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El realismo social y la generación del 38 en chile: la narrativa de Nicomedes Guzmán.

Vásquez Parra, Lucía Malvina del Carmen

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UNIVERSI DAD DE SEVI LLA FACULTAD DE COMUNI CACIÓN Departa mento de Co m unicación A udiovisua l, Publicidad y Literatura El realismo s ocial y l a Generación del 38 en Chile: La narrativa de Nic omedes Guzmán. DOCT ORANDO: Lucía Ma lvina Vásq uez de Meder os DIRECT OR DE L PROYECT O DE TESIS DOCTO RAL Dra. Mar ía Jesús O rozco Ver a Sevilla, 2017 UNIVERSI DAD DE SEVI LLA TESIS DOCT ORAL Departamento de Comunicación Audiovisu al, Publici dad y Literatura. FACULTAD DE COMUNICACIÓN UNIVERSIDAD DE SEVILLA AÑO 2017 El realismo s ocial y l a Generación del 38 en Chile: La narrativa de Nic omedes Guz mán. DOCT ORANDO: Lucía Ma lvina Vásq uez de Meder os DIRECT OR DE L PROYECT O DE TESIS DOCTO RAL Dra. Mar ía Jesús O rozco Ver a PARA ÁL VARO PARA MIS HIJA S AGRA DECIMIENTOS Deseo agra decer e n primer lugar a la Doctora María Jesús Orozco Ve ra, pues fue la que me proporcionó el estímul o inicial y la mot ivación para que emprendiera este magno estudio. Por haber aceptado dirigirlo, además de proporcionarme toda la ayuda que estuv o a su alcance para llevarlo a buen término. Por su excelente guía, su colaboración incondic ional y su pacienc ia. Muchas, muchas gracias. Por mi ubicación geográfica, hubo muchas personas que en la distancia también me proporcionar on su ilimitada colaboración, entre e ll os se encuentra n: mi hermano Alejandro que desde la ciud ad de Quito (Ecuador) y posteriorme nte en un viaje a Santiago (Chil e), me envió todo el material qu e estuvo a su alcance p ara colaborar en mi estudio; a mi madre, Malvina, y a mi hermana, Andrea, que desde Santia g o (Chi le), igualmente aportaron su incondicional colaboración. Mi gratitud también para la hija menor de Nicomede s Guz mán, promotora y directora de Estampas Populares de Chile. C rónicas de Nicomedes Guzmán (2007), para mi tía, Olay a Vásquez, por sus va liosos aporte s y sus especiales obse rvaciones. A mi amiga J enny que, desde Madrid, también tuvo la gentileza de hurgar en alg un as bibliotecas y enviarme todo lo solicitado. A mi sobrina, Olga, que igualmente tuvo la ge ntileza d e tr a erme un im portante material desde Caracas (Venezuela). A todos e llos mis más sinceros agradecimientos por su desinteresa da colaboración. En esta lista tampoco puede f altar mi familia, especialmente a mi p adre, el periodista Oscar Vásquez, que habría estado mu y o rgulloso de ver cómo esta tesis iba tomando form a a través del tiempo y h a podido llegar a su fin. Y también especialmente a mis hij as, Daniella, Gabriela y Alba, que respetaron mi claustro de trabajo y, a la vez, estuvieron siempre dispuestas a esc uchar y proporcionarme sus observaciones y su ilim itada col aboración. A mis y ernos, Héctor, Conra do y Paolo, que en todo momento estuvieron atentos y solidar ios. A mi hermano Alejandro, Artista plástico, que prepara un Pro yec to inspi rado en la obra de nues tro abuelo Nicomedes Guz mán que , desde Quito, escuchó mis larg as charlas y me aportó intere santes comentarios. A mí querida ami ga Lola que, desd e Sevilla, siempre, en to do momento, estuvo dispuesta a prestarme to do tipo de a y ud a. Y a to do el resto de la fa milia que siempre estuvo dispuesta a escuchar mis conversaciones acerca de la actividad que desarroll aba sin dejar de animarme. A mi prima, Rox ana y su esposo David, por su desinteresa da c olaboración y ánimo, prestado en un momento importante del tra bajo. A todos , mis más profundos agra decimientos. Finalmente, a Álvaro, po r ser el promotor de aquella invisible energía que necesité a diario, por su paciencia, su apoyo, su cooperac ión permanente, su especial respeto, su entusiasmo y bu en humor, especialmente su amor, c omprensión y cariño. A él, gracias, muchas gracias, me siento mu y afortunada. ÍNDICE INTRODUCCIÓN ................................ ................................................................................... 12 METODOLOGÍA .................................................................................................................... 17 PARTE I ................................................................................................................................... 21 Capítulo I: MARCO TEÓRI CO ........................................................................................... 21 1. SOCIOL OG Í A Y LITERATURA .................................................................................... 21 1.1. La sociología: aspectos históricos .............................................................................. 21 1.2. Literatura y so ciedad .................................................................................................. 30 1.2.1. Función social de la literatura ............................................................................. 35 2. EL REALI S MO SOCIA L ................................................................................................ 42 2.1. Antecedentes y conceptos bá sicos ............................................................................. 42 2.2. Realismo y Lite ratura ................................................................................................. 55 2.2.1. El Realismo europeo ........................................................................................... 56 2.2.2. El Realismo en Hispanoamér ica ................................ ......................................... 75 2.3. Literatura en Chile: Conquista, Col onia e I nd ependencia. ...................................... 111 2.3.1. Proceso litera rio c hileno .................................................................................... 125 2.3.2. El realismo social en Chile ................................................................................ 135 3. LAS GENERACIONES LI TERARIAS EN CH IL E ...................................................... 141 3.1. Antecedentes litera rios: 1842 a 1900 ....................................................................... 149 3.2. La literatura chilena de 1900 hasta 1950 ................................................................ . 154 3.2.1. En torno a Rubén Darío y al Modernismo chileno ............................................ 159 3.2.2. El Mundonovismo ............................................................................................. 163 3.2.3. La narrativa chilena del nuevo siglo ................................................................. 165 3.2.4. El Criollismo en Chile ....................................................................................... 171 3.2.5. El Imag inismo ................................................................ ................................... 175 3.2.6. El Runrunismo ................................................................................................... 179 3.2.7. El Superrea lismo ............................................................................................... 181 4. LA GENERACIÓN LITERARIA DE 1938 ................................................................ .. 184 4.1. Generación del 38: Aproximación y de sarrollo ....................................................... 185 4.2. Características ................................................................................................ .......... 194 4.3. Representante s ......................................................................................................... 196 16 -Afrontar un análisis ex ha ustivo y completo de toda su obra, novelas y cuentos, que permita cubrir las lagunas de la bibliografía ex istente y las directrices que, hasta el momento, la han marcado. Asumimos en consecuencia un enfoque sociológico-literario que permite desvelar sus constantes temáticas y su preocupación por sumarse a un a estética realista, donde la d enuncia no llega a alcanzar dimensiones ex clusivamente políticas. -Delimitar dentro de l a p roducción n arrativa del escritor la s principales claves temáticas, resaltando la correspondencia de é stas con las preo cupac iones fundamentales del escritor. -Comprender que la re alidad exhibida por Nicomede s Guz mán, está vigente y , a partir de ese hecho, realizar un ejercicio de reflexión d estinado a considerar posibilidades susceptibles de producir cambios en estas rea lidades. De todo lo anter iormente expuesto se derivan las conclusiones oportunas , que sirven de justificación a la presente tesis doctoral y constitu y en la base de apo yo p ara e l desarrollo de investigac iones futuras. Tras las conclusiones, nos pare ció oportuno incluir un Glosario de chilenismos y neologismos utilizados por el escritor en las obras, así como alg unos anexos relativos a dich as obras y a las actividades d e Nic omedes Guz mán. P or último, se inclu y e una relación d etallada de la bibli ografía citada, abarcando tanto el conjunto de la s obras escritas por Nicomedes Guzmán, como el resto de trabajos teóricos y críticos utilizadas, dado que constituye n el soporte fundamental sobre el que se sustenta la investig ación realizada. Asimismo, se inclu y en otras fuentes d e información que consideramos válidas para d e completar y e nriquecer el trabajo el trabajo de investigación. 17 METODOLOG ÍA El análisis de las novelas y cuentos de Nic omedes Guzmán se realiza a partir de un enfoque sociológico literario 1 , por tanto, se consideran los textos a partir de s u correspondencia con la realidad social de sde la que han sido elaborados, pues éste es el método que parece ajustarse d e manera más f iel a nuestro propósito, qu e permite insertar la na rrativa de Nicomed es Guzmán dentro de un marco definido, precisamente el de la novela y el cuento social. Por otra parte, se c onsidera también todo aque llo que impli ca tener en cuenta las c irc unstancias sociales que envolvieron la actividad literaria de todos los que estuvieron involucrados dentro de ese periodo y , especialmente, las que afectaron al escritor chileno. En este sentido partiremos de la dimensión comunicativa de la literatura, ent endiendo el texto como un medio de comunica ción de stacado frente a otras formas dirigidas a e ste fin. A este respecto un estudio de Cesare Segre (1985 ) señala que la literatura es una forma de comunicación muy específica y que, pese a que ell a se encuentra implícita en el acto de entregar un tex to propio escrito p ara un a audi encia que no se conoce, no está libre de obst áculos, pues "la comunicación litera ria" op era en un dobl e plano de: "emisor - mensaje y mens aje- destinatario," es decir que la comunicac ión tiene un solo sentido y e l emisor de penderá especialmente d el mensaje y d e cómo éste sea aceptado; por otro lado los sujetos de la comunicación, tanto el e misor como el destinatario no comparten contextos, además tanto "el emisor" como "el desti natario no están copresentes," incluso en ocasiones, "pe rtenecen a tiempos distintos," entre otros aspectos. No obstante, pese a estas características, éste no deja de ser un importante me nsaje y un acto de comunicac ión efectivo. (1985: 11). A tenor de lo anterior y tomando en cuenta que será el tex to el que nos desvelará efec tivamente la experiencia vital del hombre, entrega das a través de la voz del autor , 2 se llev a a cabo un mi nucioso estudio de las obras creadas por Nicomedes Guzmán, tanto las novelas como los cuentos, abordándolos a través de un enfoque crítico sociológico, haciendo hincapié 1 En el siguiente apar tado abord aremos la conexión que se estab lece entre la Literatura y la sociología, estudiando lo s conceptos rela cionados, los elem entos comunes y las d erivaciones de la co rrespondencia producida entre ambas disciplin as, por lo tan to, no nos extenderemos mucho má s, en lo referido a las particularidad es inmersas en el estudio hecho de sde esta perspectiva. 2 Que es el qu e erige y construye sus historia s a partir de breves y grandes trazos, que a su vez le son entregados por la realidad co n la que con vive , que con oce, que ob serv a, qu e recuerda, e n cualqu ier tiempo y en cualquier espacio. 18 en la correspondencia y l as especiales relaciones que se establecen entre las obras literarias y el contexto en el que son concebidas. Para lo grar los objetivos trazados abordamos el análisis de la temática pla nteada en el conjunto de su obra narrativa. En este c ontexto se tomará en cuenta la dim ensión pragmática de los textos, haciendo énfasis en la finalidad buscada por el escritor, que le permite trazar una conexión directa entre la realidad de su espacio vit al y la ficción inmersa en sus obras, con el principal objetivo de sensibilizar y despertar la s conciencias, frente a una nueva realidad particularmente cruda. A simismo, se identificará el simbolismo implícito e n las obr as, a tra vés de los difere ntes mecanismos n arr ativos utilizados por el autor. En consecuencia, el propi o proceso de comunicación, nos remitirá nece sariamente a las relaciones de int ertextualidad aparecidas como introducción, homen aje o r eferenc ias alusiva s, que pued en descubrirse en las obras de Nicomedes Guzmán, así como la influencia y l as observac iones de otros autores con los que el escritor se relacionaba cotidianamente o los intertextos que procedían de sus lecturas. Junto a ellos cabe considerar un número notable de entornos geográficos urbanos, suburbanos, na turales, productivos, e ntre otros; además de referenc ias históricas a l as que tendremos qu e recurrir para ilustrar adecuadamente los t emas escogidos como objeto de la investigación. Para fundamentar la pa rte teórica del pr esente e studio se atenderá a la bibl iogra fí a detallada al final del tr abajo, que ha significado el principal soporte de la presente investi gación y que ha sido recopilada en bibliotecas públicas, bibliotecas universitarias y alg unas obras adquiridas en libre rías. Entre dicha bibliografía cabe considerar todos los ar tículos de periódicos y revistas fa cilitados por la familia del autor y algunos ami gos, así como por la bibliot eca nacional de Chil e, en con creto el desp acho: Memo ria chilena. Asimismo, fueron utilizadas otras fuentes como internet, p eriódicos y revistas e n línea , entre otros. Además , se ha re currido a textos históricos, económicos, filosóficos, así como diccionarios generales de la lengua española y e specíficos de la literatura. Por último, en aras de una acertada interpretación acerca d el objetivo f undamental manifestado por Nicomedes Guzmán con respecto a su producción literaria, es importante señalar que su intención comunic ativa e stuvo siempre dirig ida a la sensibi l ización de la concienc ia de los lectores a partir de los cuadros que reflejan un fragmento de la rea lidad, manifestada en toda su obra narrativa. Así cabe destacar la crudeza en las descripciones de sucesos, personajes y lu gares, así como el len gua je utilizado y espec ialmente la temática tratada. 19 Todos sus textos han quedado c omo consta ncia de los hechos en ellos registrados, como el reflejo de una época, un período, un entorno que ex istió y que, pese a pertenecer a otro tiempo y a otro espacio, de alguna m anera aún persiste, espec ialmente en lo que se refiere a las desigua ldades hum anas. En este sentido es oportuno destacar algunos aspectos que fue ron manifestados por el escritor directamente, en un tex to preliminar realizado para la edición de unas de sus obras, donde señaló que la "re sponsabili dad vital" de la literatura era "crear el clima propicio para la paz, para el mejor entendimiento entre los hombres," aunque para ello fuera necesario desve lar su enf rentamiento diario con la vida, exponiendo "sus ve rdade s," virulentas o nobles, con sus "virtudes, particularmente la ternura " que, a su entender, es el mejor don del hombre, la base de todos los actos de su ex istencia. Para Nicom edes Guzmán "la ternura es el orige n de los mejores méritos humanos." En est e sentido, según el escritor, nada se puede realizar en la vida sin contar c on e l sentimiento de "ternura" que deriva hacia la "pasión," hacia el amor y las "ansias de superación." (1954: 9-10). 20 21 PAR TE I Capítulo I: MA RCO TEÓR ICO 1. SOCIOLO GÍ A Y LITERA TURA 1.1. La socio logía: aspec tos históric os La sociología como ci encia surge a fines d el siglo XVIII y principios del siglo X IX , aunque como indi ca Ritzer 3 no se puede establece r la fecha exacta de los comienzos de la Teoría Sociológica , y a que ex isten indicios de que entre el siglo X I V y el XV y a un erudito musulmán, Abdel IBN J aldun, en sus clases dictadas en la mezquit a universitaria de Al- Azhar, en la ciudad de El Cairo, se ocupaba seriamente de "la importancia de la vinculación del pensamiento sociológico y la observación hist órica" (1997: 8 ). Del mismo modo, en etapas anteriores de la historia, también hubo una importante preocupación sociológica en la antigua G recia, Roma y la Edad Medi a. No obstante, un estudio detallado d e todas las mani festac iones ocurridas a través del tiempo que tuviera n relación con esta cien cia, resultaría extremadamente ex tenso, por lo tanto, lo que se desarrollará a continuación ser á solo un esbozo para proporcionar una base, que ay ude a situar a la sociología en la historia de la humanidad y su vinculación con la literatura. La sociología es una ciencia que se deriva d el co ntexto social y además t oma de este mismo contexto su objeto de estudio, y a que son las condiciones socio-históricas las que evidencian la ne cesidad y el sentido de estudio de lo " Social". L as circunstancias e conómicas y políticas, además de las ideas y pens amientos que albergaban las mentes de los ciudadanos promoviendo las discusiones y las acciones, contribuyeron a la rápida gestación de este nuevo enfoque de estudio de la sociedad. Fue en la Europa Occidental, a r aíz de la concentración de un conjunto de transformac iones y cambios -qu e, en muchas oc asiones se desa rrollaron de manera violenta y a través de revoluciones, imponiéndose el nacimiento de una nueva sociedad y una nueva fo rma de pe nsamiento-, donde se g estaron los elementos necesarios para que esta nueva ciencia tomara forma. La Revolución Industrial es la qu e h ace posible d e mane ra significativa el nacimiento de la Sociología como ciencia, básicamente por el contexto histórico que presenta todo este 3 Véase: Teoría soc iológica c ontemporánea , de Ritzer George, p. 4- 8. 22 nuevo movi miento. Son reconocidos como fund adores, en primer lugar, Claude Henri Saint- Simón (1760-1825), un gran positivista, (Du rkheim, 1962: 142) quien "desde el punto de vista conserva dor " aspirab a a l a conservación de la sociedad "tal y como era", sin regre sar a la "Edad Media." (Ritzer, 1997: 14). S aint-Simón cre ía en la necesidad de fundar un método que le posibilitara descubrir le y e s que rigiesen los cuerpos complejos y or ganizados como se encont ra ba n en las sociedades. Para tal e fecto recurrió a la fisiol ogía, con la finalidad de crear la fisiología social. Dicho trabajo lo realizó junto a su discípulo y posteriormente exsecretar io, Augusto C omte (1798-1857). Ex iste una gran simil itud en las ideas de e stos dos pensadores, pero un áspero debate acerca de sus teorías los llevó a tomar dife rentes caminos. Los estudios de Comte partieron específicamente de los conflictos que las clases sociales le plantearon a la sociedad bur g uesa y de los problemas que emerge n como c onsecuencia del desa rrollo de l a economía capitalista, además de d arle una denominación a la nu eva disciplina que nacía con él, la Sociología. La vieja produ cción feudal , e n un proceso histórico de transición, se vio desplazada por un sistema productivo que alcanzó un desarrollo nunca antes visto. E sta fu e la época en que el sistema capitalista se fortaleció en Occidente. Los rasg os más c aracter ísti cos de esa época fueron: la destrucción de los fundamentos de la sociedad feudal, la ruina de l campesinado y del artesano y la acumulac ión de rique zas de la emergente bur guesía, de ac ue rdo a los e studios desarrolla dos po r Diether Stolz e (1974) 4 . En este contex to, la burguesía se consolidó como clase dominante a través de la doctrina del liberalismo económico : la expansión de la prosperidad económica. "La economía liberal, es decir el Capitalismo, predicaba, de he cho, sobr e el fundamento del perpetuo crecimiento del movimi ento expansivo incesante". 5 Aparejado a ello, las magníficas condiciones de vida de los nuevos poderosos y de la emergent e "c lase media", en oposición a las condiciones de vida de la pobl ación trabajadora , que percibía por su tra bajo sueldos mu y bajos, a pesar de rendir jornadas mu y l argas, con unas condiciones de vida miserables, enfermando con gra n fa cilidad y convirtiéndose en el elemento esencial de exclusión dentro de ese conglomerado inconstante y var iable, fueron l os elementos que 4 Stolze Diether. (1974), en su obra: El capita lismo , hace un análisis de la s características de la época, las circunstancias y las con secue ncias de todos los ca mbios acaecidos. 5 Véase: Kahler, Erich, (1966) ¿ Qué es la h istoria? FCE, Méxic o, p. 172 -180. 23 contribuy eron a que se señalara por primera vez el término de lo "soc ial". A este respe cto C astel señala lo sig uiente: Esta cuestión se bautizó por primera vez explícitamente como tal en la década de 1830. Se plate ó e ntonces a partir de la toma de conciencia de las condiciones de vida de poblaciones que eran a la vez agentes y víctimas de la revolución industrial. [… ] Este hiato entre la organización política y el sistema económico permitió se ñalar, por primera vez con clarid ad, el lugar de lo "social" . [… ] Lo social consiste en sis temas de regulación que no son los del mercado, inst ituidos para tratar de llenar esta brecha. La cue stión social se conv ertía en la cuestión del lugar que podían ocupar en la so ciedad industrial la s franjas más desocializadas de los trabajadores. [… ] No obstante, antes de esta " invención de lo social", lo social ya existía. (CASTEL, 2004: 17). Todas estas sorprendentes transformac iones acaecidas en un período de tiempo relativamente breve fueron promovi das por la restaur ación del tráfico comer cial que trajo como consecue ncia el desarrollo y consolidación de centros urbanos y una especialización nunca antes alcanzada e n e l tra bajo. Los c ampos cedieron e l paso a las ciudades y los campesinos abandonaro n la agricultura por tareas más lucrativ as. La producción artesanal es sustituida por la producción manufacturera la cual permite p roducir más en menor tiempo. Uno de los factores determinantes del nue vo sistema industrial es la sustitución de la mano d e o bra por la máquina . Más tarde, la puesta en marcha d e la maquina a vapor y a continuación l a electric idad, fueron los elementos que terminaron de c onsolidar la r evolución industrial. (Richta, 1974: 22-55). Este nuevo entorno laboral c ondujo a estable cer d ivisiones sociales: el grupo de los obreros (ex traordinaria mente numerosos y en aumento) y el g rupo d e los propietarios d e los medios de producción. A sí se constitu y en las dos clases sociales, pilares del nuevo sistema: el proletariado fabril y la burg uesí a industrial. Ing laterra fue la pionera de l a Revolu ción I ndustrial surgida a mediados del siglo XVIII, a continuación, le si guió Francia, Alemania y posteriormente el resto d el continente europeo. Este nuevo sis tema promovió la ma y or moviliz ación humana de toda la historia de la humanidad, tra y endo consigo las consecuencias propias de las grandes migraciones: desamparo, miseria y ex plotación de esos grandes contingentes de ex -campesinos y ex- artesanos; " trabajadores" privados de sus antiguas "e structuras protectoras: la del gremio, la 24 aldea, la familia." Convirtiéndose ésta en "la característica fundamental y más espantosa del nuevo orden." (N isbet, 1977: 38 -41). Todos estos acontecimientos ll evaron a los expertos y estudiosos de la época a buscar una explicación satisfa ctoria de los hechos, y a sea para justific ar o p ara criticar la nueva realidad social y humana, lo que desembocó en la formulación de teorías e inter pretac ione s basadas fundamentalmente en la observación, descripción y clasificación de los fenómenos sociales. En esta línea Ritzer señala lo siguiente : La revolución industrial, el c apitalismo y la reac ción contra ellos, desencade nó una enorme revuelta en la soci edad oc cidental, una revuelta que afectó profundamente a los so ciólogos. […] muchos pensadores (…) , se sentían preocupados por estos cambios y por los problemas que habían creado al conjunto de la s ociedad. Pasaron sus vidas estudiando estos p roblemas y […] se esforzaron por desarrollar programas que pudieran resolverlos. (1997: 7-8). Lo que ho y se conoce como cienc ias sociales, es e n gran medida creac ión de las culturas de los países centro-occidentales de Europa y de Estados Unidos, asegura Bagú en su estud io Tiempo, realidad social y conocimiento . 6 (15). Sin duda, toda esta configuración se produce a raíz de las gra ndes transformaciones acaecidas en el mundo occidental, haciendo a esta pa rte del mundo responsable de l caos, por lo que tendría que ser obligatoriamente la crea dora de nuevos caminos para el orden y el e quilibrio . No obstante, esto no quiere decir qu e en otras partes del mundo no existieran preocupaciones similares, como sucede con Ibn Jaldun en Túnez, sin embarg o, el ma y o r peso se lo lleva occidente. En este contex to los autores más relevantes del si glo X I X, qu e promovieron el análisis del c omportamiento humano, entre otros aspectos, y dieron los pasos fundamentales par a la consolidación de lo que hoy se conoce como S ociolog ía, fueron -además de los y a nombrados Saint-Simón y Comte-, Durkheim, Weber, Ma rx, Simmel, L eibniz, Mont esquieu, Rousseau, 6 La historia escrit a, ( …) es hija d e muchas culturas anterior es a las occidenta les, (…) la hi storiografía qu e se cultiva en Occid ente nace en Grecia ante s de Cristo. ( …), los modos conc eptuales y las t écnicas de inv estigación de la historia institu cional y política tales com o nos han llegado se desarrollan en E uropa - Centroccidental a partir del Renacimi ento. BA GÚ, Sergio. (1984 ) Capítulo I, La rea lidad social según la Teoría d e Occidente . (a).- E l significado h istórico de un origen . p. 15. 25 Condillac y K ant, entre o tros, así como otros muchos pe nsadores de menos conocidos pero que también vieron la importanc ia del análisis de esos cambios en la evolución social. Como se menciona anteriormente e l término Sociología fue acuñado por primera vez por C omte, quien además se en carg ó de s eparar la economía de lo estrictamente social. Esta separación entr e lo económi co y lo políti co trajo consigo qu e la sociolo gía ‘ comtiana ’, y más tarde la sociología e n genera l, "se limitara a los hechos del orden so cial e xist ente y , aunque sin recha zar la necesidad de la corr ección y el mejoramiento, excluyera todo impulso que tienda a derrocar o negar el orden"(Marini. 1983: 17) 7 . Esto trajo como resultado una sociología positivista apologética y justificadora "del capitalismo" . Y aun cuando Augusto Comte no lo g ró "caracter izar y definir el método que se aplica al estudio de los hechos so ciales ," lo r elevante es que a él se le otorga el mérito de "fundador de la sociolo gía." 8 Este pensador estaba convencido de que la ciencia de la Sociología favorecería la convivencia ciudadana y el bienestar so cial tras el convuls o período que marcó la revolución france sa. P ara él " orden y progreso" debían ser d os principios en perfecto equilibrio. A e ste respecto Adorno y Horkheimer en su ob ra La sociedad. Lecciones de sociología, 9 afirman lo sig uiente: El término " Sociología" se remonta a Auguste Comte, a quien se considera, en gen eral, como fundador de la disciplina, y cuya principal obra sociológica, el Cours de philosofie posi tive, aparece entre 1830 y 1842. [… ] . Hija del positivismo, nace de la volunt ad de liberar el saber de la fe religiosa y de la especulación me tafísic a. Mediante el apego riguroso a los hechos se esperaba llegar, tambié n en este campo, a la objetividad de la cual eran un modelo las cienc ias naturales, experime ntales, por un la do, matemática por el otro. (1969: 9). Más tarde Ritzer reseña que Émi le Durkheim (18 58-1917) -que "legitimó la sociología en Francia"- coincidió con las ideas de Comte, al establec er que "la Ilustra ción constitu y ó una influencia negativa" p ara la sociedad. (1997: 18) Este prolífico investigador, retomando el trabajo de Comte, perf e ccionó la sociología f uncionalista derivada del positivismo y con formó 7 Véase: Marini, Ruy Mauro. (1 983), Razó n y sinrazón d e la sociolo gía marxista, en Teoría Marxista d e las clases sociales (cuaderno s de Teoría y Sociedad), UN AM, p. 17. 8 Ibídem 9 El término "Sociolog ía" se en cuentra ya en la carta de Comte a Valat, del 25 de dicie mbre de 1824 ( Lettre d’Auguste Co mte ā M. Valat , Paris, 1870, p. 158). Pero so lo se usó para el púb lico literario en 1839, en el IV Volumen de su obra fundamenta l. En: Adorno , T. & Horkheimer, M. (1969) La sociedad. L ecciones de sociología. 32 De un lado la literatura se carga de ‘ proyección social ’ , es capaz de fomentar el establecimiento de nuevas formas sociales; de otro la do es la sociedad la que pu ede a su vez intervenir en el proceso creador de la obra literaria, bien f avoreciendo la tarea del escritor, bien imposibilitándola . (1978: 35-37) 14 . Entre literatura y socied ad ha existido y existe sin embargo una estrecha in terrelación, independientemente de l as consecuencias de sus mutuas influencias o int ención de domi nio. Todo este proceso ha conducido en los últimos dos siglos a la provocación del que consume el objeto creado, establecie ndo una divi sión que se rá determinada por la div ersidad en el gusto literario. Es decir que desde ese inst ante cualquiera que sea la condició n social o estatus económico del grupo social, tanto del creador como del protector (se gún sea el caso), ese cong lomerado s erá el que a po y e o recha c e la obra, en ese camino obligado d e relación recíproca. A este re specto Wellek y Warren sostienen que " En rigor, la literatura ha nacido, por lo común, en íntimo contacto con determinadas instituciones sociales; y pu ede ocurrir que en la sociedad primitiva no podamos siqui era distin guir la poesía del ritual, de la magia, del trabajo, del jue go." (1985: 112). Desde esta perspectiva l a li teratura tiene una profunda validez como fuente histórica y sociocu ltural. De acuerdo a estos autores la relación entre literatura y sociedad radica, en "la sociología del escritor y de la profesión e inst ituciones literarias" a la que pertenece, por una parte. Por otro lado, todo lo que tiene relación con "la cuestión de la base económica d e la producción literaria", la procedencia y condición social de l autor y su "ideología social, que puede estar manifestada en formas y actividad es extraliterarias;" finalmente nos encontramos al "público" y la influencia de la obra desde el matiz "real" de lo "social". (Ibíd. 1985: 114 ). Todo producto del pensamiento humano está vinculado a las acc iones del hombre, del mismo modo, e l esc ritor como integra nte de la sociedad "cabe e studiarlo como un ente soc ial. " A través de esa perspectiva, dicho estudio puede abarc ar no solam ente su procedencia f amiliar, social y estatus e conómico, sino además su entorno y los diversos elementos que p revalecieron en su mundo interior y s u creación, los cuales po steriormente determinarían los lineamientos de su a rte. Sin e mbargo, el mi smo estudio se torna complejo al que rer d eterminar con exactitud 14 Véase : Literatu ra, Socieda d y Cr ítica. En sayo. Cátedra de Lit eratura de la Un iversidad de Murcia, del Profesor Manuel Llano s de los Reyes, (1978), p. 35 - 37. 33 el intimismo ideológico o la verdadera influencia que nutrió aquella producción, pues es evidente que la materia p rima será e l producto de e sa convivencia material y soci al acae cida en la infancia y en algunos casos la adolescencia del escritor. No obstante, la posición e stablecida por el artista, sin luga r a dudas, irá de la mano de sus prefere n cias r eligiosas, ideoló gica , filosóficas y sociales, uni do a sus inclinaciones con tal o cua l movimiento, o corriente que manifiestamente influ ya en su propia creación . Todos estos aspectos conducen a una "sociología del escritor como tipo ," es decir, como ser o como un indi viduo dentro de "un determinado tiempo y lug ar." (Ibíd., 1985: 117). Es inevitable que la re la ción literatura y sociedad, como idea b ásica entre dos entes mutuamente impli cados, cuyas variaciones son motivadas por la época y l a cultura, tome variados caminos. Pues la c reación de un e scritor estar á intrínsecamente r elac ionada con las aportaciones e influen cias derivadas de todo lo que lo rodea. Este fenómeno sin duda llegó a ser elemento esencial de la producción narrativa durante el siglo X IX. De este modo autores como Balzac, Stendhal, Flaubert, Baudelaire, Dickens, Pérez Galdós, Tolstoi, Dostoievski, Gorki, Zola, entre muchos otros escritores de aquella época, fueron creadores cu y as ob ras contaban como principal elemento su relación directa con su entorno, r epresentándolas en todos sus detalles. Así las obra s estaban condicionadas por la realidad de la época y su análisis y , su posterior comprensión, estaba i gualmente ceñid a a ese entorno, lo mismo sucede con su categorizac ión. A este respecto Escarpit 15 sostiene que, por esta misma época, a raíz del surgimiento del capitalismo a principios del siglo X IX, "la literat ura se convierte en un fenómeno de clase ( y así ha continuado), lo que equivale a decir que constitu y e, dentro de cierta clase so c ial, una forma de ex presión y al mismo tiempo de comunica ción estética, " pero cu ando se observa hacia el exterior de esta "clase" se perc ibe que ex iste también "un inmenso público de consumidores pasivos que" gradualmente ha ido aumentando de forma incesante hasta n uestros días, por lo que la relac ión re al entre el público, la sociedad y la obra no solo es innegable sino necesaria. (1969: 22-23). Al hilo de lo anterior Goldmann 16 pone de manifiesto que "existen claramente dos sociologías de la li teratura." Por una parte, está "una sociología de la co municación, de la 15 De acuerdo a lo s ensayos realiza dos por Barther, R. L efebvre, H. Goldmann L. entre otros, para el primer coloquio in ternacional de la s ociología de la literatu ra, los q ue fueron recogido s en la obra: Lite ratura y Socied ad. Problemas y meto dología en soc iología de la literatura. (1969), p. 22 - 23. 16 Ibíd., p . 24 34 difusión, de la rece pción, de la influe ncia sobre el lector d e las instituciones cultura les." Y , por otro lado, se encuentra la "sociología de la creación, del hecho estético." En consecuenci a, l a vida del hombre en general es fundamental par a la comprensión y explicación de la obra literaria. (Ibíd. 1969: 24). Más adelante E agleton, por su parte, establece q ue, en todas las líneas de actuación y pensamientos humanos, inclu y endo la literatura, la teoría y la crítica li teraria s, e stán determinada s por "la forma en que organiz amos nuestra vida social en común" y por "las relaciones de poder qu e e llo presupone." Señala igualmente que l a literatura es parte importante de "la natur aleza tanto de los individuos humanos como de las sociedades" y d e su "historia ideológica." (1998: 119). Por lo tanto, es indiscutible que la creación individual es el resultado de un sinnúmero de aportaciones e influencias derivadas del entorno del autor. Es imposible no vincular a l texto con el contexto. Ya sea a través de los rasgos sociales manifiestos que delatan la inspiración del escritor, el reflejo d e épocas históricas determinadas o un a soci edad específica , con detalles y escenarios concretos que desvela a través del estilo, del lenguaje, de su contenido, de la est ética utilizada o bien, a través de detalles diversos, que revelan claramente la crítica, la de nuncia y el mensaje. A este respecto Pospelov sostiene lo siguiente: La literatura se dist ingue, en fin, de las demás a rtes por su contenido intelectual. Cuanto más evoluciona la sociedad y cuanto más se ramifican las relaciones soc iales, las c orrientes d e ideas y la vida del espíritu, más se enriquece , amplía y profundiza el contenido int elec tual de la vida humana. […] En el curso de su evolución la l iteratura ha ido liberándose cada v ez más de sus vínculos origi nales con la religión, para aproximarse a los sectores avanzados de l conoc imiento, como la ética y la filosofía, la teoría de la sociedad y la ciencia. (Ibíd. 1969: 77). En definitiva, tanto las obras de épocas pasadas como las contemporáneas, ya se an escritas por los grande s autores de la literatura u niversal como por los menos conocidos o anónimos, han sido creaciones realizadas bajo una c onstante relación entre el artista, su entorno, la é poca y la soc iedad. Cada acontec imiento histórico, indepe ndienteme nte de la época y la colectividad, af ectará e in cluso podrá llegar a d eterminar las caracter ísticas o los contenidos del texto, pues las primeras ideas motivadoras de la c reación fueron ge stadas en el seno de esa comunidad de donde surge el creador y la fuente primaria de inspi rac ión salió de ella. Por lo 35 tanto, la li teratura constitu y e una práctica social y la socied ad, ante este fenó meno, pasa rá a convertirse en el re flejo de esa literatura la cual, a pa rtir de ese punto se c onvertirá e n la voc era de los hechos que irán nutriendo y marcando la historia. 1.2.1. Función social de la li tera tura La li teratura como fenó meno social ha sido capaz de ejercer una influencia si gnifica tiva en los individuos. A tra vés de la hist oria, cada texto desarrolla do ha representado o ha formado parte de uno o va rios hechos sociales, que di recta o indirectamente han tocado a la socied ad. Esto ha contribuido a efectos sorprendentes. Cada edad social guarda al gún tipo de interrelación con el rel ato. Así la épica plasmó las tra g edias y las haz añas de sus personajes conmoviendo e impresionando en una suerte de unión entre lo mítico y lo literario. Más adelante el influjo de las re li giones, creaciones anónimas y temas de caballería fueron l a tónica. Le si guieron el humanismo, la rebeldía, la exaltación y las p asiones par a des embocar en el siglo XVIII con la reflexión didáctica, crítica e histórica y la búsq ueda constante de la perfecc ión, entre otros muchos aspectos. Por este mismo período, mediados del si glo XVIII, en Inglate rra, después de una l arga y convuls a etapa, -que sumió al país en el caos por muchos años -, se l e dio una especial "importanc ia" a la liter atura. Para este p aís er a urgente pon er orden y contribuir a la reconc iliación, por lo tanto, la literatura se convirtió en la herramienta qu e serviría para lograr la "unión de las clases me dias" con la "aristocracia y la nobleza gobernante. " Una clase bur guesa cada vez más " poderosas" pero i gnora nte y aleja da del mundo "espiritual." Según apreciaciones de los expertos del poder gobernante. Así, para la Ing laterra d e este período, la literatura no solo sirvió como inst rumento estético, didáctico, ideo lógico y cultural, sino q ue también fue un medio que les ayudó a pr omover la " moral " y la "urbanidad." (E agleton, 1998: 15). De igual forma, por esta época, todos los escrito s apreciados po r la sociedad inglesa, fuera n estos de filosofía, historia, ensay os o epísto las; textos lega les, personales o de cua lquier otra índole, estaban incorporados a la literatura. Es decir, la literatura involucraba todo. No obstante, a pesar de no ser valorada y reconocida e n su verdadero carácter creativo y t ener que responder a la censura gubernamental y r elig iosa, la meta, pautada por el poder inglés con respec to a la función social que debía ejercer la literatura como instrume nto necesario para producir cambios notables dentro de la sociedad, fue un éxito. Sin embarg o, a pesar de la 36 evidente manipula ción, este hecho no influ y ó en l a calidad y cantidad d e las creaciones. Pero, a pesar de en contrarse el país en medio de un desarrollo industrial sin precedentes, entrando en el siglo XIX, s eguía vivi endo una etapa de intran quilidad donde los enfrentamientos sociales entre empresarios y trabajadores, al igual que en Francia, s e agudizaban, po r lo que no tardaron en formarse grupos diversos de uno y otro bando, con ideas absolutamente opuestas, que mantenían a la colectividad igualmente dividida y preocupada. S in proponérselo engendrando una materia prima apreciable, útil y relevante para la creación entre los artistas. Sin embarg o, mientras que en Francia la función de la li teratura da un giro, al expresarse dentro de un realismo y u n natura lismo escrupuloso, con un aumento histórico de public aciones literarias cu y os escritos llegaban a toda la socied ad lectora, y d ejaba atrás el romanticismo, en Ing laterra resurge el mismo romanticismo y t odas las creaciones se cargan d e anhelos románticos, añora ndo tiempos fantásticos, pasados y enterrados. Era una forma de evasión, en ocasiones, y de la búsqueda de una protección sobr enatural, en otr as, ante la c risis social que se vivía y que el poder no lograba controlar. En medio de todos estos movimientos creativos y cult urales, se comienzan a dar los pasos nec esarios para si tuar los tex tos poéticos narra tivos y dramáticos dentro del término literatura. De igual forma, en este mismo perí odo, la li teratura pasó a convertirse en un instrumento histórico cuya valora ción y ex istencia, sería medida e n base a la obra, la respue sta de la socieda d y los efectos que dicha creación produjera dentro de ella. Del mismo modo, comie nza la preocupación y el debate entre los intelectuales acerca de la influencia de la literatura en la col ectividad y de cómo esta misma colectividad se re fleja en las creaciones literarias. Una de las pioner as en hacer público este as pecto fue Mad ame Staël 17 , (como y a se men ciona en otros puntos), junt o a los hermanos Schlegel, c ontemporáneos y amigos de Staël, quienes se ocupan indisti ntamente -Augusto como filólogo y F riedric h como filósofo-, de todo lo relativo a la crítica literaria y su función en la sociedad de su época. No obstante, antes de dichos pensadores, se sitúan los e studios de los filósofos alemanes Schiller y Hegel, que igualmente se ocuparon de estudiar la mi sma problemática , pero desde sus propias perspec tivas. Junto a todas estas preocupaciones, en las primer as décadas del siglo XIX, en Francia, se manifiesta, pr ecisamente, de manera mucho más abierta, un creciente gusto por la literatura 17 Ibíd.: Leenhard t, 1971: 47 - 48. 37 y una importante valoración, por parte del públic o, de las producciones literarias según sus preferenc ias. A raíz de este fenómeno, la fun ción social de la literatura toma send eros de gran relevancia. En esta línea Hauser nos comenta que "La conexión de la literatura con la prensa diaria, produce , […] un efec to tan revolucionario como la aplicación del vapor a los usos industriales". A pesar de lo exagerado de esta analogía -expresada en su obra por el autor- éste señala que precisamente uno de los factores más relevantes es el aumento de la demanda literaria, experimentada p or la sociedad, y la gran producción d e las mismas se debió al aum ento de la indus tria de l a Prensa francesa y su novedoso sistema de suscripción anual a un p recio inferior al que se cotiza ba en ese momento. Y a grega , además, qu e a raíz de este novedoso sistema los periódicos debían diariamente prodigar a su públi co lector de " una pequeña biblioteca doméstica y de enciclope dia." (1993: 360). 18 Al hil o de lo anteriormente expuesto, la nueva dinámica literaria qu e inv adió aquella época fue el detonante qu e despertó sin cesar toda clase de interrogantes y p lanteamientos. Así, por un lado, la literatura se nutre de la influencia de la sociedad con sus gustos y pr eferenc ias, que es posible que estimule o dirija el establecimiento de nuevas formas sociales y , por ende, de nuevas influenc ias e n el arte y en la creación li teraria. P or otro lado, ese mismo grupo social o colectivo puede, d e alguna for ma, influir en e l proceso creador del artista, bien sea de man era positiva, facilitando el trabajo o, por e l contrario, entorpeciéndolo y r eprobándolo. Aunque el escritor es co mpletamente autónomo e n su actividad artística, es imposible desconocer que en much os aspectos su obra esté coarta da en ma yor o m enor grado por las tendencias de la sociedad. Y, a partir de toda aquella democratización de l a li teratura y aqu el acceso sin precedentes d e los lectores a las obras de moda e n Francia, con Stendhal y B alzac, la literatura da un extraordinario giro al tratar te mas de la vida cotidiana con sus conflictos y problemas morales, estilos totalmente desconocidos para ese momento . Estas originales producciones complacieron ampliamente el gusto de un vasto grupo social, contribu y endo así a su éxit o y , por supu esto, a una marcada influencia en todos los aspectos de la creación, producción y posterior pu blicación. Este nuevo fenómeno del siglo XIX hace mucho más difícil discriminar acertadamente las relaciones entre el escritor y el público, y a que a raíz de todos estos cambios nacen múl tiples grupos unidos por sus preferencias literarias, produciendo en el escritor una suerte de "prisionero de la ideología, de la We ltanchauung de su público – medio 18 Arnold Hauser (1993) Historia social de l a Lite ratura y el Arte. V. II Capítulo: La generación de 1830, p . 347- 360. 38 social: puede aceptarla, modificarla, rehusarla total o parcialmente, pero n o puede es capar de ella." (Escarpit, 1971: 99-100) 19 . A partir de este punto la función y el carácter social de la obra literaria pasa a ser analizada de man era dist inta, d ando paso a r elevantes corrientes crític as. Un ente intermedio entre el escritor y su públi co con el poder de incrementar o disminuir inclinaciones y t endencias, dependiendo de quién sea el crítico, su influenc ia social, su tendencia moral e ideológ ica, entre otras. Es evidente que, partiendo de su naturaleza, l a ve rdadera dimensión social o humana d e la literatura, partirá d e s u recepción por p arte d e los le ctores, su uti lidad, su contenido, su estética y estilismo. No obstante, una de las críti cas más relevant es, que l levó el tema a todas sus vertientes, fue la críti ca marxista de Lukács, Goldmann, L otman, Usp enski y Bajtín, entre otros. No obstante, cada uno atendió el tema de sde una perspectiva diferente. Lukács, analizó las relaciones funcionales entre la li teratura y los procesos inherentes al colectivo social. En su estudio afirmaba que el escritor debía estru cturar de forma li teraria la realidad y los destinos del pueblo, de sde una pe rspectiva exclusiva de e se mismo colectivo. Además, establecía que el escritor debía ten er una postura y una actitud militante, partidista y al se rvicio de ese pueblo de quien escribía. De igual for ma de bía tene r una visión y un dominio muy claro acerca de la cie ncia literaria. Par a este ex perto la auténtica literatura debía tener como único objetivo la influen cia absoluta sobr e las conciencias. A gregaba que el escritor debía s er popular para tene r la seguridad de que su obra literaria s e transformaría en un mec anismo educativo imprescindible. En este contex to el rol educativo que le tocaría jugar a la literatura, según Lukác s cita ndo La Estética de Hegel, mante nía que el c entro d e la teoría de la nove la d el filósofo alemán era la educación de los hombres para la realidad. Por otro lado, Lucien Goldm ann, en su ob ra Para una sociología de la no vela, expone "algunos principios fundamentales de las ciencias humanas en general y la crítica literaria en particular" d enominado "estructuralismo genético". T anto él como Lukács concuerd an en "la hipótesis de que todo comportamiento humano es un intento de dar una respuesta significativa a una situación pa rticular, y ti ende, por ello mismo, a crear un equilibrio entre el sujeto de la 19 El término alemán s e refiere a la ‘visión del mundo’ o ‘ cosmovisión.’ E xistencia, realidad o mundo, q ue una sociedad o cultu ra se forma, en una determinad a época y que Rob ert Escarpit (19 71) utiliza en su obra Socio logía de la literatura, para explicar la p risión y presión social a la que con stantement e están expuestos lo s artistas, especialment e los escritores. 39 acción y el objeto sobre el que recae el mundo circunda nte". (1975: 221). Así, para estos estudiosos la función social de la literatura era de primerísima importanc ia, pues debía se r crea da por y para el pueblo si guiendo r i gurosamente la norma. Sin embarg o, a juicio de Eagleton – en un estudio más contemporán eo -, "no se puede considerar l a literatura como categ oría descriptiva « objetiva » , tampoco pue de decirse que la literatura no pasa de s er lo que la gente caprichosamente decide ll amar literatura." A grega que aquellos "juicios d e valor no tienen nad a de capric hosos." Por el contrario, tienen sus bases en fuertes y profundas "estructuras de persuasión". Afirma que "los propios jui cios de valor se relacionan estrechamente con las ideolog ías sociales." Es decir que todo est e movimi ento no se produce c omo el resultado de g ustos indi viduales, sino a lo que establece y "dan por hecho ciertos grupos sociales " que aprovechando su po der sobre otros lo ejercen sin consideración, independientemente del lugar y la época. (1998: 13-14). Toda esa realidad literaria europea referida, entre otras cosas, a la fun ción desplegada por ella dentro de la sociedad con sus efectos, derivaciones y consecuencias, hechos que, a su vez, mot ivaron un sinnúmero de estudios que fueron desarrollados por talentoso s e importa ntes personajes de diversas disciplinas, fue observada escrupulosamente por el mundo que cre cía al otro lado del o céano. Esp ecialmente lo que sucedió, tanto en el si g lo XVIII como lo que o currió en el siglo X I X ya que fueron acontecimientos que influyeron y motivaron la conq uista de sus respec tivas emancipacio nes. La s noticias del desarrollo europeo, no solo en lo que respec ta al área económica, política y t ecnológica, sino todo lo referido a los cambios sociales, intelectuales y r elig ioso, se filtraron por todas partes y recorrieron pueblos y ciudades, encendiendo concienc ia y pensamientos de muchos en el nuevo continente. Los levantamientos y rebeliones no se hicieron esperar. Sumado a los acontecimientos europeos, llega l a noticia d e la Independencia Estadounidense (1776) y las Colonias empiezan a respirar los aires indepen dentistas, siendo la literatura un a de sus he rramientas im prescindibles para el lo gro de los objetivos emancipadores, pues a través de div ersos escritos y pro clamas se motiva al poblador com ún a luchar po r un Nación propia. A partir de este punto nace l a necesidad de una nueva forma de expresión que alejara a las colonias de t odo lo relacionado con l o español. En este contexto Bellini comenta lo siguiente: El repudio de España significa en realidad una apertura posi tiva de la literatura hispanoamericana hacia otras literaturas, no solo hacia la 40 francesa. La producción literaria de naciones co mo Inglaterra, Italia, Alemania, Europa en General y los Estados Unidos dejan huella importante en las letras hispanoamericanas de los sigl os XVIII y XIX. (1997: 181-182). Aunque la literatura de l siglo XV III en Hisp anoamérica es más bien política e influenciada por l a Ilustración, sirvió para que po co a poco los creadore s fueran ab andonando los esquemas coloniales de jando fluir nue vas c orrientes, siendo el N eoclasicismo el primero en formar parte importante de las nuevas producci ones. Sin embargo, la corriente literaria de mayor relevancia, d entro de esas nuevas sociedade s que s e gestaban, sin duda fue el Romanticismo . La funci ón ejercida por las pro ducciones inspi radas en este movimiento literario, las indica Bellini: "cumple un a fun ción de primera importancia en la formación de una América nueva; una élite ge nerosa, ferviente y a m enudo contr adictoria da origen a una pródi ga floración de las letras co n el fin de alcanzar estos resultados," (1997: 216) . P or aquellos años los intelectuales busca ban afanosamente además la independencia cultural, observando y emulando copiosamente los modelos de los románticos franceses, ingleses y al emanes. Así en este período es posible identificar una literatura co mbativa, una gauchesca y una costumbrista, entre las más notoria s. Sin embargo, un aspecto importante a d estacar e n todo el proceso indepe ndentista, es que la función de la li teratura dentro de la naciente sociedad hispanoamerica na, in dependiente mente de la escolaridad de la población, -extremadamente pobre, analfabeta y excluida por aquel entonces-, fue de suma im portancia dentro d e la colectividad. Tanto el neoclasicismo como la e closión del romanticismo se convierten en corrientes qu e invaden las producciones de este período en Hispanoamérica. En este contexto J osé Miguel Oviedo señala que dichos movimientos y su respectiva asimilaci ón en las naciones emergentes, por parte de los crea dores, fue trascendental, tanto en el proceso de pr oducción como en los resultados, convirtiendo esa función social llevada a cabo por la literatura y "su estrecha vinculación con la sit uación histórica que se vivía entonces", en un verdadero estandarte no solo en la "ca usa de la emancipación americana" sino también en "la p rimera fas e de la organiz ación de las naciones soberana s." (1995: 337 -338). Así comienza una primera f ase d e producciones literarias de la mano de la p rimera etapa organizativa de las nu evas naciones, por lo que el rol que le toca a la l it eratura e s de suma importancia, a pesar de l a carencia intelectual y e conómica, y la c arga política que, debido al 41 momento en que se vive, contiene todo hecho intelectual de la época. A est e respec to Oviedo señala: Sin exagerar, es posible llamar «comprometida» a la mayor parte de la literatura del período: imposible desligar la batalla intelectual de la otra. […] Y en ese fervor americanista, la literatura y casi toda manifestación escrita servirá como un instrumento directo para atizar el fuego emancipador. (Ibíd. Oviedo: 338). Independiente mente de todos estos procesos intelectuales vividos por Hispanoamérica, relativamente simil are s en todo el Conti nente, es importante destacar, así sea de forma breve, el proceso vivido por Chile durante esta misma etapa, por formar parte del objeto de estudio. En Chile el rol ejercido por la literatura resultó p enosa y d eficiente, tanto en la últ ima etapa de la Colonia, como en la primera fase independentista llamada Patr ia vieja . La realidad intelectual, que presentaban las nac iones emergentes, era muy parecida desde el punto de vista económico, social y polít ico; sin e mbargo, la c hilena resultó ser mucho más pobre que el resto, pues los esc ritores llamados a estimular a la población del sentimiento li bertario a trav és de sus escritos, fu eron ciudadanos cu y a p reparación académica había con cluido fuera de los límites del país, a pesar de h aber recibido una primera in strucción formal dentro de él. No obstante, esta rea lidad, se llevaron a cabo extraordinarios e sfuerzos individuales, logrando que, de una u otra forma, los intelectuales de aquella época se las ingeniaran para cre ar las herramientas necesarias, c on la finalidad de que el mensaje tocara las mentes del colectivo. Así una vez más la función litera ria dio sus frutos. A este respecto S uberc aseaux 20 señala: En nuestro país, la construcción intelectual y simból ica de la nación ha sido particularmente act iva en las etapas qu e pr eceden, o acompañan grandes c ambios. Por eje mplo, a comienzos del siglo XIX, a partir de la Independe ncia, se genera un largo proceso de elaboración de la nación, un proceso que r evistió un c arácter fundacional y cuyo agente básico fue la élite ilustrada liberal. (1997: 9). En este contexto, fue crucial para C hile, en el terreno cultural, los modelos france ses, ingleses e italianos. Pues al no contar el país c on una here ncia edu cativa sustanc iosa, o una tradición cultural y a rtística autóctona de peso, co mo sucedió con otras colonias o los grandes 20 Véase: Historia de las ideas y d e la cultu ra en Chile (1997) Tomo I , p.9.- 48 distinción existente y r elacionada con el término. Sin duda, este sutil y extraordinario estudio , desarrolla do por el autor a la hora de considerar la realidad frente a una serie de mundos alternativos coherentes y su necesaria correspondencia, es abordada de forma mu y v aga por lo que los puntos d e vista tienden a quedar como a medio camino en lo referente a la interpretación tradicional de mimesis . Sin embargo, ha y que reconocer el gran valor que ti ene el trabajo desarrolla do, h asta el pu nto de ser capaz de manifestar y proy ectar al le ctor, a través de sus líneas, incluso su singular estado de ánimo, la condiciones en las que se encontraba y las circunstanc ias a las que se vio enfrentado en las diferentes fases del desarro llo de este tra tado. José Pujante, por otra pa rte, en su obra Mímesis y Sigl o XX 25 , a demás de reforzar e l hecho de que el periodo triunfal del realismo corr esponde a la segunda mitad del siglo XIX, reseña qu e, a p esar de que "el realismo como térm ino aplicado a la literatur a es al g o r eciente," aunque en Alemania en el siglo X VIII, tanto Friedrich Sc hiller (1759-1805) como F riedrich Schlegel (1772-1829), ya "lo habían empleado", n o adquirió un significado relevante hasta el siguiente si glo. Contin úa afirmando est e autor, que "aun considerándolo un c oncepto especialmente complejo, el estudio de l realismo ha y que unirlo en un tr atamiento hist oricista, al de mímesis , desde que Aristóteles removiera e l i nterés por la realidad. (1992: 26 -30). Para Villanueva, el rea lismo debe ser planteado como un "período o escuela", absolutamente extralimitado, y que aquel que se gesta en la Francia del siglo XIX se refier e a lo que él ha denominado "realismo ge nético", que se propaga sin dil ación por todas "las demás europea s decimonónicas hasta sus prolongaciones contemporáneas, precisamente porque es una constante de toda literatura y de much as otras prácticas estilísticas." (1992: 32). Po steriormente, Re né Wellek en su ensayo El con cepto de realismo en la investigació n literaria, 26 ex pone "que la reaparición y la reformulación" de todo lo concerniente al "realismo" saca a la luz el eterno deb ate hist órico respecto del término, que fue infinitamente discutido "no solo en Rusia, (antig ua Unión Soviética), donde los llam ad os críticos ra dicales de la década de los sesenta anticiparon s u posición," acerca del rea lismo, sino además, la "del siglo XIX," especialmente "el francés", con "toda la historia literaria y del arte." (1968: 169). 25 Véase: La pu blicación del Pro fesor José D. Pujante Sán chez, (1992) Mimesis y Siglo XX: Formalismo ruso, Teoría del texto y del mun do, Poética de lo imag inario. Un estudio acerca del concepto de mímesis, Univer sidad de Murcia. 26 El concep to de realismo en la investigación literaria. E n CONCEPTO DE CRÍ TICA LITERARI A (1968), Caracas Venezuela, Edicion es de la Un iversidad Central de V enezuela, t raducido p or: Edgar Rodrígu ez Leal de la Facultad d e Humanidades y E ducación, p . 169. 49 En el mismo estudio, el autor señala qu e el "realismo," independientemente de las controversias que ha levantado, no deja de ser "una corriente principal de la tradición crítica y crea dora t anto de las artes plásticas como d e la li teratura." Además de un movimiento nacido para la aplic ación o práctica de "un amplio sentido de la fidelidad de la naturaleza." En e ste contexto Wellek, agrega que basta con observar el arte grie go, romano o f lamenco; o en la literatura, a Petronio, con su novela satírica, a los "Fabliaux" medi evales, la no vela picaresca, a Daniel Defoe o al " Drama B ur g ués", p ara dars e cuenta que estas característi cas, involucra d as profundamente en la c reación, antec edieron al sig lo XIX, removiendo constantemente el concepto de la imit ación, prácticamente, desde A ristóteles. Aunque m ás adelante r eseña que "en la historia de la crítica literaria el concepto de la imit ación, cualquiera que ha y a sido su significa do ex acto en Ari stóteles, fue interpretado con frecuencia como la copia literal, como naturalismo."(Ibíd., 170). El realismo, tomado d esde esta perspectiva , ofrece un insondable vínculo , no solo de los entornos físicos, sino también sociale s, pues todos esos escenarios fueron observados y después reflejados en las obras narrativas por sus autore s. A este resp eto, W ellek señala lo siguiente: El arte no puede dejar d e re lacionarse c on la realidad, a pesar de l o mucho que reduzcamos su signifi cado o hagamos énfasis en el poder transformador, o creador del artista. La palabra " realidad ", como "verdad", "naturaleza" o "vida", es, en e l arte, en la filosofía y en el uso común, una palabra cargada de v alor. Todo arte del pasado tenía como objetivo la realidad aun si hablaba de una realidad superior: una realidad de esencias o u na realidad de ensueños y de símbolos. (I bíd. 170). El realismo en Francia, no obstante, fue utilizado mucho más en literatura que en otras artes. En efecto, como señala en su ensa y o el autor antes citado, s u uso se remonta aproximadamente al año de 1826. Del mismo modo destaca lo r eseñado p or un periodista del periódico francés " Mercure Francais" que afirmaba lo siguiente: "Esta d octrina literaria que cada día gana te rreno y l leva a la fi el imitación no de las obras maestras del arte sino de los originale s que la naturaleza ofrece, pudiera m u y bien ser llamada realismo." Más adelante menciona que el "influ y ente crítico" literario y " an ti -romántico" J ean Baptista Gustave Plan che (1808-1857), desde 1833 en adelante, utilizó el "tér mino rea lismo" constantemente y de man era 50 "minuciosa" p ara la d escripción de "las indu mentarias y l as costumbres en las nov elas históricas." (Ibíd. 172). En Francia, a raíz de la controversia sus citada po r esta nueva corriente, J ules François Félix Husson, más conocido como J ules Champfleury (1821 -1889), un escritor francés partidario del realismo artístico, amig o de Baudelaire, Banville, Courbet, Nadar, ent re otros, expresó con exigencia la urge nte necesidad de un a nueva narrativa realista y expuso, en este sentido, su teoría literaria en 1857 c on el ensay o "Le Réalisme". En esa línea su amigo Edmond Duranty (1833 -1880), es critor y c rítico francés, p ublicó la revista Réalisme en noviembr e d e 1857, una corta publicación que solo duró seis ediciones, hasta mayo de 1857. La revista en cuestión dir igía su contenido a sustentar la corriente del realismo literario y artístico de la época, hac iendo énfasis en sus caracter ísticas más rep resentativas como se desprende de la siguiente cita: " El arte debe dar una pro y ección e xacta del mundo real: por tanto, debe estudiar la v ida y las costumbres contemporáneas por medio de la observación meticulosa y el análisis cuidadoso." Estos seguidores de la corriente realista demandaban fundamentalmente que el arte debía ser: "desapasionado, im personal y objetivo." ( I bíd. Wellek : 173). La literatura nace en la Ing laterra en el siglo XVIII como par te de la re construcción del "nuevo orden social, " pero no es sino hasta finale s del siglo cuando v erdaderamente se h abla de literatura dirigida a una categorización que la designaría con un ca rácte r "creador " o "imaginativo" . Hasta ese mom ento todo escrito apreciado en l a sociedad era considerado literatura por el simple hecho de se guir las "normas" de las "letras cultas." Sin embargo, haci a finales del siglo la li teratura no solo fue conside rada una práctica estética necesaria, sino que además fue parte de los movimientos y corr ientes literarias imperantes. En este contexto , a comienzos de l siguiente sig lo , el Romanticismo comenzó a llenar todos los espacios intelectuales de l país. (Eagleton. 1998: 15). Más adelante, a mediados del siglo XI X, a diferencia de Francia donde este movimiento romántico está prácticamente supera do, en I nglaterra, a p esar de qu e "la ten dencia dominante" en su " evolución " es el positivismo, la vertiente del Realismo es un movimiento que se desarrolla c on marcados matices románticos llenos de "nostalgia" y "anhel o". (Hauser. 1998: 356-360). Sin embarg o el escritor y poeta irlandés George Moore (1852-1933), que realizó sus estudios de arte en París en 1870, pasando a formar parte integrante del ent orno de Émile Zola y su movi miento literario, adquiriendo su estilo re alista-naturalista y , en especial, la influencia 51 de todo su trabajo que, al llevarlo a la práctica en Ing laterra, le trajo muchos sin sabores pues su s novelas fueron prohibidas por la sociedad conservadora, al igual que las traducciones que hizo de obras francesa s pertenecientes a este novedoso movimi ento por considerarlas inapropiadas. Aunque su obra Esther Walters (18 94), una hist oria de un a madre sol tera, tuvo muy buena acogida y su estilo influ y ó notablemente en muchos es cri tores y poetas de aquel período. No obst ante, a pesar de haber lo grado cierto reconocimiento, se regresa a Irlanda. Cabe señalar, además, por esta misma época, al escritor britán ico Geor g e Gissing (1857 -1903). Su prolífica obra traza un de spiadado r etrato del mundo artístico y marginal londinense. La caracter ística principal de su obra fue representar un realismo con un m arcado contenido social. Aunque mucho antes Di ckens ya habí a entregado una gran obra, que entr e sus características más relevantes dest aca la aguda crítica soci al, lo mismo que J oseph Conrad, Henr y James entre otros. Más o menos por la mis ma época, y casi tocando el si glo XX, el realismo en Alemania era a bordado d e for ma indivi dual donde c ada quien siguió su propio rumbo, ya que la censura, tanto por parte del Gobierno, como de la I glesia ha cía im posible c ualquier tipo de unidad a pesar d e los esfuerzos de la llamada "Joven Alemania." 27 Y en I t alia las i deas positiv istas tuvieron buena aceptación y, "de un modo u otro, influyeron en todas las corrientes y ámbitos literarios del momento." Sin embargo, los movimi entos se desarr ollaron por s eparado ubicándose en c uatro " a ctitudes fundamentales": S capigliatura , re alismo litera rio de ambientes bajos; Verismo, perteneciente al sur d e Italia donde se desta caba "el análisis crítico y una repre sentación obj etiva de la realidad y d e la so cieda d contemporánea." Realismo clásico o carducciano, y a que fue el poe ta y escritor antirromántico Giosué Ca rducci (1835-1907), su principal representante y, finalmente, El Realismo Manzionano, destinado al desarrollo de una "litera tura educativa y popular" además de espirit ual, pero al mismo tiempo basada en "la realidad afectiva del hombre," con un estilo alejado del fr enesí y la ex altación y, simultáneamente, " natural y claro". 28 En "Rusia", a comienzos del siglo XX, "el realism o lo es todo". Los estudiosos iniciaron una fre nética carrera de investigación buscando el realismo en el pasado, e n el prese nte y en el futuro. Promoviéndose una suerte de sub -corrientes tales como: "Realism o crítico", más 27 En la o bra desarrollada por Han s Gerd Roetzer y Mar isa Siguán , H istoria de la literatura en len gua alemana, editada po r la Universidad de Barcelona en 2012, p. 257 -349. 28 En la o bra escrita por Jesús Go nzález Miguel: Historia d e la literatura Italian a II. Desde la unida d nacional hasta nu estros días, es posibl e apreciar más detallad amente el modo có mo se asimiló y representó el realis mo literario en ese país, p. 11- 20. 52 adelante siguió el "Rea lismo Democrátic o R adical", después fue el "Realismo Proletario" y finalmente, el "Realismo Socialista". Este último, catalogado como "La realización de todo arte y literatura". (Lukács, 1966), (Wellek, 1968) y (H auser, 1998). Uno de los especialistas que se ocupa del realismo en una posición b astante razonable y crítica, incluso a riesgo de bordear la c ontradicción de su propia ideolog ía, es el filósofo, crítico literario y sociólogo marx ista, Georg Lukács (1885 -1971). Él señal a, entre otr as cosas, que la literatura es un "reflejo de la realidad objetiva" y que esta realidad mantendrá su fidelidad si dicho reflejo es sostenido con sus virtudes y contrariedades, sus paralizaciones o retrasos y sus evoluciones. P or lo tanto, "El reflejo artís tico de la realidad parte de las mismas contraposiciones que cualquier otro reflejo de la realidad. S u especificidad consiste en qu e busca para su solución un camino diferente que el del reflejo científico." L ukács ena ltece el Realismo , como corriente literaria, pues sost iene que es una corriente creadora de "tipos" de realidade s "tanto representativas como proféticas". (1977: 198) 29 . Este mismo especialista, en otro de sus traba jos, descarta el N aturalismo (término que se unió reiteradamente con el realismo), por su f alta de profundidad en la representación, y a que lo s personajes y sus acontec imientos han sid o "transformados en un cuadro o una serie de cuadros." Ad emás, sostiene que "sin la re velación de ras g os humanos esenciale s, sin la relación recíproca e ntre los individuos y los a contecimi entos de l mundo exterior, de las c osas, de las fu erzas naturales y de las instituciones sociales, las ave nturas son vacuas, carecen de contenido." (1966: 184). 30 Lukács dedica gran parte de su obra al e studio del r ealismo, sin embar go, es importa nte destacar lo que tiene relación con la "estética marxista del reflejo", donde éste especialista coloca el refle jo de la realidad objetiva, entre esa rea lidad y el texto l iterario, es decir en e l centro, d estacando un ter cer elemento que sería el ideológico, el cual paradójicamente será el que determine la característica de la obra. En otra s palabras, la r ealidad esencial de la obra se rá la realidad marxista. Una estética que pierde de vist a la relación directa ent re l a realidad y el texto de la obra y su valor por sí mis ma, combi nando una suerte de ling üística y filosofía, interponiéndose entr e los ex tremos ese tercer discurso ideológico que, de acuerdo a l a tesis de 29 En el ap artado, III., El reflejo artístico d e la realidad, del en sayo: Arte y verd ad objetiva e scrito en 1954. Recogido en la ob ra, Mate riales sobre el Rea lismo, Barcelona, E diciones Grijalbo. 1977 : 187 - 240. 30 ¿Narrar o d escribir? A propósito de la discus ión sobre nat uralismo y for malismo. Ensayo escrito por Lu kács, G., en 1936 y reco gido en la ob ra: Problem as del realismo, México, FCE y tra ducido po r Carlos Gerhard, 1966: 171 -216. 53 Lukács, viene siendo la interpretación esenc ial de la realidad, un discurso que, de finitivamente estará determinado por el marxismo. En consecuencia, el Realismo pasó a formar parte de gra ndes debates entre los especialistas. Eagleton, mantenía que "resultaba peligroso, (…), considerar al realismo como algo que representa la vida como r ealmente es" o "la ex perienc ia de la ge nte norma l." Sostenía, además, qu e era imposible "comparar lo que son representaciones con la propia realidad con objeto de comproba r ha sta qué punto son realista s dichas representaciones, da do que lo que entendemos por realidad implica a su vez un problema de representación." (2009: 21). D el mismo modo Wellek, ad emás de e stablecer que el realismo es " la representación objetiva de la realidad social contempo ráne a." (1968: 189). Entr e muchos otros aspectos s ubra y a, que aquel realismo de cimonónico fue una "gran corriente" cu y as "limitacio nes" , "defectos" y "convenciones", la ll evaron a "pe rder la distinción entre el arte y la comunicación" inclinándose peligrosamente por una p oco recomendada estética , corriendo el riesgo de desconocer que "todo arte es creación y e n sí mism o, un mundo de ilusión y formas simbólicas". ( Ibíd.: 191). Sin embargo, a pesar de l a eminente caída de esta c orriente, la misma se mantuv o latente en los movi mientos marxistas de la Europa del este, produciendo estudios a gran escala, implementándola en va riados aspectos de su desarrollo político por parte de muchos pensadores destacados. 31 Fieles a l con cepto materi alista de la objetivi dad d el mundo exterior fueron los movimientos obreros proletarios que, avalados por las teorías de Marx y Engels, se inspiraron en sentimientos sociales y en nuevas ideas políticas, cu ya influencia se dejaría sentir en e l mundo artístico. Por lo que, a raíz de toda esta premisa, el Realismo comenzaría como un movimiento del proletariado artístico, representando al pueblo, sin ide alismos, de forma objetiva, promoviendo un mensaje y una de nuncia sociopolítica constante desde una perspec tiva panfletaria y proseliti sta. Por otra parte , Darío Vill anueva , en su ensa y o: Realismo intencional, 32 sostie ne que "el realismo" se configura en una suerte de transv ersalidad "básica a toda literatura desde la formulación del principio de la mimesis , por la Poética de Aristóteles ". (1990: 177). Más 31 Véase: En Wellek (196 8: 169), la Unión Soviética, todos los paíse s satéli tes y China, pres umo, -comenta el autor- el realismo, o más p recisamente el "reali smo sociali sta", está instalado oficialmente como la única doctrina y el único método literario permitido. Su significado exacto, su historia, y su futuro fueron debatidos in terminable mente, a través d e un sin número d e escritos cu ya extensión descon ozco. Los l ineamientos y críticas de dicho s escritos, re sponden a un único hilo partid ista, un ju rado de autoridades, censores, re soluciones, prescripciones y exho rtaciones qu e finalmente e stablecían su valor. 32 Véase: Ensayo Realismo inten cional de Darío Villanu eva, (1990), en SEMIOSI S, No.24, p . 177 -199. Publicado por la Universidad de Santiago d e Compostela, p. 177 -199. 54 adelante manifiesta qu e la primera impli cac ión del concepto es la "filosófica", no obstante, agrega que lo indispensable: [… ] , es encontrar una conce pción del realismo en literatura que alcance un punto de e quilibrio entre el principio d e autonomía de la obra literaria frente a las determinaciones d e la realidad y las indudables relaciones que aque lla mantiene con ésta, sin las c uales la literatura no desempeñaría el papel de institución social que automáticamente cumple, y perdería con t oda certeza el interés qu e mueve a los lectores de todas las épocas ace rcarse a ella. ( Ibíd. 1990: 180). Más adelante en su obra fundamental, un estudio mucho más extenso desarrollado por el mi smo autor, sost ien e que en la lit era tura s e encuentran, por una parte, el realismo intencional, -que establece que existe un realismo que parte de la perspecti va de la recepción, es decir, que la responsabilidad y d ecisión final corresponden al lector-. Por otro lado, se aprec ian dos vertientes pr evias, el realismo genético o de correspondencia y el realismo formal o inmanente. El primero se basa en la relación del escritor con el mundo que lo rodea, cu y o alimento para sus creaciones lo capta por la vía de la observación, que poster iormente reproduce miméticamente apegado fielmente a lo observado. L a segunda manera de representar la "realidad" en literatura, según Villanueva, será a través de un procedimiento escrupuloso, observando y r eproduciendo con sinceridad todo lo que el autor ve , no obstante, dicha realidad pertenecerá a un mundo que solo ex iste en la obra, un mundo co mpletamente autónomo. (1992: 27-34). Al hil o de todo lo e xpuesto, y en el intento de encontrar un punto de moderación en e ste breve r ecorrido que se h a hecho del con cepto del realismo, es innegable q ue esta corriente en el siglo XIX contribuyó a que se produjera un cambio radical, tanto en la novela como en todo lo que se venía desarrollando en literatura hasta ese momento, marcando definitivamente una época. Fue sin duda, una ex presión adoptada por el arte, la intelectualidad y especialmente la literatura, como una r espuesta a la demanda producida como consecue ncia de los ca mbios sociales. En el mar co de que el mundo de la ficción debía e volucionar, dicha evolución, sin embargo, llevó a los creadores a tocar los extremos y a d esconocer sus consecuencias. No obstante, el mundo siguió su camino y de la misma forma la lite ratura, tr ansformando dicha corriente hasta su agotamiento. A pesar de la controversia y el consenso suscitado a través del tiempo, no dejó de ser un movimiento ampliament e ex aminado, ana lizado y estudiado. En este 55 contexto Villanue va, en su obra Teoría de la literatura , engloba acertadamente el realismo en la literatura, en primer lu gar, porque establece que el realismo es el elemento central de la teoría de la literatura, y a qu e a su juicio determina el resultado de lo demás que continua, y destaca tres categorías de realismo en todo ese l argo camino recorrido po r el movi miento. El genético y formal , categorías ya aceptadas, y la teo ría desarrollada por él, que es la del realismo intencional . La referida al lector, qui en al apropiarse de la ob ra artística y jugar el rol d e juez, le confiera , sin desmerecer su propio cosmos de ficción, el nivel de realismo al que pert enece, respondiendo sin duda a su propio horizonte referencial, contribuyendo junto a otros a ubicar la obra en el nivel que le corr esponde. (1992: 139) . 2.2. Realism o y Literatu ra A tenor de lo anterior se tiene que, desde la perspectiva histórica, tanto el realismo como la literatura -independientemente de la época, el tiempo y todo lo qu e inv olucra a la vida, el hombre y su entorno-, siempre, de una u otra forma e starán unido o po r lo menos involuc rados. En e ste sentido l a relación suscitada en la Eu ropa del siglo XIX, e ntre realismo y literatura que se muestra a continua ción será presentada de man era sucinta, pues, tanto p ara los precursores del realismo moderno en Francia, como pa ra el resto de los países de la reg ión su re acc ión, asimilación y práctica fue diversa y bastante extensa, del mismo modo, toda su producción estética dependió de sus propios momentos históricos, sociales y económicos , sumados a sus respec tivos objetivos y meta s, diferente en cada zona. No obstante, es oportuno destacar a modo d e introducción, lo planteado por Beristáin con respecto al re alismo l iterario, pues señala que éste no se apo y a sobre la verac idad de lo que se enuncia, sino sobre su verosimilitud. En este sentido puntualiza: La obra literaria establece una realidad autón oma, dist inta de la realidad objetiva. Esa realidad se basta a sí misma, pero mantiene, en diversos grados, una relación con el mundo, porque consigna datos provenientes de una ‘cul tura’ dada y de sus circunstancias empíricas, aunque los reorganiza atendiendo a otras consideraciones c omo son las reglas y conve nciones a que obedece el género literario al que adscribe 56 la obra en un momento dado, dentro de una época, de una sociedad, entre otros. (1995: 492). 2.2.1. El Rea lismo europe o La realidad human a y todo lo que ello im plica nunca ha estado d esvinculada de la literatura, independientemente de sus fo rmas de representación, los vaivenes artísticos, el contexto, la época y sus corrientes, el artista siempre reacciona. Ante la rápida y atropellada evolución de la sociedad europea acaecida en los siglos XIX, en todo orden de cosas, el arte y la literatura pasan a ser prota gonistas im prescindibles de ese tumultuoso ambiente de movimientos y cambios. Un escenario destacado es el de Francia con sus g u erras napoleónicas , sus re voluciones libera le s y sus luchas obreras. P ues a medida que avanza e l siglo y se van presentando los más disímiles suc esos que transforman a la sociedad y su e ntorno, e l individuo se fortalece y des cubre que es capaz de involucra rse activamente en los cambios sociales de su contexto. I nmersos en ese sueño de una sociedad más justa y p rogresista, los artistas, especialmente los intelectuales, se implican a través de sus creaciones haciéndolas más cercana s, cotidianas y c oloquiales, sobre todo en la novela y en e l drama. Aproximadamente, desde el año 1830, la norma fue evaluar una obra literaria a partir de su relación con los problemas políticos, soc iales y culturales, predomi nando la estética utilitarista, en la que el e scritor sale d e su entorno para ocupar un papel aje no a su labor d e crea dor literario, asumiendo una suerte de observador social, político, estético y espiritual. Tanto Lamartine (1790-1869), -escritor y poeta, cu y a obra s e identificó ple namente con l a era del romanticismo-, como Víctor Hugo (1802-1 885), -dramaturgo, poeta y novelista-, se involucraron activamente en política en la Fra ncia de la primera mitad del siglo X I X. Al gunos especialistas c oncuerdan en que esa nueva relación que ejerce el artista con su entorno, influy e en la creación de muchos escritores, que, inmersos en plena era del romanticismo , tantean sin detenerse aspectos propi os del realismo, uno de ellos es precisamente Víctor Hugo, cu y a obra abarca más de medio sigl o de su vida, toca ndo, indist intamente, todas las modas, movimiento s y corrientes literarias de su época con extrema lucidez. No obstante, a pesar de sentirse el maestro del romanticism o, en sus obras, Los últimos días de un condenado a muerte (1829) y Claude Gueux (1834), enfatiza en el tema social y llama a la re fl exión ac erca de la a bolición de la pena de muerte. De la mi sma forma, Los Miser ables (1862), una ob ra más bien romántica, 57 producida en plena era del realismo li terario no lleg ó a ser representativa de este movi miento. Aunque el tema manejado, sin embargo, la d e la defensa de los oprimidos y la fuerte crítica que hace de l a miseria, emplazada en un entorno real, sin duda la ubican al mismo tiempo, en ambos movimientos. Es importante desta car que, p ara Hugo, siempre e xist ió su compromiso social ligado a su a ctividad de es critor, independientemente de la función pública o polí tica que ejerciera. A partir de este punto, el realismo como corriente literaria se hizo trascendente en su necesidad de reflejar la pr oblemática social, o rientándola hacía un rumbo d e contemporaneidad donde el lector se identificará plenamente con su entorno. El prog reso de la industria editorial, la e xpansión de la prensa y la alfabetización de la población, son elementos que se une n al desarrollo de este movimiento li terario, enriqueciéndolo con la p roducción constante de novelas en forma de folletín, ante unos lectore s ávidos de novedades literarias. En e ste orden H enry B ey le, más conocido por s u seudónimo, Stendhal (1783 -1842), sostenía que su mayor aspiración era que todas sus novelas reflejaran la rea lidad como "un espejo que se pasea por un ancho camino" 33 . Este escritor francés fue u no de los g randes artífices de la evolución que experimentó la l iteratura, d esde el Romanticismo hacia el Realismo . Su obra , en ge nera l, es r epre sentativa y re conocida como pa rte de la era del re alismo literario, sin embargo, hay dos que de stacan 34 . Una de ellas e s la novela Rojo y Negro (1830) y La C artuja de Parma ( La chartreuse de Parme , 1839). Esta última fue una obra destacada por su singularidad, y a que v a incorporando personajes y tramas a medida que avanza la novela y, según detalles biográficos, fue escrita en dos me ses. Uno de los artistas que se unió a este movimiento del realismo y que lo defe ndió y ratificó con mucha fuerza y convicción en su momento , fue Gustave Coubert (1819 -1877). Un brillante pintor que en 1851 expresó públicamente que era : "…sobre todo, u n realista, es decir, un amigo sincero de la auténtica verdad". Este pintor, en1855, expuso algunas de sus obras en el Palac io de La s Artes e n la Ex posición Universal de P aris, pero al ve r e l recha zo a algunas de las mismas por p arte d e la audiencia, crea su p ropio recinto al que bautizó con el nombre de 33 Véase: Stendhal, (1983). Rojo y N egro . Mad rid, Alianza. Ca pítulo XIII, Las medias c aladas . Epígrafe tomado de Saint – Real. Un n ovelista fran cés del siglo XVII, p. 117. 34 Esta novela: Le Ro uge et le Noir , pu blicada por p rimera ve z en 1830, fue una ob ra en la qu e Stendhal critica severamente a la hip ócrita sociedad burguesa de la época, qu e vive de las apariencias. La Chartreuse de Parme (1839), fue otra impo rtante o bra, ambientad a en un ento rno italiano s at urado de con spiraciones e intrigas; se recrean las aventuras d el joven p atricio italiano Fab ricio del Dongo du rante los últimos añ os del Imperio Napoleónico. 64 ser ex tensas, con una estr uctura casi it inerante llen as de susp ense y generalmente con un final feliz. Hay div ersidad de c riterio al establecer a los autores más repre sentativos de este período, pues algunos esp ecialistas sostienen que Inglate rra tuvo su manifestación, si se quiere, prematura d e este movimiento, allá por el siglo XVIII, con Defoe (1660-1731) y Fielding (1707- 1754). No obstante, todos coinciden en que C harles Dickens (1812-1870), además de ser un prolífico escritor d e la e ra victoriana, sobres aliente y autodidacta, p ara Hauser, " uno d e los escritores d e may or é xito de todos los tiempos y quizás el gra n escritor más popular de la Edad Moderna." ( I bíd. 1998: 373). Un creador proveniente de una familia d e esc asos recursos, circunstanc ia que no impidi ó que se convirtiera e n un maestro de la narrativa y qu e sus obras gozara n de ciert a dosis de humor, ironía y aguda crítica social. Con un a pluma fructífera, Dickens destacó en la no vela por entrega, actividad que le propo rcionó la s eguridad económica necesaria para de dicar su vida a la creación literaria 40 . Alemania, en la primera mitad del siglo X I X, s e enfrentó a crecientes dificultades económicas qu e se prolongaron hasta fina les de ese sig lo. Aquel est ado de crisis a fectó considerablemente a la burguesía socavando el opti mismo de las primeras décadas. Los gobernantes de turno ante aque lla re alidad e stable cieron que , a tra vés de la litera tura, se de bían reforzar "las tradiciones didácticas " y que los int electuales debían colabora r con el control de las masas haciendo énfasis en los valor es que aún prevalecían a pesar de los grandes cambios acaecidos por la problemática social y económi ca que viví a el país. Para ell o "se recurrió a los autores de la e tapa clási ca de la litera tura alemana y de l idealismo a lemán." Así, a partir de mediados de siglo las librerías se ll enaron de todo tipo de publicaciones clásicas. (Roetzer y Siguan, 2012: 280). En este contexto un realismo literario, socializante, reformista y francés nunca podría prosperar en ti err as alemanas. De tal modo que en este país el término corriente literaria del realismo o realismo a secas, por la segunda parte del siglo X I X, solo fue mencionado en uno que otro artículo de prensa o crítica literaria. Hermann Hettner (1821-1882), Historiador y crítico alem án de Arte y L iter atura, abord ó en algunos de sus ensayos, erradamente, el r ealismo de Goethe. Cuando é ste era un novelista, 40 Las primeras no velas de Dick ens fueron: Lo s pap eles póstumo s del Club Pickwick, (1836 -1837), obra con un marcado tono humorístico y e l melodrama sombrío con matices biográ ficos, Olive r Twist, (1837- 1839). Más adelante, en 1843 p ublicó, Ca nción de Navidad, (conocida también como: A Christmas Ca rol, Un cuento de Navidad , Los fantasmas d e Scr ooge . ) La s novelas que sin du da destacan son: David Cop perfield, (18 49-1850) y Tiempos difíciles, (1854), inspira da en la vida d e los obreros y Grande s esperanzas, (1860-1861). 65 dramaturgo, poeta y científico alemán que formó parte d e la corriente del Romanticismo. Además, de acuerdo al trabajo hecho por Auerbach, éste coment a lo siguiente, "Goethe nunca ha representado la realidad de la vid a social coetánea", como un a int ención de mostrar al mundo la realidad alemana que se ve nía gestando y que de terminaría, de al guna for ma, e l futuro, como sucedía en otras pa rtes d el continente. A grega que, "Cuando se ocupa d e las tendencias del si glo XIX, lo ha ce por medio de observaciones generales, qu e casi siempre son valorativas, predominantemente, recelosas y negativas." Al gunos especialistas opinan que Goethe pudo acercarse, a t ravés d e ciertos matices en sus obras de teatro, a la corriente del realismo, y a en su producción madura, pero existe mucha diver gencia al respecto. No obstante, a pesar d e esta marcada indiferencia, más o menos desde 1856, el Historiador alemán Julián Schmidt, (1818 - 1886), editor de la revist a Nacional -Liberal de Literatura y Política, Die Grenzboten , (1841- 1922), utiliz ó el concepto de "realismo li terario" en varios de sus artículo s. En Historia de la Literatura alema na, (1867) escrita por Schmidt, vue lve a utilizar el conc epto del rea lismo, como una manera d e explicar la literatura joven. Sin embargo, a pes ar de conocerse ampliamente la corriente predominante en Francia, en este país los escritore s eran más bien seg uidores del provincialismo, tendiend o a mant ener los entornos sentimentales en una socied ad que se militarizaba inexorablemente, los creadores se limi taban a representar en sus obras el realismo circundante, limitado al paisaje y los p rotagonistas, evitando tocar los problemas sociales y políticos. A este respecto cabe destacar la opinión de Auerbach: El desmenuzamiento y la limitación del realismo fueron iguales en sus contemporáneos más jóvenes y en las generaciones siguientes; hasta finales del sigl o XIX, las obras más importantes que int entaron dar forma seriamente a temas de la sociedad de la época se mantuvieron e n lo semifantástico o en lo idílico o, al menos dentro de los estrechos límites de lo local y presentaron el cuadro de lo económic o, social y político como algo estático. Esto vale por igual de escritore s tan diferentes y tan importantes como Jean Paul, E. T. A. Hoffmann, Jeremías Gotthelf, Adalbert Sti fter, Hebbel, Storm. Todavía en Fontane el realismo social apenas si cala hasta el fondo, y el movimiento político en Gottfried Keller es pr onunciadamente suizo. Quizá Kleist y después Büchner hubiera podido introducir un cambio, pero a ninguno de los dos les fue concedido un desarrollo libre, y murieron prematuramente. (Ibíd. 1996: 421-425). 66 Por otro lado, en I talia el realismo fue denominado « verismo». Al gunos especialistas atribuy en la variac ión del concepto a la evolución experimentada por el realismo hacia el naturalismo y sus ex tremas caracter ísticas. El crítico más influyente del sigl o XIX en este país fue sin duda F rancesco de Sa nctis (1817 -1883), político, crítico e historiador de la li teratura italiana, fundador de la c rítica li teraria contemporánea de su país. Wellek reseña qu e S anctis "fue un gran defensor d e Zola, en 1878," y que a demás consideró qu e el movimiento li terario del realismo era un "ex celente antídoto para una raza aficionada a hacer frases y a l a ostentación". ( Ibíd. 1968: 175). Sin embargo, no siguió apo y ándolo, por el contrario, al poco tiempo se retractó ante la transformac ión del realismo hacia el na turalismo y la ciencia positivis ta , por considerarla "animalismo"; proclamando la necesidad de retomar el idealismo. Uno de los principales repre sentante de la literatura it aliana de esta época fue Giovanni Carmelo Verga (1840-1922), e scri tor italiano principal e xponente del v erismo. Otr o escritor importante, fue Luig i Capuana (1839-1915), admirador y se g uidor de Zola; describe con una severa crítica la vida de ciudad con su novela Giacinta (1879 ) y la vida del campo en la novela El marqués de Roccaverdina (1901). Si continuamos con este repaso del realismo europeo, con re sp ecto a Por tugal, no es mucho lo que se puede decir, pues su literatura decimonónica se inicia con el relato h istórico de Alejandro Herculano (1810-1877), cu y a obra se identifica más c on el romanticismo tardío. A él le sigue Robello Da Silva (1822 -1871), historiador y escritor, cu y as ob ras se producen en la misma tónica que la d e He r culano. No obstante, la indiferencia po r la adopción del realismo, Camilo Castelo Branco (1825-1890), cu yos inicio s desvelaban, i gualme nte, u n romanticismo tardío, se deja conquistar por los cambios suscitados en Franc ia y da un giro a sus creaciones, en las qu e se pe rciben u na clara influ encia d e Ba lzac, pero sin apartarse de l Costum brismo, estilo que a plicó a gran parte de su prolífic a obra. Castelo Branco, si guiendo la modalidad europea , comenzó su carrera liter aria como esc ritor de sá tiras pa ra los periódicos y novelas por entrega s. La s p rimeras, fueron publicada en la modalidad de folletines en los periódicos Eco Popular y Nacional en Oporto. Pero el escritor , que verdaderamente s e involucra con la corriente del realismo decimonónico francés, fue José María E ca de Queiroz (1845 -1900), pues se atreve con temas sociales de cierta e nver gadura. Entre sus obr as desta can, El primo Basilio (1878), una novela donde relata la historia d e un adulterio y L os Maya (1 888), cu y o tema es una severa c rítica a l a burguesía portu guesa. La ilustr e casa de Ramírez (1897), es otra nov ela interesante en la que anal iza y c ritica abiertamente la aristocracia de su país. 67 Por otra p arte, la corriente del R ealismo en España du rante el si glo X IX llegó con bastante retraso y no fu e hasta 1868 cuando se comienza a apreciar, en las nuevas producciones, caracter ísticas propias de esta nueva corrient e literaria, pues el Romanticism o y el Costumbrismo aún estaban muy arraigados. A pesar d e la convulsa etapa que España vivió entre los siglo s XV III y X IX, dejando a la luz serios problemas económicos, sociales y políticos y , por supu esto culturales, con un escenario propicio para ser observado y t rasmitido, los artista s no lograban desli garse de la ensoñación y el letargo r omántico, por lo que el r ealismo tuvo que convivir algún tiempo con el romanticismo y el costumbrismo. El resultado, en una primera fase, es decir , entre 1850 hasta 1875, fue una suerte de E clecticismo, por la combinación de elementos clasicistas y románticos, aunque menos e xaltado s y más intimista con un marca do intento realist a, matizado con elementos propios del costumbrismo y nov elas de sucesos contemporáneos. Se aprec ian dos aspectos importantes de la historia litera ria española que pr omueven el fortalec imiento del realismo y el efectivo debilitamiento del romanticismo y el costumbrismo. Se trata de la Revolución de 1868 y la post erior Restauración y el afia nzamiento de la burguesía y sus postulados, especialmente entre los años 1880-1890. Por otra parte, y de acuerdo a esta cronolog ía, el Realismo en España se instaura en el mismo período en qu e éste evolucionaba en Francia h acia el Naturalismo. Es decir que e n España ambas corrientes llegan y son asimiladas por los c readores a l unísono, produciéndose una suerte de hibridación en las creaciones, por llamarlo de alguna forma, y a que en la práctica literaria los postulados del realismo no terminaron de afianzarse, al coincidir dramática mente con el Naturalismo franc és. Movimiento, éste último, cuya recepción fue superficial y poco asim ilado. Finalmente , alrededor de los años 1890-1920, aproximadamente, los creadore s e intelectuales se inclina ro n más por un realismo espiritualista que renegó abi ertamente d el Positivismo, ocupándose más por la vida psicológica de los personajes. Uno de los primeros exponentes del realismo español fue Benito Pérez G aldós (1843 - 1920), escritor, c ronista y políti co, autor de una prolífica p roducción liter aria entre ella cabe considerar las si guiente s: Fontana de oro (1870), Doña perfecta (1876), Fortunata y Jacinta (1886), Realidad (1889); Ángel Guerra (1890), Misericordia (1897 ). Estos dos últimos corre sponden a la fase espiritualista, entre muchos otros títulos de novel as, obras de te atro y ensayos. Fue conocido como e l hombre que contaba historias que todos podían leer, e ntender y sentir, llenas de realidades que inmortalizaron la vida cotidiana de hombres y mujeres con 68 diversos nombres y sentimientos. Otro representante de este período fue Leopoldo Alas "Clarín" (1852-1901), doctorado en le y es, prof esor y escritor del p eríodo realista español, cu y a obra más representativa f ue L a Regenta (1884-1885), una historia provinciana enmarcada en el pueblo de V etusta, con u na clara sátira social, una ex posición de los aspectos más oscuros d el clero y un a pesimista visión de la vida. Estas carac terísticas ubican a esta n ovela como una de las re presentantes del re alismo español. L a obra d e Clar ín está compuesta por e nsa y os, cuentos y novelas y su producción lleg ó a su fin única y e xclusivamente por su prematura muerte. También destacó en est a etapa J uan Valera (1 824-1905), escritor, diplomático y político, cuy a obra la co mponen traducc iones de obras li teraria s; artículos y ensayos; novelas, relatos cortos, teatro y poesía. Una de sus obras más relevante, escrita a l os cincuenta años de edad, y que posteriormente fue convertida en Ó pera por Isaac Albeniz, fue la novela Pe pita Jiménez (1874), ob ra cumbre que tra ta la proble mática de un seminarista enamorado de una joven. Otro representante de esta fase de l realismo español fue una mujer, la Condesa de Pardo Bazán, noble y aristócra ta, más conocida como Emilia Pardo Bazán (185 1-1921), mujer poco común pa ra la é poca, novelista, poe ta y editora, además de intelectual incan sable. P ardo Bazán fue una prolífica escritora, cuyas obras más re lev antes fueron L os pazos de Ulloa (1886-1887), novela enmarcada en el decadente mundo rura l gallego y su aristocracia, se guida por La madre naturaleza (1887), una fabulación naturalista en la que trata el tema de que los instinto s llevan al pecado. A pa rtir de aquí esta escritora rompe c on el r ealismo y el naturalismo para dar paso a creac iones más espirituales e influenciadas por el si mbolismo. El realismo decimonónico en España permitió recupera r, de alguna fo rma, su antigua fama conquistada en l a Edad de Oro. Aunqu e fue un a literatura un poco retrasad a y entremezclada , la corriente importada de Francia permitió la re novación, el c ambio y la evolución de l as creaciones, además de la int egración a ctiva y p articipativa de los artistas en aquella tra nsformación que llegaba junto con el nuevo siglo. En Rusia, e l siglo X I X es conocido tradicionalmente como « El S iglo de Oro » de las letras rusas. En esta época tanto la poesía como la prosa ll egaron a su ma yor apogeo. En una primera fase, a principios de siglo, la corriente literaria fu e el romanticismo, aunque más tarde el que alcanzaría ma yor importancia y seria explotado en todas sus facetas sería el rea lismo literario, importado desd e Francia, aunque una vez asimilado comenzó a dar pasos en solitario convirtiéndose en un estilo propio. Respecto a e sto último el caso de R usia es bastante peculiar, 69 puesto que la novela entr ega un rostro activista y pedagógico, a la vez que se convierte en un instrumento de crítica social. Rusia, en la primera mitad del siglo X IX, viví a l as mieles de la victo ria, producto del triunfo de su primer a guerra Patriótica de 1812. Por otro lado, la influencia de las guerras napoleónicas inspi raba a los círculos so ciales. La población marchaba llena de patriotismo y se interesaba por los ideales de la revolución f rancesa. El país se llenó de revistas literarias: El mensajero de Europa (Karamzin), La Estrella Polar (RyLéy ev), El C ontemporáneo (Pushkin), El Telégrafo de Moscú (Polevoi), El Telescopio (Nadezhdin), entre otras. El Romanticismo llenó la vida espiritual de la soci edad de la época, ejercien do una gran influencia como princip al corriente literaria de l mom ento, divi diéndose incluso en dos subcorrientes o sub movimientos literarios tales como el "romanticismo progresivo" y el "romantic ismo pasivo o t radiciona l". La po esía y l a prosa de ese siglo , en est e país, van de la mano de Aleksandr Pushkin (1799-1837), identificado por los especialistas como el crea dor de la len gua literaria rusa. Fue poeta, dram aturgo y nov elista; un hombre descendiente de una antigua famili a de aristócratas, educado y criado en un entorno lleno de erudición y cultura, en el que no solo se hablaba ruso, sino fra ncés y otras leng u as. Pushkin fue el impulsor de g randes c ambios y de la renovac ión de la poética, rompiendo c ompletamente con la tradi ción del siglo anterior. Este escritor fue pionero de la leng ua ver nácula a través de sus obra s, creando un estilo na rrativo mezcla de romance, drama y s átira, estilo que fue asociado a la literatura rusa y q ue , post eriormente , influyó de manera notabl e en las grandes figuras literaria s de su tiempo. Pushkin renue va y transforma la poesí a, creando una gran c ontroversia con el tema y e l estilo. De ja atrás el Neoclasicismo y la poesía rusa no solo pasó a formar parte importa nte y d e gran relieve en la primera mitad del siglo XIX, sino que continuó su desarrollo en la seg unda mitad, siendo principalmente filosófica y realista, obteniendo un gran t riunfo entre los lectore s, pues su serie de obras contaban con personajes corrientes llenos de tragedias y desve ntur as cotidianas. En la segunda mitad del siglo XIX, este país se v e envuelto en un a seri e d e contiendas político – social - territoria l, como la emanc ipación de los siervos de 1861, la humillación nacional en la Guerra de C rimea y la victoria de la Guerra Ruso-Tur ca d e 1877-1878, li bera ndo 70 a los eslavos de la tierra de los Balcanes del y ugo de los turcos, por lo que la sociedad estaba profundamente influida por las ideas democráticas y humanas del sig lo. A pesar de los sev eros controles establecidos por el rég imen zarista, la novela rusa revitaliza el panorama ot orgándole un nuevo aire a oc cidente a través de la pluma de escritores que pasarán a formar part e de los gigantes literarios de la historia d e la literatura universal. Uno de sus repre sentantes fue Nikol ai Gogol (1809-1852), escritor que dará inicio efectivamente, a l movimiento del Realismo literario en Rusia. Pero , por tr atarse de un p roceso paulatino, Gogol en sus primeras obra s, N oche buena y Diario de un loco , publicadas en 1832, y El retrato (1833), aún revela algunos matices románticos y sentimentales. No obstante, más adelante su obra se vuelve más grotesca con Tarás Bulba (1835), un pequeño relato que fue trasformado en novela d e carácter his tórico, cu yo protagonista es un héro e cosaco d el sigl o XVI y que fue publicada (1842). Con su obra La Nariz (1836), da un bre ve giro a lo surrealista, relatando una pequeña sátira con rasgos de lo absurdo, dond e una nariz decide vivir en forma independiente saliendo de la cara de un hombre. Gogol continúa in cursionando en el tema de lo fantástico en su novela El capote (también conocida en otras versione s como: El abr igo) , dond e mezcla también humor y realismo social. Pero lo más escandaloso de sus creaciones para la época fue la obra dramática El Inspector (1836), por denunciar con una dive rtida sátira la corrupta burocracia zarista. Pero es su novel a Almas mue rtas (1842) 41 , la que se co nvierte en su obra cumbre. Esta obra descr ibe la miseria del camp o ruso a través d e un estafador, " un pícaro capitalista, que adquiere a bajo precio las almas m uertas de los difuntos p ara inscribirlas como almas vivas en Catastro." Apr ovechando el desorden g ubernamental obtiene tierr as y subsi dios esquivando o comprando las revisiones oficiales en beneficio propio. Esta denuncia social fu e califica da como ex cesivame nte desproporcionada para el mom ento, por lo que la obra llegó a ser prohibida por la censura zarista. Otro importante escritor ruso de esta época y que posteriormente pasó a fo rmar parte de los g randes e scritores de la litera tura universal, fu e Fiodor Dosto y evski (1821-1881) cuya obra literaria s e caracterizó por ex plorar de manera ma g istral la psicolo gía hum ana en el complejo contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa del sig lo XIX. Un componente 41 Eugéne-Melchior de Vogüé, e n 1886, pub lica el libro Le Roma n Russe , d onde incluye y amplia el artículo publicado , un año an tes en la revista francesa Revue d eux Mond es , en el q ue llama la atención q ue este escritor ruso recuerd e de manera sor prendente a los m ejores escritores de la E spaña del siglo XVII, y de que su poema épico Almas mue rtas , escrito entre 1836 y 1842, presente el ejemplo más logrado de la tr adición d el Quijote en la literatura con temporánea. (1886: 1 23). En La p ercepción de N.V. Gógol en España: La «segunda vida» d e sus obras en las tradu cciones en españ ol. Artículo pu blicado por Giainé Karsián. Universidad d el País Vasco, en HERMÊN EUS. REVISTA DE TRADUCCIÓN E I NTERPRETACIÓN. Núm.4 – 2002, p. 115-128. 71 importante de su obra fue la epilepsia que sufrió toda su vida, p ero que supo utilizar hábilmente tanto para su beneficio personal, pues im pidió qu e fuera fusilado en Siberia y que su c ondena se redujera a cinco año s, como en la construcción de muchos de sus p ersonajes con sus singularidades existenciales y su complejidad psicológica. Pobre gente y E l doble (1846) más trece esbozos y cuentos que escribió los siguientes tres años fueron sus primeras obr as. L e siguió la nov ela Las noch es blancas (1848). Todas estas narraciones muestr an las humillaciones y el sufrimiento human o en toda su expresión y el consecuente com portamiento de los excluidos. La carrera literaria de Dosto y evski quedó fatalmente int errumpida en abril de 1849, pues fue arrestado por formar parte de un grupo de intelectuales liberales opu estos al Zar Nicolás I, que supuestamente cons piraban en su cont ra. Posteriormente , salvado d el fusilamiento, su condena se redujo a cuatro años de trab ajo forzoso en Siberia. Fue li berado en 1854 y enviado a Mongolia a s ervir en el ejército como soldado raso por cinco años más. En 1859 regresa a San Petersburgo y, junto a su hermano, publica la r evista mensual Vremya (Tiempo). En ella public a por capítulos Memorias de la casa de los muertos, Humillados y ofendidos (1861). En estas narraciones descarga toda su penosa experiencia en la prisión en Siberia, describiendo el sadismo, las condiciones infr ahumanas del lugar y la falta absoluta d e privacidad entre los presos. Su primer viaje al extranjero queda reflejado en un ensa y o titulado Notas de invierno sobre impresiones de verano (1863), donde detalla la monotonía de la cultura de la Eur opa occidental. Su revista Vremya fue cerrada en 1864 por subversiva. Aunque inmediatamente fundó una nueva revista llamada Epoja (Época), ésta cerr ó prematuramente pues la censura zarista era mu y rígida. Ese mismo año Dosto y evs ki publi có Memorias del subsuelo. También mueren su primera esposa y su hermano. En 186 6 publica El jugador, una obra por encargo destinada a pagar sus pro pias deudas de jue go y l as dejadas por su hermano al morir. El tema de la novela se basa en su enfermiza pasión por la ruleta. La transcriptora d e esta novela Anna Anitkina, se transforma en su segunda esposa en f ebre ro de 1867. Con ella se va al extranjero ac osado por las deudas. En 1865 comenzó a escribir Crimen y Casti go que publicaba por entregas en la revista El mensajero ruso , hasta el año 1866 y, al siguiente año, se publicó en su totalidad. En 1872 publica Los ende moniados y , e n 1873, regresa a R usia y a reconocido internacionalmente. Poco antes de su muerte , en 18 80, Dostoy evski conclu ye y publi ca Los hermanos Karamazov. 72 El 9 de febrero de 1881 Fiódor Dosto y evski muere en San Petersburgo. Otro gigante de l a literatura rusa es Lev Tolst oi (1828-1910), también conocido como Le ón Tolstoi, escritor de cuentos, novelas, ens a y os y una v ariada correspondencia. Considerado por los espe cialistas como uno de los más im portantes e scritores d e la li teratura univers al. Desde sus primeras incursiones literarias con sus relatos Infancia (1852) y Adolescencia (1853), ambos publicados en la r evista literaria El C ontemporáneo , fundada por Pushkin, publicación periódica rusa de mucho peso en aquel entonces, el genio de Tolstoi inm ediatamente fue identificado como uno de los bue nos aporte s que auguraban en é l a un gran escritor. Unos años después, en 1856, publicó en esta misma revista, Sebastopol en agosto, La mañana de un terrateniente, La tormenta de nieve y Juventud. A partir de a quí todas sus obras llev arán su firma. Tanto la novela Los cos acos, como Albert , ésta última basada en la vida del músico Kiesewetter, son publicadas en 1858, pe ro sin ni ngún é xito. Después de su matrimonio con Sofía Andréievna Bers, en el mes de septiembr e de 1862 , a quién cariñosamente ll amará « S onia » , (diminutivo ruso de Sofía), se dedica incansablemente a es cribir Guerra y Paz , escrita en dos partes. Una prim era p arte vería la luz en 1865, en la revista El mensajero ruso. P ero posteriormente el matrimonio Tolstoi cambia de opini ón y publi ca, en 1867, las tres primeras partes de la obra y, a raíz del gran éxito de la obr a, en 1869 la public an complet a. En el año de 1878 se publica Ana Karenina , una obra que t erminará de consagrarlo como uno de los más grandes e scritores rusos junto a Góg ol y Pushkin. No obstante, el á nimo inestable de est a etapa de su vida lo lleva, en 1882 , a escribir Confesión y, m ás adelan te, en 1886, L a muerte d e Iván Ilich, una ob ra ll ena de pesimismo y terror. T res años más t arde, en 1889, escribe Sonata a Kreutzer, otra obra con un radicalismo tan extremo que fue pro hibida por la censura del Zar hasta 1890, fecha en que la c ensura autoriza su publicación gracias a las gestiones realizadas por su esposa. En 1895 Tolstoi entra en una nueva etapa a raíz de la muerte del hijo menor. Las emociones que envuelven al autor son tan intensas que escribe y publica Amo y criado, una obra donde "vuelve a vislumbrarse es a pluma na rrativa, limpia y serena, " que se consolidará en Resurrección , obra en la que hace un a despiadada crítica a la I glesia Ortodoxa de su país, por lo que ésta lo excomulga 42 . 42 Gillēs, D (1963) Tolstoi. Barcelon a. Juventud Edito rial, p. 245. En : Lev Tolstoi. S u vida y su o bra, d e Antonio Ríos Rojas, Madrid, E diciones Rialp S. A. (2012) p. 69. Con Resurrecció n, Tolstoi "hab ía llegado a l corazón del pueblo ru so y la Iglesia vio" en el esc ritor "un peligro que no p odía tolerar po r más tiempo. En 1900 el 73 "El 7 de noviembre de 1910, moría L ev Nikolaievich Tolstoi. Dos días más tarde su cuerpo f ue enterrado en Yasnaia Poliana" . (Ríos, A. 2012: 71). En esta época dorada d e la li teratura rusa son m uchos los int elec tuales b rillantes que salen al ruedo, tal es el caso de Iván Tu rguéniev (1818 -1883), novelista y dramaturgo; un hombre rico y noble qu e cue nta con una educación ex quisita y que vi aja por toda Europa trabando amistad con l os grandes escritores franc eses, de quienes hereda t odos los cambios y nuevas tendencia que asimil a con avidez y que lue go p ro y ecta en sus novela s Nido de Hidalgos (1859) y Padr es e Hijos (1862), ambas de ambientación rural, cu ya c rítica va diri gida a la forma de vida rusa, a los amores fallidos y la frustración vital. Fue un gran amigo de Tolstoi, aunque con los años se convirtió en su enemig o por sus innegables desavenencias. S in embargo , a pesar de sus manifiestas diferencias hechas públi cas en contada s ocasiones, el asunto da un giro notable. "En 1878 Tolstoi se reconcilia con Turguéniev", a través de una corre spondencia enviada por "el mismo Tolstoi el 6 de abril" d e ese año, "ofreciéndole s u sincera amistad y reconoc iendo todo lo que de bía al ya vi ejo escritor. Ambos int ercambiaron cartas de mutua comprensión y arrepentimiento, y llegarán a encontrarse de nuevo dos años más tarde. 43 " Ivá n Turg uéniev padecía de cáncer de médula; muere en el pueblo de Bou g ival, cerca de París , el 3 de septiembre de 1883. P osteriormente fue trasl adado a San P etersburgo y enterrado en el cementerio de Vólkovskoie. Otras figuras destacadas de la época dor ada de la l iteratura rusa fue ron I ván Goncharov (1812-1891), colaborador de la revista El Conte mporáneo , poet a y escritor, cu y a novela más relevante f ue Oblómov (1851), un claro retrato de los dos defe ctos prototípicos rusos: la pe reza y la pasividad. Mijaíl Salty kov -Schedrín (1826-1889), escritor satírico y periodista. Autor, entre otros, de la novela L a Maraña (1848), donde a través de una sátira se ríe del gobier no ruso, pues lo veía claramente asustado por los hechos acaecidos en Francia por esos años. Nikolái Le skov (1831-1895), periodista y e scritor, en c u y a obra se destaca la nov ela política Sin salida (1864), cu y o c arácter ant i-nihilista le supuso sonoras críticas de sectores progresistas rusos; lo mismo suce dió con las publicaciones de Enemigos mortales, y Acuchillados (1871). Dmitri Consistorio del San to Sínodo h izo llegar de forma secreta un documento a t odas las diócesis rusa s, en el que declaraban a Tolstoi enemigo d e la Iglesia rusa". Por lo ta nto, el escritor d ebía arrepentir se antes de morir, d e lo contrario no contaría con las atenciones prop ias de la Iglesia en estos ca sos, para el "r eposo de su alma". Con esta acción el escrito r confirmó que el camino qu e había elegido era el correcto. E ste hecho lo favoreció pu e s la gente lo defendió y se unió a él. No obstante, la excomun ión lo co nvertía en su personaj e vigilado y p erseguido. Tolstoi al morir fue sepultado en la finca donde hab ía vivido tod a su vida. 43 Momento "r econciliador en el q ue no dejaron de reconocer la insalvable di stancia qu e le separaba resp ecto al modo de entend er y expresar la vida." (p.61 - 62). 80 ca racterística fu e la mezcla de algunos elementos románticos y de av enturas, con los severos tintes críticos y de denuncia hacia Benito J uárez. Por tratar se de uno de los primeros virreinatos españoles, Nueva España -el actual México- g ozaba de muchos privileg ios desde el punto de vista cultural, pues c ontó con una universidad (1553) y una tipografía (1535-1 539), mucho antes que el resto de l as colonias. Además, fundaron cole gios para los hijos de los españoles, el primer colegio de los indios y el de los mesti zos. Sin emb argo, eso no fue g arantía de un desarrollo intelectual de pre stigio, pues fiscalizaron hábilmente cualquier tipo de manifestación de pensamientos disím iles que pusiera en peligro la buena marcha de la colonia, estableciendo un férreo control d e toda la li teratura que llegaba desde e l viejo continente. Igualmente, e n este período favorablemente romántico, se publicaron novelas con fondo histórico que enaltecieron a los héroes. El que destacó en México fue J uan Díaz Covarrubias (1837-1859), esc ritor y poeta liberal, autor de la n ovela Gil Gómez, el i nsurgente, y La hij a de l médico (1856), ambientada en la guerra po r la Independencia. También hubo otras manifestaciones literarias importantes de destacar, como la de Luis G. Inclán (1816 -1875), autor de la novela, Astucia, el jefe de los Hermanos de la Hoja (1865-186 6), narración donde se representa fielmente la vida ca mpesina mex icana . Vicente Rivas Palacio (1816 -1875), cu y as novelas folletinescas, que Bellini cataloga de bajo valor artístico, evocaban el mundo colonial. Destaca n Los cuentos del General (1896), una colección de "tradiciones" mexicanas. El tema, objeto de este apartado, tiene qu e ver especialmente con la corr iente d el realismo decimonónico. En tal sentido México adquiere este movimiento de forma tardía y se inspiró en la obra de Pér ez Galdós, que Bellini de nomina, "realismo sentimental" ( Ibíd. 1997: 293). En este punto se encuentra el es critor Rafael Delgado (1853 -1914), a utor, entre muchas, de las novelas, L a Calandria (1891), e Historia vulgar (1904). También cab e citar al escritor José López Portillo y Roj as (1850-1923), con sus novelas La parcela (1898), Los precursores (1909) y Fuertes y débiles (1919). Con ellos se sitúa, ade más, Emili o Rabasa (1856-1930), escritor de las novelas La bola (1887) y La g uerra de tres años (1891). Finalmente es importante reseñar al esc ritor F ederico Gamboa (1864-1939), fanático admirador y se guidor de Zola, autor de la novela Santa (1903), que fue co nsiderada l a versió n hispanoamericana de la novela Nana (1880) de Zola. Tanto en Méx ico, como en el resto de l os países hispanoamer icanos, el paso por el realismo y naturalismo fue co rto. A pesar de ser admiradores de B alzac, Zola y de otros 81 repre sentantes notables de dichas corrientes, su incorporación tard ía en el Nuevo Continente, sumado a sus propias realidades políticas, e conóm icas y sociales, e stos movimientos fueron asimilados más bien com o una her ramienta para s us propias denuncias y acusaciones relativas a los abusos de poder de los nuevos goberna ntes, la ex clusión, la injusticia y el maltrato de los más desfavorecidos. Del mi smo modo fue utilizado además para la exposición de todo lo que parec iera escatológico, truculento o perturbador para la sociedad que se constituía en esta nueva República. A este respecto B ellini nos comenta: Lo que muchos de ellos presentan al lector es un material horripilante que denuncia la tesis abrazada desde el comienzo. Sin embargo, en medio de e ste clima se perfilan escritores válidos que producen páginas de gran valor dramático donde denuncian [ … ], las condiciones miserables en que vive, la explotación inhumana del hombre, horribles miserias materiales y morales, logrando en algunos casos conmo ver a la opinión pública y hasta sacudir la indiferenci a de los gobernantes. (Ibíd. 1997: 294-295). Una realidad bastante si milar a México, se manifiesta en el Virreinato de l Perú. Una gran colonia asentada sobre el Imper io Inca que goz ó de muchas ventajas , pues fue uno de los Virreinatos más opulento y culto de las colonias de América del sur. C ontó ade más con el beneficio de la imprenta desde el si glo XVI. Pese a estos privilegios, es manifiesta la ausencia de publicac iones periódicas diver sas, producto del ejercicio p eriodístico o de la crea tividad interna. Tampoco se real izaron publica ciones relati vas a actividad es educa tivas o c ulturales. Por lo que el género de l a novela se vino a cultivar ha cia fines del siglo XIX y p rincipios del XX. La corriente literaria predomi nante en la exigua o casi nula producc ión l iteraria que experimentó el Perú, a partir de la independencia, fue, por una parte, el agotado neoclasicismo entremezclado con el ro manticismo, en medio de ambos, el costumbrismo y m ás adelante el modernismo, con una leve representación del realismo y el naturalismo implementado a través del uso de deter minados elementos y en contados casos. Aunque ha y algunos autores que dicen que el costumbrismo tiene sus oríge nes en España, ese mismo costumbrismo se transforma completamente en el contex to americano. Sin embargo, tampoco se p uede hablar de corrientes pu ras pues en Hispan oamérica, como se mencionó anteriormente, hay una tende ncia a entremezclar y combinar elementos de las 82 tradiciones y el paisajismo con los del c ostumbrismo y romanticismo. Un claro ejemplo lo repre senta Ricardo Palma Carrillo (1833-1919), polí tico, escritor, poet a y periodista, autor de Tradiciones peruanas , T omo I (1872), Tomo II ( 1874), Tomo III (1875) y Tomo IV (1877). Una gigantesca ob ra donde combina elementos históricos y fa bulaciones p ropias, en las que narra la hist oria de ciudad de Lima y d el resto del Perú, desde la épo ca inc aica pasando por la colonial hasta la e tapa republicana. Otro sig nific ativo e scritor fue Felipe Pardo y Aliaga (1808-1868), aboga d o, político, dramaturgo y poeta, ade más de ser un tenaz opositor del romanticismo. Ex aminó y juzgó con severidad la realidad peruana republicana a tr avé s de sus comedias, su poe sía y sus artículos costumbristas. Se caracterizaba por su e stilo popular, su red acción satírica y una abierta crítica social. Por otra parte, Ma nuel Ascencio Segura (1 805-1871), escritor, dramatur go, periodista y poeta, i gualmente apasionado defensor del costumbrismo, autor de la nov ela Gonzalo Pizarro (1844), la primera novela republicana . F ue, ad emás, precursor d el teatro en l a nueva República, con una produc ción dramática bastante extensa. Siendo más conoc ido por la dramaturgia y sus artículos periodísticos que por la prosa. En términos generales, el siglo XIX en el P erú estuvo marca do por el pensamiento liberal y uno de los temas de fondo que se trató fue la c uestión indí ge na, por una parte, más allá de la revalorización de lo incaico, pues la numer osa población indí gena debí a tener su lugar. Por otro lado, fue relevan te, dentro de la creación literaria , el tema historiográfico de la segunda mitad del siglo con un a influencia relativa y pa rcial del positivism o en las obras históricas, entre los que destacan Historia del Perú independiente (1868 ) y Narración histórica de la guerra de Chile contra el Perú (1884), del escritor Mariano Felipe Paz Soldán (1821-1886). Como consecue ncia d e la crisis social, económica y políti ca que a conteció en Perú durante y después de la Guerra del Pacífico con Chil e (1879 -1883), se co mienza a vislumbrar en las obras literarias, ens ay os y artículos pe riodísti cos, algunos matices re la tivos a la c orriente del realismo decimonónico. En esta atmósfera el ente literario se hace más crítico, reflexivo y analítico con su entorno, pues el nuevo escenario de vida en lo que quedó constit uido el país, no solo para el ciudadano común, sino a nivel gubernamental con todo el sur del país pe rdido en la guerra, e mpuja al arte y la liter atura a manifestarse fre nte a esa nueva realidad. Entre los escritores más destacados merecen mencionar los sigui entes: Manuel González Prada (1844-1918), poeta, ensa y ist a y escritor, importante exponente del re alismo peruano. Autor d e Pájinas libres (1894) y Horas de lucha (1908), entre otros ensayos. Mercedes 83 Cabello de Carbonera ( 1845-1909), escritora y seguidora del P ositivismo y el Natura lismo francés, fue la iniciadora de la nov ela realista peruana. Autora de Bla nca sol (1888 ), Las consecue ncias (1890), entre otras seis novelas. También publicó numeroso s ensa yos y a rtículos periodísticos sobre temas li terarios y sociales en la prensa nacional y fue una ferviente d efe nsora de los Derechos de la mujer en su pa ís. Ecuador comienza a d ar sus primeros p asos en lo que respecta al tema literario a partir de 1870, aproximadamente. A pesar de contar con una imprenta, -que llegó a Quito en 1760 -, todo lo relativo a la c reación, producción y publi cación literaria estuvo monopoli zado por la Colonia y los resultados fueron mu y pobres. U na vez independizados y constituida la República, las constantes disputas de conse rvadores y liberales, l as guerras c iviles y los continuos alzamientos por el poder, m ermaron considerablemente el espíritu de los ecuatorianos. Pese a est a penosa realidad, no fue e xcusa para no desarrollar, aunque fuera una mínima o exigua realización poética y literaria. Destaca, en est e cont exto J ua n Montalvo (1832- 1889), pues simboliz ó la emblemática lucha en c ontra de la dictadura de Veintimilla y More no, inaugurando la liter atura combativa que se oponía a los abusos del poder. Sus ensay os más importantes son: El último de los tiranos (1872), Los siete trat ados (1873) y El Dictador y La Dictadura perpetua (1874), escritas en el exilio en P anamá. Tambié n cabe citar a su única novela, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (1898), libro póstumo. En consecuencia, el modernismo llega a Ecu ador para en frentarse a un entorno y a un espacio r ecargado de un rancio romanticismo tardío, matiz ado con un naciente costumbrismo lleno de paisajes con una yuxtaposición constant e de elementos de una u otr a corriente copiadas del viejo continente. Au nque se tratara de un estilo muy propio del país en formac ión, es importante su reseña por la función motivadora que inyecta a su futuro art ístico e intelectual. Otro punto relevante a destacar es el relac ionado con la « Generación decapitada » , pues se tra ta de un grupo formado po r los poetas guayaquileños Ernesto Nobo a y Caamaño (1891-1927 ) y Me dardo Án gel S ilva (1898-1919); los quiteños Humberto Fierro (1890-1929) y Arturo Borja (1892-1912); o como la llamó el escritor y pe riodista Raúl Andrade (1905-19 81) la "Generación perdida", pues fueron cuatro poetas, cu ya similitud en la temática tratada en sus obras fue extraordinaria, como también lo fue la analog ía trág ica de sus vidas, pues los cua tro se suicidaron. En este contexto el realismo decimonó nico -también bastante tardío-, ll ega a Ecuador con Luis Alfredo Martínez (1869-1909) y su novela A la costa (1906), donde el autor maneja 84 temas como el duelo, l a frustración, la desesp eranza, la carencia económica y la pé rdida familiar, con el tapiz de l a victoria de la Revolución liberal de 1895, como trasfondo. Esta obra da inicio a la novela inspirada en el realismo social con una clara intención de dejar atrás el viejo romanticismo. Más adelante, Demetrio Aguilera Malta (1909-1981) publi ca el libro tit ulado Los que se van (1930). Un volumen que muestra un conjunto de re latos y cu entos sociales, en el que partici paron J oaquín Gallegos Lara (1911 -1947), Enriq ue Gil Gilber t (1912- 1973), José de la Cuadra (1903 -1941) y Alf redo Pareja Diezcanseco (1908-1993); todos integrantes del "Gr upo de Guaya quil" (1930). Una formac ión de es critores c omprometidos con los temas sociales del campesinado costeño (montubio), e l indio y el obrero del Ecuador. S u entorno, su calidad de vi da, sus caren cias y sus m iserias a tr avés d e distintas narraciones cu y a caracter ística fundamental fue la de ser una representación fiel de la realidad que vivían a diario toda esta gente de la c osta ecuatoriana. La literatura social explot ada por este grupo de e scritores, donde mostraban con marcada crudeza la situación de la gente común, del pesca dor y del campesino ecuatoriano, en las primeras d écadas d el siglo XX, fue una actividad de gran importan cia, aunque incómod a por las reacc iones que produjeron en el seno de la sociedad del momento. El nuevo comportamiento de estos artistas estableció un punto de inflex ión creativo en la nueva generación que nacía, estable ciendo dist intos parámetros creativos que renovaron la literatura e cuatoriana. L a s obra s más destacadas de este grupo fueron Las cruces sobre el agua (1946), de Gallegos Lara; Nuestro pan (1942), de Gil Gilbert; Los Sangurimas (1934), de J osé de la Cuadra. Esta última fue una novela que relata la vida de la familia San gurima, su patriarca y las creencias, mitos y costumbres v ividas por la familia y sus trabajadores dentro de la finca La Hondura, p ropiedad del patriarca. Junto a las reseña das s e sitúan obras anteriores: La casa de los locos (1929) y Bel muelle (1933), de Alfredo Pareja Diezcanseco y Don Goy o (1933), de Demetrio Aguilera Malta. Otro es critor, cu y a obra siguió el mismo camino del grupo anterior, p ero desde el leitmotiv del hombre inmer so en un conglomerado mucho más precario y excluido, como fue (y aún es) la vida del in dígena, retratado en su r ealidad circundant e con t oda su crudeza, fue Jorge Icaza (1906-1978) con sus novelas, Huasipungo (1934), La C hulla Romero y Flores (1958) y una c olección de cuentos titulada, Seis relat os (1952). Otra nación inmediata a Perú y E cuador, es Boli via. Un país que al igual que s us colindantes, comenzó a c ultivar sus propias creaciones literarias hacia fines del si glo XIX. Al 85 igual que el resto rec reó el romanticismo tardío, entremezclado con el ementos costumbristas, entre otros. De igual modo este período coincidió con e l proceso Independentista. L os primeros cincuenta a ños republicanos Bolivia los vivió con una constante inestabilidad política, social y económica. La Guerra d el P acífic o con Chile (1879 -1883), donde pe rdió sus costas, fue otro hecho deter minante en su escaso desa rrollo cultural. La definitiva instaura ci ón de la República llegó a comienzos del siglo XX. Por tal motivo su producción literaria en a quel ti empo estuvo en función del canto y la exaltación de los héroes. Ante esta r ealidad la creación artística y liter aria se pro y ecta débilmente. A pesar d el contexto anárquico, depr imido y carente q ue vive el país después de la d errota, con ausen cia hasta de lo más esencial como una imprenta, emergen las primeras manifestaciones literarias. Destaca N ataniel Aguirre (1843-1888), abo ga do, e scritor, polít ico y diplomático, autor de la novela Juan de la Rosa (1883), una novela histórica que nav ega e ntre el romanticismo tardío y el realismo sentimental, con matices costumbristas y naturalistas. P or esta mi sma época apare ce la escritora Lindaura Anz oáteg ui de Campero (1846 -1898), quien se convierte e n escritora no solo por su talento, sino por las ventajas de pe rtenecer a la naciente bur guesía boliviana. Entre su obra destacan las novelas Una mujer nerviosa (1891), Huallparri machi (1892), Luis (1892), Manuel Ascencio Padil la (1909), entre otras. Novelas que van desde el romanticismo tardío al costumbrismo didáctico. Más tarde cabe citar a Adela Zamudio Ribero (1854 -1928), escritora, poetisa y ensa y ist a, que destacó con la nov ela Íntima (1913) 46 . En el mismo período cabe considerar a J ulio César Valdés Cardona (1862 -1 918), abo ga do, periodista y escritor, autor de Picadillo (1887), Heroínas paceñas (1888 ) y La Chabelita (1891), una nov ela por entregas que por alguna razón desco nocida quedó inconclusa. Más tarde publi ca Mi noviciado (1898). Armando Chirveches (1881-1926), abogado, poeta y escritor. Sus novelas fueron La candidatura de Rojas (1908), Casa solariega (1916) y Virgen del lago (1920). Dicho escritor se abrió a la psicología social, la descripción crioll a, el paisaje y e l realismo sentimental. Es importante destacar también al escritor indi genista Alcides Arguedas (1879 -1946) y su novela Raza de bronce (1919). Una obr a que d eja a la intemperie la realidad indigenista, el mestiz aje y el problema de la identidad nacional. 46 Pero la novela es tamb ién un p royecto narra tivo a través de d os estrategias: la comun icación epis tolar y la característica dialó gica del narra dor. (…) Más que de velar lo q ue sucede con los indi viduos, la carta, introduce lo privado en la agenda política, (…) Po r ello su escritura conforma un espacio d e contraba ndo, d e incorporar lo que no es prop io, lo q ue rompe la lógica, lo q ue molesta. En: Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia de Wiethüchter y P az Soldán, p. 158-159. 86 La América colonial nut ría su cultura a trav és de una li teratura de la clandestinidad, pues las autoridades españolas se empeñaban en r estringir y controlar toda s las publicaciones que llegaban al nuevo m undo. L os sucesos europeos y especialmente los españoles , acaecidos entre los siglos XV III y X IX, eran hechos cu yo conocimiento debía ser vigilado pues los ánim os independentistas y a se en contraba n en todas las me ntes de la pobla ción. P ero las noticias de una u otra forma se filtraban. Un lu g ar ideal para ese in terca mbio era n los pu ertos y, el de Buenos Aires en el Virreinato d el Río de la Plata, no fue la excepción. Pues allí atracaban barcos con la más variada literatura oculta en sus bodegas que, subrepticiamente, se adqui rían y se g uardaban para ser leídas en se creto. No obst ante, la Inde pendencia no solo acabó con aquello, sino que rápidamente se dio a la tarea de fundar, en 1812, la Primera Biblioteca pública de Buenos Aires. La gesta indep endentista en los países de Am érica fue transmiti da, glorificada y en altecida a trav és de la pluma y la herencia neoclasicista. Argentina, en su primera etapa independiente, no fue distinta pues constantemente se reflejó esta tenden cia en las primeras composiciones. S in emb ar g o, más adelante se advierte una evolución hacia el romanticismo que se movi ó entre la literatura combativa y la esc ritura intimista , cuy a huella perduró hasta el siglo XX, sin embargo, su época de gloria se encuentra entre lo s años 1830-1880 aproximadamente. Un importa nte persona je a reseñar en la Argen tina re cién fund ada, fue el poe ta Juan Cruz Varela (1794-1839), escritor, pe riodista y político, que vivi ó con gran admiración l as actividades desarrolladas por Bernardino Rivadavia (1780-1845), el Primer jefe de Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata, convirtiéndose "en el cantor d e los gra nd es triunfos" del país. Más adelante, c asi al final de su vida, Cruz Varela, desde su exilio en Mont evideo, escribió "una encendida invectiva contra el tirano" De -Rosas, titulada El 25 de mayo de 1838 en Buenos Aires. Un "poema", e n el que, a juicio de Be llini, “se enc uentran notas a biertamente románticas, d e recogida melancolía, de doli da tristeza o el egíacas." ( Ibíd. 1997: 208). Característica que destacó en el resto de su obra especialmente la dramática. De igual forma, aparecen , en pleno período n eoclásico de la poesía argentina, nuev os esbozos, que más adelante en la época romá ntica de la literatura g au chesca, mejoraron. Uno de sus representantes más pintorescos fue Juan Gualb erto Godo y (1793 -1864), un escritor que hizo públicas sus composiciones alrededor de 1820 con un marcado estilo gauchesco. Un sub- genero 87 nativo que procura recrear la vida y el entorno d el gauc ho con su propio lenguaje 47 . Algunos ubican a la literatura gauchesca en entornos abiertos y típicos de la pampa argentina, otros lo recrean a t ravés de personaje s que utili zan un lenguaje característic o del gauc ho, un ser destinado a llevar la literatura a niveles mucho más populares entre la población en plena contienda. También este estilo fu e utilizado para establecer distancia con la li teratura de influencia europea. A este respecto Borges s ostenía que era un error "… derivar la liter atura ga uchesca d e su materia, el ga ucho, es una confusión que desfi g ura la notor ia verdad." Ya que este sub-género era el resultado del "carácter urbano de Buenos Aires y de Montevideo". A su juicio el sinnúmero de sangrientos y peli grosos desafíos y combates en los que se vieron inmersos " los homb res d e cultura civil" tuvo c omo consecuencia la compenetración co n "el ga uchaje; de la azarosa conjunción de esos dos estilos vitales, del asombro que uno produjo en otro, nació la literatura gauchesca." (1989: 179). Los escritores más relevantes de esta tend encia de Literatura Gau chesca, son B artolomé Hidalgo (1788-1822), Estanislao del Campo (1834 - 1880) y José Hernández (1834 -1886), este último con su fa mosa obra El gaucho Martín Fierro (1872). Al hil o de lo anterior, es evidente que la liter atura gauchesca se fortalece con Hernández a través de los cantos de su principal obra El Gaucho Martín Fierro (1872). Producción que siete años más tarde es co ntinuada con la publicación de La vuelta de Martí n Fierro (1879). No obstante, el verdade ro r esponsable de que germinara y se afianzara la literatura gauches ca como tendencia autóctona, se sitúa mucho antes con el escritor Esteban Echeverría (1805 -1851). Un intelectual que vivió dura nte cinco años en F r ancia (1825-1830), donde asimiló conocimientos bastante amplios de lo qu e era la nueva escuela lite raria y las nuevas tendenc ias en lo económico y lo polí tico. Por lo tanto, no fue ex travaga nte que, al regresar Echeverría se convirtiera en el portavoz de un proyec to polí tico, ideológico y literario, inspirado en el liberalismo, el socialismo utópico y e l romanticismo. Entre sus múl tiples proyectos publicó de form a anónima el poema Elvira (1832), que también fue conocido con el títul o de La novia d e Plata, a pes ar d e contar con características bastante ingenuas y d e pasar casi inadvertida, fue u na obra importante pues s e trató de la primera manifestación romántica y el comienzo de una pro ducción literaria prop ia d el país. Del mismo modo, hizo público Los Consuelos (1834) y Rim as (1837), donde inclu y e , en este últ imo, el 47 Una definición muy precisa y b astante interesante d el 'Patriota campesino ' o gaucho en: Revista d e Literaturas Mode rnas, Nº 29, 1999, Mendoza, Argentina. Bo rges y el gaucho. Autor: Ma rio Goloboff. Universidad Nacion al de la Plata, p ., 175 - 184. 88 conocido poema L a Cautiva (1837). Más adelante, para continuar en su empeño de darle forma a todas esas renovadas id eas tr aídas desd e el viejo continente, E cheverría inauguró en Buenos Aires, el « Salón L it erario » (1837), también fundó ese mismo año, la « As ociación de la J oven Generación Argentina » . Sellando más tarde esta tendencia cuando es cribe el cuento El matadero, entre los años 1838 - 1840. A jui cio de Oviedo, "…el cuento debió ser escrito en 1839, justo cuando marchaba a l exilio…" (1997: 27). No obstante, fue encontrado inédito, entre los papeles person ales que dejó al morir. Se trataba de un crudo relato que posteriormente fu e publicado en la Revista del Río de la Plata en 187 1, veinte años de spués de su muerte. Esta fue una peculiar n arración donde el escritor entremezcla elementos gauchescos y elementos realistas poco frecuentes . El a utor, en esta oc asión, relata la muerte d e un joven "unitari o" 48 torturado por la g ent e de De -Rosas, en los mataderos de ganado de B uenos Aires, c onvirtiendo la obra en una crítica severa a la violenc ia que viv ía la socieda d bon aerense de aquel entonces. Un relato, sin duda, anticipado a los modos de concepción, de realización y hasta de forma que, en años posteriores, sería utilizado por el Realismo y e l Naturalismo europeo. Entre los primeros gobernantes de la recién estren ada República Argentina se registran marcados abusos de poder. Así, ante la creciente intolerancia y violencia ejercida por el ya nombrado General De-Rosas, la intelectualidad es atacada, censurada y p erseguida, por lo que muchos de ellos dec idieron tomar rumbo h acia Montevideo, Ur ugua y y Sa ntiago d e Chile para seguir sus actividade s en el exil io. Tras la c aída del régimen De -Rosas (1857), e instaurado el nuevo gobierno en Argentina, rápidamente s urge una literatura de gran madurez inte lectual y políti ca. Uno de sus repre sentantes, que pasó su exilio en Chile y que posteriormente e jerce la Presidencia de la República (1811-1888), fue Domin go Faustino Sarmi ento (1811-1888). Este intelectual destacó en el plano literario con su obra Facundo (1845). Un singular ens ayo inspi rado en el caudillo provincial Facundo Quiroga a quien describe como la representación indiscutible de la barbarie en oposición a la civiliz ación y el progreso, convi rtiéndose la obra en el libro inaugural de la literatura arge ntina. 48 Los Unitarios, fu e un partid o político argentino de tend encia liberal, in spirados en la Fran cia Nap oleónica que defendía el Centra lismo de la Nación y q ue se opuso fervientement e a la forma de gobi erno d e Juan Manu el de Rosas. Ellos so stenía la necesid ad de un gobierno centralizad o en las Provincias Unidas d el Río de la P lata. Su vigencia comenzó hacia 1824 y su ocaso se produjo hacia 1835, pu es gran parte de su s seguidores partieron al exilio. Aunque fuera d e las fro nteras perduró algun os años más, ap roximadamente 18 37. Ya p ara 1853 Argentina, tras ard uas batallas se lib eró del caudillo, qu e huyó a I nglaterra. Rápidamente se con st ituyó un Congreso qu e redactó la Constit ución Nacion al de 1853 y que p roclamó la República F ederal de Argentina. 89 Más tarde con la Gen eración de 1880, u och entista, como la llamaron algunos especialistas, se a centúa el uso de elementos europeos, convirtiéndose en l a primacía cultur al de Buenos Aires por excelencia, pues se ocupan de crear un trazado de metódicas técnicas en la creación literaria . A pesar de que las letras de la provincia aún son poco significativas destacan Leopoldo Díaz (1862-1947) y Pedro B . Palacios, llamado también, "Alma fuerte" (1853-1917), dos poetas venidos del interior del país junto a los escritores J osé M. Estrada (1842-1894), P edro Go yena (1843-1892) y J oaquín V. González (1863-1923), cu y a n arrativa cabalga entre el costumbrism o y la problemática social. Hacia finales del siglo la nueva estética en la poesía paseará entre el P reciosismo y el Simbolis mo. Posteriormente aparecerá en escena Le opoldo Lugones (1874-1938), periodista, escritor y político, venido i gua lmente desde l a provincia en cu y a obra él se im pondrá con el ‘sencillísimo’ y el ‘criollismo’. Este escritor se mantendrá por largo tiempo hast a el reconocimiento de Horacio Quiro ga (1878 -1937), fi el re presentante del realismo rural. Volviendo sobre la "Generación del 80 ", se hace importante reseñar, que este movimiento estuvo constituido por un g rupo de escritores, políti cos y científicos, que s urgió en Buenos Aires con una p ropuesta de "acción int electual integ r ada a la vida nac ional." (Ibíd. Oviedo: 159). Desde la dictadura d e De -Rosas, no había na cido en el país un grupo con ese nivel de unific ación y apoyo, a la Pr esidencia e n sus respectivos proyectos de Nación. S in embargo, los conflictos a nivel nacional por ca usas diver sas, no c esaron. No obstante, hacia 1891, dentro d el denominado ciclo de La Bolsa, aparece Carlos María Ocantos (1860 -1949), seguidor del realismo de Pérez Galdós, con su obra Quilito, una novela acerca de la crisis bursátil de 1890, le sigue S eg undo Villafañe (1860 -1937), con Horas de fiebre criticando la vorágine materialista y Julián Martel (seudónimo de José María Miró, 1867 -1896), con su novela La Bolsa. A este respecto Oviedo señala "Los del 80 crearon forma s literarias de « alt a cultura» que eran una manifestación del pro ceso de « modernización » en el que se había embarcado el Estado." (Ibíd. 1997: 161). Sin embargo, hubo al g unos intelectuales que a pes ar de pertenecer cronológicamente a la generación antes rese ñada sus caminos creati vos se fijaron en el Naturalismo, haciendo énfasis en lo mali gno y lo artificioso del auge socioe conómico a rgentino y criticaba áspera mente al establishment . En este contexto destac an, Juan Antonio Argerich (1855-1940) con su novela Inocentes y Culpables (1884), Ma nuel T. Podestá (1853-1918), con su novela Irresponsable (1889), Francisco Anselmo Sicardi (1856-1927), con su obra El li bro e xtraño (5 volúmenes, 1894-1902) y finalmente, Eugenio Cambaceres Alais (1843 -1889), seguidor de un 96 respec tivos períodos prehispánicos, sin excepción , vivieron sus respec tivas, pre y post emancipación, dando los mismos pasos y recorriendo el mismo camino igualme nte complejo, con resultados bastante n egativos en lo que se refiere a lo social, lo económico y lo político. En el Nuevo Continente el ne oclasicismo se agotó con la c aída de las c olonias en las primeras décadas del siglo XIX y el romanticismo hizo gala, con l as alabanzas y exaltación a los héroes y guerreros independenti stas, a través de composiciones poéticas, que resaltaban el buen hacer de combatient es o p ersonajes de reliev e, d estacando en todo momento ideales liber ales y nacionalistas. Así cabe consid erar al sacerdote salvadoreño, Manuel Aguilar (1750 -1819) y su homilía, donde proclama el dere cho a la insurrección de los puebl os oprimidos. Algo parecido realiza el sacerdote J osé Simeón Cañas (1767-1838), en la Asamblea Constituyente de El Salvador de 1823, donde reclamaba la liberación de los esclavos. La s composiciones era n actos espontáneos nacidos del fragor de los acontecimi entos como la de Miguel Álva rez Castro (1795-1856), autor de la poesía Oda Al ciudadano José Cecilio del Valle (1827) o la de Morazán de Fra ncis co Día z (1812-1845), pieza en prosa, publicada en 1894, que reg istra la ge sta del héroe liberal y centroamericanista. En pleno proceso de for mación de una nuev a Nación, nace en Costa Rica Manuel Argüello Mora (1834-1 902) abogado, periodista y escritor. Autor d e una gra n producción narra tiva qu e siempre int entó enmarcar en l a temá tica del realismo decimo nónico europeo, sin embargo, nun ca logró de spegarse de rasgos costumbristas y del romanticismo tardío . Algunas de sus obras más destaca das fueron Elisa de l mar y Las trincheras (1899), La bella here dera y El amor leproso (1900). Fue considerado impulsor del desarrollo literario de su país. Más adelante se manifiesta el primer intelectual en introducir el modernismo en Costa Rica, el escritor Rafael Ánge l Tr oy o (1870 -1910), poeta, novelista, cue ntista y músico. Su obra gira en torno a la corriente romántica que luego re emplazará por la tend encia del modernismo. Ex plor a cuentos de fantasía como Terracota (1900), Topacio, cuentos y fantasía (1907), y también la novela psicoló gica El libro de la vida (1901), ade más de poesía lírica y composiciones musicales. También cabe considerar a Rafaela Salvadora C ontreras Cañas (1 868-1893), poetisa y cuentista, primera esposa de Rubén Da río, cu y a obra sig ue la s pautas trazada s por su esposo, el Modernismo. Escribió cuentos y prosa po ética. En plena etapa del Modernismo poético, Panamá aún libraba batallas para emanciparse de Colombia de 1903. A pesar de haberse ind ependizado de España en 182 1 , como el r esto de 97 naciones centroamericanas, esta nación estuvo u nida a Colombia durante trece años. Por lo tanto, en todo este período lo que ha y de producción li teraria son reperc usiones románticas a través de la narrativa del joven escritor Gil Colunje (1831 -1899), escritor, poeta romántico, periodista, abogado y po lítico colombiano residenciado en Panamá c on L a Virtud triunfante (1849), considerada por alg unos críticos como la p rimera novela p an ameña. En 1852 sobresale su oda 28 de noviembre donde rinde tributo a la indep endencia de Panamá. La transición literaria en este país fue del romanticismo al modernismo, y la integran J erónimo de la Ossa (1847-1907), Federico Escobar (1861 -1912), Rodolfo Caicedo (1868-1905). Para los panameños la verdadera e ra republicana se inicia en 1903; por esa misma época el moderni smo es lo que está e n boga ju nto a la nueva poética. En Puerto Rico todo el siglo XI X estuvo abocado al fortalecimiento del liberalismo político. La población liberaría colectivamente el sentir criollo, unificándose en el deseo independentista y un a de sus herramientas más próx imas fue la prensa . A travé s de ella se transmitió y divul gó el d ebate filosófico, ideas po líti cas, algunos relevantes ensayos y todo lo que tenía que ver con la producción literaria que hi cieron más cercano el pe nsamiento libertario y los movimientos artísticos más notables del viejo continente, com o el Romanticismo, por un lado, y el Realismo y Nat uralismo por otro. El primer periódico isleño fue La Gaceta de Puert o Rico (1806), que lo gra ser publicado gracias la llegada de la pr imera imprenta, motivando además la aparición de otras publicaciones como el Diario Económico (1814-1815), El Cigarrón (1814) y El investigador (1820-1822). Todas estas publicacion es fueron las qu e promocionaron y di eron cabida a las tendencias estéticas como el neoclasicismo, las letras pre rrománticas, el criollismo y el costumbrismo. No se re dundará en da r detalles acerca del medio ambiente coercitivo que implementaron las colonias. No obstante, es relevante desta car que , a p esar de ese entorno, el romanticismo en Puerto Rico nace y se desarrolla con la formación de un movimiento literario auspiciado por la aparici ón del Semanario Literario (1843) y del periódico Boletín Mercantil (1839), entre otros. En sus producciones fue constante el uso de elem entos paisajistas y costumbristas. Práctica que se convirtió en una constante en la producc ión literaria de la región. Por lo tanto, el roma nticismo puertorriqueño se sitúa en la isla desde 1839 hasta aproximadamente la primera década del siglo XX. Tanto la aportación d e autores puertorriqueños, como la de otros autores europeos, l a mayoría españoles de paso por la isl a, contribu yeron a crear el ambiente adecuado p ara la 98 expansión de las letras. Algunos especialistas consideran la p rimera mitad del siglo XIX como la etapa del despertar lit erario de la isl a con las obra s Aguinaldo Puertorriqueño (1843) y Álbum puertorriqueño (1844); Cancionero Borinquén y el segundo Álbum puertorriqueño (1846), dentro del género autóct ono y costumbrista románti co de la isla. D estaca de igual forma en el realismo puertorriqueño el periodista y escritor Salvador B rau (1842 -1912), autor de La pecadora (1887), cu y o tema es la denuncia de la mala calida d d e vida y la miseria de los trabajadores, y d el ensa yo L a campesina (1887), con el que hace públi co los problemas de la mujer en el campo. El pedag ogo, periodista y poeta español Manuel Fernández Juncos (1846 -1928) fue el fundador del periódico El Buscapié (1875), un sema nario dedicado a difundir la obra intelectual de Puerto R ico. Una publicación que fue mu y pop ular entre los lectore s y q ue además a y udó a difundir el g usto por la l ectura en la isl a. Más ta rde , a r aíz de la tan exit osa aceptación y e l sinnúmero de colaborac iones, fue transformada en una publicación ilustra da, re bautizada como Revista Puertorriqueña ( 1883), convirtiéndose, a juz gar por Men éndez Pelayo, en una d e las mejores publi cac iones literari as americanas. Sin embargo, todo se terminó cuando la isla pasó de ser c olonia española a colonia estadounide nse. A finales del siglo XIX y comienzo del XX, el r ealismo y el naturalismo serán la estética de la isla. Aquí s e encuentra a uno de los más representativos, Manuel Ze no Gandía (1855- 1930), médico, periodista, e scritor y político, cu y as novelas se ca racterizan por su corte naturalista y el cr udo reflejo de la realidad de su tierra puertorriqueña, especialmente la ciudad donde nac ió: Arecibo. P osterior a su etapa poética y r omántica, le sigue la etapa narrativa , inaugurada con la novela La charc a (1894), y Garduña (1896). En estas dos novelas, Zeno Gandía maneja el tema de la miserable calidad de vida del campesino y los jornalero s; aun ado a la p ráctica d escarada de la usu ra, b ajo el domini o español. Más tarde escribiría El negocio (1922) y Red entores (1925), esta última fue una novela por entregas, pub licada en el rotativo puertorriqueño de S an Juan, El Imparcial (1918). Su salida se hizo en sucesivas ediciones sabatinas, entre los meses de febrero y octubre de 1925. En estas dos n ovelas denuncia el corrupto mundo comercial y las intriga s políticas bajo el coloniaje estadounidense. Ze no Gandía, inspi rado en la obra de Balzac y P ér ez Galdós, encarna, en gran parte de su obra un universo narrati vo en el cual sus personajes aparecen en varias narraciones o tienen caracter ísticas comunes con difere ntes nombres. La sociedad con sus tipos r epre sentativos es el 99 eje de sus novelas. Una colectividad degradada por sus pasiones, en un ento rno propiciado por el colonialismo español, primero, y e l impuesto por EEUU, después. Este escritor en globa to da su novela en un títul o general: "C rónicas de un mundo enfermo" , pues como médico que era hiz o su propio diagnóstico social de su época. Además, está convencido de que el naturalismo es lo único útil y positivamente artístico. Sin embargo, ese naturalismo que admira no es practicado en sus principios básicos que reg ulan la producción de Z ola, aunqu e su influencia es, pes e a todo, innegable en su prosa. A part ir de aquí las letr as puertorriqueñas, tanto en la poesía como en la prosa, pasan a la corriente del modernismo y el resto de "ismos " provenientes de Europa, para entr emezclar las con los rezag os del romanticismo, el costumbrismo y e l criollismo de la isla. La li teratura de la ve cina República Dominicana comienza aprox imadamente en 1844 en medio de un ambiente convulsionado de disputas con su limítrofe, Haití. En ese contexto y , pese a todo, los sueños independentistas que s e g es taban en toda la població n no cesaron. De la misma forma, a pesar de la férrea censura, el pensamiento europeo se calaba en las mentes de la colectividad sin pausa. L os prime ros intelectuales atrevidos fueron J o sé Núñez de C ácere s (1772-1846), J uan Pablo Duarte (1813-1876), Nicolás Ureña de Mend oza (1822-1875) y, especialmente , Pedro Francisco Bonó (1828 -1906), con El montero (1856), una novela costumbrista y romántica. La inestabilidad políti ca vivida por el paí s en todo el siglo XIX, obligó a los intelec tuales a ex iliarse en países cerc anos como Cuba, Puerto Rico, México o Venezuela. En consecuencia, la narrativa dominicana de mediados del siglo X I X na ce en C uba a través de folle tines publi cados en los pe riódico s de la capital, que gozaron de una gran aceptación entre los lectores. Destaca en este p eríodo J avier Ángulo G urídi (1816 -1884), precursor del indigenismo y Manuel Jesús Ga lván (1834-1910) que, en un fondo romántico, además d el indigenismo, introduce el costumbris mo en su obra Enriquillo (1882), qu e cu enta la vida de un indí gena q ue se sublevó contra los europeos tr as la conquista de lo qu e es ho y República Dominicana. Cabe considerar también a Franc isco Bellini Aristi (1844 -1898), otro escritor importante de est a etapa. C omo político, llegó a ser Presidente de la República (1884 - 1885). Además, fue autor de Bani o Engracia y Antoñita (1892), novelas románticas y costumbristas sin may o r aporte , evidenciando el aislamiento cultural del país a c ausa de su continua inestabilidad política y social. 100 Más a delante, a raíz de la Gue rra de los Die z Años de Cuba y el triunfo de la Restaurac ión en R epública Dominicana, la década de 1870 convirtió al país en la capital cultural del caribe, renovando po r todo es e períod o las artes y la literatura. D estaca por esta époc a la escritora Amelia Francasci (1850-1941), la p rimera novelista dominicana. Aunque su obra es poco conocida, resaltan dos novelas Madre culpable (1893) y Francisca Martinof (1901); su tercera obra fue una novela epistolar Monseñor Meriño, íntimo (1926), está basada en la corre spondencia qu e ma ntuvo con este sa cerdote a raíz del maltrato de l a que fue objeto po r parte de la crítica m asculina de su p aís. Otro escritor importante fue Cesar Nicolás Penson (1855-1901), abogado, autor de Casas añejas (1891), un conjunto de relatos tra dicionales y leyendas a utóctonas. Más tarde de stacan los escritores, Tulio Manuel Cestero (1877 -1955), con s u novela La sangre (1914) y R amón Marrero Arist y (1913-19 59) con su novela Over (1939), ambas obras respec tivamente, trataba n el tema de la dictadura de Ulises Heurea ux y la explotación de los ingenios azucareros. Heureaux, conoc ido y llam ado coloquialmente: "Lilís O" (1844 -1899), militar y político dominicano, Pre sidente de la Re pública en dos oca siones. La verdadera ruptura estética de importancia, suscitada en República Do minicana, fue la creada por el escritor J uan Bosch (1909-2001 ), con la publicación de C amino real (1931). Una obra dond e se inicia en el cuento. Después le sigue la novela La mañosa (1936). Esta fue la primera obra dominicana que, inspirada en l a corriente d el r ealismo, logra la coherencia de tiempo y espacio, des cripción y narración, mane jos de los tipos y niveles de len guaje, con personajes propios d e la época, en un entorno políti co y g eográficos, además, del logro de cualidades bastante ce rcanas a lo que podría llamarse, ‘realismo de la tierra’. Con esta obra el autor lo gra distanciarse d e la típica novela con estilos entremezclados, que había permanecido casi un sig lo en muchos países de la reg ión. Tras una larga y prolífica producción literaria entre ensayos, cue ntos y poesía, Bosch e scribe su segunda novela El Oro y la Pa z (1975). Bosch fue uno de los pocos escritores que utili zó un estilo r ealista, que e xcedía con creces la estampa costumbrista para convertirse en un r etrato de la época en la cual estaba ubicada su obra. Cuba fue la últim a colo nia española en obtener su emancipación. No obstante, su período colonial, siend o mucho más extenso que en el resto del continente y con administraciones férreas, pues el peli gro d e subl evac ión era constante, s u mundo artístico, intelectual y literario si guió el cu rso paut ado des de Europ a, adopt ando e imitando formas y modelos, im portando obras y auto res en una permanente dependencia de mu y baja calidad. Así, 101 dentro de sus limitaciones, pues la constante co ercitiva en esta últim a colonia se mantenía mucho más férrea, el neoclasicismo fue desarrollado por los escritores y po etas hasta aproximadamente 1820. D estaca José María Heredia (1803-1839), cu y a ob ra, además de estar enmarcada en esta corrie nte, contó con los aportes personales del entorno natural, social y del paisaje, produc iendo ori ginales relatos que serán las bases de la futura literatura nacional. A media dos de l siglo XIX el Romanticismo tardío era la c orriente de moda, sin embargo, i gualmente se entremezcló con l a corriente anterior y con los aportes de elementos naturales y propios del paisaje. En esta et apa d estacan J osé Martí Pérez (1853-1895), periodista, escritor, poeta, filósofo y polí tico; que se co nvirtió en héroe na cional por contribuir exitosamente a la gesta independentista cubana, y J uan del Casal y d e la Lastra (1863 -1893), poeta y escritor, fervie nte admirador de Rubén Darío y de la corriente del modernismo finisecular. También destacan Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 -1873), escritora y poetisa romántica, autora de un a prolífica obra que ab arca tanto la poesía como la novela y el teatro. En su novela Sab (1841), condena abiert amente la esclavitud y , en Dos mujeres (1842), defiende el divorc io. También cab e citar a L uisa Pérez y Montes de Oca, conocida c omo Luisa Pérez de Zambrana (1837 -1922), poetisa y escritora, pose edora del Premio L os J uegos Florales de Madrid, artífice de una vasta obra intimista y p ersonal. En la segunda mitad del sig lo XIX si g ue pre domi nando la poesía y el ensa yo, im buidos de exaltación y reflexión patriótica con sus peculiarida des históricas, sociales y culturales, aunado a las múltiples peripecias, crisis y guerras vividas por esta isla en su complejo c amino a la independencia. En este contexto sin embargo el proceso de cr eac ión literaria si guió su curso en una cosmología propia, sin descuidar lo importado, pero con una esencia g en érica y temática especialmente cuba na. Si bien la narrativa es poca, es el géne ro más comprometido con lo social al convertirse en una herramienta de denuncia hacia la injusticia y la miseria. La literatura cubana pasa del Modernismo directo a las V anguardias, pues su producción poética en este ca mpo fu e mucho más fértil que en el cuento y la novel a. Posterior a su independencia, Cuba entra en un a especie de sopor int electual , y la poesía, si bien sigue el mismo r it mo de produc ción, vuelve a explorar temas románticos, intimista, personales y escapistas. En la primera déc ada del siglo XX el modernis mo es revisado y el costumbrismo es debatido, dando "a luz c rónicas, novelas y cuentos anclados en la realidad 102 circundante, mostr ándose censores de las costum bres y de los vicios de la sociedad cubana e inspirándose en un regenera cionismo sui generis ." (Naranjo, 2007: 421) 52 . Dejando atrás las islas caribeñas r egresamos al continente fijando la mirada en Colombia, cuya literatura nacional comienza p recisamente en la segunda década del si g lo X IX, posterior a la consolidación de la nación. Entre los aspectos importantes a la hora de organizar un Estado se encuentra el arte y la creación literaria pa ra enaltecer y exaltar ese nuevo proy ecto independentista. Esto coincide c on la llegada a Colombia del romanticismo tardío, convirtiéndose rápidamente en un movi miento litera rio enér gico y revelador, surgido además como consecuencia de la fuerte influencia del pen samiento liberal f rancés, ll evado al país por los propios protagonistas de la inst auración de la República. La reacción del público lector fu e casi natural, pues lo veía n como un límite , entre l a tradición que dejaban a trás y la liberación que comenzaba. Tanto la poesía, el te atro, la novela, como el ensay o, el artícul o de costumbres y la leyenda, fueron formas literarias ampliamente explotadas y apegadas al movimiento romántico. Entre sus repre sentantes más destacados se encuentra Eugenio Díaz Castro (1803-1865), autor de la novela Manuela (1858), considerada la prime ra novela costumbrista de Colom bia, aunque también contiene matices románticos y r ealistas. A él se suma José Eusebio Caro Ibáñe z (1817- 1853), poeta, escritor, traductor e ideólogo. Fundador del Partido Conserva dor colombiano. Entre sus obras están Poe sías (1857) y Obras escogidas en prosa y verso (1873). También cabe citar a Rafael Pombo y Rebolledo (1833 -191 2), poeta y escritor romántico, fabulista y diplomático; autor del poema La hora de las tinieblas (1855) y de Cuentos pintados para niños (1867) y el ampliamente conocido J orge Isaac (1837 -1895), escritor y poeta; autor de un Poemario (1864) y de l a famosa novela María (1867), que tuvo un éxito inm ediato y fue traducida a treinta y un i diomas. Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, entremezclados con el romanticismo , comienzan a manifestarse en la producción literaria colombiana algunos aspectos relativos al realismo decimonónico en la narrativa de ese país. No obstante, su preca ria adopción, lejos de concebir la novela como un espe jo que refleja fielme nte la realidad, fue utilizada como una 52 El ambiente es creci entemente reno vador, (…) la p ublicación de los primero s trabajo s del antropó logo Fernando Ortiz , (…) el renaci miento de la Revista Bime stre Cubana , Cuba contem poránea, (1913), o S ocial , (1916). En sus colu mnas, los mejores prosistas, po etas y e nsayistas de la época pu blican a rtículos y pagin as escogidas, ostentand o su p reocupación por las cuestiones contemporáneas. En : Historia de las Antillas : Historia de Cuba, d e Consuelo Naranjo, 2007, p., 421. 103 herra mienta más bien de denunc ia, describiendo los problemas soc iales propios de la época, e n un contexto y un entorno caribeño, combinado con la ex posición de tipos y costumbre s regionales, creencias y tradiciones. En esta e tapa se sitúa José Manuel Marroquín (1827-1908), escritor y estadista, Presidente de Colombia entre los años: 1900 -1904 y autor d e Blas Gil (1896), una novela dond e se manifiesta una fue rte crítica social y políti ca. Más tarde c abe citar a Tomás Carrasquillas, (1858-1940), escritor, Premio Nacional de Litera tura, seguidor de una tendencia moderna realista. Autor de Frutos de m i tierra (1896) y La marquesa de Y olombó (1927), novela histórica, repre sentativa de l a realidad negra y mestiz a de las minas y sus cree ncias r eligiosas africanas que mantenían a pesar de estar bautizados. En las primeras décadas del nuevo siglo figura Cesa r Uribe Piedrahita (1896-1951), do ctor en medicina y escritor. Autor de Toá , narraciones de cauchería (1934), nove la que plant ea una severa crítica a la explotación de los colectores de c aucho en l a Amazonia colombiana y Mancha de aceite (1935), una dura crítica a la explotación del pe tróleo e n e l Estado Z uli a. Un Estado venezolano limítr ofe con C olombia. Uribe rompe con las formas li teraria s canónicas que le preceden. Es importante destacar a J osé Eustasio Rivera (1889 -1928), abogado, dipl omático, poeta y escritor. Autor de Tierra de promisión (1921), li bro con cincuenta y cinco son etos y su obra más relevante La Vorágines (1924), una novela d e co rte naturalista catalogada como una importante obra tradicional moderna, que rompe con el agotado costumbrismo, roma nticismo y el uso alternado de elementos literarios diversos. La literatura en l a ex Capitanía General de Venezuela , a partir d el si g lo X IX, se transformó en una herramienta al se rvicio de la gesta indep endentista en las constantes proclamas libertaria, anu nciadas a viva voz. Por lo que en esta primera etapa la oratoria sur ge como una ac tividad en fu nción de las ideas libre pensadoras. Fueron discursos i nspirados en e l pensamiento Ilustrado, haciendo hincapié en los ideales de Liber t ad, Igualdad y S oberanía, en un estilo clásico, conmovedor, romántico y convincente, convirtiendo aquellos discursos en el primer proceso creativo de la Venezuela pre-independentista. Andrés Bello (1781-18 65) destacó como polí tico, dipl omático, filólogo y jurista, además de poeta, educad or, filósofo, ensa y ist a y t raductor, entre otras habilidades. Igua lmente fue uno de los primeros en hacer pública su poesía a p artir del año 1800. Más ta rde, con la llega da d e la imprenta a Caracas (1808) y la fundación del primer pe riódico, Gace ta de Car acas del cual se hizo carg o, pudo permitirse reproducir y publi car todos sus manuscritos y creaciones poéticas. Otro personaje importante que destacó especialmente por esta época, fue Simón Bolívar (1783 -1830), m ilitar, político, e stadista y L ib ertador de siete pa íses de América. 104 Destaca ndo por su magnífica pluma en la creación de sus Manifiestos, Di scursos, De cr etos, Cartas, Eleg ías y Procla mas, ampliamente conoc idas y qu e se encuentran re cogidas en una edición de once volú menes. Oviedo, en su estudio hist oriog ráfico de la literatura hispanoamericana, señal a que Bolívar fue un "gran prócer venezolano" y que además "ocupa un lugar d e excepción en la hist oria americana." De igual forma res eña que es un pe rsonaje que "pertenece a la literatura de la emancipaci ón," (…) del mismo modo enfatiza que Bolívar destacó ampliamente "co mo un autor de discursos y escritos de alto valor dentro del proceso ideológico de la e mancipación, y por un epistolario de va stedad y variedad casi asombrosa (…) para un hombre cu y a br eve vida estuvo comprometida directamente con la lucha militar." (1995: 348-354) 53 "De Bolívar" – agrega Bellini-,"nos queda toda una literat ura al se rvicio de su actividad política." Para este e specialista el más relevante de sus t raba jos fue el Discurso de An gostura (1819), de la misma manera sostiene q ue "con e l B olívar de la acción y la palabra s e inicia el Romanticismo." (I bíd. 1997: 199). En 1810, Bello parte a Gran Bre taña , junto a Bolívar y otros im portantes personajes de la historia r epublicana venezolana, quedando la nueva Nación sumida en una realidad social, económica y política, completamente cat astrófica. En es e contexto , los grupos so ciales dominantes, incapaces de solventar la c ruda realidad en l a que queda la sociedad venezolana, toman medidas radica les que complican mucho más el panorama político, haciendo completamente imposible percibir algún pro ceso r econc iliatorio que motivara de al guna man era el arte o la literatura . 54 La inestabilidad social, política y económica venezolana se extiende hasta 1840. El intelectual y docente Fermín Toro (1806-1865 ) p ublica por entregas la novela Los Mártires (1842), convirtiéndose dicha obra en una su erte de "respuesta" a la necesidad de u na nueva "herramie nta discursiva" que refutará las interrogantes nacidas como c onsecue ncia de la profunda crisis en la que cayó la República. " Con esta novela Toro denunci a la pobr eza material y miseria espiritual que viven las autocalificadas s ociedade s civi lizadas;" (Medina, 1998: 207) en una pretendida intenci ón de renovar conciencias a través de la liter atura, obje tivo bastante difícil de lograr con una población mayoritariamente analfabeta. Sin emba rg o, la nov ela tuvo 53 Véase, una información much o más detalla al re specto en: Historia d e la Literatura Hispan oamericana Vol. I. de José Migue l Oviedo, (1995) , p. 348 – 354. 54 A partir d e 1830 la sociedad v enezolana se encu entra en una crisis políti ca y económica mayor que la planteada en el año de 1810, cuan do anu nciara su independencia. (…) M edina, J.D. (1998 ). Principios para u na teoría de la novela venezolana del siglo XIX y comienzo s del siglo XX. En: Scielo, Literatu ra y Lingüística. Nº 11, Santiago 1998, p . 205-217. IS SN 0716 – 5811 – www.sci elo.cl 105 una acogida sorprendente y pasó a se r catalo gada por los estudiosos como la primera novela venezolana. Del mismo modo la primera obr a indigenista venezolana fue Anaida (1872). Un a novela que nace de la mano de l escritor y político José Ramón Yepes (1822-1881), cu y a obra busca en todo mom en to la didáctica, la moraleja, la lucha del bien sobre el mal, en un microcosmos étnico completamente distanciado de la r ealidad ci rcundante, sellando el desenlace con un final feliz. Otro nombre que destaca por esta época fue J osé María Manrique (1846-1907), escritor, catedrático y d ramaturg o, autor de La expósita (1875), Querer es poder (1876), L os dos avaros (1879) y Z árate (1882). Obras de narrativa didáctica y moralista con final feliz, evadiendo al le ctor de su realidad p ara p erderlo en un lab erinto ro mántico desgastado y ajeno a su entorno. Más adelante, el escritor y políti co Manu el Vicente Romero G arcía (1856-1 917) escribe y publi ca Pe onía (1890), una novela costumbrista c on mar cados matices c riollos, que tuvo una significa tiva resonancia. De acuerdo a las apr eciaciones de B ellini "Se trata de una obra importante por cuanto señala el comienzo de la narrativa venezolana, pero c on grandes de fectos desde el punto d e vista na rrativo." Co ntemporáneo a este escritor se sitúa Gonz alo Picón Febres (1860-1918), con su novela inspirada en el tem a de las guerras civiles El sargento Felipe (1889). Un a obra ubicad a en el movimiento denominado, "realismo sentimental", qu e no pasa de ser una novela más. Bellini comenta, en este punto que "la na rrativa ve nezolana no pre s enta grandes nombres en este momento, aunque Eduardo Pardo (1868 -1905) y J osé Gil Fortoul (1852-1943) son también narradores interesantes." F inalmente, en este apartado, dedicado a los escritores v enezolanos identificados con el costumbrismo y el realismo, Bellini sentencia que "será necesario esperar hasta Rómulo Gallegos (18 84-1969), para en contrar una voz venezolana realmente ori ginal en la narrativa y que logre imponerse en el ámbito continental." ( Ibíd. 1997: 294). Po r otra parte, Chile, además de for mar parte de l objeto de este e studio, y de pertenecer igualmente al conjunto d e países hispano americanos, era pe rtinente que se inclu y era en e ste apartado, aunque más ad elante se amplíe este tema por las impli cac iones que tiene dentro del mundo literario chileno y el objeto de estudio. Así es im portante destac ar qu e el desarrollo literario chileno se presentó mucho más tardío que el resto de la s nuevas naciones, aunque supo, con muchos es fuerzos, aprender y sorprender. A pesar de ser país limítrofe con Argentina y ganar su emancipación con meses de diferencia, para el mi smo período del siglo X I X no contaba con el nivel de de sarrollo intelectual 112 el nuevo mundo, concretamente en lo que se refiere a Chile, eran r eferencias completamente imprecisas y vaga s, invadidas por sucesos fantástic os, con descripciones sociales y geográfic as inexistentes. Por lo tanto, como c olonia, hasta e l siglo XVI, Chil e era para la soc iedad española del viejo continente un a suert e de región misteriosa, con historias fantásticas, relatos extravagantes y ma ravillosos que en n ada se acercaban a la realidad, pues se trataba d e narraciones na cidas ex clusivamente de la imaginación y de la espec ulaci ón, con el afán de gloria de los que regresaban. Pero no solo el pueblo ignoraba los acontecimientos de "Las Indias", como denominaban al nuevo mundo la gente común, sino tam bién un número importante de personajes de cierto prestigio, tanto en Madrid, como en las diferentes ciud ades del Reino de España. Muchos desconoc ían por co mpleto las verdade ras peripecias que tuvieron que vivir, tanto los conquistadores como los conquist ados, antes de lograr in staurar las colonias en este apartado y lejano luga r llamado Chile. Al hilo de esto último, sin e mbargo, hay que destacar que desde las primeras ca mpañas dirigidas al nuevo conti nente, todo fue comunicado a España por escrito con mi nuciosos y detallados relatos, fu eran éstos a través d e una misiva, una acusación, un informe, una sentencia, una crónica o una simple carta. Si bien n ada tenían de arte literario estos manuscritos, pasaron a ser relatos históricos importantes y, e n una pr i mera instanc ia, incluidos dentro de la rama literaria; tal y c omo se acostum braba en Europa. Así, tanto don Diego d e Alm agro como don Pedro de Valdivia -los primeros hombres que se at revieron a emprender campañas conquistadoras hacia estas misteriosas ti erra s- relacionaron cada uno de sus movimientos a través de ex tensos manuscritos enviados al R ey de España. Destaca entre todas esas misivas la Carta a Carlos V , la de ‘1.54 5’, donde Valdivia, desde La Serena, en plena campaña de conquista, describe con a d miraci ón las maravillosas bellezas natural es de la r eg ión, refiriéndose a Chi le. En el c aso de Valdivi a esta práctica fue constante pues contaba una destreza p articular en lo que se r efiere a la escritura, entre otra s cosas por su esme rada educación, pues la ma y oría de los conquistadore s eran analfabetos y se hacían acompañar por su s propios escribanos, encar g ados de sus manuscritos, como fu e el caso de Almagro, pue s este último no sabía escribir ni leer 57 . 57 Diego de Almagro, q ue ganó en la co nquista del Perú el tra tamiento de "Don", […] era un sold ado envejecido y experimentad o en las guerras d e América. […] No sabía escribir y n i siquiera leer… (Bar ros Arana, Historia General de Chile, p. 131.) 113 Estos grupos encargados de la conquista y coloni zación también fueron acompañados por cronistas europeos especializados y leales a la corona, cu ya función fue describir con detalle, de l a manera más certera posible, en larg as misivas, los acontecimientos a caecidos en estos procesos, informan do minuciosamente a la corona española. De igu al forma, en todas esas tropas de expedicionarios se encontraba gente del clero, que elaboraba sus propios manuscritos, cartas, misivas, memoriales, crónicas y tod a clase d e escritos donde r elataban las peripecias qu e se vivían en aqu ellas hi stóricas travesías, a ve ces sujetas a las ex periencias y otr as a la imaginación. Uno de los seducidos por el peso d e las le yendas, teji das en torno a este remoto territorio del nue vo mundo, fue Alonso de Ercilla y Zúñiga, hijo de un prestig ioso Jurisconsulto, que crec ió en el Palacio Real como paje del P ríncipe Felipe. Personaje que f ue coronado posteriormente como Fe lipe II . En ese entorno Ercilla recibió una edu cación esmerada y rigurosa. Cuando se encontraba en Inglaterra, cono ció al Adelantado Don Jerónimo de Alderete y Mercado, quien acababa de s er nombr ado por el Rey Gobe rn ador de Chile. Por esos días, est e hombre se embarcaba ha cia el nuevo mundo a ejerc er su cargo. Alonso, que conta ba con algo más de veinte años, se embarcó con Alderete p ar a América. Al ll egar a Panamá Alderete se contagia d e fiebre amar ill a y muere sin ll egar a ejercer su car go. E rcilla continúa su viaje a Chile en solitario y , como lo reseña Barros Arana , se e mbarca a la a ventura en la búsqueda " de emociones heroicas en l os lejanos países que la i maginación de los pri me ros exploradores se complacía e n pintar com o regiones e ncantadas". (Tomo II , 1999: 203). Desde su llega da, Ercilla se incorpora como soldado en la c a mpaña de Chile (1557- 1559). Durante todo ese tiempo recorre su ge ografía junt o a su tropa, especi almente la del sur, combatiendo con los pocos reductos de rebe ldes i ndígenas, que aún quedaban esparc idos en la larga franja de tierra sure ña hasta la zona a ustral. L as ex perienc ias vividas motivaron sin límite la vena poé tica de Ercilla. Cada noche, cuando todos se recogían, él esc ribía sobre los acontec imientos de l día. Sin duda en un primer momento las intenc iones del escritor fueron referir las hazañas d e la conquista, sus combates y la descripción del entorno chileno. A este re specto Barros Arana puntualiza: En e se tiempo no se tenía de la historia la idea que nosotros tenemos, ni se exigía en esta clase de composiciones la severa e xactitud y la minuciosa proli jidad que ahora son indispensables. Ercilla debió cree r que la hist oria que se proponía escribir, sería mucho más popular e 114 interesante si se la reducía a los rasgos más prominentes y heroicos, y se la engalanaba con e l lenguaje pintoresco y arm onioso de los versos y con algunos accidentes de pura imaginación. P ero aspirando sólo a formar una historia en verso, su genio poético creó un poema narrativo que si no alcanzó a tener todo el esplendor y l a magnificencia de la epopeya, posee al menos de común con este género de obras, el relieve de los caracteres, la pintura animada de los combates y las admirables arengas de sus héroes. (Ibíd. T. II : 204 ). Efectivamente , por aqu el tiempo las interpelaciones, las crónicas y detalles generales, tanto en los relatos hist óric os como en la elaboración de los poemas é picos, era mucho más sencilla de lo que es ahora , sin embargo los escritos de Ercilla plasmaron la historia, los hechos, las batallas y la geografía de una de las colonias más apartadas y descono cida s del Reino de España con un esmero tan sobresaliente que pasó a formar parte del acervo histórico cultural, como la primera producción literaria escrita en tierras chilenas. Una vez más Barros Aran a explica cómo fue la publicac ión de este poema precisando lo siguiente: En esa situación apareció en Madrid en 1 .569 un pequeño volumen en 8º con el simple título de “La Araucana, de don Alonso de Ercilla y Zúñiga”. Era un poema de 1.146 octavas real es distribui das en quince cantos, y escritas con una robustez de tono, y con u na elegancia de forma que sería inútil buscar en los poemas narrati vos publicados hast a entonces en lengua castellana. [… ] Esas valientes y elegantes estrofas en que se cantaba el heroísmo de los castell anos, obtuvieron una inmensa popularidad en toda España. Felipe I1 condecoró el año siguiente a su autor con la cruz de la orden de Santiago. Su libro, aunque sólo era la primera part e de la obra que había emprendido, obtuvo el honor de ser reimpreso en Salamanca en 1 .574, en Amberes en 1 .575 y en Zaragoza en 1.577. (Ibíd. T. I I: 203). La Araucana fue una obra escrita en tres part es. En 1569, la primera; en 1578, la segunda y la tercer a y últi ma, en 1589. Su pulcritud en la secuencia, los lugares y las fechas que se relatan d e la historia de Ch ile hasta 1558, la conv ierten en un docum ento histórico importante y en un poema épi co que rompió con lo establec ido, para crear una obra con un "protagonista 115 colectivo, el pueblo español y el pueblo mapuche , estrechados en un mortal combate, la Guerra de Arauco ." (Alegría, 1962: 23). El poeta y c rítico literario, Enrique Lihn (1929 -1988) cataloga a Ercilla como "el primer poeta joven de Chile" . P ues además del arte inmerso, se rec onoce una investigación minuciosa y parte de un a aportació n nacida de la e xp eriencia propia, pero su extensión y otros detalles especificados por los expertos, convierten el poem a en una lectura difícil y densa, no obstante, es la primera y la más im portante int ención li teraria y poética que ve la luz en Chil e; una colonia ubicada en los confines del mundo que, aunque no había terminado de cons tituirse, ya tenía su Poema Épico, un canto a sus héroes, a los vencidos, a los triunfadores, a los aborígene s, los castellanos, unos versos inspirados y escritos al calor de los acontecimien tos. A imit ación del modelo de Ercilla, Pedro de Oña (1570 -1643), personaje nacido en la ciudad de Los Infantes d e An gol y primer poeta n acido en Chile, es cribe y publica El Arauco domado (1596), un re tór ico poema con pretensio nes épicas de una calida d mu y inf erior a la obra de Ercilla 58 . Una vez superados todos los embates del proceso de la conquista y fundada la capital, Chile pasa a vivir, en lo que respecta al desarroll o cultural, un período similar al resto de las colonias. Los géneros literarios más cultivados en aquella época fueron la hi storia, las crónicas, la poesía narra tiva y los recitados, acompañados de la g uitarra o del guitarrón, in terpre tados por los llamados "palladores". Se trataba de estructuras poética s de canto en décima, muy populares en acontecimientos festivos y en algunas ocasiones en funerales. A este respecto Toribio Medina señala que, "La poesía popular h a existido en el país desde el coloniaje, y aunque en toda s épocas ha tenido, ( …) el mismo carácter, en la época de la colonia tuv o una inmensa boga en la ge nte del pueblo en tre la que había improvisadores cu y a memo ria du ra todavía." 59 Más adelante, finaliz ando el siglo XVI y gran parte del siglo X VII, s e prod uce una suerte de renac imiento liter ario, po r llamarlo de al g una forma, entre los soldados españoles que formaban parte de las gigantescas huestes de las campañas conquistadoras, destacando los hist oriadores 58 No hay , pues, en Arauco domado , una acción épica regular mente desen vuelta. De Oña, o lvida el asunto principal p or los episodios. […] En la paz y en la guerra, en la administración y en las batalla s, don García, (el pr otagonista) es un dechad o de todas las p erfecciones. […] El recargo de las alab anzas hace du dar de la independencia d el poeta, […] (Barros Aran a, T., II p. 216 -218). Y en: H istoria de la Literatura Colonial d e Chile de José Toribio M edina, 1878: 572 -705. 59 Arte poético mu sical llamada poesía satírica o can to a lo poeta acompañ ado según la oca sión po r un músico y su guitarra . Eran estructuras p oéticas que narraban acontecimientos a veces tri stes otras a legres. En: Historia de la Lite ratura Colonial de Ch ile . Cap ítulo XIX, de José T. M edina (1878), p. 126 4 – 1268. 116 y c ronistas tales como A lonso de Góngora y Marmolej o (1523-1576), con Historia del Reino de Chile : desde su descubrimiento hasta el año de 1575, publica do en 1852. 60 Hubo además otros soldados y clérigos venidos desde España, más o menos instruidos, que se atr evieron con la pluma y cont aron las pe ripecias vividas durante l a Conquista. Uno de ellos fue el capitán gallego Pedro Mariño d e Lobera (1528 -1594), autor de Crónica del Reino de Chile . Un manuscrito que estuvo en manos del jesuita Bartolomé de Escobar h asta su publicación en 1865. Otro soldado fue el Capitán andaluz Fernando Álvarez de Toledo y Valmediano (1550-1633), quien en sus crónicas de Indias escritas en verso quiso emular a Ercilla esc ribiendo Araucana y Purén indómito 61 (1592-1610). Una obra sever amente c riticada. A e ste respec to Toribio Medina afir ma que " … no tiene mérito li terario a lguno, (…) falta en é l inspiración y sobr a vulgaridad (… ) su forma ex terna es sumamente defectuosa." (1878: 910 - 911). Otro personaje importante de éste período fue el sacerdote jesuita Alonso de Ovalle (1603-1651), autor de la primera Crónica dedicada exclusivamente a Chile, que ade más fue llevada a la im prenta para su publicación, titul ada Histórica rela ción del Reino de Chile (1646). 62 C abe considerar también a Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán ( 1607-1682), auto r de las Crónicas Cautiveri o feliz y Razón individual de las Gu erras dilatadas del Reino de Chil e (1673), una obra realiz ada a raíz de la experiencia vivida en su convivencia con los Mapu ches en el sur del país. La liter atura colonial c hilena, además de contar con las narrac iones detalladas en los párrafos anteriores, más bien, históricas, no se conocen otros estilos excepto la poe sía c olonial, una actividad que se llegó a producir con mu y po co entusiasmo -salvo las y a s eñaladas- pero fue pobre y sin originalidad. A pesar de que muchos de los españoles que llegaron a l a colonia habían sido educ ados c on mucho e smero y conocían la importancia de la expre sión estética del pensamiento en tod as sus formas, era mu y poco lo que hacían para elevar su nivel cultural . El retraso era evidente. L a educación formal estaba li mitada a los que podí an pa ga rla y no era 60 Extraord inario relato histórico, d e acuerdo a investigacion es, estudios y com entarios registrados por Barros Arana en: H istoria General de Chile , T. I: 330 -339 – T. II : 210- 211. 61 La primera obra destinada a consignar la historia del gobierno d e don Alonso d e Sotomayor, ejercida entre los años: 1583- 1591; y en la o tra obra t uvo como objetivo relatar los detalles que ll evaron a la mu erte al gobernador, Óñez de Loyola, el levantamiento de los ara ucano s y la destrucción de las ci udades del sur. Toda s estas obras son a nalizadas ext ensamente por Barros Aran a en: Historia G eneral de Chile. Pie de página N.38, T. III, capítu lo 15 de la parte III, p. 200-202. 62 El Institu to de Literatura Ch ilena cataloga la obra realizada por el jesuita Alon so de Ovall e, como ‘la obra más valiosa de nuestra lit eratura colon ial’ en: El historiador Alon so de Ovalle. Una ob ra escrita por Wa lter Hanisch del Instituto d e Investigaciones Histórica de la Fa cultad de Humanidad es y E d ucación de la Un iversidad Católica Andrés Bello. 197 6. Caracas, p . 280. 117 completa, pues los jóvenes debían terminar sus es tudios en el Virreinato del Perú, en España o en cualquier país de Europa. Del mismo modo cabe considerar los en frentamientos con la población Mapuc he, situación que se prolongó excesivamente en el tiempo, absorbiendo el imaginar io del colectivo, hasta el punto que hubo épocas en que no se hablaba, ni se escribía de otra cosa; además de consumir gran parte de la economía colonial, era un problema constante para los encargados del poder. Asimismo, lo intrincado de su ge ografía. Un país perdido en un rincón del mundo, estrecha do por el océano y los Andes. Por otro lado, se manifestaba la severa censura ejercida por las autoridade s y el Reino d e España. Otro aspecto f ue el c ontrol de la libertad de pensamiento, la rígida vigilancia d el ingreso de la literatura extranjera y la manipulación constante de la información por part e de las autorida des. A dichas circ unstancia s hay que sumarle el hecho de que la única imprenta de l a que se tiene conocimi ento, durante la era c olonial en Chile, fue una muy rudimentar i a, propiedad de los jesuitas, que la instalaron e n estas tierra s hacia 1776 p ara su uso propio. La total se gregación del movi miento cultural de los pueblos europe os, que vivió la colonia de Chile, donde desconocían a Cervantes, L ope de Vega, Calderón y a muchos otros escritores españoles de la época y del resto de Europa, fomentó la mediocridad y desinformación de lo s creadores, manteniéndolos anclados en t emas y e stilos de tiempos muertos. L os únicos privileg iados que podían darse e l lujo de crear algún tipo de manuscrito de relatos históricos o religiosos, fueran estos en v erso o en prosa, a m ediados del siglo XV II , era n los mi litares y el clero, quienes destacaron medianamente por la pobreza del contenido, lenguaje y estilo. Por esta misma época es importante señalar que muchos gobernadores y funcionarios de cier to prestigio se dieron a la tarea de mand ar ha cer Crónicas "ofic i ales" d e los hechos acaecidos en las contiendas con los araucanos, o los desacuerdos y rencillas entre las tropas, que lueg o enviaban a Madrid a través de extensos manuscritos, además de biografías y relatos detallados de vivencias de algunos altos funcionarios y a desaparecidos, sobre todo con el objetivo de enaltecer exagera damente sus funcion es. A este respecto Ba r ro s Arana com enta lo siguiente: Este movimiento literario, aunque nacido a tanta distancia de la metrópoli, y desarrollada en tan modestas proporciones, fue simplemente un reflejo páli do y lejano de la liter atura española de esa época. Los escasos escritores de la colonia imitaban, con más o menos habilidad, los pocos libros que tenían entrada en estos países. El Rey había prohibido que se trajesen a ellos las obras que trataban de 118 materias profanas y fab ulosas y las historias fi ngidas, que tampoco podían publicarse en América, y por eso la literatura colonial careció de novelas y, aun, de verdaderas comedias, g éneros ambos a que eran tan aficionados los españ oles. En cambio produjer on crónicas, en prosa y en verso, y trat ados ascéticos, teológicos o de jurisprudencia canónica; y en todas estas obras, a pesar de la inferior idad de su mérito, se trasluce la imitación de aquellos modelos. (Barr os Arana. V. 2000: 313) 63 Durante la colonia las únicas manifesta ciones literarias conocidas fueron las re feridas a una monja del C onvento de la Victoria de Santia go, llamada Sor Úrsula S uarez (1668 -1749 ), autora d e Relaciones d e singular misericord ia que el Señor ha usado con un a religiosa indigna esposa suya (1708). Se trataba de largas confesiones narradas en dilatados manuscritos. Cabe considerar también otra producción anónima, escrita por otra reli g iosa, perteneciente al Monasterio de Ca rmelitas, titular de San Rafael, e l día 18 de junio de 1783. En ella, a través d e un largo Romance escrito en versos octosílabos, hace una detallada Relación de la Inundación que hizo el río Mapocho de la ciudad de Santiago de Chile . Estos versos fueron remitidos por la relig iosa a su confeso r quien se e ncontraba ausente. Por lo que la emisaria portadora del encarg o se apropió del manuscrito y lo hizo público. (Medina, 1878: 2519- 2542). Ya en la post rimería de la época colonial chilena, la única manif estaci ón litera ria de cierto prestigio y f emenina fue la producida po r doña Mercedes Marín del Solar (1804-1866), escritora, poetisa, ensayista y bió grafa. Autora de Canto fúnebre a la muerte de don Diego Portales (1837), cuya obra solo fue reconocida una vez instaurada la Independenc ia. El crítico literario Hernán Díaz Arrieta (1891 -1984), influyente e im presc indible personaje de la sociedad c ultural chilena, que se identificó siempre en sus artículos periodísticos con el seudónimo de ‘Alone’, 64 e stableció que la c ronología literaria c hilena estaba dividida en tres partes: Período Colonial, siglo XIX y siglo X X en adelante. Sin e mbargo, existe un entorno político social que Alone no contempla en esta clasificación. A este respecto, mucho antes, 63 Desde mediados d el siglo XVII, la literatura española entra en período d e decadencia […]. E n la modesta literatura colonial de Chile vemos repetirs e el mismo aban dono de los estudio s histórico s duran te un largo período. E ntre otros muchos aspectos similare s de la época. Subtítulo 14: Considerac iones acerca de este movimiento literario. E n: H istoria General de Ch ile d e Diego Barros Arana. Tomo V, Cap ítulo 24: La Ilu stración en Chile duran te el siglo XVII: Pro ducciones Literarias, p . 263 -314. 64 Crítico literario de E l Diario Il ustrado y el diario E l Mercurio . Si b ien fue generalmente s evero en su labor, también supo a lentar y descub rir nuevos talento s. Entre ellos, Pab lo Neruda, Gab riel a Mistral, Marta Brunet, entre muchos otro s. Alone. La sombra inquiet a de Fernando Bravo V. 1997, p. 10. 119 La starria s eñaló que ha y que tom ar en cuenta qu e la e ra colonial culmina alrededor de 1808, con los aires ind ependentistas, y que el período Independiente s e extiende desde 1810 hasta 1823, con el exil io de O’Higgins, 65 y que la Reconquista (1814 -1817), aunq ue fue un períod o de retroceso, sin duda sirvió para sentar las bases que destacarían posteriormente con la organización del Estado chileno, que se prolonga hasta 1830. Etapas éstas de nutridos y fuertes movimientos sociales que, sin lugar a dudas, influy eron en el desarrollo del país no solo en lo político y ec onómico, sino también en lo artístico, li terario e intelectual. La starria continua su análisis reseñando qu e el período contemplado entre 1823 -1830 fue la época en la que s e puso e n marcha la ens eñanza públi ca, la fundación de un I nstitut o Universitario, la Aca demia Chilena y otr as muchas iniciativas que contribuyeron al crecimiento cultural y educativo d e la sociedad. Bases imprescindible s para estimular de manera formal la creación y producción masiva, e ntre otros mucho s aspectos. El mismo autor continú a sus comentarios señalan do que aquel es caso mo vimiento de promoción de l as libertades del pensamiento, impuestas por aquellas a utoridades, aunque todavía se percibían reminiscencias de la colonia conservadora, prod ujo e n la joven sociedad un despertar literario que , a pesar de ser de muy poca calidad, aquella nueva "soc iedad independiente" asimiló y produjo, "como un a reacción casi individual ," completamente autodidacta en la cre ación, en un entorno plagado de dificult ades " políticas y sociales ", la semilla artística y c rea dora tan necesarias para un despegue verdadero en l o que respecta a la literatura. (187 8: 9). Por otra parte, Domingo Amunátegui (1860-1946) reseña 66 que la emancipación chilena fue una ruta b astante complicada, pues la "a tmó sfera intelectual " del país aún se e ncontraba "impregna da de un estrecho espíritu colonial." Por lo tanto, no era un ent orno ventajoso para los escritore s d e la época, sin embargo, hubo excepciones como Juan Martínez de Rozas Cor rea (1759-1813) quien, a pes ar de h aber sido educado en la provincia, s e doctoró en Leyes sin tener que ir al extranjero. Producto de su brillante des empeño académico, desde su g raduación, ocupó prestigiosos cargos gubernamentales que le p ermitieron ir muc ho más allá, pues se atr evió a 65 Bernardo O’Higgins Riqu elme, (1778 -1842), militar y político, considerado uno de los Padres de la Patria p or ser un importante p ersonaje de la gesta emancipado ra de Chile. Diputado de la nueva R epública en cuatro oportun idades durante 1811. Primer Jefe de Estado de la Re pública d e Chile, bajo el título de Director Supremo, entre 1 817-1823. Bi blioteca del Congr eso Nacion al de Chile. Historia Pública. 66 En su ob ra, Bosque jo histórico de la literatura chilen a. Publicaciones que hacía la Revista chilena de Historia y Geografía en San tiago de Chile. Amun átegui sostiene q ue tod a aquella campañ a acaecida en la etap a independentista, fue u n esfuerzo co njunto d e varias fuerzas bajo el influjo de la ilustració n y lo s profundos deseos de libertad, la extinción del espíritu colonialista y la permanencia d e la tradición s ecular. 120 distribuir periódicos insurgentes de países vecinos y cue stionar el orden establecido a través del Catecismo Polít ico Cris tiano. Publi cac ión atribuida a él, aunque no comprobado, pues se trataba de unas proclamas que él mi smo producía y distribuía entr e sus seguidores, inspirado quizás en todo lo que leía. Actividad de alto riesgo para él, pues en esa misma época "servía a los intere ses militares de la colonia como Consejero de los Intendentes de C oncepción." 67 Otr o importante int electual que se destacó por esta época fu e Fra y Camilo Henríquez González (1769-1825), sacerdote, escritor y político, natural de la ciudad de Valdivia, "quien, en una proclama manuscrita, a principios de 1811, pidió la I ndependencia de Chile." (1915: 3 - 5) La herramienta que, sin duda alguna contribu y ó al nacimiento y post erior desarrollo de la intelectualidad n acional independiente fue l a instalación de una i mprenta estatal y l a fundación del primer peri ódico chileno La Aurora de Chile, cuyo primer ejemplar vio la luz el 13 de fe br ero de 1812. S u dirección quedó a c argo del Fra y Camilo Henrique , quien, en su afán de promover y difundir la libertad y emancipación de las c olonias ameri canas y sus ideale s republicanos, p rocuró dar a conocer las ide as fil osó ficas de la I lustración con autore s como Rousseau y Voltaire, entre muchos otros. De i gual forma, en todas las pub licaciones editadas de este periódico s e a ceptaron numerosos aportes y colaboraciones de intelectuales como Salas, Ega ña, Gandarilla y del guatemalteco Irisarri. Sig nificativas participaciones que c ontribu y eron a que unas cuantas décadas más adelante germinara lo que posteriormente se convertiría en la base de un sustancioso mundo intelectual y c ultural. No obst ante, debido a la censura gubernamental, el p eriódico solo duró hasta los primeros meses de 1813. Sin e mbarg o, Fra y Camilo, que destacó en esta épo ca como parte d e la intelectualidad nacional, no se dio po r vencido e inmediatamente c reó y sacó a la luz el 17 de abril de ese mismo a ño el di ario E l monitor araucano, que llevaba encartado entre sus pá ginas una proclama su ya, titulada Catecismo de los patriotas. La imperiosa necesidad de ver a Chile como un país completamente independiente fue lo que nutrió la extraordinaria y prolífica escritura de Camilo Henríquez. Esto lo llevó, durante toda su vida, a logra r la redacción de diez periódicos de corte políti co y so cial, entre Santiago y Buenos Aires, con colaboradores nacionales y e xtranjeros, cu y o prin cipal objetivo fue l a de transmitir su pensa miento e ideología d e libertad y just icia. Pero su e ducación re li giosa, sus votos y el claustro donde solo utilizaba el latín, lo llevaron a desconocer aspectos relevantes del 67 Información acerca d el tema y de Juan Martínez de Rozas Correa, se encu entra amplia da en: Los Archi vos de la Galería Nacional de Chile, especí ficamente en la biogra fía redact ada por Diego Barros Arana, p . 7. 121 idioma español en el m omento de crear. P ero cualquiera qu e fueran sus ideas y "creencias políticas", reseña Domingo Amunátegui, "mantuvo con lealtad sus votos de fra ile de la Buena Muerte." Del mi smo mod o, a r aíz esa característica y a pesar de escribir infi nidad de sermones, proclamas, ensa y os, artículos periodísticos, textos dramáticos, poesía lí rica y otros muchos escritos y de haber cantado a la "Patria en entusiastas y num erosos him nos," su obra, en general, "juzga da con criterio literario, vale poco; pero en el escenario político alcanzó enorme trascendencia." (Ibíd. Amunáteg ui: 6-8 ). Es innegable que, en su p rimera et apa como n ación, Chile no habría podido lograr nunca sus objetivos en el terreno intelectual y cultural sin los aportes de los miembros del poder, de la aristocracia y el clero; pues el pueblo, en su mayoría anal fabeta y víctima de la carencia que se vivía debido a la inesta bilidad económica, social y política de aquella época, no se encontraba capacitado para proporcionar algún personaje de cierta relevancia. Sin embarg o, hubo excepciones, a pesar de que la ma y o ría de los actores significativos siempre fueron miembros de alguna familia de abolengo. Dentro de este grupo de privilegiados, qu e se atrevieron a d ar sus aportes con el objeto de vivir en un país culturalmente independiente, se encuentra el jurista y escritor Juan E g aña Risco (1768 -1836). Hijo de comerciante, pero nacido en Lima, Perú - a raíz de una temporal estancia de su familia en el pa ís vec ino - pero de nacionalidad c hilena. Como abogado, formó parte de la redacción de la Constitución Chil ena de 1823, ade más de integrar el grupo de personajes impulsores de l a fundación d el Instituto Nacion al y de la Biblioteca Nacional (1813). Su pensamiento y su i deología lo ll evaron a se r deportado por los españoles y encarcelado en la I sla d e Juan Fernández, durante un br eve período de tiempo, denominado en la H istoria de Chile como La Reconquista Española (1814 -1817). Ese lu gar, es una inhóspita y fría isla situada al sur del país, donde Egaña Risco escribió su célebre obr a El chileno consolado en los presidios o la Filosofía de la Religión: Memorias de mis trabajos y reflexiones escritas en el acto de padecer y de pensar (1814). Más adelante se atrevería co n Cartas Pehuenches (1819) entre otros. Con esta últim a obra Egaña llegó a ser catalo ga do por algunos estudiosos como uno de los primeros cue ntistas chilenos. Otro destacado intele ctual fue Vicente Pérez Rosales (1807-1886) político y comerciante chileno cuya famili a hu y ó a Mendoza a raíz de las guerras acaecidas en el proceso independentista durante su niñez. Gr an parte de su educación la recibió en París. A su r egreso a Chil e, en 1829, se dedicó al comercio de la mi nería y la agricultura. Motivado por la fiebre del oro viaj a a C alifornia en 1848, donde experimentó múltiples aventura s relatadas en su Diario de viaje a California 1848-1849, publicado en 1849. Aunque desde 1850 debió cumplir múltiples cargos públicos y 128 A partir de es e momento, señala J osé Promis en otro estudio, "Andrés B ello orientará todas sus actividades intelectuales hacia la formación de una cultura chilena, tanto a través del periodismo como de la docencia públi ca y privad a". Sin embargo, todos estos esfuerzos eran acciones a largo plaz o p ues prácticamente habí a que empezar desde mu y aba jo ya qu e, al parecer los encargados d e esas tareas en los entes y f uncionarios públicos, compuesto por "los pensadore s ilustrados chilenos", eran conscientes del problema y "habían manifestado" su profunda preocupación por el penoso "estado de la cultura na cional ", pero era mu y poco lo que habían hecho para resolv er "el problema de la literatura como objeto de expresión cultural". Sin lugar a dudas su "perspectiva ilumi nista" los había abocado a resolver el factor educativo pues consideraban que era imprescindible para el d esarrollo social " y motor de la historia" pe ro no referido al incentivo de la cultura y el arte en tod as sus formas de ex presión. (Promis, 1995: 33). A partir de estos y otros muchos esfuerzos motivados por Bello e importantes figuras del quehacer intelectual chileno -que se sentían profundamente motivados por las ideas traídas desde Inglaterra por el cara queño -, el proceso cultural comenzó a dar tí midos pasos, involucrando al teatro, l a poseía, la novela, el relato, el periodismo, entre o tros. S in embarg o, su evolución sig uió siendo lenta y pobr e. L a espontaneidad de los valores nacionale s y sus creaciones tardaban más de lo que s e esperaba. Durante toda esa década las actividades promovidas por un grupo de alumnos de Bello, entre ellos las de J o sé Victorino La st arr ia, jugaron un importante papel dentro d e la intel ectualidad c hilena decimonónica y los r esultados no se hicieron esperar, pues todos esos esfuerzos convergieron en l a creación de una organización destinada ex clusivamente a la creación, discusión, promoción y divul ga ción d e una literatura y una poesía eminentemente nacional. A este respecto Latcham comenta qu e "Bello, qui en desde 1834 habí a ens eñado a un escogido grupo de alumnos, gramática y literatura, derecho romano y español," comen zaba a percibir su decisiva influencia en el n acimiento de una nu eva generac ión de intelectuales formados por él. (1942: 174) 72 . Así el día 3 d e may o de 1842, dichos esfuerzos se re sumen con la inauguración, en Santiago de Chile, de la Socie dad de Literatur a de Sant iago, cuyo dir ector elegido fue J osé Victorino L astarria. En e ste significativo evento Lastarria pronunció u n Discurso inau gura l, donde señaló, ent re otros mu chos aspectos, qu e "la literatura" d ebe estar 72 Ricardo Latch am, (1942) Idea s del movimiento literario d e 1842. Artículo escrito con mot ivo del cent enario del discurso pronu nciado por La starria, dond e refle xion a al resp e cto del hecho acaec ido y pro porciona u n sinnúmero de nue vos detalles . Re vista Atenea . Año XIX. Tomo LXVIII, N ro. 203, p., 149 -1 92. 129 dirigida "a todo un pueblo, representarlo todo entero," del mismo modo, insistió en la premisa de que en c ada país solo puede exist ir "una literatura verdaderamente nacional. " (1842: 14) 73 ocupada de representar el entorno natural. Sin lugar a dudas toda su ponencia estaba dirigida a promover una litera tura inspirada en la natura leza, preferentemente nacional y aleja da de la literatura español a pues, según sus palabras, no era un modelo a seguir por su escasa originalidad. Asimismo, apuntaba que el único modelo inspi rador y único, por aquel ti empo, era e l de la literatura fra ncesa, además estimulaba a los cre adores a la exaltación de los va lores autóctono, originario, na tivo. L atcham, con motivo del centenario de este discurso, precisa igualmente lo siguiente : [… ] Lastarria, como precursor de nuevas maneras literarias en Chile, es indiscutible, [… ] . El estímulo que significó el discurso de 1842 se puede ver en los resultados que brotan, a la larg a, del esfuerzo común de una generación que v io, de un modo nuevo, a la naturaleza chilena. (Ibíd., 1942: 177). El Discurso de Lastarria ha sido ampliamente señalado por los estud iosos de la literatura, pues no solo se transformó en su punto d e inflex ión, sino que, además, por un acuerdo unáni me se convirtió en un hito en la historia cultural chilena, ya que es esta la fecha en que comienza verdaderamente la literatura y l a poesía en chile. (Melfi, 1938: 7 -8), (Promis, 1995: 80-93). Entre las innumerables iniciativas, acometidas por la Socieda d L it eraria de Santia go, fue la de c onsiderar la moción de uno de sus integrantes r especto a la creación de una revista o un periódico mensual c on propue stas li terarias, culturales y sociales. Aprob ada la p ropuesta, se crea la revista El Semanario de Santia go (1842-1843). Pese a su corta duración, provocó que inmediatamente la socieda d se preocupara de la c reación de un periódico con una propuesta mucho más concre ta. De esta manera el 1º de junio de 1843 sale a la ve nta El Crepúsculo , publicación destinada a funcionar como plat aforma de expresión de esta Sociedad. Y, efec tivamente, el objetiv o se logró pues llegó a convertirse en el órgano de difusión de todo el Movimiento L it erario de 1842. Sin embargo, un ensa y o publicado por el ideólogo Francisco Bilbao (1823-1865) titulado Sociabilidad chilena (1844), fue el d etonante de su clausura en el mes de agosto de ese mismo año, y a que dicho artículo fue considerado por las autorida des 73 Discurso de In corporación de D. J. Victorin o Lastarria a u na Sociedad d e Literatura de San tiago. E n la Sesión del 3 de mayo. (1842). Valpar aíso Chile. Imprenta M. Rivadeneyra. 130 gubernamenta les y eclesiásticas como inmoral y blasf emo. Más tarde aparecieron o tros periódicos que en sus publicaciones dieron vita l importancia a la promoción de ensa y os, artículos críticos, poesía y literatura en general. A estas alturas y a s e podían ver los frutos de los grandes esfuerzos promovidos y d esarrollados tanto por Bello como todos los que colaboraron con é l. A este respecto el profesor y p eriodista chileno Raúl Silva Castro seña la: El impulso estaba ya dado, y la literatura chilena, consciente de sus fueros, positivamente desgajada de la li teratura española en la cual antes aparecía inscrita por el idioma, pasab a a ser una entidad independiente, bien nutri da y capaz de suscitar interés dentro del país, y, acaso, con el tiempo, más allá de las fronteras nacionales. (1960: 15- 16). En esta nu eva etapa emprendida, entre los integrantes del movi miento de 1842 destaca el abogado y poeta Salvador Sanfuentes (1817 -1860). Miguel L uis Amu nátegui señala que Sanfuentes "es el primer poeta chileno notable que ha florecido en el país después de P edro de Oña." (1892: 6). 74 En 1842 comenzó a publicar su drama más conocido El Campanario en la revista El Semanario de Santiago , extenso poema que describe el movimiento literario nacido ese mismo año, en el que la mayoría de sus participantes son discípulos de Bello. En 1846 terminó de escribir El Bandido, leyenda en 5 c antos en la que Sanfuentes se aventura en una métrica más li bre, p resencia de v ersos sueltos y la uti lización de téc nica poéticas más románticas. Otra de sus obras fue Ricardo y Lucía o La destrucc ión de la imperial (1857), Taudo o memorias de un solitario (1858), Ley endas y obras dramáticas (1858), a la pa r de sus actividades gube rnamentales y jurídicas. Posterior a su muerte se publican Dramas inéditos (1863) y Leye ndas nacio nales (1885). Otro importante miembro del Movimiento de 1842 fue Francisco Bilbao Ba rquín (1823 - 1865) escritor, filósofo y político chileno, ex alumno de Andrés Bello. Si bien su obra no explota la narrativa, sus ensa y os ideológicos y pr oclamas políticas al canzaron gran notoriedad siendo aún bastante joven. En su publicación del ensa y o La sociabilidad chilena (1844), en el que hacía un ll amado a la transformación democrática, a la v ez que formulab a una severa crítica a la Iglesia y al clero, le costó un juicio por blas femia, la expulsión de I nst ituto Nacional de Santiago, algún tiempo d e encarcelación y su imposibil idad de terminar su carrera d e derecho. 74 Véase informac ión mucho m ás detallada referida a la trayectoria d e esta figura en: Port al de Memoria Chilena, Luis Migu el Amunátegui, (1892). Salvador Sanfuent es. Apuntes biográ ficos, p. 6. 131 Tras ese h echo viaj a a Europa y se est ablece en París, donde estudia y se inicia en las ideas liberales de Robert La mennais (1782-1854), Ed gar Quinet (1803-1875) y Karl Michelet (1801 - 1893). Regresa a Chile, p ero su estilo ex tremadamente radical, su carácter revolucionario y sus ideas socialistas, lo obligan a exil iarse y se marcha al Perú en 1851. En es te país publicó La Revolución en Chil e y lo s mensajes del Proscripto (1853), donde analiza la sit uación política de Chile. Se embarca nuevamente a París (1855 -1857), expulsado del Perú por escribir y publicar su ensayo El Gobierno de la Libertad (1855), donde realiza una severa crítica al Gobierno de ese país. En una de las Conferencias, re fe rida a su alega to Ini ciativa de la América que dictó en a quella ciudad, utilizó por primera vez el término América Lat ina, para referirse a Hispanoamérica, París (1856). " La raza latino - Americana". "… Perpetuar nuestra raza Americana y Latina" . I ntroduciendo así el tér mino para los naturales de México, Sur y Centro del Continente Americano. En su obra Movimiento social de los pueblos de América meridional (1855) hace un ll amado a la unidad de los pueblos latinoamericanos, en pro de la libertad, la igualdad y la justicia d e su gente. En 1857 viaja a Ar gentina, se residencia en Buenos Aires. Allí publica La América en peligro (1862) y El evangelio americano (1864), entre muchos otros ensayos menos radicales. Ese mismo año Bilbao muere en la ciudad de Buenos Aires a los 42 años. Su amigo Domingo Amunátegui, en una d e sus obras, señala lo siguiente: "Es cierto que Bilbao usab a a menudo, sobre todo en los último s tiempos, un estilo declamatorio, reñido con el buen gusto literario; pero asimismo lo es que, al lado de páginas exageradas y enfáticas, escribía otra s que solo merecen aplauso". (1915: 122). En este contexto la literatura y l a poesía chilena emprendí an su largo camino de aprendizaje y supe rac ión en un país condicionado por el poder gubernamental, la Ig lesia y el poder económico. No o bstante, la implantación de un sistema de educación formal a nivel nacional, 75 donde el pu eblo empezaba a educarse en "la lectur a, escritura y aritmética además del catecismo," fu eron "los rudimentos elementales" necesarios para qu e a medio o a lar go plazo aquel nuevo mundo intelectual y cultural que se ge staba terminara de nutrirse y creciera indefectibleme nte. (Ponc e. 2010: 450). Asimismo, la ex plotación minera e mprendida por Chile en la déc ada de los treinta le dio al pa ís un aire de cierta estabilidad, que le permitió emprender 75 Herederas d e la preocupació n ilustrada por educar a la población como garantía de progreso político y económico, la s élites concibie ron a la in strucción como el principal a gente para formar in dividuos e integra rlos a los nuevos vínculo s políticos y societarios que implicaba el acceso de Chile a u na vida independ iente. PONCE de L. M. La llegada de la escue la y la llegada a la escuela. La extensión de la educac ión primaria en Chile, ( 1840- 1907). SCIEL O. Historia Nº 43, Vol., II, j ulio-diciembr e, 2010: 449-486. 132 un marcado crecimient o. Aunque los focos de insurrección en diver sas partes del país continuaron, en término s generales, por esta década se respiró un aire de tr anquilidad económica y políti ca, que si bien no duró muchos años, permitió al país se guir evolucionando, sobre todo en el aspecto intelectual, educativo, cult ural y literario, dando l a oportuni dad a los jóvenes de llev ar a cabo d iversidad de p ropuestas n o solo culturales, sino artísticas y dramáticas, especialmente en la ciudad de Sa ntiago y Valparaíso su princ ipal Puerto. De este modo, poco a poco la Capital del país fue tomando trazos de urbe moderna inspirada en arquitecturas parisinas, contagiando a nutridos grupos sociales, quienes comenzaron la práctica de largas y ag itadas tertulias donde se discutí an infinidad de temas, se entablaba n debates filosóficos y políticos, se leían poema s, odas, poesía, entre otras muchas actividades. L a caída de los viejos muros coloniales da paso al despe rtar cultural de la socieda d que se ha ce evidente con las funciones de gala en el T eatro Municipal, con la p resentación de ob ras dr amáticas y la Ópera, muy d e moda por ese período. De l mismo modo, se mul tiplican los s alones de té y l a c lase media se fortalece . A est e re specto La torre señala: A pesar del aislamiento de la clase alta en sus mansiones señoriales, atiborradas de muebles traídos de Francia, o de copi as de cuadros de pintores franceses o españoles, su contacto con la clase media en ascensión es constante. Se les concede la gracia, a alguno d e ellos, de asistir a sus tertulias o diversione s campestres. (1 941: 72). Santiago y muchas ciudades importantes de la geografía del país comenzaron a vivi r realidade s muy diferentes a la qu e estaban ac ostum brados. L as antiguas y tradicionales familias dejaban de ser e xclusivas y un nuevo g rupo social se les sumaba, produciendo cambios relevantes no solo en la población sino en su contex to. Toda esta novedad emergente de entornos y paisajes, de excéntricos comportamientos y nuevos grupos sociales, será la materia prima del escritor, del p oeta y los artistas en general. Asimismo, la democratización de la educación, sin lu gar a d udas se c onvirtió en un fac tor re lev ante que c ontribu y ó no solo a la educación de nuevos valores, sino que además permitió que talentos emergentes con pocos recursos tuvieran acceso a la instrucción formal, como ha qu edado demostrado con alg unos personajes re señados en puntos anter iores. A este respecto Lastarria en su obra Recuerdos Literarios señala que "Freire, 76 en 1823, se aplicó preferenteme nte a la inst rucción pública," pues le in yectó un mejor presupuesto al Instituto Nacional, fundado en 18 13, y "restablecido 76 Ramón Freire Serran o (1787 -1851), el últi mo Director Sup remo de Chile, elegido p or un Con greso Constituyente el 1 2 de agosto de 1823. 133 por O’Higgins en 1819", transfor mándolo en un centro universitario. Del mi smo modo el objetivo era el de mejo rar sus "funciones", sentar las b ases y establecer un modelo de "enseñanza pública" para las futur as "instituciones de instrucción qu e se iban a fundar." Como efec tivamente se hizo, pues se fundó la Academia Chilena, donde se im pa rtía la especialidad de Literatura y Arte, entre otras disciplinas, e ig ualmente se enfatizó en la enseñanza de "estudios legales" para fortalecer la carrera de derecho, t an necesaria en aquel tiempo para l a buena administrac ión de los entes públicos. (Ibíd. 1878: 11). En medio de tod a aquella vorágine de cambios v ividos por la sociedad chil ena, en su mayoría mu y conservado ra, hubo un elemento de verdadera sedu cción que esta colectividad tan moderada y cautelosa no pudo pasar indiferente. Se trataba de u no d e los pocos instrumentos , verdaderamente cultura les del que se pudo e char mano y disfrutar igualmente a pesar de lo simple de sus representaciones, fue el teatro. Don Andrés Bello tr adujo el d rama T eresa (1836), de Alejandro Dumas y fue puesto en escena e n Santiago ese mismo año . Antes, además, se repre sentaron obras d e Víctor Hugo, Burgeois, Deurne y y otras de Dumas. La dramaturgia fue una de las responsables de a gotar el neoclasicismo e introducir el romanti cismo. P ero no "el romanticismo francés, con toda su ideología social y estética", sino el español. Esta nueva corriente s e inst ala a través de las distinta s puestas en escena de diversas obras de teatro en el mundo cultural chileno. "Las ideas más bien románticas sacudieron un poco a los autores criollos," dando un giro sorpre sivo a la producción liter aria, a este res pecto, nos re seña La tcham, por aquel ti em po "no fue el género dramático lo más re presentativo" de las letra s chilenas como punto de inflexión hacia nuevos movimientos y corrientes. Aún fa lt aba b astante camino por recorrer e n aquella evolución de la producción literaria. (Ibíd. 1924: 158 -160). La s victorias y fracasos v ividos por Chile en su pri mera etapa independiente, si bien dos décadas después er a una sit uación superada habiéndose solventado los escollos producidos, aún existía una notable inestabil idad económica y política, que s e extendió por varias décadas. Sin embargo, a pesar de toda esa vacilación, de una u otra forma el mundo intelectual, aunque no del todo fortalecido, no p aró de buscar soluciones, de producir y de evolucionar. En medio de los avatares propios de l as nuevas naciones, el golpe de suerte que tuvo C hile al descubrir el y a cimiento de plata en el norte del país fue lo que le brindó al Gobierno esa estabilidad económica ta n esperada , aunque aquella solven cia repentina fue solo po r al gunos años, sin embargo sirvió con creces al desarrollo del país en todo orden. Del mismo modo Bello podía darse por satisfecho al ver que desde su llegada hasta su Discurso en la instalación de la Universidad de Chile en 1843, gran parte de las tareas emprendidas por él daban sus frutos. 134 Aunque sin lu gar a dud as quedaba mucho por hacer y recorrer, la base pa ra el crecimiento y consolidación de la c ultura, el arte, la poesía y l a literatura estaban a se g uradas. No obstante, años más ta rde, en 1861, don Alberto Blest Gana 77 critica sev eramente la falta de ini ciativa y una marcada condescendencia por parte d e la industri a nacional hacia los productos elaborados en Europa. Seña la entre otras cosas que "Chile " no se está e sforzando en ampliar la industria y el comercio nacional. " R ecibe el producto d el viej o mundo" sin haber contribuido a su elaboración. Asimismo, hace hinc apié en que no solo traen todo "elaborado de Europa" sino que, ade más, " todo se aclimata a nosotros, a medida que nuestra s ne cesidades aumentan," reduciendo las posibil idades de crecimient o en la esfera n acional. Continúa haciendo e xtensivo este fenómeno a "las Art es y la L ite ratura" , pues igualmente todo viene elaborado y e l ciudadano loca l recibe todo aquello y lo acepta, lo consume y lo abso rbe sin mayores cuestionamientos. Conclu y e seña lando que todo es producto de "la falta de estímulo que hasta el día han encontrado las Le tras. " El bajo nivel educativo d e la población y el desaliento con el que se encuentra "e l escritor" al toparse con una crítica extremadamente agresiva que agota a la may oría de los a rtistas de las letras. (1861: 81). Finalizando aquel extenso Discurso , en el que Blest Gana esboza c laramente un a serie de tópi cos relacionados, entre otra s cosas, con el rec uerdo del personaje a quién ree mplazaba en la Fac ultad de Humanidades, -don Juan Bello (1825 -1860), hijo de don Andrés Bello- y la severa crítica, justificación y posibles soluciones al atraso en el que se había sumido el desarrollo cultural en el pa ís, a pesar de los esfuerzos de un sinnúmero de talentosos personajes, concluye s eñalando, la somera mirada "qu e hemos dado sobre nuestra literatura, nos hace c oncebir lisonjeras espera nzas para lo futuro, y a que la riqueza del prese nte no puede satisfacernos." Proclama con optimismo que no pierde las esperanzas a que todo m ejores mucho más rápido de lo esperado, sobre todo en aquel "recinto," ante aquella privile giada audiencia, pues se trataba del "c uerpo" que más "eficazmente" podría "contribuir a su realiz ación." (1861: 81-85). La s mejoras en el desarroll o int electual ch ileno, efe ctivamente, se e nrumbaron hacia mejores caminos, y a que precisamente ese mi smo año de pronunciado aqu el Discurso por Blest Gana, el p eríodo del gobierno Conservador im perante hasta ese momento en el país lle ga ba a su fin, pues sería reemplazado p or un gobierno liderado por los Liberales. Si bien los conserva dores gobernaron con mano fuerte y dieron mucha estabilidad al país, su centra lismo contribuy ó deficientemente con e l desa rrollo c ultural, por lo que ha sta ese momento las 77 Véase: en el portal d e memor ia chilena, Discurso de in corporación de Alberto Ble st Gana a la Facultad d e Humanidad es, el 3 de enero d e 1861, p., 81- 85. 135 espera nzas no solo estab an puestas en el talento j oven, sino en las polí ticas que prometían el nuevo gobier no de los liberales, qu e estimularon la independencia cultural. Cosa qu e efec tivamente hicieron, aunque con no pocas contradicciones y exclusiones. No obstante, fueron acciones que c ontinuaron el pedregoso proceso de allanar e l camino hacia la consolidación de una verdadera literatura nacional. 2.3.2. El re alismo soc ial en C hile La narrativa chilena , a partir del segundo tercio d el siglo XIX y como consecuencia del surgimiento del Movimi ento literario de 1842, comienza un período d e "intensa actividad cultural, concebida bajo los signos del romanticismo, que entonces iniciaba su d ominio en las artes y l as letras d e Chile". (Muñoz y Oelker, 1993: 13). A este respecto, s eñala Varela Jácome, "Al margen de los obstá culos hist óricos," tanto p ara los chilenos como para sus vecinos, " la introducción de modelos narrativos foráneos," se gen era en una inces ante sucesión de hechos que motivan y alimentan la curiosidad de los intele ctuales. "La tr aducción y difusión de autores extranjeros configura distintos metagé neros novelísticos, en parámetros cortados por una variabilidad fluctuante." Así poco a poco los creadores de todas las disciplinas comienzan sus tímidas producciones con temas renovados, p ero con la mirada puesta en la a utóctona y concreta realidad hispano americana inclu ye ndo a Chil e (1982: 16-17), aunque no mu y a lejado de los modelos llega dos del viejo mundo. Por lo tanto, esta nueva etapa intelectual de l país trajo consig o no solo el despertar romántico de un a parte importante de escritores y de contribuir al desarrollo del subjetivismo lírico, sino que además promovió y difundió las múltipl es inquietudes ideológicas y culturales impulsadas por las sociedades litera rias emergent es y el incremento del periodismo. Muchos fueron los artistas que, en ese proceso de renovación, s e consideraban no románticos, como el poe ta Salvador S anfuentes, J osé J oaquín Vallejos (Jotabeche ), el intelectual y ensayista ateo Francisco Bilbao y e l liberal Eusebio Lillo (1826 -1910), poeta, periodista y políti co, autor del Himno Nac ional de Chile. I gualmente, Lastarria y el propio Bello, entre otros. Sin embargo, aunque e l neoclasicismo aún prevalecía, el Romanticism o - aunque lo negara n mucho s de los intelectuales de la época-, se abrí a paso en Chile, justo cuando en Europa ya se encontraba completamente a gotado. Este fenómeno trajo consigo, en una 136 primera etapa, una producción narrativa con tintes entremezclados o compartidos como ya se menciona en otros apartados. Pero una v ez que el Romanticismo logra gan ar su espacio en el país -pues se trataba de la primera c orriente literaria que veía l a República y po r t al motivo contaba con un sentido especial para la Nación- , a mu y corto plazo emprende un ma rcado descenso. S in embargo, en medio de este ent orno romántico, a pesar del desfase qu e experimenta la incorporación del rea lismo en Chile, sus tímidos matices comienzan a percibirse poco a poco. Vare la J ácome e s muy preciso al señalar lo siguiente: La persistencia de los distintos metagéne ros románticos retrasa el salto desde los círculos de la subjetividad, el sentiment alismo, la desilusión y la nostalgia del pasado, al descubrimiento de los círculos de la realidad, de la verosimilitud, del intento de lograr una «figuración realista». (1982: 85). La tarea es bastante com pleja, al tratar de estable cer un punto específico o una fecha exacta de la incorporación del mov imiento del realismo a las letras chilenas. P uesto que, tal y como expone Jácome Varela en otro apartado de su estudio, "En la evolución novelística chilena, la mezcla de costumbrismo, subj etiv ismo y excesos folletines cos llega hasta mu y tarde." ( Ibíd. 91-92). De igual modo, el mismo autor e stablece qu e el Realismo lleg a a Chile de la mano de B lest Gana, en la seg unda etapa de su vida litera ria con su obra más representativa, Martín Rivas ( 1862), además de los relatos cortos que le siguieron, publicados ese mismo año, Mariluán (1862), Un drama en el campo (1859) y La venganza (1862); y l os que continuaron en los años sucesivos, El ideal de un calavera (1863) y La flor de la higuera (1864). En este período Blest Ga na deja e ntrever que sus lecturas de B alzac -aunqu e no ciega mente- a partir de 1861, influyen en gran medida en sus narraciones. A este respecto Oviedo señala que "Blest Gana es el paradi gma del novelista en cuy a obra se opera la transición de uno a otro estilo" y más adelante, a grega que la principal característica de este es critor está dir igida a qu e "Es un romántico que s abe d escribir el mundo social que ti ene al fr ente y un realista que sabe us ar intrigas o nudos de sabor romántico." (1997: 146). Los escritores, inspirados en el modelo aportado por Blest Gana, "observan la realidad" desde distintos matices, "con nuevos métodos y con una nueva técnica. " La corriente realista ha conquistado su puesto y los modelos a seguir no solo vendrán de Balz ac o Flaubert, sino también de "Zola y d e la violenci a pro fética del Naturalismo." En este contexto arribó definitivamente la corrie nte del realismo a Chile. Un movimiento que se extendió por muchos 137 años, aproximadamente h asta la mitad del si glo X X y qu e contuvo en sí diferentes orientaciones e intensidades, además de convivir con otros m ovimientos como fue el Modernismo, entre otros. (Latorre, 1941: 70-74). 78 La sociedad, a través de las publi cac iones periódicas de revistas literarias o de encartados en periódicos, comienza a leer a Madame Bovary, La comedia humana, Guerra y Paz, La fortuna de los Rougon y toda la literatura de la época lle ga da desde el ex tranjero con una li bertad desconocida. Toda esta democratización de la información, d e la cultura y de l a literatura a demás de las nuevas políticas en e ducación, sin lugar a dudas, influ y ó notablemente en la producción a rtística, literaria y poé tica de los años siguientes. Aunque por é ste mismo período los estilos creativos, tanto en el dr ama como en la poesía y la novela, se mueven en una sutil frontera entre el R omanticismo, el Realismo, el Naturalismo, el Modernismo y el Costumbrismo, se da una suerte de estilo propio entre los escritores nacionales, integrando modelos, tende ncias y corrientes e xternas de una forma personal y según sus propios int ere ses. En este contexto comienza a incluirse e n los cuentos y en los relatos la cuestión social, no solo de la urbe, sino también de la provinc ia, en narraciones menos satírica s o ensoñadoras y mucho más sujetas a la realidad de los personajes, allanando el paso a u n metagénero mucho más comprometido como fue el rea lismo social en la literatura y la poética del nuevo siglo. Así, en la medida en que finaliza el primer siglo republicano, la re alidad intelec tual chilena se enfrenta a dos grupos de producción n arra tiva. Uno de ellos se encuentra li derado por aquel intelec tual cuy o perfil se equipar aba más con la ac tividad institucional, como estadista, político, ec onomista o diplomático, en la c ual la de escritor o poeta, como fue el caso de C amilo Henríquez, Ega ña, J osé Joaquín Valle jos, Lastar ria, Bello, entre otros, significaba una actividad complementaria, pa ralela a sus funciones de responsabilidad gubernamental. P or lo tanto, era indudabl e que sus escritos, aunque enarbolara libert ad en todos los sentidos, siempre estar ían delimitados por sus actividades e interese s. Pese a esta singular característica, muchos de aque llos proy e ctos literarios cumplie ron con crece s sus objetivos y expectativas. Asimismo, el segundo grupo de escritores, que emerge con posterioridad al anterior, que se ubica más o menos en las últ imas décadas del siglo XIX y a comienzo del siglo XX, se encuentra constituido por una nueva generación de int electuales, cu y os integrantes pr ovienen de distintas clases sociales, no r esponden a intereses del po der económico ni gubernamental ni político, y 78 Apreciaciones s eñaladas en un a mplio y destacado en sayo desarrollado po r Mariano Lato rre, para ser publicado en el Boletín bimestral, de la Facu ltad de Filosofía y Letras de la Univer sidad de Buenos Air es. Instituto d e Cultura La tino Americana. Volum en IV. La Litera tura de Chile, 1941, Bueno s Aires Arg entina. 144 Novalis, (1772-1801) 81 , entre otros aspectos, toca la cuestión generacional y m ás tarde en su estudio referido a la historia de las ciencias, agrupa varias generaciones des de una perspectiv a sociológica . Más t arde el sociólogo Karl Mannheim (1893-1947), establecía que "el problema de las generaciones" se había dividido en dos vertientes: "uno positivista y otro histórico - romántico." Una d e las ve rtientes buscaba captar lo s datos del ser -hombre, "cuantitativamente." La s egunda ruta "interiorizaba el problema" y renunciaba a las cifras, procediendo "cualitativamente."(194). 82 Mannheim señalaba, entre otros aspectos, que "el individuo está formado, primariamente, por aquellas a cciones y corrientes espirituales de la época qu e ti ene su hogar, precisamente en los círculos social es de vida a los qu e hay que asignarle sociológica mente. " Por o tra parte, e l historiador y crítico alemán J ulius Pete rsen des arrolló tres estudios sobre el concepto de ge neración aplic ado a la Literatura. La primera, en el libro Determinación de la esencia del Romanticismo. Más tarde, con un ensay o titulado Las generaciones literarias, que esc ribe en un a contri bución a la obr a de E. Er matinger Filos ofía de la ciencia Literaria 83 y , finalmente, en un manual de su autoría, La Ciencia de la Literatura. En general Petersen procura diri g ir el concepto de generación hacia "la historia del espíritu humano y distinto, en consecuencia, del concepto biológico qu e su ele emplearse para hacer la historia de las fa milias." ( L aín, 1945: 241). Asimismo, por la mi sma época, Wilhelm Pinder, con su obra El problema de las genera ciones en la historia del arte europeo ( a.1926), desarrolla el tem a generacional aplicado al Arte d estacando esencialmen te la "distinción entre contemporane idad ( Gleichzeitigkeit ) y coetaneidad ( Gleichaltrigkeit )" de las generaciones artísticas, especialmente de la pint ura y , a su vez, en relación con las demá s artes, presentadas a través de un continuo símil musical. (La ín. Ibíd., 251). Entre los aspectos tratados por el ma estro O rtega y G asset, referidos al tema ge neracional, estudio q ue desarrolló desde su esencia, fue su oposi ción al trabajo d el historiógrafo y crítico J ulius Petersen, pues consideraba que éste abordaba e l tema generacional desde una perspectiva objetiva, simple y sin m ay or profundidad. A diferencia del trabajo realizado por Pinder, c u ya postura y en foque es del todo cultural. 81 Véase, en Vida y Poesía (197 8) de Wilhelm Dilthey, el ensay o de Novalis (Federico L. Bar ón de H ardenberg), personaje que influy ó profundamente en la obra de Dilth ey y sus estudios. E s en estos tr abajos d onde utiliza el concepto de generac ión com o elemento base de su estudio. 82 Sánchez d e la Yncera. (1987). Anotacion es al trabajo de Karl Ma nnheim (1987). La soc iología ante el problema generacion al. En : Revista españo la de Investiga ciones sociológic a . No. 62. Año 1987, p. 147- 242. Reis.cis.es en línea 83 Véase: Ensayo d e Julius Peter sen (1946) Las g eneraciones li terarias. En: Filosofía de la C iencia Literaria de E. Ermatinger y otro s. México. F CE. Traducción Carlos Silva, p. 75 – 93. 145 En el tra bajo realiz ado por Serrano Poncela -que se menciona anteriormente- acerca del tema en cuestión, refiere que " Pinder, en el prólogo de la segunda edición de su obra, aludió al pensamiento de Ortega considerándole como la corroboración más cabal de sus puntos de vista." Igua lmente, Ortega, "al fijar por primera vez el concepto de generación como ca tegoría de conocimiento hist órico, hiz o referencia a la obra de W . Pinder." Asimismo, S err ano agrega que "Pinder opera sobre el tema desde un á ngulo más restringido que O rtega: el territorio de la sociología del arte, pero sus conclusiones repercuten en el campo de la historia de la cultura." Tal y como se había men cionado en líneas ant eriores. A pesar de las limitaciones del tra bajo de Pinder respecto al tema generacional desde l a perspectiva sociológica d el arte, es importante destacar que este crítico alemán conside ra que "la clave de una generación está, no en su contemporane idad (ex clusivamente) sino en las analogías coetáneas. " C on respecto a esto último, y acercándose "a la manera como lo aprecia Ortega y G asset," Pinder señala que ante estas simil itudes "coetáneas" existen "los caracteres epocales" c onstituidos sobre los siguientes supuestos: a) los artistas son normalmente intransferibles e n el tiempo, o sea, la época de su nacimiento condiciona el desplie gue de su ser y hasta c oopera en e l condicionamiento de este ser propiamente. Sus problemas nacen con ellos; le son predestinados; b) este hecho no torna soli tario a los arti stas, sino que le s agrupa. Hay generaciones en las cuales prevalece normalmente un carácter homogéneo de problema s. Si bien la generación no es, todavía, el estilo, es sin embargo un valor del estilo. (1949: 16). En la misma publi cación, Serra no s eñala que Petersen con su sistematiz ación del estudio de las ge neraciones, apor ta, con una denotada sim pleza, siete puntos o siete condiciones, con el fin de estruc turarlos y sin may or precisión científica, establecer un orden, el c ual con el tiempo ha resultado ser mucho más atractivo pa ra los n uevos estudiosos, por lo que en ocasiones ha llega do a convertirse en un "recetario crítico." (Ibíd. Serrano Ponce la: 17). Para Petersen el proces o generacional en literatura tení a una significación bastante alejada del contexto al que pertenecía. A pesar de los vacíos y las incongruencias de su tesis, observada s a través de la hist oria po r innum erables especialistas en la materia, estable ció un 146 listado de "oc ho" 84 factores esenciales pa ra la conformación de una generación. (a) El primero se relaciona directamente con la herencia. (b) El s egundo lo d etermina la fecha de nacimiento. (c) El tercero está referid o a la educación, señalando que una generación debe ser homo génea en su form ación. (d) El cuarto factor que indica Peter sen estará dete rminado por la vivencia común temporal, limitada a un espacio, que establece una correlación en acontecimientos comunes históricos y cul turales. (e) El quinto factor es lo que P etersen den omina exp eriencia de la g en eración, perteneciente a las viven cias c oetánea s y colectivas do nde se unen deseos, intenciones y ambiciones, relacionadas con la etapa evolutiva más sensible, los cuales pueden ser constru ctores, d estructores o catastrófico. (f) El sex to factor se refiere al guía, al líder, a la personalidad emblemática que sea par adigma o ejemplo. (g) El séptimo factor tiene que ver con el leng u aje utilizado por la ge neración. (h) El octavo y último fa ctor determinado por Petersen, se refiere al anquilosamiento de la vieja ge neración. El hist oriador manifiesta que los viejos tienen sus ideas paralizadas y que por tal mot ivo nunca podrán ayudar a las n uevas genera ciones en sus nuevas aspiraciones y sus nuevos intereses. Así para que surja una generación nu eva de acuerdo a todo este esquema, es necesario que la anterior generación quede completamente paralizada. Hay que hacer notar que esta norma establecida por Peter sen, incluso para la época que le tocó vivir, resultaba un tanto radical, escueta y de difíc il aplicación. Pero fu e un planteamiento de "generación" inevitabl e pa ra cualquier tipo de e studio literario, sobre todo e n el nuevo continente. Sin embarg o, a pes ar d e qu e existía cierta tend encia a se r utilizada por algunos especialistas hisp anoamericanos para trabajos acerca del tema generacional, en muchos prevaleció, en el desarro llo de dicho tema, el mo delo basado en los elaborados por Ortega y Gasset. En la actualidad Ricardo Cuadros, 85 en un estudio acerca de las generaciones literarias, reflexiona y cuestiona todo lo que se ha escrito en Hispanoamérica respecto al tema, haciendo una fuerte crítica relativa al uso que se le ha venid o dado al concepto -a través del tiempo - en el campo de la historia literaria en el Conti nente. I ndic a que los s eñalamien tos de algunos especialistas roz an la sup erficialidad y otros, tienden a dejar numerosos vacíos. Entre los más destacados se encuentra Pedro Henríquez Ureña (1884 -1946), filólogo, escritor y crítico 84 Algunos estudio sos dicen qu e el esquema de Petersen lo compon ían siete condicion es, otros que o cho . Véase: Pedro Lían E ntralgo 19 45, p. 247. 85 En u n largo estudio acerca d e las generaciones literaria s el Docto r en Literatura y Cultura Latin oamericanas, Profesor Univer sitario en Holanda y Chile, Ricardo Cuad ros, cuestiona y an aliza largamente los p lant eamientos de Goic, Promis y o tros especialistas en Literatura, ch ilenos e Hispanoamer icanos, en unas p ublicaciones que luego han sido r ecuperadas y colgadas en internet po r el auto r. www.memoriach ilena.cl - Contra E l Método Generaci onal. (2006) Ricard o Cuadros. 147 dominicano; Enrique Anderson I mb ert (1910-2 000), escritor, ensa yista, crítico literario argentino; J osé Juan Arrom (1910-2007) profesor, investigador y ensa yista cubano cu y os estudios y vida pr ofesion al los rea lizó íntegramente en Yale, EEUU. Todos e llos se dieron a la tarea de dilucidar el tema generacional e n la his toria literaria de Hispanoamérica, pero ninguno ha llegado a solventar acertadamente dicha problemática, topándose constantemente con una y mi l variables que no terminan de esclar ecer el contenido en cuestión. No obstante, Cuadros sostiene, e n término ge nerales, q ue "el tema de las ge neraciones" en el Nuevo Continente, provino de lo observa do en el tr abajo realizado por Ortega y Ga sset en (1920) y (1933), acerca de l a propuesta g en eracional, en un importante ensayo "Idea de las generaciones" en El tema d e nuestro tiempo (1923) p rimero, y después, en su obra En torno a Galileo. Asimismo, en ocasiones, también ha sido considerada la obra de Petersen y, en otras, la de Pinder. Convirti éndose estos estudios en el modelo que posteriormente obse rvarán el resto de los especialistas en Hispano américa, para sus respectivos trabajos acerca d el tema en cuestión dentro de la historia de la lite ratura. Cuando en Al emania dicho tema fue tratado m ás o menos hasta 1930 y , e n Francia, por esa misma época se convirtió en un método para ordenar exclusivamente los estudios de la historia literaria. En España, después del trabajo realizado por Ortega, fue un tema rezagado durante largo tiempo, hasta ser retomado por J ulián Marías, discípulo de Ortega y Gasset. Asimismo, dicho tema en Chile comenzó a ser e studiado desde la perspectiva literaria, ya bien entrado el sig lo XX. Siguiendo el hilo de los estudios de Cuadros, éste sostiene que p ara Hen ríquez Ur eña el "método generacional", finalmente, estaría planteado más bien de man era im plícita, mientras que para Arrom el mi smo tema sería un a exposición netamente explicita y la diferencia en ambos planteamientos fu e netamente "formal." P or tal motivo considera q ue lo estudios más congruentes y acertados, aunque no e xentos de controversias, pues igualmente quedan muchas interrogantes, serían los realizados por y a n ombrado Cedomil Goi c (1928), profesor universitario y crítico literario chileno, pues se trata del "h istoriador y crítico que ha aplicado con may or rigor el método generacional al estudio de la li teratura hispanoamericana." (Cuadros. Ibíd., 2006: 10). 86 86 Véase: Revista Latino americana d e ensayo Fu ndada en Santiago de Chile en 19 97 – Año XIX. Ricardo Cuadros. Artículo pub licado el 08/06/2 005 en línea: www. criti ca.cl/literatu ra/el- método -generacional -origen-y- desarrollo 148 En este contexto, para reseñar las gene rac iones li terarias chilenas republicanas, habría que remontarse aproximadamente a 1830 y los años cercanos (antes y después); época en la qu e comienza a gestarse un entorno vital dirigido por una singular fu erza, en un ambiente común de jóvenes qu e más adelante form arían parte d e l a dirección del país, llegando alguno s a ser Presidentes de la República, diplomáticos, filólogos, intelectuales, juristas, poetas y es critores, entre otros. Siguiendo la teoría dictada por Ortega y Gasset, 87 Goic (1967) y Cuadros (2005), en los alrededores de esta década nacen en Chile los qu e serían Presidentes de la República, entre 1871 y 1886, los libera les Federico Errázuriz Za ñartu, Aníbal Pint o y Domingo Santa María. Todos ellos nacen en 1825. Algunos años antes, se sitúa el escritor y político Francisco Bilbao, (1823 ). Años después, el poeta Eus ebio L illo (1827 ); el hist oriador Mi guel L. Amunátegui (1828); los poetas Guillermo Blest Ga na y Guillermo Matta (1829); el jurista e historiador Gregorio V. Amunátegui, el escritor Alberto Blest Gana y el hist oriador Diego Barros Arana (1830). Después cabe considerar al pintor y paisajista Antonio Smith I risarri (1832), el poeta Adolf o Va lderrama y el periodista Justo Arteaga Alemparte (1834), los periodistas I sidoro Erráz uriz y Domin g o Arteaga Alemparte (1835). Mucho antes de este grupo se encuentran el es critor y político José J oaquín Vallejo (1811), el poeta y político Salvador Sanfuentes y e l escritor y político Victorino L astarria (1817). Al hilo de lo anteriormente expuesto, concluyendo el año de 1841, todos los intelectuales re señados en el pá rrafo anterior formaron parte d e esa primera generación que aprobaría la organización del Movimiento de 1842. Un Movi miento crucial para la era republicana en pleno desarrollo, pues todo ese gr upo, con La starria como vocero, dio forma y seriedad, a través de la f u ndación de la Sociedad Literaria de Santiag o, a toda esa necesidad de manifestar sus tale ntos artísticos independientemente de sus respectivas actividades o profesiones, pues así lo pedía su o rador en el Disc urso inaugural pronunciado el 3 d e ma y o de ese mismo año, como ya se señala en a partados anteriores. A este respecto Domingo Melfi señala que fue en este evento donde se manifestó públicamente "la aspiración a crear una literatura eminentemente nacional," y s e invitaba a la juventud al "aba ndono de las formas literarias im itadas de los españoles, para dedicar el esfuerzo a la exaltación de los valore s autóctonos." (1938: 7). 87 Véase: José Ort ega y Gasset: El m étodo de las g eneraciones en la h istoria. Lección IV de E n torno a Galile o, en Obras Completas, t. V (1933- 1941). Madrid . Edit. Rev. Occid ente, 1955, p. 43 - 54. 149 A pesar d e que aquella primera intención tuvo un é xito relativo y que con los años ocupó muchos espac ios en blanco con una producción esca sa y de b aja calidad, fue un comienzo necesario y urgente para establecer los parámetros y una concepción distinta de la li teratura , y su papel como prá ctica discursiva en la sociedad de ese momento, lo que unas décadas más tarde, en los albores del nuevo si glo, confluirían e n tres im portantes Ge neraciones literarias netamente chilenas, la del 900, la del 38 y la del 5 0. Grupos que en su momento respondieron de mane ra c onsiderable, aunque no en su totalidad a la esquematización estable cida por los especialistas de l tema generacional. 3.1. Antecedente s literarios: 1842 a 1900 Como y a se ha mencionado en apartados a nteriores, fue el Conquistador e l que trajo l as letras al Nue vo Continente y , más adel ante, su regente fue la Colonia. En e ste contexto Ferrero señala que la vida literaria chilena nace con un a "e pope y a ca ntada por el invasor." Agrega además que, aunque " La Araucana de Alonso de Ercilla" no es una obra completamente nacional, el autor, sin lugar a dudas "reflejó en ella la fuerza épica d e este pueblo indómito y amante de la li bertad," mucho tiempo antes de su e mancipación sembra ndo en las mentes y los sentimientos de los le ctores una fuerza sobr enatural brillantemente extraída por Ercilla de sus actores nativos; pequeñ as pist as que perma necerían en los perfiles humanos de los hombres del futuro, eleva ndo a la máxima expresión del enemig o, las acciones y la re sistencia a ultranza de los arauca nos. Convirtiendo aquella lejana y brumosa región andina en un referente heroico de conquista y resistencia. ( 1960: 4). 88 Una ve z emancipada la nación, la influencia francesa comienza a ganarle terre no al arra igado espíritu colon ial español dentro de l a sociedad d e la épo ca. Así, todos los acontec imientos suscitados en el país galo ll egan al país y son recibidos co n una gran fuerza y un entusiasmo inusitado. La s renovadas corrientes filosóficas, los descubrimientos científicos, las primicias tecnológ icas, entre otras, son parte de constantes discusiones en las tertulias y reuniones. Lo mismo suc ede, aunque en menor grado, con lo que proviene desde Inglaterra y Alemania. Un trasplante cultural que transfor ma profundamente la intelectualidad del país, crea ndo una suerte d e p equeño caos que solo se logra restablecer a pa rtir de las iniciativas 88 Véase: Separata d e la Revista Atenea No. 386. Ferrero M. ( 1960) La prosa chil ena del me dio siglo. 150 literarias ll evadas a cabo por Lastarria y sus seguidores, cuyos antecedentes se remontan a varias década s anteriores cuando el español don J osé J oaquín de Mora, primero, -fundador, director y ma estro del Liceo de Santiago (1828)- y, And rés Bello después, (1830), quienes en una apretada agenda, se dieron a la tarea de iniciar un importante trabajo formativo en el p aís bajo los influjos Iluministas . A este respecto, el historiador Diego Barros Aran a, en un ensa yo titul ado Movimiento político de 1842, compilado por la revista At enea 89 , reseña lo siguiente: "La absoluta tranquilidad que siguió a la elección presidencial de 1841, vino a favorecer este movimiento de los espíritus." (1942: 271). Más adelante, Barros Arana continúa señal ando que la llegada d e "numerosos e mi g rados que las discordias civiles de los otros estados hispanoa mericanos arrojaban a nue stro país," conformado por fig u ras diversas del entorno intelec tual y político de sus respectivas naciones, unos más instruidos que otros, quienes, en el afán de int e grarse, se sumaron a la pequeña esf era intelectual nacional que comenzaba a ge starse por aqu el entonces en el país, trajo consigo ciertas dosis de renovación. Uno de esos personajes a los que hace alusión do n Diego, fue el hist oriador Domingo Faustino Sarmiento (181 1-1888), nacido en la provincia de San J uan en Argentina, que según sus palabras: "con una preparación literaria irre gular e incompleta se hiz o escri tor en C hile y alcanzó más tard e una alta y justa nombr adía." Co ntinúa el mismo autor señalando a un joven abogado ligado a Sarmiento, nacido en la ciudad de Buenos Aires. Se t rataba de Vic ente Fidel Lópe z (1815-1903), hijo de un importante poeta de la revolución argentina, mucho más instruido, más hábil y de fá cil conversación. Ambos, con la colabora ción de otros compatriotas, en febrero de 1842, publi caron en la ciudad de Valparaíso seis números del periódico La Revista de Valparaíso, cu y o pri ncipal temario estab a di rig ido a la literatura. (Barros: Ibíd. 272). Posteriormente el colombiano J uan García del Río (1794 -1856) pone en marcha el 1º de abril de ese mi smo año y en la mi sma ciudad, una revista semanal El Museo de ambas Américas, una publicación de temas mis celáne os que solo duró un año, que no tuvo ma y o r trascendencia y que desapareció sin ejercer "influencia en el movimi ento li terario qu e nacía en C hile." (Ibíd. Barros: 273). Finalmente concluy e Barros Arana, puntualizando lo siguiente: 89 Véase: Revista Atenea. Año XIX. Tomo LXVIII. Nro. 203, ma yo d e 1942. Revista mensual de ciencias, letras y artes, de la Uni versidad de Co ncepción, Chile. Núme ro especial p or el Centenario de l a fun dación de la Sociedad Literaria d e 1842. Co ncepción. Imprenta N ascimento. 151 La aparición de los primeros síntomas de un mov imiento literario casi al mismo tiempo que apare cían esos periódicos exóticos, es una simple coincidencia de dos hechos que tenían una causa común, el estado favorable de la opini ón p ara excitar los ánimos hacia un orden de ideas más elevado. (Ibíd. 274). Si bien son mu y ciertos todos los aspectos acotados por Barros Ara na, sin duda la iniciativa de aquellos e xtranjeros, quienes contaban con una vast a ex perienc ia cultural, académica y literaria, debió tener una fuerte rep ercusión en los intelectuales chilenos de l a época, pues sirvió para dar fuerza y nutrir el ímpetu que los llevaría a la organización de una Sociedad Literaria que, aunque su duración fue corta, pues no lle gó a los dos años, constitu yó una acción importante, una or ga nización seria y un elemento signifi cativo, que el país necesitaba par a su post erior desarrollo intelectual y artístico. Pues por aqu ellos años la ciudad de Santiago, capital del país, no había desplazad o del todo su aspecto colonial y la n ació n en todo orden de cosa s, no llegaba a mostrar un verdade ro progreso. La ca pital no contaba con un periódico y el úni co que existía era el diario El Mercurio (1827 ), en Valpa raíso. Por lo tanto, fue precisamente a partir del año 1842, cuando comenzaron a f undarse pe riódicos y r evistas. Hasta ese año el tema intelectual estaba reducido a una e stricta élite. A este respecto F rancisco Santana, en otro d e los ensa y os reco gido por la revist a Atenea a raíz de la conmemoración del primer Centenario de la nación, s eñala: "El verdadero pro greso comienza desde 1842. […] . El desarrollo político se engrandece, la enseña nza se amplía. Los poetas, estadi stas e historiadores, inician sus tareas en 1842." (1942: 291 ). Muchos son los especialistas que s ostienen que a partir de esta fecha la intelectualidad chilena se abocó a continuar la soli citud hecha por La starria en su Discurso inaugural que, entre otros aspectos, removió los espíritus de los que lo escucharon y , posteriormente, d e los que lo le ye ron. Dejando un hondo sen tido nacionalista que mu y pronto dio su fruto en muchos personajes de la época. A este respecto Be rnardo Subercaseaux afirma, en su estudio sob re J osé Victorino La starria – discípulo y seguidor de Mora-, que é st e desempeñó un papel fundamenta l en la vida in telectual del Chile de cimonónico, pues el "Discurso de la Sesión Ina ugural" que se llevó a cabo el 3 de ma y o d e 18 42, entre otras cosas, institucionaliz ó la literatura chilena 90 , convirtiéndose aquel momento e n el inicio del desarrollo li terario del país, nutrido por notable s 90 Véase: Revista Cultura Nro., 6 2, La importa ncia del Discurso de Lastarria. Un t ema que ha sido ampliamente analizado por la crítica. 152 figuras del de venir intelectual de e se entonces, permitiendo reconocer en ellos el futuro promisorio del arte e n ge neral, y de la literatura, en particular. No obstante el mismo autor en otro de sus trabajos señala que "desde la Indepe ndencia hasta la década d el 80, " del silgo X IX, el panorama cultural "estuvo fuert emente signado por una constelación ilustra da, de élite," una cultura sele ctiva reservada a l os aristócratas, los políticos, los poderosos y el clero como estricto ente censor, cuya re al libe ración vino a notarse a partir d e 1883, fecha en la que la Guerra del Pa cífico lle gó a su fin y Ch ile experimentó una significa tiva evolución en el campo de la cultura, incluye ndo todas las ra mas de la estética. (Suberca seaux, 2007: 257-58). En este sin gular proceso de cambios dentro del campo intelectual, denota la p rofesionalización del escritor y la u rgencia de una manifesta ción narra tiva y poética de un grupo significativo de creadores. Por lo tanto, la sociedad chilena de la segunda m itad del siglo X IX - como se ha explicado en otros aparta dos- sorpresivamente se encontró inm ersa en un entorno de profunda transformación. Todo el país se reorganiz aba y modernizaba y , con ell o, la li teratura . El nacimiento de nuevos p eriódicos y el acceso a una información mucho más fresca, llenó tertulias, ateneos, cenáculos y salones de té. "La objetividad y r acionalidad de la I lust ración fue desplazada," e inmediatamente le siguió el influjo de "la idea lización y bús queda de lo extraño y sobr enatural del Romanticismo." No obstante, las etapas de los movimi entos europeos se acortan, se tropiezan y e ntremezclan en un entorno presionado por la intelectualidad local, que aboga por un a literatura netamente nacional, mientras las revist as literarias y los suplementos encartados en los p eriódicos, impactan con sus c ontenidos de autores re alistas y naturalista como Flaubert, Balzac, Tolstoi, Zola, entre otros. En ese co ntexto el surgimiento de "una sociedad bur g uesa triunfante y de una fe científi ca positivist a" es lo que "abre los ojos" del narra dor, que dirige su mirada "hacia una sociedad que dese a refleja r y mostrar en su funcionamiento, con sus debilidades y posibilidades." Aunque teóri camente el escritor, inspirado en esta tendencia, es "un positivista y un científico" de su narración, un ente "que crea como un ac to de empirismo." (1998: 144). Sin embargo, sin proponérselo, muchos de esos eventos narrativos y poéticos elabora dos por los escritores seguían apega dos a las viejas influencias alejando cualquier atisbo de verdadera renovación y originalidad, no obstante, "al llegar la dé cada del cuarenta, el horizonte intelectual y li terario se abre." Así, se da inicio a esa pequeña pero significativa manifestación creativa, ese "entusiasmo literario en obras específicas que intentan dar los i mpulsos iniciales sobre la base de las dos preocupac iones 153 concre tas sugeridas y requeridas: costumbre e historia nacional." ( Ibíd. 189). 91 Esto no quier e decir, que precisamente fue en esta etapa que la literatura chilena establece un perfil definitivo, sino simplemente que los relieves que comienza a adquirir la línea creadora nacional, por esa época se ve más encamin ada hacia e stilos mucho más concretos. No en vano Menéndez y P elay o con clu y e sorpren dido que, cuando se encomi enda a la tarea de revisar la poesía hispanoamerica n a, sorprendentemente des cubre q ue en el siglo X IX los chilenos contaban con una po esía sin gularmente escuálida y , reseña además lo si guiente: "los chilenos lo confiesan sin ambages y, por lo mismo que luego han adelantado tanto y (…), no tienen reparo en añadi r que esta pobr eza se extendía a todas las manifestaciones del espíritu." A medida que avanza en su estudio Menéndez seña la que los chilenos se prepararon al abri go de Be llo en historiadores y jurist as, pero no e n poetas. Pues estab a cl aro q ue él -refiriéndose a Bello- había sido llevado a Chile desde Inglaterra para educar y sembrar las bases para que en un futuro no muy lejano el panorama educativo mejorara, como así ocurrió "e n menos de diez años." (191 1: 286). En este contexto Al eg ría refuerza lo que y a se ha sost enido, que "a mediad os del siglo XIX" en Chil e predomina ba "una tradición clásica con fuerte s residuos romá nticos." Del mismo modo las "tendenc ias fil osóficas de inspirac ión positivist a en la obra poética de Guillermo Matta" (1829-1899), del "sentimentalismo cristian o o estoico," p redominante en la obra poética de José Antonio S offia (1843 -1886) y de Guill ermo Blest Gana (1829 -1904), era el r esultado "de la imitación d e mod elos españoles y del afán de tr aducir las expresio nes poética s más ilustres del roma nticismo europeo en general." (1967: 17). Por todo esto, Al egría insiste e n que los acontec imientos que eclosionaron a mediados del siglo X I X, -aunque desde algunas otr as perspec tivas no se perciba así - fu eron acontecimientos trascendentales en el panorama chileno pues marcarían las pautas literarias y poé ticas fut uras. A tenor de lo anteriormente expuesto, una d e las características que mejor representa toda esta evolución narrativa y po ética que se desarrolla durante todo el siglo X IX, y qu e posteriormente cruzará al siguiente siglo, tiene que ver con el leng uaje, la temática y la incorporación de una literatura re gional. Esas n uevas producciones será n el producto de la imaginación, con una es tética renovada como parte de un concepto d e l a modernidad. S in 91 Véase: Trabajo d e investigación del Inst ituto Iberoamerica no, Universidad d e Gotemburgo, Su ecia. Desarrollada p or Foresti, C. Löfqu ist, E. Foresti, A. ac erca de La narrativa chilen a desde la Independencia ha sta la Guerra del Pac ífico. 1810 -1859. Tomo I , p. 144-45 y 189-90. 256 6.2.1. Alg un as consider a cione s generales de l as nove las del aut or La nov ela Los Hom bres Obsc uros , 192 aparece conformada por una hi storia escrita e n primera p ersona cuyo p rotagonista es un lustra botas 193 de nombre Pa blo Acevedo. Un hombre joven y soli tario que alq uila un espacio para vivir , a un matrimonio de mediana edad quienes, a su vez, son igua lmente inquili nos de una ha bitación p ertenec iente a un ‘conventill o’ 194 . Ahora bien, habría qu e considerar que un ‘conventillo’ fue un espacio urbano construido en los arrabales de la ciudad de Santiago, nacido a la sombra de un crecimiento inusit ado de la población como consecu encia de la migración masiva de l campo a la ciudad y su ubic ación obligada se en contraba en los suburbios del norte y del sur de la ciudad. "Su organización social y la repercusión que tuv o este modo de vida" pa ra S antiag o, " aún son ob jeto de e studio por parte de los esp ecialistas." Por lo que la n arrativa de Nicomedes Guzmán se ha transformado en una suerte de " archivo que ofrece los e jemplos más singulares, las e xperiencias más verosímiles" d e e stos lugares pertenecientes al pasado chileno. (Díaz-Cid. 2014: 179). Por otr o lado, en este orden, Guerra-Cunnin gha m señala que "estas vivi endas estaban constantemente sujetas a l as inundaciones" producto d e los tem porales en invierno. Del mi smo modo los "ince ndios ", eran hechos recurrentes en este tipo de construcciones sin plani ficac ión y completamente vulnerables. No obstante, pese a "los progresos de la ‘ciudad culta’" , este tipo de viviendas "carecían d e alumbrado y agua pota ble" y la superficie del "piso era de tierra". Además, por sus formas, generalmente tenían "una pésima v entilación para sus habitantes que se hacinaban, a vece s, en cuartos de no más de cuatro metros de extensión." (2000: 122) 195 . En este contexto el tiempo de la nov ela, así como s u ambiente es posible ubicarlos entre la se gunda y la terce ra década del siglo veinte, en los suburbios de la ciudad Santiago de Chile, 192 En lo sucesivo el vo cablo ‘Obscuro’ , del título de la n ovela que a nalizamos, será tratado con la n ueva grafía ‘oscuro’. Ortografía act ualizada d e la palabra q ue igualmente fue utilizado p or la Ed itorial LOM, en las dos publicaciones qu e hizo de la no vela (1995 y 201 4). 193 Se trata de u n joven que limp ia y lustra los zap atos de las personas. 194 Desde la segunda mitad del si glo diecinueve la ciudad de Sa ntiago y en menor grado Valparaíso, experimentaron u n abrup to aumento de la pob lación producido p or la migración campo -ciudad. Este fenómeno se tradujo en una organ ización dispar d e la ciudad, a l n o contar con los espacio s suficientes a precio s asequibles para solventar esas nueva s necesidades hab itacionales. Torres Du jisin 1986, p. 67. 195 La política u rbana d el conventillo y su origen se encuentra ampliamente re señado en el ensayo ‘El conventillo: signo d el desecho y signo híbrido en Los hombres osc uros, de N icomedes Guzmán d e Lucía Guerra - Cunningham. 257 en un entorno completamente domi nado por la miseria con una singul ar cadencia en una desesperada búsque da del sentido y su particular relación con la vida. La se gunda nov ela de Nicomedes Guzmán La Sangre y la Esperanza, introdu ce al le ctor en una historia relatada por un narrador-p rotagonista con un estilo afín a la anterior obra narra tiva de Nicomedes Guzmán Los hombres o scuros. Sin embargo, ese ‘yo’ narrador que relata la historia en primera pe rsona, en est a oportunidad, también ser á protagonista y un personaje que forma parte de una familia, un núcleo famili ar que lo ayudará y en momento s e erig irá como p rotagonista. De la misma man era ese ‘ y o’ narr ador, en esta ocasión sale de ese pequeño mundo que era el ‘conventillo’ y sus alr ededores, como se re crea en la anterior novela, para situarse en una zona mucho más extensa dentro de la geografía de la ciudad de Santia go, aventurándose a lugares desprotegidos del e ntorno familiar, siendo en algun as ocasiones víctima y e n otras, testigo de peculiares y crudas realidade s que en una suerte de remembranza recreará e n la novela. El área geográfica que o cupa el desarrollo de esta segunda obr a narrativa, se ubic a al sur de la ciudad en un lu gar denominado ‘el barrio bajo’ -como se m enciona en otros aparta dos - cuy a urbe fue levantada en los alrededores del río Mapocho y que no solo la constituían algunos conventillos, sino grandes casas, mu y antiguas y sin remozar , de un a o do s plantas, que eran divididas precariamente para después alquilarlas por partes y , a veces, por su particulares caracter ísticas las ll amaban ‘galería’. También por el mi smo sector ex istían unas pocas casas mucho más pequeñas, igual de viejas y m altrechas que, por lo des cuidadas y por la zona donde estaban ubica das, eran muy económica s. Asimi smo, existían otras edifi caciones mucho más pequeñas, baratas y carentes de todo lo esencial, de construcción improvisada y simple, donde vivían familias y g rupos diversos. En tér minos g enerales la colectividad que habitaba esos sectores, eran grupos d e familias de bajos recursos, que procuraban conservar los valores humanos y compensaban sus vidas trabajando de manera privada p ara ter ceros, en ne gocios o fábricas instaladas e n e l sector o en la empresa tranviaria. Tal y como se recrea en la novela cu ya estación planta eléctrica y depósito, descrita por el narrador, se encontraba por la misma calle donde estaba ubicada su pequeña vivienda. Pero también la zon a estaba invadida de una contingente de vag abundos entre niños y adultos. De ig ual manera existían algunos cu y as actividades no eran mu y legales, así como otros que se prostituían. 258 Se trata del denominado ‘Barrio Mapocho’, c on sus calles, sus viejas edific aciones, sus solares y el río que lleva el mismo nombre y que ahora, en la actu alidad, cuenta con mejores área s de esparcimiento, pero que antaño fue el e ntorno donde el escritor Nicomedes Guzmán pasó parte de su vida, como se señala en su biografía, y dond e tuvo la oport unidad de acumular una gran ex perienc ia que después le sirvió para n utrir y dar forma a sus novelas. Un área que hoy forma parte inte g rante de la gran capital del país, aunque ha conserva do su geografía, el nombre de sus calles y al guna s edificaciones patrimoniales. Pero que en aquel entonces, como lo menciona en la novela e l protagonista, que a su ve z sitúa la temporalidad del relato a lrededor de los tres primeros años de la déc ada de los ve inte, era un lug ar habita do por un colec ti vo diverso, con una vida y un entorno completamente diferente, pues en el mismo sector se encontraba el antiguo aparcamiento de los tranvías eléctricos 196 y su respectiva planta de energía eléc trica, donde laboraban muchos de los habitantes del sector y su s entornos. Es importante destacar en primer lu gar, el epí grafe o dedicatoria 197 de esta primera edición de La Sangre y la Esperanza que afirma lo siguiente: "Hablo de cosa s que existen, Dios me libre de inventar cosa s…" tomado de Estatuto del vino de Pablo Neruda. Es e vidente que la obra está dedica al poeta señalado, quien además f ue un gran ami go del autor. Sin embargo la elecc ión d e estos dos pri meros versos, correspon dientes a la nov ena estrofa del poema, que se encuentra incluido en la obra Residencia en la Tier ra (1925-1935) no es casua l, pues ese segundo verso te rmina así, " …cuando esto y cantando !" Y esta parte fue obviada precisamente porque el objetivo del autor, sin lugar a dudas, esta ba referido espec íficamente al contenido de la novela y no a la significación re al de los versos que comporta otras connotaciones completamente a jenas a la obra en cuestión. A tenor de lo anterior e st á muy c laro que todo lo que relatará La Sangre y la Esperanza forma parte de una verdad, de unos hec hos históricos que efe ctivamente ocurr ieron, de un entorno que ex istió y d e l os cuales aún quedan al gunos vestigios, aunque con rostro renovado, pero con los ecos de lejanos frisos que los nue vos no han logrado borrar. 196 Los tranvías de trac ción anim al en la ciudad de Santiago, datan del Siglo XIX (1857). A p artir d e la electrificación de lo s tranvías a finales del Siglo XIX, se pasó a la tracción eléctrica. E n el mes de septie mbre de 1900, The Chilean E lectric Co mpany, pu so en funcionamien to el primer tranvía eléctri co de la ca pital que en sus primeros años fue ad ministra do por Chilean E lectric Transway and Light Com p any Limited, con 275 carros que recorrían 97 kilómetro s en la ciudad de Santiago, que incluían los sectores de E stación Cen tral, Recoleta, Providencia, Ñuñ oa y Quin ta Normal. 197 No ha sido posible corroborar este detalle referido a la d edicatoria q ue incl u ye el autor en esta edición, co n respecto a q ue, si se mantuvo la misma en el resto d e publicaciones que se hicieron de la n ovela, tanto en Ch ile como la que se hizo en Argent ina. 259 Sin embargo, d e acuerdo a indagaciones re aliz adas por Bajtín en una de sus investigac iones literarias, cabe la posibilidad de qu e esta aprox imación a lo real sea "poco fi rme y particularmente inexacta," pero que nutrida con l a imag inación y la divers idad de elementos con los que cuenta el creador de la nov ela, se pod rá "comprender adecuadamente la vida, " la discusión "cultura l y literaria de las épocas pasada s." (1987: 430). En este contexto es oportuno mencionar que esta novela La Sangre y la Esperanza , es principalmente un home naje a un período de la hist oria, a una forma de vi vir y a un conjunto de personas, que conformaron un colectivo actualmente de sapa rec ido, pero que quedó grabado en el sentimiento y la me moria de un niño, cu y a primera etapa de vida formó parte o conoció de manera mu y cercana, acontec imientos imposibles de ignorar u olvidar y , que una ve z adulto decidió que debían trasc ender. A este r especto Mario Ferrero señala: "Tal vez por ello su literatura es tan nít ida, tan emotiva y directa, porque proviene de una visió n enriquecida por la concienc ia de los trabajadores, herencia de sus viejas andanzas por los vados del dolor humano." (Ibíd. 1982: 1 02). A ello se suma todo lo que escuchó hablar constantemente a su padre, diri gente sindical de la empresa de los Tranvías y a sus compañeros de trabajo, en los múltiples encue ntros que éstos realizaban, en los cuales Nicomedes procuró mantener constantemente su presencia. Todo ese mundo conocido por el escritor se fue nutriendo de un singular fondo de human idad que al emerger y plasmarlo en la obra espantó la indiferenc ia de críticos, lectores y espe cialistas, convirtiéndose en un " índice acusador" de una realidad que muchos preferían ignorar. En su opinión Juan Loveluck sost iene qu e esta obra de Nicomed es Guzmán "sobrepasa en emoción social, en verac idad sin tapujo, […], la crítica más conserva dora consagró a este libro como la expresión de un estado social que merecía corre girse y enmendarse." (1963: 336). Por otro lado, Francisco Santana, en un estudio que desarrolló por la misma década de publicación de la obra de Guzmán, acerca de lo s nuevos novelistas chil enos, r eseñó que la novela La Sangre y la Esperanza "capta con ampl itud el ambiente del b arrio Mapocho." A su juicio, el escritor con singular habilidad desvela "miserias, inquietudes, ternuras y pasiones." Entre otros aspectos y re firiéndose al barrio Mapocho, Santana afirma: "El realismo de Guzmán adquiere perfiles definitivos," proporcionando una particular "se nsación gráfica y animada del populoso barrio, a la ve z que sus personajes caminan, piensan y accion an en su limitada existencia de anónimos, de hombres derrotados y aniquilados moralment e." El especialista concluye su ex posición a cerca de la obra de Guz mán, asegurando que los aspectos positivos y relevantes radican en que "la imagen y la metáfora tienen un pa pel comunicativo y 260 preponderante" […]. Y, entre otr as cosas, son el resultado de todo un proceso donde entran en juego múltiples y naturales bondades de la "espontánea expresión" de un "nove lista, que es también poeta." (1949: 57-58). De manera integral la novela L a Sangre y la Esp eranza se defin e como un a obra cu y a repre sentación está locali zada de ntro de un espacio claramente definido, e n el que se encuentra inserto el colectivo del cual forma pa rte el reducto familiar al que pertenece el protagonista, cuy a c onstante es el enfre ntamiento entre la d egradación y l a dignidad, con la recr eación de singulares cuadros d e ruego justiciero, d e pasion es, de traiciones, mu erte, por un lado y por otro, la posibilidad, expectac ión y anh elo de superación que serán identificados en ese mundo interior contenido en el relato que más adelante se ana liz an. Por últ imo, la ter cera nov ela que e scribió Ni comedes Guzmán fue La luz viene del mar , en 1951. Una obra inspi rada en un sector del Nort e de Chile. Un lu ga r que p rovocó en el esc ritor una serie d e singulares se nsaciones y que lo motivaron a ir seleccion ando y reuniendo en cada uno de los viajes y recorridos que hiz o a ese lugar, un sinfín de documentos, relatos y experiencias, las que fue documentando y or g anizando, así como t oda la información historiográfica que pudo compilar y conocer. Es del conocimiento de todos que Nicomedes Guzmán amaba entrañablemente cada rincón de su país, un territorio que, recorrió d e no rte a su r y de este a oeste, incansablemente, como se puede constatar en muchas de sus producciones, artículos, crónicas y ensayos, donde da a conocer detalles de cada uno d e esos territorios que visitaba y que describía con una especial admiración. Sin embargo, la provincia de Tarapacá, principalmente la ciudad de Iquique con sus pa rticulares características g eo gráficas y su diversidad h umana, así como la pampa salitrera y el puerto de I quique, enfrentados en una compleja realidad de ambición, dolor y d esgaste, bajo un sol infinito y temperaturas ex tremas, conmovieron parti cularmente l a vena crea dora del escritor. Así, Nicomedes Guzmán en La Luz viene del mar , construy e y recrea un mundo ubicado entre el casco vi ejo de la ciudad de Iquique, específicamente el b arrio El Colorado, el Pue rto de Iquique y la p ampa que rodea a la ciudad y sus diversas Oficinas Salitre ras como la ruta del tren que iba y venía del puerto a la pampa y vi ceversa. Otro espacio geo gráfico que r ecrea el escritor y que es oport uno puntualiz ar es el r eferido a un "mausoleo o monolit o", que desapareció bajo la construcción indiscriminada de viviendas, que post eriormente conformaron un barrio que existe hasta el día de ho y . El espa cio en cuestión era el Cementerio número dos 261 de la ciudad de I quique, y el mencionado monolito fue construido por los trabajadores de la pampa, sobre la fosa común donde fueron enter rados los muertos -o parte de ellos- de la histórica masacre de la E scuela Santa María (1907), recreada en la novela. (1963: 192). Por otra pa rte, el ti empo en el que el escritor sitúa el relato es aproximadamente la década de los treinta d el siglo veinte, una época en la que dism inuían ostensibl emente las exportaciones salitreras y las distintas Oficinas (Centros mineros), c omenzaban a re ducir su producción, incluso algunas daban inicio al proceso de cierre definitivo, aspecto que perjudicaba directamente a los mi les de trabajadores qu e laboraban en ese sector productivo. Ante ese giro económico y laboral, la realidad se tr ansformaba y p ese a que l a abundancia nunca llegó a palparse efectivamente, ni en la ciudad, ni en su ge nte, ni en sus alrededores, pues tanto los trabajadores como la provincia siempre fueron tratados con una patética indiferencia, la miseria y l a descomposición, ante esas nuevas condiciones económica s, se hacían mucho más patentes y , precisamente, esos nuevos fa ctor es fueron los que motivar on a Nicomedes Guzmán a construir e st a nueva ficción. Trabajo que, a juicio de Ferrero, "nunca alcanz a el íntimo poder de sus dos novelas" anteriores ( Ibíd. 1982: 107). S in embargo, ind ependientemente de las opiniones, Fernando Santiván, en el p rólogo de o tras de l as obras de Guzmán, señala que el escritor "continúa con f e y se g uridad imperturbables en el camino traz ado. Es el hombre que ha encontrado su verda dera personalidad." (1963: 14). En un estudio hecho por Cedomil Goic y publicado por la r evista Atenea, el especialista puntualiza: Nicomedes Guzmán fu e a descubrir el norte. De regreso nos trae develado un mundo que él, como pocos en nuestra novelística actual, es capaz de r evelar. Su enc uentro con el norte le deja grabado hondamente, con un impacto sentimental poderoso, el carácter peculiar de sus hombres – trabajadores del puerto de Iquique, trabajadores del salitre en la pampa- moviéndose en su esfera proletaria . (1952: 536). A trav és de los años, los escritores le proporcionan a su vida productiv a un ritmo imposible de predecir y, como y a se conoce, son contadas las ocasiones en que aciertan y complacen ma y oritariam ente a todos sus lectores. Aunque hay ex cepc iones. No obstante, a veces sucede qu e la acep tación es tan baja qu e favorece inex orablemente al desarrollo de un evidente desinterés oficia l y público. Muchos estudiosos le atribuy en a e ste fe nómeno la escasa 262 bibliografía ex istente en la actualidad acerca de la obra La luz viene del mar en la actualidad. Sin embarg o, no todo fue apa tía. Así F ernando Santiván en uno de sus tantos a rtículos periodísticos, seña ló que, en esta novela, "Nico medes Guzmán acentúa sus condiciones de observador profundo." La rutina popular de la r egión norteña unida al desi erto, a la pampa y a la industria salitre ra, vivi da por sus co etáneos "está presentada con patétic a re alidad." (1956: 27). 198 En este sentido la tercera y últim a novela de Nico medes Guzmán L a luz viene del mar, descubre ante el lector un complejo mundo, a través de las vivencias de un conjunto de habitantes de un barrio perte neciente a l ca sco antig uo de la ciudad de I quique, así como la vida de algunos hombr es chilenos y de otras nacionalidades v ecinas y europeas. Aunque también forman parte de la historia alg unos orientales provenientes de China, todos ellos sobreviviendo en torno a las minas del salitre. Una actividad de ex plotación minera de la parte norte del país, que durante much as dé cada s t uvo un d esarrollo con p eculiares características, que marcó profundamente la historia del país, como también la sensibilidad del artista. 6.2.2. Obras coetáneas a la no velístic a de Nico m edes Guzmán La novelística de Nicomedes Guzmán en su primera fa se estuvo rodeada po r un despertar lite rario tanto e n la poesía, que se d esarrollaba en las primeras déc adas del si glo veinte con prometedoras figuras, como e n la n arrativa. Si bien por e se mismo período s e reflejaba cierta reiteración en muchos de los cuadros presentados, en varias produ cciones en prosa, del mismo modo ex istía en e l ambiente int electual emergente un evidente aire de renovación con una pluralidad de propuestas que cada año, dentro de esas p rimeras décadas, cre cía en ofertas. En este contexto y a finalizando la terc era década, cua ndo ve la luz la n ovela Los hombres oscuros de Nicomede s Guzmán, ella coincide en el tiempo con la novela de J uan Godo y Angurrientos que, aunque fue publi cada en 1940 , ya e ra conocida ampliamente en el mundo intelectual chileno de sde 1938, de manera man uscrita - como se ha mencionado en otros apartados- . Pese a la proximidad temática de las dos obra s -pues las dos están dirig idas a la recreación de problemáticas sociales- ambas de sarrolla n aspectos completamente opuestos 198 El Correo de Vald ivia, artículo lit erario, enero 15 de 1956, r eprodu cido posteriorm ente en el prólogo de la obra de N icomedes Guzmán El pa n bajo la bo ta, p.27. 263 dentro de los mismos entornos. A este r especto es oportuno destacar al gunas apreciaciones d e Hans-Robert Jauss 199 , quien señala: En sus comienzos, la estética de r ecepción se pre sentaba todavía como una estética de l arte autó nomo, referida a las obras de arte que, merced a sus valores de innovación o de ‘negatividad’, superaban el horizont e de expectativas de su primer público y que, merced a la plenitud de sentido, suscitaba una rica historia interpretativa. (1980: 39). En este contexto el primer quiebre de la obra de Godoy, que supera ese "horizonte de expectativas" su geridas por J auss, se ubica en la anarquía, qu e se suscita ante l a falta de un desarrollo c ronológico e n el relato, y ante la negativa, por parte de su creador, de respetar las convenciones de causa, espacio y tiempo. Aparte de la ausencia de una voz líder que sobresa lga a la mul tiplicidad de voc es, que desta can d entro d el relato. En suma, l a novela de Godo y p ese a que "rompe un verosímil – cr iollo-realista- al mismo tiempo" que impone, "uno nu evo, caracter izado por un orden desorde nado, f ragmentado e inconcluso," se tra ta de una novela construida "en torno a tensiones encontra das que nunca alcanzan a resolverse." Por últim o, es posible afirmar que en An gurrientos se presenta una suerte de "contra-cultur a," pues su objetivo es promover "un conoci miento necesariamente subversivo: uno que tenazmente vers a sobre lo anteriormente marginado y ex cluido" en una determinada diversidad social, que antaño nadie se había propuesto difun dir en toda su crudeza. ( Román Soto. 1992: 75). No obstante, eso no evita la gran polémica p rovocada por di cha novela desde su publicac ión que, con todos sus defec tos y virtudes, forma parte de un entorno y d e una Generación. Otro escritor chileno cu yas novelas son contemporáneas con L os hombres oscuros fue Juan Modesto Castro (1 898-1943), con la novela Cordillera adentro (1937), una obra que retrata la vida, el entorno y el contacto humano de los mineros en un ambiente cordi llerano. Esta novela fue reeditada por la Editorial N ascimento en Santiago, con el nombre de Froilán Urrutia (1942). Otra novela de este mismo autor fue Aguas estancadas (1939), Premio Municipal de Santia go ( 1939). Una novela dond e retrata la vida que sufr en los enfermos en ge neral, los crónicos y l os desahuciados, en los hospitales públicos de la ciudad de Santiago. Donde el personal funcionaba completamente ajeno a las tragedias individuales. Este escritor 199 Ponencia presentada en el noveno Con greso de la A sociación Interamericana de Literatur a Comparada, realizada en In nsbruck en 1979 y publicad a en 1980. Teórico alemán H ans-Rob ert Jauss (1921- 1997), p. 34 -41. 264 siempre estuvo a lejado de los círculos literarios y su producc ión narrativa reflejó constantemente sus vivencias, el mundo popular y sus más rústicas ocupaciones. Por último, cabe considerar que parte de la obra de Marí a Luisa Bombal (1910-1980) también fue contemporánea de la primera nove la de Nicomede s Guzmán, c on La última niebl a (1935), y La Amortajada (1938). Sin embargo, la obra de la es critora fue una producción totalmente femenina, en l a que trab ajó temas difere ntes a los tratados por el escritor objeto del estudio, pese a que ambo s pertenecen a la misma Generación literaria. Tanto la novela La Sangre y la Esperanza como la anterior L os hombres oscuros , son narraciones apegadas al realismo como cor riente estética, pero especialmente dirigida a reflejar espacios ignora dos y des preciados por la sociedad chilena e n general. Como y a se ha mencionado, ex istieron una serie de factores y circunstancias que el país experimentó c omenzando el siglo XX, donde la r ealidad y las diferencias dentro de una misma sociedad comenzaron a ser especialmente evidentes con cuadros contex tuales y humanos difíciles de ignorar. Esa nue va realidad no pudo pasar inadvertida ante la sensibilidad de los artistas y , como lo mencionara Gil Casa do, "el novelista se encue ntra directa y fuertemente influido por la época y por la situación (…)." (1967: 230). Un aspecto que, sin lugar a dudas, motivaría a los escritore s nacionales a reflejar esc enarios con un mundo mimético mucho más dramático en las creaciones a partir de los años veinte, cu y os temas d entro del panorama literario chileno eran de sconocidos y , a veces, deliberada mente ignorados. Estas obras van aumentando su frecuencia en las producc ione s narrativas de la década de los treinta, convergiendo l a ma y oría de los novelistas chilenos en la representación de cuadros y testimonios, a vec es, co n una visión retrospectiva y sacando a l a luz lo más íntim o de los conflictos de un entorno determinado, que pudo haber conocido, presenciado, experimentado o vivido, ubicándose claramente en la c orriente den ominada como realismo social. Por la misma década de publi cac ión de La Sangre y la Esperanza apareció la novela Ránquil 200 (1942), de Reinaldo Lomboy (1910 -1974), profesor de in glés, periodista y uno de los primeros escritores chilenos que se alejó d e la producción c riollista, descartando "los pintorescos dec orados del campo" para adentrarse en el conflicto y en "el drama social" que se 200 Esta es una zo na chilena d el Valle de Itata, ubicad a en la provincia de Ñub le, Región del Biob ío, a 50 km de la ciudad d e Chillán y a 80 km de la ciudad de Concepción . Y el término es u na palabra del mapudungun in d ígena de la etnia Map uche: rangkül q ue significa carrizo, u na planta gramínea usada como forraje p ara hacer techos en las pequeñas ca sas muy ab undante en la zona. 265 escondía en las vidas de los campesinos que traba jaban para los grande s la tifundios (fincas o hacienda s), existentes en el sur del país. Esta nov ela de Lombo y se b asó en un acontecimiento real y fue el re sultado de " la c rónica de hechos que investig ó y vivió person almente" e l escritor y , "cu y a p ro y ección atañe a l a historia c ontemporánea d e Chile." (Alegría. 1 967: 81). L a novela se c aracter iza por su fue rza y su indiscutible dramatism o y su contenido que se nutre de los acontec imientos que ocu rrieron en el año 1934, e n un sector con el mismo nombre de la obr a, en el sur chileno y que impresionaron a l a sociedad de la época, por se r el refl ejo de una rea lidad que se re petía en diferentes lugares por todo el país. El escritor Carlos Dro guett (1912 -1996), cont emporáneo de Nicomedes Guz mán, escribió Los asesinos del seguro obrero (1940), una crónica inspirada en los hechos que ocurrier on en torno a la matanza provoca da por l os desórdenes suscitados en el propio se guro obrero de Santiago en 1938. L os especialistas señalan qu e esta c rónica fue la base de su posterior obra que desarr olló mucho más amplificada y entrelazada, con un crimen de la crónica roja de aquel período, p ero que publicó trece años después. Se trata de Ses enta muertos en la escalera (1953) y qu e al a ño siguiente obtuvo el P remio Municipal de S antia go (1954). Alegrí a señala con re spe cto a este e scritor que fue "más poeta que narr ador, solitario, robustamente regional y caótico, Droguett se interesa fundamentalmente en dos temas: la violencia y la muerte." ( I bíd. 1967: 83). Otro escritor contempor áneo a Nicomedes Guzmá n y ami go, que publi có algunas d e sus producciones narrativas en la década de los cuarenta, fue Gonzalo Drago (1906 -1994) y su obr a Cobre (1941), inspirada en las ex perienc ias vivi das y acumuladas por D rago, en los años que trabajó para la empresa mi nera. Aquí el escritor hace un a profunda reflexión al esforzado mundo de los trabajadores de las minas de cobre, s u constante enfrentamiento con los elementos de la naturaleza, la falta de valoración al oficio y el bajo salario. Despu és le siguió Una casa junto al río , (1946), novela corta que d a nombre al libro y que va acompañada de un conjunto de cuentos y Surcos (1948), un conjunto de cuentos campesinos. Todas las obras coinciden en reflejar situaciones ignoradas, excluidas o descuid adas en diferentes conte x tos y apegadas a la corriente del realismo social De igual manera , el poeta y escritor, contemporáneo con Nicomedes Guzmán, Andrés Sabella (1912-1989), publi có la novela Norte Grande (1944), cu yo espacio recreado est á constituido por la z ona del Norte Grande y , esp ecialmente, por la ciudad d e Antofagasta y l as minas del salitre. Un entorno hostil donde los mineros deben tr abajar en sit uaciones 272 embargo, aquí estoy yo y mi imaginación, devanando la madeja cotidiana. (24). La onomatope y a, como r ecurso, es t ambién una constante dentro de l a narra ción. A ella se suma la re producción de las letras de las canciones interpretadas por algunos personajes: Se oyen ronquidos. [… ] , me sobresalta el ll anto de la guagua de doña Hortensia. " (22). Mi vecina le canta dulcemente. «Hace tuto guagua. Que viene la vaca A comerte el poto. Porque tiene c aca»… «Duérmete, niñita»… (23). Tan, tan, tan… La campana de la parroquia [… ] (24). La clase de labor que eje cuta Acevedo contrib uye a que esté constantemente relacionado con la g ente, pues todo el que quier a ve r sus zapatos limpios y b rillantes, y quie ra que un especialista lo ha g a, acude a buscarlo. Transformándose el protag onista en el sujeto conectado con una serie de instancias y mecanismos específicos, que mediará n concretamente con ese entorno, al que pert enece y poco a poco y a conoce. Así va presentando a los habitantes del conventillo: Cristina Blanco [… ] , madre de tres hijos y cobradora de tranvías. Su marido, Carlos Gonzá lez, [… ] maquinista. Es un hombre espaldudo, alto, [… ] . Pertene ce al cuerpo directivo del Sindicato de Tranviarios y actúa, además, en el S ecretariado de la Seccional del Partido Socialista, [… ] . La señora Cris tina, [… ] , es físicamente menuda, frágil, la c ara como entristecida por una constante e incomprensible congoja. […] , compadezco sus piernas, cubiertas de várices, [… ] . (1939: 25). Con estos person ajes el narrador va introduciendo al lec tor en lo que Gil Casado señala como la representación de "una capa de la so ciedad." El maquinist a tranviario, a su vez, activista 273 sindical y miembro de una organización política de iz quierdas, Carlos González "será un símbolo de su clase, repr esentará valores arquetípicos." Asp ectos referidos exclusivamente al desarrollo de la novela s ocial y por ende a la recreación irrefutable del re alismo social (1967: 230-231). (Joaquín Marco. 1963: 13). Con la pre sentación de este referente, Gonz ález es un personaje que se ocupa no solo de realizar el tra bajo re munerado, sino que a demás se preocupa de realizar actividade s qu e fomenten la creación y defensa de un bien común dentro de su área laboral: el Sindicato. De igual manera está su p articipac ión en a ctividades ideológ icas que compagina con la anteri or, desmitificando sobre maner a la imagen de los habitantes de un ‘conventillo’, proporcionándole un g iro notable a la imagen del lugar. Otro elemento si gnificativo que se introdu ce en este punto es el trabajo femenino que, por aquella época, comenzaba a practicarse tímidamente en His panoamérica. Sin emba rgo, en Chile, espec ialmente a p artir de esas primeras década s del siglo veinte, comenz ó a ser una actividad mucho más asidua en la población femenina. L o mismo sucedió con la participación de las muj eres en las actividades sindicales que si bien era p ermitido , estaba supeditada al permiso de los padre s o l os esposos. El protagonista continúa su ca mino describiendo con un marc ado contrapunto lo qu e experimenta, lo que ve, siente e imagina, pue s una vez más humaniza el sol y la ca lle: El conventillo, mirado a sí, a primera vista, da la impresión de un ser extático, [… ] . En primer lugar, se dijera que, […] la miseria jugar a a las bolitas, al trompo o al volantín con la humanidad de este pequeño mundo proletari o. El hambre, […] , no anda ausente, y se pasea por más de algún cuarto, haciendo chascar por los vientres su fusta de gamonal. (1939: 26). El narrador utilizando el tono irónico denuncia el hambre, uno de los referentes caracter ísticos de algunos habitantes del conventillo. Proporciona además fuerza al fragmento añadiendo símiles morda ces. Con la metáfora consolida, además, el mensaje, cerrando el cuadro con el significante final, que se identifica con el dolor, la ansiedad, la insuficiencia y el sonido que produce ese ‘hambre’. 274 Otro aspecto relevante de este apartado se produce cuando el narrador describe al conventillo de sde una perspe ctiva metafórica refi riéndose a él como: " [ …], peque ño mundo proletario." (26). Es evidente que el prota gonista desea señalar a tod os los que habitan y hace n vida dentro del conventillo, que son personas mu y pobres materialmente, p ero cuyos pocos ingre sos dependen d e un trabajo h echo a terceros. En aquel e ntonces era común utili zar este calificativo: « p roletario » 202 , para d enominar al col ectivo señ alado y que habitab a ese mi crocosmos denominado conventillo. Dentro de ese contin gente se encuentran los que realizan labores y oficios convencionalmente cataloga dos de nivel bajo, y que cada día sus actividades diarias son a destajo, pero sus salarios son tan bajos que no llegan a cubrir las ne cesidades básicas de quienes los ejecutan. Es oportuno destacar que, al mar gen de la historia, ra íz etimológ ica, así c omo el desuso y post erior uso, que se le ha dado al término: proletario; como se reseña al pie de página, en la novela es una palabra recurrente y particularmente significativa para el autor pues formó parte del conocido "Manifiesto Comunista redactado de 1848," por Karl Marx, del cual el esc ritor era simpatizante, " una obra que se carac teriza por sus resona ntes lemas políticos como: ¡Proletarios de todo el mundo, uníos! (Ritzer. 1993: 27). L emas en los cuales Guzmán creía pues por aque l entonces, ante l a r ealidad de inj usticia, pobreza, represión y abusos que viví a el p aís, sin visos de solucionarse, los aires revolucionarios y libera dores que llegaban desde Europa, llevaba a muchos dentro del conglome rado nacional de todos los estratos, a c reer que esa era la solución a todos los problemas que socio-políticos y económicos que vivía la Nación. En este sentido Guzmán caracteriza al burgué s, aprovechador y abusador de los necesitados, al dueño d el conventillo don Andrés, que vive a expensas de lo que esa gente que tiene mu y poco l e paga por las míseras e ins alubres viviendas. En este pu nto del relato cabe destacar la figura grue s a y corpulenta de Auris tela , la mayordoma. L a im ag en viva de la opulencia y vida mejor ada si se compara con el resto de habitantes de sus dominios, el conventillo. Se trata de una mujer ruda, pues no teme a la gente que la rodea, del mismo modo 202 Por proletarios s e comprende a la clase de los trabaj adores asalariados mod ernos, que, privados de medios de produ cción prop ios, se ven obligado a vender su fuerza de trab ajo para poder existir. (Marx y E ngels, M.P.C., p. 36). Tanto en in ternet com o en los diccionarios y especialmente la R AE, señalan u na significación similar al término. De mi smo modo su raíz literal se en cuentra en el I mperio Romano: Proletarii, cu ya significación e s similar. El con cepto queda en el olvido y reaparece en In glaterra en el s iglo XVI y luego es rescatado por Revolución Fran cesa tomando u n significado mucho má s comprometido, pues se u sa para signar específicament e a la clase trabaj adora excluida de los derechos. Este término es llevado p or los franceses a la Alemania de Marx. 275 se la describe caprichosa, mu y bien alimentad a, extrovertida, severa, cruel e insensible, cu y o trabajo cumple a cabalidad pues nadie se escapa del pago mensual de los arriendos: Doña Auristela se siente orgullosa y se contonea c omo una pav a imperial, porque don Andrés, el propietario, un burgués de tongo, bastón y puro, le da la mano c uando la visita, a fin de recibir la renta de la pro piedad. Doña Auristela [ … ] , ti ene una hija [… ] hermosa [… ] . Su marido, un it aliano [… ] , antiguo mayordomo, fue asesinado por un rufián, [… ] , por moroso, arrojara sus cachivaches a la calle, descerrajando la puerta de su pieza, mientras él estaba ausente. (1939: 27). La ma yordoma es la metáfora del ser humano ine xorable, aquel que dispone y dirige el conventillo, cuyo estatus se encuentra en un nivel por encima d e los demá s, y su posición se encuentra patrocinada p or el du eño del lugar , don Andrés, c u y o nivel e conómico le permite distinguirse del resto. Ambos se oponen a la totalidad de los habitantes de ese microcosmos. En ambos se intu y e un a necesidad mut ua. El dueño depende de la recaudadora, pero i gualmente repre senta a la indiferencia, la codi cia, a la indolencia, a favor de sus intereses . Ella, orgullosa de su estatus que, a cambio de mantener el dominio sobre el recinto, de ad ministrar y de contar con un sitio seguro d onde vivir, procede sin escrúpulos a la ejecución de su trabajo, pese a que su viudez es la consecuencia de esa misma actividad. No obstante, para ella es mucho más importante su posición presente que la p asada. Nada la conmu eve y esa trucu lenta personalidad le permite convivir c on la miseria, el dolor, la suciedad y la ca rencia sin que le impresione. El narrador manifiesta una evidente animadversión hacia l a mayordo ma , y revela que el resto del conventillo alberga el mismo sentimiento. De igual manera evid encia pensamientos, juicios y críticas contra puestos hacia el dúo conformado por Andrés y Auri stela. Es oportuno destacar qu e la población de la capital del país aumentaba de manera excepcional y las políticas gubernamentales relativas a la vivienda eran mu y tími das. Del mismo modo, la mano de obra a destajo, en oficios considerados de baja categoría, recibía un salario muy por debajo de la media ac eptable para sus ne cesidades básicas y las ley e s labor ales referidas al tema, por aquel entonces, se encontraban en proceso. E ra evidente la escasez de vivienda económica, por tanto, todo aquel que contara con un espa cio donde construir una serie de cuartos, los e dificaba y los alquilaba: 276 El conventillo está habi tado por gente de la más baja condición social: obreros, peones, mozos, costureras […] , lavande ras que consumen su vida curvadas sobre la artesa, rateros y putas; una de las piezas la ocupan dos maricones qu e realizan por las noches fiestas y bailoteos, a los que acuden «amig os» indecentes y sinvergüenzas; […] terminan con boches que congestionan al vecindario y que r equieren la intervención de los hombres, quienes ponen a ra ya a los degenerados. [… ] la mayordoma no desahucia [… ] , porque «pagan tan puntualm ente». (1939: 28). El catálogo que entrega el narrador indudablemente está influenciado por la moral sexista de la época, la religión y el estilo de vi da, casi p rovincianos de la ciudad y por las pequeñas libertades que comenzaba a disfrutar la sociedad, e specialmente las mujeres; como buscar tra bajos en las fá bricas o e jercer algún tipo de actividad remunerada en sus casas, o ejercer labores y ofic ios remunerados en otras áreas. Es pertinente puntualizar que en Chile el derecho al voto municipal femenino, se aprobó en 1934, más o menos p or la época de la novela o previo a ella. Por lo qu e el derecho al voto presidencial y p arlamentario femenino fue aprobado en 1949, y solo se pudo llevar a cabo por primera ve z tres años des pués, en las elecciones de 1952. Cabe destacar que, dent ro de esa escala social, descrita por el narrador, donde los habitantes del conventillo se identific an con el nivel más bajo de la sociedad de a quel entonces, el grupo correspondiente a los que e jercen labores productivas, tanto los hombres como las mujeres, se encuentra unido al conjunto de person as cu y os oficios se encuentran fuera de Ley, como los rateros y las putas . De la misma manera, cuando el narrador se refiere a los homosexuales, lo hace utilizando un término pey orativo: ma ricones. Dichos personajes, evidentemente ex cluidos, celebraba n r euniones diarias que, por su desarrollo y los efectos experimentados por algunos, como consecuencia del consumo de bebidas al cohólicas, contribuía a que los eventos terminaran en escándalos. Lo particularmente sorprendente es que el control de esos eventos er a exclusivo de la autoridad poli cial o de los ‘hombres’. El machismo vernáculo por aquel tie mpo, sin luga r a dudas, era una convención establecida y el maltrato f ísico y psicoló gico hacia la mujer también era un hecho común, sob re 277 todo en ese colectivo, como también el evidente desprecio y discri minación hacia los homosexuales. En este punto se revela la fragilidad de algunos subgrupos soc iales perteneciente al c onglomerado que habita el conventillo, una pantalla por donde des fila el resultado de la segregación y la a patía p or parte de la sociedad en general: Constantemente se re ali zan en la pieza de Carlos González reuniones de obreros tranviarios, a fin de cambiar ideas sobre los destino s del gremio. […] . Ahí con seguridad se gestan y adquieren forma los proyectos […] del Sindicato. La «compañera Blan co», […] , levanta su voz entre los roncos discursos masculinos, acatando o proponiendo. (1939: 29). Fue una época de múltiples manifestaciones obreras de reduc idos grupos mutuales y sociedades y man comunales 203 . Según los oficios, tí midamente se habían or ganizado a finale s del siglo XIX. Todos esos pequeños grupos y mo vimientos se fueron consolidando nada más comenzar el nuevo siglo en torno a distintos grupos ideológicos de izquier da, para converger en movimientos y organizaciones de trabajadores mucho más sólidas, y que a pesar de la g ran oposición que sufrían y l as numerosas b ajas, producto de las represiones ejercidas sobre ellas, no sesgaron en su empe ño por reclamar su dere c ho a mejorar sus condicione s dent ro de sus respec tivos trabajos y de sus vidas, a través no solo de una mejora del salario, sino de leye s laborales. Por esas mismas décadas dichas or ganizaciones, en medio de cr uentas controversias y qu erella s, logran su fortalecimiento, como también la promul gación de muchas Leyes solicitadas en innumera bles pliegos durante décadas. Se destaca, además, dentro de la descripción del l ugar entre la oleografía barata, que adornaba la pared del escenario relatado, dos retra tos, uno de Lenin y otro de Recabarren. Dos repre sentantes mu y destacados por aquella época, símbolos de la reivindicación de los obreros tanto en Rusia como en Chile 204 . El recinto donde se recrea aquella gesta de reivindicaciones, en esta ocasión se desarrolla dentro de una de las habitacion es del conventillo, la que ocupan el matrimonio 203 Véase en: M emoria Chilena, El movi miento obrero chileno (1909 -1953). 204 Vladimir Ilich Ulián ov (1870- 1924), mejor con ocido co mo Lenin, r epresentante máximo d el sector bolchevique del partid o obreros sociald emócrata de Ru sia y Líder de la Revo lución de octu bre de 1917, convirtiéndose en el p rincipal d irigente de la URSS y s eguidor de las políticas marxistas lla madas igualm ente leninistas. Luis Emilio R ecabar ren (1876 -1924) de padre s vascos, nacido en Ch ile, fue el re presentante principal del movimiento o brero chileno y miembro del partido comunista d e Chile. [Document text truncated for crawler view.]