Propiedades, tributos y templos en los territorios fenicios occidentales
Abstract
En este artículo tratamos los territorios pertenecientes a las poblaciones fenicias occidentales: fronteras, producción, rentabilidad y fiscalización. En primer lugar, analizamos los tipos de propiedades fenicias en el Mediterráneo occidental en función de sus dimensiones y sus cultivos a partir de los testimonios arqueológicos. A continuación, exponemos las funciones de las magistraturas relacionadas con el control territorial y el cobro de impuestos. Finalmente, comprobamos la relación entre la religión fenicia y el territorio en el I milenio a.C
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SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 PROPIEDADES, TRIBUTOS Y TEMPLOS EN LOS TERRITORIOS FENICIOS OCCIDENTALES LAND OWNERSHIP, TAXES AND TEMPLES IN WESTERN PHOENICIAN TERRITORIES CARMEN ANA PARDO BARRIONUEVO Universidad de Almería, Departamento de Geografía, Historia y Humanidades Carretera de Sacramento s/n, Edificio C de Humanidades, despacho 2.46, C.P. 04120, Almería (Almería, España) Correo-e: [email protected] https://orcid.org/0000-0002-7562-5756 Resumen: En este artículo tratamos los territorios pertenecientes a las poblaciones fenicias occidentales: fronteras, producción, rentabilidad y fiscalización. En primer lugar, analizamos los tipos de propiedades fenicias en el Mediterráneo occidental en función de sus dimensiones y sus cultivos a partir de los testimonios arqueológicos. A continuación, exponemos las funciones de las magistraturas relacionadas con el control territorial y el cobro de impuestos. Finalmente, comprobamos la relación entre la religión fenicia y el territorio en el I milenio a.C. Abstract: In this paper we deal with the Landscape of the Western Phoenician populations: borders, production, profitability yield rate and economic control and supervision. Firstly, we will discuss the types of Phoenician properties in the Western Mediterranean depending according on to their dimensions and their cultures crops from archaeological evidence. After that, Then we discuss the functions of the magistrates related to territorial control and taxation. Finally, we check the relationship between Phoenician religion and territory in during the first millennium BC. Palabras clave: Territorio fenicio, tributos, propiedades, templos, santuarios, magistraturas fenicias Keywords: Phoenician territory, taxes, properties, temples, sanctuaries, Phoenician magistrates 1. INTRODUCCIÓN Y JUSTIFICACIÓN El uso y productividad de las tierras en el ámbito fenicio occidental ha sido un tema tratado tangencialmente en la historiografía contemporánea. Sin embargo, la política administrativa de las ciudades fenicias estuvo ligada al reparto, control y fiscalización de los territorios próximos desde los primeros años de ocupación. En la actualidad, gracias al registro arqueológico de prospecciones superficiales y a las publicaciones de analíticas orgánicas, podemos intuir la dedicación y extensión de las propiedades agrícolas. Por otra parte, los testimonios epigráficos y varios autores clásicos dan fe del interés de los gobiernos fenicios en el control y pago de tributos a través de la implantación de cargos especializados. La religión fenicia completaría el entramado político y económico del territorio con templos y santuarios situados estratégicamente en las vías de comunicación para la protección de las transacciones económicas y, a veces, para salvaguardar algunos acuerdos políticos bilaterales. Recepción: 18 de julio de 2018. Aceptación:22 de maro de 2019 Pardo Barrionuevo, C.A. (2019): “Propiedades, tributos y templos en los territorios fenicios occidentales”. Spal 28.2: 165-180. DOI: http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18
166 SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 CARMEN ANA PARDO BARRIONUEVO 2. LA DIVISIÓN DEL TERRITORIO FENICIO OCCIDENTAL Sabemos que las colonias fenicias occidentales, algunas con cronologías que remontan al siglo IX a.C., explotaron el territorio próximo desde el inicio del proceso colonizador, pero no sería hasta el siglo VI a.C. cuando se transformaron en verdaderas ciudades estado o poléis (Th. VI, 2, 6; Arist. Pol. II, 8, 1; Arteaga 1994: 37-48; López Castro 2004: 152-153; Ferrer Albelda y García Fernández 2007: 663-664). Este proceso ha sido definido como una “regionalización” o un fraccionamiento político del Mediterráneo (Ferrer Albelda 2017: 172 y 182-184) donde cada ciudad tendría un distrito territorial denominado gbl o mqm para la explotación de la tierra o ’rş (Krahmalkov 2000: 73, 134 y 307-308). Esta área ha sido definida por algunos autores (Alvar y González Wagner 1988: 172) como el “cinturón agrícola suburbano” y conformaría el espacio entre la necrópolis colonial y el asentamiento principal (Delgado 2007: 37), es decir, aproximadamente un radio máximo de 15 km repartido en pequeñas parcelas. Más allá de este límite, la tierra estaría dividida en latifundios para la producción agrícola excedentaria (Alvar y González Wagner 1988: 178 y 174). Podemos cuantificar el grado de explotación del territorio y su degradación gracias a los análisis carpológicos, polínicos y antracológicos. Un ejemplo sería el territorio de Baria, donde los análisis de los siglos VII-III a.C. abogan por la proximidad de los campos de cultivo situados en las zonas más bajas (López Castro 2003: 97-98). Otro caso sería la ribera del Guadiana, que pasó de tener olmos y fresnos durante el Bronce Final, a sufrir una deforestación en favor del cultivo mayoritario de cereales durante el Hierro I coincidiendo con los primeros contactos fenicios (Hernández Carretero 2008: 140). La misma tendencia de supresión de la cubierta vegetal para los cultivos de cereales y olivos ha sido registrada en Carteia durante los siglos IV y III a.C. (López García y Hernández Carretero 2006). En otros casos, como en Toscanos, el propio espacio urbano quedó dividido en unidades de suelo donde habría una vivienda y una huerta (Alvar y González Wagner 1988: 172). El territorio quedaría dividido en propiedades privadas (Arteaga 1994: 34) o grl (Krahmalkov 2000: 143) adquiridas por métodos violentos, por compra, por pactos o alianzas desiguales (López Castro 2000: 126; González Wagner 2006: 195). La compra de la tierra debió de ser uno de los principales métodos de adquisición y conservamos la denominación exacta de esta transacción: kry (Krahmalkov 2000: 241). Esta palabra surgiría de la necesidad de establecer un término jurídico para regular esta acción de forma legal. Seguramente, la forma de proceder sería similar al testimonio tardío del ostrakon con grafía fenicia del siglo I d.C. encontrado en al-Quṣbāt (Msellata). Este texto fue escrito posiblemente por un administrador y ha sido interpretado como un documento económico para la compra de una propiedad agrícola entre dos hombres con antropónimos fenicios. El precio de esta propiedad quedó fijado en 5 prṣm y 10 talentos de pasas (Levi della Vida y Amadasi Guzzo 1987: 131-133). Como ya hemos advertido, la mayor parte de las propiedades serían pequeñas parcelas destinadas a cultivos básicos para la alimentación durante los primeros siglos (Gsell 1972: 20-22; López Castro 1995: 46). Sin embargo, las fincas serían esenciales para la producción excedentaria de alimentos, sobre todo aceite y vino, envasada y distribuida en ánforas fabricadas desde el siglo VIII a.C. en Occidente (Alvar y González Wagner 1988: 174; González Wagner 1989: 91-92 y 100). Las parcelas pudieron estar delimitadas por vallas y tener instalaciones básicas como un pozo y un cobertizo para las herramientas (Van Dommelen y Gómez Bellard 2008a: 214 y 216). Así, la cerámica sin asociación a restos inmuebles documentada en las prospecciones podría ser un indicio de la instalación de almacenes temporales para las labores del campo o de lugares de estabulación de animales. Desgraciadamente, esta hipótesis no se puede demostrar a partir del actual registro arqueológico (Van Dommelen y Gómez Bellard 2008b: 16). Debido a que la producción agrícola estuvo condicionada por la rentabilidad del cultivo según el tipo de suelo, y con el fin último de sacar el máximo aprovechamiento de terrenos improductivos para otras actividades, las poblaciones rurales fenicias estuvieron especializadas y vinculadas entre sí a través de una extensa red comercial. Este sistema económico permitió superar los periodos de escasez y palió la falta de alimentos en zonas más desfavorecidas o dedicadas a otras actividades económicas. Además, desde el inicio de la colonización, el territorio fenicio consolidó las formas de dependencia entre los centros menores y el núcleo urbano principal gracias a la instalación generalizada de un templo principal donde se velaría por la equidad en las transacciones económicas. No obstante, la generalización sistemática de pequeñas instalaciones agrícolas o granjas se produjo durante los siglos IV-II a.C. y, posiblemente, estuvieron administradas directamente por el propietario como aconsejaba el agrónomo
167PROPIEDADES, TRIBUTOS y TEMPLOS EN LOS TERRITORIOS FENICIOS OCCIDENTALES SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 cartaginés Magón (Colum. I, 18; Plin. H.N. XVIII, 7, 35). Por otra parte, algunas ciudades pudieron funcionar como “agro-ciudades” donde la mayor parte de la población serían campesinos que se desplazarían para trabajar la tierra (Van Dommelen y Gómez Bellard 2008b: 16). Un buen ejemplo de estas prácticas serían las ciudades de la isla de Djerba durante los primeros siglos de ocupación fenicia (Fentress 2009: 73). La explotación del territorio comprendía el aprovechamiento de amplios espacios comunales dedicados al pastoreo, la caza o la recolección. Esta área no ha sido constatada físicamente en ningún estudio arqueológico, pero sin duda, las zonas abruptas y montañosas y las tierras menos fértiles estarían dedicadas a estas labores. Una prueba indirecta de la importancia de estos lugares sería el significativo comercio de conservas cárnicas desarrollado en Cerdeña (Pardo 2015: 175-176) gracias a la ganadería practicada en las zonas no agrícolas. Uno de los territorios más ampliamente estudiados por la historiografía contemporánea sería el de Cartago. Éste fue definido por los autores clásicos como chora y, raras veces, como eparquía o “provincia”. Así, Tito Livio (XXIX, 3, 13; XXIX, 30, 10; XXIX, 31, 10; XXX, 7, 8) empleó el término urbs o ager para los territorios de Cartago antes del 202 a.C. Sin embargo, Polibio (XV, 18, 1; XXI, 21) usaría la palabra chora para el periodo posterior al 201 a.C. cuando Roma comenzó a organizar los territorios cartagineses conquistados (Crouzet 2003: 672-673). Su área de control llegaría hasta Megara y Kerkuán y estaría dividida en propiedades de mediano tamaño dedicadas principalmente al cultivo de verduras y árboles y granjas ganaderas. Serían parcelas muy fértiles y prósperas separadas entre sí por paratas de piedra seca y plantas espinosas. Además, estarían abastecidas de agua por tortuosas canalizaciones de irrigación (App. Lib., 69; Pun., 118, 559). Las tierras explotadas por la ciudad norteafricana de Cartago serían el Tell tunecino, el valle del Medjerba, el Cabo Bon y la parte septentrional de Sahel (Picard y Picard 1982: 85). El estudio de Manfredi (2010: 330-332 y 334) sobre la evolución del territorio cartaginés diferenció varias fases. En la primera etapa, Cartago organizó el territorio más próximo de Cabo Bon, los distritos de Muxsi, Zeugei y, quizás, Bizacena desde finales del siglo VI al siglo IV a.C. Posiblemente, la gestión de las áreas agrícolas de Muxsi y Zeugei recaería sobre poblaciones autóctonas con las que Cartago estableció una relación de clara ventaja económica. Por el contrario, la clase alta de Bizacena asumió el papel de clase dirigente intermedia y recreó allí el sistema latifundista púnico. La segunda fase (siglos IV y III a.C.) está caracterizada por la máxima expansión cartaginesa con la anexión de Campii Magni, los distritos Gunzuzi y Thuscae hasta la denominada Fosa Fenicia (fig. 1). El distrito de Gunzuzi sería un buen ejemplo de la colonización agrícola de Cartago desde el siglo IV a.C. realizada por ciudadanos cartagineses que actuaban como representantes estatales en la administración y control territorial. Por su parte, la anexión del Pagus Thuscae pudo producirse por la necesidad de Cartago de compensar la pérdida de la producción agrícola de Cerdeña a partir del 237 a.C. Este distrito pudo estar compuesto por unidades administrativas menores debido al uso en plural del término ᾽rṣ en la inscripción de Djebel Massoudj. En la última etapa, Cartago perdió progresivamente parte del territorio por las conquistas de Masinisa desde finales del siglo III al 146 a.C. Arqueológicamente, los monumentos turriformes construidos a partir del siglo IV a.C. pudieron servir como indicadores del territorio, límite fronterizo de la jurisdicción de las ciudades o marcador de los latifundios de adinerados terratenientes (Prados Martínez 2008: 141, 210-212, 275-279 y 291). Así, la distribución de estas construcciones parece responder a grandes dominios en los distritos de Muxsi (Peyras 1991: 206 y 492), Zeugei, Cabo Bon, Bizacena (Manfredi 2000: 234), la región de Hédil (Prados Martínez 2008: 279) y, quizás, la Pequeña Syrte (Crouzet 2003: 67- 677). Estas propiedades serían de las grandes familias vinculadas al gobierno cartaginés. Los casos más famosos son los latifundios de la familia hanónida, como los de Hanón el Grande (Ius. XXI, 4), o los de la familia bárquida como las tierras de Aníbal situadas entre Acholla y Thapsus (LIv. XXXIII, 48, 1), cerca de la costa (Iust. XXXI, 2, 3). Este linaje aprovecharía los nuevos mercados en la Península Ibérica para exportar el excedente de sus cultivos en el contexto de la II Guerra Romano-Cartaginesa (Martínez Hahnmüller 2016a: 136-137; 2016b: 176). Por el contrario, en la banda costera y subcostera, el tamaño de las propiedades sería de pequeñas y medianas dimensiones dedicadas a la arboricultura y a la horticultura desde el siglo V a.C. (Bondì 1995c: 279). Este paisaje sería más evidente entre los siglos III y II a.C., cuando únicamente existiría una anecdótica representación latifundista (Kolendo 1965: 46-47 y 49-50; Tsirkin 1986: 130). El cultivo mayoritario practicado en estas fincas pudo ser el olivo, al menos, desde el siglo VI a.C., cuando comenzó una progresiva sustitución de especies silvestres por Olea en las incineraciones del tophet de Salambó (Stuijts 1991: 59-61). El cultivo olivarero
168 SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 CARMEN ANA PARDO BARRIONUEVO requiere una menor cantidad de trabajadores, pero los años de improductividad agrícola son superiores a los de cualquier otro cultivo. Por este motivo, únicamente las personas adineradas pudieron asumir el coste de estas plantaciones (Wolff 1996: 130). Sin embargo, gracias a los beneficios del sector agrario, sobre todo arborícola, aumentó la estabilidad económica del Estado cartaginés (Picard y Picard 1982: 84-86). Tradicionalmente, la principal característica de Cerdeña (fig. 2) es la capilaridad del territorio fenicio que abogaría, de manera general, por un modelo latifundista (Meloni 1975: 118 y 122-123; Bondì 1995b: 352; 1995c: 280-281). Sin embargo, esta misma implantación territorial impediría las grandes propiedades, al menos, en las provincias de Marmilla y Arbórea (Fantar 1993: 266; Van Dommelen 1998: 157). Un caso bien estudiado es el de Nora, donde proliferaron los enclaves agrícolas entre los siglos VI y IV a.C., en su mayoría con una extensión inferior a los 2000 m2. En cambio, otros de entre 5000 y 9000 m2, sugieren una explotación de tipo latifundista continuada hasta fechas romano-imperiales (Botto et al. 2003: 160, 180 y 183; Finocchi 2013: 171-173). Desde otra óptica, el número y la ubicación de establecimientos agrícolas dependientes de Nora inducen a pensar en una organización en torno a lugares centrales y un reparto de la tierra condicionado por la orografía y edafología de los suelos. En Terralba, el escaso número de necrópolis en relación a la alta densidad de centros habitacionales respaldaría una organización heterárquica del entorno más que la jerárquica del caso anterior (Van Dommelen 2006: 14; Van Dommelen y Gómez Bellard 2008a: 217 y 227). El control político cartaginés desde el siglo IV a.C. en Sicilia favoreció la explotación latifundista caracterizada por lujosas villas. Este paisaje, más parecido a las zonas norteafricanas cartaginesas, contrastaría con la zona griega que compartiría similitudes con el noroeste sardo (Van Dommelen 2006: 24-25). Una excepción sería el territorio de Segesta, en Sicilia, donde, tras la toma cartaginesa a partir del siglo IV a.C., se llevaría Figura 1. Asentamientos y distritos de Cartago entre los siglos IV y II a.C. (elaboración propia a partir de Ferchiou 1994; Chelbi, Paskoff y Trousset 1995; Ben Younès 1995; Manfredi 2003; Prados Martínez 2008; Ruiz Cabrero y Peña 2010).
169PROPIEDADES, TRIBUTOS y TEMPLOS EN LOS TERRITORIOS FENICIOS OCCIDENTALES SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 a cabo una agricultura de pequeñas y medianas propiedades hasta, al menos, finales del siglo II a.C. (Bernardini et al. 2000: 99-101). En Pantelleria, la falta de recursos hidráulicos naturales fue paliada por una densa red de cisternas (fig. 3). No obstante, no se podría efectuar una irrigación a gran escala y las propiedades serían de pequeños huertos (Castellani y Mantellini 2006: 119). En cuanto a los cultivos, el clima y el tipo de suelo volcánico pudieron haber favorecido las plantaciones de vid (Baldassari y Fontana 2006: 55). En Malta (fig. 4), mayoritariamente se conocen necrópolis rurales por lo que las explotaciones rurales han sido interpretadas de diferente forma. Así, se ha defendido que pudieron ser minifundios en los que no se precisaría mano de obra esclava (Vidal González 1996: 98-99), o latifundios (Vella 2005: 445) creados por Cartago (Carretero 2007: 155, 211, 216, 220 y 223). La única instalación rural excavada, Ras Ir-Raħeb, fechada entre los siglos IV-III a.C., es un edificio cuadrangular con patio enlosado de mármol, una cisterna y estructuras de almazara (Buhagiar 1988: 69-70 y 72-76). Este edificio y el resto de datos arqueológicos abogan a que el archipiélago maltés se entendería como parte del sector cultural y geográfico definido por la costa del norte de África al este de Cartago (Ciasca 1995: 710). Además, los puestos de vigilancia como Mqabba, Cirkop, Safi, Zurrieg y Qrendi, fechados a partir del siglo IV a.C., han sido relacionados con el control de grandes propiedades de la aristocracia (Sagona 2002: 271). Geográficamente, Ciasca (1995: 704-705) ha distinguido tres zonas: el espacio centro-oriental caracterizado por pequeños núcleos o pueblos contiguos dedicados a la pesca y la agricultura que llegarían a alcanzar una gran superficie (quizás por aglomeración o fusión) en época púnica y romana. La segunda zona, en la extremidad S-SE, tendría un gran núcleo poblacional costero favorecido por un puerto natural en torno al cual pudieron establecerse otros centros de diversos tamaños dedicados a actividades marítimas. Finalmente, Figura 2. Distribución de los asentamientos fenicios en Cerdeña entre los siglos IV y III a.C. (elaboración propia a partir de Barreca 1988; Nieddu y Zucca 1991; Van Dommelen 1998; Bondì 2003).
170 SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 CARMEN ANA PARDO BARRIONUEVO la zona occidental estaría caracterizada por un terreno escarpado ligado al control y la defensa de la isla. Aquí, se han documentado numerosas tumbas y el principal núcleo fortificado. La desigual investigación de los territorios fenicios nos impide obtener conclusiones generalizadas en la península ibérica. Sin embargo, contamos con tres ejemplos relativamente bien estudiados: Gadir, Malaka y Baria, donde se advierte un importante poblamiento en torno a la desembocadura de los principales ríos desde el inicio de la colonización. En los territorios de Gadir (Barrionuevo 2001) y Malaka (Suárez et al. 2007), se ha registrado una gran variedad de tipos de población desde los primeros siglos, como asentamientos menores para el control del territorio, granjas y puestos de control y/o atalayas. La alta densidad poblacional aboga por una explotación de pequeñas parcelas. En el caso de Baria (Pardo 2015: 63-65, 98-100 y 127- 130), por el contrario, durante todo el I milenio a.C. las poblaciones presentaban una mayor distancia entre ellas y podrían responder casi exclusivamente a poblaciones menores desde las que se explotó y controló el territorio, quizás en un régimen latifundista. Una excepción sería el entorno de la propia ciudad de Baria donde se instalaron pequeños asentamientos, como Cabecico de Parra, que únicamente explotarían las tierras más próximas. Uno de los casos mejor estudiados arqueológicamente es Ibiza (fig. 5). El análisis de los centros rurales y la distancia entre ellos han permitido calcular el espacio cultivado con bastante fiabilidad. Así, en los asentamientos rurales de la zona de Cala d’Hort tendrían una superficie explotada de entre 20 y 25 ha (Ramon 1984: 32), los ubicados en el suroeste de la isla cultivarían entre 100 y 150 ha (Gómez Bellard 2000: 357), y disminuiría el tamaño de las explotaciones en el noreste (Gómez Bellard 2006: 184). Esta diferencia de tamaño puede ser debida al diferente uso de la tierra en función de la orografía (Gómez Bellard 2000: 357; 2008a: 74). Por otra parte, Plà de San Jordi, junto a la Figura 3. Distribución de los asentamientos fenicios de Pantellería entre los siglos IV y III a.C. (elaboración propia a partir de Baldassari y Fontana 2006: 57-58; Castellani y Mantellini 2006: 115).
171PROPIEDADES, TRIBUTOS y TEMPLOS EN LOS TERRITORIOS FENICIOS OCCIDENTALES SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 ciudad de Ibiza, pudo tener una distribución parcelaria homogénea desde las primeras instalaciones del siglo V a.C. ya que estas tierras lindan con tres yacimientos coetáneos (González Villaescusa 2002: 253-254). La homogeneidad y adaptabilidad al terreno corroboraría el control de la ciudad en el establecimiento progresivo de la población rural (Costa 1998: 851-852; Costa et al. 2005: 1370). En cuanto a la dedicación de las tierras ebusitanas, las prensas de aceite de época púnica y las marcas de cultivo excavadas en la base geológica señalan una explotación arborícola, sobre todo olivarera. Además, el uso coetáneo de dos tipos de marcas de cultivo con forma y dimensiones diferentes podría deberse a plantaciones de vides apoyadas sobre otros árboles que funcionarían a modo de tutores. El análisis polínico de la tierra de estas zanjas, fechado entre los siglos IV y I a.C., indicó mayoritariamente un cultivo de Olea/Phillyrea seguido de vid, cereales y leguminosas (López Garí y Marlasca 2012: 116 y 118). 3. LA OBLIGACIÓN DE LOS PROPIETARIOS: LOS TRIBUTOS Como hemos comprobado, la gran variedad de actividades económicas en las ciudades fenicias requirió una división administrativa del territorio y fomentó un amplio abanico de cargos públicos destinados al cobro de impuestos. Así, el testimonio más antiguo posiblemente sería el grafito documentado en una de las defensas de elefante del pecio de la Campana fechado a finales del siglo VII e inicios del VI a.C., que pudo estar destinado a un recaudador de impuestos (Mederos y Ruiz Cabrero 2004: 276 y 278). Sin embargo, la mayor información sobre los tipos de funcionarios estatales relacionados con este cometido procede de Cartago de los siglos IVII a.C. (Huss 1993: 315), y de Leptis (LIv. XXXIV, 62, -2-3). Así, los rbm (“grandes”) serían jefes encargados de la administración financiera, los mḥšbm podían corresponder a un especie de contables o controladores, los sprm serían secretarios, los quaestores o praefecti Figura 4. Distribución de los asentamientos fenicios en Malta y Gozo entre los siglos IV y III a.C. (a partir de Bonanno 2005; Sagona 2002).
172 SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 CARMEN ANA PARDO BARRIONUEVO morum, funcionarios fenicios conocidos únicamente por esta terminología latina (Bondì 1995a: 298-299), los ʼdr ʽkrt (CIS I 132) serían algo así como “jefes de estimaciones”, los mḥzm o inspectores de los mercados, y los šql, que eran recaudadores de siclos (CIS I 6003, RES 15; Ruiz Cabrero 2009: 17). Este complejo sistema tributario, en origen, debió ser muy diferente, e incluso estar condicionado por las poblaciones autóctonas preexistentes. Así, según Justino (XVIII, 5, 14), Cartago debía pagar tributo a las comunidades autóctonas por explotar sus tierras durante los primeros siglos. Este condicionante se ha querido aplicar también a los enclaves extremo-occidentales donde los artículos de lujo encontrados en las tumbas de las clases dominantes autóctonas podrían haber servido como impuesto (Arteaga 1994: 28). Aunque esta explicación ofrecería una alternativa a la teoría del comercio desigual, la ausencia de fuentes concretas sobre este tema nos impide contrastar esta hipótesis. En cualquier caso, aunque la implicación de las comunidades autóctonas en el pago o cobro de tributos más allá del norte de África es difícil de precisar, sabemos que los asentamientos rurales fenicios tendrían una carga impositiva sobre su excedente productivo (Arteaga 1994: 34; Crouzet 2003: 677). A partir del I Tratado Romano-Cartaginés en 509 a.C. (PLb. III, 22), el sistema fiscal cartaginés comenzaría a configurarse tal como lo conocemos en los siglos más recientes. El tributo más famoso en estas fechas sería la entrega a Cartago de la cuarta parte de la cosecha de cereales de Cerdeña, que pudo estar destinada a la manutención y alimento del ejército (Gsell 1972: 312; Picard y Picard 1982: 87; Fantar 1993: 266 y 268; Manfredi 2003: 329). También conocemos las dos formas de cargas fiscales impuestas por Cartago a sus territorios sometidos a partir del siglo VI a.C.: uno procedente del campo con una parte de la producción agrícola, en especie (LIv. XXIV, 62, 2-3), y otro del stipendium de los habitantes de las ciudades (Crouzet 2003: 683- 685 y 698-699). En el primer caso, el impuesto en las Figura 5. Distribución de asentamientos fenicios en Ibiza entre los siglos IV y III a.C. (a partir de Tarradell y Font 1975; Gómez Bellard 1986; 2008b; Gómez Bellard, Díes y Marí 2011; González Villaescusa y Díes Cusí 1991-1992; Ramon 1995; Puig, Díes y Gómez Bellard 2004; Gómez Bellard, Marí y Puig 2007; Alfaro Giner et al. 2010).
173PROPIEDADES, TRIBUTOS y TEMPLOS EN LOS TERRITORIOS FENICIOS OCCIDENTALES SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 comunidades rurales era igual al de Cerdeña, es decir, un cuarto del total de la cosecha. Por su parte, las ciudades abonaban la cuantía equivalente a esta. Una excepción la constituían las poblaciones sicilianas de la zona occidental, que pagaban solamente un diezmo de la cosecha (Huss 1993: 315-317). Precisamente, las excesivas cargas fiscales de las ciudades dependientes de Cartago durante el siglo III a.C. incentivarían el ánimo de sublevación durante la Guerra de los Mercenarios. Aunque en un principio los ’drm, o grandes hombres de Cartago, estarían exentos del pago (Huss 1993: 313), en el transcurso de estos acontecimientos el grueso del impuesto debió de afectar a las grandes propiedades latifundista ya que la comunidad rural no se sublevó (García Moreno 1978: 73 y 75). Durante la II Guerra Romano-Cartaginesa este impuesto llegó a suponer la mitad de las cosechas libias, lo que provocó revueltas en esta zona (PLb. I, 72,1-3). Por su parte, los pueblos númidas que habían sido considerados como aliados por Cartago, fueron sometidos y obligados a pagar otro gravamen (Huss 1993: 315), que ascendía al 10% de la cosecha durante el reinado de Juba I según Plutarco (Caes. 55). Los cálculos de este dato ascienden a unos 105.000 hl de cereal y pudieron representar la base alimenticia de la población cartaginesa (Picard y Picard 1982: 86 y 129). Más allá de Cartago, una sugerente hipótesis sobre el pago de impuestos fenicios sería la estandarización del volumen de las ánforas a partir del siglo V a.C. Así, en Gadir, se ha planteado una división de la campiña en unidades de producción controladas por núcleos administrativos que pagarían tributos a Cartago con productos envasados en ánforas (Carretero 2007: 171-176, 182, 184, 201, 207, 218-220 y 222-223). Aunque ciertamente el territorio gadirita quedó plenamente configurado en este siglo y comenzaron a estandarizarse las formas anfóricas según el producto contenido (salazón, aceite o vino), la vinculación de estos hechos con Cartago carece de base documental. Otro territorio bien conocido sería el de Iboshim, donde los tributos se pagarían en especie y estarían controlados por la capital donde, además, existiría el monopolio de la producción de ánforas (Díes y Matamoros de Villa 1991: 823; Costa 1998: 843-842; Ramon 1995: 52; Gómez Bellard 2008a: 63, 68 y 71). Sin embargo, debemos advertir que la presencia de desechos cerámicos de un alfar productor de PE-22, PE-25 y T-8.1.3.3 en Ca N’Andreuet (San Carlos), datado entre el siglo IV y el III a.C. (Ramon 1991: 38), y otras evidencias de la misma índole sin cronología precisa en Ca N’Eloi (Ramon 2001: 97) y en Ce4 (Gómez Bellard, Díes y Marí 2011: 37 y 98), podrían desmentir el monopolio alfarero del principal puerto. 4. MAGISTRATURAS FENICIAS PARA CONTROL TERRITORIAL Para entender el complejo funcionamiento de las ciudades-estado fenicias debemos remitirnos a la escasa información sobre sus gobiernos. La administración territorial, el aprovechamiento de sus tierras y su fiscalización están indisolublemente unidos al Estado. Aunque la implantación colonial fenicia mantuvo mayoritariamente el sistema de explotación territorial oriental, la ausencia de monarquía implicó el desarrollo de otras instituciones totalmente diferentes (Bondì 1995a: 295; 1995b: 346-347), que comenzaron a consolidarse a partir del siglo VI a.C. (Arteaga 1994: 37, 40-41y 46-48; Manfredi 2003: 331; López Castro 2004: 152-153; Ferrer Albelda y García Fernández 2007: 663- 664;). Por ello, fue la aristocracia de las principales colonias quien asumió la política administrativa y ostentó los cargos más relevantes (Jiménez Flores y Marín Ceballos 2002: 79). Sin embargo, la verdadera complejidad administrativa de Cartago aparece entre los siglos V-IV a.C. cuando la capital norteafricana alcanzaría los territorios libios y libiofenicios y surgiría una nueva clase intermedia de funcionarios locales. Este sistema alcanzó su mayor apogeo en el siglo III a.C. bajo el control bárquida debido a su voluntad de integración de los pueblos autóctonos en la estructura estatal cartaginesa, sobre todo libiofenicios (Manfredi 2010: 330). Por ello, fue a partir del siglo III a.C. cuando en los territorios sometidos por Cartago se implantó el cargo de sufete elegido entre los miembros de la oligarquía local de ciudadanos de Cartago (Manfredi 2010: 332-333). La principal causa de este cambio en numerosas ciudades del norte de África, donde se han documentado sufetes entre los siglos III-II a.C., fue la necesidad de un mejor control de la implantación agrícola. Así, se registran sufetes en El Fahs, Bou Arada y El Aroussa, que serían llanuras cerealísticas de gran importancia económica para Cartago (Manfredi 2010: 333). Otro buen ejemplo lo encontramos en Volúbilis, donde se ha documentado una estela de carácter funerario fechada en el siglo I. En ella se hace mención a un sufete que ejerció de escriba en el ejército cuya genealogía remonta a seis generaciones atrás en este cargo. Por este motivo el sufetazgo en Volúbilis pudo haberse implantado entre los siglos IV y III a.C. ya que se trasmitía de generación en
180 SPAL 28.2 (2019): 165-180 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2019.i28.18 CARMEN ANA PARDO BARRIONUEVO Ramon Torres, J. (1995): Ses Païses de Cala d’Hort. Un establiment rural d’època antiga al Sud-Oest d’Evissa. Ibiza, Consell Insular d’Eivissa i Formentera. Ramon Torres, J. (2001): “El asentamiento rural y los asentamientos púnicos de Ca n’Eloi (Santa Eulària des Riu. Eivissa)”. Rivista di Studi Fenici 29, 1: 53- 101. Redissi, T. (1991): “Les empreintes de sceaux égyptiens et égyptisants de Carthage”. Centre d’études et de documentation archéologique de la conservation de Carthage (CEDA Carthage) 12: 13-24. Ribichini, S. (1985): “Temple et sacerdoce dans l’économie de Carthage”, en Actes du IIe Colloque sur l’histoire et l’archéologie de l’Afrique du Nord, Bulletin archéologique du Comité des travaux historiques et scientifiques 19 B: 29-37. Grenoble (1983), Paris, C.T.H.S. Ruiz Cabrero, L. A. (2009): “Sociedad, Jerarquía y clases sociales de Cartago”, en XIII Jornadas de Arqueología fenicio-púnicas: Instituciones, demos y ejército en Cartago.. Treballs del Museu arqueològic d’Eivissa i Formentera 64: 7-73. Ibiza (2008), Ibiza, Museu arqueològic d’Eivissa i Formentera Ruiz Cabrero, L. y Peña Chocarro, V. (2010): “La pervivencia de los tofet como elemento de cohesión territorial tras la caída de Cartago”, en Colloque International: Carthage et les autochtones de son empire du temps de Zama: hommage à Mhamed Hassine Fantar: 459-470. Siliana y Túnez (2004), Túnez, Institut National du Patrimoine. Sagona C. (2002): The Archaeology of Punic Malta. Ancient Near Eastern Studies. Supplement 9. Lovaina, Peeters. Stiglitz, A. y Tore, G. (1998): “Realtà rurali e urbane: territorio e urbanizzazione nella Sardegna fenicio-punica”, en Atti del XII Convegno di Studio, L’Africa Romana 12, vol. II (Olbia 1996): 549-563. Sassari, EDES. Stuijts, I. (1991): “Kinderoffers in de tophet (Carthago); houtskoolonderzoek”. Paleo-aktueel 2: 58-61. Suárez Padilla, J.; Escalante Aguilar, M. M.; Cisneros García, M. I.; Mayorga Mayorga, J. y Fernández Rodríguez, L. E. (2007): “Territorio y urbanismo fenicio-púnico en la bahía de Málaga. Siglos VIII-V a.C.”, en J. L. López Castro (ed.), Las ciudades fenicio-púnicas en el Mediterráneo Occidental: 209-231, 562-567. Almería, CEFyP-Universi- dad de Almería. Sznyzer, M. (2003): “Á propos des structures sociales et politiques de la cité punique. Le «rab» et le «sufete», le «citoyen» et l›«esclave»”, en VIIIe Colloque International sur l’Histoire et l’Archéologie de l’Afrique du Nord. 1er Colloque International sur l’Histoire et l’Archéologie du Maghreb. L’Afrique du Nord Antique et Médiévale: 115-123. Tabarka (2000), Tunis, Comité des travaux historiques et scientifiques. Tarradell, M. y Font, M. (1975): Eivissa Cartaginesa. Biblioteca de Cultura Catalana 13. Barcelona, Curial. Tsirkin, J. B. (1986): “Carthage and the problem of polis”. Rivista di Studi Fenici 14, 2: 129-141. Van Dommelen, P. (1998): On Colonial Grounds. A Comparative Study of Colonialism and Rural Settlement in First Millennium BC West Central Sardinia. Leiden, Faculty of Archaeology Leiden University. Van Dommelen, P. (2006): “Punic farms and Carthaginian colonists: surveying punic rural settlement in the Central Mediterranean”. Journal of Roman Archaeology 19, 1: 7-28. Van Dommelen, P. y Gómez Bellard, C. (2008a): “Agrarian Landscapes and Rural Communities”, en P. Van Dommelen y C. Gómez Bellard (A.A.), Rural Landscapes of the Punic World. Monographs in Mediterranean Archaeology 11: 202-230. Londres, Equinox Pub. Van Dommelen, P. y Gómez Bellard, C. (2008b): “Defining the Punic World and its Rural Contexts”, en P. Van Dommelen y C. Gómez Bellard (A.A.), Rural Landscapes of the Punic World. Monographs in Mediterranean Archaeology 11: 1-21. Londres, Equinox Pub. Van Dommelen, P. y López Beltrán, M. (2014): “Hellenism as subaltern practice: rural cults in the Punic world”, en J. R.W. Prag y J. C. Quinn (eds.), The Hellenistic West. Rethinking the Ancient Mediterranean: 273-299. Cambridge, Cambridge University Press. Vella, N. C. (2005): “Phoenician and Punic Malta”. Journal of Roman Archaeology 18, 2: 436-450. Vidal González, P. (1996): La isla de Malta en época fenicia y púnica. BAR International Series 653. Oxford, Tempus Reparatum. Wolff, S. R. (1996): “Oleoculture and Olive Oil Presses in Phoenician North African”, en D. Eitam y M. Heltzer (eds.), Olive Oil in Antiquity, History of the Ancient Near East Studies 7: 129-139. Padova, Sargon. Zucca, R. (1989): Il Tempio di Antas. Sardegna Archeologica. Guide e Itinerari 11. Sassari, Delfino.Nazionale delle Ricerche.