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Del arte con fronteras a las obras nómadas. Si el arte ha muerto : ¿qué es el arte?. A propósito de Arthur C. Danto, After the End of art, Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey, 1984

Román Alcalá, Ramón

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Fedro, Revista de estética y teoría de las artes. Número 6, noviembre 2007. ISSN 1697 - 8072. En el presente número de FEDRO, la sección Pasajes analiza, de la mano de Ramón Román Alcalá, una de las obras más influyentes en la reflexión estética actual: After the End of Art, del filósofo y crítico de arte estadounidense Arthur C. Danto. La obra recupera la profecía hegeliana en torno a la “muerte del arte” actualizándola en sintonía con la tesis lyotardiana del final de los metarrelatos de legitimación, una visión postmoderna de la misma que ha abierto la caja de Pandora en lo que a definiciones del arte se refiere. Junto a obras como The transfiguration of the common place o Beyond de Brillo Box, el texto que nos ocupa constituye ya una referencia obligada para todo aquel que tenga interés por descifrar los límites difusos que existen entre lo que es y lo que no es una obra de arte. Ramón Román se sumerge en los entresijos de la teoría de Danto, ofreciendo a los lectores una autorizada opinión que enriquece el fascinante debate originado por el filósofo norteamericano. DEL ARTE CON FRONTERAS A LAS OBRAS NÓMADAS. SI EL ARTE HA MUERTO: ¿QUÉ ES EL ARTE? A propósito de Arthur C. DANTO, After the End of art, Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey, 1984.1 Ramón Román Alcalá “La existencia nos parece soportable como fenómeno estético, y el arte nos da ojos y manos, y sobre todo tranquilidad, para poder crear y engendrar nosotros mismos ese fenómeno… ¿Cómo hacer todo lo que hay que hacer sin el arte? Mientras os avergoncéis de vosotros mismos, sea por lo que fuere, no podéis ser de los nuestros”. Nietzsche, F., La gaya ciencia, ed. Calamus scriptorius, Barcelona, 1979, & 107. El título antecedente es caprichoso y provocador. Hablar del fin del arte y preguntarse a la vez por su significado son señales contradictorias. Cuando se habla del fin del arte, de lo que se habla es del fin de una concepción del arte existente, sin 1 Traducción española de Elena Neerman, Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia, Ed. Paidós, Barcelona, 1999. 4 exagerar, desde Platón. Esta expresión “fin del arte” fue usada por primera vez por el pintor Paul Delaroche en 1893 refiriéndose a la pintura, cuando se inventó la fotografía. Con posterioridad Arthur Danto, siguiendo una línea iniciada por Hegel, volvió a hablar del fin del arte en el año 1984 y en el libro presentado más arriba. El significado que le dio a esta expresión no tanto se refería a la muerte del arte, sino más bien al fin de una concepción del arte, y de un arte que había tenido a Platón y su concepto de mímesis como principio fundacional. I. El Arte como imitación no caprichosa Esta teoría del arte, esta narrativa o forma de ver el arte es la que construyó de forma definida Giorgio Vasari, en 1550, en su libro Vidas de los más sobresalientes arquitectos, escultores y pintores. Para él la historia del arte comienza en Giotto y culmina en Miguel Ángel, de quien dice que ha revelado el verdadero arte, por lo que a los artistas sólo les queda imitarlo, lo decisivo en esta manera de ver el arte es el concepto de imitación y de presencia, la obra de arte ocupa el fundamento. Esta idea es una reformulación de otra más antigua representada por Sócrates- Platón en la época clásica, y por el personaje de Hamlet en la obra shakesperiana. Así, el primero desde el menosprecio y el segundo desde el elogio respectivamente, hablaron del arte como espejo que atrapa la naturaleza. El arte era imitación, reflejo de la naturaleza. Sócrates-Platón miró los espejos como si reflejaran aquello que podemos ver a nuestro alrededor; por tanto, el arte, como si fuese un espejo, proporciona una duplicación precisa y vaga de las apariencias de las cosas, lo cual no tenía ningún provecho cognoscitivo, no nos hacía aprender nada de la realidad, el reflejo es copia de lo real y por lo tanto deficiente. Esta idea tendrá como referente histórico-filosófico uno de los mitos más exitosos en la historia de la filosofía: el mito de la caverna que no creo necesario volver a relatar. El Hamlet de Shakespeare más cauto y cuidadoso, reconocía una remarcable característica de los reflejos superficiales de los espejos, a saber que ellos nos muestran lo que no podríamos percibir de otro modo, como es nuestra cara y nuestra forma, y por tanto, el arte, igual que los espejos, nos revela a nosotros mismos, así dice “el fin del arte es presentar un espejo a la humanidad; su verdadera imagen, y a cada edad y 5 generación su fisonomía y sello característico”2, a pesar, pues, del criterio socrático, alguna utilidad cognoscitiva podía tener el arte después de todo. Según este planteamiento, el arte era considerado como imitación, reflejo de la naturaleza tal cual, o dicho de otro modo, el arte, como si fuese un espejo, proporcionaba una duplicación precisa y vaga de las apariencias de las cosas, lo cual, entendido así, no tenía ningún provecho cognoscitivo, al menos para los platónicos. Esta concepción de hecho tenía un fallo lógico. Las imágenes reflejadas en un espejo no podían ser (no pueden ser), precisamente, arte; y si esta teoría nos obligaba a clasificar estos reflejos (elementos) como arte, entonces mostraba sin temor a equivocarnos su inadecuación como tal. Ser una imitación no debía ser, como es lógico, suficiente condición para ser arte. Sin embargo, y debido a que los artistas aceptaban la imitación como arte, la insuficiencia de esta teoría (en funcionamiento desde el siglo IV a.C. hasta el siglo XIX) no fue evidente hasta la aparición de la fotografía y la pintura modernista. Así, el paradigma mimético caracterizado por ser reproductor de formas reales, fue sustituido por el paradigma modernista, un formativo y excesivo decorativismo que al centrarse no en la representación, sino en las cualidades materiales dejaba entrever y adelantaba la abstracción. La pintura a partir de aquí, y bajo esta perspectiva, ya no representaba, sino que ella misma era representada; se empezaba a aceptar que la pintura no era más que pintura (manchas de color en una superficie plana que se muestran tal cual), y se presenta sin otra intención que mostrarse a sí misma. Una vez rechazada como insuficiente condición la representación como figuración, la mímesis (sea solo imitación o imitación creadora) fue rápidamente descartada. Ya, entrado el siglo XIX y a partir de los postimpresionistas (Gauguin, Van Gogh o Cézanne, aunque se adelantaba en Manet), esta narrativa, esta manera de entender el arte es sustituida por otra nueva que caracterizará de ahora en adelante al arte moderno. La clave de este nuevo relato se encuentra en la reflexión del arte sobre sí mismo; esta novedosa actitud generará diversas propuestas, plasmadas en los manifiestos de los diferentes movimientos (surrealismo, dadaísmo, impresionismo, futurismo), que rivalizarán en la definición del arte. 2 Shakespeare, Hamlet, Acto III, Escena II. 6 La hazaña de Kandinsky, con posterioridad, dio el golpe de gracia definitivo a esta teoría, ya que consiguió formar una teoría científica del arte tomando como referencia explicativa la abstracción. Es decir, diseñó la simplificación absoluta de la forma en puntos y líneas como el objeto del arte, y anuló por insignificante la creación inútil de objetos o copias que se deshacen en el vacío de una tela. A partir de aquí, las características miméticas han sido relegadas a la periferia del interés crítico, incluso reconociendo que algunas obras sobreviven al poseer estas virtudes, y son excelentemente celebradas como la esencia del arte y del mercado a tenor de las cifras alcanzadas por ellas en las subastas, pero para la mayoría de las llamadas vanguardias estas obras escapan por poco a ser degradadas a meras ilustraciones. Al otorgar a la historia del arte la estructura de un relato progresivo, Danto indaga en su libro su desarrollo, para llegar a la conclusión de que se ha producido un acabamiento, que la proyección narrativa experimentada por el fenómeno “Arte” a lo largo de su historia, ha concluido desde el momento en que se llegó desde un estadio de reproducción de la naturaleza, hasta otro de autoconciencia filosófica absoluta. Es verdad que en el libro de Danto hay una concepción de la historia, y en este caso de la “historia del arte”, como un relato en el que se suceden los acontecimientos de forma continua respondiendo a una estructura narrativa determinada. Esto genera a veces desenfoques dignos de señalar, y es que esta concepción provoca, necesariamente, toparse con determinados elementos en la historia del arte, que no encuentran cabida en ese supuesto desarrollo, y que han de ser, por tanto, excluidos del mismo. Uno de ellos, por ejemplo, es el Surrealismo. De hecho, para Danto ese movimiento supuso una quiebra en la narración o diégesis de la historia del arte. Esto es un error de Danto ya que tratado al margen de la narración, el Surrealismo queda anulado como anomalía sin explicación, dicho de otra manera, al quedar fuera del relato concebido por el autor, el surrealismo derrapa, se sale de la senda previamente trazada y queda sin explicación. Esta opción determina en Danto una consideración sobre el surrealismo excesivamente formalista, basada en el carácter representativo y mimético de esta pintura, sin tener en cuenta la carga conceptual fundamental en este movimiento. En el Surrealismo existe representación, pero no es figurativa, es conceptual, hay un discurso en la imagen que se superpone a la mímesis y por eso no ha tenido cabida en una 7 historia del arte poco reflexiva, no filosófica hasta él. Con influencias de las teorías psicoanalíticas de Freud, este movimiento introdujo al arte en la filosofía, en la reflexión y en el pensamiento, y esto no lo supo ver Danto. Por otra parte, sí acertó a percibir que el modernismo inició originalmente, la era de los manifiestos definitorios del fenómeno arte, en los que cada forma de entenderlo se pregonaba a “sí misma” como la verdadera, desechando toda concepción que no respondiera a sus preceptos particulares. Así, cada fórmula excluía a las demás sin rubor, cada concepción del arte pretendía una pureza autónoma que negaba una existencia reflexiva o crítica a las demás. En este sentido y sin introducir ningún elemento crítico, Danto siguiendo el concepto sostenido por Greenberg con respecto al modernismo advertía claramente lo siguiente: “Cada una de las artes, la pintura de la misma manera que otras, debía determinar lo que le era peculiar, lo que pertenece solo a ella (……) la práctica de un arte era al mismo tiempo una autocrítica de ese mismo arte, y eso significa la eliminación por parte de cada una de las artes de todos y cada uno de los efectos concebidos como préstamos de otras artes. De esta manera cada arte podría ser considerado puro, y encontrar en esa pureza la garantía de sus cualidades y su independencia”3. De esta forma, el arte modernista fue alejándose de la realidad artística, de una forma directamente proporcional a la indagación y desarrollo teórico de la misma. Sólo los expertos podían intuir el estatuto artístico del arte modernista autónomo y complejo. Pero, oh desilusión, el paradigma modernista de “la pureza” en la pintura, y sus directas consecuencias (separación de arte y realidad, el entendimiento experto, la autonomía del arte respecto a la vida, etc.) fue profundamente subvertido con el advenimiento del arte Pop. II. El arte pop: donde todo arte es posible. El análisis de Danto de la década de los años cincuenta es original y sorprendente. El nacimiento del arte pop (término acuñado por Lawrence Alloway, crítico de arte en la revista The Nation) modificará, según nuestro autor, hasta extremos inimaginables la situación de la pintura y, por ampliación, del arte modernista. Según 3 Danto, A., Op. Cit., p. 91 8 Danto, fue entonces cuando, desde el propio fenómeno artístico, se proclamó la cuestión clave acerca de su propia naturaleza filosófica. Proclamación manifestada, extraordinariamente, a través de la supresión de cualquier discernibilidad perceptiva entre una obra de arte y un mero objeto no artístico. La obra que puso en marcha toda una nueva manera de ver el arte, apareció en la revista Art News y dejó aturdidos a más de un crítico e historiador del arte: esa obra de Roy Lichtenstein, The Kiss vino a verificar que a partir de ahora todo en el arte era posible. O dicho de otra manera, la imagen popular se adueñó del espacio pictórico de tal forma que, ya sea como tira cómica, o como cartel publicitario de objeto de consumo, se erigió en único protagonista de la pintura. Con posterioridad, apareció en 1964 en New York un nuevo desafío: las Brillo Box de Andy Warhol, a partir del cual todos llegaron al convencimiento, de que se requería de inmediato una nueva teoría del arte que hiciera frente al nuevo panorama artístico. Es significativo que Walter Benjamin ya en 1936 al poner en relación el arte y la reproducibilidad técnica que las nuevas tecnologías promovían, dijese que incluso en la mejor reproducción acabada siempre faltaba algo: el “aquí” y el “ahora” de la obra de arte, es decir su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. Insistía en que el aquí y el ahora del original constituía el concepto de su autenticidad, el aura de la obra. Toda obra original tenía, pues, un aura especial, que sentíamos al contemplarla en los museos o exposiciones. Pues bien, todo lo que hacía de esa obra algo insustituible, y que se resumía en el concepto de aura, se atrofió en la época pop, en la época de la reproducción consumista y repetitiva. La época de la reproducibilidad técnica desligaba al arte de su fundamento de culto, de su valor cultural4; y en el arte pop, la obra de arte perderá toda autonomía y su halo de originalidad y singularidad se extinguirá para siempre, pero es evidente que ganará otras propiedades5. 4 La tesis de Benjamin tiene su contrapartida teórica en otra de Malraux que cree, al contrario, que la reproducibilidad técnica actúa sobre la expansión indefinida de cada obra de arte en la historia, produciendo una homogeneidad y un conocimiento en las futuras generaciones, cf. Malraux, A., Les Voix du silence, La Pléiade Gallimard, Paris, 1952. 5 Foster advierte poniendo en relación las tesis de Benjamin y Malraux, que si para el primero la reproducción mecánica destruye la tradición y liquida el aura, para el segundo “provee los medios para reunir los pedazos rotos de la tradición en una meta-tradición de estilos globales: un nuevo Museo sin muros cuyo sujeto es la Familia del Hombre”, cf. Foster, H., Diseño y delito, Akal, Madrid, 2002, pp. 77-78. 9 En esta vorágine teórica del concepto de reproducibilidad técnica una exposición convulsionó a los críticos y definió claramente lo que estaba pasando en el arte en esos momentos. El 17 de Abril de 1964, la Galería de Eleanor Ward´s Stable de la calle 74 de Manhattan programó una exposición del artista Andy Warhol. Nacido en Pittsburgh en 1928, era el menor de tres hermanos, hijos de Andrej Warhola y Julia Zawacky (emigrantes de la república eslovaca), y ya desde pequeño sintió cierta debilidad por un iluminismo artístico singular. En esa histórica exposición presentó varios envases de aquellos que uno podía encontrar alineados en los estantes de los supermercados, cajas de estropajos Brillo, cereales Kellogg’s, zumo de tomate Campbell o botellas de ketchup Heinz. Las cajas guardaban un enorme parecido con sus equivalentes en la vida comercial, no eran exactamente iguales. Las cajas normales estaban, normalmente, hechas de cartón ondulado, mientras las cajas de Warhol estaban hechas de madera chapada y los banales rótulos aparecían esparcidos en su superficie6. La caja tocaba el fundamento porque se trataba de algo en cierto modo visualmente relevante, y que se había convertido en una obra de arte publicitario. Aceptado esto por evidente, todos llegaron rápidamente al convencimiento de que se requería de inmediato una nueva teoría del arte que hiciera frente al nuevo panorama artístico. Dentro de esta nueva sensibilidad artística la serie de pinturas seriadas dedicada a las botellas coca-cola, o los botes de sopa campbell’s, o las de obras serigrafiadas (técnica que utilizará siempre como modus operandi a lo largo de su ingeniosa y exagerada carrera), de personajes famosos de Hollywood como Elvis Presley, Liz Taylor o Marilyn Monroe modificarán el panorama clásico del arte. Es más, con el rostro de Marylin alcanzó tal éxito (1970 en New York, 1984 en Europa) que Warhol hizo una tirada en la que jugaba con el espectador-comprador indicando al dorso de las obras “fill in your own signature” (poned vuestra propia firma) indicando que el límite conceptual entre artista y perceptor había desaparecido y la idea de obra original se había desvanecido, cada comprador podía ser un artista firmando cada serigrafía. 6 Por cierto el diseño de las Cajas de Brillo no es de Warhol, sino de James Harvey, un diseñador de embalajes que trabajaba por horas. Pintor prometedor adscrito al expresionismo abstracto que se ganaba la vida como artista publicitario, lo mismo que había tenido que hacer Warhol. 10 El pop destruía, entre otras cosas, no sólo la teoría vasariana de origen platónico basada en la mímesis, según la cual, el artista ocupa el último lugar en la escala de la realidad7, sino la teoría moderna del arte basada en la reflexión sobre el propio arte, de los movimientos de vanguardia. La confusión en el arte llegaba a la exageración cuando artistas pop como Rauschenberg, Oldemburg o Segal rompían literalmente las conexiones que había con el arte histórico. En los años 60 artistas como Claes Oldemburg, empezaron a construir objetos reales y a exponerlos como objetos de arte. En el año 1962 una exposición digna de destacar se auto-denomina los «New Realists», en la Galeria Sidney Janis8, con obras de Oldemburg, Lichtenstein, Rosenquist, Warhol y Wesselman. El “pop art” intentaba sustituir el lirismo del gesto, las significaciones metafísicas, la lucha y la inquietud, por la representación de los objetos de consumo corriente y cotidianos, aceptando la trivialidad del «American way of life». ¿Qué es lo que hacía que esos objetos fuesen arte, si después de todo eran simplemente camas, mesas, lámparas etc.? La pregunta se generalizó poco a poco y fue dotándose de aspectos filosóficos: ¿Por qué una obra de arte es una obra de arte, cuando los objetos a los que se parece exactamente, al menos bajo un criterio perceptivo, son meras cosas, o al menos, meros artefactos? Arthur Danto responde a esta cuestión en su obra Después del fin del arte, y advierte que la diferencia que hay entre arte y realidad no es explicable mediante elementos puramente visuales, como tampoco se puede enseñar el significado de una obra de arte mediante ejemplos9. El pop marcó el final de los relatos progresivos de la historia del arte, y puso en evidencia que cualquiera podía ser un artista, también defendió el hecho de que cualquier cosa pudiese ser una obra de arte, terminando, así, con la búsqueda de la identidad filosófica del arte estructurado mediante relatos. Y esto es lo que quiso decir Danto cuando habló del fin del arte. El pop se convirtió en un movimiento de liberación que atacó los estilos del arte que se habían vuelto oficiales: realismo, surrealismo, abstracción, expresionismo etc. La cultura pop trajo nuevos y renovados aires 7 Platón, Rep., X, 596d-599c. 8 Esta exposición quería indicar que, tras el reinado de la abstracción había vuelto con fuerza de nuevo la figura, pero con una carga de profundidad real, ya que al intentar sustituir el arte por la representación de los objetos de consumo corriente y cotidianos, aceptando su trivialidad, desapareció el fenómeno mismo criticado. 9 Cf. Danto, A., Op. Cit., p. 149. 11 liberadores situando al arte en una época posthistórica. En ella, el artista ya no está unido a un solo medio creativo. Como ya hiciera Warhol en su tiempo, ahora es posible que un artista pinte, esculpa, haga fotografía o escriba sin renunciar a nada. De repente, las cosas más ordinarias se volvieron “la roca sólida del arte y la filosofía”. Marcel Duchamp (el gran creador de las vanguardias del XX10) dice sobre Warhol “cuando alguien toma cincuenta botes de sopas Campbell y los lleva a un lienzo, no nos interesa el punto de vista óptico, lo que nos interesa es el concepto que pretende llevar al lienzo con cincuenta botes de sopas Campbell”11. La cultura pop utilizó emblemas de la cultura popular y los transfiguró (adoración de lo ordinario) en arte. El pop fue un terremoto que socavó las raíces filosóficas del arte sustituyendo el concepto de arte clásico (como mímesis) por todo aquello que hasta ahora había sido indigno en el mundo del arte: la publicidad, las ilustraciones de revistas, la moda, los “comics” y todos aquellos objetos corrientes que todo el mundo podía tener al alcance de su mano entraron paradójicamente en el mundo del arte12. Y sin embargo, posteriormente, la década de los 80 se empeñaba en romper con la predicción de Danto del fin del arte. Empezaba una fiebre especulativa en el mundo del arte cuyos ecos todavía no se han apagado hoy. Cabe recordar que el 30 de marzo de 1987 se vendió el cuadro “Los Lirios” de Van Gogh en 53,9 millones de dólares, el 15 de mayo de 1990 el “Retrato del Dr. Gachet” del mismo autor alcanzó la cifra de 82,5 millones de dólares y cuando se creía que el arte había alcanzado techo, el 6 de mayo del 2004, en una nueva subasta de Sotheby’s, un cuadro de Picasso “Garçon à la pipe”, logró la nada despreciable cifra de 104 millones de dólares incluido el porcentaje de la galería. Y hace poco, el New York Times informó que el “Cuadro nº 5” de Pollock, había sido vendido por 140 millones de dólares. Estaba claro que la cuestión sobre el fin 10 Unas palabras de Argan son premonitorias en este sentido: “La negación de las técnicas como operaciones programadas con una finalidad tiene su punto culminante en el ready made de Duchamp: un objeto cualquiera, un escurridor, un urinario, una rueda de bicicleta, presentado como si fuera una obra de arte nos lleva a la consideración de que lo que determina el valor estético ya no es un procedimiento técnico, sino un acto mental, una actitud distinta frente a la realidad”, cf. Argan, G. C., El arte moderno (La época del funcionalismo. La crisis del arte como “ciencia europea”, vol. II, Valencia, pp. 434-435. A partir de aquí ya no es el objeto en sí el que tiene valor artístico, sino el juicio, la carga de significado que realizamos sobre él. 11 Citado por Gil Alcaide, A. J., “A sangre fría”, Almirez, nº 9, 2000, p. 365. 12 La paradoja es aplicada por Umberto Eco sólo a los europeos, en un artículo titulado “Reflexiones acerca del Pop”. Observa que “las contradicciones que los europeos vemos en el arte pop sólo es visible a nuestros ojos, pues somos incapaces de amar y odiar a la vez la sociedad de consumo”, AA.VV. Los movimientos Pop, Barcelona, 1973, p. 14. 12