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Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

García Lorca, Federico

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Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 231-242 Fig. n.º 17.– Dibujo de Federico García Lorca que acompaña al manuscrito del Llanto (Archivo de la Casa de Tudela). De la memoria de Ignacio Sánchez Mejías se va apagando el resplandor que sólo queda a los que lo percibimos en su vida. Quedarán mientras suene el castellano, que tiene larga fianza, en la palabra verdadera del poema de García Lorca. Algunas veces se nos ocurre buscarle alguna explicación al sinsentido de la vida, de lo que no es y debiera ser y que hechos posteriores vienen a explicar de alguna manera. De no haber existido la tragedia de Manzanares careceríamos de una expresión de belleza tan honda como fue el Llanto. Pero a qué alto y doloroso y evitable precio. José Antonio Muñoz Rojas 230 la muerte puso huevos en la herida a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde2. Un ataúd con ruedas es la cama. a las cinco de la tarde. Huesos y flautas suenan en su oído a las cinco de la tarde. El toro ya mugía por su frente a las cinco de la tarde. El cuarto se irisaba de agonía a 1as cinco de la tarde. A lo lejos ya viene la gangrena a las cinco de la tarde. Trompa de lirio por las verdes ingles a las cinco de la tarde. Las heridas quemaban como soles a las cinco de la tarde, y el gentío rompía las ventanas a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. ¡Ay qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en sombra de la tarde! II –LA SANGRE DERRAMADA– ¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 233 2En la primera edición estos tres versos no iban en cursiva. I –LA COGIDA Y LA MUERTE– A las cinco de la tarde Eran las cinco en punto de la tarde Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde. Una espuerta de cal ya prevenida a las cinco de la tarde. Lo demás era muerte y sólo muerte. a las cinco de la tarde. El viento se llevó los algodones a las cinco de la tarde. Y el óxido sembró cristal y níquel a las cinco de la tarde. Ya luchan la paloma y el leopardo a las cinco de la tarde. Y un muslo con un asta desolada a las cinco de la tarde. Comenzaron los sones de bordón a las cinco de la tarde. Las campanas de arsénico y el humo a las cinco de la tarde. En las esquinas grupos de silencio1 a las cinco de la tarde. ¡Y el toro solo corazón arriba! a las cinco de la tarde. Cuando el sudor de nieve fue llegando a las cinco de la tarde, cuando la plaza se cubrió de yodo a las cinco de la tarde, Federico García Lorca 232 1García Lorca en la primera versión del Llanto escribió «eran las esquinas grupos de silencio». la muerte puso huevos en la herida a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde2. Un ataúd con ruedas es la cama. a las cinco de la tarde. Huesos y flautas suenan en su oído a las cinco de la tarde. El toro ya mugía por su frente a las cinco de la tarde. El cuarto se irisaba de agonía a 1as cinco de la tarde. A lo lejos ya viene la gangrena a las cinco de la tarde. Trompa de lirio por las verdes ingles a las cinco de la tarde. Las heridas quemaban como soles a las cinco de la tarde, y el gentío rompía las ventanas a las cinco de la tarde. A las cinco de la tarde. ¡Ay qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en sombra de la tarde! II –LA SANGRE DERRAMADA– ¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 233 2En la primera edición estos tres versos no iban en cursiva. I –LA COGIDA Y LA MUERTE– A las cinco de la tarde Eran las cinco en punto de la tarde Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde. Una espuerta de cal ya prevenida a las cinco de la tarde. Lo demás era muerte y sólo muerte. a las cinco de la tarde. El viento se llevó los algodones a las cinco de la tarde. Y el óxido sembró cristal y níquel a las cinco de la tarde. Ya luchan la paloma y el leopardo a las cinco de la tarde. Y un muslo con un asta desolada a las cinco de la tarde. Comenzaron los sones de bordón a las cinco de la tarde. Las campanas de arsénico y el humo a las cinco de la tarde. En las esquinas grupos de silencio1 a las cinco de la tarde. ¡Y el toro solo corazón arriba! a las cinco de la tarde. Cuando el sudor de nieve fue llegando a las cinco de la tarde, cuando la plaza se cubrió de yodo a las cinco de la tarde, Federico García Lorca 232 1García Lorca en la primera versión del Llanto escribió «eran las esquinas grupos de silencio». ¡Que no quiero verla! La luna de par en par, caballo de nubes quietas y la playa gris del sueño con sauces en las barreras ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer y el amanecer no era. Busca su perfil seguro y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina Federico García Lorca 234 los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¿Quién me grita que me asome? ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes, mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada, ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 237 con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra, pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó. ¿Qué pasa? ¡Contemplad su figura! La muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca El aire como loco deja su pecho hundido5, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Que dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente. Aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura, los que doman caballos y dominan los ríos, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 239 5En este verso, García Lorca duda, en su manuscrito, entre otras posibilidades como, por ejemplo: «El olvido lo cubre con millares de hormigas». abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando, cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh negro toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban3. No hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Que no quiero verla!!4 III –CUERPO PRESENTE– La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados. La piedra es una espalda para llevar al tiempo Federico García Lorca 238 3Primera edición: «que la beban». 4Posteriormente cambió el verso a «¡¡Yo no quiero verla!! con árboles de lágrimas y cintas y planetas. Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre. Porque la piedra coge simientes y nublados, esqueletos de alondras y lobos de penumbra, pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego, sino plazas y plazas y otras plazas sin muros. Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. Ya se acabó. ¿Qué pasa? ¡Contemplad su figura! La muerte le ha cubierto de pálidos azufres y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro. Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca El aire como loco deja su pecho hundido5, y el Amor, empapado con lágrimas de nieve, se calienta en la cumbre de las ganaderías. ¿Que dicen? Un silencio con hedores reposa. Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, con una forma clara que tuvo ruiseñores y la vemos llenarse de agujeros sin fondo. ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice! Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón, ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente. Aquí no quiero más que los ojos redondos para ver ese cuerpo sin posible descanso. Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura, los que doman caballos y dominan los ríos, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 239 5En este verso, García Lorca duda, en su manuscrito, entre otras posibilidades como, por ejemplo: «El olvido lo cubre con millares de hormigas». abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando, cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh negro toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban3. No hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Que no quiero verla!!4 III –CUERPO PRESENTE– La piedra es una frente donde los sueños gimen sin tener agua curva ni cipreses helados. La piedra es una espalda para llevar al tiempo Federico García Lorca 238 3Primera edición: «que la beban». 4Posteriormente cambió el verso a «¡¡Yo no quiero verla!! No te conoce el lomo de la piedra3 ni el raso negro donde te destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo porque te has muerto para siempre. El otoño vendrá con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, pero nadie querrá mirar tus ojos porque te has muerto para siempre. Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan en un monton de perros apagados10. No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. Yo canto para luego tu perfil y tu gracia, la madurez insigne de tu conocimiento, tu apetencia de muerte y el gusto de su boca11. La tristeza que tuvo tu valiente alegría. Tardará mucho tiempo en nacer si es que nace un andaluz tan claro, tan rico de aventura Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos12. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 241 10 Otra versión fue «en un montón de soles apagados». 11 Dudó por «el gusto de la herida»y «el gusto de sus labios». 12 Antes de corregir había escrito «bajo la muchedumbre mate de los olivos». los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sal y pedernales6. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra, delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado con la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda7 sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna8 que finge cuando niña doliente res inmóvil9; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa ¡También se muere el mar! IV –ALMA AUSENTE– No te conoce el toro ni la higuera ni caballos ni hormigas de tu casa. No te conoce el niño ni la tarde porque te has muerto para siempre. Federico García Lorca 240 6 En el manuscrito escribió Lorca «sal» para, después, corregir por sol». 7 Lorca duda entre «... que reposa» y «... que fulgura» para, finalmente, decidirse por «... que se pierde». 8Escribió, primero, «... en la lumbre bicorne de la luna». 9Lorca, intentó, sin éxilo, introducir «blanca ternera», «triste ternera» en el lugar que, después, ocupó «niña doliente». No te conoce el lomo de la piedra3 ni el raso negro donde te destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo porque te has muerto para siempre. El otoño vendrá con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, pero nadie querrá mirar tus ojos porque te has muerto para siempre. Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan en un monton de perros apagados10. No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. Yo canto para luego tu perfil y tu gracia, la madurez insigne de tu conocimiento, tu apetencia de muerte y el gusto de su boca11. La tristeza que tuvo tu valiente alegría. Tardará mucho tiempo en nacer si es que nace un andaluz tan claro, tan rico de aventura Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos12. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías 241 10 Otra versión fue «en un montón de soles apagados». 11 Dudó por «el gusto de la herida»y «el gusto de sus labios». 12 Antes de corregir había escrito «bajo la muchedumbre mate de los olivos». los hombres que les suena el esqueleto y cantan con una boca llena de sal y pedernales6. Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra, delante de este cuerpo con las riendas quebradas. Yo quiero que me enseñen donde está la salida para este capitán atado con la muerte. Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas, para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda7 sin escuchar el doble resuello de los toros. Que se pierda en la plaza redonda de la luna8 que finge cuando niña doliente res inmóvil9; que se pierda en la noche sin canto de los peces y en la maleza blanca del humo congelado. No quiero que le tapen la cara con pañuelos para que se acostumbre con la muerte que lleva. Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido. Duerme, vuela, reposa ¡También se muere el mar! IV –ALMA AUSENTE– No te conoce el toro ni la higuera ni caballos ni hormigas de tu casa. No te conoce el niño ni la tarde porque te has muerto para siempre. Federico García Lorca 240 6 En el manuscrito escribió Lorca «sal» para, después, corregir por sol». 7 Lorca duda entre «... que reposa» y «... que fulgura» para, finalmente, decidirse por «... que se pierde». 8Escribió, primero, «... en la lumbre bicorne de la luna». 9Lorca, intentó, sin éxilo, introducir «blanca ternera», «triste ternera» en el lugar que, después, ocupó «niña doliente».