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Andalucía y la nueva novela

Ruiz-Copete, Juan de Dios

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ANDALUCIA Y LA NUEVA NOVELA ('~) Por J UAN DE DIO S R UIZ-COPE TE Excmos . Sres. Académicos: Cómo podríamos . si no fu era por vuestra probada benevolencia, ju st ifi car nuestro ingre so en es ta Corporación, por tantos conceptos vener abl e e ilustre. Porque no es nuestro caso el de una des ta ca da reputación científica o int elec tu al, o el de una enaltecida trayectoria artística, o -ni siquiera es oel de una larga dedicación literaria. No ha y otra motiv ac ión, estamos se g uros -y con ello no pretendemos hacer el alegato de una fal sa modestia, para encubrir un sincero sentimiento de gratitud - , que la benévola disposici ón con que est imásteis nuestros trabajos de c rítica literaria, que, a falta de otros mé rit os , no tienen sino el de la concienz uda atención a nue stra letra viva y ac tu al y -p er dónesenos la vanaglor ia, porque eso sí qu e constituye p ara no s otros un norte ind e clinableel más hon esto principio de objetividad. Acaso otra razó n, é sta más hi potética, vislumbramos qu e pudo inclin ar vu estro ánimo para esta designación académica: nuestra vinculación a Sevilla por residencia, por afec to y por obsesiva adscripción a su reali da d litera ria. Gaditano de la provincia -Prado del Rey, el pueblo que fundara don Pa blo de Olavide sobre unas deh esas perte nec ie nte s a los propios de (* ) Discurso de ingreso en la R ea l Ac ad en1ia Sevillana de 13 uenas Letras. pr on unciado el día 18 de ma yo el e 1 97 5. 6 JUAN DE DIOS RUIZ-COPETE Sevilla, es la villa de nuestro nacimiento; Arcos, la ciudad de nuestra adolescencia-, en ningún momento Sevilla, sus poetas, sus novelistas, deja ron de estar de una manera prevalente en nuestra dedicación literaria. Llamado desde pronto a esta inquietud, paralela siempre a los otros afanes que la vida impone -estud ios univer sitarios, profesión, casa, familia-, desde los principios de esta vocación los temas sevillanos nos llamaron al corazón y a la pluma: «La escuela sevillana»; «Bécquer y el Romanticismo»; «An tonio Machado»; constituyeron la materia emocional de nuestros primeros t rabajos, que inquebrantablemente siguen atentos, hoy, a lo que Sevilla y el Sur, en prosa y verso, dan, día a día, fe de su existir. Y ya que estas palab ras nuestras han tomado , en un intento inútil de justificar en algo nuestro ingreso en esta Ca sa, el derrotero del pasado, permitidnos que recordemos a las tres personas que más definitivamente determinaron aquélla nuestra vocación literaria: nuestro padre, que con ser hombre de Leyes, del escalafón de la Ju sticia, permitiera, encubriéndolas, aquellas primeras lecturas , furtivas entonces, por incompatibles con los libros de texto; nuestro tío, Laureano de Toro , un hombre de excepcional condición pedagógica, que enérgica y amorosamente hiciera por moldear, como un buen alfarero, aquella vocación primera, dirigiéndola hacia los clásicos y pre - servándola de todo cuanto pudiera ser nocivo para una conciencia en formación; y una tercera persona, Higinio Capote, el primer espíritu de Arcos, puro hombre de l etras, por emplear la expresión del clásico, de qui~n recibiéramos en los momentos más definitivos, con el acierto de su consejo pater- . nal, el ejemplo de su gran categoría humana. Más qu e por cortesía, por un impulso cordia l y auténtico de grati tud , estos tres hombres tienen que estar presentes en este momento emociona l de nuestro ingreso en el más ilustre y venerable senado cultural de Sevilla, cuya incorporación aceptamos, no nos importa confesar que al límite del rubor, como un alto honor inmereci do . Y por si este honor que recibimos no fuera ya de por sí ANDALUCÍA Y L\ NUEVA NOVELA 7 desmesurado para nuestra persona y nuestras posibilidades, habéis querido, además, que acceda a ocupar el sitio de un escritor, don Santiago Montoto de Sedas, que perteneció a esta Casa por el insólito período de sesenta años y que ostentaba a su muerte, dentro del glorioso censo de las letras sevillanas, el título de patriarca. Nacido de una ilustre familia de escritores -su padre, don Luis Montoto y Raustenstrauch, fue persona principal y destacada en la cultura sevillana de su tiempo, y su abuelo, don José María Montoto y López-Vigil, un acreditado historiador-, don Santiago estuvo siempre, por imperativo de la sangre y del ambiente familiar, íntimamente relacionado con las letras. Licenciado en Filosofía y Letras y en Derecho, ejerció algunos años la abogacía, que pronto abandonaría reclamado por su única y poderosa vocación: la literaria. Poeta de fervor clásico en sus principios, novelista de clara inclinación por el costumbrismo local, pronto encontraría el norte de su verdadera vocación en la investigación histórica que, con base en la biblioteca de sus antepasados, de incalculable valor, y en el amor a la ciudad, circunscribió siempre, casi exclusivamente, a Sevilla. Fruto de esta dedicación histórico-literaria son sus estudios sobre Zurbarán, Murillo, Bécquer, don Juan Valera, las ruinas de Itálica, Fernán Caballero y su «Guía de Sevilla», publicada por primera vez en 1930 por Espasa Calpe y que resulta imprescindible para el conocimiento de la ciudad. Ganador en 1937, ya en plena madurez, del premio José María Izquierdo, del Ateneo por su obra «Sevilla en el Imperio», a partir de entonces intensificó de tal manera su dedicación a la historia y los temas de la ciudad -«Las calles de Sevilla», «Biografía de Sevilla», esta última galardonada en 1970 con el premio que lleva el nombre de la ciudadque esta dedicación sería, hasta su muerte, su exclusiva temática. «Esquinas y conventos de Sevilla», obra que editara el Servicio de Publicaciones de nuestra Universidad, a propuesta del profesor Morales Padrón, y que el autor no llegaría a ver definitivamente impresa, aunque sí alcanzara a corregir las pruebas, 8 JUAN DE DIOS RUIZ-COPETE vino a ser, sin proponérselo nadie, como un homenaje póstumo a su infatigable tarea sevillanista. Mas esta esquemática enumeración de la obra impresa de don Santiago Montoto no da la medida de su labor de conju nto si al mismo tiempo no se menciona su asidua colaboración periodística en la primera etapa de Blanco y Negro y ABC y en la radio, a través de su conocido espacio en la emisora decana, «Sevilla en Ja historia y la leyenda», y en la BBC de Londres, sobre temas hispánicos. Por lo que respecta a nuestra experiencia personal, hablamos con don Santiago Montoto en sólo dos ocasiones: la última, al hacerle patente nuestra felicitación, con ocasión del premio Ciudad de Sevilla, en cuyo certamen fuimos su derrotado contrincante . Por aquel entonces, su salud un tanto quebrantada ya por los años, experimentó la efímera recuperación que le otorgaba aquella natural alegría. Encerrado en la umbría de su biblioteca, con el escepticismo de saberse una dedicación cumplida, una institución en la cultura sevillana, y sin temor a asistir por la erosión del tiempo a la extinción de su propio mito, nos habló sin rencor, con conformidad, de las inexorables limitaciones de la vejez. De aquel ambiente recoleto, con olor a seco, transminaba aún, pese a todo, un aire de diaria laboriosidad. La avarienta laboriosidad con la que hacía por combatir unas limitaciones que ya afectaban ostensiblemente a su estructura física. De la mesa, de su sillón de trabajo -él, torpemente, de pie; no fue posible evitar la cortesía de que se levantara a despedirnos; papeles, libros abiertos, fichas, notas, apuntes-, de todo ello sacamos la conclusión de que el trabajo constituía su exclusiva razón de vida. El trabajo y Sevilla. Dos conceptos que se habían unido de por siempre para una asombrosa marca de dedicación. Nuestra voz, mo d esta, pero voz al fin, cree que en la casa donde nació, en la calle Levíes, debía acordarse por nuestra Corporación municipal la colocación de una lápida que testimonie para siempre el reconocimiento de su ciudad. ANDALUCÍA Y LA NUEVA NOVELA 9 ANDALUCIA Y LA NUEVA NOVELA Siempre que vino al caso, dijimos, sin ufanías, pero también sin enco gimiento, que lo de la nueva narrativa andaluza, aqu el efímero «boom» de l os años 1968-1972, más parecía -si no lo era en efectouna maniobra comercial, una resaca publicitaria, que un auténtico fenómeno geoliterario y, sobre todo, que para una a barc adora estimación faltaba una imprescindible perspectiva. Pero -también- que nada de ésto era óbice para reconocer por contra un a evidente coincidencia cuantitativa que advenía ava l ada por los hechos: má s de cincuenta nombres vivos en el censo narrativo andaluz -natural- mente que con las correspondientes diferencias de calidad y cronología-; un buen puñad" . de novelas válidas; un indudable tal a nte creador, determinado por la tensión estética y por el culto idiomático; y algo, menos indicativo , pero tambi én sintomático: los premios. Efectivamente, como movida por un vi e nto pertinaz , la veleta de los galardones novelísticos del país -después de aquellos finalistas sempiternos del Nadal de los primeros años sesenta -Manuel Barrios, Alfonso Grosso- , a partir del « Planeta» de Ferrand en 1968, la brújula de los premio s em pezó a seiial ar inalterablemente al Sur. Reco rdemos, a título meramente indicativo, algunos de los qu e dl!rante ese tri enio apuntaron al Mediodía: el Nadal a « El cuaj arón» de José María Requena; el «Alfaguara» a «Leña Verde» de Luis Berenguer; el de la Crítica, a «Guarnición de silla» de Alfonso Grosso, y luego, también , el Alfaguara a su «Florido mayo»; el Nacional Miguel de Cervantes a «La eliminatoria» de Ram ón Salís; el Biblioteca Breve a «La circuncisión del señor solo» de Jo sé Leyva; el de la Crítica a «El jardín de las delicias» de Francisco Ayala; el Ateneo de Sevilla a «Epitafio para un señor ito>i de Manuel Barrio s; el Novelas y Cuentos a «Secretum» de Antonio Prieto; el S és amo a «Fin de semana en Etruria » de Julio M. de la Rosa . Junto a estos premios -unos con más prestigio, otros con 10 JUAN DB DIO S RUIZ-COPETE menostambién los incipientes apuntaron al Sur: el Ciudad de Marbella a «El contrabandista de pájaros» de Antonio Burgos; el Ganivet de la Universidad de Granada a «Los caballeros del ha cha» de Carlos Muñiz-Romero; el Ciudad de San Fernando a « El aplazamiento» de Jo sé Luis Ortiz de Lanzagorta: el Hernan i a « El ré gulo» de Domnigo Manfredi; el Alobele a «Violante el Rojo» de Manuel Sa lado ... y ésto sin citar a Aquilino Duqu e y Carlos Muñiz, finalistas del Ateneo de Sevilla con «La rued a de fuego» y «El llanto de los buitres», respectivamente; y a Bernardo Carande y su novela «Suroeste», finalista del Nada!. obra s de Jas qu e no se puede prescindir en el recuento del pa norama. A un par de años de aquella efervescencia, y partiendo de la dis tin ción s util , pero decisiva, de que no es lo mismo un «boom» novelístico -algo, al pa recer, tan fácil de promover como la ca mp a ña publicitaria de un brandy o un detergenteque un auténtico fenómeno literario; y a un lado los radicalismos, a los que la raza es tan proclive, hay que considerar q ue si dete rminad as circun s tan cias condicionan al hombre, p or qu é e ntr e ellas no ha de es tar la geo gr afía y sus derivados: el clim a, las forma s de vida, el dialecto, las peculiaridades idiom áticas o lo s niveles de desarrollo ... Si la meridionalidad, por otra pa rte, constituye , como está demostrado, un factor adjetivo, p er o suficie nt e, para influir en las formas de vi da y el novelis ta se nutr e fundamental m ent e de una experiencia de vida y de su ob servación, ya se e st á an te la presencia de do s p re mi sas qu e no impiden la posibilidad de una conclusión po sitiva r es pe c to de la existencia de una narrativa peculi ar a ndalu za. Ahora bien, el he c ho de qu e se den los presupuestos para la e xi stencia de una nov elís tica no quier e decir que ésta exista. Tampo co -y és to mucho me no sque existie ndo ha ya de estar config urada por unos sig no s e xterno s de uniformidad . En este caso, y a unqu e no se pued a esg rimir como válida ar gumentación de es tim a tiv a literaria y valga sólo como e xponente de sociología, por nad ie se podr á disc utir la vertiente cu antitativa del fenómeno. Pe ro é sto no nos basta. De la misma manera qu e hoy , por la disper sión que la vida impone, no se ANDALUCÍA Y LA NUEVA NOVELA 11 puede producir un fenómeno literario a la manera de la escuela sevillana del XVIII, por ejemplo, aglutinado sólo por el centripetismo geográfico, por la sola eventualidad del natalicio, aun cuando en torno a él girara, después , toda una serie de caracteres definitorios, cuando surge un fenómeno de esta naturaleza, que trasciend e de circunsta ncias meramente ocasionales, se impone investigar su razón de existir. Razón qu e está, desde luego, por encima de la simple voluntad individual y que no produce, por lo general. un efecto sólo numérico o c uantitativo. Puede que hoy, la agilidad y la eficacia de los medios de comunicación, las fuerzas editoriales entre ellas, amplifiquen desorbitándolos, incluso mitific án dolos, muchos de los hechos que se producen en el área de la cultura. P ero otros, no. ¿Se podría negar hoy, por ejemplo, a John Doss Passos y la escuela de Nueva York? ¿Existiría aquella escuela novelística sin Doss Passos y su «Manhattan Transfer» o su sorprendente trilogía «U.S.A.», por mucho aliento que prestara al novelista el poderío editorial norteam ericano? La fuerza editorial, por razón de unos resortes publicitarios, de unos canales de pro - moción comercial, podrá crear eso, un « boom » más o menos espectacular, pero nunca sacarse de la manga los caracteres de unos determinados estados de cultura. Ortiz de Lanzagorta, en su indagación sobre este mismo fenóm eno, <<Narrativa andaluza: doce diálogos de urgencia», considera a los narradores del Sur agluti nado s no sólo por razón del nacimiento, sino también, y fund amenta lm en te, en función de un talante, de una ra zón de ser, del afrontamiento de una propia y personal manera de escribir, de una vocación literaria, de unas coincidencias y constantes lingüísticas, estéticas y temáticas. Concretamente, para Lanzago rta , todos los gérmenes y todos los impulso s abarcadores de la narrativa andaluza actual están esquemáticamente: en un deseo de cambio ante las confusas situ ac ione s y los probl emas cu lturales, soci ales , políticos y económicos; trabajo tena z por el idioma, tratando de devolverle su máxima capacidad de comunicación artística y de validez, tanto en la morfología, la sintaxis, la fonética, como la semántica; inquietud por el misterio, por 12 JUAN DE DIOS RUIZ-COPETE culturas y civilizaciones poco conocidas; y sentido crítico de la realidad 1• EL BARROCO, CARÁCTER DE LOS SURES Hoy, por razón de que el mundo es cada vez más ancho y paradógicamente más pequeño, el escritor andaluz, como el de cualquier punto de nuestra geografía, tiene planteados -la frase es de Manuel Andújar- «análogos problemas a los de cualquier confín peninsular» 2• ¿Pero quiere ello significar que no estén de alguna manera, sobre todo en su capacidad biológica creacional, condicionados por su geografía de origen - y aquí incluimos no sólo los que residen en la tierra, sino a los que permaneciendo en ella viven su propio exilio interior y, más aún, a los que por su voluntad o por las circunstancias buscaron otro lugar de asentamiento-, quiere ello decir, repetimos, que no estén de alguna manera condicionados por unas peculiares condiciones de vida, en este caso su flagrante subdesarrollo, el clasismo social, el desequilibrio de sus estructura s económicas; por el acento idiomático o, ya en un terreno de más pura especulación literaria, por una casi común devoción estética? Desd e luego, podemos afirmar que lo s estigmas de cultura dentro de los cuales se desarrolla el escritor andaluz vienen determinados de una parte por unas constantes históricas y, de otra, por unos factores geográficos y ambienta les. Y de ambos factores, un resultado: el producto ca rt es iano del barroco. Guillermo Díaz-Plaja dice, en efecto, que «l as líricas romá - nicas que el Renacimiento ha injertado de c ultura greco -latina marchan a completar una de sus más interesantes c urv as vitales. Un exceso acumulativo de elementos clásicos en la poesía renacentista con du ce a las formas barrocas: esta marcha hacia el barroquismo equivale a un a progresión h acia el Sur. l. J. L. Ortiz de Lanzago rt a: • Narra tiva andaluza: Doce diálogos de urgencia •. Publicaciones de la Univers idad de Sevilla. Colección de Bolsillo. Sevilla, 1972, pág . 7. 2. Manuel Andújar : Re spu esta a la encuesta de Mi guel Fern ández Brasa . Diario •Pueblo• de 11 - 8-71. ANDALUCÍA Y LA NUEVA NOVELA 13 El centro biológico de la nueva expresión literaria se desplaza. El culteranismo andaluz es un fenómeno iniciado por Herrera, el sevillano, y clausurado por Góngora, el cordobés. En Cataluña -continúa argumentando Díaz-Plaja- las formas barrocas, que se anticipan en el cuatrocientos, se producen también al sur de su territorio cultural» 3• Por su parte, Emilio Gaseó Contell proclama: «El barroco no se hace del todo español hasta que se hace andaluz y nos da al divino Herrera, a Góngora, a Pedro de Espinosa ... » 4• Está claro que en el turbión de las civilizaciones el barroco no es otra cosa que un arrastre de materiales, que por erosión, por propio peso natural, se depositan en los sures. Para la partenogénesis del barroco se ha hecho necesario, pues, la cópula de la historia con la geografía. Andalucía, por otra parte, ha sido desde siempre -y ya tenemos junto al elemento estático de la geografía el elemento activo de la historiauna tierra vencida, dominada, colonizada por invasores de afuera -fenicios, ligures, griegos, cartagineses, romanos, árabes, judíos, castellanos- y por invasores de dentro -¿cuál peor?- pero siempre ha resultado vencedora, por el imperio de su estética popular. «En tiempos de la dominación romana no existía lo español en la acepción histórica -sostiene Juan Gil-Albert- pero sí lo andaluz en su acepción bética, y que no era tanto una variedad de lo romano como algo, una fibra, unos caracteres, una gracia, que los romanos encontraron ya, viviente, cultivado y antiguo, aquí» 5• Una anécdota recogida por el propio Gil-Albert sobre el Emperador Adriano, que, como se sabe, era andaluz, de Sevilla, va a demostrar el destino universal de Andalucía de la mano de su estética popular. Cuenta Albert que «la primera vez que el futuro Emperador de Roma se levantó en el Senado para hablar, se rieron de él, a causa de su acento provinciano, de su agrestius pronuntians» 6• Pues bien, aquel acento provincia- 3. Guillermo Diaz-PJaja: •Hacia un conc epto de la lit eratura española•. Espasa Calpe. Colección Austral, 4. • Ed. Madrid , 1962, págs. 117 - 118. 4. Emilio Gaseó Contell (citado por J. L. Ortiz de Lanzagorta en obra c it a da , pág. 24). 5. Juan Gil-Albert: • Instantáneas: lo andaluz•. R ev ist a •El Urogallo•, número 20 marzo-abril 1973 . 6. Juan Gil-Albert: trab ajo citado. 20 JUAN DE DIOS RUIZ-COPETE TONOS PARA UNA DEFENSA Aunque de cara a nuestra república literaria hemos perdido ya toda capacidad de asombro, no podíamos imaginar a qué grado de hostilidad, cuando no de franco vituperio, llegaría, respecto del fenómeno de la novela surespañola, salvo contadas excepciones, Ja actitud de la crítica, desde luego que por todos los elementos miméticos de su comparsería aventurera, también, cómo no, por los meros comentaristas de la actualidad y, en no pocas ocasiones, por los simples espectadores de nuestro reñidero literario. Y lo que es más lamentable: sin otros argumentos que la gratuita evasión irresponsable. Muy a nuestro pesar, y como ejemplo de esa mimética hostilidad, venimos obligados a entresacar dos opiniones: una, del profesor Martínez Cachero, catedrático de la Universidad de Oviedo, y otra del atento estudioso de nuestra realidad literaria, el canario Jorge Rodríguez Padrón. En una conferencia pronunciada hace un par de cursos en nuestra Universidad por el profesor Martínez Cachero sobre la novela española -impecable conferencia en cuanto a su planteamiento, a didactismo, a claridad de juicio -acaso le faltara penetración respecto de nuestros autores más recientes-, al final de su disertación se entabló, como es habitual en estos actos, un animado coloquio sobre el tema, en el transcurso del cual un muchacho, estudiante de la Facultad de Letras, con una seriedad absolutamente compatible con su vestimenta despreocupada, preguntó al conferenciante qué opinaba sobre la narrativa andaluza. La respuesta del profesor, ignoramos por qu é -no queremos pensar que por falta de una dialéctica más científica y rigurosatomó el atajo del humor: «Si se reconoce -le respondió-- la existencia de una narrativa andaluza habr á que reconocer también la de una narrativa asturiana. No olviden ustedes que en Asturias tenemos a Corín Tellado y al padre Martín Vigil» 14 • 14. Conferencia pronunciada por José María Martínez Cachero sobre el tema •La novela española 1939 - 1969 • en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universid ad de Sevilla. ANDALUCÍA Y LA NUEVA NOVELA 21 Sin quitarle a la respuesta su comportamiento humorístico -ha y que admitir que como «boutade» no quedaba nada mal ante tan heterogénea y favorable concurrencia- y sin esgrimir por nuestra parte, ahora, ningún tipo de exaltación regionalista -no se trata de un torneo de valoraciones cantonales-, es claro que los presupuestos históricos, geográficos, culturales y de ambiente de Asturias y Andalucía y, sobre todo, sus respectivas realidades presentes - y ésto el citado profesor de más lo sabe-, no son los mismos 15 • Por su parte, Jorge Rodríguez Padrón no ve para el estallido de la nueva narrativa andaluza otra motivación que el clásico revanchismo celtibérico, en esta ocasión enarbolado frente a la novela hispanoamericana: «Espoleados por ese prurito de orgullo patrio que siempre aflora en los momentos críticos -d ije Rodríguez Padrón-, había que demostrar frente a la novela hispanoamericana que aún teníamos arrestos, y se sacó de la nada periodístico-sensacionalista y de los pr em ios más o meno s gordos de nuestras letras a los narraluces; efí mero brote que pronto quedó sofocado por las brasas que le dieron el calor primero. Ahí se quiso juntar todo, y de manera poco coherente, y no funcionó nada» 16 • Así como la . respuesta de Martínez Ca ch ero, por su propia jocosidad, no merece otra atención que la de la s imple referencia, la de Rodríguez Padrón, por observador del fenómeno, aunque no lo reconozca, requiere mayor det enimiento, si .bien su consistencia argumental sea víctima de su propia fragilidad. Par a el crític o canario, sin esa «nada periodístico-sensa- cionalista» y sin los premios «más o menos gordos» del país, ni siquiera hubiera existido ese «efímero brote» de la narrativa andaluza. Uno ignora, y ha estado atento todo lo que se puede estar, qué prensa enar bolara, y menos aún con tal es fervorines sensacionalistas, el banderín del fenómeno narrativo andaluz. Que 15 . Es ta respu es ta no fue recogida por ninguna de las reseñas periodlsticas del acto pero se puede apelar al testimonio, para aseverarla, de cerca del millar de asistentes a la conferencia. 16. Jorge Rodrlguez Padrón: •Nueva narrativa canaria• . Trabajo publicado en la R e· vista •Camp de L'Arpa•, número 7, pág. 20. 22 JUAN DE DIOS RUIZ-COPETE sepamos, Miguel Fernánd ez-Braso, a sugerencia de Dámas o Santos, director de las páginas literarias del diario Pueblo, se limitó a promover, en el verano del 71, una encuesta entre los propios escritores, ante la evidencia de unos hechos, cuales eran -y sonla coincidencia cuant itativa y cualitativa de unos hombres, y la aparición de unas obras narrativas en una tierra, la andaluza, más proc live, desde siempre, a la manifestación lírica. Lo de los premios, con ser una circunstancia meramente adjetiva, fue, efect ivament e, como dice Rodrígu ez Padrón: todos o casi todos cayeron -y aún sig uen cayendo- en el Sur 17 • Y el buen crítico canario tiene que reconocer, aunque a esto de lo s premios estemos ambos de acuerdo en no pasar de concederle una valoración ocasional, que ya es difícil ha cer coincidir, aunque sólo sea por razón de una incidencia geográfica, a premios de tan distinta motivación y tan distan te razón ideológica entre sí como un Planeta, un Nada!, un Barral, un Biblioteca Breve o el de la Crítica, por no citar sino a los más definitorios. Y es lo cierto que unos antes, otros después, todos, en el período a que nos referimos, cayeron en el Sur. A la pregunta de Braso , ¿se puede hablar de una narrativa actual específicame nte andaluza como se habln de una lírica?, cuya sola interrogante ya suponía no sólo su existencia, sino su reconocimiento, surgieron respuestas para todos los gustos quedando, al final de la encuesta, casi en tablas, los que la reconocían como l os que la negaban 18• Una de las respuestas más jocosas fue la de Aq uilino Duque. Pero es natural: Aquilino Duque es un irónico. Un vitalist a irónico. Un sarcástico, al que la distancia desde el Lungotevere actual de su Roma de hoy a la Plaza de Museo de Sevilla no ha hecho sino exaltarle, 17. Con posterioridad a 1971: Aquilino Duque. finalista del premio Nada! con •El mono azul• ; José María Vaz de Soto, finalista del premio Ateneo de Sevilla con • El pre · cursor>, aún inédita; José Manuel Caballero Bonald, ganador (¿) del premio Barral con •Agata ojo de gato •. 18. M;guel Fernández Braso en •Final de encuesta •, Diario •Pueblo•, 8-9-71, escribla · ·La encuesta sobre la narrativa andaluza -a pesar de todo, a pesar de algún golpe bajC' y personal por parte de los primeros participantesme hago Ja ilu$ión de que ha sidc en cierto modo positiva.• ANDALUCÍA Y LA NUEV A NOVELA 23 por la vibración que imprime tan larga perspectiva, los mágicos espejos verdes, que decía Antonio Burgos , de su inquieta imaginación 19• A la jocosidad de Aquilino Duque -conociendo a Aquilino hay que desposeerla de todo sentido de gravedad, él sabe bien que sin la contemplación festiva de las cosas la vida se torna insoportablehubo de responderle Dámaso Santos , tan poco sospechoso de proclividad geoliteraria andaluza, defendiendo, precisam en te, el mo v imiento literario andaluz 20 • Y en efecto, aquí, en el Sur, en Andalucía, en esta metró - poli del trabajo púdico, como le llamara Eugenio d'Ors, podrún faltar, como de hecho faltan, arrestos para sacudirse un colonialismo de siglos, que los últimos años, con la complicidad de todos, no ha hecho sino alcanzar cotas insostenibles, pero no faltan esc ritores -ocho o diez, que tampoco más son necesarios, aunque en la actualidad este número esté elevado al cuadradopara dar entidad y coherencia a un fenómeno literario excepcional. ANDALUCÍA, O EL DETERJORO DE UN CONCEPTO Desde nuestra perspectiva, que dentro de su modest ia, aspira a situarse por encima de la anécdota, el hecho de que por los propios narradores, o al menos una parte de ellos, se negara el caráct er de es te fenómeno, en nada afecta a su existencia intrínseca . Siempre fue así. « Habíamos estado todos - recuerda Lanza g ortadesde «Grecia» y «Mediodía», pasan - do por lo s «Taifas» poéticos del cincuenta y tantos, jug a ndo al susurro, a la tra mpa de lanzar piedrecitas sobre el propio tejado, sin atrevemos a quitar el tejado y tirar la única piedra necesaria en el único estanque eficaz» 21 • Quiérese decir qu e ésto, como toda fenomenología de raíz histórica, de incidencia colectiva, está por encima de la propia 19. Di ario • Pueblo •, 4-8-71. 2 0. Dámaso Santos: •Un nomb re p ara nuestra novela y para Ja narrativa andaluza, (Diario •Pueblo•, 2-12-71). 21. J. L. Ortiz de Lanzago rta : • Narrativa andaluza: doce diálogos de urgenci a•, pág. 23 24 JUAN DE DIOS RUIZ-COPETE voluntad individual, y su reconocimiento -en el fondo una clasificación a la que el creador literario , por naturaleza, con tan poca docilidad se avienevendrá condicionado por otras razones, sin las cuales no puede entenderse la peculiaridad de la tierra. Y que podrían ser : A) El propio carácter individualista del andaluz y, corol ario de ésto, su animadversión a ser uncido con alguien en un mismo yugo clasificatorio. No es uno el primero que esgrime esta circunstancia de la personalidad individualista del anda luz. Agustín Ba save está convencido de qu e el andaluz organiza desde su más íntima contextura, como un ser independiente, la empresa de su vida. «Es posible -dice- que ten ga un déficit de pmducción exterior, pero tiene, en todo, un superávit de personalidad» 22• B) El convencimiento por parte del escritor de que admitir la existencia de una narrativa peculiar andaluza podría implicar el reconocimiento de un regionalismo cantonal en un momento como el nuestro, en que todo aspira a universalizarse. Todos sabemos, y el escritor mucho más, aquel pasaje de Machado en «Juan de Mairena» relativo al regionalismo: «De aquellos que se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, ext rem eños, castellanos ... antes que españoles, desconfiad siem - pre -dice Mairena-: suelen ser españo les incompletos , insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse . -Según eso, amigo Mairena -cont esta Tortólez- , un anda lu z andalucista será también un español de segunda clase. -En efecto -r esponde Mairena- . Un español de segunda, y un andaluz de tercera» 23• C) Y perdónesenos enumeración tan esquemática, el sentido equívoco, peyorativo con que, por lo general, se suele in - terpretar el concepto de lo andaluz. El escritor del Sur no ignora la herencia lamentable del co ncepto que recibiera de los 22. Agustln Basave: obra citada. pág. 60. 23 . Antonio Machado: cJ uan de Mairena•. ANDALUCÍA Y LA NUEVA NOVELA 25 ex tranjeros del XIX, que con la complicidad de no pocos merce na rios de de ntro, fabricaron aquella manufa c tura se udo- a rtística de gitanos, bandoleros , majas, contrabandistas, toreros, mendi go s, bailarinas, y que lleva el marchamo de un Merimé e, de un Gautier, de un Dumas, padre e hijo , la familia compl eta, para no desmerecer , e, incluso, del propio Paul Morand. Aquí no tenemos otra opción que traer la valiente acusación de Joaquín Romero: «no hay re gión española sobre la que haya recaído tan duramente como sobre Andalucía la plebeyez se nsiblona de la falsa literatura» 24, o la de Antonio Burgos, m en os barroca pero más incisiva: «Lo andaluz sigue siendo e quiparado por muchas personas a los machismos sureños de Manuel Machado, a los gitanos afeminados de Lorca y a los manijeros sapientísimos de don José María Pemán » 25 • Es te deterioro del concepto , nacido de la falsa Andalucía sup erficial y chillona, del cairel y la indolencia, del osú mi mar e y el navajazo , ha desembocado nada menos que en un ne ga tivo complejo regional , o, dicho con palabras de Julián Marías: « en un máximo de regionalidad y en un mínimo de regionalismo» 26• Sí : el sentido que el andaluz tiene de su tierra -nos estamo s re firiendo al andaluz válido, al andaluz conscienteno es en modo alguno andalucista. Si hace ostentación de andalucismo lo hace <<sin presunción de jicari s mo folklórico, sin localismos xenófobos, sin estrecheces de campanario» 27 , esto es, sólo en cuanto que siente su tierra como una desasistida sucur sal del país y nunca como una presunción o como un resentimiento. No acierta Julián Marías cuando dice qu e el andaluz e stá « en c antado de serlo, sometido al encanto o hechizo de esa condición, arrastrado por ello no por la fuerza del destino, si no con el arrebato de la seducción» 28• No. No es esto así. Al me nos en todos sus estratos . Puede que lo sea en los tipos so- 24. Joa quín Rome ro Murube : obra citada , pág. 29 . 25 . A nto nio Bur gos : Res puesta a la encue s ta de Fernánd ez Braso sobre la narrativa an dal uza ( Di ar io •Pueblo•, 21-7-71). 26 . Ju lián Ma ría s: obra citada, pág. 37. 27. Agustín B as av e: obra ci tada , pág . 67 . 28. J uliá n Marías: obra citada , pág . 37. 26 JUAN DE DIOS RUIZ·COPETE fisticados. En los que tienen cierto grado de reflexión no hay profesión de regionalismo. Hay, eso sí, un tironazo biológico, un apego natural a la tierra, pero sin obsesión telúrica, sin edenismos excesivos. Es más, diríamos que el escritor de hoy ha obli gado a la tierra, en una gran medida, con su palabra, con el testimonio vivo de su letra, a hacerse su gran examen de conciencia. En resumen, el andaluz se sentirá terriblemente andaluz, pero no andalucista. ¿Cómo podría ser, conscientemente, de otra manera? ¿No sabe, acaso, que el concepto se ha ido lastrando con el tiempo hasta quedar en una significación venida a menos, en una escuálida acepción peyorativa? Mas, a un lado este deterioro conceptual, al que se ha llegado, justo es decirlo, por un irresponsable y secular mercaderismo, y frente al cual tenemos que erigir la insobornable melancolía meridional de Juan Ramón Jiménez, hecha patente en una carta allá por el verano de 1924, cuando escribía «Mi porvenir , como mi pasado, está en Andalucía y sólo en Andalucía»; o la salada universalidad de Rafael Alberti, que aprendiera en los atardeceres crema de sus litorales del Puerto , y que sigue enarbolando en su Roma de hoy, con una frenética nostalgia; o la grandeza sensual y cósmica de Vicente Aleixandre, que succionara por primera vez, siendo niño, de entre los azules serenos de su Mediterráneo malagueño; a un lado este deterioro conceptual - repet im o s-, creemos que el día que se demuestre que el escritor es m ás universal en cuanto que es más terri - blem ente andaluz, habrá desaparecido su negativo comp l ejo de timidez regional. Timidez re g ional que ha ll evado incluso , como en el caso que nos ocupa, a negar la evidencia de una indi sc utible realidad literaria. ANDALUCÍA Y LA NUEVA NOVELA 27 ALGO MAS QUE UN ESTALLIDO LITERARIO ¿Podríamos imaginarnos qué hubiera sido del fenómeno narrativo andaluz si se hubiera producido dentro de las fronteras catalanas con un censo como el que tienen de máximos pontífices de nuestra crítica - Castellet, Barral, Gimferrerasistida su audacia - también su competencia, qué duda cabe- por una poderosa retaguardia editorial y periodística? Para imaginar lo que hubieran sido sus efectos, baste recordar que Castellet, con sólo nueve nombres -y no todos de la tierrase inventó sus novísimos -unos, a qué negarlo, válidos con futuro; otros, bastante menos; y los restantes , ya dieron con más pena que gloria, todo lo que portaban de proyección hacia lo eterno- y a los nueve los lanzó al país con su etiqueta irretornable de franqueo concertado . Barral, al que en otro sentido tanto debemos los lectores del país, con todo el énfasis alzado de su fanfarria y sobre la base de un bastardo lanzamiento editorial 29 , declaró no hace mucho, por personal decreto, la existencia de una c<nueva novela», como si por un secreto y supremo designio -justo es decir que a su pragmática declaración no le faltó, en seguida , la comparsa de la crítica coterránea, gran parte de la crítica capitalina y ¡ay! otra gran parte de la periferia meridional - le hubiera correspondido a él la mágica misión de ponerle infaliblemente las rayas a la historia. Y a tenor de que por parte alguna se ve -y bien que hemos puesto alertada toda nuestra atenciónesa <<nueva novela» - a salvo las contadas individualidades ajenas o incluidas, qué más da, en el paquete editorial-, tenemos que preguntar a esos catalanes inefables del vaticinio y la profecía, dónde, por casualidad , escondieron los genios. Que hay nombres y síntomas para una nueva novela, que ya 29. Nos referimos a la alianza, efímera por otra parte, en el empeño editoria l con venido entre Planeta y Barral. 28 JUAN DE DIOS RUIZ-COPETE apuntó sus calidades, es indudable 30 , pero ¿po r qué dentro de una etiq u eta editorial, cu ya finalid ad p arece tan distante de un a estricta inte nción liter a ria y sin un solo e lemento que argamase su pretendida cohesión? ¿Por qué -y pe rdonad nuestra insistenciase va a admitir, como de hecho se ha admitido, la existe ncia de una «n ueva novela» y no se reconoce, habiendo, como hay, unos evidentes caracteres aglutinantes, la existencia de una narrativa surespañola? A la vista de que después del estallante trienio a que nos venimos refiriendo la vibración de los premios y también la excitación edit orial de los narradores del Sur , acusaron un evidente signo de disminución, y aunque a semejantes circunstancias no pasamos de adjudicarle un mero valor adjetivo u ocasional, nuestra serenidad crítica -ten emos que decir , con perdón, que ya pasamos hace tiempo el saramp ión de las primeras exaltadas devociones, el rubicón de las perplejidades literarias -, nuestra serenidad crítica -rep e timosnos aconsejó sepa rarnos de los hechos y considerar si no sería todo aquello -y pre scindía mo s para la panorámi ca de toda concatenación con el pasado, seccionando el cordón umbilical de la Historiasólo una efímera moda, sólo el vistoso globo multicolor de una coyuntura editopublicitaria -a lguna firma editorial hizo el fichaje de andaluces por equipo y a sueldo-, con el amplificador sonoro de unos premios, o si persistiría, una vez explotado aquél, el globo, la estela de unos narradores de raza -pocos o mucho s, que la cantidad es lo de menosuni- dos a la historia narrativa del Sur y aglutinados en la hora presente por algún elemento que pudiera ser definitorio. Y así era. Y así es, en efecto. No se trata de una moda , aunque también la moda, como se ha dicho, encierre la verdad si se sabe despojar de valores ocasionales y de la qu e naturalmente las editoriales han pretendido ap rovecharse para sus fines mercantiles. Pero esta vertiente comercial del fenómeno en nada debilita su indiscutible comportamiento estético. Se trata, y 30 . Aquí podríamos citar , como eje mplos de una nu ev a novela, • La saga -fuga de J. B .• de Gonzalo T or rente Ba!l e, tcr. v •El gríln momento el e ~ b ri Trihunc • de Juan García Hortelano. · ANDALUCÍA Y LA NUEVA NOVELA 29 el tiempo lo dirá, de un auténtico fenómeno literario corno acaso no haya existido otro en toda la historia literaria del Sur. ¿Haría falta demostrar, y no nos mueven impulsos de parricidio histórico, que la obra de todos los poetas de la escuela sevillana -Reinoso, Lista, Arjona, Blanco, el abate March e nano sumaría, en to tal, ni la décima parte del catálogo de obras de la nueva narrativa andaluza? Ya se sabe que el aspecto cuantitativo no es el más idóneo para este tipo de confrontaciones, pe ro es que en orden a la calidad tampoco este fe nómeno quedaría en desve ntaja . Quiérese patentizar tan sólo el convencimiento de que en los tratados futuros de la historia literaria , trat a dos que acaso ya nosotros, por mucho que galopen los tiempos, no alcancemos a ver, figurará de seguro el estudio ya con perspectiva histórica de este fenómeno literario. De mom e nto , a nosotros, hoy por hoy, sólo nos es permitido presumirlo. Pero para presumirlo fundadarnente, sólo basta re correr el catálogo de obras y el censo de sus autores. Catálogo de obras demostrativo de todas las tendencias válidas del momento, desde la concepción tradicional a la vanguardia; desde las pertinaces recetas realistas a las técnicas del nuevo objetivismo; desde los viejos enunciados de la narración sicológica, a las nuevas prospecciones de la zonas ocultas de la personalidad. Censo de nombres, distintos y distantes, en calidad y cronología; en técnicas y estilo; en actitudes e ideologías, pero aglutinados entre sí por una subyacente razón literaria . Un s omero recuento de estos nombres servirá para ver cómo junto a los tradicionales, a los que ya, sin posibilidades de renovación, pero con validez, insisten en su personal concepción del género, están los experimentalistas, los que buscan nuevas formas para la estructura narrativa. En definitiva, la coexistencia, aunque ésta a veces no sea todo lo pacífica que fuere de desear, de todas las tendencias y todas las temáticas. Y para que no falte nada, también cuenta el Sur, aunque esté en la diáspora, con tan radical devoto del experimen talismo que ha llevado su ejercicio de experimentación a los límites intolerables del parricidio narrativo, Leyva, por ejemplo, que de un plumazo -«Heautontirnorúrnenos» es el cuerpo del «delito»- ha queri-