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U NIVERSIDAD DE S EVILLA
F ACULTAD DE C OMUNICACIÓN
Doctorado Int eruniversitario en Comunicación
A LEJAND RO G ONZÁLE Z I ÑÁRRITU :
M ITO , CAÍDA Y REDENCIÓN EN A MORES PERROS , 21 GRAMOS Y B ABEL
T ESIS D O CTORAL
Memoria para optar al grado de Doctor presentada por
J ONATH AN M ARTÍNE Z M ONTIEL
Bajo la dirección de las Doctoras
M ARÍ A Á NGELES M ARTÍ NEZ G ARCÍ A
M ARÍ A DEL M AR R AMÍR EZ A LVA RADO
Sevilla, 2021
Resumen
En este trabajo nos proponemos desentrañar la sustancia mítica d e los tres
primeros largometrajes del director mexicano Alejandro G onzález Iñárritu: Amores perro s
(2000), 21 gramos (2003) y Babel (2006). Estos filmes, conocidos por sus narrativas
multitrama, su e stética fragmentaria y su desorden temporal, componen una trilogía que
reproduce e squemas cíclicos de caída y redención. Nuestro pr incipal objetivo es
caracterizar el conjunto de f undamentos mítico s y si mbólicos que con tribuyen a p royectar
una determinada concepción de la realidad.
El a cervo bíblico y clásico que i mpregna nue stro o bjeto d e estu dio nos autoriza a
postular u na metodología basada en la exégesis del imaginario simbólico. Re currimos a la
mitocrítica de Gilbert Durand y a la crítica arquetípica de Northrop Frye con la intención de
conceptuar e l entramado de s ímbolos de las t res p elículas. El fin último es r econocer un
cuadro de motivos obsesivos y ent ender cómo unas ideas abstractas se encarnan en uno s
personajes concretos ubicados en un determinado contexto político, económico y social.
Los resultados o btenidos a partir del inventa rio de imágenes y su interpretación nos
permiten percibir un d oble sentido narrativo y simbólico en la trilogía. Por un lado,
detectamos una serie de tramas orientadas a la caída del protagonista que escenifican un
esquema de transgresión y castigo. Se impone u n fatalismo trágico y determinista donde
quedan e xpuestos l os límites de las aspiraciones humanas y el peso de las condiciones
materiales, raciales y de género. Por otro lado, encontramos una serie de tramas qu e apelan
a la r edención y que abren un c amino a la expiación condicional de las infracciones. En
estas soluciones narrativas aparece una mir ada c onmiserativa a la vez que l a adec uación a
un determinado orden o sistema de creencias.
Agradecimientos
Una caprichosa mezcla de azar y curios idad hi zo que me adentrara en el estudio de
las estruct uras narrativas p rimero, del mi to más t arde y del cine de Al ejandro González
Iñárritu después. A estas a lturas, después de un viaje tan placentero como extenuante,
quiero r eservar unas palabras de gratitud ha cia algunas de l as muchas personas que me
han acompañado en este itinerario.
Doy las gracias a Mª Ángeles Martínez por haberme guiado en esa búsqueda
desconcertada qu e e s la investigación académica. Por las conversaciones sobre cine y mito.
Por haberme int roducido a la o bra de Gilbert Durand. Po r haberme abi erto veredas que y o
desconocía. Su entusiasmo docente es contagioso.
Doy l as gra cias a Mª del Mar Ramírez, q ue me abrió las pu ertas d e l a u niversidad
con la m ejor disposición y sie mpre con una simpatía encantadora. F ue ella quien pr imero
me orientó en el laberinto de profesores, despachos y departamentos de la FCom cuando yo
era apenas un recién llegado.
Agradezco a Cora Requena sus charlas sobre narrativa y estructuralismo en la
cafetería de Ciencias de la Información de la Complutense. A ella le debo haber conocido a
Northrop Frye cuando más lo necesitaba.
Doy las gr acias a Giulia por su paciencia. Y por supuesto, do y la s gracias a mis
padres. Sin ellos, todo esto jamás habría existido.
A modo de aclaración
Como nota preliminar, es preciso hacer constar algunas advertencias. En primer
lugar, tanto el formato como el sistema de citación de esta tesis doctoral se ciñen al modelo
APA, si bien nos he mos pe rmitido una interpretación flexible d e l as recomendaciones q ue
no afecta en lo esencial a su espíritu normalizador.
En cuanto a la citación, hemos querido indicar e ntre cor chetes la fecha o riginal de
publicación de cada una de las obras referidas. La única salvedad corresponde a obras
antiguas y c lásicas, cuya datación precisa suele s er problemática y nos parece innecesaria
para nuestro cometido. Sea como fuere, las citas de obras antiguas y clásicas s e formulan de
acuerdo a los criterios e specíficos de las ediciones consultadas tal y c omo r ecomienda e l
manual de publicaciones de l a Ame rican Psychological As sociation. En c ada caso, se ofrece
en nota a pie d e página la edición que nos s irve de referencia. En aquellos supuestos en que
la p ublicación de una obra co rresponda a una aparición gradual en e l t iempo, indicamos e l
rango de fechas separadas por un guion. Por ejemplo, “2007-2012 ”.
En c uanto a l a textualidad de las referencias, las citas l iterales corresponden a
volúmenes originalmente publicados en castellano o traducidos a l castellano. Las citas d e
obras que han sido consultadas e n otras lenguas se presentan mediante paráfrasis.
Cualquier error de traducción que pueda detectarse es responsabilidad nuestra.
En otro orden de cosas, hemos tratado de corregir e rratas o variaciones tipográficas
menores en las citas textuales p ara acomodarlas a las exigencias ortográficas vigente s.
Entiéndase esto como una forma de soslayar la engorrosa a postilla “[sic.]” en l as
referencias. Así, hemos acomodado a la ortografía de la Real Academia Española viejas
fórmulas ya descartadas como “sólo” o “guión”.
Conscientes del carácter volátil y perecedero de los contenidos albergados en
Internet, hemos tratado de evitar e n lo posible l as citas a páginas web. No obstante, e l
interés de algunos contenidos y la imposibilidad de acceder por otros medios nos han
obligado a citar distintos URL que muy pr obablemente terminarán desaparecien do al ca bo
de unos a ños. Sirva est a investigación com o testimonio d e la época en que estuvieron
disponibles.
Queremos exponer también una puntualización con respecto a l a citación del
material filmográfico. Durante la investigación, hemos experimentado dificult ades aisladas
para documentar t odos los parámetros deseados. Es por eso que algunas filmaciones
carecen de referencias sobre los responsables de producción. En estos casos, dejamos
testimonio de la laguna mediante la fórmula “no consta”.
A lo largo de e ste trabajo, hem os procurado adjuntar entr e p aréntesis la fecha de
nacimiento —y de fallecimiento, en su caso— de cada personalidad relevante para la época
o para la escuela interpretativa abordada. En a quellos casos en q ue la fe cha es aproximada,
lo indicamos mediante la a breviatura “ca.”, es decir, circa . Cuando existen incertidumbres
entre un rango posible de dataciones, separamos con una barra oblicua los e xtremos de ese
rango de dud a. Por ejemplo, “528/525 a. C.” . Cuando n o e s posible ning una d atación, lo
indicamos mediante la fórmula “¿?”.
Por último, nos gustaría p lantear algunas cuestiones que trascienden el dominio
estilístico y forma l. A l o largo de este t rabajo distribuimos var ias citas que recogen el
término hombre con el significado de “ser humano”. Nuestr a resp onsabilidad es reducir el
impacto de expresiones excluyentes o discriminatorias; no obstante, nos vemos en la
obligación de conservar la literalidad de la s citas y la terminología de la s publicaciones
examinadas.
En otras ocasiones, en el contexto de la tradición e volucionista, se emplea el t érmino
primitivo o salvaje para aludir a l as culturas nativas y a sus formas de pensamiento.
Quisiéramos que e sta t erminología s e e ntendiera como una convención propia d e l a
literatura consultada y de ninguna manera como un aval a los prejuicios raciales de la
antropología decimonónica.
Tabla de contenidos
Capítulo 1
Introduc ción................................................................................................................................................... . .. .. . .. 15
1.1. Obj et o de estu dio............................................................................................................... .. . .. . .. .. . .. .. . .. .. . 15
1.2. Hi pótesi s.......................................................................................................................................... .. .. . .. .. . . 16
1.3. Obj etiv os............................................................................................................................................ .. . .. .. . . 17
1.4. M etodo logía........................................................................................................................................... .. .. 18
1.5. Ju stifi cación................................................................................................................................ .. . .. . .. .. . .. .. 18
1.6. Di ficu ltades........................................................................................................................................ .. . .. .. . 19
1.7. E struc tura........................................................................................................................... .. . .. .. . .. .. . .. .. . .. . .. 21
Capítulo 2
Marco te órico................................................................................................................................................ .. . .. . .. . 23
2.1. U na ap roximación al mit o................................................................................................................... . 23
2.1.1 . Hacia u na defin ición d el mi to .................................................................................... . .. .. . .. .. . .. .. . 25
2.1.2 . El mi to com o rela to.................................................................................................................. .. . .. . 26
2.1.3 . Lo in manente y lo c ontingen te......................................................................................... .. .. . .. .. 27
2.1.4 . El mi to com o arqu etipo, imagen y sím bolo..................................................................... . .. .. 2 8
2.1.5. El mito y la noción de verdad .......................................................................................... .. . .. .. . .. . 32
2.1.6 . El mi to com o exp resión de lo sag rado................................................................ . .. .. . .. . .. .. . .. .. . 33
2.1.7 . El mi to com o para digm a...................................................................................................... . .. .. . .. 35
2.1.8 . El mi to com o fac tor legiti mado r ...................................................................................... .. . .. .. . . 36
2.1.9 . El mi to y el rito.......................................................................................................... . .. .. . .. . .. .. . .. .. . .. . 38
2.1.1 0. Actu alización del mi to............................................................................................................. .. . 39
2.3. T eorías d el mi to............................................................................................................................... . .. .. . .. 40
2.3.1 . Orígen es del mi to y el leng uaje................................................................................... .. . .. .. . .. .. . . 42
2.3.3 . Del mi to a la razón en l a Grecia antig ua .............................................................. . .. .. . .. .. . .. .. . .. 43
2.3.4 . El c ristianis mo............................................................................................................... .. . .. .. . .. .. . .. . .. 4 8
2.3.5 . El Ren acimi ento.......................................................................................................... . .. .. . .. . .. .. . .. .. . . 51
2.3.6 . La Ilu straci ón.................................................................................................................................. .. 5 4
2.3.7 . El Rom antici smo.............................................................................................................. . .. .. . .. .. . .. . . 5 7
2.3.8 . El I dealism o....................................................................................................................................... 59
2.3.9 . El Vi talismo...................................................................................................................... . .. .. . .. .. . .. .. . . 62
2.3.1 0. Hacia la antr opolog ía............................................................................................................... .. . 63
2 .3.10 .1. El evo luci onismo................................................................................................ .. . .. .. . .. .. . .. .. 66
2 .3.10 .2. El ritu alismo................................................................................................................. .. . .. .. . . 6 7
2 .3.10 .3. El f uncionali smo...................................................................................................... . .. . .. .. . .. . 69
2 .3.10 .4. La escu ela s ociol ógica fran cesa......................................................................... . .. . .. .. . .. . 7 0
2.3.1 1. La reha bilitaci ón d el mit o.................................................................................................... .. .. . 72
2.3.1 2. Las te orías simboli stas de l mito........................................................................................... . . 73
2.3.1 3. El psic oaná lisis...................................................................................................................... .. . .. .. . 76
2.3.1 4. El Círcu lo de Erano s........................................................................................................... .. . .. . .. . 80
2.3.1 5. La poé tica de l imag inario.......................................................................................................... 84
2.3.1 6. Del form alis mo al es tructu ralismo................................................................... . .. .. . .. .. . .. .. . .. .. 87
2.3.17. El estructuralismo y la antropología estructural ..... ....... ....... ........ ....... ........ .. .. . .. . . .. . . .. . . . 89
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dado. Merece la pena r esaltar la incid encia d el acervo cr istiano en e l imaginario fílmico del
autor. N uestras inq uietudes académicas nos llevan a tratar d e d escubrir de qué manera
González Iñárritu acomoda la mitología bíblica y la tradición autóct ona del folletín al
vocabulario audiovisual del cine independiente global.
En definitiva, en este trabajo entra e n juego nuestra doble condición de
espectadores y de inves tigadores. Por una parte, qu eremos ofrecer u n tributo entusiasta a
todas l as personas que c ontribuyeron a crear Amores perros , 21 gramos y Babel . Nos parece
un tríptico impere cedero que alimentó nuestra educación cinéfila y que engrosa la
memoria sentim ental de un pasado r eciente que ya es hi stórico. Por otra parte, que remos
combinar esa inclinación pasional que nos despierta el cine co n el rigor intelectual y co n un
escrupuloso respeto hacia las diversas tradiciones interpretativas del mito.
1.2. Hipótesis
Como hipótesis preliminar, planteamos que en la narrativa de Amores perros , 21
gramos y Babel subyace un fundamento mítico expresado mediante el simbolismo d e la
caída y la r edención. Postulamos que Gonzál ez Iñár ritu r ecurre a todo un capital simbólico
enraizado en mitos occidentales, fundamentalmente bíblicos y clásicos, como vehículo para
comunicar una determinada visión del mundo. ¿En qué se fundamenta el sustrato mítico de
la trilogía? ¿Cómo se materializa?
En primer término, s ostenemos que los mitos bíblicos y clásicos constituyen
una gramática de la producción cultural de occidente y de la creación
cinematográfica en particular.
En consonancia con la tradición grecolatina y cristiana, la trilogía de González
Iñárritu invoca la polarización simbólica de l as luces y las sombras a través
de la lógica cíclica de la caída y la redención. La c ombinación d e direcciones
ascendentes y descendentes en l as tramas delat a una determi nada f orma de
interpretar la realidad.
Este maniqueísmo expresivo se significa e n dos alternativas en la deriva de
los personajes: la de a quellos que se separan de su comunidad y la de
aquellos que se esfuerzan por incorporarse a ella.
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◦ En algunos de los relatos de la trilogía reconocemos una secuencia
arquetípica de prohibición, t ransgresión y castigo e n forma de caída. En
estos casos, las tramas adoptan una dirección isomorfa de los rituales de
sacrificio y e xpulsión. La reprobación social reproduce dinámicas
punitivas ante alguna clase de infracción y permite al autor afirmar la
validez o la inmutabilidad de las normas quebrantadas.
◦ En otros relatos se emprende una dirección de resurrección y
purificación redentora. Aquí las tramas transmiten una resonancia
ascensional análoga a los rituales de incl usión. La validación social
adquiere la forma de premio ante la expiación d el mal y p ermite al autor
reprobar los pecados purgados así como validar las nuevas conductas
adquiridas.
Esta conc epción del univ erso desnuda la actitu d moral del autor a nte los d ilemas
existenciales que afrontan sus personajes. En última instancia, los t res largometrajes
manifiestan un posicionamie nto ideológico frente a un surtido de contextos políticos,
económicos y sociales.
1.3. Objetivos
El propósito general de esta investigación es identificar e interpretar los
fundamentos míticos y simbólicos que sostienen la narrativa de Amores perros , 21 gramos y
Babel . Se trata de esclarecer cuál es e l papel del mito y el símbolo en l a na rrativa
audiovisual de González Iñárritu con el fin de reconocer la cosmovisión del autor frente al
escenario de la posmodernidad y del capitalismo tardío.
A partir de este propósito central, enumeramos una relación de objetivos
complementarios que enriquecen las apreciaciones sobre nuestras pesquisas:
Descubrir el peso de las condiciones materiales en las motivaciones de los
personajes y a dvertir de qué manera sus respectivos estratos sociales
condicionan la resolución de las tramas en términos de ascenso y descenso.
Analizar la implicación de l as dif erentes estructuras sociales (gubernamentales,
judiciales, policiales, mediáticas, corporativas, e clesiásticas, familiares) en la
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configuración de las relaciones de poder que sustentan el universo narrativo d e
la trilogía.
Reconocer las tensiones raciales e interculturales que afloran e n los relatos de l a
trilogía e interpretar la visión del autor s obre la permeabilidad de las fronteras
entre etnias y entre pueblos.
Indagar en las p erspectivas de gé nero y reconocer e lementos arquetípicos de l a
tradición judeocristiana en l a representación a ndrocéntrica de las mujeres como
expresión de una doble vertiente maternal y pecaminosa.
1.4. Metodología
La voluntad de reconocer el fenómeno del mito en un conjunto de obras
cinematográficas nos lleva a amalgamar dos tradiciones me todológicas. Por un l ado, nos
interesan las d iferentes escuelas interpretativas que s e han sumergido en l as mitologías
bíblicas y clásicas. En concreto, apuntamos hacia aquellas que caract erizan elementos
simbólicos dentro d e un universo concebido en e l polo de la verticalidad entre lo
deseado/ascendente y lo repelido/descendente. Con este cometido, ajustamos el foco sobre
la mitocrítica de Gilbert Durand y sobre la crítica arquetípica de Northrop Frye.
Por otro lado, nos interesa a daptar a lgunos p rocedimientos propios del a nálisis
fílmico. En este s entido, la imbricación de l o descriptivo y lo interpretativo nos ofrece un
mecanismo metodológico qu e se presta a l a recolección de imág enes simbólicas en p rimer
término y a un proc eso hermenéutico en último término. La co mbinación de elementos
cuantitativos y cualitativos impone un equilibrio entre la precisión científica del
procesamiento de las muest ras y la necesaria labor exegética qu e requiere una materia
como el mito.
1.5. Justificación
Si bien contamos con un a bultado caudal teó rico en torno al fenómeno del mit o,
existe una bibliografía más bien discreta alrededor de la obra de González Iñárritu. Cabe
destacar e l trabajo de Celestino Deleyto y M aría d el Mar Azcona (2010), que han fac turado
una de las escasas investigaciones sobre la trilogía entendida como uni dad fílmic a. Juan
Pellicer (2010) d edica un v olumen a los tre s largometrajes pero e nfoca su análisis en el
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montaje. Hay que mencionar también la tesis d octoral de Cláudio Rodrigues Coração
(2013), que indaga en la legitimación de lo r eal y la estética de la brutalidad en Amores
perros , 21 g ramos y Babel . En un tono m ás divulga tivo, Raf ael Cerrato, Juan Miguel Perea y
Juan Carlos Rentero (2007) trazan un recorrido por el primer cine de González Iñárritu a
partir de referencias periodísticas.
Otros investigadores han acometido investigaciones parciales. Así, D eborah Shaw
(2013) sitúa su trabajo en el c ontexto d e un análisis sobr e los tres gra ndes e xponentes del
Nuevo Cine Mexicano: Guillermo del Toro, Al fonso C uarón y el propio Gonz ález Iñárritu.
También desde una perspectiva generalista, Yun-hua Chen (2017) analiza el trabajo d e
González Iñá rritu e n e l contexto del cine multitram a junto a la obra d e A tom Egoyan, Hou
Hsiao-hsien y Michael Haneke. En cuanto a las obras ded icadas a un solo largometraje, Pa ul
Julian Smith (2003) firma el e studio más completo publicado hasta la fecha e n torno a
Amores perros .
Al m argen de estas ediciones, existe un c reciente r egistro de artículos a cadémicos
que examin an e l cine de González Iñárritu en sus diversas facetas. La prensa tradicional y
por supuesto la pr ensa especializada han dedi cado también un formidable t orrente de
tinta. H emos percibido, sin embargo, l a aus encia de u n monogr áfico s obre el patrimonio
simbólico d e l a t rilogía. Esta mella nos ha alentado a emprender u na i nvestigación qu e no
solo da cu enta de los tres primeros l argometrajes del a utor sino que a demás trata de
ofrecer un modelo de análisis exportable al conjunto de su filmografía.
1.6. Dificultades
Es de justicia s eñalar una serie de cortapisas q ue se interponen en la elaboración del
marco teórico. Por un lado, la mayor parte d e la actividad académica accesible en torno al
mito corresponde a autores de una gran uniformidad étnica y cultural. En la medida en que
nuestro objeto de e studio se encuadra en l a tradición bíblica y clás ica, puede par ecer
razonable que el andamiaje teórico pertenezca a la misma genealogía. Ahora bien, todo
análisis sobre el impacto del mito en un cine de raigambre mexicana quedará incompleto si
no incorporamos a nuestra investigación una disposición decolonial. Por otro lado, la
bibliografía d isponible sobre l as diferentes tra diciones i nterpretativas del mito adolece de
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un vacío hist órico de voces femeninas. Esta limitación, mucho más si pretendemos
reconocer factores de género en la trilogía, debe ser compensada con perspect ivas
feministas que permitan alumbrar una visión ajustada a nuestros objetivos.
Entre los problemas más perentorios, se nos plantea la cuestión del objeto de
estudio. ¿Cómo escoger una muestra que permita dar cuenta de las imágenes recurrentes
de un determinado autor sin que el a nálisis se convierta en una empresa inabarcable?
Nuestro estudio no aspira a una mir ada totalizadora sino qu e se recluy e e n tres
largometrajes que consideramos representativos de una época. La trilogía c onstituye una
pieza lo bastante e xtensa para suministrar información s ignificativa pero también lo
bastante m anejable para que el análisis s ea asequi ble. Además, Amores perros , 21 gramos y
Babel mantienen una continu idad en el eq uipo de producción, di rección, guion, música y
fotografía que se q uebrará una vez terminada la trilogía. Así, nuestro objeto de estudio
manifiesta un alto grado de unidad temática y formal y se presenta como un proyecto
creativo ya cerrado.
Por otra parte, apar ece el problema de la autoría. ¿Cóm o determinar la paternidad
de una imagen o una idea en un producto de creación colectiva como la obra
cinematográfica? El director forma parte de una larg a cadena creativa donde los distintos
departamentos participan en una proporción difícil de men surar. ¿Qué aspectos del
resultado final corresponden a una visión personal del d irector y cuáles obedecen a
sugerencias de la d iseñadora de producción, el director de fotografía o el montador?
Además, en el caso concreto de la trilogía, es conocida la fricción entre el guionista y el
director e n torno a la acreditación d e las p elículas. Aceptamos como punto de pa rtida q ue
en el análisis cinematográfico, y mucho más en el c aso q ue nos ocupa, la atribución de la
autoría al director responde más a una convención que a una realidad.
Se n os plantea también el p roblema metodológico de la s egmentación. ¿Cómo aislar
las unidades sig nificativas de un film e? ¿ Por dónd e recortar? ¿Cóm o afro ntar la división de
una pelícu la caracterizada por una fragmentación extre ma o por un montaje
particularmente compl ejo? La división e n plano s es i ntuitiva pero problemática, a menudo
vacilante, y relega la banda sonora a un segundo plano. La división en secue ncias acarrea
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obstáculos similares. Solo nos que da aceptar que cualquier solución que esc ojamos a la
hora de segmentar nuestros filmes conllevará algún grado de arbitrariedad.
Por otra parte, aparece e l inconveniente de la aproximación cuantitativa. ¿Es posible
someter los d atos a un tamiz e stadístico? Aunque e l análisis l iterario ha t ransitado hacia la
lexicometría computacional, la reducción d e una obra cinematográfica a un mero cálculo
numérico nos lleva a esgrimir a lgunas objeciones. ¿ Qué contabilizar en una obra
audiovisual donde la banda imagen y la banda s onora trabajan al unísono? ¿Cómo
computar esa a lquimia entre lo pictórico, lo musical y lo verbal? ¿ De qué forma se miden
los v alores conn otativos? La naturaleza mu ltivalente d el s ímbolo nos impide est ipular
cuantificaciones fidedignas y nos exige pasar por el cedazo de la interpretación. En las
imágenes s e r egistran dife rentes i somorfismos qu e difi cultan e l cómputo, toda vez que un
mismo elemento puede presentar significados dispares e incluso antagónicos. Por si fuera
poco, vectores como la iluminación, la distancia focal o la saturación de los colores modu lan
la entidad de la imagen y la e nsalzan, la r obustecen, la contradicen o le arrancan inflexiones
cuya cuant ificación r esulta una tarea desalentadora. Conviene que seamos conscientes de
estos escollos metodológicos y que sepamos s ubsanarlos y calibrarlos en e l apartado
interpretativo.
Otro d e los desafíos del análisis fílmico tiene que ver con la necesidad de trans cribir
la obra a un lenguaj e d iferente a la sucesión cinematográfica de imá genes. Resulta
sumamente problemático desmenuzar un filme s in que medien herramientas a nalíticas que
de una manera u o tra s implifican o distorsionan el objeto original. Nos vemos en la
obligación de describir con palabras l as imágenes que desfilan en l a pantalla y esta
operación e n sí misma implica un proceso de selección no exento d e inconvenientes. En un
filme de carácter narrativo, necesariamente s e describirán las acciones d e los personajes.
Sin embargo, muchos otros aspectos como l a música, la iluminación o las características del
plano son también susceptibles de reducirse a una descripción.
1.7. Estructura
Tras este p rimer apartado introductorio, e l segundo c apítulo nos da pie a perfilar
nuestro marco teórico. C omenzamos in dagando en el fenómeno del mito y r elacionamos
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algunos de los atributos de la mit icidad. Después, recorremos las diferentes tradiciones
interpretativas del mito y evaluamos l a pugna histórica entre e l racionalismo y el
irracionalismo en la cultura occidental. El propósito es o frecer un abanico representativo
de posibilidades teóricas.
En el tercer capítulo abordamos el marco contextual. En primer lugar, dibujamos las
condiciones históricas, sociales y c ulturales en q ue se desarrolla el cine de González
Iñárritu. Aquí e numeramos algunos aspectos de la p osmodernidad, d el cine posmoderno y
de la lógica de la fragmentación en la narrativa multitrama. Después, delineamos una
semblanza del director y record amos s u filmogra fía d entro del espectro del Nuevo Cine
Mexicano.
En el cuarto capítulo asentamos el marco metodológico. Primero acudimos a
algunos modelos de aná lisis cinematográfico que disponen un dobl e procedimiento de
segmentación e interpr etación de los resultados. S obre e sta base, a daptamos l a mit ocrítica
de Durand y la c rítica arquet ípica de Frye a la clasificación de imáge nes. La recolección y
distribución de elementos del imaginario nos permite recono cer un aglomerado de
metáforas o bsesivas así com o su s imp licaciones en la proyección de una p erspectiva sobre
la realidad.
En el qui nto capítulo, aplicamos la m etodología propu esta como part e del m arco
empírico. En primer lugar, desbastamos las tramas de nuestro objeto de estudio. En
segundo lugar, y dentro del marco descriptivo, segmentamos los tres largometrajes y
reconocemos las imágenes que se reproducen en cada segmento. En tercer lugar, y dentro
del marco inte rpretativo, ofrecemos una disertación s obre aquellas imáge nes recurrentes
que conforman la visión del autor.
En el sexto capítulo, el correspondiente a las conclusiones, revisamos nuestras
hipótesis y nuestros objetivos preliminares y establecemos de q ué manera se han cumplido
o no, cuál es el alcance de los resultados así como las limitaciones de nuestro estudio y las
posibilidades futuras de esta experiencia investigadora.
23
Capítulo 2
Marco teórico
2.1. Una aproximación al mito
Desde el principio de los t iempos, allí donde han prosperado las civilizaciones han
existido l os mitos. A t ravés d e los rela tos mítico s, los pueblos de toda época y luga r han
proyectado s us deseos y sus temores, han sancionado sus valores y su s normas y han
delimitado sus or ígenes y sus confines. Todas l as v ivencias instintivas y p rimordiales de l a
experiencia humana encuentran re flejo e n los mitos. Los mitos orga nizan el caos, validan o
reprueban modelos de conducta y legitiman el orden social en que han sido concebidos.
El ser humano traza mediante el mito una primera tentativa de ordenar su visión del
cosmos. Todas las sociedades ha n concebido narraciones míticas acerca del pr incipio y la
naturaleza del universo. Las cosmogonías ofrecen una interpretación poética de los
orígenes d e l a e xistencia: p or una parte, dan cuenta de la creación del mundo; p or otra
parte, int egran una justificación sobre los fenómenos naturales. Son historias de d ioses que
ilustran el surgimiento de fuerzas astrales como el sol, las estrellas y la luna, o que explican
fenómenos meteorológicos como el viento y la lluvia. Hay mitos cosmogónicos y teogónicos
que remiten a los al bores del mundo y h ay mitos e scatológicos que interpelan a l a vida
ultraterrena. Los mitos, representados con muy diversos atributos e n cada cultura, refieren
acontecimientos originarios situados en un pasado lejano del q ue no e xiste testimonio
verificable y tienden una conexión con el presente.
El mito despliega a su vez un cariz social y político. En buena parte, las identidades
colectivas se construyen, se definen y s e sostienen gracias a los mitos. A través del mito, los
grupos humanos — desde las tribus m ás pequeñas hasta l as más ext ensas naciones—
edifican un sent ido de comunidad y co hesión. El mito genera un vínculo de continuidad con
las tradiciones colectivas y proyecta las aspiraciones de los pueblos hacia un futuro
compartido.
Si los mitos sobreviven a l p aso del tiemp o es porque el ser humano se enf renta hoy
a las mismas preguntas esenciales a las que se enfrentaban las culturas primitivas. Persiste
24
en la conciencia humana la necesidad de encontrar un propósito para nuestra existencia y
seguimos sin alumbrar respuestas satisfactorias. En ese aspecto, los mitos facilitan una
plataforma de indagación que contribuye a cue stionarnos por qué existimos y cuál es el
sentido de nuestra presencia en el mundo.
Además, el poder si mbólico d el mito permite formular contenidos abstractos de
manera apr ehensible para la mente c onsciente a la vez q ue tiende un puente entre nuestra
dimensión e spiritual y nuestra realidad física. El símbolo materializa l as a bstracciones y las
traduce a formas co ncretas para que n os resulten comprensibles y comunica bles. A través
de los símbolos míticos conectamos el universo conocido con nuestra realidad instintiva.
De esta forma, el mito se convierte en un vehículo privilegiado de explicación y
conceptualización para aquellas vertientes de la realidad que escapan a nuestro
entendimiento. El ser humano m anifiesta una incl inación innata a s imbolizar su entorno y
esa disposición es el mejor fermento para el mito. Al fin y al cabo, todo mito es un
dispositivo simbólico.
Por otro lado, esa aptitud simbólica es lo q ue revela la vocación contradictoria del
mito: el mito es mentira y verdad al mismo tiempo. Es men tira porque dis torsiona la
realidad y desafía la lógica. Pero e s verdad porque se propone expresar una revelación
profunda. No obstante, la hipertrofia de la razón ha terminado por condenar al mito a
cargar con una reputación pe yorativa. Desde una perspectiva estrictam ente racionalista, el
mito ha sido entendido c omo fábula vi nculada a la superstición y a l pálido desar rollo
científico de las culturas originarias. El pensa miento p ositivo, en su variante más
intransigente, ha d escalificado la mitología c omo un repertorio de fa lsedades transmitidas
con ánimo lúdic o e n el que comparecen dioses im posibles, héroes inverosímiles y e ventos
que or illan la l ógica histórica. Hoy sabemos que no es acertado ju zgar el ca rácter ficciona l
del mito d esde los esquemas mentales d el racionalismo y mucho menos subestimarlo como
una manifestación pr ecaria del pensamiento salvaje . El estu dio de las cul turas exige una
mirada libre de prejuicios sobre la ascendencia sagrada del mito, aq uella que b usca
aproximarse a las verdades trascendentales del ser humano.
25
2.1.1. Hacia una definición del mito.
Cualquier tentativa de puls ar el fenómeno del mit o tropezará con s u primer escollo
a la hora de formular una definición. ¿Qué es el mito? Una aproximación et imológica
deparará un rendimiento decepcionante. Luc B risson (20 05 [1982]) explica que en los
orígenes de la Grecia antigua, mŷthos significa “pensamiento que se expresa, opinión” (p. 7).
Con el t iempo y por oposición al ló gos , el t érmino mŷthos pasará a designar una forma de
discurso inverificable y narrativo (p. 184).
La noción de mi to siempre ha sido emp leada con a cepciones variopintas y con una
ambigüedad que dificulta la precisión científica. Para Pierre Brunel (19 88), el mito se
presenta como una significante flotante capaz de admitir significados tan dispares e
inabarcables como inop ortunos desde el pun to de vista me todológico. A fin de sort ear est e
obstáculo, Brunel define el mito por sus funciones: r elatar , explicar y revelar (pp. 8-9).
El mito es u na realidad poliédrica y heter ogénea en l a que intervi enen diferentes
dominios de la experie ncia hu mana. Lluís D uch (2002) identifi ca cinco gr andes tradiciones
interpretativas del mito en la cultura o ccidental: 1) la antropologicoetnológica ; 2) la
religiosa ( religionswissenschaftlich ); 3) la teológica ; 4) la esteticoliteraria ; y 5) la psicológica
(p. 36).
Así, pues , un lingüista an aliza e l l enguaje del mito, el folklorista se interesa por sus
motivos y tr amas, e l crítico li terario enfoca sobre su estilo y valor estético, el
psicólogo busca su contenido emocional, el teólogo examina s u relación con las
verdades religiosas y el cie ntífico soci al se c oncentra sobre sus significados y
funciones sociales (Waal, 1975 [1968], p. 210).
La imposibilidad de e ncorsetar el mito en una única categoría ha permitido su
estudio desde perspectivas diversas y complement arias, así que se han generado también
criterios divergentes sobre su s ignificado. Será la inclinación del investigador hacia una u
otra disciplina o escuela crítica lo que determine la definición ofrecida y lo que guíe el curso
de la investigación. Podemos afirmar con el escepticismo de G. S. Kirk (2006 [1970]) que
“no existe una sola definición de mito” (p. 24) po rque la disparidad de for mas y funciones
impide reunir toda la casuística disponible bajo un mismo rótulo.
32
aferra a la imagen sigue siendo pr isionero del mito, idolatría. La suma de las imágenes
forma un muro ante la realidad” (p. 193 ).
Edgar Morin (2001 [1956]) sugiere que el cine nutre la conciencia mítica porque
consigue que e l espectador sea incapaz de advertir en las imágenes l a ausencia del objeto.
Así, “la imagen es una presencia vivida y una a usencia real, una presencia-ausencia” (p. 30).
El cine recupera la percepción primitiva del mundo, revive lo fantástico y disuelve las
fronteras de lo real. En este sentido, Jea n Epstein (201 4 [1947]) ve en el cine “una e scuela
de irracionalismo” (p. 35). Las imágenes del cine escapan al pensamiento lógico y restauran
lo concreto. Y el retorno a lo concreto es “un retorno a la mística” (p. 127).
2.1.5. El mito y la noción de verdad .
El concepto de verdad no opera en el mito bajo los mismo s parámetros que
intervienen en la cie ncia. Dice Gar cía Gual ( 1997 [1987]) que s i se le reclama al mito q ue dé
cuenta de la veracidad de su relato, no podrá ni deberá hacerlo, ya q ue a tender a la verdad
de los hechos es tarea del lógos (p. 45). Por su parte, Ortiz-Osés (2001 [1997]) mantiene
que discutir sobre la razón del mito nos conduce a un callejón sin salida. La mitología, en
suma, no es otra cosa que “un pensamiento relacional que, a través de un lenguaje
simbólico, refiere o relata dramáticamente los avatares del sentido en el mundo del
hombre” (p. 559). Ernst Cassirer (1963 [1944]) s eñala que esa dimensión alejada de la
lógica entorpece la empresa de fijar una teoría del mito desde posiciones racionalistas.
El mit o, en su verdadero sentido y esenci a, n o e s teórico; desafía nuestras
categorías fundame ntales del pensamiento. Su lógica, s i tiene a lguna, es
inconmensurable con tod as nuestras concepciones de l a verdad e mpírica o
científica (p. 115).
El mito corroe las categorías de la lógica y la causalidad para instaurar el imperio del
símbolo. Es p or eso que Adorno (2005 [1966 ]) decreta “la perfecta inco mpatibilidad del
mito con la forma racionalizada de la realidad” (p. 118). Desde una perspectiva ilustrada, el
mito se carga de v alorizaciones peyorativas. Se habla de mi to para mencionar una realidad
falsificada, irreal, inveros ímil e impermeable a la verdad. A lan Dundes (1980) apunta que la
idea d e lo mítico se ha asociado a lo fol clórico y a lo supersticioso por oposición a l a idea de
33
lo científico (p. 1). El debate sobre l a veracidad del mito obedece a una vieja disputa que
casi siempr e se resuelve sobre pa rámetros raciona listas y etnocentristas. La r ealidad es
que el mŷthos y el lógos exponen dos variantes complementarias del pensamiento.
Eliade (2000 [1963]) se desmarca de l a no ción del mito entendido como ficción y
advierte que las sociedades arcaicas lo consideran una historia verdadera y val iosa “porque
es sagrada, ejemplar y significativa” (p. 13). Julio Caro Bar oja (1974) se ad hiere a la idea del
mito enten dido como expresión po etizada de l a verdad. Un mito representa más que un
mero símbolo y es “tan real como cua lquier realidad cotidiana” (p. 205). Sin embargo,
existen distintos grados de verdad entre l os propios mit os. Er ich Auerbach (19 50 [1942]),
por ejemplo, juzga que los mi tos bíblicos muestran una pretensión de verdad histórica que
Homero descarta. El propósito de h istorias como las de Abraham e Isaac no e s al canzar la
exuberancia s ensorial de lo s relatos hom éricos sin o s ubyug arnos y forzarnos a cree r de
manera categórica (pp. 19-20).
En última instancia, n o es posible aplicar sobre el mito el pr incipio de la falsabilidad
sin caer en el despropósito. Un mito presenta a contecimientos fantásticos pero e s
verdadero porque actúa como expresión de lo sagrado, se alza como paradigma y legitima
un determinado sistema de conductas.
2.1.6. El mito como expresión de lo sagrado.
Existe una c oncepción imprecisa del mi to que lo ca racteriza como una hist oria de
dioses. Esta idea e stá en Jan de Vries (1961, p. IX) y en Frye ( 1977 [1957], p. 53). Así, el
mito puede entenderse como una narración con pretensión de verda d por oposición a las
fabulaciones de l os r elatos folcló ricos. La virtud de l o sagrado dibuja e ntonces u na línea
divisoria. Dice Raffaele Pe ttazzoni (1 984 [1947- 48]) q ue un mito e s una historia verdadera
porque es sagrada, no s olo a c ausa de su contenido sino también d ebido a l c ontexto en q ue
se desa rrolla. En efecto, el mito a parece a menudo inco rporado al culto y trata de avivar el
tiempo de los o rígenes (pp. 102- 103). Manfred Frank (2004 [1988]) ubica lo sagrado como
núcleo de l a miticidad. Aquí, lo sagrado es lo inobjetable porque “una sociedad que no
conoce nada sagrado, no puede o frecer valor alguno que t uvieran por inquebrantable todos
los miembros de la misma” (p. 15). El fenómeno religioso extiende un dispositivo simbólico
34
del que participan los mitos y los ritos como e xpresiones s agradas de todo un colectivo. En
consecuencia, Trías (19 96) define el sí mbolo como “la r evelación sensib le y manifiesta de
lo sagrado ” (p. 143).
En u na d efinición aba rcadora, E liade (20 09 [1963 ]) e stablece q ue “ el mit o cuent a
una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar e n el tiempo primordial,
el tiempo fabuloso de los ‘comienzos’” (p p. 13-14). El mi to se convierte así en un factor de
legitimación cuyas implicaciones resuenan más allá d e los valores meramente narrativos.
Por oposición a la fábula, el mito evoca l o sagrado y despierta acontecimientos y personajes
que vivi eron in illo t empore (Eliade, 2009 [1949], p. 582). El tiempo mítico, por t anto,
diverge del an odino tiempo profan o. Tanto e l mito co mo el rit o resucitan l a historia d e
unos suc esos fundadores p ara revivi rlos en un presente perpetuo. Le szek Kołakowski
(1990 [1972]) p lantea que el mito r evoca la irrevers ibilidad del tiempo físico y decreta una
ilusión de perennidad (p. 16).
No obstante, toda definición que restrinja el mito al ámbito de lo sagrado solo
parece aplicable a l as culturas religiosas y no da cuenta de los fenómenos míticos que s e
reproducen en el seno de una sociedad desacralizada. Las definiciones del mito que se
ciñen a lo sagrado o a lo divino, dice García Gual (1981), fracasan c uando se aplican, por
ejemplo, sobre la mitología clásica (p. 9). Los mecanismos de las narrativas míticas t ambién
han hecho fortuna e n ámbitos ajenos a todo dogma. Cualquier expresión artística puede ser
depositaria de un sedimento mítico. La creación cultural, propone Tzvetan Todorov (2005
[1984]), no r epresenta una degradación de lo religioso sino que co nstituye una variedad
autónoma d e mitología (p. 114). Roland Ba rthes (201 2 [1957]) adopta una modalidad
extrema de este enfoque y detecta una dimensión mít ica en toda clase de eventos y
artefactos de la sociedad de consumo.
Hans Blumenberg (200 3 [1979]) advierte que los mitos están expuestos a una alta
variabilidad impropia de los textos sacros. La función del mito no es expresar lo sagrado
sino ahuyentar el tiempo y el miedo (p. 41). Al margen de la función d ogmática de las
religiones, en los mitos aparece l a b úsqueda de un propósito para la exis tencia. El sentido
profundo d e l a vida es un principio más valioso qu e e l mero deseo de supervivencia
(Frankl, 2004 [1946], p. 92). En los mitos asoma una tentativa de espantar las
35
incertidumbres y e ncontrar significado a nuestras vidas. El mito, concluye Rollo May (1992
[1991]), es “una forma de dar sentido a un mundo que no lo tiene” (p. 17).
2.1.7. El mito como paradigma.
La necesidad de un código moral en las sociedades originaria s aparece vinculada a
los mitos y a las prácticas religiosas. Cada comunidad ha tratado de configurar su propio
sistema de re glas con el propósito de delimitar los conceptos del b ien y del mal, de l o
permitido y de lo prohibido. Explica Bronisław Malinowski (2001 [1922]) que “el mito
posee el valor norma tivo de fijar las cost umbres, de sancionar los modos d e
comportamiento, de d ar d ignidad e importancia a las instituciones” ( p. 558). El mito no
solo fortalece las identidades c olectivas sino que además codifica los sistemas de creencias
de l os pueblos. Georges Gusdorf (197 0 [19 53]) apr ecia que e l mito no escapa a l o real sino
que, al contrario, se instala en l a realidad porque “formula un c onjunto de reglas precisas
para el pensamiento y para la acción” (p. 22).
Brisson (200 5 [1982]) teoriza que los mitos se conservan debido a su función
paradigmática. Preservar determinadas narrativas en la memoria colectiva exige una
ingente ener gía comunitaria que solo unos pocos mitos merecen. En este proceso de
selección es relevante el criterio ético d e la ejemplaridad , e s decir, “lo que puede int egrarse
en el sistema de v alores reconocido por l a colectividad en cue stión” (p. 32). El mi to refleja
las vivencias posibles d el ser humano y predice las repercusiones que acarrearía un
comportamiento determinado. En este punto, Eliade (2000 [196 3]) r econoce la
conmemoración de un gesto paradigmático original revalidado mediante r itos periódicos.
Así es como el mito “g arantiza a l hombre que lo q ue s e dispone a hacer ha si do ya hecho , le
ayuda a borrar las dudas que pudiera concebir sobre el resultado de su empresa” (p. 12 4).
Con los años, la secularización de las sociedades ha acarreado la necesidad de una
nueva mor al desligada de la fe . Ant e el retroceso de l as d octrinas religiosas, los nuevos
mitos laicos se r efugian en disciplinas c omo el cine y of recen patrones de cond ucta que
restauran la dimensión mor al del ser humano. El ser humano encuentra en la ficción un
cuantioso repertorio de modelos de co nducta e n los que poder reconocerse. Es por eso que
el mito n o solo s atisface una necesidad de ju stificar nuestra presencia en el mundo, sino
36
que también establece un modo de conducirse. Los mitos, anota Paul Diel (1985 [1966]),
albergan una matriz ét ica porque tratan sobre “el comportamiento sensato de la vida” (p.
21).
Dice d ice Ri coeur (2001 [1996]) q ue nu estra e xperiencia s e a rticula gr acias a un
entramado de ejemplos de a cción. El símbolo es paradigmático y los moldes culturales
“suministran p lantillas o modelos para organizar procesos sociale s y psicológicos” (p. 54).
Pero el paradigma mítico no solo impone patrones d e conducta sino que sobre todo
instituye normas a través de ellos. Por eso lo característico de las sociedades míticas “es
más bien la hipertrofia que la carencia de reglas y leyes” (Malinowski, 1982 [1926], p. 21).
2.1.8. El mito como factor legitimador.
La dimensión paradigmática d el mito desarrolla implicaciones políticas. La
ideología, en s u p apel de mito d irigido, eje rce un doble com etido: “el p rimitivo pap el de
integración de una comunidad y e l papel de deformación del pensamiento por obra de
intereses” (Ricoeur, 2001 [1996], p. 55). El mito es un vehículo de cohesión social y
desempeña un a funci ón organizadora de la polis en la medida en que despeja l a
confrontación e introduce orden en e l caos (Vázquez Medel, 2005, p . 63 ). Todo relato
mítico justifica un determinado orden social, y por consiguiente, legitima un condensado d e
relaciones de poder y jerarquías.
Una mitología, en la medida en que configura una comunidad de acuerdo a una
noción c oncreta d el orde n natural, “es un s istema de control” (Campbell, 20 13 [1986], p .
27). Platón sugiere que los mitos seducen las pasiones más débiles del alma humana y
activan una magia persuasiv a que apela a los apetitos elementales del alma ( Fedón , 114d,
pp. 135-136). 1 La narr ativa mítica se alza como una poderosa herramienta de convicción
ideológica qu e instaura imperativos de c onducta. En úl timo extr emo, no solo existen mitos
políticos, sino que toda ideología adopta un sustrato mítico y religioso (Huici Módenes,
2017, p. 41).
Duch (2001 [1997]) e xplica q ue los gobiernos se legitiman m ediante mitos
fundacionales y que e l poder pos ee características sagradas incluso e n las socie dades
1 En adelan te, p ara las citas de Platón remitimos a la edic ión y la notación de Carlos García Gual en Platón .
(1986a). Fedón . En Platón. (1986). Diálogos: Fedón, Banquete, Fedro (Vol. 3, pp. 24-142). Madrid: Gredos.
37
aparentemente seculares (pp. 1 55-157). Así es co mo el mit o garantiza las estratificación
social vigente m ediante la santificación d e las estructuras administrativas. En esta línea,
Lévi-Strauss (1987 [1958]) sugiere que tal vez la id eología política ha reemplazado al
pensamiento mítico en las sociedades contemporáneas (p. 232). Mediante el mito s e
garantiza la inmutabilidad de un orden e stablecido, puesto que “al remontar e l origen de
las i nstituciones o d e la realidad a u n a contecimiento o riginario de los dioses, las cosas
como son quedan justificadas p ara siempre” (Cro atto, 20 02, p. 7 5). Barthes (2012 [1957])
entiende e l mito como un agente legitimador del orden burgués. Su capacidad afectiva,
dirigida a la persuasión, lo convi erte en un a narrativa ideológica a la altura de la narrativa
sagrada. El mito es, por tanto, “un habla definida por su intención” (p. 216).
Si Barthes a naliza productos d e la sociedad de consumo a la luz del mito , Alfred
Sauvy (1972 [1965]) desentraña mitos como el dinero, l a edad de oro o e l
nacionalsocialismo. Los mitos de Sauvy son percepciones institucionalizadas que no
resisten un análisis científico, es d ecir, “ simples representaciones de hechos contemporáneos
que se modifican con el estudio profundo ” (p. 8). Umberto Galimberti (2013 [2009]) recoge
una recopilación análoga y escudriña la moda, el poder, las nuevas tecnologías o el mercado
bajo una premisa: que l os mitos “ nos poseen y nos gobiernan con mecanismos que no so n
lógicos sino psicológicos” (p. 17).
No muy lejos de Barthe s, Sauvy y Galimberti, Furio Jesi (1972 [1965]) recupera la
distinción de Kerényi entre mito genuino y mito tecnificado para poner al d escubierto los
mecanismos ir racionales del lenguaje político. Si el mito genuino responde a las
revelaciones espontáneas de la psique colectiva, el mito tecnificado es una e vocación
deliberada y orientada a la consecución de un fin determinado (pp. 37-38). François
Laplantine (1977 [1974 ]) cara cteriza la ideología como una patología del mito. Aunque e l
mito es el lenguaje de lo político, la ideología usurpa su fuerza poética y perpetra una
función mitoclástica y desculturadora (p. 62).
Todo orden político, e conómico y social h a acudido al pode r persuasivo del mit o.
Porque los relatos, gracias a su dimensión estética, son capaces de inocularnos un tejido de
códigos de conducta social (Culler, 2014 [1997], pp. 111-113). Una ideología, defiende Frye
(1990), es una mitología aplicada. Las estructuras de poder no s obligan a creer en s us
38
adaptaciones de los mitos (p. 23). Dice Kostas Axe los (1980 [19 74]) que l os mi tos se
infiltran en todos los dominios de la experiencia humana. Y en nuestro t iempo, “es en las
ideologías y las utopías donde se expresan, más masiva y más indistintamente” (p. 17).
2.1.9. El mito y el rito.
Existe una v ieja controversia e n torno al vínculo que el mito y el r ito guardan entre
sí. William Robertson Smith ( 2002 [1894 ]) concede al mito un papel subalterno al rito
dentro de las religiones arcaicas y esgrime q ue en casi t odos los casos e s el mito el que
deriva del rito (p. 18). En la misma tradición ritualista, Jane Ellen Harrison (191 2) califica el
mito como correlato hablado del rito (p. 328). Walter Friedrich Otto (2001 [1933])
considera infantil la id ea de que e l culto pueda constituir una prolongación del mito. El rito
no es un mero apéndice del mito sino un vehículo para la revelación divina (p. 21). Por su
parte, Joseph Font enrose (2009 [1959]) op ina que el rito precede al mito y que ese mito
primigenio es en real idad u na le yenda p uesta al servicio del rito (p. 598). T ambién A dolf E .
Jensen (1966 [1960]) s itúa el mito en una posición subsidiaria. A unque mito y culto
expresan una sol idaridad r ecíproca e n las rel igiones primitivas, el culto desplaza a la
palabra de forma que el mito solo se revela durante celebraciones rituales (pp. 54-61 ).
Clyde Kluckohn (1942) r epasa los lazos entre mitos y ritos sobre la oposición
creencias / comportamientos . Advierte que algunos mitos podría n conducirse como una
vertiente descriptiva de los ritos mientras que otros mitos permanecen aislados. (pp. 53-
55). En c ualquier caso, Cassir er ( 196 3 [1944]) resalta qu e el mito sobrepasa el á mbito de
las representacion es y se instala en el territorio d e las acciones. Hay qu e dar cuen ta del
mito en todas sus dimensiones y aceptar que “lo ritual es anterior a lo dogmático” (p. 123).
Gusdorf (1970 [1953]) se adhiere a la idea del mito como artefacto r eligioso que se
distingue d e otras f ormas narrativas por sus lazos sagrados con e l rito. El rito es ca paz de
suscitar el mito, recupe rarlo y acompañarlo pa ra propor cionar u na experiencia p rimordial
extraordinaria (p. 26). Walter Burkert (2011 [1990]) sostiene que el mito y e l rito
mantienen una solidaridad que más allá de lo ocasional y lo arbitrario. En la narrativa
mítica s e r eflejan las costumbres ri tuales y no es competencia d e l a filología descubrir s i es
39
el mito o el rito e l fenómeno primario (p. 161 ). Esta hermandad e ntre mit o y ri to se
reproduce también en las narrativas folclóricas (Propp, 1998 [1946], pp. 23-30).
Desde una postura opuesta a l ritualismo, Arthur M. Hocart (1985 [19 35]) defiende
que los ritos se fundan sobre precedentes míticos y que el mito dota de sentido al ritual.
Los mi tos reales, los que ve rsan sobre asuntos cotidianos co mo l a comid a, la salud o l a
progenie, son ese nciales para que e l ritual se lleve a cabo c on éxito ( p. 23). Pa ra Meletinski
(2001 [19 76]), la hipótesis de la paternidad del rito s obre el mito no solo es indemostrable
e infundada sino q ue además comporta “la infravaloración del significado i ntelectual y
cognoscitivo del mito ” (p. 34). Se verino Croatto (2002) e ntiende e l rito como escenificación
del mito. El rito e s el s ímbolo co nvertido en gesto y representa una analogía de la a cción
arquetípica narrada en el mito (p. 86). La redundancia e s uno de los atributos esenciales
del mito igual q ue la r epetición valida e l rito. Dice Peter L. Berger (1999 [1967]) que los
recordatorios repetitivos a huyentan nuestro pánico al olvido. R ituales y mitologías
conectan al ser humano con su propia tradición (pp. 66 -68).
2.1.10. Actualización del mito.
Los viejos mitos y sus dioses sufren un proc eso d e r acionalización, reinterpretación
y adecu ación ha sta que las imágenes primordiales se vuelve n i rreconocibles. Frye (1977
[1957]) define el desplazamiento como la “adaptación del mit o y de la met áfora a los
cánones de la moral o de la plausibilidad” (p. 484). L os mitos operan como principios
estructurales de la creación literaria. Y l a mitología “suministra una espe cie de diagr ama o
plano detallado de todo el conjunto de la literatura” (Frye, 1973 [1971], p. 145). Al igual
que Frye, Campbell (2014 [19 49]) expone la idea de que los relatos fundacionales se
acomodan a las nuevas exigencias sociales e históricas. El mito “ se r evisa para que cuadre
con el paisaje, las costumbres o las c reencias locales y el material primitivo sufr e en e l
proceso” (p. 276). En este aspecto, Ricoeur (2003 [1969]) propone un ejercicio crítico de
desmitologización, es decir, retirar la envoltura mítica de un texto para tomar conciencia de
la distancia que separa nuestra cultura de aquella cultura en que el mito fue concebido (p.
350).
40
Toda producción artística hunde sus raíces en un acervo mi lenario cuya base está
conformada por mitos. La industria cu ltural es consciente de esa capacidad mitogénica y
apela a l as n ecesidades profundas del ser humano. Dice Román Gubern (1988 [1974]) que
los mitos de la cultura de masas responden a una demanda colectiva. El mito no ha perdido
su vigor sino que s e ha reformulado (pp. 188-189). Eliade (2001 [1957]) se p regunta si los
grandes motivos míticos sobreviven bajo alguna forma degradada y concluye que el mito
“no desaparece nunca del mundo pr esente d e la p sique; solo cambia de aspecto y camufla
sus funciones” (p. 26). Esta fuerza originaria de la mitología se conserva en relatos y
novelas de nuestros días ( E liade, 2000 [1963], p. 162). También Durand (2013 [1979])
abunda en esta idea y asevera que “no hay interrupción entre los a rgumentos significativos
de las a ntiguas mitologías y la disposición que adoptan los relatos culturales modernos” (p.
11). En una p osición a ntagónica, Fra nk Kermode (20 00 [1967]) impone una distinción
tajante entre mitos y ficciones . Al contrario que los relatos profanos, los mitos son
categóricos y “exigen aceptación absoluta” (p. 46).
2.3. Teorías del mito
Desde l os t iempos de l a Grecia an tigua hasta nuestros días, el pensamiento
occidental se ha debatido entre dos formas de aprehender la realidad. Existe, por una parte,
un irracionalismo gu iado por las pulsiones elementales del ser hum ano que afianz a sus
raíces en l as sociedades p rimitivas y que se e xpresa a t ravés de los mit os, los r itos y las
religiones. Y existe, a demás, un r acionalismo q ue cuestiona e l orden mítico, que defiende el
progreso frente a la sup erstición y que c obija una v ocación civilizadora y e mancipadora. E l
mito se vale del s ímbolo y del pensamiento s intético; la razón s e sirve del concepto y del
pensamiento analítico. El mŷthos y el lógos , siempre en controversia, se trenzan como en un
hilo conductor de la historia imponiéndose ahora uno y recuperándose más tarde el otro ,
complementándose y contradiciéndose, atizando la pugna entre la luz y la oscuridad.
Ya l os filósofos presocráticos despejan una vía ilustrada que parece e l destino
natural e inexorable de la hu manidad hacia cotas superiores de entendimiento. Mucho
tiempo después, la Ilustración fra ncesa v iene a extender el ejercicio de l a r azón a todos los
ámbitos de la realidad y concede a l lógos una tutela que se p retende de finitiva. La lógica
41
racionalista celebra la mayoría de edad del ser humano a la vez que establece una
discontinuidad insalvable con los e squemas mentales primitivos. Bajo esta luz, las
creencias religiosas y sus expresiones rituales aparecen como el síntoma de un pasado
salvaje, como manifestaciones caprichosas y cerriles de la servidumbre humana hacia s us
pasiones más bajas. El mŷt hos no sería más que una bella mentira d e los tiempos
tenebrosos de la primera humanidad, la contraparte artística y ficcional de la filosofía.
Las corrientes ilustradas ha n conseguido, es verdad, instaurar una per cepción
negativa sobre e l mito. Y la historia reciente de Europa h a contribuido al estigma del
pensamiento mítico. Al fin y al cabo, la que rencia irracional d el Romanticismo a lemán
terminó all anando el terreno al nacionalsocialis mo. Sin embargo, l a he gemonía de la razón
es a ccidentada y e xiste a lguna cualidad irres istible del mito que siempre no s rec lama y n os
devuelve al imperio de lo emocional y lo instintivo. Así es como los románticos dan la
espalda al optimismo ilustrado del Dieciocho; así, el vitalismo persigue la esencia dionisíaca
del arte y la vida; a sí, la antropología inviste de dignidad académica al pe nsamiento
primitivo; a sí, e l p sicoanálisis nos hac e volver l a mirada hac ia los recintos más inaccesibles
de l a psique. A día de hoy, ninguna a proximación al pensamiento primitivo p odría n egar e l
fondo de verdad que esconden las narrativas míticas.
La tensión permanente entre mŷthos y lógos se ha manifestado a lo largo de la
historia con virulencia reactiva, de modo que cada vez que uno de los dos sistemas de
valores ha triunfado sobre el otro, el sistema derrotado ha terminado rebrotando e n
modalidades a menudo más extremas e incluso revirtiendo las conquistas del orden
precedente. La experiencia hi stórica nos en seña que l a respuesta i lustrada nace como
reacción al mito. Y q ue a su vez, la hipertrofia del lógos estalla en forma d e retorno cíclico al
refugio del mito. En definitiva, cualquier acercamiento al mito d ebería perseguir un a
síntesis entre dos naturalezas qu e nuestra tradición ha considerado antagónicas pero que
corresponden a diferentes ámbitos de intervención sobre la experiencia humana.
Este capítulo s e aproxima a las diferentes corrientes interpretativas del mito en el
ámbito occidental e inspecciona su relación con l a tradición racionalista. Los límites
estrechos de nuestro trabajo nos ob ligan a t razar un itin erario somero y esbozar a penas
algunas líneas maestras d e las principales tendencias mitográficas. El propó sito no es otro
48
encarnación de los fenómenos de la naturaleza y entienden que las formas míticas
obedecen a la pulsión de la mentalidad primitiva por reducir lo incomprensible y lo
abstracto a formas concretas de expresión.
Los estoicos veían e n los dioses a la per sonificación de las funciones que les eran
propias, y los epicúreos sostenían que los mitos, creado s s obre la base de hechos
naturales, fueron ut ilizados por sacerdotes y gob ernantes en su propio beneficio;
también los neoplatónicos se acercaban al mi to armados con c ategorías lógicas
(Meletinski, 2001 [1976], p. 11) .
En el curso de la Ép oca Helenística (323-31 a . C.) culmina el d errumbamiento de la
conciencia mítica antig ua. La puj ante Roma t ermina absorbiendo l a mitología grie ga, pero
la vida r eligiosa romana parece desapegada de toda visión s agrada del universo mítico. En
medio de la debacle helenista irrumpe Evémero de Mesene (ca. 311- ca. 298 a. C .), que l leva
un paso más allá la explicación ale górica del pe nsamiento antiguo. La interpretación
evemerista de los mitos postula que el imaginario colectivo transfiguró las personalidades
paradigmáticas —virtuosas u ominosas— de los t iempos remot os y las e levó a la categoría
de deidades o de héroes semidivi nos. Los dioses paganos no son dioses sino celebridades
humanas d ivinizadas por sus sucesores (Duch, 2002 [1995-1996], pp. 260-263). Para
Wilhelm Nestle (198 7 [1944]), estas interpretaciones son una forma de a teísmo ya que
sugieren que “no hay sencillamente dioses en el sentido de seres sobrehumanos y
supraterrenos” (p. 277). En cualquier caso, la doctrina evemerista aportará munición
metodológica a la e xégesis cristiana y despejará el camino a los ap ologistas y a l os Padres
de la Iglesia. Vicente Domínguez García (1994) alerta de la transmisión interesada que
Lactancio y Eusebio de Cesarea podría n haber hecho de la obra de Evémero con el
propósito de desacreditar las religiones paganas. De acuerdo a esta hipótesis, existen
indicios para sospechar que “Evémero se hizo evemerista en las fuentes” (p. 76).
2.3.4. El cristianismo.
La expansión del cr istianismo e n territorio r omano acarrea l a co nsagración y a l
mismo tiempo la des integración de l a vieja conciencia mítica. Por una parte, s e consolida el
mito unificador de los cánones bí blicos. Por otra parte, la nue va d octrina c ristiana disuelve
los mitos populares y desdeña t odas aquellas fábulas que no c uentan con el aval de la
49
Sagrada Esc ritura. Mediant e esta operación a la ve z mitif icadora y desmitificadora, los
autores cristianos se arrogan la vi rtud del tránsito desde la oscuridad del mŷthos hasta la
luz del lógos . Dice Nicola Abbagnano (1994a [1946]) que e l cristianismo se postula como
doctrina sucesora de la filosofía griega y r eivindica la unidad de la razón como prerrogativa
divina (p. 232).
El N uevo Testamento fulmina la le gitimidad de los mitos populares y los señala
como mensajeros de creencias enemigas. La Primera epístola del Apóstol San Pablo a
Timoteo incluye una exhortación contra “fábulas y ge nealogías interminables, q ue acarrean
disputas más bien qu e e dificación de Dios” (1 :4, ver sión Rein a-Valera 19 60). D espués
previene contra “las fábulas profanas y d e viejas” (4:7). La Segunda epís tola del Apóstol San
Pablo a Timoteo advierte de la venida de maestros que “apartarán de l a ve rdad el oído y se
volverán a las fábulas” (4:4). Por su parte, la Epí stola del Apóstol San Pablo a Tito llama a
desatender l as “fáb ulas judaicas” (1:14) mientras que la Segunda epístola universal de San
Pedro Apóstol atribuye a l a doctrina cristiana la legitimidad de la verdad: “no he mos dado a
conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fá bulas artificiosas, s ino
como habiendo visto con nuestros propios ojos su maj estad” (1:16).
Pero el cristianismo no crece de espaldas a los mitos paganos sino que se aúpa sobre
ellos. Los misioneros cris tianos, incapaces de desplazar la mi tología pagana del c entro y el
occidente de Euro pa, l a acom odaron e incorporaron a su credo. A sí es como los “héroes
matadores de dragones se convirtieron en San Jorges; los dioses de la tormenta se
transformaron en San Elías; las innumerables diosas de la fertilidad se asimilaron a la
Virgen o a las santas” (Eliade, 2009 [1963 ], p. 165). El cristianismo no instaura nuevas
categorías míticas s ino que se limita a repr oducir las categorías existentes. Los fu ndadores
de la Iglesia demuestran su perspicacia a la hora de reescribir mi tos aj enos y c onsiguen
adueñarse de la parafernalia simbólica y r itual de las civilizaciones mediterráneas y
asiáticas. No en vano, Frye (1977 [1957]) describe e l cristianismo como “devorador de
mitos rivales” (p. 55).
Durante l a Edad Me dia, l a interpretación d el mito en Europa oscilará en tre las
lecturas literales de la Biblia y las especulaciones alegóricas o e vemerizantes. Con el
tiempo, la inclinación cristiana por la ale goría irá de generando en el repertorio
50
anquilosado de imágenes d e la escolástica. Porque la alegoría , al fin y a la postre, es “la
expresión deliberada de un símbolo y, por ende, su agotamiento” (Huizinga, 2001 [1919], p.
271). En la interpretación cristia na, el ale gorismo servirá para justificar que la v erdad
divina no e stá disponible en una primera lectura de los textos sa grados sino que es
necesario desbrozar los ornamentos del lenguaje a través de la interpretación. S egún José
Domínguez Caparrós (1993), los p rimeros escritores cristianos se enfrentan a l a doble
tarea de proscribir lo s mitos p aganos y e xtraer un significado de l as Sagradas Escrituras
más allá de su literalidad (p. 133).
El evemerismo sirve de coartada a los apologistas y a los Padres de la Iglesia para
apuntalar la animadversión del cristianismo hacia las religiones populares. De sde un
enfoque evemerista, la nueva doctrina cristiana arguye que las mitologías populares
alegorizan a los demonios de l as falsas r eligiones mientras que la Sagrada Escritura
inmortaliza las ens eñanzas de la religión v erdadera. Jacques Cazeaux (1984 [1965]) anot a
que los teólogos c ristianos mantuvieron una actitud pa radójica ya que “heredaron a la vez
el método alegórico y las reticencias frente al mismo” (p. 25).
Filón d e Aleja ndría (ca. 20 a. C.-ca. 50 d. C .) es el primero en afirmar la existencia de
un doble contenido en la Sagrada Escritura qu e ju stificaría la int erpretación aleg órica
(Pépin, 1976 [1958], p. 23 2). Así se inaugura una corriente int erpretativa que utiliza la
alegoría para imponer una visión unilateral del texto bíblico. Es una alegoría cuyo
significado está r eservado a los creyentes (Fer raris, 200 0 [1988 ], p. 20). En la t radición de
Filón, sobresalen Clemente y O rígenes como fundadores de la filosofía cristiana y c omo
máximos exponentes de la e scuela catequética de Alejandría. Si Filón había pretendido
dotar de fundamento filosófico a la religión judía, los alejandrinos se disponen a hacer lo
propio con el c ristianismo. La novedad es qu e recurren a l a especulación filosófica para
apuntalar una religión s urgida de una revelación d ivina (Jaeger, 1965 [1 961], p. 71). De
acuerdo a Clemen te de Alej andría ( ca. 150-ca. 21 5), los au tores q ue abordan cuestiones
divinas han camuflado la verdad bajo enigmas, símbolos y t ropos (Domínguez Caparrós,
1993, pp. 137- 138). Orígenes (ca . 185/186 -202/203) considera que los a póstoles dejaron
la comprensión racional de al gunas materias a aquellos q ue hubieran alcanzado la
51
sabiduría ( Sobre los principios , Pref. 3., p. 119). 5 Sobre este particular, Johannes Qu asten
(1995 [1950]) s eñala que la interpretación a legórica de Orígenes incurrió en un
subjetivismo proclive a dislates y arbitrariedades (pp. 355-356).
La patrística latina, po r su parte, continúa c on autores como Tert uliano (ca. 16 0-ca.
240) o Lactancio (ca. 250-¿?). San Agustín (354-430) trata de conjugar s u admiración ha cia
Platón con la fe cristiana y no s e conforma con intentar llegar a l a fe a través de la razón,
sino que además se propone con quistar la razón a través de la fe (Gilson, 2007 [1952 ], p.
124). Sin embargo, no duda en corregir o r echazar aquellos aspectos del platonismo que
puedan pon er en riesgo la or todoxia religiosa. Sa n Agustín no es un neoplatónico cristiano
sino un cr istiano que refuerza sus cree ncias mediante aquellos elementos neoplatónicos
que co inciden con el cr istianismo (Fraile y Urdanoz, 1 986, p . 196). Su o bra principal, La
ciudad de Dios (2007-2012 ) 6 organiza una respuesta contra el p aganismo, es decir, “contra
aquellos que prefieren a sus propios dioses” ( Civ . I Prefacio, Vol. 1, p. 84).
Al contrario que en o tras épocas, l a patrística no se reduce a una élite de filósofos
sino que s e reparte en escritos d e predicadores, exégetas, teólogos y apologetas que
resuelven asuntos filo sóficos a m edida qu e exponen s u doctrina relig iosa (Hirschb erger,
2011 [1949 ], p. 347). Se p uede concluir que la exégesis patrística busca c ompensar las
distancias q ue existen entre el sentido inmediato de los textos y la doctrina cristiana. To dos
los pasajes que contradice n el dogma de Cr isto despiertan en los Padres de la Iglesia la
urgencia de una exégesis amañada (Domínguez Caparrós, 1993 , p. 168).
2.3.5. El Renacimiento.
El Renacimiento d esplaza a la Escolástica medieval y propicia un nuevo interés por
la cultura clásica. Frente al estancamiento de la Ed ad Media, el cambio r enacentista es
inmediato y coincide con una impetuosa expansión territorial y u na revolución tecnológica
y científica (Highet, 1 954 [1949], Vol. 1, pp. 31- 31). A p artir de a hora, el a rte y l a literatura
miran hacia los modelos grecolatinos e n busca d e referencias. Si b ien la cul tura
renacentista aún se cobija en el a legorismo medieval, y a no demuestra los reparos del
5 Para las citas de Sobre los principios d e Orígenes remitimos a la edición y la notación de Samuel Fernández
Eyzaguirre en Orígenes. (2015 ). Sobre los principios . Madrid: Ciudad Nueva.
6 Para las citas de La ciudad de Dios de San Agustín remitimos a la edición y la n otación de Rosa Mª Marina
Sáez en San Agu stín. (2007-2012). La ciudad de Dios . Madrid: Gredos.
52
cristianismo hacia los mitos paganos. La mitología es entendida ahora como ejercicio
poético y alegórico mediante el que se expresan preceptos mora les, va lores religiosos e
inquietudes científicas y filosóficas. Lo cierto es q ue est e giro espiritual se encuentra y a en
la última Escolástica, q ue revela algunos atributos renacentistas como el acceso a la
Antigüedad sin apriorismos t eológicos, una ciencia de la r azón y u n pensamiento secular
que reemplaza al pensamiento eclesiástico (Störig, 2012 [1950], p. 321). El teocentrismo
medieval cede su espacio a un nuevo orden de pensamiento que no r enuncia a Dios pero
que toma al ser humano como medida de todas las co sas. El humanismo, en definitiva,
representa un r etorno a la mi tología clásica y un giro hacia el pensamiento p latónico
gracias a autores como Marsilio Ficino (1433-1499) o Giovanni Pico (1463-1494), conde de
la Mirandola.
Ha e xistido, s in e mbargo, una larga polémica so bre s i e l Renacimiento impulsó una
fractura violenta con la conciencia medieval o si, por el contrario, la historiografía ha
exagerado la incidencia del c ambio. Eugenio Garin (1981 [1950]) estima que fueron los
propios humanistas quien es promovieron un mito de l a revolución ren acentista que “no
nos remite materialmente a un contenido, sino que subraya un nuevo espírit u, una forma
nueva, una nueva manera de mirar las cosas” (p. 79). García Gual (1997 [1987]) juzga que
el renacent ismo ofrece una aportación muy parca a la interpretación de los mitos. Es cierto
que retornan las figuras de los d ioses y los héroes clásicos, pero e l lustre figurativo entra en
contraste con “una gran pobreza he rmenéutica o, m ás bie n, un desin terés p or la e xégesis”
(p. 63). José María Valverde (2000 [1980]) identifica una co ntradicción e n el nuevo
humanismo. No hay duda de qu e el Renacimiento rehabilita el univer so clásico, pero el
interés por el legado f ilosófico de la Antigüedad es m enor q ue el q ue había d emostrado l a
escolástica (pp. 95-96).
Los r enacentistas retoman l os i conos de la mitología grecolatina más en su
dimensión a rtística q ue sa cra y sin q ue estalle una r uptura fulminante con la cultura
medieval. En ese aspecto, Jean Seznec ( 1983 [1940]) pone en duda que exista un salto
abismal e n la disposición hacia la mitología p agana. Los dioses paganos jamás llegaron a
evaporarse de l a memoria de la humanidad y el Renacimiento debe entenderse “no ya
como u na cris is súbita, sin o c omo el final de un largo divorcio” (p. 181). Ta mbién Huizinga
53
(2001 [1919]) muestra la perviv encia de motivos grecolatinos durante la Edad M edia y s e
niega a considerar novedoso el paganismo literario renacentista. Por una parte, despunta
“un sentimiento de aprobación de la fe pagana como tal, principalmente del sacrificio
pagano” (p. 466). Pero también e s verdad que ese mismo sentimiento se manifiesta en
autores todavía arraigados e n el espíritu medieval. En todo caso, José María Valverde (2000
[1980]) señala que la m ente renacentista es p rofundamente religiosa p ero mantiene una
visión del mundo que sitúa al ser humano en el centro (pp. 92-93 ).
Algunos acontecimientos históricos inciden en la difusión de las nuevas formas de
pensamiento. En otro orden de cosas, el descubrimiento del Nuevo Mundo pone en
contacto a dos realidades ajenas entre sí y constituye un hecho determinante en el
desarrollo de l a etnología. La conexión con América sirvió p ara que la mentalidad europea
se enfrentara a s us propios dogmas y tuviera q ue lidiar con otras rel igiones y otros órdenes
morales. Se registró un cambio categórico en la percepción d el universo y el concepto de
Renacimiento alcanzó todos los ámbitos sociales, tanto las art es plásticas como la ciencia, la
medicina, el derecho y el comercio (Störig, 2012 [1950], p. 327).
También es preciso r eseñar la repercusión de la Reforma protestante, que deja paso
a un periodo de agitación política en Europa y frena la euforia humanista del primer
Renacimiento. En 1517, Martín Lutero (1483-1546) expone sus 95 tesis en Wittenberg y
abre un cisma en la Iglesia católica. El hartazgo l uterano tiene q ue ver con los excesos
escolásticos en l a hermenéutica de l a Sagrada Escritura. Lutero reclama un regreso a la fe y
a l a Bi blia sin l a m ediación d e los guardianes de la Iglesia. La controversia entre catól icos y
protestantes se dirime e n el terreno de la exégesis bíblica y se desata un renovado interés
por los textos gr iegos y hebreos en la búsqueda d e interpretaciones para l os mitos (R ies,
2011 [1982], p. 116).
Giovanni Bocca ccio (1313-1375) ejerce de interme diario e ntre la Edad Media y el
Renacimiento. Su Genealogía de los dioses paganos (1983 [1360]) aborda una
interpretación evemerista de los mitos antiguos, bajo cuya corteza “aparece la intención del
compositor de la fábula” (p. 823). Natalis Comes (Natale Conti) (ca . 1520-ca. 1582) juega un
papel providencia l en la recuperación e interpretación de a utores cl ásicos y se esfuerza en
buscar los nexos entre la mitología griega y la tradición bíblica. En su Mitología (2006
54
[1567]), se propone demostrar qu e las fábulas antiguas hasta ahora denostadas “son muy
sesudas opiniones de los sabios sobre la creación del mundo ” (p. 45). El filósofo inglés
Francis Baco n (1561-1626) parte de la Mitología de Comes para la e scritura de La
sabiduría de los antiguos (2014 [1609]), una int erpretación en clave alegórica de l os dioses
de la mitología clásica. Sostiene Bacon que las parábolas manifiestan una naturaleza
paradójica porque “sirven como envoltura y velo, pero también como luz e ilustración” (p.
14).
2.3.6. La Ilustración.
Tras l a quiebra del Renacimiento, el siglo XVII se presenta como un despertar a la
razón a través de la matemática. La ruptura d e la cristiandad deja paso ahora a “una
creencia racional en un Dios racional” ( Valverde, J. M., 2000 [1980], pp. 115-116). So n los
tiempos de la ciencia y la filosofía de Galileo Galilei ( 1564-1642 ), de Johannes K epler
(1571-1630), de René Descartes (1596-1650), d e Blaise Pascal (1623-1662 ), de Nicolas
Malebranche (1638-1715), de Baruch Spinoza (1632-1671), de Gottfried Wilhelm Leibniz
(1646-1716), d e Thomas Hobb es (1588-1679), de John Loc ke (1632-1704) y de Is aac
Newton (164 2/1643-1727). En el siglo XVII, por t anto, encontramos la s emilla d e las luces
del Dieciocho y del movimiento ilustrado.
El siglo XVIII va a ser e l siglo de la razón pero también un s iglo de creatividad.
Jaques Barzun (2008 [2000]) defiende esta doble vertiente del siglo enciclopédico y justifica
que si no s p arece más crítico qu e creativo e s p orque puso fin a estamentos y creencias que
todavía gozan de pa rtidarios. Los detractores del XVIII “ reprueban la cruzada que di o
entrada a la incredulidad y al E stado laico, dio prominencia a l a técnica y exigi ó derechos
para todos” (p. 585). Arsenio Gi nzo (1985) d istingue t res grandes focos d e influencia para
la Ilustración francesa: en primer lugar, el influjo inglés de Bacon , Locke, N ewton y Hume;
en segundo lugar, el racionalismo de Descartes, Malebranche, Spinoza y Leibniz; por último,
el b inomio Bayle-Fontenelle (pp. 29-43). En efecto, ya en el siglo XVII germina con
Descartes, Spinoza y Pascal una filosofía de la razón que aspira al conocimiento matemático
y que persigue un método universal de acceso al conocimiento (Störig, 2012 [1950 ], p.
356).
55
¿Pero qu é es la Ilustración? Kant (20 13 [1 784]) responde a esta pregunta llamando
a asumir la responsabilidad del entendimiento. Il ustración, por tanto, es “ el a bandono por
parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo ” (p. 87). Si bien la
Ilustración promueve una percepción despectiva del irracionalismo, el mito se convier te
también en objeto privilegiado d e estu dio. No por azar, l os siglo s XVII y XVIII son testigos
del despegue de la mitografía comparada. El Renacimiento ha posibilitado la exploración de
nuevos territorios y los ilustrados d isponen ahora de una jugosa mate ria prima que
permite relacionar los mitos a utóctonos co n mitos de otras latitudes. Aquí sobresalen los
franceses J oseph-François L afitau ( 1681-1746) y Bernard le Bouvier d e F ontenelle ( 1657-
1757).
El jesuita Joseph-François Lafitau (172 4) expone su expe riencia misionera e ntre los
indígenas canadienses y halla una coincidencia e ntre la mitología de los pueblos originarios
y el acervo gr ecolatino (p. 113). Su principal propósito investigador, d ice Michèle Duchet
(1988 [1971]), es “d emostrar que jamás ha existido un pueblo ateo” ( p. 9 4). Bernard Le
Bovier de Fontenelle abunda en el estudio de los orígenes d el ser humano. Annemarie de
Waal (1975 [1968]) le atribuye la pr imera teoría sistemática del progreso. Sobre la b ase de
la creencia en el avance ilimitado de l as sociedades, Fontenelle caracter iza las culturas
antiguas como expresiones de atraso e incompetencia (p. 44).
El imperio de la razón penetra de forma des igual en los países europeos. Mientras
Francia se sumerge en el ímpetu racionalista de M ontesquieu, Diderot y Voltaire, los
estados italian os asisten co n a batimiento a la dec adencia del ideal renacentista. En este
contexto de re flujo, Giambattista Vico (1668-1744) desarrolla en Ciencia nueva (2006
[1744]) una filosofía del lenguaje, d el mito y de la historia que colisiona con el
cartesianismo. Mientras que el racionalismo ilustrado subestima los mitos y los descalifica
como narrativas fantást icas de los pu eblos primitivos o como herramientas de
sometimiento político y religioso, Vico encuentra en las fábulas antiguas un magnífico
testimonio poético del pensamiento or iginario. En consecuencia, “la primera ciencia que se
debe establecer es la mi tología, o sea, la interpretación de las fábu las” (CN 51, p. 64 ). 7 Sin
7 En adelante, para las citas de Ciencia Nueva remitimos a la edición y la notación de Rocío de la Villa en
Vico, G. (2006 [1744]). Ciencia nueva . Madrid: Tecn os.
56
embargo existe una dificultad a la hora d e acceder al pensamiento de los primeros
humanos, “cuyas mentes no e ran en absoluto abstractas, ni afinadas por nada, ni en nada
espiritualizadas, ya que estaban totalment e inmersas e n los sentidos, rendidas a las
pasiones, enterradas en los cuerpos” (CN 378 , p. 218 ).
Vico entiende que el d eseo actúa como motor de desarrollo human o y conduce a las
naciones desde una fase original de sal vajismo hacia una cúspide de desarrollo en tres
fases: una edad divina de pueblos primitivos, una edad her oica de gobiernos aristocráticos y
una edad humana de repúblicas democráticas condenadas a la degradación y a un r etorno
cíclico hacia la barbarie. S e trata de un esquema no tanto circular co mo espiral, ya que “el
segundo ciclo no es una réplica idéntica al primero, a unque sol o sea porque guarda lo s
recuerdos de sus predecesores” (Berlin, 2000 [1960], p. 104).
Johann Joachim Winckelmann (1717-1768 ) se sitúa en la tradición interpretativa
del alegorismo. Sostiene Gilbert Highet (1954 [1949]) que el Renacimiento llegó a
Alemania a mitad d el siglo XVIII, es decir, con doscientos años de r etraso. W inckelmann
habría s ido su impulsor. De s u mano se despertó un entusiasmo por la cultura grecolatina y
se co nsolidó una generación de po etas de formación c lásica que abrieron p aso al
Romanticismo decimonónico ( Vol. 2, p p. 121-122). El opúsculo R eflexiones sobre la
imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura (2008 [1755]) señala ese
momento inaugu ral para el renacer del espíritu clásico a lemán. Es ta ob ra se abre con un a
aseveración que sintetiza la sensibilidad ilustrada y proclama un nuevo ideal de b elleza: “el
buen gusto, que se extiende cada vez más a lo largo del mundo, comenzó a formarse por
primera vez bajo el cielo griego” (p. 77).
Johann Go ttfried Herder (1744-1803) habilita un a bis agra e ntre lo s ti empos
ilustrados y la insurrección romántica contra el racionalismo. En la t radición de Vi co,
repele la noción del eterno progreso e introduce un pulso hist oricista que entronca con una
querencia por los p articularismos. El historicismo d e Her der, dic e René Wellek (19 59
[1955]), se compensa con un patriotismo humanista que trata de d evolver a A lemania a sus
orígenes creadores. En esa empresa resta uradora, la poesía popular garantiza la
preservación d el alma nacional frente a la literatura n eoclásica (p. 222). Herder (1959
[1784]) p ondera e l alcance de los condicionantes étnicos en la forja de las naciones. Dado
57
que el ser humano “nace de una ra za y dentro de ella, su cultu ra, educación y mentalidad
tienen ca rácter genético” (p. 391). De todas las tradiciones que cohesionan a las naci ones,
la religión serí a l a más a ñeja, “la qu e t rajo a l os pueblos l as primicias de la cultura y la
ciencia” (p. 289 ). Ad emás, el leng uaje genera solidaridades y s ostiene las institucion es, l as
costumbres r ituales, l as e xpresiones a rtísticas y las le yendas de los pueblos. Es decir, e s “e l
medio por excelencia de la cultura humana” (p. 266). En la visión herderiana, d ice Maurizio
Ferraris (2000 [1988]), “la humanidad consiste en la lingüisticidad” (p. 114).
2.3.7. El Romanticismo.
A principios del siglo XIX se consolidan en Alemania los fundamentos del
Romanticismo, un movimiento estético, filosófico y político surgido del desapego ha cia el
pragmatismo racionalista dieciochesco. El nacimiento de esta nueva sensibilidad
intelectual es inseparable del clima febril que vive Europa. Azotada por la ocupación
napoleónica y se gregada en una constelación de t erritorios, Alemania trata de rehabilitar
su identidad nacional y e xhuma l as manifestaciones populares de su cultura. La nueva
inclinación romántica se funda sobre la exaltación del Volkgeist y reacciona a nte la
voluntad asimiladora del ocupante francés. Así es como Alemania se convierte en un
poderoso e picentro d e l os est udios mít icos co n u n í mpetu que t erminará expandiéndose
por Europa y América.
Lo romántico expresa realidades var iadas en cada país y adquiere for mas
particulares e n cada una de sus etapas de expansión. De ahí que sea legítimo postular,
como hace Christoph Jamme (19 98), que “no e xiste el Romanticismo, sino Romanticismos”
(p. 12). El impulso romántico cultiva la exaltación vernácula y se alimenta de la añoranza
del pasado, el n acionalismo cultural, la indagación en las cul turas remotas, la búsqueda
estética, el idealismo y la conciencia de infinitud. En esa atmósfera de restauración del
patrimonio histórico, Londres ve nacer en 1846 el concepto de folclore c omo mixtura entre
los t érminos folk (“pueblo”) y lore (“sabiduría”). E l n eologismo no es inocente, ya qu e
reconoce l a rele vancia de las clases populares. Esta nueva perspectiva comienza a ocuparse
no solo de lejanas sociedades tribales sino también d e la cultura propia conservada en e l
ámbito rural (Corte, 1975 , p. 178).
64
estudio del mito a l mi smo t iempo que se p repara e l t erreno p ara e l na cimiento d e la
antropología. El comienzo d el siglo XIX supone, además, el desmoronamiento del antiguo
régimen y la irrupción de un nuevo orde n e conómico a través d e la revolución industrial y
el imperialismo co lonial. En la s egunda mitad del siglo XIX, l a int erpretación del mito va a
repartirse entre dos esferas de conocimiento: la filología y la antropología.
En el t erreno de la filología, la llamada escuela natural, filológica o mitológica s e
inspira en el Romant icismo alemán, s igue la estela del alegorismo y se propone reconstruir
la mitología indoeuropea a través del comparatismo l ingüístico y religioso. Los pioneros de
la mitología comparada, dice Georges Dumézil (1977 [1968]), nunca dejaron de soñar
sobre el origen del lenguaje y t rataron de reconstruir la “lengua pr imigenia” (p . 9). El
naturalista más ilustre es Friedrich Max Müller (1823-1900), que extiende el concepto de
mitología a toda esfera d e p ensamiento y entiende el mito como patología del lenguaje .
Para Müller (1865 [1863]), cada vez que se emplea una metáfora sin una conciencia
manifiesta existe una amenaza de mitología, de lenguaje enfermo (p. 375-376). Mitología es,
por tanto, cualquier ocasión en q ue el l enguaje asume un poder independiente e n lugar d e
limitarse a e ncarnar el pensamiento (p . 54 4). Es imposible entender las ideas de la e scuela
natural sin sopesar la prosperidad q ue alcanza la lingüística comparada y el contagio del
comparatismo al estudio d e las religiones y lo s mitos. El propio Mü ller (1897) d efine la
escuela etimológica como una c orriente de la mitología comparada que in tenta demostrar
el origen común de l os mitos de distintas culturas a través del análisis etimológico de los
nombres de los dioses y de los héroes (p. 177).
La escuela natural difunde la idea de que los dioses de la mitología no son más que
representaciones antropomórficas de distintos fenómenos naturales. Mientras Müller
identifica los mitos c on las sal idas y las puestas del s ol, otros autores se e ntretienen en
aspectos meteorológicos como l as tormentas, el viento o el rayo, y otros apuntan al cielo e
incluso al fuego o a los fenómenos de la vegetación (Pinard de l a Boullaye, 1940 [1922], pp.
344-345). Las teorías de Müller alcanzan repercusión en su época pero caen en
desviaciones insensatas y con el tiempo quedarán ampli amente desacreditadas (Duch,
2002 [1995- 1996], p p. 277-278; Evans-Prit chard, 1984 [1965 ], p. 45; Meletinski, 2001
[1976], p. 21).
65
Al m argen de la tradición filológica, las nacientes escuelas antropológicas se erigen
como ciencia natural y s ocial de las civilizaciones e inauguran una fecunda tradición para
los estudios míticos. Mientras la escu ela natural se especializa en exhumar v iejos mitos
indoeuropeos, la antropología se funda sobre el asombro de los colonos ante los pueblos
conquistados. E l est udio de las nu evas cul turas na ce al ser vicio del desarrollo mercantil de
fin d e sigl o y aparece i mbuido d el e spíritu paternalista de las metr ópolis. En la c onciencia
colonial a ún s ubsiste una estricta distinción entre culturas civilizad as y c ulturas salvajes,
de sue rte que el investigador occid ental se concede el p rivilegio de exportar sus prejuicios
allí d onde entiende que gobierna la barbarie. Las culturas lejanas son consideradas como la
viva e xpresión de un e stadio de s ubdesarrollo por el que ya habrían pas ado antes las
culturas civilizadas. El evolucionismo sociocultural, que entronca con las ideas de Charles
Darwin (1809-1882), es heredero del concepto dieciochesco de progreso, de la fe
iluminista en la inclinación humana hacia una inevitable perfección (Diamon d y B elasco,
1982 [198 0], pp. 12-14). La p rimera an tropología nac e lastra da por la ausencia d e m étodo
y la fa lta de t rabajo de campo. C on el tie mpo, l a instauración del método inductivo en el
estudio de los pueblo s y culturas terminará separ ando la etnología tradicional de l a nueva
antropología. Radcliffe- Brown (1975 [1958]) sugiere ha blar de etnología para no minar al
estudio cul tural basado en la reconstrucción histór ica mientras que e l concepto de
antropología soc ial debe reser varse a una forma de estudio “cuy o objetivo e s fo rmular las
leyes generales subyacentes a los fenómenos culturales” (pp. 29-30).
Cada metrópoli desarrolla inquiet udes diver sas con respecto a sus respectivas
colonias.
• Inglaterra se escora hacia el evolucionismo y la S ocial Anthropology constituye el
brazo etnológico del Imp erio Británico. De vocación civi lizadora y economicista,
la tradición inglesa reproduce el racismo de la metrópoli y menosprecia las
culturas colonizadas.
• Francia incuba la antropología social y adopta una perspectiva política. Es la
escuela sociológica francesa de Émile Durkheim, Marcel Mauss y Lucien Lévy-
Bruhl.
66
• Alemania s e decanta por el difusionismo. La antropología alemana nace
condicionada por la tradición filo lógica y por el i nterés ro mántico en el folclore
de los pueblos.
• Estados Unidos ve germinar la Cultural Anthropology de Franz Boas.
2.3.10.1. El evolucionismo.
La paternidad de la antropología decimonónica corresponde a tres a utores ingleses:
Herbert Spencer, Edward Burnett Tylor y Lewis He nry Morgan. Bajo el determinismo racial
propio de la época, estos pioneros interpretan l os mit os p rimitivos com o la expresión
alegórica de una ciencia precaria, una tentativa ingenua de explicar el mundo a partir de
una mentalidad animista. La a ntropología inglesa acusa e l influjo del positivismo de
Auguste Comte ( 1798-1857). En s u Discurso sobre e l esp íritu positivo (2000 [1844]), Comte
teoriza sobre un proceso evo lutivo que s e desenvolvería e n tres estadios: uno teológico ,
uno metafísico y uno positivo . Este último sería “el régimen d efinitivo de la razón hu mana”
(p. 17). El positivi smo dibuja una línea central de progreso que identifi ca a otras culturas
como manifestaciones incompletas del desarrollo humano.
El evolucionismo d e Herbert Sp encer (1820-1903) plantea q ue las culturas recién
descubiertas proporcion a un material valioso sob re los orígenes del s er humano. Tanto la
naturaleza como el ser humano experimentan una incesante mutación. Los pueblos
atraviesan, por tanto, un proceso de adaptación constante basado en el progreso hacia la
civilización (Spencer, 1868 [1850], p. 78). El evolucionismo spenceriano nace a la vez q ue el
darwinismo, cuyos po stulados llevan implícita la idea del progreso ininterrumpido
mediante u na selección natural en la q ue “el vigoroso, el sano, el fel iz, sobrevive y se
multiplica” (Darwin, 2009 [1859], p. 137). Sin embargo, es un e rror atribuir a Charles
Darwin la paternidad del evolucionismo de Spencer ya que ambos autores desarrollan sus
teorías de forma simultánea. La l ocución darwinismo social , por tanto, parte de un
planteamiento inexacto (Harris, 1979 [1968], p. 106).
Edward Burnett Tylor (1832-1917 ) acusa la influencia de la Ilustración y del
empirismo inglés. A partir del positivismo de Com te, desar rolla su teoría animist a y lleg a a
conclusiones si milares a las de Spen cer, a unque pone el acento en la i dea del alma (Evans-
67
Pritchard, 1984 [1965], p. 48). Tylor (1981 [1871]) reformula el viejo concepto de
animismo para describir la creencia de las sociedades primitivas en seres espiritu ales.
Aunque con sidera que el a nimismo es propio d e t ribus i nferiores, argumenta que
constituye el f undamento de l a filosofía de la religión (p. 28). Tylor (197 7 [1871]) teoriza
también el estudio com parado de las cul turas. Puesto que la naturale za humana es la
misma, es posible e ncontrar ne xos e ntre los diferentes pu eblos salvajes , incl uso ent re
pueblos salvajes y pueblos civilizados (p. 23). La c omparación e ntre mitologías de distintos
pueblos conduce a Tylor a interpretar el pensamiento mítico como la base cultural de las
sociedades civilizadas. El mito sería ento nces una expresión de inteligencia infantil y el
salvaje sería “representante de la infancia de la especie humana” (p. 270).
Lewis Henry Morgan (1818- 1881) dir ige su interés hacia los sistemas de
parentesco. Su ob ra pu ede definirse como “el ac ta de nacimient o de la antropología social”
(Godelier, 1985 [1971], p. 258 ). Lastrado por el evolucionismo, Morgan (1987 [1887 ])
reproduce l a v ieja i dea de que el ser humano asciende “del salvajismo a la civilización” (p .
77). A p esar de todo, defiende la unidad psíquica de la humani dad y postula que “los
resultados de la experiencia humana han sid o los mismos sustancialm ente en todos los
tiempos y en todas las regiones de la misma condición étnica” (p. 544).
Discípulo de Tylo r, e l folclorista Andre w L ang (1844-1912) discute algunos de los
conceptos de su maestr o y p one en duda que la idea d e Di os proce da de la idea de los
espíritus (Lang, 1909 [1898], p. 2). Las raíces d el monoteísmo, por contra, se encuentran en
las viejas narrativas heroicas (Me letinski, 2001 [1976], p. 22 ). Los presupuestos de la
escuela n atural desfallecen ante las teorías de Lang, q ue desbarata l as elucubraciones
filológicas de Mül ler (c.f. Dorson, 1955, pp. 15-38). Dice K irk (1992 [1974]) que es Lang
quien pone fin a la idea descabellada d e que los mitos puedan ser alegorías d e los
fenómenos natura les. El fenómeno mítico, según Lang, debe entenderse como una especie
de ciencia primitiva (p. 21).
2.3.10.2. El ritualismo.
La antropología b ritánica evoluciona hacia las posiciones d e la Myth and Ritual
School , que alimenta l a hi pótesis del origen ritual de los mitos. En el ámbit o filológico, los
68
ritualistas de Cambridge centran su interés en el dram a g riego. S obresalen autores como
Jane Ellen Harrison, Gilbert Murray, A rthur Bernard Cook o Francis Macdonald Cornford.
William Robertson S mith (1846-1894) s e convierte en pion ero de la escu ela rit ualista.
Sostiene que los mitos no son más que meras explicaciones de los ritos.
Sir James George F razer (1854- 1941) se convierte e n una ma gna figura d el
ritualismo. Su trabajo c apital, La rama dorada (1951 [1890]), aborda “por una part e, la
similitud esencial de los principales deseos del hombre en todas partes y en t odos los
tiempos, y por otra la extensa diferencia entre los medios adopt ados pa ra s atisfacerlos en
las difer entes épocas” (p. 796). E s una obra que r ecoge todas las inquietudes d e Fr azer
sobre el fundamento ritual de los mit os y que asocia el universo mitológico de los pueblos a
los ciclos estaciones. Uno de los motivos p rincipales de L a rama d orada es el asesinato del
rey divino. En t odas las culturas, e l ser humano crea los dioses a su imagen y seme janza y
les depara un viole nto final ritual (pp. 312-314). Como prolongación de estas dinámicas
aparece la figura de la víctima expiatoria, a veces un animal cuyo s acrificio sirve p ara qu e
una sociedad expulse sus males de forma cíclica (p. 641 ).
Frazer (1986 [193 0]) define la mitología como una primera t entativa humana de
explicar el mun do. Intoxicado de ve stigios spencerianos y positiv istas, Frazer propone
crear un corpus de mitos que dé cuenta de la evolución intelectual del ser humano y que
muestre las fases tempranas de ese progreso (p. 6). Frazer (1951 [1890]) emula el
esquema tripartito de Comte y postula que las so ciedades primitivas saltaron d esde la
magia hasta l a religión y finalmente hasta la ciencia (p. 796). D uch (2002 [199 5-1996])
advierte que Fr azer actúa como un “antropólogo de gabinete” ( p. 182). Todo su ma cizo
teórico s e basa e n testimonios d e intermediarios y se construye sobre la asunción acrítica
de las ideas de Spencer y Morgan. En consecuencia, los postulados de Frazer se vinieron
abajo en cuanto los investigadores accedieron a l as culturas no-occidentales mediante
trabajos de campo (Duch, 20 01 [199 7], p. 47). Meletinski (2001 [1976]) sub raya qu e l a
doctrina ritualista alcanzó una gra n popularidad pero derivó hacia un neomitologismo de
generalizaciones arriesgadas (p. 31). Por su parte, Kirk (1992 [1974]) pone de relieve q ue
las interpretaciones de la escuela de Cambridge resultan “unilaterales y c on frecuencia
poco probables” (p. 20).
69
2.3.10.3. El funci onalismo.
Bronisław M alinowski (188 4-1942) instaura una revolución metodológica basada
en el tra bajo de campo y subvierte l os prejuicios racist as de la antropología colonial. E l
futuro de la a ntropología, sostiene Malinowski (2001 [1922]), no pasa por el e volucionismo
ni por el difusionismo, sino por por comprender los mecanismos sociales y psicológicos que
rigen un a institución (p. 8 58). Bajo los prejuicios de la vieja antropología, “salvajismo e s
todavía sinónimo de costumbres absurdas, crueles y excéntricas, con raras supersticiones y
odiosas prácticas ” (Malinowski, 1982 [1926], p. 13). En últ imo término, el evolucionismo
yerra cuando habla de ignorancia original o estados primitivos porque “el estado original de
todo conocimiento, de tod a creencia o de t oda ignorancia, no pu ede ser otro que el de u na
completa confusión” (Malinowski, 1975 [1929], p. 28).
Malinowski (1974 [1926]) carga también contra la escuela naturalista y niega que
las narrativas míticas s ean trasposiciones metafóricas de los fenómenos naturales. Para las
sociedades primitivas, e l mito “no es una ociosa fantasía, ni una e fusión sin sentido de
vanos ensueños, s ino un a fuerza cult ural muy laboriosa y en extremo imp ortante” (p. 119).
Tampoco acep ta la idea de q ue los mi tos cons tituyan una solución precientífica. En la
cultura primitiva, el mito “ expresa, da bríos y codifica el credo, sal vaguarda y refuerza la
moralidad, responde de la eficacia d el ritual y contiene reglas p rácticas para la guía del
hombre” (p. 124). L os mitos so n funcionales porque o frecen un manual de cómo d ebemos
vivir y a q ué reglas debemos atenernos. Consa gran las tradiciones del cole ctivo, cohesionan
al grupo y legitiman sus estructuras de poder.
Los cuentos sacros o mitos co nstituyen la clase más significativa entre los relato s de
una s ociedad primitiva porque no solamente s on considerados verdaderos s ino que
además cumplen un papel sagrado. De esta forma, “el mito entra en escena cuando el rit o, la
ceremonia, o una regla social o moral, deman dan justificante, garantía de antigü edad,
realidad y santidad” (p. 131). Aunque todas l as modal idades narrativas intervienen en el
entramado cultural de una comunidad, solo los relatos sagrados c omportan una realidad
primordial. El conocimiento del mito proporciona “el motivo del ritual y de las acciones
morales, junto con indicaciones de cómo celebrarlas” (p. 133).
70
Kirk (2006 [1970]) reprocha a Malinowski que, en su obsesión por refutar la idea de
la mitología como ci encia primitiva, le ha n egado al mi t o cualquier significado (pp. 39-40).
Brian Mo rris (1995 [19 87]), e n c ambio, señala que Malinowski conc ede cierta disposición
científica a los pu eblos anc estrales y entiende que las actividades productivas de toda
sociedad requier en un cierto grado de obser vación y dominio del entorno (p. 184). Tal y
como señala Adam Kuper (1973), en la obra d e Malinowski so brevuela la idea de q ue una
cultura puede ser irracional pero al mismo tiempo razonable (p. 41).
Las teorías de Malinowski encuentran contestación en Alfred Re ginald Radcliffe-
Brown (1 881-1955), cuya aproximación antropológica e s d e corte estructural. Radcliff e-
Brown, q ue ha sido adscrito a l funcional ismo d e Malinowski, niega la existencia de tal
escuela y se desmarca de ella. Dice que Malinowski ha confundido el concepto de función
con uso , fin o significado (Tentori, 1980 [1976 ], p. 41). El concepto de función que manej a
Radcliffe-Brown se aproxima más bien a la s ociología fr ancesa y a las ideas de Durkheim
(Mercier, 1979 [1966], p. 139). Morris (1995 [1987]) observa que Radcliffe-Brown coincide
con Durkheim en que lo importante no es determinar si las religiones suscitan for mas de
pensamiento equivocadas s ino entender l as cree ncias como piezas de un mecanismo social.
Indagar en los orígenes de la religión no resu lta tan fructífero como investigar su función
dentro de los grupos humanos (p. 160).
2.3.10.4. La escuela sociológica francesa.
Émile Durkheim (1858- 1917) es la figura más sobresaliente de la escuela francesa
además de uno de los antropólogos más influyentes de tod os l os tiempos. Mi entras la
antropología inglesa se había interesado e n l a psicología individual, Durkheim (2007
[1912]) a tiende a la psicología comunitaria y al p apel integrador de los mitos. De aquí nace
la hipótesis de las representaciones colectivas, productos del pensamiento grupal q ue llevan
a entender la religión como un fenómeno de naturaleza so cial ( pp. 8-9). Morris (1995
[1987]) atribuye a Durkheim c uatro características: una perspectiva e volucionista pero
abstracta de la vida social; una antipatía hacia las teorías q ue di lucidan los hechos sociales
mediante factores psicológicos e individuales; un análisis mate rialista; y una postur a
71
contraria t anto a los liberales utilitaristas como a la tradición idealista y conservadora de l a
filosofía social (pp. 138-141).
Durkheim (2007 [1912]) establece un a distinción entre la magia —fenóm eno ajeno
a la organización social— y la religión y la mitología —fe nómenos sostenidos por un
entramado s ocial—. Esta dualidad entre lo individual y lo colectivo corresponde a la
antinomia entre lo pr ofano —que pertenece al ámbito ordinario— y lo sagrado —que debe
ser apartado m ediante prohibiciones— (pp. 3 7-42). Para Durkheim, esa tensión entre lo
imperativo y lo integrador ata lo sa grado a lo colectivo, “ya que las normas co munitarias
coaccionan, pero simultáneamente invitan con su cumplimiento a la participación en lo
civil” (Gar cía Bazán, 2002, p. 29). A mod o d e resumen, lo sagrado representa junto a lo
colectivo —la Iglesia— las características definitorias del hecho religioso, de modo que la
religión se pod ría definir c omo “un sistema solidario d e c reencias y de prácticas relativas a
las cosas sa gradas, e s decir separadas, interdictas, cree ncias y prácticas que unen en una
misma comunidad moral, l lamada Iglesia, a todos a quellos que s e adhieren a e llas”
(Durkheim, 2007 [1912], p. 42).
Junto a la célebre partición e ntre lo sagrado y lo profano, Steven L ukes (1984
[1973]) señala otras dicotomías relevantes q ue ayudan a comprender la obra de Durkheim:
sociología / psicología; social / individual; reglas morales / apetitos sensuales; conceptos /
sensaciones; lo normal / lo patológico (pp. 16-31). Duch ( 2002 [19 95-1996]) resume en
tres puntos las características que Durkheim atribuye a los mitos.
1. Los mitos son a) esencialm ente religiosos; b) e stán estrechamente vinculados c on
los ritos. Los mitos son interpretaciones de los rituales, no son meras “ideas” u
“obras de arte”.
2. Los m itos son representaciones col ectivas, que exp resan de for ma c oncreta cómo
la socie dad se representa el hombre y el m undo, los sistemas morales y la misma
historia.
3. Los mitos son co ntradictorios y confusos; en r ealidad, más qu e revelar el mu ndo,
lo ocultan (p. 330).
Lucien Lé vy-Bruhl (1857-1939) emprende un a r uta sociológica pero se a parta de la
perspectiva de Durkheim. Su aportación más conocida tiene que ver con la división entre el
72
pensamiento primitivo y el pensamiento civilizado . Frente a la mentalidad positiva, Lévy-
Bruhl intuye una mentalidad prelógica que se aleja de l a razón y que “admite, sin cr ítica
previa, una muy fuerte influencia del sentimiento, que intervi ene bajo las e species de una
categoría afectiva de lo sobrenatural” (Gusdorf, 1970 [1953], p. 185). Este enfoque
contradice los prejuicios decimonónicos en t orno al mit o entendido co mo manifestación
precientífica. Para Lévy-Bruhl, la idea durkheimiana de las representaciones colectivas
apela a un conte nido emocional ajeno a la experiencia y a un sentido místico que nada tiene
que ver con la tradición int electualista de Tylor y Frazer (Meletinski, 200 1 [1976], p. 39).
Lévy-Bruhl (1985 [1927]) define el pensamiento científico bajo el pri ncipio de contrariedad ,
es decir, bajo la premisa de q ue una misma entidad no puede ser una y otra al mismo
tiempo. La mentalidad primitiva, en cambio, funciona bajo la ley de participación . Para la
mente prelógica, “la imagen e s un ser, e l original es otro ser: son dos seres y, sin embargo,
es e l mismo ser. Es igualmente verdadero para esa m entalidad que s ean dos y q ue sea uno:
dos en uno o uno en dos” (p. 131).
Marcel Mauss (1872-1950) e s sobrino y continuador d e la obra de Durkheim. Michel
Meslin (1978 [1973]) resalta que la gra n aportación de Mauss c onsiste en haber
relacionado las cree ncias y las prácticas religiosas con los marcos sociales en que se
manifiestan. Para Mauss, tan to la esencia de la magia como la religi ón se ubican
fundamentalmente en las lógicas de la vida colectiva (p. 70).
2.3.11. La rehabilitación del mito.
En la primera mitad del s iglo XX, las sociedades occidentales dan testimonio de un
nuevo entusi asmo remitologizador que cala e n tod os los á mbitos de la cu ltura y que se
manifiesta e n muy diferentes disc iplinas científicas. Europa ha atravesado el trance
traumático de la Gran Gu erra y surgen nue vas sensibilidades artísticas y c orrientes d e
estudio que contemplan el mito lejos de la visión evol ucionista y de l os prejuicios
decimonónicos. Emerge un nuevo interés “por esa parte de oscuridad que el hombre lleva
dentro de sí, por lo que esa parte oscura puede tener d e auténtica y esencial” (Vernant,
2003 [1974], p. 198). Por una parte, se r escata la dim ensión vital ista del mito en un
impulso q ue impregna a las vanguard ias artísticas emergentes. Po r o tra parte, el r escate
73
del mito suministra una b ase emocional y teórica a las nuevas doctrinas políticas, desde el
fascismos y el socialismo hasta el liberalismo mo derno y la cultura de masas. Así, el
nacionalsocialismo y el marxismo leninismo v an a co nformar dur ante la primera mitad del
siglo XX eso que Durand (2000 [1994]) llamará religiones seculares (p. 92).
George Lukács (1959 [1954 ]) cifra e n Schelling el comienzo de una corriente de
pensamiento que tiene su culminación fat ídica en el ascenso de Hitler. En la e stirpe
ideológica del nazismo, el irracionalismo debe entenderse como “una d e las tendencias
importantes d e la filosofía burguesa reaccionaria” (p. 3). Pero el pensamiento mítico
también ha servido para sostener doctrinas políticas de signo opuesto. El teórico del
sindicalismo re volucionario Georges Sorel (1847-1922) recurre a la fuerza emocional d el
mito para urdir a través de la hue lga g eneral un vínculo social unificador contra el si stema
capitalista. L os mitos son, para Sorel ( 2005 [1906]), con strucciones men tales qu e e mpujan
a la a cción c olectiva porque “ los hombres que toman parte e n los gran des m ovimientos
sociales se imaginan su acción i nmediata en forma de batallas que con ducen al triunfo de
su causa” (pp. 81-82).
2.3.12. Las teorías simbolistas del mito.
El filósofo a lemán Ernst Cassirer (18 74-1945) s e propon e armar una teoría sobre
las formas simbólicas extendiendo l a crítica trascendental kantiana hasta convertirla en una
crítica del lengu aje (Garagalza, 199 0, p. 12 7). La evolución es palmaria. Por ejemplo, Ka nt
(2007 [1790]) postula q ue e l ent endimiento humano t iene neces idad de imágenes (p. 345)
mientras que Cassirer (1963 [1944]) propone que “el conocimiento humano es, por su
verdadera naturaleza, simbólico” (p. 91 ). Bajo la premisa de que el símbolo es el lengu aje
del espíritu humano, Cassirer (1975 [1922 ]) llama forma simbólica a
toda ener gía del espíritu en cuya virtud un contenido e spiritual de significado es
vinculado a u n signo sens ible concre to y le e s atribuido inte riormente. En este
sentido, el lenguaje, el mundo mítico-religioso y el arte se nos presentan como otras
tantas formas simbólicas particulares (p. 163).
El símbolo ocupa una posición hegemónica en expresiones culturales como e l
lenguaje, e l mito, el arte o la r eligión. En cualquier caso, “el signo no es una mera e nvoltura
80
El mito es el sueño colectivo de un pueblo ( Mass entraum ) (Lieberman, 1985, p. 89). Si
Freud pone el acento en el maridaje entre mito y sueño, Rank (1981 [1909]) privilegia la
facultad imaginativa de la humanidad en general y la del niño en particular. Según R ank, la
psique infantil alberga las claves para la comprensión de la imaginación mítica y artística
porque los mitos so n creaciones individuales de ad ultos que trasladan al héroe las fantas ías
de la niñez (p. 101).
Charles Mauron (1899-1966) es el principal exponente de la psicocrítica, un método
literario que bebe de Freud y que atiende a tres v ariables: el medio s ocial, la personalidad
del creador y el lenguaje ( Clancier, 1976 [1973], p. 241). No obstante, Mauron (1963)
asume una voluntar ia perspectiva parcial y enfoca toda su atención en la personalidad
inconsciente del creador (pp. 1 2-13). Su método p asa por superponer t extos de un mismo
autor con el objetivo de que a floren r epeticiones s intomáticas. La valoración cuantitativa
de l as metáforas obsesivas de un autor es lo que nos autoriza a organizar todo un
entramado simbólico alrededor de un orden superior, el mito personal entendido como
“gran est ructura i ntertextual” (G arcía Berrio, 1994 [1989], p. 519). La p sicocrítica puede
diseccionarse en cuatro fases:
1. En un primer paso, se superponen los textos como las fotografías de Galton.
2. En un segundo paso, se dilucida de qué forma estas redes y agrupamientos de
imágenes se repiten y se modifican.
3. En un tercer paso, se clarifica e l mit o personal del autor, es decir, l as
expresiones de su personalidad inconsciente.
4. En un c uarto paso, s e comprueba la validez de los r esultados a t ravés de la
vida personal del escritor (Mauron, 1963, p. 32).
2.3.14. El Círculo de Eranos.
A p artir de 1933 s e celebran los encuentros Eranos, reuniones anuale s auspi ciadas
por Jung y que contarán con autores c omo Mircea Eliade, Rudolf Otto, W alter Friedrich
Otto, Karl K erényi, Joseph C ampbell o Gilbert Durand (Duch, 200 2 [1995-1996], p. 309;
Molpeceres, 2013, pp. 231-232). El Círculo d e Era nos muestra una disposición cie ntífico-
gnóstica que p lanta c ara a l positivismo de la ciencia occidental. Su o bjetivo e s “ la c aptación
81
del sentido , el cual e merge no ya en e l puro logos , en la reflexión racional y objetiva, sino en
el nivel más primario del mito ” (Garagalza, 1990, p. 24).
El teólogo alemán Rudolf Otto (1860-1937) se inscribe en los orígenes del Círculo de
Eranos. En su t eoría sobre la idea de lo santo , Otto (2001 [1917]) a cuña el neologismo de lo
numinoso para re ferirse a “a quello que aprehende y c onmueve el ánimo con t al o cual
tonalidad” ( p. 21). Lo numinoso se manifiesta inicialmente como una experiencia próxima
al miedo. Después deja paso a la ado ración y se encamina hacia l o su blime (Goo ch, 2000, p .
112). La emoción r eligiosa cobra forma de mysterium tremendum , una devoción que se
manifestar con dulzura pero t ambién con éxtasis v iolentos e incluso demoníacos. Por u n
lado, brota e se terror que suele asociarse a l as re ligiones primitivas. Por otro lado, emerge
la majestas , esa omnipotencia divina que se conjuga con e l sentimiento de inferioridad de la
criatura creada por Dios (Otto, 2001 [1917], pp. 22-3 1). Aunq ue Otto c ritica la laminación
de lo r eligioso bajo el peso de la escolástica, John Daniel Dadosky (2004) no percibe un
menosprecio de lo racional sino del énfasis en lo racional (p. 15). Frent e a ese positivismo
exacerbado, el concepto de misterio reivindica lo oculto, lo inefable, lo que excede el mundo
cotidiano. Lo m isterioso “todavía h oy co nstituye p ara el hombre ingenuo el factor más
poderoso que existe en la narración y en el culto, utilísimo medio de conservar vivo el
sentimiento religioso” (p. 91).
El helenista a lemán Walter Friedrich Otto (18 74-1958) escribe imbuido de una
emotividad decimonónica muy criticada e n n ombre del rigor t eórico (Mo lpeceres, 2013, p .
236). En un análisis de la rel igión en la Grecia antigua, Otto (2003 [1929]) o bserva c ómo l a
visión mítica desafía al mundo de la experiencia. La cosmovisión griega, teoriza Otto, recela
del pensamiento mágico pero no es impermeable a él. Por mucho que la vieja religión de los
griegos demuestre un contundente sentido d e la realidad, las imágenes d e los dioses hacen
valer su dominio (pp. 27-31). Otto (20 01 [1933]) rechaza caracterizar el mito como mera
poesía y toma en consideración tanto su vertiente a rtística como su poder litúrgico. Mito y
rito son dos realidades inseparables, dos lenguajes de conexión con lo divino. No tiene
sentido rastrear el origen del uno o del otro porque “ni el culto surge gracias al mi t o, ni el
mito se deriva del culto” (pp. 19-21).
82
Cultivado en el terreno de la filología c lásica, el húngaro Karl K erényi (1897-1973)
arranca su c arrera académica con e l estudio d e los mit os griegos y t ermina avecinándose a
las d isquisiciones de Jung. La mitología, sostiene K erényi (1997 [1951]), puede
considerarse una actividad de la ps ique. Y si e s p osible hablar de mitologías individuales ,
también es legítimo e ntender la mitología co mo una psicología colectiva (p. 13). Kerényi
(2004 [1941]) se lamenta del desvanecimiento del mundo espiritual de los mitos en
beneficio del cientificismo. Porque l a mi tología “no es un simple modo de expresarse en
lugar del cual se hubiera podido e scoger otro con facilidad” (p. 18). Kerényi reaviva el
interés en el irracionalismo y defiende la rehabilitación de la mitología como disciplina
autónoma q ue nos permite int erpretar l as formas de culto de l as civ ilizaciones antig uas. E l
mito griego delata un compromiso con las creencias y las ceremonias de la s ociedad griega,
de modo que la mitología no debe entenderse como una mera proyección poética sino
como una actividad s olidaria con un determinado orden religioso (Kerényi, 1999 [1940], p.
13-14). En este sentido, los mitos hablan de dioses pero también de hé roes divinizados que
transmiten una enseñanza religiosa sobre la humanidad. Cuando los héroes se reducen a
meros humanos belicosos, como sucede en la épica homérica, el mito se aparta del culto
(Kerényi, 2009 [1958], p. 37). En última instancia, la mitología explica y fundamenta
nuestra realidad. Cada vez que el narrador de mitos recupera un tiempo primordial, el ser
humano se asoma a sus orígenes y se reconcilia con sus esencias (Kerényi, 2004 [1941], pp.
19-23).
El estadounidense Joseph C ampbell (1904 - 1987) desarrolla su trayectoria
mitográfica sobre la ba se del psicoanálisis y la a ntropología. Lo mi smo que Jung, Camp bell
(2013 [19 86]) concede al mito el valor d e un s ueño c olectivo. Por lo tanto, “de l a misma
manera que la ima ginería del su eño es una metáfora d e la ps icología del so ñador, la q ue se
expresa en la mitología lo es de la actitud psicológica del pueblo al que e l soñador
pertenece” (p. 14). Al mito hay que atribuirle cuatro funciones: una función mística que nos
hace sentir pavor ante el mi sterio d e l a e xistencia; una dimensión cosmológica relacionada
con la ciencia y con aquello q ue la ciencia no puede resolver; una función sociológica que
contribuye a establecer un orden social; y u na función pedagógica que nos muestra cómo
83
se debe vivir l a vida e n un repertorio diverso de circunstancias (Campbell, 1991 [1988], pp.
64-65).
Bajo l a p remisa de que todas las culturas del mundo r eproducen un mismo mito
prototípico sometido a coloraciones locales, Campbell (2014 [1949]) d ecanta una
estructura narrativa ma estra o monomito . Se trata del viaje del héroe, la esc enificación de
una metamorfosis univers al contemplada en los ritos de iniciación bajo la estructura
separación-iniciación-retorno (p. 45 ). Este esquema tripartito d e l os cul tos primitivos ha
sido teorizado por Arnold van Gennep (2013 [1909]), que descompone los ritos de paso en
ritos de separación , ritos de margen y ritos de agregación (p. 32). El monomito contempla un
periplo circular que arr anca con e l abandono del hogar ha cia un mundo e xtraordinario de
donde el protagonista deberá regresar después de haber superado una serie de pruebas.
El h éroe inicia su av entura de sde el mundo de todos los días h acia una r egión de
prodigios sobrenaturales ( x ), se enfrenta con fuerzas f abulosas y gana una victoria
decisiva ( y ); el h éroe regre sa de su misteriosa aventura con la fuerza de oto rgar
dones a sus hermanos ( z ) (Campbell, 2014 [1949], p. 45) .
Cada una de estas tres fases se descompone, a su vez, en una cadena ordenada de
mitemas arquet ípicos q ue c ompletan el paradigma narrativo. As í, el monomito conforma
un patrón repetido en la mitología y el folclore y representa la avent ura de la iniciación, del
aprendizaje y la metamorfosis del s er humano. Con el tiempo, han proliferado diversas
poéticas fílmicas inspiradas explícita o veladamente e n el modelo de C ampbell. En este
punto destaca Christopher Vogler ( 2002 [1992]), q ue ha actualizado e l itinerario del
monomito y q ue ha con tribuido a consagrar el viaje del héroe c omo una suerte de guía
prescriptiva para la industria cinematográfica. Otros autores han hallado en el paradigma
de Campbell alguna forma d e patrón estructurante para el análisis literario. Por ejemplo,
Juan Villegas (1978) ha glosado el viaj e del héroe en la novelística española mientras que
Arcadio López-Casanova (2007 ) ha e ncontrado en e l monomito un patrón qu e dota d e
coherencia interna al macrotexto lírico.
84
2.3.15. La poética del imaginar io.
Alrededor de l a poética del imaginario se c ongrega una pléyade de autores que
aplican a la literatura conocimientos del ámbito antropológico y psicológico, en especial del
psicoanálisis jungiano. Gaston Bachelard impulsa esta e scuela interpretativa y Gilbert
Durand la consolida (Molpeceres, 2013, p. 252).
Gaston Bachelard (1884-1962) es un crít ico liter ario d e inspiración fr eudiana y
jungiana q ue abandonará el ps icoanálisis en busca d e un simbolismo más versátil (Tuzet,
1969 [19 67], p. 239). Ann e C lancier (1976 [1973]), sin embargo, no si túa a Bac helard en el
ámbito de la cr ítica sino en el t erreno de una metodología de la lectura y de una filosofía del
lenguaje y d e la creac ión li teraria (p. 175 ). El corpus teórico de Bach elard establece un
esquema ordenador de la creación a partir de la v ieja división entre fuego, ti erra, air e y
agua. Igual que la filosofía antigua emparentaba los pr incipios formales con cada uno d e los
cuatro elementos, Bachelard considera que un pe nsamiento alcanza co nsistencia a partir
de la sustancia de alguna d e estas categorías materiales (Bachelard, 1978 [1942], pp. 10-
11). Son las “hormonas de la imaginación” (Bachelard, 1958 [1943], p. 22).
Bachelard (1975 [1957]) demanda desprenderse del bagaje racion alista en aras de
comprender lo s designios de la i maginación. En la i magen poé tica se e xpone un psiquismo
sin p asado, de modo que una filosofía de l a poesía debe atender exclusivamente al presente
de la imagen. Por eso, aceptando que la imagen es anterior al pensamiento, el único camino
para ahondar en el problema d e la i magen poética es a través de una fenomenología de la
imaginación (p. 9). Bachelard ( 1958 [1943]) manifiesta que l a imaginación no es tanto la
facultad d e formar imágenes como la c apacidad d e deformar y cambiar las imágenes q ue
nos suminis tra la per cepción. En ese aspecto , hay que priorizar el concepto de imaginario
frente al de imagen ya q ue el imaginario se expande y s e abre a la no vedad. No puede haber
imaginación “si una imagen presente no hace pensar en una imagen ausente ” (p. 9).
Durand (2000 [1994]) atribuy e a Bachelard el mérito de h aber escapado de l a
tentación estructuralista y de haber puesto la po esía a salvo de las abstracciones
positivistas (pp. 78-79). Sin embargo, y a modo d e demérito, se puede objetar que
Bachelard r ecurrió a textos de poco valor li terario par a demo strar l a i mplicación d e las
85
coordenadas espacia les en la estructura de la imaginación (García Ber rio y Hernández
Fernández, 1988, p. 104).
La obra de Gilbert Durand (1921-2012) transforma el ima ginario en una
herramienta metodológica que posibilita la intelección de las diferentes producciones
culturales. En Las estructuras antropológi cas de lo imaginario (1981 [1960]), Durand
establece toda una arquetipología del lenguaje simbólico. Esta obra recoge el testigo del
psicoanálisis para fundar “una teoría g eneral de la imagen como núcleo generador de t odo
pensamiento racionalizado y del universo semiótico que de este se desprende” (Fátima
Gutiérrez, 2012b, p. 179). En busca de un principio organizador de las imágenes, Durand
recurre a una base fisiológica inspirada en Vladimir Bechter ev, una base tecnológica
inspirada e n André Leroi-Gourhan y una base sociológi ca inspirada en G eorges Dumé zil
(Pijoan i Picas, 1995, p. 33). Nuestro imaginario simbólico no sería otra cosa que la
proyección e xterior de los r eflejos dominantes : la do minante de posición
(vertical/horizontal), la de nu trición (digestiva) y la de r eflejo sexual (copulativa, apela al
ritmo) ( Durand, 1981 [1960], pp. 42-44). Esta c lasificación se combina con la di stinción
bipartita de André Piganiol entre lo uraniano y lo ctónico-lunar para desplegar un esquema
conjunto de regímenes y dominantes.
Régimen nocturno .
◦ dominante digestiva;
◦ dominante cíclica.
Régimen diurno . C oncierne a la dominante postural (Durand, 1981
[1960], pp. 51-52).
El régimen diurno es un régimen de la an títesis que or ganiza imágenes maniqu eas
alrededor de dos grandes constelaciones dicotómicas.
En primera i nstancia, se reúnen los símbolos teriomorfos, nictomorfos y
catamorfos bajo un manto d e valorizaciones negativas. E l universo
teriomorfo an ticipa las connotaciones aterradoras del mundo animal. Los
símbolos nictomorfos r emiten a l imaginario de la oscuridad, la ceguera y la
femme fatale . Por último, la red catamorfa s intetiza el terror a nte l a caída y e l
86
engullimiento. El isomorfismo peyorativo delata “un régimen mul tiforme de
la angustia ante el tiempo”.
En segundo término, se registra un reverso de valorizaciones positivas . Así, el
esquema ascensional (verticalidad) es contrapunto de la caída, el esquema de
la luz uraniana (visión) es contrapunto d e las tinieblas y el esquema d iarético
(manipulación) es contrapunto de la ca rne. Se trata de un “simbolismo
simétrico de la huida ante el tiempo o de la victoria sobre el destino y sobre
la muerte” (Durand, 1981, p p. 113-115).
El régimen nocturno a punta a la intimidad, la inversión de valores y el eufemismo.
No obstante, l as imágenes conservan un rastro de su acidez original. Por e jemplo, la
conquista de la cima transmuta las imágenes de a scenso en una simbología de la
excavación. Persiste n los valores positivos d e lo as censional pero a la v ez emergen las
inclinaciones nefastas del laberinto y el abismo. En e l régimen nocturno de la imagen, las
diosas son filantrópicas y protectoras aunque preservan r ibetes de su feminidad terrible.
Se mantiene, eso sí, la imaginería de la protección, e l escudo y l a coraza defensiva (pp. 189-
190).
Desde una tradición interpretativa simbolista, Durand (2013 [1 979]) considera que
el mit o se destaca como lenguaje presemiótico donde los aspectos gestuales de los ritos
sustituyen a la gramática y al léxico. A l fi n y al cabo, un mi to e s “un cond ensado d e
‘diferencias’, d e diferencias irreductibles por cualquier otro sistema de log os” ( p. 29). Lu is
Garagalza (1990) resume a partir de este hecho lo q ue considera l a tesis c entral del
pensamiento d e Durand: “la p rimacía del sentido simbólico (o figurado) sobre el sentido
propio ( o literal) ” ( p. 29). En última instancia, el mito se puede d efinir como “un sistema
dinámico de símbolos, de arquetipos y de esquemas, sistema dinámico que, bajo el impulso
de un esquema, tiende a componerse en relato” (Durand, 1981 [1960 ], p. 56).
En busca de una metodología propia —una mitodología —, Durand (2013 [1979])
reivindica la mitocrítica como continuadora de la psicocrítica de Mauron. Pero si Mauron
trataba de extraer las metáforas obsesivas que co nfiguran el mito personal de un autor,
Durand busca el mito primordial , ese que integra tanto l as obsesiones personales como las
87
herencias culturales (p. 188). Si l a mitocrítica es una extensión d e las nuevas críticas , el
mitoanálisis pretende llegar más allá y caracterizar el mito particular en la esfera más
amplia de un mito colectivo, aquel que representa los valores y los anhelos de una
civilización dada e n un contexto sociohist órico determinado (Durand, 2 013 [1979], p. 1 4).
En este s entido, A lain Vejart (1998) objeta que l as últimas etapas del mitoanálisis
corresponden más a una empr esa c olectiva qu e a un desempeño individual (pp. 4 7-48). La
mitodología s ería, e n último término, “la teoría de conjunto q ue asocia la mitocrítica y el
mitoanálisis” (Monneyron y Thomas, 2004 [2002], p. 63).
2.3.16. Del formalismo al estructuralismo.
En los primeros a ños del s iglo XX, na ce el formalismo ruso con el propósito de
reanimar unos estudios lingüísticos y literarios estancados en el historicismo
decimonónico. Como hecho ina ugural c abe recordar l a funda ción del Círculo Lingüístico d e
Moscú e n el invierno d e 1 914 y 1915. En 1916, un colectivo d e lingü istas e ntre l os q ue se
encuentran Viktor S hklovskij y Boris Eichenbaum funda en San Petersb urgo el Opojaz —
Sociedad para el Estudio del Lenguaje Poético—. En 1926 se reúne por primera vez el
Círculo Lingüístico de Praga, que congre ga a autores co mo Roman Jakobson, Jan
Mukarovsky, N. S. Trubetzkoy o René Wellek. Hacia 1930, el formalismo ruso termina
disolviéndose después d e haber dejado su semilla en los cír culos lingüísticos y literarios de
Checoslovaquia (Aguiar e Silva, 1972, pp. 428-445).
Próximo a l os formalistas, V ladimir Pro pp (1895 -1970) al canza una n otable
popularidad en el á mbito del folc lore. En su i ntento de demostrar l a unif ormidad de los
cuentos maravillosos ru sos, Propp (1998 [1928]) establece un método para a islar las
partes c onstitutivas de los relatos y describir l a r elación d e e sas pa rtes ent re sí y con el
todo. Las unidades menores son una s erie de acciones inv ariables a l as q ue Propp l lama
funciones . La función es “ la acción de un personaje, definida desde el punto de vi sta de su
significado en el desarrollo de la intriga ” (p. 32). García Berrio (1973) s itúa a Propp entre
los formalist as que r esignificaron el concepto decimonónico d e motivo para imp rimirle su
carácter d e función entendida n o como uni dad ais lada sino como eslabón de una cadena
compleja d e a contecimientos causal es en la que se impone un criterio estético (p. 211).
88
Para Propp (1998 [1928 ]), la presencia de un núm ero determinado de funci ones es lo que
justifica las similitudes entre los diferentes cuentos maravillosos rusos igual que la
variedad de personajes es lo que justifica su diversidad. El sistema de Pr opp con templa 31
funciones qu e no si empre aparecen en su t otalidad en cada cuento maravilloso p ero q ue
siempre suceden en el orden establecido (pp. 38-85). Esta cadena de funciones des vela una
estructura arquetípica q ue se repite también en los r elatos míticos y que presenta
concomitancias con otros esquemas narrativos como el m onomito de Campbell.
Consiste básicamente en un estado inicial estable que se ve alterado por un
desequilibrio, carencia o agresión. Un héroe se re vela como el llamado a solucionar
dicha carencia, mediante un viaje más allá de los límites del mundo de la comunidad,
que l e ll eva a cumplir una misión excepci onal, como es apoderarse de un o bjeto
mágico, enfrentándose a enemigos y recibiendo el apoyo de aliados. El héroe regresa
triunfante al mundo de su comunidad y alcanza una posición de relevancia (la
corona, pon gamos) o la integración social (m atrimonio, et c.) (Garcí a Landa, 1998, p.
33).
Si algo se trasluce en la cadena de funciones es que e scenifican una pugna binaria
entre un protagonista y un antagonista, de modo q ue todos los movimientos sirven de
socorro o de obstáculo a l a empresa del h éroe. En este sentido, Pr opp (1998 [1928])
distingue siete esferas de acción de los pe rsonajes (pp. 105-106). El concepto de esfera se
refiere a l os roles que puede n asumir los personajes y se parece mucho a la idea de actant e
que Greimas (1987 [1966]) desarrollará y organizará después en for ma de modelo
actancial (pp. 263-293).
Siguiendo la estela de Propp, los académicos estructuralistas van a fundar una nueva
ciencia narrativa a tareada e n recono cer las unidades fundamentales d el relato y su
mecánica combinatoria. Ahora bien, e l estructuralismo también va a rebatir l a rigidez del
modelo de funciones. Lévi-Strauss (19 84 [1960]) reprocha a Propp que se haya obcecado
con los aspectos morfólógicos del relato y ha ya despachado el léxico como si fuera un
excedente ar bitrario. E sta es, para L évi-Strauss, la diferencia entre el formalismo y el
estructuralismo: el primero separa forma y contenido hasta alcanzar un nivel de
abstracción estéril y el segundo c onsidera forma y contenido como dos aspectos d e la
89
misma naturaleza (p. 128). Claude Bre mond (1974 [1964]) detecta una flaqueza en el
esquema de Propp. Si las funciones deben someterse a un orden inflexible y sin
posibilidades combinatorias, la unidad mínima ya no ser ía la función sino la serie. En l a
medida en qu e una fu nción s olo tiene s entido con respecto a la s funciones que l a preceden
y que la siguen, la movilidad de estos átomos narrativos queda constreñida sobremanera
(p. 84). En cualquier caso, el modelo de Propp abre un camino novedoso en el estudio de las
estructuras narrativas. El verdadero valor de su paradigma e striba en que “corrobora l a
generalidad sicológica y antropológica transindividual en que se funda la comunicación
literaria” (García Berrio y Hernández Fernández, 1988, p. 150).
2.3.17. El estructuralismo y la antropolog ía estructural.
A mediados de los sesenta surge en Francia una corriente de estudios narrativos que
bebe del formalismo ruso , del folclorismo de Propp y del estruc turalismo lingüístico de
Ferdinand de Saussure. Esta nueva tendencia reúne a nombres como Roland Barthes,
Gérard G enette, C laude Bremond, Algirdas Jul ius Greimas, C hristian Metz o Tzvetan
Todorov. Todos ellos entienden la narrativa como un conglomerado de unidades mínimas
organizadas de acuerdo a d eterminadas reg las combina torias. Es Tzvetan Todorov (1939-
2017) q uien a cuña el término narratología para referirse a “la ciencia del relato” (Todorov,
1973 [1969], p. 21). Los nac ientes estudios narratológicos o rientan su int erés hacia e l
dispositivo na rrativo como fenómeno autónomo más a llá de las circunstancias históricas o
sociales e n que ha s ido concebido. Ramand Selden (1989 [1985 ]) advierte que los
estructuralistas desafían la vieja idea d e que la obra sea el producto de un yo creativo. El
estructuralismo es antihumanista en l a medida en que se distancia de aquellas corrientes
críticas que sitúan al sujeto humano como fu ente y origen del s ignificado literario (pp. 67 -
68).
Roland Barthes (1915-1980) s e interroga sobre el fenómeno mítico desde una
perspectiva semiótica. El mito, dice Barthes (2012 [1957]), “es un sistema particular por
cuanto s e ed ifica a partir de una c adena s emiológica que existe previamen te: es un s istema
semiológico segundo ” (p. 205). Así, cualquier objeto de nuestra realidad inmediata e s
susceptible de caer en la formu lación mítica entendida como artificio semiótic o. Dice Peter
96
44). Nuestra nueva disposición hacia l as formas míticas aparece contaminada del a ntiguo
escepticismo pero complica, además, nuestra actitud hacia el mito de l a razón universal y e l
progreso. Vattimo (19 90 [1989]) a lega que f ormamos parte d e una cul tura secularizada no
porque hayamos dado la espalda a l a tradición religiosa sino porque la vi vimos a t ravés d e
vestigios (pp. 1 28-129). La propia naturaleza del hecho religios o hace que su s contenidos
sean irreemplazables por una e speculación filosófica que ha renunciado a inmiscuirse en lo
extracotidiano. Jürgen Haber mas (1990 [1988]) señala que la religión ha perdido algunas
de s us funciones pero, a pesar de su adelgazamiento, sigue cohabitando con e l pensamiento
postmetafísico. Mientras el lenguaje religioso conserve un semantismo ins pirador, “la
filosofía, incluso en s u forma postmetafísica, no podrá ni sustituir, ni e liminar a la religión”
(pp. 62-63).
La posmodernidad ofrece u n espejo i nvertido de la e mpresa uniformizadora del
primer cristianismo. Si el mi to cristiano pro speró a costa d e integrar o a bolir los rasgos
diferenciales de los mitos paganos, los grandes mitos unificadores de la modernidad se han
derrumbado a costa de la multiplicación de relatos , ide ntidades y creencias. Carlos
Fernández Liria (20 16) d efiende que la s ecularización de la socie dad no ha abo lido la
religión sino q ue “la h a convertido en calderilla, la ha triturado en un sinfín de
supersticiones neuróticas e imprevisibles” (p. 70). Ese retorno a lo r eligioso germina en un
contexto de amenazas globales inéditas y pérdida de sentido de la existencia. El terror
atómico de la Guerra Fría de otros tiempos presenta hoy l a forma de nuevos indicios
apocalípticos como la devastación c limática o las pandemias. Si el cientificismo de la
modernidad ha desatendido e l núcleo esencial de l a existencia, es r azonable pensar que la
sociedad de consumo manifieste su tedio mediante una afirmación religiosa de los
particularismos (Vattimo, 1996, pp. 110-111). La idea de un Dios unificador se ha
desmenuzado e n u na plu ralidad de dioses dom ésticos. Asis timos a una su erte de
“politeísmo secularizado” (Safranski, 2000 [1997], p. 277).
Entre los últimos grandes eruditos del mito, cabe destacar la figu ra del filósofo
alemán Hans Blumenberg (1920-1997). Dice Duch (2002 [1995-1996]) que Blumenberg
detecta un retorn o a la conciencia mítica como consecuencia de la crisis existencial q ue
atraviesa el siglo XX. Frente a la fijación de ideas del pensamiento científico se alza la
97
metáfora (p . 4 29). Las metáforas podría n parecer simples arte factos provisionales del
pensamiento mítico. Sin embargo, es posible conjeturar que estos giros de la psique puedan
constituir también elementos b ásicos del lenguaje filo sófico (Blumenberg, 2003 [1997], p.
44). Si para Cassirer e l ser humano era un animal symboli cum , B lumenberg (1999 [198 1])
entiende la metáfora como el procedimiento retórico que permite a e se animal symbolicum
dominar una realidad mortífera reemplazando lo inhóspito por lo familiar (pp. 124-125).
En los orígenes de la humanidad podemos enco ntrar una p rimera angustia an te un
horizonte ilimita do d onde se multiplican las posibilidades de lo hostil. Ahí es donde surge
el homo pictor co mo ser que se d efiende de su inseguridad m ediante la proyección de
imágenes rupestres (Blumenberg, 2003 [1 979], pp. 14-16). Blumenberg (2004 [200 1])
sostiene q ue el mit o se presenta como terror o como poesía , es decir, “como expresión
desnuda d e la pasivi dad frente al hechizo demoníaco o c omo e xcesos imaginativos de una
apropiación antropomorf a del mund o y un a elevación teomorfa del hombre ” (p. 15). Es
importante hacer notar que el ser humano no se encuentra en posesión d e su destino. Ante
esa ventura, dice Blumenberg, (2003 [1979]), e l papel del mito y d el rito consiste en
establecer una distancia respecto al terror salvaje original mediante la exposición directa al
objeto numinoso (pp. 72-73 ).
98
Capítulo 3
Marco contextual
3.1. Aspectos históricos, sociales y culturales
3.1.1. La posmodernidad y la poética de la frag mentación.
Para caracterizar la posmodernidad como tiempo histórico, es necesario empezar
por reconoce r los atributos de lo moderno. La modernidad, según V attimo (1990 [1989]),
se termina cuando ya no es p osible una visión unitaria de la historia. Esta antigua
concepción del mundo reclamaba un centro de gr avedad que organizara los hechos
dispersos del pasado. En la posmodernidad, en cambio, “no hay una historia única, hay
imágenes del p asado propuestas desde diversos puntos d e vista, y e s ilusorio pensar que
haya un punto de v ista supremo, comprensivo, capaz de unificar t odos l os r estantes” (p.
76). Al d isolverse ese relato unilateral de la historia, entra en q uiebra también la idea
ilustrada de progreso y el viejo concepto d e lo universal estalla en un alud de
particularismos. En un ácido retrato de esta mutación po smoderna, Alain Finkielkraut
(2000 [1987]) lamenta la aniquilación de la herencia de l as Luces y vitupera la glorificación
de la diversidad. Hemos perdido toda perspectiva de progreso y “en lugar del proceso
ascendente co n el que nos habíamos acostumbrado a ide ntificar la historia se o frece a
nuestra mirada un caleidoscopio de diferencias” (p. 63).
Es precisamente la p érdida de un ho rizonte de p rogreso l o que ha llevado a autores
como Fr ancis Fukuyama (1992) a pr oclamar el f in de la historia co mo c onsecuencia del
consenso liberal y de l a retirada de regímenes monárquicos, fas cistas o comunistas (p. 11).
Las hipótesis de Fukuyama, popularizadas tras la caída del muro de Berlín, terminarán
adquiriendo la ca tegoría d e manifiesto neoliberal contra la dialéctica hegeliana. Pero el
triunfo del totalitarismo corporativo ya aparece retratado desde posiciones marxistas hacia
la mitad del siglo XX. Theodor Ador no y Max Horkheimer (2007 [1944]) denuncian el
espejismo d e la diversidad y censuran que todos los productos culturales apa recen
armonizados y organizados a través de los mismos rasgos de semejanza. El cine, la radio,
las manifestaciones e stéticas o los p royectos urbanísticos está n supeditados al a petito
99
homogeneizador de la cult ura de masas (p. 133). Casi medio siglo después, Vattimo (1990
[1989]) pone en duda el pesimismo de Adorno y Horkheimer. Aunque reconoce que la
posmodernidad no ha promocionado ninguna gran emancipación p olítica, argumenta que
se han q uebrado los monopolios de inform ación y distintas s ubculturas h an conquistado
espacios de op inión pública. Minorías étnicas, s exuales, religiosas, culturales y estétic as se
han liberado del concepto racionalista de la historia uniformada (pp. 73-87).
Cuando Daniel Bell (19 92 [1960]) ind aga en el agot amiento de las id eologías de los
años cincuent a en Est ados Unidos, detecta una sociedad más interdependiente p ero má s
sola as í como una predisposición a aceptar liderazgos que reconstruyan las viejas creencias
unificadoras. Ya no ha y una élite reputa da cuyos patrones moldean el gusto. En último
término, no solo las comunidades familiares y sociales han perdido sus viejos vínculos sino
que además “se han puesto en cuestión las antiguas creencias particulares, y este vacío no
ha sido llen ado sino por un muy reducido número d e valores unificado res” (p. 24). En una
definición muy celebrada, Jean-François L yotard (19 89 [19 79]) sitúa la posmodernidad en
“la incredulidad con respecto a los metarrelatos” (p. 10). Esos metarrelatos de la
modernidad presentan algunas semejanzas y algunas diferencias con respecto a los mitos.
Es cierto que, igual que los mitos, su finalidad es legitimar las instituciones y las
prácticas sociales y políticas, las legislaciones, las éticas, las maneras de pensar.
Pero, a diferencia de los mitos, e stos relatos no buscan la r eferida l egitimidad en un
acto or iginario fundacional, sino en un futur o que se h a de producir, es decir, en una
Idea a realizar (Lyotard, 2005 [1986], pp. 29-30).
Hay q ue entender el fin de los meta rrelatos, por tanto, c omo la liquidación de los
viejos sistema s d e pensamiento moder no. Esto equivale, además, a situar la
posmodernidad e n la sensación de derrota p olítica de la izq uierda y la demolición de l as
utopías revolucionarias de los a ños 60 (Eagleton, 199 7 [1996], pp. 17 -42). Bell (1977
[1976]) argumenta que el sello distintivo de la década de los sesenta hab ía sido el
radicalismo político y cultural. Lo que en el plano cul tural se m anifestaba como una mera
rebeldía, en el plano político tomaba forma de levadura insurreccional y aspiraba a
instaurar un nuevo or den. L a con tracultura firmó una d écada de antiintelectualismo que
terminó por agotarse en los 70. Aquel fue el fin del mod ernismo (pp. 121-142). En
100
cualquier caso, cabría discut ir hasta q ué punto la posmodernidad s ubvierte completamente
el orden moderno. Douwe W. F okkema (1984 [1983]) ex amina de qué manera el
posmodernismo nace del mod ernismo. Sin embargo, aunque enumera un buen r epertorio
de diferencias, se s iente incapaz de evaluar si la discontinuidad es más notoria q ue la
continuidad. Si autores como Frank Kermode o Gerald Graff han puesto el acento en la
continuidad, tal vez se deba a que han jugado en un nivel demasiado alto de abstracción (p.
38).
Para Gilles Lipovetsky (2003 [1983]), la posmodernidad se caracteriza por un
proceso de indivi dualización inaudit o v inculado a l a apoteosis de la sociedad de consumo.
Es u na era del vacío construida s obre l a erosión de las identidades colectivas, la
evaporación de las ideologías, el hedonismo, la multiplicación d e la información y la
indiferencia. A partir de los años sesenta, ha y un cisma en el orden social de la modernidad.
Ahora el narcisismo obedece al retrato de un re volución individualista e n la que “el
fenómeno social crucial ya no es la pertenencia y a ntagonismo de clases sino la
diseminación de lo social” (p. 12). L a fluidez y la d esestructuración de los lazos
comunitarios son c aracterísticas de nuestro tiempo. Vivimos, de acuerdo a la co nocida
metáfora de Z ygmunt Bauman (2003 [2000]), en una fase lí quida de l a historia de l a
modernidad ( p. 8 ). Esa quiebra de toda solidez y uniformidad parece, también p ara D avid
Harvey (2008 [1990]), la manifestación más sorprendente del posmoder nismo: “su total
aceptación de lo efímero, de la fragmentación, de la discontinuidad y lo caótico” (p. 61).
3.1.2. El cine posmoderno.
El concepto de posmodernidad ha sid o objeto perma nente de polé micas y t ambién
de definiciones a menudo heterogéneas y divergentes. En lo que respecta al cine, la etiqueta
se torna aún más voluble. La aplicación arbitraria e indiscriminada del adjetivo
posmoderno sob re l as películas ha terminado por no significar absolutamente nada. Renato
Luiz Puzzi Jr. (2006) apunta que, desde comienzos de los ochenta, el término s e ha
asignado a filme s tan dispares qu e ha termina do convertido en una apostilla elogiosa o
denigratoria de acuerdo al gusto particular de quien escribe. La designación de cine
posmoderno ha recaído t ambién sobre un repertorio variopinto de obras que desconciertan
101
a l a c rítica y q ue h uyen d e las categorías clásicas. Esta p erspectiva, dice Puzz i Jr., resulta
más interesante (p. 363).
Las manifestac iones artísticas y culturales de la posmodernidad obedecen a la
multiplicación de lenguajes. Ahora lo posmoderno a dquiere matices raciales, de género o
de orientación sexual. Junto al fraccionamiento de las identidades se diversifican también
los códigos y las jergas. Fredric Jameson (1985 [1982]) percibe dos grandes características
en los aut ores posmo dernos. En prim er lugar, s e registra una reacción contra las formas
dominantes del modernismo superior, de modo que la hete rogeneidad de la creación
posmoderna solo adquiere coherencia en el ob jeto contra el qu e reacciona. En segundo
lugar, s e apre cia una erosión de las antiguas fronteras entr e la c ultura su perior y l a cu ltura
de ma sas (p. 16 6). El pastiche s e revela aquí como una de l as expresion es más
características del posmodernismo. En la práctica del pasti che , dice Jameson (1991), se
repiten y se amontonan expresiones artísticas de otros tiempos. Igu al que la parodia, el
pastiche consiste en la imitación de una expresión del pasado. Pero se trata de una
repetición que ha perdido su potencial humorístico. Es “una parodia vacía” ( p. 44). La
cultura po smoderna d el past iche ev oca l a noción de bricolage que Lévi-Strauss (1964
[1962]) atribuye al pe nsamiento mítico. Se trata de una forma de operar que no trabaja con
materias primas sino con materiales elaborados, retazos y sobras (p. 35). Dice Umberto Eco
(1989 [1983]) que toda época ha tenido su propio posmodernismo entendido como
categoría espiritual que sucede a l a gotamiento d e la vanguardia, de lo m oderno. La actitud
posmoderna “c onsiste e n r econocer q ue, puesto que el p asado no puede d estruirse —su
destrucción conduce al sile ncio—, lo que hay q ue h acer es volver a visitarlo; con ironía, sin
ingenuidad” (p. 659).
La tend encia hi stórica a la div ersidad y a la quiebra d e los grandes relatos tiene su
reflejo en la experiencia audiovisual. Así, con la irr upción de la televisión en el espacio
doméstico, e l a udiovisual se convi erte en escenario d e l as nu evas ba tallas cultura les por la
representación. La p antalla refleja y al mi smo tiempo inst ruye una predilección por el
hipertexto, la celeridad y la delicuescencia de los mensajes.
A la acelerada fragmentación de los rela tos —que pone en d iscurso el estallido y
des-centramiento de la ciudad— corresponde una experiencia profana de flujo que
102
desdibuja las fronteras de los géneros y, confundiendo lo nuevo con lo fugaz, exalta
lo efímero como prenda del goce estético (Martín-Barbero, 2003, p. 304).
La inclinación posmoderna hacia el fragmento parece ha bitar en la pr opia
naturaleza cinematográfica. Walte r Benjamin (197 3 [1936]) teoriza q ue el cin e genera una
ilusión de segundo grado como resultado del montaj e. El cineasta se entromete en la textura
de la obra y la mirada de la cámara es “múltiple, troceada en partes que se juntan según una
ley nueva” (p. 44). El cine, dice Alain B adiou (2009 [19 98]), es un arte de la a usencia en la
medida en que seña la l o que muestra p ero también t odo lo que escamotea a l a vista del
espectador. Un filme “opera a t ravés de lo que retira de lo visible; la imagen está, antes que
nada, recortada” (p . 1 27). Pero esa tendencia a l a fragmentación y la di scontinuidad que
manifiesta el cine forma par te de nuestras viv encias psicológicas y de nuestra viv encia del
tiempo. Igual que capturamos fotogramas, c apturamos jirones de realidad y l os insertamos
en la fluidez de nuestra percepción de las cosas. En últ ima instancia, “el mecanismo de
nuestro conocimiento usual es de naturaleza cinematográfica (Ber gson, 198 5 [1907], p.
267).
3.1.3. La narrativa multitrama.
En la sociedad del e clecticismo, la dive rsificación y el pastiche no es extraño que el
lenguaje cinematográfico r efuerce su voca ción atomizada y de recor te. El cine de las dos
últimas décadas ha hecho espacio a una forma de relato que desa fía las convenciones del
cine clásico. Hablamos de narrativa multitrama p ara identificar a una nutrida corriente de
cineastas que han he cho saltar por los aires l a doctrina aristotélica y han postulado un cine
surgido de la r ecomposición de añicos narrat ivos. Son historias guiadas por el caos donde
las miradas únicas se disuelven en tramas paralelas y mundos alterna tivos. El arte facto se
repite c on var iaciones mu lticolores, pero su engranaje es en ese ncia el mismo: diversos
relatos corren de forma pareja, se intercalan, se int errumpen unos a otros y converg en e n
episodios esporádicos. La interrupción de un fragmento narrativo d eja paso a otro
fragmento igualmente aislado e inexplicado, de mo do que no solo se garantiza el suspense
sino q ue a demás se fuerza al espectador a armar un rompecabezas. Es una modalidad
dispersa de relato que se acomoda a la voluntad cale idoscópica de la posmodernidad, a la
103
multiplicación de pun tos de vista y a la nec esidad de reflejar un univers o cua rteado dond e
no e xisten ver dades a bsolutas sin o una miríada de percepciones parciales. La polifonía de
las tramas, las elipsis, las prolepsis y las analepsis contribuyen a reforzar la natura leza
ambigua, inagotable y multidirec cional inhe rente a la obra de arte. Frente a l a vieja
linealidad de los metarrelatos, se alza el relato multipartito de una narrativa tr izada,
laberíntica y caótica.
El entorno académico ha acuñado d iversas fórmulas que caracterizan las nuevas
experiencias n arrativas. Ma ría del Mar Azcona (2009) habla d e género multiprotagonista .
Wendy Everett (2005) propon e el concepto de películas fractales para referirse a obras
regidas por el azar y por los encuentros violentos. Son películas que huyen d e los esq uemas
lineales de la modernidad como Corre, Lola, corre (1998) de Tom Tykwer o Có digo
desconocido (2000) de Michael Haneke. Eleftheria Thanouli (2006, 2008) prefiere el
término de narración post-clásica para re ferirse a una inclinación fílmica posmoderna que,
entre otras características, repele la linea lidad cronológica. Warren Buckland (2009)
recurre al co ncepto de película puzzle p ara referirse a Amores perros y a 21 gramos dentro
de una amplia raza de obras ajenas a la narrativa clásica (p. 11). David Bordwell (2006),
entretanto, ubica estos dos filmes en una familia de narrativas en red (p. 102). En su estudio
sobre el cine posmoderno, M. Keith Booker (2007) incluye Amores perros dentro del gé nero
de películas hiperví nculo ( p. 15). Allan Cameron (2006) sitúa 21 gramos , junto con
Irreversible (2002) de Gaspar Noé, bajo el c alificativo de narrativa modular . Este epígrafe
serviría para calificar películas con un radical desorden cronológico al que el espectador ya
se ha a costumbrado después de obras e xperimentales co mo Memento (2000 ) de
Christopher Nolan (p. 65). P atricia Piste rs (2011) l lama película mosa ico a una tipología de
filme caracterizada por personajes múlt iples, tramas entrecruzados y espacios
fragmentados. Aquí si túa, entre otras, la pel ícula Babel . También Yun-hua Chen (2017)
recurre a l término mosaico y emparenta el primer cin e d e González Iñárritu con la obr a d e
Atom Egoyan, Hou Hsiao-hsien y Michael Haneke. En este a specto, un filme como 71
fragmentos de una cronología del azar (1994) del propio Haneke abre u na senda hacia un
cine confo rmado por r etales n arrativos qu e terminan convergiendo en un a escena
climática.
104
Robert Altman r epresenta un precedente le gendario de c ine c oral y disruptivo. De
hecho, Bordwell (2006) señala Nashville (1975) y Un día de boda (1978) como re ferencias
para toda una genealo gía de películas de destinos convergentes (p. 74). A estos viejos filmes
de Altman habría que sumarle una obra tardía como Vidas cruzadas ( 1993), que consolida
la vocación mul titrama del dir ector. A pa rtir de entonces, o tros autor es han profundizado
en e ste mecanismo. Cabe reseñar filmes como P ulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino,
Magnolia (199 9) de Paul Thomas Anderson, Elephant (2003) de Gus Van Sant o Crash
(2004) de P aul Haggis. En México existe n algunos precedentes de n arrativa desordenada
como La mujer del puert o (1991) de Arturo Ripst ein o El callejó n de los milagros (199 5) de
Jorge Fons. En cualquier caso, son películas donde alguna clase de encuentro fortuito lleva a
establecer conexiones en tre tramas aparentemente independientes. La a usencia de un a
trama ce ntral genera una e structura de panal do nde v arias t ramas son al mismo tiempo
principales y secundarias. El texto fílmico dese ncadena de esta manera una experiencia
diferente a las estructuras clásicas. Impera ahora la interrupción, el fragmento y la
dislocación de la empatía.
Hablamos de una suerte de cubismo cinem atográfico donde la obra s e presenta
desarticulada, donde los fra gmentos adquieren en tidad propia y s e exponen c omo un
amasijo heterogéneo de miradas. Las partes redefinen s u relación con el conjunto e
imponen un desafío intelectual al espectador. Se exige un mayor compromiso con la
intelección. El filme navega en t erritorios nebulo sos de ambigüedad y el visionado se
convierte en una experiencia estética vanguardista y también en un ejercicio de
interpretación. Dice Vi cente Sánch ez-Biosca (1 991) que el mont aje consiste en “la
amalgama de los materiales significantes, en el cosido visible de sus fragmentos” (p. 11). En
la narrativa multitrama, el montaje desempeña el cometido providencial de dotar de
significado a una gramática inacabada de moléculas dispersas.
La expansión de internet está dejando una huella profunda e n las narrativas
fílmicas. En la e dad digital de las plataformas transmedia, c onceptos com o e l hiper vínculo
han permeado lo s relatos cine matográficos d el cambio d e siglo y han allanado e l camino a l
lenguaje audiovisual de las hiperconexiones. La narrativa multitrama se extiende como un
105
rizoma y conforma un mapa de relatos interconectados mediante nexos má s o menos
esporádicos. José Antonio Palao Errando (2013) recurre a l a noción de hipernúcleo para
referirse al “punto e spaciotemporal en el que coincide n todas las líneas argumentales de un
film hipernarrativo” (p. 2 1). A la v ez, l lama subhipernúcleo a “la secuencia que reún e dos o
más líneas narrativas, del total de las que componen un film hipernarrativo” (p. 22). El cine
multipersonaje construye relatos modulares donde los fragmentos se encajan unos sobre
otros. Son historias q ue a menudo conciernen a una pluralidad d e generaciones, p osiciones
socioeconómicas y procedencias geográficas. Las clases acomodadas se entrecruzan con la
clase trabajadora o con las c lases m arginales. Los adolescentes c olisionan con los adultos y
con los ancianos. Los na tivos se e nzarzan con los extranjeros. El centro choca c on la
periferia. El resultado final es una trama de visiones parciales en conflicto.
3.2. El autor y el cine mexicano
3.2.1. Una brevísima aproximación al cine mexicano.
La historia del cine mexican o presenta jalones glorios os a lo largo del siglo XX pero
también conoce períodos de estancamiento y de sequía. Entre 1930 y 1954, M éxico disfruta
de un cine arquetípico cuyos hér oes encarnan pa radigmas que codifican l enguajes,
identidades y conductas. Es u na cinematografía puj ante y alineada con el e spíritu nacional
que se expresa “como way of life , puerta de acceso no al arte o al entretenimiento sino a los
moldes vitales, a la posible variedad o uniformidad de los comportamientos” (Carlos
Monsiváis, 1977 [1976], p. 435). El cine me xicano de la primera mitad del siglo XX
constituye una experiencia colectiva, una suerte de prolongación espectacular y
desfigurada d el imaginario e mancipador de l a Revolución. Po r mucho q ue fuera un cine
reaccionario y suje to a las co nvenciones, su implantación coincide con la n ecesidad de la s
clases populares de sentirse visibilizadas y encumbradas como emblemas de la nueva
identidad nacional.
Entre los años veinte y treinta, el cine reinterpreta la épica popular y
desposee de sentido político a la Revolución.
Después de los años treinta, la comedia ranchera dibuja una e stética
reaccionaria, machista y chauvinista de la Revolución.
112
actores incluye celebridades como Brad Pit t, Cate Blanchett, Gael Ga rcía Bernal y Kōji
Yakusho. La idea original de B abel recoge cinco historias que final mente se reduce n a
cuatro para no acumular un metraje demasiado extenso. González Iñárritu co nsidera este
filme como la culminac ión de su etapa mult iprotagonista y decide que sea la última
incursión en este formato con el fin de e vitar el agotamiento de la fórmula (Deleyto y
Azcona, 201 0, p. 131). El proceso creativo de Babel desencadena, además, la ruptura entre
González Iñárritu y Arriaga después de casi una década de colaboraciones y desa venencias.
Arriaga continuará su propia carrera como guionista y director.
En 2007, G onzález Iñárritu pa rticipa en e l proyecto co lectivo A cada uno s u c ine con
un segmento de a penas cuatro minutos t itulado Anna . Un total de 35 dir ectores firman 33
cortometrajes en este l argometraje coral que co nmemora el sesenta aniversario del
Festival de Cannes. Bajo la dirección de fotografía de Em manuel Lu bezki, González Iñárritu
desarrolla un guion propio e n el que Anna (Luisa Williams) es una joven invidente que
asiste a la proyección de una película. Además de este escueto t rabajo como director,
González Iñárritu produce Rudo y Cursi (2 008) de C arlos Cuarón y Madres e hijas (2 009) de
Rodrigo García. En 2009, dirige para Orange el cortometraje de publicidad Airball .
En 2010, González Iñárritu regresa a la dirección con Biutiful , l argometraje
protagonizado por Javier Bardem y ambientado en Barcelona. Los desencuentros con
Arriaga ha n ser vido de catalizador para que González Iñárritu explore nue vos caminos y en
esta obra desaparecen l as narrativas cruzadas que habían caracterizado lo s fi lmes d e l a
trilogía. Biutiful opta al Oscar a la mejor película d e habla no ingl esa y Javier Bardem es
nominado en l a cate goría d e mejor a ctor. También en 2010, González Iñárritu filma el
cortometraje publicitario Write the future para Nike. En 2 012, d irige Naran ja , un
cortometraje experimental sobre danza roda do con te xtura de vídeo VHS y que cuen ta con
la coreografía de B enjamin Millepied. La pr oductora es Christina Won. G reig Fraser asume
la d irección de fot ografía. En el á mbito de l a publ icidad c omercial, Gonz ález Iñá rritu dirige
en 20 12 el c ortometraje Best job para Procter & Gamb le y e l c ortometraje The things that
connect us para Facebook.
113
En 2014 llega Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) , el quinto
largometraje de González Iñárrit u. Está r odado en N ueva York y cuenta con las actuaciones
de Michael Keaton, Naomi Watts, Edward Norton y Emma Stone. El filme s e convierte en la
obra más aclamada en la 87ª edición de los Oscar y se imp one en las categorías de m ejor
película, me jor director, mejor guion original y mejor fotografía. E n 2015, González Iñárritu
regresa con su sexto lar gometraje. El renacido está protagonizado por Leonardo DiCaprio y
Tom H ardy. La película se presenta con doce n ominaciones a la 88ª edición de los Oscar
aunque finalmente solo se impone en l as categorías de mejor direct or, mejor a ctor (la
primera estatuilla de DiCaprio) y mejor fotografía (Emmanuel Lubezki se convierte así en el
primer cineasta en obtener este condecoración por tercera vez consecutiva). Junto a John
Ford y Joseph L. Mankiewicz, González Iñárritu es ahora uno de los t res directores qu e ha n
obtenido el Oscar a la mejor dirección en dos ediciones consecutivas.
En 2017, González Iñá rritu presenta Carne y arena , una instalación de realidad
virtual exhibida en d iferentes lugares de t odo el mundo. El proyecto gira en torno a la
migración y proporciona al visitan te la s ensación de e star a travesando el desierto de
Arizona. Es tá compuesto por tres estancias: la primera es una s ala d e e spera, l a s egunda es
una ex periencia i nmersiva d e se is minutos y medio y la t ercera es un espacio donde se
invita a r eflexionar sobre lo vivido ( Raessens, 2019, p. 636). En 201 8, González Iñ árritu
dirige un nuevo cortometraje publicitario para Nike titulado N ike: Air moves you .
114
Capítulo 4
Marco metodológico
4.1. Descripción e interpretación
Donatella Della Porta y Michael Keating (2013 [2008]) hablan de dos metodologías
de estudio en las c iencias s ociales. Por una parte, aparecen los métodos rígidos de
inspiración positivista. Por otra parte, emergen métodos más flexibles que abren las
puertas a la interpretación (p. 16). El análisis fílmico no puede escapar a las magnitudes
cuantificables, pero la rigidez de las aproximaciones puramente cuantitativas puede
suponer un obstáculo para la intelección del filme. A l fin y al cabo, nuestra investigación
trata de reconocer aspectos simbólicos en un conjunto cinematográfico. Y el imaginario
debe s er por fuerza sujeto a interpretaciones, dado qu e en las imágenes y en los relatos
subsiste un s egundo sentido c uyas intenciones tenemos que ser capaces de deducir
(Wunenburger, 200 8 [2003], p. 16 ). Coincidimos c on Garagalza (19 90) cuando defiende
que “ no hay conocimiento sin interpretación ” (p. 17).
Francesco Casetti y Federico di Chio (2007 [1990]) e ntienden e l a nálisis fílmico
como un proceso doble que conduce a descomponer primero e l objeto de estudio para
después r ecomponerlo con el objetivo de caracterizar la construcción y el funcionamien to
del filme (p. 17). Francis Vanoye y Anne Goliot-Lété (2008 [1992]) perseveran en la idea
del análisis como viaje de ida y vuelta, de deconstrucción y reco nstrucción. En una primera
fase, es necesario descomponer el obj eto en sus partes constituyentes para poder, en una
segunda fase, comprender l os vínculos que comprometen a las partes entre s í y con el todo
(pp. 11-1 2). Se impon e, por tanto, l a n ecesidad de un doble procedimiento d escriptivo e
interpretativo. La descripción forma parte de la descom posición del fi lme mientras que l a
interpretación asoma durante el e stadio de r ecomposición. Ambas fa ses son solidarias
entre sí, de modo que la piedra angular d el análisis debería consistir en “enfrentarnos tanto
con una operación descriptiva ya orientada hacia la interpretación, como con una actividad
interpretativa basada en la descripción” (Casetti y Chio, 2007 [1990], p. 23).
115
Entre los instrumentos descriptivos, Jacques Aumont y Michel M arie (1990 [1988])
destacan el découpage y la segmentación. E l découpage se refiere al desglose de planos y/o
secuencias n arrativas entendidos c omo unid ades mínimas. La segmentación, por su p arte,
implica la d ivisión e n secuencias entendida la secuencia c omo sucesión de planos con
unidad narrativa (pp. 56-72). Descomponer un filme en unidade s menores abre l a puerta al
análisis de t oda cla se de parámetros: duración y tamaño del plano, movi mientos y ángulos
de la cámara, iluminación, música, etc. La s posibilidades son tan num erosas que obligan a
descartar la exhaustividad y a seleccionar unas u otras variables d e acuerdo a la hipótesis
formulada y a los objetivos perseguidos (Vanoye y Goliot-Lété, 2008 [1992 ], p. 7). Raymond
Bellour (2001 [1976]) e nsaya un método descriptivo mediante una tabla que divide la l ínea
temporal horizontalmente y que reserva las divisiones verticales para recoger p arámetros
como los personajes, la música y las acciones (pp. 207-216). Este sistema nos pr oporciona
un punto de partida para bosquejar nuestro propio método descriptivo.
Entre los instrumentos interpretativos, debemos escoger las herramientas
adecuadas para que el conteo preliminar nos conduzca a una exégesis orientada a nuestros
objetivos. En la filiación de la psicocrítica de Mauron, nuestra metodología debe cuantificar
las metáforas obsesivas que conforman el idiolecto del autor, un mito personal incorporado
a un mito colectivo . Pero la estadística desnuda de l as redund ancias no demuestra ningu na
clase de s ignificado a menos que sepamos interpretarla. Por lo tanto, es preciso un
desplazamiento hacia lo cualitativo. En palabras de Durand (2012 [1996]), se ne cesita un
método cualificativo . Un método que dé cuenta de los algunos datos s ignificativos extraídos
en la descripción y que permita cu alificarlos . Es decir, que posibilite reconocer el valor de la
muestra. Pero para que la cualificación sea posible, es preciso contar con códigos de
referencia, c on una suerte d e le y previamente formulada (pp. 10 9-112). En ese se ntido, l a
clasificación qu e propone D urand (1981 [196 0]) en Las estructuras antropológicas de lo
imaginario nos sumini stra un d iccionario d e isotopías donde inte rviene la lógica cíclica del
ascenso y la caída. Ta mbién Frye (1977 [1957]) proporciona en Anatomía de la crítica una
clasificación sistemática guiada sobre l os p rincipios de la recurrencia y el deseo desde una
perspectiva interte xtual. El m odelo de F rye e s perfectamente solidario con las tax onomías
de Durand. Junto a e stos dos s istemas cualificadores primarios, e l proceso interpretativo
116
nos llama a tender l azos hacia otros para digmas complementarios. Aquí cabe r eseñar la
poética de la imaginación de Bachelard o l os paradigmas narrat ivos de Campb ell (2014
[1949]) y Propp (1 998 [1928]). Por último, el corpus d e mitos b íblicos y clás icos configura
por sí mismo una gramática que comprende y unifica el a cervo creativo de Occidente. La
intertextualidad hacia obras antiguas y co ntemporáneas nos permite dotar de mayor
firmeza a nuestro diagnóstico.
4.2. Hacia una metodología
De acuerdo a los objetivos de esta investigación, nuestra me todología tiene que ser
capaz de organiz ar e interpr etar e l imaginario si mbólico de l a trilogía mediante un modelo
extrapolable a even tuales a nálisis futuros. En este trabajo v amos a separar nuestro ma rco
empírico en d os bloques: u no descriptivo y otro interpretativo. En el ap artado descriptivo,
segmentamos la s tram as de la trilogía e n unidade s na rrativas y reconocemos las imágenes
simbólicas q ue se registr an e n cada segmento. Como no rma general y sin p erjuicio de l a
flexibilidad n ecesaria, e stablecemos e l c orte e n l a se gmentación allá donde la película
alterna entre tramas o donde se produce un cambio s ignificativo de tiempo y de lugar. A
modo de sal vedad, consideramos los montajes alternos como secuencias co n entidad
propia. La se gmentación desigual de las obras tiene que ver con las d iversas estrategias
narrativas empleadas en cada largo metraje. Así, los segmentos de 21 gramos s on más
breves y numerosos mientras que los segmentos de Babel resultan mucho más extensos.
En el a partado interpretativo, sometemos l os resultados obtenidos d urante la
descripción a u na recomposición explicat iva a p artir de una hermenéutica cu alificativa
basada en las clasificaciones simbólicas de Dura nd y Frye. Por una parte, Durand (1981
[1960]) ofrece en un cuadro sinóptico todo un atlas isotópico del imaginar io ( pp. 414- 415).
Sobre este esquema, hemos confeccionado a modo de referencia una clasificación no
exhaustiva de imá genes analizada s por D urand. La adju ntamos en e l apén dice [tablas 1-5].
Por o tra pa rte, F rye (1 977 [1957]) organiza d iferentes i mágenes de la tradición p oética
occidental a pa rtir d e la d ialéctica del deseo y l a repulsión (pp. 187-209). Sobre esta base,
hemos confeccionado una clasifi cación no exhaustiva de imágenes analizadas por Frye.
También la adjuntamos en el apéndice [tablas 6-10].
117
En el apartado descriptivo, armamos una tabla que integra una doble lectura
horizontal y vertical. En un a lectura horizontal, cada fila representa un pasaje fí lmico
extraído de la segmentación de las pel ículas de la trilogía. En una lectura vertical, cada
columna recoge un parámetro correspondiente al segmento analizado:
1. Fórmula alfanumérica del segmento con una re ferencia alfabética que
distingue el filme ( Amores perros , AP; 21 gramos , GR; Babel , BA) y un
guarismo que indica el orden de aparición en el filme.
2. Referencia temporal de comienzo del segmento.
3. Descripción de las acciones representadas en el segmento.
4. Imágenes de la clasificación de Durand que presentan una proyección
simbólica significativa en el segmento.
5. Imágenes de la clasificación d e Frye que presentan una proyección si mbólica
significativa en el segmento.
A modo de ejempl o, ofrecemos aq uí l a caracterización de un segmento de 21
gramos :
1 2 3 4 5
GR13 00h.08'50” Paul está sentado junto a una piscina
vacía. Sostiene un revólver en su
mano.
Automóvil,
revólver
(balística).
Camino, piscina
vacía (ruinas,
desierto), rueda,
camino.
Una vez concluye la descripción, nos adentramos en el apartado interpretativo. Aquí
repartimos la disertación en capítulos donde tratamos de explicar el sentido de cada uno de
los ejes significativos recurrentes detectados durante la d escripción d e la obra. Eso que
Durand (2012 [1996]) llama “núcleos de atracción caracterizados por la redundancia
semántica” (p. 114).
118
Capítulo 5
Marco empírico
5.1. Objeto de estudio
Amores perros , 21 g ramos y Babel c onforman un conjunto f ílmico al q ue se l e han
asignado denominaciones dispares. La han llamado trilo gía de la muerte (Pereira
Domínguez, Solé Blanch y Valero Iglesias, 201 0, p. 114; Petrescu, 2015, p. 92; García
Lozano, 2016, p. 269; Ródenas, 2019, p. 201), trilogía del dolor (Sorolla Romero, 2012, p.
557) o trilogía de la incomunicación (Rent ero, 2007, p. 33). Por su parte, J uan Pellicer
(2010) e lige la noc ión de tríptico porque considera q ue se a comoda mejor al carácter visual
del cine (p. 1 ). El propio González Iñárritu entiende estas tres película s com o una trilogía,
no solo porque comparten una estructura de tramas cruzadas sino porque además son
relatos unidos por la consanguinidad temática de los padres y los hijos (Hagerman, 2010, p.
274).
En el aspecto temático, l a trilogía d esarrolla historias que n arran rela ciones
familiares tortuosas y escenifi can conflictos familiares. Vemos r elaciones furt ivas y
vínculos sociales gobernados por la v iolencia. Otro hilo tem ático es el influjo del azar y las
consecuencias que desata en nuestras vidas. Lo a ccidental y lo causa l se suceden de forma
orgánica. Se explora también el tema del a islamiento y l a incomunicación, la incapacidad de
integración e n un en torno social o doméstico. La t rilogía ca balga sobre el desasosiego y l a
ruptura d e los equilibrios siempre vaporosos de los personajes. Los hilos que s ostienen sus
vidas se cimentan sobre pilares débiles que terminan por derrumbarse ante la irr upción de
un acontecimiento fortuito. El azar desbarata los plan es y d esordena las vidas de los
protagonistas.
El nexo que une las tres películas parece tan to de contenido como de forma . No
obstante, el director prefiere recalcar las di similitudes e ntre las tres obras y sugiere q ue l a
semejanza formal podría ser más a parente que real. To das e llas s on hist orias multitrama
pero cada una presenta un armazón caracter ístico q ue obedece a necesidades particulares.
Así, Amores perros reúne tres historias independientes interconectadas por anzuelos ; 21
119
gramos conforma u na sola historia abarcada desde tres puntos de vista; y Babel ofrece una
urdimbre de cu atro historias dispuestas d e forma s imétrica y ord enada (Pellicer, 2 010, p p.
152-154).
Lo cie rto es que cada uno de los filme s de la trilogía apuesta por una arquitectura
formal diferenciada. En Amores perros , los segmentos discurre n en su propio orden
cronológico. Solo l a analepsis inicial pertu rba la lin ealidad del d iscurso. 21 gramos , a l
contrario, plantea un rom pecabezas sin un hi lo narrativo que pueda considerarse
hegemónico. Aquí el orden temporal se retuerce y se desbarata sin que exista ninguna
referencia central a la que aferrarse. En Babel , por su parte, el orden cronológico de las
tramas de Babel s olo se interrump e d urante una pro lepsis poética qu e r ecupera imáge nes
de Ahmed y Yussef pr evias al desenlace fatal de la trama. El tiemp o de Babel se contrae y
todos los sucesos acaecen de forma ordenada en un breve lapso de tiempo.
Pero las tres películas co mparten t ambién algunas caracter ísticas formales. En
primer lugar, todas e llas despliegan una narrativa e pisódica. C ada obra expone un
entramado de historias qu e convergen en u n suceso accidental. Un cho que de tráfico en
Amores perros y 21 gramos y un disparo en Babel . Tanto Amores p erros como 21 gra mos
desarrollan tres t ramas principales mientras que Babel desarrolla cuatro. Podría decirse
que cada una de las subtramas forma por sí misma un argumento independiente; s olo en el
caso de 21 gramos es posible hablar de un mi smo nudo argumental encarado desde tres
diferentes perspectivas. En todos los casos destaca la intersección de protagonismos
plurales que operan como contrapuntos recíprocos. So n narrativas sin un centro
reconocible don de l o accidental adqui ere un protagonismo s ignificativo. El azar del choque
ata los destinos d e personajes distantes entre sí, mujeres y hombres separados por
infranqueables muros g eográficos, culturales o de clase. El tratamiento d el tiemp o rehuye
la lin ealidad y se instala en una cinética circular constr uida a fuerza de repeticiones y
redundancias.
González Iñárritu reflexiona sobre la estrategia multiprotagonista de sus primeros
filmes y a pela a la t radición li teraria l atinoamericana de Ju lio C ortázar, J orge Luis Borges o
Ernesto Sábato. Ta mbién refiere influencias como Rashomon (1950) d e Akira Kuros awa,
120
Antes d e la lluvia ( 1994) de Milcho Manchevski y Smoke (1995) de Wayne Wang (Deleyto y
Azcona, 2010 , p. 129). De he cho, González Iñárritu confiesa en una entrevista al diario
argentino La Nación que e l punto de partida de Amores perros fue el guion de Blue in the
face ( 1995) de Wayne Wang, Paul Auster y Harvey Wang. Como referentes de la crea ción
fragmentaria adjunta a James Joyce, William Faulkner, Virginia Woolf, Gabriel García
Márquez y Pablo Picasso. También menciona los f ilmes A l final de la escapada (1960) de
Jean-Luc Godard y Vidas cruzadas (1993) de Robert Altman (Batlle, 17 de octubre de 2000).
Tanto Amores perros , co mo 21 gramos y Babel presentan un ha z de historias
arracimadas en tor no a un episodio acciden tal que actúa c omo espoleta y como nudo que
conecta las vi das de los personajes. El m ontaje urde u na c omposición totalizadora d e la
realidad de una ciudad —Ciudad d e Mé xico en Amores perros y la etérea ciudad sin nombre
de 21 gra mos — o d e varios con tinentes —América, África y Asia en Babel — . Se impone la
deconstrucción narrativa fre nte al camino único e ininterrumpido de los relatos clásicos. El
extremo más llamativo es e l de 21 gramos , un f ilme construido como un a rtefacto de
relojería qu e juega a s embrar el desconcierto. Lo s conc eptos de analepsis y prolepsis
pierden aquí su función y s u significado ya que ni siquiera resulta posible identificar una
línea temporal de re ferencia sobre la que rec onstruir un o rden cronológico. Después d e la
trilogía, González Iñárritu se a partará de las narrativas atomizadas hasta el punto de llegar
a explorar en Birdman un p rocedimiento antagónico, e l de l a continuidad abs oluta a t ravés
de un único falso plano-secuencia.
A menudo, la crítica ha si tuado la o bra de González Iñárritu bajo l a etiqueta d e c ine
independiente . Sin embargo, la propia noción d e independencia en el cine se t orna espinosa.
Podría pensarse en p elículas fi lmadas al margen de la industria convencional, con
presupuestos precarios y con circuitos de distribución alternativos. No obstante, una
definición de estas características no serviría para englobar a un filme como 21 gramos , que
cuenta con un reconocido r eparto i nternacional, unas condiciones de pr oducción dignas y
una amplia distribución global. Yannis Tzioumakis (2006) t oma en c onsideración los
problemas de definición en torno a la noción d e cine independiente estadounidense e
identifica una tradición heterogénea pero tan longeva y sólida como el cine de H ollywood.
121
No obstante, las divisiones no son tajantes y las definiciones clásicas resu ltan
problemáticas (pp. 1- 15). Al margen de otros factores, Geoff King (2004) señala las
características formales —estructura narrativa y esti lo visual— como atributos distintivos
que sitúan a 21 gramos en la ó rbita del cine independiente. Celestino Deleyto y María del
Mar Azcona (2010) afirman que 21 gramos presenta todas l as características de un filme
independiente d e comienzos de siglo. D e hecho, la película cuenta c on la producción de
This Is That, d e Ted Hope, y la distribución de Focus Fe atures, de James Schamus. Tanto
Hope como Schamus impulsan desde los noventa el universo cinematográfico
independiente (pp. 2-3). Shaw ( 2013) postula que el lenguaje cinematográfico de la trilogía
responde al influjo del cine independiente estadounidense. La búsqueda de la
espontaneidad y la calculada aparienc ia d e testimonio son atribu tos que encajan en esa
estética (p. 5).
A menudo se ha hablado de c ine t ransnacional par a caracterizar la obra de González
Iñárritu. Este término, d ice Nataša Ďurovičová ( 2009), es una noción que surge a finales de
los años ochenta pa ra llamar la a tención sobre la crecie nte permeabilidad de las fron teras
(p. ix). La vocación transnacional aparece ya en Amores perros , donde s e registra una
mexicanidad univ ersal que q uiere abri rse al mundo más a llá d e los clichés tradicionales y
del cine de postal. Sobre el concepto de mexicanidad en Amores perros , Er nesto R. Acevedo-
Muñoz (2004) resalta e l lenguaje de l a viole ncia y la sexualidad como dos aspectos
tradicionales del cin e mexicano q ue resultan e xportables. El debut de González Iñárritu e n
el largometraj e se abre a l os circuitos de distribución estadouni dense como muestra de
cine global pero conserva todos l os atributos de la mexicanidad en lo tocante a la
caracterización de l as mu jeres, la perspectiva política, las relaciones d e clase y l a e conomía
(p. 39 ). Por su parte, D eleyto y Azcona (2010 ) certifican que la generación d e Gonz ález
Iñárritu, Del Toro y Cuarón muestra una actitud más desapegada hacia la identidad
nacional (p. 6). Marvin D’Lugo (2004), por otro lado, cree que los personajes y las tramas sí
pertenecen a la cultura urbana m exicana pero las estrategias cinematográficas responden
al pulso internacional. El montaje autoconsciente, l os pr imerísimos planos con valor
psicológico y lo s r ecursos musicales y sonoros sitú an a Amores perro s en u na esf era global.
128
asesinarlo. Paul s ale a e ncontrarse con Jack y lo coacciona con el a rma. Sin embargo, no se
atreve a disparar y le exige que se aleje.
Paul siente que su cuerpo rechaza el corazón trasplantado. Experimenta náuseas,
vómitos y asfixia. Le miente a Cristina y le dice que ha matado a J ack. Pero Jack reaparece
ante l a s orpresa de Cristina y le pi de a Paul que esta vez sí dispare. En mit ad de la
confusión, Paul dis para el arma contra sí mismo y queda he rido. Jac k y Crist ina trasladan a
Paul al hospital. Jack asume ante la policía la responsabilidad del disparo pero la policía no
lo cree. Paul muere y Cristina recibe la noticia de que se encuentra encinta.
5.1.2.2. Cristina.
Cristina Peck (Naomi W atts) ha abandonado un t urbulento pasado de dro gadicción
gracias a la intercesión de su marido, un arquitecto llamado Michael (Danny Hust on).
Ambos conforman una familia feliz y acomodada junto a dos hijas llamadas Katie (Carly
Nahon) y Laura (Claire Pa kis). Un día, Cristina recibe la n oticia d e qu e su marido y s us dos
hijas han fallecido en un accidente de tráfico. Ante los requerimientos del personal
sanitario, decide donar el corazón de su marido.
Tras la pé rdida, Cristina reg resa a su vida pasada d e alcohol y drogas. En una noch e
de desenfreno, Pa ul la encuentra ebria y la conduce de vuelta a casa. Él trata de
encandilarla y poco a poco ella va sucumbiendo a su s avances. U n día , Paul l e confiesa qu e
él es el hombre que recibió e l corazón d e Michael. Esta confidencia será el detonante de los
deseos de venganza de Cristina.
5.1.2.3. Jack.
Jack Jordan (Benicio del Toro) es un ex alcohólico y ex d elincuente que e n la
búsqueda de rede nción, ha abrazado e l cristianismo con una o bsesión fanática y se ha
enrolado e n la congregación evangélica d el r everendo J ohn (Eddie Marsan). Allí aconseja a
jóvenes de clase trabajadora para que no cometan los errores que é l cometió. Jack habita
junto a su esposa Marianne (M elissa Leo) y sus hijos F reddy (M arc Musso) y Gina (Teresa
Delgado) en u n barrio p eriférico. Traba ja en un selecto c lub de gol f del qu e será desp edido
a causa de sus tatuajes.
129
El mismo día en que sus familiares y a migos le d edican una fiesta, Jac k atropella por
accidente al marido y las hijas de Cristina y se da a la fuga. C orroído p or la culpa y asediado
por una grave c risis de fe, toma l a decisión de ent regarse a la po licía. Lo encarcelan. En
prisión intenta suicidarse. Cuando p or fin es excarcelado, prefiere no regresar a su hogar
junto a su familia y se impone un exilio e n un motel del des ierto de Nuevo México.
Regresará a casa solo después de haber purgado su culpa con Cristina.
5.1.3. Babel .
Babel desarrolla y entrecruza varias tramas narrativas con la voluntad de conferir
dimensión global al relato. La referencia al mito babélico permite a González Iñárritu
explorar temas como el choque cultural o la incomunicación. Es un proyecto que aspira a
representar l a real idad p olítica y social de comienzos del siglo XXI. Sob revuela la doctrina
del miedo post11 -S y el contexto de la guerra occide ntal contra el mun do árabe. La
distribuidora principal es Paramount V antage. Otras corporaciones com o Media Rights
Capital, P aramount V antage y Anonymous Content lideran la p roducción dent ro de un
conglomerado de empresas donde también p articipan Central Films y Zeta Film, la
compañía de González Iñárritu.
La p elícula cu enta cuatro historias enlazadas por un dispar o. En Marruecos tie ne
lugar t anto la historia de l os p astores locales Yussef y Ahm ed co mo la historia de los
turistas estadounidenses S usan y Richard. La historia de Amelia, Mike y Debbie transcurre
entre Es tados Unid os y México. La trama de Chieko transcurre en Tokio. Igual que e n el
resto de l a trilogía, el azar determina los d estinos de l os personajes de Babel y los
infortunios desatan u n efecto d ominó. La cacer ía d e un ciu dadano japonés en Marr uecos
pone en marcha una sucesión de eventos que terminan con un r ifle en manos de unos
niños. U n disparo inintencionado cont ra un autobús t urístico termina c on una mujer
estadounidense hospitalizada y pone en un aprieto a una migra nte mexic ana que trabaja a
miles de kilómetros de allí y que desea asistir a la boda de su hijo.
En su o rigen, el largometraje llevó e l título provisional de El último dí a porque
Arriaga tenía el propósito de escribir una historia sobre una única jornada decisiva. En el
germen del guion, la hist oria de Marruecos discurría en Tún ez mientras que la t rama
130
japonesa debía ubicarse en Es paña. El guion original p laneaba relatar la historia de una
adolescente española casi invidente que se propone perder la virginidad el mismo día en
que va a someterse a un trasplante de córnea. Al mudar la localización a Japón, Gonz ález
Iñárritu a dapta l as peripecias al nuevo contexto y añade nu evos aderezos (P erea, 2007, p p.
57-59). Antes del roda je también se mo difica el d etonante de l a crisis matrimonial en tre
Richard y Susan. Ya no se t rata de una infide lidad que é l cometió en el pasado, como dice e l
guion original de Arriaga, sino la muerte de un hijo (Hagerman, 2010, p. 276).
El rodaje sigue el orden de la presentación de las tramas. En mayo de 2005, el
equipo visita e l pueblo bereber de Taguenzalt, en el valle del Draa. Después se traslada a
Tijuana. Luego viaja a El Carrizo y al desierto de Sonora. Y por último, filma en Tokio
(Perea, 2007, p. 58). Esa mezcolanza de civilizaciones queda representada a través de cinco
lenguas: árabe, bereber, español, inglés y japonés. A esto hay que sumarle el lenguaje de
signos. Babel también marca el fin de la alianza entre Ar riaga y González Iñárritu. A l
guionista se le prohíbe el acceso al rodaje y su idea original experimenta algunas
alteraciones en la ejecución (Perea, 2007, p. 59).
5.1.3.1. Yussef y Ahmed.
El pastor rifeño Abdullah (Mustapha Rachidi) adquiere un rifle Winche ster del
calibre 270 por el precio de 500 dirhams y un cabrito. Con el p ropósito de a huyentar a los
chacales y proteger s u rebaño de cabras, confía el arma a sus hijos Ahmed (Said Tarchani) y
Yussef (Boubker Ait El Caid). Yussef, e l hermano menor, es un tirador certero que despierta
las e nvidias de Ahmed y que espía a su hermana Z ohra ( Wahiba Sa hmi) mi entras s e
desviste. Los dos hermanos pon en a p rueba el rifle y Yussef alcanza a un au tobús tu rístico.
Conscientes d el error que han cometido, los he rmanos huyen d el lugar y ocultan el su ceso.
La policía marroquí investiga el caso y termina dando c on la familia. Aten azados por el
miedo, Yussef y Ahmed se confiesan con su padre. Además, Ahmed le revela a Abdullah que
Yussef espía a Zohr a. Estalla la c risis familiar y el padre hu ye d e la casa junto a su s dos
hijos. S e esconden ent re las rocas del d esierto pero la p olicía los localiza. Yussef dispara
contra l os age ntes y ellos responden di sparando con tra Ahmed. Ahmed cae derribado y
Yussef se entrega.
131
5.1.3.2. Amelia, Mike y Debbie.
Amelia (Adriana Barraza) es una migrante mexicana que t rabaja interna en una casa
de un barrio residencial de S an Diego. Es la nan a de Mike (N athan Ga mble) y de Debbie
(Elle Fanning), los hijos de Susan y Richa rd. Cuando se dispone a regresar a México para
asistir a l a boda de su hijo, A melia recibe una llamada que trunca su s p lanes: Richard se
encuentran en Marruecos junto a Susan y le exige a la nana que permanezca en San Diego a
cargo de lo niños. A melia int enta encontrar a alguien qu e pueda asumir la encomie nda.
Como no lo consigue, decide llevarse co nsigo a Mike y a Debb ie. El sobrino de Amelia,
Santiago (Gael García Be rnal), los conduce a l otro lado d e la frontera. La b oda se prolonga
hasta e ntrada l a noche. Entonces, Santiago, Am elia y los ni ños e mprenden el camino de
retorno. Pero en el control fronterizo experimentan problemas con las a utoridades
estadounidenses. La inspección del vehículo es minuciosa. Un policía sospecha que
Santiago conduce ebrio y t rata de prolongar el e scrutinio. Santiago aprovecha un d escuido
para acelerar y darse a la fuga. Con el propósito de que Amelia y los niños eludan la caza
policial, los ap ea en mit ad de un páramo y prosigue su escapada. Cuand o amanece, Amelia,
Mike y Debbie se encuentran perdidos y debilitados e n mitad del desierto. Final mente, las
autoridades dan con ellos y tramitan la deportación de Amelia a México.
5.1.3.3. Susan y Richard.
Susan (Cate Blanchett) y Richard (Brad Pitt) se desplazan a Marr uecos con la
esperanza de sobreponerse al mal trago de la muerte accidental de Sam, su hijo recién
nacido. En su domicilio de San Diego pe rmanecen sus o tros dos hijos, Mike y Debbie.
Mientras viajan en autobús po r una zona desértica, Susan recibe el impacto de una bala a
través de l a ventanilla. Comienza a d esangrarse y se e xtiende el pánico e ntre los demás
turistas. Puesto q ue no existe un ce ntro sanitario en las inmediaciones, el autobús se des vía
hacia la aldea de Tazarine. Allí Susan podrá ser atendida por la ab uela de Anwar (Mohamed
Akhzan), el g uía d e la expedición. Ap remiado por l os turistas, el autobús termi na
abandonando a la pareja en T azarine. U n veterinario acu de a coser la incisión del hombro
de Susan y logra contener la hemorragia mie ntras R ichard concierta un r escate con la
132
diplomacia estadounide nse. Por fin, un helicóptero aterriza en el poblado y transporta a los
dos turistas hasta un hospital de Casablanca.
5.1.3.4. Chieko y Yasujiro.
Chieko Wataya (Rinko Kikuchi) e s una ado lescente sordomuda que vive e n Tokio
con su padre Yasujiro (Kōji Yakusho) y que arrastra e l trauma del suicidio de su m adre.
Cuando disputa un partido de voleibol, el árbitro le muestra la tarjeta r oja tras una
discusión. Su expulsión precipita la der rota d e su equipo. En el vestuario, algunas de sus
compañeras le recriminan su a ctitud y bromean so bre su virginidad. Entonces Chieko se
obstina en conseguir experiencia s exual. A cude al restaurante J-Pop junto a su amiga Mitsu
(Yuko Murata) y busca la atención de otros adolescentes. Intenta seducir con brusquedad a
su dentista. Coquetea con un joven que termina besándose con su amiga Mitsu. Finalmente,
se desnuda fr ente a K enji (Satoshi Nik aido), uno d e los dos policías que investigan el rifle
que Yasujiro regaló a Hassan d urante una cacería en Marruecos y que terminó en ma nos de
Yussef.
5.2. Marco descriptivo
En este apar tado, comen zamos a aplicar la metodología p ropuesta. Con la intención
de no int errumpir la flui dez d e la lectura, he mos relegado al Apéndice las tablas
correspondientes a la segmentación y a la caracterización de símbolos. En nuestra
clasificación [tablas 10-12], dividimos el ob jeto de estudio en fragmentos me nores y
organizamos todo su a rsenal simbólico. Este modelo d escriptivo nos a yudará a disponer de
una cartografía de imágenes, esquemas y arquetipos para cada uno de los filmes sometidos
a análisis.
5.3. Marco interpretativo
5.3.1. Dialéctica de la luz y de la sombra.
El imaginario de Amores perros , 21 gramos y Babel reproduce una cosmovisión
contrastante y polarizada q ue en la clasificación de Durand sintoniza con las antinomias del
régimen diu rno de la imag en. Se impone l a lógica diarética de la separación, de la fi sura
maniquea. Durand (1981 [1960 ]) distribuye e l repertorio simbólico del régimen d iurno
133
sobre la d ualidad tradicional d e las luces y l as sombras (p p. 61-62). E sta fractura entre e l
día y la noc he, entre lo l uminoso y l o tenebroso, impregna toda l a tradición narrativa
cristiana y vertebra l a c osmogonía b íblica ( Génesis , 1:4-5). Denis de Roug emont (1945
[1939]) c onstata que la a ntítesis d e l a l uz y las tinieblas comparece en diferentes culturas
de tod o el mundo y s e encuentr a en los cimientos de las mitol ogías indoeuropeas. B ajo
formas diversas, se manifiesta “un dios de la luz increada, intemporal y un dios de
Tinieblas, a utor del mal, que domina toda la creac ión visible” (p p. 65-66). En el r égimen
diurno de la imagen se articula todo un inventario de expresiones antitéticas qu e
responden a dos polos antagónicos de naturaleza moral. Porque el dualismo de las luces y
las sombras es isomorfo de los e squemas del ascenso y de la ca ída. El cielo y e l infierno.
Dios y el Diablo. El sueño y l a pesadilla. El deseo y l a repulsión. Un examen pormenorizado
del capital simbólico d e la trilogía n os permitirá desentrañar l as implicaciones discursivas
de varios pares de universos en contraste.
En la filmografía de Alejandro González Iñárritu se configura una retórica
ascensional y luminosa revestida de valorizaciones benéficas y un a retórica de la ca ída y la
oscuridad que a capara las connotaciones denigratorias. La vieja pugna en tre el b ien y el
mal se dirim e en esquemas direccionales de elevación y descenso. El h éroe mítico trata de
zafarse de un univers o de restricciones y emprende una salida ascensional. A briga la
esperanza de aproxim arse a su concepción de lo divino. Le mu even una s ansias viscerales
de poder, de riqueza, de libert ad, de conocimiento, de inmortalidad. P ero las aspiraciones
obsesivas acarrean la conculcación d e alguna clase de interdicción, de modo q ue el héroe
termina expulsado de las alturas mediante un d esplome l esivo que lo sume e n una muerte
literal o s imbólica. La d esaparición. La reclusión. El destierro. El personaje debe resignarse
a asumir los márgenes estrechos de la condición humana porque a nhelar los atributos de
los d ioses es una osadía que jamás queda impune. Pero donde existe caída, germina la
posibilidad del renacimiento. El héroe vulnerado, significado por una vieja mancha o
pecado, s e e ntrega ah ora a la expiación de sus pen as a través de un itine rario purif icador.
En el bautismo muere e l viejo infractor y emerge como en un segundo nacimiento un héroe
nuevo reconciliado con la comunidad y con s us exigencias normativas. Se completa as í el
134
ciclo estacional del agotamiento y de l a renovación. De la ruptura y de la reparación de las
formas. Es el tiempo mítico y ritual del eterno retorno.
Hemos e xpuesto como hipótesis p reliminar que existe un fundamento mítico común
a toda la trilo gía. Y que las narrativas de los tres largometrajes reproducen esquemas de
caída y redención adscritos a la tradición moral del acervo b íblico y clásico. Como
consideración previa a la interpretación de las imáge nes, r esulta pertinente adelantar un
comentario sobre algunas decisiones técnicas que modelan la estrategia visual de los
primeros filmes de González Iñárrit u. Al fin y al cabo, también en el d epartamento de
fotografía se fragua el imaginario de un filme. Recursos e stilísticos como el tratamiento del
contraste y el grano, el dinamismo de la cá mara, la paleta de c olores o las corre cciones
fotoquímicas y d igitales se han puesto al servicio d e una determinada voluntad estética e
iconográfica. Y en Amores perros , 21 gramos y Babel , l a dirección de fotografía se decanta
por consolidar el régimen del conflicto y de la antítesis.
5.3.1.1. Contraste y grano.
Bajo la dirección fo tográfica de Rodrigo Pr ieto, la vieja d ualidad entre la luz y la
sombra se e xtiende desde la esfera temática hasta los procedimientos formales. En primer
lugar, cabe desta car el proceso de t intado bleach bypass (o skip-bleach ), que elude el l avado
en plata del negativo con la intención de extraer una imagen más contrastada además de
unos colores más parduscos (Perea, 2007, p. 55). 9 El tratamiento acentúa e l grano y genera
una textura que se aproxima al b lanco y negro. To dos los negativos t anto de Amores perros
como d e 21 gramos fueron s ometidos a e ste artificio fotoquímico. En Babel , sin embargo, l a
manipulación se limitó a las tramas marroquíes y l a apariencia de bleach bypass hubo de
ser recreada m ediante el softw are Discreet Lust re (Bosley, 2 006; Tie rney, 2009, p. 112). El
ajuste exacerba la rudeza del desierto y subraya el calvario de los personajes.
9 Con motivo del 20 aniversario del estreno de Amores perros , González Iñárritu anunció que se encontraba
restaurando el mate rial original de la película. Al haber sido p rocesado con retención de plata, el negativo
se e ncontraba d añado y ha bía perdido los colores con que fue concebido. De igual manera , el tránsito del
celuloide al vídeo derivó en un tono más amarillento y menos contrastado que la nueva edición del filme
trata de corregir. En la restauración se incorpora además una nueva mezcla de sonido. Las restricciones
aparejadas a la pandemia mundial de Cov id-19 han e ntorpecido los fastos d el vigésimo aniversario, que
contemplaban la proyección pública de la nueva versión de Amores perros en el Z ócalo de la Ciudad de
México en diciembre de 2020 (Quién, 16 de mayo de 2020).
135
Dolores Tierney (2009) llama la atención sobre una singularidad q ue separa Amores
perros y 21 gramos del cine más convencional. En lugar de mantener una sola clase de
película durante tod o e l metraje, Pri eto e scoge diferentes stocks con fi nes e xpresivos y así
recalca las dive rgencias sociales y e mocionales. C omo criterio general, las películas rápidas
(con m ás grano , má s realistas y auténticas) acompañan a los personajes marginales y a las
escenas más viscerales. En cambio, las películas l entas (más artificiales y me nos
contrastadas) acompañan a los personajes de clase acomodada y a las escenas sosegadas
(pp. 105-106). Amores perros , por ej emplo, segrega a los personajes d e acuer do a sus
condiciones ma teriales. Prieto r ecurre a l grano de la Ko dak Vision 800T 5289 duran te las
tramas de figuras proletarias o lumpenproletarias como las de Octavio y el Chivo. Al
contrario, el mundo idealizado de Valer ia presenta un aspecto límpido gracias a un stock
Kodak Vision 250D 5246 y otro Kodak Vision 500T 5279 (Oppenheimer, 2001, p. 24).
En 21 g ramos , los contrastes responden más bien a fundamentos emotivos. El
recurso del grano t ambién e s sig nificativo y s ubraya las escenas más vibrantes y
turbadoras. Prieto emplea un stock Kodak Vision 25 0D 5 246 en las escenas más
esperanzadoras de Paul, es decir, en a quellas que suceden al trasplante y en el grueso de
sus apa riciones junto a C ristina. Para las e scenas n octurnas de la p areja se elige una
película Kodak Vision 500T 5279. Cuando se comp lica la trama, aparece el grano más
severo de la Kod ak V ision 800T 5289. P or o tra parte, al segmento de Jack s e le aplica una
emulsión 5279 durante e l primer tercio y una 5289 a partir del accidente de tráfico. El
tránsito s e produce en mitad de la fiesta de cumpleaños. Para capturar el optimismo
familiar, Prieto obtiene un bajo co ntraste con la emulsión 5279. Como contrapunto, cuando
Jack aparece en el exterior de la casa después de hab er atrope llado al marido y a l as hijas
de Cristina, la emulsión 5 289 incrementa el contraste y el grano [GR33 ]. Esta mi sma
emulsión gra nulosa reaparece en el encuentro climático de los tres personajes en el motel
de Nuevo México [GR18, GR103] (Calhoun, 2003 ).
En Babel , Prieto selecciona ocho stocks diferentes para p roporcionar matices
particulares a cada uno de los segme ntos. En Marruecos pers igue una a tmósfera de
dificultad y c ierta su ciedad. No obstante, el grano se a tenúa en la trama de Yussef y Ahmed
136
con la intención de establecer una dife rencia con la tram a de Susan y R ichard. González
Iñárritu filma en Super 1 6 mm con una emulsión Kodak EXR 5 0D 7245 (de grano fino para
los exteriores con los niños), una Kod ak EXR 100D 7 248 (un stock c on grano visible qu e
capta a Susan mientras es atendida en la casa d e Anwar), una Kodak Vision2 250D 7205
(para l os interiores diurnos) y una Kodak Vision2 500T 7218 (para dos interiores
nocturnos y para una s imulación de l a noche). Dura nte una sección nocturna e n Marruecos,
Prieto utiliza un stock rápi do Kodak 800T 5289, que e ntrega esa imagen granulosa ya
experimentada en Amores perros y Babel . Para el rescate en helicóptero busca un stock
rápido pero sin demasiado grano, de mo do que termina rod ando en 35 mm con Ko dak
Vision 800T 5289. La t rama mexicana se registra en 35 mm con una película Kodak Vision
500T 527 9 for zada un paso d e di afragma inc luso e n e xteriores diurnos. Prieto o btiene así
un grano s imilar en cantidad al que ofrece la 7248 pero más pequeño y áspero. Sin
embargo, surge e l desafío d e filmar l a n oche durante el cruce de la f rontera. Los interiores
nocturnos en el a utomóvil y el contraste del desierto tan solo iluminado con la linterna de
Amelia plantean un reto técnico. Prieto se decanta entonces por una emulsión Kodak Vision
Expression 500T 52 29 forzada un paso de diafr agma. En Japón, con el cometido de e xaltar
el aislamiento de Chieko, el rodaje se lleva a cabo con u na Panavision Millennium XL, con
una pel ícula Kodak Vision2 500T 5218 forza da un paso de d iafragma para obtener cierto
grano y con ópticas anamórficas de serie C que arrojan un aspect ratio final de 1.85:1. La
trama japonesa reproduce un baj o contraste inspirado e n la fotografía d e Rinko Kawauchi
(Bosley, 2006; Hagerman, 2010, p. 276; Kaufman , 2006). A grandes rasgos, el co ntraste alto
y el grano — en mayor ca ntidad, tamaño y aspereza— transmiten inestabilidad, di scordia y
pobreza mientras que e l contraste b ajo y la nitidez apelan a la felicidad y a la prosperidad
económica.
5.3.1.2. La agitación y el reposo.
También la e stabilidad de la cámara suministra un a par ámetro distintivo y azuza la
dialéctica entre el estatismo y el movimiento desordenado. En la clasificación durandiana
del imaginario, la agitación es isomorfa de las sombras y presenta valorizaciones de
repugnancia asociadas a nuestra aversión innata al cambio (Durand, 1981 [1960], p. 68). El
137
dinamismo violento reaviva el pavor a la pérdida de verticalidad y a la caída. Al contrario, la
experiencia del reposo se asimila a los valores benéficos d e la intimidad. Distinguimos de
esta forma dos clases de e xperiencia cinética: la del equilibrio y la del d esplome. En esa
dicotomía pue den apreciarse todos los val ores polarizados de la co lisión ent re la l uz y las
tinieblas.
El recurso de la cámara en mano es una decisión estilística sostenida a l o largo d e
toda la trilogía. Se trata de comunica r una sensación de testi monio próxima al d ocumental
y una espontaneidad hermanada con el vídeo amateur . Señala King (2004) que e l cine ind ie
persigue e ncuadres dubitativos, una visión restr ingida y zooms repentinos que recrean la
impresión de que el camarógrafo está capturando los suceso s a m edida que se desarrollan
ante la cámara y s in la planificación tradicional del cine de ficción (p. 88). González Iñárritu
defiende que la cámara al hombro consigue una experiencia más próxima al modo en que el
ser hu mano e xperimenta el mun do. Fre nte a las a cusaciones d e a rtificialidad, e l di rector
mexicano argumenta que son otras modalidades como la dolly , la grúa o el trípode las q ue
resultan antinaturales (Deleyto y Azcona, 2010 , p. 132).
La presencia inquieta de la cámara imprime confusión al despliegue de planos
cerrados que niegan contexto a las esce nas y que ponen la mira en lo gestual y en las
vivencias ínt imas de los personajes. A me nudo, el montaje vigoros o incide e n esa e stética
de la conmoción. Si el contraste y el grano participan del maniqueísmo general del régimen
diurno de la imagen, l os movimi entos indisciplinados de la cá mara respon den al esquema
teriomorfo de lo animado. Aquí concurren la vitalidad a nárquica del hormigueo o la
sacudida e nérgica del galope. La c ámara impetuosa despierta un mi edo i rracional a l caos y
alimenta l a angustia ante lo impr evisible. D urante las escenas más atormentadas, se aviva
una iconografía demoníaca de convulsión y c astigo. La efervescencia nos descom pone y
alienta el vértigo porque no somos capaces de aprehender lo que se mueve sin orden.
En Amores perros , los m ovimientos de cámara discriminan a los personajes
conforme a s u e xtracción social. Tierney (2009) ad vierte que el operador es más brusco en
los s egmentos de O ctavio y el Chivo. La agi tación r epresenta la m arginalidad desde una
voluntad de realismo. Además, el procedimiento trabaj a al unísono con el alto contraste y el
144
latino y variedades azules para el personaje nativo de clase acomodada. Este lugar co mún y
sus valores emocion ales s e enraízan en los procesos de tin tado que experim entaban las
películas durante la segunda década del siglo XX. P or e ntonces, e ra un recurso socorrido
teñir d e az ul las escenas nocturnas mientras que las escenas rurales se cubrían d e amarillo
(Mitry, 2000 [1963], p. 227).
Los colores de 21 gramos se distribuyen de ac uerdo a personajes, lugares y e stados
de ánimo. El azul de P aul pene tra e n los ho spitales, en l as máquinas q ue prolongan su vida
y e n la relación desapasionada que mantiene con Mary. Es el color d e la esterilidad y de los
procedimientos asépticos de la reproducción as istida. Es el color de la muerte, pero
también de la libertad que sugieren los pájaros alzados en vuelo o de la piscina don de
Cristina se refugia y aplaca su aflicción. El naranja alía a Cristina y a Jack en sus felicidades e
infortunios. Es el color que adopta la culpa de Jack tras el atropello. Es el color d e s u
abandono en una ha bitación de un motel. Ese n aranja vira hacia el rojo cuando Cristina
sucumbe de nuevo a las drogas. El mismo rojo d e la tentación y los neones. En la escena
climática de 21 gramos , cuando los tres pe rsonajes comparten por fin un único e spacio
físico, se impone un rojo a naranjado. Por ú ltimo, e l color most aza a capara las p eores
connotaciones de la película. Indica muerte y desesperación (Shaw, 2013 , pp. 125-131).
Es interesante d estacar el motivo r eiterado del ve stido rojo, qu e en 21 gramos
introduce una marca de peligro sobre Ana, la mujer que surte de estupefacientes a Cristina.
En Ba bel , el vestido rojo a compaña el episodio amoroso de A melia e n México pero también
su infracción e n la frontera. En este a partado, c abe mencionar las investigaciones que
discuten los ef ectos del color rojo c omo reclamo sexual f emenino en diferentes primates
(Elliot y N iesta, 2008; Guéguen, 2010; Niesta, E lliot y Feltman, 2010). Rojo es también e l
vehículo infractor de Santiago. De una variante r oja es la chaqueta que porta Yussef frente a
la claridad ca ndorosa de la ropa de su hermano. Es e l rojo de la s angre d e Susan, que
destaca sobre las r opas claras y qu e rima con la sangre de la g allina decapitada por
Santiago [BA26, BA27]. Igual que 21 gramos , Babel apuesta por el contraste entre colores
para dot ar de personalidad propia a cada una de las t ramas. En est a o casión, l a separación
cromática de las histor ias implica la concesión de un color particular a cada espacio
145
geográfico. Por sugerencia de Brigitte Broch, Marruecos a parece t eñido d e un r ojo chedron,
México se pinta de un rojo vivo y en J apón predomina el violeta. La trama africana presenta
colores más deslavados que las demás (Hagerman, 2010, p. 276). En esta ocasión, al
contrario de lo que ocurría en 21 gramos , no existe una oposición cromática radical ni u n
contraste incisivo entre colores complementarios.
5.3.2. Heterotopías.
En s u dimensión más elemental, el imaginario de González Iñárritu puede repartirse
en dos gra ndes constelaciones s imbólicas: la esfera de lo deseable y la esfera de lo
repulsivo. La trilogía presenta relatos que transitan entre e xtremos opuestos de la
experiencia humana y que s e polar izan en camp os semánticos contrastantes. La c laridad y
las tinieblas. El ascenso y la caída. Imágenes d e valorizaciones benéficas e imágenes de
connotaciones aciagas. Es valioso esclarecer si esa bipartición simbólica tiene una
plasmación en la representación del espacio. Si a lo largo de Amores perros , 21 gramos y
Babel entra en jue go una dialéctica en tre el locus am oenus de los sueños y el locus h orridus
de las pesadillas infernales.
En “El idiom a analítico de J ohn Wilkins” (198 1 [1960]), J orge Luis Borge s me nciona
una enciclopedia china y su clasificación a rbitraria de l os dif erentes tipos de animales (pp.
104-105). El hallazgo d espierta el interés de Michel Foucault (2005 [1966]) y lo a nima a
reflexionar sobre lo heteróclito. Las utopías proyectan universos maravillosos y bien
dispuestos; las heterotopías , en ca mbio, so n el e spacio inquietant e de lo innombrable. Esas
heterotopías tan frecuentes en la obra de Borges, “desatan los mito s” (p. 3 ). Harvey (2008
[1990]) rescata el concepto de heterotopía de Foucault para e xplicar la coexistencia de
mundos imposibles en el cine. Terciopelo azul (1984) de David Lynch r epresentaría un
ejemplo de filme posmoderno e n que el protagonista cabal ga entre dos mund os
incompatibles: un mundo epidérmico de comodidad y apariencias y un mundo recóndito de
locura y sordidez sexual. Es precisamente la colisión final entre dos territorios
inconciliables lo que desata la catástrofe (p. 66). Esta p ercepción de los universos
antagónicos se alinea con el maniqueísmo del régimen d iurno de la imagen y encaja con los
planteamientos de nuestra trilogía. En ese aspecto, Paul Julian S mith (200 3) señala qu e el
146
guion de Amores perros está fundado sobre un si stema de o posiciones binarias: blanco y
negro, rico y pobre, bueno y ma lo ( p. 3 2). Además, González Iñárritu fue imaginando el
universo del filme e n un álbum de recortes e intuy ó u n modelo de montaje b asado en e l
contraste gráfico d onde lo sórdido se yuxtapo nía a lo elegante (p. 58). El contraste
maniqueo y la c olisión ent re univ ersos son dos pi lares sobre los que se cons truye la
trilogía.
5.3.2.1. Catábasis.
El monomito de Campbell ( 2014 [1949]) organiza los relatos en una división
tripartita de partida-iniciación-r egreso que implica una bipartición entre un mundo
ordinario y un mundo extraordinario (p. 45). Esa segregación entre dos territorios
inconciliables coincide con el si stema de antinomias de l régimen diu rno de la ima gen. El
héroe abandona el terreno i luminado de la realidad conoc ida y se adentra en los domini os
de la aventura, en un universo incógnito sobredeterminado por la incertidumbre de la
oscuridad y de la noche.
Existe una longeva tradición narrativa en torno al viaje hacia otros mundos. El ser
humano ha imagi nado territorios de pur a fa ntasía a l os qu e s e a ccede d espués de haber
franqueado algún obstáculo o accidente natural a menudo custodiado por seres
prodigiosos. En mucha s ocasiones, la penetración en un universo heterotópico adquiere l a
forma de catábasis , de descenso al reino d e las sombras. Esa aven tura arquetípica al Otro
Mundo a parece documentada en la mitología oriental, clásica, celta y germánica y se
prolonga hasta la literatura de nuestros d ías (Patch, 1956 [1950]). S e trata de un mot ivo
que García Gual (19 81) denomina V iaje al Mundo de los Mu ertos , aventura crucial d e los
mitos heroicos reservada al Ele gido . En ese Más Allá vedado al r esto de los mortales, el
héroe se encuentra co n la eternidad después de un periplo de obstáculos, ayudantes y
enemigos. Una vez el héroe ha culminado su búsqueda, regresa con el botín —cuando no se
lo arrebatan po r el camino— (pp. 26-29). E s patente e l isomorfismo e ntre los domini os
infernales, la cavidad terrena y la oscuridad. La l iteratura griega arcaica y clásica pinta el
infierno como un espacio subterráneo y teneb roso (Bonnefoy, 1996 [1981], p. 180). En la
147
Ilíada , el Hades gobierna las “brumosas sombras” (XV 191, p. 6 35; XXI 56, p. 885) 10 y el
cuerpo del difunto Pa troclo desciende al “oscuro poniente” (XXIII 51, p. 958). Ese espacio
subterráneo es para Durand (1981 [1960 ]) “la reducción microcósmica del Tá rtaro
tenebroso y de los meandros infernales” (p. 113).
En Amores perros , los personajes se sumergen en diversos inframundos poblados de
criaturas temibles. Octavio sobrevive en el mundo ordinario d e su núcleo fa miliar e ingresa
en la excepción clandestina de las peleas de perros, donde re ina la tensión de los egos, la
violencia y la sangre. Valer ia sobr evive en el mundo ordinario de la exposición televisiva e
ingresa en la intimid ad terrorífica del nuevo hogar y de los ho spitales mientras Richi se
precipita en una cavidad pavorosa de sombras y r atas. Gustavo Miranda abandona sus
quehaceres financieros para saldar cuentas con su medio hermano y se int erna en la
sordidez infernal de la guarida del Chiv o. Al contrario, el Chivo abandona el mundo
ordinario de la marginalidad y la delincuencia para t ratar de reintegrarse en el mundo
familiar de su hija Maru.
En 21 g ramos , l os páramos desérticos de Nuevo Mé xico as umen el estatus de
universo infer nal y subalterno donde l os personajes acuden a saldar cuentas con el pasado.
Ese campo yermo representa e l purgatorio de Jack pero t ambién acoge el viaje desce ndente
de Pa ul y Cristina hacia la venganza y el crimen. Aquí se ratifica el iso morfismo entre la
caída, la e xpulsión y el t erreno baldío. Jack vive en el mundo ord inario de l a familia y la
comunidad religiosa hasta que un accidente d e tráfico lo conduce a la prisión y al e xilio de
Nuevo México. Paul es un hombre moribundo a caballo entre el hogar conyu gal y e l hospital
hasta que un trasplante lo lleva a explorar el universo peligroso de Cristina. Cristina
convive c on su famili a en un barr io idílico d e la ciudad hasta qu e la p érdida de s u esposo y
sus hijas la conducen a una e spiral de destrucción y venganza qu e culminará en un motel
destartalado de Nuevo México.
En Babel , las he terotopías presentan resonanc ias de an tagonismo p olítico y cu ltural
entre cuatro pa íses repartidos en tres continentes. Amelia, Mike y Debbie habitan el mundo
ordinario de los chalés a jardinados de San Di ego e ing resan en la excepción caót ica d el
10 Para las c itas de la Ilíada de Homero remitimos a la edición y la notac ión de Antonio L ópez Eir e en
Homero. (2008). Ilíada (14ª e d.). Madrid: Cátedra.
148
norte de México. Ta mbién Susan y Richard viven e n el mundo ordinario de San Diego, pero
ellos se ave nturan en un a ccidentado periplo marroquí. En una suerte de descenso turístico
al mundo d e las sombras, acceden a la heterotopía rural de Ta zarine, trasunto del poblado
bereber de Taguenzalt. En ocasiones, el nu evo mundo de las pr uebas y las aventuras no
corresponde a un estricto universo físico sino a una multiplicidad de espacios o a un estado
emocional. El d isparo de Yussef no a carrea un t raslado geográfico p ero arranca a la famil ia
bereber de su pacífica rutina para sumirla en una vorágine de culpa, agitación y huida.
Tampoco Chiek o se desplaza a otras latitudes, sino qu e s e entr ega a l a b úsqueda de un
encuentro sexual dentro de sus escenarios cotidianos.
La simbología de la penetración en un abismo infernal tiene basamentos míticos y se
extiende a lo largo de toda la historia de la literatura. Es el motivo de A journey to the world
under-ground by Nicholas Klimius (1755 [17 42]) de Lu dvig Holberg, que a su vez inspira
“Un descenso al Maelström” (1981a [1841]) de Edgar Allan Poe. La lógica de d escenso a l
inframundo persiste e n la nove la Viaje al c entro de la tierra (2009 [18 64]) de Ju lio Verne o
en La vorágine (2006 [1 924]) de José Eus tasio Rivera, dond e el infi erno toma la fo rma de
selva amazónica en plena fiebre del ca ucho. Se genera así toda una red de relaciones que
vinculan la metáfora de la caída a l ingreso en el subsuelo y, en definitiva, al viaje hacia el
averno. En las entra ñas del planeta o en la sel va antropófaga se repr oduce el arquetipo d el
estómago del pez. Apunta Bach elard (2006 [1948 ]) que la imagen del vientre es muy
sensible a la d ialéctica de valores co ntrarios. Así, el interior d el pez metaforiza e l pavor
inconsciente del a venturero a precipitarse en un abismo devorador (pp. 188-189).
Amparándose e n postulados freudianos, Durand (1981 [196 0]) asimila la ma sticación a la
prohibición, al pecado y a la caída. Se trata de un deslizamiento de la idea del abismo hacia
significados morales. En e ste caso, “e l vientre es e l microcosmos eufemizado del ab ismo”
(p. 111).
En Amores perros , r econocemos una C iudad de México superficial de convenciones
sociales y relac iones r egladas p ero detectamo s también un alcantarillado don de las clases
marginales apuestan su dinero en activi dades clandestinas y donde los yuppies del
capitalismo tardío acuden a saldar sus cuentas al margen de la ley. En 21 gramos , existe una
149
ciudad civilizada y sujeta a las norm as de conviv encia pero también una zona leja na y
desértica donde se coquetea con el crimen. Toda gran ciudad precisa de un sistema de
saneamiento que garantice la preservación de las apariencias sin sujeciones legales. Aquí se
congrega t odo a quello q ue la urb e expele. La ima gen se repite en Babel con una dimensión
global. San Diego y Tokio representan espacios urbano s de prosperidad, limpieza y orden
moral. Al contrario, México y Marruecos despliegan el imaginario de la cl oaca, donde se
impone la agitación tumultuosa [BA24] y donde la higiene es precaria [BA12]. Aquí
terminan expulsados, igual que un residuo, todos aquellos seres humanos que el primer
mundo repele desde sus fronteras [BA43].
En la iconografía de la deglución hallamos una derivación hacia los mo tivos
antagónicos d e la caída y la sal vación. El demonio termina triunfando e n la tradición
argumental d e la caída mientras que en l os r elatos d e r edención, la devoración aparece
como u n esta do pasaje ro que precede al r enacimiento (Dur and, 1 981 [19 60], p. 83). Tanto
el s egmento de Valeria como el de O ctavio apu ntan al esquema de la c aída. S on héroes q ue
sucumben a la amenaza incl emente d el t iempo y de la muerte. Al contrario, el segmento del
Chivo apela al esquema a scensional de la redención. Su guarida precaria, tam bién atesta da
de perr os, e xtiende t oda la simbología demoníaca de la mazmorra o la catacumba. De spués
de un pasa do próspero como profesor y pa dre de familia, el Chiv o se compromete c on un
itinerario de vagabundeo y crimen don de su propio hogar r esponde a l imaginario de un
Hades horrible. La trama d el Chivo corre e n dirección inversa a l as tramas de Oct avio y
Valeria. Para el vagabundo, l a deglución es un estado de fallecimiento provisional antes de
renacer. Abandonar e l vientre infernal le e xige ab andonar su s hábitos del ictivos, mudar de
apariencia, c ongraciarse con su hija —siquiera mediante la prótesis del contestador
telefónico— y emprender junto al Cofi un viaje hacia un horizonte de libertad.
A l o largo de la trilogía, proliferan l os t erritorios inhóspit os. S on arquitecturas de
resonancias dig estivas q ue se deslizan hacia el e squema d e la caída. En Amores perro s , los
recintos clandestinos donde se libran las peleas caninas cumplen la función simbólica de un
vientre que e ngulle a s us huéspedes. Esa imagen intestinal del mund o d e l as apuestas es
solidaria con el descenso moral de Octavio. El apartamento donde se recluye Val eria
150
también a limenta c onnotaciones dige stivas y a su vez a lberga una nueva cavidad
subterránea bajo la madera en un significativo juego d e encajamientos. Ese s ubsuelo
devora a Richi para terminar expeliéndolo al final de la trama, una vez que la caída de la
modelo ha alcanzado su apogeo. De la misma fo rma que R ichi penetra en un s ubsuelo que
lo atrapa, Gustavo accede a la caverna del Chivo y a llí termina conociendo el cautiverio.
Durand (1981 [1960]) se apoya en las observaciones de Bachelard sobre la idea de cavidad,
vientre o cloaca en Vícto r Hugo. Aquí el abismo adopta un isomorfismo anal de tal forma
que las alcantarillas, l aberinto de cond uctos sinuosos, conforman el intestino de la ciudad .
Las entrañas de l a tierra confieren además un sentido metafórico a la condición de l os
personajes q ue las habitan. En la obra de Hugo, sugiere Durand, “los bajos fondos morales
apelan al simbolismo d e la cloaca, de la inmundicia y a las imágenes digestivas y anales” (p.
111). A la c onstelación n efasta del og ro, las fauces dentadas y el masticamiento ag resivo se
suma l a m etáfora del vientre digestivo, q ue d espierta un p ánico incons ciente al abism o y a
la caída.
La penetra ción en el inframundo de las peleas caninas desata todas las
valorizaciones ne gativas de la devoración en la vida de Octavio. Al final de su historia, lo
encontramos herido y despojad o de sus aspiraciones i gual que Valeria. El arte religioso h a
emparejado la antropofagia con la noción de las fauces del infierno y es rico en
representaciones de monstruos hambrientos (c.f. Gómez, 20 09-2010). En el caso de Amores
perros , los motivos mordicantes de los perros y las ratas son solidarios con la idea aciaga de
cavidad intestinal. Por su parte, las he terotopías de 2 1 gramos y Babel corresponden a
geografías exóticas, a veces espacios despoblados, a veces países extranjeros. En 21 gramos ,
el paisaje yermo de N uevo México promueve las valoriza ciones nefastas del desie rto. Es el
universo terrible del trabajo menestral, del autoexilio y de la re vancha. Pero en medio de l a
desolación de Nuevo México hay un mot el donde se alojan los tres pr otagonistas de 2 1
gramos . Com o en un juego de enca jamientos, e l motel alberga e n su interior un dormitorio
donde s e resuelven todas las tramas. Explica Durand (1981 [1960]) que la vivienda
reproduce el complejo de Jonás de modo que el rincón o la cá mara secreta adoptan la forma
de la casa dentro de la casa (p. 232). La habitación 204 d el Leisure Lodge es un receptáculo
dentro de un receptáculo, un espacio que adquiere resonancias digestivas y que se ancla en
151
el esq uema de l a caída. Ese dormitorio e jerce una fuerza gravitatoria que atrae a los
personajes hacia un clímax de viole ncia y destrucción. La redención de Cristina y J ack
ocurrirá más tarde, después de que hayan abandonado precipitadamente el recinto. En otra
huida desbocada de características similares, Amelia aban dona la heterotopía mexic ana,
paraje ajeno a la normalidad estadounidense. S i en el extrarradio desért ico de 21 g ramos
reinaba la di mensión denigratoria del p áramo, el desierto donde s e extravían A melia y los
niños se valoriza con los matices mortuorios del laberinto, de la cloaca digestiva, de la
nocturnidad y de la caída. En 21 gramos , Paul se abalanza hacia un final fatídico mientras
que Cristina y Jack asumen la re compensa d e un nuevo e quilibrio. En Ba bel , el abandono
del desierto también arroja resultados dispares. As í, Amelia afronta la condena de la
deportación mientras que Mike y D ebbie r etornan a la normalidad de San Diego. También
Susan y Ri chard se rein tegran en el mun do ordinario de Estados Unidos después de su
travesía en el desierto. La ca sa de la abuela de Anwa r equivale al recinto de la pelea fi nal
del Cofi, a la habitación 204 del Leisure Lodge o al d esierto donde va a parar Amelia. Todos
ellos s on espacios oclusivos de co nnotaciones digestivas que conducen a los personajes a
una exp eriencia vec ina con la mu erte. Ese tránsito vital termina mediante alguna f orma d e
huida o rescate [tabla 15].
Pero igual q ue existen universos aciagos de resonancias digestivas, existe también
un reverso bondadoso del descenso a las profundidades. La lógica redentora, lo mismo que
los r itos iniciáticos, exige la extinción figurada del yo antes de que se comp lete la
regeneración. Lo que en el r égimen diu rno era de voración traumática y de ntada, ahor a se
transforma en un pr oceso de placidez fisiológica (Du rand, 1981 [1960], p . 195). B achelard
(2006 [1948]) establece una distinción e ntre la d eglución inocente d e la b allena de J onás y
la experiencia mordicante del ogro de Pulgarcito (p. 17 8). La d eglución, por tanto, no
comporta menoscabo sino p rotección. Eliade (1975 [19 58]) identifica una impronta de los
ritos de iniciación en e l imaginario del d escenso. Ingresar en la s profundidades signifi ca
volver a nac er tras un r egreso a la Gran Ma dre ctónica, qu e se pr esenta siempre b ajo una
apariencia intimidatoria y asociada al mundo de los muertos. Esa estructura iniciática
conlleva “bajar en vida a los Infiernos, enfrentarse con los monstruos y d emonios
infernales” (p. 1 04). En ese aspe cto, e xiste u na di mensión b enéfica del descenso entendida
152
como d efunción p arcial que pr ecede a la resurrección. Es l a mecánica que subsiste e n el
trayecto de S usan, donde una experiencia vecina a la muerte conduce a una resolución
redentora. Señala Durand (1 9 81 [1960]) q ue en la lógica del descenso participan t oda
suerte de accesorios p rotectores, incluidos l os guías o m entores, porque la penetra ción en
las profundidades c orre el peligro de d evenir en caída (p. 191). En Babel, es exactamente
un cicerone quien acompaña a Susan y Richard en el descenso hacia el otro mundo de
Tazarine. Anwar mu estra el camino ha cia su v ivienda, que e s el c orazón de ese univers o
atípico en el q ue se adentra la pareja de turistas antes de completar su proceso de
reconciliación y renacimiento. Aquí dominan el imaginario de la protección y los símbolos
de la intimida d. Ese sim bolismo del d escenso benéfico y l a penetración e n la casa enciende
la imagen del intestino y aviv a l a metáfora del hogar ant ropomorfo. Para Durand (1981
[1960]) esta forma grata de penetración en el hogar es un procedimiento para revertir el
horror del tiempo, para regresar al seno materno y alcanzar el absoluto (p. 193). En esta
noción protectora de la pe netración destella el motivo bíblico del pez q ue devora a J onás
( Jonás , 1:17). Precisamente, Durand (1981 [1960]) ubica el complejo de Jonás entre los
símbolos de la inversión (p. 196). Aquí se revierten los valores negativos de la muerte de
Cristo y se aplican int erpretaciones redentoras. E sther Harding (1995 [1935]) invoca a l os
místicos, par a quien es una transformación puede ser el resul tado de un descenso. Para los
gnósticos es l o mismo ascender o descender, así que el descenso puede c onfigurarse c omo
un camino hacia el renacimiento (p. 214).
La llegada de Susan y Richard a la casa de Tazar ine deja entrever una forma
edulcorada de descenso. Aquí la catábasis s e reviste de connotaciones benéficas y refiere el
acceso a un e spacio de intimida d, cur ación y reposo. En los s ímbolos de l a inv ersión s e
concitan, p or t anto, la valorización positiva de la noche, el esquema positivo del tragado y
un arquetipo benefactor de la maternidad. Esta valorizac ión propicia de lo femenino se ciñe
al arquetipo d e la Gra n Madre y corresponde a la intercesión benefactora de la abuela de
Anwar. Es ella quien a rropa a Susan y q uien l a a tiende du rante su convalecenc ia. A parece
otra figura benefactora: un veterinario irrumpe en la pieza y prepara su aguja para restañar
la herida d el disparo [BA27]. Reaparece así l a imagen de la sutura de la carne, un
simbolismo que interviene e n la trama de Valeria en Amores perros y en la intervención
153
quirúrgica de Paul e n 21 gramos . Duran d (1981 [196 0]) entiende las imágenes del tejido y
del hilado c omo s ímbolos del de venir. La s utura expresa dominio d e los ritm os temporales
y significa un antídoto contra el destino. Así, el t ejido se cubre de connotaciones positivas,
ya que no solo sugiere ligadura sino también cont inuidad frente a la ruptura (p p. 306-307).
El m otivo de la sutura manifiesta valores b enéficos en las tramas de Pa ul y de Susan. En el
caso de Paul, toda una s imbología positiva del renacimiento gravita alrededor de su
intervención quirúrgica. En la tra ma de Susan, el cierre de la herida es uno d e los trámit es
dolorosos qu e conducen a la sal vación. Al contrario, Amores perros n os mu estra l as her idas
de Valeria solo al final de la tram a, cuando la relación c on Daniel empie za a deteriorarse y
la amputación está más próxima. Aunq ue no hay sutura, la curación del Cofi a manos del
Chivo presenta las mismas ramificaciones de curación y d ominio del destino. En este acto
medicinal comienza el renacer del perro hacia una nueva vida y una nueva ide ntidad
[figuras 29-32].
5.3.2.2. La morada.
El ps icoanálisis, dice Duran d (198 1 [19 60]), ha s ido p articularmente sensible al
antropomorfismo y semantismo feminoide de la morada. La casa es un ser vivo q ue replica
a sus habitantes y establece una at mósfera psicológica. Es al mismo tiempo u na cavidad
acogedora y un muro infranqueable q ue repele las agresiones foráneas (pp. 231-232). En la
medida en qu e representa una construcción, la vi vienda a lza una ext erioridad d efensiva
que anima una vertiente diarética vinculad a al régimen diurno d e la imagen. Para que
exista la ensoñación del reposo y la interioridad es obligatorio que e xista una imaginería de
división y guerra latente. La envoltura es separación e intimidad al mismo tiempo,
hostilidad hacia el exterior y descanso en su seno.
La imagen de la casa nos conduc e al estudio de los continentes . Desde un punto de
vista ps icoanalítico, cualquier variante de o quedad a viva l a representación de los genit ales
femeninos. Aq uí es p osible que se active la int imidad apacible del út ero pero también l a
imagen terrible de l a vagina dentata . Los receptáculos, que en e l r égimen nocturno de la
imagen convidan al reposo y a la intimidad, en Amores perros se dotan de una textura
256
otro femenino donde el orden patriarcal victorioso ha caracterizado a las mujeres como
una f uerza d emoníaca ( p. 70). En el Renacimiento culmina un proceso d e diabolización de
las muj eres en el que participan pred icadores, teólogos, científicos y l egistas con la
cooperación de la imprenta (Delumeau, 1989 [1978], pp. 471-531). En el a rquetipo de la
hembra corruptora perviven los ecos de la figura de la bruja. Silvi a Federici (2010 [2 004])
expone que el estereotipo de la mujer s ubyugada por el Demonio autoriza la domesticación
de las mujeres dentro del orden patriarcal. La lógica disciplinaria d e la caza d e brujas
instaura el terror hacia las mujeres como “destructoras del sexo masculino” (p. 259 ).
Existe un lazo q ue une el semantismo negativo de lo femenino con los motivos del
agua tenebrosa, la sangre y e l flujo menstrual. Así, e l Levítico compila un exte nso inventario
de prohibiciones a sociadas a la m enstruación como e stigma. La mujer m enstruante debe
ser aislada porque sus e misiones con taminan obje tos y personas (15:19-27). L a sangre es
emblema de vida pero ta mbién evoca la c aída y la fatalidad . Durand (1981 [1960 ]) explica
que la Biblia dibuja una interpre tación misó gina del pecado original s imultánea a la
valorización negativa de la feminidad en la imagen d e las aguas oscuras. La mancha
menstrual s eñala l a i mpureza de la mujer y l a responsabiliza del primero de los p ecados
(pp. 107-108). Ivone Gebara (2002 [2000]) denuncia q ue e l c ristianismo ha impuesto un
dualismo donde las mujeres no solo son infer iores a los hombres sino también más
malignas. Así, el mal masculino se presenta como una s ecuela re versible de la libertad
mientras que el mal femenino es un elemento intrínseco a la propia feminidad (pp. 2 0-22).
Durand ( 1981 [1960]) postula que el modelo ancestral de la Madre Terrible sirve de
prototipo para to da clase de brujas, v iejas terribles o hadas malignas que ha dado el
folclore universal (p. 97). El paradigma de la mujer demoníaca florece ya en l as primeras
páginas del Génesis . Auerbach (1950 [1942]) sostiene que Eva no es de naturaleza malévola
sino s implemente débil y subordinada por deseo d e Dios. Y Satán envía a l a serpie nte para
subvertir esta relación de poderes (p. 144). Tambi én el mito griego de Pa ndora acu sa a las
mujeres de haber inoculado el pecado en la tierra ( Trabajos y días , 90-91 , p. 127). 25 El
arquetipo d e la mujer fatal presenta expresiones teriomorfas co mo la Esfinge, mezcla d e
25 Para las citas de Trabajos y días de Hesíodo remitimos a la edición y la notación de Aurelio Pérez J iménez y
Alfonso Martínez Díez e n Hesíodo. (1978b). Trabajos y días. En Hesíodo. (1978). Obras y fragme ntos (pp.
115-167). Madrid: Gredos.
257
mujer, león y ave de rapiña q ue muestra actitud devoradora (Grimal, 1981 [1951], p. 17 4).
De la misma na turaleza híbrida es la si rena, combinación d e mujer y a ve que atrae a los
marineros y hace zozobrar sus embarcaciones (Grimal, 1981 [1951], pp. 483-484). Si
Odiseo desea escuchar sus cantos, debe amarrarse antes al navío ( Odisea , XII 37-52, p. 28 6).
La mujer fatal representa un age nte corruptor en las tramas de transgresión y ca ída.
Apunta Ricoeur (2001 [1960]) que la tentación adánica sirve para poner de ma nifiesto la
fragilidad de las prohibiciones e insufla en el ser humano un anhelo d e inf initud. E l ser
humano tiende a desbaratar el equilibrio de la finitud y se vuel ca hacia un infinito malo (pp.
395-397). En la muj er s e p ersonifica e sa naturaleza doble de lo sugestivo y lo abrasivo. El
arquetipo de la mujer tenta dora genera un a disyunción en e l destino del h éroe masculino.
Ese yo dividido se debate entre la aceptación de una realidad e strecha y la aspiración hacia
un horizonte seductor pero temerario.
A lo largo d e la trilo gía se reproduce con dive rsas variantes e l motivo libidinoso d e
la fémina tentadora. So n mujeres señaladas con al guna modalidad de t abú y siembran la
desgracia. A este respecto, Frye (197 7 [1 957]) u bica la image n de la hembra tentadora en
el terren o de la repulsión. Se da un erotismo demoníaco, una pasión destruc tora donde l a
mujer interviene como objeto de deseo que “como pose sión se busca y por l o t anto nunca
se consigu e” (pp. 197-198). Sin e mbargo, las tentadoras de la trilogía responden a fo rmas
pasivas d e seducción y replican el doble a rquetipo misó gino de la docilidad y el peligro. Es
Octavio quien aborda con tenacidad a Susana hasta que ella termina cediendo. Es Paul
quien acecha a Cristina hasta q ue ella le abre las p uertas de su casa. Es Yusse f quien espía a
Zohra.
Las mujeres tabuadas de Amores perros , 21 gramos y Babel despiertan el interés
masculino con su mera existencia, c omo si la prohibición que pesa sobre ellas fuera l o que
las hace deseables. En este cuadro de deseo, las mujeres q uedan relegadas al papel de
objeto de las especulaciones masculinas. La interd icción conforma por sí misma el núcleo
de la d eseabilidad y al mismo tiempo presagia u n desenlace aci ago. Sobre el personaje de
Susana, por ejemplo, recae la posibilidad del adulterio. Que sea la esposa de Ramiro es lo
que impulsa a Octavio hacia la diferenciación violenta. En el caso de Cristina, el tabú atañe a
258
la apropia ción del corazón de Micha el. Paul ha transgredido el reglamento y ha id entificado
a la viuda del donante. En el ca so de Zohra, persiste el tabú del incesto. Cuando Ahmed
delate a su hermano, la familia a frontará dos males simultáneos: la reacción c oercitiva de la
policía y la deshonra del intercambio incestuoso.
Pero más a llá de las formas pasivas de t entación, s e re gistra una derivación maligna
de la feminidad q ue apunta al arquetipo de la susurradora, la mujer q ue instiga a l hombre y
lo empuja hacia el delito. En el pecado adánico, es Eva q uien pulsa los límites del ho mbre y
quien lo invita a la transgresión. En el ascenso al poder de Macbeth, es Lady Macbeth quien
promueve el atajo del crimen. En 21 gramos , Cristina experimenta un viraje que interrumpe
su pasividad y que desvía a Paul hacia una e mpresa crimina l. Durante el velatorio de
Michael, Katie y Laura, la hermana de Cristina revela que el responsable d el atropello es un
ex presidiario y sugiere que no debería permanecer en libertad. Cristina rehúsa
denunciarlo. “Nada de lo que yo pueda hacer me los va a devolver” [GR53]. Sin e mbargo, su
percepción cambia con el tiempo. En un a escena ju nto a Paul, C ristina recuerda q ue Katie
podría haber sobr evivido si Jack no l a hubiera abandona do tras el accident e. “Quiero
matarle”. Paul trata de di suadirla pero la tensión estalla. “D ebes hacerlo por Michael, sí, tú
tienes s u co razón (…). Te nemos qu e matarle ” [GR99]. Crist ina emula a Lady M acbeth en s u
invitación a l asesinato. Ya en el motel de Nuevo México, después de q ue Paul haya
perdonado la vida a Jack, Cristina tratará de corroborar si ha consumado el cr imen. “¿Le
has matado?” [GR102]. “Lo he hecho”, le d ice Macbeth a su esposa en una esce na análoga
después de haber asesina do al rey Duncan ( Shakespeare, 1994 [1623], p. 127). La Cristina
vulnerable y mansa que conocía Paul ha empr endido un gi ro c orruptor hacia la quiebra d e
las normas sociales. Ahora es una v ersión melodramática de la vamp o de la femme fatale
del cine negro, la tentadora que empuja al héroe masculino hacia el crimen y hacia su
propia ruina.
Esa derivación de Cri stina hacia e l arquet ipo de la sus urradora tiene una réplic a en
el p ersonaje de M arianne. Es ta v ez hay un crimen accidental. Ja ck ha arrollado co n la
camioneta a Michael, Katie y Laura. Marianne se ha encargado de verificarlo. “¿Están
muertos?”, le pregunt a J ack. Ella asi ente. “Voy a ir a entregarme”, responde Jack. En tonces
259
Marianne trata de disuadirlo. Le dice que no hay testigos ni pistas sobre la matrícula o el
modelo de co che [GR46 ]. La p resencia de l a culp a sobrevuela el debate de la pareja y se
manifiesta bajo el arquetipo maléfico de la mancha. C uando Jack regresa al hogar y le revela
a Marianne lo s pormenores del accidente, ella s e aproxima a l frontal d el automóvil, d esliza
la mano sobre e l parachoques y comprueba la p resencia de la sangre [G R33]. Más tarde,
entre lágrimas y en medio de la noche, Marianne tratará de limpiar l a mancha co n jabón
[GR50]. La escena nos conduce de nuevo a Lady Macbeth, que intenta desprenderse de la
sangre invisible de sus manos. “¡Fuera, manc ha maldita! ¡Fuera, te digo!” ( Shakespeare,
1994 [1623], p. 289).
Las derivaciones d añinas del simbolismo femenino, m ediadas por el motivo de la
sangre menstrual, se refuerzan a través de la noción de mancha entendida como estigma
moral. En esa ó rbita s imbólica, los tatuaje s ac túan en Amores perros c omo u n semantismo
negativo que identifica a los personajes antagonistas, tanto a Ramiro como al Jarocho. El
tatuaje interpretado como mancha se ad hiere a la constelación del esquema de la c aída. En
La mancha humana (2012 [2008]) de Philip Roth, una pequeña insc ripción grabada con
tinta e n la piel refuerza el destino trágico del protagonista porque “un tatuaje es e l
emblema de lo que jamás se puede eliminar” (p. 226). Los tatuajes también subrayan en 21
gramos tanto el pecado de Ja ck como su imposibilidad de r edención. En una escena
preñada de simboli smo cromático, un J ack ataviado de u niforme blanco se reú ne con su
jefe, Br own, para recibir la noticia de su despido. “Alguna gen te se h a qu ejado de tus
tatuajes”. Jack pro pone cubrirse los bra zos co n una c amisa de manga larga, pero no ha y
forma de cubrir el cuello. Entonces reivindica su redención en términos de l impieza. “Sabes
que n o bebo ni robo. Estoy l impio”. El ahínco de sus objeciones n o s irve de n ada porque la
decisión de la dirección es irrevocable. Los tatuajes exteriorizan así una mancha moral de la
que no es posible rehabilitarse. Ademá s, el club de golf es un espacio exclusivo y en la
conversación se deduce un componente de c lase. Brown no hace más q ue transmitir el
mandato d e la dirección para no terminar también despedido. “Este club no es p ara gente
como nosotros” [GR20]. La transición narrativa hila la figura metafórica de la pulcritud
(“estoy limpio”) con una li mpieza real : Cristina p repara una lav adora con la ropa que
vestían Michael, Kati e y Laura en el momento del a ccidente [GR21]. Si la mancha se c arga
260
con los valores aciagos de la caída, el motivo del lavado despierta un reverso purificador. La
limpieza deroga las huellas ingratas del pasado en pos de una solución redentora.
El simb olismo de la mancha a parece siquiera intuido en la primera secuencia d e l a
trama de Chieko. Un equipo de voleibol c onformado por jóvenes sordomudas cree haber
anotado un tanto pero el árbitro no lo concede. Inflamada por la ira, Chieko d esafía la
autoridad del árbi tro y termina expulsada [BA14]. Su error ha p erjudicado al equipo. En e l
vestuario, algunas de sus compañeras le reprochan su actitud y lo atribuyen a su virginidad.
La ira y la inmadurez se xual se convierten e ntonces en motivo de la doble expulsión:
expulsada del terr eno de juego po r el árbitro y expulsada de su pequeña co munidad
deportiva por sus compañeras [B A15]. La primera secuencia de la tram a de C hieko emu la
la pr imera secuencia d e Carrie (1976). En el filme de Bria n De Palma, un gr upo de
estudiantes femeninas jue ga al voleibol. Carrie W hite (Sissy S pacek) comete un desliz y es
repudiada p or sus compañeras. Al cabo de un rato, e n el vestuario, la aparición de la sangre
menstrual consolida el oprobio colectivo [figuras 103-106]. Tan to C hieko como Carrie
comienzan sus respectivas tramas con el lastre nefasto de la mancha.
En la constelación maléfica de lo femenino, las mujeres dan vida a pasiones
destructoras qu e encajan e n la tradición de la tragedia. La historia de Octavio y Su sana
manifiesta algunas de las características del amor trágico de Romeo y Julieta. Señala
Kristeva (2002 [2001]) que la pareja shakespeariana aspira a una regularizac ión del
matrimonio pero tropieza c on las leye s sociales y con la en emistad entre l as familias. La
infracción de la ley a la sombra d e un tercero es la primera condición de la exaltación
amorosa. Cuando desaparece ese t ercero, el e dificio de l a pa sión ilícita se desmor ona (pp.
116-121). El amor adúltero se sostiene sobre un triángulo d e deseo basado en la dupla
prohibición/transgresión. Efectivamente, la desaparición del tercero —Ramiro— al final d e
la t rama de Octavio es el evento que frustra toda opción de legalizar la relación p rohibida
con Susana. En un desenlace de a pariencia paradójica, cu ando se disipa la posibilidad de
transgresión es cu ando se derrumba también una exaltación amorosa sostenida sobre el
desafío a la interdicción . La misma mecánica opera e n l os amores prohibidos de Danie l y
261
Valeria, que se tornan quebradizos e inestables en el momento en que desfallece el carácter
transgresivo de la aventura extramatrimonial.
Desde muy pronto, intuimos q ue Susana y Octavio van a entablar un vínculo ilícito.
En los mi nutos iniciales d e Amores perros , la t rama nos conduce a una e scena doméstica
[AP8] en la qu e Concha, Oct avio, Susana y su bebé Rodrigo ocupan la coci na. Concha
prepara la comida mientras Susana y Octavio c omparten cuadro en la mesa. La puesta en
escena plantea la naturaleza del conflicto. Susana y Octavio conversan y edifican una
complicidad que proyecta expectativas e róticas. Al rato ir rumpe R amiro, culp a a su esposa
Susana de la desaparición del p erro y Oct avio se hace responsable para protegerla . Ramiro
le recrimina a su hermano que s e entrometa. En pocos segundos, se expone la
potencialidad del romance adúltero así como un triángulo cuyo vért ice violento encarna
Ramiro. Ramiro mantiene una relación d e dominación hacia su esposa Susana, pero
también hacia Octa vio. Concha, por s u p arte, siente p redilección por Ramir o y cu ltiva un
vínculo insolidario hacia Susana y de suspicacia hacia Octavio. Frye ( 1977 [1957]) percibe
que a l comienzo de las trama s t rágicas, e l héroe transmite la impr esión d e “ciervo acosado
por los lobos” (p. 288).
El triángulo dispone un doble nudo amoroso/sexual y un nudo de confrontación
marcial. De un lado progresa el amorío entre Octavio y Susana. De otro lado lang uidece el
noviazgo al mism o ti empo abusivo y adictivo entre R amiro y S usana. En un tercer lado,
Octavio y Ramiro s e precipitan hacia una riva lidad cada v ez m ás agresiva con la mediac ión
invisible de Susana. Esa virulencia que impregna el vínculo fraternal entre Octavio y
Ramiro se replica en la relación que mantiene Ramiro con Susana. Ramiro hiere el lóbulo
de la oreja de Susana [AP10] y enzarza a su esposa en una encrespada discusión [AP19]. La
propia Susana lo r econoce co mo una p resencia amenazadora. “Ramiro me va a matar”
[AP16].
El sostenimiento familiar se convierte en la cancha donde se disputa no solo el favor
de Susan a sino t ambién el derecho a la paternidad de l os dos bebés. Es decir, el rol
conservador de padre e ncargado del s ustento f amiliar pero ausente en las tareas de
cuidado. Así, Oct avio adq uiere los p añales qu e Ramiro debía haber comprado p ero además
262
le hace ver su incompetencia co mo m acho proveedor [AP23]. Lo q ue está en ju ego es e l
puesto de cabeza de familia con respecto a una joven que l leva camino de alargar su prole
con un segundo hijo. El deseo de Octavio hacia Susana aparece mediado por el liderazgo de
Ramiro. El aspirante trata no solo de arrebatarle la compañía de l a esposa sino que además
pretende usurparle la crianza del bebé y ocupar su papel patriarcal en un matrimonio
regido por lo patrones tradicionales de manutención masculina y crianza femenina.
Los deseos de Octa vio se encadenan a una jerarquía d e valores en cuya cúspide se
encuentra la voluntad de desbancar al herma no. Imponerse e n las peleas d e perros,
acumular b eneficios o seducir a Susana son desafíos supeditados a un d eseo último de
suplantación. El bebé que va a nacer se significa como balanza de esta pugna y es en la
nominación donde se resuelve el fracaso de la usurpación: la esperanza de que el niño se
llame Octavio se quiebra con el fallecimiento de Ramiro, que t ermina le gando su nombre al
bebé y declarando así un triunfo póstuma sobre e l suplantador [AP100]. En coherencia co n
la resolución trágica de la trama, el deseo usurpador de Octavio se salda con un castigo. En
la práctica, l a muerte final de Ramiro devuelve la serenidad a la familia. S e interrumpe el
amor adúltero. El jefe muerto renace bajo la forma de un b ebé q ue portará su nombre y
prolongará su dominio. “Ramiro. Si e s niño se va a llamar Ramiro” [AP100]. Se despliega, en
última instancia, el imagina rio del pharmak os y de la renovación estac ional. Todo lo que
muere encuentra un resquicio p or donde renacer. Ramiro encarnaba los valores solares de
la virilidad mayestática y ahora reproduce el viejo motivo ritual d e la muerte del rey padre.
Su desaparición restituye el equilibrio de la comunidad. Se completa el círculo.
En Amores perros , las mujeres ado ptan roles dis pares. Susana hace su primera
aparición en e l exterior d el apartamento. Su uniforme esco lar la c aracteriza como una
adolescente ajena a las responsabilidades familiares. Sin embargo, pronto comprendemos
que Susana asume una doble carga mater nal y matrimonial. Su figura se adscribe a la
morada. S olo al final, cuando huya junto a Ramiro, ten dremos la oportunidad d e ver la l ejos
del ámbito doméstico [AP82]. Lo mis mo ocurre con los otros d os personajes maternos de la
trama. La madre de S usana, a lcohólica e irresponsable, hace una a parición fugaz vinculada
al hogar [AP39]. La madre de Octavio y R amiro representa el hogar mismo y su labor
263
siempre es d e cocina o de guardiana del orden doméstico. Es d ecir, es una madre
protectora y legisladora. Smith (2003) advierte el c onflicto abierto entre los dos roles de
Susana: el de alumna y el de madre. Susana se dirige c on fo rmalidad a su suegra c omo
“señora” y le reclama a yuda en el cuidado d el hijo mientras se empeña en un examen. Sin
embargo, l a “señora” descarta la s ororidad entre madres. Si e lla crió a su s p ropios hijos,
Susana debe hacer l o mismo con los suyos [AP5] (p. 41). Susana repite el mismo intento de
delegar el cuidado del hijo en s u propia madre. Pero la tentativa no lle ga a buena puerto
porque la madre de S usana descuida al bebé [AP39]. Su sana s e encuentra s ola en su
maternidad y en su labor de cuidados. Los hombres, tanto Ramiro como Octavio,
desempeñan un rol bien d efinido de abastecimiento financiero y de suministro de víveres.
Un rol, en todo caso, ajeno a l as t areas de c uidado. En Amores perros , l a división s exual del
trabajo fortalece los tópicos del hombre cazador y la mujer reproductora.
La dialéctica de la G ran Madre y la Madre Terrible s alpica toda la t rama de O ctavio.
Si en el régimen n octurno de la imag en florecen las alusiones de fertilidad, serenidad y
voluptuosidad femenina, el régimen diurno promueve una percepción tempestuosa y
demoníaca de las mujeres. Así, la madre del propio Octa vio y la madre de Susana
representan el dorso corrosivo de la maternidad. La una es una figura despótica que se
niega a ha cerse cargo de su nieto [AP5]; la otra es una figura disoluta que descuida sus
compromisos [AP39]. Fre nte a estos p aradigmas, Susana expresa una val orización positiva
de la maternidad. No obstante, la posibilidad del aborto activa la constelación del desplacer
y despierta el arquetipo de la Madre Terrible. Cuando Susana b araja interrumpir su
segundo embarazo, Octavio trata de disuadirla. Emergen aquí los valores ne fastos d e
maternidad devoradora. “No puedo tener este bebé”, le dice Susana a Octavio. Ese valor
negativo del aborto viene sobredeterminado por el debate que vive l a sociedad mexicana
de fin de siglo ante una legalidad que es más r estrictiva en la capital q ue en el resto del país
(c.f. Lamas, 2009). Octa vio desea el nacimiento del niño y se ofrece a hacerse cargo de él
[AP16]. S e anima en tonces l a noción benéfica de la Gr an Madre y de la prodigalidad. As í se
conecta l a maternidad conciliadora con el simbolismo de la intimidad, la a limentación, e l
dinero y el lucrativo Maná del Cofi.
264
Igual que Susana en A mores perros , también Mary abarca la dualidad Gran Mad re /
Madre Terrible mediante la co ntraposición d e fe rtilidad y aborto. Sobre ella sobrevuela la
sombra de un embarazo interr umpido en sec reto. Un oprobio que Paul desconoce y cuya
revelación precipita la disolución de la p areja [GR58 ]. Al mismo tiempo, Ma ry encar na la
fertilidad intempestiv a de la Sara b íblica. Cuan do la esposa de Paul t rata de concebir un
hijo, un doctor dictamina que sus trompas de Falopio están dañadas y que “las
probabilidades son escasas” [GR10]. Sin embargo, se produc e el milagro. En el relato
bíblico, Jehová co ncede a Sara la facultad de engendrar un hijo a pesar de q ue a su edad “le
había cesado ya la costumbre de la s mujeres” ( Génesis , 18:11). Esta inopinada conc epción
no solo emparenta a Mary co n Sara, sino que además establece un remoto paralelismo
entre Paul y Abraham. Ambos alcanz an una paternida d inesperada. Doble en e l caso de
Paul.
Por otro lado, 21 gramos presenta e l abo rto como una opción vinculada a la clase
acomodada de Paul y Mary. También en Amores perros la interrupción del embarazo se
reconoce como distintivo de clase. U n p rivilegio a ccesible a los estratos más favorecidos
pero vedado a los sectores populares. C uando Susana le co nfiesa a Octa vio que se
encuentra e ncinta de nuevo, el aborto se perfila c omo una opción l ejana. Al c ontrario, la
clase acomodada de Daniel y Valeria ya ha t enido acceso a esa po sibilidad. En una escena
del guion de A mores perros q ue ha desaparecido del mo ntaje final, descubrimos que Valeria
ha abortado un hijo de Daniel (Arriaga, 2007b [2003], p. 157) . El reconocimiento de e sta
elipsis nos obliga a observar b ajo una nueva luz la relación de la modelo ha cia su perro
Richi y explica que en el programa Gente de hoy lo haya presentado como su “hijo” [AP42].
En cualquier caso, el embarazo no deseado, el aborto y el fallecimiento del hijo
conforman un hilo de conflicto para t odas las clases sociales. Emergen así las ocultaciones y
las cris is de pareja. El segundo e mbarazo de Susana a parece como un contratiempo
desagradable que debe escamotearse al padre para evitar su violencia. En l a idea original
de Arriaga, e l niño q ue Daniel y V aleria no lle garon a tener desata e l fantasma de l a
responsabilidad y la culpa en la pareja (2007b [2003], p. 157). En 21 gramos , Paul descubre
que Mary se s ometió a escondidas a un aborto. La revelación acelera la d isputa conyugal y a
265
la postre acarrea la separación. En Babel , la crisis matrimonial entre Susan y Richard
arrecia durante su viaje por Marruecos . El motivo de fondo es la d esaparición prematura
del niño Sam. “Nunca me lo perdonarás”, le dice Richard a Susan [BA12].
Durante sus primeras apariciones, Amelia desempeña e l papel d e Gra n M adre ha cia
los hijos de Ri chard y Su san. A punto de p artir hacia M éxico, la n ana queda e nmarcada por
una pegatina de la Virgen de Guadalupe adherida a la ventana trasera del coche de Santiago
[BA11]. L a id entificación r etrata al personaje como madre impenitente, n o so lo de un hi jo
real que se casa sino también de dos hijos q ue no son suyos pero que ha criado desde su
infancia más temprana. La feminidad de Amelia se acomoda a l mo lde de un arquetipo
universal y al mismo tiempo genuinamente mexicano. Los símbolos de la ma ternidad
recorren toda la trama. En la primera e scena de San Diego, Mike y Debbie juegan a
esconderse [BA6]. Desde el punto de vista del simbolismo antropomorfo de la morada, el
hogar de San Diego representa la hospitalidad u terina. En e l ju ego se despliega una imagen
prototípica de encajamiento: la casa encarna el re fugio y los niños buscan re fugio dentro
del re fugio. Salvador Dalí (1981 [1942]) traza un paralelismo entre la placidez intrauterina
y los juegos infantiles. El pintor parte de las teorías de Rank sobre el traumatismo del
nacimiento para reconocer en e l acto de guarecerse un deseo de retorno al paraíso perdido.
Recuerda así que los niños corrían a esconderse ba jo los tapetes de la mesa a nte la
inminencia de una tormenta. A esos juegos los llamaban jugar a hacer grutas o jugar al pare
Patufet e n alusión al personaje del folclore catalán que se ocultó en l a panza de un buey
para p rotegerse (pp. 29-34). En este juego de imágenes s e expone de forma explícita la
conexión entre el complejo de Jonás y el cuerpo femenino como refugio. La trama de Amelia
se presenta bajo el s imbolismo de la Gra n Madre, la intimidad y la protección. Más tarde,
cuando la nana y los niños hayan r ecalado en el d esierto, los valores benéficos de la
maternidad y la morada encontrarán un re verso nict omorfo de derivaciones demoníacas.
Amelia pasará a encar nar los valores aciagos de la Madre Terrible y la intimidad de la
morada presentará la faz de un desierto inhabitable. Incluso la persecución infantil de la
primera escena de la t rama e ncontrará un espejo virulento e n l a p ersecución de la policía
fronteriza. Las connotaciones edénicas de San Diego se desplazan así hacia toda una
constelación infernal del destierro.
272
La vida de la modelo se proyecta en un sis tema de capas y e ncajamientos do nde la
vida pública ocupa un nivel exterior, el hogar ocupa un lugar intermedio y sus recuerdos
escondidos rep resentan una intimidad dentro d e l a intimid ad. Durante su co nvalecencia,
Valeria extrae de una estantería una caja donde g uarda fo tografías familiares y cartas. Las
contempla con expresión d e ternura. Suena e l trémolo de guitarra eléctrica de “Tema
Amores P erros” [AP64]. Después ha berse retratado e n un fotom atón, el Chivo abre su
álbum d e fotografías familiares, recorre las imágenes y se emociona. Suena una variación
acústica del riff de “Tema Amores Perros” [AP83]. Valer ia y el C hivo son dos personajes que
miran hacia sí mis mos unidos por el mismo gesto y la misma música [figuras 107-110]. Si el
motivo de la caja protectora aparecía en la trama de Octavio con derivaciones monetarias,
ahora es u n cofre d el tesoro donde Va leria esconde una intimidad a l a que e l público no
tiene acceso. En la quie tud de s u escondite, el Chivo oj ea estampas de su propia v ida igual
que Valeria repasa s u álbum familiar con una sonrisa de nostalgia. So n dos personajes
cuyas familias ha n s ido diezmadas por los d esencuentros. Y las f otografías posibilita n un
simulacro de conciliación.
En e l motivo del espejo se dan cita algunas valorizaciones nefastas d e lo femenino
en su var iante narcisista. Durand (1981 [1960 ]) abre una reflexión sobre las a guas
entendidas como e spejo originario y menciona el vínculo con la c oquetería y el mito de
Narciso (pp. 93-94). Tambi én Bachelard (1978 [1942]) a lude al espejo ac uático y a la
superficie escurrid iza del agua , que sugiere a Narciso una belleza ina cabada y viva (pp. 39 -
40). En la versión más popu lar d el mito, N émesis hace que Narciso quede p rendado d e su
propio rost ro refl ejado en una fuente y muera absorto sobre l a imag en (Grimal, 1981
[1951], pp. 369-370). Antes del desenlace fatal, Tiresias ha pronosticado que Narciso
alcanzará la v ejez “si no llega a conoc erse” ( Metamorfosis , III , 34 8-349, p. 293), algo que
Hermann Fränkel (1945) interpreta como una inversión e nigmática del mandamiento d e
Delfos ( p. 213). Es e “conócete a ti mismo” constituirá una idea fuerza en la trama d e Paul,
que saldrá a buscar la verdad sobre su nuevo corazón con consecuencias funestas. Massimo
Cacciari (2000 [1983]) e ntiende que “el error de Narciso no era perseguir una sombra, sino
querer aprehenderse y comprenderse como una imagen, como una imitación perfecta de s u
idea, como su icono ” (p. 72). El mito de Narciso, de origen masculino, ha terminado
273
derivando hacia tergiversaciones misóginas. La narrativa folclórica ha explotado las
derivaciones n efastas d el motivo de la muje r e nvanecida ant e e l e spejo. Tal es el c aso d e la
reina del cuento popul ar de “Blancanieves”, cuya invoca ción fr ente a su propio reflejo
desencadena un hilo temático de competición y belleza ( Grimm y Grimm, 1985a [1812-
1857], Vol. 2, p. 17).
La noción de narcisismo se prolonga mucho más allá del mito original y reviste tintes
psicológicos y sociológicos. Es Freud (2007 [1914]) quien populariza l a idea d el na rcisismo
en su vertiente médica. Entre otras cosas, distingue una pulsión autoerótica en algunas
mujeres de belleza cautivadora que no necesitan amar sino s er a madas ( pp. 2 025). Sennett
(2011 [19 77]) puntualiza q ue e l conc epto clínico de narcisismo no tie ne qu e ver con la
noción p opular d e ven eración vanidosa de la propia imagen, sino con un desorden de la
autosatisfacción. El narcisismo se vuelca sobre las necesidades del yo pero al mismo tiempo
impide que sean satisfechas “y hace que una persona sienta q ue ‘esto no es lo que yo
quería’ en el momento de c onseguir un objetiv o o de vincularse con otra persona” (p. 21).
Este sentimiento de frustración aflora en Valeria tras haber comprobado que la convivencia
con Daniel e s un purgatorio de desencuentros y sinsabores. Lipovetsky (200 3 [1983])
caracteriza el narcisismo como el síntoma má s elocuente del indiv idualismo posmoderno.
En tiempos de hipertrofia del ego y de aislamiento social, el yo “se ha vaciado de su
identidad, paradójicamente por medio de su hiper-inversión” (p. 56).
Jean Baudrillard (19 93 [1976 ]) inserta el concepto de narcisismo en la lógica de la
sociedad de consumo y sus mecanismos de control social. Se trata de un narcisismo dirigido ,
una regulación de la belleza en la que se impone una “gestión óptima del cuerpo en el
mercado d e los signos” (p. 130). El narcisismo de Valeria se expresa mediante su ajuste a la
normatividad estética y simbólica del mercado publicitario. Es el cuerpo trans formado en
una trama de signos y reglamentado po r el apetito de dividendos. La mo da, el maquillaje,
los gestos, las posturas, todo aparece como una gran acumulación corporativa de signos
convertidos en objetos de consumo. El cuerpo de la mujer deviene fetiche mercantil .
La publicidad se construye sobre la erotización de la imagen y sobre e l deseo de ver .
El consumidor publicitario reproduce el motivo del mirón y desencadena una maraña de
274
expresiones de d ominio mediadas p or las interacciones comerciales. Marcuse ( 2010
[1964]) pone de relieve que, en el imperio del capital, la libertad queda abolida a la vez que
se instaura un vínculo libidino so con la merca ncía (p. 22). Si l a visión es un s ímbolo de
lucidez y poder, en Valeria c onstatamos l a hiperexposición del cuerpo frente a la mi rada
pública. Se registra una inversión de lo s valores del mirón. Valeria no ve pero es vi sta. La
imagen de Valeria está ent regada al espacio comunit ario y al escrutinio de los otros. En su
encierro doméstico, es incapaz de ver a los d emás porque solo puede verse a sí misma. Si se
asoma a la ventana, no obtie ne más que su propio reflejo. Las paredes e stán colmadas de
sus propias fotografías. Abre una caja y observa sus propias imágenes. Sin emba rgo, cuando
Richi se adent ra en las p rofundidades del s ubsuelo, Va leria es incap az de ver má s allá del
agujero del parqué. Richi metaforiza l os miedos q ue embargan a la modelo, sus
turbulencias internas, todo lo que es incapaz de percibir y debe resignarse a imaginar. La
visión es un dispositivo de control. La ausencia de visión es un síntoma de vulnerabilidad.
La t rama de Valeria nos devuelve a u n u niverso go bernado por las apariencias y los
simulacros. Queda al descubierto la fragilidad de los cánones de belleza así como la
transitoriedad del éxito e n la sociedad de consumo. La imagen de la modelo se desplaza por
los circuitos de r epresentación como un exponente de la corporal idad normativa: de raza
blanca y asimilada p or l os c ánones d e b elleza. N o e n vano, Valeria va a ser desterrada de la
vida pública en el mismo momento en que su cuerpo escape a l a dictadura del cuerpo
escultural prescrito por el orden d ominante. Pa ra Minich (20 15), la r epresentación de
Valeria como mujer blanca, bella y sin diversidades funcionales apela a la cultura de
consumo y supon e u na prolongación del orden social c olonial impuesto en América desde
la conquista (p. 977). Al h ilo d e esta apr eciación e s interesante re cordar el origen español
de l a modelo, q ue encaja no solo e n u na int erpretación his tórica y ge opolítica sino t ambién
en una perspectiva racial. La población indígena queda infrarrepresentada en Amores
perros mientras que se impone una omnipresencia criolla. Y Valeria evidencia la
importación a Méxi co de un ideal d e belleza europeo marcado por la homogeneización del
mercado global. Así, el panel publicitario de Enchant recrea un prototipo canónico de
mujer. Pero a quí e ntra en juego, dice Baudrillard (199 3 [1976]), no tanto el propio c uerpo
como s u puesta en escena. La publicidad imp one un narcisismo regulado y exige que el
275
cuerpo se proyecte de acuerdo a un grumo de “ signos meditados y me diados por los
modelos de masas, y de acuerdo a un organigrama de prestigio” (p. 130). En ese aspecto,
Enchant apela a una iconografía reconocible. Porque la fotografía de Valeria evoca
vagamente l a estampa emblemática d e Marilyn Monroe sobre las rejillas de v entilación del
metro en La tentación vive arriba (1955) de Billy Wilder. Aquí Monroe interpreta
precisamente a una modelo publicitaria y reproduce algunos estereotipos que r epite
Enchant: mujer joven, rubia, ve stida de blanco y en postura dinámica, sexualizada como
reclamo co mercial ante los ojos deseadores masculinos. Desde el sigl o diecinueve, el cartel
publicitario cumple un a funci ón mitogénica capaz de fundar una erótica d e la imagen a
través de la puesta en escena del cuerpo femenino (Gubern, 1997, p. 65).
Valeria e jemplifica la pugna e ntre el cuerpo impoluto qu e el mercado br inda al
público y el cuerpo que s e disuelve entre cicatrices y ampu taciones en la intimidad del
hogar. González Iñárrit u aproxima la cámara a la piel de la modelo y muestra con una
crudeza excepcional lo que la publicidad comercial deniega: la carne zurcida, perforada
igual que e l pavimento de la casa. La Valeria de vastada por el accidente presenta un yo
escindido entre su realidad corpórea y la proyección de su propia imagen en cuadros,
fotografías y paneles publicitarios. La modelo es un Dorian Gray inverso: su decrepitud
avanza de forma acelerada mientras que s u retrato se mantiene incólume, intachable, como
testimonio vivo de una int egridad c orporal qu e ya no exis te. E l panel de Enchan t e s una
suerte de alter e go b urlón q ue r ecrimina a Vale ria su propia decadencia. E l co mienzo d e l a
trama habla del éxito profesional, de los cánones de belleza y de la representación del
cuerpo femenino como recl amo para la ve nta de mercancías. L os hechos erosionan po co a
poco la expectativa de una vida ideal y s e demuestra q ue la virtud sin t acha de la m aniquí
no es más que un espejismo construido por la industria de la publicidad y el
entretenimiento. La carne se desintegra pero la imagen permanece. Así, cuand o la modelo
queda postrada en una si lla de rue das después del accidente, la fotografía de la publicidad
de Enchant permanece inalterada, ajena a la descomposición del cuerpo.
En Va leria todo e s pr ótesis, tod o es una extensión artif icial de su yo. El vehículo es
una prolongación tecnológica de sí misma. M ás tarde irr umpe el artificio de la silla de
276
ruedas y los herrajes e n l a pi erna. L a Va leria que camina en la primera parte d e la película
deja luga r a una Valeria que s e d esplaza e n a utomóvil, qu e se desp laza en silla de ruedas o
que se arrastra sobre el entarimado para asomarse a las profundidades del subsuelo. La
vida de V aleria es una s imulación. La maniquí no solo ofr ece una imagen som etida a los
procesos de retoque d igital y embellecimiento publicitar io sino que a demás ha construido
su existencia sobre un rastro de me ntiras. Su proyección pública es una f alsificación de sí
misma. En el programa Gente de hoy , la familia de Valeria es un trampantojo, una argucia de
la mercadotecnia: ni A ndrés Sal gado es su pareja ni obviamente Ri chi es su hijo . Lo público
y lo privado se o rganizan como dos ámbitos incompatibles y en permanente disputa. Es un
juego d e e spejos q ue m agnifica l a dife rencia ent re l a e sfera d e l a realidad y l a e sfera de la
representación.
El narcisismo de Valeria es solidario con el masoquismo de Chieko. H elene Deutsch
(1944) habla d e una fantasía feme nina de promiscuidad asociada a la ruptura de los lazos
paternofiliales du rante l a pubertad. Es e ntonces cuando la hija muestra una p redisposición
a ser repetidamente infiel al padre con otros hombres. Se trata d e una c onducta
masoquista. La joven se siente devaluada por e l rechazo p aterno e incid e e n esa
devaluación reduciéndose a s í mis ma a un rol estrictamente sexual atribuido hasta ahora a
la madre (p. 26 1). La deriva ma soquista de la adolescente, su persecución del sac rificio, se
manifiesta bajo aspectos var iopintos. En l os relatos d e iniciación feme nina, la b usca de la
validación de l os hombres constituye un aprendizaje y una adecuación a los p arámetros d e
una sociedad patriarcal, pero puede implicar t ambién un trance perturbador cuando la
adolescente llega a creer que solo existe en el espejo de la atención masculina (Murdock,
1990, p. 37). Así, Polly Young-Eisendrath y Florence L. Wiedemann (1987 ) perciben un
sentimiento masoquista d e culpa y autoodio e n esas mu jeres que tratan de adecuarse a los
ideales de masculinidad (p. 24).
En un nivel superficial, la escalada sexual de Chieko puede atribuirse a una
búsqueda de aceptación social y a una necesidad de comunicación. No e n vano , la escena
del vestuario [BA15] impone e l requisito del coito como rito de integración en la
comunidad. Chieko debe mantener rela ciones sexuales a toda costa si desea for mar parte
277
de pleno der echo d el grupo d e adolescentes ya iniciadas. Exp lica Girard (1985 [1961]) q ue
en el deseo triangular, d eterminado por la presencia de un mediador, puede c onstatarse
“un deseo de i niciación a una vida nueva” (p. 53). Igual que en l os ritos de paso, la
existencia d e un modelo mediador al que imitar augura la d efunción del viejo yo para d ejar
paso al n acimiento de un yo realizado d e acuerdo a l paradigma co munitario. La historia de
Chieko cuenta con la mediación de sus compañeras de voleibol, q ue proponen el se xo como
vehículo de reali zación [BA15]. El deseo mediado de Chieko comp orta la mu erte del y o
infantil asexuado para poder despertar a la vida adulta y al encuentro carnal.
Sin embargo, en un estrato más profundo, C hieko camina hacia su propia
inmolación. Por una parte, trata de ajustarse a los atr ibutos de voracidad sexual y
promiscuidad q ue l a c osmovisión p atriarcal p resupone a los ho mbres. Por otra p arte,
ingresa e n una din ámica masoquista don de so n ellos q uienes imponen los mecanismos de
validación. La fuente de gratificación e integración social es externa y e s masculina. Chieko
es so lo en la medida en que otros hombres aceptan q ue sea . Este r umbo d esfavorable
tiende un hilo entre los personajes de Valeria y Chieko. La ima gen d e Valeria representa un
objeto de co nsumo y satisfacción de la li bido masculina en el contexto de una sociedad
mercantil. V aleria existe solo en la m edida en que su imagen pu ede ser contemplada,
admirada y consumida. El mismo dispositivo impone sobre Chieko unas condiciones
adversas y falocráticas de a gregación s ocial. Su propio ser queda en manos del jui cio de los
hombres. A Chieko solo se le concederá la plena condición de mujer en la medida en que
consiga representar un a corporalidad deseada. Como bi en advierte Deutsch (19 44), existe
una concomitancia entre el narcisismo y e l masoquismo en las mujeres (p. 188). Tanto
Valeria/narcisista como Chieko/masoquista caminan por sendas descendentes de
aniquilación.
Chieko y Valeria so n personajes hermanados por su h ýbris . Ambas s e presentan
mediante una d ebilidad de talan te. La a rtimaña y el cultivo de l as apariencias en el caso de
Valeria. La ira y la soberbia en el caso de Chieko. Valeria va perdiendo el control sobre su
corporalidad deseada. Chieko va ofreciendo el control d e una corporalidad q ue nadie
parece d esear. La joven nipona c omienza e xhibiendo s u pubis, después l leva la mano del
278
dentista a su vulva y final mente s e e ntrega d esnuda al detective Mamiya. La progresión de
la desnudez es una prueba e xterior del arco dramático del personaje. El final de Valeria
equivale al final de Chieko. Ambas se han precipitado en una trayectoria d escendente y al
final ambas miran h acia el e xterior de sus respectivos hoga res. Valeria contempla a través
de la ventana el reflejo de su propia extinción como modelo [AP78]. Chieko evoca la muerte
de la madre a t ravés del b alcón [BA46]. Ambas se r econcilian en u n abrazo con e l hombre
que comparte sus vidas. La una con el amante. La otra con el padre.
5.3.3.10. Soberanía de la mirada.
A lo l argo de la trilogía, el m otivo d e la mirada se rodea de valores a scensionales.
Aquí intervienen r elaciones de poder a menudo mediadas por l os desequilibrios d e género.
Laura Mulve y (1988 [1975]) defiende que el cine dominan te incita una fantasía voyerística
y proporciona al p úblico la p osibilidad de proyectar sus deseos reprimidos sobre el mundo
privado de los personajes. De este modo se estimula la escoptofilia, es decir, el placer de
mirar (p. 6). La figura del observador conquista una posición de poder q ue a veces se
expresa como placer erótico. En la trilogía, las relaciones escópicas de cariz sexual se
caracterizan por el a ndrocentrismo. La mujer encarna la imagen objeto y e l hombre se
significa como sujeto de la mirada.
En un jue go de encajamientos, el cuerpo femenino se expone al placer escópico
tanto del personaje observador y c omo d el propio espectador. L os proced imientos
cinematográficos activan una complicidad empática con el espectador y nos identifican con
la mirada del personaje. Somos Daniel cuando observa la publicidad de Valeria. Somos
Jorge cuando contempla a Valeria en la t elevisión. Somos el Chivo cuando acecha a sus
víctimas y a Maru. S omos Pa ul cuand o acecha a Cristina y a Jack. Somos Yussef cuan do
divisa el aut obús y cuan do espía a su he rmana Zo hra. S omos los jó venes asombrados del J-
Pop cuando C hieko les muestra sus g e nitales. En las miradas orientad as a l a satisfacción
erótica del pulso voyerístico, las mujeres se ubican en el objetivo del mirón.
Dice Mulvey (19 88 [1975]) que el cine convencion al ha fortalecido un repa rto de
roles mediante e l cua l las muj eres aparecen c omo imagen contemplada mi entras que los
hombres se a lzan como p oseedores de la mirada. A sí, las féminas d esempeñan una función
279
de e xhibición e rotizada de acuerdo a las fan tasías m asculinas e n dos planos: por u na parte
actúan como objetos de la mirada de los demás p ersonajes y al mismo tiempo se proyectan
como ob jetos de la mirada de los e spectadores (p. 10). El acecho de Paul hacia Cristina
evoca e l mismo intercambio de poder que plantea Al fred Hi tchcock en Vértigo (1958). Paul
se enrola en una empresa voyerística de vigilancia q ue adquiere matices eróticos y termina
en un deseo de posesión. En la mirada acechante se impone la cámara subjetiva, la lógica
del ojo q ue percibe sin ser percibido . En Vértigo se impone la c ámara subjetiva como
extensión de la mirada de S cottie y el público acompaña s u creciente o bnubilación erótica
(Mulvey, 1988 [1975], p. 18).
Existe un isomorfismo e ntre el a scenso y la visión que puede constatarse en Amores
perros . El C hivo e s un personaje que vigila. A siste al funeral de s u e x e sposa y lo contempla
desde lejos para ver sin s er vist o. Acecha a s us ví ctimas de la misma forma q ue a cecha a su
hija. Esta situación dramática de e spionaje se r epite en 21 gramos , donde es Paul quien
acecha a Jack y a Cristina. En definitiva, Pa ul y el C hivo están hermanados por el motivo d el
acecho. E l Chivo acecha a Mar u con la esperanza de entablar c ontacto con e lla ig ual qu e
Paul acecha a Cristina con la e speranza de entablar contacto con ella. El C hivo acecha a Luis
con la misión d e matarlo aunque final mente le perdona la v ida y Paul acecha a Jack con la
misión de matarlo aunque finalmente le perdona la vida.
En Babel , el m otivo del segui miento y el espi onaje incide e n las derivadas s exuales
del motivo del mirón. Yussef espía a su hermana a través de un intersticio de la pared y
replica un esq uema visual popularizado por Al fred Hitchcock en Psicosis (1960), donde
Norman Bates (Anthony Perkins) espía a Marion Crane (Janet Leigh) a través de un tabique
perforado [figuras 111-114]. Mientras en el To kio hipertecnológico proliferan las pantallas,
en el r igor del desierto de Marruecos, una he ndidura minúscula en la pared de una vivienda
se convierte en la única modalidad accesible de espectáculo.
A lo largo de la t rilogía, la mi rada erotizada op era desde e l deseo masculino y sobre
el cuerpo fe menino. El hombre se revist e de los atributos soberanos de l a vi sión y el
escrutinio mientras q ue la mujer queda r elegada a la condición d e objeto de deseo. Se
repite e l motivo del hombre voyeur y l a mujer e xhibicionista. Valeria expone su
280
corporalidad al escrutinio de l os c onsumidores a través d e los códigos de la publicidad y el
espectáculo. E se r eparto de funciones en la dicotomía observación/exhibición alcanza un
extremo nítidamente s exual en e l pers onaje de Chiek o. Después de haber sido r echazada y
sometida a escarnio por su c ondición de so rdomuda, l a adolescente recurre a la exh ibición
de sus genitales como forma de atraer la mirada masculina. Esa misma mecánica de la
mirada deseadora y el cuerpo of recido a la mirada del homb re se repite en los person ajes
de Yussef y Z ohra. El joven marroquí e spía a su hermana a tra vés de un hueco minúsculo d e
la pared de su casa y ella se desviste c onsciente d e la mirada de su hermano. La mujer
observada no cump le otra función que l a satisfacción e scópica masculina. A sí, Valeria
reduce su participación e n el espacio público a su función como fetiche d e deseo y material
de consumo. Maru incluso queda desprovista de palabra hablada y solo se nos permite
escuchar su voz mediante la prótesis tecnológica del contestador.
Más al lá d e las derivaciones erótic as, la v isión e s iso morfa d el e scrutinio div ino y
distingue al objeto y al sujeto de la mirada en una relación de poder. En El gran Gatsby
(1999 [1925]) de F. Scott Fitzgerald, la publicidad comercial de un oculista alza dos
grandes ojos que custodian los tropiezos morales d e los prot agonistas. A punto de estallar
la tragedia, el me cánico Wilson enfrenta a su mujer adúl tera con la mirada pub licitaria del
doctor T. J. Eckleburg. “A mí puedes engañarme… A Dios, no” (p. 170). En la primera escena
de Jack em erge el mismo motivo de l a omnisciencia d ivina. Jack se dirige a Ni ck y le
advierte. “Dios sabe cuá ndo se mueve uno solo de tus cabellos” [GR4]. La mirada es
isomorfa de la conciencia y aviva la noción de la culpa. “No me mires”, le dice Paul a Jack
cuando le a punta con un revólver [GR 77]. En la escena subsiguiente, Jack le confiesa a
Marianne sus tormentos. “ Una de las niña s que maté m e miró a l os ojos” [G R78]. En 2 1
gramos los ojos divinos i rrumpen como un a mirada inquisidora que pr esenta m atices
morales y qu e s e asimila al motivo de l a concie ncia y l a culpa. El orden simbólico de la
visión se posiciona en la misma constelación que el sol, la luz y el dinamismo ascendente. El
ojo, dice Dura nd (1 981 [1960]), se asocia al esquema de la ele vación y a los ideales de la
trascendencia. S ugiere una mirada acechante con derivaciones de vigilancia y de e scrutinio
moral. Ese ojo que nos mira es el ojo de la autoridad, el oj o de Dios (p. 143).
281
5.3.3.11. La caída edípica.
El personaje de Paul reproduce la tragedia e dípica del deseo de saber. E sa
insatisfacción s obre el conocimiento se acomoda a l e squema tradicional de la caída y
representa la materia prima del mito fá ustico y del mito adánico. En todos estos casos, la
necesidad de sobrepasar los linderos del conocimiento se rodea de un estigma de
prohibición y se enc amina hacia una reso lución f atídica. Los fundamentos d e la caída
edípica co mparecen en infinidad de relatos de la cultura occidental. Propp (1980 [1944])
emprende un análisis estructural d el mito d e Edipo y lo r econoce como motivo folclórico
presente en muy d iversos g éneros de la literatura culta y popular (pp. 87-140). Colli (2005
[1975]) desgrana l a vi talidad d el e nigma en la Grecia antigua y apela al pathos de l o oculto,
es decir, a “la tendencia a considerar e l fundamento último del mundo como algo
escondido” (p. 71). En e se aspecto, cabe destacar la caracterización del personaje de Paul
como profesor de matemáticas. Su regreso a l a vida t ras el trasplante formula un reto
intelectual que interpela a su propio ser y a su nueva corporalidad. “Quiero saber quién soy
ahora”, le dice Paul a Mary [GR55]. El motivo de la crisis de identidad regresa después en el
personaje de Jack. “Ahora no tengo ni puta idea de quién coño eres”, le dice Marianne
[GR63]. Conocerse a sí mismo conduce a Paul hacia su propia aniquilación.
Francis Fergusson (1953 [1 949]) interpreta el Edipo rey de Sófocles como una
historia detectivesca en la que Edipo ejerce de fiscal de distrito y t ermina condenándose a
sí mi smo en u n último giro de la tr ama (p. 28 ). F inalmente, el propio Edip o s e descubre
“nacido d e los que no debía, teniendo relaciones con l os q ue no podía y ha biendo d ado
muerte a quienes no tenía que hacerlo” ( Edipo rey , 1185- 1187, p. 356). 26 Se registra,
además, un deslizamiento entre los valores del conocimien to y los de la visión. Conocer es
querer ver. Walter Kaufmann (1978 [1968]) califica esta obra de S ófocles co mo tragedia d e
la ceguera humana . Edipo está ci ego ant e su propia identidad y esa invi dencia se extiende
hacia su familia. En la r esolución de la t ragedia, la c eguera física de Ed ipo t oma la forma de
ceguera espiritual y se t orna “representativa del género humano, de la condición humana”
(p. 190). Esta complementariedad entre el conocimiento y la visión encaja en la
26 Para las citas de Edipo r ey de Sófocles remitimos a la edición y la notación de Assela Alamillo en S ófocles
(1981). Edipo rey . En Sófocles (1981). Tragedias (pp. 301-368). Madrid: Gredos.
288
Paul A. S chroeder Rodríg uez (2016) cen sura el tratamiento de la figura del C hivo
como representante s imbólico d e la degeneración de las utopías guerrilleras de los setenta.
Amores perros bosqueja una analogía entre la vía revol ucionaria, l a paternidad
irresponsable y el sicariato. S chroeder R odríguez ubica este reduccionismo en el linaje
fílmico de El automóvil gris (1919) de Enriq ue Rosas y lo a tribuye a cierto miedo cr iollo por
perder privilegios raciales y de clase. El procedimiento par a purg ar este pá nico estriba en
simplificar fe nómenos sociales complejos a través de narrativas individuales de crime n y
redención mediante personajes blancos y de cl ase me dia o alta (pp. 259 -260). Podalsky
(2003) llega a un veredicto parejo. La trayectoria del Chivo no queda caracterizada como
un acto heroico de sacrificio en nombre del bi en común sino como u na opción solipsista e
inútil de hýbris personal e ingenuidad política (p. 283).
El aspecto sucio y desaliñado del sicario muestra la fachada de su debacle. Dierdra
Reber (2010) pone de manifiesto que la p ropia a pariencia del Chivo, la de un mu erto e n
vida, pretende p ersonificar l a derrot a de lo s ideales utópicos d e los sesent a. La hist oria del
personaje representa la incapacidad de la violencia guerrillera p ara doblegar el orden
burgués dominante. Los tiempos han cambiado y Amores perros da vida al tránsito del
sueño revol ucionario hacia el f ratricidio neoliberal (pp. 282-283). La resolución es
demoledora. Pa ra qu e la reden ción sea posible, el Chiv o se v e o bligado a r enegar de sus
viejas convicciones y restablecer su autoridad paterna en el seno de una famili a
acomodada. La transformación exige también una metamorfosis corporal, la adaptación a
unos cánones de higiene. Solo al final, cuando se decide a alterar s u propia imagen, e l Chivo
intuye una posibilidad de redimirse. En úl tima instancia, la expiación implica usurpar la
vestimenta de Gustavo, es decir, adoptar el disfraz de joven tiburón financiero en e l
contexto de u na oligocracia. El nuevo Chivo, cuyas penas ha n sido expiadas, se asemeja
mucho a ese joven Chivo que aún no ha desertado de su familia y de su vida burguesa en
busca de un s ueño utópico. Redimirse, dice Amores perros , nos co nmina a un regreso
circular al origen de los tie mpos, el retorno a un edén libre aún de l p rimer p ecado. En lo s
últimos minutos del filme, el ex guerrillero completa su metamorfosis y s e v iste de hombre
de negocios [AP115]. La aceptación del stat u quo res ulta ser el único viso de esperanza y
representa un f lotador de s alvación moral. El C hivo se retrata en un f otomatón mientras
289
unos operarios r epliegan el panel publicitario de Enchant [AP117]. Coincide aquí un
personaje que inmo rtaliza su nueva apariencia co n ot ro personaje cuya vieja a pariencia es
extirpada de la vía pública. Para Menne ( 2007), e sta yuxtaposición delata que e l Chivo es
dueño de su propia im agen mientras que la im agen de Val eria e stá en manos de una trama
corporativa (p. 77).
Lo cierto e s que Amores perros inscribe una interpretación deseng añada de l os
ideales revolucionarios en una coyuntura de hegemonía neoliberal donde solo las
soluciones personales t ienen opción d e prosperar. Una vez defraudada toda expectativa de
cambio común, s olo q ueda l a vía del lucro personal y la lucha fratricida. Las aspiraciones
colectivas de ot ros tiempos ya ni siquiera eme rgen como posibilidad. Las mejoras
estructurales se antojan inalcanzables. En Amores perros , el contrato social está a usente.
Incluso las instituciones públicas, apenas representadas por un policía corrupto c omo
Leonardo, p arecen ha berse sus traído de su c ompromiso c on l a ciudad. Se impone, en
cambio, la lógica desregulada de un me rcado inclemente do nde impera l a ley del más
fuerte. Las peleas d e perros como metáfora de un modelo económico d iseñado para la
competición, la alienación y la d errota d e la arquitectura s ocial. En palabras de E lena Lahr -
Vivaz (2016), l a película proclama q ue ya no e xiste un nosotros unificado. Los
padecimientos no s irven a los protagonistas ni a los espectadores para consolidar s us lazos
(p. 93).
Amores perros representa la fragilidad de las relaciones sociales y afectivas en una
metrópoli donde l as opciones de victoria privada quedan s upeditadas a la derrota social. Es
un mundo guiado por la fa talidad donde la construcción de una hi storia compartida ha
dejado de ser posible (Salinas Muñ oz, 2010, pp. 1 21-122). En este sentido, Ignacio M .
Sánchez-Prado (2006) argumenta que Amores perros se levanta sobre una ideología mucho
más conservadora de lo que su virtuosismo formal invita a imaginar. El relato, dice
Sánchez-Prado, mantiene un discurso reaccionario no muy alejado del melodrama
televisivo, donde el crimen aparece caracterizado como una enfermedad y como la
consecuencia de la decadencia moral (p. 46). Al respecto, Frye (1977 [1957]) anota que
todas las formas de melodrama “constituyen la p ropaganda de vanguar dia del estado
290
policial, en la medida en que é ste representa la regularización de l a violencia de la turba”
(p. 71). En el melodrama de Amores perros , sin embargo, también el estado policial opera
bajo los d ictámenes del homicidio y el cohecho. No hay salidas utópicas al margen del
sistema pero el sistema queda lejos de representar un alivio aceptable.
5.3.4. Ciclo y redención.
La redund ancia cíclica constituye una característica nuclear de los mitos. En el
régimen noct urno de la imagen , Durand (1981 [1960]) distingue una conste lación
simbólica en torno a la repetición infinita y al dominio del destino. En este extremo se
agrupan los a rquetipos del retorno y el e squema rítmico del cicl o (p. 268). Por s u parte,
Frye (19 77 [1957 ]) examina la creación poét ica e n su vertiente arquetípica como una
tensión entre la recurrencia y el deseo. Así, el arte imita los ri tmos cíclicos de la nat uraleza
con el propósito de que el tiempo nos parezca inteligible (p. 142).
En l a tr ilogía de González Iñárritu, la c oexistencia de tramas múl tiples y el desd én a
la linealidad del relato acarrean consecuencias s ignificativas en la percepción del tiempo.
Frente a la cronología unívoca e irreversible emerge un tiempo c ircular, repetitivo y mít ico.
En Amores perro s , 21 g ramos y Babel , d istintos a contecimientos oc urridos en latitudes
diversas y en tiempos diferentes se someten a la tiranía d e un eterno presente. Donde
gobierna la redundancia no existe a vance s ino que s e impone l a dictadura del bucle. Lo
simultáneo desautoriza a lo sucesivo y l as t ramas se e nredan e n una c adencia acumulativa
de resonancias rituales. Los personajes viven atorados en u na rueda de ascensos y caídas
de la que no son capaces de evadirse. En Amores perros , el impacto entre dos vehículos en
un cruce de la Ciu dad de México se repite una y otra vez como una suerte de e vento
fundacional. En 21 gramos , un carrusel interminable de d evastación y renacimiento engulle
a los personajes. En el panel global de Babel , se s incronizan eventos separados en el espacio
y en el tiempo. La narrati va de González Iñárritu construye un intrincado juego de espejos y
reiteraciones q ue mantiene la musicalidad y el pulso poético. D e est e modo, el relato
progresa pero al mismo tiempo se embarranca en el tiempo mítico del etern o retorno.
291
5.3.4.1. Redundancia cíclica.
La concepción circular d el tiempo s e ancla en el simbolismo de los ciclos vegetales y
lunares. Harding (19 95 [193 5]) subraya la pe rcepción primitiva de l a luna como fuerza
fertilizadora q ue p osibilita la germinación de las semil las y e l c recimiento de las plantas.
Por e so los cu ltos lunares inv ocan e l suministro d e alimentos (pp. 4 3-44). P or su p arte,
Durand (1981 [1960]) entiende l os ciclos vegetales como una reducción microcósmica e
isomorfa de las fluctuaciones lunares. El isomorfismo entre el ritmo agrario y el orden
lunar respalda to do un ent ramado metafórico a sociado a las f ase vitales. La semillas, la
floración o l a deca dencia otoñal sugieren una rueda humana de vida y muerte (pp. 281-
282). También Frye (197 7 [1957 ]) vincula la periodicidad de la exp eriencia humana —
nacimiento, iniciación, matrimonio y muerte — al ciclo de la l una, a las estaciones y a la
siembra y l a cos echa (pp. 142-143). En última instancia, el imaginario de la circularidad
aviva los motivos del renacimiento y l a redención a la vez que t ransmite una forma de
predestinación o fatalismo.
El simbolismo vegetal mantiene una presencia desigual en Amores perros , 21 gramos
y Babel . En la Ciudad de México, al margen del arbolado urbano o de las plantas decorativas
domésticas, el c ementerio donde reposan l os restos de la esposa del Chivo se d istingue
como e l único gran espacio comunitario verde [AP2 8, AP91]. Más a llá d e los valores de
reposo e intimidad que despiertan las imágenes de l a inhumación y el sepu lcro (Dur and,
1981 [19 60], pp . 2 24-225), l a hi erba l ozana y la fronda tupida del campos anto cont rastan
con el descampado estéril por donde se aventura el C hivo en la últ ima escena de Amores
perros [AP119]. En e l caso de 21 g ramos , es necesario r esaltar el potencial simbólico de las
hojas s ecas en el escenario del fallecimiento de Michael, Katie y Laura [GR71]. La imagen
funesta de la hojarasca reaparece cuando Cristina visita el cruce donde ocurrió e l accidente
[GR97]. A quí es dond e la decadencia del ciclo vegetal encuentra u na analogía con el ocaso
de la vida humana. Esta derivación nefasta del simbolismo vegetal se e xacerba cuando la
trama se desplaza a Nuevo México y se impone un paisaje ár ido de matorrales y llanuras
deforestadas. Es el decorado de l a penitencia, del trabajo manual, del c rimen y del suicidio.
En Babel , la vegetación de las zonas residenciales de San Diego se opone a los paisajes
292
polvorientos de E l C arrizo, d e la fr ontera mexicano-estadounidense o del desierto
marroquí. Es en e stos marcos de vegetación p recaria donde se dese nvuelve el infortunio.
Así, Amelia va a protagonizar junto a Mike y Debbie el mo tivo demoníaco de la t ravesía en
el desierto en l as inmediaciones baldías de T ecate [BA36, BA40]. De ig ual manera, los
paisajes desérticos del norte de Ma rruecos a cogen la pesadilla del disparo contra Sus an
[BA5, BA13 ] y los disparos policiales que terminan con la vida de Ahm ed [BA35 , BA39,
BA44].
El secarral y el desierto son imágenes recurrentes en la trilogía. En la clas ificación
de Frye (1977 [1957]), las imágenes demoníacas del mundo vegetal se i dentifican con el
páramo, con una d esolación p aisajística asimilada a la tragedia y a la soledad (p. 198). Es e l
panorama que dibuja T. S. Eliot en La tier ra baldía (2006 [1922 ]), un escenario de “tierra
muerta”, un “árbol muerto” y “piedra seca” (p. 77). Esta caracterización correspo nde al
páramo do nde se adentra el Chivo al fi nal de Amores perros . S on los parajes yermos de
Nuevo México donde dan a parar los protagonistas de 21 gramos . Es en el desierto de
Marruecos donde Ahmed y Yussef prote gen su reba ño del chacal, donde S usan y Richard
atraviesan un trance de dolor. En el Marruecos de Babel , la elección de un aspect ratio de
1.85:1 obedece a una meditada decisión del di rector. La int ención de González Iñárritu es
enfatizar la tie rra má s que e l cielo. La composición i ncide en e sa idea de conceder al
terreno desnudo un protagonismo q ue a sfixia a los personajes y que abre un t enue margen
a la e speranza (Bosley, 2006). La imagen de av erno inhabitable es t ambién el páramo
fronterizo donde Amelia camina a la deriva junto a Debbie y Mike después d e ha ber
perdido de vista a Santiago. Es la tierra de nadie que r odea la frontera entre México y
Estados Unidos, un purgatorio de sed d onde centenares de m exicanos entregan su vida
cada año. El paisaje agreste de las inmediaciones de Te cate deja al descubierto una
incongruencia indumentaria: la nana mexicana, abandonada de forma inopinada, camina a
tientas envuelta en un estridente v estido rojo y calzada con zapatos de tacón. Su
desorientación es absoluta. En e fecto, la imagen del desierto es solidaria con la noción de
laberinto. Así, mientras Tokio despliega un paisaje bien acotado por e structuras
arquitectónicas, el desierto se presenta como una neblina informe sin puntos de referencia.
El dédalo de la literatura clásica hospeda en sus entrañas un monstruo “alimentado por
293
sangre actea” ( Metamorfosis , VIII, 172, p. 473). Igual que el Minotauro devora a los
humanos ofrecidos en sacrificio, también los migrantes mexicanos encuentran la muerte o
el destierro en su tránsito por los aledaños d e la fro ntera. El e xtravío en e l desierto
reconoce su arquetipo p rimero en la trav esía del pueblo hebreo p or la península del Sin aí.
En el camino a la tierra prometida, los israelitas atraviesan un d esierto “grande y
espantoso, lleno de s erpientes ardientes, y d e escorpiones y d e sed” ( Deuteronomio , 8 :15).
El propio J esús pro tagoniza una cuarentena de hambre en un desierto donde irrumpen las
tentaciones demoníacas ( Mateo , 4:1-11; Marcos , 1:12-13; Lucas , 4:1-1-13).
Los flujos de la mercadotecnia regeneran el paisaje urbano de Amores perros como
en una mímesis de los c iclos vegetales. En la gran ciudad mercantilizada, donde la impronta
humana ha desplazado a l a na turaleza, la publicidad conforma una especie de e ntorno
selvático que suplanta el follaje de los á rboles. Y las campañ as pub licitarias se e narbolan y
se desmantelan con un ritmo e stacional. Así, la flamante publicidad de Enchant que
acompaña e l éxito d e Valeria abandona el espacio público a l a vez que l a modelo cae e n
desgracia. Cuando e l Chivo se dispone a i nmortalizar s u nuevo aspecto e n un fotomatón,
unos operarios retiran la publicidad del perfume [AP117]. En la pared vacía donde antes s e
exponía el cuerpo d e Valeria, ahora se exhibe un aviso de “disponible” que presagia l a
llegada cíclica d e una nue va publicidad [AP78]. Igua l que el motivo de l as hojas secas
refuerza la idea de la muerte en 21 g ramos , la obsolescencia de la imagen publicitaria
simboliza la agonía profesional de la modelo en Amores perros . También el cuerpo humano
experimenta un isomorfismo con los ciclos vegetales. Tanto el cabello como las uñas o e l
vello conforman una floresta corporal que se extirpa y se renueva. El corte y afeitado d el
Chivo [AP115] c oincide en el t iempo con la caída del p anel de Enchant [AP117]. Am bos
eventos inspiran el ritmo circu lar de la naturaleza, l a r egeneración cíc lica, la muerte de lo
viejo y el nacimiento de lo nuevo.
A lo largo de la tr ilogía, la percepción circular del tiempo es también el resultado de
una estrategia formal. En Amores perros , la sensación de tiempo cíclico se ins tituye
mediante la repetición del choque de automóviles. Podalsky (2003) ve aquí un bucle que
inocula en el espectador la impresión d e que no existe escapatoria frente al destino trágico
294
y de que toda idea de r edención es estéril (p. 285). La colisión de A mores perros ap arece en
la pantalla hasta en cuatro o casiones, dos d e ellas corresponden al segmento d e Octavio.
Como hace notar Frederick Luis Aldama (2013), cada una de estas ocasiones alinea a la
audiencia co n la perspectiva d e un personaje dominante (p. 34). El impacto se reproduce
en el comienzo in media res [AP2] y se repite más tarde en una versión r esumida [AP44].
Ambas ocasiones co rresponden al pun to de v ista d e Octavio. D espués vemos e l impacto
desde el ángulo de Valer ia [AP47 ]. Finalmente, asistimos al ch oque desde la mirada del
Chivo, que no es una víctima sino un mero testigo [AP87].
La repetición manifiesta diferentes funciones. En primera instancia, adscribe el filme
a un tiempo mítico de retorno p erpetuo y dota al relato de un ritmo music al y poético.
Además, desde el punto de vista de la comprensión narrativa, la multiplicac ión del
accidente permite d istribuir la informac ión, sembrar incógnitas que más tarde serán
resueltas y constr uir así un sentido de s uspense. El espectador que h a presenciado el
choque por vez primera ya n o es el mismo especta dor que presencia el choque en una
segunda, tercera o cuarta ocasión. A medida q ue a vanza el filme , el p úblico cuenta con
nuevas herramientas de interpretación que contribuyen a apre hender l os hechos. La
repetición nos c onvida a r econsiderar una misma escena, a verla c on o tros ojos. Es como si
González Iñárritu nos advirtiera de l a escasa fiabilidad de la percepción única de un evento.
Y p ara q ue nuestra mirada opere libre de prejuicios es vital que a tendamos a todos los
puntos de vista. Aquí perdura el eco d e filmes como Rashomon (1950) de Akira Kurosawa,
que trata de desentrañar un mismo suceso a partir de cuatro testimonios.
Antes de asis tir p or primera v ez al choque, vemos a O ctavio, a Jo rge y al Cofi en
mitad de una persecución [AP2]. La aparición de Valeria e n esta escena es efímera. Aún
carecemos d e herramientas para la compr ensión del contexto. El comienzo in media res
genera unas expectativas precisamente gracias a la parquedad de la información
proporcionada. Cuando no s d isponemos a presenciar por segunda vez e l impacto d e los
coches, ya conocemos las circunstancias en que se desenvuelve la huida y somos capaces de
predecir e l accidente. Retomam os as í la lín ea temporal del p rólogo y se nos entrega u na
paráfrasis acelerada y comprimida de la primera secuencia del filme. Ahora con tamos con
295
información nueva que nos incita a supervisar los hechos b ajo otra luz. La tercera vez que
somos testigos del choque, nos adentramos en otra perspectiva del suceso, la de la mujer
que está a punto de echar por t ierra su carrera como modelo. Los automóviles chocan en
una c uarta ocasión. Ahora entra en escena el Chivo, asistimos al rescate de l os ac cidentados
y se revela tanto el fallecimiento de Jorge como el destino del Cofi. El accidente se configura
como u n nú cleo de conflicto que conecta e ntre sí las tres historias e n liz a. Est a celebración
ritual d e la colisión subraya e l carácter poliédrico del filme y dota al relato de un
dinamismo cíclico. Las tramas caminan en cír culo y retornan una y otra vez al punto d e
partida, de modo que la posibilidad de un futuro queda malograda y reemplazada por el
retorno en bucle al tiempo primo rdial d el accidente. De sprovistos d e cualquier e speranza,
los personajes han sido condenados de antemano a desembocar en el mismo cruce de
caminos. Solo el Chivo alberga a lguna posibilidad d e proyectarse hacia e l futuro. Ese fatum
perverso emparenta a Amores perros con los códigos d e la t ragedia y e rradica la sensa ción
aparente de libre albedrío para instaurar un determinismo maléfico.
Pero es en 21 gramos d onde se expresa en toda s u crudeza el tiempo cíclico de la
muerte y la resurrección. Una vez más, un accidente de t ráfico descompone las vidas de los
personajes y quiebra el equilibr io volátil en que se habían instalado. Los personajes
transitan una montaña rusa de ascensos y descensos jalonados por dos puntos de giro
centrales: el atropello y el clímax que hace confluir las tres tramas en un motel de Nuevo
México. Cristina p resenta un precedente de drogad icción, renace gracias a l a estabilidad
que le proporciona su familia, tras el accidente se arrastra d e nuevo hacia la vida tóxica del
pasado y tras el c límax se abre a l a reconciliación con Ja ck y a un nu evo emb arazo. Jack
presenta un precedente de delincuencia, renace graci as a la fe y a la comunidad cristiana,
tras el accidente se hunde en la prisión y en una crisis de fe y tras el clímax se reconcilia con
Cristina y con su propia famil ia. Paul labra un camino inverso: cue nta con un precede nte de
prestigio profesoral, se s itúa al borde d e la muerte po r una dolencia c ardíaca, t ras el
accidente renace gr acias a un trasplante de corazón y en la escena climática dec ide
dispararse. Los pe rsonajes se af anan en sus respectivas autodestrucciones. Jac k trata de
suicidarse, r egresa al alcohol y se impone un exilio de t rabajo y penurias lejos de su familia.
Cristina regresa a los locales nocturnos y a las drogas antes de orientarse hacia la venganza.
296
Paul se enreda en la búsqueda peligrosa de su nu eva ide ntidad y termina conociendo la
muerte.
Jack representa como ni ngún o tro p ersonaje la p erspectiva c íclica de la c aída y la
expiación. “Lleva entrando y saliendo de la cárcel desde los dieciséis años”, le revela
Donneaud a P aul [GR54]. C uando Jack se incorpora a la p risión, u n recluso lo reconoce y le
da la bienvenida. “¿Ya h as v uelto, cabronazo?” [GR14]. Se refu erza así la idea de eterno
retorno. La vida de J ack se aseme ja a una rueda i nfinita de t ransgresión y c astigo igual qu e
la vida de Cristina se incrusta en un bucl e de dr ogadicción y sal vación. También en Paul se
verifica el imaginario del círculo y del pharmakos redentor. El ciclo de la vida y la mu erte
impulsa la narrativa de 21 gramos , cuyos protagonistas oscilan siempre entre la miseria y la
salvación en una noria interminable de azares, ironías y ca usalidades. El mismo e vento que
arrebata la vida a Michael se la concede a Paul igual q ue el fallecimiento de Pa ul deja paso a
la gravidez de C ristina. Como señala Mª Ángeles Martínez García (2013 ), en 21 gramos
opera una concatenación de acon tecimientos en los que “la vida prov oca muerte que a su
vez provoca vida, en un ciclo sin fin” (p. 29). La vocación circular queda a puntalada con la
voz en off de Paul, q ue se e scucha al p rincipio [GR8] y al final del f ilme [GR104] y que
transmite una leve s ensación de bucle y d e narración enmarcada. La propia e structura
descabalada de 21 gramos p arece exigir esa dinámica temática y formal de la repetición, de
modo que la existencia de los personajes se estanca en un presente infinito.
Tanto las tramas d e Amores perros c omo las d e 21 gramos qu edan unidas entre sí
mediante el recurso del accidente d e tráfico. En ambas películas, el evento ocupa u na
posición nuclear. Sin embargo, existen algunas d iferencias sustanciales. Mientras la colisión
de Octavi o y Valeria a capara una presencia abrumadora, e l atrop ello de Michael, Katie y
Laura sucede fuera de campo en un acto de elipsis y piedad cinematográfica. El choque de
Amores perro s s e e xpone m ediante un montaje di námico qu e alterna planos exteriores con
planos desde el interior de los ve hículos. Es una escena r odada con nu eve cámaras (Perea,
2007, p. 46) que establece desde el primer minuto la tónica violenta, frenética y espontánea
de todo e l filme. Al con trario, 21 gramos pone el ac ento en la dimensión emocional del
suceso y la repetición permanente del atropello tiene lugar en el fu ero interno de los
297
personajes, e n el duelo de Cristina y en el arr epentimiento de Jack. S e su braya e l p eso d el
suceso, e so s í, mediante la repetición parcial de la escena: inmediatamente antes d el
atropello, Michael registra un mensaje en el contestador mientras Katie y Laura persiguen
una pa loma [GR45, GR71]. Como un eco, la grabación r eaparece d espués en el t eléfono de
Cristina [GR29, GR97].
Los esquemas de la c aída y la redención configuran una disyuntiva perma nente para
los personajes de l a trilogía. Durante su prim era aparición en 21 gramos , Jack dibuja su
propia visión d e la repulsión y e l deseo. Habla c on Nick, un joven delincu ente que h a
recalado en la comunidad religiosa [GR4]. En un ambiente gobernado por las cruces
cristianas, Jack expone dos sendas divergentes: la d e la caída y l a de la salvación. La
primera, d ice Jack, es la s enda del robo y el crimen. En ese instante, el desmoronamiento de
las piezas de jenga refuerza el se ntido de la caída. En contraposición, destaca la senda de la
salvación. “Ir a misa, leer l a Biblia y tener fe en Jesús, hermano. Ese es el camino” . Frye
(1977 [1957] ) s itúa la m etáfora del ca mino en la órbita de l a búsqueda y dentro de las
imágenes a sociadas al deseo (p. 19 2). P ara Jack , l a fe constituye un itinerario de bienes
materiales encarnados e n la camioneta que gan ó en una rifa. Aquí se replica una e scena de
Amores perros . Mauricio le muestra a Octavio la camioneta que ha adquirido gra cias a las
ganancias de los combates caninos [AP22]. En 21 gramos , Jac k le muestra a Nick la
camioneta que dice ha ber ganado gracias a su fe en Dios. “J esús quiso que t uviera esa
camioneta” [figuras 118-123]. En ambos casos, la ironía termina ejerciendo sus d esignios
más desoladores: O ctavio sufrirá un accidente con el vehículo que ad quirió gracias a las
ganancias de los c ombates caninos y Jack sufrirá un accide nte con l a camioneta q ue obtuvo
gracias a esa supu esta intercesión divina. El giro ir ónico queda resaltado po r las
inscripciones que se leen s obre la compuerta trasera del ve hículo de J ack: “Fe. Jesús salva”.
La primera e scena de la comunidad religiosa en 2 1 gramos anticipa el curso de los
acontecimientos. Todo aquello que Jack expone al joven del incuente terminará vi viéndolo
él mismo en su s carnes. “La p róxima te encerrarán”, dice sin saber que será él quien
termine preso. “Podrás cepillarte a a lguna a nimadora, f ardar conducie ndo un Thunderbird
color pepino. Pero dime, ¿qué pasará si matas a una embarazada o a un viejo ? ¿Eh? Yo te lo
diré: la culpa te corroerá hasta la médula”. Ese es en rigor el proceso q ue aquejará a Jack: el
304
Las simetrías se repiten en la hist oria del propio Daniel. También él mantiene un simulacro
matrimonial con Julieta mientras fortalece su noviazgo secreto con Valeria. En ambos casos,
se constata la di screpancia entre un a vi da públ ica decoros a y una furtiva vida í ntima. La
falsa experiencia sentiment al de Valeria no es má s que o tro producto de consumo. Y para
Daniel, el matrimonio e s una pantalla que le permite salvar las apariencias y ajustarse a las
convenciones sociales.
Igual que el choque de A mores perros tiene lugar en cuatro ocasiones, también el
panel d e Enchant reap arece, inst aura u n ri tmo y desarrolla una historia. Prim ero es Daniel
quien lo contempla desde su vehículo [AP15]. Vemos el cartel a través de la ventana cuando
Valeria conoce su nuevo piso [AP45]. Esa imagen se r epite más tarde, cuando Valeria ya ha
padecido el a ccidente [AP53]. Daniel contempla el panel de noche, d espués de una
discusión [AP69] y vuelve a hacerl o u na vez que la pierna de Valeria ha si do amputada
[AP76]. La imagen final del se gmento, la vi sión del cartel aus ente, adquiere un nuevo
significado [AP78]. Por último, ya en el segmento del Chi vo, asistimos al momento en que
unos ope rarios retiran la imagen de Valeria de la ví a púb lica. [AP1 17]. El leitmotiv es
vigoroso y rela ta una caída. P ero la p ercepción del panel tam bién es d iversa en cada
ocasión. La pr imera vez que Valeria contempla la publicidad, la mirada subjetiva es
despejada, sin obstáculos q ue in tercepten la vist a [AP45]. S in emb argo, una vez se prod uce
el accidente, las persianas v enecianas entorpecen la visión su bjetiva de la modelo y e vocan
el simbolismo de la prisión [AP53, AP78] [figuras 137-142].
En cuanto al s istema de redundancias, hay q ue reseñar también el leitmotiv de las
llamadas t elefónicas, que introduce una simetría perversa en la tram a d e Daniel y Valer ia.
Al principio, las llamadas sin contestación desatan las suspicacias de Julieta [AP15].
Mediante una segunda l lamada, d escubrimos que Daniel mantiene una relación
extraconyugal [AP25]. Después, l as llamadas sin contestación empiezan a d esatar las
suspicacias de Valeria. Finalmente, cu ando la a ventura extramatrimonial atra viesa un
bache, Daniel telefonea a su ex mujer p ero no se decide a articular una sola palabra [AP71].
Las llamadas sin respuesta introducen una advert encia y un rem ordimiento. Integran una
amenaza po rque arrojan una somb ra perman ente de d uda y de discordia en las parejas.
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