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323 DOMINACIÓN, RACIONALIDAD Y GÉNERO. UNA PERSPECTIVA POSTESTRUCTURALISTA Saz Mas, Sonia Departamento de Teoría de los Lenguajes Universitat de València [email protected] RESUMEN: Las investigaciones de las últimas décadas revelan el carácter cultural de muchas de las asunciones que tradicionalmente han sido consideradas como naturales. Esta constatación invita a repensar algunos de los presupuestos sobre los que se ha fundamentado nuestra cultura, a la que subyace una lógica racional de dominación que se manifiesta tanto en la relación patriarcal entre sexos como en la actitud de Occidente hacia la naturaleza y hacia otras culturas. La diferencia sexual enfocada desde un punto de vista político, que involucra desde el orden social a la propia autoimagen, abre la posibilidad de considerar nuevas vías de construcción identitaria y social a partir de su cuestionamiento. A través del pensamiento de Monique Wittig y de Hélène Cisoux, y en consonancia con algunos de los planteamientos del postestructuralismo, se invita a una revisión de lo masculino y lo femenino entendidos tradicionalmente como categorías opositivas y mutuamente excluyentes para, a partir de su reconsideración en la escena actual, abrir nuevas posibilidades de autocomprensión y convivencia. PALABRAS CLAVE: Postestructuralismo, ética, identidad, racionalidad, estructuras de poder, feminismo
324 DOMINACIÓN, RACIONALIDAD Y GÉNERO. UNA PERSPECTIVA POSTESTRUCTURALISTA ... producir el sentido, esta es la tarea de hoy. Gilles Deleuze Esta comunicación se encuadra en una investigación más amplia en torno a la recuperación de la dimensión ética en el discurso postestructuralista. Una de las manifestaciones de esa recuperación la encontramos en la reflexión acerca de las estructuras de poder que, entre otros resultados, ha dado lugar a maneras nuevas de entender el feminismo, así como a un auge de otros movimientos de visibilización del oprimido como pueden ser los estudios postcoloniales. Nos centraremos en el feminismo teórico francés de los años setenta y ochenta, por dos motivos fundamentales: en primer lugar, se trata de valiosas contribuciones en el terreno de la epistemología feminista, que constituyeron un aporte fundamental para lo que hoy conocemos como estudios de género; por otro lado, y en obvia conexión con lo anterior, resultan también de gran potencial en lo referido a nuestra constitución como sujet@s. Para nuestra exposición nos centraremos en el trabajo de Monique Wittig225 y especialmente en el de Hélène Cixous226, concretamente en sus respectivas obras El pensamiento heterosexual y “La joven nacida”, en las que encontramos algunos de los puntos clave de su pensamiento. En el trabajo de Monique Wittig resulta relevante su tratamiento del concepto de “mujer” como categoría, su etiología y su funcionalidad en el seno de nuestras sociedades. En cuanto a Hélène Cisoux, atendemos a su concepción de lo femenino como una vía de apertura a posibilidades nuevas, posibilidades que van desde una reconsideración de la propia identidad hasta las consecuencias, impredecibles, que tal transformación podría conllevar para nuestras sociedades. En ambos casos se trata de trabajos cuya ascendencia encontramos, junto con otras aportaciones del feminismo de la época, en las observaciones de Simone de Beauvoir en torno al “mito de la mujer”,227 retomadas desde una perspectiva contemporánea y en un marco en que 225 Ensayista y autora de obras de ficción, la obra de Monique Wittig constituye una referencia tanto para el feminismo postestructuralista como para algunos de los desarrollos a los que ha dado lugar, como por ejemplo los estudios queer. 226 Hélène Cixous es autora de ensayos, novelas y obras de teatro. Reconocida entre las iniciadoras del feminismo postestructuralista, ha sido muy valorada su teorización en torno a la noción de falocentrismo y de escritura femenina. 227 Nos referimos, claro está, al análisis practicado por la autora en El segundo sexo, publicada en 1949 y que constituye uno de los pilares del feminismo del siglo XX. Recordamos que en esta obra Beauvoir expone la conceptualización a la que histórica y culturalmente ha sido sometida la mujer, conceptualización que la niega como ser humano al destinarla por nacimiento a una idealización (negativa y/o positiva) que la precede.
325 se cruzan planteamientos teóricos diversos, desde el psicoanálisis a la deconstrucción.228 En consonancia con ello, así como con el momento intelectual en que se sitúan, se trata de un tipo de acercamientos que inciden en la actuación efectiva de los discursos sobre la realidad, lo cual redunda en nuestra condición, en tanto personas, de seres atravesados por el lenguaje puesto que nos constituimos en su seno. Comenzaremos por situar estas propuestas teóricas en su contexto, a fin de presentarlas, dentro de lo posible en este reducido espacio, haciendo justicia a su coherencia y potencialidad. Como se ha apuntado, los trabajos que presentamos se sitúan entre la décadas de los setenta y los ochenta del pasado siglo, momento en el que cabe ubicar el nacimiento de lo que hoy conocemos como postestructuralismo (ASENSI, 2006). Particularmente en Francia, y en continuidad con las investigaciones del estructuralismo, nos hallamos en un momento de efervescencia teórica, con sucesivas aportaciones, desde diferentes esferas del pensamiento, que nos ofrecen una visión de nuestra condición como seres humanos que pone en tela de juicio nuestras más arraigadas creencias. El estructuralismo postuló, como es sabido, la muerte del sujeto bajo distintas versiones: desde el inconsciente que nos dirige hasta la ideología que nos inculca una determinada visión del mundo y de nosotros mismos, pasando por los distintos mecanismos que nos reducen y nos someten en aras de un determinado funcionamiento del Estado. Efectivamente, el sujeto concebido como unidad coherente y autónoma entra en crisis, pues se ponen en evidencia los distintos dispositivos por los que nos constituimos, en una medida mucho mayor de lo que sospechábamos, como lo que podríamos llamar productos culturales. Esta constatación se lleva a sus últimas consecuencias durante el periodo en el que se sitúa nuestro estudio, y no precisamente para enterrar al sujeto, sino para abrir las puertas que conducen a una posible libertad. Si el estructuralismo hace emerger algunos de los condicionamientos a los que nos encontramos sometidos, abre al mismo tiempo la posibilidad de sustraernos a ellos en alguna medida, dentro de nuestras posibilidades como humanos. Es en esta línea en la que se sitúan las aportaciones de las autoras a las que aquí atendemos. No es necesario a día de hoy insistir en la estructura de poder que ha sostenido durante siglos, si no milenios, la relación entre hombre y mujer y con ella la configuración de nuestras sociedades según modelos que siguen vigentes229. No obstante, sigue siendo pertinente indagar en los mecanismos por los que esta relación ha sido instaurada y perpetuada. Una de las claves para 228 Por razones tanto de extensión como de foco de interés, no atenderemos a otras contribuciones de este periodo con gran repercusión en el feminismo contemporáneo, como son las de autoras como Julia Kristeva, Teresa de Lauretis o Luce Irigaray. 229 Debemos a Kate Millet el primer trabajo que aborda abiertamente la cuestión. Con Sexual politics, publicada en 1970 a partir de su tesis doctoral, Millet señalaba el carácter político del sexo en tanto que soporte de la diferencia que funda el patriarcado, con su distribución de roles y lugares para cada uno de los sexos. Asimismo, la autora incide en el carácter cultural del género, apoyándose en estudios anteriores que ponían en tela de juicio la identidad psicosexual como algo dado, espontáneo, mostrando que se trata de constructos culturales que sin embargo se asumen como naturales.
326 ello la encontramos obviamente en la ideología, entendida en el sentido especificado por Louis Althusser.230 Una de las características a las que debe su efectividad toda ideología es la de encubrir su carácter de representación, es decir, que hace pasar por realidad lo que no es más que un efecto de discurso. Recordemos brevemente cómo actúa. Tomaremos como ejemplo la clásica sentencia “los chicos no lloran”, cuya resonancia sigue aturdiéndonos todavía hoy. En esta aseveración podemos observar dos cosas: por una parte, nos llega como afirmación (aunque negativa), y por ello con pretensión de verdad, cuando en realidad no es más que una aspiración, un ideal (huelga decir que si respondiera a una realidad no habría necesidad de reconvenir al chico que llora). Por otra parte, se trata también de una apelación, gracias a cuya eficacia efectivamente existen chicos que no lloran, lo que se toma de manera más o menos explícita y/o (in)consciente como una especie de prueba de que, verdaderamente, los chicos no lloran. Incluso puede haber estudios científicos que lo avalen. Y así, algo que tiene todos los visos de ser en alto grado (incluso completamente) un hecho cultural, aprendido, se asume automáticamente como natural. El mito de la mujer denunciado por Simone de Beauvoir no obedece a una lógica distinta: a través de una construcción que es fruto de condicionantes diversos, se impone una “realidad” castradora que ejerce su violencia sobre la pulsión viva, a la que quiere someter. Estos mecanismos, como veremos, aunque en gran parte responden a inercias del pensamiento, no por ello dejan de servir a una estructura de poder, basada en la dominación, la cual tradicionalmente no solo ha presidido la relación entre sexos, sino que también ha marcado el modo occidental de relación con la naturaleza y con otras culturas. Es por ello que, como decíamos, sigue constituyendo una necesidad de primer orden la elucidación de los mecanismos por los que se perpetúan estas estructuras de poder por las que la vida, en sus diversas manifestaciones, sigue siendo violentada. Una de las pensadoras cuya reflexión se sitúa en el marco esbozado es Hélène Cixous, nacida en la Argelia de 1937, todavía ocupada por Francia. En su ensayo “La joven nacida” encontramos una breve pero clara exposición del estado de cosas en que a menudo desembocan estas asunciones ideológicas que, actuando en diversos niveles y unidas a otros factores, como pueden ser intereses económicos y políticos, llevan a experiencias como la que ella relata: “Haber visto a los «franceses» en la «cumbre» de la ceguera imperialista comportarse en una tierra habitada por seres humanos como si estuviera poblada por no-seres, por esclavos-de- nacimiento. Todo lo aprendí de ese primer espectáculo: vi cómo el mundo blanco («francés») superior plutocrático, civilizado instituía su poder a partir de la represión de poblaciones que se hacen a veces «invisibles» como son los proletarios, los trabajadores inmigrados, las minorías que no tienen el «color» adecuado. Las mujeres. Invisibles en calidad de humanos. […] Así, 230 Es decir, la ideología como el modo en que el individuo se representa su relación con sus condiciones reales de existencia y por el cual el individuo queda convertido en sujeto. (ALTHUSSER, 1974)
327 pues, tengo cuatro años, y lo primero que veo en la calle es que el mundo está dividido en dos, jerarquizado, y que mantiene este reparto mediante la violencia.” (CIXOUS, 1995: 23-24)231 Violencia y dominación, ambas solidarias en una misma voluntad de sometimiento. Ambas solidarias también de una cierta lógica de la racionalidad vinculada a nuestro lenguaje, en tanto que el modo en que este organiza la realidad se basa en oposiciones binarias que suelen contener una jerarquización. Sujeto/objeto, dentro/fuera, superior/inferior. Aquí encontramos uno de los aportes fundamentales del pensamiento postestructuralista, concretamente de la deconstrucción: la constatación de estas dualidades que subyacen a nuestra aprehensión del mundo vehiculizada por el lenguaje.232 Estas dualidades, parejas las llama Cixous, las entendemos sin embargo como pares de términos opuestos, que se niegan mutuamente: “Y el movimiento por el que cada oposición se constituye para dar sentido es el movimiento por el que la pareja se destruye.” (CIXOUS, 1995: 14). La pareja se destruye al constituirse como oposición, y más aún cuando en esta oposición uno de los términos se considera preeminente: el hombre frente a la mujer, el humano blanco frente al de otro “color”, lo propio frente a lo percibido como ajeno. Es esta lógica la que subyace a toda estructura de dominación: el postulado de dos entidades opuestas en la que una se subordina a la otra. En última instancia se trata de una posición defensiva, un atrincheramiento en lo propio ante la amenaza de lo otro, de lo diverso. Y es el mismo mecanismo el que subyace a la institución de la diferencia como acto de poder.233 Ese temor y su respuesta han funcionado también en nuestra civilización a lo largo de milenios de patriarcado, y es necesario destacar que su presencia sigue latente en un amplio dominio, que va desde nuestra constitución en sociedades hasta aquello que percibimos como más auténtico y personal y que radica en lo que solemos entender como nuestra identidad. 231 La edición francesa original de La risa de la medusa, libro en que aparece el ensayo “La joven nacida”, es de 1975. Las citas del texto son de la traducción española que aparece en la bibliografía. 232 No es menos importante otro de los aportes que debemos a esta época del pensamiento y que resulta de un valor fundamental para los planteamientos que aquí se presentan (a pesar de contar con una larga tradición, la historia de la filosofía no se ha desarrollado según este punto de vista; es en este momento cuando se recupera y se enfatiza): la constatación de la ilusión que supone el concebir el lenguaje como un instrumento que traduce la realidad, pues más bien se trata de un medio por el que en gran parte la producimos. En las últimas décadas han aparecido multitud de trabajos dedicados a este hecho, vinculado al carácter metafórico de nuestro lenguaje, el cual, aun queriendo alcanzar la realidad para entregárnosla, más bien nos ofrece otra. A pesar de ello sigue habiendo un fuerte apego a las fórmulas tradicionales, poniéndose entre paréntesis el valor cognitivo de otros lenguajes. A las metáforas que podrían vehiculizar nuevas concepciones y puntos de vista se siguen imponiendo las metáforas gastadas, que no por ello dejan de ser lo que son. Así, el anclaje en la lógica tradicional como la única admisible nos mantiene sin podernos sustraer a una inercia que ha mostrado ya sus limitaciones. 233 Edwuard W. Said en su libro de 1979 sobre el orientalismo ofrece un detallado examen del modo en que se instituye, en un determinado momento de la historia, la diferencia que divide el planeta en dos regiones, Oriente y Occidente y cómo esta diferencia, establecida por el Occidente, se trabaja durante siglos y sirve a la dominación ejercida por el mismo que la establece (SAID, 2010). El mismo tipo de acto diferenciador y las mismas consecuencias de subyugación atribuye Monique Wittig a lo que denuncia como “pensamiento heterosexual” (WITTIG, 2006).
328 Una de las pensadoras que con mayor vigor expuso esta problemática fue Monique Wittig. En varios de sus ensayos recogidos en El pensamiento heterosexual la autora incide sobre el alcance de los mensajes que recibimos desde la infancia, en una doble dirección que cierra sin embargo el círculo que va de nuestra autoimagen al mantenimiento de un orden que nos somete, o viceversa. En “La categoría de sexo” leemos: “La dominación suministra a las mujeres un conjunto de hechos, de datos, de aprioris que, por muy discutibles que sean, forman una enorme construcción política, una prieta red que lo cubre todo, nuestros pensamientos, nuestros gestos, nuestros actos, nuestro trabajo, nuestras sensaciones, nuestras relaciones.” (WITTIG, 2006: 25)234 Wittig analiza los niveles desde los que esta dominación, que podemos llamar también ideología en el sentido ya señalado, ejerce su efectividad. Wittig observa que tanto desde un punto de vista metafísico como científico se nos enseña que “antes de cualquier pensamiento, de cualquier sociedad” existen dos sexos, cuyas características innatas destinan a sus portadores en una dirección determinada.235 La argumentación de Wittig se dirige a señalar el error que constituye considerar que la diferencia sexual sea tal como la conocemos anterior a cualquier pensamiento y a cualquier orden social. Existe la diferencia anatómica, fisiológica, pero no en el sentido que asumen tanto la filosofía como la ciencia: el de constituir una base para la diferenciación de dos categorías de seres humanos, quedando establecidas para cada uno de ellos unas aptitudes y no otras, y en función de ello, un determinado lugar en la sociedad y en su propia intimidad. Lejos de pertenecer a dos géneros naturalmente distintos, hombres y mujeres han sido concebidos como tales a partir de una diferencia que se erige en criterio clasificador y que, actuando durante milenios, da lugar a las dos clases de la humanidad que conocemos como «hombre» y «mujer». Wittig atribuye esta operación a lo que denomina “pensamiento heterosexual” y subraya uno de los mecanismos por los que se instaura la diferencia y las consecuencias a las que aboca: 234 La colección de ensayos, escritos en los años setenta y ochenta, recogidos en El pensamiento heterosexual fue publicada en inglés en 1992. Las citas que aquí manejamos corresponden a la edición española citada en la bibliografía. 235 “Por todas partes la dominación nos enseña: - que antes de cualquier pensamiento, de cualquier sociedad, hay «sexos» (dos categorías innatas de individuos) […] (el enfoque metafísico) - que antes de cualquier pensamiento, de cualquier orden social, hay «sexos» que son «naturalmente», «biológicamente», «hormonalmente» o «genéticamente» diferentes y que esta diferencia tiene consecuencias sociológicas (el enfoque científico).” (WITTIG, 2006: 25). A lo que Wittig denomina “enfoque metafísico” y “enfoque científico” añade el “enfoque marxista”, que en el momento en que estos ensayos se escribieron seguía teniendo un peso considerable como marco de comprensión de la dinámica social. En mi comentario me refiero solamente a la perspectiva filosófica y la científica en tanto que modelos de comprensión con amplia vigencia en la actualidad (no obstante sin menoscabo de los aportes del marxismo para la comprensión de nuestra actualidad).
329 “Porque constituir una diferencia y controlarla es un acto de poder […] El concepto de diferencia de sexos, por ejemplo, constituye a las mujeres en otros/diferentes. Los hombres, por su parte, no son diferentes. Los blancos tampoco son diferentes, ni los señores, diferentes son los negros y los esclavos.” (WITTIG, 2006: 53) En definitiva, se trata de la percepción de lo Otro. Simone de Beauvoir: “Plantear a la mujer es plantear al Otro absoluto, sin reciprocidad, rechazando la experiencia de que ella es un sujeto, un semejante.” (Beauvoir, 1972: 298). Cixous también se pronuncia: “Todo se basa, a través de los siglos, en la distinción entre lo Propio, lo mío, o sea, el bien, y lo que lo limita: luego, lo que amenaza mi-bien […] es el otro. ¿Qué es el «Otro»? […] eso que llamamos «otro» es una alteridad que se afirma, que entra en el círculo dialéctico, que es el otro en la relación jerarquizada en la que es el mismo que reina, nombra, define, atribuye, «su» otro.” (CIXOUS, 1995:25) De modo que el otro siempre es definido por quien lo percibe como tal. Se toma (o establece) una diferencia, se erige en línea divisoria y obtenemos como resultado un par de opuestos irreconciliables en el que quien domina teoriza al otro (es decir, le adjudica una entidad y un lugar) en función de sus intereses y/o, como decíamos, desde el temor de su aniquilación: “La oposición propio/no propio (la valorización de lo propio) organiza la oposición identidad/diferencia. Ahí todo ocurre como si, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre y el ser se hubieran apropiado el uno del otro. […] La astucia y la violencia (¿inconscientes?) de la economía masculina consisten en jerarquizar la diferencia sexual valorizando uno de los elementos de la relación, afirmando lo que Freud llama la primacía del falo. Y, de hecho, la «diferencia» siempre se percibe, se realiza, como oposición. Masculinidad/feminidad se oponen de tal modo que el privilegio masculino se afirma siempre con un movimiento conflictual disputado de antemano. Y nos damos cuenta de que el Imperio de lo Propio se erige a partir de un miedo que es típicamente masculino: miedo de la expropiación, de la separación, de la pérdida del atributo.” (CIXOUS, 1995: 37) Así, nos encontramos con que nos hallamos invadid@s por un aparato mental que muy difícilmente puede ser separado del dominio masculino milenario y que como instrumento que nos sirve para relacionarnos con el mundo impregna nuestra cognición, nuestras relaciones, incluso nuestras formas de autopercibirnos. De modo que si bien nuestro lenguaje es el potente artilugio que conocemos, no bastará con modificarlo superficialmente —como por ejemplo sustituyendo el uso del masculino universal por complicadas fórmulas no-excluyentes. De lo que se trataría, más bien, sería de rebelarnos contra ese mismo “enemigo interior” que, asumiendo las fórmulas heredadas, nos encarcela en convicciones y en categorías que nos esperaban ya
330 desde antiguo, y que todavía esperan a quienes vendrán. Ya Simone de Beauvoir había señalado, refiriéndose al Eterno Femenino, que “si la definición que se da de él es contradicha por la conducta de las mujeres de carne y hueso, el error es de éstas: no se dice que la Femineidad es una entidad, sino que las mujeres no son femeninas” (BEAUVOIR, 1972: 298). Esta tiranía del ideal, del concepto, del lugar que nos asignan esas categorías ciegas a la realidad viva que no se adecúa a ellas, queda patente en la obra de autoras como Monique Wittig. En su obra encontramos un testimonio de la experiencia de sentir “hasta qué punto ser «la-mujer» era para nosotras [lesbianas] algo «contra natura», algo limitador, totalmente opresivo y destructivo […] Era una constricción política y aquellas que se resistían eran acusadas de no ser «verdaderas mujeres».” (WITTIG, 2006: 35). Es en este sentido que Wittig, cuya sexualidad no encajaba con la que se esperaba de una mujer de su tiempo, percibe la impertinencia de esa diferencia sexual que distribuye a la humanidad en dos grupos a cuyos integrantes se les asignan de antemano unas características determinadas que actúan coartando su potencial de vida. En la época en que escribe Witting, no sabemos cuántos miles de personas no podían situarse ni en la categoría “hombre” ni en la de “mujer”, porque ambas excluían su verdad viva, en este caso homosexual. Podemos así darnos cuenta de que resultan constrictivas. Desde el momento en que nos identificamos con “hombre” o “mujer”, sea de manera consciente o no, en lugares profundos de nuestra psique nos estamos abriendo a unas posibilidades y cerrando a otras. Wittig atribuye la responsabilidad de la separación de sexos a lo que ella denomina “pensamiento heterosexual” que, establecido por el dominio masculino, ha constituido el fundamento sobre el que en última instancia se ha mantenido ese dominio, destinando a la mujer a la reproducción y al hombre a la vida pública. No obstante, y esto es algo en lo que coinciden diferentes propuestas feministas, no se trata ahora de invertir los términos, de reivindicarse en un modo que sigue hoy ocupando algunos sectores del feminismo. Wittig escribe: “Nos levantamos para luchar por una sociedad sin sexos; ahora nos encontramos presas de la trampa familiar de que «ser mujer es maravilloso» […] ¿Qué significa «feminista»? Feminismo contiene la palabra «fémina» («mujer»), y significa: alguien que lucha por las mujeres. Para muchas de nosotras, significa alguien que lucha por las mujeres como clase y por la desaparición de esta clase. Para muchas otras, esto quiere decir alguien que lucha por la mujer y por su defensa —por el mito, por tanto, y por su fortalecimiento.” (WITTIG, 2006: 37) Así, Wittig concibe la lucha de y por las mujeres no en cuanto seres humanos que pertenecen a una misma categoría, con una misma “naturaleza” —puesto que su naturaleza, como la de los hombres, puede ser tan heterogénea como lo permite su condición humana— sino en cuanto personas que comparten una situación: la de haber sido clasificadas dentro de un orden establecido y todas las consecuencias que ello ha conllevado, que pueden resumirse bajo el rótulo de subyugación. Creer en esa categoría como tal y defenderla es seguir levantando muros tanto para nuestro potencial humano como para nuestras posibilidades de encuentro con aquellos que se sitúan al otro lado de la división. Del mismo modo, defender el derecho de las mujeres a ocupar los puestos que tradicionalmente han ocupado los hombres, sin mirar más allá,
331 sin querer ni concebir posibilidades nuevas, supone aceptar todo el orden que la masculinidad ha creado, vivir repitiendo, reproduciendo el orden que se nos ha inoculado: “Lo que él quiere, ya sea a nivel de intercambios culturales o personales, ya se trate de capital o de afectividad (o de amor, de goce), es que le produzca un suplemento de masculinidad: plusvalía de virilidad, de autoridad, de poder, dinero o placer que, al mismo tiempo, refuercen su narcisismo falocéntrico. Además, la sociedad está hecha para esto, por esto […] La ganancia masculina casi siempre se confunde con un éxito socialmente definido.” (CIXOUS, 1995: 48) Si volvemos ahora la vista a nuestro alrededor quizás podamos advertir hasta qué punto la asunción de este modelo se generaliza, nos invade. La subversión no puede darse en el acto de arrebatarles su puesto o de redistribuir los puestos. Sin negar lo anterior, la subversión pasa necesariamente por la invención de un orden nuevo (Cisoux: “No tomar posesión para interiorizar, o para manipular, sino para pasar rápido, y romper las barreras”). Ello requiere en primer lugar la capacidad de cuestionar lo recibido, de ponerlo en entredicho para liberar nuestro pensamiento de clichés que casi tienen vida propia, reconocer que lo son. Del mismo modo se requiere la capacidad de imaginar un orden de cosas diferente, que obviamente debe empezar en nuestras mentes. En este sentido encontramos en el pensamiento de Hélène Cixous una vía posible de apertura e integración, de encuentro con el otro así como de cada cual consigo mism@, que consideramos un buen punto de partida para ese orden no falocéntrico al que podemos verdaderamente aspirar. Y es concretamente en su caracterización de lo femenino donde puede encontrarse esta vía. No obstante, la autora apunta: “Utilizo con sumo cuidado los calificativos de la diferencia sexual a fin de evitar la confusión hombre/ masculino, mujer/femenino: pues hay hombres que no reprimen su feminidad, mujeres que inscriben más o menos fuertemente su masculinidad.” (CISOUX, 1995: 38) Así Cisoux entiende que feminidad y masculinidad conviven en un mismo cuerpo, lo que significa en un mismo espíritu, conciencia o persona, independientemente de sus atributos sexuales. Este modo de ver las cosas como sabemos no es nuevo en absoluto, sino que se halla de manera más o menos explícita y más o menos elaborada en distintas tradiciones de pensamiento, particularmente orientales. Sin embargo, en nuestra tradición esta perspectiva ha sido poco explorada: los contrarios, más que en su convivencia y complementariedad, más que en su interacción, armónica o conflictiva, han sido contemplados, ya se ha dicho, como opuestos y separados, junto a una tendencia a la anulación mutua o de uno por el otro.236 No es esta la posición de Cisoux, en cuyo pensamiento puede verse una llamada a lo femenino de cada ser 236 En el sistema hegeliano, asumido y desarrollado en diversas variantes por parte del pensamiento europeo de los dos últimos siglos, uno de los contrarios era subsumido o recapturado por el otro para obtener una reformulación en que ambos eran anulados. Vemos aquí una muestra evidente del tipo de lógica al que nos referimos, una especie de negación a la posibilidad de la convivencia de contrarios.
338 BIBLIOGRAFÍA Althusser, Louis (1974): Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Nueva Visión, Buenos Aires. Asensi, Manuel (2006): Los años salvajes de la teoría, Tirant lo Blanch, Valencia. Beauvoir, Simone de (1972): El segundo sexo, Siglo Veinte, Buenos Aires. Cisoux, Hélène (1995): La risa de la medusa, Anthropos, Barcelona. Navarro Casabona, Alberto (2001): Introducción al pensamiento estético de Gilles Deleuze, Tirant lo Blanch, Valencia. Said, Eduard W. (2010): Orientalismo, Debolsillo, Barcelona. Wittig, Monique (2006): El pensamiento heterosexual, Egales, Madrid.