Taurinismo/Antitaurinismo. Un debate histórico, de Beatriz Badorrey Martín; Madrid: Cátedra, 2022 [Reseña]
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Fig. n.º 22. Beatriz Badorrey Martín (2022): Taurinismo/Antitaurinismo. Un debate histórico, Madrid, Cátedra, 414 páginas. Revista de Estudios Taurinos N.º 52, Sevilla, 2023, págs. 185191 Como es bien sabido, la prohibición de las corridas de toros en toda Cataluña, por ley del Parlamento de aquella comunidad autónoma (28 de julio de 2010), reabrió la pertinaz polémica que durante siglos ha dividido a los españoles (aunque con diversos grados de vehemencia en la actitud adop tada) entre taurinos y antitaurinos. Ahora, se pone a disposición del público una historia de los principales hitos de este debate gracias al libro publicado por una de las principales conocedoras
Carlos Martínez Shaw 186 de la cuestión, a la que ya había dedicado una monografía (Otra historia de la tauromaquia: toros, derecho y sociedad, 1235 1854, Madrid, 2017) y un buen puñado de artículos, la profeso ra de Historia del Derecho de la UNED Beatriz Badorrey. El debate, que a lo largo de cinco siglos se había desarrollado en diversas instancias públicas (instituciones de gobierno, prensa diaria y periódica, tertulias de aficionados, etc.), se explaya ahora en una narración sometida a la crítica objetiva propia de los medios académicos. Como el primero de los méritos de la obra de Beatriz Badorrey, hay que destacar su firme voluntad de imparcialidad en la exposición de los hechos, su renuncia expresa a las tomas de posición emocionales, su tono mesurado en los juicios sobre las distintas afirmaciones de ambos bandos, su estricto respeto a las argumentaciones de los partidarios y de los debeladores de la fiesta de los toros. Esta opción a favor de un análisis racional y de una valoración de cada episodio basada en los hechos proba dos (como se desprende de su abundante bibliografía y de su profusa utilización de fuentes documentales y hemerográficas), más un profundo conocimiento de la fiesta de los toros y de los posicionamientos sobre la misma a través de los siglos, hacen de la obra una de las mejores síntesis (si no la mejor) a la que el lec tor interesado puede recurrir para conocer el pasado y la actuali dad de una manifestación que ha estado siempre presente (con mayor o menor intensidad según las épocas) en el vivir cotidia no de los españoles. Dejando al margen el tiempo de los romanos y el de la civilización musulmana de alAndalus, en que no existe ninguna evidencia documentada de las fiestas de toros, la historia debe comenzar en la Alta Media cristiana, concretamente, según la primera alusión escrita, en la ciudad de León en el año 815. A partir de ahí, y según testimonios espaciados, los toros empiezan a acompañar las celebraciones felices durante los tiempos bajo
Recensiones de libros 187 medievales. Un hito incontrovertible se encuentra en la Ley de las Partidas, de Alfonso X el Sabio (siglo XIII), donde, por un lado, se constata la expansión de la fiesta y, por otro, la coexis tencia de las dos formas del toreo caballeresco y de los festejos populares, autorizado el primero y condenados los últimos. Sin embargo, será en la Edad Moderna, en la época de los Austrias, cuando la fiesta se convierta, según el título del mag nífico libro de Jesús María García Añoveros, en “el hechizo de los españoles”, es decir, en una manifestación generalizada en todo el territorio de la Monarquía Hispánica, incluyendo América. Sólo así se explica la resistencia a aceptar la mayor condena sufrida por la fiesta, la contenida en la bula del papa Pío V De Salute Gregis, promulgada el 1º de noviembre de 1567. La Corona española y sus súbditos hicieron todo lo posible para ori llar la prohibición recurriendo a los más variados expedientes hasta conseguir la bula en sentido contrario del para Gregorio XIII Exponis Nobis, de 1575, que eliminaba los aspectos más restrictivosde la prohibición dictada por Pío V. Sin embargo, en la España contrarreformista, una bula pontificia tenía mucha fuerza y, en consecuencia, la polémica en torno a los toros vivió en la segunda mitad del siglo XVI «uno de los momentos más intensos de la historia» (pág. 163). La controversia se saldó con el triunfo final de los partidarios de los toros, repartidos por todo el abanico social español. Así, el siglo XVII conoció, por un lado, el auge sin fron teras del toreo caballeresco. Y, por otro, también la expansión del toreo a pie, protagonizado por los “toreadores” profesionales que con sus cuadrillas formalizaban, pueblo a pueblo, un verda dero circuito extendido por toda la geografía hispana. Este últi mo hecho reaviva un viejo debate historiográfico, el del momento de la aparición del toreo a pie entroncando con la corrida de nuestros días, que según la tesis aceptada hasta ahora habría tenido lugar en el siglo XVIII coincidiendo con el decli
ve de la fiesta caballeresca, pero que los nuevos testimonios sitú an mucho antes, compartiendo el espacio con la fiesta nobiliaria sin esperar a su definitiva decadencia. En cualquier caso, el siglo XVIII sí fue la época de la sus titución del toreo a caballo por el toreo a pie. Aquí la autora pone la consolidación de este tipo de corrida de toros en relación con tres figuras del toreo profesional: el rondeño Pedro Romero (retra tado por Francisco de Goya) y los sevillanos Joaquín Rodríguez Costillares y José Delgado PepeHillo, autor además de una pri meriza “Tauromaquia”. Sin embargo, pese a este reconocimiento y primer esplendor, el Setecientos fue el segundo momento cul minante de la controversia entre taurinismo y antitaurinismo. Aquí los ataques a los toros provinieron principalmente de los intelec tuales ilustrados, mayoritariamente enemigos de la fiesta, consi derada bárbara, cruel y, además, contraria a la economía y a las buenas costumbres que debían imperar en una sociedad civilizada (es decir, ilustrada), aunque se dio alguna excepción, como la muy conocida de Nicolás Fernández de Moratín, autor de una famosa Oda a Pedro Romero. De este modo, la intelectualidad progresista (desde Gaspar Melchor de Jovellanos a León de Arroyal) apoyó las prohibiciones dictadas tanto por Carlos III (1785) como por Carlos IV (1790, 1805). En medio se dio la conocida polémica que enfrentó al gaditano José Vargas Ponce con el cántabro Luis María de Salazar (más tarde conde de Salazar, quien utilizó el seudónimo de El Apologista). La polémica se doblaría a princi pios del siglo siguiente con la mantenida entre el catalán Antoni de Capmany (autor de una famosa Apología de las fiestas públi cas de toros) y el manchego Simón López, ambos diputados de las Cortes de Cádiz. Entre estos formidables contendientes sólo quedó un reducido espacio para actitudes más sopesadas, como la simbolizada por el sevillano José María Blanco White, al que la autora dedica un apartado entero por la moderación de su jui Carlos Martínez Shaw 188
cio y su frágil equilibrio entre su reflexión racional y su incli nación sentimental. El siglo XIX asistió a la continuación de la controversia entre defensores y detractores de la fiesta de toros, con las tem pranas intervenciones a favor del político y periodista manchego Santos López Pelegrín Abenámar y el torero sevillano Francisco Montes Paquiro (autores de la más influyente de las tauroma quias de todos los tiempos, publicada en 1836) y en contra de los escritores madrileños Mariano José de Larra y Ramón de Mesoneros Romanos o de la poetisa extremeña Carolina Coronado, primera mujer en entrar en estas lides. El debate se amplió con los escritos de los viajeros extranjeros, de los que la autora ofrece una extensa muestra (págs. 227244). Sin embargo, la fiesta estaba ya tan inserta en el tejido social que los mandatarios y políticos de todos los niveles, pese a su disposición en general contraria a la fiesta, tuvieron que aceptarla, por una consideración entre el realismo, el pragmatis mo y la resignación, que desembocó en una indiscutida toleran cia, a pesar del activismo de las instituciones más combativas como las Sociedades Económicas de Amigos del País y, sobtg todo, de las Sociedades Protectoras de Animales y Plantas que empezaron a proliferar a partir de 1872 y que encontraron en Antonio Guerola a su más conspicuo portavoz. El capítulo octavo lo dedica la autora al análisis de las posiciones de las varias generaciones de intelectuales que se sucedieron entre el sexenio revolucionario (18681874) y la rebelión que condujo a la guerra de España de 19361939. Así se explican las razones del antitaurinismo de los prohombres del regeneracionismo (Francisco Giner de los Ríos y toda la Institución Libre de Enseñanza o Joaquín Costa), así como las de Santiago Ramón y Cajal y de los escritores del realismo y el naturalismo. Aquí, sin embargo, se abre una brecha para intro ducir las opiniones más favorables de Benito Pérez Galdós y Recensiones de libros 189
Emilia Pardo Bazán, unidos en tantas otras cosas. La generación del 98 sigue siendo antitaurina con Pío Baroja y Miguel de Unamuno a la cabeza, con la actitud muy negativa al principio de Antonio Machado (su «España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María») que evolu ciona hacia posiciones más templadas, y con las notables excep ciones de Azorín y de Ramón María del ValleInclán. Los novecentistas se muestran menos vehementes en su rechazo: Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, Américo Castro, Eugeni d’Ors, Salvador de Madariaga y, sobre todo, con la excepción de José Ortega y Gasset, el único que se ocupó de los toros de forma sustantiva. La opinión cambia de signo con la aparición de la generación del 27, en general favorable a los toros, con la notable excepción del sevillano Luis Cernuda. En el siglo XX, se asiste a una visibilización de la polé mica a partir de sonados actos públicos antitaurinos (como el celebrado en el Teatro Principal de Barcelona el 13 de enero de 1901), la promulgación de leyes tan controvertidas como la Ley del Descanso Dominical (de 9 de marzo de 1904) o la prohibi ción de las capeas (por real Orden de 13 de junio de 1928), que trajo consigo como efecto benéfico la implantación del uso del peto para proteger a los caballos), o, finalmente, las espectacu lares campañas públicas organizadas desde 1913 en adelante por el escritor Eugenio Noel, acérrimo enemigo de los toros y tam bién del flamenco, que quedaban unidos en su radical rechazo, al que la autora dedica sólo unas líneas justamente por lo cono cido de su militancia. Como epílogo se expone la trayectoria de los toros duran te la guerra de 19361939 y, posteriormente, la apropiación de la fiesta por los vencedores de la contienda, lo que provocó la iden tificación en el imaginario colectivo de la “fiesta nacional” con la dictadura franquista y la consiguiente desafección por parte de los sectores de la población enemigos del régimen. La autora Carlos Martínez Shaw 190
recoge la autorizada opinión de Adrian Shubert, para quien la manipulación política dejó marcadas las fiestas de toros «como dejó marcados muchos otros símbolos nacionales, hasta el punto de que para muchos españoles la sola mención de tales símbolos constituye un desagradable recuerdo de la dictadura, a la vez que muchos ven en las corridas el emblema anacrónico de un pasado negro que quieren dejar atrás». Prueba de ello es que muy recien temente el diputado socialista vasco Eneko Andueza se ha sentido en la necesidad de proclamar la imparcialidad política de las fies tas de toros, que son “tan de izquierdas como de derechas”. Y este apasionante recorrido propuesto con tanta maestría por Beatriz Badorrey termina con un pronóstico, que dejamos en su expresión literal: «Cambian los foros, cambian los protago nistas y sus argumentos, pero la polémica sigue viva y lo estará mientras perdure la fiesta». Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos Recensiones de libros 191