Cerrar podrá mis ojos..., paráfrasis, métrica y hermenéutica
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CERRAR PODRÁ MIS OJOS... PARÁFRASIS, MÉTRICA Y HERMENÉUTICA Por ESTEBAN TORRE EL célebre soneto de Francisco de Quevedo que lleva por título “Amor constante más allá de la muerte” ha venido siendo generalmente considerado como uno de los mejores, si no el mejor, de toda la poesía española. Al mismo tiempo, es lugar común en la crítica universitaria actual su carácter oscuro, difícil, incluso ininteligible, debido no sólo a la supuesta ambigüedad semántica del poema, sino también a su misma estructura sintáctica, que ha sido tildada de intricada y retorcida, habiendo llegado a ser conceptuada como un verdadero galimatías. Durante muchos años, he recurrido a la lectura de este soneto, como memorable ejemplo de perfección métrica, de claridad sígnica y de equilibrio sintáctico, en mis clases de Métrica Comparada, en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla. Si he de ser sincero, jamás he encontrado en él ni una partícula ambigua ni una construcción incoherente. En cuanto a la recepción por parte del alumnado, he tenido siempre la honda satisfacción de contar con un buen número de estudiantes, algunos de ellos apreciables poetas, que hacían espontáneamente una interpretación sencilla y directa del poema, corroborando mis propios comentarios. Bien es verdad que, en otros casos, la adocenada invocación a la ambigüedad y a la plurisignifi cación del texto literario, así como a la licitud de múltiples lecturas, hacían imposible el ejercicio de cualquier clase de rigor interpretativo. Varios antiguos alumnos y actuales colaboradores me han animado a publicar aquellos comentarios. No es lo mismo, a —235—
decir verdad, la comunicación en clase, que es un vivo diálogo compartido, que la palabra escrita en solitario. Trataré, al menos, de ser breve. El texto que a continuación transcribo es el establecido por José Manuel Blecua en su excelente edición de la Obra poética de Francisco de Quevedo (Madrid, 1969), que reproduce el de la primera edición del Parnaso (Madrid, 1648) y el de la segunda (Zaragoza, 1649). Naturalmente, la ortografía y la puntuación han sido modernizadas: Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día, y podrá desatar esta alma mía hora a su afán ansioso lisonjera; mas no, de esotra parte, en la ribera, dejará la memoria, en donde ardía: nadar sabe mi llama la agua fría, y perder el respeto a ley severa. Alma a quien todo un dios prisión ha sido, venas que humor a tanto fuego han dado, medulas que han gloriosamente ardido, su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado. Hay que señalar que el “dejará” que aparece en el verso 12 sustituye al “dejarán” de las dos ediciones clásicas. Como hace constar el editor, se trata del alma, que dejará el cuerpo. No creo que, en cualquier caso, haya que dar demasiada importancia a la cuestión de algunas concordancias, que a veces pueden estar algo alejadas del uso actual. No era infrecuente, por ejemplo, en los siglos XVI y XVII la llamada concordancia ática, a imagen de lo que ocurre en la lengua griega, donde un sujeto en plural neutro puede concertar con un verbo en singular. En relación con el soneto, nos proporciona José Manuel Blecua los siguiente datos bibliográfi cos: Amado Alonso, Rhythmica, II, 2, 2004 ESTEBAN TORRE —236—
Materia y forma en poesía, Madrid, 1955, pág. 127 y sigs.; Fernando Lázaro Carreter, “Quevedo entre el amor y la muerte”, en Papeles de Son Armadans, I, nº. 11, 1956, pág. 145 y sigs.; Carlos Blanco Aguinaga, “Cerrar podrá mis ojos... Tradición y originalidad”, en Filología, VIII, 1962, pág. 57 y sigs., y Juan Ferraté, La operación de leer y otros ensayos, Barcelona, 1962, pág. 29 y sigs. Por lo que respecta a las posibles fuentes, hace mención del trabajo de María Rosa Lida, “Para las fuentes de Quevedo”, en Revista de Filología Hispánica, I, 1939, págs. 373-375, en el que se anotan algunos conceptos y rasgos estilísticos de un soneto de Luis de Camoens (“Si el fuego que me enciende consumido”) y otro de Fernando de Herrera (“Llevar me puede bien la suerte mía”), así como del ensayo de Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones, Buenos Aires, 1960, pág. 61, en donde se señala un antecedente en Propercio, Eleg. 1, 19: «Ut meus oblito pulvis amore jacet». Hay errata, por cierto, en la cita: no es jacet, sino uacet. He aquí, en efecto, el aludido dístico de Propercio: «Non adeo leuiter noster puer haesit ocellis / ut meus oblito puluis amore uacet». Se podría traducir así: “No se pegó a mis ojos nuestro niño [Cupido] tan débilmente / que mis cenizas puedan quedar vacías del olvidado amor”. A los trabajos recogidos por Blecua, habría que añadir algunos otros, entre los que cabe destacar los siguientes: Francisco de Blas, “La ruptura del lenguaje en Cerrar podrá mis ojos, de Quevedo”, en Explicación de textos literarios, 14, 2, 1985, págs. 11-24; Maurice Molho, “Sobre un soneto de Quevedo: ‘Cerrar podrá mis ojos la postrera’. Ensayo de una lectura literal”, en Compás de Letras, 1, 1992, pags. 124-140, y Pablo Jauralde Pou, “Cerrar podrá mis ojos la postrera...”, en Revista de Filología Española, t. l, XXVII, fasc. 1º.-2º., 1997, págs. 89-117; sin olvidar a Evaristo Correa Calderón y Fernando Lázaro Carreter, Cómo se comenta un texto literario, Salamanca, 1971, y sus numerosísimas reediciones. Todos estos datos quedan aquí consignados a título meramente informativo, para facilitar la labor investigadora a un hipotético lector, sin que tengan en ningún caso pretensión de exhaustividad, y mucho menos espíritu de polémica. En rea- PARÁFRASIS, MÉTRICA Y HRMENÉUTICA Rhythmica, II, 2, 2004 —237—
lidad, no hay que perder de vista el hecho de que se trata de un soneto extraordinariamente conocido y divulgado, no sólo en papel impreso, sino también en las redes electrónicas, con más de seiscientas entradas en el Google, por ejemplo, y a través de los canales de televisión, donde recientemente ha sido difundido con las monocordes galas rítmicas de la música rap. Pues bien, sin más preámbulos, he aquí mi versión parafrástica del poema: Bien sé que he de morir. Claramente me lo hace ver la misma vida. El sueño, viva imagen de la muerte, es mi fi el e inseparable compañero. Porque sucede que, día tras día, las sombras de la noche hacen caer mis párpados, hundiéndome en el vaporoso nimbo de los sueños. Pero llegará una sombra, la postrera sombra, la negra y defi nitiva sombra de la muerte, que cerrará mis ojos para siempre, robándome la dulce luz del blanco día. La muerte, la mezquina, la traidora muerte, se encuentra agazapada en las tinieblas con unas ansias irreprimibles de acudir a esa cita macabra. Y llegará un instante fatídico, una hora perversa, que, para congraciarse con el afán ansioso de esa sombra de muerte, desatará violentamente los lazos de mi alma, cortará sin piedad los hilos de mi vida. He de morir, sí, he de cruzar las aguas tenebrosas que separan esta parte –el reino de los vivos– de esa otra parte –el reino de los muertos–. Ahora bien, cuando mi alma esté ya en la ribera de esa otra parte, no por ello abandonará el ardiente recuerdo de su vida amorosa, no dejará jamás la memoria del apasionado amor en el que ardía. Ya sé que, en el momento de subir a la barca que me trasladará a la ribera de esa otra parte, he de renunciar a todo: ropas, riquezas, vitalidad, amor; porque las almas, en el reino de los muertos, ya no serán más que vagas imágenes, impasibles siluetas, incapaces de amar y de sentir. Tal es la ley que rige los destinos de los mortales. Pero, con todo, la llama de mi amor le perderá el respeto a esa severa ley, y me acompañará a lo largo de mi travesía por la laguna Estigia. Cierto es que esta llama no podrá viajar conmigo en la barca de Caronte, pero sabrá arrojarse al agua y cruzar a nado la infame laguna. El agua fría no logrará apagarla, no podrá debilitar el poderoso fuego de mi amor. Rhythmica, II, 2, 2004 ESTEBAN TORRE —238—
Mi alma será arrancada cruelmente de mi cuerpo. Las partes vitales de este cuerpo –la medula de los huesos, las venas por donde circula a borbotones la cálida sangre– serán totalmente destruidas. Todo esto habrá de suceder, irremediablemente, por más que esta alma haya tenido el privilegio de haber sido recluida por el dios Eros en una dorada cárcel de amor, por más que estas venas hayan podido servir de cauce al fuego de la pasión, por más que estas medulas hayan llegado a arder gloriosamente en el clímax más alto del éxtasis amoroso. Así ha de ser. Lo sé. Pero no lo será del todo. El alma dejará su cuerpo, sí; pero no sus impulsos, sus sentimientos, sus preocupaciones amorosas. Las venas serán reducidas a ceniza; pero esta ceniza seguirá teniendo sentido, sensaciones, vida, y será así capaz todavía de oír, de ver, de oler y de palpar. Las medulas serán tan sólo polvo, sí, residuo mínimo, leve polvareda que disipa el viento; pero con la fuerza esplendorosa de una explosión de amor y de entusiasmo, que seguirá vibrando más allá de la muerte. Pero volvamos al poema original. Tengamos en cuenta ante todo que se trata de un poema, escrito en verso, en el que la distribución acentual, la disposición de las rimas, las simetrías y los paralelismos son elementos rítmicos imprescindibles para la percepción de los signifi cados, máxime cuando este poema es una consumada joya de orfebrería conceptista y barroca donde nada queda al azar en un perfecto entramado de analogías y contrastes. En el primer cuarteto, las rimas, abrazadas, emparejan el primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero. Ahora bien, en el plano de los signifi cados, se produce un llamativo entrecruzamiento, de tal manera que el verso primero se corresponde paralelísticamente con el tercero y el segundo con el cuarto. También los versos pares, segundo y cuarto, aparecen rítmicamente identifi cados por la marcada acentuación de la sílaba primera, además de la sexta y la décima: sombra que me llevare el blanco día ´ ´ ´ PARÁFRASIS, MÉTRICA Y HRMENÉUTICA Rhythmica, II, 2, 2004 —239—
hora a su afán ansioso lisonjera ´ ´ ´ Ambos versos, al llevar acento –acento prominente– tanto en la sílaba sexta como en la primera, bien pueden ser clasifi cados como enfáticos. Es obvio que existen otros lugares de acentuación: la sílaba octava, en el primero de estos dos versos, y la cuarta, en el segundo. El prurito taxonómico podría complicar, hasta el infi nito, la cuestión terminológica; pero no nos interesa ahora la terminología, sino la realidad de los hechos. Entre los versos pares del primer cuarteto existe una evidente similitud rítmica, que va de la mano de una fuerte afi nidad sintáctica y semántica. Los versos impares también se emparejan semántica y sintácticamente, como se pone de manifi esto en el siguiente diagrama: que me llevare el blanco día (expansión adjetival) La sombra postrera podrá cerrar mis ojos (sujeto) (perífr. verbal) (compl. directo) [Una] hora lisonjera podrá desatar esta alma mía (sujeto) (perífr. verbal) (compl. directo) a su [de la sombra] afán ansioso (compl. del adjetivo) La expansión adjetival, la oración de relativo, si se quiere, «que me llevare el blanco día», explica cuál es exactamente esa sombra que «podrá cerrar mis ojos»: se trata de la sombra fi nal –la muerte, defi nitiva noche–, que me privará para siempre de la luz del día. No hay duda de que “llevare”, en la acepción de “quitar”, es forma verbal transitiva de una oración subordinada donde el complemento directo es “el blanco día”, mientras que Rhythmica, II, 2, 2004 ESTEBAN TORRE —240—
“me” es complemento indirecto y “que” el sujeto, cuyo antecedente es precisamente “la postrera sombra”. El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia, defi ne así esta acepción de “llevar”: «Quitar algo a alguien, en general con violencia, o furtivamente». Quizás no exista en la lengua española un verbo cuyos rasgos sémicos se adapten mejor al siniestro quehacer de la muerte, la astuta, la taimada muerte, que a hurtadillas vigila el fatídico instante de asestarnos su golpe letal. Se contrapone la sombra de la negra noche con la luz del blanco día. La oscuridad, la sombra, las tinieblas simbolizan el error y la muerte. Se trata de una constante antropológica, que hunde sus raíces en lo más profundo del inconsciente colectivo. En la mitología griega, Nix, la diosa de la noche, es hija del Caos y hermana de Erebo, que personifi ca las tinieblas subterráneas. Los relatos bíblicos abundan en referencias a las sombras infernales, considerándose la muerte como una región tenebrosa (Job, 38,17). Por el contrario, la luz del día representa el triunfo de la verdad y la vida. Tal vez el lugar donde resalta con más fuerza el contraste entre la noche –la muerte– y el día –la vida– sea el famoso soneto “Night and Death” (La noche y la muerte), del escritor sevillano José María Blanco-White. Se describe en él la situación angustiosa del primer hombre, Adán, que, deslumbrado por la paradisíaca claridad de una vida pujante y recién estrenada, recibe por vez primera la noticia de que, tras la luz del esplendoroso día, vendrán las sombras de la noche: Mysterious Night, when the fi rst man but knew Thee by report, unseen, and heard thy name, Did he not tremble for this lovely frame, This glorious canopy of light and blue? Yet ‘neath a curtain of translucent dew Bathed in the rays of the great setting fl ame, Hesperus with the host of heaven came, And lo! creation widened in his view. Who could have thought what darkness lay concealed Within thy beams, oh Sun! Or, who could fi nd, Whilst fl y, and leaf, and insect stood revealed, PARÁFRASIS, MÉTRICA Y HRMENÉUTICA Rhythmica, II, 2, 2004 —241—
That to such endless orbs thou mad’st us blind! Weak man! Why to shun death this anxious strife? If light can thus deceive, wherefore not life? (Oh noche oscura, si por vez primera te viera yo venir, ¿no temblaría, temiendo que esta clara luz del día, este milagro azul, se deshiciera? Pero, si ya el lucero reverbera al caer de la tarde, y la alegría de mil estrellas nace, ¿negaría que brilla más la creación entera? ¡Quién hubiera pensado, oh noche oscura, que el propio Sol pudiera ensombrecerte, tenerte entre sus rayos escondida! Eres gloria de paz y de hermosura. ¿Por qué temer, entonces, a la muerte? Igual que el Sol, ¿nos cegará la vida?) La traducción es propia, y tanto ella como el original proceden de mi Teoría de la traducción literaria, Madrid, 1994, págs. 186 y 190-191. En este soneto, el poeta viene a decirnos que la angustia adánica –nuestra angustia– no tiene razón de ser, ya que la noche esconde entre sus sombras una hermosura mayor que la del día. El cielo de la noche, cuajado de estrellas y luceros, representa en realidad la verdadera plenitud del día, si bien se encuentra transitoriamente oculto por los cegadores rayos del sol de la vida terrena, que nos impiden ver las maravillas del más allá. Desde este punto de vista, la muerte debería ser un bien apetecible y el alma inmortal habría de tener un “afán ansioso” de liberarse de las ataduras de su cuerpo terreno. Es así cómo encuentra explicación el «que muero porque no muero» de Teresa de Jesús. Del mismo modo, Fray Luis de León pudo exclamar en su oda “A Felipe Ruiz”: «¿Cuándo será que pueda / libre de esta prisión volar al cielo...». Y el mismo Quevedo, en Rhythmica, II, 2, 2004 ESTEBAN TORRE —242—
su silva “El sueño”, expresa también sus ansias de sumirse en él como anticipo de la muerte: ¿Con qué culpa tan grave, sueño blando y suave, puede en largo destierro merecerte que se aparte de mí tu olvido manso? Pues no te busco yo por ser descanso, sino por muda imagen de la muerte. Lupercio Leonardo de Argensola, en un soneto dedicado precisamente “Al sueño”, lo tilda de “cruel” y lo considera como “imagen espantosa de la muerte”. Pero, más allá del tópico del sueño como imagen de la muerte, conviene no perder de vista que, en el famoso soneto de Quevedo, el amor, constante más allá de la muerte, es un rendido súbdito de Eros, un fuego inextinguible que fl amea en el meollo de los huesos y en el fl uir de la sangre. El alma, enamorada, no abandonará jamás las preocupaciones carnales de su cuerpo. Nada nos hace, así pues, pensar que esta alma pueda tener un “afán ansioso” de verse privada de su cuerpo. No es el alma, sino la muerte, la postrera sombra, la furtiva y violenta señora de la noche, la que anhela llevar a cabo su tenebrosa labor. El sujeto gramatical de “podrá desatar” es “hora”, la hora fi nal, la hora fatídica, y el complemento directo “esta alma mía”. El sujeto psicológico de la acción es la muerte, la sombra, con la que sintoniza esa hora fi nal. La hora es, así, lisonjera a “su” afán ansioso. A quien lisonjea, complace y adula la hora no es precisamente al alma, sino a la muerte. En el segundo cuarteto, al igual que en el primero, se produce un entrecruzamiento entre las sonoridades de las rimas, abrazadas,y los contenidos sémicos. El primer verso, con su alusión al viaje a la ribera de “esotra parte” se corresponde con el tercero, donde la llama del amor cruza a nado las frías aguas. El segundo verso, donde el alma persiste en la “memoria” del amor, marcha paralelo al cuarto, ya que ese recuerdo amoroso implica el olvido de la severa ley que rige el destino de los hombres: PARÁFRASIS, MÉTRICA Y HRMENÉUTICA Rhythmica, II, 2, 2004 —243—