scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La fiesta falsificada

Miranda Regojo, Antonio

Abstract

El autor imagina la gran fiesta como la nueva utopía posible o la ciudad ilustrada sin clases y sin manipulaciones del capital. El aspecto festivo de las producciones capitalistas no hace más que proporcionar evasión de fa realidad y oscurantismo sirviéndose de la falsificación y la mentira de lo estético artístico. La fiesta enmascara la opresión social bajo la forma del anarquismo en sus dos facetas: neolibera! y fascista.

Full text

LA FIESTA FALSIFICADA Antonio Miranda El autor imagina la gran fiesta como la nueva utopía posible o la ciudad ilustrada sin clases y sin manipulaciones del capital. El aspecto festivo de las pr od ucciones capitalistas no hace más que proporcionar evasión de fa realidad y oscurantismo sirviéndose de la falsificación y la mentira de lo estético artístico. La fiesta enmascara la opresión social bajo la forma del anarquismo en sus dos facetas: neo/ibera! y fascista. Si envenenas sus fuentes te fusilarán, pero si envenenas sus mentes, te cubriran de oro. (Viñeta de El Roto en El Paí s) 23 La querencia al monte de la cabra Que la ignorancia y la carencia de educación (estética para Schiller) es el origen y caldo de cultivo, causa y efecto, de los peores males del mundo, es algo que, si alguien todavía no lo sabía, puede constatarse en los informes de la Unesco de 1999. Allí se muestra de modo palpable y evidente la estrecha correlación entre el crecimiento de la ignorancia y el de la hambruna mundial'. No obstante, como pensaban los grandes ilustrados, no sería necesaria una acción positiva para enderezar la situación. Bastaría con que no se pusieran trabas al normal desarrollo del cerebro humano, para que semejante vergüenza desapareciera. Tanto los Mass Media y las Artes como la Arquitectura -las Tres Grandes Potencias ideológicas u oscurantistas- , si vivieran circunstancias menos sombrías, tendrían por misión promover la dignidad y el pensamiento crítico entre los pueblos. Pero ni siquiera tal cosa se les pide hoy. Bastaría con que los artistas comerciales o mercenarios se abstuvieran de poner obstáculos a esa dignidad y a ese pensamiento que, como derechos panhumanos, impiden. De esas trabas oscurantistas contra la emancipación, especialmente vis ibles en la fiesta -bajo cualquiera de sus variadas formas- , intentaré seleccionar algunas'. - XXIII - ASTRAGALO,14(2000) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2000.i14.03 Profesor-arquitecto y crítico de arquitectura; enseña en la ETS de Arquitectura de Madrid. La gran fiesta podría ser la nueva utopía posible, dentro de la utopía que viene realizándose lentamente -progreso técnico-científico- día a día, desde la época neolítica. La fiesta podría llegar a ser la reconciliación de todos los cuerpos con todas las «almas» propias y ajenas en una nueva unidad dentro de una sociedad sin clases que suprimiera el carácter de mercancía que hoy se nos atribuye a todos y cada uno de los humanos. La fiesta -pletórica de confianza en el género humano y de amor a la vidapodría ser una mejor ciudad, una óptima capital. Porque a ésta vuelven, cada año desde los pueblos cercanos, aquellos que quieren y pueden quitarse de encima -aunque sólo sea por unas horas de masificado anonimatola inhumanidad castiza, agreste, cotilla o provinciana. Una verdadera fiesta, una fiesta no obligada es una ciudad o casa noble y amplia, en la que cada persona respira libremente y pierde el carácter de ganado estabulado -a plazo fijofrente al escenario o la pantalla. La identificación albertiana de la ciudad con la casa nos podría ayudar con su objetivo festivo, a eliminar la cosificación publicitaria y publicitada que de la gente en fiesta el estatus extrae para vender y vendernos mejor. Con poco más -amar y no despreciar a ningún otropuede llegar cada ser humano a ser un dios para cada hombre, como proclamara el renacentista Bacon. Ésa sería la única fiesta de auténtico valor. Contra las aglomeraciones seudofestivas, gregarias y estabuladas de la capital (en el extremo público) y contra la cama habitualmente compartida (en el extremo íntimo), o sea, contra la for- 24 zada cohabitación, Rousseau nos recuerda que el aliento del hombre es veneno para el hombre. No será, pues, tanto el matrimonio como la miserable casa común y la cama compartida y obligada, las verdaderas tumbas (festivas) del amor. Que sean familiares de las víctimas lo s más abundantes de entre los asesinos nos debe hacer repensar la frase evangélica: enemigos los de tu casa. Algo similar podemos decir de la ciudad. La tumba de la capital no es tanto la densidad urbanística, como suele decir la demagogia de Sangre y Tierra, sino la miseria que también se materializa en la densidad doméstica. Por otra parte, conviene recordar al respecto que sólo dos de cada diez viviendas de las que se construyen en el mundo desde hace decenios, no son chabolas. El término capital nos habla de la población donde reside el gobierno de una zona, pero también define al dinero invertido en una empresa que produce una renta basada en plusvalías, esto es, en salarios no pagados. Esa coincidencia nos hace pensar en la fi esta. En España, al menos, las celebraciones de una ca pital, hace años, se llamaban Ferias y Fiestas. Era todo más claro. Se reconocía que el Pan y Circo inyectados por el populacho burgués (dominante) en la resignada y paciente ma sa popular (dominada) eran concomitantes. Eran coherentes y complementarios con el mercado al que todos servían y con el capital que, todo lo rige, con zoológica ferocidad, desde ha ce demasiados siglos, para desdoro de la inteligencia, la humanidad y la arquitectura. Porque lo popular, en el pasado y con frecuencia, se mantuvo relati- - XXIV - vamente libre de la acción capitalista. Por ello pudo ser origen permanente de pensamiento aristocrático. Pero cuando el operador capital alcanzó a tocar (con las Tres Grandes Potencias ya citadas) al noble y arisco espíritu popular (basta verlo en el caso de la noble arquitectura sin arquitectos) realizó la transustanciación del episteme. Los mejores valores humanos fueron sustituidos por una necia ideología masificante, en opinión o doxa ya más facilmente manipulable y modelable. Aunque, en cualquier caso, hoy, desde el Primer Mundo, podamos decir que cualquier tiempo pasado fue peor, es peligroso olvidar las frecuentes zonas y fases de reflujo de la humanidad. Ya por entonces, el campechano cacique nacionalista -con fachada de integrista nacional, esto es, cateto, parroquiano, patriotero y localistapresidía tanto las Ferias como las Fiestas. Éstas eran una parte esencial de las señas (asesinas) de identidad del terruño 3. El cacique unía en su misma persona el Poder político de la polis y el Poder mercantil del mercado. Por entonces, la fiesta no ocultaba, pues, el carácter ideológico, o sea, narcotizante que, al menos desde las fechas del Imperio Romano, no ha dejado de mantener. Fue Juvenal el que se lamentaba del embrutecimiento del pueblo aficionado a las fiestas. Se quejaba de todo aquello -lenidad, neutralidad social y acriticismoque tanto ruido, circense y apolítico, implicaba. Pero el público -hoy todavía menos respetable y más veleidoso que entonceslo acepta todo con tal de que tenga aspecto novedoso o victorioso, de que brille y haga ruido. O es que no empiezan las fiestas con desfiles de horribles trajes regionales acompañados de las más ordinarias bandas musicales militarizadas. La mala fiesta, la simple y cósmica válvula de escape social, ha llegado a ser esa torpe mezcla -de disciplinaria rutina ritual y de frívola improvisación chapucera, histérica y vitalistaque el mito pide para seguir siendo mito, para protegerse de la inteligencia crítica o poética que lo humaniza. Por eso, la alegre utopía ilustrada, colectiva y de progreso, nació contra el idealismo reaccionario que se esconde tras de la fantasía estupefaciente, del mito mercantilizado y del espectáculo seudofestivo. Y como toda enemistad activa engrandece al enemigo, la falsa utopía -o sea, la quimera irrealizableviene siendo rentabilizada doblemente. Porque dos son los vectores de envilecimiento que la quimera social (televisiva o arquitectónica) despliega: 1) como droga fantasiosa, estúpida y agradable al servicio de la cretinización dominante, 2) como aviso falaz a la población, de que toda utopía es locura quimérica inalcanzable y que más vale por ello, dejar todo como está, y no hacer olas. La capital es más capital en fiestas. Observad el despliegue publicitario. Todo es espectáculo banal y juego para la recuperación -por parte del estatusdel sueldo recientemente pagado (prestado) al trabajador. Esa succión de dinero, obtenida por reversión de sueldos al patrono multinacional, se multiplica a traves de todo tipo de espectáculos memos, bien deportivos, bien musicales, bien folclóricos, etc. -XXV- 25 ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672 26 Porque la capital concebida, en origen, para la libertad como utopía real, para la defensa, el encuentro y el amor entre los seres humanos ha sido alienada, usada, corrompida por el capital para objetivos tan escasamente utópicos como el del máximo lucro extraído de la diversión, el espectáculo y la evasión respecto a la dura realidad económica. Por ello, el capital -siempre con raíces inmobiliarias-se nos presenta como el principal enemigo de la verdadera ciudad y de la verdadera fiesta cuya vocación de alegría, liberación, fraternidad y servicio, viene a ser en todo momento, solar o parcela, usurpada por la vocación de negocio. Un negocio que lo abarca todo en tiempo y espacio: desde el suelo y el automóvil, hasta el espectáculo retrotaurino, y el ruidoso y explosivo de luz y sonido. La rentabilidad financiera se ha convertido en el modelo -espacio festivo y del tiempo perdido- que coloniza nuestra conciencia. Así se mercantilizan nuestros cerebros. Así engorda el Becerro de Oro (forma liberal del capital) y se incuba -por si fuese necesario aplicarlo en alguna coloniael Huevo de la Serpiente (forma fascista del mismo capital). La velocidad empresarial, con la que la dictadura del capital nos parasita, es ajena al tiempo humano. Hablo de la velocidad irracional, demencial e incontrolada de los movimientos financieros que, sin control estatal ni social, desnutren y matan a media humanidad sin darle nada a cambio. La libertad de la fiesta viene a ser sustituida por el liberalismo de la payasada fascista y de la economía relámpago. Me refiero al tiempo ruidoso y festivo de la sociedad informática y virtual, privatizada y apresurada, que nos convierte a todos en marionetas menesterosas. El ruido, el sudor estéril, la prisa oligocrónica ... son también vicios del pobre oligofrénico colectivo. Con el espacio sucede algo parecido. Ha pasado de ser espacio social, público, noble y alegremente festivo a convertirse en la ruina moral del espacio publicitario. No puede extrañar entonces, que R. Venturi -el chico de los recados que el capital USA utilizara con tanto éxito para su infame control internacional de la arquitecturagritara, en su interesado paroxismo postmodern, el gran lema de hoy: << Plazas y espacios públicos ¿ pa ra qué? No será para el uso y disfrute de unas gentes que debieran estar en sus casas viendo la televisión». Y es que la verdadera fiesta -por cuanto pueda tener de fenómeno social revolucionario a lo Bajtintodavía produce aversión entre la mentalidad fascista. De ahí el control que, para la formación de la mentalidad sumisa, el estatus liberal debe manten er. De ahí que una función capital de la fiesta falsificada sea, a toda costa, la función ideológica u ofuscadora. La seudo fiesta al uso es uno de los principales cementos del sistema, a su vez legitimado por su misma falacia. En ella no cabe la contestación (del aguafiestas) sino exclusivamente la integración gregaria e integrista. El optimismo que a plazo fijo la fiesta nos impone garantiza el consenso de que todo va bien. La evasión de la realidad, la fantasía y la diversión formán el triángulo base de la falacia interclasista. - XX VI - La fiesta es hoy más que nunca el opio del pueblo. Es la nueva superstición religiosa que oculta la lucha de clases entre la muchedumbre idiotizada, hipnotizada por el artista lacayo vendido al servicio del grupo dominante. La inmensa plétora de prácticas rituales con todo su aparato ceremonial y fe stivo -<:amo bien ha sabido ver la oligopólica y parasitaria monarquía británicasirven para mantener la coherencia y unidad productiva de los bueyes dentro de la institución ganadera. El espacio de la revolución es ocupado primero por la resignación y luego por la amnesia y la falsificación nacionalista, el embeleco de la pertenencia al grupo y, finalmente, por la colaboración activa con el enemigo interior. El pobre sujeto colaborador (todos lo somos) primero hace sus méritos ante el nuevo Leviatán multinacional pagando sus impuestos destinados directa o indirectamente al automóvil (infraestructura), principal protagonista de la seudofiesta. A la vez, el aplicado hombrecillo se lanza, dando ejemplo, a la promoción insensata del consumo masivo para satisfacer falsas necesidades (estructura). Por fin, con su activa y entusiasta participación, dará carne y sangre a la canonización y mitificación de la farsa como fiesta (superestructura). La seudo fiesta, entonces, aunque no engañe a nadie, nos convence a todos. Es el amable operador que, con la farsa de la armonía interclasista, nos lleva de la reticencia inicial a la posterior condescendencia, de la condescendencia a la aquiescencia o lenidad, y de ésta a la militancia entusiasta y parafascista dentro del estatus de dominación. No sólo los desfiles, proclamas, trompeterías, banderas, medallismos, himnos y tantas otras liturgias generan fascismo en la medida en que gregarizan, extienden y masifican el cretinismo, también el griterío de la muchedumbre espectadora -que tanto galvaniza y vendeprepara a las gentes para aplaudir en la ordalía contra la razón. Así se militariza a los paisanos para celebrar el eterno, y creciente, ataque de la ignorancia contra lo s pueblos. El capataz o jefe de personal, cargado de autoridad y razón, tras la fiesta engrasa su látigo con el recuerdo a la vez rencoroso y balsámico del «merecido descanso ». La fiesta, así, canaliza doblemente la energía colectiva en el sentido del orden establecido, ya que además multiplica la plusvalía en el celo laboral compartido por quienes ayer descansaron, recuperaron fuerzas y, con todo, se divirtieron tanto con tal profusión de ruido plebeyo. El sonido musical -que pensamos puede disfrutarse tanto en los bosques y en las playas vacías, como en ciertas salas de conciertos o clubs de jazzviene a luchar simultáneamente contra el silencio de los cementerios y contra los obscenos gritos de la taberna cuartelera. Pero aquella hermosa musicalidad ha sido sustituida bien por el grosero ruido del triunfador ostentoso y borracho, bien por el plomizo silencio del dolor de quienes ni para emborracharse tienen. Y es que en un mundo que confunde el éxito económ ic o y la fama con la felicidad, y que no distingue entre lo lucrativo y lo valioso -o entre el fanfarrón y el valerosoel ruido también puede venderse en todas sus horribles formas bajo apariencia festiva o festivalera. Estas formas oscilan entre el tubo de escape embellecido del vehículo espectacular u hortera, y los flatos efectis- - XXVII - 27 ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672 tas y atrayentes de los histéricos tenores huecos en la heráldica fanfarria wagneriana, pasando por las tan frecuentes deyecciones comerciales del rap, el pop, elfolk y el rack. Todo ello se vende al necio vulgo turístico, a la ignorante plebe burguesa cuyo numen ocupa e invade toda la sociedad. El belcantismo lírico es otra manera miscelánea de impedir -aplastar- simultáneamente esas dos festivas fuerzas de la libertad: la palabra y la música. Ya no puede sorprender que tal fuese el género preferido por todos los Al Capones, los Hitlers y los Mussolinis que en el mundo han sido. ¿O es que no podéis imaginaros a la flor y nata de la sociedad USA, a toda aquella cuadrilla de mafiosos y analfabetos millonarios sentimentales que odian el jazz y ocupan los palcos del Covent Garden, aplaudiendo -más ruidodurante interminables minutos toda aquella monserga operística llena de teatrera vulgaridad (La chica del Oeste) que el mismísimo y oportunista Puccini le s administrara, nacida de su propia, comercial, efectista y demagógica pluma? (Sin cambiar de lente, podéis ver la zafiedad media de los líderes y próceres de la política, de la economía o de la cultura, en el lamentable espectáculo postmodemista y siniestro que las simples imágenes (¡aún fachadas!) de sus propias residencias, os ofrecen. De tanta grosería, obviamente, siempre estará a salvo -aunque no por sus méritoscualquier primer ministro inglés, en cuanto a su residencia oficial se refiere. Sobre las residencias privadas, será preferible no hacer otras reveladoras y, con seguridad, desmoralizantes averiguaciones. El espacio de la fiesta es, pues, similar a aquel Covent Garden: ámbito, ambiente o ambigú de 28 ese mismo ruido fácil y sinérgico con el simbólico ruido del descorche prostibulario del champán flatulento. El ruido, junto con el humo, la basura, y la iluminación siniestra son atributos del infierno hoy explotados y vendidos como parte de la fiesta y de la ciudad. La bicoloración de la cebra Toda verdadera poesía es hostil al capitalismo. Juan Gelman La fiesta nos recuerda que Utopía, Belleza y Ciudad están tan profundamente relacionadas entre sí como lo están la Quimera fantasiosa y ficcional, la Lindeza edulcorada y kitsch, y el Arrabal disperso y «abiertO>> construido por el capital despiadado. Ya empieza a ser conocido que ambos campos son irreconciliables. La inteligencia por un lado y un mar de vulgaridad, zafiedad y mal gusto por otro, constituyen la frontera abismal. También ese mar de grosería nos rodea en la fiesta para que desviemos la atención de la realidad de clase. Una marea de excrementos nos circunda, decía Flaubert. La libertad real de la fiesta urbana compartida, de la fiesta en la que nadie -y menos un desposeídoquede excluido, es imposible en cualquier sociedad de clases. Pero más aún, bajo la opresiva presencia de las Grandes Potencias Cretinizadoras -XXVIII- (Artes y Músicas comerciales, Prensa y televisión amarillas, Arquitectura artística) del mundo festivalero o fecal, por más que vaya acompañado de prosopopeya anglosajona. No se está hablando de la seudolibertad lela, consumista, nihilista o ácrata, propia del neoliberalismo. Llevar la Utopía anarquista al parvulario ha dado muy malos resultados, y, como acabamos de ver, la humanidad, mal dirigida por Occidente, se encuentra en fase pre-escolar, por no decir prehistórica como hubiera escrito Carlos Marx. Un país cuya edad mental media no supera la de ocho años, nos dirige. El capitalismo, que nos mantiene rodeados de la miseria globalizada, camina sobre dos patas la neo/ibera!, que ha sido definida con toda razón como anarquismo burgués o de derechas; y la fascista, que podemos definir como acracia policiaca o de Estado. La mitad de la moneda es liberal... la otra mitad es fascista. Rojo y negro. Pardo y azul4• El ruido de disparos y explosiones (motor de motorista) es lo más vulgar y común pero por ello, lo más frecuente en nuestras fiestas. Y no hablo sólo de los fuegos de artificio. Es cierto que para dar ordenes a las masas hacen falta megáfonos. Pero para un sicoanálisis de la fiesta ruidosa podrían estudiarse además, todo tipo de escopetas, rifles o cañones -tiro de pichón, salvas de palacio, machada del fanfarrón tabernario y armado de pistola- y tantos otros símbolos fálicos de uso castrense. Como si los ejércitos hubieran tenido otra misión más alta que la de ser Jos eternos matones mafiosos al servicio de la propiedad capitalista. Y no está lo dicho -la expresión ruidosa y machista es común a amboslejos de los instrumentos del macarra terrestre o motonáutico que con el permiso del Excelentísimo Ayuntamiento y de las Autoridades Portuarias atruena la ciudad y la costa con el consiguiente daño neuronal (tan enorme en su rentabilidad mercantil) de los habitantes en kilómetros a la redonda. En todos esos casos hay un problema mental de forma e inguinal de fondo. Es más que sospechable que el tamaño del superego ruidoso (ej: afirmación nacionalista campechana) sea inversamente proporcional al del sexo del patriota estentóreo. Si bien tal asunto es objetiva y sexualmente trivial, debe haber algo de corto o de escaso o de lacio o de débil sobre el perin eo del hortera machista que le hace buscar complemento --cuando no supleme ntode afirmación autoritaria y fascista en el ar tificio ruidoso que asusta a los niños, asombra a los bobos y molesta a todos los demás 5• Toda anarquía es más rebelde que revolucionaria. Su irracionalidad es siempre rentable para el es tatus de dominación. Si es de derechas cohonesta la irracionalidad del mercado. Si es de izquierdas, sirve al estatus para justificar la represión, a la vez que le vacuna o inmuniza con los virus muertos de la rebeldía contra los virus vivos de la revolución. El idealismo voluntarista de la ruidosa fiesta de diversión a plazo fijo, supone el mito de que la sociedad está lista para la anarquí a. Ésta ha sido una trampa que ha llevado a los pueblos al suicidio culpable, y de eso sabemos demasiado los españoles. Por el contrario, para aquello que los pueblos están siempre preparados es para la libertad. Pero no ha y libertad donde hay miseria eco nómic a, y en consecuencia, miseria mental o moral. Pero la miseria es a nu es tros ojos la peor y más flagrante de - XXIX - 29 ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672 las acracias. A los que como Goethe proclaman preferir la injusticia al desorden, debemos desmentirles diciendo que no hay mayor desorden que la injusticia. A finales del siglo xx, el malthusianismo es aún más falso que cuando nació. Con un esfuerzo proporcionalmente mínimo se podría dar suficiente dignidad a toda la población del planeta si las fuerzas del Mal -con las Grandes Potencias a la cabezano lo impidieran. Donde campea la trifásica miseria (3/4 de la población de la Tierra) es porque impera el elástico, adaptativo, camaleónico y proteico capitalismo: bien bajo su forma liberal, bien bajo su forma fascista. Ambas no son sino manifestaciones del mismo anarquismo de derechas o mafioso. Cuando se finge la libertad de los miserables -con el permiso de Bajtin que veía en el carnaval cierta liberación-se alarga el plazo de su emancipación. Ante el resobado y falso pretexto de los artistas festivos o lacayunos («Hago lo que la gente anhela, lo que gusta al público»), el silencio es complicidad o lenidad culpable. Como sabiamente distinguiría Ferlosio, el interés público, es muy escasamente compatible con el interés manipulado del público. La belleza es inherente a la Utopía continua y lentamente conseguida por la humanidad. Ambas radican en una voluntad de sabia geometría y de creciente verdad. Pero la verdad, si nos atenemos a Cervantes, es coja y lenta corredora de fondo. La falsificación, en cambio, como la men- 30 tira es campeona en cualquier carrera de velocidad. Así se extiende de tal modo que hasta algunos avispados hacen coincidir la verdad (calidad) con lo que la gente quiere. Podemos leer en los textos taoístas, ya varios siglos antes de nuestra Era, que el mayor enemigo de la belleza es la hermosura almibarada, la lindeza de agrado fácil. Y es que el dulce y agradable facilismo es siempre falso. La belleza poética o belleza propiamente dicha, dice Octavio Paz «debe ser seca para que pueda primero arder y luego iluminar». La verdad es hermana siamesa de la belleza y ambas hijas de la luz, del bien. Un cierto despotismo a la luz de una, todavía débil, Nueva Ilustración (el poder) no le vendría mal a la belleza enferma a causa de la pleuresía húmeda instalada desde el Poder. La mentira creciente se defiende sóla con admirable habilidad. El camino de la verdad creciente, por el contrario, se encuentra asediado por los ataques incesantes de la ignorancia. Mientra no existan auténticos jurados populares (hoy son todavía solamente plebeyos) o ilustrados, más vale acogerse a doctos y aristocráticos jueces. Un ejemplo. La fiesta vulgar o espectacular abunda en simetrías bilaterales, exiliando así la verdadera bellez a. He podido conocer, a través de la simétrica T.V. algunas simétricas maquetas de la Utopía fantástica en la fiesta mediática. Me refiero, entre ellas -dentro de los diversos desfiles, carnavales y concursos- a esos vestidos monumentales que se trasportan a lomos de unas pobres misses en una plebeya cabalgata llena de efectismo, alarde y exhibicionismo. Tales vestidos gesticulantes, esos desfiles monstruosos, esos concursos abyectos (todos ellos frutos de un - XXX - pretendido diseño) terminarán socavando el buen nombre de cualquier ciudad en fiestas. Se puede asegurar que esas cabalgatas -jóvenes mujeres usadas como ganado de carga y tirode las modas, tan extendidas por el mundo, nunca han dejado de destilar un pésimo gusto, y no sólo por el exhibicionismo de lujo y derroche -siempre repugnantes-, sino por lo pueblerino del conjunto. La moda comercial -que siempre va con los tiempos, siendo éste su modo de entregarse al dinero y al Poderha robado para sí la «belleza» pervertida en kitsch, ha robado para sí la «estética» y la ha degenerado en cosmetica, porque los estetas del postmodern también siguen cursos en USA de Master en Esteticienne. La reacción identifica lo austero (la pobreza evángelica se encuentra tan alejada de la miseria como de la opulencia, a las que combate simultáneamente) con lo sombrío. Pero nuestra fiesta cuya austeridad propongo, es por el contrario, alegre y luminosa. No así los espacios festivaleros con los vestidos de que hablo, con su espectáculo de las chicas convertidas en acémilas. Cualquier moda -fugaz, aunque siempre idéntica a sí mismaestá, en una supuesta escala estética, a la altura de esa lindeza empalagosa capaz de matar el menor atisbo de belleza. Esos folclores y mascaradas que comento pertenecen al submundo rebarroco y oligofrénico de la «Fantasía» o de «La Bella y la Bestia» de Walt Disney; pertenecen al terreno de la pretensión de elegancia también llamada cursilería, sin por ello abandonar la pretension artística falsificada, también llamada kitsc h. Tanto los vestidos citados como su festiva puesta en escena, carecen de una mínima verdadera imaginación, y para suplir tal falta de calidad, se nutren con cantidad de fantasías costureras y plumíferas para consumo de masas babeantes, masas de las que nadie puede presumir estar ajeno. Poner en marcha una feliz utopía panhumana, esto es, un verdadero espacio de fiesta y de auténtico progreso, tiene una condición previa. Tal fiesta exigiría de antemano, lenta pero realizada con determinación, una batalla popular contra el gusto plebeyo, o sea, burgués o imperial. La buena y bella festividad necesita combatir el show business (artes, media, arquitectura) con una resistencia eficaz -de renuncia, boicot y abstencióncontra todos esos espectáculos humillantes, pero que -tal y como Goebbels ponderabatanto gustan a las gentes sencillas. Detrás y con todas esas groseras epifanías festivas -co mo detrás de todo gusto vulgar o folclórico, sea de Hollywood, de Bilbao o de París, sea tuno, taurino o falleroel fascismo se alimenta y crece ocultando su verdadero rostro y su Poder. Que todo cambie para que todo siga igual, es el lema que parece haber aprendido el mundo festivo de las modas, y el Show Business, del escritor Lampedu ss a. Los citados acontecimientos festivos, como casi todos los hechos de la moda, suelen ser calificados, entre los periodistas amarillos y críticos esteticistas, de originales. Esa «originalidad» es otro de los atributos de la quimera fantástica o romántica que nos impide acercamos a una nueva Realidad libre, poética y festiva. Porque la verdadera originalidad (radicalidad de lo nuevo) es precisamente lo más opuesto al monstruo arbitrario, novedoso, rancio y fastuoso del megakitsch al uso. La poética - XXXI - 31 ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672