas, supuso un
punto de inflexión tanto para la escritora como para el grupo de españoles, que
la acogieron. La escritora en contró en T ánger un ambiente apa cib le y nu evas
amistades que la admiraban y valoraban como la gran e scritora qu e era; fue
especialmente e ntrañable la amistad que e ntabló co n e l novelista Ángel
Vázquez . Sobre este asunto no s d etendremos más e x tensamente en el
capítulo dedicado a la literatu ra de Vázquez.
81
Tras C erezales, el c arg o de director lo ocupó el c o nocido periodista
Edua r do Haro Tecglen, posterior editorialista y columnista de El País. Haro
Tecglen de s empeñaría la labor d e dir ector hast a su clausura en 1967. Su
establecimiento en la ciudad su puso un nuevo giro p ara la vida cultu ral
tangerina. Se trasladaron a la ciudad toda la fa milia y sup ieron ir abriéndose un
hueco en la peculiaridad de la vida e n esta ciudad. Todas las fiestas y tod os los
actos cu lturales co nta ban con el ma trimon i o Haro Ibars, p ero quien también
descubrió su sitio en el mundo fue su hijo mayor, E duard o Haro Iba rs. Este
poeta d e la movida m adrileña pasó su adolescencia rodeado de escritores
norteamericanos de la Beat Generation (Cumpián, 2 010:107), d e pintores
extraordinarios como Bacon o José Hernández, y así creó u n u niverso único y
particular que fue plasmando en su obra (Fer nández: 2005)
Los redactores co n que contó el Esp aña son una lista ingente de
conocidos periodistas no sólo en Tánger, sino e n toda España, de e llos pueden
destacarse: Samuel Coh en, que f ue subdirector del d iario y director de l
suplemento España Sem a nal ; firmaba sus artículo s como Claud i o Laredo. E l
periodista sevillano Antonio Colón fue red actor de l Esp aña desde 1950 hasta
1967. También formó pa rte de la redacción del España Alberto España que
llevó la sección local desde que Corrochano se la encarg ase en 1938 y hasta
1947, cuando co n 62 añ os decidió retirarse para dedicarse a lo que realmente
le ape tecí a, que era escribir su Pe queña historia de Tánge r , entre otros libros
fundamental es para conocer muchas parcelas del Tánger que se fue.
A todo s estos r edactores deben añad irse colaboradores esporádicos, así
como los corresponsales tan to e n España com o repartidos por E uropa y
América. Los más des tacados son Julio C asares Sánchez, el c onocido f ilólogo ,
82
secretario de la Real A cademia de la Lengua E spañola y co mpilador del
Diccionario Ideológico; o el m ismo Jo s é Ortega y Gasse t, qu e publicó un
artículo en torno al Coloquio de Darm staldt
28
. La publicación d e este artículo
supuso un hito en el periódico y es prueba evidente de que la libertad de
prensa era mayor en Tánger que en España. También colaboraron
asiduamente Emilio Sanz de Soto, y Fernando Valderrama Martí nez, el que
fuera Asesor d e Enseñanz a m usulmana en el Protectorado e spañol y
posteriormente catedrático de árabe en Madrid, a sí como presidente fundador
de las Asociaciones de Africanistas y Orientalistas. A Valderrama se le deben
los dos diccionarios esenciales p ara la traducción del árab e jurídico y político
utilizados en la ONU.
El Diario España ll egó a se r m ítico para la España de la época. Pues la
libertad de prensa que se disfrutaba en Tánger hacía q ue e n él se pudiese n
publicar cos as que desde la Península resultaban insospechadas, o como nos
cuent a el periodista sev illano Antonio Burgos recordando su juventud:
“ Cuando España er a pe riodísticament e un a unánime
Plaza d e adhesión al franquism o, aquél España de Tánger era
un ámbito de libertades en el espíritu de la ciud ad internacional.
[…] El vespertino qu e llegaba a Sevilla con el a tractiv o de lo
impreso f uera de la ciudad era el Espa ña de T ánger […] el que
nos subyuga e n "Casab lanca". El Rick enca rnad o por
Humphrey Bogart podía haber si do perfectamente r e dactor del
España de T ánger… Su s páginas tení an una singular
extraterritorialidad, como Tánger mismo, a la que no llegaba el
enorme pes o de la I glesia en la vida cotidiana d e aq uellos
28
Fueron tres artícul os dedicados a este asunto que aparecieron e l 7, 14 y 21 de enero de
1953. Los títu los de las ent regas sem anales fueron, re spectivam ente, I. Sobre el estilo en
arquitectura , II. El especial ista y el filó sofo , y III. Sobr e el estilo f ilosófico .
83
años. España de Tánger era u n diario civil que entraba po r las
tardes en una Andalucía militar y religi osa. Por eso sentíamos
una cierta f rustración cuando Paco el de los periódicos, e n las
largas tardes de lluvia, n os decía cuando íbamo s por el
España:- Niño, dile a tu padre qu e hoy e l España no ha entrado
porque hay tem poral en el Estrecho y no ha pod id o pasar el
barco ” (Burgos, 1997).
Un dato sobre el que no podemos pasar p or alto es el hecho d e que d e
toda la lista de publica ciones que pod ían encontrarse en la ciuda d de Tán ger a
excepción de El Mogre b y E l Taraqui que surg en como prim itiv os ensayos en el
ámbito de la prensa diaria, no ha y m ás intentos p or pa rte de la población
marroquí tangerina de fun dar pe riódicos en árabe, imitando a los que estaban
apareciendo en otros pun tos de l m undo á ra be como se rí a el caso de Egipto,
Argelia o Túnez, d onde ya vení an existiendo de s de tiempo a trás. T al v ez la
razón más poderosa pa ra esto fu e que Tánger no se consideró a sí m isma
durante muchos año s una ciudad marroquí; era una ciudad más de la Europa
que se prolongaba a l otro lado del Estrecho. No p odemos perder de vista este
asunto a la hora de analizar la literatura escrita en e s pañol, y evidenteme nte en
francés, cuando entremos en e se apartado. Un gran grupo de p oblació n
tangerina estaba h abituada a utilizar el español como lingua franca , como
idioma de expresión lite raria, heredado de la costumbre de leer la pren sa en
este idioma, así como en f rancés. Te ndremos que esperar algunos años aún
para que las corrientes na cionalistas apuesten por la prensa en árabe y
fomenten el id ioma como seña de identidad nacional. En este ap art ado no
podemos pasar por alto los inte ntos de Ab delkhalek Torres (1910 -1970) -
periodista y líder nacionalista marroquí - de fomentar el d ariy a como l engua en
84
Marruecos. En 1934 pu blicó Intissar Al-Haq (La victoria de la justicia) que se
considera la primera obra teatral marroquí
29
.
La pre nsa en T ánger, d urante los primeros años de su aparición dedicó
numerosas páginas a la lucha por la li bertad, la abolición de la esclavitud, y a
denunciar públicament e los abusos a rbitrarios que las po tencias realiz aban en
la ciud ad. Por esta razón, estu v o en dos ocas iones amenazada con
desaparecer (Meakin: 1899 , 53 7) . En 18 85 algunos representantes de las
potencias ex tranjeras en la ciudad se dirigieron a l Naib del sultán, enton c es e l
ilustre Moh amed Torres, para ped irle la claus ura d e todos los periódicos que se
estaban publicando en Tánger. Torres, “ hombre recto y de sano criterio ” , como
lo describe L aredo (1935, 247), respondió que solamente podría suspender la
prensa si ésta atacaba directamente a las Instituciones, al gobierno local, o a
los representantes de las potencias ex tranjeras y eso no estaba demostrado
que h ubiese ocurrido . Un año después, en 1886, volvieron a intentarlo.
Llegaron incluso a co nvocar una reunión extraordinaria del cuerpo diplomático
para tratar el asunto, pero la negativ a volvió a ser clara.
José Daniel Colaço, ministro de Po rtugal y cónsul d e Brasil, el coronel
Mathew, cónsul general de Estados Unidos d e Norteamérica y M. Orde g a,
ministro de la República France sa, h icier on una b rill ante defensa de los
periódicos de Tánger y de s us redactores, aña d iendo i ncluso que consideraban
la prensa necesaria para afianzar las relac iones de Marruecos con e l resto del
mundo civilizado (Laredo: 1 935, 249) . Las denun cias públicas d esde las
páginas de los periódicos tan gerinos contra la e sclavitud y pidiendo me jores
29
La literatura h a reflejado estos mo vim ientos n acionalistas en numerosas ocasione s. Una de los últimas
novelas en retratar e sta época h a sido Tánger, Tánger , de Leopoldo Ceballos ( 2015).
85
condiciones lab or ales p ara los trab ajadores surtieron efecto sobre la sociedad
del momento y no solo se siguió publicando cada periódico, sino que se logró,
entre otras cosas, abolir la esclavitud en Tánger.
2.2.2 Tánger, la luz insólita
“ Y como aburríame la sinfonía e n gris d e las ciud ade s
modernas, elegí com o sa natorio la tie rra af ri cana, confiando en
la terapéutica del color ” (García Sanchíz, 1919: 11).
Así escribía García Sanchíz al cruzar a Tánger. Necesitaba luz, color y
vida para recuperar la alegría que había perdido e n las urbe s grises del no rt e.
Esa necesidad fue un pa trón que se reproduj o a lo largo del tiemp o. Junto a los
escritores anhelantes de libertad de expresión, como hem os visto reflejada en
la prensa, aparecieron por Tán ger pintores necesitados de nuev as imp resiones ,
de nuevas gamas de c olor y nuevas estampas a partir de las que cr ear mundos
renovados. Volcarlos en óleos, a gua das o acu ar elas, incluso grabados en
blanco y ne gro, como serían los de David Roberts (2002). El imaginario se
adueña de la pintura y esta se convierte de la mano de los pintores e n un arm a
de se ducción más. Tá nger salta d e las calles a la estampa y vuelve a generar
una esca lada inte r minable y florec iente de artistas f oráneos o autóctonos que
se van relevand o en el tiemp o, pero que nu nca dejan a un lado la belleza ni la
identidad peculiar de la ciudad del Estrecho.
Entre 1832 y 1833 David Roberts atravesó Esp aña y llegó ha sta Tánger.
Fue tomando apuntes de todo a quello que iba viendo y a su v uelta a L ondre s
quedaron p lasmados en litografías por o tr os artistas. Roberts realzaba los
86
rincones que veía, mediante alteraciones de la escala y sumando veg etación y
demás e lementos que aportaban un toque romántico y pintoresco a lugares ya
de por sí evocadores. Las estampas difundidas por Roberts alcanzaron gran
éxito e impusieron un a imagen novelesca y exótica de Andalucía, qued and o
Tánger incluida en dicho imaginario. Su visión está fuertemente marcad a por el
romanticismo imperante en las artes durante e sa é poca, cump le cada u no de
los punto s de los que Lily Litvak habla en su Jardín de Allah (1985 ). La fue rz a,
la confusión, el abigarramiento a mbiental, los colores, las plantas y alimentos
exóticos, la vegetación exuberante, los personajes locales co mo si estuviesen
sacados de párrafo s de la Biblia, y así un largo listado de m atices orientalis tas
marcadamente forzados e imbuidos de una m elancolía ambiental muy alejad a
de la An dalucía de pandereta que tanto se ha vendido (Ga rcí a, 2012) y a la que
abiertamente se op oní a Juan Ramón Jiménez (196 2) . Todo esto a partir d e las
estampas recreadas por R oberts e ntre otros muchos artista s compusieron a lo
largo del tiem po la única imagen que se tenía de estos territorios y com o ya
decía antes, Tánger estaba ahí incluida.
Setenta años después, en 1904, el poeta nicaragüense Rubén Darío
llegó a T ánger busca ndo una ciudad concreta. Podemos e s tar seguros de que
su im aginario se había formado gracias, entre otras, a las famosas litograf ías
de David Roberts y, por supuesto, a los párrafos de su lectura p re ferida desde
la inf ancia: La s Mil y una Noches e n su p rimera y f amosa v ersión traducida por
Galland (1704)
30
. Como bien nos explica el profesor Rivas e n un trabajo
dedicado a la lectura de Darí o y Borges de Las Mil y una Noches :
30
Es necesari o ac larar que esta traducci ón de Galla nd se alej a d e u n m odo estrepitoso del
original. S u versión s igue s iendo la trad ucción al f rancés de Las Mil y un a Noches por
87
“ En definitiva podemos decir que Darío y Borges,
desde su niñe z, fueron fe rv ientes y agradecidos lecto res de Las
Mil y Una Noch es ; se n utrieron de sus recursos lite rarios y
retóricos, co mo la poética, el ambiente, lo s p ersonajes y el
marco del relato; mucho aprendieron de ella sobre la vida y la
cultura de l Oriente exótico y mágico que tanto les atrajo y
sedujo; la consideraron como una de las grande s obras
canónicas de la literatura universal; y, sobre todo, disfrutaron
en sus páginas, cuento a cu ento, narración tras narración, e l
deleite apasionado de la lectura ” (2 013).
Este ima ginario heredado por Darío es el qu e hace que cuando se siente
a escribir las crónicas que tenía en cargad as por el p eriódico bonaerense La
Nación , y que poco tiempo d espués a parecerán reunidas bajo el título de
Tierras S olares (1904) sus palab r as nos hagan pase arnos de n uevo po r esas
estampas ilustradas hacía setenta años por Roberts:
“ En tro en la ciudad por una de las tres puertas
juntas arábigas que hay e n los m uros blancos, entre una
muchedumbre de a lbornoces, turbantes y babuchas, b urritos
cargados, cargadores que atropellan, mendig os que tienden la
mano y dicen palabras guturales, amontonamientos de fardos,
de cajas, de cargamentos de todas clases. Hacia la izq uierda
subo po r una calle e strecha, y a poco estamos en el mercado,
o Zoco Chico, p unto en donde se en c uentra el ho tel en que he
de habita r dura n te mi corta permanencia” (Darío, 200: 114)
31
.
Coincidiendo en fechas co n David Robe rts, otro de los grandes pintores
que llegaron a T ánger a mediados del siglo XIX fue Eugène Delacroix. En
antonom asia, pero Ga lland descartó l a traducción liter al por una que se adecua ra m ás a lo s
gustos europeos de la época, limando las aspere zas del idiom a original sin perder de vista el
espíritu d e la narrativa árabe. Esta versi ón e dulcorada y cargada en tintas o rientalistas nos
hace incluso pensar que G all and in ventó las historias a partir d e cuentos que hubiese
escuchado. Pero dem ostrar la trans misión oral de una o bra d e sem ejante enverg adura es
complicado y en cu alquier cas o este no es el lu gar.
31
Véase las ilustr aciones de David Roberts en Anexo 5 y 6.
94
orientalista, por lo que su s vidas se desvincularon y Appe rley con oció a la
granadina Enriqueta Con treras con quien comenzó una nu eva vida
convirtiéndose en s u compañera y a la q ue retrató e n numerosas ocasiones a
lo largo d e su vida. Tuvieron dos h ijos: Jorge y Enrique. En 1918 inauguró u na
exposición en Madrid con asistencia del rey A lfonso XIII y su esposa Victoria
Eugenia de Ba tten berg. A partir de e ntonce s aumentó con si derablemen te su
prestigio e n el mundo artístico e spañol. S u casa de Granada se convirtió en un
interesante salón de reuniones por el que pasaron importa ntes personajes de la
época como el duque de Alba, Maurice Rotchschild, u Ortega y Gasset. Parece
que e n 1931 e scribió u na ca rt a de adhesión y simpatía a Alfonso XIII, por lo
que empe z ó a sufrir ataques contra su casa , incluso pusieron una bom ba. T ras
la p roclamación de l a II Rep ública Es pañola, en 1 933, se trasladó con su
familia a Tánger donde permaneció hasta su muerte oc urrida e n 1960, aunque
realizaba f recuentes viajes a Granada, do nde siempre co nserv ó su Carm en en
el Albaycín. En la ciu dad marro quí se quedó fa sci nado por el orientalismo
ambiental y el encanto de la urbe y sus alrededo res. Muy pronto se convir tió en
el p intor d e moda en T ánger. Dedicado casi en e x clusividad a los retrato s qu e
todas las familias tangerinas demandaban, iba inte rcalando también paisajes
urbanos un tanto idealiz a dos , incluso e x agerados de un a mbiente casi o riental
medieval y que recordaban a Granada
38
. Ap perley e ncontr ó en T ánger la
misma luz y el mismo colorido que en Granada p ero con la do sis d e libertad
necesaria pa ra vivir.
Hasta aquí un b reve listado d e esos pintores para los que Tánger
supuso un punto de i nflexión en su o bra. La luz, el color, las gentes y los
38
Anexo 13
95
rincones son motivos recurrente s en sus pinturas y razones que justifican la
fascinación que sintieron p or la ciud ad. Ahora es imprescindible que nos
paremos brevemente en los pintores tang erinos m ás importantes – desde
nuestro punto de vista- coetáneos de estos a rtistas y herederos de todas sus
escuelas, todas reunidas e n un Tánger que cu al esponja va absorb iendo las
corrientes que se ac ercan por su p uerto, para después v olcarlo de nuevo
transformado. Est e s ería el caso de los pint ores Antonio Fu ente s , Jos é
Hernández y Ahmed Yaqoubi.
El 9 de o ct ubre de 19 05, nacía en el Hotel Fuente s, A ntonio. Es
necesario c onocer algunos datos sobre el Hotel Fuente s pa ra así en tender la
figura del gran pintor que salió de allí .
El Ho tel Fuentes era u n pe qu eño h otel familiar, situado en pleno Zoco
Chico. Hoy aún puede verse el a ntiguo cartel, aun que ca da vez más caído. Fue
abierto por los hermanos Fuente s , Antonio y José, tras su llegada a Tánger a
finales del siglo XIX. Hubo un tercer hermano, L uis, pero la suerte no corrió de
su p arte y tras ser secuestrado por el Raissu ni, n unca se volvió a saber de él a
pesar de que, como cuenta su sobrino Alfonso Fuentes, la familia nunca perdió
la esperan z a de enco ntrarlo con vida y pagaron t odas las cantidades que se los
exigía cada vez que llegaba en emisario co n el recado. Finalment e Luis nunca
vo lvió. Desde su inauguración, el H otel Fuentes se convirtió en centro de
reunión de españoles, co mo decía E milio Sanz de Soto: “era el punto de unión
más concreto y preciso entre España y Tánger” (1997, 2)
39
.
39
Anexo 20.
96
Tras el comienzo de la Prime ra Guerra Mundial, los alemanes y
austriacos fueron e x pulsados d e la ciudad . Los hermanos Fuentes compraron
el ed i ficio que hasta entonces había sido la sede diplomática de l Imperio
Austriaco y a llí instalaron su hote l. Contaba con cincuenta h abitaciones y
pudieron reutiliz ar los muebles, los serv icios de mesa, la plata y hasta el piano .
Este piano ha aca rre ado una historia muy con ocida entre las leyendas míticas
tangerinas: cuentan que fue en e se pian o donde Camille Saint-Saëns empez ó
a co mponer su Danza Macabra , aunque parece que la Dan z a Macabra f ue
estrenada en París en 1892, por lo que las fech as y las leyendas en T áng er
bailan al son de las danz as .
Así, en tre to do este entramado de vida trenzada d e cosmopolitismo y
ambiente cultural naturaliz ado f ue donde se crio el que se rí a el pinto r Anton io
Fuentes. Su biografía, como buen tangerino, tam bién carga tin tas en lo
excéntrico, especialmente durante los últimos años d e su vida. Añ os d e u na
lucidez artística insó lita, pero durante los que sus relac iones sociales y su
modo de viv ir pasaron de ser los de un erm itaño a rozar la locu ra casi
cervantina. Sobre esta época es imprescindible ver el documental Pla z a de los
Aissaouas. El interior de Antonio Fuente s
40
en las que nos encontramos con
un Antonio Fuentes iluminado
41
.
Uno de los grandes adm ira dore s y am igos de Fue ntes fue el escritor
tangerino Án gel Vázquez. Cuand o en 1964, a su regreso como hijo pródigo
después de años de fo rmación en el París d e Picasso y en Roma, Fuentes
inauguró una exposición e n Tánger, se le encarg ó cubrir la noticia a Váz quez.
40
Plaza de los Aiss aouas. El interior d e Antonio Fue ntes , Mínimo Prod ucciones. Dirigido p or el
tam bién tangerino Jos é Ram ón Da Cruz.
41
Véase Anexo 1 4
97
Hiz o un a breve semblanza y un pase o por su vida del que tras su lect ura
podemos asegurar que surgieron algunos d e los m itos que siempre han
circulado sobre este pintor po r las calles de la med ina tangerina, pero que ho y
nos va a servir como brev e biogra fía, cuál mejor:
“ Esta tarde a las 6,30 y bajo e l patrocinio de Su
Excelencia e l Gobe r nador, se celebrará en la Librería Ib n
Battuta, ca lle Libertad (frente a la Biblioteca Americana), la
inauguración de la exposición del gran pintor tangerino Antonio
Fuentes.
Dad a la importancia del acontecimiento, hemos p edido a
otro tangerino, el novelista Án gel Vázquez , Premio Planeta
1962, las lí n eas de p resentación que a continuación
publicamos.
En e l “Hotel Fuentes”, u n 8 de octu bre d e 1 905, nace
Antonio Fuentes. ¡ 59 años en el Zoco Chico! En el m ismo Hotel
donde Camille Saint -S aëns compuso su “Danza Macabra” En el
mismo Zoco Chico qu e viera desf ilar a l Kayser Guillermo II, a
Oscar W ilde, a Alejandro Dumas… En el mismo Zoco Chico
que pinta ra n Dela croi x, Fortuny, Ta piró, Van Rysselberghe,
Iturrino, Matisse…
De niño y a pinta en las mesas de mármol del café . A los
trece años hace caricaturas pa ra E l Heraldo d e Marruecos . A
los ca torce ilustraciones para La Esfera y El Nuevo Mundo . Sin
saberlo, s e est á conv irtiendo e n nuestro Touluse -Lautrec loca l .
Pinta el mundo que lo rodea y lo pinta de fo r mándolo
irónicamente.
Recién terminado su serv icio militar se escapa a París. Al
Montparnasse de 1929. De sol a sol pinta en “La Grande
Chaumière”. “La Grande Chaumière” e s un inm enso y
destartalado estudio con estufas y bo hemios por donde han
98
pasado todos los grandes nombres de la pintura
contemporánea. Al lí conoce a V laminck y Kisling. A Fuentes le
da p or dibujar a l pincel y es así como co nsigue una f uerza y
una seguridad enormes e n el apunte. Es así como se convierte
en un gran dibujante.
Para gana rse la vida hace caricaturas en “La Semaine de
Paris”. Gracias a estas caricat uras conoce a cuantas figuras
españolas aparecen por París: Manu el de Falla, Encarnación
López “ La Argenti nita”, Vicente Escudero, Andrés Segovia…
Por las noches se reúne en los cafés con otros jóv enes pintores
españoles. E ntr e ellos: Souto, Pe lay o, Bo rges… P or aquellos
años admira enloquecidamente a Rembrandt. Cree que toda la
nu eva pintura ha de a rrancar de “El buey d esollado”, de
Re mb ra ndt. De ahí que entre los “ nuevos” su s pre ferencias se
inclinen hacia Soutine.
En 1930 e s admitido en “ La Nationale des Beaux Arts” de
Pa rís. Y más tarde expone en l a “ Salle d ’art Castelucho”. En
una colectiva figura junto a Vlaminck y Kisling. En la galería de
los Castelucho conoce a Picas so. En 1935 s e marcha a Ro ma.
En Roma ha ce un a punte al natural d e S.M. do n Alfonso XIII.
Apunte que le dedica lue go el propio don Alfonso y que An tonio
Fuentes conserva entre sus recuerdos. Años de spués expone
también en la “Galeria della Valigli a” de V enecia.
Su s viajes no le apartan nu nca d e T ánger. Su mun do
sigue siend o el del Zoco Chico: el viejo aguador, el barrender o ,
el limpiabotas, e l camarero… Su obra hasta fecha muy recien te
en que ha empez ado toda una interesantí sim a tendencia d e
tipo esotérico y telúrico, podemos clasificarla en tres series: la
serie d e tipos m arroqu íes, la serie de tipos del café o tipos d el
Zoco Chico y la serie de los rincones de Tánger. Esta última es
poscubista. Las otras ligerame nte expresionistas. Antonio
Fuentes ha dedicado su vida de artist a, su vida de pint or, a
99
Tánger. Es el único gran pint o ta ngerino de n acimiento. Y a
Tánger sigue f iel en su casa -estudio del Zoco Chico . Allí, entre
miles de extraños o bjetos, Antonio Fuentes nos recuerda el
mundo de Ramón Gómez de la Serna.
An tonio Fuentes, el anacoreta, el solitario, alejad o del
mundanal ruido , es un gran pinto r, al que un d ía habrá que
hacerle justicia. Para mí, como tan gerino, es una inmensa
alegría pode r dedicarle estas lí neas c on motivo de l a
exposición que ahora se inaugura ” (Vázq uez: 1964).
En unas cuantas b reves líneas Ángel Vázq uez despieza y recompone la
figura de Antonio Fuentes, mientras le dedica un sentido homenaje de amistad
y admiración. Nos sirve, además, es ta s emblanza para enlazar con el siguiente
pintor t angerino, José Hernández. Dice Vázq uez que Fuentes e s e l ú nico gran
pintor nacido en Tán g e r, y ahí se equiv oca. Tiene disculpa pue s el que llegaría
a ser grandísimo J osé Hernández, c ontaba al escribir esas palabras solo v eint e
años, y aunque ya e ntonces era e l pintor en ciernes que llegó a se r, aún era
muy joven para p ronosticarle el destino de éx ito s que le esperaban. Hernández
fue siemp r e un gran admirador de la obra de Fuentes, un a lumno aventajado,
deslumbrado, má s b ien, por la destrez a y la excentricidad del mae stro y así lo
dejó por escrito:
“ Vi también cómo una co lumna de insectos traspasaba los
muros, de otro modo, y por su e spesor, impenetrables. Al
fondo, en otra sala y d e cuy as paredes se desprendían
enormes p ergaminos, partituras, diplomas, alas de m ariposas y
otros suspiros, vi cóm o Anto nio Fuentes, co n rue das en los
pies, pintaba f renéti camente una catedral e int entando
contenerla en u n r ectángulo de no más de ci ncuenta
100
centímetros. Sobre él, una hilera de bestias mito lógicas
desfilaba por la cornisa de la habitación ” . (H ernández: s.d.)
42
.
Éste párrafo n o es sol o u na descripción d el mundo de Antonio F uentes,
sino la entrada en el mundo particular, surrealista y te nebroso de José
Hernández. Resu lta curioso que la ob ra de Hernán dez n o de je vislumbrar su
origen. Para él Tánger es su cuna, su raíz , su lugar en e l mundo y desd e allí
pinta pero sin dejar que e sa part e tan privada de su vida salte a sus li enzos.
Nació e n Tánger en enero de 1944, cuando las tropa s de Franco aún no
sabían que te nían que hacer las maletas y de jar la ciudad. José He rnán dez
pasó su inf ancia y ju ventud en una ciudad libre e n todo el má s amplio sentido
de su significado. S e inició d e manera espontánea en la p intura siendo aún un
niño. Tras un periodo relativ ame nte b rev e en el que dibuja y pinta a l natural, le
sigue otro, acaso más fecundo, en el que se interesa p or el informalismo de
tipo matérico lo que le co nduce a un ma yor con ocimiento de las distintas
técnicas de la pintura al óleo, encáu stica y otras de carácter mixto
43
.Junto a
este aprendizaje, sie mpre se sintió atra ído por lo on íri co, lo que aportó a su
obra unas características concretas y un lenguaje propio y singular.
Expuso por primera vez e n la Librairie des Colonnes de Tánger en 1962,
con tan solo 1 8 años, y cuenta que un ya consagrado Francis Bacon visitó la
exposición y lo f elicitó por su trab ajo. A sí e s como se ha ido componiendo el
mito tangerino a lo largo de los años: un día cualquiera un niño de 18 a ños
expone sus pinturas y u n Ba con p asea nte lo felicita. T ánger era un gran
42
Este fragm ento está tom a do de un texto dedicado po r José Hernánde z a Antonio Fuen tes.
Puede leerse pub licado en la pág ina web del pint or: www.anton iofuentes.org . Así c omo en el
catálogo conm emorativo: Antonio Fuent es (1905- 1995). Exposici ón del 27 de jun io al 21 de
agosto de 200 5. Museo de Ceuta . Véase texto com pleto en Anexo 1 5 .
43
http://www.jose -hernande z.com /biografia.php
101
hervidero de vida cultural. En 1 964 Hernández partió e n un viaje de f or mación
po r Europa, después del cual se instaló en Madrid. Allí expuso e n enero de
1966, en la Galería E durne, su prime r a exposición individual . Desde entonces,
han sido cientos las exposiciones indiv iduales y colec tivas que se han sucedido
dentro y fuera de España. En 1967 editó su s primeros grabados al aguaf uerte y
litografías. Su actividad de grabador le ha permitido participar e n numerosas
ediciones con escritores y poeta s. A partir d e 1974 empezó a co laborar en
numerosos proyectos teatrale s realizando la labor de escenógrafo y figurinista
en representaciones de t ea tr o clásico y c ontemporáneo, ópe ra o cine. Fue
miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1989.
Falleció en Málaga en noviembre de 2013 ( Cabrera Ortiz, 201 0: 29 -45; Chica,
2010:67 - 96) .
Este no es más que un b rev e resumen de su vida, pe r o deja el valor
intrínseco de las o bras de Hern ández. Pepe , como me lo presentó una tarde
Emilio Sanz de Soto m ientras ést e empujaba su silla de rued as, era un genio,
un artista completo, amable, serio, pausado y rodead o de ese a ura que so lo los
verdaderos tocados por la divinidad se p ueden pe rmitir. Imp enit ente media
melena bien cortada, anillo de calavera en una mano y casi siempre rop a
negra. No e ra m ás q ue la f achada, la imagen que quería da r al mundo. La
combinación perfecta con sus trabajos. Sueños desparramados por lo más
profundo d el subconsciente, o la realidad más cruel. Así era el genio de Jo sé
Hernández
44
.
Ahmed Yacoubi es el otro gran pinto r ta nger ino que queremos incluir en
este contexto cultural p or la importancia que tuvieron su s circunstancias vitales,
44
Anexo 16.
102
típicamente t angerinas, en su salto al mundo d el arte y su consagración com o
pintor. Ahmed Yacou bi (19 28 – 1985) aunque na cido y criado en Fez, este pintor
debemos entenderlo com o tangerino por derecho propio , pues su m odo de
vida, su manera de llegar al arte y las consecuencias de sus actos a sí lo
avalan. Ha pasado a la histo ria del arte co mo uno d e los grande s artistas
marroquíes contemporáneos. Au nque también escribió relat os
45
, e l verdadero
don artístico de Yaco ubi era la pintura y a ella se ded ic ó toda su vida, desde
que P aul Bowles lo d escubriera en 1947, con tan solo quince años, y lo
animase a ello. Ad em ás, como parte de su fo rmación, o esa era la excusa,
Bowles duran te un tiempo lo llevó con sigo po r el mundo, como sabemos por
sus memorias de nómada , y las fotografías que así lo certifican.
“ Un día en Gibralta r v i en el escaparate de una a gencia un
cartel que a nunciaba u n via je en primera a Bombay por o cho
libras. La explicación era que se trat aba del buque Batory, de
las lí neas marítimas polacas. No p ensaba ir a la India ese
invierno, pero de repente m e pareció una buena idea, y
económica además; me sa ldría casi más barato qu e quedarme
en Marruecos. Trasplantaría a Ahmed Yacoubi de la Medina de
Fez al centro de la India y vería qué pasaba ” (Bowles: 19 90,
335).
Especialmente importante p ara su carrera fu e el viaje con el matrim oni o
Bowles en 1952 , hasta la isla de Taprobane, en la co sta s ur de Ce il án. Durante
el periplo hasta llegar a su destino f ueron realiz ando numerosa s paradas en
diversas ciudades eur opeas , donde e ran re cibidos por amigos del matrimonio.
45
Yacoubi, Ahm ed (2007). J onathan Ma y ne ed. Hist orias , Madrid, C lan. (2010) Moroccan
Storytellers: Mohamed Cho ukri, Mohamed Mrab et, Ahmed Yaco ubi, Djemaa El F na, Driss Ben
Hamed Charhad i, Abdeslam Bo ulaich , s.l., Books LLC. (1979) Five Eyes: Stories by Abdeslam
Boulaich, Moha mmed Mrabet, Mohammed Choukr i, Larbi Layachi, Ahmed Yacoub i . Tr ad. P aul
Bowles, Boston , Black Spar row Press.
103
La parada en Venecia supuso u n antes y un de spués para la p roy e cción del
pintor, pues se instalaron en el palacio de la millonaria Peggy Gu gg enhe im ,
para quien entre otras cosas preparaba com idas memorables, según ella
misma cuenta en sus memo rias, y le comp ró varios cu adros que su pusieron su
lanzamiento definitivo al mundo del arte:
“(…) Desd e a llí bajamos a V enecia para visi tar a Pegg y
Guggenheim en el Palazzo V enier dei Leoni. La primera
mañana después de de sayunar, Peggy envió a un sirviente a
decir que estaba en la terraza. Llegué yo primero y la encontré
tomando el sol d esnuda.
-¿Te molesta? – dijo
En aquel momento apareció Ahmed en la pue rta. S e le
crispó la cara. Era una situa ción sin precedentes para él (…) A
petición de Peggy , Ahm ed se ocu pó e n div ersas ocasione s de
organizar co midas marroquí es; el t rabajo hizo co rrer a todo el
personal de la cocina en diversas direcciones, a busca r h ier bas
aromáticas y e specias al otro lado d el gran canal ” (Bo w les:
1990, 343).
Los inicios de Yacoubi están impregnados de la esen ci a tangerina que
marcaría toda su carrera y produc ción artística. De la mano de Paul Bowles
pudo exponer por p ri mera vez en la li brería q ue las Gerofis regentaban en
Tánger, la Libreirie des Colonnes , bastión internacional de la cultura en el norte
de Marrueco s. Isabelle Gérofis había dirigido una galería de arte en Bruselas,
por lo que d esde un principio estuvo interesada e n convertir la L ibreirie no s olo
en una tienda de libros, sino tam bi én en una sala de exposiciones. En
diciembre de 1951 debutan en este campo con la exposición del p rotegido de
Bowles (Clande rmond, 2013:16). Como escribe Clandermond, Bowles era
110
Emilio, tras cu rsa r el b achillerato en Tánger e n las Escuelas Españolas
Casa-Riera
50
, se fue Madrid a estudiar Derecho. Inicialmente viv ió en u na
residencia univ ersitaria del Opus Dei , pero terminó sien do expulsado p or
motivos ide ológicos, diferen cias en la concepción cristiana , decía Emilio
51
. Él
justificaba e n esta etapa su profundo anticlericalismo institu ci onal, aunque
valora ba mu c ho el trabajo de curas y mon j as co mo los que había co nocido y
tratado en sus a ños de colegio en Tánger. La labor de las ó rd enes asentadas
en Marruecos fue muy importante para la sani dad y la educación de este país.
Tras te r minar Dere c ho, quiso ingresar en la Carrera Diplomática, pero
era necesario un inf or me del Cónsul de Tánger para el ing reso. E l informe que
emitió el cónsul indicaba que si bien era una persona muy conocida en T ánger ,
por su f amilia, se relaciona con gentes de muy poca respetabilidad. La gente a
la que se estab a refiriendo eran Paul y Ja ne Bowles, T ruman Cap ote o
Tennessee W illi ams
52
. Por ello E milio tuvo que abandonar su proyecto
sabiendo que encontrar ía gran oposición institucional. Decidió f inal mente volv er
a Tánger
La memoria prodigiosa que tu v o toda su vida ha sido una de las grandes
herencias para la ciudad de Tánger. Junto a su colecció n de fotografías – hoy
depositadas en l a Biblioteca Nacional - todas las carpetas en las que acumulaba
información, recuerdos, recortes de periódicos, artí culos, apu ntes de idea s q ue
le surgí an … y u n largo etcé tera d e c osas formaron la crestomatía emilianense,
como lo bautizó Molina Foix (20 07). La m emoria fue el gran don que siempre
cultivó Emilio. L o recordaba todo c o n clari d ad, le gustaba dis fruta r de sus
50
Anexo 19.
51
http://em ili osan zdesoto.blogspot.com .es/2011/04 /es udios.htm l
52
Anexos 25- 27.
111
recuerdos y le encantaba rememorar inclu s o los olores de esas e scenas que
estaba evocando. Así es co mo muchos de los que pasado el tiempo nos hemos
dedicado a estudiar la historia del Tánger interna cional, hemos podido disfrutar
hasta del olor a j azmín y dama de noche de l as calles tangerinas. La ayuda de
Emilio gracias a sus recue rdos es im pag a ble. Tan to personalmente como p or
las grabaciones que se conse rv an suyas en documentales
53
, el m odo de
evocar las esce nas tangerinas es de una belleza y una sutileza narrativa sin
paragón.
Además de ser un tan gerino de r ancio aboleng o y vivir como tal, s e a lo
que sea que eso signifique, Emilio f ue de los pocos españoles que en tablaron
amistad re al co n los norteame rican os llegados a Tánger (S anz de Soto: 1 984 y
1999
54
). Ade más de Paul y Jane B owles, a la cabeza un grupo extraño d e
expatriados, o renegados que d urante alguna é poca rec alaron por T ánger,
destacan especialmente algunos miembros c élebres d e la Generación Beat. De
todos ellos su preferida, a la que quiso y admiró mucho , fue J ane Bow les.
Al ababa su genialidad, su simpatía, la capacidad de arreglar situa ciones
mediante el humor, y por encima de to do, su literatura. Las anécdotas que
contaba de ella, los rato s que pasaron juntos y su s conversaciones tal como
nos han llegado a través de Emilio es de lo poco veraz que te nemos de Jane
Bowles e n Tánger, o al menos de lo poco no mediatizado por la sombra de su
impertérrito marido. L os recuerdos de E milio están limpios de los mano s eados
intentos de Paul Bowles de vender la i magen de su mujer a través de su óptica.
53
Tánger, esa vieja dama . Directores: Jos é Luis Gonzál ez Linares y Javier R ioyo. Año
producción: 2001 ; Mapa e mocional de Táng er . D irector: Jos é Ramón Da Cru z, Mínimo
Producciones, 2013.
54
Véase Anexo 2 1.
112
En ellos solo h ay realida d y la natu ralidad de una Jane Bowles asu stadiz a y
rara en todas sus manifestaciones.
A Emilio Sa nz de Soto lo han llamado e scritor si n obra, o escritor oral. La
realidad es que no se corresponde su capacidad narrat iva oral co n lo po co que
dejó por e scrito. Él contaba que una vez conoció a Albert Camus y le en señó
un texto suyo. Camus lo alabó y le au guró u n f uturo de é x ito en la literatura,
pero su mied o a no estar a la altura de esa perfección que reconoció Camus
era lo que le imped í a escribir. No podemos saber si la historia es re al, o
simplemente e l m odo de justificar ese m iedo , este sí real, de escribir y que lo
escrito no estuviese a la altura de las expectativas. Siempre estaba
prometiendo sus memorias, pero é sta s n unc a fueron escritas. Aseguraba que
las iba red actando, pero en realidad se limita ba a tomar no ta s sueltas e
inconexas sobre recuerdos, o anécdotas q ue conocía del pa s ado tangerino o
de historias del cine, su gran pasión.
Desde mu y n iño, y gracias a haber creci do en un a ciudad sin censura,
Emilio pudo disfrutar del cine sin cortes . L os estren os de las películas en
Tánger eran una celebración. Y al lgual q ue Sanz de Soto r a ra era la sem ana
que Juanita Narboni no iba al cine a ver alg ún gran é x ito:
“ Se me to rció el tac ón. Ya lo sabía. El ún i co par que de
estos zapatos tenía El Rubito. Modéle unique . En la vida he
subido la cuesta de los Siaghins a esta velocidad. Pharmacie
Bouchard . Ahora que me acuerdo, mamá dijo que le
compráramos pillules des Vosgu es . L as C am panas. Tostadero
de café . Tostada estoy . No l legaremos nunca. Y esta s perras
malditas, ellas van a lo suyo. Los tíos las vuelven loca s. Y yo
cojeando. Llegaremos tarde, como siempre. Con lo q ue me
113
gusta a mí llegar al cine a tie mpo y verlo to do. Pe ro e llas, a lo
suyo. ¡ Corre que te corre! Jua nita ¡q ué sofoco! S iento u n calor
por todo el cuerpo… Ya e stamos en la calle Ita lia. Ya h emos
atravesado los arcos, gracias a Dios. ¡Tardísimo! ¡Pero es
tardísimo! Llegaré al cine con el co razón en la boca. L o que
faltaba… ah ora querrán entrar e n Furlán y c omprar caramelos
Perugina. Menos ma l. No paran de h ablar, las cabronas. No
entiendo nada. Hablan en clave p ara que no me entere. ¡ Qué
les den por saco! Siempre están hablando de lo mismo. ¡Cómo
me pierda La cu car acha , que d icen que es la primera película
en colores naturales, no se lo voy a pe rd onar en la vida! ¿Qué
dan l uego? Un d rama. Eso leí esta m añana en El Porven ir . ¡ Un
drama! (Vázquez: 2000, 134)
En ese am biente libre y co mplejo se crió Emilio y de sde entonces sus
conocimientos de cin e era n inagotables. S iendo muy joven dirig ió e l m ejor
cineclub d e la ciudad y las tertulias que se organizaban en torno a él, tras algún
estreno eran conocidas en Tánger.
Una vez instalad o en Madrid ejerció d e crítico d e cine. Eran h abituales
sus publicaciones para Cah iers du Cinema . Fue d irector artístico de muchas
películas españolas
55
, especialmente con Carlos Saura, p or ejemp lo en
Peppermint frappé , así como am igo de Bu ñuel (Rojas -Marcos: 2012)
56
. E l 22
de en ero de 2004, en la sede de la SGAE – Sociedad Ge neral d e Autores
Españoles- e n Madrid, se le concedió el Premio Especial ADIRCE 20 03, a un
Sanz de So to descrit o du rante el acto como: escritor, historiador, abogado,
diplomático, guionista y prof es or universitario, y se le entregaba el premio “p or
55
Alguna de las películas en las que partici pó: Llanto po r un bandido (1964) com o asesor de
dirección.
En Stres s-es tres -tres (1968) y La Madriguera (1 969) com o director artístico. O en Dulces
horas (1982) c omo colabor ador artístico.
56
Anexo 17.
114
su ininterrumpida y silen ciosa contribución al cine”. Y e s que re almente, la
historia del cine español tiene una d euda con e ste a dorad or imparcial d e sus
largometrajes.
La historia del cine en Tánger no puede escribir se sin su f igura co mo
uno de los e jes sobre el que girar. La relación d e Tánger con el cine siem pre ha
sido muy inten sa. Gracias a la falta de ce nsura la posibilidad de ver cualquier
película era un aliciente del que todos los tangerinos s u pieron disfrutar. Los
cines en Tánger f ueron muy n umerosos, incluso perfilaron la distribución
urbana moderna de la ciudad, como cuenta e l artista Larbi Yacoubi:
“Antes d el cine , allí n o hab ía más q u e un gran
descampado. Que abrieran un ci ne en aquel lug ar era un gran
acontecimiento. Situado a llí , el Rex perfilaba la plaza de l Zoco
Grande, trazaba el recorrido hacia la ciuda d nue v a, marcaba su
comienzo” (Album, 2011:266).
Pero además de t odo eso Emilio S anz de S oto tuvo un gran don: sabía
encontrar el genio en los dem ás. Con sagró sus días a ayudar a a quellos
artistas en ciernes, a descubrir las cu alidades de cada uno. A e x plotarlas y
hacerlas b rillas con luz propia. A m odo d e P ig malión , fue moldeando a esos
escritores o pintores ha sta transformarlos en a utén ticos artistas co n o bras
universales. Junto a l pintor Jo sé Hernández , el gran paradigma de esa labor
fue el nov elista Ángel Vázquez (Sanz d e Sot o: 1980). Íntimos amigos desde la
adolescencia comp artida en Tánger, se conocían tan b ien que se sabían
entender con cuatro palabras. Sanz d e Soto se convirtió en la ún ica persona
capaz de hacer entrar en raz ón a Vázquez cuando el nivel de alcohol en sus
venas había superado el racional. Nunca le escribió una sola línea, esa
capacidad en Ángel V ázq uez era inn ata , m ás bien al contrario. Cuando lo s
115
párrafos empezaban a o ler a alcohol, cuenta Sanz de Soto que hacía una línea
y le d ecía a V ázq uez “a partir de aquí estab as borracho” y así logró q ue
publicase sus tres novelas geniale s, así logró que Tánger f uese ya p ar a
siempre inmortal en las páginas de su Juanita Narboni.
Una de las face tas más inte resant es de Sanz d e S oto es la de escritor
epistolar. No debió pasar un día en la vida de Sanz de Soto sin que escribiese
una carta a alguien. Su sabiduría y erud ició n que daron siempre reflejadas en
esas extensas cartas con las que agasajaba a sus d estinatarios. Pues recibir
una carta de Em ilio era un regalo, una lectura regalada. L a recopilación de
todas esas cartas se hace una labor prácticam ente imposible, p ero hemos
pod ido tener acceso a algunas y son una mue str a pe r fecta de esa té cnic a
depurada de escritor epistolar
57
.
Aparte de estas cartas, como de cíamos, su producción escrita es
escasa, p ero adjuntamos aquellos te xtos a l os que hemos podido tener acce s o.
Tanto los artículos publicados en prensa co mo el prólogo al catálogo de
Antonio Fuentes, además de algunos escritos de juventud e incluso un texto
inédito que tenemos gracias a la ine stimable ayuda de Alfonso Fuente s .
Además d e esto, las n ecrológicas que le fueron d ed icadas a su m uerte irán
también a ñadid as en anexos a e ste trabajo. E s un modo de rendir ho menaje
desde esta s páginas a una f igura desconocida por muchos pero crucial para
conocer y desenmarañar el Tá nger internacio nal
58
.
57
Véase anexos 17 y 18
58
Véase Anexos de l 19 al 24.
116
2.2.4 La Libreirie des Colonnes
A lo largo de esta s pá ginas son n umerosas las referen cias a la Libreirie
des Col onnes por lo que parece necesario d edicarle un pequeño apartado. La
historia de esta librería ta ngerina es un engranaje más de esa a ctiv ida d cultura l
tan importante que tuvo Tá nger e n su proyección internacional. Ese
componente que nivelaba en cierto modo la fama de ciudad depravada, o
ciudad d el pecado como también l a han llamado. La librería era el epicen tro en
torno al que giraba dicha vida cultural, o al men os un o de su s pil ares
fundamentales. La Librair ie des Colonnes nació un dí a de v erano en 1949, en
el n úmero 54 del Boul evard P asteur, en la época de mayor apo ge o d e la etapa
internacional d e la ciud ad. Con una sociedad com pleja, de distintas
nacionalidades y dif erente s le nguas, la librerí a encuentró el espac io necesario
para su e x istencia. Duran te sus prim eros añ os abrió co mo la sede de la
editorial Gallimard en la ciudad, lo que la co nvir tió, entre otr as co sas en la
oficina b ancaria del e s critor Jean Genet, quien cuando ne cesitaba dinero iba a
la librería y cobraba parte de sus de rechos en la e ditori al a través de la librería.
En 19 51 empezó a ser regentad a por las Gérofi, y es ento nces cuando surge
como lugar casi de cul to, equip arable a la famosa librerí a Shakespeare and co .
parisina.
Las Gérofi, Y vonne e Isa belle eran c uñadas, pero los mentideros
tangerinos siempre co ntaron que la realidad era q ue Isabelle se había ca sado
con Robert Gérofi pa ra tranquilidad pública de todos, pues la relación que
existí a era entre a mbas m ujeres. Mudarse a Tánger desde Brus elas parece
parte del plan. Una vez en Tá nger, ambas se instalaron juntas en u n piso,
mientras Robert vivía en otro apartamento. Rob ert era un hombre cu lto y
117
formado, llegó a ser director del Museo de la Alcazaba . Por su parte, su
hermana Yvonne había sido bibliotecaria de la Universidad de Bruse las e
Isabelle regentaba en Bruselas una Ga lerí a d e arte -li brería (Clandermond:
2013, 10). Con este ba gaje a sus espaldas am bas mujeres se p usieron al
frente de la Librairie des Colon nes a postando por un espacio multiling üe en el
que poder comprar li bros en hasta seis idioma s, incl uyendo el árabe . Es to,
aunque parezca extraño no era habitual en una ciudad tan europeiz ada como
Tánger, en la que la vida cultural era sobre todo en ingl és y fran c és y la vida
cotidiana en español. Esta realidad se tornó un tanto e n los años en los que
tomó las riendas de la vida cultural esp añola Emilio Sanz de Soto. E mpez aron
a llegar a la librería l ibros cen surados en Esp aña, Ángel Vázquez ganó el
Premio Planeta y años más tarde Ju an Go ytisolo se acostu mbró a utilizar la
librería como buzón de correos en el que reci bir su correspondencia .
Los año s que las Gérofi dedicaron a la librería fueron gloriosos para la
actividad cu ltural, tanto p or el catálogo l iterario que llegaron a tener, co mo por
las n umerosas exposiciones que fu er on organiz ando. Ya vimos que d i eron la
primera o portunidad de exponer a g randes pintores en ciernes com o José
Hernández y Ahm ed Yacoubi. La lista de los escritores i nternacionalment e
conocidos que han pasado por el 54 del Bulev ar Pasteur atraído s por la fama
de la librería es muy larga. Desde los h abituales tangerinos Paul y Jane
Bowles, Án gel Vázquez, o Mohammed Chukri, a Tahar ben J elloun, W illia m
Burroughs, T ruman Capote, Samuel B eckett, T. S . Elliot, Ian Fleming, Jean
Genet, Allen Ginsberg, B rion Gysin, Jo hn Hopkins. Jack Ker ouac, Paul Morand,
Rodrigo Rey Rosa, Amin Maalouf, Patricia Highsmith, Driss Chraïbi , o
Tennesse W illiams.
118
En una entrevista concedida en 1990 al británico I an Finlayson, Isabelle
Gérofi recordaba los años que pasó en la libr ería:
“Casi de sde el principio la librerí a era cosmopolita.
Además d e un amplio número de libros en f rancés, teníamos
libros en inglés y u na pequeña secció n e n e spañol que estaba
básicamente fo rmada por libros antifranquistas – no había
censura en Tánger - publicados en Francia. Como el número de
libros locales era limitado pusimos e mpeño en crear una
sección formada por libros sobre temas islámicos y magrebíes,
la primera en Marruecos. Esto serví a para nivelar la ne cesidad
de vender novelas barata s y libros de tex to. (…) Nue stros
clientes fo r maban un grupo variopinto: políticos, ref ugiados,
contrabandistas atraídos por la promesa de necesidad urgente ,
a pesar de que las g anancias f ueran ilegales … la ciudad me
parecía un lugar d e en cuentros improbables entr e extraños
pájaros de paso . Nos dir igíamos a una a mplia variedad de
lectores ” (Finlayson: 1992, 17).
En 1973 , la tangerina Rachel Muyal, se hizo cargo de la gestión de la
librería , co ntinuó con l a intensa labor d e di fusión intelectual puesta en marcha
por sus antecesoras y maestras en el cargo. Mantuvo una importante sección
de obras cen s urada s en España, acogiendo en sus estanterí as libros en v arios
idiomas y todas las tendencias políticas. La querida Rachel, con su cultura
inabarcable, acumulada por años detrás de ese mo s trador leyendo todo lo que
caía en sus manos, su amab le sonrisa permanente y esa memo r ia prod ig iosa
que la caracteriz a, es aún h oy u n e stan darte emblemático del T ánger cultural
que lideró desde la librería. Ella ha e scrito unas pequeñas m emorias – Mis años
en la Librairie d es Colonnes - sobre ese tiempo en el que d ej a constancia de
119
cuánto disfrutaba trabajan do y trat ando a todos esos escritores. S iempre fue
gran admiradora de Paul Bowles:
“Aquella noche no podía ni tan siquiera im aginar
que me convertirí a en la gerente d e la L ibr airie des Colonne s ,
en la que a l menos tres veces p or seman a recibía a gente que
me pedía el número de Pa ul. Pe ro la cosa es que Pa ul no tenía
te léfono. Entonces, le mandaba a un rec adero con una nota
con el nombre de la persona que quería verlo. Una hora más
tarde me llegaba su respuesta, a menudo afirmativa, invitando
a la person a a ir a su casa , al día siguiente a las cinco . Paul
Bowles era de u na e x quisita cortesía” (Muyal: 2010, 21 -22 ).
Durante la década de l os 90 y en los albo r es de este siglo, des Colo nnes
parecía destinada a s ufrir un de stino ac orde con el resto de la ciudad. Fueron
años complicados, marcad os p or la pobrez a, el abandono de la ciuda d por
parte de l gobierno marr oquí (este abandono era extensible a todo el norte de
Marruecos). Pero la librerí a logró salvarse gracias a la intervención de l
empresario Pierre Bergé, h ombre de letras y enamo ra do de Tán ger, quien
decide devolv er sus títulos de noblez a a la librería. T ras una importante
remodelación que logró dotar a la pequeña librería de una belleza
extraordinaria y un olor a m adera de cedro inconfundible. Hoy vuelv e a esta r a
pleno rendimiento y su catálogo es una vez más uno de los más completos de
Marruecos. Se ha comprometido en su vocación M editerránea, tanto por la
naturaleza d e los fondos, como por el d eseo de establecer vínculos literarios y
culturales entre todos los grupos que aún se reúnen por T ánger.
Desde 2010, es a de más empresa editorial, cu y as pu blicaciones está n
distribuidas en todas las librerías de Marruecos, Oriente Medio y Europa.
126
lo que f ue: una aventura artística de una originalidad f atal (Dub oi s: 2015, 52 -
53). Dub ois incluso apuesta más y asegu ra que los cr íticos y escrito res
coetáneos no reco noc en en su obra ni influencias, ni có digos literarios y por
eso la rechazaron de i nmed ia to. Jane f ue una crea dora absoluta, de u na
imaginación inmensa pero fue po c o a poco perdiendo la fuerza, la ne cesida d
de e scribir se fu e diluyendo en su carácter complicado y malea ble. Casi
podríamos decir que s u marido le fu e ab s orbiendo la sangre l iteraria. Vampiriz ó
a una Jane cada vez m ás débil de carácter y f ue él el que term i nó sien do un
escritor de éxito, reconocido mundialmente.
La presencia d e Jane Bowles p or las ca lles de Tánger no de jó
indiferente a ninguno de los que la conocieron y fue, sin duda, una influencia
interesante de rastrear en la o bra literaria del escritor Ángel Vá z quez. Figura
clave, au nque en g ran m edida ninguneada, de la literatura nortea mericana
contemporánea. Oculta tras la larg uísima som bra de su marido y por el hecho
ev idente de que escribió realm ente poco (u na novela, unos relatos y un a obra
de teatro
60
) su f igura se f ue apag ando socialmente, pero n o así su legado
literario e n T ánger. E milio Sanz de Soto fu e gran am igo suyo y siempre
defendió la figura de Jane
61
. Contaba que desde su llegada había hecho todo
lo posible por adapta r se a la ciudad. Era simpática, gene ros a, imaginativa y
muy creativa, por lo que encajó perfectamente con el grupo de escritores,
pintores y artista s en gen eral, que había en Tá nger. Pero Ja ne era m inusválida ,
no por ser coja de u na pierna , como de hecho era, sino por una incapa cidad
para tomar decision es . Elegir era un problema para ella. Se metía en una
60
Dos damas m uy serias , Placeres sencillo y En el Cenador. R ecientem ente se han reed itado y
publicado nue vas recopilaciones de f ragmentos su y os que el propio Paul Bowles recuperó.
Véase la bibliogr afía.
61
Anexos 25- 27.
127
sucesión interminable de preguntas a las que no po día dar respuesta, tanto si
se trataba d e cuestiones pequeñas como de grandes problemas. No pod er
elegir la mortificaba (Dubois: 2015, 67).
Su v ida en Tá nger era una huida, un modo d e no enfrentarse a la
realidad de la que ya no sabía qué n arrar. Chukri escribió que: “L o que
destruyó a Jane f ue su nihilismo, la determina ción de satisfacer su lad o
masoquista: el placer de crear algo para luego de struirlo, porque jamás
quedaba satisfecha con el resultado” (2012a, 76).
Como decíamos, Paul e staba qued ánd ose con toda l a sab ia del
matrimonio:
“Con trein ta años, J ane Bowles había publicado u na
novela, un cuento y el hombre con el que se ha bía casado se
había ido a v ivir a Tán ger con un a migo. Ella pa só de los
brazos de Helvetia a los de Libb y. Trab aj aba e n u na segunda
novela que n o interesaba a nadie y en un cuento largo, Camp
Cataract , impublicable” (Dubois: 2015, 78).
En Tán ger, Jane se r elacionó pronto y cómod amente con la población
local, a d i ferencia de Paul, quien solo frecuentaba la colonia de expatriados que
invadía la ciud ad. Ella a prec iaba la comp añí a de marro quí es. Su modo de vida
le reco rdaba al que ella había conocido: n iños con sus m adres o sus abuelas,
viviendo toda l a fam ilia u nida (Dubois: 2015, 8 3). En la primavera de 1948 Paul
le presentó a Che ri fa, un a marroquí que había co noc ido en el me r cado, donde
tenía un puesto. Decí a que tenía poderes y practicaba magia. Esto embaucó a
Jane desde el primer m omento y e mpezó con ella una relación o bsesiva, m ás
perjudicial que beneficiosa para Jane. Llegó a ta l punto de dependencia de los
128
supuestos poderes de Cherifa que cuando tuvo los infartos cerebrales Paul dij o
que sospechaba que ésta la estaba envenenando poco a poco pa ra tenerl a
bajo su control. Según contaba Chukri:
“Ahmed Yacoubi afirmaba que Cherifa le echaba
maleficios a Jane. La propia Jane encontró un día debajo d e su
almohada pelos, coágulos d e s angre y un as u ñas envueltas en
un trozo de te la” […] “ Paul piensa que fue ella quien envenenó
a su loro y que tan to su m ujer como él correrí a ta rde o
temprano la mism a suerte. Algunos p iensan que la enfermedad
de Ja ne f ue resultado del Tewkal , el veneno que Cherifa le fue
poniendo paulatinamente en la comida. Este le causó una
parálisis que la acompañó hasta la muerte” ( 2012a, 93 -9 4).
El escritor de teatro Tenne ss ee W illiams pasó en Tán ger algunas
temporadas a lo larg o de los años. Era muy amigo de Jane. Él iba a Tánger por
ella, decía admirarla por tener tanto coraje. En mayo de 1973, cuando supo que
Janie había muerto, T ennessee llamó al New York Times , fu rioso porque
ningún p eriódico americano h abía dado la no ticia (Dubois: 2 01 5, 5 4). En
diciembre de 1 948, Paul volvió a Tán ger acompañado de Tennessee W illiams y
su compañero Frank Merlo. Habían asistido juntos al estreno de un a obra de
teatro de W i llia ms – Summ er and S m oke - con m úsica de Bowles. Se instalaron
todos en el hotel El Farhar . En una carta escrita por Te nness ee W illiams al
escritor Donald W i ndham:
“Hem os llegado justo a principios de la tempo r ada de
lluvias, pero por u n p roblema económico de los Bowles nos
hemos instalado e n un ho tel ho rrible llamado El-Farha r, en la
cumbre de un a colina mu y escarpada desde donde se domina
el océano. ¡ Vista especta c ular: todas las incomodidades
posibles!” ( W i ndham: 1977, 228).
129
Cuando El cielo p rotector- la primera novela de Paul - se publicó en
Londres en septiembre de 1949, l as críticas f ueron excelentes. El libro f ue un
éxito. L a n ovela cuenta la h istoria de un a pareja de amer icanos que
desembarcan en el norte de Áf rica, pero no co mo turistas si no como viajeros.
Bowles d escribe magistralmente la d ureza y la bellez a del Sáhara mientras
narra el hundim i ento total d e las vidas de lo s protagonistas. A Paul le costaba
reconocer que los personajes – Kit y Po rt- estuviesen insp ira dos en Jane y e n
él, pero es inevitab le a l leer la novela y co nocer datos de su vida identificar las
similitudes. En una de sus últimas entrevistas sí dijo: " El protagonist a masculino
es mi autorretrato, y aunque Jane no estuvo conmigo en ese v iaje, digamos
que la he utilizado como mo delo , del mismo mod o que lo hace un pintor"
(Fernández Rubio: 1999). Es un a novela en la que se narra el viaje que ellos
realizaros, varias vece s, a l sur de Marr uecos p ues Paul siempre quiso ser un
viajero. Era como lo ll amó Daniel Rondeau un escritor peripatético (Rondeau:
2006,25) pues todos sus textos están protagonizados por per sonajes en
movimiento, en constante lucha consigo mis mo, y de ahí la ne ce si dad de seguir
en movimiento: m ientr as se mantuviese en m ovimiento seguirí a viv o. Con El
cielo protector se convirtió en un escritor de moda y Jane siempre se alegró por
la suerte de su marido:
“Renunció a s eguir luchando. La hicieron s entarse y se
quedó así, con la cabeza echada hacia atrás. El súb ito rugido
del motor de rru mbó las pa redes de l cua r to donde e s ta ba
acostada. T ení a de lante de los ojos el cielo azul violento, n ad a
más. Durante un tiempo interminable lo miró. Como un ruido
todopoderoso, lo destruía tod o en su cerebro, la paralizaba.
Alguien le había dicho alguna vez que e l cielo esconde detrás
la noch e; que prote ge al que está deb aj o del horror de lo que
130
hay arriba. Miraba sin pestañear el sólido vacío y empezó la
angustia. En cualquier momento podía producir se el desgarrón,
separarse los bordes, abrirse las entrañas del a bism o
insondable” (Bowles, 19 9 1: 324).
Otra de las grandes figuras que aparecieron po r Tánger tras la e stela de
Jane fue Truman Cap ote
62
. Vino a pasar el verano de 194 9. N o traía el objetivo
de escribir, ha cía m enos de un añ o que había p ublicado Otras Voces, Otros
ámbitos y a ún estaba disf rutando de su é x ito. Pasó una buena temporada en la
ciudad pero no dejó que lo atr apase como estaba haciendo con sus amig os los
Bowles. En palab ras de Chukri no tu vo la va lentía de dejarse llevar (Chukri:
2012a, 47). Uno de los problemas era que tenía m iedo. Ser el n iño malo de tu
afable vida burgues a neoyorquina n o tiene m ucho que v er con la realidad
tangerina del final de la d écada de los años cu arenta. El callejeo intrincado d e
la medina d e Tán ger lo asustaba. Chu kri escribe que cuando Bowles le
preguntó a Capote por qué no quería ir a la medina éste le respondió : “ No, no
voy a ir allí ¿Qu ién sab e lo que me puede su ceder? ” (Chukri: 2012a, 48). En
de finitiva, la ciudad no le gustó. Escribe Clark e en su biografía:
“Lo ún ico que hacía la vida allí mínima mente
soportable era la presencia de los Bowles (…) Desp ués de
cenar en El-Farha r, asistía a algunas de las muchas f iestas que
se daban aquel verano e n T ánger. L a más agrada ble de
aquellas fiestas fu e una que Cecil organizó a med ianoche en la
playa pa ra celebrar el cu mpleaños de Ja ck, que cumplía trein ta
y cinco, en las Cuevas de Hércules. Una de las grutas estaba
decorada con flores y f arolillos y todo tipo de adornos
coloristas, m ientras músicos árabes tocaban en o tra de las
salas y e l champa gne q ue habían te nido al f resco en agua de
62
Anexos 25- 28.
131
mar regaba la melcocha que los si baríticos boy -scouts de Cecil
preparaban al fuego ” ( Clarke, 1989:213).
Del verano que pasó en Tán ger s e conservan fotografías que lo
atestiguan y gracias a éstas sabemos que u no d e los anfitriones tangerinos que
tuvo Cap ote fue Emilio Sanz de Soto d ebido a su b uena amistad con Ja ne
Bowles
63
. Pod emos ima ginar que n aturalmente también debió conocer a Ángel
Vázquez . Si analizam os esta relación p odemos sacar consecuencias
interesantes. T ruman Capote e ra tan so lo cinco años mayor qu e Vázquez.
Desde su infancia había tratad o abiertamente su condición sexual y a los 23
años h abí a escrito un a de las n ovelas m ás importantes de la literatura
norteamericana. Frente a esto, Ángel Vázq uez era un introvertido en f er mizo, no
dejaba que s us sentimientos aflorasen, y aún no había sido capa z d e publicar
nada d e lo que tuviese escrito, tan solo se lo mostraba a su íntim o amigo Sanz
de Soto. Conocer a Truman Capote debió suponer el impulso que necesit aba
para asumir su realidad y su v ocación.
Esta inf l uencia se reflejaría e n los cuentos que empe z ó a escribir. La
sencillez de los planteamientos f rente a la turbi a rea lidad sobre la que escribía
debemos entenderla como una d e las i nf luencias importantes de Capote sob r e
nuestro escritor en ciern es. E n este asun to nos detendremos m ás
detenidamente en el capítulo dedicado al esc ritor tangerino.
Volviendo a los Bowles, a principios del o toño d e 1949, Jane y Paul
dejaron la pensión El Farha r, d onde habían es tado a compañados de T ruma n
Capote, pa ra instalarse en la gran casa de David Herbe rt, e l segundo h ijo del
conde de Pembroke, o la f amosa reina de Tánger como lo llamaba el escritor
63
Véase anexos 25-28.
132
Ian Fleming (Dub ois: 2015,102 ). Fueron inv itados a pa s ar una temporada en la
mansión de la c ampiña inglesa d e Herbert y desde allí a la Isla de Taprobane
que la familia poseía cerca de Ceilán.
La obsesión de Paul Bow les por est ar en mov im iento fue tal vez la que lo
empujó tras su éxito como escritor a dejarl o también, en ci erto modo, a un l ado.
Se aburrió igual que se había aburrido de ser m úsico. Fue de jand o de escribir y
empezó a buscar e ntre los marroquíes, aquellos a los que convertir en
escritores o pintores (Amine, 2005 ª : 9) . Él era su creador (Gomes, 2012: 63).
No sa bemos hasta qué p unto los llegó a considerar amigos o, en todo caso,
escritores como él. Como no s dice Allen Hibbard (2005, 20) hay entrevistas
suyas en las que insiste e n d ecir que el verdadero entendimiento en tr e
per sonas de otras c ulturas no es real, e incluso imposible. Como v imos, el
pintor Ahmed Yaco ubi y de los escritores M u hammad Mra bet y es pecialmente
Muhammad Chukri (Lacey: 2005, 1 00) fueron los q ue alcanzaron la f ama. Con
ellos realmente logró lo que pretendí a: convertirlos en escritores. Su modo de
trabajo consistía e n g rabar las historias q ue ellos le c ontaban y él las
transcribía. La complicación resulta al intentar distinguir lo que pertenece al
dictado y lo que Bowles puso de su pluma (Amine: 2005, 15).
Muhammad Mrabet, de origen rifeño, nació en Tánger en 1936. Como
muchos adolescentes de la época, prefirió la libertad de las calles a la disciplina
del hogar. Se ganaba la vida como caddie, p escador, box eador, ba rman .
Trabajó un tie mpo e n EEUU y de regreso a Tán ger, en 1960, c onoció a Paul
Bowles. Su colaboración literaria duró hasta 1 992 con la publicación de trece
libros, to dos ellos transcritos p or Bowles a p artir de cintas grabadas p or Mrabet
en un e spañol preñado de árabe dialectal. Nos resulta importante de st acar el
133
uso del español como li ngua franca en tr e ambos, d e f orma tá cita para un
entendimiento común optan p or el español. Un tangerino y un neoyorki no se
comunicaban en u na lengua que n inguno de los dos dominaba plenamente .
Tenían u n conocimiento d el español que les se rví a para comunicarse pero los
matices literarios son un asunto más comp l ejo. Es d i fícil calibrar exactam ente el
papel de P aul Bow les e n todo el proce s o de creación literaria. Es decir, lo que
dista entre simplemente trad ucir a quello que Mrab et le iba co ntando y lo que
Bowles plasm aba en e l papel es nuestra incertidumbre en este asunto. Hasta
qué pu nto podemos considerar la autoría de la obra e n exclusiva d el contador
de historias marroquí.
En cuanto a Muhammad Chu kri, debemos destacar la importancia que
este escritor tang erino tiene p ar a la literatura m arroquí . Su primera obra El pan
a se cas , novela autobi ográfica de gran crudez a y aud acia literaria , consa gró a
Mohamed Chukri como una de las voces imprescindibl es de la litera tura
magrebí contemporánea. Poco tiempo después de ser publicada se convir tió en
una obra d e culto, p ro hibida durante casi dos dé cadas en Marruecos. En este
caso, e l español como len gua de entendimiento también jueg a un papel
fundamental, pu es fue dictad a en e s pañol y trascrita por Bowles, apareciendo
publicada por primera v e z en inglés:
“Y o le dictaba el texto en espa ñol, frase por frase , y
él traducía a l inglés. Hubo quien d ijo que yo ha bía utilizado el
dialecto marroquí para transcribirl o. Es fa lso. Yo no domino el
arte de contar historias en dialectal” (Chukri, 2012a:65).
La versión que años después apareció en árabe se h iz o de sde el inglés
o el f rancés, por muc ho que hoy se inten te ase gurar que siempre existió u n
134
primer manuscrito en árabe . Esa p ri mera versión árabe nunca existió de m anos
de Chukri. El problema e s que ya n o hay form a de demostrar e ste he cho
habida cu enta d e que no se conserva ningún manuscrito que lo demuestre. El
propio Chukri se encargó a ños después de hace rn os creer que sí existió un
manuscrito o rig inal en árabe. Desde nuestro punto de vista y tras h aber
estudiado sus o bras creemos que la supuesta insistencia en que sí e x istió
dicho m anuscrito responde sim plemente a una cuestión de d erechos d e autor.
Por la firma del primer contrat o de publicació n en inglés Paul Bowles se quedó
con la mayorí a de sus derecho s de autor, por eso años después en su libro
Paul Bow les , el recluso de Tánger (2012a), en e l que cuenta su versión de la
época y los acontecimientos que da muy clara su postura en u n pequeño
párrafo:
“Peter Owen… en reali dad roba los derechos de sus
autores, como hizo conm igo en El pan desnudo (…). Cuando
mi agente le reclamó a Daniel Halpern los de rechos de autor
por la publicación de m i libro Je an Genet e n Tánger, traducido
al inglés por Bowles, éste contestó: “Los derechos están
reservados para Paul Bowles. Chukri no es má s que un
analfabeto”. Qu iz ás Dan iel Halpern no sabía, o prefería n o
saber, que existe un te x to original y que e stá escrito en árabe”
(C hukri, 2012a:91).
La presencia de Paul Bowles e n los medios int ernacionales es
constante. L a atracción que moví a a otros e scritores o simples m itómanos a ir
hasta Tánger so lo para conoce rlo y po der saludarlo, sigue hoy teniendo la
misma fuerz a. Cada año aparecen por T ánger viajeros en busca de los míticos
sitios por los que se cono ce que paseaba, o aquellos d e los que escribió.
Siguen visitando el portal d el Inmueble Itesa, como esperando un último ad iós
135
de su ídolo. En la sob erbia Legación Americana aún s e conservan las famosas
maletas que siem pre estu v ieron a montonadas a la en trada de su ca sa,
preparadas para volv e r a salir.
La figura e sbelta, elegante y sibilina de B ow les pa rece no e x tinguirse
nunca. Su trascendencia histórica ha deformado ha s ta ta l pu nto la realidad
tangerina que r esulta m uy difícil def ender que en la ciudad del Estrecho
pudiese e x istir una rea lidad además de la Bowlesiana . Son numerosos los
artículos en ese sentido. P odemos leer por ejem plo: “ Es el ú ltimo de Tán ger. La
mitología de la ciudad acaba con la mu ert e de Bowles, y si uno percibe el
ambiente es claro que este personaje cierra una etapa d e la ciudad africana
más literaria ” (Cruz: 1999).
De un modo casi cíclico a lo largo del tiempo van apareciendo en prensa
artículos d edicados al escritor, o a l mú sico, según la pref erencia del que lo
dedique. Un ejemplo serio y conciso de e s a admiración, pero sin la exageración
de aquellos que rozan el mito es el de Juan C ruz:
“ Allí esta ba, indo l ente y echado; a la en trada de su
casa había u nas maletas e normes, depositadas en e l suelo
como si ya nun ca m ás f ueran a viajar. Él t e recibía d esde el
fondo de la ca sa; la puerta estaba entreabierta y al entrar v eías
la cocina, atestada de cacharros que parecían comp artir la
biografía de un hombre ca nsado, y de spués v enía el minúsculo
cuarto de baño y, a l fin, el salón oscurecido y grande en el que
cantaba u n pájaro. Allí h abía cojine s por todas partes, todos
ellos oscu ros y cóm od os, sobre los que se sentaban las visitas
para verle en sile ncio. Él era e l silencio; le cansaba hablar de
su biografía, pues al f in y a l cabo de lo primero que se can só
fue de ser norteamericano; tampoco tenían importancia para él
142
tangerina, la cual tuvo un a rraig o ine v itable en el desarrollo d e la literatura q ue
se produjo en la ciudad del Estrecho. No podía se r de otro modo cuando el
mayor número d e población tras la marroq uí era la española, pero si tenemo s
en cu enta e l núme ro de dicha población co n los estudios nec esarios p ara
abordar u na labor literaria, ah í sí encontramos que fue el español el único
grupo que cumplía esa condición. Ten iendo en cuenta esto vamos a e st udiar l a
literatura tangerina escrita en español. Es necesario d efende r la necesidad de l
estudio de esta lite ratura como “ emergente o tradicionalmente apartada del
canon ” , para con s truir “ genealogías [literarias] alte rnativ as ” (Lionnet, 1995:19)
mediante las cua les componer una nueva perspe ctiv a social marcada por la
esencia cosmopolita y compleja.
En primer lugar, la ide a motriz de est e ca pítulo e s establecer los
presupuestos necesarios p ara d efender que esa literatura escrita en español
desde T ánger debe ser conside rada una literatura men or . Para ello, deb emos
aclarar qué entendemos por literatura menor.
Cuando e n 1 975 los f ilósofos G illes Deleuze y Féli x Gu attari e scribi eron
el ensayo Ka fk a. Por una literatura menor , estaban e s tableciendo la e structura
teórica de este p lanteamiento. Utiliz ando el ejemplo paradigmático de Kafka ,
que escribía en alemán y n o en el idiom a ma t erno de los judíos praguenses
(Deleuze y Guatt ari, 1 990:28) expusieron su teoría, que afirma que una
literatura menor “ no es la literatu ra en un idio ma menor, sino la literatura escrit a
por una minoría dentro de un idioma mayor ” (1990:28). Junto a esta definición,
establecieron tres características principales que debe cump lir esta literatura :
“la primera característica e s que el idioma se ve af ectado por un f uert e
coeficiente de desterritorialización (…) la segunda característica es que en ellas
143
todo es p olítico, es de cir, por su espacio reducido hace que cada problema
individual se conecte de inmed iato con la política (…) la tercera c aracterística
consiste en que todo a dquiere u n valor colectivo. Precisam ente porque en la
literatura menor no abunda el talento, lo que el e scritor dice to t almente solo es
necesariamente político” (Deleuze y Guattari, 1990: 28 -30).
Con esta s premisas establecidas, podemos aseverar que la literatu ra
marroquí escrita en español, es una lite ratura menor. Se ajusta a su def inición y
cumple con las tres características plan teadas. En este apartado de
introducción t eórica nos res ulta impo rtante da r una v isión gene ral más amplia y
completa de la literatura marroquí escrita en e spañol pa ra poder desgajar de
ella la tangerina y así marcar sus difer encias y sus características específicas
66
.
Son ya nume ros os los trabajos de investigación sobre este tema : e n 2008 la
investigadora Selen e Nobile presentó su T esis Doctoral , L a literatura hispano -
marroquí. Un modelo posorientalista y posoccidentalista , y de s de entonces ha
orientado su labor d e inv estigación e n esta lí nea, tal como ha c e en e l artículo
de 2010 “Las literaturas “menores” h is panoafricanas. De la literatura
poscolonial a la de la migración: el caso de Gu inea Ecuatorial y d e Camerún” .
Siguiendo esta estela, en 20 11 Enrique Lo mas López en un a rtí culo sob re el
tema escribía que se con side ra “a la vez c omo un a lite ratura menor y como
66
La bibliografía sobre este te ma es nu merosa y abo rda el asunto desde n umero sos aspectos q ue se
complementan: Nobile, Sel ene (2008) La literatura hispa no -marr oquí. Un modelo posorientalista y
posocc identalista . Universitá d el Salento; Ricci, Cris tián (2010). Lite ratura periférica en castellano y
catalán : el caso marroquí . Madrid-Minneapo lis, Edicione s del Orto, Universidad de Minn esota;
--------- (2012). Le tras m arruecas. Antología de escritores marroquíes en castellano . Madrid, Ediciones
del Orto; - ------ (2013), "El ar te de la ficción sobre el pro ceso de ev olución del orient alismo literario
occidental en la cu entística d e Ahm ed Ararou ", Hispan ia . Vol. 96, n º 1. The Johns Hop kins Uni versity
Press, pp. 2-14; ------ (2014). ¡Ha y moros en la costa! Literatura m arroquí fronteriza en castellan o y
catalán . Madrid, Ediciones de Iberoameri cana; Sarriá, José (2010). “Literatura hispanomagrebí: una
literatura social con base tra dicional”. En VII Congreso ibéri co d e estud ios africanos (CIEA7 ). Lisboa, s.e.;
------- (2 013) "La literatu ra hispanomagrebí en Marrue c os". En Gah ete Jurad o, Manu el (ed.): El
protecto rado español en Marruecos: un a historia trascendida. Vol. II. Bilbao, I berdrola, pp. 223 -246;
144
literatura marginada” (2011:69) por lo que reconoce su categorí a de literatur a
menor. Recientemente se ha presentado en la Universidad Complutense d e
Madrid la T esis Doctoral defendida por Nabila Boumediane
67
en la que e mpieza
planteando la p regunta de si “ ¿Existe u na literatu ra marroquí de expresión
española? ” , tras la que establece el estado d e la cuestión y los diferen tes
puntos de vista (Boumediane, 2016:104-123) . Nosotros en e ste trabajo vamos
a tratar también de demostrar que sí existe esa literatura, y apuntalar la
defensa d e José Sarriá cuando dice que: “ dar la espalda a este f enómeno sería
un error de investigación, una gran injusticia ” (Sa rriá, 20 07) en un artículo
desde el que defiende esta p ostura f rente a las críticas de investi gadores como
María Rosa de Madariaga (200 7) o Driss Je brouni (1997) qu ienes niegan la
existencia de esta liter atura e incluso, en pal abras de Madariaga , la desp r ecian
asegurando que los escritores m arroquíes en español u tiliz an un lenguaje de
andar por casa . Bien es v erdad, que concluye el a rtículo d ando una esperanz a
a su existencia en un futuro:
“ En mi o pinión, que creo Fernández Pa rril la
68
comparte,
toda auténtica literatura m arroquí en castellano, que se
desarrolle en e l futuro, no será el producto de una herenci a
poscolonial, sino que nacerá, como a lgo nuevo y original, entre
los hijos de la inm igración ma rroquí en España. E llos serán en
el f uturo el ví nculo humano y cultu ral más p otente y
enriquecedor entre las dos orillas ”.
67
Boumediane, Nab ila (2016). Un escritor mar roquí en leng ua española: Muham mad SIbari en su
conte xto . Tesis Doctoral in édita. Universidad Compluten se de Madrid.
68
Madariaga se refier e a la opinión d e Fernández Parrilla en su artículo: (2005) “Marruecos -España:
unas incip ientes relaciones cu lturales”. E n Relac iones hispano -marroquíes: una ve cindad en
construcc ión , coord s. Planet, Ana I. y Ramos, Fernando. Ediciones del Or iente y del Mediterrá neo,
Guadarrama (Mad rid), pp . 381-402.
145
Nosotros desde este trabajo vamos a demostrar que d icha literatura ya
existe y viene e x istiendo desde hace décadas, pues , como explica Fernández
Parrilla, “a la h ora d e aborda r las literaturas de Marruecos la primera gran
distinción que hay que hacer es de índo l e lingüística” (2004:56). Nuestro interés
es ahora la literatura marroquí escrita en español.
El investigador Cristián H. Ricci ha ded icado gran parte de su trabajo
científico a la literatu ra marroquí escrita en castellano [sic]. Su L iteratur a
periférica en castellano y catalán: el caso marroquí (2010), es un detallado
estudio d el asun to q ue tenemos entre m anos , q ue incluye una buena an tología
de textos. P ero bajo nuestro punto de vista calificar esa literatu ra de periférica
69
es despojarla de su valor intrínseco. El h echo de que sea pe ri férica implica
necesariamente que tiene que relacionarse con un centro, po r lo que convierte
esta lit eratura en subordinada de la española, cuando la realidad es que for ma
un conjunto independiente, con sus propias caracterí sticas.
Siguiendo l a teoría de Deleuze y Gu attari al estar tratando con u na
literatura menor e sta será una literatura co n una estructura rizomática
(1978:11). Basándonos en el riz oma botánico, la organiz ación de l os elementos
no sigue líneas de s ubordinación jerárq uica . Al aplicar e st e plante amiento a l a
literatura que estamos estudiando, ob ten emos que dicha litera tura tiene puntos
de conexión in disolubles con la literatura española – en primer lugar la lengua-
pero no e stá sometida a ella. E l mapa rizomático planteado p or la literatura
marroquí escrita en español se desa rrolla d e u n modo autónomo. P or tanto
tampoco podemos definirla como periférica, pues no se desarrolla en las
69
Sobre este pu nto de vista también r esulta interesante la reciente publicación de Miamp ica (ed.)(2015)
Africa y escrituras pe rtiféricas. Ho rizonte s comparativos . En el que reúne estud ios sobre la s literaturas
africanas en españ ol.
146
afueras de n ada. No circunvala un centro, sino que surge en p aralelo a dicho
centro. Esta literatu r a m enor se elabora bajo la influencia recíproca de las
distintas o bserv a ciones y co nceptualizacion es que la forman y la rodean. La
hibridación cultural adquiere e ntonces un papel f undamental en su desarrollo,
tal como explica Can c lini (2003:2 ): “Estos procesos ince s antes de hibridación
llevan a relativizar la noción de identidad (…) El én fasis de la hibridación no
solo clau s ura la pretensión d e establecer ide ntidades p uras o a uténticas .
Además pone en evidencia el riesgo d e d eli mitar ide ntida des locale s
autocontenidas”.
La obsesión centralista s í caracteriza a la literatura no metropolitana
francesa. La f uerz a de la f rancofon ía estriba en la firmeza con la qu e se alce la
lengua f rancesa desde Pa rí s. El aparat o cu ltural f rancés ha d esarrollado
históricamente u n e ntramado d e dependencias con la metrópolis que andando
el tiempo se ha convertido en inamovible. Nadie duda que Albert Camus,
Marguerite Dura s, Amin Maalouf o T ahar ben Jelloun sean escritores f rancés,
sin importar su lugar de nacimiento: todos quedan absorbidos p or la gran
literatura francófona si su obre está escrita en francés.
El español ha sido históricamente un idioma común entre am bas orillas
del Mediterráneo h asta asentarse en la zona norte de Marruecos a comienzos
del siglo XX, tras el esta blecimiento del Protectorado (Khallaf, 1998:104 y Gil
Grimau, 2 002: 119). El p unto de p artida para este estud i o lo vamos a situar tras
el e stablecimiento d e dicho P rotectorado y no antes, pues las relaciones e ntre
ambos lados del Estre cho de Gi braltar en é pocas anteriores se cir cunscriben a
ámbitos de encuentros diplomáticos o económicos. Podemos apuntar que el
primer texto publicado e n español por un marroquí, Lahse n Mennum, data de
147
1877 . T itulado “Carta de Marruecos”
70
, a pare ció con m otivo de la visita oficia l
de los reyes de España a Fez, pero en princi pio es un hecho casi anecdótico .
El español fue a lo largo d e los sig los XVII , X VIII y X IX, el i dioma
empleado por la Cancillería m arroquí
71
en sus relacion es diplomáticos, a demá s
de haber sido h istóri camente una lingua franca entre orillas en asuntos como la
pesca en el Est recho . Com o explica Gil Grimau “el e spañ ol no es un a lengua
importada, sino un idioma vernáculo con siglos de penetración e implantación
en Marruecos” (2008:13) . Def i nitivamente se asentó – como apuntábamos - en
la zona norte de Marruecos a comien z os del siglo XX por el esta blecimiento del
Protectorado español. Durante esta época se establecieron u nas estructuras
sociales no solo políticas sino también cu lt urales. La acción cultural e ra u no de
los pilares de dicho asentam iento (Ricci, 2010: 8.10). Entre las actu aci ones
puestas en marcha a partir de la d écada de los años veinte se encontraban , en
primer lugar, la crea ci ón de grupos escolares, cuya consecuencia p osterior
sería el acceso de los e studiantes marroquíes, que hubiesen pasado p or e sas
escuelas, a las universidades españolas.
Junto a las estruc turas oficiales, la causa más importante d el
asentamiento del español como lengua de uso corriente en el no rte de
Marruecos, incluy endo la ciudad int ernacional de Tá nger (López García,
2012:11), con una fuerza por encima de l a of icial, fue la natur al m ezcla de
población que se p ro dujo en esto s te rritori os , debido al m odelo de Protectorado
70
Esta información fu e aportada p or las in ve stigacion es de Moh amed Chakor y Sergio Mací as (eds.):
“Literatura marro quí escrita en lengua castellana”, en E ncuentros literarios: Mar ruecos-E spaña -
Iberoamérica , Madrid, Can tArabia, 1987, pp. 7 - 35.
71
Muhammad I bn Azzuz H akim : Uso de l idioma españ ol en la canc illería marroquí , Rabat, Imprenta
Litoral, 1979.
148
establecido por España
72
, tan d i ferente del f rancés (Zarrouk, 2007: 50 -51). E n
el te rritorio bajo influencia del gobierno galo se int rodujo un sistema bien
organizado estructu ralmente desde sus base s, con objetivos a largo plazo que,
con los años transcurridos desde la independencia se ha podido comprobar
que iban más a llá. Sus ambicione s eran m ayores y el af rancesamiento en
territorio marroquí se acep ta como parte, de un modo casi indisoluble, de la
idiosincrasia marroquí d esde las últimas cuatro décadas del siglo veinte y los
años que van del veint i uno (B oumediane, 2016:124-130) .
Por su parte, los ó rganos de gobierno del Protecto rado español n o
parecían tener una visión estructurada desde el principio por lo que las oleadas
de población que iban llegando sin control se fu eron instalando en ter ritorio
marroquí sin planif ica ción alguna previa. No existió un a organización que
controlase el reparto de los asentamientos en las zonas ocupadas, ni los
trabajos que podían desempeñar . La p oblac ión española heterogénea y poco
seleccionada (L ópez Ga rcía, 2012:16) , que fue llegando se mezcló y relacion ó
con naturalidad con la población local.
A pe sar de e s a fa lta d e previsión, la acción política esp año la e n
Marruecos requería una administración desde la que co ntrolar los territorios.
Entre las acciones puestas en marcha su crearon hospitales y centros
escolares, además de otras inst ituciones de menor importancia. Por tanto, la
lengua española empezó a extenderse e n la sociedad m arroquí, p asó a ser lo
que L ómas López (2014:4 ) define como “un pa trimonio histó rico compartido por
72
Mourad Z arrouk : “ Rev isionis mo y colonialismo en Mar ruecos: el nac imi ento del nacion alismo”, en
Bernabé López Garc ía y Miguel Hernan do de Larramendi (e ds.): Historia y mem oria de las relacion es
hispano-ma rr oquíes. Un b alanc e en el cinc uentenario de la indepe ndencia de Marruecos , Madrid,
Ediciones del Ori ente y del Medite rráneo, 200 7, pp. 45 -76, esp. 50- 51.
149
ambos lados del Estrecho” . Con el paso de los años la divisi ón de l país, debid o
al rep arto colonial y con la internacionalización de Tánger se iría re flejando en
todos los aspecto s de la vida y po r tanto en l a literatura. Marruecos emp ieza a
tener u na produc ción literaria e n varios idiom as. Esa literatura con el paso de
los a ños conoce distintas div isiones internas motivadas tanto por la elección de
la lengua como por la época en la que se escribe. Así lo e xplica Mohamed
Bouissef Rekab:
“ La literatu ra marroquí de expresión á rabe o f rancesa ha
conocido vici situdes diferentes a la de expresión e s pañola: la
expresada e n ára be, se cular, ha conocid o dos e tapas: la
precolonial (de f uerte influencia árabo -orientalista) y la
poscolonial; esta última se so mete a dos fuerzas: respetar la
sacralidad de la lengua árabe o dejarse llevar por las modas
literarias occidentales. En cuanto a la expresada en fran c és, de
herencia colonial, conoce el paso de una generación a la otra.
La p rim era gene ración e x presa lo exótico, según la visión
colonialista. La segunda es más libre: los escritores eligen un
camino más progresista d e tendenci a izquierdista. En cuanto a
la literatura marroquí expresada en castellano, está luchando
por abrirse camino en el panorama literario nacional y adquirir
legitimidad como u na forma más de la plural idad lingüística d e
Marruecos ” (2005:5).
Durante los años de prese ncia colonial e spañola, en los ca si 21.000
kilómetros cuadrados que ocupó España e n el norte de Marruecos, fu er on
surgiendo intelectuales que participaron activamente en la vida cultural.
Supusieron una aportación positiva, a pesar de escribir en espa ñ ol desde esa
época y después, tra s la indep end encia de Marruecos . Nos referimos a lo s
primeros hispanista marroquí e s, e scritores de la talla de Mohammad Ibn Az zuz
150
Hakim, Abdullatif Jatib, Mose s Garzón Serfat y o Mohamm ad T emsaman,
quienes, c omo as egura Gil Grimau , “d e sar rollaron su labor en cam pos tan
variados co mo la h ist oria, la f iloso fía, el d erecho, la antropología cult ural, la
literatura, la traducción , la poesía, la narrat iva” (1992:87 -98), labor sobre la que
se asientan las bases del hispanismo m arroquí y de la literatura m enor qu e
tenemos entre manos (Ricci, 2010:19) .
En los albores de esta literatu ra se confund ier on las ob ras d e creación
con las investigaciones de tipo político o histórico (Lóma s L ópez, 2014:4). Por
lo que fue necesario un proceso de madurac ión para establecer las diferencia
entre los textos hispánicos qu e se fueron pu blicando. Dejando a un lado a
estos h ispanistas, que desa rrollaron su labor en los campos científicos p ara
centrarnos en los que de s arrollaron un trabajo artístico , objeto de nuestro
estudio. Debemos ind icar unas etapas para esa literatura h ispanomarroquí.
Vamos a seguir las establecidas p or Chakor y Macías (19 96), asumidas
posteriormente por Rekkab (2005) y Ricci (2010), pues parten de una
observación minuciosa y f undamentada:
En primer lug ar se agrupa a los mencionados estudioso s que coinciden
cronológicamente con el Protecto rado españo l en Marruecos, entre 19 12 y
1956. Forma parte de este grupo escritores tan trascendentales como
Muhammed Ibn Azuz Hakim, Abdul -Lati f Jatib, Muhammed T emsamani, Moises
Garzón Serfati, o Dris Di uri.
Un segundo gru po lo formarían los escritores que empezaron a publicar
desde la independencia d e Marruecos hasta la década de los 80 d el pasado
siglo. A él p ertenecerí an Abdelkader Ouarichi, Mohamed Ma mún Taha ,
151
Mohamed Ch akor, León Cohen Mesonero, Aziz Benn ani, y el tan gerino
Abdellah Djibilou. Éste último marcará un antes y un desp ués e n cuan to a la
trascendencia de la literatura que tenemos entre man os y su repe r cusión en la
sociedad española cuando en 1986 pub li có en la editorial Taurus Diwan
modernista. Una visión de Oriente , en el que recopila textos d e e scrito res
marroquíes en español. Logró darles v isibilidad en E spaña, como expli ca
Mohamed Bouissef R ekkab (200 5: s. p.) “ a ni ma a los hispanistas m arroquí es a
plantearse la posibilidad de lanzarse a la p ublicación de s us trab ajos ”.
Empiezan a tener repercusión.
Por último, e l tercer grupo de escritores surge ya en la década de l os 90
y perdu ra hasta e l presen t e . El aumento del número de escritores es
significativo, coincid iendo con e l au ge que la li teratura hispano marr oquí ha
experimentado estos últim os años. Dentro de este tercer grupo es donde
incluimos n osotros a los escritores tan gerin os que estudiamos en este trabajo.
Entre los más destacados están: Mohamed Akalay, Mohamed Lahchir i, Ahmen
Mohamed Mgara, Aziz Tazi, El Harti, Moh amed Bouissef Rekkab, Said Jedidi,
Jalil T ribak, Abderrahman el -Fathi, Ahmed Dou di, Sara Alaui, Sim ón Levy ,
Ahmed el-Gemoun, Ahmed Araro u, o Muhamed La abi. A los que no s otros
añadimos Choukri el-Bakri, Farid Othman -Bentria Ramos y Sanae Chairi .
Es un núme ro muy amplio, y como vemos, en permanente crecimiento.
Como bi en ex plicaba Abd ellah Djbilou en su antología Miradas desde la otra
orilla. Una visión de España (1992:4):
“Pocas culturas y po cas literaturas pueden alardear y
exhibir un caudaloso p atrimo nio común y un sinfín de
relaciones y de interinflue ncias como lo pueden hace r la árabe
254
recuerdos y entre ruinas de una grandez a un tanto de p acotilla ” (1991 :91).
Como nos c uenta Juanita nada más ab rir la no v ela en u na r etahíla d i fícil de
frenar:
“Cada día me cuesta más trabajo ponerme las medias. Si
tuviera o casión y p udiera ir a Madrid, me compraría un
abriguito de entretiempo. Estas cosas, indudablemente, son
michelines. ¡Tócate bien, Ju ani! Michelines… ¡ Qu ién te lo iba a
decir! Yo que siempr e creí que eso era un a nuncio. ¡ Y pen sar
que a ún no hace diez a ños yo era u na mujer de lgada! Delgada,
delgadísima. “Patas de alambre” me llamaban las niñas en la
escuela. Sobre todo aquella hija de puta de la nieta de Madame
Naudy. ¡ B ien muerta está! Echo de menos los altavoces. Con
este levante no creo que aparezca nadie aquí. ¿Qué habrá sido
de Rina Ketty? Cantaba “Sombreros y m antil las” de morir. Ése
es el hijo de Cecilia. Parece men tira. ¡ Y p e nsar que lo h e visto
nacer! Un prenda. Que Dios se lo conserve. Dicen que n ada
mejor que un delfín. ¡Qué guapo es! No se pa rece m ucho a
Cecilia, y para nada a Rod ol fo. La V irg en del Carmen quiera
que a Ricardito A talay a n o se le ocurra equiv ocarse de
bandera. Y, ahora, este tonto viene a echarme. Si te conozco,
niño. Tu eres e l hijo de Isabel, aquella criada que mamá se
trajo de Carta gima. Estuv o un tie mpo sirviendo en casa y luego
nos la quitó María Benet. No . No v oy a com er, n i muchísimo
menos. Con lo que cuesta aquí el cubierto yo ten go para una
semana” (Vázquez, 2000:123 -124).
Para analiz ar la obra d ebemos entenderla e n primera instancia co mo
una trenza en la que el autor u tiliz a la lengua, la ciudad y a Juanita para ir
tejiéndola. Leerla como un paseo de c onstructivo por la ciud ad, para ir
reconstruyendo e s e Tán ger real prop io que é l conoció. Vázquez e stab lec e un
255
juego de paralelismos entre Juanita y Tánger que llega a generar confusión: s i
Tánger es real, y Juanita es Tán ger, Juanita existe. Desde el momento en que
le d a voz e n ha quitía, el p ersonaje se traslada a la vida rea l d el autor: “ LA VEO,
LA PALPO, LA HUELO ” , vimos que decía el au tor en un carta cu ando estaba
empezando a escribirla, y una vez publicada en una entrevista d ecí a: “ Jua nita
Narboni muere c uando m uere Tánger y en este sentido puede considerarse un
libro testimonio ” (Maza, 1976:20). Ángel Vázq uez es consciente de lo que ha
logrado crear, l a existencia de l a ciudad y del personaje están enlazadas y no
pueden e ntenderse ya la u na sin la otra. Con vierte la verdad tangerina en
mentira literaria, lo que Trueba (200 0: 34) d enomina una p oética irrealista que
Vázquez reflejó en su escritura y a modo de metáfora en e l pierr ot que le
gustaba dibujar
111
.
La conexión entre ambas llega a se r plena. L a mirad a subjetiv a de una
Juanita d eseq uilibrada es la ún ica que nos m uestra la ciudad. L a co nstrucción
de Tán ger solo la co nocemos a través de su voz, pero, com o expli ca T rueba ,
convierte la ciudad en “ una interioriz a ción por parte del pe rso naje que recuerda
al Dublín de Joy ce, a la Praga de Kafka, al Londres de Vi rginia W ol f, o a l
Madrid de Cela ” (2000: 38). P or tanto, Vázq uez cr ea un Tánger que y a n o
existe. No recrea p orque está inventando, pero debe parecerse a lo que un día
fue verdad. Así, el concepto de verdad queda suspendido de la creación.
Juanita y su Tán ger so n verdad en tanto que creación literaria.
Aquí es donde radica la imp ortancia del pierrot que nombrábamos. La
transformación del hombre tras el disfraz de pierrot es similar a la de Vázq uez a
111
Véase Anexo 35
256
la h ora de vestirse de Juanita y p onerse a escribir. So b re este asunto sentencia
Trueba de nuevo en su insuperable introduc ción para la edición de Cátedra:
“ La vida perra de Juanita Narboni ha constitu i do sin
saberlo un a novela posmoderna , es deci r, u n texto que al
apostar por la hibridez del lenguaje y de la ima ginació n, por l a
paradoja, la ambigüedad o la plurisignificación niega
epistemologías esencialistas ancladas en lo a temporal y
ahistórico, en especial la idea del sujeto cartesiano
independiente y def ini do con precisión. Vázquez desautoriza a
ese sujeto a l convertirlo, desdibujándolo o escribiéndolo, en la
figura d e un Pierrot, máscara transparente de un espacio de
libertad que es donde tiene lugar la creación” (True ba, 2000:
41 -42).
El lenguaje, como uno de los el ementos c onstitu y entes de la novela ,
adopta la f orma de haquitía. L a lengua hablada por los judíos del norte de
Marruecos (Cohen Alfalro, 2 000; V ig il, 2001). Esta len gua , en Tánger, ad emás
tiene unas caracterí sticas co ncretas po r e l contacto con otr os idiomas q ue
nutrirán, con el paso del tiem po, su vocabulario. S e trata de un español popular
hablado por judíos, engrosado con modismos andaluces, términos judeo -
sefardíes, además de vocabulario en árab e, portugués, francés e ing lés, debid o
al contacto con estas comunidades. Como decía Jo s h Shoem ake (2013:1) a
Tánger “ pu edes inclu s o llamarla Babel, la ciudad que c astigó Dios p or construir
su torre d emasiado ce rca de l cielo ” , pero los ta ngerinos ap r endieron a
entenderse. El propio Vá z quez aseguró: “ no h e p retendido en mo do alguno
experimentar con e l lenguaje, sencillamente he recordado a unos seres en su
lengua original, y co n el mínimo posible d e transfiguración literaria ” (True ba ,
257
2000: 37). J uanita, habla en ha quití a, repite ex presiones hechas, can turr ea,
vocifera. El continuo diálogo de Juanita está lleno de pasajes como el que
sigue intercalado en su discurso, f ragmentándolo : “ Acarí ciame, sigue, anda,
sigue con tus caricias de muerte, un d í a de Sa bbat al c ampo fuimos v imos dos
gatos negros y los matimos ” (Vázquez, 2000: 193).
La int ención de Vázquez era clara de sde el primer momento. En tan to
que la inspiración más directa de Juanita er an su madre y las amigas he breas,
resultaba imp rescindib le crear u n persona j e que hablase igual que ellas. Pero
tenía también otra, la de ensa lz ar el m argina do esp añol de Marruecos, que
equiparó en la int roducción de la no v ela al que ya en esa época estaba
llegando a España con el boom hispanoamericano:
“Si recibimos con respeto y admiración el castellano que
nos devuelve Hispano américa, sobre todo el recrea do y
renovado po r sus gran des poetas y novelistas ¿por qué no éste
del otro lado del Estrecho de Gibraltar? No por menos b rillant e
es menos auténtico. Al menos eso pienso”
112
(Vázquez , 2000 :
120).
Esa lengua castellana antigua de los judíos de Marrue cos, junto con
expresiones en otras lenguas, incluso argentinismos q ue Juanit a conoce a
través de l os tangos, o palabras como chambrita (2000:273) por chaqueta, qu e
tanto recuerda a la chompita de l os peruanos, o l os m uchí simos andalucismos,
naturales por la cercanía y la cantida d d e andaluces que vivían en T áng er:
rasguido por desg arrón (147), repeluco por escalofrío (179 ), sieso por engreído
(184), o moñear por pelearse (217) son algunos de los ejemp l os que
112
Texto de la introd ucción completo en Anexo 36.
258
encontramos, y to do unido va dando f orma al personaje caleidoscópico que
terminará siendo Juanita. Esta hibridación lingüí stica vuelve a recordarnos a
Joyce, pue s a dapt ar el len guaje surge como una n ecesidad contemporánea
(Trueba, 2000:85) de ref lej ar e l m undo que se está viv iendo. La in fluencia de
Joyce sobre Vázquez es un asunto recurrent e en otros aspectos de la novela.
Sanz de Soto en una con v ersación mantenida en 2005 resaltó la identificación
entre Juanita y Molly Bloom en aspectos como su vida solitaria, la pérdida
insuperable de un ser querido, o incluso el orig en gibraltareño de su padre .
Resulta muy int eresante ver có mo a medida que avanza la novela , y por
tanto la v ida de Juanita, ya incorporado Tánger al reino inde pendiente de
Marruecos, se va percibiendo el papel imperialista que adopta el f r ancés como
lengua dominante en la calle. Si al principio Juanita utilizaba expresiones
francesas tanto como inglesas o árabe s tal como hacían los tangerinos con
total n aturalidad: “ ¡ P obrecito, es le retour d’age!” ( p. 196), “¡ Mojame d…!
Jureles… ¿Sha l el kilo? ” ( p. 198), “¡ Gualo, gualo majandushi…! ” ( p. 212); llega
un momento en que se percata del cambio lingüístico d ebido a las grandes
oleadas de p oblación que llegaban del sur de l país utilizando más el f rancés : “ A
la cuesta de la p lay a, L’Avenue d’Espagne…Oui. oui, en francés, todo en
francés, no lo olvides. De ello depende tu v ida ” ( p. 347).
Este lenguaje hibrido, co nfuso en algunos momentos, refleja f ielment e
ese mestizaje que es la e sencia d e Tánger. La uni ó n entre la p alabra y la
ciudad es inquebrantable. Estamos oyen do permanentemente la voz d e
Juanita, pe ro no siem pre podemos escucharla. Esta m ujer de escasa
formación, cursi e n muchas de su s apreciaciones , pero brusca casi siempre,
nos mantiene en un vilo del que h ay que desconectar en ocasiones ante la
259
apabullante verborrea. Sus juicios ca si inf an tiles, y la inca pacidad de resumir
parecen la esencia del caráct er de Juanita , y Vázquez no escatima al
trasmitirnos con toda su crudeza la realidad de esta mujer , cada vez m ás
solitaria. Para mostrarnos esa soled ad, esa m iseria vital que rodea a Ju anita,
su autor optó por que la escuchá s emos so la mente a ella a lo largo de toda la
novela. La obra completa es u n monólogo en el que ún icamente Juanita tiene
voz. Acerta damente Trueba lo calificó de monodiálo go (2000: 44), p ues aunqu e
nosotros so lo oigamos la voz y los pensamientos de Juanita, ella en la mayoría
de las ocasiones no está sola, está hablando co n su madre, su hermana, su
padre, Hamruch la criada, o con alguno s amigos, pe ro a nosotros todo nos
llega a trasvés de la in terpretación o rep etición de la prota gonista única. Uno de
los momentos de inflex ión de la novela se rá cuando m uera la m adre de
Juanita, pues se queda sin la única persona que la quería, sin la única que la
acompañaba en su pusilán ime interpretación de l mundo , la única que
comprendía sus problemas:
“Ya descansó. No te ng o f uerz as n i para llorar. Tampoco
esa pena que se ha puesto m i hermana es normal, como viuda.
La estaba viendo venir. A ma má, n un ca le gustaron esas
cosas. Una corona de claveles rojos y blan cos: “T us hijas no t e
olvid an”. Y otra de rosas blancas: “¡ Qué solo m e dejas, tu
Ricardo!” Pa pá está loco. Esos ojos h inchados y ese
entontecimiento no es so lo d ol or. Es más “W hi te Horse” que l o
otro. Te conozco. No se puede poner e n una corona eso que tú
has puesto. Nunca h emos contado nosotras para ti, ya lo sé. Y,
ahora, que no e stá la bendita, nos harás de sufrir a las dos t odo
cuanto gustes. Por supuesto, la pena más larga del a ño en
cuanto se harte… Me la conozco. Y seré yo la m ártir. L a que
tendré que e star al pie del cañón. Mamá, para mí e s que te h as
260
ido de viaje, muy lejos. Ya hab laremos, m amá. ¡Cómo me
hubiera gustado que estu vieras en e stos m omentos aquí , no
“ahí”! No te p uedes h acer una idea de lo bonito que está
Bubana en esta época del año” (2000:174).
Hamruch será una de las poca s pe rsonas que le queden a l f inal de su
vida, po r eso cuando un día no llega a trabajar, la soledad en toda s u expresión
se ap odera de Juanita, el miedo la paraliza, la tristeza de darse cuenta de que
ahora ya sí que está r ealmente sola. Es una escena trágica, muy significativa y
que refleja con precisión la rea lid ad cotidiana en la que vivían en Tánger desde
que la independencia hab í a provocado la salida de mucha pob l ación. La ciudad
se e staba vaciando poco a poco y los que se quedaban se sentían cada vez
más solos. Al recon ocer Juanita e s a soledad y v erse también ante la
posibilidad de perder a Hamruch el miedo se apodera de ella :
“Mira dónde guós vine a p arar. Toda la mañ ana dando
vueltas para esto. Pre ocupada estoy. Esa maldita Hamruch es
la p rimera vez que m e falta. A la hora que es no creo que haya
llegado a casa. Al cabo de los años, es la primera vez que me
hac e esta faena. Lo m ismo está enfer ma. Lo m ismo ha muerto.
Nunca lo sabré. Ten ía razón la de sc ansada de m amá: una
tortuga. Y co mo las tortug as desaparece. Si m añana no v iene,
le preguntaré al bacalito. Yo no quería venir a parar aquí. Estoy
tan cansada. Me acostumbré a no salir y se me están
ento rp eciendo las piernas. He venido a parar al mism o banco.
Enfrente, justo en el banco de e nfrente estaba él. ¿Qu é
pregonan esos? Erizos…Eriz os de mar. ¡Capará por mí! Una
comida llena de espinas era lo que m e f altaba. Creí que era
otro pescadito. Hasta la vista la tengo can s ada. No veo bien la
hora que es. ¿Y cómo la quieres v er mi bueno si al reloj de l a
261
estación le falta una aguja? Como todos está la pobre. Esto y
preocupada por Hamruch. Miedo me da pensar lo peor, porque
ellos mueren e n silencio. Los mismo s adelfos. Allí enfrente
estaba él, con su bastón de cabecita de perro. ¡A bueno está!
Las once e stán dando. Mamá, he comprado estos bizcochitos
en el bacal porque se parecían a los marrasq uinos que h acía
Esther. Pretos están, porque no se pa recen nada al
saborearlos. Tú siempre lo dijiste, mi vida: la comida e ntra por
los o jos. Me he levant ado enloquecida. Te lo juro. Es la primera
vez que fa lta. Ten go miedo, qué quieres que te diga ¿L e habrá
pasado algo? Nunca faltó . Siempre es tuvo e sperando en la
puerta, y cuando se cansaba, n o paraba de da rle al llamador.
Estoy nerviosa. No he tenido má s r emedio que dejar la cas a
porque m is n erv ios no p odían conmigo. ¿Qué hago yo sola e n
casa al mediodía?” (2000:348) .
Incluso en los momentos en que Ju anita está borrach a, más dilatados
conforme se va ha ciendo mayor y se va qued ando más sola, como cuando en
el cementerio habla con su m adre mu erta, o como cu ando inventa la s
conversaciones que mantendría con algún conocido, el monodiálogo de Juanita
no pierde su estructura ni su sen tido. Só lo Juanita tiene voz, su s p alabras van
siempre d irig idas a alguien aunque nosotro s no po damos verlo. Lucha con tra
su so le dad galopante gracias a esas conv ersaciones, inclu s o le h abla a la
Virgen:
“T ú y tu Hijo bendito lo sabéis todo… ¿A qué viene
esto? Tú m e conoces mejor que nadie, y n o digamo s nada tu
Hijo. A veces pienso que debéis reíros de mí y tenerm e una
lástima espantosa. ¡ Estoy tan sola! Sólo os tengo a v osotros y
a mamá ” (2000:268).
262
El segundo de los elementos que fo r man esa trenza de la no v ela e s la
ciudad de Tán ger com o espacio único en el que se desa rrolla la historia que
Vázquez n os está contando. La casa, la p lay a , las pastelerías, el cem enteri o,
las sa las de cine, o el Teatro Cervantes son todas piezas imprescindibles de
ese Tánger internacional que se desmorona en paralelo a la vida de Juanita.
Tal como afir ma Raf aé l Gullón el espa cio liter ario es e l del texto; a llí existe y a llí
tiene vigencia. Lo que no e s tá en el texto es la realidad (1980:2), Tánger al
adoptar la forma literar ia, el T ánger d e Áng el Vázquez , pasa a tener una forma
espacial concreta tan p ronto se inicia la narración: “ ¿Dónde has esta do esta
mañana, mi bueno, te caiga lo que te ten ga que cae r? Un paseíto por el
bulevar. Has comprado unas revistas y te ha s sentado en el café de París ”
(2000:199). El espacio narrativo se apodera d e la obra desde el co mien z o. E n
la n ovela todo es Tánger. Representar T ánge r con palabras es el único o bjetivo
del autor. La f icción novelística solo existe mientras Vázquez esc r ibe sob re el
Tánger que quiere con serv ar e n la memoria. La decisión creativa consiste en
identificarla plenament e co n Juanita Narbon i , la vida pe rra de am bas correrán
en paralelo, será imposible discriminar en tre ellas. A l ide ntific ar Tánger y
Juanita, al darle f or ma d e mujer lo que está h aciendo es humaniz ar la realidad ,
“ pues ante la con s tatación de la dificultad de entender e l espacio en abstracto ”
(Gullón, 1980:5) el escritor opta por dos decisiones: por un lado, hacerlo suyo,
Tánger ya solo existe en sus palabras; y por otro, recorrerlo. Se deja dominar
por la ciudad y al hacerla tangible y creíble pasa a ser nuestro único espacio
real en el que inst alarnos. Desde su visión y su mem oria crea ese Tánger al
que nos traslad a y con el tiempo pa s a a existir, criticand o lo que no le gusta.
263
Juanita no entra en política, pe ro matiza sus opiniones . Con un verbo
incontinente nos traslada a un espacio literario desde la visión colonialista de
quien no entiende por q u é las cosas tienen que cambiar:
“¡ Qué soled ad! É sa es la finca de los Madison, lo que
quedó. Aquellas f i estas… mamá me las contaba. Lo que
quedó. Esta ciudad se está pu driendo, en cualquier pa rte d el
mundo esto se rí a un solar rentable. Hasta los Lyons se fue ro n.
Ya no queda nadie. Cuatro gatos. Empleadi tos de los
consulados con las caras amarillas, siempre tuvier on mala cara
y mal carácter (…)
“Mira, mira e n torno tuyo, mi reina. Desciende de una vez
de ese m aldito autobús y contempla e l panorama. Demasiado
iluminada, esta ciudad siem pre ha sido un carnav al. L o m alo e s
que ante s era un ca r naval alegre, y esto , esto es de lo peor.
Una imita ció n. Con bastante m al a pipa , las cosas como son. Se
acabaron los v elos y los jaiques, y el barnús y la y ilaba, todo lo
que para nosotros tenía e l encanto de lo ori ental. Mira éste que
llevo delante : los pelos largos no van, mi vida, cu ando se tiene
los pelitos como tú, rizados, el progreso resulta un problema
(…). L os tacones, mi bueno, no se puede pasar de las
babuchas a los tacon es de la noche a l día. ¿La oíste Ju ani?
Ahora t odos hablan f r ancés y p asan por tu lad o como si n o
existieses… Claro, hemos pasado nosotros tantas veces por el
lado de ellos co mo si no existieran, qu e esto es la revancha.
Se cambiaron las to rnas, m i vida. To do cambia. Se rá p or b ien .
No veo el bien por ninguna pa rt e pero bueno está en decirlo”
(Vázq uez, 20 00: 344-345).
Ese espacio tangerin o abstracto se tran sf orma en la concreción más
tangible gracias a Juanita Narboni. Adopta su f orma a través de su palabr a y
270
de los cristales biselad os de su dormitorio a Ángel Vázq uez, en
pijama, de sc alzo, a hurtadillas, po r e l desolado pa sillo d e
maderas astilladas, a punto ya d e romperse, crujie ntes y
dolientes b ajo las p isadas de nu estro personaje, quien, ante el
asombro de doña Trinidad no entró en el lavabo, sino que se
detuvo ante la vieja estufa d e hierro que, a esas h oras, apenas
si co nservaba un leve f uego, un fuego lento y , agachándose,
abrió con cautela e l portillo de la estufa y co menzó a introducir
folios ha sta verlos arder con llama alta. Así con sig uió liquidar
los muchos folios escritos a máquina que llen aban dos carpetas
de hule neg ro (…) En aquellas carpetas de hule negro guardó
Ángel Vá z quez durante años to do c uanto escribía. A quellas
carpetas de hule negro tenían para Ángel Vázq uez un especial
significado. (…)
No puedo por m enos que testif ica r, a modo d e una
declaración póstuma, sobre e l contenido d e l os f olios
mecanografiados que Á ngel Vázquez quem ó en “La estufa de
La Bohème ” com o él la llama ba. Estos folios, para desgracia de
todos, eran sus dos última s nov elas a ún inacabadas. Y creo
estar en lo cierto al af i rmar que no les dio f in po rque sa bía que
su tiempo y el de sus novelas estaba ya contado.
Fue ron éstas d os nov elas sorprendente s . Y h ubieran
llegado a ser (de termina rlas) aún m ás sorprendente s que La
vida pe rra de Juanita Narboni . La sincron ía entre forma,
lenguaje y con tenido llegaba a ser en ambas n ovelas de una
perfección tan natural como asombrosa (…).
Se titulaban: Vera y El viaje de Jonás . En Vera tuvo muy
presente a u na pa rie nte mía ll amada Elisabeth, sie mpre en
equilibrio inestable s obre la cuerda f loja de esa folie de
grandeur que se apo deró de no pocos desterrados d e Tán ger a
la hora de soñ ar lo no vivido. El len guaje de Vera era un
batiburrillo de frases hech as y m al hechas en castellano,
271
francés, inglés, sin olvidar el italiano y el ruso, amén del jud ío y
del ár abe… Algo rea l mente d elirante. En su conjunto Vera se
nos a parecí a co mo u n collage de las llamadas “novelas
cosmopolitas”, tan representativ as de los años v einte y treinta,
donde todo pa recía adq uirir ese f also brillo exótico que se puso
de moda a imagen y se mejanza de las tan ridículas como
pretenciosas Exposiciones Coloniales.
La segunda novela, El viaje de Jonás – Ángel d udaba
entre llamarlo Jo nás o Jonasito - le e sta ba suponiendo un
esfuerzo tremendo. Los diálogos entre Joná s y la ballena eran
realmente insólitos. Siempre estaban discu tiendo, Jonás no
aguantaba la fo rma de navegar de la ballena: a tumbos, a
sobresaltos. La ballena le contaba que no tenía de recho a
quejarse p ues e n verdad era un polizón, n o un au téntic o
pasajero. Jonás s e negaba a ser e l j udío errante. Buscaba la
tierra prome ti da. Y mientras avanzaba al compás del vals de
las olas Jonás recorría medio mundo sin gastarse un cénti mo.
Al f in al – a la manera de ciertos cuentos judíos de los que la
novela de Á ngel Vázq uez pretend ía ser un reflej o un tanto
deformado- triunfaba l a inteligencia y la habilidad frente a la
prepotencia y la torpeza.
T ras que mar lo que el tiem po no le permitió a cabar,
porque como ya he dicho luchar contra el tiempo no luchó, al
contrario, se dejó arrastrar sin op oner resisten cia alguna, y con
esa su inconfundible manera de andar, como un robot, se
volvió a la habitación y se acostó (…)
Aquella no c he, tras quem ar probablemente (y sin
probablemente) sus te x tos m ás importantes, se volvió a su
habitación esperando co ger e l sueño y no despertarse jamás.”
(Sanz de Soto, 1991:90-95).
272
Así f ue el final de Á ng el V ázq ue z , acorde con cómo había viv ido. La
última noche, ta l como n os la relat a Sanz de So to, vuelv e a ser una escena
novelesca. La gran escena f in al de la película de la vida de este peculiar
escritor ta ngerino. Ahora toca añadirle u n apéndice final que termi na de cerrar
ese círculo literario que su puso su v ida. Cue nta Haro Tecglen (1998:42 ) en sus
memorias que al enterarse José Man uel Lara, editor de Planeta, po r una
llamada suya, de la muerte de Vázquez d ecidió que la editorial se hiciera cargo
de todos los g astos del en tierro. Tenía dinero. Ángel V ázq uez tenía sin cobrar
una pequeña fo rtuna en derech os de autor. L a ironía cruda de la realidad no
dejó de burlarse de Ángel V ázq uez nunca, ¿por qué n o sabía que ten ía ese
dinero? ¿Por qué la editorial no lo buscó antes? Tal vez no h abrí a muerto d e
desesperación, no se hab rí a dejado morir e n la m iseria triste del que se da por
fracasado. E specular desde la perspectiva de los año s transcurridos es fá cil,
pero d esde lue go, su fin al con fu neral costeado a carg o d e la editorial Plan et a
bien parece la última gran broma del destino.
Concluimos el estu dio de Án gel Vázquez con la ce rteza de la
importancia que este autor tien e p ar a l a literatura tangerina. Es miembro
innegociable de la literatura m enor tangerina escrita en español. Por fin este
autor inclasificable he encontrado su lugar. Vázquez supo ne un hito, un punt o
de inflexión en e s e desarrollo literario tangerino . Cumple con las características
que le d ieron Gu attary y Deleu z e a la literatura menor pu es el conjunto de su
obra da voz a tod os esos tangerinos qu e se sintieron desolados ante la
incertidumbre de futuro.
El e x ilio, las d udas por no saber a ciencia cierta dón de ins talarse cuando
su único lugar en el mundo había sido Tánger hasta e s e momento . Ponerle
273
palabras al he cho de reconocer la realidad y asumir que Tánger pasaba a ser
una ciudad ma rroq uí más necesitó d e una pluma desgarradora para ponerlo
por e scrito. Ahí radica la importancia d e Vázq uez. Y esto, sin perder d e vista la
repercusión que tuvo el h echo d e que elig iese el idioma de los tangerinos p ara
escribir. Su literatura se va llenando de modismos locales. La haquitía se
apodera de la obra y adopta f orma literar ia en boca de Juanita Narboni. Tánger
como espa ci o literaria ad opta su forma más sublime de manos de Vázquez.
Tánger y Juanita ya son indisociables.
4.2 Ramón Buenav entura
“Vivimos para ir olvidan do, tranquilamente la vida • El
presente es una sensación instantánea que a penas deja
muesca en la m emoria, o ca si nunca • Al f inal, y m ás allá del
final, alguien ha de ocuparse de recordar por noso tr os. Mirar n o
es vivir (se le parece) (¡ ta nto!) ” (Buenaventura, 2013:31).
Hemos dicho que p ar a los e scritores tan gerinos la autob i ografía era el
modo imprescindible de a cercarse a la literatura y e sto Ramón Buenaventura l o
ha cump lid o a l p ie de la letra en cada una de sus obras, tanto narrativas como
poéticas. L a literatura tangeriniz ada de Ramón Buenaventura f orma el co rpus
literario de este escrito r experimen tal, casi e n su to talidad. “ T ánger es m ío y no
pienso compartirlo con n adie ” (Lasheras: 2010:1), puede ser el resume, la i dea
motora de la literatura de Buenaventura.
La biografía de e st e in ternauta empedernido -Ramón Buenav entura e stá
siempre conectado- podemos rastr earla en su s d iv ersas páginas. Ha tenid o
varios blogs. Actualmente tiene en funcionamiento El librillo de Ramón
274
Buenaventura
117
, aunque es realmente activo en facebook. D esde e l b log
tenemos acceso a un enlace con su primer blog P áginas de Ram ón
Buenaventura , donde encontramos lo que entiende por un a biografía suya:
“ Ramón Buenav entu r a nació en la Ciudad In ternacional
de Tánger el 25 de junio de 1940. Su c arrera literaria se inició
en 1978 con la aparición de Cantata S oleá , u n largo po em a
que empezó a escribir e l 20 de n oviembre de 1975. L ueg o ha
publicado o tros libros de poesía, tres novelas, u na recopi lación
de cuento s y más de cincuenta traducciones, principalmente
del inglés y de l f rancés. Hast a su jub ila ción en 2009 f ue
profesor en la Facultad de T raducción del CES Felipe II de
Aranjuez. Vive en Pozuelo de Alarcó n”
118
.
En otro apartado del blog, que con su ácido sentido de l humor titu l a
¿Quién demonios es e ste señor lla mado Ramón Buenaventura?, sí po demos
obtener más información so bre su biogra fía, pero manteniendo el talante burlón
e irreverente q ue l o caracteriza. Resulta int eresante su lectu ra pa r a
comprender la vida de Ram ón Buenaventura, sus a v atares, y así com prend er
después su literatura:
“(…) Una vez deste rrado de T ánger, tras la independencia
marroquí, e incrustado en la mugrienta España de 1958, el
hombre estudió sus cositas (…) en 1 967 llegó a la conclusión
(in)justificable de que n o había venido al mundo mu y dotado de
libre albedrío: o se acostumbraba a n o comer ni beber, ni - ni - ni -
ni, o se ponía al servicio de una gr an m ultinacional
angloholandesa (…). A p artir de 198 4 se errad ica del m undo
empresarial puro, duro y cruel, para se m brarse en e l h uerto
editorial (…).
117
https://rbuenaventu ra.wordpress.com/
118
http://www.rbu enaventura.com/index_do s.htm
275
Pu blicó su primer libro en mayo de 1978. Antes había
terminado cinco novelas (todas ellas hechas trocitos y
arrojadas a la basura a mediados de los o c henta, m enos dos ,
una publicada luego y otra iné dita p ara siempre) y, por lo
menos, seis colecciones de po esía (algunos de cuyos poem as
se recog en en una anto l ogía poste rior, pero ta mbién con
vocación de b asura, en su mayorí a). Canta ta So leá se titu lab a
aquel tomo de colo r e scatológico, uno de los primeros
publicados por Jesús Munárriz en su Hiperión. En años
sucesivos, siem pre en la misma editorial, fu eron apareciend o
nuevas obras: Tres movimientos , Ejem plo de la dueña
tornadi z a , Arthur Rimbaud , Vereda del Gamo , Los papeles del
tiempo , El abuelo de las ho rmigas, Las Diosas Blancas .
También ap rovech ó los ratos libres para tradu cir quince o
veinte l ibros de l francés y del inglés (…).
En 1988 gana el prem io Miguel Labordeta y al año
siguiente aparece en Plaza & Jan és el libr o ganad or, Eres . La
editorial tenía el compromiso previo de publicar el prem io y
resuelve su apuro incluyendo la o bra en una se rie más b i en
bestsellera . Se venden m il y p ico ejemp lar es. El resto, hasta
3.000, acaba saldado en El Corte Inglés (patria y hoga r d e
todos los consumido re s españoles) (…)
Vien en a con ti nuación unos siete años — los años de
Alfaguara, los añ os de la Facultad — m uy difíciles de explicar.
No se explicarán, o se hará e n otro moment o, con o tras ganas.
En marz o de 1998 aparece en Editorial Debate, tras haber sid o
rechazada por SEIS editoriales, en algún caso con verdade r o
desprecio, la novela El año que viene en Tánger, prem io V illa
de Madrid, «Ramón Gómez de la Serna», 1999 (…).
Hace ya casi ocho años que R.B. dejó de ser inmo rtal, y
no pien sa preocuparse demasiado por la inminenc ia del
276
desastre. Podrán con él, sin duda, pero todavía no. Su cadáver
está demasiado viv o para la autopsia. [Piens a él.]
Com entario p osterior: Este texto se me ha quedado
viejecito, el p obre. Como mínimo, co nvien e ind icar que en
octubre de 2000 apareció El coraz ón an tiguo (Debate) — otra
novela — , y que e n sep tiembre de 2001 se pu blicó el libro de
relatos La memori a de los peces (Muchnik). He term inado
varias tradu cciones nue v as. Hay en marcha una no v ela,
también. Que ganó el prem io Fernando Quiñones en
noviembre de 2004 y se publicó en Alianza Editorial e n marzo
de 2005: E l último negro ”
119
.
Estos fragmentos d e su biograf í a nos muestran el carácter ácido y
desafectado de Ramón Buenaventura. Son la clave p ara entender la evolución
de su producción creativa y la con stante ne gativ a d el auto r a contin uar
escribiendo. Pero, como él mism o decía, la semblanza se ha vuelto a quedar
viejecita . Tras mu c hos años sin querer escribir , f inalmente p ublicó su -hast a
ahora- última novela N WTY .
Por otro lad o, en Noviemb re de 2016 le f ue con cedido e l Premio
Nacional a la ob ra de u n trad uctor. Prolífico traductor del francés y el inglés,
lenguas que para un ta ngerino como Buenav entura son casi m aternas :
“ Nosotros somo s p ers onas c on len guaje propio, sin raíces vivas, si n memoria
común a la que un lector pueda remitirse, ¿sabes? Yo ca si siempre escribo en
francés y él en ca stellano, p ero el idioma es e l mismo . Es el tangerino que no
nos dejaron terminar de ap render ” (Buenav entura, 1999:93), nos cue nta Le ón
Aulaga, protagonista de El año que viene en Tánger , a c erca de esa len gu a
tangerina de la que Ram ón es hijo aventajado. De este modo, Ramón
119
http://www.rbu enaventura.com/index2.ht ml
277
Buenaventura añade un merecido reconoci mien t o más a su labor
120
. A su
profundo conocimiento del francés y de l inglés hay que a ñadir la e leganci a de
su español, la a gil idad léxica y la ca pacidad co municativa de Buenaventura,
rasgos esenciales pa ra un b uen trad uctor. E sta faceta de su trabajo l o
encadena directame nt e a la esencia del proyecto que ten emos en tre manos.
Ramón Buenaventura fo rma pa rte de esa literatura menor Tan gerina. E l
lenguaje propio del que hablaba Aulaga, ese español tangerino que tan bien ha
sabido trasladar a las páginas en blanco es s u llave de a cc eso.
En cuanto a las otras dos caracterí sticas de la literatura menor: la
esencia política y el valor colect iv o de lo escrito , también se re flejan en la
producción literaria de Buenaventura al adoptar su obra caracterí sticas de la
literatura de exilio. Toda la producción literaria de este a utor h a sido escrita
fuera de Tán ger, pero toda ella gira e n torno a esta ciudad. Por ta nto, e l
sufrimiento indiv idual de Buenaventura a l pone rlo por escrito se transforma en
la voz de todo el conjunto de ex iliados tan ger ino s.
El co ntex to tangerino tras la incorporación de la ciudad al reino de
Marruecos hace que cada cual de s arrollase u na identid ad propia en f unción de
su interpretación de los hecho s, al rond ar con la palab ra y de sde sus recuerdos
ese exilio, Ramón Buenaventura es el altavoz de tod os aquellos que se
identifiquen con él. El español como le ngua del ex ilio tangerino le v ale al
escritor pa ra hacerle frente a la incertidumbre, a l miedo ante lo desconocido, a l
desencanto por la vida sórdida de la Península. Lo utiliza p ara mantener el lazo
con sus raíces tangerina. Tánger se apodera una v ez m ás de la obra de un
autor, se transforma en palabras. Cumple las condicion es de la lite ratura
120
Lista de obras t raducidas, véase Anexo 38
278
menor, e l problema indiv idual de cada tangerino se convierte e n gene ral en
manos de Buenaventura, y sus obras pasan a ser el ámbito per f ecto desde el
qu e hace r crítica de un espacio y un tiempo que necesita n ser analiz ado s .
Debemos preguntarnos en t onces, como hace S ánchez Cuervo (2012:204) si la
literatura tangerina de Buenaventura es “¿historia o memoria ?”.
Con la memoria se permite acceder al pa s ado i ndividual y, al igual que
Proust e n En busca del tiempo perdido , los recuerdos se vuelven una f orma
peculiar de auto c onocimiento (Vite, 2012:35). Como el e scritor f rancés,
Buenaventura se vale de la memoria para contarnos el efecto que el recuerdo
produce en su pe nsa miento, en su lugar en e l m und o, o en la deriva de los
acontecimientos. En definitiva, la memoria se apodera de su historia tan gerina
hasta el extremo de h i bridar los géneros llevándolos a l límite. De tal modo que
hay secuencias de sus obras dur ante las que los lectores no acertamos a
diferencias entre realidad y f icción, hasta el punto de que e sa diferencia deja de
ser imp ortante. Si la literatura d e Buenaventura es historia o m em oria e s una
pregunta sin respuesta y sin nece sidad d e ten erla. Al igual que Proust en
palabras de Vite (2 012:37): “ Proust no en tiende e l regreso al pasado
únicamente como un me canismo gnoseológico, co mo un proce so psicológico
como u n experimento científico, sino más bien como una bú squ eda pe rsonal,
cuya meta principal consistirá en recobrar lo aparentemente irrecuperable ”
La obra creativa de Ramón Buenaventura debemos dividirla en tres
apartados. Por un la do los ensayos, d edicados a t emas diversos co mo el
Esbo z o biográfico de Arthur Rimbaud (1984), o ma nuales sobre internet, Las
respuestas: lo que u st ed siem pre q uiso preguntar sobre internet (1999). Sob r e
este tema además tuvo una columna entre 1 997 y 2005 , en El Sem anal de El
279
País . Especial mente i mpo rt ante fue su antología La s Diosas blancas: antología
de la joven poesía española escrita por mujeres (1985). Una obra de gran
repercusión por lo innovador d e su planteamiento, a l dar únicamente voz ,
desde sus páginas, a mujeres escritoras. Algo insólito en su momento.
Por otro la do, la poesía y por último, la prosa, género s en los que Tánger
ya sí aparece , se asienta y acapara su producción. Ramón B uenav e ntura m ira
el mundo a través de Tánger. Y así lo deja por escrito. Su mirada tangerina es
la particularidad esencial de s u o bra. La dedicatoria de El año que viene en
Tánger así lo certifica:
“ León Aulaga y Ramón Buenaventura ded ican este libro
a la diáspora tangerin a; a todos los nuestros que no están en
casa; a todos quien es llevaron la llave de T ánger en lo más
profundo de l a añoranza.
E l año que viene en Tánger, iá Juan ” (1998:7).
Al leer su s libros con cluimos la im portancia que la ciudad de Tánger
juega es su ed ucació n sen ti mental. La ado l escencia, como m om ento vital de
inflexión para cualquier persona, coincidió, para Ramón, con la certez a de que
ese mundo tangerino en el que se h abí a criad o iba a dejar de existir ta l como lo
conocía. Por eso escribir sobre Tánger, al no poder hacerlo desde ella, se
convierte e n e l mo tor último de su literatura. A pesa r de ello, su caráct er le
impide a cept ar la nostalgia. Son m uchas las f ras es de di cadas a e s a pérdida del
paraíso, sin mitos, sin fantasías, simplemente a la realidad de lo que vivía hasta
el momento en el que el n arrador fue expulsado de su escenario/ciudad.
286
estaba metido en el mundo literario; segunda y a lg o men os
absurda: de que si quería seguir ade lante tenía que renunciar
en gran m edida a mis caprichos formales”. (Buen avent ura,
20 12:3- 4)
Como poeta de bemos agruparlo e n esa generación de nacidos después
de la Guerra C iv il que com enzaron a publicar sus p rimeros libros en la década
de los sesenta. Aunqu e e n el caso de Buen aventura su primer libro de poesía
apareció en 1978 – Cantata S oleá -, escribía desde muy jove n, y de esto
tenemos certeza gracias a los poemas fechados de L os papeles del tiempo ,
publicado en 1984, pero q ue recoge escritos entre 1956 y 1966. Su obr a
poética reiv indica la d esinhibición de trabas grupales (Provencio, 1988:45). Es
un h eterodoxo en e sencia. De a hí que podamos incluirlo c on la generación de
los Novísimos, para los que “ la poe sía es, ante todo y sobre todo, una m aner a
específica de trat ar el len guaje, cuya dignidad no deb e me nosca barse en aras
de ninguna perceptiva temática ” , c omo explican F anny Rubio y José L uis Falcó
(1984:75). Su objetivo poético es crear belleza, luchar desde la cultura
establecida con un ejercicio contracultural q ue se transforme en versos que “ se
erijan en denuncia de los aca rt onados po stu l ados poéticos que h abí an
imperado en nuestro país ” (Rubio y Falcó, 1984:78).
Para lograr este ob jetiv o , los n oví simos, los poetas de la década de los
setenta, y Ramón B uenaventura en tendiéndolo a su modo, utiliz ará n la
metapoesía como un recurso esencial de su ob ra . La poesía en sí misma , su
defensa y e l ensalzamiento sería uno de los ob j et ivos primordiales para
proclamar así la autonomía de la o bra de arte (Rubio y Falcó, 1984:86) Esta
postura poética la encontramos reflejada en muchos de sus p oe mas, como el
287
hermoso a legat o titu la do “Billete dulce a los po etas”, cuyos versos finales son
de una fuerza insólita:
“ Cada verso un intento de homicidio.
Lo único que cuadra
es que no quede piel bajo careta,
que salgáis de debajo de los libros,
que os espulguéis las citas,
que implantéis el desorden en todos los archiv o s,
que dejéis de contar bellez as con lo s dedos,
que habléis en vuestro nombre,
solamente,
que no toméis prestado el sentimiento.
Poetas,
a la calle :
anegad el poder,
danzad las dictaduras,
brincad los apellidos,
pecad contra el dinero ;
delinquid,
que el que no es delincuente no es poeta
y no hay más ser humano que el poeta.
Poetas, po r favor, cread el mundo (1 981:49-51).
Este es su testamente po ético. Buenaventura es un e scritor libre de
ataduras, ajeno a toda norma, a parte de la necesaria búsqueda de belleza. É l
lo llevará a ca bo e n cada uno de sus v ersos, en ocasiones con apue sta s más
complicadas que resultan inclus o incómodas p ara el lector, pero que logran l a
intención de mantener nuestra atención, co mo él dice inspi rado en e l
288
“ antecedente literario de Mallarmé, y sob re todo de los recursos pub licitarios ”
(Buenaventura, 2012:2 ). Destacamos, por ejemplo el p oe ma “Ínfulas ” en el que
combina versos cortos con prosa poética, da saltos de línea que rompen el
ritmo natural de la lectura, palabras en negrita o en cursiva, o repite de un
modo insistente f órmulas que le sir v en para ref orz ar el tema del p oema, una
vez más la ese ncia de la poesía. Pue s para Buenav entura la poesía es el mejor
vehículo para hablar de la propia poesía:
Consumidos los ojos,
la duración anida en las palabras:
tendrá que abandonarse a las grandes rameras,
carísimas y ariscas
del diccionario.
LO CU AL demuestra que saciamos el conocimiento co n cu alquier
equilibrio volátil de palabras.
LO CUAL demu estra que la ciencia, lo ci entífico, el dato sa lv aje,
aquellas « cosas de las que nunca deberíamos haber oído
hablar » (gemía Yeats), son accidentes, porque sólo funcionan ,
sin alegar significado.
LO CUAL demuestra que la idea y la f orma carecen de significado,
que son percepciones acomoda ticias de la llamada realidad.
(1993:13 -1 4)
A la ne c esidad genera cional d e defender la obra poética po r encima de
postulados políticos o te óricos, pa ra a lejars e de la poesía escrita hasta ese
momento en la peníns ula, Ramón Buenavent ura cuenta con una a y uda externa
que se une a la voluntaria. T ánger es para Buena v entura esa d if erenci a
289
cualitativa que lo caracteriza respecto a los d emás poeta s de su generación.
Habiendo pasado la infancia y juventud en el Tánger de la época más álgida –
tras la segunda guerra mundial- la fa lta de censura, el acceso a todas las
publicaciones que l legaban de otros p aíses y que e n Espa ña eran casi
imposibles d e conseguir, hacen de su poesía u na isla de peculiaridades. Gran
conocedor de lo que se estaba haciendo en otros lugares y con la impronta
tangerina como aporte de be llez a a ñadido a sus palab ras . Con la peculiaridad
de percibir el mundo desde otro punto d e v ista, siempre má s subli me,
Buenaventura se enf r enta a sus poemas sin ataduras. Le emos en un poema
dedicado a la memoria esa ne c esidad adolescente de vida, por el que Tánger
se a soma en el té y la yerba verde , más incluso e n ese Mundo recién pintado
desde el que un Ramón jov en n o s asoma a sus recuerdos:
“De qué tiempo”
a. Recuerdo
Hermosos y jóvenes éramos;
paganos con el pelo enfurecido
de té y de yerba verde.
Mundo recién pintado,
clarinazo de flores
rojas, silvestres, regaladas.
Amar como cachorros, con los músculos.
Revoluciones no: vivirlas. (1981 : 38)
Los papeles del tiem po (1984) es el libro de poemas en el que m ás
versos dedica a Tánger, desde el do lor del exilio escribe sobre su s recu erdos,
su memo ria, en definitiv a , acerca d e esa necesaria belleza de juventud. Los
poemas van fechados y fue ro n escritos una vez que el po eta se hab í a visto
290
abocado a a bandonar su ciudad, su m undo, su referen te primario. Es el intento
de Buenaventura de conjurar los recuerdos, de hace r lo p osible para que no s e
le b orren de la m emori a. Co mo él diría años después en e l poemario Teoría de
la Sorpresa : “ La poesí a es el arte de protagoniz ar la historia/sin tocarla ” (1993:
12), esa n ecesidad de p rotagoniz ar su p ropia histo ria es lo que Ramón
Buenaventura ha hecho tod a su vida a travé s d e la literatura. Le amos alguno s
de los poemas de Los papeles del tiempo d edicados a Táng er:
“Recortes”
Entre ovillos de sol, por el pinar,
yo existía en las manos y los ded os.
De verde, contra azul, al pelo rubio.
Crujían las agujas;
y los flecos del viento
nos presagiaban telarañas
en los cascotes del paisaje.
Ni el águila, ni el bosque, ni la playa,
ni tú:
nada estará en su sitio cuando crezca
la tierra del exilio.
Los instantes no entienden la lengua de los hombres.
Mektz ub .
Sevilla: noviembre 1957 (1984:2)
“Charada romántica”
Aquí te espero: breve y a horcajadas
en la rama de pino
que cuelga sobre el mar
291
(las olas acarician
mi posible cadáver).
Estoy tratando de enhebrar mis sueños
en el ojo de la aguja
de lo real; y duele.
Calma chicha: el Estrecho
de corrientes cuajadas,
el pedregal hispano al otro lado;
un petrolero yerto;
un sol etimológico.
No volv eré a m i tierra nunca más.
Pero jamás me moveré de aquí.
Ven a buscarme.
Tánger: julio 1958 (1984:9)
Estamos leyendo esos poemas que le salen al escritor desde e l m ás
profundo de sus pesares. Su dolor a nte la certe za de que ya nunca volverá a
su Tánger es el que lo mue v e a componer estos versos de d espedida, a utilizar
la p alabra como última herramienta ante lo inevitable, pues como él mismo ha
escrito el nombre/dura m ás/qu e lo nom brado (1993:40):
“Adiós”
Andrajoso de nubes,
el cielo mira al suelo.
Viejo Cronos,
con su reloj de lágrimas. Me marcho .
292
Ninguno de estos versos me ha servido de nada.
He intentado quedarme
con Aicha Jandicha.
He intentado perderme
por el sendero rojo entre chumberas.
He intentado arbolarme en eucaliptos.
He intentado esconderme
en una de mis tumbas.
Es inútil. Me marcho .
Viejo cielo andrajoso.
Tánger: agosto 1958 (1984:10).
Sus poem as son cantos a la poesía en s í misma, y esa necesidad
poética d eriv a d e su Tán ger perdido, de la nec esidad de d arle con las palabra s
forma a la realidad, al p asado, al recuerdo . Llenar de c ontenido las palabra s
que utiliza, del contenido de su propia vida. En el poemario Teoría de la
Sorpresa , de dejó escrito el deseo, o la necesidad de escribir:
“ Sopo rta los rigores del olvido, como todos los hombres
(casi, pero un casi aritm éticamente desp reciable) los han
soportado antes que tú. Ser humano es ser olv idado
irrev ocablem ente. No sabrán tu ex istencia quienes llev en t us
genes al futu ro. El olvido es co ndi ción inexcusable d e lo
humano. El protagonis ta va o lv idando su v ida, va reciclán dose
en presente , apuntalado en vagas morriñas de rea lidades
falsificadas por la memoria …
La so rpr esa, no obstante:
esa luz incendiada en el pelo
293
de un poema de bronc e ” (19 93:40).
Y con estas palab r as no s ayuda Buenaventura a enlazar con su obra
narrativa, pues sus novelas form an un conjunto movido ú nicamente para
“ soportar los rigores d el o lv ido ” , por la necesida d de dejar por e scrito e se
Tánger particular. Ante la pregunta , en una e ntrevista. d e si se considera un
desterrado emocional, B uenaventura respondió: “ Nunca he su pera do del todo
el destierro de Tánger. Hay una f rase de Saint - Exupèry que dice “yo so y un
desterrado del país de la inf ancia”. La m ía e s T ánger ” (Ley ra, s.d.) y con esta
respuesta en la mente es como vamos a a cercarnos a las cuatro novelas
centrales que c ompo nen s u obra narrativa dedicada a T ánger. Se r á la histo ri a
del Tánger que él vivió y pudo cono c er, su Tán ger real, a unque con el m atiz de
que e sa rea lidad se a únicamen te su y a y d e los person ajes – c ada u no a su
modo, alter ego del propio autor- que lo acompañan por las novelas. Lo qu e
Bu enaventura escribe se queda encapsulado, pero no mitificado, necesita
acercarse a su paraíso perdido para e v adirse. E sta necesidad alcanza su
máxima expresión en la última novela, NTWY , publicada e n 2 013, donde crea
una realidad paralela, una Tancha Alqadi ma -Tánger la vieja-, como la llama:
“ Estamos en mi territorio v irtual (…) Es decir en el
territorio virtual de Tancha A lqadi ma que es una rep roducción
exacta, solo que sin f rontera s terrestres, de nuestro Tánger. L a
Ciudad Internacional de m ediados de lo s años 50 en que
fuimos fe lices, p ensan do que serí amos fe lic es e l futu ro entero ”
(2013:26).
La obra narrativ a de este escritor experimental necesita de la actitud
activa del lector, Buenaventura no quiere lectores pasivos (Castilla, 1998) ,
294
necesita lector es mach os
124
, que diría Cortazar, que luchen por entender dónde
quiere llev arlos el escr itor, que en el caso de Bu enav entura, es llevarno s hast a
Tánger. S u obsesión por los jue gos tipográficos y las distribuciones d el te x to en
las páginas v a a ser un o d e los aportes más llamativos de su literatura. S u
estilo, precursor de la generación Nocilla
125
, se basa en el sincretismo artístico,
de ahí que cuando Buenaventura dice que la apuesta de los nocilleros , como
lo s llama, no tiene nada de m oderno (2012: 6 ), e s así. La utiliz ación de la
imagen y el sonido como comple mentos paraliterarios de sus novelas, ya lo
intentó Buenaventura d esde la década de los sete nta, cuando las posibilidades
técnicas lo hacían casi imposible.
Sus primeros intento s na rrativos datan de 1958, pero hasta cuatro
novelas fueron quemadas sob re e sa fecha , entre e llas Retablo del mal amor y
Tal vez vivir, la única que conservó y a partir de la que f ue desg ajando las
novelas que sí ha visto publicadas. Tal ve z vivir era su despedida de Tánger,
esa apuesta por seguir v iviend o después de tene r que irse. Fue la semilla de la
que años más tarde crecieron las d emás, c omo dijo en una ocasi ón: “ empecé
una n ovela que iba a ser la única que escribiese nunca, porque desde ese
principio en adelante m e pensaba pasar toda la carrera literaria contand o la
vida de esos mismos personajes, según crecían conm igo ” (Buena ventur a,
2012:2). Sienta las base s de esa esencia tangerina, conjunto de recuerdos
124
Durante las entre vistas concedid as tras la publicación d e El año q ue viene en Tánge r hizo referencia a
este deseo en varia s ocasione s. Véase: Castilla, 1998; Lor enci, 1998; P ertierra, 1998.
125
La Generación N ocilla, ta mbién con ocida co mo co rriente Afterpop , o La Luz Nueva, se trata d e un
grupo de escritor es e spañoles nac idos entre 1960 y 19 76 con un a ap uesta literari a ar riesgada y
experimental. El no mbre les viene d el título de la trilogía No cilla Project de Agustín Fernández Mallo
(2006 - 200 9), inspirado en la canción N ocilla ¡Qué merienda! Del grupo de música Sinies tro Total . Entre
sus característica s destaca la fragmentación de los textos, l a interdisciplinaridad , el a salto de intern et a
la literatura, el colla ge, o la hibridación de g éner os litera rios. De los miembros del gru po destacan:
Vicente Luis Mora, Jorge Carri ón, Eloy Fernández Po rta, Javier Fernán dez, Mario Cuenca Sand oval, Lolita
Boch o Agustín Fernández Mallo, entre otros. V éase b ibliografía: Azancot (2 007); F ernández Porta
(200 6); Mora (20 07).
295
cargados de un sentimiento de superioridad, de re chazo a la vida, que se ve
obligado a asumir en España, tan evidente en todas sus novelas.
Su primera novela pub licada Ej emplo d e la dueña tornadi z a (1981a)
empezó co mo la apuesta más radical por su f orma literaria. En este prime r
intento narrativo d e Buenaventura podemos rastrear la influencia de José María
Guelbenzu, quien con su n ovela El mercurio (1968 1ªed.) incorpora p or pri mera
vez a la novela e spañola los procedimientos joyceano (Gimferrer, 1968 : 38).
Ese deseo de plan tear la novela como un ejercicio esté tico insólito,
experimental y de renovación d e las estructuras hasta entonces habituales de
la novela espa ñola. Del mismo m odo, no podemos pe rder de v ista la
importancia de la novela Larva de Julián Ríos (1983, 1ªed.), pues su ruptur a
estética y su e xperim entalismo son básicos p ara comprender la literatura de
Buenaventura. Co n Ejemplo de la dueñ a tornadi z a p retendía componer una
novela en al que cada página f uese como un cartel pub licitario, un anuncio.
Azorado por la juv entud y los impulsos creativos d e esta etapa de la vida
Buenaventura creía que “ poseía el f uturo y por consiguiente también el pasad o ”
(Buenaventura, 2012:2) y podía escribirlo t odo. Para ese prime r inte nto de l a
que pretendía se r su única novela , planeó crear un conjunto de varias o bras
orquestadas entre sí. Debía poder leerse de mo do independiente, pero juntas
componían un conjunto ce rrad o. La lab or en e ste p rimer intento fue realmente
compleja:
“ Mi int ención era utilizar la tipogra fía y la di s po sición del
texto en la página co mo u n recurso expresivo suplem entario
(…) En 1966 yo ha bía empezado a trabajar en una in mensa
multinacional h olandesa (que ahora está ce rr ando su fábrica e n
Aranjuez, po r cierto ) en ca lidad d e lo que ellos llamaban
302
una historia real. Es e l ector modelo que somos al aceptar el parto ficcional de
cualquier n ovela, con Bu enav entu ra nos resulta complicado, no sabemos si sus
afirmaciones so n realmente verdaderas o si fingen serlo. Estamos an te unas
obras en las que resulta difícil dec idir si son autobiográficas, e n las que el autor
nos narra un rel ato ret rospectivo de su existencia; que sean u na autobiografía
novelada, en la que se incorpora f icción a realidad; o una no v ela autobiográfica
(Alberca, 2002:43-44 ), con una intención más ab iertamente f icticia, pero con
utilización de m oment os reales del autor. Resu lta difícil discernir cuá l es el
grado de ficciona lid ad de su ob ra. Se dirige al lecto r en segunda persona en
muchas ocasiones y parece que le habla, haciéndole olv idar el contrato , que
habíamos empezado ley endo una nov ela. Dice en El último negro :
“Qué he leído yo. No m e interesa la no v ela, e l relato
inventado: me irrita que m e cuenten engañifas, crecí en una
ciudad p atrañuela, me conoz co todos los cue ntos y sé q ue
ninguno se apli ca a na da. Quienes leen no v elas son unos
cobardicas, incapaces de e nfrentarse a las verdade ras
dimensiones d el hombre y de la historia. Prefieren cu entecillos
lógicos, resúmenes que les permitan contemplar la vida con
sensiblería y falsas esp eranz as”. (Bue naventura, 2005:220 -
221).
En d efinitiv a, e l conjunto n arrativo de Ramón Buenaventura co nf orma
una única novela de la m emoria, de su memoria a través d e la qu e reivindica
un pa sado que solo conocieron unos cu antos. Cuando empieza a escribir sobre
el Tánger d e la dé cada de los 60, ese que m arcó a fuego su vida, lo qu e
pretende e s ofrecernos una estampa de recuerdos, con la voluntad clara de
volver a dar vida a un pasado sin re fe rente di rect o más que en su m emoria.
303
Fue así como e n 1992 empezó a escribir E l año que viene en Tánger , la
que apareció publicada f inalmente en 1998 y recibió el prem io Ra món Gómez
de la Se r na en 1999. Esta n ovela fue una apuesta, con una estructura
absolutamente innovadora, heredada de esa intención poética que lo había
movido anteriormente. B uenavent ura crea una obra polifónica, compuesta de
varias p artes tan difere ntes entre sí que casi pod rían ser novelas por separado.
Podemos asemejarlo , p or su intención rompedora , con los escritos de Miguel
Espinosa. Cuando éste publicó e n 1974 Esc uela de Mandarines , como e x plica
Sobejano (1998:11 -20 ), “ su propósito ca rdi nal nunca f ue o tro que contrastar
unas sagradas e scritu ras (sob re to do las sagradas escrituras d e la inocencia)
con la futilidad y v enalida d de este mundo último ” .
Esa intención er a también la de Buenav entura. Podemos decir que
quería contrap oner sus sagradas escrituras tangerinas al inexplicable e inj usto
paso de l tiempo, a la ir ren unciable aceptación de l presente tal como viene, a la
vida que le to có vi vir ta l com o le fue sob rev iniendo, una vez e xpulsado de su
paraíso ta ngerino. Al leer cóm o surgió la idea de El añ o que viene en Tánger ,
encontramos de nuevo co ncomitancias co n esa suerte de a m bición
enciclopédica impresionante , como la describe Sobejano (1998:18). La
pr etensión de Buenav entura era crear u n mundo complet o para su p ersonaje,
en una entrevista d ijo: “ he utilizado gran canti dad de materiales que tenía y eso
va a d ificultar o tra nueva obra ” (Pertierra, s.d.). Vuelca en El a ño que viene en
Tánger todo aquello que quería que sus lect ores cono ciesen de ese T áng er al
que él tuv o acceso, de la v ida después de Tánger, de la s oledad y la añoranz a
de aquellos tangerinos que como él se quedaron h uérfanos d e juventud. C on
todo compone La enciclopedia de León Aulaga, protagonista de la novela:
304
“ Entonces, a mediados de los noventa, cuando nacía y
crecía internet, imparable ya, me entró el arrebato de
recuperarlo todo, de com pens ar de golpe tod as m is
frustraciones creativas del pasado.
A ver cómo lo explico. Una buena m añana me encontré
con que tenía otro m ontón de poemas inéditos susceptibles de
juntarse e n un libro, pero d e inmediato me cancelé la intención :
no quería v olver a publicar nin gún puñetero libro de poesía.
¿Entonces? Entonces, un mañana, cuando to qu eteaba la
biblioteca buscando a lgo, u n libro saltó de la estantería y vino a
caerme en un pie. Era Jo sep T orres Campalans, que t enía
total, comp l eta y a bsolutamente olvidado. Ya saben : un p i ntor
cubista q ue se invent a M ax Aub, ll egando incluso a cr e ar él
mismo unos cuantos cuadros que engañaron a muchos
expertos. Una div ertida broma que e n m uchas páginas alcan z a
un notable valor literario.
Era evidente que yo podía inventarme un po eta y publicar
mis versos iné ditos como suyos, a ver a quién engañaba. En
seguida pensé que debía, ademá s, hace rlo a lo grande , porque
la biografía de este p oeta me devolvía a mi proyecto inicial d e
libro único. León Aulaga sería un tangerino nacido un m es
después que yo, amigo íntimo mío hasta que la i ndependencia
marroquí nos mandó a ambos al destierro, parisino el suyo,
madrileño el mío. Sus da tos completos irí an presentados en un
CD Rom , n o e n un libro. Incluiría mi relato de su vida, pero
también toda su obra poé tic a, sus textos en prosa, sus cartas ,
sus diarios intermitentes, sus álbumes fotográficos, sus
músicas preferidas, el censo de su biblioteca y de sus libros
leídos, etcétera. U n considerable etcétera. El proyecto se
llamaba Enciclopedia de León Aulaga, poeta tangerino. La idea
base estaba cl arí sima: no se trataba de escribir un libro, sino de
hacer una aportación de m aterial casi en bruto referido a una
sola persona, dejando que e l receptor del trabajo accediera a él
305
como mejor le pareciese, en todo o en parte, empezando por
donde quisiera, s iguiendo po r donde le apeteciese. Una obra
de consulta sobre u n poeta i nventado. La novela total, sin
papel. Ya se f igurar án ustedes que no tardaron mucho en
caérseme los palos del sombrajo. Aquello era imposible, entre
otras razones, porque po día resulta r más caro, incluso, que
rodar una película. De dónde iba a sacar las imágenes, las
filmaciones, las músicas. Quién iba a posar p ara las fotos. De
dónde iba a sa c ar e l tiem po y la insp iración para redactar
tantísimos informes biog ráf icos que luego el lecto r leería o no ,
según su libre capricho. Comprendí q ue, una v ez m ás, me
estaba adelantando a l futu r o. Dentro de un os años, estas
cosas podrán hacerse, porque h abrá recursos técnicos que
permitan al auto r producir to do lo necesario, sin tanto esfuerz o.
Hoy est amos ya cerca de esta situación ” (Buenavent ura,
2012:5 -6).
Con este propósito es como logra que El año que viene en Tánger , sea a
la v ez una novela de amor, una h istoria de Tánger, u n libro de poe sía, un
conjunto de c uadros y resú menes sobre la v ida a mo rosa de León Aulaga, pero
sobre t odo el pri mer pilar de la historia c ompleta de su vida, y la historia
completa de su recuerdo de Tánger. Él sabí a que T ánger era la mejor excusa
para escribir, u na ciudad q ue y a er a literatura mientras l a est aba viviendo, pero
sin ser con sciente. Como escribe, recodar es de jarse m order el alm a (1998:
121): Ramón desde esta no v ela empieza a da r bocados a su alma si n
concesión a la pena o el dolor:
“Está b ien. Me gusta la idea de remachar mis días en un
simulacro d e ciudad que no se recuerda a sí misma, tras un
simulacro de v ida que no se recuerda a sí misma. Es algo tan
306
perfecto como la palabra “elegir” (vid. sup ra). Me recojo y me
echo en un en torno ciudadano que jamás ha tenido nada que
ver conmigo, para rematar un a ex is tencia qu e jamás ha t enido
nada que ver co nmigo. No sé si estoy seleccionando las
palabras válidas para que se lea la tragedia. Dicho de otro
modo: nos pa s amos los años iniciales de la vida
construyéndonos un yo que luego no nos sirv e para el resto de
la existencia. No todo el mundo, ya lo sé. La m ayor parte de la
gente se construye e l yo f also ya desde la inf ancia: un yo de
adaptaciones, renun c ias, astu cias, estrategias, prudencias;
programado para abrirse camino social con el menor daño
posible. U n pe qu eño porcentaje de los seres humanos, en
cambio, se ob c eca en la personalidad propia, en las ansias de
ca mbio. (…)
Y lue go se pasa el
resto de la vida comiéndose el yo con papas fritas.
Descubro, demasiado tarde , que vivi r en f als o no e s vivir,
porque la m emoria se niega a coleccionar los datos que
contradicen e l yo juvenil. Y , en horas de crisis, cad a vez que
queremos se r algo tenemos que volver al principio, lo único que
recordamos” (Buenaventura, 1998:158 -159).
Dos de los asuntos fundamentales de toda la literatura de R amón
Buenaventura son el amo r y el sexo. E l a mor platónico, el amor de juventu d
como recuerdo f eliz, el amo r difícil como pena a p agar, e l am or sin sexo, el
amor casto, toda s las posibilidades amorosas e x isten en las n ovelas de
Buenaventura, y planeando por encima de todas ellas está el sexo como
expresión máxima de libertad y en mu chos casos de fa lta de escrúpulos, como
muestra de triunfo, para León Aulaga, o d e f racaso para otros mu c hos
personajes. De hecho en esta novela se conv ierte en el hilo conductor de toda
la o bra. Una parte co mpleta d e El año que vien e en Tánger ( Otros escritos de
307
León Aulaga , pp. 319 -579), más de do scientas páginas, está dedicada a e ste
tema. El éxito de León Aulaga se mid e, en gran medida, por su éxito sexual:
“Cuando estoy levantándome suena el teléfono y, quién
menos, es Florence, la madre de Marga rita, comunicándome
que ya e s abu ela, que su hija acaba d e parir u n robu s to v arón
de cuatro kilos y lo que cuelga. Qué cosas. Que si sé p or
dónde puede andar su marido y recién a buelo. Que no lo sé
que acab o de despertarme tras un a noche de e s tudio y
meditación e interesantes su eños. No me pregunta por los
sueños, ni por el e studio ni por la meditación. Sonríe la voz y
comenta las barbaridades en que m e empeño, solo un pa r de
segundos para luego abundar en la alegrí a.
Que le cunda.
También con e lla m e he acost ado, claro. No lo gré lo que
más m e morbecía, bie n en tendu , es decir gozarlo con ell a p or
la m añana y con su hija p o r la t ardenoche. Ta l vez ahora,
pasadas una s semanas, con la depresión del puerperio
(Margarita) y e l rejuvenecimiento de la ab uel ez (Florence). L os
maridos suelen ratear en el puerperio, y las abuelas pocas
veces hallan aplicación de su retoñada sexualidad en el abuelo.
No es una “asignatura pendiente”, como d ice n los
españoles, siempre con trivialidades por diri mir. Es u n d ese o
sólido que vuelve a alzárseme.
Se cumplirá.” (Buenaventura, 1998:335)
Ese hilo conductor que es el amor hace que en esta nov ela,
León/Ramón se encuentre en un abismo, el de reconocer que ha recuperado e l
amor de su v ida, ese que se solapa con Táng er, ese que tiene sus recuerdos
unidos a los mejores años de juventud tangerina, y ahora al verse frente a ella
de nuevo, ta ntos años d espués, igual que f r ente a la ciudad internacional, y a
308
desconocida, León/Ramón siente el peso del p asado. El d estierro a l ig ual que
el amor perdido son dos sensaciones que nunca han abandonado al
adolescente ya viejo de la novela. Ese amor po r Kimberly, que así se lla ma, y
por Tánger tiene un de senlace que p odría mos def i nir como freudiano. Se
produce un punto de inflexión en la trama qu e supone un giro en el modo de
interpretar el T ánger que Ramón Buenav entura nos está m ostrando: León
Aulaga, tras muchos años sin volver a Tán ger, en un arrebato n ostálgic o
retorna a la ciudad, pues ha quedado allí c on K imberly , la mujer q ue recuerda
como el amor de su vida. Ahí, e n esa situaci ón y a idílica de partida , se entera
que tiene una hija, que Kimbe rly se fue a quél último verano de Tánger
embarazada, y que esa niña, hoy mu jer, se llam a Tánger. E l paraíso perdido, el
lugar de origen abandonado, ahor a tiene forma de mujer , de hija: León/Ramón
se adueña de sus recuerdo s y los transf orman en su fantasía últim a, son los
padres de Tánger:
“Me bebí una copa, qué remedio. Ella continu ó:
-El vig ésimo aniversario d el día en que nos conocimos f ue
el 14 de ab ril de 1984.
-Sí.
-En abril d e 1984, m i h ija... ¿Sabes cómo se llama mi
hija?
-No me lo has dicho, que yo recuerde.
-Se llama Tánger y ahora tie ne treinta años. Los cump lió
en mayo. Me quedé absorto, mirando el fondo del v aso vacío.
-Comprendes? – preguntó ella. No contesté en seguida.
Bebí un resto de lí quido que quedaba entre hielos, al f ondo d el
309
recipiente, para gana r un os segundos. Al f inal me arriesgué a
parecer un idiota y expresé lo que estaba pensando:
-O sea q ue Tagier es h ija m ía. Qu e l e p usiste Tánger,
para que se notara mejor (…).
-Qué culebrón- dije. Y me eché a llorar. No a sollozar,
comprendes: eran gruesos lagrimones que se me caían po r las
mejillas abajo, muy calientes.
-Ahora resu lta que Tánger es m i hija. Hércules y yo
tenemos una h ija que se llama Tánger. (…)
(…)A las doc e d e la mañana del 8 de agosto de 1 995 iba
a conocer a mi hija lesbiana que a cababa d e cump lir treinta
años y que había nacido ayer en la terraza d el Minzah, junto a
la p iscina, como consecuencia de una treme nda tro mpa de sus
progenitores. Qué iba a decir: que m uy bien , que viniera
Tánger, Tánger ente ra, q ue esp erase diez minuto s mientras me
daba una ducha y me arreglaba un poco, y que me in v adiese.
Kimberley sa lió d e la habitación con una s onrisa de ros tro
completo y yo me arrastré penosamente hasta el cua rto de
baño.
La niña . La niña se m e quedó p lant ada d el ante,
mirándome desde su m etro noventa y pico, co n las m anos en
los bolsillos del vaquero y un a expresión un tan to ambigua en
la cara, como dudando ent re arrojarse a mis paternales brazos
o hacerme una pedorreta . Igual que la otra T áng er, l a ciudad ”
(Buenaventura, 1998:94-99 ).
Podemos concluir e st e estudio de El año que viene en Tánger con la
certeza de que cuando León le entrega a Ram ón todos sus papel es, todo lo
que ha ido e scribiendo , le está entregando su v ida ente ra, su Tánger y co n ese
material Ramón puede recrear la h istoria y ha cer las paces con la ciudad :
310
“Y la e x cursión… Pu es eso: el so l, la arena, los p inos, el
Atlántico; aq uel par aje en le memoria, p ara siempre. T odos
éramos dueños del sol y del verano.
Recuerdo que yo iba ll orando , car retera arriba.
Retorciéndole el gas a la mo to, de regreso hacia Tánger,
poniéndose el sol. Me había de s pedido de mí mismo.
(Buenaventura, 1998: 52).
El co raz ón antiguo (2000) fu e la siguiente novela publicada. La
protagoniza Pab lo Huarte, otro de los miembros de la pandilla de amigos
tangerinos. E n esta novela Ramón Buenaventura no hace una apuesta tan
radical por la e x perimentación formal, aunque n o abandon a las v ariaciones
tipográficas, las f lechas inse rtas en el tex to, las notas a pie de página, incluso
algunos dibujos. S on juegos e stéticos que sirven a la lectura para hacer que
nos detengamos ante las variaciones. Los entendemos como un recurso
paratextua l del autor p ara remarcar el interés, y orien tar nuestra lectura.
Buenaventura man tien e, como e x plica Sanz Villanue v a (1991:18), la ob s esión
posmoderna de erradicar cualquier m atiz ce nsor que int ente controlar las
actividades intelectuales o creativ as.
El amo r o su ausen ci a, vuelven a ser los tema s centrales de la obra: “ el
desajuste emo cional entre los sexos ” como le def ine Mendiri (2000) tras una
entrevista. En palabras del autor:
“ Esta es la historia de un indiv iduo al q ue no le va bien
con las mu j eres p orque no las con sigue apasionar como a é l le
gustaría. Ellas han experimentado un cambio en estos ú ltimos
años y los hombres que no ha n sabido adaptarse, algunos
311
reaccionan ata c ando y def endiéndose, com o es el caso del
protagonista ” (Mendiri, 20 00:s.p.)
Ese desajusto a moroso adopta forma de discurso caótico. Las pa l abras
se su ceden en una r e tahíla aparentemente desordenada de p ensamientos,
deseos, ausencias y c ertezas a trav és d e la s que Buenaventura va tejiendo el
personaje de Pablo Huarte, de nuevo alt er ego de l propio autor:
“ P ORQUE LAS PALABRA S SE AHÍLAN SOLAS
en su escenográfica sumisión a la fila india,
como los patos
y las hormigas
y los pueblos civiliz ados
-lo que es decir: cuando alg o se m ueve en orden, d e
inmediato pensamos que tiene u n sentido y se dirige a alguna
parte. Seg ún vamos ha blando, pa labra tras p alabra tras
palabra, nos vamo s también convenciendo no ya de nuestra
capacidad d e raciocinio (tan inventada y t an indiscutida), sino
incluso de que te nemos razón. La m ayor parte de las v eces no
sabemos en qué, pero nos consta que tenemos la razón, bien
asida. “Tiene usted razón; pero po c a”, he oído decir a un
portugués.
El caso es que ahor a no e stoy donde vivía ha sta ha c e
poco; no estoy en Carmen – rodado de C armen, mullido en
Carmen, en v aginado en Carmen -, sino en las f rí as gelatina s de
mi despacho ministerial, este cubí culo sin persona , que
cualquiera p rov isto de los títulos o m éritos co rrespondientes,
podría ocup a r en cu alquier momento (…)
318
despia dada en la que se ce ban todos los implicados , todo cargado d e es e
sentido irónico tan car acterístico de la prosa de Buenaventura. El resultado, en
palabras de Joaquí n Arnáiz (2005 :s.p) es un con ju nto de “ realidades qu e
encubren otras, cajitas rusas co n div ersas figuras pero que van encajando unas
en otras ”. Dando forma a “ una n ovela cargada de m anierismo cerv antino ”
(Ayala-Dip: 2005 ,s.p.), do nde la casi extravag ante a c titud de su p r otagonista, la
decadencia evidente del sistema que denu ncia y en definitiva, la afecta ci ón
artificiosa de los p ersonajes, co nvierte la no v ela en un e studio sicológico de la
sociedad que Buenaventura quería ref lejar a p artir d e la pa rodia del oficio de
escritor:
“Cuando se me ocurrió la idea de engendrar una mala
novela (en algún momento p osterior explicará la razón de est e
capricho, porque hayla, desde luego), en seguida supe que
necesitaría un negro y, en lógica consecuencia, se me ocurrió
pedirle consejo a una an tigua empleada y ex petite amie , que
ahora es represent ante de escritore s o administradora de
fincas alfabéticas ( e ste c histe también es mío: que no s e lo apunte el negro ),
pero que a principios de los setenta, recién licenciada en
Económicas m e llevó la gerencia de una de las fáb ricas ( n o tengo
solamente una fábrica; mi padre ya me dejó tres – la de Tánger, l a de Valladolid, la
de G ranada-, y yo he agrand ado la i mplantación h asta meterme e n trece o c atorce
de las d iecisi ete Españas, en Portugal , en Túnez, en el s ur de Franc ia , en bu ena
parte de Italia , en v a rias p iez as del “p uzle yugoslavo” )… (Buenaventu r a,
2005:19).
De nuevo Buenaventu ra confunde los márgenes que diferencia n la v ida
y la literatura, al leer dejamos d e saber dónde establec e la d iv isión entre ambos
mundos, llegando incluso a perde rse en algunos pun t os e n los qu e la
confusión, intencionada, se impone. Todo ello m arcado por el riq uísimo uso del
lenguaje, cargado de guiños culto s, juegos literarios y un de sparp ajo na rrativ o
319
que convierte esta deseada mala novela en u na novela “ buenísima,
imprescindible para cualqu ier lector abierto a la acerba crí tica de su s cargas d e
profundidad, la incorrecta des fa c hatez de sus opiniones ”, tal como escrib e
Ferré (2005:1). Leemos un f ragmento de la novela donde el auto r estab lec e los
parámetros de sus intenciones:
“Notas varias pa ra una novela
que nunca necesitó may ores glosas,
porque nunca llegó a escribirse
[Miércoles, 26 de diciem bre de 1990(17:48)] Pregunta rle si
prefiere algún seudónimo “auténtico”. La n ovela termina
llamándola por su nombre “auténtico” (que no es e l auténti co,
claro está ), una sola v e z , ab andonando el Larisa Fedorovna,
incluso el Ainara.
Por e jemplo: la e xclamación “¡cielos!” ha de llevarnos a
comparaciones, a cuáles han sido los momento s estelares de
ese f eeling de penetración. Entonces te ndremos que ir a la
primera acostada con Pen ny, que se produce p recisamente en
la tercera noche posterior al día en que se conocen.
El pasado no sigue ni ngún o rden. Va contándose según
se evoca, m ediante estímulos a veces m uy pe queños. Cuando
se plan tea la muerte, recuer da uno sin orden ni concierto no la
vida e ntera, sino los m omentos que, en a quella s
circunstancias, la psique conside re más adecuado s para
in citarno s a seguir viviendo. Lo m ismo, quizá, o curre con el
sexo que muere. O, por lo meno s, la idea es utilizable d e sde el
punto de vista literario, aunque en la práct ic a no nos lleve muy
lejos” (Buenaventura, 2005:140).
320
Toda esta complejidad arquitectónica literaria que despliega
Buenaventura v uelve a tener a la ciudad internacional de Tán ger como
escenario original d el comienzo legendario de la vida de los personajes que
pueblan sus novelas. Ah ora, en paralelo al propio auto r, Rodrigo Díe z ya tiene
sesenta años, ha pasa do mucho tiempo desde que se f ue de la ciudad, a pesar
de que él puede “ justificarse dos o tres v isitas a la vieja patria cad a tem porada ”
(2005:17), aú n se sigue preguntando qué paso, por qué entonc es no fueron
conscientes de lo q ue iba a ocurrir, y cóm o aún ningu no de los que lo vivieron
puede superar su recuerdo:
“Cuando salí d e Tán ger, en 1 958, e ra, sencillamente un
buen salvaje de la política: m e da ban igual todos los moros y
las respectivas f átimas que los parieron. Tendría que
conchabarme con ellos, en el futu r o, cuando la f ábrica de
Tánger fu ese mía, pero, por el momento, ya digo: que les
diesen qofa y que se las apañasen p ronto para o rg anizarse,
porque la prolongación del caos inicial post independencia
podía perjudicar m is intereses a m edio plazo. Antes, toda esa
historia del sultán depuesto y enviado a Madag ascar, del sultán
repuesto y traído en avión a toda prisa, con el tiempo justo de
que el Bulevar Anteo pasase a llamarse Bulevar Muha mmad V,
me había de jado asaz indi fe rente. ¿Cómo se explica la ceguera
tangerina, cómo no se daban cu enta mis paisanos de qu e
aquello se terminaba ; cómo fue po sibl e que unos mese s a ntes
de la independencia los e uropeos y los se fa rdíes siguieran
comprando terrenos en Tánger, ap ostan do por un futuro ya
cancelado? Sólo tengo una respuesta: estaban tan sumidos en
la ciudad, se sent ían tan tangerinos, tan lugareños, tan en
casa, que no les ent ró en la cabeza la diásp ora inminente
(Buenaventura, 2005:259 -260).
321
Buenaventura toma de nue v o la palabra en esta novela, es otra vez
narrador d e esta confusión entre a migos, narradores vari os , negros y demás
personajes por los que va sa ltando la obra. Su f unción ahora es la d e poner un
poco de orden, si es p osible, en los recue rdos de la pandilla tangerina.
Explicarnos a nosotros, lectores, q ué pape l dese mpeñaba Rodrig o Díez d e
Chancal en el grupo d e españoles tangerinos, pues ese pe rso naje que se ha
vendido como un triunfador, nos cuenta Ramón que su cruda rea lidad de
juventud era bien disti nta, y de ahí puede v enirle la hipocresía d e su carácter ,
de haber vivido la adolescencia en una ciudad patrañuela, donde no
encontraba su lugar:
“Siempre nos ocurrió lo mismo con Rodrigo. Era de la
pandilla, en Tá nger, Iba al m ismo ba l neario que to do el mundo
– el Gran Valencia, primero, e l T rois Caravelles después - ,
participaba de los mismos juegos brutale s e ingenuos, tenía su
moto (antes del Morris Minor), como Robert o Sánchez Miranda
y yo; p ero apenas lo recuerdo entre nosotros. Siempre nos
olvidábamos de él. Nos íbamos de los sitios antes de que él
llegase, pensando que ya estábamos todos; no lo invitáb amos
a los guateques. Es má s: si m iran ustedes El año que vienen
en Tánger , verán que en la pá gina 48 hay una lista de los
miembros de la panda, y que en ella no e s tá Rodrigo . Se me
olvido.
Pero el rico era él, sin duda.
Porque e n Tánger v ivía mos todos ( los se ñoritos cristianos
y sefardíes, claro) co mo millonarios, muy por encima de
nuestras p osi bilidades verdade ras, m uy por encima de nuestro
futuro probable. Los funcionarios de las Potencias que
administraban la ciudad intern acional cobraban “en oro” (es
decir: no en pesetas o francos o libras normales, sino en su
322
equivalente oro). Y, así, po r ejemplo, m i padre m ilitar de
carrera, que mandaba la sección española de la Policía
Especial, percibía 20.0 00 pesetas al mes, cuando en la
Península o e n la Zona Es pañola de Marruecos su sueldo de
capitán d e infantería n o habría reba sado en mucho las 5 .000.
Llevábamos, pues, un tren de vida irreal. Mis pa dres n unca
fueron mu y dados al dispendio, más bien al revés, muy al
revés, pero lo ci erto era que teníamos coche ( posesión nada
extendida ente los españoles, en los años ci ncuenta), viví amos
en u n piso grande y excelente, con anchas vistas pano rámicas
de la bahía y del E strecho, teníamo s una criada española, otra
mora, un cocinero moro” (…) ( Buen avent ura, 2005:351).
NWTY cierra el círculo no v elístico de T án ger . Tras varios año s sin
escribir, incluso habiendo decidido no volver a hacerlo, lo que hubiese supuesto
dejar sin concluir el proyecto iniciado en 19 58, apareció en 2013 la última
entrega de esta recuperación a la tangerina de una vida completa.
Desde la portada del l ibro , el au t or interviene en la prime r a percepción
de lect ura . N WTY son las siglas de No W orking Title Yet , es decir , todav ía sin
título de trab ajo. Es una no v ela sin título, es el f inal de una vida, la d e estos
amigos ta ngerinos, el f inal de una ma nera de interpretar el mundo para el que
Buenaventura no tiene título, o no quiere t enerlo, po rq ue el f inal siempre d eb e
pasar desapercibido. Lo que sí tiene es un subtítulo m uy largo, de sde el que
nos explica qué vamos a le er nada más abrir el libro:
NWTY
No W orki ng Title Yet-todaví a sin título de trabajo
323
(pero trata de cómo se ordena la vida,
es decir del desorden bellísimo
de la memoria y el presente,
de Tánger la mágica رحسلا ةجنط
de Tánger la vieja ةميدقلا ةجنط
del largo y a veces gozoso destierro madrileño,
de la terrible Hispania,
de tú, de nosotros, de y o,
de la santidad del sexo)
Es e l resumen perfecto d e su obra, n o solo de esta últim a -pu es NW TY
no e s más que broche f inal- sino del m undo literario que ha ido crean do para
nosotros a lo largo de los años, partiendo de su realidad m ás pa l pable hasta
confundir los límites entre realidad y f icción. Para reforzar esta incertidumbre,
Buenaventura precede la no vela de u na cita de H enry Miller: I d on’t use hé roes ,
and I don’ t write novels. I am the hero, a n d the book is myself (Bue naventura ,
2013:9). Es una de cl aración d e intenciones, una confesión sin ambages, sin
matices. Ahora ya def initivamente sabemos a qué atene rnos, la decisió n es
nuestra. Es e l momento de demostrarle al autor si somos los “ lect ores machos ”
que quería
127
.
Aunque en 2005 a s eguró que no volvería a escribir, pa sados los años se
vio en la tesitura de d ar un cierre acorde con lo publicado hasta ento nces. E sa
etapa de la vida en la que esta ba insta lado d ebía reflejarse en sus personajes,
como había ido ocurriendo con las ant eriores. El impulso que lo llev ó a cambia r
127
Véase nota 117.
324
de idea, asegura , fue l eer la obra The no vel. An alternative History , de Steve n
Moore (20 13) gracias a la que recup era el sentido d igno de escribir. L a
literatura vuelve a tener se ntido y se ve ante la necesidad de “ volver a te cle ar ”
(De León, 2014). Retoma así , l a pandilla de amigos tangerinos , c on sus v idas
ya entrando en los setenta años.
Movido por la necesidad de v olver a descoser las co sturas de l a nove la
al uso, Buena v entura sigue la send a iniciada en El año que viene en Tánger
para montar un a n ovel a desde el abismo ab i erto ante él por la ancianidad que
se a v ecina. Esta es u na n ovela escrita desde la vejez, pero con la fuerza
narrativa y el riesgo f or mal de un joven de d ieciocho años. La historia comienza
cuando Ramón B uen aventura recibe la solicitud de amista d de Adalberto
Benrabiza Cho z nodaifa, el personaje que cr eó para Anónim o madrileño , una de
sus primeras novelas que n unca llegó a publicarse. Y tras él, “ a la vez y en
tromba bítica bit bit bi t llegaron otras mu chas so licitudes de amistad. La ú lti ma
era de LEÓN AULAGA ” (Buenaventura , 2013: 14). Ramón en su vida rea l, ante
su ordenador, es literalmente asaltado por los a v atares de sus an tiguos
personajes, que se han rebelado contra él, y le ex igen que vuelv a a escribir
sobre ellos, que les dé vida. I ntertextualidad llevada al límite. Bue nav entura
tensa los límites y cruza su s anteriores nove las dándoles un sentido f inal en
esta última. Los avatares informan a Ramón de que gracias a León Au laga han
creado Tancha A lq adima 1.0. Los juegos de la memoria y lo invitan a
apuntarse. Entonces, tal como ex plica en las primeras páginas de la novela:
“ RB tomó la única decisión que su brava curiosidad le perm ití a tomar, es de cir
que siguió la ¿broma?, se apuntó a Tanc ha Alqadima 1.0. Los juegos de la
memoria y asumió su avatar ” (Buena v entura, 2013:16).
325
Con este comienzo inaudito nos plantea Ram ón Buenaventura su último
paseo por e l Tá nger de su memoria. NWTY se convierte en la prueba evidente
de que existe un Tánger real, el que Buenaventura y su s avatares e stán
viviendo, e l que qued ó pe trificado en el v erano de 1958 – Tancha A lqadi ma -; Y
un Tánger nuevo y d esconocido, el de hoy en d í a, sobre e l que había escrito
anteriormente, pero al que ah ora no quiere volver. Aho ra, NWTY es una
recreación por ordenador, fiel y ajustada de su Tánger:
- (…) Estamos en mi territorio v irtua l.
-Ya.
-Es de cir en el territorio v irtual de Tancha A lqadima , que,
como ya te dije en m i men s aje electrónico es una reproducción
exacta solo que sin f r onte ras te rrestres, d e nuestro Tá nger, la
Ciudad Internacional de m ediados de l os a ños 50 en qu e
fuimos felices, pensando que en ella seríamos felices el fu turo
entero.
¿Qué disparate me estás montando?
-Como ya sabe s, mi eq uipo técn ico ha preparado avatares
para todos, hackeando fotos antiguas de vuestras
computadoras, en el caso de las personas reales, y a pa rtir de
la pura i maginación, en e l caso de t us pe rsonajes. Hay que
reconocer que alguno s nos han salido redon dos. Échale un
vistazo o Carm en, por ejemp lo… Y n uestro Tánger, pu es a hí
está. Entero. Mira. (…)
Miro: m e pasa p or d elante, en 3 D y a todo co lor, en
pantallón de aire, esférico y sin disto rsión óptica, un recorrido
completo por nuestra ciud ad. Yendo yo e n mi moto, además.
La vieja Puch que tanto amé. Cielos, qu é pe queñito todo.
Cuestión de cinco o diez minuto s . El Ch arf apenas urbaniz ado
326
de n uestra época, todaví a con el gigante An teo enterrado
dentro, con lo s restos del arca de Noé pudriéndose al so l desd e
hac ía miles de años. Lo s arenales de más allá de la Plaza de
las Naciones, sin edificios ni hoteles ni lujos ni turi smo. Frente
al Instituto E s pañol no se alza la tremenda mezq uita que
levantaron los hijos del Profeta, hace años, sobre el terreno de
las ¿falsas? ruinas romanas. Por la peque ña puerta lateral del
Instituto (iz quierda de l espectador) sale mi clase de
PreUniversitario, completa , menos yo. Yo an do unos metros
por d elante, con Ewa Michalak. Y más tarde, cuan do paso por
mi casa de Rembrandt 19, veo a mi hermana Lury en la acera,
paseando al Negro. Con la trenca marrón de la foto. Lo s
avatares lloran
-Vale, sí. Una obra maestra – l e reconozco a León, cuando
me encuentro de nuev o sentado en la balsa -. Una obra
maestra sin duda” (Buenaventura, 2013: 26 -28)
Una o bra maestra en la que los avatares lloran . Est e sí e s su cierre
literario, su última pa la bra, tras la cual Ramón Buenaventura no necesita d ecir
ya nada más. Ahora que sus avatares lloran, algo que él nunca se ha permitido,
es cuando Ramón Buenaventura puede sentirse en paz con Tánger, en paz
con su s recuerdos. Esos personajes que había creado, triunfadore s en la vida,
pero abocados al desastre personal debido a la imposibilidad de recuperar su
adolescencia, por haber perdido e l referente d el T ánger In ternac ional, ahora
gracias a León Aulaga pueden intentarlo y lo logran. Ahora pueden llorar, los
avatares lloran . El exil io y la lucha co ntra los se ntimientos de desorientaci ó n y
pérdida que se derivan de éste, vuelv en a ser los temas centrales de esta
novela. Y, por supu esto, como en todas las novelas de Buenaventura el sexo,
como expresión máxima de libertad.
327
La novela está compuesta por tres niveles narrativos: e l m undo real,
desde el que Ram ón y León no s ha blan ya con setenta años, e l de Tancha
Alqadina, y el de la historia de l os hermanos Bipérez. Una estructu ra f ormal
compleja que dificulta la lectu ra per o que avanza en pa ralel o. E l comienzo de
este f inal se prod uce cuando los a v atares de Tancha Alqadima, con León como
portavoz, le exigen a Ramón q ue v uelva a escribir sobre ellos y le p ropone n
como justificación literaria que cuente la historia de otr os do s am igos, los
hermanos Bipé rez:
-Tienes que hacer algo. Aun que no vamos a dejarte
opción, en realidad. Lo traem os todo decidido. Hay una historia
que tendrás que añadir.
-Una historia.
-Una historia. La de Rafa Bipérez y su tierna hermana
Márgaret. (Buenaventura, 2013:25).
Y con los hermanos, junto a la tía A rac eli y la hermosa Farasha,
Buenaventura nos pone en el abismo de una historia de amor a c uatro bandas,
compleja, difícil de entender en m uchos aspectos, pero que n os m uestra una
vez m ás la reali dad c aleidoscópica de l a vida. La manera d e ob s ervar e l p aso
del tie mpo sin la linealidad a la que estamos aco stumbrados, sino dando saltos
en función de la perspectiva. Un modo fragmenta rio d e mostrarnos el mundo y
sus múltiples interpretaciones:
“Queda ban po r de finir las posicion es, sin embarg o. La
tercera noche con s ecutiva en que Márgaret se pasó a la cama
de Raf ael, estaban ambos en sus afanes, con la luz apagada,
cuando oyeron gritar:
334
4.3.2 Javier Roca Vicente -Franqueira
Nacido en Tán ger en 1 960, cuando ya la ciudad había dejado d e se r
ciudad internacional, pe ro aún coleaba n los ú ltimos destellos de una époc a
más rica. Javier Roca co noció esa rea lid ad , y au nque médico tr aumatólogo ha
aceptado la tesitura de pone r por escrito algunos d e sus recu erdo s, o historias
que conocía de la ciudad. Destacamos la novela La clave de Sol (2012), donde
a partir de una trama po liciaca, el pro pio auto r com o pr otagonista de su novela
se ve involucrado en situaciones confusas e incluso f antásticas conforme
avanza en sus investigacion es, hasta descubrir el m isterio de una c anción y d e
una hermosa mujer judí a injusta mente castig ada por amor:
“Ibn Batuta, el mayor v iajero y explorador de l medievo,
cuyas azañas harían palide cer al mis mísimo Marco Polo, h abía
nacido en Tánger hacía más d e setecientos años. Tras un
preceptivo viaje de peregrinación a La Meca, se embarcó en
otro que le llevaría a reco rrer toda la p ení nsula arábiga, áfrica
oriental, Oriente Medio, incluida la mítica Sa marcanda en la
ruta de la Seda o la Orda de Oro en lo que ho y e s el sur de
Rusia, la India, Sumatra hasta llegar a Shan gai, y tras reg resar
sobre sus pasos, visitar la E spaña musulmana y parte del
África meridional hasta Tombuctú. Finalmente, tras ser
reclamado por el sultán de Marruecos, acabó su s días como
Caíd e n la ciud ad que lo vio n acer. El mausoleo levantado en
su honor era junto al de Sidi B u Arraquía, patrón de la ciu dad,
el más importante de Tánger.
Llegamo s casi a nocheciendo y no s a c ercamos hasta la
casa del v ecino que custodiaba l a llave, y al que conocí a ya mi
hermano. Con la e x cusa de re alizar un reportaje para actualiz ar
su guía tu rí stica, le convencimos d e que nos p restara la llave.
Al f in y al cab o e l hombre sabía que el importante número d e
335
visi tante s que le reportaba la publicidad iba a repercutirle en n o
pocos beneficio s por las propinas y donaciones.
Accedimos al santuario y n o sin esf uerzo co nseguimos
mover el sarcófago de l morabito dejando al d escubierto el gran
agujero que comunicaba la zau ia con la cámara. Con u na
simple linterna pudimos ver aquel cofre de hierro de
considerable di men si ones aun que de tamaño a lgo inferior a l os
arcones de Bit el -Mal. Descendimo s hasta el habitáculo, en su
día unido a la antig ua casa que guardaba el padre de Jamal y
ahora sellado p or el gran bloque de hormigón” (Roca,
2012:203-204).
Roca pasea por un T ánger casi on íri co. Salta desde Alicante, ciudad en
la que viv e, a l Tánger m isterioso de la medina. A través de las páginas de la
novela, con las notas de una ca nción misteri osa como hilo con ducto r de l a
trama compone una obra en hono r a s u ciudad natal. Una vez más la nostalgia
y el miedo al olvido son el motor d e este escr itor.
4.3.3 Cloti Guzz o
Clotilde Jiménez Guzzo es de las tangerinas que merecen ese
calificativo con todo el sen tido de su significado. Niet a de exiliados de la Guerra
Civil españo la, ella pertenece a su ciudad na tal tanto como su po esía , q ue
bebe directamente de la tangerinidad a dopt ada po r su f amilia. S e caracteriz a
por la delicadez a y la fe mini dad con la qu e reivindica la po sició n d e la mujer en
un mundo de cambios. Pero es una lucha tras la que no quiere perder su
identidad mientras gana libertad es. Ha publicado un libro de poesía, Sueños de
arena en Tánger (2012). Está incluida en la a ntologí a Estrecheños (Othman
Bentria, 2015:70 -76), p ues tanto ella p er sonalmente, co mo su poesía se
definen intrínsecamente estrecheñas . En el ane x o 39 pu ed e leerse las
336
respuestas que tuv o la am abilidad de darn os para unas breves preguntas sobre
esa esencia personal y literaria que imprime la ciudad de Tánger en su obra.
Pájaros de barro en lo alto de la montaña “jeb el sidi Massaud ”
Te recuerdo en tus manos,
tal vez en tus manos de arcilla,
en tus manos de agua
y fiebre.
Hay un paradigma
que te debo.
Viniste
desde la tierra que hiciste nacer,
y tus manos,
de corcho
y seda,
tus manos de oro
me tocaron la frente ardiente
y me dieron el calor,
el de tu tierra.
Recuerdo que me leva nté,
No quisiste mirarme a los ojos,
me abrazaste
en tus sábanas añil
y tus toallas de rayas
y mis ojos
te miraron partir,
337
y partir,
y partirte en dos.
Pájaros de arcilla ardiente.
Pájaros de barro
que cantan al fuego.
Mujer,
no hay una sola mujer
que no sea de la tierra.
Te recuerdo sentada,
construyendo ánforas.
Te recuerdo sentada,
enjutada en escombros
que convertías en perlas.
Te recuerdo en oro
y en pulseras de oro.
En pañuelos de algodones
hechos de borlones de plata.
Mujer, te recuerdo
sentada en tu casa,
sintiendo lo que yo ahora siento,
sintiendo la nada.
Transformando mi fiebre
338
en vasos de tierra.
sintiendo las columnas de Hércules
como pájaros hechos de barro. (Othman Bentria, 2015: 71 -72).
La palab ra convertida en a rma de la memoria nu eva mente. Guzz o
escribe para de jar constancia d e esa esencia tangerina suya. A partir de estos
versos nos traslada hasta el T ánger p rimigenio, h asta aquél lugar de donde
regresó la paloma so lt ada por Noé, aquella que al volver con las pa tas llenas
de barro traía d esde T ánger to da la li bertad y toda la vida p osible. Tánger
desde e l principio como f l otador d el ah og ado, y a sí h a querido Cloti Guz zo
reflejarlo en su poema.
4.3.4 Antonio Lozano
Este tan gerino que n ació con la independencia de Marruecos – 1956- es
otro ejemp lo de e s os españoles tangerinos que andando el tiempo sienten la
necesidad de ajustar cuentas con su pasado, con sus recuerdos, además de
denunciar las injusticias que se com etieron. Con esta premisa es com o Lozan o
escribe la n ovela Un largo sueño de Tánger (20 11), amparado por una
trayectoria literaria exito sa. Su primera nov ela, Harraga (2002), f ue gana dora
del I Premio Novelpol a la m ejor novela negra publicada en España e n 2002, y
obtuvo una mención del Jurado del Premio Memo rial Silverio Cañ ada 2003. Su
segunda obra, Donde mueren los ríos , fue f inalista de l Premio Brig ada 2 1. El
caso Sankara , f ue Premio Internacional de Novela Neg ra Ciuda d de Carmona
en 2006. En 2009 publicó Las ce niz as d e Bagdad y La sombra de l Minotauro
en 2011.
339
Con este ba gaje es con el que Antonio Loz ano decide en fren tarse a esa
ciudad d e su infancia. Se adentra en el T ánger cosmopolita, en el T ánger de l a
leyenda forjada a p arti r de escritores y artistas internacional es, par a co ntarnos
una h ist oria de dolor, de crueldad y de suf rimiento a través de la que nos
muestra la crude z a de un m atrimonio m arcado por la violencia, el dolor de una
mujer, Isabel, al asumir su soled ad y el amb i ente contradictorio y esté ril de las
di ferentes sociedades tangerinas. Anton i o Lo zano e s capaz de plasmar la
realidad de las vidas de sus pe rso najes u na vez que se cierran l as puertas d e
sus casas. Alejado del mito , expone un drama común a cualq uiera, mientras el
ambiente se carga de olores, sensaciones, sonidos y luces que nos traslad an al
Tánger de su infancia:
“…es que no se te mete eso en la cabeza – la voz d e Manuel
empezaba a alte rarse-. Siempre e stán con la misma historia –
supuse que se dirigí a a Cristina, e n b usca d e complicidad - .
Basta con q ue se reúnan cuatro tang erinos nostálg icos para
que se pasen la tarde hab lando de lo mismo, que si T ánger ya
no es lo que era, que si m e ha dicho f ul anito que fue por ahí un
par de días y se le ca yó el alma a l su el o, que si hay basura por
todas p artes, que si las aceras están hecha s un asco, que si no
hay q uien se bañe e n la p laya po rq ue está aba rrot ada. ¿Tú te
crees que es normal? Estaban aquí de prestado y se creyeron
que era para toda la vida. Todavía no s e les m ete en la cabez a
que este país alcanzó la independencia en 1956. ¿Cómo que
Tánger está llena de moros? Se os debería caer la cara de
vergüenza a l d ecir e so. ¿De qué quieres que esté llena, de
chinos? ¿Es que c uando viví amos aquí no veí as a los
marroquíes o qué?
-Sí, pero no tanto, Manuel n o tanto…
340
- Desde luego, tía, qué nivel… Lo que pasa es que cu ando
vivías aquí, a los marroquí es no los veías má s que co mo a
gente que os facilitaba la vida, que os limpiaba la casa, os
hacía de come r. Os creíais que ésta era vuestra ca sa, que ellos
estaban aquí p ara serviros y que e so iba a d urar siemp r e. Los
mejores ne gocios, para vosotros; la mejor parte de la p lay a,
para vosotros; el mejor pedazo del pa st el, para vosotros. Y
ellos, a serviros. ¿Aca so no o s habéis enterado de que el
tiempo de la colonia ya pasó, que ahora esta mos e n otro
mundo? ¿Tanto os cue sta entender algo ta n sencillo? Os
habéis anclado en e l pasado y no h ay quien o s saque de ahí;
de verdad, me deprime escuchar a los antiguos tangerinos
españoles, siempre con la misma nostalgia ba rat a, a ver si os
recicláis un po c o, que ese discurso está y a m uy rancio. ¡ Lleno
de moros! Cada vez qu e os oigo decir eso me hierve la san gre,
debieron ha beros ech ado a patadas de aquí” (Lozano, 2011:
114 -115)
La historia de Isabel, una mujer en estado de co ma en e l hosp it al it aliano
de la ciudad, tras un accidente mien tras iba en un taxi, es el desencadenante
de t oda una s ucesión de recuerdos que conocemos a partir de esa Isabel a la
que escuchamos hablar mientras n adie más la oye . Una Isabel, que se inspi ra
en el monólogo de Juanita Narb oni, como homenaje a esa esencia tangerina, y
que co mo ella reconoce que u na d e las pocas personas que tiene a su lado
cuidándola es la sir vienta marroquí, Amina, una mujer d e la q ue no sabe n i su
apellido. Estamos ante una gran novela tangerina que apostando por una
arriesgada estructura formal ahonda e n los sentimientos y en las desgracias de
la vida a partir de los recuerdos que Antonio Lo z ano gua rdaba de su in fancia, y
que como tantos otros necesitó v er plasmados en pape l.
341
4.3.5 Luis Molinos
Nació en el T ánger de 1947, allí vivió su s primeros a ños, por ta nto
conoció la ciudad c uando se restitu ía al Reino de Marruecos, así como l a
diáspora de los tangerinos que se de sperdigaron p or todo el planeta. A unque
apasionado de la literatura desde joven, dedicó su v ida profesional a la
ingeniería. Vive en Alicante de sde hace treinta años. En 2004 f inalmente
decidió empezar a e scribir y su ob ra cuen ta ya con má s de diez t ítulos
publicados. Ha escrito novelas de los más diversos te mas, entre las que
destacan La fr ontera de los diose s ( 2006), L a perla de a l-Andalus (2009), El
salto d el caballo verde (2013), o El inf ierno de los inocentes (2014), su última
novela publicada.
En 2 012 publicó la novela M e quedé en Tánger , un homenaje a su
ciudad n atal, una novela que una vez más se sirve de la memoria para trae rn os
la im agen de e se Tánger del pa sado. Molinos ahonda en sus recuerdos para
escribir y reali z ar u n a nálisis literario del último siglo de historia de la ciudad
desde el punto de vista de la diáspora, pero especialmente desde a quél que
decidió qued arse, aquél, que c omo mu c hos tangerinos nu nca pudieron tomar la
decisión de abandonar la ciudad.
Escrita en primera persona, Molinos establ ece un paralelismo entre l a
evolución vital de su prota gonista y la de la ciud ad. E l primer párrafo d e la
novela ya no s deja esa idea planteada y d esde ahí d esmadeja toda una obra
cargada de nostalgias y recuerdos, entretejie ndo ficción con hechos reales:
342
“ Llegué a Tán ger en mil ochocientos noventa y cinco,
tenía 4 años. Mi m adre pe nsab a ir a Cuba mas una
circunstancia imprevisible nos cambió el destino. En T ánger
hallamos u na tierra ag radable que nos agradó y n os quedamos
toda la vida. Med ré en un ento rn o e stridente, mestizo de etnias,
razas, nacionalidades y opiniones, donde predom inab an la
tolerancia, el respeto y la libertad. Don de ser diferente no era
un inconveniente. Desde allá asistí a los sucesos que tuvieron
sitio a lo largo del siglo veinte en e l n orte de Marruecos. Conocí
a p ersonajes singulares como Raisuni o b ien el general
Silvestre y presen cié ate rroriz a do e l Desastre d e Annual. Viv í el
emocionante proceso de transformación de la urbe, de capital
diplomática de Marruecos a Zona In t ernacional, e xperiencia
única en el planeta. Gocé de su au ge como sitio de acogida,
cobijo, divertimento y “ joie de vivre”, islote de p az en un p lanet a
conmocionado. Desp ués padecí con su desintegración y veloz
decadencia. Después se generó la diáspora de tangerinos
eu ropeos y pa sé unos años despidiendo a mis am igos. Mas yo
no me fui, me quedé en Tán ger ” (2013: 4).
Leemos cómo Molinos intenta lidiar con los r ecuerdos, con las historias
aprendidas a la v ez que con los m itos d e es ta ciudad para da rle conte ni do a la
novela de su infancia. Tánger a sido para to dos los tangeri nos un peso
demasiado grande co n e l que cargar en la memoria y a lg unos sintieron la
necesidad de escribir sobre ello tal como hemos podido ver.
343
5. Tánger en la l iteratura español a
Hora e s ya de estudiar el fenómeno contrario al que he mos estado
viendo hasta este m omento, aquél fo rmado por la literatura e scrita por
españoles d edicada a la ciudad de T ánger. Debemos apuntar en primer lugar
que se trata de una tarea a rd ua debido a l abun dante número de libros
publicados con la ciudad de Tán ger co mo p r etexto, como leit motiv para escribir
sobre memoria, soledad, libertad o melancolía. La peculiar historia tangerina ha
evocado, a lo largo d el tiempo, se nsaciones muy d iv ersas en aquellos via jeros
que se aproximaban a su puerto, y los que ha n dejado por escrito esos
recuerdos son los q ue en este capítulo v an a formar el cu erpo de estudio.
Vamos a establecer una división entre narrativ a y p oesía p or un simple criterio
de orden. Para abarcarl a p or partes.
Una de las características f undamentales de esta lite ra tura es la q ue
Goñi Pérez tan acertadamente describe como narrativa a nacró nica (2009b) ,
que resp onde a la representación de unos m undos posibles sobre un tiempo
histórico real, pero sobre u n espacio hoy en día inexistente
128
, po r tanto su
labro es la reconstrucción histó rica de enclaves colon iales, y T áng er, pero no
con “ la v isión paradis iaca de un territorio distanciado y ajeno a ideologías
absolutas, sino que la o bra literaria está m arcada por la re f lex ión histórica
sobre e l no rt e de Marruecos, d e los m arroquí es y de los e spañol es y de los
apátridas y sobre l a meditación y definición d el tornadizo concepto del Otro ” .
(Goñi Pérez, 2009a:179-180). Las novelas se co nvierten e s visi ones
128
Una fuente de infor mación mu y interesante y completa sobre este asunto e s el blog http ://novela-
colonial-hispanoafrican a.blogspot.com. es/ S e trata de un minu cioso trabajo de recopila ción sobre todas
aquellas novelas hispan oafrican as que existen. Tambi én es interesante la sección creada en la Biblioteca
Juan Goytisolo del In stituto C ervantes de Táng er, titulada Tánger en la L iteratura: http:// catalogo-
bibliotecas.cervant es.es/general/abn etcl.exe/O7114/ID41e 7413e?ACC=161
350
del camino. Quedé yo suspenso ante la ciudad mora, toda
blanca, reco stad a en un a co lina verde; pe r o mucho má s me
sorprendió y recreó la imp onente faja de mar azul que vi
súbitamente surgir entre el cielo y la tierra. Era el E strecho, qu e
en aquél momento me pareció el ancho, p or creer yo que h abía
más agua de lo regular e ntre los dos contine ntes, y que de bían
estar menos separados Mogreb - el -Andalus y Mogreb - el -Aksa .
El aire diáfano aproximaba los contornos distantes (…)
IX Tánger, abril. – Ya e stoy en la ciudad m arroquí del
Estrecho, la más arrimada a la civilización europ ea, aun qu e
solo reciba de ella sensaciones de vista y ol or que no llegan al
alma (…) Si gana T etuán a Tánger p or el misterioso laberinto
de sus calles y por la grandeza y frescura de los montes y
vegas que la circundan, ventaja ll eva este pueb lo al otro por la
majestad del mar, en cuyas orillas está ed ificado, y po r la
diligencia de ta nto comercio y de l en trar y s alir d e mercancías.
Incansable y cu rioso, recorrí to da la población, dominándo l a d e
un extremo a otro. V i el Zoco Grande, concurrido de tantos
mercaderes y de la p obretería pintoresca de de rv iches,
juglares, m endigos y f ascinadores d e serpientes; admiré el
Marchán, con lindas casas europeas; descendí por la calle
principal al Zoco Chico, hervidero de judí os, de españoles y de
otros europeos que h an traído las m odas harag anas de cafés y
cantinas; seguí desde el puerto, d onde vi los cárabos y
faluchas que hacen la navegación del Estrecho y algún vapor
de Marsella o Gibraltar.
Vi la a duana opulenta de tantísimos ganapanes afanados
en el mete y saca d e fardos y cajon es; salíme luego por la
puerta que da paso a la playa; cor rí por las arena s de esta,
viendo la cáf ila interminable de moros campesinos que llegan
diariamente seguidos del burro y la fa milia, con cargas m íseras
de carbón o de leña, y por allí and uve largo rato conside rando
cuan intensa y lacerante es la pobreza de este pueblo
351
marroquí, y que poco alivio recibe de la civ il ización europea,
por la castiza inf lexibilidad y resistencia d el carácter berberisco”
(1966a:364-374).
Entre los escritores relacionados por González Hidalgo, adem ás del ya
citado P érez Galdós, m en ci ona a e scritores como Pedro Antonio de Alarcón ,
quien en su Diario de un te sti go de la Gue rr a d e África nos habla de la ciudad
como promesa, el final de la guerra significa llegar a Tánger: “ ¡ Esto es un
hecho! Pasado mañan a saldremos para T ánger. T odos a rd en ya en d eseos d e
nuevas lides -¡ T ánger! ¡ Tán ger! Resuena en todos los labios - Pasado
mañana…murmuran cuarenta mil v eces ” (Alarcón, 2005: 277).
También Pío B aroja, llegó como corres ponsal del periódico El Globo ,
tras varios viajes por Europa recaló en T ánger. Ten í a que cubrir un
enfrentamiento que iba a tener lugar, durante el que España enviarí a a la costa
africana e l barco Infanta Isabel, según cuenta Baroja en sus crónicas,
recogidas en la edición de sus obras completas (1954).
Pero la presencia más importante de Tá nger en la narrativa barojiana la
encontramos e n la novela Parad ox Rey (19 99) en la que organiza
literariamente una sátira com binando la pé rdida de Cuba, los triunfos de
Francia en las co lonias y aquello que co noció en T ánger. El día 2 de en ero de
1903, tras su lleg ada a T ánger, escribe e n un diario sus primeras im presiones
haciendo u n acertado an álisis de la ciudad y su s habitantes. Es un texto
extenso pero importante para co nocer la pe r cepción que se tenía al llegar a la
ciudad a comie nzos del siglo XX, y lo op uestas que son sus palabras a las q ue
hemos leído de Alí Bey :
352
“ Es d ifícil f or mar una ide a clara d e Tánger; parece, a
primera v ista, q ue España es la n ación que tiene m ayor
influencia. P ara un español, el cambio de Anda lucía a Tán g er
apenas podrí a n otarse si los ho mbres de e sta tierra no llevaran
sus rop ajes árabes y no hablaran á rabe. El aspecto d e la
población e s casi idéntico al de una pob lación agrí cola
española. Una gran parte de los h abitantes, los hebreo s y
españoles, hablan castellano; la moneda que circula e s
española; los letreros de las tiendas, en español aparecen; los
anuncios, en español, y e l periódico que veo en man o de los
que charlan en el zoco, está escrito en castellano también. La
colonia española es num er osísim a: bastantes miles de almas.
Por cierto que se dijo en Mad rid que E s paña enviaba a Tán ger
el Infan ta Isabel para que, en caso de un levantamiento d e los
indígenas, la colonia española se refugiase e n el barq uito d e
guerra. Es una idea graciosa.
Pues, a p esar de toda e sta inf l uencia española, parece
que Esp aña e s la q ue meno s p ito toca en e ste desaf in ado
concierto ta ngerino. Para un artista, claro es que este país es
admirable; los espe c táculos pintorescos se presentan a cada
paso. Cuando, desde el barco, l legamos a la p uerta de la
ciudad, tuvimos que comparecer con nuestras malet as delante
de unos m oros que estaban sentados, formando tribunal, en la
entrada d e la aduana. Un viejo magnífico, que presidía, el jefe,
nos miró benévolamente; le h abló a l oído a u n joven de cabeza
afeitada y ropa je amaranto ; luego se dignó echar una ojead a
sobre nuestras pobres camisas, y nos dejaron pa sar sin más
obstáculo.
Las calles de esta ciudad ofrecen un aspec to abigarrado y
pintoresco. Como ay e r, d í a primero del a ño, p or r ara
coincidencia, fue día de fiesta para judío s, m ahometanos y
cristianos, todo el mundo se echó a la calle, y era el ir y venir
de mo ros, árabes, hebreos y ne gros, rifeños, admirables tipos
353
de f ierez a, que deben dormir con un fu sil; judíos de f inísim a
cabeza y h opalandas o scuras, cubiertos con el fez negro o
azulado; mujeres moras, e nvueltas e n inm ensos jaiques
blancos; aguado r es med i o desnudos, de tipo eg ipcio, que
proceden del sur, e n los confines meridionales d el imperio;
soldados mulatos, y luego la muchedumbre europea.
De cuando en cuando p asa algún gentleman a caballo,
alg una miss e spiritada, montada en un borrico, al que un mozo
que grita “¡Balac, balac!” hace corr er a palos. En las tiendas
parece que lo que está e n venta es el tendero, generalmente
un mor o q ue ha engordado con la inacción, y que ofrece al
comprador un semblante rollizo y barbudo, c omo el d e un fraile
español; otras v eces, en tre las mercancías amontonadas, se ve
a un judío gruñendo, que mira con sus ojos triste s a la multitud
abigarrada que corre por la calle.
El Zoco Chico e s la Puerta del So l de T ánger; se charla,
se fuma, se toma café y, sobre todo, se miente, como en la
famosa plaza m adrileña. El z oco grande es una e x planada que
ahora está intransitable de fan go y p orquerí a, rod e ada de
tenduchos, y e n el que las f reidurías p onen un olor insop ortabl e
a ace ite de argán. Al ver freír estos pastelillos y bu ñuelos que
un m oro o u n judío cochinísimo m anosea , se encontrarían
apetitosas las gallinejas del puente de Toledo.
En los cafés m oros, concurridos desde la mañana hasta la
noche, se toma café co n posos y se fuma kif, una m ezcla de
tabaco, cáñamo índico y salvia, basta nte agradable, pero que
adormece a los moros y hace que sus cánticos sean más
lánguidos. El en cargado del café va y vi ene con su s pies
descalzos entre las tazas de café p uestas en e l suelo sobre
una esterilla.
Los mendigos son h orribles; n ada t an a paratoso como
algunos de estos desgraciados, de cuyo rostro apenas queda n
354
más que algunos agujeros purulen tos de los ojos y otra
caverna en e l lugar de la n ariz . Los hay d e todos colores; pe ro
principalmente mulatos; pasan la vida acurrucados en un rincón
pidiendo limosna con voz q uejum brosa. En algunas tiendas se
ven otros moros con barbas blancas y an teojos; me dice un
indígena que son notarios, y un europeo añade, sonriendo: -
Notarios y memorialistas de portal.
Esta mañana vi a l cé lebre Harris, corresponsal del Ti m es ,
según se dice, más bien agente d ipl omático de Inglaterra.
Parece que s u retirada de F ez se debe a que su pre senci a
comprometía al Su ltán. Lo s moros le llaman el Diablo. Es un
hombre delgado, bajito, de barba roja, puntiaguda; tiene tipo de
judío. Hace diez años que vive e n Tánger. T iene una casa al
otro lado d e la bahía, ca si ya en la cabila. Debe ser hombre
ené rgico y a propósito para la labor que desempeña. Inglaterra
hace las cosas bien.
Cuando supe que había noticias de Fez y to do el mundo
decía que los santones han acon s ejado a Abd al -Az iz que
llame a su hermano, fui al telégrafo; era ya an ochecido y llovía
de una manera horrorosa. El te l égrafo inglés está fuera de l a
ciudad, y no hay más remedio que telegrafiar por é l, porqu e e l
español (cosa castiz a) está roto hace d ías. Pues en el camin o
del telégrafo encontréme con ri fe ños atléticos, tremendos, con
sus fusiles, que pasaron tranquilamente a mi lado. No o curre
nada; pero, sin embargo, al principio, la cosa impone.
[…] Presenciando un co mbate. - E staba anu nciada para el
amanecer del día 17 l a salida de las tropas mercen arias, qu e
con ametralladora y un cañón, irían a saquear y a quemar los
aduares del Fas, que desobedecían al Pa chá de T ánger.
Pensando que e ste program a no se cumpliría pu ntualmente,
me lev anté ta rde, a las diez de la mañana, tom é mi caballo y fui
355
a la alcazaba , donde todaví a esperaba ver los preparativos de
la marcha. Efectivamente, así ocurrí a.
La plaza de armas de la alcazaba presentaba u n
maravilloso a specto. Una inm ensa multitud blan ca, que se
movía confu samente, y de la que salía u n m urmullo agudo,
llenaba los extremo s de la p laza; eran las m or as. En aquel
torbellino de te l as blancas, se veía, de cu ando en cuando,
algún brazo ne gro co n pulseras de plata, que se alzaba para
sujetar sobre la cabeza el mon tón de p liegu es derrumbado. Lo s
moros, acurrucados en el s uelo, se agrupaban, separados de
las mujeres. Los chiquillos pulula ban por toda s partes,
mostrando, muchos de ellos en su s sa rnosas cab ezas, u na
coleta sumamente rara, dejada crecer sobr e una oreja o en la
coronilla. L a co l eta primera es distin tivo de los handusi , y la
otra de los aisana .
En el centro de la plaz a, seis m ulas so stení an s obre sus
lomos las ametralladoras, y, agrupad os en círculo s, alrede dor
de las mu l as, se veían hasta d oce caballejos blancos con
gualdrapas rojas. Los áscaris, tan desarrapados como siempre ,
corrían de un lado al otro con un air e desgarbado, s e
despedían de sus mujeres y de sus amigos. Examinando los
rostros de es tos soldados, quise sorprender en ellos alguna
emoción. E ra de creer que la muerte de su compañero,
ocurrida en la razzia contra Mogoga, les preocupara. No
encontré en ellos ni e l m enor rastro d e manifestación
semejante. Quizá las emociones no se reflejan en el rostro de
un europeo de igual m anera que e n el de un barbarot e de
estos, y para mí pasa inadvertida.
[…] Fue ayer el día en que vi m ás m ujeres moras,
satisfaciendo así mis deseos. Era una preocupación para mí,
como creo que debe serlo para cualquier europeo que llegue a
país mahometano. Hasta llegué a imaginarme que las mo ras
356
se tapaban ta nto porque e ran muy f eas. Ayer me convencí de
que mu c has son h er mosísimas y de que la costumb re de
pintarse los ojos con khol debe recomendar se a las europeas.
Es admirable el efecto de languidez que p res entan en un rostro
esas pinceladas negras en los párpados inferiores.
De la contemplación del b ello sex o marroquí me sacó la
llegada del caíd; sonaron los ta mbores y los áscaris desf ilar on
de dos en dos, llevando los fusiles sobre el hombro izquierdo,
al rev és de los solda dos españoles. Al final de la columna
marcha el caíd, luego el estand art e real, por f i n, la artillería y
los bagajes. Como la expedición e s para varios días, llevan
tiendas d e campaña. En estos momentos emp i eza a llov er.
Atraviesa la columna el z oco, y tomamos el camino de Fez .
¡Qué camino! Unas veces es un aren al, de arena muerta, en el
que mi caballo a penas puede andar; otras, se convierte en un
fangal. Los soldados can tan el credo mahometano [ ...] ” (1954:
812 -817)
Otros m uchos escritores, se han visto en algún momento bajo el influjo
tangerino, inspirados po r su m itología eligen T ánger atraídos po r su f ama, y la
convierten en objetivo exótico sobre el que e scribir. Destacamos varios autores:
El p eriodista y director de cine granadino Rafael López Rienda , quien
dedico a la ciu dad l os libros Tánger, pequeñ o Mon tecarlo (1924), y Águ ilas d e
acero o Los misterios de Tánger (1926), está obra la adaptó al cine ese m ismo
año:
“Todo es ruido y bullicio en la discutida ciudad del
Estrecho. El zoco chi co, que es como e l c orazón de Tánger,
vibrante y emo cional, está lleno de tipos exóticos: inglesitas
rubias que su ben en borricos hacia el monte, donde viv en en
preciosos chalets la colonia inglesa poderosa; auto s que s uben
357
y b ajan la pina calle d e Siaguins, entre boci nazos e
imprecaciones de los chaufers para prevenir o apostrofar a los
transeúntes; soldados del Tabor, marinos, judíos, mu c hachas
guapas de todas las razas, en cantadore s racimos de chiquillas
españolas… El z oco ch ico de Tánger e s lo más personal de
este discutido pueblo atlán tic o. Y observar los tipo s q ue cruzan
el zoco chico, en renovación constante, es contemplar una
larga y animada película de tipos cosmopolita s” (192 4:4).
Francisco T riv iño V aldivia, era mé dico militar, esta ba d estinado en
Marruecos desde f inales del sig lo XIX , y a principios del siglo XX tuvo destino
en Tánger. Durante el desastre de A nnu al, era coronel jefe de Sanidad en
Melilla. Fue procesado y abs uelto . Su af ici ón p or la escritura le hizo publicar
varias o bras dedicadas a temas relacionados con Marruecos. Sob r e Tánger, el
Tánger militar y legionario escribió L os del tercio d e Tánger (1926). En opinión
de Antonio M. Carrasco:
“N arra las aventuras de unos legionarios españoles e n la
ciudad marroquí en u na é poca en la que algunos ilusos todavía
soñaban con hace rla capital del Prote ctor ado español, y e n
donde se situaba el centro de a c tividad de la información
internacional y de sde donde se podían obt ener buenas n oticias
sobre el Raisu ni. El autor no es novelista y traza un relato le nto,
aburrido y discursivo, con una larga primera parte introductoria
y unos personajes burdos ”
130
.
Dentro de un grupo que podemos clasificar co mo de novelas militares,
encontramos numerosas publicaciones. T odas en la misma línea de
reivindicación e spañola de la plaza, o de Tánger co mo refugio del soldado
130
http://novela- colonial-hispan oafricana.blogspot.co m.es/
358
cansado y con días de permiso. Destacan Tomás Borrás
131
, con La pared de la
tela de araña (1963 ), Jo sé Díaz Fernánde z , con la gran novela El Blocao qu e
vio la lu z en 1928 (1976) y Arturo Barea que publicó su trilogí a L a forja de un
rebelde (1977) – La Forja , La Ruta y La Llama - en 1 946, como alegato
testimonial a favor del soldado español, m ientras pone en orden las memorias
de casi una vida entera (González Hidalgo, 1993: 82).
Y f inalmente, entre las no velas recogidas por Go nzález H idalgo, hay u n
grupo formado por las de corte elogioso exagerado sobre las vir tudes de la
ciudad y en las que to ma cada vez m ás importancia la temática d el esp ionaje y
el m ito tangerino de miste rio y seducción. Destacamos las obras e sc ritas por
César González Ruano: La a legría d e anda r (19 43); Julia Mª Ab ell anosa …Y
llegó el plenilunio (1944), una nov ela de espionaje y tram a típicam ente
tangerina, con un ajustado reflejo del mundo de las legac iones, los clubs
nocturnos, etc; Tomá s Salvador -aunq ue en v arias de sus obras nombra l a
ciudad- con Hotel Tán ger (1968) en la que a partir de la vida d e diez
personajes di ferentes no s cuenta s u visión de la v ida y los entresijos d e la
ciudad: “ Pa ra mí – y de aquí el título de este libro -, Tánger es un e norme hotel,
un a l bergue humano, sin discrimina ci ón de razas. ¡ Al to, mien to! Existe una y
curiosa discriminación . En el Hotel T áng er no son admitido s los alemanes ”
(1968:7). Fernando Seba stián de Erice abordó en 1949 con su obra Ceño y
sonrisa de Tánge r el tema de las tramas económicas, y las falsas sociedades
mercantiles, trenzado con la o bsesión po r la div ersión. En riq ue Blanque -Bel fue
profeso r de l instituto español, y ce ntró muchas d e las h istorias de su s novelas
historias protagonizadas por lo profesores, haciendo una sátira del ambiente ,
131
Tomás Borrás fue periodista del Diario España en 1938, cu a ndo lo estaba fundand o el entonces Alto
Comisario Beigbeder.
359
mezclado c on los peculiares personajes tangerinos. Sus n ovelas son Tras esa
pálida máscara (1964) y Antes de que el verano se acabe (1965).
5.2 Segunda mitad del siglo XX
Tras este s omero resumen de lo qu e se ha venido haciendo desde el
siglo XIX y hasta la mita d del siglo XX, pas amo s a detenernos ahora en
aquellos escritores que han publicado desde mediados del siglo XX y hasta
nuestros días. Estas obras se pueden dividir grosso modo en d os grupos;
aquellas que trata r án s obre la buena vida en la ciudad y el lamen to ante l a
pérdida de dichas dádiv a s, y la s de espionaje, misterios y tram as al más pur o
estilo de la película Casablanca .
Un lugar destacado debemos oto rg arle al escri tor v enezolano – de familia
oriunda de Tán ger- Isaac Chocrón. Conocido noveli sta y a utor teatral en su
paí s, Rómpase en caso de incendio (1975) es, como dice la contraportada de
la edición, un reto . Se trata d e una novela epistolar, y en e l intercambio de
cartas en tre el prota g onista y sus destinatarios Chocrón traza la vida d e un
sefardí emigrado c on su familia a V enezuela tras la independencia. Un hombre
perdido tras u n drama, que al reencontrarse con la Melilla y el T ánger de su
pasado, vuelv e a descubrir el sentido de s u vida. Au nque el final trágico no
haga más que corroborar la certeza de la realidad , la crudeza del d í a a día, así
como la lejanía entre el mito tangerino y la vida co ti diana . Una de las notas más
interesantes de e sta riq uísima novela ta ngerina es la presencia de personas
reales como Alberto P imienta o Emilio Sa nz d e Soto entre los p ers onajes q ue
se p asean po r sus cartas. Da niel, el protag onista , habla s obre ellos en sus
366
En otras palabras, un modo más de resumir Tánger.
En esta misma línea d e añ oranz a, y de certificación d e pérdida del
paraíso, se inse rta el libro de relatos El obispo de Tánger (1995), del murciano
Antonio Parra. Este periodista del d i ario La Op i nión de M urcia, e scrito r,
profesor de la Facultad d e Comunicación y Documen tación de la Universidad
de Murci a, además de uno d e los flamencólogos más destacados de la regió n
de Murcia, se vale de la metáfora t angerina para hablar de la soled ad, de l
enfrentamiento con la m uerte y de los nuevos comienzos. Con una prosa
limpia, escueta y ralentizada en su s descripciones, Parra pasea por ese T ánger
irreconocible para muchos. Leamos el breve relato que abre el li bro, “Pórtico
del Deseo”, pues e s l a p uerta d e entrada al Tánger d e s u obra. A nton i o Parr a
nos está invitando en las primeras páginas a entender la ciudad desde su
perspectiva, mientras se acerca al puerto en el ferry:
“ Ya no habrá más Oriente ni má s patria de la infancia
velada en los recodos del corazón. El Oriente no es más que el
ámbito d el deseo que nos mantiene vivos, o acaso la nostalgia
del origen.
Oriente es el recu erdo de la madre y del pan prime ro. No
hay má s sueños que los que no se cum pl en ni má s paraísos
que los ya perdidos. Y yo he roto ese principio d e todo saber
esencial, de todo saber verdade ro, ¿Qué hago a hora hollando
este corto espacio entre la realid ad y el deseo? ¿Po r qué su rco
al fin el e s trecho camino de Algeciras a Tánger? ¿Qué ha go en
este barco a nulando la distancia frágil q ue separa el dulce
deseo incumplido de la inútil y ficticia geografía?
Ya sé que he labrado m i propia d esdicha, pero no
importa: baje mos d e una v ez hasta el abism o, pisemos las
367
brasas de esa otra humilde verdad que es la vida barnizada de
realidad, distorsionada por todo ajetreo. Después de todo con
la huida del arrob o del primer olor o con la tibia carnalidad d el
pan que me ofrecía mi m adre ya p erdí todo; perdí la alfombra
húmeda de los huertos, las rama s do r adas d e los f rutales, los
olores del c onocimiento, la remota sensualidad que bajaba la
tarde, el sol oculto en los naranjale s, la paciente luz de las
luciérnagas, la esta ción de los can tos, el furtiv o bañ o, el regazo
amable de las tierras. Pobre de mí, campe si no d esentrañado y
expulsado de toda co stumbre, caído de este lado del deseo
cuando fui un Rey im bricado co mo u na gota de vida en e l
océano infinito de la vida, en la entraña suave de la tierra.
Ya veo a Tánger perfilarse en su blanca f igura brumosa .
Esa ima gen lejana, asomada al acantilado, que apena s desv ela
todavía el p erfil chato de sus blan c as casas, podría se r a ún el
ámbito del de s eo, la s ecreta esquina don de h a bita la vida. Pero
pronto estará demasiado cerca, demasiado dibujada para ser
verdad. Cua ndo ciertos días lum inosos de A lgecir as dejaban
entrever, casi borrada por la b r uma, la silueta de la ciudad,
emboscada en la otra orilla, ten í a una ima g en más verdade ra
de ella, un símbolo más cercan o del Oriente, de e se Oriente
que es co mo el sueño de la vida o culta tras las cosa s, velada
por la turbia sa ciedad de las co sas. El Oriente: la nostalgia d el
origen, de la madre para siempre perdida.
Yo sabía que sólo me quedaba el consuelo del deseo;
sabía que era inútil llegar hasta cualquier oriente geográfico
pues no existe e n ningún lado, al menos en lo que el Oriente
del deseo tiene de alma. Ya sólo tenía el anhelo del arraigo y la
paciente espera del regreso al seno materno.
Por eso , d urante a ños, viajaba de sde mi país hasta
Algeciras, pa ra de s pués. Durante semanas, permanecer
sentado en la café del pu erto viendo partir los barcos,
368
renunciando a subir a alguno de ellos. Y así , un año tras otro,
durante cincuenta años, la mayor parte de mi vida.
Perdí mi tiempo entre clase s y libros form ando alumnos
en las mismas a ulas en las que yo me f ormé m ientras algo en
mí se destruía p ara siemp r e. Y cada verano, de s de los
veintiocho año s , he viajad o hasta la clara ciud ad de l su r pa ra
mirar melancólico, pero f irme, resuelto a n o ceder a los
impulsos, el horizonte que m arcaba la línea marina donde el
oriente geográfico comenzaba.
Durante tanto tiem po m ucho ha cambiado esta ciudad y el
paisaje huma no. De pronto, un año, los barcos comenzaron a
llegar cargados de árabes rodeados de maletas y otro año les
vi regresar co n los coche s repletos. Aquél lugar se f ue
volviendo incómodo, i nhóspito. Los registros po liciales hiciero n
su aparición. Yo mismo ll egué a ten er problemas, f ui un
sospechoso.
-¿A dónde va?
-A ningún lado
-¿Espera a alguien en el próximo barco?
-No, a nadie.
Y casi siem pre me dejaban tranquilo, aunque m e mirasen
como a un loco; o tal vez co mo lo que soy : un e x céntrico
anciano extranjero.
Recientemente conocí a un m uchacho que regresaba de
Marruecos. Me pidió el periódico y despu és entabló una
conversación conmigo. Insistió tanto en sa ber de mí que le
conté mi historia. Era un joven con sentido común, a sí que me
dijo algo raz onable: es mejor conocer los países rea le s que los
que creamos en nuestra imaginación.
369
Pero y o no soy razon able. No q uiero ni puedo ser ya
razonable. ¿Qué p ued e darme la raz ón más que esa amarga o
estúpida o banal aceptación de que no h ay más Orientes que
los velados en el corazón? Que no hay má s Orientes que el
desplegado en a lma o en há lito disuelto en el aire sin sombra ni
relieve, sin materia, sin carne . ¿Cómo querer enca rn ar lo que
no e s m ás que visión suprema, intuición mome ntánea d e todo
origen, de esa globa li dad tan aplastante que n o es a la m irada
más que bruma; la totali dad que ya no es nada, en la que no
cabe m ás que su mergirse, p ertenecer a e lla anónima y secreta,
calladamente?
Y, sin embargo, ahora me dirij o, impávido, hacia la
muerte. Ya veo a la ciud ad abrirse entre la niebla; y no e s ya un
óleo desvelado, sino velado por la nitidez. Lo s co lores del día,
la presencia de los o bjetos, van cub riendo todo su eño orien t al,
toda su st ancia verdadera. Sien to que m e desgajo de la f ibra de
lo ete rn o, de su pereza esencial; pero al m ismo tiempo ,
mientras el barco se desliza silencioso hacia el muelle, ¡cuánta
nostalgia de l Oriente al que renuncio en mi corazón para
siempre, cuánta nostalgia del Oriente que pierdo de f or ma
inevitable just o en el momento en el que e l ferry a traca en
oriente!” (Par ra, 1995:7- 10) .
En 1997 vio la luz la novela Tánger del escritor Juan Madrid. Aunque
casi toda su narración tie ne lugar en Madrid, la p resencia de Tánger f lota en
cada página de la ob r a. Es e l ele me nto cataliz ador de la trama , e l eje sobr e el
que piv ota la vida d e Abdul, su protag onista, y los demás personajes a s u
alrededor. Metid os en una trama policíaca de asesinatos y n egocios sucios, l a
ciudad d e T ánger es la promesa de una vida mejor, el su eño de libertad, pero
una libertad a la altura del hombre, como explica la obra:
370
“ -Tiene que ver con la esca la humana de las cosas. El
tamaño, la decoración, la simplicidad en el objetiv o.
Ella volvió a mirarlo con atención, sin dejar de fumar.
-¿Escala humana de las cosas? ¿Qué has querido decir?
-Lo m ismo qu e los edificios. Nunca deben tener más d e
cuatro p isos. Ése e s el límite humano. Desde la calle debes
poder h ablar con alguien asomado al balc ón. Una calle con
edificios altos, sin plazas, es una calle inhumana, no está
hecha a nu estra m edida. Soy d e Tánge r, ¿sab es?, y allí todo
es a escala humana. Hasta la Gran Mezquita. Madrid
es…bueno, es diferente…
Se encogió de homb ros y L idia volvió a ob servarl o en
silencio. Vio a un chico mu y joven, guapo, quiz ás u n
muchacho, v estido a la antigua. La s p estaña s le so mbreaban la
cara. Unas p estañas que cualquier mujer envidiarí a. Pero e ra el
hijo de Richi Torres” (2004, 73 -74).
5.3 Siglo XXI
Con el siglo XX I vamos a da r u n nuevo giro a l modo de analizar la
Literatura tangerina. Manteniéndose en la lín ea de esa narra tiv a anacrónica de
la que h ablaba Goñi Pé rez (2009a), se ha ido transformando en lo que
denomina literatura nostálgica (2009a: 182). Escritores que y a no son
tangerinos, que han conocido la ciudad ta rd íamente y que, en m uchos casos,
solo saben d e la realidad internacional a part ir de libros de historia, de novelas
anteriores, o de recuerdos que han oído contar, reco nstruy en lo más fielmente
que pueden la narrativa tangerina a partir de esa información adquirida. Así se
producirá, en palabras de Goñi Pérez:
371
“ la representación de la búsqueda sublime de lo exótico,
lo orientalista, o e l redescub rimiento de unas vidas colonizadas
que resu lta ardu o y h asta e mbarazoso. Ya que la visión
novelística a ctual ahonda más en el d istanciamiento político y
utópico de la zona interna ci onal y colonial, y d a m ás
importancia a la reflexión de l Yo y del no -Yo, como referencia
de los sentimientos vitales ” (20 09a: 183).
Estos primeros años del siglo X XI se han visto cargados de
publicaciones en esta línea, el incremente de li br os sobre Tánger ha sido
llamativo. Parece que u na nueva oleada d e admiración ha sacudido las letras
españolas y de sde el añ o 2000 podemos destaca r casi un libro por año. Esta
literatura contemporánea tangerina se va a caracterizar por u n int erés
demostrado en no d istorsionar la realidad, sino recrearla, m odelarla y
repensarla (Goñi, 2009b: 41). Juegan con el m ito y la leyenda de la ciudad – leit
motiv ine vitable- pe ro cargada de una nueva interpretación de ese otro hasta
ahora usurpador del paraíso. Ya no será un o tro monolítico y a v asallador, sino
dispar, variado y en movimiento orgánico, en definitiva, en palabras de Goñi
Pérez, “ una otredad muy distinta de la expresada en la literatura decimonón ic a ”
(2009a: 187).
Aún a med i o camino e ntre e l grupo de esc ritores anteriores, y e st a
nueva generación de au tores, de bi do a sus implicaciones person ales,
encontramos a Juan Vega M ontoya. Aunque nacido en Utrera (Sevilla) en
1932, Vega Montoya es un tangerino de ado pción, llegó a la ciud ad con cuatr o
años y allí pasó s u i nfancia y juv entud. Cursó su s estudios primarios e n la
escuela de la Alianza Israe lita y poste riorme nte obtuvo el Diploma d e E studios
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