Pilar Paz Pasamar
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319 “Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1933), es una de las grandes voces poéticas de la lengua. Sin retóricas al uso ni fatuos artificios, le bastan un puñado de palabras para nominar lo inefable. Cuando era casi una niña y acababa de publicar Mara, su primer libro prologado por Carmen Conde, la descubrió Juan Ramón Giménez, desde el exilio de Puerto Rico. Esa niña sigue asomándose hoy a través de sus ojos, como si el cielo fuera sólo una ilusión tramposa, como si el alma permaneciera a través de lo sucesivo, como si existiera realmente algo más, latente en lo cotidiano, aquello que los sencillos llamamos misterio”. He elegido, para comenzar mi palabras, estas del poeta gaditano Mauricio Gil Cano, que abren el prólogo que escribió para una pequeña antología de Pilar Paz, publicada en 2007, en Cádiz, por EH Editores, con el título, El río que no cesa. Y las he elegido no sólo porque describen muy bien su mundo poético cuando dice que “le bastan un puñado de palabras para nominar lo inefable”, sino también su mundo personal en la última frase “como si el alma permaneciera a través de lo sucesivo, como si PILAR PAZ PASAMAR Por enriqueta Vila Vilar Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 47, 2019, pp. 319–323
320 existiera realmente algo más, latente en lo cotidiano, aquellos que los sencillos llamamos misterio” Creo que no se puede decir en menos palabras lo que yo sentía ante la obra de Pilar y ante su personalidad. Muy poco mayor que yo, la conocí personalmente muy tarde a través de dos personas muy queridas de ella: su hermana Mercedes y su “hermamiga” –así la llamaba-, la también poeta Matilde Donaire. Mercedes, su hermana, vivió en un piso encima del mío durante muchos años. Casada con un militar como había sido su padre, era la primera admiradora de su hermana pequeña y sus premios y sus éxitos estaban “latentes en lo cotidiano”. Siempre decía que me avisaría cuando su hermana la visitara para que pudiéramos conocernos y aunque el encuentro fue demorándose, al fin llegó. Desde aquel día, hará unos quince años, Pilar siguió llamándome por teléfono con aquella voz grave que la caracterizaba y enviándome libros como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Era una persona entrañable que transmitía paz y seguridad y cuando ya estaba enferma y casi no se levantaba, su espíritu seguía intacto, lleno de esperanza y transcendencia, “latente en lo cotidiano”. Por lo que conozco de ella y de la trayectoria de su obra, Pilar, es una de esas mujeres que abandona todo por amor a su familia y al hombre que elige para crearla, Carlos Redondo Huertos, con el que se casa en 1957 y se instala en su querida tierra gaditana. La dedicación a sus cuatro hijos la aparta irremediablemente de la primera línea de la profesión, aunque sin olvidarse nunca de su pasión: la poesía. Era una de esas muchas mujeres que no estuvieron en su momento en los puestos de cabeza, por elección, algo que sigue ocurriendo y que se pretende cubrir con una cuota. Me refiero a las que, en unos años determinados, ponen el amor y la dedicación a su familia por delante de su profesión y eso lleva inevitablemente a una fuerte crisis personal, que unas son capaces de resolver y otras no. Pilar lo hizo en medio de un mundo cambiante que le llevó a reaccionar. Llevaba casi 20 años sin publicar, aunque sin dejar de escribir, y se incorporó a las nuevas corrientes surgidas de la democracia que en Andalucía se traduce en la narrativa andaluza, en novela, el mester andalusí, en poesía y entra de lleno en el boom de la escritura femenina en la década de los 80. 320 PILAR PAZ PASAMAR
321 Es la segunda época de su vida activa en el mundo de la poesía que retomó con la misma intensidad y la misma ilusión que en su juventud y que duró hasta su muerte. Creo que Pilar siempre fue joven, poeta y madre. Es en esa segunda fase de su carrera, cuando vuelve con ímpetu a su pasión y tiene guardada una obra inédita, cuando aparece su libro La Torre de Babel y otros asuntos, en 1982, y poco después, José Ramón Ripoll, otro poeta gaditano, edita una amplia antología de todos sus poemas, La Alacena, que sería como un toque de marcha para su nueva y definitiva época. Es en ella cuando inicia con un grupo de amigos una bella aventura literaria: la creación de una “Asociación de amigos de la casa-Museo de Juan Ramón y Zenobia”, la cual publica una revista titulada Papeles de la Alacena que consigue sacar a la luz 11 números publicados por el entonces Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla y la Fundación Juan Ramón Jiménez de Moguer. Como mis colegas y amigos Manuel González y Carmen Cózar han hablado de su primera época, de su vida personal y académica, de sus premios y condecoraciones y después de mí, su amigo de juventud Aquilino Duque, ampliará todo esto y valorará su obra poética, quiero centrarme en esta pequeña-gran revista menos conocida, aprovechándome de la amistad de tres de sus artífices que hoy nos acompañan: Matilde Donaire, Javier Lasarte y Maribel López. Papeles de la Alacena -nombre sugerido por Pilarnace de un grupo de amigos que Javier Lasarte menciona en un muy bello recuerdo que dedicó a la amiga, después de su muerte, en Diario de Sevilla, titulado “En recuerdo de Pilar Paz Pasamar” y en él cuenta cómo, unidos a su hijo Arturo, un grupo compuesto por Carlos Muñiz, Matilde Donaire, Juan Antonio Carrillo -el muy recordado Juan Antonio-, el propio Javier Lasarte y su esposa Maribel se disponen a crear algo que “creían que no iba a poder ser y por eso lo hicieron”. Y verdaderamente lo hicieron bien porque la revista, no sólo por su contenido sino por su original, cuidado y elegante formato en forma de tríptico, impreso en una bella cartulina de colores suaves que cambiaba en cada número, demuestra la sensibilidad de sus autores. La idea era repartirla gratuitamente en instituciones, colegios y otros lugares a los que 321ENRIQUETA VILA VILAR
322 pudiera interesar la cultura y nació con vocación atlántica y con mirada a las dos orillas como no podía ser menos teniendo como modelo a Juan Ramón. He podido examinar dos de sus números que ha tenido la generosidad de regalarme Matilde Donaire y les aseguro que son una delicia. En uno de ellos, el último, que aparece en 1996, Pilar Paz, firma un artículo llamado “Torres, Miradores y Cierros (Revistas poéticas gaditanas de este siglo)” en el que demuestra no sólo un conocimiento del mundo literario de toda la Bahía gaditana y su buen estilo en prosa, sino también lo que he dicho anteriormente: la vocación americanista que animaba a todas, y a ella misma, y que cierra con una frase de Juan Ramón inolvidable: “del mundo americano nos separa el agua. Sólo el agua”. Miembro de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz desde 1963 fue, junto con su amiga Carmen Cózar, dos de las grandes mujeres que dieron lustre a esa Academia y que tuve el honor de que firmaran mi propuesta como correspondiente de ella. Perteneció también a la de San Dionisio de Jerez de la Frontera y en 2014 fue elegida correspondiente de esta nuestra de Buenas Letras. La obra de Pilar está llena de sensibilidad, ternura y trascendencia y, en su segunda fase más desgarradora y combativa, se descubre en ella el sedimento que le habían proporcionado los años de retiro voluntario y su solidaridad con los débiles. Su unión y sincronismo con los teólogos e intelectuales de la Teología de la liberación se expresa profundamente en su poema “Nicaragua”. Enamorada del espléndido mar que contempló durante muchos años, su último poema, dirigido a la Virgen de los Navegantes, escrito en un folio cuadriculado a su amiga Matilde que ella guarda como una reliquia y que fue publicada en el artículo de Javier Lasarte al que he hecho mención anteriormente, condensa toda su religiosidad profunda y avanzada. Sus inicios en las fuentes clásicas y renacentistas, en la mística y en la poesía romancesca y andalusí, así como en Bécquer y Rubén Darío, perduraron en el tiempo y dieron siempre a su poesía ese halo amoroso y trascendente que la acompañó hasta el final. Profundamente enamorada de su tierra que conocía y amaba como nadie y 322 PILAR PAZ PASAMAR
323 en la que sí ha sido profeta, su obra, traducida a varios idiomas, no se ha valorado justamente ni por la crítica, ni por el mundo literario español aunque esté recogida en algunas antologías de poesía española. Como habrán observado, no he mencionado a su gran amor platónico correspondido, a Juan Ramón Jiménez, porque he pensado que se iba a repetir esta tarde. Pero si me van a permitir que para terminar me refiera a la carta que el gran poeta moguereño dirigió a su amigo Ricardo Gullón cuando leyó el poema Mara que la convirtió para siempre en su musa. Dice así: “Hay una muchacha, Pilar Paz Pasamar, que ha escrito un poema excelente, magnífico, sobre Dios. Entre los jóvenes poetas encuentro de vez en cuando cosas excelentes. Ese poema es una joya. Esa niña es genial”. Y, para mí, así murió, como una persona genial. Lo dijo Juan Ramón, no nosotros. 323ENRIQUETA VILA VILAR