Cara y cruz de Alberto Lista
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CARA Y CRUZ DE ALBERTO LISTA por AQUILINO DUQUE GlMENO A la caída del muro de Berlín echaba Occidente las campanas al vuelo, proclamaba su triunfo en la Guerra Fría y decretaba el fin de la Hi storia. Nada de lo acaecido en el mundo desde entonces confirma la defunción de la Hi storia, esa divinidad terrible que exige sacrificios humanos, y el fin de la Guerra Fría no fue más que el fin de uno de sus episodios y la defunción de una utopía. Lo s que tenemos en la Historia una visión cíclica sabemos muy bien que hablar del fin de la Utopía es tan disparatado como hablar del fin de la Historia. La Historia y la Utopía se necesitan mutuamente y mientras exista la una existirá la otra. Aún es pronto para saber qué utopías surgirán en el siglo futuro, pero de momento lo único que podemos hacer es reflexionar sobre la utopía quebrantada en el muro de Berlín justamente a los dos siglos de su nacimiento. Esa utopía es lo que con un cronocentrismo abusivo hemos dado en llamar Modernidad. La Modernidad es el nombre que, con más sentido de la realidad y más fantasía poética, nuestros antepasados denominaron el Siglo de l as Luces. El Siglo de l as Luces o la Ilustración fue el nombre que de niña tuvo la Modernidad, y la Revolución Francesa fue el comienzo de la tragedia de enredo que llamamos Historia contemporánea. Con la Revolución Francesa hizo crisis Ja Ilustración y se inauguró definitivamente la era de Jos valores. Hasta entonces el hombre se había regido por dogmas y creencias y tenía un concepto cíclico de la Historia; a partir de entonces la Historia se hizo lineal y lo s dogmas y las creencias fueron sustituidos por los valores y las ideologías, y la ciencia política vino a dar en la busca de la id eología que mejor lle-
98 AQUILINO DUQUE GIMENO vase a la práctica los valores. Todo el siglo XIX y gran parte del XX es una pugna entre el despotismo ilustrado y el liberalismo democrático. Ya sé que no se agota en esa pugna el espectro de las ideologías, pero es justamente en ella donde hay que situar a don Alberto Lista. Nada hay tan parecido como el orto y el ocaso, y los que vemos a poniente las mismas luces que Lista veía por levante no tenemos más remedio que consideramos sus contemporáneos. Quitando una parte de su poesía, puede decirse que no hay una línea de Lista que haya envejecido y conste que no sólo me voy a referir a su pensamiento político, sino a sus ideas estéticas. El refrán de que del fraile sigue el consejo pero no el ejemplo es por otra parte aplicable a Lista; gran poeta en su época, no es tenido por tal en la nuestra, y su carrera política fue bastante sinuosa, cosa que bien mirado nunca fue una extravagancia. Aun dentro de esa si nuosidad, Lista dio como periodista una nota altísima y aún hoy se le lee con placer; sin embargo, fue como pedagogo, como maestro como dejó Lista una huella más duradera. La enseñanza fue el norte de aquel hombre que tantas veces perdió su brújula, como fue su puerto de amparo en los temporales históricos que hubo de capear. Don Alberto Rodríguez de Lista y Aragón nació en Sevilla en 1775 de familia de artesanos, ocupada en el arte de la seda. Vista su disposición para el estudio se le orientó hacia la carrera eclesiástica. Por fortuna para él, sus estudios dieron comienzo en una Sevilla en la que estaba reciente la reforma universitaria de Olavide, y eso le permitió a Alberto asistir a la Real Sociedad Económica de Amigos del País, que ocupaba el vacío dejado por los je suitas expulsos. En la Economía le enseñó matemáticas el benemérito francés Pierre Henry, que profesaba allá desde 1780. De esas enseñanzas debió Lista de sacar bastante provecho, pues ya a los trece años ayudaba a su madre y a su hermana dando clase como interino de cátedra en la propia Sociedad Económica y posteriormente, en 1796, en el Seminario de Nobles creado en 1791 en el Colegio de Náutica de San Telmo, sin perjuicio de explicar además lecciones de filosofía en el Colegio de San Miguel, del Cabildo catedral. También las clases de matemáticas le servirian para ganarse el sustento durante su exilio en el sur de Francia. El almonteño don Antonio Martín-Villa, rector que fue de la Universidad Hispalense, sugiere que de haber tenido medios económicos o de haber habido en Sevilla posibilidades, Lista pudo muy bien haberse especializado en matemáticas. Con todo, las matemáticas y la física eran las grandes
CARA Y CRUZ DE ALBERTO LISTA 99 novedades docentes de Ja Ilustración, y en este punto prefiero dejar la palabra al profesor Hans Juretschke que en 1951 hizo sobre Lista un libro definitivo: La introducción de la física y las matemáticas en la enseñanza, el estudio de los sistemas de Descartes y Leibnitz, la lectura de Bacon, Newton, Wolf, Locke y Condillac, que hasta entonces no habían entrado en la universidad española, hubo de dejar honda impronta en los jóvenes andaluces. La gran mayoría, incluso los teólogos, estudiaban estas nuevas ciencias, que entonces poseían la atracción de lo moderno, con un entusiasmo extraordinario, hoy no fácil de percibir, pero auténtico, también en Lista, y que informa su visión de la vida y de la naturaleza, de la s ciencias y las artes. En este clima, abierto a todas las corrientes de la Europa ilustrada y, en general, como es sabido, muy crítico para con la tradición e historia de España, mas, por otra parte, muy propicio también para estudios sosegados y para un florecimiento de l as letras, se va formando Alberto Lista. Sobre él influyen los hombres más sobresalientes de la generación anterior: Jovellanos, Meléndez Valdés y Fomer. Esos tres nombres son casualmente emolemáticos de la pugna de lo viejo con lo nuevo, de los dogmas con las luces, de la tradición con el «filosofismo». Magistrados los tres, abiertos no sólo a las ideas nuevas, sino a otras disciplinas, cultivan con esmero y aplicación las bellas letras y en diversos grados y con diversa oportunidad abogan por la modernización de España. Fom er que lo mismo defiende a España frente al desdén enciclopedista en su Oración apologética que discurre una revisión de la enseñanza de la Historia; Meléndez, helenizante y anacreóntico, neocl ás ico y romántico; Jovellanos, a quien las Luces deslumbran, pero no hasta el punto de en tu siasmar se con la Revolución, son hombres que se debaten entre una España que se aferra ciegamente a su lar go crepúsculo imperial y otra España que pugna no menos ciegamente por hacer suyos los ideales del porvenir. Forner fue maestro de Lista y los otros dos fueron además sus amigos, y no ha de extrañarnos el comportamiento de Lista con estos tres modelos morales, pues un o, Fomer, fue protegido del Príncipe de la Paz; otro, Meléndez, ll egó a ser Ministro de Instrucción Públi ca de José Bonaparte; Jovellanos, por fin, perseguido y encarcelado por Godoy, tomaría contra todas las previsiones partido por la España tradicional
100 AQUILINO DUQUE GIMENO y popular frente al relwnbrón de las Luces que el invasor nos traía en la punta de sus bayonetas. A Fom er le ahorró la muerte la elección, pues había fallecido en 1797. Lista, en unión de Reinoso, Miñano, Hermosilla, Mármol y ta ntos otros que no tenían madera de héroes, siguió el ejemplo de Me léndez Valdés y se quedó en la Sevilla josefina en vez de refugiarse en el Cádiz de las Cortes; fue antes «filósofo» que patriota. Uno de los paradóji co s efectos de la invasión francesa fue el de arrebatar el monopolio del patriotismo a los inventores de ese concep- to. Como bien explica el marqués de Tamarón en su apasionante libro El siglo XX y otras calamidades, la palabra «patriota», que tanta s veces ha ca mbiado de bando, nació con la Revolución France sa en 1789. Ser «patriota» era en la Europa de fines del XVIII ser libe ral, demócrata y republicano, como lo era en los recién nac ido s Estados Unidos de América, y venía a significar en la plaza pública algo pa - recido y bastante menos alambicado de lo que la palabra «filósofo» significaba en los salones. La invasión francesa, repito, despojó al término de todas sus connotacion es partidistas y «patriotas» fueron tanto los que defendían el Altar y el Trono co mo los que clamaban por una Constitución a la moda de París. El alzamiento nacional contra el invasor era lo único que contaba, y a partir de él ya no se dividían los españoles en «patriotas» y «reaccionarios», sino en «patriotas» y «afrancesados». Si un Jovellanos sacrificó al patriotismo lo mucho o lo poco que tuviera de «filósofo», un Meléndez y a su ejemplo lo s jóvenes clérigos sevillanos, optarían por afrancesarse para no sacrificar su «filosofismo». Ya habrá ocasión de volver sobre tema tan sugestivo que nos h ace adelantarnos a los acontecimientos. Si el Siglo de las Luces es el siglo de las revoluciones, también lo es de las ac ademias. Las ac ad emias era el nombre que se daba entonces a las tertulias literarias, del mismo modo que se llamó ateneos a los centros de estudios superiores. Al nacer Lista, ya existían en Sevilla dos Reales Academia s: la de Medicina y la de Buenas Letras, lo cual no fue óbice para que en 1788 fundaran don Manuel María de Arjona y don Justino Matute, académico éste de la de Medicina, una A ca demia Horaciana, de la que Fomer, destinado en Sevilla, llegó a ser presidente. Esa Academia tuvo corta vida, hasta 1792. Al año siguiente fundaban otros dos clérigos, Reinoso y Roldán, una nueva academia, la Academia Particular de Letras Humanas, que en su vida también breve -s e disolvió en 1 801- desarrolló una intensa actividad en la que se pasó gradualme nt e de la
CARA Y CRUZ DE ALBERTO LISTA 101 especulación teológica y el empleo del latín al interés por la s humanidades y la lectura de textos franceses, italianos e ingleses. En es ta Academia ya intervino Alberto Lista de modo destacado con Roldán, Reinoso, Matut e, los hermanos Arjona, Castro, Sotelo, Blanco y Vacquer, aquel gaditano intrigante que tanto maltrata Blanco en su Autobiografía y que se ocupó de editar una antología de versos de Fo mer, mentor de la Academia. De esa Academia llegaría Lista a escribir «q ue vino a ser en pocos años la verdadera escuela sevillana de humanidades». Al morir Fomer a poco de su traslado a Madrid, pasó a ser el mentor de la Academia don Manuel María de Arjona, cuatro años mayor que Lista y padre espiritual de Blanco. Arjona y Blanco habían recibido influencias heterodoxas de corte jansenista y no ocultaban sus críticas a la Curia romana. Ya Fomer, como el mismo Jovellanos, se picaba de regalista y propugnaba una Iglesia nacional independiente de Roma. En toda época hay ideas en el aire en las que más o menos participan los dados a pensar, y esas ideas eran en su mayoría francesas y fue la Revolución lo qu e las puso al rojo vivo. Por los años de la Revolución organizó Arjona cerca de Osuna otra academia, la Academia Silé, que llegó a infundir sospechas de logia masónica o club jacobino. El caso es que esta promoción más joven sintió por la Revolución Francesa un en tu siasmo que jamás sintió la promoción de los Ilustrados, con Jovellanos a la cabeza. Este reaccionó con una contundencia parecida a la de Burke en Inglaterra y llegó a decir que la democracia es «cosa que no sólo todo buen español, sino todo hombre de bien, debe mirar con horror». Extinguida la Academia de Letras Humanas, Lista no tardó en ingresar en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras con un discurso, aparentemente perdido, sobre La moral del drama. Al mismo tiempo, a punto de consagrarse sacerdote, explica cursos en la Sociedad Patriótica, como llamaban entonces a la Económica de Amigos del País, y colabora asiduamente en El correo literario y económico de Sevilla, fundado por Matute en 1803. El plan de es tudios de la Económica difiere del de la Universidad en su mayor hincapié en la s humanidades y en la atención prestada a las matemáticas y al francés y el tenor de las conferencias de Lista es harto elocuente: Los males de la ignorancia y los grandes bienes que las ciencias útiles han producido a todas las naciones cultas o bien Acerca del influjo de los conocimientos matemáticos en los progresos del saber. También lee poemas de asunto más bien prosaico y pedante: La gloria de los hombres benéficos y La felicidad pública. Sin embargo, los acontecimientos
102 AQUILINO DUQUE GIMENO mundiales só lo merecen los desdenes de su musa, más atenta a la naturaleza que a la historia. A las ideas abstractas y los tópicos del siglo hacen contrapeso las efusiones amorosas y los idilios bucólicos. En él está Horacio y está Meléndez Valdés, pero también está el Petrarca, a quien traduce, como traduce al Bondi o al Metastasio. Los nombres de pluma son asimismo expresivos: «El pescador de Anfriso» o «Licio», apodo éste con el que más tarde firmaría muchas de sus cartas. En este ambiente de estudios nobles, en este idilio con la naturaleza hace la Historia su irrupción. Nadie en Sevilla se opone al alzamiento nacional contra los franceses y menos que nadie Lista y s us amigos. Redacta proclamas de la Junta Provincial y canta la victoria de Bailén. Se suspende El correo de Sevilla y, en unión de Matute, crea Lista la Gaceta ministerial de Sevilla, órgano de la Junta Provincial, pronto sustituida por la Gace ta de la Junta Suprema Central o Gaceta del Gobierno, cuyo primer director es el filólo go don Antonio de Capmany y a la que se incorporan Lista y Matute. Reaparece por poco tiempo el Semanario patriótico, publicación que en Madrid había tenido apenas dos meses de vida y que en Sevilla Lista y Blanco se encargan de radicalizar. Hundido este periódico, sale El espectador sevillano, cuyo factótum es Lista, ansioso de manifestar su devoción por Montesquieu y su admiración por el sistema político de los flamantes Estados Unidos de América. Detrás de estas aventuras periodísticas está Jovellanos, no muy conforme con ciertas indiscreciones de su equipo, como escribe a lord Holland. Con todo, al morir el conde de Floridablanca, Jovellanos no duda en encomendar su Elogio fúnebre al cantor de Bailén y recensor de un libro de lord Holland y en él Lista se des fo ga contra Godoy, causa de los males de Jovellanos; se muestra como éste regalista; censura la colonización de Améri ca ; y encierra la era de los Austrias en la fórmula de los «doscientos años de tiranía». En el fondo late una admiración desaforada por la Revolución Frances a. También interviene Lista en diversas comisiones políticas, entre las que procede destacar la de instrucción pública, presidida por Jovellanos, cuyo plan de reforma, por su concepto minoritario de la cultura y por su énfasis en el latín y las humanidades clásicas, difería del proyecto de reforma educativa de Quintana, qu e fue el que prevaleció. La batalla de Ocaña hizo mudar las tomas de la guerra y la Junta y los patriot as tomaron el camino de Cádiz. Con ellos fueron Quintana y Blanco, patriota acérrimo el uno y desertor y renegado el otro, que no perdió tiempo en embarcar para Inglaterra para predicar desde allá
CARA Y CRUZ DE ALBERTO LISTA 103 la emancipación de las colonias americanas. L ásti ma que aú n no hubiera nacido Freud, porque el caso de Blanco es psicoanalizable. Sí que hubiera podido ponerse en las manos de un frenólogo, que con seguridad habría encontrado en él mu y desarrollado también el célebre «ó rgano de la veneración» por todo lo inglés. En las manos de quien cayó fue en las de un satiri sta anónimo que en una Ode valedictory (Blanco White to the Mother Churc h) lo puso literalmente como chupa de dómine. Lista, Reinoso, Mármol, Arjona, creen en cambio que la resistencia es un disparate y se echan en brazos del invasor. El caso de Lista es particularmente grave. No le basta con permanecer en la ciudad ocupada, sino que se apres ura a ofrecer sus servicios al mariscal Soult, el gran depredador, al que lleva un plan de reformas; traduce y estrena Le malade imaginaire de Moliere y despliega gran actividad como propagandista político en la recién fundada Gaceta de Sevilla, desde cuyas páginas se desaconseja la lu cha por inútil y perniciosa, se califica la resistencia al francés de obra de ambiciosos, tontos y criminales y se recuerda que la misión de todo sacerdote es predicar la paz. A qué extremos llegaría que el propio Blanco White escribiría desde Londres, con Lista ya en el exilio: «¡Pobre Li s ta! En la hora desgraciada lo detuvo el amor de su familia; ahora habrá tenido que abandonarla mil veces peor que si lo hubiese hecho al principio». La verdad es que Lista no se paró en barras; a uno de los extremos que llegó fue a ingresar en una logia masónica para la que escribió odas tituladas La beneficiencia, El triunfo de la tolerancia, La bondad es natural en el hombre. Juretschke dice que se trataba de poesías «políticamente anticristianas y heterodoxas en la moral ». Nosotros diríamos hoy que esas poesías son el colmo de la modernidad. El exilio era, pues, lo menos que Lista se merecía y el recurso más prudente a su alcance. De Sevilla pasó a Zaragoza, donde en una logia masónica «presentó una pieza de arquitectura», lo que puesto en cristiano significa que dio lectura a una composición poética. Por fin pasó el Pirineo y se vio en la dulce Francia que de entrada le supo a acíbar. Ya se sabe cómo la patria de los derechos del hombre y el ciudadano suele acoger a los refugiados españoles, sobre todo si llegan en «manadas numerosísimas». Lista fue, como todos, al «depósito de refugiados» de Tolosa de Francia, y allá fundó una academia con lo que logró mantenerse y ayudar a los que pasaban necesidad. De Tolosa pasó a Auch, donde le
104 AQUILINO DUQUE GIMENO salieron unas clases y no parece que interviniera en intrigas políticas, aunque se le denunció por supuestas relaciones con Espoz y Mina. En aquella Francia de la Restauración borbónica no halló Lista ra stro del espíritu revolucionario que tanto admiró de lejos, y expresó su des engaño en versos como los del soneto Los franceses de 1814 y en c artas en que confiesa su error en creer que la Revolución «había dado a esta nación un carácter». En Tolosa se confesó de haber si do mas ón y fue absuelto por el arzobispo y un penitenciario pontificio. Sus inquietudes pedagógicas y políticas las desahogaba por carta con Reinos o: « ... enseña y da luces -le escribía- Forma esa juventud ya que la que formam os nuestro Albino y yo se ha malogrado ». Tuvo ocasión de visitar a Meléndez Valdés a quien debió de conocer en Sevilla cu ando éste acompañó, como minist ro de jornada como hoy se diría, al rey José en la Semana Santa de 1810. El «Tíbulo español », co mo Li sta lo llamaría en su elegía, falleció en Montpellier el mismo año de 18 17 en que Lista pudo regresar a la patria. En Pamplona da clases particulares a los hijos de un prócer y revalida con el prior de la Catedral la absolución tolosana. Escribe poesía de tarde en tarde y aunque reconoce haber perdido la «lozanía ag reste» de la juventud no por ello renuncia a sus «bagatelas amorosas», qu e son esas poesías de ocasión entre las que destaca su Oda al sueño, muy festejada por Qu inta na en la tertulia del marqués de Vesolla, protector de Lista, a la que el poeta de la imprenta y la vacuna por lo visto concurría a pes ar de hallarse confinado en la ciudadela. Quintana estaba en Pamplona por razones políticas distintas de las de Lista. Patriota en el sentido primitivo, partidario s in fis uras de la Revolución Francesa, sufría las c on secuencias de la reacción anticonstitucional del Rey Deseado. Li sta fue a parar a Francia por «filóso fo» y ahora que se repatriaba con cautela, encontraba de nu evo a su amigo el «patriota». Las cosas que unían al «patriota» y al «filósofo» eran más importantes que las que los separaban. De aquél dijo éste: « He aquí los frut os de las revoluciones: víctimas y más víctimas». Quintana sigue siendo para Lista un utópico de 1790; Lista para Quintana un afrancesa do . Precisamente por afrancesado no consigue que la Diputación foral lo haga catedrático, pero oposita a una cáted ra de Matemáticas en el Consulado de Bilbao y la gana gracias a que Sotelo, amigo suyo y de Reinoso desde los días sevillanos de la Academia de Letras Humanas y afrancesado como ellos, es asesor d el Tribunal de Comercio. «He vivido en Vizcaya más de año y medio, y en todo ese tiempo no se
CARA Y CRUZ DE ALBERTO LISTA 105 cometió en todo el señorío un solo delito que mereciese pena aflictiva ... », llega a escribir. O tempora, O mores! Gracias a sus clases particulares se relaciona como en Pamplona con las mejores familias, tradicionalistas también, y en unión de Calleja, otro cura afrancesado, funda el Colegio de Santiago, donde ejerce de regente de estudios. Le va muy bien en Bilbao en todos los órdenes, pero deja Bilbao por Madrid así que tiene noticia del pronunciamiento de Riego en Las Cabezas de San Juan. Lo s liberales en el Poder no abrieron los brazos a los afrancesados; se limitaban a tolerarlos. Su condición de afrancesado hizo que Lista se viera postergado y «excluido de la interinidad de la clase de Humanidades ... », en los Estudios de San Isidro, prestigioso instituto creado a raíz de la expulsión de los jesuítas. Lista tiene, pues, que pensar en repetir la fórmula bilbaína del Colegio de Santiago, y con la colaboración una vez más de Calleja y además de Hermosilla funda el Colegio de San Diego. Su plan de estudios se aproxima al plan de reforma pre se ntado por Quintana en la importancia concedida al estudio de las ciencias, si bien él no deja de insistir en las humanidades. Anuncia que quiere convertir a los alumnos en ciudadanos y entre las asignaturas establece la enseñanza de la Constitución. No se descuida por eso la enseñanza religiosa ni la literaria y, al margen de las clases, se crea la Academia del Mirto para encauzar las inquietudes de alumnos que se llamaban Roca de Togores, Ferrer del Río, Eugenio de Ochoa, Patricio de la Escosura, José de Espronceda, Ventura de la Vega, Juan de la Pezuela (el futuro traductor de Os Lusiadas), Usoz del Río, Agustín Durán, eslabón importante éste en la cadena que lleva el magisterio de Lista hasta los hermanos Machado. El desastrado fin del trienio constitucional da al traste con el Colegio de San Mateo, pero antes de pasar adelante hay que hacer referencia forzosa a la actividad periodística de estos afrancesados, manifiesta en tres periódicos: Miscelánea del Comercio, Política y Literatura, El Censor y El Imparcial. De El Censor dice Menéndez Pelayo que lo «redactaban Hermosilla, Miñano y Lista, con poca originalidad en la parte política, traduciendo muchas veces, sin decirlo, a publicistas franceses de la escuela doctrinaria, y aun de otras más radicales, como Comte, Dunoyer, Say y el mismo St. Simon». Partidarios de la monarquía constitucional, tienen la doble enemiga de los serviles a su derecha y los liberales a su izquierda. La hostilidad clerical de El Restaurador fuerza la clausura del Colegio de San Mateo y por la izquierda han de sufrir ataques polémicos de plumíferos tales como