scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

De velorios y novelas en la literatura puertorriqueña del XXI

Caballero Wangüemert, María del Milagro

Full text

163 De velorios y novelas en la literatura puertorriqueña del XXI María Caballero Wangüemert (Universidad de Sevilla) [Martorell, Antonio. El velorio (no vela)/Martorell´s Wake. (Trad. de Andrew Hurley). Ponce, Puerto Rico: RIP, 2010] Es este uno de los libros más singulares de la literatura puertorriqueña actual. El autor, Antonio Martorell, a quien se debe el texto, el diseño gráfico en forma de álbum y la concepción global de la obra, es uno de los artistas plásticos más polifacéticos y prestigiosos de la isla: performance, teatro, escritura y medios de comunicación social han tentado a quien es artista residente de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, donde tiene su taller. A un pintor le atrae bucear en la psicología y la infraestructura técnica de otro. De la “curiosidad” surgió este espléndido libro bilingüe (español/inglés) a dos tintas (negra/sepia), una especie de “fabulación” sobre El velorio (1893), de Francisco Oller (1833-1917). Un cuadro de inmensas proporciones, al modo de la pintura histórica europea de la época, que cuelga habitualmente en el Museo de Historia, Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico (Recinto de Río Piedras). En consecuencia, estamos ante el testimonio de un pintor sobre y desde la pintura ¿Y quién es Oller? Un puertorriqueño, con vocación trasatlántica, formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid), con estancias y exposiciones en París y Viena aprovechando los Salones correspondientes; amigo de Cezánne, cuyos azules y alguno de sus trazos se vislumbran en su gran lienzo, confiriéndole un toque de modernidad. Ya en su madurez y de vuelta a la isla, donde fue profesor y mantuvo un taller, pinta El velorio de un angelito. Un cuadro que no sólo varió su título —popularmente se conoce como El velorio—, sino su lectura al cabo del tiempo. Concebido como transcripción pictórica de la literatura costumbrista de la época —no hay sino recordar textos de Ramón de la Palma o la condesa de Merlin en este sentido—, se visiona hoy —además— como una metáfora de la situación política que arrastró el país a lo largo de más de un siglo. El libro de Martorell se abre con una “Embocadura” a modo de prólogo, consta de 63 capítulos y un epílogo, a los que se añaden nota del traductor, agradecimientos, bibliografía, un CD, con las voces de teatreros isleños que le dan vida a varios capítulos. A primera vista, su hibridez proviene, no solo de la doble estructura pictórico/fotográfica y escritural, sino de las Letral, Número 6, Año 2011 164 De velorios y novelas en la literatura puertoriqueña del XXI María Caballero Wangüemert múltiples perspectivas, de las variadas voces del texto. Porque cada uno de los personajes del cuadro toma la palabra en primera persona para contar su historia, para opinar, para encararse con el lector. La heterogeneidad es el sello del libro: son los personajes, pero también los colores, la paleta, el pintor, el Maestro Oller, los ausentes… todos cobran vida mediante la prosopopeya y establecen un diálogo con el posible lector. Con muchos matices: por ejemplo, el angelito discurre entre la ternura y el asombro… Hay quien ha dicho que es El velorio de Martorell y no de Oller… y así es. Una obra “que desvela nuestro ser puertorriqueño”, desde la total libertad narrativa. Tal vez ciertos comentarios —la historia del curita joven o la de Consuelo, por cierto personaje ausente— remitan y sean deudores de la literatura decimonónica por su anticlericalismo Para mi gusto, son excursos innecesarios: la galería de personajes, perros, gatos, lechón y otros son más que suficientes para desplegar ese gran panel en el que confluyen Oller y Martorell. Más allá de lo sociológico o histórico, son muy notables los capítulos dedicados a los colores, el pincel, la paleta: la categoría del pintor se pone de manifiesto en los mil y un sutiles comentarios al respecto. En cuanto al título, el mismo Martorell lo glosó en su “Discurso de ingreso a la Academia Puertorriqueña de la Lengua” que versó sobre El velorio –“velo, desvelo y Relevo”-: vela y desvela un cuadro de costumbres y confiere inmortalidad a la muerte, negándola al tiempo que la muestra —dijo—. El tema obsesionaba al autor tiempo atrás y ha dado sus frutos. Y el formato híbrido (foto y texto) ya había cuajado en su Album… Por lo que se refiere a lo ensayístico/autobiográfico, La piel de la memoria es un precedente obligado. Quisiera cerrar esta reseña con unas palabras del capítulo “el autor” que ponen de manifiesto la intencionalidad de Martorell con esta nueva y original “salida”. No sé a dónde me llevan estas elucubraciones y lo extraño de todo es que esa misma ignorancia es la que me alimenta a continuar pues encuentro un placer sospechoso, como todo placer, para seguir adelante prestándole voces a ʽEl velorioʼ, adivinando secretos diálogos y conflictos, causas y efectos, y ¿por qué no? misterios que no pretendo resolver pero sí regustarme en su no solución, en ese enigma que constituye uno de los más perversos placeres del arte. (88). Letral, Número 6, Año 2011